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“La madre que lo parió”, por Raúl B. Caravan © Raúl Lara Molina (Raúl B. Caravan) Prólogo de Ramón Zarragoitia Mezo Todos los derechos reservados. Editado digitalmente por Groenlandia con permiso de su autor. Directora: Ana Patricia Moya Rodríguez Corrección: Ramón Zarragoitia Mezo \ Ana Patricia Moya Maquetación: Ana Patricia Moya Rodríguez Diseño: José Naveiras (portada y contraportada) \ Ángel Muñoz Rodríguez (fotografías de interior) \ Felipe Zapico (fotografías de interior) \ Ana Patricia Moya

Depósito legal: CO 856 - 2013
Córdoba, 2013
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¡La madre que te parió, Raúl Bombs Caravan! Y me refiero, con respeto hacia ella y una pizca de admiración y sana envidia hacia ti, al universo de matices que destilas en este libro. Poco se sabía de tu vida, menos aún de tu faceta como escritor; pero gracias a once relatos y el prólogo del propio autor (borracho), descubrimos un Turín que te pertenece por completo: sus barrios, calles, parques, los ríos, que no son azules, y, sobretodo, sus plazas. ¿Es cierto que el mismísimo Satán pinta y expone allí? ¿Que la Santa Sindone no es más que un timo del siglo XIV? ¿Que un mosquito viejo - con tan sólo seis días de vida -, es capaz de suicidarse por amor, ahogándose en un jarra de cerveza? ¿O que exista una familia de apellido “Contento” que habita todas y cada una de las ocho plantas de un edificio donde se fabrican bolígrafos? No sé, Raúl, suena a Simbolismo; al simbolismo decadente y maravilloso de un tipo que se enfunda, cada mañana, unos auriculares y se patea las calles de la gran ciudad sin escapar de casa.
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también me enamora Cesare Pavese . Lo prefiero a Rimbaud, quizás porque reconozco que trabajar cansa, que la soledad nos rodea como una cárcel, y que, en el fondo, no pretendo ser héroe, sino tan sólo sobrevivir. Supongo que a ti te ocurre un poco lo mismo; seguramente, tampoco das el perfil de un vagabundo maestro en lecciones sobre materialismo, ni vives anclado a un tiempo de guerra y resistencia cuyos recuerdos nadie puede ya rescatar. Pero has nacido, y podrás dar vida, y sólo por eso te conviertes en protagonista de la moderna epopeya que es la existencia y que cada mañana podría tomar forma, por ejemplo, en una oficina: frente a la máquina de café estropeada que tenemos en la “break-room”. A mí
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pretendías, ejercer de profeta? Porque yo te veo más como Demiurgo, dando forma, insuflando espíritu a unos personajes tan humanos, cotidianos y desagradecidos que amenazan con rebelarse. e incluso te piden cuentas. De ahí la venganza, de ahí las irremediables consecuencias para el hombre.
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mientras otros miran, opinan y se masturban ”; “ Cada poder emana del pueblo y no vuelve más ”; “ Aquello que está en el corazón del sobrio, está en la lengua del borracho ”; “ Cuando Dios creó al hombre estaba cansado: eso ya explica muchas cosas ”. Dime, ¿qué

Sí, Raúl, creo que has logrado encajar las piezas de Torino en tu obra. Quizás gracias al sabio recurso de equilibrar mucha narrativa con detalles de sólida poética, o puede que con esas máximas apocalípticas con que salpicas el texto aquí y allá: “ El Arte es follarte al Amor

Es cierto eso que el Maligno apunta respecto de los escritores: “ Sois muchos ”, aunque no todos sobren; por eso, si me lo permites, acabo recomendándote que sigas creando, que desoigas los mandatos de la Muerte en blanco (aunque se ponga categórica e impertinente), y no suicides tu talento, y que a quien se atreva a criticar este gran debut, porque alguno lo hará, le respondas con las mismas palabras de aquella: “ ¡Oh, ya cállate!” .
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o pude escribir durante la noche.

más

que

eso

Durante muchas otras noches, sólo eso pude escribir. Borraba todo cuanto escribía detrás de ese párrafo, como ahora borro en este prólogo frases que jamás se leerán; quedaban borrachas como cuadros tapados bajo otras pinturas… borrachas. El relato trataba de un soldado, eso es, de un soldado y de su participación en la guerra, eso es… La idea la tenía. Al inicio, el relato presentaría al soldado, y el lector lo conocería con todo lujo de detalles: su infancia, sus sueños, y obviamente, sus pesadillas, pues se encontraba en una trinchera durante la Primera Guerra Mundial. Luego, el relato describiría cómo el soldado salvó la vida gracias a la compañía de su perro el que, en un momento dado, una mañana durante la hora de la comida, abandonó su puesto en la trinchera y echó a correr como alma que lleva el diablo. El soldado, temiendo por la vida de su perro, abandonó a sus compañeros y persiguió a su fiel amigo hasta alcanzarlo, justo en
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el puesto, y la mayoría de su tropa murió. Él salvo la vida (sólo heridas), y fue hospitalizado. Y todo gracias a su leal can. El relato terminaría hablando de la breve estancia del soldado en el hospital, y de los méritos que luego le fueron concedidos. Y acabaría señalando que lo contado no era sólo un relato, sino una historia real, que tal cual ocurrió años atrás, de la misma forma que en este instante llovía más allá de la ventana, y que aquel soldado que salvó su vida gracias a su perro, pintor en su juventud, que ahora dejábamos convaleciente en la cama de un hospital, se llamaba Adolf, cuyo nombre significa “lobo noble”, y se apellidaba Hitler. Aún hoy no he podido escribir el dichoso relato. De la trinchera no logro salir. Hacia ningún lado, hacia ningún lado, eso es: me repetía esa mañana esperando el ascensor, hacia ningún lado joder, camina, da igual, camina o revienta, hasta que por fin revientes… atraca un banco, viola a un político, puta generación enferma, joder, hijos de puta, no te compadezcas gilipollas, camina, camina y no mires a nadie… una mala mañana.
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Al descender el ascensor desde el cielo, venía con Sylvana, la vieja portera rumana. Venía de fregar los suelos de los áticos. Y allí, en el fondo, tras yo entrar, ésta aguardaba como una puta en un baile el fin del trayecto, con su cubo de agua y la fregona en la mano. − ¡Buenos días, señora! - le grité. Ella no respondió.

Bajábamos. Bajábamos.
− Vaya día, ¿eh? - le dije, algo ya más tranquilo. − ¿Por qué lo dice? - contestó la vieja, desde lejos. − Bueno… el día, está lloviendo, nos vamos a mojar, por eso… no llevamos paraguas. − ¿Cómo sabe que está lloviendo? Es muy temprano… - dudó. − Bueno, he mirado por la ventana, señora, y llovía… La vieja me miró como debí haberme mirado yo años atrás, y espetó:
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− ¿Y mirando a través de una ventana se convence de la lluvia? No sabrá si llueve realmente hasta que salga y se moje, joven. ¿Ha dicho realmente eso? Pensé. No es que la vieja destaque por su fluido italiano, igual yo... ¿será algún tipo de proverbio rumano? Es demasiado temprano para tratar de engañar a alguien, sentencié. − No soy tan joven, señora… - respondí. − Ni yo tan vieja… − En ningún momento yo… La vieja pasó delante de mí en el ascensor, y se perdió entre los pórticos del patio interior del edificio. Yo salí, y efectivamente, no me mojé en todo el caminar esa mañana. Espero que hayas entendido la moraleja como en su momento yo entendí a la vieja; no tengo ganas de escribir esto de nuevo, y a fin de cuentas de eso se trata, ¿no?
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“Je vis assis, tel qu'un ange aux mains d'un barbier”.

ORAISON DU SOIR

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l tranvía me había dejado en Porta Nuova. Era uno de los primeros días calurosos del año en la capital, y los turineses empezaban a frecuentar los jardines y fuentes del centro de la ciudad. En Turín, el clima, durante la primavera, resulta algo particular: al tiempo que el asfalto de la ciudad arde por el sol, desde lo más alto del cielo, que en esos días suele estar siempre despejado y tremendamente azul, caen enormes granizos o chaparrones de minutos de duración. Puede hacer un calor insoportable, granizar y llover en intervalos de tiempo sorprendentemente cortos o a la vez. Simpáticos caprichos atmosféricos que hacen que los turineses, durante las hermosas tardes de mayo, se enfrenten a la lluvia y al frío en pantalones cortos y chanclas, y al calor con paraguas y bufandas. Regresaba de la Feria del Libro. Por esa época, aún iba a la universidad (por cuarto año consecutivo, en el último curso), y alternaba el estudio con trabajos de mierda de semanas de duración. Llegué a trabajar de Relaciones Públicas para discotecas, camarero, en librerías, inmobiliarias y en tiendas de ropa. Algunas veces trabajaba las vacaciones de un tercero, otras colaboraba en negocios de conocidos, y otras trabajaba un mes o una semana, así me pagaba el alquiler del piso y comía; los libros y el alcohol
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corrían por cuenta de una madre que, como siempre, seguía ayudándome en todo lo que podía. Durante esa semana, trabajé en la Feria del Libro, sí, de voluntario. Pertenecí a una campaña de jóvenes voluntarios de fuerte conciencia social; el trabajo consistía en estar quieto y sonriente en un stand que teníamos montado en una esquina y en pasearme por el recinto ferial con la camisa oficial del voluntariado. En realidad, consistía en apoyar alguna campaña política o algo por el estilo: nunca lo supe con certeza. Esa semana trabajé también de noche, en una discoteca, y durante las primeras horas de las mañanas en la feria, me costaba bastante mantenerme en pie, así que solía quitarme de en medio y esconderme en un rincón del pabellón, en una sala tipo anfiteatro que estaba justo detrás de nuestro puesto de voluntarios, para descansar y dormir unas horas. La sala se llamaba “Lingua Madre”; se realizaba un programa de conferencias diarias donde invitaban a poetas de todo el mundo quienes, tras breves entrevistas, recitaban sus poemas. Fueron esas siestas mi primera toma de contacto con los recitales de poesía, y fueron en vasco,
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en la voz de Itziar: los primeros versos que oí recitar. Fue lo mejor del evento. Durante el recital de Itziar, no conseguí dormir. Cuando terminó, tuve la intención de ir a saludarla, a felicitarla, de poeta a poeta, pero al instante, desapareció de mi cabeza tal pensamiento al v e r e n m i p e c h o u n a g r a n “ V ” v e r d e y l a s palabras “voluntario”. Así que me giré hacia un lado, y finalmente, eché una siestecita. Recuerdo que, diariamente, los periodistas nos hacían fotos y videos junto a políticos, paralíticos, alcaldes, militares y grupos de mujeres en contra del aborto; todos nos utilizaban para lavar un poco su imagen y publicitar su idea. Todos sonrientes entre flashes. En lo que a mí respecta, siempre bajaba del tranvía en Porta Nuova contento y satisfecho: el trabajo de voluntario estaba realmente bien pagado. Ese día, crucé la carretera por el paso de peatones y me encaminé por Vía Roma, solemne vía repleta de negocios, de grandes cristaleras, suelos de mármol y enormes columnas. Andaba distraído, mirando los artículos de los negocios de la vía: relojes, zapatos, bolsos, etc. Todo costaba muchísimo más que su utilidad, ( “Posicionamiento por
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precio exclusivo”: creo que así lo llaman );

si tienes claro que no vas a comprar nada, que no necesitas nada, o dicho de otra forma, que no tienes dinero para esa calle, pasear por allí es realmente divertido. Debe ser parecido a pasear por el Paraíso o el Infierno, o China… A la altura de Piazza San Carlo, decidí abandonar la vía y acortar camino hacia mi casa; estaba realmente cansado, y bajé por Vía Cavour hasta llegar a un parque del cual no recuerdo su nombre. En circunstancias normales, no hubiera acortado camino: pasear es un dulce ejercicio, y más por estas calles del centro de la ciudad, todas tan iguales y tan distintas. En Torino, en el centro de la ciudad y escondidos entre las calles, existen numerosos parques solitarios, cada uno de ellos anclados en alguna estación del año o época lejana. El parque del que no recuerdo su nombre y aquí hablo es extraño: es una explanada de cemento, con dos laderas de césped a los lados. En el centro del parque hay una casa de madera que sirvió como residencia a los canadienses en las Olimpiadas de invierno celebradas en la capital: se llama Casa Canadá. En la ladera
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izquierda se encuentra un club de jazz, el Jazz Club. La ladera derecha es sólo hierba y personas que leen y toman el sol. Al parque lo completan pivotes, jóvenes en monopatín y bancos de cemento situados a los pies de ambos montículos. En una de las esquinas del parque está la Cámara de Comercio del Piamonte: es un edificio opaco de cristaleras y despachos alineados, sin muros, al más puro estilo capitalista setentero. Cuando pasé por allí, en sus escaleras de entrada, me encontré con un vagabundo que siempre había visto en los alrededores de mi casa; iba encorvado y callado, nunca pedía limosna, y nunca estaba sentado como los demás vagabundos. Era un vagabundo atípico, pero típico en su vestimenta y posesiones. La gente se reía de él, debido al grado de encorvamiento que, con los años, había alcanzado a la vez que andaba. Era un cáncamo. Al llegar a su altura y verlo sentado, con todos sus bártulos tirados por el suelo cual niño rebelde, dormido, cansado, y a mi modo de ver, derrotado, una pena tremenda como nunca había experimentado brotó en mi pecho, y mientras caminaba sin parar, el vagabundo desapareció de mi campo de visión; comencé a ahogarme y la pena que había brotado en mí la podía palpar,
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oler, e incluso tocar. Ahora ando más atento: desde que sé que la Muerte tiene cuerpo y cara, pues la pena lo tiene. No podía respirar, y sentí al pasar de largo que, si no volvía, una parte de mi vida la dejaría atrás sin haberla vivido. Y no es que me aflija ver a los sin techo, no es que sienta una lástima desmedida por ellos; siento los dos segundos de lástima que todos sentimos cuando pasamos próximos a ellos; hablando de vagabundos no animalizados, claro está, es decir, aquellos que no poseen animal o compañía. Por el vagabundo animalizado nadie siente pena: la siente por su perro. Ni me paré ni me volví, y ya pasado el pellizco en el alma, conseguí llegar a la calle que daba a la plaza donde vivo. Torino está edificada en líneas rectas: de esta forma, puede que te encuentres en la calle que te lleva a tu casa, e incluso que veas, como yo, la plaza donde vives, y aún te quede un kilómetro para llegar. Seguía pensando en el desarrapado. ¿Qué había sido esa sensación que había experimentado tan cercana a la pena? ¿Qué había ocurrido de especial para que tan claramente viera que esa situación nos pertenecía? El vagabundo estaba ahí para
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mí, esperándome, y yo debería haber acudido a la cita, por y para aquel desgraciado. Pero no a mi pena: creía haber experimentado la pena del vagabundo, como si hubiese mirado la vida a través de sus ojos... Aprovechándome del asfalto restante, dejé de hacerme preguntas y queriendo sin querer, como sucede en estos casos cuando tengo problemas de conciencia, apelé a mi memoria estúpida, y tarareando una canción que resultó ser como mi memoria, estúpida (suele pasar si la tarareas demasiadas veces, como todo), esperé a que todo el mal trago se me pasara y olvidara. No sería la primera vez que no acudía a una cita, así que seguí calle abajo por Vía Les Artistes hasta llegar a la plaza. Dos metros antes de llegar a la misma, me encontré de nuevo con aquel zarrapastroso. Estaba tranquilo, posado en una barandilla; llevaba un viejo y roído abrigo marrón con botones enormes. El abrigo estaba claramente abandonado, como el viejo: la señal entonces no podía ser más clara. Debía reunir el abrigo con el viejo, y así, el vagabundo tendría una prenda más para resguardarse del próximo invierno de Turín, el abrigo tendría a quién resguardar del frío y se sentiría abrigo, no despojo, y yo apaciguaría esta pena de buen samaritano que
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había brotado de mí incomprensiblemente, o al menos, tendría algo para escribir ese día. Ese abrigo posado en la barandilla me indicó que el letargo acabó y sacudió mi conciencia. Había llegado el momento. Realmente, no sé cuántos pasos o metros hay desde la esquina de la plaza hasta mi casa, supongo que pocos, pero tardé un eternidad en atravesarla; la congoja que anteriormente había brotado en mi corazón persistía con la misma fuerza e intensidad, pero se había transformado en algarabía una vez tomada la decisión de reunirme de nuevo con aquel pobre anciano, mas seguía ahogándome, pero ahora sólo por el júbilo de imaginar la buena acción que yo, saliendo de la sociedad un momento, iba a acometer. Andaba realmente emocionado y contenido a la vez, con paso lento. Subí a mi casa con las directrices bien marcadas; abrí la puerta, me dirigí al cuarto, y empecé a buscar en mi armario cosas necesarias para un vagabundo, es decir, cosas innecesarias para mí. Al final del asalto al armario, tenía el botín en las manos: una toalla amarilla de mano y dos juegos de calcetines de lana marrones que aún no me había puesto; estas dos prendas, junto al abrigo, harían que el viejo vagabundo saltara de alegría. Estaba dando
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el primer paso para salvar la vida de un necesitado. Lo segundo: comida. Me dirigí a la cocina, y sobre la mesa, coloqué tres latas de atún, un plátano, un paquete de galletas y un paquete de Chesterfield. Por esta época, había dejado de fumar y el tabaco que nos llegaba de importación carecía de valor. ¡Qué afortunado eres, viejo colega! Sólo faltaba una cosa, y la duda me rondaba: ¿los vagabundos leen? Y si leen, ¿es positiva o negativa para ellos la lectura? Desde un punto de vista social, por medio de los libros, el sin techo podría olvidar su asquerosa vida y ser transportado hacia mundos que no podría ni ver, ni imaginar, experimentar increíbles y desconocidas sensaciones que aun experimentándolas cualquier lector, desde la condición vagabunda podrían tener, si no más valor, más efectividad. Actuaría el libro como aislante, como calmante; pero, desde un punto de vista asocial, ¿y si el viejo había vuelto la espalda a la condición humana? ¿Y si despechado por su vida no querría saber absolutamente nada sobre la civilización? ¿Para qué entonces iba a leer estúpidas historias escritas por tipos que creían saber cómo era la vida, sentados en sus escritorios y al calor de la chimenea? Todavía dudaba sobre si debía contener la mochila de voluntario un libro; ya tenía entre mis manos el elegido, de una escritora japonesa.
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Aún no era consciente de lo importante y acertado que había sido mi razonamiento, amén de estúpida mi decisión. Días después, descubrí que el libro que elegí para el vagabundo fue el primer regalo que le había hecho a Carlotta; a día de hoy, sigue siendo toda una anécdota. Comida, ropa, vicio y ocio. ¿Qué más podría desear un vagabundo? Sólo faltaba una cosa, sí, una cosa: la “mochila vagabunda”. Una asociación que trabaja con estudiantes extranjeros y con la que yo colaboraba asiduamente todos los años a principios de curso, obsequiaba a los estudiantes de intercambio con una mochila roja muy útil; contenía mapas de la ciudad, horarios de autobuses y folletines de información sobre alojamiento y sobre dónde hacer la compra. Yo tenía varias: se llamaban "Kit Erasmus". Cogí una de las mochilas y vacié todo su contenido, menos el mapa de la ciudad; después metí todas las cosas que formarían el "Kit Vagabundo". Opté por no hacerme preguntas sobre la utilidad, primero, de un mapa para un vagabundo, y segundo, sobre el concepto “orientación" para el mismo. Hombre y destino, así me sentía: no existían calles, semáforos ni otras personas que no fuésemos él o yo. Bajé las escaleras y me reuní en la esquina con el abrigo que
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continuaba posado en la barandilla; completé el kit, y calle arriba, experimenté dar los pasos más firmes que había dado en mi existencia. Cargado de miedo, era un soldado mirando al horizonte. Durante el camino, pensé en este instante, el momento mismo que escribiría el triunfante relato de cómo esquivé por un momento la estupidez de la condición humana y tendí un brazo desinteresado por un igual en apuros; escribiría cómo el vagabundo, agradecido y extrañado, con lágrimas corriéndole por las mejillas, me agradecería el gesto tan humano que acababa de realizar, y sí, en ese momento, volvería a fumar, y de su paquete, el vagabundo me ofrecería un cigarrillo tremendamente satisfecho de poder ofrecer algo a alguien, y juntos fumaríamos sentados, dando la espalda a la Cámara de Comercio. Eso haríamos: dar la espalda a la sociedad y unir nuestras experiencias a través de los pitillos, y el viejo me contaría lo miserable que había sido la vida con él, me contaría su historia, y yo le contaría la mía, y así pasarían las horas y llegarían las sombras. Él me agradecería el poder conversar con alguien, y nacería una amistad pura, una amistad fuerte en la debilidad de nuestra condición. Seríamos una amistad singular: el viejo vagabundo y el joven escritor…
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Justo antes de doblar la esquina para encontrarme con mi amigo, me vino a la cabeza otra idea: ¡qué curioso! Realizaría aquella acción desinteresada una hora después de haber trabajado como voluntario. En la Feria, una vieja amargada y mal follada, me dijo que no se puede decir trabajar si el trabajo mismo consiste en ser voluntario. Yo tengo otro concepto de la palabra “Trabajo”. ¿Y si finalmente el haber trabajado como voluntario y ver lo equivocado de los valores incrustados en la sociedad (se paga la voluntad del voluntario: triste, pero cierto), había encendido la bombilla? ¿Había sido la pena brotada en mí, delante de él, ese destello? ¿Sería la oportunidad verdadera de realizar una auténtica acción de voluntario? Demasiadas dudas. Estaba delante de mi amigo, y sentía pavor. La suerte estaba echada sobre mí, y pesaba… Había llegado el momento: era él, mi amigo, aquel que dentro de poco me contaría su vida y lloraría emocionado. Pero había un problema: miedo. Me costaba representar aquel papel, romper hielos; yo era antisocial en sociedad, no me gustaba hablar con desconocidos, me desagradaba entablar nuevas amistades, ni mucho menos pararme y saludar a gente por la calle: evitaba a
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la gente, ¿igual que él? Y olía mal: realmente apestaba; no me pude acercar más, el olor me habría hecho vomitar si daba un paso más; me quedé a un metro de las escaleras, y desde allí, le arrojé el saludo:
− Eh, amico… Ni me miró (en realidad, esas palabras nunca fueron dirigidas a él). Yo pensé que, seguramente, mi amigo creería que una vez más su mente le había vuelto a discutir. También imaginé que era difícil escuchar algo con toda la mierda que tendría en las orejas. El pánico seguía apoderándose cada vez más de mí, y una especie de temblor me fue subiendo por la pierna. Estaba nervioso. ¿Qué estaba pasando? El “Kit” de mi amigo pesaba en mi espalda; me di cuenta de que no quería estar allí. Ahora sabía que no iba a ser tan fácil volver a fumar. Y en ese instante, donde la determinación, la voluntad, el miedo y el nerviosismo paralizaban mi cuerpo, la incertidumbre de mi estupidez me guió una vez más (si hubiese estado cerca de una ventana me habría arrojado al vacío sin dudar: era el “primer soldado de infantería de la primera línea de ataque del frente de batalla del ejército perdedor”). Cargado de valentía olfativa me acerqué más a él... Y aquel hombre encorvado, nauseabundo,
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triste y derrotado ondeó su bandera. Fue un golpe de garganta desgarrado y desesperado, próximo a la muerte, tan verdadero: − ¡¡NOOOOOO!! Un no a la vida. Y yo, atónito, era la representación de esta. Sus ojos, que cuando llegué estaban como fuera de órbita, acompañaron en todo momento al monosílabo, y tornaron normales en el instante que calló. Yo, al haber sido víctima de un grito tan rotundo, me sentí violentado. ¿Por qué me chillaba el viejo? Sólo pretendía ayudarle. − Ti porto roba da mangiare, vestita e sigarette - le avisé. No menté el libro. Él me miró desde su trono, despechado. Estábamos en su reino. Nuestros ojos, finalmente, se encontraron, cosa que me puso aún más nervioso, y al fin el viejo se dirigió a mí: − Non voglio niente, sono tutte strategie politiche… - susurró, desconfiado. Quedé petrificado: estrategias Sólo alcancé a decir: políticas…

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− Dai, che sono tuo amico. Y el anciano volvió a ondear su bandera con otra rotunda negación, rabiosa, y sus tristes ojos volvieron a su órbita infinita, y allí se quedaron. Ahora sí. ¿Qué coño hacía allí, sufriendo una peste inhumana? Sí, quería ayudar al tipo aquel. Quería ofrecerle un poco de felicidad, comida, tabaco, el libro para que se lo metiera por el culo, pero no iba a aguantar tal humillación. Los transeúntes que oyeron al viejo me miraban, extrañados, los coches curiosos desaceleraban. Odio ser el centro de algo. ¡Y encima que quería ayudar! El miserable la emprendía a gritos conmigo: ahora comprendía por qué había llegado a esa situación tan animal. Si no reconoces a la gente que quiere ayudarte de buena fe, es normal hundirte en la mierda… Tomé una firme decisión. Le daría otra oportunidad, pero yo no estaría para ver si la tomaba o no. No pasaría más vergüenza. Cuando me alejaba de él, percibí un rastro de derrota, pero no era sólo mía.
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Crucé a la acera de enfrente. Allí me sentí mejor, y junto a un banco de cemento situado a la vista de su reino, le hice una señal al rey pestazo, y como si fuera un animal, le mostré la mochila. Después, lentamente, como si se tratara del Un, Dos, Tres, le saqué el tabaco y se lo mostré, y luego, la comida. Después, dejé la mochila en el banco. Ahí estaba mi ayuda: si la quería coger, que la cogiese, así comería y fumaría, mas no tendría el placer de mi conversación ni de mi amistad: eso lo perdió con el primer grito. Viejo idiota. He dejado a tu alcance la mochila de la felicidad. Allá tú. Y la voluntad del viejo quiso que éste no se inmutara cuando me alejé de él, frustrado, ni se moviera de su lugar cuando le mostré los apetitosos víveres desde aquel banco. Sus miradas eran de puro desprecio. Y emprendí la huida. Durante el resto del día, sin otra cosa mejor que hacer, vagabundeé por la ciudad, y una melena rubia, un escaparate con mapas antiguos y unas bonitas piernas ocuparon toda mi atención (y tiempo). A la noche, agradecido, escribí. Nunca supe cómo este relato terminó…
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n serio: esto no funciona, créanme. Las facturas, el tráfico, la vecina de al lado, los telediarios a la hora de comer… De alguna forma están los bares, donde es fácil desgastarse y que el tiempo pase, que pase hasta que consigas aceptarlo, y que sin más, tranquilo, puedas regresar a tu hogar. Era la fórmula de mi amigo Henry cuando trabajaba en Correos, y es la menos equivocada de todas. Suele pasar la mayoría de las veces. Pero otras, por el camino, sea de regreso o de ida, da igual, es el mismo camino, y no le busques filosofía al asunto; encuentras una piedra, algo mejor que hacer, o al menos distinto, y ya no vuelves a casa, y entonces la gente te busca, envidiosa. Esta es la historia: el lugar, ya lo sabes. Una barra como trinchera, gente sola en compañía, un viejo camarero, cristaleras con botellas polvorientas para ver quién se sienta a tu lado y mesas oscuras al fondo para no ver quién se sienta a tu lado, y de vez en cuando, música. No era la primera vez que iba; tampoco era cliente asiduo. Ese día, Azul se encontraba allí, con la esperanza de que el mundo se olvidara de él y la Muerte le invitara a tomar un buen trago. No tenía trabajo ni dinero, no tenía ganas de escribir; el bar era el único de la calle y hacía también las veces de tienda de licores, restaurante y farmacia.
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Aún recordaba la mirada estúpida del camarero cuando Blanco entró al bar. El pelo joven y ondulado lo llevaba suelto, y le serpenteaba entre los hombros. Azul, en ese mismo, instante observó su vaso, lamentándose. Rebuscó, ansioso, cubos de hielo. Hielos que no encontró. Blanco entraba con un vestido ajustadísimo, su cuerpo parecía querer escapar de él y con cada paso que daba el vestido, iba remangándose poco a poco, dejando ver cada vez más los fuertes y femeninos muslos desde donde parecían salir rayos de luz y que iluminaron el bar entero. La música la acompañaba. Y para Azul, todo eran piernas, sólo piernas. Las veía acercarse por el cristal de su vaso; sus piernas perfumadas, sus largas piernas perfumadas acabadas en tacón como la rosa acaba en espinas, sus largas piernas perfumadas, torneadas, sanas y de color salvaje, de nuevo, caminaban en una sola dirección. Blanco abrió el secreto de sus labios cuando se encontró frente a Azul, y todo comenzó de nuevo. Cuatro días y una paliza y media es el tiempo que había pasado desde que Azul había conocido a Blanco, la piedra de su camino. − ¿Qué bebes? - preguntó ella.
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− A todos los hombres del mundo… respondió él, ensimismado. Conocía el juego. El camarero vino y saludó a la recién llegada; viejos socios. Le sirvió un Martini seco, muy seco, y sin aceituna. Luego se fue a la esquina, a seguir secando vasos. − ¿Sigues escribiendo sobre mí? − No lo hago sobre ti… Blanco cogió la copa y se mojó los labios, creo que no bebió. Rodeó el taburete de Azul, y susurró que la acompañara. Se sentaron en las mesas del fondo; Azul se acomodó hacia atrás en la silla, agarrando el vaso sobre la mesa, y Blanco, sentada hacia delante con las piernas cruzadas hacia fuera. En el tocadiscos sonaba “Alabama Song”. − Hola, me llamo Walter, soy un mosquito y

tengo seis días. Sí, un mosquito… bzzzzz… La vida que llevo es una vida de bar, de cosas que vuelan por encima mía, de gente furiosa y dormida, de sangre chupada. A lo largo de tantas horas de experiencia, he comprendido que mejor es no fiarse de nadie, que quien te ofrece una mano te golpeará seguramente con la otra, que quien menos
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atención te presta, es quien más te vigila y quien finalmente te dará boleto hacia la otra vida. He oído demasiado, huido tantas otras… Y Walter ya no se fía de nadie. Lo tengo bastante claro, tan claro como oscuro lo tiene el tipo que está en las mesas del fondo… bzzzzzz… voy a vivir mejor que en un bar? Será porque ya estoy un poco alcoholizado, será porque les he cogido cariño, pero debo decir que la sangre de los cabrones estos, y lo que no es sangre, es de lo mejor que he probado en mi vida. Llegué hará ya 5 días… recuerdo aquella hora… cargado de ilusiones entré por la ventana, un jovenzuelo en busca de aventuras… bzzzzzz… bueno, la vida es corta y eso es otra historia. No os quiero aburrir. Hasta agradecen mi compañía… que vienen y piden zumos o batidos, esos son los peligrosos. El camarero suele hacerme una señal cuando aparece alguno de ellos… bzzzzzz… voy a ver cómo le va al tipo del fondo. Soy mosquito viejo y tengo la impresión de que hoy no me hará falta jugarme las alas para echar un trago. Conozco a la tipa, nunca olvido una cara,
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≫ ¿Que por qué vivo en un bar? ¿Dónde

≫ Me hablan, y yo los escucho. Los tipos

y la última vez que esos dos estuvieron juntos, la cosa acabó mal. Esa tipa es como mis amigas de las esquinas, sólo que a esta no se la ve cuando empieza a sacarse seda del culo… bzzzzz… ¿Os conté la primera vez que llegué aquí? Hace 5 días y medio… recuerdo como si fuese ahora mismo… bzzzzz… ¿Qué os estaba contando? ¿Os he hablado de Bill? ¡Ah! Es el tipo de las mesas del fondo. Voy a ver cómo le va…
Al sentarse, Azul miró a los ojos de Blanco por primera vez esa noche. Allí seguían con la misma fuerza, pensó, aquellos ojos eran como los de un asesino: lo supo desde el primer momento. Nunca le dijeron nada, y no por vacíos o por oscuros: es que nadie los comprendió jamás. La estudiaba atento; mientras, Blanco celebraba el importantísimo ritual siguiente al acto de tomar asiento, un cúmulo de gestos minúsculos y profesionales que tenían como fin aderezar cualquier situación donde una mujer como Blanco apareciera: de eso dependía en gran parte su vida. Azul se deleitaba con las formas de Blanco. Miraba su pelo, que había sido enmarañado en repetidas ocasiones por sus acometidas, y lo podía oler. Miraba sus manos, que habían acariciado su polla hasta hacerla estallar, y
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podía sentirlas allí de nuevo. Y se perdía entre sus pómulos, en aquel fino sendero que llevaba a sus labios rojos de infierno donde el traicionar y el buenos días paseaban por la misma acera. “Amo a mi asesina”, pensó Azul, “y la odio porque sé que jamás la tendré”. − ¿Cómo te encuentras, cariño? ¿Todo bien? - preguntó Azul. − No empieces… − Escúchame, siento lo que ocurrió ¿vale? De veras. Estoy harta de todos ellos… llevo días esperando que regreses, todas aquellas cosas que me dijiste… ¡me asusté! ¿Vale? Reaccioné con miedo, ¡necesitaba tiempo! Ahora lo he pensado bien. Estoy decidida a hacerlo… − ¿A hacer qué? Blanco acariciaba la mano de Azul. − No quiero ver más a esta panda de viejos borrachos y derrotados y matones de tres al cuarto, me contagian. Huyamos juntos, solos tú y yo. Blanco le pasaba una mano por el pelo a Azul, peinándolo con fría ternura.
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− Son tu público: la gente viene aquí sólo para verte, cariño. Y no dejarán que te vayas - sentenció Azul. Blanco abrió su bolso y sacó una pitillera de plata. Azul pudo ver una pequeña pistola allí dentro. Cogió un cigarrillo, se lo puso en la boca, y fijó sus ojos, ahora iracundos, en Azul, esperando. Cuando Azul comprendió, trató de darle fuego, inclinándose por encima de la mesa; pero Blanco, al instante, arrastró con los pies la silla para atrás alejándose de la mesa y de él. Blanco retaba a Azul con la mirada, cargada de ira; lo esperaba detrás del cigarro. Azul se levantó y se inclinó aún más por encima de la mesa, hasta llegar a encenderle el pitillo, y entonces contempló sus piernas, de nuevo, bruscamente separadas y en ángulo recto, estirando más si cabe la tela del vestido. Azul se asomó como nunca antes lo había hecho al abismo de su vida. Cuando Blanco logró encender el cigarrito, Azul se dejó caer de nuevo en la silla, sabiendo lo que le venía encima. Blanco le dio una breve calada al cigarro, se aproximó de nuevo a la mesa y echó el humo.
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− Te he dicho que estoy harta y que no aguanto más, y que si no eres tú, será con otro… Blanco, desinteresada, miraba ya hacia otro lado; el humo del cigarro, en cambio, sumergió a Azul en una fina capa de humo… …Una fina capa de humo donde Azul conducía un Ford descapotable en una recta muy, muy larga, en pleno desierto, en un día claro y radiante. Blanco iba sentada a su lado, apoyada en su hombro, con modernas gafas de sol y un pañuelo liado en la cabeza; en los asientos de atrás, descansaban el dinero y las armas… …Una fina capa de humo que lo mantuvo absorto un buen rato y que cuando se esfumó, tras ella sólo aparecía Blanco, con una leve sonrisa de enamorada. − ¿Qué hacemos con tu amigo? El gorila de la mesa de afuera… - preguntó Azul. − Esto no va acabar bien… bzzzz… te lo

digo yo, que soy mosquito viejo. Hoy ceno gratis. El tipo está de seda hasta el culo.

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Voy para bzzzzzzzzz…

la

barra…

bzzzzzzzzz,

gordo es el dueño de la tía-araña y del bar, creo; los demás son sus secuaces y siempre le ríen las gracias. En otra vida fueron hienas, ¡seguro! Te lo digo yo… bzzzzzz… ¿Os he contado la idea que me ronda la cabeza? Os cuento… bzzzzz… hace tiempo tuvimos una conversación curiosa en la barra, hay un tipo que llama a la barra “la biblioteca de Babilonia” y todos ríen y dicen que está loco, se llama Bill, el viejo Bill, y siempre dice cosas interesantes (muchas veces he cenado gratis gracias a él); pues bien, hablaban de otras vidas, de más oportunidades después de esta, hablaban de la reencarnación y de lo que les gustaría ser a cada uno. Nadie eligió ser mosquito… bzzzzz… Nadie quiso volver a ser humano… querían ser leones, halcones, tigres o ballenas, tener vidas de aventura lejos de los hombres, Bill quería ser gato decía, que le parecía que los gatos eran los mayores genios de este mundo, que dormían 20 de
≫ Fue Bill quien más me convenció; todos

≫ Aquí están los matones y el gordo. El

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24 horas y que para comer sólo tenían que esperar. Que los gatos sabían de qué iba todo esto, que sabían que no había por qué entusiasmarse y que los gatos eran los auténticos salvadores. Los vencedores. El espejo. Bill es mi maestro, entre picadura y picadura todo lo aprendo de él. Bill nunca intenta matarme. sobre la dichosa reencarnación, estoy entusiasmado con la idea de ser gato. He visto algunos rondando por aquí, y la verdad que siempre tienen buen aspecto y no parecen tener enemigos. Estoy realmente entusiasmado. Me queda poco y cada hora que transcurre tengo más y más ganas de que el tiempo pase y de poder ser un gato... bzzzzzzz. Un gato, miau… bzzzzz… ¡Y quién sabe! ¡A lo mejor hasta llego a hacerme amigo de Bill el gato! Bzzzzzzz…
− De eso te tienes que encargar tú… dijo Blanco, señalando el bolso. − ¿ESTÁS LOCA? ¿QUIÉN TE CREES QUE SOY? ¡YA, FÁCIL! ¡POOM, POOM, Y SE ACABÓ! ¡ZORRA! ¡DEBERÍAN RAJARTE Y VER LO QUE TIENES AHÍ D...! - Azul no acabó la frase: Blanco le dio una ≫ Desde el día que escuché a Bill hablar

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bofetada allí mismo que le cruzó la cara de izquierda a derecha. De sus ojos caían lágrimas. Casi nadie los miraba y era normal. Tras un largo silencio que sirvió para que Azul acabara su vaso y Blanco secara sus lágrimas. Azul, frustrado, se levantó y fue directamente a la barra a solicitar otra copa de whisky. Allí encontró al gorila, que había entrado a tomarse una cerveza. Hablaba con tres tipos sobre otro individuo llamado Bill, que había metido la cabeza en el horno de su casa y que por lo visto no pasaría más por el tugurio. − ¿De nuevo por aquí, chico? - dijo el gorila cuando se percató de la presencia de Azul. − Eeeh… sí, sí… - respondió el aludido. − Bien, espero que no me guardes rencor por lo de la última vez, chico, los negocios son los negocios… ya sabes cómo funciona esto - dijo riéndose, zarandeándolo con sus manos; los demás reían por el recuerdo de la paliza en la barra. − Sí, sí… no te preocupes, ya pasó. Sólo fue un estúpido malentendido… − Bien. Ahora vete, muchacho, a este trago invito yo. No hagas esperar más a Blanco, u olvidará a quién tiene que chupársela esta noche, jajajaja… - se burló.
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Dejó al gorila allí en la barra, maldiciendo al camarero porque había un mosquito ahogado en su vaso de cerveza. Azul volvió a las mesas del fondo con su trago gratis, sopesando la situación. La música había cambiado: ahora sonaba Freddie Freeloader . Sentada en su silla, Blanco lo recibió expectante: su hermoso culo trepaba por la silla. − Cuéntame, nena, ¿qué has pensado? Era un tipo afortunado: finalmente, Muerte le había invitado a un trago. la

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¿ abes? Uno de los astronautas que llegó a la Luna, tomó una foto de la Tierra. Estando allí, se giró, sacó su cámara e hizo clic. Lo intentó. Algunos escritores también lo han intentado. Escritores. No hablo de salvar papas y edificar catedrales; no hablo de los capitanes de esta generación enferma del peor mal, el de nacer ya vencedora, el de creerse indestructibles, como las cucarachas; no, yo hablo de escritores. Kafka evolucionó al hombre, sí, le dio otro matiz, se quitó la venda de los ojos e intentó disparar al águila. Dostoiyevski fue de los pocos que lo han conseguido, y acabó en Siberia; es el hombre de todos los hombres, el tuerto en el país de los ciegos y el asesino que todos llevamos dentro. A Fante nunca le interesó: era más listo, brindaba y reía con la muerte, una y otra vez, hasta que le cortaron las piernas. Y Camus , bueno, éste le dio forma, sentido y le puso nombre. Otros sucumbieron, aun siendo los más fuertes, como el viejo “Hem”, y otros creyeron, convencidos, en vencer cuando en realidad sólo jugaban con ellos, como Faulkner . En fin, a lo que iba: que cada uno lea lo que le venga en gana. No todos tenemos la suerte de ir a la Luna. Un bar de una plaza de Torino: ahí me encontraba, compartiendo mesa con tres mujeres y Chas; hablábamos y bebíamos, algunos más y otros menos, otros sólo bebíamos. Chas es mi único amigo vivo.
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− Blablablablabla - dijo alguien. − Blablablablabla - respondió alguien. − Me encanta leer – replicó alguien. − ¿Sí? ¡Qué interesante! - habló Chas ¿Y qué lees? En ese preciso instante, acabé mi cerveza, y mirando por el culo del vaso a toda mi compañía, decidí levantarme y acercarme a la barra a por otra birra. Era un otoñal día como otro cualquiera. − ¿Quién juega hoy? - pregunté al camarero con cara de astronauta y falda. − Liverpool y Florentina - respondió el camarero, serio. − Vaya, cuidado con Fernando Torres, ¿eh? El camarero astronauta no comprendió: no es fácil ser simpático con esa cara. Abrí la cartera, le pagué, y echando de reojo un vistazo a toda la madera que me rodeaba y pensando que sería fácil incendiar la astronave, me uní de nuevo al maravilloso mundo del círculo de lectores. “Tengo cerveza, tranquilo”, pensé, “pasará pronto”. Que alguien utilizara las hojas de los libros como lubricante no me parecía nada mal.
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Cualquier mentira es lícita si al final de la noche te llevas a la chica - o a lo que quieras - llevarte a la cama; entraba en el juego y era perfectamente válido. La cosa es que ese juego ya lo había presenciado muchas veces. Además, Chas, mi amigo, aun no siendo el único jugador sí era el mejor, y la seguridad de su victoria proyectaba la monotonía hacia las siguientes rondas. Siempre es más divertida la desgracia que el triunfo, y en ese caso, no sería así. De ahí el éxito de Jesucristo. Un escritor idiota de Torino, al que conocía de trabajar en la noche (no es que fuéramos prostitutas, aunque, en cierto modo yo sí, él era pinchadiscos, y yo, prostituta), dijo, en la presentación de su libro que “Torino no existe”. Torino sí existe, y buena cuenta de ello la dan idiotas como él; lo que no existe son bares, y en esas estábamos, en un bar que no existía, un irlandés sin irlandeses, todo maderas y cuadros de rugby y cosas verdes. No había gente callada y bebiendo, sólo gente sola en compañía y bebiendo. Era un sitio agradable. El caso es que estaba allí, en medio del torbellino, siendo protagonista de esta conversación.
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− Yo es que leo todos los días, me encanta… - dijo blablabla. − ¿Cuál es el último libro que leíste? – pregunté, con curiosidad. En ese momento, supe qué siente un soldado en la trinchera cuando dispara la primera bala. − Pues… déjame pensar… ¡ah, sí! no recuerdo el nombre ahora… − ¡Yo también lo leí! Es muy dijeron los pechos apoyados en de la rubia que estaba frente a Uno de… bonito la mesa mí.

El caso es que si hiciesen los libros de látex, ahorrarían un viaje a mi amigo Chas a la farmacia. Y con esto nos hemos ahorrado tres cervezas de diálogos, a veces absurdos. En un momento de descuido en la conversación, dejé de mirar pechos y pensé. A veces, lo hago. Y me pregunté por qué cojones estaba allí sentado, perdiendo el tiempo, pero no hallé respuestas. Me alcé de la mesa, saludé a todos y me aproximé a la puerta que, automáticamente, se abrió para dejarme salir, como diciendo: “venga, cabroncete, afuera de nuevo”.
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Esperé mi turno, cogí aire, y me sumergí en el asfalto de la acera. Ahí iba, dejando atrás otra tarde de mi vida sin escribir. Tras cuatro pasos, me di la vuelta y entré de nuevo en el pub irlandés, saludé levantando las cejas, observé a la pechugona y fui directo a cagar. En el baño, había agua caliente y una toallita para secarte las manos y jabón. Los váteres estaban perfumados con pastillas que olían a pino. Todo era de mármol marrón y madera envejecida. Todo muy limpio, al estilo irlandés. Me la sacudí un poco pensando en aquellos pechos grandes, jóvenes y firmes a los que les gustaba leer. Me limpié en la toallita y salí de allí. Cuando llegué, me crucé con el camarero que había servido otra ronda más. Esta vez no saludé. Me fui directo del local. Una vez, un borracho dijo en una entrevista que él era artista a ratos, que la mayoría del tiempo no era nada. Pensaba en la respuesta del tipo cuando desarrollé mi propia reflexión sobre el Arte, pues yo también soy un gran borracho a ratos: “EL debo escribir esto en algún lado pensé, si no luego no lo recordaré.
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ARTE ES FOLLARTE AL AMOR MIENTRAS OTROS MIRAN, OPINAN Y SE MASTURBAN”,

Y con esa idea, caminaba cuando pensé en ir a comprarme un libro, así que giré a la izquierda en la esquina de Piazza Castello y entré en mi librería favorita,

“Librería para comunistas y otros pasatiempos”. Era una librería de dos

plantas que hacía esquina en la plaza; los libros estaban divididos en enormes estanterías corredizas, y cada dos estanterías había una graciosa pizarrita con algunas frases escritas a tiza:

“Aquello que está en el corazón del sobrio, está en la lengua del borracho”. “Cuando Dios creó al hombre ya estaba cansado: eso explica muchas cosas”. “Cada poder emana del pueblo y no vuelve más”. “Cuando descubrí que Dios era hombre y blanco, perdí todo el interés”.
Estas son las mejores de ese día. Cada poco tiempo, las iban cambiando. Debería borrar alguna de esas y escribir mi frase, pensé. Pero no lo hice. Aún hoy estoy a tiempo…
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Los libros estaban ordenados de diferentes formas; existían secciones por apellido del autor, número de ejemplares vendidos, novedades, temática, precios, idioma, etc. Supongo que algunos autores estarán en varias secciones. El caso es que andaba distraído con todas esas frasecitas, y di a parar delante de la estantería de los best-seller. Allí cogí un libro que me llamó la atención, se titulaba “El Cazador de ideas”. El título no me decía nada, pero la sinopsis del libro, en cambio, me era tremendamente familiar. Dos segundos después, huí de la sala principal al ver la foto que había en la contraportada. Di a parar al sótano, a la sala de conferencias. Y justo en el momento en que aparecí allí, recuerdo que entré como un invitado en una orgía. Ahí empezó todo.
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Me senté en una esquina, pegado al pasillo. Suelo hacerlo así: de ese modo me creo la equívoca y satisfactoria sensación de que puedo salir de los sitios cuando quiera. Éramos unas quince personas, contando a los tres tipos situados en el pedestal: eran el representante de la editorial, el representante de la librería que hacía de presentador de la inminente conferencia, y un tipo menudo, de huesos frágiles y ego robado que era el poeta en cuestión. Se llamaba Pietro Alma. Tendría unos treinta años: era muy delgado y descuidado, con el pelo largo y la nariz afilada. Curiosamente, no fui el último en llegar al acto: justo después de que me sentara, apareció por el pasillo la pechugona joven rubia del bar. “Sus pechos habrán venido también a comprar un libro”, pensé. Me saludó y se sentó a mi lado. Los tres del pedestal cambiaron totalmente la opinión que se habían creado acerca de mí. − Es de mala educación salir de los sitios sin despedirse… - dejó caer de forma impersonal mi amiga, pendiente de los distinguidos señores del pedestal.
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− Saludé y me fui. Es más de lo que suelo hacer. Veo estúpido despedirse de la gente - contesté, metido enteramente en el papel de tipo duro - ¿Y tú, desde cuándo vas a recitales de poesía? − Nunca. Sólo te seguía. ¿Y tú? − Di a parar aquí. Me topé arriba con un viejo amigo, y tuve que quitarme de en medio. No me oía. Sus pechos y ella tenían la mirada fija en el poeta. Yo también estaba concentrado en sus senos. Todo era como tenía que ser: cuando el presentador del acto emitió un breve discurso, presentó la obra y pasó el turno a Pietro quien, como si sólo supiese hablar en verso, empezó a recitar, sin mediar ningún tipo de presentación, saludo o agradecimiento, sintiéndose mejor al instante.
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Disparaba su verborrea sin parar, casi sin dejar pausas. De vez en cuando, presentaba, de forma breve, el poema que se disponía a leer. Al principio, recitó poemas cortos y solitarios, con él como protagonista y la ciudad como escenario, personajes grises danzaban a su lado. Nunca supo si la sala de conferencias tenía techo o no, parecía un animal acorralado; su voz, en cambio, como su poesía, era firme, metálica, alcanzaba la sala entera. A mitad de función soltó este poema, que se titulaba “Teoría de Charles”:
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De alguna forma todas aquellas personas que sienten no formar parte de sus vidas comprendemos a Manson y abrazamos su mensaje. Bajo otros senderos llegarán a la misma conclusión aquellos que creen en un mundo mejor. También creo que si el día donde se dijo no en California hubiese llovido, en vez de salir el sol, Manson sería sólo una estrella del Rock. Un tipo inteligente, un tipo atractivo. Un niño que leyó la Biblia, una moneda salida cruz. Un hijo de América, su producto crucificado. Un loco como tantos otros… Hoy lo he visto en televisión. Es un viejo de setenta y seis años que lleva más de cuarenta en prisión; no lee, le negaron la música, dice hacer sólo meditación. Defiende ATWA y allí quiere volver. En 2012 pedirá de nuevo la libertad condicional once veces negada ya. Dice que en la Biblia ya se hablaba de él.
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Le creo. Dice no haber violado ninguna ley del hombre ni de Dios escuchar a los Beatles, como tú y como yo, cantar canciones de amor. Defiende la teoría de que vive en el inframundo (lo real), lo dirige, él es dueño de todo aquello, y controla también nuestro mundo (lo irreal). - ¿Acaso no lo ves? - sonríe, simpático. La sociedad sólo es el reflejo de lo que allí dentro sucede, y para que tras los muros exista un Elvis o un Humphrey Bogart en la cárcel tiene que haber un tipo malo, algún cabrón. Dice Charles:
- ¿Quieres verme? Mira un espejo.

Cada sociedad tiene el asesino que merece, también sus canciones, y en ambos casos, ya ves,
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portada del Times. Cierto es que no mató a nadie. Instigó, dio instrucciones para que murieran cinco personas, vivió en un rancho con animales entre árboles junto al río alejado de la civilización, todas las noches haciendo el amor con diferentes mujeres, predicando la revolución. Hubiera sido un gran político. Actitudes y aptitudes que no le faltaban. Lástima que lleve una vida en la sombra juzgada por ordenar asesinatos juzgada por inculcar en los demás la idea del enemigo común, mejor tirar la llave que quedarse a oscuras. A quien no comprenderé jamás es al hambre a los bombardeos civiles al exterminio racial y capital a la invención de la bomba atómica y del Sida a esos cerdos con corbatas que nunca jamás los comprenderé, y para ellos, bajo mi almohada
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siempre listo y afilado para el degüello un cuchillo esconderé. Helter Skelter, Helter Skelter, Helter Skelter.
− La madre que lo parió… − Shhhh… ¡cállate! - reprendió mi compañera de pupitre, dándome un pellizco en el muslo. En cada silla, había un folleto con los poemas que leía y una breve sinopsis de ellos, dónde fueron publicados y en qué año; también venía una breve biografía de Pietro. Cogí el de la silla de al lado y leí: “Nacido en Turín el nueve de marzo de 1981, se graduó en Economía y luego se matriculó en Letras, abandonando los estudios al poco de publicar su primer poemario, “Civilizados”. Ha publicado numerosos libros de relatos y varios de poesía; ha ganado el premio “Júpiter” y sus obras han sido traducidas al italiano y al ruso”. − ¡El cabrón es un enfermo y lo conocen hasta los rusos! − ¡SSSSHHH!.. - se escuchó desde atrás. Mi chica me miraba con ojos desaprobadores. Pietro, en cambio, me miró, frágil, y yo le
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le sonreí, agradecido; continuaba a lo suyo. A los 15 minutos volvió con el segundo poemita sobre asesinos en serie. Ambos pertenecían a un pequeño poemario titulado “La poesía de los serial killers”:

Cuando en la ciudad del lago salado Yarg Rimelog fue condenado a muerte, hace ya dos décadas, fue encumbrado a base de flashes en portadas y televisiones y sus víctimas, bolsas negras etiquetadas rápido fueron olvidadas en el desierto de la historia, piedrecitas del camino. Durante el juicio el reo sentenció merecer morir y el juez le dio la razón fue ajusticiado y descartó morir ahorcado; razones de seguridad, alegó el asesino la soga no siempre cumple su función, se decantó por algo más conocido: fusiles, diana y un pelotón. Sería el primero en morir acribillado hacía diez años que la pena capital como solución había sido abolida por el Estado mas si algo es negociable
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es la vida y lo es la muerte; así defendió en la apelación hecha por gobernadores madres y grupos de presión su jodido derecho a morir a balazos. Despidió a sus abogados y a Nietzsche contrató: “llega un momento en la vida de un hombre donde debe hacer frente a su historia”. Bajo este lema, defendió el dictamen del primer juez maniatado y ganó al sistema su única victoria, el derecho a ser fusilado estas fueron sus últimas palabras a la comisión:
− Se trata de mi vida y mi muerte,

no pensé que estuvieran bromeando... en cuanto a querer algo de ustedes, nada tampoco creo que lo merezca. (Quizás sea mejor así, colega). Y tanto ruido atrajo la carroña, prensa y Hollywood inquietos sobrevolaron y picotearon su reja,
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filmarían su hazaña. Recibió miles de cartas perfumadas de jóvenes admiradoras, catorce años tenían algunas como las hijas de los hombres a los que había disparado; Johnny Cash le cantó su canción favorita y el preso, emocionado, no acertó más que a tararear, sólo tararear... “Si me conocieran, no les gustaría tanto”. Impaciente al tiroteo la celebridad realiza huelgas de hambre y vacía su venas y no leídos diariamente escribe poemas y ardientes cartas de amor suicida. Su tío le trae botellas de whisky, su novia que acabó en el manicomio - con veneno metido en el coño -; durante el día se emborrachaba y literaba, mas nadie por las noches las luces apagaba. Años atrás fue a la Universidad y bajo libertad condicional estudió Arte y Literatura pero en los recreos el americano
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encañonaba en los supermercados a abuelitas y curas y en los módulos más alejados. Ahora durante la espera la vida dibuja en rostros de niños asustados y en vagabundos de risa iracunda; las puertas del cielo también las retrató dos altas rejas de barrotes afilados y cerrojos dorados, curioso, pero cerrados. Y pasó el tiempo como el tiempo pasa en una parada de autobús lejana. Cuando llegó el momento una diana roja le dibujaron en el corazón y un pulso y unas risas fueron su testamento; apostados tras el muro, ya el pelotón preparado, esperaban la señal. Afuera, la muchedumbre separada en bandos pendientes, familiares y humillados:
− Vamos allá.

Y bajo la capucha oyó el silencio y el metálico impulso que por fin le trajo la noche... Más tarde su tío vendió sus derechos, sí, sus derechos, y los 50.000 dólares los repartieron
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entre viudas mormonas y familiares cercanos; también su cuerpo fue desmembrado y sus órganos, donados, fueron trasplantados y utilizados para salvar vidas humanas. Luego Yarg fue incinerado, y desde el cielo volvió a caer sobre los demás. Un tipo hace poco ha descubierto que sus ojos son los de aquel asesino. No digo que todo aquello estuviera mal pues al fin y al cabo la gente viene y va y Dostoyevski ya fue salvado. Me iría con ese tipo a tomarme unas cervezas, tampoco con el que tienes sus ojos sólo digo que me gustaría leer esos poemas.
− “Sólo digo que me gustaría leer sus poemas”… − Me ha gustado – escuché: no sé bien quién habló. − ¿Nos vamos, nena? – avisé a la rubia. − ¿No quieres esperar a que termine? dijo mi chica. − No - dije - me aburren, aunque éste menos... En principio tienen soluciones,
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pues son seres más profundos y se creen mejores. Quieren llegar más lejos, pero luego descubren, se compadecen, y es cuando se frenan y comienzan a esperar... Esta gente nunca termina, siempre esperan y esperan y esperan, si tuviesen un espejo delante serían inmortales… − No te entiendo… − Que la madera, cuando arde, es sólo madera ardiendo... ¿entiendes? Dicen que los maricones se reconocen entre ellos al encontrarse, que les basta cruzar una mirada... gracias a Dios que no sucede lo mismo con los poetas… sería catastrófico… − ¿Cómo? − Déjalo – desistí -. Llevamos aquí demasiado tiempo, vayámonos antes de que me dé por fumar en pipa. Nos levantamos. Habíamos estado allí casi una hora escuchando a Pietro recitar, y toda la envidia que en ese tiempo se había apoderado de mí se esfumó viendo a mi chica subir las escaleras; esta vez yo había ganado. Pietro continuó unos veinte minutos más. Salimos de la librería, juntos, ella y yo; iba siempre detrás de ella. Y como una joven pareja bajo la lluvia, avanzamos por los pórticos y cruzamos la calle en dirección a
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Vía Garibaldi; la abracé para que no se mojase y ella se estremeció entre mis brazos. Cruzamos Piazza Castello y se me ocurrió llevarla a un café del que seguramente ella no habría oído hablar, ¡sería magnífico! Era un café de época, de esos que aún conservan la decoración de cuando fueron fundados, allá por el siglo XIX, todo madera y aroma renacentista, poca luz y mesitas pequeñas y cercanas, con viejas estiradas y sus maridos, políticos retirados. Al final, opté por no llevarla allí: tanta poesía y muslos me había atrofiado demasiado el cerebro. Nos metimos en otro pub irlandés. Esta vez más cerca de mi casa. Estaba convencido de que me la follaría esa noche… “convertida mi polla

recitales de poesía”, me dije.

en el faro de Alejandría al rescate de su lindo culito, náufrago insolente en las oscuras vertientes de la noche”. “Putos

En estos irlandeses se suele comer bien; más allá de los típicos platos combinados y hamburguesas, los cafés irlandeses en Italia tienen plantillas de experimentados cocineros que preparan jugosos platos de la cocina italiana y ricos postres caseros.
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Pedimos dos hamburguesas completas, un plato de patatas fritas y dos jarras de cerveza. Empecé a notar que la pechugona era de mi palo: bebíamos al mismo ritmo y poco a poco, su conversación era más agradable. Cuando dejamos atrás los licores y pasamos a los cócteles, los dos teníamos una borrachera como un piano (siempre me ha hecho gracia esta extraña comparación). Ella bebía un Manhattan, y yo el resto de América. Así íbamos, y así creo que era más o menos el diálogo: − Entonces, según escapatoria - hablaban − Pues siento decirle usted ya no tiene más esquinas de mi cama… tú, ya no tengo de nuevo sus pechos. que no, bella dama, salida que las cálidas

Cuando bebo, suelo elevar mi nivel de educación, algo curioso, pero ciertamente favorable, a ella todo eso le hacía sonreír. − ¿Dónde vives? − Cerca, en Vittorio Veneto, en el número 14. Comparto bloque con el alcalde de la ciudad, muñeca - me faltó hacer el baile del pájaro del paraíso. − Conozco perfectamente la zona, la frecuento a menudo - dijo mi chica, irónica.
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− ¿También te interesan los políticos? − ¿Y quién más me interesa, según tú? ¡Deja ya el rollo de interesante, pesado! ¡Así no conseguirás nada! - pero se equivocaba: cada uno tiene sus métodos. Y si no, que se lo pregunten a la pájara del paraíso. La conversación continuó un poco más, y se nombraron esposas, azotes, demasiado para ti, no podrás conmigo y algunas palabras más de ese estilo. Como es normal, cuando fue al servicio, la perseguí, y justo cuando iba a entrar al baño de señoritas, la empujé hacia el aseo de los paralíticos. Cogiéndola por el cuello, a la vez que cerraba la puerta y la estampaba contra ella, mi chica quedó de puntillas y con la falda un poco remangada por los muslos. − ¿Qué haces, cerdo? – espetó. Yo no atendía ya a conversaciones; estaba demasiado caliente. Introduje mi lengua en su boca y jugueteé con la suya, le apreté los senos y le bajé las braguitas, hasta dejárselas por las rodillas. Iba directo al objetivo, no fuera a ser que algún paralítico del bar se sintiera indispuesto.
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Agarré a la zorra, y la giré cara al espejo; estaba de pie, y ligeramente inclinada hacia delante y agarrada a los barrotes que hay en los baños de minusválidos, y era preciosa, intentaba pegarme y quitarse y me decía que parase y yo la miraba desde atrás en el espejo y le agarraba el cuello y su culo era precioso, respiraba alterada y me miraba rabiosa y seguía siendo preciosa. Al principio me costó un poco: no quería quitarle los tacones y ella era más alta, así que me resultó difícil atinar, pero, finalmente, lo conseguí, y al instante ella dejó de protestar. Cada uno había cumplido su papel y ahora jadeaba y me pedía que por favor la llevase a casa. Tras cinco fogosos minutos, paramos; ella se arregló el vestido, me tiró las bragas a la cara y se peinó como pudo. Salió con los cachetes colorados, pegando un portazo, con esa belleza sublime y animal que sólo consiguen con la práctica reciente de sexo. Me esperaba fuera. Pagué la cena, le guiñé el ojo a la cajera y salí también, apresurado. Continuaba lloviendo; ella fumaba un cigarrillo y su mirada estaba cargada de odio y amor: era un cuadro precioso.
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Giramos a la derecha y llegamos a Vía Po; bajábamos hacia Vittorio Veneto, y los pórticos de las calles nos protegían de la lluvia, cumpliendo su misión: fueron construidos para que los reyes se protegiesen de las inclemencias del tiempo en sus paseos hacia la iglesia o al río, los pórticos de la izquierda del rey, los de la derecha para la reina; así se lo hice saber a mi acompañante durante el paseo hacia mi piso, y ella me miraba atenta, pero creo que no me escuchaba. Durante el camino se paraba en escaparates y miraba bolsos y zapatos; me tenía agarrado y no me soltaba. Me preguntaba si me gustaban aquellas botas o si le quedarían bien algunas otras, yo la observaba, embelesado, y emitía gruñidos a modo de aprobación, pero, en el fondo, no la escuchaba. Éramos una linda parejita de paseo por los comercios. “Dónde estará Chas”, me preguntaba. − No noté cuando me perseguías… – confesé. − Soy muy buena en todo lo que me propongo – dijo, dándome un pellizco en la nalga y abriendo en demasía su boca.
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Ya habíamos llegado al número 14 de Vittorio Veneto. Metí la llave en el portón, abrí la puerta, la cerré con cuidado de no dar portazo; busqué la llave del portal interior, abrí el portal, abrí la compuerta del ascensor; comprobó que estaba todo cerrado y esperé a que mi chica accediera el ascensor. Pulsé el número cinco; esperamos callados. Ella, muy coqueta, se miraba al espejo, y yo miraba a ellas en el espejo. Llegamos a la quinta planta. Abrí la puerta del ascensor; escuché la música clásica de mi vecino; salió ella, salí yo, cerré la puerta del ascensor; recorrimos el pasillo (sus tacones sonaban como tambores de guerra); abrí la puerta de casa, entró ella, entré yo; cerré la puerta de casa, nos adentramos pasando por la cocina y el salón, hasta mi habitación; encendí la calefacción, cerré la puerta de mi cuarto y me quité el abrigo.
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Mi chica estaba frente a mí, desnuda; detrás, el ruido de la lluvia se filtraba por los cristales; afuera, en lo alto de la colina, el monte Capuchino estaba iluminado con anillos de luces moradas. A ella le encantaron esas luces cuando, apoyada contra el muro, las admiró por la ventana. Al mismo tiempo, ocurrieron accidentes, salvaron niños de pisos en llamas, gatos de árboles malvados, abrieron bares, la gente corrió, tosió, se empujó y discutió, se abrazaron los desconocidos y los enemigos se dijeron “te quiero”… pero nada hubo más hermoso en aquel instante que lo ocurrido en aquella habitación en aquella noche lluviosa. Al terminar, nos quedamos tumbados en la cama, sudorosos, suspirando. Ella fumaba tranquilamente y miraba por la ventana; yo estaba bocabajo, echado sobre ella, con el rostro descansando en su cadera. Y desde allí, contemplé la vista hermosa que era su cuerpo.
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Con la punta de mis dedos fui recorriendo todas aquellas curvas que subían y bajaban, y que feliz me hacían pensar en la infancia. Unas con otras se enlazaban como un tobogán de sensualidad. Estaba en paz, sentía estar en medio de un trigal. Acaricié sus sonrosados pezones y puse la palma de mi mano en su barriga, y complacido, noté su respiración, aún alterada. Su piel olía a melocotón. Y besé los huequitos de entre sus bellas nalgas, que la distinguían como mujer salvaje. Y la abracé. Y la mordí. E intenté atrapar su silueta agarrándome a sus huesos… Y mientras su cuerpo se iba enfriando, Lilith continuó mirando por la ventana; entonces comprendí que todo había acabado, y que ella viajaba sola. Cogí un rotulador que había en el suelo, y a lo largo y ancho de su culo, entre vellitos rubios, empecé a escribir:

“El arte es follarte al amor…”
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uando abrió los ojos, sintió el mar. El mar, las olas y el tiempo. Como si hubiese estado bajo agua y saliese a la superficie sintió el mar. Luego, miró a su alrededor, y se sintió extranjero al instante. Sin fijar la vista en ningún punto en concreto ni en nadie en particular y sin reaccionar a lo más mínimo, el viejo respiró, profundamente, y el contacto con la luz agrietó sus ojos. Luego razonó: ¿qué hacía allí, acaso un día especial? ¿Cuánto había dormido? No podía hablar ni moverse: tan sólo escuchaba lejanamente los comentarios de los allí presentes, voces apagadas que no pertenecían a su realidad. Incrédulo y asustado, el viejo ocultó de nuevo sus ojos: en un acto innato e infantil, buscaba la complicidad de la oscuridad, que ésta le protegiese en la forma que protege al niño cuando también los cierra. Ambos buscan que aquello desapareciera, y el viejo lo consiguió. Al volverlos a abrir en su cuarto, sólo estaba él y la impertinente luz de la mañana, que entrando por la vieja ventana de madera azul y cortinas raídas; desvelaba los secretos nocturnos de las horas en la habitación, iluminando todo rincón, de una forma natural.

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− Estaban todos... si que era una horrible pesadilla - se dijo, mirando hacia la ventana; los Alpes se elevaban más allá de las nubes. Amanecía. Tras bostezar varias veces, se levantó, y estiró todo su cuerpo. Alzó firmemente las manos hacia arriba y flexionó a la vez las rodillas, abriendo de nuevo la boca. Se sintió con mucha fuerza; aquella mañana no padecía ningún dolor – fruto natural de su edad, por lo visto -, y a pesar de los malos sueños, había sido un descansar reconfortante. Se calzó sus babuchas que como siempre lo esperaban a los pies de la cama y fue al baño. Frente al espejo, miró su rostro; allí, allí estaban las cicatrices de todas las guerras pasadas, el rastro de las ilusiones apagadas y las balas que no iban dirigidas a él. Parecía que aquella cara hubiese sido siempre igual; ya no recordaba su rostro joven y bello, podría decirse que las arrugas tenían la misma edad que sus pupilas. Dejó correr un poco el agua y se lavó la cara. Estuvo un largo rato doblando meticulosamente la ropa del día anterior mientras pensaba en lo que haría esa mañana; luego, recogió su habitación.
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Después de cambiar sábanas y ordenar el armario, se dirigió al viejo butacón que tenía frente a la ventana; se abrigó con su gruesa y cálida bata, separó las cortinas, abrió la ventana y respiró el aire limpio, frío y renovado de la calle. A esas horas, el silbar del barrendero y el de los pájaros del parque eran las únicas señales del paso del tiempo en la ciudad. Eran las siete de la mañana en aquel primer piso de Vía Guastalla. El viejo no cerró la ventana; se sentó en la butaca, indiferente, pero atento; como un dios griego, observó cómo la primavera iba poco a poco naciendo entre los árboles y cómo el barrendero se perdía calle arriba. Le gustaba sentir la fría caricia matutina del amanecer de su ciudad a través de esa ventana; era como entrar en consonancia con ella, notaba cómo Turín se apoderaba de él. El ritual duraba poco tiempo: tampoco era cuestión de resfriarse. El viejo tomó el libro que esos días le acompañaba, y leyó, entusiasmado, unos cuantos versos del Don Juan de Lord Byron. Estaba disfrutando con la aventura: el libro había estado años allí en su biblioteca sin importarle lo más mínimo, pero ahora no pasaba un día sin que leyera unas cuantas estrofas.
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No podía permitirse no leerlo. Tenía gran interés en la vida del poeta inglés: repudiado por los suyos, romántico hasta el final, enamorado de las calles del casco antiguo de Cádiz y de las señoritas que las transitaban. En unos meses, iría a ver una ópera de Byron al Regio; se trataba de Corsarios, y estaba empeñado en leer la obra completa del inglés para antes de asistir a tal magna representación. − Algunos poemas, como arte, se degustan mejor al regreso, desde la vejez… – reflexionó con certeza -. Algunos poemas, como arte, se degustan mejor al regreso, desde la vejez... salvando por supuesto los caprichos y compañía de una mujer… corrigió, y esbozó una triste sonrisa. Quedó complacido por su meditación. ¡Podría venir perfectamente del mismísimo Lord! Gran amante de las damas, aunque el Lord no regresó, quedo joven siempre, por lo que cambió de opinión. Al darse cuenta que había leído una estrofa sin prestar atención, el viejo retomó su lectura por donde la había dejado antes de perderse, y releyó el principio del quinto canto, donde Don Juan era vendido en subasta.
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“Sólo quedamos tú y yo, viejo amigo”, decía para sí. Al concluir con su matinal hora de lectura, fue al cuarto de baño de nuevo, se duchó, se vistió, y salió a la calle para desayunar. Siempre prefería comer en compañía de alguien, no le gustaba comer en su casa, no porque no supiese cocinar: él había sido siempre un buen cocinero, pero también había sido muy feliz entre esos muros y desde que su mujer falleció ambas cosas desaparecieron con ella. Allí sólo podía leer o dormir. Frecuentaba muchos cafés y bares, disfrutaba con ello, la gente lo conocía y lo respetaba; era un gran conversador y los camareros le agradecían siempre su compañía y tema, tenía horas fijadas y varias rutas marcadas, cambiantes a lo largo de la semana, esa mañana la ruta era Caffe Roberto, Antico Caffe y Caffe Les Artistes. Iba bien vestido: elegante capote negro hasta las rodillas, bufanda fina gris, de primavera, sombrero antiguo, verde, comprado en París por su mujer en su primer viaje a la ciudad; zapatos negros de un número más, y unos guantes también grises recortados a propósito por las puntas por donde le asomaban los dedos. Esos guantes y el sombrero formaban ya parte de su personalidad.
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Llegó a Vía Po a través de Palazzo Nuovo, que por esas fechas, estaba ocupado por los estudiantes que protestaban por una ley contra la educación. Recordaba su época de estudiante, el nacimiento de ideales en su cabeza, el convencimiento arraigado de luchar por ellos: fue así como conoció a su pobre mujer, convencida comunista, él sólo fue el novio de una convencida comunista. Aquellas marchas, aquellas protestas, el notar que el mundo cambiaba… ¿y todo para qué? El acecho del autobús le golpeó en la espalda, y se echó a un lado de la vía; aún le parecían bien todos aquellos ideales y protestas, toda generación tiene derecho, pero aquellos jóvenes que veía no le parecían, en absoluto, estudiantes. Durante la travesía por Vía Po, analizaba los escaparates de las tienda; miraba receloso la indumentaria de las señoritas y apartaba, disgustado, la vista, que no la vergüenza, al pasar a la altura de jóvenes y viejos vagabundos, todos ellos apostados en algún pedazo de suelo de Vía Po, con perros, dibujos, niños pequeños… hasta había uno que llevaba consigo dos nutrias, era el que más éxito tenía.
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Aquello era una competición por ver quién ganaba la moneda, y casi siempre, vencían las nutrias la partida al gitanillo y a los perros; y es que siempre le sorprendía y afectaba sobremanera tantas personas sin techo, durmiendo entre cartones, mendigando entre personas que iban y venían sin importarles lo más mínimo. Un hecho aceptado ya por todos, incluido él. A media altura de Vía Po, el viejo encontraba las verdes y metálicas bancarelle que, a diario, visitaba con el pretexto de encontrar libros de ocasión o alguna buena conversación. Y mientras se acercaba, le causaban un efecto oasis, y así, veía por segundos París, la juventud de su mujer, veía a “ Les Bouquinistes" , cambiaba el Po por el Sena y recordaba cuando juntos de la mano, su mujer y él, entraron por primera vez en “Shakespeare and Company”. La ciudad de la luz ahora se mostraba en destellos, tal como escribió Hemingway, y allí, su esposa, siempre sería el resplandor más bello, siempre sería joven junto a París. Pues ella era París. Conversaba con los libreros; los conocía a todos, desde el primero al último; comunistas todos de su generación, unos aún convencidos, otros ya defraudados. Todos ávidos lectores.
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− ¿Qué tal vas hoy, amigo Giovanni? - le preguntó su viejo amigo Ettore, librero nómada. − Pues sólo vamos, librero, tú sabes. ¿Tienes algo de Byron en este castillo del conocimiento? − ¡Vamos, hombre, si vives muy bien, viejo verde! Todo el día dando paseos sin preocuparte por nada… − Ese es el problema, Ettore, que no tengo nada y el tiempo lo sabe y me olvida - replicó el viejo, que había empezado ya a rebuscar por cuenta propia entre los libros allí expuestos. − ¿El tiempo te olvida? − La Muerte, la Muerte es quien me olvidó, amigo librero, no soy nada para ella - respondió el viejo, con tristeza. − ¡Cuidado, Ettore! ¡Creo que ese tipo es poeta, no es de fiar! - se escuchó gritar desde algún banco lejano, y todos sonrieron. − ¿Ahora vendes también películas y música, librero? − ¿Por qué¿ ¿Quieres una? Cada día abren más librerías en Vía Roma, y aquí sólo nos compran los turistas, vendería hasta tu poesía si se vendiese…
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− Pasaré luego a la hora del aperitivo. Tenme preparado algo – confirmó al despedirse. El librero siguió sentado en su sillita de playa; sacudió el periódico y asintió con la cabeza. Lo miró alejarse de la plaza, y gritó: − ¡Cuidado con las jovencitas, poeta, que cada día pasean más rápido! Giovanni, escuchó, revuelta gente en que caminaba ya calle arriba, no lo y Ettore continuó leyendo lo de la social en el mundo islámico; “más las calles de Italia”, pensó.

Acto seguido, la voz de Edith Piaff cayó sobre la ciudad, llegando desde el alto cielo, rompió ventanas, se apoderó de los campanarios y como un torrente de lluvia, se derramó por las calles de la ciudad de la forma en que un vaso de agua explota contra el suelo.
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*** Esa mañana me despertó la alarma del teléfono móvil minutos antes. Sonaba una graciosa musiquita francesa que había oído por primera vez en el cine; la canción era muy melódica, sonaba con instrumentos antiguos, incluida la voz de la mujer, y lo que venía a decir la letra de la canción era más o menos “no me arrepiento de nada”, lo que viene muy bien para ser lo primero que escucho en el día, nada más despertarte. En esa estábamos...

− ¡¡¡Noooooooooo!!! Rien de rien… ¡¡noooooo!!
Soy un tipo peculiar: lo creo. La gente dice que sueña poco, los expertos dicen que soñamos siempre y que la única diferencia es recordarlo o no. Bueno, yo sueño todos los días y todos los días soy consciente de ello; algunas veces, nada más despertar, me vienen todas esas imágenes, otras veces en la ducha y otras veces es un objeto o una situación que se repite es la que me abre el telón. Esa mañana, como casi todas, me desperté justo en el instante en el que abrí los ojos.

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El despertar para mí es una consecuencia correlativa al dormir de la noche anterior; no hay días nuevos o mañanas mejores. Lo primero que hago es atravesar con la mirada el dormitorio; poco a poco mis ojos van consiguiendo adaptarse a la luz, hasta convertir lentamente lo nublado en nítido, y lo logro justo en el mismo instante en que miro más allá de la ventana: digamos que veo antes aquello que lo que me rodea. Lo primero que acierto a discernir, casi siempre, son los Alpes; ellos son como yo, algunas veces se alzan por encima de las nubes y otras veces son superados. Yo al menos sé que siempre estarán ahí para darme los buenos días, o lo que quiera que venga. Después, por el camino de regreso hasta mí, veo los libros que leí la noche anterior, las botellas vacías o derramadas por el suelo, y los graciosos y amarillitos “post-it” garabateados con ideas, versos y preguntas; suele haber siempre un libro que ha dormido junto a mí. Los últimos en llegar suelen ser, generalmente, de poesía. Después vuelvo a mirar por la ventana para comprobar que ellos siguen ahí, todos, desde el primero al último, nada de bomba atómica, y entonces regreso de nuevo a la cama, cojo del suelo el libro del suelo que más cercano tenga (el segundo ruido del día suele ser
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el de la botella vacía que golpeo sin querer con el libro, lo que tampoco está mal como segundo ruido del día), y continúo la lectura de la noche anterior. Al cabo de una hora leyendo, suelo levantarme. Como sucede a la hora de escribir, el leer me resulta totalmente distinto al despertar que por la noche, cuando llegas cansado de todo el peso del día y de todos los discursos de gente a la que no quieres escuchar y sin embargo sonríes. Distan bastante el leer y el escribir desnudo, y el leer y el escribir impregnado de cemento y consejos. Eran las nueve de la mañana de ese día; había dormido como unas seis horas, pero me parecía haber dormido cincuenta años. Me levanté agotado, con la mirada perdida, y me encontraba en mi cuarto como cuando uno entra en su habitación tras un largo viaje: lo reconocía todo, pero ya me importaba menos. Un largo viaje. Estiré todo el cuerpo, alzando firmemente las manos hacia arriba a la vez que flexionaba las rodillas, y abría la boca, bostezando un momento... Me vestí, fui al baño, y me eché agua en la cara y las manos: allí estaba yo, aquel cabrón que hacía poco por encontrar un trabajo, sólo leer, escribir y pasear, como si fuese un puto
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viejo. Miraba fijamente al espejo; ensayaba miradas. Había que reconocer que era un tipo guapo, de mirada penetrante, como un actor; ese era yo, interpretando el papel de mi vida. Terminé de mear y aireé la casa. Abrí las ventanas de mi cuarto, salón y cocina; mientras se hacía el café, recogí mi habitación, ya sabes, hacer la cama, la ropa del día anterior meterla en el armario, las botellas vacías tirarlas a la papelera y los libros por el suelo colocarlos en su sitio en las estanterías, todo muy mecánico, nada espontáneo ni pensado; una cosa es lo que mi cuerpo hace y otra lo que pienso; un día me voy a hablar por la mañana y me voy a mandar al carajo. Cada uno a lo suyo, hasta después del café. Esa mañana del dieciséis de marzo pululaban por el suelo de mi cuarto varios libros: uno, “El Manifiesto Comunista”; ya lo había leído y estudiado varias veces. Trataba de comprender por qué mi generación entendía que ser comunista era abogar por la libertad, el buen rollo y el vamos a ser todos amigos, cuando lo que yo leía y tenía subrayado en aquel ejemplar en uno de sus puntos más importantes, eso de “la dictadura del proletariado”, eran actitudes basadas en la
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opresión, la venganza y la violencia por la violencia, y por qué pretendían ser comunistas personas que cada día eran más individuales y que luchaban a diario por ser diferenciadas en la sociedad cuando en el comunismo el individuo como individuo pierde valor. Aún hoy, sigo sin comprenderlo. Al menos, he dejado de intentarlo. También recogí, una a una, las obras de Rimbaud , y un diario que Orwell escribió durante los bombardeos de Londres en la Segunda Guerra Mundial; aquel sí era un gran tipo, digo George, un tipo que creía en todos pero no creía en nada. Al libro de Marx lo coloqué en la mesita de noche negra, seguiría intentándolo un poco más; a Orwell lo metí en su sitio correspondiente, junto a Fante , Levi, Dostoeivsky y Camus , hombres ocupados en el estudio del hombre, y a Rimbaud , lo coloqué en el estante de poesía, por esos días, junto a Baudelaire - cómo no -, Withman, Pessoa, Bukowski y el gran Lord Byron . De repente, me vinieron todas las imágenes a la cabeza, esa vez en una tremenda ráfaga de situaciones y sensaciones, más compactas que nunca. Me veía desde fuera, desde dentro, me veía paseando con las manos atrás y el abrigo caro endosado, hablando con personas y riendo, pensando cuando éramos
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jóvenes. Veía a un tipo que era yo en la ventana de mi habitación leyendo, un libro que no alcanzo a ver pero que sé que es el “Don Juan”, y por momentos me sumergía en una ola de tremenda soledad desde donde emergían sensaciones de recogimiento y paz, sentía todo tan lejano, tan real, todo aquello... había soñado que era viejo. ¿Qué coño había pasado? Exacto: había soñado que era viejo, y que estaba en Turín siendo viejo; al menos lo he conseguido en el sueño, y que estaba solo y que paseaba por las calles y era viejo. Y las montañas seguían ahí, y las plazas, y yo era viejo. El café esa mañana me supo a mierda quemada. Me abrigué y me eché a la calle: era el día de Italia. Suelo utilizar las escaleras, aunque viva en un quinto: siempre viene bien hacer algo de ejercicio; también es que creo que el ascensor de mi escalera lo tomó Cavour y allí fue donde pensó en una expansión. Estos edificios de las plazas centrales son todo fachada; habrá casas como castillos, con techos altos y salones con bustos de emperadores en las esquinas y donde haya eco, no digo que no; lo que le falta al mío tiene que estar en otro lado, pero por ejemplo, en el piso donde yo vivo no parece que si te precipites por la ventana
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vayas a caer en el centro de la ciudad. Generalmente, los patios interiores de los edificios del centro, vistos desde dentro, parecen los bloques de personas hacinadas de hace treinta años, donde la gente se pasaba el día cociendo alimentos y matando gallinas, vecinos que a la mínima asomarían su cabeza chillando por la ventana. Cuando por la parte delantera, visto desde la calle, parece que si algo perturbaba a la Madame sería el brindis de las copas o el sonar de la música clásica. Estos edificios saben que lo importante es lo que se crea, y no lo que seas. Mi vecino de enfrente, ese sí que escucha música clásica, y él puede decir lo mismo. Bajé los cinco pisos, y tras esquivar a la portera, ya estaba yo en medio de la plaza, frente a la Gran Madre, que aquí es la mía, en el centro de la ciudad, en el ombligo de Italia, en el corazón del orden clásico, cuna del Surrealismo, en la vieja y meretriz Europa… había bajado demasiado rápido los escalones. Sabía dónde ir y puse rumbo a Vía Po. Había quedado después con un tipo para beber y celebrar a Garibaldi . Habría puestos donde darían de comer por Italia, habría sitios donde darían de beber por Italia, y en algunas plazas la gente cantaría y los alpinos pasearían y habría gente vestida de época. Los gitanillos del organillo y los artistas urbanos iban a
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tener competidores, aunque habría monedas para todos. Todavía era temprano, y la gente estaba trabajando; sería a partir de las siete cuando todo empezara a tornarse tricolor, pero yo no trabajaba, al menos como ellos. Mi oficio era el de pobre escritor, así que empezaría antes. Joder, pues no sé qué coño pensar; básicamente, si ese voy a ser yo dentro de cincuenta años, no es que vaya a cambiar mucho. Si al menos supiese qué tal me va a ir… que estaría solo ya lo sabía. Hace tiempo que me vine aquí y fui yo quien decidió dejarlo todo por estas calles, estas esquinas y estas montañas. Bueno… el abrigo que llevaba en el sueño ahora mismo no me lo podría ni mucho menos permitir, con lo que algo hay que sumar, y un tipo me llama poeta, así que más o menos estamos empatados. Si me hubiese llamado escritor, al menos… Casualmente estaba haciendo en ese instante el mismo recorrido que el viejo: iba por las bancarelle de Vía Po, donde me había parado y hablado con los tipos de los puestos. Y allí estaban aquellos tipos, graciosamente sentados: algunos en sillitas de playa, otros de pie mirando a las estudiantes pasar; uno llevaba una gorrita
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y unas ridículas gafas de sol, y el giro de cuello al pasar una mujer era lo único que lo delataba; otro limpiaba un viejo libro con un cepillo, en algunos puestos no había nadie. Eran taxistas del conocimiento. Obviamente, yo no reconocí a nadie: ninguno aparecía en mi sueño. Allí los dejé, discutiendo sobre si Europa debería ofrecer cobijo a todos los árabes revolucionarios, o entrar, a saco, en el conflicto y bombardear todo aquello. Seguí avanzando hasta llegar a Piazza Castello, y en el egipcio sentado, doblé a la izquierda, crucé el semáforo por el paso de peatones y seguí andando por Vía Lagrange. Allí, haciendo esquina, está la librería Luxemburgo, propiedad de judíos, con sus candelabros y sus banderas. No me caen bien esos tipos: demasiado ajenos al mundo que los rodea, creyéndose poseedores de la verdad. Como estúpido que soy, me pregunto siempre que paso si tendrán libros de Ezra o Hamsunt . Atravesé Piazza Carignano y miré con recelo el restaurante. De nuevo, paso de peatones, de nuevo en la esquina tipos que no me caían bien. Era una discoteca donde había trabajado hacía un par de años. Básicamente, la discoteca era una iglesia. Os cuento: podéis ir a verla cuando queráis, el olor os guiará hasta ella. Resulta que los propietarios de una iglesia muy antigua y enorme situada en el
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centro de la ciudad, mil millones de cristianos concederían el uso del sótano de la iglesia a quienes realizaran actos y eventos para jóvenes. Ya tenían otra parte de la iglesia alquilada a un museo de Arte Moderno. Los tipos que querían hacerse con el alquiler y dos camareros del futuro local, entre ellos yo, nos reunimos una tarde con el cura administrador en el mencionado museo de Arte Moderno (no sé si los curas son como los Pitufos: cada uno tiene un oficio) para tratar de convencerle de que nuestra propuesta era la mejor. Era un viejo delgado, con cara de bondadoso abuelo y cuerpecito de niño. Tras las presentaciones y un ceremonioso acto de lamerle el culo, fuimos a ayudarle en una mudanza. Teníamos que transportar unos muebles desde el museo de Arte Moderno a la modesta iglesia; éramos cinco tipos transportando uno de esos carísimos y enormes órganos que hay en las iglesias; yo iba con el párroco, aguantando el órgano desde la parte delantera. Todo iba bien; empujábamos un piano encima de un cajón con ruedecillas, pero en las escaleras de entrada, tuvimos que arrimar el hombro y alzarlo. Cuando estábamos a punto de terminar el oficio, tocaba alzar por última vez el órgano del cajón para
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retirarle las ruedas; ante tanto ímpetu y esfuerzo, sin querer, le di un cabezazo seco y directo al religioso, que al instante, se tambaleó y se agarró al piano. − Todo bien, hijo, no te preocupes – me tranquilizó: le había dado una buena hostia. Más tarde, supe que la decisión sobre darnos el local ya estaba tomada, y que sólo fuimos allí ese día para que el cura nos conociese y poder echarle una mano con lo de la mudanza. Todo fue un éxito. Al salir del museo, los dos propietarios estaban contentos y todos fuimos a ver el local prometido. Cogí el abrigo de mi percha y salimos del museo/iglesia. La percha de la que recogí mi abrigo tenía la forma de un simpático enano verde fosforito que reía; estaba pegado a la pared, y el ganchito en cuestión, donde suspendías la prenda, era la polla empalmada del enanito. “Arte Contemporáneo”. El páter regresó a la iglesia, a proseguir con la mudanza. Se fue con una escalera ya que iba a colgar unas telas moradas, decía, en las columnas. Al tiempo, nos enteramos que se cayó de la escalera y se partió una cadera; un mal día lo tiene cualquiera, incluso los curas. Nosotros bajamos a ver el local. Aquello era como una cueva; el techo estaba abovedado y los muros eran de ladrillo rojo.
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Era enorme: tenía dos salas, y había telarañas por todas partes; era el sótano de la iglesia. Estábamos justo debajo de la actual, por lo que era evidente que lo tenía casi todo para triunfar como discoteca “underground” de la noche turinesa. Así fue durante el tiempo que trabajé allí. Algo que siempre atrapó mis pensamientos y que le dio un toque apocalíptico a la discoteca fue el hecho de que el escenario y el DJ estaban justo en el mismo lugar donde años atrás había estado uno de los altares de la iglesia; sobre todo lo pensaba cuando había noche gótica en el garito y el lugar se llenaba de “adoradores” de Satán, y la música que salía por los altavoces no dejaba en buen lugar al desdichado vecino de arriba. Dos años estuve en aquel sótano, alternando trabajos de camarero, relaciones públicas, portero y cajero. Seguí andando por Vía Lagrange. Era mediodía, y tipos vestidos de chaqueta, bajaban de los autobuses y salían de cualquier edificio; todos igualmente vestidos aparecían por cualquier esquina o portal, algunos iban en bici, lo que hacía que el traje pareciese una piel. Todos dejando la misma huella, virtuosos representantes de la ciudad que acudían a los restaurantes para la hora del almuerzo.
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Si te descuidas un poco, a esa hora, puedes llegar a sentirte el bueno de la peli, como Keanu Reeves, liarte a palos con todos aquellos que encuentres a tu paso. Por ellos no debes preocuparte: saldrán más. En uno de los restaurantes favoritos de los “señores Smith”, giré a la izquierda y di a parar en Piazza Bodoni, también con su caballo y su jinete. Es una de las plazas del centro de la ciudad donde mejor cae el sol, y una de los mejores sitios para leer, la musiquita salida del edificio próximo, el Conservatorio Verdi, que se encuentra al fondo de la plaza. Además, en aquel lugar, generalmente, los transeúntes suelen estar de paso, por lo que parecen un atrezzo más de la plaza, y no distraen. Me senté y me dispuse a leer, llevaba encima los poemas de Pavese. Al poco tiempo, se sentó a mi lado una mujer rubia, de unos cuarenta y tantos años, y todo en ella era exagerado: labios demasiado rojos, unas medias demasiado llamativas, falda demasiado corta, tacones demasiado afilados; había quedado con alguien o estaba esperando que pasase algo, y lo que pasó fue que un señor “Smith” vino a su encuentro: se trataba de un hombre mayor, de unos cincuenta años,
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calvo y con aspecto de Diputado del Gobierno. Ambos fueron al encuentro, y se saludaron afectivamente, pero sin tocarse; hablaron durante un rato, y luego se sentaron en el banco junto al mío; Pavese no se merecía eso, así que lo cerré, “debería haberme traído a Faulkner” , pensé, “habría sido perfecto”. La pareja siguió hablando un poco más, y yo hice como si escuchase música. Tras un largo rato, el “Smith diputado” se fue, y ella se quedó allí, sentada. Unos diez minutos después, otro peculiar “Smith” se aproximó a ella; esta vez era más joven. Fue por eso por lo que supongo que ella no se levantó de su sitio; esperó que viniese el “Smith joven” y se sentara en el banco junto a ella; se saludaron, nada de contacto, y el recién llegado dijo: − Acaba de llegar mi jefe, preguntándose cosas, y hablando solo. ¿Qué has hecho? – ella respondió, pero no la pude oír. Siguieron hablando de cosas banales durante cinco minutos; luego, ambos se incorporaron, sonrientes y satisfechos. Los dos se perdieron por una de las esquinas más alejadas del conservatorio; “no todos los “señores Smith” aprovechan su descanso para almorzar”, pensé, “los hay que pasean también”. Abrí el libro de poesía, y ahí seguía Pavese ,
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con sus colinas y su soledad, colinas que desde el banco admiraba, soledad que desde el banco sentía, banco desde donde fueron escritas. El sol se alzaba más allá del caballero, más allá de los áticos, dándome directamente en los ojos mientras leía, hiriéndome en el duermevela:

“Traversare una strada per scappare di casa \ lo fa solo un ragazzo, ma quest`uomo che gira \ tutto il giorno le strade, non è piú un ragazzo \ e non scappa di casa...”
*** El viejo poeta se levantó del banco. Había descansado más que suficiente; había observado ya bastante la plaza; demasiadas veces observada, demasiadas veces pisada, demasiados rastros de recuerdos heridos. Ahora, enfrente de él, había niños jugando a la pelota. Utilizaban el monumento como portería. Había gente sentada en los bancos de enfrente, algunos leyendo, otros adormilados. Todos tranquilamente ajenos al tiempo. Rodeó como quien no pretende molestar su banco, y entró en el estanco de la plaza a comprar tabaco para su pipa. Recordó que, bajo aquellos pórticos, en la entrada
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del cine, cuando conoció a su mujer; los presentaron amigos comunes, se saludaron y luego, entraron juntos a ver una película americana. Durante años, siguieron viendo esa misma película juntos, siempre comentando qué sintieron la primera vez que la vieron, pensando en el otro, ajenos a todo; el viejo miraba ahora aquellas columnas que seguían igual, y se veía a él, joven, y a su mujer, atractiva, radiante, y al apreciado grupo de amigos. Aquella esquina donde cordialmente se dieron la mano y se sonrieron por primera vez seguía ahí, “llovía aquella noche”, recordó. Cuando el dolor del recuerdo escarbó lo suficiente en su alma, apartó la vista de la esquina y el viejo, con una mueca gris en el rostro, pudo entrar en el estanco a comprar el tabaco. Aquello le sucedía algunas veces y el arañazo era insoportable y necesario a la vez, en cualquier momento y en cualquier situación el recuerdo y los viejos tiempos se apoderaban de él, y lo entristecían sobremanera; la sonrisa del recuerdo primero siempre era un aviso para el dolor que llegaba, para el anuncio de la soledad. Lo hacía sin querer, la ciudad lo hacía sin querer. Pero era sólo la forma de tenerla; algunos amigos le dijeron que se mudase de ciudad, que cambiara de aires, así podría superar la pérdida. No comprendían que aquel dolor lo
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mantenía vivo: la ciudad lo mantenía vivo. Como le acababa de ocurrir al entrar en el estanco, que ella apareciese en forma de recuerdo en cualquier esquina o en cualquier plaza era algo necesario; su mujer pertenecía a la ciudad y la ciudad era su adorada mujer; que aún pudiera encontrarla comprándose un exquisito helado, mirando libros interesantes en las bancarrellas, o tomando café en alguna mesita era lo que le mantenía vivo, y lo único que le quedaba. Se dirigió al Conservatorio G. Verdi; tenía intención de vender el piano que desde hacía años estaba abandonado en su hogar. Le traía recuerdos, pero pocos: básicamente, ninguno de los dos lo había tocado mucho, y siempre fue una cosa pendiente de hacer, el vender ese piano. Entró en el edificio, y se encontró a un conserje, muy bien vestido, que amablemente le indicó que si lo que quería era anunciar la venta de su piano, podía colocar el anuncio en las tablas del final del pasillo, donde todos los estudiantes y profesores lo verían. Camino del tablón, el poeta observó con su habitual atención aquel edificio, era tremendamente viejo, había mucha madera y la muerte estaba demasiado cerca en aquel lugar, olía a ella,
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y era extraño, pues el conservatorio lo visitaban diariamente centenares de jóvenes músicos; aún así, al viejo le desagradó aquel edificio, le recordó a los castillos que son construidos para que los habite una persona sola. Sería la primera y última vez que lo visitase. Salió del lugar, agradeciendo la amabilidad al conserje y deseándole un buen día. Lo siguiente sería algo ya más conocido, más gozoso. Le esperaba el Antico Café y su amigo Piero. − ¿De dónde vienes, Giovanni? - Piero, sirviendo la terraza, lo había visto bajar por las escaleras del conservatorio. − Pues de ahí, de poner un anuncio. Voy a vender el piano que tengo en casa… − No sabía que tocases el piano, ¿a estas alturas y aún me das sorpresas, viejo? Piero acababa de servir un capuchino y un refresco de naranja en la única mesa ocupada de afuera. − No, no, apenas lo he tocado, era de Manuela, y tampoco ella lo tocaba ya, se lo regalaron de pequeña y siempre lo conservó. Piero, meditabundo, se quedó callado un instante; al final, invitó a su amigo el escritor: − Ven, entremos, tengo algo que enseñarte…
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El local era muy pequeño, una clásica cafetería italiana incrustada en una de las esquinas de la plaza, y era singular, pues poseía música; por las ventanas del conservatorio, se filtraba el sonido de los instrumentos, y las jóvenes melodías cruzaban la calle y llegaban en plena forma, envolviéndolo en el más puro teatro. Las graciosas sillitas y mesas de mimbre que conformaban su terraza exterior acogían a todas horas a músicos y estudiantes: eran las únicas de la plaza y en ellas se disfrutaba, además de música, de la algarabía misma de sus creadores. Cuando los dos amigos entraron, dentro de la cafetería, no había nadie; Piero se bastaba para llevar solo el local. Era de su propiedad – heredado -, y tenía contratado a un joven español que llamaba de vez en cuando y le echaba una mano en el negocio. Le habían hecho múltiples ofertas por el local, debido a su excelente ubicación: era la única terraza de una gran plaza. Ágiles compradores podrían sacarle mucho jugo, pero él nunca aceptó ofertas, algo que admiraba Giovanni. Los cuadros de su abuelo y de su padre que colgaban en la cafetería: no sabría dónde ponerlos, esa era la ridícula excusa que le daba a todo aquel que le hacía una oferta por la cafetería.
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− Tengo algo para ti… - dijo Piero. − ¿Para mí? − Sí. Es un cuadro, lo ha pintado mi nieta. Lo tengo en el almacén. Le dije que era lo único que podría hacerte ilusión como regalo. − Ah… tu nieta me ha pintado un cuadro, qué ricura… ¿cuántos años tiene ya? Era cierto que le tenía un gran aprecio aquella niña: la había visto crecer en la cafetería y corretear, divertida, por toda la plaza, persiguiendo a las palomas durante años. Recordaba también a Manuela detrás de ella, cuando sentaba a la pequeña en su regazo y allí, en la terraza, le narraba cuentos mientras él fumaba de su pipa y las observaba. Piero no contestó a la pregunta: había ido a la parte de atrás del bar. Giovanni miraba hacia la calle pensando, había un cielo despejado ese día. Se percató de que el sol no entraba en la cafetería, que se quedaba fuera. Ruidos de movimientos de cajas se oían provenientes del almacén. Piero apareció enseguida, con el cuadro en la mano; iba liado con papel y atado con cuerda. − Toma. Te admira muchísimo. A sus veinte años, ha leído todos tus libros. Ahora está estudiando para profesora.

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− Veinte años... dale las gracias. Será una gran mujer… − ¿Has visto el diario? - le preguntó Piero, que estaba detrás de la barra, sirviéndole un vaso de vino. − No… ¿por qué? Ya sabes que yo leo los periódicos... − Hablan de ti. Dicen que eres el poeta de la ciudad, el que mejor representa la coyuntura social, dicen - Piero cogió el periódico y leyó textualmente - : “Giovanni Alma es, hoy en día, una referencia para nuestros jóvenes poetas, una voz que late en las plazas, que susurra en cada esquina de nuestra ciudad; sus poemas son cuadros imborrables de nuestra sociedad, de nuestra actualidad. Es, sin duda alguna, el profeta del mañana, el viento que hoy sopla”. − En lo único que estoy de acuerdo es en lo que suele aparecer en la primera página, querido amigo… en la parte superior, en letras pequeñas, y en algunos, ni con eso… y ese periódico, por supuesto, no iba a ser menos… − ¿La fecha? ¡Venga ya, Giovanni, no digas más tonterías, que no hay quien pueda contigo! − Este sitio ya no me gusta, Piero, no es un buen lugar…
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− ¿Qué sitio? - preguntó Piero, casi ofendido. El viejo poeta suspiró. Se acercó el vino a la boca; miró hacia a la calle, esperando que alguien entrase. *** La música del conservatorio me rescató del letargo; tanto sol y tanto poema se habían apoderado de mí, atontándome. Recogí a Pavese del suelo y salí de la plaza por una de sus esquinas, ya habrán abierto los puestos de comida en Vittorio Veneto, pensé. ¡Hay que celebrar el día del ciento cincuenta aniversario de Italia! No sabía por aquel entonces que, entre otras muchas cosas, era el diecisiete y no el dieciséis cuando mis compatriotas surgieron como nación.
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erré con llave, y a la calle de nuevo. La plaza era un enjambre de fe; aparcados había lo menos siete autobuses. Gente de, por y para Torino. Querían ver la Sábana Santa, y allí estaban todos: hispanos, italianos con sus familias, chinos, escandinavos, abuelos y nietos; gente con uniforme, azafatas, perros y perras. No había una terraza con sillas libres; hacía un día de primavera puro y directo. Eran las seis de la tarde y mi único objetivo del día era llegar antes de que el supermercado cerrase para agenciarme unas cervezas. “Debería de ir a ver la Sindone”, pensé, “dicen que la sacan a exposición cada diez años… y quién sabe dónde coño estaré yo en diez años”. Quizás me arrepienta, quizás sea una anécdota que a una madre le guste escuchar, o puede que le deba algún día dinero a un cura y la anécdota ayude, aunque eso ya importe menos, y menos aún la sábana del hijo-de-virgen ese, ¡Cristo, las cervezas! Vittorio Veneto es una plaza enorme, está dividida en cuatro plazas peatonales articuladas en cruz por dos vías para los coches. Dicen que es la plaza europea más grande no monumentada, es decir, sin estatua de ningún tipo a caballo. Cada plaza tiene, bajo pórticos, bares, cafeterías y restaurantes con terrazas. Es la parte trasera de mi casa.
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En mis cascos, se oía “ Giving the dog a Bone” ; los silencié, quería escuchar lo que decía el camión que en ese momento y bajando por Vía Po adelantaba a los autobuses blancos y entraba en la plaza, alarmado. Yo cruzaba la plaza, camino de mi objetivo. Eran cuatro comunistas en una camioneta descapotable; iban fumando y agarrando un gran bloque de altavoces, y encima de estos altavoces estaba la voz del camión. El tipo se me parecía físicamente; leía un panfleto. Lo que el yo comunista venía a decir es que basta ya de tanta mentira y tanto buscar el dinero y jugar con la fe, que mientras los niños se mueren de hambre la iglesia, venerada en oro, se enriquece con un sábana científicamente datada en el mil trescientos y pico. En fin, nada nuevo que no supiese la gente que se encontraba en la plaza. Llegué a tiempo para comprar las cervezas. También adquirí dos bandejas de alitas de pollo y una pieza de queso. De regreso a casa, me encontré delante de una galería de arte en la que no me había fijado hasta ese momento (detrás de mi casa existe una calle donde sólo hay galerías de arte, y por la que jamás vi pasear ningún artista).
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Suelos de madera, paredes blancas y cuadros. Y allí estaba en una esquina, a cinco metros de mí, el cuadro más maravilloso jamás pintado. Estaba completamente convencido de ello: el cuadro mediría dos metros de ancho por dos metros de largo, un poco más que la Sindone. Era un espacio negro alterado; había infinidades de trazos de diversos negros y todos ellos gritaban y se movían. Y en el centro del cuadro, dos trazos blancos. Esos dos trazos blancos parecían tener la culpa de todo aquel revuelo, de aquella tormenta en la que me encontraba sumergido. ¡Era magnífico, sublime! “Debería enseñarle al pintor alguno de mis relatos”, pensé. Yo observaba el cuadro desde la calle, desde una de las ventanas que la galería tenía; esta ventana, esto lo supe después, era la que peor visión tenía si lo que querías ver era el cuadro. No sé cuánto estuve allí parado, admirando el lienzo: creo que fue mucho tiempo. Pasaron muchas personas por mi lado y ninguna de ellas fue capaz de adivinar lo que me mantenía absorto, pero sí, pasaron muchas. Pensé en robarlo, o en comprarlo y copiarlo. Era extraordinario. También pensé en entrar en la galería y preguntar por el autor del cuadro. Al final, hice esto último.
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Al entrar, dejé al cuadro a la izquierda de mi campo de visión: era diferente. Me sentía bien andando por aquel pasillo blanco, ausente de decoración, en paz. Creo que lo llaman minimalista, o nihilista… o algo así. Todo estaba en silencio, y no llegaba ningún ruido de la calle. Iba mirando a los lados mientras andaba por allí, en armonía. Había más cuadros. Al fondo de la galería, tras una puerta abierta y en una mesita a modo de secretaria, estaba sentada una vieja que apuntaba cosas de forma frenética; sólo apartó la vista de sus hojas cuando ya me tuvo justo enfrente. Parecía que llevase allí una vida: llevaba una camisa de flores a juego con su pelo rizado, me miraba por encima de unas gafas de pasta blanca. Tenía una sonrisa profesional, de esas que admiras en los demás. La vieja me indicó las escaleras que daban al piso inferior: había tenido suerte, me dijo, el autor de los cuadros en exposición se encuentra abajo, él podrá ayudarle. Me di media vuelta, y bajé por las escaleras. El piso inferior mantenía la misma decoración que el superior, sólo que allí no había más pinturas.
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En un extremo de la habitación, cerca de la pared y sobre un pedestal de un metro, había una televisión encendida; en el otro extremo de la habitación, una barra capaz de emborrachar a mil hombres. Nada más. En el centro del lugar, sentado en el suelo y con las piernas cruzadas, había un tipo. Se levantó y se sirvió dos tragos; era mucho más alto que yo. Vertió whisky del bueno en dos copas. Era medio calvo, y los pocos pelos que tenía le daban un aire de artista suficiente. Llevaba una chaqueta blanca, a juego con una camisa y un pantalón; el traje le estaba realmente bien. Nada de arrugas. Tenía una barba de tres o cuatro días, e iba descalzo. Su nariz era aguileña, sus ojos azules. Sacó del bolsillo de su chaqueta un cigarro y se lo puso en la boca; no sé cómo cojones lo hizo, pero juro por Dios que lo sacó encendido. − ¿Fumas? − Fumar fumo, pero será mejor que deniegue tu invitación, o luego no tendré cojones de subir las escaleras… llevo unos días jodidos con el asma. Últimamente me asfixio, como si me lo mereciera…
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− Ya somos dos − replicó, y se bebió la copa de un solo trago − . También yo ando jodido estos días. − ¿También tienes asma? − pregunté, y liquidé mi vaso. − No, no… es el negocio. La vida del artista, que se hace más complicada por momentos… “Vaya problema el tuyo”, pensé, “sí, una pena, no hay más que verte”. Bebimos y le di la razón. El artista suficiente me rellenó el vaso; estábamos apoyados en la barra mirando distraídos la televisión. Creo que eran informativos. En ese momento, una rubia delgada de nariz afilada estaba diciendo que había muerto el rey. − Y dime, ¿en qué puedo ayudarte? − Bueno, en realidad vine por el cuadro de fuera, el negro, aunque ya me da un poco igual… − ¿Y qué te llamó la atención de él, amigo? - preguntó. − ¿Dónde conseguiste este magnífico güisqui? – cambié de tema. Volvimos a colmar las copas. Brindamos por su obra maestra. Volvimos a rellenar. Brindamos por la rubia del telediario.
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− No es whisky − aclaró el artista. − Tampoco tú eres pintor. Te he visto, he leído sobre ti, sé quién eres: eres el diablo. − ¿Y no puede el diablo pintar cuadros? − era un tipo listo. Sonreía. Tenía razón, así que brindamos. Seguimos hablando y bebiendo durante horas; nos sentamos en el suelo, y acabamos un par de botellas de lo que fuese que estábamos bebiendo. Nos lo estábamos pasando bien. Hablamos sobre la Santa Sindone; le pregunté si tenía pensado ir a verla. Me dijo que odiaba las colas. Brindamos por la Santa Sindone. Me contó cuando conoció al gran Bukowski y terminó tirándose a su mujer. Brindamos por las mujeres que se había tirado Bukowski, por todas y cada una de ellas. El diablo recitó “ yes yes” y brindamos porque fue él el primer desempleado . Yo le repliqué con “ Poverty” y brindamos porque ese hombre corre, corre demasiado. También hablamos de guerras, de libros y del infierno… Cantamos y bailamos… Y mientras bebíamos, tracé un plan para engañarlo y hacerme rico en las apuestas.
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Y le pregunté por Lilith, y me dijo que era puta, bella y sincera; y que ahora andaba en Ciudad Juárez, aunque vendría por lo de la Sábana Santa: demasiados recuerdos. Y me recomendó varios bares y sitios para comer para cuando fuese, los anoté y escribí un poema. Luego decidí irme. − Me voy a ir yendo, colega − avisé. Tras varias botellas, uno coge confianza hasta con el diablo. − De acuerdo, chaval − dijo mi amigo. − ¿Sabes? Soy escritor… − Sois demasiados... – respondió él. − Quizás pase otro día a saludarte. Eres realmente un diablo cojonudo − confesé, en plena fase de exaltación de la amistad. − Yo también lo espero − estrechamos las manos, y una palmadita en los hombros. Faltó darle un besito. Me dirigí hacia las escaleras, con la mayor borrachera de mi vida - ¡Salúdame a Ulises y a Arturo! - le arrojé desde la escalera, ya de espaldas, pero creo que no me oyó. Cuando conseguí llegar hasta arriba, volví a bajar para recoger mi mochila con el pollo, las cervezas y todo eso.
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El diablo ya no estaba. Escuché un ruido y supe que era una cisterna. El muy cabrón estaba meando. Subí de nuevo las escaleras, y salí de allí. - Adiós, guapa - fue mi cortés despedida a la supuesta secretaria. Pegué tres pasos en la acera, y me topé con una cristalera enorme que dejaba ver perfectamente, frente por frente, el cuadro. Desde allí se tenía una vista completa del lienzo: no había ningún trazo blanco dibujado en el cuadro. ¿Cómo era posible? ¿Habría sido lo de antes solamente un reflejo al verlo desde la esquina? ¿Debería entrar de nuevo? ¿Tan borracho estaba? ¿Qué cojones importaba eso? Ya me había puesto los cascos y las cervezas empezaban a pesarme en la espalda, también yo me estaba meando, sonaban de nuevo los AC/DC … Esa tarde, me di cuenta también que había una camarera nueva en el bar de debajo de mi casa. Era rubia y tenía en el brazo tatuado varias estrellas. Cuando llegué a mi piso, enfrié las cervezas y escribí. Luego, bebí y brindé por todas esas personas que no conoceré jamás.
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acían tumbados en la ladera del río. Eran primeros de mayo, y la primavera, como cada año, renacía por la ciudad; los pequeños patos nadaban con esa forma tan natural que tienen de seguir a la madre e imitarla, y los mayores, cada uno a su bola, comenzaban a dejarse ver por los márgenes del río, en busca de un poco de pan o conversación. En el parque, la vegetación florecía salvajemente, y con ella, miles de insectos. El Sol dominaba el planeta, y la tierra crecía en torno al hombre. Bobo y Valentino fumaban bajo un árbol a mediodía, mientras observaban a las aves nadando y se resguardaban del calor: - ¿No fuiste a ver a tu madre? – le preguntó Valentino a su amigo. - No, aún no… - ¿Y a qué esperas? Se lo debes, tío, esa mujer se desvivió por ti. Sin su ayuda, no sé qué habrías hecho allí dentro… - ¡Qué sabrás tú! – replicó Bobo con desgana; miraba fijamente las aguas del río: en sus recuerdos, durante el tiempo que estuvo fuera, el río fue azul. - El Po antes era azul, ¿no? – cuestionó, sin apartar la vista de sus turbias aguas. - ¿Cómo? - El río… ¿siempre ha sido verde? Parece otro… - Es un río de ciudad, Bobo…
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- ¿Y? - Que yo sepa, siempre ha sido verde… no ha cambiado… Bobo sacó de su mochila un trozo de madera, y del calcetín de su bota izquierda, una pequeña navaja antigua o demasiado trabajada. La navaja tenía una sola hoja bien afilada, y la empuñadura era de madera de ébano. Ambos quedaron en silencio, de mutuo acuerdo, ese acuerdo no verbal ni pactado al que sólo pueden llegar los desheredados, el acuerdo por el cual, estando en compañía de alguien, puedes pasar horas sin abrir la boca, sin que nadie se incomode o lance alguna estupidez; ambos disfrutaban sólo de la presencia, ambos disfrutaban sólo del lugar. “Si quieres conocer a una persona”, dice un curioso proverbio ruso, “llévatelo a la montaña”; se podría añadir: “y no le hables en todo el camino”. Bobo comenzó a trabajar el taco, desbastando la madera. Retiró toda la parte innecesaria, con violentos tajos de navaja, hasta que apareció un boceto, en bruto, de la figura que él deseaba; luego, repasó una y otra vez el boceto, con otros tajos más meticulosos y precisos, relimpiándolo, forjando la madera hasta
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que las formas ásperas se convirtieron en siluetas exactas y contornos profesionales. A Valentino, aquella destreza y oficio le cogieron por sorpresa: al principio, creyó que su amigo daba tajos a diestro y siniestro, sin ningún sentido, y sintió lástima; pero luego, se maravilló, gratamente, al atisbar en el taco y en la cara de su colega como una figura comenzaba poco a poco a nacer, y como un tren surgía de entre las manos de su amigo. Bajo la sombra de aquel árbol, aquel mediodía, no llegaba ningún sonido artificial, mecánico, tan típico de la ciudad; se oían tan sólo el desgarro que la navaja infligía al taco de madera, y el nervioso canto de los pájaros que, tardíos, buscaban compañera para la inminente época de apareamiento. - ¿Y eso? ¿Qué has hecho, carpintero? – sonreía Valentino, elevando su voz por encima del cantar de las aves. - Es un pasatiempo: me relaja. - ¿Como Cristo? – quiso bromear el amigo. - ¿Cómo como Cristo? – Bobo estaba demasiado concentrado en su tarea de tallar. - Dicen que era carpintero… - Ah, eso, eso, como Cristo… - sentenció Bobo, con una sonrisa cómplice. Valentino quedó de nuevo en silencio. Miraba con atención a su amigo: los años le habían
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robado mucho. Iba mal vestido, y su higiene no era la mejor. Pensó también en aquel canto de los pájaros y en que no sonaba tan distinto al de los hombres. Tras otro par de minutos, comentó: - No sé si es buena idea que vayas por la ciudad con esa navaja metida en el calcetín… - Tranquilo, no le rebanaré el pescuezo a nadie que no se lo merezca… - Ya, muy gracioso… ¿otro pasatiempo o afición nueva? - ¿Qué? Ah, sí… ahora leo mucho… - ¿Y qué lees? - Pues libros, revistas… cualquier cosa, me da igual. He descubierto porque la gente lee y me gusta la idea… - ¿Ah, sí? Cuéntame, ¿por qué crees que la gente lee? - Lo hacen para sentir que algo funciona a su alrededor… buscan y encuentran en la secuencia exacta de las palabras y en los párrafos una cadencia taylorista, y ya natural, que les transmite paz y serenidad al sentir que todo fluye como tiene que fluir. Aunque no lo sepan, es por eso. Después de una “p”, debes escribir una “m”, y cuando leen, allí encuentran la “p” y la “m”, justo donde deben estar, sin llegar tarde y sin poner excusas. La “p” y la “m”
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funcionando, contando historias de amores imposibles y aventuras con finales felices, formando palabras, párrafos y páginas bien escritas, recorriendo mundos jamás imaginados y vidas no vividas… y así, uno, tranquilo, consigue olvidar por momentos los párrafos mal escritos de la vida… No esperaba Valentino un discurso de aquel tipo, y le cogió un poco por sorpresa. Tras un instante de reflexión, preguntó: - Taylorista… vaya… ¿crees que todo el que lee lo hace para olvidar? - No, no es eso… es algo más mecánico. Olvida la historia que te cuenta el libro, o las historias que formen la existencia de cada persona. Todos tenemos problemas, y todo libro tiene su trama. Yo hablo de otra cosa, de los párrafos, de las palabras y del mecanismo que se activa entre la persona y el libro cuando se abren las páginas. Suena como a un “clic”, ¿nunca lo has notado? Allí te sientes seguro, como con una especie de coraza. Con algo de alcohol en el cuerpo también te lo sabría explicar mejor… - Déjalo, amigo, si tampoco lo entendería más… yo leo por placer, o por aburrimiento, y no sé si en ambos casos es por la misma razón. Me encantan los libros, y punto, como me gustan igualmente el fútbol o los coches…
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- Ya… - Por eso, yo nunca escucho ese “tic” cuando leo… - Es “clic”… - Ah, jajajaja, eso, eso, “clic”. Al otro lado del río, dos jóvenes avanzaban por el embarcadero: eran del Club de Piragüismo. Con la canoa en los hombros, llevaban la cabeza oculta bajo la embarcación, y desde la otra orilla, Valentino se preguntaba como hacían para caminar sin tropezar. Les seguía una muchacha rubia que portaba los remos y a la que Bobo echó el ojo. Cuando llegaron al final del trayecto, en el embarcadero, los chavales bajaron la canoa al río, con sumo cuidado, e hicieron ejercicios de estiramiento mientras la muchacha bromeaba con los remos, a modo de espadas. Luego, los chicos se enfilaron en la canoa y ésta les pasó los remos. Conversaron un poco, y mientras los dos ocupantes de la pequeña embarcación comenzaron a remar con ritmo y lentamente, alejándose de la orilla, la amiga de ambos se despedía, saludando enérgicamente con la mano, esbozando una amplia sonrisa; tendría unos veinte años, vestía un pantalón corto de lana celeste, sudadera blanca con capucha y
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zapatillas de deporte, también blancas. Al despedirse de sus amigos, se colocó los auriculares y empezó a correr por la ladera del río. Había notado la mirada desde el otro lado y le había gustado; ahora tocaba hacer ejercicio. Bobo contemplaba la juventud de la chica en movimiento, y como poco a poco su figura se alejaba haciéndose menos visible; cualquier sitio adonde fuera aquella muchacha era bello, porque ella era preciosa “Es el poder de la belleza”, pensó Bobo, “de la juventud, del creer que aún te queda todo por delante y que puedes llegar a conseguir a hacer cualquier cosa, porque te ves fuerte, intacto, capaz de subir montañas y matar dragones, radiante, y no te importa el tiempo porque lo atrapaste entre las manos, y los posibles problemas serán solucionados con nuestra belleza, y si no, lo harán por nosotros los mismísimos dioses, porque somos las calles y viajamos con el viento, porque conocemos las respuestas. Y justo allí, sucederá lo que tenga que suceder, a nuestra forma. Hasta que, caminando un día, sin querer, te tropiezas y la jodes, y el jarrón de porcelana china del salón y las calles se fragmentan en mil pedazos, y ya no eres joven, y en tus manos sólo quedan arrugas, heridas, debes más de lo que vales y la gente ya no te escucha. Y entonces te

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alejas, y olvidas, y te olvidan, y pintas de azul los ríos, y un día te sientas allí, junto al río, recordando lo hermoso que eran los días cuando derrotabas monstruos”. Bobo pensaba todo aquello al tiempo que por sus oídos se colaban otras palabras, provenientes de su colega Valentino (este miraba hacia el lado contrario al que miraba Bobo), y aunque el susurro fuera continuo, éste sólo acertó a escuchar algo así como: piragüismo… sano… ciudad… gente de mi edad… mayor… Rebecca… negro… Para cuando Bobo prestó atención al discurso de su compañero, éste revelaba: - ¿Sabes? Creo que me vendría bien una cosa así… - Yo también lo creo… - aclaró Bobo, un poco melancólico. - ¿Me estabas escuchando? – a Valentino le había alcanzado la angustia de su compañero de la misma forma que lo hace el vino por la boca del borracho. - En cierto modo, sí… Tras una pausa que sirvió para que los dos mirasen al frente y la urbe se alejase de ellos, Valentino le hizo a Bobo la pregunta que quería hacerle desde hacia mucho, mucho tiempo:
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- ¿En qué diablos pensabas, Bobo? Entrar allí de ese modo… ¿fue idea tuya? - De ambos – aclaró Bobo, quien volvió a tallar la madera, ahora con más ahínco. - ¿Y qué pensabais hacer luego? ¿Cuál era el plan? - No había plan. Venderlas, supongo… Valentino estaba preocupado e inquieto por saber la verdad sobre todo aquel turbio asunto que acabó con la infancia en el barrio. Esos dos chavales que hace diez años habían entrado a robar en una joyería y de la que sólo uno había salido vivo. Todo eso fue años atrás: eran tres colegas, Bobo, Valentino y Salvio. Crecieron juntos, descubrieron juntos las calles, las esquinas, las luces y las sombras de aquel teatro que fue su barrio, un barrio donde esas mismas esquinas fueron trincheras y cada calle, un reino de adoquines y pisos destartalados. Un barrio como cualquier otro barrio, donde los niños contentos jugaban, sin preocupaciones, en suelos sucios. Un barrio ya perdido en otra época. Bobo y Valentino rememoraron aquella época, a veces con monólogos e ideas que uno desarrollaba y el otro tan sólo atendía, a veces, en diálogos rápidos. Extrañaban la adolescencia en el barrio de San Salvario, donde cada día era una trepidante aventura.
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Sentados bajo el tranquilidad del río, distantes sobre excepción del barrio

árbol, frente a la siempre conversaban cualquier cosa… a de San Salvario.

En San Salvario, hace años, solía haber un tipejo en cada esquina; generalmente de color, que custodiaba y controlaba el tráfico (quien venía y quien iba). Sólo en una de esas calles, no se hallaban esos molestos individuos: la de Salvio. Y sucedía porque, quienes reinaban en esa calle, eran las prostitutas búlgaras, rumanas, nigerianas, algunas despampanantes, otras gordas y feas, e italianas; estas solían ser viejas charlatanas enganchadas al teléfono móvil, todas dirigidas a cada instante por esos chulos de las esquinas de arriba. El lugar donde se criaron los dos amigos era un pequeño mundo, autosuficiente, cerca del centro de la ciudad, junto al río Po; al sur de sus calles, desemboca en el parque del Valentino, y en el canal, y al norte, la estación de trenes de Porta Nuova, que pone fin y destino al barrio. San Salvario tiene como epicentro su plaza central, y como pico horario, las mañanas hasta la hora del almuerzo, durante la celebración (no existe palabra que lo defina mejor) del mercado de San Salvario. Allí puedes encontrar de todo, aunque la gama cambie
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semanalmente: hay libros usados, quesos, gafas robadas, bolsos, salamis artesanos, puestos de especias y recambios, fruta, verdura fresca, ferretería, tarot, venta de bicicletas, etc. Las mejores chuletas de la ciudad se encuentran allí, entre las moscas de los escaparates y en aquellas caravanas abiertas y aparcadas. Una amalgama de colores y olores por la cual un libro viejo que puedas comprar en el mercado podrá heder a queso, a cuero, y en ambos casos, a algo normal. Los viandantes van y vienen con sus rebosantes carros, algunos cargan su compra en las mismas cajas de madera de la fruta; los autobuses son frenados por el tráfico urbano; los niños negros bailan a ritmo de música desde sus carritos sucios, y los universitarios son los únicos que cruzan la calle utilizando los pasos de peatones por respeto. Toda clase de razas pululan por el barrio: los italianos que llevan toda su vida allí, los emigrantes venidos desde cualquier parte del planeta; poco importa el cómo, estudiantes de toda Europa y del sur de Italia, todos conviviendo, tosiendo, mezclándose y follando, poniendo cada uno su grano de arena para conformar el barrio más multicultural y floreciente de Turín. Y como personas, hay comercios de todo tipo: locutorios donde se apiñan sudamericanos para contactar con sus familias; carnicerías con letreros en árabe o italianas regentadas
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por matrimonios ancianos; restaurantes indios, japoneses; tiendas de artesanía oriental o africana; locales de Kebabs, pizzerías chinas, pollerías peruanas, hamburgueserías… Muchos estudiantes eligen San Salvario para vivir. En el barrio, hay Colegios Mayores, residencias con comedores. Y también lo escogen por su ubicación, por ser un barrio barato, muy cerca del centro, y por la agitada vida que hay. Y como cabe esperar, donde la vida universitaria destaca: no faltan garitos nocturnos y variopintos que abren y dan color y sonido a la noche; los jóvenes toman las terrazas y beben, se divierten, fuman mientras son vigilados en las esquinas. El día y la noche se funden en San Salvario, como el eco de los pasos se unen en una persecución, de la misma manera que las vidas de sus diferentes habitantes se entrelazan cuando los muchachos regresan, borrachos de historias, desesperados, a sus hogares, cruzando la plaza que empieza a hervir al alba, con la fiebre del mercado y sus comerciantes, con decenas de lenguas que se escuchan atrás tuya y la vida en San Salvario continúa siempre con algún protagonista. Es el único de la ciudad que
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alberga una iglesia cristiana y una sinagoga; esta última es enorme y representa el centro de reunión para muchos vecinos. En dos de sus cuatro esquinas, hay siempre estacionada una patrulla policial. El edificio judío para los jóvenes representaba, hace años, la frontera que marcaba hacía donde no se podía ir, y desgraciadamente, para algunos ya no tan jóvenes, el camino que debían tomar, como hace diez años hicieron Bobo y Salvio. - ¿Y dónde dices que conseguisteis esa pistola, amigo? – interrogó Valentino. - Ya lo sabes. Más allá de la sinagoga, en un tugurio que conocíamos… - ¿Y por qué nunca me contasteis nada? - ¿Hubieras venido? - ¡Claro que no! Pero habría intentando que no lo hicierais vosotros… - contestó, apenado. - Pues por eso mismo, Salvio me avisó de que actuarías así… Se hizo un incómodo silencio: era la primera vez que pronunciaban el nombre del amigo fallecido, y el dolor del recuerdo actuó como una maza que hundió sus miradas en la tierra. A ambos les vino la imagen de Salvio, muerto en la puerta de la joyería con un tiro en la espalda y un plástico que lo envolvía. Valentino sintió cuán grande era el mundo y absurda era
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la vida; luego, la rabia se apoderó de él: deseaba, en lo más profundo de su ser, darle una paliza a Bobo. Su compañero de fatigas, por su parte, no sentía ira: ya no sentía nada. Sólo albergaba una pena honda que había calado en él desde la primera noche que pasó en la cárcel y que, como una esponja, absorbía cualquier sentimiento que en él se vertiera, arrastrándose hasta la culpa. Miraban el río, absortos en sus recuerdos; bajo aquel árbol, comprendieron que era mejor dejarlo ahí. Ya habían hablado bastante. El desdichado Bobo se levantó, se sacudió el culo, metió la navaja y lo que ya podía llamarse tren de madera en la mochila raída, y sonrió a su buen amigo, que serio y distante, lo observaba. - Vamos, colega, es tarde, te invito a una cerveza - le tendió la mano a Valentino, para ayudarlo a incorporarse. - Mejor te invito yo, que soy el que está currando. - Hay cosas que no cambian, ¿eh? Valentino prefirió callar su respuesta. La situación tenía que ser olvidada con un efusivo abrazo, aunque la memoria de Salvio siempre estaría entre ellos.
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Descendieron por la ladera hasta el río. Tomaron el camino que lo bordeaba, internándose en el parque. El sendero formaba parte de un circuito urbano que comprendía también la zona ajardinada y era utilizado por muchas personas que practicaban deporte. Así, a cada instante, mientras andaban y charlaban, ambos fueron sobrepasados por jóvenes en bicicletas, matrimonios conjuntamente equipados, y muchos estudiantes con los auriculares enfundados, y entre ellos, la joven rubia del otro lado del río que los adelantó con un trote que Bobo le pareció altamente sensual. - ¿Tienes novia, Valentino? - Sí – respondió seco, tras una pausa -. Se llama Rebecca. - ¿Rebecca? - Joder, tío, ¡te he hablado de ella antes! - Ya, ya… vaya… siempre fuiste un cabrón con suerte – miraba el rastro lejano de la chica del pantalón celeste. Siguieron andando y dejaron atrás el camino de arena; pasaron por debajo de un puente donde había pintadas contra la ley de educación, y se adentraron en el parque que, a esa hora, refulgía de vida.
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Avanzaban, dejando atrás pequeñas laderas donde la gente se tumbaba a tomar el sol y a leer. La marabunta de personas que hacían ejercicios, ya vistos como una secta por Bobo y Valentino, continuaban sus extenuantes carreras, y los escolares en excursión salidos de cualquier parte corrían frenéticos hacia todas direcciones, chillando y contrarrestando los cánticos de un grupo de estudiantes que con guitarras, perros y bebidas celebraban su particular Woodstock . Había, además, otro grupo que también cantaba: eran cristianos en plena campaña de reclutamiento. Todos en una misma colina: aquello parecía una colmena y los rayos solares habían actuado como un bate en manos de algún crío travieso. El relato de los amigos y el parque en aquel momento se fundieron en una única y breve historia de impersonal primavera para todos. Allí, en el parque, se podían alquilar bicis, una especie de Kart a pedales y unos carros, también a pedales, de cuatro ruedas, donde cabe una familia entera sentada (esto último era la quintaesencia para los turistas). Mucha gente paseaba a sus perros y conversaban amistosamente; grupos quedaban en masa para jugar a rugby, fútbol o vóley. Hasta los policías se lo pasaban bien esos días en el lugar, yendo al trote, bellamente uniformados en sus caballos magníficamente peinados.
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Valentino propuso a su compañero que hicieran una parada en uno de los kioscos con terraza del parque, en concreto, uno que tenía las mesas orientadas al río. Bobo aceptó la sugerencia. - ¿Tienes hambre? - preguntó Valentino. - No, gracias. Come tú si quieres, no me importa. - Igual me como un bocadillo o algo, no sé… ¿te apetece una birra? - Sí, una sí, la que esté más fría – confirmó Bobo, que ya había elegido la mesa. El negocio lo regentaba una pareja de rumanas. Valentino compró una piadina de prosciutto y mozzarella, y dos cervezas Moretti, casi heladas. En la mesa de al lado, había una familia española. Ambos bebieron sus birras, y Valentino se comió su piadina; hablaron muy poco allí sentados. El día daba de pleno en las sillas y se dedicaron a aprovechar el buen tiempo. Luego, se levantaron y continuaron andando hasta el final del trayecto. Por belleza y majestuosidad, pese a albergar a cientos de personas, el parque dejó en los amigos un recuerdo sosegado que ambos confundieron, y que
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durante años creyeron se había debido a la compañía y no al parque en sí, donde a modo de ancho mar los grandes problemas tienden a menguar. Al cruzar el paso de peatones, dejaron atrás el parque; cogieron el camino hacia la zona de los Murazzi, una suerte de cutres locales nocturnos a lo largo del río, con terrazas, a esa hora cerradas. Bajaron la cuesta y caminaron de nuevo cerca del río. - ¿Dónde vives ahora? – quiso saber Bobo. - En Corso Palestro, cerca de Porta Susa, en un tercer piso. Es pequeño, pero está bien. Pagamos poco de alquiler. - ¿Vives con Rebecca? - Sí. Hace ya dos años que vivimos juntos… - ¿Cuánto tiempo lleváis saliendo? - Pues empezamos a salir cuando os fuisteis. Dentro de poco hará diez años… - Diez años… - repitió Bobo: se había acercado tanto al río que veía su rostro reflejado en él -. Qué feo es así, tan verde… - ¿Recuerdas cuando veníamos aquí, a estos garitos de mala muerte? – recordó Valentino, señalando uno de los locales próximos. - ¿Cómo no lo voy a recordar? Menudas borracheras, puto O2… pagábamos para que nos envenenaran, joder…
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- Sí, ¡eran cogorzas antológicas! - Pocos porros nos habremos fumado en esa maldita terraza, escuchando reggae… ¿has visto? Las plantas son las mismas… - Jajaja, ¡y encima más de una vez salimos calentitos! ¿Recuerdas la vez que nos liamos a hostias porque Salvio le entró a una tía con novio y tuvimos que escapar? ¡Por muy poco nos matan el noviete y sus amigotes! Prosiguieron su camino, hablando de la vida diez años atrás. Cuando llegaron a la altura de Piazza Vittorio Veneto, ambos, aun teniendo en realidad tanto de lo que charlar y contarse el uno a otro, inventaron falsos pretextos para poner fin a la cita, y así, fundiéndose en un sincero abrazo, se despidieron: posiblemente, fuera el adiós definitivo. - ¿Qué tienes pensado hacer, colega? – preguntó Valentino. - Aún no lo sé… - Llámame si al final decides irte. Querré saber dónde vas… aunque no creo que te marches. Aún tienes mi número, ¿no? Llámame mañana para lo que sea, ¿vale?
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- De acuerdo. Mañana te llamo – prometió Bobo, moviendo la cabeza, con las manos metidas en los bolsillos, tan acostumbrado a oír consejos en los demás. Valentino continuó andando por la vereda junto al río: se toparía de nuevo con los chavales de la canoa. Bobo subió por Vittorio Veneto, vagó entre los arcos de la plaza, y entró al estanco donde compró dos cajetillas de Toscanelli alla grappa , un billete de autobús y una postal de la ciudad de Turín, una de esas pintorescas tarjetas donde suelen aparecer fotografiadas, en blanco y negro, la Mole Antonelliana o el río Po. Luego, al salir del estanco, giraría dos veces a la izquierda, continuando su camino por Via Dante.
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ra el tercer día con dolor de cabeza. Era, por tanto, un mal día. Intenté escribir un poema:

Hoy se trata de golpe a r políticos nada de cantar c a ncione s nada de revolucionar revolucione s De guitarras y banderas lo que sirve es l a madera para acomodar a las brujas de traje y corbata en su justo escaño en l a hoguer a de guitarras y banderas lo que s irve s on las cuerd as para ahorcar cinco veces, como con saro-wiwa ellos ya hicieran, a todo aquel que esté cuerdo y de su locura no haga un remiendo Se trata de golpe a r políticos nada de cantar c a ncione s nada de revolucion a r revoluciones se trata de devolver el miedo
No. Era el tercer día con dolor de cabeza. Era, por tanto, un mal día. Así que decidí buscar un trabajo. Como tantos otros días delante de la hoja en blanco, me sentía el peor imbécil sobre la tierra, y además, pensaba en los demás.
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Siempre pensaba en los demás: los observo, ahí abajo, andando con prisa hacia algún lado, cogiendo autobuses, trenes, tranvías y metros como si les fuera en ello la vida. ¿Dónde cojones van? Daba igual dónde fueran: de izquierda a derecha, o de norte a sur, siempre había alguien caminando hacia algún lugar. ¿Y si un día todos caminaran en la misma dirección? Todos los coches, todas las personas, todas las bicicletas. Igual ahí está la solución al problema. ¿Nadie ha pensado en eso? Vistiéndome, una vez más, el del espejo me contestó, aireado: “Ya, cállate, cierra la boca, es sólo envidia, como tantas otras veces. No es ni tuya esa ida. Su dinero y sus muestras de poder: eso es lo que te jode, amigo, sus caras en el supermercado, eso es lo que te pasa, que no puedes dormir, que no hay día que llegues al final sin sentir desesperación al apagar las luces o mañana que no intentes alejarte del silencio. Búscate un trabajo y olvídame: deja de creer que aquí mismo, en este claroscuro, está la salvación”. Sí. Es un tipo agradable este que habita en el espejo. Lástima que no salga.
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Una vez sucedió que estaba solo en la parada del autobús, leyendo, descansando, y probé; al ver acercarse el autobús, me levanté e hice el rutinario gesto de extender la mano para indicar al chofer que tenía la intención de subir. Y el autobús se paró, y me aproximé a la puerta, y él no la abrió. Me quedé allí quieto, frente a la puerta. Cuando el semáforo se puso en verde, el autobús continuó su camino amarillo, y vi al chofer alejarse con sus gafas metálicas, mirándome por el retrovisor. Empecé a caminar justo a tiempo para tragarme el dichoso humo del tubo de escape. Otra vez sucedió que llegué tarde a la parada, y entonces tuve tiempo de esperar y de pensar la llegada del próximo. Cuando el autobús de menos cuarto llegó, yo llevaba ya leídos unos cuantos poemas; lo vi aproximarse por encima de los versos. Sonreí. Recuerdo cómo miré a toda esa gente detrás del cristal que me miraban y me sentí diez segundos más libres que ellos. Luego cerré el libro, y los volví a mirar, y me sentí aún cinco segundos más libre que ellos. Y sonreí. Y miré al chofer. Y regresé a los poemas.
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Cuando el autobús cerró sus puertas y se fue, sentí que había ganado una pequeña batalla aquel día, y que todavía podría ser capaz de huir a Nueva Zelanda. Cogí el autobús de en punto, y tuve que salir más tarde esa mañana del trabajo. Era el tercer día con dolor de cabeza. Era, por tanto, un mal día. Así que decidí encontrar un trabajo. Bajé al bar, cogí del mostrador una brioche, me hice con el periódico que contenía las ofertas de trabajo, pedí un capuchino y me senté en una mesa. ¡Qué bien desayunan estos cabrones italianos, qué correcto desayuno! De lo único que aún no se han dado cuenta es que, para quien se quiera sentar, estas mesas aprietan demasiado los cojones y demasiado temprano. Abrí el diario por las últimas páginas, en un claro gesto de rebeldía, agarrando fuerzas para la mañana; el zumo era demasiado caro, y empecé a hojear con interés las distintas y escasas ofertas de empleo. De los cien anuncios que leí esa mañana, la cuarta parte de ellos buscaban jóvenes aspirantes a modelo, aspirantes a actrices para películas eróticas o hardcore, o camareras de sala para clubes eróticos.
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La crisis no ha llegado al mundo del espectáculo, prometiendo más de mil euros al mes y pidiendo, como único requisito, tener una “bella” presencia. Maldije por primera vez en mi vida el hecho de no tener un buen par de tetas junto al corazón. Sólo las tetas. Creo que si fuera mujer no aceptaría, de ningún modo, ese tipo de empleo. Encontré una oferta interesante, no pedían mucho de mí y prometían un sueldo fijo. El trabajo consistía en montar bolígrafos: en un edificio, entraban metidas en diferentes cajas las diversas partes de un bolígrafo: la punta, la tinta, el capuchón y el cuerpo, y el trabajo consistía en unir todas estas partes, montar el bolígrafo y empaquetarlo todo, como una sola pieza, en otra caja. Parecía un trabajo sencillo, como otro cualquiera. Llevadero. Arranqué el trozo de anuncio, y con la dirección del edificio en la mano, pagué mi desayuno y me encaminé hacia mi destino. Estaba en la zona nordeste de Torino, junto al río Dora. El paseo fue agradable. Atravesé un parque, bordeé el río, por lo que me distraje durante el camino y en ningún momento me hice preguntas sobre lo que podría encontrarme cuando llegara al lugar.
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Era de cristaleras grandes, un edificio verde. No parecía una fábrica, y aunque lo pareciera, tampoco percibía un complejo de oficinas. Era un bloque de pisos, con flores en los balcones y niños en la puerta jugando: eran viviendas. No me esperaba eso. En el anuncio, no aparecía el número al que tenía que llamar, tampoco nada del portal me indicaba cual era la puerta del negocio de montaje de bolígrafos. Sólo señalaba un solo nombre: Contento. Y el nombre de la empresa, “Bolígrafos Contento”. Llamé al azar, al 4C. − ¿Sí? - respondió un tipo. − Buenos días. Venía por la oferta de trabajo. − ¿Qué oferta? − ¿Es usted el señor Contento? – pregunté, antes de explicarle nada más. − Sí, soy el señor Contento. − Ah, buenas. Mire, vengo por lo del anuncio del periódico, donde decían que necesitaban montadores de bolígrafos… − Yo no he puesto ningún anuncio en el periódico… − ¿No es usted el señor Contento? Le mencionan como referencia en el anuncio… − Sí, yo soy el señor Contento, pero le repito que no he puesto ningún anuncio en el diario.
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− ¿Sabe usted en qué piso está la empresa de montaje de bolígrafos? − Sí, es aquí. Pero llame al 2Aª, y pregunte por el señor Contento. − Por el señor Contento... − Sí, por el señor Contento. ¿Me está tomando el pelo joven? − No, señor, disculpe… tenga buenos días. Llamé al 2A. − ¿Sí? – se escuchó por el porterillo. − Buenos días. Venía por la oferta del anuncio… − ¿Qué oferta? − ¿Es usted el señor Contento? − Sí, yo soy el señor Contento. − Vengo por el anuncio del periódico, por la oferta de empleo… − Yo no he puesto un anuncio en el periódico. − Disculpe, de nuevo, ¿es usted el señor Contento, que trabaja en “Bolígrafos Contento”? − Joven, aquí todos nos llamamos Contento, todos trabajamos en “Bolígrafos Contento”. − Todos se llaman Contento… − Joven, ¿me está usted tomando el pelo? − No, le pido disculpas, señor Contento… − Haga el favor de esperar un momento… − Sí, señor…
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Me quedé allí, esperando junto al portero, observando las flores y al niño que entraba y salía del portal montado en una especie de coche a pedales. Hice una prueba: − ¡Ey! ¡Pssss! ¡Tú! ¡Contento! El niño se giró, sorprendido, y me miró: − ¿Sí? − ¡Qué coche más bonito! ¿Quién te lo ha comprado, tu papá? − Sí. − ¿Contento? − Sí… − ¿Y cómo se llama el coche? − No tiene nombre, es un coche. − ¿Joven? - se oyó desde el porterillo. − Sí, estoy aquí. − Suba a la octava planta, y pregunte por el señor Contento; él le sabrá dar todos los detalles sobre la oferta de trabajo. Que tenga usted un buen día. − Lo mismo le deseo, señor Contento, gracias.

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El niño, aparcado a mis pies, me observaba, con indiferencia; escrutó mi cara un tiempo, agarrado al volante, antes de encender el motor, rodearme, y emprender su marcha. El negro de sus ruedas se fundió con las sombras del portal, y el ruido de sus pedales dejó de escucharse y nunca volví a verlo más. “Se buscan urgentemente personas para trabajar en el montaje de bolígrafos. Edad requerida: entre 18 y 99 años. Absténganse personas poco serias o irresponsables. Requisitos: Seriedad. Rapidez. Responsabilidad. Empleo remunerado.”

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na mañana temprana e inconclusa, logré discernir, durante un breve espacio de tiempo, a través de un cuadro colgado en el muro junto a la máquina de café en la “break-room” del imponente edificio verde: el origen de mi nacimiento, sumergirme en el epicentro del momento y aceptar la negación de su hijo, el recuerdo. La escena es repetida, y creo que todos la hemos visto alguna vez, ya s ea e n un cuadro, como he mencionado antes (ese es mi caso), o en alguna película o representación teatral. El barco que finalmente se hunde.
*** Había algunos pasajeros que observaban la escena ya desde la orilla, a salvo. Otros contemplaban aturdidos el hundimiento desde el agua, a unos cientos de metros, en el bote de auxilio. Y había quien nadaba, de forma desesperada por no ahogarse con el barco, y quien intentándolo acabó tragado por el fondo del mar. La mayoría del pasaje se ahogaría: pocos serían los supervivientes. Esa mañana, el cielo pareció prever el incidente, y miraba para otro lado; las nubes terminaron de disimular el cuadro. Los primeros en llegar a la orilla fueron Ejaroc y Soledad… un instante, y rápidamente, abandonaron el barco. Se encontraron en la orilla, jadeantes.
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− ¿Qué crees que pasará ahora? preguntaba Soledad que apoyaba las manos en las rodillas; su voz se entrecortaba por el esfuerzo acumulado. − Realmente, no lo sé. No sé quiénes vienen en esa barca, no sé si hay más supervivientes… lo que sé es que pasaremos aquí mucho tiempo… - contestó Ejaroc, que se había girado para ver la isla en la que habían naufragado -. No parece muy grande… - añadió. La isla parecía tener una superficie de mil y pico kilómetros, y la forma de un puño cerrado. Era una isla de origen volcánico. Originariamente surgida por dos volcanes: los restos de ambos formaban las dos cadenas montañosas de la isla, unidas en medio por un inmenso valle. El naufragio sucedió frente a las falanges del dedo anular. Poco después, llegó la barca a la orilla; en ella, se encontraban Famil, Amor y Egos. Ejaroc se adentró en el agua para ayudar a encallar, y les tendió la mano para que tocasen tierra.
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Soledad, sentada y aún con el susto en el cuerpo, miraba desde la playa los últimos momentos del barco en la superficie; poco a poco, la embarcación iba desapareciendo, engullido por el mar. − ¿Quién es aquella? - preguntó Amor nada más pisar tierra. − Soledad - respondió Ejaroc. − Fantástico… - añadió irónicamente Egos; su rostro reflejaba una mueca de pesar. − ¿Sólo somos nosotros? - cuestionó Famil, que tiraba del pequeño navío hacia tierra. − Aquí, en la playa, creo que sí, pero en el agua aún deben quedar supervivientes aclaró Ejaroc -. Hay que ir por ellos… Ejaroc y Famil tomaron el bote. Se adentraron de nuevo en el agua, sin pedir permiso ni ayuda, dejando a los demás en la orilla, sanos y salvos. El mar aún gritaba, y se retorcía. Torpemente valerosos, como dos caballeros ante un enorme dragón, ambos supervivientes se acercaban de nuevo al barco, luchando contra las olas en un desesperado intento de rescatar algún pasajero más…
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Mientras tanto, en la playa, Amor y Egos caminaban hacia Soledad. El cielo alto, el sol pleno y la isla tranquila no concordaban con la furia del mar. − ¿Qué tal estás? - preguntó Amor. − Estoy bien, gracias, aunque un poco asustada… – respondió Soledad. − Soledad… - saludó Egos. − ¿Os conocéis? – interrogó Amor. − No, sólo viajábamos juntos - confirmó Soledad, aún temerosa. − ¿Qué os parece si también juntos exploramos la isla? – sugirió Amor. − Es mejor que esperemos a los héroes – sentenció Ego; luego, se sentó en la orilla junto a Soledad. Amor, resignado, se encogió de hombros y también se sentó. Ejaroc y Famil se veían pequeñitos y apenas se distinguían entre los restos del naufragio. La melódica y constante caricia de las olas en los pies náufragos era una broma pesada que la madre naturaleza tamizaba y que estos no comprendían, susurraba cruel el asesino.
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Las aguas se fueron calmando. Ejaroc y Famil conseguían llegar al lugar del nacimiento; estaban agotados, pero sabían que el tiempo corría en contra de quienes aún flotaban en el mar. Las huellas del hundimiento mostraban los restos de lo que había dejado de ser la escalera del gran salón, una rueda de paletas o el mástil del barco; los libros de la biblioteca flotaban junto a las personas, algunos fueron leídos y otros abandonados en el mar para siempre. Había cadáveres, libros por doquier. Ejaroc y Famil recorrían lentamente el epicentro de la catástrofe, sirviéndose de los remos para abrirse paso entre los cuerpos flotantes. Navegaban, esperanzados, buscando vida entre tanta muerte. − ¿Holaaa? - gritaba Famir, agitado, un poco incrédulo. − ¿Hay alguien ahí? – alzó la voz también Ejaroc, más rotundo.
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Aquello era esperpéntico. La definición de antítesis era la más acertada descripción del panorama. El silencio era en todo momento un grito aterrador. Mientras buscaba y buscaba, Ejaroc recordó los campos de guerra donde tuvo que defender su civilización años atrás, cuando ya había acabado todo y veía que nada había valido la pena, que nadie había ganado y que todos tenían el mismo rostro: vencedores y vencidos, muertos y vivos, la tierra había perdido a sus hijos. Nada intacto: todo fragmentado, destruido. El Caos golpeando la Naturaleza. A Famil, en cambio, el catastrófico paisaje le produjo sentimientos encontrados, cálidos recuerdos de su tierna infancia también tornaron; recordó cuando de pequeño descubrió un hormiguero en la parte de atrás de su casa y mataba las hormigas con el dedo. Recordó cuando emprendía el camino de vuelta; al instante en que se aburría de matarlas, se levantaba y regresaba, silbando, a su casa perdiéndose entre las calles… Ambos habían oído eso de “la calma que precede a la tempestad”, y lo de que “después de la tempestad llega la calma”, y así era, pero en esta maldita calma estaba más presente el desastre que en la propia tempestad, y era ahora cuando mejor se apreciaba el
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caos y la destrucción; podías recrearte en cada detalle, en cada cara, y esa era peor: el hombre es curioso, más allá incluso de las puertas del infierno. De pronto, desde el mar, escucharon una vocecilla infantil. Era otra superviviente. − ¡¡¡¡Aquííííí!!!! – tumbada sobre flotaba. − Parece una Famil a Ejaroc chillaba aquella chiquilla, Azar, la puerta de un camarote que cría. ¡Está allí, mira! - le dijo – ¡Rápido! ¡Vamos a ayudarla!

Cuando lograron rescatar a Azar y subirla al bote, ésta sorprendió a Ejaroc y Famil con una revelación: − Sólo queda una más por rescatar… - reveló la pequeña. − ¿Cómo? - respondieron los dos al unísono. − Que hay alguien más. Está allí - e indicó con su pequeña mano izquierda una zona más alejada, donde se vislumbraba algo flotando. − ¿Cómo puedes estar tan segura de eso? ¿En serio hay allí alguien con vida y que nadie queda aquí? - preguntó su rescatador Famil, con tono inquisidor. − Estoy convencida. A lo lejos hay alguien que quiere sobrevivir al naufragio… estoy segura…
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− ¿En qué dirección está? – quiso saber Ejaroc. − Por allí… encendió un pequeño fuego… no sé cómo lo habrá hecho, tampoco creo que las señales fueran dirigidas a mí, sólo digo que yo las vi… y de que no hay nadie aquí... pues es que llevo una hora gritando y nadie me ha respondido… Cuando Azar hubo terminado su exposición, enmudeció. La niña continuó observando a ambos con la misma mirada que cuando les hablaba; su rostro sonriente era cálido, falto de verdad, distante y directo a la vez. − ¿Cuántos años tienes, chica? – volvió a preguntarle Ejaroc. − Aparento menos de los que tengo… − Toma, chiquilla – le ofreció Famil una manta rescatada del navío -. Colócate en la parte de atrás. Cuánto menos te muevas más rápido llegaremos hasta allí… Azar miró la descuidada barba de Ejaroc y le hizo gracia; con una mueca en el labio, se sentó en la parte de atrás y empezó a secarse. Famil le acarició la cabeza y sonrió, cómplice.
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− ¡Vamos! – animó Ejaroc a Famil. Sofía fue la última en ser salvada del grupo superviviente; era de una belleza única, incluso cansada, y tiritando de frío como estaba, cuando consiguió subir a la barca, su belleza era incontestable. Su piel era pura y suave, como un amanecer; sus cabellos rojos contenían la hermosura de mil atardeceres y sus ojos negros escondían todos los secretos que envuelven a la noche. Ejaroc y Famil creían haber rescatado a una princesa, una diosa, como si se la hubieran arrebatado en venganza al mismísimo Poseidón de entre las sábanas de su lecho. Sofía saludó a Azar. Azar saludo a Sofía. Ambas se habían encontrado en la cubierta del barco, minutos antes de la catástrofe. − Me alegro de verte, amiga - dijo Sofía. − Y yo de que fueras tú la que encendió el fuego – agradeció la niña. Sofía esbozó una gran sonrisa y se sentó junto a Azar en la parte de atrás del bote; ambas miraban a Famil y Ejaroc quienes, en ese instante, no hacían nada: sólo descansaban, extenuados, confundidos.
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− Muchas gracias por venir a por nosotras… – agradeció, conmovida, Sofía. − No hay de qué - respondió Famil, que le puso una mano en el hombro a Ejaroc en señal de que ya tocaba regresar a tierra firme –. Vamos, amigo – añadió -. Llevemos a las señoritas a su nuevo hogar. Ejaroc asintió, con gran pesar. Sofía miraba hacia la isla, como intentando familiarizarse con ella. − Es bonita… - le dijo a Azar, mirándola. ***

Salí de la “break-room”, aún emocionado, algo mareado; atravesé el largo pasillo. Caminando, llegué hasta mi silla, deseando, que al día siguiente, al menos, la má qu i n a de café funcionara.
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avand era un mago reputado; había combatido en la Segunda Guerra Mundial, aunque nunca fue soldado ni se alistó en el Ejército, pero luchó, como el que más, por su libertad cuando el mundo dejó de ser un buen lugar. Junto a muchos otros ciudadanos, había defendido valerosamente la ciudad de Turín; consiguieron expulsar a los feroces alemanes del norte de Italia, cuando estos quemaban, saqueaban y destruían todo en cuanto se encontraban en su huida, camino de la capital berlinesa. Presos del amargo sabor de la derrota, los nazis abandonaban los territorios sitiados, aunque dejaron tras de sí un rastro de muerte peor que el de sus conciencias y fusilaban a todo aquel que se cruzaba en su camino. Destruyeron puentes, edificios civiles o públicos, y carreteras; trataban de sacudirse el polvo y la derrota de los abrigos. Hace ya tiempo de eso. Y esa desgraciada generación dejó ya de existir. Han pasado suficientes años para que casi todos estén muertos; han pasado suficientes años para que las personas que hoy transitan las calles no reconozcan el olor de la muerte, de la carne quemada, ni sufran el olvido del hambre, que desconozcan la sinrazón o el infierno que es una guerra. Aunque sean las mismas calles y la misma ciudad.
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Lavand aún vive. Sabe que de su generación hoy sólo quedan placas. Sonríe cuando reconoce el nombre de alguna apacible plaza donde se echa a dormir. Placas en las calles de la ciudad, placas junto a las vías de los trenes, placas en las plazas, con el nombre de amigos, familiares, o como mínimo compañeros, sólo eso quedan: placas. Y en las esquinas donde él luchó, palmo a palmo, y donde fueron fusilados sus compañeros, hoy todavía transita el mago Lavand, olvidado, como un vagabundo más junto a sus recuerdos. Estos recuerdos pertenecen a la época en que Lavand tenía catorce años (y ahora son su mejor compañía). Por aquel entonces aún vivía con sus padres en un bonito palacio del centro de Turín. De alta cuna francesa, el joven había tenido una infancia despreocupada: el padre ocupaba un alto cargo dentro de la embajada argentina, y su madre, de origen italiano, poseía uno de los negocios de moda más afamados y reconocidos de la ciudad. En la adolescencia fue cuando Lavand descubrió su pasión por la magia, que lo acompañaría ya para siempre. Hoy es un vagabundo: su único techo, como él dice en un poema, son las estrellas.
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No nos vamos a centrar en cómo Lavand llegó a esa situación: es la historia de muchos desdichados. La historia que quiero contarte es la de un gran número de magia que una mañana le vi hacer. Lo conocía de vista, y nunca mejor dicho: solía estar siempre en Via Po, junto a la máquina de tabaco (mucho después supe que nunca se distanció de lo que un día fue su casa). Allí tenía su lugar, y unos viejos cartones junto a su leal perro. Siempre tuvo fama de polémico y de cascarrabias entre los vecinos del barrio. Era alto, huesudo, de complexión recia, pero flaco; de rasgos finos y nariz aguileña, con pelo blanco y ojos azules. Tenía bigote y una larga perilla, también blanca. Aburría a la gente en sus peores momentos con sermones que nadie escuchaba, y se ganaba algunas monedas cuando regalaba entretenimiento a los viandantes con viejos trucos de magia que hacía con cartas o antiguas monedas. Nunca iba mal vestido, ni demasiado sucio: se podría decir que era un apuesto vagabundo, un truco menor. Intercambiábamos palabras, saludos o rápidas impresiones las noches en que yo bajaba a comprar tabaco a la máquina expendedora. Entre nosotros, hablábamos en castellano. Y su fama de malhumorado, a mi parecer, no era para nada cierta.
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Había pensado, en alguna que otra ocasión, bajar y sentarme con él, con la intención de pasar un buen rato; a estas alturas, ya me había dado cuenta de que sufría una cierta fascinación por los vagabundos de mi ciudad. Llegué a pensar que nos unía la desesperación. Y una de esas noches destinadas a perderse como tantas otras entre las páginas de un libro escrito hace siglos, decidí por fin bajar a la calle y visitarlo. En aquella noche de abril, me encontraba leyendo un libro sobre ilusionismo titulado

“El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Quizás no fuera casual. Cogí una
botella de vino y dos tazas; bajé con algunas monedas, a sentarme junto a Lavand. Era viernes, y serían las tres de la mañana cuando el mago nos vio aparecer a la botella de vino y a mí. Saludó, curioso, diciendo: Cuando entra el vino sale el secreto. ¿Puedo acompañarte? Por favor. ¿Cómo se llama tu perro, amigo? Perro Pancho. Bonito nombre…
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Me serví una taza, y le pasé la botella. Me senté justo enfrente, en uno de los bordillos de las columnas que sustentan la plaza. Lavand bebía y miraba el contenido de la taza a cada sorbo. Cuando las vaciábamos nos pasábamos la botella y seguía la conversación: - Perdona, pero no tenía vasos limpios… - me excusé. - No te preocupes, servirá. - En el barrio corre el rumor de que antes eras rico, que vivías en uno de esos palacetes y que lo abandonaste todo para dar la vuelta al mundo, y al final regresaste pobre... - No he recorrido muchos kilómetros, pero sí he viajado mucho. Yo soy ilusionista, no vagabundo. ¿Cómo te llamas, amigo? - R. ¿Entonces es verdad que antes vivías en uno de esos lujosos palacios y que procedes de una familia acaudalada? - Sí. - ¿Y por qué te fuiste? - Es fácil, R.: porque lo tuve todo. Los pocos vecinos que entraban a esa hora al portal intentaban pasar desapercibidos ante la situación, y los viandantes, de vez en cuando, nos dificultaban la vista y la conversación.
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- Hazme un número de magia – le demandé -, así me pagas tu parte de la botella de vino. - Sube a tu casa. Deja aquí la botella, Tráeme un bocadillo y te contaré una historia. - ¿Te hace falta el bocadillo para contar la historia? - Sí. Es fundamental. - ¿Es un truco, no? - No, un bocadillo. Luego te contaré una historia. Subí a mi piso. Le preparé un bocadillo con lo primero que encontré; bajé, saqué más cajetillas de tabaco de la máquina, le pasé la vianda y me dispuse a escuchar la historia que Lavand había prometido contarme. - No tenía pan de barra, ¿te sirve de molde? - Servirá. Lavand empezó a comerse, complacido, el bocadillo; le pasó un pedazo a su amigo Pancho. Bebía grandes sorbos de vino.

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- Buen provecho – le deseé, al tiempo que encendía un cigarro y miraba cuánta gente quedaba en la plaza, a pesar de las intempestivas horas. - Gracias. Sírvete – me dijo, pasándome la botella. Cuando terminó de comer, vi cómo había dispuesto delante de él, en el cartón, tres grandes migas de pan y la taza. Fijó sus ojos en mí, y con su peculiar acento, declamó: - Te voy a contar una historia. Había una vez, un chino llamado Lee-Po. Vivió en el siglo IV después de Cristo. Muerto ya el hombre, que dicen que jugaba con tres migas de pan mientras recitaba sus propios poemas… bueno, yo no sé cómo lo haría el hombre, pero presumo que sería algo así, ¿no? Lavand señaló la taza y las tres migajas de pan. Me acerqué, y me senté al pie de los cartones. - No hay nada nuevo bajo el Sol. Uno cree, a veces, que ha creado algo y ya estaba creado, ¿no? ¿Sabes cómo decía el chino?

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- No… - yo me encontraba expectante. - Pues decía así: tomo una botella de vino, y me voy a beberla entre las flores. Siempre somos tres… Lavand cogió dos migas de pan y las metió dentro de la taza; la tercera se la guardó en el bolsillo. - Contando a mi sombra y a mi amiga la Luna… El mago volcó la taza y cayeron tres migas de pan. - Cuando canto, la luna me escucha, cuando bailo, mi sombra también baila… Volvió a meter dos migas, de nuevo, en la taza. - Terminada la fiesta, los invitados deben partir… La tercera miga se la metió en el bolsillo; volvió a volcar la taza y volvieron a caer tres migas de pan. - Yo desconozco esa tristeza…
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Lavand volvió a introducir dos migas, y la tercera se la entregó a Pancho, la cual devoró. - Cuando marcho hacia mi casa, siempre somos tres, me acompaña la luna y me sigue mi sombra. Volcó la taza, y cayeron de nuevo tres migas en el cartón. - ¿Sabes cómo termina el poema? – me preguntó; yo negué con un gesto de cabeza – Terminada la fiesta, los invitados deben partir. Lavand, con una lentitud exasperante, metió dos migas en la taza, y la tercera se la volvió a colar en el bolsillo. - Yo desconozco esta tristeza cuando marcho hacia mi casa… siempre somos tres. Me acompaña la luna… El mago me indicó, con un gesto, que volcara la taca. Cuando lo hice, no cayó ninguna miga de pan. - Y me sigue mi sombra… sombra… y me sigue… y me sigue mi

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Tardé en reaccionar. Me fascinó que la taza de mi casa fuera mágica: realmente, me había dejado impresionado Lavand que, muy sonriente, me observaba, satisfecho. - ¿Cómo cojones lo haces? - Es magia. - Ya… - ¿Qué sería de este mundo sin la magia, amigo? – canturreaba el viejo. - No existe la magia… - ¿Estás seguro de eso, querido R.? - Completamente. No existe. - Entonces, hay magia. - Que no, carajo, hay sólo gente engañada, que no existe la magia. - Me alegro de que te haya gustado la historia. - ¿Te apetece un cigarro? Tu parte de la botella ya la has pagado con tu truco. - Sí, gracias. - ¿Quién te contó esa historia? – quise saber mientras le daba fuego. - La escuché durante la guerra. - ¿Estuviste en la guerra? - No. - Uh uh… ¿para ser un buen mago hay que ser un gran mentiroso, no?

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- Todo artista debe saber mentir, R. En la mentira está la belleza… mienten los poetas… los poetas son grandes mentirosos… ¡pero qué bien suenan los poemas, qué bien! No hay nada nuevo bajo el sol, socio, ya lo dijo el maestro Picasso, hace casi un siglo: “la única misión del artista es convencer al mundo de la verdad de su mentira”. ¿Ves? Nada nuevo… - ¿Cuántos años tienes? - Muchos. - Voy a tener que empezar a llamarte maestro, entonces – confesé, y serví los dos últimos tragos de la botella. Su fiel perro nos miraba a ambos, aburrido -. ¿Has actuado profesionalmente como mago en algún lugar? - Sí, hace años viaje por teatros europeos con mi show. A la gente le fascina que le narren historias y que le muestren la magia, o como tú dices, que la engañen. Y yo les daba ambas satisfacciones. - ¿Y por qué estás ahora aquí? ¿No te gustaría seguir actuando por teatros, ser famoso, como Picasso? - No. - Uh… ¿qué crees que seríamos sin magia? - Monos. Seríamos monos inmortales en cavernas oscuras. - Bueno, cuéntame tu mejor historia, hazme el mejor truco…
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- Es tarde, pero si quieres ver mi mejor número, ven mañana temprano. Sitúate frente a mí y observa. No tendrás que hacer nada, sólo observar el número del hombre invisible. Te enseñaré magia. - Ok… ¿y una última historia, como la del chino de antes? - Te contaré una historia que escuché en la guerra… - ¿Otra? ¿No me has dicho que no estuviste en la guerra? – le interrumpí. - Te contaré una historia que escuché en la guerra… había concluido, y la patrulla estaba en retirada. Un soldado solicitó permiso a su capitán para regresar al campo de batalla en busca de un amigo. Se le denegó el permiso: “es inútil que vayas, está muerto”, le espetó su superior. Pero el soldado desobedece la orden y marcha a buscar a su amigo. Regresó con él, en brazos, muerto. “Te avisé, soldado: has perdido el tiempo”, le recriminó el capitán. Y el soldado respondió: “No, mi capitán, no fue inútil, cuando llegué aún estaba con vida y solamente me dijo que sabía que iba a ir a por él”. Al día siguiente, me desperté, con la mano aún dormida. Me sentía inquieto: deseaba ver el truco que me preparó mi
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nuevo amigo, el mago. Me duché, desayuné, rápido, bajé al portal, anduve unos pasos y me situé, de nuevo, en el bordillo de las columnas de la plaza, frente a los cartones de Lavand, tal y como éste me indicó. Allí estaba Pancho; vi que el viejo estaba de pie, caminando entre los arcos de la parte alta de la plaza, pidiendo monedas a todo el que pasaba. No tenía mucho éxito. Cuando se percató de mi presencia, me guiñó un ojo y se encaminó hacia mí. Justo antes de llegar a mi posición, se detuvo, y echó un vistazo a la calle que tenía a su derecha. Permaneció inmóvil un minuto, y luego, andurreó por la calle que hacia esquina, la misma donde se encontraban sus cartones. Desde lejos, lo vi dirigirse al negocio de alimentación que había allí, a unos trescientos metros de distancia de la plaza; aquel pequeño negocio en principio, gracias a sus desorbitados precios, había crecido en dimensión y fama, convirtiéndose en todo un supermercado. Lavand se acercó y tomó de las cajas que había expuestas en la acera varias piezas de fruta, y empezó a correr hacia la plaza, de nuevo; tras él, salió disparado el tendero, persiguiéndole y gritando: “¡Al ladrón, al ladrón!”. Yo, desde mi posición, observaba mudo aquella escena, sorprendido, algo asustado porque no comprendía absolutamente nada de lo que estaba sucediendo. Pero tardé pocos segundos en darme cuenta de que todo estaba preparado por el astuto ilusionista.
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Desde la acera de enfrente, vi como dos policías reaccionaban al momento, y empezaban también a perseguirlo. No podía ser casualidad que los dos policías estuviesen ahí por azar. Me tranquilice entonces, y supe, aunque no tenía ni idea de cómo, de que todo formaba parte del gran número de magia que Lavand me había prometido. Tras doblar la esquina y aparecer en la plaza con las piezas de fruta robadas entre las manos, Lavand tomó asiento rápidamente en sus cartones, escondió la fruta, me sonrió y me preguntó: - ¿Estás preparado? Yo, emocionado, afirmé con la cabeza. Acto seguido, el mago sacó de su mochila un pequeño cartoncito, lo situó a sus pies, empezó a acariciar a Perro Pancho, y se quedó esperando con la mirada perdida. Al instante, aparecieron por la esquina la pareja de policías y el tendero. Empezaron a dar vueltas alrededor de la máquina de tabaco, en torno a Lavand, sin conseguir verlo. En el cartoncito, había escrita una frase: “Por favor, ayuda, tenemos hambre”.
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oder, qué pequeña va a salir - dijo él. - No te preocupes por eso, hombre, no es lo importante… – respondió ella. - No será importante para ti. Después seré el cachondeo de todos. - ¿En eso estás pensando ahora, en tus amigos? - No, pero es que ambos sabemos que es más grande en realidad. - Sí. En realidad es más grande, lo sé… confesó, tratando de no perder la compostura. El sol iba bajando poco a poco, rendido más allá del horizonte. Se asentaba detrás de la única pareja de nubes entrelazadas presentes, vistiendo a estas y al mar, con preciosos tonos anaranjados para la ceremonia. Bandadas de lo que parecían ser gaviotas cruzaban en ese momento el paisaje. Tres figuras se divisaban en la playa, bajo las palmeras. - Como para ti la gravedad y el frío no son problemas… - aclaró él. - ¡No digas más tonterías, no hace frío! – replicó ella, tajante. El viejo esperaba impasible frente mientras se rascaba la blanca barba. a ellos,

- Perdone, eh… pero es que es importante… así no salgo, nena… paso… – dijo él.
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- Adán, por favor, deja de ser tan infantil. - ¿Podrías hacer algo, no? ¡Ayúdame! - ¿Cómo quieres que te ayude? ¡Lo único que tienes que hacer es estar quieto y callado! - Pero es que no quiero salir así, ya te lo he dicho. ¿Ayúdame, no? - ¿Que te ayude a qué? - Pues a estar… más presentable… - ¿Me estás pidiendo que te la chupe? ¡No me lo puedo creer! - Hasta que crezca lo suficiente… un minuto, es un momento muy importante… no quiero que salga retratado así. Ella miraba al viejo, mientras suspiraba, con el ramo entre las manos. El viejo se encogía de hombros, frunciendo el ceño, con el libro entre las manos. Él miraba lo que le parecían ser gaviotas. - No voy a hacer esto con la sabiéndome a polla - sentenció ella. boca

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o logró adivinar qué hora era, si era de día o de noche. Alargó el brazo, buscando alguien al otro lado de la cama, y tampoco logró nada. Volvió a quedarse dormido hundiendo la cara en el colchón, agarrando la almohada entre las piernas mientras un mosquito le chupaba la sangre. El hombre se despertó pasado una hora. Fue hacia el baño. Se lavó la cara y se miró al espejo; frunció el ceño y contó las arrugas de la frente: cinco. Luego se agarró la polla e intentó hacer blanco en el váter, pero esa mañana estaba empalmado, y le fue imposible atinar, lo que le produjo una sensación de primaria libertad. Tiró de la cadena y fue a vestirse. La ropa del armario le parecía toda sucia y vieja. Se preparó un café cargado, encendió el ordenador y leyó las mismas noticias de siempre. No entendía porque la gente se empeñaba en utilizar aquellas palabras. Se bebió el café y se comió la brioche; toda la casa se resolvía en lentas secuencias en blanco y negro. El camión de la basura a esa hora pasaba llevándose los restos de su semana. Volvió al bañó, y cagó el desayuno; cuando fue a limpiarse se dio cuenta que llevaba largo tiempo mirando el grifo gotear del baño. Lo avisó la peste a mierda. Se pasó un trozo de papel por la raja del culo y salió limpio. Había sido una buena cagada. Cerró el grifo, se lavó los dientes y salió de su hogar.
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En el jardín, la tomatera buscando el sol que no le llegaba había crecido más de lo normal: medía más de dos metros, por lo que los tomates aún estaban verdes, y el resto del huerto, muerto. Había errado definitivamente de lugar. Aquello, más que un huerto, era una gran mierda seca. Se alejó de allí, dejando atrás los maullidos de un gato en celo. Metió la llave en la cerradura y la giró hasta olvidar los tomates, el grifo, las palabras que no eran suyas en la pantalla del ordenador y el fresco sabor del dentífrico. Se encendió un cigarro. Vio salir a su joven vecina en bicicleta, y sonrió por primera vez en la mañana. − Buenos días, Isabella. − Buenos días. Dando caladas al cigarro, expulsando el humo hacia el cielo, observó sereno como la pequeña se perdía al final de la calle, y sólo entonces emprendió la marcha. Para llegar a la parada donde cogía el metro todas las mañanas a las ocho y cinco, el hombre tenía que atravesar un gran parque que había sido, en otra época, un manicomio.
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Era verde y cobre, con cientos de árboles diferentes y grandes espacios abiertos, con algunos inmuebles en ruinas ocupados, un colegio y edificios públicos. El paseo por el parque duraba unos diez minutos, justo el tiempo que él necesitaba. Caminaba por un sendero arbolado. Se topó con una pareja que a esa hora temprana hacían footing en sentido contrario al suyo. Ruidos de fuera intentaban escalar el muro del parque. Era el sonido de los motores y el enjambre de las máquinas, claxones y ruedas frenando y acelerando. Al hombre le parecieron aquellos ruidos metálicos similares al empuje que ejercen las olas contra las paredes de un acantilado, y por ellos, sintió una extraña y melancólica tristeza. El paseo fue agradable. Luego llegó al final del parque; al otro lado de la carretera, se encontraba la estación de metro. Atravesó la carretera por el paso de peatones, bajó por las escaleras metálicas, sacó su abono anual con su foto y lo pasó por el identificador de la máquina que, automáticamente, se puso en verde y abrió las compuertas de vidrio para que el hombre pasara.
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Se montó de nuevo en un escalón de otra escalera metálica, y bajó junto al resto de trabajadores a la parada del metro. Una pegadiza canción francesa sonaba por los altavoces de la estación. Se situó a pocos pasos de una de las puertas de embarque, de esa forma se aseguraba un sitio cómodo dentro. A las ocho y veinticinco llegó el vagón a la estación Re Umberto, su parada de destino, y a cincuenta metros de la estación, a las ocho y treinta, pasaba el autobús número quince que dejaba al hombre a escasos trescientos metros de su trabajo, justo a las ocho y cincuenta y cinco. Todos los días, todas las semanas. Fuera o no a trabajar. El hombre, al bajar del autobús, tenía por costumbre desviar durante un minuto su recta trayectoria para recorrer de nuevo un camino arbolado lleno de hojas secas y bancos de madera antes de llegar al trabajo, esta vez a orillas del río Dora. “Pequeños momentos imborrables del recuerdo de un hombre menor”, pensaba. Entró a las nueve y veinte por la puerta verde del edificio, y cogió el ascensor hasta la planta cuarta.
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Se limpió los pies en la alfombrilla y empujó levemente la puerta entreabierta. El hombre saludó cordialmente, y de forma impersonal, a todos sus compañeros de trabajo; tomó su segundo café del día en la “break-room” y acto seguido desempeñó durante cuatro horas de forma eficiente su labor en la empresa. Su trabajo consistía en una suerte de controles rutinarios en páginas Webs que intentaban atraer y timar por medios legales a personas de bajo intelecto y/o faltas de compañía y robarles su dinero. A la hora del almuerzo, el hombre salió del edificio y se dirigió a los bancos frente al río; se sentó justo en el banco donde me encontraba sentado yo. − Bonita camisa - dijo. − ¡¿Qué cojones haces tú aquí?! − Tú sabrás… - aclaró, sonriendo. − ¿Que qué cojones hago yo aquí? ¡Se supone que es un relato en tercera persona! − ¿El hombre? ¿En serio? − Perdona. Tenía que ser en tercera persona… − ¿Y tengo que parecer un violador de vecinas? Dime, ¿no vas a incluir esta vez a ningún amiguito vagabundo redentor en este estúpido relato?
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− Vete a la mierda… se supone que eres mi personaje, ¿no? El hombre extendió los brazos por detrás del banco; apoyó las manos en la parte superior de éste y cruzó las piernas de forma relajada. − Se supone que tú eres el autor, sí… comentó, aireado. − Tírate al río ahora mismo. − ¡Y una polla! − Se supone que haces lo que yo te diga… − ¡Poco o nada sabes tú de escritores y personajes si crees eso! Es un poco más complicado, chaval – confesó. − Estoy empezando. − Ya… Quedamos en silencio un buen rato, mirando al río. Destapó el tupper que traía consigo, y ambos comimos filetes de pollo empanado y patatas hervidas. Cuando terminamos de almorzar, me ofreció un cigarrito que yo rechacé a mi pesar. − ¿Cómo te va en el trabajo? − ¿Cómo? Aún no lo sé…
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− Pues si no lo sabes tú… tendré que improvisar… − Ando un poco perdido esta vez, esto ya no es lo que iba ser… va terminar siendo un maldito cuento de Walt Disney… − No te preocupes, colega. − Algunas historias nacen de principio a fin, ¿sabes? Todo encaja una vez que la proyectas, pac pac pac pac . Todo va, como la senda de un caballo ganador, como la mamada de una desconocida, pac pac pac… − A ti, desgraciado, nunca te la ha mamado una desconocida… − Lo que quiero decir es que, por lo general, estas historias, después, son las que nunca escribo y siempre borro. Después, otras, nacen huérfanas desde la primera letra que borro, y el relato entonces empieza a andar, tirando cosas en su camino, sin decir adonde va. Es como jugar con un niño pequeño… − Entiendo… Luego, nos fuimos.
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Cuando volví a la empresa, quince minutos después de la conversación en el banco, al entrar por la puerta, me encontré la sala de trabajo destrozada: los ordenadores inutilizables, las pantallas rotas en mil pedazos, y a mi pobre jefe en el suelo, inconsciente, con el labio ensangrentado. Las únicas personas que había en la oficina corrieron hacia mí, angustiados, con las manos en la cabeza: − ¡¿Pero te has vuelto loco?! - me preguntó un jefecillo. − ¿Qué ha pasado? – pregunté, algo alarmado también. − ¡¿Que qué ha pasado?! – exclamaba otro jefecillo amigo - ¡¿Que qué coño ha pasado?! Ambos me zarandeaban. Tenían los ojos fuera de órbita. − ¡Sí, carajo! ¿Qué? ¿Nos han robado? ¿Qué cojones pasa? - pregunté. − ¡¡Pasa que alguien ha entrado aquí aprovechando que estábamos todos almorzando y ha destrozado todos los ordenadores y todo el mobiliario de la empresa!! ¡¡Luego se ha debido encontrar a éste al salir y le ha dado una paliza que lo ha dejado medio muerto!!
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− Uh, uh - murmuré, un tanto preocupado. Sospechando, ambos jefecillos, me miraban, expectantes y con cierta desconfianza. − Te han visto bajar… - resolvieron, finalmente, ambos -. Con un bate en la mano. Gritabas y maldecías el nombre de Walt… − Uh, uh - murmuré, de nuevo, agobiado.
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ntró la Muerte, muy dispuesta, por la ventana. En el salón, encontró al affamato escritor en calzoncillos, junto a una botella de tequila, sentado en el sillón frente al ordenador portátil, con el arma metida en la boca y con los ojos abiertos de par en par. − ¡¿Qué cojones haces tú aún así?! – preguntó la muerte, alarmada. − ¿Así cómo? - contestó el tipo, que había bajado el arma para colocársela entre las piernas. − Pues así... de vivo... ¡otra vez igual! se lamentó la Muerte. − No tengo intención de suicidarme – divagó el artista. − ¡Mis cojones! Pasaron unos segundos. En la radio, se oía “Hero of the day”. La Muerte miraba distraída el resto de la estancia mientras el escritor no le quitaba ojo de encima. − Hueles muy bien… – aclaró él, sin dejar de escudriñarle. − Gracias. Venga…
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− ¿Venga qué? – replicó, confundido. − Que te suicides – ordenó la Muerte. El escritor notó entonces cómo su brazo cargado se volvía a elevar, esta vez en contra de su voluntad. − ¡Espera, espera! ¡Desde que has entrado por la ventana, me han venido a la cabeza un montón de estupendas ideas, de párrafos buenos, cientos de diálogos inteligentes e historias divertidas! La Muerte, entre suspiros, lo observaba con evidente desgana; el brazo del escritor seguía avanzando lentamente, en su inexorable destino. − ¡¡Conozco al Diablo!! – exclamó, con esperanza. − ¡Oh, ya, cállate! - dijo la Muerte por fin.
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NOTA DE EDICIÓN

Para el diseño de este libro se han utilizado las ideas de José Naveiras García (portada y contraportada) y Ana Patricia Moya. También han sido utilizadas diversas fotografías de Felipe Zapico Alonso (correspondientes a las páginas 20-21, 60, 69, 103, 115, 128, 140, 155, 208, 214 y 224-225) y Ángel Muñoz Rodríguez (páginas 24, 44, 92, 164, 176, 190). Las imágenes reflejadas en dichas fotografías son obras de artistas callejeros anónimos.

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Prólogo de Ramón Zarragoitia Prólogo del autor (borracho)
Voluntario & Vagabundo Cuentas pendientes Una forma de exhibicionismo No trabajar cansa Highway to hell Los ríos de ciudad no son azules Bolígrafos Contento Break Room El ingenioso mago y su número del hombre invisible Lilith El hombre que casi mató a Walt Disney

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Epílogo Nota de edición

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OTROS TÍTULOS DE NARRATIVA Putas, Pepe Pereza Cuentos de la carne, Ana Patricia Moya La vida mientras tanto, Alfonso Vila Francés Contrafábulas, Francis Novoa Terry Momentos extraños, Pepe Pereza Realidad paralela, Ana Vega Me miro al espejo, Ramón Zarragoitia (Próximamente) Anecdotario, Francisco Vargas Dalí Cuento y aparte, Juan Cruz López A ras de suelo, Alfonso Vila Francés Unos cuantos, de Inés Vázquez Sombras, de Eva María Medina 235

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Editorial Groenlandia www.revistagroenlandia.com http://elblogderevistagroenlandia.com.es http://www.scribd.com/RevistaGroenlandia http://issuu.com/revistagroenlandia http://es.calameo.com/accounts/1891265 También estamos en:

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