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“Sombras”, por Eva María Medina Moreno

© Eva María Medina Moreno

Epílogo de Ramón Zarragoitia Mezo

Todos los derechos reservados. Editado
digitalmente por Groenlandia con permiso de su
autora.

Directora: Ana Patricia Moya Rodríguez
Corrección: Ramón Zarragoitia \ Ana Patricia Moya
Maquetación: Ana Patricia Moya Rodríguez
Diseño: Alfonso Vila Francés (portada,
contraportada, fotografías de interior) \ Ángel
Muñoz Rodríguez (fotografías de interior) \ Juan
Pedro Ruiz (fotografías de interior) \ Mayte
Sánchez Sempere (fotografías de interior) \ Ana
Patricia Moya

Depósito legal: CO 1584-2013

Madrid \ Córdoba, 2013


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Su narrativa mira a través de las grietas de la
realidad, se adentra en el sufrimiento de los
verdugos, juega entre los límites de lo
posible e imposible, saca a Sartre de su
“náusea” e intenta hacerla suya, y a Kafka lo
vemos levantar la cabeza mientras escribe un
cuento, ¿una erre?

Locura, alcoholismo, afectividad mal
concebida, frustración, anhelos, inmovilidad
y muerte recorren sus relatos, quedando
siempre un espacio para que el lector
reinvente lo escrito. La autora nos espera en
medio del puente entre existir y no-existir en
un simple parpadeo. La multiplicidad del yo
es vista a través de un imaginario de
sombras. Lo cotidiano crece en dos migas de
pan. Hay una bodega donde se guardan
retazos de vida. La escritora intenta gritar
como lo hace esa gota.

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“Dejad que el silencio os atrape y escuchad
los ruidos nocturnos”, nos dice. “Esperad a
que el reloj marque las cuatro. Ved más allá
de un cuadro; de esas olas rompiendo en un
acantilado”. Y las cosas, ¿son lo que son o
aparentan ser lo que creemos que son? Una
capa de irrealidad cubre los objetos, que
mudan, dándonos otra cara. Una redada, los
opresores se sienten oprimidos y matan. Y la
muerte espiando a través de unas cortinas
ficticias tan reales.

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La puerta de la habitación se abrió. “El
desayuno”, gritaron. Daniel, tumbado
sobre la cama deshecha; sábanas y colcha
en desorden. Se levantó con dolor de
huesos y arrastró los pies hasta el
comedor. Tenía el vaso de leche sobre la
mesa. Una enfermera le dio las pastillas.
Mientras se las tomaba, clavó los ojos en
el hule azul claro. Recordó la primera vez
que vio el mar: un niño frente a ese azul
impenetrable. Por la noche, soñaba que
su cuerpo y el de sus padres chocaban
contra las rocas, despedazándose. La
madre se quedaba con él hasta que se
volvía a dormir; regustillo a melocotón
entre las sábanas. En el desayuno, ella le
guiñaba el ojo, como si lo ocurrido
durante la noche fuera su secreto.

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Por la tarde, la luz era tersa, acogedora.
La madre le contaba historias en el
porche. El aire, con olor a mar,
impregnando su piel, y el cuento del gato
con botas mientras lo acariciaba. “Mi
señor, el Marqués de Carabás”, oía desde
una distancia de treinta y cinco años.

Tras el desayuno, iba a la consulta del
psiquiatra. Era un hombre pequeño,
serio, ordenado. Le pedía que recordase.
Daniel lo miraba desde unos ojos grandes
en una cara consumida. Le costaba
articular palabra, como si algo en su
interior se lo impidiese, una voz que le
decía “No lo cuentes: si lo haces nunca
saldrás de aquí”.

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Aquella tarde salió al jardín. Se sentó en
un banco de madera y fijó la vista en el
suelo. Había hojas secas, piedras de
distintos colores, unas grises, otras
azules; detrás de las hojas, distinguió una
hilera de hormigas. En la fila, una de ellas
arrastraba una hormiga muerta. Miró
hacia la izquierda y vio el cadáver de otra.
Lo cogió. La hormiga estaba seca, y al
tocarla, se deshizo como si fuera polvo.
Un olor extraño se apoderó de él; era una
mezcla de aguas estancadas, árboles
frutales y salitre. Olor que abrió una
herida que supuraba.

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Recordó un domingo en el parque. Los
padres le animaron a que jugase con
chicos de su edad. Daniel se apoyó en un
árbol, detrás de los columpios, y esperó a
que el tiempo pasara. Unos minutos más
tarde notó un picor. Miró al suelo, y vio
muchas hormigas. Algunas subían por las
piernas; otras, estaban en los zapatos.
Gritó con fuerza. Una de ellas había
llegado al brazo. Tres bolas negras a
punto de reventar y unas patas de hilo. Se
imaginó que las aplastaba, triturando su
ligero caparazón; el jugo gris bajo las
suelas. No se dio cuenta de que el padre
estaba allí. “Están nerviosas porque has
pisado el hormiguero”, le dijo mientras le
quitaba los insectos del cuerpo.
“Acuérdate: ve con más cuidado, es su
territorio y lo defienden”. Después, le
cogió la mano y caminaron juntos.

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Mientras Daniel se duchaba, las hormigas
se adentraron en la retina. Esas figuras
negras ahora corrían por los azulejos.
Brotó de nuevo aquel olor extraño, un
olor que, aunque lo aborrecía, le
cautivaba. Cerró los ojos con fuerza y
escuchó caer el agua. Ese ruido lo llevó a
la bañera de patas de la infancia. Le
gustaba llenarla hasta arriba, con agua
muy caliente; después, llamaba a la madre
para que le enjabonara el cuerpo o le
frotase la espalda, pero ella le regañaba:
“Ya eres mayor para que te bañe, tu padre
está al llegar y no tengo la cena, termina
pronto”. Cuando ella se marchaba, cogía
su esponja y la retorcía entre las manos
hasta dejar trozos muy pequeños flotando
en el agua.

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Aunque las horas se detuvieran, el tiempo
pasaba rápido. Daniel fue al comedor, y
se sentó a la mesa. El blanco de la leche
le repugnó. Fijó la vista en el cristal de
una de las ventanas. Las esquinas de abajo
tenían vaho. La imagen de una noche muy
fría.

Nadie probó bocado. El padre gritaba a la
madre. Ella intentaba calmarlo, pero él no
quería escucharla. Se levantó bruscamente,
y dio un portazo al marcharse. “A la
taberna”, dijo la madre, “eso es, vete a la
taberna”, y salió de la cocina llorando.
Pasaron minutos hasta que Daniel subió
las escaleras. Se quedó junto a la puerta
del dormitorio de los padres, y, tras su
respiración entrecortada, oyó sollozos.
Vio la figura de una mujer que, en ese
momento, se le hacía pequeña, indefensa.
Un cuerpo encogido sobre la cama. Se
acercó, le acarició el pelo y le dijo “No te

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preocupes, mamá, es un borracho”. Ella
se irguió, mostrando un rostro severo.
“¡Hablar así de tu padre!”. Él se quedó
inmóvil.

Cuando salió, no sentía el peso de los
zapatos. Parecía un personaje de ficción
desdibujado. Entró en su cuarto, y clavó
los ojos en la fotografía que estaba frente
al cabecero: la madre con un vestido de
lino azul claro. Su estómago comenzó a
girar y girar. “¿Por qué me haces esto?”, le
dijo. Notó pinchazos y olor a peces
muertos, como si tuviera larvas de insecto
en los intestinos y segregasen un líquido
ácido. Los pinchazos eran agudos, su
cuerpo se retorcía formando un ovillo.
“¿Por qué me tratas así?”, decía mientras
se acunaba. Cuando los mordiscos de la
tripa cesaron, se acercó a la ventana;
apoyó la cara en el cristal helado y sintió
que su piel quemaba.

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“Las peleas eran cada vez más frecuentes”,
se escuchó decirle al psiquiatra, “él estaba
menos en casa, y mi madre empezó a
beber. No quería verme, como si mis ojos
la delataran”. ¿A quién llamaría?, pensó.
Siempre que la madre hablaba por
teléfono, sentada en el sofá del salón, él
vigilaba, receloso, detrás de la puerta.
¡Cómo le dolía ese tono de voz tan falso,
tan ingrato! Cuando salía, ella se
inquietaba, ruborizándose, como si la
hubieran descubierto. “¡Déjame en paz!
¡Déjame!”, y esas palabras, cuñas en el
cerebro.

“Algunas noches iban juntos a la taberna,
y volvían a casa borrachos», le dijo al
psiquiatra. Él veía, desde la ventana del
cuarto, cómo los padres se tambaleaban.
Luego, las risas al subir las escaleras;
latigazos en su piel desnuda.

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Al terminar la consulta, fue a la habitación
y cayó en la cama. El sueño lo abrazó.
Ahora se encuentra en un lugar árido.
Está en el suelo, boca abajo. Arrastra un
cuerpo roto. Las piedras rasgan su piel,
pero no siente nada. Sigue adelante. Las
vértebras dibujan el camino como anillos
de gusano. “No te pares”, le dice una voz
débil, ahogada. Trozos de arena se
incrustan entre las uñas. El polvo se mete
en sus ojos: una capa fina los nubla. Sigue
recto. Se adentra en unos arbustos.
Avanza despacio. Los pantalones quedan
enganchados en unas ramas. Tira de ellos
con fuerza, pero no logra desprenderse.
Impulsa el cuerpo hacia delante. “Inútil,
es inútil”. Huele a sudor y sangre. Las
ramas lo oprimen. “Quiero salir”.

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Al abrir los ojos, dos enfermeras lo
sujetaban. Notó un pinchazo.

Sala de televisión. Imágenes en la
pantalla. Daniel miraba al techo. El sol se
filtraba a través de la cortina. Como aquel
día, pensó. Se vio tumbado en el sofá,
apoyando la cabeza en las piernas de la
madre. Notó la calidez de los muslos. Ella
lo empujó irritada. Daniel se levantó con
brusquedad. Subió las escaleras, con
gangrena en la boca y mordeduras en la
tripa. Los insectos lo invadían. Sintió que
las hormigas se apoderaban del hígado,
recubriéndolo de una capa negra. Las
chinches despedazaban los intestinos.
Tarántulas venenosas sobre los pulmones.
Le costaba respirar. Las patas de un
ciempiés salían por la nariz. Supuraba los
olores fétidos de la putrefacción.

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Llevaba tres días sin dormir. La cabeza le
pesaba como si las distintas partes del
cerebro fuesen de acero y no se
comunicaran. Ansiaba el vacío, la nada.
Las palabras “A levantarse, el desayuno”,
lo violentaron. No quería desayunar, pero
le obligarían. Tardó en incorporarse: los
músculos se aferraban a la cama, como si
estuvieran atados al colchón con cuerdas
transparentes. Se levantó a coger la ropa,
que estaba encima de una silla, junto a la
ventana. Miró tras el cristal. El jardín
estaba sereno. Su vista empezó a
nublarse.

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Se vio con catorce años en la cocina. No
estaba solo. La madre, sentada en una
silla, con la cabeza hacia delante, dormía.
En el suelo, botellas vacías. Daniel la
miraba con desprecio, con odio. Fue
hacia la llave del gas, la abrió y cerró la
puerta al salir. El golpe de la puerta se
unió al silbido de alas de insectos. Se
tapó la cabeza con los brazos, pero el
ruido era cada vez más fuerte. Abejas y
hormigas voladoras zumbaban en sus
oídos.

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El crujido de alas se adentró en el
tímpano hasta llegar al cerebro. Olía a
pantano, melocotón y mar. Olor que hizo
brotar esas olas que engullían unos
cuerpos descuartizados. “No me dejes
aquí, no me dejes aquí”, gritó golpeando
la puerta hasta caer al suelo. “Ese olor
nos separó, mamá, ese olor nos separó”.

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Descolocadas, algunas rotas, el líquido
derramado y seco; botellas de muerte y
olvido. Otras, con moho por fuera,
cerradas con tapón de corcho y plástico
duro. Selladas, bien selladas, el vino
picado desde hace tantos años. Unas,
llenas de horas vacías, de palabra afónica,
embrutecida.

Algunas las limpio, las coloco en el mejor
sitio, donde nada las dañe, para quitarles
el tapón y oler: oler creyendo que volveré
a enamorarme.

Botellas, cada una con su etiqueta,
cambiada o superpuesta; la del amor por
la del hastío, encima, la del odio. Las del
dolor, tristeza y rabia, tumbadas boca
abajo. Muchas, sin tapones, abiertas, y el
líquido mezclándose: pena, miedo, placer.

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¿Me sucedió algo que quizá,
por el hecho de no saber cómo vivir,
viví como si fuese otra cosa?

[CLARICE LISPECTOR, La pasión según G.H.]


Es una mujer corriente, pero hay algo en
ella que me arrastra. Noto que mis ojos
empiezan a escrutarla de arriba abajo,
acercando y alejando el objetivo;
acercándolo, alejándolo, acercándolo,
alejándolo. Su chaqueta negra oculta un
cuerpo consumido, nada atractivo. Pelo
castaño, largo, separado por una línea
central recta. Nariz aguileña, trozos de
carne casi inexistentes moviendo su boca.
¿Es esto lo que busco? No, creo que no.
Oigo el sonido del zoom acercándose a
unos ojos que parpadean. ¡Su mirada, es
su mirada, que ha vuelto de un lugar
árido, oscuro, frío, muy frío!


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Mis ojos se dirigen a ella, abstrayéndose
del resto de realidad cercana. Un, dos,
tres. Ya está, ya es mía.

La mujer de chaqueta negra y nariz
aguileña grita. Sus ojos, de un azul muy
claro, casi blanco, me acechan,
preguntándome qué ha pasado. No
contesto y salgo.

Llego a otro andén. Ruido de raíles
chirriantes. El tren estaciona. Se abren las
puertas. El movimiento de la masa me
introduce en el vagón.

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Cuando el espacio se desahoga, me fijo
en un chico que está de pie, agarrado a la
barra metálica. Me atrae, algo me atrae.

Me sujeto a la misma barra, y me oigo:
moreno, nariz chata; no, no es eso. Los
ojos, la boca. Tampoco. Miro sus manos.
Entonces surgen las imágenes, tiesas,
arrítmicas, de unos dedos enguantados
negros sobre otros marrones. La misma
atmósfera pesada. Siento que mis dedos
se mueven, intentando rozar los del
chico. No me lo puedo quitar de la
cabeza.

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En la calle, lo veo hablando con un amigo.
Me quedo detrás. Doy pasos cortos, miro
con frecuencia el reloj, y me apoyo en la
pared.

Lo miro, examinando a modo de autopsia
cada detalle, radiografiando su interior
para extraer aquello que busco. Tenso los
dedos, los aprieto, los estiro. Su figura
dentro de mi pupila, ocupándola,
haciéndose más grande, y negra, cada vez
más negra.

Un golpe seco. El chico yace en el suelo.
Su amigo intenta reanimarlo. Gente
alrededor. Corro, preguntándome qué le
habré quitado. ¿Qué me atrajo de él?
Subía las escaleras del metro deprisa, de
dos en dos; esos dedos al agarrarse a la
barra, los brazos, los músculos tensos…

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Entro en un parque. Una niña salta, otros
se columpian. Un niño, de unos cinco
años, juega a la guerra con sus dedos. Lo
observo. Se da cuenta y me sonríe. Le
devuelvo la sonrisa y le enseño un papel y
un lápiz que saco del bolsillo trasero del
pantalón. Hago un dibujo. El niño se
acerca y lo mira. Oigo: “Columpios, mamá,
yo, señor”. Con los ojos humedecidos, lo
levanto, sentándolo en mis piernas.
Trotes de caballo. El niño se ríe. Arriba
abajo, arriba abajo. Viene una mujer que
coge al pequeño, arropándolo en su
pecho. “Degenerado. Aprovecharse así de
un niño. ¡Yo os encerraba a todos!
¡Pervertido!”. No digo nada; sólo bajo la
cabeza. “Te lo tengo dicho, no te alejes ni
juegues con extraños; menudo susto, ¡y
deja de berrear, me vas a dejar sorda!”.

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Bajo la calle sonriendo. Me fijo en dos
adolescentes. Se besan, caminan, se
vuelven a besar y entran en una cafetería.
Los sigo.

Son como lapas; como no paren de
besarse, imposible averiguar lo que quiero.
Me lo están poniendo difícil, ¡críos de
mierda!

Me acerco a ellos.

− Perdonad que os moleste, ¿no tendréis
un cigarro?
− No - dice él.
− No fumamos - responde ella.
− Mejor, mejor…

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Vuelvo a la barra, y los miro. La chica
tiene algo, no es guapa, pero tiene algo.
Se me cae el café, que limpio con
servilletas. Una voz me dice que son sus
labios lo que deseo. Unos labios carnosos,
grandes, con esa forma perfecta, como los
pintó Rossetti: capaces de las mayores
desgracias. Te los voy a quitar, princesa.
Sudo. El sudor por la frente, las cejas. Son
casi míos. Me pertenecen, ya son parte de
mí. Un grito, la chica. Sus labios sangran.
El camarero la atiende. El chico,
paralizado. Ella continúa gritando. Salgo
del bar, sintiendo que algo me falta. ¡El
pelo del chico! Lo quiero, esa melena
rubia va a ser mía, ¡mía!

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Cuando llego a casa, me tumbo en el sofá.
Me quedo dormido.

Al despertar, siento un ligero temblor,
que desecho estirando brazos y piernas.
Voy al baño. Me echo agua en la cara,
bebo del grifo y me miro al espejo. Llevo
una peluca rubia, lentillas de un azul muy
claro; mi boca, pintada de un rojo chillón
corrido por los bordes, y unas hombreras
debajo de la camiseta. La imagen me
paraliza. ¿Qué era aquello, una broma?

Mientras pienso qué hacer, me fijo en una
luz roja e intermitente que sale del
dormitorio. Retiro la cortina,
escondiéndome detrás, y veo una
furgoneta; con esa luz tan molesta. ¿La
policía? El chico podría haber muerto, la
mujer quedarse ciega, el niño sin alegría,
los adolescentes…

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Llaman a la puerta. La peluca, al suelo. Me
quito las lentillas. Me limpio la boca con
la mano, y tiro las hombreras. Las ideas se
me amontonan. Las desecho.

Llego a la puerta, con los oídos latiendo.
Miro por la mirilla y pregunto. Me llaman
por mi nombre. Dicen que abra. La
policía, pienso. Corro. Me cogen antes de
llegar a la escalera. “No he sido, yo no he
sido”, grito. Me dicen que ya lo saben.

“Pórtate bien”, oigo, “y no te pondremos
la camisa”. Uno de ellos se sienta a mi
lado. Es un hombre corriente, pero hay
algo en él que me arrastra. Noto que mis
ojos empiezan a escrutarlo de arriba
abajo, acercando y alejando el objetivo;
acercándolo, alejándolo, acercándolo,
alejándolo. Su chaqueta y pantalones
blancos...

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Unos párpados que se abren y se cierran.
Pequeños trozos de carne, piel
escurridiza que se tensa y destensa. Si
permanecen cerrados, desapareceré,
desintegrándome en átomos diminutos.
Lucho. Esos trozos de piel son mi única
apertura.

Si al bajar los párpados cierro los ojos, me
introduciré en ellos y dejaré de existir. Al
cerrarlos, desapareceré, también los ojos.
No quedará nada: sólo una mota de
polvo, esencia de lo que fui. Esa mota se
desvanecerá, mezclándose con el entorno.


¡Parpadea, parpadea!

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Abrí los ojos. Todo blanco. El blanco se
extendía del techo a las paredes y llegaba
hasta la cama, a través de las sábanas.
Noté un picor en uno de los brazos: la
vía, que trataba de ocultarse tras los
esparadrapos. Cerré los ojos: quería
encontrar las imágenes, pero sólo había
negrura.

La puerta de la habitación se abrió. Una
enfermera: me traía pastillas. Me preguntó
qué tal estaba, y le contesté con un
“Estupendamente” raro. “Es-tu-pen-da-
men-te”. El ritmo, la aceleración de las
sílabas, que se repitieron decelerándose
con un tono de burla. “Es-tu-pen-da-men-
te”. Luego resonaba en mi cabeza en un
modo interrogativo que producía risa, y el
acento cambiaba de una a otra sílaba y
con cada cambio el significado variaba.

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Y yo, frente a la palabra dicha, como si la
hubiera pronunciado otra persona, sacada
de una conversación de la calle o de una
escena de alguna película en blanco y
negro.

Necesitaba ir al baño. ¡Qué coñazo! Con
el suero a cuestas. Era un castigo ese
trozo de plástico que se agarraba al brazo.
Parecía succionarme, quitar en vez de dar.
Me levanté de la cama. Los músculos
como si hubieran sido apaleados: me
costaba moverlos sin que doliesen. Con la
mano derecha agarré el suero por la barra
de metal que lo sujetaba y fui arrastrando
los pies hasta llegar al baño. Me bajé los
pantalones con lentitud. Una imagen me
vino a la mente. Una mujer se acercaba,
parecía decirme algo al oído. Debía de ser
gracioso, porque no paraba de reírme.
Sentí dolor; bajé los ojos y vi su mano
enroscada en mi pene. Me echaba haci a

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atrás, dolía pero me reía: me hacía tanta
gracia.

Yo, contra la pared, sin calzoncillos y los
pantalones en el suelo. De la mujer sólo
recordaba su pelo negro alborotado y
unos labios carnosos de un rojo fuerte
que se extendía por toda la cara. Seguía
en el váter. Antes de subirme los
pantalones del pijama, me fijé en el pene:
estaba morado. Tiré de la cadena y cogí el
suero. Al pasar por el espejo, el reflejo de
mi cara me inmovilizó. Unos ojos
saturados, como si lo visto se fuera
derramando por los bordes y ya no
pudieran o no quisieran ver más. Las
cuencas de los ojos muy hundidas, las
ojeras casi negras y unos pómulos hacia
dentro, que resaltaban la mandíbula. Me
alejé, arrastrando unos pies que parecían
ir sobre raíles en una vía de tren
abandonada. Fui hacia el otro lado de la

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cama. Dejé el suero a la derecha, y me
senté en el sillón negro. Miré el líquido
incoloro.

Me asaltó la imagen de una lavadora y mi
cuerpo, diminuto, acurrucado, dentro. Y
la lavadora daba vueltas y vueltas, y yo
repetía los mismos movimientos: veía la
misma ropa y un exterior tan irreal, tan
alejado. En esta imagen, alargaba la mano,
como si quisiera tocar algo de ese
exterior. ¿Saldré de aquí?, me preguntaba.
Y una voz me contestaba que no, pero
otra me decía: “cuando te recuperes”.
Cerré los ojos, apretando los párpados
con fuerza: intentaba acallar las voces. Las
voces se fueron alejando, pero ese
“¿saldré?”, zumbaba en mi mente.

Llevaba un rato en el comedor. Miraba la
comida: trozos de carne grisácea, con
grasa, y unas patatas fri tas que parecí an

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de cera, rígidas como cadáveres. Me fijé
en los demás: tampoco comían. Las caras,
nunca olvidaría esas caras.

Los ojos, como si los hubiesen vaciado,
recubriéndolos con una capa de cemento
transparente; ya estaban seguros, allí
nada podían temer. Y esas muecas
histriónicas que simulaban sonrisas. Esas
muecas me producían ganas de vomitar,
como si en la pared de enfrente hubiera
un espejo y constatase que yo también
participaba en ese juego diabólico. Un
toque en mi hombro derecho me recordó
que estaba allí para comer. Contesté con
un movimiento de cabeza y el tenedor se
introdujo en la carne escarchada de una
patata. Me vi trepando una pared.
Después, mi cuerpo en el suelo. Encima
del tejado, un gato. Me daba rabia no
acordarme bien de lo ocurrido, tener
huecos. El plato de carne y patatas seguía

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allí, como si se burlara de mi suerte.
“Tengo que irme”, me dije, ¿pero adónde?

Salí al pasillo. Lo recorrí de arriba abajo.
Luego entré en una sala pequeña, al lado
de los servicios. Había un hombre con
barba sentado al borde de una silla,
balanceándose como si acunase a un
bebé. No hablaba. Ya me había fijado en
él. Todas las tardes, a la misma hora, en la
misma silla. Si alguien se había sentado
allí, pataleaba hasta que le dejasen su
sitio. Me acordé de la mujer del mango de
paraguas y el marco sin foto. Los llevaba
siempre. En el comedor, trataban en vano
de guardárselos: comía con ellos sobre la
falda.

Me fui de la sala. Pasé al lado de la
escalera, y un grupo de hombres y
mujeres me pidieron tabaco. “Un cigarrillo,
un cigarrillo”. Manos, muchas manos.

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Grandes, pequeñas, oscuras, más claras.
Ese agarrar y soltar. Las marcas del
pasado. Lo que estaba escrito en esas
manos. Me apoyé en la pared, cerré los
ojos.

Cuánta necesidad había allí de que les
diesen, que les dieran y, cuánto más,
mejor. ¿Soy yo así? Preferí no contestar y
seguir caminando como si nada hubiese
ocurrido. Me alejé, yendo hacia el otro
extremo del pasillo. Al volver, algunos de
ellos se apoyaban en las paredes con
desesperación. Los veía como si fueran
bolos esperando la inercia de una esfera
que les hiciera caer, que la caída de uno
provocase la del otro y, aunque supieran
lo que iba a ocurrirles, esperasen con
indiferencia ese final.

Fui a mi cuarto, cerré la puerta y me senté
en el si l l ón. Mi cabeza gi raba. Las i deas


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iban y venían. Las imágenes, diapositivas
de un viaje diabólico, un viaje en el que
nunca pensé que participaría. “¡Dios mío!,
¿qué hago aquí?”, dije mientras me cogía
la cabeza entre las manos, apretando para
que todo aquello muriera. Pero ahora, los
dementes daban vueltas alrededor, como
perros sabuesos en busca de su presa.
Unos ojos vacíos me miraban. Un hombre
gritaba, “¡Mi silla, mi silla!”. Manos,
muchas manos intentando agarrarme. Y
yo apretaba con fuerza para que esas
imágenes desaparecieran. Fuerte, cada vez
más fuerte.


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− ¡Póngase en pie el acusado!

Scrooge se levanta con torpeza.

− Ebenezer Scrooge, la ciudad de
Londres le acusa de los siguientes
delitos: avaricia en primer grado y falta
de caridad, también en primer grado. ¿Se
declara usted culpable o inocente?
− Inocente, señoría.
− Se inicia la vista. Proceda, señor fiscal.
− Con la venia, señoría, que suba al
estrado el Espíritu de la Navidad
Presente.

El testigo alza una antorcha brillante,
derramando luz sobre la sala. Lleva un
manto verde, y sobre la cabeza, una
corona de acebo.

El alguacil sostiene la Biblia.

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− ¿Jura decir la verdad, toda la verdad y
nada más que la verdad?
− Sí, lo juro.

El fiscal empieza las preguntas.

− Espíritu de la Navidad Presente, ¿qué
relación tuvo con el acusado?
− Le mostré cómo celebraban el día de
Navidad distintas familias.
− Ahora me gustaría que prestase
atención a los datos que tengo sobre la
Navidad en la casa de Mr. Cratchit.

El espíritu asiente.

− Empezaré con la señora Cratchit: su
vestido, una bata con remiendos, con
cintas de colores que no valdrían más de
seis peniques. El traje del señor Cratchit
muy zurcido, aunque limpio. Martha llegó
tarde porque era aprendiz de modista y


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tenía que trabajar muchas horas seguidas.
Tiny Tim llevaba una muleta pequeña, y los
miembros sostenidos por un aparato
metálico. Los hermanos pequeños le
ayudaron a sentarse. Todos colaboraron en
algo. Peter preparó las patatas hervidas,
Belinda puso la mesa, y los dos pequeños,
con ayuda de Peter, fueron a por el pavo. Se
lo comieron hasta dejar los huesos. El pavo
les abrió el apetito: era demasiado pequeño
para tantas personas con hambre atrasada.
La madre fue a la cocina, a por el pudding.
La familia estaba expectante. Aunque no era
muy grande, lo ensalzaron. Después, se
reunieron alrededor de la lumbre. Brindaron
con el ponche que el padre había preparado,
deseándose Felices Pascuas. Estuvieron
hablando. El padre comentó a Peter que tenía
en perspectiva un trabaj o para él, cinco
chel ines y seis peniques semanales. Espíritu
de la Navidad Presente, ¿vio el acusado lo
que he descrito?

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− Sí.
− ¿Se mencionó en algún momento al
acusado?
− Mr. Cratchit alzó su vaso para brindar
por él porque les había procurado la
cena. La señora Cratchit no quiso beber
a la salud de un hombre, según ella dijo,
tan odioso, tan avaro, duro e insensible,
como Mr. Scrooge, pero su esposo la
convenció, y todos brindaron por él.

El espectro va envejeciendo: sus cabellos
son grises. El fiscal advierte el cambio,
pero no dice nada y prosigue con sus
preguntas.

− ¿Por qué la señora Cratchit no quiso,
en un principio, beber a la salud del jefe
de su marido?
− Le hacía culpable de su pobreza. El
sueldo de Mr. Cratchit era muy bajo.

65


























Murmullos acallados por el golpe seco
del mazo y por las palabras “Silencio en
la sala” del señor juez.

− No tengo más preguntas, señoría.

Toma la palabra el abogado defensor.

− Espíritu de la Navidad Presente, en
ese viaje, también visitaron la casa del
sobrino del señor Scrooge. ¿Es verdad
que el sobrino dijo que su tío era un
individuo cómico, desagradable, y que
ellos se beneficiarían de su riqueza?
− Sí.
− Sin embargo, el señor Scrooge no se
enfadó al oír aquello, ¿no es así?
− Así es.



66




























− ¿Puede relatarnos cómo continuó la
fiesta?
− Empezaron otro juego. El sobrino de
Mr. Scrooge pensaba una cosa, y los
demás tenían que adivinarlo, haciendo
preguntas que sólo se pudieran contestar
con un “Sí”, o un “No”. El sobrino pensó
en un animal desagradable, salvaje, que
unas veces rugía y gruñía, y otras veces
hablaba.
− ¿Qué animal?
− El señor Scrooge.
− No tengo más preguntas, señoría.
− Se suspende la sesión durante dos
horas - confirmó el juez -. Se reanudará a
las cinco.

Cinco de la tarde. El fiscal llama a su
segundo testigo, el señor Cratchit.




67




− Señor Cratchit, ¿qué relación tenía
con Mr. Scrooge?
− Era su empleado.
− ¿Puede decirnos lo que hizo el señor
Scrooge el mismo día del entierro de su
socio el señor Marley?
− Unos señores fueron a verle y pasaron
la tarde discutiendo.
− Señores del jurado - indica el fiscal -,
¿qué clase de persona está en
condiciones de hacer negocios el día del
entierro de un amigo?
− ¡Protesto, señoría! - dice el abogado
defensor -. Al hacer ese comentario, el
fiscal presupone que el acusado estuvo
negociando, cuando no está demostrado
que fuera así.
− Se acepta - proclamó el juez -, que el
comentario no conste en acta.

68





− ¿Es verdad que el pasado 24 de
diciembre entraron dos hombres
recaudando fondos para los pobres y el
acusado no contribuyó a la causa?
− Sí.
− Cuando uno de los recaudadores
comentó a Mr. Scrooge que los pobres
dijeron que preferían morirse a entrar en
los centros de acogida estatales, al
acusado le pareció que morirse era lo
mejor que podían hacer porque de esa
manera disminuiría el exceso de
población. ¿No es cierto, señor Cratchit?
− Sí.

El fiscal se acerca a su mesa, y coge un
papel que muestra al juez. El juez lo
aprueba.

69






− Mr. Cratchit, escuche con atención lo
siguiente: “A todos los idiotas que van
con el ¡Felices Pascuas! en los labios los
cocería en su propia sustancia, y los
enterraría con una vara de acebo
atravesándoles el corazón. ¡Eso es!”. ¿Me
puede decir, señor Cratchit, quién dijo
esas palabras?
− Mr. Scrooge.
− No tengo más preguntas, señoría.

Una figura oscura se aproxima al estrado
con paso lento, grave; un manto negro le
oculta cabeza, cara y cuerpo, dejando
visible una de sus manos extendidas. Es
el Espíritu de la Navidad Futura, testigo
de la defensa.

70

− Espíritu de la Navidad Futura - replicó
el abogado defensor -, ¿le pidió Mr.
Scrooge que le guiara porque quería ser
un hombre diferente y cambiar de vida?

Movimiento de la túnica negra. El
espectro inclina la cabeza, asintiendo.

− ¿Reconoció Mr. Scrooge que su
avaricia y dureza de corazón no le
hicieron ningún bien, que honraría la
Navidad durante todo el año, y que
nunca iba a olvidar las lecciones de los
tres espíritus?

Contracción del manto negro: el
espectro asiente.

− No tengo más preguntas, señoría.

Último día del juicio. El fiscal se dirige al
jurado. Comienza su alegato.

71

− Señores del jurado, hoy es un día
importante porque al juzgar al señor
Scrooge no sólo se juzga a una persona
inmisericorde y avara, sino que al mismo
tiempo se está juzgando a personas
como él. El acusado ha demostrado ser
culpable de todos los cargos que se le
imputan. Desde las primeras hojas del
cuento empieza a delinquir. El mismo
día del entierro de su único amigo, el
señor Marley, sí, el mismo día del
entierro, en vez de estar apenado por su
muerte, hace un buen negocio. Mr.
Scrooge, un hombre avaro, cruel; un ser
miserable, codicioso, sin sentimientos.
Un hombre que no se conmovió por
nada ni por nadie; ni por su empleado el
señor Cratchit, ni por su sobrino, ni por
los niños pobres que pedían en la calle.
Tanta pobreza a su alrededor, y él,
preocupado por tener más y más. En sus
manos está, señores del jurado, encerrarle

72

para siempre o dejar libre a un hombre
tan dañino y peligroso en una sociedad
como la nuestra. Sé que tomarán la
decisión adecuada.

El abogado defensor se acerca al jurado.

− Señores del jurado, qué bien
hablamos de piedad, comprensión,
tolerancia, pero qué poco piadosos,
comprensivos y tolerantes somos con los
demás. Al juzgar al señor Scrooge
debemos ser indulgentes, ahondar en su
pasado, en las causas que le llevaron a
ser lo que fue. Si no era generoso con él
mismo, ¿cómo lo iba a ser con los demás?
Él era el que más sufría: no fue capaz de
querer a nadie porque no se tenía el
mínimo aprecio. No podemos sentir odio
hacia él sino pena. Su sobrino pensó que
los defectos de su tío llevaban su propio
castigo. Sin embargo, ¿fue Mr. Scrooge el

73

único culpable de su coraza? ¿Intentó
alguien acercarse a él, atisbar ese abismo
que se agrandaba y le consumía,
impidiéndole ser libre? Porque si alguno
de ustedes piensa que lo era, se
equivocan; sus pensamientos, sus ideas,
estaban encadenados con grilletes a una
enseñanza austera, rígida, cruel. ¿Tuvo el
señor Scrooge la culpa de que no le
hubieran mostrado cariño ni amor en su
entorno familiar? No, creo que no, y
ahora es el momento en que se puede
hacer justicia. Él ya nos demostró que
había cambiado al final del cuento. Sé
que aquí se le juzga por su vida anterior,
pero agradecería que considerasen su
arrepentimiento y rectificación de
conducta. Sé que ustedes serán justos.

Han pasado cinco horas. Entran en la
sala el señor Scrooge, su abogado y el
fiscal. Luego, los miembros del jurado.

74









− En pie - alzó la voz el alguacil.

Todos se ponen de pie. Entra el juez.

− ¡Siéntense! ¿Tienen ya el veredicto?
− Sí, señoría.
− ¡Póngase en pie el acusado!

Scrooge se levanta despacio. Sus piernas
tiemblan. Se agarra con fuerza a la mesa,
retorciendo unas manos ya viejas.

− Señores del jurado, ¿consideran a
Ebenezer Scrooge inocente o culpable?

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Camino. Por una calle estrecha y sucia.
Oigo risas, pero no veo a nadie. Miro
hacia arriba. Un gato pardo en el tejado.
Siempre había pensado en los gatos
como seres de otro mundo que revelan
nuestro destino. Quizá este animal tenga
algo que decirme. Debo averiguarlo. Mis
brazos en alto, las manos buscando un
hueco entre ladrillos. Los dedos se
agarran con fuerza al cemento, trozos
pequeños se incrustan entre las uñas.
Ahora mis piernas, primero la derecha; al
empujarla hacia arriba, noto algún que
otro desgarro, pero sigo subiendo hasta
que apoyo el pie en la pared. Impulso la
pierna izquierda hasta llegar a la altura
de la derecha. Alzo la cabeza y oigo el
roce de mi pelo contra el muro. La
frente, la piel, algo de sangre. Los
párpados, el tabique nasal. Ya está, veo
el tejado, pero no al gato. Debo avanzar.

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Risas, otra vez las risas. Brazo derecho
hacia arriba. Los dedos se arquean en
forma de garra. Siento como se abre la
carne entre las uñas y la arena penetra
en mi piel herida; noto la humedad y ese
olor salvaje. Me duele y me agrada a la
vez. Sé que voy a lograrlo. ¡Lo lograré! El
cuello, venas rígidas. Ahora la otra mano,
hacia delante, sin miedo, más, más, ahí,
ahí. Las piernas, sólo quedan las piernas.
Debo estar cerca. Gato, gatito, espera
que voy. Una pierna, esa pierna, sí, ya
está. La otra, cuidado con el pie, agárralo
bien, no, no puedo, mis manos, se van,
se van.

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Caras, muchas caras. Voces, bocas, ojos
grandes que se acercan. Quizá me
pregunten algo. No, se dirigen a otra
persona. Me mareo, las voces giran y
giran. Lo he visto, sí, con la túnica
blanca. Aquí, aquí, estoy aquí, no te
vayas. Es Él y viene a salvarme. Las
lágrimas corren por mis mejillas, no se
ha olvidado. Me suben sus discípulos,
me llevan hasta Él.

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Blanco, todo blanco. Parpadeo. Más
blanco. Mi brazo, un tubo y un frasco
con líquido transparente. Me froto los
ojos, mis manos tiemblan. La puerta está
cerrada, no se oyen ruidos. Este silencio
me aprisiona el estómago, no puedo
pensar. Y el olor a limpio se va pegando
al pelo. Me tiemblan las manos, me
tiemblan mucho. Hay una grieta que
empieza en el techo y llega hasta el suelo
de la pared de enfrente. Puede que por
el otro lado siga la grieta, que la
habitación esté dividida en dos, y yo
también esté siendo seccionado. Mi
cuerpo partido en dos por una línea
invisible, quizá no tan invisible. Oigo
voces fuera. La puerta, que se abra la
puerta. Las voces se esfuman.

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Hay poca luz. Las cortinas se mueven
ligeramente hacia dentro. Son blancas.
Las sábanas también, huelen a lejía. Odio
este olor. Repugnante, vomitivo. Me
queda poco suero, va cayendo muy
despacio. Me habrán destrozado la vena,
no tienen cuidado. Temblores, malditos
temblores. Y nadie viene, la puerta sigue
cerrada, y no hay ruidos ni se oyen voces
fuera. No me queda casi suero, no sé si
gotea o se ha acabado. Una gota, su
reflejo. Gota incansable, monótona, que
se hace y deshace tomándose a sí misma
como patrón, que se dibuja y desdibuja,
repitiéndose, sin poder hacer nada por
evitar su goteo, sin poder cambiar su
estructura, su existencia como gota.

84

Cierro los ojos con fuerza, aparto mi
mirada dirigiéndola a la ventana. Me fijo
en el movimiento de la cortina, lento,
sereno. Va meciéndome, los párpados
caen. La ventana sigue allí, pero sueño
que la estoy soñando. Me siento más
ligero; me levanto sin esfuerzo, y aunque
tengo el suero unido al cuerpo por el
brazo, parece que el tubo que une mi
cuerpo al frasco se alarga, se alarga
mucho, como si estuviera en el espacio y
esa cuerda elástica flotase, y siento que
ese trozo de plástico es lo único que me
une a la vida.

La puerta de mi habitación se abre. Una
imagen borrosa de alguien que entra.
Parpadeo varias veces seguidas para fijar
la imagen y quitar lo nebuloso. En mis
ojos el reflejo de una mujer de blanco.
Dice algo de mi ropa. A noventa grados,
a noventa grados. Vine con la ropa muy

85

sucia. ¿Y las pastillas? No me quiere dar
pastillas para dormir, la muy perra. No
dirá nada al médico. Está buena la
enfermerita, menudas tetas. No vendrá,
no le dirá nada al médico. Otra vez el
silencio, el jodido silencio. Le metería
mano, pero mira cómo estás. Una
imagen. Mi cara en el espejo. Mis ojos:
los de un perro al que acaban de regañar
y no se atreve a mirar a su amo. Las
ojeras, negras, selladas dentro de la
carne. Una maquinilla. La cojo. No
puedo. Tiemblo, tiemblo mucho. Mis
manos, sin fuerza. Me escurro, casi me
caigo. Unos dedos agarrándose al lavabo.
Afeitarme, sólo quería afeitarme.

Anochece. Estoy a cuatro patas. Camino
despacio hasta llegar a un gran charco de
agua sucia. Me tumbo en el suelo, boca
abajo. La imagen de mi cara en el agua,
el ref l ej o de una mi rada turbi a que ya

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había visto antes, ¿pero dónde? Acerco
mi boca y bebo, absorbo el líquido
marrón con ansia. Miro mi cuerpo y veo
una piel desgarrada. Decido dar marcha
atrás y ver qué ocurrió. Cojo un traje del
suelo. Introduzco el pie derecho. La tela
se adapta a mi piel, aprieta. Siento un
ligero dolor: las heridas reviven,
aferrándose al nuevo material. Ahora el
izquierdo. El traje se estrecha. Gotas de
sudor por la cara y el pecho. Meto
primero un brazo, luego el otro, hasta
cerrar la cremallera. El traje que me he
puesto es mi propia piel: piel enferma
sobre piel enferma. Disfrazado de mí
mismo, con esa capa borrosa adherida al
cuerpo, me coloco boca abajo, como un
soldado en el campo de batalla. Brazos
doblados, puños al esternón, codos hacia
fuera. Arrastro el brazo derecho y con él,
el resto del cuerpo. Después el
izquierdo. Las piernas siguen a esos brazos

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aletean, dando impulso a un cuerpo
roto. Puños cerrados. Brazo derecho
hacia delante. Brazo izquierdo, brazo
derecho. Brazo izquierdo, brazo derecho.
Las piernas detrás, enmudecidas, como
títere al que han cortado los hilos de los
pies. Llego a unas ramas secas. Las miro
desde esa posición arrastrada. Allí han
quedado trozos de piel. “¿Es esa mi
piel?”, pregunto. Nadie contesta, ni
siquiera una voz interior. “¿Es esa mi
piel?”. Abro los ojos y sólo veo
penumbra. El brazo, el brazo. De mis
venas sale un tubo. El suero, sigo con el
suero. Tengo escalofríos, noto la
humedad, el cuerpo pegado a la tela, el
olor a sal. Veo chorros de agua. Manos
que me sujetan, que me zarandean. Frío.
No quiero que me laven. Se lo digo al
enfermero con los ojos. No tengo fuerza.
El hombre me sujeta y me lava. “No”, le
digo, “¡no!”, pero no me hace caso.


88

Desde mi cama oigo a dos médicos
hablar de un desconocido cuya voz había
retumbado en la habitación. Siento esa
voz resonando en mi pecho. Entran dos
personas que me nombran, dicen ser mis
familiares. Los médicos señalan hacia mí,
pero ellos pasan de largo, se dirigen
hacia otro enfermo. “¡Os equivocáis! -
grito -. Es a mí a quien venís a ver. ¡Os
equivocáis!”. Los médicos me sujetan y
noto un pinchazo.

Estoy en el suelo, boca abajo. Me entra
aire por algunas partes del traje. Giro la
cabeza para ver el brazo. Bocas pequeñas
se abren; la piel que está debajo se
resquebraja, como si tuviera capas de
cemento mal dadas. Avanzo. Huele a
conejo muerto. El sudor de mi frente se
mezcla con la tierra. Pierna derecha,
pierna izquierda. Me oprimen ramas y
t r onc os pa r t i dos . Me s ube un ol or

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nauseabundo. Sigo adelante. El olor gira
y gira. El borde de las ramas ara mi piel.
Presión en el cráneo; dos manos lo
agarran, hincando uñas de madera. Me
deslizo como una serpiente que acaba de
mudar su piel y a la que le cuesta
adaptarse al terreno. Las vértebras del
cuello dibujan el camino como anillos de
gusano. “No te pares”, me dice una voz
débil, ahogada. El polvo se introduce en
mis ojos: una capa fina los nubla. Sigo
recto. El traje queda enganchado en
ramas. Tiro de él con fuerza, pero no
logro desprenderme. Impulso el cuerpo
hacia delante. “Inútil, es inútil”. Huele a
sangre y putrefacción. Las ramas
oprimen. “Salir, quiero salir”. Gritos en
el pasillo. Una enfermera con la mano en
mi hombro.

El frasco del suero se hincha, parece que
absorbe algún tipo de sustancia. Mi brazo,

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no siente nada. Una tabla de madera con
vetas insensibles a un crecimiento que
ha sido vedado. Los ojos no descansan:
globos subiendo y bajando, separándose
de la cueva que los guarda. No quiero
tubos de plástico. Me quito el suero. Sale
sangre, y ese líquido incoloro. Me
incorporo. De mi espalda, tiran unos
músculos ya viejos. Me mareo. La
distancia entre la cama y el suelo se me
hace más grande. Las rodillas no me
sostienen. Caigo al suelo. Brazos
doblados, puños al esternón, codos hacia
fuera. Brazo derecho, brazo izquierdo.
Brazo derecho, brazo izquierdo. Me
deslizo hasta llegar a la pared de la
ventana. Extiendo los brazos hacia
delante. Los dedos se agarran al rodapié.
Las manos buscan el marco de la
ventana. Las uñas en la madera. Doy un
impulso. Subo los brazos. Las rodillas, las
pi ernas. ¡Arri ba! Me apoyo en l a pared,

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sujetándome en algo metálico. Miro al
cielo y oigo una voz que me dice:
“Tírate, tírate”.





















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Acaban de comer. Él pasea su mirada por
la habitación. Su flácida y pálida barriga
asoma por los botones mal abrochados
del pijama. Ella mira por la ventana.
Entre ellos, una mesa camilla con restos
de comida. Al fondo, la televisión
encendida.

Ella sigue mirando a la calle. Su melena
es bicolor: castaño oscuro y rubio
platino. Su cara, sin lavar, muestra la
opacidad de un maquillaje mal aplicado.
Unos labios extremadamente rojos,
pintados con un carmín barato. Colillas
impregnadas de bermellón saliéndose de
un cenicero de cristal.

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Él se levanta de la silla y, antes de
sentarse en el sofá, aparta unas revistas
viejas. Gotas de sudor resbalan en su
calva, deslizándose por pelos grasientos
de la nuca. Con la manga del pijama, se
quita el sudor y coge el mando de la tele,
pasando de un canal a otro. Mira hacia la
pared, donde un reloj redondo, de fondo
blanco, cuyas manillas y números son del
color del metal, está parado a las cuatro.
Le divierte imaginar que funciona. Todos
los días se pone frente a él antes de la
hora, y siente el minuto que transcurre
desde las cuatro como el único real en
su vida.

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Ráfagas de un aire cálido mueven las
cortinas. Ella retira platos y cubiertos
con el antebrazo, y saca del bolsillo de la
bata unas cartas desgastadas. Empieza su
solitario. Él fija la vista en un ventilador
que está en el suelo: las aspas metálicas
giran lentamente.

El hombre le pregunta a la mujer por la
llave. La mujer le contesta, con desgana,
que la busque.

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El hombre se levanta con pereza del
sofá, y se acerca a la mujer. Le vuelve a
preguntar por la llave. Ella le dice que
busque, y le canta: “¿Dónde está la llave
matarile, rile, rile?”. Él: “Si no me dices
dónde está…”. “¡¿Qué?! ¡¿Qué vas a
hacer?! ¡¿Qué coño vas a hacer tú?!”.
“Dime dónde está”, dice él. Ella se ríe, lo
insulta. Él vuelve a preguntar. “Busca,
busca”, se oye. Las manos de él sobre sus
hombros. “¿Qué pasa? ¿Acaso me vas a
estrangular? ¡Anda aprieta! ¡Aprieta
cobarde!”. Unos dedos gordos agarran su
cuello. “¿Me lo vas a decir?”. Las manos
presionan con fuerza. “¿Dónde está?”.
“Adivina”, dice ella con voz apagada. El
hombre aprieta más fuerte. “¡Me lo vas a
decir, hija de puta, me lo vas a decir!”.

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El cuerpo de la mujer cae al suelo,
inerte. Él se sienta en el sofá. Imágenes
en la pantalla. Mira el reloj. Espera a que
sean las cuatro.

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Íbamos con palos a terminar con el ruido
traidor. Vimos a un niño escondido
detrás de los contenedores de basura,
con un reloj pequeño en su mano.

− Dame el reloj - le dije.
− Es mío, yo lo encontré.
− Su mecanismo se ríe de ti, de todos
nosotros. Hay que terminar con ellos,
nos están contaminando con sus minutos,
nos adormecen con sus cuartos, las horas
nos ahogan. Créeme, tú eres pequeño y
sabes menos de la vida, yo ya he pasado
por muchas dictaduras de esferas y
manillas que ahora estarán oxidadas.
− ¡Libertad, libertad! - gritaban los
aliados -. ¡Abajo los relojes, muerte a los
relojes, muerte al tiempo! ¡Relojes,
harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del
tiempo!

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Mis manos se acercaron al niño, hacia
sus manos, luego subieron al cuello. El
niño gritaba. Rodeé su cuello con
suavidad. Gritos más profundos. Las
manos se desligaron de la mente, y ya no
sabía si presionaba o no. La voz débil de
su garganta infantil me contestó. No la
escuché, seguí, seguí, hasta oír un
cuerpo contra el suelo. Cogí el reloj, lo
tiré, lo pisé, oyendo mi grito:

¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes,
harpías del tiempo!

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Cuando desperté, ya había oscurecido.
Me quedé frente al espejo del baño.
Examiné mis ojos, bajando con la presión
del índice el párpado inferior y después
subiendo el superior; primero el
izquierdo, luego el derecho. No vi nada
para alarmarme. El blanco del ojo,
normal, no tendía al amarillo, y las venas,
ninguna más roja que otra. Me
tranquilizaba hacer esto, como si a través
de los ojos hiciera una especie de
escáner y comprobase que todos mis
órganos funcionaban bien.

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Preparé una cafetera. Mientras se hacía,
pasé a la habitación de mis padres. Hacía
tiempo que no entraba. Todo seguía
igual: sólo el polvo se había asentado
formando una capa fina, homogénea,
casi transparente. Pensé en esas motas
uniéndose hasta formar esa alfombra,
tejida de bichos microscópicos. Miré las
fotos. Mis padres parecían pedirme que
les sacara de allí. Sentí escalofríos. El
silbido de la cafetera me alarmó. Al salir,
cerré la puerta.

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Con la taza de café en la mano, me
acerqué a la ventana del salón. Retiré la
cortina amarillenta y miré tras el cristal.
El gris de las nubes se fundía con esa
capa grisácea del humo de fábricas y
coches. En el alféizar, seguían mis
plantas, algo más secas. Las observé. El
verde oscuro de hojas alargadas, con
forma de lanza. Un verde más claro con
franjas amarillas en hojas dentadas.

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Espinas pequeñas, muy finas, casi
transparentes, de cactus carnosos.
Agujas más gruesas. Sentí un vacío
pesado y una opresión de pecho extraña,
como si hubiesen cosido mis pulmones
convirtiéndolos en uno y, a través de ese
pulmón encogido, no podía respirar, no
sabía cómo hacerlo. Abrí la ventana,
asomándome. Me ahogaba. Parecía que
mis pulmones se pegaban a la tráquea,
replegándose. Me quedé quieta,
intentando no pensar: se me pasaría.

Me senté. Los olores a fritos, que subían
por la ventana, dejaron de oler. El olor a
antiguo de la casa se transformó en un
olor insípido que desazonaba. Y los
perros ladraban tanto…

115













Cuando miré el televisor, el negro de la
pantalla me deslumbró. Tenía un brillo
crudo, afilado, casi insoportable. Toqué
los brazos del sillón, rodeándolos con
mis dedos, aferrándome al material; esa
superficie pinchaba, como los pelos
fuertes y duros de un jabalí disecado.
Solté las manos. Las pastillas. ¿Efectos
secundarios? No miraría prospectos. Se
me pasaría, seguro que se me pasaría.

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Los pensamientos flotando en una
materia extraña, algo pegajosa, que va
cerrando posibles salidas a nuevas ideas.
La madera de los muebles se estira, se
oye la carcoma, el cemento entre
baldosas se dilata, las cucarachas salen
de los desagües, aplastan su cuerpo,
metiéndose por debajo de las puertas. La
televisión, que parece dormir, hace el
ruido del descanso, respirando lo
trabajado. Algún papel se abre,
desperezándose. Las bombillas se liberan
del calor acumulado. Y una gota
cayendo, el grifo mal cerrado de la
cocina, se une a otra del lavabo. El ruido
metálico del fregadero, junto con una
caída más suave, algo más acuosa.
Cerámica del lavabo, acero de la pila,
cerámica lavabo, acero pila. Cierro grifos.
Los ruidos cesan, hasta que ese papel
que parecía desperezarse ahora cruje,
liberándose de esa forma que le he dado.

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Tenía todo preparado. Los folios, a la
izquierda. Bolígrafos, dos de cada color -
rojo, azul y negro -, a mi derecha. El
ordenador, en el centro. La silla, muy
cerca de la mesa, con el cojín para los
riñones, dos paquetes de cigarrillos y un
vaso de whisky con hielos. Así me
imaginaba la mesa de un escritor,
aunque todo revuelto. Caótico.

Mezclé los bolígrafos con las hojas. Se
cayeron folios y bolígrafos. Les di una
patada. “Escritor maldito”, me dije con
sonrisa diabólica. Encendí un cigarrillo,
que saqué de uno de los paquetes de
Marlboro que había comprado esa
mañana. Imaginé que me entrevistaban,
para El País o El Mundo, y puse posturas
de gran intelectual: ahora con la mano
izquierda, en la frente, apretando las
sienes, ahora con el cigarrillo en la boca
intentando decir algo ingenioso tras la tos.

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124

Tiré la ceniza, que cayó dentro y fuera
del cenicero. Cogí el vaso de whisky. Lo
moví, circularmente, necesitaba oír el
clic clic de los hielos. Me lo llevé a la
nariz y bebí. No me gustó el sabor,
tampoco el del tabaco, pero daba un
toque especial, de artista.

Dejé que el cigarrillo se consumiese, que
los hielos se deshicieran y me acerqué el
portátil. Los dedos en el aire, como
pianista al comienzo de un concierto.
Estaba en tensión, demasiada tensión
para una buena escritura. Le di dos
sorbos al whisky. El nombre del
personaje. Ricardo. Me gustaba, tenía
fuerza. Ricardo Corazón de León.
Ricardo III.

Di a la “r”; una, dos, tres veces. Mantuve
el dedo presionado. Las erres fueron
uni éndose hasta l l enar l a pantal l a. Las

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borré. Pensé en lo difícil que era
escribir. Sólo sentarse frente a una
pantalla tan blanca atemorizaba: parecía
que las palabras, las ideas, huyesen,
como esas erres que ya había borrado.

Antes de retirar el ordenador y probar
con el papel, di a la “r” y la guardé como
documento. Me hizo gracia mi hazaña,
que celebré con caladas al cigarrillo y un
buen trago de whisky. Cogí folios y el
bolígrafo negro. “Espalda recta, ojos al
frente”, me dije, acordándome de la mili,
“al objetivo”.

El objetivo era escribir algo, lo que
fuese, aunque estuviera mal escrito.
Sentir que a un sujeto sigue un verbo,
que los complementos se van arrimando
a la frase, que a una frase sigue otra, que
hay armonía entre ellas, que van casi de
la mano.

126








Encendí un cigarrillo, y contemplé el
humo. Cuántas veces había soñado
desaparecer de una manera tan elegante.
Adquirir esa materia volátil.

Cómo empezar. “Ricardo, a sus treinta y
cinco años”. Horrible. “Ricardo, hombre
sincero y robusto”. Hombre sincero y
robusto. ¡Dios! Las taché. Los críticos lo
reprobarían. Mientras pensaba en el
argumento, dibujé erres: mayúsculas,
minúsculas, alargadas. Cuando me cansé,
arrugué la hoja y la tiré a la papelera.
Hice una buena canasta. Apagué cigarrillo
y portátil, y fui al baño.

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Mientras me subía los pantalones, me vi
en el espejo. Tenía más ojeras. Lo blanco
de los ojos con venas rojas. Me dolía la
garganta. Saqué la lengua: amarillenta.
No quise seguir indagando.

Fui al salón. Me dejé caer en el sofá.
Puse los pies sobre la mesa, pensando
que mañana, mañana empezaría la
novela.

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133











Un hombre escribe. Una hora, cuatro. En
la pantalla, una “r”. Sigue escribiendo.
Las cinco, las siete. En la pantalla, una
“r”. Llega la noche. El cuello le duele, los
músculos de los hombros tiran. Necesita
un descanso, pero sigue escribiendo.
Mañana, mediodía, noche. Sólo oye el
ruido de sus dedos en las teclas de
plástico. “La historia fluye”, piensa y
sonríe. En la pantalla, una “r”. La mira,
desafiante. “Levantarme, huir”. Pero el
hombre sigue. Sigue escribiendo.

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135

























136






Acabábamos de cenar. Hacía tiempo que
lo notaba raro. Lo miré. Veía la televisión
con desidia, como si no le interesase
pero necesitara esas imágenes ficticias.
Bajé los ojos. Me fijé en una miga de pan
que había en su plato. Al caer sobre el
líquido de la lombarda, se había
hinchado. Junto a esta había otra, seca,
más pequeña. Me pareció estar en un
cuarto oscuro; revelaba una fotografía y
la imagen iba apareciendo. Éramos
nosotros. Él, el trozo pequeño, seco,
había perdido esponjosidad y grosor. La
hinchada, yo, que parecía haberme
nutrido con el agua violeta. Éramos dos
migas de pan que se iban consumiendo,
cada una a su manera.

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138








Tiré las migas a la basura, y encima las
cáscaras de plátano, pero seguía
viéndolas. Saqué restos de comida que
puse sobre ellas. Al levantarme, él me
miraba desde el marco de la puerta. Se
iba a dormir.

Imaginé cómo íbamos transformándonos.
Ahora era yo la pequeña, la que había
perdido esponjosidad y grosor, y él, el
trozo hinchado, nutrido con el agua
violeta. Luego, yo volvía a ser la
hinchada, y él la reseca. Éramos dos
migas de pan que se iban consumiendo,
cada una a su manera.

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142

























143














Miro un escaparate. Los objetos parecen
desnudarse, darme su verdadero rostro.
Las fotografías enmarcadas, puñales de
acero oxidado, que han esperado tanto
para saborear el interior de un cuerpo;
atravesar piel, venas, órganos cerrados,
vísceras tan bien hechas. Cierro los ojos,
para no ver los objetos transformándose,
ni sentir mis órganos intentando respirar
bajo la mirada de esa hoja cierta.

144





Ahora son los objetos de la calle los que
mudan, atenazándome. Se difuminan,
mezclándose unos con otros, cambiando
de forma. La farola se une a la pared, la
pared al suelo, el suelo al muro. El suelo
se pega a mis zapatos, parece chicle.
Tiro y tiro para despegarlo de mis suelas,
pero no puedo. Y me doy cuenta de que
las paredes de la calle van entrando por
los dedos de mis manos. Después el
pelo, que se pega al muro como si este
fuera cepillo que arrastrase la
electricidad estática. Y no puedo hacer
nada. Nada para evitarlo. El cemento tira
de mí y me dejo llevar. Ahora la pared se
acerca al suelo, presiona; pared, suelo,
pared, suelo, presionan fuerte,
aplastándome.

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148






En la galería, una sala pequeña, bastante
oscura; había poca gente. El pintor no
estaba. Sobre un taburete, folletos. Me
guardé uno, dirigiéndome al primer
cuadro con el mismo recogimiento con
el que se comulga. En cuanto Xaime
llegó, viéndome frente a su “Costa da
Morte”, me dijo que lo había pintado en
cabo Touriñán, el más occidental de la
península ibérica, y no el de Finisterre,
como se decía.

Eran brochazos despreocupados que,
cuando te alejabas, cobraban realidad.
Me confesó el toque impresionista, y
algo expresionista, que algunos críticos
de arte habían visto en su obra.

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150









Yo sólo veía la fuerza, la rabia, de ese
mar contra las rocas. Le pregunté sobre
ello. Sin contestarme, siguió con los
críticos. Miré el cuadro alejándome un
poco a la izquierda. En segundos, atrapé
el significado simbólico. Trascendía
detrás de esa luz sobre la ola más
cercana: la espuma tan blanca. Reflejaba
la lucha de dos poderes. Aunque uno de
ellos fuese desgastando, poco a poco, al
otro, y pareciese el más fuerte, no lo era,
porque roca y mar eran la misma cosa: el
hombre luchando contra la sinrazón de
su propia existencia.

151














Xaime me contaba cuánto tardó en
pintarlo, la vida tan dura del artista. La
“náusea” nos acechaba, pensé, sin poder
escapar, porque formábamos parte de
ella: nosotros éramos la “náusea”. Me vi
formando parte de ese mar y esas rocas.
Nada se podía hacer. El mar era la
humanidad luchando contra un muro; su
propia existencia.

152










“Hay pocos genios”, continuó, mientras
yo me imaginaba a Van Gogh, saliendo
de madrugada al campo, con sus lienzos
volteados por el aire, y a Kafka, de
regreso del trabajo, escribiendo en una
mesa pequeña frente a una pared gris.

Salí de allí con la sensación de que el
descubrimiento de ese acantilado
alegórico no podía revelarlo a nadie.
Sería como destapar una olla exprés
antes de que se enfriase. Sufriré por
todos, me dije, sonriendo a San Manuel.

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Sus ojos atraparon su pensamiento.
Deseó huir con ella en ese barco y
esperar a que se extinguiese la llama de
la última vela que quedaba encendida.
“Sufrir tu dolor”, pensó Elizabeth. Vivir
con intensidad el momento que precede
al olvido mismo, un instante de
perpetuidad.

Los ojos del cuadro no pedían nada,
pero ella sentía, al observarlos, formar
parte de la historia, aunque supiese que
aquella mujer no la necesitaba, que
realizaría sola su viaje. Se oyó decirle:
“No sueltes la cadena, no lo hagas, por
favor, no lo hagas”.

160







“Basado en el poema de Alfred Tennyson
The Lady of Shalott”, leía, “sobre la
leyenda artúrica de Elaine of Astolat, que
encerrada en una torre un hechizo la
obliga a mirar el mundo a través de un
espejo. Cuando Elaine ve a Lancelot se
enamora, mira por la ventana y...”.
“Tener el valor de mirar la vida de frente,
sin reflejos falsos, mata”, pensó
Elizabeth. El paso de la inocencia a la
madurez, mata. El paso del yo al tú,
mata. Se acercó al cuadro: dos pájaros
volaban cerca de la cadena que Elaine
tenía agarrada. Juncos partidos, el rojo
de la tela. En la proa, el crucifijo, tres
velas y un candil casi apagado.

161












Unos cuantos pasos más, más atrás.
Elizabeth miró esos ojos marrones,
caídos, bajos, y la expresión de esa boca:
desaliento sereno, resignado. El barco,
los árboles, el ruido del agua, los pájaros
y, antes de llegar a Camelot, la muerte.

Encontrar algo que le salve. Pero no se
podía hacer nada: la vela que quedaba
encendida se apagaría. La ventana, si no
hubieras mirado…

162


La luz en un cuadro, en la pared de
enfrente, le hizo acercarse. La
luminosidad en los colores, las plantas,
el cielo, en el pelaje de las ovejas, que le
parecía tocarlo, ¿cómo lo habría logrado?
Minucioso en las ramas, en los nervios
de las hojas, que de tan perfectas se
hacían irreales; un aura onírica, un
sueño en el que se adentraba como
personaje de la obra. Olía el mar, las
ovejas, sus balidos. Algunas de ellas la
miraban directamente a los ojos,
haciéndole participar en la escena. “El
prerrafaelismo”, leyó, “tiene un sólo
principio, el de absoluta y obstinada
veracidad en todo lo que hace, alcanzada
gracias a trabajarlo todo, hasta el más
mínimo detalle, del natural y sólo del
natural. Cada fondo de paisaje
prerrafaelita se pinta hasta la última
pincelada al aire libre, a partir del propio

163


motivo”. “Lo consiguen”, se dijo, “¿y la
sensación de ensueño?”

Ophelia también tenía algo de irreal: una
capa traslúcida filtrándose en cada
detalle; en los juncos, las ramas, las
hojas. Elizabeth se detuvo en la boca de
Ophelia, entreabierta, y esas manos, en
espera de algo que nunca llegó. Sus ojos,
vacíos, no veían: eran muerte en sí
mismos. Quería oír el rumor de la
corriente del río, oler las flores, pero
nada de eso ocurría. Ophelia la
abandonaba. Pronto, le dijo, soñarás tu
sueño. Pronto, muy pronto, te unirás a
Lady Shalott y juntas remontaréis la
corriente.

Miró alrededor. Fragmentos de figuras y
colores se mezclaban. Sintió que los
brazos le pesaban mucho, como si fuesen

164

péndulos que sujetaran unas manos
engrandecidas. Pinchazos en los
hombros, los músculos tirando.
Continuar, debo continuar.

The Death of Chatterton. La muerte
persiguiéndola. Ahora, un poeta. La
curva de su brazo señala hacia el frasco,
ya vacío, de veneno. El rostro de cera, su
cuerpo, el pelo rojo, el baúl, papeles
rotos, la belleza de una muerte
prematura.

El punto de fuga, la ventana: esa ventana
entreabierta que da a la ciudad. Elizabeth
observó la cara de Chatterton: sosiego y
algo de felicidad escapándose de los
labios. La muerte como salvación.

De ese ático oscuro, pasó a una sala
abigarrada. En el centro, una mujer: los
ojos abiertos, muy abiertos, y la boca en

165

actitud de acogida, de entrega. “La mujer
se levanta del regazo de su amante
cuando su conciencia despierta. Mira por
la ventana y esa mirada al exterior la
salva”.

“Lo externo”, se dijo Elizabeth, “acoge o
mata”. Y mientras lo decía, sintió una
especie de trasformación. Como si el
oculista le fuera cambiando de lentes:
cada lente, un cuadro. El observarlos la
enfrentaba a sí misma y aunque punzaba,
seguir, avanzar.

Al fijarse en la serie Past and Present,
Elizabeth advirtió que los cuadros
oscurecían. En el primero, de colores
algo más vivos, el marido recibe una
carta: su mujer le ha sido infiel. Pasan
cinco años. Los otros dos lienzos reflejan
una noche, quince días después de la
muerte del padre. En uno, las hijas, en un

166

dormitorio humilde, rezan por su madre;
la mayor mira a la luna. En el otro, la
madre, con un niño en brazos, bajo un
puente: los ojos sobre esa misma luna.

La última frase dando vueltas. “El
espectador es el que decide si debe o no
debe sentir compasión por ella”. Como
una lavadora cuando centrifuga,
Elizabeth dijo: “Se ríen de nosotras,
siempre lo han hecho”.

Después de dos o tres cuadros, le atrajo
uno color siena. Oyó música, en su
interior, Beethoven, pero no se
acordaba, hasta gritar: “Sonata para
piano nº 14”. El primer movimiento
envolvía a La Pia de Tolomei. La música
narrando. Una mujer rodeada de hiedra,
mirada inerte, cabeza baja: un rostro que
refleja desengaño. El marido la ha
encerrado; después, la envenenará. “La

167

mujer”, pensó Elizabeth, “con esa carga
real, innata, de resignación”. La música
sigue sonando. Adagio sostenido.

Se sentó. Le dolía la cabeza. “Demasiada
pintura”, se dijo. De pronto, surgieron
las caras, agolpándose. La de Medea, la
de Isabella, la de Proserpina. Elizabeth
sentía que la culpabilizaban. Luego, las
risas. Las manos de Medea intentando
agarrarla. Ella se encogía. Los ojos de
Proserpina sobre los suyos. Las palabras
de Isabella, “lo mataron”. Ella, se
encogía.

Se apretó las sienes hasta conseguir
acallar las voces, alejar las imágenes. The
Lady of Shalott, frente a ella. Lo miró.
Sus ojos clavados en esa cara que le
contaba, le contaba. Como una
revelación, los rostros de los cuadros
formaron una sola cara, la de Elaine.

168















Todo imaginado, vivido en imágenes, en
esa torre donde la realidad era sombra.

Se escuchó como si esa voz no fuese
suya, como si viniera de siglos atrás,
“Que el morir solo sea el final, no el
principio”. Miró a Lady Shalott y le dijo:
“Yo también estoy harta de sombras”.

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Me estaba meando: necesitaba ir al
servicio. Me escabullí por debajo de los
asientos, buscando el lavabo. Entonces,
descubrí que el que hacía de león se
fumaba un cigarrillo con la princesa rusa,
a la que echaba el humo a la cara y cogía
por la cintura; princesa, barriobajera,
que acababa de hacer acrobacias encima
de los elefantes. La cabeza de león
estaba en el suelo, al lado de ellos. Iba a
preguntar cómo ir al servicio, pero antes
de hacerlo oí un “Quítate, niño” de uno
de los payasos que discutía con el
presentador, quien a su vez estaba
comiéndose un bocadillo de chorizo y se
limpiaba la grasa en la capa negra
brillante.

173
























174




Aquello fue peor que enterarme de que
los Reyes Magos eran los padres, peor
que si se hubiera descubierto que la
bella durmiente se drogaba, que el hada
madrina y el príncipe eran amantes, y
que la madre de Bambi había fingido su
muerte para librarse del hijo.

Todo el encanto del circo se desplomó:
el hombre-bala, el domador de leones,
los equilibristas, los payasos. Toda esa
magia. Había algo obsceno en el
descubrimiento. El mal olor de los
animales, las cagadas de los elefantes, el
chihuahua del domador ladrándome, el
domador escupiendo, sin hacerme caso.
“El servicio, por favor”. Y la mirada
diabólica del payaso triste. Me meé
encima.

175







No quise volver al circo. Mi madre nunca
supo el porqué. Creo que fue desde ese
día cuando empecé a bucear en el
mundo real, con maquillajes descoloridos,
y sin las máscaras de la infancia. El
mundo del circo estaba podrido, la vida
estaba podrida. Era como pasar a otra
dimensión en una edad en que querías
aferrarte a los sueños, en que confiabas
en un mundo fantástico, aunque
supieses que no existía.

Aquella tarde se me cayó la carpa
encima, todavía no me la he quitado.
Hoy voy con mis hijos al circo y rezo
para que no les entren ganas de mear.


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Era una gota rápida, prematura. El ritmo,
sofocado. Gota enfurecida que, tomando
el papel de líder, se quejaba por la
fugacidad de su vida. Pensé que si
hubiera sido gota pausada, de ritmo
lento, nadie la habría escuchado. Sin
embargo, nadie parecía hacerle caso,
nadie se acercaba allí y cerraba el grifo,
aunque eso significase acabar con ella.

Sólo yo había captado algo, al menos la
había escuchado. Aunque no me
acercase al grifo, vivía con intensidad el
desarrollo de esa gota. Hubo un
momento de exterminio. Luego, el
espacio se ensanchó, para que no
olvidase que ella seguía allí esperándome,
cansada de repetirse, una y otra vez.


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181

























182






























Que me ahogo sin poder escribir una
línea, me esbozo y me invento cada día.
Me como, me devoro y me río. Opresora
de mi propio yo, que crece y pide
explicaciones. Habiendo sido dictadora,
debo ahora cortar las cuerdas. Mis
pequeñas Evas estiran piernas y brazos;
habrá que enseñarles a andar.


183



















































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186



















































187







Camino. De noche. En una calle, frente a
mí, dos sombras. La oscura, alta,
arrogante; la clara, débil. Y yo, más
sombra que ellas, detrás. Entonces
pienso que deberían salir muchas
sombras para abarcar todo lo que somos.

Imagino que algunas de ellas van
mudando como lo hacen las serpientes
con su piel. Veo que la sombra de la
inocencia cambia de color, de un violeta
claro a uno más oscuro, con matices, con
sombras dentro de sombras. La de la
inquietud, sonrojada. La del dolor se
endurece: opaca, con menos aberturas.
La sombra del deseo, encogida, muda,
añeja. Pero hay momentos en que besa
sin saber qué pasará, se embrutece como
antes, se aferra a un vínculo: soplo de
vida, aliento.

188




















































189




















































190









Una gota barrena con furia la paciencia del
fregadero. Sonido monótono y asfixiante
que se repite cada pocos segundos, que
no se conforma con el vacío de la cocina
sino que recorre un largo pasillo blanco
hasta desembocar en el salón enfrentado a
octubre.

La mujer se llama Eva. Está sentada en
medio de la pieza. La espalda recta, la
vista cansada por el trabajo con las letras,
el aburrimiento y una pizca de náusea.

“Algo bueno que tiene el otoño”, piensa
Eva cuando contempla el bronce sobre la
sierra de Madrid. Añora los paisajes de
costa frecuentados este mismo verano.
Por esa misma razón será incapaz de
contener un suspiro.

191

















Al comenzar la tarde dispuso todos sus
fetiches sobre la gran mesa de teca. Todos
pulcramente ordenados: una resma de
folios, el típico surtido de bolígrafos por
duplicado, dos paquetes de Marlboro sin
abrir y un vaso de whisky con hielo. En
breve tendrá que recogerlo todo.

192



Eva y su indecisión. Lleva unos segundos
con el índice derecho en alto. Acaso
pidiendo un turno que rara vez se
concede; aunque Laura Restrepo, su
madrina, le asegurase que sí, que ella no
tendría problema en despuntar en el
apestoso mundo de la Literatura. O puede
que para llamarse a sí misma la atención,
repasando por enésima vez cada una de
las piezas que, como una eterna sucesión
de “erres”, conforman sus propias
sombras. La angustia del escritor consiste
precisamente en eso: en evaluar los
pequeños detalles, la ilación entre las
diversas tramas. Hace tiempo que lo sufre
en su carne.

Eva pulsa por fin la tecla Intro. Su correo
electrónico ha sido debidamente enviado.
Así se lo confirma un escueto anuncio
amarillo que aparece en pantalla.

193












En esta ocasión, la editorial es andaluza.
Conocida, sí. Digital y gratuita, también.
Delirio de un mercado rancio en tonos
sepia y azul marino. Por un lado, la mujer
desea que mueran los relojes, que el
tiempo se detenga: “Hazte a la idea de que
la respuesta llegará y que podría ser
negativa”, reflexiona. Aunque también
confíe en su YO: ese que se desdobla en
cada historia que inventa, que toma vida y
se le rebela, que es la causa de que siga
adelante.

194







“Mierda”, dice Eva no sin cierto fastidio.
Son las ocho. Se acabaron las tardes de
circo, las revelaciones, redadas y el blanco
sobre negro de su fantasía. El veredicto
consiste ahora en limar la capa de
irrealidad que cubría sus objetos y
aterrizar en el ocaso de un domingo.
Consciente de que se acabaron las
metáforas ontológicas y de que hay que
dejar de ser el otro; consciente también
de que en el mundo de labor no cuelan
los esquemas de imagen, por mucho que
se disfracen de botella; consciente, en
último término, de que todos somos
hormigas y de que alguien nos pisará
cuando estemos secas, Eva rebusca en la
pestaña favoritos del navegador.

195








Desde este mismo momento recobra su
faceta de profesora. Siempre lo ha sido. Y
se dispone a revisar unas lecturas y media
docena de ejercicios de inglés que mañana
entregará a sus alumnos en el colegio.
Como tan bien desvelara Elizabeth, la otra
Dama de Shalott: lo importante no es la
esperanza, sino librarse de una vez por
todas de la condena de existir.

“Habría que arreglar ese maldito grifo”,
concluye Eva. El malestar del resto de la
semana se introduce poco a poco en su
cuerpo. Quién sabe si la última palabra
podría llegar desde los hielos betún de
Groenlandia.


196



















































197





























































NOTA DE EDICIÓN


Las fotografías utilizadas para el diseño de esta
compilación de relatos son obra de Alfonso Vila
Francés (portada, contraportada, páginas 10, 42,
104, 137 y 158) Mayte Sánchez Sempere (páginas
27, 49, 60, 95, 118, 123, 132, 154-155, 173, 183 y
186), Ángel Muñoz Rodríguez (páginas 7-6, 44-
45, 74, 128-129, 142, 147 y 188-189) y Juan Pedro
Ruiz (páginas 30, 100 - 101, 109 y 178).

198




















































SOBRE LA AUTORA


Eva Medina Moreno (Madrid, 1971). Licenciada
en Filología Inglesa por la Complutense de
Madrid. Ha participado en distintos talleres y
cursos literarios. Sus relatos aparecen en
diversas publicaciones, digitales e impresas
(españolas y latinoamericanas), tales como
“Cinosargo”, “Narrativas”, “Letralia”, “Revista
Ombligo”, “Otro Lunes”, “Almiar”, etc. La revista
“La ira de Morfeo” editó un número especial con
algunos de sus relatos. Gracias a sus textos, ha
obtenido diversas menciones literarias (ganadora
del “I Certamen Literario Ciudad Galdós”;
finalista del “Premio Orola”, etc). Es autora de la
novela “Relojes Muertos” y coautora de “Letras
Adolescentes” (Colección Especiales, Editorial
Letralia). En la actualidad, trabaja como
profesora y prepara su segunda novela corta,
“Asesinos de palomas”.

199


























































SOBRE EL AUTOR DEL EPÍLOGO


Ramón Zarragoitia (Gorliz, Vizcaya, 1970).
Licenciado en Derecho. Ha ejercido quince
años como Letrado Urbanista. Al término de su
profesión, decide centrarse en la Literatura. Ha
sido galardonado en diversos certámenes de
narrativa; autor de novelas, libros de relatos y
cuentos, así como de microficciones que han
sido publicadas en diversos medios literarios.
Autor de los libros “Hacia el final”, “El secreto
de Ager” y “Noche de Blues”. Recientemente,
ha publicado “Me miro al espejo… y me gusta
lo que veo” (Groenlandia, 2013).

200



















































SOBRE LOS FOTÓGRAFOS


MAYTE SÁNCHEZ SEMPERE

(Madrid, 1969). Pintora, fotógrafa, poeta, narradora.
Autora de los poemarios “Carnaval”, “El año al que le faltó
un mes”, “Últimas puntadas al sudario de Laertes”, “Entre
paréntesis”, “Equipajes perdidos”, “Salida 39”, “Cosas que
podría contarte por teléfono”, “Un metro de agua
corriente”, “Hacia el silencio” y de la novela corta “Madre
es un país que no tiene fronteras” (“II Accésit del II
Certamen de Novela Corta Giralda”, 2013). Sus poemas y
relatos aparecen en diferentes revistas literarias, así como
en antologías. Ha obtenido diversos reconocimientos por
sus obras. Como autora e ilustradora de cuentos
infantiles, es la creadora de las aventuras de Polito
(editado por la editorial Edicions do Cumio y traducido al
castellano, catalán y gallego).

ÁNGEL MUÑOZ RODRÍGUEZ

(Leganés, Madrid, 1977). Licenciado en Historia del Arte.
Poeta, narrador, fotógrafo. Cofundador de LVR Ediciones.
Autor de los poemarios “Ya no leo tebeos de
Wonderwoman”, “Como Ulises en una cacharrería”, “Amor
manual” y “Moscú entre clavículas” (escrito a cuatro
manos junto a Carmen Moreno). Sus poemas aparecen en
diferentes antologías. Ha realizado exposiciones con su
obra fotográfica y ha trabajado para distintas editoriales.


201



























































ALFONSO VILA FRANCÉS

(Valencia, 1970). Narrador, ensayista, poeta, fotógrafo. Ha
vivido en Orihuela, Madrid, Bruselas y Debrecen
(Hungría). Ha trabajado como monitor de tiempo libre,
bibliotecario, archivero y profesor de Ciencias Sociales.
Sus poemas relatos y artículos aparecen en multitud de
revistas culturales. Ha obtenido premios literarios por sus
obras. Autor del libro de relatos “La vida mientras tanto”
(Groenlandia, 2010). Próximamente, publicará “A ras de
suelo” (Groenlandia, en prensa).

JUAN PEDRO RUIZ

(Alicante). Fotógrafo, poeta. Ha obtenido varios premios
de fotografía (“Solar Race Región de Murcia 2011”) y ha
realizado diversas exposiciones en Molina de Segura
(Murcia, 2012) y otras ciudades españolas. Sus poemas
han sido publicados en distintas revistas y fanzines
(“Ágora, papeles de arte dramático”, “Ariadna RC”,
“Revista Almiar”, “Manifiesto Azul”, etc). En la actualidad,
realiza trabajos de fotografía sobre diversos temas:
naturaleza, moda, arte, viajes, para eventos sociales, etc.


202




















































INTRODUCCIÓN 4

TAN FRÁGIL COMO UNA HORMIGA SECA 11
MI BODEGA 26
SER EL OTRO 31
PARPADEA 43
PSIQUIÁTRICO 48
EL VEREDICTO 61
DELIRIO 75
ABURRIMIENTO 94
REDADA 105
LA NÁUSEA 110
RUIDOS NOCTURNOS 119


203




















































BLANCO SOBRE NEGRO 122
LA ERRE 133
DETERIORO 136
UNA CAPA DE IRREALIDAD CUBRE… 143
UNA REVELACIÓN 148
THE LADY OF SHALOTT 159
AQUELLA TARDE DE CIRCO 172
LA FEROCIDAD DE UNA GOTA 179
YO 182
SOMBRAS 187

NOTA DE EDICIÓN 197
SOBRE LA AUTORA \ AUTOR DEL EPÍLOGO 198
SOBRE LOS FOTÓGRAFOS 200


204



















































205


















































OTRAS PUBLICACIONES DE NARRATIVA


Putas, Pepe Pereza
Cuentos de la Carne, Ana Patricia Moya
La vida mientras tanto, Alfonso Vila Francés
Contrafábulas, Francis Novoa Terry
Realidad Paralela, Ana Vega
Momentos extraños, Pepe Pereza
Me miro al espejo, Ramón Zarragoitia
La madre que lo parió, Raúl B. Caravan



PRÓXIMAMENTE:

A ras de suelo, Alfonso Vila Francés
Anecdotario, Francisco Vargas Dalí
Unos cuantos, Inés Vázquez
Cuento y aparte, Juan Cruz López



206



















































207

























































EDITORIAL GROENLANDIA
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ARCHIVO GROENLANDÉS
DE PUBLICACIONES DIGITALES
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