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G ROENLANDIA PRESENTA

R ECUERDOS
DEL PELO LARGO
A NTONIO B ÁEZ
A NTONIO B ÁEZ
(A NTEQUERA , M ÁLAGA , 1964).

P ROFESOR DE L ATÍN Y G RIEGO .


H A PUBLICADO EL LIBRO DE
CUENTOS “M UCHA SUER TE ”, LA
NOVELA COR TA “L A MEMORIA DEL
G INTONIC ” Y EL HÍBRIDO DE RELATO
Y MICRORRELATO “G RIEGO PARA
PERROS ”. S US RELATOS APARECEN
EN PUBLICACIONES DIGITALES Y
ANTOLOGÍAS (“ VELAS AL VIENTO :
LOS MICRORRELATOS DE LA NAVE
DE LOS LOCOS ”, “ MAR DE PIRAÑAS :
NUEVAS VOCES DEL MICRORRELATO
ESPAÑOL ”, ENTRE OTROS ).
RECUERDOS DEL PELO LARGO

© Antonio Báez
© Del prólogo: Rakel Rodríguez
© De las fotografías: Alfonso Vila Francés
© De las fotografías: Jesús Miguel Horcajada

EDITORIAL GROENLANDIA
Proyecto cultural sin ánimo de lucro
especializado en publicaciones digitales.

Directora: Ana Patricia Moya


Correctora: Ana Patricia Moya
Maquetación: Ana Patricia Moya
Diseño: Ana Patricia Moya \ Alfonso Vila
Francés (cubierta, fotografías de interior)
\ Jesús Miguel Horcajada (fotografías de
interior)

DEPÓSITO LEGAL: CO 2594 - 2017

CÓRDOBA, 2017
4

N O SOY FAN DE LOS PRÓLOGOS NI ME


gustan especialmente, sobre todo porque
soy pésima para hacer síntesis de cualquier
cosa. Pero, como siempre, a veces todo se
conjuga para que haya una primera vez.
En este caso, dos motivos, con nombres y
apellidos: Ana Patricia Moya, mujer con un
empeño feroz por publicar, y Antonio Báez,
que apareció casualmente en mi vida y me
atrapó con sus relatos. Así fue la cosa: en
cuanto él cruzó la puerta de Itaka, en Las
Negras (lugar donde yo trabajaba entonces),
supe que ese tipo que parecía normal no era
lo que parecía ser un potencial cliente. No.
En esa tienda de la que hablo había todo
5

tipo de delicatessen (vinos, quesos, aceites,


chocolates suizos...) pero él fue directo a
la esquina donde reposaba una diminuta
estantería con libros, que apenas se veía, en la
que, de hecho, en los siete meses que llevaba
trabajando allí, nadie se había fijado. Él sí, y
rápido además. Cuando quise darme cuenta,
ya tenía un libro en las manos. Y lo leía.
Esa sensación que produce Báez de ser otra
cosa de lo que parece (parecía un cliente
despistado como cualquier otro, pero en
realidad era un buscador de libros raros),
me pasó también y me sigue pasando con
sus relatos. Cuando leí La Memoria del
Gin Tonic y conocí a Eulogia, sucedió lo
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mismo: parecía una vieja enferma que iba


haciendo recuento de su vida que terminaba,
pero no, era mucho más, una loquita a la que
el alzheimer le estaba dando la oportunidad
de despedirse, con un colofón lleno de
sorpresas. Me gustó mucho ese libro. Y
luego Ana que pregunta, así, como si nada,
si haría un prólogo para Antonio, y sin ser
capaz de decirle un no rotundo, preguntarle:
¿Y cómo se titula? Y el golpe definitivo:
Recuerdos del pelo largo. Ya no hay dudas.

“Dan las tres de la mañana y yo sin poder


dormir, doy vueltas en mi cama, sólo pienso
en ti...”la letra de los Burning me inunda y
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me lleva a mis veinte años de un empujón,


cuando todos teníamos el pelo largo, yo,
mi novio, mis amigos, mis ilusiones y
el mundo que parecía por estrenar. Todo
parecía nuevo y posible, como le ocurre al
muchacho del relato que da título a este
libro, que tiene todo por delante, salvo que
la casualidad se cruza en su camino para
darle un giro totalmente inesperado. El
autor otorga a ese muchacho la ternura y la
ingenuidad de esos veinte años. Y la tragedia.
Cualquiera de los relatos de esta obra tiene
ese giro, llamemoslo “baeciano”, que te
lleva tranquilamente por una historia para
luego cambiártela y dejarte con la duda.
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Así que, si estáis leyendo este prólogo, ¡bien!


Porque lo que viene después es lo bueno,
los relatos de este tipo que se aparece en
los lugares más insospechados para entrar
suavemente en vuestro mundo. Dejadle
entrar, aunque, igualmente, lo hará.

Yo, mientras tanto, vuelvo a ponerme los


Burning a toda mecha para recrearme en
un puñado de recuerdos que viven en mí,
igual que entonces, salvo que mi pelo largo
se ha vuelto blanco...

Que ustedes lo disfruten... “Dan las seis,


sintonizo a The Stones, recuerdos del
pelo largo, viejo blues, queridísimo Eric
Burdon...”

RAKEL RODRÍGUEZ (DICIEMBRE, 2016)


“S UBÍ AL COCHE QUE ME ESPERABA .
ME ESFORCÉ EN ENCONTRAR LA MORALEJA
DE TODA ESTA AVENTURA Y ...
NO ENCONTRÉ NINGUNA ”.

S IN M AÑANA , V IVANT D ENON (1747-1825)


RECUERDOS
DEL PELO LARGO
A NTONIO B ÁEZ
A RTE FOTOGRÁFICO :
A LFONSO V ILA F RANCÉS
J ESÚS M IGUEL H ORCAJADA
I. A UTOSTOP
II. L A VISITA
III. L AS MOSCAS
IV. F UNERAL
V. P ANEM ET CIRCENSES
VI. B ONANZA
VII. L AS SEÑORITAS
VIII. I NVITADAS AL TÉ
IX. R ECUERDOS DEL PELO LARGO
I
AUTOSTOP
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L OS VIERNES POR LA TARDE YA NO TRABAJO .


No es un gran curro, pero tiene esta ventaja.
Me llevo la bolsa a la oficina, me tomo un
sándwich a media mañana y a la salida me
marcho directamente al pueblo. Si estoy
en el coche, a las dos menos cinco consigo
evitar la caravana, a las dos ya no merece
la pena intentarlo; en este caso me espero
hasta las cuatro y media. Suelo hacer tiempo
dándome una vuelta por el centro comercial.
Como normalmente ya he comido, entro en
las tiendas de regalos. Siempre pico, puesto
que me paso un buen rato husmeando entre
los artículos de sus estantes y al final me
da vergüenza irme sin llevarme nada. Elijo
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algo que no esté mal de precio y que parezca


un detalle para un amigo o amiga que está
de santo o de cumple. No obstante, cuando
mi jefe se marcha antes de las dos menos
cuarto, me las piro tras él y a las tres menos
veinte estoy en el pueblo.

Aquel día mi jefe estuvo hasta las dos


encogiendo un bigote forzoso, a causa de
una espinilla debajo de la nariz. Alguien
le había ido con el cuento de que nos
turnábamos para salir tras él si se marchaba
antes de la hora. Nos mirábamos intentando
averiguar quién había sido el traidor: por
ello, procurábamos que la cabeza no se nos
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hundiese en el pecho. Gaby nos lo señaló con


un leve giro de mandíbula rasurada. Allí, con
los ojos perdidos en un cajón, haciendo como
que ponía orden en sus papeles… al novato
no le importaba delatarse, o simplemente,
era imbécil. Hice un gesto temerario, ya que
el jefe no nos quitaba la vista de encima: me
pasé el pulgar por la garganta en evidente
alusión al nuevo. A las dos en punto nadie
se atrevió a levantarse de su silla. A las dos
y diez el jefe, con la satisfacción dibujada
en su rostro, nos engañó haciendo rechinar
el asiento de polipiel con la presión de su
trasero. No se levantó hasta las dos y cuarto.
Todos fingíamos cumplimentar tareas de
última hora, que preferíamos tener resueltas
antes que llegar el lunes con ellas pendientes.
Luego nos apelotonamos en el ascensor y
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empezamos a discutir. El nuevo no dijo ni


mu. Los demás tenían prisa, era viernes.
A mí me hubiese dado igual haber estado
hablando del asunto, hasta que el tráfico de
salida de la ciudad estuviese más fluido que a
esa hora. Pero, como de costumbre, me dirigí
al centro comercial para aguardar la hora.

La chica me saludó con un hola de


reconocimiento. Me ofrecía su simpatía,
una sonrisa amplia de los ojos depositada en
quien demostraba confiar en los artículos del
negocio. Aquel día no miré tanto el precio
como que el regalo me gustase de verdad.
Era una chica guapa y amable. Mientras me
hacía el paquete con un papel que me ayudó
a elegir, sentí ese vértigo en el paladar de
los golosos. Me hubiese quedado aquella
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tarde de viernes allí. Por primera vez en el


tiempo que llevaba viviendo en la ciudad,
me costó marcharme al pueblo. Decidí dar
otra vuelta por el centro comercial para
fijar en la memoria todos sus pequeños
gestos, todas sus palabras y la delicadeza
de su atención. Cuando me di cuenta, eran
ya más de las siete. Debía darme prisa si no
quería encontrarme atrapado dentro del
embotellamiento de la tarde.

Nunca antes había hecho nada parecido, ni


siquiera me hubiese planteado la posibilidad.
Pero fue sin pensar, o más bien porque seguía
pensando en la chica del centro comercial,
y acabé inspirado por su confianza, por su
naturalidad de trato. El caso es que frené el
coche en el arcén. Por la puerta del copiloto,
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el muchacho me dijo que se dirigían a


un camping próximo; le hice un gesto de
asentimiento y desde atrás me saludó ella.
Hola, me dijo. Hola, le contesté. Tenían
acento del sur. Me empezaron a contar su
viaje. En los trayectos que les parecían más
adecuados hacían dedo para ir ahorrando
algo. Pero a veces pasaba un buen rato antes
de que alguien les cogiera. Eran estudiantes.
Estaban entusiasmados con el paisaje. Tan
diferente, decían, de aquel al que estaban
acostumbrados. De repente la chica desde
atrás se sobresaltó al descubrir que había
aplastado el paquete del regalo.

– Lo siento, lo siento. - Repitió, disculpándose.


– No te preocupes, es algo que no puede
romperse. - Le dije.
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– Pero te he chafado la caja. Un regalo tan


bien envuelto, con un papel tan bonito, es una
pena como ha quedado... - Dijo, haciendo
inútiles intentos por recomponerlo.
– No te preocupes, le explicaré lo ocurrido
a mi novia. - Dije.
– ¿Es su cumpleaños? - Preguntó con una
curiosidad sencilla y ahora algo afectuosa.

El muchacho seguía mudo nuestra


conversación.

– Sí, sí, su cumpleaños. - Y sin saber por qué


razón lo hacía conté un cuento tal como
me fue saliendo. - Yo trabajo en la ciudad
de lunes a viernes. Pero mi novia vive en
el pueblo, así que sólo nos vemos los fines
de semana, pero sólo si yo voy, pues ella
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ha sufrido un accidente de moto hace poco


tiempo y no puede moverse. Ocurrió una
vez que venía a verme.
– Lo siento. - Dijo la chica.

Él sólo supo exclamar:

– ¡Jo!
– Es cuestión de tiempo - añadí -, los médicos
son muy optimistas, pero por ahora se mueve
en silla de ruedas y sólo la abandona para
la rehabilitación.

En el cruce donde estaba el desvío que


conducía al camping, les anuncié que me
daba tiempo de acercarlos:

– Jo, muchas gracias. - Dijeron al unísono.


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– Pues yo tengo muchas ganas de conocer


vuestra tierra. - Les dije.
– Sí, pero no lo hagas en esta época. Ahora
hace mucho calor, mejor en otoño o en
primavera. - Me aconsejó él. - Siempre cojo
las vacaciones en octubre. - Dije.
– Ese es un buen mes, - dijo ella, y añadió
-, cuando lleguemos, te doy mi teléfono y si
te decides a ir me llamas, ¿vale?

No usó el plural nos llamas, a mí me gustó


y advertí que él se removía en el asiento y
estaba deseando llegar y perderme de vista.

Salí del coche. Mientras la chica buscaba en


su bolso un boli y un papel para apuntarme su
número, él me acompañó hasta el maletero.
Le ayudé a sacar las mochilas. Las cuerdas
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de una de ellas se enredaron con una de


mis bolsas y aquellos regalos que había ido
acumulando en los últimos meses cayeron
al suelo.

– Perdona. - Dijo. - Parece que la tenemos


tomada con tus regalos...
– No te preocupes. - Le dije con cierta
irritación.

Pero mi humor se transformó por completo


cuando la chica me entregó el papel con su
número.

Nos dimos dos besos y al chico le levanté la


palma de la mano desde cierta distancia.
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Entré en el pueblo y saludé a un par de


conocidos desde el coche con el mismo
gesto que había usado para despedirme
del chico autostopista. La casa, mi casa, o
sea, la casa que había sido de mis padres
hasta que murieron, me volvió a recibir con
una fachada inexpresiva, gris, a lo sumo
matizada por desconchones y humedades.
Al abrir la puerta, no obstante, su interior
estaba lleno de rumores, de crujidos que
yo conocía desde niño. En el pueblo decían
que estaba encantada. Encendí la televisión
y me asomé por la ventana: en ese momento
cruzaba la calle, por la otra punta, la hija
de los vecinos, que en silla de ruedas iba
con sus amigas a la discoteca.
II
LA VISITA
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S E PASÓ TODO EL TRAYECTO RASCÁNDOSE LA


cabeza, pero sólo cuando el autobús entró en
la estación de Pangues se dio cuenta de que
se rascaba. Aprovechó para bajar y estirar las
piernas. Hacía un calor asfixiante. Merodeó
entre la sección de productos regionales
hasta que desapareció la cola para entrar
al servicio. Cuando salió, el autocar rugía
advirtiendo que no esperaba más. Subió y
los ojos de los demás pasajeros lo estudiaron.
El mariconcito. Era poca cosa, tenía la voz
femenina y se había puesto mechas. Un
adefesio. En la mano llevaba una bolsa de
plástico con un libro y un botellín de agua.
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Había recargado el botellín en el lavabo. El


libro hablaba del significado de los nombres,
de las plantas del amor, de amuletos para la
buena suerte. Le volvió a picar por todas
partes en la cabeza y se rascó como si se
atusase las greñas con las uñas. Las uñas
pintadas. El viajero de atrás vio los pelos
ralos, la mano endeble, el gesto nervioso, y
dejó resbalar las gafas hasta la punta de su
nariz con el aplomo burlón del que observa
y se cuenta un cuento que cuadra. Ya te
conoce medio pasaje. Ya sabe quién eres,
de qué pie cojeas, que es lo que te gusta. De
qué vives. El tipo de literatura que lees.
40

La sombra del autocar compite en velocidad


con el propio autocar, a veces se adelanta,
otras se queda rezagada en los mares amarillos
de la cebada que han segado enormes
tractores que ahora descansan en un hangar.

El sol se cuela por la ventana y le da en la


cara; cierra los ojos para tomarlo. No puede
pagarse unas sesiones de rayos uva. Por eso
está blanquecino. Pero una mano, una mano
peluda y fuerte tira de la cortinilla oscura y
se hace la sombra. Esa mano. Se fija en las
manos. Las manos lo cogen por la cabeza y
le doblegan la cerviz. Trágatela. Y él se traga
la leche blanca. Está enamorado de unas
manos. No son unas manos seguras. Son
unas manos gordezuelas, con hoyitos. En
cuanto el autobús llegue, y le falta poco, las
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podrá besar. Las besará y ya sabe lo que esas


manos van a responder. Cachetazo en la cara
o en las nalgas, entre lo cruel y lo cariñoso.

Apenas trae dinero. Monedas. Las recuenta


después de cada gasto. En el viaje, un
bocadillo en Ucea. Empleó todos los
billetes en un regalo. Se levanta y lo saca
del portaequipajes. Abre la caja. A su novio
le gustan los regalos. Porque le gusta pensar
que es su novio, aunque no lo sea. Aunque el
otro jamás le consienta esa palabra. Pero él,
entre el resto de chaperos, siempre dice mi
novio. Es el único con el que le gustaría estar
casado y no salir de noche. No le importaría
venirse con su novio a su pueblo, dejar la
ciudad. Piensa todo eso mientras el autocar
se come los últimos kilómetros.
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La vida en los pueblos ha cambiado mucho


últimamente. La gente ya no es tan atrasada.
En otros tiempos a uno como él lo apiolaban.

– A uno como tú. - Dice el gordo, su novio


de manteca.
– Y como tú. - Le contesta él. - Los que eran
como tú tampoco escaparían. - Añade.

El diálogo es rencilla de maricas. Amor,


necesidad y desprecio a partes desiguales,
según ocasión y lugar. Se han besado en la
cara con mucho mohín por parte del que
recibe, con cierto recelo del que llega. Antes
de ponerse en marcha:

– Tu regalito.
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– Uhmm. - Como diciendo qué será, a ver


cómo te has portado.
– Me he gastado todo lo que tenía para
comprártelo.
– Y ahora esperas que yo corra con todos
los gastos de tu estancia...
– Anda, ábrelo, no seas rancio, lo he hecho
con todo el amor del mundo.
– Una sandez más de ese calibre y te monto
en el autocar...

Los pasajeros, asomados a las ventanillas,


los contemplan; el de las gafas nariz abajo
los estudia de arriba abajo. Los pasajeros
ahora, cuando el autocar reinicia la marcha,
se atreven a bromear. Los pasajeros lo saben
todo sobre ellos. Lo que les gusta o no. Y
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se empeñan en demostrarlo. Según uno, lo


que más, que les den por el culo.

Se quedan los dos solos en el andén, trabados


en su torpeza para salir airosos de cualquier
situación.

–¿Te gusta?
– Uhmm.

El expendedor de billetes los espía desde


su nicho acristalado. Si él pudiera, si por él
fuera, los apiolaba, pero ahora hasta pueden
casarse. Un primo de su mujer es así, del tipo
que tiene el forastero. Poquita cosa, feucho,
con greñas de mujer, pálido. No como el
gordo, el hijo de la maestra. Al gordo lo
conoce bien desde el colegio. Un acusica
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llorón, siempre bajo las faldas de su mamá.


Antes se cortaba, iba a la ciudad. Lo veían
siempre en los billares, asustado, con los ojos
que se le salían de las órbitas, relamiéndose
de mirar a los jugadores. Pero ahora sus
amiguitos vienen al pueblo. Y no es el único:
hay una plaga. Hasta en la familia. Cruza
los dedos. Tiene un hermano que no quiere
saber nada de hembras, siempre entre libros.

– Un sábado te llevo al Garden. - Le dice


ante la madre.
– Deja a tu hermano en paz. - Dice ella.
– Tiene que espabilar. - Replica él.

Antes había tabernas, luego discotecas. Las


eras se llenaban de parejas con los culos
blancos al relente. Los culos, como panes
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antes de cocer, de las hembras. Más tarde,


el Garden abrió en la carretera. Y los culos
empezaron a achocolatarse. Allí llevaron al
hijo de la maestra en una ocasión, para que
se hiciese un hombre.

– Imposible. - Dijo la puta, y lo entregó a


las fieras, a sus amigos.

Después de aquel episodio, el gordo no


volvió a salir en el pueblo. Un día probó en
la ciudad. Encontró un lugar. También lleno
de hienas. Pero diferente, como él. Tampoco
él era un ángel, a pesar de su rechoncho
aspecto seráfico. Sabía gastarse muy mala
leche. Y un día la derramó toda sobre el
adefesio. Nadie nunca le había hecho tanto
caso. El canijo se enamoró.
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– Vamos. - Dice el gordo, envuelto su cuello


de foca en el pañuelo de seda. Suda a chorros.

El canijo se rasca la cabeza con las uñas


pintadas.

– ¿Qué te pasa?
– Son los nervios, llevo todo el día con
picores en la cabeza...
– ¿No vendrás con piojos encima?

De ahí en adelante se rasca a hurtadillas.


No quiere dar ningún pretexto para que el
otro lo largue antes de lo acordado.

Duermen cada uno en una cama. El anfitrión


en la suya. El huésped en una de mueble que
ha desplegado en un cuarto con fotografías
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de gente que ya está criando malvas.

El canijo intenta meterse en la cama del


gordo, pero no hay forma. El dormitorio
tiene echado el pestillo por dentro. Uno
sonríe y se pliega al sueño, que lo empapará
en sudor. El otro maldice, se rasca la cabeza,
casi seguro de que ha cogido piojos. Ha
estado unos días con sus sobrinos. Los
chiquillos se rascaban como monos. Su
hermana le dijo que habían pillado piojos
en el colegio y que ahora se los habían
pasado a los mayores. Su madre, tan viejita,
se rascaba con ansiedad. Su madre no lo
conoce. Pregunta:

– ¿Y este muchacho quién es?


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Su cuñado se lo dijo a su hermana, él lo oyó


mientras se desvestía para acostarse en el sofá:

– Mejor para tu madre.

Otro dardo de su cuñado. Su cuñado es un


hombretón con un trailer a sus espaldas.
Pero él sabe de qué pie cojea. Lo que pasa es
que no quiere hacerle sufrir a su hermana.
Por eso se está callado y sonríe.

– Adiós, mamá, bonita.

Regresa a su cama, y durante unos segundos,


maúlla como un gato. Se rasca. Pero está
muy contento. Van a dormir por primera vez
bajo el mismo techo. Desayunarán juntos.
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Entre sábanas, sueños. Los dos sueñan con


imposibles. El canijo con el amor del gordo,
con una vida de pueblo, de chismes de
viejas, con los dimes y diretes enquistados;
del azadón de los destripaterrones antaño
al portátil en zona wifi hoy. El hijo de
la maestra con golfos que sonríen como
golfos y aunque le da miedo a esos sí que
les dejaría que lo enculasen, no al canijo
con picha de tití que duerme al otro lado de
esa pared. El caserón se llena de ronquidos.
Las presencias se pasean por las estancias.
La maestra hermosa contempla al hijo, que
a sus cincuenta años le sigue pareciendo
un bebé rollizo. La maestra era guapa,
pero estaba loca. Cayó en el fanatismo
del rosario, del Ángelus, del Vía Crucis.
Antes se había entregado a la pasión por
53

el cipote del marqués que la desvirgó. El


aristócrata atendía a la alta misión que desde
generaciones se le había encomendado a los
de su clase, la de hacer desgraciadas. Así
que no se paró en la maestra. Cuando le
produjo hartazgo la abandonó con el vientre
hinchado como un balón de reglamento. El
pueblo está lleno de hijos de aquel marqués
fornicador. La maestra enloqueció al verse
privada del ardor amoroso, se entregó a
prácticas vegetarianas: zanahorias, nabos,
pepinos. Más tarde, vino el arrepentimiento
y los buitres de la sotana la ganaron para su
causa. La calentura apenas la dejaba dormir
por las noches. Durante el día usaba hábito
y cilicio. A veces decía cosas extrañas en
clase y los críos se reían. Un día se asomó a
un pozo para sacar el cubo y cayó dentro. Su
54

hijo estaba en el servicio militar. Lo hicieron


venir. Vino de mala gana, con razón.

Cuando volvió después del entierro los


reclutas ya tenían a otra para las pajas. La
maestra no lleva una sábana por encima,
ni es jirones de niebla que se cuela por
los poros de la materia. La maestra es lo
que acabamos de decir arriba. Esa es su
calidad. La maestra es historia, relato.
Por eso, muerta puede estar con los vivos,
como el retrato que hay en la habitación
en la que duerme el amiguito de su bebé.
El muchacho es un adefesio. El carillón de
un reloj da todas las horas y las medias. El
canijo las cuenta. Lee en su libro la receta
55

para hacer que alguien se enamore de uno.


Se pregunta quién es la mujer guapa que lo
mira desde el retrato que hay en la pared.
Mañana habrá de conseguir unos cordones
de zapato de su amigo, mejorana, alcohol
y su pañuelo usado. Se duerme cuando los
gallos empiezan a cantar. Hasta el mediodía,
la casa fue un sarcófago de silencio.

El gordo estaba envuelto en una bata de satén


color berenjena. El canijo abrió los ojos y
lo vio. Se le dibujó una sonrisa amarilla,
como un plátano.

– Levántate, me tienes que preparar el


desayuno.
56

Se rascó la cabeza, de súbito paró. Las greñas


se le quedaron enredadas.

– Pareces una loca. - Le dijo.

El otro puso su mano de muñeco sobre la


mano del gordo. Este la retiró.

– ¿Quién es esa mujer tan guapa?


– Mi madre, era la maestra del pueblo.
– ¿Ha muerto?
– Hace muchos años. ¿Tú tienes madre?
– No me conoce. - Dijo el canijo, y se quedó
pensativo.
– Me prometiste que te ocuparías tú de todos
los asuntos de la casa. - Recordó el otro.
– Desde luego. - Y volvió a mostrar el
plátano de su sonrisa. Luego saltó de la cama
57

en calzoncillos. Tenía unas patitas delgadas


como de pájaro zancudo que camina sobre
los estanques.

El pueblo tiene poca cosa que ver. La iglesia


y el castillo ruinoso. El sol castiga las
plazas. Sólo salen de la casa cuando el sol
empieza a declinar. La gente los estudia sin
necesidad de disimulo, con el descaro por
delante. Pasean por la carretera que sale del
pueblo. Un coche les da una larga pitada y un
enjambre de muchachos saca sus cabezones
huecos por las ventanillas para gritarles.

– ¿Los conoces, son del pueblo?


– Sí.
– ¿Qué han gritado?
– No sé...
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Al gordo lo llaman el marquesito. No sólo


por su ascendencia paterna, sino también
por los modales que se trae. Es fino,
elegante, anticuado, pero poco inteligente.
Lo suficiente sólo para no haberse marchado
del pueblo. Ha escrito versos y ha cometido
el error de publicarlos. No necesita ganarse
la vida porque prescinde de los gastos
superfluos. Se vale bien con la pensión que
le quedó por el accidente. Volvió al cuartel
después de ver como su madre descendía
al corazón de la tierra en un submarino
fúnebre. Se sentó en una silla y una bala le
hizo justicia, al fin y al cabo justicia poética:
le arrancó los cojones.

– Para lo que los quiero. - Dicen que dijo. - Pero


no es verdad. Estuvo una semana llorando.
60

Gracias a un alférez de complemento,


consiguió mover los papeles para conseguir
una pensión. El autor del disparo era capitán
y estaba como una cuba.

– Le he arrancado los cojones a un


mariconcete. - Nadie dijo lo que había dicho,
pero esas fueron sus palabras en la cantina.

En el pueblo nadie tenía muy claro el incidente.


Había versiones confusas y contradictorias. El
hijo de la maestra nunca dijo esta boca es mía.

Se sientan en una terraza y piden sus


consumiciones. Las piden con ese
apocamiento que tienen los pobres. Ese
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llanto interior o desgarro que se produce


con cada gasto. El canijo va por la patilla.
Está arrepentido de haberse pulido todos
sus fondos en el pañuelo para su amigo. Es
un regalo para mi novio, dijo en la tienda,
para presumir. Están al fresco, el gordo
habla, cuenta chismes, mentiras; el otro
se deja embaucar más de lo que ya estaba.
Algo de lo que dice coincide con lo narrado
aquí, pero la mayor parte es su versión de
los hechos. De lo que ha vivido y de lo que
le han contado. Cada vez que el hijo de la
maestra abre la boca, los ojos del canijo se
redondean de admiración, de amor. Ojos
que son como bocas hambrientas, pozos
que salen hacia fuera, abismo por el que se
62

le sale el alma, que le sube desde la barriga,


con una sacudida en el bajo vientre, donde
querría ese otro agujero que no tiene.

La súplica le sale luego de los labios:

– Déjame dormir contigo, sólo dormir, anda...

Se rasca la cabeza por puro nerviosismo y


por picor. El otro detesta ya el gesto. Se
lo ha visto hacer demasiadas veces al cabo
del día. Le sobreviene en ese instante el
arrepentimiento de haberle invitado, de
estar con él ahora a solas. Siente pereza
63

anticipada por las maniobras que ha de poner


en marcha para deshacerse de su adoración.
Pero cuando por fin se encuentre en su cama,
tras el pestillo echado de la puerta, habrá de
reconocer que se ha divertido, que las horas
del día no han tenido ese color invariable
de ceniza que conoce desde que era un crío.

Unos días, se dice, que pase unos días aquí,


y que luego se largue.

Un prurito persistente en la nuca, en la


coronilla y detrás de las orejas le insta a rascarse
con fuerza antes de entregarse al sueño.
III
LAS MOSCAS
68

M I CUÑADA SE EMPEÑÓ EN QUE LA COMIDA


tenía que ser fuera, en el jardín. Intentaron
convencerla de que al mediodía la parra no
iba a ser suficiente para protegernos de la
insolación, pero mi cuñada era muy terca,
bien lo sabía yo, y no dio su brazo a torcer.
Mientras en el exterior todos daban cuenta
de la paella, con goterones de sudor que
les caían de la frente al plato, yo me comía
a mi cuñada en una de las habitaciones de
dentro, que a esa hora estaba ideal, fresca y
perfumada. Mi cuñada se había abierto de
piernas dejándome al aire aquel jugoso fruto
de temporada, como si se tratase de una raja
de sandía, después de haberse pasado las
69

últimas horas calentándome, en la piscina,


durante el paseo en bicicleta y luego cortando
las verduras para la ensalada. Las peras de
mi cuñada tienen en la punta dos botones
de los que me acuerdo siempre que voy al
supermercado, porque allí se los ponen de
cera al final del rabito. A mi cuñada le gusta
que suba de la sandía a las peras y que le de
una bofetada en la cara, sin transición, con
ganas y gesto de desprecio. Mi cuñada y yo
estamos enamorados. Antes de volver a la
mesa y de acabar la paella en compañía de
toda la familia, mi cuñada ya me ha comido
el rábano como si fuese un hueso del que
se saca el tuétano por absorción. Temo que
70

antes de que acabe el verano alguien nos


sorprenda y supongo que a ella también se
le pasa este riesgo por la cabeza. Pero me
parece que a ambos nos importa eso mucho
menos que lo que nos lleva a buscarnos en
ciertos escondites. En cuanto mi cuñada
nota que la polla me empieza a hervir me
mete un dedo por el culo. Esa es la señal
para que yo le meta otro a ella. Luego, en la
sobremesa, ni nos miramos, cada cual a sus
ocupaciones y quehaceres; por mi parte me
suelo echar a la bartola.

Las moscas se refugian en la sombra, las


moscas están dulces, atontadas, y liban las
comisuras, brillantes de helado, de quienes
71

sestean en las hamacas y tumbonas. Zumban,


se eternizan en sus estupideces.

– ¿Quién quiere café?

¿Quién lo pregunta? Creo que es tu cuñada.


Vaya verano que llevas, desdoblado. Tú
mismo en tu cabecita: uno hace la pregunta,
el otro contesta. No abres los ojos, sigues
haciéndote el dormido y simulas que
dormido te espantas las moscas. Eso es una
señal dirigida a ella, pero, ¿la habrá pillado?
Una señal inadvertida para los otros, que no
saben nada. Cada manotazo que te das en
la cara quiere decir “tengo ganas de pillarte
otra vez a solas, te vas a enterar como te
72

coja” y tu cuñada, que te las espanta con sus


“ay, pobrecito, las moscas se lo van a comer”,
quiere decir: yo también quiero pillarte.

– Aaaaaahhh, aaayyy, aaayyy, aaaaahhh,


aaayyy...
– ¿Pero qué le pasa a ese niño?
– Se ha caído.
– Esto es un rasguño de nada, mi vida. Sana,
sana, culito de rana...
– Mira, papá me he caído, pero la tita me
ha curado...

Y tú besas donde ella puso el beso.

La piscina se va llenando de niños. Hay que


vigilar a los pequeños.
73

– Que todo el mundo tenga puestos sus


manguitos.
– Papá, yo ya sé nadar bien.

En la radio suena una canción de moda y


ella baila con uno de los pequeños, antes de
soltarlo en el agua con su chaleco salvavidas.
Eres el monitor de natación, estás dentro de
la piscina, no puedes salir. Ella ayuda a los
niños a entrar en el agua, reparte fideos.

– Hacedle caso a vuestro tío. - Le recomienda


a los mellizos, que son suyos.

Te gustaría poder mirarla ahora como


cuando os encontráis a solas en cualquier
rincón perdido de esa casa solariega, pero
74

muchas veces te reprimes. ¿Qué señal le


podrías enviar en este momento? Y tú
mismo te dices:

– Palmea el agua.

Y comienzas a hacerlo. Le das tortazos a la


superficie rizada de la piscina llamando a
los niños por su nombre, colocándolos en
sus puestos. Y dejas para el final los suyos.
Gritas su nombre y palmeas el agua a la
vez, como si quisieras decirle:

– Una azotaina como esta no te la quita nadie.

Los críos gritan al unísono:

– Sííííí. ¡Ella también al agua!


75

Os hace un gesto de burla, se da media vuelta


y desaparece en la casa.

De repente caes en la cuenta: todo ha sido


una trampa, una trampa destinada a ti.
Estás en la piscina con los niños y no puedes
dejarlos solos, la clase ya ha empezado. En la
casa están ella y su marido. Se van a quedar
a solas. Los demás han ido a la ciudad. Por
eso te ofreciste para enseñarles a nadar a los
niños, porque querías quedarte con ella en
la casa el mayor tiempo posible, aunque no
estuvieseis a solas. Sin embargo, su marido
llegó anoche en el último momento y
ahora duerme. Es fácil suponer que ella va
a prepararle el desayuno y se lo va a llevar
a la cama. Los niños enseguida advierten tu
cambio de humor, la clase se convierte en
76

un caos y eres incapaz de poner orden. Al


cabo de un rato, su marido aparece por la
piscina con una estúpida sonrisa de oreja a
oreja, esa que sientes que deberías llevar tú.

– Bueno, chicos, orden. - Grita, pero no


para que le hagan caso, sino para decirte
a ti que te vayan dando mucho por el culo
mientras él esté allí.

Anoche saliste y ahora yaces moribundo en


la tumbona.

– ¿Pero cuántos cubatas te tomaste? - Te


preguntan.
– No sé, tampoco fueron tantos...
– Al parecer ibas muy bien acompañado.
– ¿Quién ha dicho eso?
77

– Te vieron con una rubia.

Sonríes con los ojos cerrados; donde las


dan las toman y al revés, bonita, ahí llevas.
Anoche no te apetecía salir, no te apetecía
beber, no te apetecía bailar, no te apetecía
acercarte a aquella chica, pero hiciste todo
eso por este momento, sólo por paladear
la dulzura de la venganza, esos celos
devueltos. El aire se ha rizado, lo notas,
y es que tu cuñada está furiosa. No dice
nada y ese silencio carga el ambiente de
electricidad. Todos te preguntan por tu
aventura nocturna. Eres un hombre libre,
nadie te reprocha nada. Llevas ya tres años
viudo, eres un padre ejemplar, pasas parte
de tus vacaciones de verano en la casa de
tu familia política, para que tus hijos estén
78

con sus primos, y para ellos eres como uno más.

– Bueno, nada, estuve hablando con la chica,


eso es todo. - Dices.

Y ella levanta una revista de la mesa de


plástico del jardín y la sacude. Enfoca a una
mosca que chupetea los restos derramados
de café y azúcar y ¡zas! ¿Tú lo has visto? Pues
yo tampoco, como si te estuviera diciendo,
¿ves lo que le ha pasado a la mosca? Pues tú,
lo mismo.

Luego, lo juro, que así fue, empezaron a caer


goterones gordos de lluvia y nos tuvimos
que meter todos dentro de la casa.
79

La tarde se organizó dentro para que los niños


merendasen y estuviesen entretenidos. En
primer lugar, disfraces, y luego el escondite.
Algunos mayores se apuntan a los juegos.
Tú esperas a ver lo que su marido decide y
en cuanto dice que él va a ver el ciclismo,
saltas del rincón, desde el que con un ojo
seguías los acontecimientos de la sala y con
el otro repasabas siempre la misma línea de
una novela. Hay que abrir un baúl y repartir
lo que contiene: vestidos, sombreros y
pañuelos, que huelen a rancio. Y poco a poco
en medio del traperío empieza a despuntar
medio pirata, casi una gitana con su bola,
partes de una bruja o un soldado, si no se es
muy riguroso en la revista de la tropa. Ella
80

es una dama de las camelias y tú con esa


levita desgastada pareces un médico rural
en un baile. Cuentas hasta cien, porque te
toca quedarte y oyes como remueven toda
la casa buscando el lugar donde esperan que
no los encuentres y desde el que salvarse.
Levantas la cabeza y gritas:

– ¡Que voy! - Justo a tiempo para ver la cola


de un tigre que merodea detrás de la puerta.

Te entretienes con los más pequeños para


que ella vaya teniendo tiempo de entrar en
las profundidades de la casa y que allí te
espere, porque eso es lo que le estás diciendo
a ella con tus bromas a los críos.

– Creo que todavía me falta alguien por


encontrar. - Dices al cabo de un rato,
81

cuando ya has encontrado a aquellos que


no han sabido aguardar con paciencia en su
escondrijo una oportunidad para salvarse.
– Te faltan dos. - Grita Adela, que es una
despabilada echadora de cartas, lectora de
la buena fortuna.

En efecto, falta ella, pero también Luis, el


amiguito de la calle, hijo de los vecinos, que
viene todas las tardes a jugar porque está
solo y se aburre. En ese momento deseas
que a Luis lo arrolle un tren.

– La tía y Luis. Bien, vamos a ver por


dónde empezamos. - Dices, y en ese preciso
instante, empiezas a tomarte el juego en serio.

Avanzas muy despacio por el pasillo


asomando la cabeza al interior de las
84

habitaciones, despegando las puertas de la


pared para comprobar que nadie se oculta
detrás. Sin saber por qué exactamente el niño
escondido te está poniendo de un humor de
perros. En la planta baja se ha oído algo, pero
si te arriesgas escaleras abajo, ella podría
salir por arriba y salvarse entre la algarabía
de los chiquillos. Y quieres dejarla para el
final. Quizás es ella la que ha hecho ese ruido
adrede, como si te estuviese diciendo:

– Estoy aquí, cobarde.

Las moscas han invadido la casa, vuelan


en círculos hipnóticos al fresco de las
habitaciones.
85

– Luisito, Luisito... - Empiezas a susurrar


para incitarlo a moverse del escondrijo en
el que se ha agazapado.

Te asomas desde el quicio de la puerta y su


marido te devuelve una mirada con la que
parece que te dice:

– Lárgate de aquí, imbécil.

Retrocedes con sigilo. En todo este tiempo


una mosca sobre tu sien te ha acompañado.
Desde que él te ha mirado estás empeñado
en deshacerte de ella a manotazos, como si
de esa manera pudieses desprenderte de esa
sensación que él te inspira, consistente en
86

anularte. Y por fin caes en la cuenta. Ya sabes


dónde está el jodido niño. Estás seguro. Es
él el que lo protege. Así que simulas que
te alejas de allí para diseñar una estrategia
que los despiste a ambos, según la cual
te conviene que piensen que eres idiota.
Empiezas a silbar por la otra punta de la
casa, como si te dirigieses a las escaleras
que van al piso inferior. Es entonces cuando
suena el teléfono y no hay otro adulto cerca
para cogerlo que tú mismo. Sin dejar de
vigilar todas las salidas por las que Luisito
se podría salvar, levantas el auricular:

– ¿Sí, dígame?

Una voz de hombre pregunta por ella. En un


segundo tu mente le da una vuelta al globo
de la tierra. No vas a desbaratar el desenlace
87

del juego por culpa de un desconocido, que


sin pudor quiere entrar repentinamente en
vuestra intimidad de escondite y disfraces.

– ¿Quién es? - Te preguntas, pero no se lo


preguntas a él, siendo lo que más te interesa:
¿Quién eres? - No está. - Le contestas.

Al otro lado, es evidente que el tipo no


esperaba esa respuesta, dando por hecho que
ella saldría de donde estuviese para colgarse
al auricular. Y de improviso, te atreves:

– ¿Quién eres?
– Soy un amigo. Bueno, ya llamaré en otra
ocasión.

Luisito pasa ante ti corriendo como una


exhalación para salvarse a sí mismo y a
88

todos sus compañeros. Ha salido, en efecto,


de la sala donde el marido estaba viendo
el ciclismo. Y tú, sin pensártelo, echas un
pie hacia delante y el niño tropieza con él,
yendo a parar de bruces al aparador donde
se guarda la vajilla. El trompazo hace que
las puertas se abran y parte de la loza caiga
al suelo partiéndose por la mitad. Ante tan
tremendo estropicio a ella no le queda más
remedio que salir de la habitación en la que
te aguardaba, y las moscas, que volaban en
círculo sobre vuestras cabezas, se detienen
en el aire un instante para observar con ese
aire bobo, tontuno, de no entender, o de
haberlo entendido todo hace mucho. Una
baja y se posa en tu nariz.

La tarta lleva un rato en el centro de la mesa y


aunque el sol ya no es el señor todopoderoso
89

del mediodía y bajo la parra empieza a


correr una brisa, por uno de los laterales
ha empezado a deshacerse, porque en su
traslado desde la confitería por la mañana
y hace un rato desde la fresquera, ha sufrido
por esa parte importantes desperfectos que
con una espátula o una mano no demasiado
hábil ha querido disimular.

– Pero bueno, ¿a quién se le ha ocurrido


poner la tarta ya? Va a derretirse.
– Oye, que son casi las seis de la tarde,
llevamos tres horas comiendo...
– La tarta ya es de la merienda.
– Venga, por favor, vamos a empezar con la
tarta antes de que se derrita...
– Llama a tu madre.
– ¿Dónde está?
– Ha entrado a la casa.
90

– Dile a los niños que dejen la piscina


inmediatamente y suban.
– ¿Con quién están allí?
– Con Francisco.
– ¿Pero no le vamos a poner unas velas para
que las sople?
– ¡Claro!
– En el cajón de la mesa de la cocina hay
alguna vela de cumpleaños de los niños.
– Ya voy yo.
– No hace falta. Aquí traigo la única vela
que hay, las demás han desaparecido.
– Se las han llevado los niños a su cabaña,
estoy seguro. Habrá que hacer una inspección
para requisarles el material prohibido.
– Eah, en esta parte es donde únicamente se
sostiene. ¿Alguien tiene un mechero?
91

Sobre un tres de cera roja arde una llama de


efectos devastadores para la tarta. El tres no
tiene nada que ver con su edad y se suscita en
ese momento una polémica sobre la misma,
pero la prima que celebra su cumpleaños
no aclara nada entre bromas y veras.

– Todos los años es igual.

Lo que nos llega a los platos es un amasijo


indefinido de nata, bizcocho y crema de
fresa con chocolate. Está muy buena, en eso
todos los comensales estamos de acuerdo.

– Hay que dejar para que los niños merienden.


– ¿Alguien quiere una copa?
– Yo.
92

– Y yo.
– ¿Y tu marido no ha podido venir por las
guardias?
– No, es que está de viaje, en un congreso.
- Contesta tu cuñada.

La miras, esta vez sí, como si después de


haberte comido el trozo de tarta te la
pudieses seguir comiendo a ella. Pero
quizás es más cómo imaginas que la miras
que realmente cómo la miras. Es muy fácil
adivinar las formas de su cuerpo dentro de
esa bata veraniega que usa para estar en la
finca. Una de las moscas, después de haberse
atiborrado de nata, se ha colado dentro de
ella, por el hueco que le hacía el vestido
al inclinarse para recoger de la mesa un
tenedor que ha limpiado con la lengua. Te
94

ha dado tiempo de verle las peras dentro


del biquini.

Todos los años no es igual, piensas, a


pesar de que pueda parecerlo. Que lo siga
pareciendo y que siga siendo tan distinto
a los otros, es tu único deseo. ¿Qué habrá
pedido ella? Porque cuando todo el mundo
le insistía a la prima para que pidiese un
deseo antes de soplar la vela, imaginabas
que ella y tú mismo también tenías derecho
a pedir uno.

Estás tumbado con las manos dobladas sobre


el vientre, a la sombra, con gafas oscuras.
La mosca muerde, va y viene, de tu cara al
borde del vaso con el refresco. Y piensas
que a ella, a tu mujer, a la hermana de tu
95

cuñada, la colocasteis en una postura muy


semejante. Después cerraron la caja y ya no
la volviste a ver más. Piensas en ella y la
ves así, boca arriba con las manos cruzadas.
Ahora estás tú en esa postura y piensas en
que podía haber sido al revés. Ahora ella
tumbada boca arriba con un refresco al
alcance de la mano, una mosca que no la
deja en paz, pensando en ti, tumbado boca
arriba, con los brazos en cruz, última imagen
tuya con la que se habría quedado antes
de que cerrasen definitivamente la caja.
Pero las cosas ocurrieron como ocurrieron
(¿tan seguro estás?) y el coche se salió de
una curva terraplén abajo hacia la reseca
rambla. Ella tenía un golpe en la sien, no
había sangre. Tú te rompiste la nariz y lo
pusiste todo perdido. Pero ella ya se quedó
96

con los ojos cerrados, así, como dormida,


como a veces sucedía mientras tú conducías
para despertar con una sonrisa y tocarte
el brazo, aunque aquella vez algo falló. Te
quedaste esperando su sonrisa, el roce de
sus dedos en tu brazo. Sin embargo, a veces
en el sofoco del verano, mientras los críos
se lanzan en bomba a la piscina, dudas de
todo eso, de lo que ves y de lo que oyes, del
zumbido de las moscas incordiándote en la
siesta, del sol que castiga sin clemencia, y
quizás haya habido un error, un error en el
que la vida perdura contra lo ocurrido, a lo
mejor fue ella la que sobrevivió y tú, aparte
de romperte la nariz, palmaste. Si es así, qué
pasa contigo; y si no es así, qué pasa contigo.
Tu cuñada viene y te sujeta los brazos
cruzados, te agarra con fuerza, te amortaja.
97

– Se ha ido, nos podemos ver más tarde. -


Te dice al oído.

¿Te lo dice? Su marido ya se ha marchado


y tardará un par de semanas en volver.
En el interior de la casa, en una de las
habitaciones anuladas de la planta baja,
volveréis a encontraros y actuaréis como
si tuvierais quince años, ¿cómo si tuvierais
quince años?

Tu mujer y tú frente a frente. En medio


una lápida, unas flores frescas, una frase
de recuerdo que menciona a vuestro hijo.
Da un poco igual lo que está ocurriendo en
vuestra vida, es lo mismo que sea el muerto
el que se obsesiona con su cuñada, él el que
la persigue, él que se inventa una relación
98

que no existe, que sea el vivo, él que viene


con cara de culpabilidad por lo que hace
con su cuñada en un sótano durante un
verano. El cementerio está en la parte alta
de la ciudad, el sol achicharra el día, hay
muy pocos rincones de sombra. Si llegas
hasta uno de ellos, ten por seguro que allí
habrá un enjambre de moscas zumbando
su necedad. Cuando te bajas los pantalones
y el culo se te queda al aire, en tanto que
embistes sobre el trasero torneado de tu
amante, una mosca, a la sombra siempre, se
te posa en un cachete y allí es mecida por el
vaivén que a ti tan encandilado te lleva de
una parte a la otra de la vida o de la muerte.
IV
FUNERAL
104

M IS AMIGOS Y MI FAMILIA NO SABÍAN SI


estaba viva o muerta. Yo misma no lo sabía,
tendida en aquella camilla de urgencias,
con las piernas ligeramente separadas,
enseñándole las bragas al viejo de la camilla
de enfrente. Los médicos se habían alejado
unos pasos hasta la mesa y uno empezó a
rellenar un informe. Si pudiera echarle un
vistazo sabría lo que tengo, pensé, o si estoy
viva o muerta. Pero no podía moverme, ni
tan siquiera cerrar unos centímetros las
piernas, lo justo para dejar de enseñar lo que
el anciano ya se sentía incómodo viendo.

En aquel estado, sin embargo, era fácil


para mí transportarme desde allí hasta la
sala de espera. Pero los techos del hospital
105

parecían tener un poderoso imán del que


no me conseguía despegar, de modo que mi
paseo era por las alturas. Mi madre lloraba
y buscaba consuelo en el difícil hombro de
mi padre. Sus coronillas se aproximaban y
se repelían alternativamente. Había llegado
Ferrer, mi novio, rubio como un cantante de
moda, y había ofrecido presto su hombro.
Lo había cogido Inés, que se deshacía en
lágrimas. Y entonces fue cuando me di
cuenta de que en el interior de mi amiga
había una zorra.

– ¿Qué pasa, puta, todavía no sabes si estoy


viva o muerta y ya estás trabajándotelo? - Le
grité desde el techo de la habitación, pero
fue en vano, no me oyó.
106

Hasta aquel instante, Inés había sido mi


mejor amiga y mi última confidencia se la
había hecho a ella esa misma mañana por
teléfono antes de salir para clase. Ahora
lamentaba haberlo hecho. Regresé con los
doctores por el simple hecho de quererlo,
sin tener que remar con los brazos, pero
me fue imposible sacar nada en claro de sus
caras. Lo mismo podía estar viva que muerta.
A esas alturas me importaba poco tener las
piernas más abiertas de lo que aconsejaba
el decoro en una chica del último año de
instituto. Hacía meses que se las había
abierto a Ferrer. Pero uno de los médicos,
el más joven quizás, un chico que se había
ruborizado varias veces desde que entré por
la puerta de urgencias, me subió la sábana
hasta la cintura. Buena señal, me dije, si no
me tapa la cabeza es que todavía estoy viva.
107

Tenía una herida en la sien, por la que me


había salido uno de esos hilillos de sangre tan
trágicos. Cuanto más delgados, más dañinos.

– El casco se le ha roto con el impacto. - Dijo


uno de los médicos que me había traído en
la ambulancia.

A mí de todas formas me preocupaba mi


moto, que se la hubiesen dejado atrás y
cualquier chorizo se la hubiese llevado. Una
vez me la robaron y Ferrer me la encontró.
Se la llevaron de la puerta de mi casa, en
apenas un par de minutos, que fue lo que
tardé en subir y bajar. Ferrer fue al poblado
de chabolas andando y volvió subido en ella.
Así que no es extraño que todas las chicas lo
quisieran para sí, pero de momento estaba
conmigo.
108

De momento estaba conmigo, pensaba yo,


sin saber a ciencia cierta si seguía viva.
Aunque Inés ya se había abrazado a él,
llorando por mí como una magdalena, la
muy puta.

Aquella misma noche, la de la recuperación


de mi Mobilette, quise darle las gracias por
todo lo que hacía por mí sin pedirme nada
a cambio. Sabía que Ferrer había salido con
chicas mayores que yo, chicas que además de
besar (yo besaba), también hacían caricias
dentro del pantalón. Nos montamos en la
moto y nos fuimos a la playa.

– ¿Alguna chica te lo ha hecho con la boca?


- Le pregunté.
109

Se le pusieron los ojos más redondos que la


luna llena que había en el cielo.

– No... - Me contestó.
– Pues yo voy a hacértelo así.

Y me callé y no volví a hablar hasta después


de que él aulló como un lobo.

– Ahora tú tendrás que hacérmelo a mí. -


Le dije.

Y a su aullido yo le contesté a los pocos


minutos con el mío. Desde entonces, Ferrer
y yo no habíamos dejado de buscarnos los
escondrijos del cuerpo. Anoche mismo
habíamos encontrado el gusto que da por ahí.
110

Y esta mañana se lo dije por teléfono a Inés:

– He dejado que me lo haga por ahí y me gusta.

Ella gritó al otro lado del aparato. Luego


dejó escapar unos chillidos agudos y
entrecortados de nerviosismo. Inés no dejaba
que su novio le tocara por debajo de la ropa.

Pero mira lo pronto que se ha echado a los


brazos de Ferrer. Seguro que si fuese él, la
mosquita muerta iba a seguir siendo virgen.
Seguro, vamos.

Y me parece mentira. Haber estado anoche


con él así y encontrarme ahora aquí, que ya
pueden tocarme donde sea, aunque lo haga ese
médico joven que se ruboriza, que me da igual.
111

El viejo ha vuelto a echarme un vistazo y


se ha encontrado con una momia de medio
cuerpo para abajo. Quizás es que si me tapan
la cabeza el resto de pacientes puede sufrir un
shock. Quizás estoy muerta. No lo sé. Y me
es muy difícil averiguarlo. Lo más parecido
a esto que recuerdo (sin parecerse) es una vez
que tuve fiebre. Llevaba ya tantas horas en
la cama, tenía el cuerpo tan insensible y me
encontraba tan débil, que apenas oía a papá
muy lejos llamando por teléfono al médico.

– No, no la podemos llevar a la consulta.


Tiene una fiebre muy alta.

Mamá estaba a mi lado con el termómetro


en la mano y una toalla mojada en agua
fría. Pero ahí yo tenía claro que estaba viva.
112

Entre viva y otro mundo.

Sentía la mano de mamá en la mía. La voz


de papá en el pasillo contándole al médico
lo que me ocurría, como si ellos estuviesen
en una película y yo fuera. El contacto frío
del fonendoscopio en mi pecho. El corazón
y el sudor.

De repente, salí por los aires y comencé


a ascender. ¿Cuánto tiempo estuve
ascendiendo? Luego, hacia abajo. Crashhh.
Pegué con la cabeza en el suelo. Oí cómo
el casco se partía. Y la moto derrapaba
sola. Alguien gritó. Oí las sirenas. Me dolía
tanto, tenía tantas ganas de llorar, que pensé
que me ahogaba, luego nada y ya no supe si
estaba soñando. Hasta que me escapé por el
113

techo hacia la sala de espera y vi a mi madre


llorando, la coronilla calva de mi padre, y
a Ferrer, tan guapo como siempre. Y sentí
una inmensa alegría de verlo después de lo
de anoche.

Pero luego llegó Inés y se abrazó a él,


seguramente pensando en lo mucho que le
gustaría que él se lo hiciera como me lo
había hecho a mí. Que eso lo noté yo, a pesar
del dolor que la embargaba, que no digo yo
que no fuese sincero. Que sus lágrimas por
mí eran de verdad.

Una enfermera trajo un biombo y me aisló


del resto de pacientes. Y eso me dio muy
mal rollo. Estoy muerta, tía, me dije. ¡Qué
putada! Pero enseguida me dio por pensar
114

en cómo me gustaría que fuese mi funeral.


Ahí se me fue la pelota mucho. Yo soy, era
(o había dejado de ser) así. Se me metía
una historia en la cabeza y hasta que no la
veía entera no paraba. Pues bien, a lo mejor
estoy viva, me dije, y todo esto es parte de
mi paranoia. Más de una vez había pensado
en mi muerte. Aunque nunca me la había
imaginado de esa manera, si es que me había
muerto. El caso es que ya empecé a pensar
que el médico joven sería el encargado de
anunciarles a mis padres y a Ferrer y a la
puta de mi amiga Inés que yo había muerto
como consecuencia del accidente. Al médico
se le atragantaban las palabras y yo sentía
que quizás durante unos instantes me había
deseado y había fantaseado conmigo. Me di
cuenta entonces de que Ferrer era un tipo
115

de hombre, pero no el único, y de que en


una oportunidad de esa vida que acababa
de perder podría haberme dejado amar por
el joven médico, tan distinto al único novio
que había tenido en mi corta y trágica vida.
Mi madre, para variar, no se desmayaba. Su
coronilla se crispó de repente. Se agarraba
a mi padre y enmudecía. La coronilla de mi
padre se rompía en un llanto y Ferrer caía
de rodillas y gritaba: ¡Dios, no! ¡Mi vida! Mi
amiga Inés lloraba en otro rincón, lejos de
mi novio, consolada por el suyo, por aquel
al que no le dejaba meter mano.

Así lo vi todo, tan claro, tan preciso, tan


sencillo, que me pareció que ya no existía
otra posibilidad. No obstante, el médico
que escribía el informe todavía no se había
116

levantado y en el lienzo blanco de su bata,


que levemente se hinchaba y deshinchaba
por la respiración, se me fueron apareciendo
las sombras de mis compañeros y amigos
del instituto.

Por allí pasaba la película de lo que mis


amigas decían al enterarse de mi accidente.
El revuelo que se levantaba en el instituto,
lo que mis profesores comentaban en sus
reuniones acerca de mí. La confusión de mis
vecinos. Y yo lo veía como en la pantalla
de un cine, desde la posición en la que me
encontraba, tumbada en la camilla y con la
cabeza hacia un lado.

En primer lugar un ángel me hizo una


introducción:
117

– Tía - me dijo con cierta guasa -, muy poca


gente tiene esta oportunidad.
– ¿Entonces es que estoy muerta? - Le pregunté.
– Ese asunto no te lo puedo contestar yo.
Tan sólo soy el ángel proyector. Pero no
necesariamente ha de ser que estés muerta.
¿Qué te ha ocurrido?
– Un accidente de moto. - Le dije.
– Todos los días hay cientos de casos como
el tuyo, una pena. Si es que los jóvenes
no queréis entender que las motos son
peligrosísimas. No sé lo que te ocurre, si
aún vives para contarlo, si vas a salvarte o te
quedarás en una silla de ruedas, pero mira
bien estas imágenes.

A pesar de la crudeza con la que el ángel


hablaba, a mí ya no me importaba mucho lo
120

que me sucedía. Mi atención se concentraba


en la pantalla, que era la espalda del médico
escribiente. El biombo me tapaba de las
miradas indiscretas de otros pacientes.

– Inés ha llamado desde el Hospital. - Dice


alguien de mi clase.

Mis amigas rompen a llorar al unísono. La


profesora también está nerviosa. Bajan al
despacho del director y se lo cuentan. El
hombre congestiona el gesto agrio. Recibe
una llamada y luego les dice:

– Todavía no se sabe nada, los médicos están


con ella.

Una de las niñas se desmaya. La asisten


121

las demás, pero están muy nerviosas. La


profesora dice que le levanten las piernas.
Se las ponen encima de los tomos de una
enciclopedia, por donde hice yo en el primer
trimestre mi trabajo para Historia.

En el váter, hay una reunión de fumadoras.


Fuman y cuentan los retales de lo que unas
y otras han conseguido saber acerca del
suceso.

– Parece ser que anoche ella y Ferrer cortaron,


porque él le ponía los cuernos con una de la
Universidad. Así que esta mañana vendría
despistada pensando y se saltó el Stop...

– Pero si dicen que el Stop se lo saltó la


furgoneta...
122

– Además, Ferrer lo había dejado con la tía de


la Universidad cuando se enrolló con ella...
– A lo mejor la seguía viendo...

Hablan y fuman. Y saben ser perversas.

Ferrer sale de la sala de espera. Sale por


la puerta del Hospital y comienza a correr.
Pasa un rato y sigue corriendo, no puede
detenerse. Le parece que en su carrera reside
mi única esperanza de vida. Que si se detiene
los médicos anunciarán que he muerto. Así
que Ferrer corre lejos del abrazo de Inés.

Inés llora sin parar, se deshace en lágrimas


y mocos. Llama a su novio y éste acude a
abrazarla. Luego los dos bajan a la cafetería
y allí Inés no puede hacer otra cosa que
123

contarle lo que esta misma mañana yo le


he contado a ella por teléfono, que anoche
Ferrer me la metió por el culo y que me
gustó. El novio de Inés se atraganta con el
descafeinado. Y a mí esa escena me resulta
muy divertida.

– ¿Me puedes poner otra vez lo último? - Le


digo al ángel.
– Si es que los jóvenes habéis perdido toda
la vergüenza, por Dios... - Dice, pero vuelve
a pasar esa parte de la película.

Luego se disculpa:

– Debo marcharme - me dice -, me han


llamado para una proyección urgente. La
película de su vida. Lo de siempre, vamos.
124

El tiempo en la camilla ha dejado de existir.


Podrían haber pasado unos minutos, pero
también un siglo. Todo podría estar congelado
o es que el discurrir de los segundos es
éste. Tengo los ojos entreabiertos y eso me
permite mirar y no mirar. Después de que el
ángel recoge sus bártulos de proyección y se
marcha, no miro. Me concentro en mí misma.

Discuto con Ferrer. Otra vez esa manía. No


quiere que hable con nadie que no sea del
grupo. Además está acostumbrado a hacer
siempre lo que se le antoja y a salirse con la suya.

Estaba jugando con una escopeta de aire


comprimido y la cargó con el palo de un
Chupa-Chups. Llegó un muchacho de esos
que son tímidos y que apenas se atreven
125

a hablar con nadie, le apuntó en el culo y


disparó. El palo se le quedó clavado en el
cachete, atravesándole el pantalón. Y Ferrer
se rió.

– Como vuelvas a hacer algo parecido


delante de mí, no vuelves a tocarme en tu
vida. - Le dije. Y tras una pausa:

– Hijoputa.

Ferrer me gusta, pero empiezo a pensar que


no es el único tipo de hombre. Discuto con
él, me tiene hasta el gorro.

– Inés, creo que me convendría salir con


otros chicos. - Le digo a mi amiga.
– ¿Y Ferrer?
126

– Te lo regalo.

Y a los pocos días Inés ya no es virgen, pero


sí su novio. Esta película es una hipótesis
muy verosímil, que me proyecto dentro de
la cabeza más de una vez.

Si es que de verdad estoy muerta quiero un


funeral con mucha gente. Y que me saquen
una esquela en el periódico que ponga “en
la flor de la vida”. No sería la primera vez.
Sí la primera vez que me muero, pero no la
primera vez que aparezco en una esquela.
Inés y yo hemos jugado mucho a eso y en
cierto modo hemos creado una especie
de moda en el instituto. Muchos alumnos
llevan en su carpeta el dibujo de una esquela
mortuoria con su nombre. Pero yo fui la
primera en hacerlo con Inés.
127

Los ribetes negros hechos con un Pilot en la


clase de Filosofía, la cruz en la de Dibujo,
luego los nombres de los padres, los amigos,
una frase, unos versos, RIP o QEPD. A ver,
que se desempolven mis esquelas, que alguna
de ellas sea ahora usada, a la hora de la
verdad...Y aunque soy de Ética, quiero que
me hagan una misa. Que me incineren y que
mis cenizas sean guardadas en un cofrecito
en el nicho donde está mi abuelita. Quiero
además que mis padres me lloren, claro,
pero que a ninguno le de un desmayo o una
lipotimia y que lo superen con el tiempo,
aunque no se olviden de mí. No quiero
volver a ver sus tristes coronillas.

Que mis hermanos no se asusten, que guarden


buen recuerdo de los momentos que hemos
tenido en los que no nos peleábamos. Y que
129

durante unos meses la rotonda donde me he


dado el piñazo mortal aparezca adornada
con flores, velas y una fotografía, en la que
se me vea muy guapa, para que la gente
se apene por haber sido tan trágicamente
arrancada “en la flor de la vida”.

De nuevo los médicos se reúnen en torno


a mí. Y ahí está el joven que se ruboriza.
Estoy conectada a un aparato. A lo mejor
todavía tengo una oportunidad, pienso. Ese
médico me gusta mucho y sé que también
yo le gusto a él. Estoy encantada de haber
llegado hasta aquí si esto va a servirme para
estar siempre cerca de él. Sería una pena
estar ya muerta o morirse ante sus narices,
a no ser que sea uno de esos pervertidos
necrófilos, aunque por algo me temo que
130

esta broma no le haría ninguna gracia. Sin


embargo, si quiero distraerme, tendré que
hacerme yo misma mis propios chistes. Así
que merece la pena luchar. Tengo mucha vida
por delante y quiero que ese médico joven
me toque entre las piernas, aunque no me
parece probable que por el momento lo haga.

La situación es muy extraña. No tengo claro


si estoy viva o muerta. Pero mi excitación
va creciendo por momentos. Me tienen que
desvestir, me tocan las piernas, por debajo
de las axilas, me rozan los pezones. El vello
del pubis se me eriza y cuando uno de los
cables que me conectan a una máquina, me
pasa por encima del sexo, éste se levanta
como una liebre y un placer agudo y efímero
me recorre las entrañas. Pienso que se me
131

escapa el último aliento o que el alma se me


va del cuerpo o que me acabo de correr, así
que mis dudas son las del principio. Y tengo
muy pocas posibilidades de averiguar nada.

Oigo a lo lejos lo que hablan los médicos,


pero es como si lo hiciesen en otro idioma,
que entiendo apenas, por lo que debo ir
traduciéndome mentalmente, así que me
quedo menos que a medias. Deduzco que
están esperando a que yo misma despierte.

Y mi vida empieza a deslizarse entre los


sueños del pasado y del futuro. De lo que
fue y de lo que no podrá ser. Mis músculos
empiezan a debilitarse, el culo se me queda
muy flojo y cada cierto tiempo viene una
peluquera y me hace un corte de espanto.
132

Ferrer sale de la escena. Se detiene de


pronto y ya nunca más volverá al Hospital.
El pobre Ferrer. Acaba jodiendo con Inés.
Ellos no se lo cuentan a nadie. Pero yo lo
sé. Inés se siente culpable y se le nota en
el tono de voz con el que me habla. Un
día viene al Hospital y me dice que se va
a casar con su novio, el pobre. Un tarugo
ignorante. Yo, según es mi costumbre en los
últimos tiempos, permanezco callada. Pero
mi silencio la hace sentirse más culpable de
lo que es, pobre chiquilla. Tampoco tiene
tanta importancia. Sobre todo visto desde
la lejanía en la que me hallo en la cama.
Mi madre me cuenta la boda. Aquí vienen
todos al Hospital a darme la tabarra. Que
me tengo ganado el cielo. Pero el cielo se
está haciendo de rogar.
133

Al principio los sueños me llevaban a la


habitación de mi casa y podía ver de nuevo
mis pósteres pegados en la pared, y a mis
padres discutiendo en la de al lado. Otra
vez sus coronillas hostiles. Hubiera sido
más cómodo contar con la participación
del ángel proyector para que me facilitase
imágenes del mundo que se había quedado
fuera de mí, pero no volvió a aparecer.
Estaba claro que era de otra generación y
tenía una mentalidad anticuada, pero me era
simpático. Por mi propio deseo de hacerlo me
presentaba a los exámenes pero, claro, nadie
se percataba de ello. Me quedaba pegada
al techo de la clase y desde allí divisaba
las coronillas de mis profesores y de mis
compañeros. Quería seguir aprendiendo,
no obstante, me era imposible la lectura, y
134

mucho menos el estudio. Todas mis visiones


eran fugaces y no tenía capacidad ninguna
de concentración.

Y ahora miro hacia delante y los veo a todos


como a través de un ojo redondo, que me da
una visión panorámica dentro de un marco
circular. Y al principio no sé dónde estoy,
porque esto el Hospital no parece, no huele
como el Hospital. Quizás sea el camarote
de un barco. Huele a sándalo, o a cera, o a
incienso, a eso que huelen las iglesias.

Ferrer ha perdido su rubia melena de


cantante pop y lleva un traje con el que no
consigue disimular la protuberancia de su
vientre. Ferrer mira serio al vacío.
135

Inés se ha puesto un par de kilos de


maquillaje encima y está al lado de su marido,
singularmente atractivo y rejuvenecido. Se
le nota que está jodiendo con una chavalita.
Quizás sea de pago, pero le sienta bien. Inés
sigue la ceremonia muy atenta y se santigua
cuando tiene que hacerlo, pero su marido
está en las patatas.

Mis padres, uno al lado del otro, después


de llevar meses sin hablarse, ya no tienen
lágrimas.

Y detrás lo que yo no había previsto.


Muchos bancos vacíos, alguno con dos o tres
personas. Poca gente. Han pasado muchos
años desde el accidente. He tardado mucho
136

en morirme, jolines. La gente ya no se


acuerda de mí. ¿Dónde estará la pandilla de
las fumadoras? Seguro que desperdigada.

En el ataúd, en lo que quizás creí un camarote,


supongo que estoy yo, como una princesa
dormida, pero como está cerrado, no lo puedo
comprobar. La duda de si estoy viva o muerta
me acompaña inclusive en este instante.

Sin embargo, si es así, si estoy muerta, me


gustaría que todos aquellos que abran hoy
el periódico se dieran de narices con mi
esquela, redactada por mí misma cuando
apenas contaba quince años de edad.
V
PANEM ET CIRCENSES
142

M IENTRAS ESTUVE EN LA UNIVERSIDAD


estudié muy poco, pero salí mucho de noche.
Siempre que regresaba de madrugada a mi
piso de estudiante compartido me pasaba
por un obrador que había cerca y compraba
tortas de chicharrones, que me comía allí
mismo, al calor de los hornos a pleno
rendimiento y de las conversaciones con
otros estudiantes que hacían lo mismo que
yo. Luego continuaba calle abajo, y en el
portal, me cruzaba con aquellas muecas de los
vecinos que tenían que madrugar para ir a sus
trabajos. Finalmente el ascensor me dejaba
en mi planta con un gran estrépito, metía la
llave en la cerradura, y en un santiamén, en
lo que se tarda en chasquear los dedos, me
colaba y cerraba la puerta, justo a tiempo
143

para que la soplona de enfrente no me


pillase con los ojos vidriosos de cansancio
y cubatas. Me metía en la cama a la hora
que tenía mi primera clase en la facultad
y salía de ella cuando mis compañeros de
piso ya habían regresado. Me preparaba un
buen almuerzo y pasaba la tarde leyendo,
esperando que llegase la hora de volver a salir.

Hice varios amigos a los que los estudios


les importaban en la misma medida que
a mí. Pero de momento prefería vivir con
aquellos chicos serios y responsables de mi
pueblo, que no habían llegado hasta allí
para perder el tiempo, sino para labrarse
un futuro. Mi padre confiaba en que la
convivencia con ellos sería suficiente para
144

abrirme los ojos. El caso es que yo los ojos


los tenía bien abiertos, pero a quien veía
principalmente era al grupo de mis amigos
los noctámbulos.

Íbamos a los pubs y a las discotecas típicas


de una ciudad universitaria de provincias,
donde se concentraban aquellas pandillas de
chicas, que disfrutaban de la libertad de no
tener que rendirles cuentas a sus padres cada
día. Eran muchachas más o menos estudiosas,
más o menos inteligentes, más o menos
guapas y más o menos entretenidas. Al cabo
de unos meses, los noctámbulos ya estaban
más o menos emparejados, disfrutando de lo
que podía hacerse en aquellos dormitorios
más bien cutres, llenos de pósteres clavados
con chinchetas. Así que seguí saliendo, pero
145

solo. Conocía a mucha gente, aunque iba a


mi aire. Entraba y salía de los bares a mi
antojo, bebía, intercambiaba algunas frases
con los conocidos, coqueteaba y, cuando me
cansaba o me aburría, cambiaba de local,
pero nunca regresaba a mi habitación antes
de la madrugada. Me gustaban las mujeres,
pero prefería el alcohol. Me gustaba estudiar,
pero prefería no hacerlo. Y a última hora, ya
de día, nunca faltaba a mi cita en el obrador
para desayunar antes de irme a la cama.

En ocasiones, salía y encontraba la zona


de pubs muerta, porque se avecinaba una
época de exámenes o estábamos a finales de
mes. Me pasaba la noche solo, leyendo los
periódicos atrasados, las etiquetas en las
botellas de whisky, los avisos, las ofertas de
146

pisos en alquiler y de clases particulares.


Entonces volvía un poco antes, conforme
me iban cerrando los garitos, y llegaba al
obrador. Pegaba con los nudillos en la puerta
y uno de los panaderos me abría. Era más
pronto que de costumbre y tenía que esperar
a que saliese la primera tanda de tortas.

– Hoy parece que no hay mucho ambiente. -


Me decía uno de los chicos, que podría tener
mi misma edad, pero que había optado por
ganarse la vida.
– Ni un alma. Está todo muerto. - Contestaba
yo.

Nunca me hizo allí nadie una pregunta


incómoda sobre mis exámenes o mis fondos
para salir todas las noches. De vez en cuando
147

me invitaban a la torta y me sacaban un


paquete del día anterior para que me lo
llevase a mi piso. Yo les caía bien y ellos a mí.
Su única distracción desde la medianoche
era la radio. De modo que se alegraban de
verme, porque les ofrecía noticias sobre lo
que había ocurrido en la ciudad mientras
ellos estaban allí encerrados. Yo aparecía
con una bufanda y una gruesa trenca para
protegerme del frío y ellos estaban allí en
camiseta de manga corta. Me despojaba de
los abrigos y me sentaba en un taburete,
como si se tratase de un último pub. Solía
exagerar el color de las anécdotas para que
ellos se divirtiesen.

– Hoy he estado a punto de no venir... - Les


decía yo.
148

– ¿Y eso?
– Una chica quería llevarme a su casa.
– ¿Y qué ha ocurrido?
– Luego cambió de opinión, me dijo que
quizás mañana. Así que, si no vengo, ya
sabéis por qué.

Pero invariablemente, al día siguiente, yo


aparecía a la hora de costumbre.

– Esta noche me ha querido pegar un tío,


porque decía que estaba mirando a su novia
más de la cuenta. ¿Tú sabes qué es más de la
cuenta, Pepe? - Le preguntaba a uno de los
panaderos viejos.
– Desde luego que lo sé, ¿por quién me
tomas? Más de la cuenta es todos los niñatos
que tengo que aguantar cada noche.
– ¿Me estás llamando niñato?
149

– Por supuesto. Me has preguntado tú.

Me gustaba el malhumor de Pepe. Solía tener


razón para estar cabreado. Era panadero desde
hacía treinta años y dos de sus cinco hijos
trabajaban allí con él. Yo pensaba: supongo
que es normal que los viejos anden siempre
con la mosca detrás de la oreja, a mi padre
tampoco suele venirle nada bien. Los hijos de
Pepe pasaban de su padre, como yo del mío.

Siempre aplazaba con cualquier excusa un


viaje de fin de semana a mi pueblo.

– Tengo que estudiar... - Le decía a mi padre


por teléfono.

Mis compañeros de piso iban y venían y


traían noticias, paquetes, embutidos.
150

– Me pegué el lote con la de Tomás - Decía


uno, después de haber pasado el fin de
semana en el pueblo.
– Pues tiene novio.
– A mí no me dijo nada...
– ¿Está buena?
– Psssé.

Luego la de Tomás vino al piso buscando a mi


compañero, pero él estaba en la facultad.

– Perdona, te he despertado... - Me dijo.


– No te preocupes.
– ¿Cuál es su habitación?
– Esa.
– Le esperaré ahí.
– Vale, yo voy a seguir durmiendo.
151

Y a los pocos días mi padre ya estaba


enterado de que salía de noche y de que
nunca iba a clase.

– Vaya con la de Tomás, tiene la lengua


larga, la muy puta... - Dije yo.
– Eh, cuidado con lo que dices, ahora es mi
novia. - Me dijo mi compañero.

Mi padre se presentó de improviso y me


pilló en la cama. Me lo llevé a comer a
un restaurante chino. A aquel señor de
pueblo vestido completamente de negro le
pusieron delante unos palillos, que estudió
concienzudamente antes de apartarlos con
la autoridad de un tratante que no daba por
válida la mercancía. La salsa agridulce no
152

le entraba por los ojos, aunque se avino


a probar la de soja. Yo, sin embargo, mi
plato del espeso líquido anaranjado para
demostrarle que tenía mis propios gustos.
Desde aquel día detesto esa salsa.

Apenas hablamos de mis estudios. Con un


genérico cómo te va, mi padre pasó el trámite
más espinoso. No obstante, se entretuvo en
muchos detalles de sus labores en el campo
durante la cosecha de ese año, me enumeró
todas las heladas y sus consecuencias y me
contó detalles de los jornaleros que acababa
de contratar. Le presté atención, pero en el
fondo sentía que cuando se marchara todo
aquello de lo que mi padre me hablaba se
esfumaría, se disiparía como una nube de
153

vaho en el aire frío de la mañana. Sacó un


fajo de billetes y me invitó a comer. Me dio
la mitad, una pequeña fortuna.

– Tienes gastos. - Me dijo, dejando claro


en su tono de voz que no se refería a los
desembolsos necesarios para mi alimentación
o para improbables fotocopias.

¿Tienes gastos significaba que aceptaba esa


parte de mi vida, esa ausencia que a él lo
había vestido de negro de la cabeza a los
pies y que a mí me hacía ir de bar en bar
hasta la madrugada?

Por la tarde me dijo que lo acompañara a


la estación de autobuses. Nos despedimos
154

con uno de esos besos hirsutos que apenas


rozan la cara, pero que te dejan un arañazo
dentro.

– Tu madre estaría muy orgullosa de ti, si


pudiera verte, ella tenía muchas ganas de
que entrases en la universidad.

Así que al fin era eso. Era lo único que había


querido decirme en todo el día. Su autocar
salió de la estación y yo comencé mi ruta
de bares y pubs que me llevó de madrugada
hasta el obrador. El uniforme blanco de los
panaderos me hizo pensar en los chinos y
en mi padre. Los chinos vestían de blanco
cuando llevaban luto.

– Estás hoy muy callado... - Me dijo Pepe.


155

– He recibido una mala noticia... - Le contesté.


– Lo siento.
– Mi padre no quiere que siga estudiando. Dice
que no piensa costearme si no apruebo el curso.
– ¿Y qué vas a hacer?
– Supongo que ponerme a trabajar...

Me apliqué de lo lindo. Me gustaba salir de


copas, pero preferí joderle a mi padre los
planes. Mis compañeros de piso pensaban
que yo seguía con la rutina canalla de
siempre, pero desde la medianoche hasta la
mañana siguiente de cada día no hacía otra
cosa que amasar diferentes formas de pan.
El obrador se seguía llenando de madrugada
con aquellos estudiantes que volvían a sus
pisos compartidos, después de una noche
de juerga. Algunos me reconocían y no
158

se atrevían ni a saludarme. Una mañana


aparecieron por allí mis compañeros de piso
con la de Tomás en un estado lamentable.
Llevaba las medias rotas, la borrachera le
había dado llorona y el rímel le había llenado
la cara de sombras churretosas. Parecía
uno de aquellos payasos tristes con que a
veces las chicas de pueblo adornaban sus
dormitorios virginales. En cuanto me vio se
recompuso. Ese mismo fin de semana recogí
mis cosas y dejé mi piso compartido por un
altillo, una sola habitación sobre el obrador.

– Ahí hay un señor que te busca. - Me dijo


Pepe una madrugada.

La camisa negra, los pantalones negros,


el abrigo negro de mi padre se fueron
159

impregnando de ese polvillo blanquecino de


la harina, que siempre viajaba suspendido en
la cálida atmósfera de la tahona, de modo
que bajo aquella potente luz amarilla mi
padre parecía una figura todavía más triste
de lo que realmente era.

– ¿Cuál es vuestra especialidad?


– La torta de chicharrones. - Le dije.
– Pues dame una, porque me he bebido varias
copas de coñac y todavía no he comido nada.

Después de todo este tiempo he regresado


al pueblo y a la primera persona que he
visto ha sido a la de Tomás. Está coja o
me lo ha parecido. Me ha saludado con un
gesto muy suyo, así como levantándome la
barbilla. Al parecer es una de las maestras
160

del colegio. Pobres críos. Están aviados


con ella. Supongo que todo el mundo ya
sabe que me dirijo hacia la casa. Allí me
espera la comitiva. En el bar me han dado
el pésame aquellos pocos con los que mi
padre no tuvo trato, pero que de sobra
conocían hasta dónde llegaba el alcance de
sus influencias. Me he tomado dos copas y he
tardado lo mismo en mear que en recordar.
Con frecuencia abandono la barra de un
bar para ir al servicio y siento como si me
persiguiese en ese trayecto una bandada de
malos presentimientos. Así que desisto de
moverme hacia cualquier otra parte. Como
mucho me encamino hacia otra barra. Pero
ahora prefiero quedarme aquí y pedir otra
copa antes que seguir adelante. Pido que
vuelvan a llenarme.
161

– Te esperan. - Me dice alguien a quien


conozco, plantado delante.
– Antes he visto a tu mujer, creo que me ha
echado mal de ojo. - Le digo a mi antiguo
compañero de piso.
– Le debes un respeto a tu padre, deja de
beber y acompáñanos hasta el cementerio.
– Son sólo un par de minutos...

Pago y le hago un gesto al heraldo para que


se adelante.

Salgo del bar y encamino la alameda hacia la


calle en la que jugué de chico. Supongo que la
gente me observa. Sudo, miro el reloj. No es
tan tarde. Los árboles son esqueletos, el viento
de la sierra corta la piel de la cara. Pero sudo
y vuelvo a mirar el reloj. Miro a un lado y
162

allí estoy yo mismo, empujo y la puerta se


abre. Hay una máquina tragaperras, pocos
parroquianos. Me saludan tímidamente. Y
pido una copa, mientras me encaramo al
taburete.

– ¿A que a vosotros tampoco os apetece ir


a decirle adiós al viejo? En este pueblo sólo
los borrachos son unos valientes.

Me echo al coleto unos cuantos güisquis.


Hasta que la comitiva comienza a pasar por
delante del bar. En primer lugar el largo
coche fúnebre. Detrás una larga procesión
de deudos enlutados, empleados indecisos,
los correveidiles del amo. El alcalde, el cura,
el boticario, la Guardia Civil. De modo que
prefiero mirar la etiqueta que me garantiza
164

que el alcohol que estoy bebiendo es de una


calidad óptima.

– Por favor, ¿me alcanzas la botella?

Leer los detalles del proceso de destilación


me sitúa de nuevo en el escenario que
abandonamos hace muy poco. Mi padre se
toma la torta de chicharrones con calma.

– Sigue trabajando, hijo, por mí no te


preocupes... - Me dice.

Enseguida empiezan a llegar estudiantes


con los que mi padre va pegando la hebra.
Invita a unas chicas.
165

– Mucho más rica que la comida china. -


Me dice, guiñándome un ojo.

Luego se dirige a Pepe:

– La juventud está contenta si puede divertirse


de vez en cuando. Estos estudiantes son
gente sana. Son el futuro. El día de mañana
serán ellos los que lleven este país adelante.
Usted y yo tenemos que dejarles paso, amigo,
vienen pisando fuerte. Por eso quiero que
mi hijo se prepare. Su madre soñaba con
verlo en la universidad. ¿Qué le parece?

Detrás del coche fúnebre, yo iba de su


mano, temblando. Las rodillas desolladas,
166

las piernas llenas de cardenales. Mis tías


me habían peinado con la raya al lado y
me habían dicho que no llorara, que fuera
valiente, que me quedaba un papá para velar
por mí. Que mamá se iba al cielo a esperarnos
a todos. Pero yo había visto la cara de mi
padre la noche que mamá se cayó escaleras
abajo. Había oído los gritos, como todo el
mundo en el cortijo, aunque nadie dijera
nada. Yo sabía que aquella mano que me
sujetaba era una mordaza para el silencio
de todo un pueblo. Una garra que estaría
toda la vida ahogándome.
VI
BONANZA
172

L AS CONDICIONES ATMOSFÉRICAS ACONSEJABAN


que no saliéramos de la tienda de campaña
y más valía no tocar la cremallera que poco
antes se había enganchado y yo intuía,
barruntaba, que no resistiría otra apertura y
un nuevo cierre. No sabíamos exactamente
como estaban las cosas afuera, pero allí ella
y yo manteníamos la calma. La nieve nos
rodeaba por todas partes y las montañas se
hacían con el eco del aullido de los lobos.
Una pequeña linterna permitía que nos
viéramos entre las sombras. Durante muchos
años nos habíamos encontrado por los
caminos, pero creo que nunca se nos había
pasado por la cabeza que nos hallaríamos
173

en una situación semejante. Sin embargo,


allí estábamos, tumbados juntos, esperando
para poder salir. Teníamos horas de silencio
por delante. La ventisca y el frío hacían que
nos acurrucásemos.

– Lo mejor será que nos abracemos . - Me dijo.

Sabía de lo que hablaba, así que me pasó


una mano por encima. Los dos sentimos
una considerable mejoría. Permanecemos
en silencio. Afuera sopla un vendaval y las
paredes de lona de la tienda se agitan hasta el
punto de que parece que vamos a echar a volar,
con lo que acabaremos perdidos para siempre.
174

– A estas alturas estarán viendo la manera de


subir hasta aquí mañana en cuanto amanezca
para rescatarnos. - Me dice la mujer para
tranquilizarme.

La mujer huele a ternura y no puedo evitar


una erección. Pero de sobra sé que no es el
lugar ni la situación propicia para iniciar
un acercamiento. Ella habla con una voz
muy dulce y segura. Es una mujer que
conoce bien las fatigas de la vida. Gracias
a mis idas y venidas, a mis vagabundeos,
estoy enterado de que enviudó un año
después de haberse casado, y de que desde
entonces entre la gente han corrido rumores
malintencionados. Esta mañana nos hemos
cruzado en la carretera y me ha recogido
con su camioneta. Mi primera intención ha
175

sido irme al cajón, como hago siempre que


alguien se para. Los vagabundos no solemos
oler demasiado bien, pero ella me ha abierto
la portezuela de la cabina. He saltado dentro
y enseguida me he sentido inundado por el
bienestar de un hogar verdadero. La radio
tenía una musiquilla que todavía resuena
en mi cabeza. Me miró y sonrió.

– Voy arriba, a la montaña. - Y me señaló


los aparejos de pesca atrás.

Luego se levantó este temporal de nieve y


ventisca, y tuvimos que refugiarnos aquí.
Es ella la que conoce el bosque, ya que
yo apenas me he apartado de los caminos
que iban o salían del pueblo. Pero a media
noche ha sido ella la que me ha buscado. Al
178

principio he temblado, porque he creído


que mi flaqueza de fuerzas me iba a dejar
en mal lugar, pero luego su olor, sus caricias
y su deseo han insuflado en mí la potencia
de los lobos. Hacía años que no me sentía
con ese vigor. Después hemos seguido
durmiendo hasta que el sol ha estado alto
y ha empezado a calentar la tienda. La ha
desmontado y viendo que la tormenta había
remitido hemos iniciado el descenso hacia
el pueblo. En el camino nos hemos topado
con una partida de hombres que subía a
buscarnos.

Me he propuesto seguir todos sus pasos,


todas sus huellas, pero por alguna razón
sospecho que no volverá a ofrecerme los
179

abrazos de la montaña. No me importa, ella


es mi dueña y yo soy su perro.

Apareció por aquella región un hombre


de modales pausados, algo ceremonioso
y sin gran experiencia en el trato con sus
semejantes. A pesar de ello, se había encajado
entre aquellas montañas mientras daba un
inofensivo paseo.

– Buenas tardes. - Dijo, paraguas en ristre,


botas altas, sombrero de ciudad, recién
aparecido con una palidez extrema.

El herrero descansó con la maza en alto. El


fuego de la fragua iluminaba los músculos y
el peto de quien le pareció a aquel paseante,
180

con conocimientos de mitología, un dios


que posaba para los pinceles de un artista.
Pero el trabajo del herrero era duro y no
admitía retrasos.

– Tac, tac, tac, tic, tac, tac, tac... - Siguió


golpeando la pieza que apoyaba en el yunque
a modo de respuesta, después de la pausa;
el forastero se adelantó al grupo de casas
que le daba al lugar cierto aspecto de aldea,
más que de pueblo.
– Hola. - Se dirigió a mí, pero no se atrevió a
rascarme entre las orejas, y olí su temor. No
era un hombre acostumbrado a los animales,
así que enseguida le metí el hocico entre los
pies para que viese que yo era inofensivo y
que mis dientes preferían, sobre todas las
cosas, cualquier chuchería. - Buenas tardes.
181

- Le dijo a las dos mujeres que a la puerta


de una choza removían unas ascuas con las
que se calentaban. Una de ellas hablaba por
un teléfono móvil. Era una anciana vestida
de negro, con la piel curtida y quemada por
el frío y el sol. Llevaba unas gafas oscuras
de media cara, como le gustaban también
a las actrices famosas, y en la otra mano,
sostenía un pitillo.
– Mi novio. - Le aclaró a la otra, que hizo
un gesto de indiferencia.
– Buenas tardes. - Contestó esta mujer, con
aire suspicaz.
– Creo que me he perdido. ¿Podrían decirme,
por favor, dónde me encuentro?
– Está usted Arriba.
– Ya. - Luego hubo un silencio y yo levanté
la nariz hacia el calor que provenía del
182

brasero de las ancianas. La del teléfono se


alejó el aparato de la oreja.
– Es que no le interesa para nada lo que su
novio le dice.

El hombre miró a la vieja más sofisticada.


Tenía la frente surcada por unas arrugas que
la asemejaban a un campo labrado. La mujer
le fingió una de esas sonrisas de plástico. El
hombre se azoró. A quien hablaba desde
otro lado en este nadie lo oía.

El carcamal aspiró una calada, luego exhaló


el humo, se llevó el teléfono a la boca y dijo
tajante:

– Vale. Mañana seguiremos hablando. -


Luego colgó e interrogó al desconocido con
la mirada.
183

– Este señor se ha perdido - Aclaró la otra


comadre.
– Ah, pues eso tiene difícil arreglo. Es
complicado salir de estas montañas...

El hombre sonrió algo apurado y como


volvió a hacerse un silencio expectante,
tenso, abandonó a las mujeres llevándome
a mí entre las piernas.

– Ahí va el chucho con él, a ofrecérselo a su ama.


– Buenas tardes.
– Ya noches...
– Me he perdido.
– Pase .- Le dijo mi ama.

El hombre se encerraba con ella en su alcoba


y yo me quedaba fuera. El amor tiene sus
servidumbres. Aquella era la mía. Pero yo
184

sabía que él se marcharía un día a dar un


paseo y jamás regresaría. Hay gente que es
así, incapaz de volver a poner sus pasos sobre
las mismas huellas que han ido dejando a lo
largo del sendero. Pero la tierra es redonda.
Sería cuestión de tiempo verles aparecer por
la otra punta del pueblo. No obstante, a las
pocas semanas, mi ama cayó de un árbol y se
partió la crisma. Como ya nada me retenía
en aquel lugar también me marché, pero lo
hice por el camino contrario al que había
tomado el forastero.

Llegué a una ciudad, y tras echar un vistazo,


decidí pegarme a un borrachín que dormía
en un callejón.

– ¡Bonanza! - Exclamó al verme.


185

Estaba claro que me confundía, pero


nunca hice nada por sacarlo de su error.
Por el contrario, empecé a adoptar
comportamientos, que yo infería de sus
palabras, que el otro perro había tenido.

– No seas gruñón. - Me decía. Así que, cosa


que nunca había hecho, empecé a gruñir.

Aprendí algunos trucos con el viejo y con


sus amigos. Todos eran unos borrachines y
de vez en cuando los visitaba una furgoneta
de la asistencia para darles mantas, comida
y medicamentos.

– ¿Y este quién es? ¡Lucas! ¿No será Bonanza?


- Preguntó uno de los voluntarios al verme.
Al viejo se le iluminaron los ojos de alegría.
186

Aprendí a beber vino de un tetrabrick.


El vino es maravilloso para soportar los
pesares, para sentir paz y sosiego, cuando en
el exterior una tormenta de nieve arrecia.
Pensaba constantemente en mi ama, en la
dulzura de sus abrazos, de su interior. A
veces una vagabunda se acercaba al viejo y
se perdía con él callejón adentro. Luego el
viejo se tiraba un rato de buen humor, hasta
que las malas pulgas empezaban a picarle
otra vez.

– Las mujeres son un viaje a la luna.- Me decía.


– Adiós, Matusalén. - Le dice la vagabunda
al viejo cada vez que se marcha, y se esfuma
entre las sombras de la noche.

Un día salgo del callejón y me interno en la


ciudad. Soy incapaz de encontrar el camino
187

de regreso. He perdido mucho instinto


perruno. Vago por los andurriales, por las
estaciones. Entro y salgo de hospitales y
comisarías, como si estuviese buscando a
alguien con desesperación. Hasta que me
doy de bruces con él. ¿Lo recuerdan? El
mismo traje ajado, el sombrero fuera de
lugar en los tiempos que corren, paraguas
en ristre como si fuese su espada. Es aquel
paseante de la montaña que abandonó a
mi dueña. Se sobresalta al verme, porque
sigue sin tener confianza en los animales.
Tampoco parece que les haya cogido mucha
a los hombres.

– ¿Eres tú?
– Guau, guau, guau.
– Acabo de llegar a esta ciudad. Le he dado
la vuelta al mundo.
188

Buscamos un hotel barato que admita


animales. En el hall hay toda una galería
de personajes con sus correspondientes
mascotas. Pero sin lugar a dudas este hombre
y yo conformamos la estampa más patética
de cuantas allí puedan encuadrarse. Hay algo
así como una convención, un encuentro, un
congreso.

– ¿Están inscritos? - Nos pregunta una


señorita con gafas.
– No.
– Acompáñenme.

Nos dejamos hacer, porque hemos visto una


mesa dispuesta para un banquete y sabemos
que esa es nuestra única oportunidad de
sentarnos para tomar un banquete. Todo el
mundo es muy amable, todo el mundo cuenta
189

maravillas de su mascota y se hacen brindis.


Los chuchos nos olisqueamos el culo unos a
otros. Me doy cuenta de que esa es una cosa
que ya no me interesa tanto como antaño,
así que me salgo del circuito canino. Como
los ojos me duelen a reventar, supongo que
voy a romper a leer de un momento a otro.
Todo llega en esta vida, sólo que hay que
saber esperar. Agarro un volumen de la
biblioteca del hotel con las patas delanteras
y me sumerjo en la historia que me cuenta.
Abstraído, no me doy cuenta de que en
torno a mí se ha formado un anfiteatro de
espectadores. Levanto la cabeza y recibo
una ovación de varios minutos.

– Qué exitazo has cosechado esta noche. -


Me dice el viajero al que me he asociado.
Se queda pensativo. Barrunto cuáles son sus
191

fantasías, pero no me interesa convertirme


en una atracción circense.
– Guau, guau, guau.

De todas formas, él tampoco tiene un espíritu


emprendedor, así que ante mi negativa no
insiste. Camino bajo sus pies. Ya hemos
dejado atrás la ciudad. El hombre anda
con descuido. Me parece increíble como ha
podido dar la vuelta al mundo sin que un
camión o una moto no se lo hayan llevado por
delante. Tengo que avisarle constantemente
de los peligros que le sobrevienen: el tráfico
en una autopista, la falta de pretil en un
puente, una alcantarilla destapada y un sinfín.
192

En una venta de la carretera el paseante


phileaphoguense y yo, y el resto de la clientela,
somos asaltados por unos encapuchados que
llevan armas hasta en los dientes. Ante la
llegada imprevista de la Guardia Civil somos
hechos rehenes. La cosa se complica, pasan
las horas, y hay altercados e intercambio de
balas. Entre los asaltantes una mujer acaba
por descubrir su rostro. Pésima señal. Deja
de importarles que les podamos ver la cara.
Es una mujer muy fiera. Nos coge a mí y
a mi compañero y nos encañona la cabeza
para dejar claro que van a por todas.
193

– Las mujeres son un viaje a la luna. - Me


dijo en aquella ocasión el viejo borrachín.
¿Qué quería decir con eso?

La mujer huele a sudor. Me tiene cogido


entre un brazo y su costado, y me apunta
con la pistola en la sien. Quiere demostrar
que sus amenazas van en serio y yo a pesar
de todo, y a mi edad, noto cómo empieza
a removerse mi sangre y una erección me
aúpa aún más hacia ella. Ya no queda en mí
nada de la vieja condición perruna.
VII
LAS SEÑORITAS
198

F UIMOS CUATRO . HUÉRFANOS. EL VARÓN


murió poco después de cumplir los veinte
años. Estaba sano como una pera y era guapo
como un galán de cine, pero de la noche a
la mañana agarró unas fiebres, y en menos
de una semana, tuvimos que enterrarlo.
Quedamos las tres. Otra vez huérfanas.

Nuestro hermano se acababa de licenciar y


entre sus muchos planes estaba el de reabrir
el despacho del abuelo. Sus esperanzas
eran también las nuestras y con su muerte
se esfumaron aquellas ilusiones que nos
habíamos ido haciendo de volver a la sociedad.
A los bailes del casino. Nos encerramos en
casa. La pena nos comió por dentro, por
fuera el luto. Luego vino el olvido. Dejaron
199

de tenernos en cuenta, pues no éramos


demasiado hermosas y nuestra educación
era la de unas señoritas finas casaderas. Se
nos fueron cerrando las puertas que llevaban
al trato con los posibles buenos partidos y
por otro lado la posición que ocupábamos
nos impedía emplearnos como oficialas o
entrar en una secretaría. Así que, con una
férrea administración de las rentas y con las
que habíamos ido tirando hasta entonces,
decidimos refugiarnos en esta finca. Las
tres. Siempre juntas. Apoyándonos. Y
comenzaron a llamarnos “Las señoritas”.
Toda una vida. Siempre juntas las tres.
Hasta que empezamos a desfilar camino del
cementerio. Lo habíamos hablado más de
una vez.
200

– La que se muera la primera sufrirá menos.


La última que lo deje todo en orden. Que
no haya recibos pendientes, que quede la
casa recogida. La mejor muerte será la de la
segunda, pues habrá una hermana en esta
vida para hacerle el funeral a su gusto y en
la otra, la esperará la otra.

El primer turno le tocó a Rosalinda. Llevaba


medio siglo lamentándose de no haber
vuelto a tocar el piano. Pero es que alguien
le echó el candado a la tapa cuando murió el
chico, y aún lo seguía teniendo. Ella ponía
sus dedos artríticos sobre la posición de
las teclas y golpeaba sobre el lacado una
melodía tétrica, sorda. No obstante, era
una mujer muy curiosa intelectualmente.
Fue una de las primeras socias del país del
201

Círculo de Lectores. En la mecedora del


abuelo leyó cientos de libros y de cada uno
de ellos cumplimentó una ficha. Estaba
llena de proyectos. Era fantasiosa y no
sabía cocinar. En los años del feminismo y
la liberación sexual de la mujer apoyó sus
tesis. Quiso practicar el amor libre y afirmó
sin convicción que lo había hecho. Pero a
lo que más tiempo dedicó en su vida fue a
buscar lo que perdía: las gafas, el monedero,
la pluma. Estaba exenta de tareas domésticas
a cambio de encargarse de las gestiones
administrativas y de escribir en nombre
de las tres, las cartas de condolencia o de
felicitación. Rosalinda se quedó dormida.

– Tiene algo en la boca. - Dijo Joaquina,


cuando descubrimos que no tenía pulso.
202

Le metí el dedo y se lo pude sacar. Era un


caramelo de limón. Lo puse en el platito del
té y luego ni Joaquina ni yo fuimos capaces
de tirarlo. Nos parecía que en él quedaba
todavía algo de su vida, aunque sólo fuesen
reliquias petrificadas de su saliva. Reunimos
a Rosalinda con nuestro hermano en el
panteón familiar.

– Ahora ya podrá volver a tocar el piano.


- Dije después de años de silencio. Fue sólo
una frase. Un modo de decir. Pero Joaquina
se la tomó al pie de la letra. Entre las ropas
de Rosalinda encontré una llave. Probé con
la tapa del piano y la abrió, después de
medio siglo.

Joaquina había sido la más presumida de


las tres y la que más pretendientes había
203

cosechado, aunque no halló a ninguno que


estuviera a su nivel, pues los encontraba a
todos demasiado gañanes, a todos. Se pasó
la vida enferma. Dormía mal, se cansaba
y en muchas ocasiones le molestaba hasta
el peso de las sábanas. Desde niña se quejó
de gases. El cuerpo se le iba llenando de
pequeñas bolsas de aire, que tenía que
luchar por expeler. Desde el principio tuvo
permiso para no aguantarse y cada vez que
soltaba un pedo se lo celebrábamos con
aplausos. Alguna vez se tiró un cuesco en
presencia de extraños. Entonces Rosalinda
y yo batíamos las palmas con primor y
animábamos al invitado para que hiciese lo
mismo.

A propósito, aún no me he presentado, yo


soy Arminda. La muda. Algunos de nuestros
204

vecinos piensan que soy muda, sólo por el


hecho de no haberme oído hablar.

– Ahora podrá volver a tocar el piano.

Mis primeras palabras en los últimos veinte


años. Joaquina no lo entendió como metáfora.
Por las tardes se sentaba en la mecedora de
Rosalinda, que antes había pertenecido al
abuelo, y aseguraba que la estaba oyendo tocar.

– Ahora ha parado. - Decía, se levantaba y


se tiraba un pedo. Luego me decía: - Cariño,
yo me encargo de preparar la cena. - Lo que
había hecho en el último medio siglo. Un
buen día sonó el teléfono.
– Para que no echéis de menos a una tercera
en discordia, me voy a ir a vivir con vosotras.
206

Dijo una prima nuestra, creyendo que sus


simpatías servirían de algo.

Pero al mes y medio de llegar palmó. El


velorio y el entierro sí que nos distrajeron
del dolor por nuestra hermana. A las
pocas semanas, otra vieja, prima también,
nos escribió una carta. Acababa así: “En
definitiva, que me gustaría ir a morirme
con vosotras”. Pero resultó ser un bluf, ya
que se quejó desde el primer instante de las
ventosidades de Joaquina y la exasperaba
mi silencio. Decidió que se marchaba y
murió en el autobús de vuelta a su casa. Las
exequias se las hicieron sus sobrinos. Una
lástima: hubiésemos debido retenerla.

Joaquina tuvo la muerte mejor, sólo por ser


la segunda. Se le llenó el cuerpo de pompas
207

de aire y se puso como los plásticos para


embalar, que van estallando allí por donde
van siendo presionados. Pero contó conmigo
para el funeral y el entierro. Prefirió una
mortaja flojita y suave, así que le conseguí
un quimono de seda. Rosalinda estaba
esperándola del otro lado para guiarla por
los laberintos del más allá.

Cuando me quedé sola, los parientes me


dijeron:

– Arminda, tráigase a alguien a vivir con


usted, meta una estudiante, le hará compañía.

Según mi costumbre, callé. Empecé a hacerlo


todo sola. Cuidaba la casa y la finca, escribía
las notas de pésame y las felicitaciones, ponía
los recibos al día, cocinaba. Antes de irme
210

a la cama me sentaba en la mecedora del


abuelo, que antes que yo habían utilizado
mis hermanas, y veía la televisión un rato.
Esperaba que mi hora llegase pronto para
poder reunirme con mis hermanas y el
chico. Una mañana tocaron al timbre.
Un mensajero me entregó en mano una
invitación para una fiesta en el casino.
Medio siglo tarde. Sólo allí podríamos
haber encontrado nosotras un hombre con
el que nos hubiésemos podido casar. El
vals. El traje de noche. El pellejo de mis
brazos al ritmo que marcaba la orquesta.
Aquel apuesto galán me explicaba todo el
asunto. La pintura de los labios agrietada
en los cráteres de la piel. El rímel me abría
la expresión de los ojos hacia el espanto y
la demencia.
211

– Usted no tendrá que preocuparse de nada,


todo el papeleo corre de nuestra cuenta.

Querían construir un hotel en el lugar de la


casa y la finca. Me ofrecían una millonada.
Pero a mí sólo me interesaba seguir bailando,
pasarme la noche entera en los brazos de
aquel galán interesado, recuperar el tiempo
perdido de toda una vida en aquella noche
única y última. Antes de venderlo todo me
hice cortejar como una muchacha.

– Eres encantadora. - Me decía él.


– Ah, pues mis dos hermanas si que son
lindas. - Contestaba yo, para añadir de
inmediato: - Por favor, ¿me traes un poco
más de ponche? Es que el baile me ha dado
mucha sed...
VIII
INVITADAS AL TÉ
216

E STABA A PUNTO DE DEJARLO , CUANDO DE


repente vi por la ventana la silueta de dos
personas conocidas de aquellos días. Unos
segundos después tocaron al timbre. Nadie
sabía que me encontraba en aquella parte de
la casa. También podría llamarla caserón,
pues los años habían empezado a salirle
en forma de humedades y agujeros en el
entarimado, aunque tras una pared de yeso
podrido hubiese aparecido un noble paño de
granito y lo que hasta hacía poco había sido
un habitación para cobijo de murciélagos y
gatos, se hubiera convertido en un coqueto
estudio de inspiración rural. Nadie, repito,
sabía que yo me había refugiado a escribir
217

en aquel rincón compartido con las


telarañas. Como más que otra cosa lo que
estaba haciendo era decidir si lo dejaba para
mejor ocasión, opté por abrirles la puerta.
Les dije a los de arriba que ya iba yo y allí
me encontré a las dos mujeres que tanto
se parecían por los rasgos de sus rostros y
tanto se diferenciaban en tamaño, teniendo
la normal el doble de altura que la otra.
Como conocían perfectamente a todos los
de la casa y yo era el extraño, la más alta, que
era hermana menor de la otra, me dijo:

– Tú serás uno de los sobrinos de Ana. -


Comentó, refiriéndose a la dueña de la casa.
218

No tuve oportunidad de aclarar mi relación


con los de la casa, que no era la que ella suponía.

– Luis y tú os parecéis muchísmo. - Dijo,


mientras yo les encendía la luz de las escaleras y
ambas mujeres, cogidas de la mano, ascendían
por sus peldaños hasta la sala, en la que todo
ya estaría dispuesto para que tomasen el té.

Lo que hice entonces fue cambiar mi


ubicación abajo, me trasladé con el portátil
a la habitación del jabalí y comencé a
transcribir la conversación de las mujeres
arriba. Afortunadamente, el jabalí tenía
echada una camisa por encima, porque a
uno de los chiquillos le daba miedo pasar
bajo su paralizada fiereza. Mi grado de
entereza no estaba por encima del que tenía
aquel caguetilla, y sobre la camisa añadí
219

otro mantelito que adornaba la mesa, en la


que finalmente me senté a escribir lo que
iba oyendo, de donde pensaba que podría
extraerse algo para un relato posterior.

– Qué buena pinta tiene todo.


– Sé que estas pastas le gustan a Angelina.
– Sí, me gustan.
– Y qué tazas más bonitas.
– Son de Londres, las mismas en las que
sirven el té en el Ritz.
– ¿Es verdad que vosotros estuvisteis en
Londres?
– Sí, hace ya más de 25 años.
– ¿Te sirvo?
– Sí, por supuesto.
– Pues ayer estuvimos navegando en el yate
de mi amiga Delia y nos dimos un baño
estupendo. Estaba el mar delicioso. Es la
220

primera vez que aceptamos su invitación,


pero es que insistió tanto...
– ¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos
tú y yo?
– Pues la edad que tenemos, maja, setenta años.
– No puede ser, ¿tanto? El caso es que Delia
es mi segunda amiga más antigua, después de
ti, aunque vosotras apenas os habéis tratado.
– Sí, nos hemos visto muy poco en ese
tiempo. Pero es que ellos son ricos...
– Ya, pero Delia es muy sencilla. No es
eso, quizás yo nos he hecho coincidir lo
suficiente...
– ¿Y ya se lleva mejor con el marido?
– Sí, desde que le dio el infarto parece
que se retiró de ciertas compañías que le
perjudicaban el matrimonio.
– Angelina, si quieres, puedes dar un paseo
por la finca.
221

– Sí, voy a pasear.

La conversación era así de intrascendente


y fácil. Iba y venía a capricho de aquellas
ancianas, que tenían la confianza que da los
muchos años de tomar el té juntas. Quizás
hubiesen repetido aquellas frases un millón
de veces, pero para comunicarse no les era
necesario inventar nada.

Hasta hacía muy poco tiempo yo apenas


había salido de pequeños pueblecitos, entre
los que se contaban el que me había visto
nacer, aquel en el que me había criado o en
el que me ganaba la vida como maestro,
con el paréntesis obligatorio de los estudios
de magisterio en una pequeña capital de
provincias. Todas las referencias que tenía
de las señoras que se reúnen para tomar
222

el té eran cinematográficas o literarias,


así que aquellos carcamales eran para mí
de lo más curioso. No obstante, no quería
que la oportunidad se me escurriese entre
los dedos, así que me levanté y, venciendo
toda prevención hacia la cabeza de jabalí
doblemente tapada, decidí acercarme a la
tertulia.

– Os presento a Juan, - dijo mi anfitriona -,


toda una promesa de la literatura. - Añadió,
y luego se refirió a una recopilación de
relatos que acababa de publicarse, en la que
aparecían dos cuentos míos, que hasta aquel
momento en aquella casa nadie había leído,
pero que todo el mundo encomiaba.
– Hola.
– Ah, el chico de la puerta. Pues yo había
223

pensado que se trataba de uno de tus


sobrinos. Como tienes tantos...
– Es amigo de ellos.
– Qué interesante, un escritor. Yo he
conocido a varios. Son divertidos, pero no
muy de fiar. - Dijo aquella a la que en ese
instante yo le besaba unas mejillas blandas
como gachas. Era la más veterana de todas,
la única octogenaria.
– Ay, no digas eso, no ves la cara de bueno
que tiene éste...
– Los peores son los que tienen pinta de no
haber roto un plato. - Sentenció.

La anciana se permitía ciertas licencias,


que consideraba privilegios por seguir viva,
cuando la mayoría de sus amigas del colegio
ya criaban malvas.
224

– No le hagas caso a esta, le gusta pinchar.


- Me dijo la siguiente señora a la que me
acerqué para besar también en las mejillas.

Faltaba la anciana pequeña que yo había


visto subir las escaleras cogida de la mano
de su hermana menor. Aquella Angelina
que se había ido a dar un paseo por la finca,
porque a sus más de setenta seguía siendo
ágil e inocente, como una niña de siete.

– ¿Y encuentras en nuestra pequeña ciudad


suficientes motivos de inspiración para tus
historias?
– Sí, muchísimos. Yo siempre he vivido
en lugares muy pequeños y trabajo en un
pueblecito de muy pocos habitantes.
– Es maestro .- Aclaró mi anfitriona.
225

– ¿Y qué tipo de historias escribes?


– Sencillas, en primera persona, historias que
por tanto pueden ser las mentiras del narrador.
– ¡Toma ya! - Exclamó la octogenaria, cuyo
nombre era Adelina. - Me está bien empleado.
– ¿Os acordáis de Carmencita Bravo? Se
casó con un escritor.
– No, el marido era médico.
– Pero escribía...
– Carmencita siempre iba sola a todas partes
y decía que su marido tenía entre manos
una novela.
– Que jamás publicó...
– A su muerte encontraron en su despacho
tal maraña de borradores y papeles, que
apenas pudieron descifrar nada...
– Uno de los yernos dijo que era la coartada
perfecta del viejo para que lo dejasen en paz
226

cuando le venía en gana.


– ¿Sí? ¿Escribir es una coartada para
escaquearse, joven? - Me preguntó Adelina,
con cara de guasa.
– A veces puede servir...
– ¿Y qué hace usted que no está escribiendo
en este instante?
– ¡Mujer!

Pero todas rieron la maldad.

– Estoy en una pausa, pero tiene usted razón,


debo volver a mi tarea. Encantado. - Les dije;
las otras protestaron.
– No te marches, no le hagas caso a Adelina,
es incorregible, siempre habla así...
– No, por Dios, me he divertido mucho,
pero en serio, he de volver abajo.
227

Y las dejé allí, tomando pastas, rellenando


sus tacitas y hablando de lo que ya habían
hablado un millón de veces.

La vieja me resultó la mar de interesante. Me


senté de nuevo ante el portátil, y antes de
continuar con más notas y apuntes para un
cuento, pensé en el beso que le acababa de dar
hacía un rato, que me había hecho sentir la
blandura de su carne. Blanda como gachas.
Los besos de los últimos días, aquellos
besos robados en los pasillos del caserón a
una de las sobrinas de mi anfitriona, se me
descolgaron repentinamente, representados
en mi imaginación como esos cuadros de
Dalí en los que los relojes parecen filetes
de ternera. Me sonaron las alarmas cuando
me vi encamado no con la chiquilla a la que
228

llevaba días persiguiendo, a través de cuartos


oscuros y lóbregos, sino con la vieja irónica.
Octogenaria. Pero mi grito, perfectamente
audible en toda la casa, no fue a causa de esa
imagen, sino del sobresalto que me produjo
el tacto de una mano sobre un hombro y
la subsiguiente visión al girarme: un rostro
apergaminado que sonreía con una mueca
necia y desdentada, con síntomas de idiotez,
además de un infantilismo desarmado e
inocente. Ella se sobresaltó al comprobar
el espanto en mis ojos y en mi aullido, y
salió corriendo escaleras arriba, armando
un tremendo jaleo y haciendo vibrar las
escaleras de madera.

– ¿Angelina? - Se oyeron simultáneamente


todas las voces de arriba.
229

Mi amigo, el sobrino de la dueña de la casa,


no se tronchaba de risa mientras le contaba
lo sucedido. Estaba serio como un palo. Al
final me lo soltó:

– ¿Pero qué has hecho? Mi tía me ha dicho


que sería mejor que te marchases después de
lo sucedido. ¿Es que se ha enterado de lo tuyo
con Andrea? A mí no me ha querido aclarar
nada. Yo me he callado por prudencia. Así
que explícamelo todo.
– De lo de tu prima no sabe nada. Ha sido
un malentendido esta tarde con el grupo
de sus amigas invitadas al té. Yo estaba
abajo, en el estudio que tiene esa cabeza
de jabalí horrorosa, - ya no me importaba
hacer críticas sobre la decoración de la casa,
caserón - y de repente apareció esa especie
230

de jorobada de Notre Dame por detrás y me


hizo pasar un buen repullo. Pegué un grito,
vamos. La vieja se asustó y salió escaleras
arriba llorando. Y allí no se qué milonga les
contaría a las otras. Yo opté por no moverme
de aquí y al rato vino una comitiva encabezada
por tu tía para pedirme explicaciones.
Les conté lo que había sucedido, pero
ninguna pareció creerme. No sé nada más.
Al día siguiente la expresión en el rostro de
mi amigo volvía a ser severa. Me acompañó
y me ayudó con el equipaje hasta la estación.
– Mi tía dice que si la familia de Angelina
no te denuncia será por respeto a su edad y
por no causarle más daño que el que ya ha
sufrido. - Me dijo.
– Pero no entiendo nada, no sé qué les habrá
contado, pero lo único que ocurrió es lo
que ya te he dicho...
231

– Angelina tenía restos entre la ropa...


– ¿Restos de qué?

El gesto de mi amigo fue suficientemente


claro.

– Pues te juro que yo no fui.


– Angelina dice que sí.
– ¡Dios mío, qué barbaridad! ¡Tú me conoces!
Me habrás defendido, ¿no?

Mi amigo no se conmovió.

– Hijoputa. - Le dije. Y unos instantes


después, se me hizo un destello de luz
dentro de aquel mar oscuro y confuso: - ¿Es
por Andrea? Me dijiste que no te parecía
mal, pero no era cierto, ¿verdad? Te gusta
tu prima, qué cabrón. - Le dije.
233

– ...
– Ahora te queda el terreno libre. Libre y
abonado por el despecho . - Añadí ante su
muestra de mutismo.

El tren me sacó de aquella lejana ciudad de


provincias para llevarme a otra en el extremo
contrario del país, en la que pasaría el resto
de mis vacaciones, hasta que comenzase
en septiembre un nuevo curso. Ningún
otro verano de mi vida como aquel había
estado tan condicionado por las mujeres.
En concreto por dos, una de dieciseis y otra
de setenta. Las dos altamente peligrosas.
Cuando lo conté, mis amigos no me creían
y decían que era una más de mis historias
de aspirante a escritor.
234

Pasaron muchos días sin noticias de mi


amigo ni de Andrea ni de aquella casa, o
viejo caserón. Una mañana entré en una
joyería que anunciaba en el escaparate
grandes descuentos por liquidación y cierre
del negocio. Me pareció que quizás podía
aprovechar la ocasión para regalarle a mi
madre unos pendientes de oro para el día
de su cumpleaños, que estaba próximo. Una
de las dependientas me sacó un extenso
muestrario de cajas, en las que ya se notaban
muchos huecos, puesto que la promoción
había hecho su efecto. Me entretuve un buen
rato en descartar lo que de ninguna forma me
interesaba. La dependienta puso aparte con
mucha calma aquellos exhibidores forrados
de terciopelo negro. Entretanto alguien
más había entrado en la tienda y la otra
dependienta se encontraba atendiéndola. El
235

siguiente paso que me quedaba era elegir


entre las cajas que había reservado. Ahí venía
lo peliagudo. Por otra parte, mi experiencia
en el tema era limitadísima. Una única vez en
compañía de una amiga que había hecho lo
mismo para su madre. De esa ocasión había
tomado yo la idea y el modo de proceder.
Me retiré unos pasos del mostrador para
tomar aire y distraídamente miré a mi
lado, donde en efecto la otra dependienta
atendía a una clienta que se probaba algunos
de los pendientes, que yo había desechado,
frente a un espejo. Era una mujer de unos
setenta años, o bien podía tener ochenta. De
cualquier forma era una mujer presumida
y tranquila, que se miraba con muchísima
calma en el espejo, buscándose el perfil y
los detalles de la joya en su oreja. No sé si
había sido una mujer hermosa, tenía el pelo
236

negro intenso, y a pesar de que ya estaba


cacarañada y encorvada, los detalles de su
coquetería llamaron mi atención. Quiero
decir, que me gustó. Quiero decir, que por
un instante me inspiró deseo. Por ese motivo
demoré la elección de mis pendientes tanto
como ella tardó en decidirse por los suyos,
aunque pronto tuve más o menos claro cuáles
eran los que quería. No dejé de observarla,
mientras fingía dudar e iba y venía por la
tienda. Ella no reparó en ningún momento
en mí y ya hubiese podido haber mil
personas a su alrededor, que no creo que
hubiese apartado la vista del espejo, mientras
estudiaba el efecto que hacían los diferentes
modelos en su oreja y en el contorno de su
rostro, que adiviné blando como unas gachas.
237

Aquel mismo día recibí una carta con el


nombre de mi amigo en el remite, debajo el
de la lejana ciudad que hube de abandonar
a toda prisa. En ella mi amigo se disculpaba
personalmente y en el nombre de su tía. A
continuación me explicaba la historia de
Angelina, la anciana deficiente mental que
había sido la causa de mi ruina.

Una tarde, posterior a aquella en la que la


anciana había salido corriendo escaleras
arriba, aterrada al ver mi cara de pánico
y darse con mi aullido de bruces, cuando
me sorprendió por detrás, mientras yo
fantaseaba con la octogenaria que tomaba
el té, Angelina volvió a aparecer con la ropa
manchada como en aquella ocasión. Unos
238

gruesos goterones lechosos, que las señoras


reconocieron una a una con los dedos,
primeramente, y a continuación, como si
de una cata de vinos se tratase, hicieron
una prueba de nariz. Al preguntarle a la
vieja idiota, ésta acusó a mi amigo, que se
hallaba presente en aquel momento. Pero
en esta ocasión las invitadas al té ya no
la creyeron y una investigación mínima
posterior las llevó hasta el jardinero, que
al parecer era hombre también de pocas
luces. Las señoras enseguida habían pensado
en mí y todas, a través de mi amigo, me
pedían disculpas de todo corazón. Mi amigo
añadía una postdata en la que decía que su
primita Andrea le había dado calabazas y
era recogida puntualmente todas las tardes
por un motorista. Me ofrecía la opción de
perdonarlo si yo tenía en cuenta los buenos
239

momentos que habíamos vivido en el pasado


y aquellos que el porvenir nos depararía.

No era yo entonces rencoroso, por supuesto.


Por supuesto, tampoco contesté la carta.
No volví a saber nada de mi amigo en un
tiempo. Suponía yo que él regresaría a la
ciudad para el comienzo del curso. Mi
amigo era todavía estudiante. Yo no dejé de
escribir. Los resultados eran absolutamente
prescindibles, pero era mi manía, mi pasión.
Tan intensa como frecuentar a diario una
tetería de la ciudad en la que se reunían
unas septuagenarias muy presumidas, muy
elegantes, grandes señoras, en cuyo círculo
había logrado entrar. Pronto empezarían las
clases en el colegio y habría de trasladarme a
un pequeño pueblecito de la sierra. Entretanto
disfrutaba de sus arrugas, de sus carnes
242

caídas, de su gusto perfecto para las joyas y


los trajes. Y casi cada tarde me presentaban a
una amiga nueva, de su edad, o mayor, como
las que prefería, de ochenta para arriba:

– Juan es escritor.

Me levantaba, encantado, les decía, y hundía


mis labios en sus mejillas, que eran blandas,
como las gachas.

– Por favor, acompáñenos al té. - Les decía


a las neófitas.
243

Hasta que en aquella ocasión:

– Será un placer . - Dijo ella.

La observé mientras se sentaba, tenía un


aire distinguido, interesante y su rostro
resplandecía enmarcado por dos hermosos
zarcillos dorados. Sentí un pellizco en el
estómago cuando con ojos maliciosos me
preguntó:

– ¿Y qué tipo historias escribe usted?


– Cuento mentiras, siempre mentiras.
IX

RECUERDOS DEL PELO LARGO


“D AN LAS SEIS , SINTONIZO A LOSS TONES ,
RECUERDOS DEL PELO LARGO , VIEJO BLUES ,
QUERIDÍSIMO E RIC B URDON ...

UN SONIDO MUY LEJANO LLEGA A MIS OÍDOS ,


ES EL RUIDO DE UN CERROJO QUE ABRE
UNA DULCE LLAVE Y QUE SÉ YO , SI ESTOY
TAN SOLO , QUIZÁ SÓLO SEA UN SUEÑO ...”

U NA NOCHE SIN TI , B URNING


250

T ODO HA SIDO MUY TONTO Y ABSURDO ,


quizás insuficiente para que le sirva de
cimiento a mi gloria. A una gloria de
verdad, no a una de esas glorias de gilí.
No lo sé. Voy a contarlo. Me alegra poder
contarlo, aunque eso no signifique lo que
habitualmente quiere decir. Está vivo para
contarlo. No, en mi caso estoy muerto,
pero lo puedo contar. Cosas del destino,
del destino de cada uno. Supongo que sigo
siendo escritor. Cómo iba a dejar de serlo,
sólo por el hecho de estar muerto con veinte
años. A esa edad nada le puede al hombre,
cuánto menos al poeta.

Sin embargo, lo que me es dado contar tiene


unos límites muy claros. Nada de ocurrencias
251

ni extravagancias. Al grano. La eternidad


por delante significa que no puedo perder
el tiempo ni hacérselo perder a los demás.
La vida nos permite muchas bobadas. Es lo
que echo de menos. Poder hacer el ganso.
Aquí todo tiene gran trascendencia. Y me
aburro. No sé que haré cuando termine de
contar, por eso no tengo prisa. No obstante,
no puedo dar más rodeos. Es como si me
hubiese salido un Pepito Grillo en la chepa.
Al grano, al grano, me dice constantemente.

De alguna forma la espita del gas se quedó


abierta. A mí me gustaba bañarme de vez en
cuando. Si me quedaba solo en casa, si mis
padres y mis hermanos estaban fuera, la casa
se renovaba en un territorio desconocido,
252

exclusivo, inquietante. Entonces me


dominaba una nueva percepción de aquel
yo escurridizo, que empezaba siempre
a través del mismo ritual: me tumbaba
a lo largo, metía debajo del grifo a toda
presión un tapón lleno de gel y esperaba
que la espuma me fuese cubriendo. En el
cassette ponía a Bob Dylan o a los Rolling
Stones. Pero con las canciones de entonces.
Estábamos en el año 1975. El mundo de este
lado es intemporal, pero ahí siguen siendo
necesarias las fechas. Yo era uno de aquellos
melenudos repeinados de los setenta.

La ropa se quedó tirada en el pasillo como


fatídico rastro del suceso o desenlace que
nadie esperaba. El gas me desvaneció y me
ahogué dentro del agua. Absurdo, ¿no es
253

cierto? La guitarra estaba sobre la cama, al


lado del hueco que mi cuerpo había dejado
en la colcha, entre arrugas y pliegues. No
pude volver a ella. Me quedé a la mitad de
un blues, que desde entonces me hierve en
los dedos. Sin embargo, así como me ha
sido concedido contar, lo de arrancar la
guitarra de la pared para darle salida a esta
desazón es un imposible. Nada de efectos
poltergeist. Las reglas aquí son arbitrarias,
aunque se acaban aceptando.

Debajo de la cama me dejé una maleta llena


de poemas en blocs, en cuartillas, en hojas
sueltas. En la mesa de estudio un diario, al
lado de los aburridos libros de Derecho, que
empollaba cada vez que tenía un examen.
En una sombrerera de mamá las cartas que
254

me había devuelto Dulce días atrás. Cartas


con más poemas y ruegos y promesas. Allí
se quedaron. Bob Dylan siguió cantando
un rato después sólo para mi exquisito
cadáver azulado. La casa dio un giro extraño
en aquellas horas, hasta que mi hermano
introdujo su llave en la cerradura. Qué poeta
no ha soñado con una escueta noticia sobre
su misteriosa muerte en el diario local.

El teléfono estuvo sonando toda la tarde,


pero yo ya no pude contestarlo. Exactamente
la casa no estaba sola. Yo estaba dentro,
en la bañera. Oí la primera llamada, dio
cuatro timbrazos y luego se calló. Dos de
ellos los oí con las orejas dentro del agua.
Dos fuera de ella. Prefiero con las orejas
dentro, pensé. Al rato volvieron a llamar, lo
255

sé, pero esta llamada y las sucesivas ya no las


oí. Yo tenía amigos, pero no tenía a nadie;
yo tenía familia, pero no tenía a nadie. Yo
había tenido una novia, Dulce, pero ya no
la tenía. A veces yo corría detrás de ellos
como si fuesen el último tren que pudiese
alcanzar, pero otras veces escapaba pensando
que me buscaban para ahogarme con todo
su cariño y su amor. Por eso había decidido
independizarme. Ya había encontrado un
piso compartido con otros estudiantes,
pero aún no había llegado el momento de
la mudanza. Tenía trabajo en uno de los
puestos ambulantes que vendían artesanía
y bisutería en el mercadillo hippy.

Los premios habían llegado pronto. A


los diecisiete años, siendo un adolescente
256

muy serio, muy formal, muy ilustrado, me


presenté a uno y lo gané. Aquello no era
del todo nuevo para mí. Mi padre también
era poeta y había sido él el que me había
animado a enviar mi libro que llevaba el
título de Arte ibérico. Pusieron en una solapa
una foto mía muy cojonuda y me pasé una
tarde entera dedicándole ejemplares a las
amigas de mamá, que me atusaban el pelo
con las confianzas de antaño, aunque los
huevos ya me hervían. Sin embargo, nunca
conseguí ser descortés o grosero con nadie.
Mamá había sido muy amable organizando
aquel té en mi honor.

Soy yo, pero también soy un sueño. Quién no


ha querido alguna vez ser un sueño, el sueño
de alguien. En mi diario iba apuntando
257

los sueños que tenía por las noches. Pero


la impresión que me quedaba después de
leerlos era la de que aquello nada tenía que
ver con lo soñado. De modo que no sé si
este yo tendrá que ver conmigo mucho o
poco. Otra cosa no hay, desde luego. Aquel
cuerpo sumergido en la bañera, aquella
melena abierta como una red, quedaron
desconectados de mi sueño, pero mi sueño
siguió en marcha. En Dulce, sobre todo.
Dulce era algo mayor que yo, unos tres años.
Y luego sólo me sobrevivió dos. Viajaba con
su padre al norte de la isla y en una curva el
coche se precipitó al mar.

Los poetas estamos enamorados de la


muerte. Dulce también era poeta. Los poetas
siempre estamos cansados. A los veinte años
258

los poetas lo hemos visto todo. Por qué


no morirse entonces. Sin embargo, en la
eternidad aún no he coincidido con Dulce,
lo que significa que ya no lo haré. Dulce
y yo estábamos hechos para la vida. La
vida era la materia de nuestros sueños, de
nuestros versos sobre la muerte. Pero el
azar, el destino o nuestra propia inquietud
nos sacó pronto de escena.

Conocí a Dulce en una piscina. La primera


vez que la vi estaba en el aire.

– ¿Quién es la chica que vuela? - Les pregunté


a mis amigos.
– ¿La que se acaba de tirar del trampolín?
No la he visto.
259

Luego tardó en salir fuera del agua. Estuvo


nadando y jugando con un coro de chiquillos
y un gran balón de Nivea. Cuando por fin
lo hizo, me pareció que sus dificultades en
tierra eran las propias de una sirena. No
tenía cola de pez, pero unas piernecitas
enclenques, afectadas de polio, apenas le
permitían moverse si no era con la ayuda de
unos bastones. Dulce era hermosa como su
nombre. No la volví a encontrar aquel verano,
pero ya no pude olvidarla, a pesar de todas las
turistas extranjeras que fui conociendo con
mis amigos. En septiembre un viejo poeta
surrealista visitó la isla para hacer una lectura
de sus versos. Se alojó en casa. Mi padre le
dijo que yo también escribía, pero el viejo
estaba más interesado en el contenido de
260

nuestro flamante frigorífico que en mis


delirios. Se pasó aquellos días “picoteando”,
mientras hacía que le repitiese mis versos,
que se la traían más que floja. En el recital
volví a verla. En primera fila. Era una gran
admiradora de aquel glotón. Me senté a su
lado y me lo dijo.

– Está viviendo en casa. Si quieres te lo


presento. - Le dije, para darme un aire
interesante.

Luego el tragaldabas del surrealismo se


marchó, pero Dulce y yo seguimos viéndonos,
hasta que una noche nos acostamos. Y
aquello fue apoteosis y apocalipsis.

Mira. En esta fotografía. Qué ojos, qué sonrisa


y qué orejas de soplillo. Estoy sentado en una
261

silla de enea, con la camiseta blanca abierta


por abajo, que parece un body. No más de
cuatro años debía de tener aquí, qué cara de
pillo. Las piernas desolladas y renegridas,
desnudo de cintura para abajo y con un
programa de la feria en la mano. Las paredes
están alicatadas de azulejos blancos y a un
lado un rollo de papel higiénico. Esta foto
me la sacó La Fuencisla por su cuenta. La
tenía ella entre sus cosas y sólo apareció
cuando la puñetera estiró la pata. Yo ya ni
me acordaba de que me la había sacado.
Ahora la tiene papá. A mamá le habría dado
un patatús si la hubiese visto. Sobre todo
por el detalle del papel higiénico, pero es
que La Fuencisla hacía ese tipo de cosas.
Llevaba en casa treinta años y se permitía
las licencias que se le antojaban. La foto
que si recordaba yo, porque siempre había
262

sido comentada en casa, aunque mamá se


había negado a verla, era la de la carrera de
orinales con mis hermanos, todos con el culo
al aire, los bacines abandonados y el choricillo
colgando. La Fuencisla se meaba de risa.

Papá la había visto, pero ante mamá lo negaba.


Sin embargo, ahora esa está perdida. Papá
se va a morir pronto, pero antes ha reunido
mucho material disperso. Poemas que
aparecieron en revistas, cartas a amigos de la
Península, dibujos y, por supuesto, las fotos.
Mira. En esta estoy esnifando sobre un trozo
de espejo, pero no dejo de mirar al frente,
a la cámara. A un lado mi vaso de whisky.

A los dieciocho gané el “Perfil Elegante” de


novela con Secretos de la Pequeña Dulce. A
263

los diecinueve, justo un mes antes de la fatal


inmersión en la desolada bañera familiar,
otra vez la Poesía me entregó sus laureles por
un poemario al que le puse por título Isla, a
secas. Para entonces ya había decidido dejar
de escribir y marcharme de casa. Aunque
seguía empollando un par de días antes de
cada examen, la guitarra y las drogas me
interesaban cada vez más. En el mercadillo
hippy había conocido a una nueva chica
sueca, pero yo todavía era un burguesito y
no me decidía a dejarlo todo. Pensé que si me
iba a un piso con otros estudiantes y seguía
con la carrera, papá y mamá lo llevarían
mejor que si les anunciaba mi repentino
ingreso en una comuna. Esos eran mis
planes, pero de alguna forma la espita del
gas se quedó abierta mientras me bañaba.
266

El primer rumor fue que la había abierto yo


mismo intencionadamente. Luego se dijo
que La Fuencisla había tenido aquel despiste
justo antes de ir a visitar a su hermana al
hospital. Pero también que si uno de mis
hermanos, o que mamá, que nunca sabía
hacia dónde cerraban o abrían las llaves. El
caso es que nunca se supo exactamente quién
le había dado aquel giro letal al manubrio.

Ma vie ne fut que folies douces, c`est


regrettable. Mi vida no fueron más que dulces
locuras, es lamentable. Arthur Rimbaud
dejó de escribir a los diecinueve años. Me
muero de cansancio, dijo unos versos más
adelante. Je meurs de lassitude. Qué más
da quién hubiese dejado abierta la espita.
Todas las ciudades de provincias tienen su
267

poeta Fénix. He coincidido aquí ya con


varios de ellos, lo que significa que tendré
que soportarlos, tengo que soportarlos y
tuve que soportarlos. ¿Qué creéis que se nos
ha ocurrido hacer? Un club. Cómo no.

Pero vayamos al grano.

Entonces todas las chicas con las que podía


llegar a tener una relación intensa me daban
mucha lástima, hasta que conocí a Dulce.
Y comencé aquel poema mítico que titulé
Muchacha y que tardé más de un año en
completar.

Era la época del primer turismo y a la


isla llegaban bastantes suecas y alemanas.
Con ellas había tenido mis primeros
268

escarceos eróticos. Las chicas se renovaban


quincenalmente y al principio eso era lo
divertido. Con ellas eran los baños en el mar
por la noche, los revolcones entre las dunas,
los ahogos y apuros para deshacernos del
pantalón vaquero atascado en una tremenda
erección. El día de su partida íbamos al
aeropuerto y todos nos abrazábamos felices.
A las pocas horas llegaba una nueva remesa.
Pero las chicas con las que podía llegar
a salir más en serio, las hermanas de mis
amigos, las hijas de las amigas de mamá,
me inspiraban una profunda lástima si
pensaba en ellas como mujeres, con aquella
arquitectura del abuso en la que un amante
desea ahogarse, morir. Y de pronto miré
hacia el cielo, porque me gustaba buscar la
269

solución a mis conjeturas en las nubes. Y allí


estaba Dulce. Con los brazos abiertos, con
su pelo fabricado por las abejas, volando.

– Tengo diecimuchos años. - Le dije, cuando


ella me preguntó le edad.

Me miró como si fuese a ajusticiarme allí


mismo.

– Diecisiete. - Rectifiqué.
– Yo, veinte. Pero en nuestro caso esta
diferencia no importa. Tú eres un playboy
y yo una muchacha virginal. Como son las
cosas en este tiempo. Dentro de poco yo
seré una zorra con los genitales geométricos
y tú un inocente dios de la caza.
270

Pero un día me dijo:

– No te quiero ver más.

Aferrada a sus bastones hizo ademán de


atizarme con uno, si me acercaba a ella. Por
la tarde ya tenía en casa todas las cartas que le
había enviado. Desalojé una sombrerera de
mamá y las metí allí. Y comencé a escribirle
de nuevo. Le envié el poema Muchacha, que
me había inspirado, escrito con tinta hecha
de mi sangre, pero todo me lo devolvía y
yo lo depositaba junto.
272

Henry Miller al parecer dijo: “Escribir es


siempre algo distinto de lo que la gente
piensa”. Dejar de escribir es muy parecido
a esa cagada. Esa tarde había quedado. Pero
el gas me adormeció y el agua se coló en
mis pulmones. Nunca llegué a mi cita. Y la
persona que se quedó esperándome prefirió
no decir nada. Recogió velas y vendió su
mercancía en otro puerto. No sé si con esto
será suficiente para el edificio de mi gloria,
pero lo que no olvido es lo bien que me lo
pasé en aquellos años del pelo largo.
RECUERDOS DEL PELO LARGO
A N T ON IO B Á E Z , 2017
281

NOTA DE EDICIÓN

LOS RELATOS AUTOSTOP (PÁGINAS 20 A 33),


LA VISITA (38-63), LAS MOSCAS (68-98),
FUNERAL (104-136), PANEM ET CIRCENSES
(142-166) Y RECUERDOS DEL PELO LARGO
(250-272), FORMAN PARTE DEL LIBRO MUCHA
SUERTE, PUBLICADO EN 2008 POR EDITORIAL
NARRADORES.

EL RESTO DE RELATOS COMPILADOS EN ESTA


OBRA (BONANZA, PÁGINAS 172 A 193; LAS
SEÑORITAS , 198-211; E I NVITADAS AL TÉ , 216-
243) SON INÉDITOS.
283

NOTA DE EDICIÓN II

LAS FOTOGRAFÍAS EMPLEADAS PARA EL DISEÑO


DE ESTA OBRA PERTENECEN A LOS ARTISTAS
ALFONSO VILA FRANCÉS (CUBIERTA, PÁGINAS
16-17, 29, 34-35, 50-51, 58, 64-65, 93, 100-
101, 118-119, 128, 138-139, 156-157, 163, 168-
169, 176-177, 190, 194-195, 205, 212-213, 232,
240-241, 244-245, 271 Y 278-279) Y JESÚS
MIGUEL HORCAJADA (PÁGINAS 26-27, 82-83,
208-209, 264-265, 274-275).
285

NOTA DE EDICIÓN III

SOBRE EL AUTOR

ANTONIO BÁEZ RODRÍGUEZ (MÁLAGA, 1964).


AUTOR DE LOS LIBROS DE CUENTOS MUCHA SUERTE
(NARRADORES EDITORIAL, BILBAO, 2008) Y GRIEGO
PARA PERROS (E DITORIAL S ABARA , Z ARAGOZA , 2012) Y
LAS NOVELAS L A MEMORIA DEL G INTONIC Y L A MAGIA DE
LOS DÍAS ( AMBOS EN E DITORIAL T ALENTURA , M ADRID ,
2011 Y 2016 RESPECTIVAMENTE). HA APARECIDO EN
DIVERSOS MEDIOS DIGITALES Y ANTOLOGÍAS ( V ELAS
AL VIENTO : LOS MICRORRELATOS DE L A N AVE DE LOS
LOCOS , C UADERNOS DEL V IGÍA , G RANADA , 2010;
MAR DE PIRAÑAS: NUEVAS VOCES DEL MICRORRELATO
ESPAÑOL , M ENOSCUARTO , P ALENCIA , 2012). E N LA
REVISTA P ENÚLTIMA PUBLICÓ UN REPORTAJE SOBRE
EL MUNDO DEL CUENTO EN ESPAÑOL . A UTOR DEL LIBRO
INÉDITO N ADAR EN SECO ; UNO DE LOS RELATOS QUE
LO COMPONEN RESULTÓ GANADOR DEL IV P REMIO DE
RELATOS INCÓMODOS (ESCUELA DE ESCRITURA ÍTACA,
2017).
ÍNDICE

PRÓLOGO, POR RAKEL RARO 4

AUTOSTOP 20
LA VISITA 38
LAS MOSCAS 68
FUNERAL 104
PANEM ET CIRCENSES 142
BONANZA 172
LAS SEÑORITAS 198
INVITADAS AL TÉ 216
RECUERDOS DEL PELO LARGO 250

NOTA DE EDICIÓN I 281


NOTA DE EDICIÓN II 283
NOTA DE EDICIÓN III 285
OTROS TÍTULOS
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QUE UN POEMA
(ANTOLOGÍA DE JÓVENES POETAS CHILENOS)
LO QUE HABITA EN EL CRISTAL
(ANTOLOGÍA DE JÓVENES POETAS
ESPAÑOLES)
(ANTOLOGÍA JÓVENES POETAS ESPAÑOLES)

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CHRISTIAN J. KANAHUATY
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GROENL
ROENL ANDIA , 2015

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