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ÍNDICE Ensayos
Cobardes Los motivos del lobo Crisis en la crítica 3 6 8 15 28 33 37 40 42 46 49 52 55 59 62 64 67 69 72 75 77 78 81 83 86 88 91 95

Reseñas Habitantes
Ángel Muñoz Rodríguez Esperanza García Guerrero Luis Amézaga Antonio Huerta Sergio S. Taboada Pepe Pereza Ana Vega Lucia Fraga Ana Patricia Moya

Visitantes
Andrés Portillo Eva María Medina David Fueyo Carlos Buj Noelia Illán Alejandro Reina Amaia Hidalgo Santiago Eximeno David García Sonia Marpez Rubén Casado Murcia David Vázquez Iván Rafael José Pastor González Maika R. Montalvo

Groenlandia número catorce (Mayo / Agosto 2012). Directora, coordinadora, editora: Ana Patricia Moya – Vicedirectora, administradora de la Web: Bárbara López Mosqueda – Administradora del blog: Ana Patricia Moya - Vicedirector y caballero groenlandés de la máxima excelencia: Andrés Ramón Pérez Blanco – Portada, contraportada, ilustraciones de partes: Felipe Solano - Habitantes: Ana Patricia Moya (Córdoba), Ángel Muñoz
(Madrid), Ana Vega (Oviedo), Lucia Fraga (A Coruña), Pepe Pereza (Logroño), Esperanza García Guerrero, Antonio J. Sánchez, Mario Álvarez Porro (Sevilla), Luis Amézaga (Vitoria), Sergio S. Taboada (Avilés), Antonio Huerta (Cádiz) – Visitantes: Noelia Illán (Cartagena), David García, Santiago Eximeno, Andrés Portillo, David Vázquez, Eva María Medina (Madrid), Alejandro Reina (Tenerife), José Pastor González (Granada), Amaia Hidalgo(Gipuzkoa), Sonia Marpez, Iván Rafael, David Fueyo (Oviedo), Rubén Casado (Ceuta), Carlos Buj (Málaga), Maika R. Montalvo (Almería) – Ilustradores: Óscar Cardeñosa, Felipe Solano, Juan Carlos Cardesín – Fotógrafos: Felipe Zapico, Ángel Muñoz Rodríguez, Bárbara López Mosqueda - Edita: Revista Groenlandia – 2 Corrección, maquetación, diseño: Ana Patricia Moya - DEPÓSITO LEGAL: CO-686-2008 – ISSN: 1989-7407

El reino de los cobardes es el que se encuentra justo aquí mismo, al lado, entre nosotros, el formado por todos aquellos que cabalgan en la impunidad más fiera sin ser vistos por una ceguera que se padece por voluntad propia. El reino de los cobardes es el lugar de origen de los dardos envenados, los comportamientos más viles y miserables y las agresiones más crueles. Difícil admitir por tanto la existencia de un lugar así tan cerca, incluso dentro… Quien sabe aceptar su cobardía nunca es el más cobarde. Aquel que niega y sonríe y elabora todo tipo de estrategias y tácticas para que nadie alcance a ver la raíz de sus enredos de encantador de serpientes o los golpes silenciados tras la maleza, o los muros de su casa, ése es el verdadero cobarde. Curiosos fenómenos los que se dan alrededor de esta especie de vampiros que parecen sobrevivir a base de sangre, cuerpo y energía ajena, pues parece que por orden divina ascienden sobre los huesos de sus víctimas y a golpe de cadáver consiguen alcanzar algún grado social que les permite lavar la sangre derramada sin levantar sospecha alguna. Para ello, utilizan herramientas de lo más básicas: sonrisa implacable, buena percha y una paciencia desmesurada que emplean en ir ganando fieles adeptos a dicha máscara. Las víctimas, por tanto, se encogen hasta diluirse en cucarachas, como un Gregor Samsa a la espera de un último puntapié. Recuerdo la frase que he leído y escuchado tantas veces: quien se

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suicida lo hace por no matar al culpable. Quizá el culpable se encuentre a una altura imposible de alcanzar y muchos de los soldados-legión del cobarde en cuestión impidan cualquier acceso o interrupción mínima de la labor de su amo, quien ha de seguir golpeando, hiriendo y dañando pues tan sólo en eso descubre cierta pulsión sexual, sólo así se siente vivo (algo habitual en recipientes vacíos). Otro de los curiosos fenómenos que podemos observar – pocos, muy pocos ojos por lo que veo - sobre dicho reino es la diferencia extrema que se produce entre quien ha conocido a un verdadero cobarde y aquel que sigue creyendo que en el hombre sólo habita la bondad, y que todo comportamiento conlleva una explicación lógica, racional y sin ápice alguno de maldad. La ceguera física no se elige: la mental, sí. Ahora nos sorprenden casos como el del monstruo que mantuvo encerrada a su hija durante años, torturándola de forma sistemática, a ella y los hijos engendrados, o los casos que van apareciendo en cascada infinita cada día en los que nadie parece haber visto nada, ni escuchado nada, ni advertido nada… Curioso, muy curioso. Algunos siguen negando el exterminio judío, otros mantienen que Hitler adoraba a su amante y trataba a su perro de forma excepcional. Pinochet, dicen, fue un abuelo ejemplar. Me pregunto cómo es posible que alguien pueda redimir los actos más crueles y brutales de otro ser amparándose en una frontera invisible que se basa tan sólo en la conveniencia de mantener la dichosa ceguera en su lugar, sin ser
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molestada. Tomar posición siempre exige cierto esfuerzo y tal vez valentía, quizá el cobarde se haga fuerte tras su ejército y tal vez éste sea un ejército de cobardes, y tal vez y sólo tal vez esto explique por qué nadie parece ver las heridas que tantas personas llevan escritas en el rostro, ni los muertos que no pueden descansar en paz y siguen gimiendo a nuestro alrededor, exigiendo con sus gritos ser vistos, escuchados. Saramago, hombre lúcido y sabio, ya nos advirtió que la ceguera será la peste de este siglo. Mientras tanto, los cobardes siguen impunes, cabeza alta y sonrisa bien estudiada.

5 Ana Vega

Hay algo que podemos considerar un axioma evidente y casi universal: cada uno de nosotros piensa: “yo estoy en lo cierto y los demás están equivocados”. Es decir, nuestra percepción personal y nuestro sistema de valores se nos presentan como absoluto, considerando que los demás se acercan a la verdad en la medida en que coinciden con nosotros. “Y sin embargo se mueve”. La Tierra gira en torno al Sol, pese a que, para los sesudos doctores que juzgaron a Galileo, era evidente e indiscutible que nuestro planeta era el centro inmóvil del Universo (e incluso eso es lo que parecen indicarnos nuestros sentidos). Son muchos los ejemplos como éste, a lo largo de la historia, en los que verdades que se ofrecían incontrovertibles se han demostrado falsas. Y, a nivel más íntimo, todos tenemos en nuestra historia personal (aunque a veces nos cueste reconocerlo) casos en los que hemos estado convencidos de hechos erróneos; todos, en alguna ocasión, hemos metido la pata hasta el fondo. Es necesario aprender de esa experiencia, practicar la sana (aunque difícil) higiene mental de considerar que el otro puede tener su parte de razón y ejercer la autocrítica de considerar que quizás nosotros a veces estamos equivocados. O mejor aún: considerar que no existe una única razón, que la verdad es poliédrica, y que dos posturas que sean contradictorias entre sí pueden tener, las dos a la vez, su porción de esa verdad. Es evidente que los pastores que persiguen a los lobos están cumpliendo con su
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deber de proteger a sus rebaños, pero, ¿acaso no cumple con su deber el lobo que intenta cazar para alimentarse a sí mismo y a sus crías? No es necesario que renunciemos a nuestras posiciones para entender las del contrario, y desde esa mutua comprensión, podemos intentar alcanzar puntos intermedios. Los mejores acuerdos son aquellos que no dejan del todo satisfechos a ninguna de las partes, porque eso es señal que nadie ha impuesto del todo sus criterios. Incluso las posiciones erróneas son respetables si parten de un planteamiento honesto. Y en cualquier caso, siempre hay que dejar un espacio, un mínimo respiro, al otro. La presión extrema y sin fisuras sobre el violento le hace reaccionar con más violencia (si las ollas Express no tuviesen la válvula de escape del vapor explotarían). Y es que en el fondo, la violencia no es más que un modo de defensa, y los mecanismos de defensa se activan ante el miedo. Sin olvidar que frente a posturas de violencia e intransigencia es precisa, en muchas ocasiones, una posición de firmeza disuasoria, darle al otro un espacio para sentirse entendido es abrirle un camino para integrarlo y desactivar su intransigencia. Eso lo saben todos los servicios de seguridad, que tienen preparados equipos de negociadores para el caso en que algún delincuente tome rehenes: una postura exclusiva de fuerza y amenaza puede exacerbar su estado y redundar en daño para los rehenes: si a una rata se le deja una vía de escapatoria huirá, pero si se le acorrala nos atacará rabiosa.
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Y estas actitudes de diálogo, comprensión y transigencia, como forma de evitar la violencia, no son sólo cosa de “los otros”, sean los otros el sistema, el poder, los políticos, los que mandan, o cualesquiera otros en los que pongamos la responsabilidad de lo que pasa. Todos somos potencialmente violentos. Acumulamos pequeños desprecios y prejuicios que, en muchas ocasiones, se frenan sólo por miedo a los castigos legales. La paz puede terminarse en una bronca en un semáforo. Aunque es indudable que existen grupos de poder que manipulan y orientan en función de sus intereses las grandes políticas, incluida la guerra, las grandes violencias nacen de las sumas de pequeñas violencias, de pequeños odios, de pequeñas intransigencias. Todos hemos de asumir nuestra cuota de responsabilidad. La postura maniquea de dividir el mundo en buenos y malos, en considerar que el malo es malo en estado puro, sin posibilidad de matices; es cómoda, pero generadora de tensiones y acritudes. La paz no es un tema, sino una actitud. Sólo se defiende la paz desde una postura personal pacífica, moderada y transigente: atacar de forma agria a los “enemigos de la paz” no deja de ser un comportamiento contrario a la paz. Todo es más fácil si intentamos entender los motivos del lobo, si no olvidamos a tantos inocentes que han sido condenados con pruebas que parecían incontrovertibles y adoptamos la saludable práctica de conceder al otro el beneficio de la duda.

8 Antonio J. Sánchez

Hace años, tuve la ocasión de leer un ensayo acerca del fin del arte. En sus páginas, el autor, reputado filósofo, arremetía contra la crítica artística en general; según sus palabras, una disciplina carente de sentido pues resulta absurdo “normalizar” la creación artística, esto es, establecer las características que ha de reunir una obra para que sea considerada como arte. Es evidente, por tanto, que los criterios interpretativos en cada individuo son únicos; nuestras apreciaciones particulares pueden diferir o coincidir con otras; por otro lado, especificar con una serie de pautas concretas lo que ha de reunir tal o cual producción artística para que sea designada como arte es una falacia porque, obviamente, estos patrones están limitados a aspectos externos y que nada tienen que ver con el resultado del proceso artístico: que un lienzo sea más caro que otro no quiere decir que sea más hermoso; no se puede afirmar, igualmente, que tal o cual escultura es magnífica tan sólo porque su creador es talentoso y todas sus piezas son de calidad; que alabemos un determinado cortometraje porque conocemos íntimamente a su director no implica que sea bueno; tampoco hay que relevar al cómic a una categoría inferior porque son nada más que viñetas rellenas de monigotes con letras. Ejemplos personales: me apasiona Egon Schiele, pero no toda su colección pictórica me agrada; uno de mis cineastas favoritos es Stanley Kubrick y considero que, aunque ha ofrecido películas memorables como “La naranja mecánica”, también ha tenido patinazos tremendos, como “Eyes Wide Shut” (sin pretensión de ofender a los mitómanos más redomados); con respecto al noveno arte, ya quisieran muchos narradores actuales y especialistas en producir best seller como churros crear historias gráficas tan potentes y

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exquisitas como “Watchmen”, “V de Vendetta”, “Maus”, “MW”, “El caminante”, “Black Sad”… y mil ejemplos más. En suma: que mi forma de ver el mundo, y por tanto, del arte, es especial. Supone una quimera el pretender ser objetivo en la literatura, como sucede en cualquier otra materia artística (exacto: los gustos personales). El principio básico del arte es la libertad creativa universal; por eso, aspirar a una crítica carente de subjetividad a raíz de estos gustos personales, es imposible. Sin embargo, el sistema se ha encargado de diseñar a su antojo y a lo largo de los siglos, una serie de reglas que estipulan lo que es arte y lo que no, o expresado mejor, lo que está permitido y lo que no, lo oficial y lo extraoficial. Es bien cierto que en el pasado, esta “reglamentación” destinada a premiar el arte correcto y castigar el desviado, explicita o implícitamente, era más controlable; sin embargo, en la actualidad, con la aparición de dispares medios como Internet, ya se cuestiona, a todos los niveles, lo que ha de ser considerado como arte o no. Estas reflexiones son adecuadas para abordar, a la perfección, la tormentosa – o mejor dicho, escabrosa – crisis de la crítica literaria. Mientras el gigante editorial lloriquea con estúpidos pretextos para justificar su incapacidad para adaptarse a la era informática, uno de los métodos empleados para la “promoción” efectiva de sus ejemplares se tambalea: la crítica literaria oficialista. En nuestros días, es una disciplina desprestigiada, y la labor de sus profesionales, es cuestionada. ¿La mayor amenaza? Por supuesto, Internet. Es innegable que la red ha suscitado unas transformaciones bestiales en este ámbito: cualquiera puede ser “crítico”. Se establecen dos grupos: los expertos, que se resisten a “bajar

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de posición”; los aficionados, en auge. Las diferencias son elementales: los primeros poseen títulos y amplia experiencia en el campo literario (suelen ser, a su vez, escritores); los segundos se identifican a sí mismos como lectores “normales”, que opinan libremente en foros y páginas Web. Los críticos tradicionales, por su compromiso laboral, tienen que redactar textos, casi siempre favorables o ecuánimes hacia un título u otro pues éste ha sido producido por el grupo editorial que le paga (y, a pesar de esto, mención aparte para los “especialistas” que solicitan ejemplares gratuitos con la promesa de una reseña que nunca se publica); este hecho es totalmente respetable, a cambio de un sueldo todo se puede justificar, pero supone un inconveniente que resta objetividad a la hora de interpretar el contenido de un libro. Da igual que le agrade o no: el salario manda. Este contratiempo para un ejercicio de crítica menos condicionado desaparece en el mundo virtual, donde destaca la pluralidad de opiniones sin que los navegantes soliciten una contraprestación dineraria a cambio de sus participaciones y aspirando, más bien, a que se les tenga en cuenta: toda esta fuente de información fluye desapercibida para las grandes editoriales porque no vislumbran al usuario de Internet como una persona con necesidades de ocio múltiples, sino como un ignorante al que hay que disuadir para que compre sus impresionantes colecciones, sin que cuestione nada más. El navegante, como no está “obligado” a que le guste un título comentado, su deliberación gratuita tiene su valor, valor que no aprecia la industria, o que no sabe aprovechar correctamente. El monopolio editorial, capacitado para invertir grandes cantidades de presupuesto en publicidad, se encuentra en una situación complicada pues ya resulta insuficiente volcar todos sus medios para atraer lectores: una reseña en un

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suplemento de un periódico de tirada nacional tiene la misma validez que una entrada de blog. El acceso a Internet ha supuesto la multiplicación de interpretaciones personales acerca de todo tipo de temas; a causa de la espléndida democratización cultural que ha permitido que todos y todas podamos participar en la red de redes, podemos hallar esa ansiada proximidad que algunos medios típicos no han conseguido establecer con las personas – ese término me gusta más que “potenciales lectores”, sinónimo de consumidores -; estamos ante un conglomerado de público general, menos erudito, cuyas reclamaciones sí están siendo escuchadas por algunas pequeñas y medianas empresas que han visto su papel reforzado gracias a la comunicación más directa e impersonal a través de la Web, y es que ésta ofrece herramientas muy eficaces para que editoriales independientes y modestas consigan marcar la diferencia y despuntar con el apoyo de fieles lectores, más receptivos a las novedades. Es paradójico que un aparato con conexión humanice al sistema, y es que Internet, una de las máximas representaciones de la democratización cultural, está debilitando a la crítica oficial de prensa, radio y revistas especializadas; la mayor parte de la población puede acudir a la Web y aportar algo positivo o negativo, pero libremente (milagro de libertad de expresión de la que gozamos, de momento). ¿Reacción de los especialistas críticos? La más lógica porque su ocupación corre peligro: intentar convencer de que ellos, por su preparación y conocimientos, son los más adecuados para la tarea de separar lo óptimo de lo pésimo; pero este argumento resulta vano y los lectores quieren ser partícipes y contrastar información virtual con artistas u otros aficionados (y, aunque esto suponga, la proliferación de los famosos trolls: seres frustrados y aburridos que sienten

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inexplicable placer molestando y que no aportan nada beneficioso). ¿Solución? Los avances tecnológicos son imparables: muchos negocios vinculados al mundo editorial (como el especial caso de la distribución), están condenados a extinguirse (o bien, si hay una estrategia comercial inteligente, transformarse). Los críticos deberían encontrar su hueco en la red que tanto temen, actuando como colaboradores ya que su experiencia puede resultar muy útil para el resto de usuarios de Internet y lectores ávidos de propuestas alternativas. Ya analizados los condicionantes de los gustos particulares y el económico, habría que señalar otro más, más pernicioso si cabe pues, por desgracia, se reproduce en el mundo virtual, generando decadentes y exclusivos corralitos, perjudiciales para la consecución de una crítica imparcial y necesaria. Nos referimos, por supuesto, a las afinidades existentes entre escritores, críticos, editores e incluso acérrimos lectores. La amistad es un arma poderosa dentro del mundillo literario: en estos ámbitos cerrados, las consideraciones más o menos objetivas son prácticamente inexistentes. En lo referente a la crítica, será poco probable, por ejemplo, que un autor escriba una reseña sobre la obra de un completo desconocido en una publicación literaria supuestamente independiente. Lo frecuente es que todos los miembros que integran un reducido círculo se apoyen y protejan entre sí; éstos, aparte, pueden llegar a obtener poder mediático e incluso llegar a tener control sobre algún ámbito cultural \ editorial; rara vez un ajeno al grupo consigue sus favores o respeto. ¿La neutralidad? Muy difícil de mantener. Estas “comunidades”, que pueden ser físicas o virtuales, respiran tranquilos por la seguridad que les concede la unión (y más si

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entre ellos hay un “líder” destacado) y pueden desplazar a aquellos que son desconocidos, o “contrarios” a los compañeros y sus ideas; en el peor de los casos, hasta pueden calumniar al “no aliado”: de ahí que un alto porcentaje de críticas nefastas estén dirigidas a personas etiquetadas como “dañinas” o “no simpatizantes” del clan. Y esto, naturalmente, añade exagerada subjetividad y no facilita una adecuada interpretación crítica. Supongo que habrá excepciones y existirán críticos independientes, más o menos fiables – o, mejor dicho, sensatos, cualidad que se está disipando porque el interés resulta más rentable -, pero hay que asumir que es lo habitual en todas partes, y sobretodo, en nuestro país. A modo de conclusión: si sois lectores, no os toméis al pie de la letra lo que difunda un crítico, sea oficial o de la red, si bien tampoco hay que despreciar su esfuerzo porque, en casos puntuales, pueden ser buenos orientadores. Hay que tener iniciativa: si os recomiendan un libro, acercaros sin prejuicios para obtener vuestras propias conclusiones y, lo más ideal, compartir las impresiones. Si sois escritores, no os desaniméis cuando un crítico os rechace, sea cual sea el motivo (porque tu obra no es su estilo favorito, porque no te conoce de nada, porque eres considerado como un enemigo o, rizando el rizo, porque eres enemigo de un amigo). Lo primordial es que estéis convencidos de que os gusta lo que escribís.

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ALBERT NOBBS (Dirigida por Rodrigo García). Albert Nobbs es un perfecto caballero: educado, amable, atento. Goza de prestigio gracias a su trabajo como mayordomo en importantes hoteles. Mientras Albert acumula dinero para conseguir un negocio propio, oculta, con discreción, su verdadero secreto: es una mujer obligada a transvertirse de varón para sobrevivir en una sociedad machista y hostil. Convive con una de sus compañeras, Helen, una criada a la que corteja con todo tipo de regalos lujosos; sin embargo, la joven se deja seducir por interés: mantiene una tormentosa relación con un aprendiz que le incita a sacarle todas sus ganancias para caprichos. Por azar del destino, Albert conocerá a Hubert, otra mujer disfrazada de hombre y con una vida matrimonial normal: en ella, encontrará a una amiga, aliada y confidente. La situación empieza a torcerse cuando una epidemia se extiende por tierras irlandesas y Nobbs cae enfermo. Y hasta aquí puedo revelar parte del argumento de una historia que, a pesar de su interesante planteamiento - un protagonista que duda de su género, interpretada por una soberbia Glenn Close, impecablemente caracterizada - y por la precisión del retrato social de la miseria europea del siglo XIX, no me acaba de convencer la propuesta. Se podría haber indagado más en el oscuro pasado de Nobbs - sólo se reflejan unas pinceladas -, incluso algunas escenas, a mi modo de ver, carecen de sentido y provocan dudas en la identificación de la realidad sexual del personaje principal; el final es el adecuado (se impone la realidad más cruel), pero previsible. No se trata de una pieza maestra (escapó del Óscar: a pesar de la magistral lección interpretativa de Close, Streep se impuso con la fantástica “La dama de hierro”), pero la película es buena, gracias a la labor de la propia Close que redactó el guión y la sensibilidad de un director con mucho tacto para tratar el universo emocional femenino: los actores cumplen a la perfección con su papel, el ritmo es pausado, correcto; y, por supuesto, hace reflexionar sobre cuestiones de género, la

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renuncia al mismo para sobrevivir en un mundo de hombres, sin olvidar la feroz hipocresía, la avaricia y la ambición como motor que mueve a muchos seres humanos. OPSTANDELSEN (Dirigida por Casper Haugegaard). Otra estupenda película independiente que, por supuesto, pasó desapercibida en las salas de cine españolas, y para variar, también ignorada para la comercialización en dvd doméstico. De origen danés, Opstandelsen - o, en su traducción, “Resurrección” - nos deleita con el Apocalipsis en un entierro, en la que tres hermanos y su madre beata despiden en la misa al hermano fallecido; al pronunciar el cura las fatales palabras de la Biblia sobre la resurrección de los muertos, se desata el caos en el cementerio cercano a la iglesia; todos los miembros de la familia se transforman en seres hambrientos de carne fresca y los tres protagonistas tendrán que luchar para sobrevivir en una orgía de violencia, vísceras y sangre. Es un film que, a pesar de no alardear de contundentes efectos especiales, consigue su objetivo, a pesar de utilizar medios técnicos más “humildes”: fascinar y entretener, sin más pretensiones. Un director novel con una plantilla de actores desconocidos que ofrecen un homenaje al clásico cine de zombies: posee todos los ingredientes necesarios del género, desde una ligera “descripción” de los personajes sin profundizar en el drama familiar, hasta que estalla el caos en el interior del edificio religioso. No se pretende, en resumen, crear la mejor película de zombies, sino más bien crear otra que tenga la capacidad de cumplir con su cometido, que es divertir al público amante de los muertos vivientes; por suerte, todavía quedan artistas del séptimo arte que se preocupan de esta cuestión, porque para crear una buena película, no es necesario invertir grandes cantidades de dinero. Ana Patricia Moya

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EL PIANISTA (Dirigida por Roman Polanski). La película es una adaptación de las memorias del músico polaco de origen judío Wladyslaw Szpilman (papel interpretado por Adrien Brody). El film nos muestra, con gran crudeza, como tras el inicio de la segunda guerra mundial y la invasión de su país por los alemanes, todo su mundo se derrumba, quedando reducido a la nada. El director se centra en el gueto de Varsovia, una de las antesalas del exterminio para enseñarnos con gran maestría, y sin exceso de efectos especiales, el realismo, la violencia y el sufrimiento de los judíos que fueron sometidos, consiguiendo conmover al espectador con la cruel realidad que allí sucedió. Es destacable la interpretación del protagonista: su personaje nos transmite, con sensibilidad y credibilidad, la impotencia ante la barbarie que se está cometiendo, la confianza en los amigos, la desesperación o el afán por la supervivencia. Pese a todo, la película, dentro de tanta violencia, deja abierta una puerta a la esperanza y al ser humano. Conmueve la escena en la que un oficial alemán descubre al protagonista escondido en las ruinas del gueto y le pide que toque el piano; en ella el director coloca a ambos personajes en un mismo plano emocional, el protagonismo lo adquieren los dedos del pianista y la música hace de puente entre ambos, demostrando así que no hay vencedores ni vencidos, sino víctimas de un pasado histórico que no debemos olvidar. Obtuvo diversos premios, como la Palma de Oro, el César, el Bafta y tres Óscar. Una extraordinaria película. Esperanza García Guerrero
El equipo de Groenlandia recomienda: “La dama de hierro”, de Phyllida Lloyd “The artist”, de Michel Hazanavicius “Lorax: en busca de la trúfula perdida”, de Chris Renaud “Los juegos del hambre”, de Gary Ross “Blancanieves (mirror, mirror)”, de Tarsem Singh “Los descendientes”, de Alexander Payne “Zombies of mass destruction”, de Kevin Hamedani 17 “Boy eats girl”, de Stephen Bradley

NATURALEZA INFIEL (Cristina Grande, RBA, 2008). Éste no es un libro común. Cristina Grande posee un estilo muy personal, tanto en su modo de narrar como en las historias que cuenta. En este caso, podría tratarse de una novela fragmentada en capítulos, en aparente desorden o caos; sin embargo, la autora nos ofrece una historia perfectamente cimentada, e hilvanada, sin cabo suelto alguno, a modo de breves relatos, que en dicha brevedad nos descubren el talento de esta escritora. La vida de la protagonista cambia cuando su padre muere de forma repentina - lo que ella conoce como “un golpe de mar” - y no sólo la suya, sino también la de su hermana y su madre. Tres mujeres y tres formas de enfrentarse al dolor muy distintas. Mujeres fuertes e independientes pero no por ello libres de las debilidades que todo ser humano padece o que se acentúan en ciertos momentos. La prosa de Cristina Grande posee un ritmo vertiginoso, que se detiene, sin más, en un instante determinado para explicar hechos que en un primer momento nos parecen del todo superficiales, como el cambio que se produce en el hogar de Renata cuando al fin se deciden a comprar un lavavajillas. Un hecho concreto y de escasa importancia como ése nos revela, mediante las diferentes reacciones de cada una de las mujeres de esta historia ante dicho objeto, sus carencias, de las que ahora parecen desprenderse con un simple lavavajillas. Al menos, ese esfuerzo diario, inútil (“El esfuerzo nunca ha sido garantía de nada. El esfuerzo sigue pareciéndome un timo”) y eterno, de fregar los platos, se soluciona con un electrodoméstico (“Para mí, el futuro empezaría el día en que todo se arreglase sin tener que hacer esfuerzo alguno, de la misma forma en que todo se había estropeado antes tan fortuitamente”). La madre enseña a sus hijas la importancia de “no depender económicamente de ningún hombre” pero más tarde todas descubren, madre incluida, “que las peores dependencias no son las exclusivamente económicas”. Mujeres por tanto independientes (“No tener que dar cuentas a nadie era la auténtica libertad”) y sinceras,

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con las cosas claras (“El complejo de culpa debilita una barbaridad y te impide hacer ciertas cosas”), que, en un momento determinado, pierden el norte; el dolor les desdibuja el camino: “A veces, incluso me parece increíble haber pasado por en medio de tanta tristeza y remordimiento sin haber sufrido daños aparentes”. Cristina Grande escribe con una espontaneidad innata, con naturalidad y grandes dosis de realismo; utiliza el humor de forma inesperada, logrando así que el nudo en el estómago provocado al lector en la página anterior se convierta en sonrisa o carcajada: “Ese día, en su casa, me ofreció una patata chafada en un plato blanco de Duralax. Dijo que suicidarse era de muy mala educación”. La madre se preocupa del futuro de sus hijas, pero la protagonista de esta historia lo define con mayor exactitud: “Por suerte, ella se preocupaba de las cosas prácticas, no de la salvación de mi alma”. Y de la sonrisa ingenua nos conduce al retrato más crudo de la realidad, el aguijón del pasado que nunca podremos extirpar del todo: “Mi madre teme al pasado. Siempre lo recuerda mucho más negro de lo que fue. Lo teme como a uno de esos insectos que ponen sus huevos en las heridas abiertas de los humanos”. Finalmente, la protagonista nos regala toda una declaración de principios para sobrevivir al naufragio: “Hay gente que nunca tiene bastante en la vida, que sólo sabe quejarse de las pegas que van saliendo y que no aprecia lo bueno que le ha tocado, suele decir mi madre. A la larga, ella se siente una mujer afortunada y no soporta que la compadezcan. Mi madre - como mi abuela - es de las que no va al médico porque sus males siempre los ve pequeños. Para que las cosas salgan bien, hay que pensar que van a salir bien, eso como mínimo. Y hay que saber elegir, y saber resolver las cosas cuando no se ha elegido bien”. Ana Vega
El equipo de Groenlandia recomienda: “Constatación brutal del presente”, de Javier Avilés “El péndulo de Foucault”, de Umberto Eco “El niño del jueves negro”, de Alejandro Jodorowsky 19 “Super mame”, de Pablo Álvarez Almagro

MISTER WONDERFUL: UNA HISTORIA DE AMOR (Daniel Clowes). El autor de “David Boring”, “Wilson”, “¡Pussey!”, “Ghost World”, entre otras novelas gráficas de culto, vuelve a publicar otra historia típica de perdedores entrañables, y en el caso que nos ocupa estas páginas que se leen de un tirón, de adultos solitarios que superan la cuarentena y se ilusionan con una relación amorosa estable. Marshall, el “intrépido” protagonista, es el prototipo ideal de personaje “clowiano”, o mejor dicho, un reflejo de la realidad con la que se identifican muchos hombres en esta deprimente época moderna: una persona vulgar, que no destaca en algo concreto; un fracasado social más, tanto en lo laboral como en lo sentimental - divorciado de una mujer infiel por naturaleza, desempleado, sin perspectivas de futuro y que anhela una mujer estupenda en todos los sentidos, que no perfecta, para dar esquinazo a la soledad. Dar el gran paso en una cita - a ciegas, para más complicación - con alguien especial supone retornar a la tierna adolescencia: el nerviosismo del primer contacto y que provoca ocultar determinados aspectos para no causar mala impresión, crear el ambiente propicio para que no se estropee un momento tan perfecto, casi mágico; sin embargo, ya sabemos que no todo es previsible e ideal, y la cita del antihéroe Marshall se convierte en una aventura callejera donde se visiona el triunfo de la esperanza, donde un caballero de nobles intenciones supera su patético pasado, recupera la autoestima y lucha por conquistar, en una ajetreada noche, a la chica de sus sueños. Muy divertida. Mister Wonderful es una aconsejable lectura, muy ligera, editada en un formato diferente. Añadiendo una valoración personal: no es la mejor obra de Clowes - soy de las que sienten predilección absoluta por sus narraciones cortas como las compiladas en “Caricatura”, o por el surrealismo impactante de “Como un guante de seda forjado en hierro” - pero, sin duda, se mantiene la calidad con respecto al resto de sus costumbristas narraciones gráficas. Muy recomendable. Editado en la colección Reservoir Books (Editorial Mondadori).

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EL ÁNGELUS (Giroud / Homs). En una pequeña región francesa, habita Clovis junto a su familia; es un ciudadano corriente, con una profesión respetable pero aburrida, es correcto con su esposa y procura satisfacer los caprichos de sus hijos. Sin embargo, su anodina existencia se trunca al descubrir que padece una grave enfermedad, aunque decide ocultarlo a sus seres queridos y seguir esperando un milagro, o la muerte. En uno de sus viajes a la capital parisina, visita un Museo, y allí descubre una de las pinturas que más impactó en su momento al gran maestro surrealista Salvador Dalí, y en cuya obra repitió constantemente: “El Angelus”, de Millet. Al contemplarlo, el protagonista sufre un inesperado shock y empieza a recordar pasajes de infancia que creía haber enterrado en su mente; al igual que sucedió con el genial pintor catalán, se obsesiona con el lienzo hasta el punto de comenzar una profunda investigación sobre el tema. A medida que sus estudios avanzan, y en la que implica a una atractiva maestra de artes plásticas, Clovis experimenta una progresiva transformación a nivel personal, ante el asombro de todos los vecinos de la comarca; a pesar de las inminentes secuelas por sus complicaciones de salud, recupera su vitalismo de antaño, aprende a ser positivo y a disfrutar de pequeños placeres que le brinda la vida. Mientras indaga en los recovecos misteriosos del singular cuadro de campesinos orando, poco a poco, se irá desvelando un impactante secreto familiar que sólo él desconoce. Sin duda, una destacable novela gráfica, con un argumento interesante, entretenido, y acompañado de unas ilustraciones preciosas. Un drama con intrigas que hará las delicias no sólo de los amantes del arte, sino de todos aquellos curiosos que anhelen una buena historia. Editado en Norma. Ana Patricia Moya
El equipo de Groenlandia recomienda: “Sky Doll”, de Barbucci / Canepa “Pasolini”, de Davide Toffolo “El horno no funciona”, de Camille Vannier “Comedia sentimental pornográfica”, de Jimmy Beaulieu “Nietzsche”, de Onfray 21 Roy / Le

CENIZA (Pilar Blanco, Hiperión, 2005). Con esta obra, Pilar Blanco elabora una introspección severa y lúcida. Se arriesga y rastrea, persigue los surcos que el tiempo va dejando atrás y aquellos que deja entrever. Encontramos aquí una poesía intimista, reflexiva, sosegada, a veces casi mística o metafísica pero, fundamentalmente, valiente, que no teme preguntarse a sí misma, descubrir y reconocer la verdad, hallar respuestas. El eterno naufragio que aparece a lo largo de su obra se asume aquí de forma definitiva: nuestro paso fugaz por el mundo y nuestra ausencia, el punto final (“aunque finjas o llores / no tiene solución, estás en el camino / contra tu voluntad / (sólo la muerte aguarda al otro lado”). La ceniza está presente en nosotros desde el origen, y a ella volvemos de forma definitiva: “Alguna vez la arena / del tiempo será nuestra, hombres de fango y luz”. Pese a todo, el pasado se contempla con calma, como parte de lo que ahora somos, al igual que el presente que hoy vivimos, y el futuro, la ceniza. Abundan los poemas breves, que funcionan como pequeñas piezas de acabado perfecto, cuyo impacto es instantáneo y muy efectivo: “Llevo bajo los ojos un universo roto, / esquirlas de un mañana que ya no llegará, / llantos nunca vertidos, escombrera / como estrella extinguida, sus pedazos dispersos”. La soledad del hombre, el peso existencial frente a la muerte como puerta de salida nos lleva a sentir eso que define, con gran precisión, la autora como “coágulos de ceniza”. Todo nos conduce a ella. También la búsqueda, la huida de “ser para no ser cuerpos esclavos”. Una duda nos acecha a lo largo de todo el libro: ¿hay luz tras la ceniza, otra luz primera? Podemos atisbar esa luz pero nos vence la incertidumbre, una luz presente en el poema “La nada luminosa” donde se refiere a ella como “la infancia de los astros” o en el poema “Lo inasible”: “Llegarás / arriba, al resplandor incierto del atardecer. / Serás el estallido de luz que arde y se extingue / abrazado a la noche de las almas.” Ya ceniza sentiremos “el bálsamo extendiendo su rastro en mis heridas” y seremos tan sólo “escarcha en el aliento y alma tersa”. Pilar Blanco utiliza con maestría los silencios, ese silencio que puede significar la ausencia definitiva (“los silencios son lápidas, / los silencios son carne

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de mañana de niños”) pero también parte de su voz (“mi silencio o crepúsculo, / o roja voz sangrante”). Junto al silencio debemos destacar la frase lapidaria o la sentencia, esa vocación de permanecer en nuestro paladar con la que se cierra el poema: “Y cuando avanzo / no disipo la niebla, la conduzco”; sin olvidarnos de la facilidad para crear y conseguir imágenes muy bellas que nos atrapan rápidamente: “El leve respirar de la brisa en los ojos / o los dedos del sol / en la cara: la verdad de las cosas”. Asumido el paso del tiempo y la muerte (nombrada por primera vez en la tercera parte del libro, “Hoy somos noche y nada”) nuestra pequeña e insignificante existencia se convierte en simple “percusión del insecto en el cristal”. Una vez nombrada y asumida ya, es imposible rescatar la ingenuidad que un día tuvimos: “Nacimos en un soplo del destino / con el miedo a la muerte, con el temor incierto / y en el miedo perdimos / la conciencia de ser destellos de individuo irrepetible / o de luz cenital de extintos astros”.Y volvemos a sentir la fugacidad de nuestro paso por el mundo: “apenas el trazado de un dedo sobre el agua”. Finalmente, tras haber recorrido todo el camino, de haber indagado, haberse enfrentado a los demonios y los miedos, ahora, y sólo ahora, es posible dejarse ir, caminar hacia la muerte, seguir, sin más. Pilar Blanco elige para este final del trayecto una cita de W.B.Yeats: “Ahora puedo marchitarme en la verdad”. El libro se cierra con un poema muy breve, a modo de epílogo, cuyos versos consiguen pasar a formar parte de nuestra memoria: “Del alma devastada / no surge ya la llama. Es la ceniza.” Ana Vega

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INTERIORES (Ana Alvea Sánchez, Ediciones en Huida, 2010). Cuando vuelvo a leer el poema titulado “Percepción poética”, (“Detente. / Observa tu respiración. / Deja que tu corazón guarde / el movimiento del mundo”), no puedo sino recordar aquellas palabras de Gustavo Adolfo Bécquer en sus “Cartas literarias a una mujer”: “[…] cierra tus ojos al mundo exterior que te rodea, vuélvelos a tu alma, presta atención a los confusos rumores que se elevan de ella…” Desde su título, Interiores, de clara advocación romántica, alude ya directamente a la introspección, a una reflexión y, de alguna forma, a una expiación de y desde la intimidad más profunda. Ana Alvea Sánchez parte, en este su primer poemario, de las incertidumbres del alma frente a las certezas, a veces terribles, de una vida que, al final, se verá salvada y consumada, al mismo tiempo, a través del amor más ingrávido, levedad frente al paso del tiempo. Atendiendo a su estructura ternaria, comprobamos que el poemario se constituye a modo de itinerario, guardando semejanza con las tres edades de la vida corporal (infancia, juventud y madurez) y, en cierta forma, aunque más lejana, con las de la vida espiritual (purgativa, iluminativa y unitiva): Surcos, Al final del día y En el encuentro. De este modo, en un primer momento o etapa titulado Surcos, hábil símbolo de las cicatrices que ha dejado a su paso el tiempo señalando a dolor al sujeto poético con la memoria de la infancia, de los amigos de juventud y la pérdida del propio lugar en el mundo, se comienza cuestionando, ya fuera del Edén, la utilidad de la propia memoria, dado el carácter doloroso de su naturaleza: “¿De qué sirve? Dime, / si abre llagas la memoria, / si lo que fue ya no existe, / tan sólo íntima cicatriz / indeleble”. Sin embargo, la valiosa enseñanza que supone la memoria la hace imprescindible más allá del dolor que inflija, y “aunque temas convertirte en estatua de sal […] gira la cabeza y mira, / mira hacia atrás” (“Retrospectiva”). En este sentido, la memoria se erige como punto de partida indispensable en la poesía de Interiores. Sin ella y su dolor no habría rastro de nuestra existencia, sin “lo inhóspito / lo hiriente / la punta de lanza / el cristal roto” (“Piedras”). Para terminar este apartado, en “El bello verano” se nos alienta a rememorar, a

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recordar, a modo de elixir de juventud. En un segundo momento o etapa titulado Al final del día, una vez asumida la memoria con todo su dolor, el sujeto poético, sólo ante sí mismo, escribe en su interior “los recovecos del misterio” (“Al final del día”), y reflexiona sobre el paso del tiempo de cómo “arrasa en su huída” (“Hacia la nada”), “sólo sientes la noche / triunfante / sobre tu juventud y hermosura” (“El joven doliente”), y sobre la amargura de la vida porque “no es el destino de Sísifo / conocer la llanura” (“Destino humano”), sino “dibujar en graffiti / sueños en el aire” que nadie recogerá y desaparecen (“Ardua labor”). Sólo queda la esperanza de “que allí / en el hueco o en la nada / todo nos espera” (“Enseñanza”), y el eterno anhelo de una vida plena: “La rosa permanece ahí, / intacta / y tú, sin saber, / si tu mano hubiese resistido / tu sangre, y su belleza”. Finalmente, en un último momento o etapa titulado El encuentro, donde presiden ecos a Pedro Salinas, vemos como se produce el reconocimiento del sujeto poético a través del amor, su resurrección o redención como vemos en poemas como “El encuentro”, “Lázaro”, “Ávida llegué a ti”, o en “Alguien”: “Alguien llega a tu vida, / remueve la arena caliente / y crea con sus manos / un oasis en tu desierto. / Tal vez un castillo / con tu arena”. Extraordinaria experiencia vital y poética que culmina por medio de la plenitud amorosa, no falta de desbordante sensualidad y agudo erotismo (“Inexplicable”, “Zona de descanso”, “Esta jugosa mañana”, “Noche de luna llena”, “Yin y Yan”), donde el sujeto poético, en un ansia creciente de totalidad, abandona amorosamente la contemplación del yo depositándolo en el otro, haciendo interior de él y en él, “un cálido lugar / para quedarse” (“Un lugar en el mundo”), “mundo uterino / en manos de hombre” (“Cuando la vida me derrota”). Porque al final todo llega, “la belleza / sólo aparece ante nosotros / en su justo momento” (“El ritmo de la vida”), y sólo cabe esperar “que se detenga este instante”. En definitiva, Interiores supone una exquisita muestra de un acendrado lirismo donde brillan la expresión y la humanización de los contenidos y

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donde prima la eficacia del lenguaje por medio de la sugerencia sin perder la espontaneidad y frescura de la emoción. El poema aparece entonces, utilizando palabras de la misma Ana Alvea Sánchez, como “una flecha directa a tu persona, al corazón y la mente”, todo ello, con la finalidad de atrapar el instante y eternizarlo, de “dejar huella y combatir al tiempo, testimoniar”. Porque, citando de nuevo a Bécquer, “¿Quién, en fin, al otro día, / cuando el sol vuelva a brillar, / de que pasé por el mundo, / quién se acordará?” Mario Álvarez Porro

El equipo de Groenlandia recomienda: “El común de los mortales”, Jorge Riechmann “Parásitos del paraíso”, de Leonard Cohen “La pieza oscura”, de Enrique Lihn “Gran Vilas”, de Manuel Vilas “Seguro que esta historia te suena”, de Karmelo Iribarren “No estoy limpia”, de Inma Luna “Mis principios”, de Emilio Durán “La energía de los esclavos”, de Leonard Cohen “El imposible capitalismo verde”, de Daniel Tanuro “El libro de la crueldad”, de Layla Martínez 26

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(Leganés, Madrid, 1977). Licenciado en Historia del Arte. Poeta, narrador, fotógrafo, editor de LVR Ediciones. Como poeta, ha publicado “Ya no leo tebeos de Wonderwoman” (Groenlandia, 2009), “Como Ulises en una cacharrería” (Bohodón Ediciones, 2010) y “Amor Manual” (Talentura Libros, 2011). Como fotógrafo, ha trabajado para algunas editoriales y ha realizado diversas exposiciones en la capital madrileña. Sus poemas y relatos aparecen en antologías literarias (“Heterogéneos”, “Al otro lado del espejo \ Nadando a contracorriente”, entre otras) y en publicaciones de literatura, digitales e impresas.

Las dos veces anteriores llegaron igual, sin avisar. Zhuo tenía unos conocimientos limitados de español, pero sabía de sobra que la presencia de la policía, en su tienda, no traería nada bueno. Tecleó deprisa en el portátil, que estaba sobre el arcón de los helados pegado al gran mostrador, para despedirse, momentáneamente, de su novia, y apagar la webcam. Hacía meses que no acariciaba la mancha sobre la frente de Xiaomei. Casi no podía comprender lo que aquellos tíos uniformados le decían. Hablaban de cerveza, vino y demás alcohol en general. Trató de hacerles ver que llevaba semanas sin vender una gota de lo que estaba precintado. No tenía licencia para la venta pero las litronas y los cartones era lo que más dinero le dejaba. Aún así esta vez no quería pagar otra multa de 500 euros y se mantuvo firme en la decisión.
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Volvieron a husmear en la trastienda, a moverse con la libertad que les otorga un arma. Entendía que era trabajo, escrupuloso trabajo. Las náuseas subían a la garganta y descendían al estómago en un vaivén continuo al ver que “violaban”, sin escrúpulos, su local. Descolocaron productos en los estantes, sacaron las latas y botellas envueltas en cinta policial, apartaron bolsas de magdalenas caducadas y él, únicamente, sonreía. Algo de muy lejos es lo que pudo coger, al vuelo, del torrente de palabras. Contestó que sí, que era de Yinchuan, al oeste de Beijing. Aquellos dos hombres se rieron y trataron de explicarle que los tiros no iban por ahí. Minutos de mímica después acertó con lo que pretendían decirle. Había vuelto a vender alcohol. Lo negó, evidentemente. Les contó que sólo tomó prestadas unas cervezas para llevarlas a su casa, nada más. De repente, uno de los policías empezó a gritarle apuntando con el dedo en su dirección y clavando la mirada más allá de él. Se giró y vio como el portátil seguía abierto, encendido y con la webcam en funcionamiento. Cómo hacerles ver que la cámara no estaba grabando, que era suficiente con apagarla. No le dio tiempo. El más bajo de los dos le apartó de un empujón, mientras Zhuo no dejaba de sonreír. De un tirón arrancó los cables del ordenador y se fue con él, bajo el brazo, a la trastienda. Oyó golpes, ruidos de material machacado. Aguantó las lágrimas con toda la serenidad
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que podía permitirse. La cosa no se prolongó más de un par de minutos hasta que aquel tipo volvió a aparecer, y tras amenazarle con cerrarle la tienda, se marchó con su compañero. En el minúsculo baño de la trastienda, como si de una carnicería se tratase, estaba descuartizado. Teclado por un lado, piezas metálicas y de plástico detrás del lavabo, pantalla pisoteada. La campanilla de la puerta acarició el aire con su tintineo. Tensó los músculos, dispuesto, esta vez sí, a pelear. Se trataba de una madre con su crío que venían a comprar chicles. Echó la cortina, se acercó al mostrador y con la sonrisa en la cara les atendió amablemente.

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En ocasiones, la dulzura exige un caché más elevado. La carne tiembla si el filo traza una horizontal que pueda unir todo aquello destinado al antojo. Pero la sangre. Siempre la sangre interpretando el peor papel posible tras cada picaporte. Y sólo queda un refugio calado de sirimiri. Moldear el silencio es engañarse, es evitar el desplome de un cuarto en el que cabe / uno. Volver a la infancia como solución. El cese de los interruptores cuando se trata de / un posado no es ninguna ingenuidad. La tregua del consuelo.

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en el juego de las manos. Quizá pasearse por la arista menos tolerante es la única opción. Y la no luz que despedaza el colchón si el temblor de un reloj en el trastero. Hacer de la presencia un despojo. Mírate y dime sin aún no caíste en la inutilidad de unos / párpados que cerrados permiten el sí de las cosas. Con el dolor, algunos, construyen muros. Beber para no verse.

Ángel Muñoz Rodríguez

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(Sevilla, 1960). Forma parte del proyecto Fahrenheit 451 (Las Personas Libro). Sus poemas aparecen en diversas antologías: “Arde en tus manos”, “Versos para derribar muros”, “Poemas para un minuto”, etc. Ha participado en diversas revistas (“Hoja de papel”, “Papelusar”, “Groenlandia”, “En sentido figurado”) y algunas páginas Web de Literatura. Ha formado parte del ciclo “Versos Sumados”, dentro del Festival Cosmopoética (Córdoba, 2009). Autora de “Magia Clandestina” (Editorial Lautaro).

Ayer volví a la tienda de antigüedades del señor Mateos; cada vez que traspaso el umbral de la puerta, es como penetrar en un oasis de esta ciudad. Cuando estoy en su interior, los recuerdos que allí deambulan atrapan mi imaginación y comienzo a vagabundear en el pasado. Nunca he comprado nada, sólo miro y charlo con el dueño sobre las características, utilidad o uso de los objetos que en ella se encuentran. La última visita fue distinta: atrapó mi atención un pequeño libro editado a mediados del siglo pasado, poseía las tapas negras y los bordes de las páginas eran de color rojo; el señor Mateos dijo que se trataba de un “misal latinoespañol”, cuya principal finalidad era explicar a los creyentes los esenciales fundamentos de la liturgia, ayudar a la comprensión de los ritos que en ella se desarrollan (ya que en aquel tiempo se realizaban en latín) y guiarles en la oración. Además de todas esas características, el ejemplar que tenía en las manos era especial, poseía la particularidad de contener numerosas partituras de los cánticos latinos más habituales que se realizaban durante las homilías. Después

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de agradecerle la exhaustiva explicación, aproveché la llegada de un cliente para ojear con tranquilidad su interior; entonces pude comprobar como cada vez que aparecía la imagen de la Virgen María, a los pies del dibujo, se podía leer escrito a pluma “Mea Culpa. Madre acógeme en tu seno”. Pero cual sería la sorpresa cuando, en las últimas páginas, mezclada entre las notas musicales y la letra de cantos latinos, encontré escrita, con una caligrafía diminuta, numerosas líneas cuya lectura era casi inteligible. Esto despertó enormemente mi curiosidad, así que, como acababa de cobrar el sueldo de la semana, no lo pensé, y después de regatear un poco el precio, realicé la compra. Durante el camino a casa, intenté descifrar algo de lo que aquellas palabras contaban, pero fue inútil; la escasa luz de las farolas y el deterioro de la tinta hacían imposible leer nada. Presa de la curiosidad por saber su contenido, aligeré el paso tanto como me lo permitieron los tacones; cuando por fin llegué, no tomé la habitual ducha, ni guisé nada para cenar, tan sólo comí un yogur desnatado, sustituí la opresión de los zapatos por la comodidad de las amplias zapatillas, coloqué el libro debajo de la lámpara del escritorio y comencé la lectura. Tardé en adaptar los ojos a esa caligrafía; sin embargo, en cuanto conseguí leer los primeros fragmentos, descifré sin dificultad lo que allí estaba escrito; acto seguido transcribí todas las líneas a un folio, y una vez finalizada la minuciosa tarea, conseguí esta confesión: “Sí, soy culpable, no lo voy a negar, me acuso de adulterio y lascivia. La tentación se cruzó en mi camino la noche de San Juan, venía envuelta en un cuerpo joven, tejió su red y me dejé atrapar. Bien sabe el párroco que intenté escapar

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cientos de veces, cumplía todas las penitencias, asistía a misa diaria, realizaba obras piadosas, me encomendé a San Expedito, el santo de lo imposible y las causas urgentes, incluso llegué a flagelarme. Cualquier cosa habría hecho con tal de no volver a caer una y otra vez en la tentación, pero… ¡fue inútil! En cuanto recibía una nota suya, mi cuerpo se transformaba, las mejillas adquirían un rosado inusual, me invadía un incesante calor y los pies comenzaban a caminar incontrolados hacia el abandonado pajar del tío Jacinto. Maldigo una y otra vez aquel día, yo no quería salir, intenté convencer a mi marido para que nos quedáramos en casa, prefería celebrar la noche en la penumbra de nuestra alcoba, pero a él nunca le ha atraído la intimidad de la vida marital. Cumplía los deberes de esposo muy de tarde en tarde y como si se tratara de un rito breve e intranscendente. No es que yo tenga quejas, es bueno, trabajador, nunca ha tenido, ni tiene una palabra más alta que otra. Pero… no sé… tal vez era muy soñadora… siempre había creído que cuando una mujer comparte la cama con el hombre que ama, debía de ser algo sublime. Durante años deseché esas fantasías, sin embargo cuando le conocí a él todo cambió, fue sentir sus manos sobre mis pechos para comprobar que existía el éxtasis. Llegó el momento en el que el párroco se negó a confesarme, argumentó que de nada servía la absolución del pecado si a los pocos días volvía a caer en él, así que tomé una decisión, sé que no fue la correcta, pero espero que la Virgen Santísima se apiadara de mí y no termine ardiendo en las llamas del infierno. A raíz de la imposibilidad de recibir el sacramento del perdón, robé una copa con el objeto de que

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de la sacrisa unb de vino de consagrar, y cada vez que volvía de mi encuentro clandestino, bebía una

el líquido purificador me eximiera de todo mal. Nunca volví a reconocer mi pecado, mis confesiones se limitaban a los hechos cotidianos, pero mientras el cura daba la absolución, siempre susurraba de forma ininteligible: mea culpa… madre acógeme en tu seno… Gracias a Dios aquel demonio se alejó de mi camino al finalizar el verano, por lo visto encontró un cuerpo más joven al que poseer y abandonó el pueblo en la oscuridad de la noche, igual que apareció. Desde entonces mi alma descansa en paz, sin embargo ahora después de tantos años, necesito volver a expiar mi culpa sincerándome en este santo libro. No sé si alguien llegue a leerlas, pero si es así, sólo le pido que rece tres Ave María por una mujer que no logró vencer la tentación de la carne.

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(Vitoria, 1965). Narrador y poeta. Redactor de artículos en secciones de opinión, ha colaborado con sus relatos y poemas en diversas publicaciones, digitales e impresas. Es autor de los libros “A pesar de todo, adelante” (Baile del Sol), “El caos de la impresión” (Vitrubio), “Los alrededores del idiota” (Editorial Electrónica Remolinos), “El Gotero” (Groenlandia), “La mitad de los cristales” (escrito a cuatro manos junto a Adolfo Marchena) y “Una semana de arresto domiciliario” (Bubok). Con sus dos poemarios “Dualidad: onda / partícula” y “Bolsa de canicas” obtuvo distintos premios de poesía. Su última obra, “Poemas fundidos”, poemario escrito a cuatro manos, ha sido publicada recientemente por Groenlandia.

Se me ocurrió llamar idiota a un idiota, y encima lo puse por escrito. Se ofendió y me plantó una querella. El juez defendió su honor y me condenó al arresto domiciliario. Además me obligó a una rectificación en la que he matizado: “presunto idiota”. Hoy debería ir a hacer las compras al supermercado, pero me conformaré con latas de sardinas ante la atenta vigilancia de un funcionario policial que inspecciona mis ventanas. Para aprovechar el tiempo que la justicia me ofrece, orearé mi maleta llena de notas.

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» Sus recuerdos son una figura de porcelana, una figura de mazapán y una figura paterna. Aún se emociona recordando la de mazapán. » Un depresivo en una conversación sólo escucha ruidos. » Hacer mamadas es una vocación: acción con la boca. » Flatulencias de hierbabuena: haikus. » Pocos hombres saben subir con compostura una escalera detrás de una mujer. » Los aforismos y las sentencias a muerte son collejas en los huevos. » Huele a tormenta y las moscas se apelotonan por la parte de fuera de los cristales. Dudo si dejarlas pasar. Que se jodan, sentencio con mi maza de ser superior. Y comienzan a cascarse las nueces entre las nubes.

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» El no ser capaz de amar a los que te aman hace sentirte como rata de alcantarilla. Y quizá lo seas. » Le acercaba el hoyito como si él no pagase a tocateja. Ya nadie cumple bien con su trabajo. » Vendo mi capacidad de trabajo por Ebay, pero ofrecen mucho más si subastas la virginidad. » Nací con el cordón umbilical liado. Desde entonces no me aclaro. » A pesar de los abrazos que el padre le dispensa, a mí, el hijo pródigo, siempre me ha parecido un caradura. » Todos hablan de la crisis como si la conocieran. La Crisis es una puta que ejerce en la rotonda carretera Bilbao, que suele dormir conmigo cuando tiene el día libre. » La muchacha anoréxica amanecía con las sábanas empapadas de migas de pan.

Luis Amézaga

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(Cádiz, 1984). Poeta y narrador. Editor de la editorial independiente Origami. Autor de “Mi último verso”, “Tuyo y mío” y “Dichosa tarde en escala de grises” (segunda edición, próximamente). Sus poemas aparecen en multitud de antologías y revistas literarias.

Tú, poeta postmoderno, afincado en discotecas cool, exposiciones exquisitas y presentaciones de libros minoritarias. Tú, que vives la vida intensamente, que duermes con un libro de Rimbaud bajo la almohada y miras al resto de los mortales

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desde tu altar de vinos caros y drogas de diseño.

Tú, carne de cañón de facebook, cronista de un presente que no existe, detente, despierta, espabila y haznos un favor a todos: cómprate unas putas lentillas.

que recorre tu cuerpo esta noche, beberte, saborearte e incluso escupirte cuando esté harto de ti. Darte por muerta cuando llegue el alba sin remordimientos ni recuerdos y descubrir, cuando llegue la luz del día, que hay un nuevo mundo ante mis ojos sin que los tuyos enturbien este maravilloso paisaje.

Antonio Huerta

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(Avilés, 1974). Poeta, narrador. En la poesía tiene su desahogo, le ayuda a estructurar el pensamiento de la mente. Sus versos tienen clara influencia musical y contienen mensajes de clara denuncia social. Autor de los poemarios “Y la vida” y “Ana y la incertidumbre” (Groenlandia, 2011). Comparte un blog con el ilustrador César Nevado Linos. Comparte espectáculos poéticomusicales con el D.J Antistailo, donde mezcla la poesía con estilos musicales tan dispares con el Ska, Reggae, Drum and Bass, Punk, etc. Entusiasta organizador de eventos culturales.

I Y en la cuerda cada día más floja. Y casi dejamos de escuchar los latidos del corazón propio nos engañaron con el corazón y casi dejamos de escuchar los latidos del corazón ajeno el corazón bombea sangre la sangre riega vida la vida necesita corazón: no un corazón que sienta (que no siente el corazón) no un corazón que ame (que no ama el corazón) que el corazón bombea y late la vida con cada impulso.
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II Y la cuerda cada día más floja: que la fuimos destensando entre balanceos adormecedores acomodados en la confianza en el estado artificial de las cosas hasta casi creer que nada nos afectaría hasta casi no crecer si no nos decían: ¡crece!, hasta no sentir el latido del corazón que gira la tierra que no siente que bombea y traslada la vida en cada impulso. 43

III Y la cuerda cada día más floja. Hace tantos haces que dejamos de escuchar el corazón palpitante que gira la tierra que la hace girar a través de días y noches que nos engaña con la posición de las estrellas estrellas vigilantes estrellas sonrientes estrellas parpadeantes estrellas que se guiñan los ojos cómplices cálidos de carcajada estrellas que intercambian rayos y en los rayos mensajes cómplices cálidos de pensamiento hilarante pensamiento luminosidad de carcajada destellos de grandeza que nos envuelve y se ríe de esa otra grandeza que nos hemos creído humana hace tantos haces que sordos que nuestros corazones bombean asfalto que laten acero en cada impulso y el corazón palpitante que gira la tierra ralentiza los días llora que un tiempo trasladaba agua y vida alrededor del sol (¡estrella de las estrellas!,

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para esa otra grandeza) y hoy mueve estatuas y hormigón y esquinas. (No al menos de cabeza para fuera).

III Y la cuerda cada día más floja. Y nosotros sordos y sordos los pulmones respiran humo y sordos los pájaros trinan motores y sordas las ramas acarician motosierras y sordos los dedos reposan bajo martillos y todo suena: el día la noche el silencio (e incluso sordos nosotros sonamos) y todo se escucha que todo se escucha menos nuestras voces (No al menos de cabeza para fuera).

Sergio S. Taboada

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(Logroño). Ex – actor, guionista, poeta, escritor y director. Sus relatos han aparecido en diversas revistas y fanzines (“Narrativas”, “Lafanzine”, “Al otro lado del Espejo”, “Agitadoras”, “Cruce de Caminos”, “Deshonoris Causa”, “En sentido figurado”, etc). Ha publicado los libros de relatos “Putas”, “Momentos Extraños” (Groenlandia) y “Relatos del humo (y hachís)” (Editorial Origami). Aparece en distintas antologías literarias.

Era sábado. Aquella mañana jugábamos a indios y vaqueros. José y Jesús eran los indios, yo el vaquero. Me tenían rodeado, a punto de capturarme. Mi única vía de escape era el muladar. Disparé mi Colt cuarenta y cinco de plástico para cubrir mi retirada y monté en Látigo, mi caballo imaginario. - Vamos, amigo, sácame de aquí. Látigo relinchó a modo de contestación. Levantó sus patas delanteras y luego galopó, raudo como el viento, hacia el muladar. Los salvajes nos persiguieron para darnos caza. Una lluvia de flechas cayó sobre nosotros, pero Látigo las esquivó todas y proseguimos con la huida. Con un poco de suerte conseguiríamos llegar al muladar. El muladar estaba situado a la entrada de un gran criadero de cerdos. Allí echaban diariamente los excrementos de los animales para que se secaran a sol y luego sirvieran de abono. Era una montaña de unos diez o quince metros de altura. Mil veces habíamos subido a esa montaña de mierda seca. Nos gustaba llegar a la cumbre y desde allí contemplar el mundo a nuestros pies.

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Guié a Látigo hasta la base de la montaña. Subí por la ladera de excrementos. Si conseguía llegar a la cumbre dejaría en clara desventaja a mis perseguidores y, además, serían un blanco fácil. Los excrementos eran recientes, pero no me di cuenta, ya que la primera capa era consistente y aguantó mi peso. Cuando hube dado unos pasos mis pies comenzaron a hundirse. Al principio no le di importancia, era normal hundirse un poco. Así que seguí con el ascenso. Empecé a preocuparme al hundirme hasta las rodillas. Cuando los excrementos me llegaron a la cintura comencé a sentir miedo. En ese momento José y Jesús llegaron a los pies del muladar. Por sus caras pude ver que la situación era grave. Intentaron ayudarme, pero desde donde estaban les era imposible. Jesús se puso a buscar un palo largo o algo a lo que yo pudiera agarrarme. José, por su parte, se quedó paralizado por el miedo, viendo como yo me hundía más y más. Las lágrimas le caían por su cara desencajada. La mierda me llegaba al pecho y seguía hundiéndome. Supe que iba a morir enterrado en mierda. Me imaginé a mis padres y a mi hermana asistiendo a mi funeral y llorando delante de mi tumba. Cuando la mierda me llegó al cuello hice pie. Sentir el duro suelo bajo mis pies fue la experiencia más agradable de mi corta vida. Un paso más arriba y estaría muerto. Lo peor había pasado. Ahora lo importante era salir de allí. Haciendo un gran esfuerzo conseguí alzar mi brazo derecho. Con la mano libre aparté unos cuantos plastones de mi alrededor y pude liberar el brazo izquierdo. Con las manos me fui abriendo camino y después de escarbar, por fin pude salir. Mis amigos se sintieron felices y yo también. Nos hubiésemos abrazado de no ser por el pringue y hedor de mis ropas. - Tu madre te va a dar una buena paliza. - dijo Jesús mirándome de arriba abajo con una mueca de asco. 47

José seguía llorando y no pudimos hacer nada para calmarlo. Al final, decidió irse a casa. Jesús y yo nos quedamos cerca del muladar. - ¿Vas a ir así a tu casa? La verdad es que parecía una mutación de barro, mejor dicho, de mierda. Arranqué unos cuantos matojos de hierba y traté de limpiarme lo mejor que pude. Imposible, aquello requería de abundante agua y jabón. Jesús seguía mirándome con la misma mueca de asco, diciendo: - Tu madre te va a dar una buena. A mí no me importaba. Cada bocanada de aire era un regalo y me sentía dichoso de seguir con vida. Según nos acercamos a casa, pude ver a mi madre hablando con una vecina en el jardín. - Menuda te espera. - repetía Jesús una y otra vez. A mí seguía sin importarme que mi madre me diera con la zapatilla. A mí, lo único que me importaba era que estaba vivo para recibir los azotes.

48 Pepe Pereza

(Oviedo, Asturias, 1977). Escritora, crítica literaria. Miembro de la Asociación de Escritores de Asturias. Ha colaborado en diversas revistas literarias. Autora de los libros “El cuaderno griego”, “Realidad Paralela” y “Breve Testimonio de una mirada”. Obtuvo el accésit del XXVI Premio Nacional de Poesía Hernán Esquío (2008). Ha participado en recitales y en distintas antologías (la última, editada por Bartebly, “La manera de recogerse el pelo: Generación Blogguer”). Ha sido traducida al inglés. Actualmente, organiza eventos culturales y coordina talleres literarios. Recientemente, ha publicado otro poemario, “La edad de los Lagartos” (Editorial Origami, 2011) y “Herrumbre” (Groenlandia, 2012). Merecedora del Premio de las Letras Asturianas (2011).

respiración entrecortada al reconocerse en lo abyecto, en lo oscuro, en esa mitad que negamos por miedo a ser vistos y juzgados oscuro y profundo vínculo hacia el origen el niño que fuimos y todo su dolor cuando apretaba las manos tan fuerte como un adulto pues en ese momento lo era pues conocía ya entonces su futuro real las uñas clavadas aún hoy de forma permanente….

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arrancar los clavos, lamer la sangre con la lengua y enfrentarme a la mujer que soy, pese a todo, pese a todos, tiene un precio demasiado alto. Algunas permanecen clavadas de por vida.

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Flores rojas, raras, secas, inundaban el pasillo, algo viscoso las mantenía pegadas al suelo, mezcla de semen y alcohol y restos, restos… Estaba oscuro. Un olor insoportable a madera muerta, a sombras que se consumen bajo las sábanas, sin rostro, en multitud, sin orden, sin pureza ni escrúpulos. Ella permanecía sentada inmóvil frente al balcón, con la mirada perdida en algún recuerdo, quizá reciente, esa misma noche… Estiraba su pierna derecha hacia el cielo a modo de absurda súplica sin rigor ni creencia, postura fácil quizá acomodo, espalda que se sostiene al menos ahora e introducía el pie entre las rejas. La izquierda estaba quieta, el fragmento de ser, de ella, de pierna, al fin y al cabo, que no le arrancaron, el muñón, que la convertía en monstruo y flor rara también, parecía temblar de frío. Un timbre agudo sacudió el cuerpo. Cogió el teléfono, acercó el auricular a la boca y dijo: “Sí, aquí vive la puta del muñón”. Monstruo ya, transformación ejecutada sobre su cuerpo blanco, intacto antes del bisturí helado, poco o nada podía perderse, se repetía. Algunos pagan muy caro los caprichos con los que la naturaleza castiga a otros. El dolor de ella provocaba la excitación definitiva, algo en su incapacidad daba al hombre un poder inusitado, la humillación que ni tan siquiera exige llevarse a cabo pues la vida te la ofrece para tu propio placer. Al menos, durante un segundo: el dolor fantasma se convertía en carne real, en piernas, que se abrían, dos, en este caso.

51 Ana Vega

(A Coruña, 1979). Traductora y asesora lingüística. Licenciada en Filología Hispánica. Especialista en el área de Teoría de la Literatura. Ha elaborado diversos trabajos sobre escritores de lengua gallega y cine. Ha residido en Alemania, donde impartió clases de literatura contemporánea. Sus textos han aparecido en diversas publicaciones: “Coolcultural Galicia, “La Bella Varsovia”, “Piedra de Molino”, “Al otro lado del espejo”, “Groenlandia”, etc. Ha participado en multitud de antologías poéticas. Recientemente, ha publicado el poemario “Nostalgia del acero” (La Fragua de Metáforas).

Comprendí demasiado pronto que la felicidad exige duras condiciones: como no hay belleza sin fealdad, ni tranquilidad sin desasosiego. Castigo temprano para una niña. Quizá fui demasiado precoz para semejante lección. Los demonios acudieron enseguida y aún hoy no he visto a ningún ángel que me acune o que me guarde. El horror es de fácil construcción; sólo hay que añadir las casillas más sórdidas. Yo levanté mi propio imperio entre las bestias que me perseguían

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escondidas en las rendijas de las persianas. En ocasiones, las horas se vuelven perversamente elásticas y huidizas. Se escurren las ilusiones casi al nacer y envejeces de repente por muy pequeña que seas. El tiempo no siempre pone cada cosa en su sitio. En mala hora llegó aquel beso, a destiempo y sin un ápice de calor. Mis labios permanecieron secos, inertes, inmunes a cualquier reacción. Tarde para todo. Temprano para nada.

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Nos mintieron a todos con eso del cielo y el infierno; con los cuentos de sapos y princesas; con la yema de huevo diluida en café y aquella amenaza con el reformatorio. Supongo que no supieron hacerlo mejor, aunque, a día de hoy, creo que si no sabes es mejor que no te arriesgues. Las calles están atestadas de hijos no deseados y de padres hambrientos que se mean encima. Nos mintieron. Sí, como a todos. Con esa misma mentira que, generación tras generación, empaña los cristales de ese vagón que no se detiene. Unos y otros estiran las mismas mentiras. Puede que haya hijos, de esos perfectos, que vomitan en una esquina el sábado de madrugada y tienen el tabique de cristal de tanta harina. Pero, ¿quién se atreve? "Es un chico sano y deportista". Padres y madres incumplen el débito conyugal, porque se les ha fundido la bombilla del amor. Ella hace croché y sueña con el chico del súper. Él se va de putas. Siempre hay reuniones de accionistas. Y un día se encuentran solos. Sin niños y con toda la verdad.

54 Lucia Fraga

(Córdoba, 1982). Licenciada en Humanidades. Directora \ coordinadora de Editorial Groenlandia y fundadora de Editorial Origami. Autora de “Bocaditos de Realidad” (poesía, 2008) y “Cuentos de la Carne” (narrativa, 2010). Sus poemas y relatos han aparecido en diversas publicaciones, digitales e impresas, de España e Hispanoamérica. Tiene su espacio en Las Afinidades Narrativas y Electivas. Aparece en multitud de antologías literarias. Ha sido traducida a seis idiomas. Misántropa, huraña y ermitaña: un personaje entrañable. Este año amenaza con publicar los despropósitos líricos que tenía escondidos en el cajón del escritorio.

Soy incapaz de pronunciar tu nombre - la fortaleza de la herida amputa el recuerdo amargo -, por eso te vomito en estos rincones sórdidos, entre renglones torcidos. Te extraño, te odio. 55 55

De madrugada, te abraza la sombra de la hipoteca, y luego, tu chica, cariñosa, con esas ojeras que son idénticas a las tuyas: las marcas de la desesperanza. El desayuno se te atraganta - sólo galletas y café - por las confidencias en la ridícula cocina de diseño Ikea; se plantea la necesidad de formalizar burocráticamente que os queréis desde hace años, y delante de, al menos, un abogado - tu pobrecita madre anhela como testigo de vuestro amor al cura -, pero no hay dinero, no hay tiempo, no hay ganas. Tu pareja refunfuña porque le toca lidiar con su empleo - limpiando suelos - y tú te adosarás a tu escritorio repasando el temario - para este año,

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ampliado, para joder aún más la voluntad y el bolsillo durante cinco horas sólo interrumpidas por las ganas de cagar o de mear. Sentado y concentrado, es como si las manecillas del reloj permanecieran inertes; se agolpa todo en las sienes y sólo el estómago te avisa de que tienes cuarenta minutos exactos para ducharte, arreglarte, comer y volar hacía el bar donde haces equilibrios con la bandeja a cambio de unos euros y aguantando la amenaza de la incertidumbre - “la cosa está muy mala”, “el negocio no va bien”, etc -. A las doce de la noche, con dolor de huesos, regresas al cubículo de treinta y cinco metros cuadrados que llamas hogar y allí está tu novia, sollozando, acurrucada en el sillón. Os echáis a temblar cuando confiesa “tengo un retraso” y te cagas en los muertos de los condones baratos y te vuelves creyente arrepentido de los santos, los de las estampitas de Santa Gema y San Judas Tadeo que te regaló la abuela para que te ayuden a aprobar de una puta vez. El disgusto os quita las ganas de cenar tampoco hay gran cosa en el frigorífico - y os acostáis, deprimidos y derrotados. Tu mujer, a tu lado, se duerme, entre lágrimas; tú le agarras la mano con firmeza y la calidez te hace sentir un poco más humano. El insomnio te colma y reflexionas: ¿vale la pena tanto esfuerzo? “Si quieres prosperar en la vida, estudia oposiciones”. La gran frase de los progenitores. Pero, como bien sabes desde que terminaste la licenciatura, no siempre los padres tienen razón.

57 Ana Patricia Moya

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(Madrid). Poeta y narrador. Autor de la novela “Encanto y desencanto de un hombre sin gracia” (Isla del Naufrago Ediciones) y el libro de relatos “Nieve en la Habana” (Ediciones Lulu). Sus relatos aparecen en publicaciones tales como “Poe+”, “Narrativas”, “La Gansterera”, etc, así como en las antologías “Al otro lado del espejo: nadando a contracorriente” (Ediciones Escalera) y “Perversiones” (Editorial Traspies).

hablaba de la ubicuidad del silencio, de la elipsis perpetua del cosmos, de cosas así. Al terminar la última página, salí al balcón y grite como un endemoniado, grité hasta romperme la garganta. Fuera, apenas se oía el breve chasquido de las hojas al desprenderse de los árboles, el murmullo del aire rodeando las farolas; la calle muerta. En la cocina, un grifo mal cerrado precipitaba un gota a gota estridente contra el vano del fregadero; la resonancia inoportuna del vacío. En ese instante,

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hubiera dado cualquier cosa por volver a abrazar a alguien porque alguien me abrazara a mí. Desesperadamente Con urgencia.

Y yo, amor, que ya no leo las líneas de tus manos en mi nuca. Que no deshojo, amor, por desgana tu vientre, la corola insobornable de tus caderas. Que esquivo, amor, tus empeños, al volver a casa, cada día tus pliegues. — Hoy para la cena, peces muertos — me dices. Y yo no digo nada, amor. — Hace poco, o mucho, no sé, estaban vivos, muy vivos… — me dices.

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— …los peces. Cómo yo. Cómo tú — eso me dices, amor. Eso me dices.

Las mujeres y los hombres de Haití Somalia o Bangladesh apenas se dan besos de amor Con hambre las bocas son los labios desiertos dunas

61 Andrés Portillo

(Madrid, 1971). Licenciada en Filología Inglesa y Diplomada en Profesorado de Educación General Básica por la Complutense de Madrid. Premiada en el I Certamen Literario Ciudad Galdós y seleccionada en el V Premio Orola gracias a sus relatos. Ha colaborado con distintas publicaciones literarias digitales, como en la Revista Cultural “Agitadoras”.

Cuando entré en la galería, una sala pequeña, bastante oscura, había poca gente. El pintor no estaba. Sobre un taburete, folletos. Cogí uno. Me lo guardé, dirigiéndome al primer cuadro con el mismo recogimiento con el que se comulga. En cuanto Xaime llegó, viéndome frente a “Costa Da Morte” me dijo que lo había pintado en cabo Touriñán, el más occidental de la península ibérica, y no el de Finisterre como se decía. Me acerqué al cuadro. Eran brochazos despreocupados que, cuando te alejabas, cobraban realidad. Me confesó el toque impresionista, y algo expresionista, que algunos críticos de arte habían visto en su obra. Yo sólo veía la fuerza, la rabia, de ese mar contra las rocas. Le pregunté sobre ello. Sin contestarme, siguió con los críticos. Miré el cuadro alejándome un poco a la izquierda. En segundos, atrapé el significado simbólico. Trascendía detrás de esa luz sobre la ola más cercana; la espuma tan blanca. Reflejaba la lucha de dos poderes. Aunque uno de ellos fuese desgastando, poco a poco, al

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otro, y pareciese el más fuerte, no lo era, porque roca y mar eran la misma cosa; el hombre luchando contra la sinrazón de su propia existencia. Xaime me contaba cuanto tardó en pintarlo, la vida tan dura del artista. La “náusea” nos acechaba, pensé, sin poder escapar, porque formábamos parte de ella; nosotros éramos la “náusea”. Me acordé de Kafka, de ese pobre K. de El proceso, que éramos todos nosotros, buscando una explicación en un mundo inexplicable. Me vi formando parte de ese mar y esas rocas. Nada se podía hacer. El mar era la humanidad luchando contra un muro: su propia existencia. “Hay pocos genios”, continuó, mientras yo me imaginaba a Van Gogh, saliendo de madrugada al campo, con sus lienzos volteados por el aire, y a Kafka, de regreso del trabajo, escribiendo en una mesa pequeña frente a una pared gris. Salí de allí con la sensación de que el descubrimiento de ese acantilado alegórico no podía revelarlo a nadie. Sería como destapar una olla exprés antes de que se enfriase. Sufriré por todos, me dije, sonriendo a San Manuel.

63 Eva María Medina

(Oviedo, 1979). Maestro y pedagogo. Ha publicado sus relatos y poemas en distintas publicaciones literarias. Aparece en el volumen colectivo de poemas y grabados “El triunfo de la muerte” (Editorial Pata Negra). Forma parte del consejo de redacción de la revista infantil y juvenil “Platero”.

todo ese tiempo para salirse del río sin orillas, de los cuellos garrote, de los domingos, lunes, martes, miércoles y jueves. (El encubridor, Julio Cortázar)

O cajas de metal irrescatables irrisorios juegos verbales la imagen asonetada que siempre aparece fresca la huch a de la imaginación que nunca ha de estar repleta matrícula d e los sueños burdeles repletos de muertos en vida versos kilométricos que se deslizan la locura atenuada que busca su guarida cerrar los ojos para ver fotogramas como fantasmas resucitan la retina aquel acento de Cortázar enroscándose genoma de celulosa, y cada noche otras vidas la muerte bella expuesta en un cristal y en la mente siempre mariposas vivas.

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Tras el llegué, vi y vencí llega el sosiego e indefectiblemente la cuesta abajo [tarde o temprano] y atisbos de que no todo está vencido ni tampoco perdido, nadie es tan malo como yo lo pinto tras la tormenta vuelve la calma se posponen por derribo proyecciones en el tiempo inexactas obstáculos que barren (esta vez sí) para mi propia casa inexactitud en los cálculos delirios de borracho cartas cruzadas que se rompen emulándote la luz que nadie sabe donde está cuando tu voz se apaga. 65

El verso era sencillo, pero busqué una duna para dejarlo escrito que sea ella la que mueva el lápiz, la que escriba el poema que emana desde la arena y no busca barroca existencia, sino dejar de ser efímero de volar entre el silicio, entre las cometas, y es la duna viva la que lo inspira diciéndome que no volverá la noche a tu país de dentro, a tu país de lluvia, que tu alma no volverá a estar descalza nunca más mientras esté ella ahí abajo, tan cálida, tan llena de paz, tan plena de vida, y de inmensidad movía su mano David cuando yo escribía.

66 David Fueyo

(Málaga, 1967). Estudia Lengua y Literatura en la UNED. Ha publicado los libros “Hablando con muertos” (Entrelíneas) y “Tiempo Perdido” (Ediciones Nostrum). Colabora como articulista en la revista “Suite 101”. Apasionado del cine, la música y la fotografía.

Una hora menos es una hora más sin ti. A las cuatro son las tres, a las tres son las dos y así sucesivamente. Por lo que, en realidad, es una hora más todas las horas. Eso significa que, además de este día, transcurrirá otro hasta que pueda verte de nuevo. Qué largo se me está haciendo. Hay horas por todas partes: en el comedor, en la cocina, hasta en la terraza. No veo la forma de aligerar este día, de hallar consuelo a tantos minutos por delante, así que trato de olvidar escribiendo, que es una forma de exiliarse, de perderse en el tiempo de los otros. He escrito a mis padres, a mi hermana, que vive en Canarias, con s u h o r a d e menos y un día que serán tres, he redactado unas cartas de

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queja al ayuntamiento, me he puesto a prueba con refranes y aforismos, he hecho cuatro artículos que, en realidad, son cinco porque cuento con una hora de más. O de menos. Porque no hay forma de que el tiempo debido. Así que por eso he decidido escribirte, para invocar tu ausencia y pasar este tiempo juntos, esta hora que se ha perdido y que se alarga como si fueran dos. Una hora que son todas las horas. transcurra como es

68 Carlos Buj

(Cartagena, 1983). Licenciada en Filología Clásica. Actualmente, es profesora en Alicante. Colabora en la revista digital www.cartagenadetodo.com. Mantiene el blog www.lascosasmastriviales.blogspot.com.

Al fin, los amantes se aprietan con ansiedad. Lucrecio A Natalia, única argentina de mi vida.

Tenías hambre en los ojos, llenos de júbilo. Querías beberlo todo, comerlo y verlo todo, oírlo todo. Me pediste un libro y te lo di al momento. Ese andar tuyo de caderas infinitas. Ese moverse tuyo, ese acento argentino recitando. Llevabas ese día una falda muy corta y sugerente. Tu pelo, como enloquecido por furor báquico. Eras la ménade, no hay duda. Musa, o al menos casi. Tus labios se abrían a las palabras del poeta, y tus ojos relucían como en una mañana de victoria sobre los troyanos.

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Llamadme Ishmael. Herman Melville A los días que pasé contigo, en un piso quemado.

Ni Ulises a Ítaca lo tuvo tan jodido. Mi Cíclope tiene más de un ojo. Dos. Marrones, grandes. Profundos. Parecen trombones en mi pecho, en las muñecas y por el pubis. Aquí todo está del revés: el campanario toca el suelo. 70

Actuar es fácil. Pensar difícil. Actuar según se piensa, aún es más difícil. Goethe

Tic-tac, dice el reloj. Hijo de puta, digo yo. No te va a llamar. Tic-tac, sigue diciéndome. Toc-toc. Podría ser él. No. El cartero. Mierda. Tic-tac, más rápido grita. Pum-pum, estalla el corazón. No era él. Llamará. Disimula. No te importa tanto. Tiqui-taca… Lento, cada vez más lento. Tiqui-taca, tiqui-taca, tiqui… Ring-ring. Suena el móvil.

71 Noelia Illán

(Santa Cruz de Tenerife, 1981). Licenciado en Sociología. Actualmente, es profesor de secundaria, impartiendo clases de Geografía e Historia.

…y el ordenador portátil. Sentado, impávido, disfruta del aire ligero que le aporta recordar algunos detalles de su vida pasada. Ni la ausencia de su mujer ni las vidas despegadas de sus hijos le ganan la partida. Todo pasa a un segundo plano. Sabe apreciar, en el recuerdo, el placer de las pequeñas cosas, puros chispazos aleatorios que ubica en el centro neurálgico de sus emociones y que le protegen eventualmente de ausencias y tragedias. Ha llevado una vida algo maniatada, aunque gobernada por la sensatez. Ahora, el vaivén de su tedio lo marcan el ordenador y sus libros, un submundo al margen de la realidad que transita más allá de los límites de la habitación, en la otra orilla de sus pensamientos. Afuera los ruidos del tráfico y la muchedumbre sirven para recordarle que la vida sigue pasando. Pensativo, repasa de un plumazo los años pasados, frenéticos, siempre en constante movimiento: el ritmo del trabajo, las frecuentes juergas entre amigos, los almuerzos en familia. Etapas. Espacios que hoy él mismo proyecta en pequeños retazos selectivos, imágenes escuetas y cruelmente simplificadoras rescatadas en su mente como estelas desconcertantes de una luz arrolladora que arrastra con todo. De pronto, repara ante sí y echa un vistazo alrededor. Ignora si ahora sueña o sólo discurre. Sobrecogido, se ahoga en una visión que inunda su cabeza: Aparece adherido a la piel del sillón, anclado a su molde, pasivo ante la increíble potencia descomunal de un chorro de luz que emana desde su portátil y baña al completo su figura asfixiada bajo una montaña de libros. Contrariado,

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se recupera. Con actitud desvaída aunque con cierta firmeza, deja entrever una leve sonrisa, algo cómplice. Desde luego, no podía haber imaginado mejor instantánea que ésta. Cree estar seguro de haber protagonizado (de manera consciente y por ello inédita) la imagen futura para su momento presente. O al revés. No atina a manejar bien los tiempos. ¿La imagen presente para su momento futuro? Tal vez. Se hace un lío. En cualquier caso, está en mitad de su clímax particular. - Gran foto para el recuerdo - murmura.

Compartiendo sonrisas, tejiendo los cimientos de algo espontáneo. Los dos. Cómplices. Inmersos en este juego de miradas recién surgido. Aquí, donde tus ojos no dejan de buscarme. De encontrarme. Donde el tiempo no existe. En este pub cualquiera de la gran ciudad en el que ambos nos exponemos esperando en vano el relámpago capaz de derrumbar la fina barrera de papel que nos impide seguir adelante, intrépidos, dirección a lo desconocido por caminos angostos ajenos a todo Orden. Pero tan siquiera hablaremos. En breve, alguno de los dos hará por salir - aún cuando sólo fuese por tratar de forzar un posible acercamiento - y no habrá marcha atrás. Será entonces cuando nuestras vidas retomen su curso como líneas paralelas que una vez hicieron por encontrarse. Líneas que ahora no harán sino tomar distancia sobre la inmensidad de esta ciudad de paso en la que sus elementos minúsculos pueden o no confluir. No volveremos a vernos. Aquí quedará todo, encerrado entre estas cuatro paredes, diluido entre conversaciones dispares, humo y gin-tonics.

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Tal vez, por qué no, desterrar cualquier gesto, arrancar las alas de mi pájaro azul y caminar cabizbajo; levantar la mirada sólo para perpetuar el abismo que oprime estos palmos: los que encierran mis ojos de mármol y la sombra estéril que parpadea en tu espalda.

Bocanadas seductoras de humo fino, contornos modélicos se acumulan y saturan el espacio. Aquí dentro chocan, enloquecen. Estruendo plomizo, turbador, que desvanece gris.

Alejandro Reina

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(Gipuzkoa, 1977). Combina escritura y pintura. Ha participado en diferentes talleres de escritura; ha expuesto en bares y exposiciones colectivas.

persigue la rabia a la batalla. Y vagan las heridas abiertas como espectros en busca de la claridad del agua, el frescor de la lluvia. Reconocer el perdón entre sombras, y consumir la furia en cenizas.
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¡No hay oxígeno que vista de esperanza el extravío! Aúlla la jauría, los depredadores de melodías. La asimetría es ahora el acorde de este baile fingido, de este calor descompuesto, de estas sábanas que ya dejaron de latir y ya sólo arropan el sabor del vacío. Sólo el delirio congelado en este cuenco de párpados caídos.

No hay fe que brille en credos fingidos.

76 Amaia Hidalgo

(Madrid, 1973). Narrador y poeta. Autor de las novelas “Condenados”, “Bebes jugando con cuchillos”, “Cazador de mentiras”, “Subcontratado”, “Obituario privado” y “Asura”. Sus textos aparecen en revistas, antologías literarias y ha obtenido diversos premios por sus obras de ciencia ficción, terror y fantasía. Ha sido traducido a varios idiomas.

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Santiago Eximeno

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(Madrid). Estudió bachillerato artístico en la Escuela de Artes y Oficios, Historia del Arte en la Universidad Autónoma de Madrid y un módulo de fotografía en la Escuela TAI. Trabajó en Santiago de Chile como fotógrafo freelance. Actualmente, trabaja como gestor informático, que combina con su pasión por la literatura y la escritura.

Abril. La tarde se te hará algo aburrida, como el resto de las tardes que para ti pasan con más pena que gloria. El cielo estará cubierto. Saldrás del trabajo. La traducción del Anima Mundis de Filiato te estará consumiendo. Se habrá retrasado más de lo necesario y el editor te presionará. Normalmente sueles ir directo a casa. Tendrás que preparar la comida del día siguiente, tendrás mucho por leer. Sin embargo, cuando veas en tu camino uno de esos bares de viejo de la calle Bravo Murillo te meterás en él. Lloverá y no lo pensarás. Entrarás y pedirás una cerveza. No sueles beber, pero no podrás dejar de pedir una tras otra. El alcohol transforma a los hombres en bestias, sueles pensar. Tu cuerpo no está acostumbrado en absoluto, así que no tardarás en marearte y en empezar a decir tonterías. Amanecerás al día siguiente con el cuerpo dolorido, una ceja rota y oliendo a alcohol, vómito y orina. Fruto de la borrachera, tus recuerdos serán confusos, pero sabrás que has participado en algún tipo de pelea. Achacarás tu estado a la bebida que en otro momento habías demonizado con vehemencia. Te levantarás de la cama avergonzado y te darás una ducha. Con el agua intentarás borrar las huellas que te colman de culpabilidad.

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Te consideras un hombre recto, podrías decir que en algunos momentos ascético. Has dedicado tu vida al estudio y a la contemplación. En todo momento te has apartado de los placeres de la carne ya que según tú no hacen más que distorsionar la ya de por sí compleja percepción que tienes del universo que te rodea. Los grandes pensadores han sido tus únicos compañeros de viaje; el resto de la gente nunca te ha interesado realmente. Pero sabes que eso no era más que un escudo que tú levantabas a base de miedo y complejo. De joven participaste en alguno de los foros de tu universidad. No tardaste en decepcionarte con los axiomas que como estereotipos lanzaban unos sobre otros. Perdiste el interés enseguida. No puedes negar que siempre has sido un bicho raro; incluso ante aquéllos con los que has compartido intereses. Pero también es cierto que en algún momento has llegado a sentirte satisfecho con tu vida. Por todo esto te sorprenderá tu cambio de actitud, tu comportamiento fuera de control; y sin una respuesta racional a tu conducta te sentirás perdido. Tu reciente inclinación hacia la bebida y la pelea se repetirá. Todas las tardes. A la salida del trabajo caminarás sin control hacia alguna de las tabernas del barrio; tabernas en las que te vetarán la entrada una a una. Por las mañanas te levantarás con los mismos síntomas: dolor de cabeza, deshidratación y hematomas por todo el cuerpo. Estarás muy cerca de perder el trabajo como traductor; pero conseguirás enmascarar tu conducta lo justo como para poder conservar tu empleo. Tienes que reconocer que te obsesionarás con tu estado, pero, ¿quién no lo haría? Recordarás un cuento que leíste en tu juventud. Cada Platón tiene su contrapartida aristotélica, cada Alejandro su Jesús de Nazaret; y durante unos días estarás convencido de que estás siendo poseído por el espíritu de tu otro yo, el espíritu de tu opuesto. No sabrás hasta qué punto un elemento fantástico podría explicar tu comportamiento vespertino y todo empeorará.

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Frecuentarás las salas de apuestas de la ciudad dilapidando los pocos ahorros de los que dispones. Visitarás los burdeles y las pensiones más decrépitas; y un día, tu nueva personalidad decidirá que ha sido más que suficiente. Cualquier mañana de un mes cualquiera despertarás en la habitación de un hospital psiquiátrico y tu otro yo ya no estará junto a ti. Estará en algún lugar del cosmos, de bar en bar, peleando y gastando todo su dinero en prostitutas y máquinas tragaperras. Y se preguntará qué demonios hace una copia barata de la Crítica de la razón pura en su mesilla, y recuperará una vida que quizás un día tú le habías robado.

David García 80

(Lugo, 1987). Participa habitualmente en blogs de fotografía, donde también aporta video-creaciones, animaciones, poemas e ilustraciones. Su blog: http://www.soniamarpez.blogspot.com.
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Sonia Marpez

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(Ceuta, 1982). Poeta, narrador. Sus textos aparecen en diversas publicaciones literarias digitales e impresas. Ha publicado la plaquette “Cacagénesis” (Editorial Alea Blanca) y el libro digital “Urbe Desta Historia” (Groenlandia, 2011).

Era tío de mi madre, de mi abuela, de mi abuelo, del perro o qué se yo. De hecho, ni siquiera sabía si eso también era cierto; lo de que era tío de alguien. Llegaba normalmente a la una del medio día, a casa de mi abuela. Con su traje gris, su chaleco oscuro y su corbata roja. Parecía tito Paco un viajante en bancarrota. Se sentaba en el sofá junto a la ventana y esperaba a que se le acercasen para recibir unos besos. En su calva refulgía el sol y en sus ojos la vida brillaba por su ausencia. Yo me quedaba mirándolo, fijamente, como poco a poco iba perdiendo el sentido. El resto; mi hermana, mis padres, mis tíos,

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mis primos… no le hacía ni puñetero caso. Tito Paco estaba ahí, como estaba la lámpara, el marco de las fotos o las cacas de las moscas en la pared. Jamás lo oí decir una frase coherente, ¡qué más!, jamás le oí decir una frase. Yo dudaba si algún día lo habría hecho. Era difícil imaginarlo niño, corriendo, jugando con otros niños. O trabajando, tomando unas cervezas, pidiendo un préstamo al banco, sudando por las facturas. Para mí aquel hombre había nacido ya así, con traje gris y todo, viejo, alelado y trasparente. Yo lo miraba, esperando mi dádiva. Siempre lo mismo. Veinte duros. Me hacía un gesto con la mano, casi sin mirarme, señal que indicaba que podía acercarme a cobrar. Después me ponía la cara y yo le daba un beso. No era difícil. Buscaba por sus costados, tras los codos, bajo los sobacos, en las pantorrillas; buscando la abertura de la hucha. No había manera de imaginar de donde salía todo ese dinero. Siempre tenía veinte duros, el jodio. Ni una peseta más ni una peseta menos. Daban ganas de darle un martillazo y esperar a que se desparramasen por la salita miles de monedas doradas entre sus pedazos de carne inerte. Tito Paco no servía para nada. Eso me preocupaba. No entendía por qué había que seguir alimentando un bicho que no daba ni la hora. Aunque como un reloj, todas las semanas, en un ritual casi demencial, aparecía los sábados tocando a la puerta, sentándose en el mismo sitio, dándome el mismo metal del mismísimo valor. Un día se cagó encima, pero a él parecía no importarle. Ni un ápice de bochorno en su rostro. Vivía inmerso en la más profunda entropía. El mundo transcurría ante sus ojos como una película mala que ya había visto
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más de tres veces. Si respiraba, a nadie parecía importarle demasiado. Unos años más tarde mi madre comentó algo de que había muerto. No fue una sorpresa. Para mí que llevaba muerto desde el treinta y seis. Por lo visto, tito Paco perdió el juicio cuando su mujer murió, de lo que cabía entender aquella su condición fantasmal que yo presencié en la niñez. Sus hijos, porque los tenía, lo habían ingresado en un geriátrico. No duró ni dos meses. Decían que se dedicaba día y noche a llamar a su mujer, gimoteando como un niño en busca del calor de una madre: ¡Concha, Concha!; gritaba. ¡Concha, Conchita! Un día calló por unas escaleras y se partió un brazo. Dos más tarde, tuvo la suficiente lucidez para asegurarse de no fallar. Se subió a una silla y se tiró de cabeza contra el suelo. El cabrón, al final, contra todo pronóstico, había decidido morir como un hombre.

85 Rubén Casado Murcia

(Madrid 1984). Poeta y narrador. Ha colaborado, con sus poemas y relatos, en las publicaciones “Lafanzine”, “Deshonoris Causa” y “Al otro lado del espejo”, así como en el blog “Hank Over \ Resaca”. Ha escrito la plaquette inédita “¿Qué tal un poco de silencio?”.

 

fabricado a mano con los barrotes de la celda que ocupaste, qué detalle. Te rellenaron el cojín interior con las agujas de las jeringuillas con las que consumías caballo, sin dejar una dosis a mano quemaron tus libros sonriendo porque el retrato incómodo de las calles no merece tener reflejo y en tu entierro tuvieron la desfachatez de decir unas palabras: ¿dónde estás ahora, poeta? concluyeron desafiantes

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regocijándose en una falsa valentía por saber que no obtendrían réplica tuya lo que nunca supieron es que, como un virus, los años habían infectado con tus escritos a otras voces que con su opinión dieron forma a un nuevo discurso devolviendo la fuerza a quienes querían prender la realidad.

87 David Vázquez

(Oviedo, 1976). Poeta. En la actualidad, reside en Madrid y se dedica a escribir poemas y colgarlos en su blog personal http://vozdetiza.wordpress.com.
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Has desmontado los muebles. Has embalado la cama. Has precintado la luz. Has cortado el gas y el agua. Has tapado las rejillas. Has bajado las persianas. Has echado los cerrojos. Has tapiado las ventanas. Has dicho que la salida da al sótano de la casa. Has escuchado un estruendo. Será una maza.
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El día de la entrega de llaves, después de la firma de escrituras, creí oírlas hurgando, afuera, junto a los cubos de basura. Probando a aparcar el coche nuevo, unas semanas más tarde, las sentí escarbar en las tuberías que pasaban por la plaza de garaje. Cuando estaba haciendo la mudanza las vi dentro, en la nevera y el lavavajillas en el horno y la lavadora. Los estaban royendo. Pero lo peor fue al recibir la primera carta del banco - que me pasaba por los créditos e hipotecas del piso, la plaza y los electrodomésticos el primer cargo y al intentar sacarla del buzón toqué una con la mano. Sólo entonces fui consciente de la gravedad del problema. La casa y las llaves, el coche nuevo,

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la plaza de garaje, la nevera, el lavavajillas, el horno y la lavadora, también las tuberías y hasta el buzón y los cubos de basura no eran mis propiedades como pensaba. Eran suyas. Y yo me encontraba hurgando, escarbando y royendo entre sus pertenencias como una rata.

90 Iván Rafael

(Granada, 1967). Poeta, narrador. Ha publicado en la colección “Literatura de kiosko” (Ediciones RaRo), así como en varias revistas literarias con otros pseudónimos. Autor del libro de poemas “El ruido de los cuerpos al caer” (Groenlandia, 2012). Blog personal: http://librosyaguardientes.blogspot.com.
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Tenía problemas para pagar el alquiler. Un colega insistía e insistía que la mejor solución era follarme a la casera. La casera tiene 34 años, largas piernas, buen culo, sugerentes tetas, hermosos ojos verdes, dinero suficiente para ser feliz, un marido tranquilo, un niño de cuatro años y un perro. Y tiene un buen par de polvos, sentenciaba mi colega. Debía cuatro meses de alquiler e iba para el quinto y la posibilidad de que me echaran de casa por no pagar empezaba a obsesionarme, cuando una noche la casera aparece en la puerta de mi (su) casa con un plato de arroz con leche. Pesimista por experiencia, me temo lo peor. La invito a pasar y le ofrezco un pacharán como el que ofrece la pipa de la paz. Está guapa mi casera, con su pantalón negro ajustado, con sus brillantes ojos verdes, con su sonrisa fresca y con su camiseta de la que se resbala constantemente un tirante que ella se empeña en colocar en su lugar. Con el primer pacharán me cuenta que estaba aburrida y se ha puesto a hacer arroz con leche por hacer algo, que no se le da muy bien cocinar pero que lo intenta. Que es la primera vez que hace arroz con leche. Que es un sabor que le recuerda a su infancia. Con el segundo, y un cigarro en la mano, se lanza sin tapujos, a decirme que tiene problemas con su marido, que si no me había dado cuenta, que su marido sólo piensa en el trabajo, que es aburrido, que no le gusta salir por la noche, que antes no era así, que se arrepiente de haberse casado con lo bien que ella podría vivir libre y sin compromiso. Nada nuevo que no haya escuchado antes en mujeres que han pasado de los treinta y que todavía conservan la belleza, la energía y las ganas de los veintipocos. Yo sigo su monólogo intercalando de vez en cuando frases hechas que no comprometen a nada: “la solución está en tus manos”, “las relaciones siempre son complicadas”, “hay que aprender a disfrutar de la vida”. Cuando acaba de desahogarse, se levanta, se descalza y se tumba en el (su) sofá, tiene las uñas de los pies

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pintadas de verde, a juego con sus hermosos ojos y la camiseta. Ya no se sube el tirante rebelde. Podía ser como tú - dice de sopetón -, tú eres libre, vas de un lado a otro sin dar explicaciones a nadie, tienes tus amigas, sales de fiesta, de conciertos, viajas, disfrutas de la vida... Si yo te contara, pienso, hace meses que no follo, hace semanas que no sé de fiestas, hace tiempo que no hago un viaje, no tengo ni un puto duro y estoy hasta los cojones de cenar solo todas las putas noches, pero sólo digo un estúpido: Nadie es perfecto. Sonríe, se levanta del sofá, se acerca, se planta frente a mí y apartando la mesa, abre las piernas, se sienta a horcajadas sobre mis rodillas y me pega un morreo que me sabe a gloria, a canela y a pacharán. No sé qué hacer pero ella me lleva hasta al sofá y allí seguimos con los morreos. Le acaricio las tetas, tiene unas tetas de curvas suaves y pezones grandes y duros. Una piel caliente, una boca sedienta. Me quita la camisa y levantando los brazos me invita a que le quite la camiseta. Se la quito y beso sus tetas mientras ella se tensa y juguetea con mi pelo y me da mordiscos en el cuello. Cuando dejo sus tetas, se levanta, se quita el pantalón, quedándose con un minúsculo tanga negro. Desnuda está imponente, le gusta estar desnuda, le gusta saberse desnuda, le gusta saber que me gusta verla desnuda. La beso y lamo su cuello, su espalda, sus las largas piernas, su vientre, le quito el tanga, tiene el coño rasurado y perfumado. Huele a limón. Lamo, muerdo, acaricio, me quito el pantalón, me quito los calzoncillos y follamos en el sofá. Más tarde, ya en la cama, solo, no pienso en el alquiler, no pienso que no me he puesto un preservativo, no pienso en nada más en que tenemos que repetir, en que ha sido un buen polvo pero que me ha sabido a poco. Es lo que tiene la sequía, una gota no quita la sed. Y es lo que tiene la pobreza, cuando se prueba algo bueno se quiere repetir. Los días siguientes, tras dejar al niño en el colegio, viene directamente a mi cama. Trae el calor, la pasión, las ganas de jugar y la alegría de una mujer feliz. Y no se corta. Se mete en la cama desnuda y sin muchos preámbulos se lanza a chuparme la polla para espabilarme. Le gusta chuparme la polla y habla con ella como si fuera un ser con vida propia. Nos pasamos todas las mañanas en la cama. Nos besamos, nos chupamos, nos acariciamos y follamos y follamos hasta saciarnos, hasta agotarnos. Después un poco de charla sobre su vida y su marido, las ilusiones y su marido, el sexo y su marido, el arrepentimiento y su marido, hasta la hora que tiene que ir a recoger al

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niño al colegio. Yo la escucho y fumo. El alquiler deja de ser un problema, según ella el dinero no lo es todo, según ella no debo preocuparme, según ella mis polvos no tienen precio. Mi casera tiene más de un buen par de polvos, es cariñosa, es salvaje, es mimosa, es juguetona, es viciosilla, y me gusta follar con ella, me gusta hacerla reír, me gusta despertarme cuando ella se mete en mi cama, me gusta su olor a limón. Todo va bien durante esa semana, pero de repente, el lunes, después de un largo fin de semana, en que ella debe dedicarse a su marido y a su hijo, no aparece por mi casa y me quedo toda la mañana esperándola en la cama. No sé qué hacer durante todo el día El martes tampoco aparece. Quiero follar con ella, necesito follar

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con ella, echo en falta su cuerpo, echo en falta sus caricias, echo en falta ese aroma a limón con el que me han estado despertando estas últimas mañanas. Y mi polla echa de menos que hablen con ella. El miércoles, cuando me la encuentro en la calle, cuando viene de recoger al niño del colegio, cuando me paro a hablar con ella, sólo me dice un hola cortante y sigue su camino arrastrando al niño y su enorme cartera. Aquel mismo jueves por la noche aparece por la casa, sin arroz con leche, sin brillo en los ojos, sin sonrisa. La digo que pase pero dice: prefiero quedarme en la puerta. ¿Un pacharán? No, no quiero un pacharán. Y que lo siente, que sabe que es una putada, pero tienes que dejar la casa a final de semana. Así, de repente. ¿Por qué, cual es el problema? No hay ningún problema pero la casa la tienes que dejar este domingo. Sin falta. Remata. ¡Ah! Y me gustaría que me pagaras los cinco meses de alquiler que me debes. Remata. Y se larga sin más. Hoy lunes escribo esto desde una pensión de mala muerte, huele a cerrado y a humedad. Echo en falta mi casa. Echo en falta a mi casera. Estoy jodido. Por la mañana llamé a mi colega para contarle mi situación y pedirle unos euros para poder pagar la pensión. Me dice que siempre estoy metiéndome en líos. Que no aprendo. Que no me puede prestar nada. Y el alquiler vuelve a ser un problema. Uno más.

94 José Pastor González

(Almería, 1984). Actualmente, estudia Filología Hispánica en la UNED. Ha trabajado en múltiples medios de la red como redactora (blogs, páginas Web, etc). Ha obtenido premios por sus relatos y ha participado en diferentes jornadas poéticas.

Sentada en una quimera tiemblo. Miro el tiempo, su desolador paso, sus vestigios en mi piel, mi suerte. La inmundicia que despide este abismo me ciega. Vomitando palabras de cólera escucho al viento. Intento ser, poder ser, quiero ser, ser alguien, algo que deje mella en tu mejilla. Que al rozar tu piel, resquebraje tu alma de cristal, se rompa como guijarros. Y caiga, hundida violentamente a mis pies. Quiero verte arrodillado, quiero ser tu cruz, quiero mi venganza. En la impotencia de fracasar me retengo, a un paso de tu casa, oliendo aún tu huella en el aire. Ese olor insoportable que de furia me llena.

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Se me apagó el corazón. No hay misto que lo encienda, no señor, no me corre roja sangre por las venas, sino negra y espesa. No, ya no grito, ni canto, ya sólo, un llanto ahogao en la garganta una daga de espanto qué me atraviesa este armazón. Soy una cáscara, un quejido, una sombra, un abismo de hiel un relámpago en la madrugá de ayer.

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Y es requiebro y esbozo tono sin tono entonado, ecos de lúgubre sufrimiento acordado… Y es, anhelo, cielo con yemas apenas atisbado, labios mordidos, pasión y silencio. Es vida sin voz y grito en lenta pena ahogado. Rugido de reloj que lentamente desgrana la aterciopelada mañana con este sol tan naranja, y tan sonrojado.

97 Maika R. Montalvo

Groenlandia, revista cuatrimestral de Literatura, Opinión y Arte en general número catorce (Mayo - Agosto 2012) Junto con esta publicación, se presenta el suplemento de Groenlandia correspondiente (suplemento Groenlandia número catorce, correspondiente a los meses de Mayo - Agosto). Todos los textos e imágenes pertenecen a sus respectivos autores. Los textos, fotografías e ilustraciones pertenecen a Ana Patricia Moya, Ángel Muñoz Rodríguez, Alejandro Reina, Esperanza García Guerrero, José Pastor González, Luis Amézaga, Antonio Huerta, Rubén Casado Murcia, David Vázquez, Santiago Eximeno, Felipe Zapico, Sergio S. Taboada, Pepe Pereza, Ana Vega, Lucia Fraga, Antonio J. Sánchez, Mario Álvarez Porro, Andrés Portillo, Noelia Illán, Felipe Solano, Eva María Medina, David Fueyo, Carlos Buj, Amaia Hidalgo, David García, Maika R. Montalvo, Sonia Marpez e Iván Rafael. Para el diseño de esta publicación se han utilizado fotografías e ilustraciones extraídas de la red, pertenecientes a los siguientes artistas consagrados: Fredrik Ödman (páginas 30, 63), Krikuksi (36), G. Tooker (37), Barnaby Whitfield (40), Larissa Kulik (43), Michel Ogier (50), Jan Saudek (53), Stephen Shore (56, 80), Adrian Borda (61), Ana Bagayan (64), Misha Gordin (68), Kelsey Brookes (70), Alex Gross (73, 93), Pentti Sammallahti (75), Olivier de Sagazan (87) y Yves Marchand & Romain Meffre (95). 98

También se han empleado obras de Felipe Solano (portada y contraportada, páginas 27, 58, 98 y 99), Sonia Marpez (81 y 82), Santiago Eximeno (77) y Felipe Zapico (48, 83, 90 y 107). Groenlandia respeta las opiniones de sus colaboradores – las cuales son de su total responsabilidad – y defiende la autoría de sus obras. Groenlandia aboga por la total libertad de expresión, sin censuras. Groenlandia es, desde el número cero, una publicación que no busca lucro. Groenlandia defiende la cultura gratuita. Todas las publicaciones son de descarga gratuita desde las distintas plataformas de la red (página Web oficial, blog, SCRIBD, ISSUU). Todos los contenidos de esta revista corresponden a sus respectivos autores; desde el número cero, todas las obras que contienen las publicaciones están protegidas. Groenlandia respeta los derechos de autor: para proteger nuestra cultura, es esencial proteger las ideas originales de sus autores porque las mismas son un trabajo de imaginación y esfuerzo únicos. w ww.revistagroenlandia.com h ttp://elblogderevistagroenlandia.com.es h ttp://www.scribd.com/RevistaGroenlandia h ttp://issuu.com/revistagroenlandia
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DEPÓSITO LEGAL: CO-686-2008 ISSN: 1989-7405

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Groenlandia presenta sus cuatro nuevos libros de poesía: “Poemas fundidos”, escrito a cuatro manos entre Luis Amézaga y Adolfo Marchena, con portada y contraportada de José Naveiras y epílogo de Jorge Heras García; “El ruido de los cuerpos al caer”, de José Pastor González, con portada y contraportada de Felipe Solano, prólogo de Layla Martínez y epílogo de David González; “Poesía de Guerrilla”, de Eric Luna, con prólogos de José Daniel Espejo y Abel Aparicio, epílogo de Esteban Gutiérrez y arte de Óscar Cardeñosa; “Herrumbre”, de Ana Vega, con prólogo de Karmen Cambres y arte fotográfico de Sonia Marpez.

PRÓXIMAMENTE: Poesía No frenes la lengua de los pájaros (Begoña Leonardo) El forro, segunda edición (Gsús Bonilla) Para que sirve Jorge Barco (Jorge Barco) Narrativa Me miro al espejo (Ramón Zarragoitia) Antologías La galería del caos (coordinada por David González) 100

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www.icaroincombustible.com
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www.grupocasaazul.blogspot.com http://revistabotelladelnaufrago.blogspot.com
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COLECCIÓN LA CASA DEL PINTOR (POESÍA): “A pesar de los aviones”, de Diego Ojeda; “Esto no rima” (antología de poesía indignada, coordinada por Abel Aparicio).

COLECCIÓN OTRA HISTORIA (NARRATIVA): “Te escribiré una novela”, de José Ángel Barrueco; “Historia del humo (y hachís)”, de Pepe Pereza.

www.editorialorigami.com
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“Dichosa tarde en escala de grises”, Antonio Huerta Orihuela (segunda edición)

“Vivimos encerrados en burbujas transparentes”, Jorge Barco (segunda edición)

“La involución cítrica”, Adriana Bañares (segunda edición)
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“El tiempo del hombre muerto”, de Alfonso Xen Rabanal

“Manos tan pequeñas”, de Vera Zieland

“Las lágrimas del pato Donald”, de Ángel Fernández Fernández

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“Los verdaderos filisteos no son una gente incapaz de reconocer la belleza, pues claro que la reconocen y muy bien, la detectan al instante, y con un olfato tan infalible como el del esteta más sutil, pero es para poder caer inmediatamente sobre ella con el fin de ahogarla antes de que pueda entrar en su universal imperio de la fealdad […] El talento inspirado es siempre un insulto a la mediocridad. Y si esto es cierto en el orden estético, aún lo es más en el moral. Más que la belleza artística, la belleza moral parece tener el don de exasperar a nuestra triste especie. La necesidad de rebajarlo todo a nuestro miserable nivel, de mancillar, burlarse y degradar todo cuanto nos domina por su esplendor es probablemente uno de los rasgos más desoladores de la naturaleza humana”. (“La felicidad de los pececillos”, de Simon Leys). 108

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