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“Poemas fundidos”, de Adolfo Marchena & Luis Amézaga
© 2012 Adolfo Marchena © 2012 Luis Amézaga Epílogo de Jorge Heras García Todos los derechos reservados. Editado digitalmente por Groenlandia con permiso de sus dos autores. Directora: Ana Patricia Moya Rodríguez Maquetación: Ana Patricia Moya Rodríguez Corrección: Ana Patricia Moya Rodríguez Diseño: José Naveiras / Ana Patricia Moya Rodríguez Depósito legal: CO-449-2012 Córdoba, 2012

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“El lirismo de las imágenes poéticas sólo es filosóficamente importante cuando logra, en su acción, la misma exactitud que obtienen los matemáticos en la suya. El poeta debe, ante todo, demostrar lo que dice”. Salvador Dalí

“Tenemos dos espaldas cuando amamos”. Georg Johannesen

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L a novia tendida en la mesa del comedor
como restos de náufraga soltería. Suena el despertador a horas intempestivas y las cuerdas recogen los adoquines que eclosionan en bragas teñidas de pudor - no siempre emblema de fertilidad –. Como sábanas desperdiciadas en la cama, el dosel de quien quiso ser ruta y aventura mientras el techo hilvanaba versos suicidas de Plath, responsos de su vientre alabeado. Manoplas sudadas cambian de estación sobre la mesa del comedor con la joven novia desnuda; es hora de recoger la colada y dispersarse. La luz, hermana cenicienta de las sombras, barre el polvo en su fuga.

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Á ngeles que aguardan
en la estación de los cristales masturbándose las alas para regodeo del gran hermano. La simiente de la bolsa al alza, la mano del candil desflorando espectros que hurgan los bolsillos en busca de agujeros libertinos. La estación incierta de los rayos guarda sueños de emboscada. Truenos seminales cubren las tejas. Demiurgos retan a los ángeles caídos. Escampa el cielo de la mística y fluye la nada del sentido.

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L a piedra rebobina,
los cristales recomponen su figura y en medio de la farsa, un clon recapacita su remedo humano. Se forma con haces de estalactitas troqueladas. Sade conjurado en la cibernética manosea espejos de hojalata y recita a Justine terrores de guillotina. Ovidio marcha en primera línea al acecho de los recuerdos mutilados y elabora el Ars Amandi de la pubertad. Adornos escritos, manchas de aceite sobre la evolución darwiniana cuyo eslabón perdido es un dios a pilas. Todo cerebro en cortacircuito antes de que la piedra estalle cerca de los vertederos inundados.

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S usurrabas en la mesa del destino,
soy reina y soy puta del enroque en que toma posesión esta sentencia lejos del rey con su chulería de tasca. Agazapada la dama en el alzacuello vigila por encima del torreón donde los peones bailan enérgicos el carnaval de las teorías disciplentes. Como tablero el devenir en blanco y negro de una aristocracia cercada por la incertidumbre del caos. La plebe cuartea su sangre azul en la diagonal de un alfil. Sonoras bandas en el paseíllo de las conciencias donde aletargadas las jugadas imposibles se arropan con semánticas difusas. Blandes la espada con iniquidad sobre la iteración de maniáticos guiños y todo es en cuadrículas bipolares donde buscar el jaque mate.

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E l carro tira de los lánguidos bueyes, nostálgicos
de animaladas y látigos. Cuernos clavados defienden la casa del padre (nire aitaren etxea). A lo lejos entre la neblina opaca y rosácea un caserío, la casa del padre, de tejas de alcanfor donde el fuego se enciende con las crines de jamelgos que bufan al son de txalapartas. Árboles genealógicos no dan sombra al nacido para subyugar los montes, los ríos de piedra recuerdan la memoria. Árboles de estancias acogen el camino de las salamandras y el abuelo regresa con la leña mientras rumia inviernos de tiza amontonados en fotos sepias. El cuervo grazna sobre el convulso ternero, el perro ladra a una luna de papel cuando todas las horas hierven en la hoguera.

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H ay un hueco en el entrecejo
cuya petición de mano ahuyenta la sonrisa del mendigo apaleado. Se ulcera el agua bendita donde se lava los dientes esa novia engalanada con cartones y flores de plástico ahuesadas. Se cubre con un velo de noche para esparcir el trigo entre el centeno, sus pies ensartados de anillos bailando en el pajar infecundo entre alfileres clandestinos. Afila su índice buscando la sortija y todo son guarismos donde nadie muere y nadie nace en un espacio sin materia en el que se desposan las hienas.

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A lguien dice que el invierno
oxida las cortinas, que el humo deteriora los conjuros; pero es alguien que apenas sabe de mentiras, de calendarios con mujeres en taquillas de bromuro. Las pavesas sellan la gatera de los combatientes, ahora guarecidos en cuarteles nómadas. Los calendarios marcan el exilio, la sangre derramada en el frío de Leningrado mientras zahoríes revelan los secretos amalgamados en el subsuelo. Las horas palpitan como pulpos gigantes y alguien demoniza la palabra en el frente de Maginot (bayonetas caladas), donde caen los generales cheposos entre alaridos de cunetas que dicen oui. Los murciélagos cruzan la línea por azar y se reúnen en la tierra de nadie donde los tahúres juegan a las cartas y el tren del mediodía escapa a los fantasmas.

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L a muerte está invitada a cenar,
ya tengo preparados los cuchillos. Compartimos humo para evitar la caricia, para asesinar el juicio final donde los cubiertos son de oro. Está dispuesta a bailar al son de nubes anoréxicas dirigidas por una orquesta de ceniza que toca la espina dorsal con alicates. Hierro en el barco de la conciencia, si la hubiese cerca de la muerte accionando los mecanismos gástricos. A los postres, la guinda entona un pasado ladrador de rabia mal contenida.

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La casa en calma.
El terremoto dejó arrugas en las paredes. Saber cuándo es tu hora sólo sirve para despreciar los / relojes. El reloj en quiebra. La comparsa del vendaval en la vendimia. Recolectores que se pierden en las horas sepultadas. El sudor hace de la zanja tierra de regadío, el epicentro en las manecillas de un hogar saqueado, la naturaleza que se confabula para atacarnos por la / espalda. El sendero de las salamandras traza en nuestras arrugas la plegaria de una noche donde el cuchillo se hunde en las cortinas ligadas en salsa verde con el baladro de los sapos, con las desmesuras que caracterizan al humano; ambos hilando una época de remiendos. Hay cortinas en los ojos, los hombres puteando las rencillas, hay un espasmo en la calma de la casa.

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Diría que al herido. Ni susurran. Son las carceleras del recuerdo. Esas damas enquistadas en los fragmentos del día, de lo cotidiano, del sueño. Damas que buscan complicidad y son las putas de una noche desatenta. Hombres en las mazmorras del sueño, en la carótida de una selva de cartón piedra.

E n el fondo sombra como
una cenicienta que busca el lodo en los pies del perro. A medianoche, cuando los tacones ladran acordes de barro las escobas gimen por los rincones. Sucesiones de tranvías en el piso de arriba, damas de escarlata que nunca besan por segunda vez. Del sueño, galera de barco, emergen las dunas salvavidas en connivencia con la visión infecta. Del porvenir en que los remeros supuran de conciencia el incierto velamen del cíclope ciego. Mazmorras donde las gárgolas escupen demonios sobre los escotes desprevenidos de la memoria. En una tortura fragmentada

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de la idea, con el designio del colorido de las ropas interiores la fregona del mar absorbe la sangre que brota de las llagas cortesanas en la sórdida noche de marras.

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U n camino tiene los pasos
de su dueño una estación la carcajada. Las sandalias de Roma tienen retórica y el amo del mundo, dientes de leche. Las uñas afiladas de una luna que tropieza con sus sandalias. No hay peor cosa que un satélite con gafas, que un sendero descalzo que un perro vestido en el invierno como sopa caliente. Han encontrado en Brooklyn un peregrino ladrando a una luna hecha pedazos. Y la sombra de un mastodonte hace acopio de necesidades en las vertientes de la roca.

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E l grotesco narciso
se recrea en la deformidad del líquido, en su claustro alcoholizado. Ve pasar a través de sus latidos armaduras, cañerías que derraman cerveza en el olvido. Berrea enamorado de la fealdad como levadura del óxido fundido en delirium tremens. No habla, gesticula en blanco y negro de la baba hiriente que persigue consignas y hechiceros. Dobla el vidrio con la mente ofuscada, retuerce su rostro en la cara, vomita cerillas verdes. Temblor de madrugada en manos ajustadas a un reloj de vómito en el cuarto menguante de la nada. Queda el poso, las cenizas venáticas de un clon irreconocible.

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L a vida en una cápsula,
efervescencia de la razón antes que el ser del gato. Pompas de jabón como pezuñas de vaho, excrecencias del crápula. En la condición de héroe el paquidermo dulcifica los besos herrumbrosos. En la condición de villano el felino amarga los arrumacos lucientes. Cerca del café donde las uñas acarician pechos las soledades se encriptan. El himen de las cajas fuertes se disuelve como azucarillo encrespado en su vulva.

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Grietas labiales besan
mendrugos de pan robados a cojas palomas extramuros. Grietas de una ciudad envejeciendo entre cables póstumos a la distancia. Bizarros camisones desgarran la carne trémula de los diques, caga rutas de visión parabólica. El encendido televisor anuncia la discreta fórmula para envejecer a menos cuarto de los relojes. La hora hache, el Apocalipsis del apagón analógico atenaza a los zombis apoltronados en sofás. Nada queda del entierro donde las mariposas juegan a construir rascacielos.

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F igura en la noche la sombra lejana
esa noche que se pierde como guijarro en la tempestad de unas piernas alzadas. Arrecia el vello de los muslos sobre la hendidura consagrada de hombres que entran y salen desnudos. Carrusel de víctimas incendiadas depilación del poema en el túnel desfile de creaciones aletargadas. Un vodevil de poetas asmáticos bailando con medias de rejilla animan los crematorios del oprobio. Poetas con batas blancas bisturí en la disección de las formas no tratadas y el crepúsculo del verso. Arritmias asonantes de fondo en la composición anónima y oscura, vísceras sobre el escritorio. Estigmatizado por la paráfrasis en el vuelo de las plumas que comulgan con amianto. El cuerpo de la metonimia salpimentado de espasmos bajo las faldas de la mesa camilla.

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El todo y la nada de la trasnominación peonías del resurgimiento para concluir, quemar el último verso.

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É variste Galois y su grito: recordadme,
ya que el destino no me ha dado vida bastante. Desde allí somos una teoría de grupos, somos el resplandor de lo que nunca fuimos. Gritad en las calles que el destierro no nos galvaniza, que todo nos ha sido dado en drenajes que nos vacían de empuje. Solos ante el delirio de una pistola que se encasquilla ante su epitafio. Sombras errantes que avanzan anunciando su fe, buscando la vida y la resurrección, antes de la nieve perpetua, de la teoría de cuerdas elegantes, soga como nudo de corbata ahogando las palabras del infierno deshabitado. Dejadme que mire mis propios temblores, que deshaga la mística de esta recompensa que me lleva hacia otros parajes de aluminio. Dejad que suspire fados con sabor a plátano, que lea biografías de personalidades extintas que me recuerden el compás del sinsentido. Para dar razón a este destino ofuscado que se agota, dejadme junto a la farola a solas con la nomenclatura de mis músculos.

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La certidumbre del duelo carece de excepciones, la vida bastante es la que dura más que su inquilino.

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H e visto los túneles de Noruega
cerca de las calles que desconocemos como el iceberg de nuestras vidas. Miles de manos horadan la entraña hacia un centro que las repele resguardando su código secreto. Los Illuminati escancian el vino, el calendario Maya repasa sus números en el logaritmo de la economía. Los astros como pompas de luz ejercen la atracción de danzas sufís. El club Bilderberg escupe sobre mesas redondas, caen arenques sobre el Sáhara como nieve pegada a los tobillos, el Everest mirando a los ojos de Caronte le practica un griego a cincuenta euros. El final se acerca; al menos, ahora, tened la gallardía de no arrepentíos. Sed conscientes, cuando el cielo se abre de piernas, de los actos inocuos del futuro.

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O culto Dalí en una visión hiperrealista,
asegura que el biberón es el primer mandamiento. Los principios dejan tristeza en la carne. La congoja se aproxima al alma incierta como dicen del primer fósil, unidad celular de principio de siglo; tribu en bermudas de saldo por la catedral donde el arte primigenio se declara con tartamudeos salmodiados. Fulcanelli destroza una tarántula de cristal, el arte de la conjura en los pilares del mosaico descabellado por búfalos. Y su amante hermenéutica ensaliva los textos descifrados de las gárgolas que pasean de la mano con Amanda Lear. Caen las piedras, se deshace el reloj al calor de un sobaco transeúnte como el niño que arrastra el sonajero. Gimoteos del atleta cósmico a quien el sol se le derrite entre las póstulas batiendo récord de segundero. Todas las piedras en rebeldía forman el sindicato de la noche y un asteroide

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se pinta las uñas delante del espejo. Neuronas y estrellas yacen en una pila bautismal teñida de futuro. Dime, Narciso, qué miras. Dime si Dalí se baña con espuma en este día de lagartos desgastados.

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E l tiempo reclama mis muletas
como si fueran mis piernas las arterías de avenidas viejas, el tiempo regenta una ortopedia donde paciente espera los órganos que el alma rechaza a la hora del cierre. La rima interna de mi cuerpo esculpe bastidores en el teatro, palcos, antesalas de los tendones, camerinos histriónicos de fardos tartamudean ante la artritis de un verso mal curado. El tiempo como achaque en la conciencia, hospitales de memorias rezagadas. Caladas profundas de humo en los huesos, fábricas de amianto corroyendo las agujas que enhebran los poemas, el futuro en hospitales de campaña antes de que se detenga la resaca. Punto y seguido, lisiados. Punto final, tanatorios de sombras que entumecen las gargantas.

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L a noche en las calles ronca
zarandeos de colchones y estufas, sombras caracoleando con la casa a cuestas del mejor postor, de la zozobra. Un gato atigrado se come la farola con meadas impunes de circunstancias. Las avenidas se abren como estigmas del padre Pío, sangre de contenedor donde se avituallan las manos rugosas. Alguien siembra la duda cuando los semáforos de las grandes avenidas se detienen a jugar una partida de tejas negras. Una colilla enciende las entrañas de la cebra cuando los suicidas apuntan en su salto sobre las nucas de los bebés. Se incendian los desiertos en la cultura del subsuelo, amamanta la loba al ser estepario en su conducta dócil. Revisados los signos de las cuevas en los graffitis de la cárcel, la marmota padece de insomnio agridulce. No decir nada o decirlo todo en ese sueño irreverente de las farolas cuando tumban paredes en la noche.

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Muros de cara torva, callejones de acné clareando al levantarse el párpado del murciélago.

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E n el ocaso de sus días
el sereno abandona las luces y se repliega ante sí mismo al encuentro jubilar de las llaves, focos apagados en cerraduras estreñidas por la oclusión cejijunta. Sospecha que las marmotas proyectan su propia sombra en la acotación de los pasillos con petardos escondidos en el diario de un retrovisor. Amanece la rotundidad de la luna en sus dedos ociosos de amantes invertebradas. Eclipse en la marea de quien quiso ser bajo otro aspecto, bajo cotidianas perchas que sostenían cadáveres maquillados con grises monólogos, retahílas de pasos redundantes aquella manera de no entender el fuego, contenedores asediados por la bula de un papa hecho de hilo. Postrimerías del celibato en las papeleras, cardenales orondos de esparto barren las calles y sus crepúsculos.

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En el ocaso de sus días beben pulpa de cereza, los recuerdos de un hombre que lo fue todo antes del diluvio.

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L a infancia mira de lejos
el esbozo de un ladrido que no necesita sangrar para saber que hay sangre. La sanguijuela teme a la infancia portadora del café de la mañana y la neblina de los bosques. La boca del metro engulle pero no habla, así el niño y la boa, así el metal puro entre remedos de otros tiempos, como la sopa boba bajo el techo de madera entre sonidos de diales constatando que la edad es un invento de violines, una banda sonora de pies descalzos peregrinando a la cueva neandertal. Regresar al útero en la desnudez, el pelo blanquecino del recuerdo en que asomamos a la última ventana desde una playa recién barrida, metáfora del hombre reciclado donde las arrugas tapan los ojos.

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T iza en los zapatos
blanco de novia en el recuerdo del niño huérfano que huye de pisadas escritas en los refajos de un brasero. La geografía del caramelo ahuyenta páginas en blanco y detiene la memoria en los contenedores del estómago donde anidan hongos asesinos de sabor dulce como ojos verdes. Linóleo en la línea de la vida, atraviesa el mapa el huésped, quien amó a través de las paredes huesudas del altar, el feto dormido en la estación del orgasmo como premonición de vasijas enfurecidas, del no amor en costillas fragmentadas, primer pecado como ausencia, primera novia como iniciación al ritual de la sangre entre panecillos de remembranza mohosa.

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Luz y vida, muerte tras la puerta que jalona la resurrección del poema como vaporosa esencia del bien.

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C ruje la mosca
y su corazón negro, coágulo de oración en los cristales de polvo. Oración de la misa oscura donde el gato arrastra la panza maullando en escapularios de hambre, en cunas donde los biberones recolectan voluntad de presos. Prometeica sensación en los continentes de la tarde que sorprende al indigente entre la basura ionizada besando el brazo incorrupto de dios. Han dado portazo a Caronte los insectos comulgados, rota la plegaria en cuatro clavos del reino de Hades, música de órgano para las bodas del aquelarre desnutrido por las fieras. Suena una flauta en la lejanía, se desparraman los corderos asados

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en la cueva, piedra del remordimiento que hiere a la mosca primigenia y detrás las ladillas de las gatas viudas de amores negros.

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T iempos en que la quimera de ser
transmutaba el pensamiento y la balanza, arrastraba sus platillos de oro. Tiempos en que el proverbio de estar recelaba de utopías balanceándose en columpios oxidados de cobre. El reloj es un cadáver en tránsito que perpetúa soledades y añoranzas, víctima de su propio minutero que gira en sentido contrario en busca de la hora cero, analogía de un barco a la deriva que rastrea su propio tesoro. La hora cero en la quilla, arena vomitando constelaciones, náufragos mareados por el eje magnético intemporales saludan al equinoccio de un leviatán desnudo. Islas disueltas en azufre, el reloj último varado junto a la ballena, las consecuencias rotas en campanarios que cabalgan a golpe de badajo hacia la hora nona, víspera de un tsunami de la razón pura.

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Maitines desenfocados descabalgan las mareas, el hurto decimonónico de las casullas en procesión maldicen la lineal lógica del futuro.

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U na pestaña cae en el granizo
como góndola en océano imberbe, una uña continúa creciendo con el ataúd cerrado. El costillar sigue al compás de una fanfarria; dejaron puesta la llave en el cuenco de los ojos que recrean el mapa del mundo. Orografía sinuosa, entre las patas de la silla nace un continente helado de baldosas donde un ejército de hormigas desfila. Los ríos serpentean por el valle de un pecho desnudo, ejerce de comparsa la fábula del niño que nunca crecía ni hablaba como un maniquí adoptado en el mercadillo de la ira. Los dientes besan el camino embarrado de sangre hiperbólica. Casacas rojas fuerzan los cuerpos en el logaritmo de las instrucciones mientras legiones de gusanos bucean bajo los párpados censuradores de una mirada combatiente que ensucia los retales de una charca con barquitos de papel. La guerra de los huesos enquistados sufre el agua en las venas, un hueco en el ascensor

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avisa del último atentado de las almas suicidas, adiestradas por las rótulas del faquir. Las góticas se pasean con lencería bordada por los arrabales de la garganta presidencial en alarde misógino. La contradicción mueve el algoritmo de la creación como un péndulo defectuoso, como una tirada de cartas.

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D ebajo de la falda sólo hay vuelo,
debajo del vuelo los aviones cortan el pan, debajo del pan suspiran las migas indigentes, debajo de los indigentes duermen los cartones, debajo de los cartones ruegan las estampitas, debajo de las estampitas ruge la hormiga que mira bajo la falda en busca de la miga para llevarla de ofrenda a la reina del callejón. Sobre la cabeza del escritor saluda un sombrero, nada bajo el sombrero, querencia rutinaria de escritor mal formado que busca la fama y no sabe trepar por las farolas ni muros. Las palabras le huyen como a la bestia en el herbolario, como las manzanas del gusano. Se pierde entre mujeres asimétricas sin ropa interior, sin matices en las manos, sin muescas en la cadera, se pierde como un santón en el desierto buscando el cadalso, acaso el último verso de guillotina. Detrás del muro, la niebla. Detrás de la niebla la soga del ahorcado. Detrás del ahorcado, el escritor y su espíritu renacido. Bajo el puente se corrigen los versos al paso del agua, agua de mayo que conjuga golondrinas venidas y

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estandartes con caracteres chinos en forma de haiku. El escritor pesca en río revuelto de peces voladores, traduciendo del japonés la vergüenza de la soga que atenaza a la musa despatarrada. Porque no tiene sentido, tal vez, trasmutarse hacia el doble sentido del poema y rezar después el absurdo de un premio que no llega del cielo.

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D esde que me lo dijo no siento la cabeza,
es extraño cuando me pongo la chaqueta, todo en la transparencia de una mañana que se despoja de las enaguas como acto exhibicionista de la depresión que llora en medio del baile. El pensamiento divaga trances en la espera de estaciones, en la mañana del fin del mundo. La fantasía escribe finales alternativos en la terminal del aeropuerto en la tarde que otea galaxias dormidas. El libro gatea en su rechoncha forma por las ferias del ganado, desprendido del polvo de Gutenberg, embrutecido y escupiendo a los iletrados en un ojo. El libro no piensa, aunque haya en él claves para el ejercicio de la razón. No se sujeta en la estantería sin previa autorización, soporte de marfil o caoba arrancado del pensamiento de la Amazonía. El árbol es una obra maestra, por qué estropearla con letras peregrinas. Porque sólo así explicamos nuestra mala cabeza.

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L o siento, doctor, estoy llorando.
Todos los días sucedáneo de aplicaciones, mermelada que cuenta sus días, todas las noches risas nerviosas con los espectros de miel áspera que enumera los años por úlceras. Me detengo en la cuneta descarriada para destapar la cáscara del caracol, para descorchar la pared azulada de un páncreas visionario. Me rebelo contra los oídos tapiados y los incrédulos de lo obvio. Contra aquello que se desdice después de haber amurallado los andamios, como eunuco en la tarde sin pecho. Lo siento, maestro, no retengo el sistema operativo de la vida, su funcionamiento descascarillado, el álgebra de la intemperie. Deshago manuales de supervivencia para encontrar el norte de la esfera que gira con eje de agua por simbolismos de miedo

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y me cago en todos sus muertos. Lo siento doctor, el equilibrio me susurra el contacto con la nausea y los caballos escuchan voces.

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B ienaventurados los borrachos porque ven dos
/ veces a dios, y los soñadores porque ven en un reloj de arena playas / del Caribe. Bienaventuradas las televisiones porque llaman ave fénix / a una jaula. El pensador silencia su culpabilidad con su propio busto apoyado en las estanterías de una biblioteca del siglo / XIX de piedra, bienaventurado el cíclope sobre el alambre. Equilibrios inestables del inculto multiculturalismo, donde el filósofo camina llevando en brazos a la lluvia y sus libros pesan más que la suma de lo allí escrito. Porque entre la niebla surge el verso de la insurrección las azoteas se visten con Chanel y ligueros desvirtuados / de poetas que juegan a ser lectores de cartas compulsivas bajo / claraboyas. Los áticos, como tapadera de la ciudad, acogen a los / revolucionarios que experimentan con opiáceos a desvirtuar la realidad / de colonia barata. En las aceras caen sus desechos como arte de / vanguardia.

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Cae la posibilidad de pegar lluvia bajo las pestañas de la / abstracción, el lienzo que roba cuadros en los museos privados y en / las buhardillas parisinas donde se esconden bajo baúles los últimos / Modigliani. Los herederos del genio dosifican la entrega de / posavasos firmados como cheques en blanco para una subasta de / imposturas. Desdichados los que aún creen en la justicia poética del / tetrabrik, los que desfilan en carruseles disfrazados de realidad / literaria en vasos para miopes, porque de ellos serán los premios / que conducen al Parnaso de plástico en versículos bíblicos.

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E scucho la palabra cueva mientras fumo
sin exigencias del guión, premeditado el humo hacia atmósferas no contaminadas de carbono. En la cueva se empadrona el eremita contando los pelos de su barba, en la caverna se esconden los dinosaurios de traje y corbata. La lluvia azota los andamios de la noche formando estalactitas para la zozobra del recuerdo. Un hombre sin manos se refugia en el bunker. El diccionario es la mina al que acude el sin voz en busca de un toldo protector contra los meteoritos que amenazan los nombres de las cosas. La pólvora entre las piernas extiende un reguero de causas naturales como la zozobra de la embarcación, el destino último del acento en el acorde solo. El cigarrillo del poeta expele un verso suelto, diatriba solemne encallada en su mutismo de quien sabe menos de lo que dice. Porque decir en esta fiebre de bestias es el trato que dispensa el domador a su nombre, la pila bautismal de piedra en los riñones alejandrinos. Nacido y muerto el mismo día, sabe que el tiempo es goma de mascar usada por otros escritores extinguidos, por terremotos de cirugía estética.

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En los almacenes los maniquíes duermen la doctrina de evaluarse a cada segundo como música deletreada en la dura arista de la cueva, en el verso contenido.

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Adolfo Marchena Luis Amézaga Vitoria, 2012
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es que ya desde su mismo título, este libro se asigna una especie de esquizofrenia bendecida. No es fácil cantar en armonía, pero ellos lo consiguen y hacen que no sepamos dónde empieza Marchena y dónde acaba Amézaga. Aquí no hay competición de divos. Me imagino el escribir un poema con dos manos… Aquí la imagen que me viene a la cabeza:

Y

(Manos dibujando, de M.C. Escher)

Imagen chocante, ésta, que señaliza a un mismo tiempo una bifurcación y una incorporación. Pero es que estos poemas, fundidos, funcionan así. No parecen resultar de un convenio previo, de sus autores; de una división del trabajo hacia la consecución de un programa del poema, como si en estos poemas operase una teleología que les fuera externa. Más bien, estos poemas parecen elaborados por dos manos que tiran cada una de un extremo del poema; estirando las palabras, flexibilizando el sentido, descoyuntando los versos, rehaciendo la poesía. No hay una descripción naturalista de un espacio concreto, sino una labor de fundición de espacios, pero de subsuelo, porque este libro es onírico.

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Está escrito en presente y enumera, transmite imágenes como quien estuviera delante de un cuadro y dijera con desenfado lo que ve. Este poemario quiere desembarazarse, no del mensaje que siempre lo hay en toda comunicación, sino de la tarea de transmitirlo, que parece la finalidad de la comunicación. Esa tarea se la asigna al lector, que lo recibirá si se coloca en un lugar o en otro, en el de receptor del poema. Estos poemas cumplen el berrido de la poesía; el poema es el bebé que balbucea y el lector la mamá que interpreta su demanda. La poesía que exige una interpretación de su urgencia gutural, ronca y caprichosa. La comunicación de estos poemas es imposible, pero verosímil. Este libro conjura un hechizo y coloca al lector bajo su propia influencia. Es una llamada de teléfono de alguien que se ha equivocado; preguntan por alguien que no está, que no vive allí, encontrando aún así receptor y respuesta. Grato y gratuito encuentro este que nos han donado sus autores.

"El diccionario es la mina al que acude el sin voz en busca de un toldo protector contra los meteoritos que amenazan los nombre de las cosas."

Jorge Heras García
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La novia tendida en la mesa del comedor… Ángeles que aguardan… La piedra rebobina… Susurrabas en la mesa del destino… El carro tira de los lánguidos bueyes, nostálgicos… Hay un hueco en el entrecejo… Alguien dice que el invierno… La muerte está invitada a cenar… La casa en calma… En el fondo sombra como… Un camino tiene los pasos… El grotesco narciso… La vida en una cápsula… Grietas labiales besan… Figura en la noche sombra lejana… Évariste Galois y su grito: recordarme… He visto los túneles de Noruega… Oculto Dalí en una visión hiperrealista…

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El tiempo reclama mis muletas… La noche en las calles ronca… En el ocaso de sus días… La infancia mira de lejos… Tiza en los zapatos… Cruje la mosca… Tiempos en que la quimera de ser… Una pestaña cae en el granizo… Debajo de la falda sólo hay vuelo… Desde que me dijo no siento la cabeza… Lo siento, doctor, estoy llorando… Bienaventurados los borrachos porque ven dos veces… Escucho la palabra cueva mientras fumo…

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Epílogo de Jorge Heras García

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