EL TIEMPO ESTÁ PRÓXIMO

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NOEL PÉREZ BREY
DEL PRÓLOGO: JUAN CRUZ LÓPEZ
DE LAS FOTOGRAFÍAS: ALFONSO VILA FRANCÉS
DE LAS FOTOGRAFÍAS: ÁNGEL MUÑOZ RODRÍGUEZ

EDITORIAL GROENLANDIA
PROYECTO CULTURAL SIN ÁNIMO
EN PUBLICACIONES DIGITALES.

DE LUCRO ESPECIALIZADO

DIRECTORA: ANA PATRICIA MOYA
CORRECTORA: ANA PATRICIA MOYA
MAQUETACIÓN: ANA PATRICIA MOYA
DISEÑO: ANA PATRICIA MOYA \ ALFONSO VILA FRANCÉS \
ÁNGEL MUÑOZ (FOTOGRAFÍAS DE INTERIOR)

DEPÓSITO LEGAL: CO 1524 - 2016
CÓRDOBA, 2016

“E L TIEMPO ESTÁ PRÓXIMO ”, PRIMER LIBRO DE RELATOS
de Noel Pérez Brey, empieza y acaba
en un cementerio. No podría estar mejor
escogido el escenario que sirve de marco
al primer y último cuento de esta obra, en
la que el autor toledano acaba volcando
toda la experiencia literaria acumulada a
través del ejercicio del oficio en los últimos
años. Y decimos lo anterior porque en
este magnífico libro de relatos, la muerte
siempre está presente. La muerte, digo,
aunque camuflada con varios disfraces.
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Efectivamente, nos encontramos ante un
libro en el que el escritor se asoma a los
lugares más oscuros de nuestra experiencia
cotidiana, husmeando en todo aquello
que ocultamos y no hacemos visible en
nuestras redes sociales, acercándonos
al mundo real, con su correlato de
violencias silenciadas, mentiras y renuncias
permanentes. Reflejo visceral de la
sinrazón moral de la sociedad occidental,
que parece haber dado la espalda
definitivamente a cualquier alternativa que
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detenga la deshumanización galopante,
los cuentos de Pérez Brey denuncian, aun
sin pretenderlo, el estado comatoso de
nuestra experiencia vital bajo el estado
del malestar producto de la enésima
reformulación del capitalismo.
Sea como fuere, la violencia parece ser
el santo y seña a través del cual los
personajes pasan de un cuento a otro.
Porque, sí, el libro toma como marco
narrativo el pequeño mundo de un grupo
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de personajes que desfilan por el libro sin
apenas tocarse. Un recurso que facilita
una lectura que tamiza las distintas tramas,
preparando al lector para sumergirse
en un mundo incómodo, en el que se
reconocen buena parte de los males que
atizan la hoguera de nuestra secreta
desesperación.
De esta manera, cada uno de los cuentos
de “El tiempo está próximo” plantea una
serie de interrogantes al lector que, en
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cierta forma, le obligan a posicionarse
íntimamente. A modo de torpe recopilación,
nos encontramos ante nueve relatos que
trazan un itinerario que requiere valentía
por parte de quien tenga la sana osadía
de afrontar su lectura. Así, en «El frío
de los muertos» una madre primeriza
desea deshacerse de su hijo recién
nacido. «Fotografías» retrata la vida de
un hombre enfermo atormentado por el
recuerdo de su mujer ausente. El tercer
relato, «En pijama y medio descalzo» nos
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presenta a un hombre atenazado por la
desidia cuya rutina desaparece tras la
repentina aparición en escena de dos
niños traviesos; ambos son los protagonistas
de «Como hacen los hombres», un cuento
aparentemente inocente a través del
cual podemos observar cómo se incuba
el odio en la infancia. Por su parte,
«Pide un deseo» tiene como protagonista
a una anciana herida por el pasado y
la frustración de un presente que cree
inmerecido. En «Lo había prometido» un
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pastelero cruel busca desesperado su
anillo de matrimonio perdido. El séptimo
relato, «Una calle demasiado estrecha» ,
nos sumerge en la vida de una familia
atravesada por las tensiones consecuentes
a la prejubilación de un padre incapaz
de comunicarse con su hijo, quien, a
su vez, será protagonista del penúltimo
relato del libro, «Algo roto ahí dentro»,
una historia de violencia desesperada y
gratuita con un trasfondo relacionado
con los problemas de la juventud actual.
Por último, «Tenía el rostro destrozado»
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nos acaba devolviendo al escenario del
primer relato, cerrando el círculo de una
obra de estructura impecable en la que
cada cuento sostiene la tensión del libro
en su conjunto, evitando el uso de recursos
fáciles como el dramatismo o los finales
cerrados más o menos prefigurados por
el lector.
En definitiva, “El tiempo está próximo” es
un libro de relatos que dice mucho de los
buenos mimbres de este escritor, al que le
deseamos lo mejor y cuya pista tendremos
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el gusto de seguir en los próximos años.
De momento, nos deja esta obra redonda,
compleja, valiente y arriesgada, que ha
tenido a bien publicar Groenlandia, una
editorial que bien merece los dos últimos
adjetivos con los que hablábamos del
libro de Noel Pérez Brey.

JUAN CRUZ LÓPEZ
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Bienaventurado

el que lee, y los que

escuchan las palabras de esta profecía,
y los que observan las cosas en ella
escritas, pues el tiempo está próximo.

(A p o c a l i p s i s 1, 3)

EL FRÍO DE LOS MUERTOS

M

AICA ENTRÓ EN EL CEMENTERIO CON SU BEBÉ EN

brazos, envuelto cuanto era posible bajo
el abrigo. El pequeño apenas asomaba
la cabeza lo necesario para respirar. Sin
embargo, Maica cubrió un poco al niño
aún con las solapas y, agachando de
medio lado la cara sobre el crío, se alejó
rápido de la primera línea de tumbas.
Caminó entonces entre los sepulcros sin
destapar a la criatura un solo instante,
vigilando aquí y allí a su alrededor, y se
introdujo cada vez más en el fondo del
cementerio.
Cuando Maica se aseguró de que nadie
andaba cerca incordiando, rodeada de
muertos por todos sitios, descubrió a su
bebé. El pequeño estaba dormido casi,
acurrucado inmóvil en el pecho de su
madre. Parecía que ni tomase aire siquiera.
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Maica aceleró no obstante el paso de una
a otra tumba del cementerio hasta alcanzar
su interior. De repente, se frenó con el
niño ante un sepulcro viejo, desvencijado y
comido de verdín, escoltado por un ángel
mustio de brazos caídos. Maica tendió al
chiquillo de inmediato en la arruinada
sepultura, y le frotó después la espalda
unos segundos por la losa. Rezaba para
que el crío no rompiese a llorar. Aunque el
pequeño gimoteó pataleando un momento
al sentir la piedra, luego, enseguida por
suerte se calmó.
Maica cogió de nuevo en brazos al bebé y
se detuvo acto seguido un par de lápidas
más lejos, al pie de una tumba herrumbrosa,
tan desolada quizá como la anterior, si
bien adornada con una fotografía en
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blanco y negro que recordaba al difunto.
Maica arrimó al niño sin vacilar a la
imagen. El pequeño agitaba las piernas,
lloriqueando perezoso, chupándose varios
dedos de la mano al mismo tiempo. Pero
Maica le agarró del brazo, le sacó la
manita de la boca e hizo que acariciara
el retrato del fallecido. No sabía si aquel
ir y venir entre semejante número de
tumbas produciría respuesta en realidad.
De todas formas, Maica confiaba en que
los muertos causaran en el niño algún
tipo de mal incurable.
Era posible. ¿Por qué no? Su madre,
al menos, estaba convencida de ello.
Incluso, a falta de escasos días para
salir de cuentas, le había prohibido ir
al entierro del abuelo Facundo, y ni de
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lejos le permitió asomarse embarazada al
tanatorio.
— Se te puede meter el hielo dentro. - Le
dijo.
Maica no entendía en qué sentido
podría afectar el frío de un muerto a un
bebé, aunque con el parto a la vuelta
de la esquina, las opciones no eran
ya demasiadas. Además, ¿quién era la
guapa que hubiera planteado antes otro
tipo de solución sin llevarse de su madre
un guantazo ni acabar enclaustrada
en su habitación de por vida? Desde
luego, la mejor alternativa en tales
circunstancias era atrapar el hielo de
algún difunto. Así que Maica insistió a
su madre sobre lo importante que era
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para ella despedirse del abuelo antes
de que sellaran para siempre el ataúd.
— ¿Es que quieres matar al bebé? - Le
gritó su madre, colérica -. ¡He dicho que
no vas, y punto en boca!
Maica se arrodilló enseguida a pesar
del tripón y le imploró que la dejase ir
como mínimo al cementerio; solo quería
decir adiós al abuelo por última vez. Pero
su madre entonces cortó por lo sano.
Agarró chillando a Maica de los pelos y,
levantándola del suelo sin preocuparse
para nada de la criatura, la encerró a
empujones en su habitación.
Maica esperó en cambio con la oreja y
la barriga pegadas a la puerta de su
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alcoba hasta que su madre se marchó al
entierro del abuelo sin ella. En un periquete
cogió la chaqueta que más le disimulaba el
panzón y, evitando las calles principales,
bajando la cabeza frente a quien se
encontraba, se dirigió al cementerio.
Llegados a estas alturas de embarazo,
la única salida de Maica era que el hielo
de algún muerto afectara al crío de
manera fulminante. Maica se detuvo a un
par de calles si acaso del cementerio y,
asomándose desde una esquina mientras
intentaba esconder la tripona, aguardó
a que terminara el funeral y la gente se
largase por completo de la entrada. Con
todo, permaneció allí oculta todavía unos
minutos por si quedaba algún rezagado
dentro dando el pésame. Lo cierto es
que no tenía pinta de que fuese a salir
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nadie ya. Un segundo después, pese
a que en verdad Maica no había visto
aparecer a su madre, decidida, se rodeó
el vientre con ambos brazos y corrió
hacia el cementerio tan deprisa como le
permitió el barrigón.
Caminó entre las tumbas vigilando a uno
y otro lado, pendiente de que ningún
conocido la sorprendiera en tanto paseaba
su embarazo a través de los muertos.
Maica toqueteaba además las frías losas,
rozando la mano por los epitafios o por
los nombres y fechas de defunción de los
fallecidos, y se sobaba a continuación el
vientre con la misma mano utilizada. En ese
momento un cortejo fúnebre se le cruzó
por delante. Maica no solo se acercó a
ellos, sino que se mezcló aun en mitad de
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los asistentes al tiempo que descendían
a la fosa el ataúd; puede que el hielo
de alguien a punto de ser enterrado
fuera más nefasto para el crío, ¿quién
sabe? Pero Maica descubrió de pronto
a su madre arrodillada ante una lápida,
rezando el rosario. Debía ser sin duda la
tumba del abuelo Facundo.
Maica entonces se alejó a toda prisa del
entierro, manteniéndose por otra parte
a una relativa distancia del cortejo
fúnebre, no fuese a desaprovechar la
ocasión de que el hielo terciara en su
embarazo. Descansó luego de cargar con
el tripón en un sepulcro que cortaba de
frío y presenció apoyada en la piedra
el funeral. Maica, sin embargo, apenas
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quitó ojo a su madre en todo el entierro,
abstraída esta en pasar las cuentas del
rosario frente a la tumba del abuelo
recién fallecido. De repente, la gelidez
de la sepultura le atravesó a Maica los
riñones. Ella se apartó de un brinco.
Ahora que de inmediato casi se volvió y,
sin perder de vista a su madre, posó su
panzona en el helado granito del sepulcro.
Tal cual se arrimó no obstante a la
losa, Maica sintió que se orinaba encima,
aunque ni mucho menos lo fue capaz de
controlar. El líquido le empapó rápido los
muslos y se escurrió pantorrillas abajo
salpicándole las manoletinas enteras. Maica
separó las piernas en el acto. Encogió
un tanto las rodillas y, sujetándose la
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barriga con un brazo, se sostuvo con el
otro de una lápida. Se percató enseguida
de la situación. Es posible que romper
aguas junto a una tumba significara quizá
que el hielo se le había al fin metido
dentro, pero Maica en cambio no pudo
contenerse y pidió socorro a voz en grito.
— ¡Que alguien me ayude, por favor!
Su queja no solo alertó a los que asistían
al funeral próximo, sino que para colmo
llegó a su madre también. En un segundo
se arremolinó a su alrededor medio cortejo
fúnebre mientras su madre se abría paso
a empujones agitando el rosario sobre
su cabeza. Varias personas auxiliaron
a Maica recostándola al instante en un
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sepulcro y le acariciaron la tripona, le
dieron aire, un poco de agua. Su madre,
por el contrario, la zarandeaba del brazo
sin miramiento ninguno del bebé, con el
rosario en ristre y chillando igual que un
telepredicador.
— ¡Es mi hija! ¡Es mi hija!
A Maica le faltaba el oxígeno. Sin embargo,
antes de darse cuenta, la sacaron entre
este y aquel del cementerio y la subieron
a un coche, con su madre plantada al
lado en el asiento de atrás. La mujer
rezaba el rosario como en trance, si bien
eso no le impidió pellizcarle a Maica el
vientre a escondidas durante gran parte
del recorrido. Gracias a Dios que el coche
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no tardó en llegar a Urgencias. Maica
tenía las piernas caladas hasta los pies y
puede que con suerte el hielo ya hubiera
causado estragos en la criatura. Unas
cuantas horas más tarde, pese a todo,
nació un niño sano y con los veinte dedos
en su sitio, sin rastro de estar endemoniado
ni poseído por espíritu alguno.
Maica, no obstante, apenas esperó a
reponerse del parto una vez le dieron el
alta. Una mañana aguardó a que su madre
se marchara a comprar. Sacó al bebé de la
cuna, lo escondió afanosa bajo el abrigo
y volvió con él en brazos al cementerio.
Avanzó entre los sepulcros hacia la
recóndita zona de tumbas del fondo.
Maica no solo tendió al crío en una
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sepultura roñosa y destartalada, ni se
conformó con que el pequeño manoseara
la fotografía de un muerto, sino que
además despojó a los fallecidos de un
buen número de las flores más mustias
y descoloridas que encontró y se las
introdujo al chiquillo dentro de la ropa.
El niño lloró pataleando al roce de las
marchitas flores, aunque Maica enseguida
lo acurrucó y lo calmó en su pecho para
que no montase el espectáculo. Pero si
esto no era suficiente, llevó después a la
criatura al último rincón del columbario con
la esperanza de poder tumbar siquiera
unos minutos al crío en un nicho sin cerrar
o, lo que sería una suerte, profanado de
algún modo. Resultaba imposible que el
hielo de un difunto u otro no afectara
así al bebé de manera terminante.
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Entonces, cuando Maica buscaba
ese nicho abierto donde acostar
a la criatura, se topó de repente
con un chaval, sentado tras
un sepulcro en el suelo. Maica
de inmediato reculó asustada,
camuflando al pequeño con
su abrigo en la medida de lo
posible. El bebé lloriqueó un
segundo inquieto acaso por
las heladas flores. En cambio el
chico apenas se inmutó. Estaba
oculto allí, fumando, apoyado
en la lápida con las piernas
encogidas. Ambos eran más o
menos de la misma edad. Sin
embargo, fue el olor a hachís
lo que en realidad hizo que
Maica no saliera corriendo.
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El muchacho al verla se levantó con el
porro en los labios. Pegó una calada
mientras se recostaba en la sepultura que
tenía detrás y, acto seguido, le ofreció
el cigarrillo a Maica. Esta miró a uno y
otro lado del cementerio a toda prisa,
ocultando aún más al pequeño bajo el
abrigo antes de acercarse al chaval. No
obstante, las flores secas que usurpara a
los difuntos crujieron, se aplastaron entre
su cuerpo y el de la criatura, y el bebé
comenzó rápido a gimotear igual que si
le faltara el aire. Quizá el hielo estuviera
haciendo su trabajo por fin, aunque lo
principal ahora era no formar un escándalo
en mitad del cementerio. Así que Maica
acunó al chiquillo en su regazo sin perder
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un segundo, se balanceó de aquí para
allá e incluso le dio palmaditas en la
espalda hasta que el pobre se aplacó.
El chico seguía por su parte inclinado
en la sepultura, observando a Maica y
al pequeño tras el humeante cigarrillo, si
bien en ese momento el muchacho estiró
el brazo y le puso a Maica el porro a la
altura de las narices.
— ¿Quieres?
Maica intentó disimular, desviar los ojos
con precaución hacia la tumba donde el
chaval se acodaba o, mejor todavía, a los
cipreses de la otra punta del cementerio.
Pero lo cierto es que Maica apenas podía
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apartar la vista de la mano en la que el
muchacho sostenía el cigarrillo. El chico
tenía el pulgar cercenado, a la altura de
la primera falange casi; ¿cómo narices se
habría liado el porro? De cualquier forma,
Maica se acomodó deprisa al bebé en su
pecho, adormilado ya pese al picor de
las flores y con media mano metida de
lleno en la boca, y alcanzó el cigarro
con la prudencia de no tocar ni de lejos
el muñón. Se retiró así por delante del
chaval directa a la trasera de la tumba
y, sin articular palabra, pegó una honda
calada al cigarrillo. Maica saboreó el
porro ajena a que el humo alcanzara
al bebé, como si fuera un premio por
los estragos que el hielo de los muertos
causaría seguro en la criatura.
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— Quizá sea malo para la leche o algo
así. - Dijo de pronto el chico.
— Bueno, no eres tú quien va a tomarla,
¿verdad?
El chaval sonrió meneando la cabeza,
estirándose, en tanto se arrellanaba
en la sepultura. Luego alzó la barbilla
señalando al bebé.
— ¿Es tuyo?
— ¿A ti qué te parece?
El pequeño asomaba la cabeza por
el abrigo con dificultad. En cambio las
flores mustias arrancadas a los muertos
le sobresalían por el pelele poco menos
que a la altura de la boca, y encima el
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pobre no solo se chupaba la mano con
un hilo de baba colgándole del mentón,
sino que además un párpado parecía que
le temblaba desquiciado. Quien lo viese
diría que la criatura empezaba a acusar
el hielo de algún difunto, o el incordio
del humo del cigarrillo tal vez.
— Lo he comprado aquí - cambió de tono
Maica -, en la puerta del cementerio. Ya
no venden flores en la entrada.
Aunque el chico no abrió la boca, la torció
presumido al tiempo que resoplaba por la
nariz. Después alargó hacia Maica la mano
cercenada para pedirle el porro. Ella se
asentó bien al niño en su regazo, se acercó
y, devolviéndole el cigarrillo, descansó los
riñones en el sepulcro al lado del chaval.
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— ¿No deberías estar en clase o haciendo
lo que sea que hagas? - Siguió Maica.
— Yo podría preguntar lo mismo.
— Dan bajas por estas cosas, ¿sabes?
Pero en realidad Maica no había necesitado
baja alguna, ni nadie la extrañaría en
el instituto ni puede que en ningún otro
sitio, siempre y cuando su madre estuviera
entretenida rezando el rosario o lo que
sea que fuera.
El muchacho pegó una calada al cigarrillo
mientras se echaba en la losa a su
espalda, reclinado sobre un brazo. Maica
en ese instante aprovechó y, de reojo,
simulando componerle a su bebé las
flores que robó entre las tumbas, miró
el dedo seccionado al chaval. ¿Se haría
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acaso el porro con una sola mano o se
ayudaría por casualidad del muñón para
enganchar el papel a modo de tope?
— Todavía no ha empezado mi turno. Dijo el chico, de repente -. Soy captador
de socios en una ONG.
— ¿Y a cuántos primos tienes que engañar hoy?
En lugar de responder, el muchacho dio
otra chupada al cigarrillo, profunda, y
expulsó luego el humo contra la punta
incandescente del porro. Maica se sacó
entonces al bebé del interior del abrigo.
Lo tumbó en la sepultura en la que el
chaval y ella se apoyaban y, con cuidado
de que el niño no llorase, le embutió con
empeño las flores secas dentro de la
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ropa. Si no lo había hecho ya, el hielo
de los muertos tendría que meterse en el
crío tarde o temprano.
— ¿Es que usas al enano de florero o algo así?
Maica clavó la mirada en el chico como
si fuese a saltar de uñas sobre él. Sin
embargo, los ojos no paraban de
escapársele a la mano en la que sujetaba el
porro, derechos a su dedo mutilado.
Maica se giró a continuación de costado
en la sepultura, arrimándose al chaval.
La piedra estaba de veras congelada.
Pero ella no perdía de vista a su pequeño.
El chiquillo parecía adormilado pese
al frío de la losa, apenas se movía, aunque
de vez en cuando la criatura pateaba
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el aire a sus pies, o quién sabe si al
espíritu acechante de algún difunto. Es
posible que el hielo le estuviera afectando
después de todo, ¿por qué no? Maica
alargó ahora la mano en dirección al cigarrillo.
— ¿Puedo?
El chaval le cedió el porro y, acto
seguido, se incorporó. En ese momento
se dio la vuelta hacia el bebé. El niño
tenía la barbilla entera babeada, varias
flores le asomaban por el cuello todavía
y el bulto de pétalos y tallos bajo la
ropa se asemejaba a un zombi a punto
de nacerle del ombligo. El muchacho
tomó a la criatura despacio por las axilas,
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miró a Maica en señal de permiso y,
aguantándole la cabeza al crío por
detrás del cuello con una mano, lo alzó en
volandas. Maica se estiró desconfiada
enseguida, si bien de ninguna manera
soltó el cigarrillo. ¿Te acariciarían igual
con un dedo seccionado? Seguro que
podría notarse el tacto del muñón a
través de la ropa. A la par que Maica
observaba la mano mutilada del chaval
sobre su pequeño, el chico extendió los
brazos y se alejó del cuerpo al bebé,
levantándolo a la altura de los ojos. Lo
mismo que si fuera a patear un balón,
más allá de la tapia del cementerio. Pero
Maica pegó entretanto una nueva calada
al porro como si tal cosa.
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— ¿Qué te pasó? - Preguntó de repente.
- En el dedo, quiero decir.
— Cada uno tiene su historia, ¿verdad? A
tu crío le salen flores de la ropa y a mí me
cortaron un dedo. No tiene importancia.
El hachís olía a goma y a especias, y
Maica se sentía algo mareada. Tumbó la
espalda en el gélido mármol del sepulcro.
Y fumó tranquila, sin preocuparse del frío
de la piedra más que lo necesario, aunque
con un ojo puesto quieras que no en el
bebé. El aire mecía los verdes cipreses
del cementerio, las cruces y los ángeles
custodiaban las tumbas en hileras casi
perfectas y, ahí arriba, el cielo quizá fuera
un buen sitio al que ir una vez estuvieras
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muerto. De pronto, el chaval aparentó
que dejaba caer al suelo al niño. Maica
saltó entonces de la sepultura.
— ¡¿Qué haces, gilipollas?!
El chico, no obstante, tenía al pequeño bien
agarrado. De cualquier forma, la criatura
gemía desconsolada, tiritando roja y
apretando los puños, mientras el muchacho
se partía encogido de risa. Maica tiró el
porro al suelo y le arrebató al crío de
inmediato. El llanto podía delatarla, sin duda.
— ¡No tiene gracia, tullido de mierda!
— La única mierda aquí es la de tu mocoso.
- Dijo todavía carcajeándose el chaval.
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Maica olió el pañal en el acto, pero
estaba limpio. Le acopló a continuación
al niño las flores marchitas bajo la ropa
pese a que este lloraba a lágrima viva,
y más tarde lo acurrucó en su pecho, lo
meció, le dio golpecitos en la espalda e
incluso lo arrulló bailando a uno y otro
lado. Al final el pequeño poco a poco
pareció calmarse. El chico entretanto
cogió el porro del suelo sin parar de
reír. Si bien se contenía a duras penas,
pegó una calada al cigarro. Este se había
apagado al caer al piso, así que el chaval
sacó con la mano mutilada el mechero del
pantalón, lo encendió usando el lateral
del dedo índice y prendió el porro con la
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sonrisa aún en los labios. Dio una sorbida
intensa y expulsó después el humo sobre
el extremo al rojo del cigarrillo.
— Esas cosas no traen más que problemas,
¿sabes? - Continuó -. Deberías deshacerte
de él.
El muchacho se sentó de un brinco al
terminar en la sepultura que tenía a su
espalda. Maica lo observó de arriba
abajo, meciendo impetuosa al crío en
tanto le recolocaba las flores bajo el
pelele, indiferente acaso a que el pequeño
estaba ya en apariencia más tranquilo. El
chaval sostenía el porro entre los dedos,
51

golpeando la boquilla de vez en cuando
con el muñón. Vistas las circunstancias,
Maica sintió como si fuera por un momento
a ella, y no al niño, a quien le estuviera
afectando el hielo de los difuntos.
El chico dio una nueva chupada al cigarrillo
y, exhalando el humo por la nariz, alargó
el brazo, y le ofreció luego el porro
a Maica. Ella fingió ignorar al chaval,
concentrada en acunar a su bebé y en
embucharle las flores mustias saqueadas a
los fallecidos. De todas formas, enseguida
levantó paralizada casi los ojos hacia el
muchacho, tan quieta que cualquiera diría
que este era el muerto cuyo frío iba a
52

causar en la criatura el mal que andaba
buscando. El chico entonces se empeñó y
le cedió de segundas el porro a Maica.
— ¿A quién has venido a ver? - Preguntó.
Maica tardó unos instantes en reaccionar.
Pese a que daba la impresión de estar
aturdida, desvió pronto la mirada hacia los
cipreses del fondo del cementerio, igual
que si se escondiera allí el culpable del
hielo que rondaba sobre sus cabezas.
— A mi madre. - Mintió.
— Lo siento.
— No fuiste tú quien acabó con ella, ¿verdad?
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Sin motivo aparente, el niño comenzó ahora
a gimotear y a patalear en sus brazos.
Maica apenas echó un ojo al pequeño,
temblando medio entumecida, aunque
no hacía frío en realidad, sin embargo,
le ahuecó al crío las flores secas en
el interior de la ropa y a continuación
alcanzó de vuelta el cigarrillo.
Pegó acto seguido una calada a pleno
pulmón, pero en cuanto la criatura rompió
por fin a llorar, Maica le devolvió al
chaval el porro y columpió al pequeño
en su regazo sin esperar un minuto. Lo
último que pretendía es que el llanto la
delatara a estas alturas. El chico por
su parte rehusó el cigarrillo sacudiendo
insistente la mano cercenada.
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— Acábatelo - Dijo -. Tengo que irme a currar.
Maica contempló al muchacho mientras
este se alejaba de las tumbas, obstinada
en acunar al niño en su seno. La verdad
es que en cierto modo sentía la cabeza
embotada, le rehilaban las piernas y
las rodillas se le doblarían quizá hacia
dentro a la menor ocasión. La colilla del
porro siquiera humeaba un hilillo tenue.
Cuando Maica perdió entonces de vista
al chaval se fijó en su bebé. Si bien la
criatura aparentaba estar en principio
más serena, adormecida ahora sobre su
pecho, las flores le abultaban por otro
lado enormes bajo el pelele, y Maica
notó al pequeño para más inri los ojos
cruzados y los mofletes un tanto pálidos y
escurridos. Es posible que esos fueran los
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primeros síntomas y que el hielo estuviera
afectando a la criatura de una santa vez.
Maica alzó así la cabeza angustiada y,
de inmediato, se aseguró de encontrarse
sola en aquel lugar del cementerio.
Dio corriendo una calada a lo que le
restaba de porro. Lo tiró después y,
tras componer al chiquillo las flores
que expoliara a los difuntos, reanudó
su camino a través de las tumbas. Se
detuvo al poco frente a un sepulcro en
el que casi ni se apreciaban las letras
ya y echó al crío un periquete en la
losa, le agarró del bracito unas lápidas
más adelante para que acariciara un
epitafio comido de verdín e incluso, sin
demora alguna, le restregó la espalda
por una cruz de hierro mohoso. Era un
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milagro que el pequeño no le formase
un espectáculo allí mismo. De repente, un
hombre se acercó a su posición. Vestía un
mono azul y empujaba una carretilla llena
de ramas y herramientas hasta arriba. Sin
duda sería un empleado municipal. Maica
camufló rápido al bebé en el abrigo y,
aligerando el paso entre unas tumbas
y otras, se alejó de aquel rincón del
cementerio. ¿Cómo podría asegurarse ella
de que el hielo de los muertos se había
metido a ciencia cierta en la criatura?
De pronto, Maica se paró ante una
sepultura reluciente, adornada por una
estatua en mármol de la Virgen. El sepulcro
parecía nuevo, aunque la imagen tenía
en cambio el rostro destrozado. A duras
penas conservaba en la cara la barbilla
58

y un ojo medio agujereado sobre restos
del pómulo de ese mismo perfil. Cualquiera
diría que un loco la hubiera golpeado
con la intención de hacerla trizas. De
improviso, el bebé empezó por enésima
vez a llorar. Maica lo meció sin perder
un segundo, lo arrulló en sus brazos, le
apañó las flores mustias que escondía
en el pelele, y ni con esas se callaba
el chiquillo. Puede que el hielo hubiera
atacado a la criatura, ojalá, pero estaba
llamando demasiado la atención. Y encima
aquella maldita estatua hincaba en ella
su único ojo sano como si tomara nota
para irle con el cuento a su madre.
Si eso no fuera suficiente, el bebé gemía
de veras angustiado. Maica lo acunó
impetuosa, bailando de aquí para allá,
59

recolocándole las flores saqueadas entre
las tumbas, si bien el pobre chillaba todavía
a voz en grito. Por una parte, daba aun
la impresión de que rabiase con la boca
igual de abierta que una fosa, mientras
se le figuraba a Maica que la nariz y las
orejas le crecían por momentos. ¿Tendría
en eso algo que ver el hielo de los
difuntos? Maica buscó entonces inquieta
a uno y otro lado del cementerio, pero
no encontró a nadie alrededor.
Tumbó a continuación al crío en la sepultura
que se erguía delante, a los pies de aquella
Virgen con la cara deshecha, y advirtió
por casualidad que los enterrados debajo
eran una mujer y con toda probabilidad
su hijo, muertos los dos el mismo día. Su
pequeño lloraba a moco tendido sobre el
60

sepulcro. Apretaba los puños, las piernas
le temblaban, y no podía negarse que la
criatura se estaba poniendo más colorada
de lo que debía. Quizá aquel hombre del
mono azul les hubiera seguido y anduviese
por allí cerca, rondando. Es posible que
hasta fuera amigo de su madre. ¿Quién
sabe? Maica por si acaso tomó corriendo
en brazos al chiquillo y, sin querer mirarlo
apenas, le hundió la cabeza contra su
pecho. Esperaba que así se callase y
dejara de montarle el numerito. En ese
instante, Maica hubiera renunciado a lo
que le pidieran por meter al porro una
nueva calada.
El niño en cambio parecía llorar más
desconsolado aún si cabe. A Maica se le
ocurrió que podría quedarse sin aliento
61

de buenas a primeras, por lo que se retiró
al bebé como una cuarta del regazo. Las
flores secas le volvían a asomar sobre el
pelele, el crío berreaba ahora sí sofocado
de verdad y, para colmo, le rehilaba la
boca y los dedos se le habían retorcido
a modo de garritas cortantes de alimaña.
Maica hubiera asegurado que, en un
abrir y cerrar de ojos, hasta le hubiesen
crecido las uñas también. A lo mejor el
hielo estaba haciendo su trabajo de una
vez por todas. Pero cómo iba a plantarse
Maica ante su madre con el niño de
esa guisa, ¡si era capaz de desgarrarte
entera en cuanto te descuidaras!
Maica se apresuró enseguida a taparle
medio rostro con la mano, ansiosa, solo
quería que el crío cerrase esa condenada
62

bocaza y se estuviera en silencio por fin.
Incluso lo meció después con tal arrebato
que se columpió de una pierna a otra
pegando saltitos. Tampoco arrullarlo ni
recolocarle la ropa fue ninguna solución,
pues el bebé siguió llorando al cabo a
lágrima viva. ¿Cómo narices iba a conseguir
que el maldito crío se calmara? Maica
habría estampado al mocoso contra una
de las lápidas del cementerio si le hubiera
valido. Sin embargo, le arrancó las flores
mustias del pelele y se las fue incrustando
al chiquillo en la boca, a puñados, hasta
que no le entró ni un pétalo más.
Pese a las continuas lágrimas, las flores
ahogaron a la criatura el quejido. El
pequeño se esforzaba en toser, en
conseguir aire, si bien solo emitía ronquidos
63

chillones al inhalar. En un segundo se le
abrieron los ojos igual que si un muerto
lo hubiera cogido en volandas. El crío
tiritaba de pies a cabeza, apretando
espasmódico los puños, arrugado, y
no tardó en amoratársele el gesto.
Maica entonces soltó de inmediato al
niño a los pies de aquella Virgen con
la cara hecha trizas, y rompió a correr
entre las tumbas tan rápido como las
piernas le dieron de sí.
Los resuellos del bebé le retumbaban no
obstante en los oídos. Además, los cipreses
del cementerio engullían por otro lado
64

su carrera en una cripta fría y oscura,
mientras los gañidos de la criaturita la
perseguían a través de los difuntos con
el único ojo sano de la Virgen clavado
delator en el cogote. Pero cuando Maica
vio la puerta de salida, pronto reparó
en el silencio. Siquiera sus pisadas en
la grava, urgentes, liberadoras acaso,
parecían escucharse bajo semejante paz.
Maica no tenía la menor idea de qué
hacer o adónde ir. Desde luego no podía
presentarse en casa sin el bebé. Estaba
tan aterida que por un instante deseó
que el chaval de la mano cercenada
la esperase con un porro en la puerta
65

del cementerio, aunque sabía de sobra
que tendría que resignarse a lo sumo a
que su madre rezara un rosario por su
salvación, y eso ya sería en sí todo un
milagro.
66

fotografías

C

F UENTES LLEGÓ A CASA EMPAPADO
de pies a cabeza. La lluvia le había
sorprendido a mitad de camino, plantado
ante el escaparate de su vieja armería,
cuando regresaba de su visita diaria
al cementerio. Celso entró en casa a
trompicones, tosiendo, y de inmediato,
se dirigió a su habitación. Enseguida se
secó y se cambió de ropa. Sin embargo,
una punzada le atravesó de repente el
pecho de un extremo a otro. El pinchazo
le hizo doblar la espalda al instante. Pero
Celso se apoyó corriendo en la mesilla,
junto a su lado de la cama, y temblando
casi, se llevó al pecho la mano libre; esta
vez creía que se ahogaba de veras. Aun
así observó la fotografía de su esposa,
pegada con celo en el armario, ante él.
Celso continuaba respirando con violencia,
intentando coger aire, mientras abría el
ELSO

73

primer cajón de la mesilla. Entonces metió
la mano y rebuscó dentro. Retiró varios
calzoncillos, apartó su revólver, y luego,
sacó un pañuelo cualquiera y se lo llevó
deprisa a la boca.
Si bien el dolor pareció calmarse pronto,
Celso siguió agarrado a la mesilla, con
una presión en los pulmones tan angustiosa
aún, que se encorvó hincando las rodillas
en el suelo. Todavía diluviaba fuera. Pero
en la imagen de su mujer fijada con celo
en el armario, ella sonreía a la cámara,
sentada bajo un árbol en algún lugar.
Según mejoraba, Celso fue incorporándose
poco a poco. Cerró más tarde el cajón
de la mesilla y se limpió los labios con
el pañuelo después. Los ataques eran
ya demasiado frecuentes, aunque si no
74

le engañaba la memoria, Celso no había
visto a médico alguno en su vida, ni tenía
intención de hacerlo. Sin duda su mujer
le hubiera puesto las cosas en su sitio.
De todos modos, ningún matasanos podía
hacer nada cuando te llegaba la hora,
y él lo sabía a ciencia cierta.
Tras secarse los labios, Celso examinó
rápido su pañuelo. Estaba impoluto. Se
estiró en ese momento cuanto fue capaz
y, ayudándose en la mesilla y en la
cama, sin que la tos terminara de remitir,
se puso de pie. Dobló el pañuelo y,
mientras se lo guardaba en el bolsillo,
lanzó otra ojeada a la fotografía de su
mujer dispuesta en el armario. Aquella no
era la única fotografía que conservaba
de su esposa. Celso tenía también otras
75

cuantas distribuidas en la pared frente
a la cama, tapando el rostro del Cristo
colgado sobre la cabecera, e incluso
una de las más grandes que encontró
en los álbumes, colocada en el techo,
donde podía ver a su esposa aunque
se quedara tumbado en la cama hasta
que se marchase al cementerio otra vez.
Apenas hubo recuperado un tanto el aire,
Celso salió de la alcoba. Pero siquiera
avanzó unos pasos, se sujetó al marco
de la puerta, y echó mano luego de las
paredes del pasillo, camino del salón.
Cuando lo atravesaba, Celso aún sentía
aquel peso oprimiéndole los pulmones.
Entonces descansó un segundo en una de
las paredes del corredor e, intentando
recobrar en lo posible el aliento,
76

contempló una nueva fotografía de su
esposa, clavada en ese lado del pasillo.
Parecía verano y su mujer simulaba ser
una equilibrista por el borde de alguna
fuente en su pueblo. Estaba preciosa. En
cuanto Celso se restableció lo suficiente, se
irguió despacio, y anduvo hasta el salón.
Allí permaneció un instante acodado en
el sofá, y se sentó en el acto. El viento
sacudía con fuerza los cristales de la
ventana. Pero Celso respiró hondo
y miró desde el sofá algunas de las
fotografías de su mujer repartidas por
la mesa, por las baldas de los muebles,
hincadas en la pared, aquí y allá por
todo el salón. No había dejado en los
álbumes ni una fotografía de su esposa,
al menos, que él se hubiera dado
cuenta. Todas las que encontró las fue
77

arrancando y fijando por las paredes de
su dormitorio y en el pasillo, en el salón,
en el espejo del baño, en la nevera, en
el interior de la puerta de la entrada,
incluso plantó varias fotografías en la
televisión de forma que casi ocuparan la
pantalla entera. Se había prometido que
por nada del mundo olvidaría el rostro
de su esposa.
De repente, mientras contemplaba las
imágenes de su mujer dispersas por el
salón, Celso sintió que la garganta se le
cerraba por momentos. Comenzó a toser.
Enseguida sacó el pañuelo del bolsillo,
medio rehilando, y aunque el ahogo no
duró ni un rato apenas, Celso tuvo ocasión
de taparse la boca. Por suerte, no manchó
el pañuelo. Celso se levantó pronto del
78

sofá, renqueante y jadeando aún con
dureza, se metió el pañuelo en el bolsillo
y, apoyándose en las paredes, volvió a
su habitación. En la calle parecía ahora
que la lluvia ametrallase el asfalto mojado.
Pero al final del pasillo, Celso observó de
nuevo la fotografía de su mujer haciendo
equilibrio en el borde de la fuente.
¡Pobrecilla! Una vez ya en el dormitorio,
abrió el cajón de la mesita donde
guardaba los pañuelos y los calzoncillos y,
respirando todavía con dificultad, agarró
su revólver Smith&Wesson del 38. Desde
que su mujer enfermó no había renovado
su licencia de armas, así que nada más
caducarle el permiso, tuvo que entregar su
antigua Taurus semiautomática a la policía.
No obstante, cuando se regenta una
79

armería durante tanto tiempo, se conoce
gente, y hablando con este y aquel, no le
fue difícil conseguir el revólver. Por otra
parte, comprar balas no suponía ningún
problema si uno sabía dónde encontrarlas.
Celso regresó en breve con el arma al
salón. Puso el revólver en la mesa, y se
acercó después a por el maletín donde se
encontraba el cepillo, un trapo, la baqueta,
aceite en spray y demás productos para
la limpieza del arma. Luego apartó a un
extremo de la mesa las fotografías de su
mujer, y colocó el maletín al lado. Además
de las pegadas en el dormitorio, en el
pasillo o repartidas por el salón, Celso
tenía también algunas fotografías sobre
la mesa y así podía ver a su esposa
aunque se quedara allí sentado hasta irse
80

otra vez al cementerio. Se dejó caer al
instante en el sofá. Abrió el maletín, retiró
en un santiamén las balas del revólver y,
sin más, comenzó a desmontar el arma.
Sin embargo, Celso sintió de pronto como
si los pulmones se le llenasen de tierra
y esta subiera a presión camino de la
garganta. Sacó el pañuelo del bolsillo a
todo correr. Se lo llevó rápido a la boca,
si bien, medio tiritando y a pesar de la
tos, Celso desarmó el revólver pieza a
pieza. Al final, lo limpió temblando casi,
tapándose la boca con el pañuelo a cada
segundo, lo engrasó como es debido, y lo
armó de nuevo. El dolor no tardó en remitir
y Celso comprobó de inmediato que el
pañuelo seguía sin mancha. Pero su mujer
hubiera puesto el grito en el cielo para
81

que fuera al médico, y ni qué decir si
hubiera sabido que en la actualidad
ocultaba un revólver cargado en la mesilla.
Celso se metió el pañuelo en el bolsillo y,
tras soltar en la mesa el arma, introdujo
el trapo, el aceite, la baqueta y lo demás
en el maletín. La lluvia repiqueteaba con
saña en el exterior. Celso miró entonces
de reojo las fotografías de su mujer sobre
la mesa y, un tanto sofocado aún, se
levantó del sofá. A continuación, agarró
el maletín y lo devolvió a su sitio. Cuando
regentaba la armería, apenas habría
empleado unos minutos en desmontar y
recomponer el arma, aunque hoy, seguro
que no atinaría a un elefante a un palmo
82

de sus narices. De todas formas limpiar el
revólver le tranquilizaba algunas veces.
Celso se dirigió renqueante a la mesa y
se sentó en el sofá apoyándose en los
brazos de este. Volvió a coger el pañuelo
del bolsillo y, luego, mientras se limpiaba la
boca, alcanzó de la mesa una fotografía
de su mujer. Su esposa se hallaba ante
la puerta de su vieja armería, con su
hijo en brazos. Celso acarició enseguida
su rostro, su pelo, sus ojos. Se guardó
deprisa el pañuelo en el bolsillo. Si no
recordaba mal, aquella imagen se tomó
el día de la inauguración de la tienda.
E incluso ahora, Celso solía acercarse a
su antigua armería con cualquier excusa;
83

pero ni siquiera entraba, tan solo se
plantaba ante el escaparate, y echaba
un vistazo a los nuevos cambios.
Si bien, la última ocasión en que había ido
a la armería, aquello parecía una maldita
tienda de moda. El escaparate estaba
repleto de pantalones de camuflaje, de
guantes, gorros, impermeables, botas de
goma para pescar y hasta abrigos para
perro. ¡Santo Dios! Apenas había una
Browning superpuesta, una B425 si la
cabeza no le fallaba, y una réplica de
un Kalashnikov, para llamar sin duda la
atención de los clientes. En su momento,
Celso había pasado hasta domingos
enteros casi encerrado en su negocio,
aunque al final tuvo que vender la armería
y conformarse con lo que le ofrecieron.
84

Pero hubiera hecho cualquier cosa, sin
pensarlo. Por nada del mundo hubiera
dejado sola a su mujer en aquel hospital.
De repente, Celso notó una nueva
punzada en el pecho. Apretó en la mano
la fotografía de su mujer, tosiendo con
fuerza, intentando deshacerse de la
presión de los pulmones, mientras sacaba
de inmediato el pañuelo del bolsillo y se
tapaba la boca. Por suerte el dolor no se
repitió ahora con la intensidad de antes.
Sin embargo, apenas hubo recuperado un
poco el aliento, Celso se secó los labios
y comprobó enseguida que el pañuelo
seguía limpio. Fue en ese instante cuando
se percató de que había arrugado la
fotografía de su hijo y su esposa, así
que se guardó el pañuelo en el bolsillo
85

y estiró la fotografía cuanto pudo, afanoso,
una y otra vez, y la dejó luego sobre la
mesa. Entonces, alcanzó su revólver. La
tormenta en la calle parecía un bombardeo.
Celso introdujo los proyectiles en el arma,
accionó el percutor y, aguantando este
para que no detonara, apretó el gatillo.
Después se apoyó el revólver en el muslo
y, rehilando poco menos, pasó los dedos
por donde se suponía que debería
estar el número de serie del arma, si
este no hubiera sido borrado. Aunque
fuera la tormenta parecía amainar, un
trueno zarandeó de pronto los cristales
de la ventana. Celso sujetó alterado el
revólver con toda la firmeza posible y
86

llevó el dedo al gatillo. Aún le costaba
respirar, pese a que iba recuperando
el aire, despacio. Mientras acariciaba el
revólver, volvió a observar la imagen de
su mujer y su hijo ante la armería. Por
aquel tiempo, el chaval apenas se tenía en
pie y, en los primeros años de la tienda,
Celso había puesto una copia de aquella
fotografía en su despacho. Ni siquiera
pestañeaba allí sentado ante la imagen.
E incluso, cuando su chaval fue algo más
mayor, le había ayudado a abrillantar las
armas que colocaría de cara al público.
¡Pero Jesús bendito! Aquel zoquete al que
vendió la tienda había llenado ahora el
escaparate de abrigos para perro. ¿En
qué demonios pensaba? Gracias a Dios
87

había mantenido las réplicas, eso sí. Celso
sabía que el Kalashnikov era un reclamo
porque, a fin de cuentas, fue él quien
tuvo la idea de las copias al poco de
abrir la armería.
Aquellas reproducciones eran réplicas de
fusiles de asalto AK-47, M-16, Mauser y
ese estilo de armas, solo que utilizaban
perdigones. No obstante, eran copias tan
exactas que hasta se tenía que accionar
el cerrojo antes de disparar. A su mujer
no le pareció muy buena idea en su
momento, y es verdad que las réplicas
no dieron un beneficio exagerado, pero
a quién no le llama la atención ver un
Kalashnikov en un escaparate. Celso aun
recordaba todavía la primera réplica que
vendió. Fue un Mauser 98. Aquel tipo
88

compró el fusil para su chaval, por lo
visto como regalo de cumpleaños, pues el
muchacho ya era todo un hombrecito, y le
gustaba salir al campo a cazar gorriones
y esa clase de pájaros.
De nuevo, Celso sintió una breve presión
en el tórax, como si los pulmones se le
obstruyesen de arena, y de inmediato
empezó a toser. Encorvó el cuerpo
enseguida contra sus piernas y, sin soltar
el revólver, sacó su pañuelo del bolsillo.
Apenas podía respirar. Pero mientras
intentaba reponerse del apuro, se tapó la
boca corriendo. Celso apretó entonces el
arma sobre el pantalón, agobiado, y, con
la garganta medio cerrada, permaneció
encogido allí hasta que la presión de los
pulmones comenzó a aplacarse. En cuanto
89

fue mejorando, se reincorporó en el sofá,
e intentó recobrar el aliento lo antes
posible. Contempló entretanto algunas de
las fotografías de su mujer pegadas por
las paredes, en el televisor, en la mesa, en
la puerta de la entrada. En la calle había
vuelto a diluviar sin descanso. Cuando el
sofoco más o menos se calmó, Celso se
secó la boca y echó rápido un vistazo
al pañuelo. Ahora sí estaba manchado
de sangre. Hacía días que esto no le
pasaba, sin embargo, sabía que era solo
cuestión de tiempo. De todas formas, se
limpió los labios con insistencia y, tratando
de coger aire, dobló el pañuelo y se lo
guardó en el bolsillo.
En ese instante agachó la cabeza,
golpeándose lento en el muslo con el
90

revólver, y todavía jadeante contempló
la fotografía de su esposa y su hijo ante
la armería. Aunque había pasado mucho
tiempo, Celso recordaba la venta del
Mauser a aquel tipo del cumpleaños
porque, tras regresar a casa después de
cerrar la tienda ese día, se encontró a
su mujer arrodillada en el suelo frente a
su hijo. Su esposa lo miró como azorada
con unos cuantos alfileres apretados en
los labios. Lo cierto es que solo le estaba
subiendo el bajo del pantalón al chaval,
en cambio este ni siquiera volvió el cuello.
Quizá el mocoso se avergonzaba, y con
razón, por aquella camisa de lentejuelas
al filo de lo transparente que le descubrió
puesta, o por aquellos pantalones negros
y brillantes, tan ajustados que se le metían
incluso por el trasero. Celso apenas gruñó
91

un saludo y se marchó directo a la
cocina. Nadie abrió la boca durante la
cena, si bien nada más irse a la cama,
su mujer le confesó que el chico llevaba
alrededor de un par de meses apuntado
a bailes de salón y que en unos días
actuaría en el teatro municipal. Iban a
contárselo, pero sabían lo que opinaba
de todo aquello. Celso apagó la luz sin
pronunciar palabra. No obstante, el día
de la mencionada actuación, cerró la
armería más tarde que de costumbre y
luego permaneció allí en el despacho
revisando albaranes, facturas o cualquier
cosa, casi hasta que le lloraron los ojos.
92

En ese momento, sonó el timbre. Celso dio
un respingo en el sofá. ¿Quién demonios
sería? Dejó el revólver sobre la mesa y,
renqueante, se levantó; todavía respiraba
con cierta dificultad. Observó un segundo
la fotografía de su mujer pegada en la
puerta y, acto seguido, abrió. Dos chicos
jóvenes se encontraban allí plantados ante
él. Ambos vestían petos azules de algún tipo
de organización, y estaban empapados
por la lluvia. Uno de ellos sujetaba una
carpeta y un bolígrafo, y tenía el pelo
largo, demasiado, más aun que su hijo
el día que se marchó de casa. Además
le faltaba el dedo pulgar de una mano.
93

— Mi nombre es Mikel y él es Eric, somos
miembros de Asayude, - dijo el chico de
la melena -, supongo que habrá oído
hablar de nosotros. Somos una ONG con
más de cuarenta años de experiencia,
que promueve el derecho a la salud en
países de África, Asía, América Latina.
Celso apenas hacía caso. Pero mientras
hablaba, el chaval daba vueltas al
bolígrafo entre los dedos, a pesar del
dedo amputado. ¿Cómo se apañaría para
escribir? Les hizo pasar al instante. Una vez
en el salón, Celso intentó aguantar la tos
que le subía a la garganta, sin embargo,
sacando el pañuelo ensangrentado por si
94

las moscas, señaló a los chicos que podían
tomar asiento. Enseguida ambos jóvenes
se miraron el uno al otro, con los ojos
abiertos como platos. Celso se percató
rápido al verlos de que el revólver estaba
sobre la mesa.
— No está cargada. - Mintió.
El chico sin pulgar sonrió de medio lado
y echó una ojeada a su compañero.
Fue el primero en sentarse, clavando la
vista en el arma, y el otro lo acompañó.
Celso se acomodó en el sofá donde se
encontraba hacía un minuto, aunque no
retiró el revólver de la mesa. Entonces
95

el chaval sin dedo se colocó el pelo húmedo
tras la oreja y abrió su carpeta de inmediato.
— ¿Cómo se llama? — Balbuceó casi.
Celso contestó de mala gana y el chico,
sosteniendo el bolígrafo entre el dedo
índice y el meñique, apuntó el nombre
mientras seguía hablando.
— Actualmente estamos desarrollando un
proyecto de mejora en la salud de la
población peruana, mediante el acceso
al agua potable y a un saneamiento
adecuado. - Continuó.
Celso le oía, pero entretanto contemplaba
de reojo la fotografía de su mujer, ante
la tienda de armas, con su hijo en brazos.
96

Aún no había recuperado del todo el
aliento, y fuera la tormenta parecía no
terminar nunca. Su chico tendría la edad
de aquellos chavales cuando se marchó
de casa, algún año menos quizá, y la última
vez que lo vio llevaba el pelo casi tan
largo como el muchacho al que le faltaba
el dedo. Un día Celso le chilló a su hijo
que se rapara aquellas greñas. «¡Córtate
el pelo como un hombre!», le gritó. Habían
discutido de nuevo, y, aunque el pelo no
tenía nada que ver, Celso lo agarró de
la melena y lo arrastró varios metros por
el pasillo. En cuanto lo soltó, el chaval se
encerró en su habitación de un portazo,
y él se quedó con un mechón de pelos
apretado en el puño. Al menos su mujer
ya no podía ver a lo que habían llegado
los dos.
97

— Son más de 1800 personas las que
se benefician de manera directa en los
distritos de Chimbán, Pión y San Luis de
Lucma. - Seguía el chaval de la ONG.
El chico sin pulgar extrajo entonces
algunas fotografías de su carpeta. Celso,
mientras, aún miraba por el rabillo del
ojo la imagen de su mujer y su hijo ante
la armería. Pero de súbito, una ligera
punzada le cruzó el pecho. Celso intentó
disimular el dolor, aunque enseguida,
se llevó el pañuelo ensangrentado a la
boca, por si acaso. La congestión de
los pulmones le hizo toser de manera
inmediata. Sin embargo, no tardó en
calmarse la presión, y en cuanto empezó
a reponerse, Celso se limpió los labios
corriendo, restregando con insistencia.
98

Luego echó al pañuelo un vistazo;
lo había vuelto a manchar de
sangre otra vez. El chaval había
dispuesto en tanto sus fotografías
sobre la mesa, encima de las
de su mujer, si bien se cuidó
de no tocar el revólver. No
creyó que el ataque de Celso
tuviera gravedad demasiada.
Las imágenes mostraban algún
poblado de aquellas zonas a
las que el chico se refería. Las
casas estaban construidas con
tablones de madera como si
unas se encontraran montadas
sobre las demás, en un terreno
arenoso y repleto de rocas; los
niños sacaban agua de un pozo
mediante garrafas de plástico
101

cortadas; varios trabajadores sonrientes
posaban ante la cámara después de
cavar un surco y colocar allí parte de la
canalización. En la calle, la lluvia todavía
aporreaba con dureza la ventana de Celso.
Nada más frotarse la boca, Celso dobló el
pañuelo, procurando esconder la sangre lo
más rápido posible. Trataba de recuperar
el aliento sin que el ahogo se le notase
de forma descarada. Y en ese instante, el
chico al que le faltaba el pulgar sacó de
la carpeta aquella fotografía. Un hombre
enjuto, tan viejo que parecía de cartón
mojado, arrastraba un carro repleto
hasta arriba de restos de madera, cubos,
chatarra y otros cachivaches. El anciano
102

tiraba del carro a través de una calle
fangosa, medio torcida la espalda, con el
barro cubriéndole poco menos que hasta
los tobillos. ¿Qué pretendía aquel niñato
mostrándole una imagen de tal desastre?
Celso entonces se incorporó de repente.
— Fuera de aquí - Gritó casi.
Los chicos brincaron aturullados de su
asiento, y, a la carrera, sin quitar los ojos
del revólver, el chaval sin pulgar recogió
de un manotazo todas las fotografías.
Celso entretanto hincaba tembloroso
los dedos en el sofá. El esfuerzo le
había colapsado ahora el pecho de tal
modo, que Celso encogió la espalda,
103

asfixiándose, y comenzó a toser y a toser
como si tuviera los pulmones repletos de
polvo y arena. En cuanto pudo, se llevó
el pañuelo ensangrentado de nuevo a
la boca.
— ¿Se encuentra bien? - Preguntó girándose
de pronto uno de los chicos.
Celso apenas levantó la vista. Luchaba
por recobrar el aliento, buscando con la
mirada alguna de las fotografías de su
mujer repartidas por el salón. No obstante,
se esforzó por controlar la tos cuanto fue
capaz, tragó saliva y, tomando aire un
segundo, hizo amago de alcanzar el revólver.
— ¡Fuera, he dicho! - Consiguió farfullar por fin.
104

Los chicos se apresuraron a salir de la
casa en el acto, confundidos, a empujones,
sin ni siquiera cerrar la puerta. Pero
Celso continuó de inmediato tosiendo,
aferrado al sofá. Por suerte el dolor
pareció darle cierta tregua enseguida.
Así Celso se apoyó sofocado aún en
el respaldo del mueble, sin apartar de
los labios el pañuelo ensangrentado, e
intentó recuperar la respiración poco a
poco. Una vez remitió un tanto el apuro,
Celso se incorporó y, dirigiéndose hacia
la puerta, echó un vistazo al pañuelo:
estaba cubierto de sangre por todos
sitios. Lo dobló con cuidado y se secó la
boca con los escasos islotes que todavía
quedaban sin mancha. Luego cerró la
casa de un portazo. Si bien se quedó
105

allí, inclinado en el marco de la puerta,
observando la fotografía de su esposa
pegada ante él. Celso había clavado la
imagen en la puerta tras recortarla de tal
forma que solo se veía su rostro, aunque
la cara de su mujer era lo único que
necesitaba recordar si salía de casa.
Celso se propinó entonces varios
cabezazos en la puerta, rendido, con los
ojos cerrados. Más tarde volvió despacio
al sofá. Fue una vez sentado en él, cuando
se percató de que la fotografía de su
mujer y su hijo ante la armería había
desparecido. En ese momento revolvió
aturullado el resto de imágenes de la
106

mesa, retiró el revólver, buscó jadeante
por el suelo, bajo el mueble, pero no
encontró nada. Por un segundo, la tormenta
pareció rugir fuera como una descarga
de artillería. Seguro que el chaval de la
melena se había llevado la fotografía al
recoger. ¡El muy estúpido!
Celso agarró inquieto el revólver y, sin
respiración apenas, hundió la espalda
en el sofá. Después comprobó que
el tambor del arma estaba en efecto
cargado. Accionó al instante el percutor
y, sujetándolo con el dedo, para que
no detonase, apretó el gatillo. Pero de
pronto, Celso sintió otra vez aquella fuerte
107

contracción pulmonar y ese bloqueo rígido
obstruyéndole la tráquea. Enseguida una
punzada le atravesó el pecho. Mientras,
en la calle, la lluvia se había convertido
en granizo y apedreaba con violencia la
ventana. Igual que si alguien disparase un
Kalashnikov en plena noche, perturbando
así la paz de los vivos y, quizá, también,
la de los muertos.
108

en pijama y medio descalzo

H

ABÍA PASADO ALREDEDOR DE UN MES , PERO

E RNEST
Grau aún no se había quitado el pijama,
y ni siquiera se cambió cuando le pareció
que no quedaba otro remedio que salir
a hacer la compra.
Ernest se mantenía gracias al subsidio por
desempleo que recibía del Estado, y hasta
que no acabó con las sobras de arroz, el
guiso casero de carne, la fruta y el resto
de comida que todavía conservaba en el
frigorífico, no necesitó pisar la calle. En
realidad, apenas le apetecía ir a ningún
sitio. Pero la nevera terminó por vaciarse
del todo. Entonces se puso el abrigo y, con
los pantalones del pijama asomando por
debajo, en chanclas, atravesó el jardín y
subió al coche. El vehículo llevaba varias
semanas aparcado en la puerta de su
casa, inmóvil, desde el día que Ernest se
115

levantó de la cama y no encontró ningún
buen motivo para vestirse. La carrocería
estaba cubierta de polvo, algunos
excrementos de pájaro se escurrían
resecos por el parabrisas, y aunque el
motor pareció ahogarse varias veces,
Ernest, por fin, lo puso en marcha.
Agarró el volante con las dos manos.
Sin embargo se quedó quieto, mirando
al frente, durante unos segundos. Sentía
que el corazón empezaba a latirle cada
vez más deprisa, y entonces apretó las
manos en el volante. Ernest intentó respirar
hondo, mientras el coche temblaba, a
trompicones, como si fuera a pararse en
cualquier momento. Pero apagó el motor.
Dejó caer los brazos sobre sus piernas,
resoplando, rendido, y luego, agachó
116

la cabeza y cerró fuerte los puños. Un
instante después, golpeó casi sin ánimo con
el puño en el volante y bajó del coche.
Atravesó el jardín acelerando el paso,
procurando no perder ninguna chancla
en el camino, y entró de nuevo en casa.
Se dirigió directo a la despensa. Allí,
comprobó que por suerte aún quedaban
botes de comida preparada, un paquete
de arroz y algunas cervezas, y calculó
que con esas provisiones quizá podría
sobrevivir al menos otro mes.
Se introdujo una lata de comida en cada
uno de los bolsillos, tanto del abrigo como
del pijama, y cargó el arroz, las cervezas
y el resto de los botes en ambos brazos.
Lo llevó todo a la cocina. Entonces se
agachó un poco sobre la mesa y, con
117

cuidado de que no se le cayeran los
envases, apartó a un lado la escopeta
que tenía encima del mueble. Luego soltó
despacio en la mesa las latas de comida
precocinada y el arroz, y se sacó los
botes de los bolsillos del abrigo y del
pijama. Apartó una cerveza, la abrió y
dio un trago, generoso, saboreando la
aspereza del alcohol caliente. Dejó la
cerveza en la mesa. Después, guardó el
resto de las latas en el frigorífico, junto
a los botes de comida, y colocó el arroz
al lado de unos platos decorativos que
hacía años compró su mujer, en el primer
estante del aparador. Cuando terminó,
se sentó a la mesa y bebió de nuevo. Se
quitó el abrigo y, suspirando, lo arrojó
desganado sobre otra de las sillas. Durante
unos segundos, Ernest permaneció casi
118

sin moverse, contemplando cómo el dedo
meñique de sus pies apenas sobresalía
por las chanclas; pero más tarde observó
el arma sobre la mesa y, mientras se
desperezaba en la silla, se restregó
la cara con las dos manos. Entonces
agarró la escopeta. Acarició el gatillo,
solo por un instante. Y casi de inmediato
se acomodó la culata en el hombro y
apuntó a la nevera, a la ventana, a los
platos con el borde dorado que todavía
conservaba, sin estrenar, en el aparador.
Después balanceó el arma y, tanteándola,
comprobó que apenas pesaba. Miró por
el cañón de la escopeta. El orificio era
oscuro y profundo. De repente, Ernest
se hincó el cañón del arma en la boca
y, sintiendo el hierro frío en su lengua,
cerró los ojos un momento. No era un
119

arma de verdad, pero imaginó que lo era,
y le gustó la sensación de poder decidir
sobre su muerte. Ernest dejó la escopeta
de nuevo en la mesa y se frotó las
manos en el pantalón del pijama. Cogió
la cerveza y bebió, aunque los labios le
temblaban un poco. El arma era solo una
carabina de perdigones, pero era una
réplica tan exacta de un fusil que incluso
había que accionar el percutor antes de
cada descarga. Ernest le había regalado
la escopeta a su hijo porque al chico le
gustaba salir al campo a cazar gorriones
y ese tipo de pájaros; él siquiera había
disparado un par de veces, solo por probar.
Ernest apuró la cerveza y se levantó a
por otra. Aún no estaba del todo fría,
pero daba lo mismo. Mientras abría la
120

lata de cerveza, se acercó a la ventana.
Bebió y retiró un tanto la cortina, lo justo
para ver la calle, y después observó a
través del cristal. Apenas había gente
fuera. Dos chicos cruzaban la esquina al
fondo, caminando en dirección a su casa,
y, frente al jardín, una niña arrastraba su
mochila de ruedas por el asfalto. Ernest
reparó entonces en su coche, aparcado
ante la entrada. No tenía muy buena pinta.
Además del polvo y del parabrisas sucio,
algunos arañazos y abolladuras afeaban
la carrocería, y daban al coche un aspecto
demasiado viejo, casi de abandono. Ernest
apartó la vista del vehículo, hacia cualquier
otro punto en la calle, y echó un trago.
Los dos chicos pasaron en ese momento
delante de su casa. Intentaban golpearse
el uno al otro, lanzándose puñetazos en
121

el hombro o en la pierna, riéndose, y
aunque Ernest no podía oírlos a través del
cristal, le pareció que hablaban a gritos.
De repente, uno de los chicos señaló su
coche. Los dos muchachos se acercaron,
despacio, volviendo a un lado y a otro
la cabeza, y uno de ellos se aproximó al
capó. Ernest dejó la lata de cerveza en
la encimera, retiró un poco más la cortina
y los observó atento, desconfiado. El niño
sacó del bolsillo algo reluciente y, cuando
estuvo delante del capó, miró a su amigo,
y entonces, mientras este vigilaba que
no viniese nadie, intentó arrancar del
vehículo el distintivo de la marca. Ernest
abrió la ventana enseguida.
— ¡Eh, mocosos! - Gritó -. ¿Qué coño hacéis?
122

Los niños se volvieron de inmediato hacia
la casa e, impacientes, se apresuraron
en desencajar la insignia. Ernest corrió
hacia la puerta, cerrando los puños, e,
intentando no perder las chanclas, bajó
rápido los escalones hasta el jardín. Pero
no vio a los chicos. Salió a la calle en
pijama y buscó a ambos lados; los dos
mocosos huían a toda prisa, carcajeándose
y mirando de reojo a sus espaldas, y,
en un momento, se perdieron doblando
en la primera esquina. Ernest se acercó
al coche. Pasó los dedos por el hueco
que había dejado el emblema y luego,
sacudiéndose el polvo en el pantalón
del pijama, rodeó el vehículo buscando
cualquier otro desperfecto. Después
atravesó el jardín, apretando los dientes,
123

y, dando un portazo, entró en casa. Se
terminó la cerveza de apenas dos tragos,
mientras observaba su coche por la
ventana de la cocina. Entonces, cerró los
ojos un instante, e intentó respirar hondo.
Sin embargo, aplastó con la mano la lata
de cerveza y, murmurando entre dientes,
la arrojó con violencia al fregadero.
Ernest se abrió otra cerveza y se calentó
un bote de comida preparada. Retiró
la escopeta a un extremo de la mesa
y, suspirando, se sentó a comer del
mismo envase. Apenas miraba a la lata;
mantenía los ojos muy abiertos fijos en
algún punto indefinido de la pared, y
masticaba lento, como si intentara tardar
lo máximo posible en terminar la comida.
Cuando acabó, se limpió las manos en el
124

pantalón del pijama y permaneció sentado.
Cogió la cuchara y la giró alrededor
del bote vacío, luego, bebió, despacio,
y leyó todas las palabras impresas en la
lata de cerveza, incluso el nombre de la
compañía distribuidora. Entonces agarró
la escopeta. La sujetó con las dos manos
y permaneció inmóvil, apoyando el dedo
en el gatillo. Después dirigió el cañón
hacia el suelo y, con el arma apuntando
a los dedos que asomaban por una de
sus chancletas, accionó el percutor y
disparó, sin carga, una y otra vez. Había
descubierto el arma un tiempo atrás, en
el trastero, el día que comenzó a hacer
limpieza. Llevaba alguna temporada solo
cuando decidió que era hora de poner un
poco de orden. Comenzaría la limpieza por
ese cuarto, y continuaría después con el
125

el resto de la casa. Encontró la escopeta
apoyada en una de las paredes del
trastero, guardada en su estuche junto
a una caja de perdigones, y la llevó a
la cocina para limpiarla, engrasarla y
volver a colocarla después en su funda.
Pero el arma llevaba encima de la mesa
desde entonces y, como le ocurrió con
el resto de la limpieza, ni siquiera sabía
por dónde empezar.
Ernest continuó disparando en vacío sobre
sus chanclas durante unos segundos, y
entonces, levantó el arma. Dejó la escopeta
sobre la mesa y se desperezó bostezando
en la silla. Apuró después la cerveza
hasta la última gota, y luego, resoplando,
se incorporó y se estiró la chaqueta del
pijama y el pantalón. Cogió otra cerveza
126

del frigorífico y mientras daba un trago,
se aproximó a la ventana. A través del
cristal, Ernest contempló su coche, solo
un instante, donde algunas hojas secas
se empezaban a acumular en pequeños
montones, apoyados en los neumáticos.
Pronto retiró la vista. No había nadie fuera,
excepto dos chicos que se acercaban,
doblando la esquina al otro lado de la
calle. Creyó reconocerlos. Los siguió con
la mirada y, cuando se aproximaron más,
reparó en que eran los dos mocosos
que le robaron la insignia del coche, e
incluso le pareció saber quién era uno
de aquellos malnacidos. Los observó a
través de la ventana, estrujando la lata
de cerveza y con el cuello estirado. Los
chicos pasaron al lado de su coche y, en
ese momento, uno de ellos se inclinó delante
127

de la rueda delantera mientras el otro
permanecía de pie. Ernest se puso de
puntillas y aguzó la vista. Sin embargo,
el mocoso continuaba encogido, oculto
por el otro, y Ernest no se decidió a
salir. El muchacho se levantó, se arrimó a
la rueda trasera de ese mismo lado del
coche, y volvió a agacharse. Entonces,
Ernest cayó en la cuenta.
— ¡Qué hijos de puta! - Exclamó.
Se apresuró hacia la entrada, con el bote
de cerveza aún en la mano, y, derramando
líquido en el suelo, intentando no tropezar
con las chanclas, salió en pijama al jardín.
— ¿Qué cojones estáis haciendo? - Gruñó.
128

Los chicos echaron a correr de inmediato
cuando le oyeron, mientras Ernest, haciendo
el amago de perseguirles, atravesaba el
jardín hasta la calle.
— Te conozco. - Gritó -. Eres el pequeño
Herráez. Tu padre tendrá noticias mías,
mocoso.
Ernest tomó impulso ayudándose con todo
el cuerpo y lanzó el bote de cerveza a
aquellos desgraciados, sin embargo, los
chicos ya se habían alejado tanto que la
lata impactó en el suelo, donde rodó unos
instantes, vertiendo el líquido que aún
contenía. Ernest permaneció de pie en la
entrada de su jardín, en pijama, mientras
los dos mocosos desaparecían al final
129

de la calle. Entonces intentó respirar
hondo y miró al coche. Aquellos
miserables le habían deshinchado una
de las ruedas delanteras, y parte de
la rueda trasera del mismo lado. Ernest
meneó la cabeza y apretó los puños,
luego, mordiéndose los labios, pegó un
puntapié con la chancla al neumático sin
aire. Después cruzó rápido el jardín y,
dando un portazo al cerrar, entró en casa.
Buscó la guía telefónica. La sostuvo con
una mano mientras, con la otra, pasaba
tan deprisa las páginas que el papel
se arrugaba entre sus dedos. Localizó
el número de los Herráez, y descolgó el
auricular. Luego marcó, no obstante, sin
haber apenas terminado el prefijo, se
quedó inmóvil, mirando los números del
130

aparato. Se pasó entonces la lengua por
los dientes y, sonriendo, con un golpe
brusco, colgó el teléfono.
Ernest arrastró sus chanclas hasta el
trastero y buscó en la funda del arma.
Encontró la caja de perdigones en uno de
los bolsillos, y volvió a la cocina, donde
dejó los balines sobre la mesa. Después,
agarró una silla y la llevó al otro extremo.
Colocó encima las latas de cerveza que
se había bebido esa mañana y caminó al
lado opuesto de la habitación. Cargó la
escopeta, cogió aire y, apoyando el arma
con firmeza en su hombro, disparó a las
latas. Solo derribó un bote. Los demás
perdigones se incrustaron en el asiento
de la silla, o en el mueble de detrás,
o incluso uno rebotó hasta el aparador
131

donde aún guardaba esos inútiles platos
de decoración que compró su mujer
al poco de casarse. Ernest resopló y,
mientras cerraba un ojo, observó con el
otro por el cañón de la carabina; luego
volvió a cargar, y apuntó a las latas que
habían quedado en pie. Entonces, sonó el
timbre de la entrada. Ernest se sobresaltó;
hacía mucho tiempo que nadie llamaba a
su puerta. Bajó la escopeta enseguida,
aunque no la descargó, y con cuidado
de no ser visto desde la calle, miró por
la ventana. No vio a nadie fuera. Ernest
dudó un momento, sin embargo, soltó el
arma en la mesa y, arreglándose un tanto
el pijama, salió a abrir. Buscó a un lado
y a otro, pero excepto por su coche
aparcado en la puerta, la calle estaba
vacía. Se metió las manos en los bolsillos,
132

meneando la cabeza. Y de repente,
justo cuando se iba a dar la vuelta para
volver a entrar, dos chicos aparecieron
de detrás del vehículo y le lanzaron algo
que impactó a su lado y le salpicó en el
pijama. Unos huevos se escurrían viscosos
por la pared, y mientras los dos malnacidos
huían calle abajo, mirando de reojo a su
espalda y riendo, Ernest reconoció al
pequeño Herráez y al otro miserable que
le había robado la insignia y deshinchado
las ruedas del coche.
— ¡Os voy a matar, cabrones! - Gritó.
Bajó los escalones hasta el jardín
brincándolos casi de dos en dos y,
corriendo, intentando no perder las
chanclas, salió en pijama a la calle y
133

persiguió a los chicos. Sin embargo, tuvo
que detenerse a los pocos metros. Los dos
mocosos le sacaban demasiada distancia y
Ernest, rendido, apenas podía respirar. El
corazón le latía tan deprisa que le punzó en
el pecho. Dobló la espalda, descansando
las manos en las rodillas, e intentó
respirar profundo; luego se incorporó
farfullando entre dientes, y con los puños
apretados, cruzó el jardín y entró en casa.
En la cocina, apartó de un manotazo las
latas que continuaban en pie sobre la silla
y arrimó esta a la ventana. Cogió de la
mesa la caja de perdigones, la destapó,
y la colocó al lado de la silla, en la
encimera. Luego descorrió la cortina un
poco, lo justo para ver la calle pasando
desapercibido desde el otro lado, y abrió
la ventana. Entonces, agarró la escopeta.
134

Se aseguró de que el arma seguía cargada
y, mirando a la calle por el hueco de la
cortina entreabierta, se sentó en la silla,
con la escopeta apoyada en los muslos, a
esperar. No tenía ninguna prisa. Antes o
después, esos dos malnacidos tendrían que
volver al colegio o a donde quisiera que
fuesen, aunque tuviera que permanecer
sentado hasta la mañana próxima.
Ernest apenas se movía de la silla para
acomodarse en el asiento o para coger
alguna cerveza del frigorífico. Entonces,
se bebía la lata deprisa, a tragos largos
e intensos, procurando apartar la vista
de la ventana lo menos posible. Estaba
tan pendiente de su vigilancia que incluso
orinó en las latas de cerveza, con cuidado,
alternando rápido los ojos entre el bote y
136

lo que sucedía en la calle. Pero las horas
pasaban despacio, casi interminables, y
aunque Ernest apenas dejaba de observar
por la ventana, se desperezaba a cada
instante en el asiento, o verificaba la
carga de la escopeta, o se levantaba
de la silla. Una vez de pie desentumecía
las piernas y apuntaba el arma a la calle,
buscando la mejor posición de disparo.
Luego se volvía a sentar. Se estiraba
entonces los pantalones del pijama,
resoplando, y repiqueteaba nervioso con
las chanclas en el suelo. De repente pasó
delante de su casa un niño que se le
pareció al pequeño Herráez. Ernest se
incorporó de un salto, con los músculos
contraídos, y, accionando el percutor,
siguió al chico con el punto de mira. Pero
justo cuando iba a apretar el gatillo,
137

comprobó que en realidad ese
no era el objetivo que esperaba
y, maldiciendo a voces, bajó el
arma y pegó un puñetazo tras
otro en la encimera.
Pronto
anochecería.
Ernest
apuró la cerveza y, sin apenas
moverse del asiento, cogió otra
lata del frigorífico. Bebió, con
los ojos atentos a la calle. No
sabía cuánto tiempo llevaba
esperando. Se restregó los
ojos con la manga del pijama,
bostezando, estirándose en la
silla, y después se levantó y
enderezó la espalda. Sujetó la
escopeta sobre los hombros con
ambos brazos, y giró el tronco
139

a un lado y a otro, luego, murmurando
entre dientes, se volvió a sentar. Entonces,
al fondo de la calle, apareció un chico
que caminaba en dirección a su casa. Y
de inmediato, Ernest reconoció a aquel
malnacido.
Saltó de la silla, tan violento que la empujó
a su espalda y la hizo caer al suelo.
Se apoyó la escopeta con fuerza en el
hombro, irguiéndose, y mientras accionaba
el percutor, encañonó al muchacho.
Le mantuvo dentro del punto de mira.
No obstante, sentía que respiraba con
dificultad, y el dedo le tiritaba en el
gatillo. El pequeño Herráez se acercaba
en dirección a su casa, solo, cabizbajo,
con las manos metidas en los bolsillos del
pantalón. Tal vez el mocoso viniera a
140

pedir disculpas, o fuese a comprar algo
o a buscar al otro indeseable que solía
acompañarle. Pero eso ya no importaba.
El corazón le latía tan deprisa que Ernest
sentía temblar el cañón del arma. Respiró
hondo, apuntó bien con la escopeta al
chico e, intentando asegurar el disparo,
esperó a tenerle justo enfrente, en línea
con la ventana.
Pero sentía los músculos tensos, apremiantes,
tanto que apenas pudo esperar a que el
chico estuviera lo bastante cerca de su
casa. Sin embargo, casi aguardó hasta
que el muchacho pasó frente al coche,
aparcado en la puerta. Entonces Ernest se
afianzó la escopeta en el hombro, contuvo
la respiración y, sujetando con firmeza
el arma, apretó el gatillo. El perdigón
141

impactó contra la ca
carrocería
rrocería del automóvil.
El ruido metálico asustó al chico, que
encogió la espalda mientras se protegía
la cabeza con los brazos y, mirando a un
lado y a otro, comenzó a correr, pasando
por delante del vehículo, ante el jardín.
Tan rápido como pudo, Ernest cargó de
nuevo, apuntó impaciente y disparó. El
proyectil atravesó esta vez una de las
ventanillas del coche y la hizo pedazos.
Ernest agarró deprisa un puñado de
perdigones, y se los guardó en uno de
los bolsillos del pijama mientras atravesaba
la cocina. Corrió hacia la puerta de la
casa apresurado en cargar de nuevo la
escopeta, y, tropezando, dejando atrás
una de las chanclas, saltó a trompicones
los escalones del jardín. Salió a la calle
en pijama y medio descalzo. El pequeño
142

Herráez se alejaba a toda prisa,
escapando sin volver la cabeza, y Ernest
disparó otra vez, aunque ahora apenas
se molestó en apuntar al chico.
Bajó el arma e, inmóvil, en pijama delante
de la puerta de su jardín, rio a carcajadas
mientras observaba al mocoso perderse al
final de la calle. Alzó la escopeta gritando,
triunfante. Pero el corazón le latía tan
rápido que intentó respirar despacio y
profundo. Y entonces contempló su coche,
en serio, por primera vez. Las ruedas
deshinchadas inclinaban el vehículo como
si fuera un boxeador a punto de caer
en la lona, y lo peor no era el polvo, ni
los arañazos, ni el hueco de la insignia,
ni siquiera el agujero de perdigón de
la carrocería, sino los cristales de la
143

ventanilla hechos añicos por el
suelo y en el interior del coche.
Cuando lo compró, poco tiempo
antes de casarse, Ernest pensó
que lo cuidaría tanto como
había hecho su padre y que,
como a él, le duraría más de
veinte años y sería el coche
con el que su hijo aprendería
a conducir. Al recordarlo sintió
tanto frío que los dientes le
castañearon. Se apoyó entonces
de espaldas en el vehículo,
sujetando la escopeta con una
mano y sin preocuparse de no
pisar los cristales esparcidos
por el suelo. Cerró los ojos un
momento apenas, y comenzó a
dar ligeros puñetazos con la
145

otra mano en la carrocería, aunque
pronto golpeó más duro, una y otra vez.
Contrajo la mandíbula y de improviso
se giró y empezó a patear el coche,
violento, sin sentir el dolor en su pie
descalzo. Ernest pegaba y pegaba,
abollando la chapa del vehículo, y tras
un instante empuñó la escopeta con
las dos manos y, sofocado,
sof ocado, furioso,
destrozó la carrocería y el parabrisas
del automóvil con la culata del arma.
De repente Ernest creyó que el retumbar
metálico de los golpes le taponaba los
oídos, y entonces gritó, colérico, y se
146

detuvo. Se retiró unos pasos tan solo,
trastabillando, perdiendo casi el equilibrio,
y en un tropiezo, advirtió que el dolor de
su pie descalzo le subía punzante por la
pierna. Tenía algunos cortes en la planta
del pie, un tanto hinchado de patear
al coche. Pero apretó los dientes y, sin
soltar la escopeta, se dejó caer poco a
poco en el suelo. Desde allí observó de
nuevo el vehículo. El automóvil parecía
desguazado, cerca del desahucio. Ernest
intentó respirar hondo, pero, jadeante,
rendido, se tumbó de espaldas en la calle.
Algunos perdigones se le escurrieron del
bolsillo del pijama y rodaron así por el
147

asfalto. Ernest resopló, estremeciéndose,
sintiendo cómo el frío del pavimento le
rasgaba el pijama acartonado y pegajoso,
y entonces se encogió, cerrando los ojos
con fuerza, y estrechó el arma contra su
pecho.
148

como hacen los hombres

F

A BEL H ERRÁEZ QUIEN ME ENSEÑÓ A FUMAR
y a sostener el cigarro como hacen los
hombres. Aún no tendríamos más de doce
o trece años. Abel y yo vivíamos en el
mismo barrio y, todas las mañanas, camino
del colegio, tocaba a su puerta para ir
juntos a clase. Apenas apretaba el botón
del portero automático, oía sus zapatillas
trotar a toda prisa por las escaleras del
edificio. Abel tardaba tan poco en salir que
parecía que hubiera estado esperando
la llamada en el recibidor de su casa, y
luego bajara los escalones saltando de
dos en dos, como si estuviera deseando
ir a la escuela. Aunque Abel no era lo
que se dice un buen estudiante.
UE

Muchos días, después de salir del colegio,
Abel y yo íbamos a mi casa y nos
pasábamos la tarde poniendo películas
155

de video. En mi casa podíamos estar solos
casi hasta la hora de cenar. Mi madre
no solía llegar antes del trabajo, y mi
padre podía aparecer más tarde aún. Mi
hermano, mayor que nosotros, tampoco
paraba demasiado por casa. Así que
acostumbrábamos a estar ante el televisor
toda la tarde, empalmando una película
de puñetazos con una de aventuras,
tipo Indiana Jones, que habríamos visto
ya un millón de veces. En una de esas
ocasiones, Abel trajo incluso una película
pornográfica. La había grabado a
escondidas la noche antes. Pero a los dos
minutos, apenas, la cinta se cortaba y la
pantalla se quedaba negra del todo. Sin
embargo, rebobinamos la película una y
156

otra vez, muertos de risa, y reprodujimos
los mismos dos minutos, repetidos, hasta
volver loco al video.
Aunque nos quedábamos un sinfín de
tardes en mi casa, yo no había estado
mucho en la de Abel. Los pocos días en
que habíamos ido, solíamos entrar directos
en su cuarto; pero antes había que cruzar
la entrada y el salón, y casi siempre
encontrábamos allí a su madre, sentada
en el sofá ante la televisión encendida.
La señora Herráez nos saludaba sin
levantar siquiera la vista de la pantalla,
aunque algunas tardes nos preguntaba
si queríamos algo de merendar. Pero era
difícil oírla; la mujer mantenía el volumen
157

de la televisión demasiado alto, hasta
el punto de escucharse aun desde la
habitación de Abel. En su cuarto, Abel
tenía escondidas con frecuencia detrás
de un cajón páginas sueltas de revistas
porno. La mayoría las arrancaba de
las publicaciones que se exponen en
cualquier librería, luego me las enseñaba
y, después, circulaban en secreto por la
escuela. Una tarde su padre llegó mientras
él me mostraba la foto de una rubia
despampanante desnuda. Yo solo conocía
a su padre de vista. El volumen del televisor
se cortó de inmediato y entonces Abel,
acelerado, vacilante, guardó de nuevo
las hojas tras el cajón. Apenas había
ocultado los papeles, el señor Herráez
abrió con brusquedad la puerta del cuarto.
158

— ¿Ya estás ahí encerrado otra vez? - Dijo.
Pero al verme, se detuvo. Sostenía un
cigarro humeante en la mano. Abel me
miró y agachó los ojos.
— Estoy con Berto. - Tartamudeó.
El señor Herráez me observó de arriba
abajo, arrastrando los ojos, volvió la vista
hacia Abel y, dando una calada al cigarro,
salió de la habitación. Seguimos escuchando
sus pasos mientras se alejaba por el pasillo.
Abel se metió entonces las páginas de la
revista en el bolsillo del pantalón y nos
fuimos a la calle. Cuando atravesamos
el salón, la televisión estaba apagada y
la señora Herráez había desaparecido.
159

Pero la cuestión es que, un día,
en clase, mientras se leía en
voz alta la lección de Historia,
nuestro profesor, el señor
Manzano, descubrió a Abel
contemplando algunas de esas
hojas pornográficas.
— Siga leyendo, señor Herráez.
- Le dijo.
Abel escondió aturullado las
páginas en la cajonera y, sin
éxito, intentó seguir la lectura.
— Me he perdido. - Explicó.
El señor Manzano se acercó a
la mesa de Abel.
161

— Enséñeme lo que ha guardado en la
cajonera. - Le ordenó.
Abel dudó un segundo, pero luego, le
mostró las hojas de la revista. Los demás
nos observamos unos a otros asumiendo la
inocencia. Mientras, el señor Manzano miró
con el ceño fruncido las fotografías.
— Muy bonito, señor Herráez. Ya veo en
qué gasta su tiempo. Le advierto que no
le voy a pasar ni una más. Ya se libró
por los pelos el año pasado, y este sigue
en las mismas. ¿Piensa continuar así hasta
final de curso?
Abel se quedó un instante en silencio. Y
después, alzó los ojos hacia el señor Manzano.
162

—Creo que sí. — Contestó.
Se escuchó alguna risita, contenida con
rapidez. El señor Manzano respiró hondo,
apretando en el puño las hojas requisadas;
parecía que le temblaban las aletas de
la nariz.
— Váyase de mi clase, señor Herráez. —
Exigió —. Y esta basura queda confiscada.
Abel se levantó de su silla, me miró y arqueó
las cejas. Después salió de clase.
Aquella tarde, Abel y yo fuimos a mi casa
y, a petición suya, vimos de nuevo una
de Indiana Jones. Saltamos en el sofá
animando al héroe, imitamos su sonrisa
163

torcida y canturreamos la melodía hasta
el final de la película. Cuando terminó,
sin apenas apartar la vista de los títulos
de crédito, Abel dijo que las aventuras
nunca pasan sentado en el sofá.
— Mañana no pienso ir a clase. - Agregó.
Y yo estaba de acuerdo; era casi verano
y ya no teníamos colegio por la tarde,
y además las aventuras no ocurren
quedándose en casa. Así que planeamos
hacer novillos al día siguiente. Cruzaríamos
el parque y llegaríamos hasta la vía del
tren. Después seguiríamos y cogeríamos
el camino hasta la fábrica de piensos,
y Abel pensó que estaría chulo llegar
incluso al arroyo, un par de kilómetros
más allá. A Abel le gustaba hablar en
164

jerga, y solía referirse al señor Manzano
como abejorro, porque a veces, hablaba
tan deprisa que parecía emitir solo un
zumbido. Cada uno de nosotros llevaría
algo de dinero. Abel se las arreglaría
para falsificar un justificante, y yo podría
convencer a mi hermano para que llamara
al colegio y dijese que estaba enfermo. Ya
había anochecido cuando mi madre llegó
del trabajo. Me dio un beso y, mientras
pasaba la mano por el pelo a Abel, nos
preguntó si habíamos hecho los deberes;
mentimos, por supuesto. Abel insistió en
quedarse a cenar, pero mi madre creyó
que era demasiado tarde, y que la señora
Herráez estaría preocupada.
Aquella noche dormí mal. Por la mañana,
como todos los días, llamé a Abel. Este
165

tardó aún menos que de costumbre en
bajar las escaleras y por los golpes que
retumbaron desde dentro, quizá saltara los
peldaños levantando mucho las rodillas, e
incluso me pareció que los últimos escalones
los había brincado todos de una vez.
— ¿Preparado? - Saludó.
— ¿Me has bajado la chapa?
Me refería a una insignia que habíamos
arrancado de un coche unos días antes,
al volver del colegio.
— ¿Para qué la quieres ahora?
Me encogí de hombros.
166

— Es mi turno. - Contesté.
Abel volvió la cabeza hacia el portal,
resoplando, y me miró luego.
— Cuando volvamos, te la bajo. - Respondió.
Aunque no quedé del todo conforme,
caminamos en dirección a la escuela, y
cambiamos de rumbo al doblar la primera
esquina. Atravesamos entonces el parque
hacia la calle que flanqueaba por detrás,
y escondimos las mochilas con los libros
en una especie de alberca llena de
escombros. Yo estaba preocupado por
si nos encontrábamos al señor Manzano
o a alguien conocido, sin embargo, Abel
167

preguntó qué iba a estar haciendo el
señor Manzano en el parque a esas horas;
y tenía razón.
Sacó las monedas que guardaba en el bolsillo.
— ¿Cuánto llevas? - Preguntó.
Cogí del bolsillo el dinero que tenía y se
lo enseñé. Abel me tendió sus monedas,
las junté con las mías y me encargué de
todas. Después, fuimos a una panadería,
para comprar refrescos y algún bollo.
— Dale palique al de la tienda. - Me dijo
Abel antes de entrar.
168

Dentro, pedí dos botes de Coca-Cola y
empecé a interrogar al tendero sobre
los pasteles que mostraba en el estante.
— Ese, ¿de qué es? Y aquel, ¿qué lleva?
¿Y esos de detrás?
Al final compré los refrescos y una palmera
de chocolate, y, mientras pagaba, Abel
salió a la calle. Me marché tras él.
— Mira, Berto - me dijo entonces -, estoy
a punto de tener un niño.
Abrió las piernas y, entornando los ojos,
temblando, sacó una gran bolsa de
169

patatas fritas de debajo de la camiseta.
Nos reímos de lo lindo, y nos burlamos
del tendero por no ver a Abel y su gran
barriga. Le di su bote de Coca-Cola y
partimos la palmera por la mitad, y, de
camino a las vías del tren, con la boca
llena, aún nos seguíamos carcajeando.
Abel tenía una especie de don para
esas cosas. Una vez, en una tienda de
animales, mientras yo hablaba con el
tendero acerca de uno de los cachorros
del escaparate, Abel robó un pez de
una gran pecera, y lo mantuvo vivo en la
botella de agua de la bicicleta durante
toda la tarde, hasta que al final echó el
pez en la fuente de la plaza.
Seguimos nuestro camino hacia las vías
del tren. El Colegio del Sagrado Corazón
170

quedaba en la misma calle, y era necesario
pasar por la puerta antes de llegar a
las vías. Cuando estuvimos delante del
colegio, Abel me golpeó en el hombro, y
me dijo que nos acercáramos. Cotilleamos
a través de los barrotes del patio mientras
bebíamos Coca-Cola y nos terminábamos
las patatas fritas. Cerca había un grupo
de chicas y Abel, contoneándose,
agarrándose los genitales con la mano,
les gritó «¡
«¡trágatelo
trágatelo todo, nena!»
nena! » o algo
por el estilo. Era la única frase que se
escuchaba en los dos minutos escasos de
película porno que habíamos visto en mi
casa, y nos habíamos tronchado de risa
al oírla. Unos compañeros de las chicas,
tal vez para dárselas de caballeros, o
para hacerse los héroes, las defendieron,
insultándonos.
171

— ¡Lo mismo le dije anoche a tu madre! Contestó uno de ellos.
Abel entonces apretó los dientes y le arrojó
el bote de Coca-Cola. La lata impactó en
el estómago del muchacho, derramando
el líquido en la arena, y le hizo doblar
las rodillas. Las chicas gritaron, mientras
ellos, por su parte, empezaron a lanzarnos
piedras que recogían del patio. Huimos
corriendo, pero Abel no paraba de reírse
y de gritarles « ¡capullos!
¡capullos!»» una y otra vez.
Llegamos a las vías del tren en un momento.
Bajamos el talud y alcanzamos los raíles,
sobre los que, haciendo equilibrismo, con
los brazos en cruz, caminamos un rato.
172

— Después tenemos que pasar por tu casa,
- le recordé a Abel -, ya es mi turno de
tener la chapa.
— Ya te dije que te la doy luego. - Contestó.
— La chapa es de los dos, quedamos en
eso, en que nos turnaríamos.
— ¡Qué plasta! ¡Luego te la doy!
Abel se apoyó entonces con solo una
pierna en el raíl y, con los brazos muy
estirados, inclinó el cuerpo.
— Dicen que si pones una moneda en la
vía, el tren descarrila. - Comentó.
Giró la cabeza despacio, intentando
mantener el equilibrio, y me miró con
173

los ojos muy abiertos. Entonces saltó del
raíl.
— Dame una moneda. — Me dijo.
Me quedé parado un segundo, sin saber
qué hacer, y entonces Abel se desternilló
de risa. Por un instante, creí que hablaba
en serio. Después cruzó la vía del tren y
le seguí. Cogimos el camino y marchamos
en dirección a la fábrica de piensos.
Anduvimos a través de los sembrados,
pisoteando el cultivo con ceremonia,
alzando las piernas, estiradas, como en
un desfile militar. Plantábamos los pies con
energía, e intentábamos que la huella de
174

las zapatillas se marcara profunda en
la tierra. Cuando tomamos de nuevo el
camino, empezábamos a estar cansados,
así que nos dirigimos a un cerro desde
el que se veía la fábrica de piensos. Una
vez alcanzamos el cerro nos sentamos a
la sombra de un árbol.
— Mira lo que he traído. - Dijo entonces
Abel -. Se los birlé anoche a mi padre.
Era una sorpresa.
Sacó del bolsillo del pantalón un mechero
y dos cigarrillos, un tanto arrugados.
— ¿No se dará cuenta? - Pregunté.
175

— Me da igual. - Respondió - No le tengo miedo.
Encendió un cigarrillo y le dio una calada
intensa. Luego me lo pasó; aunque sabía
que yo nunca lo había probado.
— Hay que tragarse el humo - me dijo -,
como si cogieras el aire por la boca.
— Ya lo sé.
Me llevé el cigarro a los labios y pegué
una chupada. Pero apenas sentí en la
garganta el calor del humo, empecé a
toser, ahogado. Abel entonces comenzó a
partirse de risa, agarrándose el estómago
con los brazos, casi llorando, y se pitorreó
tanto que incluso se revolcó en la arena.
Cuando se incorporó y se encendió el
otro cigarrillo, aún continuaba sonriendo.
176

— Hay que cogerlo así, como los hombres.
- dijo.
Sujetó el cigarro entre el dedo índice y
el pulgar, y dio una calada.
— Así es cómo se hace - continuó -, se lo
he visto a mi padre.
Le imité. Pegué una nueva chupada y
apreté los labios, aguantando la respiración
para no toser, pero fue inútil, y casi me
asfixio con el humo. Abel meneó un tanto
la cabeza y me golpeó en la espalda.
— Solo hay que acostumbrarse. - Me animó.
Se puso en pie y, con su cigarro entre
los labios, trepó al árbol bajo el que
177

estábamos sentados. Yo me quedé en
el suelo, carraspeando una y otra vez
para aclararme la garganta e intentando
que mi cigarrillo se consumiera cuanto
antes. Daba caladas tímidas, sin absorber
apenas el humo, e intentaba que Abel,
desde lo alto, no se diese cuenta.
— Desde aquí arriba se ve incluso el otro
lado de la nave. - dijo.
Desde abajo también podía distinguirse
parte de la fábrica de piensos, los
coches de los trabajadores y algunas
filas apiladas de palés. Nos quedamos
un instante en silencio. Pero de repente
178

Abel empezó a reírse a carcajadas.
— ¡Qué cara pusiste! - Exclamó -. Como si
lo fuera a descarrilar en serio.
Y todavía se burló durante un buen rato.
Después me tiró la colilla, sonriendo aún,
pero no creo que tuviera intención de
alcanzarme. En ese momento, llegó un
camión a descargar a la nave. Observamos
cómo el elevador vaciaba la carga del
vehículo, cómo el camionero controlaba la
presión de las ruedas al reducir el peso,
cómo inclinaba el remolque del camión,
cómo parecía encenderse también un
cigarro.
179

— ¿Te imaginas conducir un bicho de esos?
- Comentó Abel -. Todo el día por ahí,
en la carretera. Nadie te tosería con uno
de esos monstruos.
No se me ocurrió nada que responder.
Cuando Abel no miraba, apagué el cigarrillo
y lo enterré en la arena; aún quedaría
más de un tercio. Estaba aburrido, y ya
era demasiado tarde para caminar otro
par de kilómetros hasta el arroyo.
— Solo han sido dos cigarros - continuó
entonces Abel -, no tiene por qué enterarse;
la cajetilla estaba por la mitad.
Le dije que debíamos irnos.
— Hay que llegar a casa para comer. -Advertí.
180

— No le tengo miedo, ¿sabes?
Evité cruzar la mirada con él y me volví a
observar el camión que descargaba en
la fábrica.
— Espera a que terminen. - Dijo Abel.
Pero en un segundo, bajó del árbol, en
silencio, y cogió del suelo una piedra.
— Yo podría vivir en un cacharro de esos Dijo -. Llevan una cama detrás, en la cabina.
Tomó impulso y lanzó la piedra contra
el camión, aunque estábamos demasiado
lejos y ni siquiera se acercó al vehículo.
— Tenemos que pasar por tu casa. - Le recordé.
181

— ¡Qué pesado estás con la chapa! Exclamó -. Luego te la doy.
Bajamos el cerro y deshicimos el camino
andado. Dejamos a nuestra espalda la
vía del tren y pasamos de nuevo por el
Colegio del Sagrado Corazón, en dirección
al parque. Al acercarnos a la escuela,
aceleré un poco el paso, pero Abel asomó
la cabeza entre los barrotes del patio.
— Nada. - Dijo -. Menudos panolis que eran.
Decidimos gastarnos el dinero que nos
quedaba antes de volver a casa. Entramos
en una pequeña tienda de ultramarinos,
aún lejos de nuestro barrio, donde
vendían pan, bollos y golosinas en el
mostrador principal, y embutidos en otro
182

expositor más pequeño. Había además
dos estanterías colocadas en paralelo
con leche, huevos, conservas y cosas
por el estilo. La tendera estaba tras el
mostrador del pan y, sentada en una silla
de madera, al lado de la puerta, una
viejecita toda vestida de negro. Abel me
dijo que comprase lo que quisiera y se
fue a deambular por las estanterías. Me
acerqué al mostrador y empecé a pedir
golosinas hasta que agoté el dinero. Abel
regresó antes de que yo terminara, y miró
muy atento a la vieja. Le hacía muecas,
le sacaba la lengua, pero la anciana no
se movía.
— ¿Qué le pasa? - Preguntó Abel a la tendera.
— Es muy mayor - contestó la mujer -,
apenas oye ni ve.
183

Cuando salimos de la tienda, Abel intentó
asustar a la anciana.
— ¡Buh! - Gritó a su lado.
Pero la mujer apenas se inmutó. Fuera,
mientras nos alejábamos, le tendí a Abel
la bolsa de golosinas.
— Mira lo que he pillado. - Me dijo.
Y sacó un huevo de cada bolsillo del
pantalón, carcajeándose. Agarré uno de
los huevos mientras yo también me partía
de risa.
— Podríamos ir a casa del tío del pijama. Sugirió -. Llamamos a la puerta, y cuando
salga, se los tiramos.
184

Sabía a quién se refería. Su coche
siempre estaba aparcado en la puerta
de su casa y parecía abandonado, y
por eso le habíamos robado la insignia
del capó. El hombre debió vernos desde
su ventana, y salió a la calle, en pijama
y medio descalzo. Otro día, pasamos por
allí al regresar de la escuela, y a Abel
se le ocurrió comprobar cuánto tardaban
en deshincharse las ruedas del coche;
pero el hombre nos sorprendió y vino a
por nosotros, también en pijama. Además
reconoció a Abel y amenazó con llamar
a su padre. Desde entonces, Abel se la
tenía jurada.
— Vamos, aún hay tiempo. - Insistió -. Dicen
que tiene a su mujer enterrada en el patio.
186

Al final logró convencerme y fuimos a
casa del tío del pijama. Nos escondimos
en cuclillas tras su coche, con un huevo en
la mano cada uno. Abel se ofreció para
llamar al timbre, y mientras, yo me quedé
allí agachado, observando por encima
del capó. Cuando tocó el timbre, Abel
regresó a toda prisa. Entonces se inclinó
a mi lado y, sonriendo y mordiéndose
la lengua, me golpeó con el puño en el
hombro. Tras un instante, el hombre abrió
la puerta.
— ¡Ahora! - Chilló Abel.
Le tiramos los huevos y, tronchándonos,
mirando a nuestra espalda, huimos a
toda velocidad. El hombre nos persiguió,
187

apenas unos metros, y, resoplando, se
quedó allí rendido.
— ¿Has visto cómo le he dado? - Gritaba
Abel -. ¡Qué cara ha puesto!
Continuamos corriendo todavía algunas
calles más, y nos reíamos de tal modo que
tuvimos que sentarnos en la acera para
calmarnos; sin embargo, yo no estaba
seguro de que le hubiéramos atinado con
los huevos. Aún seguimos mofándonos un
buen trecho de camino a casa. Recogimos
las mochilas con los libros de la alberca
llena de escombros, y atravesamos el
parque, hacia nuestro barrio. Cuando
estábamos llegando al portal de Abel, le
recordé que tenía que darme la insignia
del coche.
188

— Dijimos que la tendríamos dos días cada
uno. - Le dije.
— ¡Qué plasta me estás dando con la chapa!
Abel resopló y se aseguró la mochila en el
hombro y, como si buscara algo, levantó
la cabeza hacia la ventana de su piso.
— Anda, sube.
Arriba, Abel abrió la puerta. Crucé la
entrada tras él, hacia el salón, y entonces
Abel se quedó inmóvil. Miré por encima de
su hombro. Su madre estaba de rodillas
en el suelo y, apoyándose en la mesita
del salón, como si rehilara, intentaba
levantarse. En ese momento, nos vio llegar.
— Hijo. Qué tonta. - Tartamudeó -. Me he caído.
189

En el suelo había un jarrón hecho pedazos,
junto a un cenicero y colillas esparcidas
en el piso. La mesita parecía haber sido
empujada de su sitio.
— No es nada. - Continuó la madre de
Abel -. ¿Es amigo tuyo? Qué torpe. Pasad.
No hay nadie.
La señora Herráez ni siquiera parecía
haberme reconocido. Abel permaneció
quieto, sin pronunciar ni una palabra,
mientras su madre se terminaba de
incorporar. Yo tampoco dije nada; apenas
sabía cómo comportarme. La mujer tenía
la cara un tanto roja y parecía haber
llorado hacía un momento. Entonces Abel
se volvió siquiera un segundo hacia mí,
190

apretando los dientes, y luego, sollozando
y con rabia, tiró la mochila contra el suelo.
— Ya es suficiente, mamá - Gritó -. Ya está bien.
Abel se giró de nuevo y, empujándome,
salió fuera a toda prisa. Le seguí escaleras
abajo. Descendió los peldaños casi de dos
en dos, saltando, a trompicones, mientras su
llanto retumbaba en el hueco de la escalera.
Fui tras él hasta la calle, y le grité que me
esperara. Pero Abel continuó corriendo,
sin volver la vista atrás, deshaciendo el
camino que habíamos traído minutos antes.
Intenté perseguirle, aún con la mochila a
cuestas, y, otra vez, le llamé a voces. Sin
embargo, Abel pronto me sacó demasiada
191

distancia. Se alejaba tan rápido que creí
que no iba a pararse nunca. Entonces
me detuve y, al verle correr de esa
forma, pensé que tal vez no volvería
a encontrarme con él hasta la mañana
siguiente o incluso más tarde. Y me sentí
un tanto dolido, pues, de ser así, me
quedaría sin mi chapa otro día más.
192

Pide un deseo

M

IENTRAS LA TARDONA DE SU HIJA TERMINABA DE

hacer caja, Adelina Gamboa, abanicándose
con la mano, esperó sentada en su vieja
silla de madera. El verano estaba casi al
caer. Además, de momento el sol apenas
había empezado a ocultarse, y las luces
de la tienda parecían retener allí dentro
aún más el calor. Pero Adelina había
olvidado su abanico negro en la cómoda,
y el de su hija, de color rojo y estampado
de flores, no era todavía apropiado para
darse aire; al menos hasta que pasara
cierto tiempo. En ese instante, su yerno
abrió y entró en la tienda.
— ¿Nos vamos? - Saludó.
Adelina fingió no escuchar y ni siquiera
levantó la cabeza cuando tuvo ante ella
al hombre.
199

— Acabo en un minuto. - Dijo su hija -.
Saca a mi madre fuera en tanto cierro.
Su yerno se acercó a Adelina y le tendió
el brazo.
— Agárrese a mí. - Pidió.
Ella se cogió a este con una mano y,
apoyando la otra en el respaldo de
la silla, empujando, se puso en pie. No
obstante, las piernas le rehilaron entonces
de tal modo, que se apretó fuerte contra
su yerno. El hombre aun así tomó la silla
y Adelina se aferró a él para salir de la
tienda. Una vez en la calle, su yerno colocó
la silla a la sombra, junto a la pared, y,
sujetando a Adelina por los brazos, la
ayudó a sentarse con cuidado en su sitio.
200

Después el hombre bajó el cierre metálico
de la puerta casi hasta la mitad y se
dirigió a su furgoneta, aparcada enfrente.
Adelina se sostuvo las piernas, presionando,
aunque apenas pudo calmar el temblor
de sus rodillas pese a estar allí sentada.
Encima ni siquiera había oscurecido un
poco e incluso a la sombra tenía calor. Se
abanicó con la mano enseguida, y luego, en
cuanto su yerno le dio la espalda, empezó
a rascarse corriendo tras la oreja. Aquel
picor la molestaba desde hacía algún
tiempo ya, justo detrás del lóbulo. Ella
procuraba calmarlo a escondidas siempre
que le era posible, sin embargo, desde
que el mocoso de los Herráez robara en
la tienda esa misma mañana, el malestar se
había hecho más intenso, y Adelina se había
201

restregado tanto, que terminó por hacerse
una pequeña rozadura. Pero ella continuó
hurgando tras la oreja de todas formas.
Hasta que al final el arañazo se abrió y
empezó a sangrar, y, cuando Adelina se
vio los dedos manchados, intentó peinarse
hacia delante y componerse el pelo de
modo que nadie advirtiera la herida.
Menos mal que, por suerte, su hija no
pareció darse cuenta de nada.
Adelina miró entonces de reojo a la puerta
de la tienda; su hija tardaba demasiado,
si bien la mayor parte de los días solía
ser igual de lenta para cerrar. Así que
se arregló el pelo un segundo y trató de
disimular la herida que se había hecho
por culpa de aquel niñato. Luego Adelina
se ahuecó la falda, esperando que el
202

aire disminuyese el condenado temblor
de sus rodillas, y mientras usaba la mano
como abanico una vez más, observó a
su yerno. El hombre tenía medio cuerpo
dentro de la caja de la furgoneta, y
seguro que preparaba los anclajes que
sujetaban la silla de Adelina al vehículo. El
sistema consistía en unos tubos de pocos
centímetros, atornillados al suelo, donde
entraban justas las patas de la silla, y
estas a su vez se fijaban con unas clavijas
a los tubos; además, un par de correas
aseguraban el respaldo de la silla a uno
de los laterales de la furgoneta. Después
de que su hija la obligara a mudarse a
su casa, su yerno se había hecho fabricar
esas sujeciones para clavar la silla de
Adelina a la caja del vehículo, y que no
fuera rodando de un lado para otro;
203

hasta tenía un cinturón de seguridad que
la mantenía bien agarrada al respaldo.
En ese momento, las luces de la tienda se
apagaron y su hija salió a la calle. Antes
de que ella terminara de bajar el cierre,
Adelina se retocó rápido el pelo tras la
oreja y, enseguida, continuó abanicándose
con la mano. Luego la mujer se aproximó
y ambas esperaron a que la furgoneta
estuviese lista para colocar la silla en sus
enganches. Adelina solía ir con su hija a la
tienda cada día, aunque debido al dolor
de sus rodillas cada vez le resultaba más
engorroso caminar, y pasaba la mayor
parte del tiempo sentada en su vieja silla
de madera. No obstante, hacía alrededor
de treinta años que había abierto la
204

tienda de ultramarinos junto a su esposo
y, desde entonces, apenas había faltado
con su obligación para dar a luz a su
hija; incluso había sido idea suya instalar
dos mostradores, uno principal y otro
acristalado al fondo donde vender solo
embutidos.
— Así la gente podrá hacer la compra
casi completa en nuestra tienda. — Le dijo
a su marido en aquel instante.
Y Adelina dio en el clavo. Poner el
comercio fue un acierto absoluto, y,
gracias a la tienda, se habían construido
su propia casa, y su marido acabó hasta
por comprarse un coche. Pero ahora las
piernas forzaban a Adelina a ir de un
205

lugar a otro con su silla amarr
amarrada
ada a la
furgoneta de su yerno, mientras su casa,
vacía, se echaba a perder.
El sol no terminaba de ponerse y además
el picor de la oreja comenzó a incordiarla
de nuevo. Adelina vigiló por el rabillo del
ojo a su hija, de pie a su lado, aunque
no paró de sacudir la mano y darse aire.
— ¿Tiene calor? - Le preguntó la mujer -.
Tome mi abanico.
Hurgó deprisa en el bolso y tendió después
el abanico a Adelina. Ella no contestó,
pero apartó de sí con el brazo esa
horrible cosa de flores. Su hija meneó la
cabeza, resoplando, y dando un golpe
guardó el abanico en el bolso.
206

— ¡Mire que es cabezota! - Exclamó -. ¡Se va a
achicharrar, vestida de luto hasta las orejas!
Sin embargo, Adelina había olvidado
su abanico negro en la cómoda, y no
creía que el de su hija fuera adecuado
por el momento; así que se arrellanó en
su silla, sin hacer caso alguno, y siguió
abanicándose con la mano.
Cuando su yerno dejó la furgoneta
preparada, se acercó a ellas. Su hija
ayudó a Adelina a levantarse y el hombre
cogió entonces su silla de madera y se
la llevó con él. Al tiempo que su yerno
fijaba la silla a los anclajes del vehículo,
Adelina, sujeta del brazo de su hija, se
aproximó hasta allí y esperó luego de
pie un instante, aunque apenas podía
207

conten er el rehilar de sus articulaciones.
contener
Su yerno había retirado todas las cajas,
latas de conserva y demás género que
transportaba en el vehículo y, para que
no cayeran encima de Adelina durante el
viaje, las había asegurado a un lado de
la furgoneta. Una vez que la silla quedó
bien clavada en los enganches, su yerno
alzó a Adelina en volandas, como si fuese
una niña, y la subió al vehículo. Después
la sostuvo de los brazos mientras ella se
sentaba intentando controlar las rodillas
y le puso luego el cinturón de seguridad.
Adelina se despegó un poco la falda
de los muslos, y comenzó a abanicarse
con la mano enseguida. Dentro de la
furgoneta parecía imposible respirar de
calor. Su hija ya estaba sentada delante
208

y, en tanto su yerno cerraba las puertas
traseras del vehículo, ella, procurando
pasar inadvertida, se rascó despacio tras
la oreja. De todas formas, las piernas
le seguían tiritando de tal modo, que
aunque Adelina se agarró con fuerza los
muslos, ni siquiera pudo así dominar el
temblor. Entonces volvió a darse aire con
la mano otra vez. A Adelina le gustaba
ir a la tienda todos los días, a pesar del
calvario de sus rodillas, como había hecho
desde el momento en que su marido y
ella abrieron el negocio. Y si bien no le
importaba pasar las horas sentada en
su vieja silla de madera, apenas podía
soportar que la pesada de su hija le
insistiese, a cada instante casi, para que
usara un andador, o incluso una de esas
estúpidas sillas de ruedas.
209

— Sería más cómodo para usted. - Le decía.
Pero Adelina no era ninguna inválida. Ya
les había demostrado que, a su ritmo,
y sosteniéndose en los muebles o en
cualquier otro sitio, podía pasar hasta sin
bastón. Además había comprado esa silla
y su pareja cuando inauguraron la tienda,
y el día que su hija la obligó a mudarse
a su casa, logró llevarse las dos sillas
consigo. Aunque con el tiempo una de ellas
terminó por romperse. Entonces, cuando
las piernas de Adelina comenzaron a
empeorar, decidió que prefería quedarse
de pie, con las rodillas renqueantes, a
210

sentarse en otro lugar que no fuese su
vieja silla de madera.
La furgoneta ya se había puesto en
marcha y Adelina consiguió al fin detener
el rehilar de las piernas lo justo. El vehículo
parecía no obstante balancearla a uno
y otro lado y, aunque el cinturón de
seguridad la mantenía apretada contra
la pared, ella se cogió la falda y estrujó
la tela negra entre sus dedos. En ese
instante su hija ladeó un tanto la cabeza
y la miró de reojo, si bien Adelina fingió
no darse cuenta y esperó hasta que la
mujer volvió de nuevo a girarse. Después
211

se abanicó con la mano, y entonces,
vigilando a su hija sin doblar apenas la
mirada, Adelina empezó a rascarse tras
la oreja otra vez.
En apenas unos minutos, su yerno detuvo
el vehículo frente a una pastelería. El
hombre aparcó poco menos que en
mitad de la calle, encendió las luces de
emergencia, quitó las llaves del contacto
y salió. Luego entró en la tienda.
— Recogemos la tarta y nos vamos a casa.
- Explicó su hija.
Adelina lo había olvidado casi, pero era su
cumpleaños. Siguió restregándose tras la
212

oreja, clavando aún más las uñas, y sintió
enseguida que la herida comenzaba a
abrirse. Entonces su hija torció la cabeza
de repente, y ella, tan rápido como fue
capaz, intentó apartar corriendo la mano.
— ¿Qué le pasa en la oreja? - Preguntó la
mujer -. Lleva todo el día hurgándose.
Adelina aparentó no escuchar y desvió la
vista hacia otro sitio sin abrir la boca.
— ¿Me oye? - Insistió su hija -. Al final se
va a hacer herida.
Pero ella no contestó, ni tampoco consiguió
evitar tocarse tras la oreja.
213

— ¡Se quiere estar quieta de
una vez! — Le gritó.
Y sin más la mujer estiró la mano
y pretendió agarrar del brazo
a Adelina. Ella se retiró cuanto
pudo y, disimulando, procuró
taparse la herida con el pelo. Su
hija resopló y meneó la cabeza,
y se dio la vuelta después.
Adelina se veía oprimida de
tal modo en su vieja silla de
madera que se abanicó con las
dos manos. Sin embargo, en ese
momento notó que el temblor
de las piernas comenzaba a
aumentarle, así que se sostuvo
las rodillas y empujó hacia abajo
215

con decisión. Intentó controlar el rehilar
de las piernas durante unos segundos,
aunque luego alzó despacio una mano,
observando a su hija por el rabillo del
ojo, y mientras se daba de nuevo aire
con la otra, volvió a rascarse tras la
oreja. Ya no era ninguna chiquilla y no
tenían por qué tratarla como a su nieta
de seis años, ni decirle lo que debía o
no hacer. Incluso un día su hija pidió cita
para el médico sin consultarla. El tiritar
de las piernas aquella mañana había
sido demasiado duro, aun para estar
sentada en la tienda sin moverse; pero
ella no iría a ningún matasanos. Por eso,
cuando llegó la hora, Adelina se negó
a levantarse de su vieja silla de madera
y se aferró tan fuerte al asiento, que
su hija no fue capaz de incorporarla.
216

Entonces su yerno intentó coger a
Adelina en brazos, con la silla y todo, y
subirla en la furgoneta; enseguida ella
comenzó a patalear y, mordiéndose la
lengua para aguantar el dolor de las
rodillas, continuó golpeando hasta que
el hombre se dio por vencido. Al final su
hija decidió llamar para cancelar la cita
con el médico, y ella estuvo varios días
casi inmóvil en su silla sin poder apenas
flexionar las piernas.
Adelina continuó sacudiendo la mano para
darse aire. El sol aún calentaba la chapa
del vehículo, y su yerno seguía dentro de la
pastelería. Además el hombre había dejado
la furgoneta casi en mitad de la calle,
y un par de coches estaban detenidos
detrás, sin poder pasar. Entonces uno de
217

ellos tocó el claxon varias veces. Adelina
gruñó y se abanicó todavía con más brío,
mientras su hija, suspirando, bajaba la
ventanilla y apoyaba el brazo en la puerta.
— ¡Hay que ver lo que tarda este hombre!
- Exclamó -. ¿Qué estará haciendo?
Y de pronto, la mujer se giró hacia Adelina.
—¿Tiene calor? - Le preguntó.
Ella no hizo caso, pero su hija rebuscó
en el bolso de todas formas y le entregó
su abanico rojo de flores. Adelina lo
rechazó con la mano y dejó de darse
aire, si bien notaba el sudor escurriéndole
incluso por sus temblorosas piernas; sin
embargo, un abanico lleno de flores no
218

era todavía apropiado, y menos cuando
había olvidado el suyo negro en el
tocador. No obstante, en cuanto su hija
se dio la vuelta, Adelina se acomodó en
su vieja silla de madera y usó la mano
de nuevo como abanico.
El rehilar de sus rodillas pareció
intensificarse y su yerno tardaba tanto
en salir de la pastelería que cada vez
se amontonaban más coches detrás de
la furgoneta. Varios vehículos volvieron a
apretar el claxon, pero el de atrás justo
lo hacía de forma insistente, e incluso
acercó su coche de tal forma que casi
rozaba el parachoques de la furgoneta.
Adelina se rascó entonces tras el lóbulo y
sintió que la costra de la herida se abría
en gran parte, aunque siguió hurgando a
219

pesar de todo. Su hija miraba a la puerta
de la pastelería y, luego, refunfuñando,
echó un vistazo por el retrovisor.
— ¿Dónde estará este hombre? - Exclamó
-. ¡Y encima, se ha llevado las llaves!
Adelina se giró aguantando el tormento
de sus articulaciones y, dándose aire
con la mano, observó por la ventanilla
trasera de la furgoneta. El conductor del
coche era casi un mocoso, y gesticulaba y
movía mucho los labios mientras golpeaba
el claxon. Una chica le acompañaba en
el asiento del copiloto. El chico seguía
pitando y, en un segundo, sin dejar de
incordiar con la bocina, bajó la ventanilla y
sacó la cabeza. Adelina se volvió rápido,
220

restregándose la herida, pero su hija se
dio la vuelta en ese preciso momento.
— ¡Quiere estarse quieta de una santa
vez! - Gritó.
Adelina retiró la mano con lentitud y
mientras su hija, murmurando entre dientes,
regresaba a su sitio, ella procuró taparse
la herida con el pelo y se abanicó con la
mano después. Las rodillas la molestaban
demasiado y ya no era ninguna niña para
que la chillaran así. Además, su marido y
ella habían trabajado duro para sacar
adelante el negocio, y habían podido
hasta construirse su propia casa. Pero
ahora, a los jóvenes se les da todo
hecho. Incluso, esa misma mañana, un par
221

de niñatos habían entrado en la tienda
y, al tiempo que uno entretenía a su hija
pidiéndole golosinas, patatas fritas y ese
tipo de cosas, el otro robaba un par de
huevos de uno de los estantes. Luego, el
chico que había cogido los huevos le sacó
la lengua y preguntó a su hija sobre ella.
— Apenas oye ni ve. - Contestó.
Era verdad que Adelina había empezado
a hacerse la sorda poco después de
tenerse que ir a vivir a casa de su hija.
Entonces comenzó también a hablar cada
vez menos, hasta que, un día, decidió
que ya no tenía apenas nada que decir.
Es más, en ocasiones aparentaba aun
tener problemas serios en la vista. Sin
embargo, las piernas la obligaban a
222

pasarse el día sentada en su
de madera casi sin moverse,
que era cierto. Y para colmo,
ladrón, al marcharse, intentó

vieja silla
y eso sí
el maldito
asustarla.

— ¡Buh! - Gritó a su lado.
Adelina no se inmutó apenas, pero
reconoció a aquel malnacido. Era el
pequeño de los Herráez. Un día, hacía
ya algunos años, el padre del muchacho
apareció en la tienda con el crío y la
organizó a causa de unas botellas de
licor, por lo que su marido tuvo que
plantarse ante él y ponerse serio. Por eso
reconoció al chaval. Ella había visto desde
su silla cómo el mocoso se guardaba los
huevos en el pantalón, y aunque habría
pegado de buena gana un guantazo a
223

a aquel desgraciado, no dijo a su hija lo de
los huevos. En vez de eso, el picor que ya
la molestaba tras la oreja pareció hacerse
más incómodo aún. Adelina entonces se
rascó, intentando disimular cuanto podía,
y siguió hurgándose, tan enfadada, que al
final se abrió la herida de detrás del lóbulo.
Además, por si eso no hubiera sido
suficiente, el malcriado del coche de
atrás seguía aporreando el claxon, y
hasta sacó medio cuerpo por la ventanilla
del vehículo. Permaneció pitando incluso
cuando su yerno salió de la pastelería,
con la tarta envuelta sobre las manos. El
hombre metió la cabeza en la furgoneta
y le entregó el pastel a su hija, y antes
de subirse al vehículo, hizo un gesto de
disculpa al joven del coche. Adelina se
224

giró pese al rehilar de sus rodillas y
observó por la ventanilla trasera. El chico
gesticulaba y movía mucho los labios, y
todavía continuó manoteando cuando la
furgoneta se puso en marcha. Su marido sí
que habría puesto a ese maleducado en
su sitio. Entre los dos habían levantado la
tienda y, después, cuando su hija no quiso
estudiar, y tuvo la edad apropiada, se la
traspasaron. El negocio había marchado
tan bien, que su yerno decidió así arrimar el
hombro y comprarse la furgoneta donde
acoplaría luego los enganches para su
silla. Pero hoy todo iba de mal en peor, y
para más inri, su casa se estaba echando
a perder, abandonada.
Una vez llegaron a casa de su hija, su
yerno cogió a Adelina en brazos, igual
225

que si fuese una cría de colegio, y la
bajó de la furgoneta. Su hija también
ayudó a sujetarla mientras el hombre
la soltaba con cuidado en el suelo.
Entonces Adelina se apoyó del brazo
de la mujer y, en tanto su yerno
desenganchaba su vieja silla de madera
de los anclajes, ella, con las rodillas aún
temblorosas, se agarró de su hija y se
dirigieron juntas hacia la entrada.
En cuanto la mujer abrió la puerta, Adelina
se sostuvo del quicio con una mano. Las
piernas todavía le renqueaban un poco,
pero ella se empujó con la otra mano en
el brazo de su hija e, impulsándose, subió
el escalón y entró en la casa. Su hija pasó
luego y su yerno la siguió. El hombre no solo
cargaba con la tarta, sino también con la
226

vieja silla de Adelina. Así que colocó esta
en la sala de estar, frente al televisor, y
se llevó el pastel de cumpleaños. Su hija
la ayudó rápido a sentarse, encendió
la televisión y, antes de salir, dejó el
mando a distancia a su lado, sobre la
mesa. Apenas la mujer se marchó, Adelina
comenzó a abanicarse con la mano y a
rascarse tras la oreja una y otra vez.
Su hija no tardó mucho, y enseguida entró
en el salón de nuevo. Ella fingía ver la
televisión, aunque intentaba mantener a
raya el rehilar de sus piernas dándose
aire con la mano, y ni la miró casi. La
mujer puso encima de la mesa un plato con
patatas fritas y una bandeja repleta de
sándwiches. Luego salió, y se presentó otra
vez con aceitunas, almendras, y después
227

con botellas de dos litros de refresco,
y más tarde incluso con una empanada.
— ¿No tiene calor aquí? - Le preguntó a Adelina.
Ella se hizo la sorda, aunque, sin apartar
la vista del televisor, se abanicó aún más
fuerte con la mano. Su hija cruzó entonces
por delante de la pantalla y, farfullando
entre dientes y sacudiendo la cabeza,
abrió un tanto la ventana y volvió a salir.
Sin embargo, regresó en un minuto. Se
cuadró frente a Adelina y le entregó el
abanico rojo de flores que llevaba en el
bolso. Ella apenas levantó la mirada. Tan
solo apartó el abanico con la mano y,
gruñendo, negó con la cabeza y usó otra
228

vez la mano para darse aire. De todas
formas, su hija dejó el abanico encima
de la mesa, junto a Adelina, y luego se
marchó. El temblor de las piernas parecía
hacerse más molesto cada vez, pero ella
continuó enseguida hurgándose tras la
oreja sin apenas cuidado de no abrir
de nuevo la costra. No sabía por qué su
hija se empeñaba en traerle ese horrible
abanico de flores, cuando el suyo negro
estaba sobre la cómoda, en el cuarto que
ella y su yerno le habían acondicionado
cuando le hicieron abandonar su casa.
Entonces sonó la puerta principal, y sus
dos nietos entraron corriendo al salón. El
mayor empujó a un lado a su hermana y
229

dio un beso a Adelina antes de irse.
— Feliz cumpleaños, abuela. - Dijo.
Su nieta también la felicitó, y la besó
y la abrazó con tal ímpetu que le hizo
daño en el cuello. Adelina la retiró y se
secó las babas de la mejilla con la mano.
Pero su nieta se plantó frente a ella,
ante la televisión, y empezó a bailar y a
cantar.
— Tienes que aplaudir cuando termine - Le dijo.
Adelina miró el televisor por encima del
hombro de su nieta y pensó en todo el
polvo que habría acumulado ya detrás
del suyo, en su casa. En ese instante su
hija pasó otra vez al salón.
230

— Lleva la mochila a tu cuarto. - Ordenó
a su nieta.
La niña salió, tarareando y brincando,
y su hija volvió a dejar a Adelina sola.
En cuanto se marchó, ella se frotó de
inmediato tras la oreja. Su nieta regresó
al salón poco después, agarró el mando
a distancia y, tras sentarse en el sofá,
cambió el televisor de un canal a otro.
Adelina refunfuñó y luego se dio aire con
la mano. Entonces, de repente, sonó el
timbre de la entrada. Eran unas amigas
de su hija. Adelina apenas recordaba
sus nombres, pero ella las hizo pasar
al salón de todas maneras. Las recién
llegadas le felicitaron el cumpleaños y
le preguntaron qué tal se encontraba;
y pese a que Adelina era incapaz de
231

dominar el temblor de sus articulaciones,
sin dejar de abanicarse con la mano,
solo se encogió de hombros.
Al cabo de un momento, llamaron de nuevo
al timbre y entró una pareja, también
conocidos de su hija. Ambos la felicitaron,
si bien Adelina, como antes, no fue del
todo capaz de ubicar sus caras. Y en
un segundo, sin darse siquiera cuenta, se
encontró sentada a la mesa del salón,
rodeada por su hija, su yerno, sus nietos y
unas personas que apenas sabía quiénes
eran. Todos bebían y comían sándwiches,
y parecían hablar a voces. Pero Adelina
casi ni se movía en su vieja silla de madera.
Además sus piernas rehilaban sin parar y
allí dentro hacía demasiado calor, aunque
232

su hija hubiera abierto hacía un instante
la ventana. Adelina se pasó entonces
la mano por la nuca y, a escondidas,
se hurgó poco a poco tras la oreja.
Sin embargo, no cabía ni un alma en el
salón y no creía que por la ventana se
colase ni pizca de aire, así que Adelina,
resoplando, volvió a usar la mano como
abanico una vez más.
Su nieta se levantó de la silla y se aproximó
a ella. La abrazó fuerte, y después se sentó
en su regazo y le dio un beso. Adelina la
sostuvo en sus piernas, empujando hacia
abajo, pero el peso de la pequeña no
era suficiente para detener el temblor.
Entonces la niña se puso de pie y le
acercó a Adelina un vaso de agua y un
233

sándwich, aunque ella rechazó la comida
con la mano y, cuando su nieta se marchó,
se limpió la mejilla con los dedos.
— ¿Está comiendo algo, madre? - Le
preguntó su hija.
Ella fingió no escuchar, si bien hizo el
amago de coger unas patatas del plato
que tenía enfrente. De todas formas,
nada más girar su hija la cabeza, las
soltó de nuevo donde estaban. Luego se
retocó un tanto el pelo tras la oreja e
intentó pensar una forma de controlar sus
rodillas. No obstante, Adelina empezaba
a sofocarse de verdad. Bebió entonces
agua del vaso que le había traído antes
su nieta, y enseguida se abanicó con la
mano, hasta que la niña se levantó de su
234

sitio otra vez, la rodeó por el cuello y
comenzó a cantarle al oído.
— Deja en paz a la abuela - Ordenó su hija.
La pequeña se sentó gimoteando junto
a su madre. Mientras, la mujer se quedó
un momento mirando a Adelina sin decir
nada, y le arrimó después el abanico
rojo de flores. Sin embargo, ella lo retiró
deprisa con la mano.
— ¡Mire que es cabezota! - Exclamó -. Está
sudando, madre. Coja el abanico.
Pero su abanico negro estaba en la
habitación, encima de la cómoda, y Adelina
no hizo caso. Se dio aire con la mano
una vez más. Y de pronto las amigas de
235

su hija le empezaron a preguntar sobre la
tienda, y le dieron consejos de salud.
— Tiene que andar un poco, Adelina. - Dijo una.
— Es muy bueno para las piernas. - Siguió otra.
— A mi madre le pasó lo mismo, y ahora mire.
Adelina las observaba, aunque no abrió
la boca. En vez de eso, se colocó un tanto
el pelo tras la oreja y luego, disimulando,
se restregó despacio la herida. Su hija
volvió la vista hacia ella en ese preciso
instante.
— Estese quieta, madre. - Ordenó.
Y trató de agarrar a Adelina del brazo.
— Lleva todo el santo día igual. - Dijo.
236

Adelina se apartó y, mientras su hija
negaba con la cabeza girándose hacia
una de sus amigas, se arregló otra vez el
pelo y bajó la mano. Después se sujetó las
rodillas. El temblor de las piernas era casi
insoportable, y además Adelina sentía tal
bochorno allí dentro que enseguida usó
la mano de nuevo como abanico. En casa
de su hija solía hacer siempre demasiado
calor, hasta en invierno incluso, sin
embargo, su casa tenía buenas paredes,
y mantenía la temperatura casi estable
fuera la estación que fuera. Y sin más,
Adelina sintió como si le faltase el aire
y creyó que la vista se le enturbiaba.
No obstante, aparentó sentirse bien y
agarró su vaso, aunque se bebió toda el
agua casi de una sentada, y se abanicó
con las dos manos después. Pero aun así
238

creyó que la habitación daba vueltas y,
cuando el rehilar de las rodillas pareció
descontrolarse del todo, decidió que no
le quedaba otro remedio y cogió de la
mesa el maldito abanico de flores. Adelina
no quería desplomarse en el salón,
delante de aquellos desconocidos, así
que cerró los ojos y, a pesar de que
todavía no había pasado el tiempo necesario,
se dio aire con el abanico de su hija.
La mujer entonces se levantó y salió del
salón, y regresó rápido con la tarta.
Las velas estaban encendidas y todos
cantaron el «cumpleaños feliz».
— Tienes que pedir un deseo, abuela. Le dijo su nieta -. Pide un deseo. - Repitió
-. Pide un deseo.
239

Adelina echó un vistazo a toda esa
gente, sin poder dejar de abanicarse con
aquel estúpido abanico de flores. La
miraban sonriendo, como si fuese una
niña impaciente por abrir sus regalos,
pero no lo era. De hecho hacía ya
bastante tiempo que no recibía ninguno.
— Pide un deseo - insistió su nieta.
La pequeña se había levantado de su sitio
y le tiraba de la falda y daba brinquitos
a su lado. Adelina apretó los dientes y
luego, todavía mareada y sin soltar el
abanico de flores, sopló las velas con
ayuda de la niña. Todos aplaudieron,
aunque ella se estrujó con nervio las
rodillas e intentó controlar así, de una vez
por todas, el temblor de sus piernas. Su
240

hija en ese momento abandonó el salón,
mientras los demás bebían y esperaban
a repartir el pastel.
— ¿Qué has pedido? - Le preguntó su nieta.
La mujer entró al rato, y dejó platos y
cucharas sobre la mesa.
— ¿Qué has pedido, abuela? - Insistió la
niña -. ¿Qué has pedido?
— Si lo cuenta no se cumplirá. - Le dijo
alguien.
— Anda, abuela, dímelo. - Siguió la niña -.
Que no se lo digo a nadie. Dímelo al oído.
La pequeña abrazó del cuello a Adelina
y dio saltitos empujándola hacia abajo.
Luego, en tanto su hija se preocupaba
241

de quitar las velas y se disponía a
cortar el pastel, la besó en la mejilla. Ella
enseguida se limpió, y corría tan poco aire
por la ventana que continuó sacudiendo
sin parar el odioso abanico de flores.
— ¿Quién quiere tarta? - Preguntó su hija.
Su nieta empezó entonces a cantar y
a bailar, botando a su lado, y volvió a
agarrarla del cuello.
— ¡Yo quiero, yo quiero! - Dijo la niña.
La pequeña brincaba, meneando la cabeza,
y su yerno y toda esa gente parecían
hablar cada vez más alto, poco menos que
a gritos, mientras su hija repartía la tarta
de un sitio a otro. Adelina no paraba de
242

abanicarse con aquel absurdo abanico
de flores, aunque hacía tal agobio allí
dentro que incluso respirar se le hacía
casi imposible. Además, para colmo, se
sentía incapaz de dominar el temblor de
las piernas. Entonces miró a su hija un
instante y la vio sonreír. Estaba segura de
que ella también la observaba, satisfecha
porque al final la había obedecido y
se daba aire con su horrible abanico
rojo. Aquello ya era demasiado. Así que
Adelina apartó a un lado a su nieta,
cerró el condenado abanico, y plantó un
manotazo al pastel.
— ¿Pero qué hace, madre? - gritó su hija
-. ¿Se ha vuelto loca?
La mujer se levantó y su yerno y algún
243

otro la siguieron, pero todos se quedaron
mudos. Ella no hizo caso e incrustó aún
más la mano en la tarta. Dejó el abanico
de su hija embutido casi en el fondo del
pastel y, despacio, con las piernas tiritando
y clavando todavía más la mano en el
bizcocho, se incorporó. Su hija entonces
la sujetó del brazo.
— ¡Estese quieta, madre, por Dios! - Ordenó.
No obstante Adelina se zafó gruñendo,
agarró su vieja silla de madera por el
respaldo y, llena de chocolate y bizcocho
hasta la muñeca, apoyándose en los
244

muebles con la mano libre, tiró de su vieja
silla de madera en dirección a la entrada.
— ¿Se puede saber adónde va? - Chilló su
hija -. ¡Que lo va a poner todo perdido!
Adelina fingió no escuchar y, apretando
los dientes para aguantar el dolor de
sus rodillas, continuó caminando hacia la
puerta. A pesar de que su yerno hizo el
amago de detenerla, nadie intentó nada
excepto su hija. Pero la mujer tomó rápido
una servilleta y, exigiendo a gritos que
volviese al salón, limpiando las manchas
de pastel que dejaba a su paso Adelina,
245

la siguió hasta la entrada. Allí la cogió
del brazo otra vez.
— Madre, por favor...
Pero ella se soltó sin mirarla apenas, y con
la mano llena de tarta, abrió la puerta
de la calle. Ya era de noche. Se sostuvo
entonces del quicio, aunque el dolor de
sus rodillas le subió por el muslo y a punto
246

estuvo de caerse con el escalón de fuera.
Su hija enseguida intentó ayudarla. Sin
embargo, Adelina había sabido siempre
valerse por sí misma y, mordiéndose los
labios, arrastró su vieja silla de madera
a trompicones hasta la calle. Además,
cuando su marido y ella construyeron
su casa, decidieron no colocar en la
entrada ningún escalón, y según estaban
las cosas, eso también fue todo un acierto.
247

LO HABÍA PROMETIDO

C

B RAIS S OUTO LE ENTREGÓ A LA CLIENTA
los pasteles por encima del mostrador,
se dio cuenta de que su anillo de boda
había desaparecido.
UANDO

Brais se observó otra vez ambas manos y,
apenas salió la mujer, comenzó a buscar
el anillo por toda la tienda. Miró por
el suelo, en el bolsillo del mandil y en
los pantalones. Arrastró después la mano
por las baldas del mostrador. Abrió el
congelador de los helados, movió de los
estantes las botellas de licor, los tarros
de mermelada y los bombones, y hasta
retiró la estatuilla que ganó su padre,
hacía ya unos cuantos años, a la tarta
de chocolate más original. Luego metió
la cabeza en el expositor, levantó una
por una las bandejas de los pasteles,
e incluso alzó la caja registradora y
253

agachó debajo la cabeza. Pero ni señal
del anillo.
Enseguida pasó dentro, al obrador. Se
dirigió a la mesa de trabajo. Apartó la
tarta que aún quedaba por recoger para
esa tarde, y después revolvió los cajones
donde guardaba los cuchillos, la varilla
batidora, las espátulas y demás utensilios
de cocina. Puso todos los cuchillos sobre
la mesa, por si el anillo se hubiese caído
al guardar en el cajón el puñal que
reservaba en exclusiva para los gatos.
Se aseguró otra vez de que este no
hubiera quedado en ninguna esquina del
bolsillo del delantal o de los pantalones,
y entonces, se dio la vuelta y abrió el
frigorífico. Sacó de la nevera la cobertura
de chocolate, el frasco de mousse, la
254

manga pastelera con la nata sobrante
de la mañana, y dejó el refrigerador
casi vacío. No se olvidó tampoco del
congelador y comprobó que el anillo
no estuviese en las cubiteras de hielo
que había rellenado al mediodía con la
sangre de aquel gato de apenas meses.
Brais se restregó las manos por la cara,
resoplando, e intentó pensar. ¿Cómo podía
ser que el anillo se hubiera perdido?
Inspeccionó el obrador a izquierda y
derecha con las manos en el bolsillo del
mandil, y más tarde se inclinó y hurgó
también en el cubo de basura. Se remangó
y echó a un lado los guantes de látex, los
plásticos que había pegado en el suelo
y el gato desangrado, y con cuidado
de no mancharse el delantal en exceso,
255

escarbó entre los desperdicios. Pero ya
era la hora de cerrar casi y el anillo
seguía sin aparecer. Aún podía llamar por
teléfono a casa y quedarse un rato más
en la pastelería con cualquier excusa, es
cierto, aunque después de que agarrara
a su mujer por los brazos la noche antes,
y estuviera a punto de zarandearla, no
quería retrasarse demasiado. Brais se
acercó corriendo al teléfono y descolgó,
pero ni siquiera llegó a marcar el prefijo.
Regresó de nuevo a la tienda. Se plantó
delante del expositor con las manos metidas
en el bolsillo del delantal y, mordiéndose
el labio, registrando con la mirada de
arriba abajo, repasó todo lo que había
hecho ese día. Estaba seguro de que
tenía el anillo por la mañana, en casa,
256

y recordó que, justo antes de acuchillar
aquel mediodía al cachorro, había dejado
el anillo en la mesa de trabajo, junto a
las tartas que tenía que rematar para
esa tarde. Aunque solía usar siempre
guantes de látex para desangrar a los
animales, Brais se quitaba el anillo de
todas formas, por si acaso. Así evitaba
un posible descuido y que algo como una
mancha de sangre entre el anillo y el dedo
pudiera delatarle. Entonces volvió otra
vez al obrador, y de inmediato removió
los cuchillos y separó a un extremo de la
mesa la tarta de chocolate.
Cuando se cercioró de que, en efecto, el
anillo había desaparecido de la mesa, se
agachó y buscó por el suelo. Miró debajo
de la mesa, revisó con los dedos que no
257

podía haberse colado por la juntura entre
el piso y los muebles. Se incorporó y retiró
después la canela, la vainilla en polvo,
el tarro de virutas de caramelo y todo
lo demás de la estantería; levantó luego
el cubo de basura, apartó el teléfono
hasta donde el cable le permitió e incluso
separó un tanto la nevera y echó un
vistazo por detrás. Pero nada en absoluto.
Entonces abrió el congelador y observó los
cubitos de sangre semihelada. Los había
rellenado ese mediodía, antes de finalizar
con las tartas que le habían encargado
para aquella tarde, pero el fondo no
acababa de distinguirse. Así que Brais no
lo pensó, y, uno a uno, clavó los dedos
en los cubitos aún blandos de sangre. Sin
embargo, el anillo tampoco estaba allí.
258

Brais se limpió los dedos en el delantal,
farfullando entre dientes, y pegó un
puñetazo en la mesa de trabajo. ¿Cómo
era posible que el anillo se hubiese
esfumado de esa forma? Plantó los ojos
en el teléfono unos segundos y cruzó
después la vista de un lado a otro del
obrador. Contempló entre los demás el
cuchillo que guardaba para los gatos
y, a su lado, sobre la mesa, el pastel
de chocolate. Aquella tarde tenían que
haber recogido las tartas que terminara
ese mediodía, pero ya era casi la hora
de cerrar y nadie había telefoneado
ni reclamado esa aún. Quizás el anillo
se hubiese caído dentro al rellenarla o
al montarla, o hubiese puesto una de
las bases encima y el anillo se hubiese
259

quedado allí pegado, ¿quién sabe? Así
que Brais se pasó la mano por el pelo, y
enseguida, mordiéndose los labios, incrustó
los dedos en el pastel.
Pero en ese instante sonó la campanilla
colgada en la puerta de la tienda.
Brais se sacudió corriendo el chocolate
y el bizcocho, pensando todavía dónde
demonios habría metido el anillo, y se
limpió las manos en el delantal.
— ¿Hay alguien ahí? - Preguntaron desde fuera.
— Sí, sí, un segundo. - Tartamudeó Brais.
Salió frotándose aún las manos, saludó y
se acercó a la puerta de la pastelería.
Luego echó la cerradura.
260

— Venía a recoger una tarta. - Dijo el
cliente -. Está a nombre de mi mujer, Tere
Blasco. Es de chocolate, creo.
— Ya. Un momento, por favor.
A Brais le pareció que aquel tipo se fijaba
demasiado en su delantal, y si era así,
quizá podría darse cuenta de las manchas
de sangre. Siempre se cambiaba el mandil
por uno nuevo después de apuñalar a
los gatos, y luego lavaba el cuchillo y
el delantal con lejía, pero se acababa
de secar los dedos tras hincarlos en
los cubitos de sangre helada, y además
tenía algunos lamparones de rebuscar
el anillo entre el gato y los plásticos
ensangrentados de la basura. Aquel
hombre podría sospechar y denunciarle,
261

y entonces tendría que vérselas con una
inspección de sanidad. Aunque Brais volvió
al obrador de todas formas.
Sin embargo, la tarta que venían a llevarse
estaba echa polvo, como todo lo demás.
Tenía sus dedos clavados y hasta lo que
aún permanecía entero era inservible si
lo había hecho ese mediodía. Su anillo
de boda no aparecía por ningún sitio,
así que cualquier desgraciado podía
encontrárselo en otro de los pasteles
que había entregado esa tarde y pensar
que era un regalo como el del roscón
de reyes. O peor aún, se atragantaría
y, con el anillo envuelto en un clínex,
iría a la policía a acusarle de cualquier
barbaridad. Y entonces se descubriría
262

todo el pastel del colorante y los gatos,
y no habrían servido de nada las
precauciones de asegurar el plástico al
suelo con cinta adhesiva, ni los guantes
de látex, ni el tener un cuchillo reservado
solo para los cachorros, ni el desinfectar
justo después el mandil, ni nada de eso.
Sanidad podría buscarle las cosquillas
y esa gente no dejaba pasar una. Y
para colmo, su hijita le odiaría por haber
acuchillado a aquellos animales.
Todo se estaba viniendo abajo. Así
que Brais agarró el cubo de basura y,
sin preocuparse si quiera de no hacer
ruido, lo volcó en el suelo. Hurgó entre
el gato apuñalado, los desperdicios de
su comida del mediodía y los plásticos
263

salpicados de sangre. Pero el
anillo tampoco estaba allí.
— Oiga, ¿va todo bien? - Gritaron
desde la tienda.
— Sí, sí, un segundo.
— Tengo la furgoneta en doble
fila - siguió el cliente -, y a
mi mujer y a mi suegra dentro,
¿comprende?
Brais se mordisqueó el labio
observando el teléfono de
reojo. Se limpió las manos con
el delantal y luego salió. No
encontraba el maldito anillo y,
por si fuera poco, la tarta de
aquel imbécil parecía una ciudad
bombardeada. Sin embargo,
265

recordó que tenía un pastel muy similar
al que el hombre había encargado,
también de chocolate, en el expositor.
Solo había que escribir «felicidades»
para terminar de decorar la tarta.
No obstante, Brais le ofreció otra.
— ¿No prefiere esta? - Preguntó -. Es nuestra
especialidad. Está rellena de mousse de fresa.
Aquel payaso la miró y se rascó la barbilla.
Seguro que no podía ni imaginar que
Brais usaba la sangre de aquellos gatos
como sustituto del colorante alimenticio
para todo lo que se supusiera hecho de
fresas, grosellas y frutos de ese estilo.
Pero el hombre negó con la cabeza.
— Prefiero llevarme la que eligió mi mujer, ¿sabe?
266

Brais se restregó un poco las manos en
el mandil. Luego cogió del expositor la
tarta de chocolate y se la mostró al
cliente a través del cristal.
— Si espera un segundo,
«felicidades» con nata.

pondré

Entonces, aunque le pareció que el hombre
iba a decir algo, Brais se metió dentro
enseguida.
Apartó con el pie al gato, los plásticos
ensangrentados y el resto de basura del
suelo. Después hizo un hueco en la mesa
de trabajo entre todo aquel estropicio.
Retiró los cuchillos, la tarta desguazada,
la manga pastelera, la cobertura de
chocolate y lo demás que había sacado
267

antes de la nevera. Agarró la manga
con la nata que había sobrado de ese
mediodía y, tras quedarse un instante
con la mirada fija en el teléfono, empezó
a escribir las letras en el pastel.
— ¡Oiga! - Gritó el cliente -. ¡No tengo
toda la tarde!
Brais insultó a aquel anormal entre dientes
y, resoplando, terminó corriendo de
decorar la tarta. El muy estúpido le estaba
haciendo perder el tiempo, y él, encima,
tenía que encontrar aún su anillo de boda.
Brais arrojó con rabia la manga pastelera
al fregadero y se guardó en el bolsillo
del mandil la puntilla que reservaba en
exclusiva para descabellar a los gatos.
Al fin y al cabo un hombre y un gato no
268

podían ser tan distintos. Le clavaría el
cuchillo a aquel cretino en el cogote, justo
cuando se diera la vuelta para salir, y
tal y como hacía con los animales, giraría
el puñal a uno y otro lado hasta que le
crujiera la columna. Cuando la mujer y
la suegra de aquel imbécil preguntaran
por él, Brais ya se habría cambiado el
delantal y tendría todo recogido.
— No sé, señora. - Diría -. Pagó la tarta
y se marchó.
Y después podría ir haciendo deliciosas
empanadas de carne, y así ahorraría
también en eso, igual que con el colorante
alimenticio. Incluso podría pensar una
forma de recortar en el azúcar o la
harina. Quizás de ese modo volvería a
269

contratar a su ayudante y reflotar de
nuevo el negocio, y todo sería como
antes otra vez.
— Oiga - escuchó Brais desde dentro -,
¿Viene ya esa tarta?
Brais apretó los dientes, acariciando el
cuchillo a través del mandil, y luego salió
con el pastel sobre las manos. Observó al
hombre de pies a cabeza, y envolvió la tarta.
— ¿Cuánto es? - Preguntó el cliente.
Brais le cobró, pero estaba seguro de
que el hombre no dejaba de mirarle el
delantal, y tal vez hubiera advertido que
no todos los restos eran de chocolate y
bizcocho. Acompañó al cliente hasta la
270

puerta, con los ojos clavados en su nuca.
¿Y si de verdad se había dado cuenta de
que aquellas manchas eran en efecto de
sangre? De todas formas Brais no tenía
ninguna prueba, y si bien aquello no le
devolvería su anillo de boda, introdujo la
mano en el bolsillo del mandil y agarró el
cuchillo. Apretó el puño con firmeza y le
encantó la sensación de poder acabar
con la vida de aquel majadero.
No obstante, abrió el cierre y, sujetando
la puerta, se despidió de él.
— Hasta otra. - Dijo.
Aquel capullo no contestó. Aun así el muy
gilipollas tenía a su mujer esperando en su
furgoneta, e iba a celebrar un cumpleaños
271

y a comer tarta de chocolate. Sí, él
también tenía esposa, aunque después
de agarrarla por los brazos, la había
escuchado levantarse en plena noche e
ir al baño para llorar a escondidas. La
había sujetado con fuerza, y la habría
zarandeado si su hija no hubiera aparecido
de repente. Solo entonces se detuvo.
Pero luego había prometido que iba a
cambiar, lo había gritado en mitad del
salón, y no podía fallar al primer intento y
presentarse en casa sin su anillo de boda.
Brais volvió dentro, y se dio cuenta
en ese instante de que había dejado
huellas de sangre y porquería por todo
el piso. Terminó de rebuscar en la tarta
y miró en la basura esparcida por el
suelo otra vez. ¿Dónde demonios habría
272

ido a parar el anillo de las narices? Se
metió las manos en el bolsillo del mandil,
resoplando, y, acariciando el cuchillo,
buscó con la mirada a uno y otro lado
del obrador. Sin embargo detuvo los
ojos en el teléfono, y se le ocurrió de
pronto que el anillo quizás estuviese en el
contenedor de fuera, en el callejón que
daba a la parte trasera de la pastelería.
No recordaba haber sacado ninguna
bolsa aquella tarde, aunque, después
del estropicio que tenía organizado,
no le quedaban muchas más opciones.
Salió al callejón, abrió la tapa y, con
cuidado de no perder el cuchillo, introdujo
medio cuerpo en el contenedor de basura.
Algunos gatos merodeaban entre sus pies.
274

Al mediodía, Brais solía comer en la tienda,
y luego adelantaba trabajo antes de
abrir de nuevo por la tarde. Procuraba
que de vez en cuando le sobrase algo
del almuerzo, se lo daba a los gatos del
callejón y así ganaba su confianza y le
era más fácil atraparlos. Por eso ahora
los animales acaso esperaran su habitual
ración de comida.
Brais movió las bolsas del contenedor de
un lugar a otro, sin localizar ni rastro
del anillo siquiera, y enseguida comenzó
a clavar el cuchillo en las bolsas, a
romperlas y a buscar entre los desechos.
No obstante, parecía imposible encontrar
nada entre tanto desperdicio. Uno
de los gatos se frotó entonces en su
275

pantalón. Brais lo ahuyentó rápido con
el zapato aunque el animal, de todas
formas, volvió a rascarse casi al momento.
Todo aquello apestaba de veras. Brais
presionó los dientes, e intentó aguantar
la respiración cuanto pudo. Pero cuando
abrió una bolsa de basura que contenía
uno de sus cachorros apuñalados, con
la sangre reseca y gusanos comiendo en
sus ojos, se echó corriendo hacia atrás
por inercia y tropezó con el gato que
deambulaba entre sus pies.
— ¡Hijo de puta! - Exclamó.
Y lanzó una patada al animal. Si bien,
el gato se escabulló tan deprisa bajo
276

el contenedor de basura, que a Brais
le faltó poco para perder del todo el
equilibrio y caer al suelo.
Pronto se repuso y, maldiciendo y a punto
de vomitar, introdujo de nuevo la cabeza
en el contenedor. Apartó dando arcadas
la bolsa con el gato medio descompuesto
y hundió el cuchillo en la siguiente. Escarbó
entre la basura y hurgó luego en la bolsa
de debajo, pero el anillo no aparecía.
El gato volvió otra vez, vacilante, y se
restregó en su pierna, aunque Brais trató
de asustarlo. De repente sonó el teléfono
dentro del obrador. Brais se quedó inmóvil
y, a pesar de que la persona al otro
lado parecía tener bastante paciencia,
esperó a que el ruido se detuviese.
277

Seguro que era su mujer. Le había
prometido que todo iba a cambiar, que
volvería a ser como al principio, y sin
embargo, aún seguía allí, buscando su anillo
de boda, con medio cuerpo metido en un
contenedor de basura. Enseguida arrugó
los labios. Sacó la cabeza, sacudiéndola
a un lado y a otro, murmurando entre
dientes, y de inmediato empezó a patear
con rabia el contenedor. El gato salió
espantado mientras Brais golpeaba y
golpeaba, de tal modo, que incluso hincó
el cuchillo varias veces en el contenedor
de basura. Entonces pegó un grito y se
echó hacia atrás. Apoyó la espalda en el
muro de la pastelería y, comprimiendo la
mandíbula, se dejó caer, despacio, hasta
sentarse en el suelo. Soltó el cuchillo y
278

después se tapó la cara con las manos,
pero aquello era repugnante.
El gato siguió merodeando cerca de él
a pesar del alboroto. No parecía tener
demasiado miedo y, como Brais no se
movía, cogió más confianza aún. Brais
se guardó el cuchillo en el bolsillo del
mandil, y acarició luego la cabeza del
animal. En un instante arrastró al gato
entre sus piernas, con la cautela de que
no escapara, y, suspirando, le rascó el
lomo. No se le ocurría dónde diablos
podría estar el maldito anillo. Pero cuando
se esforzaba por hacer memoria sonó de
nuevo el teléfono. Brais levantó la cabeza
sobresaltado, temblando casi, aunque
continuó jugueteando con el animal de todas
279

formas. El ruido del teléfono le llegaba
desde el obrador como si aumentara el
volumen a cada señal, si bien, esta vez,
la persona al otro lado de la línea colgó
tras apenas cuatro o cinco tonos siquiera.
Brais cerró los ojos un segundo, cogió
aire, e inclinó la cabeza mordisqueándose
los labios. ¿Dónde demonios podría haber
metido el anillo? ¿Cómo era posible que no
apareciera por ninguna parte? Introdujo
una mano en el bolsillo del mandil y pasó
los dedos por la empuñadura del cuchillo,
mientras acariciaba todavía al gato con la
otra. El animal parecía encontrarse cada
vez más a gusto, hasta que, ronroneando,
le comenzaron a flojear los párpados
también. Entonces Brais agarró el cuchillo
280

poco a poco. Lo sujetó con fuerza y sin
más, se lo hincó al gato en la nuca. El animal
chilló, luchando y retorciéndose, y arañó
a Brais. Pero él se arrodilló enseguida,
usando las piernas para empujar al gato
contra el suelo, y, apretando los dientes,
le clavó el cuchillo una y otra vez, hasta
que el animal dejó de revolverse por fin.
Después Brais alzó la cabeza, jadeante,
aunque permaneció en el suelo de
rodillas. Con los cachorros resultaba
mucho más fácil, por eso nunca elegía
para su colorante a gatos ya adultos.
Se miró los arañazos y las manos. Estaba
lleno de sangre. Esta le había salpicado
el delantal, los brazos, y notaba incluso
su viscosidad caliente en la cara. Pero
281

se quedó allí agachado, con el
gato perdiendo sangre frente a
él, y pensó en su mujer y en su
hija, en casa, y en cómo narices
iba a presentarse sin el anillo.
En ese momento deseó que el
teléfono volviera a sonar.
Se palpó de nuevo el bolsillo del
mandil y de los pantalones, por
si acaso, aunque seguían vacíos.
Quizás hubiera todavía algún
sitio abierto donde comprar un
anillo que diera el pego por
unos días, al menos hasta que
se hiciera con otro igual. En
cambio se pasó el brazo por la
cara y se incorporó. Limpió la
hoja del cuchillo en el delantal
283

y lo guardó luego en el bolsillo. Más
tarde cogió del rabo al gato muerto, lo
arrojó al contenedor de basura, y se
restregó un tanto las manos en el
mandil.
Cuando cerró la tapa del contenedor,
Brais continuó allí de pie, delante de la
puerta trasera de la pastelería. Era una
idiotez intentar encontrar un anillo igual
a esas alturas, no hacía falta que nadie
se lo dijera. Aunque debería fregar
284

aquella sangre. No solo lo que había
montado en el callejón, ni dentro, sino
que tenía que arreglar el estropicio que
había organizado y dejarlo todo como
estaba, lo había prometido. Pero había
perdido su anillo de boda. Y pese a que
había puesto patas arriba la pastelería,
y se había metido casi hasta la cintura en
un contenedor repleto de basura hasta
el borde, ya era demasiado tarde para
hacer nada más. Tal vez incluso, hasta
para regresar a casa.
285

UNA CALLE DEMASIADO ESTRECHA

M

IENTRAS SU MUJER LE TERMINABA DE PREPARAR EL

café con leche, Lino Román troceó el pan
duro para el desayuno. Dejó los pedazos
de pan a un lado, sobre la mesa, e hizo
un montoncito con las migas. Luego su
mujer le acercó el azucarero y el tazón
de café. Ella se sirvió entonces un vaso
de leche, y se sentó frente a Lino. Su
esposa apenas comía nada al levantarse,
leche y un par de magdalenas si acaso,
pero él había desayunado pan duro con
café incluso de chaval, cuando iba con
su padre al campo a recoger melones,
zanahorias o lo que se terciara.
El aroma a café recién hecho envolvía
la cocina. Lino hundió el pan duro en
el tazón en cuanto su mujer le ofreció
el café con leche y, sumergiendo el pan
con la cuchara, lo ablandó hasta formar
291

casi una sopa. Al instante, rebañó con las
manos el montoncito de migas de la mesa
y las añadió también. Mezcló otra vez
todo y se llevó a la boca una cucharada
de papilla bien repleta. Sin embargo, el
café ardía aún de tal modo, que Lino
se tapó la boca con la mano enseguida,
resoplando, y a punto estuvo de escupir
el café de nuevo en el tazón.
— Cuidado - le advirtió su esposa -, que
estará hirviendo todavía, hombre.
Lino intentó soplar y masticar al mismo
tiempo, lanzándose la sopa caliente de
un lado a otro de la lengua, aunque así
era cómo a él le gustaba. De repente,
sonó la puerta de la calle.
292

— Ahí llega. - Dijo su mujer.
Lino entonces frunció el ceño. ¿Qué horas
tenía aquel mocoso de llegar a casa? Y a
pesar de que estuvo cerca de quemarse
el gaznate, tragó la masa al rojo de pan
y café tan deprisa como pudo.
— ¡Yago! - Gritó.
La entrada quedó en silencio de inmediato.
Si bien, unos segundos más tarde, su hijo
apareció con parsimonia en la cocina.
El mangarrián no solo llevaba parte de
la camisa por fuera del pantalón y las
zapatillas medio desabrochadas, sino que
además traía la cara demasiado pálida,
brillante, igual que si hubiera pasado con
293

fiebre media noche. El chico aguardó
reclinado en la puerta de la cocina,
con las manos metidas en los bolsillos
del pantalón. Pero Lino percibió aquella
peste a alcohol y a tabaco desde la
mesa.
— Ayer te estuve esperando hasta la hora
de cenar. - Le dijo -. Tuve que cargar la
furgoneta yo solo.
— Me quedé estudiando - balbuceó el
chico -, tengo examen.
— ¿Y para salir sí hay tiempo? - Le cortó
Lino -. Ya había dejado la verdura
preparada antes de comer. Solo tenías
que ayudarme a cargarla.
Su hijo permaneció callado, con las manos
en los bolsillos. Lino entretanto observó
294

un momento a su mujer. Ella apartó la
vista lo mínimo de su vaso de leche, y
aunque le miró a los ojos, volvió rápido
a su desayuno. Entonces Lino sacudió
un poco la cabeza, murmurando, mientras
introducía otra vez la cuchara en la sopa,
y, golpeteando con ella en el tazón,
removió luego con fuerza la masa de
pan y café.
— Desayuna algo, anda - le ordenó al
chico -, y vete a acostar.
Lino tomó enseguida una nueva cucharada
de sopa, tratando de aspirar el aroma a
café reciente, pero el acre del alcohol
parecía engullirlo por completo. Después
contempló de reojo un instante a su hijo.
El chico había agachado la cabeza y
295

se mordía los labios, y así plantado era
como si estuviese incluso más descolorido
todavía. No obstante, al final el muchacho
se aproximó a la mesa y, en tanto su madre
se levantaba y sacaba de la alacena
algunos bollos, se sirvió café.
Lino continuó desayunando a pesar
del hedor agrio de la cocina. Apenas
masticaba, y, aunque odiaba que la
comida se le enfriase, remezclaba el pan
duro con café antes de cada bocado.
Una vez que se hubo servido el café en la
taza, su hijo se sentó a la mesa, entre
su madre y él. Fue ahí cuando Lino
advirtió que la pierna del chico no paraba
de temblar. Alzó corriendo la cabeza
y buscó los ojos de su esposa, siquiera
un segundo. Luego se giró hacia su hijo.
296

Este había alcanzado el azúcar, y vertió
en el café unas cuatro cucharadas,
rebosantes, si bien la mano le tiritaba
de tal forma, que derramó parte del
azúcar en la mesa. Y por si esto no bastara,
podría decirse que el chico estaba
quizá aun más lívido que ante su propio
funeral.
— ¿Mucha juerga anoche? - Le preguntó Lino.
Su hijo daba vueltas al café y levantó los
ojos despacio, pero no contestó. Olía a
alcohol incluso con la boca cerrada. El
chico sorbía con pausa su desayuno, a
tragos raquíticos, y encima la pierna no
cesaba de rehilarle y aporrear la mesa.
Para colmo, Lino creyó que el chaval
adquiría ahora un tono apagado como
297

de papel grisáceo. Sin embargo, hincó
de nuevo el cubierto en la sopa de pan
y café, lo mezcló otra vez todo, y se
llevó luego una cucharada a la boca.
— ¿No comes nada? - Le preguntó entonces
su mujer al chico.
Este observó a su madre y, sonriendo
un tanto, negó con la cabeza. Lino
enseguida apretó los dientes y fijó los
ojos en su esposa. Pero ella regresó de
inmediato a su desayuno, sin hacer
ni caso. En ese momento Lino bajó la
cabeza y, gruñendo, hundió la cuchara
en el tazón. No era solo que la pierna
del chico no parara de temblar, sino
que Lino apenas podía ya distinguir el
aroma a café de la cocina. Su mujer
298

le miró al instante en cuanto le oyó
refunfuñar. Movió la cabeza a uno y otro
lado y, arqueando las cejas, sin decir
nada, dio un trago de leche.
Lino de todas maneras siguió desayunando,
devorando casi, pues el café con pan
estaba empezando a enfriarse. De
pronto tuvo la sensación de que alguien
le adivinaba el pensamiento. Apartó la
mirada de su sopa a toda prisa. Su mujer
parecía examinarle de reojo, seria, y su
hijo, más blanco que la cal, no retiraba
la vista de su café. Desde luego, estos
chavales de hoy no tienen sangre. Pero
si el holgazán tuviera que ponerse en pie
de madrugada, tal y como hacía él a su
edad, e ir al campo o a alguna fábrica
a pasar más frío que vergüenza, otro
299

gallo le cantaría. Lino meneó desganado
la cabeza y, aunque el traqueteo de
la pierna del chico estaba a punto de
desquiciarle, prosiguió con su desayuno.
— Supongo que de ayudarme ahora a
montar el puesto ni hablamos, ¿no? Preguntó de repente.
Su hijo se encogió de hombros al tiempo
que jugueteaba con su cucharilla en la
taza. Lino entretanto removió su sopa y,
si bien habría asegurado que el turbio
del alcohol se mezclaba con la comida
en el paladar, tomó otra cucharada de
pan y café intentando percibir de nuevo
el aroma de este. Mientras masticaba,
contempló a su hijo por el rabillo del ojo.
El chico sudaba, y, encima, Lino pensó
300

que la cara se le ponía por momentos tan
amarilla y brillante como la cera. Pero el
tembleque de la pierna le tenía harto. Aquel
rehilar era igual que una ametralladora
martilleando la mesa y, para más inri,
la cocina entera apestaba a alcohol.
— ¡Quieres estarte quietecito con la pierna!
- Le gritó casi.
Su mujer dio enseguida un respingo y,
aunque le miró cara a cara, arrugando la
frente, al menos su hijo se detuvo por fin.
Lino introdujo otra vez la cuchara en el
desayuno, sintiéndose un tanto orgulloso
de sí mismo. Removió un poco la masa de
pan y café. Sin embargo, apenas hubo
remezclado la papilla, el chico sacudió la
pierna aun con más nervio que antes.
301

Lino se pasó la lengua por los dientes
y respiró hondo, manteniendo los ojos
fijos en su sopa, procurando imaginar
que por lo menos la venta le iría bien y,
al final del día, ni siquiera le quedaría
un melón en el puesto. Pero el agrio del
alcohol inundaba por completo la cocina.
El olor no solo se aferraba al paladar,
sino que se adhería incluso al desayuno
en cada bocado. Además, el tiritar de
la pierna de su hijo le sacaba de sus
casillas, como si un pájaro carpintero le
picoteara su tazón de pan y café mientras
desayunaba, y de buena gana le hubiera
grapado al chico las zapatillas al suelo.
En ese momento Lino apretó los puños y
se estiró en la silla. Encontró los ojos de
su mujer clavados aún en los suyos y, a
pesar de que su esposa le hacía gestos
302

con la cabeza, Lino dio un puñetazo en
la mesa de todas formas.
— ¿Te quieres estar quieto de una santa
vez? - Gritó.
Su hijo se levantó entonces de un salto y,
llevándose la mano a la boca, corrió hacia
el fregadero. De inmediato, su mujer salió
tras el chico. Con todo, en un segundo,
antes de que Lino se incorporara también,
el muchacho había vomitado ya en la pila.
Lino brincó a toda prisa de su sitio.
— ¡Qué haces, desgraciado! - Chilló -.
¡Vete a dormir la mona! ¡Sal de aquí!
Agarró a su hijo por la camisa y, aunque
su mujer lo sujetó a él del brazo, Lino
303

empujó al chico hacia la puerta. Este se
liberó de un tirón, con rabia, y, dando
un portazo, salió a trompicones de la
cocina. Lino contrajo la mandíbula, abrió
la puerta. Pero su mujer lo estrujó del
brazo aún más fuerte.
— Déjalo, déjalo. - Le dijo.
Lino se giró hacia ella. Se mordió los
labios y, después, presionando los dientes,
volvió a su sitio. El chico había salpicado
de vómito la encimera, e incluso pringó
un tanto la pared. Lino retiró arrastrando
la silla, se sentó de golpe, e hincó la
cuchara en su desayuno.
— Estudiando, dice. - Farfulló -. Este mocoso
se cree que me chupo el dedo.
304

Estiró luego el cuello en dirección a la
puerta de la cocina.
— Verás cómo espabila cuando le corte
el chorro - Gritó.
Al instante se levantó y cogió una bayeta.
Con el golpe, Lino había derramado en
la mesa parte del café, así que extendió
el paño sobre la mancha y la limpió.
Su mujer había abierto enseguida el grifo
del fregadero y se encargaba de la
pila, sin articular palabra alguna. Lino
concluyó entretanto de secar el café
vertido en la mesa y, mientras su esposa
enjuagaba la bayeta y la pasaba luego
por la pared, la encimera y demás, siguió
engullendo su sopa de café y pan duro.
305

Pero el desayuno ya se le había helado
por completo. Lino se incorporó entonces
con el tazón en la mano, meneando la
cabeza y gruñendo, y se lo terminó de
pie. Para más inri, la cocina ahora sí
apestaba de veras.
— Anda, acaba rápido - le dijo a su mujer
-, que tenemos que colocar la verdura.
***
Entre su esposa y él montaron el puesto
enseguida. Instalaron las borriquetas
delante del portalón de su casa: primero,
las más pequeñas, y las más altas, detrás.
Después situaron encima los tablones de
madera y organizaron la fruta y verdura de
306

manera presentable. En la parte de abajo
dispusieron los melones, las cebollas, las
patatas. Y arriba, los tomates, los pimientos,
los higos y el resto de frutos delicados.
Cuando todo estuvo listo Lino entró en
casa a por la balanza y la calculadora.
Una vez dentro, se detuvo ante la habitación
de su hijo. La puerta estaba cerrada,
pero él pegó la oreja, despacio, e intentó
escuchar. No oyó nada en absoluto. Si
bien le pareció que por debajo de la
puerta se colaba cierta peste a alcohol.
Seguro que el mangarrián estaría aún en
la cama, durmiendo la mona. Entonces Lino
agarró el pomo de la puerta, aunque se
detuvo de inmediato, y tras un instante, se
marchó. Tomó la balanza y la calculadora
307

de su sitio y volvió a la calle. Luego pasó
otra vez a la casa, cogió su taburete y el
de su mujer, y regresó fuera de nuevo.
Lino se sentó, y esperó a que su esposa
apareciera. Entretanto, ordenó mejor la
fruta y la verdura, poniendo debajo,
o escondiendo un poco, las piezas de
peor aspecto. Apenas pasaba gente por
la calle. El ayuntamiento había puesto el
pueblo patas arriba y Lino tenía la calle sin
asfaltar, llena de tierra y polvo, y repleta
de agujeros. Asimismo habían desviado
por su puerta el tráfico desde la calle
principal, también en obras, y para colmo
ni siquiera se habían dignado en colocar
308

unas tablas para poder entrar a su casa
sin tropezar, como sí habían hecho con
el bar de enfrente. Su mujer salió en ese
momento de casa ajustándose el bolso.
Le entregó a Lino un paquete de bolsas
de plástico, y la caja metálica con las
monedas para el cambio.
— Este holgazán sigue sin levantarse, ¿no?
- Preguntó Lino.
Su mujer le clavó la mirada, de frente.
— Me voy a hacer recados. - Le contestó.
Lino se encogió de hombros.
309

— Hasta que el maldito ayuntamiento no
arregle la calle - respondió -, por aquí
no pasan más que las cabras.
Se acomodó en su taburete, observando
cómo su mujer se alejaba y doblaba
la esquina, y así, mientras sufría los
coches que cruzaban procedentes de la
calle principal, esperó. Exceptuando los
vehículos, no se veía un alma. Lino sacudió
un tanto la cabeza y se incorporó. Alineó
después los melones para que presentaran
mejor aspecto, clasificó los billetes en la
cartera, e incluso más tarde, contó el
cambio que había en monedas en la caja.
De pronto, se acercó una mujer. Lino
reconoció enseguida a la señora Souto,
la esposa de Brais, el pastelero de esa
misma calle. La mujer solía comprarle algo
310

de fruta o verdura de vez en
cuando. Además, ambos tenían
una niña que por lo visto era una
lumbrera, y no como el gandul
de su hijo, que continuaría sin
duda durmiendo la borrachera
en su cuarto.
— ¿A cuánto están los melones?
- Preguntó la mujer.
Lino agarró uno con ambas manos
y, presionando con los dedos
en la base, respondió. Luego le
tendió el melón a la señora Souto.
— ¿Qué tal Brais y la pastelería?
313

Ella enarcó las cejas. Lino había oído que
el pastelero andaba metido en no sé qué
problema con Sanidad respecto a unos
gatos muertos, pero solo eran habladurías,
quién sabe, allá cada uno con sus asuntos.
— No es un buen momento para nadie,
¿verdad? - Contestó la mujer.
— Dígaselo al ayuntamiento - respondió Lino
-, mire cómo me tienen la calle; apenas
me han dejado las aceras.
La mujer afirmó con la cabeza, resoplando,
y le devolvió el melón a Lino. Después
pidió medio kilo de tomates.
— Ya me comentó su mujer el otro día, en
la tienda - dijo la señora Souto -, que se
había jubilado.
314

— Me prejubilaron. - Contestó Lino -. Hará casi
un mes. Empezó a entrar gente más joven, ya
sabe. Tuve que coger lo que me ofrecieron.
— Ahora tendrá más tiempo libre. Aún no
es tan mayor.
Lino procuró sonreír, al tiempo que
terminaba de pesar los tomates y los
metía enseguida en una bolsa.
— Póngame el melón también. ¿Qué le debo?
Lino pesó el melón y lo introdujo en otra
bolsa aparte. Agarró luego la de los
tomates, y le alcanzó ambas bolsas a la
mujer por encima del puesto. Hizo cuentas
con la calculadora y le cobró.
— Recuerdos a Brais - Se despidió Lino.
315

Una vez hubo guardado el dinero, se sentó
en el taburete. Se restregó la barbilla
con la mano y observó cómo se alejaba
la mujer. Entonces trató de recordar sin
éxito el nombre de la niña de los Souto.
Quizá si obligara a su hijo a trabajar
en verano, o hiciera que ayudara en
el campo a su abuelo, las cosas serían
distintas. En ese momento, un anciano se
acercó al bar del otro lado de la calle.
El hombre se detuvo hincando un pie en el
escalón, para contar sus monedas, y Lino
lo contempló, pasándose la lengua por los
dientes, hasta que el hombre desapareció
dentro del establecimiento. Pero él aún
no era tan viejo y podía trabajar. Lino
había luchado en el campo con su padre
toda su vida hasta que, justo antes de
casarse, encontró el puesto en la fábrica;
316

y pese a los años no había olvidado
todavía cómo se labraba la tierra. Para
más inri, la casa se le caía encima. De
repente, un coche dobló la esquina y
cruzó por delante a demasiada velocidad,
salpicando polvo y arena. Lino inclinó la
cara mientras cerraba un segundo los ojos.
— Maldito ayuntamiento...
Cuando el polvo se esfumó, Lino se
levantó del taburete y comprobó que la
fruta mostraba su lado más presentable.
Giró un tanto los tomates y los melones,
buscándoles el mejor perfil, y recolocó
los higos en la caja. Después volvió a
sentarse. Ahora todo estaba tan tranquilo
que el tiempo parecía no correr. Por
suerte había comprado la parcela hacía
317

unos años, a las afueras del pueblo, y
allí plantó un pequeño huerto. Sembró
melones, tomates, una higuera, y para tener
más variedad en el puesto, solía cambiar
parte del excedente con alguna de las
parcelas vecinas. Además el trabajo en
la huerta le relajaba y así se ahorraba
pensar. En ese instante, dos mujeres con
chilaba, marroquís tal vez, se detuvieron
ante el puesto. Lino intentó disimular y
sonreír, aunque no pudo evitar fruncir el
ceño siquiera.
— ¿Desean alguna cosa? - Preguntó.
Las mujeres comentaron entre ellas algo
en su idioma, señalando la fruta, y a Lino
318

se le ocurrió que acaso no llevaran ropa
bajo la chilaba.
— ¿Cuánto cuestan estos?
apuntando a los higos.

-

Dijeron,

Lino contestó. Las mujeres hablaron otra
vez entre ellas, pero luego dieron las
gracias y se marcharon. Entonces Lino
apretó los dientes y, mientras se alejaban,
las miró de pies a cabeza. El pueblo estaba
infestado. Y otra cosa, no entendía por
qué le hacían perder el tiempo si tenían
sus propias fruterías y, para colmo, encima
no iban a comprar nada. No obstante,
si todos los jóvenes eran como su hijo y
se tiraban durmiendo la mona la mañana
319

entera y parte de la tarde, alguien tendría
que hacer el trabajo sucio. Pero a él
nunca se le cayeron los anillos por ir al
campo a recoger melones, zanahorias,
cebollas o lo que se presentara, hasta
que consiguió el trabajo en la fábrica,
de donde lo prejubilaron a pesar de
todo aquel esfuerzo.
De pronto, una furgoneta de reparto
torció la esquina y, subiéndose en la
acera, aparcó enfrente, junto a la puerta
del bar. El vehículo no era demasiado
grande, aunque la calle era tan estrecha
que apenas quedaba espacio suficiente
entre la furgoneta y el puesto de verduras
de Lino. Al instante, sin dejar casi al
conductor abrir la puerta, Lino le increpó.
320

— ¿Piensa dejar la furgoneta ahí? - Dijo -.
¿No ve que no hay hueco?
— Va a ser solo un momento, amigo. Respondió el chófer -. Además, cabe de
sobra otra furgoneta el doble que esta.
Lino le observó de arriba abajo, pasándose
la lengua por los dientes, y procurando
averiguar si en algún sitio indicaba el
nombre de la empresa repartidora. El
conductor entretanto descargaba y
accedía al bar. Le daría cinco minutos, y
después telefonearía a la policía.
Lino se estiró en su taburete, contemplando
la puerta del establecimiento. Sin embargo,
cada vez que un coche giraba la esquina
en su dirección, alzaba el cuello, vigilante,
321

pendiente de avisar si el vehículo no
entraba entre el hueco de su puesto
de verduras y la furgoneta. De hecho,
aquel capullo había dejado un espacio
tan pequeño, que un joven de la edad de
su hijo estuvo maniobrando de un lado a
otro antes de poder meterse. Y cuando
lo consiguió, el chaval cruzó a unos dos
dedos del puesto, a trompicones, doblando
el retrovisor de su coche tras golpear
un tanto el de la furgoneta. Aunque por
desgracia este apenas se movió.
Lino se mordía los labios, las rodillas
parecían agarrotársele, y ni siquiera
esperó los cinco minutos. Dejó solo su
puesto de verduras y regresó a casa para
telefonear a la policía. Pero entonces,
322

pasó ante el dormitorio de su hijo. La
puerta continuaba cerrada, y seguro
que el mangarrián aún permanecía allí
tan tranquilo, durmiendo la borrachera,
así que Lino abrió la puerta despacio e
introdujo la cabeza en el dormitorio. La
habitación estaba demasiado oscura. No
era fácil percibir bulto alguno, sin embargo,
la peste a alcohol y a tabaco le hizo
retirar la cabeza enseguida. Lino cerró
la puerta al instante, sin preocuparse de
no hacer ruido. Volvió sobre sus pasos
y, arrugando la frente, olvidándose del
teléfono, se dirigió al bar. Atravesó la
calle poco menos que corriendo y entró.
En el bar, el conductor de la furgoneta,
sentado a la barra, fumando, charlaba con
el camarero. Ambos eran jóvenes y reían.
323

— ¿Piensa llevarse algún día la furgoneta?
- Le dijo.
El conductor le observó de medio lado casi,
mientras el camarero, mirándole fijo a los
ojos, parecía sonreír con la boca torcida.
— Salgo ahora mismo, amigo - respondió el
repartidor -, en cuanto termine el albarán.
Lino apretó los puños y, farfullando entre
dientes, se dio la vuelta. No obstante,
les oyó carcajearse a su espalda antes
de salir. Entonces se detuvo un segundo.
Contrajo la mandíbula. Aunque abrió la
puerta de todas formas y, sin decir palabra,
dando un portazo, se marchó. Si en un
324

minuto aquel payaso no había retirado la
furgoneta, llamaría a la grúa.
Cruzó la calle hacia su puesto de verduras,
contemplando de reojo la furgoneta
de aquel malnacido. Podría rayarle la
carrocería de un extremo a otro, o incluso
pincharle las ruedas, así quizá aprendería.
En cambio se sentó en su taburete y esperó.
Las piernas le temblaban por momentos.
De repente, Lino escuchó golpes dentro
de su casa. Seguro que era su hijo,
danzando igual que un fantasma después
de la borrachera, en vez de estar allí,
arrimando el hombro. Lino se levantó de
su taburete enseguida. Reordenó en su
caja las monedas para el cambio, colocó
325

de nuevo los tomates, los higos, giró un
tanto los melones, se sentó.
Entonces, un cochazo descomunal dobló
la esquina en dirección a su puesto de
verduras. Lino alargó el cuello cuanto pudo.
Hasta se incorporó estirado en su taburete.
Pero ahora el espacio entre el puesto y
la furgoneta le parecía aun si cabe más
estrecho, y para colmo, antes de enfilar
la calle, el conductor tuvo que maniobrar
en varias ocasiones a uno y otro lado.
— ¿Dónde va? - Le gritó casi -. ¡Que no coge!
De todas maneras, el tipo del cochazo no
pareció ver a Lino y, acelerando, poco a
326

poco, avanzó. Lino saltó al instante de su
asiento y le hizo señas con las manos en alto.
— ¿Está ciego? - Chilló -. ¿No ve que no entra?
El conductor, sin embargo, se aproximó a
pesar de las voces. Se acercaba despacio,
rígido, observando atento a izquierda y
derecha, como si Lino fuera invisible.
De pronto, un ruido enorme, de cristales
rotos o algo similar, salió del interior de
la casa. ¿Qué demonios estaría haciendo
este mocoso? Más vale que al final no
tuviera que pasar dentro porque, si no,
le pondría al chaval las cosas en su
sitio. No obstante, el conductor había
327

atravesado el morro del coche en la
calle y Lino prefirió no hacer caso de
aquel estruendo. Al vehículo le faltaban
siquiera un par de dedos para tocar su
puesto de verduras. Así que Lino meneó
las manos, agitándolas bien arriba, pero
el conductor aceleró de todas formas,
irguiendo el cuello y vigilando el lado de
la furgoneta, mientras con el otro extremo
del parachoques embestía las borriquetas
del puesto de Lino. Este chilló, gesticulando,
y de un brinco se plantó poco menos
que enfrente del coche. Incluso llegó a
propinar en el capó varios manotazos.
— ¡Pare, pare! - Gritó.
328

El conductor entonces pegó un respingo.
Miró enseguida a Lino, atónito, con los
ojos tan abiertos como si hubiera visto una
aparición, aunque justo antes de frenar,
el vehículo dio un pequeño acelerón de
repente. Cuando por fin se detuvo, ya se
había llevado por delante el puesto de
verduras de Lino.
Casi todas las cajas cayeron al suelo. Las
cebollas rodaron, la mayoría de tomates
reventaron o se golpearon, algunos
melones acabaron partidos, clavados en
la arena. Apenas se mantuvieron en sus
cajas unos cuantos pimientos, y hasta las
monedas del cambio se desparramaron
329

por el suelo. Lino se llevó de inmediato
las manos a la cabeza.
— ¡Serás hijo de puta! - Chilló.
No era solo que aquel imbécil le hubiera
hecho perder ventas o varios meses de
trabajo, sino que el holgazán de su hijo
ni siquiera se había dignado en asomar
las narices. Entonces Lino apretó los
dientes y, enfurecido, atizó en el capó
del coche un puñetazo tras otro.
El conductor abrió la puerta sin dilación.
Aunque, antes incluso de que este saliera,
Lino ya había agarrado de entre la
fruta y verdura del suelo uno de los
330

melones que permanecían aún sanos, y
lo levantó por encima de su cabeza.
— ¿Está loco? - Gritó el conductor.
Lino cogió impulso de todos modos. Iba a
hacer trizas la luna de aquel majadero.
Sin embargo, en ese instante descubrió
a su hijo asomado en el portalón de la
casa, apoyado en el marco con una mano
en el bolsillo. Lino retrocedió al verle, y
al recular se escurrió con alguna de las
frutas o verduras desperdigadas por el
suelo. Enseguida trastabilló, renqueando,
y, aferrándose al melón como si pudiera
sujetarse en él, se derrumbó de costado
en la arena.
331

El conductor del cochazo se acercó corriendo
y le tendió la mano a pesar de todo.
— ¿Se encuentra bien? - Preguntó.
Pero Lino no era ningún viejo. No necesitaba
a nadie para levantarse, y menos a
aquel desgraciado. En ese momento,
el maldito repartidor salió del bar de
enfrente, echó un vistazo al espectáculo
y sonrió. Luego entró en su furgoneta.
Lino contrajo la mandíbula, rehilando casi,
y de un guantazo, apartó de sí la mano
que el conductor le ofrecía. El hombre
del cochazo frunció el ceño, y le clavó a
Lino la mirada un segundo. Después, se
dio la vuelta murmurando entre dientes, y,
332

dando un portazo, se metió en el coche.
Lino se incorporó. Todavía aguantaba
el melón en una mano. Diría a su hijo
que llamara a la policía cuanto antes, y
mientras, él impediría que aquellos dos
miserables se marcharan. Ellos arreglarían
todo aquel jaleo. Aunque de repente,
Lino se dio cuenta de que su hijo había
desaparecido del portalón, y cruzaba la
calle, como si tal cosa. Por si fuera poco,
el mangarrián entró en el bar.
El conductor de la furgoneta arrancó
enseguida. Bajó la ventanilla y, riendo,
asomó la cabeza según avanzaba.
Entretanto, el cochazo dio marcha atrás
por donde había venido, pisoteando los
333

tomates, los higos o lo que encontrara en
su fuga. Lino intentó memorizar desde el
suelo el número de ambas matrículas, por
si acaso. Pero le fue imposible. Encima,
su hijo aún permanecía en el bar. La
furgoneta dobló la esquina, se marchó, y
la calle quedó libre por fin. Aunque Lino
ya ni siquiera pretendía ponerse en pie.
Entonces, se percató de que, en la caída,
incluso el melón en el que había intentado
sostenerse se había resquebrajado. Fue
ahí cuando notó el jugo pegajoso del melón
escurriéndole por los dedos y resbalando
igual que una oruga, más allá de la muñeca.
334

Su hijo salió en ese momento del bar.
El chico se quedó parado en la puerta
mientras quitaba el precinto a un paquete
de tabaco, y luego se llevó un cigarrillo
a la boca. Lino no dijo nada. Si bien el
muchacho le miró a los ojos, de frente, y
sin pronunciar palabra alguna, abrió la
puerta del establecimiento y entró otra
vez. De pronto, en cuanto el chaval abrió
la puerta, Lino creyó que del condenado
bar provenía un intenso aroma a café
recién hecho. Y al instante, sintió unas
ganas enormes de vomitar.
335

ALGO ROTO AHÍ DENTRO

A

QUEL CAMARERO NOS ECHÓ DEL BAR POCO MENOS

que a patadas.
Fredi y yo habíamos quedado allí la
noche antes para ver el partido de fútbol
por televisión, pero cuando encajamos el
segundo tanto, Fredi brincó en el acto del
asiento. Agarró la silla y, en un segundo,
insultando al televisor como loco, la atizó
tan fuerte contra el suelo que una de las
patas salió volando despedida. Lo cierto
es que era una de esas sillas baratas de
plástico y la pata no aguantó un trastazo
así. Por suerte no golpeó a nadie, de
casualidad. Fredi y yo nos tronchamos
de risa al instante. Incluso brindamos con
una cerveza. Aunque para el camarero,
sin duda, eso fue la gota que colmó el
vaso.
341

El tipo ya nos había estado llamando
durante todo el encuentro la atención.
Primero nos avisó desde la barra, en cuanto
intentamos encendernos un cigarrillo.
— ¿Qué pasa? - Dijo -. ¿Vais de graciosos?
Aquí no se puede fumar.
Después, apenas nos marcaron el primero,
Fredi pegó un puñetazo en la mesa,
atestada de cañas de cerveza vacías. Uno
de los vasos saltó entonces por los aires,
impactó en el suelo y se hizo pedazos.
El camarero vino a recoger el estropicio,
corriendo, con la cara descompuesta.
342

— ¿Nos vamos a tranquilizar un poquito,
chavales - nos gritó casi -, u os marcháis
por donde habéis venido?
Sin embargo, tan pronto como el tipo se
dio la vuelta, Fredi y yo nos partimos
de risa a su espalda. Ni siquiera nos
molestamos en disimular.
Pero fue el golpazo de la silla lo que le
sacó por completo de quicio. El camarero
dejó una cerveza a medio servir, abandonó
a toda prisa la barra y se nos acercó
chillando como un energúmeno. Se nos
encaró sin bajar el tono, farfullando,
343

con los ojos encendidos, y hasta nos
arrancó las cervezas de las manos. Todo
el bar estaba pendiente. Incluso un par
de metomentodo se unieron a la fiesta
también. Enseguida el camarero nos sujetó
como pudo con la ayuda del otro par
de tipos y, amenazando con llamar a la
policía, nos echó a empujones del bar.
Una vez en la calle, el camarero y los
otros dos se quedaron en la puerta del
local cruzados de brazos, murmurando
en voz alta, mientras esperaban que nos
marcháramos. Fredi trató de enfrentarse
de nuevo con los tres. No obstante, lo
cogí rápido de la camiseta y procuré
detenerlo cuanto antes.
344

— Vamos, hombre. Pasa de estos gilipollas. - Dije.
A pesar de que por fuera yo intentaba
aparentar, en realidad estaba otra vez
muerto de risa.
— Largaos de aquí a tomar por culo,
niñatos - gritó el camarero -, o llamo a la
policía y que ellos se encarguen.
— ¡Estarán ocupados con la puta de tu
mujer! - Contestó Fredi.
El tipo hizo en ese momento el amago
de salir disparado detrás de nosotros,
pero se detuvo al ver que Fredi y
yo retrocedíamos llorando de risa. Al
final, medio reventados ya los dos del
345

cachondeo, dejamos allí a aquel
payaso con la mandíbula desencajada,
y nos alejamos. De todas maneras el
encuentro estaba perdido. Y aquel
idiota, tan fuera de sus casillas como
el capullo de mi padre aquella misma
mañana, cuando volví a casa de fiesta.
La noche anterior, tal cual solíamos, Fredi,
unos amigos y yo habíamos salido a tomar
algo. La mañana se nos echó encima sin
darnos cuenta, y si bien no regresé a
casa demasiado tarde aún, mis padres
ya estaban desayunando en la cocina.
346

Intenté escabullirme sin hacer ruido a mi
habitación. En cambio, apenas me dio
tiempo a cerrar la puerta de la entrada
antes de que mi padre me llamara a gritos.
— ¡Yago! - Chilló.
La inercia era lo único que me tenía en
pie, aunque fui a la cocina de todas
formas y me sostuve apoyado allí en el
marco de la puerta. Tan solo pretendía
mantener los ojos abiertos y conservar el
equilibrio en la medida de lo posible. Pero
a mi padre le faltó desde luego tiempo
347

para ponerme a caldo, mirándome de la
cabeza a los pies, por no haberle ayudado
a cargar las verduras en el furgón.
— Me quedé estudiando - mentí -; tengo examen.
Le dio lo mismo. Siempre había que acatar
sus santas órdenes. Al hombre lo habían
prejubilado haría unos meses y, ahora,
para no aburrirse, se pasaba el día
en un huerto que había comprado años
atrás. En él plantaba melones, lechugas y
no sé qué historias, que vendía después
con mi madre a la puerta de casa. Ni se
molestaba en preguntar siquiera, pese a
que nos tenía a todos pringados con la
tontería del huerto cada dos por tres.
348

Entonces el pesado me insistió para que
desayunara. No entiendo, sinceramente,
por qué me senté a la mesa en mi estado.
Me serví café, con temple, procurando
que no se me cayera, y para poder
pasarlo, me encopeté la taza hasta arriba
de azúcar. Además me temblaba la mano
de semejante modo, que dejé un reguero
blanco por toda la mesa. Creí en serio
que el azúcar sería suficiente, que me
podría contener, si bien se me contrajo el
estómago en cuanto me acerqué el café
a la boca. Salté de la silla al instante.
Ni me dio tiempo de llegar al fregadero
casi. Aunque vomité en la pila lo que
pude, la mayoría se desparramó por la
349

encimera, por el mueble, incluso manché
parte de la pared.
Mi madre no abrió la boca, la pobre.
Pero el anormal de mi padre se levantó
lanzado. Me agarró de la camisa como un
salvaje y, con el gesto retorcido, gruñendo,
me sacó a guantazos de la cocina.
— Vete a dormir la mona. - Me chilló -. Sal de aquí.
Estaba tan furioso que hasta le temblaban
los labios.
Antes de regresar aquella noche de fiesta,
yo ya había quedado con Fredi para
ver el fútbol en algún bar. Así que según
350

el camarero nos echó, y sin opciones
en el partido, decidimos comprar algunas
cervezas y sentarnos en cualquier lado a
dejar pasar la tarde.
Nos hicimos con varias litronas en el primer
supermercado que encontramos abierto,
y buscamos después una calle tranquila,
por la que no pasara demasiada gente.
Fue ahí donde le conté a Fredi el numerito
de la vomitona. El tío se partía de risa
al escucharlo. Se tronchó de tal forma,
que hasta se atragantó con la cerveza y
terminó morado de toser tanto como lo hizo.
— Pero, espera - añadí -, que eso no es
lo peor.
351

Necesitaba tabaco antes de marcharme a
ver el partido con él, conque me acerqué
al bar de enfrente de mi casa a comprarlo.
Iba a salir por el portalón del garaje, pues
mi padre colocaba delante el puesto de
verduras y, quizá por comodidad si tenía
que entrar en casa y salir luego, dejaba
abierto el portón. Entonces, cuando asomé
la cabeza, me encontré el tenderete
destrozado: los pimientos, los tomates, casi
todo estaba en el suelo esparcido aquí y
allí. Un cochazo enorme había arrollado
el puesto de verduras de mi padre. Y
para colmo, el muy bruto sostenía un
melón y se dirigía directo al cochazo con
intención acaso de reventarle la luna.
352

De repente, mientras le contaba a Fredi
la historia de aquel desastre, se nos
acercó un tipo que apestaba a alcohol
agrio y a orín. Estaba escurrido y medio
doblado. Parecía una de esas momias
incas, aunque no sería mayor que
nuestros padres.
— Eh, chavales. - Nos dijo -. ¿Me dais un trago?
— Lárgate. - Contestó Fredi enseguida.
Pero el tipo en ese momento alargó la mano
sin más e intentó alcanzar una cerveza.
Fredi le pegó una guantada en el brazo
y acto seguido se levantó, encarándose
con él.
353

— Vete a tomar por culo, gilipollas. - Dijo.
Me incorporé corriendo de inmediato y,
sujetando del brazo a Fredi, le retiré un
poco hacia mí.
— Tranquilo, chaval. - Respondió el tipo -.
Dadme un traguito al menos.
— ¿Estás sordo? ¡Que te largues!
Fredi empujó al fulano con el brazo que
le dejé libre. El tipo trastabilló hacia atrás,
como si sus piernas fueran de alambre
oxidado, y a duras penas mantuvo el
equilibrio. Luego de improviso se marchó,
farfullando a voces mientras se agarraba
los genitales y nos hacía gestos con la
354

mano alzada. Fredi cogió al instante una
botella de cerveza medio vacía y se la
arrojó al fulano. Le cayó bastante cerca,
aunque no le alcanzó, y la botella terminó
hecha añicos en el suelo; con franqueza,
no creo que Fredi tuviera intención de
atizarle de verdad.
El tipo se alejó por fin, a saltitos, igual
que si caminara por la luna. En cuanto le
perdimos de vista, nos sentamos de nuevo
y Fredi dio a la cerveza un buen trago.
— Menudo capullo. - Dijo.
Enseguida me encendí un cigarrillo y le
ofrecí otro a él. Permanecimos un segundo
355

callados, si bien terminé en
breve de contarle la historia de
mi padre con el melón.
Yo estaba apoyado en el
portalón de mi casa, atento.
Entonces el burro de mi padre se
dirige con el melón a romperle
la luna al cochazo que le ha
destrozado el tenderete. Lo alza
sobre la cabeza y, de pronto,
cuando va a tomar impulso, se
escurre con alguna de las frutas
o verduras desparramadas por
la calle y se cae en el suelo
de bruces. Pero lo más extraño
es que el idiota no intentó ni
levantarse, se quedó allí tirado,
sin soltar siquiera el melón.
357

— Y tú, ¿qué hiciste? - Me preguntó Fredi.
— Nada. - Contesté -. Crucé la calle y
fui a comprar tabaco.
Fredi apenas sonrió de medio lado,
suspirando casi, aunque en absoluto
se giró hacia mí. Bebió un gran trago
de cerveza y me la pasó luego. Yo
di una calada al cigarro alargando la
otra mano hacia la botella. Después, nos
quedamos en silencio los dos.
Sin previo aviso, el mamarracho de antes
salió de quién sabe dónde blandiendo
una estaca. No le vimos hasta tenerle
encima. Pero se abalanzó sobre nosotros,
nos lanzó un golpe con el palo, y de
358

milagro no nos abrió la cabeza a ninguno.
A mí incluso se me escurrió de la mano la
litrona. ¿De dónde coño lo habría sacado?
Nos incorporamos de un brinco y Fredi
embistió en el acto a aquel imbécil, que
a trompicones, aferrándose a la estaca,
terminó de boca por el suelo. El tipo
procuró recuperarse enseguida. No
obstante, parecía un tentetieso mutilado,
y al final volvió de nuevo a caer. Desde
el suelo entonces, nos arrojó la estaca
con sus últimas fuerzas disponibles.
El palo ni de lejos nos rozó. Aunque Fredi
agarró en ese momento la única cerveza
que nos quedaba e, impidiendo con el
359

pie erguirse al tipo, despacio, le vacío la
litrona por encima.
— Aquí tienes tu trago, capullo. - Dijo,
carcajeándose.
El anormal se retorcía gruñendo por
el asfalto, esforzándose en taparse
la cabeza, igual que un gusano que
quisiera perforar una pared. Era la viva
imagen de mi padre, allí tirado en el
suelo, sujeto a un melón resquebrajado
como a un salvavidas, mientras el zumo le
resbalaba por los nudillos y el tipo que
le había destrozado el tenderete huía en
su cochazo, sin disculparse siquiera.
360

De repente, furioso, comencé a golpear
al pobre infeliz. Intentaba de veras
contenerme las lágrimas. Pero le pateé
el estómago, el pecho, le pise los
riñones, hasta que Fredi tiró la botella
de cerveza y me detuvo. Me rodeó con
ambos brazos, apartándome de aquel
tipo de manera inmediata.
— Tranquilo, hombre. Tranquilo. - Me dijo.
Los gemidos del fulano allí encogido
en el suelo parecían venir del interior
de una fosa. Si Fredi no me hubiera
retirado al instante, creo en serio que lo
habría matado.
361

Apenas podía ya reprimir las lágrimas
y, cuando Fredi me separó, agaché la
cabeza, rendido. De hecho, no peleé ni
un segundo por zafarme. Además el tipo
consiguió levantarse del suelo por fin y,
gimiendo y empapado de cerveza, se
marchó en cuanto se puso de pie. Esta
vez no hacía más gesto que oprimirse el
estómago con los brazos cruzados.
Hasta que el fulano no se alejó lo
suficiente, Fredi no me soltó. Luego me
miró derecho a los ojos. Pero aunque
aparté la vista corriendo, tratando de
disimular las lágrimas ante él, Fredi me
pegó con afecto un tortazo en la cara.
362

— ¿Se te ha roto algo ahí dentro? - Dijo
-. No era para tanto, hombre.
Entonces me di la vuelta y, mientras
apretaba los dientes, empecé a caminar
en dirección al supermercado. Tan solo
pretendía mantenerme firme y que Fredi
no me viera llorar.
— Vamos a comprar más cerveza. - Dije.
364

Fredi aceleró el paso y se colocó a
mi altura. Yo seguí andando con la
mandíbula contraída, y, solo después de
que Fredi me diese alcance del todo,
hice algún empeño por sonreír. No sabía
durante cuánto tiempo podría aguantar
sin derrumbarme, la verdad. ¿Pero a quién
demonios le importaba?
365

tenía el rostro destrozado

C

AMINABAN POR EL VIEJO CEMENTERIO , ECHANDO UN TRAGO ,

de un lado a otro a través de las tumbas.
Anochecería en breve. Cosme arrancó
a Márquez de las manos la botella de
ginebra, y pegó un buen sorbo. Pero, en
ese instante, cuando se aproximaban a la
zona del columbario, Cosme se detuvo ante
una de aquellas tumbas como si hubiera
visto una aparición. Por los nombres y las
fechas de la lápida parecían una mujer y
su hijo, un bebé apenas, muertos los dos
el mismo día.
— A veces ocurre. - Dijo Márquez -. Por lo
visto fue un accidente, o algo así.
Aunque en realidad lo que llamó la
atención de Cosme fue la estatua que
adornaba el sepulcro. Se suponía que
la imagen representaba a la Virgen,
371

no obstante, el rostro era idéntico al
de su mujer. Cosme bebió un trago de
ginebra y observó de nuevo la lápida,
con más detenimiento. La tumba estaba
adornada con lirios y tenía grabado un
epitafio: «contigo siempre, sin importar la
eternidad»; ¡y una mierda! Entonces los
ojos de la estatua se hincaron de repente
en los suyos. Cosme saltó hacia atrás con
el corazón en la boca, temblando casi,
y se giró hacia Márquez de inmediato.
— No llevan nada aquí, ya ves. - Continuaba
este -. Mientras los enterrábamos, una
mujer se puso de parto. ¿Qué te parece?
Nosotros echando tierra sobre la madre y
el crío, y aquella otra tía a punto de parir.
372

¡Era increíble! ¿Es que no se había dado
cuenta de nada? Márquez comenzó
de improviso a reírse solo, después
quitó a Cosme la ginebra, y empinó la
botella con ansiedad. Era Márquez quien
se encargaba de mantener limpios los
pasillos del cementerio, abonar los
cipreses y ese tipo de cosas. Conocía a su
mujer, quizá la saludara aún por la calle
si se cruzaban, quién sabe; ¿cómo no
había reparado Márquez en su rostro
cuando instalaron aquel sepulcro? A
Cosme se le aceleró más si cabe el
corazón. Solo había ido al cementerio a
echar un trago y no esperaba encontrar
allí aquella estatua, y menos todavía
que la figura le mirase.
373

En ese momento, pasó a su lado una
anciana vestida toda entera de luto,
con flores en la mano. Cosme comprobó
que la estatua seguía con los ojos
clavados en él y enseguida se dirigió a
la señora. La mujer, sin embargo, apenas
levantó la vista y les saludó; ¿de verdad
nadie se enteraba de lo que sucedía?
Cosme agarró de nuevo la ginebra y
se la llevó corriendo a la boca. Aquella
maldita estatua parecía vigilarle y, desde
luego, no había duda, era el rostro de
su mujer. Cosme se notó la lengua tan
pastosa como si masticara ceniza; tal vez
fuera todo efecto del alcohol. Hoy en
374

cambio solo había tomado un par de
vinos, el dinero no le dio para lujos, y
por eso se había acercado al cementerio.
Sabía que Márquez siempre guardaba
alguna botella en su garita y que le
invitaría a cuanto le pudiese ofrecer. Al
fin y al cabo habían entrado a trabajar
juntos en la fábrica de piensos, cuando
ambos estaban recién casados. Pero
Cosme no contaba, ni que decir tiene,
con descubrir ahora en el cementerio
una estatua con el rostro de su esposa
y que esta, para más inri, le observara.
Volvió a dar un buen trago antes de que
Márquez le arrebatase de las manos la
ginebra.
375

De pronto, la estatua apretó los labios
al tiempo que llevaba un poco hacia
fuera la mandíbula. Cosme casi se
queda sin respiración. Aquello ya era el
colmo. Buscó enseguida a Márquez con
la mirada, si bien este estaba medio en
cuclillas, sosteniendo la ginebra con una
mano, mientras arrancaba con la otra
unas hierbas que habían crecido al pie
del sepulcro. ¿Acaso se estaba volviendo
loco? No obstante, aquel gesto le era de
sobra familiar, Cosme lo había visto en
tantas ocasiones que apenas podía ya
soportarlo.
376

Aunque no daba crédito siquiera. ¿Quién
iba a creerle si lo contaba? De hecho,
ni Márquez parecía ser consciente de
lo que ocurría allí delante. Dirían que
era la alucinación de un borracho, de
un trastornado, o quién sabe qué. Pero
aquella maldita mueca era inconfundible.
Su mujer le había dedicado ese mismo
gesto cada vez que él había perdido un
trabajo, cuando tuvieron que pedir dinero
a su cuñado el mayor para salvar la
casa, en aquel cumpleaños de su chaval
en que destrozó la tarta de un manotazo
frente a todos los allí reunidos, incluso la
377

noche anterior a que Cosme se levantara
solo y comprobase que la casa se había
quedado vacía.
Lo cierto es que la situación tampoco iba
mucho mejor ahora. Cosme dependía de los
trabajos esporádicos que le ofrecían los
servicios sociales del ayuntamiento: empleos
de limpieza, desbroce de terrenos y cosas
así. Era una deferencia del consistorio
hacia él, por ser su familia del pueblo de
toda la vida. Además su hermana le daba
de comer y le dejaba dormir en casa. El
alcohol era sin embargo tema aparte. Ahí
estaba la razón de que Cosme hubiese
ido al cementerio a ver a Márquez,
pues, en tanto esperaba alguno de los
378

puestos que el ayuntamiento de tarde
en tarde le prometía, tenía que buscarse
las mañas para conseguir un trago.
Una vez en el cementerio, y tras varios
lingotazos de ginebra, Márquez le dijo que
debía hacer una ronda de comprobación
por los sepulcros.
— Tengo que asegurarme de que nadie
se ha levantado. - Sonrió.
Cogieron la botella que Márquez guardaba
junto a algunos rasillones, un pico, una
pala y demás herramientas en su garita,
y se pusieron en marcha. No tardaría en
anochecer. Caminaban entre las lápidas,
379

bebiendo, de una tumba a otra bajo
la sombra de los cipreses. Aunque justo
antes de llegar a la zona del columbario,
Cosme se topó de bruces con aquella
condenada estatua. La piedra mantenía
sus ojos plantados en él y su asquerosa
mueca sacaba a Cosme por completo de
sus casillas.
Sin previo aviso, Cosme se subió al
sepulcro, con decisión. Ya era suficiente.
Iba a arrancarle a la estatua aquella
cochina mueca de la cara. Pero según
puso los pies en la lápida, Márquez le
agarró enseguida del brazo.
380

— ¿Qué haces? ¡Imbécil! - Gritó.

— ¿Qué haces? ¡Imbécil! - Gritó.
Le zarandeó tan fuerte como pudo,
mirando a uno y otro lado, sin soltar la
botella de ginebra, y volvió de nuevo
a tirar. Cosme trastabilló en ese preciso
instante. Se sujetó a Márquez corriendo
y, a punto de perder el equilibrio, bajó
de la tumba.
Ya en el suelo, Cosme intentó separarse de
Márquez a empujones, si bien este no se
retiró. Ambos forcejearon. Sus movimientos
eran lentos, vacilantes, como si fueran dos
artríticos acarreando un ataúd, hasta que
la ginebra rodó por el suelo y los dos
382

se apartaron de inmediato. Márquez se
apresuró a recoger la botella. Confirmó
que permanecía intacta y sin más tomó
impulso para embestir a Cosme lleno de
rabia. Cosme se tambaleó, tratando de
aferrarse a cualquier sitio, sin embargo,
tan solo arrastró con él las flores del
sepulcro que tenía delante, y se desplomó
en el suelo.
— La próxima vez le vas a mendigar un
trago a la puta de tu hermana.
Márquez le lanzó un salivazo. Pegó después
un buen sorbo de ginebra y se marchó.
Por un segundo, Cosme se sintió igual
383

que si hubiera caído, borracho, en su
propia fosa. Desde allí, los cipreses del
cementerio parecían el techo de una
cripta enorme. Cosme se fijó rápido un
momento en el charco de alcohol que
había dejado la botella en el suelo al
caer y luego se incorporó un poco. La
estatua seguía observándole, de frente,
con una mueca aún si cabe más odiosa.
Entonces Cosme se levantó en el acto.
Se dirigió renqueante a la salida del
cementerio, limpiándose el escupitajo con
la manga. Pero los ojos de aquella jodida
estatua se le clavaban en el cogote,
podía sentirlo, aunque Cosme no se dio
la vuelta y, por fortuna, ni siquiera se
cruzó con Márquez al salir.
384

No fue muy lejos. El cementerio se hallaba
separado del centro del municipio apenas
por la carretera que atravesaba la
localidad, y varios bloques de apartamentos,
cuyas ventanas tenían vistas a las tumbas,
se elevaban incluso en el lateral aledaño
a la zona de nichos. Así que Cosme se
mantuvo por allí cerca, rondando. Con
suerte quizá encontrara a algún conocido
que le invitase a un trago y, quién sabe,
tal vez hasta tuviera noticias de cualquier
cosa sobre aquella maldita estatua con
el rostro de su mujer.
De repente, Cosme se topó con dos
chavales sentados en el escalón de un
portal. Se pasaban una litrona de mano en
385

mano y tenían varias más en la acera
junto a ellos. Eran jóvenes y sus padres
les esperarían en casa, seguro, con la
mesa puesta y una cena caliente. Cosme,
en cambio, había tenido que mendigarle
a Márquez un poco de ginebra, y notaba
los párpados cansados y la boca llena
de almíbar reseco. Si bien se acercó a
los chicos de todas formas.
— Eh, chavales - les dijo -, ¿me dais un trago?
— Lárgate, imbécil.
Cosme, no obstante, intentó alcanzar
como si nada una de las cervezas. Pero
el chico que estaba más cerca de él se
386

incorporó de inmediato. Se le vino encima
enseguida, y se le encaró.
—Vete a tomar por culo, gilipollas.
Cosme apoyó al instante la mano en el hombro
del joven, con calma. El muchacho estaba
igual de frío que una estatua de mármol.
— Tranquilo, chaval. - Le dijo -. Dadme un
traguito al menos.
Y de pronto, el chico atizó a Cosme un
empujón, con tal fuerza, que este trastabilló
varios pasos hacia atrás. Cosme se mantuvo
en pie de milagro. Joder, ¿es que nadie
387

había enseñado a aquellos mocosos a
respetar a los mayores? Entonces, en
cuanto Cosme recuperó de nuevo el
equilibrio, se alejó de ellos.
— Esto no va a quedar así, niñatos. - Gritó
-. No va a quedar así.
El chaval que le había empujado agarró
rápido una de las botellas de cerveza
y se la lanzó corriendo. Cosme creía
estar bastante retirado, aunque apenas
la vio llegar, y el cabrón estuvo a punto
de abrirle la cabeza. A Dios gracias, la
botella estalló a su lado sin tocarle.
388

Cosme se apresuró en el acto a buscar un
contenedor de basura. Si su padre no les
había dado nunca una lección a aquellos
dos gilipollas, él se la daría, desde luego.
Cosme abrió el contenedor nada más
localizarlo, metió dentro casi medio cuerpo
y, hurgando entre los desperdicios, reparó
en lo que parecía la pata de una silla
de madera. Eso podría servirle, sí señor.
Cogió la pata de la silla y, sin cerrar el
contenedor siquiera, se dirigió volando
a por aquellos malnacidos. Habría dado
cualquier cosa por un trago en ese momento.
Cosme rodearía a los dos desgraciados
389

por la calle de atrás, así
los cogería desprevenidos y no
podrían defenderse.
Se asomó por la esquina después
y observó un segundo a los
chavales. Los chicos se reían a
carcajadas, despreocupados,
pasándose la botella del uno
al otro. Aunque sin más, uno de
ellos se quedó petrificado de
pies a cabeza. Cosme pegó un
respingo al instante; allí clavado,
absorto, aquel imbécil parecía
idéntico a su mujer. Casi no podía
creerlo. El chico permanecía
inmóvil, con la cerveza en la
mano, y su mirada era tan rígida
391

como la de aquella maldita estatua del
cementerio. Cosme ahora se convenció.
Sujetó con firmeza la pata de la
silla, y se acercó a los muchachos a
todo correr. Alzó el madero sobre su
cabeza. Sin embargo, justo cuando
iba a propinar el golpe, los mocosos
le descubrieron. Los dos chavales se
levantaron enseguida de un brinco, y
Cosme, medio a trompicones, descargó
al aire el estacazo. Entonces uno ellos le
embistió sin mediar palabra. Cosme estiró
los brazos e intentó pararle así, pero el
chico le lanzó de bruces contra el suelo.
392

Cosme trató de incorporarse lo antes
posible. Sentía que la calle se balanceaba
de aquí allá y, a pesar de ayudarse con
los brazos, apenas enderezó la espalda
lo suficiente. Arrojó en cambio a los
chavales desde el suelo la pata de la
silla, si bien no rozó ni de lejos a aquel
par de miserables.
A continuación, uno de ellos enganchó
arrebatado una botella de cerveza y
se plantó ante Cosme. El niñato tenía sin
duda la misma expresión que su mujer,
firme, igual que aquella condenada
estatua del cementerio. De pronto el
393

chico empujó a Cosme con el pie. Lo
oprimió contra el asfalto y le vació la
botella por encima, del todo.
— Aquí tienes tu trago, capullo.
Cosme procuró taparse la cara, darse
la vuelta, no obstante, el otro chaval
comenzó a patearle de inmediato.
Cosme encogió el cuerpo sin dilación.
Se protegió la cabeza con los brazos
cuanto pudo. Aunque le llovían golpes
a diestro y siniestro en las costillas, en
las piernas, en el estómago. Le costaba
incluso sollozar y hubiera jurado que los
sonidos le llegaban desde el interior de
una fosa, como el retumbar de la tierra
394

cayendo sobre su propio ataúd. Pero
en ese instante aquellos desgraciados
se detuvieron de repente.
Cosme temblaba de arriba abajo,
chorreando cerveza, mientras un pinchazo
agudo le atravesaba el pecho de un
extremo a otro. Casi ni era capaz de
moverse. Sin embargo, alzó la vista
hacia aquellos malnacidos. Uno de los
chavales atenazaba con ambos brazos a
su compañero, en tanto este, apretando
los labios, arrastraba la mandíbula un
poco hacia fuera. Cosme entonces
reptó hacia atrás en el acto. ¿Cómo era
posible? Esa jodida mueca era clavada
a la de su mujer, convencido, la misma
395

que le había dedicado aquella condenada
estatua del cementerio. Cosme no podía
creerlo de veras, tenía que hacer algo.
Se puso de pie, renqueando, medio
encogido todavía, y se marchó. Los
chicos parecían haberse olvidado de él.
Cosme siguió hacia delante, empapado de
cerveza y con el cuerpo molido, como si
se hubiera levantado de una borrachera
de toda una semana. Aunque ni siquiera
miró de reojo a esos dos bastardos, no
le hizo falta. Conocía de sobra aquel
maldito gesto. En ese momento Cosme
lo vio claro. Aceleró el paso cuanto le
dieron de sí las piernas, derrengado,
396

con las manos apretadas en los riñones,
y se dirigió al cementerio enseguida.
En breve sería de noche por completo.
Cosme sabía que el cementerio estaba
cerrado ya, si bien la puerta no tenía
una altura excesiva, y los adornos
de la reja podrían quizá ayudarle a
escalarla. No obstante, aquellos dos
cretinos le habían dejado hecho polvo.
Cosme estaba calado de cerveza hasta
el cogote, los riñones le quemaban y, en
ocasiones, una punzada le cruzaba el
pecho de parte a parte. Pero con todo
se encaramó a la reja. Apoyó el pie en
uno de los adornos y, tomando impulso,
397

descansó el cuerpo en la pared donde
se fijaba una de las hojas del portón
de entrada. Así pudo pasar Cosme las
piernas al otro lado.
Una vez dentro del cementerio, se
encaminó de inmediato a la garita de
Márquez. Comprobó que no había nadie
asomado en las ventanas de los pisos
contiguos y, sujetándose los riñones,
pateó la puerta tan fuerte como el
dolor le permitió. La chapa de la puerta
retumbó entonces igual que si el trastazo
procediera del fondo de una cripta.
Cosme en cambio intentó dar de nuevo
con alguna luz en los bloques de pisos, y,
después, continuó golpeando la puerta
hasta que esta cedió.
398

Luego entró en la garita, encendió la luz
y revolvió cualquier cosa que pudiera
servirle. Pegados a la pared había varios
sacos de cemento y rasillones, un pico,
una pala, algunas cuerdas. El pico sería
lo mejor. Cosme lo cogió y, tanteando
su peso, se acercó enseguida a la mesa
de Márquez. Apenas había por encima
algún papel. Sin embargo, Cosme abrió
corriendo el cajón donde Márquez solía
guardar la ginebra. Dejó el pico en
el suelo apoyado en el mueble, y a
pesar de sentir la lengua apelmazada,
grumosa, enganchó la botella de todos
modos y dio un buen trago. Acto seguido
cerró la ginebra y se la guardó entre el
cuerpo y la cintura del pantalón. Agarró
también una linterna que localizó en el
399

cajón y se la llevó consigo. Se
echó por tanto el pico al hombro
sin más y, estirando los riñones,
apagó la luz y salió fuera de
la garita.
Cosme se aseguró ahora otra
vez de que no había nadie
asomado a las ventanas de
los pisos aledaños, y buscó al
instante aquella condenada
estatua por el cementerio. Iba a
borrarle de la cara esa jodida
mueca de un plumazo. Deambuló
entre las lápidas, medio perdido,
iluminándose aquí y allá con la
linterna, y el pico al hombro.
Bajo la escasa luz, lúgubres,
los cipreses parecían formar
401

sobre las tumbas la bóveda de un gran
mausoleo. Cosme enfocaba de un sepulcro
a otro con la linterna mientras caminaba.
Cada dos por tres, se detenía además
en mitad del cementerio, tiraba el pico
en cualquier lápida y, tras estirar un
poco los riñones, pegaba un lingotazo
de ginebra antes de proseguir.
Cuando por fin encontró la estatua,
Cosme le alumbró el rostro con la linterna.
Aquellos ojos de mármol parecían mirarle
de frente a través de la luz y, para colmo,
la imagen aún mantenía imperturbable
los labios apretados y la mandíbula un
tanto hacia fuera, la misma expresión
odiosa que Cosme había visto multitud
402

de veces a su mujer. Aquel gesto era
inconfundible. Cosme arrojó al segundo
el pico sobre la sepultura y, a toda
prisa, tomó la ginebra después y empinó
con ansia la botella.
Acto seguido enfiló la luz al epitafio:
«contigo siempre, sin importar la
eternidad». ¡Y un cuerno! Cosme soltó
rápido la linterna y se subió en la tumba, a
rastras casi. La estatua clavaba sus ojos
fijos en él, pero Cosme, balanceándose
y con las piernas flojas, se plantó en
cambio cara a cara ante la imagen. Más
tarde se llenó la boca de ginebra hasta
que no le cupo dentro una gota de
alcohol. Y de improviso, sin aguantarse
403

la risa apenas, le escupió el líquido a
la estatua en pleno rostro.
Cosme se carcajeó entonces a sus anchas,
apretándose sin embargo el estómago
para soportar el dolor que le habían
causado aquellos dos malnacidos. Aunque
de inmediato, tratando de contener la
risa en lo posible, se enganchó de la
botella a la mínima oportunidad. Los
ojos de la estatua le parecieron de
repente más repugnantes aun si cabe.
Así que en ese momento Cosme estampó
la ginebra sin dudar contra la cabeza
de la escultura. La botella reventó en
404

mil pedazos, pringando de alcohol no
solo la imagen, sino a Cosme también, y
salpicando la ginebra por todo el sepulcro.
Cosme se tronchó de nuevo a risotada
limpia, sujetándose el estómago con los
brazos, medio encogido. A continuación
se dio la vuelta y se agachó poco a
poco, vacilante, si bien se tambaleaba
de tal forma, que plantó las rodillas
en el mármol empapado de ginebra y
arrastró las manos por la losa hasta
llegar al pico allí junto a él. Una vez
lo alcanzó, se incorporó con cuidado.
Enarboló enseguida la herramienta y
405

golpeó el rostro de la estatua sin la menor
dilación. Los trozos de piedra saltaban
disparados y los estacazos resonaban
entre las tumbas mientras Cosme, pese a
desternillarse de risa y mantener a duras
penas el equilibrio, picaba tan implacable
como era capaz. Ni siquiera se percató
de que varias ventanas se iluminaron en
los pisos aledaños al cementerio.
Aquellos dos desgraciados le habían
dejado los riñones hechos polvo. No
obstante, Cosme no cesaba de atizar
con el pico a la estatua, sin parar de
reír. La piedra era por su parte tan dura
que Cosme cogía impulso y acometía con
todo el cuerpo, aun cuando las rodillas
406

le flaqueaban y casi ni podía levantar
el pico por encima de su cabeza.
Cosme cargaba sin descanso, una y otra
vez. De pronto, llevó el cuerpo hacia
atrás en un nuevo ataque, pero en tanto
alzaba el pico sobre su cabeza, pisó en
el borde mismo del sepulcro. El alcohol
que regaba la losa le hizo escurrirse
en una abrir y cerrar de ojos y perder
el equilibrio por completo. Cosme poco
menos que pudo soltar la herramienta e
intentar aferrarse sin éxito a cualquier
sitio. Cayó de costado, manteniendo un
pie en la tumba hasta el último instante,
y aterrizó con la cabeza de lleno en la
sepultura contigua.
407

Quedó tirado en el suelo, con el cuerpo
retorcido entre las dos lápidas, como si
se hubiera precipitado desde un octavo
piso. Una mancha de sangre se escurría
por la tumba hasta el charco que se
formaba con lentitud bajo la cabeza
de Cosme. Ahora, el cementerio había
vuelto a su paz anterior.
El ladrido de un perro se escuchó
entonces en la distancia, al tiempo que
el aire nocturno mecía descompasado
los cipreses. Sin embargo, la estatua
apenas conservaba intacta en la cara la
barbilla, un ojo medio agujereado y parte
del pómulo de ese mismo perfil. Tenía
el rostro destrozado casi por entero.
408

EL TIEMPO ESTÁ PRÓXIMO 

N oel P é re z B re y / 2016

NOTA DE EDICIÓN
L AS

FOTOGRAFÍAS QUE SE HAN UTILIZADO PARA EL

DISEÑO DEL INTERIOR DE ESTE LIBRO PERTENECEN A

A LFONSO V ILA F RANCÉS ( PÁGINAS
22, 36-37, 72, 100-101, 114, 138139, 144-145, 154, 160-161, 198,
214-215, 252, 264-265, 282-283,
290, 312-313, 340, 356-357, 370,
390-391 Y 400-401) Y Á NGEL M UÑOZ
R ODRÍGUEZ (18-19, 55, 68-69, 99, 110111, 135, 150-151, 185, 194-195,
237, 248-249, 273, 286-287, 311,
336-337, 363, 366-367, 381, 410411),

LOS FOTÓGRAFOS

415

SOBRE EL AUTOR
N OEL P ÉREZ B REY (T OLEDO , 1979). L ICENCIADO
EN F ILOLOGÍA H ISPÁNICA Y EN A DMINISTRACIÓN
Y D IRECCIÓN DE E MPRESAS . R ESPONSABLE DE LA
R EVISTA L ITERARIA V ISOR , ESPECIALIZADA EN LOS
DISTINTOS ASPECTOS DEL RELATO CORTO . F INALISTA
EN EL P RIMER C ONCURSO DE RELATOS BREVES
E NRIQUE G ALLUD J ARDIEL (2016, A LICANTE ).
T ERCER PREMIO EN EL XI C ONCURSO DE R ELATO
B REVE DEL M USEO A RQUEOLÓGICO DE C ÓRDOBA
(2014, C ÓRDOBA ). E LEGIDO COMO UNO
DE LOS T ALENTOS 2013 POR EL DIARIO E L
P AÍS . S ELECCIONADO EN LA I C ONVOCATORIA
A C OLABORADORES DE LA REVISTA L ITERATOSIS
COMO UNO DE LOS TEXTOS DESTACADOS EN SU
CALIDAD POR LA COMISIÓN ORGANIZADORA

M ONTEVIDEO ). A CCÉSIT
DE R ELATOS C UENTOS

EN

EL

JUNTO

(2013,

VII C ONCURSO
A LA L AGUNA

416

(2011, B ERRUECO , Z ARAGOZA ). P RIMER PREMIO
DE NARRATIVA EN EL I PARRAGUIRRE S ARIA DE 2008
(Z UMARRAGA -U RRETXU , G UIPÚZCOA ). F INALISTA EN
EL I C ERTAMEN L ITERARIO A POLOYBACO (2006,
S EVILLA ). S U RELATO M ANZANAS FUE PUBLICADO EN
LA SELECCIÓN DE RELATOS E L CUENTO , POR FAVOR
(E DICIONES Y T ALLERES DE E SCRITURA C REATIVA
F UENTETAJA , M ADRID , 2007), Y , POSTERIORMENTE ,
SU TEXTO E N PIJAMA Y MEDIO DESCALZO , INCLUIDO
EN ESTE LIBRO , APARECIÓ EN LA C OLECCIÓN N ORAY
(E DITORIAL B ERMINGHAM , D ONOSTIA -S AN S EBASTIÁN ,
2009). S U RELATO A LGO ROTO AHÍ DENTRO
( TAMBIÉN PUBLICADA EN ESTA OBRA ) HA SIDO
INCLUIDO EN LA ANTOLOGÍA G ENERACIÓN S UBWAY R ELATO BREVE (P LAYA DE Á KABA , M ADRID , 2015).
C OLABORADOR CON DIVERSOS CUENTOS Y ESTUDIOS
CRÍTICOS EN DISTINTAS REVISTAS LITERARIAS .
417

ÍNDICE

P RÓLOGO

DE

J UAN C RUZ L ÓPEZ

4

EL FRÍO DE LOS MUERTOS

23

FOTOGRAFÍAS

73

EN PIJAMA Y MEDIO DESCALZO

115

COMO HACEN LOS HOMBRES

155

PIDE UN DESEO

199

LO HABÍA PROMETIDO

253

UNA CALLE DEMASIADO ESTRECHA

291

ALGO ROTO AHÍ DENTRO

341

TENÍA EL ROSTRO DESTROZADO

371

N OTA DE EDICIÓN
S OBRE EL AUTOR

415
416

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L A GUERRA AJENA
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RARO

R ABIA
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J OSÉ A NTONIO F ERNÁNDEZ S ÁNCHEZ
P ARA QUÉ SIRVE J ORGE B ARCO
P ARADOJAS DEL CONSERJE
J OSE M ARÍA M ARTÍNEZ
V ÍSPERAS DE CASI NADA
J OSE L UÍS M ARTÍNEZ C LARES
E L CHICO QUE SE PEINABA CON UN REVÓLVER
J ORGE H ERAS G ARCÍA

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A NTONIO B ÁEZ
[D ES ] ENCAJADOS
A NTONI V AÑÓ
L UNES DE SOL POR LA MAÑANA
C HRISTIAN J. K ANAHUATY
A RAS DE SUELO
A LFONSO V ILA F RANCÉS
C UENTOS DESORDENADOS
B ERNARDINO C ONTRERAS

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