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“Desde momentos encapsulados”, de Francisco Escobar Priegue © 2013 Francisco Escobar Priegue (poemas) © 2013 Bitxo (ilustraciones) Prólogo de Layla Martínez Todos los derechos reservados. Editado digitalmente por Groenlandia con permiso de su autor. Directora: Ana Patricia Moya Rodríguez Corrección: Ana Patricia Moya Rodríguez Maquetación: Ana Patricia Moya Rodríguez Diseño: Bitxo (portada, contraportada e ilustraciones de interior) / Ana Patricia Moya

Depósito legal: CO 109-2013 Córdoba \ Avilés, 2013
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Y las vísceras, como todo el mundo sabe, son un mapa del universo.
Javier Calvo

Hay libros que son mapas. Mapas de lugares que se expanden y se contraen y estallan. Como el universo. O como la disposición de los órganos debajo de la piel. Porque, al fin y al cabo, la disposición de los órganos debajo de la piel es un mapa del universo. Desde momentos encapsulados es uno de esos libros que en realidad son mapas de lugares que estallan. De lugares fríos que duermen durante años hasta que algo hace que estallen. De lugares húmedos situados debajo de las ciudades que respiran algo similar al oxígeno pero que no es oxígeno porque hace que nos ardan los pulmones. Priegue conoce esos lugares y escribe poemarios que se van desplegando como se despliegan los mapas: haciéndose cada vez más complejos pero
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también más comprensibles. Poemarios que avanzan con una cierta timidez al principio pero que van creciendo según pasamos las páginas, que van cobrando fuerza y seguridad, como si supieran del incendio con que termina el poemario, de las explosiones que son capaces de provocar debajo de la piel. Recuerdo que la primera vez que lo leí, pensé que Priegue había dibujado en él el plano de una habitación fría y oscura, pero que esa habitación contenía también mucha belleza, porque a veces la belleza es fría y oscura: “ Es la ceguera / que no

me deja ver lo que traes contigo. / Entre tanta penumbra no estoy a salvo” .
Después me di cuenta de que no era cierto, de que el poemario no era el plano de una sola habitación, sino de muchas. O de la misma habitación en muchos momentos diferentes, como si los verdaderos mapas no fueran los que reproducen la superficie de un lugar en un
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momento determinado, sino los que captan también lo que ese lugar ha sido y lo que será. Como si el plano real de una casa o de una habitación no fuese el que recoge las medidas de las paredes o la ubicación de las puertas y las ventanas, sino el que refleja los recorridos de las personas que la han habitado, los lugares donde han dormido, las veces que han abierto la ventana. Por eso los poemarios son los auténticos mapas. Por eso el autor despliega el suyo y nos muestra todos los planos superpuestos, todas las personas que lo han habitado, todos los momentos en que el amor ha dolido y todos en los que ha curado: “ Quiero

escribir en tus labios todo lo que existe, / reinventar un mundo, escoger un punto de partida. / Siento el palpitar de tu presencia en la nieve, / pues viniste / del frío absoluto”.
Esa primera vez que leí el poemario también pensé que cuando Priegue hablaba de amor, de alguna manera abría una de las puertas de esa habitación que había dibujado. Una puerta que dejaba pasar la
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luz pero también dejaba salir el calor. En el poemario, el amor se entiende como una pérdida que se repite, que nos deja sin aire una y otra vez. Como caminar con los ojos vendados por el bosque, golpeándonos con los troncos de los árboles y arañándonos los brazos con la maleza. Como buscar un interruptor a oscuras en una casa que no conocemos. Por eso, sus poemas tienen algo de susurro, algo de oración, como los murmullos que son arrastrados por el viento los días de tormenta. Quizá porque están escritos para alguien, pero a la vez hablan directamente al lector como si ese alguien pudiésemos ser cada uno de nosotros. Quizá porque con ellos no existe la posibilidad de establecer distancia, de que el poeta sea alguien lejano que escribe sin mancharse las manos.

Desde momentos encapsulados me llegó en un
sencillo documento de word y lo primero que pensé al abrirlo es que esos poemas cortos y sin título se refugiaban en una esquina de la página,
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como si el espacio en blanco fuese tan importante como el texto. Luego lo leí y pensé en planos y en mapas que se despliegan, pero supe que mi primera intuición también había sido acertada, que los espacios en blanco son importantes porque es el lugar que el autor nos deja para que lo habitemos, porque son los espacios que podemos recorrer. Porque el lector forma parte también de esa infinidad de mapas superpuestos que conforman el libro. Al fin y al cabo, eso deben ser los buenos poemarios: un mapa de lo que llevamos debajo de la piel.

Layla Martínez
(Madrid, Enero de 2013)
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Da vértigo aprender qué pasa, el tiempo (mañana no vendrá la que hoy te fuiste) se evapora y los besos que no atreves como versos que olvidas anotar. RODRIGO OLAY

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E n las venas de esta mano están mis poemas,
ensangrentados y tibios, sujetos por hilos como marionetas. Te dan la bienvenida mientras aguardo hundido en la miseria, observándote desde las barricadas de los días y de las noches. Estoy en guerra con mis sentimientos, lanzando cócteles molotov sobre mi tejado. Sopesando te abro la puerta.

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Estoy a un salto de ti.
Bato mis alas a tu alrededor y desciendo frenéticamente bombardeando tu luz, envolviéndola en una triste distracción. Tengo en mi espalda mi voz preguntándome interminablemente si te puedo guiar, si te puedo amar. Caigo en picado en tu cabeza pero no te golpeo. Estoy cegado por tu amanecer de venas eléctricas / unidas a mí. Estoy pensando en esa gran conexión…

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Quiero escribir en tus labios todo lo que existe,
reinventar un mundo, escoger un punto de partida. Siento el palpitar de tu presencia en la nieve, pues viniste del frío absoluto. No habites la cima de una angosta montaña, acércate a mí y yo te habitaré donde nacen el mar y las gaviotas.
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Mi nombre
son todas esas personas que ves, una aquí, otra allá, todas dispersas por la calle. Pasean muy ajetreadas por las firmas, por la plaza. Por tus oídos al escuchar mi nombre.
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Al describirte sobre una hoja de papel
salen chispas, colores estriados, palabras que se pavonean ante tu reclamo. Podría describirte, tal vez, como me indica el viento, pero no soy una veleta sino un pavo real mostrando alegre su plumaje. Mostrando alegre los besos que acuden volando a ti.
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Pero…
¿Qué es eso que tanto suena? ¿La canción del verano? ¿El buzón de voz del móvil? ¿El iPod a todo volumen? Son mis susurros conquistando tus oídos.
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No sé por qué,
ahora busco tu mirada del mediodía, tus nudillos al picar en la puerta de mi habitación, constelaciones brillando en tus labios. (Tatuándome los ojos con tesoros rutinarios). Busco lo que quiero ver y veo lo que quiero buscar: Tu sombra, tú y yo a la vuelta de la esquina.
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Trazo una línea recta
desde mi boca hasta tu boca para atraernos velozmente como los polos opuestos de dos imanes. Sólo una chispa muda de promesas electrocutadas podría hacernos desaparecer entre las sombras, entre nosotros mismos. (Los imanes comienzan a repelerse).
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No fue un accidente,
me arañaste el pecho y te escondiste bajo la cama con la gata. No sabía nada de tus tendencias felinas.
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Pero me dijeron
que lo degustara todo muy despacio, la mínima posición de mis labios en el reloj de tu piel, un memento tuyo… La camiseta que me regalaste está deshilachada, eso sí que no puedo degustarlo. No soy capaz de deshacerme de ella, no urge, porque puedo olerla, huele a ti, al mismo tiempo que a tragedia.
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L os colores de esta bandera
no expiran en la portada de un poemario tatuado por flamencos y disfraces.

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No puedo abarcar
tu crujiente mirada con la palma de la mano, me pides que te lama el rimel, los ojos rompiéndose a cámara lenta. Quiero tenderte las pestañas, una a una, con esta / pinza que tengo entre los dientes, retorciéndose con las / astillas, prudentemente, hasta quebrar la órbitas. Extiende el iris hacia el Sol – que vea el esplendor de la perla –. Te voy a dibujar mi cara en el cristalino. Mírame a la cara, sólo te pido eso.
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A veces sueño que no se hace de día,
y tu cuerpo y mi cuerpo, el Sol en eclipse total. Un rayo colateral, mínimo, casi el ocaso alumbra / tu cara. Necesito que me vislumbres en tu cuarto desnudo de muebles, sin cosas desperdigadas por el suelo. Las sábanas me dieron la espalda, contigo llegó la locura, la explosión, el deshielo. Tuve que esperarte fuera de tu casa con improperios en las manos por tu falsa llegada a una estación podrida de extraños. Una estación que hoy muere en mi cama, insomne al anochecer.
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Me vi entre la espada y la pared
y en ese momento se abrió el portal. Entre el diluvio apareció tu cara, un humo que tuve que enfrascar para que no huyese como liebres por el patio de luces. Luego llegó la oscuridad una cesura sin ti.
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Comienzo a rememorar caras en la distancia
sin que tu búsqueda me dé cobijo en el momento justo de mi huida. Corro muy deprisa para que tus manos no me / alcancen por una ruta trazada por el desabrigo. Donde tú no estés estaré yo. Justo donde tu vista se evapora. Allí mismo.

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Te quiero peldaño a peldaño húmedamente.
Si sólo pisas el escalón correcto te equivocarás en el mismo momento en que lo hagas. No sé si describo con exactitud las huellas que lloran en la capucha del anorak o si resisto bien esta nieve que me quema. Porque soy un error que te subsume, un cosmos perdido que ya no sirve.
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A las once menos cinco de la mañana
se reblandece tu silueta, presumes de ese ojo invisible que hoy me observa, del pretérito indefinido y esa larga lista de días verbales. Te encuentras huyendo de los circuitos neuronales hacia un día que ya no regresa. Y espero. Tanto como a ti te apetezca.
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Déjame buscar entre los archivos del iPod
una sonrisa o un deseo que aún no esté mustio. Porque aunque no lo sepas estamos cerca, no unidos, pero cerca. Coloco las huellas dactilares en la pantalla sabiendo que así me consolaré y quedaré / conforme con cosas superfluas aunque yo no te mire y tú me arrastres.
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Se refractaron los segundos en mi reloj derretido,
cayeron, murieron ebrios, taciturnos. Tuve que esperar una eternidad y parte de otra para que tus ojos me desdibujaran entre las farolas. Me desmenuzaban los minutos, era pasto de las horas. Reías junto a las agujas del reloj. Embustera. Cada instante era un destino sin rumbo fijo. Traté de parar el tiempo. Traté de pararte a ti.
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Me he hecho una raja en el dedo
al cortar mis palabras con un cuchillo. No es por la sangre, pero hay una mancha en la moqueta. Son mis poemas muertos: un filicidio del cual soy presunto asesino.
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Rebaño el sudor
con la cara opuesta de la mano porque todo da igual si el calor me muerde. Hoy cenaré palomas achicharradas por el bochorno extraño de mi frente.

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L os colores de esta bandera
relatan tu pasado enraizando burbujas en la selva de lo innombrable.

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Nos
estamos moviendo hacia el pasado, volviendo hacia la memoria. Antes todo tenía color, quiero recuperarlo para los dos. Todo estaba muy claro, gritaba tu nombre desde la ventana y sabías que cuando girabas la cabeza se levantaban templos en mi cuerpo. Desearía conservar ese momento.
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Llegará al buzón escogido
una cartulina doblada con estrés, una herida empapada de Betadine, unos ojos de lana entre las manos, un cabello holgado con firmeza. Desde momentos encapsulados nacerá un crujido de la palma a la calma.
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Es la cercanía de tenerte lejos
la que me hace recrearte en cada instante que cobra vida, en cada pisada fortuita de mi pensamiento. Y te extraño. Desearía que supieras que te espero con un peregrinaje de palabras, abierto como la única ventana de una habitación que respira.
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D irectas a mis ojos
van dos manos vetadas por gente que hoy ya no escribe versos. Saben sólo ellas que por ti no resisto, no transito, despisto mis lágrimas de papel directas a mis ojos.
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Me haría mucha ilusión
bombear mis poemas en un quirófano. Ésos que hablan de ti y de nostalgia. Vuelven a unirse a la taquicardia con la que dormía las pocas horas en que cuajó la sangre. (De eso hace ya varios años).
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Si el lenguaje fuera líquido*
nos llevaría su marea calle abajo para anegarnos cada vez que nos expresamos, como si al servirte un vaso de agua te regalara una conversación. El vaivén de las bebidas al morir en tu garganta, de un lado a otro, haría un ruido decrépito que se expandiría con las olas por toda la terraza del bar. Y es así, que las botellas de Coca-Cola rezumarían letras sin textos donde vivir.
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Abrimos la puerta: inspiramos.
Cerramos la puerta: espiramos. Buscamos el camino del tiempo en un grano / de arena. Perdemos las llaves. Desaparecemos. Aparecemos. Nos acercamos. Nos alejamos. Hacemos yoga. Repasamos la lista de la compra. Nos inquietamos. Nos sentamos. Hablamos. / Callamos.
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Te digo que hay algo raro en este cerrojo. Me dices que me calme. Me paro un momento a / meditar. Miro la casa desde la calle. Comienzo a perder el / control. No hay puertas. No hay llaves. No hay cerrojo. Nosotros no estamos. Somos moléculas / invisibles. Sólo falta que encuentre las llaves. No las / encuentro. Pasa el tiempo. Envejecemos. Morimos. Ya es / demasiado tarde.
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Todos tus sentimientos,
en mi cuello, no rebotan a la vez. Unos mueren rezagados. Otros ni se molestan en buscar el camino de vuelta. Todo ha de ser así, desgraciadamente. Ya no sé qué es peor, si tus labios o el infierno. (Bésame, estoy muriendo).
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Sílbame el traqueteo del tren al oído
para que pueda bailar sobre tus nudillos. Sílbame la tarde al ombligo para que pueda huir de tu lengua. Dispárame a las lágrimas para que pueda morir de nostalgia.
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Mirando alrededor constantemente,
el pasado parece esperar a alguien, a los que no vivieron lo que yo viví. La luna no está tranquila en mis manos porque tengo tu cara en una línea dibujada anteriormente, en la línea bifurcada de la palma de la mano, en las uñas borradas de mis dedos. Sin manos. Sin cuerpo. Etéreo e invisible. Sin tus recuerdos.
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Las vírgulas de la palma de la mano me desprecian.
Esas líneas que mueren al comenzar la cara opuesta de la mano, donde las uñas, casi borradas, me escupen. Yo escupo hacia arriba y me cae la saliva encima: quiero bañarme con ella. Quiero arrancar cada uña haciendo varias pausas, muy despacio, para que me duela más. No necesito uñas. ¿Para qué? Si no me sirven nada más que para morderlas como frutas jugosas repletas de ácido cítrico. Con estos versos las separaré de los pocos dedos que me quedan.
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L os colores de esta bandera
buscan el acceso a los bosques de lejanía y lluvia de tus palmas cerradas.

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Aparece,
se expande, me punza, me hiere. Aparece, se precipita, me enfría, me congela. La pesadumbre es punzante, mis recuerdos, níveos. (Hablando con carámbanos de hielo en el cráneo).
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Desbrozando ideas enredadoras
en una selva mental para que las lianas y las frondas no se adueñen de mi cráneo. Esa es mi catarsis arbórea.
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El sudor del azufre centelleante en la frente
busca las tres ventanas que son necesarias para descubrirte. Con el gozne angular en el dedo índice señalo la segunda. Es un juego de triles en el que apareces desdibujada en un callejón sin salida por donde nadie pasa.
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Pasan los fríos días de un febrero pirata,
tu blusa blanca ondea en la botavara de otro barco perdido en la niebla, con otras lluvias y vendavales. Originaste torbellinos en las sábanas de mi cama en algún momento de mi memoria; desconozco cuándo, hace menos de un mes que tiré por la borda tus E-Mails y el calendario de la pasada docena. No hace mucho que este barco levó anclas.
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Juramos con sangre
(de nuestras arterias) promesas en lengua de signos (nuestras lenguas entrelazadas), que jamás nos separaríamos (nunca en nuestra vida) y te mordí la lengua (te dolió) y te dije (sinceramente) que lo único que quería (con toda mi alma) era tu dinero (no soy interesado).
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Es la ceguera
que no me deja ver lo que traes contigo. Entre tanta penumbra no estoy a salvo. Sólo quiero saber cuál es el sabor de las cosas a las que me hiciste renunciar, ésas que no conocen las distintas caras de mi / comportamiento, ésas que dicen que queda poco para mi muerte. Aquel día quise soltarme las cuerdas como un títere buscando unas manos para ser ayudado, pero ahora que me cansé de errar por lugares / que mienten, no soy capaz de volver a atármelas.
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He rajado mis ojos
con una sierra encendida. No sé qué esconde tu figura ni la del que no ha / nacido, pero probablemente, la interpretación del que / observa ese suceso sea la córnea descompuesta con la que nos / engullíamos cada noche. He pasado por muchas manos como libros buscando un enclave que habitar, soy una de las lágrimas de los transeúntes pero no quiero morir en el arrullo de la fuente que se seca eternamente en los ojos de una prostituta.
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Antes era clara la azul inmensidad Y ahora se está oscureciendo y apagando, Únicamente brilla nuestra distancia que D entro está de mi obsesión, Amaneciendo de noche y anocheciendo al alba; M ientras, E spero ahogado en mi aurora eterna.
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Y como si me olvidase a mí mismo en un callejón
/ oscuro sintiendo esa amargura matutina, dándome cuenta del amor perdido, sujetando una amapola marchita me mezclo con el bullicio de la duda que me lleva y deja mi mente exhausta. La esperanza me espera a la vuelta de la esquina para enviar a otro continente la madeja que te dio / la vida lejos de mí, lejos de todo lo que conozco. – ¿Seguiré mi camino? Tal vez sea lo mejor que pueda hacer.
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Atravieso muros y pensamientos
cuyos velos se desvanecen ante mi cara. Compruebo mi pulso de taladro para evitar que se derrumben los edificios y sus soportales que anidan en el lecho de mi oscuro pecho como palomas blancas a punto de morir olvidadas en un estante polvoriento. Cada vez están más lejos los ladrillos de nuestro acercamiento, rotos y ahogados en la desembocadura de un río. Cada vez estamos más cerca de un mar que, cansado, se evapora infinitamente en los ojos de dos confidentes.
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Tuve que crear un cielo inolvidable,
que ni siquiera existía en mi mente, para así volver a existir. Y recibí mil y una formas de agarrarme a un poste casi perfecto que se rompía en mi alma gimiendo por el óxido intemporal de lo que pasé contigo. No sé si sobreviví a aquello pero sé que sin esa experiencia no habría podido corregir a posteriori mis errores silenciados.
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Zonas despobladas en nuestro interior,
zonas que nos delatan y nos recuerdan que todo lo que dejamos atrás era lo / que nos parecía una utópica convivencia, una improvisación tatuada en nuestros dedos a la / luz de la luna, un pizzicato en la piel insatisfecha. Nuestros cuerpos no son los mismos que antes, ahora están expatriados del do
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re mi fa sol de nuestras decadentes caricias. (Caricias quebradas). Las miradas ya no luchan por un lugar del cuerpo en que hospedarse. Ambos sabemos que el coro de nuestro sexo ya / no canta a cappella. El silencio nos aguarda sobre el teclado del piano; un concierto silenciado vuelve a vestirse de gala. Ya hemos distanciado todas las pasiones y / derrotado al monótono bajo continuo de nuestro acto de / besar. El metrónomo aguanta como puede esta despedida. Ya no nos queda equipaje en el pentagrama. Lo hemos recogido todo. El viento se lleva nuestras almas. Desaparecerán allí donde la coda aparezca.
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Francisco Priegue Bitxo Animal 2013
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Para el diseño de esta obra poética de Francisco Priegue se han utilizado ilustraciones (portada, contraportada y páginas 4, 16, 32, 48, 66 y 84 respectivamente) de la artista Bitxo. El poema de la página 57, que comienza con el verso “Si el lenguaje fuera líquido”, corresponde a la traducción del inicio de la canción “Language” de la cantautora Suzanne Vega y que forma parte de su segundo trabajo discográfico, “Solitude Standing” (año 1987).

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A mi madre y a mi abuelo por estar siempre presentes, y a mi abuela, por no estar ya aquí pero sí en repetitivos y agradables sueños. A Rodrigo García por haber descubierto mis poemas en sus continuos viajes desde Piloña al resto del mundo y haberme dado ese impulso tan importante. A De Celis por haberme dado ánimos y sabios consejos sin los cuales no creo que estuviera escribiendo versos en estos momentos. A Nacho por aguantar mis poemas cuando los leo en mitad de las charlas que tenemos mientras paseamos aunque no vengan al caso. A Bitxo porque sin ella este libro tendría una pinta muy diferente de la que tiene ahora y porque sus rotuladores, óleos y acuarelas podrían haber salido de una tribu indígena con cultura propia y autoabastecida. A Zule y a su bicicleta amarilla por esos momentos tan coloridos sintácticamente hablando o hablando sintácticamente, como ella prefiera. A Vane y Dani Romero por hacer el esfuerzo de no mandarme a freír churros cuando estamos en el aire o cuando me cuelo en la ofi. A Paula por no haber llegado tarde aquella tarde mientras imprimíamos y grapábamos folios impresos para tener un primer recuerdo.

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A Sara, la jefa de Nekotabi, por poner un reloj y varias polillas a la chica de la portada de aquella plaquette que tanto disfrutó. A todos mis colegas del Festival de Andar por Casa porque creo que llegará el momento en que todos los habitantes del mundo hablarán de ese gran intercambio cultural con zapatillas, rulos y teflón. A Natalia Menéndez, Esperanza Medina, Sergio Taboada, Suarón, Marta R. Sobrecueva, Lara Ríos, El Suárez, etc. por aquellas pequeñitas conversaciones y/o veladas de versos y versos y recitales y recitales que cada uno proporcionó. A Layla Martínez por haber dado a este poemario la capacidad de pensar y de tener un comienzo de una manera brillante y certera tal y como los versos se merecen. A Ana Patricia y demás personal de Groenlandia por haberme brindado una oportunidad de unas proporciones titánicas y haber publicado este libro. En fin, a la persona que esté leyendo este poemario, con la que quiero compartir estas pequeñas cápsulas que muestro en estos momentos con las palmas abiertas.

Francisco Priegue
(Febrero de 2013)
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Prólogo, de Layla Martínez PRELUDIO

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Primer movimiento
INTERLUDIO I

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Segundo movimiento
INTERLUDIO II

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Tercer movimiento

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INTERLUDIO III

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Cuarto movimiento
POSLUDIO NOTA DE EDICIÓN AGRADECIMIENTOS

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OTROS TÍTULOS DE POESÍA
Poemas fundidos, Marchena & Amézaga El ruido de los cuerpos al caer, José Pastor González Poesía de Guerrilla, Eric Luna Herrumbre, Ana Vega La carretera roja, David González No frenes la lengua de los pájaros, Begoña Leonardo Bocaditos de realidad, Ana Patricia Moya (reedición) Luna en mi lectura, Amancio de lier

(Próximamente)
Para qué sirve Jorge Barco, Jorge Barco Eso que revienta, Juan Andrés Herrera La guerra ajena, de David Morán Diario de un adolescente de pelo raro, Jorge Heras García Recopilatorio de lo absurdo, Antonio Fernández Sánchez El forro, Gsús Bonilla (segunda edición)

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Editorial Groenlandia www.revistagroenlandia.com http://elblogderevistagroenlandia.com.es http://www.scribd.com/RevistaGroenlandia http://issuu.com/revistagroenlandia http://es.calameo.com/accounts/1891265 También estamos en:

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