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Amarande Guzmán Francisco Priegue Elizabeth Pineda Lucía Fraga Pepe Pereza Marta Polincinska Isabel Tejada Lydia Ceña Eva María Medina José Pastor González José Ángel Conde Alfonso Vila Iván Rafael Enrique Fuentes-Guerra Rubén Casado Murcia Amancio de Lier Ana Patricia Moya
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(Avilés, 1991). Poeta. Estudia Bachillerato y es presentador de un programa sobre música libre y poesía en una radio on-line. Sus poemas aparecen en antologías y revistas de diversa índole, como “Revista El Bollo”, “La contraportada”, “Texedores de Lletres”, etc. Ha publicado la plaquette “Llegar tarde es una rutina”. Ha ganado certámenes de poesía a nivel local y regional. Próximamente, publicará “Desde momentos encapsulados” (Groenlandia, 2013).

Espero en el comedor tus besos leñosos como árboles deshojándose en otoño. Tus papilas insisten y subsisten en los sabores intensos de jengibre y miel que hurgas en la mantelería que compramos en IKEA. Aquélla que nos hace soñar un éxtasis insomne. Una mantelería que nos protege mientras nos unimos. Somos la vajilla siendo utilizada por el invisible sol de medianoche.

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Dime que te litografíe el sacro con pétalos de lluvia. Dime que te eleve el coxis en el mástil equilibrista hasta cubrir la luna con tus huesos pélvicos. Dime que te devore los huesos coxales para terminar lo antes posible. Dime que quieres que te quiebre la columna hasta hacerla reventar contra mis dientes encendidos. Dime, sólo dime, qué quieres que haga para dejarte desnuda y desposeída de toda masa ósea. 5 5

Tu regazo, como cascadas de medianoche, al partir macerado por mi garganta. Las venas dilatadas, la boca entreabierta con un perfume marino sobre la entrepierna. Especias entre las sillas. Tu sexo, como un glaciar vivo, se derrite en la época del deshielo, con la marea y las olas extendidas a la hora de cenar.
Las velas encima de la mesa.

Francisco Priegue

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(Colombia, 1984). Licenciada en Psicología. Mantiene el blog personal: http:///misvestigios.blogspot.com.

I Una danza salvaje y magnética entre aromas antiquísimos. El dulce sabor no es a vino barato. Ven poeta, el tiempo está desahuciado. II Fui versada en inventar amores, y creerlos, y acariciarlos, y sufrirlos, y no olvidarlos. III Quemaré mis letras y aspiraré tu ausencia hasta crearte como eras.
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No lo digo en voz alta, me sabe extraño, ya no te conozco, ya no me conoces, ¿alguna vez existimos? Tu nombre, no lo digo, da miedo, casi como invocar el pasado que sólo yo recuerdo, el espectro de mis escombros, un conjuro mortal.

Elizabeth Pineda

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(A Coruña, 1979). Traductora y asesora lingüística. Licenciada en Filología Hispánica. Especialista en el área de Teoría de la Literatura. Ha elaborado diversos trabajos sobre escritores en lengua gallega y cine. Ha residido en Alemania, donde impartía clases de literatura española contemporánea. Sus textos han aparecido en distintas publicaciones: “Coolcultural Galicia”, “La bella Varsovia”, “Piedra de Molino”, “Al otro lado del espejo”, etc. Ha participado en antologías literarias. Su último poemario: la plaquette “Nostalgia del acero” (La Fraga de Metáforas).

Algún día todo lo que hoy contemplas no será más que un puñado de cenizas y olvido. Cuando el mundo decida abrirse como una profunda brecha, 9 9

no me despertéis. Quiero hundirme en ese enorme abismo con los gritos amordazados de los hombres que ya no puedan salvarse, mientras la boca se les llene de sangre de tanto apretar las mandíbulas y rezar para Nadie. Cuando la boca del Universo se vista de viejo Saturno, que nadie me nombre en voz alta. Quiero irme cuando todo desaparezca, dentro de un sueño narcótico y delirante, sin ver el terror en sus caras y el paseo macabro de muertos mutilados, con las bocas cosidas a puñal y los ojos sin ojos. Cuando termine, por fin, este largo camino, no me despiertes, tan sólo sella mi boca y mis ojos con tus labios. Cuando todo acabe, seré la ultima en marcharme y, entonces, despertaré entre sábanas grises y sendas de carne humana. Y tras contemplar el derrumbe ya no cabrán opciones.

"Hijos que nunca tendré, de esta miseria os he librado".

Sólo podré decir:

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Me gané a pulso el falso título de "Mujer Fatal" - casi sin querer y todos me creyeron. Esquiva, inaccesible, eróticamente desafiante para todos los hombres pagados de sí mismos.

Espero en el comedor tus besos leñosos como
Ésos: mendigos patéticos que se papilas insisten árboles deshojándose en otoño. Tus achicaban con mi última sabores intensos distancia de y miel y subsisten en los palabra, la máxima de jengibre seguridad y mis negros ojos clavados en el punto fijo de aquella arrogancia que se disolvía

que hurgas en la mantelería que compramos en IKEA. Aquélla que nos hace soñar un éxtasis insomne. Una mantelería que nos protege mientras nos unimos. Somos la vajilla siendo utilizada por el invisible sol
Sí, "Mujer Fatal" y de insultante juventud. en su desamparo y en su fragilidad. Antes abrigo feroz y forro de espinas que aullante doncella de heridas abiertas. Ni el tacón alto de charol, ni el cruce de piernas, ni tan siquiera la ceja erguida y el cuello enhiesto podían acallar el dolor que destilaba lágrimas ante la presencia de la mujer con alas de cuervo.

de medianoche. que no debía ser descubierta Una juventud

Tu negras y borrosas al final de una función sin público.regazo,
Ésa que acaba en cualquier retrete sucio y, tú, sin pañuelo.

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Tiempo al tiempo, amiga mía. Cualquier día puede desintegrarse esa dura corteza en la que te envuelves con medias negras y ese estudiado maquillaje de luz y sombra. Que sea lo que tenga que ser. Sí, hasta las "Mujeres Fatales" crecen y, curiosamente, al renacer, tan sólo son la sombra de una niña asustada.

Lucía Fraga

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(Logroño, 1964). Ex actor, guionista, poeta, escritor y director. Sus relatos han aparecido en revistas y fanzines (“Narrativas”, “Lafanzine”, “Al otro lado del espejo”, “Agitadoras”, “Cruce de Caminos”, “Deshonoris Causa”, “Ágora”, “Letras”, “En sentido figurado”, etc). Ha publicado los libros de relatos “Putas”, “Momentos Extraños” (ambos en Groenlandia Editorial) y “Relatos del Humo y del hachís” (Editorial Origami). Aparece en distintas antologías de narrativa (“Beatitud”, Ediciones Baladí; “Nadando Contracorriente”, Ediciones Escalera, etc) Actualmente, escribe su primera novela y prepara la segunda edición de “Putas”, con nuevos relatos (Editorial Groenlandia).

-

¿Es ahí? No. ¿Y ahí? Tampoco. ¿Por aquí? No, no. ¿Y aquí? Prueba un poco más arriba… ¿Aquí? Un poquitín más arriba. ¿Dices ahí? No, baja un poco. ¿Aquí? Más a la izquierda. ¿Ahí? No, hacia el otro lado. 13

-

Joder, tía, me estoy hartando. Sigue, que ya casi lo tienes… ¿Estás segura? Sí, sí, estás muy cerquita. ¿Qué tal ahí? Sube un poquito. ¿Aquí? Un poquito más. Joder. Por favor, sigue. ¿Y ahí? Creo que es más abajo… Para mí que no existe. No digas tonterías. Está comprobado científicamente. Seguro que es un mito, una puta leyenda urbana. Yo sé de amigas que lo tienen, así que sigue buscando. ¡Misión imposible! Si le pusieras un poco de ganas… Ya se las pongo, pero no hay manera... ¿qué tal ahí? Desvíate un poco a la izquierda y sube un pelín. Me desvío a la izquierda y subo un pelín… ¿qué tal? No, baja más. ¿Tal vez aquí? No. Joder. Me rindo.

Me aparté de tu lado y me encendí un cigarro. - Ya te lo dije, esto del punto G es un engañabobos. - Tú, que eres un inútil.

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Dormías a mi lado, desnuda, boca arriba y con el pulgar ligeramente apoyado sobre la comisura de tus labios. Hacía mucho calor, tanto, que sólo estábamos tapados con una sábana. La luz de las farolas entraba en el dormitorio a través de las cortinas, creando un ambiente de claroscuros; esa misma luz se reflejaba en tus pómulos y en el contorno de tus pechos, dándoles un aspecto marmóreo. Te observé sin poder conciliar el sueño. Sentí unas ganas enormes de coger uno de tus senos, pero temí despertarte. De pronto, farfullaste algo inteligible y te diste media vuelta, quedando de espaldas a mí. A pesar del calor, pegaste tu cuerpo al mío. Tuve una erección. Con un movimiento de pelvis acomodé mi polla a las puertas de tu coño. Te pegaste aun más. Por un momento creí que te habías despertado, pero no, seguías profundamente dormida. Permanecí inmóvil en esa postura, notando las sacudidas incontroladas de mi miembro.

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Luego, poco a poco, comencé a moverme adelante y atrás, frotando nuestros sexos, cada vez más excitado. Seguí con el movimiento de caderas. En una de las embestidas te penetré. Gemiste y ladeaste la cara hacia mí. Me detuve. Seguías dormida. Me di cuenta de que estaba empapado en sudor. Hacía demasiado calor para follar, pero ya puestos decidí llegar hasta el final. Era agradable estar dentro de ti. Puse la mano sobre uno de tus pechos, y con las yemas del pulgar y del índice, acaricié el contorno del pezón. Se endureció. Entonces dijiste algo que no entendí. Seguí follándote. El sudor me caía por la frente y espalda, cataratas de sudor. Sonreí al pensar en la cara que pondrías cuando te dijera que te había follado mientras dormías. Incluso pensé que durante el desayuno sería un buen momento para confesárselo. Y de pronto: - Ernesto… Ernestoooo… Joder, cariño, fue como si me hubieras echado lejía en los ojos, peor que una coz en los cojones, te lo aseguro. Me quedé tan desconcertado, que estuve tentado de despertarte para preguntarte quién era ese tal Ernesto. No me atreví, me faltó valor. Me desacoplé de ti y salí de la cama. Me sentía confuso y engañado. Abandoné el dormitorio y entré en el salón. Sin encender la luz me senté en el sofá. Vi que sobre la mesa estaba tu móvil. Toqueteé las teclas indicadas. En la letra “e” de tu agenda sólo figuraban Elena García y Elena Gómez: ni rastro de Ernesto. Por un momento, me sentí aliviado. Luego caí en la cuenta de que si yo tuviera una amante jamás se me ocurriría

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guardar su número en la agenda de mi móvil. Me puse más nervioso de lo que ya estaba. ¿Qué podía hacer? Me encendí un cigarro. Quizás le estaba dando demasiada importancia a un hecho que no dejaba de ser irrelevante. Tan sólo habías pronunciado un nombre en sueños; sin embargo, la sospecha se había instalado en mi interior y no pude hacer otra cosa que preocuparme. Si hubieras dicho ese nombre en otras circunstancias tal vez no le hubiera dado importancia, pero hacerlo justo cuando te estaba follando no dejaba de ser dudoso. ¿Quién era Ernesto? Sólo podía pensar en quién era él y me torturaba una y otra vez con la misma pregunta. Apagué la colilla en el cenicero y regresé al dormitorio. Ocupabas el centro de la cama. La sábana estaba retirada a un lado y tu cuerpo resaltaba con la luz que entraba a través de las cortinas. Parecías una diosa de alabastro. ¿Y sabes qué? Me puse a llorar como un niño. Supongo que intuí que te iba a perder y un sentimiento de tristeza total impulsó las lágrimas. Regresé al sofá. Me acurruqué entre los almohadones e intenté por todos los medios dejar de plantearme la misma pregunta: ¿quién coño era Ernesto?

Pepe Pereza

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(Poznan, Polonia, 1978). Poeta y música. Licenciada en Periodismo, Ciencias Políticas, Antropología Social y Cultural. Pianista y profesora del Conservatorio Superior de Sevilla. Ha publicado los libros de poesía “Café con leche y un poema, por favor” (Editorial C&M, 2009) y “Tránsito” (ganador del XI Premio de Poesía Paul Beckett). Actualmente, escribe su tesis doctoral. Sus poemas aparecen en revistas como “El alambique” y “Espacio Habitado”.

ya nadie muere por amor me explico mientras intento buscar en espejo de lágrima mi propio reflejo desaparecido en alguna parte entre la noche y el día supongo que se fue tras tus pasos

por un corazón roto me implantaron un recambio de plástico ahora sólo me enamoro de soldaditos de plomo 18 18

me persigue tu sonrisa de gato aparece en libros espejos paredes pero yo no me llamo Alicia

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si te aterra el mundo ven a salvarte en el escondrijo secreto entre mis piernas

qué silenciosos son los pasos de aquel que nunca viene

Marta Polincinska

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(Lisboa, Portugal, 1973). Narradora y poeta. Sus relatos y poemas han aparecido publicados en formato electrónico e impreso. Algunos de sus textos aparecen en el libro “Cuentos en el Museo” y en el híbrido “Cuaderno de vuelo”. Acaba de publicar su primer poemario, “La sonrisa del camaleón”. Ha participado en lecturas poéticas diversas (como en “Voces del Extremo”). Su blog: http://susurroypienso.blogspot.com.es/.

los ojos hasta el fondo de los ojos dos cuerpos perplejos de rozarse sola muchacha de Hopper pobre hombre de Munch es un amago un circo de delicadeza sustraídos de sus márgenes han salido de sus márgenes hacen una orilla mira entre las babas no son bocas son descampados se besan y engullen vías lácteas de tristeza faltan a la verdad pasa la sonrisa la sangre la mente ligera respirar en el punto exacto la piel imantada al paso de los dedos pertenecidos ahora el deseo se empeña y si tocan se tocan
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todo se lo dicen con las manos traen las manos a los huecos sienten un mamífero entre las piernas y lo acarician cautivados calibran la entera materia de sus sexos laten como si vivieran de nuevo intentando no acabarse de tanta cercanía se lamen se restriegan con una constancia implacable él la contamina la penetra y no hay más medida que embestida a embestida la suma de los espacios y se sudan se dan forma se plantean se alcanzan se atoran y no paran y a su manera ascienden estremecidos y todo alrededor se desvanece y todo alrededor es mentira sólo el placer detrás sólo este hilo que él derrama y tiembla que ella llora incluso en su corazón

esto es lo que podemos darnos

el tiempo que queda desvelando lentamente la primera hora de luz

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de tantos pasos hacia atrás de tanta pregunta sin respuesta todo ha sido recorrer la estepa aprender a ser humilde como de nieve era de caballos, ¿lo sabías? mi solo ojo mi corazón único que hiberna ahora un tumulto mírame soy la voluntaria de mi alma vuélvase luz todo lo que soy todo lo que no soy y ya no soy joven y ya no soy creyente
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fuera siguen las copas de los árboles sobre una hoja el viento aún no termina de mostrarse y pienso en mi ser allegado ni tres minutos de amor le acribillan y aún se aguanta de pie se arrima a las paredes del camino aún no ha caído del todo ¿o no es eso al final lo que cuenta? si no me olvido aunque me olviden al borde de mi cara porque si un hombre que flora no interesa a nadie ¿debo acaso de dejar de creer en el hombre?

Isabel Tejada

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(Córdoba, 1979). Licenciada en Humanidades por la Universidad de Córdoba y Master en Gestión Cultural. Escritora y fotógrafa. Compagina la creación literaria (escribe en una revista digital sobre arte y cultura) con su trabajo (imparte clases particulares en una academia) y su formación académica. Actualmente, desarrolla su labor en una fundación cultural que, desde la biblioteca, realiza funciones de investigación y documentación.

I Sophie abrió la bandeja de entrada y allí estaba, el correo que llevaba días esperando, vacío. II Recordé los números que componen tu número de teléfono siete años después de tu última llamada. Recordé las luces de aquella habitación el olor a cerrado y a velas quemadas. Recordé aquel lunar en tu espalda el sonido de tu respiración el de tu sístole y diástole. No regresé. Esa tarde había olvidado las llaves. 25

III Esquina de Bakery Street. Al otro lado de la calle ella aguanta en pie bajo la lluvia casi descalza en unas sandalias moradas. Se encharca. El corazón se encharca. Esquina de Bakery Street. Escribo desde la mesa junto a un café. Ella mira el reloj y los autobuses pasar. Se encoge. El corazón se encoge. Esquina de Bakery Street. Te veo en la esquina se dirían. Escribo en la cafetería. Donde siempre. Quedan diez minutos para el cierre.

IV Por más que pienso no encuentro el modo de decirte en menos de cuatro versos que siento el abismo antártico que no veo el horizonte desde este féretro que nada queda en mí salvo el vacío ingrávido.

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V Junto a la foto ajada guardaba también un telegrama sin abrir, sin leer, pero que decía: "Imposible salir esta noche. Stop". Hace años que acabaron los bombardeos. VI No quedaban gritos ni pilas en el reloj la mantequilla se descomponía sobre la mesa dos baldas vacías dentro del armario dos macetas que no florecerán por primavera. No quedaban libros ni nada de todo lo suyo que había poblado esta casa desierta. Entonces, todavía no era consciente de que con ella se iba también mi memoria. VII Cuelga de la percha mi falda de rayas, tu sonrisa, la manera en que te miro cuando te giras, tu camisa sin planchar, la última letra con la que acaba tu nombre, las tardes de sábado en espera. Espera.

Lydia Ceña

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(Madrid, 1971). Narradora, investigadora. Licenciada en Filología Inglesa y Diplomada en Profesorado de Educación General Básica (Universidad Complutense de Madrid). Compagina la investigación en el campo de la literatura inglesa del siglo XX y contemporánea con la escritura de su primera novela. Premiada en el I Certamen Literario Ciudad Galdós. Seleccionada en el V Premio Orola. Sus relatos aparecen en distintas revistas literarias.

Cuando desperté ya había oscurecido. Me quedé frente al espejo del baño. Examiné mis ojos, bajando, con la presión del índice, el párpado inferior y, después, subiendo el superior; primero el izquierdo, luego, el derecho. No vi nada para alarmarme. El blanco del ojo, normal, no tendía al amarillo, y las venas, ninguna más roja que otra. Me tranquilizaba hacer esto, como si a través de los ojos hiciera una especie de escáner y comprobase que todos mis órganos funcionaban bien. Preparé una cafetera. Mientras se hacía, pasé a la habitación de mis padres. Hacía tiempo que no entraba. Todo seguía igual; sólo el polvo se había asentado formando una capa fina, homogénea, casi transparente. Pensé en esas motas uniéndose hasta formar esa alfombra,

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tejida de bichos microscópicos. Miré las fotos. Mis padres parecían pedirme que les sacara de allí. Sentí escalofríos. El silbido de la cafetera me alarmó. Al salir, cerré la puerta. Con la taza de café en la mano, me acerqué a la ventana del salón. Retiré la cortina amarillenta y miré tras el cristal. El gris de las nubes se fundía con esa capa grisácea del humo de fábricas y coches. En el alféizar seguían mis plantas, algo más secas. Las observé. El verde oscuro de hojas alargadas, con forma de lanza. Un verde más claro con franjas amarillas en hojas dentadas. Espinas pequeñas, muy finas, casi transparentes, de cactus carnosos. Agujas más gruesas. Sentí un vacío pesado y una opresión de pecho extraña, como si hubiesen cosido mis pulmones convirtiéndolos en uno y, a través de ese pulmón encogido, no podía respirar, no sabía cómo hacerlo. Abrí la ventana, asomándome. Me ahogaba. Parecía que mis pulmones se pegaban a la tráquea, replegándose. Me quedé quieta, intentando no pensar, se me pasaría. Me senté. Los olores a fritos, que subían por la ventana, dejaron de oler. El olor a antiguo de la casa se transformó en un olor insípido que desazonaba. Y los perros ladraban tanto… Cuando miré el televisor, el negro de la pantalla me deslumbró. Tenía un brillo crudo, afilado, casi insoportable. Toqué los brazos del sillón, rodeándolos con mis dedos, aferrándome al material; esa superficie pinchaba, como los

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pelos fuertes y duros de un jabalí disecado. Solté las manos. Las pastillas. ¿Efectos secundarios? No miraría prospectos. Se me pasaría, seguro que se me pasaría.

Me estaba meando, necesitaba ir al servicio. Me escabullí por debajo de los asientos buscando el lavabo. Entonces descubrí que el que hacía de león se fumaba un cigarrillo con la princesa rusa, a la que echaba el humo a la cara y cogía por la cintura; princesa, barriobajera, que acababa de hacer acrobacias encima de los elefantes. La cabeza de león estaba en el suelo, al lado de ellos. Iba a preguntar cómo ir al servicio, pero antes de hacerlo oí un «quítate niño» de uno de los payasos que discutía con el presentador, quien a su vez estaba comiéndose un bocadillo de chorizo y se limpiaba la grasa en la capa negra brillante. Aquello fue peor que enterarme de que los reyes eran los padres, peor que si se hubiera descubierto que la bella durmiente se drogaba, que el hada madrina y el príncipe eran amantes, y que la madre de Bambi había fingido su muerte para librarse del hijo. Todo el encanto del circo se desplomó; el hombre-bala, el domador de leones, los equilibristas, los payasos. Toda esa magia. Había algo obsceno en el descubrimiento.

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El mal olor de los animales, las cagadas de los elefantes, el chihuahua del domador ladrándome, el domador escupiendo, sin hacerme caso. «El servicio, por favor». Y la mirada diabólica del payaso triste. Me meé encima. No quise volver al circo. Mi madre nunca supo el porqué. Creo que fue desde ese día que empecé a bucear en el mundo real, con maquillajes descoloridos, y sin las máscaras de la infancia. El mundo del circo estaba podrido, la vida estaba podrida. Era como pasar a otra dimensión, en una edad en que querías aferrarte a los sueños, en que confiabas en un mundo fantástico, aunque supieses que no existía. Aquella tarde se me cayó la carpa encima, todavía no me la he quitado. Hoy voy con mis hijos al circo y rezo para que no les entren ganas de mear.

31 Eva María Medina

(Granada, 1967). Poeta y narrador. Ha publicado en varias revistas literarias con pseudónimo. Ha publicado en la colección “Literatura de Kiosco” (Ediciones RaRo) y es autor del poemario “El ruido de los cuerpos al caer” (Groenlandia, 2013). Mantiene el blog personal http://librosyaguardientes.blogspot.com.

mujeres con pena de tango con sabores a ron y canela con movimientos de samba y humo con piel de blues antiguo con tristeza de fado y desamores de milonga mujeres con sangre fría de jugadora de póker que hacen números para saber el dinero que mandar a casa
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siempre que veía una treintañera con un viejo de más de 50 años que podría ser su padre no lo entendía no entendía qué podían encontrar aquellas preciosidades en aquellos vejestorios ¿seguridad?, ¿dinero?, ¿amor?, ¿experiencia? no lo entendía y sentía envidia envidia de la buena de la malsana y rastrera ahora que soy ese vejestorio acompañado de una hermosa treinteañera sigo sin entenderlo y comprendo a esos jovencitos que me miran con envidia con envidia de la buena de la malsana y rastrera y sólo pido que esto dure lo más posible y que termine cuando empiecen los achaques y necesite de alguien que me limpie el culo

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tirar la vida a la basura y acabar rebuscando en ella es como el que juega con fuego y en el fuego como en la vida si te arriesgas unas veces se gana y otras te quemas y no que hay darle más vueltas

José Pastor González

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(Madrid, 1976). Licenciado en Comunicación Audiovisual, actualmente trabaja en el medio televisivo. Ha dirigido y escrito guiones para varios cortometrajes. Ha aparecido en antologías literarias y obtuvo un accésit en el V Certamen de Literatura Aenigma. Ha participado, con sus poemas, ilustraciones y textos, en diversas literarias, así como en blogs y páginas Web. Ha publicado “Fiebres galantes” (Shiboleth) y “Feto Oscuro” (Groenlandia, 2010).

Exterior/día: en el paso de cebra los peatones son fichas de ajedrez. Interior/noche: los ojos en carne viva y el sueño que se resiste a ocupar su trono. Insomnio. Exterior/noche: el viento silba oberturas en las tuberías. Raros rayos intentan alumbrar una luz con la que sentirse presentes. Hechos minúsculos y leves que son el esqueleto invisible del mundo. Coge trocitos de fantasía y pégalos en esta realidad para hacer que este puzzle merezca de verdad la pena. El metabolismo sincero de las palabras surge espontáneo y acabado como si le insuflara sangre a sus venas de tinta un dictado, una voz irracional e incomprensible fuera de todo espacio o tiempo,

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transportada por cuervos mensajeros cerebrales que llegan desde Asgard, atravesando la tormenta espacial en el océano eterno de estrellas. Inventas películas que, de existir, podrían ser alérgicas. Podríamos no estar preparados.

El aire es metal y todo es gris cuando todos atraviesan este triste paraje. Es un desierto de conocimiento, puede que una nueva biblioteca de Alejandría, pero también, como ella, es enterrada en las arenas de la indiferencia. Babilonia quiere atraparnos, secuestrando nuestra vida con jornada completa de inutilidad y décadas de sementalidad consumista. Pero tenemos que ser puentes de Midgard y gritar lo que debe ser gritado, ser traductores de esas runas sin remisión aunque no las entendamos. Esto es un gran libro, así que abrámoslo y que nuestra mente se divida en palabras. Es 1999 y sé que el mundo va a acabar. El saber está en todas partes,

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mi cerebro se reparte por todo el aire y cada trozo es uno, pero hay miríadas de trozos. Puedo estar en cualquier lado y pensar todas las cosas, pero más bien las piensan mis trozos. Una entropía retroalimentada, muero y nazco constantemente sin posibilidad de atraparme. No existen máquinas capaces de medir el número de “yóes” que tengo, pero ahí están formando todo, como piezas de un puzzle perceptivo, automática, inconscientemente, como bits, como píxeles, puro caos, puro ser, dando patadas a los átomos, violándolos, para hacerse sitio.

José Ángel Conde

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(Valencia, 1970). Narrador y poeta. Ha vivido en Orihuela, Madrid y Debrecen (Hungría). Actualmente, reside en su ciudad natal. Se ha dedicado a distintas profesiones: profesor, bibliotecario, etc. Ha escrito para revistas literarias y ha obtenido diversos premios por sus textos. Ha publicado el libro de relatos “La vida mientras tanto” (Editorial Groenlandia). Tiene obras inéditas.

− Un escritor es un asesino que siempre está ansioso por confesar su crimen – dijiste. Yo escuchaba en silencio, con la mirada perdida en los troncos que ardían. Estábamos en la casa de campo de tus padres. Después de mucho trabajo, habíamos logrado encender la chimenea. Hacía frío. El comedor, cerca del fuego, era el único lugar confortable de la casa. Llevábamos allí un buen rato. Estaba oscureciendo. Iba siendo hora de preparar la cena. − Y los crímenes son siempre demasiado horrendos para ser confesados – añadiste a continuación. Yo no contesté. Miraba las pavesas que se elevaban rápidamente y que se perdían por la enorme y negra oquedad de la chimenea. “Tal vez algún día nuestras almas

se pierdan por un túnel así, hasta emerger al cielo estrellado de la noche, hasta brillar un segundo sobre el oscuro tejado, antes de diluirse en el ancho firmamento, de desaparecer para siempre”. Eso hubiera pensado yo antes,

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hace años, hace meses. Pero ahora no pensaba en nada Sólo miraba el fuego. Y existía. Existía casi sin esfuerzo. Sin sentir los golpes del aire en mis pulmones. Sin sentir el peso de la vida sobre mis huesos. Tus palabras se mezclaban con el crepitar de la leña ardiendo. De repente, una rama crujía, y al partirse dejaba ver su interior incandescente. “Tal vez nuestro amor aún

esté ardiendo por dentro, aunque en la superficie esté frío”.

Decía “nuestro amor”, pero pensaba en el mío. El tuyo ya estaba perdido. Podría rescatar el estandarte tras la batalla, pero el estandarte sin soldados era sólo un recuerdo de las viejas glorias, un botín que la memoria rapaz se encargaría de encerrar bajo llave en una vitrina polvorienta. No, “nuestro amor” era una expresión sin sentido, tan absurda como “la culpa es tuya” o “siempre es lo mismo”. Pero lo cierto es que yo casi nunca hablaba de ello. Ni siquiera lo pensaba. Antes sí, hace años, hace meses… Entonces siempre estaba pensando en nosotros. En tú y yo. En lo que hacíamos juntos. En lo que decíamos. En lo que pensaba el otro. Pero en todo este largo fin de semana casi no había pensado en nosotros. Ni había pensado en lo que nos esperaba cuando volviéramos a la ciudad. Aquella situación no podía durar mucho. Esa era nuestra última noche. Pensara lo que pensara y pasara lo que pasara en las próximas horas, mañana seríamos dos desconocidos. Tú irías a tu despacho, y yo me sentaría en mi silla, al fondo de la clase. Cada uno se dedicaría a los suyo, sin pensar demasiado en el otro. Con un poco de suerte, nos llamaríamos por la noche, dos o tres veces. Y hablaríamos de cosas intrascendentes, mientras esperábamos que llegara el domingo. Entonces iríamos al cine, a cenar, 39

nos besaríamos en el coche. Me dejaría conducir hasta mi cuarto. Y allí, sin ver ni oír nada, tratando de aislarme de toda la suciedad, del desorden, de las risas, gritos y conversaciones de mis compañeras de piso, de la tristeza de las paredes rancias y de la soledad que entraba a raudales de sombra por la ventana, trataría de sentir algo de calor, trataría de excavar en tus nalgas como quien busca petróleo en el desierto, trataría de cobijarme bajo tu espalda como quien busca refugio para pasar la noche, como si, en mitad de un viaje, la noche me hubiera sorprendido inesperadamente, y, a toda prisa, tuviera que improvisar algún lugar que me sirviera de refugio. Una no le pide mucho a un refugio de una noche. Yo quería pensar que tú eras eso. Un simple punto intermedio entre dos destinos. Un lugar que ofrecía techo y seguridad, aunque más pronto o más tarde tuviera que salir de nuevo al camino. Y algo me decía que ese momento ya había llegado. ¿Importaba entonces no tener destino? No. En absoluto. Como un animal nómada, sentía un impulso irrefrenable. Había que caminar. Había que caminar hacía donde fuera, sin pensar en los peligros que nos esperaban ni en qué estábamos buscando. Eso era algo que tú podías entender, pero no podías tolerar. Para ti, mi posición estaba clara. Yo era una buena acompañante. Podías lucirme en tus cenas y en tus conversaciones de despacho. Habitábamos mundos distintos. Yo estudiaba. Tú trabajabas. Yo vivía en un piso compartido, tú tenías casa propia. Yo era una peonza que rueda sin saber qué se espera de ella, sin comprender que era un mero juguete del que no se espera gran cosa, tan sólo un poco de distracción momentánea. Tú tenías dinero, prestigio, una carrera que seguir. Y pese a todo, no tenías bastante. Pese a todo estabas enfermo de decepción, 40

carcomido por el remordimiento. Tu trabajo, me decías, te alejaba de tu verdadera pasión. Para ti era blanco o negro. Vida o muerte. Escribir o vivir. Yo te podía entender, pero no te podía tolerar. Aquella iba a ser mi último año en la facultad. Yo quería salir fuera. Entre estanterías y cuadros, perdida por pasillos lóbregos y monstruosas bodegas desvencijadas, notaba como los amarres y las anclas se habían soltado y como ese gran barco al que me había subido sin demasiado entusiasmo por inercia, me estaba alejando lentamente del puerto, me estaba separando lenta pero inexorablemente de la vida. Leer una historia de amor no es vivirla. Conocer los errores de los que nos precedieron no debe privarnos de la oportunidad de cometer nuestros propios errores. Si la vida es una batalla perdida, yo sentía de algún modo que mi batalla había terminado antes de empezar. Trataba de rebelarme contra ese sentimiento. Luchaba contra los síntomas, no contra la enfermedad. Y así había acabado convirtiéndome en tu amante joven, guapa, educada, culta, y aburrida, mortalmente aburrida. Pese a todo, nunca te había reprochado nada. Ni tampoco ahora te lo iba a reprochar. Tú eras un ser tan desvalido y tan desdichado como yo. Pero tenías un plan, una estrategia. Querías ser escritor. No querías pasarte toda tu vida en un despacho, entre informes y expedientes. Algunos matarían por tener lo que tú tenías, tú lo despreciabas pensado que estabas malgastando tu talento. Y tenías razón. Tenías razón y yo no iba a ser como los demás, no podía ser como los demás. Mentir no entraba en mi manera de

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actuar. Yo era despiadada conmigo. Y no veía porqué no iba a serlo contigo también. − Coge el coche. Vamos – grité de pronto. − ¿Ahora? ¿Dónde? – preguntaste, sorprendido. Sabías que hablaba en serio. Y que no ibas a encontrar el modo de evitar que te arrastrara conmigo. Pese a todo, te creíste en la obligación de preguntar qué intenciones tenía, a qué se debía esa extraña urgencia de huir a alguna parte, qué fin iba a tener esa absurda aventura. aventura. Y pese a todo ofrecía momentos para la heroicidad y la belleza. Pocos, por supuesto, pero cuando los ofrecía lo hacía sin restricciones. Todos, hasta los más necios y los más viles, podían aspirar a ellos. No me molesté en responderte. − Conduce – te supliqué en cambio. Conduce hasta que te duelan los brazos y se te cierren los ojos. Luego seguiré yo… Teníamos la maleta preparada. En realidad, en todo este tiempo, había estado preparada. “¿Acaso las maletas tienen un sexto sentido?”, hubiera escrito yo antes. Antes… Cuando escribía cosas. Cuando leía poesía y pensaba que algún día yo tendría algo importante que decir. Ese antes no iba a llegar nunca, pensaba ahora, pero lo cierto es que no me importaba. Pero ese “antes” había servido para algo. Por ese “antes” nos habíamos encontrado, aunque tú fueras diez años mayor que yo, aunque tú y yo viviéramos en dos mundos distintos. Luego había llegado el sexo, el amor, las confidencias, las decepciones, las excusas y los intereses 42

“¿Fin? Ninguno”, pensé. La vida entera era una absurda

mezquinos, pero pese a todo yo había seguido queriéndote y tú habías seguido deseándome. Y así podría seguir siendo mientras yo fuera como tú me veías. Sólo que yo ya no era esa persona que tú habías conocido. Algo había cambiado en mí sin que yo me diera cuenta. Un cambio en profundidad, como el agua que va filtrándose en la roca y crea cuevas y cavernas que nadie conoce. Antes, en un tiempo cercano pero ya olvidado, yo era como tú. Pensaba que las palabras no nacían hasta que alguien las escribía. Aquella noche en la casa de campo de tus padres, mirando el fuego, de repente miraba mi vida y descubría nuevos espacios, nuevos mundos. De repente comprendía que las cosas podían ser de otra manera, que las palabras habían nacido para ser leña, para calentar y consumirse, para no dejar rastro. O en todo caso, para dejar una simple mancha negra en la pared. Y lo comprendía gracias a ti y a tu torpeza, a tus comentarios inoportunos y exactos…

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− Escribir es operar a vida o muerte – habías dicho tú unos minutos antes. − Escribir es operar a vida y muerte – te corregí yo. Luego me levanté, te sujeté con fuerza entre mis brazos y te di un beso. Te fustigué con un beso rápido, inesperado y doloroso. Y fue tu desconcierto, tus ojos llenos de interrogantes y miedo los que me hicieron decidirme, los que me dieron el impulso final. “O ahora o nunca”, pensé. Entonces te pedí lo que pensé que no iba a pedirte nunca. Lo que nunca imaginé que tuviera fuerzas para hacer.

“Coge el coche. Arranca el motor. Acelera. Llévame contigo…” No pude evitarlo. Las palabras escaparon de mi

boca, salvajes y violentas, como caballos dando coces en todas direcciones. Ni yo misma pude ponerme a salvo. Tú me miraste. La casa entera estaba en silencio, expectante (hasta las brasas habían dejado de crepitar). Tenías dos pistolas entre las manos. La vida. La muerte. ¿Cuál ibas a disparar primero?

Alfonso Vila Francés 44

(Oviedo, 1976). Actualmente, reside en Madrid. Ha ido al colegio, a la universidad y ha vuelto. Se dedica a escribir poemas que cuelga en su blog: http://vozdetiza.wordpress.com.

no es una broma un anciano se ha volado la tapa de los sesos en la plaza del sintagma y no será el último (Turismo. Antonio Díez)

Efecto mariposa:
Aletea una estilográfica por un despacho de Washington DC y en la plaza Sintagma de Atenas un anciano se vuela la tapa de los sesos.

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Usted tiene una bomba. Tipo penal del delito: Tenencia ilícita de armas junto a tráfico sanguíneo. Usted tiene una bomba. Procedimiento del juicio: Será declarado culpable siguiendo su propio ritmo. Usted tiene una bomba. Efectos del veredicto: Le serán paralizadas aurículas y ventrículos. Usted tiene una bomba. Atenuante admitido: Que usted tenga una bomba y nunca le haya latido.

Iván Rafael

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(Córdoba, 1959). Poeta y narrador. Sus poemas aparecen en distintas publicaciones literarias, así como en blogs y páginas Web. Autor de los poemarios “Lo que arde \ El sueño del herido” (con arte fotográfico de Juan José Romero) y “El laberinto sentimental”.

Llamas en el mar Llamas en las montañas Llamas en mi corazón Llamas profundas Deberías abrazarme… Hay un bar al que llaman “del silencio” porque nos sabe a todos sentenciados por la angustia en ese bar un día vi algo poco usual El jacinto y el musgo espiando tu tristeza mi boca besando el rocío de tus hombros arrastrándome con la voz mas dulce que he oído / en mi vida… No existe campana capaz de tañer tan fuerte ni ofrenda más necesaria que aquella que siento dentro de mí 4747

Han vuelto a tocar tu hermosa canción Ojala fuese tan inteligente como tú Mis hechizos siempre mueren en brazos de los dioses Te Te Te Te quiero quiero quiero quiero debajo encima fuerte y débil, y fiera, y dócil torpe y habilidosa

La noche avanza muy, pero que muy tranquila La luna es un faro a través de la ventana Fuimos elegidos para hacer lo que había que hacer todo pasa tan lentamente, que desespera… Chicos ansiosos y muchachas desconfiadas

nadie conoce a nadie

Carriles abandonados llenos de polvo gemidos de poetas corriendo, corriendo hasta desfallecer Purito éxtasis… 48

Un poema es Como una sinfonía agitándose en mis profundidades Como una ola esperando delante de un acantilado para luego deshacerse en mil pedazos Como un canto apoderándose de la eternidad Como la imagen de una película soñada Como un grano de arena en la tormenta esperando que, de nuevo, el huracán comience Como un caminante que se detuvo en lo alto y se asomó al abismo viendo, sintiendo, jadeando Como el fantasma de un barco perdido que desaparece al amanecer Como la agonía de un rebelde que se sienta en la última fila de los bancos de su iglesia llorando una pena que no comprende Como el que sabe que esperan algo de él pero no sabe exactamente de que carajo se trata y le sobrevienen extraños sentimientos de culpa
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muriendo entre llantos de dolor y desesperación Como el que nada en un río de lava Como el escarabajo que trabaja duro pero sólo acumula deshechos Como el que espera poder remediarlo todo pero se esconde bajo su propia insignificancia

Muriendo entre llantos de dolor y desesperación Como el que nada en un río de lava Como el escarabajo que trabaja duro Pero solo acumula deshechos Como el que espera poder remediarlo todo Pero se esconde bajo su propia insignificancia

Enrique Fuentes-Guerra

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(Ceuta, 1982). Poeta. Sus textos aparecen en diversas publicaciones literarias. Autor de la plaquette “Cacagénesis” (Editorial Alea Blanca) y el poemario digital “Urbe Desta Historia” (Groenlandia, 2011).

teta. En casa de mi abuela… un chalecito adosado… con dos plantas… la playa a tiro de piedra» Y allá fui, to tonto, a
pasar el fin de semana. Me olía que todo no podía ir de color de rosa. Cuando llegué me lo soltó Lucien, mi amigo: «Ah, y viene una

Yo no sé como me meto en estos embolaos. No quería ir, pero me animaron: «Venga va, que nos lo vamos a pasar

es que no te gusta nadie», «hostias tío, relaciónate, «¡cago en la Virgen, es que no todo el mundo va a ser como tú!».

pasar un fin de semana con los Brady, pero bueno... Tenía que confiar en él, que luego venían los reproches: «Coño,

pareja, con su niña, amigos míos. Son muy enrollaos. Ya los verás» No sé donde estaba lo enrrollao del asunto, vaya,

Esta última era mi preferida: no sabía por qué todos pensaban que me gustaría vivir en un mundo en el que la gente fuese igual que yo. Me conformaba con que no existiese nadie en ese mundo. Sin duda, el mejor. Llegaron tarde, casi de noche. Soltaron los bártulos y allí, en la cocina, comenzaron las presentaciones. La niña era una monada, la madre parecía simpática; el padre… había algo en su cara que no me terminaba de gustar. No tardó en confirmar mis sospechas.

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- Bueno, ¿y tú a qué te dedicas, Afry? - Trabajo en una oficina, y también estoy liado con unas oposiciones… - ¡Oposiciones! Muy bien. Yo estudié oposiciones… soy cabo, ¿sabes? Llevo en el ejercito desde los dieciocho… lo mío me ha costado, no fue fácil… pero me viene de vocación. Estoy esperando para embarcarme en la próxima misión… Afganistán… no sé si lo habrás oído… — No… — Pues lo que te digo… ya va siendo hora… no todo va ser formar a novatillos, créeme… no me gusta ser severo, pero a veces es necesario… que a mí nadie me toca los huevos, ¿eh? ¡A mí no se me escapa ni una! Yo me saqué mis oposiciones con mucho esfuerzo como para estar aguantando gilipolleces. Yo juré por la bandera y por el Rey defender España… por eso quiero ir a Afganistán, necesito acción… probarme en el terreno… para eso estamos preparados. — Desde luego. — Para eso estamos… si tuviese que interponerme entre una bala y el Rey, no me lo pensaría dos veces. Yo he jurado la bandera, ¿sabes? Es mi deber. Tras la larga perorata, dio un largo trago a su birra. Soñé, como en algunas películas de dibujitos, con una de esas imágenes a modo de flash en la que un puño de boxeo con muelles sale disparado penetrándole en todo el boquino. Lo visualicé en mi mente y sonreí. Me devolvió la sonrisa, mientras daba otro largo trago, brazo en jarra, a su sobada cerveza. El tipo era definitivamente un gilipollas, de los de cuidao. Pasamos, al otro, un hermoso día en la playa. La pequeña y su mujer eran bellísimas personas. No comprendía como

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aquel neandertal podía tener mujer e hija. Quiero decir… cualquier imbécil puede tener mujer e hija… lo extraño era que no lo hubieran abandonado ya. Esto me tenía con la mosca detrás de la oreja. Habíamos proyectado hacer una barbacoa en el jardín del adosado a media tarde, después de la playa. La familia subió primero, a hacer sus cosas de familia; Lucien y yo nos quedamos un rato más, viendo el atardecer. — Lucien… — ¿Qué? — Ese tío es gilipollas. — No, hombre… no es mala gente. — Y de los de mucho cuidado. Te digo yo que he conocido a lerdos del culo como éste, no me fío. — Es un poco fantasma, pero luego es buen chaval. - ¿Un poco fantasma? ¡Es el Coco en persona! Recogimos los bártulos y volvimos al nido. Allí nos encontramos con toda la familia recién duchada, oliendo a Nenuco. Los bajos del coche de Lucien estaban jodidos, había que hacerles un arreglillo. Cabo Imbécil se ofreció para ir preparando la barbacoa mientras nosotros nos íbamos a jugar a los mecánicos. Salimos al porche, en busca del vehículo. Juro por Dios que no había pasado ni un minuto cuando unos gritos, a lo lejos, captaron nuestra atención. — …ucien! …ucien! — ¿Lucien? ¿Dicen Lucien? — ¡Qué va! Será una madre llamando a su hijo…

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Una leche. Lo siguiente que oímos fue más inquietante. La mamá salía despavorida por la puerta del adosado, gritando. — ¡Llamad a los bomberos! ¡A los bomberos! Corrimos al interior de la casa y la cruzamos como una exhalación hasta el patio trasero. Lo que nos encontramos allí era para verlo. Era Cabo Imbécil, petrificado, sin mover un pelo del culo, observando un espectáculo luminoso. Las llamas cubrían el seto y se extendían cuatro metros por encima de nuestras cabezas. ¡Menuda fogata! ¡La hostia! ¡La que había liado! ¡Si ya lo sabía yo! ¡Semejante tonto no podía durar tanto sin cagarla! ¡Es que me dieron ganas de cogerlo y tortearlo! ¡Así… con toda la mano abierta! ¡Había que ser pero que muy tonto! ¡La Virgen, qué gilipollas! Lucien ya es que ni se movía del miedo. La urbanización entera iba a quedarse hecha fosfatina… ¡Joder, joder, joder! ¡El barrio entero! ¡Iba a arder hasta el cielo! ¡Y con muertos y todo! Ya nos veía en el trullo… nos iban a hacer el culo Pepsi-Cola… — ¡Pero animal, coge la manguera! - le gritaba su mujer desde el balcón. — A los bomberos… ¡Hostias! ¡Llamadlos! — ¡Agua! ¡Coño! ¡Cubos! ¡Nos os quedéis parados! Corrí al interior de la casa; cogí el cubo de la fregona y empecé a llenarlo en el fregadero. Aquello tardaba tela, los segundos goteaban del grifo como puñeteros. No había tiempo que perder: la casa del al lado tenía un techado de madera que ya estaba empezando a chamuscarse. Se iba a liar la de Dios…

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Cuando volví, aquello me sobrecogió. Las llamas habían duplicado su potencia y el seto ardía ya tres cuartos. Cabo Imbécil, el imbécil, estaba subido al tejado apuntando con la manguera casi sin potencia sobre las llamas. Se estaba quemando el muy pavanata. — ¡Pero bájate de ahí, que te vas a matar! — gritaba su mujer, al borde del ataque de ansiedad. — ¿¡Pero tú eres retrasado!? ¡Me voy a cagar en toda tu fundación! ¿¡Pero tú lo estás viendo!? — Es gilipollas, Lucien… ¿te lo dije o no te lo dije? — ¡Ha sido de pronto! ¡De pronto! — se excusaba. — ¡De pronto te voy a arrancar el corazón! ¡Me voy a cagar ya hasta en tu madre! Lucien echaba espumarajos por la boca; es que veía la factura venir… si salíamos vivos, claro. La cosa se nos estaba yendo de las manos. Los cubos no apagaban ni una cerilla… aquel soplapollas iba a arder como una Falla… Nos veía a todos ya carbonizados… la urbanización… la ciudad entera… y todo por la acción de un sólo hombre: Cabo Primero de Zapadores. — ¿A Afganistán vas a ir? ¿¡Es que eres un GIJOE!? ¡Hay que tener cojones para darte a ti un arma! ¿Quién fue el retrasado que te aprobó las oposiciones? ¡Fantasma! ¡No! ¡No! ¡Aquí! ¡Mírame a los ojitos! ¡Sí! ¡Fantasmón! Yo intentaba calmar a Lucien, pero no había manera. El trabajo era agotador. Sólo habían pasado siete minutos: ya habría tiempo de ponerle la cara como Cristo manda. Cuando ya lo creíamos todo perdido, de pronto, de no se sabe dónde, empezó a llegar gente de todos lados. Colaboración ciudadana de la buena.

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Gentes con cubos; mangueras que salían de las casas colindantes, de las calles adyacentes, de los pueblos cercanos… entraban por la primera planta, por el sótano, por el jardín, nos tenían rodeados… Al final, en un minuto, lo que parecía iba a acabar en catástrofe, quedó en un montón de ramas secas y humo espeso. Había que verlo, al Cabo, al que iba a salvar al Rey. Sudaba la gota gorda. De pronto, sus aires de Rambo se le habían ido. Era un conejito. No le salía ni la voz. Se ahogaba. Lucien es que no lo quería ni ver. — ¿Pero cómo has hecho, hijo de mi vida? — Estaba abanicando, y una chispa ha saltado al seto… y ya no sé… — ¿Y qué más? — He seguido abanicando. Pensaba que así… En ese momento se presentó la policía. Procedieron a interrogarlo para redactar el parte. Después de un rato conversando, aclarando las circunstancias de lo ocurrido, parecían haber llegado a la misma conclusión: Tonto, a secas.

Rubén Casado Murcia 56

poetas De León Torres y De León Iturbe. Inicia su formación en la biblioteca pública municipal Eusebio Kino. Discípulo literario de Sergio Valenzuela Calderón. Ha colaborado con sus poemas en el proyecto “Difusionados” y ha obtenido menciones de diversos certámenes poéticos. Autor de “Danzas en lo oscuro” y “Autoumbría”. En breve, publicará en formato digital “Luna en mi lectura” (Groenlandia, 2013).

(Magdalena de Kino, Sonora). Poeta mexicano, heredero de la dinastía de

Poesía poseo blanca astronomía mis trenzas y vengo a encontrarme mano la mano en la casa visible menciono mis ojos, luces mi mente. Te escribo, te suscribo. escribo subrayando y un libro evolucionando... de mi primer cuaderno, máquina de mi voz esta ventana; cosmo voy buscando el verso, el riesgo todo me enseña revela.
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Niña de Cristo. Es difícil quererte sin palabras, sólo silencio flores sembradas cuando llegas. Estás mirando tus ojos flor entre yerba y caen alumbradas las flores y una mujer entre columnas; luce su tiempo sus ojos dulces cristales buscan la luz del misticismo. Miro mover tus labios y tus manos tantas tardes a la mesa

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de las cosas profundas y el silencio unos versos, una pincelada. Sé que tu pensar constante tu ritualidad, sé que tu cuerpo tiene la esbeltez entonces y soñaremos Minerva el testamento de lo que éramos. virgen del Tauro, niña de otra majestic. El oeste se llena de estrellas azul si vieras.

Vine por ella y no moriré en la madrugada pétalos rojos fijan una flor en mi mano. Soy la noche, las noches, lo mímico (pétalos vocales) tengo un precipicio en mi cabeza. Esta noche tengo el encanto... tinta celebrando tinta de deseando y escribo de morir; evoco la muerte noche cambiante siempre la calle es diferente te ahora.

Amancio de Lier

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(Córdoba, 1982). Licenciada en Humanidades. Master en Textos, Documentación e Intervención Cultural; actualmente, es estudiante y pluriempleada. Sus poemas y relatos aparecen en diferentes publicaciones, digitales e impresas, de España e Hispanoamérica, así como en antologías literarias. Autora de “Bocaditos de Realidad” y “Cuentos de la carne”. Ha sido traducida parcialmente a seis idiomas. Ermitaña, misántropa, huraña: un personaje entrañable.

Habrá que continuar Que seguir respirando Que soportar la luz Y maldecir el sueño Que cocinar sin fe Fornicar sin pasión Masticar con desgano Para siempre sin lágrimas. (Idea Vilariño)

Yo no soy nadie.
Hay un corazón irónico y torturado, una cuenta corriente en alarmante descenso, una aspiración a jugar a la supervivencia en días despreciables, a apurar madrugadas de apuntes, lágrimas y tazas calientes - hasta arriba de asqueroso edulcorante -; meses sin derramar versos en cuadernos garabateados - no, no me ha abandonado la poesía: lo siento, “queridos”, no os consentiré ese triunfo -, porque yo estoy sin estar

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me ubico en un espacio idéntico a la habitación acolchada de un psiquiátrico - esa mancha negra, esa mancha que se nutre de / temores, que crece cuando lloras y enmudece con pastillas -, decorada con fotografías en escala de grises - mi calle, el parque, la oficina del INEM, el / supermercado y reduciendo mi mundo al aroma de las hojas secas - este maldito otoño, esta memoria traicionera que / acumula recuerdos: extraño el levantarme temprano para ganarme el / sueldo, extraño el cariño, tu cariño… extraño a la niña que era antes -, a tranquilos paseos con el perro por las aceras, a repartir mi esperanza en papeles con datos académicos / y formativos,

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a las pequeñas labores del hogar y al escritorio / desordenado la agenda con recordatorios sobre temarios inacabados - detesto, repudio los pasos hacia atrás y citas rutinarias, obligadas o nostálgicas. Y todo esto es nada.

- los libros de poemas, escondidos -,

Nada.
Porque yo no soy nadie: soy un número más, soy un trozo de carne más, soy una inútil más. Porque no tiene sentido la batalla con las manos desnudas, porque, por muchas lecciones de moral gratuita que nos chillen, sabemos perfectamente que con la voluntad no basta. Y, precisamente por eso, no soy nadie ni tengo nada: el precio para escapar del fracaso es despojarte de la dignidad, ése que están dispuestos a pagar algunos por una plaza ficticia en el paraíso de los necios, y no puedo deshacerme de aquello que me levanta de la cama de lunes a domingo y que me encomienda / a patear los imprecisos límites de la realidad

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hasta que mis nudillos se descarnen hasta que mis ovarios rabiosos estallen hasta que mi paciencia agonice en una tumba

aunque conozca el final exacto de esta historia.

Ana Patricia Moya

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FRANCISCO PRIEGUE

I´m not swedish, but Ikea I´m not neanderthal, but skeleton I´m not phoenician, but a sailor

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ELIZABETH PINEDA
Turbulencias Nota V

7 8

LUCÍA FRAGA

Y todo desaparecerá… La mala de la película

9 11

PEPE PEREZA

La búsqueda La importancia de llamarse Ernesto

13 15

MARTA POLINCINSKA
Desapariciones Juguete Desmaravillas Confines del Universo Sin eco

18 18 19 20 20

ISABEL TEJADA

Es un amago Porque de allí venía yo también

21 23

LYDIA CEÑA

Siete formas de decir adiós

25

EVA MARÍA MEDINA
Aquella tarde de circo La náusea

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JOSÉ PASTOR GONZÁLEZ
De putas Vejestorios Basura

32 33 34

JOSÉ ÁNGEL CONDE
Guión adaptado Juan en Patmos

35 36

ALFONSO VILA FRANCÉS
A vida y muerte

38

IVÁN RAFAEL

La teoría del caos Análisis de la reforma del Código Penal

45 46

ENRIQUE FUENTES-GUERRA
Crucigramas (II) Un poema

47 49

RUBÉN CASADO MURCIA
Cabo imbécil

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AMANCIO DE LIER
Arte poética Antonieta Lovely Respiración poética

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ANA PATRICIA MOYA

Metafísica de una individua corriente…

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Suplemento Groenlandia número dieciséis Febrero \ Junio del 2013
Diseño: Amarande Guzmán (portada) \ Ana Patricia Moya Rodríguez Maquetación: Ana Patricia Moya Rodríguez Corrección: Ana Patricia Moya Rodríguez Edita: Revista Groenlandia Han participado en este suplemento: Amarande Guzmán, Lucía Fraga, Pepe Pereza, Francisco Priegue, Elizabeth Pineda, Marta Polincinska, Isabel Tejada, Lydia Ceña, Eva María Medina, José Pastor González, José Ángel Conde, Alfonso Vila Francés, Iván Rafael, Enrique Fuentes-Guerra, Rubén Casado, Amancio de Lier y Ana Patricia Moya. Para el diseño de este suplemento también se han utilizado fotografías e ilustraciones de diversos artistas consagrados: Fredrik Ödman (página 40), Marc Da Cunha Lopes (5), Alexandr Ladanivskyy (6), Alberto Seveso (8), Christophe Huet (9), Arina Sergei (12, 34), Amanda Elizabeth Joseph (13), Rocco Normanno (15), Ibai Acevedo (19, 32), Fran Rodríguez Learte (23, 37), Puggioni (27, 61), Maleonn (31), Alex Fischer (35), Dido Fontana (43), David Talley (45, 58), David Lachapelle (48), Kenneth Latinis (50), Alex Ross (51), Danny Quirk (56) y Ylenia Salaris (63).

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Todas las obras – relatos, poemas, fotografías e ilustraciones – pertenecen a sus respectivos autores. Las imágenes de artistas consagrados, utilizadas para el diseño de esta publicación, han sido obtenidas de la red. Todos los contenidos de esta publicación digital, desde el número cero, están protegidos. Este suplemento se presenta como anticipo de la próxima revista (en su correspondiente número). Groenlandia expresa que, para proteger nuestra cultura, es esencial proteger las ideas originales de sus autores porque las mismas son un trabajo de imaginación y esfuerzo únicos. Groenlandia aboga por la total libertad de expresión sin censuras.

Groenlandia es una publicación gratuita que no busca lucro: defiende la gratuidad de la cultura.
Todas las publicaciones digitales son de lectura y descarga gratuita, disponibles en las distintas plataformas virtuales (página Web, ISSUU, SCRIBD, CALAMÉO).

ISSN: 1989-7405 DEPÓSITO LEGAL: CO-686-2008
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Revistas

Suplementos

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ÚLTIMOS LIBROS DE GROENLANDIA

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Para que sirve Jorge Barco, Jorge Barco Desde momentos encapsulados, Francisco Priegue El forro (segunda edición), Gsús Bonilla Convivo con lo extraño, David García Eso que revienta, Juan Andrés Herrera La madre que lo parió, Raúl Bombs Luna en mi lectura, Amancio de Lier Recopilatorio de lo absurdo, Antonio Fernández Sánchez Me miro al espejo… y me gusta lo que veo, Ramón Zarragoitia

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Editorial Groenlandia www.revistagroenlandia.com http://elblogderevistagroenlandia.com.es http://www.scribd.com/RevistaGroenlandia http://issuu.com/revistagroenlandia También estamos en:

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