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“La carretera roja” (poesía de no ficción), de David González

© 2012 David González

Primer prólogo de Ángel Muñoz Rodríguez Segundo prólogo de Gsús Bonilla Epílogo de Andrés Ramón Pérez Blanco

Primera edición e impresión: Celya Editorial (Octubre del 2002, ISBN 84-95700-18-2). Reedición digital: Groenlandia, 2012

Todos los derechos reservados. Editado digitalmente por Groenlandia con permiso de su autor.

Directora: Ana Patricia Moya Rodríguez Corrección: Ana Patricia Moya Rodríguez Maquetación: Ana Patricia Moya Rodríguez Diseño: Felipe Solano (portada y contraportada) \ Felipe Zapico (fotografías de interior) \ Ana Patricia Moya

Depósito legal de esta edición digital: CO 815 - 2012

Córdoba, 2012

NOTA DE EDICIÓN:

La primera edición e impresión del poemario de

David

González

Díaz,

“ La

carretera

roja”,

fue

publicada

por

Editorial

Celya

en

el

mes de

Octubre

del

año

2002,

de ntro

de

la colección

“Generación del Vértice”, contando con el ISBN

84-95700-18-2.

Diez años después, el proyecto cultural sin ánimo de lucro Editorial Groenlandia, recupera este poemario, ofrecien do una nueva reedición en formato digital, para la óptima difusión de la obra poética de este autor.

Editorial Groenlandia \ David González

La no ficción a la que siempre está aferrado el de San Andrés de Los Tacones
La no ficción a la que siempre está aferrado el de San Andrés de Los Tacones
La no ficción a la que siempre está aferrado el de San Andrés de Los Tacones
La no ficción a la que siempre está aferrado el de San Andrés de Los Tacones
La no ficción a la que siempre está aferrado el de San Andrés de Los Tacones

La no ficción a la que siempre está aferrado el de San Andrés de Los Tacones no da pie a otras posibles interpretaciones:

el texto tiene una voz propia tan contundente que es innecesario. Por la causa que he mencionado más arriba, no es de recibo tratar de acla rar al lector lo que podrá encontrarse a continuación. Tampoco lo es hablar sobre la persona de David González. Pese a lo que él pueda pensar, el compromiso vital, esa convicción sobre su forma de entender la poesía y lo que conlleva hasta el final marca, o ha marcado, a muchos de los que se iniciaron hace unos años o quieren iniciarse a día de hoy. Sí puedo afirmar con rotundidad que el autor tiene una voz propia, inconfundible,

y

que

el

fruto

de esa

siembra lo

ha

ido recogiendo, poco a

poco, y

con

el paso

de

los

años , aquí y allá. Repito: aunque

él se empeñe en dejarnos

clar o que

todo lo

que le rodea

no

es más que mero humo, muestra de ello es la cita que escoge

de

Paul

Bowles para

su

poema El

príncipe de los tejados

(“ Durante cuarenta años he esta do vendiendo agua a la orilla de un río”). No se engañen. Su figura es demasiado alargada como para que, en general, sea obviada. Aún así, trataré de que este prólogo se ciña al David que yo conozco.

Creo recordar que

fue

hace

ci nco

o,

tal

vez, seis años,

cuando escuché a David en dire cto. Un buen amigo, Antonio

Díez, me invitó a acudir con él a una lectura que se producía ese día, por la noche, en un lo cal del barrio de Lavapiés. Me

llevó para

oír,

sí,

oír,

abrir

la mente

y

prestar atención.

Parece que fue ayer: en aque lla cita nomb res como Ana

Pérez Cañamares,

Gsús

Bonill a, José Naveiras, Deborah

Vuküsic o el propio David deja ron de ser anónimos para mí.

Nunca había acudido a algo simila r; él leyó en último lugar. Sus armas eras sus poemas y sus manos cargadas de anillos. Todo funcionaba solo , sin mayor explicac ión. Me gustó. A

posteriori lecturas como “Loser”, “En tierras de Goliat” , “Sembrando hogueras” o “El demonio te coma las orejas” , por poner algunos de los di stintos títulos, sustituyeron a Blas de Otero, Ángel González o Mario Benedetti. No por mejor o peor, sencillamente por interé s: David fue la punta del iceberg, el extremo del ovillo de muchos más libros y escritores que fui desmigajando: Karmelo Iribarren, Mohamed Chukri, Paul Bowles, toda la Generación Beat y un largo etcétera. Lecturas, quizá, ahora muy lejanas en mis intereses actuales, pero no puedo evitar la verdad, y no es otra que su impronta en mis inicios como ávido lector y escritor. Pero no hablemos de mí. Quiero seguir centrado en David González y la trayectoria que he ido siguiendo hasta convertirnos, por qué no deci rlo, en buenos colegas.

Indagué en su antiguo blog, el espacio que le tiene reservado

wikipedia , recitales

que

impartía

por

toda

la

geografía

peninsular, noticias en to rno a aquella persona tan

atractiva, intelectualmente ha blando. Todos sabemos, yo lo

he sufrido en mis propias

carn es, que el mundo editorial y

más el poético, está a día de hoy paradísimo. Y hablo con conocimiento de causa tanto co mo, digamos, escritor y ex

editor.

Que

editoriales

como

Baile

del

Sol

o

Bartleby

se

interesasen por la obra de Da vid es algo que denota la

relevancia que tiene y tenía, independientemente, repito, si estás o no conforme con su compromiso poético; otras

editoriales, y no diré nombres po rque no es el prólogo de un amigo el sitio más idóneo, senc illamente cierran la puerta a

todo

aquello

que

pueda no entr ar

en

sus

catálogos

al

no

cumplir la “norma”. ¿Quién impone la norma? Esta

temática se merecería un ensayo aparte.

Pasado un tiempo, aquel amigo que me inició y David, junto a Jim Jump tradujeron una serie de poemas sobre brigadistas en la guerra civil española. Otra vez el compromiso y la

defensa del débil como algo im borrable en su mente. Ese libro titulado “Hablando de Leyendas (poemas para España)” , editado en Baile del Sol , resulta escalofriante. Dar voz a los que no la tuvieron.

La

faceta

de

traductor

y

de

poeta

traducido

es

algo

importante en

un

es critor:

te

sirve

como

vara

de

medir.

David González y sus poemas ha n sido traducidos a varios idiomas. ¿Quieren más? Sigamos.

El vínculo entre ambos se fue estrechando hasta el punto de poder conocernos en persona y tratarnos de igual a igual.

Porque eso es

lo

que

le

gusta

a

él:

“No

miro

a

nadie por

encima del centímetros”.

hombro

\

y

eso

que

mido

1

metro

con

85

Fue en Illescas (Toledo), en una lectura que compartimos

con otras

personas

y

en

la

que David y Kutxi Romero eran

cabeza

de

cartel.

Volví

a

to parme

con

su

realidad,

la

realidad que él tiene, que puede ser o no similar a la

nuestra.

Lo

deja

muy

claro

con

la

acertada

cita

para

el

poema Sobre ruedas de Alexander Trocchi: “…y siempre soy consciente de que estoy comprome tido con la realidad, no con la literatura”.

Poemas contundentes, finale s

enfatizados

gracias

a

la

fragmentación del verso, bofetada s en el rostro sin adornos. Pondré algunos fragmentos que pueden encontrar en la siguiente lectura a modo de ejemplo: “ Sólo yo camino por el centro de la calle. \ sin paraguas. \ mojándome”; “no te pegan porque hayas hecho nada malo, \ te pegan porque no puedes devolver los golpes \ ni tienes a nadie \ que los devuelva por ti”; y así muchos más. Más fotogramas de instantes en los que pretende, creo yo, que el que pone los ojos participe,

pero sin interrogar, sin juzgar, no quiere juicios de valor: “ si el Señor \ es mi pastor, \ entonces, \ ¿quién es mi perro?”.

Hay dos

temas

que

de

una

manera

otra terminan

rondando los poemarios, que no libros

u de poemas,

que

ha

ido

construyendo

durante

años:

son,

primero,

la

figura

paternal

y

el conflicto

con

la

misma en poemas

como La

hora del Cinturón,

La Ley

del Cuadrilátero o La otra vuelta

del hijo pródigo; segundo, la cárcel que tanto marcó su vida

y del que un poemario da fe: “El demonio te coma las orejas” .

En este

caso

que nos

ocupa lo retoma con poemas como:

Jaque, Despedida y Cierre o La Única Respuesta Posible.

Su diabetes insulinodependient e, la soledad escogida, estar de vuelta de todo y tener el firme propósito de mantenerse vivo es algo que tampoco ocul ta, ¿para qué? El poemario está lleno de refere ncias a todo ello.

Hace poco, y con motivo de una lectura a la que fui invitado en Gijón, volvimos a coincidi r. Leímos, charlamos y sobre

todo fumamos en el interior de

un garito (ahora que ya

no

se puede) casi toda una noche. En el transcurso de la

conversación me lo dejó muy claro: “Sigue escribiendo pero no dejes de trabajar. Eso es lo que realmente te dará de comer y no la literatura”.

Desde aquí, David, te digo que seguí y sigo ese consejo. Que sé porqué me lo dijiste pese a que tú abandonases todo por

la escritura. Que te creo y creo en tu convicción. La realidad otra vez, sin enmascarar, co mo en sus poemas. Una buena recomendación gratis que en ni ngún momento, amigos, debe ser rechazada.

Ángel Muñoz Rodríguez

No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que
No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días. Albert Camus Ana García Mellado -que

No esperes al juicio final. Tiene lugar todos los días.

Albert Camus

Ana García Mellado -que no

es

poeta, y

sin embargo mi

amiga- apuntó una vez, en

un

proyecto

común,

que

la

poesía era como forma de expres ión, quizá la más íntima de

todas;

una

gran

metáfora

donde

dejarse

ver

tal

y

como

eres.

No he encontrado, hast a la fecha, definici ón mejor, o que se ajuste como un guante a la respuesta de tan traída cuestión: ¿Qué es poesía?

Ni

en

los

poetas

épicos,

ni

en

los

líricos,

ni

en

los

dramáticos,

ni

en

los

de

la

conciencia,

confesionales,

realistas, etc., etc., o, cómo di ría, para resumir,

mi amigo

Alberto:

 

ni

en

losmiraquelindos

o

elípticos , ni

en

los obvios o neorrabiosos. No encontré, en ninguno de ellos,

un

concepto

suficientemente

de

mi

agrado

para

la

gran

pregunta; claro que,

para

gust os,

los colores. De manera

que, desde que Ana lo apuntó, en mi humilde opinión acertadamente (y contando co n su permiso), hago mía su frase.

Ahora caigo en la cuenta de que David González no conoce a Ana García Mellado, y ésta no conoce a David, y afirmo (a día de hoy) que la poesía de éste tampoco. De modo que,

cuando el

azar

es así de esquivo,

sólo le queda

el

capricho

de conducirles hasta

a

mí, qu izá

como nexo común entre

ambos, para que a mí se me an toje que este es el momento

propicio

para

reconducir

al

lector,

que

llegó

hasta La

Carretera Roja con la idea o el concepto equivocado sobre su

autor

y

su poesía,

y

así

llevarle, por si quedara alguna

duda: a lo obvio, y que no cesa en la herida poética del

POETA que se van a encontrar en la sucesivas páginas, y que dice: “Escribo, para limpiarme por dentro”.

Un

prólogo, pienso, sobre un poemario del POETA David

González.

Me toca hacer enca je de bolillos.

Me insisto:

Prologar a uno

de

los

poetas

-cuando no el primero-

que

hizo que

mi

interés

por

esta expresión artística (así lo

apostilla

la

R.A.E)

toma se

un

camino

claro

y

sin

concesiones; es decir, decidi r que la manera más honesta

para dedicarte a escribir poemas

es

la

de mostrarte

tal

y

como eres, a través de la metáfora mal sonante y

constante

del

día

a

día

que

te

rodea;

en

la

que

amas,

obtienes,

fracasas,

te

levantas,

etc.

y

miles

de

etcéteras

más…

en

definitiva,

en

la

que

te

ha

tocado

vivir;

en

consecuencia, la que resuelves compartir con los demás, al

menos,

como

 

puede

ser

el

caso,

con

la

intención

del

“cuidado

interior”

de

la

persona.

Y

sobra

decir

que

no

estamos

hablando

del

aseo

de

la

piel.

Otra

cosa

bien

distinta

es

la

predisposici ón

que

tengan

los

oídos

de

quienes quieran escuchar, pero ah í, si ésta es nula, nada se puede hacer.

poco o

Me repito:

Prologar el asfalto ensangrentado por el goteo incesante de la palabra de David González; mi hermano, sí. Mi hermano.

Porque hermanos también lo son quienes tienen vínculos

comunes entre sí, y no son pocos los que tiempo a esta parte tenemos. Y mantenemos.

él

y

yo

de

un

Desde que Ana Patricia Moya me encargara prologar La

Carretera Roja vengo dedicando las primeras

lecturas del

día a leer estos poemas, leerlo s de nuevo; sin embargo en

días como el de hoy, que comien zo a pincelar este prólogo, a

uno le ahoga

un poco la idea de volver a rein cidir y recalcar

una vez más que la propuesta po ética de David González

es

algo más que grande; entonces , me encamino y pienso en

mis dos suertes, una por el

en cargo

de

la

editora de

esta

reedición; y dos, porque sentirse algo más que amigo

del

POETA es sentirse afortunado ta mbién.

Y es ahí donde está

siempre el

resquicio de un

donde entra el

cuerpo de

la

amistad

y

pr ivilegio por hace

que

que

 

la

misión

encomendada cobre otro carism a, si acaso,

un

poco más

personal, y a modo de agradeci miento hacia al autor; en primer lugar, por su recorrido hasta el dí a de hoy en la tan manoseada, a conveniencia, “lit eratura española”; también, por lo que ya apunté en uno de los anteriores párrafos de este texto, y que se refiere a “m i camino”, por lo tanto, solo a mí me concierne.

Un

prólogo, pienso, sobre un poemario del POETA David

González.

Machaco:

No voy la certeza-

a

ser

el

de

primero, como es sabido; tampoco -y

tengo

que

no

seré

el

último

en

el cometido de

prologar una obra suya. Y enti endo, que estando de acuerdo

con

todo lo

que

se

ha dicho

sobr e él

y

su

poesía

por

todo

aquel

que lo prologó alguna

ve z,

y que fueron

muchos, y

con mucho acierto. Posiblemen te yo tenga poco más

que

añadir. Así que decido, para este prólogo, coger la variante hasta nuestro cruce de caminos particular, tomar el acceso

en el que se encuentra el milagro de la amistad, y ahí

diseccionar, en

la medida justa de

mi

juicio,

al

tipo,

y

al

arquetipo, desde la atalay a de la confianza y el

conocimiento mutuo que se proc esan los hermanos; en otras

palabras, y

por

si

no quedó claro,

aprovecho la ocasión y

muestro mi gratitud al POETA que camina sin paraguas por

el

centro

de

la

calle cuando llueve; al POETA que hizo que

me acuerde de Laura cada vez que uso jabón;

al POETA de

los pasos perdidos; al POETA de los brazos, al POETA de las manos, al POETA de las piedras, al POETA, sobre todas las cosas, del gesto; a mi hermano, el de las letras mayúsculas en beneficio de las minúscul as, al POETA David González;

POETA, al que una parte amplia

de

los

nuevos y -otros no

tan nuevos- mercaderes de la cultura tratan

de

ocultar; y

NO supongo que, por desconocimiento de su valiente

propuesta

literaria,

sino

más

bien,

entiendo

yo,

por

las

otras mierdas

en formato prejuicio, perjuicio o interés, que

acompañan siempre a los tratan tes*. Y muestro mi gratitud, mal que les pese, a este Se r Humano y sin embargo, POETA.

* no te engañes; / te ofrecen – a menudo- / el incentivo // del

aplauso.// que te de igual / que te importe una mierda // que te sude / el coño, o por extensión // la polla. //somos viejos / -

con concha de galápago- // y sabe mos se dedica a calentarnos / es el sol.

/ de sobra

/ que quien

Gsús Bonilla

(Noviembre del 2009, en un lugar de la acogedora Siberia Extremeña)

sigues la carretera roja y te conduce a la posada vacía.

ARTHUR RIMBAUD

y contra los que se irritan con nuestra escritura, los que no nos dejaron crecer de forma natural, porque son unos necios, nos secuestraron nuestra infancia, nuestra juventud y toda nuestra vida, nuestra revancha será vencer con la creatividad los malos tiempos que nos hicieron vivir.

MOHAMED CHUKRI

que tú no tengas imaginación, no quiere decir que la realidad no exista.

ÁNGELES MENDÍVIL

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¿tú, predicador? DAVIS GRUBB si el Señor es mi pastor, entonces, ¿quién es mi perro? 19

¿tú, predicador?

DAVIS GRUBB

si el Señor es mi pastor, entonces, ¿quién es mi perro?

camino con las manos en la lluvia. KATERINA GOGU la calle está cerrada al tráfico. le

camino con las manos en la lluvia.

KATERINA GOGU

la calle está cerrada al tráfico. le han lavado la cara con alquitrán pero se puede caminar por encima. sin embargo, nadie lo hace.

sólo yo camino por el centro de la calle.

la gente se motiva más en las aceras, pisándose unos a otros. empieza a lloviznar débilmente, a orbayar, como decimo s aquí en asturias. la gente aborrece la lluvia. así que da comienzo en las aceras un duelo frenético de paraguas.

sólo yo camino por el centro de la calle.

sin paraguas.

mojándome.

y afilo mi lápiz con el cuchillo de cortar el pan. KUTXI ROMERO dos niños duermen

y afilo mi lápiz con el cuchillo de cortar el pan.

KUTXI ROMERO

dos niños duermen en sus mortajas

los médicos no supi eron ser padres las enfermeras no qu isieron ser madres

solamente el loco que rebaña escudillas de otros que recoge migajas de pan permanece junto a ellos

y

terminé la carne cogí lápiz y papel me fui a mi cuarto

a compartir el pan con el demente

a despertar a los niños

Yo tenía el pa ntalón mojado. MOHAMED CHUKRI y Si la manecilla pequeña está en el
Yo tenía el pa ntalón mojado. MOHAMED CHUKRI y Si la manecilla pequeña está en el

Yo tenía el pantalón mojado.

MOHAMED CHUKRI

y

Si la manecilla pequeña está en el seis la grande en el doce, ¿qué hora es?

y

Te lo voy a repetir de nuevo, esta vez procura prestarme atención.

y

Si la manecilla pequeña está en el seis la grande en el doce, ¿qué hora es?

Tenía seis años, y mi padre se había emperrado en que tenía que aprender la hora.

y

No pienso repetí rtelo más veces, así que escúchame bien no me obligues a tene r que sacar el cinturón.

y

Si la manecilla pequeña está en el seis la grande en el doce, ¿qué hora es?

¡No lo sé, papá! ¡De verdad que no lo sé! ¡No me pegues!

Entonces, se quitab a el cinto de piel

y

de los pantalones de te rgal que llevaba puestos lo agarraba por la parte de la hebilla.

Nunca se le caían.

Los pantalones.

no malgastaré más tiza.

BART SIMPSON

no se molestaron en oír los zumbidos de la mar en mil orejas de puntillas,

en comprender que la regla astillada castigaba sus propias manos,

en contemplar en las pizarras niños de tiza,

borrándose

Comemos la sonrisa y escupimos los dientes.

CHARLES SIMIC

Me sacaba seis años. Era un poco abusón. Un poco mucho. Sé cuando va a cambiar el tiempo porque empieza a dolerme el hombro izquierdo.

Una mañana le sorprendió mi padre.

Como te vuelva a ver pegándole, los puñetazos te los devuelvo yo. A mi hijo no le pone la mano encima nadie más que yo, procura no olvidarlo.

Después de eso, los puñetazos cesaron, pero a mí aún me llevaría algunos años más entender una verdad tan simple como esta:

no te pegan porque ha yas hecho nada malo,

te pegan porque no puedes devolver los golpes ni tienes a nadie que los devuelva por ti.

saliva.

es extraño que ahora piense en ti.

ALLEN GINSBERG

el aroma a saliva lo impregnaba todo:

el pelo, la ropa, los sofás: el reservado de la discoteca en su totalidad.

morreábamos.

teníamos toda la cara embadurnada de saliva, pegajosa.

después, más adelante, cortamos. mejor dicho: cortaste. así se decía en aquel tiempo: cortar.

no volví a besart e en la boca.

veinte años después, para recordarte, sólo tengo que hacer una cosa.

escupir.

quiero atar el tiempo como el cordón umbilical.

CAROLYN FORCHÉ

mientras jugamos estas partidas de ajedrez mientras matamos el tiempo el tiempo sigue su curso inexorablemente,

sin acordarse de nosotros,

olvidados en esta puta celda olvidando la palabra Tiempo.

un bosque de encinas. al fondo, sobre la colina, las ruinas de una torre. en el valle, el trigo. el sol es un agujero que atraviesa la alcayata que fija el calendario a la pared.

y los paisajes se deslizan…

LINDA GREGG

con las manos esposadas.

JOHN FANTE

esto no lo he contado nunca, creo.

las manos esposadas a la espalda,

la mañana en que me trasladaron desde la cárcel provincial de oviedo hasta el ce ntro de cumplimiento de hombres de monterroso, un pueblecito cerca de lugo, galicia.

las manos, esposadas a la espalda.

mis padres aguardaban fuera. no les permitieron entrar a ver a su hijo. ni siquiera cinco minutos, CINCO PUTOS MINUTOS. las normas, el reglamento , llámalo como quieras.

y

no les dejaron, yo,

las manos esposadas a la espalda,

ni siquiera la posibi lidad, el consuelo, de alzar el brazo y decirles

adiós.

creo que me gustaría verte al menos una vez más. RYU MURAKAMI y En el verano

creo que me gustaría verte al menos una vez más.

RYU MURAKAMI

y

En el verano de mil987, ella hablaba y hablaba hablaba, como si le estuvieran dando cuerda constantemente. Y al hablar tenía la costumbre de tocarme en la mano, en la rodilla o en el muslo. Además, se reía cada dos por tr es. Y todas las noches aparecía con un peinado di stinto. Llevaba el pelo tan largo que solía sentar se encima de él. Tenía una melena divina. Pe ro no era suya. Era una peluca. Se llamaba Teresa. Tere , para los más amigos. Le habían salido unos bultos en la garganta. En el otoño de mil988, su voz apenas era un susurro. Tenía los brazos a lo larg o del cuerpo, como caídos. Ya no se reía. El pelo era como si se lo hubieran cortado

/ a tijeretazos.

Se llamaba Teresa. El fular con que se envolvía el cuello no estaba allí de adorno. Ni para abrigarse del frío.

Mejor te hubieras muerto, pensé.

Mejor me hubiera muerto, me dijo al oído.

y hay un niño que camina junto al caballo.

C.K WILLIAMS

Fuimos a dar un paseo a caballo.

Nunca antes había practicado la equitación.

El chulo de yeguas sacó tr es jamelgos de la cuadra.

Acaban de comer, dijo. Si no galopan como es debido CLAVADLES los estribos.

Eran de hierro. El hierro estaba oxidado.

¡CLAVÁDSELOS sin compasión!

Su hijo ayudó a poner las sillas de montar. Mi cabalgadura tenía en la barriga una herida que imitaba a un volcán en erupción. Apretaron la cincha de cuero justo encima.

Vino con nosotr os, el hijo. Iba delante, abriendo el camino. El camino descendía sigu iendo el profundo surco de las ruedas de los tractore s. Habían intentado cubrirlo con piedras, cristales rotos,

y

trozos de teja

y

de ladrillo.

y

Los ladridos de los perros que guardaban las caserías empujaban a los jamelgos al otro lado del sendero. Las ortigas, los escayos de los bardiales los alambres de espino los devolvían por unos momentos al cent ro de la caleya.

Empezaron a defecar, y así, cagándose encima, rebotando de los perros a las ortigas, a los escayos y a los alambres las bestias, al paso, lle garon a un falso llano. El pavimento, ahora, era de alquitrán.

¡AL GALOPE!

y

Mis amigos CLAVARON los estribos con auténtica saña. Eran de hierro, el hierro estaba oxidado.

Los pencos resbalaban, doblaban las rodillas delanteras, pero / en ningún momento se arrodillaron.

Luego, una carretera, que había que cruzar.

y

El corcel del guía relinchó se alzó sobre los cuartos traseros. El aprendiz de chulo le arreó un puñetazo con todas sus fuerzas.

y

El puñetazo me provocó desprendimiento de retina, me hinchó el ojo me lo puso morado.

y

Desmonté, cogí de las riendas al caballo el resto del camino

lo hicimos a pie,

uno

al lado

del otro.

no era distinta a las demás. JEREMY IRONS (en el film HERIDA ) esta mañana he
no era distinta a las demás. JEREMY IRONS (en el film HERIDA ) esta mañana he
no era distinta a las demás. JEREMY IRONS (en el film HERIDA ) esta mañana he
no era distinta a las demás. JEREMY IRONS (en el film HERIDA ) esta mañana he
no era distinta a las demás. JEREMY IRONS (en el film HERIDA ) esta mañana he
no era distinta a las demás. JEREMY IRONS (en el film HERIDA ) esta mañana he
no era distinta a las demás. JEREMY IRONS (en el film HERIDA ) esta mañana he
no era distinta a las demás. JEREMY IRONS (en el film HERIDA ) esta mañana he
no era distinta a las demás. JEREMY IRONS (en el film HERIDA ) esta mañana he
no era distinta a las demás. JEREMY IRONS (en el film HERIDA ) esta mañana he
no era distinta a las demás. JEREMY IRONS (en el film HERIDA ) esta mañana he

no era distinta a las demás. JEREMY IRONS (en el film HERIDA)

esta mañana he visto a esa mujer que tantas y tantas veces me chupó la polla.

iba con su marido.

empujaba un carricoche.

tenía los labios pintados.

La vida es lo de siempre. JUDY SPIKE Mi madre llama al timbre de ab ajo.
La vida es lo de siempre. JUDY SPIKE Mi madre llama al timbre de ab ajo.
La vida es lo de siempre. JUDY SPIKE Mi madre llama al timbre de ab ajo.
La vida es lo de siempre. JUDY SPIKE Mi madre llama al timbre de ab ajo.
La vida es lo de siempre. JUDY SPIKE Mi madre llama al timbre de ab ajo.
La vida es lo de siempre. JUDY SPIKE Mi madre llama al timbre de ab ajo.
La vida es lo de siempre. JUDY SPIKE Mi madre llama al timbre de ab ajo.
La vida es lo de siempre. JUDY SPIKE Mi madre llama al timbre de ab ajo.
La vida es lo de siempre. JUDY SPIKE Mi madre llama al timbre de ab ajo.
La vida es lo de siempre. JUDY SPIKE Mi madre llama al timbre de ab ajo.
La vida es lo de siempre. JUDY SPIKE Mi madre llama al timbre de ab ajo.
La vida es lo de siempre. JUDY SPIKE Mi madre llama al timbre de ab ajo.
La vida es lo de siempre. JUDY SPIKE Mi madre llama al timbre de ab ajo.

La vida es lo de siempre.

JUDY SPIKE

Mi madre llama al timbre de ab ajo. Aparto el brazo flexible de la lámpara de mesa y me le vanto a abrir. Mi padre está aparcando el coche. Alcanza a mi madre en el descansillo del segundo.

– Tened cuidado con el agua de las escaleras -les advierto-. No vaya a ser que resbaléis.

La galerna del día anterior había arrancado de cuajo la claraboya del tejado. Apareció, más tarde, en el patio de luces, hecha pedazos.

– Cuidado también con el charco. – ¿Qué charco? -me pregunta mi padre. – Ese de ahí.

Cuando se desata

un

temporal,

el

agua

irrumpe

por

la

rendija que hay entre el marco y las hojas de madera de la

única ventana que da a la calle, se precipita por la pared, y

como el

suelo no está

a nivel,

corre por

las

baldosas y se

acumula en el centro de la sala de estar.

– ¿Dónde te pongo esto? -me pregunta mi madre.

Es una bolsa con ropa. Como no tenemos lavadora, una vez a la semana, de jueves, mi ma dre se lleva a su casa nuestra ropa sucia. Nos la trae al ot ro jueves. Limpia. Y planchada.

No

sé.

Ponlo

por

ahí.

En

cualquier

sitio.

Donde

quieras. – ¿Ángeles? -me pregunta mi padre-. ¿Está durmiendo? -

Antes estaba.

Ángeles

hermana

había

cogido

Nieves,

un

bar

de

tr aspaso,

de co pas

en

a

la

medias

su zona del muelle

con

deportivo, La Sal. Trabajaba todas las noches a partir de

las

doce

o

doce

y media,

menos

la

noche del

jueves, del

viernes y

del sábado, que

entr aba

antes, hacia las once,

para que Nieves pudiera ir a cenar con sus amigas.

– ¿La habremos despertado? -me pregunta mi madre. – No me parece.

Se acostaba rendida, machacada, rota, nunca primero de las cinco, a veces hasta más tarde: subía para casa cuando las cigarreras de la fábrica de tabacos, que empezaban su jornada laboral a las seis en punto de la mañana.

¿Y tú? -me pregunta encuentras mejor?

mi

ma dre-. ¿Cómo vas de eso? ¿Te

Mi

madre

aún

piensa,

lo

pensará

siempre,

que

la

enfermedad que sufro es igual que una gripe, que se cura

sola, guardando cama unos días…Y no, mamá, entérate, estamos hablando de una enfermedad crónica, estamos hablando de diabetes, diabetes insulinodependiente.

– Como siempre, mamá. Tirando. ¿Cómo quieres que me encuentre? – Tienes que tener fe -me dice -. No tienes que desesperar. Ya verás como todo se acaba arreglando.

Al

principio

fue

muy

duro.

To davía

lo

es.

Salí

de

la

consulta

de

mi

médico

de

cabecera,

subí

a

mi

coche,

introduje la llave en el contac to y las lágrimas arrancaron

a la primera.

Tranquilo , me dijo Ángeles. Tranquilo, repi tió. No llores. Ahora ya sabemos por qué eres tan dulce.

– No tienes tú libros aquí ni nada -me dice mi padre. – Cerca de dos mil -le digo. – En eso gastas tú el dinero -me dice. – Deberías dejar de comprar tantos libros

-me

dice

mi

madre-. Va a llegar el día en que no vas a disponer de espacio suficiente donde meterlos. – Ya no compro tantos -le digo-. No tengo dinero. No tendrías que haber dejado el trabajo -me dice ella.

¿Qué pensarían los

que

leen

tu s

libros

si

pudieran

verte

ahora ahí metido ?, me vacilaban mis compañeros de trabajo.

Con un traje de mosquitos. En un contenedor de acero. Entre cascarilla, trozos de fleje y restos de comida. Debajo del balancín de la grúa, vaciando los cubos de basura de todo el taller de laminación norte.

¿Eh?, me vacilaban. ¿Qué dirían tus lectores?

Cuando me diagnosticó la mu erte dulce, lo primero que

hizo el médico de la seguridad social fue rellenar

el parte

de baja y entregarme un vo lante para que a la mañana

siguiente,

a

eso

de

las

nueve,

fuera,

por

urgencias, al

hospital de Cabueñes.

 

Cuando salí

de

allí,

del

hospital,

me

presenté

en

el

despacho del

doctor

Valdeneg ro,

jefe

de

los

servicios

médicos de la empresa.

Le expuse la situación tal y como yo la veía. Tal como era. Llevaba diez años trabajando a tres turnos, en el taller de laminación, entre ruido, escori a, chatarra, tinieblas, vigas de acero, carriles, suciedad , pegotes de grasa y objetos punzantes, equipado con un mono de trabajo, un casco protector, tapones para los oídos, guantes y botas de seguridad, con la puntera de acero, es decir, el ambiente menos indicado para mi dolencia.

Le

hablé

de

la

necesidad

de

encontrar

un puesto

compatible fuera del taller, a jornada normal o a jornada

partida; un puesto de trabaj o que reuniera unas mínimas

condiciones

higiénicas

 

y

me

permitiera

ausentarme

sin

tener

que

pedirle

permiso

a

nadie

si,

pongo

por

caso,

tuviera que medir

el

nivel

de

glucosa

en

sangre,

inyectarme insulina o salir a comer algo dulce si me diera

un

bajón,

lo

que

en

términ os

médicos

se

conoce

como

hipoglucemia.

 

Soy

consciente,

por

supuesto ,

le

dije,

que

eso llevará

implícita una reducción sustan cial del salario que percibo, pero el dinero no me importa, en este caso es lo de menos, tengo que mirar por mi salud, ¿comprende?, porque si no miro yo por ella, ¿quién va a hacerlo entonces?

Si le consiguiera un puesto de esas características , me dijo, ¿empezaría usted a trabajar?

Empezaría mañana mismo , le aseguré.

Al

cabo

de

telefónica:

una

semana

o

así,

recibo

una

llamada

Soy el doctor Valdenegro. Presén tese lo antes posible al jefe de personal. Tenemos un pues to para usted. No puede dejarlo escapar. Es una op ortunidad única en la vida .

¿No será el puesto de pres idente de la empresa, no?

No era el puesto de presidente de la empresa. Era el mismo puesto que el anterior. Con un a sola diferencia: trabajaría a un turno, al de las seis de la mañana, el peor.

Vaya

preparándome

la

liquidación ,

personal. Dejo esta empresa .

le

dije

al

jefe

de

– Además ese trabajo -me di ce mi padre-. Sin ninguna responsabilidad… Y con ese sueldo. – Y mira que te lo adve rtimos tu padre y yo. – Pero él nunca hace caso a nadie -dice mi padre. – En eso tiene bien a quién pa recerse -le dice mi madre, mirándole. – ¿Y ya has pensado a qué te vas a dedicar cuando dejes de cobrar el paro? Porque el paro no dura eternamente. – Estoy escribiendo una novela -digo. – Si por lo menos ganaras algo de dinero con eso de la escritura… -me dice mi madre. – Los buenos escritores sólo triunfan después de muertos - dice mi padre-. O cuando ya son mayores.

Mamá, papá, no se trata de dine ro. O no sólo de dinero. He funcionado siempre por la ley del mínimo esfuerzo posible. Jamás en la vida me ha intere sado nada lo suficiente como para entregarme a ello en cuerpo y alma.

Cuando en

de

B.U.P.

me

expulsaron

por

mal

comportamiento del

colegio

al

que

iba,

el colegio

de

La

Inmaculada, mi padre llegó a casa del trabajo y fue directo a mi habitación:

¿No tendrás pensado ahora pasart e todo el santo día tirado en la cama como un perro y haciendo el vago, eh?

¿Y qué quieres que haga?

Estudiar,

no.

Eso ya

nos

lo

ha s dejado claro. Pero tendrás

que ir pensando en salir a buscar un trabajo. Te lo busco yo, si quieres.

No me gusta trabajar.

¿Y qué te gusta entonces?

Nada.

Algo habrá que te guste.

No.

A todo el mundo le gusta algo.

Yo no soy todo el mundo.

Hasta empiezo a dudar que seas hijo mío. Me cuesta trabajo creer que un hijo mío pueda se r tan inútil. ¿A quién cojones habrás salido? A mí no, desde lu ego. A tu madre, a la familia de tu madre, a ella has salido, eso seguro.

José Luís , intercedía mi madre, por hoy ya estuvo bien, ¿no te parece? Déjalo ya, anda, y va mos a la mesa, que se enfría la comida.

A ti más te vale callar la boca . No vengas aquí a defenderle. Si se ha echado a perder es po r tu culpa. No sabes hacer otra cosa que consentírselo todo. Co ncederle al nene cualquier caprichito que se le antoje.

– ¿Ya hablaste con él? -le pregunta mi madre a mi padre. – ¿De qué tenía que hablarme? – Parece mentira para ti que aún no se lo hayas contado.

Mi padre agacha la cabeza, incómodo, avergonzado casi, y su mirada se zambulle en el charco de agua.

– Tienen que operarle -me dice mi madre. – ¿Cómo que operarle? -mi padre no se ha puesto enfermo en toda su vida, ni un catarro, y eso que no hace más que atentar contra su salud-. ¿De qué? – Del bazo. Puede qu e tenga un tumor.

Se

podría decir,

sin

faltar del

todo

a

la

verdad, que

el

cáncer es una de las principales causas de fallecimiento

entre

los

miembros

de

mi

familia

y

mis

allegados

más

cercanos.

 

– ¿Y es grave? – No lo sabrán hasta que no entre al quirófano.

– ¿Y cuando le van a operar? – Pronto. El martes tiene cita con el anestesista. – Berta -dice mi padre-. Se nos está haciendo tarde.

Les acompaño hasta la puerta.

– ¿No vas a darnos un beso? -me pregunta mi madre.

Les doy tres; dos a ella y otro a él.

– Y no te preocupes -le digo a mi padre-. Ya verás como no es nada.

– No estoy preocupado -me dice, y empieza a bajar escalera.

por

la

En cuanto se pierde de vista, mi madre abre el bolso y coge el monedero.

– Si me ve tu padre, ya tene mos un disgusto -me dice y me pone un billete en la palma de la mano-. Ojalá pudiera darte más… Pero esta temporada estamos teniendo muchos gastos. – Está bien así, mamá. No te preocupes. No tienes por qué darme nada. Pero gracias. – Dale recuerdos a Ángeles.

Me asomo a la ventana para verles marchar.

Mis padres siempre han mirado antes por el

bien

de

sus

hijos que por el suyo propio. Nos habían proporcionado, a mi hermana y a mí, a costa de muchos sacrificios, la mejor educación posible, la que ellos no habían recibido, y siempre en los mejores colegios.

No tengo ni para comprarme un as enaguas por dároslo todo a vosotros , se quejaba nuestra madre.

Mis padres siempre habían obedecido a la vida, nunca le

habían llevado la

contraria. Y en pago

a esa obediencia,

¿qué les había traído la vi da? Disgustos, desgracias,

enfermedades…

Y un hijo que era una verdadera calamidad. Que nunca tenía una palabra amable para con ellos. Que no les había dado más que disgustos. Que les trataba poco me nos que a la baqueta.

Se dan la vuelta y me di cen adiós con la mano.

  • Mi padre tiene que ir al banco a arreglar unas cosas.

  • Mi madre tiene hora en la peluquería.

Me

aparto

de

la

ventana

y

mi ro

a

ver

de

cuánto

es

el

billete.

 

no puedes caminar descalzo

un hombre echa a andar.

VARLAM SHALÁMOV

no puedes sumergir los pies en agua fría no puedes lavarlos con agua demasiado caliente no puedes usar cepillos o manoplas de crin

no puedes caminar descalzo.

no puedes cortarte las uñas con alicates de manicura tijeras con punta cuchil las hojas de afeitar / o limas metálicas

no puedes dejarlas mal cortadas

no puedes caminar descalzo

o

no puedes usar almohadillas eléctricas botellas de agua caliente calentarte los pies contra un radiador

o

cerca de una chimenea no puedes usar calcetines de algodón

no puedes caminar descalzo

no puedes comprar zapatos con suela de goma / o de plástico

no puedes comprarlos por la mañana

no puedes calzártelos haciendo uso de la fuerza no puedes cruzar las pier nas cuando estás sentado no puedes fumar

no puedes caminar descalzo

y

no obstante hay algo que todavía puedes hacer

CAMINAR

las horas se elevan apartando estrellas.

E. E. CUMMINGS

Me detengo, alzo la vista, ahí está.

La estrella.

La que, según parece, co ncede cualquier deseo / que le pidas.

Trato de pensar en uno y pienso en mi padre. Le han extirpado el bazo. Cinco o seis, muy pequeños y superficiales, había dicho el cirujano, doctor Carver, meses atrás, la primera vez. Que no se le haya extendido a otros órganos.

Se me ocurre otro . Me atañe a mí. Que descubran pronto al go para que no tenga que volver a inyectarme insulina nunca más.

Me viene a la mente la luz de una estrella:

tarda en llegar hasta no sotros miles de años

luz,

millones quizá, y para ento nces, para cuando llega, la estrella de la que procede ya está

muerta.

y siempre soy consciente de que estoy comprometido con la realidad, no con la literatura.

pudo ser en cualquier otra parte.

pero fue en sevilla.

en la calle sierpes.

en una terraza.

una silla de ruedas se acercó a nuestra mesa.

no tenía piernas, el anciano. le dimos unas monedas.

si estuviera en mi mano,

le dijo ángeles,

le devolvería las piernas.

ALEXANDER TROCCHI

¿piernas? ¿para qué quiero yo unas piernas? ¿cómo iba a ganarme la vida?

hubo adioses como yunques.

KUTXI ROMERO

  • Mi abuela Mercedes había nacido con el siglo.

Aunque ya no podía valerse por sí misma, seguía / viviendo sola. Yo iba a hacerle compañía alguna que otra tarde. Comentábamos las esquelas que venían en el periódico, echábamos una partida a la brisca, reíamos, me quedaba a merendar con ella… Yo iba a hacerle compañía cuando precisaba dinero. Esa es la verdad. La pura verdad. Pero no la única:

y

Se lo debía. Hiciera el tiempo que hiciera, a pesar de su edad tan avanzada

y

del calvario que le ocasionaba la muleta, en once meses que permanec í interno en la cárcel / de Oviedo,

los días de visita,

  • mi abuela Mercedes no me falló ni una sola mañana.

La miré. Se hallaba en el canto de la sepultura.

De hacerle caso a ella, llevaba en ese mismo canto desde hacía ya más de treint a años, desde el mismo día en que falleció mi abuelo Lu is, su muleta en la vida. Sin embargo, ahora,

  • mi abuela Mercedes se hallaba realmente en el canto / de la sepultura.

No había más que verla:

tenía el cabello largo, au nque lo llevaba recogido / en un moño,

y

su color era el de la nieve pisoteada. Su barbilla era como el asa del cazo en que calentaba / la leche.

Masticaba las galletas con las encías. Tenía brazos y piernas cubi ertos por tiri tas, gasas / y vendas.

Mi abuela Mercedes había pasado por el peor trance por el que pueda pasar cualquier / madre:

que se te muera un hijo. A el la se le habían muerto dos.

Tienes que mudarte a casa de Inma, le dije. Estarás / mejor atendida.

En ningún sitio voy a estar mejor atendida que en mi / propia casa, me dijo.

El día de la mudanza, después de subir a casa de mi prima Inma sus / escasas pertenencias, entre las que se contaba un colchón de lana del que / no quiso desprenderse, mi abuela Mercedes y yo nos quedamos solos. Entonces, en voz baja, escupiéndome las palabras / con desprecio, salpicándome la cara con su saliva, me dijo:

¡Por fin habéis sacado al muerto de casa!

No supe qué decir. Sentí lástima por ella,

por mí, por todos nosotros, por el mundo en general.

POR FIN HABÉIS SACADO AL MUERTO DE CASA.

No he vuelto a verla. A veces, sin embargo, si me acuerdo, por mi madre / o por mi hermana, le mando flores.

aquellos sobre quienes se basaba mi esperanza.

WOLFF BIERMANN

Doce años más tarde, en mil916, Jack London se suicidaba en medio de una crisis de alcoholismo y depresión.

y

¿Quién iba a decirle a Federico García Lorca que la misma guardia civil de sus romances le asesinaría, un amanecer en los desiertos arrabales de su propia granada 1 ?, sin embargo, así fue:

arrestado en mil937, Isaak Bábel fue fusilado en un campo de concentración en mil941

y

se le reventó una vena le provocó una hemorragia interna.

¡Stella, ayúdame!, gimió desde el baño.

Empezó a vomitar sangre.

¡Me estoy desangrando!,

gritó Jack Kerouac.

¡Me estoy desangrando!

Cáncer de pulmón. Eso le habían diagnosticado a Raymond Carver después de escupir sangre en septiembre de mil987. El médico dijo qu e contó 32 antes de dejar de contarlos 2 . Tras una serie de análisis,

le comunicaron que tenía leucemia. Tras un tratamiento de quimioterapia, Charles Bukowski murió en el hospital San Pedro Península,

y

yo, David, soy el anciano que ya no mira las esquelas en los periódicos porque sabe que la única que puede encontrar es la suya propia.

Notas:

  • 1 - “Palabras para Federico”, de Rafael Alberti.

  • 2 - Dos versos de Raymond Carver, extraídos del poema “Lo que dijo el médico”, incluido en “Un sendero nuevo a la cascada”.

yo la miraba durante toda la misa.

SHARON OLDS

asistía a todas las misas que se oficiaban sólo para que el hombre que pedía limosna en el pórtico de la iglesia le abriera la puerta.

Los gritos de los que desaparecen

pueden tardar años en llegar hasta aquí.

CAROLYN FORCHÉ

Y

Era del tiempo de mis abuelos. El general, el prestidigitador. Tenía artritis. En las manos. le dolían.

Y

Le dolían como un hijo a una madre. Las manos. Porque las tenía llenas de cadáveres. El general, el prestidigitador. ya no podía hacerlos

desaparecer.

vienen tiempos tan duros que hasta los lobos huyen en desbandada.

pensad en ella:

una mina, de unos treinta, de ascendencia vasca, iribarren,

JUDY SPIKE

y

fabrica jabones con agua de plata, agua de lluvia, esencias una planta que crece sin que nadie la siembre.

fabrica jabones que luego vendemos en el mercado de trueque.

y

porque no hay trabajo hace mucho tiempo comer es muy complicado:

un paquete de arroz cuesta lo mismo

que un par de zapatos nuevos.

por eso todo el mu ndo quiere irse.

por eso y porque la repres ión policial es brutal.

así que pensad en ella, pensad en Laura la próxima vez que os lavéis las manos.

hay multitud de soledad.

PONCHO K

¿cómo era aquello?

y

hace ya más de 10 años que salí de la cárcel todavía hay gente que me lo pregunta:

¿cómo era aquello?

como esto.

generaciones que se aproximan a toda velocidad.

ALLEN GINSBERG

y

el vaso, de cristal, pasó rispiándome la cabeza, fue a estrellarse contra la parte de atrás de un 4 x 4 estalló en mil blasfemias.

Me di la vuelta para ver quién había sido.

y

La joven, una niñata, pasó a mi lado, rozándome, se arrojó co ntra el conducto r del todoterreno (un chaval de su edad), le agarró por la cami seta y se encaró con él.

¿Por qué me haces esto siempre?, le gritó.

El chaval trató de soltarse.

No me montes el número, le dijo.

Pero ella estaba histérica y no le hizo ni puto caso.

¿Me vas a soltar, tía?

Pero no se podía razonar co n ella, no en ese momento.

¡Que me sueltes, joder!

Qué hijoputa eres, tío.

La gente que pasaba por allí se paró a mirar. En cambio, yo, reanudé mi ca mino. Conocía la historia. Sabía el final.

Y

no era feliz.

A quién hablarle.

GEORGE OPPEN

Mi perro cada vez se parece más a mí.

Pronto dejará de se r mi mejor amigo.

No aspiro a ningún sitio en el palio

sino a un lugar en la mesa familiar.

CHARLES REZNIKOFF

En la mesa familiar, me sentaba enfrente de mi padre.

  • Mi padre lo hacía de espaldas a la ventana.

  • Mi hermana, de espaldas a la cocina de carbón.

  • Mi abuela Mercedes a su lado.

  • Mi madre no se sentaba.

Mamá, córtame más pan. Mamá, échame otro poco. Berta, tráeme otro vaso de agua. Mamá, ya terminé, ¿qué hay de postre? Mamá, pélame tú la naranja, anda. Berta, ¿hay café hecho? Ya recojo yo los platos, madre, no se levante. ¡La leche! ¡Que se está cayendo!

y

He regresado a mi casa. Plaza de la Soledad, nú mero 11, 5º derecha. En el portal no estaba mi bicicleta mientras subía por las escaleras iba pensando en la vez que las bajé en compañía de dos policí as vestidos de paisano

(¿Vas a obligarnos a tener que ponerte las esposas?) .

Subía por las escaleras, digo,

y

me dio por pens ar en mi madre:

ya no bajaría corriendo a encontrarse conmigo. Cuando entré en el que había sido mi cuarto eché en falta las tres camas plegables en que dormíamos

  • mi hermana de ocho años,

  • mi abuela de ochenta y cinco

y

yo de diecisiete. Eché en falta las risas cómplices de los tres, por las noches, después de apagar la luz, cuando güelita nos contaba anécdotas de cuando nuestros padres eran niños. Eché a faltar, incluso, el vozarrón de mi padre:

¡Si vuelvo a escuchar otra risa más me levanto y voy ahí!

Miré por la ventana, al puerto deportivo:

y

en la dársena interior y en el antepuerto en lugar de botes, chalanas, lanchas otras embarc aciones de pesca

y

había ahora piraguas, yates, veleros otras embarcac iones de recreo. Donde estaba la antigua Ru la, había un restaurante / de lujo. Donde estaban los astilleros, dos playas artificiales.

Sólo la luz del faro permanecía encendida.

He regresado a casa.

y

En la mesa familiar, mi mujer se sienta en la banqueta de mi madre yo sigo ocupando el lugar del hijo,

frente

a

padre.

estamos hechos de tierra.

SUSAN HOWE

Por la autovía que enlaza Gijón con Oviedo, a la altura del pant ano de San Andrés / de los Tacones,

si miras a tu izquierda verás un cementerio senci llo, natural, de buena fe, en el que reposan los huesos de mi abuelo y los restos de mi abuela, en el que, en un futuro, espero que descansen, también, los míos. Pero si miras a tu derecha podrás ver la pared de piedra de una casa de aldea, la única pared de la casa que aún se mantiene en pie.

y

Esta mañana, desde un autocar, de vuelta de una lectura de mis poemas en un instituto de En señanza Secundaria / de Campanario, un pueblo que pertenece a la provincia de Badajoz, me sorprendí, en 37 años es la primera vez que me pasa, me sorprendí, digo, mirando antes al pequeño y entrañable cementerio que a la pared de piedra de la casa de aldea en que nací.

como si nada de esto hu biera sucedido, realmente… a veces ocurre: me quedo parado en
como si nada de esto hu biera sucedido, realmente… a veces ocurre: me quedo parado en
como si nada de esto hu biera sucedido, realmente… a veces ocurre: me quedo parado en
como si nada de esto hu biera sucedido, realmente… a veces ocurre: me quedo parado en
como si nada de esto hu biera sucedido, realmente… a veces ocurre: me quedo parado en
como si nada de esto hu biera sucedido, realmente… a veces ocurre: me quedo parado en
como si nada de esto hu biera sucedido, realmente… a veces ocurre: me quedo parado en
como si nada de esto hu biera sucedido, realmente… a veces ocurre: me quedo parado en
como si nada de esto hu biera sucedido, realmente… a veces ocurre: me quedo parado en
como si nada de esto hu biera sucedido, realmente… a veces ocurre: me quedo parado en
como si nada de esto hu biera sucedido, realmente… a veces ocurre: me quedo parado en
como si nada de esto hu biera sucedido, realmente… a veces ocurre: me quedo parado en

como si nada de esto hubiera sucedido, realmente…

a veces ocurre:

me quedo parado en mitad del pasillo, mirando fijamente las baldosas del suelo,

sin reconocerlas,

ni reconocer en ellas,

los

pasos

perdidos.

ANTONIO ORIHUELA

Durante cuarenta años he estado vendiendo

agua a la orilla de un río.

PAUL BOWLES

De niño, me subí a a los tejados. Hacía demostraciones de equilibrismo. Caía de pie, como los gatos. Bufaba. Los perseguí a. Rompía tejas. Pero nunca me manchaba la ropa. Me llamaban

el príncipe de los tejados.

y

Ahora, camino de los treinta y nueve años, escribo poemas mañana y tarde, y por la noche reflexiono sobre lo que he escrito durante el día sobre lo que voy a escr ibir a la mañana siguiente.

En ocasiones, aunque cada vez con menos frecuencia (los años no perdonan), salgo de noche; entonces, fumo bebo lío petas hago ra yas me meto pastis, tripis… Lo que sea, lo que haga falta con tal de librarme de la esclavitud del aburrimiento.

y

Tengo padre, madre, una hermana, una mujer mágica que suele decirme cosas como:

cuando te ríes, te cambia la expresión de la cara. Deberías reírte más a menudo. Estás más guapo.

Una vez a la semana, de jueves, la familia se reúne.

Mi

padre y yo, para no vari ar, acabamos discutiendo.

  • Mi hermana se enfada con nosotros,

y

mi madre me desliza un billete por debajo de la mesa.

Que no me vea tu padre, me susurra.

Vivimos en una casa húmeda, salada, llena de personajes de ficción, empezando por nosotros mismos.

Desde la ventana de nuestra habitación, que era el dormitorio de mis padres, aún se puede ver, tal y como estaba hace dos décadas, el edificio deshabitad o de ladrillo rojo al que solía mudarme cuan do me fugaba de casa, con quince o dieciséis años.

y

De noche, doy vueltas en la cama, aunque ya debería estar más que acostumbrado, aún me sobresaltan los crujidos de las láminas de madera del somier. Más de una vez he llegado a pensar que lo que crujía eran mis propios huesos.

Además, de un tiempo a esta parte, tengo la sensación, no sé muy bien por qué, de haber pasado, y estar pasando, por mi propia vida como por la mar, cuando en verano me baño en la playa.

Haciéndome el muerto.

A mí lo que me atormenta es el sueño.

LOUIS- FERDINAND CÉLINE

De niño, si no podía dormir, no contaba mentiras, no contaba ovejas, contaba los automóviles que circulaban por el techo de mi cuarto.

Mi padre fue de los primeros padres del barrio en comprar coche. Los domingos,

mis amigos empañaban con su aliento el cristal de las ventanillas.

Yo solía encogerme en el asiento de atrás.

y

Me daba mucha vergüenza que sus padres no tuvieran coche el mío sí.

Ya de mayor, comencé a desvelarme en los cimientos de edificios en obras,

bajo el pórtico de las iglesias (antes de que pusieran verjas)

y

en los calabozos de la comisaría,

y

en una ocasión, en una escuela abandonada, encima de la mesa del maestro. La misma escuela en que había cursado los estudios de Educ ación General Básica. Pero la mayor part e de las noches

a la intemperie.

Y

Otros estaban peor. Dormían entre muertos. cuando digo entre muertos, quiero decir entre muertos:

en los nichos vacíos de l cementerio municipal.

Otros, no dormían.

A noche de hoy, valoro algo más lo que tengo:

techo,

cama,

casa…

Hogar.

A noche de hoy, duermo bien. Ahora ya sólo / me hace falta

contar

las noches

por sueños.

Os vais a enterar de lo que es bueno.

HUBERT SELBY JR

No digas que No.

Sí puedes cambiar el mundo.

Sólo precisas un brazo, una mano,

piedras.

Estas son mis piedras.

Llevo el pelo largo.

Me salto los semáforos en verde.

Me enfrento en duelos de miradas siempre que la autoridad competente me desafía.

En el autobús, les cedo el asiento a los niños:

y

los mayores ya tuvieron su oportunidad no supieron, o no quisieron, aprovecharla.

No uso gafas de sol:

y

no me avergüenzo de mis lágrimas cuando hablo con alguien le hablo a los ojos.

y

No miro a nadie por encima del hombro eso que mido 1 metro con 85 centímetros.

No hablo de lo que no sé.

No hablo.

Escribo.

Escribo poemas.

Estas son mis piedras, parte de ellas.

y

Piensa en las tuyas, recuerda:

brazo,

mano,

piedras,

pero, sobre todo,

el gesto.

Y el pasado estará de rodillas. PONCHO K Te puse piedras en los riñones, hice cálculos
Y el pasado estará de rodillas. PONCHO K Te puse piedras en los riñones, hice cálculos
Y el pasado estará de rodillas. PONCHO K Te puse piedras en los riñones, hice cálculos
Y el pasado estará de rodillas. PONCHO K Te puse piedras en los riñones, hice cálculos
Y el pasado estará de rodillas. PONCHO K Te puse piedras en los riñones, hice cálculos
Y el pasado estará de rodillas. PONCHO K Te puse piedras en los riñones, hice cálculos
Y el pasado estará de rodillas. PONCHO K Te puse piedras en los riñones, hice cálculos
Y el pasado estará de rodillas. PONCHO K Te puse piedras en los riñones, hice cálculos

Y el pasado estará de rodillas.

PONCHO K

Te puse piedras en los riñones, hice cálculos con tu vesícula biliar, no te di más que disgustos, madre.

y

Me apretó la mano, mi esposa por aquel entonces, dijo:

Me duele, David. Me duele mucho.

y

Salí de la unidad de reanimación abandoné el hospital de la mano de otra mujer.

Son dos ejemplos. Hay más. Hay otro:

El tío aquel, no le conocía de nada. Estuvo en la cárcel. Dos años. Le habían roto el culo allí dentro, me dijo. En el cagadero del patio.

Seguro que te gustó, le dije.

¿A que sí? ¿A que te gustó?

y

Estuve mortificándole hasta que le deshice los ojos en lágrimas.

Debería arrodillarme sobre este poema pedir

perdón

por todo el daño que hice, por todo el daño que haré.

Perdón.

uno encuentra lo que necesita cuando llega el momento, es todo. JUDY SPIKE y cuando las
uno encuentra lo que necesita cuando llega el momento, es todo. JUDY SPIKE y cuando las
uno encuentra lo que necesita cuando llega el momento, es todo. JUDY SPIKE y cuando las
uno encuentra lo que necesita cuando llega el momento, es todo. JUDY SPIKE y cuando las
uno encuentra lo que necesita cuando llega el momento, es todo. JUDY SPIKE y cuando las
uno encuentra lo que necesita cuando llega el momento, es todo. JUDY SPIKE y cuando las
uno encuentra lo que necesita cuando llega el momento, es todo. JUDY SPIKE y cuando las
uno encuentra lo que necesita cuando llega el momento, es todo. JUDY SPIKE y cuando las

uno encuentra lo que necesita

cuando llega el momento, es todo.

JUDY SPIKE

y

cuando las ramas de los árboles son barrotes los granos de ma íz cuentas de un rosario yo necesito amor

y

cuando la aventura se vuelve conquista los imperios se empiezan por el tejado

y

el hombre agoniza

yo necesito amor

Tú, mujer mártir.

JEROME ROTHENBERG

Esta tarde te he visto mayor.

Con la misma edad que tenías esta mañana. Con la misma edad que tendrás esta noche.

Te he visto vieja.

Las primeras arrugas en tu pelo. Las primeras canas en tu frente. Los ojos, una bandera blanca. La voz, sin eco, un payaso triste. El vestido, corto, de luto, roto a la altura de la rodilla. Las medias, con varices. No me olvido de las botas: sucias, tronadas.

Ibas a bajar la basura:

en una mano, la bolsa con los desperdicios.

Sí. Esta tarde te he visto mayor, vieja, desengañada de la vida.

Sin casa propia. De renta. Con pufos:

el agua la luz la renta la comunidad el bar.

y

Treinta años haciéndole favores a todo el mundo a mí no me hacen más que putadas, todo el mundo, dentro y fuera de casa, hasta mi madre…

Tu madre: diálisis: tr es veces a la semana.

y

Tu novio, yo, enfermo crónico, sin ninguna perspectiva de futuro, con muy mal genio, caprichoso, y egoísta, gastizo… Poeta, además. Sin embargo,

cuando te veo así, mayor, vieja, una ancianita casi, cuando te veo así, di go, te quiero más. Te quiero. A secas. Sin adverbios. Te quiero.

Y

aunque tienes más edad que yo, once años más,

y

aunque tan sólo hace tres que compartimos pobreza y enfermedad, me siento, puedes creerme, como si realme nte hubiéramos

envejecido juntos.

me apagan y me encienden, me encendieron.

JAIME SABINES

cuando salía de mi trabajo en el turno de noche, lo primero que veían mis ojos al doblar la esquina de la calle en que vivía era la luz de mi casa, asomada a la ventana. la única luz en toda la calle, aparte de la de las farolas del alumbrado público. eso solo podía significar una cosa:

ángeles estaba despierta, esperándome.

la semana que permanecí en el hospital, ingresado, ángeles, po r las noches, al irse a trabajar, se olvida ba la luz de casa encendida. más tarde, al volver, lo primero que veían sus ojos al doblar la esquina de la calle en que vivíamos era esa misma luz, as omada a la ventana. la única luz en toda la calle, aparte de la de las farolas del alumbrado público.

entonces, le cambiaba la expresión de la cara, apresuraba el pa so y se decía:

¡qué bien, david toda vía está despierto!

y, por favor, que esté también yo en ella. KRZYSTOF KARASEK Vamos dando un paseo por

y, por favor, que esté también yo en ella. KRZYSTOF KARASEK

Vamos dando un paseo por el muelle de Oriente. Hacía tiempo que no paseábamos por aquí; bueno, ni por aquí ni por ningún otro sitio. Hay gaviotas, perros, un señor mayor, de traje, una mujer en chándal, redes extendidas por el suelo… Paz. Eso es lo que hay. Paz. Una ola embiste contra el dique, pasándole por encima, como un arco iris. La sal del agua restalla en el piso de cemento del paseo.

¿No huele muy bien?

¿A qué te huele a ti?

A nueces.

¡Dios!,

ya no recuerdo cuando fue la última vez que paseamos de esta manera : uno al lado del otro. No yo delante y tú detrás. No tú delante y yo detrás. No. Unoalladodelotro. Juntos.

Es cierto: no vamos cogidos de la mano.

Sin embargo, no me cabe la menor duda:

esta mañana el sol está con nosotros.

él y ella

ella y él

KLAUS RIFJBERG

¿estás bien conmigo?

sí.

¿y

no te aburres?

no.

pero no estamos haciendo nada.

Sí estamos haciendo algo.

¿el qué?

estamos juntos.

He visto cosas que no creerías. RUTGER HAUER (en BLADE RUNNER) Los días de mi vida

He visto cosas que no creerías. RUTGER HAUER (en BLADE RUNNER)

Los días de mi vida serán, a partir de ahora, 2 de julio de 2002, como todos esos momentos que se pierden igual que lágrimas en la lluvia:

naves en llamas más allá de Orión, rayos C brillando en la oscuridad, cerca de la puerta de Tanhaussen.

y

Amaré la vida siempre, no solo en el momento de perderla.

Aspiraré a lo que ya poseo, conservándolo:

la luz, la limpia lluvia, la mar, los chillidos de las gaviotas en el tejado, los buenos días del gato blanco de la ventana de enfrente, el hogar en que echamos raíces…

Y

el día de mañana, en la vejez (si llego), quizá me sea concedido el privilegio de contemplar cómo se deslizan por el cristal de nuestra ventana las gotas de lluvia.

Si has llegado hasta aquí es que has leído este libro (o eso espero). Has leído
Si has llegado hasta aquí es que has leído este libro (o eso espero). Has leído
Si has llegado hasta aquí es que has leído este libro (o eso espero). Has leído
Si has llegado hasta aquí es que has leído este libro (o eso espero). Has leído
Si has llegado hasta aquí es que has leído este libro (o eso espero). Has leído

Si has llegado hasta

aquí

es que

has leído este libro

(o eso espero). Has leído un libro de DAVID

GONZÁLEZ, con todo lo que ello implica. Pero… ¿de

verdad

que

lo

has

leído,

o

sólo

lo

has

mirado? Si

dudas en tu respuesta, deja ahora mismo de leer este

texto de este triste escribidor y secuestrador de lunas

y

vuelve a leer, repito,

a leer LA CARRETERA ROJA

desde

el

inicio

hasta