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Lucía Fraga Aleqs Garrigóz José Luis Álvarez Vélez Luis Amézaga Adolfo Marchena Pepe Pereza Ángel Muñoz Víctor González Esperanza García Guerrero Jorge Decarlini Aranxta Oteo Lauren García María Pilar Álvarez Jorge M. Molinero Pablo Natale Raúl Bombs Francisco Priegue Tomás Illescas Ferrezuelo Maika R. Montalvo Ana Patricia Moya

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Suplemento Revista Groenlandia número 15
4 Septiembre \ Diciembre 2012

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(A Coruña, 1979). Traductora y asesora lingüística. Licenciada en Filología Hispánica. Especialista en el área de Teoría de la Literatura. Posee diploma de Estudios Avanzados y ha realizado un curso de especialización sobre Teatro, Cine y Audiovisuales. Ha elaborado diversos trabajos sobre escritores en lengua gallega y cine. Ha residido en Alemania, donde impartió clases de literatura contemporánea. Sus textos han aparecido en distintas publicaciones: “Coolcultural Galicia”, “La bella Varsovia”, “Piedra de Molino”, “Al otro lado del espejo”, etc. Sus poemas están presentes en antologías literarias. Su último poemario: la plaquette “Nostalgia del acero” (La Fraga de Metáforas).

Voló su vestido sobre la rejilla del metro en Manhattan, en la esquina de la calle 52 con Lexington Avenue. Dicen que las señoritas deben mantener a raya sus impertinentes vestidos vaporosos. Ella no sintió ningún tipo de vergüenza, sino la exuberante sensación del aire
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entre las gasas indomables y sus piernas que descubrían el secreto mejor guardado: blanquísima insinuación de imaginar lo oculto. Una mujer sola bebe whisky de Malta en un "drugstore" de veladas luces de neón. Echa monedas en la máquina de discos y se escucha una y otra vez "Begin the beguine". Ella se mece y tararea despeinada con la copa en la mano. No sintió pudor, porque el deseo es una reacción inocente ligada a la Naturaleza. Sueña, sueña en su danza de alcohol, descalza y ajena a las miradas volcánicas que despierta. Cariño, ¿un dólar por un beso? ¡No, no me digas que has muerto! Tenías planes de futuro e ilusión en la vida. Muerta en extrañas circunstancias de espías y mafia. Tenías la sangre limpia y el corazón exultante. El asesino está fuera, pero no lo encontrarán. Nadie encuentra a quien no desea aparecer. Siento una trágica nostalgia y un dolor que me atraviesa por lo que pudiste ser y no te dejaron, por lo que realmente eras y querían ocultar. Sólo querían a la rubia que rezumaba sexo en la pantalla. Tal vez sea cierto;

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sí, soy un cinéfilo, un vulg ar soñador de celuloide. Pero tú eres real como tus lágrimas silenciosas, real como toda mujer, pero tú serás Luz Eterna. Siempre hay fundido - y una fulminada - en negro.

Lucia Fraga

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(Puerto Vallarta, México, 1986). Autor de varios títulos de poesía. Premio de Literatura Adalberto Navarro Sánchez en el 2005, otorgado por la Secretaría de Cultura en Jalisco. Aparece en la antología “Nueva poesía hispanoamericana”, coordinada por Leo Zelada. Premio de Literatura 2008 en Guanajuato. Sus poemas aparecen en medios electrónicos e impresos hispanoamericanos.

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Así como de un huevo cerrado y podrido se ignora su fetidez, así se ignora la corrupción del corazón humano: sólo sabe hacer la guerra, el exterminio. Sólo sabe pasar por las florestas si es arrasándolas. Dormimos con leones. Y en el templo del odio sacrificamos la vida por quimeras, algo menos aún que la ceniza. Nos vendemos sin regatear al homicida: carne y tuétanos tienen finalmente un valor igual a nada. Y, como piedras en los bolsillos de un ahogado, cada acto nuestro nos inclina hacia el suelo, junto a las deyecciones.

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Estoy a punto de dormir. No pido más que una almohada de caridad y una mano compañera para apretar cuando el ángel de mis párpados clausure. No cortes flores y me des. Déjalas que crezcan y multipliquen así fueran sólo malas hierbas, que no puede existir ser con mayor fortuna que el que no siente, más vive. De la vida, no me llevo nada… Adiós, mar que no crucé ni en sueños, adiós, pequeño sol, fragilidad de la luz. Adiós, inocencia que se quebró entre las pezuñas del Diablo...

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Peor que arena en la boca, la tempestad de estas horas… Y el corazón secándose tiene la violencia inmóvil del cardo: el corazón del que sufre porque ve y conoce. Este desierto insoluble que sondeamos tan ávidamente, no es para compartirse en el delirio de amor. Aún así, cavamos galerías profundas en él, como los topos. Y en ellas vivimos como en una tumba, uno contra el otro, para que no se fugue el mínimo calor de los cuerpos.

Aleqs Garrigóz

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(Vitoria, 1949). Poeta, dibujante, escultor, orfebre, pintor. Estudió en la Escuela de Artes de Vitoria con destacados profesores, entre ellos, Víctor Aramburu y Aurelio Rivas (escultores). Ha realizado diferentes exposiciones (individuales y colectivas) y también ha obtenido distintas menciones (premios, becas y accésits) por su obra pictórica y escultórica.

Ya no vienes ni vas ni esperas ni estás ¡ausente! Los pergaminos son vientos que te dan en la cara. Las mariposas son corrientes de primavera transformándose en colores ausentes. Tiemblo al perder los sentidos, lo que ignoras es tu mundo ávido. Te comunicas por tu mirada calentura. Rompen los vertidos en gemidos,
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parece que la luz ha fermentado en la palabra y la lucidez en el olvido, te doy un beso, tu alimento. ¡Sí! Eco, eco, eco.

Lucho contra el vigor de los hombres y tragar un pelo, te puede costar la vida. Débil al pensar y frágil como el oro de 24 quilates. Son las estrellas las que duermen en invierno para que el revólver sea la llama muerta. Música, lirio de cenicientas en hogueras, huracanes, aún pienso en trémulas súplicas de sociedades, en ansias de un tribunal de piezas caducas. Es vulnerable cuando a la palabra se escupe, fuerte cuando vemos legajos en todo tiempo. ¡Qué verso duerme en la dicha más perfecta! La lucha es la mente, desasosiego de hombre.
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Del yugo de Miguel al yugo de los museos, herramientas de labranzas, forma escultórica potente, macabra. El yugo con su presión amarra, la casta observa y manda. Orbes engañosos de lujurias viperinas, nos ofrecen limo que se fragua día a día. Deseo ver la luz que no deslumbre mas perderé visión para darme cuenta de la sonrisa del tonto y el silencio del listo. La manifestación ausente duele en mi flor de vida presente.

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(Vitoria, 1965). Narrador y poeta. Redactor de artículos en secciones de opinión, ha colaborado con sus relatos y poemas en publicaciones literarias, digitales e impresas. Autor de “A pesar de todo, adelante” (Baile del Sol), “El caso de la impresión” (Vitrubio), “Los alrededores del idiota” (Editorial Electrónica Remolinos), “El Gotero” (Groenlandia), “Una semana de arresto domiciliario” (Bubok); a escrito, junto al poeta Adolfo Marchena, “La mitad de los cristales” (Bubok) y “Poemas fundidos” (Groenlandia).

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No sabe igual la infidelidad que la monogamia, ni juega en la misma división la zoofilia que la antropofagia. La calidad de las mamadas no depende de la saliva tanto como de la postura sometida del chupón. No es lo mismo de frente que de espaldas, ni la penetración por su conducto tradicional que por el orificio sodomizado. El acato también es un atractivo para ciertas prácticas. Un poema supuestamente estético y por lo tanto ético, huye de los mocos del placer cárnico. Pero sin pornografía no se entiende al hombre moderno. La exploración de los límites sexuales es una actividad demasiado generalizada para obviarla con códigos penales. Nuestros cuerpos se reivindican en el dolor que gusta, en el incesto que se niega, en la fornicación
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pública, en el fetichismo de coleccionista, en los juguetes de plástico que nos acompañan, en las orgías en salones con olor a miseria, en la infecunda y transitoria realización de pervertidas fantasías. La pornografía mata la imaginación convirtiéndola en realidad satisfecha. Qué sabe el amor de todo esto, cómo sobrevive entre tanto pedregal, es algo que sigue siendo una incógnita.

Luis Amézaga

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(Vitoria, 1967). Codirige la revista “Amilamia”, junto a José Luis Pasarín Aristi con quien publica el poemario “Cartapacios de Lucerna” (Ediciones Libertarias \ Prodhufi). Sus poemas han aparecido en “Cuadernos del Matemático”, “Letralia”, “Rio Arga”, “Turia”, “Océano”, “El cuervo”, etc. Ha publicado los libros “La reconstrucción de la memoria” (Groenlandia) y “’Planta de neurocirugía” (Ediciones Electrónicas Remolinos). Sus poemas han sido traducidos a varios idiomas. Coautor de los libros “La mitad de los cristales” (Bubok) y “Poemas fundidos” (Groenlandia).

la manzana. En la cabeza reposan tiestos y los hierbajos crecen sin caducidad. Ninguna mano arranca la maleza en el siglo en que caen naves del cielo. Soporta la tortura el vendedor de cables hacia inciensos que arden en habitaciones débiles y promiscuas, como velas encendidas a medianoche para iluminar los despertadores. Atragantarse con la pastilla que evita pesadillas para la transición del sueño.

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Las cosas en su lugar, tal vez el jarrón hermético donde se esconde Pandora. Tal vez una porra elástica de madera para jugar al dominio de la raza. Juzga ante la esencia de la nada la toga en el vestigio de lo dormido, lo callado, la mordaza como juego erótico y rarezas. Juzga la sepultura cuerpos mezclados ante la prisa del sepulturero por servirse una copa más de cazalla en el entierro y visitar al muerto después de las costumbres.
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Hay hombres y mujeres que esperan en la sala azul , arrinconados como musgo en el árbol que ori enta al norte. Mascarillas verdes retumban en las puertas de doble acceso. En ocas iones, no conocemos el valor del arma hast a que la perdemos y se desgastan sta los g atillos. Sociedad de plomo que avanza gatillos. a rit mo de dinosaurio, tecnología que corre ritmo con su danza de colores al ritmo de las mareas. Som os todo en la encendida llama y nada Somos en e l recuerdo del pastor que cultiva ovejas. el Ese anal fabeto que descubrió un día el diccionario analfabeto y co mpuso el libro de las horas con dibujos compuso de pájaros que buscan enr edarse en la proclama.

19 Adolfo Marchena

“Agitadoras”, “Cruce de Caminos”, “Deshonoris Causa”, “Vinalia Trippers”, “Ágora”, “Letras”, “En sentido figurado”, etc). Ha publicado los libros de relatos “Putas”, “Momentos Extraños” (ambos en Groenlandia Editorial) y “Relatos del Humo (y hachís)” (Editorial Origami). Aparece en distintas antologías de narrativa (“Beatitud”, Ediciones Baladí; “Nadando Contracorriente”, Ediciones Escalera, etc) Actualmente, escribe su primera novela y prepara la segunda edición de “Putas” (Editorial Groenlandia)

(Logroño, 1964). Ex actor, guionista, poeta, escritor y director. Sus relatos han aparecido en revistas y fanzines (“Narrativas”, “Lafanzine”, “Al otro lado del espejo”,

No había amanecido cuando comenzaron los ruidos en la pared. Alguien estaba taladrando el tabique contiguo y el estruendo era insoportable. Tú seguiste durmiendo, a pesar del alboroto. − Joder, es para denunciarlos. Arrugaste la nariz y te diste media vuelta llevándote parte del edredón. Sentí envidia de tu sosiego. El ruido cesó de pronto y la tranquilidad regresó al dormitorio. Tiré suavemente del edredón y una vez que recuperé mi parte, me acurruqué a tu lado. El mundo era caliente y seguro. Justo cuando me estaba quedando dormido, el ruido regresó. Fue como si un cretino me hubiera empujado a una piscina de agua helada. − ¡Su puta madre! Perdí los nervios y me lié a golpear la pared con los puños. − ¡Cómo no pares con ese puto taladro te voy a sacar las tripas!

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El ruido se interrumpió. Esperé, intuyendo que pronto volvería... Nada, silencio sepulcral. Tal vez habían terminado el trabajo. Me volví a tapar con el edredón, y de inmediato me dormí. Soñé que caminabas por la orilla del mar. Un mar azul celeste que parecía sacado de un lienzo impresionista. Yo te observaba, tumbado en la arena, veía tu figura recortándose en el ocaso, envuelta en una aureola de fotones y reflejos saltarines... El estruendo borró todos los colores. Ahí estaba otra vez la puta broca taladrando mis tímpanos. Me incorporé y salté de la cama. Cegado por la rabia salí del dormitorio. Volví a entrar con un martillo y la emprendí a golpes con la pared. Evidentemente te despertaste. − − − − − ¿Se puede saber qué coño estás haciendo? Esos hijos de puta llevan toda la mañana jodiéndome. Metes tú más ruido que ellos. ¿Cómo puedes decir eso? Porque es verdad.
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− Nunca te pones de mi parte. − No me vengas con esas, ¡joder! De pronto los ruidos ya no me importaban. Me vi reflejado en el espejo que colgaba de la pared. Estaba ridículo, en calzoncillos empuñando un martillo. Inconscientemente, lo dejé resbalar de entre mis dedos y cayó al suelo, golpeando las baldosas. − ¡Quieres dejarme dormir de una puta vez! − Yo sólo quería... Yo sólo quería seguir soñando contigo, pero no me atreví a continuar la frase. Me diste la espalda, cubriéndote la cabeza con el edredón. Salí de la habitación y me fui al sofá. En él soñé con aviones y otras cosas. No era lo mismo.

22 Pepe Pereza

(Leganés, Madrid, 1977). Licenciado en Historia del Arte. Poeta, narrador, fotógrafo, editor. Como poeta, ha publicado “Ya no leo tebeos de Wonderwoman” (Groenlandia), “Como Ulises en una cacharrería” (Bohodón) y “Amor manual” (Talentura Libros). Como fotógrafo, ha trabajado para algunas editoriales y ha realizado exposiciones en la capital madrileña. Sus poemas y relatos aparecen en antologías literarias (“Heterogéneos”, “Al otro lado del Espejo \ Nadando Contrarroriente”; Editorial Escalera) y en publicaciones literarias, impresas y digitales.

“Por favor \ tratadme bien \ que soy más fuerte aún \ de lo que pensáis \ y cuando lloro \ es porque me doléis” (José Naveiras)

verse retratado entre paredes caladas por el frío ácido de la / impotencia y así creer en el no espejo donde mirarse cada hora con tanto lastre a la espalda constituye una osadía

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la piel allana el camino aunque la causa no justifique la sequía de la abeja al libar un puñado de ojos con eso hubiesen derribado muros hubiesen deshecho la espera de manos incapaces de prometer la honestidad no es una careta ni precisa de gomas dejemos que sean otros ignorantes los que se oculten mientras mediremos el tiempo con las veces en las que me tope conmigo

Ángel Muñoz Rodríguez

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(Colombia). Comunicador social y periodista; escritor, poeta, catedrático de la Universidad del Norte y gestor cultural. Autor de “Alejo Durán, el juglar inmortal”. Sus artículos periodísticos son publicados en el diario “Heraldo de Barranquilla” y otras publicaciones nacionales. Tiene obras inéditas.

En tus manos está escrito un poema que habla de ti, que habla de mí, que se derrama desde las puntas de tus dedos y camina cada rincón de piel. Es un poema que cuenta los espasmos de nuestros cuerpos cada vez que los unimos, que habla de pasión y de placer, de gemidos y suspiros de locuras de amor. Un poema que rompe tus silencios con los cantos de Orfeo. Un poema que se enhebra para tejer cada beso que nuestros labios inventan. Un poema que escudriña la generosidad de la noche que extiende las horas para hacer más larga nuestra / estancia. En tus manos está escrito un poema que habla de ti, que habla de mí… no dejes nunca de leerlo.
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Hoy se me olvidó que te olvidé, y quise entonces devolver los besos que te debo, escribir el verso que te prometí y repasar de nuevo la lección de la vida escrita en tu piel. Hoy, mujer, se me olvidó que te olvidé, y anhelé encontrar tu mirada más diurna, desparramar sobre ti uno a uno los suspiros sin fin, acumulados en la alacena de mis pasiones y caminar, bajo la lluvia, las viejas calles empedradas cómplices silenciosas de nuestro romance. Hoy se me olvidó que te olvidé y pretendí romper los botones de tu blusa para liberar los dos sublimes gorriones que allí anidan, pero la misma vida me tocó el hombro y entonces, recobré la memoria.

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Te convido a vivir en un verso de Benedetti y en la rayuela de Cortázar, a que caminemos agarrados de la mano por el diapasón de la guitarra de Serrat, que nos cobijemos en una canción de Lennon y en la voz sin miedo de Mercedes. Que recorramos sin temor el boulevard de los sueños rotos que Sabina construyó para Chavela y nos arrullemos en la vie en rose de la Piaf. Te convido a que cambiemos el llanto de las plañideras por sonrisas sinceras. Te invito a que te hagas cómplice de mis miedos, de mi cobardía, de mis triunfos y frustraciones. Te convido a que hagamos del placer que produce la unión de nuestros cuerpos un amigo fiel al que podamos visitar a diario. Te convido, como dice Silvio, a que me creas cuando digo futuro.
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(Sevilla, 1960). Forma parte del proyecto Fahrenheit 451. Sus poemas aparecen en diversas antologías: “Arte en tus manos”, “Versos para derribar muros”, “Poemas para un minuto”, etc. Ha participado en diversas revistas literarias: “Hoja de Papel”, “Papelusar”, “Groenlandia”, “En Sentido Figurado” y algunas páginas Web de Literatura. Ha formado parte del ciclo “Versos Sumados”, dentro del Festival Cosmopoética (Córdoba, 2009). Autora de “Magia Clandestina” (Editorial Lautaro).

Ella quiso descifrar . el crucigrama que sobre la arena dibujan sus pies, resolver la gráfica de su vida buscar un aliado para la colección de puestas de sol. Él se cansó de alojar sus días en el cuarto del rincón con el sonido a lata hueca de sus pasos, del olor a humo seco de tabaco o a ropa sin airear.
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En la última luna del último mes ambos caminaron como náufragos persiguiendo el litoral, y guiados por las reglas de las mareas lanzaron al atlántico sus peticiones, entonces en la primera luna del primer mes se encontraron en la orilla, en aquella donde habitan los solitarios.

Esperanza García Guerrero

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(Puerto de Santa María, Cádiz, 1987). Poeta y escritor. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Ha publicado en diversas revistas literarias, impresas y digitales, como “La bolsa de Pipas”, “Cuadernos del Matemático”, “Groenlandia”, “Palimpsesto 2.0”, etc.

Todavía no es lo suficientemente famosa para ser cabeza de cartel. Le toca actuar por la tarde, la noche es para las estrellas. Se pasea por el escenario como la que lleva toda la vida sobre él. Antes de estar arriba también estuvo aquí abajo y sabe bien lo que quieren todos estos muchachos drogados que la contemplan. Nadie viene a escucharla cantar, todos quieren que se ponga a bailar. Al principio de la actuación sólo había algunos despistados, gente que tenía mucho calor en sus tiendas de campaña o que se quedó sin alcohol demasiado pronto. Poco a poco

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se van congregando más y más personas. Se mueven sin ritmo, no se saben las letras, pero están allí. Y eso es mucho más de lo que ella pudo siquiera imaginar jamás. Algún día todos repararán en lo que está diciendo y la tomarán en serio. No obstante, si no lo hacen, ser la reina de la tarde de cada festival tampoco es que sea una manera mala de ganarse la vida. Aunque nadie vaya a escuc harla cantar y todos quieran que se ponga a bailar.

Jorge Decarlini

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(Madrid, 1966). Escritora y poeta. Doctora en Filología, Licenciada en Filología Inglesa y en Antropología. Profesora de inglés. Ha participado en circuitos poéticos, recitales, tertulias y cafés literarios y encuentros de poesía (resultando ganadora en varias ediciones), como Internacional Spoken Word (Santa Coloma), V Encuentro Internacional de Poesía (Rosario), Transpoesía (La Plata), etc. Ha participado en distintos proyectos poéticos: “La sombra (de lo que fuimos)”, “Álora”, “Gatos y Mangurrías”, “Pulso Digital” y “Prisma” (mítica revista fundada por Borges), entre otros. Miembro del Colectivo de Cultura Indigente. Ha prologado Ha publicado el libro de relatos de ciencia ficción “ReviCIoNEs” (http://issuu.com/ebookprofeno/docs/reviciones). Ha escrito un poemario, todavía inédito, “La que camina entre Leones”; actualmente trabaja en un libro de poemas escrito a cuatro manos.

Echo de menos ese beso que prologaba otros que nunca vinieron, las palabras que no me dijiste, los sueños no compartidos que se desvanecieron antes de ver amanecer, y tu cara, y tu voz, y tu silencio, y tu piel, y tu piel... Extraño que te derritieras en mi boca, que saborearas todos mis labios, y esa miel, que me habría envenenado, y tu agua, que me habría dado vida mientras me la quitaba... Me falta esa almohada a la que rompiste las costillas imaginándola yo, a la que regalaste tu perfume, a la que cubriste de tus caricias y de tu sal. Y tus brazos, y tus ojos, y tu luz, me faltas tú, me falta tu olor... Odio el tiempo que no hemos pasado juntos, las historias que no inventamos entre los dos, las películas que no veremos, el jazz que no hemos escuchado y a cuyo ritmo no nos hemos besado, la brisa que no nos ha refrescado mientras nos adormecía después del amor, y mis dedos, que no te han recorrido...
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Se me hacen cuesta arriba los días en que no me has dicho que me quieres, en los que has faltado a tu promesa de acariciarme y de comerme entera, sin dejar de estremecer ni un sólo centímetro de mi cuerpo que descubrí, tan bello, con tus ojos... Amo tus historias y las que has rescatado de mi interior, ¿o acaso las pusiste tú ahí, donde no quisiste entrar? Y toda la confianza y la seguri dad que no existía antes, y la verdad, que antes de ti me era esquiva, y la bondad, que ignoraba que morase en mí; haciéndome sensible, vulnerable y frágil, has sacado toda la fuerza que había en mí. No qu iero olvidar nada de esto: lo que me falta, lo que me cuesta, l o que odio, lo que amo. Por eso, mi último trago es por ti, la penumbra otoñal de esta ¿ciudad de la luz? Se pierde en el fondo de mi vaso y quiero beberme hasta la última gota de mi amargura para estar siempre serena, feliz y dispuesta para ti. Por lo que fue , por lo que ahora no es, por lo que será. Por las aristas con las que peleamos porque amamos; ¡a nuestra salud!

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(Lauren García, 1977). Periodista. Ha colaborado en medios de comunicación como “La Nueva España” o “La Estrella Digital”, abordando temas culturales. Sus poemas han aparecido en diferentes revistas, como “Periódico de Poesía” (Universidad Autónoma de México) o “Escribir y publicar”. Aparece en los libros colectivos del Premio Internacional de Poesía del Círculo de Bellas Artes de Palma de Mallorca, y en “El Quijote”, de Gijón. En 2005 publicó su primer libro, “Versos como sangre hirviendo”.

A David y Menchu: latido único

Embridados de lluvia anodina y con una única copa embistiendo al sopor de los necios profetas embebieron las tinajas del alba ilógico. Pasaron por parques que enemistan a los solitarios, por los bares donde soplar un café es izar las velas, por los barrios que laten bajo los parabrisas del autobús. La noche que desgaja la tormenta les hermanó en el calendario pegajoso del tiempo.

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Para José Havel

Ella tiene hechuras de aire puro, sinfonía improbable e inacabada, estatua viva de pasión intocable. Los jardines secos la admira. Su tacto constata que hay vida como una flagrante acuarela. Ella es un arco iris.

Lauren García

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(Madrid, 1963). Filóloga Hispánica. Escritora, actriz teatral, articulista y crítica literaria. Especializada en Literatura por la Universidad Complutense de Madrid. Profesora de Lengua Castellana, Literatura y Francés. Ha sido varias veces finalista en certámenes literarios de relatos y microrrelatos. Sus relatos aparecen en distintas publicaciones antológicas (“Futuro Imperfecto”, “El Aleph”, “Apenas unos minutos”), así como en revistas literarias (“El humo”, México). “Coautora de “La aventura de Escribir”.

A Hemi Golden Graham, porque ella sabe que siempre sale el sol.

Lo miró por encima del periódico. Algo demacrado, pero hermoso, con esa elegancia de los dioses derrotados. El pelo revuelto enmarcando unos ojos y unos labios siempre deseables. Estaba untando una tostada caliente. − ¿No vas a tomarte el zumo? Te lo acabo de preparar. − Tengo acidez. Cuando llegó eran más de las cuatro de la mañana; se metió en la cama, olía a whisky. No le preguntó de dónde venía. Intentó acariciarlo, pero le retiró la mano. Metió los dedos entre su pelo antes de que se diera la vuelta. Luego, la compañía de sus ronquidos. − ¿Quieres otra cosa? ¿Te traigo…? − No, déjalo. Se me pasará.

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Concentrado, bebía el café a pequeños sorbos y hundía la rebanada para sacarla empapada y oscura. Él seguía observándolo y se encendió un cigarrillo. − Te recuerdo que esta noche tenemos la cena con los Bauer, ¿crees que te apetecerá o los llamo con alguna excusa? No dijo nada. Salió al jardín y se estiró bajo un sol insultante. Lo siguió. Se había echado en una tumbona y se acariciaba el pecho en círculos, los ojos cerrados frente a los destellos de la piscina. − Derek. − Por favor… no empieces, me duele la cabeza. − ¿Entonces? Esperaba una respuesta, incluso una provocación, pero en su lugar le llegó el canto anodino de un pájaro. − No fuiste a la entrevista con el dueño de la nueva sala Reinhardt. Ni siquiera llamaste para anularla. ¿Sabes en qué lugar quedo yo? De pie, con los brazos en la cintura, sintió que el cansancio le hundía hasta las rodillas. Derek se levantó, se bajó el slip; se deshizo de él pisándolo con un pie y luego con el otro y se arrojó al agua que estrelló sus ondas frías contra las paredes.
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Entonces, él también se zambulló en un desgastado remolino de imágenes... Derek haciéndole salir desnudo a buscar el correo, o besándolo en la trastienda el día que le organizó su primera exposición, o su mirada tímida de estudiante en la última fila... Subió al dormitorio. Sacó una maleta y abrió varios cajones a la vez. Luego bajó las escaleras con ella, salió al jardín, la colocó sobre las losas húmedas, a los pies de la hamaca, y entró para acabar su café.

María Pilar Álvarez

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(Valladolid, 1976). Poeta minúsculo con aires de grandeza. Recientemente, ha publicado

“Amplia victoria de los traseros”.

se fueron las ganas con sólo pensarlo, sacamos las sillas a la puerta a contar coches rojos. 1,2,3, hoy hay pocos / 1,2,3, van a por nosotros. Hicimos refugio de las sábanas de raso, hacía frío, nos pusimos la piel de otro. Avanzamos hasta donde rompió el verbo, parecía un buen lugar para vivir sin más preocupación que contar / muertos. 1,2,3, hoy hay pocos / 1,2,3, van a por nosotros. En la vuelta arrastramos los pies, el polvo se hizo maná y con el agua del riachuelo se embarrancaron las cuchillas del tiempo. Entonces el sol fundió los espejos ahumados para eclipses amañados, nos quedamos huérfanos con las retinas de saldo. Y palpamos la codicia, nos soñamos fuertes con daños a terceros. Más lunas y todos los astros que cupiesen en el bolsillo de atrás del / pantalón. 1,2,3, hoy hay pocos / 1,2,3, van a por nosotros.

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pateando las callejas de nuestra Lisboa Buen intento no querer dejarlo morir. Quizás por la tenue oscuridad de las farolas no caímos en la cuenta que nuestro futuro se escapaba por las rendijas del empedrado.

40 Jorge M. Molinero

(Córdoba, Rosario; Argentina, 1980). Poeta, escritor, guionista y músico. Ha escrito los libros: “Un oso polar”, de cuentos (Recovecos, 2008), “Vida en común”, poemario (2011), “Berenice y las ocho historias del pálido fantasma”, relatos para niños (Cuenta Conmigo, 2012). Ha coordinado talleres de literatura contemporánea, dicta clases de español para extranjeros, colabora en diferentes medios con reseñas y ensayos; es miembro del grupo musical “Bosques de Groenlandia”, cuyo primer disco salió el año pasado.

En una película sueca se llamaría Johanna mi madre tiene tres comportamientos básicos de mucama, de hámster, de león hace semanas, meses que no veo su piel distendida pule con constancia y solicitud la superficie de los muebles pero hace rato su cara amanece sin pulir. En una película sueca se llamaría Johanna la veríamos correr y, en su mejor momento, estirar la mano, subir a un tren y luego tratar de recoger el bolso lleno de ropa que se cae por la vía recta
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ropa que sería de mamá y que nadie, nadie va a recoger. A veces, como ahora, llora y su rostro se transforma al rojo los pelos rizados y morenos se mueven un pequeño golpe de electricidad en la cara eso es casi todo junto al silencio que construye para dar espacio a la culpa de los demás. A veces, también, no llora simplemente se nos queda mirando y sé que en ese momento espera mucho más de mí de lo que le puedo dar: llamarla Johanna e imaginarla libre en una película sueca que jamás vamos a ver.

En pocos días me iré de esta casa y, aunque suene obvio decirlo, la casa no va a venir conmigo. En la repisa, a mi derecha, donde ahora escribo hay un estante lleno de muñecos que no me recuerdan ningún tipo de infancia
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(esos muñecos no son míos, no pasaron por mis manos al menos no hasta hoy). Me recuerdan, exactamente, este momento lo vuelven sobre sí mismo como una sábana con mi familia entera doblada y vuelta a doblar. Pero son sólo muñecos que no empiezan y que tampoco esperan el fin. Me voy a ir y, por más que los lleve conmigo seguirán aquí, en el estante de la casa a mi derecha con las manos al borde de moverse los bordes al borde de estallar y los labios de plástico casi diciendo algo algo que no podré escuchar y que quedará suspendido entre la madera del estante y el tiempo.

Pablo Natale

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(Cádiz, 1981). Estudió Economía. Actualmente, reside y trabaja en Torino (Italia). Lee y pasea mucho.

Cerré con llave, y a la calle de nuevo. La plaza era un enjambre de fe, aparcados había lo menos siete autobuses. Gente de, por y para Torino. Querían ver la Sábana Santa y allí estaban todos, hispanos, italianos con sus familias, chinos, escandinavos, abuelos y nietos; gente con uniforme, azafatas, perros y perras. No había una terraza donde hubiera sillas libres, hacía un día de primavera puro y directo; eran las seis de la tarde y mi único objetivo del día era llegar antes de que el supermercado cerrase para agenciarme unas cervezas. Debería de ir a ver la Sindone, pensé, dicen que la sacan a exposición cada diez años… y quién sabe dónde coño estaré yo en diez años. Quizás me arrepienta, quizás sea una anécdota que a una madre le guste escuchar, o puede que le deba algún día dinero a un cura y la anécdota ayude, aunque eso ya importe menos, y menos aún la sábana del hijo-de-virgen ese… ¡Cristo, las cervezas! Vittorio Veneto es una plaza enorme, está dividida en cuatro plazas peatonales articuladas en cruz por dos vías para los coches. Dicen que es la plaza europea más grande no monumentada, es decir, sin estatua de ningún tipo a caballo. Cada plaza tiene, bajo sus pórticos, bares, cafeterías y restaurantes con terrazas. Es la parte de atrás de mi casa. En mis cascos se oía “ Giving the dog a Bone” y los silencié, quería escuchar lo que decía el camión que en ese momento y bajando por Via Po adelantaba a los autobuses blancos y entraba en la plaza con gran alarma. Yo cruzaba la plaza camino de mi objetivo.
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Eran cuatro comunistas en una camioneta descapotable, iban fumando y agarrando un gran bloque de altavoces; encima de los altavoces estaba la voz del camión. El tipo se me parecía físicamente, leía un panfleto. Lo que el yo comunista venía a decir es que basta ya de tanta mentira y tanto buscar el dinero y jugar con la fe, que mientras los niños se mueren de hambre, la iglesia, venerada en oro, se enriquece con un sábana científicamente datada en el mil trescientos. En fin, nada nuevo que no supiese la gente que había en la plaza. Llegué a tiempo para comprar las cervezas; también compré dos bandejas de alitas de pollo y una pieza de queso. De regreso a casa, me encontré delante de una galería de arte en la que no me había fijado hasta ese momento (detrás de mi casa existe una calle donde sólo hay galerías de arte y por la que jamás vi pasear ningún artista). Suelos de madera, paredes blancas y cuadros. Y allí estaba en una esquina, a cinco metros de mí, el cuadro más maravilloso jamás pintado. Estaba completamente convencido de ello. El cuadro mediría dos metros de ancho por dos metros de largo, un poco más que la Sindone. Era un espacio negro alterado, había infinidades de trazos de diversos negros y todos ellos gritaban y se movían. Y en el centro del cuadro dos trazos blancos. Esos dos trazos blancos parecían tener la culpa de todo aquel revuelo, de aquella tormenta en la que me encontraba sumergido. ¡Era magnífico, sublime! Debería enseñarle al pintor alguno de mis relatos, pensé. Yo observaba el cuadro desde la calle, desde una de las ventanas que la galería tenía; esta ventana, esto lo supe después, era la que peor visión tenía si lo que querías ver era el cuadro. No sé cuánto estuve allí parado mirando el cuadro, creo que fue mucho tiempo, pasaron muchas personas por mi lado y ninguna de ellas fue capaz de adivinar lo que me mantenía absorto, pero pasaron muchas. Pensé en robarlo,

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en comprarlo, en copiarlo. También pensé en entrar en la galería y preguntar por el autor del cuadro; al final, hice esto último. Al entrar dejé al cuadro a la izquierda de mi campo de visión: era diferente. Me sentía bien andando por aquel pasillo blanco sin nada de decoración, en paz: creo que lo llaman nihilista o algo así. Todo estaba en silencio y no llegaba ningún ruido de la calle. Iba mirando a los lados mientras andaba por allí, en armonía. Había más cuadros. Al fondo de la galería, tras una puerta abierta, y en una mesita a modo de secretaria, estaba sentada una vieja que apuntaba cosas de forma frenética; sólo apartó la vista de sus hojas cuando ya me tuvo justo enfrente. Parecía que llevase allí una vida. Llevaba una camisa de flores a juego con su pelo rizado, me miraba por encima de unas gafas de pasta blanca. Tenía una sonrisa profesional, de esas que admiras en los demás. La vieja me indicó las escaleras que daban al piso inferior; había tenido suerte me dijo, el autor de los cuadros en exposición se encuentra abajo, él podrá ayudarle. Me di media vuelta y bajé por las escaleras. El piso inferior mantenía la misma decoración que el superior, sólo que allí no había cuadros. En un extremo de la habitación, cerca de la pared y sobre un pedestal de un metro, había una televisión encendida; en el otro extremo de la habitación había una barra capaz de emborrachar mil hombres. Nada más. En el centro de la habitación, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, había un tipo. Se levantó, fue a la barra y sirvió dos tragos; era mucho más alto que yo. Whisky del bueno. Era medio calvo y los pocos pelos que tenía le daban un aire de artista suficiente. Llevaba una chaqueta blanca, una camisa blanca y un pantalón blanco: el traje le estaba realmente bien. Nada de arrugas. Tenía una barba de tres o cuatro días e iba descalzo. Su nariz era aguileña, sus ojos azules.

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Sacó del bolsillo de su chaqueta un cigarro y se lo puso en la boca; no sé cómo cojones lo hizo pero juro por Dios que lo sacó encendido. − ¿Fumas? − Fumar fumo, pero será mejor que deniegue tu invitación, o luego no tendré cojones de subir las escaleras, llevo unos días jodidos con el asma. Últimamente me asfixio como si me lo mereciera. − Ya somos dos − dijo, y se bebió la copa de un sólo trago −, también yo ando jodido estos días. − ¿También tienes asma? − pregunté, y liquidé mi vaso. − No, no… el negocio. La vida del artista, que se hace más complicada por momentos. Vaya problema el tuyo, pensé; sí, una pena, no hay más que verte. Bebimos y le di la razón. El artista suficiente me rellenó el vaso; estábamos apoyados en la barra mirando distraídos la televisión, creo que eran informativos. En ese momento una rubia delgada de nariz afilada estaba diciendo que había muerto el rey. − Y dime, ¿en qué puedo ayudarte? − Bueno, en realidad vine por el cuadro de fuera, el negro, aunque ya me da un poco igual. − ¿Qué te llamó la atención de él? − preguntó. − ¿Dónde conseguiste este güisqui? − respondí. Volvimos a rellenar. Brindamos por el cuadro. Volvimos a rellenar. Brindamos por la rubia del telediario. − No es whisky − aclaró el artista.

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− Tampoco tú eres pintor − dije – te he visto; he leído sobre ti, se quién eres. Eres el diablo. − ¿Y no puede el diablo pintar cuadros? − era un tipo listo. Sonreía. Tenía razón, así que brindamos. Seguimos hablando y bebiendo durante horas, nos sentamos en el suelo y acabamos un par de botellas de lo que fuese que estábamos bebiendo. Nos lo estábamos pasando bien. Hablamos sobre la Santa Sindone; le pregunté si tenía pensado ir a verla. Me dijo que odiaba las colas. Brindamos por la Santa Sindone. Me contó cuando conoció a Bukowski y terminó tirándose a su mujer. Brindamos por las mujeres que se había tirado Bukowski, por todas y cada una de ellas. El diablo recitó yes yes y brindamos porque fue él el primer desempleado . Yo le repliqué con poverty y brindamos porque ese hombre corre demasiado. También hablamos de guerras, de libros y del infierno… Cantamos y bailamos… Y mientras bebíamos, tracé un plan para engañarlo y hacerme rico en las apuestas. Y le pregunté por Lilith, y me dijo que era puta, bella y sincera, y que ahora andaba en Ciudad Juárez, aunque vendría por lo de la Sábana Santa: demasiados recuerdos. Y me recomendó varios bares y sitios para comer para cuando fuese, los anoté y escribí un poema. Luego decidí irme.

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− Me voy a ir yendo, colega − dije. Tras varias botellas uno coge confianza hasta con el diablo. − De acuerdo, chico − dijo mi amigo. − ¿Sabes? Soy escritor. − Sois demasiados... – respondió él. − Quizás pase otro día a saludarte, eres realmente un diablo cojonudo − dije en plena fase de exaltación de la amistad. − Yo también lo espero − nos dimos la mano y una palmadita en los hombros. Faltó darle un besito. Me dirigí hacia las escaleras con la mayor borrachera de mi vida. − ¡Salúdame a Ulises y a Arturo! − le arrojé desde la escalera, ya de espaldas. Pero creo que no me oyó. Cuando conseguí llegar hasta arriba, volví a bajar para recoger mi mochila con el pollo, las cervezas y todo eso… El diablo ya no estaba: oí un ruido y supe que era una cisterna. El muy cabrón estaba meando. Subí de nuevo las escaleras y salí de allí. − Adiós guapa − fue mi saludo cortés a la secretaria. Pegué tres pasos en la acera y me topé con una cristalera enorme que dejaba ver perfectamente, frente por frente, el cuadro. Desde allí se tenía una vista completa del lienzo. No había ningún trazo blanco dibujado en el cuadro. ¿Cómo era posible? ¿Habría sido lo de antes solamente un reflejo al verlo desde la esquina? ¿Debería entrar de nuevo? ¿Tan borracho estaba? ¿Qué cojones importaba eso? Ya me había puesto los cascos y las cervezas empezaban a pesarme en la espalda, también yo me estaba meando, sonaban de nuevo los AC/DC…

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Esa tarde me di cuenta también que había una camarera nueva en el bar de debajo de mi casa. Era rubia y tenía en el brazo tatuado varias estrellas. Cuando llegué a casa puse a enfriar las cervezas y escribí. Luego bebí y brindé por todas esas personas que no conoceré jamás.

50 Raúl Bombs

(Avilés, 1991). Poeta. Estudia Bachillerato y es presentador de un programa sobre música libre y poesía en una radio on-line. Sus poemas aparecen en antologías y revistas de diversa índole, como “Revista El Bollo”, “La contraportada”, “Texedores de Lletres”, etc. Ha publicado la plaquette “Llegar tarde es una rutina”. Ha ganado certámenes de poesía a nivel local y regional. A veces participa en actividades culturales como el Festival de Andar por casa y en timbas poéticas. www.franciscopriegue.blogspot.com.es

Como si una idea ardiera en tus manos se te ocurre enjuagarla ambiguamente, pidiendo, primero, que me calle. Dame una llamarada única, no quiero varias, no quiero que tu mano enjuague mi idea, no la tuya, no la suya. Tercera idea: ceniza.

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Cada mañana cojo mi pasaporte y con él construyo un navío, un navío frágil, un navío débil. En él subo mis esperanzas y bajo mis raíces. Se lo ofrezco a una persona, esa persona se lo ofrece a otra... Tras navegar por las olas de cada hombre, de cada mujer, de cada niño o niña se desgastan, se entristecen, se ennegrecen mis sueños. Comienzo a extrañar cada porción de mi vida anterior y me devoro y me carcomo por dentro. Mi navío de papel naufraga y llego al final del camino: un futuro incierto.

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Atropelladamente atravieso cojines y almohadas que me llevan a las sábanas de tu piel errante. Filosofo sobre tu cuerpo extendido en nuestra / tragicomedia, examino, palpo, escarbo en la CAMA y no encuentro nada más que tus labios hablando del des-hie-lo.

53 Francisco Priegue

(Córdoba, 1965). Pertenece a la generación X cordobesa. Comparte aficiones tan dispares y poco comunes como la poesía y la micología. Como miembro de la Asociación Cultural Soñando Caminos, ha participado en varios recitales. Miembro del colectivo artístico Córdoba Esfera. Recibió el V Premio Literario Saigón (modalidad poesía). Autor de “Emisión Analógica” (Groenlandia, 2011).

El padre no tiene mirada: su rostro está en la sombra. Si la tuviera, estaría baja. El padre no usa chaqueta, cinturón ni corbata. La barba clarea su rostro adusto y de rasgos borrosos. La camisa, abotonada hasta el cuello, es su único signo de decoro. Los zapatos, deformes y arrugados, con una suela ya demasiad o delgada, hacen sentir a sus pies la grava del arcén. El padre arrastra un carrito: un saco de harina, ropas, una caja, y sobre todo ello Mary, la segunda. El coche nuevo, reluciente, se ha ido acercando. Se detiene a escasos metros de ellos, que siguen avanzando. Una mujer ha bajado: va bien vestida y maquillada. Una gorra cubre su cabello claro, aunque su mirada refleja tristeza. El hombre bien vestido se ha quedado dentro del coche, fumando. Ella lleva una cámara en las manos. Los ha esperado, y sintiéndose un poco dueña de sus vidas, encuadra cuando la familia llega a su altura. El padre no se atreve a mirarla de frente, y desvía el carrito al llegar a su altura – esta noche, quizá, sueñe con ella –. La maniobra hace caer un objeto del carro, que se queda atrapado en la historia a un centímetro

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Mary se queda mirando cómo cae el objeto. delUnos pasos atrás,propia sombra. Podía aser lahijas mayores padre, si el suelo, sobre su la madre tranquiliza las cartera del que no saben cómo actuar padre usara cartera. ante la escena. John, el primogénito, viste un mono nuevo, y empuja el carrito de su hermano pequeño. El carrito, además del niño, en un hueco lleva también la olla. Mira a la fotógrafa de soslayo, con timidez y curiosidad a partes iguales. Sin decirles nada, Dorotea sube al coche y arrancan, dejándolos atrás, recorriendo por siempre la carretera rectilínea, infinita, que atraviesa los campos cercados, embargados.

55 Tomás Illescas Ferrezuelo

(Granada, 1982). Poeta y escritora. Actualmente, termina Filología Hispánica. Ha residido en distintas partes de España. Ha desempeñado múltiples oficios: niñera, florista, camarera, comercial, empresaria, estanquera. Su gran pasión: el arte.

Camino entre tempestades y oscuridades varias, siento sin sentir que no siento este vivir, a veces no sé que soy yo y de dónde vengo. Realmente, soy puro fuego, furia salvaje reprimida, deseo incontrolable que se traduce en palabras y que cuando quiero pronunciarlas son inteligibles, parecen balbuceos, vestigios de sonidos perdidos en las entrañas de mi cerebro que despotrican sobre saberes que no se si son verdad o simples disparates producto de mi mente enferma. La única certeza que tengo es que no estoy loco. Poseo, alojado en mi garganta, un ángel, un espíritu rapsoda, un ser inmortal que quiere abandonar mi cuerpo, me ahoga, siempre tengo sed. − Unas moneditas, señora. Poseo esa parábola divina, que me impide relación con cualquier ser que no sea de mi misma condición y me obliga a satisfacer sus ansías de explotar, expandirse con gritos y quejidos que me veo obligado a callar entre las oscuras calles, abandonándome a cualquier vicio que me ofrezca un trozo de silencio. Lo suplico, mientras veo el destello argenta entre mis dedos. Parece delicada, cristalina, penetra con tanta suavidad, me lleva al cielo y me pierdo en espirales adiamantadas y refrescantes. Se apaga la hoguera que me abrasa las venas. − Venga, Mari, anda, si mañana te pago dame un cigarrillo.

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− Ayer estuvo aquí tu padre y me dijo que no te diera más tabaco que él te lo daría si vas allí a comer. Esta no se achanta, es dura como una piedra, me iré, es capaz de pegarme. Siento este ser creador, indómito, incontrolable, y cuando abro la boca, sólo pronuncio barbaridades. Ellos me miran por encima, se creen tan superiores… − ¡Señores, yo ganaba más que vosotros con una llamada de teléfono! Quizás mi arte no sea arte, que sea tan sólo un desperfecto, un eco que se expande entre rocas sangrantes y milenarias. ¿Qué será de mi voz cuándo yo sepa qué es mi voz? Sigo estando incompleto, me miro las manos y me faltan dedos, son muñones, si acaso, creo… antes sí tenía. ¿Dónde los he perdido? ¡Imposible que me los hayan cortado! Me hubiera dado cuenta… ¿me hubiera dado cuenta? Creo que hasta que no sepa expresar con libertad lo que hay en mis adentros, esta llama que en lugar de extinguirse se aviva con el tiempo, estas palabras descaradas que se vuelven insultos cuando son expresadas. O quizás no tenga nada que decir, a lo mejor, puedo expresarlo de otra manera, pueda esculpir, pintar, descubrir algo, lo que sea, y este temblor. Tengo tanta sed. Voy a las cuevas, a ver si me dan algo. ¿Le robo hoy a mi padre? ¿A mi hermana? Las calles parecen estrecharse y la oscuridad, lentamente, se cierne sobre mí, la convención de ser sin ser es un ente, el prejuicio de vivir en

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sociedad que aplasta a la sociedad misma. Es una repetición constante, un superior que necesita a un inferior para pisotear, denigrar y así afianzar su propia confianza en una superioridad más ficticia que la realidad abismal que subyace en el por qué de las cosas, de nuestras decisiones, de nuestras inmundicias, porque son pequeños estereotipos que crecen mediante la fama, después son olvidados para ser pisados de nuevo por otro superior que se yergue cual titán e inevitablemente ofrecerá la suela de sus zapatos para que voluntariamente, tú, antigua gloria, sitúes debajo tu preciosa cara, y él, con naturalidad, como si de pisar mierdas se tratase, la aplastará contra el asfalto. Y tus sueños, tus anhelos, hasta tu familia serán fumigados, desaparecerán como si de una plaga se tratase, arrasados por el brillo de ese nuevo falso ídolo al que seguirán ciegos y sordos. Luego escucharás con palabras taimadas, la vida es así. Creo que soy feliz como soy. Pero ellos creen que no lo soy. Tantos prejuicios. Tanto se debe ser, llegar a tener… Yo sólo quiero tierra en los bolsillos y encontrar mi voz. Los veo espiándome. Son urracas en tejados, chapoteando en lágrimas pérdidas, apuntando en su libretilla hecha con hojas de libertades quebrantadas. Me voy a mear en la papelera a ver si llaman a la poli y no duermo al raso. ¡Vigilad, vigilad, urracas, ahora volaré otra vez y os escupiré en vuestras coronillas calvas! ¿Dónde la podré encontrar? Me la robaron, ladrones de voces, ladrones. Devolvérmela.
− ¡Ladrones! ¡Devolverme mi voz! − grito. Y repito aún más fuerte.

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(Otra vez se ha vuelto agresivo) . Cuchichean a mis espaldas.
De súbito, un sonido ensordecedor, constante, que me persigue, ese rugir de cadenas presurosas, se me cala el alma. Veo de refilón esos afilados picos de urracas asomándose entre canaleras, al acecho.
− ¡No! ¡Yo soy libre!

Que empinada se hace la cuesta, cada vez se estrechan más y más, a lo lejos parece brillar entre negreces el cigarrillo del tío “El puro”, que me espera en la puerta. Se agita en mi interior ese alto ángel deseoso de salir. Ahora, parecen abalanzarse sobre mí estas paredes desteñidas. Correr, pies, para que os quiero, ya cabalgo a lomos de una ira que me sale por los ojos y la boca. Ayer murió mi hermano, le dieron un golpe en la cabeza, era el pequeño, siempre me siguió hasta el infierno. Era más ingenuo, más débil. ¿Fue ayer? Porque parece que sucede ahora, en este instante. Siempre llevaba su guitarra y tocaba algún fandanguillo de esos que quiebran el aliento. Se lo conté a todos por una limosna, una muerte por unos céntimos. Mi sufrimiento por unos trozos de metal noble.
− Señora, ha muerto mi hermano, ¿me da una limosnita?

Ni con esas me dieron, me temen, temen al ser interior que se expande y estruja. ¿Y mi voz, si la encontrara? Ojalá la encontrara, todo cambiaría. Son tan afilados que parecen cuchillas negras que ya casi me arañan la cabellera. Agitan sus alas mientras escudriñan mi caminar esforzado. Tengo que ir más rápido, ya casi saca los brazos por mi boca, este ángel sapiencial, este ser superior. Creo que es él quien me ha quitado mi voz.
− ¿Dónde está mi voz? ¡Urracas, devolvérmela!

Una parece que ha vencido al miedo y ha bajado a seguirme desde el
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suelo. Sus patas arrugadas golpean las piedras de la carretera. Y allá a lo lejos, brilla aquella pequeña y anaranjada luz que parece llamarme. Ya llegué, silencio, necesito un poco de silencio. Nada más.
− Puro, dame uno. Que me muero. Dame uno. − ¿Tienes pá pagarlo? Mira esto no son la hermana de la caridá. Te van

a llevar al centro. Ayer estuvo aquí tu padre me dio dinero pá que no te diera má ná. Pero, caro, qué haces tú sin mí. ¡Eh! Qué humillación siento. Pensar en quien era, en lo que tenía, mis hijos, mi mujer, todo lo vendí, por qué. Siento tanta sed, tengo tanto que decir, tanto que llorar, pero no puedo. No puedo con este maldito ángel pegado a las costillas. ¡Qué sed! Ya tengo la urraca casi a mis pies, agita sus temibles alas y quiere subirse a mi cabeza. La jeringuilla entre mis dedos, ahora los veo. Esta maldita sed. Silencio, necesito tanto silencio. El ruido, ese repiqueo. Yo no estoy loco. Mi padre... Aún recuerdo como me alzaba con sus brazos subiéndome a caballito, esa alegría expresada en el brillo de sus ojos negros. Era tan alto, tan fuerte y gallardo, tan esplendoroso… y ahora es un viejo. Cada vez se hacía más pequeño y más débil. Y ahora lo veo en el umbral de mi agonía con la mirada vacía y una lágrima en su alma cándida que tanto se parecía a la mía. Sólo quedamos los dos, en este derrumbe negro y opaco, en esta suerte de destrucción. A lomos de una quimera tiemblo. Pero ya se acallan los gruñidos del maldito ser de mi interior y reina por fin este gélido silencio que invade el infierno que se ha creado a su paso. Ahora puedo dormir, aquí mismo, en este frío y plomizo suelo. Mientras, a lo lejos, parece tronar su voz, llamándome.

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− ¡Ángel! Ángel, ¿dónde estás? ¿Alguien ha visto a Ángel? ¡Puro, te

dije que no le vendieras más! − Pero señor Clemente, estaba desesperado. Tenía el bolsillo lleno de piedras, y si se liaba a tirarlas contra los tejados y lo detienen otra vez... E mejó así. Confórmese, así e la vía, ¡esta puta vía! − ¡No! No me conformaré nunca, es mi hijo y juntos saldremos de esta. Yo podré sacarlo. Yo podré cuidarlo. ¡Qué es mi hijo! Ha sido todo por mi culpa. Una tibia lágrima resbalaba por su anciana mejilla, encorvado sobre su bastón de madera y ribetes dorados, ya no era un hombre, sino un viejo solitario que apenas se mantenía en píe. No le quedaba nada, un “pisucho” lleno de harapos, puertas descolgadas, una mesa de cocina y dos sillas.
− Aquí estoy papá, no te preocupes, ya estoy bien. Vamos a casa.

Y solos los dos, en la oscuridad, caminaron agarrados del brazo, por la escombrera abajo. Allí, a su podrido y roto hogar, y sin embargo, su hogar al fin y al cabo, hasta mañana, o hasta que despierten las urracas y su escudriñar.

61 Maika M. Montalvo

(Córdoba, 1982). Estudió Relaciones Laborales y es Licenciada en Humanidades. Directora de Editorial Groenlandia. Sus poemas y relatos han aparecido en diversas publicaciones, impresas y digitales, de España e Hispanoamérica, así como en antologías literarias, blogs y páginas Web. Ha publicado el poemario “Bocaditos de Realidad” y el libro de relatos eróticos “Cuentos de la Carne”. Ha sido traducida a seis idiomas. Actualmente, escribe su sexto poemario y se busca la vida como puede. Misántropa, huraña, ermitaña: un personaje entrañable.

¿Tienes miedo a la soledad? Puedes ignorarla en cualquier antro postmoderno: centenares de bocas anónimas y sedientas reclaman perfecto cariño ficticio; puedes citar a ese antiguo amor para despojaros la pena mutuamente - la confianza: entre el gusto y el asco hasta que retornen los reproches del pasado; último recurso si la pereza te asalta y no quieres humillarte en una poco fiable página de contactos en la red: mastúrbate hasta descarnarte las yemas de los dedos, es sano, gratis y sí, un poco triste, pero opción válida para el apaño.
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Y recuerda siempre, siempre, siempre: si tienes miedo a la soledad nunca nunca nunca vengas a buscarme.

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Las hadas madrinas abandonaron la vieja profesión: se despojaron de sus alas, de sus varitas, ocultaron sus dones fantásticos en un armario - todo protegido bajo siete llaves - y escogieron una existencia rutinaria y anodina: contrajeron matrimonio con el prototipo normalizado de marido y parieron hijos sanos; van a la peluquería una vez a la semana, a comprar pescado fresco en el mercado; se convierten en seguidoras acérrimas de los programas del corazón y se cachondean de las previsibles exclusivas de famosillos; bajan la basura con la cabeza llena de rulos, la bata rosa chillón regalo del despistado cónyuge por el aniversario - y las pantuflas deshilachadas - gracias al perrito juguetón de los críos -. Muchos domingos soleados, estas antiguas amigas de los cuentos y sus respectivas familias se reúnen para un buen perol; ellas preparan el

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sofrito, controlan hábilmente las chiquilladas con sonoros coscorrones y cuchichean de asuntos exclusivamente femeninos - la artritis, la menopausia, la diabetes, el reuma, el orgasmo que nunca llega, lo macizo que está el vecino del quinto, la sospecha de una infidelidad por parte de Fulanito o Menganito, lo guarra y puta que es Periquita o Zutanita, el coñazo de cita con el ginecólogo de la seguridad social, las preocupantes charlas por bajo rendimiento escolar con los profesores de sus vástagos - mientras sus esposos, uniformados con chándal y la camiseta - por norma, una talla menor - del equipo de fútbol favorita, corretean por el campo, sudorosos y eufóricos, detrás de un roñoso balón. Al término del gran banquete de arroz, los críos se pierden, entre chillidos, por los arbustos o, rendidos, se tiran en las grandes mantas que invitan a siesta; los hombres se apartan para continuar con sus fascinantes y profundas conversaciones etílicas y ellas, aliviadas, preparan su café, sus pasteles, sus pastas e, inevitablemente, rememoran, nostálgicas, su época dorada. Eran seres superiores que complacían deseos; su especialidad eran las princesitas en apuros, jóvenes doncellas casaderas aspirantes a comer perdices con un caballero de sangre azul, un machote ideal que portando la espada en una mano derrotaba a dragones guardianes de infranqueables castillos y con la otra asesinaba a la madrastra perversa. Por desgracia, con el transcurrir de los siglos, la demanda de solicitudes de ayuda por parte de estas señoritas iba menguando a niveles alarmantes. La crisis comenzó, precisamente, en las actitudes rebeldes e inconformistas de las descendientes de Cenicienta y la Bella Durmiente. Las primeras empezaron a utilizar las calabazas sólo para hacer pasteles; cuando concluían el estudio de asignaturas de derecho o la jornada laboral, se iban en sus propios automóviles de fiesta hasta las tantas de la noche, siempre desconfiando de tíos fetichistas con predilección por los zapatos

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mismo mundo que siempre despreciaron por temor a convertirse en simplonas y débiles princesitas con traumas por su sexo menospreciado. Y ahora, hadas madrinas y princesas, todas mujeres
normales y corrientes, conviven en este agridulce cuento que llamamos vida.

de tacón. Por su parte, las hijas de la princesa Aurora se aburrieron de convivir con abuelas impertinentes y se independizaron; más prácticas que curiosas, rechazaron el aprender a coser con hilo y se centraron en su intensa labor profesional, manteniéndose despiertas con sobredosis de cafeína para rendir al máximo. De nada sirvieron las ofertas dos por uno en deseos, ni la amenaza de huelga indefinida de las hadas madrinas expertas en auxiliar féminas ni tampoco pasarse al bando contrario (la pionera fue el hada mala de Shrek, pero le salió el tiro por la culata): las princesas descubrieron que no hacían falta poderes mágicos para invocar hechizos, aprendieron a depender de sí mismas y sus manos, las únicas capaces de obrar milagros. El negocio de las hadas madrinas se jodió: las mujeres protagonistas de los cuentos ya no necesitaban sus servicios ni tampoco el apoyo de los príncipes, ahora transformados en simples hombres con títulos nobiliarios falsificados para impresionar, que manifiestan valentía para conseguir un buen polvo o una esclava consagrada a limpiar su palacete y que sólo están comprometidos con una única mujer: su madre. Las hadas madrinas se cagan en Disney, resignadas: se vieron obligadas a trasladarse al mundo real, al mismo mundo al que fueron arrojadas las princesas supervivientes, sin hilos en sus espaldas u hombros, ese

66 Ana Patricia Moya

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Groenlandia (Córdoba) 68 2012

ÍNDICE
Lucía Fraga
Esquina Lexintong – Avenue 6 9 10 11 12 13 14 15 17 18 19 20 23 25 26 27 28 30
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Aleqs Garrigóz
Humanidad Despedida Madrigal

José Luis Álvarez Vélez
Ensimismado Fragilidad Yugo

Luis Amézaga

Pornografía y Cia

Adolfo Marchena

De antemano la flecha señalando… El verbo al principio de las cosas… Pasillos de ambulancia recorren el asfalto… Ruidos

Pepe Pereza

Ángel Muñoz Rodríguez Víctor González
Un poema Olvido Invitación

De la honestidad en tiempos difíciles

Esperanza García Guerrero
Aún quedan lunas

Jorge Decarlini

La reina del festival

Arantxa Oteo

El último trago en París

32 34 35 36 39 41 42 44 51 52 53 54 56 62 64
70

Lauren García

Poema nupcial She´s like a raimbow Ocaso

María Pilar Álvarez

Jorge M. Molinero Pablo Natale

Estábamos tan cansados que… Madre en Suecia Efecto Puka

Raúl Bombs

Highway to hell

Francisco Priegue

Incineración o enjuague bucal Origami Naval Colchonería

Tomás Illescas Ferrezuelo
The grapes of wrath

Maika R. Montalvo
Ángel

Ana Patricia Moya

Search Option B: Not Found Ni calabazas, ni dragones, ni apuestos príncipes

Suplemento Groenlandia número quince Septiembre \ Diciembre del 2012
Diseño: Ana Patricia Moya Rodríguez \ José Naveiras Maquetación: Ana Patricia Moya Rodríguez Corrección: Ana Patricia Moya Rodríguez Edita: Revista Groenlandia Han participado en este suplemento: Lucía Fraga, Aleqs Garrigóz, José Luis Álvarez Vélez, Luis Amézaga, Adolfo Marchena, Pepe Pereza, Víctor Gómez, Esperanza García Guerrero, Jorge Decarlini, Arantxa Oteo, Lauren García, María Pilar Álvarez, Jorge M. Molinero, Pablo Natale, Raúl Bombs, Francisco Priegue, Tomás Illescas Ferrezuelo, Ana Patricia Moya, Maika R. Montalvo, Ángel Muñoz (fotografías páginas 4 y 48), Felipe Zapico (6, 24, 40, 43, 53 y 67) y José Naveiras (portada y contraportada). Para el diseño de este suplemento también se han utilizado fotografías e ilustraciones de diversos artistas consagrados: Daikichi Amano (página 8), Chelsea Greene (11), George Tooker (14), Adrian Borda (15), Iain Grawford (16, 28-29), Simon Norfolf (18), Stephen Shore (19), Tod Papageorge (21), Joel Meyerowitz (22), Olivier de Sagazan (23), Fredik Ödman (26), Jan Saudek (31), James Christopher (33), Alex Gross (35), Ralph Eugene Meatyard (38), Gerard Burns (52), Fran Recacha (60), Albert Watson (62), Lambuja Pedro Henrique (53) y Peter Jaworowski (63).
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Todas las obras – relatos, poemas y fotografías – pertenecen a sus respectivos autores. Las imágenes de artistas consagrados, utilizadas para el diseño de esta publicación, han sido obtenidas de la red. Todos los contenidos de esta publicación digital, desde el número cero, están protegidos. Este suplemento se presenta como anticipo de la próxima revista (en su correspondiente número). Groenlandia expresa que, para proteger nuestra cultura, es esencial proteger las ideas originales de sus autores porque las mismas son un trabajo de imaginación y esfuerzo únicos. Groenlandia aboga por la total libertad de expresión sin censuras.

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ISSN: 1989-7405 DEPÓSITO LEGAL: CO-686-2008
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Revistas

Suplementos

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