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Sopa de consonantes

H tiene metástasis; se enfrenta a sus últimos días de vida pero sigue

fantaseando con la posibilidad de mejorar para ir al pueblo, de excursión, ahora

que empieza la vendimia.

B se cae, se rompe la cadera y, a sus setenta y un años y ciento trece quilos, siente como punzones el miedo en su piel; se reconoce vulnerable, después de tanto aspaviento por permanecer eternamente joven.

H tiene metástasis. Y M le cuida. Mientras pueda, no quiere que acabe sus

días rodeado de extraños. Se sientan en el sofá, agarrados de la mano, ven la tele juntos y él sigue ilusionado con mejorar para ir al pueblo, de excursión,

ahora que empieza la vendimia.

L se despierta cada tres horas porque tiene hambre. Hace casi seis meses que llegó y va absorbiendo con avidez cada sonido, cada olor, cada haz de luz, para interiorizar y comprender dónde está y con quién está. Tardará años, toda una vida, en saber para qué está. La madre de su padre, desde la residencia donde ansía olvidar que se rompió su cadera, se lamenta de su llegada tardía vaticinando no poder acompañarle cuando sea mayor, disfrutarle cuando ensanche su razón. Ya pronostica su desaparición y siente como punzones el miedo en su piel.

P se preocupa porque ve a G desgastarse en idas y venidas, arrastrando

los dolores reumáticos de sus ochenta años; pero G no puede evitar seguir siendo la cuidadora de todos los que van por detrás: de su hermana B, nueve años más joven, y que quebró su energía y su cadera reconociéndose, de repente, vulnerable; de su hermana M, seis años menor, y que se sienta en el sofá, agarrando la mano de H que llegó sin ser llamado diez años atrás para

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procurarle complicidad, para ofrecerle compañía y que ahora va en tránsito hacia donde le espera la madre de sus hijos y sus padres y sus abuelos y muchos de sus amigos, incluso el marido que fue de la que ahora le aprieta la mano cuando ven juntos la tele desde el sofá.

T se inquieta por P, que recién cumplidos sus cincuenta, se mece atropellada entre las sesudas y, a la vez, viscerales cavilaciones sobre el ineludible paso del tiempo. A T le preocupa ver cómo P cree haber llegado a todos esos lugares imaginados treinta años atrás y cómo anda sin sombra queriendo figurarse los próximos lugares por transitar. Después de mucho caminar, P llegó finalmente al lugar del amor y la entrega incondicional; allí encontró a T y, desde entonces, le pide a diario que siga con ella marchando hacia lo inexplorado, lo ignoto, lo aún por descubrir. T se siente afortunado. P se siente bendecida. P y T están definitivamente aprehendidos.

C se preocupa por M porque sabe que H dejará abierta la herida de la soledad. Uniéndose a S ha creado su propio núcleo vital pero se sabe dependiente del amor filial que le debe a M y buscará la forma, buscará el momento para mitigar el dolor, para apoyar en la ausencia.

Ñ, el padre de L, se impacienta por su madre B, con su cadera rota y rehecha, y siente la responsabilidad diluida de cuidar de quien le cuidó sabiendo que L demanda igual, demanda mucho, demanda más.

H, B, M, L, P, G, T, C, S, Ñ… Sopa de consonantes, consomé de emociones, puré de inquietudes, caldo de vida… Como la vida misma.

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Octubre 2014 By Master Chef