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Título: Ir Autor: León Yamal

El maestro Don Estanislao era astuto y sobrio, como sólo la gente del mar sabe ser. Austero, seco y con una vista de lince que pillaba siempre a quienes confiados preparaban las chuletas para los exámenes. Fue famoso entre nosotros, sus alumnos, por sus regañinas que a media mañana lanzaba a los rezagados del recreo que entraban al aula con la desgana pintada en la cara, como queriendo retrasar el momento de reiniciar las mates. A estos alumnos, a los remolones, si estaba de humor, los zarandeaba cogiéndonos por las solapas, o más bien, agarrando con su zarpa, la parte alta del delgado brazo hasta que nuestra cara enrojecía, no se si por vergüenza o por falta de oxígeno, pero eran temidos esos días en los que tras un descanso placentero tirando piedras a los perros, o corriendo tras el gato de la vecina Rosa, la realidad nos golpeaba.

La mañana que decidí no ir a clase no tenía nada de especial, quizá el tiempo empezaba a trucar el calor por el frío y anunciaba lejanamente, las nieves que a poco iban a llegar. Lo decidí sin estruendos, ya era un joven a punto de ir a la ciudad, así que poco quería oír las monsergas de don Estanislao y mucho menos, los trabajos que todos los días nos obligaba a hacer, ejercicios que él insistía nos ayudarían a comprender y aprender lo que tanto necesitábamos para el día de mañana, pero en mi caso que había conseguido un trabajo en la portería de mi tío, ese día de mañana se iba a decidir en breve, trabajando en la ciudad y ya sabia lo suficiente.

Así fue cuando a la semana aterrizaba en Madrid en una calle amplia, donde los coches soltaban sus primeros humos en los alrededores de El Retiro.

Al principio todo me resultaba extraño pero mi curiosidad era mayor que mi desconfianza, y así fui superando miedos y lo que hoy llamaríamos traumas de juventud. Allí las señoras enseñaban las piernas más que las mujeres del pueblo. Había una familia que era francesa y por navidad no ponían el nacimiento, pues decían que en su tierra era un hombre grande y gordo quien por las chimeneas llevaba los regalos, era San Nicolás y llegaba antes que los Reyes Magos. A mí siempre me pareció que no podía ser, que los Reyes Magos de Oriente traían regalos si te habías portado bien a todos los niños del mundo y que un señor gordo y de pelo blanco no podía ser igual. A los ricos del pueblo se los traían grandes y con mucho brillo. En casa eran más regalos prácticos, calcetines, lápices, colores, acuarelas, o los zapatos que madre llevaba tiempo queriéndote comprar. Esa noche, aparecía en el establo junto a los otros apaños, también para tus hermanos, pero a nosotros nos gustaba despertar con el frío y bajar a la cuadra, ahora sé que con la ilusión pintada en la cara.

Los días en Madrid fueron pasando rápidos, y poco a poco fui dándome cuenta y entendiendo las palabras de Don Estanislao. Empecé a pensar que en la ciudad uno tiene más posibilidades de trabajar y ganar dinero.

Los hijos de los casas de aquel edificio empezaban a hacer el bachiller, mientras yo pasaba el día limpiando, haciendo recados, cambiando bombillas. No tenía mucho tiempo para perder, pero empecé a interesarme por la luz, por los filamentos de las bombillas, primero fue un enchufe que tuve que arreglar y los hilillos de cobre envueltos en plásticos de colores, lo que despertó mi curiosidad. Más tarde, a la vecina del sexto se le rompió el calentador y me puse a enredar y a ver que podía haberle pasado y si podía yo buscar la solución. Me gusta buscar soluciones, que las personas se

Título: Ir Autor: León Yamal

sientan tranquilas cuando me ven, me gusta resolver cuestiones y buscar caminos, eso hizo que cada vez más y sin apenas darme cuenta, empezara a leer, y leer y leer cada

vez más. Primero de manera desordenada pero poco a poco fui especializando me en la electricidad, en cables, en motores.

Mi tío que veía como iba descubriendo el trabajo de los electricistas, me empezó a

hablar de una escuela nocturna, unas clases que me ayudarían a saber más. Y sin a penas darme cuenta me vi escuchando con interés a un profesor de gafas y barriga pronunciada. Me gustó tanto que quitaba hora al sueño, y así llegué a tener mi primer

sueldo de electricista con carnet de profesional.

Llegaron los finales de los años 50 y allí ya en el aula de la Universidad coincidí con Esperanza. Ella tenía casi 50 años y yo era un joven maduro. Recuerdo lo sorprendente

Era tan diferente a

que me resultaban sus frases, sus reflexiones, sus conversaciones,

las conversaciones de mi madre. Cuando niño, siendo muy pequeño, recuerdo alguna

tarde en casa de mi vecina a la que iba mi madre a coser cuando llegaba el otoño. Mientras cosían hablaban de lo que mi madre llamaba, sus cosas. Estas solían tratar de

las cosas del pueblo, de los casorios y de cuanto costaba la vida. Recuerdo cuando el

Jacinto se tuvo que casar con Emilia por haberla dejado preñada, menudo escándalo!

Entonces ellas hablaban casi entre susurros, pero yo sabía porque. La mujeres pensaban,

que lo hombres siempre buscan lo mismo y la Emilia era algo ligera de casco, así que la

pingó, aunque un embarazo no era tan malo si al final acababa en casamiento.

A la primera persona que escuché que eso de la virginidad eran tonterías, que el cuerpo

de la mujer era para disfrutarlo, que no importaba llegar virgen al matrimonio, que como te ibas a unir a un hombre para siempre, si no sabías como funcionaba en la cama

y de como te trataba en la cama, se podía aprender mucho fue a Esperanza. Yo entonces aunque entendía muy bien a que se refería, como joven estaba totalmente de acuerdo

con ella en que los hombres solo querían una cosa de las mujeres. Al menos yo estuve

bastante tiempo obsesionado con el sexo, y no era nada fácil resolverlo. En el mundo de mi madre y sus amigas, todo era tremendo para las mujeres, en cambio Esperanza

hablaba con una libertad poco frecuente en mi entorno.

Con Esperanza nunca sabías la frase que te iba a impactar más, y ella disfrutaba soltándolas y viendo tu cara de sorpresa, tus ojos abiertos como platos intentando ver y escuchar lo que te decía. Su mundo, el de Esperanza, era abierto y libre, con luz y aunque años después supe que también en ese mundo había sombras, por aquel entonces, lo desconocía.

Decía Einstein, que la mente que se abre a una nueva idea, jamás vuelve a su tamaño

original. Algo así me debió ocurrir cuando mi vida se cruzó con ella. Nunca volví a ser

el mismo. Su experiencia, su visión de la vida siempre contestataria, inconformista,

luchadora, desinhibida, generosa, valiente, alegre y arriesgada me la transmitió de tal

manera que en muchas ocasiones su aparente sencilla sabiduría, me ayudó a vivar tantas cosas como la vida fue quitándome.