La Venganza

“Pues yo te complaceré
doblemente pues te digo
que a la novicia uniré
la dama de algún amigo
que para casarse esté”

José Zorrilla


El joven, apenas un adolescente esbelto y bien parecido,
caminaba por el sendero. Era el mes de Mayo y la
primavera mostraba su poderío. Florecillas silvestres
adornaban el camino de tierra asomándose entre la hierba
de un lujurioso verde brillante.
El joven arrancó una amapola punzó y se la acercó a los
ojos. Era tersa y pulida. La cabezuela oscura del centro
creaba un contraste perfecto. La flor convirtió el momento
en irrepetible. Tanto que el joven se detuvo un momento. El
rojo intenso le recordó los labios de su madre.
Reanudó el camino y empezó a frotar el pulgar y el índice
con la amapola en medio. Hizo una bolita con la flor, el
amasijo sucio ya no era carmesí, lo arrojó al suelo y lo
pisó. Siguió andando.

El joven llevaba una margarita entre las manos y la iba
deshojando. Arrojaba displicente las blancas y ovaladas
hojas y sus labios apenas se movían aunque su cabeza
oscilaba entre el Si y el No. Pero no había nada detrás de
los monosílabos, ni un deseo, ni una promesa. Cuando
solamente quedó la redonda cabezuela de amarillo intenso,
(había arrojado también el último pétalo albo sin fijarse si le
correspondía un si lo un no), un ligero y lejano aroma a
manzanilla dulce le invadió. Era el olor de la infusión que su
madre le llevaba a la cama cuando tardaba en dormirse.
Tiró violentamente la cabezuela hacia atrás por encima de
su hombro izquierdo.
Siguió andando.

El joven había cogido una espiga de lavanda y pasaba los
dedos por entre los cárdenos estigmas. Un penetrante olor
a espliego salía de su mano. Era el olor que exhalaba el
pecho de su madre cuando le abrazaba. Siempre llevaba
una ramita prendida con un imperdible en su blusa de
punto. Arrojó con fuerza la planta lejos de sí. Había
lágrimas en sus ojos.

Ya había llegado y se detuvo en la puerta. El joven sacó de
su bolsillo su gran navaja cortijera y la abrió. Sus muelles
crujieron con un sonido siniestro. Respiró hondo y sin
vacilar pero pausadamente entró en aquel burdel de
carretera. Era el lugar donde le dijeron que habían visto a
su madre después de que les abandonara ya hacía un mes
a su padre y a él para marcharse con aquel gitano de verde
luna presumido y parlanchín. Su padre se estaba curando
bebiendo vino, pero él no podía curarse así. Él era joven.

Lentamente cerró la puerta tras él con la certeza de que no
la volvería a atravesar.


Casimiro Escualo de la Fuente.
(Escrito en Castril de la Peña hoy mismo 18 de Julio de
1936.)



Sign up to vote on this title
UsefulNot useful