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La Belleza Mojada

Costaba salir del agua. Costaba abandonar las olas, la luz reflejada que le envolvía, el contacto de la arena mojada en los pies. Era un día perfecto, un sol radiante, pocas y ligeras nubes bajo un cielo azul intenso. Una suave y constante brisa que mitigaba el calor, recorriendo su cuerpo mojado, que tras salir del agua iba perdiendo humedad, hasta quedar solo perlado por unas gotas aquí y allá, que imprimían un brillo a su piel tostada resaltando su tonalidad. Perfecta. Sin marcas que rompieran la continuidad, que cortaran aquí o allí la perspectiva de su fabulosa piel. Su cuerpo era proporcionado, musculado en equilibrio, perfecto. Casi no se notaba el efecto del ejercicio

físico que realizaba pues con él conseguía un equilibrio natural

sencillamente

perfecto. También estaba enamorado de su cara, varonil, con el vello preciso para dar luz y brillo a su rostro. Ojos rasgados, nariz perfecta, boca sensual,

Necesitó humedecerse los labios. El volumen equilibrado de su

cabeza estaba coronado por una melena rubia, sedosa, ondulada

pasarse los dedos para ahuecarla.

Necesitó

carnosa

Se tumbó sobre la arena que se espolvoreó sobre su piel como dulce azúcar sobre el mejor de los dulces. Y volvió a hacer recuento de sus atributos, uno a uno, deleitándose en la contemplación. Se sintió excitado y comprobó cómo su sexo crecía, lo que le excitó aún más. Siempre se sobrecogía al comprobar su máxima perfección. Se tocaba, se acariciaba, y provocaba que aumentara su tamaño. Tamaño que era considerable. Imposible que hubiera algo parecido. No solo era perfecto, era excepcional. Volvió a necesitar acariciarse y deleitarse con la suavidad de su piel ya ausente de gotas de agua

Pero, había algo que no entendía, a pesar de su posición tumbado y extrañamente contorsionado para poder mostrar todo su esplendor a la mujer que tenía cerca, esta no había levantado la cabeza del libro que leía. Seguro que estaba disimulando. Imposible que pudiera resistirse a la provocación. Seguro que se había excitado, o, seguro que estaba asustada, atemorizada ante tanta exuberancia. La vio pasar la nueva página. ¡Como si nada!. Es que ¿tenía algún problema?. Seguro que eso debía de ser. Era ciega, no porque leía. Era autista. Era estúpida. Eso es lo que era. Estúpida. Y no iba a perder un minuto más mostrándole tanta belleza. Perdiendo su tiempo en compartir con alguien así las maravillosas dotes que le había dado la naturaleza

El exhibicionista se levantó, acariciándose el cuerpo, ahuecando su pelo para que el viento lo hiciera volar y soltando de su piel algunos granos de fina arena que tenía pegados. Se acercó a la orilla, se volvió, y como atraído por un imán, caminó hacia su próximo objetivo. Otra mujer, que tumbada en su toalla, disfrutaba del sol, el sonido del mar, el viento

Caminó con la seguridad que le daba saber que ella deseaba tenerle cerca. Estaba seguro. Imposible que fuera de otra manera.

Última ola