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I

Ingreso

EN TRES ACTOS

“…

sentados

frente a una cruz y a ciertos retratos

entre bostezo y bostezo

despertamos en pupitres de dos en dos….”

Se conocieron agarradas a la verja que sería su horizonte los próximos diez años, llorando a lágrima viva se preguntaron la una a la otra: -y tú, ¿por qué lloras?

Así fue como empezaron su inseparable destino.

Cada una de las dos vino de pasados diferentes, nacidas en distintos lugares pero atadas al mismo presente, huérfanas y pobres, predestinadas a un futuro similar al menos los próximos diez años. Pasaron a formar una pareja indisoluble.

Tras el primer día de lloros, amaneció el segundo dándoles de bruces en la cara:

- A partir de ahora ya no se llora más o pagaréis las consecuencias.

Esto fue lo que escucharon sus tiernos oídos nada más despertar el día, a partir de aquí, si las lágrimas acudían hormigosas a los ojos había que retenerlas, tragarlas y dejarlas descansando en el fondo del estómago hasta la noche que, entre las sábanas, acudían a su cita siempre puntuales. Las duras sábanas recogían la humedad y guardaban el secreto.

Eran lágrimas amargas de soledad y miedo, la incertidumbre de sus destinos les hacía vivir cada segundo con nerviosismo, temiendo siempre ser reprendidas, rodeadas de unas amenazas siempre bien despiertas a punto de atacarlas, dispuestas a morder su inocencia.

Entre el sobresalto, la amenaza, las lágrimas y el miedo al pecado pasó el otoño y llegó el invierno con su promesa de reencuentros. En sus pensamientos revoloteaban las

fiestas navideñas con alas de mariposa libre, con colores de beso y abrazos, felices por un tiempo efímero pero real, tan real como los sabañones.

Las dos eran resueltas, valientes, vivaces, sus risas llegaban lejos, más lejos que sus pasos, en ocasiones viajaban a lugares indeseados de donde les venían devueltas, la risa era casi pecado y el pecado tiene sus consecuencias. El castigo habitual era un buen azote, como el que recibió la una cuando no quiso tomarse la leche una mañana, o los fríos suelos de lejía y jabón abrillantados que la otra tuvo que recorrer de rodillas tantas y tantas veces.

El encierro, la oscuridad y la fría soledad se reservaban para los pecados capitales, en esas ocasiones lo peor no estaba destinado a la una o a la otra, no, en esas ocasiones cumplían condena aquellos que, lejos de allí, pensaban con tranquilidad que las niñas estaban a salvo. En el otro lado del mundo, donde residía esa otra parte de uno mismo que se llama familia, se recibía una llamada amenazante que condenaba a todos a la misma incertidumbre, a la culpa de ser desagradecidos y a la vergüenza de la expulsión., siempre la amenaza del regreso prematuro.

Había que aguantar, esa era la tarea, un afán desproporcionado que no siempre era fácil.

II

Estancia

“…dos horas de catecismo, en mayo la comunión,

la letra con sangre entra, otro capón…”

Con el hambre siempre a medio camino, entre misas vespertinas, noches interminables, jornadas de letra y sangre, pasó el invierno y llegaron las primaveras.

Iban pasando los meses…., los años, y poco a poco se fueron acostumbrando a los castigos y a los miedos y la costumbre les trajo la paciencia, la rebeldía y los juegos.

Entre col y col… lechuga….

Estrategias de fuga, enfermedades imaginarias, cualquier cosa era buena para escapar de la rutina, aunque para ello hubiera que simular un dolor de muelas o de anginas.

Salir de allí, a la enfermería simplemente, era un alivio. Al entrar por aquella puerta blanca se caía la coraza y la edad volvía a tener importancia, tener siete años era tener siete años, ni uno más, y recibir cuidados, consuelo y abrazos se hacía cotidiano, parecía tan fácil como respirar…., era tan normal como tener frío en invierno o calor en verano.

Horas de juego secreto, risas de imaginación adolescente, estrategias de huida, besos imaginados, historias interminables a la hora de mecanografía, cada tecla bailando al

compás incansable de la melodía

Doscientas cincuenta pulsaciones, doscientas cincuenta ilusiones, doscientas cincuenta miradas a los ventanales desde donde se escuchaban las pandillas de adolescentes multicolores, libres, disfrutando del calor y los abrazos, faldas, vestidos, pantalones, pelos cortos, largos, oscuros, despeinados…., tan envidiables.

“ya, ya, ya llegan los pescadores, ya, ya, ya… ”.

III

Despedida

“…y ahora tú qué pensarás

si cuanto más me oprimían más amé la libertad…”

Entre tareas, risas, confidencias, deberes y castigos, entre unas cosas y otras se echó encima y llegó el tan ansiado final.

El vértigo se apoderó de las carnes y los sentimientos,… y, ¿ahora qué?, cuando salgamos de aquí, ¿qué? era la pregunta reiterada. Tantos años institucionalizadas, con el dulce amargor de la protección castrense en la garganta, navegando en el veneno amniótico protector,… y ahora, ¿qué?, la calle, la gente, los lugares desconocidos, los hogares desconocidos, las miradas, los besos con retraso, la inexperiencia de la mano…, y ahora, ¿qué?

Se despidieron con lágrimas en los ojos, esta vez sin represalias. Sin la presión del día a día uniformado se dijeron hasta siempre entre abrazos. Afortunadamente las palabras no engañan y cumplen su compromiso, siempre….

Deshechas las telarañas que las sujetaban, la una se fue a Málaga, la otra a Jaén, cerca pero lejos, con miedo pero con ansia de vivir.

Y vivieron.

El paso de los años las llevó de nuevo al mismo estadio, ambas se casaron a los diecinueve, tuvieron a sus hijas en torno a los veinte y aprendieron a quererlas y protegerlas con un ansia desmesurada, interminable e infinita, con la cegazón apasionada de los amores “para siempre”. Ese mismo amor con el que a ellas las quisieron entonces, en aquel tiempo en el que desde la reja del colegio sus ojos infantiles vieron alejarse a sus madres, sin despedidas prolongadas, entre sollozos ahogados,las unas con la incertidumbre alojada en sus bocas infantiles y las otras conviviendo con la culpa infectando sus entrañas, esa dura culpa de haber sentido “para siempre” y haberle dado permiso a la vida para renegar de sus palabras.

Epílogo

“…

enseña

a tu hijo a amar la libertad

Esas niñas de antaño, hoy devenidas en madres coraje, son las que se angustian por las miradas infantiles, adolescentes, maduras de sus hijas que transitan por la vida en libertad, esa libertad que ellas no tuvieron y que han sabido transmitirles a pesar de sus propios miedos.

A todas las madres valientes, ayer, mañana y siempre.

C.H.F.

15 de octubre de 2015

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Nota del autor

Ayer, 40 años después, tomando un café con ellas, desbordadas de generosidad, me contaron su historia, yo he decidido dejar un pequeño retazo de ella aquí escrita como prueba,…. para siempre.

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Citas: Días de Escuela. Asfalto.