1

CUANDO EL SUEÑO ENGENDRA MONSTRUOS






Mati quiere que le pinte mis monstruos, con los que sueño, pero a mi no me sale aunque lo
intente. Es raro, porque todas las noches sueño con ellos. Me persiguen por la casa hasta que
consigo escapar y luego, cuando creo que no saben dónde estoy, que les he despistado, aparecen de
pronto y yo vuelvo a correr y correr por una calle muy, muy larga y, aunque hay gente que me mira,
nadie me ayuda y se ríen y yo sigo corriendo con todas mis fuerzas hasta que creo que no puedo
más. Entonces vuelvo la cabeza y, cuando parece que van a alcanzarme, me doy cuenta de que me
estoy cayendo por un pozo muy, muy hondo y les veo la cara y les oigo reír mientras caigo y caigo
y se me revuelven las tripas y me despierto. Por eso Mati quiere que le pinte mis monstruos, para
ver cómo son, porque no me dejan dormir. Pero no me sale.
Ya llevo aquí bastantes días, me parece, en este hospital. Estoy bien, aunque tengo algunas
heridas que me duelen un poco a veces, si me muevo deprisa. Juani, la enfermera de la mañana, dice
que pronto ya no me dolerán. Es muy buena y muy simpática. Tiene un hijo de unos seis años, un
poco mayor que yo, y me trae cuentos suyos y juguetes y hasta chuches. Se nota que es mamá,
porque siempre quiere que me acabe el plato. Me gusta mucho, la verdad. La que más.
– A ver, Pablo, ¿cómo has dormido hoy? –Me dice todas las mañanas cuando trae el
termómetro y las pastillas.
Y se queda conmigo mientras desayuno.
– ¡Venga, otra galleta más! ¡Anda, acábate la leche! Así no vas a crecer.
Y mientras como.
–¡Otra cucharada, Pablo, que tú puedes! ¡Venga, otro poco, a ver si dejas limpio el plato!
Y yo lo intento. Para que esté contenta, porque es muy buena. Pero no tengo mucha hambre.
Me gustaría que fuese mamá quien me diera la comida, pero parece que hemos tenido un
accidente. A lo mejor nos íbamos de vacaciones, como es verano… Dice Juani que mamá está en
otro edificio, uno de mayores y que pronto estará bien. Mi padre también, me supongo. Por eso me
acerco a la ventana, despacio, muy poquito a poco, y miro a los otros bloques. Hay tres. También
hay muchos árboles y coches que vienen y van. Es entretenido y me imagino que un día veré a
mamá salir de una de las puertas para venir a buscarme.

2
Es raro estar aquí sin ella. Siempre que he tenido que ir al hospital, mamá me ha
acompañado. También siempre había otro niño en la cama de al lado y hablábamos y jugábamos y
veíamos la tele. Aquí no. Aquí estoy solo y la tele no funciona. Ni siquiera hay mando. Como son
vacaciones, no deben encontrar quien la arregle, que todos los reparadores estarán en la playa.
Aunque tampoco me importa mucho, la verdad. Prefiero mirar por la ventana, sobre todo por las
tardes, porque las mañanas son diferentes. Juani viene muchas veces a verme y se queda ratos
conmigo. Y Mati no falta nunca.
Me gusta mucho Mati. Si pudiera, bien que dibujaría mis monstruos para ella, para que
estuviese contenta, pero de verdad que no puedo. Y eso que dibujo bien. La señorita Marta siempre
me lo decía.
– ¡Muy bien, Pablo, está muy bien! Cuando lo acabes, lo colgamos en el corcho.
Marta es la seño del cole y es muy simpática pero, claro, no es lo mismo dibujar lo que ella
nos cuenta o copiar de los libros que pintar monstruos. ¡Eso es mucho más difícil!
Así que por las mañanas intento dibujar y por las tardes me siento en la ventana. Irene, la
enfermera de después de comer, es muy guapa y amable, pero se nota que no es mamá. Me cambia
las meriendas y en vez de yogures me trae zumos, que me gustan más, y muchos días se saca una
chocolatina del bolsillo de su bata.
– ¡No se lo digas a nadie, Pablo, que me la cargo!
Eso no lo hacen las mamás, consentirte tantos caprichos. A la mía no le gusta que coma
mucho chocolate, porque dice que se me caerán los dientes. No quiero que se enfade conmigo, pero
¿qué puedo hacer? ¡Encima que Irene se la puede cargar por mi culpa, no voy a disgustarla…! Por
eso me como las chocolatinas, que son de una marca rara que nunca había visto y que están muy
buenas. Tengo que aprenderme el nombre para decírselo a mamá y que algún día, cuando sea muy
bueno y me merezca un premio, me las compre.
Pero se nota que Irene, aunque no sea mamá, es enfermera, porque a la hora de la cena
siempre quiere que coma un poco más, aunque no sea todo el plato.
– Pero Pablo, ¿tú quieres hacerte un chico guapo y alto? Pues para crecer tienes que comer
un poquito más. Todo no, sólo un poquito más, ¿vale? ¿O es que no quieres ligar con las chicas?
Aunque a lo mejor ya tienes novia, ¿eh?
No, nunca he tenido novia, aunque me acuerdo bastante de Nerea, una niña de mi clase que
me gusta mucho. Es más alta que yo. A lo mejor tiene razón Irene y si no como no creceré y Nerea
no querrá ser mi novia nunca y se irá con Juancho, que es el más alto de todos. Pero es que no tengo
hambre. Ni siquiera de cosas ricas. No me entran. Aunque bueno, con las chocolatinas es diferente.
Mati ha vuelto hoy y ha estado más rato que otros días. Es raro, porque acababa de sentarme
en la ventana y ella nunca viene por las tardes. Como siempre, me ha hecho pintar muchas cosas y

3
luego ha repetido que quiere que le pinte mis monstruos. Dice que me va a ayudar, que ya sabe
cómo lo vamos a hacer, que le cuente cómo son y ella intentará dibujarlos, a ver si se parecen. Creo
que no son muy altos, más bien bajos, pero muy fuertes y corren muy rápido. Tienen unos brazos
muy, muy grandes y las manos también. Eso lo puedo pintar yo, más o menos, así que jugamos a
ver quién lo hace mejor y, entre los dos, al final lo conseguimos. Mati está muy contenta. Lo malo
son las caras. No consigo recordarlas, y eso que las veo todas las noches.
Mati me va preguntando por el pelo, que es moreno y un poco rizado, parecido al mío. Por
los ojos, normales, como todos. No me acuerdo de nada más, pero Mati insiste. Obedezco y cierro
los ojos para recordar mejor, como si fuese de noche. Al principio no pasa nada, pero Mati me va
contando mi sueño muy despacio. Ya ha llegado a cuando empiezo a caer y les miro a la cara.
Aunque tengo mucho miedo quiero fijarme muy bien para poder dibujárselos. Mati se lo merece.
Pero aunque lo intento mucho, mucho, apretando los ojos y todo, sólo veo una inmensa mancha
entre roja y morada, con forma de fresa. Abro los ojos, porque es muy raro. Yo tengo una pequeñita
en el muslo. Mi mamá me dijo que era un antojo, aunque no sé lo que es eso, pero mi padre se
enfadó, como siempre. No quería que me contara mentiras, decía, aunque yo sé que mi mamá nunca
miente.
– Lo has heredado de mí, ¿te enteras, Pablo? es por lo único que sé que eres mi hijo, porque
si tuviera que fiarme de la …– ¿qué dijo? Una de esas cosas que no se deben decir, seguro.
Y es que mi padre tiene otra mancha parecida en el cuello, debajo de la oreja.
Miro a Mati y no puedo llorar aunque quiera. Ya me acuerdo de todo. Ella me abraza, pero
me da igual, sigo sin llorar. Ya sé que no tuvimos un accidente, que no íbamos de vacaciones, que
mi madre nunca saldrá de ninguno de los otros bloques.


Pero sigo mirando por la ventana. Todos los días. Ahora no sueño con monstruos. No sueño
con nada. Sólo recuerdo.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful