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CUANDO EL SUEÑO ENGENDRA MONSTRUOS

Mati quiere que le pinte mis monstruos, con los que sueño, pero a mi no me sale aunque lo intente. Es raro, porque todas las noches sueño con ellos. Me persiguen por la casa hasta que consigo escapar y luego, cuando creo que no saben dónde estoy, que les he despistado, aparecen de pronto y yo vuelvo a correr y correr por una calle muy, muy larga y, aunque hay gente que me mira, nadie me ayuda y se en y yo sigo corriendo con todas mis fuerzas hasta que creo que no puedo más. Entonces vuelvo la cabeza y, cuando parece que van a alcanzarme, me doy cuenta de que me estoy cayendo por un pozo muy, muy hondo y les veo la cara y les oigo reír mientras caigo y caigo y se me revuelven las tripas y me despierto. Por eso Mati quiere que le pinte mis monstruos, para

ver cómo son, porque no me dejan dormir. Pero no me sale. Ya llevo aquí bastantes días, me parece, en este hospital. Estoy bien, aunque tengo algunas heridas que me duelen un poco a veces, si me muevo deprisa. Juani, la enfermera de la mañana, dice que pronto ya no me dolerán. Es muy buena y muy simpática. Tiene un hijo de unos seis años, un poco mayor que yo, y me trae cuentos suyos y juguetes y hasta chuches. Se nota que es mamá, porque siempre quiere que me acabe el plato. Me gusta mucho, la verdad. La que más.

– A ver, Pablo, ¿cómo has dormido hoy? –Me dice todas las mañanas cuando trae el termómetro y las pastillas.

Y

se queda conmigo mientras desayuno.

¡Venga, otra galleta más! ¡Anda, acábate la leche! Así no vas a crecer.

Y

mientras como.

–¡Otra cucharada, Pablo, que tú puedes! ¡Venga, otro poco, a ver si dejas limpio el plato!

Y yo lo intento. Para que esté contenta, porque es muy buena. Pero no tengo mucha hambre.

Me gustaría que fuese mamá quien me diera la comida, pero parece que hemos tenido un accidente. A lo mejor nos íbamos de vacaciones, como es verano… Dice Juani que mamá está en otro edificio, uno de mayores y que pronto estará bien. Mi padre también, me supongo. Por eso me acerco a la ventana, despacio, muy poquito a poco, y miro a los otros bloques. Hay tres. También hay muchos árboles y coches que vienen y van. Es entretenido y me imagino que un día veré a mamá salir de una de las puertas para venir a buscarme.

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Es raro estar aquí sin ella. Siempre que he tenido que ir al hospital, mamá me ha acompañado. También siempre había otro niño en la cama de al lado y hablábamos y jugábamos y veíamos la tele. Aquí no. Aquí estoy solo y la tele no funciona. Ni siquiera hay mando. Como son vacaciones, no deben encontrar quien la arregle, que todos los reparadores estarán en la playa. Aunque tampoco me importa mucho, la verdad. Prefiero mirar por la ventana, sobre todo por las tardes, porque las mañanas son diferentes. Juani viene muchas veces a verme y se queda ratos

conmigo. Y Mati no falta nunca. Me gusta mucho Mati. Si pudiera, bien que dibujaría mis monstruos para ella, para que estuviese contenta, pero de verdad que no puedo. Y eso que dibujo bien. La señorita Marta siempre me lo decía.

– ¡Muy bien, Pablo, está muy bien! Cuando lo acabes, lo colgamos en el corcho.

Marta es la seño del cole y es muy simpática pero, claro, no es lo mismo dibujar lo que ella nos cuenta o copiar de los libros que pintar monstruos. ¡Eso es mucho más difícil!

Así que por las mañanas intento dibujar y por las tardes me siento en la ventana. Irene, la

enfermera de después de comer, es muy guapa y amable, pero se nota que no es mamá. Me cambia las meriendas y en vez de yogures me trae zumos, que me gustan más, y muchos días se saca una chocolatina del bolsillo de su bata.

– ¡No se lo digas a nadie, Pablo, que me la cargo!

Eso no lo hacen las mamás, consentirte tantos caprichos. A la mía no le gusta que coma mucho chocolate, porque dice que se me caerán los dientes. No quiero que se enfade conmigo, pero ¿qué puedo hacer? ¡Encima que Irene se la puede cargar por mi culpa, no voy a disgustarla…! Por eso me como las chocolatinas, que son de una marca rara que nunca había visto y que están muy

buenas. Tengo que aprenderme el nombre para decírselo a mamá y que algún día, cuando sea muy bueno y me merezca un premio, me las compre. Pero se nota que Irene, aunque no sea mamá, es enfermera, porque a la hora de la cena siempre quiere que coma un poco más, aunque no sea todo el plato.

– Pero Pablo, ¿tú quieres hacerte un chico guapo y alto? Pues para crecer tienes que comer

un poquito más. Todo no, sólo un poquito más, ¿vale? ¿O es que no quieres ligar con las chicas? Aunque a lo mejor ya tienes novia, ¿eh? No, nunca he tenido novia, aunque me acuerdo bastante de Nerea, una niña de mi clase que me gusta mucho. Es más alta que yo. A lo mejor tiene razón Irene y si no como no creceré y Nerea no querrá ser mi novia nunca y se irá con Juancho, que es el más alto de todos. Pero es que no tengo hambre. Ni siquiera de cosas ricas. No me entran. Aunque bueno, con las chocolatinas es diferente. Mati ha vuelto hoy y ha estado más rato que otros días. Es raro, porque acababa de sentarme en la ventana y ella nunca viene por las tardes. Como siempre, me ha hecho pintar muchas cosas y

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luego ha repetido que quiere que le pinte mis monstruos. Dice que me va a ayudar, que ya sabe cómo lo vamos a hacer, que le cuente mo son y ella intentará dibujarlos, a ver si se parecen. Creo que no son muy altos, más bien bajos, pero muy fuertes y corren muy rápido. Tienen unos brazos muy, muy grandes y las manos también. Eso lo puedo pintar yo, más o menos, así que jugamos a ver quién lo hace mejor y, entre los dos, al final lo conseguimos. Mati está muy contenta. Lo malo son las caras. No consigo recordarlas, y eso que las veo todas las noches. Mati me va preguntando por el pelo, que es moreno y un poco rizado, parecido al mío. Por los ojos, normales, como todos. No me acuerdo de nada más, pero Mati insiste. Obedezco y cierro los ojos para recordar mejor, como si fuese de noche. Al principio no pasa nada, pero Mati me va contando mi sueño muy despacio. Ya ha llegado a cuando empiezo a caer y les miro a la cara. Aunque tengo mucho miedo quiero fijarme muy bien para poder dibujárselos. Mati se lo merece. Pero aunque lo intento mucho, mucho, apretando los ojos y todo, sólo veo una inmensa mancha entre roja y morada, con forma de fresa. Abro los ojos, porque es muy raro. Yo tengo una pequeñita

en el muslo. Mi mamá me dijo que era un antojo, aunque no sé lo que es eso, pero mi padre se

enfadó, como siempre. No quería que me contara mentiras, decía, aunque yo que mi mamá nunca miente.

Lo has heredado de mí, ¿te enteras, Pablo? es por lo único que sé que eres mi hijo, porque si tuviera que fiarme de la …– ¿qué dijo? Una de esas cosas que no se deben decir, seguro. Y es que mi padre tiene otra mancha parecida en el cuello, debajo de la oreja. Miro a Mati y no puedo llorar aunque quiera. Ya me acuerdo de todo. Ella me abraza, pero

me da igual, sigo sin llorar. Ya sé que no tuvimos un accidente, que no íbamos de vacaciones, que

mi madre nunca saldrá de ninguno de los otros bloques.

Pero sigo mirando por la ventana. Todos los días. Ahora no sueño con monstruos. No sueño con nada. Sólo recuerdo.

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