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Merodeando

- Una palmera, un cruasán, una napolitana. Un bollo, vaya. ¡Qué hambre por las mañanas!.

Fermín hace un último apunte en la aplicación informática. Profesión del padre:

funcionario.

- Otro hijo de un agente de la Policía Nacional. ¡Cuántos “hijos del cuerpo” hay en este colegio!.

Cierra el programa y apaga el ordenador. Coge la cazadora de cuero, atraviesa el patio, y saluda al conserje mientras le abre la puerta del colegio.

- No me acuerdo dónde hay una panadería.

Deambula sin rumbo hasta que se detiene en un cruce de calles. Y, ¿una pastelería?, ¿o un supermercado? Otea una de las calles. En un sentido, en otro.

- Ni idea.

Sigue con la mirada el lento deambular de una anciana, mientras busca entre los locales algún anuncio que le indique a dónde dirigirse. Nada

- Se me va pasar el recreo sin echarme nada para el cuerpo.

Vuelve la cabeza hacia una calle y hacia la otra. Sus ojos miran sin ver un anuncio de profilácticos. El escaparate del local, delante del que lleva ya casi diez minutos, ofrece preservativos de colores, olores y sabores diversos. Se toca la cara, con barba de tres días, y entonces sí repara en una crema hidratante para cara y manos.

- ¡Ya o tengo! La “Yoli”

Aprieta el paso. Apenas doscientos metros le separan de su destino.

- Un cruasán, por favor. ¿Cuánto es .?. Gracias, adiós.

Cruza el dintel de la panadería-pastelería y se detiene ante un hombre vestido de azul que le sale al paso.

- ¡¡Acompáñeme!!

El corazón ha comenzado a latir deprisa y Fermín nota cierto sudor en las palmas de las manos. Apenas dan unos pasos cuando el agente le indica que entre en un pasaje que conduce a un portal.

- ¡¡Documentación!!

Fermín, tembloroso, guarda el cruasán en un bolsillo de la chupa de cuero, y saca la cartera; extrae el DNI; se le escurre entre las manos; se le cae al suelo. Lo recoge con manos sudorosas y se lo entrega a su acompañante. El hombre

con gorra azul lo mira atentamente. Silencio desacompasada de Fermín.

roto por la respiración

- Y Ud., ¿a qué se dedica?

La garganta seca le dificulta articular las palabras

- Soy administrativo ……

El sujeto de las botas bien lustradas insiste.

- ¿Y dónde trabaja?

El tono inquisitorial del agente intimida a Fermín, quien lograr susurrar:

- En el colegio que hay aquí al lado

Ahora el hombre con arma y cartucheras al cinto levanta aún más la voz:

- ¿Y qué hace Ud. MERODEANDO una farmacia?

Fermín no entiende.

- ¿Me-ro-de-an-do

una farmacia?

Impaciente el agente insiste:

- Sí, MERODEANDO una farmacia. Ha estado Ud. un cuarto de hora delante de la farmacia, sin decidirse a entrar.

Recupera el aliento, disminuye la taquicardia.

- Estaba buscando una panadería. Quería comprar un bollo y no recordaba dónde había una. Mire.

Meta la mano en el bolsillo, retira la servilleta, le muestra el cruasán. O la palmera. O la napolitana.

- ¡Todo esto por un bollo!

Zampabollos