¡Ay, amor!

Dos jóvenes, decía el diario. Dos jóvenes amantes, escuché en la radio.
¡Jóvenes!....bramaba un tertuliano en un canal de televisión: ¡dos
adolescentes!, afirmaba rotundo. ¿Podemos hablar de “pareja”, acaso, a esa
edad?, intervenía otro participante en la tertulia, sin dejar terminar al primero,
quien, presa de la indignación, tensaba la musculatura del cuello, y sacando
sus ojos de las órbitas, pretendía abalanzarse sobre quien le había pisado su
turno de palabra.
Dos jóvenes amantes!!, así comenzaba la crónica de sucesos en otro canal
de televisión.

Todos los informativos de radio, internet, televisión y prensa escrita, recogían la
noticia como titular de primera página.
Unos insistían en la minoría d edad de los muchachos, mientras otros preferían
la “casquería”: cómo, dónde, en qué estado, en qué postura corporal, con qué
ropa, las inexistentes manchas de sangre!.. Los había que abundaban en los
detalles del lugar donde habían acaecido los hechos. En varios reportajes se
hacían todo tipo de conjeturas sobre las relaciones que guardaba el caso con
otros parecidos, o con otros remotamente dispares.

Algunos periodistas enseguida habían localizado a familiares y amigos, entre
los que había algunos incapaces de articular palabra, mientras otros
disfrutaban del protagonismo que, por unos segundos, les ofrecían cámaras y
micrófonos. Daban detalles tan contradictorios, que uno se preguntaba si eran
las mismas personas quienes podían comportase de forma tan dispar.

Había medios que en pocas horas habían destripado las vidas de las dos
personas, dando detalles cuya intimidad provocaba sonrojo en algunos
ciudadanos, al tiempo que era motivo de cotilleo, incluso de chanza, en otros
muchos.

Pocas personas podían permanecer ajenas al hecho, que había hecho correr
tanta tinta, tanta saliva y tantas imágenes. Amor y muerte; pasión y tragedia,
ternura y sufrimiento, son los dos ingredientes capitales de cualquier relato, de
todo acontecimiento que quiera propagarse.

¡Ah, el amor romántico!.. ¡El amor que trasciende la vida, y es capaz de vencer
a la muerte!. La necesidad de permanecer junto al amado: en la vida, para
sofocar la pasión, y en la muerte, para vencerla y, juntos, mantenerse unidos
toda la eternidad!!.toda la infinitud del vacío de la muerte, de la nada, de la
oscuridad quieta y sorda.
¡Tantos siglos de amores desdichados, de amores prohibidos, de amantes
despechados, de amantes engañados, de amoríos baldíos, de imposibles
amores, de amores suicidados .!tantos, sí, tantos....!
Parecían –y así perecían- que tales pasiones no tenían hueco en este mundo
físico, y sólo en el otro mundo, el más allá, encontrarían campo donde
desarrollarse y alcanzar la plenitud.


¡Tantos siglos de engaños, embustes y mentiras! ¡Tanto daño!.........

Los encontraron unidos, pero no juntos; cada uno de ellos estaba atado al
extremo de la cuerda, de la cuerda que, a modo de anodino collar, rodeaba
sus cuellos, oprimía su laringe y asfixiaba su cuerpo todo. Dentro del autobús
se dieron el último beso; se alejaron unos pasos; cada uno ocupó su ventana, y
en el momento convenido ambos saltaron al vacío. Sus extremidades se
resistían a quebrar el tenue hilo de la vida, y, en contra de su voluntad, se
aferraban, entre espasmos y aspavientos, a la ribera que baña la laguna
Estigia, en cuyas aguas se perderían!!sí, se perderían definitivamente,
porque entre las sombras frías, tristes y sordas de la parca no hay sitio para la
ternura, ni para la pasión; no hay abrazos ni besos; no hay deseo, añoranza, ni
gozo; no hay!..

Afrodita está triste.

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