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Es lo que hay











Nàmreg Oyrê



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La mañana se anunciaba gris y tediosa. Los boletines meteorológicos y su propio
conector móvil le habían alertado de ello. Y seguro que algún imbécil aparecería en
el horizonte y le estropearía aún más el día. Hoy tenía que aguantar a un tipo que le
iba a proponer un trabajo fácil. De ésos que no dejan rastro mental alguno y en los
que la promesa de unos miles de euros hacían que la boca se le hiciese agua. Se
había montado una empresa hacía poco y no podía negarse a casi nada. Nunca
había querido ser empresario, le asustaban los negocios, como a los gatos el agua, y
siempre le hubiera gustado vivir de un sueldo fijo al mes, aunque fuera bajo. No le
gustaba tratar con los que podrían ser sus empleados y detestaba andar detrás de
ellos vigilando si hacían esto mal o lo otro peor. Pero los tiempos, como ya intuyó
Dylan, siempre están cambiando y ahora el emprendimiento se había puesto de
moda. Un concepto que, en otros tiempos, se hubiera llamado precarización laboral
y su grupo de pensamiento anarco, qué tiempos aquéllos, lo hubiera mandado todo
a freír espárragos. Qué debates los de aquella época en aquel garito inmundo
pegado a la pared de la iglesia! Si es que aquello era la gloria bendita, nunca mejor
dicho estando tan cerca de la pila bautismal, las horas se les iban muertas de gozo
físico, debate intelectual que no servía para mucho y litronas de vino peleón y
cerveza barata hasta que se les ponía el cerebro a remojo de alcohol. Por allí pasó
de todo: el existencialismo de Sartre, la fenomenología de Husserl, la Rebelión de
las masas de Ortega, robado además del corteinglés lo que daba más caché al
asunto, y la moral del deber de Kant. Sin olvidar que, ya que estaban de huéspedes
y vecinos de la clericalla, la Teología de la Liberación se había colado en sus vidas y
fueron el azote por un tiempo de la Doctrina de la Fe que dirigía con mucho celo
quien luego se sentaría por unos años en la silla de Pedro… Pero tuvo que desviar
esos pensamientos con rapidez porque los vagones del metro habían llegado a su
andén y debía escoger lugar y posición del cuerpo si no quería ser arrumbado por
la muchedumbre que a esas horas del mediodía se desplazaba por la ponzoñosa
ciudad.

El tipo que le iba a hacer una oferta que no podría rechazar le había citado en un
restaurante añejo, pero caro, de ésos que no habían cerrado a pesar de la crisis en
esta ciudad del demonio en la que la desmemoria y la miseria moral se habían
adueñado de unas esquinas donde las meretrices ya no movían el bolso. En ese
restaurante, donde el arroz no perdía su nombre entre los tropezones de carne,
pescado o verdura, los camareros pasaban de los 50, le hablaban a uno de usted y
aún sabían escanciar vino y sugerir en silencio los platos. Le molestaban
sobremanera esos lugares nuevos, como de diseño, en los que el personal no sabía
ni cómo descorchar una botella. En uno de ésos sitios de pitiminí un garçon de
cumplidos los 20 le escupió a la cara que no entendía mucho de caldos porque era
su primer día en el susodicho gastrobar, que es como los redichos llaman a las
actuales casas de comidas. Gastro qué?, se relamió en su interior… Y qué tiene que
ver que sea su primer día, pensó, aquí se viene ya estudiado de casa, ¿o no? Era
como si él, un escritor venido a menos, no supiera de comas y acentos cuando
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empezó a escribir en aquel periódico de barrio que fue el primer lugar en el que le
dejaron “romper sus armas”, como le decía su padre…

Su mente se paró en seco. Su padre, ya estamos. No se libraba de él ni en los
pensamientos más recónditos. El tipo que le insufló el veneno de la lectura, el de la
escritura y, puede que también, el del periodismo. Un tipo cabal, sensato,
cartesiano sin saberlo, rígido casi siempre y flexible en las fiestas de guardar.
Vamos, un hombre de los de antes, sin dobleces y con una sola palabra. Cuando
algo estaba decidido y había salido de sus labios, no había contraorden posible. Ya
podías ser mejor orador que Cicerón, y recitarle las Catilinarias en latín original,
que todo era en vano. Misión imposible. Fuego fatuo… Mira tú, otra expresión de su
padre. Si es que no había manera de sacárselo de encima…

La anodina y metálica voz del metro cantó el nombre de una parada. Bueno, aún le
quedaban unas cuantas mientras iba leyendo el último bodrio que le había caído en
suerte criticar de una editorial de mala muerte que publicaba a gente sin futuro.
Que porqué lo leía? No, esta vez no era por dinero. La editora era de su amigo
Samuel, otro escritor de los tiempos del garito anarco y eclesial venido a menos
que heredó el negocio familiar y que, aparte de imprimir folletos a cuatricromía de
muebles, ofertas de teléfonos móviles o carne de cordero halal, se dedicaba a una
labor que él mismo calificaba de filantrópica. En una etapa, hace ahora más años de
los que quisiera, casi hunde la empresa del padre cuando se dedicó a reimprimir
las completas, en castellano viejo y árabe, de un moro que vivió en esta ciudad sin
nombre y sin decencia y del que nadie supo nunca demasiado. Veinte tomos,
veinte, con sus apéndices, estudios introductorios, el especialista en medieval de la
facultad más próxima aún le está agradecido por la pasta que recibió, sus
referencias bibliográficas y un sinfín de estupideces con las que se podría
empapelar el inacabado estadio del club de futbol local que ahora erraba por la que
decían división de plata. Pero Samuel no se arredró y, a punto de que el banco
telefoneara a su padre para ver qué pasaba con una letra no atendida de 17
millones de pesetas, una consejera de la extinta Caja de Ahorros Provincial, que le
tenía querencia, se apiadó de su alma y le aprobó una subvención de una parte de
la magna obra, por aquello de que el mozárabe representaba la idiosincrasia local.
Entre juegos de agua, naranjos del huerto y odas al azahar, ambos acabaron en el
catre y rodando por entre las cajas de la imprenta. En la de Samuel, aún quedaban
las maestrías de los viejo talleres de impresión y, además, se había empeñado en
que la colección del tal Ibn-al Mudín se iba a imprimir de tal guisa y en tapa dura.
Así que, entre pruebas y correcciones, galeradas y asuntos varios, la consejera y el
impresor vivieron sus milyunanoches en versión provincial. La cosa no dio para
más, las completas del mozárabe no pasaron de las cien copias vendidas y la caja
no pudo subvencionar más libros en varios años y en centenares de kilómetros a la
redonda. La asesora pasó años después a presidir la entidad, no sabemos si por su
preocupación libresca, y Samuel acabó divorciado y por poco, de nuevo, no pierde
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la imprenta y la casa que le vio nacer. A esas alturas de la vida, su padre, el muy
reconocido empresario comarcal Don Samuel José de Eizaguirre y Cienfuegos, ya
criaba malvas y se evitó el escarnio de su hija política quien encargó a la
competencia miles de panfletos con la foto de su heredero y la financiera amante
en actitud poco decorosa.

Ahora sí, era el momento de salir del metro. En el estómago empezó a sentir el
vuelo de las mariposas, menuda ridiculez hizo el que se inventó esta metáfora para
decir que se tenía hambre. Porque, a ver, qué tenían que ver las lepidópteras con el
apetito. Aunque, por cierto, él, apetito nunca había tenido. En su casa, se tenía
hambre y punto. Se comía lo que hubiere guisado su madre, casi siempre arroz y
siempre buenísimo, y ya está. Así que, como el asesino que vuelve al lugar del
crimen, empezó a pensar en la paella que se comería hoy a cuenta del tipo que le
iba a hacer una oferta interesante. En los tiempos de la escasez laboral y salarial
que se vivían, cualquier oferta ya era interesante por el mero hecho de serlo. Ay!, él
que había vivido antes otras épocas en las que llegó a escribir en prensa, radio y
televisión. Se lo rifaban. Entre tertulias, programas sesudos y guiones diversos se
sacaba un buen dinero. Iba a los restaurantes que quería, invitaba a las pajaritas
que más le gustaban y siempre, siempre, siempre, acababa con una buen vaso de
culo ancho de un escocés de malta. A ser posible con más de una decena de años y
previamente envejecido en una barrica perfumada con vino de jerez. Y de ahí, a lo
que surgiera o surgiese que, casi siempre, era lo mismo. Hotelito con encanto,
propina al encargado del local, un francés en la habitación, de la región de
Champaña por supuesto, y algunos pases de pecho que le garantizaban oreja y
rabo cuando no salida a hombros por la puerta grande. En fin, días de vino, mucho;
y rosas, más bien pocas. No era de regalar flores, ni en sentido literal ni figurado.
Tampoco lo era para cultivarlas. Le parecía un refinamiento del que él carecía. Y,
por una vez que cedió a la ternura, se llevó un chasco importante. Aún se acordaba
cuando le regaló a la presentadora de un programa infantil en el que curraba de
coordinador, por su cumpleaños, una edición limitada y especial del Principito en
una caja fabulosa. La Mazagatos de turno, al quitarle el envoltorio de regalo,
vomitó un agradecimiento que todavía hiere: “Uy, qué bien, galletas; muchas
gracias!!!” Y se quedó tan complacida que incluso fue a propinarle un beso que él
rechazó de inmediato alegando una repentina diarrea. Al salir del lavabo no pudo
más que emborracharse por prescripción facultativa. Suerte que una guionista
amiga le salió al paso, se apiadó de su alma y bebieron juntos hasta cansarse…
Escocés, of course, pero esta vez el primero que pillaron. Sin tonterías, barricas,
años ni envejecimientos. Eso sí, a palo seco y sin hielo, comme il faut.

Ya estaba en la calle y el poniente le hirió en lo más hondo de su ser. Otra vez el
viento del oeste mesetario, en un verano seco y aburrido como aquél. Joder,
parecía una plaga bíblica. Del metro al restaurante de marras aún tenía un trecho
lo suficientemente largo como para que le diera una lipotimia inmisericorde. Tenía
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dos opciones: seguir hasta caer rendido en la vía pública y dar un espectáculo
lastimoso, el penúltimo en esta incivilizada villa que de nada se sorprendería, o
pillar un taxi. Prefirió lo segundo porque ya estaba harto de quemar suela. El
conductor que se apiadó de su cuerpo, porque su alma ya estaba perdida para la
eternidad, tenía la radio encendida y en el silencio del aire acondicionado y de un
motor híbrido, solo se oía vociferar a los tertulianos de turno tirándose los trastos
a la cabeza. Al llegar, porque no estaba demasiado lejos del antro del que iba a ser
su perdición intelectual, el taxista rumió para sus adentros la cantidad exigida y
que a él le pareció poco considerando el ponientazo que se había ahorrado. El jefe
de sala le indicó la mesa del Sr. Cascante y allí que se sentó de manera obediente,
como un colegial. Toda la mala leche que traía de casa se le iba a pasar pronto.
Pidió un digestivo para empezar, su escocés favorito, para no perder las buenas
costumbres y rogó en silencio para que Cascante llegara más tarde porque él había
llegado antes gracias al taxi. Así, pensaba, se prepararía mentalmente para que el
tipo de la oferta no le desquiciara a las primeras de cambio. Si iba a ejercer la
prostitución intelectual, al menos, que el precio fuera acorde con las
circunstancias. El líquido ocre de Speyside atravesó como un cincel de terciopelo
su garganta y se fue directo al cerebro. “Recuerda quién eres, de dónde vienes y a
quién representas…” oyó que le decía una voz como en estéreo desde no sabía
dónde. Lo primero y lo segundo se lo contestó rápido pero lo de representar, a
quién puñetas más que a él mismo representaba? Pues claro que a nadie más que a
él. Y, a veces, ni eso. Le venía muy grande eso de representar y de representarse.
Bueno, pensó, ya veremos… Y dio un segundo trago al malta que ya le empezó a
templar el cuerpo porque el aire acondicionado del local estaba en la posición
pingüino del Ártico. Con el tercer trago se le apareció Cascante y ahí se acabaron
las voces que se oían en su cerebro.

Le saludó como pudo, Cascante tampoco era un dechado de cortesía, y se pidió una
cerveza sin alcohol. Vaya majadero. Su tía, que había cumplido 91 primaveras hacía
poco, se tomaba la cerveza como se debía, y no sin su preciado componente sin el
cual ni es cerveza ni es nada. Pero este tío la prefería así. Bueno, Cascante era más
raro que un perro verde. Ecologista de la primera hora, iba en bici cuando no se
estilaba; fue vegetariano avant la lettre; y extremoizquierdista de la V asamblea de
lo que fuera. Con los años, la tarjeta de crédito le engordó al socaire de los nuevos
tiempos políticos y ejerció de cerebro gris de los nuevos próceres del país. Un tipo
listo el tal Cascante. Lo tuvo de jefe supremo en un par de empresas, a cual de ellas
más estrafalaria, y en la última le dijo que se equivocó al no contar con él en tareas
de más alta responsabilidad. Pues, bueno, se dijo él, que te den. A la próxima te lo
piensas mejor. A mí no se me compra tan barato… Barato? Rebobinó sus
pensamientos del pasado y se lo volvió a preguntar:

-- Qué has dicho Cascante? 2.000 euros de mierda por hacer de negro del diputado
provincial? Tanto han bajado los precios? Que yo sepa, colega, el Sr. Ramírez es el
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candidato preferido por los de la capi y el partido seguro que puede mover un poco
más de pasta. No me parece demasiado justo, no?
-- Mira, colega –le respondió Cascante con un punto de ironía—el problema no es
que te vayamos a pagar ese par de miles de napos, o de mierda como dices, cada
dos meses. El asunto es que un servidor se va a llevar crudos seis veces más que tú,
te enteras capullo?
Estaba con el segundo escocés pero la posible borrachera se le vino a los pies. El
hijodeSatanás cobraría 12.000 eurazos de gloria bendita y él y su empresa de
emprendedor solitario y aguerrido, basura laboral pasada por el túrmix de una
desregulación de empleo salvaje, con cierre patronal incluido, se llevarían la sexta
parte, eso sí, impuestos incluidos. O sea, un excremento… se mirase como se
mirase. Cascante se dejó medio plato de paellamarinera sin tocar, se levantó con la
espuma de la cerveza absurda en la comisura de los labios y se largó de allí con una
frase que le escoció aún más que la propuesta:

-- Colega, es lo que hay. – Y ahora se puso serio.-- Mi hija, con la que me gasté un
dineral en los mejores internados, algunos de ellos en Suiza, la tengo de
reponedora en Mercadona. Y gracias, porque tuve que mover muchos hilos… Así
que, espabila y no te quejes. Au revoir. En dos meses quiero el discurso del cretino
de Ramírez. Ah! Y no lo hagas demasiado intelectual porque ya sabes que a nuestro
querido diputado le vino justo acabar el bachiller.

No hacía falta que se lo advirtiera. El corrupto de Ramírez llegó adonde estaba por
su familia, por el braguetazo que pegó con la rubia del pueblo, que luego fue su
mujer, y porque, mal que le pesase a él, era un vivo. Un idiota sin aptitudes para la
lectura, y menos para la escritura, pero astuto al fin y al cabo. Caía bien en casi
todos los sitios, era el yerno que todas las suegras desearían tener y prodigaba
sonrisas profidén allá donde le requirieran. Además, sabía montar a caballo, dar
raquetazos al tenis, antes de ser quien ahora era se ganaba unas perras dando
clases de pala y algunas de sus alumnas acabaron pasando por su cama también.
En fin, un dechado de virtudes el tal Ramírez al que ahora él tenía que construirle
un discurso. Además, uno que se usaría cuando a Cascante le viniera en gana. Debía
ser atemporal, ocupar unos cuarenta folios o, lo que era lo mismo, unas 14.000
palabras que Ramírez no habría visto juntas en toda su vida; y llegar al corazón de
la gente. Se trataba de que el tipo consiguiera la reelección por el distrito cuarto de
esta impúdica ciudad, si bien aún quedaban dos años largos para unas nuevas
elecciones. Al salir del restaurante, se acabó el tercer malta solo sin café y sin
postre, el poniente le volvió a secar el pensamiento. Pero en lo más recóndito de su
hemisferio cerebral, allá donde residen las grandes ideas, al escritor frustrado solo
se le ocurrió el título que le pondría al discurso del imbécil de Ramírez. Y sería una
venganza contra Cascante: “Es lo que hay”, musitó por lo bajo. “Es lo que hay”…

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