Un susto. Una culpa.

Batían el aire. Los brazos, ambos, subían y bajaban en el vacío buscando el contacto del otro cuerpo. Las piernas, alternándose para no caer, se lanzaban hacia arriba, una y otra vez, tratando de alcanzar las extremidades ajenas. Apenas conseguía su objetivo. El inestable ritmo inicial de sus, en su mayoría, fallidas agresiones, fue tornándose más irregular, caótico, mientras aumentaba su ira. Algún manotazo golpeó el brazo ajeno; alguna patada llegó al muslo de su contrario. Pero ella no respondía; esquivaba los golpes con la seguridad de haberlo aprendido en pasadas experiencias; giraba su cuerpo con agilidad, daba un paso atrás con firmeza; y trataba, en vano, de sujetarle los brazos. “Por favor”, le había dicho, “recoge tus cosas; no podemos tener la casa manga por hombro” Su respuesta fue un exabrupto: “¿Porque tú lo digas…!Tu manía con el orden!…Tú me vas a decir a mí lo que tengo que hacer….!Una mujer!” “Uno más”, pensó. Hacía tres meses que estos episodios se repetían, cada vez con más frecuencia, cuando se le contrariaba, no permitiéndole un capricho inadecuado; cuando se le exigía un poco de responsabilidad hacia sus cosas y con el resto de la casa; cuando se le afeaba algo que había hecho mal, cuando se le pedía que controlara sus modales. Respondía con insultos, ofensas, amenazas. Magnificaba pequeños errores, de otros, pero sobre todo de ella; mientras era incapaz de reconocer sus faltas: la culpa siempre era de los demás, pero sobre todo de ella, con sus torpezas, sus ridículas exigencias, sus normas de convivencia, sus ñoños modales. Era ella, en definitiva, la causante de sus ataques de ira. Los ojos irradiaban su cólera. La mandíbula fuertemente encajada, en los momentos en que no profería insultos o palabrotas. El cuello tenso, mantenía muy erguida la cabeza. Concentraba toda su energía en brazos y piernas, en los golpes que pretendía asestar, cada vez más y más descontrolados y erráticos. Ella, por su parte, todavía mantenía la calma, sin hacer intención de devolver los golpes, solo evitándolos, esperando el momento para pasar a la acción y poder contenerlo. Tres meses hacía que había tomado la decisión. O tal vez, sería más correcto decir, que la habían tomado por ella: porque ella estaba exhausta, anulada, sin fuerzas. Tantos años de insultos y amenazas, de vejaciones y desprecios – ¿seis…, ocho años…, desde que los chicos empezaron a ir al colegio?- habían minado su valía, “la autoestima, que dicen en la asociación”, pensó. Ella no servía para nada importante, ya se lo había dicho en otras ocasiones: Conservaba su puesto en un bufete de abogadas, porque eran sus socias,

pacientes con ella, quienes mantenían el prestigio, dándole solo asuntos poco relevantes. Llevaba la casa gracias a la asistenta –seis horas semanales-, y al encargado del súper –antiguo compañero de colegio-, quien le recordaba todo aquello que necesitaba reponer. Atendía a sus hijos porque acudían a un buen colegio, desde donde la orientaban en la educación de los chicos, y le corregían discretamente sus torpezas de mala madre. Sí, era cierto, que cometía multitud de errores constantemente y que, si no fuera por él, que estaba siempre al quite, los pequeños accidentes domésticos habrían terminado en dolorosas tragedias. Hacía tres meses que había puesto la denuncia, animada, empujada realmente, por sus socias, quienes la habían acompañado física y emocionalmente, en todo momento: Rosa, llamándole a diario; Marta, haciendo gestiones de sus asuntos en el bufete; Julia, prestándole el apartamento en la playa, donde descansar unos día con sus hijos en un lugar seguro. Durante estos tres meses, Jorge se comportaba con ella cada día peor. Aunque no era una situación nueva. Hacía ya tres o cuatro años que la insultaba con frecuencia, resaltaba sus defectos o le reprochaba el más mínimo error. “Estos macarrones están asquerosos”. “Se me han pasado un poco, pero están buenos”. “¡Una mierda!. Son una mierda”.”A mí me parecen que están como siempre”, susurraba Sergio, el pequeño. “Tú te callas, enano. Son una mierda” Siempre había sido una mujer paciente, pero con el paso de los años,-el estrés de la crianza, los asuntos del despacho cada vez más complejos, los desprecios y vejaciones de su marido-, había ido cambiando su carácter, y su aguante ante las contrariedades era cada vez menor. Se derrumbaba ante pequeñas dificultades, de modo que cuando Jorge la insultaba o ridiculizaba, se encerraba en el baño, y descargaba su angustia llorando a escondidas de sus hijos. Una de las patadas le alcanzó la espinilla derecha; le dio en un moratón que ya le había producido la semana pasada, causándole un dolor agudo que se extendió por todo el cuerpo, hasta la coronilla, y que la hizo reaccionar. Dio un paso al frente, que sorprendió a su agresor, y aprovechando el breve desconcierto giró con rapidez para colocar las escápulas contra sus senos, rodearle con sus brazos y sujetarle con fuerza el torso y los brazos pegados al cuerpo. Trató de revolverse, pero ella lo tenía asido con firmeza; no logró zafarse. Las patadas eran, ahora, hacia atrás, como coces, pero reaccionó con seguridad abriendo las piernas y evitando los golpes. Él insistía, quería

soltarse, gritaba, o la insultaba, o la amenazaba; se revolvía, lanzaba sus patadas, quería liberar los brazos. Todo en vano. Ella había logrado su propósito: lo sostenía fuertemente abrazado, conteniendo su cólera, mientras le decía palabras cariñosas, y se sentaba en una silla. Pasaron cuatro, seis, quizá diez minutos, en este tira y afloja; ella firme, sin hacerle daño; él cada vez menos tenso, reconociéndose vencido. Le pidió, por favor, que lo soltara. Se aseguró que los músculos se relajaban, que su respiración era más acompasada, antes de pedirle que le prometiera que iba a dejar de pegarle. “Sí, sí, te lo prometo”, pronunció en tono distendido. Sergio, el pequeño, se había refugiado en su habitación. Cuando Jorge empezaba a insultar intentaba mediar, pero lo que recibía a cambio eran más insultos o alguna colleja, de modo que aprendió a no meterse en medio, y, una vez más, se marchó a su cuarto, tapándose los oídos con la almohada o poniéndose los cascos con la música del iPad. Hacía un rato que no se oían los gritos de Jorge, ni la voz de su madre tratando de calmarle. Salió de su cuarto y fue a la habitación donde se encontraban, justo en el momento en que Jorge decía: “Sí, sí, te lo prometo”. Vio cómo su madre le soltaba, le cogía por la cadera y le giraba suavemente hasta tenerlo frente a frente. Su madre sonreía, mirándole a los ojos, acercando la mano para acariciarle la cara, cuando él, que había permanecido inmóvil, dejándose hacer, levantó la mano derecha con rapidez y descargó toda su rabia en la cara de su madre, quien sorprendida con el fuerte bofetón en la mejilla se desequilibró y dio con sus huesos en el suelo. Sergio saltó como si le hubieran puesto un petardo entre las piernas, se plantó frente a su hermano y le empujó con todas sus fuerzas. Jorge trastabilló y fue a caer de espaldas contra la estantería y, golpeándose en la nuca con una de las baldas, perdió el conocimiento. Su madre, atónita, miraba a uno y a otro: Sergio inmóvil, aterrorizado por lo que había hecho; Jorge, inmóvil también, quizá inane. Se arrastró hasta el mayor de sus hijos y puso la oreja en su pecho: pumpum….pum-pum….el corazón latía con normalidad. De rodillas se acercó hasta Sergio y lo abrazó con ternera. “Tranquilo, cariño. No ha pasado nada. No es culpa tuya”. En el hospital los tranquilizaron. “Ha sido un susto, sólo un pequeño susto”. No se apreciaba nada grave, más allá de un buen chichón; era conveniente, eso sí, dejarlo ingresado durante veinticuatro horas, para mantenerlo bajo observación. Mientras regresaba a casa, de la mano de Sergio, todavía asustado con lo ocurrido, una sensación de vacío en el estómago se fue transformado en una fuerte presión en el pecho: tenía taquicardia, le costaba respirar, le sudaban tanto las manos que el chico se soltó. Buscó un banco, o un poyete donde sentarse, ante la mirada lánguida de su hijo menor. Le abrazó, para no

alarmarle, y para tranquilizarse ella con el calor de su cuerpo. Era culpable, una vez más; había sido una mala madre, como siempre: “No, como siempre, no”, logró reaccionar. El mal ejemplo lo había dado su padre, no ella; los chicos – quizá solo Jorge- habían aprendido lo que habían visto hacer a su padre: insultos, desprecios, vejaciones, alguna bofetada; eran varoncitos que querían ser como el padre, y ahora que este estaba ausente Jorge quería ocupar su lugar….. Su culpa podía ser haber consentido tanto tiempo ese maltrato, hacia ella, sí, pero también, con su mal ejemplo como varón y como padre, hacia sus hijos. No podía consentir que en el futuro ellos fueran a repetir lo que habían vivido, siendo desdichados y haciendo daño a otras mujeres. Buscaría ayuda, si fuera necesario, de modo este susto sirviera para algo. Se secó el sudor de la mano en la manga de la rebeca, tomó la de Sergio, se levantó y con paso decidido se dirigió a su casa.

Marino

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