La luz del semáforo

ROJO Su cara se tornaba roja, se pintaba amarilla y, de repente, verde… varias veces, sincrónica y repetitivamente. La luz del semáforo cambiante le daba a su rostro de niña mayor, de preadolescente aunque ya cumplidos cuarenta, un aire aún más teatral a su doloroso relato. De pie, en la esquina del cruce, esperando por el taxi que la devolviera a su hogar roto, su angustia en forma de verborrea incontenible dejaba pasar, uno tras otro, todos los coches libres que, de buen gusto, le hubieran sacado de allí. Contaba y contaba, sin medida, sin pudor, cómo Raúl le espetó sin piedad un “ya no te quiero”… Describía el momento justo en que su mundo cambió de repente y sin preaviso, cómo el que fue su fiel aliado durante los últimos quince años se convirtió bruscamente en el verdugo más cruel, moviendo bajo sus pies la tierra firme del compromiso, la amistad, la complicidad, el amor y el sexo por la que habían transitado juntos antes, durante y después de la llegada de la pequeña Alicia. Alicia, que ya no quiere jugar a las princesas y pide con solemnidad en el colegio que la traten como antes de que papá dejara de querer “de aquella manera especial –como solo los papás y las mamás saben–” a mamá; no quiere sentir la diferencia, no le gusta ser distinta, no aspira a que le interroguen por las dos casas y por los planes del finde por separado (éste con papá, el siguiente con mamá) Alicia, que le pregunta a mamá si papá va a volver a casa y Laura, destrozada, le susurra – “No creo, mi amor. Papá ha dejado de querer a mamá de la manera especial en que sólo los papás y las mamás saben. Pero papá nos quiere mucho, mucho… a ti, siempre y a mí, de una manera distinta” – Laura se escuchaba en aquella esquina, bien entrada la madrugada, describiendo a sus primos, con todo lujo de detalles, cómo habían sido los últimos cuatro meses de su vida. Tona y Nacho habían venido a Madrid por unos días y querían saber cómo estaba Laura. Desde que Tona había hablado con ella por Navidad, nada hacía presagiar que la armonía que se respiraba en la “pareja ideal” fuera a terminar tan drástica e incomprensiblemente apenas un par de meses más tarde. Salieron a cenar fuera; Laura no tenía fuerzas para recibir invitados en casa. Y, tras la larga velada, compartida con otros menos afines en el corazón, fue en el momento de la despedida cuando Laura necesitó soltar los borbotones de dolor, los gorgoteos de estupefacción, los chorros de incredulidad y rabia que ni ella misma alcanzaba a comprender cómo se habían instalado en su vida. Raúl, que después de quince años arrojó a Laura un “ya no vibro”, siempre pareció beber los vientos por esta flaca, espigada y trigueña chavala con la que coincidió en aquel trabajo mal pagado de becario. Y la morenilla delgaducha siempre pensó que aquel corpulento, macizo de color ceniza sería un buen refugio al que acudir para calmar deseos, recolectar ánimos y compartir veleidades. Mucho ir y venir, más trajín de aquí para allá, acompaño, viajo, duermo, cortejo, voy y vengo, estoy aquí, permanezco aquí y ¿si nos

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casamos?... Luego, llegó el aborto y después ¡Alicia! Y la vida parecía haber concedido el don de la estabilidad, el premio de la armonía y la recompensa de la placidez a estos tres seres que compartían su vivir.

AMBAR Al volante de su reluciente Volvo XC60 Momentum Azul Caspio, Raúl observaba la luz ámbar del semáforo que se abriría en breve y le alejaría de la casa que había compartido durante los pasados trece años con Laura y los últimos seis con Alicia. Las dos mujeres de su vida quedaban atrás, en la trastienda de su reciente pasado, aquel al que recurrir cuando su incipiente futuro le trajera retazos de la vida que estaba rompiendo en ese preciso instante. Laura acompañaría a Alicia el resto de su existencia y Alicia estaría presente para siempre en la de su padre Raúl. Esta cadena de perpetua retroalimentación le asfixiaba y, al mismo tiempo, le liberaba del peso de la culpabilidad que sentía por aquellas palabras: “ya no vibro, Laura; ya no te quiero”. Estaba rompiendo la armonía, la placidez y la estabilidad. Estaba tan confundido y perdido, pero tan aliviado a la vez, que las emociones le subían y bajaban como tornados desde la punta del estómago hasta el centro del pecho, con tanta presión que, en ocasiones, pensaba que le iba a reventar el corazón. Podía sentir físicamente todo el dolor que estaba causando y, a pesar de todo, cuando el semáforo ámbar cambió, pisó el acelerador y se marchó a una velocidad tres veces superior a la permitida. A tanta velocidad como su angustia le permitía, su moral le consentía y su convencimiento de una vida mejor le auguraba. Se preguntaba cómo podría haberlo hecho mejor pero no tenía aún la respuesta. Ahora le quedaba mucho por resolver: buscar un apartamento con dos habitaciones, una muy soleada para Alicia; echar cuentas para afrontar la duplicidad de gastos porque, para colmo de males, Laura acababa de perder el trabajo y la letra de la hipoteca seguía llegando ineludible todos los meses; hablar con sus padres y con su hermano, aun sabiendo que, por más que lo intentara, nunca le apoyarían ni le entenderían; y, sobre todas las cosas, le quedaba saber cómo mantener la calma, el equilibrio emocional suficiente para seguir afrontando maratonianas jornadas laborales. El ambiente en el trabajo no estaba para ser comprensivos con rupturas sentimentales; se exigía el 150% porque “ahí afuera hay mucha gente pasando frío y si tú no lo haces, hay treinta esperando a hacerlo por ti y por la mitad de lo que tú me cuestas”. Resonaban en su cabeza las cifras que había leído en un artículo que cayó en sus manos en la sala del dentista: El promedio de duración de un matrimonio actual es de siete (7) años, y uno de cada dos matrimonios termina en divorcio. Se sentía refrendado por los datos aplastantes y se congratulaba de haber superado ese número… “¡Parece que ya tocaba!”, se concedió a sí mismo sardónicamente. También le preocupaban otra estadística: Solo un cuarenta y cinco por ciento (45%) de los niños superan satisfactoriamente el divorcio de sus padres ; O esta otra: El setenta y
cinco por ciento (75%) de las personas que se divorcian se vuelven a casar. Sin embargo, aproximadamente el sesenta y seis por ciento (66%) de las parejas de segunda unión, que tienen hijos del primer matrimonio, se separan. A partir de ahora, habiendo cumplido ya con uno de los vaticinios

estadísticos, le tocaba poner todo de su parte para que Alicia estuviera en el lado bueno de las

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cifras. Sobre su necesidad de seguir engrosando porcentajes de segundos matrimonios exitosos o fracasados, el tiempo, el inconmensurable y a la vez exiguo tiempo, hablaría.

VERDE

Alicia, agarrando de una mano a Guillermo, cruzaba el semáforo en verde con la ilusión prendida en la mirada, el corazón latiendo rápido y el papel del Registro en la otra mano: se casarían el 7 de mayo del año próximo, el 2039. Guille se empeñó románticamente en ir en persona con Alicia a la oficina del Registro Civil para que el empleado que llevaba la contrata del Ayuntamiento les imprimiera y sellara –como se hacía antiguamente- lo que ya habían gestionado de manera telemática. Ahora empezaban de verdad todos los preparativos para el gran día: elegir restaurante, catering, vestido, alianzas, flores, música, invitaciones… Afortunadamente, contarían con uno de los mejores wedding planner del país. No en vano, trabajar de directora del departamento de multimedia y diseño gráfico de una afamada revista de moda le abría las puertas a contactos valiosos. Y, gracias a su fulgurante carrera y a la buena posición de su pareja, se podían permitir este servicio. Como todos los novios, pretendían que su ceremonia y su celebración fueran especiales, el momento de compartir con todos sus seres queridos uno de los días más bonitos de su vida. Por aquellas fechas, fue inevitable que le viniera a la mente el recuerdo de una tarde lluviosa de primavera, cuando siendo una cría de ocho o nueve años, Alicia le preguntaba a su madre Laura una y otra vez por el día en que se tomaron aquellas fotos. Las fotos de ese álbum tan bonito que encontró al fondo, muy profundo, del armario de su madre, cuando buscaba, inquieta, a su gatito Maxi. Tropezó con una curiosa caja de aquella marca sueca de diseño de principios de siglo –IKEA, creía recordar que era su nombre- y de dentro salió, resplandeciente pero relegado, el álbum de boda de Laura y Raúl: 12 de junio de 2000. Alicia le había interrogado hasta la extenuación sobre cómo conoció a papá, sobre cuándo decidieron casarse, sobre el color del vestido, tan beige y moteado de verde lima en el fajín que le ceñía su cinturita de avispa. Su madre –lo sabía ahora- había respondido a cada una de sus preguntas con un inmenso nudo en la garganta y en el corazón, helado desde aquel día del lejano 2013 en que papá le dijo “Laura, ya no te quiero”. Habían pasado apenas dos o tres años de aquello y las preguntas impertinentes de Alicia, que tenían que ser respondidas –por consejo de la terapeuta que aún seguía tratando a ambas- le devolvían al fatídico momento en que su vida, tal cual la había diseñado durante quince años, se desmoronó. Su padre Raúl aparecía, feliz y sonriente, atrapando esa cinturita, haciéndola suya, en más de una foto. Cuando el fin de semana siguiente le preguntó por el día de su boda con mamá, Raúl esquivó la pregunta porque estaba delante Eugenio. Las cosas habían cambiado mucho desde que sus padres se casaron pero Guille era más sentimental que ella y se empeñaba en tener una celebración como las que se estilaban a principios de siglo: quería recrear toda aquella parafernalia de madrina y padrino, de testigos e invitados. Al fin y al cabo, se trataba de un acto de reconocimiento público de su amor y bien merecía contar con todos los aderezos que, durante años, fueron parte de este tipo de ritos.

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Pero todo esto le ponía en un aprieto a Alicia porque, si quería seguir los cánones al estilo que añoraba Guille, tendría que ir a la ceremonia del brazo de su padre Raúl; sin embargo, se le partía el corazón sólo imaginando quitar ese protagonismo a su madre, que haría las veces de una perfecta madrina para su única hija. Además, sería un momento crítico para el reencuentro entre todos los que, de una manera u otra, formaron parte de su infancia y adolescencia: Eugenio tendría que enfrentarse, una vez más, y a pesar de los lustros transcurridos, a las miradas venenosas de Laura y de la abuela de Alicia. Y Santi, que entró a formar parte de la vida de Alicia cuando era una preadolescente, cuando su madre le presentó como “un buen amigo”, tendría que aguantar a toda la familia de su novia, que nunca le dieron el visto bueno, ya desde el principio, porque pensaban que se entrometía en una pareja predestinada al reencuentro. Lo de Eugenio y Raúl se supo muchos años después. Pero Santi ya estaba crucificado. Ni los siguientes años en los que le vieron dar armonía, estabilidad y placidez a Laura pudieron sacar de las obtusas cabezas de sus suegros la idea de que aquella relación no se recompuso por su culpa sino porque el destino cruzó, un buen día, en la vida de Raúl a un licenciado en Filosofía, que le gustaba el cine en versión original y trabajaba como coacher. Alicia repasaba y se recreaba con todos los recuerdos de aquellos turbulentos años, en los que pasó de ser la niña feliz con los padres más maravillosos del universo a ver cómo su mundo se rompía en dos hogares en los que repartir y recibir amor incondicional para y por cada uno. Y así las cosas, tomó una decisión: iría a la ceremonia con un padrino y con una madrina; ella sería el centro e iría flanqueada, a cada lado, por su padre y por su madre. Al fin y al cabo, así había sido toda su vida; sus seis primeros años siendo una consagrada trinidad y posteriormente, en la distancia física pero nunca emocional. Gracias al tesón de Laura Santaolalla y de Raúl Márquez, separados y juntos en esa empresa común, Alicia había cumplido la mejor de las estadísticas, que rezaba La mayoría de los adultos jóvenes provenientes de
familias de padres divorciados son exitosos profesionalmente, tienen relaciones de pareja estables y poseen un gran sentido de vida.

ROJO, ÁMBAR Y VERDE Laura y Santi salieron primero y aprovecharon el poco tránsito de la madrugada para cruzar veloces el semáforo en rojo hacia su coche, aparcado frente a la casa de su hija; Raúl y Eugenio se entretuvieron en la despedida, rezagados con los chismes finales de la velada de reencuentro, a la vuelta del viaje de novios de Alicia y Guillermo. Al llegar a la calle, atravesaron en ámbar la avenida para coger el único taxi despistado que pasaba casualmente por allí. Su hija y su flamante nuevo esposo les despedían agitando las manos desde la acera opuesta, mientras Rex les ladraba y tiraba de la correa, nervioso ante el retraso de su paseo nocturno. Se acercaron al borde del parque oscuro, sólo para que Rex aliviara su vejiga, y volvieron raudos a su casa, cruzando en verde, un verde intenso y luminoso, el semáforo frente a su hogar.

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EPÍLOGO Después de haber superado, tras casi veintisiete años, la necesidad de salir huyendo en dirección contraria a donde se encontraban cada uno, después de haber flanqueado orgullosos, aunque desconcertados, a su hija Alicia hacia la ceremonia que le uniría oficial y públicamente a su compañero de viaje, Laura y Raúl pudieron finalmente reconciliarse con su pasado y perdonarse mutuamente. Para Laura, el tránsito desde la incredulidad, la estupefacción y el dolor hasta llegar al reconocimiento, la aceptación y la resignación, había sido tremendamente duro y tormentoso durante más años de los esperados. Para Raúl, el camino de la aceptación, el permiso que hubo de concederse, la negación a la resignación y la toma final de la decisión que rompería el corazón de Laura y los esquemas de Alicia, había sido un punzante puñal en su alma dividida. En medio de ambos caminos, que se bifurcaron repentinamente, peregrinó la niña de seis años que era y, tomando atajos o cruzando puentes, bandeó su infancia y cruzó su adolescencia. Cinco lustros después, Alicia había conseguido que sus padres respiraran paz y perdón. Ella iniciaba su vida cómplice con Guille y, desde el lugar de la desazón y amargura donde se instaló su madre, tamizada con el tiempo por la llegada de Santi, aprendió que las vidas son para vivirlas, son para disfrutarlas. Con el pecado sin perdonar de su padre en la recámara, aún Alicia constató que, por muy difícil que resulte, por duro e inexplicable que parezca, cada persona siempre tiene una razón poderosa por la que actuar. Y, una vez más, confirmó que las vidas, con sus luces, con sus sombras, con sus señales para parar, para frenar, para proseguir, son para vivirlas, son para festejarlas. Y es lo que ella decidió hacer. Y es lo que yo decidí hacer.

Alicia Márquez Santaolalla

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