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MORAL ARISTOCRÁTICA Y MORAL DE RESENTIMIENTO EN

NIETZSCHE

En el primer tratado de “La genealogía de la moral” el


pensador alemán Friedrich Nietzsche trata de
dilucidar el origen de las dicotomías éticas de “lo
bueno y lo malvado” y “lo bueno y lo malo”.

Los únicos que tenían vigor para construir unos


valores eran los hombres de acción. Guerreros
sedientos de gloria y vida que decidían estar en el
mundo abrazando su radical tragedia; vivían
ferozmente asumiendo que si pretendes apurar la copa de la vida
hasta el final debes también beber su poso amargo. Entre guerras,
banquetes, contiendas y competiciones estos aristócratas vivían al
modo de los héroes homéricos una existencia efímera pero gloriosa.
Estos hombres construyeron el concepto de bien, ellos eran “los
felices”, “los buenos”, “los verdaderos”. Como pálido reflejo de ellos
observaban a los hombres débiles, esclavos de sus cobardías que
intentaban vivir una vida larga aun al precio de convertirla en
mezquina. Para los espíritus nobles estos esclavos eran “los pobres”,
“los mendaces”, “los inauténticos”, pero en esa consideración no se
introducía ni odio ni desprecio sino una cierta conmiseración; los
fuertes trataban a estos seres débiles y cobardes con la lástima que
nosotros sentimos hacia el perro abandonado, un ser infeliz,
desorientado y débil. Esta fue la primera ética construida, en la que lo
bueno era afirmar la vida hasta sus últimas consecuencias y lo malo
rehuir de ella.

Frente a los nobles, los espíritus débiles, incapaces de amar la


vida, no podían sentir más que resentimiento. El esclavo que no
puede abrazar la vida acaba odiándola y lamentándose de ella y, por
extensión, odiando a los fuertes que representan un modo de vida del
que el esclavo es incapaz. La debilidad del esclavo se convierte en
virtud: su mediocridad es humildad; su debilidad es mansedumbre;
su cobardía es temor de Dios. El esclavo construye otros mundos
celestes en donde refugiarse tras la muerte porque odia esta vida. El
noble para el débil es, por lo tanto, el malvado que irá al infierno tras
morir; el resentimiento que los débiles no pueden proyectar en el
mundo real, lo proyectan tras la muerte. El infierno nació del
resentimiento y el cielo de la cobardía hacia la vida. El noble, por lo
tanto, es el malvado porque ama la vida y no tiene límites en sus
acciones ni en sus deseos. Mientras que el noble mira con
conmiseración al débil, este mira con resentimiento al noble y lo
deforma convirtiéndolo en un monstruo.

Del resentimiento del débil nacieron las religiones odiadoras de la


vida, que propugnan un Otro Mundo para despreciar este, para
convertir este mundo en “un valle de lágrimas”. Es con la religión y
con su odio reconcentrado como surge la inteligencia. El hombre libre
vive instintivamente sin poner freno a sus impulsos, no es idiota pero
tampoco es un hombre reflexivo. El débil reconcentrado en su
resentimiento calcula y alimenta una sucia llama interna que da lugar
a lo que conocemos inteligencia. La inteligencia, en efecto, en
muchas ocasiones no es más que un profiláctico contra la
espontaneidad de la vida, dirá Nietzsche.

Estas dos jerarquías de valores se han enfrentado desde el origen


del hombre. Es la lucha entre la vital Roma (vitalismo grecolatino) y
la odiadora Judea (cristianismo); lucha que aún hoy en día se juega
aunque con una clara victoria del nihilismo cristiano ¿Es posible un
futuro en donde la balanza torne a oscilar a favor de los valores
aristocráticos? Se preguntará Nietzsche.

Termino este artículo con un fragmento del Tratado Primero de “La


genealogía de la moral” en la traducción de Andrés Sánchez Pascual.
Este fragmento retrata muy bien los dos sistemas de valores a los
que se refiere el filósofo alemán:

Los “bien nacidos” se sentían a sí mismos cabalmente como los


“felices”; ellos no tenían que construir su felicidad artificialmente y, a
veces, persuadirse de ella, mentírsela, mediante una mirada dirigida
a sus enemigos (como suelen hacer todos los hombres del
resentimiento); y asimismo, por ser hombres íntegros, repletos de
fuerza y, en consecuencia, necesariamente activos, no sabían separar
la actividad de la felicidad -en ellos aquélla formaba parte, por
necesidad, de ésta -todo esto muy en contraposición con la felicidad
al nivel de los impotentes, de los oprimidos, de los llagados por
sentimientos venenosos y hostiles, en los cuales la felicidad aparece
esencialmente como narcosis, aturdimiento, quietud, paz, “sábado”,
distensión del ánimo y relajamiento de los miembros, esto es, dicho
en una palabra como algo pasivo. Mientras que el hombre noble vive
con confianza y franqueza frente a sí mismo, el hombre del
resentimiento no es ni franco, ni ingenuo, ni honesto y derecho
consigo mismo. Su alma mira de reojo; su espíritu ama los
escondrijos, los caminos tortuosos y las puertas falsas, todo lo
encubierto le atrae como su mundo, su seguridad, su alivio; entiende
de callar, de no olvidar, de aguardar, de empequeñecerse y
humillarse transitoriamente. Una raza de tales hombres del
resentimiento acabará necesariamente por ser más inteligente que
cualquier raza noble, venerará también la inteligencia en una medida
del todo distinta: a saber, como la más importante condición de
existencia.

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