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TABÚ, PALABRA Y SILENCIO.

( 2º punto de la conferencia “ El duelo” del 22 de octubre de


2018 realizada en el Ateneo de Sevilla. ) Conferenciante: Antonio Alba Cifuentes. (Se trata de
un homenaje a la muerte brusca de la hermana de Antonio, Aurora)

El duelo es una cuestión que merece sobre todo respeto. Es un tema delicado, personal, y a
veces, difícil de acceder. Es por lo que hay que andar con mucho cuidado. Se manifiesta bajo
las paradojas de lo interno/externo, lo íntimo y lo mostrable.

Es radical en nuestra vida, afecta a nuestras entrañas, al tuétano, a nuestros ínferos. Recorre
toda nuestra piel, nos atraviesa de lado a lado, de esquina a esquina, de célula a célula.

Nuestro duelo no es transferible y no lo tratamos de forma abierta, se accede a él por la única


ventana posible: la compasión y el consuelo por el otro que lo sufre. La escucha y la paciencia
son su anestésico.

La esfera de la privacidad y recogimiento como hábitat natural del duelo se comparte con y a
través de la compasión y la comprensión del doliente, eliminando la culpa que regenera
sufrimiento y la resignación como aceptación del hecho.

Del duelo, hablares del que se huye y se rechaza por doquier, debido a nuestros miedos y
temores. Hemos pasado del tabú del sexo, al tabú del duelo, y como tabú forma parte de
nuestro inconsciente colectivo.

Si el duelo es un saber prohibido, oculto, esquivo, huidizo y proscrito. ¿Será mejor guardar
silencio?

Vivimos en una sociedad occidental del s. XXI, avanzada, postmoderna y globalizada, en la que
nos proponen el anhelo y el deseo de consumir por consumir, disfrute inmediato y goce sin
límite, en el más puro hedonismo radical. El hombre de esta sociedad está obsesionado por
poseer y consumir en una pulsión incontrolada del tener, olvidándose del ser.
Despersonalizado y desnortado el hombre, se deja manejar entre el inmenso oleaje de una
masa dirigida por tutorandos que cuentan con la tecnología y los medios de comunicación
como las mejores herramientas para su domesticación y su integración en un hombre masa, en
un “se” impersonal con una dependencia patológica.

En esta sociedad del placer banal se pretende ocultar u esquivar al visitante indeseado, de
memoria amarga: la tragedia de la vida, dolor y sufrimiento.

Tiene mala prensa el dolor, es disvalor. No hay motivo alguna o razón para soportarlo, sino
más bien combatirlo o aniquilarlo. Se coloca a la tragedia y al dolor en el ámbito del sin sentido
de la existencia, de lo absurdo de la vida.

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Erróneamente, hoy hemos caído en la trampa, creyendo que podemos erradicarlo. Tecnología
y ciencias de la salud van de la mano persiguiendo un imposible: una vida sin dolor. Hoy el
valor y la virtud no son la aceptación ni la resignación, ni la búsqueda de sentido en el dolor y
la tragedia sino en la adquisición de bálsamos, aquello que nos debilita y nos hace
dependientes.

Ciertamente, el nivel de tolerancia álgida en el cuerpo ha disminuido, nadie soporta sufrir un


mínimo dolor: analgésicos y opiáceos pululan por los rincones de salones y alcobas.

Desde las aspirinas hasta la morfina, del paracetamol al diclofenaco. Nos encontramos ante la
búsqueda del analgésico perdido, piedra filosofal o elixir de la vida que fueron objetivos
místicos de la alquimia o la ambrosía de los dioses del mundo clásico.

Este hedonismo radical actual huye a escape del dolor y la tragedia con la algofobia. Maldito
sufrimiento de nuestro cuerpo y espíritu que se remontan a nuestros orígenes más remoto y
primitivo, tal como se muestra en el poema sumerio Gigalmesh.

Ante esta situación sería lo más acertado seguir a Wittgenstein “guardar silencio”, la vía
mística.

Ciertamente, el lenguaje descriptivo, discursivo, racional se queda estrecho y corto. Es el


momento del desierto de las palabras. ¿Qué hacer pues ante el duelo? Guardar silencio y
aceptarlo como algo que está ahí, que tenemos que encararlo como momento dramático de
nuestra existencia, dice Hölderlin” el que se sobre pone al duelo vuela más alto”

Ante el duelo no se sabe qué decir, se trata de matar el lenguaje, en busca del silencio. Un
gesto, una mirada, un abrazo. En estas cuestiones del dolor y del sufrimiento que trata de lo
inexpresable, aquello que resulta imposible de decir, aquello en lo que no caben teorías,
discursos o sistemas, encontramos el sentido de la luz en el camino: el grito y la lágrima como
desgarro, en la emoción encarnada a flor de piel, destrozando con estos aditamentos: el
lenguaje argumentativo, haciendo añicos las palabras, menguándolas y desvaneciéndolas.

Trátese pues, el camino epistémico del duelo por la vía mística, la compasión, el sentir con
el otro y el silencio como senderos adecuados para traspasar fronteras, los límites del
lenguaje y penetrar en las entrañas , en la tráquea y vísceras. Se trata del lenguaje de la
sensibilidad y del corazón, alejado de toda lógica y de todo mundo racional. Método que indica
y señala lo entrañable, lo cercano, que nos conduce no explicar el duelo sino a comprender
aquello que nos rebasa: vacuidad, abisalidad y finitud.

Un camino de conocimiento construido con carne y sangre, la vía mística. Método apropiado
para afrontar el duelo: dolor, sufrimiento y esperanza. Es el camino de la espiritualidad, vía
ciega y traspuesta por esos caminos de Dios en lo que resulta fácil perderse en los múltiples
vericuetos del bosque de la vida.

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Método que nos invita a lanzarnos por senderos que se moldean en curvas, sierpes y círculos
concéntricos, y nos seduce con un abrazo cósmico maternal.

Método en el que hay que percibir lo diferente bajo formas simbólicas sensitivas: visuales,
auditivas y táctiles, que despiertan nuestra piel de un sueño perdido y desesperanzado.

Método que transcurre en lo enigmático bajo el sonido del silencio tántrico de la paz eterna,
de las sombras y ausencias de la música tibetana, del Dharma, del vuelo de agua, de la danza
eterna Derviche, de la tantra del Lalla y del Karma. En definitiva, método de descubrimiento
que en se encuentra en el perfume amoroso de la flor del loto como una esperanza esencial,
alejada y cercana.

Sevilla a 24 de octubre de 2018

Antonio Alba Cifuentes.

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