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Nietzsche o el declinar del espíritu, textos del libro de Gustave Thibon

Cuando una gran gloria viene sobre un gran hombre, más bien hay que ver en ello un
castigo que una recompensa. La fama tiene alas veloces, pero vuela a ras de suelo. Y
siempre pregona al lado más superficial y conforme al gusto del día, el más vulgar o más
escandaloso. Y se corre el riesgo de hacer olvidar el alma sutil y profunda de la obra.
Si a cada ciudad de Francia hay una calle que se enorgullece con el nombre de Victor
Hugo, no es por el “Fin de Satán” si no por ser el cantor de la democracia triunfante y de
todas las ilusiones de su siglo. Y si en 25 años se vendieron cerca de 2 millones de
ejemplares de “Las flores del mal”, ¿a qué debe Baudelaire semejante éxito? No sólo al
genio solitario que renovó la poesía, sino sobre todo a la atmósfera de escándalo que rodea
su nombre, a algunas producciones más o menos pornográficas.
Nietzsche no escapa a esta ley. Su obra, traducida y comentada en todas las lenguas, y
utilizada en diversos sentidos por todas las propagandas y preparada en los más extraños
guisos, irradia un esplendor único en la historia del pensamiento. Ningún pensador quizás
había levantado tal ola de pasiones encontradas. Mas acaso tampoco ningún filósofo había
sido objeto de interpretaciones más simplistas y victima de más burdos equívocos… Sólo
algunos lugares comunes, vergonzosamente explotados por las polémicas: “Endureceos”,
“Vivir peligrosamente”, etc.. Y algunos principios extremistas y paradójicos: el
inmoralismo absoluto, el odio al cristianismo, la apología de la violencia simbolizada por la
“rubia bestia” desatada a través del mundo, el irreductible conflicto entre la moral de los
señores y la moral de los esclavos, el ideal del “super hombre” que huella con sus pies
todas las reglas y a todos los dioses. Sin duda que todo esto está en Nietzsche, pero con una
infinitud de basamento concreto y de matices complementarios de los que muchos
apologistas y apasionados detractores no han querido tener en cuenta.
El mismo Nietzsche protestó de antemano contra tal empleo de su doctrina: “los
peores lectores son aquellos que proceden como los soldados saqueadores: apoderarse acá y
allá de todo lo que les puede ser de alguna utilidad, mancillar y confunden lo demás y todo
lo cubren de sus ultrajes”.
Sin ir más allá de los más recientes acontecimientos, el fascismo y el hitlerismo; ¿no
han saludado a Nietzsche como a su precursor y profeta? En el transcurso de la guerra su
nombre sirvió de bandera ideológica a los apóstoles de la raza y de la sangre y a los
constructores de la “Nueva Europa”. ¿No se ha llegado a escribir que sin el pensamiento de
Nietzsche nunca hubiera sido una realidad el poderío de Hitler? Tales interpretaciones no
son sino combates librados en torno a un fantasma
Lo que antes todo detestó, lo que quiso que desapareciera – y ahora sabemos cuán
trágicamente le escuchó la época posterior a él – es la pseudo civilización de su época,
vacía de toda tradición y de todo profundo ideal y dominada por una moral hipócrita,
bajamente utilitaria y vulgarmente sentimental a la vez, en cuyo seno cualquier forma de
grandeza, de nobleza y de heroísmo aparece como un lujo culpable o un ridículo
anacronismo. Pero no pretende destruir por destruir: “Todo es decadencia; hay que dirigir la
destrucción de tal modo que haga posible para las más fuertes una nueva forma de
existencia”.
En Nietzsche encontramos de todo: el águila y la serpiente, el relámpago y la nube, el
demonio que se burla y el ángel que bendice; y lo que se lee entre líneas es a menudo más
elocuente que las mismas palabras. La mesura apolínea va en él mezclado con la ebriedad
dionisíaca; la lucidez, la reserva del escéptico se une con el ciego ardor del místico; del más
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sombrío pesimismo brota la esperanza más radiante; cada cosa contiene a su contraria. Y
todo esto alterna y se entremezcla en una ronda en la cual hay que tomar parte para percibir
su misteriosa armonía.
¿Se dirá que un pensamiento así tejido de contrastes y que en sí mismo lleva su
propia refutación, no merece ser tomado en serio? Esto es verdad si uno se coloca en el
terreno de la lógica ideal que no maneja si no esencias simples y fijas; pero no lo es en el
plano de los hechos concretos que investiga la inagotable diversidad de la compleja y móvil
existencia. ¿No es la vida una perpetua tensión y una perpetua unidad entre elementos
opuestos? El libro de los libros, el evangelio, es asimismo el que más contradicciones
aparentes encierra: Cristo proclama bienaventurados a los pacíficos, pero promete a los
violentos el reino de los cielos; trae a la vez el consuelo y el sufrimiento; la paz y la guerra;
es a la vez la omnipotencia y la absoluta debilidad, Dios en el Tabor y esclavo en la Cruz.
Y todo pensamiento humano que imitando a su modo el verbo eterno, desciende del mundo
ideal para “encarnarse” en la existencia, cae por lo mismo en una espinosa maraña de
contradicciones.
Nos chocan en nuestra necesidad de lógica y de armonía; y sin embargo responden a
otra lógica y forman parte de otra armonía, y encuentran su desenlace en la “tenebrosa y
profunda unidad” que el alma adivina, pero que la razón no acierta a explicar.
Pero Nietzsche no es Dios y la predicación de Zarathustra no es el evangelio. Cristo
podía pasar impunemente de un extremo a otro, por residir exactamente en el centro donde
los extremos se tocan y donde las contradicciones desaparecen. El universo está guardado
bajo llave por una armonía, reza un dicho antiguo. Por no buscar esta llave donde está –
más allá del mundo, en Dios – Nietzsche no es capaz de resolver las contradicciones de la
existencia: los extremos no se juntan ya, la tensión se torna desgarramiento, y la armonía
entrevista se vuelve un caos. Mas cada uno de los pensamientos que en este caos se
entrechocan brilla como un relámpago que deja ver claro el vacío del hombre sin Dios.
Su drama esencial reside precisamente en esta imitación de Dios, no para unirse con
él sino para remplazarlo, en esa oración resorbida que es una blasfemia. Desdeña el terreno
trillado de la razón y de la moral en el que, desde que el mundo es mundo, los hombres se
encuentran y se entienden; y también se niega a rogar al Dios que sobrepasa la razón por su
misterio y la moral por su amor. Suspendido así entre el cielo y la tierra, entre lo
“demasiado humano” abrumador y lo imposible “sobrehumano”, entre el mundo que
desprecia y el cielo que rechaza, se hunde en el hielo del aislamiento absoluto. Y ni está ya
al nivel de los hombres, ni tampoco sobre los hombres; es el extranjero – alienus – a la
espera de ponerse loco, alienado. La locura corona y sella su destino y es su postrero y más
leal testimonio al caos que en sí llevaba.
“Un hombre de corazón profundo tiene necesidad de amigos, a menos que posea a su
Dios; pero yo no tengo ni Dios ni amigos!” ¡ni Dios ni amigos!. Esta es verdaderamente la
suprema soledad, la soledad que no tiene cura. Y en medio del tumulto que suscitó después
de muerto, Nietzsche sigue siendo tan desconocido como en el silencio que le rodeo en
vida. Únicamente son capaces de compartir su soledad y hacerse sus amigos, los adoradores
de ese Dios que él quiso reemplazar por el hombre, porque ellos solos han encontrado lo
que él buscó andando de espaldas: el centro absoluto que eleva al hombre por encima de las
diferencias de los contrarios.

1) Dios ha muerto

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“Dios, la inmortalidad del alma, la salvación, el más allá, son todas concepciones a
las que nunca presté atención y a propósito de las cuales nunca perdí el tiempo, ni siquiera
cuando era niño….El ateísmo no es ni el resultado de algo, ni menos aún un acontecimiento
de mi vida: es en mí algo espontáneo e instintivo …”.
Esto está bien claro; pero el tono ligero y desenvuelto con que el gran ateo trata aquí
de ocultar su interior desgarramiento no debe impresionarnos demasiado. Y el hombre que
toda su vida batalló tan febrilmente contra Dios poca autoridad tiene cuando dice que no le
daba ninguna importancia y que nunca perdió el tiempo ocupándose de él; siempre es
tomado en serio el adversario al que se desafía a muerte; si Nietzsche pudo matar a Dios en
su espíritu y en su voluntad, nunca pudo aniquilar la necesidad de Dios en su alma: quien
rechaza el agua, tiene sed.
Sed de Dios en el alma y rechazo de Dios en el espíritu, estos dos elementos,
monstruosamente acoplados como en una violación, dominan todos los vaivenes de su
pensamiento y nos revelan el secreto de ese nudo de contrastes, que es el mundo
nietzscheano, en que el explorador pasa sin transición del hielo al fuego, de la negación a la
ofrenda. Nietzsche es un “peregrino de lo absoluto” que vuelven sus espaldas a Dios.
Dios, el absoluto: estas palabras, separadas de su caución interior y reducidas a
cómodos vocablos carentes de sentido, a una especie de papel moneda espiritual, sin fianza
de valor, no representan, en el pensamiento de muchos hombres, sino una quimera o una
abstracción, o a lo más un dominio reservado, ya a los seres excepcionales que están sobre
las realidades terrenas, ya a los decadentes incapaces de alcanzarlas, pero que no interesa al
hombre normal, ocupado únicamente de lo terreno y relativo. Pues bien, no: el hombre, sea
cual sea, está de tal modo hecho para lo absoluto y para Dios que, prácticamente, no se
limita ni puede limitarse solamente al sentido de lo relativo. Ved cómo se conduce un
enamorado frente a su amada, un avaro frente al dinero, un comunista con el partido – que
son sin embargo realidades bien relativas-, y decidme si estos hombres tienen
verdaderamente el sentido de lo relativo…. Habiendo sido hechos para Dios, sólo podemos
ir a Dios, o a sus sustitutos: los ídolos. Y aun los escépticos, los hastiados, los mediocres,
los llamados “realistas” son también idólatras: dan de Dios testimonios a su manera, ya
erigiendo su relativismo en un absoluto, o ya cayendo en la desesperación.
Admitido o rechazado, conocido o ignorado, Dios está presente en todos los
repliegues de nuestra existencia; la idolatría es a su manera un acto religioso; divinizar a la
criatura es igualmente inclinarse ante el creador. Nuestra necesidad de encontrar un
sustituto de Dios, sea como sea y por lo que sea, revela, con más elocuencia aun que las
disertaciones teológicas, su existencia y su necesidad. La prueba por la idolatría no es el
argumento más débil para probar la existencia de Dios: muy necesaria ha de ser una cosa,
pues que haya tanta necesidad de reemplazarlo.
Es fácil matar a Dios es su espíritu y luego anunciar su muerte a los hombres; pero
reemplazarlo es más difícil. Después de haber matado a Dios en el hombre, empleó
Nietzsche, toda la energía de su pensamiento y de su amor para hacer brotar del hombre un
Dios.

→ Humano, Demasiado humano


Hijo de pastores, heredero de larga tradición religiosa, Nietzsche conserva en sí toda
la lucidez, todos los escrúpulos, todas las exigencias de pureza y de absoluto de una
conciencia cristiana.

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Nietzsche desciende hasta lo que él llama “los fondos más oscuros del ideal”, es
decir, compara el ideal en su perfección abstracta, tal como lo presentan las morales y las
religiones, y el ideal tal como es vivido en las almas; y confronta la simiente divina y el
terreno humano en que germina. El resultado es decepcionante: “donde vosotros veis cosas
ideales, yo no veo sino cosas humanas, demasiado humanas por desgracia”. Los supremos
valores propuestos al hombre llámense bondad, abnegación, desinterés, altruismo,
heroísmo, ascetismo, santidad etc… Pues bien, si examinamos la mercadería que se oculta
bajo ese pabellón, se puede ver (o mejor, se adivina porque siempre reina la oscuridad en
esos hondos repliegues del alma) que tales ideales encubren exactamente a sus contrarios.
Si bien lo miramos, nada hay más inmoral que la moral, ni más irreligioso que la religión,
ni más egoísta que el desinterés y la bondad.
Los más altos valores humanos son mentiras: tal es el gran descubrimiento de
Nietzsche y la dinamita con la que va a hacer explotar al mundo: “Mi verdad es terrible,
porque hasta ahora se daba a la mentira el nombre de verdad…” Demos ahora algunas
pasos en compañía del “hombre-topo”, como se llamaba a si mismo, en su paciente
exploración en los recovecos del ideal.
Una sola palabra resuelve el problema del altruismo: “amamos nuestras inclinaciones,
pero no el objeto hacia el cual nos inclinamos”.
Un yo que habiendo perdido el sentido de la tierra adora con el nombre de Dios a su
propio anhelo, que aspira a lo imposible y extrae un cielo imaginario del demasiado real
infierno que lleva en sí mismo.
“En realidad, os sacrificáis en apariencia, mas la realidad es que os transformáis en
dioses, y como tales os embriagáis de vosotros mismos”.

Que en todo esto haya su parte de verdad, que el yo del hombre, en lo que tiene de
exclusivo y de discordante, se busque y se encuentre aun a través del amor, que los seres y
las cosas que pensamos amar sean con frecuencia para nuestro egoísmo un anexo más bien
que una tumba, no vamos a negarlo. Desde S. Agustín con su “amaban amare” hasta Pascal
con su “odioso yo”, todos los moralistas cristianos han denunciado esta fatal inclinación del
hombre a constituirse en centro del universo. Pero Nietzsche no ve, a priori, si no eso. Y lo
que es aún más grave, todo esta humana impureza se vuelve contra el ideal que le permite
reconocerlo y juzgarlo.
“Tener vergüenza de su inmoralidad –escribe en un admirable aforismo que ningún
santo desautorizaría, he ahí el primer peldaño de la escala en cuya cima siente uno
vergüenza de su moralidad”. El hombre después de haber vencido a sus pecados, debe
todavía sobreponerse a sus virtudes para perderse en Dios.
Nietzsche juega a dos cartas: se sirve primero del ideal más puro para juzgar de las
falsificaciones concretas de este ideal; y luego toma pretexto de estas mismas
falsificaciones para eliminar el ideal que acaba de servirle de modelo: después de haber
condenado al hombre en nombre de la moral, condena a la moral en nombre del hombre.
Pero ambas condenaciones se anulan recíprocamente: ¿Cómo es posible hablar de mentira
moral, no existiendo ya verdad moral? Nietzsche, al lanzarse al suicidio de la moral “por
razones morales” quita por lo mismo a sus razones toda validez y existencia.

-Génesis de Dios en el hombre.


El único Dios que reconoce es un dios creado por el hombre. Es verdad que en este
terreno no falta materia, sino que es inacabable como el número de falsos dioses que el
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hombre ha creado a su imagen. Y contra estos dioses es contra los que Nietzsche se
encarniza. El verdadero Dios queda fuera del alcance de sus golpes; sólo alcanza las
máscaras y fantasmas que el hombre adora al darles nombres divinos. No viendo en Dios
sino un ídolo creado por el hombre, sólo este ídolo puede abatir, y de ahí proceden a la vez
su prodigioso olfato para poner al descubierto todas las formas adulteradas de la religión y
su trágica ceguera frente al auténtico hecho religioso. Digámoslo claramente, y esta frase
señala el alcance y los límites del mensaje nietzscheano: Nietzsche es maestro único y casi
infalible en el arte de reconocer y denunciar lo que en el cristianismo, considerado como
fenómeno psicológico e histórico, no es cristiano. De manera que quien creyó destruir una
fe falsa contribuye a purificar una fe verdadera.
Pero si Dios, junto con todas esas virtudes morales y religiosas, cuya fuente y
principio es, no pasa de ser una enfermedad y una mentira del hombre, ¿Cuáles son en
cambio el terreno y las circunstancias que provocan la aparición de esa enfermedad y cuáles
los móviles secretos que se traducen en esa mentira?
“Quién es el único que puede tener razones para evadirse de la realidad por una
mentira? Aquel a quien esa realidad hace sufrir. Pero sufrir, en ese caso, significa ser uno
una realidad frustrada. La preponderancia del sentimiento del dolor sobre el sentimiento de
placer es la causa de esa religión, y de esta moral ficticia”.
La moral y la religión, tales como hoy los concebimos, tienen su origen en tipos
humanos que presentaban, totalmente o en parte, las características negativas siguientes:
a) El debilitamiento de la plenitud y de la seguridad vital.
Este tipo está representado ante todo por Sócrates en el que ve Nietzsche el enterrador
de la gran tradición helénica para la que el culto de los dioses no era sino la traducción y la
apoteosis de los más profundos instintos del hombre. Sócrates, precursor del cristianismo
(creía ya en un Dios único), padre de la dialéctica, de la moral y de la religión “personal”,
fue el primer decadente de gran categoría que debió recurrir a la razón y a la voluntad para
dominar sus instintos enfermizos y amenazados de anarquía. La clave de su filosofía: la
ecuación entre la razón, la virtud y la felicidad es ya el índice de un alejamiento patológico
de la vida. “Verse obligado a luchar contra sus instintos, he ahí la fórmula de la decadencia:
mientras la vida va en ascenso, instinto y dicha coinciden”.
b) La debilidad, la cobardía, la necesidad de protección del esclavo y del hombre
gregario. Incapaces de hacer frente a los choques del destino y de bastarse en la tierra, se
buscan un padre en el cielo y cultivan las virtudes de bondad, de mansedumbre y de
concordia, como si fueran ovejas que no sienten otra necesidad ni más ideal que pastar en
paz, protegidos contra las bestias feroces.
c) La irritabilidad mórbida, la propensión al sufrimiento del enfermo y del
degenerado a quien la vida va abatiendo constantemente y que se fabrica un Dios
que le consuele y le alivie.
Nietzsche hace de la voluntad de poder la esencia de la vida. Los enfermos, los
degenerados, los oprimidos no sólo tienen un alma que es aplastada por la vida y tiene
necesidad de ser consolada por ella; sino que tienen igualmente un yo al que la vida humilla
y que tiene sed de ser vengado de la vida, y Dios será el instrumento de esta venganza.

→ El hombre del resentimiento


Bajo esta denominación, adaptada más tarde y con gran éxito por Max Scheler,
coloca Nietzsche a todos los seres devorados por la envidia más baja, más pérfida y
también la más incurable, por referirse al ser, y no al poseer: la envidia de todo ser que
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nació débil, doloroso, corrompido, esclavo, frente a todo lo que es fuerte, dichoso, sano,
dominador. Envidia de la riqueza vital del prójimo. Para tales piltrafas humanas, el
espectáculo de la fuerza y de la plenitud constituye una ofensa imperdonable, una afrenta
que clama venganza. Pero siendo incapaces, ¡y con razón!, de vengarse efectivamente, dan
pábulo a su rencor por caminos tortuosos e imaginarios: trastornando en provecho propio la
jerarquía de los valores, haciendo una “virtud” de cada una de sus impotencias, condenando
a la fuerza como si fuera un pecado porque ellos son los más débiles, predicando la
igualdad porque ellos son los más bajos. Y este conjunto de mentiras lo juntan y atan con el
nombre de Dios que las contiene todas. Dios es el “labarum”, la bandera de los esclavos
sublevados. Monstruosa subversión de valores por el cual los seres más viles han hallado el
camino de la victoria y de la dominación.
“En este terreno de menosprecio de sí, terreno fangoso si lo hay, es donde crece esta
mala hierba, esta planta venenosa, miserable, oculta, traidora y dulzarrona. Aquí es donde
pululan los gusanos del odio y del resentimiento; el aire está impregnado de olores secretos
e inconfesables; aquí se anudan sin cesar los hilos de una maligna conjuración, la
conjuración de los dolientes contra los robustos y los triunfadores; aquí, hasta la vista del
triunfador es aborrecida. Y cuántas mentiras con tal de no confesar este odio; cuánto gasto
de palabras altisonantes y de actitudes, y que arte en la calumnia “leal”, ¡Que torrente de
noble elocuencia brota de los labios de estos mal nacidos!... ¡Hay que ver sobre todo la
habilidad de falsificadores con que imitan la virtud, dándose así de virtuosos y de santos!,
En estos tiempos tienen completamente acaparada la virtud esos débiles e incurables:
nosotros somos los únicos buenos, los solos juntos, proclaman, los únicos hombres bonae
voluntatis. Pasan por delante de nosotros a modo de reproches vivientes y de advertencias
saludables, como si la salud, la robustez, la fuerza, el orgullo, el sentimiento de poder no
fueran sino vicios que hubiera que expiar y purgar duramente; porque además ellos están
dispuestos a hacer expiar y están sedientos de ejercer el oficio de verdugos… Todos son
hombres resentidos, esos desgraciados fisiológicos, esos apolillados; hay en ellos un
terrible poder de venganza subterránea, insaciable, inextinguible en sus explosiones contra
los dichosos, ingeniosa en disfrazar la venganza, en sus pretextos para ejercerla.

→El Cristianismo
Esta insurrección de los esclavos contra todas las formas sanas de la vida individual y
social ha encontrado en el cristianismo el arma de su triunfo más ruidoso y durable. En su
origen y esencia es el más monstruoso atentado que jamás se haya cometido contra la vida.
Y aquí es precisamente donde entre nosotros y Nietzsche se abre un abismo. Cuanto más de
acuerdo estamos con él porque pone al desnudo las secretas taras de ciertas almas que se
creen cristianas (cuánta podredumbre de corazón cabe disimularse bajo apariencia
religiosa), otro tanto nos negamos a seguirle cuando quiere ver precisamente en esas taras
la misma esencia y el foco de inspiración del cristianismo.
El verdadero fundador del cristianismo, tal cual lo conocemos hoy, no es Jesús, sino
San Pablo; San Pablo que, después de Sócrates el “antigriego” y antes de Lutero el “monje
imposible” y de Kant ese “tullido de las ideas” ocupa el primer puesto de los grandes
negadores de la vida. Este aborto de judío fue el que se levantó contra el genio y el poder de
Roma y el que venció en aquel duelo que debía cambiar para dos mil años el curso de la
historia. “El cristianismo fue el vampiro del Imperio romano y el que redujo a la nada en
una sola noche la enorme obra de los romanos… esa banda cobarde, afeminada y dulzona,
alejó paso a paso el alma de este enorme edificio…” Así desplazó S. Pablo “el centro de la
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gravedad de la existencia”… Así pasaron quince siglos: luego vino el milagro del
Renacimiento, “la transmutación de los valores cristianos, la tentativa de dar la victoria a
los valores contrarios, a los valores nobles”. El cristianismo corrió peligro de ser vencido en
su propia sede. Pero entonces surgió Lutero, “ese sacerdote alemán cargado de todos los
instintos de venganza de un sacerdote en desgracia”.
¡El ideal cristiano! ¿Queréis saber en qué subterráneo y con qué ingredientes fue
construido?→Genealogía de la moral: “Una mentira debe transformar en mérito la
debilidad”; “La impotencia que no quiere represalias se convierte, por una mentira en “la
bondad”; la bajeza inquieta en “la humildad”, la sumisión a quienes se detestan en “la
obediencia”… lo que hay de inofensivo en el ser débil, su cobardía, esa cobardía tan grande
en él, toma aquí un nombre muy sonoro y se llama “paciencia”; “no poder vengarse” se
convierte en “no querer vengarse” y aún a veces en el perdón de las injurias. Y así se habla
del “amor de los enemigos”.
“Miserables son sin duda todos esos promotores de oraciones, todos esos acuñadores
de falsa moneda; pero tienen la pretensión de que Dios los ha distinguido y elegido en
razón de su miseria; ¿no se azota a los perros que más se quiere? Por ventura es esta miseria
una preparación, una prueba, una enseñanza, quizás algo mejor aún, algo que un día hallará
su recompensa elevada al céntuplo; ¿en oro?, no, sino en felicidad. Esto es lo que llaman la
felicidad eterna”.
Todo esto es cierto, terriblemente cierto, para toda una categoría de “cristianos”:
aquellos para quienes las aspiraciones religiosas no son si no remedios ilusorios de los
males demasiados reales y que, siendo muy pobres para la tierra y demasiado impuros para
el cielo, remedan el amor divino en lugar de vivirlo y adoran, con el nombre de Cristo, a
falsos dioses del resentimiento y de la venganza. Mas ¿por qué Nietzsche no quiere ver sino
eso? Aun colocándose fuera del dogmatismo cristiano y en el terreno del simple análisis
psicológico, ¿qué vale su retrato, aplicado a cristianos como S. Francisco de Asís o San
Juan de la Cruz? ¿Por qué ese encarnizamiento de Nietzsche en elegir invariablemente, con
ese encono en el odio tan exclusivo de él, la interpretación más vil del fenómeno cristiano?
En el fondo de su propia naturaleza, en esas reconditeces del alma, sangrientos y
podridos, pero iluminados por la despiadada luz de un espíritu que prefiere la muerte a la
mentira, es donde encontró Nietzsche esa imagen del cristiano que pasa ante nuestros ojos
como un espantajo. Nietzsche es un santo imposible como Lutero fue un monje igualmente
imposible. No se perdona a sí mismo el haber sido un santo fracasado. Se fija con tanto
odio en la caricatura del cristianismo que combate – y que lleva en sí – que el duelo se
transforma en acoplamiento y el asesinato en suicidio. De modo que instruye su propio
proceso y denuncia su propia fisonomía. Más ¡Qué indirecto homenaje a la verdadera
fisonomía de Cristo esta guerra a muerte contra los ídolos que se engalanan con su nombre!
Preciso era que sintiera bien dentro del alma que el cristianismo puede y debe ser otra
cosa para indignarse tan profundamente al ver que a veces no es más que eso.
En el preciso momento en que sus invectivas contra el cristianismo van llegando
hasta el delirio en un crescendo de odio explosivo, su espíritu, en tensión por tantas
contradicciones, se rompe como un arco y su destino se sumerge en las tinieblas: “La Cruz,
bandera de la conspiración más subterránea que jamás haya existido: conspiración contra la
salud, la belleza, la rectitud, el valor, el ingenio, la hermosura del alma, contra la misma
vida… Quiero escribir en todos los muros esta eterna acusación contra el cristianismo:
tengo letras que hasta a los ciegos hacen ver… Llamo al cristianismo la única gran
calamidad, la única gran perversidad interior, el único gran instinto de odio que no
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encuentra ambiente bastante emponzoñado, bastante hipócrita, bastante pequeño; yo lo
llamo la única e inmortal deshonra de la humanidad…”
En este momento seguramente que nada queda ya de cristianismo: pero esperamos
aún unos días, y tampoco quedará nada del mismo Nietzsche.

→Lo sobre humano:


El nuevo ideal que el Anticristo trae a los hombres es la total oposición al del
Evangelio: volviendo al espíritu de la Grecia presocrática, de Roma y del Renacimiento,
exalta ese tipo del “hombre fuerte” convertido por la mentira cristiana en el tipo del
“pecador” del “malvado”, del “réprobo”.
He aquí la clave de esta conmutación de valores: (Catecismo):
“¿Qué cosa es buena? Todo lo que exalta en el hombre el sentimiento de poder, la
voluntad de poder, el poder mismo.
“¿Qué cosa es mala? Todo lo que tiene su raíz en la debilidad.
¿En qué consiste la felicidad? En el sentimiento de que el poder aumenta, y de que
una resistencia queda vencida. No el contento, sino el poder; no la paz ante todo, sino la
guerra; no la virtud, sino el valor…” “Que los débiles y los fracasados perezcan: primer
principio de nuestro amor a los hombres. Y que se les ayude a desaparecer”.
“¿Hay cosa más perjudicial que el vicio? Si, la compasión por los descastados y los
débiles, el cristianismo”
El ideal cristiano era inhumano: Nietzsche lo sustituye por un ideal sobrehumano.
Lo sobrehumano se define primero por el retorno al sentido de la tierra y del cuerpo: “Yo
os conjuro, hermanos míos, a que permanezcáis fieles a la tierra y no creáis a los que os
hablan de esperanzas supraterrenas. Esos tales son envenenadores, lo sepan o no… “Mi yo
me ha enseñado una nueva altivez: no esconder la cabeza en la arena de las cosas del cielo,
sino levantarla con orgullo, esta cabeza terrestre que crea el sentido de la tierra”
“…Tu dices “yo”, y te sientes orgulloso de esta palabra. Pero más grande es tu
cuerpo, con su gran razón: ella no dice yo, pero crea el yo…”
“¿Me habéis comprendido? – Dionisio frente al crucificado…?
Dionisio es la vida demasiado rica que se afirma por su propio desbordamiento. “Yo
fui el primero en tomar en serio el maravilloso fenómeno que se llama Dionisio: Tal
fenómeno sólo se explica por un excedente de fuerzas… Cuando florecían el cuerpo griego
y el alma griega, nació ese misterioso símbolo de la afirmación del mundo y de la
transfiguración de la existencia…”
Así presenta Nietzsche el catálogo de las pasiones que sirven a la vida, que dicen sí
a la vida: “el orgullo, la alegría, la salud, el amor sexual, la enemistad y la guerra, la
veneración, las actitudes bellas, las buenas maneras, la voluntad firme, la disciplina de la
intelectualidad superior, la voluntad de poder, el reconocimiento para con la tierra y la vida,
todo lo que es rico y quiere dar, todo lo que adora, eterniza y diviniza la vida, toda esa
pujanza de virtudes que transfiguran…”

→Haceos duros
Ideal semejante, por el mero hecho de tender a desarrollar más y más los valores de
fuerza y de vida, necesariamente implica una rigurosa selección entre los hombres: excluye,
en consecuencia, como el mayor de los peligros, el culto de las formas degeneradas y
abortivas de la existencia, que el cristiano idealiza bajo el hermoso nombre de compasión.
“La compasión se opone a las tónicas pasiones que elevan el nivel vital, y obra de manera
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depresiva. La pérdida de fuerza que el sufrimiento produce en la vida se aumenta y
multiplica aún más por la compasión… Esta impide además la ley de la evolución que es la
de la selección…” “Vivir significa rechazar siempre cualquier cosa que quiere morir: ser
cruel, implacable contra todo cuanto en nosotros se hace débil y viejo”. Toda vida
ascendente y creadora va necesariamente acompañada de dureza. “¿Por qué tan flojos, tan
blanduchos, tan doblegados? ¿Por qué hay tantos renunciamientos y retractaciones en
vuestro corazón, y tan poca decisión en vuestra mirada… Hermanos míos: ante vuestros
ojos pongo esta nueva tabla de la ley: ¡Haceos duros!”
Nietzsche menosprecia sobre todas las cosas el egoísmo estrecho y confortable del
hombre moderno que descansa en su felicidad barata y en la mísera satisfacción de sí
mismo. Tal egoísmo es para él la señal del tipo humanos más bajo, al que estigmatiza con
el nombre de “último hombre”. “Por desgracia está cerca el tiempo del más miserable de
los hombres, el que no sabe despreciarse a sí mismo. ¿Amor? ¿Creación? ¿Deseo?
¿Estrella? ¿Qué significan todas estas cosas? Así se pregunta el último hombre, guiñando el
ojo. La tierra se habrá hecho entonces más pequeña, y en ella andará dando saltos el último
hombre que todo lo empequeñece…Gozamos de nuestro pequeño placer de día, y del
pequeño placer de noche, pero respetamos la salud. Hemos inventado la felicidad, dicen los
últimos hombres y guiñan el ojo”.
Del mismo modo que rechazó el falso amor cristiano, Nietzsche rechazo ese falso
egoísmo del “último hombre”. Como un río que sale de madre, el alma dionisíaca sale de sí
mismo; y sobrepasase por desbordamiento. Y esta generosidad ninguna relación tiene con
“virtud” alguna, porque no procede de una elección moral, sino de una irresistible
necesidad interior.
“Nuestro camino lleva a las alturas… y temblamos de horror cuando habla el sentido
degenerado que dice: todo para mi….yo amo a aquello que no buscan detrás de las estrellas
una razón de morir o de inmolarse, sino a los que se sacrifican a la tierra…Yo amo a aquel
cuya alma desborda hasta olvidarse de sí mismo: así todas las cosas se harán su
decadencia…”. En este punto el individuo se pierde en la necesidad universal como un
gramo de sal en el mar; no tiene ya nada y nada da ya, más es todo y dase a sí mismo.

→ Los nuevos dioses

Hay por consiguiente dos morales: la de los fuertes y de los amos, y la de los débiles
y de los esclavos. La primera es heroica: y exalta todos los valores que están sobre el
individuo; la segunda es utilitaria: exalta todos los valores que la conservan. En todos los
dominios (guerra o paz, odio o amor, destrucción o conservación…), el hombre fuerte,
llama virtudes a todos los estados del alma que tienden a manifestar, propagar y afianzar la
fuerza: la veracidad, la dureza, la valentía, el menosprecio de la muerte, el orgullo, el
dominio de sí, el espíritu caballeresco, la conservación de los privilegios, la gratitud, el
respeto a los ancianos, el culto de las antiguas tradiciones, etc. El hombre débil, en cambio,
considera virtudes a todas aquellas cosas que tienden a proteger, consolar y vengar la
debilidad: la mansedumbre, la paciencia, la humildad, el espíritu de concordia y ayuda
mutua, el igualitarismo, la emancipación de las mujeres y de los niños, la mentira
“sagrada”, etc. Y parecida antinomia se encuentra en la valoración del mal: el mal, para el
fuerte, son todos los instintos del hombre gregario; para el débil, los instintos del hombre de
presa. El primero ve el mal en la debilidad que desprecia, y el segundo en la fuerza que
teme.
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No pretende Nietzsche eliminar esta moral de los débiles, pues sabe que es necesaria
a la inmensa mayoría de los hombres; quiere negarle solamente el derecho a remplazar a la
moral de los señores, es decir a envenenar y bastardear a estos últimos. “A los iguales la
igualdad; a los desiguales la desigualdad”: no hay que imponer al águila las “virtudes” del
carnero.
Nietzsche enseña continuamente que la dureza del “superhombre” ha de ejercitarse
primero sobre su propia persona, y aun esta dureza es una manifestación de amor, pero del
amor de lo más lejano que tiende a crear dioses, en su conflicto con el amor del prójimo
cuya única finalidad es conservar los hombres tales cuales son.
“De nadie exijo la bondad tanto como de ti, que eres poderoso; que tu bondad sea tu
postrer victoria sobre ti mismo. Yo te creo capaz de todos los crímenes; por eso exijo de ti
el bien”. El hombre excepcional debe comprender la debilidad y la mediocridad: “La
mediocridad es la condición primera y necesaria de la excepción: una alta cultura depende
de ella”. Debe protegerla y trabajar por su felicidad, los jefes “deben conquistar la
confianza, profunda y absoluta, de sus inferiores”. De la misma sombra oscura, de la cual
procedía antes el rayo mortífero, desciende ahora la lluvia bienhechora. El crimen de
Nietzsche es otro. Y consiste en su ansia sacrílega de remplazar a Dios por el hombre, que
anima a toda su obra y que llega aquí a su paroxismo. Oigamos a Zarathustra:
“Hombres superiores – así guiña el ojo la plebe: no existen hombres superiores; todos
somos iguales, y tanto uno como otro delante de Dios”.
¡Delante de Dios! Pero ahora ese Dios está muerto. Hombres superiores, ese Dios es
vuestro mayor peligro.
“Vosotros no habéis resucitado sino después que él está en la tumba. Sólo ahora brilla
el gran esplendor del mediodía; ahora el hombre superior empieza a ser amo”.
Y más claro aún: “Zarathustra quiere volver a formar el hombre a su imagen. Los
nuevos amos de la tierra deben ahora remplazar a Dios…?”
Todos los rasgos que la teología y la espiritualidad cristiana atribuyen a Dios, lo
hallamos en la descripción del superhombre.
Tiene Nietzsche razón de querer la moral heroica a la moral utilitaria, pero yerra al
considerar al hombre de presa y de guerra como el único representante del heroísmo.
Llevado por su reacción contra un humanismo que agonizaba, idealiza con demasiada
facilidad la violencia y la dureza. Parece no concebir al hombre de presa si no a través del
modelo del águila y del león. Pero también existe el tigre y la garduña; y asimismo la hiena
y el buitre. Y no solamente no se excluyen la ferocidad y la bajeza, sino que a menudo
están unidas.

→ El perpetuo retorno

El divino ciclo está ya cumplido. El hombre se ha hecho Dios y es creador de dioses;


y ha sacado finalmente de sí mismo esa omnipotencia y ese amor infinito que atribuía a un
dios fantasma y vampiro. Pero no obstante todavía le falta el supremo atributo de Dios: la
eternidad. Pero esto importa poco. Nietzsche eternizará al hombre, no ya para más allá de la
tierra y del tiempo y por una gracia divina, sino sola la tierra y en el tiempo y mediante el
simple juego de una necesidad que se identifica con él mismo. Se trata de la doctrina del
“eterno retorno de todas las cosas”, cuya intuición iluminó súbitamente el espíritu de
Nietzsche en Sils María, en un instante de trance profético. Así se consuman, sobre la
tumba de Dios, las bodas del hombre con la eternidad. Dios está bien muerto, puesto que es
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remplazado. Sanciona y decreta la muerte de Dios y a la vez la divinización del hombre:
“¡No roguemos más: bendigamos!”.

→ Nietzsche contra sí mismo

Para conocer el sentido del combate de Nietzsche, primero es preciso señalar cuál es
la laguna, la zona de depresión interior del que su ideal brotó como un viento de tempestad.
¿Qué cosa adoró por sobre toda otra cosa? La felicidad, la fuerza, la salud que no tenía. ¿Y
qué detestó sobre lo que uno puede imaginarse? El sufrimiento, la debilidad, la enfermedad
que siempre le acompañaban. Basta confrontar su visión del mundo y del destino con las
confidencias que hace sobre sí mismo, para saber hasta qué punto fue terrible el combate
consigo mismo.
¿El sufrimiento?, mucho maldijo la conjuración de los que sufren contra los que son
dichosos! – En una de sus cartas: “en mí, el excedente de sufrimiento ha sido enorme en
todas las épocas de mi vida”
¿La debilidad? Pero ¿Quién más débil que este apóstol de la fuerza, al que la
intemperie, una visita intempestiva, la menor contradicción rompía para muchos días el
frágil equilibrio interno, y a quien una desilusión sentimental –la traición en Lous-Salomé-
lo pone al borde de la desesperación y del suicidio? Y su culto del cuerpo y de la vida
dionisíaca, ¿Qué otra cosa es sino la reacción de un intelectual debilitado, ansioso de beber
en fuentes que en él ya no dan agua? Canta Nietzsche la plenitud y la ebriedad de los
sentidos con el nostálgico ardor de todos los exiliados que vuelven sus ojos al paraíso
perdido. ¿Y no confiesa acaso, por lo demás – con tanta lucidez como buena gracia- que si
tan decididamente rechaza el idealismo, la razón es porque lleva en sí ideal para repartir,
mientras que le faltan la carne y la sangre? Acaso Platón compensaba su carnal exuberancia
con la contemplación de la Idea desnuda: el anémico Nietzsche sueña con sangre roja y
fresca. Otros irán más adelante que él por este camino; y, por desgracia, no con la pureza
del poeta, si no con la bajeza y avidez del vampiro…
Y la enfermedad, ¡que odio feroz contra la debilidad!, y cómo aparece dictada por
una debilidad mal curada y siempre amenazadora, por esa debilidad impura, envenenada de
orgullo, que se niega a aceptarse a si misma. Nietzsche fue siempre un enfermo: la
enfermedad era en él tan profunda que acabó por roer su alma después de su cuerpo. “Mi
voluntad de salud y de vida se convirtió en mi filosofía…. Los años en que mi vitalidad fue
más baja fueron cuando dejé de ser pesimista: el instinto de curación me prohibía una
filosofía de pobreza y de descorazonamiento”. Ahora, las uvas no llegan a ser saboreadas,
sino que sólo son soñadas o interpretadas; sólo se rechaza o se ensalza su imagen y no su
substancia. Todas estas cosas no tienen sentido para un hombre sano.
Así, en la lucha contra el sufrimiento, la debilidad y la enfermedad propias, cae
Nietzsche bajo el peso de la acusación que lanza contra su peor enemigo, el sacerdote
asceta: como éste, erige él en idea universal su propia fórmula de combate, su receta de
victoria sobre sí mismo. Después de haberse burlado tanto de todos los ideales y de todas
las religiones que no son en su opinión sino mentirosas tapa agujeros en una naturaleza
débil y herida, ofrecemos a su vez, no la fuerza y la salud en su realidad espontánea e
inconsciente, sino un ideal, una religión de la fuerza y de la salud.

→La fuerza y la pureza

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Lo que le faltaba era la fuerza, y eso es lo que buscó, no como un bien absoluto, sino
como un contrapeso a su excesivo moralismo.
Por un lado, se constituye en el apologista de los valores elementales (salud física,
fuerza brutal) contra la complejidad y los refinamientos del espíritu (moral, religión)
considerados como fenómenos de decadencia; y por otra parte exalta y defiende, como
fermentos los más activos de la vida y principios de toda evolución ascendente, a esos seres
complejos y delicados, tanto más débiles y enfermos en la carne cuanto son más vigorosos
y sutiles en el espíritu, y a los que la naturaleza material aplasta sin cesar bajo su masa y su
vulgaridad. Y el gran enemigo de la decadencia no puede menos de reconocer que “la
historia de la humanidad sería cosa muy estúpida sin el espíritu que a ella apuntan los
impotentes”.
La suprema grandeza y nobleza del alma se ha de traducir por la fidelidad al mismo
ideal y al mismo amor, no sólo a través y a pesar del fracaso, sino a causa del fracaso.
“Cuando una gran verdad triunfa en la plaza pública, dite a ti mismo que una gran mentira
ha combatido en su favor”. “Todo lo grande acaece lejos de la plaza pública; y lejos de la
plaza pública están siempre los inventores de nuevos valores”.
Él, el solitario e incomprendido, el gran menospreciador de la canalla y de las moscas
de la plaza pública, el hombre de las siete soledades, el peregrino de las altas cumbres en
busca siempre de aire respirable a fuerza de pureza, que confiese también que su reino no
es de este mundo.
Nada de exitismo en sus planteamientos. Nietzsche no es una zona bajo la parra, sino
más bien un águila que planea en el cielo; no está muy bajo, sino demasiado alto para
recoger las uvas del éxito sobre la tierra; para alcanzarlas tendría que bajarse, pero no sabe
hacer eso. Con otras palabras, el hombre demasiado duro y el hombre demasiado blando
son igualmente incapaces de adaptarse a las condiciones de la lucha y del éxito temporales;
el primero por exceso de fuerza según el espíritu, y el segundo por falta de fuerza según la
carne. Llevado por su mimetismo divino que le hace adorar la fuerza donde la pureza es
impotente y la pureza donde la fuerza es pisoteada.

→La libertad y el destino

Llamo socratismo a esa fe, esencial a toda moral y a toda ascesis en un posible
perfeccionamiento del hombre por la conciencia y la voluntad. Pues bien, Nietzsche que
acaba de mostrarse más paulino que el mismo San Pablo en el menosprecio del mundo, se
muestra ahora más socrático que Sócrates en su confianza en el hombre. Tan
profundamente cree en el valor constructivo y redentor del conocimiento que llega a
afirmar, como Sócrates, que la ignorancia es la primera causa de nuestros males. “Toda
verdad disimulada se torna venenosa… lo que corrompe una raza no es el vicio, sino la
ignorancia…”. Y en cuanto a la voluntad libre y creadora, le concede Nietzsche tan
extremado crédito que de ella espera, la transformación del hombre en Dios. Ningún
reformador, ningún profeta propuso jamás al esfuerzo creador del hombre tan alta e
inaccesible finalidad; ningún Cesar ha tenido tanta fe en que el porvenir era suyo. “Querer
hace libre… ¿Puedes tu suspender sobre ti tu propia voluntad como una ley?... ¿Puedes ser
para ti mismo el juez y el vengador de tu ley?...Vuela más alto; hasta dejar detrás de ti a tus
mismas estrellas”. Voluntarismo.
Esta alma en la que el lodo y la nada combaten sin compasión, se oculta tras sus
propias contradicciones, como Dios tras el mal en que deja anegarse al mundo…
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→El porvenir y la eternidad

“Desplazada queda para el porvenir la venida del reino de Dios, éste ha sido traído a
la tierra, se le ha dado un sentido humano, pero si bien se mira no se ha hecho otra cosa que
mantener la creencia en el antiguo ideal…” El antiguo ideal religioso de perfección y de
salvación, ese ideal que los utopistas del s. XIX han reducido a la fe en el progreso
indefinido de la humanidad en el tiempo, ¿no es el ideal de Nietzsche cuando escribe:
“Nuestro camino va de la especie inferior a la especie superior”. También es posible
encontrar a este respecto curiosas analogías entre la fe nietzscheana y el evolucionismo
marxista. Fuera de la primacía de lo económico, los parecidos son notables. Ambas
doctrinas proceden de la vieja noción heracliteana de un devenir absoluto, y ven en la
guerra el principio de toda evolución. Ambas rechazan el concepto corriente de bien y de
mal - ¡y tienen por qué ¡ - , pues una y otra crean su propia moral en función de su fin
respectivo: el bien, para Nietzsche, es todo lo que favorece la llegada del superhombre; y
para Lenin, todo lo que prepara la dictadura del proletariado. Una y otra, en fin, juntan el
más negro pesimismo respecto del presente al más radiante optimismo acerca del porvenir.
“Celebrar el porvenir y no el pasado. Vivir en la esperanza”, clama Zaratustra. Y mientras
él descansa “en la beatitud de los cantos del futuro”, los comunistas nos prometen bellos
“futuros que cantan”. Por uno y otro lado se pretende dotar al hombre de una perfección
divina, con esta diferencia, sin embargo, que el esfuerzo de Nietzsche se refiere sobre todo
al individuo (el superhombre) y el de los marxistas a la sociedad (la ciudad futura): de la
idea cristiana de salud, el primero retiene sobre todo el aspecto de mérito y coraje (violenti
rapiunt illud…. pauciris electi…) y lo segundo el aspecto de beatitud y paraíso. Esta
diferencia de acento se debe a que el ateísmo de Nietzsche es esencialmente aristocrático,
mientras que el de los marxistas es de inspiración democrática; más en ambos casos se trata
del mismo sueño del “humanismo ateo” que proyecta sobre el porvenir el fantasma de su
imposible esperanza.
Mientras que los ciegos sobresaltos de su decapitada esperanza cristiana se traducían
por este delirio optimista, su visión atrozmente lúcida del absurdo de un mundo sin Dios
envolvía su filosofía en un sudario de desesperación.

→La esencia y la existencia

Lo que empuja al avaro hacia el oro o al vicioso hacia la carne, no son tanto estas
cosas en su material realidad cuanto un divino reflejo que interviene en ellas y les presta
una apariencia de absoluto, a la manera de un rayo de sol que choca en una vidriera; la
esencia de la idolatría consiste en confundir la vidriera con el sol…
¿Cómo distinguir la salud de la decadencia, si no es en nombre de una concepción
trascendente de lo que debe ser la naturaleza humana.
Y él mismo afirmó que la fe en el porvenir no es sino el erzatz moderno de la vieja fe
en Dios. En realidad, esta vieja idea platónica y cristiana de lo que el hombre debe ser,
Nietzsche la toma también de Dios; pero en vez de devolverla a Dios por el gesto vertical
de la oración, la hace avanzar delante de sí por el gesto horizontal de la carrera: la proyecta
como un espejismo al fondo del desierto del hombre sin Dios.
Aquí llegamos al nudo mismo del problema más esencial que, desde Platón, se
plantea cualquier filosofía: el de las relaciones de la esencia y de la existencia. Se lo puede
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plantear en estos términos: ¿Tiene el hombre una esencia? Dicho de otra manera: ¿Es el
hombre la manifestación de la idea y de la intención de un Dios y, como tal tiene en el cielo
un modelo cuyos rasgos debe reproducir aquí abajo?, ¿O bien se reduce a la pura existencia
individual y temporal, y no tiene otra ley que la de su libertad personal que funciona a partir
de la nada o, a lo más, del caos? Nietzsche adopta naturalmente la segunda hipótesis. La
extrema importancia que, después de él y aun fuera de él, ha tomado el existencialismo nos
invita a detenernos un momento sobre el problema y a trazar las líneas generales de una
solución cristiana.
La esencia es, por definición, universal, necesaria y perfecta; la existencia es
individual, contingente e incompleta. Todo el drama humano está en que la esencia y la
existencia no coinciden: ningún hombre encarna en sí la humanidad. Hasta tanto que la sed
de absoluto que en él habita no está totalmente purificada, el hombre soporta mal este
desgarramiento que llega a lo más intimo de su ser, que es su condición misma. Y trata de
suprimirla, sacrificando ya la existencia a la esencia, ya la esencia a la existencia. En el
primer caso tenemos todas las filosofías y todas las morales de tipo abstracto que, sin tener
cuenta de la diversidad y de la irreductibilidad del hecho individual, estudian y dirigen al
hombre según un modelo universal, extraño a la soledad de almas singulares que viven,
sufren y luchan en el tiempo y en el espacio. Está tan lejos de todo lo que llamamos la vida,
que el ser viviente no puede asemejarse a él jamás. En el segundo caso, tenemos todas las
doctrinas que, como la de Nietzsche, suprimen toda metafísica y toda moral en beneficio de
la creadora libertad del individuo, que, en ausencia de toda regla y de todo modelo
impuesto de antemano, modela el mundo a su imagen y le da el ritmo de su corazón
contingente y fugaz. Así, por un lado la existencia falta a la esencia: el modelo no tiene a
nadie a quien imitar; y por otra parte, la esencia falta a la existencia: el individuo carece de
modelo que lo guíe. Por caminos opuestos, el esencialismo y el existencialismo acaban en
la nada: el uno, haciendo el ideal inaccesible, y el otro matando el ideal.
“El hombre, decía Simone Weil, desea siempre algo más que existir”. Desea
reproducir un ideal, encarnar una esencia, realizar un valor. Ahora bien, el existencialismo
puro, al suprimir todo ideal, toda esencia y todo valor, suprime al mismo tiempo todo
principio de acción y lucha: él, que pretende liberar y exaltar el ser concreto, lo reduce por
el contrario a su más abstracta determinación: la existencia anónima e indeterminada que
linda con la nada. Porque la existencia como tal, es decir reducida a su desnudez metafísica,
no encierra grados: si no hay más que el hecho de existir, el piojo existe lo mismo que el
águila, el imbécil lo mismo que el genio, el canalla lo mismo que el santo. Si la existencia
es el único valor, preciso es repetir con el Eclesiastes, antepasado del existencialismo y del
nihilismo,”que un perro vivo vale más que un león muerto”. Del mismo modo Nietzsche
cuando tiene el valor y la lucidez de ir hasta las últimas consecuencias de su doctrina,
proclama, como Salomón, que “todo es vanidad”.
Desde el momento que admitimos diversos grados en el ser, desde el instante que
damos un objetivo, por humilde que sea, a nuestra vida y juzgamos una cosa superior a la
otra, estamos ya por sobre la existencia para elevarnos hasta la esencia. Todos los juicios de
valor son juicios de esencia: se refiere a una idea universal, a un modelo eterno. Cuando
decimos de un hombre “que tiene valor”, por esas palabras entendemos no solamente que
existe (porque todas las cosas existen), sino que realiza cierto ideal. Rechazad toda moral
que pretenda enseñarnos de antemano lo que debéis obrar, dice en sustancia Zaratustra a
sus discípulos; haced lo que os venga en gana, pero existid al máximun, es decir poned en

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vuestros actos, cualesquiera que sean, toda la riqueza y toda la plenitud de que seáis
capaces.
Solamente en Dios, la esencia y la existencia coinciden, según nos enseña la teología
cristiana. Dios no tiene sobre sí un modelo ideal que reproducir: él es, por el contrario, su
propio modelo y su propia ley y posee todas las perfecciones por el mero hecho de existir.
Shakespeare señala muy acertadamente esta distinción cuando hace decir a Ofelia:
“Tu ves lo que somos, pero no ves lo que podemos ser”. La humana existencia no tiene
valor si no en la medida en que reproduce en el tiempo un modelo superior al tiempo. Y el
existencialismo, al privarle de este modelo, la reduce a una existencia loca, sin fin, sin
principio, en la que todo es igual, en la que ninguna cosa vale más que otra, y que no es
sino una muerte anticipada. Así una vez más, esta tentativa de divinización del hombre
acaba en la destrucción del hombre: no es casualidad que la filosofía de la existencia sea a
la vez la filosofía de la desesperación…
Tomado en sentido cristiano, el aforismo de Nietzsche significa sencillamente esto:
los valores esenciales deben ser reproducidos, no ya solamente al exterior (en los actos) ni
siquiera en la superficie de la conciencia (porque ésta sabe muchas veces ocultar muy bien
nuestros verdaderos móviles), sino en lo más hondo de nuestros espíritus y de nuestros
corazones. Este es el sentido de las palabras de S. Pablo: “Aunque diera todos mis bienes a
los pobres, aunque entregara mi cuerpo a las llamas, si no tuviera caridad, nada soy …” El
pensamiento de Nietzsche es, pues, opuesto a la moral del mundo, que únicamente descansa
en las apariencias, en el respeto exterior a las reglas del juego, o a lo más en el testimonio
de una conciencia farisaica, pero no en la moral del Evangelio, fundada ante todo en la vida
interior (el reino de Dios está dentro de vosotros…). No juzguéis según las apariencias, sino
según la verdad, dice también el apóstol. Así la imitación del modelo eterno, lejos de
quedar suprimido, se hace infinitamente más íntimo y personal.
Todas las idolatrías son absurdas imitaciones de Dios. Ahora bien, como en Dios no
hay diferencia entre la esencia y la existencia, el esencialismo y el existencialismo tienden,
cada uno a su manera, a borrar esta diferencia en el hombre, y no lo consiguen sino
escamoteado uno de sus términos en provecho del otro, es decir reabsorbiendo el individuo
en la humanidad o a la humanidad en el individuo. Pero el resultado es el de todas las
idolatrías: la distinción que se pretende suprimir se cambia en irremediable separación. Del
mismo modo, el alma y el cuerpo están en nosotros unidos y distintos, mas el materialismo
y el idealismo, al negar esta distinción, destruyen por lo mismo esa unidad. El problema de
la esencia y de la existencia se plantea en los mismos términos que el del alma y el cuerpo.
La solución no consiste en eliminar al cuerpo en provecho del alma ni el alma en provecho
del cuerpo, sino en realizar lo mejor posible su unión, mediante un doble y único
movimiento de recíproca compenetración, gracias al cual la carne se espiritualiza al mismo
tiempo que el espíritu se encarna. Lo mismo en cuanto a la esencia y la existencia. La
esencia solo no es sino una fría abstracción: hacedla concreta, cálida y viviente; dadle el
sabor único “del virginal, vivo y bello presente”, comunicándole vuestra existencia,
haciéndola florecer en vuestra vida. Del mismo modo, la existencia sola no es sino otra
especie de abstracción: buscadle sentido y coronamiento yendo tras un ideal. No privéis a la
flor de la tierra, ni a la tierra de la flor…
Todos los reproches que los existencialistas dirigen a la esencia, a la cual consideran
como algo abstracto, impersonal, inexistente, etc…dejan de tener sentido si nos fijamos en
que la esencia que sirve de modelo al cristiano posee igualmente el más alto grado de
existencia y que la ley que le guía es al mismo tiempo una persona soberanamente viva y
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amorosa. Viviendo según este modelo, obrando según esta ley, nosotros no inmolamos lo
concreto a lo abstracto, lo personal a lo impersonal, la vida a la muerte; sino que, por el
contrario, coronamos nuestra vida y nuestra personalidad por la imitación del supremo
viviente y de la persona absoluta, del Dios personal y viviente que habla a las almas de
Abraham, de Isaac y de Jacob.
La solución no es humana, sino divina. Por ese camino la esencia se encarna cada vez
en la existencia y la existencia se hace cada vez más conforme en la esencia. La
encarnación de Cristo, que es la asunción de una existencia humana por el verbo eterno, nos
da la clave del problema, que consiste en unir sin cesar en lo alto lo que la ceguera y la
soberbia del hombre tienden de continuo a separar abajo, las morales que sacrifican el
hombre existente a un ideal universal que, por alto que se encuentre, está privado de
existencia (estoicismo, imperativo categórico y todas las formas de ley y del deber sin
amor) y las que sacrifican todos los ideales a una existencia que, como tal, carece de valor
(el que piensa que un perro vivo vale más que un león muerto pronto cae en la cuenta de
que tampoco este perro vale gran cosa); todas ellas son igualmente inhumanas. Desde lo
alto de la cruz que une la tierra con el cielo, Cristo moribundo domina esta bárbara
alternativa entre la tierra y el cielo.

→La encarnación y la máscara

El escollo en que chocó el pensamiento de Nietzsche para caer luego en el nihilismo,


fue el haber confundido los dos puntos de vistas siguientes, que todo moralista debe tener
siempre muy presente a su espíritu, sin separarlos jamás ni confundirlos:
1- La jerarquía ideal de las esencias y de los valores
2- La degradación, que llega a veces hasta el desquiciamiento total, que sufre esta
jerarquía en la existencia concreta.
Es rigurosamente exacto que un hombre vale más que un perro, que el arte del poeta
es superior al del carpintero, que la castidad religiosa es más elevada que la vocación al
matrimonio etc…Sólo que esta evaluación presupone que estas dos naturalezas, estas dos
artes y estas dos virtudes están realizadas en el mismo grado por un lado y por otro. Así, un
hombre verdaderamente hombre vale más que el mejor perro, las obras de un gran poeta
(Virgilio) son más preciosas que las de un buen carpintero, un San Francisco de Asís realiza
una vocación más elevada que la de un padre de familia modelo. Más acontece con
frecuencia que de hecho los seres que pretenden representar los más altos valores se revelan
inferiores a aquellos que encarnan valores más humildes: así ciertos hombres no tienen las
virtudes de un buen perro, las obras de más de un poeta no valen lo que valen las de un
hábil carpintero, y muchos devotos y aun ciertos “místicos” están, en achaques de densidad
humana, de sacrificio y de virtud profunda, mucho más bajos que un honrado padre de
familia. De estos hechos y de estos espectáculos sacan Nietzsche y ciertos existencialismos
los argumentos contra toda la jerarquía objetiva de los valores y de las virtudes. Y deducen
de ahí que la dignidad de una acción debe medirse únicamente por el grado de fortaleza y
riqueza interiores del sujeto que lo realiza.
Es ridículo que con pretexto de la demasiada frecuente quiebra de los valores
superiores, pretender abolir toda jerarquía de valores, porque estos valores no nos causan
decepción sino en la medida en que están mal encarnados o adulterados, cuando no existen
en un hombre sino como un adorno o una presunción. Cuando vemos, por ejemplo, que un
incrédulo es “mejor” que un devoto, esto significa únicamente que ese incrédulo tiene, tan
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implícita e inconscientemente como se quiera, más religión que ese devoto. Y cuando
decimos que ciertos amantes están más unidos y son más sacrificados, el uno para con el
otro, que ciertos esposos cuya vida conyugal se reduce a un puro conformismo social,
queremos decir con eso que esos amantes participan más que esos esposos en la esencia del
amor. Religión, amor: en referencia a esos valores, juzgados a priori superiores, es como
hacemos nuestros juicios. Así, por extraña paradoja, los que se apoyan en las numerosas
falsificaciones concretas de los valores nobles para negar toda jerarquía objetiva de esos
valores, se ven obligados a fundamentar su negación en esta misma jerarquía.
Toda crítica de un ideal implica el reconocimiento implícito de ese ideal. Negar el
amor porque hay malos esposos, o la religión por haber falsos devotos, equivale después de
todo a rendir homenaje a la ideal hermosura y a la superioridad de la religión y del amor.
¿Y qué es el declinar de Zarathustra, sino el viejo deseo de inmolación y de martirio,
virgen esta vez de todo fanatismo? Dejando aparte la autoridad divina, se puede ver u oír un
eco del “Sed perfectos” del evangelio… y por inmensa paradoja, el gran destructor de
ideales se refugia en el más utópico de todos: el superhombre, tal como nos lo presenta, es
una idea platónica a la que su misma perfección abstracta hace totalmente irrealizable, una
esencia pura hasta lo imposible.
Reducida a sus auténticas proporciones, la crítica de Nietzsche se limita, pues, a
decirnos que estas virtudes –en las que él cree a su pesar, sin poder dejar de creer, bajo pena
de renunciar a todo juicio de valor y por consiguiente a toda crítica – están, en aquello que
las proclaman sin vivirlas, peor encarnadas que en aquello que las viven sin pensar en ello;
es decir, que, en la existencia concreta, el nombre y la cosa, la etiqueta y el contenido no
coinciden necesariamente. Así, el encarnizamiento de Nietzsche por destruir los valores
morales, en cuanto máscaras, constituye un homenaje a estos mismos valores en cuanto
realidades. Y éste es, desde Lucrecio hasta Nietzsche, el destino de todos los negadores: la
misma naturaleza de las cosas les obliga a afirmar en silencio el Dios y el ideal que niegan
con sus palabras.

→ Más allá del bien y del mal

Después de haber absorbido la necesidad en la libertad, la eternidad en el tiempo y


la esencia en la existencia, no le queda a Nietzsche sino echar abajo un último muro, el que
más se opone a la divinización del hombre: la diferencia entre el bien y el mal. Este será el
último acto de su parodia divina.
Su espíritu hambriento del puro bien, encuentra mal (debilidad, egoísmo,
resentimiento, etc..) en todas las virtudes humanas. El mal está en todas partes en el
hombre. ¡Y no obstante es preciso que el hombre sea Dios! En consecuencia, en vez de
buscar el bien puro por encima del hombre (Tu solus sanctus…), resuelve Nietzsche la
cuestión negando el mal en el hombre: ¡pues que el mal está en todas partes, es que no lo
está en ninguna!.
“Nosotros devolvemos a los hombres el coraje para las acciones llamadas egoístas y
devolvemos a éstas su valor; para eso les quitamos la mala conciencia. Y esto es un
resultado superior: cuando el hombre no se considera ya malvado, deja de serlo…Nadie
asume ya ninguna responsabilidad… el mundo no es ya una unidad, ni como mundo
sensible, ni como “espíritu”: sólo esto es la gran liberación; así queda restablecida la
inocencia del devenir …” La noción de mal desaparecería así de la realidad: y ya no existe
sino en el “mal ojo” del moralista y del teólogo, que llaman malas a todas las acciones y a
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todos los deseos que su debilidad les prohíbe: “Cuanto un hombre es más mediocre, débil,
servil y cobarde, tanto más mal verá: en él el reino del mal es el que tiene mayor
extensión”.
¡Cuántos hombres practican ciertas virtudes por motivos que nada tiene que ver con
la virtud! “los publicanos y las rameras os precederán en el reino de los cielos…”
Nietzsche reclama una virtud superior que domine a esta miserable oscilación entre
un bien y un mal casi tan impuro el uno como el otro. Y comprende muy bien que esta
virtud que conduce a las cumbres donde, según San Juan de la Cruz, “ya no hay camino”
(es decir imposiciones morales), hay que buscarla del lado del amor. Ama et fac quod vis,
decía San Agustín. En el lenguaje de Nietzsche: “Todo lo que se hace por amor, se hace por
sobre el bien y el mal”. Y esta fórmula que resume y sobrepasa a toda moral: “Sólo el amor
debe ser juez”. Sí, pero el amor de Dios y no el amor del hombre: no es nuestro amor el que
juzga, sino que sobre nuestro amor seremos juzgados. Sólo Dios realiza el deseo de
Nietzsche; Dios trasciende el bien y el mal relativos por ser el bien absoluto.
“Lo que me espanta, decía Peguy, no es la coexistencia del bien y del mal, sino su
misteriosa solidaridad”. No dice otra cosa el Evangelio cuando hace que el dueño del
campo respete la cizaña “de miedo de que el trigo sea arrancado con ella”. Esta solidaridad,
nadie la ha sentido más que Nietzsche, ni ninguno ha comprendido mejor que la presencia
del mal – esta brecha de la nada abierta en la creación – no se puede justificar sino en la
medida en que este mal venga a ser la condición y el instrumento de un bien superior.
“Examinad la vida de los hombres y los pueblos mejores y más fecundos y preguntaos si un
árbol que se debe elevar airosamente en los aires puede evitar el mal tiempo y las
tempestades; si la contrariedad y la resistencia exteriores, si toda especie de odio, de
envidia, de terquedad, de desconfianza, de dureza, de avaricia y de violencia no forman
parte de las circunstancias favorables, sin las cuales apenas sería posible un gran
crecimiento, ni aun en la virtud. El veneno que da la muerte al débil es un fortificante para
el fuerte, que por eso no lo llama veneno”. S. Juan de la Cruz se expresaba en los mismos
términos cuando respondía a las religiosas que lloraban por las persecuciones que él había
sufrido, que sus enemigos habían sido “sus mayores bienhechores”. Y aquí estamos en
presencia de lo que ha sido el eje de la gran tradición cristiana, desde Isaías que hablaba del
pecado que “se volvería blanco como la nieve” hasta S. Agustín que dice “que todas las
cosas concurren al bien de los que aman a Dios, aun los pecados”, y la liturgia que
proclama necesario y dichoso el pecado de Adán. Pero todo esto no es cierto si no nos
colocamos al nivel de un Dios todopoderoso y redentor. Esta piedra de escándalo que es el
mal, ¿la puede soportar el hombre sólo, sin ser aplastado por ella? ¿Y a donde irá Nietzsche
a buscar el poder que da Dios a sus santos, de transformar el veneno en alimento, para
dárselo a sus discípulos?
No hay duda de que el mal desempeña una función sagrada, desde el momento que
Dios lo permite. Mas no por eso es menos verdad que cualquier apología del mal tiene un
acento indecente en una boca humana. El hombre impotente no tiene derecho a hacer o a
enseñar el mal; sólo puede aceptar el sufrirlo; la única manera de responder a Dios Padre
que permite el mal, es ser como Dios Hijo, la víctima inocente de ese mismo mal. Además,
porque eso equivale a profanar un secreto divino al cual no debe el hombre acercarse sino
en silencio y con temor.
El misterio del pecado y el misterio de la Redención van inefablemente unidos en las
profundidades de la divina locura que el hombre sólo puede entrever en un claro oscuro.

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Nietzsche, nuevo creador y nuevo redentor de la humanidad, quiso reproducir esta locura
divina. Pero no era más que un hombre y terminó sencillamente en la locura.
→ El naufragio: Nietzsche, pese del extravío de las contradicciones, nunca cesó de
contradecirse. Hay sin embargo, un punto sobre el cual nunca varió: el rechazo y el odio
contra Dios. Cuando se busca a Dios al nivel del hombre, se acaba siempre por negarlo.
Pero, ¡qué magnífico sí al Dios del cielo en todos esos no a los dioses de la tierra! Quién
persigue, sigue. ¿Quién tuvo más hambre de Dios, que este negador de Dios? Pretendió
matarle, pero tuvo siempre, como Macbeth, su fantasma ante los ojos. Rechazó la oración,
y tuvo constante obsesión por ella. El verdadero Dios está fuera del alcance de todos:
Nietzsche sólo alcanzó a desgarrar su imagen en el alma estrecha e impura de los hombres.
Y su presentimiento del Dios inefable fue el que le hizo romper con los dioses demasiado
humanos que iba encontrando en su camino: “¿No es tu misma piedad lo que te impide
creer en Dios?.... Un Dios es el que te ha convertido a la impiedad”. A este Dios le canta, al
término de sus días lúcidos, en símbolos cargados de amorosa contemplación. Joven
todavía escribía: “No conozco cosa mejor que morir aplastado por la Grandeza y por lo
Imposible”. Su locura fue la locura de la grandeza humana limitada ella misma, y el
supremo testamento del “más piadoso de todo los hombres que no creen en Dios”.
Solamente pueden seguirlo sin peligro aquellos que guardan sólidamente entre sus manos y
en sus almas el hilo conductor de ese amor que él rechazó y del cual murió.
→ Después del Naufragio: Pero en sus bodegas se encerraban infinitas riquezas que
ahora debemos disputar al abismo. Para ello hay que tener el coraje y la paciencia del buzo,
y además, para no quedar ahogados por la presión de esas profundidades, la armadura
protectora de una certeza eterna.
Vocación y corazón de sacerdote al que no faltó sino Dios. Y su dureza y su cinismo
aparentes no deben engañarnos; en vano contra la soledad de la bestia y del hombre de
presa y se mofa del pastor como "del “supremo recurso del rebaño”; pues sigue siendo
pastor hasta el fondo de su alma. Hay lobos vestidos de pastores; Nietzsche es un pastor
vestido de lobo.
“Yo la miraba con odio, con ese odio que no está separado del amor, del amor más
violento, sino por un cabello”, hace decir Dostoievski a Dimitri Karamazov. De esta
naturaleza es el odio que Nietzsche tuvo al Dios que quería reemplazar. Sus blasfemias se
dirigen a dioses falsos que el hombre ha creado a su imagen, y tales dioses merecen
seguramente su blasfemador. Merimée escribió en cierta ocasión esta frase que Nietzsche
lamenta no haber escrito él: Dios no tiene sino una excusa, y es la de no existir”. Y es
seguro que no existe ese Dios que Merimée y Nietzsche niegan, ni tal como lo adoran, por
desgracia, ciertos “devotos”; ese Dios concebido según el modelo de un rey, de un juez o de
un abuelo temporales, a los que se relega irracionalmente, a un ciclo ficticio, y cuyo culto
es miserablemente utilitario o vulgarmente sentimental; y por supuesto que cuando se echa
de ver el mal y el caos que reinen en este mundo, la sola excusa del verdadero Dios es el no
existir de esa manera y a ese nivel. El blasfemo sólo ídolos puede derribar, y al derribarlos
prepara, para las almas fuertes y fieles, el camino que conduce al Dios auténtico. Nietzsche
confunde a Dios con sus adoradores más impuros, para insultar a Dios; aquello los
“cristianos” al que el solo nombre de Nietzsche basta para encenderle en una especie de ira
sagrada – se confunden igualmente un Dios para insultar a Nietzsche y ponerse a salvo a sí
mismo. Como si no fuera un hecho que en la oscura intuición del cristiano tal como
debiéramos ser, encontró Nietzsche las armas con que atacan a los cristianos tales como lo

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somos de hecho. Exige abusivamente del cristianismo, en cuanto a fenómeno humano e
histórico, una perfección que sólo pertenece a la esencia divina y eterna.
Sobre los tristes fracasos del cristianismo es donde Nietzsche se apoyó para
condenar, en nombre de la naturaleza y de la vida, al cristianismo en su totalidad. Muy fácil
sería emplear contra él el mismo método y liquidar sus pensamientos apoyándose en la
impresionante multitud de brutos, exaltados e impotentes que lo han tomado por maestro
desde hace cincuenta años. No lo haremos: el Maestro supremo, Jesucristo, ha sido el más
traicionado de todos. La verdadera refutación no consiste solamente en vencer, sino en
asimilar, aprovechar sus enseñanzas, a fin de suprimir en nosotros las impurezas que dan
pábulo a su crítica y la justifican. Es verdad que la asimilación de un pensamiento como el
suyo no carece de lucha y de riesgo. Y tratándose de un alimento como el que Nietzsche
nos ofrece, es importante no tragar sin masticar primero. También hay que saber que si este
pensamiento no es siempre nutritivo, es al menos siempre tónico, con esa dosis de amargor
que conviene a todo verdadero tónico…
Dios se anonadó hasta el hombre; Nietzsche pretende elevar el hombre hasta Dios; y
este desafío de lo imposible lo despedaza, haciendo de él dos porciones que se buscan
desesperadamente en la noche y nunca llegan a encontrarse. Porque sólo Dios puede hacer
que coincidan en nuestras almas esas virtudes extremas que, al nivel del hombre, se
excluyen mutuamente. Tal coincidencia constituye, según Sto. Tomás el gran criterio de lo
sobrenatural. Así es como a los santos les es dado poseer simultáneamente la mansedumbre
y la fortaleza, el amor del apóstol y el valor del guerrero, el don de la contemplación y el de
la acción, el espíritu de soledad y el espíritu de comunión.
Su pensamiento va a parar, en efecto, al borde de un precipicio del cual no es posible
volver atrás –hacia esas ilusiones humanas disipadas por su crítica-, y donde ya no nos es
dado sino elegir entre dos llamamientos verticales: el del abismo donde mora la nada y el
del cielo donde nos espera Dios. Creemos con él que “el hombre es un torrente impuro”,
aun en lo que se llaman sus virtudes.
Su crítica de los ideales, que es la parte imperecedera de su obra, es una prodigiosa
piedra de toque con que distinguen el oropel del oro en el terreno moral y espiritual. Mérito
es de Nietzsche el haber denunciado todos los subterfugios que emplean los débiles y los
pequeños para ejercer aquí abajo el maximum de poder compatible con su debilidad. Los
leones y los tigres causan seguramente menos estragos que las ratas, los piojos y los
microbios. Y lo mismo sucede a veces entre los hombres.
Mas ¿quién es capaz de arrancarnos de los límites de nuestro yo y levantarnos por
encima de esta mezcolanza de bien y de mal que es la ley del mundo finito, si no es la
contemplación del puro bien que es nuestro principio y nuestro fin? Sólo el contacto con
Dios da al hombre esta simplicidad de mirada y de corazón que le hace insensible al
espejismo de la voluntad de poder. Y la gracia realiza este milagro en el fuerte lo mismo
que en el débil: hace que el primero renuncie a los desbordamientos del poder, y el segundo
a los rencores de la pobreza. Ella lava la fuerza del orgullo y la debilidad de la envidia. (El
mismo Nietzsche confiesa que la voluntad de poder se opone a la contemplación de la
belleza: “La hermosura es la cosa más difícil para el héroe. La hermosura está fuera del
alcance de toda voluntad….”).
“Tu te dices libre. Yo quiero que me digas tu pensamiento dominante y no que te has
librado de un yugo. Hay muchos que rechazan los últimos restos de valor rechazando su
sujeción. Libre ¿de qué? ¿qué importa esto a Zarathrusta? Mas tus ojos debe decirme con
claridad: ¿libre para qué?”.
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Es cierto: sólo un gran objetivo puede hacernos libres de pequeños fines, y solo la
virtud de lo alto puede sustraernos de la idolatría de las virtudes de aquí abajo. Aquel que es
libre de todo, no es libre para nada: ni siquiera tiene una base o punto de apoyo para saltar
a lo desconocido. Porque es posible saltar al vacío ¡pero no se salta a partir del vacío. El
culto exclusivo de la libertad y del riesgo deja sin sentido a la libertad y al riesgo. El
navegante más audaz parte de un puerto y toma rumbo hacia un puerto, y con miras a ese
puerto desafía los escollos y se pone en peligro de naufragar.
“Es inaccesible, es inevitable”, dice el poeta hablando de Dios. Por no inclinarse ante
el Dios inaccesible, se estrelló Nietzsche contra el Dios inevitable”. Y poco importa que él
no pronuncie este nombre de Dios, sino es para negarlo, ya que no me deja otra alternativa
que Él o la nada.
Lo que nos encanta en este espíritu demasiado puro para la tierra y demasiado
orgulloso para el cielo, es su ausencia de medias tintas en el ateísmo y que siempre rechace
con desdén cualquier bastardo compromiso con la lógica y la moral, en las cuales se
refugian de ordinario los desertores de la religión. “Se desembarazan del Dios cristiano, y
en eso encuentran una razón para adherirse aún más a la moral cristiana…Nosotros
obramos de otro modo. Quien renuncia a la fe cristiana, por el mismo lado renuncia al
derecho a la moral cristiana… Si se le quita un concepto esencial, como es la creencia en
Dios, se despedaza con eso todo el sistema; nada necesario queda ya entre los dedos”.
El derrumbradero de lo absoluto lleva consigo la ruina de todo lo relativo; ningún
ídolo quedó de pie en su espíritu después de la caída de Dios. En este desafío en que se
enfrentaban el todo y la nada, puso tanta audacia y lealtad a apostar por la nada como
Pascal a elegir el todo. Profeta de una religión contra Dios, tuvo el coraje de ser su primer
mártir.
Lo seguiremos hasta el fin del camino sin salida en que él sucumbió; y allí nos
despediremos de él para entrar en el camino estrecho que lleva a la puerta a lo que el amor
y la oración jamás llaman en vano. ”Yo te he seguido; mis pisadas con tus pisadas, por la
ruta fatigosa en que la espina y la piedra y el barro se entremezclan”.

El Proceso de la Moral

→ La Circe de los filósofos


“Yo he empezado algo que no podía ser tarea de todos…Descendí hasta las
profundidades…Comencé a examinar y socavar un antiguo conocimiento, sobre el cual,
hace miles de años los filósofos tenemos la costumbre de edificar como sobre el terreno
más firme, y continuar edificando, aunque hasta el presente todas esas construcciones
hayan venido a tierra: comencé a socavar nuestra confianza en la moral…Sobre ningún
asunto se ha discurrido más pobremente que solo el bien y el mal; fue eso siempre una cosa
muy peligrosa. La conciencia, la buena fama, el infierno, la policía a veces, no permitían ni
permiten la imparcialidad; es que en lo que afecta a la moral…no está permitido reflexionar
y mucho menos hablar; en este terreno hay que obedecer…Sin embargo no es sólo que la
moral pueda echar mano de toda especie de medios de intimidación para impedir las
investigaciones críticas; su autoridad descansa sola todo en cierto aire de seducción en que
es muy experta: sabe entusiasmar. La moral se ha afirmado en cualquier época como la
verdadera Circe de los filósofos”.

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Odio de la moral, desesperado esfuerzo por construir un orden y un ideal humano
fuera de la moral y aun contra ella. El odio tiene necesidad de deformar, de deformar el
objeto aborrecido, y hasta vive de esta deformación. No es posible comprender ninguna
aversión, mientras no se conoce a qué caricatura del ser aborrecido se dirige esa aversión.
Para comprender el amoralismo de Nietzsche hay que comprender qué especie de caricatura
de la moral llevaba en su mente.
La duda respecto a los fundamentos y a la eficacia de los valores morales es bastante
común en la historia del pensamiento. Esta duda está insinuada en Montaigne, apunta
dolorosamente en ciertos pasajes de Pascal, estalla a veces en Shakespeare con el fulgor de
un rayo. Semejantes pensadores han sentido crujir en sus manos (bajo el efecto de una
reflexión demasiada rica en penetración humana y demasiada pobre en serenidad
ontológica) el viejo edificio de las reglas y convenciones humanas. Pero ni sintieron odio
contra ese edificio, ni buscaron su ruina, y hasta temblaron sólo de pensar en la posibilidad
de esa ruina. Nietzsche, en cambio, es antimoral; no se limita a señalar las oscuridades y
limitaciones de la moral, sino que quisiera herirla de muerte. ¿Cuál es la razón de esta
obsesión? Cuántas veces, al leer a Nietzsche, me ha invadido este pensamiento: el autor
atribuye aquí a la moral una importancia que no le darán los más rígidos moralistas
católicos.
Cuando encontramos un hombre obsesionado por el terror de las cosas sexuales, que
en cualquier ocasión sospecha y combate una problemática impureza, la más elemental
reflexión psicológica nos lleva a la siguiente conclusión: este hombre padece de apetito
carnales inhibidos, muy violentos sin duda y con toda seguridad mal integrados. Su
obsesión de “pureza” no es sino la proyección consciente de su conflicto interior. Lo mismo
en Nietzsche. En su odio de los valores morales, en su exclusivismo amoral, se oculta un
afiebrado y exasperado moralismo, una mórbida hipertrofia del sentido ético.
Dime a quién odias, y te diré quién eres. La moral que Nietzsche combatió atenazaba
su propio espíritu con exigencias de ídolo. No fueron los útiles y tranquilos molinos de
vientos los que desencadenaron la agresiva furia de don Quijote, sino el ejército de gigantes
que veía en su delirio. Ni es de lo moral propiamente dicha, sino de la subjetiva
deformación de la moral que llevaba en su espíritu de donde extrajo Nietzsche los rasgos
del fantasma contra el cual fueron a romperse su lanza y su razón.
Un verso de Zarathrusta nos da la clave del combate de Nietzsche. El hierro dice al
imán: “Te odio tanto, porque me atraes tanto”. La moral, Circe de los filósofos…como un
amante engañado, lo insulta en la medida en que su seducción lo retiene esclavo. Para
denigrar esta entidad a lo que Nietzsche persigue a muerte sin dejar de adorarla, parece bien
sustituir el término de moral por el de moralismo. El moralismo es una de las
manifestaciones cardinales del falso humanismo. A través de la hereditaria tradición
protestante y del kantismo universitario, se impregnó Nietzsche de esta moral divinizada.
Pero su alma era demasiada rica, demasiado sediento de pureza y de verdad última y su
espíritu demasiado intransigente con las ilusiones para que fuera capaz de incensar mucho
tiempo, sin desengañarse, a un ídolo tan mezquino e inestable. Al nivel del hombre
existente, los valores morales no son puros: esta certidumbre fue el hacha que abrió a
Nietzsche el camino por entre la maraña de la psicología concreta. Su obra parece una febril
eliminación de “moralismo”. Pero en eso está el drama: en no saber sobreponerse a esta
moral caduca y aborrecida. El moralismo estaba tan hondamente arraigado en él, que un
juicio no práctico le parecía una quimera: la “moralina” llenaba todos los repliegues de su

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cerebro y no dejaba lugar libre para un juicio objetivo. Detestó la metafísica por sentirse
instintivamente incapaz de “pureza” metafísica.
Suicidio de la moral por moralidad. ¡La confianza en la moral es inmoral! La moral
miente. → ilusoria esperanza de levantar una nueva moral sobre las ruinas de la moral
tradicional. “Nuestra obra representa en efecto una contradicción y no la teme: en ella se
desdice uno de la confianza en la moral. ¿Por qué? Por moralidad…” Nietzsche cumple el
ciclo del moralismo. La moral, cuando corta los lazos ontológicos que la nutren y justifican,
acaba por desangrarse. Demasiado exclusivismo moral falseaba el pensamiento de
Nietzsche para que él pudiera salvar la moral soldándola a la metafísica. Un solo camino –
camino sin salida- se ofrecía a su lealtad: hacer matar la moral por la moral…
Las certezas morales presentan, en la mentalidad latina, un carácter viviente,
orgánico, espontáneo; no se acepta la moral como algo impuesto; su necesidad, su realismo
impregnan, teóricamente al menos, el espíritu; tenemos a la moral por irrefutable por
comprenderla unida y adosada al ser, y cruzada y vivificada por una evidencia eterna. Ella
no absorbe a la metafísica, sino que es su prolongación vital: las leyes de la acción son
continuación de las leyes del ser. El mito de una moral totalitaria, tabú, justificatio in
semetipsa no parece poder germinar sino a partir de cierto grado de latitud norte…
Conocido es (no es este el lugar de entrar en detalles) la ola de moralismo que inundó
al mundo protestante como consecuencia del rompimiento de los primeros reformadores
con las tradiciones combinadas de la razón humana y de la Iglesia Católica (no es inútil
recordar aquí la gran lógica interna con que echó Lutero por la borda al Papa junto con
Aristóteles); se levantó entonces la bandera moral con tanto mayor fanatismo cuanto se
había puesto mayor violencia en arrancarle de su pedestal de evidencias racionales y de
revelación sobrenatural. Aislado, desvitalizado, privado al mismo tiempo del Dios natural y
del Dios revelado, la moral se elevó al cenit de los valores humanos. Mas en esta divina
soledad, el frío del vacío le llegó hasta la médula. La edad media veía a la ley límpida y
fecunda brotar del Ser eterno; el espíritu de la Reforma cegó esta fuente y cristalizó la ley
en algo helado, inmóvil e independiente. Ved la diferencia de acento que separa a estas dos
fórmulas: la ley es eterna y Dios es la ley. La ley moral, aislada de este modo, queda
privada de mordiente y de magnetismo. El moralismo en estado abstracto no es viable
apenas. Después de haber traicionado al concreto universal, cae necesariamente en el
concreto individual; como la hipertrofia protestante de los valores morales ha derivado
tantas veces al individualismo y al afectismo más radicales. Este último rasgo es notable en
Lutero. Por lo demás las responsabilidades están aquí muy divididas. La declinación de la
metafísica y el individualismo religioso habían comenzado mucho antes de Lutero, ya en el
siglo XIV. Y después de Lutero, el moralismo tampoco ha perdonado al mundo católico:
apenas si termina en nuestros días la liquidación del jansenismo.
Kant generaliza la obra antiobjetiva iniciada, en el orden religioso, por los
reformadores. E inmola la metafísica como tal, para resucitarla más tarde avasallada,
asimilada por la moral. Los ejes de la naturaleza cósmica y humana (Dios, la libertad, la
inmortalidad del alma) se transforman en exigencias de la razón práctica es decir en juicios
morales. Por una curiosa inversión de los polos del saber humano, somete Kant el ser a la
regulación del deseo. Y pide a la acción los criterios de necesidad y de universalidad que
sólo la evidencia puede proporcionar. “Obra de tal suerte que tu acción puede ser erigida en
ley universal”. Pero ¿cómo puedo saber si mi acción merecía, o no, ser erigida en ley
universal, si no sé ya lo que es el universal? Kant inaugura la era en que el cincel de las
inclinaciones individuales va a esculpir el rostro de la verdad. Nietzsche continuará su obra,
23
demostrando que esa moral autónoma, subjetiva, nimbada de falsa ontología no es
moralmente viable.
Cosa de milagro hubiera sido que, a través de tantos intentos acumulados, hubiera
vuelto Nietzsche a encontrar la simplicidad y el candor metafísico. La sed de esencias, al
ser sometida a la existencia, se torna incurable tormento. El hombre existencial, si no es
superado, acaba por ser negado.
Instintivamente adivina, bajo la aparente “moralidad” de los individuos y de los
pueblos, profunda miseria y falsedad. Y no encuentra contrapesos a esta amarga
adivinación. Incapaz de remontarse hasta las fuentes objetivas en las que todo se aclara y
purifica, y de descubrir en el hombre la inviolable eternidad de una naturaleza,
decepcionado Nietzsche por las manifestaciones concretas de la moral no encontrará
refugios si no en una actitud negativa. El hombre es terrible desde el momento en que
empieza a tener sospecha de su ídolo. Y al ídolo que no cumple sus promesas divinas,
pronto le negamos todo valor, toda dignidad y aun le despojamos de todo lo que tiene: lo
que divinizó la pasión de ayer, la serenidad de hoy lo demoniza…
La moral ha traicionado los apetitos totalitarios de Nietzsche: quien conozca al
hombre (al hombre en sí y con más razón al hombre existente), sabe que ninguna acción
que procede de este hombre puede ser moral en el conjunto de sus causas y de sus
elementos. En presencia de esta falla (diríamos mejor de esta limitación), quien lo espera
todo de la moral (de la moral subjetiva, sin raíces, fuera de los latidos del corazón
contingente del hombre) pasa automáticamente al extremo opuesto. Como no todo es moral
en los dominios donde la moral manda y gobierna. ¡Todo será inmoral!
Por haber tropezado en el divino desempeño que de ello exigíamos, queda la pobre
moral expulsada definitivamente de la escena. Y ya no es nada. Sus leyes y sus promesas
no son sino ficciones y máscaras. ¿Qué es lo que se esconde bajo el divino manto del ídolo,
bajo la red de valores morales (y también de los valores metafísicos, porque la misma
verdad no es sino esclava de los intereses prácticos)? Queda, pues, planteada “la discusión”
de todos los valores. En las entrañas del hombre concreto, buscará Nietzsche las demasías,
las infiltraciones y las complicidades amorales del pensamiento y del obrar moral. Y he
aquí la fórmula de la que sus conclusiones sacan implícitamente su savia y su dirección:
todo ideal moral, religioso o metafísico será “explicado” (¡y refutado!) en cuanto al análisis
psicológico haya puesto al descubierto los elementos amorales que pueden mezclarse con
su contextura concreta o llegar, finalmente, a su falsificación. El carácter ilusorio de
cualquier valor humano está suficientemente establecido cuando se han puesto en claro sus
causas psicológicas, extrañas a este valor como tal, y de las cuales, en ciertos sujetos y en
ciertas épocas, este valor puede existencialmente proceder: este es el método nietzscheano
de “refutación histórica”.
“En otros tiempos, se trataba de demostrar que Dios no existe. Hoy se demuestra
cómo llegó a formarse esta fe en la existencia de Dios; de modo que la contra-prueba
(racional) de la no-existencia de Dios es inútil. Así el ateo prescinde de él”. Dios existe,
digo yo. No tardará Nietzsche en presentarme los “videtur quod non”. Y me hablará más
bien del carácter particular de Pedro o de Pablo, o de tal pueblo religioso (los judíos por
ejemplo): ved a qué miserias y a qué viles intereses va unido el nombre de Dios en estas
almas. Por consiguiente, no hay Dios.
Esta maniobra, si bien requiere espléndido olfato psicológico, exige a la vez muy
ciega intrepidez ante la intensa contradicción. Generalizar una comprobación histórica,
ampliar en certeza universal una decepción práctica. Existen tantas genealogías de la moral
24
cuantas son los individuos morales; y aun en el interior del mismo sujeto tiene la moral cien
raíces deferentes. Pues bien, un psicólogo no capta los motivos afectivos de sus semejantes
sino a través de sí mismo y, por muy perspicaz que sea, no es posible que abrace en su
espíritu el estado anímico de todos los hombres, de todos los tiempos y de todos los
lugares. Ni tiene derecho a pronunciar en este terreno, juicios universales porque su ciencia
ni es ni puede ser universal. No desempeñan la universalidad absoluta de los juicios de
esencia (aunque alcance una cierta amplitud universable indelimitable. En este universo
concreto, los términos de error y de verdad pierden sus duras aristas; la verdad encierra
condiciones y matices infinitos; el error no es con frecuencia sino la ignorancia de la
divergencia y de la complejidad de las conexiones existentes). Tras este “historicismo”, y
este otro “psicologismo”, tras toda esa táctica que busca la evicción absoluta del Objeto se
esconde un móvil central: inmoralizar la moral, transformar el ídolo falaz y aborrecido en
su contrario. Para conseguirlo hay que ser unilateral: en la masa heterogénea de los hechos
concretos, es preciso no retener sino aquellos que pueden apoyar la tesis cuya demostración
buscamos. Guiado por su apriorismo antimoral, Nietzsche es maestro en descubrir e ilustrar
los hechos psico-históricos cuyo conocimiento permite restringir y hasta suprimir los
dominios de la moralidad.

→ Interpretación biológica de la moralidad

Alabáis vuestro ideal porque os ha llevado al éxito intelectual, moral o social. Pero
vuestro ideal no es la causa. Lo que os ha conducido al triunfo es vuestra plenitud vital,
vuestras capacidades nativas de las que vuestro ideal no era sino la bandera inútil izada en
los mástiles de la conciencia. Me diréis que vuestros compañeros han sucumbido por haber
sido infieles a su ideal. Lógica deducción: quien cree en la eficiencia autónoma, en la
omnipotencia de un ideal, ha de considerar el fracaso como una falta. Mas de ese modo se
extiende la jurisdicción de la moral a todos los feudos biológicos. La degeneración y la
enfermedad, la inestabilidad de los instintos, el desequilibrio constitucional se convierten
en “pecados”.
Nietzsche retuerce el argumento y restituye la primacía de los factores biológicos:
“Es necesario ir siempre estrechando los dominios de la moralidad; hay que sacar a plaza
los verdaderos nombres de los instintos y hacerlos destacar después del largo tiempo en que
han permanecido ocultos con nombre de hipócrita virtud”.
Todo transporte, todo ideal, todo remordimiento, etc., de la conciencia no es sino la
traducción – del todo inoperante por sí misma, pero revertida de términos de eficiencia y de
libertad- de la ciega necesidad vital. “Hemos aprendido, en las cosas de la moral, a cambiar
de manera curiosa la relación entre la causa y el efecto; y ya no decimos, por ejemplo: si un
hombre degenera desde el punto de vista fisiológico, el vicio es la causa. Ni decimos
tampoco: la virtud hace prosperar al hombre, pues trae larga vida y felicidad. Nuestra
opinión es, por el contrario, que el vicio y la virtud no son causas, sino consecuencias. Uno
se vuelve hombre honesto porque es hombre honesto; es decir por haber nacido con gran
capital de buenos instintos y de prósperas condiciones. Si se llega al mundo pobre e hijos
de padres que en todas las cosas no han hecho sino despilfarrar sin ahorrar nada, es uno
«incorregible», es decir materia para el presidio o el manicomio. Uno es necesariamente
malo lo mismo que es uno necesariamente enfermo. Malo: la misma palabra expresa ciertas
incapacidades que van fisiológicamente unidas al tipo de la degeneración: por ejemplo la
falta de voluntad; la incoherencia y aun la multiplicidad de la persona; la impotencia para
25
suprimir la reacción ante una excitación cualquiera y para dominarse, la violencia ante
cualquier especie con sugestión de una voluntad extraña… El vicio sirve para resumir, en
una delimitación bastante arbitraria, cierta consecuencias de la degeneración fisiológicas”.
Conclusión: la psicología y la moral corriente se basan en ficciones; la
“interpretación” de la conciencia deforma radicalmente la realidad de los hechos humanos.
Las causas psicológicas y morales no son causas verdaderas, sino ineficaces etiquetas que
encubren la profundas condiciones de nuestro obrar. ¿Por qué esta inmensa ilusión? El
problema de la máscara -fecundante núcleo y cárcel sofocante del pensamiento
nietzscheano- abre aquí sus desoladas perspectivas. Toda su obra, desde las
“Consideraciones inactuales” hasta los últimos destellos de su vida consciente, es una
desesperada tentativa de responder a esta pregunta: ¿Dónde y cómo la ilusión es
indispensable a la existencia humana? O en términos más precisos: ¿Cuál es la naturaleza
de los instintos cuyas armas defensivas y ofensivas son las ficciones morales?

→ La voluntad de poder

Hemos visto que las virtudes y los vicios no son causas sino consecuencias. Nuestros
valores morales son el reflejo de cierta especie de valores biológicos. La primacía absoluta,
la causalidad adecuada de la vida quedan establecidas. Pero ¿cuál es la esencia de la vida?
El moralista adivina y descubre en todas partes el egoísmo enmascarado; y reclama para su
ídolo una autosuficiencia absoluta. Estos dos opuestos se unen en la teoría de la voluntad de
poder. La razón de ser del yo es afirmarse hasta lo infinito. Todo ser, todo organismo es así
concebido como un centro de tensión conquistadora: su apetito natural es de crecer y
dominar. El hombre representa el “momento” más explosivo de la voluntad de poder
universal. La moral sirve al egoísmo ya que la vida no es sino egoísmo. Y no obstante la
máscara moral se llama justicia, amor, humildad. ¿Cuál es, pues, la forma de la voluntad de
poder cuyas ambiciones no pueden terminar sino en una máscara de justicia y de amor? Es
de suponer la respuesta: no se lucha bajo una máscara si no en la medida en que es uno
incapaz de vencer a cara descubierta. La máscara es el fruto de la astucia del débil. El fuerte
cree en la lucha porque sabe vencer. El individuo débil y mal preparado para la lucha, el
hombre cuya mísera personalidad no puede salir adelante sino es con ayuda del prójimo,
practica y predica (¡por la cuenta que le trae!) el desinterés y el amor. La moral es el fruto
de la reacción conservadora del impotente frente a las exigencias y las amenazas de la vida;
su origen la tuvo en la astucia inconsciente del débil, del paciente y del oprimido que en
ella (y en los valores que la justifican o le corroboran: metafísica, religión, etc…)
encuentran su único instrumento de consuelo, de salud y de venganza. Como forma que es
subterránea y disfrazado de la voluntad de poder, ella constituye en la historia de la
humanidad un síntoma de agotamiento y de degeneración.
Predico el amor del prójimo, y no sin buenas razones: cuánto más se acomoden a este
ideal los fuertes, los dominadores, los “malos”, más segura está la conservación de mi
mísera existencia. Nietzsche expresa en una frase el secreto alcaloide del humanitarismo:
“Vuestro amor al prójimo es el peor amor de vosotros mismos”. Ved a esa “devota” elogiar
la paciencia y la mansedumbre: para ellos son los únicos medios de soportar los males que
son incapaces de vencer. Su ascetismo no es sino el reflejo de una vitalidad agotada; no le
sería posible obrar de otra manera sin grave peligro.

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Sostenido por un arsenal de leyes, de promesas y de mendaces amenazas, la voluntad
de poder de los débiles se emplea a fondo y se vale de todas las tretas subterráneas de su
milenaria astucia para debilitar la parte sana de la humanidad.
“En todas las épocas se ha buscado mejorar a los hombres: esto es lo que, sobre todo,
se llama moral. Pero bajo esta palabra se esconden las más diferentes tendencias. Llamar
mejora a la domesticación de un animal, es, a nuestro entender, una broma. Quien conoce
lo que pasa en una casa de fieras no está muy seguro de que las fieras «mejoren». Se las
amansa, y se las hace enfermar. No de otra manera acontece con el hombre domesticado
que el sacerdote ha hecho «mejor». La Iglesia ha pervertido al hombre, lo ha debilitado;
pero ella dice haberlo hecho mejor”.
La moral es el arma disimulado del egoísmo de los impotentes. “¿Cómo es la moral
para la voluntad de poder?: Tres fuerzas se esconden detrás de ella: 1) el instinto gregario
dirigido contra los fuertes y los independientes; 2) el instinto del desheredado dirigido
contra los dichosos; 3) el instinto del mediocre, dirigido contra los que sobresalen. Una
larga reflexión referente a la fisiología del agotamiento, me obligó a plantear la cuestión:
¿Hasta dónde penetraron los juicios de los agotados en el mundo de los valores?... Y
encontré que todos los juicios superiores, todos los que se hicieron señores de la humanidad
se podían reducir a juicios de agotados… Detrás de los nombres más sagrados he
encontrado las tendencias más destructivas; se ha llamado Dios a lo que debilita, a lo que
enseña la debilidad, a lo que infecta de debilidad…”
En una misma reacción envilecen, condenan, menosprecian la salud, la fuerza, la
libertad, la alegría, el reír – todo el edén que no es para ellos- y se nutren de ficciones cuyos
encantos les vengan y les consuelan de los golpes de la realidad. “El cristianismo ha
incorporado el rencor instintivo de los enfermos contra los que gozan de buena salud,
contra la salud misma. Todo lo que es derecho, satisfecho, soberbio, la belleza, sobre todo,
les hace mal en los oídos y en los ojos…” Para todo aborto, la vida es una madrastra: ésta la
maltrata brutalmente, pero deja una puerta de escape a su deseo de embriaguez y de
venganza: el ideal moral o religioso.
La moral, en cuanto tal, es decir en cuanto centrada sobre el ideal y la libertad, no
existe. Una necesidad fuerte, pura y recta se manifiesta instintivamente sin reglas, sin
deberes, sin moral; una necesidad corrompida se cubre con la máscara de la libertad.
Quitada la máscara, la ética se desvanece: “lo que efectivamente empuja al moralista no son
los instintos morales, sino los instintos de decadencia traducidos en fórmulas de moral”.
Así la libertad humana se hunde con la moral. Al mismo tiempo que abre el absceso
de la “ilusión moral”, el escalpelo nietzcheano amputa al hombre su diferencia específica.
Nietzsche restituye a la ciega fatalidad biológica todos los feudos del pensamiento y de la
acción. (No es ninguna vulgaridad materialista. A decir verdad Nietzsche no es fisiólogo
sino psicólogo y moralista. Pero como buen discípulo desencantado de Descartes y de
Hegel reabsorbe en la biología todo lo que en la naturaleza y el obrar humano procede de
causas extrañas a nuestro pensamiento y es independiente de nuestra voluntad: naturaleza,
temperamento, carácter, inconsciente, etc., A decir verdad, no perdona a la conciencia
humana el que sea incompleta y falible. No viendo término medio entre la animalidad y la
perfección espiritual absoluta, llega, con toda lógica a reducir todo lo humano a lo
biológico. Trágica reacción contra la divinización de la conciencia humana promulgada por
los filósofos anteriores). La “libertad” nació cuando la infalibilidad de los instintos quedó
agotada en el hombre: de la incertidumbre de los instintos enfermos procede la ilusión de la
elección. El “nuevo ideal” predicado por Nietzsche vendrá a disipar la responsabilidad
27
fantasmática que oprime al hombre y devolverá a todos sus actos el frescor y la inocencia
de la necesidad. “¿Qué queremos de nuevo?- No queremos ya que las causas sean pecados,
y los efectos verdugos- Yo he estrangulado al degollador que se llama pecado, la frase: esto
no debería ser, es una farsa; la moral emponzoña toda la concepción del mundo”.

→ Esencia de la verdadera moral

El círculo de la autonegación es inexorable. Todo juicio moral es una máscara, afirma


Nietzsche constantemente, una ficción, una treta de la amoral necesidad. Si el culto de la
moral deriva de la astucia y del “mal ojo” de los degenerados, incapaces de entregarse sin
reservas al egoísmo y a la guerra, nada impide replicar (con tanta probabilidad de verdad o
de error concretos) que los valores amorales (culto de la voluntad de poder, de lo
sobrehumano, etc..) no son más que la lisonjera expresión de una mortal incapacidad de
amar, la compensadora reacción de las almas egoístas que divinizan su aislamiento afectivo
y quieran reducir el universo a la medida de su prisión: “Lutero, decía Nietzsche, echó por
tierra un ideal que fue incapaz de alcanzar, cuando parecía no combatir y detestar sino su
degeneración”. Estas palabras son aún más ciertas aplicadas al santo fracasado que fue
Nietzsche.
Quien busca una certeza última en el impuro mar de los móviles subjetivos, verá
que todas las olas escapan de sus manos anulándose recíprocamente…El pensamiento pide
un punto fijo, un puerto. Para hablar del hombre, preciso es elevarse por encima de la
existencia del hombre: de lo contrario queda como cautivo del accidente, de la máscara, de
la nada.
Existe un bien espiritual “tan puro”, vivo y natural como el bien fisiológico. La
consecuencia de este bien depende de nuestra reflexión consciente y de nuestra libre
elección. Así, las nociones de deber y de responsabilidad vienen a incluirse en la noción
trascendental de finalidad; los términos de virtud y de pecado revisten un carácter orgánico,
cósmico, humano: en el interior del bien y del mal universal, el acto de virtud y el pecado
representan el bien y el mal elegidos.
No se muerde impunemente el pecho que amamanta. El auténtico amor de sí mismo
no lleva al hombre hacia la grandeza y la difusión autónomas de una fuerza incontenida;
sino que, por el contrario, se emplea en los humildes ejercicios exigidos por la naturaleza
humana. Si el hombre pretende ser el centro, acaba por perder su centro. Así resucitan, bajo
una irrompible armadura ontológica, las virtudes tradicionales, bondad, compasión, etc., tan
combatidas por Nietzsche. El valor de un acto humano se mide, según él, no por su
ordenación (positiva o negativa) al fin total del hombre, sino de acuerdo con la energía del
poder individual implicado en su producción. Esta bárbara supresión de la cualidad de las
operaciones humanas constituye una consecuencia normal del individualismo… Se alaba el
tono subjetivo, el burdo dinamismo de los actos humanos para mejor disimular su
ordenación ad extra, su especificación objetiva. Tomás de Aquino, como moralista, no
habla ni al hombre animal, ni al “superhombre” (las dos inhumanos polos que Nietzsche
intentó fundir en una síntesis divina.); sino que habla al hombre total, al hombre
sencillamente. La moral tiene raíces en la evidencia intelectual, que a su vez está calcada
en el orden eterno. Sus fundamentos desafían a cualquier objeción basada en aberraciones
contingentes. La virtud es la salud del querer, lo mismo que las plantas son el alimento de
los herbívoros. “La regla próxima de los actos voluntarios es la razón humana; su regla
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suprema es la ley eterna…Todo acto voluntario es malo en cuanto se aparta del orden de la
razón y de la ley eterna, y todo acto bueno está conforme con la razón y con ley eterna”.

→ Relatividad de la moral

Nada podía hacer Nietzsche contra esta ética eterna; sólo pudo atacar a su
deformación idolátrica. Echando en olvido el carácter derivado y relativo de la moral
humana, protestó escandalizado cada vez que vio en el realismo carente de absoluto, cada
vez que sospechó algún elemento amoral en al contextura, la causa o las consecuencias de
un acto malo. Veamos algunas de las piedras de escándalo que hicieron desviar su
pensamiento hasta el nihilismo.
1) El espíritu (con sus manifestaciones capitales: conciencia y libertad) constituye la
diferencia específica del hombre. Más en el hombre no todo es espiritual. Existen, pues,
actos humanos específicamente morales. Pero no hay acto humano que sea totalmente
moral, es decir en el que el libre albedrío domine e impugne todas las causas y elementos
constitutivos. El mismo acto formalmente moral incluye una zona de causalidad amoral. No
tenemos por qué recordar aquí el influjo oscuro (y parcialmente determinante) que sobre la
libre elección ejercen la necesidad cósmica, el influjo de la herencia, las disposiciones
innatas, los estados orgánicos, los intereses inconscientes. Todo acto humano depende de
todo el hombre, como de las partes ciegas del hombre. Y aún acontece que las
determinantes amorales no dejan, en la íntima estructura de ciertos actos perfectamente
morales o inmorales en apariencia, sino un muy difícil margen a las razones de mérito o de
pecado. Para Nietzsche la debilidad, la dependencia, lo precario de la razón y del querer de
este hombre, constituían otras tantas razones suficientes para prescindir de la lógica y de la
moral, (lo filosofía cristiana no ensancha ni atrofia, ni separa nada en el hombre; no amputa
ni su destino ni su libertad) romper al hombre en dos partes y buscar un refugio en medio
de la inesperable contradicción.
2) Cuanto más antiguo es un comportamiento, tanto más encarnado está en los
organismos sensitivos. El ejercicio exterior y repetido de las virtudes se termina más
fácilmente en esclerosis que en fervor igual y continuo. Desde más atrás de nuestro obrar
consciente, el reflejo acecha sin cesar a nuestra libertad. La degradación de nuestras más
elevadas actividades es en nosotros moneda corriente: lo que fue pensamiento se hace
verbalismo, y lo que fue virtud, estéril mimetismo. Indudablemente, en todos los hombres
la acción moral depende de ciertas condiciones biológicas. Mas en los individuos normales
esta dependencia es mínima; la voluntad conserva un grado superior de indeterminación.
(Nietzsche menosprecia al hombre “bueno” que sería incapaz de hacer el mal. Pero hay dos
maneras de ser uno incapaz de hacer el mal: la incapacidad biológica y la incapacidad
moral. Una cosa es la esclerosis de las virtudes, y otra la fijación de la voluntad en el bien.
Un santo, por ejemplo, es incapaz de cometer un hurto o un acto de libertinaje; pero por
razones muy distintas de las de ser pequeño burgués “honorable” y conformista o de un
impotente). Las superestructuras morales existen en este caso como todas, es decir, como
fruto de la libertad y de la elección. En una naturalmente empobrecida, en cambio, sucede
lo contrario: el vínculo entre los intereses vitales y el acto moral se estrecha y las “virtudes”
están en mayor grado sometidas al instinto de conservación. No se trata ya de sinergia entre
lo inferior y lo superior, sino de reabsorción de lo superior en lo inferior. Aquí dominan en
primer lugar los móviles de conservación: las almas pobres no son capaces de soportar las
pérdidas de energía, los internos conflictos, los desgarramientos de conciencia, los
29
esfuerzos de reajuste inherentes a una profunda revolución de los hábitos. Excelentes
razones fisiológicas conducen los pasos de estos débiles por el camino de la moral
corriente. La vitalidad de Cesar le permite entregarse impunemente al desenfreno; el
desorden que se le seguía “sólo” era de orden moral; para un agotado hereditario, la
disolución le esta moral y biológicamente prohibida. En la medida en que la reacción
biológica domina a la voluntad libre, las superestructuras morales cesan de existir como
todas.
3) La moral procede para él de la degeneración de los instintos. Se sabe que el
excesivo ejercicio de una facultad (o de un grupo de facultades) atrofia, en nuestras almas
limitadas, el ejercicio normal de las otras facultades: el florecimiento de las unas trae como
consecuencia la inhibición de las demás. Una perfecta digestión apenas es compatible con
un intenso trabajo intelectual. El pensamiento lógico retrocede cuando la imaginación se
desborda, etc., De la misma manera, la energía amoral de la vida sensitiva fácilmente va
acompañada de un estado embrionario de las cualidades espirituales. Un salvaje, casi
totalmente inmergido en la corriente de la vida cósmica, es espiritualmente demasiado
pobre para abrirse a la moral. Los móviles éticos podrán hacerse lugar en él en la medida en
que sus facultades animales sean, no ya intoxicadas como lo pretende Nietzsche, sino
reducidas al equilibrio, dominadas y sometidas al espíritu.
Puede, por lo demás, acontecer -y aquí Nietzsche tiene razón- que un moralismo
estrecho y mal entendido produzca una real degeneración de las facultades animales. Lo
real ocurre a menudo cuando la voluntad moral aspira a una absoluta autonomía rompiendo
sus lazos con la religión por una parte, y con las exigencias de la vidas sensitiva por otra. El
sigo XIX contempló el espectáculo de esta divinización del deber abstracto. Mas ésta moral
no es viable; y agota al hombre en todas sus facultades comprimiendo a la vez su sed de lo
concreto sensible y de lo concreto divino en provecho del Moloch de lo impersonal.
Afirmar que la moral es el fruto específico de la decadencia vital es negar la
especificidad del espíritu.
4) Nietzsche sufrió más que ningún otro pensador la seducción nostálgica de lo
extremo. Idéntica degeneración afecta al enano que al gigante, y la vida se extingue lo
mismo por el calor extremo que por frío demasiado intenso. Lo mismo acontece en la
moral: el bien de una criatura se presenta como un término medio, muy estrecho a veces,
entre dos males opuestos. Fuera de su “centro” la virtud deja de ser virtud. Y como el
hombre sólo muy tarde y rara vez aprende el profundo sentido de la medida y de la
armonía, las virtudes “desorbitadas, perdidas, degeneradas como un vino avinagrado, son
frecuente debajo del sol…” Nuevo escándalo para el extremista Nietzsche. ¿Cómo puede
ser pura una cosa que no es posible llevar hasta el extremo? Nietzsche no perdona sus
virtudes el no ser dilatables hasta lo infinito. El hombre es un ser relativo. Y este ser
relativo no puede “infinitisimarse” sino es su relación con el Ser infinito; un solo
mandamiento carece de límite: el amor divino.
5) La historia moral de la humanidad es un inmenso conjunto de per accidens, en
que el bien y el mal, sin confundirse, se entrecruzan y anastomosan inefablemente. Si el
mal es a veces fecundo, esto no es por su razón formal de mal, sino en la medida en que, en
el ser que corrige, prueba o libere, existen posibilidades latentes para el bien. Ens et bonum
convertuntur. El bien es el ser que se abre y se ensancha; el mal, es el ser empequeñecido,
desviado, pero ser, no obstante. Más allá del bien y del mal, sólo se encuentra vacío y
contradicción.

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6) Concedamos que la moral separada de sus fuentes ontológicas es efectivamente
algo amarga y mortalmente abstracta: el moralismo no es viable en estado de código
universal. La acción en el tiempo, el deseo del individuo que sufre debajo del sol, ningún
vigor sacan de este ídolo exangüe. ¿Cómo podría soportar el individuo una ley abstracta,
no arraigada en la evidencia de una absoluta existencia concreta (p.ej., el imperativo
Kantiano)? Semejante ley es, como una planta del desierto, incolora, árida y punzante:
poca sombra y sí sobra de espinas puede esperar el hombre bajo sus ramas. Mas la auténtica
moral está vitalmente unida al ser concreto: desciende del concreto divino para llegar al
concreto humano. Abstracta en cuanto a ciencia (el hombre no puede poner en código sino
lo general), se inclina no menos, y con todo su peso, a la existencia, al dinamismo de la
acción individual y contingente, a la encarnación; y encierra, bajo fórmulas universales,
una exigencia de concreción total. El ejercicio de la virtud tiene por fin asegurar, no solo la
armonía del universo, sino también, y correlativamente, la expansión del sujeto virtuoso.
Para Nietzsche, en su desordenada reacción contra un moralismo antivital, “reconcretiza” la
moral sobre las solas bases de un yo individual concebido como una entidad indeterminada
y sin límites, de un yo humano extraño a la naturaleza humana.
7) La moral es restrictiva. Se opone a los desbordamientos antinaturales y
antisociales de las pasiones y de la voluntad de poder. Esta función inhibitoria choca ya de
por sí contra la exigencia subjetivista. Además, Nietzsche, para mejor degollar la moral-
carnero-emisario-, la carga de aberraciones totalmente extrañas a ella. Cuando acusa a la
moral de tender a secar en el hombre toda fuente pasional, a mutilar, a “a castrar” al
individuo, ¿a qué deformación mórbida de la moral se dirigen sus invectivas?
“La locura del moralista, en vez de pedir que la pasiones sean dirigidas, exige su
extirpación (!); y constantemente repite este estribillo: ¡sólo el hombre castrado puede ser
bueno! Las grandes fuentes de la energía, esos torrentes del alma, a menudo peligrosos y
que con tanto ímpetu brotan a veces, quisiera secarlas el espíritu moral, ese espíritu
estrecho y nefasto”. Es cosa de reír: el auténtico ideal moral está en las antípodas de la
actitud aquí incriminada y coincide precisamente con las sugestiones nietzscheanas. La
ética aristotélica busca el acabamiento, la armoniosa unificación del hombre, el sintético
desenvolvimiento de la personalidad. Su objetivo no es secar la oleada pasional, sino
ponerla en consonancia con el ritmo superior del espíritu. Su fórmula no es: ut sensualitas
destruatur, sino: ut sensualitas obediat rationi. Toda síntesis moral individual implica un
mínimum de conflicto y de represión (si tu ojo te escandaliza…). Existe una función
negativa de la moral, un aspecto sacrificial de la ley. Y donde las pasiones no son
totalmente rebeldes, la ley se inclina sobre ellas para coronarlas y no para destruirlas.
Nietzsche acusa particularmente al cristianismo del haber envenenado el instinto sexual
infectando de remordimientos y tachando de “mala conciencia” los deseos y las emociones
provocadas por este instinto. Por mucho que el hombre caído deba luchar contra el
desorden de la sexualidad, el instinto sexual no deja por eso de ser intrínsecamente bueno.
Si ciertos cristianos, y aun ciertos autores de ascética dan a veces la impresión de
“diabolizar” este instinto y a ver en él la impureza absoluta, el pecado por excelencia, eso
no compromete ni al alma ni a la filosofía del cristianismo; se trata sencillamente de la
simple trasposición, en términos demasiado universales, de una experiencia personal y de
una necesidad práctica.
8) La sumisión a los preceptos morales reprime, sin abolirlas de golpe, las
tendencias de nuestra desviada sensibilidad y de nuestra egoísta voluntad. El hombre moral
sigue siendo un hombre caído. Su egocentrismo, su necesidad de afirmarse, de dominar, de
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embriagarse de sí mismo, sus celos y su vanidad, no piden, a poco se les cierre su camino
normal de expansión, sino girar alrededor de los ejes de la vida moral. Nietzsche redacta
un catálogo terrible de las infiltraciones de la voluntad de poder en el terreno de la virtud.
La noble corteza de las virtudes humanas encierra a menudo gran cantidad de malsanos
parásitos. “¡Qué vacuo es el corazón del hombre, y qué lleno de inmundicia” (Pascal). La
expresión es dura: bajo la vacía corteza de virtuosas actitudes, ¡pueden encontrar refugio
todas las impurezas! Y en fin de cuentas, sólo queda la “virtud” la apariencia exterior y
material. Y así entramos en el problema de la máscara.

→ El rostro y la máscara.

Todo vicio inhibido (interior o exteriormente) en su ejercicio tiende


espontáneamente a ocultarse bajo la máscara de la virtud opuesta. Quien, en sus intentos de
conquista, fracasa ante la dura realidad, se refugia en la exaltación de un falso ideal (p.ej. el
ambicioso decepcionado que se consuela de sus fracasos despreciando olímpicamente “las
viles contingencias de aquí abajo”). Inconsciente, este tal cree en su virtud, tiene necesidad
de creer en ella para creer en su propio valor. Ilusión necesaria a la vida, dirá Klages. La
hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud, escribe La Rochefoucauld. Si
tantas tendencias inconfesables se manifiestan bajo la máscara de la moral, ¿no es
precisamente por ser la vida moral auténtica expresión de la verdadera grandeza del
hombre? Sólo es posible imitar las cosas reales; y preferentemente buscamos imitar las más
altas realidades. El hipócrita modela su máscara con los rangos de los rostros más
hermosos. La moneda falsa presupone el oro y la hipocresía la virtud.
Nietzsche condena la moral en nombre de la máscara. El proceso de su pensamiento
se traduce así: con máscara de virtudes he visto muchas veces bullir instintos e intereses
impotentes, empobrecidos, degenerados. En consecuencia la moral es un síntoma de
decadencia. Pero Nietzsche hubiera podido decir con mucha razón: toda tendencia viciosa
que, para manifestarse, tiene necesidad de la máscara de la virtud es una tendencia
biológicamente en decadencia.
Nietzsche, como su precursor La Rochefoucauld, no ve diferencia entre: notar la
presencia de… y: reducir a… Ven, por ejemplo, egoísmo en el amor, envidia en la
indignación, carne en el ideal y concluyen: el amor no es más que egoísmo, la indignación
sólo es envidia, el ideal no es sino carne. También encierra inmundicias el cuerpo más sano,
sin que esto quiera decir que la vida no sea sino inmundicia. Pretender lo absoluto en las
cosas humanas es quedarse con nada… El ideal mal encarnado termina en la máscara.

→ El nuevo ideal

El “nuevo ideal” no consiste en hacer al hombre más feliz o más virtuoso (la virtud y
la felicidad son aspiraciones de impotentes); sino que consiste en hacerlo más fuerte. De ahí
una especie de voluntarismo ardiente, patético, desordenado, indeterminado. Subsiste un
solo criterio objetivo de evaluación: se juzga del valor de un acto según la cantidad de
poder que le sirve de fundamento. Todo está permitido, con tal que se llegue a un
coeficiente superior de ebriedad, de fuerza, de desgarramiento y de plenitud. El desenfreno,
la crueldad, el “mal”, sólo a los débiles se prohíben: un acto vale únicamente lo que vale la
energía, la libertad y la temeridad que lo ha dictado. Sólo una cosa importa: la
concentración y la liberación subjetivas del poder, la ascensión de la voluntad hacia la
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autonomía creadora: “Tengo la dicha, después de miles de años pasados en la aberración y
la confusión, de haber vuelto a encontrar el camino que lleva a un sí y a un no. Yo enseño a
decir no frente a todo lo que hace débiles y es agotador. Y enseño a decir sí frente a todo lo
que hace fuertes, frente a todo lo que acumula las fuerzas y justifica el sentimiento de vigor.
Hasta ahora, ni lo uno ni lo otro se habían enseñado; se ha enseñado la virtud, el desinterés,
la compasión y hasta la negación de la vida. Todas estas cosas no son sino valores de seres
agotados”.
Oigamos ahora cómo habla Tomás de Aquino de la moral eterna, y veremos si en su
concepto se trata de un “valor de agotados”: “El bien es la plenitud del ser. El hombre es
bueno en la medida en que es; en cambio, en la medida en que aleja de la plenitud del ser,
se separa igualmente del bien, y se dice malo. Hay que decir, pues, que un acto comporta
tanto más de bien, cuanto más realidad encierra. Y en la medida en que le falta algo de la
plenitud del ser que un acto humano exige, en la misma medida ese acto es malo”.
Santo Tomás, lo mismo que Nietzsche, llama “mal” a todo lo que disminuye al
hombre. Para él es también la virtud un factor de plenitud, una fuerza (la etimología de esta
palabra lo dice todo); pero no, como para Nietzsche , una fuerza cualquiera, amorfa, y cuyo
valor se refiere únicamente al grado de sentimiento de poder individual que provoca; sino
una fuerza “calificada”, especificada por la naturaleza y la finalidad completas del hombre.
“Queremos la virtud en el sentido que el Renacimiento deba a esta palabra, escribe
Nietzsche, la virtud considerada como fuerza, la virtud libre de moralina”. Por moralina se
entiende aquí los preceptos altruistas de la moral.
Nietzsche predica una plenitud disonante, anárquica, autofágica; la plenitud de un
hombre “desnaturalizado”, cuya existencia está en conflicto con la esencia, y en el que
todas las carencias son incurables por estar divinizadas. Como postrer consuelo, se diviniza
la carrera agotadora y mortífera, el devenir, la tensión. La eterna incompletitud, la ansiedad
de la flecha cuya marcha carece ya de blanco. Y con la despiadada rigidez de la lógica se
inclina el espectro del nihilismo sobre la obra de Nietzsche, como una nube que se va
acercando y oscureciéndose cada vez más. No es posible cambiar los supremos valores
humanos lo mismo que se muda de capricho o de traje. El bien y el mal no son ilusiones de
cada instante, que el instante siguiente disipa y reemplaza. No es posible estar por sobre el
bien y el mal. Más allá del bien y del mal no hay sino la noche. Nietzsche no acaba de
vencer al nihilismo sino que se ahoga en él. “El mundo no es un organismo, sino el caos”.
Un organismo supone una jerarquía de los seres y los valores. Pero en el caos, todo es
igual: si el devenir es un gran círculo, todas las cosas son igualmente eternas, igualmente
necesarias. Todo es idéntico, todo participa de lo misma nada fundamental.
Nietzsche es podríamos decir, el doctor de la ilusión interior. Un hervor de savia
cristiana -inconsciente, desviada, emponzoñada- nutre su pensamiento.

Nietzsche y S. Juan de la Cruz


“Amo a aquellos que no quieren conservarse: a los que naufragan los quiero con todo
mi corazón, porque van al otro lado…” cantaba Nietzsche. San Juan de la Cruz: “El
corazón generoso / nunca cesa de pasar / mientras se puede pasar /…Sin arrimo y con
arrimo, / sin luz y a oscuras viviendo, / Todo me voy consumiendo.”
En este mundo miserable, en que toda claridad “supone una pobre mitad de sombra”
como dice el poeta, los adoradores de la luz sin mancha necesariamente han de ser
detractores de las tinieblas. El andar tras lo sobrehumano exige la estigmatización de lo

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“demasiado humano”. Sus ansias de pureza transforma a los dos en perseguidores de
máscaras y de ilusiones.
Ambos sintieron la necesidad de sobrepasarse y de la pérdida de sí mismo: la
posesión de lo absoluto exige la enajenación de todo nuestro ser. Pero el uno se sumergió
en la luz trascendente, y el otro quiso caer en sí mismo.
Nietzsche no pudo hacer de su persona un centro absoluto: juntó en su alma dos
tendencias cuya fundamental oposición le quebrantó: la sed de la verdad absoluta y el culto
del yo. Al término del conflicto entre un ideal extrapersonal y las desmesuradas exigencias
de una persona, su espíritu estalló. La voluntad de verdad no se deja devorar impunemente
por la voluntad de poder.
El subjetivismo de Nietzsche jamás pudo soportar la sobre regulación del no-yo.
Admitir un orden, aceptar las leyes del ser: inaceptable mutilación para un pensamiento
cercado por un espejismo de autosuficiencia. ¡Antes la nada que lo inteligible! Nietzsche
fue destructor hasta el fin. Su purificadora psicología se tornó metafísica devastadora;
pretendió derrumbar el mundo inmóvil de las esencias, ese orden implacable que no había
sido creado por él. En vez de inclinarse ante las necesidades del ser, proclamó
implícitamente: mi alimento es mi hambre.
De ahí las grandes contradicciones que se encierran en la obra de Nietzsche: las
antinomias que se armonizan en Dios, desgarran hasta la médula al ser y al pensamiento
creado.

→ El proceso del Hombre.

“En verdad, que el hombre es un río impuro. Preciso es haberse convertido en


océano para recibir, sin encenagarse, un río impuro”.
El drama de su obra educativa estuvo en no buscar fuera del hombre – fuera de un
hombre que se llamaba Nietzche- el océano que purifica al hombre.
“Si aventajo a todos los psicólogos, es que mi mirada es más poderosa que la de
ellos en este esfuerzo de penetración interior - la más dura e ingrata de todas- , esfuerzo que
va de la obra al autor, de la acción al que obra, de toda manera de pensar y de evaluar a la
necesidad interna que la dirige”.
“La mentira más común es aquella por la que uno se engaña a sí mismo; engañar a
los demás es relativamente más raro”. “Los ideales son mentiras canonizadas”. Las virtudes
son frutos bastardos; hay que ver sus raíces. “Vuestra virtud es la cobardía de vuestro
vicio”.
Aun llevada por millones de caras mentirosas, la máscara de la virtud deja intacto
el rostro de la virtud, y el héroe es siempre anterior al comediante. La suprema victoria del
pensamiento consiste en ser vencido por el objeto. Nietzsche no estaba maduro para esta
derrota. El exigía lo absoluto a las obras, a los sueños, a la persona de los hombres, a todos
los vientos moribundos de la contingencia. Buscar a Dios donde Dios no está, es el gran
medio, medio sutil, tortuoso y profundo de no buscarse sino a sí mismo. Yo soy Dios, diría
la soberbia, si éste fuera el único móvil del hombre. Pero debe contar con los instintos
liberadores; entonces transige y dice: elijo mis dioses.
“Quien fuera capaz de quitaros vuestros velos, vuestros revoques, vuestros artificios y
vuestras muecas, sólo se quedaría con un espantapájaros. Y yo mismo soy un pájaro
espantado que un día os vio desnudos y sin colorete, y eche a correr cuando este esqueleto
me hizo señas de amor”. Su desoladora visión de los impuros entretelones de la comedia
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humana le condujo a las antípodas del pesimismo. “Hay una manera de negar y de aniquilar
que tiene sus raíces precisamente en esta irresistible aspiración a la santidad y a la salud”.
¿Qué importa mi dicha, si no es más que pobreza, basura y lamentable satisfacción?
Mientras el alma se complace en sí mismo, no pasa de ser un embrión repugnante: “Si este
gran hombre se sintiera hastiado de sí mismo, entonces comenzaría su hermosura… Y si
supiera alejarse de sí, saltará sobre su sombra, saltará hasta su sol”

→ El proceso del mundo:

La perfecta independencia del hombre exige rechazar sin apelación todo “dato”
objetivo. Nietzsche obraba con toda lógica al colocar en el extremo opuesto de su doctrina
al mundo de Dante, ese conjunto estable, jerarquizado, asentado sobre la roca de las
necesidades eternas.
Pero si el mundo no recibe del hombre todo su ser, de él recibe toda su armonía. El
mundo no es la nada, es el caos; y no puede ser otra cosa si ha de ser mi mundo.
Toda conexión inteligible entre el hombre y el universo limita al hombre. Rechazó
siempre cualquier inteligible que no fuera su propio pensamiento, cualquier finalidad que
dominara su finalidad, cualquier norma que fuera distinta de su ley.
Odio de lo inteligible objetivo. Este mundo, fuera del espíritu humano, no es sino
torrente de ciega voluntad, pluralidad sin unión, viviente contradicción. “Lo que llamabaís
mundo debe primero ser creado por vosotros”.
Odio de las causas finales. Un solo objetivo en el universo: el del hombre, creador,
juez y vengador de su ley: “La naturaleza no persigue fin alguno… La procreación es algo
accidental, y no es fin del instinto sexual…” Zarathustra: “El cielo de la casualidad domina
al universo… Por casualidad, es la más vieja nobleza del mundo: yo la he devuelto a todas
las cosas, y las he librado de la servidumbre del fin. Esta libertad y esta celestial serenidad,
yo las he colocado como campanas azuladas sobre todas las cosas, cuando enseñé que
ninguna voluntad eterna las llena, ni las domina”.
Guerra a las leyes universales, a los mandatos absolutos. “Vuestra razón, vuestra
imaginación, vuestra voluntad y vuestro amor deben llegar a ser vuestro mundo”.
El Dios de Tomás de Aquino no crea la ley moral, sino que él es esta ley; el orden de
los valores está inscrito en su esencia. El hombre de Nietzsche va más lejos: frente al mal y
al bien, se comporta con la soberana arbitrariedad del Dios de Descartes.

→ Declinación de Nietzsche:

Bajo el impulso sinérgico de sus decepciones y de sus deseos, engendró Nietzsche el


personaje de Zarathustra, condensación de sus sueños, fantasmagórica imagen de su
sustancia. Las cosas limitadas no salvan su ser ni su nobleza sino en sus relaciones con el
Ilimitado. Revestidas, por el sacrílego aislamiento de lo finito, de un ilusorio infinito,
estallan; y a su explosión sucede el caos… Únicamente un sí total del pensamiento y del
corazón a un objeto infinito y sin medida salva la medida del sujeto creado. El
egocentrismo de Nietzsche prefirió divinizar la contradicción. Vio, pensó, sintió hasta la
angustia su miseria, su dependencia, sus límites: y los rechazó como tales, es decir como
llamamiento hacia una última perfección. Canta la libertad que suspende sobre la vida
humana la estrella rectora de nuestros fines. “Ultima servidumbre, creer en una verdad…la

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vida anda tras la ilusión, vive de ilusión…las verdades son los irrefutables errores de los
hombres…Nada es verdad, todo está permitido”.
“¿No es la mentira cosa divina? El valor de todas las cosas ¿no proviene acaso de
que todas son falsas?”
La embriaguez de sí mismo lo levanta como un huracán. Su correspondencia y sus
últimas obras atestiguan ese temible crescendo de la soberbia: “Yo no creo que algún día
amaré a alguien: eso supondría que siquiera una vez he encontrado (¡milagro de los
milagros!) un hombre de mi categoría…Lástima que Dios no exista: pues alguien siguiera
me comprendería. No es imposible que sea yo el primer filósofo de la época, y acaso un
poco más: algo decisivo y fatal en dos mil años. Yo no soy un hombre, yo soy dinamita…
Tú no tienes la menor idea de que eres pariente próxima del hombre-destino en el que se
decide la suerte de varios miles de años; yo tengo literalmente en mis manos la suerte de la
humanidad”.
Y hacia el siniestro declinar de su vida corriente: “No quiero creyentes: me parece
que soy demasiado malo para que se crea en mí… tengo un miedo horrible de que se me
canonice un día. No quiero ser un santo. Prefiero ser un payaso. Y quizás soy un payaso”.
La lógica de la soberbia se consumó en la pérdida de la razón. “Yo soy Dios, he encontrado
ser cosa cómoda este disfraz” decía a las transeúntes en las calles de Turín. Fue necesaria la
demencia para que su soberbia, humillada por la realidad, pudiera hallarse a sus anchas…
Tal fue el declinar de Zarathrustra, el “sentido” de la locura de Nietzsche. Henchido de
todas las savias de sus impulsos hacia lo absoluto, avaramente reabsorbidas y
transformadas en mortales venenos. La soberbia de la criatura zozobró en una apoteosis de
la nada.
Juan de la Cruz vivió de Dios; Nietzsche vivió de sí mismo. Por un lado: yo me doy;
por otro: yo me pienso. Un río, un espejo. La soberbia es una variante del egoísmo. Pero
sería falso creer que la soberbia de los hombres aumenta en función de su egoísmo.
Muchos son los yo hipertrofiados que conocen el camino del don y del sacrificio. Pero
quieren darse sin perderse: entregarse como creadores cuya ofrenda es también plenitud
subjetiva. Tal fue la dirección de la “virtud que da” cantada por Nietzsche. El egocentrismo
describe un círculo infinitamente más amplio que el egoísmo: y capta al amor en su zona de
atracción.
El amor de sí (raíz del egoísmo) es un sentimiento fundamental, primario, instintivo.
En sí el egoísmo es irreflexivo. Los animales, los niños pequeños son egoístas: más nadie
los trata de soberbios. La soberbia no comienza sino en el umbral de la vida espiritual. Su
eclosión exige el retorno del alma sobre sí misma. Lucifer, padre de la soberbia, se miró en
su hermosura. El rayo reflejo del pensamiento hace brotar la flor de la soberbia de las raíces
del amor de sí mismo.
Satán se miró…Todas las perfecciones reflejas de las criaturas: amor, heroísmo y
hasta el sacrificio son capaces de alimentar la embriaguez de la soberbia. Es posible
conocer la propia grandeza sin caer en la soberbia. Se trata de evitar el menor movimiento
de complacencia. Sin un desorden latente, sin una disposición inicial de la afectividad
voluntaria, el retorno sobre sí mismo no implicaría ninguna consecuencia desagradable.
Pero, al contrario, esta disposición afectiva no se expandirá jamás en actos de soberbia sin
la introversión de la mirada del espíritu. El desorden del entendimiento y de la voluntad se
respaldan recíprocamente. Cadena sin fin: el hombre se admira cuando se contempla; y a
su vez el orgullo inclina a mirarse. Tan poco concebible es un orgulloso sin espíritu reflejo
como una coqueta sin espejo. Y precisamente esta esencial necesidad de “mirarse”, de ser
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su propio espectador, es la que transforma al orgulloso en mentiroso inconsciente. Para
quien se pasa la vida ante el espejo, es preciso que éste sea adulador, aun con detrimento de
la verdad.
Semejante actitud falsea la dirección natural del pensamiento humano. En sí, el
ejercicio de la inteligencia no favorece en modo alguno al aislamiento subjetivo del orgullo:
conocer es ponerse en contacto con la realidad exterior, bañarse incesantemente en el no-
yo. Mas la preeminencia concreta de la intelectualidad -cuando carece del suficiente
contrapeso afectivo, es decir cuando no existen sólidos intereses extrapersonales- se traduce
a menudo en un anormal desarrollo de las tendencias reflejas. El entendimiento al que un
amor ardiente y puro no lleva a la desinteresada contemplación del objeto se repliega
avaramente sobre sí mismo. La misma excelencia del acto intelectivo abre la puerta a esta
desviación. En esta aptitud radica la tentación de Narciso. De espejo del universo, el
entendimiento se transforma en autorreflector: el alma, prácticamente olvidadiza de la
intención objetiva que está en todos sus conocimientos solamente saborea en sí misma los
frutos de su interna actividad. La hipertrofia del espíritu reflejo subjetiviza todas las cosas:
herido por su rayo recurrente, pierde el amor su dirección normal y se cambia en “mi amor”
que es buscarse a sí mismo. En la mayor parte de los casos, todo se “egotiza” en la medida
en que todo se refleja. La autonomía de la tendencia refleja equivaldría a la soledad divina.
El hombre que “se mira” remeda miserablemente la generación del Logos sustancial. El
resultado varía según la estructura de los caracteres individuales. Limitado a los dominios
del pensamiento universal y de las construcciones especulativas, el espíritu reflejo puede
dar un filósofo idealista; un egotista sentimental; y unido a un yo profundo, simple y
desganado, un pensador como F. Nietzsche.
Si la tensión refleja del intelecto alimenta el orgullo, la fusión centrífuga del amor
nutre y fortalece la humildad. Lo que en el carácter de Juan de la Cruz predominó fue el
amor que se expande y desborda sin medida, perdiéndose en su objeto. Todo lo hizo por
amor; nunca tuvo otro secreto que darse. Y su humildad fue hija de su amor. Y el
entendimiento práctico movido por este amor, vive la dependencia existencial del yo para
con el ser amado; y juzga en cierto modo al sujeto desde las alturas concretas del objeto que
el amor inviscera en él. El realismo de la humildad procede del realismo del amor.
Juan de la Cruz, olvidándose de sí, fue la perfecta presa del objeto. No del objeto
metafísico, del Uno de los Alejandrinos -fría abstracción que superaba el ardoroso impulso
de su corazón-, sino del objeto concreto del amor, de una unidad trascendente que se llama
Tú, y que dice, te amo. Toda la enseñanza de Juan de la Cruz polariza, sobre el misterioso
plano del amor, alrededor de esta ascensión del sujeto humano en el absoluto divino.
Positiva sede del absoluto en Juan de la Cruz; sed negativa es Nietzsche. Pérdida y
resurrección del sujeto en el objeto por una parte; y por la otra, reabsorción de todo el
objeto en el sujeto, llenado hasta la clausuración de la denuncia.
Todo el edificio de la subida del Carmelo descansa en una palabra: Nada. Pero esta
nada es rigurosamente función del todo supremo: es esencialmente inautónoma. El sujeto
no se vacía de sí mismo sino para dejarse invadir y penetrar totalmente por la plenitud del
objeto divino. Juan de la Cruz purifica al hombre de sus máscaras, de sus escorias, de sus
límites -de todo lo que no es, para revestirlo de lo que es. Aplasta la naturaleza -la
naturaleza caída y la naturaleza simplemente-, no para perderla, sino para hacer que, al
término de su dolorosa histólisis, se ensanche en la sobrenaturaleza de Dios. El esfuerzo
ascético no incluye aquí ni el menor átomo de soberbia o de humana satisfacción; la
suprema victoria sobre sí mismo termina en la gran derrota del amor: nada de repliegue
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egoísta, de estoica rigidez o de vana complacencia en sí mismo que venga a alterar la
pureza del don total.
Exige todo porque promete todo.
La actitud receptiva excluye las manos llenas.
Son demasiadas las almas que reciben y saborean como un fin absoluto sus propios
deseos y su propia embriaguez, sus primeros contactos superficiales con lo divino. Y
mientras ofrecen incienso a tan efímero mensajero, el rey de la gloria queda en la puerta sin
entrar…
Y ¿cuál es la actitud de Nietzsche?: exige todo y no promete nada. Las normas de su
ascetismo son estas: “No estar asido a persona alguna, ni aún a la más amada: toda persona
es una prisión…No tener apego a una patria, aunque sea la más pobre y que más sufre…
No aficionarse demasiado a una ciencia aunque nos prometa los más preciosos
descubrimientos. No tener apego al propio desasimiento. No tener afición a las propias
virtudes, y no ser víctima de una parte aislada de nosotros mismos. Debemos saber
preservarnos: lo cual es la más dura prueba de la independencia”. Pero todo esto ¿para qué?
¿Y para quién? Para un yo despojado de toda pluralidad, simple como el ser de Dios. ¡Nada
de humano para el hombre! El hombre es sacrificado a un fantasma; la busca de sí mismo
termina en la propia aniquilación; la purificación tiene a la muerte por corona y
recompensa.
Veamos los frutos de esta religión introvertida: “Es muy variada la escala de las
crueldades religiosas; tiene muchos grados, pero tres son los más importantes. Primero, el
hombre inmola hombres a su Dios. Después, en la época de la humanidad, se ofrecen a
Dios los más fuertes instintos de la naturaleza humana…Y al fin, ¿qué queda por ofrecer?
¿No habría que inmolar, por fin, todo lo que hay de más consolador, santo y santificador?
¿No quedaba por inmolar al mismo Dios, y, por crueldad para consigo mismo, orar a la
nada?” ¡El hombre divinizado se castiga con la nada el no ser Dios! La purificación
nietzscheana destruye y separa: la de San Juan de la Cruz transforma y une.
“Quien quiere hacerse relámpago debe seguir largo tiempo en tinieblas”

→ Apéndice: lo moral de los amos

Pero si espectáculos como el señalado no penetra como un aguijón en el alma de los


privilegiados de la fortuna y de los que mandan, para despertar en ella el hastío de la
tranquilidad, de las facilidades y provechos materiales y el deseo de iniciar, en un plano
superior y libremente elegido, una vida aún más dura, dificultosa y sacrificada que la del
pueblo trabajador, al orden y a la autoridad les falta un fermento esencial. La desigualdad
se refiere más a los deberes que a los derechos; hacer cuestión de honor dar más de lo que
recibe; compensa con mayores exigencias espirituales el bienestar y seguridad materiales.
“No existe calamidad más grande, en todas los terrenos, que cuando los poderosos de la
tierra no son al mismo tiempo los primeros hombres. En tal caso todo es falso y monstruoso
y todo anda trastornado”. Cuando los jefes no se preocupan de ser más nobles que los
demás, pronto dejan de ser los más fuertes. “Que el que sea mayor entre vosotros, se haga
el servidor de todos”.

→ Amor y Violencia

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¿Es de veras amigo de la paz este ser estrafalario y cobarde que a nadie contradice
en sociedad, pero que, siempre que puede irritarse sin miedo a nadie (en familia sobre
todo), es el más insoportable de los hombres? ¿O ese hombre público que, de miedo a
cargar con una responsabilidad o de crearse un enemigo, deja que en su derredor continúe
existiendo el error y el mal y que siempre se guía por la fórmula: “¿ líos no?” ¿O ese
invertebrado que, con la flexibilidad de los líquidos, se casa con todos los caracteres y
todos los acontecimientos? Estas diversas conductas pueden muy bien adornarse con los
hermosos nombres de bondad, indulgencia o tolerancia: en realidad no son otra cosa que el
fruto de la cobardía, del amor al descanso y a lo más fácil, del escepticismo, de la
indiferencia ante el bien o el mal. Cuando el hombre de paz se nos presenta con menos
vitalidad que el hombre de guerra, hay razón para pensar que no reside en él la verdadera
paz. El cobarde está más lejos del santo que el defensor de la guerra. Esta paz que consiste
en descansar en la mediocridad o en el pecado y en pactar con el mal fue maldecida por
Nuestro Señor cuando dijo: “No he venido a traer la paz, sino la guerra”.
El amor de los enemigos, la mansedumbre universal no comienzan a ser auténticas
virtudes sino en el clima de la santidad cristiana, es decir en el orden sobrenatural en que el
yo y su voluntad de poder retroceden ante el amor. La debilidad de Dios es más fuerte que
los hombres, escribió S. Pablo. Para que nuestra pequeñez sea más fuerte y más pura que la
fuerza, preciso es que proceda del amor de Dios en nosotros.
Nietzsche y Lenin, al hacer de la guerra el motor del progreso y la gran comadrona de
las sociedades, tiene razón, “desde su puesto de vista”, al defender la naturaleza humana
contra enfermedades que se presentan con máscara de virtud.
El apóstol de la no violencia, Gandhi, se hace eco de los apóstoles de la guerra
cuando dice: Si sólo hubiera que elegir entre la violencia y la cobardía, yo no dudaría en
aconsejar la violencia. Ni Nietzsche ni Lenin tenían otra alternativa. Y esta alternativa sólo
es capaz de vencerla el amor.

→ La espada y la Cruz

No existen defectos realmente contradictorios: todos tiene sus raíces en un gran


centro de contradicciones que es el yo cerrado sobre sí mismo. Existe, entre la violencia y
la cobardía, una diferencia de grado, más no de naturaleza. El violento es un cobarde que se
pone rígido. La trivial expresión “estar inflado” tiene profundo sentido. Un neumático
inflado no tiene más superioridad que la de estar lleno de aire. La relación entre la violencia
y la cobardía es la misma que la que existe entre el arco en tensión y el arco en reposo:
sustancialmente son la misma cosa. También se suceden muy fácilmente en el alma: el
discípulo que sacó su espada para herir al siervo del pontífice, pocos instantes después
renegaba míseramente de su maestro. El mismo exclusivismo del yo y la misma ansia de
conservarse y acrecentarse son las que, según las circunstancias y el tono interior, nos
hacen enfrentarnos con nuestros semejantes o huir de ellos. Aquel que en su alma no
encerraba sino amor no quiso sacar la espada; mas tampoco tuvo miedo de la cruz. Sólo la
locura de la cruz da valor para dominar la tensión polar que existe entre la violencia y la
cobardía.
La guerra no destruye el mal, sino que desplaza y lo generaliza. La única cosa que
suprime el mal es el amor sobrenatural que ama a sus enemigos, presenta la otra mejilla y
muere en la cruz. Sólo la cruz tiene la virtud de borrar el mal causado por la espada.

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Una mística de la paz que no contenga al menos tanto enojo y corra tantos riesgos
como la religión de las guerra, no es sino la máscara de la debilidad y del terror. No se debe
echar en olvido cuál fue en la Tierra el destino del Dios de paz…El suplicio del calvario es
la lógica consecuencia y la estricta aplicación del Sermón de la Montaña.
Simone Weil expone en pocas palabras la esencia de la no violencia sobrenatural:
“Quien tome la espada, por la espada perecerá. Y quien no la tome o la suelte, perecerá en
la Cruz”. Cambiar la violencia de los otros en sufrimiento propio es participar en la
redención de Cristo.
Un pacifismo que conduce, por ejemplo, a la objeción en conciencia procede de un
individualismo culpable; quien alegue la razón de conciencia es un egoísta “trascendental”
que sacrifica a su ideal de perfección personal los más sagrados intereses, y hasta la
existencia de la comunidad de la que forma parte. Puede, pues, suceder que por obediencia
a las leyes de la ciudad, se vea el hombre pacífico a ceñir la espada. ¿Cómo purificar en tal
caso la violencia? Resistir en cuanto sea posible al contagio del odio.
Poner la violencia al servicio de la paz, demuestra odio exteriormente, odio teniendo
amor en el corazón, he ahí, humanamente hablando, algo imposible.
La paz que comprende y domina a la guerra es la que debemos proclamar y enseñar.
Dura es la tarea y no basta para ello la fuerza de la naturaleza. Humanamente estamos
seguros de ir al fracaso. “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra”.
Pero no venceremos al mundo mientras no nos hayamos vencido a nosotros suficientemente
por Aquel que venció al mundo.
Vencer al enemigo no es nada. Demasiado sabemos que de esta victoria germinan
nuevas guerras. La única victoria digna de los discípulos de Cristo es vencer a la guerra.
Toda la violencia que llevamos en nosotros mismos debemos ponerla al servicio del amor
para este supremo combate.

→ Acción y Omisión

Si, como nos enseña la metafísica tradicional, el mal se identifica con la nada y el
bien con el ser, el pecado debe ser anti todo omisión y la virtud acción.
Mas la moral del mundo es exactamente lo contrario de esto. La moral del mundo
insiste y casi únicamente en el pecado de acción. Todo el mundo se acusa y se arrepiente
más fácilmente de haber cometido un solo hurto que de no haber dado jamás una limosna;
de haber engañado una sola vez a su mujer que de haber pasado la vida sin quererla, etc.
Por esta virtud de acción hemos de ser salvados: “cada vez que hagáis esto a uno de
estos pequeñuelos, a mí lo habéis hecho”. Y por el pecado de omisión seremos condenados:
“Cada vez que no lo hayáis hecho a uno de estos pequeñuelos, a mí es a quien no lo habéis
hecho”. Qué poca cosa ha de ser a los ojos del eterno Juez el pecado de acción del hijo
pródigo, el de la mujer adúltera o el del buen ladrón al lado del pecado de omisión del
escrupuloso que enterró su talento en vez de hacerlo fructificar, el del joven que toda su
vida guardo la ley de Moisés pero no quiso seguir al Maestro, y el de aquellos que siempre
están diciendo: Señor, Señor, pero no cumplen la voluntad del Padre celestial. Jesucristo
reserva sus más terribles anatemas contra los que se niegan a hacer el bien, más bien que
contra los que obra el mal.
Tal “hombre honrado”, buen padre y buen esposo y muy pagado de su virtuosa
mediocridad, casi se ofende tanto de los actos de un santo como de los de un ladrón o un
libertino. Padres he conocido yo a quienes la vocación religiosa de sus hijos sacaba de
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quicio tanto o más que la conducta de un sinvergüenza: a los ojos de tales individuos, tan
mesurados en el bien como en el mal, la generosidad de quien lo ha dado todo a Dios no se
diferencia de las locuras de un hijo pródigo.
La verdadera moral consiste, pues, el desarrollar la virtud positiva de tal arte que al
fin la virtud positiva de tan arte que al fin la virtud negativa resulta inútil. Los preceptos
negativos de la moral están colocados, a modo de parapetos en los bordes del mal: el que
vive en el centro del bien, es decir a una distancia infinita del mal, nada tiene que ver con
ellos. Al hombre que ama a su mujer y a su prójimo con perfecto amor, no hay necesidad
de repetirles: no hurtarás, o no cometerás adulterio. Porque el hurto y el adulterio están
fuera de su campo de acción por la misma plenitud de su amor.

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