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EL DOLOR (parte de la conferencia del Duelo del 22 de octubre de 2018 en el Ateneo

de Sevilla) por Antonio Alba Cifuentes.

Ciertamente, el primer dolor es del cuerpo, dolor físico que nos avisa de un impacto externo o
de una alteración de un órgano interno. Pero el dolor no hay que entenderlo solo como una
configuración de signos clínicos, sino como un síndrome de experiencias vividas, cargadas de
significación e interpretación, mediatizado por la cultura y la subjetividad.

En una encuesta a italianos e irlandeses. Los italianos mostraron una sensibilidad excesiva, una
tendencia a la emotividad y a la dramatización. El italiano vive el dolor con la queja y los
analgésicos. El irlandés vive el dolor con la molestia que provoca a los otros, demuestran
resistencia, es más una molestia que un síntoma. El valor cultural se impregna en la vivencia
del dolor.

Nadie reacciona igual ante un dolor, aunque el dolor sea idéntico: unos se quejan, otros lo
ocultan, unos lo manifiestan, otros lo ignoran, unos lo disimulan otros lo exageran y los
aumentan.

Por tanto, la fisiología, el puro conductismo no es suficiente para explicarlo.

El dolor humano es el producto de un contexto, de una educación social, es biográfico,


experiencial y cultural.

Después de los estudios de Freud sobre la histeria y desvelar la lógica del inconsciente, se abría
una brecha a la interpretación mecánica fisiológica del dolor. Para comprender que el hombre
no es un mero apéndice de las actividad neuronal. Se inicia una segunda historia del dolor, y la
dimensión afectiva comienza a considerarse.

Existen numerosos filtros que acentúan o disminuyen en su intensidad. Ciertas condiciones


inhiben, como una palabra amable, una relajación, una diversión, o lo potencia, como la fatiga
o el miedo. No hay dolor que no comprometa al hombre con su entorno. El dolor no es nunca
una experiencia sensorial, sino una experiencia altamente simbólica: un hecho de la cultura.

Es una reacción y una relación del hombre con el mundo. Cuando aparece el dolor, el cuerpo
se hace extraño y decrece todo interés por los otros, el individuo se repliega. El dolor induce a
una renuncia parcial de sí mismo, en la amenaza a la identidad, en la pérdida de la autoestima.
El dolor le induce a una metamorfosis, impotencia, fragilidad, que no sólo altera la relación con
su cuerpo sino que contamina la relación total con su mundo.

En el caso del dolor crónico, es una penosa carga y va variando en intensidad sin control
alguno sobre él. Experiencia horrenda que violenta los límites de la condición humana. Es un
límite al poder del médico en su curación y en su comprensión. Se inaugura un modo de vida
humano, prisionero en el bucle hasta el infinito con el dolor. Depresión y dolor crónico se
alimentan mutuamente. El dolor se convierte en un hipnótico como la cabeza de Medusa.
A veces, el dolor y la queja no tienen correlación orgánica. Aquí el dolor es un signo de
sufrimiento. A menudo, es una llamada de atención permanente, una llamada a su soledad, a
su insignificancia, a la búsqueda de amor, al sentirse desplazado por otro. Ese dolor crónico se
encuentra en los vericuetos de la historia personal. Un mal de vida que le lleva a un mal de
cuerpo.

También el dolor crónico puede ser garantía de reivindicación personal, sustituto del amor
para paliar su ausencia, medio de presión y poder de control sobre los demás. El dolor crónico
al no desaparecer tiene usos variados, materia inagotable y fecunda en manos de la invención
de individuos artesanos de su dolor. Es cuando el dolor se convierte en el testimonio de su fe,
su ofrenda, su estatus social, permitiéndole renegociar con los otros. Es un arma eficaz con
muchos fines, como el chantaje emocional. Michael Foucault en “Vigilar y castigar” nos
entrega un detallado repertorio de los usos sociales del dolor.

Este tipo de paciente vaga de un modo infinito por los distintos servicios de salud sin que nadie
lo escuche y de respuesta a sus padecimientos. Busca una respuesta que no llega, terminando
preso como objeto de una relación puramente técnica. Una ilusión que se alimenta de una
obstinación: en la posibilidad omnipotente de la medicina, pero el dolor no desaparece…