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LIMA OBRERA

1900-1930 TomoII
STEVE STEIN Compilador

Laura Miller Susan C. Stokes


Katherine Roberts José A. Lloréns
Colección : Historia Social y Cultura Popular
en América Latina

Serie : Lima Obrera 1900-1930 Tomo II

Director : Steve Stein

PRIMERA EDICION
ENERO, 1987
© Steve Stein
© De esta edición
Ediciones EL VIRREY
Miguel Dasso 141 - Lima 27 - Perú
Tel. 400607

Impresión: Servicios Editoriales A.Arteta


IMPRESO EN EL PERU
Indice

Capítulo 1: La mujer obrera en Lima, 1900-1930. Laura Miller 11


Una reseña estadística
Estado civil 17
Alfabetismo 19
Trabajo 19
Maternidad 24
Mortalidad infantil 25
Anexo estadístico 29

El contexto ideológico
La mujer: Un ser sensible y suave 44
La mujer : La coqueta limeña 48
La mujer : Una Eva caída 49
La mujer : Una niña buena 50
La mujer : Sus múltiples caras en el vals criollo 53

Las mujeres hablan 59


Cuando yo era niña 66
Yo he trabajado 77
Se necesita muchacha: servicio doméstico 85
En la cocina: el trabajo de la cocinera 90
Con la escobilla y el almidón: el trabajo de la lavandera 93
En la plaza: la mujer vendedora 97
La pobre obrerita: la costurera 102
Teníamos horario fijo; la obrera en la fábrica 108
Hay mujeres que tienen suerte con los hombres y otras
que no tieneh ■. 115
La mujer, “Reina del hogar” 136
Yo hacía todo para mis hijos 144
Bibliografía 150

Capítulo 2: El caso de Rosario. KatherineRoberts 153


La prostitución 155
El caso de Rosario 158
Conclusiones 166

Capítulo 3: Etnicidad y clase social: los afro-peruanos de Lima,


1900-1930: Susan C. Stokes 171
Introducción ' 173
Explotación y racismo: algunas reflexiones preliminares 173
Raza y clase en el Perú 174

Primera parte: Los negros en la historia del Perú


La esclavitud negra en el Perú 177
El afro-peruano después de la abolición 181

Segunda parte: Los afro-peruanos en Lima, 1900-1930


Tendencias demográficas 183
La ubicación geográfica de los afro-peruanos
— La nación 189
— La provincia de Lima 190
— Lima Metropolitana: el distrito censal 192
— Lima Metropolitana: la vecindad 193
El racismo y la segregación racial , 195
Los afro-peruanos y la estructura racialde las profesiones 196
— “Una profesión negra” : la construcción civil 201
— Las causas de la estructura racial de las profesiones 206
El racismo ideológico: categorías raciales e identidad negra 209

Tercera parte: la cultura negroide, 1900-1930 219


El culto al Señor de los Milagros 220
— La generalidad del culto 220
— La heterogenización social del culto 222
— El culto, el Estado y la Iglesia 229
El Club de Fútbol Alianza Lima 234
Reflexiones generales 248
Bibliografía 250
Capítulo 4: De la Guardia Vieja a la generación de Pinglo:
música criolla y cambio social en Lima, 1900-1940.
José A. Lloréns 253
La Guardia Vieja 256
El período crítico 262­
La generación de Pinglo 267
Expresiones del cambio 273
Textos citados 280
Capítulo i
LA MUJER OBRERA
EN LIMA
19 0 0 - 1 9 5 0

Laura Miller
Este trabajo está dedicado a:

Elvira e Isabel Las abuelas que me


contaban Sus vidas.
Alejandra v María Las madres que me
enseñaban muchas artes.
Pilar y Eda Las hermanas que me
daban fuerza en
la lucha.
Gloria y Magdalena Las futuras mujeres
que m e animaban con
sus sonrisas.

Y a todas las mujeres que han trabajado y luchado.

Tenem os el derecho a nuestra historia.

Setiem bre 21, 1982


Lima, Perú.
El hombre más oprimido del m undo puede
oprimir a otro ser, que es su mujer.
La mujer obrera es la proletaria del
mismo proletario.
Flora Tristán, Unión Obrera (1)

l estudio de la historia debe enfocar y aclarar hechos del

E pasado, y tam bién tiene implicancias im portantes para la


sociedad actual. Para evaluar la problem ática de la m ujer obrera
hoy en el Perú, es indispensable tener en cuenta su participación
en el trabajo y su rol dentro de la fam ilia en la historia. Con esta
visión del pasado, entenderem os m ejor la ubicación de la m ujer
actual y hasta qué p u n to ha cam biado su situación.
La situación de la m ujer obrera requiere estudio com o gru­
po aparte con u n a dinám ica especial dentro del estudio de la clase
obrera a principios del siglo veinte.
Este enfoque perm ite aclarar su condición de oprim ida
dentro de la clase obrera además de su opresión com o m iem bro
de la misma clase. M ientras que com partían una misma pobreza,
existían diferencias fundam entales que son necesarias analizar.
El estudio de la m ujer desde 1900 hasta 1930 es un aporte
a la creciente bibliografía sobre la m ujer peruana. Ya existen es­
tudios de la m ujer actual de varios estratos sociales, de la m ujer
cam pesina y sobre aspectos psicológicos, pero la m ujer obrera del
pasado es un tem a poco estudiado hasta ahora. Las palabras escri­
tas dejadas p o r m ujeres progresistas de la época com o Elvira G ar­
cía y García, M aría Jesús Alvarado Rivera, Zoila A urora Cáceres
y Magda Portal nos dan una idea de la participación de la m ujer en
la po lítica y de la creciente conciencia fem inista en el país.
Pero sus palabras no ilum inan la vida de las mujeres que
com ponían las grandes m ayorías nacionales. Las mujeres que tra ­
bajan en Lima a principios del siglo, sea en fábricas, en casas p arti­
culares, en talleres o en sus propias casas no han dejado palabra es-

(1 ) Flora Tristán, Unión Obrera (Barcelona, 1 9 7 7 ), p. 2 3 .

15
crita, y su historia m uere con ellas. Es esencial descubrir y escribir
la historia de la m ujer obrera para darle el valor que ella merece.
La historia de la m ujer obrera no es una historia dram ática
de participación en las luchas políticas, aunque había cierto nivel
de participación, ni es la historia de la lucha por los derechos civi­
les de la mujer. Pero sí, la historia de la m ujer obrera es una histo­
ria de lucha; quizás la lucha más difícil, por la sobrevivencia. Ella
vivía y sobrevivía en un m undo de pobreza aguda, sujeta a fuertes
restricciones im puestas por las norm as de una sociedad, iglesia y
educación no sólo clasista sino tam bién sexista.
El análisis del sexism o dentro de la clase obrera y en la so­
ciedad en general nos dirige a una lucha im portante para cam biar
la situación actual. La frase arriba citada de Flora Tristán, u n a fe­
m inista del siglo diecinueve cuyo análisis es perspicaz e incisivo
tan to para su época com o para la nuestra, cristaliza la doble opre­
sión que sufre la m ujer obrera. Al estudiar la dinám ica de las opre­
siones de clase y de género y luchar para cambiarlas, se llegará a
una igualdad social verdadera.
Este estudio se divide en tres partes. La prim era es una
aproxim ación estadística de aspectos de la vida de la m ujer obrera,
com o estado civil, trabajo, alfabetism o y m ortalidad infantil. La
segunda parte es un análisis de varios tex to s literarios de la época,
señalando los tem as e imágenes que form aban el co n tex to ideoló­
gico en el cual la m ujer obrera co nstruía su vida. La parte final
consiste en el testim onio de las m ujeres mismas, basado en en tre­
vistas hechas en Lima entre O ctubre 1981 y Agosto 1982. La par­
te final es la más im portante. En una historia de esta naturaleza, el
papel del historiador es dejar que los que han vivido la época des­
criban su vida. Es justo, además de más rico y tangible, que ellas
mismas relaten su historia. Ninguna fuente sola ha sido suficiente
para el estudio, pero por m edio de la com binación y confrontación
de inform ación, llegaremos a entender m ejor la realidad de la m u­
jer obrera de Lima a principios del siglo veinte (*).

* Para una am pliación del tem a, véase “ Yo he tr a b a ja d o ”: Working - Class


Women in Lima, 1 9 0 0 - 1930, Tesis de bachillerato de Laura Martín Mi-
11er, Wesleyan University 1 9 8 4 . Se encuentra archivado en el Centro de
D ocum entación de la Universidad Católica.

16
UNA RESEÑA ESTADISTICA

La estadística es una entre varias m aneras de acercarse a la


vida de la m ujer obrera en Lima a principios del siglo. Siendo im ­
posible u n a encuesta form al posterior de un grupo representativo,
las fuentes estadísticas de la época sirven para form ar u n a idea del
perfil dem ográfico de la m ujer de la clase obrera. Las cifras de los
censos de Lima de los años 1908, 1920 y 1931, ju n to con inform a­
ción de los Boletines M unicipales de Lim a y las M emorias de la
M unicipalidad de Lima nos perm iten ver, aunque desde lejos, as­
pectos im portantes de la vida cotidiana de la m ujer, com o p arte de
u n sector social. Profundizarem os esta visión de un sector social
entero con el testim onio oral de unas cuantas m ujeres. Con las en­
trevistas, pondrem os carne y sangre al esqueleto estadístico.

ESTADO CIVIL

En térm inos de estado civil, hay que señalar dos p u n to s


claves: el alto porcentaje de parejas convivientes, con la consecuen­
te tasa alta de ilegitim idad; y la diferencia entre las edades de casa­
m iento del hom bre y de la m ujer.
En prim er lugar, los censos indican una proporción baja de
m atrim onios. En cada uno de los tres años censales 1908, 1920 y
1931, entre un tercio hasta la m itad de la población m ayor de 14
años se autodistinguía com o soltero (ver Cuadro 1, Estado Civil en
Lima: Los tres años Censales).* Y com o es obvio, con esta alta tasa

Ver A n ex o E stad ístico en pág. 29 a 43.

17
de solteros de ambos sexos, hay una correspondiente alta tasa de
nacim ientos ilegítim os —alrededor del 5 0 °/o a lo largo de la época
(ver Cuadro 2, Condición Civil de Nacidos).
Convivencia era la m anera más com ún de vivir y construir
u n a fam ilia dentro de la clase obrera. Según vemos en el Cuadro
3, Estado Civil en 1908, según las Razas, la proporción de solte­
ros autoclasificados es m uy alto para hom bres de las razas in d í­
gena y negra, las razas característicam ente obreras. Según el censo
de 1908, el
núm ero de familias definitivam ente construidas (es) in­
m ensam ente superior a la cifra de m atrim onios. . . en nues­
tro bajo pueblo, el hogar ilícito, no sancionado por la ley
eclesiástica o la civil, se ofrece al que lo estudie con más
frecuencia que el hogar lícito (2).
Convivencia era com ún en la clase obrera en parte porque
el acto de casarse no daba ningún apoyo económ ico a la pareja.
Com o verem os en las entrevistas, la relación entre hom bre y m ujer
estaba caracterizada p o r la gran im portancia de consideraciones
económ icas en lugar de otros valores de com prensión y afecto.
Al considerar las cifras, hay que considerar el efecto de
convivencia en la m ujer que vivía en una sociedad que prem iaba la
virginidad fem enina y el m atrim onio. Convivencia no necesaria­
m ente indica una m ujer que está abandonada por su hom bre; más
bien puede indicar una inestabilidad familiar y la im potencia de la
m ujer para reclam ar sus derechos legales y económ icos.
Se puede apreciar el dilem a psicológico de la m ujer frente
al com prom iso exam inando las cifras de viudas (ver cuadro 1 V La
población de Lima se auto-clasificó en los censos de 1908, 3'.,20 y
1931, y era posible representarse com o uno quería. En cada uno
de los tres años censales, hay de dos a cuatro veces más mujeres
viudas que hom bres viudos. Decir que una es viuda puede ser una
m anera más respetada para decir que es m ujer con hijos, pero sin
hom bre presente. Las cifras pueden indicar norm as sociales que
exigían el m atrim onio para la m ujer que a su vez vivía u n a realidad
m uy distinta.
Las cifras en cuanto a la edad de los contrayentes de m a­
trim onio son un aporte más a la descripción de los varios elem en­
to s de la opresión de la m ujer (ver Cuadros 4, 5 y 6, M atrim onio

(2 ) Censo d e la Provincia de L im a (Lim a, 1 9 0 8 ), p. 8 2 .

18
según Edades de C ontrayentes). En más del 7 5 °/o de los casos, el
hom bre lleva unos diez años a la mujer.
Estas cifras indican una situación en la cual el hom bre pro ­
bablem ente ejercía una m ayor autoridad para dirigir la vida y ac­
ciones de la m ujer a raíz de su m ayoría de edad. La mujer, res­
tringida y dom inada por su padre en la niñez, pasa con la convi­
vencia o el m atrim onio, a la misma situación de subordinación con
otro hom bre m ayor que ella, su m arido. Irónicam ente aunque la
m ujer obrera fuera m enor que su esposo en la m ayoría de los ca­
sos, ella no po d ía vivir el sueño de ponerse en las manos de un
hom bre p ro te c to r para vivir siempre tranquila. Ella ten ía que tra ­
bajar desde m uy joven y enfrentar un m undo difícil sin la protec­
ción económ ica atribuida a un hom bre mayor.
Estas cifras sobre m atrim onio reflejan una pequeña parte
de una sociedad en la cual la convivencia dom inaba. Pero la infor­
m ación presenta pautas significativas en cuanto a la conform ación
de la pareja que puede extenderse a las parejas que no se casaron.

ALFABETISMO

Para el p eríodo 1900 a 1930. la tasa de alfabetism o es alta


y generalm ente igual entre hom bres y m ujeres, (ver Cuadro 7, Al­
fabetism o en Lima: Los Tres Años Censales). Cerca del 7 0 °/o de
la población podía leer y escribir. Esta inform ación refleja que an­
tes de la gran ola de m igración de la Sierra, que solam ente com ien­
za a notarse en la últim a década del período, el sistema educacio­
nal cubría las necesidades básicas de una población relativam en­
te pequeña. La alta tasa de alfabetism o tam bién indica que la gran
m ayoría de la población, hom bres y mujeres igual experim enta­
ban la misma enseñanza y las mismas im portantes lecciones de so­
cialización.

TRABAJO

La consideración de las cifras sobre la m ujer en el trabajo


es fundam ental para el estudio de la m ujer obrera. Es esencial se­
ñalar no solam ente la naturaleza única del trabajo fem enino, sino
tam bién los cam bios en la concentración de mujeres en varios sec­
tores de trabajo a través de la época.
Hay una advertencia m uy im portante que hacer antes de
considerar las cifras de los c e n so r Muchos estudios del trabajo de
la m ujer en la actualidad enfatizan la naturaleza eventual e infor­

19
mal del trabajo fem enino. Esos estudios indican que la m ujer tra ­
baja en más de una ocupación. La m ujer que se auto-clasificaba co­
mo lavandera la noche que se to m ó el censo de 1908 p o d ía haber­
se levantado la m añana próxim a para ir a una casa particular para
lavar y tam bién cocinar. Por la tarde cüando llegara a su casa, p o ­
d ía haber preparado u n a to rta p a ra venta en la calle. Esta m ujer
entonces sería no solam ente lavandera, sino cocinera y vendedo­
ra tam bién.
Este problem a de la auto-identificación es aún más agudo
cuando tratam os de conocer la vida y el trabajo de la m ujer que se
identificaba com o “ sin profesión” (en los censos de 1908 y 1920),
“ sin datos” (en 1920), o que se ocupaba en “ labores dom ésticas”
(en 1908 y 1920) o “ cuidado del hogar” (en el censo de 1931).
Las palabras “ am a de casa” y “ labores dom ésticas” ocultan un
m undo de pequeños trabajos y servicios inform ales no reconoci­
dos como la ocupación principal, pero que pueden ser el único
ingreso fijo en la familia. Solam ente el testim onio oral puede ayu­
dar a superar estas lim itaciones en nuestra visión de la m ujer en el
trabajo.
No obstante estas lim itaciones sabem os que a través fie la
época, por lo m enos u n tercio de la población económ icam ente
activa eran mujeres (ver Cuadro 8, Población E conóm icam ente
Activa Masculina y Fem enina en Lima: Los Tres Años Censales).
Estas cifras incluyen solam ente m ujeres que se clasifican en tra ­
bajos formales rem unerados. D entro de este m undo de trabajo la
m ujer m ayorm ente se dedicaba a servicio, haciendo las labores
tradicionalm ente fem eninas de lim piar, coser, cocinar y cuidar a
niños. Se dedicaba a los oficios aprendidos en su casa desde la ni­
ñez para el trabajo rem unerado fuera del hogar. Por presión eco­
nóm ica, la m ujer obrera te n ía que salir de su casa para trabajar, pe­
ro seguía en la misma categoría de actividad (ver Cuadro 9, Par­
ticipación Fem enina por Sector de Trabajo).
Según los censos, las profesiones con m ayor participación
fem enina eran corte y confección (2 2 .8 6 °/o de la Población Eco­
nóm icam ente Activa Fem enina en 1931), servicio dom éstico
(18.12o/o), lavado y planchado (1 4 .5 9 °/o ), cocina (9 .5 9 °/o ), y
com ercio (3.93°/o). Las categorías de em pleada (3 .2 1 °/o ), religio­
sa (2 .2 2 °/o ), estudiante (13.05), y profesora (3 .3 0 °/o ) tam bién
m uestran un alto porcentaje de m ujeres (ver Cuadro 10, O cupa­
ciones con la más alta participación de la población económ ica­
m ente activa fem enina: Los Tres Años Censales). La categoría de
corte y confección incluye los oficios de bordadoras, camiseras,

20
chalequeras, m odistas, sastres y som brereras, y no sabem os hasta
qué p u n to incluye a m ujeres que cosían en sus casas haciendo tra ­
bajos eventuales.
Algunas ram as de em pleo eran casi exclusivam ente fem eni­
nas. En 1908, las ocupaciones con más del 50o/o de m ujeres eran
costureras, telefonistas, amas de leche, amas de llave, cocineras,
lavanderas, dom ésticas, planchadoras, enferm eras, obstetrices y
m eretrices. La categoría “ sin profesión” era representada m ay o r­
m ente p o r m ujeres y esa clasificación puede indicar que la m ujer
ten ía una m u ltitud de trabajos inform ales.
Las alternativas de trabajo para la m ujer eran m uy lim itadas
Un análisis de m atrim onios p o r profesión de los contrayentes sir­
ve com o buen ejem plo. Las m ujeres que se casaron en 1907 (427
en to tal), eran agricultores, cocineras, costureras, cigarreras, d o ­
m ésticas, jornaleras, em pleadas, fruteras, institutrices, lavanderas,
m odistas, vendedoras y “ sin d a to s” —amas de casa o m ujeres con
em pleo inform al y eventual. Estas 13 categorías se com paran con
las 56 categorías de trabajo varonil en la m uestra. En este ejem plo
hay 4 veces más tipos de trabajo abiertos al hom bre que a la m ujer.
Sin em bargo, hay que n o tar que el cam po de trabajo ta m ­
bién era restringido para el hom bre de la clase obrera. Era m uy co ­
m ún que los hom bres siguieran a sus padres en la selección de un
trabajo, y esas lim itaciones eran aún más notables en los casos de
ciertos grupos raciales de la clase obrera. Com o n o ta Susan Sto-
kes en su estudio sobre los negros, el trabajo del hom bre de esta ra­
za se lim itaba a unos 5 ó 10 em pleos d en tro de u n sistem a de com ­
padrazgo y racismo. Eso era aún más m arcado en el caso de la m u ­
jer negra. El análisis de los em pleos de este grupo no sólo nos
m uestra que ellas estaban restringidas a un grupo de em pleos tra d i­
cionalm ente fem eninos, sino que aún dentro de este grupo, ella su­
fría una restricción a trabajos de bajo prestigio p o r su origen racial
(ver Cuadro 11, Ocho Profesiones con más de 50 Mujeres Negras
en el A ño 1908). 7 2 .5o/o de las m ujeres negras en la población
económ icam ente activa trabajaban en ocho profesiones de poco
prestigio, m ientras que solam ente 5 8 .2 °/o de las m ujeres indias,
5 3 .2 °/o de m ujeres m estizas, 1 9 .7 °/o de m ujeres am arillas y
1 3 .0 °/o de m ujeres blancas ten ía n em pleo en estos oficios. Hay
una alta concentración de m ujeres negras en lavado (3 3 .1 ° /o de
las m ujeres negras eran lavanderas), en cocina (1 5 .3 o /o ) y en em ­
pleo dom éstico (1 1 .7 °/o ), m ientras que hay una alta concentra­
ción de m estizas en las categorías de costura (2 0 .6 o /o ) y am a de
casa (2 2 .1 °/o ). Estas cifras m uestran que después del valorizado

21
trabajo en fábrica, la costura tenía más prestigio, m ientras que el
trabajo en lavado, cocina y em pleo dom éstico era m enos prestigio­
so.
La época del estudio —1900 a 1930— es un período de
grandes cam bios en Lima y en la estructura de la fuerza de tra b a ­
jo. Estos cambios son visibles en las concentraciones de mujeres
en trabajos a través del período.
Las mismas ocupaciones fem eninas salen en cada uno de
los tres censos, pero hay cambios interesantes en los porcentajes
de participación, (ver Cuadro 10). D urante los tre in ta años estu­
diados, se ve u na baja en el porcentaje de la población fem enina
económ icam ente activa (PEA fem enina) en lavado, costura, plan­
chado y cocina. Hay un alza notable de m ujeres en servicio dom és­
tico, especialm ente en el censo del año 1931.
Estas cifras reflejan dos elem entos claves en la historia del
Perú y de Lima. El alza en el núm ero de m ujeres en trabajo dom és­
tico se explica en gran parte por la creciente m igración a Lima que
em pezaba con fuerza entre los años 1920 y 1931. Varios estudios
de servicio dom éstico indican que es el ram o de trabajo más co­
m ún entre m ujeres recién llegadas de la Sierra a la capital. Aún en
1908, las serranas ten ían la más alta participación en este em pleo;
3 9 .2 °/o de las dom ésticas eran serranas, m ientras que 1 5 .8 °/o de
mujeres negras y 34.1 o/o de m ujeres mestizas trabajaban en este
oficio, (ver cuadro 12 Profesiones de A lta C oncentración de Mu­
jeres Negras). Esta alza es una expresión num érica del fenóm eno
hum ano clave de la m igración a Lima. Trabajo en servicio dom ésti­
co era el trabajo en el cual la m ujer sufría el m ayor grado de explo­
tación y grandes núm eros de las m ujeres de la Sierra com partían
esa experiencia.
Los sectores de servicios e industrias y artes m anuales te ­
nían la tasa más alta de participación fem enina, y al final del pe­
ríodo, el sector de industrias sobrepasa el sector servicios (ver
Cuadro 9, Participación Fem enina por Sector de Trabajo: Los Tres
Años Censales). H abía un flujo del sector más explotado de servi­
cios, que incluía amas de leche, cocineras, lavanderas, dom ésticas
y planchadoras, hacia el m undo de trabajo más form al. Sin em ­
bargo, el sector de industrias y artes m anuales incluía m uchos ofi­
cios artesanales com o bordadora, canastero, florista, m odista,
som brerero y zapatero; estos sobrepasan largam ente el trabajo fe­
m enino en las fábricas. Como verem os en las entrevistas, las condi­
ciones de trabajo en pequeños talleres no eran tan to m ejores com o
los trabajos en servicio. Había m uy pocas m ujeres trabajando en

22
fábricas que gozaban de las ventajas del trabajo organizado, y, en
algunos casos, sindicalizado.
A pesar de la naturaleza más artesanal que industrial del
sector de industria, había una entrada notable de la m ujer a los
oficios formales. Un resultado del aum ento de presencia fem enina
en esta fuerza de trabajo más visible era la prom ulgación en 1919
de la ley 2851 Sobre Trabajo de Mujeres y Niños. La ley era una
respuesta al
aum ento considerable de las mujeres que trabajan, fenó­
m eno explicativo de la gran crisis económ ica de los hoga­
res pobres, donde para mitigar al ham bre, es m enester ena­
jenar los esfuerzos de la madre y las hijas (3). -
M ientras que se proclam ó que la ley era un ejem plo de “ al­
tísim o hum anitarism o y previsión social” (4) es m ucho más facti­
ble que la ley fuera una reacción a la crisis vigente en el Perú en el
año 1919, debido a la escasez de artículos de prim era necesidad y
las huelgas obreras estrem eciendo Lima.
Con to n o característicam ente paternalista, la ley señaló
que:
La cooperación de la m ujer y el niño en los diversos aspec­
tos de la actividad com ercial o fabril eleva cada d ía sus coe­
ficientes y hace po r lo mismo, más necesaria e interesante,
la intervención de los organismos adm inistrativos para que
la tu te la de la ley que tiende a defender de to d o peligro o
expoliación a esas clases trabajadoras (5).
La ley propuso proteger a la m ujer y el niño con las si­
guientes m edidas: fijó horas de trabajo para la m ujer y el niño m e­
nor de 18 años; prohibió el trabajo nocturno; fijó dos horas de
descanso diario; e institucionalizó el descanso dominical. Esta le­
gislación tam bién requería que la m ujer descansara antes de y des­
pués del alum bram iento y ordenaba que centros de trabajo con un
alto núm ero de m ujeres con hijos ten ían que proveer un lugar en
donde las m ujeres p o d ían atender a sus bebés m enores de un
año (6).

(3 ) Anales d e la Inspección d e Trabajo de Mujeres y N iños del Concejo


Provincial d e Lima, Genaro F. Salm ón, (Lim a, 1 9 2 4 ), p. II.
(4 ) Ibid., p. 27.
(5 ) Las Memorias de la Ciudad d e Lim a (Lim a, 1 9 2 5 ), p. 174.
(6 ) L o s B oletines Municipales d e la Ciudad de Lim a (Lim a, 1 9 2 0 ).

23
En la ley, hay poca m ención de m ujeres en trabajo even­
tual o en el sector de servicios. Hasta hoy d ía hay poca atención
legislativa para este tip o de trabajo que es en gran parte el m undo
del trabajo fem enino. Com o verem os en las entrevistas, la gran m a­
y oría de mujeres de la época ten ían trabajo eventual o en servicios
y sus condiciones de trabajo nunca estaban sujetas a reglam enta­
ción, ni ten ían sueldo fijo ni jubilación.

M ATERNIDAD

La m ujer obrera llevaba la carga de ser m adre y esposa en­


cima del peso de su trabajo. Com o verem os en las entrevistas, la
jornada de la m ujer obrera no era de unas meras 10 ó 12 horas, si­
no de 17 ó 18. Ella hacía el trabajo de cocinar, lavar, lim piar y
cuidar a su familia, en sus m om entos desocupados, en la m añana
tem prano antes de ir a su trabajo, o en la noche al llegar a su casa.
Si ella trabajaba a dom icilio, integraba sus quehaceres de esposa
y madre con el trabajo de la calle. Esta jo m ad a m atadora era ú n i­
cam ente experim entada por la m ujer obrera; el hom bre obrero su­
fría, por eso, un m enor grado de opresión.
La m ujer obrera em pezaba su vida com o m adre y esposa
m uy joven. En el año 1907, más del 50o/o de las m ujeres que se
casaron ten ían entre 12 y 25 años (ver Cuadro 4, M atrim onio
según la Edad de los C ontrayentes). Ellas em pezaban a tener rela­
ciones sexuales en estos años, d en tro de la pareja casada o aún más
com ún, en una relación de convivencia. Madres entre las edades de
21 y 25 daban a luz el núm ero más alto de hijos —30.94% de los
hijos nacidos en 1910 eran de m adres entre 21 y 25 años (ver Cua­
dro 13, M aternidad según la Edad de la M adre). Pero h ab ía m uje­
res que daban a luz hasta los 50 años y en núm eros im portantes
hasta los 40 años —7 .0 8 °/o de los hijos nacidos en 1910 eran de
m adres de 36 a 40 años. La vida de m adre com enzaba m uy tem ­
prano para la m ayoría de m ujeres y para m uchas, “ nunca term i­
naba” .
La m ujer obrera desem peñaba su rol de m adre dentro de
condiciones que po n ían en peligro no solam ente su vida, sino, y
en m ayor grado la vida de sus hijos. Ella h acía labores pesadas has­
ta unos días antes de dar a luz. El mismo trabajo de cargar y cui-

T exto de la ley 2851 “ Sobre el trabajo de Mujeres y N iñ o s” , 2 de


O ctubre, 1 9 2 0 . p. 7 3 6 3 .

24
dar a sus num erosos hijos la cansaba físicam ente, envejeciéndola
antes de tiem po. La altísim a tasa de m ortalidad infantil refleja
no solam ente las pésimas condiciones de vivienda, subsistencia y la
falta de atención pre-natal; tam bién indica que la m ujer estaba en­
cinta frecuentem ente sin ten e r la dicha de ver a sus hijos sobrevivir
más de cinco años. Com o verem os en las entrevistas, la alta tasa de
m ortalidad infantil ten ía un efecto profundo en la m ujer y no sólo
en térm inos físicos. Ver a sus hijos m orir por caucas que ella no
p o d ía cam biar le causaba un sentido de fracaso y tristeza p ro fu n ­
do que era com partido solam ente hasta cierto p u n to por el h o m ­
bre obrero.

MORTALIDAD INFA NTIL

Las cifras de m ortalidad infantil para la época son so rp ren ­


dentes y chocantes. Este fenóm eno refleja una m u ltitud de fac to ­
res que afectaban a la clase obrera con más fuerza que a o tro s sec­
tores de la sociedad. Al analizar las causas de la m ortalidad in fan ­
til, salta a la vista la falta de recursos para la clase obrera y la es­
pantosa pobreza que estorbaba la vida y llevaba a la m uerte. Com o
decía u n a autoridad m édica de 1906, p o r las condiciones de vida
la m ayor parte de estos niños están “ condenados a m orir antes de
vivir” (7). '
Era la m ujer más que cualquier otro la que te n ía que en ­
fren tar las frustraciones y dificultades de 9er pobre, com o la falta
de com ida y las condiciones de vida malsana. El hom bre p o d ía
escapar de estos problem as yendo a la calle, pero la m ujer, definida
en térm inos de la casa y sus hijos, sentía directam ente el peso de la
m ortalidad infantil y el conjunto de factores que la causaba.
La m ortalidad en los prim eros años de vida representaba
una gran parte de la m ortalidad general del p erío d o (V er cuadro
14, M ortalidad Infantil com o proporción de M ortalidad General).
La m uerte de jóvenes de 0 a 10 años c o n stitu ía el 4 6 .6 ° /o de las
defunciones en 1930. Un inform e publicado en Las M emorias de la
M unicipalidad de Lima en 1906 indicaba que las defunciones en
los prim eros cinco años de vida com ponían hasta 3 3 ° /o de la m or­
talidad general (8) y en 1925 se publicó el hecho de que la m o rtali­
dad de niños m enores de dos años co n stitu ía poco m enos que un

(7 ) Las M em orias d e la Ciudad d e L im a (Lim a, 1 9 0 6 ), p. III.


(8 ) Ibid, p. V.

25
tercio de las defunciones de m enores de edad (9). Los cuadros para
m ortalidad infantil indican que la m ayor tasa de m uerte es el
prim er año de vida (ver Cuadro 15, M ortalidad Infantil según Eda­
des: 0 a 5 Años y Cuadro 16, Gráfico de Cuadro 15). D entro del
prim er año, la gran m ayoría m orían dentro de los prim eros cuatro
meses (ver Cuadro 17, M ortalidad Infantil según Edades: 0 a 12
Meses, y Cuadro 18, Gráfico de Cuadro 17).
La m ujer se preocupaba por la com ida y el aseo del niño y
era la que lo cuidaba y tratab a de curarlo cuando padecía de la
m ultitud de enferm edades que am enazaban la vida de los niños de
la clase obrera. Las enferm edades más virulentas entre la población
infantil de Lima a lo largo de todo el p eríodo eran diarrea y enteri­
tis, bronco-neum onía, debilidad congénita, m eningitis, tuberculo­
sis, paludism o, saram pión, coqueluche, bronquitis y tétanos. La
enteritis m ataba a más de un tercio de los niños en casi todos los
años a lo largo del período.
La gran m ayoría de estas enferm edades estaban causadas
por las condiciones de pobreza de las cuales no se p o d ía escapar.
E nteritis, el “ re y ” de las enferm edades infantiles se originaba en:
defectos de alim entación, (y) la salud de las m adres se
halla m uy lejos de ser suficiente para la lactancia debido a
afecciones gastro-intestinales producidas por mala alim en­
tación (10).
Era la tarea de la m ujer buscar y preparar la com ida para
toda la fam ilia, pero los num erosos avisos sobre la m ala calidad de
la leche y escasez de otros víveres dificultaba su vida y la conde­
naba en cierto sentido al fracaso en cuanto a su rol com o m adre.
En 1906, el m édico inspector de la M unicipalidad docum entaba un
aum ento de m uerte infantil durante los meses de verano debido al
calor que “ descom pone la leche y da lugar a la en teritis” (11). La
m ujer que trabajaba afuera de su casa enfrentaba aún más proble­
mas para la alim entación de sus hijos. Es irónico que este mismo
m édico, salido de las clases acom odadas, inform ara que “ es la falta

(9 ) Las Memorias d e la Ciudad de L im a (Lim a, 1 9 2 5 ), p. X V V .


(1 0 ) L os B oletines Municipales de la Ciudad de L im a (Lim a, 1 9 0 3 ).
Junio, 20, 1 9 0 3 , p. 1 0 3 9 .
(1 1 ) Las Memorias de la Ciudad de Lim a (L im a, 1 9 0 6 ), p. iv.

26
de régimen en las m am adas la causante de enferm edad” (12), sin
buscar más las causas de esa “ falta de régim en” .
Insalubridad de la vivienda tam bién amenazaba la vida
de los niños, com o notaban las autoridades del período: “ la m ayor
m ortalidad (era) en los barrios malsanos y en las habitaciones so-
brepobladas” (13). Obviam ente estas condiciones de vivienda cau­
santes de la m ortalidad infantil afectaban más a la clase obrera que
a cualquier otra clase social, tal como explicaba este desdeñoso
com entario de la época:
Se encuentra un gran núm ero de callejones en los cuales las
personas habitan, con el más absoluto desconocim iento de
las triviales reglas de higiene; en cuartos pequeños y húm e­
dos, faltos de luz y de aire, viven hacinados una serie de in­
dividuos en los cuales hacen presa fácil y con m ayor razón
en los pequeños, todas las enferm edades (14).
Tam bién h a b ía peligros pre-natales que perjudicaban la vi­
da del infante. Según el inform e de 1906 acerca de la m ortalidad
infantil, “ la m adre, del pueblo se entiende, (está) mal alim entada y
viviendo en lugares antihigiénicos y entregada hasta el últim o m o­
m ento en sus ocupaciones habituales” (15). Por supuesto, los ins­
pectores m édicos de las clases acom odadas no buscaban más allá
las causas de estas condiciones de una vida espantosa. Como era
com ún en la época, este artículo culpaba a la poca'habilidad de la
m ujer obrera para cuidar a su hijo, com entando que había una
gran “ falta de conocim iento necesario para la crianza de ellos”
(16) entre la clase popular.
Insalubridad de vivienda, falta de alim entación de buena
calidad y falta de cuidado pre-natal eran factores que afectaban
a la dase obrera más que a otros sectores. Relacionando estos he­
chos a la más alta incidencia de convivencia en la clase obrera, no
es de extrañar que “ fallecieron en m ayor núm ero los ilegítimos:
nacen y crecen en m edio de la pobreza y faltos de cuidado y co-

(1 2 ) Ib id. p. V.
(1 3 ) L o s B oletin es Municipales d e la Ciudad d e Lim a (Lim a, 19 1 9 ).
D iciem bre 1, 1 9 1 9 . p. 7 3 4 8 .
(1 4 ) Las M em orias d e la Ciudad de Lim a (Lim a, 1 9 0 6 ), p. III.
(15) Ib id. p. IV.
(1 6 ) Ib id.

27

i
m odidades que rodean en general a los legítim os” (17). H asta en
el derecho a la vida, la clase obrera estaba m arginada.
El p u n to clave para recordar, frente a las cifras frías de
m ortalidad infantil y descripciones de vivienda y salud en general,
es que las norm as de la sociedad enseñaban que la vida de la m ujer
ten ía que girar en to m o a su casa y sus hijos. Por la pobreza en que
vivía, la m ujer obrera estaba condenada a pasar u na vida extrem a­
dam ente dolorosa, caracterizada po r un sentido de fracaso frente
a la ideología dom inante que no reflejaba la realidad que ella vivía.
Se puede apreciar aún más los sentim ientos e ilusiones de la m ujer
obrera después de considerar el m undo ideológico que la rodeaba.

(17) Ibid.

28
ANEXO ESTADISTICO

ESTADO CIVIL

Cuadro 1. Estado Civil en Lima: Los Tres Años Censales.

1908 1920 1931

H ° /o M «/o HO/o MO/o H o/o M o/o

Menor de 14 28.4 28.5 29.9' 29.5 33.9 34.3


50.4 40.8 46.2 40.0 41.9 36.0
Soltero
16.9 17.6 19.5 19.1 20.4 20.2
Casado
3.6 12.4 3.7 11.1 3.1 8.8
Viudo o Q
— ----- .O •O
Divorciado i
.7 .7 .7 .2 A .4A
Sin Datos
Total 100.0 100.0 100.0 99.9 100.0 100.0

Fuente: Censos d e Lima, 1908, 1921 y 1931

Cuadro 2. Condición Civil de Nacidos.

AÑO LEGITIMOS ILEGITIMOS TOTAL


NO o/o NO o/o

1901 1558 46.9 1758 63.1 3316


1902 1607 .45.4 1932 54.6 3539
1903 1712 47.6 1883 52.4 3595
1904 1754 47.8 1914 52.2 3668
1907 1705 48.0 1847 52.0 3552
1910 1930 48.0 2089 52.0 4019
1912 1820 47.4 2018 52.6 3838
1915 2177 48.3 2326 51.7 4503
1919 2603 53.5 2261 46.5 4864
1922 3654 52.7 3276 47.3 6930
1923 3655 54.5 3055 45.5 6710
1931* 1235 54.8 1017 45.2 2252

* N úm eros de prim er trim estre de 1 9 3 1 solam ente


Fuente: B oletines M unicipales, 1 9 0 1 - 1 9 3 1

29
Cuadro 3. Estado Civil en 1908 Según Las Razas.

MUJERES Menor de 14 Soltera Casada Viuda Sin Datos Total


No o/o No O/o No O/o No o/o NO o/o No o/o

BLANCA 8282 28.04 12375 41.89 5141 17.40 3614 12.23 128 .04 29540 99.60
MESTIZA 8005 33.11 9316 38.53 4013 16.60 2661 11.00 184 .76 24179 100.00
INDIGENA 2337 27.49 3596 42.30 1432 16.84 1062 12.49 74 .87 8501 99.99
NEGRA 820 20.57 1916 48.07 569 14.56 639 16.03 42 1.05 3986 100.00
AMARILLA 1 1.22 28 34.15 48 58.54 4 4.88 1 1.32 82 100.00
RAZA
INDEFINIDA 86 40.75 62 29.38 34 16.11 24 11.37 5 2.37 211 99.98

HOMBRES Menor de 14 Soltero Casado Viudo Sin Datos Total


No o/o No o/o No o/o No o/o NO o/o No 0/0

BLANCA 8247 37.10 9244 41.58 3941 17.73 654 2.94 145 .65 22231 100.00
MESTIZA 7963 34.14 10987 47.11 3442 14.76 824 3.53 106 .45 23322 99.99
INDIGENA 2861 22.32 7579 59.13 1810 14.12 495 3.86 73 .57 12817 100.00
NEGRA 789 29.62 1287 48.31 406 15.24 156 5.85 26 .97 2664 99.99
AMARILLA 41 .76 4531 83.86 610 11.29 164 3.03 59 1.09 5403 100.01
RAZA
INDEFINIDA 49 37.12 28 21.21 13 9.85 ------ ---- 42 31.82 132 100.00

Fuente- C enso de Lim a, 1 9 0 8 .


Cuadro 4. Estado Civil: Matrimonios según Edad de los Contrayentes.
ANO ■fcüJAD:
12-20 M
16-20 H 21-25 26-30 31-35 6-40 41-45 46-50 51 TOTAL

1903
M No 105 174 112 46 35 19 22 15 52Í
o/o 19.89 32.95 21.21 8.71 6.63 3.60 4.17 2.28 100.<
H NO 17 130 133 80 68 44 18 48 52Í
o/o 3.22 24.62 25.19 15.15 12.83 8.33 3.41 9.09 100.<
1907
M N° 114 143 78 31 35 13 9 2 42'
0/0 26.70 33.49 18.27 7.26 8.20 3.04 2.11 .47 100.Í
H No 21 112 116 62 40 24 . 20 32 42'
o/o 4.92 26.23 27.16 14,52 9.37 5.162’ 4.68 7.49 100.<

1910
M N° 120 171 123 48 47 13 11 6 53!
o/o 22.26 31.72 22.82 8.91 8.72 2.41 2.04 1.11 100.Í
H No 8 135 161 97 57 37 16 28 53!
o/o 1.48 25.05 29.87 18.00 10.57 6.86 2.97 5.19 100.<
1912
M No 151 177 107 50 41 21 12 13 57:
o/o 26.40 30.94 18.71 8.74 7.17 3.67 2.10 2.27 100.t

H N° 15 156 165 80 66 38 15 37 57:


o/o 2.62 27.27 28.85 13.99 11.54 6.64 2.62 6.47 100.1
1913
M N° 190 234 136 59 37 22 6 9 69:
o/o 27.43 33.77 19.62 8.51 5.34 3.17 .86 1.30 100.1

H N° 28 200 200 108 62 35 21 40 69:


o/o 4.04 28.86 28.86 15.58 8.95 5.05 3.03 5.77 100.<

1914
M NO 152 194 141 63 42 13 18 9 631
o/o 24.05 30.69 22.32 9.97 6.65 2.06 2.85 1.42 100.<
H No 19 166 179 105 60 40 16 47 63:
o/o 3.00 26.27 28.32 16.61 9.49 6.33 2.53 7.44 100.1

1915
M No 185 226 157 74 58 24 18 10 75;
O/o 24.60 30,05 20.88 9.84 7.71 3.19 2.39 1.33 100.1

H No 25 226 157 74 58 24 18 10 75:


° /o 24.60 30.05 20.88 9.84 7.71 3.19 2.39 1.33 100.1

H No 25 211 205 119 68 40 39 45 75:


o/o 3.32 28.06 27 .2 6 15.82 9.04 5.32 5.19 - 5.98 100.1

1924
M No 236 294 164 55 48 20 17 9 84;
o/o 28.00 34.88 19.48 6.52 5.69 2.37 2.02 1.07 100.1

H No 57 290 226 110 73 31 25 31 84;


o /o 6.76 34.40 26.81 13.05 8.66 3.68 2.97 3.68 100.1
N.b. Para 1924, los d ato s se refieren solam ente a los meses Enero-A gosto.
F uentes: B oletines M unicipales, 1903 -1 9 2 4 .
(Jj Cuadro 5. Estado Civil: Matrimonios según edad de Contrayentes, Gráfico de promedio de los porcentajes
Ni
en cada grupo de edad en Cuadro N ° 4.

EDAD 12-20 M
16-20 H 21-25 26-30 31-35 36-40 41-45 46-50 51

MUJER: 24.91 3 2 .3 1 2 0 .1 4 8 .5 5 7.0 1 2 .9 4 2.31 1.47


HOMBRE: 3.67 2 7 .5 9 -2 7 .7 9 -1 5 .3 4 1 0 .0 6 5 .9 7 3 .4 2 6 .3 8

Fuente: B oletin es M unicipales, 1 9 0 3 -1 9 2 4 .


Cuado 6. Estado Civil: Matrimonio Según Diferencia en Edades de Contrayentes

Año Hombre Mayor que Mujer Igual Mujer Mayor que Hombre Sin Datos Total

Más que 26 anos


Más que 26 años

21 a 25 años
16 a 20 años
11 a 15 años
6 a 10 años
5 años
a 20 años
a 15 años
6 a 10 años

21 a 25 años
1 a 5 anos

Igual de edad

TOTAL
TOTAL

1 a
11

16
1907 144 113 35 25 14 9 340 29 40 13 3 — — 56 2 427
°/o 42.4 33.3 10.3 7.4 4.1 2.6 100.1 — 71.4 23.2 5.4 100.0

1910 184 140 55 20 12 8 419 39 60 12 6 3 _ 81 - 539


O/o 43.9 33.4 13.1 4.8 2.9 2.0 100.1 — 74.1 14.8 7.4 3.7 —- 100.0

1913 235 184 63 30 11 12 535 64 64 25 3 2 —- 94 693


o/o 43.9 34.5 11.8 5.6 2.1 2.2 100.0 — 68.0 27.0 3.2 2.1 -- - 100.3

1914 222 164 68 33 14 6 507 42 67 13 3 _ —


83 632
o/o 43.8 32.3 13.4 6.5 2.8 1.2 100.0 — 80.7 15.7 3.6 — —- 100.0

1915 290 166 108 29 4 1 598 39 82 29 4 _ _ - 115 752


o/o 48.5 27.8 18.8 4.8 0.7 0.2 100.1 71.3 25.3 3.5 — -- - 100.0

Fuentes: B oletin es M unicipales 1 9 0 8 , 1 9 1 2 , 1 9 1 4 , 1 9 1 5 y R esum en de E stad ística, 1 9 1 5 .


ALFABETISMO
Cuadro 7. Alfabetismo en Lima: Los Tres Años Censales.

1908 1920 1931


H °/o M o/o H o/o M o/o H o/o M o/o

Menor de 6 12.7 12.8 13.2 12.8 13.5 13.5


Alfabetos 68.8 68.6 76.2 73.5 78.2 74.9
Analfabetos 16.3 17.0 9.7 13.1 7.9 11.3
Sin Datos 2.1 1.6 .8 .4 .3 .3
Total 99.9 100.0 99.9 99.9 99.9 100.0

Fuente: C ensos de Lim a, 1 9 0 8 , 1 9 2 0 y 1 9 3 1 .

TRABAJO
Cuadro 8. Población Económicamente Activa Masculina y Femenina en Lima:
Los Tres Años Censales.

AÑO HOMBRES MUJERES TOTAL


No o/o No o/o

1908 38,355 62.16 23,339 37.84 61,694


1920 72,345 64.20 40,330 35.80 12.675
1931 85,009 67.40 41,155 32.60 126,254

Fuente: C ensos de Lim a, 1 9 0 8 , 1 9 2 0 y 1 9 3 1 .

34
Cuadro 9. Participación Femenina por Sector de Trabajo:
Los Tres Años Censales.

1908 1920 1931


N° °/o No o/o No o/o

Agricultura
y Ganado 305 0.77 582 .75 453 .49
Industria y
Artes Manuales 7586 19.22 19,131 24.70 18,064 19.17
Comercio 1366 3.46 1849 2.39 4213 4.60
Transporte 45 0.11 132 .17 200 .22
Servicio 1139 2.29 8263 10.66 11,461 12.51
Propietario • 519 1.31 542 .70 1661 1.81
Empleado del
Gobierno 945 2.39 1019 1.31 2383 2.60
Profesiones
Sanitarias 120 0.30 311 .40 779 .85
Profesiones
Liberales 114 0.29 124 .16 394 .43
Educación 2115 5.35 4689 6.05 1441 1.57
Bellas Artes — — 99 .13 — —
Sin Clasifi­
cación 25,212 63.88 40,109 51.77 50,580 55.20
Población mayor
de 14 años 39,466 99.97 77,467 99.85 91,629 99.99

Total

Fuente: Censos de Lima, 1 9 0 8 , 1 9 2 0 y 1931.

35
Cuadro 10. Ocupaciones con la Más Alta Participación de la
Población Económicamente Activa Femenina (PEA Femenina):
Los Tres Años Censales.

1908 1920 1931


N° o/o No o/o No o/o

Corte y
Confección 7088 30.37 9961 24.70 9409 22.86
Lavado y
Planchado 5766 24.70 7131 17.68 6003 14.59
Doméstica 2387 10.22 4201 10.42 7458 18.12
Cocinera 2781 11.91 3574 8.86 3946 9.59
Empleada — — 2185 5.42 1320 3.21
Religiosa 846 3.62 824 2.04 922 2.22
Estudiante 1512 6.48 - - 5373 13.05
Comercio - — — - 1617 3.93
Profesora 540 2.31 633 1.64 1361 3.30
Total 20,920 28,539 37,409
o/o de PEA 23,339 89.61 40,330 70.76 41,155 86.97

Fuente: C ensos de Lima. 1 9 0 8 , 1 9 2 0 y 1 9 3 1 .

36
Cuadro 11**. Trabajo: Ocho Profesiones con más de 50 Mujeres Negras en el ano 1908.

Profesión Negras N° o/o Blancas o/o Mestizas °/o Indias °/o Amarillas °/o

Lavanderas 1062 33.1 1.1 18.4 17.2 6.2


Cocineras 491 15.3 .5 7.3 16.1 3.7
“Sin Profesión” 407 12.7 51.6 22.1 12.9 51.9
Domésticas 376 11.7 1.1 5.1 15.0 4.9
Costureras 185 5.8 9.9 20.6 8.2 4.9
Labores Domésticas 185 5.8 20.6 12.9 11.7 9.9
Agricultores 152 4.7 .2 .2 .8 —
Planchadoras 62 1.9 1.9 .2 1.6 —
Total 91.0 85.2 88.2 82.8 81.5

Total de Actividades
en la PEA * 72.5 13.0 53.2 58.2 19.7

* C ategoría es una indicación de qué porcentaje de las m ujeres en una determ inada raza trabajan afuera de
su casa.
** Cuadro preparado por Susan Stokes.
Fuente: C enso de Lim a, 1 9 0 8 .
Cuadro 12*. Trabajo: Profesiones de Alta Concentración de Mujeres Negras.

Año 1908

Profesión Negra ° /o Blanca °/o Mestiza °/o India o/o Amarilla °/o TOTAL

Agricultores 54.3 16.4 11.1 18.2 __ 100.0


Jornaleros 23.5 5.0 21.8 49.7 --- 100.0
Lavanderas 19.9 4.8 55.2 20.0 0.1 100.0
Cocineras 17.7 4.3 41.9 36.0 0.1 100.0
Domésticas 15.8 10.7 34.1 39.2 0.2 100.0
Planchadoras 15.1 10.6 60.9 13.4 --- 99.9
Empleados
de Comercio 14.9 41.9 14.1 29.0 __ 100.1
Amas de llave 13.6 18.4 42.2 25.9 --- 100.1
Industriales 9.1 16.1 53.7 21.1 --- 99.9
Comerciantes 6.2 54.0 8.0 31.9 --- 100.0
Meretrices 9.0 38.1 28.4 20.6 3.9 100.0
Amas de Leche 15.1 6.8 41.1 37.0 ---- 100.0
Tejedoras 5.7 22.3 60.5 10.8 0.6 99.9
Vendedoras
Ambulantes 5.5 2.2 38.0 54.2 ------ 99.9

* Cuadro preparado por Susan Stokes.


Fuente: C enso de Lim a, 1 9 0 8 .
Cuadro 13. MATERNIDAD: Nacimiento Según la Edad de la Madre.

AÑO EDAD DE LA MADRE


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O
*S
03 XA «
S , 2 8 8 '8 8 8 8 <g
• S
2
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S (O rH t£>r H C D
S t-i i m < m e o f f O T j í - ^ i í j i / i O E -1

1903
N ° de hijos 6 532 1137 967 562 299 69 14 2 86 3674
o/o 0.16 14.48 30.94 26.32 15.30 8.14 1.88 0.38 0.05 2.34 — 99.99

1910
No 46 834 1277 1044 465 291 36 5 - 113 — 4111
o/o 1.12 20.29 31.06 25.39 11.31 7.08 0.88 0.12 - 2.75 — 100.00

1915
No 1 168 1102 1233 798 599 283 136 98 148 945 5531
o/o 0.01 3.04 19.92 22.29 14.43 10.83 5.12 2.46 1.77 2.67 17.08 99.62
1919
No 17 1061 1618 1190 594 312 34 17 1 87 1508 6439
o/o 0.26 16.48 25.14 18.48 9.23 4.24 0.53 0.26 0.01 1.35 23.42 99.99

1924 +
No 620 721 159 10 43 1553
o/o 39.92 46.42 10.24 0.65 2.77 — 100.00

+ Datos para 1924 refieren a Enero a Agosto.


También las categorías eran diferentes: 12 a 20, 21 a 30, 31 a 40 y 41 a 50.
Fuente: Boletines Municipales, 1903-1924.
MORTALIDAD IN FA N TIL

Cuadro 14. Mortalidad Infantil como proporción de


Mortalidad General

Año Defunciones o a 5 años Defunciones Generales o/o Infantil

1901 1427 3901 36.58


1902 1591 4287 37.11
1903 1733 4435 38.85
1904 1385 4088 33.82
1905 1672 4316 38.74
1906 2126 4337 49.02
1912 1748 4813 36.32
1915 1876 4737 39.60
1919 2105 5897 35.70

Fuente: B oletines M unicipales, 1 9 0 1 -1 9 1 9 .

Cuadro 15. Mortalidad Infantil: Mortalidad Infantil Según Edades:


0 a 5 años

AÑO 0 a 1 1 a 2 2 a 3 3 a 4 4 a 5 TOTAL

1901 No 983 273 106 63 46 1427


o/o 65.73 19.13 7.43 4.41 3.23 99.95

1902 NO 1184 182 90 75 59 1591


o/o 74.42 11.50 5.66 4.71 3.71 100.00

1903 No 929 409 168 •91 107 1704


o/o 54.52 24.00 9.85 5.34 6.28 99.99

1904 NO 962 244 83 61 56 1407


o/o 68.37 17.34 5.90 4.34 3.98 99.99
1905 No 1124 335 94 74 45 1672
o/o 67.22 20.04 5.62 4.43 2.69 99.96
1912 No 976 395 138 97 89 1695
o/o 57.58 23.30 8.14 5.72 5.25 99.99
1915 No 1157 429 143 93 54 1876
o/o 61.68 22.87 7.62 4.96 2.88 99.99
1919 NO 1212 490 230 101 72 2105
O/o 57.58 22.28 10.93 4.80 3.42 100.00

Fuente: B oletines M unicipales, 1 9 0 1 -1 9 1 9 .


Cuadro 16. Mortalidad Infantil: Mortalidad Infantil por Edades 0 a 5.

Promedio de los Ocho Años Presentados en Cuadro No 15.

EDAD 0 a 1 1 a 2 2 a 3 3 a 4 4 a 5
o/o 64.21 20.18 7.65 4.84 3.93

Fuente: B oletin es M unicipales, 1 9 0 1 -1 9 3 1 .

41
Cuadro 17. Mortalidad Infantil: Mortalidad Infantil Según Edades:
0 a 12 meses.

AÑO 0 a 4 4 a 8 8 a 12 TOTAL

1901 No 481 268 189 938


° /o 51.28 28.57 20.15 100.0

1902 No 480 276 428 1184


o/o 40.54 23.31 36.15 100.0

1903 NO 460 288 181 929


o/o 49.52 31.00 19.48 100.0

1904 No 511 260 191 962


o/o 52.12 27.03 19.85 100.0

1905 NO 562 305 257 1124


o/o 50.00 27.13 22.87 100.0

1915 N° 502 334 321 1157


o/o 43.39 28.87 27.74 ' 100.0

1919 NO 529 343 341 1212


o/o 43.56 28.30 28.14 100.0
1931 No 170 139 72 381
o/o 44.62 36.48 18.90 100.0

F uente: B oletin es M unicipales, 1 9 0 1 -1 9 3 1 .

42
Cuadro 18. Mortalidad Infantil: Mortalidad Infantil por Edades:
0 a 12 Meses.

Promedio de los años presentados en Cuadro N ° 17

EDAD 0 a 4 4a8 8 a 12

o/o 47.00 28.84 24.16

Fuente: Boletines Municipales, 1901-1931.

43
EL CONTEXTO IDEOLOGICO

Las cifras frías de la estadística nos dan una visión de la vi­


da de la m ujer obrera en térm inos cuantitativos, pero para tener
una idea de cóm o pensaba de sí misma, y qué ilusiones y valores
tenía, hay que considerar el co n texto ideológico dentro del cual
ella crecía. He recurrido a varias fuentes para conocer la imagen
de “ la m ujer perfecta” desde las revistas de la m ujer de alta socie­
dad y autores de la época, hasta tex to s escolares y la letra del vals
criollo. Lo que salta a la vista inm ediatam ente es que esta visión de
la m ujer basada en condiciones y norm as de la clase alta era inal­
canzable para la m ujer obrera. La imagen de la m ujer suave y pro ­
tegida no ten ía nada que ver con la realidad áspera de la m ujer que
vivía con sus hijos en un cuarto del callejón y cosía para la calle en
todos sus m om entos libres.
No obstante, es im portante incluir este estudio de las im á­
genes de la m ujer en la literatura “ oficial” dentro de nuestro estu­
dio de la vida cotidiana de la m ujer obrera, porque el abismo entre
la imagen inalcanzable y la realidad de la m ujer obrera era o tra
faceta de la frustración y fracaso que sufría la obrera.
La imagen de la m ujer es un conjunto de ideas, conceptos
y prejuicios con m uchas diferentes caras. E xistían dicotom ías
clasistas entre la imagen de la m ujer de alta sociedad que ac­
tuaba “ con su corazón” , haciendo caridad, y la imagen de la
m ujer de la clase obrera que trabajaba con su cuerpo, com o
la costurera quien era esclva a la “ aguja m atad o r” (18). T am ­
bién existían paradojas ideológicas entre la m ujer buena, un
ser suave, afectivo y obediente, y la m ujer mala, despreciada
pero ten tad o ra al mismo tiem po.
Estos dos tipos de paradojas aparecían en las fuentes lite­
rarias que reflejaban las pautas ideológicas dom inantes con respec­
to a la mujer. Y no se quedaban allí, penetrando profundam ente
en la vida de la m ujer obrera.

LA M UJER - UN SER SENSIBLE Y SUAVE.

La Revista Fam ilia Ilustrada fue una entre varias de aquel


género de publicaciones “ dedicada a la m ujer” y proclam ó que en

(1 8 ) Educación Femenina, Teresa G onzález de Fanning (Lim a, 1 9 0 5 ),


p. 13.

44
sus “ páginas se reflejarán fielm ente todos los problem as de la vida
m oderna, ‘Fam ilia’... es la publicación del hogar y la m ujer lim e­
ña” (19). En realidad, la revista era sólo para algunas m ujeres lim e­
ñas, reflejando las cualidades prem iadas en la m ujer de la clase al­
ta.
Las cualidades fem eninas enfatizadas en la revista eran de
la m ujer am a de casa, una figura bella y un adorno que necesitaba
la protección de un hom bre. Una y o tra vez, señalaba el rol de la
m ujer com o m adre, siendo el cuidado de los hijos su deber m ás im ­
portante. . .
Como decía en un núm ero de 1919 en una cita m uy rep re­
sentativa sobre la familia:
esta asociación elevada. . . la Familia. . . (que incluye) la
protección de la m ujer, su sujeción al m arido y su fijación
en la casa. . . (desarrollando) la fidelidad y el dulce sen ti­
m iento tern u ra m aternal, así com o las virtudes dom ésticas
y la m enuda adm inistración que ta n to desarrolla en la m u­
jer la preocupación p o r detalle. . . Sólo esta noble asocia­
ción fue dado deslindar la fuerza física de la belleza; hacer
la castidad u n a virtud de la tern u ra y el p u d o r u n culto y
del sexo débil una soberanía (20).
La m ujer te n ía que convertirse en un adorno, un ser débil
que estaba dedicada a su casa y su propia belleza. E sta m ujer d e­
b ía interesarse en “ el problem a com plejo, im portante y sim pati­
quísim o de la m oda. . . La m oda, a la que obedecem os sumisas y
encantadas con to d a reverencia y com pleto abandono de nuestra
voluntad” (21). Bien-ordenada, con el tiem po y los recursos eco ­
nóm icos para poder arreglarse, la m ujer debía ser una fu en te de
“ alegría, serenidad y gracia” (22), adornar el hogar y enriquecer
el status de su esposo.
Pero ni aún la clase alta lim eña p o d ía protegerse de los
cam bios m undiales, y los m ovim ientos sufragistas en otros países
(principalm ente Inglaterra y Estados Unidos de N orteam érica) in-

(1 9 ) Revista Familia Ilustrada A ño I N ° 2 (Lim a, 1 9 1 9 ).


(2 0 ) 76 id.
(21) Ib id.
(2 2 ) Ib id.

45
fluenciando a la m ujer lim eña. Pero su respuesta a ellos era do p o ­
ner aún más énfasis en el rol tradicional de la m ujer y la imagen de
una persona sensible. F rente a las mujeres m anifestando en Í p. s ca­
lles a favor de sus derechos civiles, la lim eña de la clase alta procla­
m aba que la única actividad apropiada para la m ujer era el trabajo
caritativo, que era com patible con “ el suprem o encanto de gracia
y dulzura” (23) de la m ujer. E sto es pro d u cto de u n a ideología
que insiste que la m ujer es u n ser de em ociones y solam ente le per­
m ite dedicarse a trabajos apropiados a su fem inidad com o: “ cuida­
do de los enferm os, enseñar al que no sabe, auxiliar a los niños des­
validos. . . porque su reino es el reino de la bondad, de la belle­
za” (24).
Una excepción interesante a esta regla ideológica fue un
artículo en la misma revista que lam entaba la condición de la m u­
jer, diciendo:
envidiamos la suerte de los hom bres. Son ellos tan felices,
tan libres! Hacen lo que quieren y no corren el riesgo de
quedarse solteros, pueden escoger a la m ujer que les gus­
ta! (25).
A unque la autora reconocía hasta cierto p u n to las lim ita­
ciones im puestas a la m ujer por las norm as restrictivas de la socie­
dad, proclam ó que “ no nos quejem os tan to , no seam os tan ingra­
to s con la Providencia que nos hizo el presente de ser m ujer” (26)
y se consoló por com parar su situación con la del hom bre de la
clase popular: “ yo pregunto a m uchas m uchachas ricas y m im a­
das si quisieran cam biar su suerte por la de un jo rn a le ro ... res­
ponderían apresuradam ente que n o !” (27). La m ujer de la clase
alta, sintiéndose restringida por el hom bre veía com o peor la si­
tuación del hom bre obrero. Sin ninguna duda, ella nunca cam bia­
ría su posición acom odada po r la de la m ujer obrera que sufría no
solam ente opresión com o m ujer sino tam bién opresión de clase. En
una m anera inconsciente, la autora del artículo reconocía la do­
ble opresión de la m ujer obrera.

(2 3 ) R evista Familia Ilustrada A ño 1 N ° 3 (Lim a, 1 9 1 9 ).


(2 4 ) Ib id.
(2 5 ) Ib id.
(2 6 ) Ibid.
(2 7 ) Ibid.

46
La imagen de la mujer suave
y protegida nada tenía que
ver con la áspera realidad y
el desamparo que enfrenta­
ba la mujer obrera de la
época.
Sus palabras subrayan la paradoja clasista en cuanto a la
imagen de la mujer. La m ujer de la clase alta era una m adre sensi­
ble y bella m ientras que la m ujer obrera era una bestia de car­
ga, según esta ideología. La m ujer que com praba la Revista Familia
Ilustrada ten ía la ventaja económ ica de gozar de su “ gloriosa con­
dición que es m adre y esposa” (28), de ser suave y afectiva, sin
necesidad de trabajar fuera de su casa o lavar su propia ropa. El
trabajo que la revista recom endaba para sus lectoras era trabajo
caritativo que reforzaba los valores prem iados de afecto y sensi­
bilidad. Ella se concebía com o una m adre de to d a la sociedad
cuando hacía caridad. En cam bio, la m ujer obrera te n ía que tra ­
bajar y su empleo m anual no reforzaba directam ente ninguno de
los valores expresados por esas revistas vigentes en la sociedad
en general. En las entrevistas, la m ujer obrera explicaba que su
trabajo afuera de su casa era para sus hijos. Esa era la m anera m e­
nos conflictiva de tra ta r de alcanzar una imagen de la m ujer-m a­
dre que no te n ía base en su realidad.

LA M UJER - LA COQUETA LIMEÑA

Una de las imágenes más com unes de la m ujer lim eña del
pasado es la de la coqueta, la niña de la clase alta que gozaba de
una supuesta libertad para coquetear con los hom bres de su clase
antes de casarse. El costum brista y proto-antropólogo Abelardo
Gam arra (o El Tunante, su nom bre de plum a) era uno de los es­
critores que m ejor expresaba esa imagen de la m ujer. La coqueta
lim eña representaba la cara joven de la buena m adre y esposa ex­
presada p o r la Revista Fam ilia Ilustrada. Ella p o d ía divertirse te n ­
tando a los hom bres sexualm ente sin tem o r de perder su rep u ta ­
ción antes de que entrara al m undo de sensibilidad y seriedad de la
madre.
En un artículo titulado La limeña, El T unante señaló los
rasgos de la lim eña bella. Ellas eran “ musas verdaderas. . . niveas
palomas con dulces acentos de voz. . . de belleza subyugante. . .
(era) un sinónim o de gracia. . . sum am ente delicado” (29). La jo ­
ven era un adorno y todavía “ no entiende de tareas dom ésticas. . .
(sabe nada más que) dar ropa a la lavandera y pegar b o to n e s” (30).

(2 8 ) Revista Familia Ilustrada A ño I N ° 4 (L im a, 19 1 9 ).


(2 9 ) Rasgos d e Pluma, El Tunante (Lim a, 1 9 1 1 ), p. 5 a 6.
(3 0 ) Ib id, p. 12

1
Siendo joven, todavía no había entregado su sexualidad y juegos
tentadores para el rol afectivo pero tam bién serio de m adre.
La coqueta era una “ virgen viviente” (31) pero tam bién era
una seductora que ten ta b a a los hom bres en sitios com o el am bien­
te protectivo de la iglesia. Ella m ostraba “ languidez. . . y encanto,
sobre to d o cuando está arrodillada (en la m isa)” (32) pero cuando
“ la divina criatura está absorbida en sus oraciones, (tiene) un m o ­
do tan co q u e tó n ” (33). Ella ten ía la pureza de M aría y la te n ta ­
ción seductora de Magdalena al mismo tiem po.
Gam arra la describe con bastante sarcasmo, pero su com en­
tario reconoce la libertad de la joven aristocrática de coquetear y
ten ta r a los hom bres de su propia clase. Se ve aún más claram ente la
diferencia en imágenes y conceptos acerca de la m ujer de diferen­
tes clases cuando se considera el contraste entre la m ujer coqueta
de la clase alta y el dilem a de la m ujer que se prostituye.

LA M UJER - UNA EVA CAIDA

Al considerar la prostitución, vemos claram ente o tra cara


de la imagen de la m ujer. Por un lado ella era la m adre buena, pero
p o r otro lado, ella era la m ujer caída, la despreciada p rostituta. La
prostitución era la expresión más latente de la explotación eco n ó ­
mica de la mujer.
G am arra nos pintaba la imagen de la m ujer co queta de la
clase alta, pero en térm inos sexuales, ella era intocable, bajo la p ro ­
tección de su padre y herm anos. Cuando se casaba, ella se conver­
tía en un adorno lindo y m adre buena y se le negaba identidad
sexual. M uchos hom bres estaban acostum brados a buscar m ujeres
ya caídas y definidas en térm inos to talm ente físicos para sus de­
seos sexuales. La paradoja entre la m ujer buena que era un adorno
intocable y la m ujer mala que era una p ro stitu ta está ilustrada po r
el com entario en un inform e escrito sobre la prostitución en Lima
en 1910.
La opinión expuesta en el inform e es que los servicios
sexuales de la m ujer caída y mala servían para proteger la dulzura
y gracia de la m ujer buena. Señala la p rostitución com o “ una vál­
vula regularizadora y m antenedo ' ' ’ ' •■■■•

(3 1 ) Ib id. p. 10
(3 2 ) Ib id. p. 11.
(3 3 ) Ibid.
nes com o la fam ilia” (34). Para proteger esto, lo “ más sagrado de la
fam ilia” (35), el hom bre, “ siempre a m erced de los instintos carna­
les (busca) las m ujeres estériles y poliándricas que estarán dispues­
tas a la servidum bre del placer v o lu ptuoso” (36).
El inform e aceptaba la prostitución com o la tifoidea o la
peste bubónica que d eb ía ser reglam entada para m ejor proteger
a los clientes y a las vendedoras. La prostitución se consideraba
com o un “ accidente natural innato a la condición hu m an a” (37)
que solam ente necesita control y aseo com o cualquier o tra “ insti­
tución peligrosa” (38).
! Además de proteger a la fam ilia sagrada, el inform e procla­
m aba que o tra ventaja de la prostitución era que protegía “ una
servidum bre de indias con m enor preparación para resistir las exi­
gencias de la ju v en tu d ” (39), de ser violadas por sus patrones. Es
claro que aún afuera de la prostitución form al, la clase alta consi­
deraba a la m ujer obrera un objeto para servicio, hasta el servicio
sexual. Esta m ujer era un ser mil veces diferentes a la santa m adre
o herm ana tan adm irada y protegida por la ideología oficial.
La prostitución representa la explotación más aguda de las
mujeres quienes en su m ayor parte entraban a la “ mala vida” por
razones económicas. La actitud de la sociedad frente a la m ujer
p ro stitu ta era la expresión más áspera del desprecio hacia la mujer.
Después de considerar la enseñanza estricta que recibían las m u­
chachas de la época, será obvio que la m ujer sólo entrará a la pros­
titución po r presión económ ica.

LA M UJER - UNA NIÑA BUENA

Los libros de m oral y urbanidad, instrum entos básicos de


la educación prim aria en todas las clases sociales, enseñaban a la
juventud de la época las cualidades de la m ujer ideal. Estas cuali­
dades estaban m ejor representadas en la llam ada “ niña buena” .

(3 4 ) La P rostitución en la Ciudad de Lima, Pedro Dávalos y Lissón.


(Lim a, 1 9 0 9 ), p. VIII.
(3 5 ) Ibid. p. 1.
(3 6 ) Ibid. p. 2 .
(3 7 ) Ibid. p. 1.
(3 8 ) Ibid. p. V I.
(3 9 ) Ibid. p. 8 .

50
Ella era un ser sumiso y protegido quien debería llegar a ser una
buena madre. Ella se m ovía dentro de un m undo de jerarquía r í­
gida, obedeciendo las reglas estrictas de m últiples autoridades.
Aunque siem pre existirán los que desobedecían las reglas,
estas creencias expuestas en los libros de urbanidad indican valo­
res prem iados de la m ujer e indican conflictos que ten ían que ha­
ber existido entre la enseñanza formal y la realidad de la m ujer
obrera.
Uno de los m anuales más im portantes de la época fue N o­
ciones de Moral y U rbanidad por Manuela Felicia Gómez, escrito
en 1913. El libro presentaba un m undo altam ente jerarquizado en
el cual la persona que no cum plía con las reglas sería necesaria­
m ente marginada. La urbanidad “ nos da reglas para conducirnos
convenientem ente con las diferentes clases sociales, porque en la
sociedad serem os rechazadas si no nos portam os con decencia” (40).
La niña buena era un ser sumiso y pasivo. D entro de la fa­
milia, la m ujer, sea herm ana, esposa o hija estaba sujeta a la a u to ­
ridad de un jefe, y los “ niños no tom arán la palabra si no son auto­
rizados por los superiores” (41). En la sociedad en general, ella,
com o sus herm anos, debía respetar a los profesores, sacerdotes y
autoridades políticas. La m ujer siempre estaba subordinada a una
figura varonil de autoridad.
Muy ilustrativo para m ostrar el énfasis en la pasividad de
la m ujer es la sección sobre juegos. Las niñas buenas debían poner­
se “ com placidas, aunque no seamos favorecidas por la suerte. Cual­
quier enfado por nuestra parte es señal de una educación descui­
dada que nos hace desagradables a la sociedad. . . Sujetarem os
nuestros gustos a los de la generalidad de las personas con quienes
nos hallam os” (42). Esta enseñanza creaba a una m ujer que acep­
taba el m altrato sin protestar, sea el m altrato de su patrón, su es­
poso o la sociedad entera.
Esta niña tranquila necesitaba sobre todo protección y por
supuesto, la independencia no era un valor positivo. Familias con
dinero ten ían el lujo de “ encerrar a sus hijas en colegios de monjas
para que no paseen en las calles” (43). Y com o veremos en el tes-

(4 0 ) N ocio n es d e Moral y Urbanidad, Manuela Felicia G óm ez.


(Lim a, 1 9 1 3 ) p. 2 9 .
(4 1 ) Ib id. p. 43 .
(4 2 ) Ibid. p. 44 a 45.
(4 3 ) Educación Femenina, Teresa G onzález de Fanning. p. 16.

51
tim onio oral, el deseo de “ proteger la inocencia virginal de sus hi­
jas” (44) era un ideal de todas las clases sociales.
Este afán de proteger a la m ujercita tra ía com o resultado
la imposición de m uchas restricciones. H abía gran preocupación
por la selección de amigas, por “ los males que una mala amistad
puede ocasionar a una niña inocente” (45). H abía que evitar los
malos m odos de las amigas, y cuando una niña salía a la calle, es­
taba prohibida de “ hablar o reírse con escándalo y se prohibía
detenerse en lugares donde hay desórdenes” (46). En la escuela,
una niña buena debía “ estar con las m anos y pies quietos, así co­
mo el resto de su cuerpo” (47).
El rol de la buena niña era de convertirse en una buena
m adre, porque “ la familia es la base de la sociedad” (48) y “ des­
tinada por la naturaleza. . . (ella) pasa de hija unas veces a ser ma­
dre y esposa” (49). Ella debía “ conservar y fom entar la tranquili­
dad del hogar dom éstico con suave trato. . . y m antener satisfe­
chos a los que nos ro d ean ” (50). Ser m adre era lo más im portan­
te que podía hacer una m ujer según la ideología im perante, y “ de
ella depende la suerte de la familia, ese laboratorio de hombres
de donde han de salir los ciudadanos” (51). La buena m adre era un
ser pasivo, dulce y suave que sacrificaba sus deseos ante las necesi­
dades de los demás.
La buena m adre se quedaba en su casa, creando una at­
m ósfera tranquila y lim pia para el hom bre que venía de la calle,
y había que “ tener gran esmero en m antener en perfecto orden y
con limpieza nuestra persona, nuestros vestidos y las habitacio­
nes” (52). Pero estas pautas estaban escritas para las clases acom o­
dadas y eran una imagen casi inalcanzable para la m ujer de la clase
obrera. La niña que com partía una o dos piezas con to d a su fami-

(4 4 ) Ib id. p. 17.
(45) Ibid. p. 20.
(4 6 ) Nociones d e Moral y Urbanidad, Manuela F elicia G óm ez, p. 32
(47) Ibid. p. 35.
(4 8 ) Ibid. p. 14.
(4 9 ) Educación Femenina, p. 3.
(5 0 ) N ociones de Moral y Urbanidad, p. 28.
(5 1 ) Educación Femenina, p. 14.
(5 2 ) N ociones de Moral y Urbanidad, p, 23.

52
lia en un callejón descuidado d eb ía haberse sentido no solam ente
confundida sino tam bién alienada por estos principios. Desde las
primeras enseñanzas, era sum am ente difícil para la m ujer obrera
satisfacer estas norm as sociales.
La filosofía de la educación de m ujeres, tam bién reforzaba
las diferencias entre clases. Educación Fem enina, escrita por T ere­
sa González de Fanning, en 1905, es m uy im portante en el estudio
de la historia de la m ujer peruana, porque Fanning era una de las
primeras mujeres que fom entaba la educación para m ujeres de t o ­
das clases, incluso de la m ujer obrera, que antes parecía estar olvi­
dada por el sistema form al de educación.
Fanning recom endaba que:
la hija del pueblo (aprende) la cocina, la encuadernación,
la hojalatería, y tin te ría (para que estas enseñanzas útiles)
les provean los m edios de subsistencia (que) habría de ga­
nancia para la clase popular (53).
e insistía que “ la instrucción debe estar en relación con las a p titu ­
des y necesidades de la educanda y con el m edio social en que ha
de vivir” (54). Según su com entario, h ab ía una dico to m ía entre
mujeres de diferentes clases. Fanning propuso que la m ujer obrera
recibiera una educación que la ayudara a encontrar trabajo, y que
la mujer de la clase acom odada recibiera una educación para ser
madre de futuros ciudadanos. Esta d ico to m ía que expresaba F a n ­
ning ponía a la m ujer obrera en una posición subordinada en el
taller, y en su casa; y le negaba el rol afectivo de m adre que la m u ­
jer de la clase alta p o d ía gozar.

LA MUJER: SUS MULTIPLES CARAS EN EL VALS CRIOLLO

El estudio del vals criollo nos presenta otras m anifestacio­


nes de la imagen de la m ujer, y es particularm ente im p o rtan te in­
cluirlo en un trabajo sobre la m ujer obrera porque el vals es una
expresión propia de la clase obrera, m ientras que las otras fuentes
consideradas provenían de la clase alta. Escrito por hom bres en
su m ayor parte, el vals criollo surgió en los barrios populares de Li­
ma a principios del siglo. C onstituye casi la única expresión direc­
ta que tenem os del hom bre obrero de la época: sus actitudes, va-

(53) Educación Femenina, p. 24 a 25.


(54) ¡bid. p 51.

53
lores y deseos. El vals dem uestra cóm o ciertas actitudes e ideales
de “ la m ujer perfecta” penetraba todas las clases sociales. Tam­
bién indica las profundas frustraciones y tristezas que elfracaso
en alcanzar estas imágenes expuestas por la clase alta creaba en
el hom bre y la m ujer obrera.
Los valses criollos escritos entre 1900 y 1930 nos presen­
tan m últiples caras de la m ujer. Ella puede ser una m adre bendita,
una bella encantadora, un ser que to rtu ra al hom bre por negarle
su am or, o una figura to talm en te despreciada y rechazada por el
hom bre. En los valses de esta época, hay un gran sentimentalis-
* mo acerca de la m adre. El vals M adrecita expresa la veneración de
la m ujer que cum ple con su deber de ser m adre:
Tus caricias y tus besos son sagrados,
yo te quiero, m adre m ía, más que a nadie,
tú sufriste, trabajaste po r mi vida
y cum pliste el deber que Dios te dio. . .
lo más grande en el m undo
es el am or m aternal (55).
O tra expresión de la veneración a la m adre es la tristeza del
hom bre que no te n ía m adre en su niñez, com o vemos en el vals,
Am or de Madre:

Jam ás he conocido
lo que es am or de m adre
por eso es que yo envidio
la suerte de los seres
que Dios los ha prem iado
con caricias de Madre;
al fin yo soy un huérfano
capricho al destino
estrella de mi vida
que así Dios designó. . .
Y o quisiera ten er madre,
para poderla besar;
yo quisiera ten er m adre
para poderla adorar (56).
Estas letras prem iaban a la m ujer que po d ía cum plir con su
rol, y el vals A m or de Madre no sólo expresa el sentido de fatali­
dad del hom bre, sino tam bién p o d ía haber creado un sentido de

2 0 0 Valses Criollos A n tigu os y M odernos (Lim a, 197 1), p. 96.


i ■ > ( ' . Ibid. p. 81.

54
culpabilidad en la m ujer que no po d ía alcanzar la imagen de la m a­
dre perfecta por razones económ icas.
Tam bién encontram os en el vals la imagen de la m ujer be­
lla y suave. Ju n to con la imagen inalcanzable de la m adre, estas
letras creaban norm as imposibles para la m ujer obrera. El vals
Amelia describe los encantos de una m ujer perfecta:
En m edio del bosque su base levanta
una linda choza al pie de un arroyo,
ahí vive mi Amelia, mi anhelo, mi amada
todita mi dicha, to d a mi tesoro. . .
Su alma casta y pura no m anchó el amor. . .
Bendita tú seas, hada de los bosques
diosa del m artirio, bello ángel de amor;
hoy que tú me amas, tú nom bre tan puro
grabaré, yo, Amelia, en mi corazón (57)^
Los autores del vals atribuían calidades sobrenaturales a la
mujer. Por ejem plo, el vals Bello es Amar:
Era mi encanto en quien coloqué
todo sentido y am or sin igual
repito y digo que ella siempre diosa fue
dolo mío, m ujer celestial! (58).
En algunos valses, se encuentra la ilusión que la m ujer ado­
rada puede salvar la vida y la suerte del hom bre. Por ejem plo, en el
vals Historia de mi Vida, la m ujer supuestam ente puede hacer to ­
do para hacer feliz a su hom bre:
Eres el am or con que soñé
eres la ilusión que me forjé
eres tú , m ujer, para mi vida
la prenda más querida
la más tierna ilusión.
Traes el am or que imaginé,
traes la pasión que adiviné
y eres tú , m ujer,
lo que más quiero
porque eres el lucero
de mi atardecer (59).

(57) Ibid. p. 17.


(58) El Cancionero d e Lim a N ú m ero 87 (Lima, año ?), p. 10-11.
(59 i 20 0 Valses Criollos A n tig u o s y Modernos, p. 115.

55
En m uchas canciones, descripciones de la beldad de la m u­
jer están mezcladas con sentim ientos de resignación por parte del
hom bre que no puede conquistarla. Si la m ujer no acepta su am or,
el hom bre se resigna a su destino. El solam ente dem uestra dolor y
tristeza en este tip o de vals criollo. Este sentido de resignación y
la falta de rencor hacía la m ujer están expuestas en el vals Destino:
En tus caricias vi un ideal
mi paraíso terrenal
y to d o para qué. . .
te vas. . . am or que nunca
en mi vida tendré. . .
Lentam ente tu voz
me da en el adiós
m ortal impresión,
mas te agradezco el favor
por tantas dichas idas. . .
Con los fracasos de una y otra vez
y ante un triste porvenir
sdlo mi destino es
pensar en t í (60).
En algunos valses, el hom bre atribuye a la m ujer el poder
de decidir su destino, por ejem plo, en el vals A nita:
Feliz seré y entre tus brazos me enterneceré,
y a los acordes de un m odesto vals
la dicha entera te la brindaré.
Anita, ven a acariciarme com o anhelo yo,
si tú com prendes bien la realidad,
¡ay! no atorm entes por piedad mi ser (61).

Supuestam ente, la m ujer puede controlar el destino del


hom bre, como podem os ver en el vals M echita:
M echita tú bien sabes
lo m ucho
lo m ucho que te quiero
por eso
por eso te ruego
no me hagas sufrir más (62).

(6 0 ) Ibid. p. 36
(6 1 ) Ibid. p. 55
(6 2 ) Ibid. p. 67.

56
Su resignación y tristeza le traen al punto de no querer vi­
vir, pero el hom bre no dem uestra rencor hacia la m ujer; por ejem ­
p lo , en el vals M oraima:
Pero es imposible
y amargo es mi sufrir
mi alma está perdida
y no quiero vivir (63).
• La expresión quizás más fuerte de la desesperación del
hom bre al no recibir el am or de su m ujer es el vals Idolo:

¿Por qué quitarm e quieres


la pena de m atarm e?
Por qué m ujer, ¡oh ídolo!
quieres m artirizarm e.
Deja que yo m uera
y que en paz descanse
anota que soy hom bre
q u e con tu am or m ataste (64).
Estos valses de la tristeza del hom bre cuando su relación
am orosa no resulta son una indicación de su frustración y resigna­
ción al fracaso. Pero en otros valses, el hom bre reacciona con ren­
cor y odio co n tra la m ujer que le niega am or. Aunque odio no es la
reacción más frecuente, es im portante considerarlo porque d e ­
m uestra u n a situación en la cual la m ujer es la víctim a de las fru s­
traciones del hom bre. El am or que el hom bre te n ía para la m ujer
se convierte en un odio feroz, por ejem plo, en el vals El H uerto de
mi Am ada:
No sé por qué recuerdo con algo de tristeza
las hieles que el destino me supo deparar
y el efecto m entido que ta n to idolatraba
ha convertido en odio mi férvido adorar (65).
Tam bién se ve la conversión de am or a odio en el vals Pa­
sión y Odio:

(6 3 ) Ib id. P 7 0 .
(6 4 ) Ib id. P- 140
(6 5 ) Ibid. P- 4 .

57
Hoy odio a la m ujer
que antes idolatré. '
Mi cariño le d i
a esa mala m ujer
que no supo apreciar en mí
la lealtad de un querer.
La m aldad de este ser
ha llegado a inspirar en m í
gozar de la m ujer
y el corazón nunca entregar (66).

Cuando la relación am orosa fracasa, el hom bre echa la cul­


pa a la mujer. Su odio se ve abiertam ente expresado en el vals Q ui­
siera:
Cuando pienso en la cruel m ujer
quisiera contagiarle mi querer
y al verla vivir mi padecer,
gozar con su dolor,
con su llanto reír
y guardarle rencor
hasta verla m orir (67).
Es difícil imaginar una reacción más dura en el vals perua­
no, pero el vals A lejandrina expresa sentim ientos parecidos pero
con palabras aún más fuertes:
Tú acabas con la vida del que te amó
traidora, pervertida en el am or,
ingrata, sin conciencia de alma negra,
que hieres el más duro corazón.
Hoy te ves convertida en m ercancía,
has perdido la vergüenza de am ar
porque el destino ha sabido contagiarte
y sólo Dios te podrá perdonar. . .
Tarde será cuando veas tu desgracia
y no hallarás rem edio para tus males
y tendrás que resignarte a sufrir
porque com o infam e tendrás que m orir
agobiada por tan crueles sufrim ientos
y despreciada del que te am ó prim ero (68).

(6 6 ) Ibid. p. 7.
(6 7 ) Ibid. p. 59.
(6 8 ) Ibid. p. 75.

58
En estos últim os valses, la m ujer es un ser totalm ente des­
preciado; su imagen es la víctim a del odio del hom bre. Esta gran
diferencia entre la imagen de la m ujer odiada y la m ujer bella y ca­
riñosa sólo se puede explicar com o expresión de las frustraciones
sociales que sufría el hom bre obrero. La otra cara de la visión de la
m ujer linda que adornaba su casa era el hom bre que la m antenía
en lujo. Un trabajador con sueldo inestable no podía sostener una
m ujer en este estilo, y él tam bién sentía cierto fracaso. Sus frustra­
ciones se expresaban en odio contra la m ujer, el único ser bajo su
poder. T anto los hom bres com o las mujeres de la clase obrera su­
frían por no poder alcanzar los ideales expuestos por la sociedad,
pero la m ujer sufría aún más. Ella no solam ente experim entaba
frustraciones en tra ta r de alcanzar la imagen de la m ujer perfecta;
ella tam bién era víctim a de las frustraciones del hom bre al mismo
tiem po.
A lo largo de este estudio de diferentes aspectos de la im a­
gen de la m ujer, hem os visto la definición de roles m uy lim itados
que encerraba la m ujer, dándole pocas oportunidades para escoger
su propio camino. H abía una fuerte dicotom ía entre la m ujer bue­
na y la m ujer mala. Tam bién había una paradoja entre la m ujer
afectiva y la m ujer trabajadora.
D entro de este am biente confuso de conflictos ideológi­
cos clasistas y sexistas, que no te n ía nada que ver con su realidad,
la m ujer obrera vivía y creaba su vida. La discusión de valores sir­
ve com o el fondo ideológico para entender m ejor la realidad de la
m ujer obrera. En el testim onio oral, las mujeres describen cómo
enfrentaban estos conflictos ideológicos y las dificultades de vivir
y sobrevivir en la pobreza.

LAS M UJERES HABLAN

Hay un refrán popular que dice que Lima es una ciudad fe­
m enina; esta frase nos evoca la imagen de la lim eña elegante de Ri­
cardo Palma: “ de talle esbelto, brazo regordete y con hoyuelo, cin­
tura de avispa ... con saya y m anto una lim eña se parecía una a

59
otra, com o dos gotas de rocío o dos violetas” (69). Pero hay otra
Lima y hay o tra limeña. Detrás de la fachada blanca y linda del Pa­
lacio de Gobierno están las calles del R ím ac, con sus callejones so-
brepoblados y los balcones deteriorados. Bajo la cruz elegante y
piadosa encim a del Cerro San Cristóbal viven las otras limeñas.
Ellas son las mujeres que han vivido, trabajado y luchado en esta
ciudad. Esas limeñas son la m ayoría —son las m ujeres de la clase
obrera. Ni literatos ni las fuentes descriptivas de la época la tom an
m ayorm ente en cuenta. Entonces, hacem os que las m ujeres hablen
por sí mismas, relatando sus propias historias.
La fuente más im portante para entender la vida de la m ujer
obrera es la entrevista. Esta m etodología dentro de la investigación
histórica es bastante nueva en el Perú, y es una fuente m uy rica.
En entrevistas, he podido tocar una am plia variedad de aspectos de
la vida de la mujer, desde situaciones m uy descriptivas, com o los
juegos de niñez, hasta inquietudes m ucho más íntim as y profun­
das, como sus deseos y tristezas. Estos aspectos no se pueden
conocer a través de una encuesta fría, con una serie de preguntas
fijas. Tenemos que aprovechar del rico detalle descriptivo que nos
pueden aportar las pocas voces que quedan de los tiem pos de Lima
a principios del siglo.
Hice mis entrevistas en el barrio del R ím ac entre octubre
de 1981 y agosto 1982. Tam bién hice unas cuantas entrevistas en
La Victoria y los Barrios Altos, pero cuando empecé a abrir una
red de contactos en el Rím ac, concentré mis esfuerzos allá. Para el
presente trabajo, he escogido dieciséis entrevistas, trece con mujeres
y tres con hom bres quienes me ayudaban a aclarar y am pliar algu­
nos puntos.
N unca hacía una encuesta cerrada con cuestionario estable­
cido. Antes de em pezar el trabajo de entrevistar, form ulé una guía
de entrevista, trazando varios aspectos de la vida; quería entender
m ejor la vida de la m ujer obrera en su niñez, en el colegio, en el
trabajo, su educación, su religión, sus relaciones con los hom bres,
la política y la dinám ica de ser m adre. Siempre tratab a de enfocar
mi pensam iento y preguntas hacia los elem entos que diferenciaban
a la experiencia de la m ujer obrera de la del hom bre obrero.
Las entrevistas variaron en duración: la más larga fue de
unas ocho horas, y la más corta duró una hora solam ente. Las en­
trevistas cortas enfocaron varios aspectos específicos de un oficio

(6 9 ) Tradiciones Peruanas, Ricardo Palma (Lim a, 1 9 7 3 ), p. 7 0 .

60
como el com ercio o la costura. Las entrevistas largas fueron más
amplias, tocando puntos no solam ente com o trabajo y colegio, si­
no tam bién entrando en aspectos más íntim os de la vida com o valo­
res, opiniones y actitudes m orales. D urante las entrevistas, largas,
que duraban por lo m enos varios días a través de semanas, se iba
profundizando mi relación con la persona entrevistada. Muchas ve­
ces, ellas iban tom ando más confianza en m í después de varias h o ­
ras de entrevista, y más detalles íntim os salían a la luz, dando una
visión más com pleta de sus vidas y sentim ientos íntim os. Eso es un
elem ento im portante de la entrevista. El investigador crea una
relación con la entrevistada y la entrevista es más que un m ero m e­
canismo de sacar inform ación.
Hay m uchísim as diferentes m aneras de encontrar personas
para entrevistar. Cada estrategia tiene sus ventajas y desventajas,
pero hay que hacer to d o lo posible para encontrar una variedad de
gente que pueden hacer relatos de la época.
Estuvim os trabajando en equipo de investigación y m u­
chas veces yo recibía nom bres de contactos por m edio de otras
personas en el equipo. Después, em pezaba a am pliar mi propia red
de contactos. Por ejem plo, una señora entrevistada me presento a
dos vecinas, me dio la dirección de o tra m ujer, y su nieta me llevó
para conocer y entrevistar a su prim a. Pero esa fue una experiencia
excepcional a lo largo de la investigación.
Generalm ente, era bastante difícil abrir una red de c o n ta c ­
tos entre mujeres. Muchas veces, pregunté a una entrevistada si c o ­
nocía otras señoras de edad que po d rían conversar conm igo, pero
resultó que no te n ía amigas y que nunca salía a la calle. La falta de
amigas ha sido un aspecto clave en la niñez y la vida adulta de la
m ujer obréra. Sus padres le prohibían ten er amigas, a su esposo no
le gustaba cuando ella iba a la calle, y al final, en su vejez, la m ujer
se encuentra sola, sin amigas.
M ientras que una presentación o referencia facilita la tarea,
no es necesario para todos los casos. Yo encontré a varias personas
solam ente cam inando en el barrio, entrando a callejones, explican­
do mi proyecto y preguntando si conocían a gente de edad que vi­
vían allí. Esta técnica puede en ciertas ocasiones ser m uy frustran­
te e infructuosa, pero varias veces te n ía éxito. Tam bién, encontré
a varias personas para entrevistar en la procesión del Señor de los
Milagros en O ctubre de 1981. En esta fiesta religiosa altam ente p o ­
pular, m uchas m ujeres, que se quedaban en sus casas la m ayor par­
te del tiem po hacían el esfuerzo para salir a la calle y m ostrar su
fe. Mis conversaciones em pezadas en plena procesión en algunos

61
casos llevaron después a entrevistas profundas.
El m ercado tam bién es un sitio excelente para encontrar y
em pezar conversaciones con mujeres de todas edades. Algo real­
m ente clave al respecto es que la m ujer de edad sigue trabajando.
Realicé varias entrevistas con m ujeres placeras en sus actuales
puestos del m ercado. M ediodía y la una de la tarde eran horas ex­
celentes para buscar contactos en los m ercados, porque la gran m a­
y o ría del público ya había realizado sus com pras para el d ía y ha­
b ía más tranquilidad para entrevistar.
Yo tam bién tratab a de hacer entrevistas en los hospicios
para ancianas de la Beneficencia de Lima, pero en la gran m ayoría
de casos, no dio resultado. Estas m ujeres viven aisladas de la pobla­
ción y de sus familias, si las tienen. No están acostum bradas a con­
versar. A m enudo sus vidas están m arcadas por el abandono desde
la niñez hasta la vejez, y m uchas veces resultaba dem asiado triste
para ellas relatar su vida. Las m ejores entrevistas que he hecho han
sido con mujeres que vivían con sus familias, rodeadas por las acti­
vidades de jóvenes. Esas m ujeres son generalm ente m uy despiertas
y ha sido un placer entrevistarlas.
D urante los meses de trabajo, desarrollaba mi propio estilo
de entrevistar, encontrando el balance entre una conversación sin
form a, y una interrogación form al. Yo guiaba la entrevista, tenien­
do en cuenta las cosas que yo qu ería saber, pero tam bién estaba
alerta a nuevas áreas m encionadas por ellos que podían ser de in­
terés. A veces era necesario guiar la entrevista hacia experiencias
del pasado, pero generalm ente las personas eran m uy amables y no
se m olestaban cuando yo te n ía más interés en un d ía de trabajo en
1913 que en sus nietos y su salud.
La m ujer obrera de principios de siglo ha sido trabajadora
y en gran m ayoría de los casos sigue trabajando hasta la actuali­
dad. Por eso, yo casi nunca tratab a de entrevistar po r la m añana.
Las pocas veces que lo intentaba, no encontraba m ujeres en sus
casas —estaban en el m ercado o esperando en cola para arroz o
kerosene, haciendo cualquier de los quehaceres que son el cargo
tradicional de la m ujer. Si encontraba una m ujer en su casa por la
m añana, estaba cocinando el alm uerzo y no ten ía ni un m om ento
de descanso hasta las dos o tres de la tarde. Esto no pasaba en en­
trevistas con hom bres, porque ellos no tienen estos quehaceres de
la casa que nunca acaban, ni en la vejez.
Aún en la vejez, la m ujer sigue dom inada por hombres.
Una vez, yo hice contacto con una m ujer que parecía m uy in te ­
resante, pero al regresar a la casa para entrevistarla, ella me contó

62
que sus hijos hom bres le habían prohibido hablar conmigo. Otra
vez fue que el esposo había prohibido que la m ujer hablara conm i­
go. Estas restricciones nunca las experim entaría el hom bre obrero.
Como veremos en las entrevistas, la m ujer estaba bajo el control de
un hom bre: padre cuando es niña, esposo durante sus años adul­
tos, y sus hijos hom bres en su vejez. Pero estas frustraciones en mi
trabajo, me ayudaban a entender más a fondo el dilema de la
mujer obrera en cada etapa de su vida.
Muy p ro n to , el entrevistador puede n o tar si el entrevistado
tiene un don para relatar su vida. Cada persona por su experiencia
y form ación tiene algo especial para contar. Una señora que no
quería hablar sobre su experiencia en el colegio relataba con deta­
lle jugoso sobre la vida en su callejón. Con la entrevista, uno puede
aprovechar esas “ especialidades” . Se experim enta una alegría cuan­
do uno encuentra la persona que responde con entusiasm o y deta­
lle a las preguntas y el entrevistador aprovecha de este entusiasm o
más que de otros m odos de sacar inform ación.
El poder llevar a cabo la entrevista en la casa de la entrevis­
tada tam bién me ayudaba a entender la realidad de la Lima Obrera
de 1900 a 1930 y al mismo tiem po la Lima Obrera en la actualidad.
Por ejem plo, m ientras que yo entrevistaba a una señora de 70
años, su hija de 45 pegaba sobres de telegramas, con varios de sus
nietos ayudando de vez en cuando en esa labor.
En la trayectoria de una entrevista, el entrevistador saca
inform ación, esencialm ente com o uno saca apuntes de un libro.
Pero cuando uno se va de la biblioteca, no deja nada. En cambio,
la persona frente a uno no es un libro sino un ser hum ano. En la
entrevista, las personas com parten su vida, y yo trataba de com ­
partir algo de mi vida en reciprocidad. Era im portante para m í
explicarles el proyecto de historia oral para darles un sentido de
valor. Ellas ten ían m ucho que relatar y eran las fuentes claves de
esta historia. No solam ente les explicaba el proyecto, sino tam bién
explicaba algo sobre mi persona. Muchas veces, respondía a una
m ultitud de preguntas después de term inar una entrevista. Yo veía
esto com o justo y natural. Tal vez perdía tiem po en un sentido,
pero ganaba m ucho más en térm inos de mi relación hum ana con
las personas. En dos casos m uy especiales, no solam ente la señora
entrevistada sino to d a la familia me aceptaba com o una amiga. Eso
es una ventaja inesperada y m uy especial para m í com o investiga­
dora y com o persona.
Mi trabajo de investigadora está afectado por quién soy
—una m ujer norteam ericana de 21 años—, “la gringuita” para la
63
gran m ayoría de las entrevistadas. R econozco que este hecho ten ía
varios efectos en mi trabajo, algunos llevaban a la frustración pero
m ucho más facilitaban mi tarea.
Muchas veces la gente no po d ía entender que una m ujer
joven, “ una n iñ a” , estaba haciendo un trabajo serio. Tam bién, en
varios m om entos, especialm ente durante la crisis de las Malvinas,
las personas tenían sospechas de u n a norteam ericana. Para algunas,
mis preguntas sobre la vida en la fam ilia, en el trabajo y en cosas
personales parecían m uy raras. El problem a del idiom a era otro
que te n ía que enfrentar, pero con el tiem po iba aprendiendo la je r­
ga y la m anera de hablar de los limeños.
Tam bién mi posición com o “ gringuita” me ayudaba en
m uchos m om entos. En prim er lugar, gozaba de la posición privile­
giada y respetada de personas extranjeras en este país. Muchas ve­
ces escuchaba a un nieto decir: “ Oye, abuelita va a hablar con la
gringa” , dicho con sorpresa y orgullo. Para esas familias, er# bas­
tan te novedoso tratar a una gringa com o otro ser hum ano norm al,
porque los gringos generalm ente no frecuentan los barrios a los
cuales yo he ido.
Las barreras culturales y sociales que yo enfrentaba, siendo
extranjera en los barrios obreros son diferentes de los que experi­
m enta un investigador peruano que no proviene de estos barrios.
Hasta cierto punto, am bos som os extranjeros al m undo de la clase
obrera. Cada uno de nosotros tenem os prejuicios sociales, pero los
m íos vienen de otra sociedad y quizás no fueron tan graves al tra ­
tar de ver la sociedad peruana. Por ejem plo, hace 18 meses ni sa­
b ía el significado de las palabras “ cholo” y “ zam b o ” , m ientras que
el investigador peruano siem pre ha vivido con prejuicios específi­
cos en esta sociedad.
Además de ser extranjera soy m ujer, y tengo un pro­
fundo interés en la problem ática de la m ujer. Estos intereses me
atraían al proyecto y el hecho de ser m ujer tam bién me ayudaba
en entrevistar a otras mujeres. He logrado entrevistas íntim as con
detalles sobre partos, abortos, m enstruación y sexualidad que para
un hom bre sería m uy difícil descubrir.
Un hom bre puede entrevistar a una m ujer, y he utilizado
inform ación de entrevistas hechas por m iem bros varones del equi­
po de estudio, pero para hacer un trabajo am plio y profundo sobre
la m ujer en cualquier sociedad, es una ventaja inconm ensurable
que la investigadora sea m ujer.
El hecho de ser joven tam bién me ayudaba en el trabajo.
Con la gente de edad, siem pre hay una tendencia de dar consejos
64
a los jóvenes. A veces, yo sentía que las entrevistadas me habían
categorizado com o una nieta y hasta cierto punto me tratab an así.
Se creaba una relación “ abuelita-nieta” que te n ía ventajas en té r ­
minos del estudio y en térm inos personales. Yo gozaba del cariño
y los consejos de esas m ujeres. Entrenadas para ser m adres desde
su niñez, ellas no veían extraño incluir a una gringuita más en la
cantidad de niños que habían cuidado a lo largo de sus vidas.
No todas las entrevistas que realizaba se convertían en
am istades o relaciones de cariño; eso sería raro y tam poco lo d e­
seaba. Pero la flexibilidad de la entrevista y mi in te n to de llegar al
intercam bio con las entrevistadas y sus familias hacía posible que
las relaciones de am istad crecieran si la gente estaba dispuesta a
cultivarlas.
El estudio em pieza con la niñez, el p eríodo en el cual la
niña estaba socializada po r sus padres y su colegio. Tam bién era
el m om ento en que ella em pezaba a trabajar afuera de su casa.
Más que sus herm anos, la niña ayudaba en la casa, pero ju n to con
el herm ano, ella salía a trabajar siendo m uy joven, en la m ayoría
de los casos entre los ocho y los diez años.
La m ujer obrera trabajaba en una m iríada de oficios, des­
de el trabajo eventual de freír picarones en la calle hasta el tra b a ­
jo estable en la fábrica. Pero cualquiera que fuera el caso, la m u­
jer obrera te n ía que trabajar. La pobreza en que vivía exigía el
apoyo económ ico de la m ujer y tam bién de los niños de la fam ilia
obrera. Ella cargaba el doble peso de ser m adre y de ser tra b a ja d o ­
ra. La m ujer sufría las mismas condiciones de trabajo que el hom ­
bre obrero durante la jornada, y regresaba a su casa por la noche
para enfrentar otra jornada sin lím ite, lavando, cosiendo, rem en­
dando, cocinando y cuidando a sus hijos. .
En cuanto a sus relaciones con hom bres, la m ujer busca­
ba el hom bre perfecto, un trabajador que le p o d ía dar to d o lo
que necesitaba. Pero la realidad de su vida con su m arido era otra,
m arcada por pleitos sobre plata, y en m uchos casos, por golpes y
abandono. Era u n a relación basada en consideraciones económ icas;
cariño y com prensión estaban sacrificados a la realidad áspera de la
pobreza.
La m ujer obrera sufría una dom inación en su relación con
su m arido que estaba cristalizada po r la explotación de la p ro stitu ­
ta. M ayorm ente, las m ujeres entraban a “ la mala vida” po r necesi­
dad económ ica y las prostitutas de la clase obrera sufrían la ex­
plotación de su m acró, del cliente y la m arginación de toda la so­
ciedad.

65
La m ujer de la clase obrera se esforzaba en satisfacer su rol
de m adre y esposa en condiciones espantosas. La vivienda sobrepo-
blada en pésimas condiciones, la escasez de víveres y el efecto de
su propio trabajo dificultaba el deber de alim entar y cuidar a sus
propios hijos. La dolorosa consecuencia de esta situación era la
alta tasa de m ortalidad infantil que condenaba a la m ujer obrera
a un profundo sentido de fracaso.
A la misma vez, sus hijos que sobrevivían los prim eros cin­
co años de vida form aban el foco central de su vida. Cuando su re­
lación con su m arido no era fructuosa, la única fuente de orgullo
y estim ación para ella eran sus hijos. La m ujer obrera hacía todos
los sacrificios por sus hijos, aguantando ham bre y golpes para tra ­
tar de conservar su felicidad. Ella vivía con la esperanza de que
ellos serían algo m ejor de lo que ella po d ía ser.
Al escuchar sus experiencias en la vida, se ve el coraje de
estas m ujeres. Se ve el mismo coraje en sus m anos: m anos que la­
vaban, cosían y hacían un sinnúm ero de operaciones en fábricas,
talleres, cocinas y casas. Hoy d ía las m anos arrugadas de esas obre­
ras todavía se anim an con gestos y m ovim ientos vivos cuando
ellas relatan su vida; es un cuento de sufrim iento, de injusticia, de
opresión, pero con m om entos de felicidad y satisfacciones.

CUANDO YO ERA NIÑA

La orientación de la m ujer obrera a su m undo em pezaba en


su niñez. En su casa, ella ap ren d íalo s oficios que usaría en su vida,
en el trabajo, dentro o fuera de su casa. Ella recibía una enseñanza
estricta que intentaba encerrarla en la casa con los quehaceres.
A pesar de esta enseñanza restrictiva, la niña lograba salir a la calle
para estar con amigas y amigos.
La niña de la clase obrera trabajaba desde joven dentro de
su casa. La gran m ayoría de las entrevistadas son hijas de m adres
obreras, y las entrevistas dem uestran que las hijas llevaban el peso
de los quehaceres del hogar desde su juventud. En un caso, la e n tre ­
vistada co m p artía el trabajo de casa con su abuela, m ientras que su

66
m adre trabajaba en la fábrica de tejidos La Victoria. Según ella:
Mi m am á entraba a las 7:30 de la m añana y venía a las
11:30. Regresaba a la casa. Mi abuelita nos criaba a noso­
tros, cocinaba, hacía el alm uerzo, se iba a la plaza. Y yo era
la que ayudaba a hacer el alm u e rz o .. .y o hacíalosquehace-
res dom ésticos, le ayudaba a mi abuelita a lavar la ropa, a
lavar la ropa de mi m adre, de mi padre, de mis herm anos.
Así que yo era la m ayor y ten ía que ayudar.
En otro caso, la niña trabajaba en la casa sola, haciendo los
quehaceres cuando su m am á se iba a lavar ropa en casas particula­
res:

Mi m am á se iba por la m añana y llegaba a la 1 o' 2 de la tar­


de. En la m añana dejaba mi m am á preparado el desayuno,
y yo, si me dejaba algo que tenía que hacer lo term inaba
de hacer. Por ejem plo, yo preparaba la com ida para mi
herm ano que llegaba.
Pero si la m adre de la niña trabajaba o no, de todos m odos
ella ten ía quehaceres de la casa. A sí aprendía los oficios tradicio­
nalm ente fem eninos de lavar, cocinar, y cuidar com o iba a hacer a
lo largo de su vida.
Bueno, (nosotros) éram os para ayudar. A yudábam os a
cocinar a mi m am á, a picar cebolla, arreglar la casa. No ves
que mi m am á estaba ocupada en otras cosas, entonces
hacíam os nosotras.
El trabajo dom éstico de la casa caía m ayorm ente sobre las
hijas m ayores, y sus herm anos no com partían esos quehaceres:
Mi m am á me enseñó a lavar. . . yo lavé, prim ero rem ojo,
después mi m am á lo refinaba la ropa. Después planchaba,
después iba a entregar la ropa. . . mi herm ano no ayudaba,
term inaba de trabajar y se iba a la calle a jugar. . . yo, sí era
la que hacía to do.
Las niñas que pasaban su niñez en las haciendas de los alre­
dedores de Lima em pezaban desde m uy jóvenes a com partir el tra ­
bajo en la chacra de su m adre y padre. Según una señora que
pasaba su niñez en una hacienda cerca a Lima:
Yo le llevaba alm uerzo a mi papá (en la chacra), después de
que term inaba ayudando mi m am á, me m andaba el alm uer­
zo, el lonche a mi papá. Y allí me ponía a ayudar, a juntar
el algodón que cortaban. . . y ya veníam os tarde con mi
papá, com o a las 6 de la tarde.

67
Las niñas de la chacra trabajaban largas horas con sus pa­
dres:
Yo trabajaba raspando zanahoria, cebolla, en la chacra, re­
gando hasta tarde, hasta las once de la noche. De las 8
hasta las 11 era cuando nos daba agua el patrón de mi
papá. Mi p a p á era agricultor, él sem braba zanahoria,
cebolla, platano, m anzana, uva, de to d o , de to do. . . Mi
m am á tam bién trabajaba. . . raspando la zanahoria,
sacando la gram a, hasta de to d o , sem brando zanahoria. De
las 7 de la m añana hasta las 6 de la tarde trabajando. Pero
cuando regábam os, teníam os que hacer desde las 8 de la
noche hasta las 11, porque nos tocaba el agua, hem os
sufrido m ucho (70).
No sólo a nivel m aterial sino tam bién a nivel “ ideológico” ,
el trabajo era una de las más im portantes lecciones aprendidas por
la niña obrera. Según una entrevistada:
Trabajar. . . eso es lo que me enseñaban más mis padres,
más que la escuela, para qué trabajar. . . más valía trabajar
que ir a la escuela. Y después cuando yo he term inado de
estudiar, ya yo me dedicaba a trabajar; trabajaba nom ás, ya
no estudiaba nada. Tam bién me enseñaban que hab ía que
respetar, ir a misa, respetar m adre y padre y portarse bien
en la calle.
Aún más que el valor del trabajo, estas últim as norm as eran
de las más im portantes aprendidas por las niñas. La buena niña de
esta época estaba enseñada a que debía estar tranquila, quedarse
callada en su casa, y sobre to d o , no tener amigas. Según una

(7 0 ) Igual que niñas de la costa, las de la Sierra trabajaban duro desde su


niñez, aprendiendo y haciendo los deberes de la chacra. En las pala­
bras de una mujer de Ancash, cerca a Caraz:
Cuando mi papá trabajaba en una hacienda, y n osotros, y o me
acuerdo, n osotros, desde chiquitos, me han enseñado a traba­
jar, criando carnero, criando chancho. Mi papá sembraba,
bastante alverjas, trigo, papa, y allí iba y o con mis cam eritos
a cuidarlos. D espués iba a la casa y traía hierba en la espalda
para los chanchos y los cu yes. Eso era mi trabajo. Mi papá
trabajaba en una hacienda y ganaba una m iseria. Pero no
compraba porque sembraba. T en íam os chancho, ten íam os
carnero, se mataba, n o se com praba nada. Y después cuando
y o era más grandecita, me decía mi papá: “ Hija, toda la vida
no vas a estar pequeña, algún día vas a estar señorita, vas a
trabajar, puedes trabajar. N o seas floja. Sea viva, y sea honrada,
no robar, esó es tu garantía, hijita” . Y y o escuchaba, y en to n ces
y a sí he crecido, así he crecido.

68
señora, la niña buena se iba:
de mi casa a mi colegio y de mi colegio a mi casa, hacer los
quehaceres dom ésticos de la casa y to do, y nada de estar
con amigas palom illando, ni peleando con las amigas ni
nada de esas cosas. Tranquilas teníam os que estar.
M ientras que la m adre le enseñaba los quehaceres que te n ía
que hacer en la casa, el padre ten ía m ayor autoridad para enseñar
valores y com portam iento. Com o decía una entrevistada:
Al papá nosotros no pedíam os ninguna explicación, n o , le
obedecíam os porque mi abuela nos explicaba: “ Hay que
obedecer: cuando el papá dice que no, po r algo será” .
Una de las expresiones más com unes de esta autoridad fue
la prohibición de am istad entre las hijas del obrero y otras niñas.
La enseñanza de esta lección era característicam ente dura.
En las palabras de una m ujer:
Mis padres eran m uy estrictos. . . no me dejaban salir, no
me perm itieron, ni amigas ni nada. Me pegaban mis h e rm a ­
nos si salía. Si conversaba con las amigas me pegaban mi
papá y mis herm anos. Si yo quería tener un am igo, un
enam orado, ¡ay!, ni hablar.
O tra entrevistada respondió con tu n d en tem en te a la pre­
gunta: “ ¿Qué cosas le prohibían sus padres?” :
N o tener amigas, no tener amigas. Una vez me pegó porque
h ab ía una fiesta, en una casa y yo paraba así en la p u erta
no más m e paraba, para ver lo que estaban bailando, mi
papá venía y me encontró en la puerta. . . Ay n o , me
pegaba.
Los m otivos de esta prohibición fueron varios, sobre to d o
consecuencia de las viviendas sobrepobladas de los sectores p o p u la­
res. Por un lado, los escasos recursos de estos sectores pro d u cían
celos y cierta com petencia que llevaban al chisme como arm a de
defensa propia en la vida diaria. Por o tro , la am istad p o d ría llevar a
la obligación de prestar ayuda económ ica o de otro tip o a las
familias “ amigas” . Com o contaba una señora:
Bueno, m uy poco he tenido amigas, porque mi papá poco
coordinaba con eso. Era un poco difícil. A mi papá no le
gustaba que vinieran, los vecinos a pedir una taza, a pedir
cualquier cosa, bueno, le daba, pero no. . . Por eso no le
gustaba la am istad a él. Lo servía con m ucho gusto, pero
de allá no se pasaba (en sus relaciones con los vecinos).
D ecía: “ m ucho problem a m eterse con la vecindad, después
69
hay cuentos y hay chismes, n o , n o , no me gusta esto. A m í
me gusta estar tra n q u ilo ” . Papá decía: “A m í no me gusta
que se vayan a casa ajena, que van a ver m alacrianza, qué sé
y o ” . A sí que papá nos decía que siempre hay que evitar
cualquier cosa que tú ves y no es propia, no digas nada, no
haces com entarios, porque eso no sirve. No m eterse, no
decir nada.
La estrictez de esta enseñanza y el m iedo del chisme estaba
m uy bien expresado por o tra entrevistada que relataba estas pala­
bras de su p a d re : .
Mi papá me decía: “ si tú eres amiguera con las personas,
esa amiga puede ser envidiosa, puede ser que envidie a uno,
lo que hace, hasta hacer daño. Esas son de chism ería” .
Chismes, yo converso con ellas y ellas pueden contarlo. Por
eso mi papá me decía: “Por eso hija, no converses” . . . No
me gusta amigas. Cuando era m uchacha, ni amigas ni
amigos. Y me he acostum brado.
E sta enseñanza encerraba la niña en su casa, haciendo los
quehaceres, m ientras que era más fácil para el hijo salir a la calle
y encontrarse con amigos. Según una señora, su herm ano:
más salía con mi papá. Lo llevaba a la calle, lo llevaba para
ayudarle a entregar el trabajo, lo m ovilizaba más a é l... a
nosotras no, m uy poco nos m ovilizaba, más nos te n ía en la
casa. ,
A pesar de estas restricciones, algunas niñas lograban esca­
parse a la calle y tener am istades. En las palabras de una m ujer:
En las tardes, nosotras nos encontrábam os, una venía a la
casa, así a veces se encontraban en el taller donde apren­
dían a tejer, iban a la casa, allí conversando. Los dom ingos,
íbam os a misa. A llí nos encontrábam os todas. Cuando se
p o d ía, se iba a la m atinée, cuando no, no.
Las jóvenes tam bién lograban escaparse del am biente es­
tricto de la casa y de la autoridad de su padre cuando iban a fies­
tas. Una m ujer decía:
Mi papá era más difícil de convencer. Mi m am á no, mi p a­
pá sí. Pero siempre iba de todas m aneras. No ves que mi
papá quedaba en la chacra. . . y estaba yo en el pueblo en
Chorrillos. Así que en el d ía le decía, en la hora que llega­
ba para alm orzar, yo le avisaba (que iba a ir a una fiesta).
A unque a veces no quisiera, yo le decía a mi m am á “yo
voy, yo v o y ” y com o mi papá no sabía, no ves que venía

70
al otro día, asi íbam os pues.
Las reglas estrictas de com portam iento para la “joven bue­
n a ” eran estrictas pero no lograban restringir la vida de la mujer
totalm ente. Ellas no vivían com pletam ente encerradas, pero hay
que reconocer el efecto psicológico de estas reglas sobre la niña y
especialm ente la adolescente. Cuando ella salía para gozar de la vi­
da, rom pía las reglas de com portam iento, y ten ía que esconder sus
amistades y relaciones de los ojos cuidadosos de sus padres. Hasta
la actualidad, m uchas m ujeres dicen que no tienen amigas y viven
sus vidas dentro de sus familias envueltas en las vidas de sus hijos
y nietos.
Una de las m aneras en que la joven de los sectores popula­
res lograba salir de su casa era cuando asistía al colegio, pero en los
pocos años de escuela que lograban estas niñas, ellas encontraban
un am biente con reglas de com portam iento tan estrictas com o las
de su casa, y el colegio servía para reforzar el rol tradicional de la
m ujer, a través del énfasis en la enseñanza de artes m anuales. En
el am biente rígido del aula, la niña aprendía sus lecciones de m e­
moria y recibía castigos duros si se com portaba mal. La profesora,
además de ser una figura de autoridad para respetar era tam bién
tem ida por los castigos que daba. El colegio reforzaba muchas de
las lecciones que la niña h ab ía aprendido en su hogar.
Esta descripción de un día normal en el colegio da una idea
del am biente opresivo que m arcaba la enseñanza de la época:
Uno entraba a las 8:00 y estábam os parados en el patio de
allí. Cuando term inábam os de cantar, entraba cada una a
su salón. Cantábam os el him no nacional, después un canto
de la iglesia, y ya, cada una se iba a su salón. Todas te n ía ­
mos que estar en fila. Cada niña ya sabía que tenía que es­
tarcen su (fila), todas juntas pues. Cada niña en su grupo de
salón. Después de entrar al salón, inm ediatam ente em peza­
ba la clase. Nos pedían lecciones de m em oria. Nos hacía­
m os dictado y teníam os que recitar.
^ Estudiaban diferentes m aterias, todo a base de m em oriza­
ción y recitación. Como relataba una señora:
El gobierno nos daba cuadernos, nos regalaba. . . A ritm éti­
ca, gram ática. . . lectura, bastante lectura había. . . Me
acuerdo claro de la geografía que nos daba la señorita. T re­
m endo m apa teníam os, un m apa pero ¡que' mapa! Dios
m ío. Y ella nos explicaba. Después la historia. Todita. Po­
n ía la historia del Perú en el aula. En todo ponía, eran 24
lám inas, de la época de Túpac A m aru, del Inca A tahualpa.

71
Nos explicaba la señorita.
En el colegio com o en la casa, la niña buena debía de
aprender sus lecciones bien, obedecer sin dudar a las autoridades, y
sobre to d o , estar callada y tranquila. Si no se conform aba, le caía
encim a un fuerte castigo corporal o psicológico para reforzar las
lecciones académicas y sociales que ella estaba aprendiendo. Según
una m ujer, en su colegio:
Nos castigaba cuando estábam os riendo o jugando. Nos
arrodillaba, me tapaba la cara porque mis amigas sacaban la
lengua y me hacían reír. Q uedaba un poco más o m enos,
com o m edia hora arrodillada, se levantaba cansada ya. (Te­
níam os) que tener cuidado que la gente no se veía cuando
estábam os conversando. (Tam bién se castigaba) por pegar
a otra niña, po r estar jugando, por ser m alcriada. O si no,
llamaban a la m adre, el padre para decir que era m alcriada.
Pero yo era tranquila, pacífica.
El castigo corporal era más frecuente con los niños que con
las niñas, pero las niñas sufrían por igual el castigo psicológico que
era quizás el más efectivo. Según una entrevistada, cuando una no
sabía la lección:
se la po n ía (la colegiala) en el patio allí, sentada con un
cartel atrás. En el cartel decía: La niña desobediente y las
niñas quedaban m irando a una. A m í me castigaban así y
ten ía yo vergüenza pues de estar rodeada por todas las ni­
ñas. Ellas se adm iraban.
Sorprendentem ente a pesar de la estrictez y am biente rígi­
do dentro del colegio, la gran m ayoría de las entrevistadas tenían
buenos recuerdos de sus profesoras y directoras. R espetaban su co­
nocim iento y tam bién su posición social elevada. Una señora de 83
años que todavía recordaba su niñez con m ucho detalle decía:
La directora era gringa, oy, de pelo blanco. . . con su moñi-
to blanco. Que' preciosa m ujer, que noble. . . Mi profesora,
que' linda, tam bién blanca. Iban las m aestras a sastres, bien
elegantes eran. O y, que' lindo.
Ju n to con la enseñanza académ ica, y las lecciones sutiles
de com portam iento, los colegios se esforzaban para enseñar artes
manuales a las niñas. Una m ujer contaba:
Sí, nos enseñaba, a m í me m andaba com prar un esterling,
esos con huecos grandazos. Tenía que hacer com o costura,
cosido a m ano. En otra parte (de la misma tela) se hacía un
bordado, en otro se pegaba botones, en otra partecita p o ­
72
níam os un zurcido, y así por el estilo, todo era así grande
. . . Después a m edida que iban pasando los años, después
ya iban pidiendo tela. Ibam os aprendiendo costura para h a­
cer las fundas, ya lo que una p o d ía hacer. . . Los padres te ­
n ían que com prar m ateriales. Enseñaba a tejer a crochet.
Yo me llegué a tejer, cuando estaba en tercer grado, un sos­
tén , que en ese tiem po se usaba. . . T eníam os nuestro d ía
de costura, era una vez po r sem ana, h a b ía una hora que te ­
níam os este día.
En los colegios de m onjas, tam bién ponían énfasis en la e n ­
señanza de artes m anuales, y las niñas ten ían que trabajar sin suel­
do en talleres. En las palabras de una m ujer que pasó to d a su niñez
en un colegio religioso:
Enseñaban costura, tejido, bordado, después tallados,
com o encaje. H acíam os ropa de novia. M andaban hacer en
los colegios de m onjas las novias porque sabían que se co­
sían m uy elegante, m uy lindo. E n las horas de labores, nos
dejaban esos trabajos y teníam os que hacerlo bien hecho.
N o, n o , no nada (ganábam os). Al contrario, los padres p a ­
garon para que estuviéram os allí. Pagaban para que ap ren ­
diéram os. Nos han hecho bien (las m onjas).
A parte de los colegios fiscales y religiosos, la M unicipalidad
de Lima patrocinó la fundación y después financiaba a la Escuela
Taller Santa Rosa, un colegio totalm ente dedicado a la enseñanza a
niñas obreras de oficios m anuales como costura y b o rd ad o . Sea en
un colegio regular o en la Escuela Taller Santa Rosa, a los ojos del
E stado era im portante que la niña de la clase obrera aprendiera un
oficio para dar m ayor apoyo a su fam ilia y a sí m ism a. Según Las
M emorias de la M unicipalidad de Lima en 1902:
El m ism o nom bre de Escuela indica que en los talleres de
ella no se reciben obreras form adas, que pueden dar prove­
chos desde el d ía de su ingreso, sino a m enores de edad de
ordinario sin ninguna preparación, que hay que form ar p a ­
ra el trabajo, inculcándoles en to d o m om ento ideas de m o ­
ralidad, de orden y lim pieza, lo que exige una atención
constante del cuerpo docente (71).
Las niñas no eran pagadas por su trabajo durante el p e río ­
do de aprendizaje, más bien el E stado contaba con su trabajo de
costureras ya form adas para repagar los gastos de su enseñanza.

(7 1 ) Memorias d e la Ciudad d e L im a (Lim a, 1 9 0 2 ), p. 1 1 1 .

73
Com o ilustra una cita de Las M emorias de la M unicipalidad de Li­
m a de 1904, m uchas jóvenes salían a trabajar sin term inar el cole­
gio.
Las alum nas se retiran del Establecim iento cuando les falta
un año para term inar. Indudablem ente las decide a tom ar
esta determ inación el incentivo de salario que van a tener
en talleres particulares; el debe ser m uy grande, cuando h a ­
cen abandono de su parte de utilidades, que al térm ino de
los cuatro años de perm anencia, representa, por térm ino
m edio, para cada alum na, de 15 a 20 libras esterlinas, y
cuando olvidan que ese salario sería m ayor si con o tro año
de aprendizaje, se perfeccionaran más los oficios que han
aprendido, y que en ese últim o año están m oralm ente obli­
gadas a com pensar al Concejo con su trabajo, ya rem unera­
do los fuertes gastos que en los tres prim eros años hizo p a ­
ra darles esos conocim ientos (72).
Detrás de todo este énfasis en las cortes m anuales estaba el
m ito popular que la costura p o d ía salvar la vida económ ica de la
joven y su familia. Según el artículo de 1902:
Los conocim ientos correspondientes a los varios oficios
que han aprendido. . . constituyen un verdadero p atrim o ­
nio que en todo tiem po preservará de la miseria a ellas y a
las familias que form an (73).
Pero, com o verem os en la sección sobre el trabajo de la
costurera, esta ilusión pocas veces se realizaba.
La asistencia de la niña al colegio term inaba cuando ella
em pezaba a trabajar. En la gran m ayoría de los casos esto significa­
ba que la educación form al duraba unos 2 o' 3 años. Un caso ilus­
trativo es el de una m ujer cuya m adre trabajaba todo el d ía y ella
llegó a estudiar:
hasta 4 to . año de prim aria no más. Yo entré a la edad de
13 años. Yo entraba más grande, no p o d ía entrar más antes
po r lo que ten ía que cuidar a mis herm anos. . . iba por la
m añana y por la tarde ya no ya. Por la m añana no m ás, y al
m enos que aprendí, por lo m enos, a leer, sacar un poco
cuentas, a escribir, y tengo un poco de ortografía. (Pero)
ya me quedé en 4to . año, ya no po d ía estudiar m ás, p o r­
que ya que le faltaba algún par de cosas, la ropa, los zapa-

(7 2 ) Memorias d e la Ciudad de Lim a (Lim a, 1 9 0 4 ), p. II.


(7 3 ) Mem orias d e la Ciudad de Lim a (Lim a, 1 9 0 4 ), p. III.

74
tos. La gente pobre no po d ía estudiar, m áxim o tercero. . .
Hay un m o n to n de gente analfabeta. Yo doy gracias a Dios
que apren d í a leer, a escribir, hacer bonita las letras. (Pero)
ya no p o d ía seguir yendo porque tuve que atender a mi
m am á, que h ab ía dado a luz, atender a mi herm anito que
h ab ía nacido, com o yo era la herm ana m ayor. . . ya no
pues.
H abía algunos casos de padres que, dada su difícil situa­
ción económ ica, pensaban que era m ejor no m andar a las niñas al
colegio; en su opinión preferible era m andar los varones que iban a
salir al m undo. Según esta ideología, m andar la hija al colegio se­
ría no sólo una carga económ ica sino una pérdida de tiem po y de
un par de m anos útiles en la chacra y la casa. Una entrevistada es­
tudiaba:
hasta prim er año no más porque me quitó mi padre. No le
gustaba pues, sólo los hijos hom bres estudiaron. N osotros
estábam os trabajando allí en la chacra, y nos quitó el cole­
gio. Mis herm anos sí han estudiado, los hom bres. Pero las
m ujeres casi nada, éram os 4 m ujeres, no nos dio colegio mi
papá, sólo a los hom bres. N osotras hem os trabajado, pues,
com o hom bres pues en la chacra.
Desde joven la m ujer obrera trabajaba, sea afuera de o den­
tro de la casa. T enía que dejar el colegio, se iba, y aprender a so­
brevivir en la sociedad. Siendo todavía niñas en edad, se dedicaban
a trabajos en el m undo de adultos. Una entrevistada vendía fruta
desde la edad de 8 años; otra señora entraba a un taller de costura
para pegar botones a los 10 años; y a los 9 años, otra entrevistada:
trabajaba mis tres meses de vacaciones para mis padres y
para com prar mis útiles escolares. H acía servicio de mano
en una casa grande durante el verano.

Se necesita más investigación acerca del trabajo de niños en


esta época, pero de lo que sabem os, hay que señalar una diferencia
en la explotación de la niña. Un m uchacho podía salir a la calle y
trabajar lustrando botas, por ejem plo, pero su trabajo estaba reco­
nocido y , a diferencia de la experiencia de la niña, él recibía p ropi­
na. La vida de la niña que ten ía que trabajar desde m uy joven era
m uy inestable, y trabajaba en casas de parientes o conocidos, sin
declararse dom éstica y sin sueldo ni propina. Por ejem plo, una en ­
trevistada, dejada huérfana en la provincia de A yacucho, fue lleva­
da a Lima por una tía , supuestam ente para su educación, pero la
niña trabajaba com o sirvienta en la casa de su tía . Según ella:
75
Yo lavaba la ropa de ella, y no me daban com ida. Ellos
iban a restaurantes, com ían. Cuando yo no lavaba, mé p e­
gaba. Baldeaba la casa, lim piaba. Después ayudaba, cuando
le quedaba bastante yuca, h acía pastelillo de yuca. A m í
me dejaban pulgando, entonces yo agarraba, com o no h a ­
bía alm orzado. Yo me com ía p látan o , esa m anzana chile­
na. T enía ham bre. C om ía pera de agua. Tam bién te n ía que
bañar a sus hijos (de su tía ), habían dos. Después cuando
ya me d i cuenta que yo no te n ía ro p a, que yo debiera ga­
nar, ya me retiré ya. No me daba nada, ni com ida ni ropa.
Era m ala la tía .
Cuando la tía no le daba de com er, ella te n ía que “h acer­
me querer con el callejón” para ganar su com ida. Ella contaba:
Yo, por la m añanita salía, y decía “ S eñora” , le saludaba.
(La señora decía): “ A nda, cóm pram e p a n ”,y o iba corrien­
do. No cam inaba, sino corría hasta llegar a la panadería.
Después yo com praba pan, rapidito regresaba y entregaba
el pan. Entonces la señora ese rato no me daba propina, n a ­
da. Después o tra me decía: “ A nda, tráem e agua” , y lo
traía. O me decía: “Barre mi casa” o “A yúdam e hacer el
arroz” , alguna cosa. Y entonces te n ía desayuno, alm uerzo
y com ida para lo que me ayudaba. Ellas me dieron com ida.
P rohibida de irse a la calle y valerse de sí m ism a com o p o ­
d ría hacer un chico que necesitaba trabajar, la niña obrera estaba
m andada de casa en casa, trabajando com o “ dom éstica extra-ofi­
cial” para ganar su cuarto y com ida. Por ejem plo, una entrevista­
da escapaba de la casa de su padre para ir a la casa de su m adre. No
le fue bien con su m am á y la m andaron a la casa de una tía. D es­
pués de estar con la tía:
Estaba con una amiga, pero no me po d ían tener allí tam ­
poco. . . entonces me m andó a una o tra fam ilia que te n ía
sus com odidades, pero buena era la señora V ictoria. Yo
trabajaba, ayudaba en to d o . Me gustaba porque la señora
no nos negaba nada. Nos dejaba agarrar la fru ta , teníam os
leche, queso, verduras y com ían bien. A sí era la señora.
A unque no recibía propina ni sueldo en esta casa, era m e­
jor que antes en otras casas y con su m am á, porque había por lo
m enos buena comida.
Para los niños de la clase obrera, el trabajo em pezaba m uy
tem prano en sus vidas y la niña sufría una explotación especial.
Era una explotación oculta, escondida dentro de las cuatro paredes
de una casa y por las palabras lindas de “ t ía ” y “m adrina” , que

76
reem plazaban las palabras de “ p a tró n ” o “ em pleador” . Pero la e x ­
plotación existía. La inform ación presentada a q u í indica que el
trabajo inform al de la niña era un cam po libre de explotación, una
situación que no cam biaba cuando ella llegaba a la adultez.

YO HE TRABAJADO

Hem os visto que desde su niñez, la m ujer obrera se acos­


tum bra a trabajar, sea-en su casa, en la casa de parientes o p a tro ­
nes, en talleres o en fábricas. El estudio del trabajo de la m ujer o­
brera no puede enfocar solam ente su oficio, su horario, sueldo y
condiciones de trabajo, tam bién tenem os que considerar el efec­
to de su trabajo en los otros aspectos de su vida com o m adre y
m ujer.
Joven o m ayor, la m ujer obrera te n ía que trabajar. D ebido
a los ingresos insuficientes o inestables de su m arido, o el ab ando­
no económ ico, ella ten ía que buscarse la vida. Desde la venta de
fru ta en la p u erta, hasta el trabajo en talleres de la com pañía
Oeschle, la m ujer te n ía que trabajar para asegurar la subsistencia
de su fam ilia. Sus palabras hacen m uy clara la relación entre su
trabajo y la necesidad económ ica. Como decía una cocinera que
te n ía que lavar ropa en su tiem po libre: _
Mi esposo ganaba poco. No ves que él era albañil, en tra b a ­
jo de construcción civil. A veces trabajaba, y a veces no
trabajaba. No hay estabilidad. (Cuando él no te n ía tra b a ­
jo) estaba yo en la posición de trabajar en cocina, o si no,
me gustaba lavar, en casas así, lavaba. A veces m edio d ía
lavaba, aunque sea, un d ía dom ingo lavaba. _
Esta m ujer tam bién hacía sobretiem po a veces en una fá­
brica cuando no alcanzaba el sueldo de su esposo. El sobretiem po
en la fábrica pagaba: ,
una cochinada, pero lo h acía para ganar un centavo más,
porque el trabajo de él (albañilería) era un trabajo que
nunca p o d ía decir que uno h a b ía trabajado un año, 7 u 8
meses seguido. N o, trabajaba tres meses y ganaba, bueno,
ganaba poco, pero ganaba más que uno, y entonces andá­
77
bamos un poco regular, pero, no alcanzaba cuando él no
trabajaba.
Y cuando h ab ía alguna em ergencia económ ica en la fam i­
lia, la m ujer llenaba el hueco en el presupuesto y los estóm agos de
sus hijos. Las palabras de un hom bre entrevistado ilustran bien es­
te punto:
Cuando no había una señora que fuera guardadosa, faltaba,
pero cuando había una señora guardadosa, les alcanzaba.
Cuando yo caí enferm o de la rodilla, ella buscó qué ha­
cer —ventas de frituras... de cam ote, relleno. Y en las ta r­
des hacía cham pú... cham pú se hace de una harina y una
chirim oya, se hace, bien rico es, eso se hace en las tardes
cuando hay frío , porque calienta, pues, se puso porque
yo estuve tres meses en el hospital, entonces le faltaba
pues para com er... Ella ya se dedicó a eso, a hacer su ca­
m ote frito y ganaba pues... Yo no he necesitado de eso
más que cuando caía enferm o, cuando caí enferm o, ahí
sí hubo algo de dinero, y rápido ella hizo ese negocio,
se puso a freír cam ote.
En otros casos, el trabajo de la m ujer no era solam ente una
ayuda al sueldo del m arido, sino el único ingreso de la familia.
A bandonada por su m arido físicam ente, em ocionalm ente y más
im portante que to d o , económ icam ente, m uchas m ujeres tenían
que trabajar, com o dem uestran las palabras de esa m ujer de 76
años:
Mi esposo me tocó m alo, y te n ía que trabajar. Con él he
estado unos 5 ó 6 años. Y después, tom aba m ucho y se
m urió... yo me puse a trabajar... daba pensión, acá en la ca­
sa. Después, salía de nuevo a vender en la calle, pescado y
desayuno po r la m añana, para mis hijos, para ganar para
mis hijos y para m í. Eso era mi vida, mala suerte... Y des­
pués vendía fruta en el mismo sitio. De todas m aneras, yo
he trabajado. Yo no he esperado el hom bre. El hom bre era
m alo, qué esperanza ten ía a esperar al hom bre, más ten ía
que trabajar yo... Yo, señorita, he trabajado com o hom bre,
para mi casa y para com prar mis cosas, y claro que no son
finas, pero poco a poco he com prado para no estar pidien­
do de las vecindades ... yo sólita he com prado, poco a poco
con lo que sobraba.
Una carta muy expresiva escrita por las m ujeres vendedo­
ras am bulantes de Alam eda Grau en 1917 describía en térm inos
conm ovedores los aprietos de m adres sin la ayuda económ ica de
un hom bre y con la necesidad de ir a la calle para ganar su pan:

78
V e n d e d o r a s A m b u l a n t e s d e la A v e n id a Grau

“ M aría Díaz, en representación de mis demás com pañe­


ras industriales vendedoras am bulantes de la Alameda Grau y
demás alam edas ante US respetuosam ente me presento y
digo:
Que com o m ujeres pobres y desvalidas, solas y sin am pa­
ro unas, y otras, con m arido pero sin tener en qué ocupar­
se, nos hem os dedicado hace algunos años a la industria de
ser vivanderas en las afueras de la capital, com o son las ala­
medas en donde no ofendem os en nada a la higiene pública
y, por el contrario, hacem os más am enos y alegres aquellos
paseos.
Somos com o tales mujeres aseadas y lo que expendem os
por conveniencia propia, tenem os que vender fresco y lim ­
pio, guardando to d a la higiene posible a fin de obtener al­
guna ganancia para sostener a nuestro hijos, en el m edio de
lo caro que hoy cuesta la vida y con tan ta m ayor razón a
nosotras pobres y sin am paro y sin tener otra cosa en qué
ocuparnos.
Hace algunos días, notificado por la inspección de hi­
giene dando plazo hasta el 15 del presente, pasado ese día
no podem os salir a ejercer nuestra industria y ¿será posi­
ble, Sr. Alcalde, que por un capricho del Sr. Inspector de
Higiene nos veamos privadas de trabajar, para conseguir el
único sustento para nuestros hijos? Será posible, Señor Al­
calde, que en tantos años que ejercemos nuestra industria,
todos los Señores Alcaldes anteriores com padecidos de
nuestra pobreza nos hayan dejado ejercer librem ente nues­
tra industria, obedeciendo siempre con toda estrictez. No
es posible creer, Señor Alcalde, que en la época actual en
que nos encontram os se nos quiera im poner, estamos listas
a acatar las disposiciones de la Inspección de Higiene que
son: aseo estricto de las mesas y nuestras personas, que se
venda los artículos frescos, que se nos reconozca y se
venda y se nos dé certificado de buena salud, pero, Señor
Alcalde, lo único que no aceptam os es que se nos retrate
com o gente mala y que se nos prohíbe vender choncholíes
y anticuchos, eso no es posible, pues el aliciente de las m e­
sas son los anticuchos y choncholíes que se acostum bran
a la criolla. US com prende bien el estado de miseria en
que vivimos los pobres y sería condenam os tan to a noso­
tros com o a nuestros hijos a la miseria más espantosa.
Esperam os, Señor Alcalde, de su generosidad y buen co­
razón se digne de atender nuestra solicitud, considerando

79
que somos unas pobres m ujeres desvalidas sin am paro y
siendo el resultado que nuestros hijos no tendrán qué co­
m er, apelamos a su hidalguería que resolverá en justicia.
Dios guarde a US, Sr. Alcalde,
Lima, Marzo 12, 1917 (7 4 )” .
Esta carta, firm ada por 28 mujeres, m uestra la determ ina­
ción y el coraje frente a la necesidad en un m undo hostil. Su acti­
tud estaba repetida en la voz de una m ujer que ha lavado ropa para
la calle toda su vida hasta hoy día:
Yo no he pedido nunca a nadies nada. N unca he pedido,
nunca les he pedido ni un pan ni un real, para m í to d a la
vida los he afrontado yo, con que yo he trabajado. Yo he
luchado para mis hijos con ayuda de mis padres de m ane­
ra que yo nunca he m olestado a nadies.
A unque era esencial que la m ujer trabajara, en m uchos ca­
sos ella experim enta la oposición de su m arido cuando salía a tra ­
bajar. Las norm as vigentes de la sociedad indicaban que el hom bre
debía m antener a su esposa para que ella no tuviera que sa l ir y tra ­
bajar. Si él no po d ía alcanzar esta imagen, sus frustraciones caían
encim a de ella, resondrándola si salía para trabajar. La actitud de
su m arido hacía aún más difícil su trabajo afuera de la casa.
La herida a su orgullo que experim entaba el hom bre cuan­
do su m ujer trabajaba se ve en las palabras de un hom bre entrevis­
tado. Su m ujer salía a hacer frituras cuando él estaba hospitaliza­
do, pero cuando él salió del hospital:
Ya no quise porque cuando mi señora principió a hacer
eso, no hab ía nadie ah í que hiciera, cuando yo salí ya h a ­
bían tres, una no más salió a la otra esquina, a la otra es­
quina en com petencia, yo le dije, “sí te están haciendo
com petencia, ya n o hagas” pues, pero la buscaban p o r­
que hacía rico sus cosas, sus comidas. Ella lo hizo para
ayudarse (cuando yo estaba en el hospital, pero yo le dije
que no cuando salí) y hay que obedecer pues, no ve que
ya uno le daba su plata, para qué va a seguir haciendo. En
fin, ella lo hizo cuando yo estaba en hospital.
El mismo orgullo varonil está ilustrado por el caso de la
m adre de una entrevistada que te n ía que salir de la casa para tra ­
bajar. Ella ten ía que escaparse de su m arido para ganar un poco

(7 4 ) L o s Boletin es de la Ciudad de L im a (Lim a, 1 9 1 7 ).


Setiem bre 22, 1 9 1 7 .

80
más para sus hijas. En las palabras de su hija:
Mi m am á pues trabajaba en la casa, a veces salía a casas
particulares para coser, y mi papá poco le gustaba esto.
Bueno, los papás de antes eran un poco pesados, ¿no? El
decía: “ Ya tienes tus hijitas, a mis hijas, tienes que coci­
nar, arreglar la casa” , y por eso mi m am á m ayorm ente no
p o d ía trabajar. Ella cosía a veces, le llegaba costura y ella
cosía para la calle. Tam bién, a veces com o cuando ya se
descansaba (mi papá), ya se dedicaba, ya procuraba salir a
la calle para trabajar. Se m olestaba, la fastidiaba m ucho.
(D ecía): “ no, no, no me gusta, porque me dejas a las chicas
solas, y que no sé qué, lo que me gusta es que la que se ca­
sa debe estar en su casa y no en la calle” . Pero mi m am á te ­
n ía que trabajar pues, porque estábam os grandecitas y que
necesitábam os algo más. C uando le solicitaban (para co­
ser), ella se daba su escapadita pues.
O tro caso ilustra bien la tram pa que sufría la m ujer obrera
frente al conflicto entre su necesidad para trabajar y los deseos de
su m arido. Según una entrevista:
Este chico (su esposo) no me quería dar, no me daba has­
ta de com er. A veces te n ía que com prarm e pan. Estuve
trabajando por Cam po de M arte, hay un M ercado M odelo,
y allí me puse a trabajar, en alhajas. H abía puesto de alha­
jas, distintas cosas hay allí. Fui a trabajar allá, acom paña­
da con mi herm ana. (Y su esposo la golpeaba) porque le
daba ira porque yo salía. Y yo te n ía que salir a trabajar.
¿Cómo iba a hacer yo Si él no m e d a b a ? ... Si él me q u ita­
ba la plata, ¿cóm o iba a com er yo?
La vida de la m ujer obrera en el trabajo estaba dificultada
no solam ente p o r la oposición de su m arido, sino tam bién por la
doble jornada que experim entaba po r hacer su trabajo afuera de la
casa y adem ás cum plir con los quehaceres de su fam ilia. En las
palabras de una m ujer:
Hacíam os el m ercado antes de ir a la fábrica. Todos los
días me levantaba tem prano, 5 :3 0 , 6:00 de la m añana, ya
estaba yo bien. T oda la vida. A las 5:00 de la m añana me
levantaba, me lavaba y me vestía y me iba al m ercado... y
cuando h a b ía tiem po, desayunábam os en la casa (antes de
ir a la fábrica).
O tra m ujer encontraba tiem po para los quehaceres duran­
te los fines de sem ana, y tam bién tem pranito por la m añana:
Bueno, d ía sábado, m edio d ía sábado y d ía dom ingo (ha­
cía los quehaceres). A veces, día dom ingo trabajaba, pero
no era obligatorio. A veces me decía (mi esposo):“Has tra ­
81
bajado to d a la sem ana, descansa siquiera un d ía ” . Lavaba
mi ropa, lavaba su ropa. (En días particulares), tem prani­
to a las 4 :3 0 , 5:00 por la m añana me levantaba y com pra­
ba y dejaba preparado el alm uerzo. Salí calentando no
más. El llevaba su alm uerzo a su trabajo o a veces él co­
m ía en pensión.
Pero los hijos creaban el problem a más difícil para la m u ­
jer obrera. Los hijos eran seres hum anos y no ollas o ropa sucia
que podían esperar hasta que regresara de su trabajo. A veces ella
llevaba sus hijos a su trabajo. Una señora entrevistada vendía flo ­
res y cuidaba a sus hijos en el puesto de venta en la calle. Según
ella:
Yo daba un año de pecho a todos mis hijos, entonces,
cuando era bebecito, yo lo llevaba a mi trabajo. Y yo m an­
daba hacer un cajón cito, y allí se sentaban mis hijos,
com iendo su fru ta, com praba su juguete, jugando allí.
Se en treten ían las criaturas... Pero una vez ya grandes,
acá les atendía mi m am á.
La m ujer que trabajaba fuera de su casa ten ía que bus­
car a alguien para cuidar a sus hijos y darles su alm uerzo. M u­
chas veces, ese trabajo caía en la hija m ayor o en la m adre de la
trabajadora. Para una m ujer que trabajaba en fábrica:
Mi m adre quedaba con E ster cuando yo trabajaba. Ella ha
criado a mi hija Rosa, a mi hija E ster y a mi otro hijo V íc­
tor. A los tres m ayores me los dejé con mi m adre. Ella co­
cinaba para todos en general, después que falleció mi papá,
mi m am á los devolvía, después yo les aten d ía... El d ía do­
mingo una olla cocinaba yo, o tra olla cocinaba m i herm a­
na, mi m adre descansaba porque ya to d a la sem ana había
estado con los m uchachos, que sea com o sea, m uchacho
siempre es m uchacho. La pobre viejita ya estaría cansada
resondrándolos, entonces cocinábam os. A sí hacíam os,
que riéram os un rato en la casa de m i herm ana. Le d?cía
“ Mamá, alístese” y la llevaba al cinema.
Si no ten ía familia —hija m ayor, m adre, herm ana o m adri­
na— con quién dejar los hijos, la m ujer que trabajaba fuera de su
casa encargaba sus hijos a una vecina. Ese arreglo no era siempre
positivo según una m ujer entrevistada:
Les daba de com er, al ladito una señora les cocinaba y
ayudaba pues. Cuando venía en la noche me quejaban:
“ M amá, toda la com ida le daba a mi papá, y nada había
que com er. A m í me quedaba p o q u ito ” .
Un caso extrem o puede ilustrar el dilema de la m ujer obre­
ra. La entrevistada daba luz a su prim era hija a la edad de 15 años y

82
la dejaba con su m am á m ientras que ella trabajaba en una casa par­
ticular. Ella te n ía que negar la existencia de su hija en su trabajo:
Yo no decía a nadie que yo ten ía hijo, a nadie. Eso era una
reserva para m í com o m uchacha. Y como en ese tiem po es­
taba m uchacha, estaba joven pues, no parecía que tenía fa­
milia. El cuerpo no se me deform ó, era m uchacha, bien
delgadita, nadie sabía que yo tenía familia. La señorita pa­
ra arriba y la señorita para abajo, la chica para arriba y la
chica para abajo, nadie sabía que yo tenía.
Su caso, aunque especial por ser m adre tan joven, m uestra
las dificultades de ser m adre trabajadora. Ella ten ía que trabajar
com o los hom bres de su clase, pero su rol de m adre le daba otros
deberes y preocupaciones encim a de su jornal de trabajo.
A pesar de la com ún presencia de la m ujer en la fuerza la­
boral, su trabajo, m ucho más que el trabajo del hom bre, era even­
tual. Por ejem plo, aun en los casos del trabajo más inestable para
los hom bres com o la albañilería, un hom bre que perdía su trabajo
porque term inaba la construcción buscaba trabajo en otros oficios,
pero regresaba al trabajo en construcción cuando podía. El podría
tener 2 ó 3 diferentes em pleos en un año o aun en un mes. Pero, el
trabajo de la m ujer era todavía más eventual, y ella podía tener 2 ó
3 diferente empleos en el mismo día o en la misma semana. El si­
guiente caso de una m ujer ilustra bien esta naturaleza eventual en
su trabajo:
Como siem pre, he estado dedicada a los chicos, en la casa,
para salir a trabajar, he salido por hora, por hasta rato para
cocinar, lavando tem pranito, regresaba y cocinaba rapidi-
to... eventual no más, era eventual... Cosía tam bién. A v e ­
ces iba a hacer fe lim pieza, así en una casa. La familia me
daba para coser ropa. T enía amigas así para que cosía, se­
ñoras así, y que tal les gustaba que les cosía yo. Después
me regalaban siempre algo para la com ida, tam bién me
m andaban pan... Yo siempre me buscaba pues (trabajo) p a­
ra com prarles sus zapatos, su ropa. T enía amigas así, lava­
ba y les ayudaba cocinar. Me pagaban pues, y con eso me
ayudaba yo. El (su esposo) cuando se iba, no daba nada, ni
m e d io ... Me avisaba pues una amiga: “ Vienes a ayudar en
mi casa tem p ran o ” , decía. Ya a las 6:00 estaba lavando,
tendiendo. Ya planchaba un ratito su ropa... Tam bién la­
vaba para la calle. Pero en mi casa, no tan to . Mis hijos no
más llevaba los paquetes de ropa, me traían... Y hacía dul­
ces, arroz con leche, m azam orra m orada, con todo lo que
ten ía pues, me p edía. Me m andaba leche en tarro y hacía
arroz con leche, eran com o pedidos.

83
Esa m ujer hacía m uchísim as cosas en una m anera even­
tual e inform al para ganar dinero para ella y sus hijos. Es im por­
tante n o tar que su trabajo no estaba reconocido por los censos ni
reglam entado por el gobierno.
Las mujeres mismas reconocen este aspecto de su vida y
trabajo, y sorpresivam ente, lo consideran una ventaja. En las pala­
bras de una entrevistada:
El hom bre, nadie quiere darle trabajo. Pero la m ujer en
cualquier m om ento tiene trabajo, la m ujer tiene cualquier
cosa. Pero un hom bre, lo dejan no más, un hom bre si no
tiene trabajo, ¿qué hace? No hay más cobarde,
y según otra mujer:
Más trabaja la m ujer que el hom bre. Mujer trabaja con n e ­
gocio, o trabaja servidum bre, o trabaja así en su casa, así
tejidos, de todas m aneras, hay trabajo para m ujer. Por
ejem plo, salen a la calle a vender desayuno, vender al­
m uerzo, eso es plata para m ujer. Pero para hom bre, no
pues, no puede vender.
Mientras que las m ujeres reconocen este fenóm eno com o
ventaja, sus palabras m uestran que ella estaba sujeta a una explo­
tación aún más aguda de la del hom bre obrero a raíz de la n a tu ra ­
leza de su trabajo.
Además del trabajo inform al y eventual, se encuentra a la
m ujer trabajadora en m uchos diferentes oficios, con la m ayor con­
centración en los sectores de servicios, industria y artes m anuales.
El sector de servicio, uno de los más explotados, era m ayorm ente
fem enino e incluía los trabajos de dom éstica, cocinera, am a de
leche, ama de llave y lavandera. D urante to d a la época, se en­
cuentran mujeres en los oficios de corte y confección, en fábricas,
negocios, restaurantes, servicio telefónico y telegráfico. Según los
testim onios orales de las m ujeres, el trabajo dom éstico fue el tra ­
bajo de m ayor explotación. Los trabajos de cocinera y lavandera,
venta de com ida y el trabajo en el m ercado ten ían un nivel de res­
peto más alto. La costura te n ía u na jerarq u ía propia, desde trabajo
a dom icilio, de m enor status, hasta trabajo en los grandes talleres
de m odas. Aunque más respetado que los otros oficios, la costura
no gozaba del m ism o prestigio com o el trabajo en fábrica. El n ú ­
m ero de mujeres que tenían las ventajas del trabajo en fábrica n u n ­
ca alcanzaban la alta concentración de m ujeres en costura, lavado
y trabajo dom éstico. En to d o caso, los oficios m enos valorizados y
de m ayor explotación eran tradicionalm ente fem eninos.

84
Se necesita m uchacha: servicio dom éstico
El trabajo en servicio dom éstico era m uchas veces el prim er
trabajo que una m ujer o m uchacha te n ía fuera de su casa, y en el
caso de m ujeres serranas, era su prim er contacto con Lima y con el
m undo capitalino. En 1931, 1 8 .1 2 °/o de la PEA fem enina tra b a ­
jaba en servicio dom éstico. Este trabajo era quizás el m ás esclaviza­
do y explotado de todos los trabajos de la m ujer, porque era tra ­
bajo con cama adentro y con horario sin fin.
Para la m ujer o m uchacha lim eña, que hablaba castellano y
probablem ente leía, h a b ía varias diferentes m aneras de conseguir
trabajo. Quizás el m odo más frecuente usado fue a través de cono­
cidos.
Una entrevistada encontraba de esta m anera trabajo a y u ­
dando en fiestas de los ricos.
T oda la noche, uno estaba allí, yendo y lavando, recogien­
do los platos de la gente que com ían. La gente avisaba que
necesitaba una persona (para ayudar en la fiesta) o si no, a
veces me decía: “ ¿No conoces a una persona?” , y decía,
“ Yo puedo ir ” , “ Pagan ta n to ” , decía yo: “ B u eno” y me
pagaban. .
La lim eña tam bién p o d ía encontrar trabajo por m edio de
los periódicos o por una agencia:
Uno com praba El Com ercio o La Prensa y en la lista de avi­
sos econom icos, y entonces buscaba dónde h a b ía la rela­
ción de m ujeres. “ M uchacha con cam a a d e n tro ” , “ M ucha­
cha con cama afuera” , que para cocinera, que para am a,
que para servicio... Y por m edio del periódico tam bién, p e­
ro yo fu i a la agencia de m anera que se iba a solicitar a la
agencia, entonces la agencia te n ía un cuaderno y te n ía la
relación: Fam ilia Fulano de tal. La agencia me m andaba, la
agencia me pagaba pasaje. Ya el prim er d ía de mi mes me
hacían un descuento, pero era una sola vez, nada más.
La m ujer de la sierra —3 9 .2 °/o de todas las em pleadas d o ­
mésticas—llegaba a la capital sin conocerla y en m uchos casos, ha­
blaba sólo quechua. Ella experim entaba m ayores dificultades para
encontrar trabajo dadas sus obvias lim itaciones, lingüísticas y cul­
turales. Estaban en la m ayoría de los casos, a la m erced de un p a­
riente o de una m adrina. Según una m ujer de A ncash, en sus p ri­
m eros meses en Lima a la edad de 18 años:
Me h a b ía aprendido hablar un poco del castellano, e n to n ­
ces, ya una señora, que era m i apoderada, que me m iraba
com o si fuera su hija. E ntonces ella cocinaba en una casa.
E ntonces ella me recogió y ella se veía para m í. E ntonces
85
ella me dice “ F elipa” me dice, “ Donde yo estoy cocinan­
do, se va a ir la m uchacha, así que yo quiero que vayas pa­
ra ver la señora que va a ver si entiendes lo que te van a
m andar. Está bien que no sepas to d o , pero hay que en te n ­
der lo que te m andan” . E ntonces la señora dijo “ Sí, ella
e n tien d e” , y trabajaba allí pues.
Su horario pareció sin fin —desde la m añana tem prano
hasta la noche. Adem ás de este horario m atador, la m ujer dom és­
tica hacía de todo en la casa de sus patrones. Según una entrevis­
tada:
Lim piaba, planchaba, cocinaba, fui a la plaza. Más trab a­
jo, se cansa. Por eso me salí. A las 6:00 me levantaba, yo
preparaba prim ero el desayuno porque ten ía que tom ar
desayuno el señor que iba a su trabajo. Salía para com prar
el pan; después de desayuno, ya me p o n ía a cocinar , y la­
vaba a m edio día. Al otro día me tocaba de plancha. De to ­
do hacía. Sí to d o , rápido te n ía que hacer. A l d ía siguiente
de planchar, de vuelta me tocaba lavar. De lim pieza, supon­
gamos, te n ía que lim piar el piso, encerar, después sacudir,
lim piar la escalera. Yo era la única trabajando. Demasiado
trabajo. A las 7.00 com ía la familia, ya me salía con la ni­
ña, h ab ía que pasearla por el parque, ya venía y me acosta­
ba, ya a las 9 :0 0 era. Tam bién ten ía que lavar los platos del
servicio.
Varias mujeres señalaban la inm ensa cantidad de deberes
que la dom éstica ten ía que hacer com o el elem ento clave de su ex­
plotación. Según una mujer:
Le echan la casa encim a de uno. M ucho te n ía que hacer.
Tender la cam a, hacer servicio, nunca me gustaba, cual­
quier cosa sí, pero m uchacha de servicio no. T enía que en­
cerar los pisos, ten ia que tender la cama, lavar todo el ser­
vicio, cocinar, trapear, lavar... to d o servicio hasta lavar los
platos.
En las casas grandes, h ab ía oficios especializados com o la
ama de leche, que cuidaba los niños. Ella no te n ía que hacer la lim ­
pieza de la casa o cocinar. Según una entrevistada, en este trabajo:
hay m ucha esclavitud con las criaturas. Porque en las casas
que yo he trabajado, he visto la esclavitud de la m uchacha
que... se hace cargo de esa niñita. En su cuarto, está la cu­
na de la bebé, a un lado está la cuna de la bebe y a otro la­
do está su cama. Todo bien lim pio, bien aseado. Diario uno
ten ía que irse a la ducha, hacerse el aseo, a cambiarse el
guardapolvo, todo el vestuario lim pio. La bebe se enferm a,
y uno tiene que hacer las cosas de la m am á, a m edianoche
levantarse, darle m edicina, todito fastidioso.

86
A dem ás, el trabajo con los niños significaba otra serie de
quehaceres en la casa directam ente relacionado con ellos:
T enía que lavarlos, asearlos, todo eso. Estaba todo el día
desde tem prano haciendo esto. En la noche salía a las 6:00,
7:30 a s í... Les hacía com er, les llevaba a b a ila r... querían
irse a pasear en el jard ín , les llevaba, querían tocar el pia­
no, así que les llevaba. Después de ir a misa les acom paña­
ba.
Eri la opinión de todas, trabajo con cama afuera era m u­
cho más preferible, pero la m ayoría que trabajaban en servicio do­
m éstico vivían en las casas de sus patrones. Esta situación c o n tri­
b u ía a la explotación experim entada por la m ujer dom éstica. Se­
gún un hom bre entrevistado:
H abía dos contratos: cama afuera y cama adentro, de todo
servicio. Las personas que trabajaban cama adentro de to ­
do servicio, sí hacen de todo en la casa y salen una vez al
mes. Ya. Pero las personas que están otra clase, term inaba
su servicio todos los días y regresaba a sus casas.
Algunas m ujeres me contaban que se sentían presas en las
casas de sus patrones cuando trabajaban con cama adentro. Una
m ujer decía que lo que más le fastidiaba acerca de su trabajo en ca­
sa era no poder salir diariam ente:
N o , nunca me h a gustado... quedar en la casa sería co­
m o quedar en la cárcel, la desesperación en la noche, no
puedo, no puedo, nunca he podido.
Y en las palabras de o tra m ujer:
El trabajo con cama adentro, se puede decir que no hay
m ucha libertad. A veces uno sale a la puerta y m ira los carros, y
me dedicaba m eterm e a mi cuarto, de coser, de planchar mi ropa,
arreglar mi ropa, lim piar mis cositas para tener mi cuarto lim pio,
esas cosas. Eso era mi vida.
En esa época, la'em pleada cama adentro salía de la casa de
sus patrones cada 15 días, pero sólo medio día. Una m ujer que tra ­
bajaba en el trabajo dom éstico desde que ten ía 13 años decía:
Después de alm uerzo yo ten ía mi salida de las 3 de la
tarde hasta las 8 de la noche. A las 8 me p ed ía a mi padre
de llevarme a mi trabajo. A las 9, 9:30, m áxim o las 10, es­
taba allí para seguir el día siguiente. Medio día de salida ca­
da 15 días. _
Ese era el único m om ento en que ella p o d ía salir a la casa
de sus padres y ver a su hija que cuidaba su mamá.
En cam bio, la m ujer que venía de la sierra para trabajar en
Lima —el caso más representativo— no po día ver a su familia ni
87
en sus salidas. En un caso, el único co n tacto de una m ujer con su
familia era que ella les m andaba tela. En vez de visitar a su familia
durante su salida, esta m ujer relataba que:
Cuando cum plía cada 15 días, me daba mi propina. A la
cocinera le decía “ M aría, ya la cholita tiene salida. M añana
va a tener salida la cholita... M aría , llévala, hágala conocer
balnearios y calles, así, hágale co n o cer” . Y a ella tam bién
le daba propina y a m í tam bién me daba. Pero yo no iba
allá, yo no iba. ¿Ud. conoce Plaza Dos de Mayo? Esto an­
tiguam ente era bien bonito, no com o ahora. Era to d o ár­
boles, con sus flores, pero ¡qué lindas flores tenía! Y ha­
cíam os, íbam os a Dos de Mayo y nos sentábam os. Eso era
la salida. En vez de ir a la calle, allí estábam os sentadas, y
allí h ab ía vendedoras de frutas. A m í m ucho me gustaba el
dulce, cosa dulce, y com praba. Con esa propina que me da­
ba, con esa com praba yo. Alcanzaba y la señora com pra­
ba. Tom ábam os agua gaseosa. Eso era en vez de pasear, a
la calle. Sentada no más, conversando con ella. No h ab ía
carro y se p o d ía pasear. Después, regresaba. Yo dorm ía ca­
m a adentro. Salí después del alm uerzo. T enía que servir,
después, ya nos íbam os. __
En térm inos de sueldo, el trabajo de dom éstica tam bién era
m uy explotado. En raros casos, ella recibía un sueldo fijo; general­
m ente ten ía solam ente casa, com ida, una p ropina en su d ía de sali­
da y, en una casa de patrones generosos:
Cuando h a b ía fiesta, 28 de Julio, me com praba una telita.
Me m edía, me lo cosía y me regalaba el vestido, com o gra­
tu ita pues, contentos de los quehaceres que hacía... Hay
gente que regalan a su servidumbre.
Además de ser un trabajo pesado, con sueldo bajo o inexis­
tente y poca libertad para salir, el hecho de vivir con sus patrones
podría ocasionar m uchos problem as. La dom éstica estaba bajo el
control de sus em pleadores en cuanto a cosas m uy tangibles, co­
mo su com ida. Según una m ujer:
Daban una miseria de com ida. El m uchacho ten ía que co­
m er hasta la cáscara de huevo. A m í no me daban de co­
m er. Yo había dicho a mi m am acita que me guardara que
comer para la hora que salía, para com er. Mi m am á me
guardaba y me daba de com er mi m am á, porque allí no se
com ía. Yo tuve cuestión de 5 o 6 días y después ya no
más. ¿Cómo me iba a m orir de ham bre? ¿Cómo iba a es­
tar allá si no me daba de comer?
Pero m uchas mujeres que trabajaban en servicio dom éstico
no ten ían la libertad para salir y tam poco (en el caso de m ujeres
de la sierra) ten ían una m adre en el barrio que les guardaba com i­
da.
En cuanto a su libertad de cambiarse de una casa a otra, la
m ujer dom éstica sufría grandes restricciones. Ella ten ía que pedir
perm iso especial de su p atró n , com o ilustran las palabras de una
m ujer:
Yo estaba solicitando a la cocinera que me busque tra b a ­
jo , para salir de esa casa. E ntonces la cocinera me decía
“ Ya, no te va a dejar” , y te n ía yo que conversar con Don
Raúl. Porque en ese tiem po, no p o d ía salir no más. El p a­
trón te n ía que poner un aviso en la puerta que necesita una
sirvienta o cocinera, entonces viene la o tra y entonces uno
sale. T enía que tener alguien para reem plazarte.
Las m ujeres dom ésticas tenían que vivir adem ás con el pa-
ternalism o y racism o de sus patrones diariam ente. La práctica c o ­
m ún de llam ar a la dom éstica “ cho lita” o “ negrita” no solam ente
dem uestra un racism o ocultado p o r térm inos de “ cariño” , sino
tam bién la actitu d de superioridad de los patrones frente a sus em ­
pleadas. En las palabras de una m ujer:
E ntonces a m í me llam aba, no me llam aba por mi nom bre,
sino decía “ C holita” . El p atró n me decía “ Cholita, ven’^ y
yo iba... Era un térm ino de cariño —“C holita” . “ C hola” —
ya eso es insulto, ya tra ta m al, pero “ cholita” no. Hay
personas que dicen “ Esa chola” —eso pues es insulto. Pero
decir “ C holita” , eso es cariño, cariñoso. A m í me_decía la
señorita “ No vayas a m olestar hijita porque el señor Raúl
te dice “ C holita” , no, eso es cariño” . Su señora del señor
Raúl me decía esto.
Y según una m ujer negra:
Los patrones me decían “N egra” o “ N egrita” , pero con ca­
riño. Hay que ver cóm o se pronuncia la palabra, cóm o se
dice. Si me dicen “ A nda, Negra” (dicho con desprecio)
eso es insulto.
En am bos casos, las m ujeres enfatizaban que el uso de las
palabras raciales era cariñoso, pero sus palabras dem uestran su p o ­
sición subordinada, no solam ente por su trabajo, sino tam bién
por su raza. .
Las entrevistadas dem ostraban una profunda am bivalencia
frente a sus patrones. Bajo la superficie de sus palabras describien­
do a sus patrones com o cariñosos y generosos, hay el reconoci­
m iento de su explotación. Un caso m uy ilustrativo de las dos ca­
ras de la relación dom éstica-patrón es el relato de una m ujer que
decía al principio de la entrevista que su patrón:
89
Era com o si fuera mi p a d re ... (Me decía) “ Hija, si m añana
más tard e cualquier cosa te pasa, si te pega o si tú sufres,
vente a mi casa” ... Y mi p atro n a me decía “ Vas a comer,
hija, para tu salud. Plátanos de isla, m anzana, naranja, esas
cosas vas a com er, porque eso es una gran cosa, alim ento.
Pero después, el resto, no. Hay otras frutas, tienen gusano.
Se puede com er y se enferm a” . Y todo eso me hacía ver
ella. Y por eso, y o , con ella, cuando ella m urió, yo he su­
frido .
Pero en el largo proceso de la entrevista con esa m ujer, sa­
lía a la luz la o tra cara de la relación dom éstica-patrón. El padre de
su patrón pensaba que él ten ía el derecho de usarla para sus
propios deseos sexuales. Ella contaba que:
Yo d orm ía con la hija m ayor. Ella te n ía una cama así, y yo
te n ía otra cam a con la cuna a mi lado para los chicos.
Y allí pues, su padre de señor Raúl me hizo a su sta r...
Me hizo asustar. Dice cjue era costum bre que ten ía, por
eso la señora dijo: “ Raúl, yo no puedo tener servidum bre
m uchachas buenas m ozas, porque así lo hacen. Es bien
m añoso ese viejo” . Yo me asusté y yo te n ía que quejar
adonde mi patrón. Ese viejo te n ía costum bre para vivir
con uno, tener relaciones con uno, con la servidum bre.
Esa costum bre dice que te n ía ese señor. Y por eso la
señora cam biaba la cocinera casi m ensualm ente. No
la aguantaba las cocineras. Después de que me pasaba eso,
ya, todo era cama afuera. Después de alm uerzo, iban a sus
casas las cocineras, iban a sus casas. Pero yo te n ía que estar
allí.
Este caso ejem plifica la explotación intensa que sufría la
m ujer dom éstica, y cristaliza su falta de libertad. Ella te n ía que p e ­
dir perm iso para salir a la calle, no p o d ía escoger ni lo que iba a co­
m er, y tam bién estaba sujeta a violación por sus patrones, sin el
poder de defenderse o trasladarse a otro trabajo con facilidad. Por
todas esas razones, el trabajo en servicio dom éstico era uno de los
trabajos más despreciados por las m ujeres entrevistadas.

En la cocina: el trabajo de la cocinera


Por la falta de libertad y el horario sin lím ite del trabajo
cama adentro, unánim em ente las m ujeres entrevistadas veían al
servicio dom éstico com o esclavizado y opinaban que el trabajo en
una casa particular con cama afuera era preferible y más respetado.
La categoría más com ún del trabajo cam a afuera era la de cocine­
ra. En 1908, 11.91o/o de la PEA fem enina eran cocineras; de

90
ellas, 1 7 .7o/o eran negras, 4 .3o/o eran blancas, 41.9o/o eran m es­
tizas y 3 6 .0o/o eran indias. Muchas mujeres entraban al ram o de
la cocina después de haber trabajado con cama adentro.
A unque tam bién era un trabajo con horario m atador, la
cocinera por lo m enos te n ía una salida diaria; al term inar su traba­
jo se iba a su casa para hacer sus quehaceres allá.
Una m ujer entrevistada relataba cómo llegó a pasar a ser
cocinera. Su prim er trabajo fue com o dom éstica y allí aprendió
a cocinar, ayudando y observando a la cocinera. Ella contaba que:
Cuando ya term inaba mis quehaceres, de arreglar los d o r­
m itorios que me correspondían, de lim piar el baño, de ha­
cer to d o eso que querían, ya cuando todo era arregladito,
poom , me iba a la cocina. H abía papas para pelar, para san­
cochar... ella preparaba, y yo ayudaba.
En casas más hum ildes, de la clase m edia que no tenían
cocinera, la misma señora enseñaba a la m uchacha a cocinar. En
las palabras de una cocinera:
Siempre me ha gustado cocinar, y la que me enseñaba era
una señora que fui a trabajar en su casa cuando ten ía 16
años pues. Ella me dijo “ Vas a hacer así, com pra el hueso”
... Gracias a ella, todo me ha enseñado a cocinar. Después
iba entrando casas así, se cocinaba en distintas m aneras,
com ida extranjera, com ida italiana, com ida china, de todo
hay.
Con tiem po, una m ujer que iba aprendiendo el arte de la
cocina, p o d ía aspirar a ascender de “rango” .
Por ejem plo:
La cocinera de prim era es la que hace pasteles, bocaditos,
tortas. Hay 10 personas para alm orzar, le pone la plata
(para com prar la com ida) nada más. Esa persona, com o es
prim era, ya sabe ella qué hacer. Las otras, ya, tiene que
explicarle qué vas a hacer esto, el otro. La cocinera de se­
gunda hace cualquier cosa, no más. Le tiene que enseñar la
señora de la casa, así que le paga menos tam bién. A m edida
que uno va aprendiendo, va subiendo el sueldo.
Para la cocinera, el día em pezaba tem prano, y seguía hasta
la noche. Según una m ujer que cocinaba la m ayor parte de su vida
en el trabajo:
Yo estaba con cama afuera. Yo entraba a las 9:00 de la ma­
ñana, y salía a las 9.30 de la noche, a las 10.00 de la noche.

91
A la hora que ellos venían, querían com er, venían los hijos
del cinema. Y a esa hora ya me desocupaba, dejando lava­
do las vasijas, y ya a las 10.00 de la noche; estaba en mi
casa. . . Cocinaba, te n ía ya el recado, ya po n ía a hacer el
caldo, después ya a hacer el arroz. V enia (la familia) y
m andaba el caldo, la sopa en una sopera. En o tra fuente
m andaba el arroz y en o tra el guiso. Ellos alm orzaban a la
una. Dejaba de hacer mis cosas, y yo lo servía y ya alm or­
zaba. A la una y m edia yo alm orzaba. Me decía “ Oye
alcanza un ten e d o r” . . . “ Recoge ya las cosas de la mesa,
los platos, m anteles to d o ” ... Después, ya yo alm orzaba.
Lavaba las vasijas y salía para mi casa. En mi casa, descan­
saba un par de horas, me p o n ía a hacer los quehaceres de
mi casa. A lavar, a coser, a planchar, no falta p u e s... Des­
pués regresaba a las 6.00 de la tarde, porque ellos iban al
cinem a, y salían a las 9.00 de la noche. Por ejem plo, si
hacía asado, ya lo dejaba listo para solam ente hacer el
arroz no más. Hacía las com pras un m uchacho que se lla­
m aba Alberto. Al final del día, a las 9.30, dejaba to d o lim ­
pio para no estar el otro d ía lavando las vasijas y to d o .
La cocinera te n ía unas horas de descanso, que p o d ía apro­
vechar para salir a su casa, pero hay que n o tar que en este “ descan­
so” , ella hacía los quehaceres de su propia casa —o tra ilustración
de doble jornada de la m ujer obrera.
En unos casos, la cocinera se veía obligada a hacer otras ta ­
reas en la casa. Según una entrevistada:
T enía que cocinar por la m añana y po r la tarde. Uno entra
a las 8.00 po r la m añana, y sale a las 3.00 de la tarde. Des­
pués, a las 6.00 po r la tarde, em pieza a cocinar o tra vez pa­
ra salir a las 9.00 o las 10.00 porque uno te n ía que dejar
todo listo y lim piecito, to d o igual, conform e, to d o , todo...
y daba la m ano en cualquier cosa tam bién, otras cosas, iba
a com prarles, ayudar, atender algo adentro, la mesa. A yu­
daba a las m uchachas que trabajaban conmigo, ayudarles
de poner la mesa.
Como m uchos otros trabajos en la clase obrera, se conse­
guía trabajo en cocina en parte po r la ayuda de un conocido. Una
m ujer relataba que:
Vivía una señora al frente, Señora Aguilar, y ella trabajaba
en cocina, era una cocinera de prim era, y nos avisaba. D on­
de ella trabajaba, la familia era num erosa pues y la encar­
gaba y ella venía a mi casa. “ En tal parte, necesitan cocine­
ra, vaya en nom bre m ío ” decía. Solam ente la recom enda­
ción de la señora se necesitaba.
92
Con la escobilla y alm idón: el trabajo de la lavandera

La vista de la espalda doblada de una m ujer lavando ropa


en un balde frente al caño de su callejón era com ún en la Lima
Obrera entre 1900 y 1930 a casi cada hora del d ía y hasta en la n o ­
che. Mujeres de la clase obrera no solam ente lavaban la ropa de sus
familias sino tam bién lavaban para casas particulares.
El censo de 1908 registraba un enorm e núm ero de lavan­
deras, 5,166 ó 2 4 .7 0 °/o de la PEA fem enina. Enseñada desde n i­
ña a lavar su ropa y la ropa de su familia, la m ujer obrera co m ú n ­
m ente buscaba “ una ropita para lavar” para aum entar el presu­
puesto familiar.
Lavar en casa era un trabajo m atador, tan explotador com o
otros trabajos llevados a dom icilio. La lavandera tam bién sufría
por la falta de un horario fijo po r las malas condiciones de trabajo.
Sólo el desgaste físico era enorm e. Una m ujer decía que la lavande­
ra:
sufría m oralm ente más, porque te n ía que recoger la ropa,
andar con trem endos paquetones de ropa, te n ía que lavar
hasta tarde, planchar, en ese entonces, la ropa era con
alm idón. . . Mi m am á te n ía una com adre, pobrecita, cóm o
trabajaba, sudando. La señora te n ía que tener su brasero.
No había plancha eléctrica, to d o era a carbón, y te n ía que
tener ella to d o el tiem po vapor en la cara, y después lim ­
piar bien la plancha para ponerse a planchar esa ro p a con
alm idón. Era trem endo ese trabajo.
O tra descripción del trabajo de lavandera tam bién refleja­
ba sus aspectos pesados y cansadores. Según una m ujer que lavaba
todo su vida:
Hay cosas que hierven y cosas que no se hierven, hay cosas
que se hace con dos rem ojos con la m ano. Todos no saben
igual. Hay unos que hacen un solo rem ojo y ya está lavado
to d o , otros n o ... R opa blanca, por ejem plo, prim ero se des­
agua, esto es cóm o se lavaba a n te s ... Despues se pasaba t o ­
do con sal de soda. Después hacía to d o con jaboncillo, des­
pués venía el hervido, después se sacaba esta ro p a blanca y
se enjuagaba bien y se echaba desm anche hasta el o tro día
quedaba. Pues, yo no trabajaba con la ropa de color no-
más. Era to d o un d ía de trabajo. Después, echaba alm idón
a los cuellos, a los puños.
En el invierno, el trabajo de la lavandera era aún más difícil

93
y pesado por el frío y la hum edad de Lima. Las mujeres recono­
cían el efecto de este trabajo en su salud. Como me c o n ta k i una
mujer:
Yo tengo reum atism o, com o le decía antes. Se lavaba con
agua fría y después con agua caliente. Yo tam bién lavaba
ropa para la calle. Entonces cuando uno llega a una edad,
ya me dolía todo.
Lavado a dom icilio era uno de los trabajos que buscaba
con frecuencia la m ujer en m om entos de crisis económ ica en la fa­
milia. Por ejem plo, cuando no p o d ía conseguir trabajo en cocina,
una entrevistada buscaba:
un lavadito, que les ayudaba en algo, alguito. Pero fijo, fi­
jo, no tenía. Un d ía sí, otro, no. . . Pero siem pre trabaja­
ba. . . Yo nunca era ociosa.

O tra m ujer trabajaba en un puesto de venta en el m ercado,


y después de term inar ese trabajo, ella buscaba hacer lavado. Se­
gún ella:
A m í me gustaba lavar bien lim piecito. Yo lavaba ropa, y
yo la entregaba. Se lava bien y se lo entregaba. No te n ía
problem as con el caño, porque yo lavaba p o r la noche. Por
ejem plo, yo com encé a las 8.00 y term iné a las 10.00. No
po d ía lavar al m ediodía porque ten ía que trabajar (en el
m ercado). Era una ayuda no más la ropa. A veces me da­
ban y a veces no.
Para conseguir trabajo de lavado, una buscaba en el perió­
dico o tam bién, preguntaba en las plazas, com o hacía una m ujer
entrevistada:
Se iba a la Calle Lima, en Chorrillos en que estaba to d a la
gente rica, siem pre necesitaban. En la plaza avisaba. Cual­
quiera venía y avisaba que necesitaba una persona para la­
var. En la plaza, en los puestos así, le encargaba, y estas
señoritas dio la voz a o tra señorita y le daba trabajo así.
Y o te n ía que trabajar así.
La m ujer que lavaba en su casa te n ía que trabajar en el am ­
biente conflictivo del callejón. Ella lavaba ropa para la calle en el
mismo caño com ún en el cual estaban todas las m ujeres del calle­
jón lavando ropa, platos, ollas, com ida y sus niños. La lavandera
desarrollaba varias estrategias para evitar problem as en el caño, pe­
ro la falta de recursos dificultaba su trabajo. Según una señora
que ha lavado ropa más de 50 a ñ o s:

94
Teníam os un caño para to d ita la gente. Uno esperaba y
cuando term inaba la otra, a lavar y lavar. Todo se llevaba
al caño, hasta los platos. Todo eso se llevaba. Se esperaba
una. Para evitar to d o eso, se levantaba a las 5.00 de la m aña­
na, y ahí entraba para aprovechar. Pero después, para la­
var el arroz, to d o , allí en el caño, lavar la últim a olla tam ­
bién. T odo, to d o se lavaba en el caño. Era una cosa atroz,
terrible. . . T enía que haber problem as allá. No ves, había
gente que venía, po n ía su balde y después decían “ ¿Quién
se lo sacaba?” . Y to d o lo sacaba (del caño). Y le gritaba
cuando le daba la gana. Así que entraran otras y así se
agarraban pues, entonces ya, para evitar to d o eso a
las 5.00 de la m añana me levantaba.

La m ujer que lavaba para la calle ten ía que vigilar su ropa


para que no fuera robada de los cordeles. Este aspecto de la vida
en el callejón afectaba a todas las mujeres que vivían allí, pero aún
más a la m ujer que lavaba para la calle. Como decía una lavandera:
Una lava para la calle, necesita un lado para tender la ropa.
Se ponen cordeles y se lo tiende allí. Pero a veces jalaban la
ropa, se la robaban, ropa de la calle. Y tengo que pagar
pues. Hay que pagarlo. Cuando uno va a entregar la ropa,
uno ya le avisa, y entonces le quita la m itad de lo que le va
a pagar a uno. Todo lo que gana, le quita la m itad hasta
que pague pues. Uno piensa “ T anto voy a recibir.^, voy a
recibir de mi lavado” . Uno va y te dicen “ ¿Y lo que te han
robado?” Va uno y te dicen “ Ah n o ” y se queda la m itad,
y te n ía que sacar. ¿Cuánto tiem po van a estar quitándote?
Hasta com pletar lo que debes. Así lo hacen. Malos son la
gente. Te lo jalan así no más.
Para evitar esos problem as, las lavanderas buscaban clientes
fijos y se iban a sus casas para hacer el lavado. Por ejemplo:
A las 7.00 por la m añana hay que estar allí (en la casa del
cliente). Hay cualquier cantidad de ropa, te dan en canti­
dad. Ese mismo día hay que hacerlo. . . Lavaba lunes y el
d ía jueves te n ía que regresar y planchar. Todo el día por la
m añana, tem pranito. A veces hasta m artes tam bién si había
m ucho y no lo acababa, pero ten ía que hacer, to d a la se­
m ana. (Se iba a varias casas en el mismo día). Iba, por ejem­
plo y term inaba antes de las 10.00 por la m añana. Después,
iba a la señora Nini, allí, otro rato trabajaba, te n ía cual­
quier cosa. Term inaba, salía a las 12.00 del día. En la
tarde, me iba a o tro , no ganaba m ucho, eso hacía todos

95
los días, después te n ía que planchar tam bién.
Trabajando así, una lavandera llenaba la sem ana con clien­
tes, y siempre ten ía trabajo, hasta no poder descansar. Según una
entrevistada:
V í un aviso en El Com ercio que la fam ilia Susti necesitaba
una lavandera y de allí m ism o la señora me recom endó a su
herm ana, su herm ana me recom endó a su prim a, su prim a
me recom endó a o tra amiga. Así que te n ía cuatro partes,
lo que no te n ía era descanso, ves, solam ente el d ía dom in-
. go a veces. No , no había, hasta ahora mismo no descanso.
La m ujer que trabajaba en una casa particular lavando ropa
experim entaba conflictos en su relación con las otras sirvientas. Su
posición era más difícil porque ella vivía afuera y no com partía
el m undo de las dom ésticas. Según una lavandera:
En esta casa, la única de color era yo. Todas eran provin­
cianas. Pero yo les sobrellevaba. Si al principio hab ía un
choque o algo, en otras casas es m uy fastidioso. Siempre
una de ellas estaba encargada de dar a u n a el m aterial, la
ropa para lavar. Cuando uno te n ía fastidio con esta perso­
na, ya no te daban el m aterial tem prano. Por ejem plo, el
jabón, todo eso. Uno decía “ Oye necesito el A ce para. ...”
y parecían las sordas. Era un fastidio pues. Eso se po n ía
a uno tardísim o y no te n ía cuándo term inar. . . Yo me
aprendí a no fastidiarm e con ellas ni nada pues, porque
el perjuicio era para m í. Ellas estaban bien, porque ellas
• quedaban. Yo, pues, te n ía que salir a la calle. . . A veces,
no me daban la ropa, o si me daban, daban la m itad, y de
repente cuando ya veían que uno había term inado, me
traían la o tra m itad p o r m ortificar. Así hacían po r fasti­
dio.
Esa misma m ujer relataba problem as que ten ían con sus
clientes para cobrar su sueldo:
El problem a era que no paguen a uno. Ni le pagan. Le mor-
tificap a uno, pero com o uno necesita, regresa o tra vez al
mismo sitio ... mal pagado pues. D eben pagar bien, pero
no le p ag an ... Por ejem plo, voy el d ía m artes, voy, le lavo,
tengo que ir a planchar el d ía jueves. Tengo que ir sola­
m ente a planchar, ¿no le parece?, lo que he lavado. No se­
ñor. Que cuando voy yo, encuentro un buen poco de ropa
allá para que lavar antes de planchar. Pero eso no me lo
pagan, ese buen poco de ropa que me daban, eso no entra
la cuenta. Igualito me pagan a m í. Lo que he planchado,
sí, me pagan, pero lo que he lavado, no pues.

96
Por escaparse de la explotación que im plicaba lavar a dom i­
cilio y en casa particular, ciertas m ujeres buscaban trabajo en una
lavandería. Ese trabajo era preferible porque:
En la lavandería, uno hace eso solam ente, term inas y fin.
Pero en la casa uno tiene que hacer u n a cosa y o tra y o tra
y esto es lo fastidioso. Más fácil es en la lavandería: uno
entra, hace eso, term ina eso y ya está. Pero en la casa no
es así. Tienes que cocinar, tienes que hacer cualquier co ­
sa, y le quitan a uno tiem po. En la lavandería, no. A de­
más en la lavandería, la lavandera no te n ía que buscar la
ropa o los clientes: En la lavandería, tú tienes una mesa
y tu canasta de ropa. Term ina .esto y lo tiende esa can ti­
dad y después avisa que ya term inó eso. Vienen y te traen
más.
A pesar del fastidio y la naturaleza tan cansadora del tra ­
bajo de la lavandera, una de las entrevistadas afirm ó que era m ejor
que otros oficios de la mujer. En sus palabra:
Siempre me ha gustado lavar. La cocina poco me ha gus­
tado, nunca. Lo que me gusta es lavar. Sí, cualquier can­
tidad, pero cocina no. No me gusta estar m etida to d o el
día, eso no me gusta. . . Lavando hay tnás libertad. Se tie n ­
de, se va. Term inas, dejas to d o arregladito, ya está to d o
tendido y ya está. Yo me fui a las 6.00 de la m añana, y
a la 1.00, las 2.00 de la tarde estoy afuera. Ya no voy has­
ta el o tro día, el otro d ía me toca a m í a planchar y e n tre ­
gar esta ropa. No me fastidian más.
D entro de una variedad de trabajos explotadores, esta m u­
jer escogía el trabajo en el cual ella veía la m ayor libertad ’dfe h a ­
cer lo que ella quería con su tiem po. En un m undo de trabajos con
pocas ventajas, ella subrayaba las ventajas de un oficio que ella
había practicado en más de cincuenta años.

En la Plaza: la m ujer vendedora


Los m ercados eran un m undo de m ujeres; llenos de amas
de casa haciendo sus com pras y m ujeres vendiendo de todo. En el
año 1931, las 1,617 m ujeres que trabajaban en el sector com ercio
form aban 4.6 o /o de la PEA fem enina. Aunque no aparece en k>s
censos, m uchas m ujeres hacían la venta eventual de com ida y otros
artículos para ayudar a m antener sus familias.
La preparación de com ida para venta era com ún entre
m ujeres de la clase obrera. Ellas integraban este trabajo con los

97
quehaceres de su casa, y los hijos m uchas veces ayudaban a vender
lo que ellas habían preparado. Cocinaban una variedad de dulces y
comidas en las mismas cocinas en las cuales ellas preparaban el al­
m uerzo para sus familias. Una entrevistada:
Hacía pastelillo de yuca. T enía que m oler la yuca. H acía­
mos eso cuando quedaba bastante yuca. H acía cam otillo,
ese cam ote con azúcar, clavo de olor. Lo freía, sacaba, lo
apañaba. Eso era para la venta. Yo vendía, yo tam bién ha­
cía la masa. Después papa rellena, en cantidad hacía. Allí
mismo vendía en esquina. A veces. . . pescado frito tam ­
bién. V endía 2 docenas, 3 docenas de pescado.
Las m ujeres tam bién construían puestos para la prepara­
ción y venta de com ida afuera de sus cocinas. Una m ujer relataba:
Yo salí para la calle a vender desayuno, pescado, com ida.
Eso era más pesado. Ir, traer papa, carne, relleno para el
desayuno. Eso era pesado. T enía que salir al m ercado para
com prar lo que vendía. Ese trabajo que yo te n ía , me levan­
taba a las 5.00 de la m añana,para hacer desayuno en la ca­
lle. E ntonces, yo te n ía un hijo que me ayudaba, llevaba
una canasta, con to d o preparado, llevaba y me dejaba. En­
tonces yo ten ía que preparar los chicharrones, cam ote fri­
to , huevo frito, to d o te n ía que preparar en un plato gran­
de. . . C om praba to d o un d ía anterior en el m ercado, pero
pescado com praba diario. Fui a un m ercado m uy lejos. Ve­
níam os con carro. Por ejem plo, por la tarde ya yo prepara­
ba com ida: papa a la huancaína, tallarines, pescado frito,
todo. Me term inaba a las 7.00 de la noche. Entonces de
allí mismo me iba al m ercado para com prar, para el día
siguiente. C am ote com praba en cantidad y te n ía que to ­
m ar una carrera y con esas traía. Iba por pescado diario
porque se malograba.
Era trabajo pesado, m uchas veces en pésimas condiciones.
Com o explicaba una m ujer que vendía desayuno:
Tiem po de invierno en Lima, hace m ucho frío acá. Yo te ­
n ía que estar sentada en la esquina. Y ese frío . Me ha aga­
rrado y tengo el hígado m alogrado, y los riñones que com ­
plican el hígado y tengo reum atism o.
Para la m ujer que preparaba com ida en su casa, su ' centro
de tra b a jo ” era su hogar, y generalm ente reinaban condiciones
m uy insalubres, según inform aron los Inspectores de Salud de la
M unicipalidad de Lima. La m ujer obrera vivía y trabajaba en con­
diciones que po n ía en peligro la salud de ella, de su fam ilia y de

98
sus clientes. Según un inform e publicado en El B oletín de la Mu­
nicipalidad de Lima en 1917:
la form a asquerosa en que se hacen esas vendimias, en ver­
daderos focos de infección, dada la contam inación por el
polvo y las moscas de los artículos alim enticios que en es
tos lugares se expenden; pues aparte de la m anera que se
preparan las frituras, com idas y picantes, en los domicilios
de los industriales en donde no se conocen los m enores
conceptos de higiene; en habitaciones reducidas donde hay
aglom eraciones de personas y animales y posiblem ente al­
gún tuberculoso y que por el hecho de estar ubicadas en
casas de vecindad o callejones, es imposible su vigilancia
por esta Inspección, dada la carencia absoluta de Inspecto­
res Sanitarios. . .Los com erciantes de este género carecen
del capital suficiente para fom entar (la salud). . . A parte de
las resistencias que ellos encuentran para cum plir con los
preceptos que aconseja la higiene en esta prim ordial in­
dustria, procuran, dado su pequeño capital, conseguir el
m ayor lucro en su negocio, para esto buscan el que los ar­
tículos que se em plean en la condim entación de sus ali­
m entos y preparación de bebidas sean de últim a clase (75).
H abía m ujeres que tam bién trabajaban en las plazas, ven­
diendo abarrotes por m ayor. El censo de 1908, registra 182 pla­
ceras, 364 com erciantes mujeres y 164 abastecedoras (76). Ade­
más, m uchas familias que vivían y sem braban en la chacra cerca a
Lima traían sus productos para vender por m ayor en La Parada.
Una m ujer describía un d ía cuando ella era joven y venía con su
m adre a Lima:
Mi papá se quedaba allá en la chacra, cuidando. En camión
veníam os y después nos íbam os en la calle. Por cajones
vendíam os. T anto costaba, pedía a mi m am á y pagaba. E­
ra m ayorista, venta por m ayor. Uno alm orzaba acá en la
plaza, en Lima. Después por la tarde fuim os a la chacra de
nuevo, a las tres po r la tarde. . . Era una cuestión de tres
horas, porque rep artía rápido.
La m ujer que vendía en la plaza se levantaba tem prano y
cuando term inaba de vender, hacía los quehaceres de su casa.
Según una m ujer que trabajaba en m ercados desde la edad de 8
años:

(7 5 ) Ibid.
(7 6 ) Censo d e la Provincia de L im a (Lim a, 1 9 0 8 ), p. 9 1 5 .

99
V endía ajos, a veces vendía fruta: lim ón, tom ate. V endía
en La Aurora. Era am bulante con carretilla. Pero des­
pués cuando me casé, ya no quería. . . Bueno, me iba a las
6.00 para com prar ajos, a los 7.00 estoy regresando, 7.30
a la 8.00 estoy vendiendo. Hasta las 12.00. A las 12.00 me
iba, cocinaba en la casa de mi herm ana, hacía las cosas
que ten ía que hacer.
Cuando era más joven —9 ó 10 años— esta m ujer vendía
fruta:
Bueno, cuando mi tía me llevaba (para com prar en el m er­
cado m ayor) era pues las 4 ó 5 de la m añana, pero para la
verdura era las 2 de la m añana, 3 de la m añana para agarrar
cebolla. Ibam os a la Parada. Después veníam os en carreti­
lla. Yo em pezaba a vender en la plaza a las 8 pues, y term i­
naba, bueno, a veces se term inaba a la 1, 2 de la tarde. To­
davía sin tom ar desayuno, sin alm orzar, sin com er.
Las condiciones de trabajo para las m ujeres que vendían
en las plazas eran insalubres, y m uchas vendedoras tam bién cui­
daban sus hijos en el am biente infeccioso del m ercado. Según un
artículo en Las M emorias de la M unicipalidad de Lima publicado
en 1903:
La aparición de la peste bubónica en el Callao im puso el
inm ediato saneam iento de Lima y la enérgica adopción de
medidas aconsejadas po r la higiene en tales emergencias.
Entre estas medidas, la más radical fue la desocupación de
los m ercados de La Concepción y de la A urora, converti­
dos en evidentes focos de im purezas y en madrigueras de
ratas. Instalados los puestos de venta en las plazas y calles
adyacentes, se iniciaron los trabajos de lim pieza en los m er­
cados, pero el estado general de ellos no perm ite repara­
ciones parciales, pues los edificios mismos am enazaban de­
rrum barse (77).
Y en 1927, se publicó que:
Desde que se construyó el M ercado Central hace más de 20
años, no se ha renovado la pintura, se ten d rá la idea del es­
tado tan asqueroso en que se encuentra. Un lugar com o és­
te de expendio de artículos com estibles d eb ía de tenerse
pintado constantem ente ya que su construcción de m adera
no perm ite el lavado constante para asegurar su aseo, espe-

(7 7 ) Memorias de la Ciudad de L im a (Lima, 1 9 0 3 ), p. 33.

100
cialm ente los techos (78).
No solam ente estaban las verduras y legumbres en esas con­
diciones “ asquerosas” , durante 4 a 8 horas diarias, las m ujeres y
sus hijos estaban allí en las mismas condiciones.
Com ún era la m ujer obrera que daba pensión. Com o m u­
chos oficios fem eninos, era algo que uno po d ía hacer com o acti­
vidad principal o trabajo eventual para tener ingresos adicionales.
Una m ujer ayudaba en una pensión grande y describía su largo día
de trabajo:
Yo entraba a las 7.00, a veces a las 6.00 de la m añana y ese
trabajo era pues, la señora le daba a bastante gente pen­
sión. . . Furo hom bres no más venían, trabajaban en el ca­
mal. . . Eran bastantes, com o una cosa de com o 40 o 50
personas, alm orzando no más. . . Allí iba yo pues, pura­
m ente para lavar platos, yo vivía en otro sitio e iba cam i­
nando a la pensión. . . La salida era a las 10.00 de la no­
che. Yo preparaba, escogía arroz, pelaba papa, o a veces
pelaba yuca, para que cocinara ella. . . El arroz venía sucio,
te n ía semilla y eso teníam os que quitarle para que haga
arroz. . . Después ya principiaba a alistar los platos, platos,
bastantes ya, alistaba y después ya llegaban, cuando era las
11.00, ya llegaba la gente. Yo hacía todo en la cocina, ayu­
daba. La dueña era cocinera. Y así, y había un m uchacho
que servía, servía a la gente. El tam bién m andaba a la plaza
para com prar. Decía “ Vaya a co m p rar” y se ib a ... Después
ya, él ten ía que lim piar y barrer el piso, sacudir las mesas,
hacer la limpieza. Yo puram ente era para ayudar a la se­
ñ o ra ... Yo dem oraba en mi trabajo desde las 7.00 de
la m añana hasta las 10.00 de la n o c h e ... Yo, cuando recién
llegué a Lima, oy, m ucho yo sufría.
En este trabajo, la entrevistada tam bién preparaba masa
para picarones para que la dueña de la pensión los friera y vendie­
ra.
Para otras, el dar pensión era más inform al. La m ujer se
po n ía en co n tacto con un estudiante u obrero soltero y sim ple­
m ente los agregaba a su familia. . . Echaba un poco más de arroz a
la olla, unas papas más al guiso o frejoles y se servía al pensionista.
Era poco el ingreso, pero form aba parte del m undo de pequeños
trabajos que hacía la m ujer. En las palabras de una m ujer:

(7 8 ) Memorias d e la Ciudad de L im a (Lim a, 1 9 2 7 ), p. 97.

101
El (su esposo) me daba una libra semanal. . . no alcanzaba
nada. . . cuando estaba con mis hijos, y cocinaba, daba
pensión, lavaba, cualquier cosita.
La m ujer sim plem ente ex tendía sus quehaceres no-rem u­
nerados de am a de casa para ayudarse en el m antenim iento de su
familia.
La pobre obrerita: la costurera
Según la creencia popular, la costura era el oficio quizás
más valorizado para una m ujer y se consideraba que el aprendiza­
je de costura p o d ría ser para una niña la m anera de salvarse de la
miseria y pobreza. El alto nivel de respeto otorgado a la costurera
se puede ver en las insistencias de las tías de una m ujer para que
ella aprendiera el oficio:
Mis tía s decían “ A prende a coser, aprende un oficio,
aprende algo. ¿M añana cóm o vas a vivir? Eres una ociosa” .
Me decían un m onto de cosas. “ ¿Quién te va a m antener?
A prende a coser” . •
El m ito popular veía en la costura un m odo honrado y
respetado de trabajo para la m ujer, a diferencia de los trabajos aún
más explotados de dom éstica, cocinera y lavandera. Según J o a ­
quín Capelo, un proto-sociólogo que escribía volum inosam ente
acerca de Lima al principio del siglo:
Cuántas lágrimas de hum illación y de vergüenza cuesta
conseguir costura a una pobre m ujer, que busca en este
m edio honorable, la m anera de vivir honradam ente. La
costurera de Lima es el tipo más digno de la protección del
hom bre (79).
El vals de Felipe Pinglo, La Pobre O brerita, dem uestra la
esperanza de una m ujer costurera que p o d ía salir de la miseria
solam ente con su Singer y su trabajo:
Sumergida en ensueños de pobreza,
Su casita un palacio, la m áquina es su pasión
Y cuando alguien le prom ete mil grandezas.
Responde que con su Singer tiene en el banco un m i­
llón (80).

(7 9 ) Lim a en 1 90 0 — E studio C rítico y A n to l o g ía , J oaq u ín C apelo


(Lim a, 1 9 7 3 ), p. 6 9 .
(8 0 ) La Evasión y O tros C onstantes en la Obra d e Felipe Pinglo. Theren-
cia Silva Rojas. (Lim a, 1 9 7 2 ), p. 19.

102
Pero la realidad casi nunca alcanzaba estos sueños. Las
palabras de Capelo nos acercan m ucho más a la situación verdadera
de la costurera pobre:
En las familias pobres, cuántas veces se ve a la m adre y a
las herm anas del sinvergüenza pasar noches enteras, de
claro en claro, cosiendo hasta volverse tísica, y alimen­
tándose apenas; todo para ganar unos cuantos reales, a
costo de im probos trabajos, a fin de poder atender a los
gastos que dem andan los vicios del sinvergüenza (81).
Muchas m ujeres de la clase obrera com partían esa expe­
riencia. Corte y confección era el oficio con la más alta con­
centración de m ujeres durante los 30 años del estudio, con las
7,088 mujeres costureras de 1908 form ando 3 0 .3 7 °/o de la PEA
fem enina. Corte y confección incluía los oficios de costurera,
bordadora, m odista, som brerera, camisera, y chalequera. Es in­
teresante n o tar que la participación de mujeres negras e indias era
baja en esta categoría.
5.8 ° /o de mujeres negras y 8 .2 °/o de mujeres indias eran
costureras, según las cifras de 1908, m ientras que 2 0 .6 °/o de
m ujeres mestizas trabajaban en corte y confección. La relativa
exclusión de m ujeres de razas marginadas es una indicación no sólo
del racismo d en tro de la clase obrera, sino tam bién del status
relativam ente elevado del oficio de costurera.
H abía m uchas diferentes maneras de trabajar en costura,
desde trabajo en el dom icilio hasta en los grandes talleres de alta
costura. En El Presupuesto de la Familia Obrera en el Perú, pu­
blicado en 1918, 5 de las 9 m ujeres que trabajaban eran en el
sector de corte y confección. En 2 casos, las mujeres trabajaban en
costura y bordado en sus casas. En otro caso, la m ujer trabajaba
com o m odista fuera de su casa, posiblem ente en un taller pequeño,
o yendo a casas particulares. O tra m ujer trabajaba para la fábrica !
de camisas M onserrate, y otra en los talleres de la tienda Oechsle.
Quizás aún más m ujeres de esta m uestra pequeña trabajaban even­
tualm ente en costura, porque más de la m itad de las 17 familias
estaban endeudadas a la C om pañía Singer (82). Los varios m odos
de ser costurera presentados en el artículo están ilustrados por la
inform ación que nos dan las entrevistas.

(8 1 ) Joaquín Capelo, op. cit. p. 1 7 4 .


(8 2 ) El Presupuesto de la Familia Obrera en el Perú. N ota: cifras citadas
son calculaciones basadas en inform ación de to d o el artículo.

103
La form a más explotada de la costura era el trabajo en
dom icilio, en malas condiciones de vivienda, sin horario y sin
descanso. Según una costurera:
Cosía vestidos, pantalones, camisas de todos tipos, todo
he cosido yo, hasta una sotana de un padre. No te n ía hora
norm al, se p o d ía coser a ratos, po r la noche. . . com o no
había luz, lo hacíam os con lam parín. En la noche, a veces
si querían la costura para fiestas patrias así, al año n u ev o ...
' entonces apurada, uno ten ía que amanecerse cosiendo.
La casa de la costurera era su taller, y ella integraba sus que­
haceres de la casa y su trabajo para la calle. Una entrevistada decía:
Yo tenía una pariente que cosía en la casa, y, por ejem plo,
mi tía decía: “ Yo, hija, yo en la m añana hago to d o , arreglo
todo en mi casa, cocino, dejo to d o listo; en cam bio en la
tarde hago com o si fuera a entrar a trabajar. E ntro a las 2
de la tarde y trabajo hasta las 8 de la n o c h e ” . Eso era en su
casa, particularm ente. Trabajaba ella hasta esa hora.C osía,
recibía. . . Por ejem plo, un d ía te n ía que cortar, otro día
ten ía que coser y coser, am anecía m uchas veces cosiendo.
Las pocas palabras de o tra obrera expresan con elocuencia
la explotación experim entada por la m ujer que cosía en su casa:
En costura en casa, estaría más presa. Dale y dale y cose
hasta acabar. Y planchar bonito pues para la presentación,
ah no pues.
Para la costurera el éxito y la sobrevivencia económ ica
dependían de una red de contactos en el barrio. Según una m ujer
entrevistada:
Me tra ía trabajo. Com o m ayorm ente hem os vivido acá, en­
tonces no nos ha faltado personas que vengan. . . o para
que le pase alguna costura, y han venido a buscarm e. Así,
una le pasa la voz a otras personas, a la o tra le pasa la voz,
y así sucesivamente.
Algunas costureras tam bién iban a las casas de sus clientes
para coser, com o hacía la m adre de una entrevistada. Para esa
m ujer tam bién, una red de contactos era indispensable. En las
palabras de la hija de una costurera:
Ella era conocida. Siempre la fam ilia Benavides la conocía
a ella m uchos años desde que era chica, así que ella, a m e­
dio de esta am istad siempre le decía “ A y, quiero que me
vayas a arreglar unos vestiditos de las chicas, vestidos m íos

104
que he com prado y me han quedado m uy grandes.” ... T e ­
nía que hacérselo arreg lar... era com postura y mi m am á
lo hacía. . . Siempre una fam ilia la m andaba a otra fam ilia
pues. Bueno, ella trabajaba para pocas familias, pero fam i­
lias buenas, las familias Benavides, M iró-Quesada, poquitas
familias pero era bien conocida ella, y tam bién arreglaba su
ropa de la señora M aría Alvarez C alderón. . . 2 ó 3 veces
por la sem ana salía, o si no, tam bién a veces se necesitaba
con m ucha urgencia, la llevaba costura a la casa, y ella iba
y la recogía. Sí, eso más bien le gustaba a mi papá, porque
le decía “ Si quedas en la casa, está bien que trabajes, pero
eso que tú vayas y tienes que venir, no, no, n o ” .

Muchas m ujeres costureras em pezaban su aprendizaje en


talleres pequeños, haciendo los trabajos fáciles y tratan d o de
aprender de la m aestra. Una m ujer que entrevisté em pezó a los 10
años en un taller, trabajando 10 horas diarias y entregando su p e ­
queño sueldo a su padre. Según ella:
Me llevaba a coser en una cam isería de unos japoneses, me
gustaba la costura y mi papá me decía “ ¿Quieres coser?” ,
“ S í,p a p á ” le decía y fuim os adonde T anaka un japonés.
T enia 10 años. . . Yo cosía pues, en el taller. H acía la bas­
ta, bien delgadita, y h a b ía una m aquinita que doblaba sóli­
ta la basta, bien angostita, y sólita se lo doblaba. U na se
lo cosía con la m áq u in a... A llí me dejaba no más mi p a­
pá y allí me recogía. T em prano, a las 8, cuando se fue a
trabajar mi papá y me recogía en la tarde, tarde pues, a las
6.

Las jóvenes entraban a los talleres de costura con la espe­


ranza de aprender el oficio. En el tiem po de aprendizaje, ganaban
poco pero aguantaban esta explotación con la esperanza de ap re n ­
der y form ar su propio taller. Pero, en varios casos, com o el si­
guiente, no se realizó el sueño. Una m ujer relataba:
Me m etieron en un taller de costura para aprender. “ Para
que aprendas” me decían. “ A prende un oficio, aprende al­
g o ” . Y decía “ B ueno” y me puse a aprender a coser. . . con
una pariente m ía, ella cosía eri^u casa para la casa Oechsle.
Ella hacía vestidos. Yo no sabía nada antes, aprendía a co­
ser y ganaba. Nos dejaba (la tela) cortada y yo hacía bas­
tas, yo cosía broches, estas cosas. Era ap re n d iz... (el suel­
do) era una m iseria, 2, 5 soles diarios. . . E ntraba a las 8 y

105
trabajaba hasta las 12. De la 1 de la tarde hasta 6, 7 por la
noche trabajábam os. En esa época, era m ucho, abusaba
pues. . . Estaba más de un año allá, aprendiendo pues,
pero para nada. Yo cosía broches, pegar corchetes, coser la
basta, planchar las faldas. Pero no aprendí a coser los ves­
tidos y faldas. . . La misma que corta enseña. La m aestra
corta, enseña, tom a las m edidas. La dueña tam bién hace.
Ella enseña a las que recién han llegado. (La m aestra) me
decía “ F íjate bien lo que haces, eso no se pone así, se pone
así. Eso no se pega así, se pega así. Prim ero se pone asi, allí
n o ” . . . (Para aprender) ten ía que ser de ella. D ecía “ ¿Tú
quieres aprender a coser?. Bueno, ven, ven. Eso se hace
así, vas a hacerte una blusa” . Claro que no una cosa elegan­
te, pero para aprender.
Pero a pesar de su trabajo en este taller, la entrevistada
nunca alcanzó el sueño de tener su propio taller.
Tiendas grandes com o Oechsle ten ían talleres de costura
para confeccionar la ropa que vendían. Una entrevistada trabajaba
en Oechsle a la edad de 14 años, cosiendo pañuelos. Ella decía:
Era un salón grande, y una mesa larga, y venía un cortador,
con m áquina. Zm m m m , pasaba la m áquina, la tela ya está
todo doblado, así que salían toditos los pañuelitos iguales.
Y eso uno ten ía que pasarle a la m áquina para hacerle su
bastita. . . era con m áquina Singer a pedal. T eníam os que
coser todos esos, cortarle los hilitos, pasarle la plancha y
doblarle y guardar.
En su horario largo, h ab ía pocos m om entos de descanso:
Teníam os que estar a las 8, trabajam os hasta las 12. Salía­
mos a las 12, a las 2 estábam os y después ya salíamos a las
6 por la noche. . . El descanso era así que teníam os que ir
ordenando to d o , conversábam os y to d o y hacíam os un p o ­
co más despacio. Conversábam os así, y cuando venía el je ­
fe siempre veía m ovim iento. La señorita decía que no hay
que pensar que estam os ociosas. A sí que teníam os que h a ­
cer siem pre, pero ya con un poco más de calma (durante el
descanso).
En otras secciones de Oechsle trabajaban “ señoritas que sa­
bían coser” , pero la entrevistada no te n ía experiencia y el taller no
aceptaba principiantes para coser ropa com plicada.
El trabajo en un taller de alta costura era el ram o más res­
petado y el que más se acercaba a la soñada salida de la m iseria p a ­
ra la m ujer de la clase obrera. Ju n to con el trabajo en la fabrica, la

106
costura en un taller respetado se consideraba m uy honrado y res­
p etado, com o ilustran las palabras de una m ujer que trabajaba en
una fábrica de cigarros:
Las costureras de alta clase saben coser bonito, con gracia
en fin. Pero hay algunas que son m edio cham bonas, que no
cosen bo n ito , que cosen m andiles, secadores, m anteles. . .
Si no hubiera entrado al Estanco (de Tabaco), hubiera en ­
trado allí a coser (las cosas bonitas).
O tro ejem plo del respeto otorgado a la costura alta son las
palabras de una m ujer que hablaba con orgullo de su trabajo en
Maisón Adele, una casa de alta m oda:
Trabajaba en un taller de m odas. Principié en modas
porque me gustaba aprender a coser, para saber más que
po r la ganancia. . . H abía una italiana, ten ía un gran ta ­
ller. . . ¿Conoce Ud. Espaderos, Jirón de la Unión? A llí es­
t á ... allí decía “ Se necesita señoritas para coser” y yo en­
tr é ... H abía varias señoras trabajando allá, era un taller
grande. La señora era m uy buena. Maiso'n Adele. Maison se
apellida su esposo y ella se llamaba Adele, italiana era.
H abía franceses en otros talleres... Yo quería el trabajo
de costurera. (No quería trabajo en servicio dom éstico).
No, decía cada cual dedica a su estado. Yo, no me gusta ser
m andada. Por lo que había crecido yo que una m andaba.
Sus palabras ejem plifican la opinión de Joaquín Capelo de
que:
La m ayor parte de las 6,000 costureras (en 1900), son per­
sonas que han tenido cierta posición en la sociedad y des­
pués han debido abandonarla descendiendo m uchos grados
en rango, una vez que la escasez de recursos las obliga a
buscar o tro trabajo en clase inferior a la que antes ocupa­
ron (83).
Sería difícil asegurar la veracidad de la opinión de Capelo,
pero por las descripciones anteriores del trabajo en costura y por
las palabras de la m ujer que trabajaba en Maisón Adele, es claro
que el trabajo de costurera no la sacaba a una de la miseria y ex ­
plotación. E xistía una jerarquía rígida dentro del taller de alta m o­
da. Según una costurera:
La dueña cortaba la tela. La directora era, y hab ía una pro-

(8 Í ) Joaqu ín C apelo, op. cit. p. 69.

107
fesional para cortar la tela. La profesional sabía coser bien,
así que las aprendices, las que elaboraban aprendían (de la
profesional). A ella le decían, si no estaba de acuerdo para
hacer bien una cosa, decían “Señora, ¿cómo lo voy a hacer
e sto ? ” , y ella venía y enseñaba. Y o, al principio era apren­
diz.
Pero rápidam ente después de ser aprendiz, ella quería pasar
a otro trabajo. En sus palabras: ’
Se puede irse a otro sitio para ganar más. Para aprender a
bordar, a hacer otros trabajos (cam bié de taller). Se hacía
los vestidos bien bordados, yo fui a otro taller para apren­
der.
El trabajo de costura ten ía miles de diferentes form as, y no
es sorprendente que tuviera la más alta participación fem enina.
Aunque la creencia popular brindaba al oficio m ucha esperanza y
respeto, la realidad ten ía o tra cara. La costurera vivía el horario
m atador del trabajo a dom icilio, o el trabajo en un taller con una
jerarquía estricta y la explotación de las aprendizas. Pocas gozaban
de un horario fijo, y la visión de éxito económ ico pintada po r Pin­
glo era otro sueño que la “pobre co stu rerita” no p o d ía realizar.

Teníam os horario fijo: la obrera en la fábrica


El m undo de trabajo típicam ente fem enino estaba caracte­
rizado po r la explotación especial del trabajo a dom icilio y la con­
secuente falta de horario y beneficios. La excepción a la e x p lo ta­
ción del trabajo inform al era trabajar en un taller con horario fijo,
o, lo más valorizado de to d o , en una fábrica.
Un pequeño pero creciente núm ero de m ujeres trabajaban
en fábricas y al final del período, h ab ía m ujeres en cada ram o del
sector llamado industrial. Aunque este sector incluía trabajo en los
pequeños talleres, tam bién h ab ía m ujeres trabajando en las fábri­
cas textiles (623 m ujeres en 1931), en fábricas de elaboración de
alim entos (309 m ujeres en 1931) y en im prenta (84 m ujeres en
1931),por ejem plo (84).
Las m ujeres entrevistadas cuentan que su trabajo era fácil,
y que eran los hom bres los que hacían el trabajo pesado. De todos
m odos, ellas tam bién trabajaban largas horas, haciendo trabajo
aburrido en condiciones insalubres. Su trabajo no era tan fácil, y

(8 4 ) Censo de las Provincias d e Lim a y Callao. (L im a, 1931).

108
cuando consideram os que la m ujer obrera tam bién hacía la o tra
jornada de trabajo en su casa después de salir de la fábrica, se p u e ­
de decir que su trabajo era tan pesado, o aún más que el del h o m ­
bre obrero.
Varias m ujeres entrevistadas trabajaban en fábricas de ja ­
bón. U na m ujer describía su trabajo:
Yo trabajaba en la fábrica Paracocha. Se fabrica jab ó n , d e ­
tergente, que es Ace, jabón de cara, sham pus, m antequilla
A stra, aceite. Todo eso se elabora. Yo trabajaba con la m á­
quina, envolvía jabones, em paquetaba en caja, h acía hasta
que cum plía mi servicio. . . La m áquina botaba los jabones
y una los agarra para em paquetar a m ano. . . E n traba a las
7:00, sale uno a las 3:00 de la tarde. Después hay o tro tu r ­
no que entra a las 3:00 y sale a las 11:00 de la noche. Hay
otro turn o de 11:00 de la noche hasta la am anecida, eso
era para hom bres no más. (D urante mi tu rn o ) hom bres
igualito a uno laboran.
La conversación era una im portante diversión en el trabajo
aburrido y com o relataba una m ujer:
Conversábam os, brom eábam os, cantábam os, alegres tra b a ­
jábam os. . . allí no prohibía. . . El señor, el dueño era ita ­
liano, era buena gente. Conversábam os, reíam os. . . C on­
versábam os de su infancia, de nuestros enam orados, nos
brom eábam os, nos hacíam os chistes, nos contábam os
cuentos. O si no, nos poníam os a cantar, com o ta n to me
gustaba cantar, nos pasábam os el d ía tranquilo. . . (Conver­
saba de problem as) que el hom bre ten ía otra m ujer, que no
sé qué cosa, que es una sinvergüenza. Parece m entira, pero
en la fábrica se conversa de to d o . De todo un p oco, más
m alo que bueno.
Esta entrevistada ten ía trabajo en una fábrica de jabones y
describía su trabajo y los problem as que encontraba:
Me vine a trabajar en la fábrica de jabón Latina. Salía por
periódico: “ Se necesita señorita que sepa envasar” . La m a­
y o ría de trabajos de servicios económ icos, de cocina así sa­
lían por periódico. . . A llí en la fábrica, contaba jabones y
se los p o n ía en una caja. U na lo envasaba, lo m e tía en un
cajoncito que h a b ía y se m etía con su tick et y ya sabía. Yo
contaba lo que me daba. Si faltaba uno, te n ía que pagar,
claro que sí. Si me habían dado contados. . . h a b ía unas
m ujeres que agarraban así. (Mi trabajo era) de envolver el
jabón que salía así, sin envoltura. . . Si le faltaba un jabón,
te n ía que pagar pues. H abía m uchachas que agarraban 2 ja ­
109
bones, 3 jabones, se lo robaban m ejor dicho, al salirse por
la calle se agarraban. Entonces faltaba. Ya el señor sabía
que eso era contado. Pero la gente se agarraba y entonces
ya se dio cuenta. . . Uno decía, “ Señor, falta un par, 2 p a ­
res de jabones” , y él decía “ Yo se lo entregaba a Ud. com ­
pleto , y Ud. tiene que reponer qué cosa se ha faltad o ” .
La gerencia afectaba la vida de la obrera en otras m a; eras
tam bién. A una m ujer entrevistada no le gustaba el am biente en la
fábrica porque:
El dueño era mal geniado. Le caía encim a cuando le encon­
traba conversando. D ecía “ Ustedes han venido a trabajar,
no han venido a conversar” . . . Como y o , a veces, riéndose
estaba uno (no me gustaba eso). El dueño decía, “ Por la
puerta que han en trado, por esa misma puerta pueden ir­
se” , quejaba. Uno le botaba. N o, era bien serio. Era bien
m alo, mal hom bre, mal geniado. Estuve poco tiem po y me
salí. Porque no me convenía, porque yo soy bien conversa­
dora.
Según una m ujer, el trabajo era relativam ente ligero, y ella
enfatizaba que los hom bres hacían el trabajo pesado. Los hom ­
bres:
agarraban cilindros de cera lo que se hacían el jabón. La
purifican a la cera, después le echan olor, le echan todo,
después le echan esen cia... T enían que agarrar unos cilin­
dros grandazos. Para eso ten ían que hacer ellos porque una
no p o d ía hacer el esfuerzo ni nada, nosotras hacíam os no
más que envasar, así no más.
Pero no fue tan fácil para las m ujeres en todas las fábricas.
H abía otras donde sí se aguantaba no sólo largas horas sino tam ­
bién condiciones duras y trabajos pesados. Tal fue el caso de las
trabajadoras en una fábrica de conservas de pescado. Según una en­
trevistada, ella:
cargaba en cada m ano cuatro bonitos de esos grandes. Co­
mo estaba joven, te n ía fuerza, ocho bonitos, pesa pues,
esos pescados g randazos... N osotros envasábam os, lavába­
mos el pescado, sacábamos las tripas, todo hacía. Eso es
trabajo sucio. P onían a cada una una tabla grande y allí,
lo poníam os el p e sca d o ... una sacaba la cabeza, nosotros
lo agarrábam os, se lo m etía al pozo, lo lavábam os, le saca­
ba la sangre, y ya lo pasaba a los que llevaban a enjuagarse
... Com praban cantidades de b o n ito , por cam ionadas h a ­
b ía .. . Yo trabajaba en mi traje viejo, lo llevaba y me po n ía

110
mi m andil. Y hab ía un m andil de jebe com o usaba la pesca­
dora en la plaza grande. A veces la sangre salpicaba a uno
po r la pierna, todo. El pescado es bien escandaloso. Uno
salía oliendo a pescado. Nos bañábam os, yo estaba como
una hora en la ducha (85).
En las fábricas de preparación de com ida, según me conta­
ban m ujeres que trabajaron en fábricas de salchichas, galletas y
pescado, generalm ente se regalaba com ida a las obreras. Una m ujer
que trabajó en una fábrica de galletas decía:
Yo trabajaba en la sección de chocolate y mi herm ana tra ­
bajaba en sección de galletas. En la m añana hacíam os desa­
yuno allá, llevamos, cuando teníam os, hacíam os tecito, ha­
cíam os café. Com o había tan to cacao, la cascarita de cacao
fresquecito, bien agradable, hacíam os nuestra buena lata
grande de, com o té, agua hervida había allí, bastante agua
hervida teníam os y le echábam os la cascarita, lo colá­
bam os, llevábamos nuestros pancitos, o si no, com íam os
galletas, galletas de so d a ... Ellos sí les gustaba si se com ía
allí, pero decía que no sacáramos pues, que no se sacara
para la calle. A com er allí, sí, todo lo que queríam os.
Una fábrica de preparación de carne, La Granja, regalaba
las salchichas cuando la m ujer se quedaba haciendo sobretiem po.
En las palabras de una obrera:
Com o era fábrica que hacía salchichas, lo que dicen ese
“ h o t dog” , esas salchichas de vienna, com praba bastante
carne de chancho y de vaca. Nos decían: “Oye m uchacha,
¿quiere quedarse y hacer sobretiem po y le doy alm uerzo?” ,
“ Sí, señor” y m e quedaba. Me daba mi buen plato de
caldo, y después me daba las salchichas que pasaba por
agüita c a lien te ... en lugar de salir a mi casa para alm orzar,
me quedaba a llá ... Trabajaba hasta las 6 de la tarde,
sin salir, corrido to d o el día. Em pezaba a las 7:30 de la
m añana, to d o el d ía sin salir, hasta las 6, hora de salida.

(8 5 ) Según un fo lleto C ondiciones de Trabajo en la Industria C onservera:


E fe c to s S o b re la Salud d e los Trabajadores, el am biente de la fábrica
sigue p ésim o hasta h o y día. El fo lleto m enciona varios elem en tos p e­
ligrosos co m o el piso su cio, que causa caídas, y la postura de pie que
causa problem as de la colu m n a y venas várices. Las mujeres que tra­
bajan en la industria conservera h oy día reciben solam ente m edia h o ­
ra diaria para el alm uerzo, una con d ición totalm en te en contra de la
ley 2851 d e 1 9 1 7 . Las malsanas con d icion es de trabajo para mujeres
siguen hasta el presente en el Perú.

111
El trabajo de escoger chocolate en una fábrica de galletas
era bueno, según la entrevistada. Uno te n ía que separar la pepa y
la cáscara del chocolate; no era m uy sucio, y olía rico a chocolate.
En cam bio, las condiciones en la fábrica de salchichas eran peores
y el fuerte calor afectaba la salud de los obreros. Según una m ujer
que trabajaba allí:
H abía m ucho calor, claro porque allí hay calderas, bastan­
te calor así, uno se bañaba (con agua fría) y se me enfer­
m aba los bronquios.
El trabajo en fábrica estaba más valorizado que ei trabajo
en cualquier otro oficio, por ofrecer seguridad y horario fijo. Y el
trabajo en una fábrica estatal com o el Estanco de Tabaco ten ía
aún más ventajas según una m ujer que trabajaba allí por más de 50
años:
No es igual (fábrica particular y fábrica del E stado), yo veo
que hay más respeto en del Estado. El horario de trabajo,
lo que tiene Ud. que term inar que hacer, se da dem asiado
en particular. No es lo mism o que E statal. Por eso todos
querían entrar al Estanco. Porque ganaban bien y no fasti­
diaban.
Pero el trabajo en el Estanco de Tabaco no era en todo
ideal. H abía cuatro diferentes tipos de trabajo para m ujeres en el
Estanco. Principiantes entraban a la sección de deshoje, en donde
se recibía las hojas de tabaco para la prim era etapa de preparación.
Era el trabajo más pesado y sucio en todo el Estanco. Según una
obrera:

H abía unos fardos que venían. T odo eso te n ía que desatar


y le daba a las m ujeres para que cada una de ellas te n ía que
deshojarlas. Cada m oño de tabaco las pasaba con aguja, y
lo secaba. Eso lo hacía allá, en la chacra. E ntonces ella,
cuando venía acá el tabaco, venía cosido así. Eso tenían
que cortarlo. Lo cortaba y a cada una le daba 2, 3 fardos.
Fardos se desataban y todo ya estaba todo preparada, d e ­
satada, sin pita, sin n a d a ... A ellas le daban (el tabaco) en
canastas y ellas ten ían que deshojar. Ellas deshojaban para
m olerlo, tenía que dejar solam ente las hojitas. Una canasta
para lo bueno y otra para lo m alo. A sí hacían, rápido, rápi­
d o ... Deshojaban un m ontón, 4, 5 fardos, fardos pesados.
Y el tabaco está m uy duro. Y ellas ten ían que deshojar, te ­
nían que desatarlo. Muy difícil, m ucho m alograba la m ano,
m ucho cansancio... m ucha tierra, ¡uf, m ucha tie rra !... El
tabaco es m uy fuerte, m ucha tierra, así que todo eso ellas
112
trabajaban, y se quejaban. Eso era lo pesado. Lo más pesa­
do era eso.
Si el trabajo en deshoje era insalubre y difícil, sobre todo a
raíz del polvo, en la siguiente etapa del proceso, la preparación de
las hojas, la trabajadora ten ía que estar las 8 horas seguidas con las
m anos m ojadas. Según la misma entrevistada:
R apidito, rapidito ten ía que estar, ten ía que trabajar. Plan­
char (las hojas) con una esponja m ojada. T eníam os un apa-
ratito con agua y con la esponja, planchaba las hojas, para
que vayan ya planchadito, ya lim piecito a la m áq u in a ...
M ojadito ten ía que estar las hojas. M ojaditas nos p o n ía la
mesa. Una se sentaba allí, ¡qué frío! Uf, m ucho frío , m uy
pesado, o y ... M ucha agua, no ves que yo te n ía que poner,
ten ía una jarrita y una esponja, y yo sentada acá. Acá me
ponían el tabaco, 6 kilos, 4 kilos así. Me p o n ían , entonces
yo jalaba de allí, y tam bién había que d esatarlo s... te n ía ­
mos que jalar, sacar la hoja y jalarla, poner derecho, iz­
quierda, otra derecha. T enía 2 hojas anchas pues. Una iba a
la m áquina de izquierda, o tra a la m áquina de derecha. A sí
teníam os que trabajar, por acá y por allá. E ntonces con es­
ponja agarrábam os el agua, y bien, bien, bien (estirando y
m ojando la hoja) y esto pasaba a la m áquina.
Las hojas preparadas se pasaban a las m áquinas para e n ro ­
llar el p u ro :
H abía tres personas en la m áquina. Una, la m aquinista,
otra que recibía, y la otra, h ab ía com o una fuente que
llenaba allí el tabaco. Así llenaba allí el tabaco. Eso corría
a la m áquina para rellenar los p u ro s ... Ese trabajo es bien
bonito.
A unque el trabajo fuera “ b o n ito ” , en sus palabras, las m á­
quinas tam bién hacían un ruido que era:
terrible, terrible. Las m áquinas que estaban haciendo los
puros, uno aquí y otro acá (bastante cerca). T rem endo el
ruido. Y el segundo piso era terrible tam bién. H acían ciga­
rros allá, de to d o tipo.
A unque era difícil cambiarse de trabajo d entro de la fábri­
ca, a veces las trabajadoras lograban hacerlo por m otivos de salud.
Com o d ecía una m ujer:
Si U d. está enferm a, no puede estar allí. A veces tienen as­
m a, (por) el polvo. Por ejem plo, yo estaba reum ática (por
el agua en la preparación de hojas.) De allí, me cam biaron,
yo p e d í que me cam biara, porque yo estaba en p u ro s...
113
Com o veían que me hinchaba los pies, todo eso, el capataz
conmigo era bueno. “ Voy a cambiarle a puros” . Yo estaba
en puros de agua y me m andaba a puros de poner el anillo
(de papel que llevaba los puros), ya al seco. A llí hab ía e stu ­
fa, más calientito.
Una de las diferencias más notables entre el trabajo de la
m ujer en la fábrica y el trabajo en cualquier otro oficio era la expe­
riencia de pertenecer a grupos form ales e inform ales fuera del con­
tex to fam iliar. En el E stanco, por ejem plo, las obreras participaban
en la Sociedad M utua del E stanco, y en huelgas para m ejores suel­
dos. Esas experiencias im portantes no eran com partidas po r las
m ujeres que trabajan en taller o en sus casas. Según la obrera entre­
vistada del Estanco:
Bueno, la Sociedad, cuando queríam os aum ento, íbam os a
asam blear, y de allí fuim os al gerente, íbam os al gerente.
Iban ellos, los com pañeros, iban a la gerencia y decían:
“ Han aum entado tan to , así que los com pañeros nos han
m andado” . T enía escrito y lo m ostraron a la gerencia. En­
tonces el gerente, él decía, “ Ya no vamos a c o n te star” , y si
no contestaba en cuatro, cinco días, se hacía paro, brazos
caídos. Nadie trabajaba. Todos entraban pero nadie trab a­
jaba. ¡Todos a la huelga! O si n o , salían todos afuera al
parque, a hablar con el gerente. D ecía: “E sto, señor, que
no sé qué, que el aum ento, que hem os esperado tan to
tiem po, y Ud. no hace nada po r n o so tro s” y no sé qué
más. Y decía el gerente “Espere un m om ento, voy a hablar
con el Presidente de la R epública” (N ota: Estanco era fá­
brica estatal). A sí salía con su autom óvil e iba a donde el
Presidente. E ntonces ya se arregló. “ Ya van a tener aum en­
t o ” , decía. Así era, m uchos paros teníam os. Trem endos
eran.
La Sociedad te n ía otras funciones sociales en las cuales la
m ujer obrera participaba. Frecuentem ente fiestas:
de P ascuas... A veces h ab ía fiestas en el local. Se bailaba,
se organizaba la misma Sociedad. Las m ujeres, los capata­
ces, más las m ujeres. T enía su plata la Sociedad, teníam os
cuota, se juntaba plata. La misma Sociedad ten ía . Y ten ía
que dar el gerente tam bién.
E sta misma obrera tam bién participaba en la vida religiosa
que se daba en la fábrica:
N osotros estábam os en el prim er piso, teníam os al Señor
de los Milagros, el segundo piso, la Virgen del Carm en, el

114
tercer piso, el Corazón de Jesús. Pero lo más grande, lo más
grande era el Señor de los Milagros. ¡Oy, era lo más lindo!
Después la Virgen del Carmen tam bién salía en procesión
d entro de la fábrica. Eso daba perm iso el gerente. Venía
los padres de los Descalzos para hacer la misa, dentro de la
fábrica. Cada ano era. La procesión, y después se lo ponía
en su sitio. H abía un altar. Lindo el altar, qué flores, todo
de plata, to d o bordado. Todo una lindura, todo una lindu­
ra. A llí lo dejaba hasta que se acaba sus ceras, se limpiaba
to d o , y se p o n ía a su sitio. Así e ra ... Todos en com ún para
el S a n to ... Todos contribuíam os, con lo que se p o día, cin­
co soles, dos soles, veinte soles, cincuenta soles.

La gran m ayoría de las mujeres que trabajaban en Lima


desde 1900 hasta 1930 no experim entaban este sentido de unión
que se veía en la fábrica, ni gozaban de los beneficios, como una
cuna m aternal que te n ía el Estanco y otras fábricas. Las mujeres
que trabajaban en casas particulares, en sus domicilios o en peque­
ños talleres estaban dispersas por la ciudad y resultó imposible su
organización. Las m ujeres obreras experim entaban largas horas de
trabajo, bajos sueldos, y una discrim inación y opresión aún más
fuerte que el hom bre obrero debido a la naturaleza generalm ente
eventual de su trabajo. Encim a del trabajo que hacía la m ujer obre­
ra para ganar dinero, ella tam bién hacía el trabajo dentro del hogar
para m antener a su fam ilia; de cocinar, de lim piar, de lavar y de
coser.

HAY M UJERES QUE TIENEN SUERTE


CON LOS HOMBRES Y OTRAS QUE NO TIENEN

T anto en sus relaciones afectivas com o en su trabajo, la


m ujer obrera sufría una explotación especial debido a su sexo. Ella
estaba dom inada po r hom bres desde su niñez, por sus herm anos y
sus padres, y después en sus años adultos por su m arido. Las reía- <
qiones entre hom bres y m ujeres estaban caracterizadas por el stan­
dard doble m oral que encerraba a la m ujer en un rol estrecham ente

115
definido. El hom bre te n ía la libertad para tener relaciones sexuales
antes de casarse y de buscar a m ujeres en prostíbulos cuando que­
ría , sin correr el riesgo de ensuciar su nom bre. Según la m oral vi­
gente en la sociedad, él solam ente estaba “palom illando” . La m u ­
jer en cam bio, te n ía que estar callada, obediente, quedarse en el
hogar y ser “ seca” sexualm ente. Ella ni ten ía la libertad de gozar
de relaciones sexuales con su m arido. Si una m ujer no se com por­
taba según esas reglas, corría el riesgo de caer desde la posición
“ elevada” de m ujer buena hasta el abism o de la m ujer m ala, sin
dignidad ni respeto.
La m ujer cam inaba un cam ino angosto de com portam ien­
to restringido, m ientras que el hom bre gozaba de relativa libertad.
Toda la responsabilidad por cuidar su reputación caía a la m ujer.
A raíz del standard doble de m oral, era ella que perd ía si ten ía re­
laciones con un hom bre y era ella que te n ía que protegerse. En las
palabras vigorosas de una entrevistada:
Hoy en día no es lo m ism o, antes no (podía tener relacio­
nes sexuales antes de establecer una relación estable). La
m uchacha pura (tenía que estar). Por eso pues, yo decía:
“ N o” . Yo era bien lisa. Si h ab ía un chico y me decía “ Va­
mos pues por a q u í... a cam inar tran quilam ente” ... “ Ah
n o ” decía. A veces quieren engañar a una y pueden aprove­
char. Yo les daba una cachetada y me iba. Yo era lisa p o r­
que yo no les dejaba.
Era im portante que la m ujer que se casara tuviera la im a­
gen de ser seria y “ respetable” . En cam bio, no se esperaba este
tipo de imagen del hom bre. En las palabras de un hom bre e n tre ­
vistado :
Para ir al altar, tiene que ser pura, si no es pura, que no va­
ya de blanco. Cóm o yo voy a ir a la iglesia así (y m ostraba
la form a de una m ujer encinta). No se va a poder. Espera
que salga el hijo, y quedarse en la casa. Pero eso de ir a la
Iglesia (encinta) que no.
El tem or más com ún entre las m ujeres respecto a los hom ­
bres era que las engañaran, que les prom etieran grandezas y des­
pués las abandonaran físicam ente y económ icam ente. Es clave re­
conocer que esa falta de confianza se in fundía a las relaciones entre
hom bres y mujeres desde la prim era enseñanza. Los consejos que
recibía desde la niñez reforzaba el concepto irónico que la m ujer
ten ía que protegerse del hom bre, el que debería ser su protector,
según la misma enseñanza. En un caso, la p atro n a de una dom ésti­
ca le decía:
116
“ Hija, cuando sales, ten cuidado que recibes un regalo de
los jóvenes” . Yo he sido buena m oza, a veces salía a la ca­
lle, y ella me aconsejaba que yo no recibiera ningún regalo,
por ejem plo, se acostum braban los jóvenes, cuando uno p a ­
saba, decir, “ Señorita, sírvase” , eso no se hace. N ada de
hablar con jóvenes.
Casi la única enseñanza que recibía la m ujer acerca de su
sexualidad era que ella te n ía que restringirse y protegerse del h o m ­
bre. Com o aprendió una entrevistada cuando era joven:
Mi tía y mi prim a siempre me decían “ no te acerques m u ­
cho al h o m b re” . Ibam os a jugar naipes en la casa de una fa ­
m ilia ... ese chico (hijo de la fam ilia que visitaban) me be­
saba, pero decían ‘Cuando uno se besa, no te acerques
m u ch o ” , porque se sentía la em oción del hom bre.
Un caso m uy ilustrativo de que le caía a la m ujer to d a la
responsabilidad de protegerse de los hom bres es el de una m ujer
que contaba:
Yo te n ía m iedo de verme con un hom bre, y cuando un
hom bre me m iraba, yo hacía así (cubría su cara con su
chom pa). Mi m am á me decía Cuando eres señorita, te
m ira un hom bre y vas a salir em barazada . No hay que
m irar el h o m b re” , me decía. Tam bién decía, “ cuando le
m iraba un hom bre, con la m irada te hacía el hijo a una,
salía em barazada con la m irada no m ás’ . Yo tem a m iedo
de los hom bres, allí mismo rae m iraban y yo corría. D e­
cía mi m am á que una po d ía salir em barazada, y yo les
te n ía m iedo. Así me h ab ía traum atizado mi m am a pues.
Cuando me acercaban, corría.
Muchas m ujeres no tenían confianza en los hom bres por
el m iedo que iban a tener relaciones con ellas para después dejar­
las sin apoyo económ ico. Según una m ujer:
Bueno, me decían que hay que tener cuidado, que engañan
los hom bres, que me vayan a dejar. Hay que m irar bien si
son solteros, porque algunos son casados, hay que tener
cuidado de eso.
O tra m ujer contaba la experiencia de su prim a:
Era jovencita. Llegó a tener una hijita no más y to tal que el
hom bre después se sale con otra. La dejó pues a ella. Eso
pasaba m ucho, que se casaba dos veces, te n ía dos esposas a
la vez. Si se iba mal con una, se iba a la otra. A mi prim a le
pasó esto.
117
El engaño y la falta de confianza que m arcaba las relacio­
nes entre hom bres y m ujeres está cristalizado por las palabras ex­
presivas de un hom bre que decía que m uchos hom bres vivían su vi­
da por el principio de:
Prom ete, prom ete, hasta que se lo m ete.
No hay necesidad de agregar más a esta frase que describe
tan perfectam ente la injusticia que sufría la m ujer en cuanto a sus
relaciones con hom bres.
En este am biente conflictivo, la m ujer ten ía la exclusiva
responsabilidad de protegerse del em barazo, pero en cuanto a los
aspectos fisiológicos de ser m ujer, com o el conocim iento de su
cuerpo, la m enstruación, el control de la natalidad, y el aborto, ha­
bía m uy poca inform ación y casi nada de conversación.
La m ayoría de las m ujeres ten ían que buscar explicación
de esos fenóm enos en amigas cercanas, si es que ellas las ten ía n . Se­
gún una m ujer, ella nunca había sabido nada sobre la m enstruación,
y la prim era regla vino com o una sorpresa desconcertante:
Yo no sabía de antem ano. Nadie me explicó. Yo sólita es­
taba en la casa con mi papá, y nadie me explicó. Yo calla-
dita la boca ensuciaba las sábanas, la ropa, no sabía, ¿ves?
Y justo a ese mes, me fui a donde mi m am á,p u es. Toda esa
ropa sucia dejé a donde m i papá. Yo no sabia pues, me p o ­
nía en la cama no más, no sabia qué hacer. Nadie me había
enseñado. Ni mi abuelita me contó, nada. Después, ya, me
enseñaron. Ya ten ía mis trapitos. Me llevó la tela para que
me cosiera mis pañitos.
Solam ente después de em pezar a m enstruar era que las m u ­
jeres se daban cuenta y com enzaban a buscar la explicación:
Como m uchacha, no sabía, ya yo más o m enos vine a dar­
me cuenta con la m enstruación, pues ya, que era una co­
sa norm al que bajaba. Lo pensaba y conversaba con amigas
de intim idad, de confianza, “ O y, esto me ha pasado” , de­
cía.
Pero en m uchos casos, el mismo aislam iento de tantas m u­
jeres, com o hem os visto anteriorm ente, las m arginaba de fuentes
inm ediatas de inform ación. Así ilustran las palabras de una m ujer
entrevistada:
Yo no ten ía amigas, entonces no hablaba de esas cosas.
A pesar de la fuerte prohibición del control de natalidad
por parte de la Iglesia y la sociedad, existían m étodos de co n tro ­

118
lar la natalidad y de abortar. E ntre las mujeres obreras, las que
más recurrían a estos m étodos eran las prostitutas. Un hom bre e n ­
trevistado relataba que la dueña del prostíbulo donde trabajaba en­
señaba a la principiante cóm o protegerse. Según él:
Le enseñaba m uchas cosas, a algunas les enseñaba co'mo en
sus partes se m etían el algodón para no salir em barazada...
algodón desinfectado se usaban, después en la Botica F ran­
cesa, la antigua, vendían unas pastillas francesas... cápsu­
las, com o cápsulas, ¿no? que dicen que ya no venden, que
hasta señoritas, señoras de su casa, para no salir em baraza­
das, com praban en esa botica, una caja larga, me acuerdo,
así, que vendían doce, eso cuando veían que no se enfer­
m aban, tom aban eso.
Parece que m uchas m ujeres obreras sabían los m étodos de
protegerse, pero no eran generalm ente m uy efectivos. Una m ujer
me contaba que usaba lavados. Según ella:
Mi cuñada me decía de lavados. Se usaba unos aparatitos,
te n ía un aparatito largo, y una vasija así. Acá ten ia un hue-
q uito com o para pegar com o tu b ito , y se p o n ía unas cosi­
tas que eran de plástico y ten ía los huequitos y salía agüita
para hacerse el lavado. Y o fui hasta mi cuñada así que p o r­
que ella te n ía 3 hijitos cuando yo la conocí, pero ya no te ­
n ía m á s... Ella se lavaba con una cosa que se llamaba “Per-
gam onato” , le decía, y era un polvo que le echaba al agua,
y parecía que cuando ella ten ía sus relaciones allí mismo se
lavaba. Y no llegaba a tener hijos nunca, después de los
tres ya no tuvo ninguno. Unos 4 señores que había conoci­
do, y nunca llegó a tener hijos.
Pero parece que los lavados no tuvieron el mism o éxito
para esta m ujer. L am enta que para ella no hubo un m étodo m uy
bueno para protegerse. A firm a que de haber existido, ella lo hubie­
ra usado. En sus palabras:
H ubiera preferido yo tam bién, porque no me hubiera lle­
nado de tantos hijos.
Las m ujeres obreras que tenían el deseo o sentían la necesi­
dad de lim itar el tam año de su fam ilia, llegaron a optar por el abor­
to , el m étodo más peligroso de control de natalidad en Lim a a co­
m ienzos del siglo.
Según una m ujer para abortar:
era m ayorm ente con pastillas, tom aban p astillas... una o
dos pastillas tratan de que salga la travesura que ha hecho.

119
Y un hom bre entrevistado decía que entre las prostitutas
que conocía:
Se lo hacían extraer. H abían m édicos y se abrían las pier­
nas y con un b isturí chiquitito le cortaban el costado d o n ­
de ya estaba form ando la c ria tu ra ... más adentro de su
ovario, le cortaban eso y le venía com o hem orragia.
Obviam ente estos tipos de aborto ponían en peligro la vida
de la m ujer. Por eso, la m adre de una entrevistada la h ab ía aconse­
jado que:
No hiciera esas extracciones porque me p o d ía m orir, pero
yo no te n ía alternativa porque mi esposo no concibiera de
traerm e o tra cosa más práctica para que no hiciera las ex­
tracciones ... y (ella) te n ía la m ala suerte de que no sabía
quién preguntarle qué p o d ía decir para no (salir e n c in ta)...
no le gustaba la gente decir.
Es sorprendente que aún d entro de una sociedad donde la
enseñanza dom inante se oponía tan violentam ente al aborto, esa
enseñanza no logró penetrar m uy profundam ente en el m undo de
la Lima Obrera. Por la pobreza en que vivían, m uchas m ujeres p u ­
sieron al lado consideraciones religiosas; la realidad económ ica to ­
m aba prim er lugar. Según una m ujer:
Seis extracciones he tenido en to ta l. 6 extracciones y 9 h i­
jos he tenido. Serían unos 15 hijos, casi com o mi nieta se­
ría la últim a, unos 18 añ o s... La Iglesia no está de acuerdo
. p u e s ... Yo soy c a tó lic a ... pero, dígam e, la situación en
que está una, ¿cómo se hace con los hijos? Los padres no
tienen hijos. Ellos dicen que cada niño viene con su pan en
el brazo, pero si no trabaja u n o , no queda nada para co­
mer. El niño le pide pan en la m añana, y ¿de dónde?, si no
tiene ¿quién le da? Yo me he visto en unas crisis, no creas,
que no ten ía ni para darle pan a los hijos. Sin em bargo, te ­
nía que buscárm elo, com o sea, pedir aq u í, pedir allá de
que me dieran pan.
Y ella ten ía que recurrir al aborto para poder dar pan a los
hijos que sí había tenido. Ju n to con las otras barreras para alcan­
zar el m odelo de una buena m adre, la m ujer obrera tam bién se veía
obligada a rom per las reglas de la Iglesia para preservar un poco de
estabilidad en su familia.
Además de experim entar la falta de confianza en sus rela­
ciones con hom bres ju n to con una profunda falta de inform ación
acerca de anticonceptivos y control de la natalidad, la m ujer tam ­
bién sufría las reglas estrictas del doble standard m oral. Si ella ac­

120
tuaba afuera de estas reglas bien definidas, estaba sujeta a la ira de
su familia, la crítica y chisme del barrio y el espectro de abandono
económ ico. El hom bre obrero nunca experim entaba este tip o de
opresión.
La chica que no se com portaba según las reglas estrictas de
com portam iento corría el riesgo de ensuciar su reputación, y esta­
ba som etida a la dura crítica del barrio. Una m ujer relataba la si­
tuación de su prim a:
No llevaba bien las chicas a Zoila, porque sabía que era
am iguita pues. Ella en la calle, con cualquier m uchacho se
besaba, no te n ía vergüenza. A ntes se veía feo. Llam aba la
atención. Yo la conocía a Zoila, desde chiquitita, hem os
estado juntas. Siempre era bien vivita... D ecían que Zoila
era m ala. Siempre hab ía tenido mal concepto desde chiqui­
ta. Era buena m uchacha, pero su genio era ligero, así pues.
Si le gustaba un m uchacho, se besaban, se abrazaban. La
llam aban “ c o q u eta” , le decían que era m ala, que era co ­
queta.
Según ese doble standard m oral que oprim ía a la m ujer, la
culpa era suya exclusivam ente si ella te n ía relaciones con u n hom ­
bre fuera de una relación estable. Ella perd ía to d o m ientras que el
hom bre no te n ía nada que perder. Según un hom bre entrevistado.
Cuando la m ujer com ete un delito, sí es una falta, sí casti-
gable, y cuando el hom bre tiene su casa y está con su
m ujer y cum ple con su deber económ ico, y hace alguna
cosa en la calle, no tiene el delito el hom bre, sino la m ujer
esa que sabe, que sabiendo que es el hom bre casado, tiene
su delito, ¿no cierto? N o, no delito ta n to sino crítica, ¿no?
C rítica, ¿no? Nada hay de igualdad en el m undo.
Ese entrevistado tam bién decía que a pesar del hecho de
que el hom bre estaba tratan d o de enam orar y engañar a la m ujer,
cuando:
la m ujer se som ete, no es delito de uno (un hom bre) sino
de ella. La lógica lo dice, pues.
La injusticia del doble standard de m oral está expresada
bien por las palabras de una m ujer entrevistada. Ella describía
otras m ujeres q u e :
Bueno, tenían un m arido, dos m aridos así, no eran casa­
das, vivían así no más. A ndan con un hom bre, buscaban
otro y hacían su vida. Las llevaban a tom ar, tom aban en
los bares, eso no era con la gente sana, con la gente sana

121
nada que ver. Los hom bres sí, porque los hom bres no pier­
den nada, ellos, sí, bueno. (Las m ujeres) pues, pierden sí,
pierden su dignidad, porque esas m ujeres ya son borra­
chas, son to d o , así que no se ju n ta con la gente sana. Esa
m ujer cualquier hom bre la llev a... no se ju n tab a con la
gente sana en su casa, era un poco más o m enos. Se saluda­
ba, la m iraba, pero no la invitaba a su casa. A ntes la m ujer
cuidaba su re p u ta c ió n ... En una casa sana, esas m ujeres no
e n tra b a n ... Un hom bre, pues, no pierde su dignidad, su
reputación cuando va a una jarana buena pues.
T anto para los hom bres com o para las m ujeres obreras la
opresión de la pobreza afectaba de una form a especial sus ilusio­
nes m atrim oniales y concretam ente su vida de casado. Para am bos,
después del m atrim onio o com prom iso, todas sus ilusiones y
sueños de una vida feliz estaban sujetas a la áspera realidad. T enían
que sacrificar el m undo de afecto por consideraciones económ icas
que tenían m ayor im portancia dada la vida diaria. Para la m ujer
obrera, el “ hom bre de sus sueños ’ era el que le p o d ía ofrecer es­
tabilidad económ ica; am or y cariño no eran elem entos fundam en­
tales.
En las palabras de una m ujer, dentro de un m undo lleno de
dificultades el buen esposo ofrecía una vida m enos difícil:
Una casa, una buena casa, tener plata, tener para poder
gastar, com prarte lo que uno quiere, a un desahogo, nó
tan pobre com o u n o ... A veces salía m alo el esposo, a ve­
ces bueno; unas ten ían que seguir trabajando, otras no.
O tra entrevistada contrastaba el hom bre bueno con el
hom bre malo:
Hay hom bres que son buenos, trabajan, vienen de su tra ­
bajo, si tienen hijo, traen lo que sea, fru ta, lo que sea, cual­
quier cosita para su señora y los hijos. Hay otros, salen de
su trabajo y se van a tom ar, a tom ar. En la casa no llega na­
da, ni para los hijos llega, nada. Esos son ahora la m ayoría.
Según estos testim onios, la felicidad de la pareja estaba vin­
culada directam ente con su estado económ ico y m aterial. En la p o ­
breza, la situación económ ica tom aba el prim er lugar, sacrificando
la vida afectiva de hom bres y m ujeres igualm ente. Según una m u­
jer:
Bueno, yo no puedo decir que no hubo felicidad, porque
m alo po r bueno, com o le m anifiesto, durante to d o el tiem ­
po que estaba con él, nunca me faltó nada. N unca, éram os

122
bajo la pobreza pues, que no era digamos una gran cosa en
ese tiem po, 200 ó 300 soles, pero com o estaba la vida, so­
braba. Con 15 soles se hacía una buena plaza.
Debido a las estrictas reglas de com portam iento, la m ujer
casi no conoció a su m arido o conviviente antes de vivir con él. En
algunos casos, ella ni te n ía la libertad para escoger su m arido. El
m atrim onio o com prom iso era im portante como un arreglo econó­
m ico, y el am or o la com prensión no entraban en el cálculo.
Muchas veces, la relación entre el hom bre y la m ujer em pe­
zaba p o r alguna casualidad, com o ilustran las palabras de una
entrevistada:

Lo conocí al señor en la avenida Francisco Pizarro en un


principal en que vivía allí. Allí nos conocim os, allí uno mi­
raba, y pues, p asó lo que pasó, y ya nos llegamos a enam o­
rar. Ya despues de estar enam orado hasta que llegó a ser mi
esposo.
O tra m ujer llegó a conocer y después a com prom eterse con
un hom bre porque él le m andaba com ida dem ostrando así que
p o d ía ayudarla económ icam ente. Según ella:
Siem pre m andaba p a n ... Todo ten ía por parte de él. Era
controlador allí y me m andaba hasta que pasó el tiem po.
“ Tom a esto para tu m am á” decía a mi hijo. Como él siem­
pre me daba, me m andaba, me decía “Te voy a dar para la
casa” . E ra una Pascua y venía pues con regalos para los chi­
cos, “ Vamos á tener una fiesta para los chicos” , decía. Nos
fuim os hasta Barranco y era él de Barranco. Y me galantea­
ba. Poco a poco me fui acostum brando, salí con él, hasta
que ya de repente quedaba allí (con él).
Algunas m ujeres entrevistadas se casaron o com prom etie­
ron con su m arido para escaparse de situaciones peores. En un ca­
so, la m ujer em pezaba a vivir con la familia de su m arido porque su
padre la aislaba del resto del m undo. Según ella:
B ueno, creía que una está m ejor con el esposo que con sus
padres, pero a veces no es así. Yo, te diré, que con mi
papá, no h ab ía podido seguir tranquila ... Mi papá nunca
se me dejaba tranquila, no me dejaba ni, sabe Dios, ni
conversar, no me dejaba amigas.
O tro caso m uestra enfáticam ente la falta de libertad de la
m ujer para escoger a su m arido. Esta m ujer, infeliz en la casa en
donde estaba en servicio dom éstico buscaba una m anera de salir,
y siendo provinciana no estaba familiarizada con Lima, recurría
123
a su m adrina para ayuda. Com o relataba ella:
Yo no conocía (Lima) y no po d ía buscarm e trabajo. En­
tonces a ella (mi m adrina) decía, “ Búscame trab ajo ” , y
ella estaba de acuerdo con A ntonio (mi m arid o )... Ella
me decía: “ Sabes, hay un joven, es jardinero y él dice ‘me
voy a casar con la m u ch ach a’ ” . Y entonces yo decía “ Sabes
M aría, ¿qué clase de hom bre será? Yo quiero trabajar, y
como estoy sirviendo a mi m adre y mi padre, yo quiero
servirles. Teniendo m arido, ya no voy a servir” . Yo pensa­
ba que estando con m arido, ya no iba a trabajar. (Pero
estaba infeliz en esta casa de los patrones y) yo pensé, sa­
liendo así, iba a irme a otro trabajo. Eso pensaba y o , así
salir y buscarme trabajo. Y el señor Raúl decía: “ Y Ud.
quiere casarse con la joven” , decía a A ntonio. “ Sí, señor”
le dijo. “ ¿Y ha hablado Ud. con la señora M aría su apode­
rada?” . “ S í” le dijo. Señor Raúl me decía “ Hija, ¿quiere
casarse?” . “ Sí, señor” dije y o ... Con ese engaño quise salir
e irme a otro trabajo. Yo me pensaba, si yo no consigo tra ­
bajo, me voy a mi tierra, o a trabajar, pero a casarme no.
Después de salir de la casa de sus patrones, ella se fue a la
casa de su apoderada, y allá estaba:
sola en la casa, y M aría h a b ía ido al cinem a, y yo me que­
dé, y allí viene él. A llí ya me abraza, me besa, eso ha sido
la prim era vez... (Cuando él e n tró al cuarto) ya él, ya se
apoderaba de m í, con esos abrazos, con esos besos, a m í
me engañaba. Y solos, no h a b ía nadie porque me traiciona­
ron. A ntonio conversaba con la M aría que M aría iba a ir al
cinema y A ntonio iba a venir. Engañándom e. Y una m ujer
cuando ya se queda engañada, pues, ya difícil, ya no es co­
mo una m uchacha soltera. Y esa relación que una tiene por
la fuerza, puede salir encinta y ese hijo, ¿quién se hace car­
g o ? ... Sí, allí en la casa cuando me encontró sola (te n ía ­
mos relaciones). Yo pues, ¿qué iba a hacer? No (quería te ­
ner relaciones) tan to que me decía, tan to que me ofrecía,
cuántas cosas me ofrecía, yo me decía ¿será verdad o será
m entira? Cree uno que es la verdad, pero . . . dos años he
pasado bien con él, pero después cam bió com pletam ente.
A unque este caso representa una injusticia quizás extrem a,
ilustra la falta de am or en las relaciones entre los sexos —una con­
dición que ten ía su raíz en la pobreza que sufría el hom bre igual
que la m ujer. El caso tam bién dem uestra la falta de libertad de la
m ujer y su m iedo de engaño. Estas últim as form as de opresión son
innatas a la m ujer, y fueron producto del doble standard que la
oprim ía.
124
Con o sin am or, en la clase obrera aparentem ente existía
poca diferencia entre el com prom iso y el m atrim onio. El com pro­
m iso era bastante com ún en las clases populares, com o dem uestra
el hecho que cerca del 50o/o de los hijos nacidos en la época eran
ilegítim os.
Según las norm as de la vida popular, si la pareja llevaba una
vida estable y fam iliar, no im portaba m ucho el estado civil del
hom bre y m ujer. Según una entrevistada:
La m ay o ría tienen así (hijos ilegítim os) eso no se ve m al.
Sabes lo que sí es m alo, cuando por una desgracia tienen
un hijo pero el hom bre no firm a los papeles, allí la m ujer
sólita lo m antiene. A sí hay un m o n tó n , que se llenan de h i­
jos y los hom bres nunca firm a n ... Y así pues, esa m ujer
trabaja para los hijos, el padre ni los reconoce ni les da n a­
da, así viven.
Y en las palabras de un hom bre entrevistado:
Yo le preguntaría si Adán y Eva fueron c a sa d o s... N o sien­
do casado y llevando una vida piadosa, hogareña, no h a­
biendo m al, y tener sus hijos y creer en un ser que les ju n ­
tó; vivir en esa form a no es pecado, no es pecado pues. No
hacen daño a nadie. ¿Qué hago por ser casado si al pato
estoy m etiendo una puñalada?
Un hecho im portante que salía de las entrevistas era que se
asignaba un status muy diferente a la p ro stitu ta versus la m ujer
que ten ía com prom iso sin m atrim onio form al. Según un albañil:
No vamos a decir m ujer de mal vivir a la m u je r... S u p o n ­
gamos que m añana o pasado, tú misma te casas, por casua­
lidad tu esposo te abandona, m uchacha, llena de vida. Tú
no te vas a soportar estar presa a sus años, ya sabiendo lo
que es el apetito sexual. Y si hay una persona que te ena­
m ora, que quiere bastante hacerte un h o g a r... bueno, tie ­
ne relación. Eso no se llam a m ujer mala. Y si m añana ese
señor se cansa de ti, y llega a enam orarte otro hom bre,
vuelves a tener relaciones, tam poco puede ser malo.
Según el mismo, hom bre, tam poco se veía m alo cuando la
m ujer se com prom etía por necesidad económ ica:
M añana más tarde, no tengo que' com er, están mis hijos
con ham bre, y hay una persona que me vuelve a decir (que
tenga relaciones con él), lo tengo que hacer, hasta que yo
tengo un com prom iso, una form alidad. Me dirá “ Mira hiji-
ta, sabes una cosa, me gustas, eres buena, yo me encargo de

125
tus hijos” . Y llegan a vivir juntos, ya en com prom iso.
Sus palabras ilustran la naturaleza económ ica de relaciones
entre m ujeres y hom bres de la clase obrera. O tro indicio de eso es
que m uchas veces, la única razón para casarse po r la iglesia y civil­
m ente, era para poder recibir una jubilación. Según una m ujer:
Mi preferencia era no casarme. Esa idea te n ía yo. Mejor
soltera que casada. Unico diferente (entre soltera y casada
es que si) él hubiera trabajado en fábrica, así, él m uere y
yo debía estar recibiendo su m ensual. Eso es la ventaja de
ser casada. Pero soltera no recibe. Y por eso la gente ahora
quieren casarse y no vivir soltera, para recibir la p la ta ...
Eso es la única diferencia que h a y ... Una es casada y el es­
poso m uere, una recibe. Su esposa recibe todo el tiem po
que ha trabajado el esposo, recibe plata. Sigue pagando a la
viuda m ensualm ente.
Pero com o m uchos obreros trabajaban po r su cuenta y no
recibían jubilación, no había en sus casas una ventaja económ ica
para casarse, y grandes núm eros de parejas de la clase obrera no lo
hicieron. No h a b ía ninguna censura de la com unidad a ú n a pareja
estable conviviente. Según un hom bre entrevistado:
El m atrim onio ha sido inventado por los curas, porque qué
cosa hace Ud. Yo me caso y no llego a tener nunca hijos
con esa esposa, y vivimos los dos solos ju n to s, M atrim onio
es form ar hogar, m atrim onio no es solam ente vivir m arido
y m ujer y vivir los dos solos. M atrim onio es hogar, tener
hijos, entonces en ese tiem po más se m iraba uno tener su
m ujer y tener sus hijos que el m atrim onio. El m atrim onio
es noción de los ricos y no de los pobres.
Sea casada o sea conviviente, la vida en pareja era otra e ta ­
pa en la vida de la m ujer obrera, y en m uchos casos, era un aspec­
to infeliz de su vida. Sus sueños del hom bre perfecto —un trabaja­
dor que m an ten ía a su fam ilia, que m andaba a los hijos al colegio y
quizás llevaba los hijos de paseo un dom ingo— en m uchos casos no
se realizó. La pobreza creaba tensiones en la pareja, desde peleas
sobre plata, que m uchas veces llegaban a golpes hasta el abandono
económ ico y/o físico de la m ujer. No todas las parejas term inaron
con abandono pero era suficientem ente frecuente com o para ser
un tem or constante de m uchas m ujeres.
El elem ento que parece haber sido fundam ental en los p ro ­
blemas afectivos de las m ujeres de los sectores populares fue la
lucha dura y diaria para la sobrevivencia. Desde joven, la m ujer

126
ten ía ilusiones acerca del hom bre perfecto, pero las experiencias
de esta vida rápidam ente cam biaban su visión. Las palabras de una
m ujer dem uestran estas prim eras esperanzas:
Yo creía que me ofrecía, que vamos a pasar así, que te voy
a m antener, y te voy a m andar plata para tu papá. . . todo
creía.
Pero esos sueños de una vida relativam ente libre de proble­
mas económ icos se evaporaban y la m ujer ten ía que enfrentar a la
áspera realidad. Muchas echaban la culpa al destino, o a la suerte
para explicar la severidad de la vida. Según una m ujer:
Ud. sabe que una m uchacha lo prim ero que busca es su fe­
licidad, pero cuando ya la felicidad te llega a truncar, ya,
para que pues. Ya no hay la misma ilusión. . . Si el destino
le depara a uno, qué vamos a hacer pues, el destino le depa­
ra a uno.
Para las m ujeres de la clase obrera, el esposo malo era por
definición, el que no daba suficiente apoyo económ ico. La falta de
cariño o de com prensión eran poco m encionados en las caracteri­
zaciones del esposo malo. Una m ujer describía a su esposo que la
abandonó después de unos años de convivencia:
Yo tuve com prom iso con este A ntonio. Mala suerte, no
tuve suerte. M ucho tom aba, m ucho le gustaba pasear, el
baile. . . Iba paseando, paseando. . . El ten ía plata y am i­
gos, amigas y llevaban, iban al baile. Allí, allí entraban las
m ujeres, porque donde hay plata, hay los amigos y allí es­
tán las m ujeres. Y así era su vida. Y yo pues, cuando yo
decía po r los chicos “ Oye, A ntonio, los chicos necesitan
colegio, n e c e s ita ...” , el me decía: “ Que trabajen, pues” .
Pero cóm o iban a trabajar unos niños pequeñitos.
En el caso de otra m ujer, el esposo no era tan aficionado
a las fiestas y las m ujeres sino al trago:
El no ten ía responsabilidad, no ten ía pues. Se iba en las
m añanas, y después se venía en la noche. Se encontraban
con sus herm anos y les pasaba bien, to d o el d ía ... Pasaba
3, 4 días en la casa de sus herm anos... No era mujeriego,
sino para tom ar. No teníam os plata, pero tom aba. Preferi­
ble es el borracho en vez del mujeriego.
Pero a pesar de las angustias que estos tipos de com porta­
m iento podrían causar, los pleitos de la pareja obrera casi siempre
ten ían sus orígenes en problem as económ icos; el dinero sim ple­
m ente no alcanzaba. Según una m ujer, las peleas que ella siempre
127
ten ía con su m arido eran:
Sobre la plata pues, para el diario. No h a b ía pues. T enía
yo, por ejem plo, que lavar yo una ropita para tener para
algo. Era así. Así es pues. O si n o , te n ía que pedir, pero
no me gustaba, fastidiando a su familia pues. . . Yo hacía
todo. Y eso me aburría, me fastidiaba, y parábam os pe­
leando por eso. Hay un m ontón de gente así, m ortificados,
fastidiados por la plata. Toda la vida fastidiados por no
trabajar el hom bre.
La presión económ ica perjudicaba a la pareja hasta en algu­
nos casos llegar al divorcio, com o dem uestran los trám ites de di­
vorcio entre una m ujer llamada Zoila Villalobos y un tal Pedro
García. Según ella:
Cuando había venta de leche, el dinero se lo entregaba a
él y se lo guardaba para que divertirse en las apuestas de
gallos. No me ha com prado una sola prenda de vestir ni
un m ueble... ha creído que yo era su esclava y no su es­
posa ( 86 ).
El hom bre obrero tam bién sufría porque no po d ía alcanzar
la imagen del buen esposo que m antenía a su familia. Le causaba
frustración cuando no hab ía plata y su esposa le p edía, o cuando
ella tenía que ir a la calle para trabajar. Esos sucesos atentaban
contra su orgullo propio y m uchas veces las frustraciones resultan­
tes escapaban en forma ele golpear a su m ujer. Por un lado, la m u­
jer com partía la misma pobreza que generaba las frustraciones del
hom bre, y por el otro era la víctim a de las frustraciones que expre­
saba su marido.
Según una m ujer:
Todo se gastaba él. Ya no me daba, cuando yo pedía, me
pegaba. Y después me daba m iedo pedir. E ntonces, en vez
de pedirle, yo prefería trabajar. Trabajar en vez de pedir, y
yo trabajaba en la calle, vendiendo pescado frito y com ida
así. Eso era para mis hijos. Así es.
La m ujer obrera estaba entram pada entre una norm a social
que le prohibía ir a la calle y la realidad de su pobreza que exigía
que ella trabajara. Psicológicam ente ella sen tía cierta culpa y al
mismo tiem po sufría físicam ente a m anos de su esposo. Una m ujer
contaba que su esposo le pegaba por:

(8 6) A rch ivo A rzobisp a l d e L im a, Sección Divorcios, Caso 18, 1900.

128
cualquier cosa, p o r zoncera. A veces le daba ira porque yo
salía. Y yo tenia que salir a trabajar porque, ¿cóm o iba a
hacer yo si él no me daba? Me quitaba la plata. ¿Cómo iba
a com er yo?
La relación de la pareja, gobernada desde el principio por
la estrechez económ ica, frecuentem ente term inaba cuando el hom ­
bre dejaba de apoyar a la m ujer, abandonándola para que ella se
valiera por sí misma.
Según una m ujer, su esposo la abandonó y:
¿Y qué iba yo a reclam ar? Ya me había acostum brado al
tem a de él y que cuando había querido reclam arle, ya no
he podido tam poco. Porque él negaba, no quería dar, no
quería dar. . . Mejor me separé, antes de que m oría él, me
separé, ya no más.
El fracaso de la pareja arrancaba lo que había de felicidad
y apoyo m utuo en la relación entre el hom bre y la m ujer, y la m u­
jer enfrentaba sola al m undo. Así nos m uestran las palabras con­
movedoras de una entrevistada:
Yo decía que me separo y m antengo a mis hijos. . . El no
me daba nada. Se fue él, en o tra casa vivía con o tra mujer.
Murió esa mujer. Volvió adonde m í pero ya no teníam os
relaciones, ya no. Ya no me im portaba ya. Yo decía, “ m e­
jo r yo seguiré trabajando y luchando por mis hijos. ¿H om ­
bre, para qué?”. Si voy a tener otro hom bre, entonces más
de lo mismo. E ntonces m ejor es sola, hasta ahora sola. . .
Sola m ejor, sin hom bre.
Aún dentro de la pareja estable donde por ratos no prim a­
ran las necesidades económ icas el standard doble que restringía a
la m ujer en su com portam iento antes de casarse tam bién la restrin­
gía en sus relaciones con su m arido. La m ujer te n ía que quedarse
en su casa, m ientras que el hom bre ten ía la libertad de ir a la calle
y salir con otras mujeres. La buena esposa ten ía que ser callada, y
aguantar las acciones de su m arido. En las palabras de una m ujer:
La m ujer no debe buscar lio, debe buscar que haiga paz en
el hogar. Total de que Ud. debe estar tranquila en el ho­
gar y no buscando encuentro con amigas.
La m ujer estaba sujeta al poder de su esposo en una rela­
ción m uy parecida a la que h ab ía tenido de niña con su padre. Una
entrevistada decía:
A veces la m ujer está casada, y sale a la calle, puede encon-
129
trarse con un amigo, “ Ah, hola cóm o estás” , “ Cóm o es­
tás” y pasan conversando. Eso es lo malo. Viene el m ari­
do, y el m arido le pega. ¿Por qué? Porque se ha en contra­
do en la calle con alguien, y com o es joven. . .ay, no, eso
es escándalo. El m arido le pega. Hay que portarse muy
bien, m uy derecha. No debe salir a la calle sin perm iso. Per­
miso del m arido. “ Voy a com prar, voy a com prar en tal si­
tio, voy a com prar e sto ” . . .(tiene que avisar). No, callada
la boca. Tiene que avisar al m arido. Pero si va a ir sola, va a
ir callada la boca, ya no, ya no es libre. La m ujer casada ya
n o es libre. Ya está bajo el dom inio de un hom bre. El m ari­
do es el que m anda, el m arido es que m anda. La m ujer tra ­
baja, o qué sé yo, pero el hom bre m anda. Si Ud. no obede­
ce, allí viene las consecuencias, pleitos, lisuras. . . Cuando
ellos hablan con alguien en la calle, no les pasa nada. . .(es
otra cosa) Ja, Ja, Ud. se da cuenta.
Esta extrem a falta de poder en su hogar con respecto a su
m arido llevaba a consecuencias extrem as pero previsibles. La
m ujer que había aprendido a som eterse a su padre/m arido y a
aguantar la mala suerte, no pensaba en reclam ar cuando su esposo
salía con otras mujeres. Com o decía una m ujer:
Cuando él se fue con otras, ¿qué iba yo hacer? Claro que
te n ía cólera, ¿pero qué iba a hacer?
Su pasividad frente a una situación que sí le daba cólera
ilustra m uy bien el efecto y el éxito de las interm inables lecciones
que insistían que la m ujer buena fuera callada y sumisa.
El standard doble existía tam bién en las relaciones sexuales
de la pareja. La esposa, la m ujer buena de su casa, no debía de go­
zar de relaciones sexuales con su esposo. H abía otras m ujeres para
satisfacer los deseos sexuales del hom bre, deseos que estaban nega­
dos a la esposa. La esposa ideal era seca e incorruptible. Las pala­
bras de un hom bre entrevistado expresan m ejor que cualquier otra
fuente este standard doble en la sexualidad:
A su esposa de uno, hay que procurar no corrom perla, ¿no
es cierto? Para que esa m ujer le guarde un poco de respeto,
¿no? Porque si a esa m ujer yo hubiese hecho lo que se hace
en la calle, ya no es lo mismo ese respeto, pues, de esposo,
¿no? Yo me p o n ía eso a pensar, que no era lo mismo hacer
con una m ujer de la calle que con la esposa, más respeto de
la corrupción, pero en la otra, en la otra, ¡qué carajo! Los
dos nos poníam os com o hacíam os, que dale y dale, una,
dos horas, calatos los dos.

130
El placer “ norm al” era para la esposa, y había otro placer
“ corrom pido” que el hom bre experim entaba con la m ujer de la
calle, y se consideraban dos cosas distintas. Según un hom bre en­
trevistado, esos dos placeres nunca debían de mezclarse. Con la es­
posa, uno hacía:
El acto norm al, con am or pero no con m añoserías. Por
ejem plo, cdm o es posible que va a querer hacer tal y tal
cosa con su esposa. Ella va a sentir otro placer. Ya no es el
placer norm al. Si no, que el hom bre está corrom piendo la
m ujer, pidiendo actos que son contra la ley. Entra la
corrupción y el placer, sí. Porque la m ujer, cuando más co­
rruptas, sienten más placer. Pero eso no tiene por qué lle­
gar. Solam ente van a enferm ar. Eso se llama enferm ar la
m ente y el cuerpo de la mujer. Puede llegar a tal extrem o
que la m ujer ya no tiene o tra clase de placer, sino quiere
más, y quiere más, y llega a la locura.
Por un lado, la pobreza negaba a la pareja obrera una vida
afectiva. Por el o tro , el standard doble m oral negaba a la m ujer es­
pecíficam ente el placer sexual con su marido. El podía irse a la ca­
lle para buscar placer sexual, y diversión, m ientras que la mujer
te n ía que quedarse callada en la casa, según la m oralidad de la épo­
ca. En síntesis, la vida en la pareja nos m uestra la dom inación del
hom bre sobre la m ujer en térm inos económ icos, afectivos y m ora­
les.
El caso más agudo de la explotación sufrida por la mujer
obrera de la época era el de la prostituta. La gran m ayoría de las
prostitutas experim entaban la misma pobreza de toda la clase
obrera, y las entrevistadas reconocían que las mujeres entraban a
“ la vida” por necesidad, cuando no ten ían la suerte de encontrar
a un hom bre trabajador que las podía m antener. Un hom bre en tre­
vistado relataba que en su concepto muchas mujeres entraban a la
mala vida por necesidad y tam bién por el engaño de un hom bre.
En sus palabras:
Hay m ucha ham bre, m ucha miseria. Hay unas que les gus­
tan el lujo, y se m eten por eso, entran a “ la vida” . Otras,
bueno, porque bueno, necesitan algo, que tienen un hijo
por allí, que el padre la dejó, entonces entran a “ la vida” ,
se m e te n ... En el m undo entero, no solam ente en el Perú,
no todos son felices. Algunos les falta, algunos no tie­
nen. O tros sí tienen, pero hay personas que efectivam ente
necesitan, que piden. Y esas personas que piden, cuando se
encuentra con una persona que no tiene n o b leza... allí
la vida apesta. Dicen “ ¿Te falta? Anda pues hijita, ¿cuánto
131
quieres? ¿Quieres com er? Yo tam bién quiero com er, ven,
vamos a com er” . El la lleva a com er, y de allí, ya está in­
sinuando para ir con él. “ Ahora si quieres m añana te vienes
para ir y alm orzar” y de allí se presenta y le da su propina.
Al día siguiente, esa chica regresa pues. Y tiene que entre­
garse, por fuerza, porque necesita.
Cuando una m ujer entraba a la prostitución por necesidad
económ ica, los entrevistados (hom bres y m ujeres) no la criticaban
m ucho. Quizás existía un sentido de com pasión debido a la expe­
riencia com partida de la pobreza que hace más aceptable esa opi­
nión. En las palabras de un hom bre:
H abía mujeres que, si se doblaba su idea y se estaban
con ese hom bre por la necesidad de darle de com er al pa­
dre, a los hijos. Esto yo no considero delito, porque esa
m adre se perjudicaba entregarse a otro hom bre por darle
un pan a sus hijos, eso no, eso no es d e lito ... está haciendo
un sacrificio hum ano.
. Varias de las mujeres entrevistadas tam bién m ostraban esta-
ambivalencia hacia la m ujer prostituta. C om partían la opinión que
ciertas mujeres entraban a “ la vida” por ociosidad, pero ellas tam ­
bién reconocían que m uchas m ujeres entraban por necesidad. Una
m ujer entrevistada decía:
Yo pensaba “ Y qué voy a entregarm e yo a un hom bre
que, después un hom bre que no se conoce, ¡ay, n o !” . Ha­
biendo tan to trabajo, pudiendo trabajar en fábrica, pero
(ellas escogían) lo más fácil. Son m ujeres pues que pierden
su dignidad. No les gusta el trabajo, les gusta to d o fácil. No
les gusta agarrar una escoba, no les gusta agarrar una olla
para cocinar, no les gusta trabajar, solam ente que les caen
así, y se ganan más.
Pero la misma entrevistada tam bién decía:
Estas mujeres, hay algunas lo hacen porque el m arido les
deja, y tienen un m ontón de hijos, y no tienen com o llevar
com ida a sus hijos, éstas tienen que sacrificarse, esa es per­
donable, lo hacen por sus hijos, para darles una educación,
para darle su comida. . . hay unas, uno se da cuenta, que
hacen por necesidad, que lo hacen po r necesidad.
Toda la inform ación descriptiva que conseguí acerca del
mismo oficio de la prostitución proviene de hom bres. Me hubiera
gustado entrevistar a una p ro stitu ta de edad pero no lo logré. A un­
que la inform ación viene de un punto de vista varonil, todavía se
puede apreciar la explotación aguda que sufría la m ujer p ro stitu ­
132
ta. Un hom bre entrevistado que trabajaba en un pro stíb u lo rela­
taba cómo una m ujer, Mary, entraba a “ la vida” :
Ella me contaba que estaba de novia, la perjudicó, la m etió
a “ la vida” .
Sobre otros casos el mism o hom bre afirma:
Me contaban que habían tenido, no novios, sino habían
tenido su m arido y la hab ía m etido a “ la vida” . (Tam bién)
sus amigas habían sido de “ la vida” , y com o eran amigas
de esta m uchacha que se conocían, una de ellas me contó,
del colegio, era de “ la vida” , entonces la llevó a una casa
de cita y la m etió a “ la vida” .
La explotación de la p ro stitu ta po r el alcahuete —el hom ­
bre que la dirigía en el trabajo— es la expresión más aguda de la
opresión de la m ujer lim eña de la época. Según un hom bre e n tre ­
vistado:
La m ayor parte tienen eso, el hom bre p ro te c to r com o d i­
cen, o m ejor dicho, su alcahuete. Acá le llam an alcahuete
a él, defenderla nada más. Y recibir la plata nada más. . . A
la hora que ella term ina, tiene que darle cuentas, a ver que
el m arido está controlando allí. El es el m arido pues, él es
el alcahuete, es el m arido. El está parado en la esquina,
controlando cuantos entran allí. Golpe con ella. . . cuan­
do le quitaba la plata, cuando ella no guería dar todo. Ella
le da la plata a su m arido pues (El esta afuera controlando
la gente que entran). El pega no más. Está parado. E ntra
uno, apúntalo. Supongam os que sea 10 ó 15 libras. “ F a lta ”
decía él. Porque ella tam bién ha querido sus centavos. “ No,
yo he estado co n tro lan d o ” , y allí se m etía golpe. A sí es.
El m iedo hacia el alcahuete, su “ hom bre p ro te c to r” , era
com ún entre las prostitutas:
H abía to n te ría s con los alcahuetes. Por ejem plo, que vinie­
ra uña m ujer y no h ab ía to d a la plata. Allí venía una pelea-
dera del diablo. M eten la puñalada y todo.
Y com o decía otro entrevistado:
Era com ún, la venganza más era de cortarle la cara, m uje­
res, m ujeres de la vida ha habido cortado en la cara, las mar­
caban. . . . por celos, porque no querían ellas, ellas no q u e­
rían vivir con ellos y por celos. . .
La explotación de la m ujer perpetrado por el alcahuete
cristaliza la opresión de la m ujer en una sociedad sexista. Por el
m ero hecho de ser hom bre, él ejercía to d o poder sobre su libertad.

133
No solam ente estaba som etida al poder del “ m archante” , su clien­
te, sino que tam bién com partía su vida con un hom bre que la ex­
plotaba y am enazaba constantem ente.
H abía tres diferentes clases de prostitutas en Lima a p rin ­
cipios del siglo. Según un inform e, La Prostitución en Lima, es­
crito en 1910, en la clase superior y más costosa:
Las m ujeres tienen sirvientes, se m antienen bien vestidas.
Hacen sus conquistas en los tranvías, en los teatros y espe­
cialm ente en las corridas de toros (87).
Estas prostitutas de prim era clase cobraban 1 a 2 soles por
cliente, y generalm ente eran extranjeras o peruanas de piel blanca.
En la segunda clase de mujeres:
Viven en casitas, no en cuartos, tienen agua y desagüe,
m uebles m ejor, sábanas lim pias... son respetuosas y c~>n
alguna c u ltu ra ... y no reciben gente de oficios bajos (88 ).
Estas cobraban m edia libra.
A los prostíbulos de tercer rango iban los hom bres de la
clase obrera y trabajaban m ujeres de la misma clase. Ellas eran de
todas las razas, y según un inform ante:
Ellas eran gente ya de callejón, plebe, que los zam bos, la
gente plebe se m etía a “ la vida” .
Ellas trabajaban en condiciones parecidas a las condiciones
en las cuales ellas habían crecido, los callejones de Lima, y según
el inform e de 1910:
El estado de los prostíbulos de la calle H uarapo (callejue­
la del Tajam ar al Baratillo) nos servía de tipo para apreciar
las peculiares condiciones de las m eretrices que habitan en
esos barrios. A los lados de un lodazal cenagoso, ex tendién­
dose en esta calle, hileras de cuartuchos bajos, con puertas
de m adriguera y techos de caña. Desde la entrada, en m u­
chos de ellos, percíbese el vaho nauseabundo de ciertas m a­
terias alimenticias en descom posición, y con la vista, un
suelo de ladrillos. Un m ueblaje pauperrísim o, com puesto
de una cama de fierro cubierta de inm unda colcha, de va­
rias sillas desfondadas y una viejísima mesa, constituyen
el menaje. Un patiecito o segunda alcoba sirven de basure­
ro, de cocina y de excusado. No hay agua ni desagüe y la

(8 7 ) La P rostitu ción en la Ciudad de Lima, p. 22.


(8 8 ) Ibid. p. 17 a 18.

134
propia calle sirve de cloaca.
No es cosa m ejor lo que encontram os en las demás vivien­
das de esta dem arcación. Exceptuando las pocas que se ha­
llan entabladas y em papeladas, las demás no tienen mucha
diferencia con las ya descritas. Algunos cuartos son tan es­
trechos que m aterialm ente no cabe otra cosa que la cama y
una silla. Se entiende que ellos son únicam ente ocupa­
dos por la noche y por m eretrices que habitan en otros lu­
gares. Esta costum bre no es general y la m ayoría de estas
mujeres viven en el barrio (89).
A pesar de la tolerancia de las prostitutas por parte de la
m ayoría de la clase popular, ellas estaban bastante marginadas en
el barrio. La “ gente sana” no se juntaban con ellas. Según un en­
trevistado:
Ellas no ten ían sino am istad desde lejos, pero no tenían
relaciones porque ya estaban desacreditadas y esa amistad
era de lejos no más.
Por eso, por lo m enos las que vivían en prostíbulos tra ta ­
ban de crear su propio universo. El m undo dentro del prostíbulo
se parecía a una fam ilia hasta cierto punto. La dueña, “ la m am á”
del prostíbulo, iniciaba a las principiantes, las “ niñas” , en el traba­
jo:
“ La m am á” enseñaba cóm o tratar, cóm o, según los hom ­
bres, cóm o para sacarles más plata, cóm o de ellas mismas
deben desnudarlos y sacarles la ropa, desnudarse ellas, para
entusiasm ar al hom bre, pues, para sacarle más, entonces
ese hom bre se iba, a las dos, tres noches, de su trabajo,
hom bres eran em pleados de plata, se acordaban bien, que
lo que no podían hacer con su esposa, lo hacían con las
mujeres esas. Entonces ellos iban y las buscaban, ellas
atraían pues, y eso, la cabrona (“ la m am á” ) le ensenaba
todas esas artimañas.
E xistía com petencia y envidia entre las mujeres, com o re­
lataba un hom bre que h ab ía trabajado en un prostíbulo:
Envidia, porque algunas ten ían m ejor suerte de m archan­
tes, porque había señores que le gustaba esa m ujer de “ la
vida” , querían más a esa m ujer de “ la vida” que a su misma
esposa. E ntonces venían y le regalaban cortes de tela, sor­
tijas, y entre ellas existía com o existe la envidia.

(8 9 ) Ibid. p. 13 a 14.

135
Las prostitutas que ten ían hijos, lo que parece haber sido
el caso de la gran m ayoría, com partían los mismos problem as de
otras madres trabajadoras, pero a raíz de su m arginación social, era
aún más difícil buscar un sitio y una persona para cuidar sus hi­
jos. En las palabras de un entrevistado:
Los padres de la m ujer cuidaban a los nietos, ya había m u­
chos hogares que era costum bre y lo hacían oculto, ¿no?
Muchos no sabían, ¿no? Salían en la noche ellas, pero
siempre la vecindad llegaba a saber.
Tanto com o las demás mujeres de las clases populares, la
p rostituta sufría por la necesidad económ ica, por la falta de liber­
tad, por la carencia total de cariño y am or, y por el standard do­
ble moral; pero ella sufría estas form as de opresión más aguda­
mente.
Su explotación económ ica y sexual cristaliza la posición
doblem ente marginada de la m ujer obrera en una sociedad clasis­
ta y sexista. '

LA M UJER: “ REINA DEL H O G A R”

Toda m ujer de la época había aprendido que uno de sus


mayores placeres de la vida sería su rol com o “ reina del hogar” .
Pero para la m ujer obrera, ese “ reino” sucedía bajo condiciones
pésimas y como casi todos sus sueños, term inaba com o una pesadi­
lla. La gran m ayoría de la clase obrera en Lima vivía en callejones o
casas de vecindad. El callejón era un m undo de mujeres. El hom ­
bre podía escaparse a la calle para evitar la evidencia de su fracaso
como proveedor de su familia, pero las m ujeres ten ían que enfren­
tar problem as en el callejón, luchando diariam ente para sobrevivir.
El callejón era un pasadizo estrecho, con cuartos a ambos
lados. Los cuartos eran pequeños y sobre-poblados, donde casi
siempre faltaba luz y aire. En casi todos había un solo caño en el
pasadizo para todos los inquilinos, para el lavado de sus platos y su
ropa, para su com ida y para su higiene personal. Los callejones ca-

136
137
recían de desagüe y los desperdicios hum anos tam bién entraban al
botadero debajo del caño.
El callejón en Lima era un sitio antihigiénico desde todos
los puntos de vista. El Médico Dem ográfico Municipal en 1909
describe lo que p o d ría ser considerada una vivienda obrera típica:
La casa citada, que desde su fachada dem uestra su estado
ruinoso y antihigiénico, consta en la parte exterior, además
de la pu erta principal, de dos tiendas al lado izquierdo, de­
dicadas una a la venta de frituras y la otra a la de carbón, y
al lado derecho otra, ocupada por una encom endaría. To­
das esas tiendas, sobre to d o las dos prim eras, son m uy peque­
ñas, com o es de imaginárselo, dada la contigüidad en que
se encuentran el despacho de carbón y el de frituras. \¡
pasar el zaguán de la casa, nos encontram os en un patio, en
el cual se han construido, con tablas viejas, dos habitacio­
nes, reduciendo el área de aquel de una m anera m uy apre­
ciadle. C ontinuando a la derecha, seguimos por un callejón
to rtu o so y sinuoso en su piso, debido a que el pavim ento,
tan to de éste com o del resto de la casa, está constituido
por tierra; al term inar el citado callejón, hay un segundo
patio y en uno de sus lados cuatro cuartos pequeños en es­
tado de ruina, en la actualidad habitados, y al lado de éstos
tres corrales, dedicados, dos de ellos, a la cría de animales
dom ésticos y el otro a encerrar burros, y com o la limpieza
no debe hacerse con m ucha frecuencia, es tal la cantidad
de inm undicia acum ulada, que hace imposible la perm a­
nencia en dicho lugar, ni por breves instantes (90).
En estas condiciones, el problem a sanitario de los callejo­
nes era enorm e: ¿Puede ser más lam entable el estado de los
callejones y casas de vecindad, aparte de la estrechez de las
habitaciones hay carencia absoluta de ventilación y de luz;
donde no hay sino uno, o a lo más, dos pequeños caños p a­
ra abastecer por lo m enos a 80 ó 100 inquilinos y en los
cuales el agua corre a determ inadas horas del día; donde
cada desagüadero es un foco de infección, y cada recoveco
o esquina un pequeño m uladar, y donde una atm ósfera hú-
. m eda y hedionda predispone a todas las enferm edades y
epidemias? (91).

(9 0) L o s Boletines Municipales de la Ciudad d e L im a (Lima, 1909).


Julio 17. 1909.
(91 ) A n a rq u ism o y Sindicalism o en el Perú, Piedad Pareja (Lima, 19 78 ),
p. 34.

138
En este m undo, la m ujer hacía sus quehaceres de la casa y
tam bién su trabajo para la calle. Se publicó en Las Memorias de la
Ciudad de Lima, en 1901, que gente de la clase obrera:
viven allí en espantosa condición, m ujeres, niños, y hom ­
bres y animales dom ésticos de to d a clase, sin que haya una
sola regla que garantice la vida y la salu d ... se ven en redu­
cidísim as habitaciones de dos o tres m etros cuadrados alo­
jarse familias de cuatro, seis o más m iembros, allí se crían
to d a clase de animales, en el mismo cuarto se hace la coci­
na, el lavado de la ro p a,tan to para la familia cuanto de las
casas de la ciudad, pues las inquilinas son lavanderas, y
bien sabe Ud. que en esa ropa puede venir el elem ento
infectante de la fiebre tifoidea, de la viruela y de otras in­
fecciones (92).
Pero lo que el Inspector de la M unicipalidad no reconocía
era que el “ am biente infeccioso” era donde esa m ujer lavandera
vivía, preparaba com ida y criaba a sus hijos.
La lucha para la sobrevivencia que experim entaba cada m u­
jer que vivía en un callejón significaba, entre otras cosas, estar en
conflicto casi perm anentem ente con otras mujeres por los escasos
recursos que les perm itirían acercarse, aún un poco, a la imagen de
la buena m adre y esposa. La form a más visible del conflicto entre
los habitantes de los callejones era el chisme. En el callejón, no ha­
b ía intim idad. La m ujer no po d ía vivir su vida aparte de los demás
por el am biente donde dom inaba el chisme. El chisme afectaba
más a la m ujer que al hom bre porque ella pasaba horas en el calle­
jón. Según una m ujer, el caño era el sitio en donde más se chism ea­
ba:
Allí es donde se form a todo. Se paran allí y se ponen a
conversar en el caño, y el caño es donde se form a todo
pues. Conversan de to d o , de la vida ajena, y to d o ... Hay
unas que hablan solam ente lo necesario, pero son pocas así.
Las paredes de los cuartos del callejón eran delgadas y se
escuchaba to d o lo que pasaba en los otros cuartos. La “ vida ajena”
era parte de la vida com ún del callejón. Según una mujer:
Se escucha todo. Igualito se escuchaba com o de ésta, se es­
cucha, lo de allá, lo de allí tam bién, igualito. La gente de
acá la vida de ésta, sabe la vida de la otra, de ella, y sabe lo
de uno. No ves al callejón delgadito y todo lo que se dice
se escucha. Y se sabe la vida de todos.

(9 2 ) Mem orias de la Ciudad e Lim a (Lima, 19 01 ). Anexos, p. XXIX.

139
El chisme era un aspecto inevitable de la vida en un calle­
jón, y com o notábam os en la sección sobre la niñez, el tem o r del
chisme era uno de los elem entos que m otivaba la prohibición de
amigas para las niñas. Se te n ía que cuidar de las amigas, porque, se­
gún una mujer:
Se cuenta (un secreto) com o amiga, pero de cólera, se lo
cuenta, y to d o el m undo se entera. Por ejem plo, si tiene
un hijo anorm al, com o m ariconcito, y da vergüenza pues.
T rata de vergüenza y sale lo que sabem os (com o chisme).
En las palabras de o tra entrevistada:
Chisme es lo peor. Si estoy en un hogar, puede ser de una
amiga, no falta uno que le puede decir que yo soy mala,
que yo soy así, que esto, que el o tro , que mi casa es así,
que es asá. Tam bién puede, puede haber. Y gente a veces a
uno no le quiere, por algo (y pueden contar cosas).
Entre los problem as que enfrentaba la m ujer en el callejón,
el chisme era m enos serio que el conflicto abierto entre m ujeres
que se generaba alrededor del poco abastecim iento del agua. En al­
gunos callejones, se lograba la reducción de la tensión acerca del
caño con la form ación de colas, y en algunos callejones, aparente­
m ente se lograba un am biente de cooperación. Como contaba una
entrevistada:
En esa época no h ab ía desagüe, solam ente había caño, allí
había una, dos, dos caños no más. D onde vivíamos noso­
tros había uno, y a la vuelta h ab ía más cuartos, h ab ía otro
caño, con bastante ag u a... No h ab ía problem as con el ca­
ño. La gente era más tranquila. Esperaba hasta que uno
acababa, así. Está enjuagando la ropa, decía “ Vecinita, ya
voy ya, ya, ya voy a acabar” .
Pero en la gran m ayoría de los callejones no era tan fácil
obtener agua, y las m ujeres ten ía n que desarrollar estrategias de so­
brevivencia para poder cum plir las tareas de la casa. Com únm ente,
una no p o d ía lavar ni cocinar en el m om ento que quería. Según
una entrevistada:
Uno, po r ejem plo, ya sabe en la m añana, uno lava su servi­
cio y ya viene o tra y hace cola, lava. Sacan su agua en la
noche, o a lo contrario, si uno quiere, puede lavar sus pla­
tos por noche y ya no m olesta el caño. Así uno se abastece
uno.
Tam bién era com ún la costum bre de levantarse para guar­
dar agua y así evitar problem as. Como decía una m ujer:

140
Sacábam os agua tem prano, así, com o aquí. Después
guardábamos. . . H abía 133 departam entos, en un cuar-
tito un m ontón de gente. A las 5:30, 6:00, sacábam os
agua, y com o éram os dos no más, guardábam os agua en
baldes no más. No quieren salir del caño, se m olestan
tam bién “ ¿Por qué no se va al otro caño?” . Y no se deja.
Es fregado.
A pesar de esas estrategias y reglas de com portam iento
para evitar problem as, el caño era un foco de conflicto para las
m ujeres del callejón, llegando a veces a estallar hasta peleas vio­
lentas entre las mujeres. Una entrevistada relataba:
Las que pelearon más eran las que ten ía n fam ilia, con h i­
jos, tienen que lavar su ropa to d o , ellas eran las que p e­
learon. Iban hasta la Com isaría, todo eso. Se agarraban.
En los callejones pues es así. No iba a aguantar la gente
así. Son buenos todos pues, pero cuando uno va para sa­
car agua, y no te dejan sacar agua, dice “ Perm iso” . Y si
no daban perm iso, “ Permiso que voy a sacar agua” , no
daban. Hasta que agarraban la o tra persona y así em pie­
za la cosa. Así que iba hasta la Comisaría. . . H asta yo
misma h ab ía luchado con un lío. No me dejaron sacar
agua, y yo sacaba la tina, y entonces allí yo me m e tía a
agarrar tam bién.
Los conflictos acerca del agua estaban caracterizados
por insultos fuertes que ten ía n com o objeto avergonzar a la o tra
persona. Como dem uestra la siguiente descripción po r una m u­
jer, la tensión que dom inaba la vida diaria del callejón te n ía una
variedad de expresiones, entre ellas, el odio racial:
Decían que una era ladrona, una sinvergüenza, un m o n ­
tó n de cosas, groserías, insultando a su m adre, que era
una desgraciada, que era una puta. Y por la negra pues.
Así por ejem plo, una negra, acá ju n tita vivía una señora
que le gustaba negrear. . . decirle “ esta negra, esa negra
así, esa negra asá” . . . (dicho con desprecio). Ella era
blanca pues, claro y la otra es negra pues. Y así hacen y
allí empezaba. Y si una sabía algo de ella, de su “ p a ta ”
(amigo) o de una cosa que ella hab ía tenido, lo gritaba y
allí form aba el lío pues. Algo, p o r ejem plo, si te n ía un
m arido escondido, que nadie sabía, o un hijo de otro
hom bre, se lo gritaba eso y así form aba el lío. Iban has­
ta la Comisaría. . . Tam bién se dice cosas a una por
atrás, sátiras. Por ejem plo, sale uno de acá, y hay una
persona que no me puede ver y dicen, “ Ay, esta vieja

141
desgraciada, esa vieja así, esa vieja asá” y yo sé que es
por m í. . . por atrás lo hablan pero com o uno sabe que
es por uno, uno empieza a pelear. Y uno tam bién le dice,
claro pues. Y si la otra viene encim a, hay que agarrar lo
que sea pues, con lo que sea hay que tirarle. El callejón
es así pues, así es en callejón, así viven.
El acceso al caño no fue el único m otivo de pleito entre
las mujeres en el callejón. Una m ujer contaba, por ejem plo, que
se peleaba por:
El m arido. El iba a la casa de la otra m ujer y la otra le
avisaba. . . Se pelearon así. Por ejem plo, una vecina te ­
nía su esposo, y quería enam orarse. De repente ya esa
señora se iba a trabajar, la esposa se iba al trabajo y el
hom bre quedaba en la casa, no quería trabajar él, pues,
los hom bres son bien flojos; que ella lava y tienen sus hi­
jos, y to d o , y él se quedaba. La m ujer sí salía. . . e n to n ­
ces el hom bre em pezaba a estar con esa o tra m ujer, con
la vecina. Allí se ponían a pelear. No falta una persona
que avisaba a su señora. . . Entonces allí se ponían el lío,
entre las dos m ujeres por el hom bre. Se agarran de los
puños, agarraban puñetes, se cortaron tam bién, con cu­
chillo, por el m arido pues. Hasta que pues ya se queda­
ban bien. Ya no el hom bre hablaba a esa m ujer. Se acos­
taba con su señora no más. Así vivían la gente en ese
tiem po.
Y se peleaban por el robo de la ropa, ropa no solam ente
de la fam ilia propia, pero en el caso de las lavanderas, ropa de la
calle tam bién, que ella ten ía que reem plazar con su sueldo. Según
una lavandera:
La ropa se te n d ía y se perdía. . . La gente se la robaba y
entonces echaba la culpa a la otra, y así se form aba el lío
tam bién. Se perd ía la ropa, pues se la llevaban. . . lo m e­
jo r jalaban. Un bonito vestido, una camisa, un pantalón.
Se lo llevaban no más y no sabía quién, com o h ab ía va­
rias personas, no sabía. Pero más o m enos uno sabía,
uno calculaba y allí, decía “ Fulana le he visto cerca de
allí” y entonces se peleaban e iban hasta la Comisaría. . .
te n ía que ir hasta allá y había tan to s testigos.
Com o contaba una m ujer, tam bién se peleaba po r los
chicos:
Por los chicos pues, que tengan sus hijos pues, y el chico
sea m alcriado, el otro lo pega. E ntonces la m adre viene,

142
la m adre pega a la criatura, entonces com o m adre la una
salta encim a de la otra, y de allí sale un m ontón de co­
sas, dicen un m ontón de lisuras, por el pleito de los chi­
cos' en callejones pues. . . Los chicos están jugando, sa­
len peleando. Uno pega al otro, y él corre y avisa a su
m am á, el otro chico se esconde y viene la mamá, a bus­
carle, a pegarle.
En este am biente conflictivo, la m ujer ten ía que ver por
su fam ilia en to d o sentido. La m ujer, por ejem plo, se encargaba
del m anejo del presupuesto familiar. Aunque la pareja obrera
com partía la pobreza, en los hom bros de la m ujer caía el peso
de hacer alcanzar el dinero. Lo más crítico al respecto fue la res­
ponsabilidad de diariam ente com prar y preparar la comida. Se­
gún un hom bre entrevistado, la buena esposa era aquella que p o ­
d ía dar de com er a la fam ilia dentro de las restricciones de un
presupuesto lim itado:
Cuando no h a b ía una señora guardadosa, faltaba; pero
cuando h ab ía una señora guardadosa, la alcanzaba.
Al ten er que com prar y preparar la com ida la m ujer
obrera no sólo te n ía que enfrentar los problem as de la escasez
sino tam bién la m ala calidad de la comida. En las num erosas ins­
pecciones de la calidad de las subsistencias en Lima hechas por
La M unicipalidad, se encontraba m ucha com ida de pésima cali­
dad. En un inform e publicado en 1906, por ejem plo, de los 128
artículos analizados, 57 eran de buena calidad, 46 de calidad to ­
lerable y 31 productos estaban totalm ente malogrados (93). Le­
che, harina, m antequilla, y aceite, ju n to con salchichas y vina­
gre, estaban podridos pero se vendían al público. La leche se en­
contraba frecuentem ente malograda con “ ensuciam iento por el
guano vacuno y . . . contam inada por m icrobios” (94) y era una
fuente com ún de enteritis y tuberculosis.
La m ujer se te n ía que enfrentar tam bién directam ente a
la inflación que m arcaba la época. Cada día recibía menos por
sus centavos, com o dem uestra una carta de 1925 acerca del peso
del pan, publicado en El B oletín Municipal de Lima:
De nada sirven los precios de venta fijados com o máxi-

(93 ) L os Boletines Municipales d e la Ciudad de Lim a (Lima, 1906).


Abril 21 , 1906.
(9 4 ) Ibid. (Lima, 1 9 2 4 ) Enero 15, 1 92 4.

143
mos por el Concejo Provincial; los expendedores no des­
perdician medio alguno de burlar esas tasas de precios.
Los especuladores hacen lo que les viene en gana sin to ­
m ar en consideración las ordenanzas m unicipales, las lis­
tas de precios, las am onestaciones y ni aún los castigos
que se aplican. No se prepara el pan con el peso de 54
gramos (com o debe de tener por reglam ento) en lugar de
41 que tenía, lo he cornprobado personalm ente m andan­
do com prar pan francés y al pesarlo, encontré que sólo
te n ía 37 gramos —o sea, m enos no sólo del señalado, si­
no del que te n ía antes de la resolución de la Alcaldía. La
situación del abuso inveterado y de explotación es la
venta del pan (95).
En estas condiciones difíciles, la m ujer obrera de Lima
trataba de desem peñar su rol de m adre, su rol más difícil y más
im portante según la enseñanza que había recibido desde su ni­
ñez. '

YO HACIA TODO PA RA MIS HIJOS

La relación de la m ujer obrera con su m arido estaba difi­


cultada por la pobreza y caracterizada por peleas y a veces, por
golpes y abandono. Tam poco encontraba aliento o apoyo con sus
vecinas, con quienes ella co m p etía por los escasos recursos del ca­
llejón. No satisfecha con su relación con su m arido, la m ujer busca­
ba realización afectiva en su relación con sus hijos. Sobre to d o , en ­
fatizaba su rol de m adre, trabajando y sacrificándose por sus hijos.
Pero la m ujer obrera de Lima desem peñaba su rol de m adre
en condiciones sum am ente difíciles. Tam bién en este rol, ella esta­
ba condenada al fracaso. La causa de este fracaso era la alta tasa de
m ortalidad infantil, la más dolorosa consecuencia de las espantosas
condiciones de vida que sufría la clase obrera.
A la vez que su rol com o m adre era altam ente enfatizado
por la sociedad, por la pobreza en que vivía, la m ujer obrera no po-

(9 5 ) Ibid. (Lima, 1 9 2 5 ). Abril 21, 1925.

144
d ía alcanzar las expectativas asignadas a este rol. Las condiciones
malsanas de vida y la falta de com ida de buena calidad y cantidad
po n ían en peligro la vida de sus hijos, y en m uchos casos eran res­
ponsables de su m uerte.
Las cifras frías sobre m ortalidad infantil pintan un cuadro
espantoso donde un tercio de la m ortalidad general eran niños m e­
nores de 10 años. Pero se entiende aún m ejor la situación de la m u ­
jer obrera cuando ella describe las enferm edades de sus niños y tra ­
ta de explicarse a sí misma la presencia de la m uerte en su vida.
Según una m ujer, sus niños o los de sus amigas m urieron de
m uchas enferm edades, siendo la más frecuente la diarrea:
Nacen a los 7 meses. . . delgaditos, cóm o m orían de esto,
cóm o m orían, antes de los 8 meses nacían. D eben nacer a
los 9, pero nacieron a los 6 , a los 7 meses, se m orían. . . Sa­
ram pión, un tiem po h a b ía que se llevaba com o nada. D ia­
rrea, te n ía su nom bre, ay ¿cóm o se llam aba? “ La bicicle­
ta ” le decíam os. . . com o diarrea. Porque no le paraba, no
le paraba nada pues, la “ bicicleta” había. Y esto le daba
dolor de estóm ago y se iban, no h ab ía quién le parase n a­
da. Pero generalm ente la gente que m orían de esto eran p o ­
bres, los que viven en callejones, así, de barriadas. La gente
de esos (los ricos) no. La gente pobre, sí. No le com praban
rem edios, no había. . . H asta los 6 años se le da cualquier
agüita y al últim o se corre al hospital. Ya no h a b ía tiem po,
ya no.
Com o dem uestra esta observación, las m ujeres reconocían
las causas fisiológicas de esas enferm edades, pero tam bién recu­
rrían a veces a otras explicaciones de la m uerte de sus hijos:
Yo te n ía tres hijos, pero vive uno. Dos se han m uerto del
estóm ago chiquitito, u n o de 9 meses y el o tro de 3 meses
m urió. Mi m am á los criaba, y no le lavaría bien la m am ade­
ra. Se m alogró el estóm ago. A la otra, yo estaba cogiendo
hojas allí en la chacra para tam ales para vender, cuando
uña señora; tiene m ala vista, cuando esa señora la vio, la
“ ojeó” , allí m ism o le agarró vóm itos y diarrea y al o tro d ía
m urió. Rápido no más, te n ía m ala vista la séñora.
A pesar de la frecuencia de la m ortalidad infantil, la m uer­
te de cada hijo afectaba a la m adre obrera profundam ente:
Nos hemos sido po r to d o 3. Com o le digo, los prim eros
herm anos han fallecido, fallecieron, m urieron chiquitos, le
dieron parálisis infantil, o tro bebito m urió con exceso de
tos convulsiva, se puso m alito. En ese tiem po no h ab ía in­

145
yecciones, no h ab ía nada de esas cosas, así que m uchos ni­
ños m urieron a consecuencia de la enferm edad. De saram ­
pión, viruela porque no h ab ía m edicam entos. . . Todos mis
herm anos han m uerto chiquititos, un año, dos años, de un
año y m edio, así el otro bebito m urió, decía mi m am á a los
3 meses nacidos. Bueno, mi m am á decía que sufría m ucho,
m ucho se sufría ella cuando m urieron sus hijos. Después ya
han nacido nosotros y ya, con el favor de Dios ya no pasó
nada, pero en la últim a bebe, ya se m urió. Porque volvió a
retroceder que le dio el parálisis a la bebita. Ella m urió a
los tres años. Ya no volvió a tener mi m am á h ijo s ... Ay,
mi m am á, hasta ahora la recuerda con m ucho cariño, hasta
ahora la llora. A to d o s dice “ Ay, mi hija te n d ría tales años,
ay, mi hija hubiera sido a sí” . Siempre les recuerda. Siem­
pre les recuerda.
Las palabras de esas m ujeres acerca de la frecuencia y del
efecto em ocional de la m uerte de sus hijos nos da una idea de la
frustración, la tristeza y la sensación de fracaso que ellas ten ían
que haber sentido.
Debido a su pobreza, no p o d ían alcanzar la imagen de la
m adre perfecta enseñada por la ideología oficial.
Las duras condiciones de vivienda y subsistencia perjudi­
caban la vida de sus hijos, y aunque ella com partía esas condicio­
nes de vida con su m arido, el sentido de fracaso caía con especial
fuerza sobre la m adre obrera.
Los hijos de una m ujer que lograban sobrevivir los prim e­
ros cinco años de vida eran su m ayor fuente de satisfacción y or­
gullo. A pesar de que era m uy difícil m antener a su fam ilia con los
escasos recursos y en condiciones malsanas, sus hijos le daban el
afecto y alegría, que generalm ente estaban ausentes en su relación
con su m arido que era conflictivo, y en m uchos casos, representa­
ba un fracaso. Por eso, la m ujer obrera po n ía ta n to énfasis en su
dedicación hacia sus hijos. A unque no po d ía satisfacer la imagen
tradicional de la m adre que se queda en su casa cuidando los hijos,
ella de todas m aneras se defendía com o m adre, creando una nueva
imagen que sí po d ía alcanzar dentro de su realidad.
La buena m adre obrera era la que trabajaba y se sacrificaba
por sus hijos: En las palabras de una m ujer entrevistada:
Te casas o te com prom etes, esos niños necesitan cuidarles,
vestirles y limpieza, pobre pero lim pio, eso necesitan. Tú
sufres para cualquier cosa, pero tus hijos no. Con tus hijos
tienes que estar. Cuando m ueres los abandonas. Pero antes
no. Con tu hijo, comida.
146
147
Esta misma m ujer explica que ella p o d ía soportar los gol­
pes de su marido p o r su relación con sus hijos:
Mi esposo venía m areado, me insultaba, me gritaba y todo
. . . Pero to d o eso te n ía que aguantar p o r mis hijos.
En estos casos donde la relación con el m arido era carac­
terizada por poco afecto y cariño, la m ujer obrera dejaba a su m a­
rido en térm inos em ocionales y concentraba su esfuerzo afectivo y
físico en sus hijos; no sólo su trabajo era para ellos, tam bién sus es­
peranzas y deseos para el futuro encontraban una expresión en sus
hijos. Por m edio de sus hijos, la m ujer obrera veía una m anera de
superarse, y de salir aún en sus esperanzas de la pobreza en la cual
ella luchaba. Las palabras de una m ujer expresan bien no sólo su
lucha con la pobreza, sino tam bién sus esperanzas de que sus hijos
no tuvieran que sufrir lo m ism o:
Más he sido yo (que se encargaba de colegio para sus hijos).
Yo he sido que les levantaba, que les llevaba al colegio, m i­
raba la form a cóm o vayan a estudiar. Q uería que sean algo
m ejor, algo que yo no he podido ser.
La lucha y el sufrim iento en la vida de la m ujer obrera, ju n ­
to con sus deseos para que sus hijos se superaran y el orgullo que
ella podría sentir cuando ellos tuvieran algo de éxito, aún, en fo r­
mas marginales, está expresada m uy concisam ente po r las palabras
de esta mujer:
El (su esposo) tom aba, y m ucho le gustaba la calle, e n to n ­
ces yo, para mis hijos, yo trabajaba. Para educar. Yo no sé
escribir y leer, y y o decía, ¿no va a saber mi hijo?, basta
que yo no sé leer ni escribir, pero mis hijos deben saber si­
quiera leer y escribir. Efectivam ente, mis hijos, tengo 2
m ujeres y 2 hom bres, y saben leer y escribir.
Al fin y al cabo, casi el único co n tex to en que la m ujer
obrera ten ía la posibilidad de sentirse realizada era a través de sus
hijos.
CONCLUSION
La estadística y el análisis literario nos han ayudado a en­
tender m ejor la problem ática de la m ujer obrera en Lim a en las
prim eras tres décadas del siglo veinte. Sus propias palabras nos han
relatado sus luchas, sus fracasos y sus escasos éxitos, su sufrim ien­
to físico y su marginalización afectiva. En sus palabras, vemos su
coraje en la lucha po r sobrevivir en la pobreza y vemos su orgullo
cuando los hijos logran algún éxito en esta sociedad.

148
E sta historia nos señala las distintas form as de opresión
que sufrían las m ujeres obreras limeñas de principios de siglo, y
tam bién señala la naturaleza de una sociedad clasista y sexista que
sigue oprim iendo a la m ujer hasta hoy día. U na entrevistada cuida
a sus nietos m ientras que su hija trabaja en u n a fábrica. O tra e n tre ­
vistada de 70 años tod av ía lava ropa para la calle, m ientras que su
hija de 45 tiene trabajo eventual pegando sobres en el pequeño
cuarto que es su hogar.
Hem os escuchado las palabras de las abuelas, ahora tocan
los cam bios en el m undo de las nietas, y las bisnietas.

149
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Mercado, Hilda. La M adre Trabajadora — El Caso de los C om ercian­
tes A m bulantes.
CEPD, Lima, 1978.
M ercado, Hilda y Villalobos, Gabriela. La M adre Trabajadora en
los Sectores Populares de Lima.
Lima: CEPD, 1977.
R u tté García, A lberto. Sim plem ente E xplotadas: El M undo de las
Empleadas Dom ésticas en Lima.
Lima: DESCO, 1976.
Villalobos, Gabriela. La Madre Trabajadora — El Caso de las O bre­
ras Industriales.
Lima: CEPD, 1977.

152
Capítulo 2
EL CASO
DE ROSARIO

Katherine Roberts
LA PROSTITUCION

Se ha hecho poca investigación para reconocer a la m ujer


peruana del pasado, que ha constituido una inequívoca fuerza vi­
tal en el desarrollo de su nación. Si enfocam os el dram ático cre­
cim iento de Lima en las prim eras décadas de este siglo, pareciera,
com o si las m ujeres de la clase popular, que com prendieron aproxi­
m adam ente 8 O0/0 de la población de Lima, no jugaran ningún
papel, com o si ellas no fueran sino pequeñas m áquinas de hacer
hijos y en este sentido responsables del rápido crecim iento de Lima.
N o se puede negar que las mujeres de ese período fueron,
de hecho, m adres. Pero aún más en la ciudad de Lima a com ien­
zos de siglo la m ujer de las clases populares fue la espina dorsal,
la fuerza central en la lucha po r la supervivencia bajo horrorosas
condiciones de vida, de familias enteras en un sólo cuarto, sin n in ­
gún sistema de desagüe, en condiciones de vida totalm ente an ti­
higiénicas y con altísim as tasas de m ortalidad. C iertam ente la p reo ­
cupación principal de la m ujer era sus hijos. Pero la función de la
m ujer en este sentido era puram ente m aternal. Era tam bién sig­
nificativo su rol económ ico, pues los ingresos de los padres eran
perennem ente m uy bajos, y a veces no había. Eso hacía que m u­
chas m ujeres trabajaran de sirvientas dom ésticas, de lavanderas, de
nanas, para poder contribuir en alguna form a a la estabilidad fam i­
liar. Com o parte de un estudio más amplio sobre la m ujer obrera
de Lima, entre 1900-1930, este artículo ofrece una breve mirada
todavía de o tra profesión desem peñada por algunas mujeres lim e­
ñas de la clase popular com o respuesta a la gravedad de su situa­
ción económ ica: la prostitución.
155
Que ha habido siem pre un m ercado de prostitución en Li­
m a, no debería sorprendem os. Desde el principio del p erío d o co­
lonial, el Puerto del Callao era un activo centro de prostitución, y
fue el Virrey Toledo, quien dictó los prim eros reglam entos para el
control de la prostitución. Toledo estableció una zona conocida
como “Calle de Barragonas” , calle de concubinas, que abrigaba
una sarta de “ libertinos, buenos para nada, y gentes sin un em pleo
decente, incluyendo p ro stitu tas” .
A pesar de los intentos de cercar zonas rojas al principio de
la república, la prostitución en la capital llegó a extenderse a lo lar­
go del R ío R ím ac, y además en el corazón de la ciudad en la Calle
de Patos, Calle de Huevo y Jirón Huancavelica. En el siglo XX, fue
Augusto B. L eg u ía'el “ m odem izador de L im a” , quien com enzó
por establecer un reglam ento legal de la prostitución. En el prim er
periodo de Leguía com o presidente, él con trató al obispo Pedro
Dávalos y Lisson (quién m ejor que u n a autoridad eclesiástica lle­
garía con m ayor determ inación a la misma raíz del problem a de la
prostitución), para estudiar la situación de la prostitución lim eña.
El trabajo de Dávalos y Lisson (1) p in ta un cuadro algo
m oderado en algunos p u ntos de ex actitud cuestionable, de las
prostitutas de Lima. El Obispo afirm a que, com o una capital lati­
noam ericana en crecim iento, Lima es una ciudad m odelo con un
problem a de prostitución relativam ente m enor, en com paración
con otras ciudades, com o La H abana, Santiago o Buenos Aires. Sin
em bargo, la investigación de Dávalos y Lisson es de apreciable va­
lor, por sus descripciones detalladas de las diferencias en las clases
de prostitutas y sus circunstancias. "
Las prostitutas están divididas en tres clases: clase baja, cla­
se m edia y prim era clase; el Obispo tam bién describe categorías
que él llam a prostitución oculta, prostitución callejera y mujeres
de burdeles. La clase más baja, de acuerdo con el investigador, es­
tá com puesta po r m estizas, “ caídas a esta cloaca social por la ley
del vicio; seres que ajados por la crúpula y la adversidad han perdi­
do, si la tuvieron, hasta el m enor rasgo de belleza, ignorantes, su­
persticiosas, interesadas, reñidoras, soeces de lenguaje, no tienen la
m enor lim pieza e higiene” (2). Basado en los burdeles de la calle
H uarapo, él describe las estancias de la clase m ás.baja de prostitu-

(1 ) Dávalos y Lisson, Pedro. La prostitución en la ciudad de Lima. Lima,


Imprenta de la Industria.
(2 ) Ibidem. p. 15.

156
óión com o hileras de chozas con puertas que parecen de m adrigue­
ra, techos de caña y pisos de ladrillo. U na cam a de m etal cubierta
p o r un cubrecam a sucio, varias sillas rotas y una vieja m esa, com ­
pletan el decorado m ientras que un patio o segundo d o rm ito rio ,
sirve com o depósito, cocina y baño. Algunos cuartos son tan es­
trechos que sólo entran una cam a y una silla. Estas habitaciones,
de acuerdo con Dávalos y Lisson, son rentadas po r un sol p o r n o ­
che y las m ujeres cobran 15 centavos por cada visita. '
Las p rostitutas de clase m edia están definidas p o r el O bis­
po com o blancas, de edad m ediana, m ujeres respetables con algo
de cultura. Estas m ujeres no llam an a sus clientes desde la p u erta;
ellas m iran desde su ventana, acom odadas detrás de las rejas. Su
principal clientela se com pone de em pleados de tienda, oficiales
del ejército y em pleados de gobierno. Dávalos y Lisson describe las
estancias de las p rostitutas de clase m edia, com o casas pequeñas de
2 ó 3 cuartos, que norm alm ente tienen cocina, baño y un sistem a
de desagüe. A unque los m uebles están un poco gastados, el d o rm i­
torio usualm ente tiene una cam a de bronce, toallas y sábanas lim ­
pias. Las m ujeres pagan entre 30 y 50 soles m ensualm ente p o r sus
habitaciones, y ellas cobran 5 soles por cada visita.
Juventud y belleza, escribe el O bispo, es lo que diferencia a
la prim era clase de p rostitución de las anteriores. Sus h ab itacio ­
nes tienen un lujoso decorado. Ellas frecuentem ente tienen un sir­
viente, se visten correctam ente, ta n to en casa com o para salir. E s­
tas m ujeres ni llam an a los hom bres ni están paradas en la p u e rta o
m irando por la ventana. Ellas “ hacen sus conquistas” , en los tra n ­
vías, en el te a tro , y especialm ente en corridas de to ro s, siendo p re ­
sentadas a nuevos amigos, por viejos amigos. Las p ro stitu tas de
prim era clase son lim pias, conocen y siguen hábitos higiénicos.
Conservan por varios años la salud y belleza de sus cuerpos. De
acuerdo con Dávalos y Lisson, ellas “ tienen su preferencia p o r la
plena virilidad de los hom bres y en especial por los que son casa­
d o s” (3). Sus casas cuestan de 50 a 70 soles m ensuales, y ellas co­
bran de 10 a 20 soles por cada visita.
El investigador nos habla de una categoría a la que él llam a
“ prostitución o cu lta” . Las m ujeres de este grupo se “ codean a dia­
rio con personas honradas, que viven m uchas de ellas en el seno de
una fam ilia honorable, donde por lo general, es sólo la herm ana y

(3 ) Ibid. p. 22.

157
algunas veces la m adre que saben lo que pasa” (4). Estas mujeres
de este grupo no son personas bonitas, pero sí son jóvenes. Ellas
generalm ente dependen de un cochero y de una anciana: el prim e­
ro , para encontrar clientela digna, y la segunda, para que le provea
una cama. Cada “ affair” cuesta entre 30 y 60 soles, y de acuerdo
con Dávalos y Lisson, el cochero hace más dinero que la p ro stituta.
El Obispo m enciona las p ro stitu tas dé calle, a quienes él
describe com o jóvenes pero sencillas, y que cam inan por las calles
de Lim a, rentando cuartos de hotel para sus clientes.
La últim a categoría de prostitución que Dávalos y Lisson
m enciona es el burdel. Los burdeles de Lima estaban conform ados
casi totalm en te por las prostitutas de prim era clase; y los b u r ie ­
les mism os no eran sólo un lugar de prostitución, sino tam bién lu ­
gar para bailar, tom ar, relajarse y de diversión en general. Era co­
m ún que los hom bres fueran a los burdeles después de un banque­
te en el club o después de una im portante conferencia. La entrada
a los burdeles estaba bastante bien oculta, y a los extraños norm al­
m ente les p rohibía la entrada el siem pre presente portero.

EL CASO DE ROSARIO

“ Ella es de buena p in ta ” . Ese fue el prim er pensam iento


de la M adam e, cuando vio a Rosario m irar nerviosam ente por el
salón espacioso con los ojos m uy abiertos m ostrando cuán asusta­
da estaba, sus brazos entrelazados apretando fuerte su cintura. La
Madame se sonrió viendo en la ansiedad de Rosario, a tantas otras
m uchachas que en los pasados ocho años habían esperado el p ri­
m er encuentro con Polaca, Madame del fam oso burdel de la Calle
Huevo. Caras jóvenes, inocentes, asustadas com o las de Graciela,
Lourdes y Carm en, cuyos rostros después de varios años se habían
ido endureciendo, ya dem asiado seguras de sí.
Volviéndose sin darse cuenta que Madame había entrado

(4) Ibid. p. 23.

158
al salón, Rosario se paró frente al espejo, fascinada por los dibu­
jos pintados en el vidrio. Ella m iró su propia imagen, pregun­
tándose si servía o si m ejor regresaba a su casa, donde su m adre y
su bebé y los bultos interm inables de ropa por refregar. Quitó
nerviosam ente un m echón de su largo cabello oscuro y luego se so­
bresaltó sorprendida por la aparición de la figura de Madame en el
espejo. “ Bonito cabello” , dijo la Polaca, “ pero si te quedas tendre­
mos que co rtártelo ” . Rosario se volvió rápidam ente para encon­
trarse cara a cara con la Madame, quien continuó, “ por alguna ra­
zón, tú sabes, a los clientes les gustan las chicas de pelo co rto ” .
“ Sí, señora” , respondió Rosario.
“ Siéntate a q u í” . Ella se sentó algo tiesa en el sofá de te r­
ciopelo ya gastado, m ientras la Polaca se acom odó frente a ella.
“ ¿Tú eres Rosario, no? Carmen me habló de ti ayer. Creo que ella
se ha ido a la Corrida de Toros. Le va bastante bien aquí, y por
fin se ha quitado de encim a ese tipo Carlos, que era un dolor de ca­
beza para todos nosotros viniendo cada noche siempre borracho.
Hasta nuestro p ortero Lucho apenas podía con él. Carmen dijo
que ustedes dos habían crecido juntas en el mismo callejón. ¿To­
davía vives a h í? ” .
“ Sí, señora” .
“ Ese callejón queda lejos de aquí, ¿no? Es m ucho m ejor
que sea así. De alguna m anera más fácil para las mam ás; no hay
tantos chismes entre los vecinos. Las visitas resultan más agrada­
bles. Carmen me contó que su mamá le dice a todo el m undo
que ella está casada con un hom bre rico que le com pra ropa boni­
t a ” , dijo riéndose. “ Si a la m am á le creen o no los del callejón, es
otra cosa, pero ella se siente m ejor a sí” .
Hubo una larga pausa. Rosario intentó hacer una leve son­
risa y luego sus ojos se detuvieron en el piano, que estaba en una
esquina del cuarto. “ Es un buen instru m en to ” , com entó la Polaca.
“ U n poco desafinado, pero nuestro negrito Luis lo hace sonar t o ­
das las noches. Esta es nuestra sala de recepción, donde los clien­
tes tom an bastante, to d o el m undo se pone alegre” .
“ Yo nunca he visto un piano de verdad” , dijo Rosario.
“ Cuéntam e de tu familia, Rosario, ¿tienes m uchos herm a­
nos y herm anas? ¿Es buena tu m adre? ¿Está con ustedes tu pa­
dre?” .
“ Tengo cuatro herm anos, todos m enores. Mi m adre trab a­
ja duro lavando la ropa de o tra gente. Yo cuidaba a los chiquillos
desde que te n ía 10 años pero mi herm anita ya es bastante grande

159
y puede m irar por T eresita, M ario y Paco. Yo le ayudo a mi m am á
a lavar” .
“ ¿Fuiste al colegio?” .
“ Por un año, cuando te n ía 9 años. Hice prim ero de prim a­
ria, pero después te n ía que cuidar a mis h erm anos” .
“ ¿Entonces, puedes leer?” .
“ Un poco. Lo que más me acuerdo del colegio son las lec­
ciones del catecism o. A prendim os de m em oria los Diez M anda­
m ientos, y los...”. R epentinam ente se calló.
“ ¿Los qué?” .
“ .. .los Siete Pecados” , m urm uró Rosario.
“ A h, sí. Los Siete Pecados, el pecado original, los pecados
de ho y , pecados veniales, pecados m ortales; que si com etem os un
pecado m ortal arderem os en el infierno; y los que com eten un pe­
cado venial, puede que sí, com o puede que no. Y claro, los peca­
dos capitales: soberbia, avaricia, lujuria, gula, envidia, ira, pereza.
¡Ay querida! Véam os... ¿bajo qué pecado caigo y o ? ” , sonrió la
Polaca. “ H ablando de pecadoras, a q u í está G raciela” .
Graciela, una p ro stitu ta del burdel po r seis años, e n tró len­
tam ente en el salón. Ella era una m ujer atractiva, p o d ría tener unos
veinte o treinta años. Su bata de color violeta, que h acía contras­
te con su cabello rubio teñido, dejaba ver a medias sus pechos, lo­
grando sin esfuerzo un efecto atrayente. Su perfum e, R om ero, in-
>vadió el salón. Graciela apagó su cigarro en el cenicero encim a del
piano sin tener que m irar lo que hacía, com o si el gesto fuera tan
viejo com o su profesión.
“ ¿Quién es ésta?” , m urm uró Graciela, aparentem ente re ­
cién levantada de la cama. “Tenem os una nueva m am acita, o ella
es la nueva em pleada y si así es, me gustaría una taza de café y
algunas tostadas” . Con eso, se fue del salón.
“No le hagas caso a G raciela” , dijo la M adame. “Parece que
se le ha acabado su pequeña porción de Pichicata. Ha venido to ­
m ando más y más en estos días, dem asiado para m i gusto. Quizás
tenga que soltarla. La Pichicata es agradable para las m uchachas
de cuando en cuando, com o regalo de sus clientes, pero en exceso,
hay que tener cuidado. A veces me canso de ser la m adre pero so­
m os una familia, aquí. Mira R osario” , dijo suspirando, “vivimos
en nuestro propio m undo, con nuestros propios problem as y alti­
bajos, to n to s celos entre las m uchachas, problem as con sus am an­
tes, pero todo lo solucionam os de alguna m anera. Si tú vieras có­
m o viven algunas de esas prostitutas baratas. Cholas cochinas, en­
ferm as, ignorantes com o esas del Callejón de R om ero; aceptan
160
cualquier chusm a que puedan, van sus am antes cada noche a sus
cuartos borrachos y violentos para robarles y golpearlas. S í, te n e ­
m os nuestros problem as, pero gracias a Dios estam os lejos de ese
m u n d o ” . La M adame se quedó pensativa, pero luego volteó hacia
Rosario. “ Así pues, Rosario, ¿por qué esta casa?” .
Rosario vaciló, escogiendo sus palabras cuidadosam ente.
Ella se h ab ía hecho esa misma pregunta cientos de veces, reco ­
giendo fragm entos de razones para ir form ando la más obvia: d i­
nero. Pero eso sólo contestaba el “ por q u é” , no realm ente lo de
“ esa casa” . Esos fragm entos de razones que te n ía Rosario para es­
tar en el salón del burdel de la “Polaca” para convertirse en “ una
m ujer de la vida” , se centraban en una serie de conflictos in te r­
nos y dolor, con los que Rosario h a b ía tenido que vivir desde su
niñez. Ella h a b ía crecido en un solo cuarto atestado de gente: con
su m am á, sus herm anos adem ás de las ratas y cucarachas, en un su­
cio callejón con un solo caño y un botadero para 24 fam ilias. El
aire olía a basura, orín y sonaba con el griterío sobre el agua y el
llanto de los chiquillos. De niña, Rosario veía a su m adre fregando
ropa to d o el d ía y to d a la noche, cocinar lo que h a b ía para dar de
com er a los niños, gritar a los vecinos para conseguir más agua y
sufrir las golpizas de un conviviente a m enudo borracho. Su padre
era una constante pesadilla. Ella no p o d ía recordar que alguna vez
hubiera sido cariñoso con su m adre, que la ayudara, y si la m adre
de Rosario m encionaba dinero, él se enfurecía. Rosario no sabía
en qué trabajaba, ni si ten ía trabajo; sólo sabía que tom aba b astan ­
te y golpeaba a su m adre. Sus escasos besos paternales olían a li­
cor fuerte. Fue un verdadero alivio para Rosario cuando las raras
visitas de su padre dism inuyeron hasta no darse.
Su único escape era soñar. Sus fantasías se volvieron in ­
creíblem ente elaboradas, ella im aginándose la hija del Presidente
Leguía, viviendo en Palacio, com iendo m ontones de com ida, con
su propio cuarto decorado según su gusto. Después de su único
año en el colegio, Rosario estaba enterada de los pecados de la lu ­
juria y la gula, y sus sueños ya no eran más de vivir en el Palacio
Presidencial sino en un cálido hogar, hija de un zapatero; ella re ­
citaba los Diez M andam ientos cada d ía, com o le habían dicho en
el colegio y rezaba cada noche a la Virgen del Carm en, com o h a ­
bía aprendido las veces que había acom pañado a su m adre a la
Iglesia. El colegio y la iglesia le habían asegurado a Rosario que
ser m oral y cristiana conducirían sólo hacia el bien.
H abía dos m ujeres a las que Rosario idolatraba. Una era la
Srta. R etam oza, su joven y bonita profesora en el colegio. La Srta.
R etam oza siem pre te n ía el cabello en un m oño perfecto, llevaba
blusa blanca alm idonada de cuello largo con una larga falda gris.
Se iba a casar con el D irector del colegio dentro de cinco meses, y
era sum am ente alegre y graciosa.
Ls Srta. les explicó a las m uchachas qué era el m atrim onio.
“ ¿Qué es el m atrim onio?” . Ella preguntaba, y las chicas
respondían: “ El m atrim onio es un sacram ento que santifica la
unión del esposo y la esposa, y les da su gracia, para que vivan en
paz y eduquen a sus hijos en el cam ino cristiano” . La joven m aes­
tra les explicaba que ellas eran hijas jóvenes y que guardaban den­
tro de sí la pureza. Ella decía que serían esposas, y que de sus h o ­
gares crecerían las semillas de la virtud, destinadas a florecer en la
vida pública, hijos que serían buenos ciudadanos de la R epública
del Perú.
El otro ídolo de Rosario, era la Virgen del Carmen. Ella
adoraba a la Virgen, quien para ella representaba m isericordia, per­
dón y gracia.
Rosario se retiraba con frecuencia a su m undo de sueños y
h ab ía asignado m entalm ente todos los cuartos de su casa, que se­
rían para su fam ilia. C uando la m am á de Rosario le dio por sus
quince años, un pequeño retablo de lata, Rosario se lo agradeció y
dijo que quedaría bonito sobre la mesa de su “ d o rm ito rio ” . Su
m am á no la entendió, pero la constante distracción de Rosario, sí
le preocupaba a su amiga más cercana, Carmen. “ ¿Qué te pasa?”
Carm en preguntaba, y Rosario le contestaba distraídam ente “ n a ­
da” .
A los diecisiete años, Rosario se había convertido en una
m ujer bastante atractiva, de figura esbelta, rostro bello de póm u­
los altos, nariz respingona, y un cutis claro que contrastaba fuer­
tem ente con sus ojos y cabellos oscuros. Sus sueños habían casi
cesado con la nueva enferm edad de su m am á que forzaba a R osa­
rio a trabajar más duro, lavando para que su m adre pudiese des­
cansar. Las fantasías de Rosario, ya eran dejadas a un lado para
ser reem plazadas por lo que ella esperaba, fueran ideales alcanza-
bles, ideales que le habían sido inculcados por el colegio, la iglesia
y su propia m adre, que siempre le decía que p o d ría tener una m e­
jo r vida que la suya, si encontraba el buen cam ino.
Qué significaba exactam ente el buen cam ino, era lo que
Rosario nunca supo. Ella dedujo que para su m am á “ el buen ca­
m in o ” significaba el hom bre correcto, lo que explicaba que el mal
cam ino h ab ía sido el suyo. Rosario decidió que el buen camino
162
era Fernando. Fernando p are c ía 'e n ten d e r perfectam ente lo que
sentía Rosario y lo que ella quería hacer de su vida, y él pintaba
una maravillosa imagen de los dos, construyendo su propio hogar y
su m undo ju n to s. F ernando ten ía tanta confianza y hablaba tan
bonito sobre ese cálido hogar, que Rosario em pezó a esconderse
nuevam ente —pero esta vez ju n to a Fernando— en ideales puros.
Fernando trabajaría fuerte en la fábrica textil m ientras que Rosa­
rio acostum braría a su herm ana m enor al rol de lavandera. Pronto
buscarían un sitio propio, lejos de ese sucio callejón lleno de gen­
te que gritaba to d o el tiem po. Para celebrar este gran plan, Fernán- *
do h ab ía alquilado un cuarto para él y Rosario en un m odesto pe­
ro lim pio hotel, donde ellos podían escapar de sus familias aunque
fuera por una sóla noche.
Fem ando llegó a la casa de Rosario m uy tarde esa noche,
cuando su m adre y herm anos se habían dorm ido, tocó suavemente
la puerta, y Rosario apareció nerviosa, asustada, sabiendo que irse
con Fem ando no era exactam ente seguir con el orden correcto de
llegar a ser una esposa, vivir en un buen hogar, y tener hijos. F er­
nando pareció sentir sus tem ores, y la reconfortaba de ese m odo
tan suyo, insistiendo que esa noche juntos era una parte de sus
grandes planes para el fu tu ro . A pesar de todo, parecía im pacien­
te por apurar ese prim er paso.
El cuarto te n ía pocos m uebles, un simple cuadrado pinta­
do de verde pálido, una mesa de noche con una lám para que daba
la única luz. Rosario se acercó a la mesa tím idam ente y sacó el pe­
queño retablo de su bolsillo. Lo exam inó y lo puso sobre la mesa.
Fernando la m iraba sabiam ente desde las sombras de la cam a y
luego la llam ó. Con algo de vacilación, Rosario fue a su lado y lue­
go de un abrazo tranquilizador, Fernando com enzó a desvestirla
Rosario se sintió com o una m uñeca sin vida, un objeto con el que
F ernando jugaba. Levantó la m ano m ecánicam ente para im pedir a
F em ando desabotonarle la falda, y solam ente una vez form ó con
la boca un “ n o ” . T rató de escapar a sus sueños y los planes que
ella y Fernando habían hecho en los últim os días para después de
este prim er paso, pero después Rosario sintió tal dolor, que sólo
quería que to d o acabara. Fernando jadeaba encima de ella y de
repente se detuvo, aparentem ente satisfecho, y se volteó.
Ella se despertó tem prano la siguiente m añana, sola, con al­
go de luz entrando a través de las grietas de aquel extraño cuarto.
Rosario se sentó rápidam ente, dándose cuenta de dónde estaba y
de lo que h a b ía pasado la noche anterior. Pisó tentativam ente el
suelo, doliéndole un poco entre las piernas; se vistió y salió silen-
163
ciosam ente del cuarto. Fernando debió de haberse ido a la fábri­
ca, pensó m ientras se ab ría paso por el bullicioso m ercado, siguien­
do su cam ino al callejón donde vivía. ,
La m am á de Rosario la estaba esperando. Cuando entró en
el cuarto, m iró a Rosario, cuyo cabello estaba despeinado, y su
rostro registró una mezcla de cólera, dolor y pena. Parecía que
quería decirle algo, pero nunca hab ía hablado a su hija antes sobre
tales cosas, ya era obviam ente dem asiado tarde.
D urante los siguientes tres meses, Fernando llevaba a R o ­
sario a otros pequeños y m altratados cuartos para pasar la n o ­
che. Cada vez él vendría al callejón m uy tarde en la noche, los dos
saldrían a éste o aquél cuarto pintado de verde pálido y él se iba
antes de que ella despertara. Rosario odiaba esas noches, sintiéndo­
se de alguna m anera pecadora y herida por el brusco tra to de Fer­
nando y su abandono en la m añana. Su único consuelo era el
aparente placer de él y su prom esa de que en un corto tiem po se
casarían y tendrían su lugar propio. Rosario sentía que era su d e ­
ber com o futura esposa de Fernando gustarle, y que sus noches
juntos eran un pequeño sacrificio que ella ten ía que hacer para
cum plir su rol de m ujer de por vida del hom bre.
A los cuatro meses, Rosario se dio cuenta de que estaba en ­
cinta. Poco después, Fernando tam bién se dio cuenta, y cuando
Rosario le habló, esa habitual confianza desapareció de su cara.
“ No puede ser, no puede ser” , F em ando rep e tía a sí mismo en
voz alta. Rosario le m iraba profunda y ansiosam ente m ientras él
se encontraba sumido en sus propios pensam ientos, sentado en la
cama, la cabeza entre las m anos. Después de un rato , Fernando
se volteó lentam ente hacia ella y dijo, “ No te preocupes, to d o sal­
drá bien” . Se fue tem prano la m añana siguiente, pero esta vez pa­
ra siempre.
F em ando había desaparecido. Las semanas y los meses de
hacer planes con él para realizar todos sus ideales se habían hecho
pedazos. Finalm ente Rosario despertó por com pleto a su propia
realidad, al hecho de que ella estaba encinta, sin un hom bre, en el
mismo cuarto con su m adre y sus herm anos; en un sucio callejón.
Su sueño había m uerto. Ella estaba m olesta y amarga, fu ­
riosa con las cosas que habían hecho que ella creyera que existía
una salida: con el colegio que le h ab ía hecho m em orizar los Diez
M andam ientos sin explicarle lo que éstos significaban; con la
Iglesia que la había llevado a creer que siendo recta y virtuosa ella
alcanzaría los frutos de una vida alegre y m oral de m ujer cristia­

164
na; y con su m am á, quien la h ab ía convencido de que existía un
buen cam ino hacia una vida lim pia y cóm oda com o esposa y m a­
dre, sin haber definido en qué consistía ese camino.
Luego Rosario em pezó a culparse a sí m ism a. Qué to n ta
que era, pensaba, el haber soñado que uno p o d ría escapar y vivir
tranquilam ente, aún cuando to d o a su alrededor, p o r donde se m i­
raba, indicaba la futilidad de ello. Rosario h a b ía dejado que sus
sueños la envolviesen, y éstos habían tem poralm ente ocultado lo
que siem pre h a b ía sido la obvia y fea realidad. Qué culpa sen tía
ella entonces, por haber in ten tad o echar la culpa a otras causas por
lo que ella h ab ía traíd o a sí m ism a, y aquello que iba a traer p ro n ­
to al m undo.
Después de to d o , h a b ía sido su culpa. Si sólo hubiese se­
guido m ejor las enseñanzas de m oral. Si sólo hubiese sido una
“ m uchacha bu en a” . “ Debe haber algo m alo en m í. Yo nunca e s tu ­
ve destinada a ser buena, a tener felicidad en mi vida” . Pero, en
m edio de su culpabilidad y su confusión, surgió una nueva d e te r­
m inación. Era su deber para con su hijo tratar de sacarlo de ah í,
y luego de las conversaciones cada sem ana con Carmen —en el ca­
llejón— finalm ente se convenció que debería seguir su ejem plo y
escapar de la única m anera que ella veía abierta. Ella no p o d ía q u e ­
darse en ese cuarto con su bebé, lavando ropa por el resto de su vi­
da. Ella ten d ría su bebé, y luego seguiría el consejo de Carm en,
la única m ujer que conocía que había dejado el callejón y que p a­
recía tener una vida m ejor que la de ella.
A hora la realidad de Rosario la estaba m irando a la cara,
m ientras estaba sentada en el salón del burdel. Rosario logró c o n ­
tar a la Madame Polaca un poco sobre su vida en el callejón, sus
relaciones frustradas con F ernando, y su necesidad de encontrar
una nueva vida.
“ Tengo una hija” , m urm uró Rosario, “y necesito plata p a ­
ra darle de com er. Q uiero guardar plata para dejar a mi fam ilia,
para ser una buena m adre, para encontrar de repente un buen,
h o m b re .. . ”
. “ A h, sí... un buen hom bre. El pilar, el sostén, el experto
piloto que m aneja la nave, y sabe navegar con seguridad y firm e­
za. ¡Y ser m adre! Dar la vida a otro ser, que será el sím bolo de tu
orgullo y tu esperanza, para que satisfaga tu felicidad! El m aravi­
lloso milagro de la vida. ¡Ay, querida, querida, qué sueños!” . Sus­
piró. “ Mira a tu m adre y a ias otras m adres de tu callejón y a las
m ujeres de la calle. Tus sueños no son originales. A hora m íram e a
m í, la Polaca, mis chicas me llaman “ m am ita” ; soy m ucho más m a­

165
dre para ellas que las m ujeres que las parieron. Yo las cuido como
te voy a cuidar a ti. Quién es la m enos feliz, ¿tu mamá o y o ? ” .
Rosario rom pió a llorar. Sollozó en el pecho de la Polaca.
“ Ya, ya, ya no te pongas a sí” , dijo la Madame reconfortándola.
“ Vas a hacer buena plata aq u í para cuidar a tu bebe, y puedes p a­
sar m ucho tiem po con ella com o las otras chicas con sus hijos.
T rabajar com o “ m ujer de la vida” , claro, no es exactam ente lo m is­
' mo que trabajar com o tu m adre, de lavandera. Por una cosa, tiene
un horario d istin to ” , se rió .
“ A hora, llevarás lindos vestidos en lugar de lavarlos” . Se
detuvo brevem ente. “ Probablem ente la m ayor diferencia que vas a
n o ta r es lo que la gente piense de ti, cóm o te m ire, cóm o te trate.
De alguna m anera, los otros parecen siempre saber.... pero te vas a
acostum brar” .
Rosario levantó la cara y dijo, “ estoy segura que sólo esta­
ré a q u í un corto tiem po. Sólo lo necesario para ju n ta r plata para
poder irnos mi bebe y yo a nuestro propio hogar” . La Polaca se
sonrió y dijo, “ com prendo” .

CONCLUSIONES

A pesar de que ésta es una historia ficticia, es tam bién una


especie de análisis; cada tem a tiene una explicación histórica-so­
ciológica, basada en mis investigaciones concretas sobre las mujeres
de la clase popular de Lima, desde principios de siglo hasta 1930.
La prim era frase, que dice que el color de la piel de .£osa­
rio le perm ite a ella entrar a un burdel de prim era clase, radica en
el hecho de que la belleza y la blancura sobre to d o , fueron los fac­
tores determ inantes para la aceptación de una p ro stitu ta de prim e­
ra clase. La insistencia de la M adame de que Rosario se cortara el
cabello nos m uestra que las “ m ujeres de la vida” lo llevaban corto,
y que en las familias peruanas, los padres prohibían a las mujeres
(esposas e hijas) tener el cabello corto por esa misma razón.
Mi descripción de la M adame Polaca está basada en trozos
de las entrevistas de historia oral adem ás de la descripción de D á­
valos y Lisson sobre las amas de los burdeles. La Madame Polaca
realm ente existió; dirigía un burdel en la calle Huevo, actualm ente
una cuadra de la Av. Tacna. La M adame te n ía un doble rol: ser
m ujer de negocios, y ser m adre. Com o m ujer de negocios, la Ma­
dame era generalm ente aguda, capaz de m anejar a clientes p roble­
m áticos y cualquier disputa con las autoridades locales. Era tam -
166
bien m uy estricta con sus prostitutas. C ontrataban porteros fu er­
tes, que se encargaban de los hom bres que m olestaban. De acuer­
do con una entrevista, era bien conocido que la típ ica Madame te ­
nía a la policía local en su bolsillo. En cuanto al estilo de vida de
las p rostitutas en las “ casas de tolerancia” , las madam es insistían
en la lim pieza, respetando así la higiene y las “ buenas m aneras” .
Eso se reflejó en el rechazo de Madame Polaca hacia las prostitutas
de clase baja. Tam bién las m adam es desaprobaban que sus mujeres
tuvieran am antes favoritos. Eso explica el alivio de la Polaca,
cuando ese tal Carlos de Carmen dejó de verla.
Quizás el rol más obvio que tuvieran las m adam es dentro
del aislado m undo de los burdeles, fuera el rol m aternal. No era sin
m otivo que las prostitutas del burdel llamaran a la m adam e “ m a­
m ita ” , ya que las m adam es iban asum iendo esa imagen para ellas,
frecuentem ente reem plazando a sus verdaderas m adres en la m en­
te de las p rostitutas. Las prostitutas escogían con m ayor frecuen­
cia trabajar en burdeles lejos de sus viejos barrios, aparentem ente
com o un m edio de aislarse de sus familias. A través del tiem po, las
visitas a sus casas se hacían m enos frecuentes, por la obvia tensión
social que sentían al regresar a un m undo que ya habían dejado
atrás. Las m adam es, adem ás eran psicólogas am ateurs pero experi­
m entadas, y controlaban hábilm ente las relaciones con sus m ucha­
chas. El hecho de que Rosario se va abriendo paulatinam ente y su
llanto al final, dem uestran la habilidad de la M adame para actuar
com o confidente y m adre.
A unque no se logró entrevistar a alguna m ujer que adm itie­
ra haber sido p ro stitu ta, pensam os que esta historia de Rosario es­
tá m uy cerca de la realidad; de una m ujer joven que saliendo e n ­
cinta es abandonada por su am ante, y necesitando los recursos pa­
ra m antenerse ella y su hijo, es arrastrada por el m undo de la pros­
titución. No es difícil encontrar pruebas que reafirm en la descrip­
ción del callejón de Rosario entre 1900 y 1930; esas sucias, anti­
higiénicas, sobrepobladas y ruidosas casas que albergaban a la gran
m ayoría de los pobres de Lima.
A propósito de la casa de Rosario, las entrevistas con hom ­
bres y m ujeres de esa era, nos relatan lo com ún que era que en los
callejones, las m adres lavaran para sostener a sus familias y que esa
ocupación frecuentem ente causaba problem as para lavanderas, so­
bre to d o , por la escasez de agua. Las peleas más frecuentes y vio­
lentas entre vecinos eran las que había entre mujeres que discutían
po r el agua.

167
Entre los m últiples recuerdos de las m ujeres m ayores de
la clase popular es m uy com ún escuchar de la falta de recursos
ju n to con la presencia de un padre abusivo en los años de la infan­
cia y de la juventud. Me acuerdo de una m ujer que en nuestra p ri­
m era entrevista dijo que no recordaba haber tenido un padre. Pero
en la entrevista siguiente, confesó haber visto a su padre y haber si­
do golpeada por él en varias ocasiones. A pesar de que la descrip­
ción del padre de R osario pueda parecer dura, refleja el contenido
de muchas entrevistas.
La historia del único año de Rosario en el colegio, está ba­
sada en las entrevistas con limeñas de la época y en lo que el
Censo de Lima en 1908 indica sobre el notable descenso en la
población escolar después de prim ero o segundo de prim aria. Lo
que estudió Rosario en el colegio venía del brevísim o Catecismo
de la D octrina Cristiana, arreglada para los principiantes, (5) y mi
insistencia en que Rosario hubiera recordado m ejor sus clases de
religión deriva de un análisis del B oletín M unicipal de Lima (6).
De acuerdo con el B oletín, cada clase com enzaba con algunos
elem entos de instrucción religiosa; y en un día norm al de cole­
gio, tres de las seis lecciones eran sobre Religión.
Mi tem a central es el de los ideales de las m ujeres de clase
popular versus su realidad. Cada entrevista con una m ujer seguía
más o m enos el mism o patrón: al principio de la entrevista la m u ­
jer quería dejar sentado que su vida h ab ía sido feliz, a m enudo
dura, pero que la fam ilia h ab ía seguido siem pre unida y tirando
para adelante. Sin em bargo, en el curso de la entrevista, o de re­
pente en mi segunda entrevista con la m ism a m ujer, m uchas con­
tradicciones com enzaban a surgir concernientes a lo que su vida
había sido en realidad. La palabra “ esposo” cam biaba a “ querido”
o “ com prom etido” , o quizás h ab ía habido dos o tres o más con­
vivientes en su vida en lugar de uno solo. El núm ero de niños iría
dism inuyendo porque m uchos habían m u erto . Esos recuerdos fe ­
lices del com ienzo se convertían en relatos de una existencia m i­
serable, de una lucha sin fin. Hacia el final de una serie de e n tre ­
vistas, las historias de las m ujeres frecuentem ente habían cambia-

(5 ) Filomeno, Armando. “ Catecismo de la Doctrina Cristiana”. Lima


1 98 3.
(6 ) Boletín Municipal de Lima. Lima, 1 89 3-94 .

168
do com pletam ente. Esa gran contradicción al interior de la vida
de las mujeres nos hizo un gran im pacto. Fue el resultado del cons­
tante in ten to po r un lado de lograr la imagen de una buena m ujer
de acuerdo con la iglesia, la escuela o la sociedad en general. Sin
em bargo, por el co n tex to social y m aterial en que vivían las m u ­
jeres populares, esa imagen parecía casi im posible de alcanzar. La
historia de una joven p ro stitu ta es para m í el ejem plo más claro de
la m ujer que te n ía que abandonar todos sus ideales y seguir, al
final, la existencia de un objeto de explotación. La p ro stitu ció n ,
entonces, se convierte en un m icrocosm o de la situación de la m u ­
jer pobre de Lima a principios de siglo; ejem plifica, posiblem en­
te, la más pura realidad.

169
Capítulo 3
ETNICIDAD Y CLASE SOCIAL
LOS AFRO-PERUANOS DE LIMA
1900 -1930

Susan Carol Stokes


INTRODUCCION

EXPLOTACION Y RACISMO:
ALGUNAS REFLEX IO N ES PRELIM INARES

Una pregunta prelim inar que debem os hacernos antes de


com enzar este estudio de los afro-peruanos lim eños a com ienzos
del siglo XX es la siguiente: ¿por qué aislar a un sub-grupo étnico
dentro de la clase obrera com o tem a de investigación? A nalítica­
m ente, podem os distinguir entre, p o r un lado, la explotación so­
cio-m aterial, es decir, las relaciones sociales que perm iten la e x tra c ­
ción de la plusvalía producida po r los trabajadores bajo distintos
regím enes productivos; y, por o tro , la m ezcla de actitudes y p rác ti­
cas que desprecian a los individuos y deform an los elem entos cul­
turales de un grupo definido po r características étnico-culturales y
po r un com ún origen nacional o regional. Pero en la vida cotidiana
de los sectores populares, los dos fenóm enos se m ezclan en form a
inseparable. E nfatizar sólo una de estas dim ensiones —es decir, o la
explotación social, o lo que podem os llam ar el racism o— es correr
el riesgo de hacer un análisis reduccionista, y po r lo p ro n to abs­
tracto , de la clase obrera, en vez de acercarnos a un análisis cada
vez más preciso de los procesos que afectan a dicha clase.
El presente estudio tom a com o sujeto o protagonista a un
grupo étnico —los afro-peruanos— que form aban parte de los sec­
tores populares limeños. O, m ejor dicho, nosotros tratarem os de
aislar el fenóm eno de ser negro, y de explicar cdm o se interm ezcla-

173
ban el racismo con la explotación clasista que ha sufrido un im por­
tan te sector d entro de la masa popular limeña. El esfuerzo por
com prender la im portancia del racismo com o un proceso afectan­
do a los sectores populares, sin em bargo, nos llevará a cam pos más
amplios que el de la vida de los afro-peruanos. Nos veremos fo r­
zados a indagar, por ejem plo, el papel de la identificación racial y
del racismo en la segm entación del m ercado de trabajo; o el afán
del Estado de canalizar las energías populares, intentando trans­
form ar, po r ejem plo, el deporte y la religión popular en esferas ofi­
ciales, o po r lo m enos controlables oficialm ente.

RA ZA Y CLASE EN EL PERU

En el trabajo que presentam os aquí, no nos corresponde


seguir detalladam ente el desarrollo de la dom inación racial a tra ­
vés de la historia del Perú; nos lim itarem os, más bien, al estudio de
las tres prim eras décadas del siglo XX. Sin em bargo, es im prescin­
dible tom ar en cuenta que desde la conquista española del Tawan-
tinsuyu en el siglo XVI, la dom inación social en el Perú siem pre ha
ocurrido sobre una m atriz étnica. D urante la época colonial, las re­
laciones sociales de dom inación ten ían com o protagonistas princi­
pales no solam ente a corregidores o encom enderos, por un lado, y
campesinos o artesanos, por otro, sino tam bién a españoles e in d í­
genas, m iem bros de (al m enos) dos etnias distintas. De igual m ane­
ra, la escasa o inaccesible m ano de obra indígena fue reem plazada
por esclavos negros durante la Colonia, y por culíes chinos a m e­
diados del siglo XIX; de nuevo, la jerarquía social era siempre y a
la misma vez una jerarquía étnica. En la época colonial y aun des-
pues, se po d ía hablar de una sociedad de castas, en que las distin­
tas categorías raciales correspondían a distintos m odos de inser­
ción en el sistema productivo. En aquella época to d av ía pre-capi-
talista, las clases sociales dom inantes recurrían a m ecanism os de
trabajo forzado (por ejem plo, la esclavitud, la m ita) para conseguir
la m ano de obra (negra, indígena) necesaria para ía producción
económ ica.
C onjuntam ente con este sistema social de castas se iba des­
arrollando, en form a dialéctica, un m undo de ideas e ideologías ra­
cistas, que funcionaban tan to de soporte com o de justificación
para la dom inación racial y social.

174
D urante los últim os años del siglo XIX y los prim eros del
siglo XX, los actores sociales se iban form ando en una sociedad
con un im portante sector capitalista. Las clases sociales desplaza­
ban a las castas com o fundam ento del sistema productivo; los m e­
canismos de trabajo forzado fueron desplazados —en cierta m edi­
da— po r la (ilusoria) libertad del trabajo asalariado. Sin embargo,
pese a la desaparición de la rígida estructura de castas, el fenóm e­
no de raza seguía siendo im portante, tan to en la organización del
sistema productivo com o en las m entalidades de la gente.
Algunos autores han señalado la perm anencia de una “ di­
m ensión é tn ic a ” dentro de la estructura social com o elem ento de
continuidad de relaciones pre-capitalistas en el Perú m oderno. Pero
dicha línea de análisis corre el riesgo de sostener la fórm ula “ siste­
m a racial = pre-capitalism o, sistema clasista = capitalism o, es de­
cir que la existencia continua de segmentación racial dentro de la
estructura de clases es un indicador de la naturaleza inm adura o
distorsionada del capitalism o en el país. Cotler, por ejemplo,
señala que
“ . . . desde la conquista española esta población (indígena)
ha sido explotada bajo distintas m odalidades pre-capitalis-
tas m ediante la intervención de mecanismos de co-acción
extraeconóm icos, que suponen la dom inación de una clase
con definidas connotaciones étnicas —en el sentido social y
cultural del térm ino— sobre otras, llámense indios, negros
y, por últim o, asiáticos. De ahí que las relaciones sociales
de dom inación en el Perú estén cargadas de un fuerte in­
grediente de naturaleza étn ica” ( 1 ).
N osotros esperam os m ostrar en el presente trabajo que la
existencia de un “ ingrediente étn ico ” en la estructura de clases del
Perú m oderno y (semi—) capitalista no se debe 3 una simple heren­
cia histórica. Al contrario, el desarrollo del m ercado de trabajo ca­
pitalista en Lim a a com ienzos del siglo creaba nuevas prácticas ra­
cistas. Por lo consiguiente, no habría que hablar ni de “ dim ensio­
nes” ni de “ ingredientes” étnicos, sino de la creación de nuevos
m ecanism os racistas (por ejem plo, en el reclutam iento de m ano de
obra) que se integraban en el nuevo tejido social de la sociedad ca­
pitalista-dependiente. Permanencias racistas sí habían. Pero ta m ­
bién se daban nuevas m odalidades que significaban que el fenóme-

(1 ) C otler, Ju lio Clase, E stado y Nación Lima: Instituto de Estudios


Peruanos, 1 9 7 8 , p . 3 8 6 .

175
no “ raza” seguía siendo un factor central tan to del sistem a p ro ­
ductivo del Perú, com o de la vida cotidiana de sus habitantes.
Antes de com enzar nuestro estudio, hay que hacer un co­
m entario prelim inar sobre el sentido político del fenóm eno de la
etnicidad. Una versión del m arxism o vulgar tiende a interpretar la
existencia de divisiones étnicas en el seno de la clase trabajadora
(o de elem entos raciales en la 'superestructura ideológica” ) como
elem entos que debilitan la conciencia clasista y la form ación de
una clase trabajadora "para s í” , lim itando las posibilidades de la ac­
ción conjunta de dicha clase. Cabe la posibilidad, sin em bargo, que
en determ inados m om entos históricos las instituciones populares-
étnicas han servido más bien para fortalecer la resistencia popular
frente a las incursiones del Estado y de las clases dom inantes que
intentan captar a dichos sectores y borrar su conciencia histórica
y colectiva. En la historia de los afros peruanos a com ienzos del si­
glo existía precisam ente este tip o de tensión entre grupos popula-
res-étnicos y grupos de poder. R econociendo que “ lo racial” tiene
la posibilidad de dividir a los trabajadores, insistimos que la histo­
ria nos enseña que la relación entre etnicidad y conciencia popular
es compleja y. a veces, ambigua. Dada una sociedad m ulti-racial,
nos parece im portante aprender de las experiencias históricas para
definir las circunstancias bajo las que los m osaicos étnicos enrique­
cen y fortalecen a los sectores populares, en vez de dividir a dichos
sectores.

176
PRIM ERA PARTE: LOS NEGROS EN LA H ISTO RIA
DEL PERU

LA ESCLAVITUD NEGRA EN EL PERU

D urante la época colonial se estableció u n a polaridad racial


en la costa del Perú entre el blanco y el negro, el español y el escla­
vo. La razón de ser principal de la esclavitud negra era la falta de
m ano de obra en el V irreynato, m ano de obra que era necesaria pa­
ra el buen funcionam iento ta n to de las m inas de plata y de oro, co­
m o para la agricultura. De esas necesidades nacieron instituciones
de trabajo forzado tales com o la m ita y el trib u to indígena; pero a
raíz de la crisis dem ográfica que la C onquista produjo, y de la inac­
cesibilidad de los indígenas, los españoles recurrieron a la im p o rta­
ción de esclavos africanos, procedentes de la costa occidental de
dicho continente.
Factores fisiológicos y económ icos parecen explicar la dis­
tribución desigual de los afro-peruanos a través del territo rio colo­
nial, con implicancias im portantes para el posterior desarrollo de
este grupo étnico. A diferencia de México, donde la actividad colo­
nial m inera se daba en regiones ubicadas a distintas alturas sobre el
nivel del m ar perm itiendo el trabajo esclavo, en el Perú la concen­
tración de las minas en partes m uy altas, tales com o P otosí, inac­
cesible para la población negra, iba a significar la concentración de­
m ográfica de los afro-peruanos en las partes costeñas del país. El
factor explicativo aquí es la elevada m ortalidad de los individuos
de raíces africanas a alturas m uy altas y, de ahí, la m enor rentabili­
dad de la m ano de obra negra en el trabajo m inero. El tradicional
dicho “ gallinazo no canta en P una” pareciera reflejar esta cierta
realidad fisiológica.
La casi ausencia de los esclavos africanos en el com plejo
m inero colonial explica, entonces, su ubicación casi exclusivam en­
te costeña. Pero el aspecto más destacado del p a tró n geográfico-
racial que se desarrolló durante la época colonial fue la ubicación
urbana, y en particular lim eña, de los negros. Del to tal de los escla­
177
vos que llegaron durante el p eríodo colonial al m ercado de Lima
se ha estim ado que dos tercios perm anecieron en la capital. Vivían
en Lima aproxim adam ente 4,000 negros en el año 1586; 11,130
en 1614; 13,137 en 1619; y posiblem ente hasta 20,000 en 1640
(2). Una gran proporción de los esclavos vivía, además, en el cora­
zón de la ciudad: del to ta l de los esclavos lim eños, el 6 0 ° /o vivía
en el Cercado, lo cual co n stitu ía aproxim adam ente el 4 0 ° /o del
to tal de la población esclava en el país (3), Esta naturaleza urbana
y lim eña seguía caracterizando a los negros peruanos todavía en el
siglo XX, y explica po r qué, en cierto m odo, la cultura afro-perua­
na nació y floreció en la capital.
La estructura ocupacional de los negros lim eños a com ien­
zos del presente siglo tam bién reflejaba una herencia colonial. T an­
to los esclavos com o los negros libres se dedicaban a una serie de
ocupaciones, destacándose entre ellas la agricultura costeña, el ser­
vicio dom éstico, sobre to d o en Lima, varios tipos de trabajo arte
nal, el com ercio de pequeña escala en los m ercados y el transporta
relacionado, por ejem plo, con el puerto del Callao. Los esclavos
negros eran m eros instrum entos de sus amos, instrum entos de p ro ­
ducción (en el caso de los que se dedicaban a la agricultura o a
otras actividades productivas), o de la reproducción de la casa se­
ñorial (en el caso de los sirvientes dom ésticos). En ambos casos,
el sistema esclavista tratab a de quitarle al esclavo su hum anidad;
no sólo el fruto de su labor sino su persona fue ajena a sí mismo.
Cuando llegamos después a considerar el m undo ideológico
y las auto-percepciones de los afro-peruanos en Lima en el siglo
XX, verem os que no existía una im portante m em oria colectiva en­
tre los mismos negros de la experiencia esclavista. Esto se debía
a la naturaleza del trabajo esclavo. Una buena parte de los escla­
vos negros en el Perú colonial no vivían en grupos grandes y con­
centrados en las haciendas o plantaciones, sino dispersos entre p o ­
blaciones de cada clase y etnia, po r ejem plo, dentro de la ciudad
de Lima, trabajando como sirvientes dom ésticos o artesanos, y m an­
teniendo contacto con un círculo restringido de personas negras en
las mismas condiciones que ellos. En este sentido es interesante la
afirm ación que otros autores han hecho de que no se desarrolló
una econom ía esclavista (es decir, una econom ía de grandes plan-

(2 ) Boeser, Frederick P. El Esclavo Africano en el P erú colonial, 1 5 2 4 ­


1 6 5 0 (M éxico: Siglo XXI Editores, 1 9 7 7 ).
(3 ) Burga, Manuel “ La Hacienda en el P erú” Tierra y S ocied ad 1: 1,
abril de 1 9 7 8 .

178
taciones que dependía de una num erosa m ano de obra negra) (4).
De la misma m anera, no llegó a existir el “ m undo creado por los
esclavos” , para adoptar la frase del elocuente Eugene Genovese,
describiendo el m undo cultural y de resistencia de los esclavos en
el sur de los Estados Unidos (5). La cultura o el “ m undo” de los
esclavos en el Perú tuvo una im portancia m enor com parada con la
que se desarrolló en las plantaciones del Brasil, el sur de los Esta­
dos Unidos, o en el Caribe, donde existían plantaciones grandes,
pobladas a veces con centenares de esclavos negros, quienes tenían
poco contacto con el m undo de los blancos, salvo (de vez en cuan­
do) con un m ayordom o o capataz. El contraste del caso peruano,
con agrupaciones pequeñas y dispersas de esclavos, es m arcado. Es
más, el final de la esclavitud en el Perú no produjo un cam bio muy
dram ático en la vida de m uchos esclavos. Todo esto explica por
qué, en la m em oria colectiva de los negros, la época de la esclavi­
tud no se destaca significativam ente com o etapa histórica.
E xistían pocos canales para la liberación del esclavo afri­
cano en el Perú. En algunas ocasiones el amo liberaba a un esclavo
después de m uchos años de servicio, sobre to d o porque resultaba
más económ ico para el dueño em ancipar al viejo esclavo, quien
ya no p o d ía rendir m ucho trabajo, que m antenerlo en su vejez.
Tam bién ocurría que el am o español que tom aba a una esclava
com o concubina, la liberaba tanto a ella com o a los hijos de los
dos; de ahí la form ación de una sub-población m ulata libre. La
única estrategia de liberación para el esclavo hom bre benefició no
a él sino a sus hijos, si éstos eran producto de la unión o del m atri­
m onio entre él y una m ujer indígena. Queda claro que el m estiza­
je, un proceso continuo a través de la historia de los negros en el
Perú, com enzaría en la época colonial, en parte com o una estra­
tegia de liberación.
No es de sorprender que el negro o m ulato libre, aunque
dueño de su persona, tam bién se enfrentaba a una vida difícil. Un
estudioso del tem a ha anotado que “ la única esperanza [del ne­
gro libre] era desem peñar labores duras y consideradas de baja con­
dición social, donde los prejuicios de la época les perm itiesen cum ­
plir con su labor sin ser m olestados” ( 6 ). Los negros libres de Lima

(4 ) Burga op. cit.


(5 ) Ver Eugene G enovese Roll Jordán, R o ll op. cit.
(6 ) M illones, Luis “ La Población Negra en el Perú: A nálisis de la P osi­
ción Social del Negro durante la D om inación E spañola” en Minorías
Etnicas en el Perú, 1 8 5 5 -1 9 0 0 (Lima: Pontifica Universidad Católica
del Perú, 1 9 7 3 ).

179
se concentraban sobre to d o en varios ram os de las ocupaciones
artesanales.
Dadas las condiciones de vida y de trabajo opresivas que
sufría la población ta n to esclava com o negra libre, tam poco debe
sorprender que surgiesen varias form as de resistencia hacia sus
amos y el régimen colonial. U na de ellas fue la fuga: los palenques
de negros cim arrones que se establecieron en los cerros alrededor
de Lima durante el siglo XVIII representaban “ una novedosa resis­
tencia negra” (7). Estos palenques se organizaban para defender a
los esclavos fugados, pero sus m iem bros tam bién im ponían cierta
justicia propia sobre los españoles que eran las víctim as de sus ata­
ques. La form ación de la Santa H erm andad, un órgano policial
que te n ía el sólo propósito de buscar a los esclavos fugados, repre­
senta quizás el prim er conflicto entre los negros y el E stado en el
Perú, un conflicto que iba a to m ar nuevas form as en las épocas si­
guientes.
Tam bién se form aron durante la época colonial algunas
organizaciones culturales que, si bien no ten ía n com o fin crear so­
lidaridad entre los esclavos y de ahí ser u n a am enaza para los es­
pañoles, por lo m enos m uchas veces fueron interpretadas de este
m odo po r los mismos españoles. Un ejem plo era la cofradía reli­
giosa. Algunas de estas cofradías —8 de las 15 que existían en
1619— fueron form adas po r varias órdenes de la Iglesia, con la
intención de convertir a los negros en buenos católicos ( 8). Otras
fueron form adas espontáneam ente p o r los negros esclavos, es de­
cir, sin la iniciativa y con cierta au to n o m ía de la Iglesia oficial. Las
autoridades eclesiásticas y seculares, siem pre recelosas de su pa­
pel en la vida espiritual y p o lítica del V irreynato, vieron estas o r­
ganizaciones com o algo sospechoso si no subversivo. En 1544 el
Cabildo de Lima “ se quejó de las sesiones de la fraternidad negra
[que] no eran mas que sesiones de planeación de delitos y asaltos
y excusa para em borracharse” (9). De ahí la prohibición, desde
1619, de reuniones de las cofradías sin la presencia de represen­
tantes de la Iglesia Católica (10). Así percibim os las pequeñas para­
noias que los españoles sufrían frente al m undo afro-peruano, un

(7 ) Lazo García, Carlos y Javier Tord N icolin i D el Negro Señorial al N e ­


gro Bandolero: Cimarronaje y Palenques en L im a Siglo X V I II (Lim a:
B iblioteca Peruana de H istoria, E con om ía y S ocied ad , 1 9 7 7 ).
(8 ) B ow ser, op. cit.
(9 ) Citado en Bowser op. cit.
(1 0 ) M illones op. cit. p . 37 -3 8 .

180
m undo que ellos habían creado, en cierta m edida, pero que se es­
capaba de su control total.
Tenem os aquí no solam ente u n a am enaza al poder estru c­
tural de los españoles, sino un cuestionam iento —aunque im plíci­
to — de la hegem onía de sus ideas y de su versión de la vida espiri­
tual. La religiosidad negra fue heterodoxa (y po r lo p ro n to heréti-
' ca, según los criterios dom inantes). La religión del esclavo fue una
religión sincrética, con corrientes africanas y tam bién católicas, t o ­
do m ezclado con elem entos culturales que surgían en el nuevo m e­
dio peruano colonial. Desde la perspectiva oficial, sin em bargo, las
actividades de las cofradías eran sospechosas, sus reuniones “ ru id o ­
sas zam bras que, m uchas veces, ni asomos te n ía n de devotos y edi­
ficantes” ( 1 1 ).
Cerca del año 1650, un grupo de negros esclavos form ó
una cofradía en el barrio lim eño de Pachacamilla. Com o la m ay o ­
ría de las cofradías, la de Pachacam illa sufrió lo que se p o d ría d e ­
nom inar u n a ligera represión estatal; du ran te el siglo XVII, por
ejem plo, las autoridades in ten taro n borrar la imagen de Cristo p in ­
tad a sobre u n a pared del local de la cofradía, pero sin éxito. A
diferencia de otras, la cofradía de Pachacam illa sobrevivió, pese a
todos los esfuerzos de las autoridades españolas po r destruirla, lle­
gando, en el siglo XX, a constituir el culto religioso popular de
m ayor im portancia en Lima, el del Señor de los Milagros. Este
tem prano enfrentam iento entre el E stado, las clases dom inantes y
la Iglesia, p o r un lado, y la población negra, p o r el o tro , era más
un síntom a de lo que Flores Galindo ha llam ado tem ores “ su b te­
rráneos y preconscientes” de las clases dom inantes, que u n a am e­
naza real po r parte de los esclavos (12). Tem ores ocultos, represión
cultural y física, todos eran elem entos que definían la relación
entre españoles y afro-peruanos en el Perú colonial, elem entos que
iban a m anifestarse de nuevo a com ienzos del siglo XX.

EL AFRO-PERUANO DESPUES DE LA ABOLICION

El final de la esclavitud en 1854, pro d u cto de las guerras

(1 1 ) Vargas Ugarte op. cit. p . 4.


(1 2 ) Flores G alindo, Aristocracia y P leb e, o p . cit. p. 9 5 .

181
civiles que experim entaba el país a m ediados del siglo XIX, cam bió
el status legal de los esclavos sin cam biar sustancialm ente su inser­
ción en el sistema productivo. Denys Cuche ha afirm ado que la
estructura profesional de los negros liberados se distinguía m uy
poco de la de los esclavos. Según este autor, la gran m ayoría de los
esclavos que habían trabajado en haciendas antes de la abolición
perm anecieron allí, y los que habían sido sirvientes dom ésticos en
Lima quedaron en las casas de sus anteriores amos (13). Los que
dejaron a sus ex-amos buscaron trabajo en sectores tradicionalm en­
te “ negros” , m ayoritariam ente com o artesanos, todavía en la capi­
tal.
La herencia colonial pesaba m ucho en la ubicación geográ­
fica de los afro-peruanos, y tam bién en su inserción en el sistema
productivo al final del siglo XIX. Esta población se encontraba m a­
yoritariam ente en la costa del país, o en las zonas agrícolas, com o
peones en las grandes haciendas o dueños de pequeñas chacras; o
en la capital, donde seguían ocupando sus tradicionales oficios
(aunque ahora com o trabajadores libres): el servicio dom éstico, la
artesanía, el transporte, el pequeño com ercio. Se destaca, sobre to ­
do, la naturaleza capitalina de una buena parte de los negros perua­
nos a fines del siglo XIX: en el año 1876, el 9 2 °/o de los negros
del país vivía en la costa, y el 3 8 ° /o en Lima (14).
Quizás la m ayor injusticia que sufrió la población afro-pe­
ruana, una vez suprim ida la esclavitud, fue el hecho de que se se­
guía asignándole características negativas, com o si éstas hubieran
sido las causas de su anterior deshum anización. “ La palabra ‘ne­
gra’ —según Cuche— te n ía una connotación peyorativa, pues evoca­
ba to d o un pasado de servidum bre” (15). Es decir, la práctica lin­
güística seguía reflejando el desprecio hacia el negro, vigente en la
ideología dom inante. La población afro-peruana llegó así, al siglo
XX con una pesada herencia de racismo que form aba un nudo
principal en el tejido social e ideológico del país.

(1 3 ) Cuche op. cit p. 2 7 .


(1 4 ) C enso N acional de 1 8 7 6 , citado en R om ero op. cit. 1 9 6 5 .
(1 5 ) C uche o p . cit. p. 71.
SEGUNDA PARTE
LOS AFRO-PERUANOS EN LIMA DE 1900-1930

TENDENCIAS DEMOGRAFICAS

Si bien la situación socio-económ ica del negro limeño no se


había transform ado desde la época colonial hasta principios del si­
glo XX, su situación dem ográfica sí había cam biado drásticam en­
te. Como ya se ha señalado, el núm ero de habitantes negros de Li­
ma superó los 20,000 a m ediados del siglo XVII, constituyendo
aproxim adam ente la m itad de la población de Lima. En ei censo
de 1908, en cam bio, el núm ero de personas que se identificaron
como negros h a b ía dism inuido a 6,763, constituyendo m enos del
5 °/o de la población lim eña total.
¿Qué factores explican tal descenso demográfico a través
de dos siglos y m edio? Hasta cierto punto la diferencia podría ha­
ber sido p roducto de una distorsión introducida en los distintos
m étodos censales. En los censos coloniales la persona que apli­
caba el censo definió la raza o etnicidad del interrogado, m ien­
tras que en los censos de los prim eros años del presente siglo, se
perm itió al entrevistado definir él mismo su identidad racial. O b­
viam ente, en la m edida en que se daba una valorización positiva a
las razas más claras y una negativa a las más oscuras, habría cierto
porcentaje de personas que se identificarían com o “ m estizos” ,
aunque, según su procedencia, com o sus características físicas y
culturales, la sociedad en general lo denom inaría como “ negro''.
Sin embargo, pensam os que hay otro factor más profundo
que hace difícil la com paración entre los censos de las dos épocas:
durante la esclavitud, Lima era una ciudad con una composición
racial dividida básicam ente entre negro y blanco, esclavo y espa­
ñol, y las mezclas de las dos etnias. Es decir, era una ciudad con
una m ultiplicidad de categorías raciales, pero en donde la gran m a­
yoría de los habitantes ten ía sus orígenes en una de'estas dos et-

183
nias, salvo una pequeña población indígena que ya ocupaba la
ciudad. Además, la claridad de esta estru ctu ra racial se destacaba
aún más porque correspondía a una estru ctu ra social claram ente
dividida entre esclavo negro y amo español.
En cam bio, Lima de principios del siglo XX era u n m osai­
co étnico. Un m osaico de por lo m enos cuatro colores: los blan­
cos —aparte de las personas con antecedentes españoles había ca­
da vez más europeos de otras nacionalidades y norteam erica­
nos— indígenas, asiáticos, negros y un núm ero creciente de m esti­
zos, productos.de los cruzam ientos entre las otras razas (especial­
m ente entre blancos, indígenas y negros). Más difícil, entonces,
fue la tarea del censor, de colocar a los habitantes de Lim a en ca­
tegoría étnicas o raciales sencillas.
No sólo el carácter m osaico de la estructura étnica sino
tam bién cierta am bigüedad o hasta fluidez racial en la Lima de
1908 hizo del censo una m eta form idable (16). A esta fluidez con­
tribuyó el hecho de que, en la m edida que el individuo iba m ejo­
rando su situación económ ica, de igual m anera p o d ía “ m ejorar”
en su status étnico. Como com entaba el encargado del censo de
1908:
“ Casi la m itad de la población —el 4 2 ° /o — ha declarado
ser blanca. Esto no es c ie rto ... m uchos indios, sobre todo
los que gozan de cierta holgura pecuniaria y alguna eleva­
ción social, se han inscrito com o b la n c o s.. .como los in­
dios, m uchos m estizos en igualdad de circunstancias se han
filiado com o blancos en el em padronam iento” (17).
Los negros habrían obrado de una m anera semejante.
Finalm ente, hay que reconocer que la diferencia del núm e­
ro de negros en los censos tam bién habría reflejado u n a verdadera

(1 6 ) “T anto la generalización extrem a cuanto la extensa nom enclatura


im pidieron que se conociera de una manera adecuada las cifras
estadísticas que registraban las cantidades d e individuos co n heren­
cia biológica africana” R om ero op . c it., p . 2 4 8 . El m ism o autor argu­
m enta que la naturaleza inadecuada de las cifras estad ísticas “ sobre
la realidad racial del Perú. . . en el caso de lo s negros ha producido
una diferencia cuantitativa por d e fe c to ” o p . c it., p . 2 4 8 . G eorge en
el siglo X IX , afirma que tanto en esa ciu d ad , com o en todas las
A m éricas, los cen sos han dism inuido, sistem áticam en te, el tam año
de la p oblación negra. Véase George R eid A ndrew s “The Afro-Ar-
gentines o f B uenos A ires, 1 8 0 0 -1 9 0 0 ” (M adison, W isconsin: Univer-
sity o f W isconsin Press, 1 9 8 0 ).
(1 7 ) L eón G arcía, o p . , cit, p. 1 4 .

184
dism inución dem ográfica, lo cual ten d ría dos explicaciones: po r
un lado, una tasa de m ortalidad m ayor que la natalidad, sin flujos
de inm igración; y, p o r o tro , un fuerte m estizaje que perm itió a
cierto grupo de individuos con antecedentes africanos escaparse
de la categoría de negro.
Si bien la población negra de Lima fue dism inuyendo entre
m ediados del siglo XVII y principios del XX, esa población sufrió
cierta recuperación a través del perío d o aquí estudiado, au m entan­
do desde 6,763 en 1908, a 8,244 en el censo de 1931 (véase el cua­
dro 1). Esta recuperación hab ría sorprendido a los mism os obser­
vadores contem poráneos quienes, basándose en la aparente tray ec­
to ria dem ográfica de la población negra, afirm aban que andaba en
vías de extinción.
CUADRO 1

Número de Negros en la Ciudad y la Provincia de Lima,


1908, 1920 y 1931

Año Ciudad de Lima ' Provincia de Lima

Número Número Número Número


Absoluto Relativo (°/o) Absoluto Relativo (°/o)

1908 6,763 4.8 9,450 5.4


1920 1,782* 3.4 9,683 4.2
1931 8,244 3.0 12,977 3.5 ■
* Incluye solam en te Lima Cercado; cifras sem ejantes en o tros cen so s in clu ­
y en la zona m etrop olitan a más amplia (el R ím ac, La V ictoria, etc.).
Fuentes: Censo d e las Provincias de Lim a y Callao, 1 9 0 8 ; R e su m e n d e l Censo
d e la Provincia de Lima, 1 9 2 0 ; Censo de las Provincias de L im a y
Callao, 1 9 3 1 .

Este ligero aum ento num érico tam bién parece algo p ara­
dójico, dado que la tasa de increm ento vegetativo de los negros fue
negativa a través del período. El cuadro 2 presenta el núm ero de
los m iem bros de cada etnia que se hubiera encontrado en 1931,
si su increm ento desde 1908 fuera el p ro d u cto solam ente de la n a ­
talidad y m ortalidad, com parándolo con el núm ero de los m iem ­
bros de cada grupo que se encuentra efectivam ente en el censo de
1931. El cuadro dem uestra que el núm ero de negros en el censo
de 1931 (8,244) era m ayor que el núm ero que se hubiera encon­
trado (5,192) si fuera solam ente el increm ento natural que afec­
tó el tam año de la población negra.

185
Cuadro 2. Las Etnias Limeñas:
Cálculo de la Tasa de Incremento Vegetativo,
su Tamaño Proyectado en 1931 (año base 1908), y su
Tamaño real en el Censo de 1931.

A B C
Tasa Natural Población Población Diferencia
de Incremento(b) calculada en 1931 C -B
para 1931
Etnicidad (a) (según A(c))
Negros 0.98 5,192 8,244 +3,062
Blancos 1.002 61,762 94,998 +33,236
Mestizos 1.007 62,897 144,627 +81,630
Indígenas 0.97 10,985 15,719 +4,734
(a) Por carencia de datos, se ha prescindido en este cuadro de los asiáticos.
(b) Se ha calculado la tasa de increm ento vegetativo de la siguiente manera:
1 + N — D , N = nacim ientos, D = d efu n cion es, P = población total de
P
cada grupo étn ico. Los d atos relacionados a n acim ien tos y d efu n ­
cion es son de los registros civiles para los años 1 9 0 4 , 1 9 0 7 , 1 9 1 0 , 1915;
1 9 2 4 (n acim ien tos) y 1 9 2 6 (d efu n cion es). La cifra en cada caso es el p ro ­
m edio de los seis años. Una tasa de increm ento vegetativo ( “ tasa d e re­
p rod u cción ” ) d e 1.0 significa que, sin m igración, la p ob lación se m an ten ­
drá estable a través del p eríod o. Una tasa m enor de 1.0 significa que la
población disminuirá; una tasa m ayor de 1.0 significa que la pob lación
aumentará.
(c) El año base es 1 9 0 8 ; se ha utilizado el núm ero de cada grupo étn ico regis­
trado en el censo de ese año.

La ligera recuperación dem ográfica de los negros limeños


es particularm ente sorprendente dado que, de todas las raza* d e
Lima, el negro parece haber sido el más afectado po r el proceso
de mestizaje. Las tablas 1 y 2 dem uestran que los a fro -p eru a r' ;
eran los más “ exógenos” , con solam ente 5 9 .4 °/o de los m atrim o­
nios de los hom bres negros y 7 5 .9 °/o de los m atrim onios de las
m ujeres negras ocurridas entre m iem bros de esa misma etnicidad.
El único otro grupo igualm ente exógeno fue el de los hom bres
asiáticos; en ese caso, la casi ausencia de mujeres chinas durante
este p eríodo forzó a los hom bres chinos a casarse con m ujeres de
otras etnias.

El increm ento natural de la población negra de 0.98 h a­


bría producido una dism inución para el año 1931 hasta llegar a
unos 5,000 individuos negros; la “ tasa de exogeneidad” (porcen-
186
Tabla 1. Porcentajes de Matrimonios
de Hombres de cada Etnia con Mujeres de Etnia*

MUJERES (o /o )
(HOMBRES o /o )

Blancas Mestizas Indígenas Negras Asiát. Se Igno. Total


Blancos 94.0 4.9 0.9 0.04 - 0.2 100.04
Mestiz. 9.1 86.6 3.0 0.6 - 0.05 99.95
Indíg. 3.0 10.0 86.6 1.3 - 0.1 100.00
Negros 2.2 23.9 14.5 59.4 - — 100.00
Asiát. 18.2 52.3 2.3 4.5 22.7 — 100.00
Se Ig. 2.2 2.2 — — —
95.7 100.10

* Sum ados de lo s añ os 1 9 0 8 , 1 9 1 0 , 1 9 1 5 , 1 9 1 6 , 1 9 1 7 y 1 9 3 2 .
F uente: B o le t ín Municipal d e Lima, 1 9 0 0 -1 9 3 2 .

Tabla 2. Porcentaje de los Matrimonios


de cada Etnia con Hombres de cada Etnia*
HOMBRES (o /o )
(MUJERES o/o)

Blancos Mestizos Indígenas Negros Asiát. Se Igno. Total

Blancas 91.0 7.3 1.1 0.1 0.5 0.04 100.04


Mestiz. 5.9 86.5 4.6 1.8 1.2 .05 100.05
Indíg. 2.3 8.0 87.2 2.4 0.1 — 100.00
Negras 0.9 11.1 10.2 75.9 1.9 — 100.00
Asiát. — — - - 100.0 — 100.00
Se Ig. 8.0 2.0 2.0 - - 88.0 100.00

* Sum ados de lo s añ os 1 9 0 8 , 1 9 1 0 ,1 9 1 4 ,1 9 1 5 , 1 9 1 7 y 1 9 3 2 .
F uente: B o le tín Municipal d e Lima, 1 9 0 0 -1 9 3 2 .

tajes de negros que se casaron con m iembros de otras razas) de


4 0 .6 °/o para los hom bres negros y 2 4 .1 °/o para las m ujeres ne­
gras hubiera dism inuido aún más el núm ero de negros-en Lima,
dada una fecundidad igual entre las mujeres de todas las razas.
Entonces, ¿cóm o se explica el aum ento dem ográfico de los
negros lim eños durante las tres prim eras décadas del siglo XX? Su­
gerimos que existió un flujo m igratorio de los negros desde otras
187
zonas de la costa hacia Lima, lo cual habría sustentado, o hasta au­
m entado, la población negra limeña. En zonas com o Chincha y
Cañete, es probable que la m ortalidad negra fuese m enor que la de
Lima. Además, cierto aislam iento de esos núcleos negroides hubie­
ra m antenido una “ densidad cultural” , es decir, una cultura ne­
groide más elaborada, m enos influenciada po r corrientes cu ltu ra­
les ajenas.
¿Cuáles fueron las trayectorias dem ográficas que sufrieron
las otras razas limeñas? D ado el peso cultural y racial enorm e de
la población andina dentro de la capital d urante la segunda m itad
del siglo XX, parece paradójico que el núm ero de indígenas dism i­
nuyera dram áticam ente, desde 21,472 individuos en 1908, a 15,719
individuos en 1931. Bajó tam bién el núm ero relativo de indígenas
dentro de la población to ta l desde 1 5 .2 °/o a 5 .7 °/o durante el
mismo período. Esta aparente paradoja desaparece cuando se tom a
en cuenta la tasa de m ortalidad de los indígenas en Lima: con un
increm ento natural (negativo) para la población indígena de 0.97
que hemos calculado para el período, se esperaría que la población
de 21,472 en 1908 cayera a unos 11,000 individuos en 1931, lo
cual no ocurrió. A parentem ente, la m igración continua de indíge­
nas serranos a Lima m antuvo el nivel de una población que m oría
a u n ritm o asombroso.
Una fluidez conceptual además m ostraría que una buena
parte de los indígenas que llegaron a la capital entre 1908 y 1931
se absorbieron en la categoría de mestizos. El mism o hecho de m i­
grar a la ciudad significaba perder la identidad de “ indígena” y ad­
quirir la de “ m estizo” . O, si la m igración a Lim a no cam biaba la
identidad del m igrante indígena, sus hijos, nacidos en Lima, ad­
quirían casi siempre la identidad racial de m estizo. De ah í la dism i­
nución aparente del peso de la población andina en Lima, pese a la
m igración continua de individuos que en su co n tex to original se
habrían considerado indígenas. Afirm am os, finalm ente, que esta
fluidez socio-cultural era más im portante en el caso de los indíge­
nas, que el proceso de m estizaje por el m atrim onio o unión sexual
entre personas de razas distintas. Vale acordarse de que los indíge­
nas de Lima form aban un grupo bastante cerrado y endógam o, con
“ tasas de endogam ia” de 8 5 .6 °/o para los hom bres y 8 7 .2 °/o para
las mujeres.
D entro del conjunto de las etnias lim eñas, eran dos las que,
en térm inos absolutos, aum entaron en una m edida significativa
durante el período: la blanca y la m estiza. En ninguno de los dos
casos se explica el aum ento solam ente po r el increm ento natural
188
(véase el cuadro 2). En los dos (pero po r sobre to d o en el caso de
los m estizos) nos parece que la auto-identificación de personas que
en el sentido cultural se colocarían en realidad d entro de otras
categorías, explica u n a parte de su aum ento. Es decir, esos dos
grupos hab rían sido los beneficiarios, en térm inos num éricos, de
cierto “ arribism o racial” , además de la migración.
En las célebres palabras de Mark Twain, la m uerte de los
negros lim eños h ab ría sido “ sum am ente exagerada” . La tra y e c to ­
ria de dism inución que sufrió la población negra durante los siglos
XVIII y XIX se transform ó en u n ligero aum ento durante las p ri­
m eras tres décadas del siglo XX. Efectivam ente, sin em bargo, los
afro-peruanos lim eños c o n stitu ían una entidad cultural pequeña,
casi perdida ya d en tro de una masa cada vez más heterogénea.
Quizás lo que sorprende más que la sobrevivencia de un sólido
“ corazón” negro a través del siglo XX, es la im portancia o peso de
dicho grupo en la cultura popular y nacional del Perú. E sta p a ­
radoja la tratarem os de explicar más adelante, cuando enfoquem os
algunas de las expresiones culturales afro-peruanas que m antuvie­
ron de una u o tra form a la identidad negra com o fenóm eno socio-
cultural vigente.

LA UBICACION GEOGRAFICA DE LOS AFRO-PERUANOS

L A NACION. La distribución de la población negra d en tro


del espacio nacional reflejaba, a com ienzos del siglo XX, ta n to la
herencia de la época de la esclavitud (de a h í la naturaleza costeña
de los negros), com o procesos contem poráneos (com o el flujo m i­
gratorio hacia Lima desde otras zonas costeñas). Intentarem os re­
construir la ubicación geográfica de la población negra, con el fin
de esclarecer este conjunto de procesos que produjo la relación
entre etnia y espacio geográfico, ta n to a nivel nacional y de la p ro ­
vincia de Lima, com o a nivel del distrito y del vecindario d e n tro de
la capital.
A nivel nacional, la ubicación geográfica de los afro-perua­
nos m ostraba u n a fuerte continuidad con la época colonial. La­
m entablem ente carecem os de datos nacionales para nuestro p e ­
río d o ; pero, basándonos en los censos de 1876 y 1940, vemos que
la gran m ayoría de los negros seguía viviendo en la costa del país
y que, de los negros costeños, u n a alta proporción continuaba resi­

189
diendo en Lima. En 1876, el 9 2 .4o/o de los negros peruanos radi­
caba en la costa, m ientras el 7 .1 °/o vivía en la sierra y el 0 .5 °/o en
la selva. De los negros costeños, el 3 8 .3 °/o vivía en Lima, y si se
suma a ese núm ero el de los afro-peruanos del Callao, el porcentaje
sube a 4 4 .8 °/o . Según el censo de 1940, m ientras la población n e ­
gra nacional no llegaba a la m itad del uno por ciento, los afro-pe­
ruanos ten ían un peso dem ográfico m ayor en la costa, alcanzan­
do el 3 .1 °/o de los habitantes de Lima y Callao, y el 4 .2 °/o de
los habitantes de lea (18).
La procedencia regional de las etnias que vivían en Lima en
1908 dem uestra de nuevo que los afro-peruanos constituyeron la
etnia capitalina par excelence. El cuadro 4 dem uestra que, en un
sentido, los afro-peruanos co n stitu ían el grupo étnico más antiguo
entre las etnias limeñas. Es decir, a pesar del flujo m igratorio de
negros de las provincias costeñas a Lima, entre ellos el porcentaje
de lim eños nativos era m ayor que en cualquier otro grupo étnico.

Cuadro 4. 1908: Porcentaje de Habitantes de Lima, Nativos de:

Etnia Lima Callao


Blancos 63.3 63.3
Indíg. 39.2 39.2
Mestiz. 63.4 66.3
Negros 77.6 80.2
F uente: Censos d e las Provincias d e L im a y Callao, 1 9 0 8 .

LA PRO VINCIA D E LIM A. La ubicación geográfica de los


afro-peruanos en la provincia de Lima reflejaba las ocupaciones
ta n to urbanas —el servicio dom éstico, distintos ram os de trabajo
artesanal— com o actividades rurales (véase el cuadro 5). La alta
proporción de negros en distritos rurales, tales com o Surco y las
“ poblaciones rurales” (que aparecen en el censo de 1908), y Cara-
bayllo y Puente Piedra (que aparecen en el de 1920 y 1931, res­
pectivam ente), dem uestra la im portancia de los negros com o fuer­
za de trabajo en la agricultura de los valles costeños cercanos a la
capital.

(1 8 ) C ensos N acionales de 1 8 7 6 y 1 9 4 0 , citad o en R om ero op . c it., p.


2 3 9 -2 4 0 .

190
Cuadro 5. Número de Habitantes Afro-peruanos en distintos Distritos,
y Porcentaje de Población Afro-peruana en cada Distrito,
1908,1920 y 1931

Distrito 1908 1920 1931


Número (a) °/o(b) Número o/o Número o/o

Lima 6,763(c) 4.8 6,608 3.8 5,367(d) 2.7


Población Rural 1,669 9.5
Barranco 420 7.1 434 3.1
Chorrillos 311 5.9 277 4.2 381 4.3
Surco 60 15.5 659 5.4 388 8.1
Miraflores 30 2.0 269 4.2 826 3.3
Ate 29 1.1 41 6.8 386 5.2
Ancón 26 3.0 51 3.4
Chosica Nueva 26 2.7
Magdalena Vieja 20 3.3 108 3.9 108 4.1
Carabayllo 8 0.2 1,203 18.9 1,304 13.2
Lurigancho 7 0.4 151 4.4 251 4.2
Lurín 6 0.3 18 1.0 55 2.1
Magdalena del Mar 66 3.2 260 3.3
Pachacamac 43 2.3 62 2.1
San Miguel 11 2.9 46 2.2
Puente Piedra 181 9.4
La Victoria 1,690 4.8
San Isidro 71 3.3
Bellavista 161 3.1
Rímac 1,187 3.0
La Punta 43 2.3
Callao 1,555 2.5

(a) N úm ero ab solu to de afro-peruanos en el distrito.


(b) Porcentaje de la p ob lación negra respecto del total.
(c) In clu ye Lima Cercado, La Victoria y R im ac.
(d) Incluye Lima Cercado solam ente.

Fuente: Censos de Lim a y Callao, 1 9 0 8 , 1 9 2 0 y 1 9 3 1 .

Sin em bargo, el lector de hoy puede tener la imagen de una


distancia excesiva entre zonas urbanas y zonas rurales que no exis­
tía en la vida cotidiana de los trabajadores de com ienzos de siglo.
Más bien, nuestras entrevistas nos sugieren que Lima m etropolita­
na y las zonas rurales cercanas representaban una sola zona econó­
mica, un solo m ercado en el cual el obrero po d ía ofrecer su m ano
de obra. No existían m uchos obstáculos a que un peón de una ha-

191
Cuadro 6. Población Afro-peruana de la Provincia de Lima,
según Especie de Distrito, 1908, 1920 y 1931 (a)

Zona Urbana Zona Mixta Zona Rural


Año No. o/o No. o/o No. o/o
1908 7,656 81.7 — —
1,719 18.3
1920 7,557 78.0 203 2.1 1,923 19.9
1931 10,421 82.3 251 2.0 1,990 15.7

(a) Las divisiones entre zonas “ urbanas” , “ m ix ta s” y “rurales” provienen


d e los m ism os censos.

Fuente: Censo d e la Provincia d e Lima, 1 9 0 8 , 1 9 2 0 y 1 9 3 1 .

cienda viniera a Lima a trabajar com o albañil (tal com o Pedro


M éndez); tam poco que un albañil del R ím ac fuera a trabajar de
jornalero agrícola en Chorrillos (tal com o Angel Saldano); ni que
una joven lavandera del R ím ac fuera a Chorrillos para trabajar co­
m o sirviente dom éstica, para luego volver a trabajar en u n a fábrica
de Lima (como Elena Tenaud). E sta m igración entre el cam po y la
capital po d ía extenderse a zonas costeñas más lejanas y po r plazos
bastante largos. Juan R am írez, p o r ejem plo, se alternaba entre ser
jornalero en la agricultura de lea y ser chofer en Lima p o r cerca de
20 años antes de quedarse definitivam ente en la ciudad.
Sin embargo, los casos de los negros que habitaban las zo­
nas rurales de la provincia de Lima eran la excepción y no la regla.
La gran m ayoría de los negros eran residentes urbanos (véase el
cuadro 6 ). El porcentaje de to d o s los negros de la provincia que
ocupaban las zonas urbanas en 1908 era de 8 1 .7 °/o , m anteniéndo­
se este porcentaje a través del período. Al m ism o tiem po, la m ano
de obra afro-peruana seguía siendo significativa en las áreas agríco­
las, lo cual se revela en el hecho de que, en 1931, los tres distritos
con la concentración más alta de negros en relación con las otras
razas son los tres, (todavía rurales), de Carabayllo, Puente Piedra,
y Surco.

LIMA M E T R O P O L IT A N A : EL D IS T R IT O CENSAL.
¿E xistía o no la segregación racial dentro de las zonas residen­
ciales de Lima? Los datos relevantes revelan que los afro-peruanos
vivían en distritos dispersos, pero siem pre populares: en cinco de
los diez distritos que aparecen en el censo de 1908 (el 1, 5, 6 , 8 y

192
9) la concentración de negros superó el prom edio de 4 .8 °/o del
área m etropolitana en to ta l (véase el cuadro 7). Se tra ta ta m ­
bién, com o no es de sorprender, de distritos sum am ente p o p u ­
lares: los Barrios Altos (distritos 5 y 6 ), La V ictoria (el 8 ), y la par­
te del R ím ac que incluía a M alambo (el 9).

Cuadro 7. 1908: Los Afro-peruanos en


los Distritos de Lima

Número del °/o de la población


Afro-peruanos °/o del total de
Distrito en Distritos del distrito que
negros en Lima
es negro
1 797 4.8 11.8
2 192 2.6 2.8
3 273 2.8 4.0
4 517 2.9 7.6
5 1,104 7.3 16.3
6 647 5.1 9.6
7 675 4.7 10.0
8 1,310 6.2 19.4
9 783 5.2 11.6
10 465 3.8 6.9
Total 6,763 — 100.0

Fuente: C e n s o d e la P r o v in c ia d e L i m a , 1908.

La dispersión residencial de los barrios negros —los cuales


se registraban en cada cuartel de Lima— se habría debido, en gran
parte, al servicio dom éstico, al cual se dedicaban una buena parte
de los negros limeños desde la época de la esclavitud. Las jornadas
largas de los cocineros, criadas, y otros em pleados dom ésticos sig­
nificaban que éstos ten ían que vivir m uy cerca de la casa en que
ofrecían sus servicios, si no dentro de ella. De ah í el aspecto casi
medieval de algunas zonas limeñas (todavía visible en la actuali­
dad), donde existían viviendas hum ildes a co rta distancia de casas
de gran lujo.

LIMA M E T R O P O L IT A N A : LA VECINDAD. Datos reco­


gidos relacionados con la salud pública, sobre to d o a raíz de una
epidem ia de peste bubónica que azotó Lima en 1903-05, y de una
cam paña de vacunaciones en el año 1902, nos perm iten acercarnos

193
en form a detallada a la estru ctu ra racial de los vecindarios limeños.
¿Por qué recurrir a un análisis tan m eticuloso de la ubicación resi­
dencial de los afro-peruanos? A nive] del distrito censal, existía
cierta uniform idad entre la distribución de los afro-peruanos, por
un lado, y la de las otras etnias urbanas “ de c o lo r” , po r otro (véase
los cuadros 8 y 9). Nos interesa, entonces, ver hasta qué p u n to se
agrupaban las distintas etnias dentro de los barrios populares.
Cuadro 8. 1 9 0 8 : Orden de D istritos Censales según
C oncentración de P oblación de cada Grupo E tnico

Etnia D istrito

B lancos 2, 3, 7 , 1, 1 0 , 4, 8 , 6 , 5, 9
M estizos 9, 1 0 , 8 , 6, 5, 1, 4 , 7, 2 , 3
Indígenas 9, 5, 8, 6 , 1 0 , 4 , 7 , 2, 3 , 1
Negros 5, 8 , 9 , 6 , 1, 7 , 1 0 , 4 , 3 , 2
A siáticos 4, 6 , 3, 9 , 1, 8, 5, 2, 7 , 10

Fuente: Censo de la Provincia d e Lima, 1 9 0 8 .


Cuadro 9. 1 9 0 8 : Orden d e D istritos Censales según
N úm ero de Individuos de cada Grupo E tnico

Etnia D istrito
B lancos 1, 8, 7, 4, 3, 1 0 , 5, 9 , 2 , 6
M estizos 8, 5, 4, 9, 1, 6 , 1 0 , 7 , 3, 2
Indígenas 8, 5, 9, 4, 6, 1, 7, 1 0 , 3, 2
N egros 8, 5, 1, 9, 7, 6 , 4, 1 0 , 3 , 2
A siáticos 4, 6, 9, 1, 8, 3 , 5, 7, 1 0 , 2

F uente: Censo d e la Provincia d e Lima, 1 9 0 8 .

958 víctim as de la peste bubónica fueron registrados, con


nom bres, dirección e identificación racial. E ntre ellos se en co n tra­
ron a 81 negros. Del to ta l de 51 vecindades afectadas, vivía por lo
m enos una víctim a en cada una. En el rancho de Cieneguilla ha­
b ían doce personas en to ta l que se vieron afectadas por la peste,
entre ellas siete eran negros (lo cual, de paso, nos ilustra una vez
más sobre la im portancia de la m ano de obra negra en las hacien­
das de los alrededores de Lima). En el barrio de M alambo, conoci­
do com o u n foco de cultura afro-peruana y de alta concentración
negra, de los 19 individuos que iban a sufrir la peste, 4 eran negros,
2 blancos (un español y un italiano), 5 m estizos, 8 indígenas y un
asiático. Las dos calles representadas en nuestra m uestra con la ma-

194
yor concentración de afro-peruanos eran el Jirón A yacucho, con
3 negros y un m estizo; y Mestas, con un blanco, un asiático y 4
negros.
Estos datos nos perm iten desprender algunas conclusiones
más sobre el patrón racial de viviendas en Lima al nivel sub-distri-
tal. De nuevo percibim os cierta dispersión de la población afro-pe­
ruana en la capital. H asta en los barrios con m ayor concentración
negra, aparentem ente vivían tam bién m iem bros de las otras etnias,
sobre to d o m estizos e indígenas. Sospechamos que, hasta el nivel
de la casa de vecindad o callejón, la concentración de los negros
habitantes m uy pocas veces habría superado el 50 °/o . Es intere­
sante n o tar que hasta en Capón, el “ M alambo” de los Chinos lim e­
ños, las víctim as de la peste incluyeron a 7 asiáticos, 1 mestizo,
3 indígenas, y 1 negro. Ello indica que hasta en los barrios popula­
res con las características étnicas más m arcadas, existía cierta he­
terogeneidad racial, por lo m enos entre m estizos, indígenas, negros
y asiáticos. Esta conclusión tiene eco en la respuesta típ ica de los
entrevistantes acerca de la com posición étnica de los callejones o
solares en donde vivían: “ había de to d o ” .
Las fotografías que hem os podido analizar de viviendas
populares de la época tam bién ofrecen la misma impresión de una
m ezcla racial. En un artículo de la revista Mundial de 1920, por
ejem plo, con fotografías interiores de viviendas populares, encon­
tram os que entre la m itad y la sexta parte de las personas que sa­
len parecen ten er rasgos africanos. Los demás parecieran tener raí­
ces serranas y,en algunos casos, chinas.
Existía, entonces, en la Lima de las prim eras décadas del
siglo u n a segregación más m arcada entre los blancos y las etnias
“ de color” (a pesar de la estructura multi-clasista y, de ahí, multi-
étnica) que una diferenciación dentro del propio m undo popular.
Si existiera una segregación racial dentro de la misma clase obrera,
ésta era de un tipo más sutil y m enos destacado. Mientras un aná­
lisis grosso m odo de los distritos censales de la ciudad revela la
segregación racial que separaba a los blancos de los demás, el aná­
lisis sub-distrital tam bién dem uestra cierta mezcla de las etnias de
color dentro de los barrios populares.

EL RACISMO Y LA SEGREGACION RACIAL

Antes de term inar esta sección, nos parece que vale la pena
reflexionar sobre el significado del patrón racial de vivienda aquí

195
descubierto, sobre todo dentro del espacio m etropolitano. Sugeri­
mos aquí que la segregación racial puede ser p roducto de (por
lo menos) dos fuerzas sociales diferentes. Una se p o d ría deno­
minar la fuerza de atracción que atrae a m iem bros de la mis­
m a etnia a vivir juntos. Esa atracción se realiza po r m ecanis­
mos tales com o relaciones de parentesco, de am istad, etc. La
otra sería una fuerza de rechazo, por ejem plo, de vecinos p o ­
tenciales, por el hecho de que ellos pertenecerían a una etnia des­
preciada. Ambas fuerzas —la de atracción y de rechazo— actúan
sobre una base económ ica. Las fuerzas de rechazo, sobre todo,
sólo pueden realizarse cuando el grupo que segrega el otro tiene
el poder económ ico para im poner sus deseos y prejuicios.
Aunque hace falta un estudio preciso sobre los m ercados
de terreno y vivienda durante la época, pareciera que en Lim a a
comienzos del siglo XX, los blancos eran los únicos que ten ían el
poder económ ico necesario para im poner sus prejuicios raciales. A
diferencia de los otros grupos, los blancos, por lo general, eran los
dueños de la m ayor parte del hab itat urbano. Según el censo de
1908, de los propietarios en Lima el 9 0 °/o eran blancos. Aunque
no se sabe, efectivam ente, si fuera lo económ ico o lo racial, lo que
“ protegía” a las zonas residenciales blancas del resto de la ciuda­
danía capitalina, lo que sí es cierto es que d entro de la masa p o p u ­
lar étnicam ente “ oscura” , los posibles prejuicios y otras fuerzas de
rechazo carecían del substrato económ ico para realizarse. Es decir,
poco im portaba que al serrano o al negro no le pareciera agradable
vivir al costado del chino, para dar un ejem plo; de todos m odos
hubiera tenido pocas form as de im poner sus deseos. Más im p o rtan ­
te en este sentido serían las fuerzas de atracción, que, en un m un­
do personalista y de relaciones familiares produciría pequeñas co­
lonias o agrupaciones de grupos étnicos d entro de las vecindades
populares. De ahí los casos conocidos de M alambo y la calle Ca­
pón.

LOS AFRO-PERUANOS Y LA ESTRUCTURA RACIAL DE LAS


PROFESIONES

En la ubicación geográfica de las etnias urbanas a com ien­


zos del siglo XX, encontram os que la “ línea de c o lo r” entre los
blancos y los demás grupos étnicos fue más im portante que las di­
visiones entre las etnias que se hallaban d entro de las clases p o p u ­
196
lares. En cam bio, una com paración entre etnia y ocupación revela
una realidad m uy distinta. No sólo existían ocupaciones m arcada­
m ente blancas, las m ejores en rem uneración y prestigio social, sino
que tam bién existía una diferenciación racial po r ocupación d en ­
tro de las mismas clases populares. Los negros, por ejem plo, se
concentraban en una serie de ocupaciones distintas, en cierto m o­
do, de las profesiones típicas de los indígenas o de los asiáticos. El
m ercado de trabajo que se desarrollaba a principios del siglo XX
no era hom ogéneo sino segm entado en el aspecto racial.

Cuadro 10. Las Ocupaciones de los Grupos Etnicos Urbanos (1908)

Ocupación Blancos Mestizos Indígen. Negros Asiát. Total


(°/o) (°/o) (°/o) (O/o) (°/o) (o/o)

Agricultura y
Ganadería 27.4 29.8 36.8 5.6 4.0 100.0

Industrias y
Artes Manuales 22.9 47.7 18.6 6.3 4.5 100.0
Comercio 51.2 20.5 8.4 1.0 18.9 100.0
Transportes 26.9 37.3 20.4 15.0 4.0 100.0
Personal de
Servicio 7.9 19.5 26.8 3.8 41.9 99.9
Propietarios 90.4 4.3 2.9 0.5 1.9 100.0
Empleados de
Gob. y Culto 34.0 25.9 38.9 1.2 ---- 100.0
Profesiones
Sanitarias 72.0 16.4 3.8 ---- 7.8 100.0
Profesiones
Liberales 73.5 14.5 8.0 2.4 1.6 100.0
Instrucción
y Educación 41.0 26.2 10.0 2.8 20.0 100.0

Fuente: E. León García, Las R a zas en Lim a: E studio D em o g rá f ic o , Lima,


1909.

197
El hecho de que existía una correspondencia entre ser
blanco y pertenecer a la clase alta o m edia durante el p eríodo se
revela definitivam ente en la estructura étnica de las ocupaciones,
visible en el cuadro 10. E ntre las personas que se dedicaban a las
profesiones como el com ercio, las ‘profesiones sanitarias’ (la m edi­
cina, higiene dental, etc.), las profesiones liberales y la educación
en 1908, más del 5 0 °/o eran blancos. Según el mismo cuadro, co­
mo ya hem os señalado, un poco más del 9 0 ° /o de los propietarios
en la ciudad de Lima eran blancos; en este sentido los blancos eran
los dueños de la capital. Esta tendencia llevó a un com entarista a
concluir en 1909 que “ las profesiones que producen los más altos
rendim ientos pecuniarios o la m ayor consideración social son ejer­
cidas, preferentem ente, po r los blancos” (19).
Los hom bres afro-peruanos ocupaban un nicho ocupa-
cional popular y distinto al de los otros grupos ‘de color’. En 1908
dos tercios de los hom bres negros se dedicaban a una de 10 pro fe­
siones, m ientras el 9 1 °/o de las m ujeres negras se dedicaban a ú n a
de 8 profesiones, todas populares. (El to ta l de las profesiones enu­
m eradas en el censo era de 51; véase los cuadros 11 y 12 respecti­
vam ente). La diferencia de la estructura profesional de los hom ­
bres negros y la de los otros grupos de hom bres de color se m ani­
fiesta en el hecho de que, con respecto a las 10 profesiones del
cuadro 1 1 , sólo en el caso de los indígenas se encuentra un porcen­
taje sem ejante de individuos dedicados a las mismas profesiones.
Esta diferencia se ve aún más destacadam ente cuando se excluyen
a los m ilitares, constituyendo los indígenas “ la masa de los solda­
dos” (20). El 6 2 .1 °/o de los hom bres negros se dedicaban a las
nueve profesiones restantes, frente a 1 4 .5 °/o de los blancos,
3 6 .2 °/o de los m estizos, 3 7 .4 °/o de los indígenas y 2 4 .7 °/o de los
asiáticos.
En 17 profesiones, más del 5 ° /o de los hom bres que las
practicaban eran negros en 1908 —es decir, más que el prom edio
de 4 .8 °/o para la población negra en general del mismo año (véa­
se el cuadro 10). Entre estas profesiones se destacan la agricultura
(‘jo rn alero ’ y ‘agricultura’) y profesiones artesanales; de nuevo n o ­
tam os la supervivencia de una vieja herencia colonial. .
La segm entación racial de la estructura profesional que he­
m os señalado no fue absoluta. El “ tipo ideal” de esta estructura se-

(1 9 ) L eón García op. cit p. 20.


(2 0 ) L eón García o p . cit. p. 2 2 .

198
Cuadro 11. Números Absolutos y Relativos de los
Hombres Afro-Peruanos en 10 Profesiones
Comparado con los Hombres de las Otras Etnias (1908)

Profesión Negros Blancos Mestiz. Indíg. Asiát.


# o/oa O/o o/o o/o o/o

Albañil 345 17.8 0.9 6.7 5.1 0.1


Carpintero 191 9.9 2.6 8.7 4.1 1.9
Jornalero 145 7.5 0.3 2.1 6.6 4.5
Carretero 120 6.2 0.3 1.4 1.5 0.1
Zapatero 104 5.4 1.5 6.9 5.7 4.2
Agricultor 104 5.4 2.6 3.4 5.6 1.7
Militar 82 4.2 7.1 10.9 29.1 ---
Doméstico 72 3.7 1.0 2.8 6.3 4.2
Sin Prof. 61 3.1 5.0 3.6 2.2 8.0
Cocheros 61 3.1 0.3 0.6 0.3 ---
TOTAL 1,285 66.3 21.6 47.1 66.5 24.7
Total sin
militares 1,203 62.1 14.5 36.2 37.4 24.7
a: Todos los porcentajes corresponden a la proporción de los hombres de
la etnia dedicados a cada ocupación.
Cuadro 12. Número y Porcentaje3 de las Mujeres Afro-Peruanas
en 8 Profesiones, Comparados con las Mujeres de las Otras Etnias (1908)

Profesión Negras Blancas Mestiz. Indíg. Asiát.


o/o o/o o/o o/o o/o
#

Lavandera 1,062 33.1 1.1 18.4 17.2 6.2


Cocinera 491 15.3 0.5 7.3 16.1 3.7
Sin Prof. 407 12.7 51.6 22.1 12.9 51.9
Doméstica 376 11.7 1.1 5.1 15.0 4.9
Costurera 185 5.8 9.9 20.6 8.2 4.9
Labradora
Doméstica 185 5.8 20.6 12.9 11.7 9.9
Agricultora 152 4.7 0.2 0.2 0.8 ---
Planchadora 63 1.9 0.2 1.6 0.9 ---
TOTAL 2,921 91.0 85.2 88.2 82.8 81.5
Total de 2,329 72.5 13.0 53.2 58.2 19.7
trabajadoras
remuneradas
a: Todos los porcentajes corresponden a la proporción de las mujeres de las
etnias dedicadas a cada profesión.
F uente: Censo de la Provincia de Lima, 1908.

199
ría una en que todos los blancos ocuparían todas las profesiones
de élite, y cada una de las ‘razas populares’ ocuparían distintos ni­
chos dentro de las profesiones obreras. Es poco probable que este
tipo ideal de segm entación racial existiera en cualquier país. Has­
ta en el Perú en la época de la esclavitud, algunos negros se dedica­
ban a ramos del trabajo artesanal o del com ercio, en donde ta m ­
bién trabajaban algunos m iem bros de los o tro s grupos étnicos. Sin
embargo, han existido, y en la actualidad persisten, algunos ejem ­
plos de segmentación racial de las profesiones más m arcadas que
las que hemos descrito aq u í (tal ha sido la naturaleza de las estruc­
turas profesionales, por ejem plo, de los Estados Unidos y de algu­
nos países caribeños a través de su historia). La segm entación ra­
cial de la estructura laboral de Lima a com ienzos del siglo XX era
de un nivel interm edio entre ese caso tip o extrem o, y una “ dem o­
cracia racial” , en que no existiría correspondencia alguna entre
etnia y profesión.
Es posible que esta segm entación notable, pero interm e­
dia, represente solam ente los rezagos de una situación histórica
que iba desapareciendo. D esafortunadam ente, carecem os de datos
para el resto del período 1900-1930 sobre etnicidad y profesión.
Hemos podido ofrecer solam ente una especie de “ fotografía” de la
estructura racial de las profesiones en el año 1908, basándonos en
el censo de ese año. Sin em bargo, verem os después que si bien dis­
m inuyó en alguna m edida la segm entación racial de las profesio­
nes, existieron mecanism os en pleno siglo XX que la m antenían y
reforzaban.
Pero antes de analizar más a fondo este tem a, intentarem os
esclarecer la naturaleza de las profesiones en que se encontraba
una concentración elevada de obreros negros. El nicho ocupacio-
nal de los afro-peruanos no sólo era uno de bajos rendim ientos y
consideración social, sino m uy poco dinám ico en el sentido de o r­
ganización política o sindical. Ha:y que to m a r en cu enta que este
período de tem prana industrialización generó un im portante m o­
vim iento sindical, teniendo com o foco los sectores proletarizados,
com o, por ejem plo, el de los obreros textiles. Agunos sectores
artesanales —tales com o los panaderos y zapateros— tam bién ex­
perim entarán una radicalización sindical y política. Sin em bargo,
las profesiones en donde se encontraban los negros - y los ‘estra­
tos negros’ dentro de esas profesiones —se vieron poco afectadas
por el m ovim iento sindical. No pensam os que fuera su carácter
racial lo que impidió la politización de los sectores de alta concen­
tración negra, sino, en cam bio, que la estructura jerarquizada o

200
atom izada de estos sectores im pidió la actividad sindical o p o líti­
ca. Como veremos después en m ayor detalle, faltando una c o n ­
ciencia de clase o grupo que naciera en el trabajo, la conciencia de
grupo entre los negros que sí existía, surgía alrededor de algunas
instituciones culturales, instituciones que sufrieron cam bios im p o r­
tantes durante este período.
‘UNA PRO FESIO N N E G R A ’: LA CO NSTRU CC IO N CI­
VIL. Los años entre 1900 y 1930 engloban, com o hem os dicho, el
período en que se daba el prim er m om ento del m ovim iento lab o ­
ral en el Perú, un m ovim iento que fue la expresión de un nuevo
proletariado consciente, en cierta m edida, de sus intereses com o
clase íntegra. Pero si bien el naciente m ovim iento laboral refleja­
ba cam bios en la estructura de la econom ía peruana y en la m ism a
clase obrera, estos cam bios afectaban distintam ente a los d iferen ­
tes sectores de dicha clase. En algunos sectores las relaciones so ­
ciales de trabajo se transform aron hasta perm itir una nueva c o n ­
ciencia en sí de sus obreros; en otros sectores, perm anecieron las
relaciones que habían existido en época anteriores. En las p ro fe ­
siones limeñas en que se encontraban agrupados los negros —el ser­
vicio dom éstico, la construcción, el tran sp o rte— las relaciones so ­
ciales de trabajo no perm itían o hacían más difícil tal tran sfo rm a­
ción. Una consecuencia de ello es que los negros no ex p erim enta­
ron el m ejoram iento de los sueldos y de las condiciones de trabajo
que —tan to por los esfuerzos del m ovim iento laboral com o p o r ra ­
zones económ icas— experim entaban algunos de los obreros p ro le ­
tarizados.
Para sustentar nuestra afirm ación de que no se desarrolla­
ban relaciones sociales de trabajo que generasen o perm itiesen una
conciencia de clase entre los obreros negros, vamos a exam inar un
sector específico: la construcción civil. En 1908, el 1 6 .6 °/o jd el t o ­
tal de los obreros eran afro-peruanos. Eran poco m enos que el
1 8 °/o del to ta l de los obreros negros, frente al 0 .9 ° /o de los b lan ­
cos, 6 .7 °/o de los m estizos, 5 .1 °/o de los indígenas, y 0 .1 ° /o de
los asiáticos. En dicho año, más negros se identificaron com o al^
bañiles que con cualquier o tra categoría profesional. El hecho de
que a los jugadores del equipo de fú tb o l Alianza Lima se les llam a­
ra “ los negritos” y a la vez “ los albañiles” , dem uestra que esa p ro ­
fesión form aba una parte íntegra de la imagen popular sobre los
negros ( 2 1 ).

(21 ) Entrevista con Miguel Rostaing, 2 4 / 4 / 1 9 8 2 .

201
El sector de la construcción experim entó una expansión
durante la época, sobre to d o durante el Oncenio de Leguía (1 9 1 9 ­
1930), cuando la construcción de obras públicas fue un aspecto
im portante de la po lítica oficial. E ntre los años 1920 y 1927, el
núm ero de obreros dedicados a la construcción aum entó de
6,507 a 11,251, casi el 1 0 0 °/o (22). Se tra ta de uno de los secto­
res de la econom ía peruana más dinám icos de la época, y p o d ría
ser que el aum ento de la dem anda produjera un m ejoram iento de
los sueldos y de las condiciones de trabajo para los albañiles y,
tam bién quizás, u n a m ayor organización sindical.
Pero la construcción era un sector profundam ente h e te ­
rogéneo, y los albañiles afro-peruanos se encontraban m ayorm en­
te en los estratos m enos favorecidos de él. Por un lado existían
unas grandes empresas, algunas de ellas pertenecientes al capital
extranjero com o The Foundation Company, que em pleaban a n u ­
m erosos obreros y recibían los co ntratos más im portantes del Es­
tado. Por otro lado, había un gran núm ero de firmas o equipos de
construcción pequeños, con un personal cam biante, que se ocupa­
ban en obras pequeñas, a plazos relativam ente cortos y con pocos
obreros por obra. Este ‘polo chico’ de la construcción civil ocupa­
ba a la gran m ayoría de los albañiles: según H unt, en el año 1950
solam ente el 7 .8 °/o de la fuerza laboral dedicada a la construc­
ción trabajaba en firmas de más de 10 personas, com parado con
2 4 .9 °/o de los obreros textiles y 2 9 .3 °/o de los obreros en el co­
m ercio (23). Se supone que el porcentaje de los albañiles que tra ­
bajaba en firmas chicas, veinte o tre in ta años antes, fue aún m ayor.
Si bien ocurrió una expansión de la construcción, estim ulando
cierta m odernización de las técnicas o cam bios en las relaciones
sociales de trabajo que se daban entre los obreros, estos cambios
aparentem ente ocurrieron en el polo del sector de las grandes em ­
presas. Nuestras entrevistas indican que los albañiles afro-peruanos
de la época se hallaban m ayoritariam ente en el polo pequeño del
sector.
E xistían dos características de la construcción -y, sobre to ­
do, del ‘polo chico’ del sector— que im pedían que se desarrollara
una conciencia de solidaridad entre los obreros allí dedicados. La
prim era fue la estructura jerarquizada de los equipos de construc­
ción, que generaba lazos verticales de dependencia entre los vario:

(2 2 ) Berm údez Lizarraga op. cit.


(2 3 ) H unt op . cit.

202
niveles del equipo a la misma vez, y relaciones horizontales conflic­
tivas entre los obreros del mismo nivel. En una sola obra se encon­
traban por lo m enos tres niveles de obreros: el peón (tam bién lla­
m ado asistente o aprendiz), el oficial (o albañil) y el m aestro. El
equipo tam bién incluía a un ingeniero o arquitecto, encargado del
diseño y aspectos técnicos de la construcción, y a un contratista,
que servía com o interm ediario entre el cliente y el m aestro. El
m aestro era el encargado de co n tratar a los demás obreros —peo­
nes, oficiales— según las necesidades de cada obra. T anto para con­
seguir trabajo com o para ascender dentro de la jerarquía, los peo­
nes y oficiales ten ían siem pre que procurar relaciones amables con
sus superiores, sobre to d o con el m aestro.
El segundo obstáculo a la solidaridad entre los albañiles fue
la inestabilidad del trabajo. El contratista, ingeniero y/o arquitecto
y el m aestro co n stitu ían el personal estable del equipo. Los ran­
gos más bajos eran sum am ente inestables, term inando el puesto
una vez finalizada la obra. Por razones obvias, esta fluidez, sobre
todo de los equipos pequeños de construcción, im pedían las rela­
ciones de solidaridad entre los peones, los oficiales, etc.
La im portancia de las relaciones personales entre el maes­
tro y los peones y oficiales significaba que los prejuicios raciales
de los m aestros se trad u cían m uchas veces en una estructura racis­
ta dentro de la construcción. Varios testigos han afirm ado que los
albañiles negros fueron encargados de las tareas o especialidades
de m ayor desgaste físico. De ahí el hecho de que los ‘adoberos’
(los obreros que preparaban los ladrillos de adobe, una especiali­
dad m uy pesada) ,“ eran la m ayor parte m orenos” (24). Los cono­
cidos futbolistas Miguel Rostaing y José M aría Lavalle eran adobe­
ros (el segundo antes de trasladarse a la M unicipalidad de Lima).
Rostaing cuenta que el trabajo del adobero fue considerado más o
m enos del mismo nivel que el peón, y con condiciones m uy ries­
gosas:
“ Bien fastidioso y peligroso (era el trabajo del adobero)
por el agua. . . (que) se te n ía en pozos así en la calle, y en­
tonces era agua dorm ida, pues, con eso se trabajaba la alba-
ñilería y los adoberos, entonces era peligroso porque ve­
n ía la e n fe rm e d a d ...” (25).

(2 4 ) Entrevista con Miguel R ostaing, 1 3 /6 /1 9 8 2 .


(2 5 ) Entrevista con Miguel R ostaing, 2 9 /4 /1 9 8 2 .

203
La existencia desde 1913 de un sindicato de albañiles no
contraviene nuestra afirm ación de que la estructura del sector ge­
neraba com petencia y no solidaridad entre los albañiles (26). La
form ación del prim er Sindicato de Albañiles pareciera ten er que
ver más con la pujanza de algunos personajes, tales com o Eulogio
Rojas y, después, Guillerm o Aguirre y M anuel Rosales, y con el
am biente auspicioso dentro de la clase obrera en general, que
con un m ovim iento de las bases de los albañiles. Es más, aparente­
m ente había una ignorancia general en la m ayoría de los albañiles
a quienes hemos entrevistado, sobre la existencia de cualquier
sindicato para los m iem bros de su profesión. Hasta algunos albañi­
les participaron en huelgan sin darse cuenta de la existencia del sin­
dicato. Miguel Rostaing describe una huelga de la construcción ci­
vil, que (según él) carecía de organización o apoyo del Sindicato:
“ —(Por el año 1930) nos to có una huelga. . . pero ya le fal­
ta, pues, a uno y tiene que ir a pedir adelantos sobre su tra ­
bajo, así que no dem oran m ucho las huelgas. . . llega a fal­
tar, pues, plata, no ve que nadie nos atiende, porque el te x ­
til si tiene, porque el tex til tiene sindicatos, y hacen sus
ollas com unes. . .
—Si no ten ían sindicato, ¿cóm o acordaban para hacer una
huelga?

—‘Huelga de construcción civil’ nom ás decían, ya para en


diferentes sitios y sin o paraban les m etían p ie d ra s ...” (27).
En lugar de la solidaridad o cooperación, la com petencia
parece haber predom inado en las relaciones entre los albañiles. En
ciertas ocasiones, po r ejem plo, ocurrían robos de las herram ientas
entre los mismos albañiles, un acontecim iento bastante serio ya
que los albañiles ten ían que proveerse de sus propias herram ientas:
“ Usted, por ejem plo, ten ía que ocuparse, ten ía que bajarse
a los baños de abajo, entonces cuando regresaba, ya no en­
contraba su herram ienta. . . los m ism os albañiles robaban
uno al o tro ” (28).
En resum en, estam os frente a u n a profesión de m uchos
riesgos y desgaste físico, de poca estabilidad laboral, prestigio so-

(2 6 ) Para la historia del m ovim ien to sindical en la con stru cción civil,
véase Bermúdez Lizarraga op. cit.
(2 7 ) Entrevista con Miguel R ostaing, 2 9 /4 /1 9 8 2 .
(2 8 ) Entrevista con Miguel R ostaing, 2 9 /4 /1 9 8 2 .

204
cial y posibilidad para la concientización po lítica de los obreros
que form aban la base del sector, y una profesión que absorbía p o ­
co m enos que la quinta parte de la m ano de obra negra.
De nuevo, la estructura profesional de los negros lim eños a
com ienzos del siglo XX era sem ejante a la de los esclavos y negros
libres durante la época colonial, quienes se dedicaban tam bién ma-
yoritariam ente al servicio dom éstico, la artesanía y, dentro de las
zonas rurales, a la agricultura. Veremos después que existían m e­
canismos que m antenían esta naturaleza racial de las profesiones
generación tras generación. Lo que quisiéram os destacar aq u í es
que, durante los prim eros tre in ta años del presente siglo, cuando el
país experim entaba un tem prano desarrollo industrial acom pañado
de la form ación, por prim era vez, de una clase obrera ta n to “ para
s í” com o “ en s í” , los afro-peruanos trabajaban en sectores que en
cierta m edida quedaron al m argen de estos cambios.
En cuanto a la m ujer afro-peruana com o trabajadora, lo
que encontram os es un nivel de participación en trabajos rem u n e­
rados m ayor que el de la m ujer de cualquier otra etnia. Esta d ife­
rencia se explica po r la presión económ ica que sufre la m ujer n e ­
gra po r com plem entar los in |reso s familiares —com parada con la
de la m ujer blanca y m estiza— y su larga tradición de inserción en
el m ercado de trabajo, diferente al de la m ujer indígena. De ahí
que, si se excluyen las categorías censales de “ sin profesión” y “ la­
bor dom éstica” (ninguna de las dos era trabajo rem unerado), el
7 2 .5 °/o de las m ujeres negras se concentraba en las seis profesio­
nes “ fem eninas” restantes, frente al 1 3 °/o de las blancas, 5 3 °/o de
las m estizas, 5 8 °/o de las indígenas, y m enos del 2Q°¡o de las asiá­
ticas (cifras de 1908 —ver el cuadro 12). Tan solo el 1 8 .5 °/o de las
m ujeres afro-peruanas se registraron en alguna categoría de tra b a ­
jo no-rem unerado o dom éstico.
Un aspecto significativo de la m ano de obra afro-peruana
fem enina en la provincia de Lima es que, en una m edida im presio­
nante, se dedicaba al trabajo agrícola. Sum ando las categorías cen ­
sales de “ A gricultura y G anadería” con la de “ Jornaleros” (lo cual
se entiende en el censo com o jornalero agrícola), encontram os que,
de todas las m ujeres que trabajaban en 1908 en las haciendas y
chacras alrededor de Lima, 4 0 ° /o eran afro-peruanas, una p ro p o r­
ción verdaderam ente asom brosa dado el porcentaje relativam ente
bajo de los afro-peruanos dentro de la población to ta l capitalina.
H abría que añadir a la agricultura, la lavandería, la cocina y el ser­
vicio dom éstico, form ando éstas las profesiones típicam ente “ n e­
gras” femeninas.
205
El p unto fundam ental con relación al trabajo de las m u­
jeres afro-peruanas que quisiéram os destacar es que la m ujer negra
no se distinguía m ucho de las otras m ujeres, sean ellas blancas u
otras m ujeres “ de c o lo r” , en los tipos de profesiones en que tra b a ­
jaba, siendo pocas las opciones de trabajo rem unerado para las
m ujeres en general —de ahí el hecho de que más del 8 0 o /o de las
m ujeres de todos los grupos étnicos urbanos se dedicaban a una
de las 8 profesiones señaladas en el cuadro 12.
Podem os concluir que la dim ensión del sexo fue más im ­
p o rtan te que la de etnia para determ inar el tipo de actividad eco­
nóm ica del lim eño a principios del siglo XX. La m ujer afro-perua­
na te n ía más .en com ún con las m ujeres de las otras etnias que con
los hom bres afro-peruanos en térm inos de las ocupaciones a las
cuales se dedicaban. Los hom bres negros ocupaban un nicho p ro ­
fesional diferente al de los hom bres de las otras razas, y tam bién
diferente al de las m ujeres hegras, que ocupaban el m ism o nicho
que las m ujeres aunque en una m edida m ayor. Es decir, ser m ujer
era más im portante que ser negra al determ inar el trabajo de las
m ujeres afro-peruanas a principios del siglo.

L A S C A U SA S D E LA E ST R U C T U R A R A C IA L D E L A S
PROFESIONES. Hemos afirm ado que la segm entación racial de la
estructura profesional visible en las prim eras décadas del siglo XX
no era solam ente u n a herencia de épocas anteriores, sino una di­
m ensión vigente de la sociedad que se reproducía a través de las
prim eras décadas del siglo XX. ¿Cuáles fueron los m ecanism os que
p ro d u cían y m antenían este fuerte sabor étnico en la estratifica­
ción social? De igual m anera que en el caso de las estructuras é t­
nicas de vivienda, actuaban ta n to fuerzas de atracción com o de
rechazo sobre el obrero afro-peruano. Relacionado a las profesio­
nes, lo más im portante de las fuerzas de atracción era la m ano’-a
sum am ente personal de conseguir trabajo: uno tras o tro , los testi­
m onios de obreros negros de la época ofrecen evidencias de la im ­
portancia de los que aq u í llam arem os una ‘red de relaciones perso­
nales’ para conseguir em pleo. Esta red de relaciones personales
—relaciones horizontales entre personas de la misma clase social—
estaba com puesta po r los padres, familiares, com padres y amigos
del obrero o la obrera, que le ayudaban a conseguir trabajo, avi­
sándole de la existencia de un puesto, presentándole a la persona
encargada de c o n tra ta r a trabajadores, etc.
La im portancia de esta red de relaciones personales descan­
sa en el hecho que servía com o un m ecanism o conservador, repro­
206
duciendo generación tras generación la misma estructura racial de
trabajo. Las personas que co n stitu ían los contactos de un obrero
—su ‘red’— habrían de ser, hasta cierto p u nto, de la misma etnia,
esto sobre to d o en la m edida en que fueran los miembros de la
misma familia del obrero. Un albañil negro llevaría a su hijo o a su
sobrino a trabajar en la m ism a obra de construcción en que labo­
raba él; así se m an ten ían las mismas características raciales de cier­
tas profesiones. Por otro lado, aunque la ‘red ’ no estuviera consti­
tu id a to talm ente p o r personas de la misma etnia del obrero, de to ­
das m aneras servía com o una fuerza conservadora, llevando al
obrero a u n a de las pocas opciones profesionales tradicionales, en
el caso de los negros lim eños: la construcción, el transporte (cho­
feres), el servicio dom éstico, etc.
Para hacer más hom ogénea la com posición étnica de las
profesiones se necesitaría de mecanism os impersonales —los perió­
dicos, po r ejem plo— además de cam bios en las ideologías racistas
existentes. Pero los obreros que ingresaban al m ercado de trabajo
por vías im personales eran la excepción. La vía personal era la re­
gla. Es más, una vez que la vía personal lo colocaba al trabajador
dentro de algún sector, varios factores —el conocim iento técnico
necesario para su oficio, la falta de contactos o entradas en otros
sectores más favorables— le daban cierta inmovilidad. Un ejemplo
típ ico es el ya m encionado Miguel Rostaing, quien em pezó a tra b a ­
jar de albañil a los nueve años. En el caso de Rostaing, fue su m a­
dre quien le ayudó a conseguir su prim er puesto de peón en una
obra de construcción. Una vez hallándose en esa profesión, R osta­
ing, com o m uchos obreros, se quedó allí, a pesar de que las condi­
ciones de trabajo y los sueldos eran mejores en otras profesiones:
“ Uno se acostum bra a su tra b a jo ... y le es más fácil ya se
queda ahí, pues, por ejem plo, la fábrica es otra cosa,
ya tiene que gustarle” (29).
Como queda dicho, la red de relaciones personales actua­
ba como una fuerza conservadora, reproduciendo la segmentación
racial de la estructura de trabajo. Hay que destacar que la naturale­
za personalista del ingreso al m ercado de trabajo no sólo m antenía
las agrupaciones de los negros en ciertos sectores de élite. El lazo
fam iliar era aparentem ente clave, por ejem plo, para entrar a las fá­
bricas textiles de V itarte; y la conocida naturaleza oligárquica de la
----------------
(2 9 ) Entrevista con Miguel Rostaing, 2 9 / 4 / 1 9 8 2 .

207
sociedad peruana de la época significó que las posiciones de p o ­
der fueran controladas tam bién po r grupos de personas unidas
por lazos familiares o de “ clan” . La estructura personalista del
m ercado laboral relegaba a las “ familias negras” a sectores m argi­
nados hasta dentro de los oficios obreros, y más to d av ía de las p ro ­
fesiones que significarían un claro ascenso social.
Al m om ento de presentarse para un puesto de trabajo, el
obrero afro-peruano m uchas veces tuvo que enfrentar un rechazo
categórico por la discrim inación racial. A unque esta discrim inación
racial muy pocas veces se form alizó en una po lítica explícita de fá­
bricas o empresas determ inadas, sin em bargo, los testim onios ora­
les com prueban que a los afro-peruanos, en varias situaciones, se les
negaba trabajo sim plem ente por el color de la piel y por las carac­
terísticas culturales que se les atribuían. Hasta en la construcción,
sector en que, como ya hemos visto, los afro-peruanos habían tra ­
bajado tradicionalm ente, albañiles negros, com o Pedro M éndez,
ofrecen evidencias de que existía la discrim inación racial:
“ V enían, por ejem plo, cuatro m orenos a una obra. V enían
tam bién cuatro cholos. E ntonces, ¿qué pasa? Agarran a los
cholos y no a los m orenos. ¿Por qué? Porque el negro es li­
so, es m alcriado” (30).
En un sentido, la im portancia de la ‘red de relaciones p er­
sonales’ ya señalada, no connota un m ecanism o m arcadam ente ra­
cista, aunque ten ía el resultado de m antener una estructura social
de este tipo. Tom ando en cuenta solam ente ese m ecanism o, se p o ­
dría argum entar que, en relación a los negros, hubo un m om ento
histórico racista —el de la esclavitud— que produjo una estructura
profesional racista y que esa estructura se m antuvo por la n a tu ra ­
leza conservadora y estática de la sociedad. La estructura racista,
que hemos visto existía para 1908, sería, según esta interpretación,
nada más que la herencia de ese m om ento histórico anterior.
Pero Lima de com ienzos del siglo XX —y hasta cierto p u n ­
to, durante la segunda m itad del siglo anterior— no era una socie­
dad estática, sino una sociedad que experim entaba cam bios dra­
máticos. La estructura m aterial de Lima en 1900 no epa la misma
que la del siglo XVIII, cuando florecía un sistema económ ico que
incluía la esclavitud. Como ya se ha señalado, la tem prana indus­
trialización significó que aparecieran nuevos sectores de obreros,
nuevas tecnologías y nuevas relaciones sociales de trabajo. Para ex­

(3 0) Entrevista con Pedro Méndez, 2 1 / 5 / 1 9 8 2 .

208
plicar la asfixiante estabilidad de los afro-peruanos en la fuerza
laboral pese a estos cam bios, la discrim inación racial, com o la ha
descrito Pedro M éndez, tuvo que ser bastante generalizada. No una
discrim inación form alizada, ni absoluta, sino sutil y parcial, que
dependía de la misma naturaleza personalista de la form a de reclu­
tar m ano de obra para el m ercado de trabajo. Si no fuera bastante
generalizada en co n tra de los negros, no hubieran existido durante
ta n to tiem po los obstáculos que im pedían que los negros asum ie­
sen las nuevas profesiones obreras, las que les ofrecían u n a vida
m aterial m ejor, y hubiera sido cada vez m ayor su acceso a los es­
tratos profesionales más elevados.

EL RACISMO IDEOLOGICO: CATEGORIAS RACIALES E


IDENTIDAD NEGRA

Todos los regím enes esclavistas que se conocen han desa­


rrollado una serie de ideas y prácticas culturales que tienen com o
objetivo convertir al esclavo en cuasi-persona, o en una persona
“ socialm ente m u erta” , según la frase de O rlando Patterson (31).
En el Perú colonial, el esclavo africano, con sus lenguas, prácticas
y creencias “prim itivas” , fue asociado con lo prim itivo, lo infiel, lo
sensual, en fin, con una serie de características poco hum anas o
civilizadas. Com o ya hem os señalado, el resultado paradójico de es­
to fue que el africano pareciera ser e] culpable de su propia co n d i­
ción de esclavo, según las perspectivas españolas. Es decir, el ne­
gro esclavo no m erecía o tra vida m ejor que la de la esclavitud, sien­
do una cuasi-persona que te n ía que ser tratada com o un anim al
porque “ efectivam ente” casi lo era, y no po r culpa de la e stru c tu ­
ración de la justicia española.
A com ienzos del siglo XX, existía un desprecio m uy sem e­
jan te hacia las prácticas culturales de los esclavos negros de épocas
anteriores. En el mismo perío d o en que nacía en tre algunos de los
intelectuales capitalinos y provincianos un profundo respeto p o r el
indígena y su cultura, con expresiones y m ovim ientos concretos
tales com o el indigenism o, esta sensibilidad cultural no parece
haber alcanzado a la cultura negroide. Los com entarios del doc­
to r Carlos Wiesse, historiador e intelectual contem poráneo, sobre

(3 1 ) Orlando Patterson Slavery and Social Death op. cit.

209
la música de los esclavos negros, dem uestran un agudo etnocen-
trism o:
“ Por lo general bailaba uno sólo. Otras veces lo hacían dos
o cuatro personas cantando al mismo tiem po y c o n to ­
neándose ridicula y deshonestam ente. . . En lugar del agra­
dable tam boril de los indios usaban un tronco hueco ceñi­
do a los dos extrem os con un pellejo tosco. Este tam bor
lo cargaba un negro tendido sobre su cabeza y otro iba por
detrás con dos palitos en la m ano, en figura de zancos, gol­
peando el cuero con sus puntas, sin orden y sólo con el fin
de hacer ruido ” (32).
Si bien no nació entre los intelectuales un nuevo aprecio
por lo negroide, sí se vivía o se habían transm itido ciertos senti­
m ientos colectivos de culpabilidad. Sin em bargo, estos sentim ien­
tos parecen haber estado ligados más a la esclavitud —institución
ya superada m edio siglo antes— que a la condición actual del
afro-peruano. Un cuento publicado en El Comercio en 1900 tra ta ­
ba de la venganza —aunque fuera solam ente una venganza m oral o
verbal— del negro contra el blanco. En el cuento un diputado ne­
gro, un “ apóstol de la dem ocracia” , responde a un colega quien se
“ había atrevido a llamarlo hijo de esclavos” . Sí, le responde el di­
putado negro, “ mis padres ten ían la som bra en la epiderm is, pero
la luz en el alm a” (lo cual refleja la idea de que el color oscuro de
la piel fue asociado con la inferioridad u oscuridad m oral que, en
el m ejor de los casos, cu b ría un alma clara, leer = buena). El di­
putado negro acusa al o tr o :
“ Olvida, po r ventura, que las m anos de su padre se m an­
charon con la m uerte de una esclava negra y bella que no
quiso recoger el pañuelo de aquel sultán. . . . Ju ro por la
m em oria de mis padres que yo, casi en la cuna, presencié la
m uerte de esa esclava. . . era mi m adre!” (33).
Así evocó un a u to r de la época la vergüenza que, se iba re­
conociendo, fue la esclavitud negra para la sociedad colonial. Pero
el cuento, escrito de una m anera exageradam ente dram ática, no
hace relación ninguna entre el pasado de la esclavitud y la situa­
ción actual del negro de aquella época. Además, el negro del cuen­
to era un diputado, lo que da la im presión de que el contem porá­
neo gozaba de cierta ascendencia social, una im presión que, como

(3 2 ) D octor Carlos W iesse, citado en El Comercio 1 /1 /1 9 0 0 .


(3 3 ) “El D iputado N egro” El C om ercio 4 /2 /1 9 0 0 .

210
hemos visto, era totalm en te m ítica. Es decir, el diputado negro
realiza un ascenso social y una vindicación que, en realidad, no
habían realizado los negros como grupo social a comienzos del si­
glo XX.
Más vigente quizás que sentim ientos de culpa o m itos de
ascendencia social era el tem or al hom bre negro, al ser no com ple­
tam ente hum ano ni civilizado, •sino un reflejo distorsionado de los
blancos, que, sin em bargo, seguía viviendo dentro (aunque en los
márgenes) de la sociedad y era una amenaza perm anente al orden
social. Foucault argum enta que una sociedad se revela por quienes
marginaliza y aísla, recurriendo a instituciones com o las cárceles y
los m anicom ios para alejar a los que no respetan las norm as legales
o la racionalidad “ norm al” (34). Es sugerente, desde esta perspecti­
va, anotar que los hom bres y mujeres negros sufrían una represen­
tación significativam ente m ayor que su peso real en la población
de las escuelas correccionales lim eñas durante las prim eras décadas
del siglo XX, siendo la diferencia todavía más m arcada en las cárce­
les de la capital (ver los cuadros 13 y 14). Es interesante observar
la distinción, dado los criterios más amplios que se usaban para
aislar a los m enores en las escuelas correccionales de lo que se solía
usar para condenar a los criminales en las cárceles.
Pese a la afirm ación de Millones de que “ hoy com o en el si­
glo XVI, se espera que el índice 'de crim inalidad de los barrios po­
pulares sea más alto entre los negros” (35), pareciera que ser pobre
e indisciplinado (más que ser exactam ente criminales) era el “ deli­
t o ” de los afro-peruanos. Las 44 mujeres negras (19o/o del total)
que se encontraban en la Escuela Correccional para Mujeres Meno­
res de Edad, en 1920, habían sido condenadas por haber com etido
uno de los siguientes “ crím enes” :
(1) Practicar hurtos o robos.
(2) Com eter faltas de moralidad.
(3) Concurrir a casas de juego o prostitución.
(4) La embriaguez habitual.
(5) La vagancia.
(6) La m endicidad pública.
(7) La carencia de dom icilio.

(3 4 ) F ou cau lt, Madness and Civilization.


(3 5 ) Luis M illones “ La G ente Negra en el Perú” citado en Rosa Valcár-
cel C. Universitarios y Prejuicio Etnico: Un E stu dio del Prejuicio ha­
cia el Negro en los Universitarios de Lima (Lim a: E S A N : 1 9 7 4 ).

211
Cuadro 13. Porcentaje de Penitenciados en el Panóptico de Lima,
por Etnia (varios años)

Año Blancos Mestiz. Indíg. Negros Asiát. Total

1900 8.0 29.5 53.0 4.0 5.0 99.5


1901 5.7 25.7 60.0 3.5 5.1 100.0
1902 5.7 25.7 60.0 3.5 5.1 100.0
1903 4.4 30.5 56.5 4.1 4.4 99.9
1904 4.4 32.1 54.3 4.8 4.4 100.0
1905 7.7 33.7 49.8 4.5 4.2 99.9
1906 5.8 43.5 44.0 4.7 1.9 99.9
1907 10.7 82.9 4.1 2.4 100.1
1908 7.8 87.3 2.7 2.2 100.0
1910 9.5 82.2 5.4 2.9 100.0
1912 7.1 83.7 6.2 3.0 100.0
1914 8.0 9.7 73.0 6.3 2.9 99.9
1916 8.8 36.3 48.7 3.4 2.9 100.1
1917 10.9 36.0 48.2 2.4 2.4 99.9
1918 12.6 32.8 50.3 2.7 1.6 100.0
1922 14.1 26.1 57.8 1.1 1.1 100.2
1924 13.3 58.8 25.1 2.0 0.8 100.0

a Incluye a “ Negros” y “Zambos”


Fuente: Memoria del Ministerio d e Justicia, Educación, Beneficencia y
C u lto , 1 9 0 0 - 1 9 3 0 .

(8) La insubordinación frecuente co n tra padres, guardadores o


patrones (36).
Las inquilinas de la Escuela Correccional h ab ían ofendido
un orden público y privado, judicial y clasista; no es de sorprender
que entre ellas había un núm ero desm esurado de afro-peruanas,
marginadas y rechazadas po r la sociedad oficial.
José Diez Canseco, en un cuento, se burla de los criterios
amplios bajo los que se juzgaba la crim inalidad de tres negros lus­
trabotas en Lima:
“ Como vagos, no lo eran. Pero eso de lustrar calzado no es
sino una excusa para pasársela ociosos en los banquillos,
tom ándose al jorobado o encendiendo piropos groseros a
las señoras transeúntes:

(3 6 ) Memoria del M inisterio d e Justicia, C ulto, Instrucción y B en efi­


cencia, 1 9 2 0 .

212
Cuadro 14. Porcentaje de Internos en la
Escuela Correccional de Varones por Etnia3, varios años

Año Blancos Mestiz. Indíg. Negros Total

1905 23.7 22.0 30.5 23.7 100.0


1906 28.6 25.0 21.4 25.0 100.0
1907 24.5 16.3 36.7 22.5 100.0
1908 26.9 48.1 7.7 14.1 100.0
1910 21.3 32.5 32.5 13.8 100.1
1912 10.3 29.0 40.0 20.7 100.0
1913 19.7 30.7 33.9 15.7 100.0
1916 17.9 29.3 30.7 22.1 100.0
1917 31.4 15.7 43.1 9.8 100.0

Promedio 21.6 29.2 29.1 19.7 99.6

a Por falta de datos se ha prescindido de los asiáticos.


Fuente: M em orias d e l Ministerio d e Justicia , Educación, Beneficencia y
C u lto , 1900-1930.

— A mi m ujer, que está encinta, le dijeron una vez, ‘A hora


no dirá usté que no ha hecho nada, señora. .
— Qué atrevim iento!
Los señores del despacho consideraron entonces que una
tem porada de seis meses no les haría d a ñ o ” (37).
La negación de la contribución de los negros a la cultura
nacional, el m ito de que el negro contem poráneo gozaba de un
im portante ascenso social, ju n to con la imagen del negro com o cri­
m inal o delincuente, todos éstos eran elem entos de una ideología
racista de la sociedad lim eña a principios del siglo XX. Pero quizás
los m ejores testigos del desprecio generalizado hacia los negros son
los mismos individuos que lo sufrían. Tales com o E nrique A costa
Salas, cuando dijo en el co n texto de una entrevista sobre el culto
del Señor de los Milagros, que a los blancos “ no les gustaban los
negros, querían que los negros fueran más esclavos” (38). O com o
Ju an R am írez, cuando se refirió eufem ísticam ente a “ lo racial” :

(3 7 ) José Diez C anseco o p . cit., p. 2 8 .


(3 8 ) Entrevista con Enrique A costa Salas, 1 5 /1 2 /1 9 8 1 .

213
“ A ntiguam ente siem pre había. . . lo racial. ¿Ve? Que siem ­
pre a la gente m orena le han querido siem pre tener aleja­
da. . . De inteligente había m ucha gente m orena más que
los blancos. Pero por el color, muchas veces no le daban
ese realce” (39).
¿Cuál era la percepción de sí que ten ían los negros en la
época? Si bien el pasado com ún de la esclavitud casi no existía en
la conciencia colectiva de los negros, tam bién era reducida la co n ­
ciencia negroide que giraba alrededor de su posición económ ica y
su rol en el sistema de producción. En los casos de los sectores
económ icos en donde sí existía cierta identificación negra, ya he­
mos afirm ado que la naturaleza objetiva de estos sectores —disper­
sos, atom izados, jerárquicos— im pedía que se desarrollara allí una
conciencia ni étnica ni de clase m uy profunda o generalizada.
La percepción que ten ían de sí los afro-peruanos de Lima a
com ienzos del siglo XX giraba alrededor de instituciones culturales
algunas religiosas (por ejem plo, el culto del Señor de los Milagros)
y otras deportivas (com o, por ejem plo, el club de fútbol Alianza
Lima). Pero antes de inten tar penetrar dentro de estos elem entos
de la cultura popular negroide, vamos a exam inar más a fondo la
imagen que te n ía el negro de sí com o individuo.
Entre la población afro-peruana existía una auto-percep­
ción agudam ente am bivalente: po r un lado, “lo n egro” englobaba
aspectos culturales m uy valorizados, m otivo de cierto prestigio u
orgullo para la misma gente m orena. Pero, por o tro, parece haber
persistido o penetrado cierto auto-desprecio, cierta identificación
de los m iem bros de su raza con rasgos negativos. Hasta el mismo
color negro llegó a ser visto com o intrínsecam ente “ odioso” . Las
frases de Miguel Rostaing son ilustrativas:
“ . . . aquí en Lima, el negro nunca ha querido ser negro.
G ente ha buscado dejar su raza.
~V,A usted le parece bien eso?
—Bueno, lo que a m í me parece es que el negro no ha que­
rido ser negro hasta la fecha. . . el mismo, pues, da a com ­
prender que el negro es odioso. Porque no quieren atrave­
sar su raza. Muy raro es el que quiere atravesarse con ne­
gro.
—Pero, ¿por qué es el negro odioso? ¿Qué tiene de odioso?

(3 9 ) Entrevista con Juan y Hicardina Ramírez, 2 7 / 4 / 1 9 8 2 .

214
—Su color pues. Su color de negro” (40).
Si bien fue difícil para el afro-peruano “ dejar su raza” , por
lo m enos intentaba esconderla. En situaciones en donde se encon­
traba con personas de otras razas, ‘lo negro’ ten ía que quedar lo
m enos visible posible. De ahí, afirmamos, la predom inancia de
térm inos eufem ísticos —m ulato, zam bo, m oreno que se referían
a la persona con antecedentes africanos, com o si la palabra “ ne­
gro” fuera de mal gusto. O bviam ente, esta confusión de térm inos
tam bién reflejaba el alto nivel de mestizaje que había sufrido la po­
blación afro-peruana a través de su historia en el Perú. Sin em bar­
go, la existencia de estos térm inos —y otros más— reflejaba tam bién
la necesidad de referirse indirectam ente a cuestiones de “ raza’, de
llamarle ‘negro’ al negro sin decirlo así. Paradójica y trágicam en­
te, el negro debería enfrentarse a la sociedad com o un ser invisible,
lo que expresaba claram ente una trem enda represión cultural co­
lectiva.
El juego lingüístico con el objetivo preconsciente de mimeti-
zar al negro (si no hacerlo invisible) pareciera haber existido tam ­
bién en otras ciudades latinoam ericanas. En Buenos Aires en el si­
glo XIX, existían térm inos para denom inar a las personas con la
piel oscura que no especificaban que fueran negros o de otras e t­
nias; es decir, térm inos que ten ían connotaciones de color pero no
de etnia (41). Tal separación lingüística entre color y etnia ayu­
daba al afro-argentino a escaparse de la categoría étnica de “ ne­
gro ” . La misma ha sido la función de algunos térm inos —‘•trigue­
ñ o ” es un buen ejem plo— en el Perú. El individuo con anteceden­
tes mezclados, pero con una m edida de “ sangre” africana, podía
haber sido llam ado trigueño, un térm ino que reconoce el color os­
curo de la piel sin fijar la raza del individuo.
La o tra cara de la m oneda de esta represión de “ lo negro”
fue el énfasis desm esurado que se atribuía a los afro-peruanos en
algunas capacidades casi m íticas, a raíz de su destacada participa­
ción en algunas actividades, tales com o el deporte, la música y el
baile. Si bien el éxito en dichos campos perm itía al afro-peruano
recuperar cierta estim ación de sí com o grupo, para la sociedad
en general co n trib u ía a perpetuar imágenes caricaturizadas y dis­
torsionadas del negro. De la imagen del negro de buen físico, sen­
sual, y corporal, había apenas un paso para luego tom ar el estereo-

(4 0 ) Entrevista con Miguel R ostaing, 2 9 /4 /1 9 8 2 .


(4 1 ) George Reid A ndrew s, op. cit.

215
tipo a la del negro prim itivo y sem i-hum ano —de nuevo “ socialmen­
te m u erto ” ; estereotipo que p ertenecía a un substrato de la m enta­
lidad dom inante de raíces m uy antiguas.
Es interesante anotar que, aunque el afro-peruano debería
hacerse invisible, habían situaciones, sobre to d o de conflicto, en
que la identidad étnica se hacía m anifiesta. Ju stam en te durante es­
te período, el fútbol llegó a representar un cam po en donde se per­
m itía que el conflicto racial se m anifestase, una especie de rito en
que se representaba, sim bólicam ente, el conflicto subterráneo que
se daba entre el negro y el blanco. Com o verem os después con m a­
yor detalle, el fútbol —y sobre to d o el Alianza Lima— no sólo p ro ­
dujo sentim ientos de orgullo para los afro-peruanos de Lima, sino
que les ofreció oportunidades para criticar a los “ blanquiñosos” , a
los ricos y sus costum bres. Un ejem plo es la siguiente explicación
de los herm anos Juan y R icardina R am írez sobre la superioridad
de los negros en el fútbol. Según ellos, se d e b ía a su costum bre de
-c o m e r bien:
“ (Ricardina): Es que la piel de los negros vale más en el
fútbol.
—¿Por qué piensa usted así?
—Porque son m ejor m antenidos. Por ejem plo, la gente que
tiene plata no come bien, no come nada. Pican a un pica-
dito pequeñito, m ientras uno come su buen plato de sanco­
chado, de frejoles, quinua, y están bien com idos, tienen su
café con su leche, m ientras ellos to m an su tasita así de ca­
fé. No para engordar. Qué se va a enferm ar. Y qué rico
juega la pelota. Juegan tenis, esas cosas.
—¿El fútbol ha sido bien popular entonces?
—(Juan): Ah sí. G ente, por ejem plo, gente blanca, que ha
jugado por la “ U ” , que ha sido b u e n a ... han sido de p ro ­
vincias, pero no han sido ricos.
—(Ricardina): Son gente que han tenido que com er de
olla” (42).
Así como en el fútbol, tam bién en la vida cotidiana de los
afro-peruanos, ocurrían de vez en cuando situaciones en donde
inevitablem ente se le “ subía la raza” . En u n a entrevista con Elena
Tenaud, en que contaba sus experiencias cuando era niña de diez

(42) Entrevista con Juan y Ricardina Ramírez, 2 7 / 4 / 1 9 8 2 .

216
años en el colegio, destacaba un incidente con otras chicas de su
clase:
“ Yo te n ía trenzas largas. Y la chica que se sentaba detrás
de m í me las jalaba, y se burlaba de mi pelo crespo, y hasta
una vez me las m anchó con tin ta. Allí se me subió la raza.
E staba con una rabia, y me subió la raza” (43).
Es significativo que el conflicto racial que aquí se describe
ocurrió entre chicas jóvenes, en pleno proceso de socialización.
E ntre adultos, m enos francos, o currían m enos situaciones abierta­
m ente conflictivas; es decir que por m edio del mism o proceso de
socialización el individuo aprendió a evadir tales situaciones con­
flictivas.
En su balance, entonces, para la persona afro-peruana —por
lo m enos en su relación con la sociedad exterior— el significado de
ser negro era negativo, algo que m erecía esconderse; las personas
que hem os entrevistado lo asociaban con características tales co­
m o el de ser “ liso” , “ m alcriado” , “ odio so ” y hasta crim inal o delin­
cuente. Un ejem plo prístin o de esta actitud era el deseo de p ro d u ­
cir hijos que fueran lo m enos negro posible, de “ m ejorar la raza” y
no “ retrocedería” . Con este fin se procuraba no ten er descenden­
cia con una persona de piel oscura. El rechazo de lo negro en este
caso nos parece m uy profundo: no solam ente se buscaba m ejorar
la condición social de los hijos, sino de negar sus propios antece­
dentes africanos: en la m edida en que los padres eran reflejados en
los hijos, tenerlos relativam ente claros significaba que, en cierto
m odo, los mism os padres se hacían más claros. Esta actitu d tuvo
un im pacto real: com o ya hem os señalado, los negros se casaban
en una m edida m ayor que cualquier o tro grupo con m iem bros
de las otras etnias, aunque la existencia del prejuicio racial p ro ­
ducía que los negros se casaran poco con los blancos.
Este deseo de “ m ejorar la raza” representaba una pro fu n d a •
negación de sí p o r parte de los negros. Miguel Rostaing, un ídolo
negro de Alianza Lima, expresa tal auto-negación en las siguientes
frases:
“ —El negro no quiere ser negro. El negro siem pre busca la
m ujer más clara. ¿Por qué? Porque ellos mismos se han
criado así pues, de esa rivalidad de negro y blanco. Quiere
m ejorar su raza.

(43) Entrevista con Elena Tenaud 1 8 / 3 / 1 9 8 2 .

217
—¿Y m ejorar la raza significa ser más claro, entonces?
—N atural, pues. Por eso busca una más clara” (44).

(44) Entrevista con Miguel Rostaing, 2 9 / 4 / 1 9 8 2 .


TERCERA PARTE:

LA CULTURA NEGROIDE, 1900 - 1930

Hasta ahora hem os buscado la imagen y la auto-imagen del


afro-peruano en las referencias de individuos que expresan una
ideología am bivalente acerca del negro en el Perú. Se trataba, pues,
de una ideología con una corriente dom inante de desprecio, te ­
m or, desconfianza y auto-negación, y o tra “ contra-ideología” al­
go subversiva y conflictiva, que valorizaba ciertas características
negroides. Pero para rescatar esta imagen compleja y ambigua del
significado de ser negro en el Perú, se requiere una m etodología
supra-individualista; se necesita com prender lo negroide com o ex­
presión de una colectividad. Esta historia colectiva que nos p ropo­
nemos reconstruir aquí, enfatiza sobre todo en dos instituciones
negroides centrales: el culto religioso al Señor de los Milagros y el
club de fútbol Alianza Lima.
Ambas dos eran expresiones que surgieron o adquirieron
un nuevo im pulso con el siglo. Pero los cambios que sufrieron
antes del año 1930 tuvieron el efecto, en térm inos m uy genera­
les, de dism inuir su au to n o m ía com o fenóm enos negroides y po­
pulares, forzándolos a asimilarse más a la cultura nacional, oficial,
hom ogénea. A fines del siglo pasado, en el caso del culto al Señor
de los Milagros, y en la década de 1920, en el caso del club de fú t­
bol Alianza Lima, las dos instituciones representaban expresio­
nes culturales bastante espontáneas de la población afro-peruana
de Lima, siendo sus mismos participantes y dirigentes, personas
negras. El costo que conllevó su asimilación a la cultura nacional
fue la erosión ta n to de los vínculos con la población negra com o
del control que ejercían los afro-peruanos sobre las dos institucio­
nes. :En la m edida en que representaban sím bolos centrales —y
básicam ente positivos— de la conciencia colectiva de los negros,
hay que preguntarse si se iba erosionando tam bién la conciencia
de grupo de los negros. ¿Esta conciencia étnica fue desplazada por
otra más am pliam ente horizontal y clasista? O, al contrario, ¿es
219
que la historia que aquí contam os es la de la paulatina estrangula­
ción de una corriente legítim a de la cultura popular lim eña? Al
plantearnos esta pregunta, rom pem os con una tradición reciente
en las ciencias sociales peruanas, que asume que la forja de una cul­
tura “ nacional” siem pre representa un avance de las fuerzas p o p u ­
lares del país.
Sin embargo, verem os que, especialm ente en el caso del cul­
to al Señor de los Milagros, los procesos de asim ilación y hetero-
genización —o “ desnegrización” — no llegaron a realizarse sin reac­
ciones por parte de los negros, generándose una dialéctica conflic­
tiva entre las varias fuerzas sociales operantes. Como reacción a las
presiones de las clases dom inantes, el Estado y la Iglesia, siempre
surgía una resistencia po r parte de los negros participantes, frente
a la intervención desde arriba y desde afuera.

EL CULTO DEL SEÑOR DE LOS M ILAGROS

El período que em pezó con la últim a década del siglo pasa­


do y que term inó con el final del O ncenio de Leguía (1919-1930),
constituyó un m om ento de cam bios profundos en el culto del Se­
ñor de los Milagros. Los cambios fueron tres: prim ero, la com posi­
ción racial del culto, visible, sobre to do, en su procesión anual.
De ser casi totalm ente com puesto po r afro-peruanos a com ienzos
del siglo, el culto se fue generalizando d en tro de las clases popula­
res, hasta encontrarse com o devotos a representantes de todas las
“ razas populares” . Segundo, sobre to d o durante la década de 1920
entraron al culto m iem bros de las clases m edias y altas, predom i­
nantem ente blancos. Tercero, en esta misma época, el Estado, y
hasta cierto punto la Iglesia, se relacionaron con el culto de una
m anera nunca antes vista, intentando canalizar la popularidad del
culto hacia sí.
LA G E N E R A L IZ A C IO N POPULAR D E L CULTO. Es d ifí­
cil precisar con m ucha exactitud en qué años se generalizó el culto
entre las clases populares, es decir, cuándo se em pezó a ver a perso­
nas no-negras, pero de extracción popular en él. Siguiendo los tes­
tim onios de devotos de la época, este cam bio parece haber ocurri­
do entre la últim a década del siglo pasado y la prim era del presen­
te. Según un cargador de com ienzos de siglo, en el año 1908,
cuando él em pezó a asistir a la procesión, los devotos seguían sien­
do casi todos afro-peruanos. O tro testigo com enta que “ antes
220
era más gente m orena la Procesión: el año 1905, 1906 casi puro
m orena. . .” (45).
Pero la visión que ofrecen algunas fotografías de la época
es que, durante los prim eros 5 años del presente siglo, la p ro ce­
sión anual (si no el mismo culto) ya h a b ía adquirido cierta h e te ro ­
geneidad racial. La baja calidad de la m ayoría de las fotografías,
ju n to con la escasez de fotografías de la procesión en los prim eros
años del siglo, son factores que lim itan la utilidad de esta fuente.
Sin em bargo, el siguiente cuadro dem uestra los núm eros relativos
de individuos negros y no negros en am pliaciones de 3 fotografías
de la época:

Cuadro 15. La Composición Racial en Fotografías


sobre la Procesión del Señor de los Milagros

Año A B Relación
No. de Negros No. de No-Negros A/B

1906 32 21 1.5/1
1923 43 43 1.0/1
1925 19 14 1.4/1

F uente: A ctu alidades, 1 9 0 6 ; M undial,1 9 2 3 ; Mundial, 1 9 2 5 .

A unque estas fotografías reflejan cierta heterogenización


racial del culto, vale reflexionar sobre la alta concentración de
afro-peruanos que tod av ía se m antenía en esos años. Hem os visto
en los patrones de vivienda que en 1908 en ningún d istrito de la
ciudad h ab ía u n a concentración de afro-peruanos que alcanzara
el 8 ° /o (véase el cuadro 7 ). El 1 6 °/o de los albañiles negros de
Lima en el mismo año nos pareció una concentración relativa­
m ente alta d en tro de un sector ocupacional; sin em bargo, esto im ­
plicaría una concentración todavía relativam ente ligera de afro-
péruanos en las obras de construcción de la ciudad. Se p o d ría
imaginar, basándonos en estos datos, que ninguna de las esferas
de la vida cultural de Lima a com ienzos del siglo XX te n d ría que
ser realm ente dom inada po r afro-peruanos. Nos parece, por lo
tanto, verdaderam ente asom broso que en esta esfera cultural del

(4 5 ) Entrevista con d ev o to s an ón im os del Señor de lo s M ilagros, 1 8 /1 0 /


1981.

221
culto al Señor de los Milagros probablem ente se encontraran con­
centraciones de afro-peruanos de cerca del 8 0 ° /o a fines del siglo
XIX, y del 6 0 ° /o en térm inos más vagos, pero no menos im por­
tantes, según la fotografía del año 1906. En la expresión ya cita­
da de un observador de 1905-6, era “ casi pura m orena” (46). Es
decir, una etnia transparente o invisible, un grupo étnico casi siem ­
pre im plícito, se hacía visible, explícito, en este culto popular.
El cam bio en la com posición racial del culto (excluyendo
por ahora a los blancos) se explica en parte por los cambios en la
com posición racial de las clases populares limeñas ocurridos d u ­
rante el siglo XIX. Los afro-peruanos, com o el com ponente m a­
y o r de la población popular limeña, fueron desplazados en este
siglo por una masa m ucho más heterogénea en su com posición
racial. El culto del Señor de los Milagros originalm ente se for­
mó entre los negros lim eños en parte porque, com o grupo pobre
y m arginado, les ofrecía cierta esperanza y am paro espiritual. Al
llegar la época que aquí nos interesa, la com posición racial de los
grupos pobres y m arginados de Lima se había heterogenizado:
más del 9 0 °/o de la masa popular ya estaba co n stitu id a por m esti­
zos, indígenas y asiáticos y, se supone, algunos blancos. Estos
otros grupos raciales o étnicos trajeron a Lima elem entos cultura­
les propios y crearon nuevas instituciones forjando una nueva
cultura popular lim eña; pero tam bién adoptaron una institución
popular ya existente: el culto del Señor de los Milagros. Se tra ta
de un flujo m ulti-étnico que se distinguiría claram ente de la capta­
ción m ulti-clasista, la que se daría algunos años después, con la en­
trada al culto de las clases medias y altas, el Estado y la Iglesia
oficial.

LA H E T E R O G E N 1Z.ACION SOC IAL DEL CULTO. Las fuentes


escritas nos ofrecen inform ación lim itada para precisar exacta­
m ente en qué años em pezaron a entrar en el culto m iem bros de las
clases medias y altas, racialm ente blancos, aunque avalan el hecho
de que tal cam bio sí ocurrió. El costum brista Eudocio Carrera Ver-
gara escribe, por ejem plo, solam ente que “ año tras años y poco
a poco, el culto del Nazareno de Pachacam illa fue creciendo más y
más hasta que principió a verse en las procesiones elem entos socia­
les de categoría confundidos con el pueblo soberano, dentro de un

(4 6 ) Entrevista con devoto anónim o 1 8 / 1 0 / 1 9 8 1 .

222
am biente asaz dem ocrático. . (47). O, igualm ente impreciso en
el sentido tem poral (aunque sí bastante prístino en su tono racis­
ta):
“ Los círculos aristocráticos y pudientes, predom inando
con el transcurso del tiem po sobre los humildes negros. . .
han ido poco a poco im prim iéndole a su fiesta anual es­
plendor y m agnificencia tales, que ya no son únicam en­
te sus prim itivos devotos; los que acom páñanlo en su
recorrido profesional, sino la población e n te r a ... (48).
La aparición de artículos periodísticos sobre el culto d u ­
rante la segunda década del siglo XX docum enta la entrada de las
clases medias y altas en él. A nteriorm ente, los periódicos ten ían
m uy pocas noticias sobre la procesión o el culto. Cuando com ien­
zan a aparecer, estos artículos negaban el origen y la naturaleza
afro-peruana del culto, fom entando el m ito de que la procesión
siem pre h ab ía atraíd o a limeños de todas las clases sociales. La en­
trada de la “ gente decente” fue acom pañada por el esfuerzo de
absorber el culto dentro de la historia cultural dom inantes.
Escuchem os el reportaje de El Comercio de 1920: “ Ayer
celebró la Iglesia la tradicional advocación del popularísim o Señor
de los Milagros, la vieja festividad de nuestros abuelos. . .” (49).
Salvo que el a u to r fuera de antecedentes afro-peruanos, es poco
probable que sus abuelos hubieran participado en la procesión; e
igual de im probable era la participación de la m ayor parte de los
abuelos del público lector de El Comercio. Tenem os aquí un buen
ejem plo del in ten to p o r parte de la sociedad dom inante de “ des-
negrizar” el culto a nivel ideológico.
La frase “ todas las clases sociales” y otras semejantes, m u­
chas veces repetidas en los artículos periodísticos referidos a la
participación en la procesión, tam poco nos ayudan m ucho a preci­
sar la cronología exacta de los cambios que aq u í nos interesan. Pa­
rece que se utilizaban estas frases tan to para denom inar eufem ísti-
cam ente la presencia de una agrupación enorm e de grupos popula­
res, com o para describir la cada vez más im portante mezcla de las
clases sociales en la procesión.

(47) Carrera Vergara op. cit. p. 250.


(48) Carrera Vergara op. cit. p. 245.
(49) El Comercio de Lima, 18/10/1920.

223
Se puede in terpretar la misma aparición de estos a rtíc u ­
los, durante la segunda década del siglo, com o un indicador de que
entre la clientela de los periódicos y revistas com o El Comercio y
Mundial —m iem bros de las clases m edias y altas— h a b ía surgido un
nuevo interés en el tem a, un interés que reflejaba la nueva partici­
pación de m iem bros de ellos en la festividad. Verem os después
que ya para la tercera década del siglo, personas de las clases m e­
dias y altas blancas o m estizos, no sólo habían entrado sino que
jugaban un papel m uy im portante d en tro del culto.
¿Cuáles fueron los m otivos po r los cuales los representan­
tes de las clases medias y altas em pezaron a participar en el culto?
En la m edida en que el crecim iento de la clase m edia lim eña era
una característica im portante de las prim eras décadas del siglo XX,
este cam bio tam bién reflejaba transform aciones demográficas y so­
ciales de la sociedad en general. O bviam ente las necesidades psico­
lógicas y espirituales que satisfacía el culto no se restringían exclu­
sivamente a los pobres. No debe de sorprendernos que los m iem ­
bros de la creciente clase m edia,y hasta de las clases dirigentes más
tradicionales, tam bién hubieran buscado m ilagros que les trajeran
buena salud, éxito en el trabajo y en los negocios, etc. Pero exis­
tía n otros motivos, además, que em pujaban a m iem bros de las cla­
ses medias y altas a participar en la procesión: el deseo, de hecho
paternalista, de ayudar a lqs negros pobres a conservar el culto, ya
que para ellos era una costum bre antigua, p roducto de un criollis­
mo rom antizado, a la vez que un elem ento —de nuevo para ellos—
de un catolicism o sentim ental lim eño. Se tra tab a de “ el últim o ves­
tigio de la Lima de an tañ o ” que, por “ m antener bullente nuestro
acerbo católico” , m erecía conservarse (parecían haberse olvidado
de la larga historia de represión del culto po r sus supuestas here­
jías) (50). D istinta fue la perspectiva de los devotos afro-peruanos,
para quienes el culto no representaba un vestigio del pasado sino
la vigencia de una serie de creencias profundam ente sentidas. Pa­
rece irónico, finalm ente, qüe este deseo de “ conservar” el culto
surgiera justo en el m om ento en que iba adquiriendo una populari­
dad nunca antes vista. Posiblem ente, a un nivel pre-consciente, el
“ m antener” y “ conservar” el culto significaba para las clases m e­
dias y dom inantes “ salvarlo” del control exclusivo de las masas
populares.

(5 0 ) “Sugerencias de la Procesión de losM ilagros” M und¡a/ no. 1 7 9 ,1 9 /1 0 /


1923.

224
Los representantes de los am plios sectores populares en­
traron al culto en form a de devotos; no llegaron, al principio, a
penetrar la herm andad de los cargadores, ni a ser zahum edoras,
cantoras, etc. Su entrada representó tan sólo u n a heterogeniza-
ción racial del culto a nivel del público devoto. En cam bio, los
m iem bros de las clases medias y altas —los blancos, para usar el
térm ino que suelen usar los devotos afro-peruanos— realm ente sí
llegaron a transform arlo. Com o ya hem os señalado, se tra ta b a de
m inim izar el rol de los afro-peruanos com o fundadores del culto,
de su “ desnegrización” , de tal form a que pareciera más propio de
la tradición lim eña, nostálgicam ente señorial.
La prensa que representaba a estos grupos altos fue, en es­
te sentido, su portavoz. C uestionaba hasta el rol de los negros en
el origen del culto, tal com o decía un artículo que salió en la revis­
ta M undial en el año 1925:
“ La imagen del Señor fue pintada por un negro de aquella
cofradía, lo que en verdad no deja de llam ar la atención,
p o r m ucho que nos fijemos en que cabe en cualquiera la
afición al arte de Apeles y de Rafael. Agregando a la cir­
cunstancia de ser UN NEGRO. . .el a u to r de ta n m agnífica
pintura, ( . . . ) tendrem os perfectam ente explicada, ‘la apa­
rición’, es decir, el ta n to p o r ciento que ganan estas cosas
en el correr de los siglos y en la imaginación más o m enos
fecunda de las clases populares” (51).
O, en los térm inos más suscintos de Enrique Acosta Salas,
viejo devoto negro del culto,
“ . . . después ya entraron una sociedad de gente blanca (e)
hicieron una sociedad para ser herm anos del Señor de los
Milagros y decían que quien h ab ía pintado al Señor de los
Milagros era un blanco, uno de sociedad, blanco. . ’a(52).
La “ desnegrización” del culto y su re-orientación hacia una
cultura más propia de las clases dirigentes no se lim itaba a la re-in­
terpretación de los orígenes del culto. Para la tercera década del si­
glo esta nueva orientación tam bién se m anifestó en el gran esfuer­
zo que se hizo para construir nuevas andas para la celebración del
C entenario de la Independencia. En el año 1921, el entonces ma-

(5 1 ) “ El Señor d e los Milagros y el M onasterio de las N azarenas” Mundial


n o . 2 7 9 , 1 6 /1 0 /1 9 2 5 .
(5 2 ) Entrevista con Enrique A costa Salas. 1 5 /1 2 /1 9 8 1 .

225
yordom o de la H erm andad, Aurelio Koechlin, una persona aparen­
tem ente de la clase alta o m edia y de antecedentes europeos, orga­
nizó este esfuerzo. Y aunque las nuevas andas —costosas y elegan­
tes— no se habían term inado hasta el siguiente año, su producción
sim bolizó la re-interpretación del culto en térm inos de la cultura
nacional, paralela a la re-interpretación del significado religioso del
culto en térm inos del catolicism o tradicional.
La form alización y jerarquización del culto que ocurrió
después de la penetración de los “ blancos” , a pesar de los argu­
m entos de algunos autores (53), parece haber reem plazado una
organización m ucho más espontánea e igualitaria. De ahí la des­
cripción de un viejo cargador de la organización del culto antes del
ingreso de las clases dirigentes:
“ —(A ntes) to d a era gente del pueblo no más.
—¿Y ahora ha cam biado eso?
—Sí, ha cam biado to d o , ahora ya tenem os Presidente,
Vice-Presidente, cuadrilla form ada po r estaturas.
—¿Allí no h ab ía cuadrilla form adas tam poco?
—Nada, nada de eso.
—¿Y cóm o se organizaban entonces para cargar el anda?
—Cargaba uno hasta donde podía, y después ya
seguía. . .” (54).
Esta organización más o m enos espontánea fue reem plaza­
da po r una estructura form alizada y jerarquizada en una form a
im presionante:
“ Esta asociación se halla regida por un M ayordom o y por
un D irector eclesiástico, nom brado por el Ordinario. Com ­
prende tres clases de Hermanos: los Cargadores, los M istu­
reros y los Devotos. Los prim eros dos son los más num ero-

(5 3 ) D enys Cuche ha afirm ado que “ Para lo sn e g r o sla s herm andades co n s­


titu ían . . . una oportunidad de m ovilidad vertical de re-em p la zo : no
pudiendo esperar nada de la sociedad, ni siquiera ser sacerdotes. . .
ellos daban mucha im portancia a la jerarquía de lo s cargos en las her­
m andades, que les procuraban ciertas p o sicio n es de prestigio. Se en ­
tiende pues que los negros con ya pocas chances de ascensión social,
no podían estar felices de ver a los blancos introducirse en su her­
mandad y amenazar de quitarles sus cargos de p restigio” , o p . cit. p.
1 67.
(5 4 ) Entrevista co n d evoto an ón im o 1 8 /1 0 /1 9 8 1 .

226
sos y obedecen al Capataz General, al Sub-Capataz, al Mar­
tiliero, y a los Jefes de Cuadrilla. Estos tienen debajo de
sí a doce herm anos y son los encargados de conducir las
andas en el sector que se les señala y de ellos y de los de­
más se ha de llevar un libro especial. Les siguen los M isture­
ros, que tienen a su cargo, velar por el buen orden de la
procesión, cuidar de las andas y m irar por su seguridad una
vez que sale fuera de su tem plo. . . Agrupados en núm ero
de 30 tienen com o los cargadores sus Jefes de Cuadrilla
que los convocan y les im parten las órdenes del M ayordo­
m o” ^ ) .
Esta form alización y jerarquización del culto era solam ente
otro indicador de cuánto se había alejado de sus orígenes com o un
culto negroide, en m uchos sentidos espontáneo, transform ándose
para la década de 1920 en una organización altam ente verticaliza-
da y controlada por un grupo de dirigentes que no eran ni de ex­
tracción negra, ni popular (56). ¿Es que se percibe, quizás, la m a­
nía de algunos m iem bros de las jerarquías sociales, políticas y reli­
giosas por im poner cierto “ o rd en ” a lo que pare ellos era una m ul­
titud popular caótica y por lo tan to alarm ante?
¿Cuál fue la reacción de los negros devotos del culto a es­
ta aparente incursión blanca? La respuesta es, aparentem ente, de
una profunda ambivalencia. Por un lado, la paulatina generaliza­
ción del culto, su aceptación entre amplios sectores sociales y é t­
nicos, provocó cierto orgullo para algunos devotos. Frente al des­
precio casi absoluto que sufría el negro y su cultura, el hecho de
que un elem ento de esta misma cultura fuera no solam ente acepta­
do sino adm irado y adoptado por los grupos de élite de la ciudad,
parece haber generado bastantes sentim ientos de orgullo en algu­
nos negros. Paralelam ente, m uchos devotos hoy expresan cierto
orgullo de que el culto haya atraído a devotos o curiosos a niveles
nacionales e internacionales.

(5 5 ) Vargas Ugarte op. cit. p. 1 2 9 .


(5 6 ) Vale añadir q u e, adem ás de entrar a la Hermandad de Cargadores en
p osicion es de prestigio, algunos m iem bros de las clases altas y m e­
dias form aron a sociacion es paralelas pero exclusivas, identificadas
con el Señor de lo s Milagros, pero com pletam ente aparte de las ins­
titu cion es populares ya existen tes. Un ejem plo fue el “ C om ité de D a­
mas de N uestro Señor de los M ilagros” , que existía en 1 9 2 2 , dirigi­
da por mujeres con pretensiones aristocráticas y sin vinculación nin­
guna con las otras organizaciones del culto.

227
Sin embargo, com o ya hem os señalado, la asimilación signi­
ficó el eclipse de los negros en sus posiciones de liderazgo dentro
del culto, y la erosión de la au to n o m ía del culto com o institución
negroide y popular. Antes, po r ejem plo, el local de una cuadrilla
del culto habría de funcionar com o un club en el que los m iem ­
bros eran de la misma condición social y tradición cultural, disfru­
tando de cierto aislam iento respecto de los elem entos dom inantes
en la sociedad. Pero después ese local se encuadró más o m enos
bien con el esquem a de una sociedad que en m últiples situaciones
im ponía relaciones verticales, lim itando así las actividades de las
clases populares.
Algunos negros de la época tam bién se dieron cuenta de
estos costos. Sobran ejem plos del resentim iento que generó la in­
cursión blanca entre los negros, percibibles en la prensa dom inan­
te y en la literatura costum brista:
“ En efecto, al lado de mujeres guapas y elegantes vénse
tam bién hoy hom bres de fuste y campanilas, acom pañan­
do al Señor . . . sin que falten, claro está, las m urm uracio­
nes rabiosas y de entre dientes de los cofrades que no aca­
ban todavía de tragarse la introm isión de los blancos en
cosas que ellos creen de su exclusiva propiedad” (57).
Este mismo autor, habiéndose referido anteriorm ente al
“ am biente asaz dem ocrático” de la procesión, en unas pocas fra­
ses irónicas nos ofrece una imagen del descarado conflicto racial:
“ Pobrecita la que, po r bonita que fuese, hubiérasele ocu­
rrido asistir llevando puesto uno de esos pastelillos. . . y
si era blanca, la cosa agravábase, porque la fam ilia negrei-
ros, capaz era de com érsela a bocaditos. ¡Tam bién pobre
del defensor que surgiera p o r allí!, de fijo quedaba conver­
tido en otro crucificado auténtico con la pateadura que
caíale hasta verlo clavado o sin sentido. Algo parecido,
aunque no ta n grave, ocurríaseles a las pocas blanquitas
que por entonces asistían luciendo el hábito de la Her­
m andad, porque los mismos negros devorábanlas con las
miradas maliciosas y perversas” (58).
Las siguientes frases de Enrique A costa Salas, algunas de
las cuales ya hemos citado, dem uestran de nuevo, pero desde la
perspectiva de los negros, el conflicto racial que conllevó el ingreso

(5 7 ) Carrera Vergara o p . cit. p. 2 5 0 .


(58)' Carrera Vergara op. cit. p. 2 4 7 .

228
de los blancos al culto. Lo interesante es que, según él,eran los
negros que, po r su m ayor y más auténtica fe, al final seim ponían
en ese conflicto:
“ (La) gente blanca hicieron una sociedad para ser herm a­
nos del Señor de los Milagros, y decían que quien había
pintado al Señor de los Milagros era un blanco, uno de so­
ciedad, blanco, y la m ayoría h ab ía veteranas que ten ían
ciento y tan to s años que acom pañaban al Señor y ten ían
llagas aquí en el hom bro y ellos contaban que era falso lo
que dicen porque yo con mis ojos lo he visto al negro ese
que pintó al Señor, ¿cóm o pueden decir que un blanco lo
ha hecho?, porque ellos no les gustaban los negros, querían
que los negros fueran más esclavos y por la fe que ellos lle­
vaban siem pre llegaron a levantarse y a ser dueños del Se­
ñor. . .” (59).
Si bien los blancos no lograron “ adueñarse” del Señor, c o ­
mo tem ían devotos afro-peruanos com o A costa Salas, sí lo hicie­
ron hasta cierto p u n to con el culto, transform ándolo, de ser una
institución autónom a de la cultura negroide, a ser una expresión
relativam ente anónim a de una vaga cultura “ nacional” . A unque
estos cam bios no lograron hacer sentir al negro su total desplaza­
m iento, su posición en el ‘corazón’ del culto —com o cargadores,
cantoras, m istureros, etc. —era cada vez más sim bólica frente a la
verdadera conquista de las posiciones de poder dentro del culto
por los blancos.
EL CULTO, EL E STA D O Y LA IG LESIA. El 29 de o c tu ­
bre de 1921, Augusto B. Leguía asistió a la procesión del Señor
de los Milagros, siguiéndola desde el balcón del Palacio de G obier­
no. Casi un año después, el 15 de octubre de 1922, el Presidente
de la R epública asistió a la bendición de las nuevas andas, que (co­
mo ya hem os señalado) se habían construido en h o n o r del C ente­
nario de la Independencia. El siguiente relato de aquella cerem o­
nia es ilustrativo del rol que habían asum ido los representantes del
Estado en el culto:
“ La cerem onia revistió, no sólo excepcional solem nidad,
sino tam bién los caracteres de una suntuosa fiesta religiosa-
social. Asistieron los m inistros de E stado, el Excm o. Sr.
Nuncio M onseñor Petrello, senadores y diputados, genera­

(5 9 ) Entrevista con Enrique Acosta Salas, 1 5 / 1 2 / 1 9 8 1 .

229
les del Ejército, el Cabildo M etropolitano, com unidades
religiosas, concejales de la ciudad y las misiones de más de
cuarenta sociedades, con sus respectivos estandartes. . . el
Jefe de la Nación habló al pueblo elocuentem ente, con la
facilidad de palabra que le es peculiar, declarando, entre
otras cosas, que causaron piadoso frenesí, que era “ insen­
sato, pretender destruir las verdades inconm ovibles en que
descansa la D octrina de C risto” . D istribuyéronse en segui­
da, medallas de oro y plata conm em orativas de la cerem o­
nia: las cam panas de la histórica iglesia echáronse a vuelo,
y los invitados pasaron al locutorio en donde te n ía prepa­
rado un espléndido bar, tributándose en to d o el proyecto
al Presidente de la R epública ruidosas dem ostraciones de
sim patía” (60).
En poco más de 20 años, un culto religioso negroide, casi
desconocido por la sociedad en general, había llegado a ser p a tro ­
cinado por todos los grupos de poder, sean ellos grupos p o líti­
cos, religiosos, policiales o representantes del orden oligárquico.
Es más, el acontecim iento aquí descrito dem uestra la actitud po­
pulista del Estado respecto del culto: la identificación retórica del
régimen con el pueblo y con sus sentim ientos religiosos, la distri­
bución de sím bolos político-religiosos, etc. Pero los esfuerzos p o ­
líticos de Leguía se efectuaron a dos niveles. El presidente in te n ta ­
ba en la cerem onia ganar la sim patía no sólo del ‘pueblo’, sino
tam bién de m iem bros de grupos sociales y órganos poderosos —la
Iglesia, la policía m etropolitana (im portante base de poder para
Leguía), el ejército, etc. Es decir, el culto del Señor de los Mila­
gros ofreció un espacio cultural po r el que Leguía intentó conso­
lidar su control sobre un conjunto amplio de fuerzas sociales.
El resquebrajam iento de la hegem onía p o lítica de la antigua oli­
garquía, que había liderado la República A ristocrática (1899­
1919), creó cierta inestabilidad po lítica en el país. Dado este con­
te x to po lítico , Leguía te n ía que efectuar un nuevo balance de p o ­
der entre los antiguos grupos oligárquicos, y otros tradicionales ó r­
ganos de poder (la Iglesia, el ejército, la policía) y tam bién las cla­
ses populares, que jugaban un papel cada vez más significativo en
la esfera política. De ahí su esfuerzo de com placer a algunos sec­
tores oligárquicos, conservadores y religiosos consagrando el país
al C orazón de Jesús (aunque la protesta popular, en m ayo de 1923,

(6 0 ) “El Señor de los Milagros y el M onasterio de las N azarenas” Mundial


o p . cit.

230
a este esfuerzo, dem uestra que Leguía tenía, en efecto, poco espa­
cio político en que negociar las contradicciones sociales cada vez
más agudas). El culto del Señor de los Milagros, fue otro escenario
utilizado por Leguía para acceder a este nuevo balance político.
Pero no hay que presum ir que los esfuerzos de Leguía de
ganar el respaldo de los devotos eran del to d o exitosos, inclusive
aun en las ocasiones cuando los resultados no eran tan explosivos
com o en mayo de 1923:
“ —¿Por qué creé Ud. que Leguía com enzó a hacerle el
saludo al Señor. . . qué sentía Ud.?
—Que el Presidente te n ía otras ideas y no le convenía esas
ideas, porque ese Presidente en once años estaba arruinan­
do al Perú. . .
—Pero Leguía se m etía más en la cosa, o sea, quería
participar más que los otros Presidentes.
—Si, po r lo que él había hecho, quería salvar sus pecados.
—¿No sería tam bién una form a, si él estaba arruinando al
Perú, com o Ud. dice, no sería una form a de quedar bien
con to d a esa gente que estaba en la procesión?
—Sí, le parecería para él, pero para el público no, no esta­
ban de acuerdo con el Presidente.
—¿Cómo reaccionó la gente cuando él saludó la prim era
vez al Señor?
—Lo aplaudieron a él la gente, lo aplaudieron al ver que el
Presidente envió sus flores.
—¿Pero si no estaban de acuerdo con él, por qué lo aplau­
dieron. . .?
—No, el pueblo no estaba de acuerdo, lo aplaudieron disi­
m ulando, claro ” (61).
La p o lítica populista de Leguía fue poco a poco reem pla­
zada po r una m ayor represión frente a las clases populares, los sin­
dicalistas, los partidos políticos y los grupos estudiantiles. Basán­
dose cada vez más en un poder im puesto sobre el pueblo, Leguía
no se hubiera preocupado ta n to por su imagen popular. Es signifi­
cativo que un cronista sardónico utilizó la procesión del Señor

(6 1 ) Entrevista con Enrique Acosta Salas, 1 5 / 1 2 / 1 9 8 1 .

231
de los Milagros com o m etáfora para la cam biante relación entre el
dictador y el pueblo, después de las “ elecciones” de 1924, en que
Leguía era candidato único:
CUESTION DE OPORTUNIDAD
Como ya le hizo el milagro
de darle la reelección
este año se quedó Augusto
sin ir a la procesión (62).
Si bien la actitu d del Estado hacia el culto evolucionó des­
de un apoyo populista a una tenue tolerancia, la de la Iglesia
tuvo elem entos de las dos actitudes a través del perío d o . Hemos
visto que desde su origen en el siglo XVII, la cofradía de Pacha-
camilla fue vista por la Iglesia com o practicante de u n a religiosi­
dad m uy poco correcta, institucional y teológicam ente hablan­
do. La relación tensa entre el culto y la Iglesia persistía hasta el
siglo XX, aunque ésta com enzó a desarrollar tam bién un cierto
populism o frente a esta expresión im portante de la religión p o p u ­
lar. De ahí la sugerencia de algunos autores de que fue el entonces
Arzobispo de Lima, Em ilio Lisson, quien dio a Leguía la idea de
hacer un hom enaje a las andas cuando pasaran por la Plaza de Ar­
mas:
“ Una buena tarde vióse en la Plaza principal lo siguiente:
el Arzobispo, M onseñor Emilio Lisson, después de presen­
ciar el paso del Señor p o r la Plaza de Armas. . . abandonó
su palacio para sumarse al im ponente cortejo. . . al año si­
guiente, apareció tam bién en los balcones de la casa de
Pizarra el Presidente Leguía con sus familiares y edeca­
nes, para presenciar de rodillas el paso del divino R eden­
to r” (63).
El tentativo apoyo populista del Arzobispo al culto se
m ezclaba con cierto tem o r a las m ultitudes y su afán por c o n tro ­
larlas. El mismo año en que Leguía apareció po r prim era vez en
el balcón del Palacio Presidencial, la Iglesia estaba presionando p a ­
ra que la Procesión term inara antes del anochecer; aparente­
m ente las procesiones populares nocturnas eran vistas com o una
amenaza al orden social y al correcto com portam iento religioso.
Tres años antes, en 1919, oficiales de la Iglesia pidieron al Minis­
terio de Justicia, Culto, Instrucción y Beneficencia para que los

(6 2 ) Mundial, año V , n o. 2 3 2 , octubre de 1 9 2 4 .


(G3) Carrera Vergara o p . cit. p. 2 5 0 .

232
apoyaran en su esfuerzo de term inar las procesiones nocturnas,
“ con el objeto de evitar los desórdenes que en ellas se realizan”
(64). T anta gente del pueblo desbordándose en las calles de noche,
les asustaba a las autoridades, de igual m odo que am enazaban las
reglas no sólo sociales sino sexuales de com portam iento. Según
Carrera Vergara, en 1922 el A rzobispo Lisson expidió “ un de­
creto, disponiendo que la procesión d eb ía detenerse en la iglesia
donde acabara la luz solar. . . tal vez (el A rzobispo) te n ía razón
que tales andanzas semiobscuras, p o d ían engendrar escenas más o
m enos paganas” (65). No se sabe si el A rzobispo tuvo éxito en
sus esfuerzos aquel año. Siete años después, en to d o caso, los ofi­
ciales eclesiásticos seguían con las mismas preocupaciones. El 19
de octubre de 1929, El Comercio publicó una carta dirigida al
M ayordom o de la H erm andad de Cargadores, “ po r encargo del li­
mo y Rvmo Sr. A rzobispo” , pidiendo que, “ para evitar desórde­
nes e irreverencias en la procesión del Señor de los Milagros, ésta
debe recogerse, cuando más tarde a las siete de la noche. . . ” (66).
Las autoridades políticas aparentem ente co m p artían es­
tos tem ores por el “ orden social” (sin m encionar las posibles
“ irreverencias” ) en la procesión. Fue en 1923 que p o r prim era
vez la policía estuvo presente en la procesión, m ostrando aquel
año una actitu d claram ente agresiva. En el m ism o año en que c o ­
m enzaba la etapa más represiva del O ncenio de Leguía, la policía
in te n tó ordenar la procesión por adentro, decretando po r m edio
de los periódicos “ que las m ujeres m archen por una vereda, los
hom bres po r o tra y las cofradías y com unidades religiosas po r el
c e n tro ” (67).
Según algunos testigos de la época, el éxito de la policía
en este in ten to de separar a los hom bres de las m ujeres d entro de
la procesión, fue relativo. Pero no po r falta de agresividad policial.
Al llegar la procesión a la Plaza de Armas en 1923, algunos subal­
ternos de la policía m unicipal no perm itieron que se acercaran los
devotos a un lado del anda. La acción de la policía fue tan decidi­
da que volcó la sim patía de los periódicos hacia los devotos agra­
viados: “ Esta determ inación de los guardias subalternos, produjo,
com o es natural, generales protestas, pero en vista de la actitud

(6 4 ) B o le tín de la M unicipalidad de Lim a, 1 5 /1 0 /1 9 2 1 . .


(6 5 ) Carrera Vergara, o p . cit. p. 2 5 1 .
(6 6 ) El C om ercio de Lim a, 1 9 /1 0 /1 9 2 9 .
(6 7 ) El C om ercio de Lim a, 1 7 /1 0 /1 9 2 3 .

233
agresiva de los policías no había más rem edio que obedecer y pri­
var a m uchos hom bres de cum plir una práctica religiosa y tradi-
cional” (68).
El hecho de que las autoridades políticas y eclesiásticas se
vieran como los defensores del orden no sólo social sino sexual,
am enazado (según ellos) por los participantes en el culto nos pa­
rece significativo. ¿No es posible que la identificación del culto
todavía con los negros, y, por lo p ro n to , con to d o un m undo de
sensualidad y paganism o, les despertase antiguos tem ores y repug­
nancias, aún vigentes entre la sociedad oficial? ¿Sería exagerado
entender el im pulso de controlar y reprim ir el culto com o la reac­
ción natural de los bis-nietos de los dueños de esclavos, frente a
una incontrolable m u ltitud de bis-nietos de esclavos?

E L CL UB D E FU TBO L D E A L IA N Z A LIM A .

“ El últim o reducto en que se baten los que sólo reconocen


el m érito técnico de Alianza Lima. . . es el relativo al p re­
juicio de raza.
— ¡Cómo vamos a m andar un equipo de negros a u n cam ­
peonato! —exclaman. ¡Dirán que som os un pa^s de esa
raza!” .
Toros y Deportes,
15 de febrero de 1930, com entando sobre Alianza Lima y
el Cam peonato Sudam ericano de F útbol de 1929.
“ De un lado está la juventud estudiosa (del Universitario
de D eportes) y del otro de los obreros (del Alianza Lima),
quienes com ulgan en el cam po de la dem ocracia que es
hoy d ía el deporte, en el cual no tiene cabida ninguna dis­
tinción de clase, de raza, ni tam poco intelectual” .
Toros y Deportes,
19 de abril de 1930.

Las dos citas reflejan imágenes contradictorias del fútbol


de la época: elitista y prejuicioso, por un lado, dem ocrático y
socialm ente hom ogenizador, por otro. Desde la perspectiva de los
afro-peruanos, ¿cuál fue la situación verídica del fútbol? ¿Fue una
esfera cultural en donde jugadores com o los negros del club A lian­
za Lim a sufrían el prejuicio racial que tam bién sufrían los afro-pe­

(6 8 ) El Com ercio de Lima, 1 8 / 1 0 / 1 9 2 3 .

2 34
ruanos en el resto de la sociedad? ¿O fue, en cambio, un cam po
“ dem ocrático” , liberado de las distinciones de raza, com o indica
el segundo com entario? Buscaremos la respuesta por m edio de la
historia de la institución en donde lo racial y lo deportivo se entre­
m ezclaban inseparablem ente: el club de fútbol Alianza Lima.
Efectivam ente, Alianza Lima, quizás más que cualquier
otra institución cultural, form aba parte de la imagen del negro du­
rante las prim eras décadas del siglo XX (69). Como fue el caso
tam bién del culto religioso del Señor de los Milagros, Alianza Lima
funcionaba com o un canal po r el cual lo negroide se insertaba en
lo nacional, en ambos casos durante la tercera década del presente
siglo. Pero el vínculo orgánico entre Alianza Lima y los negros li­
m eños se m antuvo en esos años más que en el caso del culto.
Alianza provocaba la sim patía e identificación de los afro-peruanos
de Lima' en una form a asom brosa, todavía a fines del período que
aquí nos interesa. Si bien Alianza Lima no representaba solam ente
a los negros (sino tam bién, por ejem plo, al distrito de La Victoria
o a los obreros), este grupo étnico no tuvo m ejor canal de expre­
sión o de identificación colectiva durante la época que ese equipo
de fútbol.
Veremos en una historia paralela a la que acabam os de ver
del culto del Señor de los Milagros, tam bién una atenuación de los
vínculos entre el club y su público original, el im plícito barrio ne­
gro lim eño de La Victoria. La autonom ía del club frente al Estado
y los grupos de poder fue sacrificada, en cierta m edida, por la forja
de una cultura (deportiva) “ nacional” .
Fundado en el año 1901, el entonces “ S port Alianza” se
distinguía poco en su fase tem prana de los varios equipos popula­
res que existían algo más form alm ente que aquellos ínfim os “ equi­
pos de barrio” de la Lima del 1900, algunos de los otros clubes
similares al Alianza en los prim eros años del siglo fueron el A tléti­
co Chalaco y el Unión Buenos Aires Callao, los dos pertenecientes
a la vida popular del puerto vecino de la capital.
Hemos señalado que estos clubes se distinguían, por un la­
do, de los clubes o equipos de barrio por ser más estables, menos
espontáneos. Pero aún los clubes de barrio no carecían totalm en-

(6 9 ) José D eustua, Steve Stein y Susan C. S tok es “ Entre el O ffside y el


Chim pún, las Clases Populares Lim eñas y el F ú tb ol: 1 9 0 0 -1 9 3 0 ” ,
m ism o volu m en , engloba a sp ectos sem ejantes de la historia de A lian­
za Lim a, enfatizando las im plicancias de esta historia para el deporte
y la sociedad.

235
te de estructura. En su niñez, por ejem plo, Miguel Rostaing juga­
ba en una ‘liga’ m uy inform al que se reu n ía todas las tardes en un
cam po desocupado de La Victoria. En aquellos ‘cam peonatos’ se­
manales, se ju n tab a una cuota pequeña de to d o s los jugadores,
para luego repartir el dinero entre los m iem bros del equipo gana­
dor (70).
Estos dos niveles del fú tb o l de la prim era década del siglo
se distinguían m uy claram ente de lo que era el fútbol de élite,
practicado en los terrenos exclusivos del Lim a C ricket y Foot-ball
Club o del U nión Cricket, para m encionar dos ejemplos.
Paulatinam ente iba creciendo la popularidad del fútbol du­
rante la segunda década del siglo, y los clubes de élite perdieron su
im portancia frente a una verdadera ola de clubes form alizados, pe­
ro abiertos, perteneciendo estos a las clases populares (o a veces
medias), en el doble sentido de la palabra, es decir que la m ayo­
ría de sus jugadores eran de extracción popular y que atraían a un
público tam bién popular. Se p o d ía distinguir, pues, tres categorías
sociales en el fútbol: los clubes cerrados de élite, clubes form aliza­
dos pero sin esa careta oligárquica, y equipos de barrio m enos
formalizados. Con afán de im poner cierto orden en los m ultiplica­
dos clubes de fútbol, se form ó en el año 1912 la prim era Liga Pe­
ruana de F útbol, co n stitu id a por 8 clubes: Lim a Cricket F.B.C.,
Association F.B. C., Miraflores Sporting Club, la Escuela Militar,
el Jorge Chávez No. 1, S port Inca, S port V itarte y S port Alian­
za (71).
Tal fue la popularización del fú tb o l en Lima que casi cada
grupo socio-económ ico te n ía su expresión futbolística. No se ha­
b ía prescindido de los antiguos clubes oligárquicos, aunque algu­
nos se transform aron en clubes más abiertos com o el Lima Cricket,
o se retiraron de la esfera pública del deporte. Si anteriorm ente los
periódicos capitalinos, por ejem plo, se h ab ían ocupado de los clu­
bes de fútbol aristocráticos, ahora los más im portantes, com o El
Comercio, dedicaban páginas enteras a los deportes, en donde se
leía más sobre el “ clásico” entre el Alianza Lima y el Universita­
rio de Deportes que sobre los enfrentam ientos futbolístico-socia-
les entre el Lima Cricket y el U nión Cricket.

(7 0 ) Entrevista con Miguel R ostaing, 5 /6 /1 9 8 2 .


(7 1 ) Guillerm o T horndike El R evés d e Morir (Lim a: M osca A zul E d ito ­
res, 1 9 7 8 ).

236
En este panoram a el club de fú tb o l Alianza Lima iba a o cu ­
par un lugar especial. Siendo uno de los más antiguos clubes del
tipo form alizado, no-oligárquico, Alianza se distinguía de los otros
po r varias razones. Prim ero, m uchos de los otros clubes si bien
ten ía n un origen popular, habían llegado a ser absorbidos y, en
cierto m odo, captados po r la com pañía o fábrica que los patro-
nizaba. E ntre éstos destacaban el S port V itarte, el S port Inca, el
S port Progreso y el Sport Tabaco, llegando en esta form a a ser
más una expresión de las relaciones laborales que el pro d u cto de
una cultura deportiva popular. Así, m ientras m uchos de estos clu­
bes te n ía n una estructura jerárquica, dependiendo de un p atrón
(que p o d ía ser un individuo o u n a fábrica) para to d o lo que era
el m aterial que los distinguía de los equipos de barrio —uniform es,
pelotas, trofeos— Alianza Lima m antenía algo de su original es­
tru c tu ra cooperativa y autónom a. Form ado por tres obreros del
stu d Alianza, quienes eran a la misma vez los dueños y jugadores
del club, fue recién a finales de los años 20 que se im puso una es­
tru c tu ra más jerarquizada, con personajes ajenos a lo popular co ­
mo Juan Carbone o Juan Brom ley, que fueran luego presidentes
del club. Alianza Lima jam ás fue asociado con una fábrica, y p o r
lo m enos hasta el final de la década de los ’20, los mismos jugado­
res aparentem ente jugaban un papel im p o rtan te (com o verem os
después) en las decisiones del club.
M ientras m uchos clubes llegaron a im itar cada vez más las
relaciones sociales jerárquicas de la sociedad capitalista que los
englobaba, Alianza continuaba siendo una especie de club-coopera­
tiva. Es decir, en un imaginado continuum de grados de control
ejercido por los futbolistas sobre sus clubes, con un extrem o o cu ­
pado po r los clubes de barrio totalm en te auto-suficientes, com o
los que co n stitu ían la liga descrita po r Rostaing, y po r el o tro , los
ocupados po r los equipos de las empresas, cuya estructura era úna
m era extensión de la jerarq u ía de la fábrica, Alianza Lima (al m e­
nos antes del año 1930) se hallaba en un sitio más cercano del pri­
m er extrem o que del segundo.
El segundo aspecto de Alianza Lim a que lo h acía destacar
de los dem ás clubes, que te n ía que ver ta n to con su público com o
con el m ism o equipo, era su identificación racial. Desde su fu n d a ­
ción, Alianza Lima había sido un club popular, siendo sus jugado­
res y su hinchada obreros. Pero para los ‘20 era un hecho indiscu­
tible que Alianza era un club de negros. Sus inm ortales, com o Ale­
jandro “ M anguera” Villanueva o José M aría Lavalle, eran afro-pe­
ruanos. Y tam bién lo eran sus “ cracks” m em orables: los herm a­
237
nos Rostaing, A lberto M ontellanos, los herm anos García, etc. Los
jugadores de la segunda y tercera década del siglo que no eran de
procedencia africana - com o, por ejem plo, el chino Jorge Kochoy
Sarm iento o el blanco Juan Valdivieso— eran las excepciones. Es
más, durante estos años, anteriores a la profesionalización del fú t­
bol, y a pesar de su fama, las vidas de los aliancistas negros eran
típicas de la m ayoría de los afro-peruanos de Lima. Vivían en los
barrios populares, sobre to d o en La V ictoria (así fueron los casos,
por ejem plo, de Villanueva y Lavalle). Las profesiones que los sus­
tentaban, no siendo suficientes las “ propinas” que ganaban en el
fútbol, eran tam bién típicas. Para citar algunos casos, Miguel Ros­
taing era albañil, tam bién su herm ano Juan y José M aría Lavalle,
antes de convertirse los dos últim os en choferes para la M unicipali­
dad de Lima.
Vivían en los barrios habitados por gente m orena, tra b a ­
jaban en ocupaciones tradicionalm ente afro-peruanas. No debe
de sorprender, por lo tan to , la fuerte identificación de la pobla­
ción negra con el Alianza Lima. Habrán sido gente conocida del
barrio, com pañeros de trabajo, los naturales ídolos del fútbol p a­
ra los afro-peruanos de Lima.
Pero hay algo sorpresivo en la lealtad y sim patía que sen­
tía n los negros hinchas de Alianza. Lo sorpresivo es que esa leal­
tad no era provocada solam ente po r las varias sim ilitudes en las
condiciones de vida entre los aliancistas y sus hinchas negros sino
justam ente por el vínculo racial, pues tam bién habían m uchos
otros equipos de obreros. Resulta así llamativo porque la socie­
dad en general in ten tab a prescindir de la conciencia de raza, so­
bre todo cuando era, al m enos potencialm ente, un lazo unifica-
do r de grupos oprim idos. Los afro-peruanos eran una etnia im plí­
cita, casi oculta; su exteriorización y expresión pública, en la fo r­
ma de Alianza Lima, fue excepcional.
Muchas veces los viejos hinchas afro-peruanos de Alianza
Lima que hem os entrevistado buscaban m etáforas para expresar
esta dim ensión racial de la identificación del club. P roducto de la
presión social, lo racial se expresa frecuentem ente en sím bolos lin­
güísticos tales com o el “ barrio ” residencial, inclusive en casos
(tales com o el de Juan Ram írez) de individuos que ni siquiera vi­
vían en La Victoria.

“—Usted tam bién era hincha de algún equipo?


—Acá fuim os de Alianza.
238
—¿Y por qué Alianza? ¿Por qué le gustó Alianza?
—Es del barrio, pues, Acá de La Victoria.
—¿Y usted vivía en la V ictoria en esa época?
—Bueno, es cierto que he sido hincha de cuanto estuve
allá (en lea). Y ahora que estuve acá m ucho m ejor to ­
davía (72).
La afirm ación que Alianza fue el equipo “ del barrio” no
sólo para personas negras que vivían en La Victoria, sino en el Ca­
llao o hasta en lea, nos sugiere el sentido m etafórico que adquiría
el térm ino barrio, más allá del lugar de residencia. Afirm amos que
existía todavía para los años 20 un vínculo de conciencia étnica
entre los negros, un “ barrio negro” en este sentido m etafórico, que
—no casualm ente— salía a la luz cuando se hacía referencia al fú t­
bol y específicam ente al Alianza Lima. No es extraño que ocurrie­
ra de esta form a porque, com o ya hemos señalado, el fútbol era
una de las m uy pocas esferas en que la imagen del negro era positi­
va y hasta superior frente a los demás.
Cuando persistim os en preguntarle a Juan Ram írez por
qué había sido hincha de Alianza, inevitablem ente hizo m ención
al vínculo racial y cultural entre el club de negros y el hincha ne­
gro, a un (ya m enos im plícito) “ barrio negro” :
. . . habían tantas maravillas en el fútbol y hacían, de la
pelota, lo que querían. . . Don José M aría Lavalle bailaba
m arinera con la pelota. . . N osotros por lo regular del
Alianza casi éram os gente morena. .
—¿Y cóm o explica Usted, por qué ha sido siempre cosa de
la gente m orena?
“ —Porque siem pre ha sido, este, equipo de barrio” (73).
A fines de la década de 1920 los partidos de Alianza eran
los más concurridos de todos los enfrentam ientos futbolísticos y,
obviam ente, el público no estaba com puesto solam ente de hinchas
afro-peruanos. ¿Por qué la popularidad generalizada del equipo
de los “ negros” ?

(7 2 ) Entrevista con Juan y Ricardina R am írez, 2 7 /4 /1 9 8 2 .


(7 3 ) Entrevista con Juan y Ricardina R am írez, 2 7 /4 /1 9 8 2 .

239
Por un lado, se debió a su alta calidad técnica y, por con­
secuente, al éxito del equipo, que quizás no fue ajeno a la misma
solidaridad interna del club, una solidaridad que te n d ría que ver,
por un lado, con la estructura todavía más colectivista y cooperati­
va del club frente a los otros, y, po r otro, con la profundidad del
lazo étnico. De esta m anera, Alianza gozaba de una hinchada que
seguía siendo leal cualquiera fuera los resultados obtenidos —de
ahí el fenóm eno de “ los sufridos” de Alianza. Pero hem os dicho
que existía tam bién una rara solidaridad entre los mismos jugado­
res. En este sentido es significativo el apelativo que ten ían : “ los
íntim os” . En 1930 se com entaba:
“ Como se sabe, el club Alianza Lima constituye el único
caso de solidaridad y arm onía entre sus com ponentes, vale
decir, espíritu del cuerpo, lo que les ha perm itido m an te­
ner un frente único ante los requerim ientos de desintegra­
ción que se deriva del pase anual de jugadores” (74).
O, como decía Teodoro Legario sobre Alianza Lima en una época
un poco más tard ía, “ era una fam ilia en ese entonces” (75).
O tra dim ensión de la identificación racial de Alianza se de­
rivaba no de su solidaridad sino del conflicto racial, sobre to d o
cuando se tratab a de un enfrentam iento entre negros y blancos.
Hemos afirm ado que en la m ayoría de las esferas de la vida cotid ia­
na —en el callejón, la calle, el lugar de trabajo— existía cierta pre­
sión para no m anifestarse el conflicto racial, especialm ente entre el
negro y el blanco. La cancha de fú tb o l resultó una de las únicas es­
feras en que sí se expresaba claram ente. E fectivam ente, el enfren­
tam iento con sabor racial —tal, por ejem plo, com o el de Alianza
y Universitario de D eportes— te n ía una atracción casi ilícita. El in­
terés de este espectáculo, en el cual diez u once “ blanquiñosos”
luchaban contra hasta ocho “ negritos” fue sustancial, de fo rm a tal
que a partir del año 1918, el partido anual entre estos dos equi­
pos llegó a reem plazar al de Alianza co n tra A tlético Chalaco com o
el “ clásico” del fútbol peruano.
A diferencia de la vida cotidiana, el aspecto de conflicto ra­
cial de este clásico del fútbol superó el nivel sub-consciente, sien­
do reconocido lo racial por jugadores, prensa y público com o el

(7 4 ) T oros y D e p o rtes 1 /2 /1 9 3 0 .
(7 5 ) T eodoro Legario, sim posio en Universidad de Lim a, 6 /1 9 8 2 .

240
ingrediente central del enfrentam iento. Se lo veía tam bién, obvia­
m ente, com o un partido entre ricos y pobres. Pero lo que más se
destaca en las referencias periodísticas e individuales es el sim bo­
lismo de etnia, de color. Según una revista deportiva:
“ . . . el m atch de los negritos con los doctores será una
com petencia entre la leche y el café, en el que se im p o n ­
drá la m ejor calidad de estos p ro d u cto s” (76).
O un hincha de Alianza:
“ . . . antiguam ente no h ab ía gente m orena en la “ U ” . No
había. Bueno, con el tiem po. . . se lo iba a jalar a u n ar­
quero, quien fue Segala. En eso recién a la “ U ” vino una
gente morena. Y nosotros le decíam os ‘a la leche se h a caí­
do u n a m osca’ ” (77).
El aspecto de enfrentam iento racial pareciera haber ten id o
algo que ver con este partido —que, así com o m uchos otros, era
tam bién un enfrentam iento entre la Lima trabajadora y la oligarca.
Tenem os así una gran tentación a afirm ar —aunque esto es to d av ía
un a especulación— que justam ente fue lo racial lo que hizo que es­
te ritualizado conflicto social se distinguiera de los demás, lo que
lo convirtió en el clásico. De hecho, cuando Alianza jugaba co n tra
otros equipos que tam bién representaban a los blancos, se desper­
tab a en el público un interés sem ejante. Tal fue el caso de los p a rti­
dos entre Alianza y Association, según Miguel Rostaing:
“ —Association jalaba [público] tam bién [cuando jugaba
contra Alianza].
—Y ¿por qué jalaba Association?
—Porque tam bién h ab ía esa variedad de blanco y negro,
¿no? Porque esto [Association] era de blancos no m ás” (78).
No solam ente el enfrentam iento racial, sino un e n fre n ta ­
m iento. ritualizado y bajo norm as m uy diferentes de las que gira­
ban en la vida cotidiana, pareciera explicar la singular fascina­
ción del fú tb o l de Alianza y del clásico. D entro de la cancha, los
blancos se enfrentaban a los negros en la m ism a condición de seres
hum anos, habiendo tenido que dejar fuera to d o s los privilegios y
poderes que conllevaban su herencia racial y posición social. En
este sentido form al, en el fú tb o l no se reconocían distinciones ra-

(7 6 ) T oros y D e p o rte s 1 9 /4 /1 9 3 0 .
(7 7 ) Entrevista con Juan y Ricardina R am írez, 2 7 /4 /1 9 8 2 .
(7 8 ) Entrevista con Miguel R ostain g, 1 3 /6 /1 9 8 2 .

241
ciales. A diferencia de las reglas que m andaban en casi todas las es­
feras de la vida, las del fútbol no fijaban distintas probabilidades
de ganar o perder según el color de la piel.
Este m undo al revés, sin embargo, se term inaba en los lím i­
tes del cam po de fútbol. Tom ando en cuenta todo lo que represen­
taba el fútbol, no sólo el partido sino la institución social, existía
d entro de ella el mismo racismo y los mismos privilegios clasistas
de la sociedad. Las relaciones raciales en la institución del fútbol
no se escapaban de las mismas relaciones de la sociedad que la en­
globaba: los que m andaban —los m iem bros de la Federación Pe­
ruana del F útbol, los dueños de los equipos, los que m anejaban
la prensa deportiva— pertenecían m ayoritariam ente a las clases
dirigentes en donde había ausencia de individuos de color; los “ ne­
gritos” de Alianza Lima, a pesar de su superioridad futbolística,
pertenecían a las clases populares. Además, todavía en aquella épo­
ca el éxito en el fú tb o l no les perm itía a los aliancistas superar su
condición social de oprim idos.
En 1929 se celebró un Cam peonato Sudam ericano de fú t­
bol, esta historia nos va a ilustrar sobre la vigencia del racismo en
el deporte. A pesar de que entre los jugadores de Alianza se halla­
ban los mejores futbolistas de la época, la m ayoría de los m iem ­
bros de la Federación Peruana de Fútbol se opusieron a incluir­
los en la selección nacional, sim plem ente po r el prejuicio racial:
“ En los días que se hacía la selección para form ar el equi­
po que debía representar en el pasado C am peonato Sud­
am ericano, varios colegas de la Federación la em prendie­
ron contra los m uchachos del Alianza, pidiendo que se les
excluyera po r razones de color y razas. . .” (79).
Los jugadores de Alianza se negaron a ir al cam peonato.
Ellos percibieron el prejuicio y eran sensibles a su vulnerabilidad, a
la crítica si resultara que, siendo ellos los representantes del país,
no les fuera bien en Buenos Aires, se negaron a ir al cam peonato.
Por lo cual la misma Federación
“ em prendió duram ente contra los ‘negros’. Los calificó
' de antipatriotas, de interesados y trataro n de echarles
al público encim a para lapidarlos definitivam ente. ¡Cómo
era posible que elem entos peruanos se negaban a concu-

(7 9 ) T oros y D e p o r te s , 1 5 /2 /1 9 3 0 .

242
rrir a un certám en, en que estaba com prom etida la Pa-
tria !” (80).
La aparente igualdad de las razas dentro de la cancha era
ilusoria, o sim bólica; una vez term inado el conflicto racial del
clásico “ U” — Alianza, po r ejem plo, los blancos seguían pertene­
ciendo a la clase de los opresores, los negros a la de los oprim idos.
A pesar de la fascinación del conflicto, al final no habían cam bia­
do en absoluto las verdaderas relaciones raciales que se daban en la
sociedad. Ricardina Ram írez, una m ujer afro-peruana en La Vic­
toria de la época, nos afirm ó que “ la piel del negro vale más en el
fú tb o l” . Pareciera ser cierta la implicancia lógica tam bién, que fu e­
ra del fútbol, vale m uy poco.
Por lo m enos en la realidad actual de la segunda m itad del
siglo XX, el fútbol profesional ha sido un canal de ascenso social
para determ inados jugadores negros, aunque es discutible que este
hecho haya beneficiado a los afro-peruanos com o grupo. Pero en
las prim eras décadas del siglo, el ídolo negro no aprovechó de tal
ascenso, m ucho m enos los negros com o colectividad. La tragedia
de Alejandro Villanueva, el ídolo m áximo de Alianza Lima en los
años 20 y 30 ha sido interpretada literariam ente por Guillermo
Thorndike. En 1944, Villanueva m oría de tuberculosis, pobre y
casi olvidado en el Hospital Dos de Mayo. Según esta versión lite­
raria, “ M anguera” reflexiona en su lecho de m uerte sobre su suerte
en la vida y el significado de ser negro en el Perú:
“ Dicen que no, que el color de la piel no im porta en el Pe­
rú, pero negro, lo que se dice negro, lo que se llama zambo
auténtico, no hay todavía uno que haya sido presidente de
la R epública o m inistro de estado. O que llegara a los
resplandecientes salones del Paseo Colón . . . O que pasara
el Jirón de la Unión a bordo de un Packard com o no fuera
chofer. N unca deseó lavarse la piel, sumergir su estirpe en
jaboncillo hasta cam biar de color y vestir de blanco, de
tem porada en Chorrillos, de caballero sajón” .
El país del Paseo Colón o del Jirón de la Unión fue ajeno a
Villanueva:
“ El suyo em pezaba en o tra parte. La Alameda Grau fue su
frontera. Ju n to a textilerías, más allá de conventillos que

(8 0 ) Toros y Deportes, 4 /1 / 1 9 3 0 .

243
parecen transatlánticos de pobreza, después . . . de canchas
miserables donde grupos de negritos disputan partidos pol­
vorientos, llam ándose a sí m ism o M anguera, silbándose co­
mo los íntim os auténticos. . . ” (81).
Ese fue el Perú para el negro Alejandro Villanueva; su te m ­
porada de aliancista fam osísim o no cam bió en absoluto su suerte.
Es justam ente lo ilusorio que era la igualdad de las razas en el f ú t­
bol lo que, según T hom dike, hab ría hecho a Villanueva preguntar­
se: “ ¿Y to d o verdaderam ente para q u é?”
La predom inancia de Alianza Lima sobre to d o en los años
20 tam poco significó una verdadera vindicación de la posición de
los afro-peruanos com o grupo en la sociedad lim eña o peruana.
Porque el fútbol de la época se desarrollaba com o u n deporte cada
vez más centralizado, controlado p o r la Federación y patrocinado
p o r el Estado, y cada vez m enos ligado a lo popular. El mism o go­
bierno de Leguía que se hab ía m etido conspicuam ente en el culto
del Señor de los Milagros, tam bién qu ería absorber al fú tb o l en la
m edida que fuera posible, con la intención de “ canalizar hacia sí
las sim patías que la práctica de este deporte generaba entre las cla­
ses populares lim eñas” (82). De ahí, por ejem plo, la construcción
del prim er Estadio Nacional en 1922 y la form ación de las prim e­
ras selecciones nacionales. A unque, com o hem os visto, el prejuicio
racial im pedía en algunas ocasiones que los negros de Alianza se
integrasen a estas selecciones, inevitablem ente fueron incluidos y
los aliancistas llegaron a predom inar, p o r ejem plo, en la selección
peruana enviada a las Olimpiadas de Berlín de 1936. Este mismo
ascenso a la esfera del deporte internacional les alejó en algo de su
hinchada original, siendo ya m enos naturales los lazos que u n ían
al ídolo de Alianza con el negro pobre de Lima.
Pero dentro del país tam bién se deshacían paulatinam ente
los lazos entre Alianza y su hinchada negra. Hem os afirm ado en
otro artículo que 1929 fue un año decisivo para Alianza Lim a (83).
En aquel año Alianza o ptó —o, m ejor dicho, fue la víctim a de p re­
siones que le forzaron a o p t a r - por un fú tb o l que era m enos una
expresión de la vida popular y más un deporte controlado p o r un
pequeño grupo de élite, representado p o r la Federación. Suspendi-

(8 1 ) Guillerm o Thorndike o p . cit. p. 1 8 2 -8 3 .


(8 2 ) José D eustua C. “ La incorporación nacional del fú tb o l” ,en L a Re­
vista de arte, ciencia y sociedad, n o. 7 , Lim a, m arzo de 1 9 8 2 , p. 4 3 .
(8 3 ) D eustua, Stein y S tok es op. cit.

244
do de la Liga p o r no querer participar en el C am peonato Sudam e­
ricano, Alianza p o d ía jugar durante unos meses solam ente con e­
quipos locales en las zonas agrícolas rurales y pobres de la costa
—en Chilca, en lea, en la hacienda Infantes— justam ente las zonas
en donde h ab ían m uchos jugadores y público de descendencia afri­
cana. No eran éstos realm ente sólo partidos de fútbol, sino eventos
sociales populares, con bienvenidas form ales, alm uerzos, bailes y,
por supuesto, m ucho deporte.
En vez de servir para dism inuir la estim ación pública del
Alianza, la suspensión y la gira local que esto conllevó aum entó la
acogida del ya popularísim o equipo. Si bien fue u n a gira forzada
p o r las circunstancias de la suspensión, las relaciones con su públi­
co fue uno de los elem entos que le hizo al club o p tar p o r no p a rti­
cipar en los juegos internacionales, reconociendo que el perío d o
del entrenam iento y la estadía en el extranjero significaban cierto
alejam iento de su hinchada. No sería u n a exageración decir que,
en cierto m odo, los aliancistas o ptaron en 1929 p o r u n fú tb o l p o ­
pular y nacional, y rechazaron el fú tb o l centralizado y orientado
hacia el extranjero que era el deporte en m anos de la Federación.
Com o ejem plo de ¡esta orientación anti-nacional de la Federación,
hay que recordar que ese órgano decidió prescindir del cam peo­
n ato nacional en 1929, prefiriendo canalizar to d o el esfuerzo f u t­
bolístico hacia el C am peonato Sudam ericano del m ism o año. Se
quejaba un com entarista de la época: “ El C am peonato [nacional]
se paralizó, a pesar de las seguridades que dieron los interesados
de la Federación en realizar u n viaje de placer a Buenos Aires
que c o n tin u a ría ... se m ató el fú tb o l local” (84). O tro indicador
de las parcialidades elitistas y anti-nacionales de la Federación es
la frecuencia del reclam o que se escuchaba y, se publicaba, de que
sus dirigentes dedicaban m uy poca im portancia y recursos al des­
arrollo del fú tb o l en las provincias del Perú.
Pero resultó que Alianza no p o d ía sobrevivir sin la F edera­
ción, y tam poco p o d ía sobrevivir la Federación sin Alianza. A lian­
za no p o d ía seguir dedicándose al fú tb o l local por varias razones.
Prim ero, aunque to d av ía no se p o d ía hablar de un fú tb o l profesio­
nal ni de futbolistas profesionales, de todas m aneras los en fren ta­
m ientos grandes, po r ejem plo, en tre Alianza y la “ U ” , generaban
ganancias, una parte de las cuales eran repartidas entre los m iem ­
bros de los clubes participantes. En el caso de Alianza Lima, sien­

(8 4 ) Toros y D eportes , 2 1 / 1 2 / 1 9 2 9 .

245
do sus jugadores obreros, existiría cierta presión económ ica para
re-integrarse al fútbol de la Liga, a pesar de lo sim pático que podía
haber sido el fútbol popular que habían experim entado durante
la suspensión. Además, la calidad de sus rivales que no eran de la
Liga, era obviam ente inferior. Aquella tarde que los aliancistas ju ­
garon en Chilca, ganaron por 10 goles a 0: p o d ía haber sido satis­
factorio en algunos sentidos pero les hubiera sido un poco aburri­
do en el aspecto deportivo. No sólo para no desacostum brarse si­
no para m antener su alta calidad técnica, habría de parecerles con­
veniente volver a un nivel de com petencia más elevada.
Finalm ente, com o ya hem os señalado, Alianza Lima había
em pezado a ten er una estru ctu ra interna más sem ejante al tipo
norm al de los clubes de la época, perdiendo su carácter original de
un club m anejado por los mismos futbolistas. Los presidentes que
cada vez más m andaban en el club no pertenecían al m undo, en
donde h ab ía nacido el fútbol popular, de los barrios populares de
La V ictoria o del Rím ac. Pertenecían, para adoptar la frase de
T horndike, al “ otro p a ís” en donde el fútbol había significado el
juego elitista del Lima Cricket o el Union C ricket o, por lo menos,
el juego de los equipos de la clase media. A pesar de la sim patía
que sintiese un Juan Bromley por el m undo de los aliancistas, para
él la esfera apropiada de los “ m uchachos” de su club hubiera sido
la Liga, bajo la autoridad algo rígida de la Federación.
O tros síntom as nos m uestran que la estructura interna del
Alianza Lima em pezaba a parecerse no solam ente a la de los otros
clubes de fútbol, sino a la jerarq u ía que predom inaba en to d a la
sociedad, con su relación central de patrón-cliente. Por ejem plo,
aunque los aliancistas no escaparon de las profesiones tradicional­
m ente negras, gracias al “ p a tró n ” del club, Juan Brom ley, varios
de ellos consiguieron trabajo por lo menos algo más seguro en la
M unicipalidad de Lima y reforzó los lazos verticales dentro del
club. Llegaron a laborar allí José M aría Lavalle y Juan Rostaing,
com o choferes, y otros más. Este clientelaje que experim entaron
los jugadores de Alianza en los años ’20 les alejó un poco más de la
vida cotidiana de los afro-peruanos de Lima. Ya no p o d ía llam ar­
se, exactam ente, un “ club de barrio” , semi-cooperativista.
Tam bién la Federación no po d ía vivir sin Alianza Lima,
sim plem ente porque en 1930, era el m ejor club de fú tb o l en el Pe­
rú, y sus juegos los más concurridos. La experiencia de la selección
peruana en Buenos Aires resultó un fracaso to tal; volviendo a Li­
ma, los m iem bros de la Federación valorizaron aún más las habili­
dades de un José M aría Lavalle o un Alejandro Villanueva, aunque
246
el color de su piel seguía siendo, desde la perspectiva de la Federa­
ción, lam entablem ente oscuro. Es más, además del interés futbolís­
tico se incentivó el interés descaradam ente económ ico. En su “via­
je de placer” a Buenos Aires, los m iem bros de la Federación apro­
vecharon al m áxim o las posibilidades de entretenerse en esa ciudad
lujosa, regresando a Lima vencidos en el fútbol y con deudas asom ­
brosas. Como Alianza Lima era el equipo que más “jalaba” , tam ­
bién era el que más dinero aportaba a la Liga. Los m iem bros de la
Federación tuvieron que dejar de lado sus disgustos raciales y les
levantaron el castigo, justo con tiem po para que Alianza participa­
ra en una serie de partidos organizados por la Federación; las ga­
nancias que generaron esos partidos ayudaron a reestablecer la li­
quidez de ese organismo. En la m edida en que el fútbol se desarro­
lló más en las siguientes décadas como un negocio, los clubes y sus
jugadores iban a ser cada vez más m ercancías: la calidad técnica y
la capacidad de “jalar” público iban a ser los com ponentes más im ­
portantes de los clubes, forzando a los dueños y a la Liga a dejar
de lado aún más el prejuicio racial.
Fuera o dentro de la Federación, Alianza Lima no dejó de
ser un equipo que atraía a jugadores negros y que valorizaba la cul­
tu ra afro-peruana en Lima. Si Alianza se alejó algo de su “ barrio” ,
la culpa la tuvo la estru ctu ra de la institución del fútbol, y no el e­
quipo mismo.

247
REFLEX IO NES FINALES

En la introducción del presente estudio, nosotros plantea­


mos dos inquietudes teóricas que íbam os a ten e r presentes a tra ­
vés de la investigación. Prim ero, sugerimos que el racismo (es decir,
el desprecio y la distorsión sistem ática de la identidad cultural e
histórica de grupos con u n a herencia nacional o étn ica com ún), no
sólo h ab ía persistido en el Perú durante el tránsito desde u n a socie-
dád de clanes a una de clases sociales; sino que hasta se habían
creado nuevos m ecanism os racistas con la em ergencia de los m erca­
dos de trabajo y la transform ación del trabajo en m ercancía, resul­
tado de la tem prana industrialización de Lima. De ahí, puede ser
equivocado hablar sim plem ente de “ dim ensiones” o “ ingredien­
te s” étnicos en la dom inación social, com o herencias del pasado
colonial en el Perú m oderno. Efectivam ente, hem os visto que las
redes de relaciones personales, por ejem plo, form an u n a parte ín ­
tegra del capitalism o peruano. La segm entación racista de los m er­
cados de trabajo y la estructura racista de la fuerza de trabajo, no
eran solam ente herencias coloniales o artefactos de la naturaleza
estática de la sociedad peruana, sino tam bién productos inevitables
de los nuevos procesos y las nuevas dinám icas que em ergían a fines
del siglo XIX y com ienzos del siglo XX.
La segunda problem ática que nos planteam os en las prim e­
ras páginas giraba alrededor de la relación entre etnicidad y clase
social en la forja de la conciencia y las instituciones populares.
Planteam os la existencia de dos trayectorias históricas posibles
peío distintas de la relación etnicidad-clase social durante el tránsi­
to, de una sociedad pre-capitalista y pre-industrial, a ú n a en que el
m odo de producción capitalista es el dom inante. Por un lado, la
existencia de la diferenciación étnica en el seno de los sectores p o ­
pulares p o d ría servir com o un obstáculo a la em ergencia de una
clase trabajadora unida en el sentido ta n to de conciencia com o de
organización. O, al contrario, la existencia de instituciones étnicas
fuertes y relativam ente autónom as, p o d ría ten er el efecto de fo r­
talecer los lazos horizontales dentro de la clase obrera, deviniendo
en una m ayor resistencia a los esfuerzos de las clases dom inantes y
del Estado por captar y controlar cada aspecto de la vida social,
política y cultural de la clase obrera.
La historia cultural de los afro-peruanos durante el período
que hemos tratado aquí ofrece lecciones un tan to ambiguas en este
sentido. Por un lado, nosotros pensam os que la existencia de una
conciencia e identidad cultural afro-peruana co n trib u ía a u n a m a­

248
y o r resistencia a la captación y dom inación de los grupos de élite
que lo que se hubiera dado si es que no hubieran existido tales ins­
tituciones e identidad. La persistencia, aún hoy en día, de una con­
ciencia étnica y ciertas tendencias anti-elitistas entre los afro-pe­
ruanos de Lima, sobre to d o alrededor de instituciones com o el cul­
to al Señor de los Milagros y el club de fú tb o l Alianza Lima, es n o ­
table.
Pero por otro lado, hem os visto que el com plejo Estado-
clases dom inantes co n stitu ía un antagonista form idable a la a u to ­
n o m ía popular. Esto sobre to d o en la historia un ta n to trágica del
eclipse de Alianza Lima com o expresión autónom a de cultura p o ­
pular a fines de la década de 1920.
La historia que hem os traducido de los afro-peruanos d u ­
rante este m om ento im portante de la historia social peruana es, a
fin de cuentas, una historia contradictoria. C ontradictoria sobre
to d o con respecto a esta problem ática de la relación entre la iden­
tidad étnica y obrera. La contradicción central se encuentra en tre
las tendencias demográficas y poblacionales, p o r un lado, y las so­
cio-culturales, po r otro. Si los afro-peruanos hubieran sido un gru­
po étnico en aum ento durante las prim eras décadas del siglo XX,
entonces su rica historia de au to n o m ía y resistencia cultural p o ­
d ría haberse traducido en una coincidencia feliz entre la concien­
cia étnica y la conciencia popular. Pero ya du ran te aquella época se
p o d ía percibir que la influencia dom inante d en tro de los sectores
populares lim eños iba a ser la de las gentes provenientes de los A n­
des. Con el transcurso del siglo, la cu ltu ra afro-peruana de Lim a
fue cada vez más ahogada po r las consecutivas olas de m igración
serrana, y las instituciones culturales negras fueron cada vez más
fácilm ente reducidas a fragm entos desubicados de folklore o a
m ercancías para vender. A unque todavía existen en Lim a elem en­
tos subterráneos de identidad y au to n o m ía negra, los ríos de la
conciencia popular iban a ser llenados p o r otras corrientes cu ltu ra­
les.

249
B I B L IO G R A F IA

El presente estudio, p roducto del sem inario titu lad o “ Lima


Obrera: 1900-1930” , está basado básicam ente en tres tipos de
fuentes: trabajos publicados contem poráneos ta n to de la época del
estudio com o de la actualidad, cifras estadísticas publicadas en va­
rios órganos oficiales, y entrevistas personales con personas que vi­
vieron durante la época.
De los trabajos publicados que to can directam ente el tem a
de los afro-peruanos en el Perú, se ha utilizado Frederick P. Bow-
ser El Esclavo Africano en el Perú Colonial, 1524-1650 (México:
Siglo XXI E ditores, 1977); A lberto Flores Galindo A ristocracia y
Plebe: Lima, 1760-1830 (Lima: Mosca Azul E ditores 1984); De-
nys Cuche La Condición del Negro en el Perú, 1855-1900 (Lima:
Pontificia Universidad Católica del Perú, 1973); Luis Millones
“ La Población Negra en el Perú: Análisis de la Posición Social del
Negro durante la Dom inación Española” en M inorías Etnicas del
Perú (Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 1973); Car­
los Lazo G arcía y Javier Tord Nicolini Del Negro Señorial al
Negro Bandolero: Cim arronaje y Palenques en Lima Siglo XVIII
(Lima: Biblioteca Peruana de H istoria, E conom ía y Sociedad,
1977); Manuel Burga “ La H acienda en el Perú, 1850-1930” Tierra
y Sociedad 1:1, abril de 1978; finalm ente, la obra del d o c to r F er­
nando R om ero sobre el negro a través de la historia peruana, inclu­
yendo “ El Mestizaje Negroide en la D em ografía del P erú” , Revista
Histórica (Lima: In stitu to H istórico del Perú, 1965), y “ Papel de
los Descendientes de Africanos en el Desarrollo Económ ico-Social
del Perú” M ovim ientos Sociales, No. 5 (Lim a: Universidad Nacio­
nal Agraria, La Molina, 1980) ha sido sum am ente útil. Sobre el fe­
nóm eno de la esclavitud se ha consultado O rlando P atterson Slave-
ry and Social D eath (Cambridge, M assachusettes: Harvard Univer-
sity Press, 1980); y Eugene Genovese Roll Jordán, Roll: The
W orld the Slaves Made.
Los trabajos contem poráneos de la época que hem os u tili­
zado son: Enrique León G arcía Las Razas en Lima: E studio Demo­
gráfico (Lim a: San Marti y Cia., 1909); José Diez Canseco Estam ­
pas M ulatas (Lima: Festival del Libro, 1940); Eudocio Carrera
Vergara Lima Criolla de 1900 (Lim a: Tip. Rivas Berrio, 1940); E n­
rique López Albújar M atalaché (Lima: Ediciones PEISA, sin fe­
cha). Se ha consultado, además, varios periódicos y revistas: El

250
Com ercio de Lima, M undial, y, en el cam po deportivo, Toros y
D eportes de los años 1929 y 1930.
Para la historia general de la época se ha consultado: Al­
berto Flores Galindo y Manuel Burga: Apogeo y Crisis de la R epú­
blica A ristocrática (Lima: Ediciones Rikchay Perú, No. 8, segunda
edición, 1981); Steve Stein Populism in Perú: The Emergence of
the Masses and the Politics o f Social C ontrol (Madison, Wisconsin:
University of Wisconsin Press, 1980); y “ Populism and Mass Poli­
tics in Perú: The Political Behavior o f the Lima Working Classes in
the 1931 Presidential E lections” (tesis de doctorado, Stanford Uni­
versity, 1979); Julio Cotler Clase, Estado y Nación (Lima: In stitu ­
to de Estudios Peruanos, 1978), especialm ente el capítulo 4. Sobre
tem as más específicos se ha consultado: M aría Magdalena Bermú-
dez Lizárraga Orígenes y Organizaciones del M ovim iento Sindical
de la Industria de la C onstrucción en Lima 1895-1948 (tesis de ba­
chillerato de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 1981);
Shane H unt “ Evolución de los Salarios Reales en el Perú: 1900­
1 9 4 0 ” E conom ía vol. 3, No. 5 (Lima: Pontificia Universidad
Católica del Perú, junio de 1980): Julio Revilla “ Industrialización
Tem prana y Lucha Ideológica en el Perú: 1890-1910” , Estudios
Andinos No. 17-18, 1981; Rubén Vargas Ugarte El Cristo del Se­
ñ o r de los Milagros (Lima, 1957); Raúl Banchero Castellano La
V erdadera H istoria del Señor de los Milagros (Lima: Inti-Sol Edi­
ciones, 1976); Guillermo Thorndike El Revés de Morir (Lima:
Mosca Azul Editores, 1978).
Las fuentes estadísticas que se han utilizado han sido Jas
siguientes: Censo de la Provincia de Lima y Callao de 1908; Resu­
m en del Censo de la Provincia de Lima 1920; Censo de las Provin­
cias de Lima y Callao de 1931; el B oletín de la M unicipalidad de
Lima, varios años; y las Memorias del M inisterio de Justicia, Ins­
trucción, Beneficencia y Culto, varios años. Estos Boletines y
Memorias han incluido datos coleccionados de registros civiles, de
los hospitales y de las cárceles y escuelas correccionales de Lima,
que nos han inform ado sobre la salud, m ortalidad, natalidad, y
crim inalidad de las razas limeñas, y son especialm ente útiles para
los años ínter-censales.
Las entrevistas personales con testigos de la época del estu­
dio no solam ente han sido la parte más satisfactoria de esta inves­
tigación, sino tam bién han ofrecido inform ación e interpretacio­
nes que no se p o d ían derivar de los trabajos escritos, m ucho menos
de los cuadros estadísticos. Entre las personas que han ofrecido
m uchas horas para contar sus interesantes historias, quisiéramos
251
agradecer a Irene y Pedro M éndez, Agusto Ascuez, Elena Tenaud,
V íctor León, Miguel Rostaing, Enrique A costa Salas, Angel Salda-
no, y Juan y Ricardina Ram írez. Agradecem os tam bién a Steve
Stein, quien hace de la entrevista un verdadero arte; y , finalm ente
a la familia Navarro Lavalle, p o r su generosidad sin lím ites, y a
José Deustua, p o r sus correcciones editoriales.

252
Capítulo 4
DE LA GUARDIA VIEJA
A LA GENERACION DE PINGLO:
MUSICA CRIOLLA Y
CAMBIO SOCIAL EN LIMA
1900 -1940

José A. Lloréns
Instituto de Estudios Peruanos
De la Guardia Vieja a la generación de Pinglo:
m úsica criolla y cam bio social en Lima, 1900-1940*

En los program as radiales y en las páginas de espectáculos


de los diarios lim eños se em plea actualm ente una serie de térm inos
para ubicar la producción musical criolla según épocas o estilos,
com o “ G uardia Vieja” , “ la edad de oro” , “ los tiem pos h a ” y otros
similares. Se busca así distinguir los varios m om entos de su evolu­
ción. Sin em bargo, no existe un criterio único ni m uy preciso para
situar las etapas. Cada locutor o com entarista parece tener su p ro ­
pia idea de las características que separa una de otras, influyendo
en los criterios m uchas veces la edad de la persona que los aplica.
Para los más veteranos, por ejem plo, la Guardia Vieja corresponde
a los prim eros años del siglo XX o incluso antes. Algunos de los
más jóvenes, por el contrario, llegan a identificar esta etapa con los
contem poráneos del fam oso Felipe Pinglo o hasta con los com posi­
tores posteriores que se inician en la actividad musical apenas en la
década de 1950 y que en su m ayoría sigue produciendo valses y
polcas. No hay, pues, una percepción clara del desenvolvimiento
histórico de la m úsica criolla.
Por o tra parte, existe tam bién la idea más o m enos genera­
lizada de que el com positor popular lim eño Felipe Pinglo Alva
(1899-1936) representa “ lo más genuino” , la “ etapa clásica” de la
m úsica criolla. Esta idea se asocia muchas veces a la suposición.
que la Lima de Pinglo era m uy criolla y tradicional, una época
cuando aparentem ente las clases populares de la capital vivían
en un am biente donde la m úsica peruana era la única que se
interpretaba y escuchaba, siempre en grandes fiestas y jaranas de
callejón. A Pinglo, además, se le tom a com o el fundador de la m ú­
sica criolla, el que le da un estilo auténtico, característico y defini­
tivam ente nacional o peruano.

(* ) El presente artícu lo , es una versión resum ida del primer ca p ítu lo de


un libro sobre la m úsica criolla y andina editado por el Instituto de
Estudios Peruanos. Q uerem os expresar nuestro agradecim iento al Dr.
Steve Stein , por facilitam os los invalorables d ocum entos que co n sti­
tuyen las entrevistas tom adas por él a com positores populares lim e­
ñ os, varios de ellos ya fallecidos.

255
Intentarem os aq u í desm itificar estas ideas, tra tan d o de p re­
cisar con criterios más sistem áticos las etapas de la creación m usi­
cal lim eña en base al c o n tex to histórico y social en que se desarro­
llan dichos m om entos. Se hará referencia a la form a en que los m e­
dios de difusión m oderna influyeron sobre la producción a rtísti­
ca local dando origen, dentro de las transform aciones sociales y
culturales de la tercera década del presente siglo, a una nueva etapa
en la música criolla. Para com prender estos procesos habrá que re­
m ontarse al m om ento previo a la popularización del fonógrafo y
de las funciones cinem atográficas én Lima, considerando la practi­
ca musical antes que se extendiera el habito de consum o de los
medios de difusión.

LA GU ARDIA V IEJA

En los prim eros años del siglo XX, Lima te n ía m ucho de


aldea o de conglom erado de barrios en to rn o a un núcleo donde
se concentraban los edificios públicos y de gobierno. Los barrios
estaban rodeados de huertas y jardines, m ientras que en los ex tra­
m uros de la ciudad h ab ía chacras y haciendas. La m ayor p arte de
los limeños vivían en callejones. Estos lugares, form ados p o r hile­
ras de pequeñas viviendas de una o dos habitaciones dispuestas a
lo largo de un estrecho corredor descubierto y con una sola en­
trada desde el exterior, p o d ían albergar entre 50 y 200 personas,
estando ocupados por las familias de m enores ingresos económ i­
cos (1).
Todavía no se hab ía construido las grandes avenidas que
intercom unicarían los barrios entre sí y el centro de Lima con los
balnearios y el puerto del Callao. Com o se sabe, gran parte de la
actual estructura urbana de la capital surgió entre 1919 y 1930 o
ha provenido del im pulso entonces iniciado. El tran sp o rte urbano
estaba lim itado al tranvía o al coche de alquiler, am bos de tra c ­
ción animal. Sólo a p artir de 1905 el tran v ía com enzó a usar ener­
gía eléctrica. El autom óvil em pezaba a llegar en núm ero lim itado
y para uso de sectores m uy restringidos de la población. No se des­
arrollaban aún los grandes espectáculos masivos. Las m ayores
atracciones públicas eran las funciones de zarzuela, el tea tro popu-

(1 ) Una descripción detallada de las características de vida en lo s callejo­


nes lim eños durante las primeras décadas del siglo X X p u ede en co n ­
trarse en Stein (1 9 7 3 ).

256
lar, e l c ir c o y las co r rid a s d e to r o s.
D entro de este am biente urbano, descrito a grandes ras­
gos, la m úsica criolla m antenía canales de trasm isión y difusión
que po d rían denom inarse orales y po r lo general en el m arco de
ocasiones festivas celebradas po r las clases populares limeñas. Los
cum pleaños, bautizos y m atrim onios co n stitu ían m otivos suficien­
tes para “ arm ar jaranas” con los amigos y vecinos del callejón.
M uchos de los callejones guardaban en su interior alguna imagen
de un santo católico al que se veneraba, considerándosele el “ pa­
tró n ” de sus m oradores y p ro te c to r de sus viviendas. Se acostum ­
braba festejar el d ía del santo p a tró n con misas, cerem onias y p ro ­
cesiones que recorrían el barrio y term inaban en grandes verbe­
nas criollas. Tam bién se conm em oraban los carnavales y las
efem érides nacionales al interior de los callejones, aunque es im ­
p o rta n te destacar que en esa época la música criolla no era ejecu­
tada en las cerem onias oficiales que organizaba el gobierno (cf.:
Azcuez 1982c).
Se puede decir que todos estos elem entos estim ulaban en
las clases populares lim eñas cierto sentim iento de pertenencia
e identidad con el lugar donde se vivía, con el barrio específico e
incluso con un callejón en particular dentro del barrio. D ebido a
su relativo aislam iento y a las características señaladas en el p á ­
rrafo anterior, los barrios lim eños m anifestaban alguna variedad
en sus expresiones culturales. E n el aspecto m usical, los diversos
barrios habían im prim ido estilos ligeram ente diferenciados a los
géneros criollos, pudiéndose distinguir la procedencia de los gui­
tarristas p o r su form a de pulsar el instrum ento y se identificaba
el barrio de origen en los cantores por su m anera de en to n ar la
voz y por el “ c o rte ” o ritm o que le daban a las canciones (Santa
Cruz, C.. 1977). Se había llegado a desarrollar incluso un senti­
m iento de pertenencia y orgullo de barrio, que suscitaba m uchas
veces la com petencia de estilos y co n trapuntos de intérpretes re­
presentativos de cada lugar.
Las jaranas y fiestas populares en los callejones y barrios
populares eran animadas por músicos no profesionales, en su gran
m ayoría. Ejecutaban valses, polcas en m edio de m arineras, tristes
y yaravíes, aunque tam bién intercalaban m azurcas y cuadrillas de
m oda (cf.: Carrera Vergara 1940 y 1956). Es posible que en estas
fiestas y celebraciones incluyeran algunas expresiones musicales
afroperuanas, las cuales abundaban entre los peones negros de las
haciendas y pueblos de la costa central (véase Diez Canseco 1949;
Santa Cruz, Nicom edes 1982; Azcuez 1982a).
257
Este sería el lugar indicado para distinguir lo que para la
época era m úsica criolla de lo que más am pliam ente se p o d ría lla­
mar música popular costeña. E ntendem os po r m úsica criolla la que
era producida y consum ida por las clases populares de la ciudad
de Lima, co n stitu id a básicam ente po r dos géneros: el valse y la
polca. Desde una perspectiva histórica, este m om ento de la m úsi­
ca criolla es el que p o d ría llamarse Guardia Vieja, situado aproxi­
m adam ente entre fines del siglo pasado y 1920. El valse estaba ad­
quiriendo características locales después de transform arse bebien­
do en diversas fuentes, ta n to las europeas (waltz vienés, jo ta espa­
ñola y m azurca polaca) com o las m estizas de la costa central (pre­
gones, tristes) y las afroperuanas de la misma región (2).
Ju n to al valse y a la polca, existía entonces o tro im portan­
te género popular lim eño. De m ucha raíz africana, hasta m ediados
del siglo XIX había sido practicado en sus form as más tradiciona­
les sólo por la población negra y m ulata de la costa central. Dicha
característica se aprecia en diversos testim onios de la época. Co­
nocida durante gran parte del siglo XIX com o zamacueca o mo-
zamala, se había enriquecido asim ilando la resbalosa y las fugas
diferenciándose de géneros costeños similares, pasando a ser llam a­
da marinera en los años de la Guerra con Chile. Es posible que la
agresión arm ada del exterior catalizara su aceptación e integración
al repertorio criollo popular de Lima, rebazando el ám bito negroi­
de y tendiendo puentes entre ambos sectores, tal vez en el afán de
buscar un baile com o expresión de la tan necesitada unidad nacio­
nal. Es así que desde las últim as décadas del siglo pasado la mari­
nera limeña puede considerarse parte de la vertiente criolla y se le

(2 ) N o se con o cen con exactitu d los orígen es o el p roceso de aparición


del valse criollo, tem as p o co investigados hasta ahora. Es probable
que el resurgim iento y gran apogeo finisecular de la zarzuela españo­
la, la cual tuvo m ucha popularidad en Lima durante esos añ os, haya
influido en la form ación del valse, después qu e el w a ltz vienés llegara
a m ediados del siglo X IX . La fuerte orientación localista y co stu m ­
brista de la zarzuela, que asimilaba la m úsica tradicional de las diver­
sas regiones ibéricas dándole renovado vigor y amplia d ifu sió n , p u e­
de haber estim ulado en los com p o sito res populares y lim eñ os una
búsqueda y rescate de expresiones locales y nacionales para am o l­
darlas a form as que eran m uy gustadas por el p úblico capitalino de la
época. Las m ism as zarzuelas parecen haber proporcionado parte de
la m úsica y te x to s de algunos valses criollos de la Guardia Vieja. Al
respecto puede verse: C ollantes, A . 1 9 5 7 ; C isneros, N . 1 9 7 2 , Santa
Cruz, C. 19 7 7 ; A costa Ojeda, M. 1 9 8 2 .

258
encuentra en las fiestas populares de negros, mestizos y blancos (3).
Sin em bargo, se conocían en Lima géneros musicales que
tam bién p odrían considerarse populares a principios del siglo ac­
tual, pero que solam ente algún sector étnicam ente distinguible de
sus habitantes urbanos los practicara. El am orfino, por ejem plo,
“ (. . .) sólo lo cantaba la gente de color, pues el am orfino es canto
de m orenos (y) propio de la ciudad de L im a ...” (Azcuez 1982a).
H abía además otros géneros de raíces africanas que los esclavos
cantaban durante el siglo XIX en las zonas rurales de la costa cen­
tral, pero que a principios del XX ya se les encontraba en algunos
barrios de la capital, com o Malambo. Es el caso del panalivio, la­
m ento negroide de los que trabajaban en las haciendas. En su fo r­
ma más tradicional era cantado durante las faenas, siendo poste­
riorm ente instrum entado con guitarra y en parte con cajón cuando
se llevó a los galpones y luego a la ciudad (cf. Azcuez ob. cit.).
Según lo visto, algunas expresiones musicales tradicionales
de origen afroperuano y procedencia rural costeña seguían un p ro ­
ceso de asimilación urbana, aunque sólo se conocían entre la p o ­
blación negra de la ciudad. La m ayoría de ellas no ten d ría la suer­
te de la marinera limeña, tam bién llamada canto de jarana, ya que
com o géneros prácticam ente se extinguirán a lo largo del presente
siglo, así com o desaparecieron otras m anifestaciones negroides del
siglo anterior. A pesar de su traslado a la ciudad, no superaron la
difusión étnicam ente restringida y no llegaron a ser integradas a la
vertiente criolla. Se puede entender en ello que existían aún m ar­
cadas diferencias culturales en las clases populares urbanas, dife­
rencias que por su no m uy lejano origen colonial se hacían p aten ­
tes todavía en la dim ensión étnica. De ah í que no podam os consi­
derar dichos géneros musicales com o criollos aunque fueran urba­
nos y lim eños, sino más bien com o parte del folklore afroperuano.
En el resto de la Costa Central, principal asentamien-

(3 ) Un rezago de la anterior separación entre la cultura afroperuana y la


criolla m estiza en las expresiones m usicales lim eñas se pone de ma­
n ifiesto en una anécdota que relata A zcuez (1 9 8 2 d ): “ [ . . . ] No se lle­
vaban porque ‘P an ch o’ [Ballesteros, com p ositor negro ] le decía a
H uam bachano: ‘Tú no cantas [marinera lim eña], tú eres ch o lo ; quien
canta es A ugusto [A zcu ez, cantante negro], ése sí sab e’. Cuando
cantábam os marineras [lim eñas], por buscarle la lengua a Ballesteros,
le d ecía a H uam bachano: ‘C ontéstale tú ’. P an ch o’ se soltaba e n to n ­
ces: ‘A nda ch o lo de m . . .’ y ya no contestaba [la marinera]. Ni en
pintura lo p od ía ver. . .” .

259
to de la población negra, se practicaban las expresiones de canto,
danza y literatura oral del folklore afroperuano. E ntre sus m anifes­
taciones podem os m encionar el ingá, el agüenieve, el co n trap u n to
de zapateo, el socabón, el fe s te jo ; y otras más com plejas com o los
negritos, el son de los diablos y m oros y cristianos (4). En la costa
norte, por o tra parte, se conocían otros géneros musicales com o el
triste, la marinera norteña y el fondero. Es posible que en las ciu­
dades del litoral se practicaran tam bién valses y polcas de creación
local y que luego serían conocidos en Lima tra íd o s po r los m igran­
tes que provenían de estos lugares a lo largo del presente siglo. Sin
embargo, sería necesario un estudio más extenso para conocer la
vida musical de las clases populares en las ciudades costeñas a p rin ­
cipios del siglo, lo cual escapa a los propósitos de este trabajo.
Habiendo delim itado a grandes rasgos la vertiente lim eña
en los prim eros años del siglo XX, verem os con m ayor detalle la
producción y difusión de la m úsica criolla en la capital. Los m úsi­
cos y com positores criollos de la G uardia Vieja eran de extracción
popular: artesanos y obreros en su gran m ayoría que no o b ten ían
beneficios económ icos de su labor artística, siendo m uy escasos
los que podían sostenerse exclusivam ente en base a su actividad
musical. Dichos com positores, además, no ten ían entonces m ucho
interés en registrar oficialm ente sus obras, ya que no hab ía ningún
aliciente económ ico para hacer valer derechos de a u to ría sobre te ­
mas que no trascendían la ocasión festiva y que m uy rara vez se
oían fuera de las jaranas o de los barrios populares. Cada nueva
canción se aprendía directam ente del propio com positor o se tra s­
m itía entre sus amigos más cercanos en los festejos sociales a los
que sólo acudían los familiares y los conocidos en el barrio (cf.:
Santa Cruz, C. 1977).
Es im portante destacar que la generación criolla de la
Guardia Vieja se desenvuelve sin la presencia generalizada de los
m edios de difusión. Las influencias musicales cosm opolitas que re­
cibe provienen de fuentes que utilizaban canales más tradiciona­
les de propagación. Entre ellos se pueden m encionar las funciones
de teatro (ópera, zarzuela y cuadros de costum bres), las retretas
públicas que ofrecían las bandas m ilitares, además de los pianitos
am bulantes o portátiles que m uchas veces eran alquilados para

(4 ) N o se ha h ech o todavía un trabajo exhaustivo sobre el arte y fo lk lo ­


re afroperuano. A lgunos d atos pueden encontrarse en C uche, D .
1 9 7 5 ; M atos, J. y Carbajal, J . 1 9 7 4 ; Santa Cruz, N . 1 9 8 2 .

260
anim ar las reuniones a la espera de los m úsicos y guitarristas o ta m ­
bién para los paseos cam pestres que se organizaban en los alrede­
dores de la ciudad. Los m iem bros de la G uardia Vieja, por ser co m ­
positores que generalm ente no te n ía n preparación técnica ni fo r­
mal, debieron recoger sus ideas musicales foráneas de los tem as y
géneros de m oda que se d ifundían a través de los m edios señala­
dos, ya que no p o d ían leer las partituras que aparecían en diversas
revistas lim eñas o que vendían las casas de música. Cuando los m o­
dernos m edios de difusión em piezan a extenderse p o r la capital, a
fines de la segunda década del presente siglo, la G uardia Vieja h a ­
b ía plasm ado ya sus estilos característicos, m arcando u n a etap a en
el desarrollo de la m úsica criolla.
A m odo de ilustración, se pueden m encionar los siguientes
valses com o producción de la G uardia Vieja: E l guardián (“ Yo te
pido, guardián, que cuando m uera/borres los rastros de m i h u ­
milde tum ba. . .” ); Brisas del mar (“ Cuando el sol de la m añana
colora/en oriente su diáfano velo. . .” ); Pasión de hinojos (“ U na
pasión de hinojos/borrará nuestros encantos. . .” ); A s í es m i am or
(“ Suave com o el arrullo de la palom a,/dulce com o el trin ar de un
ruiseñor. . Tus ojitos (“ Tus ojitos que contem plo con deli­
rio/yo los quiero y los adoro con em peño. . y La pasionaria
(“ A quí está la pasionaria, /flo r que cantan los poetas. . .” ). Se ha
escogido com o referencia algunos valses que son m uy conocidos
hasta la actualidad. Existen m uchos otros valses de la época, pero
la m ayoría de ellos tiene características similares a los ejem plos
citados. El nom bre de sus autores ha caído en el olvido, com o se
explicaba líneas arriba, figurando en nuestros días com o p ro d u c ­
ción “ anónim a” o no registrada.
Para ensayar u n a caracterización de esta etapa, se p o d ría
decir que la generación de com positores de la G uardia Vieja crio­
lla realiza u n a producción ^musical con algunos rasgos folkloricos,
usando el sentido científico del térm ino (véase, p o r ejem plo, Cor­
tázar, R. 1959). Es u n a creación de los sectores populares, en su
m ayor p arte sin autor registrado y casi siem pre olvidado, que llega
al presente com o p roducto “ anónim o” , siendo distinguido precisa­
m ente con el nom bre genérico de G uardia Vieja. En el m om ento
de su aparición, la difusión de estas canciones estaba circunscrita a
un grupo dentro de una localidad geográficam ente ubicable: el b a­
rrio popular lim eño. La creación se tra sm itía de com positor a in ­
térprete por m edios orales y bajo condiciones musicales “ artesana­
les” o “ preindustriales” y sin registrársele por m edios gráficos: La

261
m ayoría de estos artistas populares no te n ía conocim ientos form a­
les ni técnicos sobre la com posición o interpretación musical, ca­
reciendo igualm ente de preparación para leer o escribir la música
que ejecutaban. Se puede decir que eran “ intuitivos” . La audien­
cia tam bién era local y restringida, com puesta casi siem pre p o r los
asistentes a las jaranas y festividades que servían de m arco y oca­
sión para la práctica musical. De este m odo, h ab ía una estrecha
vinculación e identificación entre el com positor, el intérprete y la
audiencia, vinculación que no estaba m ediada por relaciones m er­
cantiles ni por intereses económ icos en la producción y difusión
musicales.

EL PERIODO CRITICO

Lima era entonces el centro de la producción musical crio­


lla. El valse y la polca ten ían su base social en la población capitali­
na, pero es ésta tam bién la más afectada por el im pacto inicial de
la m odernización que se opera en el país entre 1920 y 1930, debi­
do a los grandes cambios estructurales sufridos durante el segundo
gobierno del presidente A. Leguía (5). En la vida de la urbe, las
transform aciones se expresan en el desarrollo de las avenidas que
integrarían los diversos barrios de la ciudad y en la am pliación de
las calles en general para facilitar la creciente circulación vial. El
autom óvil se convierte en u n a presencia cotidiana d entro del pai­
saje urbano, aunque siem pre significara un sím bolo de posición so­
cial. Las costum bres capitalinas son alteradas con m ucha rapi­
dez, especialm ente entre la juventud que acoge las novedades y
m odas foráneas, las cuales provienen en esta época principalm ente
de N orteam érica. Los Estados Unidos desplazan a E uropa en el
dictado de la m oda cosm opolita y en el m anejo de lo que se ha
llam ado la industria cultural.
Lima estaba adquiriendo las características de una ciudad
m oderna y la aparición de los m edios masivos de difusión musical
era parte de este proceso generalizado.Se debe recordar que el uso
de estos m edios de difusión em pezó a popularizarse en el m undo
con la producción industrial del fonógrafo en los prim eros años del

(5 ) E ste m om en to de la historia nacional ha sido bastante investigado


en lo s últim o s años. V éase, por ejem plo, Burga y F lores Galindo
1 9 8 1 ; Pareja P. 1 9 7 8 ; S tein , S. 1 9 7 3 ; Y ep es, E. 1 9 7 9 . Una interpre­
tación de! p erío d o en cu estión puede encontrarse en C otler, J. 1 9 7 8 .

262
siglo XX, m arcando el com ienzo de toda una nueva era en la p ro ­
pagación de la música. Este aparato ten ía la ventaja de ser prácti­
co y asequible para el uso en el hogar: se podía o ír en cualquier
m om ento las canciones de m oda y todo tipo de música y sonidos
que la creciente industria disquera lanzara al m ercado. Fue así
que los artistas tuvieron en el fonógrafo la oportunidad de ser es­
cuchados por m ucho más personas de las que cabrían en un tea­
tro y en distintos lugares a la vez, todo esto sin que el mismo artis­
ta necesitara estar presente. Se forjaba de este m odo un nuevo
proceso en la irradiación de las modas musicales y una relación
distinta entre el m úsico y su audiencia, bajo una dinám ica que se­
ría reforzada e intensificada con la sucesiva aparición y desarrollo
de otros m edios m odernos de difusión musical.
En Lima, hasta antes de 1920, el fonógrafo no parece ha­
ber alcanzado más que una audiencia reducida y lim itada a las cla­
ses pudientes y a los sectores que vivían atentos a las novedades
técnicas del m ercado internacional. A pesar que sus oyentes au­
m entaban en la capital a m edida que iban apareciendo aparatos ca­
da vez menos costosos y técnicam ente superiores, llegando p ro ­
gresivamente a m uchos hogares de las clases medias y populares,
la m úsica peruana escasam ente alcanzó a ser registrada en discos
durante las tres prim eras décadas del siglo (cf.: Santa Cruz, C.
1977). Es probable que no se contara todavía con un público con­
sum idor lo suficientem ente num eroso para hacer rentable una
producción masiva de tem as musicales que sólo eran populares en­
tre los gustos locales de sectores con bajo poder adquisitivo. La
idea de instalar una fábrica de discos en el Perú para absorber la
producción artística nacional no debió ser atrayente en esa época
para las empresas fonográficas, las cuales ten ían sus sedes en Esta­
dos Unidos o Europa. Las esporádicas grabaciones y ediciones co­
merciales de músicos populares peruanos que se registraron antes
de 1930 respondían más bien a la satisfacción del gusto por lo exó­
tico que el público norteam ericano m ostraba frente a las expresio­
nes artísticas de otros países (6).

(6 ) U no de lo s prim eros con ju n tos criollos que registró sus voces en la


grabación fonográfica para ed icion es com erciales fue el dúo co n fo r­
m ado por Eduardo M ontes y César Manrique. E llos viajaron en 1911
a E stados U n id os para que la empresa Columbio Phonograph & Com-
p a n y imprimiera discos con tem as populares de la costa peruana, por
cuenta de la casa Holting y Cía. de Lima que financió su viaje. Llega-

263
De este m odo, fue aum entando en Lima el consum o local
de discos y fonógrafos de origen foráneo, sin que se desarrollara
al mismo tiem po una edición discográfica masiva en base a los in­
térpretes peruanos. La gran m ayoría de canciones grabadas en esos
años provienen del extranjero, sobre to d o de Estados Unidos, de-
pendiéndose así de esa producción para el consum o fonográfico de
la población capitalina. Se im plem entaba u n a nueva dinám ica de
contacto con la m úsica foránea y con la m oda internacional, in ten ­
sificándose en la m edida en que el m ercado del disco lanzaba apa­
ratos cada vez más fáciles de adquirir y extendiera así el hábito de
escuchar música a través del fonógrafo (7).
La aparición del cine sonoro en la capital poco antes de
1930 debió reforzar el proceso descrito. No obstante, hay que te ­
ner en cuenta que las funciones del cine m udo tam bién co nstituían
una ocasión pública y frecuente para escuchar música. Las prim e­
ras películas eran acom pañadas generalm ente p o r un pianista en la
sala cuando no lo hacía u n a pequeña orquesta, en base a tem as
- musicales foráneos o cosm opolitas del m om ento. La llegada del
cine sonoro significó un m ayor co n tacto entre el público local y
la música internacional de m oda, pudiéndose incluso ver en la p an ­
talla a los cantantes y artistas del m om ento. Cabe suponer, po r ello,
que los géneros musicales ligeros llegados a través de las películas
sonoras eran los mismos que se difundían en los discos de la épo­
ca (8). .

ron a editarse 91 discos d ob les co n 1 8 2 piezas, m uchas de las cuales


eran m uy con ocid as en esos años, co m o Luis P a rd o , La palizada y
San Miguel de Piura ál amanecer. E ste caso es ilustrativo de las d ifi­
cultades que ten ia la p rod u cción musical peruana de arraigo popular
para llegar a ser grabada an tes de 1 9 2 0 , a sí c o m o de la curiosidad
que el exotism o de lo s artistas nacionales despertaba en lo s nortea­
m ericanos (cf.: Basadre 1 9 6 4 : X , 4 6 1 7 ).
(7 ) N o se puede decir, sin em bargo, que el u so del fon ógrafo en Lima re­
presentó el inicio del co n ta c to popular co n la m úsica foránea del m o ­
m en to. Lo que cambia es el lugar de origen de la m úsica extranjera.
El consum o discográfico llevó al desplazam iento de España y Europa
en general por E stados U n id os en la p rod u cción y propagación de
m úsica ligera para las audiencias populares. Pero hay una diferencia
m ás im portante del au m en to de la intensidad en el con su m o m u si­
cal y en la frecuencia del c o n ta cto co n lo s géneros forán eos de m oda
que lo s m ed ios m odernos de difu sión m usical introducen en lo s c en ­
tros urbanos.
(8 ) E ste es un aspecto que no ha sido estudiado en nuestro p aís, por lo

264
Se puede decir, entonces, que los m edios de difusión m o ­
derna influyeron crecientem ente sobre los gustos populares de
Lima, en una dinám ica que venía im puesta y controlada desde el
extranjero po r la floreciente industria cultural norteam ericana, e x ­
tendiéndose en poco tiem po sus efectos hacia los sectores más n u ­
merosos de la ciudad. A diferencia de épocas anteriores, los m e­
dios de difusión m oderna inducían un co n tacto masivo, perm anen­
te y cotidiano con las novedades de la m oda foránea por las carac­
terísticas de la producción y difusión artística que im plem enta-
ban dichos m edios. Fue así que la m úsica internacional de m oda se
convirtió en un elem ento de consum o frecuente e incluso diario
gracias al creciente hábito de la audición fonográfica y de las fu n ­
ciones de cine.
La producción musical de las clases populares lim eñas fue
afectada por estos procesos y po r los mism os contenidos que in tro ­
ducían los m edios de difusión m oderna. Las fuentes que h ab ían
alim entado a la G uardia Vieja se vieron desplazadas p o r los nuevos
y más dinám icos vehículos de trasm isión, los que además im po­
nían géneros musicales no conocidos hasta entonces pero que son
asimilados con inusitada rapidez por los jóvenes de todos los secto ­
res sociales. Este doble proceso de desplazam iento conduce a que
los géneros musicales de producción tradicional y difusión local
sean prácticam ente reem plazados po r las nuevas m odas foráneas en
los gustos de las audiencias populares limeñas. Las nuevas preferen­
cias que se im ponen sobre' el público local, a la vez, van a influir
sobre los artistas capitalinos hasta el p u n to de verse obligados a
incluir en sus repertorios los géneros internacionales del m om ento.
El ciclo se com pletaría cuando los com positores populares lim eños
adaptan sus propias creaciones a los estilos foráneos predom inan­
tes, asim ilando varias de sus características musicales para poder
luego ser aceptados por la audiencia local y adm itidos finalm ente
en los m edios de difusión m oderna.
El prim er m om ento de este fenóm eno, ubicado a fines de
la década de 1910, se le conoce tam bién com o el perío d o crítico
de la canción criolla: “ ( . . . ) el valse y la polca criollos (alrededor
de 1920) ceden posiciones hasta casi desaparecer” (Santa Cruz, C.
1977:44). Los tem as de la Guardia Vieja, hasta entonces m uy es-

cual no se p u ede tener una idea m ás precisa de la influencia qu e las


fu n cio n es cinem atográficas tuvieron sobre la cultura popular lim eña
y en particular sobre la m úsica de nuestro m ed io.

265
cuchados en las fiestas populares y jaranas de barrio o callejón,
tuvieron una fuerte y desigual com petencia con la m úsica de m oda
que venía del extranjero, siendo desplazados durante cierto tiem ­
po de casi todos los am bientes criollos, incluso de los mismos calle­
jones limeños. En diversos testim onios, los propios com positores
populares que vivieron este m om ento describen el fenóm eno:
“ __ Parecerá m entira, pero en los callejones no querían
bailar el v alse... Tango, la juventud quería ta n g o ... Me
acuerdo de la época del tango Té. H abía un m uchacho, m e­
dio escritor [que en 1922 ó 1923 ] reprochando esa cues­
tión del tango, parodió [la invasión del tango] con un verso
de él, pero con la m úsica del tango Té que decía:
Desde hace un tiem po que los negros de Malambo
en lugar de m arinera bailan tango.
Con esa gracia y displisura [sic ]
lo han convertido en m ovim iento de cintura.
En un rincón las negras viejas cuchichean,
en el centro las zam bitas se balancean.
Es una cosa graciosa y chistosa
entrar a un callejón
y ver bailar el tango T é ... ” .
(Covarrubias, Manuel, en Stein 1974c)

Ni siquiera las jaranas de callejón pudieron resistir la inva­


sión de los géneros argentinos y norteam ericanos en boga, los cua­
les se disputaban las preferencias de la audiencia en las fiestas p o ­
pulares, sobre to d o entre los jóvenes:
“ ... Se cantaba todo: valse, el tango; se bailaba en las fies­
tas [populares] el tango, se bailaba el jazz, se bailaba el
swing, se bailaba el chárlesto n ... El valse, com o siem pre,
para los m ayores, siem pre un valsecito, una m arinerita pa­
ra el final de fiesta, a s í ...” .
[Pregunta el entrevistador:] Pero esas jaranas de callejón
de los años de 1920, ¿no eran sólo de música criolla?
[Respuesta] “ ... No, no, n o ... Todo entró a llí... Así co­
mo ahora ha entrado el ‘rocanrol’, así f u e ...
(Carreño, Alcides, en Stein 1974a)
Algunos de los com positores criollos reaccionaron frente a
la invasión musical foránea y a la actitud de los jóvenes que aco­
gían con tan to entusiasm o la m oda cosm opolita. El ya citado Ma­
nuel Covarrubias, por ejem plo, lo hizo a través de su valse Viejo jil-

266
guerrilla, com puesto en esos años:
Tardes que enlutan el alma,
noches que hacen llorar.
Sentim ientos de un jilguero
son los que voy a cantar.
Dichoso jilguerillo / que en alegre retozo
vuelas de ram a en ram a / sin soñar ni esperar
que aquí en tu paraíso / de arbustos y rosales
por años transcurridos / te fueran a olvidar.
No vivas resentido / porque ya no te escuchan
ese tu dulce canto / desde el amanecer.
Oh, viejito jilguero / escucha y ten paciencia:
ese estilo m oderno / no debes aprender.
(En Stein 1974c)

F rente a esta situación, la m ayoría de los músicos popula­


res lim eños que antes de 1920 ya habían m adurado sus estilos, co­
rrespondientes a la G uardia Vieja, no pudieron o no quisieron
adaptarse a las novedades y cam bios de la moda. Como decía M.
Covarrubias, al explicar el m otivo de su valse, en el cual personifi­
caba la generación criolla de la Guardia Vieja en el jilguero: “ Re­
sentido el jilguerillo porque ya no le oían su c a n to ” ni en su p ro ­
pio “ paraíso de arbustos y rosales” (los barrios populares limeños),
porque “ ya estaba viejito y todos los pichoncitos se m andaban m u­
dar” hacia los nuevos géneros musicales en boga. De este m odo, el
p eríodo crítico de la canción criolla, ubicado entre 1920 y 1925 y
m otivado po r los cam bios socioculturales que atravesaba la ciudad,
m arcó el final de una época en la producción y difusión de la m ú­
sica popular limeña. Term inaba así lo que llamamos la Guardia
Vieja criolla, pero se iniciaba una nueva época. Al transform arse
Lima, se alteraron tam bién las características de la creación, pro ­
ducción y difusión musicales, cam bios que se plasm arían en la si­
guiente generación de com positores criollos. Son precisam ente
ellos, los m iem bros de la generación que sucede a la G uardia Vie­
ja, que entonces eran jóvenes y com o tales atentos a las noveda­
des del m om ento, los que asimilaron el im pacto musical del pro ­
ceso m odernizante sufrido por la capital.

LA GENERACION DE PINGLO

Debió ser m uy difícil para los jóvenes intérpretes y com ­


positores populares lim eños de los años de 1920 el sustraerse de
267
la creciente influencia de los ritm os foráneos, más aún si éstos ga­
naban las preferencias del cam biante gusto de su propia audiencia
solicitando que fueran ejecutados en las fiestas y reuniones socia­
les. Se ven así forzados a aprender y ejecutar los nuevos ritm os, in­
cluso en las jaranas de callejón, pues de lo contrario perderían
oyentes y popularidad. Se puede en tender p o r ello que m uchos
de los que recién em pezaban su tray ecto ria artística en esos años,
y que después serían figuras m uy conocidas de la canción criolla,
interpretaran estos géneros internacionales. Uno de ellos fue Pablo
Casas Padilla, autor del conocido valse A nita, que en esa época se
iniciaba en la actividad musical:
“ . . . N osotros am enizábam os una reunión [en una casa
de vecindad o en un callejón]. Con los que yo paraba to ca ­
ban la guitarra y cantaban. . . H acíam os lo nuestro y hacía­
mos tam bién lo extranjero, en la m ism a jarana. Se bailaba
el valse, la polca, el fox-trot, en la m ism a jarana. El tango
tam bién. Todo eso se sabía bailar [ en las fiestas de ca­
llejón].”
(Casas, P., en Stein 1971)
. Alcides Carreño Blas, p o r otra parte, quien posteriorm en­
te se dedicaría a la com posicion de m úsica criolla (Quisiera) y cos­
teña en general (Malabrigo, En Trujillo nació D ios), com enzó
com o intérprete de tangos en Lima. Fue su prim era presentación
pública, acom pañado con su herm ano, en u n te a tro popular de la
capital durante los años de 1920. Poco tiem po después fue contra- -
tado por Teresita Arce para form ar una “ típ ica argentina” , una o r­
questa al estilo popular argentino, en la que aparecía vestido com o
gaucho (Carreño, en Stein 1974a).
El mismo Felipe Pinglo Alva, quizá el más fam oso de los
autores que surge en esos años, tam bién ejecutaba “ con singular
m aestría” los tangos y fo x-tro ts de m oda (Collantes 1977). Se
dice incluso que Pinglo se hizo conocido prim ero com o ejecutante
de fo x-tro ts y después com o com positor de m úsica criolla (Az­
cuez 1982b), m ientras otros sostienen que y a en su niñez se entre­
ten ía “ tocando en un ro n d ín la m úsica de m oda: ‘El chavarán’ ,
especie de zapateo am ericano” (Collantes 1977). O tros contem ­
poráneos de Pinglo, com o Pedro Espinel Torres, Sam uel Jo y a Neri,
V íctor Correa Márquez, M áximo Bravo y varios más, que luego se
dedicarían a la creación de valses y polcas criollos, igualm ente
practicaban el tango, el one-step, el pasadoble y la m ayoría de gé­
neros foráneos de m oda en los años de 1920 y 1930 (Santa Cruz,
C. 1977:47).
268
No pasó m ucho tiem po antes que los com positores p o p u la­
res lim eños probaran suerte con los ritm os extranjeros. El ya ci­
tad o Pablo Casas fue uno de ellos:
“ . . . Me gustaba el fo x -tro t [en los años de 1930], Es la­
m entable que en el m edio ya no se le utilice, pero me agra­
daba y tam bién hice algunas canciones [de este género].
Por ejem plo, hice un fo x-trot que se hizo tam bién b astan ­
te popular. Llegó hasta el vecino puerto. .
(Casas, P., en Stein 1971)
Se puede decir, según to d o lo que hem os visto, que los
com positores populares lim eños llegaron en poco tiem po a fam i­
liarizarse ta n to con la m úsica foránea del m om ento, que la p u d ie­
ron dom inar hasta el p u n to de producir tem as en estos géneros.
No hubo, pues, u n a separación tajan te entre ambas vertientes o
culturas musicales, tam poco una audiencia local aislada y p u ra ­
m ente criolla. Por el contrario, ta n to el público lim eño com o los
intérpretes y autores populares co m p artían la afición por la m úsi­
ca que producían.
Así, d entro de la relación entre los músicos populares y
su audiencia, ésta les im puso un cam bio en su repertorio para sa­
tisfacer, prim ero com o ejecutantes e intérpretes, los nuevos gus­
tos internacionales que se in tro d u cían a través de los m edios de
difusión m oderna. A nte esta exigencia, los com positores criollos
se vieron tam bién en la necesidad de incorporar algunas caracte­
rísticas de la m úsica foránea en los género locales, dándoles n u e ­
vos estilos a los viejos géneros para adecuarlos a los gustos del
m om ento. De este m odo, se les presentó el requerim iento a los
nuevos com positores criollos de “ internacionalizar” el valse y la
polca según los ritm os en boga, pero tratan d o al mism o tiem po que
no perdieran su “ esencia” local. Era la principal m anera que en­
contraron para enriquecer, variar y renovar la m úsica p o p u lar li­
- m eña en una dirección tal que pudiera com placer la audiencia lo­
cal en co n tacto estrecho con la m oda internacional.
En F. Pinglo, po r ejem plo, se com prueba la introducción
de ciertas características de la m úsica norteam ericana en la polca
criolla, logrando un estilo nuevo. Nicom edes Santa Cruz (1977)
señalaba este caso:

“ [ ...] con Pinglo [la polca] se enriquece cuando ésta asim i­


la la influencia del fo x-tro t, dándole ese ritm o sincopado
que es llam ado ‘golpe A bancay’ de estilo V ictoriano...” .

269
Pinglo tuvo m ucho éxito en esta com binación, porque
hasta ahora se siguen cantando sus one-steps y sus “ polcas crio­
llas” creadas en base al ritm o del fo x -tro t, com o El saltimbanqui,
t i sueño que y o viví, Llegó el invierno. Ven acá limeña y Qué bo­
nito es mirar. Es im portante destacar que estas obras son com ún­
m ente tenidas ahora po r legítim as polcas criollas, lo cual de­
m uestra que la amalgama fue exitosa y se le ha adm itido com o vá­
lida para incprporarse al repertorio criollo. Lo mismo sucedió con
el pasodoble español y la polca, cuya influencia es n o toria en te ­
mas com o B om bón Coronado, de Pedro Espinel Torres; Los tres
ases, de F. Pinglo; La gitanilla, de V ícto r Correa M árquez; Lim a,
de Jorge Huirse y Enrique Portugal; Angélica, de Juan Criado; N os­
talgia chalaca, de Manuel Raygada Ballesteros; y Carmen R osa, de
Luis Dean.
En cuanto al valse criollo, las innovaciones consistieron en
am pliar y diversificar su universo arm ónico aum entando las variacio­
nes en los grados de la tonalidad, po r un lado, o en alterar el o r­
den, duración y estructura que caracterizaban a la G uardia Vieja
en su uso de los grados principales de la tonalidad. Sobre estos
cam bios se sustentaban m elodías más ricas y sutiles que las a n te ­
riores. En general, se n o ta una m ayor libertad en el uso de la arm o­
nía y la incorporación de giros m elódicos desconocidos durante el
p eríodo anterior, llegándose en algunos casos a grados de com pleji­
dad nunca usados antes en la m úsica popular lim eña (9). Algunas
de estas novedades se pueden encontrar en los valses más elabora­
dos de Felipe Pinglo, com o El canillita, La oración del labriego,
Jacobo el leñador. Tu Jiombre v el m ío, Horas de am or y Sueños
de opio. Tam bién en algunas obras de Laureano M artínez Sm art,
com o Destino, I'atalidad y Compañera m ía. Se pueden m encionar
igualm ente el valse R em em branzas, de Pedro Espinel Torres; Julia,
de Sam uel Jo y a Neri; y Ventanita y Desconsuelo, de Eduardo Már­
quez Talledo.
Surgió así to d a una nueva etapa en la producción musical
criolla, pudiéndosela denom inar la “ Generación de Pinglo” para
personificarla en su más conocido integrante. Los m iem bros de

(9 ) Es d ifícil precisar con exactitu d , para el caso del valse, las influencias
m usicales foráneas que recibe durante esta ép oca. E ste asp ecto m ere­
ce un estu d io m u sicológicü p rofu n d o, lo cual perm itiría discernir los
elem en tos asim ilados y su origen id en tifican d o las fu en tes m usicales
locales y las internacionales.

270
esta generación nacidos en su m ayoría entre 1895 y 1910, co­
m enzaron su actividad musical enfrentando el cambio de las con­
diciones en la creación artística popular que im ponía las trans­
form aciones socioculturales. Se puede decir que son ellos los que
perm iten superar el m om ento de crisis de la canción criolla. Para
lograrlo, habían asimilado los géneros y ritm os foráneos com bi­
nando algunas de sus características con los estilos y m elodías
locales de épocas anteriores, com o respuesta de la producción m u­
sical al cam bio en el gusto de su audiencia, llegando a una notoria
alteración de los estilos y contenidos musicales de la G uardia Vie­
ja.
Esta dinám ica de la producción musical criolla parece ha­
ber sido un fenóm eno generalizado en la música popular urbana de
las ciudades latinoam ericanas desde fines del siglo XIX. Así lo
señala, por ejem plo, la m usicóloga cubana M aría Teresa Linares
(1977). Según ella, se identifica esta producción musical por los
m ateriales cosm opolitas que incorpora, lo que le acerca o parango­
na a los últim os giros de la m oda que se im pone desde los grandes
centros m ercantiles capitalistas. Antes, esta música urbana había
incorporado otros m ateriales (elem entos de estilo) que llegaban
principalm ente con la música de com pañías de revistas o de la zar­
zuela española. Con el desarrollo de los medios de difusión masiva,
fue luego la de películas musicales y del fonógrafo;
“ . . . La m úsica popular urbana [de Latinoam érica] se en­
frentó a la contradicción im plícita entre la homogeneiza-
ción [que im pone la m oda cosm opolita sobre los estilos
locales] y la identificación de perfiles nacionales m edian­
te la selección de m aterias primas [musicales] y su elabora­
ción más inm ediata de m anera que se adapta a las dem an­
das comerciales. [. . .]” .
(Linares 1977:83)

Es im portante destacar que esta pugna entre lo nacional o


local y lo internacional o cosm opolita fue percibida con cierta cla­
ridad por algunos com positores criollos, com o Felipe Pinglo cuan­
do le escribe a un amigo: ;
“ [. . .] Tú sabes cóm o lucho por sacar adelante la canción
criolla, pero tengo la esperanza de que el esfuerzo m ío y de
otros, que no somos m uchos, sirva para que nuestro fol­
klore se coloque en el lugar que le corresponde; y que sea

271
conocido tan to aquí com o en el extranjero,pero con carta
de ciudadanía peruana bien definida. [. . .]” .
(En Collantes 1977)

R esulta m uy significativo el uso del térm ino “ folklore” por


Pinglo. Posiblem ente la misma invasión de m úsica foránea con m a­
y or fuerza e intensidad que en épocas anteriores haya agudizado el
contraste entre la tradición local y la m oda internacional. Pero el
uso de dicho térm ino den o ta tam bién que h a b ía ya una conciencia
de lo tradicional y local com o algo distinto de lo que él y su gene­
ración estaban produciendo. Esto se debe a que no se tratab a sólo
de un problem a estilístico o de form as musicales exclusivam ente.
Para el caso concreto de Lima se estaba operando en esos años una
transform ación en las características de la producción y difusión
de la m úsica criolla, lo cual perm ite distinguir con m ayor precisión
la Guardia Vieja de la G eneración de Pinglo com o dos etapas en la
historia de esta vertiente musical.
Los cambios que se expresaban a través de los- estilos m u­
sicales reflejaban transform aciones en la dinám ica de la creación
artística popular, tendiéndose en térm inos generales a la pérdida
de los rasgos folklóricos que, según habíam os visto en una sección
anterior, te n ía la producción y difusión de la m úsica criolla duran­
te la etapa de la Guardia Vieja. La a u to ría de las obras populares,
por ejem plo, em pezó a ser registrada y se transcribieron las cancio­
nes al m edio impreso y a la notación musical. A parecieron las ca­
sas editoras de polcas y valses criollos y los cancioneros adquirie­
ron gran difusión (cf.: Santa Cruz 1977). De este m odo, las form as
de trasm isión, difusión y aprendizaje dejaron de ser predom inante­
m ente orales y directas del com positor o ejecutante a la audiencia.
Por o tra parte, las diferencias en los estilos de creación e
interpretación musicales em pezaron a borrarse, tendiéndose a su
hom ogeneización. La difusión superó el cerrado círculo de amigos
o de las jaranas de barrio, llegando progresivam ente a to d a la ciu­
dad e incluso en ocasiones al extranjero. Las canciones pasaron a
ser identificadas por sus com positores e intérpretes, cuya fam a in ­
dividual crecía gracias a la difusión de cancioneros, y se iba per­
diendo la identificación p o r barrios de procedencia o po r referen­
cias locales.
Por últim o, al propagarse los nuevos m edios de difusión
p o r la capital, fueron reem plazando los tradicionales canales de
influencia y las anteriores fuentes de asimilación de ideas m usi­
cales provenientes del extranjero. El com positor lim eño Pablo
272
Casas ofrece una clave m uy valiosa para entender la asim ilación
de los géneros foráneos en la creación local a través de los de los
m odernos canales o m edios que tra ía n algunas de las nuevas ideas
musicales. Dicho autor explicaba así el proceso de creación y varia­
ción en la com posición de tem as po r los artistas populares de la
ciudad:
. . Ya en la época de Pinglo, o quién sabe un po q u ito
más antes, com ienzan a venir aquí películas sonoras. . .
E ntonces venían películas musicales; justam ente, m usica­
les nom ás. Muy buenas, desde luego, m uy bonitas para
aquel que le gusta la música. E ntonces, qué sucede: que
aquel que le gusta y tiene esa inquietud. . Yo pienso que
uno de los órganos que tenem os, el o íd o , es el más sensi­
ble, que yo pienso que ni más ni m enos com o u n a m áqui­
n a fotográfica. El oído se impregna. . . se im pregna y. . .
entonces el tipo se dispone más [...] y com ienza a crear
una m elodía; y lo que le sale lo que ha oído ahora cuatro,
cinco, diez o quince años a trá s ... A veces conscientem ente,
a veces inconscientem ente..
(En Stein 1971)

EXPRESIONES DEL CAMBIO

En este p u n to quisiéram os ilustrar lo que se ha expuesto


recurriendo a un estudio som ero y provisional de la misma obra ar­
tística que ha em anado de la producción musical criolla. Son m uy
escasas las investigaciones sobre este tem a, concentrándose casi e x ­
clusivam ente en los tex to s del valse y sus implicancias sicológicas
(Z apata 1969) o en los aspectos literarios y la estructura interna
de un solo com positor (Silva 1974). Dichos estudios dejan de lado
el co n tex to histórico en que se desarrolla la m úsica popular lim e­
ña para fijar su atención en las tendencias aparentem ente invaria­
bles o constantes que expresan las letras de los valses criollos y lue­
go extrapolarlas para caracterizar la sicología de las masas capitali­
nas. El historiador S. Stein (1973: cap. VIII y 1982), aunque e stu ­
dia am pliam ente el am biente social de los sectores populares de Li­
ma en las tres prim eras décadas del siglo actual, busca tam bién en
el valse criollo las expresiones de los valores m orales de la clase tra ­
bajadora.
Los autores citados, sin em bargo, han om itido de sus aná­
lisis el aspecto específicam ente musical de la producción criolla,
lim itándose además a estudiar los textos de un solo género d entro

273
de to d a esta vertiente. Por otro lado, no consideran la situación
festiva donde se actualiza p o r lo general la canción popular, m o­
m ento donde prim an sentim ientos opuestos a los que se despren­
den de un análisis exclusivam ente tex tu al o literal, tal com o apare­
cen en los estudios citados; tristeza, m elancolía, abatim iento, resig­
nación (10).
Según lo expuesto a lo largo de nuestro estudio, e n co n tra­
m os que las transform aciones socioculturales de la década de 1920
en Lima se aprecian tam bién en un cam bio de tem as y contenidos
en las letras y en los géneros musicales criollos. D entro del prim er
aspecto, se observa u n a diferencia im p o rtan te en los tem as que
canta la G uardia Vieja y la G eneración de Pinglo. En algunos casos
el tem a puede ser el m ism o, pero la perspectiva distinta. Es intere­
sante así tener en cu enta que uno de estos tem as es precisam ente
el del cam bio en las costum bres y en la vida de Ja ciudad. Por ejem ­
plo, en los prim eros años del siglo se canta a las m anifestaciones
iniciales de la m odernización urbana:
La luz eléctrica Resbalosa de autor
anónim o (c. 1900)
No sé que quieren hacer / los extranjeros en Lima, que nos
vienen a p o n er / una luz tan dañina: la llam an la luz
eléctrica, /com petidora del gas, que po r m uy buena que
sea / siem pre causa enferm edad. ¡Pobrecito gasfitero, /
qué oficio aprenderá! A sastre o a zapatero / o lo ajeno
agarrará.
(Tom ado de Vásquez, A. 1978)

(1 0 ) Al tom ar en cuenta la dim ensión social de la prod u cción criolla, el


estu d io de Stein (1 9 7 3 , 1 9 8 2 ) es el que más se acerca a la perspectiva
ensayada a q u í. E stam os de acuerdo co n dicho autor en que durante
las prim eras décadas del siglo X X la m úsica criolla está hecha por y
para lo s sectores populares de Lim a, co n stitu y en d o a sí un testim o ­
nio esp on tán eo y directo de esto s grupos sociales. N o ob stan te, cree­
m os que se debe considerar la p rod u cción artística en su aspecto
global. A sí, los estilo s m usicales y sus variaciones en el tiem po p u e­
den dar alguna luz sobre las tendencias culturales de d ich os grupos.
El h ech o d e qu e com pongan en ciertos géneros forán eos de m oda,
c o m o se ha visto , tam bién resulta bastante revelador, lo que se pierde
del análisis cuando la investigación se cincunscribe a uñ so lo género
de los diversos que en to n ces, tenían am plia d ifusión. Por ú ltim o , y a
pesar de la orientación histórica de su estu d io , S tein no señala las di­
ferencias en tre lo s prim eros años de la p rod u cción criolla y lo s c o m ­
positores de 1 9 2 0 y 1 9 3 0 , co locan d o en una sola categoría diversos
te x to s aparecidos desde 1 9 0 0 hasta 1 9 4 0 .

274
O tra m uestra de este m om ento es el valse Los motoristas.
En él se adaptó una m elodía de la zarzuela La trapera, para expre­
sar la aparición del tranvía eléctrico en Lima, servicio inaugurado
en 1904:
Los m otoristas Valse con letra
de Belisario Suárez y música de La trapera (c. 1905)
Ya se ha form ado una empresa / que reem plazará al U rba­
no: Los caballos y cocheros /tendrán que parar la m ano.
Pobrecitos conductores, / ya no tendrán que em pujar,
con este nuevo sistema / ya to d o se va a acabar.

Tú, con el autom óvil; /yo, con el tranvía, recorrem os las


calles / de noche y de día.
(Tom ado de Santa Cruz, C. 1977)
En am bos tex to s se n o ta cierto' asom bro y preocupación
po r estos cam bios, los cuales no son del to do bien vistos en el pri­
m er ejem plo, aunque en el segundo parece haber ya alguna acogi­
da a las novedades del transporte m oderno. Desde 1920, por el
contrario, se hace n o torio el desarrollo de las avenidas en la ciu­
dad y el autom óvil em pieza a convertirse en un elem ento com ún
del paisaje urbano en proceso de m odernización. Es bastante sig­
nificativo al respecto el m otivo que impulsa al com positor p o p u ­
lar lim eño Manuel Covarrubias a iniciarse en la creación musical:
“ . . . Ya yo, cuando he tocado un poquito [de guitarra,
cerca de 1920], abrieron aquí una avenida Miramar, y sa­
qué un valse dedicado a la avenida. . . Yo me acuerdo, ése
fue el prim er valse que saqué ; y com o había tan poco
elem ento [i. e., com positores en su "barrio], así que gustó el
valse. . .” .
(En Stein 1974c)
Para 1930 el autom óvil había adquirido tal difusión en la
capital que perm ite la com posición de un tem a en base a las num e­
rosas marcas de vehículos que circulaban por la capital. Como se
puede ver, el te x to que citam os a continuación expresa además el
desarrollo de las avenidas y el prestigio social que confería el uso
del autom óvil:
El volante ‘O ne-step’. Letra y
música de F. Pinglo (1933)
En H udson turism o de m áquina ideal o en Limousine Ca­
dillac me deleita ir cuando de paseo salgo a la ciudad, o
sus avenidas suelo recorrer. ,
275
Si me lleva al m ínim o el señor chauffer puedo en M ercade­
res m uy bien adm irar los rostros angélicos de cada m ujer,
hijas de esta Lima bella y colonial.
En Chandler, Ford, Overland, Chevrolet o Fiat, Willis,
Night, Mercedes, Minerva o D urant; Dodge, Lincoln, Pi-
zarro o Rolls Royce; Stultz, Buick, Lancia o Renault.
En Hispano Suizo, Paige, Studebaker, Isota Franchini, Co-
be, Alfa Rom eo, O akland, Oldsm obile, Pathfinder o Cle­
veland. En King o Mercer siento yo el placer que nos p ro ­
porciona la grata em oción de pasear en auto con bella
mujer.
Pontiac, Austin, M urray Vaulvas, Bugatti, Wacha, Case,
C ourburn, Citro en D ustro, Fhúngaro y Wright; Seret, La
Salle, Morris, Mac Farland, Peugeot, Fhum m obile y Duwo
bondadosos son.
Todos son m uy buenos cuando es m enester darse un colo­
rido de persona bien, burlando al travieso cupido de am or.
Al dejar el auto cesa mi pasión.
(Tom ado de Collantes 1977)
Las diferencias no sólo se encuentran en lo que expre­
san los tex to s citados. Hay que destacar tam bién el tip o de música
empleado. En los dos prim eros se usaron géneros vigentes en el
m om ento, com o la tradicional resbalosa lim eña que provenía del
siglo XIX, o se adaptó la m elodía puesta de m oda com o parte de
una zarzuela. Pinglo, llevado po r la m oda de los años de 1930,
recurre en cam bio al one-step de origen norteam ericano. Es com ­
prensible-que sea un género musical norteam ericano en el que se
exprese las m anifestaciones de la m odernización urbana de esos
años, ya que la difusión del autom óvil estuvo asociada a la llegada
de las m odas provenientes de Estados Unidos, así com o el cam bio
general de las costum bres limeñas (cf.: Basadre 1964:4133). Esta
asociación debió estar presente en la m entalidad popular de la épo­
ca.
Un tem a que aparece en la m úsica criolla de los años de
1920 y 1930 es el deporte. Se com pone canciones para destacar
las glorias y triunfos de los nuevos héroes que el fútbol, y más ta r­
de el boxeo, hace surgir de los sectores populares. Esta inclinación
coincide con la difusión de algunos deportes que logran audiencias
masivas, lo cual no ocurría antes de 1920 (D eustua 1982). En los
com positores de la Guardia Vieja no figura este tem a porque no
existía una afición al espectáculo deportivo y a sus protagonistas.
Desde otro aspecto, se puede n o tar que la Generación de
Pinglo desarrolla cierta conciencia de la transform ación generali­
276
zada de la ciudad en la desaparición de personajes tradicionales li­
m eños, com o el leñador, y la aparición de nuevos, com o el canilli­
ta y la costurera de m áquina. Surge así una nostalgia de haber
vivido los últim os años de la Lima tradicional, tem iéndose que el
cam bio sea irreversible. Los bailes antiguos, po r ejem plo, están
desapareciendo y son cosa de viejos:
Vamos doña M ariquita / a bailar esta polquita:
acuérdese de sus tiem pos/ aunque sea usted abuelita.
El corazón no envejece / y de alegría palpita al escuchar
los acordes / de esta m úsica bonita.

‘Yo tuve mis veinte abriles / y me place recordarlos.


¡Para qué les digo nada / de esos tiem pos juveniles!
Se bailaba la cuadrilla, / la m azurca y el festejo. Pero hoy
de esos cantos viejos / casi no ha quedado n a d a ’.
(Márquez Talledo, E. Dona M ariquita).
La percepción del cam bio no sólo se lim ita a las danzas
y cantos antiguos. Se expresa tam bién la idea de que el am biente
tradicional del barrio está desapareciendo y que ya no es posible
detener el proceso. El lugar donde pasaron su niñez y juventud es­
tá term inando de transform arse, aunque no se sabe cuál será el re­
sultado final de los cambios:
De nuevo al reto rn ar / al barrio que dejé, la guardia vieja
son/ los m uchachos de ayer. No existe el café / ni el criollo
restaurán.
Todo, to d o se ha ido / los anos al correr.
Nostalgias de bohem io / entre m í han surgido y lleno de
afán/ añoré con envidia aquellos laureles de tiem po atrás.
La vida en su m isterio / me ha dado una verdad: Los tiem ­
pos que se fueron, / ésos no volverán.
(Pinglo, F. : De vuelta al barrio)

Este sentim iento culm ina en una visión global de cam bio
que afecta a to d a la ciudad, vislum brándose u n a esperanza de m an­
tener viva la Lima tradicional a través de sus canciones:
Lima de antaño, tu recuerdo es im borrable.
Hoy nadie canta ya tu m úsica querida,
han olvidado por com pleto tu canción.

La canción de Lima que pasó


277
hay que hacerla recordar,
hay que hacerla renacer
en nuestro ser.

Lima tan tradicional,


linda tierra virreinal*
tu canción ha de triunfar.
(M artínez, L.: Lim a de antaño)
El “ costum brism o” que m anifiesta la m úsica criolla des­
de la Generación de Pinglo no se encuentra en la G uardia Vieja,
porque ésta vivía aún el ám bito tradicional com o algo natural y sin
m uchas alteraciones, m ientras que aquélla sufre ya los contrastes
de un m undo sujeto a grandes transform aciones. De este m odo, h e­
mos visto que la Generación de Pinglo no sólo fue en lo artístico
un p roducto de las transform aciones sociales, sino que además ex­
presa en su obra los cam bios que llevan a Lima de ciudad-aldea a
urbe m oderna.
Este “ costum brism o” , sin em bargo, tiene u n a contraparte
en la visión de que las transform aciones de la m odernización inclu­
yen el trastocam iento de las categorías de posición social. Las rígi­
das castas de la sociedad lim eña tradicional em piezan a convertirse
en clases sociales con cierta flexibilidad para el ascenso social. Sur­
gen así tem as y puntos de vista que sería m uy raro en co n trar en la
G uardia Vieja, y que representan un cam bio sustancial en los valo­
res y percepciones de las clases populares lim eñas sobre el ordena­
m iento social. Term inarem os este artículo citando la segunda parte
del valse más conocido y popular de la m úsica criolla: E l ple­
beyo (11), donde se expresa el p u n to culm inante de esta nueva

(1 1 ) En el tex to de Zapata (1 9 6 9 :5 2 -5 7 ) aparece una encuesta tom ada a


una muestra de 5 0 0 estu d ian tes universitarios y obreros de am bos
sexos, con finalidades exploratorias. Según lo s resultados d e la e n ­
cuesta, el valse más gustado resultó ser El p le b e y o , de F elip e P in ­
glo, con un 1 8 .4 ° /o de op in ion es favorables. El valse más recorda­
do fue tam bién El p le b e y o , con 1 3 .8 ° /o de respuestas positivas.
El valse considerado más popular, según lo s en cu estad os, es La flor
d e la canela, de Chabuca Granda, con 2 7 .2 ° /o de op in ion es afirma­
tivas; y El P le b e yo quedó en segundo lugar, con 1 2 .6 ° /o de respues­
tas favorables. D eb em os aclarar, sin em bargo, que La flor de la cane­
la es un valse de una época posterior al de Pinglo, habiendo sido
com p u esto después de 1 9 5 0 . Según ésto , el valse m ás popular de la
G eneración de Pinglo es El p le b e y o .

278
visión en la G eneración de Pinglo a través de su más destacado ex ­
ponente:
Así en duelo m ortal,
abolengo y pasión
en silenciosa lucha
condenam os suelen
a grande dolor;
al ver que un querer
porque plebeyo es,
delinque si pretende
la enguantada m ano
de fina m ujer.
El corazón que ve
destruido su ideal
reacciona, y se refleja
en franca rebeldía
que cam bia su hum ilde faz:
el plebeyo de ayer
es el rebelde de hoy
que po r doquier pregona
la igualdad en el amor.

279
T E X T O S C IT A D O S

ACOSTA OJEDA, Manuel


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