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Resumen - Raymond Boudon - François Bourricaud (1993) "Diccionario crítico de sociología" acción, acción colectiva, individualismo, individualismo metodológico y racionalidad

Resumen - Raymond Boudon - François Bourricaud (1993) "Diccionario crítico de sociología" acción, acción colectiva, individualismo, individualismo metodológico y racionalidad

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Raymond Boudon – François Bourricaud (1993) DICCIONARIO CRÍTICO DE SOCIOLOGÍA

Acción Explicar un fenómeno social significa, en todos los casos, relacionarlo con las acciones individuales elementales que lo componen, ya tome este fenómeno, por ejemplo, la forma de un acontecimiento, de un dato singular, de una distribución o de una regularidad estadística, ya cualquier forma. Este principio metodológico, implícita o explícitamente adoptado por la mayoría de los filósofos políticos y de los sociólogos, no implica de ningún modo complacencia con el paradigma que Piaget califica de individualismo atomista ni un riesgo de psicologismo. La acción de un individuo se desenvuelve como siempre dentro de un sistema de coacciones definidas más o menos claramente. Para comprender (y, por tanto, explicar) una acción individual, es sin duda necesario contar con informaciones sobre la socialización del individuo. Pero nunca la acción es consecuencia mecánica de la socialización. Para comprenderla, hay que delimitar las intenciones y, con mayor generalidad, las motivaciones del actor. La acción no es reducible a los efectos de un condicionamiento. Pero por otro lado, resulta claro que las “preferencias” del actor, así como los medios de que dispone o cree disponer, son afectados por las “estructuras sociales”. Escapando del atomismo y del realismo totalitario, la concepción sociológica de la acción, tal cual la ilustran sociólogos clásicos como Marx, Tocqueville o Weber, se substrae también al psicologismo. Por falta de una simplificación de los esquemas de análisis de la acción, el sociólogo se expone al peligro de simplificar excesivamente una fase esencial de su labor: el análisis de los mecanismos de agregación de las acciones individuales. Explicar un fenómeno social supone siempre dar cuenta de las acciones individuales que lo componen. Pero, ¿qué es “dar cuenta” de una acción? Para Weber, dar cuenta de una acción es “comprenderla”. Lo cual quiere decir que el sociólogo debe ser capaz de ponerse en el lugar de los actores en los cuales se interesa. La relación de comprensión que puede instaurarse entre el observador y el actor no está inmediatamente dada. Supone generalmente de parte del observador, un trabajo de información y tomar la distancia suficiente: para comprender la acción de otro, el observador debe darse cuenta de las diferencias que separan su propia situación de la del observado. La concepción weberiana de la “comprensión” implica dos consecuencias fundamentales. La primera es que un observador siempre puede, en principio, dar cuenta del comportamiento de un actor. Esta proposición implica a su vez, que la lógica de la acción individual contiene elementos invariantes en relación con la diversidad de los contextos humanos. La segunda consecuencia fundamental resulta de una observación elemental: uno puede tener la impresión de “comprender” la acción de otro aunque la interpretación que de ella dé sea errónea. Su “comprensión” es así un momento esencial del análisis sociológico. Pero sólo un momento. El sociólogo debe, en la medida de lo posible, desenmascarar sus “prenociones”. Pero su protección más segura consiste en verificar que su análisis microsociológico sea compatible con los datos macrosociológicos que está en condiciones de observar. Que los átomos de la sociología están compuestos por acciones individuales y que el observador puede mantener con los actores una relación de “comprensión” sin equivalente en el dominio de las ciencias naturales, no implica que la manera de proceder de la sociología sea fundamentalmente diferente de la de las ciencias naturales. Acción Colectiva En sociología, se distinguen varios tipos de grupos y agrupamientos. Puede llamarse grupo nominal o categoría social a un conjunto de individuos que comparten un carácter común. Se puede, como hace Dahrendorf, denominar grupo latente a un conjunto de individuos caracterizados por un interés común. Por grupo organizado se entenderá un grupo dotado de mecanismos de decisión colectiva. Se puede hablar de grupos semiorganizados a propósito de los grupos latentes “representados” por organizaciones que hacen profesión de defender sus intereses.La problemática de la acción colectiva puede resumirse en dos cuestiones: ¿en qué condiciones un grupo latente es capaz de emprender una acción encaminada a promover el interés común de sus miembros? ¿Por cuáles procesos y en qué condiciones un grupo latente puede transformarse en grupo semiorganizado o en grupo organizado? Se considera a menudo que un grupo latente, si no encuentra ningún obstáculo o resistencia y si tiene suficiente conciencia del interés común, actuara “naturalmente” con miras a promover su interés. Esta proposición es implícitamente admitida por Dahrendorf. El desarrollo de las sociedades industriales se acompaña, según Dahrendorf, de un aumento del número de grupos latentes. Estos grupos adquieren conciencia de su interés. La toma de conciencia conduce “normalmente” a una acción colectiva tendiente a promover el interés común. Corresponde a autores como Olson y Hirschman el merito de haberse interrogado con rigor sobre la legitimidad de la secuencia interés común-zona de conciencia del interés común-acción colectiva, generalmente concebida como evidente. Si se considera el grupo latente formado por los consumidores de un producto determinado, por ejemplo, la carne que se expende en carnicerías. Supongamos que la calidad de este producto declina y al mismo tiempo aumenta su precio. ¿Resulta de esto que los consumidores se sumaran a una acción colectiva de protesta? La respuesta no puede ser terminante: en algunos casos la adhesión tendrá efecto, pero en otros, no ocurrirá. Por una parte porque el consumidor tiene la posibilidad de recurrir a la defección antes que a la protesta. Por ejemplo, eligiendo sustituir la carne por otros productos. Por otra parte, porque la protesta, además de ser costosa, corre peligro de ser ineficaz. De manera general, la

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probabilidad de que el descontento se traduzca por la protesta es tanto más escasa cuanto menos costosa y más eficaz es la defección. Resulta imposible admitir que un grupo latente, aún en caso de tener “conciencia” del interés común, deba en todas las circunstancias desarrollar una acción colectiva encaminada a promover este último. Existencia de un interés común y “conciencia” del mismo son condiciones necesarias pero en general insuficientes para que aparezca la acción colectiva. Es menester que se den otras condiciones para que ésta tenga posibilidades de llevarse a cabo. 1) Una acción colectiva tiene posibilidades de producirse en un primer caso: cuando el número de los individuos que forman el grupo latente es muy restringido. En tal caso, la contribución marginal de cada uno es importante. 2) Un segundo cas es aquel en que la acción colectiva se ve asegurada por la intervención de mecanismos coercitivos. Hay que agregar a este caso el de los mecanismos de incitación indirecta que utilizan, por ejemplo, los sindicatos de investigadores y educadores en Francia. 3) Un tercer caso es aquél en que la acción colectiva se ve favorecida por la asimetría entre los intereses y recursos de los participantes. 4) Un cuarto caso es el de los grupos latentes fragmentados. Aquí, la acción colectiva tiene posibilidades de producirse a nivel de cada unidad y por consiguiente de implicar el conjunto del grupo latente, aunque éste sea considerable. 5) Un quinto caso es el de la organización que puede denominarse “exógena” de los grupos latentes. La historia reciente de los movimientos de consumidores es típica al respecto. Grupo latente de gran dimensión es el de los consumidores, compuesto de individuos atomizados. Cada uno de sus miembros está sometido a una sistema de incitación que le lleva antes a abstenerse que a participar en una eventual acción colectiva. Por eso, la expresión de los intereses de los consumidores ha sido generalmente asegurada por “empresarios exteriores”. Los grupos latentes numerosos y atomizados constituyen, de manera general, un mercado potencial importante para los intelectuales a quienes su posición asegura acceso a los “medios de comunicación masivos”. 6) Un sexto caso corresponde a los grupos latentes cuyos miembros están vinculados por una relación de lealtad. Aparece frecuentemente en el caso de los grupos de dimensión moderada, caracterizados ya por relaciones cara a cara, ya por una gran “densidad” de relaciones mutuas. 7) Un séptimo caso se da cuando los costos de la participación individual en la acción colectiva son nulos o “negativos”. Entonces, los obstáculos internos para el desarrollo de la acción colectiva se desvanecen. El carácter a veces violento de los movimientos de acción colectiva ha impulsado a varios autores a darles interpretaciones de índole irracional. La psicología de las multitudes de Le Bon representa una especie de caricatura, en que se describe al individuo como disuelto dentro de la masa en fusión que simboliza la multitud. Por su parte, la sociología moderna de la violencia colectiva tiende a sugerir que ésta es raramente asimilable a una explosión irracional, debiéndosela más bien analizar en general como una respuesta “racional”, o sea como una respuesta bien adaptada a ciertos tipos de situaciones. Teorías como las de Durkheim y Dahrendorf suscitan considerables dificultades, pues tienen tendencia a tratar sin precaución a los grupos latentes como unidades capaces de “conciencia” y de “acción”. Ahora bien, si la imagen es aceptable para los grupos organizados o para las organizaciones que pretenden expresar los intereses de grupos latentes, no lo es sino condicionalmente para los grupos latentes en sí y para las entidades compleja y diversas que representan a los grupos semiorganizados. El análisis de esas condiciones es precisamente el capitulo fundamental de la teoría de la acción colectiva. Individualismo La noción de individualismo designa, en sociología, no la doctrina moral que lleva el mismo nombre, sino una propiedad que ciertos sociólogos tienen por característica de ciertas sociedades y particularmente de las modernas sociedades industriales: en ellas el individuo como unidad de referencia fundamental, a la vez. En la División del Trabajo como en El Suicidio, Durkheim emplea la noción de egoísmo con preferencia a la de individualismo. Pero, aunque no coinciden, ambas nociones están estrechamente correlacionadas en los análisis durkhieimianos. Por egoísmo, Durkheim designa la amplitud de la autonomía dejada al ego, es decir, al individualismo. Esta autonomía varía de acuerdo con el medio social y cultural en que está inmerso el individuo. También puede variar en función de la coyuntura. La tesis esencial de La división es que el desarrollo del individualismo es consecuencia de la creciente complejidad de la división del trabajo. En las sociedades arcaicas, en que la división del trabajo está escasamente desarrollada, los individuos se diferencian poco. En las sociedades modernas, la división del trabajo va acompañada de una diferenciación de los individuos desde el punto de vista de la formación, de la historia profesional, de los medios sociales implicados, etc. Los análisis de ambas obras coinciden ampliamente. Ambas obras presentan el desarrollo del individualismo como característica esencial del paso de las sociedades tradicionales a las sociedades modernas. Pero El Suicidio expone una teoría más compleja, al menos potencialmente: el egoísmo aparece en ella como dependiente de múltiples factores. Durkheim expresó constantemente recelos acerca del desarrollo del individualismo en las sociedades industriales y forjó conjeturas sobre esos recelos. Su hipótesis principal es que más allá de cierto límite, el desarrollo del individualismo es incompatible con el desarrollo armonioso del individuo y la sociedad.

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En otros autores se encuentra una reflexión análoga a la de Durkheim. Llama la atención a Tocqueville el desarrollo del individualismo en América del Norte. Simmel analiza la influencia del desarrollo de la circulación monetaria en las relaciones interindividuales: símbolo neutro y abstracto, el dinero tiende a dar una tonalidad abstracta y neutra a las relaciones interpersonales, contribuyendo así al desarrollo del individualismo. Planteamientos semejantes efectúa Parsons: las sociedades modernas se caracterizan por la multiplicación de las interacciones en que los participes tienen entre sí relaciones neutras, limitadas en su alcance y sujetas a un estrecho código formal. Existe amplio acuerdo entre sociólogos para admitir una relación de causa a efecto entre la complejidad de las sociedades y el desarrollo del individualismo. Cabe preguntarse si está fundado el consenso de los sociólogos clásicos, o si procede más bien de un acuerdo sobre una distinción en sí misma frágil y que conviene considerar con matices: la que opone sociedades tradicionales y sociedades modernas. Si ninguna duda cabe de que las sociedades modernas son más complejas que las tradicionales, no por ello puede oponérselas simplemente en todos los puntos. El individualismo no es necesariamente en sí mismo una “superestructura”, reservada a las sociedades caracterizadas por una acentuada división del trabajo y por un sistema económico complejo. Individualismo metodológico En un sentido metodológico y epistemológico, la noción de individualismo tiene un significado por completo distinto del anterior. Una explicación es calificada de individualista (en sentido metodológico) cuando explícitamente se hace de P la consecuencia del comportamiento de los individuos pertenecientes al sistema social en que P es observado. De manera general se dirá que estamos frente a una metodología individualista cuando la existencia o característica de un fenómeno P o la relación entre un fenómeno P y un fenómeno P’ se analizan explícitamente como consecuencia de la lógica del comportamiento de los individuos implicados por ése o esos fenómenos. El principio del individualismo metodológico es objeto de amplio consenso en economía. En sociología, la situación es menos precisa. Por una parte, muchos estudios sociológicos se satisfacen con una definición “causal” de la explicación de tipo P’ P. Por otra parte, ciertos sociólogos parten del postulado según el cual, por ser el indivi duo producto de las estructuras sociales, cabe desdeñarlo en el análisis. Este postulado, que describe lo que a veces se llama sociologismo u holismo, conduce a terribles aporías. Verdad es que la acción individual está sujeta a condicionamientos sociales. Pero esto no implica que las restricciones sociales determinen la acción individual. Estas restricciones delimitan el campo de lo posible, no el campo de lo real. Racionalidad Las ciencias sociales utilizan la noción de racionalidad en varios sentidos. En la tradición de la ciencia económica se dice que una acción es racional cuando está objetivamente bien adaptada al fin perseguido por el sujeto. Racionalidad significa en este caso adaptación de los medios a los fines. El economista moderno, por su parte, define el comportamiento racional como la elección por parte del individuo, de la acción que prefiere entre todas aquellas que tiene la posibilidad de cumplir, en suma, como una elección conforme a preferencias. En sociología, los conceptos Zweckrationell (Weber: racional en relación con los fines), acción lógica (Pareto), instrumental (Parsons), Wozu-Motive (Schütz), son sinónimos, y designan una acción que utiliza medios adaptados a los fines buscados. El calificativo racional se aplica a acciones. Pero igualmente puede serlo a enunciados explicativos. Se dirá en tal caso que un enunciado es racional si resulta congruente con el saber de que dispone el sujeto o conforme a los cánones del “espíritu científico”. Aun en su acepción praxeológica más simple (adaptación de los medios a los fines) la noción de racionalidad plantea numerosos problemas de definición. Si existe un conjunto finito de medios para arribar a un fin, si estos medios pueden ser totalmente ordenados en relación con un criterio, la acción racional es la que utiliza el mejor medio con relación a tal criterio. Pero estas condiciones pueden no hallarse reunidas en su totalidad. La noción de racionalidad, en el sentido praxeológico del término, no se define de manera univoca más que en situaciones límite. La estructura de la situación de incertidumbre y las características sociales del decididor son variables en interacción: ciertas estructuras de incertidumbre imponen una racionalidad particular. En este caso, el comportamiento del que decide puede ser escasamente dependiente de sus características sociales. En lo que hace a las decisiones en sistemas de interacción, cuando las preferencias de los decididores son perfectamente compatibles, la definición de la noción de racionalidad no plantea problema particular alguno. Existen también casos en que los actores están obligados al compromiso: aunque yo prefiera A a B, veo claramente que debo contentarme con B. En compensación, la otra parte acepta contentarse con B’ y renunciar a A’, que prefiere. Pero también existen situaciones de interacción cuya estructura es tal que, aun cuando se suponga al sujeto consciente e informado respecto de los parámetros de aquella, le es difícil determinar la “solución racional”, es decir, elegir el comportamiento conducente al resultado más favorable desde su punto de vista. Los análisis demuestran que suele ser difícil definir la noción de racionalidad. En ciertas situaciones se puede decidir sin vacilación; pero en muchas otras, resulta difícil para el actor social determinar la opción susceptible de conducir a las consecuencias que mejor se conforman con sus preferencias. P areto destacó que las acciones “lógicas” (acciones racionales), a saber, aquellas caracterizadas por una adecuación entre medios y fines, ocupan limitado espacio en la vida social. Pareto incluía,

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entre las acciones no lógicas, no sólo aquellas que se explican por la costumbre, la creencia o el impulso, sino también las acciones que engendran consecuencias discordantes respecto de los objetivos buscados por los actores. La teoría política recalcó el hecho de que las consecuencias de una acción siempre implican una parte de imprevisibilidad. Esta observación fundamenta la recomendación de Hayek y Popper, según la cual el piecemeal engineering, el ajuste limitado y gradual es siempre preferible al cambio planificado. Esta idea fue sistematizada por Braybrooe y Lindblom, quienes ven en el gradualismo (incrementalism) el precepto más general de acción y, finalmente, la única definición posible de racionalidad. La teoría de los juegos, la teoría sociológica y la teoría política convergen en una proposición epistemológica fundamental: no puede existir definición general de la noción de racionalidad. La noción debe concebirse así como relativa, es decir, dependiente de la estructura de las situaciones. Respecto a la cuestión suscitada por la noción de racionalidad en su acepción cognoscitiva, ésta puede resumirse de la siguiente manera: las creencias y mitos que se observan en las sociedades arcaicas y modernas, ¿son racionales o irracionales? Pueden distinguirse tres tipos de respuesta a esa cuestión. Según el primer tipo de respuesta, se debe a un error de perspectiva que las creencias y los mitos se interpreten como enunciados cognoscitivos: conforme a esta manera de ver, mitos y creencias tendrían un alcance y una función, no cognoscitivos, sino expresivos. Conforme al segundo tipo de interpretación, las creencias y los mitos serían enunciados dotados de valor cognoscitivos para el sujeto, pero carentes de tal valor para el observador perteneciente a una cultura imbuida de espíritu científico. La ilusión estaría aquí del lado del sujeto observado. Según el tercer tipo de interpretación, mitos y creencias a menudo son enunciados racionales, en atención al estado de los conocimientos en el contexto en el que son observados y que parecen irracionales al observador sólo porque este dispone de un equipamiento mental más completo y complejo. La manera adecuada de tratar esta discusión consiste en asumir el punto de vista de la teoría sociológica de la acción. Los mitos y las creencias deben concebirse como respuestas a sistemas de interacción. Se puede formular la hipótesis de que, cuando un individuo adhiere a una creencia o persiste en ella y se rehúsa a adherir a una creencia alternativa, se debe a que la primera, a su parecer, expresa de manera más apropiada y útil la significación de la situación que vive. En la mayoría de los casos un esfuerzo de distanciamiento permitirá establecer que la adhesión del observado a una creencia se explica porque ve en ella una satisfactoria interpretación de la situación en que se encuentra y una guía eficaz para la acción. De los tres tipos de explicación mencionados es sin duda el tercero el que resulta potencialmente más útil. Con la condición de formularlo en el lenguaje de la teoría de la acción. Una creencia, un mito, una “teoría” siempre representan interpretaciones desarrolladas o, según el caso, aceptadas por los actores sociales en función de su situación, tal como la perciben o interpretan. Tales interpretaciones la proporcionan orientaciones eficaces para la acción.

[Raymond Boudon – François Bourricaud, Diccionario crítico de sociología, Hachette, Buenos Aires, 1993, pp. 27-41,342347 y 523-531]

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