Jorge Cernadas - Daniel Lvovich (2010) REVISITAS A LA PREGUNTA: HISTORIA, ¿PARA QUÉ?

En el texto de Carlos Pereyra que inaugura y da nombre al libro “Historia, ¿para qué?” publicado en México en 1980, se traza con claridad una de las líneas que articulan el conjunto de los trabajos allí reunidos. Siguiendo a Marc Bloch, el historiador mexicano recuerda que la pregunta “Historia, ¿para qué?” involucra dos cuestiones, estrechamente vinculadas, pero sin embargo discernibles: por un lado, la de los criterios según los cuales el saber histórico prueba su legitimidad teórica; por otro, la de los rasgos en virtud de los cuales ese saber desempeña ciertas funciones que van más allá del plano cognoscitivo. En todos los escritos del volumen mexicano está presente el valor asignado al conocimiento histórico en sí mismo. El aporte del historiador a la comprensión del mundo emerge como un valor que no requiere otra legitimidad que la derivada del cumplimiento de las reglas del oficio. A la vez, todas las contribuciones al texto destacan la estrecha vinculación de este conocimiento con los variados usos y apropiaciones extraacadémicos a los que ese saber está sujeto: la formación o consolidación de diversas identidades, la legitimación o deslegitimación de Estados, tradiciones, o regímenes políticos, el empleo de interpretaciones divergentes del pasado en la lucha política inmediata y en la afirmación o erosión del poder constituido, sus aplicaciones en las estrategias para justificar o criticar aspectos del presente. Resulta notable y significativa la enorme confianza que casi todos los intelectuales interpelados en 1980 depositaban en las potencialidades políticas e identitarias del discurso histórico, y aun en la importancia del rol del propio historiador en el entramado de su sociedad nacional. Los temas y enfoques que aparecen con centralidad en las contribuciones de 1980, son aún los propios de la “historia social” y la historia política, tal como éstas se entendían y ejercitaban en los años sesenta y setenta, con el foco puesto en los grandes colectivos (clases, Estados nacionales, etnias) como protagonistas fundamentales del proceso histórico, y en problemáticas clásicas del pensamiento sobre lo social, como el poder, la dominación, la dependencia, etc. Sin dudas hay en estos énfasis un plus de sentido respecto del que podría atribuirse linealmente a una simple “traducción” de algunas de las corrientes hegemónicas de la historiografía occidental, plus que acaso pueda inscribirse en las particularidades del desarrollo histórico y político del México moderno, y en primer término entre ellas, el perdurable lugar fundacional que su Revolución adquirió en tal desarrollo. Durante los años de la posguerra se fue afianzando con fuerza el predominio de diversos estilos de “historia económica y social”. La pretensión de constituir a la historia como una “verdadera” ciencia, estimuló a la vez el estrecho contacto con otras disciplinas sociales y sus métodos. Consistentemente con estos intercambios y préstamos, las preocupaciones se orientaron cada vez más hacia lo cuantificable y lo estructural. En los años 1970 y 1980, la historiografía de algunos de esos países faro atravesó profundos procesos de cambio que recién alcanzarían difusión en segmentos de nuestro campo en la segunda mitad de la década de 1980 y, más aún, en los años de 1990 en adelante. Esos cambios involucraron una progresiva diversificación y fragmentación de los objetos de estudio de la historia, una creciente atención a las visiones de los protagonistas de los procesos históricos y una recuperación de géneros y áreas de estudios relativamente marginales en las décadas previas. La revitalización de ciertos subcampos como la historia política, pero quizá más aún la expansión de la historia cultural e intelectual, de las mentalidades e imaginarios colectivos, de género, de la familia o la vida privada, desplazaron el antiguo interés por los grandes colectivos que, desde fines del siglo XIX, ocupaban el centro del pensar historiador. Al mismo tiempo, las certezas antes dominantes acerca del carácter “científico” de la disciplina histórica, cedieron paso a una extendida cautela sobre este punto, cuando no a una impugnación abierta de aquella pretensión de cientificidad. En Argentina, tras el brutal daño operado por la dictadura de 1976 a 1983 sobre el campo historiador parecían plantearse a los ojos de los protagonistas de esa reconstrucción “tareas de la hora (que) son en cierto modo simples”: rehabilitar una enseñanza de la disciplina abierta a las problemáticas y métodos vigentes en el mundo, enseñar a plantear preguntas, reconstruir una investigación de punta, etc. Sin embargo, esta aparente sencillez de la “reconstrucción” no resultó tal. La agenda historiográfica y la propia institucionalidad del campo historiador se reconstituyeron no sólo en virtud de factores intrínsecos a ellas, sino acusando el impacto y los límites del la agenda y el clima políticos dominantes e n los años iniciales de la llamada “transición democrática”. Así, constructos teóricos casi íntegros y porciones significativas del pasado argentino fueron marginados de toda centralidad en la producción y el debate académicos, sin que mediaran discusiones intelectuales públicas de envergadura. También otros relatos “fuertes” vigentes en la historiografía previa a 1976, como el llamado “revisionismo histórico”, declinaron en influencia a p artir de 1983, al menos en las instituciones universitarias. En esta deriva es posible identificar algunas tendencias que dan cuenta de una proporción importante de la producción del último cuarto de siglo de la historiografía argentina. En primer lugar, cabe señalar el estallido de los objetos de investigación como correlato del descentramiento de las jerarquías explicativas otrora predominantes. En segundo término, es posible advertir un desplazamiento de las perspectivas de análisis, resultado de una extendida insatisfacción con las explicaciones puramente “estructurales”, y de la constatación de las limitaciones de los análisis centrados exclusivamente en las instituciones u organizaciones. Como contrapartida ganaron terreno las perspectivas que priorizan la agencia sobre las estructuras, destacan la heterogeneidad y el conflicto en el seno de instituciones y organizaciones, y dan cuenta de los contextos polémicos en que se emiten los discursos intelectuales y políticos y los modos de su apropiación y resignificación. Tales tendencias dan cuenta del impacto y la recepción locales de una heterogénea constelación de autores, que revelan asimismo la creciente “internacionalización” del campo local y de sus figuras faro. En tercer lugar, puede apreciarse una

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mirada en general poco esperanzada sobre las potencialidades de los “usos públicos” de la historia, que no necesariamente caracteriza a otros campos historiográficos nacionales. Una mirada de estas características se despliega en el capítulo inicial, en el que se incluyen las tres intervenciones en el panel inaugural del ciclo de conferencias desarrollado en las Universidad Nacional General Sarmiento (UNGS). Al respecto, Elías J. Palti afirma que la cuestión acerca del sentido de la escritura histórica, nos enfrenta a un doble dilema: por un lado, la simultánea necesidad e imposibilidad del distanciamiento, y por otro, la simultánea necesidad e imposibilidad de la identificación. Este doble dilema parece obturar la posibilidad de generar respuestas a los clásicos interrogantes sobre la historia. Alejandro Cataruzza expresa su escepticismo respecto de las potencialidades en el uso público de los contenidos de la investigación de la historia académica, depositando en cambio su confianza en la exhibición de sus procedimientos de producción. A través de tal vía, la historia académica permitiría la extensión en la sociedad de un modo crítico de pensar la realidad. Desde una perspectiva filosófica, Rosa Belvedredi entiende que, resultando imposible la formulación de generalizaciones que permitan extraer “lecciones” del pasado, la historia permite en cambio dar cuenta de la variedad de la experiencia humana, condición necesaria para desarrollar la comprensión, la tolerancia y el respeto. Enzo Traverso analiza las múltiples formas en que las preocupaciones del presente contribuyen a conformar tanto las narrativas históricas cuanto las memorias, a las que entiende también configuradas por las demandas de justicia provenientes del pasado y por el principio de responsabilidad de cara al futuro. Si Traverso culmina su intervención con una reflexión sobre la jurisdicción de los debates sobre el pasado reciente, el capítulo de Gabriela Águila se dedica a reflexionar sobre su propia experiencia en ese complejo campo, tras ser designada “perito historiadora” en una causa judicial abierta en el Juzgado Federal Nº 4 de Rosario, en torno a la investigación sobre fosas comunes en el cementerio de la ciudad de San Lorenzo. También en el caso de la contribución de Patricia Funes nos encontramos frente a la experiencia de una historiadora que asumió tareas que trascienden los límites más tradicionales de la disciplina. Como parte de un equipo, Funes participó de la organización y gestión del archivo de la ex Dirección de Inteligencia de la Policia de la Provincia de Buenos Aires (DIPBA), desde el año 2000 en manos de la Comisión Provincial por la Memoria. Roberto Pittaluga aborda algunas de las problemáticas presentes en los primeros tres capítulos, interrogándose sobre el estatuto diferencial, modalidades de producción e implicancias de la investigación en el campo de la historia reciente. Por su parte, Luciano Alonso aborda en su trabajo una de las temáticas nacidas precisamente al calor del desarrollo de la historia reciente. La historización del movimiento por los Derechos Humanos supone una compleja forma de combinación entre empatía y distanciamiento, que enfrenta al historiador a la tarea de poner en cuestión el discurso de unas organizaciones con cuyas luchas en términos generales no puede sino acordar. José Sazbón retoma en su contribución algunas perspectivas de sus trabajos recientes sobre la Revolución Francesa. La toma de la palabra, la expansión de la moderna conciencia del acontecimiento revolucionario, la compleja articulación entre la novedad y los antecedentes del mismo, la afirmación de derechos, las tensiones entre libertad e igualdad, entre otros, son nudos problemáticos que transita Sazbón. Si la perdurable significación de la Revolución Francesa es el hilo que recorre el escrito de Sazbón, la necesidad de recuperar en la tarea historiadora su función de dar inteligibilidad a la vida colectiva, y la de narrar historia(s) desde una perspectiva emancipatoria, son los puntos de partida planteados por Ezequiel Adamovsky en su propuesta de estudio de la Revolución Rusa. El autor propone establecer un diálogo con los múltiples actores de ese acontecimiento, capaz de evitar tanto las narrativas liberales articuladas en clave trágica, como las reconstrucciones guiadas por una razón instrumental y simplificadora, al estilo de las producidas por las izquierdas tradicionales. La intervención de Julián Gallego a propósito del estudio de la historia antigua se inicia con una reflexión crítica acerca de la noción predom inante de “utilidad” del conocimiento, a la que contrapone “un patrón de evaluación ligado a la red de prácticas y el contexto subjetivo inherentes a la práctica historiográfica”, antes que a criterios pragmáticos, utilitaristas o mercantilistas. Pensar históricamente situaciones es, a juicio del autor, la tarea esencial del discurso histórico. Por último, el aporte de Mirta Lobato parte de la insatisfacción con las respuestas habituales al interrogante “Historia, ¿para qué?”, para internarse en el esbozo de respuestas alternativas con base en su propia experiencia como historiadora, particularmente en el cruce entre la historia del mundo del trabajo y los estudios de género.

[Jorge Cernadas - Daniel Lvovich, “Revisitas a la pregunta: historia, ¿para qué?” , en Jorge Cernadas - Daniel Lvovich, en Historia, ¿para qué? Revisitas a una vieja pregunta , Prometeo Libros- Universidad Nacional de General Sarmiento, Buenos Aires, 2010, pp. 9-24.]

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