Trastorno de la conducta
¿Qué es el trastorno de la conducta?
Los trastornos de la conducta se caracterizan por la presencia de un conjunto
de comportamientos persistentes y repetitivos, como la agresión, la desobediencia,
la oposición, la rebeldía y el menosprecio por las personas, los animales y las
propiedades, que darían cuenta de que el individuo no respeta los derechos básicos
de otros, ni las normas o reglas sociales.
Las personas con este trastorno frecuentemente inician un comportamiento
agresivo o reaccionan violentamente ante otras personas. Manifiestan conductas de
acoso, amenaza o intimidación, inician peleas, utilizan armas que pueden causar
heridas graves a los demás, roban, ejercen crueldad física contra las personas o los
animales, engañan, rompen promesas o mienten para obtener un beneficio personal,
evitar deudas u obligaciones, destruyen deliberadamente las propiedades de otras
personas, prenden fuego con la intención de provocar un daño, rompen ventanas o
realizan actos vandálicos. En los casos extremos, el nivel de violencia puede llevar a
situaciones de asalto, violación u homicidio.
En la mayoría de las ocasiones, los individuos con trastorno de la conducta
malinterpretan las intenciones de las otras personas como más hostiles y
amenazantes de lo que realmente son y responden ante esta situación con un nivel
de agresividad que consideran razonable o justificada. Además, presentan
características de personalidad que darían cuenta de un pobre control de los
impulsos, baja tolerancia a la frustración, irritabilidad, arrebatos de ira, suspicacia,
insensibilidad al castigo, mayor predominio de emociones negativas e imprudencia.
Estos comportamientos suelen presentarse en diversos contextos, como la
casa, la escuela o la comunidad, y derivan en una mayor tendencia al consumo de
sustancias, enfermedades de transmisión sexual, embarazos no deseados, lesiones
físicas por accidentes o peleas, expulsión o abandono de la escuela, problemas de
adaptación social o laboral y múltiples consecuencias legales.
2
¿Cuáles son los síntomas?
El trastorno se caracteriza por la presencia de al menos tres de los siguientes
síntomas durante un período de doce meses:
Además, se debe especificar si el trastorno se acompaña de emociones prosociales
limitadas, es decir:
➢ El individuo tiene falta de remordimiento o culpabilidad. No se siente mal ni
culpable cuando hace algo incorrecto y muestra ausencia de preocupación
acerca de las consecuencias negativas de sus acciones.
➢ Es insensible, carente de empatía, no tiene en cuenta ni se preocupa por los
sentimientos de los demás, se describe como frío e indiferente, se encuentra
más preocupado por los efectos de sus actos sobre sí mismo que sobre los
otros.
➢ Se muestra despreocupado por su rendimiento en la escuela, en el trabajo o
en otras áreas importantes de la vida, no realiza el esfuerzo necesario para
3
alcanzar un buen rendimiento, incluso cuando las expectativas acerca del
mismo son claras, y suele culpar a los demás por su mal desempeño.
➢ Presenta una afectividad superficial o deficiente. No expresa sentimientos ni
muestra sus emociones a los demás, salvo de una forma poco sincera o
sentida, recurre a expresiones emocionales únicamente para obtener
beneficios personales, manipular o intimidar.
¿Cómo evoluciona?
El inicio del trastorno puede producirse en la etapa preescolar, sin embargo,
los primeros síntomas significativos suelen aparecer entre la infancia media y la
adolescencia. Algunos niños comienzan desarrollando conductas de oposición en la
infancia, que luego empeoran en la adolescencia y pueden prolongarse hasta
conformar un trastorno antisocial de la personalidad en la edad adulta. Por el
contrario, otros individuos muestran pocos síntomas en la niñez, los cuales recién
comienzan a manifestarse al llegar a la adolescencia y desaparecen o disminuyen en
la adultez.
Es posible observar dos tipos de presentación y evolución del trastorno de
acuerdo con la edad de inicio. Por un lado, en el trastorno de la conducta de inicio
en la infancia, el niño manifiesta agresividad física hacia los demás, tiene relaciones
conflictivas con los compañeros y presenta una mayor probabilidad de continuar con
estos comportamientos en la adultez. Por otro lado, las personas con trastorno de la
conducta de inicio en la adolescencia tienen una menor probabilidad de presentar
comportamientos agresivos y mantienen relaciones adecuadas con los compañeros,
no obstante, a menudo muestran problemas de conducta en presencia de otras
personas. En este último caso, es menos probable que el trastorno continúe hasta la
adultez.
El trastorno de la conducta también puede ser diagnosticado en adultos, sin
embargo, los síntomas suelen aparecer en la infancia o adolescencia, siendo inusual
su inicio luego de los 16 años. El curso es variable, aquellos individuos que inician el
trastorno en la adolescencia, presentan menos síntomas y más leves, y suelen
alcanzar una adaptación social y laboral adecuada en la adultez. En cambio, cuando
el trastorno comienza en la infancia, se caracteriza por un peor pronóstico, un
elevado riesgo de comportamientos delictivos, consumo de sustancias y la presencia
de otros trastornos mentales en la edad adulta.
Igualmente, los síntomas pueden variar con la edad. Los comportamientos que
aparecen primero tienden a ser más leves, como mentir o realizar robos menores,
4
mientras que los problemas de conducta que se manifiestan a medida que la persona
crece suelen ser más graves, como violación o robo a mano armada. Sin embargo, es
necesario tener en cuenta las diferencias individuales, de manera que algunos
sujetos comienzan con comportamientos dañinos desde edades tempranas. En un
comienzo los síntomas se encuentran más encubiertos, pero a medida que la persona
crece, los comportamientos inadecuados pueden mostrarse en la casa, en el lugar de
trabajo y en otros contextos sociales.
Algunos factores de riesgo que contribuyen a predecir la continuidad del
trastorno son la edad, la amplitud, frecuencia, intensidad y diversidad de la conducta
desviada, y las características de los padres y de la familia.
¿Cuáles son las causas?
El surgimiento y desarrollo del trastorno es complejo, es posible observar una
interacción de factores:
➢ Genéticos y fisiológicos: el riesgo de padecer el trastorno aumenta en los
niños con un padre, biológico o adoptivo, o un hermano con trastorno de
conducta. De igual manera, es más frecuente en los niños con padres que
presentan consumo problemático de sustancias u otros trastornos mentales.
Entre los aspectos fisiológicos, se observa que los individuos con este
trastorno presentan una frecuencia cardíaca en reposo más lenta que las
demás personas, una reducida respuesta ante el miedo, así como diferencias
en las áreas del cerebro vinculadas con la regulación y el procesamiento del
afecto, la planificación, inhibición y control de las conductas.
➢ Temperamentales: los individuos con este trastorno presentan un
temperamento infantil de difícil control y una inteligencia por debajo de la
media.
➢ Psicológicos y cognitivos: distorsión en el procesamiento de la información y
en las funciones de autocontrol, regulación, evaluación y resolución de
problemas del niño, mayor percepción de amenazas y frustraciones.
➢ Ambientales: algunos factores de riesgo son el rechazo y negligencia por parte
de los padres, la crianza incoherente, la falta de supervisión, el
disciplinamiento severo, el abuso físico o sexual, los cambios frecuentes de
cuidadores, el vivir en una institución desde edades tempranas, la
delincuencia y ciertos trastornos mentales en los padres, el aislamiento por
parte de los compañeros y la crianza en un barrio expuesto a la violencia.
Además, es importante destacar que el niño aprende las conductas por medio
5
de la observación e imitación de los otros. En este sentido, la probabilidad de
que se produzca un determinado comportamiento depende de la valoración
de los beneficios que obtenga el sujeto y de las expectativas de lo que debe
hacer para alcanzar los mismos.
¿Cuáles son los tratamientos más eficaces?
La mayoría de los niños y adolescentes con trastorno de conducta son
derivados a consulta psicológica como consecuencia de los problemas en las
relaciones interpersonales y en la adaptación a las normas de los diferentes
contextos en los que se desenvuelven, por este motivo, no suelen estar motivados
para cambiar y resulta difícil la adherencia al tratamiento.
Las intervenciones dirigidas propiamente al niño y el entrenamiento a los
padres producen cambios positivos, para ello es necesario brindar información acerca
del trastorno y los principios para mejorar el comportamiento.
El tratamiento cognitivo-conductual es una de las intervenciones más eficaces
para mejorar los comportamientos inadecuados. Tiene por objetivo modificar los
factores que contribuyen al mantenimiento del problema, como la manera del niño
de procesar la información, los estilos de comunicación y las estrategias de
resolución de problemas que utiliza la familia y el manejo de las conductas en los
distintos contextos.
Además, el programa de entrenamiento a padres pone énfasis en el
aprendizaje de nuevos comportamientos por medio de la aplicación de un amplio
rango de técnicas como el refuerzo de las conductas apropiadas, métodos de crianza
positiva y la resolución de problemas, pudiendo adaptarse a cada caso en particular.
Estas intervenciones han demostrado buenos resultados para sustituir las conductas
agresivas o inadecuadas por comportamientos prosociales y mejorar la adaptación del
niño.
¿Cómo puede ayudar la familia y el entorno cercano?
Las dificultades en el control de los impulsos y el comportamiento agresivo
son las principales características de este trastorno y las que ocasionan un fuerte
impacto negativo en las personas con las que el niño o adolescente interactúa.
Algunos niños comienzan a mostrar conductas oposicionistas a edades
tempranas, que luego pueden empeorar y extenderse hasta la adultez.
Generalmente, estas conductas son el resultado de un estilo de interacción coercitivo
entre los padres y el hijo.
6
Los padres suelen ignorar los comportamientos positivos del hijo y prestan
atención únicamente a sus conductas negativas o inadecuadas. Esto puede llevar a
una constante frustración e inquietud ante la desobediencia y la actitud desafiante
del niño, y desembocar en un círculo vicioso de castigos incoherentes, amenazas o
excesiva condescendencia que termina por deteriorar la relación paterno-filial.
La utilización excesiva del castigo provoca que los niños se acostumbren y
dejen de prestar atención a las demandas de los padres. Por este motivo, las técnicas
centradas en el refuerzo y la recompensa sirven para equilibrar los métodos que los
padres vienen utilizando para controlar la mala conducta del hijo.
Es necesario que los padres proporcionen consecuencias inmediatas,
específicas y consistentes ante el buen o el mal comportamiento, utilicen estrategias
que contribuyan a incentivar la buena conducta, antes que recurrir al castigo, y
elaboren de manera conjunta un plan de acción para prevenir futuras situaciones.
Estas intervenciones tienen por objetivo mejorar el clima familiar y
proporcionan a los padres la oportunidad de practicar e incorporar habilidades
positivas, permitiéndoles restablecer su autoridad.
Aclaración
La presente guía expone las características generales que suele presentar el
trastorno. Sin embargo, cada persona tiene rasgos particulares que hacen que el
cuadro se manifieste de formas distintas o variables.
El propósito de la guía es ofrecer información sobre algunos aspectos del
trastorno, pero de ninguna manera reemplaza el proceso de diagnóstico y
tratamiento terapéutico. Si piensa que usted o una persona de su entorno cercano
tiene este trastorno, consulte con un profesional de la salud mental capacitado para
recibir las indicaciones pertinentes.