II Jornadas Espectros de Althusser - 2011

Mesa: Escenas de la política contemporánea: desafíos para la teoría IDEOLOGÍA Y EL REGISTRO IMAGINARIO. LA PROBLEMATIZACIÓN DE ARMANDO SERCOVICH‫٭‬

Carina Muñoz

Antes de comenzar, caben dos aclaraciones sobre esta ponencia. La primera, sobre su carácter ciertamente recursivo: es una lectura de una lectura de Althusser. Nos proponemos retomar una discusión y explorar la fertilidad de unas ideas, tratando de evitar el riesgo siempre presente de naufragar en la mar de lo ya dicho… La segunda, aclaración es que se inscribe con todo derecho en lo que la convocatoria a estas Jornadas señala como las “derivaciones de la intervención” de nuestro autor principal. Es que Armando Sercovich –en un grupo de ensayos que pretendemos examinartransita el campo heterogéneo y complejo de problemas que se abren a partir del trabajo de Althusser, en el diálogo teórico del marxismo con el psicoanálisis, y con los problemas del lenguaje. Usando el criterio de El espinoso sujeto, podríamos decir que Armando Sercovich es un postalthusseriano con todas las letras. Pero a diferencia de la notable pléyade francesa aludida por Žižek, el nuestro profundiza el diálogo teórico desde la semiótica: recoge el problema de la ideología para pensarlo en tensión con el concepto de discurso y el de imaginario. Recorreremos cuatro textos, uno titulado “Interpretantes para Charles Sanders Peirce: semiótica e ideología”, escrito en 1973, con el que presenta “La ciencia de la semiótica”
Armando Sercovich semiólogo y psicoanalista uruguayo, radicado en Buenos Aires, fue el responsable de las ediciones de las obras de C. S. Peirce que circularon en la Argentina en la década del ’80 y autor de ensayos sobre semiótica y psicoanálisis que aún hoy ofrecen gran fertilidad. Como director de la colección Semiología y epistemología de Nueva Visión, en 1986, editó y prologó “La ciencia de la semiótica” de Peirce. En 1987 prologó la “Obra lógico semiótica” del mismo autor, publicada por Taurus, que también incluye textos de Ramón Alcalde y Mauricio Prelooker. Además, escribió el prólogo de la edición castellana de Ensayos de lingüística y semiótica generales, de Luis J. Prieto (Editorial Nueva Imagen, 1978). En los tempranos ’70, participó con Eliseo Verón y Oscar Steimberg, entre otros, en los momentos y espacios fundacionales de la semiótica en Argentina, formó parte del grupo que impulsó la reconocida revista LENGUAjes. Con Oscar Masotta y Germán García conformó grupos de estudio lacanianos. Trabajó como psicoanalista durante un período más o menos extenso. Como Masotta, circuló por espacios no académicos, pero su producción no ha gozado del espacio de interlocución y reconocimiento que merece, quedando relegado, en palabas de S. Caletti, a un injusto olvido. Agradecemos especialmente a María Ledesma (UBA-UNER), participante de los grupos de estudio que dirigía Armando Sercovich, su relato sobre la biografía intelectual del autor cuya reconstrucción corre bajo nuestra absoluta cuenta y cargo, por lo que no habrá de adjudicarse a ella las faltas en las que pudiéramos haber incurrido.
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de C. S. Peirce1; y otros tres ensayos, (1) “Los procesos discursivos y el registro imaginario. Iconicidad, teoría semiótica y psicoanálisis”; (2) “El discurso y los fantasmas. La persuasión y la subjetividad”; y (3) “Acerca de la inexistencia de la semiótica. Sinonimia, referencia y psicoanálisis”, que se publican en 1977 bajo el título “El discurso, el psiquismo y el registro imaginario”2, con un subtítulo que ofrece una especificación de su perspectiva de análisis: “ensayos semióticos”. Apenas 93 páginas, muy lúcidas y plagadas de pistas fértiles.

Intersecciones, un modo de ver El pensamiento en intersecciones teóricas y disciplinarias constituye una marca de estilo; el “entre” marxismo y psicoanálisis conforma un modo de ver singular que Louis Althusser en cierto sentido, inaugura. Pero es una huella de otra herencia, la estructuralista, que J. Derrida destaca en el gesto bricouleur de JC. Lévi-Strauss3 y que se puede reconocer también en el recorrido intelectual de J. Lacan. “Leed a Saussure”, era el imperativo con que este último pretendía sacudir a los psicoanalistas de su tiempo, aunque sabemos que sus trabajos no se reducen a esta sola línea de cruces. Armando Sercovich se inscribe en esta tradición que hunde sus raíces en debates aparentemente ajenos entre sí como son los de la clínica y el sujeto por una parte y los problemas de la reproducción social, por otra. Ambas, nutren un ya largo camino de preocupaciones y producciones alojadas justamente en esa zona inquietante entre lo subjetivo singular y lo social colectivo, en la que los problemas del lenguaje cobran tal vitalidad, que podríamos jugar diciendo que allí emerge su sentido “más verdadero”. Actualizando la provocación de Lacan, Sercovich invierte la sentencia y dice a los semiólogos: “leed a Freud, encontraréis reflexiones fundamentales respecto de las relaciones entre el lenguaje y los sentidos no lingüísticos”4 , pero la serie de problemas que plantea exceden los del campo lacaniano, que por otra parte transitaba como psicoanalista. Sus objetos teóricos se hacen visibles desde el marxismo, particularmente, con Louis Althusser, desde la noción de discurso de Michel Pêcheux, y desde la semiótica, especialmente con la obra de C. S. Peirce, a quien también editó.

Sercovich, A. [1986 (1973)] “Interpretantes para Charles Sanders Peirce: semiótica e ideología”. En Peirce, C. S. “La ciencia de la semiótica”. Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires. 2 Sercovich, A. [1977] “El discurso, el psiquismo y el registro imaginario. Ensayos semióticos.” Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires. 3 Derrida, J. [1989] "La escritura y la diferencia”, Anthropos, Barcelona. Páginas 383-401 4 Sercovich, A. [1977] Ob. Cit. Página 92

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Los puntos de conexión entre todos ellos –que no resultan para nada evidentes-, ofrecen un camino cuya fertilidad teórica para pensar lo social ha sido también advertida con mucha lucidez por otros investigadores. Nos referimos por una parte a los trabajos de Sergio Caletti, cuya hipótesis principal puede quedar esbozada con bastante precisión en el siguiente fragmento de su trabajo Exploraciones:

El lugar donde se enlazan las dimensiones subjetiva y objetiva de la vida social es en lo que hemos denominado procesos de objetivación y procesos de subjetivación. (…) El camino elegido es, entonces, explorar las posibilidades que traen consigo ciertos términos o juegos de términos en el cometido propuesto. Más allá de lo explícito, ellos han cumplido y cumplen un papel relevante en la discusión sobre las relaciones que es posible discernir entre el sujeto y las condiciones (dadas) bajo las cuales se despliega la agencia de lo social. De manera central, estos términos serán: discurso, práctica e imaginario. Junto con ellos, algunos que se encuentran a nuestro entender asociados a las cuestiones que van implicadas, tales como ideología, sentido, indicio, enunciación5

Por otra, en una dirección semejante, en Semiosis y subjetividad, de Natalia Romé examina cuidadosamente las matrices teóricas de Peirce y de Lacan, buscando las zonas que permiten pensar de nuevo algunos de los atolladeros teóricos en torno a las condiciones de producción de lo social. Escuchemos este pasaje:

Esta arquitectura filosófica presente tanto en los desarrollos lacanianos como en la obra de Peirce da luz a un nuevo componente, que no aparece explícitamente trabajado por Lacan ni por Peirce pero que resulta sumamente sugerente para su articulación en el campo de la teoría social. Se trata de la dimensión de lo ideológico, que se muestra como una clave analítica pertinente para abordar algunos procesos que intervienen tanto de la instancia semiótica como de la subjetividad6

Hechas estas breves pero necesarias referencias a los itinerarios teóricos que han capturado nuestra atención, dediquémonos ahora a señalar los puntos fuertes del aporte de Sercovich. Como hemos anticipado, no estamos frente a una obra acabada, se trata de un puñado de trabajos fragmentarios que tienen la virtud de ofrecer insinuaciones tan inteligentes como provocadoras y polémicas.

Con Althusser, contra Althusser: Ideología y el registro imaginario

Caletti, S. [2008] “Exploraciones”. Informe final del PID 3098 ”Política, sujetos y comunicación: un acercamiento a la escena pública contemporánea” 2002-2007 FCE UNER. Pp. 90 6 Romé, N. [2009] “Semiosis y Subjetividad. Preguntas a Charles S. Peirce y Jacques Lacan desde las Ciencias Sociales.” Prometeo Libros. Buenos Aires. Pp. 93

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En algunos de los ensayos examinados, explicita una mayor afinidad conceptual con la perspectiva de Michel Pêcheux, particularmente con la relación que él propone entre discurso e imaginario. Sin embargo, a nuestro juicio, muy a su pesar, el problema que inquieta y mueve a Sercovich a lo largo de su urgida reflexión, es profundamente althusseriano: “mi preocupación recae sobre los aspectos ideológico-históricos de la constitución de la subjetividad.”7 Está convencido de que el camino para elucidar estos problemas que animan la vida social es el de una teoría semiótica que no abdique de los problemas de la afectividad y la subjetividad, tal como los ha pensado el psicoanálisis, y que al mismo tiempo, considere lo ideológico como problema central de las condiciones de producción de sentido. Su tesis principal es que, “al pivotear sobre lo imaginario, lo inconsciente y lo ideológico, constituyen complejas estructuras semióticas.”8 Ahora bien, el “modo semiótico” en que concibe el orden de lo imaginario no coincide del todo con ninguna de las dos tradiciones que lo inspiran, antes bien, sus consideraciones acarrean consecuencias para una posible teoría de la ideología, para el campo del psicoanálisis, y por supuesto, también para el de la propia semiótica. Sus ensayos dejan muchas cuestiones pendientes, pero sin lugar a dudas sus puntualizaciones en torno a lo imaginario constituyen el aspecto conceptual más provocador y rico, cuyos trazos principales tratamos de dejar esbozados. Con Althusser, Sercovich ubica el problema de la ideología en relación con el estudio de las condiciones de la reproducción de las estructuras determinantes de la sociedad, las formas en que se reproducen cúmulos de errores tenaces (sic).9 Contra Althusser, con Lacan y Peirce, discute la noción de representación y postula la índole semiótica del registro imaginario, debatiendo a su vez, fuertemente con buena parte de la tradición semiótica en torno a la imagen- iconicidad. La discusión representación- imaginario es la diferencia esencial que plantea. En sus palabras: “lo ideológico no es una práctica, sino una dimensión, teóricamente determinada, de cualquier práctica social. Tampoco es un nivel de significación, sino la condición de posibilidad de existencia de cualquier nivel de significación.”10 La categórica negación que trae la primera parte de la cita, busca enfatizar que la ideología es una operación entramada en toda práctica social y no una práctica
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Sercovich, A. [1977] Ob. Cit. Página 54 Ibídem. Página 54 9 Sercovich, A. [1986 (1973)]. Página 11 10 Sercovich, A. Ibídem. Página 12

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diferenciada entre otras, puntualización con la que el propio Althusser seguramente acordaría. La segunda crítica puede resultar un tanto más problemática pero indica la dirección principal de su aporte. Para decirlo derechamente: siendo la noción de imaginario un aspecto crucial del concepto que despliega en Ideología y aparatos ideológicos de estado, atribuye a su autor un trato poco cuidadoso de la noción lacaniana. La crítica mordaz, sin embargo, no mengua su compromiso con la médula del problema althusseriano. Examinemos ahora las aristas de esta discusión, que a mi modo de ver, son tres: a) la relación ideología, representación, relación imaginaria; b) la ideología y el registro imaginario; y c) sus aportes para una teoría semiótica de la ideología.

a)Ideología, representación, relación imaginaria Esta serie condensa el núcleo del concepto althusseriano. Lo ideológico tiene relación con las representaciones y con lo imaginario. En su ensayo El discurso y los fantasmas, Sercovich revisa críticamente desde el psicoanálisis los límites de la semiótica y la lingüística para afirmar que en ambas, al igual que en la filosofía, la noción de representación ha quedado ligada al campo de la consciencia. Esa idea de representación es la que la revolución psicoanalítica (sic) dejó lo suficientemente destartalada como para obligar a reconsiderarla en casi todos los campos, no sin resistencias. Desde su punto de vista la noción de persuasión con la que la lingüística pretende desenmarañar problemas de la comprensión y la afectividad, sigue quedando presa de aquella matriz. Pero su crítica no se detiene allí, también alcanza otras zonas menos esperables:

La ideología aún en las últimas elaboraciones teóricas, establece su topos en la conciencia según la postura filosófica mencionada: ‘la ideología es una ‹‹representación›› de la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia.’ En diversos textos referidos a lo ideológico dentro de la corriente conocida como ‘sociología del conocimiento’ se alude inequívocamente al registro de la consciencia, pero en ellos la ‘visión caótica del todo’ o ‘representación’, no refiere a la ideología en general sino a su funcionamiento en un determinado modo productivo, en que se identifica la representación que los agentes de la producción tienen de sus condiciones y relaciones reales, con lo ilusorio11

La argumentación de Sercovich se dirige fundamentalmente a la semiología y la lingüística, para derribar las nociones de verosimilitud y persuasión, desde lo
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Sercovich, A.[1977] Ob. Cit. Página 70

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inconsciente. Y al mismo tiempo, por elevación, discute –igual que Althusser- con la noción de ideología como falsa consciencia. Aunque, desde su punto de vista, Althusser igualmente recae en el plano de la consciencia, pues considera que su formulación no deja suficientemente elucidados los dos términos decisivos: representación y relación imaginaria sino que los da por supuestas. A su juicio, el concepto althusseriano no sólo queda anclado en el plano de la representación –y por lo tanto- de la consciencia, sino que también carece de especificidad en cuanto al planteo de la relación imaginaria porque no atiende a la complejidad de un concepto que anuda los problemas semióticos a los problemas afectivos de la subjetividad, tanto en su dimensión singular como colectiva. Para comprender en sus alcances el planteo de Sercovich, puede ser útil el comentario de Stuart Hall sobre el mismo texto en un sentido distinto al de nuestro autor:

La designación de las ideologías como ‘sistemas de representación’ da cuenta de su carácter esencialmente discursivo y semiótico. Los sistemas de representación son sistemas de significado por los que representamos el mundo para nosotros mismos y para los demás. Reconoce que el conocimiento ideológico es el resultado de prácticas específicas: las prácticas involucradas en la producción de significado. Pero dado que no hay prácticas sociales que ocurran fuera del dominio del significado (semiótico), ¿todas las prácticas son simplemente discursos? Aquí debemos andar con cuidado. (…) Althusser nos recuerda que las ideas no están flotando en el espacio vacío. Sabemos que están ahí porque están materializadas en las prácticas sociales, porque las informan. En ese sentido, lo social nunca está fuera de lo semiótico. Cada práctica social está constituida dentro de un juego entre el significado y la representación, y puede ser representada. En otras palabras, no hay práctica social fuera de la ideología. (…) Quiero retener la noción de que las ideologías son sistemas de representación materializados en prácticas, pero no quiero fetichizar la ‘práctica’12

Tiene razón Hall, en reconocer la inteligencia de Althusser para indicar el lugar preciso de los problemas que la productividad social trae consigo. También él señala las dificultades que acarrea la comprimida conceptualización de ideología, cuyas derivas más de una vez terminan varando, o bien en la orilla de las “meras ideas” o bien en la de la “pura práctica”. Pero las tortuosas maniobras de este intento de separación-junción entre ideas-representaciones y prácticas sociales, dejan completamente justificadas las observaciones de Sercovich quien, además, nos advierte: “no se olviden de lo inconsciente.”

Hall, Stuart, “significado, representación, ideología: Althusser y los debates post estructuralistas” en Curran, J.; Morley, D. y Walkerdine, V. [1998] Estudios culturales y comunicación. Análisis, producción y consumo cultural de las políticas de identidad y el posmodernismo. Paidós. Barcelona. Pp. 27 a 63

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No sin una dosis de maldad, busca poner en evidencia los límites del concepto althusseriano forzando su interpretación. Ateniéndose a la literalidad de la ya famosa definición, concluye que si la ideología es la “representación” de la relación imaginaria con las condiciones materiales, el registro imaginario, inconsciente, propio de una noción de ideología en general, queda subordinado al campo de la representación, de lo consciente.13 Aunque se trata de un reclamo de coherencia conceptual hacia Althusser completamente legítimo seguramente no se le escapa al propio Sercovich que este es el aspecto más débil de su crítica. Pero aún así, nos deja pensar varias aristas importantes del problema. Una de ellas es la necesidad de una perspectiva teórica de lo social que considere los problemas de lo inconsciente, advertidos por el psicoanálisis. Justamente fue la intervención del psicoanálisis la que puso en evidencia el síntoma principal de nuestra matriz epistémica: la representación. Como bien señala Foucault en Nietzche Freud y Marx14, una sospecha se instaló sobre el lenguaje. Y bastó para tambalear (o descentrar, al decir de Derrida) toda la estructura.15 La representación es siempre de otra cosa, es decir, de otro; es el propio sujeto invisibilizado, o mejor dicho, ahogado, naufragado en su propia imagen. Derrida describe la emergencia de estos problemas del lenguaje como un acontecimiento.16 Por ello coincidimos con Sercovich en que la teoría que recoja estos problemas habrá de considerar en su matriz, sin espantarse, el “a la vez” constitutivo, inextricable, de la
Leemos en el ensayo “Interpretantes para Charles Sanders Peirce: semiótica e ideología” una implacable caracterización: ”Paralelamente al campo conflictual intrasemiótico del que hemos propuesto algunas alternativas, asistimos al avance de un pensamiento neorracionalista de gran difusión local, dedicado a la producción de una teoría de la ideología como investigación de las condiciones e la reproducción de las estructuras determinantes de la sociedad, dando por descontado, en la mayor parte de los casos, el conocimiento de la organización y la dinámica propia de las mismas condiciones reproductoras a las que se alude, es decir, los ‘sistemas de representaciones colectivas’, las formas en que los hombres toman consciencia de sus errores o los ‘cúmulos de errores tenaces’ […] En síntesis, dando por supuesta la explicitación de las leyes generales de las estructuras de la significación, de los sistemas semióticos. […] escamoteando la necesidad de reconsiderar las bases y los supuestos fundantes de una supuesta teoría de lo imaginario social que no es otra cosa que una suma anárquica de citas de Pascal, Spinoza, Bachelard y, en el mejor de los casos, la utilización descontextualizada del pensamiento de Freud o sectores del aporte lacaniano.” En nota al pie número 7, leemos: “En particular la teoría de la ideología propuesta por Luis Althusser, trabajos como su ’Ideología y aparatos ideológicos de Estado’ dan por descontada una teoría de lo imaginario que facilita expresiones tales como ‘representaciones’, ‘imágenes’, etc., sin hacer la menor referencia a los contextos teóricos de los que surgen e incorporándolos a su tesis.” Sercovich, A. “Interpretantes para Charles Sanders Peirce: semiótica e ideología”. en Peirce, C. S. [1986] La ciencia de la semiótica. Nueva Visión. Buenos Aires. Páginas 11 y 12 14 Foucault, M. [1995] Nietzsche, Freud y Marx. Edit. El cielo por asalto. Buenos Aires 15 Y la representación quedó flaca. Tanto, que pudo haber inspirado al mismo Discépolo al escribir: “Sola, fané, descangallada, la vi esa madrugada, salir del cabaret”.Discépolo, Enrique Santos. [1928] “Esta noche me emborracho”. Tango. 16 Derrida, J. Ob. Cit.
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producción material de lo social: simbólico e imaginario; consciente e inconsciente. Una ontología semejante es la que Sercovich advierte en Peirce y también en la tópica RSI (o como Romé gusta llamar, “la teoría semiótica del sujeto” de Lacan17). Nuestro autor acuerda con que el problema de la ideología, planteada en tensión entre lo simbólico y lo imaginario, lo consciente y lo inconsciente, lo individual y lo colectivo, es una zona clave para esta teoría de lo social. Pero a diferencia de algunos optimistas como S. Hall, él no cree haber formulado con ello más que una buena intuición cuyos alcances e implicaciones es necesario desarrollar y profundizar. Para iniciar este camino propone la siguiente conceptualización:

Definiré provisionalmente a las estructuras ideológicas como complejos de formaciones significantes que presentan una materialidad específica y determinan, constituyendo la condición de su preformación, las ‘representaciones’ de los sujetos. Como se ve, lo ideológico desde esta perspectiva, no es un ‘sistema de representaciones’ al menos en el sentido habitual del contenidos psíquicos18

Entonces, repasemos: la ideología no es un nivel de significación ni tampoco son sistemas de representaciones –entendidas como “contenidos psíquicos”- sino que se define –al menos provisoriamente- como “complejos de formaciones significantes”. Estos complejos de formaciones significantes tienen una materialidad tal que constituyen la “condición de las representaciones de los sujetos” (nótese la diferencia con Hall). En esta precisión, cobra forma su diálogo con Peirce: él sostiene que la noción de interpretante –tal como está concebido en la ontología peirceana- guarda una gran afinidad con los problemas de la ideología, en los términos en que Sercovich los piensa.

Proponer equivalencias, decidir una pertinencia y no otra, un orden y no otro, adscribir a tal o cual tipo de selectividad, otorgar, en síntesis, un sentido: efecto permanente del productor semiótico como tal, dimensión ideológica del sujeto. Esto es lo que Charles Sanders Peirce resume anticipadamente en su concepto de interpretante inmediato: ‘Mi Interpretante Inmediato está implícito en el hecho de que cada signo debe tener su interpretabilidad, una que le sea propia, antes de obtener un intérprete’19

Desde su punto de vista, los sentidos derivados de estas formaciones significantes suponen una operación en la que todo signo –tal como plantea Peirce- determina una reducción de la multiplicidad de dimensiones de su objeto a un aspecto o cualidad, con
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Romé, N. Ob. Cit. Sercovih, A. [1977]. Ob. Cit. Página 42 19 Sercovich, A. [1986 (1973)] Ob. Cit. Páginas 13 y 14. La cursiva es del original.

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la que el discurso genera sus referentes; por ello, advierte con Lacan, “metabolizando lo real en forma significante”, la producción significante es más que productora de “visiones del mundo”; en ella también se funda el proceso de constitución de subjetividad. La mediación significante entre el sujeto y su entorno es eficaz: opera construyendo objetos discursivos que se presentan como totalizaciones, ocultando una operación selectiva de aspectos a los que han sido reducidos como condición para producir significado. Tales operaciones siempre quedan ocultas, y desde ellas, se funda no solo significación sino también subjetividad. Así, en sintonía con M. Pêcheux y polemizando con Althusser, dirá que el proceso ideológico supone una relación imaginaria entre el sujeto y el discurso, no entre el sujeto y sus condiciones materiales de existencia. Y este aspecto sí resulta sustantivo: lo ideológico no es una práctica –dice- sino una dimensión de toda práctica y “tampoco es un nivel de significación, sino la condición de posibilidad de existencia de cualquier nivel de significación.”20 Este lugar de la ideología como condición de posibilidad de la significación la introduce en el registro imaginario y, con él, en el orden de lo inconsciente. Las relaciones con el deseo y no con la realidad externa son las que permiten comprender lo imaginario. “Freud –destaca Sercovich- captó la estructura íntima del problema referencial en su campo: la representación refiere a la realidad en la medida en que conforma subjetividad”21 Así, la representación entendida como “el tañer consciente de los discursos”,22 queda puesta en cuestión; lo imaginario inconsciente ha pasado al primer plano de la escena. Esta crítica, pues, invierte el esquema de la conceptualización althusseriana: la ideología no es la representación de la relación imaginaria, sino la relación imaginaria del sujeto con el discurso que, a su vez, es condición de posibilidad de la representación; la invierte, y sin embargo, fortalece su sentido.

b)Ideología y registro imaginario La ideología debe comprenderse, dice él, en términos de “formaciones significantes” cuya materialidad específica no es la de un contenido, ni la de prácticas sociales, o aún de prácticas de producción de sentido-; su materialidad es la de las condiciones de preformación de las representaciones de los sujetos. En ese punto ubica el lugar de lo
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Ibídem. Página 12 Sercovich, A. [1977]. Ob. Cit. Página 93 22 Ibídem. Páginas 53-54

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imaginario. Con M. Pêcheux entiende que “…La relación imaginaria puede ser comprendida así como una conexión entre lo imaginario-discursivo y el componente afectivo de los fantasmas en el psiquismo”23, dos dimensiones de lo imaginario que él intenta caracterizar semióticamente. Escuchemos:

Dentro de la relación que hemos denominado imaginaria, la imagen cumple siempre una doble función de revelación ocultamiento. El problema de la relación entre el sujeto definido como vértice de confluencias, no es otra que su constitución ideológica. Desde esta perspectiva, es posible definir un proceso ideológico como un complejo de relaciones interactivas entre determinadas formaciones semióticas y lo imaginario individual24

En el interior de ese complejo de relaciones entre formaciones semióticas y lo imaginario individual identifica un conjunto de operaciones a las que denomina “evidencialismo”, que permiten explicar el mecanismo ideológico por excelencia: la naturalización de lo histórico. Una de las operaciones más relevantes del “evidencialismo” es la ilusión de la percepción directa de la realidad. Y una segunda operación, que denomina ilusión de autoría. Ninguna se comprende sin el concepto de relación imaginaria. En términos semióticos, dice, lo imaginario no constituye un determinado dominio de objetos como consideraba Sartre, sino “algo inalienablemente presente en todo material significante”25, que opera en todo signo y que él distingue del efecto semiótico denominado imagen. En este punto se pone en evidencia su diálogo teórico con Lacan. La analogía (problema básico de la iconicidad) y la ilusión referencial, son desde su punto de vista, dos modos de la “transparencia semiótica”, que se comprende precisamente en el registro imaginario. Desestima toda la tradición semiótica que funda la iconicidad en la semejanza como clave de lo imaginario, demostrando precisamente la inconsistencia lógica de la analogía: “Imágenes, signos que ocultan sus condiciones de producción, que independientemente de su ubicación en el modelo tópico derivan su eficacia de su capacidad para producir en el sujeto un estado de total inmersión en la ‘realidad’ que preforman.”26 En ese sentido, con Peirce, piensa en el signo como una operación y con Lacan, piensa lo imaginario como una dimensión estructurante de ella. Podríamos sintetizar diciendo a
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Ibídem. Página 53 Ibídem. Página 43 25 Ibídem. Página 32 26 Ibídem. Página 47

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nuestro cargo, que dada la índole inmotivada, “desenlazada” del signo, y la imposibilidad de la representación como presencia plena, lo imaginario así planteado, ocupa un lugar esencial para explicar la eficacia de esta ilusión entretejida en toda práctica social. Podríamos decir, que su función semiótica es la de operar suturando, completando, poniendo lo que falta. Por ello, la eficacia semiótica paga siempre el precio de acudir a “lo que hay” a la mano. Así, lo imaginario es algo muy diferente a lo meramente icónico y completamente distinto de una “fantasía” distorsionadora. Al contrario, así comprendida, es aquello sin lo cual no hay representación posible. Lo imaginario entendido como condición de posibilidad de la representación, rechaza las nociones que lo ligan al campo de la iconicidad tanto como a las que lo reducen a lo ilusorio. Imaginario es el modo de relacionarnos con lo simbólico y lo real (lo mismo puede predicarse de los otros dos registros). Por otro lado, siguiendo claramente a Althusser, Sercovich describe otro efecto imaginario que considera de relevancia crucial para una teoría de la ideología, la producción subjetiva:

Existe también otro muy importante que denominaré ilusión de autoría, y que consiste en la certeza del sujeto de ser el productor autónomo y autodetermiando de su producción semiótica, ignorando las reales relaciones de determinación que son inversas: al “reflejar” la “realidad” de tal o cual manera, son los sentidos los que preforman las representaciones27

En el eje imaginario y lo discursivo-ideológico, pueden comprenderse una serie de operaciones semióticas de relevancia: ocultar las condiciones de producción, introducir relaciones, fundar subjetividad. Con ellas se hace eficaz la mediación significante entre el sujeto y su entorno que se reconocen como operaciones ideológicas: “Lo imaginario discursivo y el efecto de transparencia semiótica no se explican en absoluto por una relación –adecuada o no- con respecto a lo real sino por el hecho de derivar de determinados intereses sociales.”28 Desde aquí –los intereses sociales- Sercovich hace un rodeo hasta llegar a los problemas del deseo. Ya ubicados en el lugar preponderante de lo imaginario en relación con lo discursivo ideológico, cabe precisar la relación imaginario- inconsciente. Los principales

componentes del registro imaginario en Freud, son el concepto de identificación y la
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Ibídem. Página 38 Ibídem. Página 44

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relación con el Otro. La identificación con la imagen de un semejante, la noción freudiana de narcisismo que, como dice Sercovich, caracteriza la más importante de las formaciones inconscientes: el yo. Un yo que es considerado a su vez como “una instancia que desconoce el saber inconsciente y la verdad que lo ocupa […] Este desconocimiento constitutivo no es, sin embargo, el de una verdad teórica sino de la causa del inconsciente.”29 Dos consecuencias fundamentales se derivan de es consideración de lo imaginario inconsciente. Por una parte, los procesos de identificación constitutivos del yo, suponen una operación en la que “una analogía se define en términos imaginarios” (no reales) y, por otra, el orden de lo imaginario inconsciente puede ser pensado como lugar de soporte de “los efectos de la estructura, los síntomas”. El inconsciente, dice, es el lugar de las imágenes, y lo imaginario en la teoría psicoanalítica es un campo heterogéneo cuyos orígenes anclan en el deseo. Vale la pena leer con detalle esta extensa cita en la que sintetiza este desarrollo. Escuchemos:

Resumiendo lo apuntado hasta aquí, lo imaginario en el terreno psicoanalítico se correlaciona con el desarrollo de la imagen en la teoría semiótica en los puntos siguientes: a) los fantasmas se relacionan con el deseos y no con la realidad; las imágenes discursivas reconocen su fuente en intereses sociales y no en sus relaciones con lo real. b) lo fantasmático constituiría el verdadero objeto de la teoría psicoanalítica, tanto como la transparencia semiótica sería el objeto de la investigación de lo imaginario. c) El fantasma o sus efectos, los síntomas o los sueños, ocultan al sujeto sus condiciones de producción, como la imagen se define por invisibilizar sus causas. d) La fantasmática sumerge al sujeto en la ilusión de la ‘realidad’ vivenciada, como las imágenes y el efecto de transparencia refieren en forma directa a la ‘realidad’. e) Las fantasías actúan en haces determinando sus efectos, de la misma forma en que un discurso transparente deriva de la convergencia simultánea de varios sistemas de codificación. f) Los fantasmas y las imágenes discursivas comparten el valor ilocutorio30

Esta última afirmación requiere explicitar otro elemento teórico que Sercovich introduce, a saber la teoría de los actos de habla de J. Austin, particularmente las nociones de valor ilocutorio y de performatividad del lenguaje. En ese sentido, dirá – ateniéndose a todo el recorrido hecho- que el inconsciente produce representaciones, esto es, las formaciones del inconsciente, son representaciones y que, siguiendo a Austin, en rigor, pueden entenderse como “actos” del inconsciente, lo que equivale a decir que no hay “meras representaciones”. Hay fantasmas que se comportan como locuciones performativas y que adquieren valor ilocutorio; en la medida en que los
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fantasmas son un determinado nivel de organización y estructuración de las representaciones, simultáneamente, constituyen también acciones. Una acción, en este sentido, es una representación inextricablemente unida a los afectos, lo cual permite postular que

Hay una conexión permanente entre las imágenes discursivas y la estructuración de los fantasmas. [..] La relación imaginaria puede ser comprendida así como una conexión entre lo imaginario discursivo y el componente afectivo de los fantasmas en el psiquismo31

Por ello, dice el autor, el plano de la afectividad es el punto en que estallan los límites entre consciente e inconsciente.

c)Notas para una teoría semiótica de la ideología… Como hemos explicado, Sercovich hace señalamientos importantes a cada una de las perspectivas que pone en juego haciendo foco en la necesidad de una teoría de la ideología: la falta de lo inconsciente afectivo en la teoría semiótica; la falta de consideración de lo ideológico en el psicoanálisis; a la ideología, un mayor cuidado en la consideración de la relación representación, imaginario, inconsciente. Por supuesto que seria un exceso hablar de un programa para una teoría semiótica de la ideología en este puñado de textos. Pero sí hay esbozos propositivos en esta dirección. Podemos encontrarlos dispersos en condensados pasajes en dos de los textos expuestos aquí. En su presentación de la obra de Peirce, platea que la noción de interpretantes del autor permite repensar el concepto de ideología en la medida que logra dar cuenta de aspectos todavía confusos de la formulación althusseriana. En ese texto, reivindica la semiótica como la ciencia que tiene por objeto estudiar “el régimen de determinaciones objetivas que hacen significativo a lo real,”32 y enfatiza el hecho de que no se trata de un campo de objetos considerados significativos a priori, sino que: “todo aquello hacia lo que apunte su mira conceptual se convierte desde ese momento en objeto semiótico, como si lo hubiese tocado el rey Midas.”33 Así, teniendo a Peirce como principal referencia, argumenta la necesidad de formular una teoría de la ideología en términos semióticos.

31 32

Ibídem. Página 53 Ibídem. Página 12 33 Ibídem. Página 12

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Para sostener esta tesis, una vez más argumenta con el recurso de la literalización del concepto de ideología. Si la ideología habrá de constituirse en una teoría de los “sistemas de representaciones colectivas”, entonces esa teoría necesariamente habrá de ser semiótica, concluye. El otro fragmento proviene de un texto que podría ser la contracara del anterior, un ensayo crítico titulado “Acerca de la inexistencia de la semiótica. Sinonimia, referencia y psicoanálisis.” Allí, con las herramientas del psicoanálisis y de Peirce, da debate a las tradiciones semióticas ligadas a la lingüística en torno a las nociones de sinonimia, de referencia y de las posibilidades de descripción de sistemas no lingüísticos. En esa discusión, desliza que la semiótica requiere también un nuevo programa. El desarrollo de la semiótica, afirma, requiere construir al mismo tiempo, una Teoría de la referencia, una Teoría del sujeto y una Teoría de la significación,34 entendidos como tres campos complementarios e interdependientes. Esta hipótesis, guarda absoluta afinidad teórica con el esquema triádico de Peirce y la tópica de Lacan. Esta es, sin embargo una exploración en la que Sercovich no profundiza, aunque nos deja una serie de puntualizaciones interesantes en esa dirección, especialmente rica en relación con el lugar de lo imaginario, que vale la pena continuar.35

Bibliografía

Caletti, S. [2008] “Exploraciones”. Informe final del PID 3098 “Política, sujetos y comunicación: un acercamiento a la escena pública contemporánea” 2002-2007 FCE UNER. Derrida, J. [1989] "La escritura y la diferencia”, Anthropos, Barcelona. Foucault, M. [1995] Nietzsche, Freud y Marx. Edit. El cielo por asalto. Buenos Aires Hall, Stuart, “significado, representación, ideología: Althusser y los debates post estructuralistas” en Curran, J.; Morley, D. y Walkerdine, V. [1998] Estudios culturales y comunicación. Análisis, producción y consumo cultural de las políticas de identidad y el posmodernismo. Paidós. Barcelona. Romé, N. [2009] “Semiosis y Subjetividad. Preguntas a Charles S. Peirce y Jacques Lacan desde las Ciencias Sociales.” Prometeo Libros. Buenos Aires.

34 35

Sercovich, A. [1977]. Ob. Cit. Página 90 En esa dirección ha avanzado mucho el trabajo de Natalia Romé.

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Sercovich, Armando. [1977] “El discurso, el psiquismo y el registro imaginario. Ensayos semióticos.” Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires. Sercovich, Armando. [1986 (1973)] “Interpretantes para Charles Sanders Peirce: semiótica e ideología”. En Peirce, C. S. “La ciencia de la semiótica”. Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires.

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