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María Pía Dacharry

D-1432/0
Social III
ESTRUCTURACIÓN DEL PSIQUISMO (CASTORIADIS)

Según Catoriadis, el psiquismo humano se caracteriza por la imaginación


radical. Es ella la que permite a la psique producir representaciones,
fantasmas que no resultan de las percepciones. La psique humana se
caracteriza por la autonomía de la imaginación. Se trata de la capacidad de
formular eso que no está, de ver en cualquier cosa lo que no está allí. Los
fantasmas no tienen relación con la realidad; no son imágenes ni fotografías de
una realidad sino que son creaciones de la psique.
Además, el psiquismo humano se caracteriza por la afuncionalidad, el
psiquismo humano está desfuncionalizado en la medida en que lo que se
imagina, lo que se representa, no está regido por la funcionalidad biológica. No
hay representaciones canónicas. Entonces, el psiquismo humano se
caracteriza por la falta de funcionalidad, que se combina con la capacidad que
tiene la psique de experimentar placer mediante la representación. La
separación entre el placer de representación y el placer de órgano sólo es
posible en el ser humano. “El hombre es un animal loco y no lógico”.
Según Castoriadis, la psique es ese núcleo oscuro, insondable, a-social; es
fuente de un flujo constante de representaciones que no obedece a la lógica
ordinaria, asiento de deseos ilimitados e irrealizables.
Castoriadis denomina a esta imaginación “radical” porque la creación de
representaciones, sentimientos, deseos por parte de la imaginación humana
está condicionada pero nunca determinada. La imaginación radical constituye
un poderío espontáneo y creador, afuncional, que remite a que el placer de
representación está en un nivel superior al del placer de órgano.

El psiquismo humano se caracteriza por su estratificación. La psique se


caracteriza por múltiples instancias, por el conflicto entre ellas. La historia de la
psique que crea estratos que, en lugar de desaparecer, entran en relaciones.
La historia psíquica se convierte en estratificación de la psique. En esta
historia, las etapas posteriores no anulan a las anteriores, sino que coexisten
conflictivamente.
“Estratificación”: etapas que van desde la mónada psíquica hasta el individuo
social, pasando por una fase triádica y que desemboca en la posibilidad de una
subjetividad autónoma y reflexiva.

La mónada psíquica
Nada existe para el sujeto fuera del mismo sujeto, que se vive como fuente de
placer y como capaz de realizar ese placer. Es el reino de la satisfacción
inmediata de todo deseo que podría presentarse.
Freud define este estado monádico con la siguiente frase: “soy el pecho”; en un
primer momento el recién nacido “es el pecho”. El objeto no es un objeto
separado sino que buen objeto es el recién nacido para sí mismo. Aquí
encontramos la raíz del egocentrismo absoluto, de la omnipotencia mágica del
pensamiento y de la tendencia del inconsciente a formar representaciones que
satisfagan su deseo, etc. La mónada organiza la experiencia del placer no con
un objeto sino como experiencia total de un estado. Esta experiencia orientará
para siempre al psiquismo, cuyo objeto de deseo, cuya búsqueda, será la
recuperación de este estado y el retorno a él. Es más un deseo de estado que
de objeto.

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Este estado no puede durar mucho tiempo. Se prolonga en la satisfacción
alucinatoria del deseo: el bebé es capaz de actualizar el objeto que no está
aquí. Esto constituye una expresión de la imaginación radical: el pecho no está
aquí, pero el bebé lo alucina. Pero luego de esta etapa se produce una ruptura.
Lo que pone de manifiesto la prolongación del momento de satisfacción real
orgánico por parte de la alucinación es la capacidad del ser humano de
experimentar placer mediante la simple representación, acompañada o no de
un placer de órgano. El placer se va a desarrollar en la vida psíquica:
predominio cada vez mayor del placer de representación sobre el placer de
órgano. En el momento de la satisfacción alucinatoria, tenemos el primer
momento de esta capacidad del ser humano puesta en acto; el hecho de poder
alucinar y encontrar placer en la alucinación, mediante la representación.
Si hay clausura es la del psiquismo sobre sí mismo, es la representación
cerrada sobre sí misma que el sujeto se crea de sí mismo y del mundo; ésta es
la clausura, el encierro sobre sí de la mónada psíquica, de la etapa monádica.
Es la clausura que el sujeto humano debe romper para sobrevivir.
No hay otro ni objeto. “Soy mi objeto”. “Soy el pecho”. La anorexia mental del
recién nacido muestra esto: la clausura sobre sí mismo, la ignorancia total del
otro. Este otro es biológica y psíquicamente esencial para el sujeto. Pero el
mismo no se inscribe en el principio de su psique, constituye una perspectiva
externa a la psique del recién nacido. Para este el otro no existe como tal.

La fase triádica: el infans-el objeto parcial-la madre


Cuando aparece el otro el recién nacido lo considera como un objeto decisivo
para él, decisivo para su satisfacción, para su placer.
La fase triádica está definida por la instalación de un juego, una puesta en
relación entre el infans, la madre y el pecho. La madre aparece como aquello
que dispone el pecho, y el infans el de la omnipotencia, lo proyecta sobre la
madre. El infans que se creía omnipotente descubre que no lo es y transfiere
esta omnipotencia a su madre. De allí surgirá la ambivalencia del infans hacia
la madre. Se establece una relación entre tres términos, en la cual el objeto
parcial, el pecho, es el lugar donde confluye, es la zona de entrecruzamiento,
de la relación del infans con la madre. Pero no se trata todavía de un mundo
abierto.
La operación primera de separación que caracteriza a la fase triádica implica
un primer momento de socialización. La imposición de la socialización a la
psique es esencialmente imposición de la separación. Para la mónada psíquica
equivale a una ruptura violenta, impuesta por su relación son los otros,
mediante la cual se constituirá una realidad simultáneamente exterior,
independiente, transformable y participativa; violencia primaria. Mientras la
mónada psíquica tiende siempre a encerrarse sobre sí misma, esta ruptura es
constitutiva de los que será el individuo social. La imposición de esta relación al
otro, y después a los otros, es una sucesión de rupturas infligidas a la mónada
psíquica a través de las cuales se constituye el individuo social, como sujeto
dividido entre un polo monádico, que tiende siempre a una nueva clausura, y lo
que él organizó e integró poco a poco en diversas síntesis.
El recién nacido vivencia a la madre según el esquema de la omnipotencia.
Esta omnipotencia de la madre es una proyección. Este proceso es
fundamental porque a lo largo de la vida el otro será un factor de alienación. Se
podrá siempre ubicar a otro en el lugar de la omnipotencia. Pero

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simultáneamente hay procesos de introyección. La introyección constituye la
base de la socialización; toda la comunicación entre sujetos implica la
posibilidad de recibir e incorporar palabras, sentido, significaciones que
provienen del otro. La primacía de la proyección se debe a que ésta se
manifiesta de manera casi permanente.
La fase triádica es la primera situación en la cual hay diferenciación. El otro
aparece como dueño del objeto de deseo.
Lo esencial de esta fase es la función de la madre como dueña de la
significación, dueña de la atribución de sentido. Es la madre quien asigna
significación a cada cosa y situación. Comenzando por la nominación de los
afectos del bebé. Es la madre quien dice esto es bueno y esto es malo.
La socializacion empieza en la fase triádica porque es la madre la primera que
dice no al infans. De esta manera se constituye la madre como omnipotente, al
reconocerle una existencia y un deseo o voluntad que son extraños al infans y
que él no domina. Y esto lo obliga a reconocerla como separada de él mismo.

Individuo y sociedad: atribuciones de sentido


Se empieza a salir del mundo cerrado a partir de la ruptura de la mónada,
cuando se está frente a la obligación de abandonar la omnipotencia. Pero esta
primera salida es una falsa salida en la medida en que la omnipotencia se
transfiere a otro, y en la medida en que el infans puede quedar encerrado con
su madre.
Resulta necesario que el infans pueda desplazar a la madre de su lugar de
omnipotencia. Esto acontece en la función edípica. La madre ya no aparece
como omnipotente, como la única que tiene el poder; se la reconocer además
como incompleta, tomada en su deseo por el otro: el padre. Está obligada a
tener en cuenta la palabra del padre. Y cuando cae la figura de la madre
omnipotente se produce una apertura socializante. Pero la aparición del padre
no basta para romper la clausura, para socializar, para cumplir con la función
edípica. Es necesario que el padre sea reconocido como padre entre otros
padres, que no aparezca como siendo él mismo la fuente de la Ley, sino como
portavoz de la Ley, sometido él mismo a la Ley.
La estructuración de la psique es un proceso de socialización. La característica
esencial de la psique y de la sociedad es la atribución de sentido, de
significación.
El proceso de socialización se juega en este proceso de significación y a través
de él. La sociedad es un magma de significaciones sociales que otorgan
sentido a la vida colectiva e individual. La socialización no es otra cosa que la
entrada y el funcionamiento, en este magma instituido de significaciones
sociales.
La sociedad otorga al sujeto sentido, aporta con sus significaciones la
atribución de sentido que satisface la necesidad imperiosa de la psique. De lo
contrario, esto no funcionaría.
Lo social es espacio y proceso de creación. No habría historia verídica sin
cambio, ruptura y creación. Lo sociohistórico es fundamentalmente emergencia
de nuevas significaciones imaginarias sociales. Su institución, la dinámica entre
lo instituyente –la imaginación radical- y lo instituido –las instituciones ya
creadas-, es secundaria respecto a esta característica esencial de las
colectividades humanas, que consiste en la capacidad de crear nuevas
significaciones, nuevos sentidos, la imaginación radical no existe solamente en

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el nivel de la psique individual, sino también en el sociohistórico colectivo, en
calidad de imaginario radical. En la creación y la existencia de sociedades hay
un contenido positivo casi infinito, no solamente prohibiciones.
Si la psique no encuentra en el espacio social un sentido capaz de reemplazar
el sentido originario, nomádico, no podrá salir de la clausura y sobrevivir. Ésta
es una de las condiciones que la psique exige a la sociedad: podemos hacer
con ella casi cualquier cosa pero lo que la sociedad no puede hacer es dejar de
proporcionarle sentido.
La institución de la sociedad inserta en una vida colectiva y real, y mediante
una violencia radical infligida a la mónada psíquica a este ser egocéntrico que
sólo piensa en sí y es capaz de vivir en el puro placer de representación. La
institución destituye lo que era el sentido de la psique y tenía sentido para ella y
la sociedad procura a la psique otra fuente de sentido: la significación
imaginaria social. En adelante, la institución procura el sentido a los individuos
socializados; pero también les procura los medios para crear estos sentidos
ellos mismos restaurando en el plano social una lógica instrumental o funcional,
lógica que ya existía en el plano animal pero en el hombre quedó rota por el
desarrollo desenfrenado de la imaginación.

Las significaciones imaginarias sociales son significaciones que penetran


toda la vida de la sociedad, la dirigen y la orientan; están encarnadas en las
instituciones y las animan. “Imaginarias” porque no son ni racionales (no
podemos construirlas racionalmente) ni reales (no podemos derivarlas de las
cosas); no corresponden a ideas racionales ni a objetos naturales. Y porque
proceden de la imaginación. “Sociales” porque no son nada si no son
compartidas, participadas, por ese colectivo anónimo, impersonal, que es la
sociedad. Cada hombre, cada individuo, es casi la sociedad entera en tanto
refleja las significaciones imaginarias sociales. Las incorpora. Es una parte total
de la sociedad. Determinan las representaciones, los afectos e intenciones
dominantes de una sociedad.

La institución de la sociedad se despliega en 2 dimensiones:


- Dimensión conjuntista identitaria: la institución de la sociedad opera
según los esquemas de la teoría lógico-matemática de los conjuntos;
elementos, clases, propiedades, relaciones; lo que es establecido de
manera distinta y bien definida; para que algo exista debe estar bien
definido o determinado.
- Dimensión imaginaria: la existencia es la significación. Las
significaciones pueden ser localizadas pero no están determinadazas.
Están vinculadas unas con otras mediante la remisión. Las
significaciones no son bien distintas y bien definidas, no están
vinculadas por condiciones necesarias y suficientes.
Las significaciones de la sociedad no se pueden reconstruir por operaciones
lógicas. La organización y el orden social no son reductibles a las nociones de
orden u organización matemáticas, físicas o biológicas. Lo histórico social crea
un nuevo tipo de orden: una creación ontológica.

Sujeto y autonomía

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Subjetividad reflexiva y deliberante, estado posible del individuo social, pone en
juego la significación y la experiencia de la autonomía. Autonomía: Autós=sí
mismo; nómos=ley. Es autónomo quien se da a sí mismo sus propias leyes.
Es en el mundo histórico social donde emerge la autonomía; la “autonomía de
lo viviente” es precisamente lo que Castoriadis llama la clausura: lo viviente
tiene sus propias leyes, y nada puede aparecer en su mundo que no sea
conforme a estas leyes desde el punto de vista cognitivo. La clausura implica
que el funcionamiento de este viviente y su correspondencia con lo que puede
haber “afuera”, están gorbernados por reglas, principios, leyes que son dados
de una vez por todas. Esta es la heteronomía en el campo histórico-social. Este
es el caso de las sociedades primitivas o religiosas tradicionales, donde los
principios, reglas, leyes, significaciones, son establecidas como dadas de una
vez por todas, intangibles, no cuestionadas y no cuestionables. La realidad y la
verdad de su representación no plantean preguntas; las representaciones
heredadas corresponden a la verdad y a la realidad, y nunca son cuestionadas.
El individuo social es un individuo consciente; está alienado; es heterónomo:
tiene ciertos criterios sobre lo que es bueno, malo, justo, injusto, etc., pero
estos criterios no fueron producidos por él sino que fueron impuestos en su
socialización por la sociedad.
Subjetividad reflexiva, sujeto capaz de cuestionar las significaciones
imaginarias de la sociedad en la que vive y sus instituciones. Correlativa al
nacimiento del proyecto de autonomía y de una actividad política autónoma,
reflexiva y democrática. Sujeto consciente y capaz de cuestionar las
significaciones y las reglas que recibió de su sociedad.
Una creación histórica extraordinaria tiene lugar por primera vez en Grecia y es
retomada, con rasgos nuevos, en Europa Occidental a partir del fin de la edad
media. Es la creación histórica que hace ser la autonomía no como clausura
sino como apertura: en la antigua Grecia y en la Europa moderna emerge una
nueva forma de lo existente, del ser histórico social, y del ser a secas; estas
sociedades cuestionan su institución, la ley de su existencia. Es la primera vez
que un ser cuestiona y cambia la ley de su existencia; las representaciones
heredadas son cuestionadas y también las ideas de verdad y realidad.
El cuestionamiento de la institución de la sociedad, de la representación del
mundo y de las significaciones imaginarias sociales de éste, es equivalente a la
creación de la democracia y la filosofía. A partir de esta ruptura con la clausura
absoluta que prevalecía hasta entonces, aparece una sociedad que contiene
los gérmenes de la autonomía, de la autoinstitución explícita de la sociedad. Y
esto va a la par de la creación de individuos capaces de cierta autonomía,
capaces de cuestionar la ley social, pero también de cuestionarse a ellos
mismos, de cuestionar sus propias normas. Este cuestionamiento se hace en
una lucha con y contra el viejo orden: el orden heterónomo.
La práctica psicoanalítica tiene un sentido político, intenta tomar al individuo
autónomo; se trata de un sujeto que no está simplemente arrastrado o
conducido por su inconsciente sino que es capaz de ser lúcido en relación a
sus deseos y a la realidad; capaz de reflexionar y decidir lo que va a llevar a
cabo con sus deseos y lo que no va a realizar, y de actuar en consecuencia, es
decir: un sujeto responsable de sus actos, consciente de que es responsable
de lo que hace. La finalidad del análisis consiste en ayudar al paciente a
convertirse en un sujeto autónomo, una subjetividad reflexiva y deliberante.
Ayudarlo a tener una relación diferente con sus deseos para que pueda

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canalizarlos y dominarlos con otras herramientas que no sean la represión.
Objetivo ideal.

Entonces, concluyendo, podemos decir que cada sociedad construye un


mundo propio, crea un mundo de significaciones imaginarias sociales, que
organizan el mundo natural, instauran un mundo social propio para cada
sociedad, establecen las maneras en que los individuos humanizados y
socializados deben ser fabricados e instituyen los motivos, valores y jerarquías
de la vida social. La sociedad se apuntala sobre el primer estrato natural, pero
para levantar un edificio de significaciones complejo que inviste todas las cosas
con una significación. La sociedad socializa la psique salvaje, bruta, loca,
desfuncionalizada, del recién nacido y le impone un conjunto de restricciones y
limitaciones: la psique debe renunciar a su egocentrismo absoluto y a la
omnipotencia de su imaginación, reconocer la realidad y la existencia de otros,
subordinar sus deseos y reglas de conducta y aceptar sus satisfacciones
sublimadas y la muerte en nombre de fines sociales. De esta manera, la
sociedad deriva, orienta y canaliza las pulsiones e impulsos egocéntricos,
asociales hacia actividades sociales coherentes, hacia un pensamiento lógico,
etc. Pero, en contra partida, la psique le exige a la institución social que la
provea de sentido. El proceso por el cual la psique abandona sus vías y objetos
primordiales e inviste las maneras de comportarse, los motivos y objetos
socialmente significativos consiste en la sublimación: fabricación social del
individuo. De esta manera, se crea el individuo social. El individuo es portador
de las instituciones de la sociedad y está forzado, en un principio, a
mantenerlas y reproducirlas.

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