JQAQU 1 N, M O R T 1 Z • M tX ICO

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Jesús Gardea

Septiembre ,
y los otros días_

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serie del volador
f

A José Luis González
y a doña Francisca Gardea .
1
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Primera edición, febrero de 1980
D. R. © Editorial Joaquín Mortiz, S. cr
Tabasco 106, México 7, D. F.
ISBN 968-27-0111-2

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I
SEGÚN EVARISTO

Los años no han logrado gastarme el recuerdo·de Eva-.
risto. Ahora andará en el polvo, con el sol sobre los 11 ~

ojos para siempre. Hoy se levanta en los míos. Baja
suavemente a mi alma, como buscando la penumbra de ,
un alero. No ha cambiado un ápice Ya lo dije. Es el
mismo. De donde llega trae el perfume de las fu«;rtes
soledades; le brota de todo el cuerpo esbelto al menor
movimiento que hace. Cuando habla,- acompaña sus t·
palabras y sus gestos, como un viento de aguas escoa..
'1
didas.
Mi padre era su amigo. Lo conoció y comenzóa tra..
tar en otro pueblo, cuando era un joven herbolario.
Mi padre lo conoció en el negocio, detrás de un cajon...
cito para el dinero de la venta: allí se pasaba el día
¡ de la mañana a la tarde, a las últimas horas de la tarde.
',
' No dejaba el cajoncito ni para ir a comer. Hacia el
mediodía, la mujer salía del negocio para traerle co..
mida de un restaurant en una cacerola. El herbolario
despachaba rápido el revoltijo y luego volvía, con un
eructo final, a su mutismo.
Mi padre nunca supo·bien cómo fue que pudo arran..
carie las palabras y que se convirtieron en amigos.
La mujer lo doblaba en edad. Perdida en los diver-
sos olores de las hierbas lo celaba, lo cuidaba a dís-. ,,
tancia, sentada al fondo del local. La mujer se levan-
taba sólo para atender a los clientes; para lo del
restaurant; y para recoger la venta y cerrar. La pri-
mera vez que mi padre se puso a conversar con el
herbolario, la mujer no cesó de moverse, intranquila,
en su asiento,·ni de mirarlo con atención. Mi padre /
apenas la había visto un par de veces en su vida y no

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le guitaba~ Era extraordinariamente delgada, cetrina, ~Y o la llamo menta, Evaristo -le contestabami. pa-
1in brillo: más alta que su hombre. Despuésde cerrar el dre, y alzaba el ramito a la altura de sus ojos y lo movía
negocio, los esposos caminaban a la placita cercana. como una sonaja. Cundía el aroma entonces por todo.
Nunca se miraban entre sí. Preferían contemplar el el aire e iba a morir afuera, en la desierta playa de lá
kioskoy a los niños que jugaban. en él. Duraban ·hasta calle. Mi padre gozaba provocando estas olitas. Nos ase-
el crepúsculo y luego seguían el camino a la casa. guraba ser cierto que las oía romper y que las veía Juego

¡
Cuando mi padre llegó al pueblo, hacía siete años desbaratarse en una espuma verde y translúcida..Pero el
que estaban casados; que el hombre se había convertido amigo acababa por detenerlo:
en cajero, en herbolario. Muy al principio, en los días -Sanjurjo, ya no repique más, por favor. La mujer
posterioresa la boda, el pueblo volcó sus lástimas sobre puede incomodarse. Los olores la tienen sin cuidado;
el joven esposomientras que, a un mismo tiempo, cen- pero la molestan si se agudizan y se vuelven imper-
suraba el apetito de la mujer.. Esto le contaron a mi tinentes.
padre. Pero él halló nada más indiferencia perfecta por Mi padre, obediente, favorecía al amigo. Y bajaba el
la pareja: un tesón de ciegosy de sordos. ramito.
Y a esa primera tarde se sucedieron otras. Evaristo
dejó el mostrador y salió a conversar al umbral de la
Con un ramito de hierba en la mano izquierda, despa- puerta. Mi padre, en las postrimerías de la tarde, co-
chado por la mujer en el fondo del local, mi padre se menzaba a consultar con regularidad la hora: sabía que
presentó al herbolario, ofreciéndole su diestra saluda- hacia las seisy.cuarto, la mujer de Evaristo se ponía de
dora, abierta como un sol: pie, seca y larga, en la penumbra de su rincón, para
¡Onésimo Sanjurjo! -le dijo. atravesar, de un extremo al otro, el mundo aquel de
Evaristo, que había extendido la mano para recibir todos los días. Así que mi padre, dando las seisy cuarto, ,.'
el dinero, se desconcertóde pronto; pero luego, dándole estaba ya despidiéndosedel amigo, con la promesa de
un giro rápido, la aprestó para el saludo. regresar al día siguiente. Evaristo aceptaba, rencoroso
Faltaban todavía un par de horas para que empezara con su mujer.
a caer la tarde. Mi padre y su nuevo amigo conversaron Mi padre en la calle volteaba a mirar a la pareja:
todo ese tiempo sin pausa, ~orno dos que se han reen- Evaristo permanecía parado aún en la puerta, pero mi-
contrado. Mi padre tenía apoyada la mano del ramito rando hacia adentro. La mujer, como un pájaro de las 1:
en el mostrador, casi junto a la caja de los centavos, y sombras, había caído sobre el cajoncito de los centavos
su fragancia lo deleitaba; ponía en su lengua las mismas y los estaba contando. Mi padre oía, en la quietud de la
intensas luces del verano. hora, el choque de las monedas al ser apiladas en el
-Mire usted, Sanjurjo -le decía Evaristo--, lo que, mostrador. Evaristo, dejando la puerta, de pronto había !,
son las cosas.No tienen orilla. Hasta ahora es que huelo ido a colocarsecerca de la mujer, con un bolso abierto
realmente la yerbabuena; hasta ahora que la pone usted entre las manos. Allí caía el dinero;' volvía a sonar, pero
debajo de mis narices. muy apenas, casi como si fueran guijarros..Después, mi
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padre vela a la mujer. quitarle el bolso al amigo y col- mujer y le ,decía:· _
1'nelo ·a la bandolera, la ~orrea por encima de los -Esos pobres, a vecesson pájaros, son águilas.que na-
pechos sin gracia, die sospecha.También se lo he dicho ya. Lo que yo ando
Y era la primera en salir. buscando no es su muerte, que usted está muerta, sino
La doblaba el peso del bolsobada un lado. un cielo...
Evaristo, mientras tanto, afoera ya también, comen- ,-Usted habla así porque no tiene experiencia en la
zaba a bajar, lentamente, la cortina metálica. El chirri- vida; porque es un simple.
do ponía de punta el aire, y la mujer se desesperaba: -Sueño con un valle. Con un cielo en la tierra.
; -De un jal6n, de un jal6n ---decía-, no es de seda.
Evaristo se detenía entonces un momento:
-Yo no tengo sus pocos nervios-le contestaba, me- La noche de esa tarde, le fue imposible a mi padre
tiendo todos los rencores de siempre en la voz-: ya lo dormir.
sabe usted. Había luna. Mi padre salió a la calle y paseó por la
Ninguno de los dos se daba Cllentade que mi padre los desierta placita hasta cansarse.
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estaba observando,oyendo. Se miraban, desafiantes. Mi Otro día, se levant6 pensando en el amigo. Dej6 para
padre sentía que el sol de la tarde no llegaba hasta la después los negocios que lo habían llevado al pueblo,
pareja. Huía de ellos como ele un amargo nudo de y fue a visitarlo.Y era por la mañana. A Evaristo le sor·
sombras. prendi6 verlo llegar. Pero mi padre no se detuvo a sa-
-,-Lo que usted no tiene, es tabeza -le decía la mu- ludarlo; se dirigi6 al fondodel local, con la mujer. Nos
' -, jer, y procuraba enderezarse, no hacer en el mundo el contaba que se había encontrado con una casi distinta '1
lastre del bolso.Mi padre la veía entoncesganar tamaño, " a la!de las tardes. La mujer estaba sentada en su silla
como una larga vara que hubi~ra estado bajo la mano y miraba para la calle, todavía sin sol, pero ya clara
del viento y recién recuperara su libertad. como el día. Al acercársele mi padre, se puso de pie y
Evaristo volteó a mirarla a la cara: el coraje le cu- rápidamente abarc6, de una sola mirada,·su mundo de
bría de ceniza la piel. muerta de las mejillas, los pár- hierbas. De las mesas vino a mi padre, entonces, una
pados, la frente. Respiraba, CQmouna endiablada, el rica oleada de perfumesque lo hizo trastabillar. Se apoyó
aire oscuro. Pero Evaristo no s~ amilan6: en una de sus en el borde de una mesa. La mujer lo miró con curio-
manos, tenía el candado de la cortina. sidad. Habl6. Le dijo que tras una noche de encierro, y
-Un animal --continuaba la mujer- me hubiera en verano, las hierbas, como las hembras, amanecen po·
entendido mucho mejor. Usted no. Usted, no. Máteme tentes, como nuevas; pero que andando las horas, el
aire, y la luz, se encargan de desgastarlas. Mi padre oyó '-:
a iras. Eso es lo que usted ands, buscando. '
-Siempre es lo mismo -se quejaba Evaristo con fas- la voz aquella como un hilo de agua corriendo por las
tidio. mentas. Y ya no siguióadelante. Y regresó adonde Eva-
-Usted es un pobre de espíritu. risto, que lo estaba esperando. Mucho rato estuvieron
Evaristo, al oír esto, se volteaba de plano hacia la sin hablar. El sol entr6 por fin a la calle y se desliz6

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por laa blancas fachadas de cal. Mi padre suspiró. En sos a la puerta del saloncito. E,nlas vueltas que c\aba,~
1u cara, como en la de Evaristo,·la tinta del sol se fue padre miraba la cara feliz de Evaristo y las de l~ bobol :·
apaciguando. Ruidos de cortinas metálicas rompieron el · asomados y sentía que ése era el mejor día de su vida,
silencío ; pero luego, la calle volvió a la calma. de sus años. Pero la música se terminó. Entonces, mi
-No se engañe con la mujer, Sanjurjo -le advirtió padre soltó 'a la muchachita y se la devolvió al novio,
Evaristo a mi padre. que se había adelantado a encontrarlos.
-Y o venía dispuesto a hablar con ella. -Todavía no, Sanjurjo -les dijo Evaristo--, toda-':
-No se engañe... -repitió Evaristo. vía no. ' '
Dos veces más bailó mi padre.
Evaristo no se había regresado a la mesa, en la ,que
Una semana después, Evaristo se presentaba en nuestra se hallaban los padres de la novia, mi madre, otros in•
casa. Mi padre lo recibió con verdadero gusto. Los niños vitados y el pastel de bodas, una torta con dos monitoa
lo rodeamos para mirarlo. Yo toqué el veliz que traía señoreándola. Evaristo fue a pararse delante de los cu-
en una mano, y le pregunté de dónde había venido. riosos, en la puerta. Lucía bien en su traje negro; alto,
Pero Evaristo no me oyó: mi padre lo arrastraba al in- entre los descamisados.Mi padre, viéndoloasí, lo recordó
terior de la casa mientras nos pedía a nosotrosque siguié- como era en sus tiempos de herbolario: flaco como la
ramos jugando. No sé cuántas veces más volvió Evaristo mujer; modesta, sin fuerzas, la llamita de su vida; como
a visitarnos, pero fueron muchas. sofocada. Pero había cambiado: estaba crecido, ardien-
Un día dejé de jugar para siempre en la tierra de do a la perfección, como un fuego en el camino más
la calle y me convertí en ayudante de mi padre. Aun- ancho del aire.
que ya entonces sólo veíamos a Evaristo de vez en cuan- El calor del saloncito y el que generaba la presencíax
do, mi padre hablaba sin embargo de él continuamente, de Evaristo, se habían comunicado a la novia para
como si acabara de estar en su compañía. Evaristo se ablandarla como cera en los brazos de mi padre. Mi
había vuelto a casar en nuestro pueblo al poco tiempo padre notó la diferencia, la falta total de la rigidez pri-
de haber llegado, finalizando un verano. Según mi pa- mera que le impedía moldearla por la cintura. Y, con
dre, todos en la casa, incluso los.perros que la cuida- desenfado y alegría, empezó a acercársela. Se tocaba.ya
ban, fuimos a la boda. Quizá lo único que yo recuerdo, por segunda vez el vals cuando mi padre sintió como'
y no muy bien, sea la música y a los músicos,que suda- una ventana abierta en el pecho, por la que le estaban'
ban tocando un vals bajo el sol. Pero mi padre entraba, entrando, caudalosos, los perfumes y el sol del otro
con emoción, en los detalles; en el detalle. cuerpo.
Como padrino de Evaristo le correspondía bailar la Evaristo lo miraba sólo a él, como si la muchacha no
primera pieza, el vals, con la novia, una muchachita en existiera o como si quisiera dejarla a la sombra inten-
comparación a la herbolaria. La música mecía en la cionalmente.
sombra a los dos bailadores. Afuera, destellaban viva- Las últimas vueltas por el saloncito le parecieron a mi
mente los instrumentos de latón y se apiñaban los curio- padre eternas. Que para darlas había tenido que con-

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1umlr, que valewe de la vida de todos los allí presentes. ;Mi pad.·re·Ja,niásña.b
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In el silencioque sigui6 después de la música, mi padre
e1cuch61 distante, la voz del amigo pidiendo a los. cu- a,!ª ·~erbolaria. Pero no; Evaristo resultó qlole' •.• (11
bailarm de los buenos y, por Io tanto, de los que l)(> tf'¡X ,
riosos se retiraran para que pudieran entrar el aire y
fatigan. Se levant6 como a las tres de la tarde ,deqa"i.
los músicos. Entraron éstos y buscaron acomodo en unas
mesa, tomando la 131anode la novia y haciendo·uná leve
sillas repegadas a la pared, y mi padre, Evaristo, y la
novia, fueron a sentarse a la mesa, en los desocupados caravana a mí padre. Se dirigi6 luego, como los ·~µ.._:..·':·'
lugares de honor.
rines de todo el mundo, al centro del saloncito y adopilJ· Y>
La felicidad resonaba, sin mengua, .en el corazón de la postura de un valsante. Los curiosos habían vuélto';.
mi padre, que atacaba, con una cucharita y verdaderas a la puerta, como abejas a la flor de la música que \
ganas, un enorme pedazo de pastel. Los perros amarillos · entonces recomenzaba, suave, discreta. Evaristo' los ad·/.
de nuestra casa entraron a la pista y dieron unas cuan- - virtió -estaba de espaldas a· la puerta- por la 'vaga '
tas vueltas, husmeando el piso y las piernas de los mú- oscuridad que proyectaron sobre el blanco mantel de fa'
sicos y sus instrumentos. Mi padre tenía la boca llena, mesa; sobre el islote del pastel que había sobrado y el
dulce. Y contaba que el inusitado paseo de los perros, par de monitos, encaramados allí. Mi padre crey6 que
uno detrás del otro, le había causado muchísima gracia; Evaristo iría, sin dilatarse nada, a despejar la puerta de
lo había hecho, también, muy feliz. Y en su recuerdo nuevo, sensiblea la falta de aire. Pero Evaristo no mo-
seguía viéndolos: se iban campantemente del lugar, al vió ni un solo dedo con esa intención. Y empezó a bailar.
sol de nuevo, al calor y al ilimitado espacio de afuera; Mi padre entendió que.el amigo delegaba en él el asunto
el lomo encendido, brillándoles como el filo de un cu- y antes de que el vals finalizara, se levantó a resolverlo.
chillo. Y nosotros corríamos a encontrarlos, y mi padre Despejada la puerta, mi padre hizo el descubrimiento
nos veía a todos, perros y niños, como metidos en una de· nosotros jugando en la calle con los perros. Nos
pantalla de cine. llamó: ·
Mi padre, los novios y los invitados, habían terminado -Ustedes -nos dijo- ¿ya comieron pastel?
con su pastel y lo reposaban, echándole encima, de -No -le respondimos. ·
cuando en cuando, traguitos de refresco. Los músicos, -¡ Válgame! -exclam6, y desapareció, aprisa, de
también ya con los platos vacíos, conversaban a media nuestra vista.
voz y lo hacían de un modo grave, anclados sus gestos
y ademanes a la importancia que sabían tenía su arte
para ésa y otras bodas. Los novios bailaron durante dos horas. Hasta pasadas
Evaristo los interrumpi6 para llamar a su director a
las cinco. En la mesa no quedaban más que mi padre
la mesa: y mi madre; los demás se habían ido retirando a inter-
-Acacio -le dijo--, quiero puros valses. Quedito.
valos regulares y previo apret6n de mano a mis padres,
Porque ya no van a salir ni usted ni sus hombres. Que
a manera de adiós y de disculpa. Porque era un día entre
no está el sol para tentarlo.
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semana y .de trabajo. Y porque estaban allí a causa muchacha, reposando'en su falda~ocuÚoj>ót 1.el iu~n~h .
de mi padre, principalmente, el único que conocía, 'en mi padre lo vio levantarse' de allí,· subir1po1\ el aite ·"
el pueblo, al novio. Pero mi madre también se fue, des- en· la mano que lo sostenía y detenerse, como un sol,
pués del último de los invitados y en el momento en frente a su cara. El deslumbramiento lo dejó. sii:J
que Evaristo y la muchacha regresaban a la mesa. habla, confuso; parpadeante.
Mi padre los recordaba apenas cansados. -Para usted -1!'! dijo la novia y le acercó el ramito
-¿Contento? -le preguntó Evaristo a mi padre. Y al pecho-, para usted, de nosotros.
luego, dirigiéndose a los músicos: Éste fue el detalle. Y a mi padre le gustaba, en sµs
-Vengan, tómense con nosotros un refresco. recuerdos, ponerlo por encima de las bodas mismas para
«1.,
Los músicos bebieron de pie el refresco, como centi- que se las iluminara hasta el fin. .. . ·
i' ~1 pelas de los novios. Después, volvieron a sus instrumen- Lo de Evaristo se acabó al atardecer. Los novios aban-
tos y se sentaron en las sillas, despatarrados. Mi padre donaron el saloncito primero que mi padre y que los·
se le quedó viendo a Acacio: músicos. Mi padre salió a despedirlos a la puerta. En
-Tocaste muy bien -le dijo-, como siempre, como la calle había un poco de polvo suspendido a ras del
si para ti todos fueran buenos tiempos. suelo y los novios hundieron en él sus pies. _Mipadre
-No =-negó el músico-. Fueron los valses, San- regresó al saloncito; llevaba oliendo la menta en la mano
jurjo. izquierda. Se detuvo frente a los músicos:
Mi padre, junto con estas palabras, sintió un olor a -Acacio -dijo--, ¿pueden tocarme otro vals?
menta. Y pensó en Acacio, en su espíritu melodioso es- -Los que usted quiera, Sanjurjo.
capándosele por la boca.
. ·-Un vals sólo es un vals -le arguyó mi padre, que
quería más perfume en el aire. Pero el músico ya no Evaristo enviudó tres años después. Yo acompañé a mi
habló. · padre al panteón. Tenía mucho sol la tarde, pero tibio
El perfume venía de abajo de la mesa. A soplos, el y era como una paloma mecida en el cielo por el viento.
músico lo había impulsado, como a un barco de vela, El viento se oía en las hojas secas de los árboles. Yo
hacia mi padre. Mi padre recordaba la gran sonori- tenia ya casi el tamaño de mi padre. Parado detrás de
dad del aire. Había hablado con Acacio como en se- . •I, por encima de su hombro, vi cómo la pena doblaba
creto, como si lo hubiera tenido a varios metros de,~· 1 Evaristo, recia y silenciosa, hacia la tierra. Evaristo
distancia. Y Acacio, lo mismo. Y mi padre buscó, en•~ le encontraba delante de nosotros, como una desolación,
tonces, la fuente del perfume, y miró a la novia y a% como en el otro extremo del mundo. El viento que des-
Evaristo. Evaristo, al sentirse mirado, se volvió y le'1~1 cendía de los árboles, daba sobre él, en sus espaldas,
preguntó a mi padre otra vez: 1 ';:;i y le arrancaba, como si lo estuviera deshojando, las
-¿Contento, pues, Sanjurjo, porque bailó usted como j envolturas de las dos últimas noches: el olor a crisan-
Dios manda? _,'>: temos y el de la cera y el de la vigilia ardiente. A me-
El ramito de la menta estaba entre las manos de l~

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{¡. dio camino entre Evaristo y nosotros, el viento hacía
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una i cabriola, una vuelta completa .d~ campana le acabaron los días de otofiÓy .(!!. inviern~.limitó' nu~~' ·~-· r"
cJesprenderseaquellas esencias y volcarlas, en. tras salidas. Entonces fue cuando alguien le dijo;.a 1 mi '
abierta..De ahí, .de la oscura herida con el cuerpo·de padre una tarde que él estaba de confidencias:
mujer, recogíamosmi padre y yo lo que el viento había -:-No se preocupe, Sanjurjo. Evarísto ya no es amigo
dejado, y nos volvíamosa mirar a Evaristo con renovada de nadie; Ni siquiera sale, y si lo hace, no hay pocf:er
compasión. Mi padre me dijo: que le arranque un saludo, una mirada paraIos otros..
-Evaristo luce el mismo traje de la boda. Y eso es Mi padre quedó pensativo. Yo leí en sus ojos los re-
malo porque es corno si le echara nudo a su dolor. cuerdos de la boda y todavía más atrás: los del tiempo
Evaristo no quiso que nadie lo acompañara cuando en que conoció al amigo.
abandonarnos el panteón. Mi padre, sin embargo, in- -Es que esa mujer -dijo-, esa muchacha suya era
sistió: de las que saben.echar hondas raíces. Semilla de Dios.
-Los amigos para estos trances son los amigos de- Milagro de Dios.
veras. Ya solos, mi padre se volvió a mí:
Evaristo me miró a mí, luego a mi padre.. y luego a -Hay que buscarlo -dijo.
su muerta, que no se había quedado allá sino que se
había venido siguiéndolo,imitando el rumor del viento
en los hojas de los árboles: · Evaristo recibió a mi padre cordialmente. Disipó las
-Es verdad lo que usted dice, Sanjurjo -aceptó. sombras de los largos meses en que no nos vimos cuan-
Mi padre se animó entonces y le puso una mano en do dijo:
el hombro: -Discúlpeme usted, Sanjurjo.
-Vámonos, pues -le dijo-; andando, las penas Y luego comenzó a hablarnos de la muerta. La voz
:·"
pierden. yo no se la oí igual a como la recordaba, sonando en
-No, Sanjurjo. Se lo agradezco, pero debo regresar nuestra casa, en la tarde aquella del panteón. Había
solo a la casa. perdido su tono medio por uno grave, de un instrumen-:
-Como usted mande, Evaristo. En la casa lo estare- to de cuerdas. Para pulsar el instrumento con fortuna,
1 mos esperando cuando ya se sienta usted mejor. Adiós. Evaristo cerraba los ojos y movía acompasadamente las
-Adiós, Sanjurjo. manos delante de nosotros.
Eso dijo mi padre. Pero Evaristo nunca volvió a pisar La noche·nos sorprendió escuchándolo.
nuestra casa. Tampoco mi padre fue a buscarlo a la Nos despedimos como ciegos de él, hundido y calla·
suya. Todos entendíamos que la amistad se había aca- do, como una piedra en la oscuridad del cuarto.
bado. Pasaron los días. Mi padre, yo, esperábamos, Camino a la casa, mi padre dijo que no· pensaba
siempre, toparnos con Evaristo y reinicar así, como por volver más a visitarlo.
un azar, la amistad. A veces durábamos más de lo ne- -El hombre trae de nuevo a mi presencia a la mu-
cesario en la calle, como para favorecer el encuent•.n chacha. Por eso. Pero tú -añadió--, tú sí vas a volver
y corno si anduviéramos llamando a voces al viudo. para que me mantengas informado de su salud, de sus·

20 21
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nían reflejos de este mismo color. EvaristO levantó una
.· ·.·, - ''' .··.- ··.'

semblantes. Porque Evaristo se está acabando y no tar-
dará en morirse también. mano y se la puso en el pecho; luego se 16 golp~ó coil 1
ella, con la yema de los dedos, ligeramente, como si
tocara un tambor por encima del agua. . .
Pero mi padre se equivocaba. Él murió primero. El -Ellos están aquí -dijo, y aplanó la mano contra·el
día que por mi boca lo supo Evaristo, no habló para pecho. ,
nada de la mujer. Sentado, el mentón de barbitas dis- El agua del perfume nos rodeaba ya por todas par-
parejas caído sobre la tristeza de su pecho, comenzó tes. El foco era como,un sol vegetal.
a darle vueltas al torno de los recuerdos. Algunos eran -Huelen a menta -murmure.
similares a los que me contó mi padre. Otros, inconta- -Sí. Huelen a menta -dijo Evaristo.
bles, no. Evaristo parecía estarlos inventando. El día
··\ se nos fue. Evaristo dejó su silla y encendió una luz.
Pero Evaristo, como si no me hubiera oído, volvió
a sentarse; volvi6 ·otra vez a su memoria. La luz del
foco le llenaba la cara como el sol al mediodía llena
un patio: era ya demasiado el estrago de la soledad y
de las constantes evocaciones.
-Evaristo -lo invité=-, venga usted conmigo mafia-
na. Voy a ir al panteón. La tumba de su mujer está muy
descuidada, usted podría arreglarla. Hace cinco años.
Un día de éstos usted no va a encontrar nada.
-Mercedes no está en el panteón, joven Sanjurjo
-me respondió, y luego, sacando su cara de la luz, la
bajó al pecho y cerró los ojos.
f -De todos modos acompáñeme. Visitaría usted la de
mi padre, Evaristo.
=-Tampoco su padre está ahí. . • .
Ya no quise insistir. Y Evaristo retornó el hilo de sus
recuerdos. Pero no pasó mucho rato cuando, de pronto,
la lengua, el torno, se detuvo con un largo suspiro. En-
tonces fue lo del perfume. Empezó a brotar de todo el
cuerpo de Evaristo; de su boca semiabierta, como de una
fuente. Subió por mí como una marea, y yo veía, a
través del agua que era verde, las manos de Evaristo re-
posando sobre sus piernas. Las sombras de su cara te-

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Ur ·cul\a de: sus br;:lZos.Tra1a, , también; 1~,
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bolfA' ~.
'(:uero atada aJ cinto, Se ,paro delante de'.los hcimb•y:
ACUÉRDENSE DE,L SILENCIO dejó la carga en el suelo. . . ' '\/!if, ,
-Bueno, ahí están -les dijo-. Agarre cada quie~ 'J\ ,
El alcalde llamó al policía parado debajo del farol. Al suyo. . .: .· ,,
policía se le trepaban, se le untaban sombras en las pier-· Los hombres comenzaron a armarse lentamente, ~,
nas. Frunció el entrecejo. Y salió de la luz. con recelo, Un ruido de correas, de madera y de 01é~ ·.
-Mande usted -le dijo al alcalde, cuadrándose ape- les, se levantó en el portal. ·· '' ;
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nas. -Están medio oxidados los máuseres -observó .-et •
---Cabo, Anzures, hágame usted el favor de dotar a cabo cuando todo el mundo estuvo armado-, pero fqíi; •'.
estos hombres de lo necesario. donan. '
El cabo volvió a cuadrarse. -Cabo, se nos hace tarde. Las balas -pidió el alcaJ.:,
---Como usted mande señor -dijo, y dando la media de-. Siete por cabeza.
vuelta desapareció luego en lo oscuro, más allá del farol. -¿Siete, nada más?
El alcalde lo siguió con la vista: caminaba como todos -Sí, cabo.
los viejos soldados de caballería. Un momento después, -Dispense, pero me parecen pocas.
el alcalde les habló a los hombres. Les dijo: -No vamos a la guerra.
-Ya sé bien que ustedes no son gente de pelea. Beli- -Usted ordena, señor -dijo el cabo y metió la mano
cosos no me los imagino. Pero eso no importa, porque a la bolsa que traía en la cintura-s-,' Seis al cargador y
nadie va a ir en verdad a ninguna guerra. El municipio una a la recámara -agregó, dirigiéndose a los horn-
lps ha contratado a ustedes para esta noche, no por su bres-s-, ahorita les digo cómo.
1 f o arrojo, caso de que lo tuvieran, sino únicamente por su Mientras él cabo Saturnino repartía los cartuchos, el
alcalde fue a asomarseal cielo por uno de los portales.
• 1 presencia física. El cabo Anzures, que es toda mi poli-
cía, no podía desempeñar tan solo su comisión. Le era -La luna está brotando -dijo-. Tendremos luz por
i· menester un respaldo. Pero tampoco se asusten. Ya les
dije : ni un tiro. Sólo vamos como de paseo, a echar
el camino.
En la penumbra, se abrieron las boquitas secas de los
¡¡
fuera a unas gentes que han invadido terrenos de la cerrojos, como si. le contestaran.
t ,,~ municipalidad. Nosotros, las autoridades, no podemos Se volvió hacia el cabo:
'., ' permitirles quedarse ahí hasta que ellos quieran. Pero -¿Me oyó usted? -le dijo.
' otra cosa también les digo:, si alguno de ustedes, cuando
esto termine; desea darse de alta en la policía, los reci-
biré con gusto. El cabo Anzures se cubre el rostro con un pañuelo. Ca-
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mina a un lado del alcalde. El ruido que vienen hacien-
:; do los hombres con las armas, le molesta. Y los de-
Él cabo Anzures regresó con un cargamento de rifles en tiene.
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-Con el permiso, señor -le dice al alcalde- voy a vista, buscaron la bestia, el caballo que debía tener:
silenciar la compañía. aquel jinete a la mano. Pero en los portales no había
El cabo recorre la fila de hombres. La luna, todavía nada más que la luz rosa del amanecer. El alcalde iba,
baja en el horizonte, lbs ilumina por detrás. Ven con también, armado, Una pistola impecable, fajada al cua-
temor al cabo y a su fusil ametralladora, colgado de dril derecho. En el cinto, la sarta de balas, mondas y
un hombro, relumbrando, más que los rifles, a la luz doradas. El alcalde, antes que de palabra, los saludó.
de la luna. El cabo se planta a la mitad de la fila, sus de mano. En los portales, en los rincones, todavía que-
piernas zambas, bien abiertas; la mirada oscura y cor- daban sombrasremisas.Esto lo notaron mejor los hom-
tante saltando por el borde del pañuelo. bres después de estrechar la mano del alcalde. Mano
-Van a despertar a los perros -les dice, los golpea blanda, fría, como culebra en la oscuridad de un agua
con voz contenida-. La mano en la culata siempre, ' estancada. Nadie aceptó en su corazón el saludo; ni
mientras caminan. La mano en 'la culata como el muslo siquiera en la piel: todos, durante la entrevista, se ace~-
de una mujer. Cariñosa, cariciosa; con ganas de calen- caron, disimuladamente,a restregar las manos en la ás-
tar. Y la culata·pegada al cuerpo"Quiero verlo. pera piedra de los portales.
Los hombres obedecen de inmediato. Y en la pulida El alcalde les habló de dinero. Les hizo ver el alto
madera de las culatas aparecen entonceslas manos, como sueldo que se les ofrecíasólopor su ayuda de una noche,
flores nocturnas. El ·cabo mira satisfecho la floración esa noche. Pero no les dijo gran cosa de en qué con-
t'
que acaba de provocar y pone otros ojos, y otro tono en sistiría la ayuda. Luego se calló y los invitó a pasar a su
la voz: oficina. Fue a pararse detrás de su escritorio. Y al cabo
-Así, nada digo. El silencionocturno tiene tantas al- de un rato de silencio, continuó hablando. Lo oyeron
cobas y tan juntas como la casa de un rico: aquí nos decir que él no era hombre de a caballo, tampoco amigo
.f· "' ladra un perro, pero allá, en los terrenos de la munici- de zafarranchos, a pesar de las .apariencias. Que se
,
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palidad, despertamosa los pobrecitosque vamos a echar. vestía así por diferentesrazones.Volvió a callarse, como
t
Y eso no nos conviene; ni a ustedes,ni a mí, ni, menos, para escuchar los ruidos de la calle o al sol, que ya
F al señor alcalde.
El camino, de tierra suelta, con la luna parece de cal.
estaba entrando a los portales. Ellos lo imitaron, pero
con otro fin: el de tratar de oírle sus secretas inten-
f' Los hombres caminan por una orilla, más distanciados ciones, cómo sonaban. El alcalde sintió las orejas de los

r entre sí que cuando salieron del pueblo. Cada uno va
con su pensamiento, batiendo la nube blanquísima que
el compañero desprende del suelo al andar. Recuerdan
foráneos como ventosas en las puertas de su alma y
dobló el recato de su actitud y preguntó, alrevesado,
que qué era lo que tanto le veían. Y ellos, consecuentes
'al alcalde, tal como lo vieron y como los recibió ese y viéndolo, entonces sí, de verdad, le contestaron que
mismo día por la mañana temprano, en los portales. nada en particular; que sólo era el asombro que les
,1 De pantalón de montar y botas claras, de' chamarra ra- causaba el tenerlo en el aire que respiraban, de un modo
bona, sin sombrero. En las botas no advirtieron acicate natural, como a cualquier prójimo. El alcalde abandonó
alguno. Y sin embargo, con un movimientorápido de la el escritorio.Dio tres vueltas, lucidoras, delante'de ellos

26 27
.¡ cuestion;~~~'tto eran
1
·.y' regresó de nuevo a su lugat. La que 'cuánto era' lo que .
J tenia nácar en las cach~, y ahí, cuatro rmciaies convenía ·pagarles a. los guerreros hechizos••. Y 41...
ta, 'con. hartos lacitos y curvas;· II).UY enredadas -Cabo -lo interrumpeel alcalde=-, ¿qué alegato se
calde miró su reloj y dijo que había que terminar con., trae usted entre ese trapo y los.dientes? Déjeme oírseÍo
el asunto, y entonces abrió uno de los cajones del escri- claro.
torio y sacó una paquita de billetes. Con diez billetes en -Ninguno, señor. Vengo pensando, en voz alta, de
la mano, les explicó que tes iba a hacer un regalo para los hombres.
compensarlosde las molestias que habían tenido al tras- -¿Qué hay con los hombres?
ladarse al pueblo. Pero cuando ya estaban afuera otra -¿No los siente usted que ya vienen cansados? Si
vez, en el sol de la mañana, el alcalde, desde la puerta usted no ordena otra cosa...
de la oficina, les dijo que los esperaba a la noche. A ' -Haga como usted quiera, pero que no se alargue el
las nueve. descanso. ·
El no acostumbrado peso del arma, y la cansona tierra El cabo Anzures se volvió entonces a la fila y le man-
·del suelo, los fatiga, los aflójera- dó hacer alto. La luna era como una corona sobre la
cabeza de todos. Había sombras en las caras; -círculos
de sombra más honda 'en los ojos. El cabo sentía calor
El cabo Anzures, por el olfato; porque está en el aire; .. en la boca. Y se levantó la punta del pañuelo para
repara en el cansancio de los hombres. La cólera contra;¡¡ hablar:
su jefe retoma y le mueve pensamientos. Murmura de!' -Tomen aliento y descansen el arma -les dijo a los
la autbridad consigo mismo, sin medirse, detrás de sü1'1 hombres.
pañuelo. Resiente q~e su experiencia de viejo soldado~¡! Las culatas de los rifles se hundieron en la tierra sin
no se haya tomado en cuenta para nada a la hora dek ruido. El cabo siguiócon el pañuelo levantado: se estaba
urdir el asunto.. Sus recomendaciones, sus justas obsee-i oreando la boca de gruesos,redondos y sombríos labios.
vaciones, ocuparon un l¡egundola atención· del alcaldej Pero miraba, de soslayo, al alcalde. Nada se había ex-
para caer, luego, en el olvido total. Y él, con la limitad#· tinguido en su alma, Bajó la punta del pañuelo. Veló
confianza que le tenia al civil, se había permitido suge7·il la voz:
rirle que en vez de contratar diez hombres de esos qué~ -Si quieren, pueden sentarse --dijo a los hombres=-,
el fin del temporal siempre deja ociosos, era más acer~ en unos cinco minutos nos vamos.
tado buscarse cinco y entre otro tipo de gente y p~ Los hombres se sentaron, pero el cabo Anzures per-
pararlos bien. Un programa de marchas forzadas ~Í maneció de pie, soportando él solo el peso de la corona
prácticas de tiro. Meterles, a los cinco, por el ejemplo ~! de la luna. Seguía mirando, como si no, hacia el alcalde
L ':¡, la disciplina, y las palabras de un soldado, la hombr~'
en la sangre. Si no, el fracaso. Porque para defender ll
propia vida, y quitar la ajena, con éxito, se necesita
que, al igual que los demás, se había tumbado en el. .
camino. Los hombres miraban a las piernas torcidas del
cabo, tensa~ como un arco.
y conocimientos.Pero el alcalde ya no lo estaba ovendo
1 29
~'
28

lt ,
-Pongan atención --les dijo de pronto=-. Oigan ésto.
Los hombres enderezaron ws caras. En algunas,' lle- y
le tdcarfan 'a. él, él tendría q1.ieaposentarlas,'fataln;lente;
nas y sudorosas,la luna brilló como en una bandeja de dejarles franca la alacena de su cuerpo para que comíe,
plata. El alcalde se incorporó: 1 ,
ran de su vida. Y sentía amor por la tierra suelta del
-¿Qué va usted a decirles? -le preguntó al cabo camino, que retardaba sus pasos; y se arrepentía de la
mientras daba unos pasos para acercársele. El alcalde luna en.el cielo como si fuera suya, y él la hubiera pues~
vio la mano del otro deslizarse hacia el llamador del to. Ahora lo único que deseaba era oscuridad; pero el ,
fusil-ametralladora,y se detuvo. cielo, tan puro, tan azul en el fondo, ni tenía una sola
-Del oficio les voy a hablar, señor. estrella.'Menos la nube, por donde empezaran las som- '
-Breve. No estamos para lecciones.Ni es academia bras. Y había el grari peligro del ex soldado,marchando
el camino. a retaguardia. Llegado el momento, la procesión a su
El cabo Anzures volvió el pecho y el negro cañón de destino, el cabo podía sumar sus tiros a los del enemigo,,
su arma a donde se encontraba el alcalde parado. El y él, alcalde y todo, quedar preso en una red de bali~
alcalde.sintió como un pedazo de hielo la luna en la boca Para la eternidad. La red, por el lado del cabo, sería ..
del estómago.La pistola se esfumóde la memoria con el tejida con insólita rapidez, y bien, y apretadamente. 'Si
temblor que lo sacudió. los otros no lo mataban. . . Pero faltaba camino, y el
-No necesita usted decírmelo, señor -dijo el cabo, trecho en que la tierra era como un mar casi innavega-
y luego se volvió a los hombres: ble. La procesión, en la brega de avanzar, de lidiar con
,-Esto, pues, a, ustedes ~ontinuó-: se me separan lo arenoso, en las ondas; tendría que perder empuje
demasiado uno del otro en la marcha. Y abren así la y olvidarse de la víctima. Y más el cabo, que nunca ha-
bía sido infante y que para triunfar de lo que al pasó
columna, que es un orden cerrado; la debilitan. Su-
le salía, usó, durante treinta años, las yeguas y caballos.
pongamos un enemigo, y que los sorprende: si ustedes
le presentan una sola cortina de fuego, su ventaja ini- gordos de la federación. Hombre últimamente pedestre,
iba, pues, a encontrar sobremanera ardua la marcha en
cial desaparece. No si vienen como venían. Aislados,sin
aquel punto. Quemaría energías.Acasohasta las sobran-
el apoyo y el poder del fuego del compañero, .ustedes
tes; las que venía acumulando para volcarlasen su obra
son como cucarachas fáciles de aplastar. Ya lo saben
ahora. Firmes. Y juntos como hermanitos. de tejedor. Y si esto sucedía... El cabo lo dijo, recién
entrado al cuerpo de la fantasmal policía: manejar el
fusil-ametralladora con éxito era como hacer el amor.
Requerían ambas cosas pleno entusiasmo, exclusivas
El cabo Anzures no regresó al lado del alcalde.
energías. Entusiasmo por la muerte, en una; y en la
El alcalde iba solito, a la cabeza de la columna; nada
otra, en el amor, por la vida. Y luego, a una orden suya,
capitán: lo venían empujando los de atrás y el cabo,
~i de alcalde y jefe absoluto, el cabo pasó al patio de la
'¡ burbujeante de resentimientos.Los punitivos se habían
cárcel. Se plantó de cara a la barda, unos veinte metros
convertido de pronto en una silenciosaprocesión que lo
1 llevaba a la muerte. Las primeras balas, las más ávidas, más allá, las piernas montadoras abiertas, la culata del
fusil fundida al costado derecho del cuerpo, y comenzó
30

l't
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~·.dlisparar.La primera ráfaga •pes.ptintebvafüunente ejército.
cielo de la mañana; pero ya no fa!segunda, Las palabras delcabo sílencíáren de inmediato
polvareda de caballerías a lo largo del filo llas, que era lo que mejor sonaba bajo la luna.
' Se riubló algo el sol, por ahí. El cabo esperó diel!:se- agregó:
gundos que el polvo se aplacara, y volvió a tirar. -Están verdecitos.Traemos idéntico camino y sin
Cinco ráfagas contaron sus oídos de jefe aparte de bargo, yo no confundo el trabajo de las piernas con el
que sus ojos perdieron, entre el polvo de los adobes, el destino de mis manos, arriba y superiores. Y si yo se los
sol temprano. Pero después fue aclarándose el trabajo permitiera, sí, seguro que sí, saldrían de este berenjenal
<lelas balas. La barda presentaba una escotadura; tenía gateando...
el espinazo vencido. Y el cabo, mientras el arma se en- -¡Cabo! -lo interrumpió el alcalde.
friaba y miraba con indiferencia lo que acababa de hacer, -Voy, señor. Y ustedes: acuérdense, acuérdense del
dijo .que eran cosas ml,ly distintas rebanar una simple silencío.
barda a trabajar el cuerpo de un hombre. -¿Cansado? -le preguntó el alcalde al policía.
-No estoy nuevo, señor, y andanzas como ésta, no
ion de mi estilo.
-Cabo Anzures -le dice el alcalde al policía-, no se
me rezague usted. ·
Estaba la columna entrando a lo más difícil del ca- El alcalde y el cabo iban juntos, como al principio, pero
mino. Volvieron a sonar anillas, correajes y culatas. Los con la luna ya por delante. Acababan de dejar el arenal.
hombres se atascaban. La compostura y el orden im- il -Usted, con ese pañuelo atravesado en la c,ara, me
puestos por el cabo, se habían perdido. El alcalde hun- ,j parece un bandido. ¿Por qué se disfrazó,cabo? -dijo el
día los tacones de las botas en la arena hasta los tobi-J alcalde.
Ilos, Repitió: . -t -No es disfraz, señor.
'-Cabo, no se me rezague... -Y entonces, ¿qué significa?
-Señor, nunca me he rezagado -contestó-, vengof -Lo mismo que sus botas lindas para usted, señor...
de ojo avizor. Resonaron estas palabras del cabo permeadas de hosti-
-Lo quiero aquí conmigo. ..·~ JldMd y recubiertas de espinas como un rosal. El alcal-
-Señor, en cuanto apague tanto ruido, voy. No quiero¡.~ !'1111 que lo comprendió en seguida, tuvo mucho cuidado
delaciones de ninguna especie en el aire. ,11¡ ~·ditocarlas, de no punzarse con ellas, y se apartó un
El alcalde, las veces que le habló el cabo, no volteóll puco hacia la izquierda del otro. De cuando en cuando,
a verlo sino que lo hizo con la mirada fija en el res-N' YOltr.abaa mirarlo. A la boquita del fusil, que husmea-
plandeciente camino. Oyó su voz como si trajera ya tt.A el aire tibio de la noche, en la paz del camino. El
arena al cuello: t&bo transpiraba como todas las bestias, juntas, que ha-
-Como les dije. La mano en la culata. Parece montado durante toda su vida. Olor a cuero viejo
si fuéramos todo un ejército. La impedimenta de bebido de sudores.Enriquecido, potenciado por el que

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1
se desprendía de la columna, ni por asomo castrense: que burlaba, yéndose al fondo, la presencial·del 'aire. Y
hierba seca, a campos solitarios.. . El alcalde, mirando desde allí, la hiedra pestilentesubía por suscuerpps; y era :
hacia el camino, con indiferencia, y como si las espinas.~l muy oscura, y la luz de la luna nada podía tampoc~ '.
no fueran y sólo fuera la rosa, dijo: •!~ contra ella. Y empezaron a echar de menos sus casas y\!
-¿Y qué tienen mis botas, cabo Anzures? los demás sitios que no eran sus casas. Intensa, doloro-
-Nada, señor. Que usted se las ha puesto para que,~: samente. Del alcalde, la culpa. También del cabo. .Del
esta noche no le entrara tierra al zapato. Usted lo dijo .l alcalde, por su saludo de la mañana como un soplo de
hoy en la mañana. Y yo me oculto así el rostro por razo- '(i. almas, como una secreta presentación de muertos. Y del
nes que emparejan a las suyas. Porque si usted no tolera otro, porque hablaba, porque ladraba muy destemplado
la tierra, yo no tolero el polvo. frente a sus corazones; porque era como una víbora de
El alcalde adivinó la jeta del cabo: Esponjada comoi terrible hocico silbando en el camino. Y ya se encontra-
un gallo de pelea, tragándose su propio aliento enardecí- ban cerca de las gentes. Y endurecían la quijada por si
do. Adivinó también que, a pesar del cansancio, del su- el cabo volteaba a verlos no los fuera a tachar de nos-
dor cercano a lo torrencial, el cabo se hallaba entero: tálgicos. Y el cabo volteó, pero fue para ordenarles ha-
todavía, como siempre, entusiasmado por el arma que cer alto.
llevaba en las manos. -Estamos por llegar -les dijo, caminando pausada'."
-¿Y falta mucho para llegar a donde vamos? -le !! mente a lo largo de la fila-, no creo necesario recor-
preguntó abruptamente el cabo al alcalde. · darles las palabras del alcalde en los portales. Pero les·
-Un kilómetro -le respondió el alcalde, reseco, comaj repito: sólo queremos que los otros nos vean. Las pala-
si a la luz de la luna hubiera hecho chocar dos piedras.··~ bras, exigiéndolesque abandonen el terreno, se las va a
Los hombres llevaban la luna a la altura de los ojos,/ dirigir el señor alcalde. Yo y ustedes, callamos. Pero
como un espejo. El terreno había adquirido, en una ines-'·~ acuérdense todavía del silencio.Hay que procurarlo has-
perada transición, dureza. El aire comenzaba a correr~ ta lo último.
fresco,a pasar su secante por los cuerpos empapados. Los,¡ El cabo volvió al lado del alcalde. Delante suyo, le
hombres se dejaban deslumbrar por el espejo. Se ímagi- quitó el seguro al arma y luego le alisó el cañoncito con
naban reflejados en él, caminando por él en los cielos,¡ ternura. El alcalde vio a la mano repetir la caricia tres
lejos del inundo. Pero no tomaban en cuenta a las aut~ vecesseguidasy detenerse, después, sobre el llamador.
ridades, al alcalde. Y a su ayudante. Su trompa les hu~¡ -Estoy listo, señor -dijo.
hiera ensuciado la luna. Y sentían que iban por la somli' --Vamos pues, cabo.
bra del alcalde como por una herida abierta en el cami~
no. La del otro, a un lado, se arrastraba como un negro'
caracol. Levantaban, hacia el espejo, las narices, en utj, La refriega fue corta. Pero profunda. En el bando opues-
afán inútil de evadir el olor de sus.guías. Mínima ayu~· to al del alcalde había otra voz cantante como la del
da era el aire en esto. Los humores de ambos, como qu · cubo Anzures. Si los máuseres sonaron, nadie lo supo,
tenían una densidad mayor, de aceites, de cosa materia nadie alcanzó a oírlos.La noche era para el diálogo feróz

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dé los..fwilesametralladoras y su enroscamientoa 1avida. ~Lo serian, s~ñClr.Pero yo ~e quedé a
de las que aílí andaban. T~ vez ni siquiera hubo tiempo y usted, pese a que salió vivito, no es de los de respeto. .;
para meter al pecho ni una pizca de aliento. Porque las- La última ráfaga que disparó el cabo Anzures hizd
balitas cargaban sobre la hilera de corazones a ambos saltar por los.aires, por la luna, la pistola del alcalde.
lados. El cabo; en el ardor del diálogo, se había arran-
cado el pañuelo de la cara y enseñaba los dientes, apre-
tados. Detrás suyo y de sus hombres, los tiros frustra-
dos .levantaron-una cortina de polvo como una sábana
tendida a la luz de la luna. El alcalde, no obstante en-
contrarse de rodillas en el suelo-encogido disparaba con
las dos manos su pistola-, vio en un momento, que sus
ojos desesperadosbuscaron una salida a retaguardia, a
su sombra, como si estuviera de pie, reflejada en aquella
pantalla. E inmediata a la del cabo, grande y cuadrada,
y con un claro luminoso, en forma de arco, entre las
piernas. Y nada más. El miedo 'acabó por paralizarlo.
El diálogo subió de tono. El cabo concentró el fuego
y todo su poder de persuasión en el contendiente ina-
placable. Y lo machacó. Al alcalde esto se le antojó que
duraba -un siglo. Después sobrevino el silencio total.
El alcalde, en lugar de pararse, se sentó en el suelo, por
las piernas, por lo débiles que las sentía. El cabo seguía
sin moverse.En todo el campo, ellos dos eran los únicos
que quedaban para respirar las vagas flores de la pólvo-
ra, y la pena, todavía grande, de las almas al garete.
El alcalde puso la pistola en el suelo. Volteó a mirar
al cabo:
-¿No está usted herido, cabo Anzures? -le pre-
guntó.
-No, señor. Uno es de respeto. Por eso la muerte se
sesga.
-¿Y los otros?
-Bien muertos, señor.
-Bueno. No importa. En el fondo era gente sin
ni beneficio.
-,
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;f éajaí~tam~neítlbaaai;~fotros'"'ob)etos;·tirad~á' " 't·~
TRINITARIO en el suelo. Para aliviar sus almas, todos a una volvieron
1u1 ojqs interiores al esplendor que acababan de contem-
Llegaron un sábado por la mañana. Una mujer les abrió) plar. La mujer, conocedora del camino les había tomado
la puerta. Entraron uno tras de otro, sacándose el som-i,! ventaja, de manera que cuando ellos mediaban la pieza,
brero de la cabeza y volviéndoseloa poner luego. La mu- j tila estaba: esperándolos ya en la puerta siguiente, de
jer cerró la puerta; ahogó la luz que venía de la calle'~ tlpalda~. Otra recámara, igual de iluminada que la pri-
tranquila. Los hombres se quedaron parados, en fila,~ mera, pero muy descuidada, un camastro desnudo, una
esperándola a que los precediera. Cuando pasó a su lado,:.¡
en la penumbra del cuarto, los acarició con perfume d~'·l
,azahares. Ellos abiertamente lo aspiraron y se dispusieron.j
r ercha de dos clavos en la pared, y un piso de polvo.
,01 hombres pensaron que allí no dormiría nadie, pero
luego, fijándose bien, advirtieron las señas recientes de
a seguirla. Del cuarto en donde estaban, una salita co~¡ un cuerpo sobre la sábana sucia. Volvían a pisar casi
muebles de madera y un linóleo viejo, como pudieron' loa talones de la mujer, y a beberse su perfume y su ima-
ver, pasaron a otro que tenía una ventana llena de sol,.: 1en: se sintieron protegidos contra la sordidez del lugar,
y que era la fuente del perfume de la mujer. Había allí•'.. como a salvo de las potencias que en su atmósfera pulu-
una cama grande, nada más, con una cenefa azul en la.J laban. La recámara tenía, más o menos, las mismas di-
colcha de seda. La mujer dilató ostensiblementeel paso,"' mensiones que los otros .cuartos, pero a los hombres les
como si fuera un cicerone mostrando a turistas una ha- .,, pareció mucho mayor. Y cuando al fin salieron a un
hitación histórica. Pero los hombres, que al penetrar allí! patio y recobraron el cielo y el aire, lanzaron un tan
ya habían visto todo lo que había que ver, dedicaron ruidoso suspiro, que la mujer volteó a mirarlos.
sus miradas mejor a la clara estampa de la mujer, hun-
dida y como navegando en la luz que se colaba del ex-
terior. Su nuca descubierta y sus orejas con pelusilla de En el patio, los hombres avanzaron de frente. La mujer
oro en los,lóbulos, fueron las dos cosas que de inme-
diato los cautivaron. Una corriente de aire fresco los
•e rezagó entonces. Quería contemplar a su gusto las
capas rojas, de los visitantes, que desde la entrada le
atravesó a los tres, como a un campo muy atosigado por habían llamado la atención. Aunque no soplaba ni pizca
un verano terrible. Y el que iba a la cabeza hizo un mo- de viento, ni los hombres caminaban de prisa, sus capas,
vimiento de apropiación con una' mano... pero luego •in embargo, ondeaban como estandartes, como bande-
arrepintió. Pero para entonces, ya estaban entrando a ras de guerra. El patio era grande, bardeado, y la mu-
una tercera pieza, y los encantos de la mujer se habían jer caminó un buen trecho detrás de los trapos, como
eclipsado. Pieza penumbrosa, como la salita. Y fría. Los un niño que sigue el convite de un circo. Al fondo del
hombres, a un mismo tiempo, se arrebujaron en sus capas patio se veía un automóvil, y enmarcándolo un zaguán
y miraron a diestra y siniestra. En aquello, que les pa• de alto dintel. Conforme los hombres se aproximaban al
reció ser una bodega, columbraron altos rimeros de cos- auto, cerraban la formación que traían. Pronto sus capas,
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al estorbafSe entre sí,.cuando.ellos apenas le llegaba a Íos ~chos, de manera
.~dejarQn de zarandearse. A la mujer se cuariuo él·habló •les pareció que su voz·tropezabá y
tento del rostro, y comenzó a. andar con reposo. Llevaba rompía allí, al subir. Como en las paredes de una cafia,.
la mirada alzada, alojada en el vacío. Los hombres, a da. Nada pudieron entenderle. La mujer, después de oír
unos cuantos metros del auto, se detuvieron a esperarla. hasta la última palabra, partió al trote rumbo a la casa, t
La mujer llegó y fue a pararse junto al cofre. Recargado en una puerta del auto, el tacón del zapato .•.. ·
-Trinitario ... -dijo inclinándose levemente. en el estribo, el viejo se había quedado esperándola.
Transcurrieron largos segundos sin que nadie le res- Tenía la cara ligeramentevuelta en dirección a la casa, i·
pondiera. Los hombres la miraban. Les pareció gracio- los ojos entornados y pariendo arrugas; el sol lo bañaba/
sa, y joven en extremo. Pero algo en el ámbito del patio de lleno. Los hombres estaban incómodos. No sabían
no tardó en levantarse para deslucirla y aventajada. Los qué pensar. Y tampoco sentían muchas ganas de ser ellos
hombres miraron la barda. Y la mujer repitió su lla- quienes abatieran el prolongado silenciosi el viejo no les
mado: prestaba verdadera atención primero. La mujer regresé
-Trinitario: lo buscan. con una estopa y una botella. El viejo se apartó del
Un ruido, debajo del auto, y, un segundo después, la auto. Luego, parsimonioso,.abrió sus manazas con des-
cara grasienta de un viejo asomándose. mesura, como si estuviera por recibir un don del cielo '
-Servidor -les dijo a los hombres. Y acabó de salir. en la apacible mañana. Pero ya estaba la mujer ponién-
dole la estopa en las manos y se preparaba a verter el
líquido de la botella. El choque surgióclaro como el agua
Corto de estatura. Recio de cuerpo. Sólo la cara no en- y mojó la estopa. La mujer hizo un poco la cara hacia
cajaba en su persona. Con un movimiento vigoroso de atrás, como para evitar los vapores de la gasolina, el ,
sus anchas manos, se sacudió la tierra de los riñones y las·~ tufo. Había destapado la botella con la boca y se le
nalgas. Mientras, miró a la mujer, todavía frente al01J veía entre los dientes el corcho oscuro: los hombres se
cofre, pero las nubecitas de polvo que se le corrieron] quedaron admirados de tan blancos y parejos dientes;
por detrás y a la derecha, se le nublaron. Entonces vol- ' y se imaginaron, en lugar del corcho, la secreta carne
vió los ojos a la pechera del pantalón. Bizqueando, ae, de ellos, mordida dulcemente. Con una especie de gru-
dio a la tarea de examinar las manchas recién descu-] ñido, el viejo le indicó a la mujer que enderezara ya
biertas: Los hombres le vieron así la mollera, con faci-'t ei' pico de la botella y la volviera a tapar. La mujer lo
Iidad: hundido y pálido redondel sin pelos a la luz del¡ hizo y luego se dispuso a observarlo cómo comenzó a
sol. El viejo debió sentir las indiscretas miradas, porque'~ restregarse las manos y los antebrazos, con furor. La es-
en seguida enderezó la cabeza y le pasó una mano poi;:~ topa rezumaba gasolinay la pestilencia era inaguantable.·
encima. Luego, con la misma mano le hizo señas a i,..¡ Sin aspavientos,recatados, los hombres'se embozaron, y
mujer para que se acercara. La mujer obedeció al i~' entonces el reflejo' del sol en las capas arreboló a la
tante. Parada entre el viejo y ellos,los hombres sintie · mujer y al viejo. Ella se sonrió y hubo un relámpago de
que ya no olía a nada. Les estaba dando la felicidad en su cara, como si un amor le hubiera entrado

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f/\

en el cuerpo, al atardecer. Los brazos del viejo, como ¡ n oler de nuevo a gasolina.Se miraron entre si. E inlis~
lps émbolos de una máquina fatigada, se detuvieron en ,1 tieron:
medio de un resoplido. La mujer dejó la botella en el? -¿Qué nos dice usted? .
suelo. Los hombres bajaron sus capas. El viejo miraba El viejo terminó de sobarse, y dijo, mal. velada la.
el aire de la mañana con ojos de briago; sudaba negro burla:
en la frente, por la grasa. Sin que hubiera habido.ningu- -Que no saben mucho de negocios.Vénganse conmi-
na orden previa, los hombres vieron avanzar un paso go a la sombra. Antes de los pesos,algunas palabras, o
a la mujer y limpiarle con el mandil la cara al viejo, muchas; es una regla.
que cerró dócilmente los ojos. En tanto terminaba, los Los hombres lo siguieronhasta un rincón del patio.
hombres se pusieron a ver más detenidamente el patio, -Aquí -señaló el viejo-e-,Ni mundo, ni aire indis-
las cosasque tenía. Cuando no pudieron abarcarlo todo creto. Conque les interesa el auto...
y sus cuellos se hallaban en el máximo grado de tor- -Sí.
sión, empezaron a girar sobre sí mismos.Emitían, en la -Pues habrá necesidad de probarlo primero.
silenciosa mañana, un ruido de engranajes, como de -Eso íbamos a pedirle...
muñecosmontados en sendasplataformas mecánicas. En -Ustedes me preguntaron por el precio.
su vuelta, con el sol prendido a las capas de seda, in- -De alguna manera...
cendiaron con sordo fuego rojo la región sombría del El viejo los miró hacia arriba, a los ojos.
patio: la parte trasera de la casa. La mujer estaba reco- -Bueno. Regresemos -dijo.
giendo la botella del suelo cuando ellos retornaron al Los cuatro volvieron otra vez al sol. El viejo por de-
punto de partida; se sacaron -dibujando un saludo en lante, llamando a gritos a la mujer:
el aire->-los sombrerosde nuevo, como para despedirla. -¡Salga! ¡Venga a abrirnos el zaguán!
Y la mujer regresó a la casa..

].os tres hombres llegaron al auto antes que el viejo,
El viejo miró a los tres hombres de arriba abajo. que se había desviado para llamar a la mujer desde la
-Me gusta la gente perspicaz-les dijo-. Hay asun- puerta de la casa. Se asomaron al interior, aplastando las
tos que no toleran la presencia del mundo, y la mujer narices contra los vidrios cerrados. El lujo del tablero
es el mundo. Díganme. y los asientos los sorprendió: felpa por donde quiera,
Los hombres se humedecieron los labios con la lengua, de color blanco, inmaculada. Sin dejar de asomarse,
·' Comprobaron si el moñito del cordón con el que se ata- fueron dando la vuelta alrededor del auto, golpeando
ban las capas estaba bien, y luego dijeron: con sus nudillos la lámina verde mate. Pero no lo ha-
-El automóvil, ¿en. cuánto lo está usted vendiendo? rían por intención alguna de indagar la dureza del
El viejo se puso a sobarse un antebrazo, como si aca- material; pegaban por pegar, por nervios. Quizá por
riciara a un animal al sol. Los hombres volvieron a hu- eso los toquidos se apagaban y morían luego sobre la
medecerse los labios. Notaron que el viejo comenzaba lámina caliente, como las palabras cuando nacen al mun-

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90· privadas del poderío y la clarividencia de la do el camino estuvo libre y el llano clesnudoa'la ~ A
tl!ld.Terminada su inspección, los hombres se recamaron el viejo echó a andar el"auto. Primero de revena, h~·¡.,;1
~n:un guardafango a esperar al viejo. El viejo ponerlo de trompa apuntándolo a la soledad.de aiuer~;"···
la. casa con la mujer, "que a los pocos pasos se apartó y luego hacia adelante. Pasaron rozando a la mujer•
de él. Limpísimo divisaron los hombres al viejo, De ove- Los tres hombres tuvieron repetida, inesperada..y fugaJ1
rol azul con cremallera radiante que lo partía por el la visión del principio: oro en los lóbulos velluditos ae
centro; de zapatos tenis, también azules. las orejas. El auto entró al llano buscando un camine
-Dispénserune ustedes ~les dijo al llegar-, pero no practicable. Lenta, perezosamente,como un verde esca-·
me acordaba que tenía que cambiarme de ropa. Habrán rabajo aturdido por el sol. Al viejo el volante le ques
mirado ustedes la tapicería ... daba grande. Para maniobrado se colgaba de él y sudaba
y fruncía el rostro peor que un alma en tormento. Los.
El viejo abrió la puerta del lado del volante y se
metió al auto y se corrió en el asiento para quitar el se- hombres lo miraban con sorna y ceñían más sus capas
guro a las demás puertas. al cuerpo. Pero no sentían ganas de reír. Era el odio
-Suban -invitó a los hombres mientras bajaba rápi-) lo que les estaba creciendo adentro. Por fin, el auto em-
<lamente el vidrio de su ventanilla.
pezó a rodar por un camino vecinal, de tierra maciza,
recto. El viejo, aliviado, respiró y descansó la húmeda,
frente en una manga del overol.
.Los hombres subieron y se acomodaron: uno enfrente.: ... -Nunca me había sucedidoesto -se quejó a loshom-
los otros dos atrás. Envolvieron las piernas en la capa¡;¡ bres-, se encabritó la máquina como un caballo. Como
y se quedaron profundamente quietos. La blancura los J, queriendo regresarse al patio. Ustedes no saben Jo en-
rodeaba; estaban intimidados, como adolescentes ante ,1
tumidosque traigo ahora los brazos.
una mujer rijosa. El viejo, por el contrario, se movíai Los tres hombres siguieron callados. El sol entraba
con absoluta naturalidad y sacaba y metía botones en el.¡ por la ventanilla de atrás; a los dos hombres que venían
tablero de control. Indicaba a los hieráticos, sin ningún J allí sentados la capa se les incendiaba por los hombros
fruto, para qué era todo. Le brillaban de placer los ojos·.1 y les inventaba un resplandor en torno a la cabeza. El
de mico. A la boca de sus arrugas afloraba una luz~ motor del auto casi no se oía. Las llantas sí: un susurro
de entusiasmo que le cundía por el rostro, anulando etf¡ que se elevaba del camino y rompía apenas el silencio
desdichado espesor del tiempo. Les mostró también, y1 de la mañana. El viejo traía sólo una mano en el v0-
/1
por último, la cajuelita. Entonces se oyó el zaguán. Un~ lante. La· otra, fuera de la ventanilla, en el aire, se le
chirrido de bisagras renuentes hizo a los tres hombres)' iba desentumiendo y despertando por los dedos. Los

girar la cabeza a la derecha y mirar. La mujer lo esta-] hombrespensaron en un pulsador de arpa. Entonces, el
ha abriendo ya. Con mucho trabajo: como si al mismoi viejo,la vista en el camino, les preguntó que por qué no
tiempo que el zaguán, estuviera empujando el inmenso/,, bajaban los vidrios.
cielo azul que se extendía al fondo. Los tres hombref -No hace falta -dijeron- tenemosesta mañana cli-
sintieron lástima por la mujer y odiaron al viejo. Cuan~ ma benigno. Primaveral. Un tan excelente clima, don,

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que hasta .su fatigada mano revive. corriente de aire. El viejo sintió la racha yvolte6 a
El viejo sonrió, miró.de soslayola mano y dijo: a los arbolitos, cuyas ramas seguían meciéndose y rllO!o ;·
-Y qué les parece, pues, el auto. viendo polvo; y tuvo miedo. La tienda estaba sola; en ec··~·
El hombre de adelante volteó a mirar a los de mostrador unas moscas se paseaban por un queso y se
iluminados como santos en su hornacina; luego miró a _ encaramaban al cuchillo medio enterrado en él. Otras se 1

sus sombreros, sobre el asiento blanco; como un par de j1 habían precipitado al abismo de unas botellas vacías,
huellas elefantinas en la nieve. v encontrando la muerte. El hombre las contempló un se-
-Ostentoso -respondieron los hombres- para este gundo. Luego buscó la híelera y sacó .un refresco. Lo
pueblo. . destapó y comenzó a tomárselo, recorriendo, mientras
El viejo metió la mano, tibia de sol y despabilada.f tanto, los casilleroscon la vista. Allí, la desolación era
y la cerró en tomo al volante. Los ojitos de mono se le·l peor aún: las tablas, pintadas de azul como la fachada,
hundieron flechados por mil arrugas. Las palabras lej se hallaban desiertasy habían venido a parar en polvosas
salieron aplanadas, como navajas, por entre las mandí-] terrazas a donde otras moscas iban a pasear. El viejo
bulas trabadas por una musculatura potente: cerró los ojos, acabó de. beberse el refresco, y puso
-No me gusta la franqueza en bocas no amigas. No) luego la botella vacía sobre el mostrador. Después, vol-
me gusta. Yo les pregunto .a ustedes por la máquina,¡ viendo a ver la desolación de las terrazas, preguntó si
cómo·la sienten. . . ·· no había nadie en la tienda que viniera a despacharlo.
Los hombres hicieron una mueca de fastidio. Una mosca voló del queso a la nueva botella, al pico.
-No entendemos de máquinas -dijeron-; pero pa-~ Se columpió, atraída por el dulce fondo amarillo, por las
rece que ésta camina perfectamente, heces tranquilas. El viejo la había visto, y entonces, con
un rapidísimo movimiento de su mano, tapó el pico,
despeñándola. Cayó la mosca en lo amarillo. Navegó,
El viejo aminoró la velocidad. Cerca había un grupdj Ninfortuna apreciable, unos cuantos segundos... Pero el
de casas a ambos lados del camino. El viejo se echó a s~] viejo quiso, como un dios impaciente, rematar la peripe-
derecha y se estacionó junto a unos arbolitos frente -'' cia de la mosca, y tomó otra vez la botella por el cuello
una casa de fachada azul, una tienda. No acababa d. y empezó a agitar vivamente las heces. Una voz sonó a
detenerse el auto, cuando ya los tres hombres había sus espaldas. Dejó la botella y se volvió: era el dueño
escondido la ·cabezapor debajo de las ventanillas; en e. de la tienda.
caparazón verde, como tortugas temerosas. Pero el viej-"' -Cómo le va... -lo saludó.
ni siquiera se dio cuenta; abrió la puerta con energí =-Bien -le dijo el otro-, qué anda haciendo usted
y bajó. En el suelo, se dirigió al aire para anunciarle qu '¡>or acá. Vi su auto estacionado en la calle.
tenia sed, mucha sed. Los hombres lo oyeron. Todaví El dueño se fue directo al queso, a espantar a las
vibraba en su voz el coraje. El viejo rodeó el auto po:_ moscas.
detrás y entró a la tienda. Su cuerpo escaso movió, si ''. =-Nada en especial-contestó el viejo-, pasaba, nada
embargo, al pasar por los arbolitos, las ramas con m(1s. Pero traía sed.

46 4;[
·\;:' '-' ;~. v e·:;·~~+?~f'\W~:r~r:~,~~;,,i(;
..;·•.•1.·;·.1
l " ' ·'' ',\~ ',,·\ ,l~;J.

Las·moscasvolaron ·hasta los casilleros.El duéfio viejo los sintiq, sóbre todo por· el ~ejp de ª118. capij
a·fas..botellas vacías: que la luz del sol volvía a herir. Mir6 al que traía -. un
-¿Y tomó usted algo? -preguntó. lado, endurecidos los ojitos. Rencoroso, le dijo:
-,-Un refresco de naranja. Pero el naranja no 'es -Así que ustedes no entienden de máquinas,
sabor de mi predilección. De fresa, ¿tiene? -Ni pizca, don -respondieron.
-No sé. En la hielera... El viejo comenzó a acelerar.
-No hay. No había más que el de naranja. En -Correré un poco, unos· cinco kilómetros, y luego
lado, tal vez, aunque sea al tiempo. regresamos -dijo, las palabras como partidas, COxnQ
-No. Hace días y días que no me surten. Usted tu partida el alma que las había proferido. Los hombres re-
suerte. pitieron sti gesto de fastidio y afirmaron sus pies en el
El dueño se le quedó viendo fijamente a la cara piso del auto. El tiempo que duró la carrera los hombres
viejo. Algunas moscas regresaron al queso y al po tuvieron el sentimiento de no haberse movidopara nada
del cuchillo. Y el dueño dijo. y de haber sólo empañado el monótono paisaje con
-¡Qué cara la de usted esta mañana! ... una espesa nube de polvo.
-¿Qué cara? Cuando el viejo sacó el acelerador y dio la vuelta para
-Mitades iguales de diablo y de congoja. el regreso, los hombres se aflojaron y volvierona mirarse
~Me voy. Cuánto le debo . 1 entre sí. El viejo tosió.
-Nada. Que le vaya bien . -¿De qué entienden ustedes, pues? -dijo.
-Bueno. Gracias y adiós. -Somos actores.
El viejo se burló, maligno como cuando la mosca:
-¿Por eso traen tan ridículos trapos, esa hojarasca de
El viejo trepó al auto. Pensó en mirarse la cara en risa?. . . ¿Por eso hablan como quien les está pidiendo
espejo retrovisor del parabrisas, pero se arrepintió IA lección: al mismo tiempo, como tres niños benditos? '
seguida. Encendió el motor. Pero no arrancó sino q\: -Exacto, don. Estábamos ensayando cuando nos pi~··\
se apoyó en el volante a mirar el camino, el cielo " dieron ir a su casa a ver el auto. Nuestro patrón, Ensa-
pido y el camino que se unía a lo lejos, confundidos y1rnossiempre así, vestiditos, según nuestro papel...
el brillo del sol. La tierra no conocía montes allí, n -Hace años tuve dificultades con un carpero -dijo
que atajara las soledades,los vientos, los silencios.El , 11 viejo cortándoles la palabra, ¿cómo se llama el pa-
se tendía. siempre a morir en pleno llano, como una - trón de ustedes?
tia reventada; la hierba recibía su cuerpo, y no ha -La nuestra no es carpa. Es Compañía. El patrón se
el beneficio de las sombras refrescantes, piadosas, q1'· 11pellidaSantiago.
preceden el fin de otros soles en otros lugares. El vie• --Entonces no es. Aquél era un tal Martín.
-se mordió los labios; la congoja le ganó el resto de , =-Santiago es éste.
; cara. Metió el cambio y arrancó. Ya en el camino 'y ' --Sí, ya les oí. No ha de saber tampoco nada de au-
distancia de las casas, los tres hombres emergieron. · to•, puesto que confía en ustedes. ·
48 4'9
.
El auto cruzó de nuevo entre las casas.. por la _ El hombre del Norte se quedó parado delante del ,au·
de los arbolitos. Los tres h~mbres sólo ?~blaron la, ca-.j' to, y llamó a los otros dos; y luego al viejo, con una
beza para adelante, escondiéndola; El v1e10se burlo de< mano y voz de alarma: '
ellos. -¡Don, venga, vea... !
-Ya, don ... , no se sobrepase -le advirtieron, vol- Los hombres miraban algo debajo de la coraza del
teando sus boquitas hacia arriba, hacia la región de luz auto y se agarraban a los bordes de sus capas, como si
más clara, la que comenzaba a partir del marco inferior }' temieran resbalar y caer. El viejo llegó manoteando,
de las ventanillas. ..'. todas sus arrugas exaltadas. Se colocó enmedio de los ; ¡
-Así se me figuran ustedes peces: con su trompitaf hombres, su overol más azul por efecto de los rayos del
abierta, como una flor, en las aguas de un río. 1 sol que rebotaban en el cromo abundante de la coraza.
.?~
Se volvió al que lo había llamado y le dijo:
-¡Qué! ¿qué hay?
El viejo manejaba, como al principio, despacio. Los ) El otro advirtió:
hombres se habían recargado en las portezuelas, la ca- ;¡ -Allí, fíjese... el agua, el radiador...
beza descansando en los vidrios cerrados, en los rostros·i El viejo se inclinó. Pero entonces,los hombres, sin sol-
un reflejo de insuperable fastidio, de cansancio. El que ~. tar el borde de sus capas, abrieron los brazos como alas
iba al lado del viejo, despegando la cabeza del vidrio~.j y lo cubrieron.
dijo: -¿Y esta carpa... ? -fue todo lo que alcanzó a decir
-¿Quisiera detenerse usted un rato, don?, queremo el viejo bajo la sombra roja, y antes de las balas.
estirar las piernas. La inmovilidadno es buena, y menos_.,_ Los hombres lo arrastraron al llano sin destaparlo,
para nosotros.Un rato. Unos pasos. ;; hacia el poniente; como una araña a su víctima, así se
El viejo no contestó nada, pero luego detuvo el auto.~ lo llevaron.
Los hombres, entonces, abrieron las portezuelas y baja.!' De vuelta, uno de ellos dejó oír su voz solitaria:
ron. Pero no se fueron caminando juntos, sino que se_¡ -Y "Trinitario", ¿qué será: nombre o apellido?
repartieron el horizonte; uno, rumbo al norte, por la~- -¿Quién va a saberlo? --dijeron los otros--,--, habría
orilla de la terracería, como si el cofre del auto le hu-~ que preguntárselo a don Martín.
hiera indicado la dirección; el otro, por el poniente; y el;¡ -¿Y la mujer... ? -tornó a preguntar la voz soli-
tercero, al oriente: ambos por el llano. El viejo sólo si-;:: taria.
guió con la vista al que sus ojos encuadraban de una
manera natural y sin esfuerzo,y por un momento tuvo I
tentación de echarle el auto encima. ,
No habían transcurrido cinco minutos cuando los treJl
hombresestaban ya de !egreso.El viejo puso la mano enl
la palanca de las velocidades,listo para embragar. .~
¡Qué rápidos! -pensó.

50 51
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ender. Los papeles son restos de periódiq:>.,t&Ü'~·
alcanza a leer algunos titulares como si.los tuviera
MAS FR10 QUE EL VIEN'J\O nte de la nariz y se sorprende. Por un segundo se
te tentado a decírseloa la enfermera, pero enseguida
Es granae el cerro. De color violeta, con vagas pacita: se descubriría, perdiendo así la relativa ven-
azules. En su falda el viento frío de la tarde m que tiene sobre ella, que lo supone dormido. Y
bas secas,papeles. La atenci6n de Laurich, des. que tampoco sabe precisamente de qué pudiera
do estos detalles, salta a las escarpas profundas) irle tal ventaja, decide mantenerla. De modo que
tadas. Piensa que con cielo bajo las nubes de~~· lte, luego, unas cuantas palabras ininteligibles y se
allí fieros dolores, desolladuras sin fin. De prqij ueve en la cama. Y vuelve a mirar los papeles ya.en
viento abandona la falda y se encarama por· el[ 1uelo.
levantando a su paso el polvo azul de las .so:µibt¡
lleva detrás suyo papeles, ramitas, y luego, a me •
mino, deja todo; a las ramitas, como amante i tarde es alta y espaciosa. La soledad del cerro le
Y Laurich, a pesar de la ventana cerrada, lo oye funde miedo a Laurich. En su cumbre no silbá más
viento. Apaciguado, acaricia las aristas y los filos de
pedruscos. El frío de la tarde se acentúa y en los
Laurich siente entrar a la enfermera. La cofia q~~ 1 drios de la ventana hay un rosa pálido naciente.
rona su cabeza tiene dos pequeñas alas bañadas ertj ,aurich,buscando una defensa contra el frío dobla las
de almid6n. Laurich cree que la enfermera se vaj' [piernas,se encoge.
esos apéndices para navegar en silencio por el e~
Viene siempre cuatro veces al día. Por la mañana'[
prano: temperatura y presi6n, y una píldora verde Lnurich se tapa con el cobertor la oreja que tiene al
una hoja. Al mediodía lo mismo, s6lo con la no· aire. El cerro flota en un mar apacible de polvo, como
de que la píldora es de otro color. Pero esta se un barco; y no se le ve ya la falda. A través de la
píldora a Laurich le da lástima tragársela: es comó'.J ventana le llegan ruidos; ruidos del monte, del viento
perla. A las dos de la tarde la enfermera regre~'-"\ que loquea cerca de la clínica. Como el miedo que
nuevo. Lo inyecta. Y a las cinco vuelve por última le ha inspirado la soledad del cerro crece, hace un es-
Para ya no verla más, Laurich finge dormir. fuerzo por neutralizarlo. Recobra la imagen de la en-
[ermera. Un olor a pesados muebles viejos invade el
cuarto. Oye c6mo la enfermera abre y cierra con es-
Laurich, vuelto de cara a la ventana, sigue mirandi trépito la puerta de una cómoda. Retumba el aire en
cerro. La enfermera seguramente se lo imagina do torno suyoy en los vidrios rosas. Laurich piensa en que-
Como todas las tardes. De esto saca ventaja Laut jarse inmediatamente a su médico, pero entonces re-
para sus contemplaciones.Ramitas y papeles comie '' cuerda que tendrá que esperar, porque él, el médico, no

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viene sino hasta otro día, a la .hora de la comida: rumbo a 1a clínica. La enfermera desliza el cajón: de
hombre que brilla de pies a cabeza. Es como un gr: una cómoda; suenan desabridosmetales. Laurich, apre-,
instrumento quirúrgico andante. Siempre lo saluda s,' tanda los dientes, cubre su alma con un negro velo de
mirarlo y se acerca a la cama y recoge de encima de s odio. Y ésta es la hora en que a Laurich suele encendér-·
piernas la charola con el resto de los alimentos. sele una como brasa en la frente. Ve cómo se refleja
-Cómo amaneció usted, señor Laurich -le pre· la brasa en los vidrios, y la confunde con una estrella:
gunta. Pero la confusiónlo hace feliz: piensa que gracias a eso
Laurich se traga rápido la gelatina que tiene en su frente es como un cielo. Detrás del cerro surge una
boca: claridad azul. El polvo comienza a envolver la clínica.
-Esta gelatina no sabe a nada, médico -protesta. Laurich, con dos finos dedos, se aprieta las narices. La
La charola queda en el buró, mal puesta. Laurich claridad cunde. Hay algunas estrellas asomadas apenas.
ve, calcula que el peso de una mosca puede derríbarlail Laurich retira sus dedos de las narices y recuerda otra
Se lo advierte al médico. Le dice queIa quite de allí.t vez al médico:
-Usted no va a darme órdenes a mí, señor LauriclíJ° -Nuestro principal problema es el polvo -dice-
-Se romperán los trastes, médico. que sube de la ciudad. Parecido a la niebla. Pero usted,
-Son irrompibles. señor, desquicianuestra atención... el peor de los defec-
El médico se va. Y Laurich se alza de hombros. tos es la impertinencia.
Laurich posee, desde hace días, una nueva sensibili-é ---:Esoes un insulto.
dad al frío, que lo hace sufrir y desear que el veranO'j -La verdad.
vuelva pronto. Tiene miedo de morir congelado duran.,~: -Médico, un insulto.
te la noche, en las crudas horas. Piensa que sus cabellos] El polvo se pega poco a poco a los vidrios. No se ve
flotan más allá de lo invisible, y que en alguna parte] el llano. Ha desaparecido.Un gran silenciose cierne eh
se juntan en un solo haz, como un cable, para conectarlol el aire: viene de las estrellas.Laurich lo escucha y 'tirita.
al corazón del invierno. Mira con desconsuelo los vi Sobrela capa blancuzcadel polvo planea un pájaro par-
drios de la ventana: recuerda cuánto ha insistido para] do. El resplandor azul, generalizado,del cielo, lo ilumi-
que los cambien por unos dobles. Cuando se lo dijo a[) na, le arranca una leve sombra. Laurich sigue al pájaro
la enfermera ésta lo miró burlona: ;\ con la vista hasta que desaparece, cobrando altura, por
·\,,
-Con esa melena -le dijo- era para que usted esi' un ángulo de la ventana. En el cuarto la enfermera
tuviera muriéndose de calor, no de frío. vuelve a dar signosde vida. Triza, con las alitas almi-
donadas de su cofia, el silencio: se mueve muy cerca de
Laurich, que siente su olor a desinfectante y a perfume
Ya no hay color rosa en los vidrios. Cada uno se discreto. Laurich se voltea boca arriba de repente.
convertido en un oscuro campo de violetas que arden,~ -¿Qué quiere? -le pregunta.
sin fuego, contra la tarde. Como antes el viento, el polvo] La enfermera se ha detenido a un lado de la cama.
se encarama por el cerro, y avanza, al mismo tiempo1~! Tiene los brazos caídos a lo largo del cuerpo. Laurich
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'busca, en vano, en la penumbra, el brillo de una ve a mirar la. puerta. Ahí está, colgado de un gancho,
Luego mira en los ojos a la enfermera que no lo ve, el abrigo de cuando lo internaron en la clínica. Lo mira
no lo está viendo: está como ausente. Pero Laurich con ternura. Se ve metido en él, caminando por las ca-,
te el calor de su cuerpo a través del cobertor y se r _ lles; nada le hace el frío; nada el tiempo. No entiende,
Cija, como si ya estuviera allí el verano. Todo en , cómo es que no ha desaparecido todavía, como el resto ·
cuarto naufraga en sombras azules y retintas. Lauri~ de la ropa.
se toca la frente baldía, sin pensamientos, sin el menr' No es la enfermera la que le trae la cena al señor Lau-
rastro de brasa. Entonces vuelve a hablar a la enf · rich, sino otra' mujer, de gris. Por ésta Laurich sí expe-
mera: rimenta simpatía. Ella es también la de las otras comi-
-Ayer el médico me insultó. No debiera hacerlo. nf: das. Viene siempre empujando un carrito cromado, con
gaselo. . . ~! charolas. Laurich lo oye perfectamente cuando rueda
La enfermera sigue callada. Su uniforme, ya no blan 11 por el pasillo como un automóvil sobre el asfalto un día
co, añil, se defiende de las sombras. Las alitas de su1 de lluvia. Recibe a la mujer todos los días con una
cofia no se distinguen bien; están como nubladas. Lau.,?i sonrisa. Pero ella nunca responde al saludo: sólo sabe
rich, que no ha dejado de mirarla a los ojos, recoge'~ descargar la charola del carrito y ponerla en las piernas
de ellos el último fulgor de la tarde. Piensa en una gota'Ji· de Laurich y preguntarle qué va a tomar: si agua o té.
de agua caída en la arena, en el desierto. -Agua "--Contestasiempre.Laurich.
-Dígaselo -le 'repite. La mujer le sirve el agua de una jarra de plástico con
La enfermera se aparta de la cama. la misma seriedad con que el médico lo examina. Lau-
-¡ óigame!. .. =-ínaiste Laurich. rich la observa. Hace rato que a él la sonrisa se le murió
-Lo estoy'Oyendo... en los labios, que el mediodía le parece oscuro. Sin em- "''"\
Laurich siente la falta del calor del cuerpo que s~~. bargo hace un esfuerzo:
retiró, y se corre hacia la orilla de la cama, buscándolo..¡i -Ese unifbrme no le hace justicia -le dice a la
-No soy feliz aquí, entre ustedes =-confiesa. .j mujer-, usted debería vestir de blanco, como los demás.
No puede ver a la enfermera, que se ríe; pero la oye.,¡. La mujer lo mira como a un niño y le dice:
-No se ría de mí -le dice. · -En media hora regresopor la charola.
-Usted no es feliz en ningún lado. En la noche las ruedas del carrito se oyen mejor. Lau-
cenar. Voy a encender la luz. rich sabe, entonces, con precisión, cuándo el carrito en-
tra al largo pasillo, desde la cocina. El corazón le da un
vuelco, a pesar suyo y de los infinitos fracasos con la
La luz del cuarto es anémica. Cuando la enfermera mujer. Y la sonrisa tenaz empieza a abrírsele en el pe-
abandona el cuarto, Laurich vuelve los ojos a la ventana, cho, como una semilla. Aún tiene puesta su vista en el
a la noche. Encuentra allí su cara reflejada: una cara abrigo. Piensa que cuando lo vuelva a usar le quedará
de altos pómulos y hundidas mejillas. No se reconoce. demasiado grande; tanto, que quizá ya no le sirva. Se
Nunca ha creído que esa cara que ve sea la suya. Vuel- fija también en la capa de polvo que los días han ido

56 57

'
dora tristeza, y mira en redondo, sus ojos por el <;uartd,
acumulando sobre la prenda. Y sufre, y murmura
como si estuviera buscando a alguien en el aire. Y en-
el polvo es un devorador mortal. El carrito con la ,
tonces,contra su voluntad, levanta una pierna y la cha-
llega. Laurich le dice a la mujer que abra la puerta, <íl rola cae al piso. Se asusta. Mira hacia la puerta: escucha
pase. Pero comprende que ha dicho una cosa inn~
el silencio helado del pasillo, las suaves y abundantes
saria porque la mujer entrará de todos modos. Pero'~.
que él quiere es verla de nuevo, repentina, dolorosam · corrientesdel polvo que ha penetrado a la clínica y que'
la inundan. A la memoria le vienen las escarpas del
te urgido de su presencia.
cerro; lo que contempló,oyó y vio esa tarde.
-Adelante -dice.
Laurich no sabe cuánto tiempo lleva internado; sus
Laurich jamás cena. Pero la mujer, como si no
recuerdos a este respecto se le esfuman, pero tiene el
supiera, le pone, como.en la mañana, como en la tar
sentimiento,la imagen borrosa, de otras tardes. Cuando
la charola en las piernas y le pregunta:
ve que nadie viene por lo de la charola, que nadie ha.
-¿Café o leche?
oído nada, se siente liberado de un inminente, terrible
Laurich ve la cena cubierta de polvo; luego, a
peligro. Pero su tristeza persiste. Se voltea de cara a la
mujer:
puerta. Siente la frente de hielo, los largos cabellos,
-Y o quiero lo que usted quiera.
-Le serviré leche. tiesos.El frío lo cerca, le asesta tarascadas hasta el hue-
Laurich busca retener a la mujer: so, y se enconcha aún más, las manos entre los muslos,
-No sé qué piense usted -le dice=-, pero esta tar~. las rodillas, por el mentón. Tiembla desmesuradamente.
de, mucho más que otras, me ha parecido eterna, in~ Mira al abrigo, allá, colgado de la puerta; a la lluvia
acabable. Y algo debe haber tenido esta tarde. Por~ de polvo, que lo desfigura...
que yo he girado en el·centro de ella, como una veleut¡' Del nudo apretado que forman sus manos y muslosle
-¿Una veleta? irradia un calorcito que no esperaba y que le gana, en-
-Una pluma en el aire y que el viento mueve segú seguida, el cuerpo entero. Lentamente siente que las
su humor. otras tardes se le aclaran. Hay mucho sol en ellas. El
La mujer empuja el carrito. sol le revela cosas: una bicicleta. Comienza a verse vi-
-¿Se va? -pregunta Laurich. vir en una de esas tardes, y se acerca a donde está tum-
La mujer, de espaldas, le contesta: bada la bicicleta. La revisa, sin atreverse a tocarla. Pu-
-Sí. Y en media hora vuelvo por la charola... diera aparecer su dueño y reclamarle, y él no hallaría
qué contestar. El cuadro, los rines y los manubrios, son
como de aluminio. Una vez que ha acabado de revisar
Laurich se queda solo. Mira el foquito del techo con la bicicleta, levanta la vista y mira alrededor. Como a
odio: el foquito que aumenta el frío y la desolacióndel',
media cuadra de allí estalla un macizo de flores rojas,
cuarto. Hunde el cuerpo en la cama, cuidando de no]
en una jardinera, junto a un muro. El muro sólo tiene
volcar la charola. El frío de la charola le cala en los''
muslos flacos. Laurich gime; siente de golpe abruma- ·'I¡ sombra en las grietas que el viento le ha hecho. Pero el
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rojo resplandor de las flores lo tiñe, así que es como. -Somos nosotros...
la tarde se estuviera muriendo en él. ·,

Laurich afloja un poco el nudo; baja las rodillas. El sol Laurich encuentra vacía su casa. Nadie la ocupa, ya.
le está calentando ya la espalda, el pellejo de los hom- Han pasado muchos años. Ve sus propias huellas que va
bros, la nuca... Vuelve a mirar el abrigo. Nota enton- dejando en el polvo del piso. Está descalzo. Sigue an-
ces que el lodo de los faldones, una plasta por obra del dando por la casa, por todos los cuartos, blancos de '
sol fuerte, se resquebraja y cae al piso. La mujer de sol. Sale después al patio. Encuentra arrumbados algu•
gris -piensa- tendrá doble trabajo: recoger el lodo y nos muebles: el aire y el sol los han destruido. Los mira
·la charola. Y piensa también que el muro, en caso de con pena y se muerde los secos labios. Y regresa.
necesidad,puede servirle de escondite.De un salto brin- -Hermanos, ¿dónde están? +-pregunta,
ca la bicicleta. Se encamina al muro. Por la ganchuda Su voz resuena en la Gasacomo en una bóveda.
-¡Vengan!
nariz le entra el aire limpio de la tarde. Lo siente como
una fruta y lo muerde y lo saborea. No, no es como el Los pasos vuelven a oírse detrás de la puerta. Se alejan.
aire confinado de la vieja clínica -dice en voz alta-, Laurich los sigue con los ojos, sentado todavía en la
húmedo de desinfectantes,roñoso de polvo. Las grietas í, cama, con una expresiónastuta en el rostro:
del muro son rendijas. Se asoma por una de ellas. Des- j -Esos pasos son de la mujer: venía por la charola,
cubre del otro lado una casa que el sol desnuda. La reco- J pero se ha arrepentido -piensa, y se acuesta·otra vez.
Y entonces oye que lo llaman:
noce: allí vivió una parte de su vida. Rodea el muro. ,, -¡Rosendo!
Comienzaa andar por el llano. El trecho que hay hasta j
la casa es largo. Pero Laurich se siente animoso,y lleva, '¡· La voz viene de afuera de la casa. El perfume de las
además, el perfume de las flores del muro en su corazón.;,I flores se le agolpa en el pecho a Laurich y lo turba.
-¡Rosendo!
Unos pasos hacen que se detenga. Levanta la cabeza i!
-¡Voy!. .. Ya voy -dice.
de la almohada, tratando de percibirlos mejor.. Se oyen !
en el pasillo,débiles.Son como dos hojas secasque arras-] Es uno de sus hermanos. Laurich, al verlo, exclama:
-¡ Baudilio!
trara un vientecito de otoño. Y cuando pasan por de- -:
lante del cuarto, Laurich se endereza en la cama y pre- El hermano monta la bicicleta plateada que Laurich
gunta: halló antes en el llano. El hermano no se ha bajado de
-'-¿Quién es? ella y apoya una pierna en el suelo.
Los pasos dejan de oírse. . -¿Qué haces aquí, Rosendo?
Laurich, parado en la puerta de la casa, mira al her-
-¿Quién es? -vuelve a preguntar, con la voz angus.d mano, como deslumbrado:
tiada. que sólo se aprende en los sueños. ·~
-¡ Baudilio! -,-repite.
Pero contra lo que él espera, no le contestan del pasi.•
llo, sino de la casa: El resplandor de la máquina que el hermano tiene
entre las piernas ilumina sus facciones.
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-No has cambiado nada, Baudilio,-le dice-, t La mujer de gris regresé y recogi6 la, charola, . . ).
poco tu bicicleta. Ya la había visto pero nola recono Laurich estaba.tapado hasta la coronilla, más írf.oque
Al hermano se le ve el perfil -duro, hosco, como el viento de afuera.
de una moneda. Ignora a Laurich. Laurich se alisa l
largos cabellos y remueve con un pie el polvo del u
bral. Ve más allá del hermano, el muro; adivina l
flores. Entonces recuerda que el muro que al princípid
le pareció absurdo, como la bicicleta, lo construyeronu ·
día los hermanos para romper el viento. Y para pali
su desnudez le añadieron una jardinera a la que tras~¡
plantaron flores traídas de quién sabe dónde. Las flore~,
eran rojas. Y no duraron sino unos cuantos días.
-¿Y Crescencio?-pregunta Laurich.
La bicicleta relumbra ahora bastante menos.Un vien••
to ligero ha comenzado a oxidarla. El hermano, medio'j
oscurecidotambién, se aparta un mechón de la frente: !1
-Crescencio no quiso venir -contesta-. Él me'J
mandó echarte, igual que hace años. '
-El otoño ya ha comenzado. Es un otoño severo/
Baudilio. Una semana de frío... una eternidad...
-Pero, ¿cuál otoño? Calor y sol, y esta mañana ape~·}, 1'
nas, el viento, y leve. i)

-Yo no te estoy hablando de aquí. Del otro lado delj
muro te hablo, Baudilio.. . "'
El hermano, siempre de perfil, dice:
-Eso, a mí, ¿qué me importa?
-Nada. Pero si ustedes me vuelvena echar no tendré]
que caminar mucho para morirme, Baudilio.
-Exageras ...
-El mundo es un desierto.
-Lo mismo dijiste la vez pasada.
-¡ Baudilio!. ..
-¡Acábate de ir ya, Rosendo!...

I ··
62 63 1,'
sitio
ojos...
ANGEL DE LOS VERANOS -Aunque se viniera la nieve -'-me dijo;-- yo alcanzii,.;
ría a llegar. No entiendas al pie de la letra lo de "anté11 ,
I de que empiece la nieve".
Puse el tenedor de punta en la mesa. El llanto andaba
Sigue nublado el cielo. Un pájaro pasa y lo raya de ni. loco dentro de mí, pugnando por brotar. Así que apreté.,
gro. La nieve de ayer se extiende hasta donde mi v~' hasta el dolor, las mandíbulas, los párpados ... pero
alcanza. Su resplandor helado invade el cuarto, d~: llanto comenzó a fluir, Nebde comprendió pero no me
templa las cosas. Cierro el libro que estoy leyendo. Acd interrumpió. No sé cuánto •..tiempo permanecí así; pero
co mis manos a la lámpara. El pequeño calor del foé cuando alcé la cara, seco y ardiente el cauce de mis
me hace bien. Ya no me parece tan desolado afuer, ojos, Nebde ya no estaba en la mesa. Puse atención a ver·
Retiro las manos de la lámpara y las meto en las bols si lo oía en el cuarto, y de allá no me llegó sino el
del saco, Voy a la cocina. Tengo hambre y ganas dé~ tictac de su reloj de buró (de su propiedad) y que tam-
café. Prendo una hornilla de la estufa para calentarloj bién debió haberse llevado junto con sus otras perte-
Luego busco el pan. Ayer se fue Nebde. Todavía hay';' nencias. Entonces, como un viento fresco, renovador, la
migajas nuestras en la mesa; todavía doblecessuyosen el' esperanza de que siempre no se hubiera ido se levantó
mantel. Me dijo que quería partir antes de la nieve. Yo del. fondo de mí y corrí, aventando la silla, al cuarto.
le respondí que sí, que eso era lo mejor; pero las lágri-l Pero no había nadie. U nas fotografías, seis o siete ta-
mas ya me estaban golpeando el pecho. Levantó supla- maño postal, se veían desparramadas sobre la cama. To-.
to de la mesa y fue a asomarse a la ventana; Allí se das eran mías; todas, recientes. Las recogí como si fue-
estuvo parada mucho rato, recorriendo con la mirada el ran barajas y las eché en el cajoncito del buró: yo había
ido a retratarme al pueblo cercano, un domingo, en el
llano gris y el camino que lleva a la estación. Yo per-)
mercado, sólo para complacer un deseo de la mujer. La
manecí sentado, mirándola. Evoqué las formas desnu~.J
hornilla, poco a poco va calentando la cocina y llenán-
das de su cuerpo. Ella volvió finalmente a la mesa.
dola de olor a petróleo. El aire inmediato al quemador
-Bueno -me dijo-, ¿qué vas a hacer? es de un color azul claro por el efecto de la·flama que lo
Me alcé de hombros. Por encima de su cabeza miré ilumina y lo dilata, y a mí me recuerda un atardecer en
cielo de la ventana, más plomizo y amenazador un amanecer puros: tierra y cielo, nada más; una fren-
antes. te al otro, solos en el mundo. Bebo a grandes sorbos el
-La nieve no tarda -le advertí, y con perfecta indi- café y la lengua se me escalda. Los ojos de.Nébde eran
ferencia simulé jugar con el tenedor. del color de la miel, las pestañas sombrosas· como un
Oigo cómo hierve el café en el traste y lo aparto de bosque: mirarlos era como estar. mirando oblicuamente
la lumbre; pero no apago la hornilla. Me sirvo, tomo las cosas; uno las rescataba de su pesada· trivialidad, las
pan que he .encontrado y me siento a la mesa, en et' ensalzaba, las colocaba en la mano misma de Dios. Pero

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4''·'·"'P.'*'·"""1""t~tG<J·fo""*·;'~·¡;¡t·5'·~f+•+·lW#WtA.&t saz

! Nebde ni,siquiera lo sospechaba. ,, Tenía que buscar y encontrar a Nebde, allí; en el cuar.:
-Tú a mí me quieres por mi cuerpo -me décía4 to. Recordé las fotos. Las saqué del cajoncito, las des·
por las vespertinas fiestas que preparo en él para ti, parramé otra vez en la cama. 'Nebde me había dicho,
tu honor. -Y yo le respondía: dulce y asombrada: ni la distancia ni el artificio de 'IJM
-No, Nebde, no tienes razón... cámara logran desterrarme de tus ojos; allí estoy yd
Parto el pan por la mitad y comienzo a comérmelo~·! también, en esas fotos tuyas, querida, mecida, como·tú
Se ha endurecido. No soporté el ruido ni la vista de~: dices.El pan me atascaba la garganta y volví a servirme
reloj y volví a abrir el cajoncito del bur6 y lo metí con'~ café. El verano que encontré a Nebde fue el principio
las fotos. Luego me tumbé en la cama. Allí me oí llorar~~ de mis verdaderos verano~.Aún la veo caminando pol' .
de nuevo, pero al principioscomo si no fuera yo: eral; el piso rojo de su casa. Habla. Las paredes blancas refle-
una multitud, a la que yo sentía perdida llamando a:¡ jan su voz, acogen nuestra presencia. Poco a poco una
alguien. Boca arriba, el llanto me ahogaba, de modo que '~ luz empieza a abrir mi cielo nublado de años: la ale-
me volví de lado, con la cara hacia la ventana y aL\ gría. Mientras mastico el duro pan y lo ablando con
h.oscocielo. Bajo uno distinto yo había conocido a Neb-1. tragos de café miro por la ventana de la cocina el cielo,
de años atrás, en su casa, una mañana de julio. Me · una plancha de plomo, pálida por el reflejo de la nieve,
abrió la puerta, estaba descalza y sus pies eran finos Nebde estará llegando ya a su destino. Respirará ahora
blancos, como hechos por un imaginero. Me invitó el invierno lejos de mí. Este invierno. Nebde, en su
entrar. Pasé. El trigo de su pelo, en la sombra, seguía casa me dice que va a prestarme algo.para que yo lo
deslumbrándome igual que cuando le dio el sol de la lea y 'Ie diga mi opinión. Se acerca a un estante. Veo
calle. El deslumbramiento entonces no lo entendí ca- cómo toma un librito, cómo me lo ofrece luego, con
balmente. Iba a permanecer, para siempre, en mi san- una sonrisa. Regresamos hacia la puerta. El verano
gre, en la médula última, alimentándome. Nebde era canta en mí con toda su potencia. Nebde va a mi lado,
como un trigal, de maduras, de soleadasespigas. Cuan- silenciosa: ambos caminamos sobre el piso rojo ilumi-
do' conversábamospor las tardes, por las mañanas, yo nados por una claridad que no es común. Ayer a estas
no hacía otra cosa, por debajo de mis palabras, que horas ella estaba conmigo.Leíamos metidos en las cobi-
contemplarla: la mecía, ondulaba el viento amoroso de jas. La lámpara iluminaba el cabellorevuelto de Nebde;
Dios; el viento que me había empujado hasta ella. Pero aparté a un lado el libro y me puse a mirarla. Ella.me
ya ni siquiera podía estar tumbado de lado, me estaba sintió, me miró a su vez, sonrió: amanezco sólo para
faltando el aire: feroces bestias me lo quitaban con ti, como en el principio, me dijo. Y luego, con una voz
avidez. Me incorporé y abrí la ventana, y comencé a donde andaban, tigres y palomas enamorándose:
respirar... La hoja cortante del invierno me entró en -Pero tú amanecessiempreen mí mucho primero que
el pecho e hirió de muerte la ceguera de mis fuerzas, el sol en el mundo.
que se malgastaban en el llanto, en un llanto levantado Ataco la segunda mitad del pan, pongo más café erf
como un enemigo, contra Nebde. Resolví todavía un la taza, es un café helado que me sabe a tierra, a sole-
rato más la hoja dentro de mí, y luego cerré la ventana. dad, a trigo seco, a desgajamientos.Me percato de que
66 67

••••• """'ll!ll!l_llll!lil
"""'¿#'i[···-;-ec;..~'"f.<:,,,;;'~~r~--- _
continúo, .•.8'. pesar de' la ausencia de Nebde, ,C'?Jl .- amarga.No
hábitos de vida, cómo si nada hubiera sucedido: yo estaba· en el
vantarme al cabo de una o dos horas de lectura , antes de encontrar a Nebde. Comprendí entonces,
de ha vuelto a acurrucarse y duerme=-, vestirme, desa- que 'no muy claramente, que la única salvación po11111.11S,,
yunar una taza de café y pan, y ponerme a para mí -no, no para.mi: para aquella mañana
¿Nada ha sucedido? Sí. Todo: ella no está, ¡ay!, legiada de julio en que Nebde me reveló una
está. ¿Entonces? Hasta antier apenas habíamos tenido en·las soledades- radicaba en aferrarme a mi: trs••..,••Jv'
un invierno benigno, atrozmente desnudo pero soleado. a mis hábitos. El pan y el café se agotaron. Las
Bello. Nebde y yo salíamos a caminar después de la me parecieron insuficientes. Otro rastro, otros
comida. Nebde se cubría con un saco corto, peludito ; -pensé. Pero nada: Nebde se había arrancado
yo con un suéter viejo. Atravesábamos el campo en- casa de cuajo: Comenzó a nevar. Una extrema debilidad,
frente de la casa; llegábamos a un camino vecinal, me había vaciado. Levanté las cobijas y me metí en
flanqueado de grandes álamos dormidos, ausentes... ellas, vestido como estaba..Nevaba con viento. El cu.arfo'
Nebde me tomaba de una mano, me la apretaba. En- se hundió en un crepúsculo precoz, que me llegaba hasta
tonces yo le· buscaba los ojos para decirle cuánto la los confines del alma, mucho más allá del corazón del
quería. El camino era largo, solitario. Cuando las som- destrozo. El viento, envuelto en plumas blanquísímasj
bras de los árboles nos velaban, Nebde se pegaba a mí azotaba con rabia los vidrios de la ventana, andaba Col}
,estrechamente, temblando como si sobre su cuerpo abri- su hocico por las hendiduras. Mis pretensiones de la
gado -trigo .candeal- hubiera soplado repentino cierzo. mañana de aferrarme a mi trabajo para combatir el má.li.
El ejercicio, la suma brillantez de la tarde, aquellos in- ' de la ausencia de Nebde estaban olvidadas; doblegada
termitentes contactos de Nebde conmigo, acababan por la voluntad, se abandonaba a la devastación total. Afq.era
despertamos la sangre, .la apetencia de sus júbilos, .. arreció la tormenta, y antes de quedarme dormido, volVi
-Volvamos -le pedía yo, deteniéndome. a gemir. A media noche desperté A media noche o. en
e,

-Sí -asentía ella. la médula fosforescente y fría de lo oscuro: había de-
Pero antier añadió lo de las fiestas vespertinas... jado de nevar, de soplar el vientó. Lo primero en qµ"'
-No tienes ninguna razón para pensar que sea así pensé .fue en la contradictoria conducta de Nebde pol'
-le dije y callé. la mañana: encendida la luz, Nebde, como si ya hubiera
Volvimos.Nebde caminaba ya bajo densas nubes. La estado despierta y nada me hubiera dicho ni nada hu-
luz que una mañana nos había unido profundamente hiera pasado la noche, fa.tarde anteriores, tomó del
en su casa, se había eclipsado. Pero no para mí. Nebde su libro y se puso a leer. Yo fa.miré. Entonces ella me
enmudeció el resto de la tarde. No hicimos el amor. Y dijo lo del sol en el mundo... Pero al recordar esto,
con la noche, Nebde rompió el silencio para decirme aparté las cobijas y de un salto llegué hasta fa..ventana;
sólo esto: Allí aspiré a más no poder todo el frío que se colaba
-Se terminaron casi las provisiones, el pan. No hay desde el campo nevado, todo su silencio, que era enor-
ni una migaja de pan. me. Y empecé a repetir, como un estribillo,

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