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Jesús Gardea

Septiembre ,
y los otros días_

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serie del volador
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A José Luis González
y a doña Francisca Gardea .
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Primera edición, febrero de 1980
D. R. © Editorial Joaquín Mortiz, S. cr
Tabasco 106, México 7, D. F.
ISBN 968-27-0111-2

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I
SEGÚN EVARISTO

Los años no han logrado gastarme el recuerdo·de Eva-.
risto. Ahora andará en el polvo, con el sol sobre los 11 ~

ojos para siempre. Hoy se levanta en los míos. Baja
suavemente a mi alma, como buscando la penumbra de ,
un alero. No ha cambiado un ápice Ya lo dije. Es el
mismo. De donde llega trae el perfume de las fu«;rtes
soledades; le brota de todo el cuerpo esbelto al menor
movimiento que hace. Cuando habla,- acompaña sus t·
palabras y sus gestos, como un viento de aguas escoa..
'1
didas.
Mi padre era su amigo. Lo conoció y comenzóa tra..
tar en otro pueblo, cuando era un joven herbolario.
Mi padre lo conoció en el negocio, detrás de un cajon...
cito para el dinero de la venta: allí se pasaba el día
¡ de la mañana a la tarde, a las últimas horas de la tarde.
',
' No dejaba el cajoncito ni para ir a comer. Hacia el
mediodía, la mujer salía del negocio para traerle co..
mida de un restaurant en una cacerola. El herbolario
despachaba rápido el revoltijo y luego volvía, con un
eructo final, a su mutismo.
Mi padre nunca supo·bien cómo fue que pudo arran..
carie las palabras y que se convirtieron en amigos.
La mujer lo doblaba en edad. Perdida en los diver-
sos olores de las hierbas lo celaba, lo cuidaba a dís-. ,,
tancia, sentada al fondo del local. La mujer se levan-
taba sólo para atender a los clientes; para lo del
restaurant; y para recoger la venta y cerrar. La pri-
mera vez que mi padre se puso a conversar con el
herbolario, la mujer no cesó de moverse, intranquila,
en su asiento,·ni de mirarlo con atención. Mi padre /
apenas la había visto un par de veces en su vida y no

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le guitaba~ Era extraordinariamente delgada, cetrina, ~Y o la llamo menta, Evaristo -le contestabami. pa-
1in brillo: más alta que su hombre. Despuésde cerrar el dre, y alzaba el ramito a la altura de sus ojos y lo movía
negocio, los esposos caminaban a la placita cercana. como una sonaja. Cundía el aroma entonces por todo.
Nunca se miraban entre sí. Preferían contemplar el el aire e iba a morir afuera, en la desierta playa de lá
kioskoy a los niños que jugaban. en él. Duraban ·hasta calle. Mi padre gozaba provocando estas olitas. Nos ase-
el crepúsculo y luego seguían el camino a la casa. guraba ser cierto que las oía romper y que las veía Juego

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Cuando mi padre llegó al pueblo, hacía siete años desbaratarse en una espuma verde y translúcida..Pero el
que estaban casados; que el hombre se había convertido amigo acababa por detenerlo:
en cajero, en herbolario. Muy al principio, en los días -Sanjurjo, ya no repique más, por favor. La mujer
posterioresa la boda, el pueblo volcó sus lástimas sobre puede incomodarse. Los olores la tienen sin cuidado;
el joven esposomientras que, a un mismo tiempo, cen- pero la molestan si se agudizan y se vuelven imper-
suraba el apetito de la mujer.. Esto le contaron a mi tinentes.
padre. Pero él halló nada más indiferencia perfecta por Mi padre, obediente, favorecía al amigo. Y bajaba el
la pareja: un tesón de ciegosy de sordos. ramito.
Y a esa primera tarde se sucedieron otras. Evaristo
dejó el mostrador y salió a conversar al umbral de la
Con un ramito de hierba en la mano izquierda, despa- puerta. Mi padre, en las postrimerías de la tarde, co-
chado por la mujer en el fondo del local, mi padre se menzaba a consultar con regularidad la hora: sabía que
presentó al herbolario, ofreciéndole su diestra saluda- hacia las seisy.cuarto, la mujer de Evaristo se ponía de
dora, abierta como un sol: pie, seca y larga, en la penumbra de su rincón, para
¡Onésimo Sanjurjo! -le dijo. atravesar, de un extremo al otro, el mundo aquel de
Evaristo, que había extendido la mano para recibir todos los días. Así que mi padre, dando las seisy cuarto, ,.'
el dinero, se desconcertóde pronto; pero luego, dándole estaba ya despidiéndosedel amigo, con la promesa de
un giro rápido, la aprestó para el saludo. regresar al día siguiente. Evaristo aceptaba, rencoroso
Faltaban todavía un par de horas para que empezara con su mujer.
a caer la tarde. Mi padre y su nuevo amigo conversaron Mi padre en la calle volteaba a mirar a la pareja:
todo ese tiempo sin pausa, ~orno dos que se han reen- Evaristo permanecía parado aún en la puerta, pero mi-
contrado. Mi padre tenía apoyada la mano del ramito rando hacia adentro. La mujer, como un pájaro de las 1:
en el mostrador, casi junto a la caja de los centavos, y sombras, había caído sobre el cajoncito de los centavos
su fragancia lo deleitaba; ponía en su lengua las mismas y los estaba contando. Mi padre oía, en la quietud de la
intensas luces del verano. hora, el choque de las monedas al ser apiladas en el
-Mire usted, Sanjurjo -le decía Evaristo--, lo que, mostrador. Evaristo, dejando la puerta, de pronto había !,
son las cosas.No tienen orilla. Hasta ahora es que huelo ido a colocarsecerca de la mujer, con un bolso abierto
realmente la yerbabuena; hasta ahora que la pone usted entre las manos. Allí caía el dinero;' volvía a sonar, pero
debajo de mis narices. muy apenas, casi como si fueran guijarros..Después, mi
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padre vela a la mujer. quitarle el bolso al amigo y col- mujer y le ,decía:· _
1'nelo ·a la bandolera, la ~orrea por encima de los -Esos pobres, a vecesson pájaros, son águilas.que na-
pechos sin gracia, die sospecha.También se lo he dicho ya. Lo que yo ando
Y era la primera en salir. buscando no es su muerte, que usted está muerta, sino
La doblaba el peso del bolsobada un lado. un cielo...
Evaristo, mientras tanto, afoera ya también, comen- ,-Usted habla así porque no tiene experiencia en la
zaba a bajar, lentamente, la cortina metálica. El chirri- vida; porque es un simple.
do ponía de punta el aire, y la mujer se desesperaba: -Sueño con un valle. Con un cielo en la tierra.
; -De un jal6n, de un jal6n ---decía-, no es de seda.
Evaristo se detenía entonces un momento:
-Yo no tengo sus pocos nervios-le contestaba, me- La noche de esa tarde, le fue imposible a mi padre
tiendo todos los rencores de siempre en la voz-: ya lo dormir.
sabe usted. Había luna. Mi padre salió a la calle y paseó por la
Ninguno de los dos se daba Cllentade que mi padre los desierta placita hasta cansarse.
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estaba observando,oyendo. Se miraban, desafiantes. Mi Otro día, se levant6 pensando en el amigo. Dej6 para
padre sentía que el sol de la tarde no llegaba hasta la después los negocios que lo habían llevado al pueblo,
pareja. Huía de ellos como ele un amargo nudo de y fue a visitarlo.Y era por la mañana. A Evaristo le sor·
sombras. prendi6 verlo llegar. Pero mi padre no se detuvo a sa-
-,-Lo que usted no tiene, es tabeza -le decía la mu- ludarlo; se dirigi6 al fondodel local, con la mujer. Nos
' -, jer, y procuraba enderezarse, no hacer en el mundo el contaba que se había encontrado con una casi distinta '1
lastre del bolso.Mi padre la veía entoncesganar tamaño, " a la!de las tardes. La mujer estaba sentada en su silla
como una larga vara que hubi~ra estado bajo la mano y miraba para la calle, todavía sin sol, pero ya clara
del viento y recién recuperara su libertad. como el día. Al acercársele mi padre, se puso de pie y
Evaristo volteó a mirarla a la cara: el coraje le cu- rápidamente abarc6, de una sola mirada,·su mundo de
bría de ceniza la piel. muerta de las mejillas, los pár- hierbas. De las mesas vino a mi padre, entonces, una
pados, la frente. Respiraba, CQmouna endiablada, el rica oleada de perfumesque lo hizo trastabillar. Se apoyó
aire oscuro. Pero Evaristo no s~ amilan6: en una de sus en el borde de una mesa. La mujer lo miró con curio-
manos, tenía el candado de la cortina. sidad. Habl6. Le dijo que tras una noche de encierro, y
-Un animal --continuaba la mujer- me hubiera en verano, las hierbas, como las hembras, amanecen po·
entendido mucho mejor. Usted no. Usted, no. Máteme tentes, como nuevas; pero que andando las horas, el
aire, y la luz, se encargan de desgastarlas. Mi padre oyó '-:
a iras. Eso es lo que usted ands, buscando. '
-Siempre es lo mismo -se quejaba Evaristo con fas- la voz aquella como un hilo de agua corriendo por las
tidio. mentas. Y ya no siguióadelante. Y regresó adonde Eva-
-Usted es un pobre de espíritu. risto, que lo estaba esperando. Mucho rato estuvieron
Evaristo, al oír esto, se volteaba de plano hacia la sin hablar. El sol entr6 por fin a la calle y se desliz6

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por laa blancas fachadas de cal. Mi padre suspiró. En sos a la puerta del saloncito. E,nlas vueltas que c\aba,~
1u cara, como en la de Evaristo,·la tinta del sol se fue padre miraba la cara feliz de Evaristo y las de l~ bobol :·
apaciguando. Ruidos de cortinas metálicas rompieron el · asomados y sentía que ése era el mejor día de su vida,
silencío ; pero luego, la calle volvió a la calma. de sus años. Pero la música se terminó. Entonces, mi
-No se engañe con la mujer, Sanjurjo -le advirtió padre soltó 'a la muchachita y se la devolvió al novio,
Evaristo a mi padre. que se había adelantado a encontrarlos.
-Y o venía dispuesto a hablar con ella. -Todavía no, Sanjurjo -les dijo Evaristo--, toda-':
-No se engañe... -repitió Evaristo. vía no. ' '
Dos veces más bailó mi padre.
Evaristo no se había regresado a la mesa, en la ,que
Una semana después, Evaristo se presentaba en nuestra se hallaban los padres de la novia, mi madre, otros in•
casa. Mi padre lo recibió con verdadero gusto. Los niños vitados y el pastel de bodas, una torta con dos monitoa
lo rodeamos para mirarlo. Yo toqué el veliz que traía señoreándola. Evaristo fue a pararse delante de los cu-
en una mano, y le pregunté de dónde había venido. riosos, en la puerta. Lucía bien en su traje negro; alto,
Pero Evaristo no me oyó: mi padre lo arrastraba al in- entre los descamisados.Mi padre, viéndoloasí, lo recordó
terior de la casa mientras nos pedía a nosotrosque siguié- como era en sus tiempos de herbolario: flaco como la
ramos jugando. No sé cuántas veces más volvió Evaristo mujer; modesta, sin fuerzas, la llamita de su vida; como
a visitarnos, pero fueron muchas. sofocada. Pero había cambiado: estaba crecido, ardien-
Un día dejé de jugar para siempre en la tierra de do a la perfección, como un fuego en el camino más
la calle y me convertí en ayudante de mi padre. Aun- ancho del aire.
que ya entonces sólo veíamos a Evaristo de vez en cuan- El calor del saloncito y el que generaba la presencíax
do, mi padre hablaba sin embargo de él continuamente, de Evaristo, se habían comunicado a la novia para
como si acabara de estar en su compañía. Evaristo se ablandarla como cera en los brazos de mi padre. Mi
había vuelto a casar en nuestro pueblo al poco tiempo padre notó la diferencia, la falta total de la rigidez pri-
de haber llegado, finalizando un verano. Según mi pa- mera que le impedía moldearla por la cintura. Y, con
dre, todos en la casa, incluso los.perros que la cuida- desenfado y alegría, empezó a acercársela. Se tocaba.ya
ban, fuimos a la boda. Quizá lo único que yo recuerdo, por segunda vez el vals cuando mi padre sintió como'
y no muy bien, sea la música y a los músicos,que suda- una ventana abierta en el pecho, por la que le estaban'
ban tocando un vals bajo el sol. Pero mi padre entraba, entrando, caudalosos, los perfumes y el sol del otro
con emoción, en los detalles; en el detalle. cuerpo.
Como padrino de Evaristo le correspondía bailar la Evaristo lo miraba sólo a él, como si la muchacha no
primera pieza, el vals, con la novia, una muchachita en existiera o como si quisiera dejarla a la sombra inten-
comparación a la herbolaria. La música mecía en la cionalmente.
sombra a los dos bailadores. Afuera, destellaban viva- Las últimas vueltas por el saloncito le parecieron a mi
mente los instrumentos de latón y se apiñaban los curio- padre eternas. Que para darlas había tenido que con-

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1umlr, que valewe de la vida de todos los allí presentes. ;Mi pad.·re·Ja,niásña.b
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In el silencioque sigui6 después de la música, mi padre
e1cuch61 distante, la voz del amigo pidiendo a los. cu- a,!ª ·~erbolaria. Pero no; Evaristo resultó qlole' •.• (11
bailarm de los buenos y, por Io tanto, de los que l)(> tf'¡X ,
riosos se retiraran para que pudieran entrar el aire y
fatigan. Se levant6 como a las tres de la tarde ,deqa"i.
los músicos. Entraron éstos y buscaron acomodo en unas
mesa, tomando la 131anode la novia y haciendo·uná leve
sillas repegadas a la pared, y mi padre, Evaristo, y la
novia, fueron a sentarse a la mesa, en los desocupados caravana a mí padre. Se dirigi6 luego, como los ·~µ.._:..·':·'
lugares de honor.
rines de todo el mundo, al centro del saloncito y adopilJ· Y>
La felicidad resonaba, sin mengua, .en el corazón de la postura de un valsante. Los curiosos habían vuélto';.
mi padre, que atacaba, con una cucharita y verdaderas a la puerta, como abejas a la flor de la música que \
ganas, un enorme pedazo de pastel. Los perros amarillos · entonces recomenzaba, suave, discreta. Evaristo' los ad·/.
de nuestra casa entraron a la pista y dieron unas cuan- - virtió -estaba de espaldas a· la puerta- por la 'vaga '
tas vueltas, husmeando el piso y las piernas de los mú- oscuridad que proyectaron sobre el blanco mantel de fa'
sicos y sus instrumentos. Mi padre tenía la boca llena, mesa; sobre el islote del pastel que había sobrado y el
dulce. Y contaba que el inusitado paseo de los perros, par de monitos, encaramados allí. Mi padre crey6 que
uno detrás del otro, le había causado muchísima gracia; Evaristo iría, sin dilatarse nada, a despejar la puerta de
lo había hecho, también, muy feliz. Y en su recuerdo nuevo, sensiblea la falta de aire. Pero Evaristo no mo-
seguía viéndolos: se iban campantemente del lugar, al vió ni un solo dedo con esa intención. Y empezó a bailar.
sol de nuevo, al calor y al ilimitado espacio de afuera; Mi padre entendió que.el amigo delegaba en él el asunto
el lomo encendido, brillándoles como el filo de un cu- y antes de que el vals finalizara, se levantó a resolverlo.
chillo. Y nosotros corríamos a encontrarlos, y mi padre Despejada la puerta, mi padre hizo el descubrimiento
nos veía a todos, perros y niños, como metidos en una de· nosotros jugando en la calle con los perros. Nos
pantalla de cine. llamó: ·
Mi padre, los novios y los invitados, habían terminado -Ustedes -nos dijo- ¿ya comieron pastel?
con su pastel y lo reposaban, echándole encima, de -No -le respondimos. ·
cuando en cuando, traguitos de refresco. Los músicos, -¡ Válgame! -exclam6, y desapareció, aprisa, de
también ya con los platos vacíos, conversaban a media nuestra vista.
voz y lo hacían de un modo grave, anclados sus gestos
y ademanes a la importancia que sabían tenía su arte
para ésa y otras bodas. Los novios bailaron durante dos horas. Hasta pasadas
Evaristo los interrumpi6 para llamar a su director a
las cinco. En la mesa no quedaban más que mi padre
la mesa: y mi madre; los demás se habían ido retirando a inter-
-Acacio -le dijo--, quiero puros valses. Quedito.
valos regulares y previo apret6n de mano a mis padres,
Porque ya no van a salir ni usted ni sus hombres. Que
a manera de adiós y de disculpa. Porque era un día entre
no está el sol para tentarlo.
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semana y .de trabajo. Y porque estaban allí a causa muchacha, reposando'en su falda~ocuÚoj>ót 1.el iu~n~h .
de mi padre, principalmente, el único que conocía, 'en mi padre lo vio levantarse' de allí,· subir1po1\ el aite ·"
el pueblo, al novio. Pero mi madre también se fue, des- en· la mano que lo sostenía y detenerse, como un sol,
pués del último de los invitados y en el momento en frente a su cara. El deslumbramiento lo dejó. sii:J
que Evaristo y la muchacha regresaban a la mesa. habla, confuso; parpadeante.
Mi padre los recordaba apenas cansados. -Para usted -1!'! dijo la novia y le acercó el ramito
-¿Contento? -le preguntó Evaristo a mi padre. Y al pecho-, para usted, de nosotros.
luego, dirigiéndose a los músicos: Éste fue el detalle. Y a mi padre le gustaba, en sµs
-Vengan, tómense con nosotros un refresco. recuerdos, ponerlo por encima de las bodas mismas para
«1.,
Los músicos bebieron de pie el refresco, como centi- que se las iluminara hasta el fin. .. . ·
i' ~1 pelas de los novios. Después, volvieron a sus instrumen- Lo de Evaristo se acabó al atardecer. Los novios aban-
tos y se sentaron en las sillas, despatarrados. Mi padre donaron el saloncito primero que mi padre y que los·
se le quedó viendo a Acacio: músicos. Mi padre salió a despedirlos a la puerta. En
-Tocaste muy bien -le dijo-, como siempre, como la calle había un poco de polvo suspendido a ras del
si para ti todos fueran buenos tiempos. suelo y los novios hundieron en él sus pies. _Mipadre
-No =-negó el músico-. Fueron los valses, San- regresó al saloncito; llevaba oliendo la menta en la mano
jurjo. izquierda. Se detuvo frente a los músicos:
Mi padre, junto con estas palabras, sintió un olor a -Acacio -dijo--, ¿pueden tocarme otro vals?
menta. Y pensó en Acacio, en su espíritu melodioso es- -Los que usted quiera, Sanjurjo.
capándosele por la boca.
. ·-Un vals sólo es un vals -le arguyó mi padre, que
quería más perfume en el aire. Pero el músico ya no Evaristo enviudó tres años después. Yo acompañé a mi
habló. · padre al panteón. Tenía mucho sol la tarde, pero tibio
El perfume venía de abajo de la mesa. A soplos, el y era como una paloma mecida en el cielo por el viento.
músico lo había impulsado, como a un barco de vela, El viento se oía en las hojas secas de los árboles. Yo
hacia mi padre. Mi padre recordaba la gran sonori- tenia ya casi el tamaño de mi padre. Parado detrás de
dad del aire. Había hablado con Acacio como en se- . •I, por encima de su hombro, vi cómo la pena doblaba
creto, como si lo hubiera tenido a varios metros de,~· 1 Evaristo, recia y silenciosa, hacia la tierra. Evaristo
distancia. Y Acacio, lo mismo. Y mi padre buscó, en•~ le encontraba delante de nosotros, como una desolación,
tonces, la fuente del perfume, y miró a la novia y a% como en el otro extremo del mundo. El viento que des-
Evaristo. Evaristo, al sentirse mirado, se volvió y le'1~1 cendía de los árboles, daba sobre él, en sus espaldas,
preguntó a mi padre otra vez: 1 ';:;i y le arrancaba, como si lo estuviera deshojando, las
-¿Contento, pues, Sanjurjo, porque bailó usted como j envolturas de las dos últimas noches: el olor a crisan-
Dios manda? _,'>: temos y el de la cera y el de la vigilia ardiente. A me-
El ramito de la menta estaba entre las manos de l~\'{¡. dio camino entre Evaristo y nosotros, el viento hacía
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una i cabriola, una vuelta completa .d~ campana le acabaron los días de otofiÓy .(!!. inviern~.limitó' nu~~' ·~-· r"
cJesprenderseaquellas esencias y volcarlas, en. tras salidas. Entonces fue cuando alguien le dijo;.a 1 mi '
abierta..De ahí, .de la oscura herida con el cuerpo·de padre una tarde que él estaba de confidencias:
mujer, recogíamosmi padre y yo lo que el viento había -:-No se preocupe, Sanjurjo. Evarísto ya no es amigo
dejado, y nos volvíamosa mirar a Evaristo con renovada de nadie; Ni siquiera sale, y si lo hace, no hay pocf:er
compasión. Mi padre me dijo: que le arranque un saludo, una mirada paraIos otros..
-Evaristo luce el mismo traje de la boda. Y eso es Mi padre quedó pensativo. Yo leí en sus ojos los re-
malo porque es corno si le echara nudo a su dolor. cuerdos de la boda y todavía más atrás: los del tiempo
Evaristo no quiso que nadie lo acompañara cuando en que conoció al amigo.
abandonarnos el panteón. Mi padre, sin embargo, in- -Es que esa mujer -dijo-, esa muchacha suya era
sistió: de las que saben.echar hondas raíces. Semilla de Dios.
-Los amigos para estos trances son los amigos de- Milagro de Dios.
veras. Ya solos, mi padre se volvió a mí:
Evaristo me miró a mí, luego a mi padre.. y luego a -Hay que buscarlo -dijo.
su muerta, que no se había quedado allá sino que se
había venido siguiéndolo,imitando el rumor del viento
en los hojas de los árboles: · Evaristo recibió a mi padre cordialmente. Disipó las
-Es verdad lo que usted dice, Sanjurjo -aceptó. sombras de los largos meses en que no nos vimos cuan-
Mi padre se animó entonces y le puso una mano en do dijo:
el hombro: -Discúlpeme usted, Sanjurjo.
-Vámonos, pues -le dijo-; andando, las penas Y luego comenzó a hablarnos de la muerta. La voz
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pierden. yo no se la oí igual a como la recordaba, sonando en
-No, Sanjurjo. Se lo agradezco, pero debo regresar nuestra casa, en la tarde aquella del panteón. Había
solo a la casa. perdido su tono medio por uno grave, de un instrumen-:
-Como usted mande, Evaristo. En la casa lo estare- to de cuerdas. Para pulsar el instrumento con fortuna,
1 mos esperando cuando ya se sienta usted mejor. Adiós. Evaristo cerraba los ojos y movía acompasadamente las
-Adiós, Sanjurjo. manos delante de nosotros.
Eso dijo mi padre. Pero Evaristo nunca volvió a pisar La noche·nos sorprendió escuchándolo.
nuestra casa. Tampoco mi padre fue a buscarlo a la Nos despedimos como ciegos de él, hundido y calla·
suya. Todos entendíamos que la amistad se había aca- do, como una piedra en la oscuridad del cuarto.
bado. Pasaron los días. Mi padre, yo, esperábamos, Camino a la casa, mi padre dijo que no· pensaba
siempre, toparnos con Evaristo y reinicar así, como por volver más a visitarlo.
un azar, la amistad. A veces durábamos más de lo ne- -El hombre trae de nuevo a mi presencia a la mu-
cesario en la calle, como para favorecer el encuent•.n chacha. Por eso. Pero tú -añadió--, tú sí vas a volver
y corno si anduviéramos llamando a voces al viudo. para que me mantengas informado de su salud, de sus·

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nían reflejos de este mismo color. EvaristO levantó una
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semblantes. Porque Evaristo se está acabando y no tar-
dará en morirse también. mano y se la puso en el pecho; luego se 16 golp~ó coil 1
ella, con la yema de los dedos, ligeramente, como si
tocara un tambor por encima del agua. . .
Pero mi padre se equivocaba. Él murió primero. El -Ellos están aquí -dijo, y aplanó la mano contra·el
día que por mi boca lo supo Evaristo, no habló para pecho. ,
nada de la mujer. Sentado, el mentón de barbitas dis- El agua del perfume nos rodeaba ya por todas par-
parejas caído sobre la tristeza de su pecho, comenzó tes. El foco era como,un sol vegetal.
a darle vueltas al torno de los recuerdos. Algunos eran -Huelen a menta -murmure.
similares a los que me contó mi padre. Otros, inconta- -Sí. Huelen a menta -dijo Evaristo.
bles, no. Evaristo parecía estarlos inventando. El día
··\ se nos fue. Evaristo dejó su silla y encendió una luz.
Pero Evaristo, como si no me hubiera oído, volvió
a sentarse; volvi6 ·otra vez a su memoria. La luz del
foco le llenaba la cara como el sol al mediodía llena
un patio: era ya demasiado el estrago de la soledad y
de las constantes evocaciones.
-Evaristo -lo invité=-, venga usted conmigo mafia-
na. Voy a ir al panteón. La tumba de su mujer está muy
descuidada, usted podría arreglarla. Hace cinco años.
Un día de éstos usted no va a encontrar nada.
-Mercedes no está en el panteón, joven Sanjurjo
-me respondió, y luego, sacando su cara de la luz, la
bajó al pecho y cerró los ojos.
f -De todos modos acompáñeme. Visitaría usted la de
mi padre, Evaristo.
=-Tampoco su padre está ahí. . • .
Ya no quise insistir. Y Evaristo retornó el hilo de sus
recuerdos. Pero no pasó mucho rato cuando, de pronto,
la lengua, el torno, se detuvo con un largo suspiro. En-
tonces fue lo del perfume. Empezó a brotar de todo el
cuerpo de Evaristo; de su boca semiabierta, como de una
fuente. Subió por mí como una marea, y yo veía, a
través del agua que era verde, las manos de Evaristo re-
posando sobre sus piernas. Las sombras de su cara te-

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bolfA' ~.
'(:uero atada aJ cinto, Se ,paro delante de'.los hcimb•y:
ACUÉRDENSE DE,L SILENCIO dejó la carga en el suelo. . . ' '\\/!if, ,
-Bueno, ahí están -les dijo-. Agarre cada quie~ 'J\ ,
El alcalde llamó al policía parado debajo del farol. Al suyo. . .: .· ,,
policía se le trepaban, se le untaban sombras en las pier-· Los hombres comenzaron a armarse lentamente, ~,
nas. Frunció el entrecejo. Y salió de la luz. con recelo, Un ruido de correas, de madera y de 01é~ ·.
-Mande usted -le dijo al alcalde, cuadrándose ape- les, se levantó en el portal. ·· '' ;
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nas. -Están medio oxidados los máuseres -observó .-et •
---Cabo, Anzures, hágame usted el favor de dotar a cabo cuando todo el mundo estuvo armado-, pero fqíi; •'.
estos hombres de lo necesario. donan. '
El cabo volvió a cuadrarse. -Cabo, se nos hace tarde. Las balas -pidió el alcaJ.:,
---Como usted mande señor -dijo, y dando la media de-. Siete por cabeza.
vuelta desapareció luego en lo oscuro, más allá del farol. -¿Siete, nada más?
El alcalde lo siguió con la vista: caminaba como todos -Sí, cabo.
los viejos soldados de caballería. Un momento después, -Dispense, pero me parecen pocas.
el alcalde les habló a los hombres. Les dijo: -No vamos a la guerra.
-Ya sé bien que ustedes no son gente de pelea. Beli- -Usted ordena, señor -dijo el cabo y metió la mano
cosos no me los imagino. Pero eso no importa, porque a la bolsa que traía en la cintura-s-,' Seis al cargador y
nadie va a ir en verdad a ninguna guerra. El municipio una a la recámara -agregó, dirigiéndose a los horn-
lps ha contratado a ustedes para esta noche, no por su bres-s-, ahorita les digo cómo.
1 f o arrojo, caso de que lo tuvieran, sino únicamente por su Mientras él cabo Saturnino repartía los cartuchos, el
alcalde fue a asomarseal cielo por uno de los portales.
• 1 presencia física. El cabo Anzures, que es toda mi poli-
cía, no podía desempeñar tan solo su comisión. Le era -La luna está brotando -dijo-. Tendremos luz por
i· menester un respaldo. Pero tampoco se asusten. Ya les
dije : ni un tiro. Sólo vamos como de paseo, a echar
el camino.
En la penumbra, se abrieron las boquitas secas de los
¡¡
fuera a unas gentes que han invadido terrenos de la cerrojos, como si. le contestaran.
t ,,~ municipalidad. Nosotros, las autoridades, no podemos Se volvió hacia el cabo:
'., ' permitirles quedarse ahí hasta que ellos quieran. Pero -¿Me oyó usted? -le dijo.
' otra cosa también les digo:, si alguno de ustedes, cuando
esto termine; desea darse de alta en la policía, los reci-
biré con gusto. El cabo Anzures se cubre el rostro con un pañuelo. Ca-
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mina a un lado del alcalde. El ruido que vienen hacien-
:; do los hombres con las armas, le molesta. Y los de-
Él cabo Anzures regresó con un cargamento de rifles en tiene.
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-Con el permiso, señor -le dice al alcalde- voy a vista, buscaron la bestia, el caballo que debía tener:
silenciar la compañía. aquel jinete a la mano. Pero en los portales no había
El cabo recorre la fila de hombres. La luna, todavía nada más que la luz rosa del amanecer. El alcalde iba,
baja en el horizonte, lbs ilumina por detrás. Ven con también, armado, Una pistola impecable, fajada al cua-
temor al cabo y a su fusil ametralladora, colgado de dril derecho. En el cinto, la sarta de balas, mondas y
un hombro, relumbrando, más que los rifles, a la luz doradas. El alcalde, antes que de palabra, los saludó.
de la luna. El cabo se planta a la mitad de la fila, sus de mano. En los portales, en los rincones, todavía que-
piernas zambas, bien abiertas; la mirada oscura y cor- daban sombrasremisas.Esto lo notaron mejor los hom-
tante saltando por el borde del pañuelo. bres después de estrechar la mano del alcalde. Mano
-Van a despertar a los perros -les dice, los golpea blanda, fría, como culebra en la oscuridad de un agua
con voz contenida-. La mano en la culata siempre, ' estancada. Nadie aceptó en su corazón el saludo; ni
mientras caminan. La mano en 'la culata como el muslo siquiera en la piel: todos, durante la entrevista, se ace~-
de una mujer. Cariñosa, cariciosa; con ganas de calen- caron, disimuladamente,a restregar las manos en la ás-
tar. Y la culata·pegada al cuerpo"Quiero verlo. pera piedra de los portales.
Los hombres obedecen de inmediato. Y en la pulida El alcalde les habló de dinero. Les hizo ver el alto
madera de las culatas aparecen entonceslas manos, como sueldo que se les ofrecíasólopor su ayuda de una noche,
flores nocturnas. El ·cabo mira satisfecho la floración esa noche. Pero no les dijo gran cosa de en qué con-
t'
que acaba de provocar y pone otros ojos, y otro tono en sistiría la ayuda. Luego se calló y los invitó a pasar a su
la voz: oficina. Fue a pararse detrás de su escritorio. Y al cabo
-Así, nada digo. El silencionocturno tiene tantas al- de un rato de silencio, continuó hablando. Lo oyeron
cobas y tan juntas como la casa de un rico: aquí nos decir que él no era hombre de a caballo, tampoco amigo
.f· "' ladra un perro, pero allá, en los terrenos de la munici- de zafarranchos, a pesar de las .apariencias. Que se
,
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palidad, despertamosa los pobrecitosque vamos a echar. vestía así por diferentesrazones.Volvió a callarse, como
t
Y eso no nos conviene; ni a ustedes,ni a mí, ni, menos, para escuchar los ruidos de la calle o al sol, que ya
F al señor alcalde.
El camino, de tierra suelta, con la luna parece de cal.
estaba entrando a los portales. Ellos lo imitaron, pero
con otro fin: el de tratar de oírle sus secretas inten-
f' Los hombres caminan por una orilla, más distanciados ciones, cómo sonaban. El alcalde sintió las orejas de los

r entre sí que cuando salieron del pueblo. Cada uno va
con su pensamiento, batiendo la nube blanquísima que
el compañero desprende del suelo al andar. Recuerdan
foráneos como ventosas en las puertas de su alma y
dobló el recato de su actitud y preguntó, alrevesado,
que qué era lo que tanto le veían. Y ellos, consecuentes
'al alcalde, tal como lo vieron y como los recibió ese y viéndolo, entonces sí, de verdad, le contestaron que
mismo día por la mañana temprano, en los portales. nada en particular; que sólo era el asombro que les
,1 De pantalón de montar y botas claras, de' chamarra ra- causaba el tenerlo en el aire que respiraban, de un modo
bona, sin sombrero. En las botas no advirtieron acicate natural, como a cualquier prójimo. El alcalde abandonó
alguno. Y sin embargo, con un movimientorápido de la el escritorio.Dio tres vueltas, lucidoras, delante'de ellos

26 27
.¡ cuestion;~~~'tto eran
1
·.y' regresó de nuevo a su lugat. La que 'cuánto era' lo que .
J tenia nácar en las cach~, y ahí, cuatro rmciaies convenía ·pagarles a. los guerreros hechizos••. Y 41...
ta, 'con. hartos lacitos y curvas;· II).UY enredadas -Cabo -lo interrumpeel alcalde=-, ¿qué alegato se
calde miró su reloj y dijo que había que terminar con., trae usted entre ese trapo y los.dientes? Déjeme oírseÍo
el asunto, y entonces abrió uno de los cajones del escri- claro.
torio y sacó una paquita de billetes. Con diez billetes en -Ninguno, señor. Vengo pensando, en voz alta, de
la mano, les explicó que tes iba a hacer un regalo para los hombres.
compensarlosde las molestias que habían tenido al tras- -¿Qué hay con los hombres?
ladarse al pueblo. Pero cuando ya estaban afuera otra -¿No los siente usted que ya vienen cansados? Si
vez, en el sol de la mañana, el alcalde, desde la puerta usted no ordena otra cosa...
de la oficina, les dijo que los esperaba a la noche. A ' -Haga como usted quiera, pero que no se alargue el
las nueve. descanso. ·
El no acostumbrado peso del arma, y la cansona tierra El cabo Anzures se volvió entonces a la fila y le man-
·del suelo, los fatiga, los aflójera- dó hacer alto. La luna era como una corona sobre la
cabeza de todos. Había sombras en las caras; -círculos
de sombra más honda 'en los ojos. El cabo sentía calor
El cabo Anzures, por el olfato; porque está en el aire; .. en la boca. Y se levantó la punta del pañuelo para
repara en el cansancio de los hombres. La cólera contra;¡¡ hablar:
su jefe retoma y le mueve pensamientos. Murmura de!' -Tomen aliento y descansen el arma -les dijo a los
la autbridad consigo mismo, sin medirse, detrás de sü1'1 hombres.
pañuelo. Resiente q~e su experiencia de viejo soldado~¡! Las culatas de los rifles se hundieron en la tierra sin
no se haya tomado en cuenta para nada a la hora dek ruido. El cabo siguiócon el pañuelo levantado: se estaba
urdir el asunto.. Sus recomendaciones, sus justas obsee-i oreando la boca de gruesos,redondos y sombríos labios.
vaciones, ocuparon un l¡egundola atención· del alcaldej Pero miraba, de soslayo, al alcalde. Nada se había ex-
para caer, luego, en el olvido total. Y él, con la limitad#· tinguido en su alma, Bajó la punta del pañuelo. Veló
confianza que le tenia al civil, se había permitido suge7·il la voz:
rirle que en vez de contratar diez hombres de esos qué~ -Si quieren, pueden sentarse --dijo a los hombres=-,
el fin del temporal siempre deja ociosos, era más acer~ en unos cinco minutos nos vamos.
tado buscarse cinco y entre otro tipo de gente y p~ Los hombres se sentaron, pero el cabo Anzures per-
pararlos bien. Un programa de marchas forzadas ~Í maneció de pie, soportando él solo el peso de la corona
prácticas de tiro. Meterles, a los cinco, por el ejemplo ~! de la luna. Seguía mirando, como si no, hacia el alcalde
L ':¡, la disciplina, y las palabras de un soldado, la hombr~'
en la sangre. Si no, el fracaso. Porque para defender ll
propia vida, y quitar la ajena, con éxito, se necesita
que, al igual que los demás, se había tumbado en el. .
camino. Los hombres miraban a las piernas torcidas del
cabo, tensa~ como un arco.
y conocimientos.Pero el alcalde ya no lo estaba ovendo
1 29
~'
28

lt ,
-Pongan atención --les dijo de pronto=-. Oigan ésto.
Los hombres enderezaron ws caras. En algunas,' lle- y
le tdcarfan 'a. él, él tendría q1.ieaposentarlas,'fataln;lente;
nas y sudorosas,la luna brilló como en una bandeja de dejarles franca la alacena de su cuerpo para que comíe,
plata. El alcalde se incorporó: 1 ,
ran de su vida. Y sentía amor por la tierra suelta del
-¿Qué va usted a decirles? -le preguntó al cabo camino, que retardaba sus pasos; y se arrepentía de la
mientras daba unos pasos para acercársele. El alcalde luna en.el cielo como si fuera suya, y él la hubiera pues~
vio la mano del otro deslizarse hacia el llamador del to. Ahora lo único que deseaba era oscuridad; pero el ,
fusil-ametralladora,y se detuvo. cielo, tan puro, tan azul en el fondo, ni tenía una sola
-Del oficio les voy a hablar, señor. estrella.'Menos la nube, por donde empezaran las som- '
-Breve. No estamos para lecciones.Ni es academia bras. Y había el grari peligro del ex soldado,marchando
el camino. a retaguardia. Llegado el momento, la procesión a su
El cabo Anzures volvió el pecho y el negro cañón de destino, el cabo podía sumar sus tiros a los del enemigo,,
su arma a donde se encontraba el alcalde parado. El y él, alcalde y todo, quedar preso en una red de bali~
alcalde.sintió como un pedazo de hielo la luna en la boca Para la eternidad. La red, por el lado del cabo, sería ..
del estómago.La pistola se esfumóde la memoria con el tejida con insólita rapidez, y bien, y apretadamente. 'Si
temblor que lo sacudió. los otros no lo mataban. . . Pero faltaba camino, y el
-No necesita usted decírmelo, señor -dijo el cabo, trecho en que la tierra era como un mar casi innavega-
y luego se volvió a los hombres: ble. La procesión, en la brega de avanzar, de lidiar con
,-Esto, pues, a, ustedes ~ontinuó-: se me separan lo arenoso, en las ondas; tendría que perder empuje
demasiado uno del otro en la marcha. Y abren así la y olvidarse de la víctima. Y más el cabo, que nunca ha-
bía sido infante y que para triunfar de lo que al pasó
columna, que es un orden cerrado; la debilitan. Su-
le salía, usó, durante treinta años, las yeguas y caballos.
pongamos un enemigo, y que los sorprende: si ustedes
le presentan una sola cortina de fuego, su ventaja ini- gordos de la federación. Hombre últimamente pedestre,
iba, pues, a encontrar sobremanera ardua la marcha en
cial desaparece. No si vienen como venían. Aislados,sin
aquel punto. Quemaría energías.Acasohasta las sobran-
el apoyo y el poder del fuego del compañero, .ustedes
tes; las que venía acumulando para volcarlasen su obra
son como cucarachas fáciles de aplastar. Ya lo saben
ahora. Firmes. Y juntos como hermanitos. de tejedor. Y si esto sucedía... El cabo lo dijo, recién
entrado al cuerpo de la fantasmal policía: manejar el
fusil-ametralladora con éxito era como hacer el amor.
Requerían ambas cosas pleno entusiasmo, exclusivas
El cabo Anzures no regresó al lado del alcalde.
energías. Entusiasmo por la muerte, en una; y en la
El alcalde iba solito, a la cabeza de la columna; nada
otra, en el amor, por la vida. Y luego, a una orden suya,
capitán: lo venían empujando los de atrás y el cabo,
~i de alcalde y jefe absoluto, el cabo pasó al patio de la
'¡ burbujeante de resentimientos.Los punitivos se habían
cárcel. Se plantó de cara a la barda, unos veinte metros
convertido de pronto en una silenciosaprocesión que lo
1 llevaba a la muerte. Las primeras balas, las más ávidas, más allá, las piernas montadoras abiertas, la culata del
fusil fundida al costado derecho del cuerpo, y comenzó
30

l't
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~·.dlisparar.La primera ráfaga •pes.ptintebvafüunente ejército.
cielo de la mañana; pero ya no fa!segunda, Las palabras delcabo sílencíáren de inmediato
polvareda de caballerías a lo largo del filo llas, que era lo que mejor sonaba bajo la luna.
' Se riubló algo el sol, por ahí. El cabo esperó diel!:se- agregó:
gundos que el polvo se aplacara, y volvió a tirar. -Están verdecitos.Traemos idéntico camino y sin
Cinco ráfagas contaron sus oídos de jefe aparte de bargo, yo no confundo el trabajo de las piernas con el
que sus ojos perdieron, entre el polvo de los adobes, el destino de mis manos, arriba y superiores. Y si yo se los
sol temprano. Pero después fue aclarándose el trabajo permitiera, sí, seguro que sí, saldrían de este berenjenal
<lelas balas. La barda presentaba una escotadura; tenía gateando...
el espinazo vencido. Y el cabo, mientras el arma se en- -¡Cabo! -lo interrumpió el alcalde.
friaba y miraba con indiferencia lo que acababa de hacer, -Voy, señor. Y ustedes: acuérdense, acuérdense del
dijo .que eran cosas ml,ly distintas rebanar una simple silencío.
barda a trabajar el cuerpo de un hombre. -¿Cansado? -le preguntó el alcalde al policía.
-No estoy nuevo, señor, y andanzas como ésta, no
ion de mi estilo.
-Cabo Anzures -le dice el alcalde al policía-, no se
me rezague usted. ·
Estaba la columna entrando a lo más difícil del ca- El alcalde y el cabo iban juntos, como al principio, pero
mino. Volvieron a sonar anillas, correajes y culatas. Los con la luna ya por delante. Acababan de dejar el arenal.
hombres se atascaban. La compostura y el orden im- il -Usted, con ese pañuelo atravesado en la c,ara, me
puestos por el cabo, se habían perdido. El alcalde hun- ,j parece un bandido. ¿Por qué se disfrazó,cabo? -dijo el
día los tacones de las botas en la arena hasta los tobi-J alcalde.
Ilos, Repitió: . -t -No es disfraz, señor.
'-Cabo, no se me rezague... -Y entonces, ¿qué significa?
-Señor, nunca me he rezagado -contestó-, vengof -Lo mismo que sus botas lindas para usted, señor...
de ojo avizor. Resonaron estas palabras del cabo permeadas de hosti-
-Lo quiero aquí conmigo. ..·~ JldMd y recubiertas de espinas como un rosal. El alcal-
-Señor, en cuanto apague tanto ruido, voy. No quiero¡.~ !'1111 que lo comprendió en seguida, tuvo mucho cuidado
delaciones de ninguna especie en el aire. ,11¡ ~·ditocarlas, de no punzarse con ellas, y se apartó un
El alcalde, las veces que le habló el cabo, no volteóll puco hacia la izquierda del otro. De cuando en cuando,
a verlo sino que lo hizo con la mirada fija en el res-N' YOltr.abaa mirarlo. A la boquita del fusil, que husmea-
plandeciente camino. Oyó su voz como si trajera ya tt.A el aire tibio de la noche, en la paz del camino. El
arena al cuello: t&bo transpiraba como todas las bestias, juntas, que ha-
-Como les dije. La mano en la culata. Parece montado durante toda su vida. Olor a cuero viejo
si fuéramos todo un ejército. La impedimenta de bebido de sudores.Enriquecido, potenciado por el que

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Jiffi

1
se desprendía de la columna, ni por asomo castrense: que burlaba, yéndose al fondo, la presencial·del 'aire. Y
hierba seca, a campos solitarios.. . El alcalde, mirando desde allí, la hiedra pestilentesubía por suscuerpps; y era :
hacia el camino, con indiferencia, y como si las espinas.~l muy oscura, y la luz de la luna nada podía tampoc~ '.
no fueran y sólo fuera la rosa, dijo: •!~ contra ella. Y empezaron a echar de menos sus casas y\!
-¿Y qué tienen mis botas, cabo Anzures? los demás sitios que no eran sus casas. Intensa, doloro-
-Nada, señor. Que usted se las ha puesto para que,~: samente. Del alcalde, la culpa. También del cabo. .Del
esta noche no le entrara tierra al zapato. Usted lo dijo .l alcalde, por su saludo de la mañana como un soplo de
hoy en la mañana. Y yo me oculto así el rostro por razo- '(i. almas, como una secreta presentación de muertos. Y del
nes que emparejan a las suyas. Porque si usted no tolera otro, porque hablaba, porque ladraba muy destemplado
la tierra, yo no tolero el polvo. frente a sus corazones; porque era como una víbora de
El alcalde adivinó la jeta del cabo: Esponjada comoi terrible hocico silbando en el camino. Y ya se encontra-
un gallo de pelea, tragándose su propio aliento enardecí- ban cerca de las gentes. Y endurecían la quijada por si
do. Adivinó también que, a pesar del cansancio, del su- el cabo volteaba a verlos no los fuera a tachar de nos-
dor cercano a lo torrencial, el cabo se hallaba entero: tálgicos. Y el cabo volteó, pero fue para ordenarles ha-
todavía, como siempre, entusiasmado por el arma que cer alto.
llevaba en las manos. -Estamos por llegar -les dijo, caminando pausada'."
-¿Y falta mucho para llegar a donde vamos? -le !! mente a lo largo de la fila-, no creo necesario recor-
preguntó abruptamente el cabo al alcalde. · darles las palabras del alcalde en los portales. Pero les·
-Un kilómetro -le respondió el alcalde, reseco, comaj repito: sólo queremos que los otros nos vean. Las pala-
si a la luz de la luna hubiera hecho chocar dos piedras.··~ bras, exigiéndolesque abandonen el terreno, se las va a
Los hombres llevaban la luna a la altura de los ojos,/ dirigir el señor alcalde. Yo y ustedes, callamos. Pero
como un espejo. El terreno había adquirido, en una ines-'·~ acuérdense todavía del silencio.Hay que procurarlo has-
perada transición, dureza. El aire comenzaba a correr~ ta lo último.
fresco,a pasar su secante por los cuerpos empapados. Los,¡ El cabo volvió al lado del alcalde. Delante suyo, le
hombres se dejaban deslumbrar por el espejo. Se ímagi- quitó el seguro al arma y luego le alisó el cañoncito con
naban reflejados en él, caminando por él en los cielos,¡ ternura. El alcalde vio a la mano repetir la caricia tres
lejos del inundo. Pero no tomaban en cuenta a las aut~ vecesseguidasy detenerse, después, sobre el llamador.
ridades, al alcalde. Y a su ayudante. Su trompa les hu~¡ -Estoy listo, señor -dijo.
hiera ensuciado la luna. Y sentían que iban por la somli' --Vamos pues, cabo.
bra del alcalde como por una herida abierta en el cami~
no. La del otro, a un lado, se arrastraba como un negro'
caracol. Levantaban, hacia el espejo, las narices, en utj, La refriega fue corta. Pero profunda. En el bando opues-
afán inútil de evadir el olor de sus.guías. Mínima ayu~· to al del alcalde había otra voz cantante como la del
da era el aire en esto. Los humores de ambos, como qu · cubo Anzures. Si los máuseres sonaron, nadie lo supo,
tenían una densidad mayor, de aceites, de cosa materia nadie alcanzó a oírlos.La noche era para el diálogo feróz

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dé los..fwilesametralladoras y su enroscamientoa 1avida. ~Lo serian, s~ñClr.Pero yo ~e quedé a
de las que aílí andaban. T~ vez ni siquiera hubo tiempo y usted, pese a que salió vivito, no es de los de respeto. .;
para meter al pecho ni una pizca de aliento. Porque las- La última ráfaga que disparó el cabo Anzures hizd
balitas cargaban sobre la hilera de corazones a ambos saltar por los.aires, por la luna, la pistola del alcalde.
lados. El cabo; en el ardor del diálogo, se había arran-
cado el pañuelo de la cara y enseñaba los dientes, apre-
tados. Detrás suyo y de sus hombres, los tiros frustra-
dos .levantaron-una cortina de polvo como una sábana
tendida a la luz de la luna. El alcalde, no obstante en-
contrarse de rodillas en el suelo-encogido disparaba con
las dos manos su pistola-, vio en un momento, que sus
ojos desesperadosbuscaron una salida a retaguardia, a
su sombra, como si estuviera de pie, reflejada en aquella
pantalla. E inmediata a la del cabo, grande y cuadrada,
y con un claro luminoso, en forma de arco, entre las
piernas. Y nada más. El miedo 'acabó por paralizarlo.
El diálogo subió de tono. El cabo concentró el fuego
y todo su poder de persuasión en el contendiente ina-
placable. Y lo machacó. Al alcalde esto se le antojó que
duraba -un siglo. Después sobrevino el silencio total.
El alcalde, en lugar de pararse, se sentó en el suelo, por
las piernas, por lo débiles que las sentía. El cabo seguía
sin moverse.En todo el campo, ellos dos eran los únicos
que quedaban para respirar las vagas flores de la pólvo-
ra, y la pena, todavía grande, de las almas al garete.
El alcalde puso la pistola en el suelo. Volteó a mirar
al cabo:
-¿No está usted herido, cabo Anzures? -le pre-
guntó.
-No, señor. Uno es de respeto. Por eso la muerte se
sesga.
-¿Y los otros?
-Bien muertos, señor.
-Bueno. No importa. En el fondo era gente sin
ni beneficio.
-,
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;f éajaí~tam~neítlbaaai;~fotros'"'ob)etos;·tirad~á' " 't·~
TRINITARIO en el suelo. Para aliviar sus almas, todos a una volvieron
1u1 ojqs interiores al esplendor que acababan de contem-
Llegaron un sábado por la mañana. Una mujer les abrió) plar. La mujer, conocedora del camino les había tomado
la puerta. Entraron uno tras de otro, sacándose el som-i,! ventaja, de manera que cuando ellos mediaban la pieza,
brero de la cabeza y volviéndoseloa poner luego. La mu- j tila estaba: esperándolos ya en la puerta siguiente, de
jer cerró la puerta; ahogó la luz que venía de la calle'~ tlpalda~. Otra recámara, igual de iluminada que la pri-
tranquila. Los hombres se quedaron parados, en fila,~ mera, pero muy descuidada, un camastro desnudo, una
esperándola a que los precediera. Cuando pasó a su lado,:.¡
en la penumbra del cuarto, los acarició con perfume d~'·l
,azahares. Ellos abiertamente lo aspiraron y se dispusieron.j
r ercha de dos clavos en la pared, y un piso de polvo.
,01 hombres pensaron que allí no dormiría nadie, pero
luego, fijándose bien, advirtieron las señas recientes de
a seguirla. Del cuarto en donde estaban, una salita co~¡ un cuerpo sobre la sábana sucia. Volvían a pisar casi
muebles de madera y un linóleo viejo, como pudieron' loa talones de la mujer, y a beberse su perfume y su ima-
ver, pasaron a otro que tenía una ventana llena de sol,.: 1en: se sintieron protegidos contra la sordidez del lugar,
y que era la fuente del perfume de la mujer. Había allí•'.. como a salvo de las potencias que en su atmósfera pulu-
una cama grande, nada más, con una cenefa azul en la.J laban. La recámara tenía, más o menos, las mismas di-
colcha de seda. La mujer dilató ostensiblementeel paso,"' mensiones que los otros .cuartos, pero a los hombres les
como si fuera un cicerone mostrando a turistas una ha- .,, pareció mucho mayor. Y cuando al fin salieron a un
hitación histórica. Pero los hombres, que al penetrar allí! patio y recobraron el cielo y el aire, lanzaron un tan
ya habían visto todo lo que había que ver, dedicaron ruidoso suspiro, que la mujer volteó a mirarlos.
sus miradas mejor a la clara estampa de la mujer, hun-
dida y como navegando en la luz que se colaba del ex-
terior. Su nuca descubierta y sus orejas con pelusilla de En el patio, los hombres avanzaron de frente. La mujer
oro en los,lóbulos, fueron las dos cosas que de inme-
diato los cautivaron. Una corriente de aire fresco los
•e rezagó entonces. Quería contemplar a su gusto las
capas rojas, de los visitantes, que desde la entrada le
atravesó a los tres, como a un campo muy atosigado por habían llamado la atención. Aunque no soplaba ni pizca
un verano terrible. Y el que iba a la cabeza hizo un mo- de viento, ni los hombres caminaban de prisa, sus capas,
vimiento de apropiación con una' mano... pero luego •in embargo, ondeaban como estandartes, como bande-
arrepintió. Pero para entonces, ya estaban entrando a ras de guerra. El patio era grande, bardeado, y la mu-
una tercera pieza, y los encantos de la mujer se habían jer caminó un buen trecho detrás de los trapos, como
eclipsado. Pieza penumbrosa, como la salita. Y fría. Los un niño que sigue el convite de un circo. Al fondo del
hombres, a un mismo tiempo, se arrebujaron en sus capas patio se veía un automóvil, y enmarcándolo un zaguán
y miraron a diestra y siniestra. En aquello, que les pa• de alto dintel. Conforme los hombres se aproximaban al
reció ser una bodega, columbraron altos rimeros de cos- auto, cerraban la formación que traían. Pronto sus capas,
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al estorbafSe entre sí,.cuando.ellos apenas le llegaba a Íos ~chos, de manera
.~dejarQn de zarandearse. A la mujer se cuariuo él·habló •les pareció que su voz·tropezabá y
tento del rostro, y comenzó a. andar con reposo. Llevaba rompía allí, al subir. Como en las paredes de una cafia,.
la mirada alzada, alojada en el vacío. Los hombres, a da. Nada pudieron entenderle. La mujer, después de oír
unos cuantos metros del auto, se detuvieron a esperarla. hasta la última palabra, partió al trote rumbo a la casa, t
La mujer llegó y fue a pararse junto al cofre. Recargado en una puerta del auto, el tacón del zapato .•.. ·
-Trinitario ... -dijo inclinándose levemente. en el estribo, el viejo se había quedado esperándola.
Transcurrieron largos segundos sin que nadie le res- Tenía la cara ligeramentevuelta en dirección a la casa, i·
pondiera. Los hombres la miraban. Les pareció gracio- los ojos entornados y pariendo arrugas; el sol lo bañaba/
sa, y joven en extremo. Pero algo en el ámbito del patio de lleno. Los hombres estaban incómodos. No sabían
no tardó en levantarse para deslucirla y aventajada. Los qué pensar. Y tampoco sentían muchas ganas de ser ellos
hombres miraron la barda. Y la mujer repitió su lla- quienes abatieran el prolongado silenciosi el viejo no les
mado: prestaba verdadera atención primero. La mujer regresé
-Trinitario: lo buscan. con una estopa y una botella. El viejo se apartó del
Un ruido, debajo del auto, y, un segundo después, la auto. Luego, parsimonioso,.abrió sus manazas con des-
cara grasienta de un viejo asomándose. mesura, como si estuviera por recibir un don del cielo '
-Servidor -les dijo a los hombres. Y acabó de salir. en la apacible mañana. Pero ya estaba la mujer ponién-
dole la estopa en las manos y se preparaba a verter el
líquido de la botella. El choque surgióclaro como el agua
Corto de estatura. Recio de cuerpo. Sólo la cara no en- y mojó la estopa. La mujer hizo un poco la cara hacia
cajaba en su persona. Con un movimiento vigoroso de atrás, como para evitar los vapores de la gasolina, el ,
sus anchas manos, se sacudió la tierra de los riñones y las·~ tufo. Había destapado la botella con la boca y se le
nalgas. Mientras, miró a la mujer, todavía frente al01J veía entre los dientes el corcho oscuro: los hombres se
cofre, pero las nubecitas de polvo que se le corrieron] quedaron admirados de tan blancos y parejos dientes;
por detrás y a la derecha, se le nublaron. Entonces vol- ' y se imaginaron, en lugar del corcho, la secreta carne
vió los ojos a la pechera del pantalón. Bizqueando, ae, de ellos, mordida dulcemente. Con una especie de gru-
dio a la tarea de examinar las manchas recién descu-] ñido, el viejo le indicó a la mujer que enderezara ya
biertas: Los hombres le vieron así la mollera, con faci-'t ei' pico de la botella y la volviera a tapar. La mujer lo
Iidad: hundido y pálido redondel sin pelos a la luz del¡ hizo y luego se dispuso a observarlo cómo comenzó a
sol. El viejo debió sentir las indiscretas miradas, porque'~ restregarse las manos y los antebrazos, con furor. La es-
en seguida enderezó la cabeza y le pasó una mano poi;:~ topa rezumaba gasolinay la pestilencia era inaguantable.·
encima. Luego, con la misma mano le hizo señas a i,..¡ Sin aspavientos,recatados, los hombres'se embozaron, y
mujer para que se acercara. La mujer obedeció al i~' entonces el reflejo' del sol en las capas arreboló a la
tante. Parada entre el viejo y ellos,los hombres sintie · mujer y al viejo. Ella se sonrió y hubo un relámpago de
que ya no olía a nada. Les estaba dando la felicidad en su cara, como si un amor le hubiera entrado

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f/\

en el cuerpo, al atardecer. Los brazos del viejo, como ¡ n oler de nuevo a gasolina.Se miraron entre si. E inlis~
lps émbolos de una máquina fatigada, se detuvieron en ,1 tieron:
medio de un resoplido. La mujer dejó la botella en el? -¿Qué nos dice usted? .
suelo. Los hombres bajaron sus capas. El viejo miraba El viejo terminó de sobarse, y dijo, mal. velada la.
el aire de la mañana con ojos de briago; sudaba negro burla:
en la frente, por la grasa. Sin que hubiera habido.ningu- -Que no saben mucho de negocios.Vénganse conmi-
na orden previa, los hombres vieron avanzar un paso go a la sombra. Antes de los pesos,algunas palabras, o
a la mujer y limpiarle con el mandil la cara al viejo, muchas; es una regla.
que cerró dócilmente los ojos. En tanto terminaba, los Los hombres lo siguieronhasta un rincón del patio.
hombres se pusieron a ver más detenidamente el patio, -Aquí -señaló el viejo-e-,Ni mundo, ni aire indis-
las cosasque tenía. Cuando no pudieron abarcarlo todo creto. Conque les interesa el auto...
y sus cuellos se hallaban en el máximo grado de tor- -Sí.
sión, empezaron a girar sobre sí mismos.Emitían, en la -Pues habrá necesidad de probarlo primero.
silenciosa mañana, un ruido de engranajes, como de -Eso íbamos a pedirle...
muñecosmontados en sendasplataformas mecánicas. En -Ustedes me preguntaron por el precio.
su vuelta, con el sol prendido a las capas de seda, in- -De alguna manera...
cendiaron con sordo fuego rojo la región sombría del El viejo los miró hacia arriba, a los ojos.
patio: la parte trasera de la casa. La mujer estaba reco- -Bueno. Regresemos -dijo.
giendo la botella del suelo cuando ellos retornaron al Los cuatro volvieron otra vez al sol. El viejo por de-
punto de partida; se sacaron -dibujando un saludo en lante, llamando a gritos a la mujer:
el aire->-los sombrerosde nuevo, como para despedirla. -¡Salga! ¡Venga a abrirnos el zaguán!
Y la mujer regresó a la casa..

].os tres hombres llegaron al auto antes que el viejo,
El viejo miró a los tres hombres de arriba abajo. que se había desviado para llamar a la mujer desde la
-Me gusta la gente perspicaz-les dijo-. Hay asun- puerta de la casa. Se asomaron al interior, aplastando las
tos que no toleran la presencia del mundo, y la mujer narices contra los vidrios cerrados. El lujo del tablero
es el mundo. Díganme. y los asientos los sorprendió: felpa por donde quiera,
Los hombres se humedecieron los labios con la lengua, de color blanco, inmaculada. Sin dejar de asomarse,
·' Comprobaron si el moñito del cordón con el que se ata- fueron dando la vuelta alrededor del auto, golpeando
ban las capas estaba bien, y luego dijeron: con sus nudillos la lámina verde mate. Pero no lo ha-
-El automóvil, ¿en. cuánto lo está usted vendiendo? rían por intención alguna de indagar la dureza del
El viejo se puso a sobarse un antebrazo, como si aca- material; pegaban por pegar, por nervios. Quizá por
riciara a un animal al sol. Los hombres volvieron a hu- eso los toquidos se apagaban y morían luego sobre la
medecerse los labios. Notaron que el viejo comenzaba lámina caliente, como las palabras cuando nacen al mun-

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90· privadas del poderío y la clarividencia de la do el camino estuvo libre y el llano clesnudoa'la ~ A
tl!ld.Terminada su inspección, los hombres se recamaron el viejo echó a andar el"auto. Primero de revena, h~·¡.,;1
~n:un guardafango a esperar al viejo. El viejo ponerlo de trompa apuntándolo a la soledad.de aiuer~;"···
la. casa con la mujer, "que a los pocos pasos se apartó y luego hacia adelante. Pasaron rozando a la mujer•
de él. Limpísimo divisaron los hombres al viejo, De ove- Los tres hombres tuvieron repetida, inesperada..y fugaJ1
rol azul con cremallera radiante que lo partía por el la visión del principio: oro en los lóbulos velluditos ae
centro; de zapatos tenis, también azules. las orejas. El auto entró al llano buscando un camine
-Dispénserune ustedes ~les dijo al llegar-, pero no practicable. Lenta, perezosamente,como un verde esca-·
me acordaba que tenía que cambiarme de ropa. Habrán rabajo aturdido por el sol. Al viejo el volante le ques
mirado ustedes la tapicería ... daba grande. Para maniobrado se colgaba de él y sudaba
y fruncía el rostro peor que un alma en tormento. Los.
El viejo abrió la puerta del lado del volante y se
metió al auto y se corrió en el asiento para quitar el se- hombres lo miraban con sorna y ceñían más sus capas
guro a las demás puertas. al cuerpo. Pero no sentían ganas de reír. Era el odio
-Suban -invitó a los hombres mientras bajaba rápi-) lo que les estaba creciendo adentro. Por fin, el auto em-
<lamente el vidrio de su ventanilla.
pezó a rodar por un camino vecinal, de tierra maciza,
recto. El viejo, aliviado, respiró y descansó la húmeda,
frente en una manga del overol.
.Los hombres subieron y se acomodaron: uno enfrente.: ... -Nunca me había sucedidoesto -se quejó a loshom-
los otros dos atrás. Envolvieron las piernas en la capa¡;¡ bres-, se encabritó la máquina como un caballo. Como
y se quedaron profundamente quietos. La blancura los J, queriendo regresarse al patio. Ustedes no saben Jo en-
rodeaba; estaban intimidados, como adolescentes ante ,1
tumidosque traigo ahora los brazos.
una mujer rijosa. El viejo, por el contrario, se movíai Los tres hombres siguieron callados. El sol entraba
con absoluta naturalidad y sacaba y metía botones en el.¡ por la ventanilla de atrás; a los dos hombres que venían
tablero de control. Indicaba a los hieráticos, sin ningún J allí sentados la capa se les incendiaba por los hombros
fruto, para qué era todo. Le brillaban de placer los ojos·.1 y les inventaba un resplandor en torno a la cabeza. El
de mico. A la boca de sus arrugas afloraba una luz~ motor del auto casi no se oía. Las llantas sí: un susurro
de entusiasmo que le cundía por el rostro, anulando etf¡ que se elevaba del camino y rompía apenas el silencio
desdichado espesor del tiempo. Les mostró también, y1 de la mañana. El viejo traía sólo una mano en el v0-
/1
por último, la cajuelita. Entonces se oyó el zaguán. Un~ lante. La· otra, fuera de la ventanilla, en el aire, se le
chirrido de bisagras renuentes hizo a los tres hombres)' iba desentumiendo y despertando por los dedos. Los

girar la cabeza a la derecha y mirar. La mujer lo esta-] hombrespensaron en un pulsador de arpa. Entonces, el
ha abriendo ya. Con mucho trabajo: como si al mismoi viejo,la vista en el camino, les preguntó que por qué no
tiempo que el zaguán, estuviera empujando el inmenso/,, bajaban los vidrios.
cielo azul que se extendía al fondo. Los tres hombref -No hace falta -dijeron- tenemosesta mañana cli-
sintieron lástima por la mujer y odiaron al viejo. Cuan~ ma benigno. Primaveral. Un tan excelente clima, don,

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que hasta .su fatigada mano revive. corriente de aire. El viejo sintió la racha yvolte6 a
El viejo sonrió, miró.de soslayola mano y dijo: a los arbolitos, cuyas ramas seguían meciéndose y rllO!o ;·
-Y qué les parece, pues, el auto. viendo polvo; y tuvo miedo. La tienda estaba sola; en ec··~·
El hombre de adelante volteó a mirar a los de mostrador unas moscas se paseaban por un queso y se
iluminados como santos en su hornacina; luego miró a _ encaramaban al cuchillo medio enterrado en él. Otras se 1

sus sombreros, sobre el asiento blanco; como un par de j1 habían precipitado al abismo de unas botellas vacías,
huellas elefantinas en la nieve. v encontrando la muerte. El hombre las contempló un se-
-Ostentoso -respondieron los hombres- para este gundo. Luego buscó la híelera y sacó .un refresco. Lo
pueblo. . destapó y comenzó a tomárselo, recorriendo, mientras
El viejo metió la mano, tibia de sol y despabilada.f tanto, los casilleroscon la vista. Allí, la desolación era
y la cerró en tomo al volante. Los ojitos de mono se le·l peor aún: las tablas, pintadas de azul como la fachada,
hundieron flechados por mil arrugas. Las palabras lej se hallaban desiertasy habían venido a parar en polvosas
salieron aplanadas, como navajas, por entre las mandí-] terrazas a donde otras moscas iban a pasear. El viejo
bulas trabadas por una musculatura potente: cerró los ojos, acabó de. beberse el refresco, y puso
-No me gusta la franqueza en bocas no amigas. No) luego la botella vacía sobre el mostrador. Después, vol-
me gusta. Yo les pregunto .a ustedes por la máquina,¡ viendo a ver la desolación de las terrazas, preguntó si
cómo·la sienten. . . ·· no había nadie en la tienda que viniera a despacharlo.
Los hombres hicieron una mueca de fastidio. Una mosca voló del queso a la nueva botella, al pico.
-No entendemos de máquinas -dijeron-; pero pa-~ Se columpió, atraída por el dulce fondo amarillo, por las
rece que ésta camina perfectamente, heces tranquilas. El viejo la había visto, y entonces, con
un rapidísimo movimiento de su mano, tapó el pico,
despeñándola. Cayó la mosca en lo amarillo. Navegó,
El viejo aminoró la velocidad. Cerca había un grupdj Ninfortuna apreciable, unos cuantos segundos... Pero el
de casas a ambos lados del camino. El viejo se echó a s~] viejo quiso, como un dios impaciente, rematar la peripe-
derecha y se estacionó junto a unos arbolitos frente -'' cia de la mosca, y tomó otra vez la botella por el cuello
una casa de fachada azul, una tienda. No acababa d. y empezó a agitar vivamente las heces. Una voz sonó a
detenerse el auto, cuando ya los tres hombres había sus espaldas. Dejó la botella y se volvió: era el dueño
escondido la ·cabezapor debajo de las ventanillas; en e. de la tienda.
caparazón verde, como tortugas temerosas. Pero el viej-"' -Cómo le va... -lo saludó.
ni siquiera se dio cuenta; abrió la puerta con energí =-Bien -le dijo el otro-, qué anda haciendo usted
y bajó. En el suelo, se dirigió al aire para anunciarle qu '¡>or acá. Vi su auto estacionado en la calle.
tenia sed, mucha sed. Los hombres lo oyeron. Todaví El dueño se fue directo al queso, a espantar a las
vibraba en su voz el coraje. El viejo rodeó el auto po:_ moscas.
detrás y entró a la tienda. Su cuerpo escaso movió, si ''. =-Nada en especial-contestó el viejo-, pasaba, nada
embargo, al pasar por los arbolitos, las ramas con m(1s. Pero traía sed.

46 4;[
·\;:' '-' ;~. v e·:;·~~+?~f'\W~:r~r:~,~~;,,i(;
..;·•.•1.·;·.1
l " ' ·'' ',\~ ',,·\ ,l~;J.

Las·moscasvolaron ·hasta los casilleros.El duéfio viejo los sintiq, sóbre todo por· el ~ejp de ª118. capij
a·fas..botellas vacías: que la luz del sol volvía a herir. Mir6 al que traía -. un
-¿Y tomó usted algo? -preguntó. lado, endurecidos los ojitos. Rencoroso, le dijo:
-,-Un refresco de naranja. Pero el naranja no 'es -Así que ustedes no entienden de máquinas,
sabor de mi predilección. De fresa, ¿tiene? -Ni pizca, don -respondieron.
-No sé. En la hielera... El viejo comenzó a acelerar.
-No hay. No había más que el de naranja. En -Correré un poco, unos· cinco kilómetros, y luego
lado, tal vez, aunque sea al tiempo. regresamos -dijo, las palabras como partidas, COxnQ
-No. Hace días y días que no me surten. Usted tu partida el alma que las había proferido. Los hombres re-
suerte. pitieron sti gesto de fastidio y afirmaron sus pies en el
El dueño se le quedó viendo fijamente a la cara piso del auto. El tiempo que duró la carrera los hombres
viejo. Algunas moscas regresaron al queso y al po tuvieron el sentimiento de no haberse movidopara nada
del cuchillo. Y el dueño dijo. y de haber sólo empañado el monótono paisaje con
-¡Qué cara la de usted esta mañana! ... una espesa nube de polvo.
-¿Qué cara? Cuando el viejo sacó el acelerador y dio la vuelta para
-Mitades iguales de diablo y de congoja. el regreso, los hombres se aflojaron y volvierona mirarse
~Me voy. Cuánto le debo . 1 entre sí. El viejo tosió.
-Nada. Que le vaya bien . -¿De qué entienden ustedes, pues? -dijo.
-Bueno. Gracias y adiós. -Somos actores.
El viejo se burló, maligno como cuando la mosca:
-¿Por eso traen tan ridículos trapos, esa hojarasca de
El viejo trepó al auto. Pensó en mirarse la cara en risa?. . . ¿Por eso hablan como quien les está pidiendo
espejo retrovisor del parabrisas, pero se arrepintió IA lección: al mismo tiempo, como tres niños benditos? '
seguida. Encendió el motor. Pero no arrancó sino q\: -Exacto, don. Estábamos ensayando cuando nos pi~··\
se apoyó en el volante a mirar el camino, el cielo " dieron ir a su casa a ver el auto. Nuestro patrón, Ensa-
pido y el camino que se unía a lo lejos, confundidos y1rnossiempre así, vestiditos, según nuestro papel...
el brillo del sol. La tierra no conocía montes allí, n -Hace años tuve dificultades con un carpero -dijo
que atajara las soledades,los vientos, los silencios.El , 11 viejo cortándoles la palabra, ¿cómo se llama el pa-
se tendía. siempre a morir en pleno llano, como una - trón de ustedes?
tia reventada; la hierba recibía su cuerpo, y no ha -La nuestra no es carpa. Es Compañía. El patrón se
el beneficio de las sombras refrescantes, piadosas, q1'· 11pellidaSantiago.
preceden el fin de otros soles en otros lugares. El vie• --Entonces no es. Aquél era un tal Martín.
-se mordió los labios; la congoja le ganó el resto de , =-Santiago es éste.
; cara. Metió el cambio y arrancó. Ya en el camino 'y ' --Sí, ya les oí. No ha de saber tampoco nada de au-
distancia de las casas, los tres hombres emergieron. · to•, puesto que confía en ustedes. ·
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.
El auto cruzó de nuevo entre las casas.. por la _ El hombre del Norte se quedó parado delante del ,au·
de los arbolitos. Los tres h~mbres sólo ?~blaron la, ca-.j' to, y llamó a los otros dos; y luego al viejo, con una
beza para adelante, escondiéndola; El v1e10se burlo de< mano y voz de alarma: '
ellos. -¡Don, venga, vea... !
-Ya, don ... , no se sobrepase -le advirtieron, vol- Los hombres miraban algo debajo de la coraza del
teando sus boquitas hacia arriba, hacia la región de luz auto y se agarraban a los bordes de sus capas, como si
más clara, la que comenzaba a partir del marco inferior }' temieran resbalar y caer. El viejo llegó manoteando,
de las ventanillas. ..'. todas sus arrugas exaltadas. Se colocó enmedio de los ; ¡
-Así se me figuran ustedes peces: con su trompitaf hombres, su overol más azul por efecto de los rayos del
abierta, como una flor, en las aguas de un río. 1 sol que rebotaban en el cromo abundante de la coraza.
.?~
Se volvió al que lo había llamado y le dijo:
-¡Qué! ¿qué hay?
El viejo manejaba, como al principio, despacio. Los ) El otro advirtió:
hombres se habían recargado en las portezuelas, la ca- ;¡ -Allí, fíjese... el agua, el radiador...
beza descansando en los vidrios cerrados, en los rostros·i El viejo se inclinó. Pero entonces,los hombres, sin sol-
un reflejo de insuperable fastidio, de cansancio. El que ~. tar el borde de sus capas, abrieron los brazos como alas
iba al lado del viejo, despegando la cabeza del vidrio~.j y lo cubrieron.
dijo: -¿Y esta carpa... ? -fue todo lo que alcanzó a decir
-¿Quisiera detenerse usted un rato, don?, queremo el viejo bajo la sombra roja, y antes de las balas.
estirar las piernas. La inmovilidadno es buena, y menos_.,_ Los hombres lo arrastraron al llano sin destaparlo,
para nosotros.Un rato. Unos pasos. ;; hacia el poniente; como una araña a su víctima, así se
El viejo no contestó nada, pero luego detuvo el auto.~ lo llevaron.
Los hombres, entonces, abrieron las portezuelas y baja.!' De vuelta, uno de ellos dejó oír su voz solitaria:
ron. Pero no se fueron caminando juntos, sino que se_¡ -Y "Trinitario", ¿qué será: nombre o apellido?
repartieron el horizonte; uno, rumbo al norte, por la~- -¿Quién va a saberlo? --dijeron los otros--,--, habría
orilla de la terracería, como si el cofre del auto le hu-~ que preguntárselo a don Martín.
hiera indicado la dirección; el otro, por el poniente; y el;¡ -¿Y la mujer... ? -tornó a preguntar la voz soli-
tercero, al oriente: ambos por el llano. El viejo sólo si-;:: taria.
guió con la vista al que sus ojos encuadraban de una
manera natural y sin esfuerzo,y por un momento tuvo I
tentación de echarle el auto encima. ,
No habían transcurrido cinco minutos cuando los treJl
hombresestaban ya de !egreso.El viejo puso la mano enl
la palanca de las velocidades,listo para embragar. .~
¡Qué rápidos! -pensó.

50 51
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ender. Los papeles son restos de periódiq:>.,t&Ü'~·
alcanza a leer algunos titulares como si.los tuviera
MAS FR10 QUE EL VIEN'J\O nte de la nariz y se sorprende. Por un segundo se
te tentado a decírseloa la enfermera, pero enseguida
Es granae el cerro. De color violeta, con vagas pacita: se descubriría, perdiendo así la relativa ven-
azules. En su falda el viento frío de la tarde m que tiene sobre ella, que lo supone dormido. Y
bas secas,papeles. La atenci6n de Laurich, des. que tampoco sabe precisamente de qué pudiera
do estos detalles, salta a las escarpas profundas) irle tal ventaja, decide mantenerla. De modo que
tadas. Piensa que con cielo bajo las nubes de~~· lte, luego, unas cuantas palabras ininteligibles y se
allí fieros dolores, desolladuras sin fin. De prqij ueve en la cama. Y vuelve a mirar los papeles ya.en
viento abandona la falda y se encarama por· el[ 1uelo.
levantando a su paso el polvo azul de las .so:µibt¡
lleva detrás suyo papeles, ramitas, y luego, a me •
mino, deja todo; a las ramitas, como amante i tarde es alta y espaciosa. La soledad del cerro le
Y Laurich, a pesar de la ventana cerrada, lo oye funde miedo a Laurich. En su cumbre no silbá más
viento. Apaciguado, acaricia las aristas y los filos de
pedruscos. El frío de la tarde se acentúa y en los
Laurich siente entrar a la enfermera. La cofia q~~ 1 drios de la ventana hay un rosa pálido naciente.
rona su cabeza tiene dos pequeñas alas bañadas ertj ,aurich,buscando una defensa contra el frío dobla las
de almid6n. Laurich cree que la enfermera se vaj' [piernas,se encoge.
esos apéndices para navegar en silencio por el e~
Viene siempre cuatro veces al día. Por la mañana'[
prano: temperatura y presi6n, y una píldora verde Lnurich se tapa con el cobertor la oreja que tiene al
una hoja. Al mediodía lo mismo, s6lo con la no· aire. El cerro flota en un mar apacible de polvo, como
de que la píldora es de otro color. Pero esta se un barco; y no se le ve ya la falda. A través de la
píldora a Laurich le da lástima tragársela: es comó'.J ventana le llegan ruidos; ruidos del monte, del viento
perla. A las dos de la tarde la enfermera regre~'-"\ que loquea cerca de la clínica. Como el miedo que
nuevo. Lo inyecta. Y a las cinco vuelve por última le ha inspirado la soledad del cerro crece, hace un es-
Para ya no verla más, Laurich finge dormir. fuerzo por neutralizarlo. Recobra la imagen de la en-
[ermera. Un olor a pesados muebles viejos invade el
cuarto. Oye c6mo la enfermera abre y cierra con es-
Laurich, vuelto de cara a la ventana, sigue mirandi trépito la puerta de una cómoda. Retumba el aire en
cerro. La enfermera seguramente se lo imagina do torno suyoy en los vidrios rosas. Laurich piensa en que-
Como todas las tardes. De esto saca ventaja Laut jarse inmediatamente a su médico, pero entonces re-
para sus contemplaciones.Ramitas y papeles comie '' cuerda que tendrá que esperar, porque él, el médico, no

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viene sino hasta otro día, a la .hora de la comida: rumbo a 1a clínica. La enfermera desliza el cajón: de
hombre que brilla de pies a cabeza. Es como un gr: una cómoda; suenan desabridosmetales. Laurich, apre-,
instrumento quirúrgico andante. Siempre lo saluda s,' tanda los dientes, cubre su alma con un negro velo de
mirarlo y se acerca a la cama y recoge de encima de s odio. Y ésta es la hora en que a Laurich suele encendér-·
piernas la charola con el resto de los alimentos. sele una como brasa en la frente. Ve cómo se refleja
-Cómo amaneció usted, señor Laurich -le pre· la brasa en los vidrios, y la confunde con una estrella:
gunta. Pero la confusiónlo hace feliz: piensa que gracias a eso
Laurich se traga rápido la gelatina que tiene en su frente es como un cielo. Detrás del cerro surge una
boca: claridad azul. El polvo comienza a envolver la clínica.
-Esta gelatina no sabe a nada, médico -protesta. Laurich, con dos finos dedos, se aprieta las narices. La
La charola queda en el buró, mal puesta. Laurich claridad cunde. Hay algunas estrellas asomadas apenas.
ve, calcula que el peso de una mosca puede derríbarlail Laurich retira sus dedos de las narices y recuerda otra
Se lo advierte al médico. Le dice queIa quite de allí.t vez al médico:
-Usted no va a darme órdenes a mí, señor LauriclíJ° -Nuestro principal problema es el polvo -dice-
-Se romperán los trastes, médico. que sube de la ciudad. Parecido a la niebla. Pero usted,
-Son irrompibles. señor, desquicianuestra atención... el peor de los defec-
El médico se va. Y Laurich se alza de hombros. tos es la impertinencia.
Laurich posee, desde hace días, una nueva sensibili-é ---:Esoes un insulto.
dad al frío, que lo hace sufrir y desear que el veranO'j -La verdad.
vuelva pronto. Tiene miedo de morir congelado duran.,~: -Médico, un insulto.
te la noche, en las crudas horas. Piensa que sus cabellos] El polvo se pega poco a poco a los vidrios. No se ve
flotan más allá de lo invisible, y que en alguna parte] el llano. Ha desaparecido.Un gran silenciose cierne eh
se juntan en un solo haz, como un cable, para conectarlol el aire: viene de las estrellas.Laurich lo escucha y 'tirita.
al corazón del invierno. Mira con desconsuelo los vi Sobrela capa blancuzcadel polvo planea un pájaro par-
drios de la ventana: recuerda cuánto ha insistido para] do. El resplandor azul, generalizado,del cielo, lo ilumi-
que los cambien por unos dobles. Cuando se lo dijo a[) na, le arranca una leve sombra. Laurich sigue al pájaro
la enfermera ésta lo miró burlona: ;\ con la vista hasta que desaparece, cobrando altura, por
·\,,
-Con esa melena -le dijo- era para que usted esi' un ángulo de la ventana. En el cuarto la enfermera
tuviera muriéndose de calor, no de frío. vuelve a dar signosde vida. Triza, con las alitas almi-
donadas de su cofia, el silencio: se mueve muy cerca de
Laurich, que siente su olor a desinfectante y a perfume
Ya no hay color rosa en los vidrios. Cada uno se discreto. Laurich se voltea boca arriba de repente.
convertido en un oscuro campo de violetas que arden,~ -¿Qué quiere? -le pregunta.
sin fuego, contra la tarde. Como antes el viento, el polvo] La enfermera se ha detenido a un lado de la cama.
se encarama por el cerro, y avanza, al mismo tiempo1~! Tiene los brazos caídos a lo largo del cuerpo. Laurich
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'busca, en vano, en la penumbra, el brillo de una ve a mirar la. puerta. Ahí está, colgado de un gancho,
Luego mira en los ojos a la enfermera que no lo ve, el abrigo de cuando lo internaron en la clínica. Lo mira
no lo está viendo: está como ausente. Pero Laurich con ternura. Se ve metido en él, caminando por las ca-,
te el calor de su cuerpo a través del cobertor y se r _ lles; nada le hace el frío; nada el tiempo. No entiende,
Cija, como si ya estuviera allí el verano. Todo en , cómo es que no ha desaparecido todavía, como el resto ·
cuarto naufraga en sombras azules y retintas. Lauri~ de la ropa.
se toca la frente baldía, sin pensamientos, sin el menr' No es la enfermera la que le trae la cena al señor Lau-
rastro de brasa. Entonces vuelve a hablar a la enf · rich, sino otra' mujer, de gris. Por ésta Laurich sí expe-
mera: rimenta simpatía. Ella es también la de las otras comi-
-Ayer el médico me insultó. No debiera hacerlo. nf: das. Viene siempre empujando un carrito cromado, con
gaselo. . . ~! charolas. Laurich lo oye perfectamente cuando rueda
La enfermera sigue callada. Su uniforme, ya no blan 11 por el pasillo como un automóvil sobre el asfalto un día
co, añil, se defiende de las sombras. Las alitas de su1 de lluvia. Recibe a la mujer todos los días con una
cofia no se distinguen bien; están como nubladas. Lau.,?i sonrisa. Pero ella nunca responde al saludo: sólo sabe
rich, que no ha dejado de mirarla a los ojos, recoge'~ descargar la charola del carrito y ponerla en las piernas
de ellos el último fulgor de la tarde. Piensa en una gota'Ji· de Laurich y preguntarle qué va a tomar: si agua o té.
de agua caída en la arena, en el desierto. -Agua "--Contestasiempre.Laurich.
-Dígaselo -le 'repite. La mujer le sirve el agua de una jarra de plástico con
La enfermera se aparta de la cama. la misma seriedad con que el médico lo examina. Lau-
-¡ óigame!. .. =-ínaiste Laurich. rich la observa. Hace rato que a él la sonrisa se le murió
-Lo estoy'Oyendo... en los labios, que el mediodía le parece oscuro. Sin em- "''"\
Laurich siente la falta del calor del cuerpo que s~~. bargo hace un esfuerzo:
retiró, y se corre hacia la orilla de la cama, buscándolo..¡i -Ese unifbrme no le hace justicia -le dice a la
-No soy feliz aquí, entre ustedes =-confiesa. .j mujer-, usted debería vestir de blanco, como los demás.
No puede ver a la enfermera, que se ríe; pero la oye.,¡. La mujer lo mira como a un niño y le dice:
-No se ría de mí -le dice. · -En media hora regresopor la charola.
-Usted no es feliz en ningún lado. En la noche las ruedas del carrito se oyen mejor. Lau-
cenar. Voy a encender la luz. rich sabe, entonces, con precisión, cuándo el carrito en-
tra al largo pasillo, desde la cocina. El corazón le da un
vuelco, a pesar suyo y de los infinitos fracasos con la
La luz del cuarto es anémica. Cuando la enfermera mujer. Y la sonrisa tenaz empieza a abrírsele en el pe-
abandona el cuarto, Laurich vuelve los ojos a la ventana, cho, como una semilla. Aún tiene puesta su vista en el
a la noche. Encuentra allí su cara reflejada: una cara abrigo. Piensa que cuando lo vuelva a usar le quedará
de altos pómulos y hundidas mejillas. No se reconoce. demasiado grande; tanto, que quizá ya no le sirva. Se
Nunca ha creído que esa cara que ve sea la suya. Vuel- fija también en la capa de polvo que los días han ido

56 57

'
dora tristeza, y mira en redondo, sus ojos por el <;uartd,
acumulando sobre la prenda. Y sufre, y murmura
como si estuviera buscando a alguien en el aire. Y en-
el polvo es un devorador mortal. El carrito con la ,
tonces,contra su voluntad, levanta una pierna y la cha-
llega. Laurich le dice a la mujer que abra la puerta, <íl rola cae al piso. Se asusta. Mira hacia la puerta: escucha
pase. Pero comprende que ha dicho una cosa inn~
el silencio helado del pasillo, las suaves y abundantes
saria porque la mujer entrará de todos modos. Pero'~.
que él quiere es verla de nuevo, repentina, dolorosam · corrientesdel polvo que ha penetrado a la clínica y que'
la inundan. A la memoria le vienen las escarpas del
te urgido de su presencia.
cerro; lo que contempló,oyó y vio esa tarde.
-Adelante -dice.
Laurich no sabe cuánto tiempo lleva internado; sus
Laurich jamás cena. Pero la mujer, como si no
recuerdos a este respecto se le esfuman, pero tiene el
supiera, le pone, como.en la mañana, como en la tar
sentimiento,la imagen borrosa, de otras tardes. Cuando
la charola en las piernas y le pregunta:
ve que nadie viene por lo de la charola, que nadie ha.
-¿Café o leche?
oído nada, se siente liberado de un inminente, terrible
Laurich ve la cena cubierta de polvo; luego, a
peligro. Pero su tristeza persiste. Se voltea de cara a la
mujer:
puerta. Siente la frente de hielo, los largos cabellos,
-Y o quiero lo que usted quiera.
-Le serviré leche. tiesos.El frío lo cerca, le asesta tarascadas hasta el hue-
Laurich busca retener a la mujer: so, y se enconcha aún más, las manos entre los muslos,
-No sé qué piense usted -le dice=-, pero esta tar~. las rodillas, por el mentón. Tiembla desmesuradamente.
de, mucho más que otras, me ha parecido eterna, in~ Mira al abrigo, allá, colgado de la puerta; a la lluvia
acabable. Y algo debe haber tenido esta tarde. Por~ de polvo, que lo desfigura...
que yo he girado en el·centro de ella, como una veleut¡' Del nudo apretado que forman sus manos y muslosle
-¿Una veleta? irradia un calorcito que no esperaba y que le gana, en-
-Una pluma en el aire y que el viento mueve segú seguida, el cuerpo entero. Lentamente siente que las
su humor. otras tardes se le aclaran. Hay mucho sol en ellas. El
La mujer empuja el carrito. sol le revela cosas: una bicicleta. Comienza a verse vi-
-¿Se va? -pregunta Laurich. vir en una de esas tardes, y se acerca a donde está tum-
La mujer, de espaldas, le contesta: bada la bicicleta. La revisa, sin atreverse a tocarla. Pu-
-Sí. Y en media hora vuelvo por la charola... diera aparecer su dueño y reclamarle, y él no hallaría
qué contestar. El cuadro, los rines y los manubrios, son
como de aluminio. Una vez que ha acabado de revisar
Laurich se queda solo. Mira el foquito del techo con la bicicleta, levanta la vista y mira alrededor. Como a
odio: el foquito que aumenta el frío y la desolacióndel',
media cuadra de allí estalla un macizo de flores rojas,
cuarto. Hunde el cuerpo en la cama, cuidando de no]
en una jardinera, junto a un muro. El muro sólo tiene
volcar la charola. El frío de la charola le cala en los''
muslos flacos. Laurich gime; siente de golpe abruma- ·'I¡ sombra en las grietas que el viento le ha hecho. Pero el
59
rojo resplandor de las flores lo tiñe, así que es como. -Somos nosotros...
la tarde se estuviera muriendo en él. ·,

Laurich afloja un poco el nudo; baja las rodillas. El sol Laurich encuentra vacía su casa. Nadie la ocupa, ya.
le está calentando ya la espalda, el pellejo de los hom- Han pasado muchos años. Ve sus propias huellas que va
bros, la nuca... Vuelve a mirar el abrigo. Nota enton- dejando en el polvo del piso. Está descalzo. Sigue an-
ces que el lodo de los faldones, una plasta por obra del dando por la casa, por todos los cuartos, blancos de '
sol fuerte, se resquebraja y cae al piso. La mujer de sol. Sale después al patio. Encuentra arrumbados algu•
gris -piensa- tendrá doble trabajo: recoger el lodo y nos muebles: el aire y el sol los han destruido. Los mira
·la charola. Y piensa también que el muro, en caso de con pena y se muerde los secos labios. Y regresa.
necesidad,puede servirle de escondite.De un salto brin- -Hermanos, ¿dónde están? +-pregunta,
ca la bicicleta. Se encamina al muro. Por la ganchuda Su voz resuena en la Gasacomo en una bóveda.
-¡Vengan!
nariz le entra el aire limpio de la tarde. Lo siente como
una fruta y lo muerde y lo saborea. No, no es como el Los pasos vuelven a oírse detrás de la puerta. Se alejan.
aire confinado de la vieja clínica -dice en voz alta-, Laurich los sigue con los ojos, sentado todavía en la
húmedo de desinfectantes,roñoso de polvo. Las grietas í, cama, con una expresiónastuta en el rostro:
del muro son rendijas. Se asoma por una de ellas. Des- j -Esos pasos son de la mujer: venía por la charola,
cubre del otro lado una casa que el sol desnuda. La reco- J pero se ha arrepentido -piensa, y se acuesta·otra vez.
Y entonces oye que lo llaman:
noce: allí vivió una parte de su vida. Rodea el muro. ,, -¡Rosendo!
Comienzaa andar por el llano. El trecho que hay hasta j
la casa es largo. Pero Laurich se siente animoso,y lleva, '¡· La voz viene de afuera de la casa. El perfume de las
además, el perfume de las flores del muro en su corazón.;,I flores se le agolpa en el pecho a Laurich y lo turba.
-¡Rosendo!
Unos pasos hacen que se detenga. Levanta la cabeza i!
-¡Voy!. .. Ya voy -dice.
de la almohada, tratando de percibirlos mejor.. Se oyen !
en el pasillo,débiles.Son como dos hojas secasque arras-] Es uno de sus hermanos. Laurich, al verlo, exclama:
-¡ Baudilio!
trara un vientecito de otoño. Y cuando pasan por de- -:
lante del cuarto, Laurich se endereza en la cama y pre- El hermano monta la bicicleta plateada que Laurich
gunta: halló antes en el llano. El hermano no se ha bajado de
-'-¿Quién es? ella y apoya una pierna en el suelo.
Los pasos dejan de oírse. . -¿Qué haces aquí, Rosendo?
Laurich, parado en la puerta de la casa, mira al her-
-¿Quién es? -vuelve a preguntar, con la voz angus.d mano, como deslumbrado:
tiada. que sólo se aprende en los sueños. ·~
-¡ Baudilio! -,-repite.
Pero contra lo que él espera, no le contestan del pasi.•
llo, sino de la casa: El resplandor de la máquina que el hermano tiene
entre las piernas ilumina sus facciones.
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61
-No has cambiado nada, Baudilio,-le dice-, t La mujer de gris regresé y recogi6 la, charola, . . ).
poco tu bicicleta. Ya la había visto pero nola recono Laurich estaba.tapado hasta la coronilla, más írf.oque
Al hermano se le ve el perfil -duro, hosco, como el viento de afuera.
de una moneda. Ignora a Laurich. Laurich se alisa l
largos cabellos y remueve con un pie el polvo del u
bral. Ve más allá del hermano, el muro; adivina l
flores. Entonces recuerda que el muro que al princípid
le pareció absurdo, como la bicicleta, lo construyeronu ·
día los hermanos para romper el viento. Y para pali
su desnudez le añadieron una jardinera a la que tras~¡
plantaron flores traídas de quién sabe dónde. Las flore~,
eran rojas. Y no duraron sino unos cuantos días.
-¿Y Crescencio?-pregunta Laurich.
La bicicleta relumbra ahora bastante menos.Un vien••
to ligero ha comenzado a oxidarla. El hermano, medio'j
oscurecidotambién, se aparta un mechón de la frente: !1
-Crescencio no quiso venir -contesta-. Él me'J
mandó echarte, igual que hace años. '
-El otoño ya ha comenzado. Es un otoño severo/
Baudilio. Una semana de frío... una eternidad...
-Pero, ¿cuál otoño? Calor y sol, y esta mañana ape~·}, 1'
nas, el viento, y leve. i)

-Yo no te estoy hablando de aquí. Del otro lado delj
muro te hablo, Baudilio.. . "'
El hermano, siempre de perfil, dice:
-Eso, a mí, ¿qué me importa?
-Nada. Pero si ustedes me vuelvena echar no tendré]
que caminar mucho para morirme, Baudilio.
-Exageras ...
-El mundo es un desierto.
-Lo mismo dijiste la vez pasada.
-¡ Baudilio!. ..
-¡Acábate de ir ya, Rosendo!...

I ··
62 63 1,'
sitio
ojos...
ANGEL DE LOS VERANOS -Aunque se viniera la nieve -'-me dijo;-- yo alcanzii,.;
ría a llegar. No entiendas al pie de la letra lo de "anté11 ,
I de que empiece la nieve".
Puse el tenedor de punta en la mesa. El llanto andaba
Sigue nublado el cielo. Un pájaro pasa y lo raya de ni. loco dentro de mí, pugnando por brotar. Así que apreté.,
gro. La nieve de ayer se extiende hasta donde mi v~' hasta el dolor, las mandíbulas, los párpados ... pero
alcanza. Su resplandor helado invade el cuarto, d~: llanto comenzó a fluir, Nebde comprendió pero no me
templa las cosas. Cierro el libro que estoy leyendo. Acd interrumpió. No sé cuánto •..tiempo permanecí así; pero
co mis manos a la lámpara. El pequeño calor del foé cuando alcé la cara, seco y ardiente el cauce de mis
me hace bien. Ya no me parece tan desolado afuer, ojos, Nebde ya no estaba en la mesa. Puse atención a ver·
Retiro las manos de la lámpara y las meto en las bols si lo oía en el cuarto, y de allá no me llegó sino el
del saco, Voy a la cocina. Tengo hambre y ganas dé~ tictac de su reloj de buró (de su propiedad) y que tam-
café. Prendo una hornilla de la estufa para calentarloj bién debió haberse llevado junto con sus otras perte-
Luego busco el pan. Ayer se fue Nebde. Todavía hay';' nencias. Entonces, como un viento fresco, renovador, la
migajas nuestras en la mesa; todavía doblecessuyosen el' esperanza de que siempre no se hubiera ido se levantó
mantel. Me dijo que quería partir antes de la nieve. Yo del. fondo de mí y corrí, aventando la silla, al cuarto.
le respondí que sí, que eso era lo mejor; pero las lágri-l Pero no había nadie. U nas fotografías, seis o siete ta-
mas ya me estaban golpeando el pecho. Levantó supla- maño postal, se veían desparramadas sobre la cama. To-.
to de la mesa y fue a asomarse a la ventana; Allí se das eran mías; todas, recientes. Las recogí como si fue-
estuvo parada mucho rato, recorriendo con la mirada el ran barajas y las eché en el cajoncito del buró: yo había
ido a retratarme al pueblo cercano, un domingo, en el
llano gris y el camino que lleva a la estación. Yo per-)
mercado, sólo para complacer un deseo de la mujer. La
manecí sentado, mirándola. Evoqué las formas desnu~.J
hornilla, poco a poco va calentando la cocina y llenán-
das de su cuerpo. Ella volvió finalmente a la mesa.
dola de olor a petróleo. El aire inmediato al quemador
-Bueno -me dijo-, ¿qué vas a hacer? es de un color azul claro por el efecto de la·flama que lo
Me alcé de hombros. Por encima de su cabeza miré ilumina y lo dilata, y a mí me recuerda un atardecer en
cielo de la ventana, más plomizo y amenazador un amanecer puros: tierra y cielo, nada más; una fren-
antes. te al otro, solos en el mundo. Bebo a grandes sorbos el
-La nieve no tarda -le advertí, y con perfecta indi- café y la lengua se me escalda. Los ojos de.Nébde eran
ferencia simulé jugar con el tenedor. del color de la miel, las pestañas sombrosas· como un
Oigo cómo hierve el café en el traste y lo aparto de bosque: mirarlos era como estar. mirando oblicuamente
la lumbre; pero no apago la hornilla. Me sirvo, tomo las cosas; uno las rescataba de su pesada· trivialidad, las
pan que he .encontrado y me siento a la mesa, en et' ensalzaba, las colocaba en la mano misma de Dios. Pero

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1:~~~~tt:"'9\"4.f1\'4''·'·"'P.'*'·"""1""t~tG<J·fo""*·;'~·¡;¡t·5'·~f+•+·lW#WtA.&t saz

! Nebde ni,siquiera lo sospechaba. ,, Tenía que buscar y encontrar a Nebde, allí; en el cuar.:
-Tú a mí me quieres por mi cuerpo -me décía4 to. Recordé las fotos. Las saqué del cajoncito, las des·
por las vespertinas fiestas que preparo en él para ti, parramé otra vez en la cama. 'Nebde me había dicho,
tu honor. -Y yo le respondía: dulce y asombrada: ni la distancia ni el artificio de 'IJM
-No, Nebde, no tienes razón... cámara logran desterrarme de tus ojos; allí estoy yd
Parto el pan por la mitad y comienzo a comérmelo~·! también, en esas fotos tuyas, querida, mecida, como·tú
Se ha endurecido. No soporté el ruido ni la vista de~: dices.El pan me atascaba la garganta y volví a servirme
reloj y volví a abrir el cajoncito del bur6 y lo metí con'~ café. El verano que encontré a Nebde fue el principio
las fotos. Luego me tumbé en la cama. Allí me oí llorar~~ de mis verdaderos verano~.Aún la veo caminando pol' .
de nuevo, pero al principioscomo si no fuera yo: eral; el piso rojo de su casa. Habla. Las paredes blancas refle-
una multitud, a la que yo sentía perdida llamando a:¡ jan su voz, acogen nuestra presencia. Poco a poco una
alguien. Boca arriba, el llanto me ahogaba, de modo que '~ luz empieza a abrir mi cielo nublado de años: la ale-
me volví de lado, con la cara hacia la ventana y aL\ gría. Mientras mastico el duro pan y lo ablando con
h.oscocielo. Bajo uno distinto yo había conocido a Neb-1. tragos de café miro por la ventana de la cocina el cielo,
de años atrás, en su casa, una mañana de julio. Me · una plancha de plomo, pálida por el reflejo de la nieve,
abrió la puerta, estaba descalza y sus pies eran finos Nebde estará llegando ya a su destino. Respirará ahora
blancos, como hechos por un imaginero. Me invitó el invierno lejos de mí. Este invierno. Nebde, en su
entrar. Pasé. El trigo de su pelo, en la sombra, seguía casa me dice que va a prestarme algo.para que yo lo
deslumbrándome igual que cuando le dio el sol de la lea y 'Ie diga mi opinión. Se acerca a un estante. Veo
calle. El deslumbramiento entonces no lo entendí ca- cómo toma un librito, cómo me lo ofrece luego, con
balmente. Iba a permanecer, para siempre, en mi san- una sonrisa. Regresamos hacia la puerta. El verano
gre, en la médula última, alimentándome. Nebde era canta en mí con toda su potencia. Nebde va a mi lado,
como un trigal, de maduras, de soleadasespigas. Cuan- silenciosa: ambos caminamos sobre el piso rojo ilumi-
do' conversábamospor las tardes, por las mañanas, yo nados por una claridad que no es común. Ayer a estas
no hacía otra cosa, por debajo de mis palabras, que horas ella estaba conmigo.Leíamos metidos en las cobi-
contemplarla: la mecía, ondulaba el viento amoroso de jas. La lámpara iluminaba el cabellorevuelto de Nebde;
Dios; el viento que me había empujado hasta ella. Pero aparté a un lado el libro y me puse a mirarla. Ella.me
ya ni siquiera podía estar tumbado de lado, me estaba sintió, me miró a su vez, sonrió: amanezco sólo para
faltando el aire: feroces bestias me lo quitaban con ti, como en el principio, me dijo. Y luego, con una voz
avidez. Me incorporé y abrí la ventana, y comencé a donde andaban, tigres y palomas enamorándose:
respirar... La hoja cortante del invierno me entró en -Pero tú amanecessiempreen mí mucho primero que
el pecho e hirió de muerte la ceguera de mis fuerzas, el sol en el mundo.
que se malgastaban en el llanto, en un llanto levantado Ataco la segunda mitad del pan, pongo más café erf
como un enemigo, contra Nebde. Resolví todavía un la taza, es un café helado que me sabe a tierra, a sole-
rato más la hoja dentro de mí, y luego cerré la ventana. dad, a trigo seco, a desgajamientos.Me percato de que
66 67

••••• """'ll!ll!l_llll!lil
"""'¿#'i[···-;-ec;..~'"f.<:,,,;;'~~r~--- _
continúo, .•.8'. pesar de' la ausencia de Nebde, ,C'?Jl .- amarga.No
hábitos de vida, cómo si nada hubiera sucedido: yo estaba· en el
vantarme al cabo de una o dos horas de lectura , antes de encontrar a Nebde. Comprendí entonces,
de ha vuelto a acurrucarse y duerme=-, vestirme, desa- que 'no muy claramente, que la única salvación po11111.11S,,
yunar una taza de café y pan, y ponerme a para mí -no, no para.mi: para aquella mañana
¿Nada ha sucedido? Sí. Todo: ella no está, ¡ay!, legiada de julio en que Nebde me reveló una
está. ¿Entonces? Hasta antier apenas habíamos tenido en·las soledades- radicaba en aferrarme a mi: trs••..,••Jv'
un invierno benigno, atrozmente desnudo pero soleado. a mis hábitos. El pan y el café se agotaron. Las
Bello. Nebde y yo salíamos a caminar después de la me parecieron insuficientes. Otro rastro, otros
comida. Nebde se cubría con un saco corto, peludito ; -pensé. Pero nada: Nebde se había arrancado
yo con un suéter viejo. Atravesábamos el campo en- casa de cuajo: Comenzó a nevar. Una extrema debilidad,
frente de la casa; llegábamos a un camino vecinal, me había vaciado. Levanté las cobijas y me metí en
flanqueado de grandes álamos dormidos, ausentes... ellas, vestido como estaba..Nevaba con viento. El cu.arfo'
Nebde me tomaba de una mano, me la apretaba. En- se hundió en un crepúsculo precoz, que me llegaba hasta
tonces yo le· buscaba los ojos para decirle cuánto la los confines del alma, mucho más allá del corazón del
quería. El camino era largo, solitario. Cuando las som- destrozo. El viento, envuelto en plumas blanquísímasj
bras de los árboles nos velaban, Nebde se pegaba a mí azotaba con rabia los vidrios de la ventana, andaba Col}
,estrechamente, temblando como si sobre su cuerpo abri- su hocico por las hendiduras. Mis pretensiones de la
gado -trigo .candeal- hubiera soplado repentino cierzo. mañana de aferrarme a mi trabajo para combatir el má.li.
El ejercicio, la suma brillantez de la tarde, aquellos in- ' de la ausencia de Nebde estaban olvidadas; doblegada
termitentes contactos de Nebde conmigo, acababan por la voluntad, se abandonaba a la devastación total. Afq.era
despertamos la sangre, .la apetencia de sus júbilos, .. arreció la tormenta, y antes de quedarme dormido, volVi
-Volvamos -le pedía yo, deteniéndome. a gemir. A media noche desperté A media noche o. en
e,

-Sí -asentía ella. la médula fosforescente y fría de lo oscuro: había de-
Pero antier añadió lo de las fiestas vespertinas... jado de nevar, de soplar el vientó. Lo primero en qµ"'
-No tienes ninguna razón para pensar que sea así pensé .fue en la contradictoria conducta de Nebde pol'
-le dije y callé. la mañana: encendida la luz, Nebde, como si ya hubiera
Volvimos.Nebde caminaba ya bajo densas nubes. La estado despierta y nada me hubiera dicho ni nada hu-
luz que una mañana nos había unido profundamente hiera pasado la noche, fa.tarde anteriores, tomó del
en su casa, se había eclipsado. Pero no para mí. Nebde su libro y se puso a leer. Yo fa.miré. Entonces ella me
enmudeció el resto de la tarde. No hicimos el amor. Y dijo lo del sol en el mundo... Pero al recordar esto,
con la noche, Nebde rompió el silencio para decirme aparté las cobijas y de un salto llegué hasta fa..ventana;
sólo esto: Allí aspiré a más no poder todo el frío que se colaba
-Se terminaron casi las provisiones, el pan. No hay desde el campo nevado, todo su silencio, que era enor-
ni una migaja de pan. me. Y empecé a repetir, como un estribillo,

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clave feliz: primero que el sol... primero' que el sol.'.. -pieiíscr-- ·y mi mundo es rico en playas, Abro,,Es·'mi
primero que el sol. . . Delante de la ventana oí có.:rnd vecino, de cuya existencia me había olvidado, .rvistel
dentro de mí una primavera irrumpía en las ruinas abrigo, una boina de estambre y botas de hule; también
un canto de hierbas altas, nuevas y, un momento des- trae guantes: bueno, uno, en su mano izquierda. Con
pués, me encontré inmersoen el perfume de Nebde. Una la dere'cha,desnuda y aterida, me saluda mientras da un
semana tuve en mi poder su librito. Lo leí mal: su invi- paso adentro. ·
sible presencia saboteaba el texto, el sentido. Cada pá.• -¿Qué hay? -le pregunto, y el tono de mi voz es
gina, cada frase subrayada, eran un llamado. . . Me. brusco. El hombre acaba de entrar y cierra él mismo.la
volvía a ver en la casa de las blancas paredes, del puerta detrás de sí. El calorcito de la cocina le arranca
piso rojo, reencontrado, recibiendo de los ojos de miel una sonrisa suave de su cara endurecida por la intem-
de Nebde, la gracia. El aroma de Nebde era el de la perie, por el frío. La nieve que trae adherida a las botas 1

luz que vive en las flores, al atardecer. Regresé a la se disuelve y moja el piso. Él se da cuenta. Algo va a
cama. Me desvestí.Me acosté. Una espiga, murmuré.. decirme pero yo lo detengo:
-No, no hay cuidado, ningún pendiente -leo digo,
11 y lo invito a que pase a mi cuarto, a una tempertura que
está todavía mucho mejor. Pero no acepta, y en seguida
Tocan a la puerta. Miro la hora: son pasadas las doce me dice:
del día. Hace cuatro que estoy trabajando. El calen- -Vengo a ver si usted me quiere ayudar.
tador de petróleo mantiene a raya el frío, que en el El hombre es más o menos de mi talla, pero más viejo
transcursode la mañana ha subido de intensidad. No me que yo. Fuera de mí a nadie más puede recurrir como
he quitado sin embargo el saco, ni el viejo suéter, como , no sea el empleado de la estación. La casa del vecino,
si esperara tener que salir de un momento a otro. El ·· y la mía son las únicas en varios kilómetrosa la redonda;' ·
café y el pan de esta mañana temprano los siento dis- el empleado vive en la estación y quizá ya ni se acuerde
tantes en el tiempo. Vuelven a tocar a la puerta. Los de que existimos: al ver a Nebde ayer por la tarde en
disparos de los nudillos contra la madera resuenan mag- su feudo, debe haber pensado en un bello heraldo de
1 níficamente; convierten mi casa en una catedral de la nevasca.
plias, desoladas naves. Me resisto a levantarme y a fre- -Mis palomas -dijo apesadumbrado el hombre-,
nar el impulso adquirido. Pero en la puerta insisten. No se vino abajo el tejabán con el peso de la nieve, con la
tengo escape. Debo ir. Me separo con pena de la hoja zarandeada del viento; Las oigo cómo se quejan, atra-
en que estaba escribiendo,y le doy un golpecito con los padas.
dedos a la máquina, como a un animalito muy querido: El hombre está parado en un charco de agua, tiembla
ya vengo -le digo. Cuando cruzo por la cocina para de las quijadas despuésde comunicarme la desgracia. El
abrir la puerta vuelvo a ver en el mantel los dobleces temblor repentino no sé a qué se deba: de nervios o de
que Nebde hizo: son como las señas que el viento o las sufrimiento.
olas dejan sobre la arena. Nebde es parte de mi -Necesito -me siguediciendo-e-apartar el escombro,

70 71

. .-._ ...,. ... ,.,.~--------
....
tres, cuatro especies de vigas, El<hómbre clesliza el labio inferi~ por Ul¡llJ;'A.l!.1>
podré. . . superior y expone la totalidad del bermellón
Sin hablar entro a mi cuaéto por una bufanda y un cielo gris: . ·..
guantes, y luego regreso a mi vecino y.le digo: -Ojalá todos -dice, y emite un sonido de burbuja
-Vamos, pues... que revienta·al separar sus labios. Y se pone a caminar
La nieve es más alta que nuestros tobillos; el hombre' de nuevo, a trancos, los brazos por el aire, para conser-.
me propone pisar donde él pisa para no dejar mis zapa~ var el equilibrio. Lo sigo.·Pero ya no. me tapo la .bo.ca.
tos hechos una sopa y enfriarme demasiado. La huella· con la bufanda. Tampoco me fijo mucho dónde meto los·
de sus botas en la nieve es amplia y profunda como un pies y acabo por trazar un camino paralelo al que mi
foso. Entro y salgo con facilidad de las pisadas de mi· vecino me va marcando. ¡Nebde! repito, quedo.
vecino, que va delante de mí haciendo un camino Llegamosal patio de la casa de mi vecino; sin bardas,
tinto al que trajo de venida. Un largo rizo de uno con el llano. Hay un montón de madera informe
.se desprende de su boca cuando me habla. Pienso en que aquí y allá perfora oscura, humedecida la capa de
una locomotora; yo me veo como una góndola vacía, nieve que la cubre. Nos acercamos al montón, cautelo-.
en un lento arrastre. El hombre dice: sos, bebiéndonos nuestro propio vapor. Nos acercamos
-Por aquí rodeamos, pero por allá -y señala el como si quisiéramos sorprender el fino trabajo de la
anterior camino negro de sus botas, no muy lejos- muerte en las palomas; sus modos. Vamos como cami-
suelo está holludo, reblandecido, aunque sea más corto. nando mi vecino y yo por el filo frío del, silencio; yo
Casi me rompo una pierna y no llego a la casa de usted. oigo cómo resuena mi corazón en el aire estático y
La bufanda que me tapa nariz y boca huele a Nebde tengo, entonces, la repentina intuición de que él· está
furiosamente; a ella, cuando en la intimidad se abría llamando a Nebde. Mi vecino se detiene ante el -caído
dócil para mí. Siento que la pena me amenaza de nuevo. tejabán, me espera a que llegue y me dice, casi me
Miro hacia un lado al llano blanco, a los álamos de susurra:
nuestrospaseosde la tarde, ardidos por el viento helado; -El viento lo empujó por detrás, como un muchacho
tan solos, como yo ahora. ¡Nebde!, me quejo, todavía prepotente a otro, débil y zancudo. ,
los árboles en mis ojos, en mi alma reflejados, La queja Luego se agacha y se vuelve a apoyar en un -tubo
traspasa la gruesa bufanda. El hombre me oye y se de- metido entre dos vigas, y carga todo el peso de su cuer-
tiene. Vaporoso, tocándose para nada la boina, una vez po en él; el extremo comienza a bajar despacio hacia
que me encara me pregunta qué ha sucedido, con qué el suelo; clavos y maderas crujen; la viga que está
he tropezado. Está de verdad preocupado por mí. Me montando a ·la de abajo cede, se abre a regañadientes,
descubro la boca para contestarle. Entre los dos produ- pero el hombre está rojo ya por el esfuerzo,y no puede
cimos un gran nuberío efímero. más y deja de apalancarse. '
-Vecino -le digo--, es que me vienen doliendo ya -¿Ve usted? -me dice con la respiración entrecor-,
sus animalitos. De los ocho, ¿cuántos cree usted que tada. '
estén con vida? Le pregunto al vecinodónde han quedado exactamen-
72 73

Biblioteeas
'llrdwrnlú Jiu~ lk Ci"'4i Juin..I

-·· -· •.. -······- ··•·"<•·-· --.-.......- ·--------------11
••
1,.,...

te las palomas. redes, enjalgebadas, de la casa; refluye, nos envuelve¡de
-Donde han estado siempre -me contesta-, nuevo y luego se pierde.en .el llano. Enceguecidoscomo
nido, en la parte inferior y media de la viga que ac estamos,el hombre y yo nos encaminamosa su casa; hace'
de mover. rato ya que los dedos de los pies no los siento. L~ ale-
Veo el cielo. Claro ahora, muy claro. Se presiente gría de mi vecino es patente: va arrullando al animal,
sol luchando arriba, en el espacio abierto, por rasgar le zurea como sí fuera su palomo. Otros ruidos percibo,
toldo de nubes. La nieve, de un blancor extremado, antes de entrar a la tibieza y la penumbra: un hundí.
deslumbra. Cuando salga finalmente (fl sol de segu miento de pequeños cristales, el rodar del agua que se -,
nos va a cegar. Me pongo en cuclillas. Quiero oír l libera... Mi vecino me ofrece asiento frente a un calen- ·
palomas si dan señas de vida, si se quejan, como tador como el mío. Me descalzoen seguida y mé enredo, -
hombre dijo. Éste, mientras tanto, se aparta de mi la .. quitándomela del cuello, la bufanda en los pies. El hom-
y trae una barra que clava en la nieve, junto a mí. Yac bre pone la paloma en una caja de cartón y se sienta
de pie le digo que en los escombrosni un zureo, nada.;1 con la caja sobre las piernas. Mira mis pies enredados
pero tomo, sin embargo, la barra y la pulso: alguna es"'~ y me dice:
tará quizá mortalmente herida -pienso; por esa sola.. ·'~ -Es dañino lo que usted acaba de hacer.
El vecino me indica que debo hacer palanca en el mis.i.)¡ Yo lo veo de reojo pero no a la cara sino a las botas,
mo punto que él. El sufrimiento mudo, pero que le ali. 'J que tiene puestas aún. Después cierro·los ojos y evoco
menta el deseo de acción, le descomponela cara, le arre-~ la casa de Nebde. Era un día domingo. Yo lo iniciaba
bata toda cordialidad a sus gestos. Vuelvo a mirar et11' aplastado, como mis otros días, por una vieja melancolía.
cielo. Luego veo al hombre que se inclina sobre el tubo,'; Desayunéy fui a su casa. Un asunto me llevaba allá. La
que lo aprieta. . . Entonces pido: una sola. . . una sola(:J. mañana era hermosa: un espacio nítido y azul, amplio
de las palomas... La barra ha perdido su frialdad en-(l como salón de fiestas. Mi respiración de hombre creció
tre mis manos. Está tibia, como el cuerpo de Nebde/1i entonces como nunca; alguien cantó para mí en el
La paloma tiembla, ilesa, en las manos del hombre.~ cielo del verano. Comencé a respirar árboles: todos los
Tiene manchada de rojo una ala. El hombre le acariciaj árboles del verano y todos los otros que yo había visto
la cabecita gris. En los ojos la ternura más grande del: y amado antes en mi vida. Respiré la hierba completa
mundo. A nuestros pies están seis palomas muertas; su de la tierra y no sé cuántos siglos de sol intenso. Un
sangre no alcanzaya a teñir la nieve: se les ha coagulado{Í1 domingo. Un día de Dios. Y cuando llegué a Nebde,
en los piquitos. Mi vecino echa de menos una: la mejol"j ríos de cálida savia, soltándose de mi mano corrieron
de las ocho, dice. Quizá velaba y voló, desafiando at¡ a encontrarla. Nebde dijo buenos días, y me sonrió.
viento. En el confín del llano la nieve, tocada por los,;¡ Abro los ojos. El vecino me está viendo y acaricia la
rayos de sol triunfante, alumbra el aire, lo hace vibrar.~ paloma.
De allá nos llega una oleada de luz brillantísima. La , -La dilatación brusca de las arterias -me dice- las
paloma viva de mi vecino arde en sus manos como una: degenera. Lo aconsejablees vaciarlas del frío, frotándose.
lámpara. La ola nos deja y va y se estrella en las Estamos rodeados por la luz de afuera, que entra a la

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,.._ •••.•.•••••••4* ·-..1~..,,,;.;_~ .•.•••• •:tc~"-:.:;:-t·~~"flilt"*4
~ó¡oA<•··--~-'•.ilJi. d
casa como el ~gúa a un barco
del calentador palidecen, se
les va el prestigio.La cal ~No.
adentro del ,!cuarto se enciende, albea como un tra Nebde..•
de cara a la resolana. M¡ vecino en torno suyo, dive El hombre me mira. En sus ojos bien abiertos vue_l~
tido, contento; es un hombre que ha salido a una pi vo a ver los viejos árboles.. . · /
a contemplar la. gloria de los fuegos artificiales. La pena por él, por mí, por no sé cuántos más me cl~-
-Yo no sé qué piense usted de esto -me dice- peri va al asiento. El calentador flota como una boya en
son variosya los inviernosque terminan así, por un golp medio del cuarto iluminado. La paloma, en su caja'
profundo de sol. Mañana, pasado, en una semana, uste navega dormida bajo la tierna mano del otro.
me dará la razón: hasta aquí las nieves y los fríos. ~·· -Yo lo entiendo -le digo, y cada palabra me despe-
como si Dios quisiera inviernoscada vez más cortos patá'.j lleja-, pero no, no de Nebde...
nosotros. Él ve en qué triste estado tenemos el cora"'.'.'. A duras penas me incorporo, me cruzo la bufanda
zón. El corazón, ángel de los veranos. sobre el pecho, y me acerco a la puerta. La abro. Otra
El calor vuelve a mis pies, Muevo los dedos. Miro\¡ vez el deslumbramiento. La luz no cabe en la mañana,
el cielo por la ventana del cuarto, anegada de luz. EI! tampoco encima de la tierra, olorosa a humedad, a sol.
iimpio azul me reconforta. ,, En la puerta alcanzo a oír que el vecino asiente:
-Ahora se le ve a usted mejor -me dice el vecino~~ · -No. Y de nadie. Usted tiene razón...
Baja la vista antes de que yo se la encuentre-. Se le,j Entonces me detengo y volteo. El vecino está en et:
fue la mujer, ¿verdad? -agrega, y entonces sí me ve..~ fondo de la luz, sentado, la paloma de nuevo entre sus
derecho. ·~ manos, de nuevo como una lámpara. Sonríe con fatiga.
-¿La vio usted? -le pregunto. El hombre, detrás) -Nebde volverá -le ·digo-, adiós...
de su mirada tiene un invierno olvidado por Dios: uno$(•
árboles viejos,dementes de tanta y tan continua soledad<;,
y desnudez.Cuando me·responde es como si me respon-.;
dieran sus seis palomas muertas. '·'
-En el camino me la encontré. Pero no llevaba signos]
de borrasca, se lo aseguro.. . ,...
•~
Me desenredola bufanda de los pies y comienzoa po-J ,¡

nerme los zapatos. Los colores, a rayas, de la bufanda ~
están singularmentevivos.Parece nueva. El hombre siguej
con curiosidad los movimientoscon que le hago el moño ~·
a las cintas. Se chupa los dientes...
-Las mujeres... -inicia.
Pero no lo dejo terminar. Lo atajo. Le impido
se levante contra la luz que nos envuelveentonces y

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con lámparasen la pared, La alfombra se tragaba xnis
pasos.
UN VIAJERO EN LA FLORIDA La puerta del baño estaba cerrada. Comprendí que·lo
único que me quedaba era la alfombra. Pero entonces
La entrada al cabaret estaba oscura. Me puse a espe~( sentí que alguien me agarraba fuertemente por un brazo.
una luz. La luz vino de abajo .. No pude distinguir ¡ --¡ Desgraciado! -susurró la voz del portero a mis
principio quién me auxiliaba, Pero luego la luz ~un espaldas.
llama de encendedora gas- creció: un enano, impee , El portero dirigía mis pasos hacia la salida valiéndose
blemente peinado, sonreía debajo de ella. ·~ de mi brazo doblado como de un timón. Avanzábamos
-¿Quiere mesa? -me preguntó y levantó aún mat~ despacio. El pasillo era como una senda de hierbas
el encendedor. dificultosas.Mi brazo iba adormecido y con una fuerte
-No -dije. punzada en el hombro.
El enano apagó entonces su lucecilla. Y yo -Abuso de confianza-me dijo de pronto el porte-
~~ ~ ro-, y confundir, perversamente,ocasionesy lugares.
En la calle un perro estaba orinando la llanta de un.·, Su voz se había enriquecido en el trayecto: en su
automóvilestacionadoen la acera del cabaret. Me enea- ~ fondo resonaban secretas, poderosas influencias. Tuve
miné hacia el perro, y cuando lo tuve a mi alcance le dí. ~' miedo.
una patada. ..J -No -dijo-, yo tengo un primo en las patrullas.
·--.,_.
Esa noche yo me aburría; como siempre. ·· Hombre estricto. Él se encargará de usted. ·
Busqué otro cabaret.
Había uno casi enfrente al del enano.
Un portero de uniforme hacía guardia en la puerta. La patrulla vino sin aspavientos, rodando con calma.
-Aquí nadie entra"sin llevar corbata y saco, amigo Muy probablemente se encontraba estacionada a la
-me advirtió. vuelta de la esquina del cabaret cuando el portero la
Sus guantes eran blancos y le quedaban cortos: llamó. Los patrulleros no parecían tener mucha prisa
marcarme el alto le alcancé a ver en la palma de en bajar a aprehenderme. Yo miraba la cara de uno
de ellos, pálida, inmóvil, afilada, quizá, por la falta de
mano buena parte de la línea de la vida.
sueño.Si tal era la cara del primo del portero·=-pensé-c-,
-Me orino -le dije-, permítame el baño. Un chis- no había qué temer.
guete.
Las luces y el motor de la patrulla se apagaron.
El portero se frotó la nariz con un índice enguanta- La calle estaba sola. Del cabaret del enano salía, lán-
do, miró al cuello abierto de mi camisa sport: guida, una música de saxofones.El portero me había
-Está bien -dijo-, pero abróchese,cuando menos, soltado ya el brazo y me tenía por la camisa. Empuján-
el botón del cuello. dome con el puño en la espalda me hizo andar hacia la
Caminé al baño por un pasillo alfombrado en rojo, patrulla. El patrullero pálido nos sintió y volteó a mi-
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ramos. Había frialqad de pez en sus ojos, y la gritos.
su boca era color violeta. Fijándose más en mí ~preguntó el del volante.
el portero, qµe me sacaba dos cabezas de estatura, enano digo -contestó el pálido.
cupió, con un movimiento fino de los labios, el camí -Es un payaso. Te lo repito.
que traíamos. El escupitajo sonó en la banqueta, por d -Así se defiende...
bajo del fondo musical de los saxofones.El portero mu -Además está loco. Nadie se viste como el para
muró algo, al tiempo que hacía que me desviara bru vivir en las tinieblas entre putas y borrachos.
camente a la izquierda. Tres ·botones saltaron de mi El del volante bajó las luces y prendió el faro que
camisa. Mi pecho lampiño y medio hundido quedó ex- llevaba a su lado. Luego alumbró con pericia las casas.
puesto al aire de la madrugada. Sentí miedo de nuevo~: Detrás de' las ventanas descubrí un mundo de gente
La calle seguía. igual de solitaria. Me acordé del insomne. De ese modo recuerdo a una mujer de lar-
perro. El portero se había puesto a hablar con el patru- gos cabellos agitados por el soplo intermitente de un
llero del volante, sin soltarme. Los saxofonesme impe- ·; ventilador; se notaban pesados como una bandera.
dían oír de qué hablaba. Finalmente se calló y me abrió ····~ El del volante apagó el faro, suspiró:
la portezuela trasera de la patrulla. W -¡ QJé alivio, Arístides! Ni· una escena de guerra.
La patrulla se puso en marcha, despacio. El patru-i.] Nada de lobos y destrozos.Ni una sola vez el infierno.
llero del volante encendió un cigarro. Echaba la boca- ¡.;r -¿Por qué alivio? -dijo el pálido-. Eso es lo
nada de humo en dirección a su pareja. · \j que a ti te encanta. Esperas a que ralee el murallón
La patrulla dio vuelta en U y tornó a rodar por la ;,¡~ de árboles para echar la luz.
calle del cabaret. ) Abandonamos la oscura calle y enfilamos rumbo a
'Pasarnospor el cabaret del enano. Éste se encontraba/;~ una placita iluminada como el día. Ahí se detuvo la
afuera y saludó. Vestía un traje negro de anchas sola-<! patrulla. El del volante medio giró su cuerpo en el
pas de seda. El del volante tocó el claxon un par dé (~ asiento; me miró:
veces. Se rió. -Bueno. Ahora dinos, según tú, qué pasó en La Flo-
-Enano farsante --dijo. rida -dijo.
La patrulla rodó unas cuantas cuadras más y luego -¿La Florida?
entró a una calle oscura, una sola sombra toda. Sentí -El cabaret. No te finjas desmemoriado =-tercié
frío en el estómago,y más abajo, y en las piernas. Un el pálido.
paseo -pensé- puede terminar de muchos modos. . -No estoy fingiendo. En La Florida no pasó nada.
Las luces altas de la patrulla iluminaban los árbo- .;, -¿Entonces? --dijo el del volante.
les de ambos lados de la calle. 5 --,Fueron puras invenciones del primo.
-Él se defiende como Dios le da a entender --dijo M)l, -¿Qué primo? ·
pronto el pálido, amargo. ' \:X -El portero. Él se dijo primo de uno de ustedes.
La sangre se me fue a los talones. Ya había adivinas ú El del volante estalló en una carcajada.
do que la oscura calle no tenía fin y que sus .árbolet;~ -¿Oíste eso, Arístides? -le dijo al pálido, y toda-

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vía le resonaba el .pecho. Eso estaba esperando el pálido, con un resorte' en· .e!
-Sí -contestó el pálido con una risita {ría. brazo armado: r

-Ese portero tampoco está en sus cabales, igual que -¡Quieto ahí! -me gritó, apuntándome eón lama·
el enano -me dijo el del volante. cana.
El pálido volvió la cara y lo miró. Su grito despertó completamente a los pájaros. Los
-Ya déjalos en paz, Saucedo. árboles de la placita se agitaron como zarandeados por
-¡ OK! Paz a tus amigos, Arístides. el viento. Los pájaros se echaron al aire chillando y
pronto nublaron con su turbulencia la luz.
El pálido vaciló antes de empezar a caminar. Miró
Quedé soloen la placita, pisando mi sombra y desorien- atrás, a la patrulla, como buscando en el compañero
tado. oculto ánimos, inspiración.
La placita era como una isla lejanamente festiva. En La oscuridad producida por el vuelo enmarañado y
sus árboles había pájaros con sueño intranquilo. Cuan- loco de los pájaros era casi nocturna. Del pálido, que
do me sintieron me lanzaron su caca a la cabeza y se ya venía andando por el corredor, era bien poco lo
agitaron en las ramas como ancianos malhumorados. que yo podía apreciar una .vez eclipsadossus brillos y
Pero llegué indemne al kiosko, mitad para esconderme su negra macana: la mitad inferior de su cara: una
en él y mitad para observar. Porque resultaba que los especie de luna menguante.
de la patrulla, después de soltarme, no se habían ido El pálido, de tres zancadas, subió al kiosko. Apes-
y se habían puesto a dar morosas vueltas a la placita. taba a gallinero. En los pómulos la piel se le veía sati-
La patrulla se detuvo al cabo de cinco o seis vuel- nada y tensa. Sus ojos ardían con una luz remota que
tas, en frente a uno de los corredores. Me escondí me dio miedo. Yo me hallaba apoyado en el barandal.
entonces en el tupido barandal del kiosko.Una de las Pensé que el primer golpe del pálido partiría desde
portezuelas de la patrulla se abrió. El pálido apareció abajo, buscando la boca 'de mi estómago.
calándose la gorra, lento, como si los huesos le pesa- El pálido estaba tomándose su tiempo. Respiraba
ran, debajo el uniforme, toneladas. Luego escupió como haciendo reserva de aire. Yo no le quitaba la
y miró al kiosko, echando la cabeza hacia adelante, vista a la macana ni a las manos que la empuñaban
como los miopes. Estaba armado de una macana negra por los extremos, blancas, sin sangre.
y larga. En las insignias metálicas de su gorra, de sus Oía cómo los pájaros iban calmándose y regresa-
hombros y de su pecho, destellaban las luces de la ban a los árboles. Al cielo de la placita volvían la
placita. Yo no cesaba de espiarlo. luz y el silencio.El pálido, para mi sorpresa,habló:
Después·de escupir y de mirar al kiosko, se había -Estoy hecho un asco, por tu culpa -dijo.
quedado inmóvil y como sin alma. Pero yo no lo miré. La macana seguía en su sitio.
Debía tener el cerebro atiborrado de sueño, porque -¿No quieres mirarme?
en aquella postura duró infinitos minutos, siglos para -Ya lo vi cuando usted subía.
mí, que acabé por pararme de nuevo. El pálido soltó de un extremo la macana. Yo sumí

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entoncesel est6m~o y ~e aprlité lo ro~~que pude CQn-
tia el barandal. Pero el pálido volvió a hablar:
_:.Mi pálpito nunca me falla -díjo.
-Eso decimos siempre de nuestras corazonadas. A mis espaldas escuché el motor pausado de un
-Tú eres un gran deudor. El auto parecía estar rodeando la placita. Si éra
-Yo no debo nada a nadie. No soy ni siquiera de tendría que pasar entonces por enfrente de mí; lo
aquí. .. vería; El motor no perdía su ritmo. Se acercaba por
-No importa de dónde seas. mi izquierda. El silencio se quebró en chillidos aisla-
-Me está usted confundiendo, pues. dos, en momentáneo batir de alas. Me incorporé. El
-No. Nunca me confundo. auto seguía avanzando. No tardé en verlo: era la
-Sí. patrulla.
.>·
-Flaminio, el enano, también tuvo el pálpito, y el
portero.
El pálido enderezó la macana. El del volante, estacionando la patrulla, encendi6 el
-Nosotros sabemos--dijo. faro y lo dirigió al kiosko.·Yo lo hubiera evadido, pero
tenía como paralizada la voluntad. Y me dejé ilumí-
nar como un insecto.
Recibí el macanazo en un hombro, no en el estómago, El faro se apagó. Yo .quedé deslumbrado. Círculos y
como lo esperaba. manchas de colores me impidieron ver que el del vo-
Caí al suelo aturdido por el dolor, protegiéndome lante venía rumbo al kiosko.
la cabeza con una mano. El pálido me golpeó rápido Su voz, a quemarropa, me quitó el aliento:
otras dos veces, y luego se fue. -¿Cómo estás? --dijo.
Los lagrimones volvieron a brotarme. Dentro de mí Lo miré a la cara, pero no vi más que las manchas·
algo, también magullado, hacía inútiles esfuerzos por vagando en el aire de mi visión.
odiar al pálido. Pero yo sólo deseaba regresar al hotel Manoteé para dispersarlas.El del volante dijo enton-
y tenderme en la cama. ces:
El pálido me había levantado un chichón y aplas- -No vengo a atacarte. Y tampoco es ésa la manera
tado la mano con la que traté de cubrirme la cabeza. de defenderse, llegado el caso. Mejor es que bajes la
El otro golpe estaba en las costillas.Y ahí paraba la guardia.
cosa. El silencio de los pájaros llenaba la placita y la La voz me' recordó a la del saxofón.
penumbra del kiosko, circulaba cargado de fresco No presentaba un solo filo. Era blanda, humosa.
nocturno. Cerré los ojos. Y, en medio de mis dolencias, -Su reflector..• --dije.
pensé que el pálido era realmente sabio en el uso de -Debiste cerrar los ojos. ¿Cómo estás?
la macana. Pudo haberme ·matado esa noche de vera- -Bien, creo.
no, como a una rata. El del volante se aproximó más a mí:
-Arístides. Son cosas de Arístides --dijo.
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•r>-
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•.
-¿Dónde está él? -Te distraerías.
-Arístides duerme como piedra en la patrulla. No , -Mejor quisiera estar ya en el hotel.
te preocupes.Arístidesme dijo que tú no eres de aquí. -¿Te duelen mucho los golpes?
-No. -Uno que tengo en el hombro. El de la cabeza no;
-¿Negocios? pero empiezo a sentirla adormecida.
-Negocios. -No podré llevarte rápido. Lo único capaz de 'des-
-¿Vendedor? pertar a Arístidesson los movimientosbruscos. "·
-Baratijas.
-¿Y dónde paras?
No respondí. Sospechéque quizá el del volante me Entramos a la oscura calle de los árboles. Sentí miedo
estaba poniendo una trampa. Había vuelto para des- y me acordé de nuevo del perro. Me toqué el chichón
pertar mi confianzay llevarme hasta el pálido, que me como un globo lleno de agua: se había extendido.
remataría fuera de la ciudad, en el llano oscuro. Pero El del volante continuaba fumando, alumbrándose
los ojos del del volante tenían una sombra... una som- la cara con la brasita roja. Las luces de la patrulla iban
bra que, a pesar mío, me impulsó a contestar. bajas y se veían mal los árboles, pero yo sentía como
-¿Conoce usted el Asturias? -le pregunté. una opresiónel silenciosopeso de sus frondas. Me apla-
-Es un hotel. naban en el asiento. Apenas si respiraba. El aire de
-Pues ahí paro. la patrulla, no obstante las ventanillas abiertas, estaba
-'-Vamos allá, si quieres. viciado por nuestroshumores. Pensé que yo no llegaría
El pálido dormía en el asiento delantero de la pa- vivo al hotel, y se lo dije al del volante. Pero no me
trulla. Roncaba ligeramente. Las manos las había me- -hízo caso. Sólo se rió de mi aprensión. Insistí, sin em-
tido en el interior de su gorra, vuelta de revés en sus bargo. Y el del volante volvió a reír y a chupar pro-
piernas, como en un nido, como si tuviera frío. El del fundamente su cigarro, y dijo:
volante las contempló durante un largo rato. Luego -Pero si Arístidesno es de los que matan.
subió la vista y la fijó en la cara del pálido. -Esta calle es interminable...
-Siempre sucede así --dijo. Las palabras del del volante me hicieron bien: era
El del volante echó a andar la patrulla. Miró en su lo mismo que yo me había dicho antes, en el kiosko,
reloj pulsera la hora y luego se volvió a mí. de otra manera. Recosté la cabeza en el respaldo del
-¿Te llevo, pues? --dijo. asiento. Yo también aprovecharía la delicadeza con la
La sombra aquella seguía estando en sus ojos. que era tratado el pálido. Caminábamos sobre nubes:
-Sí. uno podía dormir aun trayendo el cuerpo partido en
Y arrancamos. mil pedazos. De cuando en cuando sorprendía, en el
El del volante me ofreció un cigarro. claro que dejaban entre sí los árboles,una estrella,alta, ,
/
-¿Fumas? --dijo. dura y brillante. Bostecé.
-No. El del volante me advirtió:
•/
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-No te duermas. Es peligroso. volante se detuvo en lá puerta; rapag6las luces,'Pero ~o /

Enderecé la cabeza. El agua o lo que fuera, el motor.
traía 'dentro de ella, chocó con las paredes del cQ.ichórt -Llegamos -'-Clijo. <
La oí retumbar como tina ola que rompe. Cuando entré al hotel vi al administrador, hombre
-¿Qué es peligroso?.-'-Clije. robusto, y al enano Flaminio, conversando.
-Dormirse. En tus condiciones.
-No lo sabía.
-Fuma, para que te mantengas despierto.
-,No es necesario. Con sentarme derecho basta.
Pero me costó trabajo mantenerme despierto.
dolor del hombro se había amortiguado sin darme
cuenta. Y el peso de mi crecida cabeza me tiraba ha-
cía el respaldo sabroso del asiento. ·
En el asiento delantero columbré la cabeza abarqui-
llada del pálido y tuve envidia de su sueño.
Estábamos ya casi al. final de la calle oscura. Algu-
nas ventanas estaban iluminadas. El del volante dijo:
-Los eternos madrugadores.

Desembocamosen la calle de La Florida. Se oían, le-
jos, los saxofones. El del volante consultó su reloj otra
vez acercándolo a las luces del tablero. Luego aceleró
un poco y suavemente.
El anuncio de La Florida estaba apagado.
-¿Por qué lo apagan si la noche no ha terminado?
-pregunté.
-Nunca estuvo prendido -'-Clijo-. Entre semana
esto está.muerto. Los dueños piensan que con los focos
que hay a la entrada, alrededor de la puerta, es su-
ficiente.

Mi hotel se hallaba en una callecita cerrada, al fon-
do. La patrulla, para dejarme, entró de reversa. El del

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. '·-·----"-
LA PAGA Los hombres, que se habían puesto a mirarlo, giran
con harta lentitud hacia la mesa y se hunden en las·
Por las amplias ventanas del salón entra la luz palabras de los otros.
sol. ·En el salón hay un grupo de hombres. Están en El que contrató al mesero, le pregunta después:
mangas de camisa y sudan. Es un día domingo. El sol -¿Cómo me dijiste que te llamabas?
aplasta los autos parqueados afuera. Del grupo se des- -Walterio.
prende un mesero que ha recibido la orden de asomarse -¿Te acuerdas a qué horas quedaron de traernos la
a la calle. Atraviesa el salón. La chaqueta le baila en cerveza?
torno a la delgada cintura. Llega a una ventana, pero -Prometieron a la una.
no mira a la calle sino al cielo, hondo y tranquilo. La -Pues ya es. Y pasada. Ve a ver si vienen. Éstos co-
luz del mediodía le incendia el semblante. Los olores mienzan a hablar demasiado.
del verano lo penetran. Escucha: mesas y sillas portá-
tiles son desdobladas y arrastradas.
Resuenan risas. El mesero vuelve a cruzar el salón. Algo en el aire
Luego, lo llaman. le avisa que el bochorno no será perpetuo; que ya para
Otra vez sus pasos por el mosaico, alejándose de la la tarde habrá cedido.
ventana. Conoce el camión de la cervecería. Caja revestida de
aluminio, letras en rojo, con un filete amarillo, como
una sombra 'de sol.
Los del grupo están hablando fuerte. Al fondo de la calle, de pronto, una furia de espejos
El mesero apenas puede oír lo que le pregunta el remueve el aire luminoso.El mesero comprende que es
que lo contrató: el camión, y sin esperarlo a que llegue y se esta-
-¿Qué hay? cione, regresa, con rapidez, a las mesas.
El mesero mira en dirección a la calle. Dos hombres Cuando lo anuncia a todos, un silencio como un
dejan de hablar y lo miran. Descansan un brazo en el hueco recibe sus palabras. No dura mucho. Pero el
respaldo de la silla; el otro lo tienen echado sobre la mesero tiene tiempo de observar, en las bocas abiertas,
mesa. la saliva blanca, coagulada en las comisuras y en el
-Los autos arden -responde el mesero. dorso de las lenguas.
El de la pregunta da un respingo en su asiento: El hombre que lo contrató es el primero en rellenar
-¡Qué ... ! el silencio y en levantarse.
-Que los autos están ardiendo con tanto sol, señor. -Pongan dos mesas más --ordena-, y saquen los
vasos. Y otros que vengan conmigo.
Durante varios segundosel mesero se siente envuelto
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~~'~ .______,.
.• / ,11
':~(~~'~3·~\'0~~\l@\3·~·~~'.~r\~~~~~l>i1\''1"'\,fft-Wn.~ut•$MGUI

en.los gtif<ls. /
por un torbellino húmedo de .!Dalosolores. Pero luego, -Bueno. ·sírveles, Wálterio -le·. ordena el hombre,
el que lo contrató, lo rescata: que comienza a sentarse. /

-Ven a ayudarnos
. tú también, Walterio
~ -le dice.
La mayoría regresa a sus lugares.
Los barriles de cerveza entran al 'salón tocados, pro- Los que quedan le dan su vaso al mesero, como si
fundamente, por el sol del .verano. Los que los cargan fuera una flor, para que se los llene. El mesero lo mete
caminan como ciegos. Iluminados como nunca se les debajo de la dorada lluvia que escapa del grifo. Es.
había visto de la cara y el 1 pecho. La chaqueta del tando alta ya la espuma lo retira y lo devuelve. Cuan-
mesero resplandece. Una voz va dirigiendo a los des- do acaba con estos vasos, surte una charola con otros, ·
lumbrados. Los alienta. vacíos,·y los lleva también al grifo, a colmarlos por
-No se desvíen. Mantengan su oreja junto a mi turno.
voz que no para de sonar. Ustedes pueden. Ahora se Y mientras, piensa en el verano; en las últimas horas
fabrican así los barriles: se les bruñe hasta la deses- de la tarde de ese domingo, que no serán de calor.
peración. Pero no importa. Ustedes pueden. Yo sé que Las mejores. Suspira. Luego se ríe de sí mismo. §u
escapan de sus manos como resbalosos animales de amigo de la cervecería lo recomendó como un tipo ex-
mar. Y que brillan sin contemplaciones. No importa. cepcional. A él, que nunca había hecho nada pare-
Ustedes, atentos a mi voz. cido...
-La cuestión es que trabajes, Walterio -le dijo
el amigo.
Los hombres se precipitan con los vasos a los barriles. Pero las mesas lo están llamando, apurando. Y cie-
Cubren sus pulidas, claras superficies, con sombras que rra el grifo. De los vasos servidos se desprende una
se atropellan entre sí. frescura reconfortante y sabrosa.
No aciertan a abrir los grifos, a hacer que corra la Poco después, los hombres hunden sus trompas en la
.cerveza. espuma, lanzando ahogadas exclamaciones de júbilo.
Se empujan.
Chillan, pegajosos y ajados.
El mesero ve al hombre que lo contrató --el guía- -Walterio, échale una miradita a los autos -le dice
acercarse a una mesa y golpearla con la palma de la al mesero el hombre que lo contrató.
mano abierta. El trueno que se produce en seguida en El mesero deja la charola en una silla. Se le nota
la lámina, aplaca la algarabía, frena el desafuero. fastidiado. Su airosa chaqueta del principio cuelga aho-
-¡Ya! ¡Siéntense! -grita-. Para eso conseguíquién ra de sus hombros. Siente un oscuro horror latir en el
nos sirviera... ¡Walterio! tiempo que lleva de estar allí. En los hombres mismos,
El mesero, como si hubiera recibido un mensaje ci- convertidos en una sola jeta insaciable.
frado, se mete en medio de los hombres y pone las
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Son las seis de la tarde. -:--¿Y los autos?
El bochorno persiste. _;Enteros y descalentándose.
Debajo de la lengua, el mesero siente el sabor de la -Walterio: mis amigos son primero. Sí, atiéndelos.
cerveza que acaba de tomarse, extraordinariamente 'El mesero recoge los vasos rotos y luego,limpia, tan
amargo. Y escupe.La chaqueta es una camisa de fuer- aprisa como puede, las mesas con un trapo. El aire
za, una marca sofocanteque le consume la vida frente que se respira allí no participa del que circula en el
a los borrachos. Por ella lo identifican, en la noche de resto del salón; lo han acorralado hálitos pestilenciales.
la cerveza en sus cabezas. Piensa en quitársela, y la El mesero echa los vasos en una bolsa de papel y
sola posibilidad de poder hacerlo, lo aviva; y recorre monta unos nuevos en la charola. y se encamina a los
-con la prestancia de la primera hora- con rapidez barriles.
el trecho que le falta para llegar a las ventanas.
El meseromira los autos, humeando débilmentea la
orilla de la banqueta. El sol los alumbra de lado. Es -Tráenos algo de comer -le dice uno de los hom-
un sol blando, al que comienzaa escapárselede la mano bres al mesero y toma un vaso de la charola y se le
el aire caliente de la tarde. El mesero lo ve. Hace un queda viendo-. Está espumando como loco el barri-
bultito con la chaqueta que acaba de quitarse, y lo lito. Mala señal, Walterio. Cuánto necesitas,tú nomás
avienta debajo de un auto, y sonríe: siente que ha di...
recuperado los sueños del mediodía, de cuando miraba Pero el mesero, en lugar de responder, le busca
al cielo,y al verano, que ahora sigue, como un acólito, la cara al que lo contrató. Éste, que ha oído lo que el
perfumado y tibio, de cerca al sol que se muere. otro quiere, tercia:
-Ya no son horas. ¿Quién te dijo, Michel?
-Nadie me dijo. Pero tenemos hambre.
Cuando el mesero vuelve, los que lo estaban llaman- -Walte'rio está ocupado. Ve tú.
do, se han mustiado,y cada uno está hablando ya para -Tenemos hambre.
su santo. Entonces se dirige al que lo contrató; de -Pues ve tú.
todos, el que aún tiene una punta de lucidez: -No. Walterio.
-¿Sirvo más cerveza? -le pregunta. -Tú.
Al oírlo, el hombre voltea y lo mira como a un des- -Walterio.
conocido. Los dos hombres se desafían como en el aire. Los
-¿Qué? -le dice, sin lograr fijar sus ojos, de arbo- dos están de pie y se han retirado un poco de la
rescentesy encarnadas venitas, en él. mesa. Pero ninguno se encuentra con la mirada del
-Que si les pongo más cervezaa sus amigos. otro. Más bien parecen estar lidiando cada uno con su
-¿Dónde te metiste, Walterio? Éstos se angustian propia sombra, que se columpia delante de ellos.
si no te ven por aquí. El del vaso lo mantiene a la altura de su pecho,
-En los autos. consumidaya su espuma, y su cerveza, se mueve igual

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que aquellas sombras,suavementedorada cotxio terio. 'En el lado ~curo de Ui. vida, todos somos de i. .'
El mesero, entre los hombres, espera. misma 'familia. ¿Me· estás oyendo, Martinez?; ·-
Uno y otro, como alternándose, le oscurecen el cuer- -Sí, Michel. Pero aburres a Walterio con tus filo-
po y la baldía charola. sofías, Déjalo. Debe ir afuera.
Los tres están como aislados: nadie los ve ni los es- ··-¿ Otra vez los autos, Martínez? ¿Cuándo les han.
cucha: las mesas son otro mundo, a la deriva. Un mun- robado nada? Nomás por fastidiar lo mandas, porque
dó de niños. Pero, por fin, una sombra se esfuma le pagaste la tarde, Martínez. Porque sí.
hada abajo, a la izquierda del mesero:
-Correcto. Walterio,no; pero tampoco yo -dice la
sombra. El sal6n está rojo de sol. /
-Yo los invité. Conseguí el salón, Michel. La bebi- Los borrachos abren la boca, embobados con el es-
da. A Walterio. ¿Qué más quieres? A ver, Walterio, pectáculo del aire. Nadie se mueve. Manos y vasospro-
la cerveza del amigo debe estar caliente ya; cámbiasela. yectan, en las mesas, sombras más rojas que el aire.
El mesero regresa al barril y llena otro vaso. Sabe En el espejo de los barriles se presiente el crepúsculo,
que más de la mitad es espuma y que el apaciguado el lento crepúsculo del verano.
renegará por eso. El mesero llega a la puerta y se asoma. La calle
El hombre está cabizbajo, las manos entrelazadas brilla como la piel dorada de una mujer. El mesero
encima de la mesa; está murmurando. El mesero le sale a la banqueta. Observa los árboles de enfrente y
pone la cerveza por un lado. El hombre lo advierte: el cielo también dorados. La paz última del día domingo
-No te vayas, Walterio -.;Je pide-, quiero hablar entra a su coraz6n como el agua de un río. Sus sueños
contigo. están cantando otra vez.
El rostro del hombre brilla de sudor nuevo. Del cielo baja su vista a los autos de capacete, cris-
-Tú crees que le tuve miedo a Martínez ¿verdad? tales y molduras de oro, y recuerda lo de la inspec-
-agrega-. Y tiene los ojos tristes. De perro acosado. ci6n minuciosa. Pero no la intenta siquiera, y vuelve
De perro solitario. su vista al cielo, un segundo; y luego, a los árboles,
- ... Los árboles, en la espesura de sus ramas anidan la
-No, Walterio. Yo, con un dedo lo hago polvo, lo noche; la entronizan, ocultándola en el centro de la
parto como si lo visitara un rayo y. él fuera un pobre tarde que declina.
arbolito. No, Walterio, no fue miedo; fue cansan- El mesero repara en esto. Goza, mirando la cáscara
cio. Y fíjate: aquí todos estamos cansados, por eso de hojas iluminadas. Las hojas son de ·color de la
aceptamos la invitaci6n. Pero yo soy el más cansado mandarina. O de una mandarina vieja. Al mesero,
de todos. A mí qué me costaba, Walterio. . . nada. entonces, lo asalta el deseo de atravesar la calle y po-
Pero, ¿para qué? Tú me conoces apenas de esta tarde. nerse bajo los árboles y dejar que el relente que des-
Nunca me habías visto. Y a lo mejor nunca me vuelves pide la entronizada, lo·alivie del calor de tantas horas.
a ver. Pero yo te voy a recordar para siempre... Wal- Pero antes de hacerlo mira al interior del salón, a las
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7 mesas, casi perdidas en una niebla rojiza con todo y '.'.f'Orque
el ánimo contemplativo,Ja calma, siguen reí-
ocupantes; al par de barriles, torres abombadas páli- 1;1andoen el grupo. Pero luego, cuando se fija bien,
damente azules, al margen del ocaso. ve cómo una nubecita blanca flota sobre las cabezas,
Nadie parece llamarlo, solicitarlo. Sus orejas recogen y cómo la ven los otros, con las caras de gis, desen-
el rumor del silencio,liberado por fin de la garrulería. cajadas.
Trata, sin embargo, de localizar al hombre que lo con- El hombre que lo contrató aún no ha vuelto a su
trató y avanza unos cuantos pasos en el salón. Entrevé lugar. La nubecita pasa por su silla, desbaratándose
su silla, pero el -otro no está ahí; quizá ha ido al baño. lentamente como la nube de un fumador.
Decide esperarlo un momento, a ver si aparece batien- Pero al mesero le huele a pólvora el aire, y enton- -;
do torpemente la niebla rumbo a su sitio. ces echa a andar hacia las mesas. Siente como de plu-
El calor, adentro, sofoca, aplasta, con más rigor que mas el piso. La paz del domingo desemboca en su
al mediodía. pecho, en un desolamiento sorpresivo y atroz. Y se
El mesero se hace aire con una mano cerca de la arrepiente de haber aceptado el trabajo; de haber ve-
cara; pero lo que mueve es aire caliente, y, desespe- nido. ·
rado, regresa a la calle.
El incendio de la tarde está muy alto en el cielo; los
árboles, dejados ya por el fuego, se van apagando solos; Es como si en las mesas, los del grupo, sólo hubieran
y verdes, despacio, pasan hasta el color negro, como estado esperando al meseropara dar signosde vida.
.,_ tizones. Ahora lo miran a él.
Al mesero no le llaman más la atención: del lado Todos tienen los ojos como paralizados y llenos de
opuesto al sol, la noche se está levantando. abismo.
El mesero se recarga en el marco de la puerta del -¿Qué pasó, Walterio? -le preguntan.
salón. A lo largo de .la calle el aire comienza a poner- Al mesero le parece una locura la pregunta. Un mal
se azul, a ser penetrado, a ser coloreado por la tinta sueño, del que no logra despertar.
del otro aire, el nocturno. -Yo qué sé -responde, pero le tiemblan la voz y
el alma-, yo andaba allá afuera, revisando.. . reví-
- ' sando los autos...
La detonación suena como si fuera el primer ruido del Los hombres se miran. Aparecen en sus rostros son-
mundo. risas bobaliconas, desarticuladas del mundo, Zafios-y
El mesero la escucha a sus espaldas y se da la vuelta como somnolientos,dicen:
violentamente. Siente su corazón asustado. -Entonces, ¿no oíste nada, Walterio?
En el salón ahora se puede ver mejor todo. Dos o El crepúsculose extiende por el piso del salón, como
tres tonos de azul envuelven las figuras, y las mesas; una densa capa de sombras que llega ya casi al borde
los barriles. de las mesas.
El mesero-duda si ha escuchado.en verdad el disparo El azul se ha vuelto monótono, una sola franja.

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,.,. .,~....::.;
\

Los hombres y él mesero hablan.metidos Los au,toshace rato que,se han ido,
~Sí, sí oí: un balazo -dice el mesero. están encendidas. El mesero sale a buscar
Hablará, sí;.peroya no va a volver.. Novolverá, aun~
que el hombre que lo contrató, nunca jamás le pape
1
-¡Es Michel! -exclama otro hombre, que entra mano- el día. ·
teando en el azul, es el que contrató al mesero-.
¡Ayúdenme!
Pero nadie se acomide.
El mesero ve para el piso. Descubre allí una man-
cha .blanca, poderosa, que destaca del fondo sombrío.
-Tú, Walterio. :Éstosno pueden ya ni con el alma.
El mesero y el hombre se agachan, y se hunden, en
el crepúsculo rampante.
Sus respiraciones llegan, afanosas y entrecortadas, a
la superficie,en donde los demás las escuchan con desa-
sosiego,mirándose unos a otros.
Comienzan a revolverse en las sillas. A destruir los
vasos de cartón que tienen en las manos. Y parpadean
inconteniblemente, y dicen, y corren la voz:
-¡Vámonos!. ..
Encorvados, vacilantes, van abandonando sus luga-
res, dominados por la anarquía y el miedo.
En el caminoa la calle, pretenden comunicarse,justifi-
car su desbandada,pero susvocessonvoces de perdidos:
-El amargoso. -
-Antes no nos tiró.
-Muy capaz.
-Que se muera solo.
-Para Martínez.
-Martínez andaba en el baño.
-Para qué lo invita.
-Quiso comprometernos;
-¡Vámonos!

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l'.
'."'\i\'•

Llega, 'por fin, y deja lo que trae en la mano: un
vaso con agua.
DESPUÉS DE LA LLUVIA -Tenemos -anuncia-: café con leche y pan. Nada
más.
El hombre va caminandocalle arriba. En direccióncon- El hombre ve que el meserono tiene ya ninguna pres-
traria a las nubes. Lleva en la mano un periódico. Lo tancia. Está .encorvado y su barbilla apunta al piso.
balancea discretamente. Un taxi le da alcance y sus -Café y pan -le pide-, pero lléveseel agua; noJa
pasajeros lo saludan. La. música del radio del taxi que- acostumbro por las mañanas.
da suspendida en el aire, en confusos remolinos. El El mesero recoge el vaso de mal humor. Y vuelve a
hombre se detiene. Los remolinoscrecen y le atormen- la· cocina. Y a la mitad de su camino, con una voz
tan el alma. Mira al taxi que se aleja; piensaen el chofer. destemplada,grita:
Echa a andar de nuevo. Piensa también en los pasa- -Café y pan, para la cuatro.. ·.
jeros, ajenos, en rigor, a él, y que no tenían por qué sa- Pero la puerta de la cocina se encuentra cerrada, y
ludarlo. Un par de veces los vio en la administración el grito rebota y se revuelve, como un animal herido,
del hotel, recogiendo correspondencia 9 llaves. Un sa- en la jaula del restaurancito. El hombre se levanta
ludo como una mariposa loca posándose en una flor entonces violentamentey se lanza sobre el mesero. Cae
de papel. al piso el periódico.El hombre sacude al mesero,derra-
El hombre siente que su alma se recupera. La obser- ma el agua pero no suelta el vaso, El grito, el ani-
.va: sabe que si está desarbolada difícilmentepodrá vol- mal herido, como un eco los envuelve a ambos.
ver a puerto. Acorta el paso: entonces oye el golpe En la cocina se oyen otros gritos y la puerta se abre
de fieles vientos en el velamen. Comprende que reac- bruscamente.
ciona demasiado a las cosas del mundo. Que hay más El mesero y el hombre son separados por un viejo
resistencia en una tela de araña que en sus sentidos. y una mujer. La mujer se lleva al mesero, mimosa, a
Busca dónde desayunar: un lugar solitario. la cocina. El viejo enfrenta al hombre. Le reclama:
11t,f El restaurant es modesto. El hombre escoge la mesa -Salustio tiene infinitas penas y no duerme; ¿por
que está más apartada de la puerta. Cuando se sienta qué lo atacó usted?
y apoya los codos en la mesa, la tabla gime. Levanta El hombre, aturdido, sólo sabe mirar. Retrocede.
enseguida los codos y se cruza de brazos. Se oye, en Como sonámbulo va a donde ha caído el periódico
otra parte, el ruido de un chorro de agua. El hom- y lo recoge. Y antes de salir se lo da al viejo.
bre trata de localizarlo; pero en ese momento cesa. En
el vano de una puerta disimulada en la pared aparece
la figura de otro hombre. Comienza a caminar, el El hombre olfatea el aire. Vagas chispas de agua se le
tronco erguido, adelantando en la penumbra la bar- estrellan en la frente y en las mejillas. Se las limpia,
billa. El trecho hasta la mesa donde está.el diente se despacio, con la manga del impermeable. Siente que lo
le antoja inmenso. espían de la vidriera del restaurant. Busca unos ojos:

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\
.e~el viejo. ec}lado\·a·
· Comienzana caer gruesas gotas en la vidriera. perder con ll:!:. lluvia: Directamente debajo·de las re-
El hombre se acerca a la vidriera y aparta con una vistas.hay una pila de periódicos,tapados con un plás-
mano los hilos de las gotas que corren, como si aparta- tico. Ahí descargan su gotera las revistas. Los curiosos
ra· los hilos de una cortina-. Pero .del otro lado ya no, miran todo esto, y al hombre que se ha arrodillado
hay nadie. El viejo se ha ido. junto al de los periódicos.
Las gotas se hacen más frecuentes. Alguien dice:
El hombre se retira de la vidriera, se levanta el cue- -Está muerto. Ni siquiera tuvo tiempo de guardar
llo del impermeable .y echa a andar. sus cosas.
En la calle, la gente camina pegándose a las pare- El cielo, que aún sigue igual de encapotado, rezonga.
des. El hombre la mira, divertido. Piensa en conejos Los curiososvoltean a verlo y se aprietan unos contra
y madrigueras. Fogonazos de luz cruda iluminan el otros. 'Se abre una sombrilla, más oscura que el cielo,
pavimento. en el grupo.
El hombre abre y voltea una mano, pero pronto la El hombre hunde una oreja en el vapor azul que
cierra: las gotas le provocan intenso escalofrío. despide el cuerpo, y la pone en el pecho, sobre el co-
La puerta de una tienda lo recibe. Allí se encuen- razón. Escucha atentamente. Los curiosos se acercan.
tra con gente que está mirando cómo llueve y que ape- No falta quien haga el gesto de estar también escu-
nas repara en él. chando. Hay mucho silencio. El ruido de los automó-
La lluvia, con el peso del viento en sus espaldas,como viles que pasan no logra penetrarlo. Pero nadie se da
una turbia procesión,se inclina hacia adelante. · cuenta de eso. Sólo oyen el lento goteo de las re-
Pero el cielo retumba. Y el viento huye. Y deja vistas.
de llover. Sopla un chiflón de viento helado. La sombrilla se
bambolea y silba el viento en la antena que la re-
mata.
El pavimento negro resplandece. Por la calle bajan El hombre se pone de pie. Tiene en la cara como un
arroyos arrastrando basura. El hombre evita lo~ char- resplandor.
cos.de la banqueta. Ha alcanzado a ver, en la esquina -¿Muerto? -le preguntan.
del hotel, un grupo de gente rodeando el puesto .de No contesta. Mira la sombrilla. Piensa: es membra-
·periódicos. nosa como las alas de un murciélago, tendido al -sol
del mediodía.
-No. No está muerto -contesta-, coros le están
El de los periódicos ya~e en el suelo, boca arriba. De cantando adentro.
la ropa, del pelo y de la cara, le escurre agua. Un res- Nadie le entiende. La mujer de la sombrilla la cie-
plandor de vapor ·azul lo circunda. Su banco, voltea- rra, la baja, y con la antena pica el cuerpo dos, tres
do en la acera, le apunta con las cuatro patas a la veces. Otro trata de moverlo con la punta del pie.

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=--Qué' coros ni qué nada... . ....-..dice. con que vinieron. Y vuelve el sordo, profundo rumot ,
Pero el hombre ya no lo oye. Camina rumbo al ho- de la tormenta. El hombre se tranquiliza y se acomoda ,
tel. Ahora no se preocupa de los charcos de la ban- mejor en la cama. Entonces comienza a tatarear una
queta; los pisa alegremente. La lluvia ha recomenzado, melodía. De un modo inseguro, al principio, como si
pero menuda, festiva, como si descendiera del cielo estuviera oyéndola lejos y no consiguiera captarla con
en unas andas de viento, y entre relámpagos. entera claridad. Pero después, un poco después, cobra
El hombre se descalza y deja los zapatos en una si- aplomo y la domina, virtuoso. Es bella: la ha escu-
lla. Luego se acerca a la ventana: no puede ver· el chado ya antes. Es la que cantaban los coros en el
edificio de enfrente; tampoco la calle, cinco pisos más pecho del muerto. La melodía va adueñándose de la
abajo. Los fuegos del cielo son continuos y no reve- atmósfera del cuarto, de los objetos, de los turbios
lan más que la íntima y gris soledad del agua. Los true- rincones. Anda por el aire, combatiendo. Abandonán- .•. '

nos hacen vibrar los objetos del cuarto y al aire confi- dose a su arte, el hombre cierra los ojos. Y mueve, rít-
nado. El .hombre siente el piso frío en los pies y una mico, su cabeza.
desolación, de -golpe, inmensa. Se apoya en el marco
de la ventana, la mirada perdida en la lluvia, la me-
moria en el hombre de la esquina del hotel. Se pre- La lluvia rueda por los vidrios de la ventana. El hom-
gunta si lo habrán levantado a tiempo, antes de que el bre duerme. Tiene la boca abierta, la cabeza do-
trueno dispersara sus voces, arrasara sus espigas.Vuelve blada sobre un hombro. Debajo de la colcha se adivi-
a mirar hacia la calle y hace un esfuerzo por pene- nan sus pies, separados, divergentes. Son largos y pun-
trar su oscuridad. La desolación crece en su pecho, se tiagudos. Hay bastante más luz que antes en el cuarto.
lo vacía de todo, menos de la imagen del muerto, que Los restos del florero la reflejan, verdes como la lluvia.
persiste. Piensa que también pudiera llevárseloel agua, Los zapatos del hombre miran hacia la ventana, pero
si sube mucho en las calles y las calles se tornan frías. están ciegos: son botas de una sola pieza y de media
Un trueno de espanto sacude de arriba abajo al edifi- 'caña, sin agujeritos para las cintas. Poseen la forma
cio y a un florero sin flores que cae,.rompiéndose.·El que les ha dado el pie, pero como el agua les arriscó
1''' trueno se aleja después,como un viejo por solitarias ha- las puntas, semejan los zapatos de un duende, Al res-
''rl, bitaciones. Y luego sobrevienen rápidos fogonazos,em- pirar, el hombre emite un vago murmullo. Grande pla-
¡,¡
bestidas de un viento alumbrado y del agua densa, con- cidez reina en sus facciones. Deja de llover. El rumor
tra la ventana donde está parado el hombre. Éste recu- de la calle sube hasta la ventana. Y entonces el hom-
la, hacia la cama. Le brilla el impermeable,húmedo aún. bre abre los ojos y mira en torno suyo. Junta y vuelve
Cuando siente que ha topado con la cama, se trepa y a empalmar los pies debajo de la colcha, Siente frío
t
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se recuesta. Tiembla de frío y de miedo. El frío le de nuevo. Por la ventana entra un débil rayo de sol.
entra por los pies. Enderezándoseun poco se los cubre El hombre se sobresalta; consulta su reloj:
11 con la colcha y los empalma debajo. Suspira, confor- -Las cinco -dice.
tado. Los vientos se retiran con la misma brusquedad Se sienta a la orilla de la cama. Recuerda que algo
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11;
\

se romp~cSdurante la torinenta. Mfra al piso, al, pako de .uiia nube. Etb.Óinb~;
· hecho pedazos. Desde la cama alcanza •los zapatos. la apoya,.abierta, .en la supetficie
los pone con trabajos: los calcetines, húmedos, se re- del vidrio. La mujer baja, entonces, los ojos, y lo ve.. · l··,,

sisten al cuero crudo de la caña. Cuando termina está De la cara del hombre se borra toda acritud, y la pla-
sudando y maldiciendo los días borrascosos; pero se cidez de la pasada siesta reaparece. Lentamente co-
levanta y se acerca de nuevo a la ventana, y comprueba mienza a cerrar la mano apoyada en el vidrio hasta
otra vez la hora: convertirla en·un puño.
-Cinco con treinta -dice. -Las cosas están en mi mano -dice-. Pero nece-
Tiene el gesto agrio. En el edificio de enfrente hay sito del cielo para retenerlas.
varias ventanas abiertas. En una, una mujer está con- Cuando baja la mano la mujer ya no se halla en la
templando la tarde. Se le ven iluminados los ojos, avi- ventana.
vada su luz por el fresco vientecito vespertino. Con una -Vámonos, pues, nosotros también -dice.
mano se cierra el cuello del abrigo, mientras que la
otra reposa sobre el marco de la ventana. El hombre la
mira; mira a sus manos y a su rostro démacrados; al En las escaleras el hombre recuerda que no ha comi-
confortable abrigo que la defiende del tiempo; luego a do nada en todo el día. Vuelve a mirar su reloj, las
su peinado, liso, restirado hacia la nuca. El.hombre da manecillasluminosas,la del.segunderoque avanza como
unos golpecitoscon los nudillos en el vidrio de la ven- tropezándose,y dice:
tana, para llamar la atención de la mujer. Parece su -Ya no hay tiempo.
llamado cosa de loco, por el ruido intenso de la calle. Pero reflexiona un momento:
Y, sin embargo, espera. La luz se va apagando en los -Sólo que en el camino algo encontrara -añade.
ojos de la mujer. El tono del abrigo azul se ha vuelto No obstante que tiene prisa, baja lentame~te las es-
más oscuro, marino. El hombre sigue esperando, con caleras, casi nocturnas, húmedas y estrechas, Siente las
las manos metidas en las bolsas del impermeable..Siente desportilladuras tremendas del filo de los escalones, y
el frío del cuarto y de sus zapatos mojados. Piensa que para evitar una caída tantea primero el paso. Los des-
debió haberse quitado cuando menos el impermeable y cansos de la escalera son breves. Esto lo fatiga. Con
no dormirse con él puesto: no estaría tiritando hasta ansia mira hacia adelante, en cada vuelta de la escale-
los huesos. ra, esperando ver vencida, por la luz de la administra-.
-Pero no pude -dice--, entre tantos cantos el sueño ción, la penumbra. Pero como después de cada recodo
venció al espíritu. no hay ni señas de luz, el hombre piensa si acaso la
Habla en voz alta, como dirigiéndose a alguien más escalera no se habrá hundido en la tierra, como una
en el cuarto y a quien tuviera que rendirle cuentas. espada, y él se encuentre caminando por el ajeno reino
La luz se apaga en los ojos de la mujer. El hombre de los muertos. La idea no le gusta. Y comienza a bus-
aguza su atención y saca las manos de las bolsas. La car, en la pared, un apagador, con mano ávida. Y da
espaciosafrente femeninase ensombrecede pronto; como con uno. Pero cuando va a prenderlo escucha voces

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y el raspar de un fósforo en la lija de una cajita. Dis- -Pn siglo... .·/
tingue en ·seguida una sombra que se le acerca y le Su cara brilla, así como su impermeable,por los que
pregunta quién es. resbala la lluvia de otro cielo. Ve, sin ver, cómo las
=-Soy el huésped que tomó el 17. Me voy -responde. palomitas de pronto son diezmadascomo por un tirador
-¿Se va usted? Soy el administrador. No tenemos furtivo. Caen a sus pies. Blancasy aterciopeladas: pare-
luz y la tarde ha vuelto a nublarse. Quizá siga llo- cen flores brotadas milagrosamente del duro piso del
.viendo. andén. Una cae en su mano y lo despierta, como el
canto del gallo.
-No vienen... -dice, mirando hacia el andén soli-
El hombre no ve ni un alma en el andén. Nadíe ha tario.
venido a esperarlo.Ocho horas de.caminar en un vagón Y toma la palomita por un ala.
atestado de gente, de murmullos y de voces, le han -Demasiado silenciopara ellas -dice.
dejado los nervios de punta. Pero cuando el tren ya La palomita está en el aire, entre los dedos del hom-
va lejos, vuelve la cara al cielo, a las estrellas de la bre. A la luz de las estrellas, del lado de las estrellas,
madrugada. Esto lo reanima. Y esto, a poco, le borra la parece de plata.
pesadilla del viaje: siente que se hunde, que retoza -Demasiado -repite el hombre-. Han entendido.
en el luminosohervidero que tiene a la vista. Han oído.
-Debo esperar -murmura.
La noche es tibia. En la estación la luz es escasa.
El hombre procura asiento en una banca de hierro pues- -¿El doctor? -le preguntan de pronto.
ta contra la pared. Allí, el último de los foquitos del -Sí -responde, y suelta la palomita.
techo del andén apenas puede contra la luz de las Luego toma de su lado un maletín negro, de médi-
estrellas. El hombre está sentado con las piernas cru- co, y levantándolo repite:
zadas y ·1a mirada ,ausente, y con su actitud refuerza -Sí. Vea usted.
y enriquece el silencio. En nada piensa. Con los ojos,
como movidos por una voluntad ajena a él sigue el
vuelo de las pequeñas palomas nocturnas alrededor Los dos hombres salen de la estación. A unos cuantos
del foquito. De cuando en cuando cambia de posición metros está el llano débilmente iluminado. Los hom-
las piernas, enfundadas en un pantalón claro, de bordes bres se detienen.
irregulares.A veces,también abandonando en su trajín -Feo camino vamosa hacer, doctor.
a las palomas,se contempla las manos, blancas, grandes -¿Por qué?
y huesudas, y luego vuelve a ensimismarse.El silencio, -Espinas.
enriquecido, comienza a derramarse del vaso de esa -No importa. Vine preparado.
hora, sobre el hombre, como un aceite de unción. Des- -Sígame, pues.
pega los labiosmuy lentamente, y murmura: El hombre lleva el maletín a su piernar derecha, como

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----···----·,-
proteéción.
Siente en tomo a la cintura el faldón del impenn1 ..
ble que hizo rollo para defenderlo de· desgarraduras. EL FUEGO EN EL ARBOL
El plástico le viene quemando, desde hace rato, la cin- '
tura, a través de la camisa. Incómodo, le pregunta al La luz del comedor está encendida. Ellos se encuentran
otro: ahí, oigo sus voces. Parece que no me han ;entido
-¿Falta mucho? entrar. Yo los esperaba, sin embargo, en mi cuarto, por-
-No. que éste es el lugar que prefieren, que siempre escogen
Y luego: para hacerse presentes. Cuando vienen yo me encuen-
-Las noticias que tenemos por acá es tro trabajando, inclinado sobre mi escritorio. Es de no-
el país llueve a cántaros, doctor. che. Entran siempre agitados, sudando, como si vinieran
-Idénticas las tengo yo. de batir metal en ·el infierno. Sus voces son acres y
-Pues aquí no. Por eso se endurecen en extremo las envenenan, de raíz, el silencioque me rodea. No obstante
espinas. el desorden que traen, en un santiamén forman su c01;0.
El hombre se cambia de mano el maletín y trata 11" Me asombran, igual que casi todas las noches. Es suya
de separar el rollo de plástico de su cuerpo. Entonces, la virtud de la disciplina. Las manos abruptas, velludas
el otro vuelve a hablar: de los grandes, reposan en los hombros de los pequeños,
-Aparte de lo que usted ya trae, doctor, ¿qué más que se hallan en primera fila, cruzados de brazos. Ellos
necesita? saben cuánto me impresiona su vigor de artistas como
El hombre alza la cara a las estrellas como cuanuo grupo. Lo saben, y crean, previa a su actuación, una
llegó, y pide : atmósfera muy cargada de expectativa: una vez que
-Dios, y mucho silencio. Y que saquen a la se han callado, lo que hacen es arrebañar laboriosa-
al llano. mente el silenciocomo si estuvieran juntando animalitos
-Sí, doctor. para matarlos. Estoy frente a ellos, no me he levantado,
-Y que le quiten el abrigo y le desbaraten el y les doy la cara. La lámpara del escritorio me ilumina
El otro, cuando oye esto, detiene en seco su somera la espalda como un sol. Alguno de los artistas, carras-
-¿Cómo sabe usted... ? pea. Luego, una mano desde el hombro en que estaba
El hombre lo mira a los oscuros ojos, donde arde posada, levanta vuelo hacia la luz. Un vuelo torpe..•
cielo, y le dice: El olor de la tormenta. Esta casa es una casa alrevesada.
-Así la vi yo ayer en la ciudad; después de la lluvia. El comedor, es el último de una larga sarta de cuar-
tos. El corredor apesta a lodo. Siento como sapos em-
boscadoslos muebles de la casa. Principalmente, los de
la sala. Conozco bien su polvo y el camino que sigue,
por las mañanas, para meterse en mis huesos después
de que la mayor de las.artistas lo ha despertado de las

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fundas de cretona, de los brazos y respaldos, La mayor a tantas otras figuras de su especie. Los artistas toda la
,, nunca huye el polvo. Lo sorbe con, gula, adelantandc vida me prohibieron tocarlo. Principalmente cuando
la trompa; pero no la agota. El polvo entra a mi cuarto me encerraban por castigo, en la sala. Encaramado en
y se remansa como en un golfo. En el relente que des- un armatoste, yo contemplaba cómo los soles del día
pide la sala, escucho pausadas respiraciones. Hundo entraban, por turno, a visitar al angelito, y como él,
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la vista en lo oscuro tratando de descubrir de dónde para agradecerles la visita, ponía, con gracia, su dies-
parten. Por el miedo, mi pelambrera está como en pie tra regordeta en las tres cuerdas del arpa. Los soles
de guerra. No consigover nada. Sin embargo, avanzo en escuchaban atentos aquel silencio. Pero luego, tras
la oscuridad. . . Algo cae delante de mí. El ruido se de unos segundos, se volvían contra su propia acti-
apaga de inmediato. Como si hubiera dado en el co- tud y comenzaban a reírse y a menear su plumaje .de
razón de plumas del polvo. Recuerdo la columnita rayos. Algunos de éstos, desprendiéndose, iban a cla-
de madera que se halla a la entrada, y al bibelot que varse en..la columnita y dejaban, en tallos y hojas,
la corona: un angelito arpado. Es a éste a quien pre- una marca negra. De ahí que los artistas llegaran a
cipité, estoy seguro, en el abismo. Para no pisarlo, me pensar que yo fumaba en mi enclaustramiento y que
agacho y lo procuro a tientas. Topo con el fuste de achicharraba bárbaramente a la madera en desquite.
la columnita. Reconozco sus labrados tallos y hojas, Yo les dí mi explicación, pero ellos, incapaces de creer
y sus frutos, entre las hojas, perfectamente redondos, que el sol no es uno y nada más; sino que son varios
como canicas. Nunca he sabido qué son. Siempre que y como personas muy jubilosas, determinaron que era
se lo pregunto a los artistas, se niegan a decírmelo. La mejor el cateo de mi persona. A veces, ya por la tarde,
mayor es de la opinión de que eso no debía impor- al despertar, después de haberme dormido de aburri-
tarme. Me dice que en lo que yo más bien debía miento, me encontraba con que uno de los visitadores,
fijarme es en la inacabable dulzura y madurez de los el postrero, estaba dándole, esponja en. mano, un baño 1
1

frutos. Y luego se paladea. Y los otros la imitan. Las de oro al angelito. El angelito me miraba como un
respiraciones siguen produciéndose con regularidad, y niño acariciado por las ondas. El placer lo embellecía.
siento que los tallos del fuste se comienzan a enredar Yo dejaba entonces mi asiento y me acercaba a la luz
en mis dedos. Pero los arranco del serpentino abrazo. del invitado. Una luz como capa de cardenal. Le pasaba./
Y van a dar al cuerpo del angelito. Somosviejos amigos la mano a la capa por encima y luego la hundía alli, /! '"

esta creatura de Dios y yo. Lo primero que investigo donde aún quedaban los aromas de la tarde y el ecó
es si no tiene rotas las alas. Luego, la cabeza. Com- de la vida de afuera. Pero el invitado, sintiéndose
pruebo que no; que, al menos, esas partes, están in- cado por mí a través de su prenda, se replegaba ..... ,
tactas. Mata mi alegría al miedo. Adivino qué puedan Ja columnita y empezaba a treparla. Esta huida'.,;
ser las respiraciones. Rodeado por toda la oscuridad,
me siento en el suelo con el cuerpo del amigo en las
manos. Pesa. No parece celestial. Yo tenía la idea de ·
beneficiosapara el angelito. Porque, del baño de espo,¡
pasaba así a uno de fuego; y en el fuego, su
no tema' comparac1on.
., Al primer
. amago de ,,·•· '1
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que era de yeso y que después lo habían dorado, nocturnas, y mirando al angelito como un et'

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de .cenizas,me apresu:rabaa regresar: la• que la mayor se áa importancia a si ~isma .Y· res-
cucho las respiraciones con ·.mayo~claridad. cata, para llevarla al Iadó de la ·gloria y de. la gran-
n:ti amigo en el piso, de pie.. Me levanto. Inesperada- deza, su debilidad, su manía. Y vuelvo a oírla, al final
mente ha llegado a mí un olor que pronto reconozco: del cacareo, cuando levanta la vista de la carátula y
a plantas silvestres. Y comprendo: la ventana de la contempla, de veras triste, a la diversa multitud de los
sala al jardín no quedé bien cerrada. Por ahí está tiempos: No hay otro tiempo que el del amor -pre-
respirando la casa el aire tormentosode la noche. Debe gona. Los demás, infinitos en número, sOJ}sólo su
haber entrado agua también. A las cretonas, a las ma- parodia; dibujitos. Pero nadie la escucha: sus ad-
deras. No cerraré la ventana: quiero que el daño que miradores, .como perros falderos, siguen ya a los
sufran unas y otras, sea memorable;-tan grande que otros, abundando su huella de lodo. Entonces va a ge-
mañana, los artistas, no lo puedan remediar con sacar mir de desencanto: siempre sucede así, como adrede:
a asolear las floreadas cubiertas ni con untar de. acei- la indiferencia plena por la levadura de sus pala-
te a los muebles. Madura nubes el horizonte. De ma- bras. Y cuando oiga a los afanosos cerrar la puerta de
drugada -antes quizá- se desprenderán y rodarán so- la calle y venir hacia el comedor, dirá: Y ese pan;
bre nosotros. Vuelvo al corredor. Si apesta a lodo es y ese pan tendremos mañana. -Luego ellos irrumpi-
a causa de los artistas: esta noche. mientras yo no rán, y agregará, pero pública ya la voz-: Cabal: una
· estaba aquí, han acarreado bastante con sus zapatones. hora. -Y allá están esperándome. La luz del come-
Y estuvieron trajinantes. Saliendo y entrando, de las dor, la claridad que derrama al fondo del pasillo, de-
tinieblas del pasillo a la mediatinta del adelantado bian bastarme para saber más o menos, por dónde
crepúsculo.Y viceversa.Una hora. Me dijeron: Te es- camino; pero esta noche, no hay casi tal luz; la han
peramos para dentro de una hora, todos, reloj a la velado. La puerta de mi cuarto, en seguida de la sala,
vista. Pero desde luego que no fueron todos. Uno está abierta. Parece que los artistas lo visitaron en mi
debió encargarse del tiempo y en región iluminada. ausencia. Me gustaría ver para qué. Entro, voy ·al
Y pienso en la mayor, afecta a los cronometrajes. La escritorio; hasta la lámpara. En la oscuridad, le doy
/ oigo cacarear cada cinco minutos la hora tomándose vueltas a la llavita interruptora. Inútilmente: no hay
con una mano la muñeca del reloj. Veo a los pequeños, foco. Con mis manos ciegas, palpo la superficie del
de ojitos saltones, que acaban de entrar del crepúscu- escritorio.Todo se encuentra igual. Como lo dejé. Pero
lo, cómo se.detienen un segundo para admirarla como luego bajo a los cajones, donde sí espero rastro de los
a la gran cosa. Para ellos, la mayor, no es una simple artistas. Y nada. También allí respetaron. Recuerdo a
tomadora de tiempo: de ojitos también saltones, pero lospequeños,y auxilian mi desconciertoque no es poco.
envejecidos,sin pizca de pestañas; pero con una orla Suelen ser tan solemnescomo los grandes- Como ellos,
de polvo en su lugar, ella es, vive, en la encrucijada olvidan a veces, las brumas de su .condicióny parlo-
del tiempo. Por su reloj, cruzan todos los caminos que tean, y ríen, y se balancean sobre sus zapatones. Pero
· las horas dibujan, escarban o borran sobre la difícil también, y por su cuenta, gustan de olvidar la disci-
superficie del mundo. Éstas son casi las palabras con plina: los he visto romper la formación que llevaban,
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por un lindo y .despacioso.juego con las piedras y ..las tes. Va más allá de cada chispa: Acongojaqa,ávida,
, 1ombras del camino. Algo así debió suceder anoche. escarba en la trama. El ruido del trabajo de la uña,
Desertaron del trajín general, simplemente; sin ningu- me llena los oídos: es como el susurro de un roedor.
na intención. Pero ahora habían colmado su indisci- Qu~á por eso, en un principio no advierto sino Ios
plina hurtando un foco. Esto era, en ellos, una acti- vac1osgestos de los grandes, que le están hablando.
tud inusitada. Vuelvo al pasillo. Me esperan. Cuando Pero. aún alcanzo a oír frases completas.Duras, para
entro al comedor, no veo nada que vele a la luz. Los abatir, sin contemplaciones,a la despreciablequisqui-
artistas están en el centro de la pieza. Los alumbra, ll~. La mayor no osa responder. Tiene escondida la
desde arriba, un foco, que reconozcocomo de la lám- una en un pliegue de la falda. La retahila decrece,
para. se acaba. Siento pesado el aire.
-Buenas noches -me saludan. +-La hora -le piden los grandes a la mayor.
Pero no son gente de saludo. Les desconfío.Las ma- Las nubes de vientre rechoncho, aplastan el aire con-
nos de los grandes, además, no parecen querer ini- tra la tierra y la casa. Lo comprimen.De querer, yo
ciar el vuelo de otras veces; se hallan metidas en las podría desgajarlo como a una fruta; abrirle una bre-
bolsas de los pantalones. Abultan demasiado. Se _mue- cha en el cuerpo compacto. La mayor levanta el brazo
ven como si estuvieran amasando la más oscura re- del reloj y anuncia:
criminación. Los pequeños, al frente, embarrados de -La hora, y veinte.
lodo hasta las verijas, por primera vez en su vida Entonces, los grandes, sacan las manos de las bolsas
no tienen los brazos cruzados. Como soldaditos, me a la triste realidad de la luz y forman, delante de mí,
reciben en la posición de descanso. Las sombras que una empalizada de índices retorcidos.
su arrimo proyecta sobre ellos, los torna casi indis- -Llegas remiso a la cita. Y llegascomo si nada.
tinguibles.Para poder ser alcanzados e iluminados por -¿Por qué? -inquieren los pequeños desde su fir-
la distante, pálida luz, tendrían que desampararse y meza.
salir -valientemente- a la planicie, y no lo harán. En Si yo empujara el aire hacia ellos, los quebrantaría,
el cuadro gris, advierto sólo un brillo: el del reloj de los callaría para siempre. Sin embargo, les contesto:
la mayor, tosco, redondo como una caja de pomada. -Las condiciones del pasillo no permiten formali-
-Dijimos buenas noches -me dicen, me repiten los dades.
grandes. -Es nuestra casa. Hay derecho -me dice la ma-
-Sí -les respondo. yor, Y en la voz le noto, a leguas, la muerte de tanto
Los pequeños, sin venir al caso, se ponen firmes. espíritu de pulcritud. No volverá a sacudir el polvo
Sus zapatones truenan y hacen brotar, en el choque de la sala. Ni tampoco se alimentará más de él. Va a
de uno con el otro, negras chispasde lodo. Varias saltan ser una carga.
a la falda de la mayor. La mayor las mira y luego se -Si hay derecho, no me exijan, pues, puntualidad
inclina y comienza a quitárselas con la uña. Comienza -arguyó.
también a murmurar, los ojos fijos en los imprude.ri- Los artistas cambian de posición.Se desplazan,se ale-
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••• -,-.,·. -r: ,_*f.=·;,;·•·•i;::__,.~.. ·~'"'--'-"',;c·_o-=---o-"-~
jan de la puerta hasta casi
del comedór.
fargo. La mayorbaja· la Yi$ta.entone~y',:'
dice:
.,-Es novedoso el tono de su voz --::..medicen-, -En realidad, así está la cosa mejor. La luz de' su-
falta la sustancia del respeto. cuarto nos sobraba, condescendíamos,por interés. La
Tienen razón. Lo han advertido bien. Yo mismo no única y sola luz que se justifica entre nosotros es la
comprendo,enteramente, por qué. Esta noche, mientras del comedor: usted sabe cómo cenan éstos -y señaló
caminaba y hacía tiempo, tuve el sentimiento vivo, a los grandes-. Y no es, como según se cuenta; que lo
agudo, de encontrarme de pronto, a boca de jarro, bajo que no queremos es gastar...
el patrocinio de otras leyes. Desvanecido el sentimien- Los grandes levantan las manos y le imponen si-
to, volví a quedar a oscuras. Pero en cuanto entré a lencio: /
la casa..•
]¡ -Cállate -le dicen.
-Es por el foco -miento. La enorme sombra de las manos cae sobre ella como
-Qué tiene el foco. un nublado. Se estremece. Busca apoyo en el hombro
-Ustedes lo tomaron de mi cuarto. Y eso nunca ha- de un pequeño. Pronto no tiene su cuerpo·ni rastros de
bía sucedido. la sombra, pero sigue temblando igual. Los grandes le
-El de acá se fundió. ordenan que se detenga:
-El lodazal..• ,,
-Nos "dístraes: sentirte conmoviendo el aire nos
_!_Ellodazal es punto y aparte. Ya se te mencionó crispa.
.que ésta es nuestra casa..• La mayor cierra los ojos. El silencio del comedor se
Interrumpiéndose, los artistas, viran los ojitos de .an- agolpa en tomo suyo y vuelve audible, para todos, el
fibio en dirección al techo. recóndito lamento de su corazón, sus quejas graves.
El cielo se alborota. Por encima de todos nosotros, Pero ninguno, al parecer, la entiende. Tienen pintado
dispone el campo para la tormenta. Me lo imagino en las caras un claro gesto de impaciencia. El pequeño
arrastrando asistido por sus propias luces, que el viento se sacude del hombro la mano, y entonces, la mayor,
hace oscilar, como por un escenario, a las mostrencas abre los ojos y me mira:
nubes. Me acuerdo de las ventanas abiertas de la sala. -Usted sí entiende lo que estoy cantando, ¿verdad?
Y formulo el deseode que llueva, en esta segunda vuel- -me dice. No es la voz de ella, llena de grietas, donde
ta del agua en el día, ·desaforadamente.Los artistas se aposenta el polvo de los muebles; es como la mía
siguen mirando el techo. Me han olvidado. Sólo con propia, esa que siempre me resuena adentro cuando
verles los ojos, sé cuáles son los movimientosdel cielo, más desterrado me encuentro. Es como la voz de to-
sus retrocesos. sus cambios de rumbo. En qué región dos los animales, que nunca logran hacerse-escuchar
de la Rosa de los Vientos acumula todo su poderío, de Dios. Ésta es una noche distinta. Hay rabia. Hay
todas sus ganas. Y los artistas acaban deteniendo su como un viejo dolor que se cansó de ser dolor. La
vista en el Sur. Contrariado, comprendo que la tormen- mayor extiende los brazos y busca de apoyarse en el
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vacío. Pero luego, poco .a .poco, los pliega Jos otros.Y ~elvo a ver el relampagueoen la boca.de
tados. grandes:
-Está bien. Ya no tiemblo -dice. -No se vaya usted todavía =-me gritan.
'· Otro silencio.Los pequeños han vuelto a adoptar l:' Como si una ·violencia llamara a la otra, el cielo
posición de firmes. El coro, menos la abatida, simul ~-mienza a retumbar de nuevo. Yo les contesto a los
respirar·plácidamente. Sus narices se dilatan con u i.•_F•ndes. Pero no me oyen. Los ríos del pasillo crecen.
supuesto aire de abril. Los ojos saltones me miran, (~rramblan con todo lo que encuentran. Y en un mo-
reflejan. Me veo multiplicado en ellos, y me hund ento, llenan el comedor con una muchedumbre de
en sus pupilas como en un remolino negro. Pero lue.~· eres. Reconozcoel de las cretonas. El del cuerpo de
go torno a la superficie, a la luz del foco. Esto dura... l amigo el ángel. El de las manos sarmentosasde la
una fracción de segundo apenas. La mayor tiene lo~¡ ujer, El de su plumero. El de antiguas lluvias. El de
brazos cruzadossobre el pecho. Desnudos,como de pal~1l 1 muebles y su unto de pino. El del cuero de los
mas secas.Dos palmas clavadas a una puerta vieja. .patones del coro. El mío. . . Pero hay otros...
-No había necesidad de la cita -digo, como si di~ -Es la misma que iba para el Sur -oigo, con difi-
vidiera, rajándolo, el mar de aceite calmo, en el que¡ ~Jtnd, que comentan entre sí, refiriéndose a la tor-
el coro pretende navegar-. Ni tampoco del preám"\j 1tnenta,los grandes-. Idénticos timbales, trompetas y
bulo, del compás de espera. Ustedes, como siempre, de~ riatracas. Idéntica, la torva intención de anegarnos.
noche, pudieron ir a mi cuarto. ~· /l)e convertirnosen peces y una sirena.
Mis palabras hacen efecto. Los grandes rompen su( . Afuera, muy cerca, cae un rayo, La casa entera gime
ecuanimidad de papel, y, haciendo una mueca feroz;1 1, cnn la sacudida. Se desprenden cáscaras de cal de los

me responden: !111uros. Los artistas aprietan los dientes, aturdidos, es-
-No es usted quien va a decirnos de qué hay o pantados. El rayo a mí me ha cortado la respiración;
hay.necesidaden esta casa. 1 •,tne ha aventado a un rincón del cuerpo el alma. Pero
Y ahora son sólo los pequeños los que giran s. ,\lego,disimulo lo soledoso con estas palabras, altas,
ojos hacia arriba, hacia donde acaban de tronar ( ··para que se me oiga:
lenguasy lanzar su rayo. Lo siguen, la mirada triunf . -Le pego al encino.
casi con banderas, en su camino descendente hasta mf Para mi sorpresa, los grandes me responden, pero
Pero yo lo evado. No por temor. Por impaciencia, de1dela esfera de su miedo:
porque quiero del aire una veta más respirable. Mi in -Espadón de mucha lumbre y harto filo tuvo que
tinto no me falla: por las rendijas de la puerta de: 11r.
pasillo, han empezado a filtrarse corrientes de frese·:: La mayor está temblando por segunda vez. Es para-
que se unen, como ríos amorosos, en la oscuridad, fina su cara, los labios. El pavor que le provocó el
desembocanen la puerta del comedor: allí pongo r •· titampido, la tiene como alelada. Cuando el eco del
cuerpo, hincho mis pulmones. Pero frustro la alegrlli\!, trueno se extinga, yo no sé si la mayor se derrumbará
y la sonrisa,que despuntaba, de unos, y la prepotenci¡j) con palmas y todo.

122 12s

~----·-·-·-.
11.~-···'-""'= .'.'-....:r-•a:atwait!Ra
..,.~~--:7.~~r::;.-::_~.:_:;z::.'F: u. .:.¡
"'"·v~n1r·wr1:rr.r~:~':rr:!:r11"~:.7'!'!·n;·1"t~"'f"'I
4KIM<~1w{fl" •.
¡',. .\ . . . . ' . . !
-¡ Así no, .asi no! -'-tornan a gi¡itar los grandes--'-.
La corriente·del pasillo•trae, 'ahora; un olor Alto a las cabezas.Se van a ell¡fermar.~Los peq~efi:o!;
mado. Y la mayor resucita. Y dice: aunque parece que no han escuchado,levantan luegolos
-Por fuego del cielo había de acabar ese árbol. y, bracitos y frenan, con verdadero esfuerzo, .el loco re-
saldría a apagarlo, pero no: en 'casos así el mismdl bote.
que hiere es el mismo que cura; -Así no -repiten los grandes-"-.Dejen el agua li-
-Te prohibimos que salgas -dicen los grandes, bre, que tome el cauce del corredor. Todavía no ter-
todas maneras. · minamosy ya,están haciendo de esto un franco lodazal.
-No por mí. ' V en un franco lodazal, malamente podemos tratar el
-No por ti" Por las centellas, que al abrir tú la-j IMUntopara el que nos hemos reunido aquí.
puerta, pueden entrar y fulminarnos. ¿Qué no sabes.! -Nos habíamos olvidado... -se disculpan los pe-
que las centellas son los puñales de una noche comoj queños.
1
ésta? -Nosotros también. Nosotros también. Por momen-
'Los artistas se recobran. Sigue metiendo ruido ell tos, esta noche. \
"cielo, pero levemente.El olor a quemado vuela un rato,' Despuésdel inicial envión al cielo, que no duró mu-
entre nosotros y luego se va. Quizá para regresar a,j cho, la lluvia cae suavemente pareja. Persuasiva.
donde arde el solitario encino, y esperar ahí a la::j -Es que esta noche -dicen los pequeños-, se ha
lluvia. Y la lluvia no tarda en comenzar. Suena tal y, estado apartando del camino que nosotros teníamos
.como si estuviera volcándose el vaso del mar sobre la:' trazado, del designio.
casa. Los grandes desbaratan el coro y corren a ase-J -Pero nosotros sentimosque ya no.
gurar los postigosde las ventanas del corredor: revisan'[ -Estaba tensa... la noche.
el herraje abundante con mano febril, temerosa. Uno-' -Como haciendo causa común...
solo, además de los pestillos, revisa también las bisa- ' El coro de los artistas vuelve a formarse. Y como
gras. Éste descubre que por algunos resquiciosestá en-..~ en las otras noches, cuando entran a mi cuarto, los
trando el agua, y llama a los otros. Yo veo al agua'Í grandes descansan sus manos abruptas en los hombros
bajar por la pared y hacer camino por el piso.. Los! de ·lospequeños. Pero la mayor queda al margen. Reti-
pequeños, tratan de atajarla con el canto de la mano,' rada del grupo. No ha descruzadolos brazos. A través
y no pueden. Se desesperan.Brincan de un lado para f del poquito pelo que tiene; como a los pequeños,·le
otro. La aplastan y enturbian con sus zapatones. brilla la cabeza de sudor. El lodo de su falda, está
-¡Así no, así no! -les gritan los grandes cuando'[ seco,claro. Los grandes me dicen:
los ven. Los pequeños se detienen. Están anhelantes..~ -Apaciguada la que nos interfería, aboquémonos
Su desproporcionadacabeza, oscila hacia los lados, sin.~,, al asunto. Una parte de él la hemos resuelto en la·
el menor gobierno, el cráneo sudoroso, como pulido. > que usted andaba caminando por ahí: ya se dio usted
Algo dicen, pero el penduleo les quita sentido a ,las cuenta de 'cómo dejamos el corredor.
palabras al esparcirlas y no permitir que Yo veo la falda de la mayor: las salpicadurasde lodo ·
frases.
125
124

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están tan secas corao "si-hubieran 'estado expuestas al '1
sol. .,
=--Pero --continúan los grandes=-, una parte, no SEPTIEMBRE Y LOS OTROS DlAS
más; la otra, le atañe a usted directamente.'Y usted
nos va a contestar, ahora, lo que vamos a preguntarle. I
Los grandes están decididos a algo. Tras la bam-
balina de sus voces, yo no siento ni el aire ni la luz Era el mes de septiembre. En el cielo de la mañana
para alimentar y vestir más discurso. Van a callarse. quedaban restos de nubes de la tormenta de la última
Y pronto. noche. El taxi que me llevaba a la casa donde iba yo
La lluvia se me convierte en un ruido de mi propio a vivir corría lentamente por las calles. Yo lo miraba
cuerpo. todo. El chofer me pidió que le repitiera el número
=-Adelaida -dicen los grandes- nos confesó que del domicilio.Yo se lo dije, apoyándomeun poco en el
usted le hizo el amor ayer mientras nosotros estába- borde.del asiento delantero: 337.
mos en la ciudad. ¿Es cierto? -Por aquí debe ya estar -murmuró.
No hay nada que contestarles. Es absurdo El chofer traía puesta una gorra azul y por encima
me preguntan. de las orejas se le asomaban unos cabellos grises. No
-¿Es cierto eso?~insisten. habíamos caminado una cuadra cuando finalmente nos
Miro en los ojos a la mayor. Y entonces, la pre- detuvimos.Bajé y fui a la parte de atrás del taxi para
gunta, pierde toda su miseria, toda la pesadilla que que el chofer me diera el veliz que venía en la cajuela.
la embaraza. Miro también cómo la mayor descruza Mientras él la abría yo me puse a examinar la fachada
los brazos y se acaricia la cara tristemente. Pero ya de la casa, Era de color ocre y tenía, estrecha y alta,
estoy contestando: una puerta de dos hojas' y una ventana con balcón l
-Sí. Es cierto. en el primer piso. Le pagué al chofer y entré a la casa.
Los grandes levantan las manos. La primera impresión que recibí fue desagradable.
\
Y yo calculo que la lluvia debe estar Delante de mí se extendía un pasillito largo, crepuscu-
mundo entero. lar, flanqueado a mi izquierda por una escalera de ma-
dera. Durante no sé cuánto tiempo estuve ahí parado,
hasta que una voz de mujer que se oyó en el fondo
del pasillito, me hizo avanzar.
El pasillito terminaba en una reja y en un patio con
hierbas. Una mujer joven, mandada por otra, vieja,
estaba escarbando en una maceta, en el centro del
patio. La vieja se encontraba a espaldas de mí, las
manos puestas en sus caderas estrechas. Por debajo
de la falda asomaban las piernas, delgadas y curvas,

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las de un jinete; Y, a tristeza.'inmensay me quedé inmóvil. M~ detrµmbé ~ti.'
taba fresca y el cielo.no acababa de •despejarse,vestí: la cama.Vi el cielo por.la venteaa, muy oscuro. -:-;-Llo·
en los hombros un .trapo de lana cubridor. La llamé.,¡ verá de nuevo -'-pensé.
La señora Gil me despertó gritándome. Uovia recío,
La mujer joven levantó y volvió su cara hacia donder":;l
yo estaba y, sin quitarme la vista, algo le dijo a la No me explico cómo la pude escuchar. Me 11~1naba
otra. a comer. Me levanté y cerré la ventana. La lluvia, cam-
La vieja resultó ser la dueña de la casa. Se llamaba J biando de dirección, había comenzado a entrar al
Imelda Gil. cuarto.
La señora Gil y yo fuimos hasta el comedor, en el El comedor constaba de dos mesasy un mueble largo,
extremo del patio. Hablamos de dinero, de alimen- de cedro. La señora Gil ya estaba sentada a una de
tos y horarios. Yo ocuparía un cuarto, en altos, en las mesas, en compañía de otras dos personas, un hom-
t;l segundo patio. Tendría para mi uso personal, ade- bre y una mujer. Saludé a todos y fui a sentarme a la
más de la cama, un escritorio, un ropero, un buró y otra mesa, donde no había ni un alma. El hombre que
una lámpara de noche. La señora Gil me pidió que la acompañaba a la señora Gil estaba leyendo una revista
siguiera. Al cuarto se llegaba por una escalera exterior de futbol. Embebido en ella, no hacía caso de nada,
con barandal de fierro. La señora no quiso subir con- La -rnujer, a su lado, de lentes negros redondos, mas-
migo, pero me dijo que viera si todo estaba en orden ticaba con dureza la comida, los ojos invisibles fijos,
y limpio. Adentro me encontré con la. joven de la ma- en algún punto del comedor. Nadie me contesté el sa-;
ceta sacudiendo el escritorio. Coloqué mi veliz en Ja ludo. La luz de los relámpagos iluminaba de azul las
cama y luego le pregunté que si todavía le faltaba plantas del primer patio y las cabezas de las tres per•.
mucho. Me respondió que no, y un momento después sonas sentadas frente a mí. El hambre comenzaba a
abandonó el cuarto. Cuando bajó la oí hablar y reírse apretarme y yo no veía que vinieran a servirme. En la
con la señora Gil. El nombre de esta mujer era Olga. mesa había unos granos de sal entera ·en un platito.
Nunca supe su apellido. A la semana de estar vivien- Empecé a comérmelos.La señora Gil me vio.
do yo en la casa, desapareció de repente. No la volve- -Espérese -me dijo-, ahora lo atienden. Olga anda
ría a ver sino al cabo de cuatro años y medio. En el haciendo un mandado en la calle, ya no tarda en re-
segundo patio estaban también la cocina, el baño y gresar.
el cuarto de lavado y el pozo, que tenía un motorcito No acababan de decirme esto cuando Olga entro
para subir el agua a los tinacos. La, cocina quedaba comedor sin que yo la hubiera visto atravesar el -pa-
abajo de mi cuarto, de manera que sus olores y un tio. Venía cubriéndose con un pedazo de plástico que
cierto humo celeste azul lo llenaban, siempre, a ciertas a mí se me antojó un ala enorme y transparente. De
horas del día. la bolsa del mandil sacó una cajetilla de cigarros y 'la,
Una vez que estuve solo abrí el veliz y me puse a puso sobre la mesa, junto a la señora de los lentes .
sacar mi ropa y a acomodarla en los cajones del rope- negros. Fue hasta entonces que el hombre apartó de su
ro. Pero en medio de la tarea me vino de pronto una cara la revista de futbol. Acabé de comer solo. De

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·,f,ª@...Mif,''4i"'*"'fif ·~·,WA4:4 '~·•"'"*F'.ctf~~\? ,(!lJQUWW'i!

postre me dieron una naranja de 'Y los gestos inflamados por un entusiasmo común. Yo
no la probé siquiera. · ' . no supe·integrarme a aquella atmósfera. Igual a otros,
Abandoné el comedor a las cinco de la tarde; permanecí aparte y sin saber a cuál de las ventanillas
naba. De paso a mi cuarto vi parado, en el um' . éllrigirme,pues todas mostraban únicamente un núme-
de la puerta de la cocina, al quinto habitante de ~ ro arriba. Recuerdo que para aliviar el desconcierto
casa, otra vieja, de faldas largas. Casi al mismo tiell1j y la extrañeza que me invadían, me dí a revisar, falsa-
nos saludamos. Ella era Natalia Rosas, la cocinei mente interesado, mis papeles. Dos horas después, ya
amiga de juventud de la señora Gil. En honor a u~ tMtabayo de vuelta en la calle., Caminé bajo un sol
amistad de más de medio siglo, Natalia Rosas de1)1 11\brosolas muchas cuadras que me separaban de la
haber tenido más libertad y atribuciones que las mí , casa.
mas que se .le concedían entonces. Tenía tanto aco Esa mañana la señora había recibido a los demás
a la despensa como yo, y si necesitaba sal o azú ... huéspedes que esperaba. De ellos (seis), un tal doctor
un gramo que fuera, debía ir a pedírselo a la señora Ol, Romero me llegó a parecer, andando los días, el más
a su pieza. Sin embargo, esta humillación diaria nunq •ingular. Tenía veintitantos años de conocer a la seño-
cerró bien su círculo en torno al alma de Natalia, q~ ra Gil. Al término de su carrera se ausentó de la casa
escapaba de él, comprando sus propias cosas. Hacía unos pocos meses, nada más, y luego volvió y ocupó
café todas las tardes y se sentaba a saborearlo re otra vez su cuarto de siempre. Esa mañana de septiem-
giéndose en la penumbra de la cocina tranquila. Y f bre acababa de regresar de vacaciones con su gente, que
una tarde de ésas, semanas después, cuando nació vivía en un pueblo en. la costa del Pacífico. Le había
amistad entre ella y yo. traído a la señora Gil fruta y quesos. La señora' Gil
Ya en mi cuarto, encendí la lámpara del buró. Estab~ se llevó todo a su pieza. Pero a la hora de la comida
oscuro como la noche. Y frío. Afuera el cielo no cesab' \a vi, en el postre, atacar un mango enorme; lo mismo
de gruñir y revolverse.·Mi ropa se había quedado dis~ que a su yerno --el hombre de la revista de futbol-
persa sobre la cama, pero yo me sentía flojo y sid: y que a su hija -la mujer de los lentes negros-. El
ánimos de seguir acomodándola. Volví a tumbarme eri¡ doctor Romero estaba con nosotros, los huéspedes. En-
la cama. Un trueno sacudió la casa hasta los cimien.g'! tre bocado y bocado, platicaba con el yerno. El doctor
tos; e inmediatamente comenzó a caer el agua a cánJ~ dijo que había ido al mar y que una ola le había hecho
taros. La luz de la lámpara se apagó. ' 1¡ tragarse una tonelada de agua verde, arrojándolo des-
El resto de la semana el cielo estuvo despejado. Fui pués a la playa, a una playa desierta. El yerno -José
a inscribirme a la Universidad, a las oficinas, que esta~~¡:, Merinos se llamaba-, desde la otra mesa, miraba in-
j
han en una casona de una sola planta, en una calle/¡ crédulo. al doctor, y no paraba de chuparle al mango
de escaso tráfico. Entré cargado de papeles, fotografías"~ las finales barbitas de oro. Todos notamos que estaba
y copias fotostáticas. Adentro hervía de estudiantes, arra-
;I
dándole tiempo al doctor para que se metiera en hon-
cimados ante tres o cuatro ventanillas, que duras y caerle en una mentira de la cual no le fuera
y discutían como mujeres en un mercado. Las posible zafarse. Pero el doctor Romero sospechó la in-
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tención de Merinos, ycortan\:lo por lo. d<t Merinos tenía fama de violenta
1
se recluy6 en el silencio. El .yerno sinti6 que· i¡e y amarga entre los huéspedes. E,t.grito que echó
iba la oportunidad, de modo que dejando en el.plato puerta de la cocina, arrancó de las gargantas una
los restos de la fruta, se apresuró a seguir al doctor a mación de auténtico espanto. Hay gritos que sacunen
su retiro. Y le dijo: de raíz el aire; incluso,que abaten el olor a café.
-Usted nos había dicho que no sabe nadar, doctor.
¿ C6mo está eso, pues, que se le va adentro .tanta agua 11
y no se hunde?
El doctor agachó la cabeza, los de la mesa le vimos Nunca probé el agua del botellón. Vinieron los meses
cerrar los ojos y apretar la mandíbula: Merinos sonreía. de invierno y al agua se le formó una capa de limo que
También la esposa, pero con discreción.- brillaba a la luz del día, y de noche, a .la luz de la
........:..Mire
usted, Merinos -dijo por fin el doctor=-juna lámpara, que yo había trasladado del buró al escrito-
ola puede levantar a un barco y ponerlo en tierra como rio. A mí esta visión submarina me ayudaba en las
si se tratara de una,.basura, / noches a descansar los ojos, irritados por la blancura
Al yerno se le borró la sonrisa de la cara. Las barbitas de las páginas de los libros. Tal vez por eso me resistía
del mango le habían dorado la piel alrededor de los a que le cambiaran de agua al botell6n. La noticia de
labios. No se quedaría callado aunque lo mataran. su existenciallegó a oídos de la señora Gil una mañana
-Usted lo ha dicho, doctor -dijo--: a un barco, de marzo. La nueva muchacha que aseaba mi cuarto,
pero usted no es un barco. · Amanda, se había cansado de pedirme el botellón para
Alguien, mientras comíamos,había subido a mi cuar- lavarlo y asolearlo. Sentía por él un asco insuperable.
to un botellón con agua y un vaso. El botellón era Pero en marzo empezó a volver el calor y Amanda,
verde, como la ola del doctor, y tenía el vaso embro- imaginándose no sé qué del limo, decidió recurrir a la
cado en el largo cuello. máxima autoridad de la casa. Y acertó. La señora Gil
Dormí mucho. Hasta las siete de la noche. Guarido le mandó bajar inmediatamente el botellón y que me
desperté, no supe dónde me encontraba ni qué era lo dejara nada más el vaso. Amanda hizo lo que tenía que
que estaba haciendo yo en aquel lugar. Fue instantáneo. hacer, en ausencia mía. Yo no me dí cuenta luego.
Luego se oyeron abajo las voces de Olga, de Natalia Fue un sábado, y los sábados yo no abría para -nada
Rosas y de la señora Gil. El. aire olía a café. Las tres los libros sino que iba al cine o a platicar y.reír con los
mujeres hablaban del doctor Romero. La dueña diri- otros huéspedes,al cuarto del balcón a la calle. El doctor
gía, encauzaba, la lengua de las otras dos. Su voz era vivía en el cuarto contiguo a éste, solo, así .que no era
aguda, temerariamente exaltada. Si el doctor Romero raro que yo me lo encontrara de visita en el de sus
hubiese entrado entonces de la calle habría asistido vecinos. El doctor tenía un repertorio de anécdotas de ·.
a su propio descuartizamiento.Sin duda, la hija de la algunos de los huéspedesque habían pasado por la casa
señora Gil advirtió el peligro, porque, encendiendo el , a lo largo de veinte años. Nos las contaba parado en el
foco del patio, les orden6 a las mujeres, que se calla- centro de la pieza, con rigurosa y secreta secuencia,
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Las resurrecciones.obradas me producían gran :thalestar. la biblioteca. Las. luces del locar permanecla(l'¡enelln.:
Pero una noche el doctor ya no fue (la noche del sába- didas. Las· dos mujeres encargadas, empujandp sendot-:-
do que Anlanda se •salió con la suya) . Contra Ja cos- carritos.zancones,iban 'de mesa en mesa ciará recogiend()''
tumbre, el grupo .se deshizo temprano. Yo bajé a la libros y ·revistas. Uno podía tomar el libro ·que s~ le
calle. El tráfago estaba muy lejos de morir. La noche antojara de un anaquel, pero no volverlo ª· su siµ0¡
de marzo, su atmósfera tibia, me invitaban a caminar. A mí aquellos carritos me parecieron a los pocos mi•.
El doctor Romero me alcanzó en la esquina' de la casa. nutos, máquinas de guerra o de fiesta -'-Según se les
Iba a la farmacia. Caminamos bastante rato en silencie; viera-, por sus torres truncas, y nada derechas; de-. ;<

Luego le pregunté por qué no había estado·con noso- libros de todos colores y dimensiones: algo de la i;ri.;
tros esa noche. Me respondió que no iría más. tensa claridad reinante en el local los envolvía, los in-
-Cuento esas cosas porque me hacen daño acá aden- cendiaba sin consumirlos, de manera que nada tard~
tro -me dijo--, imagínese usted: ni una sola de las en tenerlos por cosas ajenas al mundo. Fue breve rili
personas a que hago referencia en las anécdotas vive visión. Luego, las mujeres, comenzaron a acomodar-
ya. Ustedes se ríen.. Y es porque no entienden. los. Un hombre de bata azul vino a ayudarlas. Era una
Llegando a la farmacia me despedí del doctor.. En- cruza de portero y celoso policía (delgado como una
tonces busqué calles sin ruido, las solitarias y apartadas. espiga) que ejercía su oficio sentado detrás de un alto ,'
No era la primera vez que yo caminaba por ellas. Y no pupitre, a la entrada de la biblioteca. Llegaríamos a ser
sería, tampoco, la última. buenos amigos. Se le conocía por Franco. El rumor del
tráfico de la calle próxima era constante. Franco y las
111 mujeres, como peces, desaparecieron silenciosamente de
mi vista. Me levanté. Pensé en las clases del día siguien-
La biblioteca del Consulado de los Estados Unidos te- te.. El año escolar estaba por acabarse. Un mes más y,
nía amplios ventanales a Durante
la calle y se hallaba al fondo tendría los exámenes encima. Sin embargo, esa noche
1
de. una placita pública. el primer año de, es- no toqué los libros ni estudié mis apuntes. Cené con el
cuela la visité cinco o seis veces, siempre para preparar doctor Romero y otro huésped, y luego volví a la calle,
exámenes. Pero en el segundo año, recuerdo que una a caminar.
tarde de viento en los árboles de la placita sentí ganas En la semana, por sugerencia de Franco, me convertí
de entrar sin libros y sin las hojas sueltas de papel don- en socio de la biblioteca. Mediante una tarjeta podía
. de anotaba tanta cosa caediza. Los muebles y estantes llevarme a la casa hasta tres libros y tenerlos conmigo
estaban hechos de una madera punto menos que blanca. un mes. No usé de inmediato este privilegio: continué '
Eran luminosos. Tomé una novela cuyo título me llamó yendo por .las tardes, cuando las tenía libres. Terminé
la atención. Leí hasta que se metió el sol y vinieron a. pronto la novela. Dí con otras, y con otros libros.
avisarme que iban a cerrar. Afuera, la noche había Una tarde de grandes nubarrones, la biblioteca quedó
caído. No quise ir luego a la casa, a una cuadra de dis- como en tinieblas; las páginas de los 'libros abiertos
tancia, y me senté en una de las bancas, mirando hacia en las mesas, despidiendo una especie de luz fosfóríca

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'f~'~;*~l)t\:~f>~'í~'1,1·~~r.·;)\1'1'1\"!!'.~~~·1f'11J~~'Af'Jl4Ji'!ffff W!·~
"~;t.-:))<..~ryf, >.2ré:?.t;":;¡;/\;'.\ j··. ·.·..·;,.,.:,:·:··;\/
1 \:i·:~.;_.~. (:f::~i~r
l · ·.·~. ., ·
, •..... \" ... ,.:.. _.... , . ·,:. ·:· ..• ¡·•.• .· , ··.1•.. . ..·.·'.
fl:·::···.·:· ·,·Jj.
···.~·..··.·,. · 11 t.:.(
1,. . )· ...•....... 1.. ( ·
1.,·:, j~·~
·~1.··1·.~, '¡I ~

que ~luminaba··los rostros .pe los
\)·················
.. (/ >\···: ,1•· •.?;.s.·;:'.·
pesarlo, J::o esperé dos hóras ·y l~o
·rl:.~o
:··:.rjt..
\ .·;·;r.
~uo~a
.!·

encendía ..Franco ~ luces, me pregu~té contrariado. su tle&pacho.Hallé. a Fontes bebién~ose \lna ~ca-eol&,
Pero Franco sí había tratado de hacerlo: Al alcance de
1
sentado en su escritorio desbordante de p~peles.'-Fontd'
.su mano tenía los interruptores, nada más que sucedía terminó finalmente con el refresco, y, poniendo la ·balo
que no había corriente eléctrica; El aguacero qll.eluego tella en el piso, me pídió que me. sentara. Fontes er•
se desató era torrencial, y la luz de los relámpagos en- un funcionario de bigotes extremadamente la~, qu~
traba a herir al animal quF llevamosadentro. La placita
de enfrente era un borrón. Volví .a mi silla, me senté
llevaba poco tiempo en el desempeño de su .cargó.
miró unos momentos, y casi a quemarropa, esto fue
M•lo·
::,;
y cerré el libro. Había poca gente en la biblioteca. Los que me dijo: !
que eran viejos amigos de Franco, fueron a la puerta -El problema suyo es que toda la documentaoi6tf 1 ,
de entrada a platicar con él. En las mesas nos quedamos en base a la cual usted ha hecho con nosotros ·dos· .,,,:'
h
el resto, profundamente tranquilos. En medio de esta años, se ha extraviado. / . ,
tranquilidad percibí, entonces, el olor de los miles de Fontes, pequeño, encanijado, irguió el tórax después
volúmenes que me rodeaban. Al cabo de veinte minutos de sus palabras iniciales. Entonces descubrí que tenia.
tuvimos luz, pero en la biblioteca determinaron que lo un tic nervioso bajo el bigote, en la comisura izquier•' -,
mejor era echarnos afuera y cerrar: generalmente, cuan- da. Pidió otra coca y cigarros a un proveedor invisible
' do estaba así de tormentosa la tarde, no una, sino varias que debía encontrarse por allí, fuera de la oficina. Pensé
veces se cortaba la luz. Franco, el policía, tras de com- que la cosa iba a ser larga. Pero no; el secretario en
probar -¿c6mo?- que no llevábamos con nosotros ni seguida se lanzó a la segunda parte.
la sombra de un volumen, nos abrió, la puerta. Y én- -Lógicamente, pues -dijo tratando de domeñar
tramos a la lluvia. su encabritado tic-, ese par de años quedan en .el
El periodo de exámenes finales·duraba entre dos y aire, como si usted no los hubiera cursado jamás. \
tres semanas. Sólo me faltaba de presentar uno cuando Y luego vino la promesa de que ellos harían lo po- '
la víspera me llegó un citatorio del departamento esco- sible por solucionar mi problema si yo lograba cense-
lar. Recibí el papelito por la mañana, y en la tarde del guir, diez días máximo, una copia de todos los papeles
mismo día. fui a las oficinas a ver de qué .se trataba. que entregara yo c~s1) d os anos
~ antes, en septíem
. bre.
Las oficinas estaban cerradas pero un conserje, a quien -¿Y el examen que tengopara mañana? ¡-pregunté.
enseñé el papelito' adornado con una firma selvática -Preséntelo usted si quiere. A lo mejor con suerte le·
y negra, me dio el paso. Allí no había más estudiante sirve. .
que yo. De una de las ventanillas, desierta, salía el La coca-cola y los cigarros llegaron cuando 'ya me
ruido, como de picotazos, de una máquina de escribir. iba. Yo recuerdo que el mozo que los traía, al entrar,
Yo debía entenderme con el jefe del departamento esco- se cuadró como un mílite.
lar, Fontes.. Acercándome a la ventanilla donde se oía
la máquina, pregunté por él. Me dijeron que estaba
en una junta con otras personas y que -tenía que es- Junio. Las lluvias. El día del citatorio, por la mafiana;

136 137.\ ' 1
había yo sacado de 1a biblioteca un libro' grueso,.em- distinciones: Rosas hacía'.de la 1cocina su casa, y yo
pastado en rojo. EÍ primer libro que me llevaba a. fa ,t era su huésped ·.de honor. Nos sentábamos en .silencio
~!
1 casa. Esperaba empezar a 'leerlo y dejarlo algo avan- j~ a beber núestro café, vuelto cada uno a s{u 1pen~~
zado después de terminados los exámenes,en la semana ·~. mientes. Sentado junto a la puerta me toc6 ver morir,
que nos quedaba libre, pero. la entrevista con Fontes'~ muchas tardes en el patio. Pero a veces la señora Gil.
precipitó, esa misma noche, la lectura. . r! venía y nos acompañaba de modo transitorio, y enton- ·
Regularmente, para las nueve de la noche, el silen- ( ces esta gracia que me era concedida -ver morir la
cío en el segundo patio de la casa era total. Uno podía .tarde- se esfumaba. La señora Gil venía a espiamos,
levantar el muro de su propia soledad tan alto como el Se asomaba a nuestras tazas preguntando qué era lb.
cielo y más si llovía. Traté de leer el libro en mi cama que estábamos tomando: Yo nunca le contest~. }?.tai,
1
y me fue imposible. Pesado y voluminoso, me Rosas la que se encargaba de hacerlo, con un tono de
luego los brazos. Entonces opté por levantarme y sen- desnudo fastidio en la voz. La señora Gil -Rosas me
.J,,
tarme al escritorio, llevándome conmigola lámpara del hizo reparar en el detalle- tenía mesesque no entraba
bur6. Las primeras hojas las leí como aturdido, en me- a platicar con ella a la cocina.
dio del estruendo de mi odio por el secretario.Leía mal, -Estamos peleadas -me confesaba.
como un hombre que nada contra una corriente furiosa Las fugaces visitaciones de la dueña de la casa te-
que amenaza con ahogarlo. Pasaron unas dos horas así. nían su lado bueno: rompían nuestro silencio. Apenas
Luego, el íntimo estruendo cedi6. Comencé a oír de se salía la señora Gil de la cocina empezábamosa ha-
nuevo la lluvia en el patio. Iban a ser las doce de la blar. Me contaba Rosas de su hijo Pedro, que venía I \

noche. Mientras oía caer el agua, recuerdo que me a visitarla los sábados montando una bicicleta. Pedro
sentí duro y transparente como un cristal; despojado ... trabajaba en un expendio de carbón, El diablo lucía
de mi carne en la que el secretario había mordido esa·~ más limpio que él, tiznado hasta los dientes y el blanco \"
tarde. Las palabras del libro resonaban al fin. A las ' de su ojo único. Había tomado.la costumbre de lavarse
cuatro de la mañana lo dejé y me eché en la la cara y los brazos en la llave del patio, lanzando reso-
vestido como estaba. plidos al aire y sacudiéndoseel agua como un perro, y
esto, según Rosas, molestaba mucho al matrimonio
·1,
IV Merinos. Pero no eran ellos los que lo decían, sino la
señoraGil, llegandoa pedirle, últimamente, que recibiera ·1,

A Natalia Rosas yo la llamaba Rosas. Después de a Pedro afuera o en el pasillo. Rosas llor6 de rabia y
años de estar viviendo en la casa de la señora Gil, la ~ sentimiento. La señora Gil 'se asustó de la reacci6n de
amistad de Rosasy yo había cuajado. Rosas me invitaba su amiga y trat6 de calmarla. Le dijo algo de Merinos.
por las tardes, cuando yo no tenía clases, y ella se;! Algo, también, de Magdalena, la hija. Mas Rosas nada
daba cuenta, a tomar café negro. Reservaba para ñú•fi que dejaba de llorar: al contrario, su aflicci6n cobraba 1.'
la parte menos oscura de la cocina y la.silla más cómodas mayor hondura, renovada intensidad. A la dueña le
de las dos que allí había. Yo aceptaba gustoso esta!' asomaronlas lágrimasa los ojos.Y transigió: que Pedro

138 139 1
écntinuara lavándpse e~ el patio, pero
-fi:~~n~~1~;'~i'~~r:~
,-,,..,',.""'
-
de,mis estúdi~ CreÍá ll~agart,ne'<;911· .e~to,'ft>(~14,_1 ..
sin anunciado a nadie. Una cosa nos chocaba tiem1>,9de sentirme extJa.ñoen aqueUa'atm~fert y~~nt~e,J
-""Y quizá por eso no se .le quería- de Pedro mis compañeros de .clases. La ic;leade que la tealid8' :;:.
era un fanfarrón. No había semana que no tuviera que había encontrado yo tres años atrás, en un sep~i6h,l'!::.,'1;\
o dos pleitos fuertes, 'de los que. comprometen la vida, bre Iluvioso, se había convertido en un sueño turbio~.'f;i
y de los que siempre salia limpio, como un muchacho.
Se los relataba a su madre con pelos y señales, y Rosas
se acongojaba de veras.
hincaba. más y más, con los días, en el alma•. Mi rt~1:
sistencia -por todos los caminos- a que ese sueño · ;,
1 <"~
en una g~lería circular que me estaba asfixiando, se Í'lil~ r,·:,:1;

-No le crea usted -le decía yo. invadiera la región de mis vigilias, era creciente. Pe»:'' i
Pero ella movía negativamente la cabeza: yo no eso le respondía a Franco con monosílabos, a du..,..
sabía que Pedro había sido casado con una mujer her- .penas. . '
mana de unos hermanos terribles 'que casi lo matan una -¿Y le falta mucho para terminar? -me decía Ffa.n••
noche. Pedro en la refriega perdió el ojo, y fue a dar al co, mirándome desde su pupitre con sus ojos desteÍii:
hospital, donde estuvo treinta días. dos. La pregunta era como una piedra de tropiezo para
-De eso hace unos seis años -me decía Rosas, que Franco. La había topado en su camino hacia mi no.
se paraba a servirse otra taza de·café. menos de quince veces.
A la segunda taza ya no fa acompañaba. Le mentía · -Este año y el siguiente, Franco -le contestaba yo.
-Este año y el siguiente -repetía él.
que tenía mucho que estudiar. La tarde se.estaba yendo "l
y yo tenía que aprovecharla en la biblioteca. '! Yo tenía cenando solo bastante tiempo. No era raro
De la biblioteca salía cerca de las nueve de la no- ! que a mi regreso encontrara. la cocina y el patio a os-
che. Pero antes, .me detenía a conversar un poco con .:Í curas. Pero no me preocupaba. 'Rosas no se acostaba
Franco: Aunque él nunca leí.a ni le im~orta?an. los li- ~ sin dejarme, en el mueble de cedro del comedor, .un
bros, siempre mostró por mis lecturas mteres smcero.{! vaso de leche y pan. Cenaba lentamente. A mis oídos
Me confiaba, en secreto, los títulos 'nuevos que había'!\ llegaban las voces y la música del televisor encendido
adquirido la biblioteca para una colección a la que~ en el cuarto -sala y recámara a la vez- de los Merino,
no tenía acceso directo el público. Los libros de esta# en el. primer patio. El ruido del aparato me resultaba
colección eran caros, la mayoría bellamente encuader.ii1 benéfico después de las horas de silencio en la biblioteca. ·
nados en piel. Eran para el uso exclusivo'de los socios,~ Me ayudaba a disipar la humareda de tantas letras. Me
bajo ciertas condiciones. Por miedo de no ir a dañar/ imaginaba a José Merinos y a su mujer sentados, como
alguno -que tendría que pagar- y porque Franco n todas las noches, frente al televisor, comiendo, cómo
sintiera ,que sus secr~toslos aventaba al aire, e~ tre;iaño~¡ todas las noches, las papas fritas con salsa-picante que
me lleve a la casa solo dos. Franco comprendio mis mQ-j' la señora Gil les preparaba desde la tarde. La .antipatí~
tivos, pero me siguió informando igual de las novedades que Magdalena Merinos despertaba en los huéspedes se
La única cosa que no me gustaba de Franco era qué· hacía extensiva a su esposo,pero.ellos la olvidaban cuan-
a veces, me hiciera preguntas de mi vida en la escueli ' do había buenas peleas de box y el propio Merinos los

140 141
,...\ ·~:··rli~j?Hz·.-.;·····
•·"·
invitaba a verlas. Al doctor Romero, este'doblez de los Un día de noviembre, fuera d~ la ciÜdad;.·~es~':
huéspedes, lo sacaba de. sus casillas, Decías . 1 un bosque. Los árboles eran .altos, de .ttonéo .liso, 'd~1•
-Por lo que ésos hacen, valen lo mismo que el fut- cortezado. Por ese tiempo estaban desnudos y sus·hoju
balista (Merinos}, que ya sabemos no vale nada. se.acumulaban en el suelo, formando espesa capa. Su"
Al .doctor le constaba que Merinos no era hombre bían por la pendiente suave de una loma has~ una Caltl t.. ,
dado a la práctica 'del deporte, de' ningún deporte. que había allí abandonada. Del otro lado de,la loma loe.¡
sin embargo, insistía en llamarlo futbolista. árboles se acababan de pronto y sólo se veía pasto apre• ,\
/ ~Ya sé -me atajaba, previendo la objeción- que tado y seco. Más allá había otras lomas, con .hierbas.y •
el yerno no le pega una patada ni al mundo. Lo apodo ruidos de monte. Aquella tarde el sol se estaba murien• ,;¡.
como lo apodo, por otra causa. do. Aunque los árboles .ardían de arriba, abajo,. entre·.·
Me enteraba entonces de que José Merinos tenía en ellos, nacía ya la enorme sombra del crepúsculo. Qúise;' .1
la cabeza goles y no sesos; goles'podridos. Y era este '¡ antes de que la noche cayera, acabar de recorrer el bos-
acervo, precisamente,lo que le daba, a juicio del doctor. que. Mis pasos sonaban poco sobre las hojas que la
su ser de futbolista. lluvia del día anterior había mojado, y en algunos.si-
-Pero usted concibe a los goles como si fueran na- tios me hundía en ellas hasta los tobillos. En un suelo
ranjas -le decía yo al doctor. submarino, apenas alumbrado, buscaba yo la vereda
=-Nada importa, mientras usted me entienda -me que me permitiera caminar más de prisa y no. la en·
contestaba. contraba: temía romperme un hueso y tener que hacer
El doctor llevaba varias semanas sin pararse en la así el camino de regreso. Este camino, unos cuantos
casa. Por·la señora Gil supe que se había ido a vivir kilómetros, desembocaba en la carretera que, en veinte
a su consultorio. minutos y en camión, me ponía en la ciudad. El ca-
-No hará allá sus alimentos -me aclaró la dueña-, mino, cuando salí del bosque sombrío, no estaba oscuro
ni en ninguna otra parte., Él seguirá asistiendo aquí. sino luminoso,comosi hubiera guardado, para el último
Es probable que no se halle en la ciudad. Ahora, que momento, toda la luz del sol recibida. En su mayor
.yo creo que el doctor nos ha medio abandonado porque parte era recto, de modo que al ir andando por él uno
tiene un amor con el que pasa, deseguro, las noches. podía seguir viendo los árboles con sólo voltear la cara.
José Merinos era como Pedro Rosas en un aspecto: Desde allá me llegaba su relente y un aroma tenue de
los programas de televisión que lo entusiasmaban, tam- hojas que yo, deteniéndome, respiraba con placer. Me
bién lo ·hacían resoplar y echar jubilosos gritos que sentía extraordinariamente feliz. Hubiera deseado que-
llegaban hasta la calle. Me apresuré a acabar de ce- darme para siempre y que nada de lo que me rodeaba
nar: el yerno feliz era un hombre al que le encantaba entonces sufriera el menor cambio. Sin embargo, apre-
explayarsesin medida. suré el paso: traía la noche encima.
Entre el bosque y yo había surgido un reconocimiento,
como si fuéramos dos viejos amigos que se vuelven a
El bosque. encontrar.

142 1.43

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del .qUxipoque. lo· rodeabat,·.el·cuño: .U~~~ ·.91
Esa misma noche pensé mucho, en el encuentro, Yo de- hasta Ia, tarde: yo sentía lo' mismoi.una ·'le!:! des,,.
bía volver otra vez, y pronto. Yo había dado con1algo1 allí, .de 11-0 regresar a mis otros intereses. 'Y
una de las fronteras, quizá, de mi verdadero país. No a ir también los domingos. Y despaés tódos' lós''"'
Se me ocultaba que esta forma de hablar estaba gastada que me ·dejaba tiempo la escuela. La piel del
como una moneda. Pero yo debía usarla, servirme de olía a resina. Al mediodía más que nunca. Pero -. '~-
ella con entera confianza. Los únicos días libres de los piel del bosque estaban también sus árb~les; y el. el(,
que podía disponer a mi antojo, para regresar al bos- mor difuso, de punta roma, que llegaba desde a{~,,1
que, eran los sábados y los domingos.·Me inclinaba yo apenas si lo penetraba. Del 'aroma de esta envol~ i~i';
mejor. por los primeros, pues simbolizaban para mí, que las estaciones periódicamente arruinaban, volvfa 1f) 1: J;
sobre todo si amanecían soleados, la libertad, Cinco saturado a la casa: pero en él no radicaba ni mi sed·t 1;·;
días de niebla continua y de aulas como prisiones, ter- ni su alivio. , ' 1f,
minaban siempre con el advenimiento del sábado. El El bosque era otra cosa para mí. No sé, ahora, toda-'".'.\
domingo era otra cosa: reposo, calma reflexiva y apro- vía qué. Acaso jamás lo sepa. Cuando quería pe~r ·'
visionamiento apasionado de lecturas. En todo el día en. ello me encontraba siguiendo, sin proponérmelo, c'*1' "',
sólo una vez bajaba a la calle a caminar por una deleite, la línea viva de sus dibujos superficiales, el ·
ciudad desierta, después de comer. No caminaba a mi movimiento de su cuerpo de animal silencioso.Hubo tar-
manera habitual; pausadamente, sino dando grandes des en el verano que me sorprendió ahí el viento. E.n• 1

zancadas, como uno que lleva mucha prisa. El ejerci- tonces el bosque se levantaba y se ponía a cuatro patas ,
cio vigoroso acababa por sacar de su jaula de papel y y subía hasta el filo de la colina. El viento ya no se -Ó,

.abstraccionesa mi espíritu entumecido. Y él se fundía, aplacaba. Y detrás de él, sobre el monte, en medio de
autónomo, volátil, del modo más perfecto, con una remolinos de tierra y del vago ·rumor de las hierbas,
realidad que nada tenía que ver con los libros: el cielo avanzada la tarde, comenzaba a irse el sol. Los árbole11
espléndido y la admirable luz del sol. No quiero decir temblaban, encendidos con un fuego rojo que cundía
con esto que yo dilapidara el otro tiempo, el del sába- lento. por sus agujas y que a mí me deslumbraba $in
do. No. Entonces también leía, y mis ojos casi no cono-« quemarme, revelándome de paso la. clave para ser feliz.
cían el descanso, pero en mí había, .a. la vez, un animal
1111 Pero este secreto era una' ficción, como tantos otros
que celebraba alegremente el fin de semana, de clases. que procedían de idéntica fuente. Y sin embargo, el des-
La idea 'de una frontera a c:uzar, Y, la de un animal ;1 j lumbramiento era efectivo, algo con lo que yo po~ía
gozoso se complementaban bien, segun yo. El retorno. ¡ contar durante meses. De una estación a otra. De un
al bosque sería una fiesta. - añb a otro.
Pero no tardé en sentir lo poco que era visitar una\¡
vez por semana al bosque. Nada importaba que me}
fuera yo a él desde temprano los sábados, y que ,,,
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144 1+5'

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V ahpa. Muerte que se nos rrtanuestaba en el áire, vpland~··.
como un ·pájaro histérico. Interferido el ~nsajé ~q'''. ~'·,:/.
Mi soledad, a principio de mi quinto año de escuela, Rosas .a la señora Gil por Magdalena, el ,silencie:> •• y. ' , ,
era honda. Mi vida regular de estudiante me parecía redoblaba y se volvía penosa su presencia. La coeinllra' ··';·,·
un mal sueño, un tristísimo ir y venir por caminos que se estaba tragando lo que había dicho; Comenzaba: yo·'·
no eran los míos. Pensaba Yo en los libros de .texto a imaginarme la cebolla más grande que una cúpula de
como en piedras de esmeril que me desollaban. Entre oro macízo.. una joya. Tanta miseria en el patio me
clase·y clase, buscaba de estar solo con avidez, y enfermaba también. Mi mal sueño, del que había .huido -,·
mayoría de las veces lo lograba. Había un desconsuelo esa mañana, tenía profundas raíces de insospechada ex-
radical en mí: de aquel sueño no saldría yo -pensa· tensión: las dos mujeres Gil, cicateras hasta el tuétano,
·ba-, caso de que saliera, indemne. Su huella perma- tan ajenas a mi verdadera vida, cooperaban a escure-
necería, y andando el tiempo, en otros lugares, atrae· cerla. Aprendía a identificar al enemigo. Metía la ca-
ría sobre mí, como una llamada, la sombra de otros beza debajo de la almohada y me apretaba con ella los·
sueños de igual linaje. A veces, este apartarme no bas- oídos. Obraba como si las voces fueran a ser eternas '
taba, y abandonando las clases volvía a la 'casa, Me y no las ocasionales, las perdidas gotas que en reali-
encerraba entonces en el cuarto. Sosiegoabsoluto. Oscu- dad eran. Peró es que yo me sentía herido, rajado .por
ridad en pleno día gracias a que había cerrado la ven•. un sol que no se ponía nunca. Con todo, esta manera
tana. Tendido boca arriba, en la cama, oía de cuando de querer despertar, en nada me remediaba ni mejo-
en cuando, como si fueran perdidas gotas dé agua que raba: igual pudiera haberlo hecho un niño. Sólo dos o
se estrellaran contra una piedra en mi oído, las trans- tres veces de las seis o siete que así huí, llevé la cosa
parentes voces de los habitantes en el segundo patio. al extremo. No bajé a comer, tampoco a cenar: las
Pedía Rosas una cabeza de cebolla a su amiga. Luego caras me habrían también causado daño. Pero me que-
el silencio de nuevo, en el patio. A la pobre Rosas se le daba. la noche.
cargaban los achaques : los pies planos le·hacían sufrir: En el comedor me esperaban el pan y la leche de Ro-
una reuma le partía su cuerpo breve por la espalda.. sas. La luz del primer patio alcanzaba a iluminar, con
El doctor Romero quería a Rosas, y se lo decía: una claridad dudosa, a través de los vidrios de colores
-Mira, vieja: nadie en este mundo te tiene tan~ de la puerta del comedor, los alimentos. Pero yo los
adentro como yo. 2 encontraba, en parte por la costumbre y en parte por-
Ella le sonreía, no sé si escéptica o halagada. Pero el:.i que me guiaba la blancura del trapo que los cubría.
doctor unía a las palabras los hechos: Recargándome en el trinchador, comenzaba a comér-
-Toma -le daba un billeté-, para tu café, para,4 melos. El pan, de costra. morena, si yo lo soltaba un
lo que te haga falta, ' momento de mi mano, se me perdía en la penumbra
Que la voz de la señora Merinos -Magdalena- so-; como si tuviera vida propia y nada quisiera conmigo.
nara, era una especie de desgrada para todos. El doc- El vaso de leche no. l!.seera como un cilindro lleno de
tor· me decía que oírla era 'asistir a la muerte luz blanca. Destaparlo y contemplarlo, por breve que

146 147

,,•
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-fuera~ÍtieinPQ,vari~
finido:
1 veta me provocó
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ri~ de lós profespres;_~ Iá \l]~Wérsi~,·· :PpbW
1
Rosas había traMo .ª1 'comed,or,
cedro, un objeto muy distinto al que ella pensó n:!ci~a con una sonrisa.·Ext_endía~um,~o hu,&'14•
mí. Podía no beberme entonces la leche como el sentí- encima del pupitre .para saludarme; L~' biblióte
miento de temor se me presentara fuerte: pero al otro encontraba vacía. Franco·y yo nos poníal®s a' pla.
..día era de rigor darle una explicación a Rosas. de cualquier cosa. De adentro de la sala•de lectuta ,
-Yo corro un riesgo que usted 'no se imagina -de- llegaba el olor a desinfectante. Volvíamos entone.
cía-. lmelda se da cuenta que yo le dejo a usted de simultáneamente, la cabeza hacia allá, y nuestra m.Uijd.•(
cenar y de que la mitad de esa cena, para colmo, se se.topaba con la empleada que ,cambiaba los•peri~\::,
·pierde... · de la víspera por los del día, de unos li¡¡ton~ de·. ¿~'.
En una ocasión la oyó el doctor. madera. '¡, 'i (
-¿Y de qué te preocupas? Total, te botan estas gen- -Ella es la del desinfectante :.,_la acusaba Frarícp ':';.
tes y tú te vas a la casa donde tengo el consultorio: conmigo. .~¡. -.
allí hay donde te acomodes. Nada más no te vayas a.·/' Franco .era hombre triste y su figura, envuelta por
ir con Pedro, vieja. •,.• la bata, ayudaba (por lo menos a mí) a reforzar. esta 1

Parecía que aún no tenía yo bastante soledad. Erari\}' impresión. Pero hablando con él mi sueño cedía, COll10 "
los once y media de la noche. Terminé con las últimas.,;, casa de paja embestida por el viento. Yo, en un mes·~·
virutas de pan y salí a la calle. ¡Qué existencia tan des.•) dejaría la ciudad y la escuela y la vida que había :Vi~,
nuda la mía! Siempre las mismas puertas cerradas que ry vido. Franco me dijo esa mañana:
no lograba abrir. La terca ronda de mis pasos frente i!j ·-Usted se va, ¿y quién lo vuelve a ver?
a .ellas. La .única y sola calle. Así me lo figuraba yo,,W! Nada tenía que responderle. Acabé de entrar a lá
que caminé durante cinco años. Calle cuyos diferen·''.i biblioteca. El olor del desinfectante se había esfumado.
tes trechos reales mi alucinado sentido de orientación'.~ Busqué un lugar cerca de la vidriera y comencé a leer.
seguía e hilvanaba secretamente. Yo esperaba encon-zt'.;¡· Más o menos tal era mi forma de actuar dentro de la:
trar en su desembocadura una plaza, un espacio abier~.'.i sala casi todos los días. Pero este automatismo, a veces
to... también se me manifestaba arbitrario, seco, haciendo
Prácticamente vivía yo en la biblioteca del Consula;.;, de hú una especiede muñeco que anduviera sobre.neles
f'l
do. .Los tres libros que tenía derecho a sacar no me:! silenciososal pie de las estanterías. Esta súbita reflexión·
,;
bastaban sino para llenar las horas de la noche y ~! podía herirme a fondo; paralizarme, como un veneno,
primeras de la mañana. Para el resto del día sentía l~ el corazón y la voluntad. Quedaba atolondrado, solo:
necesidad de otras lecturas. En el quinto año de escuel~ la tierra firme de los libros se había hundido, porque
yo estudiaba poco. Había comprendido que los libl,'0$.'í era ficticia. ¿Cuánto tiempo duraba así? Horas, si nadie
\.•:1}
de texto eran una trampa y trataba de evitarla. Er: · acudía a rescatarme; por ejemplo, Franco; si no, la,
como una pocilga donde se me acababan el aire y visión de .los árboles de la placita de enfrente: de· #is
luz. Y detrás de estos libros estaba el mundo atroz, est9' jacarandas. Yo conocí tantas y tan bellas y distintas en-
carnaciones como fueron las veces que ellas mé salva-
148
149
ton. Pero también, . un cielo amurallado, al n~, de ª.no ~espertar. Su .sólidaquijada me as~ba,·,q~e lar
1

nubes y visto a través de, la vidriera, a falta de lo marcha de las cosas.era perfecta y que ·yp. poc!la,gu..
anterior, me producía igual efecto. Recobrado, tar- tarme otros cinco áños de mi yida en celebrarlo. ~;
daba aún ·en ponerme de ·pie, pero mientras tanto cuerdo que la mujet de Merinos acostumbraba buttat ·,
hacía memoria de·mis días y .noches de mayor fortuna. en los ojos de los huéspedes miradas de ~robaci4tt ·
Comenzaba por aquella noche de tres años atrás. La hacia su marido. Jamás las encontró; pero lo que ·•t
noche de la tarde que hablé con el secretario Fontes.: había en ellas no atinó, creo, a leerlo. No participaba
el odio por él, el librote denso entre mis manos, sus yq del desprecio'general por Merinos, nacido de la im-
primeras páginas desperdiciadas,la lluvia sonando afue- presión de suficienciaque daba al opinar de ma~rias
ra... Pero luego, la paz y la certeza de haber dado con ajenas al futbol. Su actitud me dejaba frío. Pero no
una verdad. Yo medía la fortuna según era la distancia fue así la tarde de entonces. La estupidez de Merinos '1

que me separaba de esa verdad; de la que tampoc~ sabía me resultó evidente. Merinos destruía la inteligenciá,
nada; un puro asedio todo: el día de ayer, la hora enredaba, confundía su ejercicio de por sí anémico en
presente, los minutos -uno a uno-- desfondándose, el comedor. En esto, como en otras cosas, yo era.. un'
yéndosea pique en mi propia soledad.Aquí, mi memo- remiso con respecto a los demás huéspedes: mi visión
ria se eclipsaba y yo volvía a abrir el libro, pregun- del yerno florecía última, pero alcanzaba, quizá, mayor
tándome si tendría tiempo para terminarlo. La mura- virulencia, Casi me sofocó la violenta antipatía que
lla de nubes en el cielo se .había derrumbado y la experimentépor el hombre. Un silenciogrande se abrió
espuma de sus escombrosera aventada por el viento dentro de mí como un cielo muy limpio, para respi-
en dirección a la placita, a nosotros. Franco, parado rar y recuperarme. Las armas de buena calidad de,
en la puerta de la biblioteca, con las manos en las uno de los huéspedes se mellaban al pegar contra
bolsas de su nata azul, que el viento hacía volar de los la piedra parlante de Merinos. Las mujeres asistían
faldones, me decía, mirando al cielo: al duelo con la cabeza baja. Por turno cuchareaban,
-Ya no tendremos agua hoy. ¡Qué bueno! No me con afán marcado, la sopa de sus platos, de modo que ·
gusta que llueva como llueve. ¿Regresa usted después producían en su campo un ruido pertinaz que estorba-_
de comer? ba el discurso del yerno. Merinos, irritado, acabó ca-
llándolas, inútilmente. El huésped, atendiendo a una
seña del doctor Romero, se retiraba ya. Cuando el
Se cerraba' el círculo. Los extremos estaban a punto yerno volvía a la carga y vio como lo ignorábamosen
'de tocarse. En un extremo veía, en la luz coloreada la mesa, la reacción que tuvo me llenó de asombro.
del comedor, la figura de José Merinos leyendo su Dirigiéndose a mí me preguntó que por qué estaba
imprescindiblerevista. Todo terminaba y todo comen- tan callado. El doctor arrugó el entrecejo como si no
zaba a la vez. En cualquier momento, sin pensarlo, acabara de entender bien lo que había oído. Con '11u
día encontrarme en el comienzode mi sueño, como si pregunta, lo que hacía José· Merinos era .defenderse
nunca lo hubiesevivido. Merinos era como un llamado de mí, convertido sorpresivamenteen su enemigo. De

150 151


que si .~ablaba tres palab~ dtll'a.nte
eran. muchas. Merinos, sin es~rat la respuesta,
su revista y se puso a verla de nuevo. El círculo
había cerrado.·Y yo s6lo esperaba, para irme de la
'dad, el resultado de los exámenes. Según Evaristo .
Acuérdense del silencio
Trinitario .
Más frío que el viento :•, ,i,
Angel de los veranos . 64,
Un viajero en la Florida ,,..
,. 78
La paga . 90
!
Después de la lluvia 102
El fuego en el árbol 113
Septiembre y los otros días 127

152
IMPJl,ESO Y HECHO EN MÉXICO
PJUNTED AND MADE IN MEXICO
EN LOS TALLERES DE I l

EDITORIAL GALACHE, S. A.
PRIVADA DEL DR. MÁRQUEZ, 81
MÉXICO 7, D. F.
EDICIÓN DE 3 000 EJEMPLARES
Y SOBRANTES PARA REPOSICIÓN
8-n-1980

N! 0820

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