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José U. Escobar

'

El Evangelio de Judas de Keryoth, Vereda del Norte

( Dos novelas inéditas de 1937)

Adriana Candia

Introducción y análisis

Introducción general

1

1El Evangelio de Judas de Keryoth,

de José U. Escobar: Entre el Amor y el Odio/ Adriana Candi a

9

El Evangelio de Judas de Keryoth /

José U. Escobar

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11Vereda del Norte, de José U. Escobar:

Revolución y Homosexualidad I Adriana Candia

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Vereda del Norte/ José U. Escobar

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Glosario de El Evangelio de Judas de Keryoth

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Glosario de Vereda del Norte

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Bibliografía

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Introducci6n general

D os relaciones emocionales entre hombres, muy

diferentes las historias, pero ambas intensas; sirven

de argumento a las dos novelas cortas que el

juarense José U. Escobar escribió entre el periodo de 1936

a 1937. La primera novela de ellas: El Evangelio de Judas

de Keryoth, nada menos que sobre la relación entre el hombre-Dios Jesucristo y el infame Judas a principios de

nuestra era, en Tierra Santa;

y la segunda, Vereda del Norte,

la relación entre unjovencito hijo de mineros y un campesino

huérfano, en la etapa de la revolución mexicana, con el escenario de los paisajes de Chihuahua. Ambas novelas permanecieron inéditas por sesenta y siete años, hasta que gracias a la generosidad del historiador Darío Osear Sánchez, que proporcionó a los editores deAnnario, copias de los manuscritos originales, las novelas vieron la luz, aunque en varias entregas, en el Suplemento Cultural Armario, de la revista Semanario. Ahora aparecen completas y merecidamente, en la "Colección Precursores".

El Evangelio de Judas de Keryoth y Vereda del Norte son

dos novelas que se situarán seguramente en un lugar importante en la literatura mexicana, dado que además de la calidad con

la que fueron creadas, llevan consigo temáticas que en este

siglo no pueden pasar desapercibidas. Para esta publicación hicimos algunos cambios de estilo en relación a los textos originales. Pocos en El Evangelio y casi ajustados al cien por ciento al original que fue meca- nografiado por el autor y el cual se encontraba en buenas condiciones. En cuanto a Vereda, fue necesario decidir (por ejemplo) para elegir los nombres de los personajes principales

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Vereda Del Norte

José U. Escobar

Dejadme cantar del amado mío,

El cántico de mi amigo respecto de su viña:

Tuvo mi amado una viña en una colina muy

feroz;

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Y

la cavó, y despedregó,

Y

la plantó de la vid más escogida;

Y

edificó en ella una torre,

Y

también labró a pico un lagar en ella;

Esperó para que diese uvas;

Y las dio silvestres.

-Isaías, Capítulo 5.

Vereda del Norte

Capítulo I

L a entrada de la mina era un agujero negro, más negro que una tumba: mucho más profundo. Un boquete de cuatro metros de diámetro y varios kilómetros de

profundidad, taladrados en la férrea carne de la montaña. Los hombres deshacían las rocas en la afanosa búsqueda del oro. Allá, en la época del caos geológico, explican los que de esto saben, el agua corría por las montañas de las rocas nuevas, depositando, en las vereditas que formaban la erosión, sedimentos metalíferos que se incrustaban en las rugosidades rocallosas, formando vetas. Hoy los hombres horadan hormigueros milimétricos y allanan entre las tinieblas y el calor sofocante de las minas, desprendiendo los hilillos auríferos. Todo es tenebroso en el fondo de los túneles, y sólo el parpadeo amarillento de las lamparillas que los mineros llevan sobre la frente-simbólicas lenguas de fuera de un Pentecostés materialista que distingue en la sombría fila de las tejas, las formas pétreas del vientre subterráneo. La montaña aprieta sus entrañas con la asfixiante cohesión de la roca que se defiende. Los hombres perforan siguiendo la veta, y la montaña

va entregando sus tesoros. La mina se llamaba La Fábula. ¡La Fábula! ¿No era éste un nombre verdaderamente singular para una mina? ¿Minas? ¿Minas? ¿Qué? ¿Algún minero literato? No, no es concebible. Pero la mina se llamaba así: La Fábula. Arracimados sobre una plataforma de madera sostenida por cables de acero, bajaban diariamente los mineros hasta el fondo del tajo. Allá abajo encendían sus lamparillas, chacoteaban y contaban historias coloradas, se desnudaban y, luego como sombras fantásticas de un país de pesadilla, se

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José U. Escobar

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repartían por lc1r:túneles y comenzaban a desprender la rocalla, al golpe )eco de las piquetas de aceró. El toe-toe de los picos en el leúnel tenebroso producían una sinfonía. ¡También la sonir>ratiene su cántico! Aquel ruido, aquellos golpes del hierr~asobre la piedra, eran como un reclamo por ·

El chamaco Hcardito García bajaba, a veces, al tiro de La Fábula, para :Jacede compañía a su papá que era minero. El muchacho ne \ba a trabaiar, más bien servía de estorbo que de ayuda, pee? el papá lo llevaba para que no diera guerra en la casa y, ade1sctás,porque, para el chico constituían estas visitas a la mina.jma aventura de perfilesjuliovemescos.

la pérdida del díer por la pérdida de la claridad.

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Todo era mar ·villoso,treparse en la platafonna, apretujado

entre los obreros Festidos de mezclilla; aspirar el huma de los

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cigarros de mac11ihi; escuchar las risas de los barrena:dores; aprender palabrc tas de esas de media legua; achinarseicon el rechinido de los , 1ables. Sumergirse en la sombra sin tiempo que las tripas se e subían hasta la cabeza. Experimentaba primero una grar frescura, la sensación de un aire distinto, el

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aire de la tierra; 1 ego levantaba los ojos para ver las paredes amarillosas del uiel 1Jlá que se iban ennegreciendo poco a poco,

y que concluían,

donde chorreaba ¿1rebalse de la luz de arriba. El aliento de la

tierra apretaba e1 rcho. La masa de sombra se tomaba más densa. Ya no se J1nínguía el boquerón azuloso. La atmósfera se tomaba cálicf'. 0tel El agujero se hundía en la sombra, Era

aquello la noche

caída durante el s:seño.Ricardito pensaba que, si continuaban horadando, ~a n llegar, alguna vez, al otro lado de la tierra, al otro azul, a la e>traluz, y que quien se colara en elipozo,

día, la noche de la tierra. Era como una

muy alto, en un círculo de claridad desde

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Vereda del Norte

'podría muy bien surgir en la región opuesta y perderse proyectado en el espacio. [Qué idea: la tierra perforada de lado a lado! Pero no. Pronto llegaban al fondo. Ahí se ramificaban los túneles. Era un mundo de fantasía.La densidad atmosférica enguantaba los cuerpos. La columna de tinieblas caía verticalmente, enterrándolos en las entrañas de la tierra. El muchacho sentía la presencia, casi sexual, del secreto de la montaña. Era una atracción lóbrega. Los ojos se acostumbraban, poco a poco, a la oscuridad, y principiaban a columbrar borrosamente las siluetas fantásticas de los mineros. Así deben vivir las hormigas -pensaba-. Sentía un deseo intenso de tumbarse sobre la tierra, de restregarse como un reptil, sobre el fondo del túnel. El tacto es el sentido de la tierra. El secreto de Isis. Por supuesto que Ricardito nada sabía de los misterios egipcios, pero se dejaba poseer, inconscientemente, por el deseo de acariciar la tierra, de sentirla en todo el cuerpo, de palpar las entrañas del gran subterráneo. Sentía después la presencia de la gran soledad. Lo llenaba de euforia acercarse a los hombres, darse cuenta de que todavía estaba junto a la humanidad. Parecía que los mineros flotaban, ingrávidos, en una ola de negrura, en donde bailaban, formando extrañas constelaciones, las llamitas de las linternas. Debajo de cada punto luminoso brillaban dos ojos; el sudor de las frentes relumbraba con resplandores anaranjados; los dientes blancos relampagueaban detrás de las bocas fatigadas. Los hombres, desnudos de medio cuerpo arriba, ya no parecían hombres, el sudor les formaba caminitos sobre los torsos hercúleos cubiertos de polvo. Las piquetas despedían chispas al chocar sobre la piedra. Los mineros cavaban en el sendero nocturno. Ya no eran seres de carne, sino de tierra;

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tierra en las orejas, tierra sobre los párpados, en las aletas de las narices, en los labios grotescos que, al sonreír, adquirían expresiones de máscaras pétreas. Trabajaban los mineros con el alma llena de tierra y, sin embargo, sonreían cuando se acercaba el chamaco. -¡Qm1mbo, mano! -¡Quíhubo pues, valedor! -¿No has encontrado gallitos de oro? -Uno, chiquito. Te lo doy por un chino. -Sobres. -Pero tienes que esconderlo muy bien. -Sobres.

Extraño que un minero cambie un gallito de oro por un rizo, pero, cuando se ha bajado desde lo azul; cuando ese rizo puede traer enredada una abeja de luz; cuando se han pasado muchas horas en la soledad y en las tinieblas, entonces Entonces nada es extraño. Ricardito les inspiraba una gran simpatía a los mineros. Era el muchacho un "bajado" de la claridad. Tenía luz en la risa y en el cabello. Parecía un dios arrancado de los frisos griegos. Un dios con "huarachitos" y "calabacito" para el agua; Ganímides vestido de manta. Por supuesto que los mineros nada sabían de la Hélade, pero adivinaban, sentían ahí en subterráneo, la reminiscencia de los días pelágicos. El fondo humano será siempre el mismo. Después lo poseía la ansiedad de salir de aquel agujero. Regresar a la luz. La claridad estaba allá muy arriba, tan lejano como un lucero. Se despedía de su papá y de los mineros. -¡Adiós, cuates! -¡Nos veremos allá arriba!

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-Cuando vuelvas tráete unas naranjas. -Mejor una botellita de "eso"."Eso" quería decir "tequila" ~': o "sotol", pero como estaba prohibido, le decían "eso".

De nuevo al malacate. Ascender. Se elevaba en el tubo de tinieblas; el calor amainaba poco a poco, las tinieblas se deshacían. Cerraba los ojos para acostumbrarlos a la claridad. Elevaban bocanadas de aire puro y de luz. Después salía del agujero. ¡Qué lindo se veía el pueblo desde la boca de La

Fábula!

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Capítulo 2

A fuera, el triunfo de la vida. an Francisquito del Oro, mineral norteño repechado de sol en un anfiteatro de montañas escalonadas de

pinos. No mucha cosa de los hombres; casi todo obra de la naturaleza. Creación de los hombres: cuatro o cinco callejuelas tortuosas como mala conciencia, que van a rematar a la plaza que, por obra y gracia de uno de los muy haches ayun- tamientos que ha padecido el pueblo, cuenta con un kiosko de madera (donosacaricatura del arte morisco); faroles con mecheros de petróleo y bancos de hierro que, en épocas pluscuamperfectas, fueron verdes, ese color predilecto de los intelectuales y de las cocineras; sombrean las banquetas cedros y moreras que producen abundante fruto para encanto de los chiquillos y de los pájaros. Todos los días vienen a la plaza a tomar el sol, varios mineros viejos, flacuchos y encorvados, de ojos pequeños y vivaces, ribeteados de rojo; les tiemblan las manos y las cejas con movimiento nervioso; la contracción de sus labios delgados, entre las barbas ralas, les da una expresión de malicia e ironía. Traen infinidad de medallas y escapularios colgados del cuello; visten camisas de manta y pantalones de mezclilla; se protegen del aire frío de la mañana serraniega, con zarapes de lana. Sostienen a diario la misma conversación:

-¿Cómo le va, don Pancho? -¿Qué dicen esas reumas, compadre? -Pos creo que ya ni con toleache. ¿Y usted? -Ansina, ansina. Todos vamos pa'viejos. -¿Vamos? ¡Ah, qué mi compadre! Todavía se cree

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muchacho. -Güeno, es que se me olvida. -¿ Yajallarían la veta en La Fábula? ·

-Crio que toavía no.

-Pos

ahí está l' oro. Aunque no lo crean.

-Ahí

stá. Sí señor. Esa tierra está sentada en oro.

-¡Y nosotros tan probes como cuando nos parieron! -¡La de malas! ¡Qué le vamos a hacer? Unos nacen con estrella y otros estrellados, compadre. -Si ansina lo manda mi Tata Dios, no hay más que tener pacencia. Unos perros corretean y retozan organizando en la banqueta un torneo medieval en honor de alguna incógnita

dogaresa.

Van llegando, de las haciendas vecinas, rancheros que vienen a hacer sus compras en la tienda de raya. Cabalgan sobre jamelgos sudorosos. Cuando se desmontan, caminan como entumecidos, haciendo resonar las espuelas sobre los cantos rodados de la angosta banqueta. Se toman varios tequilas para hacer la mañana. Compran jabón, manta, piloncillo y café que acomodan con lenta parsimonia, en las cantinas de la montura. Hay en sus rostros un rictus de solemnidad y de tristeza. Son tristes hasta cuando se ríen. Baja de la montaña una cuadrilla de mulas cargadas con serones repletos de metal. Los mozalbetes que cuidan la remesa vienen armados con carabinas 30-30. Llegan la tienda a comprar tequila y chiles curtidos. Las mulas aprovechan la parada para buscar basuras y comérselas. El más destacado exponente del grupo en la plaza del pueblo es un bolerito que con su cajón negro, adornado con su espejo y la estampa de la Virgen de Guadalupe, la botella

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de chain así, en algo que quiere ser inglés, y los "trapazas" para el brillo. Los perros continúan retozando. La cuadrilla de mulas se alarga por el camino del valle. Los viejos encienden sus cigarros de hoja y entre chupada y chupada, echan a volar los recuerdos, cuando ellos eran jóvenes y trabajaban en La Fábula, y encontraban gallos de oro, "¡así de grandes, del tamaño de una manzana!". La vida del pueblecito se desliza monótona y silenciosa,

pero llena de un secreto encanto. Al oriente de la plaza está el orgullo del pueblo: la misión - de San Francisquito. Cuentan que hace años, llevaban a lomo de mula, para otro mineral que está más al norte, una imagen de bulto de San Francisco de Asís. El santo sugestionado seguramente por el paisaje, se negó a continuar el incómodo viaje. "Aquí me quedo", se dijo, y se volvió pesado. Ni con diez mulas consiguieron moverlo. No hubo poder humano que pudiera levantarlo. El señor cura opinó que el Santo

deseaba favorecer al mineral

con una maravillosa bonanza en La Fábula, San Francisco fue proclamado solemnemente patrono del pueblo. Le consiguieron una iglesia de adobe, con paredes de metro y medio de espesor,con una sola torrecilla achaparrada y formal, desde donde las campanas, amarradas con coyundas de cuero de buey, a las viguetas alisadas por el tiempo, pueblan, de tarde en tarde el silencio de las cañadas y las lejanías, con su vibración poderosa de bronce. Enriquecieron la iglesia con finos ornamentos, altares dorados a fuego, un órgano y pinturas de los más inspirados pinceles. En el amplio atrio del templo, están sepultados los

viejos mineros. Sobre las lápidas carcomidas y patinosas, se

y, como su llegada coincidió

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leen todavía los nombres de los difuntos. Los indios tarahumaras le traen a San Francisco panales y pájaros que, en sus jaulas, colgadas frente al altar mayor, cantan el himno de la naturaleza y de la vida en la mística soledad del templo.

- ¿Adivinaron acaso los indios que el seráfico padre amaba conversar con los pájaros? El alma limpia de la gente palpita en el silencio de esta capilla. Aquí han sido bautizados los recién nacidos, aquí han unido sus vidas los esposos; aquí han sido salmodiados los muertos; aquí han llorado los dolores y cantado las esperanzas, de todos los que han afanado en medio de durezas, de privaciones y de honradez, junto a la montaña de oro en donde abre La Fábula sus fauces de piedra. Una cadena de quebrados montes, diademados por alcores de pinos, madroños y táscates, y salpicados de cabañas enjalbegadas de blanco, con techos de teja, desciende hasta el valle. Casi todas las casuchas están rodeadas por huertos de manzanos y duraznos, plantados sobre las corcovas de la tierra pedregosa, tostada por el sol. Al norte se levanta la alta sierra, el macizo de la sierra brava que forma graderías de gigantes, con sus golas de piedra ,/ matizadas de ocre, de rojo, de siena, de apagadas malaquitas, y de toda la rama de lo azul, desde el oscuro del océano pétreo, hasta el clarísimo de las lejanías. En los aledaños del pueblo, donde se inicia la acritud del sendero, mana, entre pinos añosos, un ojo de agua que desfleca sus cristales sobre un bordo de tierra, y se reparte luego en tajeas bordadas de tomillo, poleo y hierbabuena, que zigzaguean entre los huertos. Cerca hay una poza donde beben los burros y los caballos. En el fondo de la cañada se desliza el río. Ahí van las mujeres

Vereda del Norte

a lavar la ropa, y los muchachos a jugar y bañarse en las pozas abrigadas al amparo de los álamos. En el flanco del monte se columbran las bocas de las minas: La Fábula, La Margarita, La Fortuna. Entre los peñascos serpentean las cintas deslavadas de las veredas. Hacia el sur, el terreno declina en mesetas pedregosas, manchadas por el verde grisáceo de la gobernadora y los acotillos. El sendero se pierde como una larga cicatriz, en la llanura cubierta de grama plateada. Es el camino del desierto, tendido a los pies de la sierra. Ahí triunfa la luz. Parece que la claridad, en lugar de bajar del firmamento, asciende de la llanura que reverbera en el espejo ustorio de los espejismos. San Francisquito no es cualquier cosa. Tiene escuela primaria, fonda, mercado, carnicería, tienda de raya, dos cantinas, salón de billares, y para la feria, el día del serafín patrono, la plaza donde levantan la enramada para la loteria y los carcamanes, así como dos puestos de empanadas fritas, machacadas de carne seca, enchiladas y tepache; tiene la plaza de gallos, donde celebran rumbosas tapadas, contra el pueblo de San Francisco el Grande, con el que guardan añeja rencilla, motivada por el pacífico santo que prefirió quedarse en San Francisquito. Todo está lleno de luz y de color; hasta carecen de ./' doctores y de licenciados. Deben ser muy felices.

Capítulo 3

Pero, mamá! ¿para qué le ponen tanto almidón a las

camisas?-dice el muchacho, tirando sobre el poyo del portal la prenda.

-Pues antes te gustaban con el cuello muy duro. -Pero ahora ya no. Me deja el pescuezo desollado. -Pero no la tires al suelo, malagradecido, que me estuve hasta media noche, arreglándote la ropa para que fueras muy limpiecito a cantar a la iglesia.

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1

- ¡Quién va a cantar con esos cuellos! Mejor me pongo

la camisa sucia.

- ¡Dios te libre! Van a decir que tu madre es una bien

cochina. -Que digan lo que quieran, pero yo no voy a andar ahorcado. -Bueno, dámela, ahorita le mojo el cuello y te la vuelvo a planchar. A ver si te gusta. Doña Carmelita recoge la prenda, y se mete en la casa, pensando, con tristeza de madre: "Mi muchachito se está haciendo hombre. ¡Yatira las camisas! ¡Sea por Dios!" Efectivamente, Ricardito García, el Niño Dios, para servir

a ustedes, tiene catorce años cumplidos, y va que vuela rumbo

a la hombria, por el encabritado vericueto de la adolescencia.

Es listo como una ardilla y bien plantado como un arbolito que florece por primera vez. No ha dado un solo paso fuera del círculo azul que limita el horizonte del pueblo. Sus padres lo han educado hasta donde es posible hacerlo en la sierra; sabe leer, escribir y hacer las cuentas. Conoce una migaja de historia y dos centavos de geografía. Ha leído, ávidamente, tres o cuatro libros que hay en casa: Los amantes de Teruel, Los tres mosqueteros, La vida del gran capitán, y la primera parte de Don Quijote. Sueña con la capa y las botas de

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Artagnan; se pasa el día dibujando mosqueteros y confe- ccionando espadas con alambres, tapas de bote y mangos de escoba. Cuando era infantico lo prestaban para que

representara al Niño Dios, en las Pastorelas. De ahí, el místico sobrenombre que le ha quedado; después representaba el papel de San Miguel que, vestido de azul, con unas alas de cartón y una espada plateada, hacía polvo a Satanás. Durante varios años pudo vencer al diablo, pero ahora Ahora Ricardito es el centro y tema de las más acaloradas discusiones, entre sus padres que nunca como hoy habían sostenido tan opuestos criterios. El papá está emperrado en que su hijo sea minero:

La minería-dice a su mujer- es lo único que deja dinero de verdad. -Sí, tanto que te ha dejado -replica doña Carmelita-. No quiero ni pensar que mi hijito deje los pulmones en el fondo de una mina; él estudiará, le daremos una carrera, lo mandaremos a México, para que se haga·doctor o licenciado. -¡Doctor matasanos! ¡Tinterillo picapleitos! ¡Buen porvenir le buscas! ¡Que aprenda a encontrar el oro en la

tierra!

- ¡Mucho va a encontrar!¿ Tú, cuánto te has encontrado? -Bastante, ya lo sabes. -Bastante para tirarlo denunciando vetas inservibles.

Don Julio García, padre de Ricardito, era el tipo petfecto

del serrano del norte. Rubio tostado, de porte hercúleo, de

de

ojos grises, abrillantados de sinceridad y de franqueza;

movimientos bruscos y palabras terminantes; forjaba las frases

a empellones, hablaba de bulto, como si empujara las palabras

a manotadas. Quien sólo le escuchara, lo tomaría por ogro,

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Vereda del Norte

pero detrás de su voz ronca y de su pecho atlético, latía un corazón de oro, compasivo y candoroso como el de un niño. La leyenda de los filones de oro de las minas excitaba en alto grado, la imaginación del montañés, que se pasaba los

días de descanso errando de breña en breña y de monte en monte, excavando aquí y allá, seguro de que tendría que dar algún día, con una veta fabulosa. Había gastado todos sus ahorros denunciando las entrañas de la tierra. Andaba siempre con un pesado saco de piedras, sobre el hombro, para mostrárselas a los buscadores de minas en donde quiera que topaba con ellos. Amén de las minas, tenía otra debilidad, propia de Hércules: las mujeres. Había tenido dares y tomares con media docena de rancheras, pero eso sí a su mujer jamás

le había faltado escandalosamente. La escuchaba siempre,

dócil y amoroso, como quien oye a una diosa. Su mujer, era

su mujer. Doña Carmelita era algo mayor que su marido. Tenía apenas cuarenta y cinco años, pero su rostro surcado de

arrugas y sus espaldas encorvadas, la hacían verse de sesenta. Caminaba sin hacer ruido. Tenía algo de ingrávida. Su frente espaciosa, sus cabellos grises, ligeramente quebrados, sus ojazos húmedos y llenos de dulzura; su voz apacible, le daban un aspecto de santa. Solamente en su sonrisa había un rictus de recóndita ironía. Manejaba las tijeras y la aguja con mayor destreza que el mejor sastre. Los pantalones y las camisas usadas de su marido, se convertían en sus manos, en flamantes prendas de ropa para Rico. Y aunque fueran simples frijoles

o caldo de chícharos secos, todo lo que ella cocinaba, sabía

a gloria. Su casa brillaba como los chorros del oro. Cultivaba

gran variedad de macetas y, después de su muchacho, el querer de sus quereres era un chante que sabía silbar un pedazo del

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José U. Escobar

himno nacional. No, doña Carmelita tenía bien pensado y mejor decidido; su hijo no gastaría su vida en el subterráneo. Costara lo que costara y sucediera lo que sucediera, Rico sería doctor o abogado. Tercero en discordia, en aquellas discusiones familiares, era Ricardito, que dividía sus aspiraciones entre dos polos:

ser militar o cirquero. Ni más ni menos. La vocación guerrera le nacía de la contemplación de un cromo que había en su casa, en el que Napoleón Bonaparte, montado sobre un hermoso caballo blanco, contemplaba con unos prismáticos de campaña, el desarrollo de una batalla; de la lectura de Los tres mosqueteros, y sobre todo, de las pláticas del señor Carvajal, el maestro de escuela, varón enteco, raquítico, amarilloso, insignificante, pero que, oriundo de Puebla, cuando en la clase de Historia Patria, se ponía a describirles a los Niños Héroes, la batalla del Cinco de Mayo, se volvía un Castelar; echaba la casa por la ventana; se transfiguraba, le salía lumbre por los ojos, su voz adquiría sonoridades de trompeta apocalíptica, y terminaba siempre sus peroratas, recomendándoles a sus alumnos, que marcharan como los soldados, que se endurecieran, que echaran pecho (palabras textuales), porque la patria necesita hijos fuertes y valientes, y porque bien sabemos (éste era el remate clásico) que mens sana incorpore sano. Aquello lo traducía Ricardito en llegar a General. La vocación acrobática del muchacho fue motivada por la visita de un circo de la legua, que hizo temporada en el pueblo. Aquello fue algo enloquecedor. Había que ver los programas: el oso salvaje, el caballito sabio, la reina del aire, el hombre más fuerte de la tierra, y por encima de todos, el

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••

y.

Vereda del Norte

señor Orona, barrista y trapecista de fama

El oso era un pobre animal desdentado de puro viejo; la reina del aire, una desdichada que se suspendía de los dientes, mordiendo un pedazo de cuero, pendiente de un cable; pero el señor Orona, a ése sí había que verlo y admirarlo. ¡Qué saltos mortales! ¡Qué molinetes en la barra fija! ¡Qué manera de presentar el trapecio! Aquel pobre atleta trashumante, se transformó en un semi dios, en la imaginación del muchacho. -Mamá-preguntaba Ricardito- , ¿cómo podrá el señor Orona hacer esas cosas? Puede hacerlas porque tiene arte. Desde entonces, esa palabra quedó como sinónimo de magia, de hechicería, de poder misterioso en el espíritu asombrado del muchacho. Minero, licenciado, militar o cirquero. Éste era el to be or not to be, el desideratum, para la vida del adolescente.

mundial.

12 3

Capítulo 4

• Se va dando cuenta? Carne seca, tacos de frijoles,

queso y manzanas asadas. ¿Qué le parece? ¿Se le

lJ hace agua el hocico? [Pues trague bolitas! Y efectivamente, el perro de Ricardo García, un hermoso terrier de Boston, era de raza pura, se le perlaba el hocico con una pasamanería de globitos de babas, mientras escucha la lista de provisiones que su amo va colocando en un morralito, antes de salir al monte. ¿Cómo puede llegar este magnífico ejemplar canino hasta los apartados andurriales de San Francisquito? Por casualidad, como tantas otras cosas. Lo trajo el ingeniero estadounidense que vino a trabajar en las minas. Enfermó el perro al llegar a la sierra, y el dueño, que tuvo que internarse más al norte, se lo dejó a Rico, quien lo cuidó como a la niña de sus ojos. Ahora, ya sano y aclimatado el animal, es el can más hermoso de la región. Entiende el terrier por el nombre de Skippy, pero el chico no ataja la pelota hablando inglés, le ha simplificadoel nombre, llamándolo Kipito, Pito, o Pipis. Se trata de un ser casi humano, lo digo sin la menor intención de ofender al perro. Sabe reírse (atribución esencialmente humana, según Schopenhauer), jugar al toro, a las escondidas, hacer el borracho y el fusilado;y ya puede componérselasel que intente, así sea solamente por broma, tocarle un pelo al chamaco, por que el can se le abraza hecho una fiera. Adora a su dueño con ese amor tácito con que sólo los perros saben querer. El muchacho, a su vez, se dejaría matar por el Kipito. Son los amigos ideales; no abrigaron mayor ternura Pílades y Orestes. Las orejas y el rabo recortados, el encuentro amplio, la

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musculación de atleta canino, destacándose elástica, bajo la

de su pelo sedoso y brillante, el Pipis, con un

ojo café y otro azul, es un guapo ejemplar de su especie. Tiene la frente y el encuentro ensabanados, y el resto del cuerpo

gateado. El ingeniero le dijo al chico que el Skippy tenía en regla todos los papeles necesarios para comprobar su pedegree (esto no lo entendió muy bien Rico) pero él asegura, desde entonces, que el perro es de sangre noble. Y que nadie le lleve la contraria porque es capaz de tirarle una pedrada al lucero del alba. -¿Quiere ir, Kipito? El perro salta alborozado, aceptando la invitación, y corriendo hacia la puerta. -No. Usté no va. Ahora no va. No hay de piña.

El animalito se devuelve a paso tardo, haciendo una cara

piel cubierta

de viernes santo. -Bueno, vamos.

Esto significa que sí; el Pipis hace cabriolas y tuerce el rabo como una melcocha.

- [Ándale! Pero ya sabes que hay que camellar parejo.

El perro sale disparado. Rico va al corral por el burro golondrino, le aprieta la cincha, y montándose con las piernas muy abiertas sobre el aparejo, le talonea al animal, alongándose por el camino de la sierra. -Hijito-le grita doña Carmelita, desde el portal-. ¿No se te olvidó la comida? No te vayas a arrimar mucho a la barranca, ten mucho cuidado. -Sí, señora.

Y el muchacho se aleja cantando a grito pelado:

Golondrina que has ido

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Vereda del Norte

a lo lejos de aquí no volverás al nido donde te vi.

El Skippy corretea por la callejuela; levanta la patita, dos o tres veces, para dejar señales en las puertas; le da un encontronazo a un gallo que corteja a un corro de odaliscas de gallinero; persigue a un cochinito que ha salido al camino en busca de basuras, y luego se pierde, a todo correr, por la trocha del alcabuco, metiéndose entre los matorrales, en busca de conejos. -¡Arre! Golondrino,jijo de la venada. Es menester cruzar el valle y vadear el río junto a la línea de piedras colocadas sobre el álbeo alfombrado de cantos rodados, por donde corre el agua introduciéndose en los intersticios guarnecidos de lama, chapoteando, lamiendo y · retorciéndose como un manojo de serpientes de cristal. Después se encumbra el sendero por la falda del cerro escalonado de pinos espolvoreados de resina. En tres horas se llega a la cruz de piedra, levantada en memoria de un minero, muerto por un rayo, en lo más fragoso del monte. Allá abajo, en el fondo del abismo de escarpas en áspero declive, muge el torrente como un monstruo que azara en la sombra. El fragor furibundo del río eriza de inquietudes el silencio de la serranía, pero a Rico se le da una higa la cólera del agua. Todo es claro y luminoso acá arriba. La mañana anda vestida de azul, y el aire la requiebra suspirando entre los pinares. El muchacho, que respira a pulmón lleno, el aire resinífero de la montaña, sienteque se le adentraen el corazón, eljúbilo matinal de la naturaleza. Las agujas caídas de los pinos, forman al pie de los árboles,

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asedados tapetes que invitan al descanso, al olvido de todo, a contemplar, por entre los alabes, la caravana de las nubes blancas, viajando lentamente por el joyante azul. Pero el muchacho no va a perder el tiempo en contemplaciones, tiene que hacer leña. Apersoga al Golondrino y empuña el hacha. A su edad ya es un leñador hecho y derecho. El sol y el aire acarician el torso desnudo del adolescente; los músculos nuevos juegan bajo la piel dorada como el trigo maduro. Se siente fuerte y con ganas de derribar el pino más alto. Relampaguea el hacha en el aire rafagueado de luz; haciendo saltar chorros de astillas y fragantes virutas del tronco de un árbol; el eco rítmico de los golpes repercute en la cañada. Pero hace más llevadera la tarea, el muchacho derrama cantares a borbotones:

"Si quieres morena/ venirte conmigo/ venirte a la sierra, /venirte a gozar "

La voz fresca y timbrada se pierde en los inmensos ámbitos del monte, juega en los altozanos y empalma en las lejanías, confundida con la salmodia viril del viento. La carga de leña queda completa para después de medio día. Ricardito se enjuga el sudor, se pone la camisa para no pasmarse con el soplo de la brisa del monte, recoge el morralito, saca las provisiones, y come, sentado filosóficamente a la sombra de un árbol, arrojándole al perro, de cuando en cuando, pedazos de carne y de tortilla, que el animal atrapa en el aire. Después, la euforia; las flotantes moléculas de la luz meciéndose en ondas cristalinas, sobre los matojos de los hondonales y las armazones de los árboles; el sortilegio de la fragancia de la sierra, embriagando sutilmente los sentidos; el misterioso rumor del aire, que semeja una canción de cuna; el

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Vereda del Norte

descanso bajo el pino frondoso, y la imaginación suelta y loca, que tira por veredas de ensueño, iluminadas por la magia de la adolescencia. "[Qué diferente todo esto de la vida del subterráneo!", piensa el muchacho, arrullado por el fragor lejano del río. "Allá estarán aquellos pobres camellando en las tinieblas. Buscando gallitosde oro. ¡Si yo me encontrara una mina! Compraría una casa grandota, nos iríamos a pasear

a Chihuahua. Y un caballo blanco, como el de Napoleón. Y

comidas muy buenas, y camisas de seda; me dirían entonces

don Ricardo

llega orgullosísimo con un conejo en el hocico. -¡Hasta que al fin lo cascó! ¡Préstelo, está rete gordo! El perro obedece, echándose junto a su dueño, previas las vueltas reglamentarias. Mata tres o cuatro moscas y bosteza dando ligeros quejidos. El muchacho continúa soñando. -Estese quietecito. Mire, aquella nube parece la cabeza de un indio. Los indios de ahora ya no son como los de antes. Yo quisiera platicar con los tarahumaras, y tener arco y unas buenas flechas, y caminar por la sierra buscando venados, y que saliera un oso y matarlo de un buen jarazo en un ojo, y Ve lánguidamente las nubes; las viajeras celestes van cobrando la figura de las muchachas que vio el otro día bañándose en el río. ¡Qué angustia! Se le va el alma siguiendo

las nubes

Estaban allá en el río. Y se le cierran los ojos y se

queda dormido. Una ardilla envalentonada se aventura hasta el morralito para robarse unas migajas, desafiando la cólera del perro

que también se ha dormido con el hocico recargado sobre el vientre de su amo; los pájaros afanan ahí cerca, dando saltitos

y buscando semillas; una alondra trajina entre las yerbas y los terrones, moviendo la cabeza y contemplando admirada al

" Interrumpe sus reflexiones porque el perro

José U. Escobar

muchacho dormido. Despierta Ricardito cuando ya empieza a parpadear la tarde. -¡Nos torcimos! -dice al perro-, nos va a agarrar la noche en el monte. Sacude la cabeza, arrepentido de su galbana; carga al burro apresuradamente, y atravesando por entre setos y barandales, saltando regatos y espinándose en los matojos y escaramujos, emprende la caminata de regreso, cortando por las veredas para economizar tiempo, hasta llegar en una hora justa a la colina donde crecen los doce pinos gigantes. El muchacho los ha bautizado con el romántico nombre de Los Caballeros de la Montaña. Cerca de ese lugar pasa el camino del pueblo. Respira satisfecho a pesar de que trae varios rasguños en la cara, dos o tres rasgones en la camisa, los pantalones bordados de cardillos y rosetillas, y las manos y las ropas, impregnadas con el aroma delpoleo y de la menta del campo. Ha logrado bajar del cerro antes de que la sombra invada los senderos. Se encamina a tomar agua en el ojito que mana al pie de uno de los árboles, pero-¡Ay chicharras!--distingue claramente, entre los Caballeros de la Montaña, a otro caballero de carne y hueso, y de extraña catadura: sombrero tejano, botas mineras y zarape. Está sentado junto al ojo de agua, labrando una varita con un cuchillo de campo. La aparición del desconocido no es muy tranquilizadora, porque, a semejantes horas y en un paraje tan solitario, todo puede esperarse. Ni modo de dar un rodeo. Toma del suelo una estaca, por las malditas dudas, y echándole valor al paso, tira de frente, procurando que no se le conozca el miedo. El mocetón que lo ha visto, se levanta y viene al encuentro

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del muchacho. -¿Quihubo? valedor.

-Buenas tardes le dé Dios.

- ¿Jala pa'l pueblo?

-Sí, señor.

- ¿No quiere echar una malilla -dice a Rico, sacando

del bolsillo del pecho de la camisa una baraja mugrosa. -No puedo, tengo que jalarle.

- ¿Por qué tan apurado?

-Porque me están esperando en mi cantón. -Todavía es temprano -dice el enzarapado, colocando el cuchillo en el tubo de la bota.

-Ni tanto, tengo que talonearle -replica el chico, sin dejar el pespunte, y tirándole una pedrada al Golondrino para que no corte por otra vereda.

- ¿De modo que no quiere? -No puedo, ya le digo.

se frunza, que pa'todo hay tiempo, cuando uno quere.

-No, de veras, tengo que llegar. -El miedo es familia. ¿Porqué se pone tan abizcochado? Trae un perro muy bueno. -Es muy bravo, y me cuida siempre. -¿No le digo? ¿A poco tiene miedo? Conmigo no necesita que lo cuide naiden. No sea música. -No lo digo por eso. Que pase buenas noches. -Yo tenía también un perrito muy gente, el Lobo, pero tuve que matarlo porque le dio la rabia. Me hacía mucha compañía -continúa diciendo el desconocido, caminando al lado del muchacho, sin darle mucha importancia a las buenas noches.

-No

Rico siente que la vereda se hace más larga. ¿Qué

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intenciones tendrá este amigo? Congoja, silencio. Y la noche que se echa encima. -Ya lo había visto pasar por aquí otras veces -dice el mocetón, reanudando la plática después de una buena pausa cargada de inquietud-, pero usté parece que es medio música con los probes. -Yo también soy probe. Ya ve que tengo que acarrear leña. -Sí, pero -exclama el hombre suspirando -Pero¿qué? -Pero no tanto como otros -y la voz del desconocido se vela con un dejo de amarga tristeza-, no tanto como otros. Otra vez el silencio. El muchacho quisiera encontrar algo de qué hablar, pero nada se le ocurre.

- ¿Por qué tiene miedo? Valedor.

-¿Yo?

- ¿Pos quién? Es que cree que voy a perjudicarlo, pero

no hay d' eso. No se arrugue, yo vivo allá, en aquella milpa que negrea en la ladera. Friega mucho estar solo. Todos los

días miro la mesma sierra y los mesmos árboles. ¡Y con la boca de palo! -¿Porqué no baja al pueblo? -Porque -y permanece pensativo, como buscando la

causa- no me cuadra ese pueblo. ¿Se fuma un macuchi?

-No me gusta. -¡A poco no chupa! ¿O no quere fumar conmigo? -No, de veras, una vez chupé un cigarro y por poco y echo los hígados. -Pos yo, con su permiso. ¡A ver si aluego se le antoja! Dicen que de ver dan ganas, -comenta, mientras lía pausadamente el tabaco negro en una hoja de maíz.

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El desconocido, con los ojos fijos en el suelo, arroja bocanadas de humo, y camina ensimismado, como recordando algo lejano, como tratando de resolver algún enigma. Topa con una herradura y la levanta, dándosela a Rico. -¡A ver si le trae suerte! -Dios I'oiga. -Apenas se distingue ya la milpa; la sembramos mi hermano y yo; él anda hora por la Sierra Alta; la milpa se ha puesto rete bonita. Da gusto verla; tapa a un hombre de alta. Hay un vale que dice que es dueño de ese terreno y que nos la va a quitar. [Estará por verse! Esa tierra no es de naiden. Tenemos también un cacho de melones y sandías; de las meritas güenas. Lo invito pa que vaya a comerse una, la que escoja, pa que vea que no semos tan maloras. -Muchas gracias, pero, ahora no se puede, un día de estos -Un día d'estos, es lo mesmo que decir nunca, diga cuándo. -Cuando vuelva al monte. -¿Pal otro sábado? Croque hoy es sábado¿ verdá? -Por todo el día. -Güeno, yo andaré por aquí. -Mejor allá arriba, en la Cruz del Difunto. -Donde quera. Nomás me grita: ¡Teófilo!,ésa es mi gracia, pa servir a usté. Cosa rara, la desconfianza se ha deshecho. El muchacho y el mocetón han caminado juntos lo suficiente para poder ser amigos. Kilómetro y medio de vereda entre los pinos, constituyen una buena base para la amistad. Los pinos son árboles esencialmente sociables; siempre crecen en grupo,

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rectos, como buenos moralistas, pero en comunidad. Destilan amistad y resina. -¿Vendrá, de veras? -Deveritas, el otro sábado-afirma el rapaz, sugestionado seguramente por los pinos. -¿A lo macho? -A lo macho. -Güeno, pos hasta la mirada. -Hasta más ver. -No se olvide. -No, no tenga cuidado. -Aquí se quebra el jarrito -dice el mocetón, tomando por la vereda montaraz. -¡Pobre amigo! ¿Quién será?-se pregunta Ricardito, alongándose por el camino real. Allá abajo, en el hondón del valle, bailotean, apeñuscadas en la tiniebla, las luces de San Francisquito. El burro apresura el trote presintiendo la querencia del corral.

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Capítulo S

• Pobre Ricardito!Están imaginativo, y ha pasado la semana

1enzarzado en un breñal de zozobras. La curiosidad, 1 mezclada con una buena dosis de inquietud, lo traen todo revuelto y desparramado. ¿Quién será el mocetón que lo invitaba ajugar a la malilla? Yaes viernes, y hoy mismo tiene que decidir si va o no, a la Cruz del Difunto. Se hunde en un mar de cavilaciones, en tanto que limpia dos medias de frijol para el consumo de la casa. Su espíritu vaga por las montañas, mientras las manos separan piedritas y basuras, colocando sobre un limpiador los puñados de bayo-rata listos para el jarro. Desde el poyo del portal distingue entre la bruma del

atardecer,allá en el camino real que culebrea entre [pastizales]

y mimbreras, en el ensanche de la cuenca del río, un

carricoche que avanza lento y quejumbroso, tirado por dos caballerías que caminan perezosamente, rumbo a la llanura encarrujada de gramales. Columbran las siluetas borrosas de los rancheros que envueltos en sendos zarapes, van cantando a dúo, sentados en el pescante del carricoche. Se oye una

voz en falsete y otra nasal y abaritonada, que ensamblan con extraña armonía, dilatándose sobre las colinas arropadas de sombras. Conoce muy bien lo que van cantando, pero ahora

le suenan las palabras con un sentido nuevo, y empapadas de

una melancolía desconocida:

Nací en la cima de una montaña, Librando el rayo devastador;

en el fondo de una cabaña,

Crecí

Y hoy que soy hombre, muero de amor.

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Hijo del Trueno me apellidaron, En noche horrenda vine a nacer; Unos bandidos alimentaron A la cuitada que me dio el ser

Las voces van desvaneciéndose blandamente en la umbrosa lejanía. Apenas se distingue ya la carreta que se

hunde en la sombra como un fantasma. ¡Qué canción más triste! Jamás la había oído así, llorada a lo lejos. "Hijo del Trueno me apellidaron", repite con dulzura, cantando apenas,

y la imaginación se le fuga por la vereda de la sierra, y le brotan del alma los versos finales del canto:

Mas si no escuchas mi voz lejana, Perla de oriente, nítidaflor, Si tú no vienes verás mañana, Rota la lira, muerto el cantor

Recuerda entonces que mañana tendrá que estar en la Cruz del Difunto, en lo más cerrado del monte. ¿Para qué diablos me comprometí? Y lo peor de todo, que en lugar de vemos al pie de la Sierra, como me lo propuso, yo mismo le dije, no sé ni por qué, que era mejor allá arriba, junto a la Cruz del Difunto. ¡Soy un idiota! Cuando se lo dije no tenía intenciones de cumplir la promesa, pero luego me comprometió. ¿Qué carajos me importan las barajas y las

sandías? Si me da la gana, no vuelvo ni a pasar por ahí, puedo

ir por leña a los otros cerros. Pero es muy feo quedar mal.

Tratos son tratos y palabra es palabra. Dije que "a lo macho",

y se es hombre o no se es. Mi tata dice siempre, que cuando un hombre se compromete tiene que cumplir, aunque se lo

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lleve el diablo. Después de una pausa mental, vuelve a cantar:

"Hijo del Trueno me apellidaron

" Piensa cómo resuenan

los truenos en la sierra. Y la verdad es que no parecía mala gente. Recuerda su rostro moreno, los ojos abrillantados y la voz tristona del mocetón que le contestó, cuando él dijo que también era pobre, "pero no tanto como otros". [No tanto como otros! Si no parecía muy pobre, ¿por qué lo diría? No

se le olvida aquella voz. Adivina algo raro y misterioso en la persona del desconocido. Bueno, y ultimadamente ¿por qué no he de ir? El Pipis ni siquiera le gruñó. Ésta es una señal infalible, porque el perro nunca se equivoca: si le gruñe a alguien, es que hay algo malo; si se queda tranquilo, es que son así nomás; pero si hace fiestas, ya se puede meter una mano en la lumbre, por quien sea. Y la otra tarde el perro se quedó muy orondo. Pero ¿y el cuchillo? Es que ¿quién va a andar desarmado por esos matorrales? Y pensando y midiendo todo aquel cúmulo de consideraciones, capaces de darle un dolor de cabeza a Aristóteles, Ricardito determina que cumplirá "a lo macho", para eso es muy hombre. Por la noche, acostado en su catrecito, continúa cavilando. ¡Malvada picazón! Valemás no rascarla, porque se pone peor. Teje y desteje inverosímiles telas de Penélope en los telares

de la fantasía.

¡ElHijo del Trneno![Si será,si será!¡Apoco!

¡Bah! ¡Nomás eso me faltaba! Y ¿quién me manda andarme metiendo en camisa de once varas? Con jalar para otro cerroqueda todo arreglado.Y así, de figuración

en figuración, se queda dormido, escuchando interiormente los versos del Hijo del Trueno. Sueña que va por unas montañas muy altas. Al dar un salto, cae en un abismo. Llega después hasta el subterráneo. Se arrastra por el fondo de la mina, hasta salir al otro lado de

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la montaña. Ahí descubre que puede volar. ¡Cómo no se le

había ocunido antes! ¡Si es tan fácil! Basta con tomar impulso

y abrir los brazos, para remontarse por el aire, volando por

encima de los pinos y los ventisqueros; llega hasta las rocas

más empinadas; encuentra ahí al desconocido; siente que lo

azotan; es el mocetón que lo golpea con la vara que trae en la mano; después le clava en el pecho el cuchillo que saca de la bota; rueda otra vez hasta el fondo de la mina; los barreteros

le hacen burla, le dicen malas palabras y se ríen; ya no puede

volar, se ha vuelto pesado; quiere encontrar la salida y no

puede; se queda solo, prisionero en el subterráneo tenebroso; las lintemitas de los mineros danzan entre las sombras, escucha las voces de los hombres que se alejan cantando el Hijo del Trueno; llega entonces el desconocido, pero ahora viene sonriendo cariñoso, lo toma en brazos y lo saca del subterráneo, se alongan los muchachos tomados de la mano, por una vereda muy larga, en la diafanidad del cielo, es el sol, escala el paredón cobalto del firmamento, como una gran araña de cristal. El Pipis tiene la devoción de esperar todas las mañanas el despertar de su amo. Permanece junto a la cama, quieto y sin hacer el menor ruido, pero en cuanto ve moverse al muchacho, salta sobre él, haciendo mil fiestas y lamiéndole la cara es la manera de darle un beso.

- Ya la fregamos, estése quieto-dice Ricardito poniéndose

los pantalones-, ya se nos hizo tarde y hay que estar en la Cruz del Difunto.

Se lava rápidamente, y en tanto que arregla el morral de las provisiones, llega doña Carmelita con una mala noticia:

-Ahora no va m 'hijo al monte. -¿Por qué, mamá?-inquiere, sobresaltado.

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-Tendrás que dejarlo para otro día. Anoche se puso malísimo ñor Serapio, la pasó en un grito, y el pobre no tiene ni a quién volver los ojos.Tienes que ir a llamar a doña Minga. -¡Pero mamá! -¡Ándale, hijito, apúrese-dice doña Carmelita, tratándolo repentinamente de usted, como lo hace siempre en los casos

graves- el pobre está en un ay que parte el alma. Dígale a

doña Minga que venga luego luego! A estas horas debía estar en la Cruz del Difunto -piensa el muchacho mientras se encamina a llamar a la curandera-, pero ni modo. ¿Quién sabe si será aviso del cielo para que no vaya? A media legua del pueblo, en el entronque del Camino Real, está el rancho del ñor Ogenio, o más bien, el rancho de doña Minga. El pobre hombre se ha anulado de tal suerte, se ve tan diminuto e insignificante al lado de su agarrochada consorte, que nadie en los alrededores llama a la propiedad "el rancho del ñor Ogenio". Los sembrados, los frutales, las vacas, los caballos, las gallinas y la casa de cuatro aguas, son conocidos como propiedad de doña Minga. Aquella anulación marital llega al punto de que cuando se habla de ñor Ogenio, dicen siempre, el marido de doña Minga. Ha perdido hasta el nombre. Ñor Ogenio, desmedrado y de corta estatura, se pirró siempre por las hembras de gran talla. Así se consiguió a doña Minga, alta como una torre. La boda no fue un matrimonio, sino un atropellamiento. Las malas lenguas, que siempre hacen de las suyas, bautizaron luego al diminuto marido con el apodo del "bastoncito".

Ñor Ogenio que es un artista a su manera. ¡Hace un pan de huevo que ni el cielo! Su especialidad son las "coyotas"

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amasadas con harina de trigo de la sierra, huevos frescos y leche pura, y ¡qué cosa! cuando salen del horno, huelen a paraíso, calientitas y con pedazos de piloncillo deshecho en mieles. Pero la fama de doña Minga, opaca con mucho, a la de su cónyuge. Su verdadero nombre es Dominga, pero le han quitado el "do", dejándola en Minga, a secas. Las curaciones que ha hecho, andan de boca en boca, y en cuanto

a los enfermos que se le "pelan'', no se toman en consideración, ya que nadie pasa la raya, ni se queda bicho alguno para semilla Doña Minga distingue a leguas un empacho de un dolor de ijar, un ataranto de un pasmo, un ay-dios-de-tapado de un cólico mísero, un hervor de pecho de un dolor de costado. Sabe componer huesos, sobar a losfalsiados, y curar el mal de ojo, amén de preparar toda clase de colirios, pócimas, filtros, polvos y ungüentos. Guarda en una gran alacena manojos de yerbas medicinales: cola de coyote para las llagas, bejucos de cintura para los riñones, simonillo para el hígado, raíz de tumbavaquero para los "acidentes", damiana para tener hijos, yerba de la golondrina para la punzada, barbas

de elote para la vejiga, y corteza de quina para el calor trepado.

A pesar de ser buena católica, y de oír misa devotamente,

todos los domingos del año y fiestas de guardar, doña Minga cultiva la magia, posee talismanes y filtros misteriosos, y apaña

buenos tostones con sus infalibles polvos de "amarte con delirio", de grandísima demanda entre los enamorados, así como por exorcizar y barrer con ramas de laurel a los embrujados. Al enterarse del recado de doña Carmelita, ordena la "dotora" que unza luego el. guayín, y parte a toda prisa, acompañada por Ricardito.

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Ñor Serapio es el lechero de San Francisquito. Durante muchos años, sin faltar una sola mañana, ha reconido el pueblo de punta a punta, a pesar de celliscas y nevadas, entregando la leche. Vive frente a la casa de los García, en una casucha de adobe levantada en medio de un alfalfar. Tiene media docena de vacas, varios becerros, un perrazo negro muy bravo, enemigo mortal del Skippy, y por lo tanto de Rico. Tiene unas gallinas prietas y un gallo de patas costrudas. Todo esto tiene ñor Serapio, y digo mal, tiene también, desde hace años, una tos crónica que lo hace maldecir y carraspear toda la mañana. Es más trabajador que una hormiga, pasa los días afanando entre las vacas, limpiando los botes de la leche que relucen siempre como espejos, y haciendo asaderos y requesón. Hace años que perdió a su mujer, muerta de tanto trabajar, según dicen en el pueblo. Ñor Serapio mandó hacer un retrato amplificado de la difunta, lo colgó en la pared de uno de los cuartos, y declara ahora, muy ufano, que a pesar de vivir solo, la pasa mejor que antes, porque todos los días puede ver a su vieja, sin necesidad de gastar un tlaco para darle de comer. No le gusta el sotol, ni soba la baraja. Vive con una insignificancia,y es voz públicaque tiene suscentavitos enterrados en un rincón de la casa. No le falta un sobrino, borrachín y mala cabeza, que en jamás de los jamases, pone los pies en la casa del tío. Ahora está el pobre lechero acaldado en cama, amarillo como un girasol, con la osamenta descuajarrugada y un dolor que no le deja respiro. El enfermo, arropado con tres

cobertores, se queja con un lloridito apagado. El cuarto huele a orines y a ropa sucia. Cuando doña Minga se presenta, ñor Serapio está ya en las boqueadas. Delira queriendo levantarse para cumplir con

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las entriegas. -Sosiéguese, hombre -le dice doña Carmelita -mi muchacho ordeñará las vacas y repartirá la leche. Al ver al enfermo, la curandera hace un signo negativo con la cabeza, y prescribe, como recurso heroico, que le pongan una ayuda al paciente. Ayuda, quiere decir lavado intestinal. Cuando se llega a estos extremos, por aquí en la sierra, el enfermo debe comprender que esta agonizando. Solamente a los desahuciados se les receta una lavativa. Ni siquiera hay en el pueblo un mal irrigador intestinal. Estas buenas gentes viven (¡Dios sabe cómo!) sinjeringas. Cuando se ven muy estrechados, recurren a una fantástica creación folklórica: la visitadora. Consiste en un aparatito en una vejiga de buey, perfectamente limpia, a la que, después de llenarla con un cocimiento de agua de malvas, le ajustan un canuto de carrizo que sirve de cánula, y sientan al enfermo sobre este trasto, para que, con su propio peso, haga que el líquido le penetre hasta los intestinos. La única visitadora que hay en los alrededores está en el otro pueblo. Allá va pues Ricardito atraerla. ¡Oh, qué anhelación! Pero siempre acontece así. ¿Quién logra seguir las veredas de su ensueño? El adolescente imaginativo, con el alma encandilada de figuraciones y fantasías, parte a matacaballo para el pueblo de San Francisquito. Cuando el corazón lo llamaba a las tronchas de la sierra, tiene que ir por otro camino, a buscar una jeringa. Por la tarde, cuando llega el muchacho con la visitadora, ya todo es inútil; ñor Serapio había entregado el alma.

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Capítulo 6

R icardo duerme bocarriba. Con los brazos cruzados

sobre la cabeza. Se ríe dormido como si departiera

con ignotos visitantes.A veces habla mientras duerme

(mala costumbre, porque dice durante la noche lo que ha hecho durante el día). Ricardo ha soñado cosas macabras. Se le apareció don Serapio vestido de San Francisco, con las

barbas negruzcas, las narices afiladas y la piel lívida. Se quedó como muerto y sintió que a él también lo sepultaban y que se quedaba solito, allá en la cañada de la sierra, sin lograr hacer un solo movimiento, metido en un agujero negro. Gritó desesperado y su mamá tuvo que ir a despertarlo. Qué bonito se siente cuando uno sueña cosas feas y despierta y puede pensar: al cabo estaba soñando. Ricardito es tan fino que a veces sueña que sueña. El chico duerme cerca del zaguán, en un catrecito, provisto de buenas mantas porque en la sierra hace mucho frío. ¡Un muchacho dormido!, ¿te acuerdas, tú que amas los clásicos, del sueño de Telémaco, el efebo fértil, en el pórtico marmóreo del palacio de las Nestóridas?, ¡cuántas cosas soñaría Telémaco! Buscaba a su padre. La búsqueda de lo desco-

nocido

también. No lo retuvieron ni el calor de las cobijas que parecía decir: "otro ratito". Ni la voluptuosidad del roce de las sábanas que era una caricia tibia. Nada. Tiene que ir en busca de

(aquel mocetón). Toma el limpiador con la comida que su mamá le dejó preparada desde la noche: pan con frijoles, queso, tacos de carne seca y una manzana. El Skippy estaba allí, echado junto al bultito de la comida. Camina Ricardo por las tronchas de la sierra. El aire huele

Telémaco se levantó muy de mañana y Ricardo

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a tomillo relentecido por el rocío de la mañana. El aire es frío, pero de un frío sabroso. De ése que pone a uno muy colorado y muy alegre. El agua en las acequias parece que corre más aprisa, como decidida a llegar más pronto a donde tiene que ir. Ricardo llega por fin a la milpa, y se pone a gritar con toda la fuerza de sus pulmones:

-¡Teófilo! ¡Teófilo! Nadie contesta. "¡Si se habrá marchado!" En un madroño cercano chifla una calandria, como haciéndole burla. Chifla con demasiada fuerza para ser un

pajarito. Ricardo levanta el rostro y se encuentra con Teófilo que, trepado en el árbol, se ríe del asombro del muchacho. -Quihúbo, valecito. ¿Creyó que era un pájaro? -La mera verdad -¿Qué no sabe que yo sé hacer como los animales?

-Mire, así grita el pitorreal

así platican

las

golondrinas

tecolotes Teófilo arremeda el reclamo de cada uno de los animales del bosque.

Así gritan en la

noche Aquí en la sierra, en las noches de luna, un solo coyote

arma una grita que parece que son veinte

los marranos y como los gallos cuando les hacen la rueda a las gallinas.

Ricardo ríe encantado. Aquello es un prodigio. -Ven acá. ¿O, a poco no te sabes subir a los árboles? -¡Cómo que no! Sé subirme a los árboles y bajar a las minas.

(¿parecen viejas, verdad?)

así lloran los

-Sé hacer también como los coyotes

Sé hacer como

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-Entonces me ganas. Ahora ya son amigos. El canto de las calandrias deshizo todo el hielo y todas las dudas. Es una amistad formada en la copa de un árbol. Sombra azulosa embebida en recinas Tenue balanceo de las ramas mecidas por el viento de la mañana. Una cosa que pasa y no se ve -¡Qué bien deben vivir los pájaros! -exclamó Ricardo. -Sería bonito ser pájaro para poder volar por todos los vientos. -Sí. Y encontrarte de repente con un cazador. -Eso no. Los cazadores no deberían matar a los pájaros; sólo a los pájaros dañinos. -No deberían, pero es tan bonito tirar. ¿A ti no te gusta? -Sí. Pero no sé. - Yo te enseñaría, pero el parque es muy caro. -¿Sabes que ayer te estuve esperando y quedaste mal?- le dice Teófilo. Ricardo le cuenta la historia de don Serapio. -Bueno, así es la vida. Oye, como no me has dicho ni cómo te llamas, yo te he bautizado. -¿Y cómo me pusiste? -pregunta Ricardo.

-¡Sacristán!

-¡Bah, me han puesto muchos sobrenombres, pero no tan feos. -Pues sí, Sacristán, porque te ves muy mustio, muy

moscamuerta y a la mejor eres una mulita.

A Ricardo le encanta que lo crean mulita. -Entonces, yo también te voy a poner un sobrenombre. -¿Cuál? -Monaguillo. Así los dos tendremos nombres de gente de iglesia.

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Risas alegres en la mañana llena de sol. -Sale bien. Los sacristanes y los monaguillos siempre se entienden. -Oye, Sacristán. ¿Por qué tenías miedo cuando te hablé el otro día? -La verdad, no era miedo. Pero yo no te conocía. Y tú estás más fuerte que yo. -¡Bah!¿ Y ora me tienes miedo? -Ya no. -¿Y si yo fuera malo de veras? -¡Éjele! A poco quieres asustarme ahora? -No. Pero ¿y si yo fuera un ladrón? -¡Qué le hace!, no tengo ni qué me robes. Oye, ¿Podría aprender a chiflar como las golondrinas? -Seguro que puedes. Es lo más fácil. Difícil hacer como los tecolotes. Mira: te metes estos dos dedos en la boca y luego soplas fuerte. Que el aire se vaya pa dentro. Y estiras la trompa así. ¿Oyes? ¡Igual a las calandrias. Hasta los calandrios se equivocan, ¿oyes? Ricardo sigue cada una de las instrucciones de su compañero pero todo parece inútil. No logra chiflar. -Calmantes montes, ya verás. Ensáyate bien. Ahora no puedes porque es la primera vez. -¡Merelleva! -No te desesperes.

Parten una sandía de corazón enrojecido. -¿Ves? Así se les saca entero el corazón a las sandías. ¿Está buena, eh? Éstas son las mejores, las de cáscara oscura. Siempre que vayas a escoger una sandía, fíjate en que tenga la cáscara muy oscura y vidriosa para que no te salga lacia. Y

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que tenga una mancha amarilla grande. Y que el rabi to de donde estaba prendida en la mata esté bien amarillo. Come más. -Ya no puedo. -¡ Újule, qué barriga tan chiquita! Yo sólo me acabo tres sandías como ésta. -Tú, pero yo no. Después dan cólicos. -No da nada. Se comen en silencio el corazón rojo. -Oye, ¿tienes mamá? -Sí. -Y le contaste de mí el otro día? -Sí. -Y ¿qué te dijo? -Que tuviera cuidado, porque por aquí hay mucha gente mala. -¿Y tú qué le dijiste? -Que sí, pero que tú no eras malo. -¿Y ella qué te dijo? -Que quién sabe -¿Sabes? Es que nadie es malo. Hay unos que son buenos para unos y malos para otros. Eso es todo. Y cuando uno es malo para algunos, las gentes creen que uno es malo para todos. ¿Entiendes? -Sí. Pasean por el campo caminando por entre los listones acerados, apartando con las manos las hojas del maíz, para no ir a cortarse. Están sumergidos en un mar verde claro, en donde juega el viento entre las espigas y las mazorcas que comienzan a amarillear. Van hasta los pinares. A ver si salen los ardillones.

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-¿Has comido alguna vez ardillón? -No. -Son unas ardillas grandotas que hay aquí en la sierra. Son la cosa más buena. Ni el mejor pollo. Cuando los maizales están maduros hacen mucho perjuicio en las milpas. Siempre que matas un ardillón lo encuentras cachetón, cachetón, porque traen el hocico lleno de granos de maíz, o de piñones, o de bellotas, que guardan en sus agujeros para tener comida en el invernadero. Son muy económicos. Tienen una cola retegrandota, así de bonita. Cuando mate uno te voy a guardar el cuero.

Comen cerca del arroyo, junto al ojo de agua. Teófilo hace té de la montaña con unas yerbas que ha cortado entre los matojos de las rocas. Ricardo saca muy orgullosos sus tortas, sus tacos y su manzana para compartirlos con su amigo. Juntan leña y cargan al Leal. -Ya es hora de regresar a la casa. -Todavía es temprano -dice Teófilo. -No. Estamos retelejos. No llego ni en dos horas. -Serán las cuatro. -A las seis tengo que estar en mi casa. Antes de que se haga de noche, porque si no, mi mamá se pone muy inquieta cuando no llego temprano.

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En el mismo lugar del otro día. Casi con la misma canción, se alonga cada quien por la vereda.

En el tendajón de Pancho Padilla, alias el Cucho. A este señor le da mucho coraje que lo mencionen con este mote, y

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ya hace más de diez años que viene haciendo corajes, pero aunque sin que él lo sepa, el sobrenombre es uno de los factores de su fortuna. Todos conocen el tendajón del Cucho. Vende pan, carne, telas baratas, encajes, botones, velas, refrescos, licores. El Cucho prepara una bebida de zarzamora con aguardiente de caña y agua caliente, que es un chumiate- dinamita. En las noches de invierno, durante las grandes nevadas, el tendajón permanece abierto hasta muy avanzada

la tarde. Cuando ya se han apagado los faroles y el pueblo es

una boca de lobo, la ventana del tendajón es una garganta roja, una claraboya infernal. Celebran su tertulia los barreteros

y la gente "perdida". El Cucho, hombre corpulento, con ojos

terribles, manos de cíclope y voz atiplada, que no va de acuerdo con su corpachón; parado detrás del mostrador, junto

a la lámpara de alcohol, donde barbotea el agua, prepara

sabrosas infursioncitas, tan ricas que hasta han dado origen

a

un nuevo verbo en la región: infurtir. Para expresar el agrado

o

el desagrado de una cosa, los mineros dicen: me infurte o

no me infurte. Ricardo es amigo del Cucho. A veces le ayuda a despachar y Pancho le regala diez o quince centavos por la manita que le ha dado. El muchacho compra las provisiones de casa en la tienda de Cucho, que siempre le hace rebajitas que significan ganancias personales para ir a jugar a la ruleta

o las chuzas, o para comprar queso, piloncillo, molletes y

elotes calientes. Tertulia nocturna es el vocinglero tendajón. Un borrachito toca la guitarra mientras otros dos cantan:

Compañero, la muerte se nos acerca,

José U. Escobar

el delito fatal nos entrega, pegaremos el grito de guerra, pa luchar o morir con valor.

Don Félix, uno de los más asiduos parroquianos, está en

su estado normal; es decir, a media navaja. Platica con Pepe Sánchez, el romántico del mineral, que lee los libros de Vargas Vila y las Ruinas de Palmira. Don Félix ni siquiera sabe leer

y por este motivo, admira a Pepe Sánchez como a la divina providencia. -Usté, don Pepe, es un sabio. Me admira cómo puede vivir en este pueblo.

-&te

no es un pueblo, es un maravilloso rincón del mundo.

-Pos

será rincón o esquina pero la verdá es que no es un

pueblo, es un paraíso. Aquí todos tenemos buen corazón, lo único que nos hace falta es la incultura. -En esto puede que tenga razón.

Ricardo viene a comprar cerillos, velas y café. Se le olvidó

a su mamá encargárselos por la tarde cuando hizo el mandado.

Para ir desde la casa de Ricardo hasta el tendajo, hay que caminar cerca de dos kilómetros. Todo está lóbrego y oscuro en esta noche. Además hay que pasar frente a la "casa nueva" (una casona viejísima, deshabitada, ruinosa, pero a la que dicen la "casa nueva" asegurando que ahí espantan). Cuentan que por las noches se ve salir de la casona un bulto negro que suena con los dedos huesosos, un cajón de muerto. Los que dicen haberlo visto se han desmayado. Ricardo les tiene horror

a los espantos. Pasa junto a la casa a la carrera y rezando el Padre Nuestro. Se acuerda de don Serapio. La noche fría y diamantina mantiene a todo cristiano metido en su casa. No

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transita una sola alma por la calle. La ventana roja del tendajón fulge allá a lo lejos. Hay que correr. Allá habrá más seguridad, aunque esté uno entre borrachos. El Cucho se admira de ver a Ricardito por ahí a semejantes horas. -¡Quíhubo! ¿qué andas haciendo? -Vine a acabalar el mandado. José Sánchez, un muchachón de talla gigantesca, de narices abotagadas, de ojillos enrojecidos y aguanosos, está hecho una cuba. Ayer le dio calabazas la novia y ahora busca consuelo en el aguardiente de caña. El alcohol lo ha vuelto locuaz. Viene a saludar a Ricardito. -¿Qué haces tú por aquí pierrimplín? No te me quedes mirando así, como espantado. Tú todavía no sabes de estas cosas. Y ojalá nunca las sepas. Vas a cantarme una canción. La que a mí me gusta. Esa que tú sabes. Esa. ¿Cómo dice? ¡Ah, sí! "Si alguna vez/ en tu camino apuras". Ricardito siente miedo y tristeza. Miedo de aquel hombrote que huele a sotol; tristeza porque desde antes de cantar, ya le sabe amarga la tonada de la canción desoladora. -Sírvele una infursión para que se entone. -No, dice el Cucho, este muchacho todavía no empina.

- Ya está hombrecito, que se tome una copa, que

aprenda.

-No seas mula. ¿Quieres que resulte lo mismo que tú? -No. Pero que cante. Los mineros, medio borrachos, manosean a Telésfora, una muchacha idiota que alegra las tertulias del tendajón. La dama está subida de traguitos, y viene muy zalamera hasta Ricardo.

-¡Ándale, angelito, canta y te doy un beso! El chico se enrojece. El de la guitarra repuntea el acompañamiento.

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La voz de Ricardo, limpia, embebida en pureza, tiene sonoridades y dejos de corazón herido mientras entona con voz llorosa los versos de la canción. Clava sus ojos en el techo. Pero no está viendo las vigas ahumadas. El techo ya no está ahí, ve las copas negruzcas de los pinos balanceadas por el viento; ve unas estrellas plateadas parpadeando, naufragando, en una bruma color violeta;columbra un caminito torcido, bordeado de peñascos, cruzado por arroyos, serpenteando en las laderas de la montaña. Y canta, canta cada vez con voz más triste, voz macerada en desencantos, como si ya hubiera sufrido mucho, como si ya conociera el dolor de la vida:

Si alguna vez en tu camino apuras, la copa del placer con loco frenesí, si te sonríen la dicha y la aventura; olvídate de mí.

Y luego, amante, sollozante, apoyando las notas sobre las sordas vibraciones de la guitarra:

Mas si el llanto cubre tus mejillas y si en la vida tienes mucho que sufrir, cuando, mi amor, las penas te desgarren; acuérdate de mí.

José Sánchez solloza sentado en un rincón. Telésfora se acerca haciendo dengues. -Aquí tienes tu premio. El Cucho se interpone. · -Nada de premios. Tú, vieja cochina, te largas al carajo.

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Pepe Sánchez se levanta tambaleándose. Trae los bolsillos repletos de billetes y de monedas. Se acerca al muchacho. -No quieres fumar, no quieres tomar. ¿Cómo voy a pagarte esa canción? Toma para que compres lo que quieras. Le ofrece un puñado de monedas. -Pero cántamela otra vez. Repíteme el último verso. Canta a mi corazón, canta mis penas. El Cucho se lleva a Ricardo a la calle. -Toma tu mandado. No tengas miedo. Vete corriendo para tu casa. No les hagas caso. Todos están borrachos.

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Capítulo 7

L a amistad entra en la vida como el sol entra en los

bosques: inundando las cosas de claridad y acariciante

tibieza. Ricardo García es ahora un muchacho feliz .

Su espíritu vaga libre en la tácita poesía de la vida. Ignora el adolescente que Platón, Leonardo y Whitman, reflejaban en los claros cristales de sus almas amantes, la luz que ahora lo inunda. Pero, ¿para qué la letra si es dueño del espíritu? ¿Para qué beber en el recipiente si es dueño del manantial? Cosa insignificante y, sin embargo, ¡cuál plena de fulgente belleza! Cosa baladí: la amistad de un romántico adolescente crecido en el campo, con un hombre rudo e ignorante, hijo de la naturaleza. Cosa nimia, pero, de esas pequeñeces está amasada la riqueza espiritual de la vida. La incapacidad para el ejercicio de la amistad es vicio propio de almas de esclavos. El espíritu primaveral va lleno de ardor y de noble confianza al encuentro de las formas sagradas de la vida. Después, ya lo morderá el mundo. El bosque y la montaña se le revelan en formas nuevas. Ricardo aprende a conocer las hierbas, los árboles y las flores del campo. Ahora puede capturar mariposas sin romperles las alas, sacar panales sin despertar la cólera de las abejas y sabe ponerles trampas a las zorras y a los coyotes. Teófilo también le enseña a encorralar a las codornices sanándoles dos piedritas, a tirar flechas con el arco, a buscar quesitos de malva y patos silvestres. Pasan horas admirables tumbados sobre la alfombra de hojas de pino, observando la vida de los pájaros y de los insectos. Se trepan a los árboles, corren por las veredas de la montaña, se bañan en las pozas profundas del río. ¡Qué placer

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recibir sobre el cuerpo desnudo la caricia del sol y del aire libre! Teófilo sabe nadar de varios modos: de pecho, de lado, de ranita, para atrás; le enseña a Ricardo cómo debe bracear para no cansarse, cómo se nada mejor por debajo del agua; juegan a las toninas, a la roña, a las carreras de buques; echan sandías en la corriente y luego nadan para ver quién logra cogerlas primero. Toda la opulencia del sol, del bosque y de la montaña, se ha transmutado en alegría del corazón.

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Capítulo 8

S in embargo, se dice en el pueblo (jmaravilloso pueblecito para decir!). El platillo del día es el cuento de los ladrones de

ganado. Ya se han perdido algunas cabezas. Se sospecha que los ladrones son los hermanos Domínguez que tienen una milpa y una plantación de sandías en la falda del monte. No se les ha podido probar nada, pero es seguro que ellos son. Las gentes del pueblo son honradas. Los Domínguez llegaron apenas unos cuantos meses. ¡Sabrá Dios de dónde vendrán! Uno de los hermanos, el mayor baja al pueblo, cada quince días, a comprar provisiones. Siempre anda muy bien armado. Tiene un modo extraño de ver, por debajo del ala del sombrero. Al menornadie lo conoce. Jamás baja al pueblo, siempre está cuidando la milpa. -¿Ya lo ves, muchachito?-dice la mamá de Ricardo-. ¿Ya lo ves?. Una madre nunca se equivoca. Bien te lo decía yo, que te cuidaras mucho porque podían ser gentes malas. Y tú encantado con ese sinvergüenza. -Es que nada se les ha probado. Habladurías de la gente. No conocen a Teófilo, por eso dicen todas esas cosas. Ni tú lo conoces. -Ni quiero conocerlo. Y lo que debes hacer es quitarte de esas amistades y no volver por ahí. ¿Lo oyes? ¡No volver por ahí!

Si es todo lo contrario lo que Ricardo quiere hacer. Tiene que volver y averiguar. Su amigo no puede ser un hombre malo. Podría apostar cualquier cosa. Podría meter por él una

mano en la lumbre. ¡Un hombre que imposible que sea un ladrón! Aunque,

se ríe como él, es quién sabe. Y este

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"quién sabe" le causa vergüenza y le duele, allá en lo más hondo. ¡Dudar de su amigo! Él lo averiguará. Tiene su plan; irá a quedarse una noche en la milpa. Siente miedo, tiene que dormir fuera de su casa, en la sierra. Oír llorar a los tecolotes y a los coyotes. Sentirse inundado en las tinieblas que se enredan en los árboles del bosque, pero ese mismo miedo a lo desconocido lo atrae, como la bajada a los tajos de las minas, como el silencio en los subterráneos debajo de la tierra. Una tarde le pide permiso a su mamá para ir a quedarse en la casa de Manuelito. Uno de sus amigos. Dizque dan una fiesta. Pero no se va para allá; se dirige a la milpa. Quiere sorprender al Monaguillo. ¡El susto que se va a dar! Ricardo recorre el camino lleno de sombras. Este mismo caminito estaba lleno de sol. El ruido del agua de la cañada parece ahora distinto; con la sombra cambia la voz del arroyo. Se pierde la alegría, se hace ronca, parece una queja de las montañas. El bosque, durante la noche, está poblado por seres extraños. Desde muy lejos distingue una pequeña fogata y un bulto. Es Teófilo. Por fin ha llegado. -¡Pero Sacristán! ¿Qué andas haciendo por aquí a estas horas? -Nada, vengo a quedarme contigo. ¿No quieres? -¡Tú, a quedarte! ¿No tienes miedo? Voz llena de amargura: "No. Ya soy un hombre". -La noche está muy oscura. Creo que pronto habrá tempestad. -¡Mejor! -Y ¿Qué le dijiste a tu mamá? -Que iba a quedarme en casa de Manuelito. A Manuelito

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le dije que si veía a mi mamá, le dijera que estaba con él. Pero me vine para acá. -Y, ¿no tienes miedo? -Ya te dije que no. ¿Crees que soy un gallina? -No, Sacristán. Pero me parece imposible. Ahora que estoy más solo. Mi hermano se fue al monte. A lintemear venados.¿ Ya cenaste? -No, pero no tengo hambre. -Come algo Cenan al amor de la fogata. Café con tortillas hechas con maíz tierno. -A que nunca las has comido más sabrosas. Yo mismo las hago y te voy a enseñar cómo. Luego, queso fresco con pedazos de piloncillo y elotes cocidos. -¿Te gusta? -Ni en la mejor fonda. Te das vida de rey. -¿Vida de rey? No te pitorrees Sacristán. Sacristancito. ¿Y no tienes miedo? -Y por qué me lo vuelves a preguntar. Ya te dije que no. -No te enojes, Sacristán. Los ojos deljoven de la montaña se iluminan con la clari- dad de la ternura humana. -Es que no sabes lo que estás diciendo. -¡Cómo que no he de saberlo! Nada tiene de malo. -Seguramente, pero no debías haber venido. -¿Porqué no? Si somos amigos. -Sacristán. Sacristancito. Qué has venido a quedarte conmigo, a dormir, aquí en el bosque. Tú no sabes lo que estás haciendo. -Sí lo sé. He venido porque quiero que me digas una

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cosa. Las palabras se le quedan en el corazón. -¿Qué quieres que te diga? ¿No somos los mismos amigos de siempre? -Los mismos. -¿Piensas algo malo de mí? Ricardo permanece en silencio. -¿Ves aquel nubarrón que se levanta sobre los picos de la sierra? Pronto llegará el aguacero. Va a llover como en el diluvio. Las tempestades son fuertes por acá. Los relámpagos lo dejan a uno como ciego, y los truenos asustan hasta a los tigres del monte. Otra tormenta peor está desencadenada en el alma del muchacho, que permanece en silencio. Ricardo toma su café pausadamente. -Ya sé. Estás pensando qué a gusto estarías en tu casa. -No. -Pero ahora vas a ver lo que es bueno. Pasaremos la noche los dos solitos en la choza. No tengas miedo. Las tempestades no hacen nada. Luego, un silencio poblado de inquietudes. La tormenta se avecina. Teófilo también se ha hundido en una salobre tristeza. Su alma primitiva y profética adivina. -Sacristán, Sacristancito. Tú quieres que te diga una cosa. Te la diré ahora mismo. Pero no para que te asustes. Te lo debía haber dicho desde antes. Pero no podía. ¿Quién sabe si te vaya a hacer mal? Sacristán, Sacristancito. Tú eres muy buena gente, y yo, yo soy un perdido, un perdido. ¿Sabes lo que es eso? Teófilo, sentado sobre una piedra, hunde la cabeza entre las manos, fuma desesperadamente su cigarro y parece que

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está viendo la hoguera, pero realmente está columbrando la lejanía. -Vivíamos allá en el sur. Teníamos una casita. Mi papá y

mi mamá se murieron cuando yo era chico. Teníamos una

hermana, un día se la llevó un militar y la engañó. Mi hermano lo mató como los hombres, cara a cara y los dos armados.

Mi hermano salió huyendo y no quiso dejarme. Yo tampoco

lo habría dejado. Si él estaba perdido, yo también tenía que perderme. [La suerte! ¿Qué quieres? Así hemos rodado. Aquí estamos, hemos robado y matado, Sacristán, Sacristancito. Eres amigo de un ladrón. Estoy manchado con sangre. He tenido que matar para defenderme. Y cualquier día, si nos cogen, si lo saben ¡bueno!, Sacristán, Sacristancito. Ahora

ya sabes toda la verdad. Es mejor que te vayas. Te iré a dejar

hasta la orilla del pueblo. La tormenta comienza. Primero relámpagos secos que dejan una cicatriz rojiza sobre el vientre de las nubes. La

tormenta comienza. Ricardo, con la cabeza caída sobre el pecho, siente que dentro de su ser se rompe un mundo de arrobadora fantasía. Su amigo no es el hijo de las montañas, el dios del bosque; es

un ladrón. Es verdad todo lo que dice la gente. Dos lágrimas silenciosas se deslizan sobre sus mejillas. -Entonces. ¿Quieres que me vaya? ¿Me corres?

-Sacristancito, te digo que es mejor que te vayas para que no seas tú el que tenga que decírmelo, porque eso sería peor. ¡Cómo puede un chamaco como tú, ser amigo de un

ladrón!

-Entonces ¿quieres de veras que me vaya? -¡Cómo voy a querer! No sé ni lo que quiero. -Entonces ¡me quedo! ¡A mi qué me importa; tú qué

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culpa tienes! Como impelido por un resorte, el Monaguillo se levanta de la piedra en que estaba sentado. Camina respirando

fuertemente, dando vueltas alrededor de la fogata. Habla solo. -Entonces, tú -Yo. Yo seré siempre tu amigo. Tu cuate. Tú siempre has sido bueno conmigo. -Sacristán, Sacristancito, no merezco todo esto. Tú eres

el único amigo que he tenido. Tú eres la única gente a quien

yo quiero en el mundo. La tormenta parece que se aleja. La lluvia no pudo llegar. El aire de la sierra ha cambiando. Barre las nubes para allá, para el norte. -Yo no te quería decir nada. - Vale más que me lo hayas dicho. Allá muy alto, en el cielo, se escucha un grito ronco, algo como un lamento. -¿Oyes Monaguillo? ¿Qué es eso? -Son las grullas que pasan gritando. ¿Las has visto? -Las he oído, pero yo no sabía que volaran en la noche. -Sí, cuando viajan durante el día se esconden. Son muy matreras y muy vivas. Figúrate que una vez estábamos por allá, más arriba, en la sierra, cuidando la milpa. Las grullas nos hacían muchos prejuicios. Les encanta el maíz cuando comienza a madurar. No podíamos tramparlas. Son muy águilas. Siempre vuelan formando escuadra, con una adelante, que es la capitana, la más inteligente, la mas toreada. Nunca bajan a comer, sin que primero hayan ido una o dos a explorar

el lugar para ver si hay nadie que las pueda molestar. Bajan a

la madrugada o cuando se pone el sol. Durante el día se suben

a los lugares más altos de la sierra y ni quién dé con ellas.

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Todas las madrugadas iba yo a esconderme entre las cañas de maíz para ver si bajaban, pero nada. Las grullas pasaban sobre mi cabeza, lo bastante altas para que no las alcanzara una bala. Lo que más muina me daba era que, en cuanto me retiraba del escondite alejándome un poco, las grullas bajaban muy orondas hasta el lugar donde yo las había estado tanteando. Parece que me conocían y que se habían propuesto burlarsede mí. Llegaba primero lacapitana,una grullapreciosa, con plumas azul oscuro y pico negro. Veíapara todos lados y luego llamaba a sus compañeras. Decidí entonces hacerles una jugada. Me llevé a otro compañero. Estuvimos un buen rato escondidos y luego lo hice que se fuera. Yo quería que las grullas vieran que se iba el cazador para que creyeran que ya no había peligro. Pero son muy truchas. La capitana había visto que se habían escondido dos hombres y que no se iba más que uno. Sabía hacer cuentas. A la siguiente mañana llevé a dos compañeros, pero nada. Las grullas no bajaban, sabían que éramos tres y que se iban dos. [Buenas para contar! A la siguiente madrugada fuimos cuatro. Se retiraron tres. No pasó mucho sin que el animal bajara a buscar maíz como a veinte metros. Me puse tan nervioso que no pude esperar a que bajaran las otras. Maté a la capitana, se le habían enredado las cuentas. Sabía contar hasta tres. Pero ya cuatro, eran muchos números para ella. El aire ha cambiado. Vuelve la tormenta. -No vamos a escaparnos. Imponente, solemne, luminosa noche de las montañas. Los coyotes gritan agoreramente en la crestería del monte, presintiendo la tormenta tremenda que llega. Las nubes renegridas avanzan amenazantes, devorando la llamita rubia de las estrellas. Los relámpagos cárdenos iluminan el vientre

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sombrío de los nubarrones, revelando su profundidad y haciendo ver las puntas negras de los pinos lejanos. Luego, queda todo nuevamente en la negrura. Poco a poco llega la tormenta. Primero un viento húmedo bramando entre los

pinares. Luego las primeras gotas de agua, frescas y grandes. Después, el chasquido fragoroso del aguacero. El granizo. El trueno multiplicando su estrépito en las cañadas. Los relámpagos enceguecen los ojos. Huele a quemado. Acurru- cados en la choza, Ricardo y su compañero, viven un momento de zozobra. Se sienten solos, en medio del universo. Átomos perdidos en el seno de la naturaleza convulsionada por una cólera misteriosa e indomable. Prisioneros del bosque negro

y de las montañas fantásticas y de los cielos enloquecidos, poblados por espíritus infernales, rodeados por fuerzas

gigantescas,

de energías inexorables y desconocidas. [Qué

vale la vida! ¡Qué vale la fuerza de los hombres ante la furia de la naturaleza! Son dos pobres seres insignificantes, abandonados en la noche profunda, sombras entre sombras,

a quienes solamente queda el sentimiento de la confianza, el

encuentro de un espíritu que sabe que hay otro espíritu, el consuelo borroso del calor humano en medio de la gran soledad. Se sienten empequeñecidos, anonadados, uno junto del otro, en medio de las montañas llenas de enigmas, y de fuerzas cósmicas desencadenadas. Calor de humanidad. Presencia inefable de otro ser humano.

Teófilo pasa su mano sobre los cabellos de su compañero. -Sacristán, Sacristancito ¿de veras eres mi amigo?

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Capítulo 9

A hora es necesario hablar en tiempo pasado. De repente la vida se complica y nos hace hablar en tiempo pasado. Una cosa insignificante, pero signi-

ficativa, como casi todo insignificante: El camino del gusto en alguna cosa. ¿Nos hemos dado cuenta de que estos cambios marcan, a veces, épocas de grandes crisis? Me gustaba pero ya no me gusta. ¡Todo lo que puede caber entre dos tiempos del verbo! A Ricardo le gustaba, y le gustaba mucho, salir todas las tardes, cuando ya estaba oscuro, acompañado por el Skippy, a cazar gatos. No, no era tan fácil como parece. Cazar es un deporte clásico. Uno de los grandes emperadores asirios está representado, en una estatua, acogotando un gato. Seguramente era cultor de este deporte refinado. Los gatos meditan a la hora del crepúsculo. Cumplen quién sabe qué rito pitagórico a la caída del sol. Se suben a los pretiles. Se esconden en las ventiladeras de los cimientos de las casas. Salen a lascallesy se quedan inmóviles al lado de lasbanquetas. Ahí hay que ir a buscarlos. El Skippy tenía un instinto infalible. Nunca se le escapaba un gato. Algún felino ágil lograba, a veces, subirse a un árbol, y desde ahí se burlaba. Ricardo le tiraba pedradas para hacerlo bajar. Un gran salto, el Skippy perseguía a la víctima y de dos mordidas la ultimaba. No era por crueldad. A Ricardo le gustaban los gatos. Después que se morían le daban mucha lástima. Era muy bonito este gatito, pensaba a veces, pero el Skippy era completamente feliz en estas cacerías.

Ahora Ricardo ya no encuentra placer en salir, por las tardes, a cazar gatos. Es una injusticia. El conocimiento de la

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injusticia lo tiene anonadado. Había vivido siempre seguro de todo. Convencido de la sinceridad de las gentes y de las cosas. Pero ahora, de repente, se encuentra con la convicción de que vive en un mundo injusto. Rodeado por gentes injustas que atormentan a los que no tienen la culpa. Su mamá es injusta. Es buena; pero es injusta. Ha dicho cosas terribles de Teófilo, cuando ella no sabe. Las madres no se equivocan. Tal vez su equivocación es tan absoluta que las hace vivir por encima de la equivocación. -¿Qué te pasa? ¿Porqué no comes con el gusto de antes? Ni el dulce de leche, ni la sopa de macarrones, ni las cosas que tanto te gustaban. Doña Carmelita ha consultado con su esposo. -Cosas de la vida, hija. Así me puse yo. Doña Casimira, una criada vieja que fue nana de Ricardo, tiene mejor psicología. -Es que ya comienzan a gustarle las muchachas. ¡Quién sabe en qué andará metido! Hay que cuidarlo porque, no ofendiendo a su merced, los muchachos se vuelven el diablo, cualquier día lo encontramos jugando a los casados y dándole

a la negociación. Doña Carmelita está preocupada. Ella ha visto siempre a su hijo como a un angelito. Se deleita contemplando largamente, amorosamente, los cabellos castaños, ligeramente rizados, de su hijo. Toca, con sentimiento casi religioso la

barbilla partida en dos, para levantar el rostro de su muchacho

y ver el fondo de sus ojos café claro. Ojos hundidos, profundos, dibujándose en forma de almendra, ornados por pestañas que les dan un tono dorado oscuro. Los ojos de Ricardo están ahora más hundidos. Casi no se distinguen sus pupilas entre las grandes pestañas. Se ha puesto un poco pálido. Su

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mamá está segura de que su hijito se le va a enfermar. Le tiene que dar algo. Si esto no es natural. Por las noches, caminando de puntillas, se asoma al catre donde duerme Ricardo para verlo descansar. Ya no se ríe en sueños como si platicara con los ángeles. Ahora tiene la cara triste. Hasta dormido se ve triste, a veces suspira profundamente ¿En qué estará soñando? Lo que el muchacho trae bien clavado en el espíritu es el recuerdo de su amigo. ¿Porqué es la vida mala? ¿Porqué él, que ha sido injusto, que se ha robado centavos del mandado, que le ha contado mentiras a su mamá, que ha matado tantos gatos, la pasa tan tranquilo y tiene su casa, su mamá, su papá, su hermanita, buena comida, y una cama abrigada; mientras que Teófilo que es mucho mejor que él, tiene que dormir solo, allá en el bosque? Tiene que huir de las gentes y hacerse malo. Es por eso que siente miedo y remordimiento cuando le dan buena comida o cuando lo acaricia su mamá; su mamá que es tan dulce para él y tan dura para el otro pobre.

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Capítulo IO

• Cómo principió aquéllo? Es difícil precisarlo. Primero

)

comenzó al llegar hasta el pueblo el periódico

lJ Regeneración. Lo escribían en el extranjero unos hombres que deben haber sido nobles y valerosos. Traía aquel periódico artículos que hablaban a los humildes, a los obreros, a los campesinos. En el tendajón del Cucho recibían el periódico. Siempre que llegaba, se reunían los mineros para leerlo, a la luz de una lámpara de petróleo. -Pues sí que le dicen la verdad. -No podrán hacer nada. -¡Cómo no van a poder! -Un periódico así, tiene mucha fuerza, ya verán. ¿Cómo hirvió la lava y reventaron los volcanes? Por allá en el centro de la república se formaban partidos y clubes políticos. El papá de Ricardo principió a concurrir a unas juntas que se efectuaban durante la noche en la casa de don Leónidas Araujo. Se reunían ahí don Braulio González, el maestro de la escuela. Variosmayordomos de las minas. Don Pascual Fierro, un mocetón hercúleo y rubicundo, que tenía una recua y trajinaba llevando mercancías a los pueblos de la sierra. Don Sóstenes, el barrillero, era un activo propagandista. Llevaba y traía periódicos y manifiestos. Daba consejos, visitaba los grupos que se iban formando. Una noche llegó don Sóstenes al tendajón del Cucho. Tenía un aire misterioso.

-¡Ahora sí! Cierren las puertas. -¿Qué novedad trae? -¡Ahora sí, la cosa está que arde! Se vino la revolufia.

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-¿Qué pasa? Y don Sóstenes, con actitudes de sacerdote egipcio, extrae de su capa un envoltorio. -Aquí está. Era un libro, La sucesión presidencial, de Francisco l. Madero. -¡Ahora sí! Se los va a llevar a todos lafinfurria. Todos quieren hojear el volumen. Extáticos, como los apóstolesen el camino de Emaús. Permanecen hasta las altas horas de la noche leyendo el libro que, en un lenguaje sincero y humilde, pero tembloroso de realidad, habla a las almas indignadas de los desheredados. -Se los llevará la colmillona. -Se les apareció Juan Diego. Don Pancho es el hombre, tiene muchos tompiates. -Jefes políticos -prorrumpió don Braulio, en tono oratorio-. Ladrones y farsantes; gobernadores que se creen dueños de todo. Gendarmes que, olvidando que son hijos del pueblo, golpean y aprisionan a los pobres, para quedar bien con loscaciques. Esbirros y científicos aduladores, a quienes la ciencia ha encasillado en una torre de hojas de lata, se les acerca el día. Los hijos de la sierra se frotan los dedos, como si acariciaran ya las culatas de los rifles vengadores. -Este libro es el libro que el pueblo esperaba. Lo he repartido por toda la sierra. Todo está que arde. Todos de acuerdo. -No hay quien se raje. -Que se lleve la pachona al que se raje. Ahora llega Leónidas Araujo. Don Leónidas es varias cosas en el mundo: es viudo, es aficionado al periodismo,

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Vereda del Norte

toda la vida había soñado en dirigir un periódico, y tenía madera de apóstol. Don Leónidas anhelaba redimir a su

pueblo.

semanalmente un periodiquito, escrito a máquina (en el pueblo no había imprenta) rotulado La voz del norte. Allí campeaban siempre, revueltas entre una catarata de dicterios y de maldiciones apocalípticas, y de una que otra cita en latín, las hermosas palabras: Patria, Humanidad, Sufragio, Justicia, Democracia, Luz y Reivindicación Social. Don Leónidas tenía una educación mediana. Su cultura apenas si llegaba a los libros de Samuel Smiles, pero el clamor de los desheredados, la voz que estremecía a la patria en aquellos días, encontró eco en el gran corazón de aquel hijo de la sierra. Don Leónidas estaba en comunicación con otros patriotas, soñadores como él, organizaba clubes políticos, partidos de oposición, conferencias; despertando así, en ánimo de los humildes, para oponerse a los grupos de ambiciosos que, con el nombre de gobierno, se dedicaban a mantener "la paz" en los lares de los antiguos nahuatlacas. Don Leónidas y sus amigos organizaron un club político, y cuando llegó la hora, se dispusieron a empuñar las armas. El papá de Ricardo abandonó el trabajo de la mina. Una noche llamó a su hijo. Siempre había sido un poco frío e indiferente. Él trabajaba. La mamá era todo en la casa. Pero una noche, don Julio García llamó a Ricardo. -Ven, porque tengo que hablarte -y con voz ligeramente quebrada-. Hijito, los tengo que dejar solos. Tú ya casi eres un hombrecito, pero ahora tienes que ser hombre y ver por tu mamá y por tu hermanita. Yo estoy comprometido a irme. Ni una palabra. Vamos a pelear por don Francisco Madero. Creo que esto durará muy poco. Después, México será más feliz.

Para realizar este noble ideal, comenzó a publicar

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José U. Escobar

Nosotros tenemos que sacrificamos y que ser valientes. Sé valiente tú también, hijito. Don Julio besó a su hijo con los labios temblorosos. Luego le dijo a su mujer:

-No llores, mujer. Es necesario ser fuertes. Nada nos pasará. Cuídalos, mujer. Tomó su fusil (que llegó a la casa quién sabe cómo, y con

el cual le gustaba

tanto jugar a Ricardo, aunque se lo tenían

prohibido). Salió a la calle, y se perdió entre las sombras. A poco se escuchó el galopar de los caballos, de los compañeros que lo esperaban. Eran los hijos de la serranía que partían a la revolución.

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Vereda del Norte

Capítulo II

E xpectación

La vida rutinaria ha perdido su regularidad. Todo ha

cambiado. Faltan hombres en las minas. Los ricachos

del pueblo (bandadas de polilla miserable) se han marchado para la capital. Las gentes decentes no se sienten seguras. Faltan brazos en las minas. Los viejitosplatican como siempre, buscando "el mejor asiento". Los perros siguen sosteniendo combates. Las mujeres se reúnen junto a la fuente de los tres chorros. En la artesa beben solamente los burros. No hay un solo caballo; se los llevaron los revolucionarios. Las mujeres

cuchichean:

-Dicen que van a bombardear el pueblo.

-No,

-Eso quisiéramos. El viejo está muy fuerte.

-Los

si ya renunció don Porfirio.

revolucionarios han recibido mucho armamento de

la frontera. -Ahora van para Casas Grandes. Los manda Pascual

Orozco. -Ahora verán dónde les aprieta el zapato. -Dicen que los "pelones" ya no quieren pelear. -Dicen

Los días van pasando. Han llegado noticias alarmantes. Un desastre. Los revolucionarios fueron derrotados en el rancho de Las Escobas y en Cerro Prieto, donde los federales fusilaron a los prisioneros, hasta en los brazos de sus madres y de sus esposas. Ahí quedaron muchos de los del pueblo. ¿Quiénes serán? La mamá de Ricardo, llena de angustia, va a las casas de

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José U. Escobar

sus amigas a ver si hay noticias. Tiene el presentimiento de que su marido, García (como ella lo llama), ya no es García. Ha llegado un correo que trae la lista: Don Leónidas, don Julio García, don Pascual Fierro, a todos les tocó. Cayeron acribillados a balazos en los peñascos de Cerro Prieto. Doña Carmelita regresa desolada ¿cómo se lo dirá a sus hijos? Ricardo ha llegado a la casa un poco pálido. Con seguridad que no sabe nada. Pero ya lo sabía. Lo supo en la calle. Ahora ¿cómo se lo dirá a su mamá? Con seguridad que ella no sabe nada. La mamá se acerca al muchacho. Le toma la barbilla entre las manos, para levantarle el rostro y verle los ojos, aquellos ojos que veían tan hondo. La madre y el hijo se confunden en un mismo sollozo. No fue necesario decir una sola palabra, los dos lo sabían. -Murió como un héroe --dice doña Carmelita-; México va a ser muy feliz. Pero ¿ahora quién le dará de comer a mis hijos?

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Vereda del Norte

Capítulo I2

E n el fondo, allá en los hondones más recónditos del

espíritu, Ricardo se siente satisfecho de su dolor.

Ahora se siente más equilibrado. Cuando va a ver a

su amigo Teófilo, se siente más igual. Como si ya tuviera la

estatura moral de su amigo. Ahora sufre él también. Ahora la vida lo ha estrujado. Es Ricardo el que tiene que recibir consuelo. Teófilo, sin embargo, ha principado a mostrarse

taciturno y raro. Ya no arremeda a los pájaros,

balanceo de las copas de los madroños. Los amigos pasan largas horas en silencio, recostados a la sombra de los encinos, contemplando los átomos luminosos que revuelan en el espacio azul. Ricardo no sabe a qué atribuir esta repentina manera de ser de su compañero. Se forja mil suposiciones, ¿será por

respeto a que ahora es huérfano? Pero las palabras toman repentinamente la forma del destino. -¿Sabes compita, que ya muy pronto tendremos que separamos? -¿Porqué? -Nos vamos a ir para el norte. Mi hermano ha vendido la milpa y vamos a llevar unas cabezas de ganado. Después nos meteremos en la bola. A ver a cómo nos toca. Si tú quisieras, podrías unirte con nosotros. Ricardo siente el deseo de seguir el ejemplo de su padre, de morirse como su papá, si fuera necesario. -Yo no puedo. No puedo dejar sola a mi mamá. Cuando sea más grande, tal vez. -¡Cuándo seas más grande! ¿Cree que las cosas duran tanto? ¿Cuándo seas grande? Ni te volverás a acordar de tu

ni lo seduce el

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José U. Escobar

arrugo. -Me acordaré siempre. Puede que un día nos volvamos

a ver. -¡Sólo Dios lo sabe! -¡Oye! -dice Ricardo poniéndose rojo, como con miedo de las palabras que va a decir, casi arrepentido de pronunciarlas-. [Procuraré acordarme de ti! Eso será mejor Por la vereda sombreada, por las ramas rotas de los pinos caminan los amigos. No dicen una sola palabra. En el recodo del camino, en donde crecen los Doce Caballeros, se detienen.

Teófilo quiere reírse y chiflar, pero la risa y la música se le quedan quietas en el fondo del pecho. Algo amargo lo atraganta. -¡Adiós, Sacristán! -¡Adiós, Un punto en el espacio de donde parte dos líneas opuestas. Dos veredas. Teófilo se alonga rumbo a las montañas grises. Ricardo va rumbo al pueblo. Con los ojos llenos de lágrimas. Vuelve

el rostro. Solamente distingue una silueta hundiéndose en la

niebla azulada. Acaricia el lomo de Skippy que también está triste. En un punto marcado por el dolor, se cruzan dos veredas.

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Vereda del Norte

Capítulo I3

E l dulce maestro: La montaña.

Ricardo la visita diariamente. Busca la compañía de

los Doce Caballeros. De la sombra de los pinos cae

una cortina de tranquilidad. El aire dice ahí grandes palabras.

Las montañas son quietas.No hablan,pero están ahí.Es amable saberlas ahí. En el alma del muchacho hay un hombre

ensangrentado, con el pecho abierto, tirado detrás de un peñasco, con un rifle inútil entre las manos crispadas. También una figura que se aleja, que se pierde entre los velos de la bruma que decora los confines de la cañada, y un palito y una navaja y unas manos que cortan y una voz que ríe y que tiene reclamos de alondra.El Skippy permanece muy quieto; adivina

que su compañero

de perro no puede alejar eso que entristece a su amo. El dulce maestro: la montaña. Se va convirtiendo en espíritu y en profundidad en el corazón del muchacho que medita sentado entre los Doce Caballeros. ¿Recuerdas la meditación estoica que ennoblece el segundo movimiento de la Sonata Patética de Beethoven? Ésa, o la cabalgata del aire entre pinares, serían las músicas hermanas de la que vibra en el corazón del muchacho solitario. Las aristas de la cumbre. La fortaleza de los Doce Caballeros. El son del viento en la cañada. La vieja canción de todos los poetas envuelve como una ola de amargura el espíritu del adolescente.

no tiene deseos de jugar, con todo su amor

Los que hayan sufrido de algún dolor indecible. Los que hayan perdido lo que se escapa como el viento por entre los

[Bienaventurados los

dedos. Esos entenderán, Los que no

imbéciles porque ellos vivirán muchos años!

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Vereda del Norte

Capítulo I4

L vida se ha vuelto difícil. Se han acabado los ahorros ue dejó don Julio, creyendo que pronto regresaria. oña Carmelita está muy preocupada por la miseria

que se cierne inexorable sobre el hogar. Ella se las ingenia para que nada falte a sus hijos. Remienda la ropa, lava y trajina preparando la comida. Trabaja sin descanso pero ya es imposible continuar. Ricardo no pudo emplearse en las minas. Está todavía muy chico. Deben un dineral en el tendajón del Cucho, que no les cobra, porque es hombre bueno y siente

gran cariño por el Sacristán. Una noche, doña Carmelita tiene una gran idea. Se acuerda que en Chihuahua tiene unos parientes que al parecer están muy bien. La revolución ha ido de triunfo en triunfo. La Plaza de Chihuahua ha capitulado y está en poder de los revoluciona- rios. Uno de aquellos parientes se metió en la bola y ha llegado a General. Chihuahua ofrece arrobadoras perspectivas. Doña Carmelita consulta con su hijo. -¿Nos iremos? -Pues ¿Y el Skippy? -El Skippy es lo de menos. Habrá que dejarlo. Hay que ver cómo podremos llegar.El viaje es muy largo, pero no queda otro camino. Ricardo es el más entusiasta; el más decidido para emprender la aventura. [Marcharse para el Norte! [Qué felicidad! Lo único que le duele es tener que dejar a su perro. Don Cucho compra la casa y la huerta de los García. Doña Carmelita se despide llorando de todo aquello, de aquel lugar donde había vivido siempre tranquila. Ahora el Sacristán sigue el camino por donde partió su amigo: La vereda del norte. ("¡Sacristán, Sacristancito!").

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Vereda del Norte

Capítulo IS

N oble y fraternal tierra del norte. Hecha de contraste

y de sorpresa, de esperanza y austeridad. Plana y

recia en la llanura. Sinuosa y erecta en la montaña.

Quemada y muerta en el desierto. Húmeda y rumorosa en la serranía. Ruda y magnífica tierra del norte. En los crestones negros de tus montañas está escondido, en granos áureos, el oro virgen. En las vértebras de tus roquedales se incrusta el hierro de rojas vetas. En las hondonadas de tus serranías hay intrincados bosques que recubren con veste rumorosa las empinadas laderas. Altiva y franca tierra del norte. Tu doble paisaje, el del desierto, desprovisto de alcatifa vegetal, donde a la hora de loscrepúsculos prolongados,el color alcanza el supremo brillo:

visión fulgurante de coral, de topacio, de oro encendido. Y el de la montaña: torrenteras, senderos recatados, escondidos bajo la bóveda de los pinares, aire embebido en resinas, serranías de cumbres solitarias, nubes que desgarran sus armiños en la arista escabrosa de la cumbre.

Capítulo I6

V arios días de camino, a lomo de mula, por las cañadas de la sierra bronca. Luego la llanura quemada, los espejismos del desierto que reverberan en lontananza

como láminas de acero bruñido. Por fin, una tarde, allá en el horizonte lechoso, distinguen los peregrinos la vega del Chuviscar. Como una mancha de ocre se abocetan en el confín las torres de la catedral de Chihuahua.

Vereda del Norte

Capítulo I7

L as palabras están llenas de conmiseración.

-¡Qué desgracia! Pero tú, Carmelita, no debes de

abatirte tanto, ya sabes que tienes a tus parientes.

Dios aprieta pero no ahorca. Pero en los ojos, acerada transparencia de egoísmo. De temor a que vayan a quedarse, así, de repente, los parientes en desgracia. -¿Estás bien segura de que a García lo mataron en Cerro Prieto? Ahora anda mucha gente desbalagada, que después aparece. -No. Si he hablado con algunos de los que lo vieron caer y lo dejaron ahí bien muerto. No merecía este final tan triste. -Pues nosotros, en un sucirio constante. Siempre con el Jesús en la boca. Aquél anda ahora por Zacatecas. ("Aquél" es el orgullo de la familia, el General). -Estoy con mucho cuidado, porque hace varios días que no escribe. -Pero seguramente estará bien, últimamente no ha habido combates. -¡Espero en Dios! Doña Chonita es la mamá del General Juan Anaya, Jefe de una Brigada del Ejército Revolucionario, que marcha sobre la Capital de la República. La familia del General vive ahora muy bien.

Ricardo ha visto los ramos de flores de papel. Doña Chonita los pone en la mesa de la sala. Una de esas peculiares salas de provincia: muebles austriacos, con moños de listón en el respaldo de los sillones. Mesitas cubiertas de mármol, espejos imponentes. Una amplificación fotográfica de un

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José U. Escobar

hombre de aspecto fiero, con espuelas y una pistola al cinto. Está sentado dentro de un elegante automóvil. El hombre es "Aquél", el General. Unos ramos de flores de papel en unos jarrones color de rosa. Ahí no tiene acceso más que doña Chonita y algunas visitas importantes. Doña Chonita se ha vuelto tremendamente irascible.Como madre de un General. Tiene que ser de carácter fuerte. A todas horas, con su marido, dori Felipe. Goza humillándolo. Cuando quiere llevar la humillación al grado máximo, le dice delante de las visitas: "¡Tú qué vas a saber! ¿Creen ustedes que éste se duerme cuando tocan la Serenata de Schubert?" Doña Chonita se siente ahora llena de compasión. Dice:

"Recogeremos a este pobrecito". (El pobrecito es Ricardo). "No podemos hacer mucho por todos ustedes, como quisiéramos, ya que las cosas andan muy mal". Doña Chonita almacena en su sala una custodia, unos cálices y varios ornamentos que fueron tomados por su hijo, de una iglesia. Esto le preocupa a la señora. Pero todos los días le prende velas a la virgen y a San José, para que cuide a su General. Por sí o por no, doña Chonita ha interpuesto amparo ante la corte celestial. Todas las noches reza el rosario. Sin decir por quién, como en los versos de Gabriel y Galán, pero, ya se sabe. La señora piensa "¿No será pecado guardar tantas cosas sagradas? ¿No nos irá a castigar Dios?" Se tranquiliza haciendo novenas. -No te aflijas, mujer-dice doña Chonita a Carmelita-. Así es la vida, un valle de lágrimas. Nosotros nos haremos cargo de tu hijo para hacerlo hombre.

El sistema pedagógico descubierto por doña Chonita "para hacer hombres", es bastante simple, consiste en que

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Vereda del Norte

Ricardo le dé pastura a los animales (ahora hay en la casa hermosos caballos), ordeñe vacas, limpie los gallineros, cuide el ganado, barra los patios, tire la basura, lleve a vender la leche, y administre la Sociedad de San Vicente de Paul, porque doña Chonita ha organizado una sociedad para ayudar a los pobres. Ricardo ha quedado a cargo de la administración. El chico afable desde las cuatro de la mañana hasta las once de la noche. Está a punto de que "lo vuelvan hombre". Sistema como el de doña Chonita no se lo imaginó ni el mismo Juan Jacobo. Ricardo ha trabajado a destajo durante varios meses, pero la paciencia tiene sus límites. El muchacho tiene ahora los ojos más hundidos y más tristes. Le da vergüenza decirlo, pero está cansado. Ha visto salir varios trenes de refugiados que huyen hacia el norte. ¿Por qué no irse con ellos también? Allá podrá trabajar. No faltará en qué, y puede que logren educarse él y su hermanita. ¿Qué más da ir un poco más lejos?

- Y puede que por allá

-la silueta de una figura que se

pierde entre las nieblas en el camino del norte, vaga en su fantasía. -Como tú quieras, hijito. Tú eres ahora el hombre de la casa. Si crees que es lo mejor. Doña Chonita está cada día más fuera de sí. Parece que por allá en Celaya las cosas andan mal. Hace más de un mes que no recibe mercancía. La Sociedad de San Vicente ha terminado. Doña Chonita tiene con quién desquitarse. Su marido le echa la culpa de todos los males a las mujeres. ¡Las mujeres! Doña Chonita dice sobre este asunto de filosofía feminista, algunas palabras definitivas: "¡Sí, y un día van a resultar embarazados todos los hombres y entonces le van a

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José U.Escobar

echar la culpa a las mujeres!"

Espera de varias semanas, Por fin han conseguido boletos

para salir en un tren de refugiados. Durante varios días han

ido diariamente

puesto en un carro de carga. Nadie sabe a qué horas podrá salir el tren. Cualquiera de estos días.

a la estación, al rayar el alba, para ocupar un

Veredadel Norte

Capítulo I8

I magina Ricardo que desde las ventanillas del tren podrá

encontrar lo que busca en el camino del norte. Lo examina

todo, pero nada. Arenales estériles. Médanos fulvos.

Sedientos. Sinuosidades azules de montañas lejanas. Yaestán cerca de Ciudad Juárez. En el cauce de un arroyito seco, donde crecen unos matojos verde amarilloso, ha visto saltar una libre y correr unas codornices. Se acuerda de su perro. Los pasajeros componen sus líos porque ya van a llegar. Se distingue allá lejos, sobre el ocre quemado de la llanura inhóspita, la línea verde de los álamos que crecen a la orilla del río Bravo. Sobre una loma monda y pedregosa, el cementerio, con sus cruces grotescamente inclinadas hacia la tierra y los cuadros blancos de los sepulcros. El silencio. Aquello es tremendamente triste. Suena la campana del tren. La máquina va deteniéndose, poco a poco, como si estuviera realmente fatigada. La estación es un ir y venir de cargadores, ferrocarrileros con andados casi americanos, gente que quiere dar la impresión de que, aunque no hace nada, está sumamente atareada. Unos vendedores de fruta. Unos señores platicando con unas señoras. Un jardincito con plantas sedientas, asfixiadas por el calor y el polvo del carbón. Un tramo de rieles de ferrocarril, por donde van y vienen las máquinas. Los soldados de la escolta abandonan la jaula en que viajaban. Los pasajeros contratan a los choferes para que los lleven al hotel. Ricardo con su mamá y su hermanita, van a parar a una casa vieja, de dos pisos, llena de anuncios de una cervecería. Aquello es el hotel. Abajo hay un restaurante de chinos. Ricardo ha bajado a cenar. Llegó con una buena hambre

José U. Escobar

de muchacho. Además se siente libre, como si fuera a entrar

en otra vida. Ha recorrido todo lo más importante de la ciudad. Hay muchas cantinas. Muchos hombres rubios. Muchas mujeres borrachas. El hotelito no es tan feo. Su mamá le ha dado unas monedas. Va a cenar ahora como un hombre independiente, sentado solo, en una mesa y pudiendo darle órdenes al chino que atiende a la clientela. Restaurante con mesitas cubiertas con manteles muy sucios. Y un botellón con agua y una botella de salsa de tomate sobre cada una de las mesas. Por ahí cerca cenan unos milicianos. El muchacho escucha la plática. Hablan seguramente de una hazaña bélica. -¡Corrieron como vacas! -¿Cuántos prisioneros les hicieron? -Ni uno. A todos les dimos agua. -Nosotros también tuvimos nuestras bajas. Nos mataron al Capitán Sánchez. Se revolvió entre el enemigo y le pegaron. -¿Porqué no lo sacaron? -Se quedó tirado muy lejos.

-Al

que le pegan se amuela.

-No nos hemos de quedar para semilla. -No, si ya cuando a uno le toca. -También nos mataron al otro Capitán. Le tocó un plomazo en la pura cabeza. -¿A cuál otro Capitán? -Pues al nuestro. Al que nosotros hicimos. -¿Cómo, no lo han reportado?-dice el que parece ser Jefe. -No hay necesidad. Habría podido llegar hasta General, porque era muy valiente y muy hombre. Era un perro que se vino con nosotros desde Jiménez. Hacía dos años que andaba

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.•.

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Vereda del Norte

Se

dormía y así tocaran lo que tocaran, no se movía, pero en cuanto tocaban a botasilla, se levantaba moviendo la cola y marchaba siempre al frente de la columna. En los combates sabía muy bien quién era el enemigo. Corría de un lado a otro de las filas ladrando y echándose tierra en el lomo. Era rete valiente, no le tenía miedo ni a las metralladoras. Por eso lo hicimos Capitán. Con un fierro caliente le marcamos las insignias en la cabeza. Le quedaron muy bien señaladas sus tres banitas. Pero aquí en Tierra Blanca, en la escaramuza, le tocó la de malas. A ése sí me metí a sacarlo. -No eres capaz de ayudar a tus compañeros. No recogiste al Capitán Sánchez cuando lo viste caer, y ahora resulta que te metiste por el perro. -Sí, mi Coronel. Todos han sido muy desgraciados conmigo, pero el perrito era muy buena gente -¡Ah, mañana vamos a tener fusilamiento! -dice otro de los hombres, cambiando de conversación. -¿A quién van a tronar? -Pues a los ladrones esos. ¿Qué no ha leído el periódico? - Unos amigos que robaban ganado y creo que mataron a un gringo. Si aquí lo dicen en el periódico. Aquí está la noticia. Se pone a leer en voz alta:

con el regimiento. Ya conocía muy bien todos los toques.

Próximamente

serán ajusticiados

los hermanos

Teófilo y Bemabé Dominguez; responsables del crimen cometido el viernes por la tarde, doce millas al este de Ciudad Juárez: Los Hermanos Domingue: dieron muerte a Bert Akers, ranchero norteamericano; que trató de penetrar a lafuerza en la milpa de los mexicanos, en busca

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José U. Escobar

de vacas que se le habíanperdido en una lechería del otro lado del río.

Ricardo inmovilizado por el terror y por la sorpresa, escucha, sin perder palabra, lo que están leyendo.

Los Dominguezfueron aprehendidosel mismo viernes en la noche.Juzgados ayer sábadoy condenadosa lapena capital. Serán pasados por las armas el lunes por la mañana. El caso de los hermanos Domingue; forma un precedente de la pronta justicia que sabe impartir el General Gabriel Gándara, Comandantede la Guarnición, quien ha anunciado que castigará sumariamente a todos los homicidas.

Como el cerebro cuando recibe un golpe, como la claridad cuando se interpone una nube, como el dormido que sueña que cae en un abismo de sombra; así el alma y el pensamiento de Ricardo. El Monaguillo, su amigo, aquél, a cuyo lado jamás sintió miedo.

-¿Qué tienes, hijito?-le pregunta su mamá, asustada al verlo regresar con el rostro cubierto de una palidez mortal-. ¿Qué tienes? Ricardo no puede decirle nada a su mamá. Ella le había prohibido muchas veces la amistad con el Monaguillo. -¿Qué te sucede? -No tengo nada. Deseos de llorar. -Me siento muy triste, yo no sé por qué. -¡Tendrás calentura!

Vereda del Norte

-No, no estoy enfermo. Solamente -¡ Válgame Dios! Eso nada más nos faltaba, que vayas a caer enfermo. ¡San José! Eso nada más nos faltaba, que vayas a caer enfermo. ¡San José, tú que tanto nos cuidas, ayúdanos, cuídame a mi muchachito!

,.

,,

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Capítulo I9

li luz tremulenta de la luna, oscurecida, a veces, por ubecillas grises, alumbra en esta madrugada el camino e la muerte. El panteón municipal se halla como a

tres kilómetros de la cárcel en donde pasaron los sentenciados la última noche. La mañana es fría. Salen los reos a las cinco y treinta. Van sin inmutarse ni temblar, no obstante que el frío es intenso y que carecen de abrigos. Los colocan en medio de un pelotón de soldados y,pie a tierra, emprenden el camino hacia el lugar de la ejecución. Los hermanos Dornínguez hablan en voz baja uno al otro, mientrasla guardiamarcha en silencioy con los riflesalhombro. El hermano mayor pasa su brazo sobre los hombros del hermano menor, musitándole al oído Dios sabrá qué palabras de consuelo. El camino que conduce al cementerio, de suyo triste y polvoriento, parece en aquella alborada, desolado y fúnebre. ¡Cuántos lo han recorrido llorando! En medio de los paredones desconchados se divisa la entrada del panteón, distinguiéndose entre la claridad opalescente del alba, las cruces erectas sobre las tumbas. Al pasar junto a la puerta el grupo de hombres silenciosos, se desprende de entre la sombra, la figura de un muchacho lloroso y desesperado. -¡Tengo que hablar con él! -les dice a los soldados-, perrnítanme que lo vea y que le hable. Nadie puede hablar con los prisioneros. Quiere romper el cuadro a la fuerza, de un empellón lo separa un soldado. -¡Monaguillo! [Monaguillo! Teófilo reconoce aquella voz. Es la voz de su muchacho,

José U. Escobar

de su angelito. Vuelve el rostro, se detiene un instante, sus ojos se llenan de lágrimas. Sonríe tristemente, como diciendo:

"¡Ya lo ves! Ahora ya nada tiene remedio". Yle dice adiós con la mano. Han llegado a la puerta del panteón. La pesada reja gira produciendo un chirrido lúgubre. -¡Alto! -grita el capitán-. ¡Cierren luego esa puerta, que nadie pase! Varios yanquis curiosos o sedientos de venganza, han ido a presenciar la ejecución. Se trata de un espectáculo único para tan cristianas criaturas. La puerta vuelve a cerrarse. Solamente pasan la tropa y los prisioneros. El grupo fúnebre se dirige hasta la caseta donde se depositan los cadáveres, como a unos siete metros de la entrada. Las paredes blancas de la casa del camposantero brillan a la luz de la luna. Amanece. La luna desciende sobre el occidente, dando de lleno sobre el panteón que ve hacia aquel rumbo contra el cual se paran los prisioneros. Alrededor sólo hay cruces oscuras de madera, los sepulcros y los cinco soldados con los cinco rifles. Los silbatos de las fábricas suenan, allá lejos, dando las seis de la mañana, el eco repercute en las lomas escuetas que cercan el camposanto. Es la vida que vibra allá en el pueblo. El horizonte que sirve de fondo al paredón del patíbulo va poco a poco cambiando de color, de gris acerado que es, se tiñe de rojo en el oriente, como si un pincel empapado de sangre, pasara por el cielo. El Capitán se acerca y sacando un pañuelo, lo coloca sobre los ojos del más joven; pero éste, tan pronto como el Capitán se retira, se lo arranca de la cara, diciendo que morirá

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Vereda del Norte

como los hombres, como su hermano Bemabé, con los ojos descubiertos, de cara a la muerte. El hermano mayor, que hastael últimomomento ha permanecido inmutabley tranquilo, prorrumpe, de pronto, en imprecaciones e insultos contra los yanquis que han ido a presenciar la ejecución. -¡Ah! Si tuviera una carabina en las manos, cómo los haría yo correr a todos ustedes. ¡Gringos cobardes! Gocen viendo cómo nos morimos los mexicanos, cómo nos matamos. ¡Gringos hipócritas! Maté a un gringo porque trató de penetrar a la fuerza a mi casa. Me defendí como cualquier hombre lo hubiera hecho. ¡Mi hermanito es completamente inocente! ¡Él no disparó un solo tiro! Pero van a matarlo también. Para darles gusto a los yanquis. Pero no le tenemos miedo a la muerte. Si a todos se nos llega. A ustedes también. Fíjense bien cómo morimos. ¡Gringos cabrones! Y en ese momento grita el Capitán. Los dos hermanos se abrazan. Cambian algunas dulces palabras. Luego se enfrentan a la muerte llenos de serenidad. -¡Preparen! -¡Apunten! Cinco rifles descansan sobre cinco hombres, cinco gatillos producen un ruido seco. Luego un segundo de terrible silencio. Las campanas de la vieja parroquia de Juárez principian a llamar a misa. La ponderosa voz de bronce inunda la atmósfera diciendo paz.

-¡Fuego!

Los ajusticiados se desploman.La mano del hermano mayor busca en la desesperación de la agonía el rostro de su hermanito, como para hacerle una caricia o para protegerlo

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José U. Escobar

de la muerte. Ricardo, casi enloquecido, oprime los hierros de la puerta hasta hacerse sangrar las manos. Sangre inútil. Nada puede evitar. Nunca olvidará este momento. Los ojos del Monaguillo, en el instante de derrumbarse en el eterno silencio, se volvieron hacia él, con una mirada llena de amor y de ternura.

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Vereda del Norte

Capítulo 20

Q ién llorará sobre la tumba de un bandido?

Con los ojos abiertos, con el rostro cubierto de san-

gre, el Monaguillo queda doblado junto al paredón

p lo. Luego lo meten en una caja negra. Lo bajan a la

tumba. Las gentes buenas se apartarán con horror. [Era un bandido!

d

Ricardo salta la reja del cementerio. Busca nerviosamente

entre las tumbas. Arranca algunas flores, de esas humildes flores de alfombrilla que crecen en las grietas de los sepulcros y que ni siquieranecesitan agua. Las coloca sobre el montecito

de arena que señala la tumba del Monaguillo. Los soldados

han terminado. Forman pelotón y se alejan en silencio. Sentado sobre una loza, contemplando el montón de arena y las floresde alfombrilla,estremecidopor los sollozos,Ricardo dice quedamente, dulcemente, allá en el fondo de su corazón:

¡Monaguillo, mi amigo!

FIN

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ADRIANA CANDIA (Ciudad Juárez, Chihuahua, 4 de julio de 1962). En 1995 obtuvo su Maestría en Literatura Latinoamericana de New Mexico State University. Actualmente enseña español en NMSU, Las Cruces. Ha

coordinado los talleres: S Taller de Narrativa y La palabra es el cuento. Escribe cuento, crónica y ensayo. Coordinó

y publicó en los libros: El Silencio que la Voz de Todas

Quiebra: Mt!feresy Víctimas de Ciudad Juárez (1999) y A Southwest Reader far Intermediate Spanish (Wiley Custom Services, 1999). Es autora del libro de cuentos Cefé Cargado (UACH, Colección Flor de Arena, 2005). Ha sido periodista desde 1981. Co-editora de la revista Frontera Norte Sur

(NMSU, 1996-97 ) y co-editora del suplemento cultural Armario de la revista Semanario desde el año 2000 .

JOSÉ U. ESCOBAR (Ciudad Juárez, 1889 - Chihuahua

1958). Artista e intelectual polifacético: profesor, traductor, promotor cultural, periodista (director de El Continental de El Paso Texas, Peifil de Chihuahua, Cuaderno Cultura~,

y autor de: Las Tribus de Exploradores Mexicanos (1929) y

Siete Viqjerosy Unas Apostillas de Paso delNorte (1943). Dejó inéditos los cuadernillos de poemas: De la Juventud y el Dolor (1906) e Ideario: La Inquietud Errante; así como El

EvangeliodeJudas deKeryoth,(1936-37) novela que sorprende por su sensibilidad profunda con la olvidada perspectiva del infame traidor Judas de Iscariote; y Vereda del Norte (1936-37), la primer novela de la Revolución escrita por un juarense.

¡Es Tiempo de Iuúrcv: .,~.

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