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FOTO: JAIME RIVERO TOSCANO

C armen

Galán Benítez nació en la

ciudad de México en 1967. Rea-

lizó estudios de teatro y de lengua francesa. Desde 1986 se ha dedicado al guionismo y la producción de tele- visión en organismos e instituciones como la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, el ILCE, el CONACyT, TVUNAM, Televisa y Canal 22. Ha es- crito reportajes y articulas para El Uni- versal , las revistas Día siete y Hoie- rasca entre otros. Tierra marchita, de la cual realizó también el guión cine- matográfico, es su primera novela.

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TIERRA MARCHITA

Carmen Galán Benítez

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Cannen Galán Benítez

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TIERRA MARCHITA

FONDO EDITORIAL TIERRA ADENTRO 242

üCONACULTA

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HACIA UN PAÍS DE LECTORES

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Primera edición 2002 Fondo Editorial Tierra Adentro Diseño de portada: Carlos Alvarado © Carmen Galán Benítez D.R. © 2002, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes Arenal 40, Chimalistac, D.F., C.P. 01070. Las características gráficas y tipográficas de esta edición son propiedad del CONACULTA. Todos los Derechos Reservados. Queda prohibida la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, sin la previa autorización por escrito del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Impreso y hecho en México

ISBN 970-18-7229-0

CONACULTA

Hay lágrimas que bajan del alma al corazón y son invisibles. Hay corazones invisibles don- de su rota imagen no se nota. Pero que están quebrados.

Juan Rulfo

CAPÍTULO 1

1

1997. Luce festiva la tarde entre algarabía y comer- cio ambulante. Los que pasean en domingo por la amplia explanada exterior de la plaza de toros; los que salen de la corrida -vestigío de un teatro que aún recorre sótanos en el laberinto de lejano umbral penetrado por la conciencia de dar muerte. Frente a la plaza, el Paseo Triunfo de la República de por medio, se halla el Carreta' s. Su fachada es un alarde de artificios que, cual medallas, exhiben un tiempo de acuerdos; el bar Carreta's ha sido sede de armisticios. Al ir atravesando los ocho carriles de la gran avenida, Rosaura deja escapar una de las banderillas que arrebató a un toro muerto y ni Arternio puede evitar que una traca arrolle aquel trofeo de la come- dia que esa tarde comparten. Tarde nítida en la que ellos ya descartaron entrar un rato al Carreta' s. Pero ahí estacionaron su Royal Mónaco, que aguarda discreto entre el Jaguar negro, el BMW rojo, el Mer-

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cedes deportivo, el Lincoln blindado y media doce- na más de credenciales. No hay sombra que altere el paso confiado de Artemio ni promesa que distraiga el temple de Ro- saura, aun si la tarde va perdiendo su brillo. Rebasan los cuarenta años y han pasado más de quince juntos, casi desde que ella llegó de Delicias y consiguió trabajo en el Candy's, uno de los tres bares que abrió Artemio en El Paso. De bailar en top lesssobre las mesas, Rosaura pasó a ser la mujer del dueño, condición que disfrutó apenas durante el tan breve tiempo que el torbellino tardó en al- canzarlos; aquel implacable zigzagueo entre el pe- ligro y el todo, entre la libertad y la trampa. Años per- siguiendo un golpe de suerte, leyendo la realidad desde su ficción, apostando lo más querido, abra- zando lo más amado. Con ironía, llegó ahora un tiempo sereno que suaviza sus rasgos duros de nor- teños y que parece recompensar aquel vértigo. Hoy conservan su desafío, pero han aplacado el miedo. Cambia la atmósfera con la puesta del sol. La multitud se ha dispersado tanto que nunca existió y una ráfaga de viento levanta el polvo del que Rosau- ra protege sus ojos sin poder contener su larga ca- bellera oscura. La luz del alumbrado público se en- ciende en un tiempo de teatral precisión para descubrir el veloz tránsito sobre la avenida y la fan- tasmal soledad del estacionamiento. Artemio ya abre a Rosaura la portezuela del Royal cuando una Subur- ban negra se detiene frente a la entrada del Carreta's;

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el chofer de la camioneta emite un breve mensaje por radio. Toda acción se detiene en un vacío que estalla sin piedad: ráfagas de metralleta y gritos de otro mundo se escuchan desde el interior del bar. Paralizado apenas por un instante, Artemio atien- de un impulso y confirma que su revólver Colt .45 está ahí, pegado a su cuerpo. Dio entonces a su mujer la indicación de poner- se a resguardo; agazapado y veloz avanzó por el estacionamiento hacia la entrada del bar cuyas puer- tas se abrieron con violencia deteniendo el paso de Artemio a muy corta distancia ya; los sicarios apa- recieron manchados con la sangre de sus víctimas. Entonces Artemio Bencomo, tenaz libertario de sus fantasmas, firme en su apuesta al destino, des- enfundó. Fue lo último que hizo. Decenas de balas lo acribillaron.

¿Sabías tú, Artemio, que ya

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ibas a morir?

1953. Lejanas nubes arden en brasas serenas, cons- tantes, luminosas. El cielo cae como cúpula sobre la gran planicie tan sólo custodiada por el Cerro de la Bola y la montaña Franklin. Esta tarde sólo murieron seis toros.

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"Fermín, dentro del modernismo de su toreo, torea

cita, se croza con el toro, lo

aguanta, lo rt?Cibey lo despide mandándolo. Todo esto, cuando ve que el toro todavía está en condicio- nes de responder. Cuando no, es decir, cuando por agotado, opor reseroón, opor incierto se concreta a la defi?nsay no embiste; entonces Fermín, como úl- timo recurso, lo toreapor consentirlo.

de .frente; de .frente

Isabel va tomando al menos una cerveza por toro y alienta la gallardía del matador. Matías Bencomo, en secreta complacencia, festeja para sí que su hijo Artemio cumplió un año; que cerró el trato para comprar el terreno donde construirá su casa; que duerme con Isabel. La faena le valió un rabo y dos orejas a Armillita y los espectadores abandonan la plaza complacidos. Los Bencomo caminan en si- lencio. La mirada se pierde en lontananza y un dejo de melancolía tiñe la expresión de Isabel mientras el carmín intenso de su sombrero, de sus labios, de su trágico destino, parece ser parte del crepúsculo.

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El tren ha marchado sobre una interminable recta; al amanecer, por fin se acerca a la frontera. Puntos perdidos en la zona más vasta del anti- guo territorio: centros misioneros, postas de paso. Tierras planas, despobladas, lejanas. Una cálida luz entró por la ventanilla del Pull- man y las sorprendió acostadas entre risas y boca- nadas de tabaco: Isabel y Aurora no pueden leer lo que sienten; gozaron de un inesperado buen áni- mo desde que abordaron el tren. Llevan en su equi- paje zapatos nuevos, ropa de segunda mano, pero bonita, y vestuario para el show. Desde la ciudad de México, ha sido un viaje de dos noches y un día. La campana del operador anuncia la muy próxi- ma llegada al destino final: Ciudad juárez. Ellas, emocionadas, se preparan para llegar arrebatándo- se lápices de ojos, lipsticky rubor. -¿A quién quieres engañar pintándote más gran- de el labio de arriba, Aurora? -No se nota, tú porque ya sabes. No se nota.

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Nacieron en el barrio de la Lagunilla, del que nunca se han alejado tanto. -¿Crees que el tal Baca nos esté esperando?

tan temprano?

Terrenos cultivados de algodón y trigo antici- pan la ciudad y alternan con tierras vírgenes salpi- cadas de enormes sauces y casas rectangulares que intentan resguardarse de un clima arduo. Han llegado a un valle fértil en medio del de- sierto. La estación de ferrocarriles es una construcción afrancesada de principios de siglo y sí, en el andén está Baca, recargado en una columna, con su som- brero Tardán y fumándose un cigarro. A diferencia del resto del grupo, Isabel y Aurora viajaron en pri- mera clase, gracias a don Luis; tal suerte les impone abandonar el vagón dando glamour a sus movimien- tos y, mientras se acercan a Baca, ya los demás rodean al promotor. Sólo los músicos conservan el buen humor tras un agobiante viaje contra el que protestan desde don Severino hasta el Molcas: cha- macos llorando, baños asquerosos que muy pronto dejaron de funcionar, dolores de espalda y de rodi- llas; un alud de quejas cae sobre el pobre Baca. En contraste, Isabel y Aurora aparecen radiantes y sere- nas, muy diferentes de las otras bailarinas que, su- cias y malhumoradas, se confunden con el resto de la prole que viajó entre guajolotes y chiles secos. Desde ese momento, Alfonso Baca les dio a ellas un trato especial; junto con don Severino se trasla-

-¿Qué, no lo regañará su mujer

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.•

daron en su flamante Buick mientras los demás to- davía hicieron fila para conseguir taxis. Fueron di- recto al hotel Buenaventura, que no es ninguna maravilla, pero está en plena avenida juárez y algu- nas habitaciones tienen baño privado y agua ca- liente. Las muchachas Rivas, a instancias de Baca, fueron alojadas cómodamente. Mientras desempaca- ban, francamente felices, ellas hicieron el pacto de no revelar que en donde vivían no disponían de agua corriente y que era larga la fila para acce- der al único baño de la vecindad.

***

Los mejores tragos de la avenida juárez se sirven en El Suavecito y los prepara Matías Bencomo, El bar es de gran tradición y sus finos acabados en madera son obra de un excéntrico hombrecillo italiano que pasó por Juárez antes de la Revolución. No faltan ahí las fotos de personajes de la farándula, de la fiesta brava y del box, que con una copa en la mano y varias más en la sangre, aparecen disfrutando el haber sido en esta tierra más estrellas que nunca> Alfonso Baca llega, muy trajeado como siem- pre, a echarse un pisto con su compa. -¿Qué? ¿Sí soltó Caimán la feria para el grupo? -pregunta Matías mientras sirve la de la bienve- nida. -Todavía no. Pero ya están aquí y traen bue-

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nas muchachas y todo. Ya si no le entra el vato va a ser una broncota, que no creo que se la aviente. Con un jaibol, Baca ordena sus ideas. -Por lo pronto los metí en el Buenaventura. Nomás urge que empiecen a tocar y que vaya sien- do negocio para todos; si no, vale madres -checa la hora en su reloj de bolsillo-. ¡Mira!,ahí va llegan- do el camarada. Baca apura un buen trago y va tras el dueño de El Suavecito. La noche comienza y un suave bolero anima el

bar.

Dos mujeres entran con cautela. Cabello negro ondulado y peinado a la altura de los hombros; los labios muy rojos; medias y tacones bien puestos y la cintura marcada por faldas que bajan ceñidas sólo hasta cubrir las rodillas. -Disculpe, ¿no andará por aquí el señor Baca? -se anima Aurora. -¡Ah, caray! Pásenle reinas. Ustedes han de ve- nir de la capital, ¿qué, no? Aurora se acerca a la barra jalando a su herma- na; su soltura contrasta con el aire serio de Isabel, de gesto casi altanero. Isabel no está para tipos sim- páticos, pero lo chula nadie se lo quita y Bencomo, eficiente, lustra su impecable barra. -¿Qué les sirvo? -Yo nada, gracias -advierte Isabel. Aurora pide un refresco. -¡Trabajan dos sodas! -insiste Matías.

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Una estaca contrae a Isabel; su alma no toca tierra. Los conquistadores le provocan asco. Hubo para ella esas tardes lluviosas de la ciu- dad de México donde conoció lo que nunca más tendrá. Que quede claro: nadie se acerca. Ella no está. En el cuerpo de Rogelio tocó el dulce abismo y fue acaso la tregua en la que su alma vino a tierra; un finito espacio de no mentir. Ya lo demás será el paso de los días, de los años, de la interminable locura que nadie leerá y, en la distancia, ella sola reconocerá cada canto marchito de su piel, de su margen de realidad, de la penitencia que no logra esconder su luz. No hay consuelo pues ya antes había muerto. Aquéllo sólo fue un destello que hoy corrompe a Isabel. Con el desengaño amoroso vino también la golpiza que le dio su madre al tiempo que la corrió de la casa. Aurora se fue con su her- mana porque siempre han estado juntas, como si sólo se tuvieran la una a la otra, y así, juntas, empe- zaron un peregrinar del que todo el barrio de la Lagunilla es testigo. -¿Y todas en México son tan chulas? -bromea Bencomo. Matías no es un Don Juan, pero Isabel lo in- quieta con su palidez, con su soberbia, con la mira- da que esconde. Ella no está para aventuras en la frontera y rechaza la presencia de un hombre insis- tente. En eso piensa mientras una conversación busca su lugar entre Aurora y Matías y, en el cruce de alguna gris imagen, Isabel pone con tal fuerza

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su vaso sobre la barra que es la primera en sor- prenderse cuando ve salir volando los hielos. Algunos meses y una tenaz labor fueron nece- sarios para que Matías Bencomo la convenciera de que le ofrecía de todo corazón ser su marido, cui- darla y llenarla de comodidades. Él amó a Isabel desde que ella apareció por las puertas de El Sua- vecito. Los Fabulosos fueron un éxito: johnny Lozano, la voz de terciopelo; en los metales, los hermanos Estrada; tremendo Juan Salazar en las percusiones (presumía ser de Santiago de Cuba, pero un día, bien borracho, lo encontraron hablando como mexi- cano); y ¡esas cinco muchachas que trajeron de ca- beza al antiguo Paso del Norte!

***

La furia rebasó a Esperanza Jiménez

peó y corrió a su hija Isabel. Las cosas andaban mal:

su nuevo marido, juancho, ya se fijaba en las mu-

chachas y a Esperanza le daba rabia que no había salvación para ellas, mujeres al fin; además, no al- canzaba el dinero para que todos comieran. Nunca le había alcanzado. Cuando su primer hombre la sacó del pueblo de Tlalpan y la llevó a esa vecindad en el centro de la ciudad de México, Esperanza tenía 14 años. Al año nació Aurora y después Isabel, el 12 de agosto

el día que gol-

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día que Esteban llevaba tres noches sin

aparecer. -¡Traiga más agua caliente comadre! -Aguanta Esperan cita, ya va a pasar La tía Nacha se apiadó:

-Aquí le traigo este caldito a la parturienta, para que se reponga. Hembra, Esperanza consoló su propio llanto y

el de su cría poniéndosela en el pecho y, así, se la llevó al día siguiente al Monte de Piedad, cuando doña Trini, su suegra y patrona, la mandó a empeñar un traje. -Pero si ni planchado está -Es buen traje, algo te darán. Vete ahorita que es temprano y no hay mucho sol. -¿Qué, no me va a dar ni para el tranvía?

de 1932, un

-¿De dónde niña

de dónde?

[Desgraciada vieja! Siempre de trenzas y delan- tal; con esas manos rasposas de comal; siempre cómplice de su inútil hijo. -Camínale Aurorita, que el tramo es largo -Es- peranza apura a su pequeña hija mayor. Aurora siempre ha presumido que su memoria registra todo desde los 2 años, dice recordar a su abuela Trini evocando los viejos nombres de las calles de la ciudad: Misericordia, La Encamación, Bergantines, Los Betlemitas, La Pila Seca, El Calva- rio. [Cuánto cambio hacen a cada rato! Abren ca- lles, tiran templos -Eso sí, quién sabe si esté bien -decía doña

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Trini-, porque de cada lugar se saben historias y ahora las almas han de andar por ahí vagando. Pero Esperanza llegó hace poco al centro y esas cosas no le importan. A ella ya le tocaron las calles con los nombres de las repúblicas que reconocie- ron al gobierno revolucionario y ahora va por Re- pública de Cuba. En el camino, a Aurorita se le antojó un pan de los del puesto, pero eso será de regreso, cuando ya traigan los centavos. Al llegar al Monte de Piedad hicieron una fila de tres cuartos de hora. -No señora, por este traje no le puedo dar nada. A Esperanza le dieron ganas de llorar, pero se aguantó por vergüenza. Cruzó la calle hacia Cate- dral y se sentó con sus hijas en una piedra del atrio, con la boca seca y a punto del desmayo. Ese fue el segundo día en la vida de Isabel. En la vecindad los niños se bañaban los sába- dos y todos preferían ser de los últimos, aunque el agua de la tinaja ya estuviera más sucia, con tal de poder chacotear por más tiempo, hasta que doña Trini ya tuviera urgencia de despejar el patio para que las mujeres fueran calentando el comal porque ése era buen día para vender comida. Esperanza llegaba de lavar ajeno antes del medio día y traía también el pulque para vender y para aliviar. Hasta muy tarde despachaban entre todas, mientras los niños correteaban como si fuera día de fiesta. Ocu- padas, cansadas, contando los centavos, las señoras prepararon un jarabe de miel de maguey y cebolla

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morada cuando apareció una tos que no se les qui- taba a los chamacos; después, ya no podían calmar las fiebres y, cuando la muerte empezó a arrebatar- les a sus hijos, alguien mencionó una enfermedad llamada Crup. Esperanza lloró a su hijo más peque- ño, un varón, un hombre que no estaría condena- do como ella y como sus hijas a las que, con dolor, vio convertirse en mujeres. Destino voraz que Esperanza, impaciente, con- firmó el día que Isabel llegó con el rímel corrido e inconsolable por haber encontrado al mánager del Club Copacabana -su amor- en gran pasión con la nueva cajera. Tras destrozar el vestido de la rival y ser humillada y despachada por el tal Rogelio, Isa- bel había vagado bajo la lluvia. El chisme llegó an- tes que ella a la vecindad. -¡Te lo advertí! -Esperanza reclamaba su pro- pia desdicha-, las palabras de amor se inventaron para que a las taradas les crezca la panza y supliquen las miserias con las que un cretino compra sirvien- ta, cocinera, madre para sus hijos y cama caliente para cuando le da la gana. Si de nada te sirve lo que me he cansado de advertirte, desaparece de mi vista antes de que yo tenga que cargar con tu peni- tencia. ¡Como si no me hubiera tocado a mí una vida miserable!, sin descanso, sin consuelo. Isabel y Aurora salieron de ahí sin rumbo, cul- pables, acosadas por el peso de una virginidad que casi ninguna mujer recuerda. A su paso se cerraban los portales; por las calles del centro circulaban es-

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pectros esa noche. Entre el polvo de demoliciones que daban paso a nuevas avenidas, la ciudad cam- biaba en una dirección que no las incluía; dos mi- llones y medio de habitantes eran muchos como para no contar con nadie. Sin mucha fe, pensaron

en ir hasta Tlalpan a buscar a la tía Lupe para pasar la noche y comer algo; tomaron el tranvía hacia Taxqueña. Durante el camino lamentaron su mala vida; Isabel cerraba los ojos y hacía en silencio la promesa de no olvidar el dolor y la rabia. Al bajar del tranvía, buscando la ruta hacia Tlalpan, se encontraron con don Luisy con don Se- verino, personajes reconocidos y estimados en los barrios del centro. Ellas, tan jóvenes, no los habían tratado antes; los señores fueron amables al salu-

darlas y preguntarles qué hacían

manas ya no llegaron a Tlalpan: esa noche cenaron en un café de chinos y tuvieron dónde dormir. Don Luis Barrientos era elegante y cortés, pero para Isabel sus visitas fueron un suplicio. El sacrifi- cio no fue tan agresivo porque los señores tenían su vida muy hecha: don Luis vivía con su esposa y su trabajo en el Pullman, que aprovechaba para traer fayuca de la frontera, lo mantenía alejado por tem- poradas. Don Severino, por su parte, manejaba gru- pos musicales que aspiraban a ser de los grandes; los espléndidos recuerdos de su estancia en La Ha- bana estimulaban la tenaz actividad que lo mante- nía sudando y, en un gesto ya automático, limpiaba

tan solitas. Las her-

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su regordete rostro con un tieso pañuelo que pro-

vocaba náuseas a Aurora. Ellas consiguieronmodestos trabajos en fondas y bares y ahí encontraron amigos entre los músi- cos. Por las mañanas, Aurora hacía la limpieza del bar Platas y disfrutaba los ensayos de Los Montunos; el sax de justino viajaba tan lejos que Elíades dete- nía su guitarra, ya contagiado de melancolía, ya desesperado ante la soledad que impedía a tan so- berbio intérprete incorporar su lamento al progra- ma del grupo. Isabel muy pronto pactó con su desconsuelo, anclándolo, trabajando con él hasta convertirlo en bastión-, pero ciertamente encontró en la música un espacio donde su cuerpo no tenía que otorgar y ella podía entregarse a un gozo íntimo. Como ayu-

aprendió de las vedettes el arte

dante de vestidor,

de construirse una máscara.

Las hermanas fueron incorporándose.

-A ver niñas miento.

¿qué le pasa a Lupita? Swing, mambo, son, <lanzón Consiguieron un cuartito en el barrio de Peralvi- llo y se veían hermosas la noche que fueron al Swing Club. Se presentaba Arturo Núñez y su grupo; ellas no pararon de bailar. El grupo alternante era el de Pérez Prado, que no gozaba entonces de mucho éxito, al grado de que la pista solía vaciarse cuando ellos tocaban. Así es que, esa noche, Aurora e Isabel

¡con gracia! El baile es senti-

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fueron invitadas por el mimísimo Dámaso para per- manecer en la pista y animar su intervención que, esa noche, fue memorable. Bailando descubrieron que tenían una vida, su vida. Cada día surgían grupos y salones de baile. Don Severino, al fin, logró armar un grupo de éxito: Los Fabulosos ya estaban en su tercera temporada en el bar Nueva York. Nadie olvida la crisis -<le hospi- tal- que invadió al mánager cuando dos de sus bailarinas se fueron a filmar una película sin avisar- le siquiera. Angustiado, puso a las hermanas Rivas en el escenario. Cuando, más tarde, las hermanas se animaron a hacer ese viaje a la frontera, ellas no sabían que aban- donaban la ciudad de México. Se fueron sin despe- dirse de sus calles, de sus sabores, de sus anónimos abismos. Aún en viajes posteriores trataron a la ciu- dad con desprecio. Tardaron mucho tiempo en re- conocer cuán entrañable les era esa tierra de necia capacidad para reconstruírse una y otra vez. Tenoch- titlán yace enterrada; la espléndida ciudad renacen- tista sucumbió ante inundaciones e incendios; mo- das arquitectónicas cambiarían la fachada del esplendor colonial cuyos palacios, mutilados y de- vastados por una atroz modernidad, fueron sustitui- dos con edificaciones vulnerables ante terremotos. Fue quizá la herencia de este espíritu mutante la que susurró al oído de las hermanas Rivas que

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podían dejar todo su dolor en el pasado y recons- truirse sin dejar huella.

***

Durante tres meses hicieron cuarteto; Baca y Ben-

como las pasearon como reinas. Al concluir la tem-

porada

trabajo para que se quedaran, ya no bailando, por supuesto. Isabel entonces trabajó como recepcio- nista en una aseguradora y Aurora, de carácter más alegre, como cajera en el bar. Ellas todavía regresaron a México, a comprobar que ahí la vida les dolía, que sus pasos sobre calles y barrios, entre monumentos y vecindades, tenían el peso de los siglos y se hundían en profundidades que ya no quisieron hurgar. Sólo aprovecharon para conseguir sus actas de nacimiento. Emigraron. Baca dirigió los trámites para que ellas consiguie- ran pasaporte y visa. Dejaron entonces de mojarse el vestido al pasar por el río para ir a El Paso y cru- zaron la frontera legalmente en el Buick. El Paso era sorprendente. Avenidas ordenadas; barrios de casas lindas con jardines frontales; gran- des almacenes con productos nunca vistos; pulcri- tud y progreso. Un mundo contrastante y, además, posible de transitar hablando español. Descubrimiento y expectativas. Un caprichoso ángulo en la línea del destino. La seducción que ejerció ese mundo ayudó a Ma-

del grupo en El Suavecito, les consiguieron

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tías Bencomo en sus propósitos: convenció a Isabel de que se casara con él.

***

Pero el rostro afable del pretendiente desapareció en el mismo instante en el que Isabel firmó el con- trato nupcial con el que dos frialdades, dos orgu- llos, dos soledades, compartirían la vida sin romper el hielo. Sus hijos, Artemio y Jorge Bencomo, crecieron esperando el momento de desafiar la rígida, impla- cable, draconiana autoridad de Matías. Isabel, obse- siva y perfeccionista en el cumplimiento de sus labo- res domésticas, decidida a no deberle nada a la vida, halló en el desdén la coraza contra cualquier senti- miento que pudiera vulnerar aquel viejo pacto con el desconsuelo. Matías Bencomo ejercía con dignidad como can- tinero; atendía y daba aliento a más de un confun- dido tex-mex; al ex combatiente de Corea que de allá se trajo esposa y vive acusándola de puta; a viejos solitarios; a cínicos estafadores sin suerte; a médicos que enfrentan demandas; a casados que no quieren casa o a fumadores que ya perdieron un pulmón. Matías se fue a El Paso a trabajar desde que El Sua- vecito cambió de dueño y, disciplinado, finalmente logró establecer allá su propio bar: El Camaleón. Ante la prosperidad, Isabel fue pasando de la incredulidad a la soberbia; de la rabia al desdén.

2B

Aunque los Bencomo vivieron por más de una déca- da en Juárez, sus hijos nacieron en El Paso y crecie-

de la vida de

ron sin poder armar el rompecabezas

su madre, cuyo pasado se dispersaba en el despre- cio a un México del que ellos jamás supieron nada.

***

Theres no time to make changes Just relax, take it easy You re sti!!young, thats your .fau!t Theres so much you have to know

Muy cerca de la casa de losBencomo vivía mi abue- la. Tenia una casa de asistencia en la avenida del Charro casi esquina con La Raza. Los muchachos que ahí se hospedaban eran alumnos de la .&cuela de Agncultura Hermanos Escobar; que en los años setenta gozó de gran prestigio. Llegabanjóvenes de

todo elpaiS a estudiar, incluso de Ntcaragua vinie-

ron algunos. Para las discadas se compraban

lesenterosde certeza y, guitarra en mano, cantaban

las canciones que estaban de moda en las peñas:

VioletaParra, Mercedes Sosa, VfctorJara y también muchos corridos. En esos años Juárez conseroaba sus relaciones de valle agrícola y ganadero; tam- bién se abn"óla Universidad Yo, una niña en ese tiempo, pasaba casi todas las vacaciones enJuárez con mi abuela, aunque vi- vía en el D.F. No sabia que existen muchos mundos

barri-

2')

y que a veces se evaden lospuntos de encuentro ante la imposibiltdad de compartir valores. Cuando se acercaban las elecciones presidenciales de 1.976, me

dio por preguntar a todospor quién iban a votar. También lespregunté a los Bencomo, una vez que entramos a su casa,·Artemio y Jorge eran unos jo- vencitos. -¡Ay Elena/ Pues ni mexicanos somos, pero por López Portillo. ¿Qué, hay otro? -Claro, está Valentín Campa, yo fui con mis papás a su cierre de campaña. En ese tiempo no entendí sus risas burlonas y ante mi desconcierto Artemio aclaró:

-Ahí había puros pobres, ¿Verdad? Era cierto, en aquel mitin había muchos hom- bres con sombrero y con las manos curtidas por el trabajo. Peroser 'poores"tenía otrosignificado para

quienes en lafrontera habían logrado dt?/arde serlo,

y eso es algo que defénderfan a cualquier precio. Al poco tiempo los Bencomo sefueron a vivir a

El Pasoy

enJuárez se convirtieron en una leyenda.

***

La suerte

na. De carácter jovial, su soltura le permitía ser buena amiga incluso de los hombres que, tras acostum- brarse a ese bonito rostro, la veían como confiden- te o cómplice. Durante mucho tiempo no significó

de Aurora fue diferente a la de su herma-

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un problema ni para Alfonso Baca ni para ella salir como pareja acompañando a Isabel y a Matías. -¡Ya déjala descansar! -bromeaba Isabel so- plando el acalorado rostro de su hermana que, ra- diante, se desplomaba sobre la silla tras bailar con Baca una tanda entera. Si alguna virtud tenía Alfonso Baca era la de ser buen bailador. Mientras no se pusiera demasiado borracho, Baca era el compañero ideal porque su presencia garantizaba auditorio, y Aurora no des- merecía. A pesar de haber participado en el show de Los Fabulosos, donde era necesario imprimir al movimiento mucha espectacularidad, a ella le gusta- ba bailar con sobriedad, con exactitud, cadencia y elegancia; un porte como el de Baca era ideal para eso. De fiesta en fiesta, de salón en salón, cada día se acoplaban más. Cuando Isabel y Matías finalmente se casaron y esperaban a su primer hijo, Aurora y Alfonso siguie- ron saliendo juntos porque ya tenían ese gusto muy arraigado. Él se sentía cómodo porque ella fue tal vez la única mujer que no lo acosaba con una acti- tud burdamente seductora, al contrario, disfrutaba, se dejaba tratar bien y no le andaba dando indica- ciones. Una noche, tras recorrer varios bares de la Ave- nida Juárez, Alfonso la llevó a su casa, como siem- pre. Aurora rentaba un cuarto que tenía su entrada independiente en una casa de la Mejía, tantito reti- rada del centro, y ahí, en el Buik, se quedaron pla-

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ticando un rato. De pronto a ella le entró la prisa o el sueño y empezó a buscar sus llaves entre la biodiversdad de su femenina bolsa. -Ya me voy, es tardísimo. -Espérate, que te acabe de contar -¡No qué!, mañana me cuentas. Pero, al abrir la puerta del Buick y salir precipi- tadamente, el contenido de la bolsa cayó en la calle. -¿Dónde estarán esas malditas llaves? Buscaron inútilmente. -Mejor llévame a casa de Isabel antes de que se haga más tarde.

-encantador, Baca propuso- si mejor

te llevo al paraíso? Esa noche fue de amor como si fueran dos vie- jos amantes, con esa confianza, con esa facilidad. A la mañana siguiente, cuando ya Aurora pen- saba en el cerrajero, Alfonso Baca le dijo:

-¿Y

-Tenga reina -y extendió su mano con las llaves. Aurora no dijo nada pero agradeció esa trampa que fue el principio de una relación sincera, de la que nació un hijo que Baca reconoció, sin jamás dejar a su esposa. Así, Aurora vio en su hijo Gonza- lo al único hombre que estaría siempre a su lado.

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3

En 1980, los Bencomo ya llevaban más de dos años viviendo en El Paso. Jorge, el hijo menor, se había in- corporado a un college militar del que ahora egre- saba y eso festejaban aquel día. No obstante ser en su honor el convivio, nadie notó su ausencia. Los convidados, quince al menos, comían y bebían abundantemente. Isabel, Aurora y su hijo Gonzalo con Gloria, su esposa, parecían concentrados en la conversación:

-Dicen que nuestra bandera es de las que tie- nen un mayor significado- Isabel tuvo un arran- que patriótico. -Ése es el problema tía, que cuando usted dice eso no sabemos a qué bandera se refiere -acusó Gonzalo. -No es un asunto de banderas -intervino Au- rora-. Esta tierra, de un lado o de otro, nos ha dado mucho; nos dio una vida, dignidad, trabajo, amigos. Isabel se sumergió en sus ideas: vivir en El Paso

también le ha dado soledad

esas calles vacías

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los clientes del bar, tan abatidos; los mil canales de televisión que no entiende porque nunca ha apren- dido inglés. Aunque la soledad tiene sus ventajas:

mientras vivió en Juárez todavía tuvo que jugar a las buenas maneras, aquí no más. -Yo creo que vivir en Juárez tiene más sabor -comentó Gloria- como que es más cálido. -Los güeros tienen muchas cosas buenas -Gon- zalo se puso serio-, pero lo ideal es ganar en El Paso unos buenos dólares y vivir en juárez para que rindan, con compas que las puedan para no andar sufriendo, y no voltear a ver la mugre, que hay mucha -sentenció. Todos estaban ya borrachos cuando sonó el te- léfono. Alguien recibió la mala nueva entre espa- cios nebulosos y sin entender bien lo que le decían en inglés; la noticia no se esparció. Al día siguiente Isabel se levantó temprano, como siempre, lista para tener su casa impecable. Cuando vio que su hijo Jorge no estaba, algo temió; pero fue hasta que llamó por teléfono su comadre Rita, cuando se enteró del aparatoso accidente del que Jorge Bencomo salió milagrosamente ileso.

***

Ahí donde la espesa magia se pierde y el paisaje no ofrece misterios prometidos por los cuentos infan- tiles, con personajes que entre bosques y cabañas asoman para enfrentar brujas y conjuros, la fanta-

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sía exige igualmente héroes y villanos, fauna y puen- tes colgantes, relámpagos y abismos. Jorge Bencomo conoce bien este mundo: voraz consumidor de re- vistas de historietas y de programas de televisión, desdeña la línea que separa a Charles Manson de Rambo, pues realidad y ficción forman un todo donde el héroe ha de desafiar las normas para de- mostrar la justicia de su reclamo en una tierra en la que el bien y el mal se debaten en las cortes y no en las conciencias. Ensimismado, Jorge no ha de- tectado al culpable de su ira; intenta romper su pri- sión con impulsos que den el triunfo a su recóndita razón. El enemigo está por doquier y es precisa una actitud de arrojo. El día que todos festejaban su egreso de la Aca- demia militar, él decidió tomar su auto y una bote- lla de whisky, dar vuelta a la izquierda en Yandell Street y circular a gran velocidad por el .freeway tomando todos los retornos posibles, como coche- cito de carreras en autopista eléctrica, hasta agotar la batería de su cerebro y salir descarrilado en algu- na curva para caer, treinta metros abajo, en la pista inferior.

***

Cuca entró a trabajar a El Camaleón en 1982. Rubia artificial, conquistó a todos con su buen humor y su gran disposición para trabajar. Desde las cinco de la tarde estaba tras la barra, arregladísima consuma-

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quillaje espectacular y sus vestiditos brillosos y ba- ratos. Con voz ronca, ofrecía la broma ideal, la bur-

la ácida o el sincero consejo. Tenía sus propios clien-

tes entre los solterones y los viudos que pasaban por unos tragos después del trabajo, temerosos de

ir a sus casas donde la reina televisión intenta llenar

el silencio. Años atrás, la primera vez que Isabel vio a Cuca,

con cara de hambre, recorriendo las solitarias calles de El Paso bajo ese sol que cae poderoso y llevan- do de la mano a su hijita de seis años, supo que tenía que darle el trabajo que pedía con los labios secos. Cuca estaba en la esquina de Montana Avenue

y el .freeway, en cualquier momento pasaría la mi-

gra y esa mujer sería deportada al lugar en el que to- dos aprendieron a vivir sin ella aún antes de que se

marchara.

ver, no se sabe qué curó Isabel en su propia alma al ayudar a Cuca y subirla, junto con su hijita Luz, a su

flamante Gran Marquís con refrescante aire acondi- cionado. Al principio Cuca trabajó en la casa de los Ben- como y también allí vivieron ella y su hija Luz du-

rante muchos años, en un cuarto establecido en lo que fue garage. La niña iba a la escuela porque allá,

ir sin

con los gringos, todos los niños dizque deben

que les pregunten si sus papás tienen papeles. Cuca

e Isabel compartían el almuerzo y las telenovelas, el

trabajo de la casa y hasta unas cervezas. Más tarde, El Camaleón también se benefició con la presencia

Fría, sarcástica, soberbia, difícil de conmo-

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de esta mujer dispuesta y sincera pues Cuca empe- zó a trabajar por las tardes en la cantina; usaba la green card de la comadre Rita y ya dominaba por lo menos los nombres de los tragos y algunas otras palabras en inglés por si llegaba un gringo des- orientado. Más tarde montó un departamentito que hubiera sido la envidia de cualquiera de sus herma- nas de Parral, equipadísimo, como les gusta a los gringos: cocina funcional, closets por todos lados, luces indirectas, cuarto de lavado para los inquili- nos del conjunto. Su hija Luz fue creciendo y Cuca obtuvo el permiso legal para trabajar en El Paso y luego la calidad de residente. Estuvo en El Cama- león por muchos años. Si el entorno "familiar" de Luz era adecuado o no, si sus valores eran claros o sus principios sóli- dos, fueron preguntas que Cuca enfrentó años des- pués, el día en que la visitaron las trabajadoras so- ciales del condado porque su hija llevaba meses sin

ir a la high schoo! Cuca había cumplido con traba- jar todos los días, llevar siempre a la casa comida y ropita, ser cariñosa con su hija y ponerle sus tran- cazos cuando le pareció necesario; ahora le pregun- taban por el papá de la muchacha y por su asisten- cia a la iglesia. -Pues soy católica, pero tampoco muy per- signada ¿Dónde andará Luz?¿Con el tal Toño? ¿Porqué no me dijo que ya no va a la escuela? Claro, no lo hu-

¡Desgraciada!, ¿dónde está ahorita?

biera permitido

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***

Suaves encuentros de labios que se unen en inter- minables rocesy mordiscos, lenguas que sepmeban y provocan; cuerpos que suspiran, se incorporan, se tensan y suavizan. Tus manos en mipecho, mi cue- llo desplegándose, mi boca que buscando encuen- tra alguna parte de tu alma y ahí se adhiere mien- tras nuestraspiernas imploran que te quedes. Bajas por mi cuerpo, baja tu boca, bajan tus manos, te detienes en el espacio húmedo y ávtdo que gozará sin .fln el calor de tu aliento, la.frescura de tu saliva, el arroto de tu deseoy, sin darme cuenta, escaparán por mi boca sonidos desquiciados, anhe- lantes, desbordados.

***

Luz camina flotando, sube al autobús y, al sentarse, sus piernas se rozan y su mirada se pierde, sus hom- bros se estremecen; se le va el aliento. Ya en su casa, pone música y, como en seduc- ción ritual, abre la llave de la tina en preparación del baño con el que continuará el placer. Va cayen- do su blusa, su falda, y así, vulnerable, casi desnuda, es sorprendida por su madre. Cuca estaba irreconocible: calcetas, zapatos de piso, pants, sin maquillaje y despeinada. -¡Infeliz! Llevo horas buscándote sin saber ni

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dónde -y rebasada, sin distiguir el reclamo, se arro- jó sobre Luz con furia. -¿Qué te pasa? ¡Calma! En once años, Cuca dejó de ir a trabajar sólo cuatro veces, ésta fue la quinta. Todos sus miedos le cayeron de un solo golpe; toda la seguridad que había construido se desmoronaba frente a los espa- cios que imaginó -impenetrables para ella- don- de su hija marchitaba su vida.

***

-Yo creo que le pones otros chilitos Cuca. Y más sal o algo Desazonado, el chicharrón en salsa verde per-

dió la chispa que antes brillaba en los ojos de Cuca. -Sabe horrible -insiste Isabel y observa a su amiga. Cuando las miradas se encuentran, las dos mujeres ríen complacientes. Isabel saca un par de cervezas. Cuca se relaja dejándose caer sobre una silla. -¡Cabrones hijos! -reclama-. ¿Por qué no me

llama Luz? No es tan grave

lo que pasó. Sí le aco-

modé sus fregadazos, pero usted sabe que fue un arranque; mi hija y yo nos llevamos bien lamenta Cuca. -Los hijos son un calvario. Ni vives tu vida ni los haces felices -sin pasión, Isabel sentencia. -Yo creo que con ellos actuamos con culpa.

-se

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No es que séamos buenas, más bien le tememos al infierno. -Pues yo por mi parte entro y salgo de ahí; no me escapo ni muriéndome -Oiga Isabel, pero a usted le tocó un buen hombre; ¿qué, no ha sido feliz? -Siempre que ganas, pierdes. Sonó el teléfono

-¿Bueno?

A ver Cuca, contéstales

Quién sa'

qué chingados quieren en inglés.

-¡Ay; Isa! ¿Cómo voy

a creer que nunca ha

aprendido? Yes? Yes, is Matías Bencomo's home What?! An accident? -¡¿Qué pasa?! -pregunta Isabel. Matías Bencomo estaba en el mercado Cuauhté- moc el día del incendio. Cada miércoles se iba para juárez y pasaba por lo menos media hora regatean- dole a don Chuy buenas botellas que, a su vez, al hombre le llegaban de lotes robados. Don Chuy era de los que venden cuetes y ese día tenía un paque- te grande al lado que, al explotar, le quitó la vida. Matías sobrevivió, pero quedó condenado a mo- verse en silla de ruedas e impedido para hablar. Fue así como, inesperadamente, sus hijos empe- zaron a operar El Camaleón sin atender las indicacio- nes que, por escrito, les daba un desesperado Matías. La clientela cambió y muy pronto el bar fue centro de pleitos y de cuentas sin pagar, con botellas que contra toda norma de operación se vaciaban sin control. El peor momento llegó cuando, en una de

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tantas riñas, Jorge perdió el control y casi mata a un hikerazotándolo sin piedad contra una troca. Tiempos difíciles que culminaron con la venta de El Camaleón, empeorando así la desgracia de Matías.

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4

Sin trazo, tan sólo respetando los senderos forma- dos por espacios que no han sido tomados para fundar un hogar con láminas, tabique, cartón, las

calles de Anapra son oscuras en esta noche sin luna. Algún perro ladra y una solitaria troca pasa llenan- do de polvo el desconcierto de Luz. Tras el altercado con su madre, ella decidió pre- parar una maleta y vivir su vida, que puso en ma- nos de Toño. Pero encontrarlo fue una suerte por- que, cuando llegó a buscarlo, él cerraba la puerta de su departamento y huía llevando sus pocas per- tenencias en una mochila. -¿Qué pasa? -preguntó Luz, sorprendida. -Eso mismo pregunto, morrita, ¿qué hace aquí? -Pues vengo a estar contigo, ya no quiero vivir con mi mamá. Se puso histérica. -No, pues en mal momento; yo me estoy pe-

lando de

Toño avanzaba veloz, y Luz, con su maleta, co- rría detrás de él.

aquí. Camínele que nos come el lobo

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-¿Qué pasa? Él se detuvo un instante y, mirándola fijamente, le advirtió:

-Hubo una bronca, la raza se puso brava; hay muertos y testigos. Regresa a tu casa y no digas que me conoces. -No, ¡por favor! ¿A dónde vas? Voy contigo. -¡Hazme caso! Luego te busco. -No, por favor Toño identificó la antesala de un drama y prefi- rió arrastrar a Luz hasta el coche en el que el Ranjlas esperaba impaciente. -¿Y ésta qué? -Se puso necia. ¡Pélale! Circularon por el fteeway a gran velocidad y en silencio. Se hizo eterno el camino hasta la desvia- ción a juárez, pero esa definición en la ruta dio un respiro a Luz. Cruzaron la frontera, tomaron el malecón y si- guieron hacia la Carbonífera, en donde apenas se internó el Ranflas. -Aquí los dejo. Es mejor que no vean mi ranfla por este sector. -Sale, vato. Luego nos vemos. Caminaron por lo menos veinte minutos toda- vía sin hablar; los tacones de Luz se clavaban en la tierra y ella ya no aguantaba el peso de la maleta. -A ver morrita, le ayudo. Por primera vez Toño se detuvo a mirarla. -Qué guapa viene, ¿dónde es la fiesta?

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Ella se sintió ridícula con sus pantalones pega- dos de licra blanca, su minúscula blusita roja y un holgado saco blanco también. En efecto, había pen- sado que sería una noche de fiesta. Pero no dijo nada, sólo bajó la maleta y sacó de su bolsa una liga para recogerse el cabello. -¿Dónde vamos a dormir? -se animó a pre- guntar. -Mire, chula, a ver si le queda claro. Yo no puedo ni asomarme a El Paso por un buen rato y allá estaba mi casa, mi jale y todo. Ahorita no sé ni qué transa, voy a ver si unos compas me ayudan. No tengo absolutamente nada que ofrecerle; hasta complica las cosas que estés aquí. -¿No te da gusto que quiera vivir contigo? -Date cuenta de lo que estoy hablando -Toño empezaba a desesperarse pero mejor respiró hon- do-. ¿Cree que no me gusta pensar en tener su cuerpecito rico cerca de mí? Por fin llegaron a una casa que era de las más asentadas, de tabique y hasta con preparación para ponerle otro piso. -Aguánteme aquí un cacho. Toño se tardó allá adentro. Se oían carcajadas y una álgida conversación que Luz no podía hilar. Finalmente él salió con dos cartones grandes como de cajas y una caguama en la mano. -Véngase morrita, vamos a descansar. Atrás de la casa había un cuartito sin puerta, sin piso; sobre la tierra, Toño extendió los dos cartones.

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Luz se sentó en su maleta y él aprovechó para qui- tarle los zapatos y los pantalones, hacer a un lado sus calzoncitos y meter la boca entre sus muslos. Al amanecer, ella despertó y tardó en ubicar dónde estaba: en un cuartucho con olor a orines, con basura en los rincones. Buscó en su maleta jeans, tenis y camiseta, se vistió y se atrevió a asomarse. Había otras casas, lejanas; este terreno era de los pocos delimitados por un enrejado. La aridez co- mía la mirada. Los habitantes de la casa podían pasar días ente- ros sin comer. En vano, Luz buscó agua o una esco- ba, sólo había envases, jeringas, heroína y coca. La parrilla, la mesa y todos los utensilios que pudo en- contrar estaban al sevicio de la actividad principal:

oscilar entre el vuelo y las tinieblas. Esa primera semana Toño no se metió más que dos o tres viajes y tuvo entusiasmo para, con Luz, lavar cubetas y tinas y traer agua de la pipa que llegaba cada tercer día. Como tenían algo de dine- ro, acondicionaron el cuartito: una colchoneta, una grabadora y una cortina que resguardó una intimi- dad cuyo recuerdo los mantuvo enganchados por mucho tiempo. Luz insistía en preguntar ¿qué vamos a hacer? y Toño pasaba cada vez más tiempo con los compas de la casa. Ella empezó a adelgazar y se picó un par de veces. El descubrimiento de una sensación de tal magnitud y la transformación que implica el saberse marginal la alejaron de su vida anterior, de

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su mamá y de la cómoda recámara que conservaba los muñecos de su niñez. Pero la necesidad de dinero era apremiante y un día Toño habló con ella. -Mira, Luz, ya sabes que a mí me andan bus- cando, ni modo que ande por ahí exponiéndome. Ahora le toca a usted conseguir la papa. Por aquí hay muchachas que trabajan en las maquilas y, para las mujeres, siempre hay jale. Averigüe, póngase sus ropitas buenas y ayúdeme un poco, nomás mien- tras salimos de ésta, ¿sí? Luz entró a trabajar a la RCAComponentes, en el turno de siete de la mañana a cinco de la tarde. Se levantaba de madrugada y se iba con Georgina, que vivía ahí cerca. Caminaban un buen tramo para llegar a la Carbonífera y desde ahí ya había trans- porte, entonces cambiaban sus tenis por unos bue- nos zapatos altos y se iban muy arregladas.

***

La RCAComponentes tiene casi seis mil empleados en tres turnos. Se dedica a acabar y armar compo- nentes para aparatos de sonido, televisores y otros electrodomésticos. En la gerencia de personal, Gon- zalo Baca arregla telefónicamente sus bussines. -¿Qué pasó? ¿Nos vamos a andar con pichica- terías? ¿Qué, no puedes conseguir una Van 90, por lo menos? Ya va a acabar 93 y yo he esperado mi

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dinero más de un año, así es que mejor muévete y que esto quede resuelto En ese momento se asomó Óscar Corral, entró con confianza y se sentó en el sillón negro de piel. Tapando la bocina del teléfono, Gonzalo salu- dó a su amigo:

-Este cabrón quiere darme una camioneta '88, ¿qué cree que estoy tan jodido? Óscar encendió un cigarro. Desde la oficina de personal, en el primer piso y con ventanales de vi- drios polarizados, se puede observar un doble pa- norama: hacia el exterior, la gran planicie, y hacia el interior, toda la nave de producción, para con- trolar el desempeño laboral. Mientras Gonzalo ter- minaba su conversación, Óscar observaba a todas esas muchachas haciendo los mismos movimientos una y otra vez, pues son sobretodo obreras, algunas de ellas muy chulas, eso se puede ver aun bajo la reglamentaria bata. ¡Qué jodida vida!, pensó Óscar, estar ahí durante horas para ganar tres pesos. Al colgar el teléfono, Gonzalo se levantó a abra- zar a su brother. Estaba intrigado: tratándose de Óscar, seguro que había algo interesante de por medio. -¿Qué hay?, ¿qué bronca traes? ¿Por qué tanta urgencia de verme? Gonzalo Baca no es como su padre, aunque tiene lo suyo; no tiene su estatura ni su porte y no son tiempos de usar un elegante sombrero, pero sí

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es carita. Y también muy vivo, listo para filtrarse en diversos círculos y sacar provecho.

-Es que

sí me urge -dijo

tranquilamente

Óscar-, traigo el coche cargadísimo. -¡¿De qué?! -De maletines. Los que tengo que guardar. Ya se han convertido en un problema con Ángela; me hace unos escándalos de alto nivel y ahora traigo tres. Si los guardas hay mil bucks each. ¿Leentras? -¡Ay, cabrón! Espérate. Vamos a comer y ahí pla- ticamos -dijo Gonzalo, poniéndose el saco, ner- vioso. En ese momento se asomó Luz. Conocía a Gon- zalo desde que, siendo una niña, llegó a vivir a la casa de Isabel y nunca le ha gustado su mirada lasciva. -¿Puedo pasar? -Pues no es buen momento reina, pero ¿qué

se le ofrece? -Me dijeron que me quería ver, porque hablo inglés muy bien. -¡Ah, sí! Quiero que hagas una prueba para secretaria pero va a tener que ser mañana, ahorita ya me voy. Pasa por aquí bien temprano. Los dos hombres se alejaron en un jetta negro equipado con el mayor lujo. La verdad es que iban felices.

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***

-Los van a agarrar -se burló Otto Larson, el jardi- nero de la planta, cuando vio salir a los dos hom- bres. Con su cara de loco, sus lentes de desquiciado, sus facciones fuertes de indio tarahumara, su piel curtida por el sol y por la vida, andaba asustando a la gente. Lo sabía todo con sólo mirarte a los ojos y por eso ya nadie quería ni saludarlo. Solamente uno que otro pacheco como él resistía su rara elocuencia. Hasta hace poco tiempo, nadie se extrañaba tan- to con su personalidad. Todos estaban acostumbra- dos a sus bromas obscenas y a sus risotadas. Y es que ese carácter excéntrico era normal en un artista. Durante muchos años fue reconocido como el pin- tor. Edificios públicos, parques y uno que otro muro, tomado a güevo, ostentaban sus murales. Y es que en su juventud estuvo en el estudio de Diego Rivera. -Como barrendero -aclara. Pero sí aprendió. Y no sólo a pintar, también la doctrina. Creía fervientemente en el arte público y con Siqueiros compartía la inquietud de lograr que la pintura mural estuviera preparada para el movi- miento del espectador, del transeúnte, del automo- vilista No se sabe qué ocurrió primero, si a la gente le dejó de interesar su rollo o si fue él quien los mandó al diablo y por eso ya nadie le entendía. La actitud de Otto tenía mucho de provocadora y más de una

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señora se perturbó al oírlo hacer comentarios con toda seriedad sobre sus tetas; y los pobres gays de clóset nunca hubieran querido tenerlo enfrente pre- guntándoles públicamente sobre la incomodidad de la penetración anal. En fin, se fue ganando muchos odios. Otto ya no era joven, andaba por los setenta años y su gran experiencia le permitía detectar las más ocultas pasiones. ~uando vio salir a Óscar Co- rral y a Gonzalo Baca percibió el secreto, la compli- cidad y, afinando su olfato, los aromas de la ambi- ción y de la traición. Se quedó viendo aljetta negro alejarse y soltó una risotada.

***

La Universidad de Texas en El Paso (UTEP) se en- cuentra justo frente al área de Anapra, pero del otro lado del río. De sorprendentes instalaciones, UTEP ofrece un ambiente de relajación que Joel Villarreal estaba dispuesto a disfrutar pasando un rato en la bi- blioteca, pero su beepersonó en la entrada. El men- saje recibido fue muy claro: Cubn'renBassetCenter

la captura de impottante distnbutdor de narcóti- cos.La cámara estará esperando en la entrada de

J.C Pennry.]oel trabajaba en el Canal 26 de El Paso, que tiene convenios con Univisión para transmitir sus telenovelas, noticieros y programas deportivos. De su propia producción, los programas de opi-

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nión y noticieros locales tienen gran influencia en- tre un público ávido de enredos cercanos. Ese día, Artemio Bencomo se quedó toda la mañana en su casa viendo la televisión, tomando cerveza y haciendo llamadas. A él siempre le gustó vivir bien, rodeado de excentricidades, y esta casa no la había disfrutado por andar ganándose un lu- gar en el negocio. La noche anterior estuvieron jugando billar en el bar del Chaquis y le pareció que había demasia- das personas nuevas, como que ya no eran las re- uniones de siempre, de compas. Había, incluso, mujeres guapotas que hubieran estado muy bien hace diez años, pero que ahora más bien incomo- daban, no tenían conversación y era demasiado evi- dente que estaban ahí por coca. Además, el Chaquis parecía distorsionado, no como antes, de jóvenes, cuando eran borrachísimos y un poco pachecos. Con la coca, difícilmente te quedas tirado pero la angustia se te va notando. Y así, la noche anterior habían estado en un ambiente de tensión, sin dis- frutar como se lo merecen a estas alturas, después de tanta friega. También es cierto que ayer se vis- lumbró un buen negocio, pero ahí Artemio tam- bién tenía sus dudas. -¿Y desde cuándo los conoces?, porque a mí me parecieron mamones y se ven rudos Hablaba por teléfono con el Chaquis sobre los dos tipos que querían hacer tratos. -Pues mira, no te voy a decir que son raza,

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pero me los presentó Paco, el del aeropuerto, hace ya como dos meses. Parece que son de fiar, a mí no me han quedado mal -explicó el Chaquis. Artemio hizo la noche anterior una cita con ellos

para las tres de la tarde en el Rancho's, un pub ubicado en Basset Center, y ya eran las dos; se metió a bañar y empezó a disfrutar de las fajitas que se comería, especialidad del lugar. Cuando ya se esta- ba poniendo las botas sonó el teléfono, era Rosaura, su esposa. -¿Pues qué, está loca? Yo tengo cosas que ha- cer. No, no puedo pasar por Jéssica de ninguna

manera

se me complica mucho pero, ¿qué hago? Ni modo que deje a la chavala ahí esperando

Colgó, se puso una gorra y salió quemando llan- ta. Recogió a Jéssica, su hija, en la high schooly fueron al mal/ con la promesa de comprarle unos zapatos.

y te invito una

soda. Después de esperar más de tres cuartos de hora en el Rancho's, salieron del lugar e, inexplicablemen- te para Jéssica, daban vueltas por el mal! -¿No que nos íbamos rápido a la casa? -Jéssica suponía una complicación.

-Sí, pero quiero ver si llegan estos vatos. ¡Elija un disco mocosa!, que no siempre ando espléndido. Se trataba de un buen negocio, pero la razón por la que Artemio no salía del centro comercial

¡Carajo!,cYª le dijiste a mi mamá? pues

-De paso veo a unos campas

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era su propia seguridad. De pronto se sintió nervio- so y hasta vigilado; estaba haciendo tiempo para

ver si alguna pista lo ubicaba. Ágil, aprovechó

un trío de viejitas se dirigía a la puerta cercana a su coche para salir escoltado. Jéssica no entendía nada cuando fue arrastrada por su papá hacia la salida. Artemio apenas alcanzó a subir al auto a su hija y cerrarle la puerta cuando dos hombres fornidos, vestidos informalmente, se le acercaron. -¡Artemio! ¿Qué transa? ¿No que venías solo?

que

-Sí, pero con ella no hay bronca

¿Por qué

chingados me dejan esperando? -embistió Artemio. -Como te vimos llegar acompañado, preferi- mos esperar a ver si dejabas a la niña en el cine o

algo así. -¿Qué, pues? -Artemio, molesto, fue al gra-

no- ¿Se va a hacer el trato o nomás nos estamos

haciendo pendejos? La entereza de Artemio era a prueba de todo; tal vez, fijándose, tras ese hombre grandote y valiente se podían descubrir las uñas de sus manos mordi- das como prueba de la tensión a la que siempre estaba sometido. Pero realmente era difícil encontrar sus debilidades, más bien su personalidad imponía. -De a 5 mil -respondieron los fortachones.

-¿Los traen? Le dieron una mochila de piel, que uno de ellos traía colgada al hombro. Artemio la abrió un poqui- to nada más y de reojo vio los billetes.

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-Nos vemos en el estacionamiento del Holliday Inn Aeropuerto en tres cuartos de hora -indicó. -Hecho. Nomás acuérdate que conocemos bien al Chaquis y que somos derechos. -Y ustedes acuérdense de que yo no me ando con mamadas. Desde un Fairmont gris, estacionado frente a la puerta de JC Penney, la cámara portátil del Canal 26 de El Paso -que transmite en español- graba- ba la escena. En el auto estaban un chofer, el camarógrafo, Joel y un agente de la DEA. A gran velocidad, Artemio tomó Montana Ave-

nue. Esos cabrones no le daban ninguna buena espi- na; empezó a dar vueltas caprichosas y le pareció

que un Fairmont gris lo seguía

de ser estos ojetes! Y policías con recursos porque, si no eran billetes falsos, tenía en su poder 5 mil dólares a los que no estaba dispuesto a renunciar. Lo cierto es que, si ya se los habían dado, era porque estaban decididos a refundirlo. Concentrado, pen- só en hacer una llamada desde su celular, pero pre- firió detenerse rápidamente en un teléfono público antes de tomar el.freeway; así podría poner a prue- ba al maldito Fairmont.

-Francis, dígale a Joaquín que se vaya para mi cantón; que deje su coche en el estacionamiento del Pizza Hot que está a la vuelta y que entre a la casa por la rejita de atrás, fijándose que no lo vea ni su sombra, ¿se puede? -Sí, Artemio, ¿cómo no?

¡Hasta policías han

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Francis había sido cantinera en el Come In, el pri- mer bar que tuvo Artemio, y tanto ella como Joa- quín, su marido, le estaban muy agradecidos. Joaquín tenía un aspecto muy parecido al de Artemio, gran- dote y robusto, aunque era de personalidad muy diferente; era más bien tranquilo, trabajaba como mecánico, ganaba su dinerito y no le gustaba me- terse en problemas. Pero, en esta ocasión, se puso rápidamente en acción. Artemio dio varias vueltas absurdas en los retor- nos del .freeway y finalmente se dirigió a su casa. -No chille mi'hija, no nos va a pasar nada. Acuérdese que su papá es un chingón. Le pareció ver una cámara en el Fairmont gris. Se estacionó frente a su casa, bajó del auto con aire relajado y así entró mientras jéssica corría. Rosaura ya estaba nerviosa desde que vio en- trar a Joaquín por la puerta del jardín diciéndole que seguía indicaciones de Artemio. Pero ahora que llegó su marido no había tiempo para explicar nada. Los movimientos tenían que ser precisos. -Estos creen que soy pendejo -dijo Artemio al asomarse por la ventana y ver a cuadra y media el Fairmont gris-. Ándele compa, póngase mi ca- misa, mi gorra y esta mochila, al fin los pantalones se parecen. Llévese·mi carro, normal, rumbo a su casa; lo van a seguir, pero cuando lo detengan, que tiene que ser lo más lejos posible, usté tranquilo les dice que yo me quedé aquí. Deme las llaves de su coche y nomás no se ponga nervioso. Ándele.

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Joaquín salió, echó a andar el auto de Artemio y se alejó. Detrás de él, desde el Fairmont gris fue- ron grabando sus movimientos. Artemio empacó en un pequeño maletín toda la coca que tenía y los 5 mil dólares. Con .unos bue- nos besos se despidió de Rosaura y de Jéssica; Arte- mio Jr. no estaba. -Yo le mando decir dónde estoy -dijo a su mujer-. Le van a venir a esculcar hasta los calzo- nes pero no le pueden hacer nada, así es que aguan- te vara. Salió por la rejilla de atrás y en el estaciona- miento del Pizza Hut encontró el coche de Joaquín. En él cruzó la frontera y luego lo dejó en el estacio- namiento del Pronaf, en Juárez. Se fue caminando al Gino's y pidió una cerveza y unas fajitas. Ya con más calma, empezó a pensar lo que haría. Por su parte, Joaquín sudaba la gota gorda. Los nervios. y el maldito calor de agosto lo sofocaban, ¡mientras no le dispararan desde ese Fairmont gris! Todo el operativo esperaba seguir la ruta hacia el aeropuerto para que Artemio se encontrara con los falsos compradores. Cuando no fue así y Joaquín tomó hacia el este, aparecieron dos patrullas y un helicóptero que lo llenaron de terror, pero la consig- na era alejarse lo más posible, entonces resistió un poco más. Finalmente se orilló y salió del auto con las manos en alto, tal como indicaban los agentes. Para todos fue un chasco descubrir que habían perdido a Artemio Bencomo.

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Get up stand up

***

stand up far your lights

Undisco muy dis.fmtado entre la colección de músi- ca de Arturo y Pablo, capaz de cubrir durante mes y medio, dia y noche, deprogramación continua. -De veras, cabrón, entre acetatos, cassettes y compactos juntamos todo ese tiempo -dijo Arturo, aguantando la bocanada de mota. -Bueno, les creo,pero ya rola el toque -propo- nía elJames. -Asf es que si podríamos hacer eseprograma de radio,· ¿"qué,no? -Ese y muchos otros, también tenemos iefor- mación -aclaró Pablo. -Te vas a quemar los bigotes,ya rola -el James babia traído el toque y ahora no lo veía llegar. -Pues al rato hay que oir al Ganzo en la esta- ción de la U7EP;a las seis es su programa dejazz. -¿Que yo qué.?Ya no sean tan atascados, dtt/en algo-se acercó el Ganzoy recibió el toque. -Oigan, pero iba yo

suroival

yes the black suroiva!

-Este ron como que parece jarabito,· ¿qué, no? -Nombre, es de primera, jamaiquino, creo que lo compran por caja en El Chuco. -Pues yo me lo voy a rebajar con agüita, no se

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me vaya a subir el azúcar. ¿"Cómo les va en la li- brería? -Pues ya sabes, casi nadie se decide a comprar,

pero 1-ahl cómo nos visitan; el asunto de nuestra po- pulandad no está a discusión, 1gracias a dios/ -Pero, ¿no venden? -M'madres

No woman no cry no woman no cry

-Mire, compañera, si tan chingona se siente, me- jor vaya y aclárele que es un pendt:!J"o. -No es que me sienta muy chingona, bueno,

muchos cursos, com-

pafiero, a usted le consta que todo el tiempo me la

un poco, porque yo he tomado

he pasado con que el teatro y que si la expresión

corporaly

sí sé. Pero él alega que es quien ha conseguido los

apoyosy

esa élite que se sienten cultos y que hasta han de comer codorniz o vaya usté a saber qué mierdas -Pues con todas sus buenas maneras y suspues-

tos en las Qfkinas

donar la traición en lo del PRONAF. -Sí, dicen que ya no sepuede hacer nada por- que los terrenos se los vendieron a Venturay ya exis- ten lospermisos para hacer ahí un centro comer- cia!,·que es inevitable empezar a tirar el teatro,y el museo se va a convertir en aparadores de muñecos depeluche.

que nuevas técnicas y

todas esas cosas,y

tiene algo de razón; el cabrón pertenece a

de cultura, la raza no le va aper-

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-El tal Ventura se vendió los terrenos él solito desde quefue presidente municipal -Puede ser, pero todavía podemos armar un buen desmadre. -¡Bueno, raza/. ya está saliendo la carne y el pollito. 1A entrarle/

So much trouble in the world

-¿Qué pasó, Joe/? Ya te estabas tardando -No, es que ni se imaginan, estuvo como depe- lícula. Me mandaron a cubrtr el apañón de un vato que .finalmente se lespeló allá en El Paso -Joel no abiettamente. -¿"Yquién lo iba a apañar.? -La DEA. Y el colmo es que lo anunciaron como la captura del eslabón entre la venta callfjera de todo un sectory losgrandes capos,y losgüeyes an- duvieron per.siguiendo un coche un buen tramo y cuando lo detuvieron resultó que no era él Nadie supo en dónde estuvo la coefust6n . -Échate una birria campa. Están bien frías -d[jo Pablo, ofreciéndole una cerveza y un plato con la mefor carne del país. -Oigan, ¿y Elena? ¿Qué, no la han visto?¿No anda por aquf? -Sí, mírala, allá en la bardita.

quepodía serJoe!, la soltura

y la segundad con la que andaba, se complicaba al acercarse a mí. Lo vi llegar esa tarde, robusto, con

Todo lo desinhibido

C0

lentes y jeans. Yo ya me había tomado más de tres

rones

en aquel ambiente tan rico: era la primera

tarde de la temporada de esperadas reuniones en casa de Pablo. Ahí teníamos un espacio. Esas comi- das tenían esplendor. Músicos, pintores, escritores,

pachecos y, sobre todo, rol/erosde los dos lados del

río hemos pasado ahí buenos

momentos.

-¿Qué transa, Elena? Ya no me llamaste para ira/ cine. -Es que mefor voy a esperar a que la estrenen acá, subtitulada,· no creo que tarden mucho. -Si; puede ser mefor; porque la movie trae mu- cho rolloy si no entiendes bien ¿"Yacomiste? -Cebo/litas, raza, cebo/litas-anunciaba Pablo. Joely yo nos.fuimos juntos de ahí; contentos, bo- rrachos,pachecos e increíblemente lúcidos. La casa de Pablo está en el centro, es una de esas casas vie- jas de la calleMadero,·saliendo todo de.frente llegas al Puente Negro,antiguopaso del tren, ahora clausu- rado, que sine a muchos valientespara, colgándo- se, cruzar la.frontera.Alpasar por ahí.fue inevitable sentir la .fuerza de un mundo que se nos escapa, que sólo existe en la oscundad y cuyo espíritu qui- siéramos atrapar, comprender o incluso compartir por un instante sin ser tan ajenos desde nuestra tam- bién irremediable condición de clasemedieros. -¿Tienes tdea de las batallas que aquí se libran cada noche? El río y la divist6n política parten en dos una mancha urbana continua, llena de »ustenos. Las

®

luces de El Paso estaban ahí a nuestro lado mien- tras circulábamos por La Rivereña, esta vía rápida custodiada por los amplios terrenos con los que Juárez resguarda sus secretos. La zona colindante con El Paso tiene vanos rostros: los suburbios, el Chamiza!, el centro, los nuevos.fraccionamientos de clase media, la miseria -¿Qué tanto has ido todo derecho hacia Sama- layuca? -preguntó Joel, nifiriéndose a la zona oriental. -Pues no mucho

-Un día vamos, para

que te alucines y tomes

fatos. Son interminables los terrenos, así como.frac- ctonadaos, con casas de cartón literalmente. Lossuburbios deJuárez son grandes extensiones donde la gente y todo es del color de la tierra,y don- de las iglesias,únicas construccionesque disponen de presupuesto, sepelean .feligreses. Toda la matgina- ción se extiende con rostrosparecidos. Nos acercamos al Puente Libre,porque no sepaga para cruzar la.frontera, y tomamos el moderno cir- cuito que le da acceso,pues Joel vivía en El Paso. Él siempre ha insistido en que hay que integrar las dos comuntdades: por eso.fue el promotor de aquellas "lecturasdel Puente Negro" que se realizaron alter- nativamente en los dos lados de la.frontera, con la participaet6n de textos tanto en inglés como en es- pañol, presentados por sus autores. Joel sólo dijo "amencan sr. ';ya que cuenta con las dos nacionalidades,y yo mostrémi mica de~

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cana residente en la .frontera, que conseguí en al- guna de las constantes y largas temporadas pasa- das en Juárez. No hubo necesidad de "ligue" o de gran trabajo

A veces ocurre un

de seducción, pero íbamos juntos.

sobrentendido muy parecido al amor y muy difé- rente de esa constante, cansada y desagradable ne- cesidad de impresionar que practican los hombres, y que nisiquiera va dingtda a la dama en cuestión

porque lesparezca irresistible, es una monserga que

a las mujeres también les implica el bochorno de

'intentar ser siempre bellas y simpáticas, es un vicio

que da sustento a la idea de que al hacer el amor "te consiguieron ,,o "les concediste algo'~ Eliminar tan desagradable trámite pennite rescatar el pnncipio delpropio placer, lapropia decisión, elpropio gusto,

la libertad, y abre el camino, para ambos, de inven-

tar una relact6n sin el compromiso adquirido apar-

tir de la "entrega 1'.femenina.

Cuando abrimos lapuerta del departamento de Joel me emocionaba la certeza de que tomaríamos otro trago,pondríamos música, conversaríamos y, si teníamos mucha suerte, nos encontraríamos en el amor.

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5

Paso a paso, Óscar Corral se complace con los refi- nados detalles que ha sabido incorporar a la arqui- tectura de su casa. Libros, viajes o conversaciones han sido material para dar forma a su gran obra:

este espacio en el que él y su familia disfrutarían la belleza, la comodidad, la selecta presencia de cada elemento invitado a constituir el enclave que res- guardaría sus sueños. Hacia el medio día, la estancia principal es ba- ñada por la luz ámbar que filtra una cúpula, y Óscar Corral confirma la pertinencia del rumbo que ha tomado su vida. Diletante, ha bebido el adictivo elixir de lo supremo y va tras cada objeto que ofre- ce calmar su insaciable deseo de tener una vida de alto nivel. Y en ese mundo, tan cuidadosamente construi- do, está Ángela a su lado, entrañable, honesta; tan nítida como el estilo mediterráneo que Óscar eligió para la casa; tan propicia para el escrupuloso dise- ño de su isla. Del resto del mundo, soez y lejano,

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caótico y obtuso, Óscar toma lo que requiere y se maneja en él con oportunidad y destreza, aun cuan- do ciertos eventos le resulten incómodos. Óscar sólo lamenta los últimos acontecimienos mientras revisa

la luna de obsidiana que por fin ha llegado para ocu-

par un lugar preciso en el relieve del muro que pue- de ser observado desde la delicada estancia que da al jardín. Y es que no deja de ser desagradable visitar

a su jefe en la cárcel. Camino al CERESO, Óscar se detiene en el cruce de la avenida de la Raza y la Carretera Panamerica- na, y hace señas al cholito que vende los periódi- cos. ¿Será una noticia policíaca?, ¿política? ¿Apare- cerá en sociales? -¡Uy! está en primera plana "López Tostado, sentenciado."

-¡Mal! Ahora los ojos de medio mundo van a estar sobre nuestros movimientos. Conocer a López Tostado había cambiado la vida de Óscar. Se nace con estrellas de muy diversos ta- lantes; hay quienes soportan el sino del justiciero y quienes padecen su adicción al poder. Otros cum- plen su destino tras los aromas que su sensualidad rastrea, desesperadamente, y no es menor la fatiga del redentor o el vértigo del temerario; las miradas caen, implacables, sobre el famoso, el feo o el her- moso; y el dinero quema las manos de quien a toda costa lo convierte en arma para escapar de su con- dición. No hay tregua. Don Anselmo López Tostado se fue acercando

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a Óscar Corral poco a poco, lo fue seduciendo, lo

fue coptando. Empezó siendo su cliente cuando el joven Corral era ejecutivo de cuenta en el Banca Cremi de los años ochenta, sus depósitos eran fuer- tes pero prudentes, deslumbrantes pero posibles, y muy interesantes para ser usados en aquel juego <leltipo de cambio preferencial para usos empresa- riales. El acceso a este dólar barato daba a Óscar, como ejecutivo de cuenta, márgenes de ganancia que en el caso de grandes depósitos se volvían bo-

cadillos muy bien servidos. El dinero se fue presentando en la vida de Óscar

con cierta arrogancia, desplazando otros anhelos, y

él le otorgó valor haciendo a un lado sus caracterís-

ticas: cómo se consigue, qué tipo de vínculos crea, qué relaciones genera, qué se hace con él. El dinero le permitió cultivar el buen gusto y desarrollar habilidades como el alpinismo, el ma- nejo de situaciones, los talentos del seductor; pero también dio espacio para que creciera en él la se- milla del desprecio y un abismo lo fue alejando del

mundo real, sucio, naco, lleno de gente de mal gusto

y mal olor. Construyó un mundito amurallado don-

de sólo tuvieron cabida los objetos y valores por él

elegidos. Óscar creía merecer lo que tenía, es decir, si pa- gaba por el agua que gastaba esto le permitía hacer que su regaderazo durara más de cuarenta y cinco minutos; el problema de la escasez de agua no era suyo, aunque, para ser más precisos, este privilegio

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no estaba del todo sustentado en el hecho de pa- gar, porque si pudiera evadir ese pago lo haría y esa astucia también le daría el derecho de disfrutar de agua en abundancia. A Óscar lo deslumbraban las mesas con servi- cios elegantemente dispuestos, los escritorios con carpetas de fina piel y costosas plumas, la inmacu- lada presencia de damas y caballeros. Saberse ca- paz de reconocer la calidad, lo bueno, lo elegante, lo mee, también lo hacía merecedor de los lujos que lo rodeaban: 60 trajes de las mejores firmas, sin contar los que constantemente desechaba de su excepcional guadarropa con impecables camisas y 150 corbatas, todas de primerísima. No es necesa- rio discutir el alto nivel de vida de su familia, pero cabe aclarar que los excesos, los grandes lujos, los caprichos y las mejores atenciones, no ocasionales sino permanentes, siempre fueron para él. Tuvo una aliada para transitar así por la vida, su sorprendente buena suerte a la que confiaba gran parte de los eventos. Pero tenía un talón de Aquiles:

ascos y temores lo mantuvieron alejado de un trans- porte urbano colectivo o de una sopa aguada con menudencias; jamás probó la pancita y, por el puro nombre, procuró siempre estar alejado del chilaca- yote. Una memela preparada con maíz azul podía causarle urticaria, el huitlacoche mareos y la palabra petate siempre le sonó a pies apestosos. Así, existió un mundo cuyas reglas le eran desconocidas. Gran admirador de la artesanía mexicana, jamás

$

'\

usó, sin embargo, una camisa de manta o unos hua- raches, y hacerlo escuchar un son huasteco podía ser un insulto, le sugería el mal olor de los sarapes sobre los petates. Cuando López Tostado le pidió como un favor personal que fuera a Dallas a hacer un depósito de 750 mil dólares en una cuenta a nombre de un tal Roberto Espinosa y que a cambio se quedara con los intereses que se fueran generando, Óscar vio en ello una confirmación más de su buena suerte. Después vino la gran propuesta: dejar el banco y trabajar de lleno para don Anselmo haciéndose cargo de la administración de sus negocios lícitos. La confianza hizo crecer la relación hasta dar ca- bida a una especie de idolatría por parte de Óscar hacia el señor; incluso Ángela fue aceptando a la señora, y aunque no se puede decir que eran ami- gas sí se daban sus espacios de convivencia. -¡Ay, Óscar! Dicen que es narco -surgían de pronto dudas en Ángela. -Eso dicen de todos los que tienen dinero. Pero en 1994 hubo problemas y su jefe se halla- ba consignado por acopio de armas; no era leal abandonarlo ahora, pero la verdad es que el cami- no al CERESO tiene mucho polvo.

***

Para Felipe Villagrán la cárcel fue un espacio en el

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que se violentaron sus más entrañables afectos; fue un viraje en el destino que lo dejó sin aliento. La noche de diciembre de 1989 en la que él y otros dos agentes atracaron a esos menonitas, estuvo de por sí cargada de malos presagios. La disputa por el puesto de delegado y la temporada navideña ge- neraron una anarquía peligrosa entre los agentes de migración. Cada quién veía para su santo en las largas noches de vigilancia en el kilómetro 28 y

sus alrededores. No era nuevo lo de instalar un re- tén hechizo unos kilómetros antes del retén oficial para quienes venían del sur, ni usar ahí los recursos más sórdidos para extorsionar "sospechosos", pero esa noche todo se fue complicando. Para empezar, Alfonso, el agente en turno para el retén verdadero -y enterado de toda la movi- da- pidió un permiso al asumirse candidateable para el cargo de delegado de migración; lo suplió Roberto que, aunque advertido, resultó muy verde para el caso; cuando los menonitas, indignados, llegaron a quejarse con él por el atropello que habían sufrido unos kilómetros antes, se dejó presionar y lo obli- garon a llamar a las autoridades. -¡¿Existe un retén anterior a éste?!

-No, señor. Bueno -¿Sí o no?

- A veces

sí, no sé.

A las dos horas, Roberto tenía a la prensa enci- ma y a los funcionarios tratando de levantarse el cuello en la cacería de los "falsos agentes".

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Por su parte, para Felipe Villagrán, Juan David Tejada y el Monchis había sido una mala noche des- de el principio. Era una noche helada con tres gra- dos bajo cero calándoles los huesos; al salir de la ciudad por la carretera Panamericana, un gran blo- que de concreto en el camino les puso el primer susto, pero el daño en el radiador no se dejó ver de inmediato. Después de pasar el kilómetro 28, sin ha- ber recorrido ni dos más, la camioneta ya se había sobrecalentado y el humita del motor se dejaba ver; al levantar el cofre resultó que todo el anticongelante se había derramado. Decidieron detenerse de una vez y armar todo para acabar temprano. - A ver Felipe, a ti te queda bien el templete -No me chinguen, pinche frío, mejor ya vámo-

nos

-¡Oh!, ¿pues qué no ves cómo está la Van? -Pues por eso, ¡ya valió madres!, mejor hay

que arreglarla y ahí muere, hace mucho frío -No le saque, cabrón, vamos a chingarle un

rato

Monchis. Felipe estaba aturdido y Tejada tenía sus dudas sobre operar esa noche, pero el ímpetu de el Mon- chis y el destino los pusieron a trabajar y montaron el falso retén rápidamente. Parecía como si el tiempo se hubiera detenido; no era posible, en plena temporada navideña no pasó un solo carro en casi veinte minutos, que se hicieron muy largos. Montaban guardia desde la

¡una feria! Ya estamos aquí -insistía el

{f)

camioneta pero el silencio era insoportable y la an- siedad también. -Mínímo, saquen un sotol; ¿qué, no? -dijo el Monchis tratando de animar-. Tú, David, siempre traes tu anforita, dame un trago, cabrón -¡Órale!, ahí viene una troca de redilas, ha de estar cargadita. Se fajaron la camisa de un uniforme bien plan- chado por sus mujeres, pero bien apestoso a las mil cajetillas que se habían fumado; se ajustaron la ca- chucha y se cerraron bien las chaquetas. Bajaron ya con el personaje puesto: agentes de migración dis- puestos a hacer valer la ley. El camioncito de redilas se detuvo frente al re- tén, el Monchis deslumbró con la linterna al chofer y le pidió identificarse. -¿Qué llevas?, ¿centroamericanos? El chofer se bajó para abrir la parte de atrás. -Nombre, puro paisano que viene a trabajar -A ver, todos abajo. Ni español han de saber hablar, ¡carajo! Bajaron de la camioneta diecisiete hombres morenos, chaparritos, con el cabello pastoso tras un largo viaje y temblando de frío bajo unos cuantos sarapes y jorongos. Algunos tenían una caduca identificación expe- dida en Tuxtla Gutiérrez: otros, un papel arrugado, copia de su acta de nacimiento y, en efecto, no todos hablaban español. Fueron amagados y gol- peados en alguna parte del cuerpo como presenta-

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ción; Juan David y Felipe eran expertos en esta parte.

el Monchis les hacía preguntas bajo la presión de la

luz.

-¿A qué vienen?, [guatemaltecos muertos de hambre! -Te digo que son paisanos, compadre -Compadres los güevos, yo a tí ni te conozco

y más vale que vayas rezando porque no nos gus-

tan los polleros -dijo contundente el Monchis mien-

tras le apuntaba en la sien con su .45.

Los que sí estaban rezando eran el resto de los

pasajeros; hambre, frío, y ahora esto

sido empacados en ese camión: primero llegaron de noche a sacarlos de sus casas a punta de AK--47; fueron desalojados con mujeres, niños y animales, que porque ya alguien había comprado la tierra y ya no podían estar ahí, ¡pero si la mayoría no cono- cía más que ese lugar en el.que había nacido! Lue- go, que si querían comer tenían que trabajar, que los iban a llevar a donde había trabajo. Los más viejos lloraron. El tal pollero tampoco era un experto, le paga- ron por llevarse a los hombres y dizque, al llegar a Juárez, tenía que buscar a un tal Manríquez quien le haría otro pago y se encargaría de la gente. A estas alturas ya no traía dinero y eso era precisamente lo que los agentes de migración le exigían. -¿De dónde son, indios mugrosos? ¿Salvado-

Casi habían

reños? Total, que los viajeros se llevaron su buena

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madriza, pero pues ¿cuál feria iban a soltar? Tuvie- ron que regresar por donde venían y el Monchis, Felipe y Juan David se quedaron furiosos. -Pinches indios, jodidos de mierda. Ya con mucha adrenalina, todavía tuvieron que soportar que pasaran dos coches con honorables familias a las que no había ni cómo sacarles algo. Finalmente vino la troca de los menonitas y quién sabe qué se les metió en la cabeza cuando decidie- ron extorsionar a tres adultos en pleno uso de sus facultades. No pasaron ni tres horas cuando ya estaban apa- ñadísimos, desconcertados, aún muertos de frío y ya tras las rejas. De ahí en adelante la pesadilla fue creciendo, se supone que todos tenían cuates poderosos que podrían hacer algo para ayudarlos; pero los días fueron pasando y las cosas complicándose: todo avanzaba y parecía encaminarse hacia una larga con- dena. Nadie tomó su bandera; la oposición los con- denó y, entre los compas del gobierno, nadie que- ría quemarse. El dinero que habían juntado se acabó muy pron- to y sus familias empezaron a pasar dificultades. Sólo el Monchis siguió moviendo negocios desde la cárcel, y gracias a que su abogado se hizo cargo de todo el caso se mantuvieron las esperanzas de salir, no sin antes aventarse cinco largos años ahí adentro. El CERESO de Ciudad Juárez cuenta con miem-

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bros distiguidos y la presencia de tanto personal de renombre y, sobretodo, de billete, encareció terri- blemete la vida: las mordidas a los custodios, un pase, un alcohol o un toque y hasta la leche costa- ban como en Las Vegas. A Felipe Villagrán todos le dieron la espalda:

Óscar ni lo saludaba cuando venía a arreglar asuntos con su jefe, y eso que habían compartido muchas cosas por la muy cercana relación que ambos te- nían con Gonzalo Baca:

Siendo un jovencito audazmente emigrado del Estado de México a la frontera, Felipe llegó a ofre- cer sus servicios al negocio de tamales que, a prin- cipios de los años setenta, montó Aurora Rivas.Poco a poco se convirtió en una especie de hijo adoptivo para ella. Juntos sacaron adelante el negocio y Gon- zalo pudo estudiar Administración de Empresas mientras ellos trabajaban. Siendo tan estrecha la relación entre Gonzalo y Óscar, Felipe hubiera esperado otra actitud. Pero muy pronto se dio cuenta de que no contaba ni con el uno ni con el otro, ni con nadie.

***

-Duermo con miedo Aurora -Isabel llora des- consolada. Aún arreglada como siempre con su maquillaje deslumbrante, su peinado de salón y un escrupuloso manicure, de pronto su aspecto es de- solador.

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En una semana habían llegado dos veces a su casa con orden de cateo en busca de Artemio. Como de película, aparecieron civiles con radios portáti- les y encapuchados armados. -Y, ¿por qué se llevaron a Jorge? -preguntó Aurora. -Ya sabes cómo es él. Después de que vinie- ron la primera vez, dijo que ya no lo volvían a aga- rrar desprevenido y se trajo aquí tres armas para protegernos. Y claro que las encontraron. Ya pagué la fianza; con sus antecedentes, fue un dineral. Ma- ñana lo sacan. Aurora también rompió en llanto. -¡¿Dónde estará Artemio?¡ -más que una pre- gunta ella lanzaba un ruego por su sobrino. -Rosaura ha de saber algo; yo la veo muy tran- quila, a pesar de que también han registrado su casa varias veces -¡Ay Isabel! ¿Será que Dios nos está abando- nando? Porque yo veo como que hay algo que no entendieron nuestros hijos y a veces pienso que se van a quedar sin protección -¡Uy! Te conozco, algo debe haber pasado para que hables de los hijos en general. ¿Qué pasa con tu hijo? -cambió el tema Isabel. -Pues sí, estoy muy triste. Gonzalo se niega a abogar por Felipe, a usar sus buenas relaciones con políticos para ayudarlo, dice que no va a poner en peligro su prestigio. Ya ni lo visita y hasta me pro-

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hibió que yo vaya. No entiendo cómo puede tener esa actitud. -¿Y qué dice Felipe? -Ya se le pudrió el alma, dice que cuando sal-

ga se va a vengar de todos, y hace comentarios des-

proporcionados. Y yo, pues comprendo

a mi hijo,

pero no me parece justo. -!Ay, Aurora¡ ¿Qué quieres que te diga? Yo, francamente, nunca he podido sentir al tal Dios.

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CAPÍTIJLO 2

1

Concedía entrevistas, se casaba con jovencitas y salía en los anuncios de sus exitosos negocios: Raúl Ahu- mada, a sus 36 años, con una imagen fresca, se ganó un lugar como entusiasta empresario. Primero los Nice People: café, sodas, donas y otras golosinas entre colores cursis y atracciones como maquinitas y rockolas. Después creó Rock'n Beer en locales grandes con una decoración más agresiva, ahí se vendían hamburguesas y cerveza en un ambiente juvenil, un éxito. Audaz, se dirigió hacia su caída: Moon City,una nave espacial gigante en plena avenida de las Américas, un restaurante- bar circular elevado sobre su estructura central. Un mal presagio ensombreció el día de la inau- guración de Moon City, ningún proveedor se pre- sentó a tiempo, el suministro de agua se detuvo, no se cubrieron las necesidades de personal. Sólo los invitados estaban muy apuntados para el evento. Por esos días ya los complejos abatían a Estelita. Muchas aspirantes a modelo de la ciudad rodeaban

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por doquier a los populares hermanos Ahumada -Raúl y Román- y ellos se dejaban querer. Por eso Estela ya no era feliz; cuando llegó a trabajar a Rock'n Beer, ella tenía 16 años y el contraste entre su her- mosa carita de niña y el exhuberante cabello rizado largo y rubio la hacía muy atractiva; chiquita, pero eso sí, con unas tetas preciosas y de buen tamaño, causó en Raúl creciente perturbación. Un día la in- vitó a casarse en Las Cruces, Nuevo México, y con el acta por delante se presentaron ante la mamá de la niña que estuvo feliz con el yerno. Pero después de algunos meses el interés de Raúl por su nueva esposa iba desapareciendo al tiempo que crecían las tensiones por echar a andar Moon City. La inauguración fue varias veces pospuesta a causa de contratiempos como el corto en la instala- ción eléctrica, que quemó los sillones, o la fuga de agua que apestó la alfombra. No fue pasajera la mala suerte y cuando ya era imposible cambiar nuevamente la fecha, marcada para el 25 de julio de 1994, la decoración los sorprendió: habían deci- dido hacer las figuras de la Marilyn, de Elvis,de Cha- plin y de otras celebridades con trajes espaciales, pero los monos resultaron horrendos, las lámparas espantosas y los asientos incómodos. Un negocio en el que habían invertido cientos de miles de dóla- res parecía un tugurio de mala muerte y cuando llegó la fecha tampoco estaba lista su operación: plati- llos, bebidas preparadas, comandas, servicio, val/et parking, guardarropa; podía preverse un desastre.

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Unas horas antes, Raúl y Román Ahumada decidie- ron presentar el lugar como una fachada, no dar servicio, y ofrecer bocadillos y bebidas en vasos y platos desechables. Los invitados estarían bajo la gran nave, en la calle, eso sí, cerrada para el even- to. Cuando Estelita se acercó preguntándole a Raúl ¿qué te pasa mi amor?, recibió como respuesta un anuncio de divorcio. Los reflectores deslumbraban; lujosos autos ha- cían fila y los asistentes lucían sus mejores galas. Entre un total de casi trescientos invitados, se encon- traban el presidente municipal y su familia, también Pancho y Lidia Zaragoza, don Javier Ventura, due- ño de los más importantes parques industriales; los generales García y Arredondo, Liliy Nancy Fuentes con sus novios gordos pero ricos, Rogelio y Fausto Cañada (herederos del canal 54, cuyas cámaras cap- turaban testimonios junto con las de los canales 26 y 5); no faltaron los Vallina, la familia Cantú y algu- nos colados. Estelita no sólo se sentía mal, también se veía mal porque su juvenil look había desaparecido para convertirse en un intento de dama rica. Anduvo toda la noche siguiendo a un Raúl, que jamás la pre- sentó como su esposa con los distinguidos asisten- tes, y ella, cada vez que se encontraba a un mesero, tomaba de la charola una bebida; muy pronto la ex niña andaba con la mirada perdida. Pero ya nada sorprendía a una descontrolada concurrencia que lucía vestuarios de cientos de dólares y no hallaba

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dónde sentarse o qué cara poner mientras se for- maba para tener un lugar en el elevador y hacer un tour por la famosa nave. Sólo Abelardo .Gutiérrez estuvo siguiendo los pasos de Estelita y detectando su furia cada vez que Raúl abrazaba a alguna muchachona que paraba la nalga, sacaba el pecho y se reía echando la cabeza para atrás. Abelardo tenía la misión de buscar pruebas que comprometieran a los hermanos Ahumada. Ellosma- nejaban más dinero del que sus empresas parecían dejar y siempre estaban en disposición de emprender nuevos negocios. Además, Estelita no estaba nada mal y ya se veía como que necesitaba ayuda: abati- da, al fin se recargó en un muro tratando de ocultarse de su mamá y de sus hermanos que habían espera- do sentirse anfitriones del evento. Abelardo apro- vechó para acercarse y apapacharla, y sugirió lle- varla a otro lugar; en medio de la confusión, nadie los vio partir. El Shadow último modelo estaba todo vomita- do cuando llegaron al motel-garage y Estela casi había perdido el conocimiento; Abelardo la cargó en calidad de bulto hasta el baño, abrió las llaves del agua, se preparó una línea, desvistió a la mu- chacha, se desvistió también y se metió con ella a la tina. Estela reaccionó con el agua al tiempo que Abelardo ya la penetraba y rápidamente se venía adentro de ella que comenzó a gritar y a llorar des- consolada. Él se salió de la tina diciendo ¡pinches

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viejas!, se puso sus boxers y se tiró en la cama a ver qué había en la tele. A las cinco de la madrugada por fin Estela lo convenció de que la llevara a su casa. Al llegar, entró temerosa hasta una recámara en la que no había nadie. Pensado como restaurante de alta cocina y bar de gran ambiente, Moon City muy pronto exhibió la falta de pericia de los hermanos Ahumada: aún contando con un flujo constante de capital para inyectar al negocio, su funcionamiento jamás que- dó resuelto y nunca perdió el aire decadente que desde el principio lo distinguió.

***

-Tú debes tener colegas que sepan algo de esos depósitos -Pues sí, pero son como secretos·de confesión, ¿a cambio de qué correrían el riesgo de soltar infor- mación? Tú sabes que la confianza de los picudos se canjea por los güevos -sentenció Óscar. -Sí, a veces no sabes si agradecer esa confian- za -dudó Abelardo. -Pues yo ni lo pienso. Creo que hay que ser bruto para desaprovechar estas oportunidades. Ahí estaríamos de pránganas, mediocres, con nuestro sueldito, comprando un V.W. a plazos -Con tu pinche traje de terlenca, ¿no?

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-Y tu casa de interés social --se espeluznó Óscar. -Bueno, tampoco tanto . -¿Cómo no?, así andan . Abelardo Gutiérrez y Óscar Corral rieron fran- ca, burlonamente. Como abogado y administrador de don Anselmo López Tostado disfrutaban de cier- tas prestaciones sin demasiadas molestias pues, in- cluso, ya su jefe había salido de la cárcel y resuelto sus problemas con la ley. Por lo demás, ellos hacían su trabajo, nunca se ensuciaban las manos y procu- raban sólo ojear los encabezados de los periódicos locales, jamás uno nacional y ni de chiste un artícu- lo de fondo en donde "inventan tantas cosas paga- das por los corruptos políticos"; mantenerse al mar- gen, decían. -Bueno, y de ese hermoso portafolios, ¿cuán- to nos toca? -preguntó Abelardo con mirada codi- ciosa. -Don Anselmo dijo que cinco y cinco. Entre los múltiples usos de los cinematográfica- mente famosos maletines cargados de dólares, a estos hombres les tocaba custodiar de dos tipos: los que se disponían para pagar a políticos, militares o jueces de alto nivel tanto en México como en Esta- dos Unidos y los que entraban en forma de pago y esperaban su tiempo y su lugar para ser invertidos. Últimamente se movían muchos de salida. Y es que en realidad la unificación bajo el nombre de Cártel de juárez era un tanto arbitraria, o por lo

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menos no definía una estructura permanente. Las relaciones, sociedades, acuerdos y protecciones, eran un tejido siempre en movimiento; si bien la supre- macía de Amado Carrillo (El Señor de los Cielos) era indiscutible, había espacios en juego y alianzas po- sibles. Les sirvieron el segundo martini, que en el bar del Shangri-lá son de primera. -Qué raro que no hayan llegado -comentó Óscar. Esperaban a sus esposas. El capitán les anunció que su mesa estaba lista y los condujo por la alfom- bra roja entre todo tipo de fetiches chinos. Una vez instalados en el amplio comedor, continuaron to- mando sus tragos, Hablaban en voz baja. -Yo sigo sin descifrar el tablero del jefe. No creo que se aviente el tiro de comprometer públi- camente a los Ahumada, esos güeyes están prote- gidísimos, descongestionan los números de Cancún. -Quiere tener una carta bajo la manga, incluso por protección de todos nosotros. Óscar se quedó pensativo. -Como fichas de cambio, ¿no? El contraste entre las dos mujeres que se acer- can hace que las miradas se concentren en ellas. Ángela es delgada, usa el cabello cortito teñido de un tono rojizo discreto, como su maquillaje del que sólo resaltan los labios; viste una camisa impecable de seda blanca y unos pantalones negros de rayón, ropa suelta que sólo sugiere las formas. Erica es

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mucho menos sutil y una llamativa melena rubia artificial enmarca un rostro cuyo maquillaje sugiere una máscara. -¿Qué tanto murmuran? -indaga Ángela. Óscar se levanta siempre impresionado por el porte de su mujer. Con el paso de los años, ella se ha formado una personalidad muy interesante que

a veces se torna inaccesible aún para su propio mari-

do. Cuando se conocieron, Ángela estudiaba danza en lITEP, pero con mucho gusto cambió cualquier sueño espectacular por construir una familia. Pasó casi diez años en pants, sin ningún glamour, entre- gada a la crianza de su hijo. Cuando despertó, se dio cuenta de que su marido tenía mucho dinero y ella podía darse sus lujos y, aunque decidió que era demasiado tarde para hacer algo con su vida pues hasta del amor había tenido tiempo de desilusio- narse, intentaba llevar una existencia agradable. -Están de chicos malos, e-Verdad? -Ya estábamos impacientes -Óscar acomodó la silla de Ángela.

Abelardo se sintió comprometido para hacer lo mismo con su esposa, pero Erica ya estaba sentada

y encendiendo un Benson & Hedges mentolado. -Hablábamos de hacer un crucero por el Cari- be. ¿Whisky Ángela? -A whisky will be lovely, thank you darling.

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***

Desde los tiempos en que funcionaba el Candy's, Artemio había conservado un terreno en Ciudad Juárez, entonces se lo habían dado para resolver aquel negocio de las armas que nunca le pagaron y por muchos años su existencia pasó a segundo pla- no. Pero en este tiempo de exilio y con los recursos que logró rescatar, incluidos IOs5 mil dólares y unas quince onzas de coca, ese terreno se convertiría en el hogar para él y su familia. Sin ánimos para aso- ciarse en algún bar, un poco cansado, sabiéndose buscado, tenía ganas de, tranquilamente, ver jugar a los Dallas Cowboys y de estar muy pendiente de cómo van creciendo sus hijos. Por eso invirtió lo que tenía en construir una casa base y en sobrevivir mientras se vislumbraba alguna oportunidad. Pasados dos años, la situación era más que crí- tica en lo económico, pero fue una época en la que Artemio reconstruyó tanto su pasado como sus an- helos. Él había crecido en]uárez y ahí se reencontró con muchos compas que también se la estaban ri- fando, buscándole por aquí y por allá, en los nego- cios o en la política, en la oportunidad o en la transa, pero siempre pendientes de circular con suficiente

cash.

Aún así no le fue fácil conseguir un trabajo que valiera la pena, como mánager de algún bar o jefe de seguridad de algún empresario, por ejemplo. Y es que su experiencia en el manejo de situaciones

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difíciles y en el uso de armas de grueso calibre era algo que no se podía escribir en un currículum; más

bien, alguien tenía que confiar totalmente en él. La oportunidad se presentó por el lado más inespera- do: con la llegada al gobierno del estado de Chihua- hua del partido opositor de derecha, en 1992, se habían echado a andar proyectos de integración para los diferentes sectores. Entre ellos estuvo la creación de escuadrones especiales, grupos de cho- que conformados por chavos banda, por cholos, o por marginados llenos de encono, que recibieron apoyos económicos y entrenamiento. Para suerte de Artemio, nombraron como director de la Policía Estatal al "Güero" González, amigo de la infancia y buen compa hasta la fecha, así llegó la oportunidad que le dio el nombramiento de Jefe de las Brigadas Especiales para la Rehabilitación y el Orden (BERO). Las BERO operaban con buen presupuesto y el cargo significó para Artemio una digna inclusión en la sociedad y en las esferas de poder. Volvió a ser espléndido con su familia, tal como le gustaba,

y la madurez que dan los años se sumó a su carác- ter regocijante y agudo, generoso y temerario.

siempre le gustó

y en este trabajo pudo disponer de recursos espe-

ciales para entrenar a sus brigadas. Vinieron exper- tos de la DEA, del FBI y militares chilenos a fin de que las brigadas pudieran cubrir diferentes aspec- tos que irían desde la infiltración hasta la provoca- ción y el choque. Muy pronto, sus muchachos fue-

El contacto con el bajo mundo

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ron enviados a efectuar decomisos de coca a algún grupo que tuviera bajos sus bonos o a secuestrar a empresarios molestos; a causar bronca en algún bar alternativo o en alguna escuela subversiva. Artemio agradeció muchísimo esta incorpora- ción a las esferas de poder; súbitamente se encon- traba en importantes reuniones entre políticos y militares y en medio de situaciones en las que ac- cedía a una que otra rebanada del pastel.

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2

Era como fluír en dos mundos. El de los zapatos de tacón, la fila en el comedor de la maquila, los ami- gos con coche y las idas a bailar al Electric Q; y el otro, el de aquel polvoriento camino que lleva a Ana- pra, al cuartucho miserable, con Toño distorsionado y sus amigos más. Ambos mundos habitados por el sinsentido al que ha entrado la vida de Luz. Con Georgina se lleva bien y se acompañan de ida y de regreso. ¿Por qué sigue Luz ahí? ¿qué rela- ción tiene con Toño? Cierta idea de pertenencia, la sensación de que él es el único puente entre el pa- sado y el presente. La larga agonía de la pasión. Toño no parece reincorporarse, al principio te- nía planes y salía a hacer tratos que nunca culmina- ron en nada; la decepción le fue ganando y ahora ya se le ha hecho costumbre quedarse todo el día nomás perdiendo el tiempo. Por no dejar y para no aburrirse, se mete por lo menos un viaje al día y a Luz no siempre le presta atención cuando llega de trabajar. Tampoco los otros de la casa hacen gran

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cosa y por más locos que parezcan llevan una vida sin mucha emoción. Las últimas dos semanas han

presentado, sin embargo, una novedad: la presen- cia de Robin y Cario, dos italianos que tienen la beca MacArthur en la categoría de medios audio- visuales. Preparan un testimonio sobre los dos la- dos de la frontera y en alguno de sus viajes intra- venosos llegaron hasta Anapra de donde ya casi no salen. Su cámara sí la usan un rato cada día, incluso otros del rumbo se han interesado en aprender a manejarla. Luz y Georgina están dispuestas a contar sus vidas a cambio de verse en el monitor ponien- do su mejor cara. Sólo que a veces les sale la peor, en especial a Luz cuando al narrar recuerda la vida que ya perdió y en la que tenía uno que otro sueño de grandeza. También habla de su mamá. No es la primera vez que la extraña. Incluso la ha buscado, pero no le puede contar nada realmente. De todas formas, a los italianos no les interesan en lo más

mínimo esos arranques

qui-

sieran testimonios sobre el racismo que padecen ciertos grupos en Estados Unidos o lo corruptas que son las autoridades en México, o hacer una pausa en la línea documental y que las chavas se quiten la ropa un rato y piensen cosas bonitas. -¿Tú crees? -toca el tema Luz mientras van en la rutera-, dicen que en Italia de pronto solicitan muchachas de nuestro tipo y que ellos podrían man- dar nuestras pruebas -Pero si cada día están más incoherentes. No

sentimentales. Más bien

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les creas nada, una cosa es seguirles la botana y

otra creer que existe la más mínima posibilidad de que tu vida cambie -dice Georgina .burlonamente. -Ahí sí que no estoy de acuerdo. No digo que con ellos haya futuro, pero algo tenemos que hacer para salir de esto. -¿Como casarte con un rico? Si ni siquiera pue- des desprenderte del tal Toño. -Pues dice que muy pronto va a poder regre- sar a El Paso y que ahí, trabajando aunque sea de chofer, nos rendirían los dólares. Yo también pue- do trabajar allá -¿Ves cómo no estás pensando en dejarlo?

¿Sabes que ya

acepté salir con el boss? -¿Ya?, ¿cuándo? ¿A dónde van a ir? -El jueves. Me invita una copa saliendo del trabajo. Yo le dije que tengo que regresar temprano a la casa. El jueves Toño daba vueltas como león enjaula- do. Precisamente ese día había decidido mantener- se un poco al margen de la dinámica de la casa y estar en condiciones de platicar con Luz cuando ella llegara. Impaciente, esperaba sentado en una barda que daba a la calle. Moreno y fornido pero flaco, ahora más, parecía como de Veracruz aun- que él nunca hablaba del pasado y pronto perdió el acento. Conoció a Luz en un concierto en el Chamizal, era el Festival Sun Splash que se hacía cada año. No es que a él le interesara el reggae sino

-Bueno, pienso las dos cosas

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que ahí se ponía fácil el atraco, sobretodo de ca- rros. Durante meses no pudo entender cómo una morrita tan chula iba todas las tardes a su casa a vivir un amor de alto nivel. Nunca lo habían besa- do así, ni ninguna mujer se había quedado dormida sobre su pecho exahusta de placer. Además ella lo siguió hasta acá y la verdad es que él la ha someti- do a una vida de lo peor. Era necesario ofrecerle algo y hasta pensar en hacerla feliz, ¿por qué no? Cuando vio llegar a Georgina sola, escuchó las explicaciones que ella le dio sobre las horas extra y el mucho trabajo que se le había juntado a Luz en la oficina:

-Ya ves que ella no es obrera como yo, es secretaria. En realidad, Toño empezó a pensar que Luz se había ido con alguien. Gonzalo se llevó a Luz directamente al bar de un motel que está en las afueras, rumbo al aero- puerto, alegando que el show es buenísimo. Aun- que él no bebe mucho, pidió una botella de Añejo y empezaron a prepararse sus cubas. -Usted es una reina, merece lo mejor ¿Qué hace viviendo entre perros muertos y lacras sociales? Sonaba la música en vivo. Un cantante con brío, un escuálido tecladista y un barbón en la guitarra eléctrica, trataban de crear un buen ambiente y, al ritmo de un popurrí de baladas, Luz y Gonzalo bai- laron muy pegaditos. Al regresar a la mesa, él sirvió los otros tragos y

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después de refrescarse un poco, directamente le metió la mano por debajo de la falda. Ella abrió un poco las piernas y los dedos de Gonzalo pudieron comprobar que estaba empapada. -¿Por qué no vamos a un cuarto reina? Yo creo que estaríamos más cómodos, ahí seguimos pla- ticando -le dijo al oído. Cuando Luz despertó ya era de día. Le pareció raro estar sola. Buscó en el baño, pero no estaba Gonzalo. Como único rastro, había quinientos pe- sos encima del tocador y eso la ofendió. Ya era tarde. Se dio un baño, se vistió y salió del hotel para tomar un taxi hacia la maquila. En la entrada estaba Toño esperándola. Duran- te la noche había tratado de mantenerse más o menos sobrio, no tomó mucho aunque sí acabó metiéndose bastante coca, ya sin saber si en algún momento Luz llegaría. Evitó picarse con la inten- ción de estar lúcido y hablar con ella, pero, con un pase tras otro, la angustia empezó a traicionarlo hacia el amanecer y ahora estaba allí, afuera de la RCA,con tremendas ojeras y pensando en que ya se le iban a acabar los cigarros. Lo bueno es que cerca vivía el Ramsés para ir por un sobre tan pron- to como llegara Luz, porque tenía que llegar, ella nunca faltaba al trabajo. Y lo mejor sería que se fuera con él, llevársela lejos, pasar a otra cosa. Al bajar del taxi, Luz se sentía muy nerviosa, le parecía complicada la situación con su jefe y cada vez encontraba más incómodo lo del dinero que le

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dejó. Ya era muy tarde y es que !hacía tanto tiempo que no dormía en una cama cómoda¡ En ese mo- mento Toño la jaló de un brazo. -¿Qué pasa Luz, ya me abandonaste? ¿Con quién pasaste la noche? -Déjame Toño, ya voy retrasada, nos vemos al rato. Estuve con mi mamá. -Ya ni entres, no quiero que trabajes más. Yo me voy a hacer cargo de todo. -¡Ay! Estás loco Toño, si andas hasta la madre para variar. Mejor déjame, en la tarde llego a la casa. -¿No me entiendes? Quiero que nos vayamos. -Y yo lo que quiero es no perder mi trabajo, que es lo único que tengo -dijo Luz desprendién- dose violentamente. -Por lo menos préstame una feria para unos cigarros -alcanzó a murmurar Toño. Pero Luz ya había entrado a la maquila y subía apresuradamente las escaleras decidida a devolver el dinero y aclarar todo. Gonzalo vio toda la escena a través del venta- nal de su oficina y esperaba la entrada de Luz. -¿Se puede? -Pásele -contestó Gonzalo guardando cierta incómoda distancia. -No sé por qué dejó este dinero pero no quie- ro que se confunda -dijo Luz con firmeza. -Mejor no te confundas tú. En primer lugar, una cosa es el relajo y otra nuestro trato aquí, que

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debe ser de trabajo. No me parece bien que hayas aprovechado para llegar tarde -Gonzalo no la mi- raba a los ojos-. Si te dejé ese dinero es para que puedas resolver las dificultades que se presenten por haberte ido de farra; ya vi que tu maridito está disgustado. Así es que te recomiendo que te lo guar- des y que empieces a sacar los pendientes del tra- bajo. Luz no supo qué contestar, salió de la oficina y ocupó su lugar tratando de organizarse. Si a Toña le faltaba poco para caer de plano en la depresión, el desaire de Luz fue pretexto para ya no bajar del pasón; se picaba varias veces al día y Luz fue perdiendo toda relación con él. -¿Y qué haces ahí? -la cuestionaba Georgina. -Pues tampoco tengo muchas opciones, deja que encuentre algo. -Con Toño en ese estado, yo creo que hasta estás en peligro. ¿Qué, no? Luz pasaba dos o tres noches a la semana con Gonzalo; ya no bailaban, directamente se tomaban unos tragos en el cuarto y casi sin hablar se metían a una cama helada. Para Luz era simplemente una buena opción para dormir acompañada a veces y tener un ingreso extra, porque él nunca dejó de darle dinero a cambio de cada noche. Un día, aunque ya habían quedado de irse jun- tos, a Gonzalo le surgió un compromiso. Luz se quedó con su maletín preparado -cepillo de dien- tes, maquillaje, ropa para el día siguiente-. Deci-

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dió no regresar y empezó a vagar por Río Grande Mall;entró a todas las tiendas y también a la librería de Cristal. Llamaba la atención con sus jeans pe- gaditos, sus botines de gamuza, el hermoso cabello negro suelto. Le interesó un libro sobre superación personal y ahí apareció Andrés con su gran sonrisa y toda la disposición para atenderla. Hace tiempo que Luz no se divertía tanto como frente a este muchacho luminoso, que pasaba de arlequín a merolico y fanfarroneaba un poco con ser galán antes de volver a su sencilla personalidad. Aunque Andrés precisaba atender a otros clientes, Luz hacía tiempo con inesperada confianza, para después seguir platicando. Así pasaron un par de horas hasta que llegó la hora de cerrar la librería. -Vamos a tomar un café ¿no? También en el Café Degá estuvieron mucho tiempo. -No -Andrés la miraba fijamente mientras ha- blaba-, no creo que la tristeza haya marcado tu cara. Yo te veo sencillamente bonita. Y como si la mirada de Andrés fuera un espejo que le devolvía una imagen radiante de sí misma, los ojos de Luz se volvían profundos y una sonrisa se dibujaba espontánea en su rostro. Pidieron unos tequilitas. -No me cotorrees, porque yo ya ni me acuer- do del amor. -Mejor, así te enseño cada sabor y cada brillo. Se abrazaron.

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-Conque no es necesario llevarte a ningún lado -¿Por qué? -Porque vamos juntos, ¿no? Andrés vivía solo en un departamentito cerca del Teresiano. El lugar no tenía mayor gracia pero había una mesa con sillas, un sillón, un refrigerador, una estufa, una cama con sábanas, un televisor. Era para Luz como un regalo, un paraíso. En una sema- na ella no salió de la casa más que para comprar víveres. Veía la tele, preparaba comida, se ponía camisas de Andrés. Hacían el amor abrazados; in- cluso a veces no lo hacían pero estaban horas con las piernas enredadas insistiendo en el desvelo. Ella transitó de la desolación a la ilusión, de la amargu- ra al amor. En pocos días la fuerza de ese encuentro divi- día nuevamente su vida, de manera tajante la ubi- caba en el umbral de una nueva estación; una para- da en la que podría ordenar sus vivencias desde una perspectiva inesperada. Le habló por teléfono a su mamá y le dijo que era feliz. Pospuso las explicaciones y el encuentro con ella unos días para poner la casa bonita. Luz y Andrés se hicieron pareja con mucha faci- lidad; iban al cine -no se perdieron el estreno de Carlito's Way-, comían rico y un día, mientras al- morzaban unos burritos, retomaron un tema que ya era recurrente.

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-No me puedo seguir poniendo tus camisas siempre -Pero te ves muy bien -insistió Andrés. -No. Necesito mis cosas, que mi trabajo me han costado.

-Me gustaría ofrecerte que te compres todo

nuevo, pero sería poco a poco

-Pues mi ropa, mis zapatos, mi grabadora; ten- go que ir. -Si insistes, te acompaño. -N'ombre, mejor voy sola. El lunes me prestas tu coche, paso por Georgina a las cinco que sale de la maquila y ya te recojo a las ocho en la librería.

¿qué tanto tienes?

***

-No lo puedo creer, Luz -decía Georgina emocio- nada-, ¿y está guapo? -Delgado, alto, piel canela, le brillan los ojos y es apapachador. -¡Y no vive con su mamá, ni nada de eso! Eres una suertuda -Georgina se quedó pensativa-.

Oye, el jefe te anda buscando. Me mandó llamar para

preguntarme que dónde

maneras no habías ido a tu casa para nada, que hasta yo estaba preocupadísima -Que chingue a su madre. Lo que me angustia es ahorita con Toño -Es un Muppet, no queda nada de él, te vas a asustar; no es capaz de hacer absolutamente nada

vives. Le dije que de todas

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para detenerte. Yo lo vi ayer, está más flaco, todo amolado. Ni me preguntó por ti. Cuando llegaron a la casa de Anapra, a Luz se le revolvió el estómago. De pronto no entendía para qué había ido y tuvo la intención de ni siquiera entrar, alejarse de ahí y ya. -No, ya estás aquí. Agarras tus cosas y nos va- mos en menos de cinco minutos. Como era invierno, ya estaba oscuro aunque eran las seis de la tarde. El viento arrastraba todo a su paso y las dos mujeres se cubrieron con sus grue- sas chamarras al bajar del coche. -Se ve mucho movimiento en la casa -dudó Luz. -¿Y eso qué? Vamos al cuartito y ya. Atravesaron el patio y a oscuras metieron en dos bolsas grandes lo que fueron encontrando. -No está mi grabadora pero ya vámonos. De veras que está tenebroso aquí Ya casi afuera, cuando pasaban al lado de la casa y a escasos veinte metros del coche, tres hom- bres les salieron al paso. Parecían nerviosos. Reconocieron a Carlo y a Robín en dos de ellos, el tercero les era desconocido. Pero los tres les im- pedían seguir su camino con repetidos saludos, cerrando los espacios. -Ya nos vamos -Luz temía. -¡De ninguna manera! -desde la puerta inter- vino un cuarto hombre acercándose- Permítannos disfrutar de su belleza, por favor.

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Ellas, simultánea e instintivamente intentaron caminar hacia el auto. Pero fue inútil, las detuvieron. -Tenemos fiesta muchachas. Pasen de una vez. Los tipos no parecían estar jugando y con fuerza las arrastraban hacia la casa; las muchachas optaron por ser condescendientes esperando encontrar ros- tros conocidos en el interior. Unas treinta velas grandes repartidas por toda la estancia, amplia, daban el toque escenográfico; al centro habían puesto cojines; Toño y cuatro de sus amigos se hallaban amordazados, amarrados y confi- nados contra una pared. Un tercer desconocido, fornido, con camisa de cuadros, jeans, ostentosa hebilla de oro y botas pi- cudas, salió del baño. -Por favor, siéntense, pónganse cómodas -in- dicó. Carlo y Robin, como si para ellos fueran las indi- caciones, intentaron dirigir a las recién llegadas hacia el centro de la escenografía. -¡Déjennos en paz, esto es demasiado! ¡Yanos vamos! -protestó Geogina e hizo un vano intento por salir. En seguida fue detenida con una bofetada. -Quédense donde están, putas asquerosas -fue tajante el de la hebilla de oro. Los italianos, sorprendidos y nerviosos, se sen- tían culpables por haber aceptado cooperar. Georgina, tirada en el suelo, lloraba temblando de miedo. Luz permanecía inmóvil mientras el for-

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tachón se le acercaba para quitarle la chamarra y le decía:

-Nada más nos estamos divirtiendo. Pensába- mos traer a unas amigas, pero ya que ustedes llega-

ron, son bienvenidas. No arruinen

la fiesta, por favor.

Ante los ojos de Luz se presentaba una escena borrosa, lejana, ajena, tenebrosa. -Ahora, insisto, pónganse cómodas -indicó el jefe-. Quítense los zapatos, los pantalones y, con sus blusitas, siéntense entre los cojines. Incrédulas y temerosas, obedecieron. Al sentar- se, descubrieron la cámara de video enfrente. Geor- gina no dejaban de derrramar lágrimas en silencio. -Bueno italianinis, si realmente quieren ganarse sus dólares, pónganse a trabajar -ordenó el jefe. A los italianos ya se les había acabado el dinero de la beca y también la materia gris. Por eso hicie- ron tratos con los Chamacos, quienes le estaban entrando al negocio de los videos snuff eso no lo sabían ni Robín ni Carlo, creían que se trataba sim- plemente de videos porno con chavas que estarían de acuerdo; la idea les había parecido incluso di- vertida. Pero cuando ya estaban ahí, todo empezó a ser desconcertante, desde la tremenda bronca que se armó entre los dos grupos esa noche -los Cha- macos y los de la casa-, tras la que sus amigos quedaron como parte de la escenografía. Lo de la bofetada a Georgina les confirmaba un panorama que no habían calculado.

-Calma -intervino Carlo, tratando de recobrar

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cierto aire de productor-, para que salgan bien estas cosas lo ideal es un ambiente agradable -Con sus largas manos trataba de explicar el tipo de at- mósfera necesaria para el caso. -Tus comentarios déjalos para otra ocasión, pin- che italiano- gruñó elAsenin que ya estaba listísimo sin camisa, sin zapatos y con una máscara de lobo. -¡Súbanle a la música! Y tú -el jefe, frotando su hebilla, amenazó a Carío- limítate a filmar que para eso te pagamos. -Se dice grabar, no estamos haciendo cine -se hizo el gracioso Robín y en ese momento reci- bió un macanazo en las piernas. Como medida de seguridad, los italianos fue- ron encañonados. Marilyn Manson sonaba a todo volumen. EIAse- nin se fue acercando teatralmente a Luz con unas grandes tijeras en la mano; al llegar hasta ella, reco- gió su larga cabellera jalándole hacia atrás la cabe- za y puso la herramienta frente a la cara de la im- presionada mujer. -¡No! ¡No!-gritó Geogina queriendo proteger a su amiga, pero enseguida apareció el Ranjlas, desnudo y con máscara de águila, azotándola con un látigo. ElAserrin cortó de tajo el cabello de Luz y des- pués le hizo dos marcas en la cara. Consiguió un gran grito de terror, el primero de los muchos que ella lanzó acompañando el descomunal llanto de

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Georgina, mientras las dos eran torturadas, viola- das, mutiladas y asesinadas.

***

Don Anselmo López Tostado ha cometido varios errores durante su vida, pero ninguno tan grande como construir esa casa. Conocerla, aunque sea por fuera, ya forma parte del recorrido oficial del narcoturismo. Un frente de por lo menos trescien- tos metros con reja de herrería exhibe un gran jar- dín, antesala de la fachada que envidiaría el mis- mísimo Constantino. Dos grupos de tres columnas dan acceso· a una enorme puerta que nos envía a otro estilo: la bóveda de Rico Mac Pato. El jardín está decorado con esculturas y fuentes que recuer- dan tanto a la Venus de Milo como a la Diana Caza- dora. Pero lo realmente sorprendente es que la fa- chada de la casa es sólo eso, una fachada. Si uno logra colarse un poco más por el jardín dirigiéndo- se hacia la parte trasera, podrá descubrir una casa en el más puro estilo norteño, es decir, un cajón. Para Óscar, lo peor de la casa es que se encuen- tra en una calle muy transitada del Campestre y es inevitable que lo vean entrar. No es que quiera ocul- tar una relación a todas luces conocida, sino que la asociación con algo tan burdo -porque la casa lo es- le parece que no va con su personalidad. Éste no es el sitio habitual de reunión entre ellos, para eso construyeron un magnífico edificio de ofi-

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cinas donde, además de rentar algunas, se quedaron con las mejores. Pero hoy, el Señor se encuentra indispuesto. Parece que es mucha la presión, pues lo que va de 1997 ha presentado muchas sorpresas, aunque Óscar se pregunta qué puede significar eso para un hombre que ha sido un auténtico guerrero. Nacido cerca de Villahumada, hijo de campesi- nos sin tierra, Anselmo López Tostado trabajó des- de los 9 años en los sembradíos de un acaudalado agricultor que hacía convivir canabis con manza- nas. Aprendió a ser un marginal -ya lo era-, a no mencionar las cosas por su nombre, a ocultar lo que todos saben. Carácter, ironía, ignorancia, muchas veces ira. Y, sobretodo, el poder del dinero, la gran diferencia entre tenerlo y no poder. -La idea de esta casa fue de mi mujer -se queja con Óscar- y ¡convéncela de que cambie de parecer! Le dio por dizque estudiar, cultivarse y que los grecorromanos y no se qué pendejadas -el Se- ñor rió estruendosamente. Óscar siempre se ha sentido cómodo con este hombre. Cierta complicidad se establece en segui- da entre ellos y eso les hace posible manejarse con sobreentendidos y no caer en espacios que no son de la competencia de Óscar, cuya postura es muy clara: se hace cargo de administrar los negocios lim- pios. Está al tanto de los talleres mecánicos, del negocio de bienes raíces, de la constructora y de algún bar, hotel o tienda de artesanías, rescatado como el cascarón de un negocio fracasado y al que

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no se le augura mayor vida. Y también, con suerte, se consigue un buen trato con alguien que esté ahorcado aunque su negocio vaya bien. Tal es el caso del restaurante-bar Carreta's,que discretamente pasó a manos de don Anselmo y siguió tan exitoso como siempre. En todos esos casos, Óscar es. el en- cargado de sacar el mayor provecho, vender cuando se considera necesario, dejar morir cuando se cree

prudente, o ir con toda la caballería tras la mejor ga- nancia. Siempre adaptándose a las necesidades eco- nómico-jurídico-gangsteriles de su jefe. Y está el otro asunto: la discreción, presencia, nulas aspiraciones políticas y fidelidad de Óscar, todo esto aunado a su convicción de que él es aje- no al narcotráfico, lo hacen la persona adecuada para hacer entregas de importantes cantidades de dinero a personajes relevantes de la política tanto mexicana como gringa. -Pero ahora necesito pedirte un favor más allá de tus funciones -el Señor le dio un carácter serio a la reunión, se tomó su tiempo y encendió un puro-. Con la desaparición de Amado Carrillo, hay confu-

y competencia; es necesario mostrar presencia

y tomar algunas plazas, aunque significativamente, por lo pronto. Yo sé que no son temas que haya compartido contigo pero te necesito. Necesito tu se- renidad, tu capacidad operativa y tu frialdad para resolver las cosas. El rostro de Anselmo López Tostado era muy fuerte. Un indio, tal vez un antiguo indio Tehua, un

sión

lo6

jefe indio de rasgos sólidos. Adusto, serio, de grue- sos labios y mirada severa. -Te quiero pedir que vayas a Tijuana y te pon- gas de acuerdo personalmente con Chávez Nájera. Nos vamos a asociar para un negocio concreto y si resulta le seguimos, si no, ahí muere. A través del humo de su puro, Don Anselmo escrutaba el rostro de Óscar que parecía inmutable. -Por Salina Cruz va a entrar heroína que van a llevar hasta Tijuana los muchachos de Chávez Nájera. De ahí, nosotros nos encargamos de distribuirla con los clientes que ya tenemos amarrados. Nada de experimientos. La novedad es el trato directo entre ese cabrón y nosotros, sin intermediarios y sin pe- dir permiso. Vamos a aprovechar la confusión para :ornar posiciones y te necesito. Es por el bien de .odos, para no quedarse esperando lo que nos <le- en los demás. Don Anselmo sabía que Óscar era de las perso- tas que prefieren no ensuciarse las manos, pero .onfiaba plenamente en su ambición. -Y ¿cuándo me tengo que ir? -En el avión que sale a las siete. Óscar volteó a ver su reloj. Eran las cuatro y media.

***

!f tou wanna get bigb, you know wbere to buy cocaine.

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Ahí donde el deseo rebasa el cuerpo, incorpo-

rándo!o,y dt?/acaer sus destellossobre elpensamien- to concediendo elocuencia, lucidez, lluvia de ideas

y convicción,· en esos espacios que permiten la pre-

sencia de lo que quisiéramos sery certezas emerger:

de lo que somos, de lo que hemos rescatado, de las con.fusasimágenes que nos invaden,-ahí; es muy po- sible que estemosen contactocon la coca. Una vorá- gine de anhelos parecen tomar .forma en nuestro discurso, que construye correspondencias entre lo que alude. Entre amigos, nos hemos amado por años, bur- lando e/juicio que otros,losdemás, losajenos, hacen de nuestras caídas. Nos hemos reído, nos hemos dado consuelo, hemos perseguido nuestra belleza. Fuimos a ver una e.xposiciónde obragr4fica en el consulado mexicano en El Paso. Había trabajos muy especiales.José CastroLeñeroy su arrojoplásti- co capaz de restringir el miedo y crear luz sobre el silencio sin corromperlo, nipor un instante, en su peso, en nuestro interminable lamento. Demián Flo- resqueriendo capturar el origen, buscando el movi- miento anterior. Estos años han sido un vertiginosofluir entre lo posible y lo entrañable,·a veces ni siquiera me distin- go y los lapsos que me rebasan dt!J"aronde ser nove- dad Yapesan los abismos, espacios donde el dolor empuja, sensación de vacío. Peroaquí vamos recomendo opciones.Me acom- pañan Joe! y Arturo que manEja su Zsuru a gran

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ve!octdad,-defmtamos de!.freewayescuchando Sade Adu.

Never, as good as tbeflrst time

-Qué bien ir sumando años-propongo. -Aquí estamos, aunque no quieran -dispone Arturo. -Hay cosas que van quedando en el camino, cuates -agrego.- Ya no he visto al ganzo, ¿-dónde anda.?

-Pero, /qué.?¿-Yano se reunen? -No hay feria. Si nos vemos, pero cada quien anda en su rollo,·buscándole. -Pues me extraña porque, "sila lana espoca, al tequila le toca. Si se incrementase, seríapara un pase". /Ya no han hecho radio.?-interoiene/oel -No, eso no dEjay ahora hay que andar tras lo real -/Como qué.?-pregunto esperando su defini- ción de lo real -Yo ando en un negocio de carros. Creo que el Ganzo agarró;ale en una maquila. Pienso que temporalmente perdimos. Fuimos a un bar en El Paso.Jugamos un bt1!ar. Somos amigos, es ese el valor. Esa noche nos reunimos algunos sobrevivientes del imposible, de la vorágine,·felices de oír rock del

1()<)

bueno, del mefor. Cálido nuestro .feroor. Sublime nuestra necedad de almgar la noche como si no hu-

biera mañana. Vocesde amor y palabras

que maña-

na ya

no

existirán, cuando estemos de

regreso va-

gando en nuestra inamovible realidad, ansiosos del próximo espaciopara ser deseo.

***

Hace más de cuatro meses que Cuca no va a traba- jar, vive del we(fare, casi no sale de su casa, se la pasa acostada esperando que en cualquier momen- to suene el teléfono y la voz de Luz aparezca dan- do vida y esperanza a su existencia. De pronto suena el timbre; Cuca se levanta veloz y abre la puerta, pero son Isabel y Aurora. -¡Qué pasó muchacha!, ya te olvidaste de las amigas -saluda Aurora entrando a la casa sin pre- guntar. -¡Mira nada más qué fachas! -se burla Isabel. Acostumbradas al glamour de Cuca, el verla con un camisón manchado, las raíces negras del cabello bastante avanzadas, y el resto oxigenado aún, casi las asustó. Pero lo disimularon muy bien cuando, al entrar, vieron la decadencia de aquel departamento:

la cocina hecha un asco, el polvo acumulado por todos lados, cosas amontonadas en cualquier rincón. Cuca se quedó parada sintiendo, un poco de vergüenza, pero no la suficiente como para justifi- carse.

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-¿Qué hacemos Cuca? ¿Cómo te ayudamos? -No puedes seguir paralizada sólo esperando. ¡Búscala!y cuando la encuentres dale unos buenos chingadazos por las que te está haciendo pasar, no es posible que por los caprichos de la niña abando- nes tu vida -¿Saben qué es lo que pasa? Siento un dolor tan grande que me oprime aquí, el pecho y el estó- mago, no puedo ni comer. Es tan fuerte lo que siento que me parece como una intuición, creo que le pasó algo. -En ese caso, peor -insistió Isabel-. Tienes que movilizarte, salir a buscar lo que haya que en- contrar y, cualquiera que sea el resultado, pasar a otra cosa. -No la he buscado por miedo, porque hace tiempo que dejé de sentir su presencia; antes sentía como llamados, pero ahora es una tremenda sole- dad. -Mira -intervino Aurora mientras lavaba los platos sucios-, ya tu mente se metió en un círculo vicioso en el que todo es posible; ya no hay algo que te ubique realmente. Yo creo que perdiste con- tacto con todas las señales, y las de tu corazón no son suficientes. Dios es grande y te va a ayudar, pero tú también tienes que poner de tu parte. -Pero, ¿tu hijo qué dice? -Cuca esperaba oír una respuesta diferente a la que había escuchado varias veces. -Ya te lo dije, hace como cinco meses que Luz

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no va a trabajar. Gonzalo no se acuerda bien, tiene sus propios problemas, por ejemplo el que le cau- só ella dejándole botado el trabajo; pero existe re- gistro de cuándo fue la última vez que checó. ¿Por qué no investigas todo eso? -Aurora siguió tallan- do la estufa. -Bueno -se levantó Isabel decidida-, vamos

a empezar por lo primero. Métete a bañar y hay que arreglarte. Cuca obedeció pensando que ellas tenían ra- zón. [Qué desidia la suya! Confirmado el sonido de la regadera, las dos hermanas se miraron con un gesto de horror. -¿Cómo la ves? -Está cabroso. Fue un problema vestir a Cuca porque nada de su ropa le quedaba ya, como que se hizo chiquita; después fueron a una estética donde le hicieron un corte con el que dejó de ser rubia; culminaron la sesión con un almuerzo que Cuca comió con leve apetito. Ciertamente se sentía animada y un poco arrepentida de no haber iniciado antes la búsque- da; todo el tiempo estuvo contemplando su propio dolor por el abandono de su hija. Las únicas dos veces que la vio, en casi tres años, acabaron en recriminaciones; pero no hace ni seis meses que Luz la llamó por teléfono, le contó que había cono- cido a un muchacho bueno que la quería y cuando Cuca le preguntó si seguía trabajando en la maquila

y dónde vivía, Luz respondió:

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-Luego te cuento, porque nos tenemos que ver pronto. ¡Estoy feliz, mamá! Y quedó de llamar en tres días, dijo que sólo resolvería unos pendientes y que luego iría a visitarla y a que fueran de compras porque necesitaba cositas para su casa. -Lo primero que 'quiero hacer es hablar con tu hijo y con gente que la conoce ahí en la maquila. Tiene una amiga Georgina -Ya te dije que Gonzalo no sabe nada -Auro- ra parecía molesta. -Sólo quiero preguntar cosas generales. Él fue su jefe durante mucho tiempo, se veían todos los días, es lógico que sepa aunque sea poquitas cosas de su vida. ¿Me acompañan o no? Era tan visceral la defensa que Aurora hacía de su hijo en todos los casos, sentía la obligación de encubrirlo y protegerlo hasta la complicidad. Y, en este caso, ella -que lo conoce perfectamente- percibió que Gonzalo se ponía nervioso y que algo le ocultaba cuando le preguntó por Luz. Lo que sí le creyó es que en este momento no sabía nada de la muchacha porque tampoco es un desgraciado y conoce a Cuca y se puede imaginar lo que sufre por no saber nada de su hija; así es que en algo hubiera ayudado si pudiera. Cuando llegaron a la RCA,Aurora no se quiso ni bajar porque ya sabía lo molesto que se pondría su hijo si le llevaba ahí a Cuca.

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Gonzalo las vio llegar desde su oficina y rápida- mente advirtió a su secretaria que lo negara. -Está en una reunión muy importante, no las puede atender. -Porfavor, dígale que nos urge, que lo vamos

a esperar.

-Le voy a pasar una tarjeta Mientras esperaban a la secretaria, Cuca recor- dó la única vez que vio a su hija sentada ahí mis- mo. Estaba preciosa. -Qué bien se sabe arreglar Luz, ¿no le parece,

Isa?

-Sí, es cierto; hasta fina se ve.

Apareció la secretaria saliendo con mucho cui- dado de abrir poquito la puerta y cerrarla rápida- mente. -Me dice el licenciado que lo disculpen, pero que no las va a poder atender porque la reunión va

a ser larga y después se tiene que ir volando a una comida. -¡Ah qué desgraciado! -se quejó Isabel-, no

te preocupes Cuca, al rato hasta a su casa lo vamos

a ver. -¿Tú no conoces a Luz? -Cuca fue al grano con la secretaria. -La vi muy pocas veces, la verdad. -Y, ¿en qué área trabaja su amiga Georgina? -Ella también dejó de venir. Como tres sema- nas después de que se fue Luz. -¡Ah caray!, y ¿con quién se llevaban ellas aquí?

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-Pues, hay varios. En veces salían a bailar con el Randi, el supervisor. Iban también otros, pero no los conozco, la verdad. -Bueno m'hija, gracias, que Dios la bendiga. Desde su oficina, Gonzalo ve a las dos mujeres acercarse al tal Randi, conversar con él y la furia invadiendo el rostro de Cuca, seguida de un arran- que del que intuitivamente Gonzalo quiso prote- gerse; caminó hacia la puerta de su oficina con toda la intención de ponerle el seguro para que nadie pudiera entrar, pero cuando llegó, Cuca ya había subido a toda velocidad anticipándose y abriendo la puerta para encontrarse frente a frente. -¡Desgraciado! ¿Dónde tienes a mi hija?

-¿Qué le pasa

Cuca? ¡Cálmese! -sondeó Gon-

zalo. -Ya me dijeron que es tu amante. ¿Dónde está? No era momento de buenas maneras. Gonzalo jaló a Cuca hacia adentro de su oficina y cerró la puerta con energía. -Escúcheme bien cantinera: que su hija haya resultado una aprontona no me compromete a nada. Por lo que a mí me dio, le pagué generosamente; así es que no me involucre personalmete con ella y hágase responsable de lo que usted le enseñó. En ese momento Isabel abrió la puerta y alcan- zó a escuchar la última frase de Gonzalo. -Su hija debe haber encontrado a alguien que le paga más por sus favores. Y, a usted, más vale que no la vuelva yo a ver por aquí.

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Mientras avanzaban en el coche sin rumbo, Cuca lloraba desconsolada, con rabia, con incertidum- bre. El miedo sobre el paradero de Luz ahora toma- ba formas que sugerían prostitución. Las tres muje- res iban en silencio hasta que a Isabel se le ocurrió una idea:

-¿Por qué no vamos a ver a mi hijo Artemio? El está en la policía y, si no le corresponde directamen- te, sí ha de conocer a alguien que se puedan hacer cargo del caso. -De plano, ¿levantar acta y todo? -se alarmó Aurora que, sin saber bien qué había pasado con su hijo, temía escándalos. -Lo que digo es: preguntarle a Artemio qué cree que se puede hacer. -Me parece bien -aceptó Cuca. Llegaron a casa de Artemio justo la hora de la comida. Las señoras fueron bienvenidas e invitadas a compartir el vino y la sal. Ellas agradecieron la cer- veza y se sentaron a la mesa. Rosaura sirvió un caldo de res con sus ejotes, garbanzos y elotes; con tortillas y salsa colorada.

-Pues para qué la voy a engañar

yo sí creo

que algo le pudo haber pasado. Ahora, puta, no creo; la muchacha sabe ganarse su dinero y no le

pa'qué va querer andar pasando hu-

millaciones; yo no creo -dijo Artemio. -Mire, Cuca -continuó-, Luz vino aquí en una ocasión. Había ido a bailar y se le hizo muy

saca al jale

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tarde, vino a pedir un nde. Yo le sugerí que se quedara aquí a dormir, pero nos pidió que por fa- vor la lleváramos. Así es que fuimos Rosaura y yo al quinto infierno. Mucho más allá de la Carbonífera, casi en despoblado, de no ser por unas casas de lámina. Hasta eso que la de ellos no estaba tan jodida, hasta grande la vi yo. -Primero quiso que la dejáramos a una distan- cia prudente -intervino Rosaura-, pero insistimos en verla entrar, por seguridad. El rostro de Cuca se iluminó:

-¿Ustedes saben dónde vive mi hija? -¿Qué, usted no? ¿Ni siquiera ahí la ha busca- do? -le reprochó Artemio. -Nunca me quiso decir. -Pues yo la llevo, no se preocupe -se ofreció Rosaura. Ya en ese momento estaban sirviendo unas mila- nesas con frijoles, que todos comieron mucho más tranquilos entre bromas simples y humor negro, especialidad de la casa. Ciudad Juárez es muy bonito en primavera y el camino hasta la Carbonífera no se hizo pesado. Más adelante, ya entre polvo y miseria, Cuca volvió a su depresión imaginando a su hija rodeada de todo aquéllo. Llamó la atención de las mujeres un par de jóvenes rubios vestidos con camisa blanca y panta- lón y corbata negros; al acercarse, distinguieron sus biblias bajo el brazo.

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-Andan por todos lados convenciendo gente -comentó Rosaura. Finalmente se estacionaron frente a una casa abandonada, con basura acumulada a su alrededor y todos los vidrios rotos. Un aire decadente y sórdi- do flotaba en el ambiente y las mujeres, temerosas, se asomaron por las desnudas ventanas. El interior estaba sucio y maloliente. Nada sobrevivía de los pocos muebles que alguna vez existieron, todo es- taba en ruinas. De las no muy lejanas casas se acercaron algu- nos curiosos al ver que alguien se atrevía a rondar ese macabro lugar. Cuca se animó a preguntar sa- cando una foto de Luz:

-¿Conocen a esta muchacha? -¿Cómo no? Es Lucecita, ¡tan chula! -respon- dió una viejita. -¿Saben dónde está? -No. -¿Vive aquí? -Vivía, hace meses que se fue. En realidad no vivía en la casa sino en el cuartito que está atrás, con el pobre de Toño -¿Por qué pobre? -preguntó Rosaura. -Porque ya andaba muy mal, como enfermo. Cuando se fueron todos, quién sabe si cargaron con él o lo botaron por ahí. -¿Quiénes son todos? ¿Luzse fue con ellos? -No, yo creo que ella se hartó. Se fue antes éllos eran como una banda de algo; muy drogadictos.

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Cuca decidió buscar el cuartito del que habla- ban y se dirigió al fondo del patio. Era un cuartu- cho que apestaba. Había un catre sucio. Cuca hus- meó entre la basura: jeringas, botellas de Viejo Vergel, periódicos arrugados y un zapato de mujer, seguramente olvidado por Luz aquella noche que recogió sus cosas. Nuevamente brotaron las lágri- mas de los desquiciados ojos de Cuca. Con el zapa- to en la mano, salió y se animó a preguntar:

-¿Conocen a una muchacha que es su amiga? Se llama Georgina.

-¡Uh!, esa desapareció sin avisarle a nadie. Vi- vía con su hermano, su cuñada y los tres niños de ellos en aquella casita -respondió un muchacho escuálido, señalando a lo lejos-. Ellos la buscaron mucho, pero ya se fueron, creo que regresaron a Zacatecas. Georgina era la que más dinero traía a la casa y ya sin ella no sobrevivían. Pasaron mucha hambre; les fue muy mal. Cuca estaba desolada, se apoyó sobre la troca y se dio un leve masaje en la cara haciendo presión en la frente para mitigar el dolor de cabeza. -Entonces -retomó-, Luz se fue antes que todos ellos. -Sí, hace como cinco meses -se animó a afir- mar un señor regordete y calvo que, sudando por el esfuerzo, se había incorporado al grupo.

-Y los demás

¿cuándo se fueron?

-No hace mucho pero se fueron, gracias a Dios -el hombre respiraba con dificultad.

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-¿Por qué?, ¿por qué gracias a Dios? -Porque ya los visitaba puro maleante y suce- dían cosas raras. Aquí no nos asustamos más que de nuestra miseria, pero esto era feo. Y ustedes, ¿quiénes son? -Luz es mi hija y no sé nada de ella. Un pesado silencio abrumó a todos. Sólo la vie- jita se animó a decir:

-Mejor la hubiera cuidado. El camino de regreso fue sombrío y largo, por- que todavía no salían de Anapra cuando una pere- grinación les tapó el paso. Mujeres de todas la eda- des con rebozos, velos y flores de panteón caminaban detrás de los hombres levantando una plegaria. Salmos con melodía de catacumba llena- ban de dolor el atardecer y provocaban voltear en todas direcciones buscando al Dios que encamina- ba a toda esta gente hacia un templo evangelista.

1

1

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3

,,,

1

A las doce de la noche salieron de Salina Cruz con la idea de hacer una primera escala en Ejutla, donde ya estaría empaquetado el material que habían trans- portado la semana pasada, y después otra en la ciu- dad de Oaxaca para cubrir ahí todas las necesidades operativas y seguir adelante, siempre por carretera, hasta Tijuana. Cada quien ubica la suerte desde su perspectiva y para Fernando Tejocote era una suerte el hecho de haber salido siempre rápidamente de las siete cárceles en las que había estado, cuatro gringas y tres en México. A sus 22 años podía presumir de haber pasado quince días en San Quintín para des- pués ser deportado. En los reclusorios de Tijuana, Los Mochis y Guadalajara, casi habían pedido per- dón a su jefe por la equivocación, sacándolo de inmediato, incluso cuando las cosas se pusieron difíciles en Tecate tras el asalto millonario a la casa del terrateniente: todo se complicó por culpa de las sirvientas. Ellas se quisieron pasar de listas para

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quedarse con gran parte de las joyas; fue necesario mantenerlas secuestradas y maltratarlas para que confesaran la ubicación del botín. El problema fue no haberlas matado porque las muy desgraciadas luego estaban dispuestas a ser testigos y también querían presentar cargos; pero todo salió bien. Aun- que Tejocote tiene la sensación de que ciertas barre- ras fueron rebasadas en ese caso. Losniveles de adre- nalina que alcanzaron él y todos los que estuvieron presentes, los escrúpulos perdidos para golpear con saña a dos mujeres, la posibilidad de escupirles, patearlas, insultarlas y violarlas muchas veces, daban a la banda la clara sensación de que algo habían 1 perdido, un cacho de alma; un puente con el mun- do se había caído. Desde entonces hacían las cosas sin concentración, con desenfado, o peor, como re- tando al mismísimo Dios y eso acrecentaba el mar- gen de error, se volvía como una búsqueda de cas- tigo y no hay estrella que dure cien años. La de Tejocote se había agotado, no se puede saber si temporal o permanentemente pero cuando esto ocurre uno lo sabe. Por eso aquella noche, mayo de 1997, quería salir de Salina Cruz más temprano, aunque esa tarde era la boda de su hermana y él fue requerido como padrino. De todas formas tenían que cumplir el programa de viaje. A la mera hora salieron tardísimo, borrachos con tanto brindis, y cometieron un error tras otro. Tan sólo habían recorrido los dieciocho kiló- metros que separan Salina Cruz de Tehuantepec

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cuando los detuvo una patrulla de la Federal de Caminos por exceso de velocidad. Ahí tuvieron que sacar parte del dinero que traían y Tejocote amena- zó a los otros con restringir la cena y el almuerzo. Gregorio y el Rafa siguieron dándole al mezcal y ya en plena sierra parecían gnomos, súcubos e íncubos diciendo sandeces, bailoteando en el coche. Fue cre- ciendo la tensión porque, aunque Tecojote se man- tenía bajo control, ya estaba crudo y cansado, por eso decidió detenerse un rato y dormir. Lo despertó el alboroto que causaba la muche- dumbre que corría tras Gregorio y el Rafa, quienes gritaban ¡vámonos!, ¡vámonos!, al subirse al coche. Arrancaron y un silencio se hizo en la Caribe gris hasta que Tejocote logró enterarse de que los per- seguían por entrar a robar comida. -Es que, ¿cómo íbamos a saber que era la casa del presidente municipal? Por esa estupidez seguramente los perseguirían

o darían el pitazo, entonces no podían seguir en

ese coche esperando ser atrapados y poner en pe- ligro todo el plan. Tejocote se metió en una veredita

y dejó escondido el auto: detendrían el próximo

vehículo que pasara y en él se movilizarían. Con dificultad movieron unos pesados troncos para ar- mar una barricada en la carretera. También prepa- raron sus armas. A lo lejos vieron las luces de su próximo medio de transporte. Pero cuando éste pasó la última cur- va, la sorpresa fue terrible: se trataba de un tráiler.

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Ellos sintieron que ya no podían dar marcha atrás y, cuando el vehículo se detuvo, lo tomaron por asalto y al chofer le dispararon en las piernas para después cargarlo y alejarlo de la carretera; disimu- laron los troncos y siguieron su camino. Una hora más tarde los perseguían cuatro patrullas y al ama- necer los tenían, por separado, en escalofriantes interrogatorios.

***

Pasaba de la media noche cuando Abelardo llegó

rechinando llantas y tocó la puerta con energía. Óscar ya lo esperaba, con su impecable bata de seda y un johnny Walker negro en las rocas. -¡Calma, calma! -propuso al tiempo que abría la puerta.

-el rostro

de Abelardo reflejaba tensión: Venía fumando un cigarro con el que encendió el siguiente. -¿Qué pasa? -preguntó Óscar una vez que tomaron asiento en la cómoda estada-recibidor de su casa. Con el alboroto, Ángela se había levantado y, abrochándose la bata, se acercaba a la entrada, pero la conversación la detuvo en seco. -Anoche detuvieron en Oaxaca a un tal Tejo- cote, el hombre de confianza de Chávez Nájera. De hecho traía nuestra mercancía de la que, como re- cordarás, ya aflojamos una lana para garantizar ex-

-Es que ahora sí hay problemas

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clusividad Hasta ahí seguiría siendo problema de ese cabrón, de no ser porque hoy lo mataron. -¿A quién?

-A Chávez Nájera, güey, en Tijuana. Óscar casi nunca fumaba en su casa, pero esta vez no pudo reprimir el impulso de encender un Camel sin filtro. -Bueno, ¿y? ¿Quieres un trago? -Por favor -pidió Abelardo. Hicieron una pau- sa, se acabaron sus tragos y rellenaron los vasos de inmediato-. Es obvio que a alguien no le pareció el movimiento que íbamos a hacer y ahora hay muchas cosas que están en manos del tal Tejocote -continuó-. Es necesario saber qué va a decir, a quién y hasta ofrecerle asesoría legal y una feria. -Pues, tú mero. Aunque el Señor tiene mucha gente que siempre se ha encargado de esas cosas -Pues precisamente él dice que todos estamos muy vistos, que te necesita. -¡Carajo! -Oscar se tapó la cara con las manos. -Me pidió que le habláramos en cuanto te pu- siera al corriente. ¿Marco el teléfono o qué? -No puede ser, cYº por qué? -Entre otras cosas porque has sido de los más favorecidos en los últimos tiempos, te has ganado

su confianza

¿Marco de una vez? -insistió Abe-

lardo y Óscar detectó cierto rencor en su mirada.

El abogado marcó el número y le pasó no a Óscar.

el teléfo-

-Buenas noches Señor

¿En qué puedo ser-

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virle? ¿AOaxaca? ¿Temprano? Pero tengo mu-

chos pendientes aquí ¿Por qué yo? Sí, claro, en-

tiendo Entonces

México A ver, déjeme anotar -cuando áscar sacó papel y pluma de un cajoncito, el pulso le tembla- ba. Abelardo se despidió bastante complacido y deseando suerte a áscar. Por primera vez en su vida, áscar Corral no estaba convencido de que su suerte le sería sufi- ciente. Un mal presagio lo abrumó y sólo atinó a servirse otro trago y poner en limpio sus notas so- bre la persona con la que debería encontrarse al día siguiente en un Sanborn's de la Zona Rosa, en México. También se dirigió a la cava, donde tenía un portafolios listo para emergencias, cayendo en la cuenta, con ironía, de que precisamente de éste, que era de los más voluminosos y comprometedo- res, no le había tocado nada aún. Después apagó las luces y a oscuras recorrió el largo pasillo que lo conducía hasta su recámara donde, acostada en aquella amplia cama con pul-

crísimas sábanas y un delicioso edredón, Ángela lloraba en silencio. áscar secó sus lágrimas con ca- ricias y besos mientras ella repetía:

¿También? Paso primero por

-Me engañaste

me engañaste

***

Durante años, la gente de López Tostado tuvo libre ciculación asegurada en varios aeropuertos del país.

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Ni qué decir del de Ciudad Juárez, donde jamás fueron requeridos para una revisión aduanal. Sin em- bargo, esa mañana, al disponerse a volar hacia México, áscar tuvo desconfianza, inclusive no le pareció ver caras conocidas entre los agentes y co- metió el primer error que pudo haber sido fatal:

pasó como cualquier persona apretando el semáfo- ro aduanal, pero apareció el color verde y no pasó nada con los 300 mil dólares que transportaba. Sin más percances durante el vuelo, a las 13:30 estaba puntual en el Sanborn's de Génova y Ham-

burgo. El hombre

quiera. Se trataba del Director de Aprehensiones de la Policía Judicial Federal, de apellido Romero. "Todos esos personajes se deben haber queda- do un poco desconcertados con lo de Amado Carrillo

y ahora están vendiendo sus servicios al mejor pos-

tor", pensaba áscar, nervioso, mientras esperaba a su hombre en una de las mesitas del bar. Muy pronto llegó un tipo fornido, de unos 55 años, vestido de civil con un traje caro, apreció áscar, pero mal combinado. El hombre, sin vacilar, se dirigió a su mesa y con prepotencia demandó los servicios de una mesera. Pidió una cuba de Solera

y trató de hacer amena la·charla. -Así es que usted es áscar Corral. Me da mu- cho gusto; ya su jefe me adelantó cuánto lo aprecia. ¿Viene a arreglar el mundo?

-No quiero parecer desinformado ni mucho menos descortés, pero mi jefe me indicó que ya

con quien se reuniría no era cual-

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habló todos los detalles con usted. Yo soy un vil! intermediario en este caso.

-En esto todos sabemos nuestro papel.

1

Nadie i

puede solo, amigo. Mire a cuántos necesita un hom-1 bre como yo. áscar miró a su alrededor; en efecto, algunas mesas se habían ocupando con personajes de temer. No quiso averiguar más y, al hacer un movimiento para entregar el portafolios, Romero se puso serio:

él tenía mucha experiencia desde que en 1974 in- gresó a la Policía Judicial Federal como agente; muy pronto fue ascendido a jefe de grupo de la corpora- ción, para en 1978 ser transferido a la Dirección de Investigaciones para la Prevención de la Delincuen- cia, perteneciente a aquella tan famosa policía del Distrito Federal dirigida por Arturo Durazo More- no. El desprestigio que esta corporación sufriría, lo llevó a aceptar en los años ochenta un cargo de mediana responsabilidad en Ciudad Juárez, donde permaneció varios años. Fue de un puesto a otro, entre ellos el de jefe de custodios del CERESO, lo que le dio la oportunidad de conocer a los grandes per- sonajes ahí recluidos y de hacerse notar por el en- tonces presidente municipal Antonio Barco; más tarde sería recomendado'directamente por el ya go- bernador Barco con su compañero de partido, el procurador Lozada García, quien lo nombró coman- dante de aprehensiones de la PJF. A pesar de los es- cándalos, destituciones y cambios ocurridos en la

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Procuraduría durante esa gestión, en 1997 Romero

permanecía en su puesto. No le pareció bien el nerviosismo de áscar, él le gustaba tratar con personajes de su nivel. -En primer lugar, todavía no me termino mi trago y no me va usted a desairar, ¿verdad?Y en se- gunda, eso que trae ahí nomás déjelo donde lo pueda yo agarrar, no me lo tiene que dar. No me mandó su jefe a un principiante, ¿verdad? Sería casi ofensivo -No, claro que no señor -áscar trató de re- componerse pero fue en vano, se sentía mareado y apenas podía seguir la conversación. Romero contó una serie de aventuras superfluas, acabó con su trago, se despidió y tomó el portafolios con los 300 mil dólares. áscar corrió al baño a vomi- tar todo su desconcierto, no sin descubrir después a dos de esos hombres raros lavándose las manos. Esa misma tarde tomó el avión que lo llevó a Oaxaca de Juárez, firme en su intención de ver al tal Tejocote en la cárcel cuanto antes, muy tempra-

no, en el horario de visita de las ocho de la maña- na. Iría de incógnito, se presentaría con la credencial de elector falsa preparada para tránsitos complica- dos y, ¿por qué no?, tal vez convendría un camuflage,

una peluca o algo

conoce; mejor acabo rápido con esto y me largo." La verdad es que áscar no lograba elaborar una estrategia ante su total desconocimiento del terreno

"¡Qué ideas!, aquí nadie me

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y la turbia estructura de los objetivos de tan incó- moda misión. Desde el aeropuerto pidió a un taxi ser conduci- do al hotel Camino Real. Pidió una suite. Al llegar a su habitación se tiró sobre la cama y así se quedó dor- mido durante tres horas, sin darse cuenta; eran casi las diez cuando despertó bastante repuesto, incluso con ánimos de darse un baño y salir a cenar. Pidió indicaciones y caminó hacia el Zócalo. Siempre había apreciado el arte colonial y los aciertos arquitectó- nicos de la vieja Antequera le parecieron sublimes. Muy pronto localizó el Asador Vasco, recomendación de la recepcionista. Desde el balcón del restauran- te, apreciando el Zócalo y la Catedral, los magnífi- cos laureles y la algarabía, casi le pareció bajo control su incómoda situación, sobretodo cuando llegaron sus langostinos al limón y ya degustaba un Chablis. Al salir casi se reía de la absurda situación por la que había pasado y, guiado por una misteriosa luna, decidió ir a caminar. Tal vez no tomó la mejor direc- ción para un turista, al menos a esa hora, porque ya era media noche y las calles aledañas al mercado estaban casi desiertas, de no ser por los borrachos, los indigentes y los locos. El encuentro con Rambo lo sorprendió, ese hombre ya tiene sus cuarenta y tan- tos, es paralítico cerebral y va con algún objeto que hace las veces de metralleta. Con la camisa sucia y rota, y emitiendo desgarradores sonidos, Rambo va amenazando a todo el que se encuentra, algunos le dan un par de monedas con tal de que los deje en

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paz. Pero Óscar no entendió de qué se trataba y

mientras el indigente lo jalaba, él, aterrado, hacía esfuerzos por huír; cuando lo logró, corrió sin sen- tido hasta que un taxi "lo salvó". Una vez en el hotel, no subió de inmediato a su cuarto, se acercó a la al- berca y se tiró en un camastro para relajarse. Así es como tuvo en su panorama la luna, las estrellas y el vaivén de las hojas de los árboles movidas por el viento; pero muy pronto se dio cuenta de que no era una vista apacible, que más bien parecían ener- gías que escapaban de su entendimiento, indicán- dole que estaba en peligro.

Al día siguiente despertó casi con el amanecer.

Se vistió informal, bajó al comedor y sólo tomó un jugo.

la cárcel de

A las ocho en punto estaba en

Ixcotel, la penitenciaría del estado. Era sorprendente la cantidad de mujeres que aguardaban haciendo fila junto con él. Algunas de clase media, incluso un par de riquillas, pero la gran mayoría pobrísimas. O muy flacas o regordetas, todas traían su canasta o su bultito con el desayuno para su preso.

Por fin se abrió la puerta principal y aquel pro- cedimiento de revisión al que tantas veces se some- tió en el CERESO de Ciudad Juárez resultó aquí un tanto más humillante, porque nadie reconocía su estilo y sus buenas maneras. Lo hicieron desvestir- se en un cuartucho y le recogieron hasta sus plu- mas. Por fin pasó al gran corredor que separaba

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sólo con una reja continua el patio principal -con un frente de unos doscientos metros- de los visi- tantes. Desde un improvisado escritorio en una es- quina, un hombre al micrófono mencionaba a aque- llos presos que tenían visita y ellos se iban acercando a la reja. Fernando Tejocote se acercó a la reja aunque no reconocía a nadie; Óscar tuvo que informarse y entonces se encontraron. Tejocote presentaba aún los estragos de los interrogatorios. -¿Cuántos días llevas aquí? -¿Quién es usted y de qué se trata? -Es cierto, disculpa. Hasta ese momento, Óscar no había pensado en un problema elemental: cómo darse credibili- dad ante Tejocote. -No soy policía ni mucho menos; la única po- sibilidad de que podamos hablar es que le ponga- mos buena fe. Como único argumento te diré que yo ni conocía Oaxaca y vine hasta acá sólo para platicar contigo. -¿De dónde viene? Óscar se dio cuenta de que su única alternativa era abrir un poco el juego. -De Ciudad Juárez. El hombre para el que tra- bajo tenía tratos con tu jefe. -¿Ya no los tiene? -¿No lo sabes? -preguntó Óscar, descon- certado. -¿Qué?

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-A tu jefe lo mataron.

A Tejocote se le cayó el mundo. Eso significaba que se había quedado sin protección y que estaba

en serios problemas; y es que su cuate Gregorio no

resistió la dosis de los interrogatorios y contó hasta

lo que no le estaban preguntando. En principio sólo

los habían apañado por robo en propiedad privada

y por asalto a mano armada al tráiler, pero ahora ya

les estaban abriendo varios procesos. Óscar se dio

cuenta del abismo que se abría en ese momento para Tejocote. -Insisto, mi jefe iba a hacer un trato con el tuyo, ¿estás enterado? -¿Qué te pasa? -Tejocote no ocultó su disgus- to-. ¿Cómo crees que yo puedo ponerme a hablar

contigo, que ni te conozco, de asuntos que me com- prometen? -Sí, veo que es difícil Tejocote se dio media vuelta, dispuesto a aban- donar aquel absurdo. -Por favor, nos podemos ayudar mutuamente.

Me imagino gue ahora estás solo, necesitas asesoría

legal, dinero Se podía leer una súplica en el tono de voz de Óscar y Tejocote decidió darle una oportundad. -¿A cambio de qué me vas a ayudar?

-A cambio de entender la red de involucrados

en

nuestro trato para poder negociar seguridad para

mi

grupo. Si no, por lo menos, a cambio de tu si-

lencio.

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Paradójico, Tejocote sintió pena por ese hom- bre tan pulcro, tan bien vestido aún en su intento por pasar desapercibido y sólo entonces lo miró en detalle. Lucía una discreta melenita de cabello cas- taño oscuro muy brillante, manos pulcras, anillo de matrimonio, zapatos sin desgaste, el cuello de su ca- misa, informal, parecía almidonado, y sus ojos ex- presaban un terrible miedo. Óscar, en cambio, sintió desprecio por su inter- locutor, que portaba una camisa desgarrada y unos tenis baratos, tenía la cara desfigurada y estaba, con todo su arrojo, tras las rejas. -Prímero que nada quiero algo en efectivo para poder comprarme un espacio donde dormir, llevo dos noches durmiendo en la cancha. -¿Cómo? -Sí, aquí al llegar no tienes nada, ni una cobi- ja, todo lo tienes que ir comprando. Óscar sacó diez mil pesos de su cartera y se los dio. Tejocote empezó a interrogar a su inesperado benefactor. -¿Quién es tu jefe? -López Tostado. -¿Cómo se llama el mío? -Se llamaba Chávez Nájera. Y empezó a dar información. -El material para ustedes proviene de Eugenio Blas Shultz y él lo tiene, yo lo iba a recoger en Ejutla. Creo que mi compañero Gregario ya nos sepultó hablando hasta por los codos, pero de ustedes no

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sabe mucho. Por mi parte, cuenta con mi silencio, pero no estaría mal que establezcas contacto con Blas Shultz; yo te puedo ayudar. Tu jefe debe co- nocerlo -Tejocote vio la cara de desconcierto de Óscar- porque lo que eres tú, pareces nuevecito. Afuera de la penitenciaría no había taxis. Óscar tuvo que caminar hasta la carretera bajo el incle- mente sol de mayo, pero iba confiado: pensaba lla- mar a su jefe, dar un reporte, preparar su maleta y estar cenando esa noche en algún buen restaurante de México. Tal vez llamar a Ángela, pedirle que lo alcanzara y pasar unos días juntos para tratar de explicarle; aunque explicarle qué, si siempre le dijo que era un invento que López Tostado fuera narco y, aunque tal vez ese era un engaño que los dos optaron por sostener -incluso frente a su único hijo-, Ángela sí confiaba plenamente en que Óscar sabía lo que hacía. Ahora cobraba peso el argumento de ella en el sentido del peligro que corrían. De cualquier forma, era necesario estar con su esposa y llegar a un acuerdo, tranquilizarla y recordarle un poco la diferencia entre su vida y la de sus herma- nas, que no tenían ni dinero ni marido. Sudando exageradamente logró tomar un taxi y llegar a su hotel. La seguridad de su próxima parti- da le permitió curiosear sobre el origen de tan so- berbio inmueble. -Fue sede de la Santa Inquisición, señor- con- testó el gerente. Después de darse un baño, salió y buscó un

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teléfono público para no llamar a su jefe desde el hotel. -¿Señor? pues están raras las cosas, pero lo-

gré negociar con el tipo ese

ble

material es recuperable. ¿Conoce a un tal Blas Shultz? ¿Yaél habló con usted? Muy bien, pues

mande a alguien con experiencia porque el asunto

está difícil, ¿no ha pensado en negociar usted

nalmente? ¿Yo?No Señor, ahora sí yo creo que le voy a fallar . Con incredulidad, Óscar escuchó la respuesta de su jefe:

-Tú llevaste la negociación con Chávez Nájera, conoces el trato mejor que nadie y yo aún no me siento bien de salud. Además, confío en ti. Te espe- ran en Ejutla, no tengo más datos. Cuando Óscar colgó el teléfono sentía una losa sobre sus espaldas. ¿En qué momento llegó hasta ahí la confusión sobre sus funciones?, ¿podría sacar algún provecho de esto? ¿se estaba convirtiendo en un "narco"?, ¿siempre lo fue en tanto que adminis- traba dinero de origen "ilegal"? [No! Tuvo que regresar a Ixcotel a la hora de visita de la tarde. Nuevamente las devotas mujeres aba- rrotaban la fila y portaban sendos bultos de comi- da. Repitió todo el procedimiento y se encontró con un Tejocote mucho más amable:

-Mañana temprano va a venir a visitarme un amigo que sabe perfectamente cómo llegar a Ejutla

Sí, sí se portó accesi-

y recibió dinero. Lo que dice es que nuestro

perso-

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y cómo ponerse en contacto con esa gente. No le

vamos a decir nada, simplemente que estás intere- sado en conectar unas onzas de coca. Va a estar encantado de acompañarte con la ilusión de que le

toque un poco, así es que sí vas a tener que com- prar y darle algo. El material de Ejutla es muy bue- no, le dicen "reina", codiciadísima, de primera. Al día siguiente estaba nuevamente en camino

a la penitenciaría. Esta vez se percató de que en los alrededores había toda una colonia de casitas cons- truidas con los más elementales materiales e imagi- nó que serían habitadas por las mujeres que, tenaz

y cotidianamente, llevan alimentos a sus hombres

en prisión. Le pareció aterradora esta doble cárcel. Cuando llegó ya había entrado la mayor parte de las visitas y Tejocote ya platicaba con un hom- bre no muy joven, de cabello rubio un poco largo, facciones duras y complexión fuerte, respondía al nombre de Max y a Osear le pareció un buen tipo. Decidieron salir de inmediato en el vocho verde de Max, que se veía bastante eficiente (el auto, por- que él es todo un personaje). Aunque eran las nueve de la mañana, Max pidió pasar a comprar unas cer- vezas para el camino; también se compró unos sand- wiches "mata hambre". De conversación agradable, contó que su mamá era del norte y que él había esta- do en Chihuahua, claro,cuando era niño; que ha vivido toda su vida en Oaxaca. Y también dijo que ahorita ya estaba saliendo de un tremendo pasón de varios años.

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-Un viaje muy loco funda y sonoramente.

El camino fue más largo de lo que Óscar espera- ba: poco más de dos horas; eso sí, con un paisaje de amplios valles frondosos resguardados por cadenas montañosas. Finalmente llegaron a Ejutla y, casi a la entrada, Max se detuvo en un taller mecánico. -¿Y aquí qué? -preguntó Óscar desconcertado. -¡Ah! -señaló Max-, aquí está el contacto. Nosotros le hacemos el pedido y él se lanza, tarda como un hora, pero trae a ella, ¡a la reina! Esta novedad fue desconcertante para Óscar, pero se contuvo en espera de analizar la situación. -¿Cuántas onzas vas a querer?

-comentó y respiró pro-

·Q ue. '? ·Ah , si

-l

1

't

tres.

Max se frotó las manos, casi saboreando el pe-

dido al tiempo que llamaba a un tal Álvaro. -¿Cómo estás? -chocaron las manos-. Mira, aquí mi amigo viene por mercancía de la buena, de la reinita. -Pues nada más porque viene contigo

-No desconfíes

no hay pedo.

-¿Y por qué no te acompañamos? -preguntó Óscar, con fingida ingenuidad. -¿Cómo que por qué no? -Álvaro lo vio con aire de "no seas imbécil" -No seas impaciente, no tarda mucho -apun- tó Max, pensando en su propia impaciencia. -Bueno, entonces te voy a pedir un favor muy importante -Óscar miró a Álvaro a los ojos para

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que no cupiera ninguna duda-. Diles que vengo de Ciudad Juárez -sostuvo la mirada un momento

y después se dio media vuelta y salió del taller para

fumar. Max continuó con la negociación y ensegui- da lo alcanzó y, tras pedirle un cigarro, le preguntó:

-Y ¿para qué quieres que les diga eso? -Para que cuiden la calidad. A Max le pareció maravilloso estar con un ex- perto. Después de veinte minutos de comentar el tiem-

po y otros temas de importancia, decidieron entrar

a descansar pues ambos se habían levantado muy

temprano. Reposaron sobre unos sillones sucios que a Óscar le dieron poco más que asco; pronto se quedaron dormidos. Unos tres cuartos de hora más tarde regresó Álvaro bastante exaltado y despertó a Óscar. -Quieren verte, vamos -ordenó el chamaco. Dejaron ahí a Max roncando y empezaron una larga caminata. En los dos días transcurridos en Oaxaca, Óscar ya se había dado cuenta de lo im- propio que aquí resultaba vestir, ya no digamos ostentosamente, ni siquiera valía la pena esmerarse en la pulcritud porque muy pronto el ambiente se iba mezclando con el cuerpo entre el sudor, la tie- rra, la luz, la necesidad de beber. De cualquier for- ma no acertó en su vestimenta para el día de hoy pues creyó necesario presentarse con cierta clase frente a un hombre poderoso y ahora todo era ab- surdo nuevamente: su traje de lino color gris tormen-

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ta estaba lleno de polvo y los zapatos casi nuevos, como todo lo que usaba, le sofocaban los pies; por un instante envidió los huaraches de Álvaro, sólo por un instante. Entre magueyes y nísperos, por fin se podía ver a lo lejos una solitaria residencia. Muy acalorados, llegaron. Dos peones les abrieron una puerta incorpora- da a un sólido portón de aspecto más bien rústico. Se escuchaba música y algarabía. Atravesaron un tramo del jardín, que los árboles de jacarandas pinta- ban de lila, y llegaron a un largo y amplio pasillo con arcos; al fondo un trío tocaba "Luz de luna" de Álvaro Carrillo y cuatro hombres como de cincuen- ta años departían animados. Un peón se adelantó e informó a don Eugenio, quien enseguida se levan- tó y dio la bienvenida a su invitado, recibiéndolo, literalmente, con los brazos abiertos. -Pase, amigo, lo esperábamos. Estos son mis camaradas, póngase cómodo. Óscar esperaba encontrarse a un hombre con aspecto de cacique, gordo y con botas, dando con un látigo a sus peones. En su lugar encontró a un tipo más bien pequeño que lucía una camisa blanca de seda abotonada hasta arriba, lentes, un pantalón café de manta y unos huaraches, muy finos, notó Óscar. Los otros hombres también eran pequeños, tenían un aire sencillo y no parecieron interesarse por el recién llegado, más bien siguieron en su con- versación, lo que le dio a Óscar un espacio para

140

sentarse. La comodidad de los sillones de piel lo reconfortó y también la jarra de agua de jamaica que trajo una muchacha; la discreta mujer traía tam- bién una cañita para que Óscar se incorporara a beber mezcal de un garrafón del que todos se ser- vían al gusto, constantemente. Eugenio Blas Shultz le sirvió su primer mezcal a Óscar. -Beba, amigo, reconfórtese -don Eugenio be- bió el suyo de un trago. Óscar ni siquiera intentó imitarlo porque, de entrada, el penetrante olor entre amargo y dulce le causó náuseas, así es que apenas lo probó, además un gusano de maguey se había colado a su caña inquietándolo sobremanera. Sonó el teléfono y Blas Shultz fue requerido. El trío entonaba "El Andarie- go" y la canción le sonó a Óscar al menos conoci- da, dio otros traguitos y se fue familiarizando con el mezcal. Llegaron las botanas: cacahuates fritos con ajo, chapulines, tasajo, queso, quesillo, tlayudas, longaniza. Don Eugenio tardó mucho y, cuando regresó, Óscar ya se había tomado varios mezcales y se sen- tía de maravilla, así es que se animó a abordarlo. -Sobre nuestro asunto, don Eugenio -No querrá que desaire al resto de mis ami- gos, mi estimado. No se anticipe. La situación estuvo a punto de volverse tensa de no ser porque en ese momento llegó la marim- ba y otros convidados.

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-¡Eugenio Blas Shultz se echó a perder! -bro- meó un recién llegado-. [Salistecabrón¡ Carcajadas, brindis, música, confusión. Óscar navegaba en los terrenos del mezcal y se seguía sirviendo, hasta masticó un par de gusanitos. Elvien- to movía las hojas de los árboles como aquella no- che en el hotel, pero ahora él era parte de ese mun- do animado y sus pupilas se adaptaban al brillo de la tarde. De pronto se le acercó don Eugenio y, tranqui- lo, muy en serio, le dijo:

-Dígale a su jefe que no quiero tratos con él. Óscar tuvo el impulso de replicar o al menos, tímidamente, pedir una explicación, pero supo ca- llar. Cuando Blas Shultz se levantó de su lado todo se nubló en el panorama de Óscar, el mezcal hizo su labor y permitió que se desbordara el fantasma de la angustia, alentado por una vorágine de dudas que le hicieron perder el conocimiento. Óscar no sabía que el mezcal causa mucho más que una bo- rrachera, es un viaje cuyo carácter depende del ánimo de la persona, de sus deseos, de sus miedos. Por su parte, Max ya había despertado y no ati- naba a explicarse lo que pasaba, pues Álvaro le contó que habían solicitado la presencia de Óscar. De cualquier forma, Max permaneció ahí un buen rato con la esperanza de que le llegara un poco de cocaína "reina". Por más que le hacía preguntas a Álvaro, el chamaco guardaba silencio hasta que hizo un solo comentario:

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-No te preocupes, no les dije cómo eres, ni que lo estás esperando. Max entendió la señal y salió por piernas. Ya en la carretera, iba encabronadísimo: sin dinero, sin chupe, muy pronto sin gasolina y, sobretodo, sin su reina. Cuando Óscar revivió, tres hombres lo bajaban de una Suburban negra con vidrios polarizados, justo frente al templo de La Soledad, ya en la ciudad de Oaxaca. Sin atinar a ubicar sus dolencias -si en el cuerpo o en el alma- apenas pudo subir por la escalinata lateral hacia el templo. Señoras con canas- tas de flores, escolares bromistas, turistas con shorts y calcetines formaban un desfile de personajes que no pertenecían a su mundo y le obstruían el paso mientras él casi se arrastraba queriendo entrar a la iglesia. Sólo un indigente borrachísimo percibió su angustia y Óscar, humildemente, agradeció ser guia- do. Una sola vez volteó temiendo ser perseguido y así pudo ver enfrente, al otro lado de la calle, un edificio que ostentaba las siglas PJF. El desbordado efectismo barroco, la sublimación del dolor con la que en su tiempo buscó animar el fervor, el peso de las estructuras del templo y el detalle de sus ornamentos, sus cargados retablos, su grandeza, su decadencia y, vulnerando el último espacio de duda, la palidez de la Virgen de La Sole- dad, con su triangular hábito negro bordado en oro, provocaron la catarsis de Óscar que, sentado en la

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tercera banca, soportando todo el peso de aquellas imágenes, se quebró en un desconsolado llanto.

***

But I still haven 't.faund

what I'm lookingfar.

La noche y suspropuestas. La vida y sus de.fiases. La noche es vida en otra dimensión que muy pocos viven en su verdad, asombrados, reconocien- do la extraña senstbi!tdad en la trinidad cuerpo-

merue-espirüu.

Trespatmllas recorren en caravana la zona. México, D.F., la coloniaJuárez; tras el sonido de las sirenas un sórdido silencio va siendo sustituido por el ambiente del bar Milán. Entramos.

Frn so excited, And Ijust can r hide it, I Idon r want to losecontrol but I think I like it.

Nos mezclamos entre la multt!ud La luz tiende a

música, los

cuales. Después de entrar, Joel y yo nos separamos, nos buscamos con la mirada y, a ciertadistancia, nos acompañamos.

dura cuarenta horas, sin donnir, casi

rojo y a azul, es tenue. Los tragos, la

I.a.fiestaya

sin comer, sin tregua,·impaciente y ansiosa la vigi- lia teme ser abandonada y no escatima en prome-

sas efreciendo encuentros y verdades que quisiéra- mos conseroar, aprehender, incorporar:

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Ahora suena"TbeCure, el baile es suelto,flujo de espacios individuales entre la multitud Después transuamos hacia un son cubano. Tal sincendad distiende, alguna parte de lo disperso se encuentra. -¡Elena/ Hace años que no veía a Lucio

de sus o/os suena el sax

y murciélagossacuden elpolvo que ha caído.

Letargode entrañable sentido es smprendido

y un vuelco caótico parece importar.

Suena el son mientras lo saludo y bailamos:

Mipobre corazón me dfjo un día que en este mundo había un valle de dolor

y yo le contesté

no me amargues la vida talparece mentira eso mismo soñé. Corazón yo que tanto be sufrido por la dicha que nunca encontré. Corazón si es que vagoperdtdo dame.fuerza que aliente mife. Corazón

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ten valor no te a.fl(jas yo laspenas por siempre olvidé no me hables de cosas tan tristes. Corazón nunca pierdas lafe.

Un buen son. -Un trago, quiero un trago. Lucio busca en sus bolsillosy sólo encuentra su tmjeta. - Vamos-propone. -/A dónde.?-pregunto mientras salgo del bar. -A un cajero,por dinero. Afuera era diferente:Las casas de la coloniaJuá- rez son construccionesfuertes que, expuestas al in- candescente flujo de luz que tiñe la oscundad, se llenan de dramatismo. Cerca de Refbrma, los contrastes se volvían tre- mendos y la páltda me atacó. Las distancias juga- ban, las calles movían su desproporcióny tuve que sentarme. Entonces quisé detener mi vtda, cambiar la apuesta, escapar de los monstruos y pedir otra oportumdad Una suerte de sucursales mías me han estado suplantando, exhibiendo subteifugios, construyen- do con lamentos. Tratan de secuestrarme.

On the dark desert

-¿Qué tepasa.?-Lucio se sacó de onda. No contesté nada.

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Cuandopasó la tormenta, Luciopropuso ir a ca- minar. -De paso vamos al cajero -retomó.

Nos cruzamos

con El Trapos. Voluminosoy fan-

tasmal expone su leyenda acumulando telas en su vestuario de indigente. -Cada trapo es una mentada. -¿Que lanza o que recibe.? -Delas dos. -Mira esta casona-señala Zucto-, Debe ser de las meras meras, de las originales. -Y está abandonada, /no.? -¿Entramos.? Subimos a un árbol que nospermitió alcanzar la barda que rodea la casa. La brtncamos. Adentro estaba oscurísimo y lo que fue jardín acumulaba piedras, ramas y escollosquefuimos sorteando. Sin animamos a entrar a la casa, sólo recorrimos espa- cios abiertosy nos sentamos en el nicho de una pa- red exterior.En un arrojosimultáneo, nosfundimos en besosprefundos,· nos recorrimos con el tacto,per- didos en el ensueño. Como otras veces, nos ama- mos, nos rebasamos. La nitidez nos vuelve a ocurrir y tu mano entre

mispiernas separece al mar, tu cuerpo nopesa, tu aliento es luz, mi cuello es.flexibley la libertad abis- mal. Depronto abrí los ojos.Por encima del hombro de Lucio apareció un rostroobseroándonos a metro

y medio de distancia_;también tenia cuerpo y era

/

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un hombre moreno, de ojos prefundos. Separé a Lucio haciéndolo voltear. Ahora estábamos entre rin- cones habitados: personas, cobfjas, penodicos, lonas,· secretos. Por donde habíamos entrado, salimos. Al bajar del árbol teníamos la certeza de haber quemado una de nuestras reseroas de vtda. Sin decir palabra, nos alf!jamos de abi Mientras tanto, Joel ya llevaba un rato buscán- dome en el bar Milán. Habíamos estado juntos casi tres años. Al principio nos reseroabámos ciertos es- pacios porque yo pasaba sólo temporadas con él en Ciudad Juárez, pero ahora Joel se babia instalado en México y vivíamos una etapa rara: mucho reven-

tón, too much, momentos extremos depasión y en- sis. Desorden. En medio de todo eso era muy dtftcil trabajar,· al principio pensábamos hacer reportajes confatos míasy textos deJoel,pero pasaba el tiempo

y sólo hablábamos delproyecto sinpoder realizarlo.

Ahora Joel quería irse del bar y descansar. ¿Dónde está Elena.?

Cuando Lucioy yo regresamos,yaJoel estaba en lapuerta. -¿Qué transa.?-d(jo moiesto-, ¿dónde andas? Lucio sefue y seguramente pasarán otros cinco años antes de que lo vuelva a ver. -Me encontré a un amigo y lo acompañé a un cajero. -Últimamente no te creo nada -atacó.

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-Yo tampoco -molesta, quise entrar al bar,

pero Joel me jaló

hacia la calle.

-¿A qué te refieres.? -A que fingimos para sostener un rollo, mien- tras lamentamos lo que vamosperdiendo. -Así es.·crees que tu lamento te exime. Subli- mas tu dolor. Toleras tu estupidez-reclamó. -Padezco mi estupidez y busco la luz. Ya no la encuentro en tiy muero en lapenumbra. -En lapenumbra de negar y destmir. -Tal vez actúo asípara librarme de ti -blefée.

-Podrías ser más .frontal enloces, tener un es-

pacio de sinceridad Peroprefleres

la soledad para

repetirte un discurso en el que tu mezquindad te hace victima. Ya no podíamos hablar de nuestra belleza. -Librarte de mi -aclaró Joe!-, es algo que ya lograste-se despidió. -No --;/uitras él-, lo que pasa es que estoy con- fundida Durante vanos mesesJoelbabia stdo el abruma- do testigode esas-espactarmíos queyo nopodía recor- dar. Impresionantes encuentros de amor, tremendas atgumentaciones, inquietantes declaraciones oper- versas muestras de encono, le revelaban lo que yo podría ser, lo que quisiera no ser, lo que soy. -Ya no quiero meterme nada-dfje llena de cul- pa-. Algo seposesiona de mi -¿Ahora vamos a hablar de cuentos de bonvr.? ¿Note das cuenta de que todo está dentro de tt?Es tu

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11

propia historia que no logra explicarse. Si alguien asesina cuando está hasta la madre de coca ¿"crees que espor lo que se metió opor lo quepudre su alma? -Por las dos -Tú no has hecho nada tan grave, dt?/alas cul- pas; mefor trata de leer lo que te dicen tus.fantas- ,lJ mas, busca curar tu alma. Perdona. , -¿"Ytú?-reviré-. ¿Dónde dt!faste lo que que- nas?¿-Cómoaprendiste a conformarte con hablar de tusproyectos?¿Porqué te convertiste en un .farsante? Joel me miró con una tristeza in.finita. Se había acabado nuestra magia.

150

4

El regreso de Óscar fue desastroso, no atinaba a ordenar las piezas en el tablero. Tras lo vivido en Oaxaca, pasó una semana en la ciudad de México, refundido en el cuarto de un hotel, comunicándose sólo con Gonzalo y con Ángela, a quien pidió que lo alcanzara para intentar darle una explicación. Cuan- do ella llegó, él le contó sus miedos y su incapaci- dad para distinguir de quién se tenía que cuidar, ¿de la Procuraduría?, ¿de la gente de Blas Shultz?,¿de los otros grupos que querían el control del Cártel de juá- rez, entre los que se encontraba gente de Tijuana con la que había tenido tratos?, ¿de su propio jefe que tanto lo expuso en esta aventura? -Bueno, pero no puedes quedarte aquí parali-

zado. ¿Por qué no dejas ese trabajo y

Óscar escuchaba a Ángela sabiendo que ella no comprendía la magnitud del problema. Jamás le con- tó cuando, frente a él, el Señor le disparó entre los ojos a Jiménez; ni que fue el mismo López Tostado quien ordenó provocar aquella tremenda explosión

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en la gasera en venganza por el contrato que le ganaron los Zaragoza Pero se equivocaba, Ángela podría entenderlo. De hecho, pasado el shock que le causó corroborar lo que intuía, se convenció de la necesidad de acep- tar algo elemental: ella, disfrutando ingenuamente de los niveles de vida que habían alcanzado, tan dis- tantes de lo que podía conseguir el común de la gente a través de sus salarios; ignorando la infor- mación que revistas y periódicos hubieran podido poner en sus manos y descartando la posibilidad de influir en las decisiones de su marido; aceptan- do vivir con valores de los que no defendió a su hijo, era en parte responsable del rumbo que toma- ron sus vidas. Sintió una gran tristeza por su marido. -Amor -dijo con cariño-, creo que pode- mos dejar juárez. Reconstruirnos en otro lado, ima- ginar la vida de otra manera. Óscar la miraba pasmado, con los ojos llenos de lágrimas. -Tal vez sientes que no hay escapatoria -con- tinuó Ángela-, si es así dímelo. Te propongo que te abras conmigo y juntos salgamos de esto. Su relación había estado rodeada de cierta frial- dad, de lejanía, pero siempre se habían querido y tratado bien. Su distancia provenía de la excesiva vanidad de Óscar y de todo lo que Ángela había abandonado por él. Óscar también la miró con amor y prefirió ca-

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llar. Le dijo que no se preocupara, que él iba a resolver todo, que sólo se encontraba en un mo- mento difícil, pero que pronto iba a pasar. Regresaron a Juárez y aparentemente su vida siguió como siempre, salvo por algunos detalles:

Tomaron drásticas medidas de seguridad para

proteger su casa de intrusos. Los tres miembros de

la familia se mantenían en constante comunicación

durante todo el día, a través de celulares y beepers.

Y cuando la hermana menor de Ángela le pidió

prestada su camioneta Explorer, Óscar se negó:

-¡Qué no ves que la pones en peligro! En este ambiente vivían cuando sucedió algo inesperado:

A las 7:30 de la tarde del 20 de julio de 1997 sonó el teléfono. Era Gonzalo Baca. -¿Qué pasó brothel'f -Hubo una balacera en el Carreta's. Hay por lo menos ocho muertos, entre ellos los Ahumada. No han aprehendido a nadie -informó Gonzalo.

Óscar palideció. Ángela empezó a dar vueltas por la sala; nunca le ha gustado Gonzalo y lo intuye mensajero de algo que atenta contra su familia.

-

y además -narra después Óscar a Ángela-

por eso Gonzalo está deshecho: su primo Artemio,

que

se iban los matones. Lo asesinaron también +resu- mió Óscar, afectadísimo.

sólo iba pasando por ahí, quiso intervenir cuando

Ángela sintió una opresión en el pecho aun sin

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saber que era el inicio de la guerra. Pero Óscar sí lo sabía y a partir de ese momento empezó a tomar medidas, otra vez sin explicarle a Ángela la grave- dad de la situación. Gonzalo había llamado desde el velorio de su primo. Un gran dolor, inesperado, abatía a toda la familia, pues la época en que vivieron con el alma en un hilo, preocupados por Artemio, ya había pa- sado.

-Estábamos muy contentos

-en Rosaura no

cabe el desmesurado instante que le quitó la vida su marido. El inmediato y trágico vuelco que la arrojó

hacia aquel cuerpo tendido en el asfalto para su- plicarle que recuperara el aliento, fue cediendo su lugar al absurdo desconsuelo. Aurora no podía contener el llanto y abrazaba a su cuñado. Matías Bencomo, desde su silencio, la- mentaba no haber muerto más que a medias. Isabel, cuyo rostro parecía una estampa en su rigidez, no derramó una sola lágrima. La vida -mar- chita- le cobraba su desdén, y la condena que hace tantos años ella misma se impuso, hoy la reba- saba. Desde ese día no volvió a hablar de Dios, pero íntimamente inició un desafiante reclamo para re- partir con él la culpa, para desenmascararlo, para restringir su poder. Fue difícil acomodar todas las coronas de flores que llegaron. Artemio se ganó afectos siempre, con su franqueza, con su buen humor, con su arrojo. Ahí estuvieron sus compañeros de escuela, sus em-

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pleados en los bares, sus amigos y, por supuesto, todo el cuerpo policiaco, los pertenecientes a las brigadas especiales y los que no tenían por qué conocerlo, tal era la fuerza de su leyenda. Ahí estu- vo también su hermano Jorge, conteniendo la furia, arraigando el dolor, alentando su venganza. Jéssica, desplomada sobre el ataúd, no encon- traba alivio. Artemio Jr., en su tremenda tristeza, miraba la escena como lo hubiera hecho su padre, con un dejo de ironía, consciente de que el mundo es el inconcluso montaje de una tragicomedia.

•••

El otoño es la mejor época en este valle en el que el algodón ha sido arrasado por desechos tóxicos. Aunque la nueva ciudad ha dejado de regir su pro- ducción por las estaciones, sí es en esta temporada cuando se disfruta de los más bellos paisajes, no es necesario el clima artificial y se soportan mejor las largas y cotidianas filas para cruzar la frontera. Ángela lleva personalmente a su hijo todas las mañanas a la escuela en El Paso y lo recoge por las tardes. Algunas veces se queda por allá; hoy será así, tiene muchas cosas que hacer del otro lado. Como todos los días, se levantó muy temprano y se arregló bien. Su hijo de 12 años es un enigma, tal vez se ha permeado de la frialdad con la que se manejan las relaciones en la casa o quizá es de por sí de carácter reservado, pero siempre está listo,

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siempre sabe lo que tiene que hacer y hasta el momento no ha causado desvelos. Óscar también está listo para empezar su día; últimamente pasa gran parte del día en casa, dedi- cando su atención a todos sus detalles estéticos, sobre todo a la edificación de la pequeña capilla que prometió a la Virgen de la Soledad. -¿Necesitas algo de El Paso? Voy a estar todo el día allá, y de compras, así es que puedo buscar alguna necedad que se te ocurra -informa Ángela a su marido. -Sí. En Arts and Home debe haber unos mar- cos de madera muy parecidos a estos -Óscar le mostró un libro de arquitectura barroca-. Si los encuentras, me llamas para describírmelos y ya te digo si los quiero. ¿Qué hay de desayunar? -Omelette de Champiñones. -En la noche podemos salir a cenar juntos, ¿qué te parece? -Sí, está bien. ¿Le digo a Lola que te sirva de una vez? -Por favor. A Ángela le gusta vivir en juárez; aunque son propietarios de un terreno en una zona residencial de El Paso, siempre ha defendido que acá es más agradable y menos sórdido. Pacientemente hace la fila del puente. Óscar Jr. va leyendo un cómic en inglés y Ángela, distraída, ha hecho de acelerar y frenar, avanzando lentamente, un hábito.

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Atraviesa la frontera diciendo "american Sr.", toma el freeway en dirección de West Mountain y

deja a su hijo en Cathedral Institute. Desayuna con su amiga Jane, compañera de la high school, quien

le cuenta de sus diferentes relaciones.

-Con David salgo cada quince días, nos va- mos a su cabaña de Ruidoso. No sé qué le dice a su mujer pero parece muy tranquilo cuando está con- migo. Roland sí me ha propuesto que vivamos jun- tos, pero creo que me aburriría con él. El que más me gusta es Charlie, pero con él no pasa de un acostón una vez a la semana y ni siquiera se queda

a dormir en mi casa. Lo que

estoy cansando de trabajar de asistente de ese abo- gado transa. ¡Meentero de cada cosa! Y el tipo siem- pre se me acerca mucho y yo me muero de asco. Cuando se despidieron, Ángela estaba segura de haber tomado la mejor decisión cuando se casó con Óscar. Quiso decírselo y marcó a su celular. Él no contestó. Bueno, esta noche tendrían oportuni- dad de conversar. Decidió que, entre las compras que haría, no podía faltar un buen vestido para dar un carácter especial a la cena. Perdió gran parte de

la mañana recorriendo las más exclusivas boutiques,

pero quedó satisfecha con el conjunto de lino ne- gro de primera calidad y una delicada blusa de seda azul que dejaría al descubierto sus largos brazos. También tenía cita con Claude, su estilista, para re- tocar el tono rojizo de su elegantísimo corte de ca- bello. Cuando salió, tras someterse a manicure y

sí es que yo ya me

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pedicure, ya era tardísimo. Recogió a Óscar Jr. y él estuvo discretamente complacido de pasar rápida- mente por unas hamburguesas. Después fueron jun- tos a Arts and Home. Se trataba de una tienda ex- clusiva que ofrecía atención especial a cada uno de

sus clientes y esta vez no fue la excepción, trataron

a Ángela con gran deferencia ofreciéndole varias

opciones de marcos, desde los más sencillos hasta los que parecían pertenecer a retablos sevillanos. Divertida, Ángela llamó a su casa. Contestó Lolita. No, el señor no había ido para nada a la casa. Marcó entonces nuevamente al celular de Óscar y tampoco

obtuvo respuesta. Aquel estremecimiento que sin- tió cuando recibieron la llamada de Gonzalo, anun- ciando la tragedia en el Carreta's, se repitió ahora de manera abrumadora. Precipitadamente se despidió

y, sin poder pronunciar palabra en todo el camino,

se dirigió a su casa. Nunca le habían parecido tan desesperantes los por lo menos tres cuartos de hora que, entre las cinco y las seis de la tarde, es necesa- rio permanecer en la fila para cruzar hacia Juárez. Es la hora en que regresan los que trabajan en El Paso y viven en el lado mexicano.

Con el alma en un hilo, llegó a su casa. Abrió el portón a control remoto; sin bajar los paquetes, re- corrió cada rincón deseando encontrar a su mari- do. No estaba. Angustiada, se sentó en la sala con el teléfono a su lado. Marcó varias veces el número de Óscar. Una voz le indicaba que el aparato se en- contraba desactivado o fuera del área de servicio.

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Así pasaron tres horas; eran casi la diez de la noche cuando fue a su recámara y encendió el tele- visor. Lo apagó enseguida, tras recorrer neurótica- mente todos los canales. Llamó a su hermano. Luis le sugirió calma. Fue entonces al despacho de Óscar a buscar su agenda. En todos estos años jamás lo buscó con sus amigos, ni en los lugares que él fre- cuentaba, así es que no sabía por dónde empezar. Pensó en Gonzalo. Ya eran las diez y media cuan- do le contestó Gloria. -Sí, acaba de llegar, te comunico. -¿Si? ¡Ángela! ¡Qué milagro! -festejó Gonza- lo-. ¿A qué se debe? -Estoy buscando a Óscar. -¡Ah caray! Pues no lo he visto desde ayer. -¿Ni te ha llamado? -Para nada, flaca, ¿qué pasa? -Pues quedamos de comunicarnos durante el día y de cenar juntos y desde temprano ya no con- testó su celular. -Estás angustiada, ¿verdad? Ángela irrumpió en llanto. Era mucho más que angustia, era la casi certeza de que algo había pa- sado. -Vamos a esperar un poco -sugirió Gonza- lo-, tal vez llame, todavía no es tan tarde. Trata de calmarte. Vamos a esperar. Nadie mejor que Gonzalo sabía que había moti- vos para estar realmente preocupado. La lucha por tomar posiciones en la nueva estructura del cártel

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11

de Juárez estaba en un momento álgido y las últi- mas veces que estuvo con Óscar, fue para hacer varios movimientos. Por ejemplo, Óscar le pidió poner a nombre de su esposa Gloria las escrituras de su casa y al del propio Gonzalo algunas cuentas bancarias. Ángela buscó también a Abelardo. -No mi'ja, no lo he visto para nada. No es necesario describir el pánico que invadió al hombre. Él también sabía que los diferentes gru- pos estaban mandándose señales y buscando bo- rrar evidencias para su propia protección; él mismo había pensado en buscar la suya . Hacia la media noche, Ángela tenía la certeza de lo fatal. Llamó nuevamente a su hermano y le pidió que fuera a acompañarla. Luis no dudó. Ella, por su parte, aseguró todos los accesos a su casa, fue a la habitación de su hijo y cariñosamente lo tapó y lo llenó de besos para luego regresar al lado del teléfono. Ya el dolor era mayor que la impa- ciencia. Desde aquella masacre en la que perdió la vida Artemio, una ola de secuestros y asesinatos se ha- bía desatado. Y, ciertamente, Óscar había estado muy tenso; pero también parecía confiado, hacien- do proyectos para ellos, para la casa. Aunque lo de la capilla había sido una decisión rara. Ya en compañía de su hermano Luis, especula- ron un poco y, sin atreverse a sacar ninguna con- clusión, pasaron en vela toda la noche.

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Quince años atrás, cuando Óscar fue primero pretendiente y después novio de Ángela, Luis fue de los más convencidos promotores de aquel mu- chacho de finas maneras que ofreció a Ángela y a toda su familia el trato más amable. Sin ser de fami- lia adinerada, Óscar se educó en buenas escuelas y su interés por conocer las maravillas que ofrecía el mundo le permitió ir convirtiéndose en un buen con- versador. Su postura diletante hacía suponer que Ángela disfrutaría de una buena vida a su lado. Y así fue; todos en la familia vieron con agrado los rápi- dos logros profesionales de Óscar y el ascenso que éstos provocaban en su economía. Las diferencias vinieron después, cuando Óscar aceptó trabajar para López Tostado. La familia de Ángela -los De Anda- era de las más antiguas de Ciudad]uárez, de las que si bien se habían quedado económicamente rezagadas frente a la emergencia de nuevos ricos, siempre conserva- ron el orgullo de sus principios. A estas alturas esos principios ciertamente se hallaban en crisis, pero a Luis de Anda, agrónomo que vio cómo aquella tie- rra pródiga se iba marchitando poco a poco, baña- da por los desechos de la industria maquiladora; que había sido testigo de la muy reciente y violenta clausura de la Escuela de Agricultura Hermanos Es- cobar; a él no le gustó jamás la complicidad que muchos otorgaron a la dictadura del dinero. Por eso, desde su modesta postura, él tomó distancia con la familia de su hermana, haciendo llamados a la re-

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~

flexión, que muy pronto le parecieron inútiles. Aún así, en esta última etapa intentó un acercamiento con Óscar para persuadido de abandonar su actual trabajo y, con sorpresa, lo encontró muy receptivo, confesando su preocupación y asegurando estar en esa dirección. Pero ahora Ángela y Luis estaban ahí, en vela, frente a la tragedia.

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CAPÍTULO 3

1

Tras muchos años de sentarse a la sombra del viejo sauce, comer manzanas y duraznos en la casa de la avenida del Charro y correr en el atrio de La Sagra- da Familia, en los años setenta surgió en Juárez una novedad: Río Grande Mali. Después: la vorágine; un centro comercial tras otro, grandes avenidas, ho- teles de cinco estrellas, autos a gran velocidad como en el freeway. Hubo una sequía de casi quince años. En agosto parecía el inframundo y en el invierno, ráfagas de viento helado azotaban durante meses aquella pla- nicie donde corrían los cardos y caían por lo me- nos cinco nevadas durante la temporada. De todas formas, los niños jugábamos en la calle y comprá- bamos chicles americanos con unas cuantas mone- das de centavos de dólar. En aquellos años, gran parte de las actividades giraban en torno a la iglesia. Al ritmo de " veeeni-

", en la época

navideña se celebraba una posada cada tarde, con

mos rendiiidos, deeesde Nazareeén

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peregrinación, piñata, colación y todo; las entusias- tas mamás participaban en La Vela Perpetua: un pequeño grupo de rezo y de estudio de la Biblia que ha sobrevivido el paso del tiempo.

Porque yo te mando hoy que ames aJehová tu Dios, que andes en sus caminos, y guardes sus manda- mientos y sus estatutos y sus derechos,para que vi- vasy seas multiplicado, y Jehová tu Dios te bendiga en la tierra a la cual entras para poseerla.

Compuesto por parroquianas de la Sagrada Fami- lia, todas vecinas y amigas, la Vela Perpetua no era un grupo uniforme. Entre las señoras, algunas ves- tían sobriamente en tonos apagados y modelos con- servadores, otras no definían bien su estilo salpi- cado de sales que hallaban en El Paso. Sólo Olga Fuentes e Isabel Bencomo lucían perfectamente maquilladas y en el tacón de sus zapatos se distin- guía por algún brillo dorado. Muy pocas fumaban y todas gozaba de la buena repostería que siempre ha horneado Pita Fuentes.

Y acuérdate de tu Criador en los días de tu juven- tud, antes de que vengan los malos días, y lleguen los años, de los cuales digas, no tengo en ellos con- tentamiento Antes que se oscurezca el sol,y la luz; y la luna y las estrellas,y las nubes se tomen tras la lluvia: Cuan- do temblarán losguardas de la casa,y se encoroarán

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loshombres.fuertes,y cesarán las muelas,porque han disminuido, y se oscurecerán los que miran por las ventanas Y laspuertas de abajo se cerrarán, por la bajeza de la voz de la muela,·y levantaráse a la voz del ave, y todas las h(jas de la canción serán humilladas

Chelo Martínez leía en voz alta con toda solem-

nidad. Cuando terminó la Exhortación a losjóvenes,

todas esperaban haber comprendido el mensaje de la Biblia. Pero en esta ocasión nadie se animó a hacer la primera reflexión. Después de un silencio, cambiaron el tema:

-¡Ay Aurora!, le quedaron buenísimos los ta- males, se le nota que usté sí es de por allá del centro. -¿Qué no son muy difíciles de hacer? - Pues sí tiene su chiste -presumió Aurora. -No estaría mal poner un negocio de tamales, ¿qué, no? -apuntó Olga Fuentes. -A todo le ve cara de ganarse una feria co- madre. -Yo sí. Quiero dinero, mucho, que me alcance para tener una buena vida. -¿Usted, de qué se preocupa? si ya con las va- cas y la gasolinería está como para prosperar. -Sí -Olga Fuentes dio una gran bocanada a su cigarro, hizo una pausa, exhaló y adoptó una seriedad inusual en ella-, pero hay que entrarle a todas las oportunidades para no quedarse atrás -dijo y se acabó su trago de Etiqueta Negra.

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***

Mi abuela también pertenece a la VelaPerpetua. Ha sido siemprepara ella un momento de esparci- miento, una reum6n donde cada quien prepara su m((/orplatillo y si; también reflexionan sobre lapala- bra de Dios; un espacio en el que se reincorpora a su generact6n porque en rea!tdad vivió muchos años entre los muchachos de agn'cultura y ahí fue capaz de ser entusiasta,·un verdadero apoyopara los estu- diantes. Trabajabapara sobrellevarsu condict6n de viuda y nunca d€!J6de creerque la vtda vale lapena con todassus máscaras, con todossuspesares.La casa de asistencia lepermitió ser una mujer enterada y llegóa aceptar que su hija mayor se haya tdo a estu- diar a México donde se quedó a vivir. Estar entrejó- venesfue para ella como un termómetro de lo que iba sucediendo y vio cómo su casa se quedó vacía cuando cerraron la escuela. Así conocimos a Luis de Anda, el hermano de Ángela,·era amigo de algunos de los estudiantes. Mi- litante de las Comunidades Eclesiásticasde Base, últi- mamente se quedó un poco pasmado al comprobar cómo todo ese trabajo,promoviendo talleres de dis- cusion y otras actividades, favoreció el crecimiento delpartido de derecha,ya bastante alentadopor una feroz clase media resentida con el gobierno .federal ante las sexenales devaluaciones delpeso. Ct"udadJuárezha cambiado mucho, pero la Vela

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Perpetua todavía se reúne. Aurora asiste de vez en cuando, pero a Isabelya no se le ha vuelto a ver. ¿En qué momento la historia rompe la cadena de nuestros recuerdosy alpasar por una calle o evo- car un sentimiento no se logra convocarlo y ya no existen los aromas, sólo quedan lasfachadas.?

***

-Nunca nos dimos cuenta de que algo moría cada vez que una calle se pavimentaba o una nueva planta maquiladora se establecía. No supimos cómo las mo- nedas que se multiplicaban en nuestros bolsillos eran un ínfimo pago a cambio de nuestras vidas. Ángela se siente inspirada, se sirve otro whisky mientras conversa suavemente con su hermano. Ya va terminando de empacar, ha sido una labor dolorosísima recorriendo cada parte de su casa, descubriendo rincones del territorio de Óscar en el que ella y su hijo gozaban de su hospitalidad. Aho- ra vajillas, grabados, una maravillosa cava, magnífi- cos vestuarios, antigüedades, artesanías de primer nivel y muchos otros caprichos quedaban confina- dos en cajas. Un dolor inaudito. No todos los costo- sísimos muebles se someterían a la mudanza, pero su alma sí. El capital reunido de la venta del Jaguar y del BMW no fue nada despreciable, sin embargo se había encontrado con sorpresas que no sólo mer- maban sus recursos, sino descomponían sobre todo

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su espíritu llenándola de ira. Y es que todo lo que Óscar tuvo la confianza de poner a nombre de su amigo Gonzalo se hallaba prácticamente perdido, incluyendo la casa, ese lugar que con tanto cuida- do fue armando. Tras la desaparición de Óscar, Ángela pasó tres días con sus noches paralizada, en espera de algu-

na llamada, una pista, una esperanza. Preguntaron a todos los vecinos y sólo uno, ya viejito, se atrevió a asegurar que: alrededor de las 10:30 de la mañana

del lunes, Óscar salió en su jetta

tón a control remoto y, cuando estaba a punto de arrancar, llegó derrapando una Suburban negra sin placas y con vidrios polarizados; bajaron tres hom- bres también vestidos de negro, simplemente lo con- dujeron al interior de la camioneta y uno de ellos manejó el Jetta. Se trataba de un buen testimonio que, sin em- bargo, no les trazaba un camino concreto. Durante tres días Ángela no tuvo ninguna noti- cia, pero a las tres de la madrugada del 13 de octu- bre Luis contestó una llamada. Querían hablar con Ángela Corral, sólo con ella. -Sabemos dónde está su marido. No se trata de un secuestro, pero si quiere información debe poner mucha atención a nuestras indicaciones. Colgaron. La sordidez de la llamada se convirtió en espe- ranza e impaciencia. Seis horas tardó en llegar la nueva señal.

negro, cerró el por-

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-Su marido está en los retenes de la Procura- duría General de la República, en México. Nosotros sabemos cómo ubicarlo. No ofrecemos su libera- ción porque no está en nuestras manos. Pero si usted quiere verlo, trasládese a México, sola, con 50 mil dólares y hospédese en el hotel El Greco. Regístrese con su nombre de soltera: Ángela de Anda. -Mire -alcanzó a replicar Ángela- definiti- vamente voy a ir con mi hermano. La llamada se cortó. Óscar Jr. se quedó encargado con sus abuelos y Ángela y Luis alcanzaron el vuelo de las 10:40 con destino a la ciudad de México. El Greco es un hotelucho que se encuentra en el Eje 5 Sur, muy cerca de Insurgentes. Como el vuelo que tomaron no fue directo, fue hasta las 5:30 de la tarde cuando se estaban instalando. Y ahí se quedaron, en un cuarto oscuro, con el ruido constante del eje vial estresándolos. Todo momento era de gran tensión: cuando Luis salió a comprar víveres, cuando escuchaban ruidos en el pasillo, cuando Ángela no podía contener el llanto. Fue hasta las cuatro de la mañana del día 14 que sonó el teléfono. -¡Qué obediente! Nada más que su hermano es un pelo en la sopa. -Ya se los dije: estaré con él en todo esto. Ade- más, necesito pruebas de que realmente saben dón- de está mi esposo.

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-La vamos a visitar al rato, a las siete de la mañana, en el lobby del hotel; ahí deberá darnos 15 mil dólares de adelanto y a cambio va a poder hablar con él por teléfono. Cuando se convenza, hablamos del resto del dinero para que lo pueda ver.

Colgaron. Ángela no había podido probar bocado ni con-

ciliar el sueño en todos estos días. Su figura, de por

sí esbelta, ahora causaba espanto: ¡másde cinco kilos

en cuatro días! Y ahora menos que nunca pudo

dormir, ni siquiera lo intentó: este hotel era de paso

y concurridísimo; se escuchaban arrancones, boci-

nazos, puertas que se abrían y cerraban, gritos.

A las siete de la mañana bajaron al lobby tan

sólo alumbrado por un ridículo candil sobre la ba- rra de la recepción. El encargado dormía profunda-

mente y tres hombres de aspecto más que sórdido, con sus trajes arrugados y el cabello ceboso, se ubi- caban en diferentes puntos, cubriendo el área. Ángela, perfectamente arreglada, y Luis, más encabronado que otra cosa, dieron los buenos días. Los hombres irrumpieron en carcajadas y no per- dieron la oportunidad de lastimar:

-¿Así de fino era tu esposo? Ángela guardó silencio expectante; herida.

El recepcionista había despertado, pero prefirió

no hacerse notar. -¿Tienen el dinero? -Sí.

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Uno de los hombres, gordo, medio rubio y pe- coso, se acercó a ellos; Luis le dio el sobre y los tres mafiosos desenfundaron sus armas. -Ahora regresen a su habitación y no se mue- van de ahí. En el transcurso del día recibirán la llamada. Apenas subieron al elevador, Ángela no pudo contener el llanto. -Siento como que también nosotros estamos secuestrados. [Dios mío!, si te ofendí, permíteme

pagar poco a poco, ten piedad de mi hijo

En cuanto entraron a su habitación, Luisno pudo más. Abrazó a su hermana y lloró de furia. Pasada la crisis, en lo posible, trataron de anali- zar su situación: obviamente tenían que esperar la llamada, de no ocurrir durante el día ya no pasa- rían la noche ahí. -A mí me da la impresión de que en este hotel son cómplices. -Claro, Ángela, estamos en sus manos. Lo úni- co que se me ocurre es llamarle a Israel para que se esté comunicando con nosotros; por lo menos que alguien sepa a qué hora nos llevó la chingada. No llegó la llamada de Óscar y aquel largo día fue una página de un cuento de terror. A las 6:30 de la tarde sonó el teléfono. -¿Bueno? -Ángela y su esperanza. · -No pudimos contactar hoy, pero es necesario que mañana temprano estén listos con el resto del dinero para llevarlos directamente a ver a su marido.

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Ángela tapó la bocina.

-Quieren el resto del dinero

En un arranque

de furia, Luis le arrebató el telé-

fono a su hermana y con firmeza dijo:

-Si les interesa el dinero, estaremos mañana a

las doce del día en el Vips de las antorchas, sobre Insurgentes. -Aquí las condiciones las ponemos nosotros -le respondieron. -Pero no nos han dado elementos para con-

fiar. Aún así, nos interesa mucho hacer el trato

mil dólares si podemos verlo. -Más les vale. Si notamos algo sospechoso, ol- vídense de cualquier pista sobre Óscar Corral. -Muy bien. Ángela ya tenía todo empacado y prácticamen- te estaba en la puerta. Salieron corriendo. -Son unos farsantes -aseguró Luis-, no sa- ben dónde está Óscar. Esa misma noche, tras discutir las posibilidades con su amigo Israel, decidieron levantar un acta por la desaparición de Óscar y una denuncia contra quienes los estaban extorsionando. Al día siguiente, en el Vips de las antorchas, agentes de la Policía Judicial del Distrito Federal capturaron a los extrorsionadores mientras Ángela y Luis fingían llegar con ellos a un acuerdo. -Quién sabe quién nos los mandó, ¡hasta pendejos eran! -comentó Luis. Todavía recorrieron cárceles y retenes. Inframun-

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dos en los que no encontraron ninguna señal de Óscar. Ángela y su hermano regresaron a Ciudad juárez destrozados. Luis todavía tuvo que enfrentarse al reconocimiento del Jetta negro que fue encontrado en la colonia del Futuro. El auto había sido desva- lijado pero no presentaba huellas de violencia. Con todo el temor del mundo, Luis abrió la cajuela ex- poniéndose a encontrar un cuerpo. No había nada. Fue entonces cuando Ángela tuvo la paciencia de recorrer su casa buscando señales en cada ca- jón, en cada papel. Se detuvo un instante observando el jardín des- de la ventana del despacho, y como si Óscar supie- ra que en algún momento ella se pararía justamen- te ahí, frente a sus ojos apareció una pequeña llave en el borde de la ventana. La probó sin éxito en cada una de las cerraduras del escritorio, en el porta- folios y en un cajón del clóset. Desanimada, salía del despacho cuando notó chueco el cuadrito que enmarca la foto de una mujer de campo que va con delantal y sosteniendo un gran ramo de alcatraces; la presencia de esa foto era uno más de los recien- tes enigmas de Óscar, amante de imágenes más sofisticadas. Al tratar de enderezarlo, el cuadro se cayó como si hubiera sido colocado precipitada- mente. Atrás había una pequeña caja fuerte donde la llavecita encajó perfectamente. Ahí encontró una carta para ella, escrituras y facturas de sus propie- dades y cuentas bancarias, y tres boletos de avión a

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nombre de Óscar, de Ángela y de Óscar Jr., para viajar a Caracas con fecha tres días posterior a la desaparición de su marido.

"Amada Ángela:

En realidad espero que nunca llegues a leer esta carta o que la leamos juntos dentro de muchos años mientras nos reímos de lo que ahora está sucedien-

do. No sé si realmente estoy en peligro, a tal grado me resulta incomprensible lo que pasa. Sólo sé que todo me ubica en una guerra que no es la mía y de la que desconozco sus reglas.

Si todo sale bien, el día 12 de septiembre esta-

remos viajando a Caracas los tres. Mientras tanto, creo que es conveniente que tengas conocimiento de los recursos con los que contamos. Precisamente en Caracas encontrarás dos cuen- tas. Una a nombre tuyo y otra al de nuestro hijo. Cada una con 150 mil dólares. Puedes ubicarlas en el Banco Central buscando a Andrés Carrizales. Está también la cuenta que ya conoces aquí en el Banamex, donde estaremos alrededor de los 750 mil pesos.

A nombre de Gonzalo y de su esposa Gloria,

tenemos dos cuentas aquí también, en Bancomer,

que reúnen 2 millones 500 mil pesos. Los intereses les corresponden a ellos por el favor que nos ha- cen al prestar su nombre.

A mi nombre existe una cuenta en el M Bank

de El Paso, donde tengo como 30 mil dólares.

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Recuerda que, tal como en su momento te lo hice saber, las escrituras de nuestra casa están a nombre de Gloria por si en algún momento yo en- frento un juicio por enriquecimiento ilícito o algo así, pues en este país en cuanto uno tiene un po- quito más se lanzan sobre ti. Por cierto, Gonzalo y Gloria son muy buenos amigos y contarás con ellos en cualquier caso. También existe nuestro terreno en Sun City, donde espero que juntos veamos correr a nuestros nietos. Te amo y siempre te he amado. Como verás no somos millonarios y creo que todo esto será supe- rado; pero si pasa algo, reúne poco a poco y dis- cretamente tus bienes y sé feliz."

-!¿Si pasa algo?¡ !¿Qué pasó?¡ !¿Dónde estás, Óscar? ¿Te busco, hago un escándalo o me guardo mi do- lor para protegernos? -gritó Ángela y luego se desvaneció, cayendo sobre la alfombra, nuevamente bañada en lágrimas-. ¿Dónde estás, mi amor? En su recámara, Óscar Jr. también lloraba en silencio.

***

Gloria ha sido una mujer abnegada en todo el sen- tido de la palabra. No réplicas, no opiniones; toda disposición de servicio hacia su marido para estar a la altura de sus necesidades, que son las mismas de

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casi todos los hombres: casa limpia, comida calien- te, ropa planchada, alguien que les dé permiso o les reproche ciertos comportamientos; en fin, lo que les daba su mamá. Como muchas mujeres, a cam- bio de ser mantenida debe resolver los problemas domésticos de su niñote, que anda por el mundo jugando al poderoso, incapaz de prepararse una ensalada. Hay mujeres que se vuelven tremendas neu- róticas; algunas sortean la situación y otras, como Gloria, le regalan su sacrificio a Dios. Ella se con- virtió a esa religión en la que se hacen llamar Testi- gos de Jehová; no baila, tomar nunca le gustó y hacer el amor menos. Va a orar todos los días, no sin peros por parte de Gonzalo, a quien, por una parte, le molesta esa actividad independiente pero, por otra, ve cómo su mujer se ha vuelto mucho más complaciente. Si algún respeto le tiene a su esposa, proviene de que no hacen el amor, porque Gonzalo suele convertir a las mujeres en putas: pri- mero las seduce como si pudiera enamorarse de ellas para, en el momento mismo de conseguirlas, considerarlas lo peor, sobretodo si cayeron por

deseo las muy pendf!jas.

El comportamiento de su marido, el oculto o el que muestra a todas luces, ha hecho de la vida de Gloria un martirio que lleva con la antes esperanza, hoy convicción, de la salvación eterna. Pero cierta- mente cada vez ha sido más difícil para ella vivir con alguien tan mundano y, como sus cuatro hijos

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ya crecieron, esta mujer se decidió a hacer un acto heróico: no se le volverá a presentar una oportuni- dad como ésta para aumentar los recursos de su iglesia. Buscó un abogado que, .tras revisar todos los papeles, llamó una mañana a Ángela. -Señora Corral, la casa que ocupa pertenece a la señora Gloria Baca, cuya intención es venderla de inmediato. De hecho, existen ya varias propues- tas y requerimos un pronto desalojo. -¡¿Qué?! De inmediato Ángela se comunicó con Gonzalo. -¿Me puedes decir qué está pasando?

-Mira, yo he tratado de arreglarlo pero ya mi mujer enloqueció con la religión esa. Se fue a vivir

a un refugio que tienen los "testigos" y yo no sé

qué hacer. -¿Cómo que no sabes qué hacer? Es tu obliga- ción resolver el problema, Óscar confió en ti. Quie- ro retirar de inmediato el dinero de las cuentas que

existen a tu nombre y al de Gloria y, en cuanto a la casa, espero una solución ya. ¿A qué hora te veo

mañana?

-Creo que no conoces los términos del trato

con Óscar. Si yo presté mi nombre fue por amistad

y a cambio de los intereses que el dinero genere

durante dos años. Yo he planeado así mis finanzas

y espero que respetes el trato, que es de hombres. -Esto es el colmo. No creo que la amistad que

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tuviste con mi esposo te permita actuar de esta manera -No tenemos la certeza de que tu esposo haya muerto; en cualquier momento puede aparecer y tú ya estás pensando en despilfarrar lo que te dejó. Ten paciencia. Ahora -hubo un cambio de inten- ción-, si quieres nos podemos ver, flaca -¿Cómo te atreves a hablarme así? Con razón nunca confié en ti y sí te advierto que, en este momento, lo único que te corresponde es resolver lo de la loca de tu esposa con respecto a mi casa. ¿Dónde dices que está? -Creo que lo mejor es que yo hable con ella. Después te llamo. Gonzalo se raptó a su esposa del refugio "Apo- calipsis", le puso una buena golpiza al descubrir que el dinero de la cuenta a su nombre ya había sido donado y dio instrucciones al abogado para que siguiera adelante con lo de la venta de la casa de Óscar. Nunca volvió a contestar una llamada de Ángela y arregló todo para hacer un largo viaje con su esposa mientras todos los trámites se llevaban a cabo. La casa fue rápidamente malbaratada y Ángela recibió una orden de desalojo. Por esos mismos días Ángela de Anda fue cita- da en México para ser puesta al tanto de los resul- tados de la investigación efectuada en torno a los extorsiona dores. Así es que ahí estaba, en la oficina del encarga-

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do de los casos de privación ilegal de la libertad escuchando otra noticia:

-El presunto autor intelectual de los hechos de-

lictivos cometidos los días 13, 14y15 de octubre de

en

1997, en donde se cometió el delito de extorsión

contra de la señora Ángela Corral, es Abelardo Gu- tiérrez. Los involucrados, detenidos infraganti en las instalaciones del Restaurante Vips, ubicado en Ave- nida de los Insurgentes número 1329, México, D.F., confesaron haber sido alentados por el hoy acusado Abelardo Gutiérrez para cometer los hechos ya aludidos de extorsión contra la señora Corral.

-No puede ser Por todo eso, Ángela estaba empacando. Tal vez hubiera llegado a la misma decisión de abandonar Ciudad Juárez por su cuenta, pero la traición come- tida por las personas en las que Óscar confiaba, la terrible falta de escrúpulos que estaba presencian- do, la obligaron a cuestionar el entorno en el que crecería su hijo. Gran parte de sus pertenencias se quedarían en una bodega en El Paso y ella cambiaría su residen- cia a Santa Fe, Nuevo México. Ahí le ofrecieron hacerse cargo de una galería de arte mexicano don- de ella, con su buena presencia y perfecto inglés, creía poder hacer un buen papel. Además, el lugar es hermoso y goza de uno de los ambientes menos densos dentro de Estados Unidos. A su hermano Luis le pareció muy buena idea y ahora estaban ahí, confiando en el futuro.

181

***

-¿Sabes qué es lo que pasa? -hace notar Cuca con su voz ronca-: estas cifras son erróneas, porque la mayoría de los casos no se han denunciado. Las fa- milias tienen miedo. -Y tienen razón -comentó Joel. -Pues sí, la gente cree que se trata de un pro- blema pasajero. Aún en la tragedia no hay concien- cia de que es un problema de fondo, de cómo vivi- mos.

-Bueno, yo creo que esa reflexión va a venir con el tiempo. Ahorita lo que quieren es protegerse. joel estaba de regreso en Ciudadjuárez. Tras la crisis, consiguió ser corresponsal de un periódico de circulación nacional y ahora se entrevista con Cuca Galeana, una mujer chiquita, con cabello cor- to y bastantes arrugas en la cara que parecen pre- maturas. Por eso es sorprendente la seguridad con la que ella habla y la determinación de su mirada. -También están los casos de los ricachones se- cuestrados, pero ellos en el pecado han llevado la penitencia, porque no son gente que entienda que es parte de una comunidad -Cuca le pone ímpetu

a sus palabras-. "Vivo bien en mi jaula de cristal y

lo que suceda allá afuera no me importa", dicen Yo pienso que aún desde la postura más individua- lista es necesario ver que si alguien se está muriendo de hambre o está siendo lastimado en su dignidad, va a enfrentarse con tu hijo que ha crecido rodeado

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de lo mejor, y de nada le va a servir estar bien educado y tener grandes planes si en la esquina lo matan nada más por quitarle el reloj. Para ser feli- ces es necesario construir una buena comunidad. Definitivamente Cuca cambió y reflexionó mu- cho también en este tiempo de dolor. Y es que ahora su vida gira en torno a la búsqueda de su hija y en ese camino ha visto mucha desgracia. Las más de 180 mujeres asesinadas seguramente encierran historias personales diversas, pero vistas en grupo es un horror del que están tratando de establecer las constantes:

-Recientemente inmigradas. -Jovencitas. -Con huellas de violencia. -Abandonan sus cuerpos en despoblado. -O cachos de sus cuerpos. -Secuestradas por varios días antes de ser sa- crificadas. La mirada de Cuca se aleja, se llena de lágrimas. -¿Qué has sabido de tu hija? -abre el tema Joel. -Localizaron a uno de los tipos que vivían en esa casa esa de locos; ahora vive en la colonia Alta- vista. Son dragadictos, no se puede hablar con ellos. -¿Drogadictos de qué? ¿Qué se meten? -No lo sé, ¿qué más da? -Pues sí importa, Cuca; han querido resumir todo en "las drogas", pero sí hay diferencias. Dife- rencias en el comportamiento de los consumido-

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res, en la forma de producirla y de conseguirla. Un punto en común que sí tienen "las drogas" es el haber sido introducidas al consumo masivo a tra- vés de la cultura del narcotráfico: gobiernos colu- didos, especuladores de capital, matones, corrup- ción a campesinos, falsa prosperidad. Sus productos

llegan manchados de sangre. Pero cada sustancia es diferente y también las características de los con- sumidores. Sólo los gringos, que insisten en no te- ner historia, aunque la tienen, pueden generalizar con un término como "las drogas". Hay culturas que siempre han buscado profundizar en el cono- cimiento de la naturaleza de las cosas y en el ritual como forma de incidir en la vida. Algunas plantas han quedado a salvo de lo que es la actual socie- dad de consumo, en la que todo pierde su tiempo

y sentido; pero otras, como la coca, han visto cómo

se corrompe no sólo su uso ritual, estimulante o medicinal, sino también su nombre; eso que anda circulando por todos lados, lo que menos tiene es

cocaína. No es como la mota, que tú ves la plantita

y la hueles y todo, sino que se trata de un polvo

blanco que puede ser cualquier cosa. Han encon-

trado vidrio molido, raticida, talco; en

-Hablas como un experto. -Pues sí conozco, y como verás no soy ni un asesino ni un violador. Pero no es difícil entender cómo se pone un alma vil, no vayamos más lejos, con el mismo alcohol. -¿Y la heroína?

fin

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-Debe ser delicioso, pero te aseguro que no quisiera ver a mi hijo atrapado en esa mierda. -No entiendo bien tu postura -Mira, creo que cualquier estado alterado pro- voca que salga de ti tanto lo mejor como lo peor; lo que básicamente puede estar podrido es tu alma. Si el uso de sustancias estuviera orientado hacia un trabajo con tu ser profundo, sería muy interesante. De lo que no hay salvación es de la orientación actual, donde las famosas drogas son artículos de consumo que te promueven de muchas formas. -Bueno, pero si tuvieras que definirte, ¿esta- rías a favor o en contra? -Insistiría en que el consumo es una decisión individual y, como en el amor, puedes salir perjudi- cado o crecer a partir de ciertas vivencias. Contra lo que sí estoy, puedes estar segura, es contra la cul- tura del narcotráfico, del dinero fácil que no ha hecho sino alterar las necesidades de toda una co- munidad. Es como en la cárcel: cuando llega un ricachón todo se encarece. Así aquí: la gente que ha obtenido recursos por esa vía ha generado ne- cesidades absurdas, carros importados, vida dispen- diosa, cosas como de la revista ¡HOLA!;esos tipos han alterado los valores. -Pero si no hubiera demanda -Ése es un argumento absurdo en un país don- de si siembras marihuana en el camellón de una avenida, se da. Cada quien podría tener la suya, no son necesarios los grandes acaparadores del mer-

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cado surgidos de la prohibición. En cuanto a lo que venden con el nombre de cocaína, es un mercado que ellos han abierto y extendido tanto como pue- des rebajar la calidad del producto, es interminable la red. Te aseguro que si desapareciera de un día para otro, habría una angustia generalizada pero muy temporal. Pronto volveríamos al sentido co- mún. Y sí creo que la alteración que ese producto te causa ha contribuido a que se rompan ciertos límites de convivencia. Pero, insisto, estamos ha- blando de narcotráfico y de aparatos burocráticos ligados a él, no del derecho individual a experi- mentar con sustancias, y menos de que se justifi- que el que nos sometan a esa doble moral que tanto nos ha corrompido. -¡Ay Joel! Lo único que sé es que yo traté de hablar con uno de los tipos que vivían en esa casa y es un incoherente al que no puedo calificar más que de drogadicto. -Sí, me imagino; ahí en Altavista es donde más heroína al menudeo se mueve -En fin ¿Habrá llegado la gente de Derechos Humanos?- Cuca prefirió cambiar el tema. Cuca estaba ahí para reunirse con unos envia- dos de la Comisión Nacional de Derechos Huma- nos. Se ha incorporado a la Coordinadora de Muje- res Juarenses en Pro de la Mujer.Tiene la esperanza de que su hija esté viva, pero ha pensado en lo peor y el hecho de ayudar a otras mujeres calma un poco su dolor.

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***

Gonzalo ha engordado un poco, la vida en Las Bahamas ha sido como siempre soñó: tardes ente- ras frente al televisor, mujeres, poco mar porque no sabe nadar y toda la comida y bebida que apetece. Está hospedado en uno de los hoteles de la cadena Meliá, que se distiguen por desquitar muy bien lo que pagas en la modalidad "all inclusive". Aunque ahora empieza a aburrirse un poco. Después de mes y medio ya tiene hasta nostalgia de Ciudad Juárez. Precisamente hoy le ha llegado un paquete que recibe semanalmente con periódi- cos y revistas de México: es necesario saber cómo anda el agua. Hace tres semanas encontró una nota alentadora:

]oel Villarreal, corresponsal, CiudadJuárez, Chih., 11 de noviembre. En lo que se consideró una ven- ganza entre narcotraficantes, la tarde de ayer fue encontrado en la cajuela de un auto ubicado en el estacionamiento de Plaza Juárez Mall un hombre aún no plenamente identificado, quien fue tortura- do y ejecutado. Según las primeras pesquisas el grupo de homici- dios de la Policía Judicial del Estado (PJE) intenta establecer si la identidad del finado realmente co- rresponde a la de Abelardo Gutiérrez, abogado del presunto narcotraficante Anselmo López Tostado.

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. Y ahora encontraba algo mejor:

Joel Villarreal, corresponsal, CiudadJuárez, Cbih., 2 de diciembre.Personal del Departamento de Ave- riguaciones Previas (DAP) localizó el cadáver de un hombre embalsamado dentro de un lujoso ataúd. El hallazgo se hizo en una vivienda desahabitada ubi- cada en el fraccionamiento Rincones de San Marcos. El occiso fue identificado como Anselmo López Tos- tado, desaparecido hace una semana, cuando lo se- cuestraron supuestos miembros de bandas rivales.

Y a continuación seguía una pequeña crónica de su vida legal, que Gonzalo conocía tan de cerca. Le pareció que había llegado el momento de regresar. Las personas poderosas cercanas a Óscar ya no tendrían oportunidad de ayudar a Ángela, si es que en algún momento hubieran tenido la in- tención y él disfrutaría discretamente de su recién adquirido capital. Regresaría a su trabajo donde sólo pidió un permiso temporal. Además, ya le estaba entrando culpa por haber dejado sola a su mamá, a Aurora, de quien no dudaba creería cualquier his- toria que él contara para explicar su extraño com- portamiento. Dispuso su regreso. Hizo una rápida escala en el puerto de Veracruz, donde había dejado a Gloria interna en un retiro. Hicieron su arribo a Ciudad juárez a tiempo para pasar en familia la temporada navideña.

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Gloria estaba muda, sumida en algún recóndito espacio entre la locura y el fervor. Gonzalo casi la arrastraba hacia el taxi en el aeropuerto. Los viejos modelos de los años setenta Ford Galaxie, o los Royal Mónaco de la Chrysler siguen siendo los taxis de Ciudad juárez, eso sí, muy bien conservados. Y los choferes no han dejado de usar sus gorras beis- boleras, aún los jóvenes, herederos de la tradición. Gonzalo se acomodó en el taxi en turno. El chofer, en el último momento, pidió a un mucha- cho que lo acompañara. -Buenos días. Vamos a la López Mateos con la Raza. Ahí después le voy diciendo -indicó Gonzalo. El taxista miraba a la pareja de reojo por el es- pejo retrovisor. No podía creer que la casualidad le permitiera probar el elíxir de la venganza. Gonzalo, ingenuo, iba con su acostumbrada disposición para departir:

-Ya está todo poblado, ¿no compa? -hacien- do alusión a las colonias que se habían ido forman- do sobre la carretera Panamericana.

-Sí

-contestó el taxista.

Al oír esa voz, a Gonzalo se le bajó y se le subió el azúcar. No pronunció ni una palabra más. Cuan- do llegaron a la avenida de la Raza, el chofer tomó un camino inesperado. -Oiga, es para el otro lado. -Cállate o te mueres cabrón -fue la respuesta de Felipe Villagrán, al tiempo que su acompañante

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desenfundaba un revólver corto .38 especial y, cor- tando cartucho, apuntaba a Gonzalo.

-No mames Felipe, yo no tuve la culpa de que te metieran a la cárcel ni de nada de lo que te pasó -replicó Gonzalo, lo que le costó recibir un disparo en una pierna ante la sorpresa del mismo Felipe, quien le hizo señas al muchacho de que se calmara. -¿Y tampoco corriste a mi mujer de la maquila cuando ya no te gustó acostarte con ella? -Felipe destilaba furia-, ¿ni te acuerdas de que declaraste en mi contra, traidor de mierda? -Cálmate, por favor -se defendió Gonzalo-.

Ahora puedo ayudarte

-A tu infierno, cabrón. Gonzalo se desmayó de la impresión. Trancurrió un buen rato hasta que llegaron al desierto de Samalayuca. Felipe se internó hasta donde le fue posible en coche. Cuando se detuvo, bajó a Gonza- lo, que en ese momento se reincorporaba, y lo des- pojó de toda la ropa. También bajó a Gloria. -Disculpa Gloria, pero así es la vida -se justi- ficó. En ese momento fue como si ella transitara del ensueño al trance y, en una interminable, delirante carcajada, se tiró boca arriba sobre las dunas a ple- no sol, como si mirara al mismísimo Jesús; el taxi se perdía a lo lejos y Gonzalo desnudo, herido y de- sesperado, le gritaba a su mujer:

¿A dónde vamos?

-No seas pendeja, ayúdame a caminar.

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2

En C!oé,gran ciudad, laspersonas quepa- sanpor las callesno se conocen.Al verseima- ginan los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones,las sorpresas, losmordiscos.Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, buscan otrasmiradas, no se detienen.

.Ita/oCa/vino,de las Ciudades invisibles

.Isthere anybody, out there

?

-¿Perdimos? -¿Dividamos? -¿Transigimos? /Tanias evidencias de la confusión/ Cómo han insistido en elpecado, cómo nos han llenado de cul- pa. 1Qué solos estamos con nuestras dudas y con nuestras esperanzas/ Joel llega de visita a la ciudad de México. Desde la terminal de autobuses del norte se traslada en metro.

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Mire

El nuevo yoyo luminoso

De importación

ya llegó, ya está aquí

Hay de dulce, hay de nata

Mire

llévelos.

Piensa en la enorme energía que requiere esta ciu- dad, esta gran escenografía, para funcionar, y se pregunta el argumento de la obra que se va mon- tando día a día. Elena vive sola; joel llama a su puerta. Un cari- ñoso abrazo los reúne y los alegra, pero ella no parece muy recuperada. A joel le da la impresión de que incluso cojea, parece lastimada, como si fuera un recipiente de los dolores del mundo. Hablan de cualquier cosa hasta que él va al punto:

-¿Por qué no has vuelto a la foto? -A veces enmudeces. Se ven con simpatía. El televisor está encendido, ha empezado el noticiero. -Y ¿lograste darle forma al material? -Elena alude al trabajo de joel. -Sí, conseguí los testimonios, armé el reporta- je, lo publiqué; no ocurrió nada. Alentó un poco el morbo. -¡Espera!, escucha -Elena sube el volumen del televisor:

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Los inculpados, presuntamente responsables de por lo menos veinte asesinatos, declararon haber recibido mil 500 dólares mensuales aportados por el egipcio LatifSharif, quien se encuentra preso en el Centro de Rehabilitación Social de Ciudad Juárez, sentenciado como responsable de al menos 15 de los 180 asesi- natos perpetrados a mujeres de entre 13 y 25 años, ocurridos de 1994 a la fecha. La banda, reconocida como "los Caimanes", fue presuntamente contrata- da por el aludido Sharif para asesinar a dos mujeres cada mes y así desorientar a las autoridades

-¿Tú crees eso? -lamentó Joel.

En información internacional: Tras la masacre ocu- rrida en Denver, donde 12 estudiantes murieron y al menos 30 resultaron heridos -víctimas del ataque con armas de fuego y bombas de fabricación casera por parte de, según las primeras evidencias, tres de sus compañeros, dos de los cuales se quitaron la vida en la escena misma del atentado-, el presi- dente Bill Clinton dirigió un mensaje a la nación en el que resaltó la importancia de que los padres de familia refuercen la comunicación con sus hijos, orientándolos para que expresen sus conflictos vía el diálogo y no mediante el uso de las armas

-¡¿Qué?! Predicando con el ejemplo, ¿no?-Joel y Elena ríen sin poder creer lo que escuchan.

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Por su parte, el vocero de la Organización del Trata- do del Atlántico Norte admitió un nuevo error en sus acciones de guerra contra lo que llamaron el terrorismo de estado que ejerce Slobodan Milosevic; la tragedia se produjo cuando, por un error del sis- tema de guía, un misil lanzado sobre la ciudad servia de Surdulica cayó sobre un barrio residencial, cau- sando la muerte a unas treinta personas, en suma- yoría mujeres y niños que se encontraban refugia- dos en un sótano

Elena apagó el televisor. Con calma se calzó, fue a lavarse los dientes e invitó a joel a dar un paseo. -Extraño el candor. -No lo recuerdo. -Amo la risa. -Prefiero la sonrisa. -No conocía el vértigo. -Te faltaba arraigo. -¿A qué? -A tu vida. Un judío con barba y kipá pasó frente a ellos, con prisa, sin ocuparse de los demás. -Quisiera ser creyente -¿En qué? -Creer. La claridad se posa plácida sobre la ciudad de México. ¡Qué nitidez! ¡Qué transparencia! -Anhelo el candor.

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Los encuentros con la verdad, incoefundible, qfre- cen espacios que comprendemos en su e/andad y reconocemos en su belleza,· revelan también el va- cíoy la atroctdad en los que normalmente transita- mos, con extrema necedad, reproduciendo escenas fatales, corte/ando al mal, buscando redención y promulgando nuestro error como escudo. No vamos tras lo mefor; nos conducen las carencias, la tenaz necesidad de mitigar el dolor. La volátilpresencia de la verdad abre caminos diversos:su búsqueda y su destrucción. Con toda su luz, esa verdad nos descubre la libertad que, de no dtt/ar escapar, dificultana muchos mecanismos de poder y la fascinación puede ser tal que nuestros talentosse desplieguen.Perocuando damos el triu'!fo a los bloqueos, burdamente quisiéramos que el otro no alcanzara tampoco su verdad, porque ahí no tendrta juego la chariatanerta que nos queda como último recurso. Parece dt/fcil reconocemos, fluir, no culpamos,· reconquistar nuestro derecho a existir. Y si alguien lo logra mientras nosotros,petrificados, sólofingi- mos, se ha escapado de nuestro mundo. Tales son los iencueiospor los que transita la autoridad

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-Día y noche, nacimiento y muerte, siembra y co- secha. Dua!tdad, movimiento. En la tierra muere el grano de maíz para que brote la planta. Mujeres amamantando a su hfjo, desgranando una mazor-

Hay cuatro

clasesde maíz: el negro, el amarillo, el rojoy el blan-

co. La cosmovisión y el maíz; una mitología donde todas las.fuerzas deben concurrir para que suceda el gran milagro: la resurrección del dios del maíz

en el ieframundo, la germinación del grano de maíz; el brotar de la nueva planta. Para r¡ue ocu- rra, es de vital importancia conocer las.fuerzas ocul-

del ritual

y del arte: trascender lo aparente. -Si Sí quiero hacer esasfatos. El tema está bue-

ca, moliendo el maíz; haciendo tortillas

tas inherentes a las cosas. Tal es el sentido

nísimo -en Elena resurgió el brillo.

-Bueno, entonces te dt!J'olos textos y tepropon- go esto:en los alrededores de Toluca,para no ir más kjos, hay pueblos mazahuas donde puedes tomar fatos de lo másparecido a la cultura mesoamericana

del maíz. Siembra no creo,por la temporada, pero sí las tremendas plantas, tal vez cosecha y elabora- ción deproductos. Y, sobre todo, a la gente. -Órale. Tal como lo acordamos, Juan pasó por mí a las

530 de la mañana del miércoles. Íbamos bien ta-

pados con esa sonrisa estúpida del que se acaba de despertar.Era aún muy temprano cuando pasamos

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por La Marquesa, pero no era cosa de desperdiciar la oportunidad de echarse un atolito. Lasquesadillas me/or más adelante. Rodeamos Toluca y tomamos una pequeña ca- rretera, sentíamos la densidad del bosque. Unos treinta kilómetros más adelante, el camino atraviesa Totoltepec, tomamos una diagonal y nos adentra- mos. Después nos apeamos y avanzamos. Hubiéra- mos quendo pasar desapercibidos,pero teníamos un aspecto inevitablemente dfferente al de lospoblado- res,·losperros nos ladraban,- un Vi€!Jltonos interro- gaba sin que atináramos a entenderle,· una mujer nos qfreció unos tamales, que sí aceptamos. Subi- mos una pendiente. La distancia entre las casas era de cientos de metros.Entre los campos, agrestesunos, cultivados otros,corrían niñosy perros. Yo.fui sacan- do mi equipo defato, a mis ojos todo era especia! Llegamos a una casita dividida en dospartes: la co- cina y el dormitorio. Unos niños salieron a nuestro encuentro:

-¿No quiere honguito? -/Tienen? -Si Una mujer salió de la cocina. -Pasen, pasen. Pasamos. Al centro, unfogón calentaba el coma! La mujer echaba tortilla. Pregunté si podía tomar fatos y aunque no se opusieron, era tal su vergüen- za que decidí d€!Jarlopara después.

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-Ya no tarda mi esposo. Fue al monte a traerlo, ya no tarda. Yo no me sentía muy cómoda; también

en ese

momento hubiera querido ser uno más de ellos, no traer ropa tan d(/erente ni estar volteando cada que se me acercaba una gallina.

-¿Sí hay bastante en esta época.? -preguntó Juan. Me di cuenta de que estaban hablando de hon- gos mágicos.

-Sí; ahorita es cuando hay, como está lloviendo. -/Y ustedes los usan.?-pregunté. -Sí; poco. Cuando el niño está en/ermo de la

pancita.

Un cachito nomás.

Ya entraba el marido, con su hijo mayor. -Buenos días-d(jo amablemente.

-Buenos días

-Los señores vienen por honguito. -¡Ah sil Muy buenos. -¿Qué son.?-preguntó Juan. -Pajaritos. Mírelos qué chulos. El señor abrió una bolsa mediana bastante llena. -¿Mucha gente viene a comprar.?-pregunté. -No mucho. Una vez vinieron unos que se !le- varon /pero ki!oS¡·Aquí adelante los agarraron y tu-- vieron problemas con la ley. Es que esto es de medi- cina, no de narcotráfico -aclararon. Juan se apalabró con elprecio y salimos a con- tersar. Lo me/or era aprovechar que era temprano y

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comerlos de una vez. ¿Para qué andar car,gándo-- /os? Mefor aquí; en su lugar. Encar,gamos nuestras cosasy nosfuimos a bus-

car un buen paisaje.

Los comimos. Juan sefue por su lado y en un buen rato no lo vt: Yo estaba un poco impaciente, no sucedía nada. Depronto sentí una tremenda indi- gestión y tuve que ponerme en cuc!t!!asy vomitar

quedarme como piedra en esa posi- rato. Más tarde,Juan me d(jo que me

había vistopermanecer asípor lo menos media hora.

Al reincorporarme caminé sotprendida

al ver el mo-

vimiento de la energta, casipodía ver el viento. Me acosté boca arriba en una praderita y cerré los o/os. Toqué mi cara y me di cuenta de que tenía un gesto apretado, de dolor, de amar.gura dectdí sonreír.

en el que fue preciso salir de

mi cuerpo y visitar a mi padre, a mi madre, a mi

hermano, aJoe~ a mis más entrañables amigos. Fue necesario verlosy o/receriosconsuelo, abrazarlos y decirles que hay verdad, una verdad esencial Qui- se decirles cuántos de nuestrosproblemas no tienen

para después ción un buen

Fue un lar,gocamino

importancia

y lloréserenamente mi descuonsue!o.

Poco a poco sefue dibujando la sonrisa en mi ex-- presión y, aún con lágrimas, abrí los ojos. Y ahí estaban, .frente a mí; en un claro movi- miento ascendente hacia el so/. lasplantas de maíz. La milpa estaba viva. Cuando me encontré a Juan, él tenía el rostro

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tan relqjado como yo sentía el mío. Me sentía lim- pia, clara.

Al regresar a aquella cocina

con piso de tierra, la

.familia nos invitó a su mesa en la que ya no éramos ajenos.

En lasfatos que más tarde revelé, no sé si sólo yo distingo aquella energia.

Ya en el camino de regreso, le conté aJuan a qué grado había vivido los últimos tiempos invadida por espectros, sintiéndome en pe!tgro -¿Por qué temes tanto a la muerte.?-preguntó.

Lo que sí

tdentflko, .fatalmente, es los vericuetos de la locura

y, por ese camino, elpe!tgro, lafigura del asesino. Aunque todos contenemos ese instinto, la mayoría no cruzamos el umbra~·porque asesinar implica perder un cacho de alma y eso es dolorosfsimo,·así es que un asesino múltiple -Es un desalmado.

-Eso es algo que no puedo

y

es horrible vivir con el alma marchita.

Oaxaca de Juárez, mayo de 1999

200

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INDICE

CAPÍTULO 1

 

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1

15

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3

33

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5

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CAPÍTULO 2

 

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CAPÍTULO 3

 

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D esde hace varios años, comenzó a alterarse visiblemen- te una parte importante de Javida de diversos sitios

del estado de Chihuahua. Uno de esos sitios es Ciudad Juá- rez. Ciertos procesos conflictivos concurrieron en algunos sectores sociales vinculados con maquiladoras, empresas

de doble

sa escalada de narcotráfico, drogadicción, prostitución y centenares de mujeres asesinadas. La información perio- dística y la presión de organizaciones civiles de defensa de

derechos humanos han sido insuficientes para hacernos comprender la dimensión de estos procesos de desgaste social. Tierra marchita, de Carmen Galán, es una magnífi- ca conjunción de periodismo y ficción, una documentada investigación que con agilidad y desde muchas perspecti- vas aporta una visión fundamental para conocer este proce- so social que invade muchas esferas y avanza en muchas zonas de México y del mundo.

faz y migrantes, que se tradujeron en una peligro-

CARLOSMONTEMAYOR

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