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OBRAS DEL MISMO AUTOR.

1923.-México -Francisco Villa. Biografía rápida.


(agotada). ~me han de matar
1928.-Mé:i¡:ioo.-Bl Feroz Cabecilla•.Cuentosde la Revolueión
en el Norte. {Agotado,).
1930.-México.-El Hombre Malo. Villa ataca Ciudad Juárez.
La Marcha Nupeial. (agotada).
mañana.
1932.-Madrid.-¡Vámonos con Pancho Villa! (Agotada). novelas 1 ••
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IMPRENTA LINOMEX, S. A. • SOTO, 3 • MEXlCO,


'•
I.

1L sábado, al medio día, pensé en cerrar la


tienda más temprano que de costumbre, y

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___
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aún clausurar por unos días mi negocio.
¿Quién, durante los días de guerra, cuan-
do la ciudad desfallecía bajo el terror implacable
desplegado por los bandidos, iba a comprar los her-
mosos cuadros que yo vendía? Por muchos años,
mi tienda había sido sin duda 10 mejor en su ramo;
1

lo digo sin jactancia, agregando que nadie más ade-


cuado que yo para vender aquellos artísticos cro-
mos, importados de Alemania, que yo sabía colo-
car en bellos marcos orlados de oro. Tenía cuadros
para comedor, con frutas, aves, conejos y aún caza
mayor ; cuadros para sala, con paisajes campestres
o marinas, canales de Venecia, alegorías de las cua-
ero estaciones del año. . . y en motivos religiosos,
mi surtido era enorme. En fin, ya tendré tiempo
10 SI ME HAN DE MATAR MA~ANA ... r
r RAFAEL F. l'rIUÑOZ 11

otra vez para ponderar lo completo que era mi ne- Estaba frente a mí uno de "aquellos", un bandi-
gocio. dote de vientre abultado y grandes bigotes de cer-
El caso 1esque en aquellos días no vendía yo na- das en dispersión. Me miraba en una forma tal, in-
da. La gente de mi clientela estaba empavorecida solente, de violencia, que comprendí que no iba a
con la entrada de los bandidos a la ciudad, y ape- comprarme cuadros. Su sombrero de palma ento-
nas asomaba a las calles. Se contaban historias ho- quillado de cerda blanca y negra, me sugirió la ofer-
rripilantes de grupos de civiles, gente aristócrata, ta, que no pude decir sino tartamudeando:
llevados a fusilar por las noches en un cementerio -¿Desea algún cuadro ... para un sombrerero?
humilde de las afueras. Cada día circulaban noti- -Ni cuadros ni sombrereros. . . ¡Acompáñeme!
cias de nuevas ejecuciones, pero en verdad, yo nun-
-Señor, yo soy inocente ...
ca las creí, porque la gente es muy mentirosa; yo
mismo, cuando me contaban que la noche anterior Jamás he tenido tanto miedo. Habían dado un
habían sido fusiladas cuatro personas, al repetir la decreto para que todo el que circulara noticias fal-
versión decía que las víctimas habían sido seis, y así sas fuera ejecutado. ¿Por Dios, quien les habrá di-
como comprendía mi exageración, consideraba que cho que yo platico lo de los fusilados en el cemen-
tampoco había sido exacto lo que escuché. Bueno, terio? Volví la cara hacia el estante donde guarda-
esta es ya una plática quo no debo proseguir. El ca- ba los santos.
so es que iba yo a cerrar mi tienda. --¡Andele ! ¡Andele !
Por costumbre, fui al cajón del dinero, ~abíen- -Señor, yo acostumbro cerrar mi tienda a la
do que estaba vacío; recorrí con la mirada todos mis una, y son apenas las doce y media. Si usted quiere,
cuadros, para ver si estaban en orden, y satisfecho vaya por delante, y yo lo alcanzo ...
de la inspección, descolgué mi sombrero, que habi- Dió un puñetazo sobre el mostrador, y no tuve
tualmente dejaba bajo un cromo del "Angelus", por- 1
1
más remedio que ponerme mi sombrero y salir. El
que pensaba que estando el campesino con su gorra se encargó de darle un tirón a la puerta, para ce-
entre las manos, escuchando el tañido crepuscular rrar. Frente a la tienda estaba un automóvil mili-
de las campanas, ese cuadro es el mejor adorno pa- tar, y a él me subieron.
ra un perchero, y así había logrado que lo compren- -Al Cuartel General ...
dieran varios de mis clientes, vecinos acomodados A pesar de haber sentido el miedo, no puedo de-
de la ciudad. finirlo completamente; necesito recurrir a una fra-
-¿Pedro Magaña? se que he leído, no sé donde: "el miedo es la creen-
-Servidor de usted, señor. ¿Se le ofrece algún cia de que existe para nosotros un peligro próximo,
cromo, o desea que le haga un marco para retrato? grave e inevitable". Yo defino el miedo como una
12 SI ME HAN DE MATAR MAl{ANA ... RAFAEL F'. I'.IUÑOZ 13

impaciencia que hace sudar nada más del cuello <lera labrada que orlaban las puertas habían sido
para abajo: mientras sentía la cara helada, las ro- arrancadas, y por las noches, cuando el frío era in-
pas me daban un calor intensísimo, y se me pega- tenso, los soldados hacían con ellas una gran foga-
ban al cuerpo con la humedad del sudor; se hubiera ta en el centro del patio.
dicho que había caído en el agua con el traje puesto.. Mi acompañante me puso la mano en un hom-
Traté de conquistarme a mi custodio: b1•0 y me condujo por aquella confusión de hombres
y de caballos. En el piso más alto, frente a una
-Si es usted una persona de buen gusto, como puerta, dijo a dos centinelas que se recargaban en
creo, comoestoy seguro de que lo es, le puedo rega- ella:
lar las cuatro estaciones...
-Este es Pedro Magaña.
-¡Cállese el hocico!
Los soldados se hicieron a los lados, como si me
El cohecho no daba resultado con aquel hom- conocieran, y el ventrudo me empujó hacia dentro.
bre; y por segundos, el automóvil se acercaba al 'Jiras de mí se cerró la puerta. Delante, en una pie-
Cuartel General, que había sido instalado en el edi- za minúscula, sin duda la más pequeña de todas
ficio del Palacio Federal. Antes estaban ahí las ofi- las oficinas, doce hombres, unos tendidos en el sue-
cinas de correos, el telégrafo y todas esas agencias lo, otros sentados en los rincones, alguno de codos
a las que los ciudadanos tenemos que ir mensual- en el marco de la ventana abierta hacia una plazo-
mente a pagar nuestros impuestos. Ahora tenía ahí leta próxima, me recibieron sin una palabra, sin
sus oficinas el general en jefe de aquella turba. una mirada. Algunas caras me eran conocidas: aquel
¡Santo cielo! ¡Cómoestaba el hermoso edificio! Ha- señor pequeñito, encogido en un rincón en postura
bían metido los caballosen el patio, enlosadode már- de niño antes de nacer, que inclinaba la cabeza y
mol blanco y negro; todos los vidrios de las puertas ocultaba sus tímidos ojos azules con la mano en que
estaban rotos, cuando aún quedaban puertas; dentro
apoyaba la frente, fue un juez; aquel otro, alto y
de las piezas destinadas a oficinas, los soldados dor-
gordo, que paseaba impaciente por el estrecho es-
mían aglomerados; todos los muros, cubiertos de
fino estuco, estaban pintarrajeados con letreros que pacio que dejaban libres los demás, había sido ge-
vitoreaban al jefe y leperadas alusivas a los ene- rente de un banco; otro de más allá, que expresaba
migos caricaturizados en posturas ridiculas : de to- su mal contenida cólera pasándose la mano sobre
do el edificio salía un olor a pocilga. Por las escale- los duros bigotes grises, era propietario de una gran
ras de lámina de mármol traído de Italia, habían hacienda; y luego, un abogado de fama, dos comer-
hecho rodar las cajas de fierro para que se rom- ciantes ricos y otros que yo no conocía. ¿Qué ten-
pieran y pudieran ser vaciadas, pero antes queda- dría yo que hacer entre tanta gente importante?
ron destrozados los escalones; todas las tiras de ma- Porque eran las personas más caracterizadas de la
11¡ SI ME HAN DE MATAR MAÑANA ... RAFAEL F. MUiWZ 15

ciudad, y mi categoría de expendedor de cromos ar- También había en el suelo restos de alimentos,
tísticos, aún cuando era la de un comerciante hon- cáscaras de frutas, bolsas de papel que contuvieron
rado, estaba algunos escalones inferior a la de ellos. algún comestible, canastos y portaviandas. Sin du-
Por eso fue que tímidamente busqué un sitio en da muchos de aquellos señores habían sido deteni-
que se hiciera menos visible mi presencia: fue en dos días antes; también sus barbas crecidas, sus ca-
el rincón más lejano a la puerta, donde a pesar de la bellos desaliñados, sus ropas arrugadas, sus peche-
incertidumbre por lo que pudiera ocurrirme, pasé ras abiertas, sus caras sucias, denotaban un pro-
las largas y quietas horas de la tarde observando, longado encierro. De todos, era yo el único que te-
en medio del silencio dolorosode los presos. Estába- nía ganas de hablar.
mos en un saloncilloalargado y estrecho, donde de- -¿Cuántos días tiene usted aquí?
be haber existido alguna oficina de poca importan- El hombre a quien hablé, que estaba envuelto en
cia, que no tenía sino una mesa larga y dos o tres un abrigo militar azul plomo, desprendió su frente
sillas viejas; en algunos sitios, cerca de las pare- del cristal de la ventana en que la tenía apoyada
des, había cobertores tendidos en el suelo o angos- desde que yo entré, para verme de pies a cabeza
tos colchones en los que reposaban, inmóviles y si- con una mirada triste de sus grandes ojos verdes.
lenciosos, como si estuvieran encadenados o dormi- -Dos semanas ... tres. . . ¡quién sabe cuántas!
dos, tres o cuatro prisioneros. Porque no cabía du- He perdido la noción del tiempo.
da que tal era nuestra categoría. Comprendí que Y volvió a reclinar la frente sobre el cristal; su
aquella era la antesala del cementerio, y que todos mirada, vagando por la plaza vecina, era lo único
nosotros estábamos sentenciados por la loca injus- libre de todos nosotros. Nuestros pensamientos mis-
ticia del bandolero dominante, al castigo único que mos estaban atados y daban vueltas, como bestia
sabía aplicar: la muerte. ¿Y a mí, porqué? Al ban- que saca agua, en torno del pozo profundo de nues-
quero, que en su ir y venir de lobo enjaulado se tros temores.
acercaba a mí cada minuto, le pregunté: Poco a poco,la claridad del día fue escapándose:
-¿Usted sabe porqué me trajeron? entraba por la ventana sin maderas, pero se extin-
Me miró de arriba abajo en forma despectiva; guía, como si nuestra inquietud la absorviera en un
indebidamente, porque si mi ropa no era elegante, intenso deseo de conservar una última visión de las
mi aspecto debía hacerle comprender mi calidad de cosas. De fuera nos llegaban toques de clarín, gritos
hombre de bien. Fuése hasta el otro extremo del sa- de centinelas, pasos de hombres que arañaban con
loncillo, y al llegar de nuevo cerca de mí, me res- sus espuelas el mosaico de los corredores, voces im-
pondió en voz baja: precisas; pero nadie abrió de nuevo la puerta.
-¿Sabe usted porqué me trajeron a mí? Cuando todo quedó a oscuras, y a través de los
Comolo ignoraba, no volví a preguntarle. cristales no se vieron sino unas cuantas luces remo-
16 SI ME HAN DE MATAR MAÑANA ... RAFAEL F. MUÑOZ :/.7

tas, el hombre del abrigo azul se tendió en el suelo, ción de las horas. ¿Había pasado ya la media noche,
al pie de la ventana; yo, sentado en mi rincón, ha- la docena de campanadas que anuncian el momento
bía estirado una pierna, y la cabeza del militar, de supremo de toda tragedia? El ronquido de algún
largos rizos rubios, cayó sobre mi muslo, como un soldado que reposaba en el pasillo inmediato, úni-
tronco. Mis ojos se fatigaron inúltimente tratando co ruido que nos llegaba de fuera, carecía de valor
de ver: parecía que nos habían encerrado en una para apreciar la marcha de las horas.
campana de plomo. Dormir era imposible; aquella Bajo mi muslo, la cabeza de pelo rizado perma-
primera noche tuvo para mi todo el horror del peli- necía inmóvil. Sentí la pierna arder como si, empa-
gro desconocido,pero anunciado por un firme pre- pada en alcohol, una sola flama se levantara de to-
sentimiento. Me inquietaban todos los pequeños rui- da ella. Luego sentíla fría, como si la hubieran fro-
dos de los otros; a veces una tos, luego un suspiro tado con nieve de los campos. Con cuidado, tomé
y unos pasos cortos, irregulares, de hombre que aquella cabeza juvenil entre mis manos, la levanté
quiere andar, pero no sabe el camino. blandamente, y echando mi pierna fuera, púsela en
Una mano comenzó a redoblar sobre la mesa con el suelo; produjo un leve sonido seco, como roca que
golpecitos interrumpidos, como si trasmitiera un cae.
mensaje telegráfico, mano nerviosa que no podía Otra vez la sucesión de eternidades. ¿Cuántos
contener su inquietud, y que la comunicó a todos siglos se han desenrrollado sobre estos trece cuer-
nosotros; un pie igualmente inquieto contestó el pos, sobre estas doce mentes insomnes? Llegó el
golpeteo. Era terrible oir aquellas dos expresiones momento en que no pude resistir la inmovilidad, y
de temor; unos a otros nos comprendimos en vela, me puse en pie para acercarme a la ventana; afue-
hasta que alguien se rebeló: ra, la plazoleta nos devolvía nuestro silencio, era un
-¿Quieren callarse? eco de nuestro silencio, nuestro silencio repetido,
A la autoridad de esa voz, más enérgica que su- aumentado, agigantado; una montaña, un océano,
plicante, se suspendió el redoble. Sin embargo, es- un mundo de silencio. También mis nervios se rebe-
toy seguro de que nadie pudo dormir. Nuevos pa- laron:
sos de hombres con espuelas sobre el pavimento de --¿Es que todos estamos muertos?
los corredores, voces y golpes en otras puertas que -Todavía no. ¡Cállese!
no eran la nuestra. Y la noche siguió su carrera. Volví a mi rincón, arrepentido, no por mi voz,
Recordé que no había tomado alimento desde la sino por la cruel respuesta que había provocado.
mañana: sin embargo no tenía hambre, acallada por Poco después creí percibir el ruido de un sollozo,
otro deseo: ver el alba. Jamás sentí avanzar el muy tímido, como el de un perro azotado por el amo.
tiempo más lentamente: entre ruido y ruido me pa- ¿,Quiénlloraba? Quizá el Juez, por tanta injusticia.
recía que volaban las eternidades. No teníamos no- 2
RAFAEL F. MU&OZ 19
18 SI ME HAN DE MATAR MA&ANA ...
-Esto sí no lo esperaba ...
No creo que haya palabras para expresar lo lar-
-¿Qué pasa ?-dijo la voz de fuera.
go de aquellas horas. ¿Eternidad? La hemos escu-
-Uno que no nos dará trabajo ...
chado ya tantas veces, que parece haber perdido su
Lo sacaron entre dos, y como los demás estaban
sentido y ahora nos suena falso. Años. . . siglos ...
ya en el corredor, la linterna salió, se cerró la puer-
tampoco. Diré que sólo era tan largo como uno de
ta, y los pasos acompasados por el vibrar de las es-
aquellos segundos, el segundo siguiente.
puelas, se marcharon.
Se llega a pensar que la vida se ha detenido, que
-Ahora sí, podemos dormir ...
el universo no avanza, que todo seguirá tal como
No me explico porqué vino tan pronto la luz del
está, oscuro y silencioso, por cien cadenas de épo-
día.
cas.
Pero el tiempo no ha muerto; ruido de pasos,
voces, rozamientos de la puerta sobre sus visagras,
una luz de linterna que ilumina nada más las pier- II.
nas, y una lista de nombres:
-El licenciado Estrada ...
-Por fin. . . ¡Gracias, Dios mío! MUY temprano llegaron los alimentos: cuatro se-
--J_,os dos Martinez ... -- ñoras vestidas de luto, llorosas y angustiadas,
-Esta bien, estamos listos, ••• se acercaron a sus esposos o sus padres, ofre-
-El dueño de la Oriental ... ciéndoles víveres llevados en bolsas o canastos. Unos
-Asesínenme aquí de una vez, perros maldi- tuvieron apetito y comieron. Otros platicaron con
tos ... sus visitantes en voz muy baja. Al oficial y a mí
-Cállese la boca y véngase para afuera. ¿Quién nadie nos llevó nada; él, quién sabe en qué población
es el otro? lejana tendría los suyos, de los que se alejó por el
De fuera del corredor, regresó la respuesta en servicio de las armas, y yo, viejo y soltero, viví aolo
un murmullo que no percibí bien. mucho tiempo antes de esto.
-Ah, si, es cierto ... La puerta se abrió una vez más, y penetró una
El hombre de la linterna avanzó al centro de la dama elegante vestida con largos crespones negros,
celda. La luz amarilla iluminó un cuerpo tendido como si se anticipara al curso de los sucesos. No
sobre un cobertor rojo. Parecía dormir, inmóvil y obstante, el canasto con víveres que llevaba era in-
rígido: un pie, armado de enorme espuela, intentó dicio de que aún confiaba. Llegó hasta el centro de
moverlo, luego una mano bajó de la sombra y tocó la pieza, mirándonos fijamente a uno por uno; sus
la cara. bellos ojos parecían buscar en los nuestros un in-
20 SI ME HAN DE MATAR MA~ANA ...
RAFAEL F. MU~OZ 21
forme, un dato. Sin que nadie le hablara, compren-
dió; dejó el cesto en el suelo, e inclinando la cara iba carabina en mano, los mismos desconocidos se
fue retirándose muy lentamente, hasta que la puer- alejaban de nosotros. Cuando oscureció se suspen-
ta se cerró tras ella. Un largo rato después oímos dieron los viajes.
llantos y voces femeninas al otro lado de la puer- Otra vez quedamos en sombras, pensando cada
ta: eran nuevas visitantes que, antes de entrar, uno: "¿Seré yo, esta noche?". El oficial pasó las
recibían noticias de los centinelas. Las mujeres se horas con la frente pegada a los cristales, como si
fueron, y el oficial y yo compartimos una comida, encontrara alguna esperanza en el pavimento cua-
quién sabe de cual de los ausentes. driculado de la plazoleta; y cuando ya nada pudo
Otro día de silencio y otra vez la impaciencia. distinguir a causa de la sombra, fuése a la mesa
Habiendo menos personas en nuestra prisión, el ban- larga, desocupada la noche anterior, y se tendió de
quero tenía más espacio para su ir y venir constan- espaldas con los brazos cruzados sobre el pecho,
te. como un cadaver. La mano que veinticuatro horas
Cuando teníamos necesidad, salíamos a una pie- antes tecleaba sobre la madera, como si trasmitiera
1 m mensaje, no hizo ruido alguno esa noche; quizá
za contigua; un centinela nos acompañaba en cada
viaje, y no nos perdía de vista un momento; a pe- estaba entre las que partieran, y los golpecitos que
sar de esta incomodidad, uno entraba y otro salía; dió hayan sido su despedida.
parecíamos una cadena eslabonada en círculo. El pie sí reveló su impaciencia.
-¿Qué les pasa que todo el día están haciendo -¿Otra vez? Fíjese en que es de mala suerte ...
viajes ? ¿Están enfermos ?-nos decían los centine- De nuevo el silencio y de nuevo la angustia. "Se-
las, fastidiados también de ejercer vigilancia sobre ñor, ¿no puedes hacernos la merced de estas horas?
nosotros aún en esos momentos. i. Porqué "éllos" no vienen cuando llega la sombra?
Y no es que sintiéramos la necesidad material, En la crueldad de nuestro destino, ¿qué habría de
sino el deseo de salir de aquella fatídica antesala, importarnos marchar unas cuantas horas antes?
de ver otras caras, no las nuestras a cada hora más Lo terible es la espera, no el momento. Un ruido,
desapacibles, más sucias, más barbadas; de ver ca- un golpe, y ya está. iPero la incertidumbre!"
ras alegres, aunque fueran las de nuestros carce- Nos sentíamos envejecer por segundos. Senta-
leros, de observar el movimiento constante de la dos en los rincones nuestros cuerpos se encorvaban,
gente que entraba y salía en las oficinas del Cuar- los músculos quedaban laxos, la energía moral se
tel General. Quizá también teníamos la esperanza diluía en la tiniebla. Recordé aquel "por fin". iQué
de encontrar algún amigo entre aquella multitud, .i ustificado era! Yo también, sin sentirme culpable,
que pudiera convertirse en defensor y protector; sin saber por qué me habían señalado para seguir la
pero al vernos caminar seguidos de un centinela que misma ruta que los que se fueron, deseaba ya que
el hombre de la linterna me llamara: "Pedro Maga-
RAFAEL F'. JJiUÑOZ 23,
:e2 SI ME HAN DE MATAR MA&ANA ...

ña ... " Le sonreiría como a un buen cliente, y tras- terior, un muerto; no sólo pálida, su faz era de un
pondría con pie firme aquella puerta que era como tinte amarillo sucio. Ojos enterrados, profundos,
un boquete abierto al precipicio de la nada. como la luz que arde en el fondo de una cueva, nos
observaban como si no nos hubieran visto nunca. Y
Hemos sentido los instantes volcarse como una
cuando hice un movimiento para acercarme a él, se
cascada. Torrentes de tiempo. Y de nuevo las vo-
contrajo más, como si quisiera penetrar en el mu-
ces, y los pasos, y la risa de las espuelas. La puer-
ro, escondiendo la cara. "Mi hijo ... mi hijo ... ".
ta se abre, y la linterna derrama su chorro de luz
Volví a mi rincón, y el oficial de los rizos, ya opa-
por el suelo.
cos, se acercó a la ventana.
Resuenan seis nombres; luego, pasos y voces
Un centinela abrió la puerta y nos dejó dentro
que se alejan, tinieblas que reconquistan su espacio.
seis canastos.
Me considero solo, porque el otro parece un ca-
daver tendido sobre la mesa larga, silencioso y con * * *
los brazos en cruz; no hizo ningún movimiento du- Sería el medio día cuando entraron dos hom-
rante el tiempo que la linterna nos miró con su ojo bres; uno de ellos, huesudo y alto, con largos bra-
único, y envuelto en la penumbra y en su largo zos y manos cubiertas de vello, habló:
abrigo plomizo, parecía más que nunca, carne de -Ahora, don Julio ...
anfiteatro. El banquero, que estaba de pie, retrocedió has-
Dormité largo rato, tranquilo una vez más. Pe- ta la pared, y fuese resbalando hasta quedar sen-
ro antes que el alba llegó nuevamente el cortejo, tado. Sus ojos, que eran como luz en cueva, se ex-
con .sus pasos, sus voces, su linterna y desde la tinguieron, y la cabeza se rindió hacia delante.
puerta arrojaron al interior una masa que se des- -Andele, amigo...
plomó, inerte, en mitad de la pieza. No me atreví a ¡La voz del hombre de la linterna!
acercarme. Oí quejidos, oí una voz. ¿Cuándo la ha- Mas esta ocasión, la voz parecía ser amable, y
bía oído antes, cuándo? [Ah, sí! "Usted sabe por- como don Julio no respondiera, el hombre se gol-
qué me trajeron a mí". Si, era el banquero que re- peó los bolsillos del pantalón con los puños cerra-
gresaba, quizá de la misma fosa, delirando, deba- dos. Surgió un coro de áureas monedas.
tiéndose sobre el suelo, arrojando como entre boca- --Vámonos ...
nadas, unas cuantas palabras sueltas: "Si. . . si ...
-¿Otra vez?
perdón ... la columna. . . la columna hueca ... per-
-No, amigo, ahora lo voy a llevar a su casa ...
dón... mi hijo ... mi hijo ... "
Tuvieron que sacarlo entre los dos, desmayado.
Cuando penetró por la ventana una débil luz
Y cuando salí al cuarto vecino, el centinela me di-
lechosa, lo ví acurrucado en un rincón; perecía, más
jo:
que todos los otros que se habían ido la noche an-
!4 SI ME HAN DE MATAR MAI\tANA... RAFAEL F. MUÑOZ 25

-Cantó el viejo. Todo el dinero lo tenía metido que quería que nos juntáramos al otro partido. Ve-
en una columna del banco, que estaba hueca; hieie nir desde tan lejos para salir con esa babosada...
cieron un agujero en la parte de abajo y salió un ji Mi general se le puso de fierro malo... "
chorrote de monedas que daba gusto. ¡Medio mi- Había dejado el abrigo y la cachucha sobre la
llón de pesos en oro... ! mesa, y fumaba, uno tras otro, cigarrillos de un
perfume desconocido.Cuando terminó con los que
traía, arrojó al suelo una cigarrera de plata.
-¿No tiene usted cigarros, caballero?-me di-
III. J O.
-No, caballero, quizá haya en alguna de esas
ESA noche no vimos la linterna, ni la siguiente.
canastas.
Las vaciamos una por una sin encontrar. Me
__ Ni vino tampoco en los dos días, visita alguna. miró, como interrogando, y le señalé la puerta. To-
!!.!. · El militar dormía sobre la mesa toda la noche, có y asomó un centinela.
y parecía una estatua yacente de algún cementerio -¿Quiere hacerme un favor, amigo? mandar-
de lujo. Yo dormitaba también de día, mientras me traer unos cigarrillos...
él se pasaba las horas mirando hacia afuera. Tenía- Y le mostraba una moneda de oro.
mos cuatro canastos intactos, pues él casi no toma- -¿Todo esto? No le va alcanzar el tiempo para
ba alimento. fumárselos...
·Al tercer día nos llevaron otro compañero, un El preso sonriió lánguidamente.
hombre elegante que vestía como viajero, con un -La mitad tan sólo.Guarde para usted el resto.
ligero abrigo doblado bajo el brazo, y una cachucha Le trajeron un paquete grande.
inglesa. Finos bigotes, acicalados cuidadosamente -¿Usted gusta?
y· anteojos de filos de oro, estaban de acuerdo con Tomé uno y me retiré de él, que siguió fuman-
su ropa, cortada al estilo extranjero. No lo había- do, encendiendoun tabaco cuando terminaba el an-
mos visto nunca en la ciudad; era sin duda un re- terior, y pronto la pieza se llenó de humo.
cién llegado. ¿A qué asunto había venido este hom- -Si a ustedes no les molesta, caballeros, abri-
bre, cuya sola presencia causaba atracción, que va- remos la ventana por un momento.
liera la pena penetrar en el cubil de la fiera, lleno El oficial se retiró para que el otro abriera, y
de peligros? luego volvió a acercarse, poniéndose de codos sobre
Los centinelas, que todo oyen y todo se plati- el marco de piedra.
can, me dijeron a retazos en mis viajes al cuarto No volvimos a hablar. La catarata de instantes
vecino. "Es un loco".-¿Loco?-Sí, figúrese nomás parecía haberse congelado; no fluía el tiempo des-
!

¡.J:.¡~
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j) -~1J.EJ~~~
'26 SI ME HAN DE MATAR MAÑANA ... RAFAEL F. MUÑOZ 27

de que llegó la noche. El oficial se acostó sobre la Llegaba de fuera un perfume de lilas, que emer-
mesa y el recién llegado siguió fumando. La luce- gía de los arbolillos esbeltos de la plaza. Todo invi-
cilla de su tabaco iba y venía como una luciérnaga, taba a la inercia, a la tranquilidad, a la alegría in-
y el olor del humo flotaba lentamente, como las ho- móvil. Yo mismo, barbudo y sucio, hambriento, pri-
ras. Dos noches en las que no vino el hombre de la sionero, carne para la ejecución, solitario cuya mar-
linterna parecían habernos tranquilizado en cuanto a cha no lloraría nadie, sentí ganas de cantar:
nosotros mismos, pero la presencia de aquel, que "Ven Joaquinita
no tendría tiempo para fumar todo el tabaco que Pusaremos esta cítara
había comprado con una moneda de oro, nos trajo Y entonaremos si te place
nuevamente la congoja. Porque ¿valdría la pena Una canción... "
venir a media noche nada más por uno? Insignifi- -Oigame, paisano ...
cante trabajo para un experto, acostumbrado al ma- Me incorporé. Su voz era enérgica, de mando,
yoreo. tal como yo me imaginaba que debía ser la de todo
Ahí vienen. Cómo nos es ya familiar ese tinti- jefe de hombres. Vuelto a medias hacia mí, con una
neo de espuelas. Un rayo de luz penetra a rastras mano apoyada en el marco de la ventana, el oficial
por el estrecho espacio entre la mampara y el ba-
se despedía:
tiente. Luego la puerta se abre y nos saluda la lin- -Les dice usted que el Capitán Tamborrel no
terna. servirá nunca en su artillería; que no disparará ja-
-Ríos del Río...
más contra los suyos...
-Servidor de usted ...
Al principio no comprendí lo que quería decir-
-Véngase. me. Luego, de un agil brinco, quedó de pie sobre
Fue todo. A la mañana siguiente vimos el abrigo. el marco, irguió el cuerpo, lo inclinó hacia delante,
la gorra y un paquete de tabacos, medio consumi- y gentil, con los pies juntos como en un concurso
do, sobre una silla. ¡Qué razón tuvo el centinela! de natación, se echó un clavado de veinte metros a
* * * la lámina de granito, impávida y tibia.
Estaba yo dormitando sobre la mesa, al medio Se oyó un golpe seco, luego voces, luego nada.
día. De fuera nos llegaba, casi vertical, un esplén- Perfume de lilas y son de una campana remota. El
dido rayo de sol. Todo parecía aletargado bajo la sol, que venía acercándose rumbo a mi lecho de ta-
caricia enervante de aquella luz tibia. En la venta- blas. A ves en ángulo pasaron por el espacio azul,
na abierta, mi último compañero miraba hacia fue- y volví a sentir ganas de cantar:
ra; había dejado en el suelo el sucio abrigo militar, "Los pajarillos en la rama se encaraman
y estando de codos sobre la piedra, la delgada ca- bajo la sombra tembladora del sabino... "
misola se untaba a un torso magnífico de atleta.
* * *
RAFAEL F. MU~OZ 29
28 SI ME HAN DE MATAR MA~ANA ...
-¡ Centinelas!
Me han olvidado. Debo tener aquí poco más de -i Quien vive!
medio siglo. Ya no cierran la puerta, y los centine- -¿Qué diablos pasa con ustedes? ¿Porqué se
las vienen a charlar conmigo dentro de la pieza. Di- han metido a dormir con el prisionero?
cen que no vale ya la pena este lugar, desde que el "Esto no lo había soñado nunca".
General se fué para el sur. Ahora hay muy poco -Señor, usted perdone; como hacía mucho
trabajo por este rumbo. Me hacen partícipe de su tiempo que no venía usted. . . pues ...
comida, y después jugamos a las cartas sobre la -¿Está aquí Pedro Magaña?
mesa en que dormía Tamborrel. Ya se llevaron ellos -Sí, señor.
mismos todos los cobertores, colchonetas, canas- Una mano fuerte me sacudió sobre la mesa.
tos, abrigos, cachuchas; barremos diariamente, y Comprendí que en esta ocasión no estaba soñando.
por las mañanas, me dejan salir hasta la pila para ¡Qué sorpresa tan terrible! El olvido en que creí
meter la cabeza en agua fresca. que me tenía el hombre de la linterna, me hizo con-
Por las noches, los tres juntos dormíamos den- fiar en que nunca habría de presentarse por mí du-
tro. Se acercaba el invierno, y en los largos corre- rante la noche. Imaginé que un día cualquiera ven-
dores de arcadas abiertas a todos los vientos, co- dría sonriente, a plena luz de sol, y me diría: "Ami-
rreteaba el frío peinando sus cabellos en las colum- guito, usted dispense, nos hemos equivocado. Puede
nas; en la pieza, el piso era de madera, más acoge- usted volver a su tienda. . . y mándame un bonito
dor y tibio que las baldosas de los corredores, y es- cuadro para un sombrerero ... "
tando bien cerrada la ventana, los tres podíamos co- Pero he aquí que repentinamente lo tengo fren-
municarnos un poco de calor. Me hicieron cesión te a mí, con sus piernas flacas, unicamente, ilumi-
formal de la mesa, y ellos se arrinconaban, dejan- nadas por la linterna. Sentí la cabeza helada, como
do sus carabinas y sus cartucheras apoyadas en el si la hubiera metido en una cubeta de agua, y del
marco de la puerta. Ahora son los días los que se cuello para abajo, las ropas se me pegaban al cuer-
derraman del gran vaso del tiempo. Casi siempre po con un sudor ardiente.
dormimos de un tirón, confiadamente, tranquila- -i Andele ! ¡Andele !
mente; a veces, sueño con la luz de la linterna y me Me puso la mano sobre el hombro y me echó fue-
despierto sobresaltado creyendo oir el campañilleo ra del cuarto. El corredor parecía una nevera. Ahí
de las espuelas en el corredor, pero todo es fantasía estaban alineados como veinte hombres con sus ca-
y vuelvo a dormirme, hasta que el día ha corrido rabinas recargadas en el suelo.
mucho frente a nuestra ventana. --i Vámonos!
Ruido de 'espuelas. "Otra vez estoy soñando". Espuelas que arañan el suelo ... pasos. . . t Dios
Luz de linterna. "Es mi sueño tan preciso como la mío!
realidad misma".
30 SI ME HAN DE MATAR MAÑANA ... RAFAEL F. MUÑOZ 31

El edificio tenía una puerta para la parte tra- Me pareció absurdo. "Este no es el lugar donde fu-
sera. Por ahí me sacaron, y de un empellón me pu- silan", pensé. "Si me hubieran llevado hasta el ce-
sieron de espaldas a la pared. menterio, sí podía ser, pero aquí no". ¿De donde se
Me atormentaba terriblemente aquella linterna; me vino esta idea?
tenía la 'cubierta dispuesta en tal forma, que ni un -i Conteste!
rayo de luz se elevaba de la horizontal. Puesta en -Señor, yo no tengo un solo cartucho en mi po-
el suelo, yo no veía sino pies y espuelas. ¡Espuelas! der. No he recibido ningún encargo de nadie. Es
A mí solamente los pies me iluminaba. inútil que me amenace. Si me cree culpable, puede
-¿Donde está el parque? fusilarme ... "Aquí mismo".
-¿Cuál parque, señor? Hubo un crepúsculo de silencio: todo ruido pa-
-El que tiene usted escondido... recía haber traspuesto el horizonte.
-Y o no tengo ningún parque escondido, señor; -Le doy cinco minutos para que lo piense bien:
lo único que tengo son unos cuadros... o los veinte mil cartuchos, o lo fusilo.
Ahora sentía una especie diferente de miedo: Se fue. He oído sus pasos, los mismos pasos de
comprendía que ninguno de los músculos de mi cuer- tantas otras noche, alejarse. Los otros pies queda-
po obedecería un mandato de la mente; si quisiera ron inmóviles, frente a mí, sumergidos en el char-
andar, los pies permanecerían inmóviles en la tie- co de luz que esparcía la linterna. Y como mis pies
rra; si quisiera accionar con los brazos, ambos se- eran también la única parte de mi cuerpo que esta-
guirían lacios, caídos a los' lados de mi cuerpo; si ba iluminada, mi miedo se manifestó en una nueva
quisiera inclinarme, permanecería erguido. En cam- forma: sentí que todo yo me iba a los zapatos. Arri-
bio, toda la fuerza de mi ser estaba concentrada en ba quedaba vacío el espacio que antes yo desplaza-
la garganta. Hablaba con voz lenta y queda, pero
ba en el aire; todo yo me contraía y sentía cerebro,
sin vacilaciones, sin expresión de temor, uniforme
pecho y vientre, comprimirse, apretarse, confundirse
y valiente.
en una sola masa, para bajar .... bajar ... Reaccio..
-A usted le dejaron los federales veinte mil
né; aspiré una bocanada de aire fresco. Entonces
cartuchos para que los escondiera,-me dijo la voz
sentí el vacío en mi interior, creí que me inflaba y
del "otro"-y nos va a decir donde los tiene. Si no, perdí la noción del cuerpo, como si aquellos pies que
lo fusilamos aquí mismo...
la luz hacía visibles estuvieran sueltos, no fueran
"Aquí mismo". "Aquí mismo". Nunca podré ex- míos ni de nadie, sino unos pies ya viejos, ya can-
plicar porqué aquellas dos palabras me hicieron tan- sados, sucios, destinados a sostener un cuerpo que
to efecto. "Aquí mismo". t En el muro del Palacio no había nacido. De pantorrillas arriba, todo yo me
Federal, frente a un jardinillo cubierto de zacate ! había diluido, me evaporaba...
32 81 ME HAN DE MATAR MAÑANA... RAFAEL F. MUÑOZ 33

Pasos. . . más cerca, más cerca. Otros dos pies la botella a la boca y eché la cabeza hacia atrás, be-
penetran al círculo de la luz, se aproximan al cen- biendo hasta que no quedó gota en el fondo. .
tro ... La linterna se eleva, a los muslos, a los vien- -j Demonio! ¿pero qué clase de hombre es us-
tres, a las caras. Y se acerca a mí, y veo al hombre. ted? Yo no había visto nunca uno que se tomara un
En la diestra mantiene la linterna sobre nuestras litro de sotol como si fuera agua, y quedara para-
cabezas; en la otra lleva una gran botella. do ...
Cuando habla, su aliento dispersa un pesado tu- Efectivamente, por la expresión de la cara com-
fo de licor. Le veo bien la cara: es el mismo que prendí que aquel hombre estaba asombrado.
llegó una mañana por el banquero don Julio, gol- -Y o soy bueno para beber -agregó- pero ja-
peándose con el puño cerrado los bolsillos repletos más pensé que alguien hiciera eso.
de oro. El también me mira, y parece sorprendido. Entonces sonreí de veras. En mi vida había to-
-¿De qué se ríe? mado licor, y aquellos borbotones que pasaron por
-¿Yo? No me río. mi garganta me dieron una nunca sentida valentía.
-Y todavía me tomo otra ...
-Se está usted riendo ...
-¿De veras?
Me dí cuenta de qué era lo que él creía risa: -Palabra de macho ...
siempre he tenido o el labio superior muy corto o Bajó el brazo de la linterna, y con el otro me
los dientes muy largos, de modo que nunca puedo abrazó a la altura del hombro.
cubrírmelos. Necesito un esfuerzo muy prolongado -Véngase a la cantina, -dijo- y si traga más
para mantener los labios unidos, y en aquellos mo- de lo que yo aguante, lo dejo ir ...
mentos, cuando todo el cuerpo me desobedecía, mi A la vuelta del parquecillo había una taberna.
boca debe haber marcado una mueca que al hombre Ahí hemos estado más de una hora bebiendo, ro-
de la linterna le pareció sonrisa. deados por unos cuantos hombres de los que me
-Es usted valiente. De todos los que he sacado iban a fusilar. Uno frente al otro, vaciábamos bo-
de aquí, ninguno ha podido llegar riéndose hasta tella tras botella.
el cementerio ... Aquel era realmente un bebedor terrible y temí
No quise insistir en que no reía. El añadió: que me venciera. Yo sentía mi cabeza entera hacer
- Vamos, valiente, antes de morir échese un sístole y diástole; todo lo veía 'en movimiento como
trago ... una barca sobre el mar, y el pecho me ardía, como
Me tendió la botella que traía, y que estaba ca- si mis costillas estuviesen vivaqueando.
si llena de licor. Antes de beber intenté una carca- Al alba, el hombre alargó los brazos sobre la
jada. Estaba actuando en forma que yo mismo no mesa, luego los encogió, y sobre ellos reclinó la fren-
podría explicarme. Levantando el brazo, me llevé te.
:~
1
34 SI ME If,AN DE M.t1TAR MAÑANA ...

-.A!hora, amigo --dijeron los otros- ya puede


largarse ...
Me dejaron pasar y salí a la calle. Me bañó el
viento. Haciendo equilibrios como chango en el ra-
1
maje, llegué hasta el jardín.
1
Un setillo de troenos apareció repentinamente
ante mí, y no pudiendo trasponerlo de un paso, me i
fuí de cabeza al otro lado.
¡Oh! Qué blando estaba mi lecho de zacate ...
1

oro, caballo y hombre 1


!
e
01\10 en Casas Grandes terminaba la línea

¡---¡
1===
1 férrea, los villistas que se dirigían rumbo a
Sonora bajaron de los trenes, echando fuera
de las jaulas la flaca caballada y después de
ensillar emprendieron la caminata hacia el Cañón
del Púlpito.
La llanura estaba oculta bajo una espesa costra
de nieve endurecida que crujía a la presión de las
herradas pezuñas de los animales; a veces, estos
resbalaban y caían sobre el húmedo colchón, blan-
co e interminable; los jinetes se levantaban sacu-
diéndose y si la bestia había quedado tirada en el
fango helado, con las manos le cerraban la nariz y
el hocico para que en un supremo esfuerzo por li-
bertarse y respirar, el animal volviera a ponerse
sobre sus cuatro patas.
¡Qué poco amiga del hombre es la tierra nevada,
agradable solamente en las pinturas alegóricas de
Nochebuena! No se vé el terreno que se pisa: los
pedruzcos del camino apenas hacen una levísima
RAFAEL F. NIUÑOZ 39
38 SI ME HAN DE MATAR MAS/ANA...

ondulación en la cáscara de conffetti cristalizado al mado, porque bajo un metro de agua, el barro ne-
bajo cero. Los peatones dan traspiés y tocan el sue- gro y arrugado da idea de la piel de una gran bes-
lo con rodillas y manos; las armas se hunden en la tia que estuviera dormitando dentro de la laguna.
nieve, se moja el costal con pinole que tenía que En algunas partes, donde el agua era menos, el ba-
servir de alimento por toda la semana, entran es- jo cero había puesto a la ciénaga un cascarón de
quirlas de hielo por todas las aberturas de la ropa. hielo.
¡Y hay que soltar algunas maldiciones para calen- 1 El grueso de la columna se desvió, prefiriendo
tarse! hacer un gran rodeo por tierra firme, que atravesar
1

Luego, no se encuentra leña seca para hacer una ja sospechosa calma de las aguas oscuras. Pero un
lumbrada, ni piedra limpia para sentarse a descan- grupo de villistas, seis o siete, bien montados en
sar un rato; aún bajo los pinos, cedros y encinos de cab~llos de alzada, con gruesas mitazas que les cu-
copas anchísimas, hay nieve, no queda sitio para brían hasta la mitad del muslo, y ropas de invier-
tender una manta y acostarse. Aun cuando la tor- /no entrre las que no faltaban los caracteristicos
menta haya cesado, el viento hace caer los copos '"sweaters" rojos, se decidieron a marchar en línea
detenidos en las ramas y bajo los árboles siempre 'recta a través de la charca.
está nevando. El deshielo es cruel, aún más que la , A la cabeza del grupo iba un hombre alto, con
tempestad: hace más frío y casi siempre más vien- .~lsombrero tejano arriscado en punta sobre la fren-
to que levanta la punta de las bufandas, el vuelo de 'te, tal comolo usan los ferrocarrileros, "los del riel".
los capotes, la vuelta de las pelerinas y se cuela a Rostro oscuro completamente afeitado, cabellos que
través de las ropas hasta el pellejo. eran casi cerdas, lacios, rígidos, negros; boca de
-i No hay que rajarse, muchachos! ¡Síganle, perro de presa, manos poderosas, torso erguido y
que ya verán cómo pa delante está pior .. ! 'piernas de músculos boludos que apretaban los flan-
cos del caballo como si fueran garra de águila. Aquel
Y los deshilachados restos de la fastuosa Di-
hombre se llamaba Rodolfo Fierro; había sido fe-
visión del Norte, los poquísimos que no se habían
"rajado" después de los combates de Celaya, echa- rrocarrilero y después fue bandido, dedo meñique
del Jefe de la División del Norte, asesino brutal e
ban "pa delante, a buscar lo pior", con movimiento
implacable, de pistola certera y dedo índice que
de hombros que decía "¿Qué más da?" y una con-
tracción de labios que era desdén para la vida y re- no se cansó nunca de tirar del gatillo.
to a la muerte. -Los caballos andan mejor en el agua que en
Frente a Casas Grandes, a poco trotar, hay una la nieve--dijo y metió espuelas. El animal dió un
laguna extensa, pero poco profunda, casi una char- gran salto, penetró en la laguna levantando un aba-
ca donde el viento no hace oleajes, rizando apenas nico de agua con cada pata, siguió adelante bra-
la superficie pantanosa, que semeja un cristal ahu- ceando a un metro de alto y chapoteando con re-
40 SI ME HAN DE MATAR MAflANA ... RAFAEL F. MU&OZ 41
gocíjado estrépito.-Este es el camino para los hom- 1 en círculos concéntricos que iban borrándose en la
bres que sean hombres, y que traigan caballos que distancia.
sean caballos. . . ¡Adelante! -Mi general, está el terreno muy pesado para los
Los otros le siguieron, haciendo ruidos de casca. caballos- -aventuró a decir uno de los acompañan-
da. tes-meJ or es que nos devuélvanos y denos la vuel-
Fierro iba cargado de oro. Monedas americanas ta por la orillita ...
de veinte dólares, conocidas por "Ojos de buey", in- -i Qué devuélvanos ni qué el demonio... ! iMe
flaban un cinturón de los llamados "de víbora" que canso de pasar este tal por cual charco! El que ten-
el bandolero llevaba apretado poco más abajo que ga miedo, que se raje y dé media vuelta. . . no se
la canana de la pistola; oro en los bolsillos abulta- vaya a dar un baño ...
dos del pantalón, oro en el pliegue que hacía la ca. Y dió otro apretón de pies en el vientre del ca-
misola al voltearse sobre el cinturón ajustado ... ; ballo. Las puntas de las espuelas hirieron la piel,
oro en las cantinas de la silla de montar, hinchadas· abriendo dos hilillos de sangre, y el animal se le-
hasta el máximo. . . oro en bolsas de lona colgadas vantó sobre las patas traseras, quedando casi ver-
de la cabeza de la montura. . . Una coraza de oro, tical. Fierro se apoyó en la teja de la silla, pegó la
un blindaje de oro ... ¡Kilos de oro! cabeza al cuello del animal, y con el puño cerrado
Cuando caminaba en tierra firme, el caballo pa-' diole un golpe entre las dos orejas.
recía no sentir sobre su lomo al hombre enorme, pa- -i Mula, mal nacida!
recía no llevar encima aquel tremendo cargamento: El caballo volvió a caer sobre sus cuatro patas
braceaba como un trotón inglés de paseo, levan- y se vió entonces que el agua le llegaba al vientre.
tando las pezuñas delanteras a la altura del pecho. Los pies del hombre, prendidos a los ijares con los
Pero a cien metros, a ciento cincuenta, a dos- hierros implacables, quedaron dentro del agua en-
cientos metros de la orilla de la laguna, el caballo turbiada por el pataleo.
fuese fatigando de no encontrar tierra firme bajo -¡ Cuidado, mi general! ¡El caballo se está hun-
sus herraduras, de meter los cascos en un lodazal
diendo!
negro, espeso, congelado. Y aún cuando el nivel del
agua no le llegaba al vientre, ya no sacaba las pe- -Pos va a salir a puritito pulmón ...
zuñas al aire; seguía caminando firme, pero lento, -No lo menee mucho, porque se le atasca ...
recto pero fatigado, resoplando como una locomo- -¡Vete a dar consejos a las viejas! ¡Yo sé lo
tora. De sus narices abiertas, dos grandes aguje- que hago!
ros negros, salían chorros de un vaho espeso. Las Fuese desarrollando una lucha tremenda: el ca-
orejas enhiestas parecían percibir una misteriosa ballo contra el fango y el hombre contra el caba-
señal de peligro que partiera de las aguas, agitadas llo. Los demás jinetes no se atrevían a acercarse y
42 81 ME HAN DE MATAR MAiJ'ANA... RAFAEL F. MUiJ'OZ 43

habían formado un semicírculo a cinco o seis me- de tocar fondo; pero el pie se le hundió en el barro
tros de distancia. El animal resollaba desesperada- que parecía mantequilla, y él "quedóse prendido de
mente y en vigorosos movimientos lograba levantar la cabeza de la silla, con la pierna izquierda doblada
una mano y sacarla del agua, tirando luego un gol- sobre el estribo.
pe terrible hacia abajo; pero no encontraba resis- Sintió miedo, un miedo espantoso de quedarse
tencia en el barro y cada vez el impulso de sus ahí para siempre, con su caballo y con su oro; vol-
músculos poderosos que levantaban las manos, era vió los ojos hacia sus hombres con una intensa an-
menos eficaz. Se fue hundiendo de la parte trasera gustia. Todos estaban muy lejos para tenderle la
y pronto quedó la cola dentro del agua, agitándose mano y se habían quedado inmóviles por temor a
violentamente como si fuera un remo cubierto de correr la misma suerte que él. Y los demás de la
cerdas. columna, muy lejos, a la orilla de la laguna tersa
El jinete golpeaba al animal con ambos puños, y oscura como un espejo ahumado, continuaban su
dejando la rienda suelta sobre la silla, gritando los marcha a rastras sobre la nieve, preocupado cada
más duros insultos y acicateándolo furiosamente en uno de ellos por su propia marcha, mirando hacia
la barriga. Ya se veían en el agua revuelta, espesa abajo para evitar los pedruzcos y los hoyancos y
de lodo, tonos rojizos de la sangre del caballo que sin dirigir una ojeada al grupo que se había atre-
manaba por los ijares. vido a pasar en línea recta el manto de agua.
-Mejor bájese, General. . . yo le empresto mi -¡Epa! ¡Imbéciles! A ver si hacen algo. . . ¿O
penco.. ,. qué, piensan dejarme aquí atascado en el zoquete?
-Préstaselo a tu abuela, que lo necesita más ¡Búiganse, démen un jalón!
que yo ... Pero aquellos hombres no se movieron. En va-
Llegó el momento en que el animal no pudo des- rios metras al rededor del caballo que se sumergía
prender las manos del lodo, Debía tenerlo ya más y del jinete pálido por la angustia, el cieno estaba
arriba de la rodilla, porque el agua le llegaba hasta removido por los desesperados esfuerzos que hacía
la mitad del cuerpo. Quedó un instante inmóvil, dan- el animal para escapar del peligro y quien se hu-
do unos bufidos que parecían .respuesta a los insul- biera atrevido a avanzar en esa zona, cayera tam-
tos que le seguía diciendo Fierro. Y entonces fue bién prisionero del fango movedizo y profundo. Así,
cuando este pensó en desmontar: volvióse hacia las los demás jinetes se limitaron a dar consejos.
cantinas de la montura, ya al nivel del agua, y sa-
-No se mueva mucho...
có sendas bolsas de oro; tomó los dos costales ama-
rrados a la cabeza de la silla y echándoselos en el ,j\ -Párese arriba de la silla ...
brazo izquierdo levantó la pierna derecha sobre el -Tire todo el peso que traiga encima...
lomo del animal y la sumergió en el agua tratando -Procure venirse a nado ...
RAFAEL F. MUi.VOZ 45
44 SI ME HAN DE MATAR MAÑANA ...
-Pronto. . . pronto. . . el caballo ya se fue al
Uno sacó la pistola y para avisar a la lejana diablo ...
columna del peligro en que Fierro se encontraba, Las reatas partieron simultáneamente con un
disparó al aire los seis cartuchos del cilindro. In- uniforme silbido, p€ro fuera por mal cálculo o por-
mediatamente se víó que la tropa en marcha se de- que los lazadores tuvieran pocas ganas de verse en-
tuvo y acercóse a la orilla de la laguna. Con sus vueltos en el peligro, todas· quedaron cortas y Fie-
prismáticos, los jefes vieron que un caballo estaba rro, sin soltar el oro, intentó alcanzarlas alargando
sumergiéndose en las aguas y que un hombre in- el brazo derecho. Este movimiento lo hizo perder el
tentaba escapar de un trance de muerte. Varios equilibrio y cayó en el agua. A poco emergió ente-
jinetes trataron de ir al socorro y avanzaron sus ramente cubierto de lodo, agitando los brazos, ya
caballos quebrando el hielo de la superficie, mas a libres del pesado cargamento. Su figura casi ha-
poco andar vieron que también para ellos había bía perdido la apariencia humana. Quizo decir al-
peligro, y se regresaron. go, y medio ahogado por el cieno que le había pene-
En el centro de la charca, el caballo seguía pa- trado en la boca, sólo lanzó un alarido gutural como
taleando y agitándose en el barro. Pronto quedó la de un orangután en la selva. Instantes después co-
montura bajo las aguas, y el animal no sacó ya si- menzó a hundirse despacio; bajó los brazos y que-
no el cuello y la cabeza mantenida en alto. Fierro dó con la cabeza de fuera, nada más, gritando.
estaba de rodillas sobre la silla, pálido, con los ojos Los villistas recogieron rápldamente sus reatas
desorbitados por el espanto. En el brazo izquierdo y volvieron a tirarlas, pero nuevamente quedaron
sostenía aún cuatro bolsas repletas de oro. cortas. Pronto la cabeza quedó a ras de agua y lue-
-Una reata. . . ¡Echenme una reata! Le doy go se hundió. Surgieron los brazos levantando la
una bolsa a cada uno que me ayude a salir ... "víbora" hinchada de oro, en una última oferta por
Algo por compasión y mucho por interés de la la salvación. Luego todo desapareció bajo las aguas,
oferta, los víllístas del grupo echaron mano a los que volvieron a quedar como un vidrio ahumado,
lazos amarrados en sus monturas y comenzaron a sin oleaje, apenas rizadas por el viento.
agitarlos en grandes círculos sobre sus cabezas. El Muy despacio, con toda clase de precauciones,
caballo acabó de sumergirse, soplando un bufido que los testigos de la tragedia fueron saliendo hacia la
alborotó las aguas; sus pulmones potentes todavía orilla. Un oficial japonés que iba entre los villistas,
echaron un chorro de burbujas que reventaron en se devolvió a Casas Grandes para buscar una lan-
pompas de fango. El hombre había quedado en pie cha y salir a bucear en la laguna en un intento pa-
sobre la silla, sin sombrero, con los costales apre- ra rescatar el cuerpo.
tados al pecho, salpicado de lodo de arriba abajo, La columna continuó su marcha en la nieve, y
pesadas las piernas por la costra que lo cubría has- al ponerse el sol acampó en un bosque. Tronchando
ta la cintura.
1¡6 SI ME HAN DE MATAR MA&ANA ...

ramas de pinos y cedros los villistas medio barrie-


ron la nieve en algunos trechos, bajo los árboles
más grandes, y se acostaron a descansar.
Recordando el drama, algunos dijeron:
-¡Lástima de oro!
Otros:
-¡ Lástima de caballo!
Y ninguno lamentó la desaparición del hombre.

looping the loop


'\1
s
,-e
l
j ANSADO, salí del periódico después de la
i media noche; varias horas había estado tra-
1------1 bajando bajo lejana luz amarilla, y sentía
1===1 los párpados pesados y húmedos; mi torso,
1•or tanto tiempo inclinado hacia la máquina de es-
«ribir, sentíase dolorido al recobrar la vertical y mis
manos, torpes, casi rígidas, buscaban el calor de los
l.olsillos del pantalón. La jornada había terminado,
pero mi espíritu vagabundo no se resignaba a des-
prenderse del cuerpo antes del alba, la hora acos-
1 umbrada del sueño. He vagado una hora por el lu-
:o de las calles silenciosas, abandonadas ;t encogí-
1: as como un niño que duerme al sereno; me fatigó
Lt mirada hipnótica de los astros, únicos compañe-
rn~,en la fría noche lánguida; la luna, reclinada en
1' falda de la montaña, era aún invisible y unica-
11'".'ntesu halo azulenco se elevaba como prólogo de
1:n poema romántico.

lVIe sentí prisionero en la sombra que parece


!1:•blarde felonías; busqué un rayo de libertad, una
--------------------
..•

RAFAEL F. MUÑOZ 51
50 SI ME HAN DE MATAR MA&ANA ...
otros bebedores, un hombre extraño: al principio,
luz, un ruido, un hombre, un olor de vida. Por unos imposibilitado yo también para moverme con am-
minutos, la soledad me fue incómoda como un ro- plitud, sólo pude verle la cara, una cara pálida y
paje de plomo. seca, imberbe; cuando se movía, lacios mechones
Luz y ruido me llamaron, y penetré. de su cabellera parecían metérsele a los ojos, apa-
Hombres y mujeres bailando, olor de multitud gados y profundos. Luego, la mano reapareció para
aglomerada, de alcoholes, de alimentos fuertemente caer sobre mi hombro, no con violencia, sino con
condimentados, de perfumes fugaces: era una ta- cansancio.
berna aue no había visitado nunca. en una calle aue -Se lo pido de favor. . . Emborracharme es lo
no conocía, de un barrio que no frecuento. (Otras único que me consuela...
veces, mucho después, he tratado de encontrarla,
Temí un relato de amores desatendidos, de aban-
en vano ; quise volver a ver al hombre de los lacios
dono, tantas veces leído, y deseando evitarlo, pedí
cabellos caídos sobre los ojos, hacerle repetir su
cuita, tocar su brazo yerto; pero la taberna no se una bebida para aquella cara trágica. Nuevos me-
ha vuelto a abrir para mí, y entonces creo que lo chones desprendidos de una raquítica cabellera, cu-
de esa noche ha sido un sueño o una alucinación de brieron por completo la frente y los ojos.
mi espíritu, que vagaba más lejos que mi cuerpo.) Tras de nosotros se reanudaron la música y el
En el mostrador, un quemador de alcohol man- baile.
tenía en ebullición el contenido de una gran tetera, -No crea que estoy enviciado en pedir copas...
de la que emanaban tibios vapores perfumados. yo fuí. ..
-¿Un ponche? -No me diga nada; si bebe para olvidar, beba
y calle.
-Si.
Los instrumentos de la orquesta dijeron la úl- '' La garra disipó el matorral de los cabellos, y
tima frase de un monótono lamento, y ante el mos- los ojos parecieron avanzar de su cubil sombrío.
trador, a mis lados, se alinearon hombres y muje- · -¿Porqué? Yo le diría algo interesante.
res, comprimiéndose, disputándose a gritos la aten- --Ya sé lo que va a decirme. Una mujer ...
ción del cantinero. -No.
-¿Usted, señor, me paga un ponche? Entonces le observé. Eramos los únicos clientes
Hacia mi vaso se fue acercando, sin llegar a que habíamos quedado de codos sobre el mostrador,
tomarlo, una mano flaca y arrugada, de largas uñas y puede alejarme un poco de la cara. Ví que esta se
corvas, que hacía recordar la garra del águila; lue- prolongaba hacia abajo en un cuerpo largo y fla-
go se ocultó rápidamente. Estaba a mi lado, casi .. co, huesudo y contraído bajo una pelerina militar,
sobre mí, forzado a tocarme por la presión de los
52 SI ME HAN DE MATAR MAiVANA ... RAFAEL F. MUiVOZ 5~

vieja y sucia. La mano que parecía pata de ave de una vez más su cuita, repetida sin duda cien veces 1,
presa echó el embozohacia atrás, y ví el otro brazo, ante otros que no la han trasmitido hasta ahora.
increíblemente flaco, doblado en ángulo: la mano Era un relato perfeccionadocada vez, retocado, ador-
inmóvil, penetraba a medias y se sostenía entre nado, como el cuadro de un pintor que se retrata en
pantalón y camisa. el infierno y goza con la expresión de su cara en el 1:

-¿Una mujer? No. Si eso fuera no lo contaría, suplicio.


porque t eso es tan vulgar! ¿Ha oído usted hablar "Fui un buen piloto: no solamente sabía atacar
de Armando Centeno? con ametralladora o con bombas a las fuerzas ene-
-Francamente, no. migas, sino que ejecutaba los más arriesgados ac-
tos de acrobacia. Tenía gran confianza en mí mis-
-Yo soy. Acuérdese de Paniagua, acuérdese de
mo y jamás dudé que regresaría a tierra vivo y
Diez Martínez, acuérdese de Bernard : los primeros·
alegre, cuando subía en mi aparato para divertir
aviadores militares que hubo en México.Todos han
a los públicos y producirles temor de desgracia con
muerto. Si leyera usted la lista de los de aquella
mis piruetas. "Un día te vas a arrepentir de hacer
época, vería que todos han muerto menos yo. ¡Más
tantas cosas", me decía mi mujer, pero yo reía y la
valiera!
besaba amorosamente sacando medio cuerpo de la
-¿Quiere otro ponche? ¡,
cabina. Tenía una hijita de cuatro años, linda, de
-Si, gracias. Todos sabíamos que íbamos a mo-
grandes bucles rubios, dulces ojos azules, manecí-
rir pronto, porque los aparatos que teníamos no 1:
tas suaves que me apretaban el cuello cuando re- 111

servían para nada, pero volábamos un día tras otro. ¡1¡

Primero cayó P.aniagua, en Veracruz; luego, Rive- gresaba de un viaje lejano o de un vuelo. il;11

ra en Chihuahua. Después, todos se han juntado "Una vez, hace muchos años, nos enviaron a 'l'.

allá donde los aviones no pueden llegar. Son héroes, campaña; duramos cuatro meses volando a diario '11

se venera su memoria. Y yo ... sobre desiertos en donde una caída hubiera sido la 11

-Espere un momento: vamos a sentarnos. Pa- muerte, si no por abandono y por hambre, recibida
rece que su historia es muy larga ... de alguno de los muchos grupos enemigos que seño-
Había unos apartados gabinetes, separados en- reaban el campo. Otros cayeron y murieron, yo no
11!
tre sí por tabiques de madera. En varios de ellos, caí. Cuando regresamos veníamos llenos de orgullo, ¡¡,
1
bebedores fatigados dormitaban echados de bruces vencedores y ascendidos. Las multitudes, congrega- 11

11
sobre las mesas que los tabiques dejaban en som- ,¡ das en el campo de aviación,nos rindieron homenaje. ![
,1¡
bras. El más lejano nos dió albergue y ahí, a donde La ciudad entera estaba ahí para vernos, y también
1¡¡
apenas llegaban los lamentos de los saxofones que , mi mujer y mi hijita, linda, con un trajecito azul
i1
envolvían los lamentos del hombre, Centeno dijo sobre el que caían sus largos rizos de oro. lj
:'11¡
'1
['
64 SI ME HAN DE MATAR MAiVANA... RAFAEL F. I~IUiVOZ 55 1!

"Decidimos hacer una fiesta en honor de aquel lo con una suavidad de pájaro; con los brazos, enton-
¡,
'.·~·¡.

público que nos aplaudía, y uno tras otro fuimos co- ces fuertes, mantuve el aeroplano perfectamente ho-
locando nuestros aparatos en línea para subir y ha- rizontal, sin la menor inclinación, y las vueltas eran 11¡

cer acrobacia, Casi todos subieron antes que yo. Des- tan largas, tan cuidadosas, que parecía que nos des-
de tierra, les veíamos realizar las más audaces pi- lizábamos sobre una capa de hielo.
ruetas: la caída de las hojas, que es cuando el mo- "Volví la cara: la niña estaba ahí, asomando la
tor es parado intencionalmente para que el avión cabecita sobre la borda; los largos cabellos ensorti-
baje planeando como una hoja desprendida de la jados le formaban una cauda rutilante: parecía un
rama; vueltas Inmelmann, en las que el aeroplano cometa de oro. Y sus ojos clarísimos me miraban con
se pone vertical, hélice hacia el sol, y en rápido giro una alegre expresión de asombro; sonreía, feliz de
vuelve por la ruta que había seguido. . . ¡y tantas encontrarse tan alto sobre el mundo.
suertes más! El público estaba entusiasmado; a ca- "Y su mirada y sonrisa me dieron mayor confian-
da voltereta aumentaba su regocijo; a veces se no- za todavía. Quise completarle la emociónde aquel Sli
taba en su silencio una congoja profunda cuando pa- primer vuelo. Usted sabe lo que es el "looping the
recía que aquellas minúsculas libélulas plateadas loop": el aeroplano da una vuelta sobre sí mismo, 11
'I
iban a precipitarse hacia tierra en una barrena ine- quedando por un instante con las ruedas hacia arri- 1¡
vitable; y yo, que sabía que mis compañeros habrían ba: nosotros vemos la tierra sobre nuestras cabezas,
de poner de nuevo sus aparatos en una segura hori- y luego parece que nos precipitamos hacia ella, pa- 11,,
zontal, gozaba con aquellos temores de la gente, y ra ver un segundo después que el cielo nos cubre ,,
11

gozaba también con sus aplausos y sus vítores, como nuevamente. En español se llama a esto "la vuelta 11

si fueran para mí. invertida", o bien "la vuelta de campana'', pero me


ir

1
"Hasta que llegó mi turno. "Papá, no te vayas". parece que ninguno de esos nombres la explica bien, ¡1
Era mi hijita que me miraba con ojos húmedos. "No por lo que la seguiremos llamando "loopingthe loop". i/
te vayas ... ". Y, como cuando me despedía de la Todos sabrán lo que es. 1

madre, reí. "¿Quieres venir conmigo?". Sus ojos me Pues bien, quise hacer esa suerte. Sin reflexio-
sonrieron y su boquita me mandó una caricia. "Ven". nar, moví las palancas ... Dos segundos .. tres ...
La madre quizo retenerla, pero cedió; también ella cuatro ... Volví la cara: la niña estaba roja, con
tenía confianza en mí. una intensa agitación desbordándosele por los ojos;
"El aparato tenía dos asientos, estando delante perecía contenta de aquella tremenda experiencia.
el mío. Atrás coloqué a la niña, sujetándola con las Sus manecitas, saliendo sobre la borda también,
cintas del escapulario, comollamamos a ese arnés que aplaudían. Sentí fiebre: esa fiebre del "looping",
nos afirma al asiento. Y volarnos. Nunca antes ha- Cuando se dá una vuelta y se siente de nuevo la tíe-
bía puesto yo tal cuidado: nos desprendimos del sue- rra bajo el avión, apresa al piloto el deseo inconteni-
56 SI ME HAN DE MATAR MA&ANA ... RAFAEL F. MU&OZ 57

ble de seguir girando sobre sí mismo. Y más seguro prendí que eso no era posible y busqué en el suelo:
que nunca, poderoso,genial, seguí realizando vueltas pasé rozando los árboles, los alambres de corriente
y vueltas. No recuerdo cuantas fueron y así no pue- eléctrica, los vallados, las dunas. Pude estrellarme
do precisar el momento del suceso. /.~
cien veces, pero el destino quizo para mí un castigo
"Quise ver de nuevo la expresión alegre de la ni- /,) mayor : la ví. O más bien dicho, ví una mancha azul,
ña escuchar su aplauso infantil; aquel estímulo me· í 1
su vestido, sobre la tierra impávida. ¿Qué hice con
llevaría a la más alta expresión de capacidad y de ! mi aparato? No lo sé yo mismo. Debo haber volado
audacia. [Pero ya no estaba ahí! Pensé que se había como una mariposa atraída por la flama, incons-
recogido en el asiento, rendida de temor por el exce- cientemente, locamente. Puse mi avión vertical ha-
so de vueltas, y a riesgo de estrellar el aparato y pe-
1 cia el sol: quería penetrar en el cielo, herir al cielo
recer, abandoné por un instante el control para aso- en venganza de una desdicha de la que yo solo tuve
marme a la cabina de atrás. ¡Vacía!" la culpa. Caí. El aeroplano quedó tan desgarrado
Había ido bajando el tono de la voz, como si se como mi corazón.
fatigara. Sus ojos, fijos en mí, tenían la mansedum- "Salvaron la vida de este cuerpo indigno, sólo
bre de un perro castigado. En los vasos de vidrio bur- que no volverá a volar nunca; este brazo derecho
do, el ponche se enfriaba. quedó inutil, roto, sin músculos, yerto, inmóvil co-
"Vacía. . . ¡Qué impresión tan rara! Intenté dar mo si fuera de palo! No sé porqué no me lo corta-
las mismas vueltas, pero al revés, quise que la vida ron y lo echaron de comida a los perros!"
retrocediera, que el tiempo girara sobre sí mismo Se inclinó sobre la mesa, como los bebedores
para recoger una vuelta de la cinta interminable de que en las próximas, dormían a la sombra de los i
segundos, que desenrrolla, Mas lo hecho, hecho está. tabiques de madera.
1

La ley del tiempo es inmutable. -.Armando ... !~


"Entonces comprendí todo el horror; había su- Una voz de mujer se acercó con pasos de seda. ¡

jetado mal a la niña, quizá porque su pequeño cuer- Ahí estaba, angustiada y beatífica, la madre. ti:
i!'
po no permitiera el ajuste perfecto del escapulario, -Vamos a casa ... ven ... i!I'.'.I
y ella había caído a tierra en una de las vueltas. ¡Ni Lo tomó del brazo muerto, suavemente, y lo ii!I
siquiera sé si en la segunda o en la última! Quizá si apartó de la mesa. ili
ji!!
hubiera dado una vuelta menos no hubiera ocurrido -No llores; tú no tuviste la culpa... ¿Verdad, 1il
'11
lo que sucedió. señor, que él no tuvo la culpa? Es tarde, ven...
"Bajé hacia tierra con más rapidez que si quisie- Se fueron, atravesando en línea recta la masa
ra estrellarme. Pensé que la niña vendría bajando de bailadores.
comouna pluma, como una hoja, y que podía aún to- Cuando yo traspuse la puerta ellos habían desa-
marla viva antes de que tocara tierra. Luego corn- parecido. Rápidas nubes negras iban dejando presa-
5S SI ME HAN DE MATAR MAÑAN21. ..

gios de tormenta. Volabaun viento sin olores-vien-


to sin dueño y sin patria- en un jadear continuo
y helado que estremecía hasta las mismas estrellas
remotas. Mis ojos, cansados y húmedos, inclinaron
la vista a la tierra y vieron reflejos claros rielando
el pavimento.
Levanté la mirada: la luna, en cuarto menguan-
te, me lanzaba una luminosa sonrisa burlesca. Ví
su angosta línea brillante girar en la circunferencia
oscura. ¡Hacía el "looping the loop!".

el festín
1 L cuarto día, la mujer se impacientó, y como
siempre que tal cosa le ocurría, fué a incre-
___ 1 par al marido, a gritos:

l -¡ Oye, tú ! ¿hasta cuando tendrás va-


lor para salir a la calle a buscar algo qué comer? ¿O
piensas tenernos, a mí y a la niña muertas de ham-
bre, hasta que esos bandidos se larguen?
El pobre hombre se había quedado en la cama,
a medio vestir, tan encogido que casi se tocaba el
mentón con las rodillas. Desde que los rebeldes vi-
llistas entraron en la población, después de un com-
'ii
bate de cuatro horas, él no se había atrevido, efec- ir!
tivamente, a dejar ver por las calles su cuerpo largo i¡/
¡li
y encorvado. Tenía miedo. Tantos años había pa-
sado empleado en la tesorería municipal, hacien- 11:
do los recibos de las multas a los borrachines, a los 1''
comerciantes tramposos, a los campesinos que des-
cuidaban alguno de los muchos requisitos de las I!

ordenanzas municipales, que pensaba justificada- ,,,,l¡i,


mente haber atraído sobre sí muchas enemistades,
i!I
I·;
1

1,1
62 81 ME HAN DE MATAR MA.J.Q-ANA
... RAFAEL F. MUÑOZ 6~

grandes o pequeñas, según la magnitud de la in- -Sí tenemos. . . sal y pimienta a puños. ¿Cuán-
justicia. Y si por casualidad formaba parte de la tos días crees que podamosvivir con eso?
fuerza rebelde alguno de los campesinos que humil- Roque se incorporó a medias en la cama, y con-
de, hubiera llegado hasta él a pedir la condonación tinuó vistiéndose lentamente. Su mujer siempre lo
o la rebaja de una multa injusta, y a quien él hu- había dominado ostensiblemente, sin tratar de di-
biera contestado altanero, como de costumbre, que simularlo y sin que él quisiera arrancarse la rien-
el que comete una falta tiene que pagarla, entonces, da. Débil de cuerpo y tímido de espíritu, no tenía
sería casi seguro que el nombre de Roque Peralta, con qué oponerse a la voluntad de su mujer, y en
empleado municipal, figurara en la lista de las víc- los días de horrascas conyugales, se refugiaba en
timas de los rebeldes. Mal pagado, como todos los un rincón con su hija, de siete años, raquítica y su-
empleados de los ayuntamientos, apenas tenía en frida, como él.
su casa lo suficiente para veinticuatro horas de co- -Está bien, voy a salir aunque me maten en la
mida. Siempre estaba su sueldo retrazado, pero los esquina...
comerciantes le fiaban, temerosos de incurrir al- -Si estando vivo no sirves para traer comida
guna vez en falta que ameritara una multa; y aún a casa, muerto serás una boca menos...
así, nunca pudo decir que había comidolo suficiente -No voy a encontrar ninguna tienda abierta.
para sentirse aletargado, como una serpiente des-
-Pues rompe las puertas ...
pués de devorar un ciervo. Todavía trató Peralta de retrazar su salida,
Con los villistas dentro de la ciudad no se atre- arreglando con lentitud los últimos detalles de su
vió a salir a las calles; además, todo el comercioes. indumentaria. Se peinó cuidadosamente y limpió el
taba cerrado, y aun cuando permaneciera abierto, cuero desteñido de los zapatos.
era más fácil que el vendedor lo denunciara, a que La mujer fue hacia la puerta, y abrió el postigo
le fiara víveres para cuando el gobierno pudiera re- il de una <lelas mamparas; a través de la estrecha
cuperar la plaza, y Roque cobrara su sueldo. abertura vió cómo por la calle marchaban, con paso
Cien veces se había repetido a sí mismo estos ar- decidido,hombres y mujeres del pueblo en una mis-
gumentos, para demostrarse el peligro y la inutili- ma dirección; varios corrían, como impacientes por
dad de salir de su casa. Y otras tantas se los dijo llegar a algún lugar de ventura. Fuertes golpes, co-
a su mujer, que acorde en los primeros días en pro- mo de un mazo sobre un tambor de madera, domi-
teger a su marido, para comer aprovechó hasta la naron los demás ruidos de la calle, y luego, un gri-
última migaja y el último hueso. Hasta que se im- to uniforme:
pacientó, y se paró con los brazos cruzados ante su -i Queremoscomida!
marido, dominante y decidida. Y comoel postigo no tenía vidrio, la esposa sacó
-Pero ¿qué ya no queda nada que comer? la cabeza y una parte del cuerpo para ver mejor.
~
64 81 ME HAN DE MATAR MAJ:Q'"ANA...

En la esquina próxima, donde había una tienda de


RAFAEL F. MUÑOZ

Lres del pueblo. Mas la gente no salía de la tienda,


65

!
11

!1:
abarrotes del chino José Lee, una multitud de cua- esperando encontrar todavía algún buen comestible
renta o cincuenta hombres y mujeres había roto la r¡ ue llevar a casa.
puerta a hachazos, y se precipitaba al interior para La esposa, vió pasar frente a su postigo a los
saquear los víveres. Se veía ya a los primeros que más afortunados en el saqueo, que huían con su bo-
habían logrado un botín, salir a empellones por en- 1ín apretado contra el pecho. Se les vía felicidad
tre los que propugnaban por entrar, y trayendo y satisfacción en sus ojos avivados y sus caras en-
apretados con los brazos sobre el pecho, los frutos rojecidas por la lucha sostenida en el interior de la
del saqueo, los hombres en sus sombreros, las mu- tienda, y por el resultado de su hazaña: ya tenían
jeres en sus rebozos; maíz y trigo, frijol y azúcar, algo qué comer.
o bien latas dé conservas, frascos, trozos de queso, Mientras tanto, Roque anudaba en el cuello su-
botellas de licor, chorizos rojos como la sangre, tor- ~i cio, una viejísima corbata.
tas de pan o grandes tasajos de carne seca, arruga- ~:~ -¡Imbécil, mira cómo ya todos sacaron buenas
dos y duros como cuero sin curtir, pero muy apre- ~T~ raciones de casa del chale! ¡Véte ahorita mismo a
ciados por constituir uno de los platillos típicos de r:l ver qué encuentras! ¡Viejo estúpido! [Cómo te so-
Ja región. (l. ; bran los pantalones y que falta me están haciendol
En minuto se levantó una intensa gritería; den- i'
¡ Siquiera traete un ...
tro de la tienda, los hombres reñían a puñetazos !· La palabra se le quedó muerta en los labios:
por la posesión del botín, rompían los cristales de un redoble de disparos sustituyó a los gritos de los 11
los escaparates, derribaban las cajas y botes más motineros; una cadena de estallidos pasó arras- 1

altos utilizando los mangos de las escobas, y en la trando sus eslabones por el empedrado de la calle. 11

precipitación esparcían por el suelo los granos con- ¡;., Repentinamente todo acabó: gritos y truenos. Por ilf
tenidos en los grandes cilindros de lámina; las mu- el postigo entreabierto sólo entró un rayo de sol I~
'".
jeres se arrojaban al suelo, a recoger a puñados amarillo, un polvo pesado, y un olor a carne tibia.
el maíz, el frijol, el trigo, los chiles secos, las ha- La mujer volvió a asomar por el postigo: frente
bas, revueltos con tierra como el confeti multico- a ella pasaron, con dirección a la esquina de la tien-
lor en los días de carnaval; y recibían pisotones y da, ocho o diez rebeldes a caballo, con sus carabinas
golpes, y les desgarraban las ropas, y les destren- tendidas hacia delante. Los había enviado el jefe
zaban los cabellos. En unos instantes, todo quedó a poner fin al saqueo: "Aquí no robamos más que
destruido: no quedó ni un frasco que no estuviera nosotros". Tendiéndose en línea para que nadie pa-
roto, ni una lata de conservas, ni una caja de ga- sara entre ellos con objetos robados, avanzaron
lletas, ni más alimento que los granos de cereal disparando sus armas, no al aire, sino a matar.
molidos en las baldosas por los zapatones de los hom- s
-r,'

66 SI ME HAN DE MATAR MA&ANA ... RAFAEL F. MU&OZ 61

Y mataron: frente a la puerta de Roque Peral- inclinarse sobre el muerto, para desprender, con sus
ta, apoyada la cabeza en el embanquetado, quedó largos dedos huesudos y secos, el trozo de queso
un hombre vestido con mezclilla azul, como los obre- y la cecina, de la sangre todavía caliente.
ros del ferrocarril; parecía que se había tumbado]' Regresó al interior; y se sentó a la orilla de la
sobre una capa de brillante seda roja; quedó coni rama, con los codos apoyados sobre las piernas y
Jos antebrazos en cruz sobre la cara, y las piernas las manos colgadas hacia dentro, goteando. La mu-
abiertas de enmedio y cerradas al extremo. ,i<•rfue a hacer lumbre.
Los jinetes villistas pasaron sobre él; los cas- Rayada la corteza, el queso quedó blanco y es-
cos de los caballos batieron la seda roja de la san-:' ft'·rico.La carne hirvió una hora. Sal y pimienta.
gre, y entre coágulos, la esposa de Roque vió un Roque y su mujer comieron rápidamente. Sólo
trozo de queso, boludo como la cabeza de un niño, y la niña dejó la cuchara dentro del plato, y colgó las
un gran tasajo de carne seca, largo y arrugado co- .· manecitas a los lados.
mo una piel de perro. -¿No te gusta el caldillo, mi hijita? Siempre lo
-Anda, Roquecíto querido, mira lo que hay tomas...
ahí. .. -Si, mamá, sí me gusta, pero ahora. . . sabe
Al ver el muerto, Peralta retrocedió hasta que- u muerto.
dar sentado en la cama. Tomó otra cuchara, con los ojos cerrados, es-
-Ven, Precioso. Ya los villistas se pasaron. Ya tremeciéndose como si tuviera frío; se vió que ha-
están en la tienda. No miran para acá. Y eso está da un esfuerzo en tragar aquello. Y los padres rea-
muy cerca: das un pasito, alargas la mano, y nada nudaron la comida, ansiosos, hasta que se saciaron.
más ....
Sin hablar.
Con mirada de gato lo fue atrayendo hacia la
Inclinada la cabeza sobre el plato.
puerta. Todavía tuvo él un instante de rebelión, de
inconformidad.
-La niña. . . ¿no nos está viendo?
-No nos ve. Ahora anda por allá dentro, y no
se fijara en nada ... Ya verás con qué gusto come...
Roque pudo disponer de un tímida mirada al
interior: efectivamente, la niña no ponía atención
a lo que sus papás estaban haciendo. Y la mujer .
siguió con sus mimos, seduciendo al pobre marido. ¡11

Y como hipnotizado, lo hizo salir a la banqueta e 1


1:

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¡il,¡

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de hombre a hombre
j
1


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N Avilés, un día de julio del año trece. ¡I


i El viento comenzó a barrer muy de mañana;
, soplaba del norte, levantando la arena seca 11
'---
~ en grandes oleadas que ponían una cortina
circular en el horizonte, y los revolucionarios, que
habían pasado la noche en sus trincheras de los ce-
rros, esperando un ataque, ignoraban lo que pasaba
con una columna federal que había salido de Torreón
a encontrarlos. No era posible darse cuenta de si,
por el lejano Cañón del Huarache, o más cerca, se
levantaba la humareda de los trenes militares; tam- 11¡

¡i¡
poco podía saberse si por la orilla del río Nazas, a
q¡:¡
la altura del arroyo de San Carlos, venía avan- 1'

zando la infantería para tomar posiciones, o si la I',


'i
,1
caballería estaba explorando más allá de I~ distan- '
cia de un tiro de carabina, hasta donde podía dis-
tinguir la mirada.
Hacía un calor pesado y seco; los revoluciona-
rios de Pereyra, de los Arrieta y de Urbina, eran to-
dos de la región, y estaban acostumbrados a la tern. ~,¡

1
:/il
--r---

l11
72 81 ME HAN DE MATAR MA&A.NA... 1
RAFAEL F. MU&OZ 73

peratura y al polvo; sin demostrar- fatiga o impa- desfile. En la lejanía, a siete kilómetros de los ce-
ciencia, pasaban inmóvilles las horas, escondidos rros de Avilés, sobre la vía 'del ferrocarril, un carro
entre las piedras de los cerros, con la carabina re- blindado, de color gris azul, guardaba en su vientre
clinada en los muslos, y bebían a pequeños sorbos ;Ll famoso cañón "El Niño'', del que sólo salía una
el agua tibia traída desde el río, mientras el polvo \:, especie de trompa de elefante, husmeando el viento.
blanco que iba cayendo les formaba, con el sudor,
Los nervios se crispan en esos cinco minutos de
gruesas máscaras sobre la piel color de lodo.
frío que preceden a los primeros disparos de una
Al norte, el río, y más allá, la llanura que blan- batalla; se revisa el fusil, y los dedos recorren las
queaba de algodón florecido y de tierra suelta; al cartucheras, palpando los cilindros llenos de pólvo-
sur, la sierra. A la retaguardia de los revoluciona- ra y las balas tibias. Parece que estorba el sombre-
rios, el Estado de Durango, asolado por la guerra, ro, y se arroja para atrás, a que quede colgando 11
di
misérrimo, donde las tropas constitucionalista~ no del cuello, por el barboquejo.
tenían con qué sostenerse, y al frente, la ciudad de -Ora sí, manitos. . . va a comenzar la pelotera.
Torreón, la joya de la Laguna. Atrás, las privacio-
nes, el hambre, el parque escaso; en Torreón, la Los desalmados'lanzaron sus últimas blasfemias:
abundancia, el descanso, grandes comercios, pode- -Nos volveremos a ver, en el infierno ...
rosos bancos, el armamento magnífico y el parque Y comenzaron a tronar los fusiles. Son los bue-
flamante aglomerados en los pletóricos almacenes nos tiradores los que hacen fuego, intentando al- 1
de la División del Nazas. canzar con sus balas a los primeros federales que I!
Pensando en los resultados que les traería la van trepando por la ladera. Luego, los cañoncitos 1!·
victoria, los revolucionarios soportaron sin mover- de montaña disparan, con su resoplido ladino que 1 l•
se el calor y la tormenta de arena. parece tos de vieja; las granadas revientan al tocar
Al medio día se fue el viento, y el horizonte que- tierra, levantando un surtidor de trozos de roca y 111

dó limpió. A la mitad del camino entre San Carlos una nube de polvo. Silban las balas de los mausser
111
1i!
y Avilés, aparecieron los trenes militares de "la Fe- ':!
retachando en las piedras, y de pronto, óyese un ¡¡
J
deración". Avanzaba la infantería protegiéndose en sordo rumor que avanza y aumenta; tiembla el
el cauce del arroyo seco y en alguna.s quebradas de aire, el rumor se convierte en un ronco zumbido y '
!l
las primeras lomas de la sierra; cuatro cañoncitos una explosión: queda en la altura, como suspendida ·¡¡
u
de montaña, tirados por mulas, rodaban dando bo- de un hilo, una nubecilla espesa que se deshace en i¡¡
:¡:
tes sobre los pedruzcos a tomar posiciones desde unos cuantos instantes, y sobre la tierra cae una
donde sostener el avance de la infantería, y a un rápida e invisible granizada: balines de plomo. Ins-
11:

lado, por el llano, dos regimientos de caballería, en :¡:


tintivamente, los revolucionarios encogen el cuello ¡.¡
línea desplegada, adelantaban al paso, como en un e inclinan la cabeza, metiéndola entre los hombros, ::¡

!!I
11:
,¡¡
i~
71¡ 81 ME HAN DE MATAR MAlQ"ANA... RAFAEL F'. MUÑOZ 75

olvidando la vieja frase de: "bala que se oye pasar, ven y nervioso, imberbe y moreno, metió espuelas
no mata". al caballo al mismo tiempo que echaba mano de su
Son las cinco de la tarde, pero el sol está toda- reata, y cabalgó hacia la pieza de artillería más
. vía muy alto ; hay tres horas de luz para librar una próxima, con intención rde atraparla y llevársela
batalla, y los federales quieren dormir en Avilés. arrastrando.
Su empuje es tremendo, como de un árbol corpu- Del otro bando, de los regimientos federales, des-
lento que cayera sobre una cabaña; quedan en su tacóse también un grupo, encabezado por un ofi-
poder las primeras posiciones, donde los defensores cial que ostentaba las cifras del Quinto Regimiento
se han quedado con los cráneos incrustados de plomo. en el cuello rojo de su guerrera. Bajo su casco de
dando de beber sangre a la tierra sedienta de los corcho que albeaba al sol, los bigotes rubios se des-
cerros áridos. "El Niño" tuvo que levantar su nariz tacaban como un pájaro de oro en la tez rojiza co-
y tirar más lejos, para no rociar balines sobre gen- ~
mo ladrillo.
te amiga. Los clarines tocaron las primeras dianas, ~
Su caballo dejó atrás a los dragones, y sólo que- ~
y la caballería emprendió el galope corto sobre la daron galopando en dirección a la callada batería, ,lj
tierra sembrada, para envolver las posiciones con- el mayor Bartolo Herrera, de la Brigada Urbina, y L
quistadas y defenderlas de un posible contraata- el capitán primero Jacinto Cano, del Quinto Regi-
que. miento. Un jefe que había hecho su carrera com- 1,

Pero antes de que llegara, precipitóse la avalan- batiendo en la serranía de Durango, y un oficial
1
~
M
cha desde las posiciones revolucionarias más altas; recién salido de la Escuela militar de Aspirantes.
no retrocedió ningún federal, porque todos queda- El primero aborrecía a los federales, sostenedores
r
ron muertos al fuego certero de los cazadores. Los de un régimen falso; el segundo odiaba a los revo- ~
cañoncitos de montaña, que habían adelantado sus
posiciones para instalarse en la conquistada y de
lucionarios, considerándolos unicamente como gue-
rrilleros sin bandera. Sus odios en ángulo se encon-
¡
ahí bombardear las otras, quedaron al alcance de traron en el vértice. Eran ellos como símbolos de ~
los fusiles contrarios. La caballería rebelde, oculta los ejércitos en lucha. No podían retroceder : te- ~
tras los cerros, salió al galope por un puertecillo nían que destrozarse. ~
desparramándose en la llanura en furioso contra- Por largo trecho fueron galopando en líneas pa- '
11
ataque. La batalla tomaba un nuevo aspecto, pues ralelas, mirándose de reojo, vigilándose, y en ese
los defensores asumían la ofensiva. tiempo fuése concentrando la pasión de cada uno de i
!11
1:1'
De las caballerías rebeldes, un grupo se movili- aquellos hombres, en el otro. Llegó el instante, a cien 1
zó a la derecha, hacia la batería de montaña, apro- metros de la batería, que detuvieron sus caballos y
vechando que estaba fuera de colocación.De ese gru- quedaron frente a frente. La batalla se suspendió; t
po, un jinete tocado con un fieltro café oscuro, jo- "El Niño" escondió su trompa tras el blindaje, las l'
1

~
!'
76 81 ME HAN DE MATAR MAÑANA ... RAFAEL F. MUÑOZ 77

caballerías detuvieron su galope, y los infantes aso- -¡No le aflojes hasta que saque la lengua ... !
maron la cabeza detrás de los pedruzcos. Nadie dis- -Tráitelo arrastrando ... !
paró, contemplando la iniciación de aquel encuentro -j Arriba la Brigada Urbina ... !
personal, admirados todos del valor de aquellos dos Del campo federal partieron también gritos de
hombres, uno que quería lazar los cañones, y otro aliento para el capitán Cano:
que pretendía detener, con su pistola, el avance de -¡Agua pal robavacas ... !
una brigada de caballería.
-¡ Délesu muchacha y su saqueo !
Un minuto estuvieron inmóviles; los caballos re-
-j Duro antes de que se acerque !
soplaban fatigados por la carrera, como locomotoras
que llegan; negro el de Herrera, alazán el de Cano. -j Viva el Quinto Regimiento... !

El mayor rebelde comenzóa agitar su reata, dando Los dos combatientes se vigilaban con recelo: He-
vueltas a la lazada abierta, con rápidos movimientos rrera, girando en derredor del capitán federal para
de muñeca; a cada vuelta, el lazo rozaba el suelo, y echarle la reata en cuanto lo tuviera seguro; Cano,
al compás de esos golpes avanzaba el caballo, con el volteando su caballo para. tener siempre de frente al
cuello recogido y las orejas verticales, al sobrepaso, rebelde, y disparárle cuando aminorara la veloci-
haciendo un angosto zigzag. El oficial federal sa- dad de su galope. Llegó un momento en que Herrera
có su pistola, con el dedo pulgar quitó el seguro, y la estuvo colocadoentre el capitán del Quinto y la ba-
fué levantando hasta que el cañón quedó vertical; tería de montaña, pero ningún artillero hizo fuego
luego, sujetando con firmeza la rienda de su ala- contra él: todos esperaban que entre los dos jinetes
zán, bajó la diestra e hizo cuatro disparos sucesi- se resolviera su encuentro, y apoyábanse en las pie·
vos, al mismo tiempo que Herrera, viendo el peligro, zas, descansando, contemplandolos detalles de la lu-
hacía dar un salto a su caballo y comenzaba un veloz cha comoun gran espectáculo.
galope en semicírculo. Otros tres disparos de Cano se fueron al aire, es-
Se detuvo, llevó la mano al ancho sombrero, lo quivados con habilidad por los precisos movimientos
vió perforado por una bala, sonrió y volvió a ponér- que Herrera imponía a su caballo; y luego, veloz-
selo, dejándolo colgar sobre la espalda; recogió su mente, el rebelde avanzó al galope, agitando su so-
reata, hizo girar la lazada sobre su cabeza, y avanzó. ga, sin irse recto al contrincante, y a ocho o diez me-
De la montaña, donde los infantes rebeldes esta- tros de distancia le arrojo el lazo, que partió silban-
ban de codos sobre el borde de las trincheras presen- do. La lazada onduló como una mariposa sobre el
ciando el duelo, bajó una oleada de gritos que llegó capitán, pero este dobló la cabeza del animal a un
confusamente al oído de Herrera: lado y metió acicates; el alazán dió un bote, y la so-
-j Saca la carabina, Bartolo ... ! ga cayó al suelo,barriendo las piedras.

l¡I:
¡,I
1
78 SI ME HAN DE MATAR MAi\tANA ... RAFAEL F. MUi\tOZ 79

-¡Pelón maldito. . . de la otra no te me vas ... ! nadas de sangre. Tres balas le habían herido en mi-
El capitán le miró con una sonrisa de triunfo: tad del pecho, y agonizaba. En un supremo esfuer-
permaneció con la pistola hacia arriba, viendo a su zo amarró su soga a la cabeza de la silla de montar,
enemigo detenido a quince metros de distancia. y apretó las piernas a la panza del animal; soltó la
-Recoge tu reata y sigue peleando... rienda y clavó espuelas.
Herrera, enrrollando su lazo, pensó que el federal El caballo dió un brinco: la cuerda quedó por un
era noble al no haberlo matado ahí como a un perro. segundo tirante, y sacó al capitán de la silla de su
alazán, dándole un apretón terrible en el cuelloy ha-
-Eres muy hombre -dijo- lástima que tenga ciéndolo caer a tierra. Comenzó una carrera frené-
que ahorcarte. tica. El caballo, loco al sentir las enormes espuelas
Volvióa comenzar el mismo juego. Dos tiros más clavadas en el vientre y la rienda suelta, emprendió
de Cano fueron a perderse en la llanura. Herrera un desesperado galope por la llanura. Llevaba en la
avanzó al galope, listo para arrojar su cuerda, pero silla el cadáver de Herrera, sostenido en equilibrio
se dió cuenta de que el capitán tiraba inútilmente del por la velocidad de la marcha, echado hacia atrás,
gatillo, se convencía de que su cargador estaba va- sobre la teja, y los brazos sueltos, como si fueran de
cío, y lo echaba fuera para colocar otro. un muñeco de trapo, trazando inverosímiles dibujos
.,-Está bien, capitán, tienes tiempo -dijo dete- en el aire.
niendo el galope a ocho o diez metros de distancia-. Al extremo de la reata tirante, el capitán, ahor-
Ya estamos a mano. cado, con la lengua que le brotaba de la boca como
-Gracias-respondió Cano metiendo un nuevo una. pelota amoratada, destrozábase en las· piedras
cargador y dando máquina a la pistola. dejando tras sí un rastro de sangre y una estela de
-¿Listo? polvo.

l
-¡Listo! Los federales quisieron cazar -elcaballo y le dis-
Simultáneamente silbó el lazo y cinco balas par- pararon con ametralladoras y rifles; los rebeldes me-.
tieron de la automática. El círculo amplísimo de la
tieron las cabezas en las trincheras y reanudaron su
reata cayó sobre el hombro izquierdo del capitán, co-
fuego. Volvió a asomar la nariz de "El Niño" entre
giendo dentro el cuello y el brazo que sostenía la pis-
tola; un tirón violento cerró la lazada, y Cano que- las aspilleras del blindaje gris, y el temblor de sus
dó prisionero, con el cuello apretado contra el brazo, granadas girando en el aire anunció nueva lluvia de
luchando inútilmente por abrir, con su mano izquier- balines. Las caballerías regresaron cada una a sus
da, el collar que le ahogaba. posiciones,y los cañones de montaña, ya emplazados,
Y frente a él, Herrera cabeceabasobre su caballo, volvieron a toser como viejas, lanzando sus escupi-
con los ojos vagos y la boca abierta, arrojando boca- tajos que iban a detonar en las laderas.
80 SI ME HAN DE MATAR MASTANA ...

El caballo trágico continuó su.carrera por la llaí


nura, dejando atrás los ejércitos en batalla. La~
piernas de Herrera, contraídas en el momento su~
premo de la muerte, mantenían el cadáver afianzad'
en la silla, balanceándose con la cabeza hacia atrás~
lívida, con sangre que le escurría lentamente por la~

l
j
comisuras de los labios. Al extremo de la cuerda ha.;¡
bía una masa sin forma, cubierta con una costra d~
sangre y tierra: era ya nada más el tronco de un ca-1
dáver, del que sólo el brazo derecho quedaba en alto,1!
erecto, rígido, apretando con cinco dedos cornocinco)
raíces, el mango de la pistola.
Bartolo Herrera, mayor de la Brigada Urbina, y;·
Jacinto Cano, capitán del Quinto Regimiento... ''

hermanos
,

~~
A:. noche parecía ha:f)erse detenído ; ño despa-
rramaba más sombras sobre el campo in-
móvil, ni le-va.ntaba sus c~:tínas e~esaá pa-
~- ra que penetraran los primeros, rizos azu-
les del alba; nubes cansadas de vagar se habían acu-
rrucado, unas sobre otras, como para darse calor, y
,,,
marcaban grandes vacíos negros, corno pozos: ábieJ:t-
tos en el arenal luminoso del ciclo. Dormía el viento,
tiritaban las ramas espinosas de los arbustos, y en

l
las trincheras, cicatrices del campo de batalla, los
soldados dormidos parecían cadáveres, mientras
afuera, los cadáveres parecían soldados dormidos.
Cuando el viento bostezaba, quizá cambiando de
postura para descansar más cómodo sobre la llanura,
su silencio esparcía olores mezclados de yerbas sil-
vestres y de carroña. El silencio misterioso de las
horas que suceden a la batalla, colgaba de las impá-
vidas constelaciones como el heno parásito que vive
en las frondas, Sólámertte existe, sin rom.per la cal-
ma, el temot' indefinible.
84 81 ME HAN DE MATAR MAS/ANA... RAFAEL F. MUSIOZ 85

Si

todas las miradas• parpadeantes de la altura • j
Sobre su dorso encorvado brincaban las horas, como
pudieran converger en un solo punto, perforando la ~ los peces voladores sobre el peinado del mar, y bajo
sombra cómplice, verían un cuerpo reptar, lentamen-j sus pies y manos que iban a rastras en la tierra, se i
te, tanto que a veces parecía que, como la noche, se ' incomodaba el silencio dormido. 1

había detenido. ¿Era un herido a quien la calma Palpaba y robaba, robaba y seguía adelante. Aquí
fué un cuchillo, allá un puñado de tabaco amarrado :
fresca le devolvió el conocimiento, perdido cuando
penetraron en su carne los proyectiles lanzados al en un pañuelo; rara vez encuentra monedas en las
acaso? ¿O alguna bestia que abandonó su cubil en ·~ bolsas o anillos en los dedos hinchados y rígidos. Des- 1

la montaña remota, coronada de agrestes peñazcos !. deñó las bandas de cuero en que los cartuchos repo-
por donde triscan las cabras salvajes, cuando los olo- san, y las armas de fuego caídas al lado de los lucha- :
res de la carne muerta la invitaron al festín? Tal dores vencidos; eso, para nada había de servirle, que !¡
1
parecía, porque se deslizaba sin hacer ruído y sin le- ;• lo recogiera el Gobierno. Casi siempre, al palpar,
!I
vantar polvo siquiera, en dirección a los cadáveres.~ sus manos se humedecían con un líquido espeso. Se .••¡¡
que eran hombres dormidos. Se alejaba de las trín-] detenía, irguiendo el cuerpo dolorido por la postura 1

cheras quietas, acercándose a la zona en que había simiesca, se sentaba en algún pedruzco, descansaba y
sido más copiosa la siega de asaltantes. seguía buscando.
Cuando se alzaba sobre sus extremidades y se; Sobre el tablero en que se movieron y cayeron los
movía rápido, no era más alto que los mezquites que] peones del ajedrez macabro de la lucha fraterna, él
surgen del suelo en haces de retorcidas ramas hósti- ~ recorrió casi todas las casillas, a saltos de caballo. Se
les. Luego caía sobre un cadáver, lo tentaba, lo mo-:.J creía solo, aún sabiendo que no era el único soldado
vía y lo abandonaba. No se oía romper de carnes ni! a quien tienta el deseo de bolsear a los muertos, pero
1
crujido de huesos, como cuando las bestias carnívo-] sabía también que hay una orden para que los cen-
ras o los pajarracos de presa logran el placer de una:l 1
tinelas disparen sobre todo hombre que vean salir de
abundante carroña. · las trincheras. Por eso, cuando se comprendió dis-
) ':
Seleccionaba, escogía, luego era hombre.
No rasgaba con sus garras la piel de los muertos,
tante de su base, dejó de andar a rastras, caminando
vertical aunque sin hacer ruido; su cabeza, tocada con
para arrancar el trozo suculento: palpaba, abría las¡ el anticuado chacó de cuero negro, rebasaba el nivel
ropas sin desgarrarlas, deslizaba sus dedos hábiles) uniforme del chaparral.
en los pliegues, en los bolsillos, y seguía adelante. Ro-! Bolseaba un cadáver cuando percibió un ruido, li-
baba a los muertos. Caminaba sobre pies y manosifo gero y continuo. Se tendió al lado del cuerpo inmó-
ligero y experto. Salió de las trincheras que fueroní vil y confundió con él su mancha de sombra. No te-
.baluartes para él y los demás soldados gobiernistasf)1 nía otra arma que su marrazo, y lo empuñó firme-
para buscar botín entre los revolucionarios caídos}; mente, atisbando.
86 BI ME HAN DE MATAR MAt:rANA...
RAFAEL F. MUt:rOZ 8.l

Vió cómo otro hombre se acercaba a los cadáve- volutariamente. Uno y otro ignoraban estar en ban-
res, los palpaba, los movía, los veía rápidamente y dos distintos, frente a frente en una lucha sangrien-
seguía adelante, desdeñandoal parecer el corto botín ta.
que podía obtener de ellos. Los palpaba, los veía y -Ven, siéntate y platícame. . . ¿Cómo está mi
seguía adelante. Buscaba sin duda a algún compañe mamá?
··¡,

ro determinado, entre los caídos. No era un soldado, -Bien, aunque triste porque no sabe qué pasó
porque su cabeza, que también emergía del oleaje contigo.
sombrío del matorral, no iba tocada con chacó, sino -Le escribí que me habían cogido de leva...
con un sombrero de copa puntiaguda y alas caídas, -Nunca lo supo...
anchas, que casi rozaban los hombros. Quedaron meditando, sentados uno junto al otro,
Cuandolo tuvo cerca, el soldado,en una voz baja únicos seres vivos en un mar de cuerpos destroza-
calculadaa que apenas fuera perceptiblepara el otro, dos por las balas, en medio del silencio inquietante
dijo: de la sombra.
11 -¿Quién anda ahí? -¿,Qué haces?
Inmediatamente, la cabeza cubierta por el amplio -Lo que tú.
sombrero, desapareció. Pedro sonrió, y en su dentadura hubo un reflejo
-¿ Quién anda ahí? extraño de satisfacción.
Pasado un momento de silencio, otra voz, igual- -No sabes lo que yo ando buscando...
mente medida, vino a rastras. -i Cómonó ! Un pocode plata ...
-Soy yo, Pedro ... -¡Un mucho de oro!
-¿Cuál Pedro? -¿Oro? Estás loco. . . Aquí no hay sino gente
-Pedro Arteaga ... de ustedes, y todos andan medio muertos de ham-
-¿Arteaga?
bre.
-Seguro. • . de los de San Lorenzo...
-Te equivocas...
Se acercaron uno a otro, ya de pie, alegremente.
Le pasó la mano fraternalmente sobre los hom-
-Te conocídesde la primera palabra que hablas- bros.
te. -Mira, ·Serapio, para que veas que soy buen
-Yo no; tu voz se me hizo muy ronca. hermano, te voy a decir lo que busco: esta mañana
Se abrazaron. Eran los hermanos Serapio y Pe- antes de que comenzaran los trancazos, el Jefe lla-
dro. El primero, en uno de sus viajes a la ciudad, mó a Cruz Terrazas, ¿te acuerdas de él? aquel que
meses antes había sido tornado de leva para cubrir era caporal en la hacienda de "La Laja" . . . Y le di-
una de las muchas bajas de los ejércitos del Gobier- jo: "Te vas a la frontera, por Ojinaga, y esperas un
no; el otro se había unido a las filas de la Revolución, cargamento de parque que me van a pasar unos
81 ME HAN DE MATAR MASANA ... RAFAEL F. MU1.itOZ 89
sa
gringos el día veinte, por el lado de Alamo Blanco. Por un rato, Pedro hizo un regateo mental. Ya
Te tienen que dar treinta cajas de parque y cinco la noche había emprendido de nuevo la marcha,
ametralladoras", y quien sabe qué otras cosas le arrastrando su bagaje. En.el parpadeo cansado de las
1
dijo, el caso es que le dió cuatro mil pesos de oro, , i
estrellas se presentía un alba próxima.

l
que Cruz metió en su cinturón. Me iba a llevar con ' '1 -Arreglados. Te daré mil...
él para que recogiéramos el parque, y nomás dijo -¿Cómo era Cruz?
que quería darles antes una maltratada a los pelo- -Grandote, bigotón, con una barriga como de
nes . . . a ustedes. marrano . . . Si no le puedes ver la cara, nada más
l' -Nosotros fuimos los que los maltratamos a us- tócale si tiene bigotes largos. Así vine yo trabajando
tedes ... muy de prisa.
-Bueno, eso fué ahora, mañana quién sabe. El -Si tú lo encuentras, me avisas. Si yo lo en-
caso es que anduvimospor aquí y se nos vino encima cuentro, te aviso.
la mala suerte. Cruz no volvió.Por este rumbo debe -Eso es: antes de quitarle el cinturón. Tú bus-
11
estar tirado con un agujero en el pellejo, cuando cas de aquí para allá, y yo para este otro lado.
menos, y los cuatro mil pesos bien fajados en la c. Se separaron y cada uno comenzóa trabajar en
1
barriga. su zona. Rápidamente, como para ganar tiempo al
-¿Estás seguro? amanecer que habría de saltar pronto del otro de los
-Bien seguro. Cuando entramos a los tiros ve- cerros, como de un trampolín; porque la aurora se
níamos juntos, y él traía el dinero. Cuando nos echa- presenta repentinamente, como si la impulsara el
~on para atrás, nadie pudo detenerse a bolsearlo. viento o como si quisiera alcanzar al crepúsculo
....., ••......,~,....
que
-Entonces, vamos a buscarlo. le lleva la delantera.
Desconfiado, Pedro se alejó un poco de su her- Se acercaban a los cuerpos caídos, les tocaban la
mano. En la sombra, éste sospechó que el rebelde cara y seguían adelante. En un zig-zag continuo lle-
tenía ya la mano sobre su arma. garon a encontrarse en una cortada del terreno, don-
-No te espantes ... con que me des un poquito, de se veía un amontonamiento de cuerpos; sin duda
me conformo... habían ido a reunirse ahí una media docena de mo-
-¿Cuánto? ribundos, buscando un abrigo contra el fuego sega-
-Mil para mí, tres mil para tí ... dor de las ametralladoras. Habían caído unos encima
-Te daré quinientos... de otros, y los hermanos tuvieron que remover a los
-No seas tacaño. Piensa que si no te ayudo, a~ de arriba, una vez que les hubieron palpado las ca- il

lo mejor no lo encuentras, y los dos salimos per-' ras. 1

-¡Este es! !·~


diendo.·
SO SI ME HAN DE MATAR MANANA ... BAB' AEL 1'. MVDOZ 91

-;:
-En la barriga. . . en la barriga ... no nos tratan como burros. Ustedes sí que están
-Le tiento el cinturón, pero la hebilla está pa- amolados con esos oficiales que se creen la divina
ra ahajo ... garza ...
Lo voltearon con dificultad. Estaba ya rígido, y -Es que estamos en un ejército, y no en una.
como era muy gordo, pesaba. manada ...
-Corta el cinturón con un cuchillo... -Manada será la tuya, imbécil...
Serapio hundió el marrazo con mano firme. Cor- -Te digo que ustedes son una manada de ban-
1¡j tó el cinturón y además metió la hoja unos cuantos didos...
-i Tu abuela!
centímetros en el vientre voluminoso.
-i Jálale de aquel lado!
Se pusieron en pie, dejando a un lado el cintu-
rón, ya vacío, y Jos montones de monedas. Sonaron.
Algunas monedas salieron del cinturón roto, y
los golpes sobre los recios cuerpos y brillaron las
chocando en el aire, cantaron el alegre himno del
hojas del marrazo militar y de la daga campesina.
oro. Los hombres ya no hablaron. Inclinados como go.
-i Dame! [Damel
rilas se buscaron avanzando y retrocediendo, dando·
Casi luchaban, ambos prendidos del cinturón pe- pasos de costado, brincos, irguiéndose e inclinándo- '
sado de discos. se. Sin más testigos que las nubes que se separaban
¡1
-Vamos a contar. Espérate ... para emprender de nuevo su caminata sin rumbo,
Sin que uno soltara su presa, se alejaron. En y las estrellas indiferentes, y el matorral hostil, y·
cuclillas posaron en la tierra y contaron. Mientras los cadáveres que habían movido,los dos hermanos,
las monedas retozaban en sus manos impacientes, arma en mano, practicaban la rústica esgrima. Am-
ellos discutían: bos eran expertos y se conocían mutuamente. Se

l
-De bruto estás con la tropa. Un peso diario y esquivaban con habilidad, casi sin ver venir el gol-
no más. Siquiera nosotros tenemos de vez en cuan- pe, adivinándolosolamente.
do, la oportunidad de algo bueno. Hasta que uno de ellos, en un rápido salto hacia
-De bruto estás tú con los bandidos. ¿Te parece atrás, puso pie sobre un cadáver y resbaló. El otro
bien andar robando? le brincó encima como un gato y abrazados, roda-
--Y tú, ¿qué haces ahorita? ron por la tierra.
-No es lo mismo desplumar a un muerto que a Cuando el amanecer se fue elevando y ~u cara.
un vivo. alegre disipó la tiniebla, y comenzaron los trinos·
-¿Bandidos dijiste? Siquiera somos hombres de las aves del campoy los aleteos, y cuando los cha- 11¡11

libres. A nosotros no nas babosean los jefes, como parros estiraron sus ramas como si se despereza-
a ustedes. Aquí todos somos iguales y los de arriba ran, todo estaba nuevamente en silencio. rl!
92 81 ME HAN DE MATAR MA'R'ANA...

.Las horas pasaron cabalgando, cruzándose en


el aire nítido con los toques de clarín. Se volvieron
a encontrar los gritos sordos de los disparos que la ".
víspera ahuyentaron la luz y por el resto del día,
el oleaje de los asaltos, en flujo y reflujo, pasó va-
rias veces sobre los cadáveres que parecían solda-
dos durmiendo.


¡
! ji

·:•·'
una biografía <1)
i:
~ '):•
,y

(1).-Este cuento no alude a persona alguna. La


mayor parte de las frases atribuidas al "autor" exis-
ten en dos biografías de personajes desaparecidos de 1·1
la escena política y militar de México, desde el año ,~
1
de 1920.-R. F. M.
11!

..
~

I'

'
!

1 1OS trenes militares ocupan todas las vías


dispo.níbles de la estación del fe.rrocarril, en
espera de la orden del General en Jefe para
''.\.. movilizarse. Hace dos días que bulTeeI agua
en las calderas de las locomotoras; que los soldados
están trepados en los techos de los carros, donde
han improvisado habitaciones con ramas secas y
rojos cobertores; que las mujeres están haciendo
1 la comida en cocinas instaladas entre las ruedas, y
que los centinelas tienen la consigna de no dejar sa-
Iir a ningún soldado del patio de la estación, en la
posibilidad de que se reciba de un momento a otro
1 la orden de marcha.
En un escape inmediato a la línea troncal, está
~:
colocado un tren compuesto de varios carros dormí-
torios y dos blindados, cuadriculados de blanco y ne-
gro, por cuyas aspilleras asoman los tubos·de media
docena de ametralladoras. En el último carro dormi-
torio, un centinela está de vigilancia; sentado en el
escalón inferior del estribo, meta diente a un mem-
96 1'31
ME HAN DE MATAR MAiVANA ... RAFAEL F. MUiVOZ 97

brillo más grande que el puño, mientras su largo El centinela interrumpe un mordisco, interroga
mausser de infantería, que el marrazo prolonga ha- con una mirada de sorpresa, y comprendiendotardía-
cia arriba en una ondulante llamarada de plata, des- mente, responde:
cansa recostado en el flanco del carro. -Aistá arriba; se acaba de levantar; orita se
Es media mañana. Un rumor de avispero sale de asomó medio encuerado. . . métase.

i
aquel conjunto de trenes militares, en el que las ja- Sin levantarse del estribo, dejó paso libre al vi-
deantes locomotoras y los soldados rivalizan en im- sitante, y siguió comiendo.
. ~'.
paciencias. En el tren del General en Jefe no se mue- Dentro, en un saloncito de tres metros por lado,
ve nadie ; de ahí no sale ruido, ni se ve cara alguna con una mesa cubierta de paño verde, y sofás de cue-
asomar por las ventanillas, en las que se han cerrado ro adosados a las paredes, estaba el General en Jefe
los párpados verdes de las cortinas. "medio encuerado". Era un hombre de alta estatura,
A ese tren, por el extremo donde el centinela en- huesudo, de anchos hombros·inclinados hacia adelan-
gulle su almuerzo, se aproxima un individuo vestido te; tenía una cara impasible, a la que la.boca siem-
con una indumentaria que lastima la vista en aquel pre abierta, daba un sello de rusticidad y torpeza.
campamento de tropas listas para la marcha.. Con- Estaba sin camisa, y de los botones del pantalón, los
trastando con los uniformes de kaki amarillo y los tirantes de resorte colgaban como en el recién lle-
sombreros texanos, con las cananas cruzadas, las gado los.faldones del saco. El General en Jefe de-
cabelleras hirsutas y los rostros olvidados por las letreaba un libro de filosofía alemana de mediados.
navajas de barbero, aquel individuo viste un traje del siglo pasado.
de casimir muy claro, amplio comoun costal, de saco -Buenos días, General, le sorprendo deleitándo-
que le llega hasta las corvas y pantalones que le ha- se con la buena lectura .
cen arrugas sobre los zapatos. Una melena pesada -¡ Quiubo, licenciado J
de vaselina le cae hasta los hombros, y cubre su ca- -Vengo a insistir, mi General, en el proyecto
beza un sombrero negro, de anchísima falda que le
que ya tuve el honor de exponerle en otra ocasión:
hace oleaje al derredor. Lleva un corbatón de seda
antes de que salga usted a esta campaña que sin du-
de un palmo de ancho, anudado en forma de maripo-
da será un nuevo lauro en su corona, deseo que me
sa cuyas alas le sobrepasan las solapas del costal en
proporcionelos datos necesarios para escribir su bio-
que va metido. Lleva un portapales bajo el brazo, y
al hablar, ahueca el tono de la voz y con la diestra grafía. Comprendausted que es necesario que el país,
rubrica en el aire amplios ademanes que acompasan ansioso en este momento de conocer los anteceden-
sus palabras. tes de los hombres nuevos en la vida de la patria,
sepa a ciencia cierta, por medio de un libro verídico,
-Decidme, vigilante, ¿se encuentra el General la vida que ha hecho usted hasta el momento en que
en su.improvisada y móvil residencia? 3,~ 'l
98
SI ME HAN DE MATAR MA&ANA ... RAFAEL F. MU&OZ 99

llegó a ser una de las figuras salientes de nuestra Autor.-Escribo fas presentes líneas a sabien-
causa. Además, comprenda usted que es necesario das de que voy a herir la modestia de mi biografia-
desvirtuar algunas... bueno, ciertos ... es decir... do...
-No trague camote, licenciado,suéltela de una General.-La mera verdá, es que yo nunca supe
.,rez ... quien fue mi padre ...
--Quiero decir, mi general, que sus enemigos, Autor.-El padre de nuestro biografiado fue un
los enemigos de nuestra causa, han tratado varia- hombre bueno y honrado, que víctima de sus inten-
mente de empequeñecer a usted propalando calum- sos esfuerzos para llevar el pan a su familia y la-
niosas versiones... brar el porvenir de sus hijos, falleció cuando el ma-
-Dicen que soy un bandido, ¿no? yor de estos, ahora nuestro jefe, contaba apenas
-Hasta eso llega su criminal deseo de despres- cinco años de edad.
tigiar nuestra causa, General... General.-Mi madre hacía dulces, jamoncillos,
-Pero si es la meritita y pelada verdá ... cubiertos y pepitorias, que yo salía a vender siendo
-Bromea usted, General. ¡Ja, ja, ja! Nunca lo un chamaco...
había yo visto de tan buen humor ... Insisto, su bio- Autor.-Obligado a trabajar a pesar de su deci-
grafía ... dida inclinación al estudio, nuestro biografiado si-
-Bueno, bueno, agarre la pluma y ponga ahí lo guió con éxito la carrera del comercio.
que le voy diciendo, nomás que como usted es leído, General.-El dinero que me daban por los dul-
lo dice bonito, para que la gente no crea que soy co- ces, lo jugaba de diversas maneras con los mucha-
mo me pintan. Lo que he hecho ha sido por el bien de ) chos ricos, y siempre los pelaba, a la buena o a la
mis hermanos de sangre y de raza, y. . . . mala...
El futuro autor de la biografía se ha sentado '.'' Autor.-Sus escepcionalsscualidades para el co-
frente a la mesa; de su cartapacio tomó papel y va- j mercio...
ríos lápices tajados en punta finísima, y se dispone :1 General.-Yo quería un burro, para traer leña...
a oir el relato que va a hacer de su azarosa vida . Autor.-Sin embargo de sus éxitos, su espíritu
aquel hombre tan importante. Mientras éste, acos-·~ emprendedor buscó más amplios horizontes...
tado en un sofá de cuero, hilvana sus recuerdos con :Í General.-Y un día me lo robé del rancho de Los
la mirada entretenida en los arabescos díbujados en \ Olivos.
I' el techo, el autor escribe. Así se desarrolla toda la Autor.-Su perseverancia Je ayudó para lograr
J escena que sigue. ·.l grandes progresos.
Gen.eral.-Ya sabe amigo, que yo salga bien pa- ! General.-Pero el dueño se quejó, y los "ruda-
rado ái en su libro. . . ' '•1 les" me fueron a buscar a la casa de mi madre. Tu-
100 SI ME HAN DE MATAR MA~ANA ... RAFAEL F. MU~OZ 101

ve miedo a la cárcel, porque sabía que ahí eran muy' Autor.-Cuando el Gobierno comenzó a alarmar-
abusivos, y me fuí a la sierra. Tenía ya dieciséi~' se por su actividad, una mañana tempranera lo
años, pero estaba grandote como uno de veinticin- pararon unos hombres de a caballo, que resultaron
¡
C-0 • •• ser de la gente de Ignacio Parra, bandido entonces
Autor.-Sin embargo de su progreso rr:ateriaM muy nombrado, que después de Heraclio Berna!
t nuestro biografiado se ahoga en aquel ambiente e · era el que más guerra daba a las acordadas del
que la tiranía tenía asfixiándose a 10.S espíritus r~I Gobierno. Lo tomaron prisionero ...
General.-Tuve que hacer méritos entre aquella
beldes y de elevadas miras. Cansado de ver la escla·.
vitud de los suyos, ansioso de libertad, sediento d gente, y un día me robé toda una manada de mulas...
'f bienestar para sus hermanos de sangre y de raza;,), Autor.-Lo traían a pie por la sierra. Nuestro
fuése a la montaña a preparar los planes de libera.•J:. héroe comprendió que le hacía falta una mula, y
ción de los oprimidos. . . · viendo una manada que pastaba a un lado del cami-
General.-¡ Qué vida tan infernal pasé ahí! Lo no, en un claro del monte, fuése con uno de sus cus-
cerros no daban nada qué comer, y tuve que salí todios, apodado El Jorobado, y lazó una yegua pinta,
a buscarme alimento. Un día devisé un ranchero qu que resultó ser la caponera; naturalmente, se vino
venía a caballo, con dos quesotes en las angarillas] en su seguimiento toda la mulada ...
le aventé una pedrada con tan buen tino, que lo dej' General.-Pero los rudales nos dieron una buena
jé tirado en mitad de la vereda; le quité la pistola correteada, y no tuvimos otra salvación que pasar la
el caballo, los quesos, y metí carrera. . . · frontera para Texas ...
Autor.-Los montañeses, desde luego, le ama~ Autor.-La atmósfera que le envuelve no le es
ron. Le llevaban comida, vestidos. . . ;;i
grata; el pésimo gobierno de su patria lo obliga a re-
'" 1
General.-Con aquella pistola aprendí a tirar,
fuí muy "derechero".
fugiarse en Estados Unidos, con la esperanza de que
allá podrá dar rienda suelta a sus anhelos de liber-
A,utor.-En la soledad, nuestro biografiado tad. A semejanza de Miranda, de Bolívar y de cien
dedicaba al estudio y a hondas meditaciones... más, busca inspiración y consuelo en tierra extran-
General.-Un día detuve a un ranchero rico, qu jera ...
,. por defender sus platas se me echó encima, y t~
General.-Estuvimos una temporada escondidos,
1
t
quebré ...
viviendo con el dinero que nos produjo la venta de
Autor.-Su ejemplo era edificante ...
ganado.
t GeneraJ.-Salieron los "rudales" a perseguirme
le tuve miedo al asunto, y sabiendo que por ahí an4 Autor.-Su amor al trabajo lo lleva a importan-
1 daba una partida de ladrones de ganado, me fuí tes empresas americanas, donde presta magníficos
servicios...
buscarlos. -
;¡j
[!,
¡í!
I'
102 SI ME HAN DE MATAR MAIQ'ANA... RAFAEL F. MUIQ'OZ 103
11:

General.-Y cuando vimos la primera oportuní-] < ':General.-Nuestro grupo iba creciendo. Yo era 1,,,
11:

dad, nos volvimos a meter. ~ el jefe, pero el compadre Claro pensó meterme zan- 11
[
Autor-Sus ideas de liberación habían cristali- ~ cadilla, diciéndole a los muchachos que yo me que-
zado, y decide jugarse el todo por el todo, y regresa'! daba siempre con las platas, y nomás les daba a ellos
al país a preparar un gran movimiento.
General.-Al pasarme a Chihuahua, queriendoj
'I unos cuantos fierros. Un día me armó un alboroto,
y dijo que él era desde el mismito momento, el je-
!~
1j
~
que se borre mi huella, y que no me alcanzara nin-~;. fe; entonces, me lo eché al plato ... "¡;
gún exhorto de las autoridades, mudé mi nombre ;i~\ A.utor.-Había un hombre que había ganado su
por el que llevo ahora. . . l afecto, al grado de que se habían hecho compadres,
Autor.-Comenzó a luchar en la prensa, publi- \ pero en realidad no era más que un agente secreto
i11
cando formidables artículos que calzaba con el seu- al s~rvicio del gobierno. Cuando nuestro biografiado JI
dónimo que es ahora su nombre de lucha, aceptado i
por todos los de su familia y tan conocidoen el país....~
lo supo, Meza, que así se llamaba el villano, estaba :~
a punto de delatar a las autoridades todo el com- ';I/'
General.-Los rancheros nos hacían resistencia· plot Inmediatamente nuestro héroe se <liócuenta 1¡lj
y nos pegaban siempre que podían, y otras veces 1 del peligro que corrían todos aquellos hombres que
nosotros. Ansina me fui haciendo hombre de gue- ;,' habían confiado en él, otorgándole incondicionalmen- ~
rra, 1
te 'ta jefatura. El podía salvarse, pero hubiera sido
Autor.-Se hizo la resolución de luchar por los~
pobres de mi patria, pero no pudo lograr que mu-i!
1
imperdonable que abandonara a los demás por aquel
hombre, y le aplicó el castigo que las leyes de la
¡
111

chos de ellos comprendieran sus sanas intenciones... } · guerra señalan para los espías. ~
General.e=Algunos gringos nos pagaban bien por ! General.-Y desde entonces, a todo el que quería
el ganado robado, y el dinero que sacábamos lo en-, L'/'
hacerme sombra, me lo echaba al pico. . . Me hice el
terramos donde horita nada más yo sé. . .
Autor.-Pudo hacerse de un poco de dinero ven-,
diendo el ganado que crió con grandes esfuerzos,.·
y ese dinero lo empleaba·en la compra de armas ~~
.,,•/ 1, jefe supremo.
Autor.-Los grandes caudillos, como Cronwell
y Napoleón, debieron a sus aptitudes geniales su do-
'
1,1


il

¡'1I

municiones para preparar el gran movimiento ar~'.1 minio sobre las tropas. Así pasó con este hombre ex
mado... 1 cepcional de quien nos ocupamos. Trataba afectuo- ~
/11

1
General.-Yo solito llegué a tener diez mil pesos\~
enterrados en varios lugares ...
samente a sus compañeros, y nunca quiso conside-
rarse superior a ninguno.
)
1
Autor.-Olvidando intereses pecuniarios, acude General.-Entonces fue cuando comenzó la bola,
a la lucha. Al servicio del movimiento pone su per- pero no me quisieron dar grado, porque quesque yo
sona y su caudal ... era purito bandido... j
'
~
1
'"

·~

104 81 ME HAN DE MATAR MAÑANA ... RAFAEL F. MUÑOZ 105

Autor.-Iniciado el movimiento, dejó la jefatura General.-Me pusieron a las órdenes de Orozco.


en manos de otros a quienes consideró más aptos Yo no lo quería, porque este desgraciado me trata-
que él para el objeto, y modestamente se retiró a la ba siempre a trancazos ...
vida privada. . . ' Autor.-Cada día conquistaba más simpatías en-
General.-Entonces yo hice una bola por/ mi tre los demás directores del movimiento...
cuenta ... General.s-Biempre me estaba vigilando, y un día
~r1
Autor.-Pero la insistencia de los demás lo oblí-
gó, materialmente lo forzó, a aceptar el grado de
general.
i¡1 que me robé un caballo muy fino, fue a chismear al
jefe ...
Autor.-Sin embargo, todo conglomeradocuenta :1l
General.-Había muchos "pelones", y varias/ve- '(l con elementos poco sanos que tratan de medrar a la 'j'
ces nos pegaron hasta debajo de la lengua. Me rna-
taron muchos muchachos, y para que es decir que
~
sombra de los grandes hombres, y que no vacilan
en tejer en torno de ellos la tela de araña de la ca-
I
1i,
11

no, yo tenía un cicirisco de todos los diablos. No más lumnia, para aprovecharse de la caída de unos y del
corría de un lado para otro. . . Llegué a quedarme triunfo de los otros. Una cobarde, una vil, una in- 11

casi solo... ~ fame intriga fue concertada por varios insignifican-


1

Autor.-Bien pronto demostró excepcionalescna- .·~: tes contra aquel hombre insospechable...
lidades en el arte de la guerra. Para seguir paso a t General.-¡ A que de mentadas me echó el vie-
paso sus épicas jornadas, necesitaríamos escribir :a\ jo desgraciado! ¡Se acordó de toditita mi familia ... !
una voluminosa obra. Baste decir que desarrolló t Autor.-c-Los intrigantes trataron en vano de pre- 111

una asombrosa actividad; tan pronto estaba aquí co-: ~,, disponer al jefe del movimiento con nuestro biogra-
mo allá, en lucha constante; nunca experimentó el 1
.,
fiado. Entre ambos se celebró una cordialísima en-
11,1

11
1
más leve temor por su vida. Su ejemplo de valor in- u trevista ...
domable y sus grandes dotes de jefe, hicieron que General.-¡Ay, jijo ... ! ¡Qué enojado estaba ... ! !!
su ejército aumentara de día en día. Me la cargó hasta que tuvo ganas ... lt
1
General.-Fuí a ver otra vez al jefe de la revuel-
ta, para que me admitiera; era un viejo desconfiado
Autor.-El jefe del movimiento le dictó sabios
consejos... !~
que nomás me miraba con el rabo del ojo, tanteán- General.-Más de media hora me estuvo echan-
¡
!;

dome que no fuera yo a madrugarle ... do la viga . 11

Autor.-Dedicado por completo a sus activida- l'i


Autor.- bondadosas frases ...
des militares, reconociócomojefe intelectual del mo- General.-Y me mandó encerrar en un calabozo... 1!
vimiento a un civil, hombre que tenía en nuestro Autor.-Para dar un soberano mentís a aquellos !~
biografiado una absoluta confianza ... intrigantes, y comprendiéndo la necesidad del ge-
106 81 ME HAN DE MATAR MA~ANA ... RAFAEL F. MU1WZ 101

nio militar de nuestro héroe para el triunfo del mo- General.-Acuérdese de que usté se me juntó,
vimiento, expresó sus deseos de que el General es-- cuando lo sacamos con todos los demás presos de la
tuviera siempre cerca de él ... cárcel de San Pedro ...
General.- ... donde me tuvieron a purito pan y Autor.-Los elementos intelectuales más valio-
agua. sos pasaron a prestarle su cooperacióny ayuda ...
Autor.- ... tratado con las más altas atencio- /j'i¡ General.-¡ Ay nomás! ¡Ni quisiera acordarme!
nes ... ¡Qué lindo saqueo aquel de San Pedro ... !
General.-Y nomás salí, me corrieron pal diablo. Autor.-Llegábamos a las ciudades conquistadas,
Autor.-Sin embargo, la maniobra ponzoñosa dando toda clase de garantías a los habitantes que
continuaba. Los envidiosos, indignados por la con- '\,1¡· habían estado oprimidos por la soldadesca vencida.
fianza ciega que en nuestro biografiado tenía el je- General.-Y usté, qué armada se dió con aquella
fe del movimiento,redoblaron sus intrigas y sus fa- ¡ muchacha que se jaló, cuando las agarramos a todas
lacias. La atmósfera que rodeaba a nuestro héroe
se hizo verdaderamente irrespirable, y entonces él,
dando una grandiosa prueba de desprendimiento y l~i
,f¡
juntas encerradas en la iglesia...
Autor.-Al paso de nuestras fuerzas victoriosas
salían las más bellas mujeres, a arrojar flores y en-
de abnegación, prefirió dimitir antes que ser causa ¡~
,j{ 1 cantar con sus sonrisas y sus miradas a nuestros
de división entre los elementos de valor en el movi- ·1~
miento. .\ fieros guerreroros ...
General.-Y no tuve más remedio que volver a General.- ... y nos las repartimos ...
robar vacas.
Autor.- ... retirándose a la vida de la austeri-
.t Autor.-Pero aquellas sonrisas y aquellas mira-
das llenas de encanto, jamás nos apartaron de la lí-
dad y del trabajo. nea de conducta impuesta por nuestro jefe, que como
l¡ General.-Y deai, ya sabe usté lo que pasó: jun- Napoleón, pensaba que la primera virtud de un sol-
té gente, purititos bandidos que conocían el oficio, dado en campaña es la castidad. Recordábanos siem-
les pegué a los soldados en tres o cuatro embosca- pre nuestro jefe esta norma del gran corzo, refirien-
' das, junté más gente y pronto nadie tuvo más fuer-
zas que yo en todo el Estado.
do con su amena palabra la muerte del Mariscal Lan-
nes de Montebello en la batalla de Wagram, a las
Autor.-Muy pronto, los elementos sanos del mo- 11~\, puertas de la alegre Viena. Así, pues, jamás logra-
vimiento volvieron nuevamente sus ojos hacia nues- ron las delicias de Capua alejarnos de nuestro cami-
tro digno jefe. Fue entonces cuando sobrevinieron no hacia el ideal...
los trascendetales sucesos que todos mis lectores co- General.-Acuérdese de que entonces fue cuan-
nocen, cuando el General llegó a dominar la situa- do el Gobierno me echó toda su gente encima; nos
ción en varios Estados ... corrieron de San Pedro, nos pegaron hasta debajo
1

108 81 ME HAN DE MATAR MAÑANA ... RAFAEL F. MUÑOZ 109 · 11

de la lengua los desgraciados pelones. Por suerte General.- ... a los demás se los llevó el diablo,
que en otro lado, el Gobierno la llevaba torcida con pero yo me escapé...
los revolucionarios de Bustillos. Autor.-Cuando pienso en las veces que nuestro
Autor.-Entramos a la parte más importante de biografiado expuso su preciosa vida por salvar a sus
la vida de nuestro biografiado: despliega su volun- hombres en peligro, aun cuando fuera el más insig-
tad, pone en juego su habilidad y su talento. Sabe nificante de ellos, viene a mi recuerdo una de las bri-
sobreponerse a uno que otro golpe adverso. Conquis- llantes páginas que guarda la historia acerca de ese
ta la ciudad de Mendoza, y luego, hábilmente, atrae enorme fascinador de almas que se llama Almanzor;
tras de sí a los soldados, que pensando equivocada- el sabio Schallah le reprende por sus vigilias tan pro-
mente que huía, le siguieron codiciosos,dejando des- 1ongadas, y Almanzor, con sus ojos bañados de ale-
guarnecidos otros lugares que bien pronto cayeron gría, le contesta: "¡Mi fiel Schallah ! Estos hombres
en manos de las fuerzas de Bustillos, Estos fueron a mí se confían, por mí se desviven y por mí se des-
los resultados de un vasto plan estratégico que nues- velan; qué tienen de extraño que yo me desviva y
tro ilustre biografiado concibió con una admirable me desvele por ellos?" ...
visión militar, y que por sí solo basta para consoli- General.-Yo ya estaba perdido; me sitiaron en
dar la fama de un nombre y hacerlo ilustre. Siempre :11 Rancho Viejo, pero Bustillos tiró al Gobierno...
con la mira de que los soldados del gobierno dejaran Autor.-Entonces fue cuando nuestro héroe con-
plazas desguarnecidas, los atraía cada vez más le- '¡
·'.~ 1
sumó el más grande de los sacrificios; comunicóa los
jos de sus bases de operaciones... otros jefes del movimiento su audaz plan, que con-
General.-¡ Qué maltratada me pusieron en Tie- sistía en dejarse sitiar por las tropas del Gobierno,
rra Negra ... ! ¡Demonio! tuve que huir a mataca- para 'que aquellos otros grupos pudieran aprovechar-
ballo, al grito de "sálvase el que pueda" ... se de la heroica resistencia de nuestro ilustre gue-
Autor.-En sus habilidosas retiradas, producto, rrero, para completar su obra. Así sucedió: desde su
comoantes decimos,de un vasto plan estratégico, tie- fortaleza, él dirige las operaciones de otros jefes mi-
ne especial cuidado en recoger a los heridos y enviar- litares de la revolución: dispone que el General To-
los a los hospitales instalados a la retaguardia. Estos rres hostilice por·el lado derecho, y el General Die-
rasgos de humanitarismo, sumados a la habilidad con go se coloque a la retaguardia para aniquilar a los
que siempre retiraba sus tropas en perfecto or- enemigos en un momento dado. Y contuvo heroica-
den ... mente el avance de las tropas del Gobierno, dando
General.-Ahí dejé tirados los tres cañones que tiempo a que Bustillos sacara de México todos los
traía, y hasta la mula en que llevaba mi ropa. ,¡ elementos de guerra que había menester. Conforme a
Autor.-Su gran habilidad consistía en salvar estos planes, que, insistimos, fueron preparados has-
siempre los elementos de guerra y la impedimenta... ta el último detalle por nuestro biografiado, el ene-
110 81 ME HAN DE MATAR MA~ANA ...

migo fue vencido, levantó el sitio y se retiró lleno


de oprobio, dejando el campo sembrado de cadáveres
que tenían rígidos los miembros, abiertas y vidrio-
sas las pupilas, y el rostro contraído por el remordi-
miento ...
General.-Ya sabe usted lo que sigue: me le co-
lé al Jefe, le hice la barba, y ahora tengo mando de
fuerzas ...
Autor.-Nuestro héroe, logrado el triunfo defi- ji

nitivo, insite en retirarse a la vida privada, pero un


clamor unánime lo llama al servicio militar ...
General.-Y he de llegar hasta Gobernador del
Estado. Si en las próximas elecciones, a la buena o
. '
1
1

t
a la mala, no resulto Gobernador, me voy al monte '
'

a echar muchos reatazos, y veremos a cómonos toca.


Autor.-Para terminar, debo decir que mi bio-
el enemigo 1
grafiado no alienta la más insignificante de las am,
·r:I
!11. 1

t,\
l! I·
bicíones ; varias veces ha rechazado las insinuacio- relato de un oficial inexperto
nes de los amigos que comprenden su valer, para que
acepte su postalación al Gobierno del Estado. El se ~
ilt
niega, y lamenta con el alma que sus amigos traten
de llevarlo por ese camino. No tiene más deseo que
' ~!
~
ver a su patria gozando de paz y prosperidad, y tie- lli:

l ne la firme convicciónde que si llega el caso de que


el Estado se fije en él para regir sus destinos, sabrá
sobreponerse a la voz de ambición, y una vez más,
ahora en definitiva, irá a ganar honradamente su vi-
111

1111

da en el trabajo ... ¡,11


¡,,
** * !11!
El maestro de escaela.s=Os he leído, mis queri-
dos niños, la historia de este hombre excepcional.
Recordadle siempre, y si alguna vez vuestro destino
os pone en alguno de los casos en que él se vió, sed
como él fue, para honra vuestra y de la patria ...
~
i
,1
·( 1 NTES de entrar en el servicio militar, yo era
"
~
simplemente un muchacho mecanógrafo,
con la cabeza atiborrada de narraciones so-
bre sucesos extraordinarios, y con un vehe-

t
1f
mente deseo de convertirme en héroe en batallas de
sangre y de amor, para que algún día mis acciones
llegaran a ser tan populares como las que relataban
los libros de aventuras, mis favoritos.
!
11:

.1
.~
11!
Cuando terminé el sexto año de mi instruccton ill
1
primaria, el país se hallaba en plena agitación gue- (!¡

rrera, y por esa causa no pude continuar estudiando !¡i

en la escuela preparatoria, como mi padre pretendía, ¡


,I!
.~~ porque el plantel de la capital de mi Estado' había si-
do clausurado a causa de los continuos movimientos !11,

armados, mismos que impedían que fuera yo a la


ciudad de México a continuar mi instrucción. En
~r
~
ese año, cuando se pensaba que yo era muy joven ~
li
1

para trabajar, y además no había en qué hacerlo


porque en aquel entonces no existía más profesión,
que la de las armas, me dediqué a leer novelas de
8
i
1
,,
I·',I 1

114 SI ME HAN DE MATAR MA&ANA ... RAFAEL F. MU&OZ 116 111

111
,:1
aventuras. En un principio, mi héroe era Rocambo- enemigos . . . Las lanzas habían roto su coraza, tras- I!
ui
le, a quien conocí íntimamente a través de una edi- pasado su cota de malla, y abundante sangre corría
ción folletinesca que constaba de cuarenta tomos, de sus heridas, pero Winkelried había abierto una 1

cuya enumeración me sabía de memoria, como si brecha.


fuera el alfabeto; pero postel"iormente fui intere- Esta estampa y muchos relatos de heroicidades
~
sándome más en las novelas que hablaban de accio- de la misma índole, me hicieron llegar a pensar que
11. nes de guerra, como "Los Tres Mosqueteros", "La _ todo acto de desprecio a la vida, de sacrificio por el i
Juventud de Enrique Cuarto", y los libros de Sal- ,f
gari sobre los piratas de Malasia, "El Corsario Ne- '~
gro", y las luchas de cristianos contra sarracenos. .~
triunfo del propio ejército o por la vida de un com-
pañero de armas, llegaría a ser descrito a las gene-
raciones venideras en libros forrados de piel ama-
,
1
~
Después de que cumplí dieciséis años comencé a rilla, orlada con anchas cenefas de oro, como aquel ~
trabajar como mecanógrafo en el despacho de un que el abogado de provincia, mi jefe, guardaba con 1r
abogado de la ciudad, donde en los ratos que me de- tanto celo. Pero hasta ahora he comprendido, y bien 1b
jaban ocioso los escritos a tribunales y juzgados, me ·¡ tarde por cierto, que las más grandes heroicidades l~~

i
pasan ignoradas, pues sólo se recuerdan las acciones 1:1
dedicaba a hurgar en la biblioteca, encontrando li- .! 1[1
militares para honor de quienes no hicieron sino
bros que venían a aumentar mi pasión por las aven-
turas. Recuerdo la mutilación que causé a un vo-
lumen de Historia Universal, que el abogado cui-
dictar órdenes, que muchas veces resultan por ca-
sualidad atinadas, mientras los verdaderos héroes,
.~1
,
los mártires, mueren en el silencio de la historia. !I!i
daba celosamente; hojeándolo una tarde que estaba ·
solo en la oficina, encontré un grabado que inmedia- ·
Así sucedió en la batalla de Estación Díaz, pongo 0~
tamente atrajo mi atención: representaba una esce-
na de no sé qué batalla, en la que un hombre que i
'I por caso, donde tuvo lugar aquella ... bueno, esto es
salirse de la relación que estoy haciendo. Volvamos I~,f
a Winkelried.
era casi un gigante, para abrir paso a sus compañe-
ros a través de una compacta fila de lanceros enemi- En aquel entonces no había yo visto lo que más !~
w!!t
gos, reunió entre sus potentes brazos ocho, diez o tarde me tocó presenciar, ni había hecho lo que aho-
doce lanzas, quebrando algunas, pero clavándose las ra me tiene así, viviendo en una angustia continua, 11
otras en el pecho; por la brecha que abrió Winkel- en una espantosa inquietud, en un incesante tor-
ried, que así se llamaba el 'héroe, se rompió ía línea mento. . . Más me valiera haberme pasado la vida 1J

enemiga y se ganó la batalla. Todavía ahora cierro . entera escribiendo: "Ante usted, honorable juez, 11
!!
los ojos y veo perfectamente aquel grabado que ocurro exponiendo" o las cartas que me dictaba 1¡

arranqué del libro de historia, y que representaba lentamente el abogado: "Me refiero a su atenta ... " ~
al coloso, de rodillas en tierra, sujetando en el arco Pero ya voy otra vez diciendo lo que no viene al
de acero de sus brazos las armas de una docena de caso. :11
[
1
~
~
116 SI ME HAN DE MATAR MAIQ"ANA... RAFAEL F. MU&OZ 111
De una vez diré, para no distraerme nuevamen- mar, yo siempre en calidad de mecanógrafo del ba-
te en reflexiones que no conducen a nada, que cuan- tall6n y secretario del coronel y oficiales, en par-
do me ofrecieron la plaza de mecanógrafo en las ticular. Para esto se me había dado el grado de te-
oficinas de la jefatura de la guarnición, acepté sin niente, porque en las listas de haberes no figuran
titubeo alguno, y abandoné el despacho del aboga- los mecanógrafos. Yo estaba satisfecho, porque te-
do, dejándole escrito en el reverso del grabado del nía derecho a usar uniforme y espada; me salu-
gigante abrazando las lanzas, unas palabras que de- daban, cuadrándoss, los inferiores, y cuatro veces
cían poco más o menos, que estuviera pendiente de al día, cuando entraba o salía de las oficinas de la
mí, que pronto haría yo una cosa semejante. guarnici6n, los centinelas me presentaban sus ar-
mas.
Y lo que hice por varios meses fué trabajar en
una vieja y sucia máquina de escribir, casi inservi- La vida en una poblaci6n chica es infernal. Yo
ble, haciendo los movimientos de alta y baja del per- sufría horriblemente porque no tenía nada qué ha-
sonal, las actas de las juntas administrativas, los cer, ni libros que leer, pues todo lo que pude encon-
documentos de entrega de compañía, y todo ese tra- ;. trar ahí fueron algunos de esos interminables rela-
bajo de rutina, que nada tiene de heroico, del detall :1 tos en verso, sobre discusiones entre personajes
de una guarnición. También, y este punto un poco mitológicas, etc., que no me hacían mucha gracia.
1J
vergonzoso debo consignarlo para que pueda expli- '" Lo mismo que yo, se fastidiaban en grande el co-
carse cómo ocurrió después "aquello", escribía las ronel Toledo y los demás oficiales -yo también era
cartas amorosas del coronel y de los oficiales, redac- ya oficial.-Mi papel de secretario de los amantes
tándolas con frases ampulosas, cuya idea era casi estaba en decadencia, porque no había en el pueblo
siempre de que un soldado tiene la vida en continuo mujer dispuesta a darle entrada a un guerrillero,
peligro, y que corresponde a la mujer endulzar las en aquellos tiempos.
horas, quizá últimas, de su existencia, a cambio de Fué entonces cuando una mañana se present6
que el firmante muriera pronunciando su nombre en la Jefatura de Armas un tipo extraño, vestido
cuando la parca. . . etc. con levita verdosa, medio calvo, muy caravanero,
Un día vino orden para que el coronel Toledo que dijo ir a invitar a los oficiales para la presenta-
(¿No he dicho ya que mi nuevo jefe se apellidaba ción de una compañía de drama, zarzuela y come-
Toledo?), se trasladara con un batallón y dos sec- dia, que esa noche iba a dar su primera funcióp con
ciones de caballería a cierta poblacioncilla de la el "inmortal drama" de don José Zorrilla, "intitula-
frontera, hasta entonces muy poco guarnecida, en do, Don Juan Tenorio", y repartió unos programas
previsión de que los rebeldes intentaran introducir 1! impresos en papel de china tricolor. Precisamente
por la región, elementos de guerra de los que ya en el verde quedaba el retrato de una mujer, la pri-
andaban escasos. Nos trasladamos, pues, al Palo-· mera actriz y tiple cantante de la compañía; apa-
118 SI ME HAN DE MATAR MAlQ'ANA ...

recía con una rosa atravesada en la boca, un hu-


RAFAEL F. MUiWZ 119

ro. Yo no quise entrar, alegando que era preferible


'

ll

meante cigarro entre el pulgar y el índice de la conocer a la artista en el escenario. ~


~
mano derecha, y envuelta en un mantón.de Manila. Comenzóel segundo acto. La decoración repre- I ~
Al pié del grabado decía: "La genial artista Gracie- sentaba una escena campestre: un rebaño, una casi- >li'j

la N ... " y entre paréntesis, en una línea de tipo ta, árboles... Sale el viejo de la capa tachonada de I~
más pequeño: "En el doble papel de doña Inés y estrellas, y de repente, se abre un boquete en una
doña Ana de Pantoja." nube de la decoración.. . Por ahí asoma una cara 1.l.11

A ese retrato se debió que todos nos aprestára- conocida: la mujer que hemos visto con una flor :¡
"11

l1u mos a concurrir al debut de la compañía, que se entre los dientes, impresa en papel de china verde. lf~1
~
1

efectuaba en una galera que en tiempos de cosecha Debo decir que esa primera impresión que me causó ~
servía para almacenar granos, y que había sido con- la genial actriz y primera tiple, fue desastrosa; mo- \i•I
1.1'1.1!

vertida en teatro; cada espectador habría de enviar vía demasiado los ojos en todas direcciones, y cuan- ll
,:11
•I¡

previamente sus asientos, que ocuparían poco me- do le hablaba el galán de la capa azul, los ponía en .8.1\1
~t
nos de la mitad del galerón, hasta una cortina roja blanco. Siempre estaba sonriendo, con una sonrisa
suspendida de las vigas del techo, que señalaba el 11 invariable, exagerada, que dejaba ver toda su den- !':!
111.1
comienzodel escenario. ~· tadura. Se veía bonita, porque su cara era infantil, 1!'1
'•.tT
El teatro no tenía sino una puerta, y por ahí en-
··'¡
con largos bucles dorados, naricilla y ojos vivaces,
trábamos artistas y concurrentes. Nosotros, natural- ,A pero tenía no sé qué petulante, de chocante, que la
hizo desagradable para mí. Sería quizá porque el II1
mente, con el deseo de ver a la genial Graciela, por-
~
~1'i

que el vejete calvo que aquella noche hacía el papel papel que representaba era de mujer coqueta por-
del Tenorio, no nos interesaba en lo más mínimo. que después, cuando en otro acto leía una carta de lii
Se levantó la cortina, y el primer actor, con unas don Juan, me pareció interesante con su aspecto de .j

barbas postizas, apareció sentado frente a una me- novicia tímida, de ojos bajos, y sin la sonrisa fría
sa, escribiendo. Está cubierto con una capa de fra- de cuando apareció en el centro de la nube.
nela azul celeste, con grandes estrellas de papel do- La función terminó después de la media noche, 1

rado, pegadas. El primer acto no tuvo para nos- í y viendo que el coronel y los oficiales que con él
. porque solamente hombres
otros el menor atractivo, ' penetraron tras la cortina, no salían, me pasé al lll!,

hombres entraban y salían, y muchos de ellos eran foro. Ahí habían puesto una división de tablas ¡:'I
!11

soldados de nuestro batallón, que el coronel había tras la cual se arreglaban las damas de la compañía, 1,.. ·~. !
"prestado" para que actuaran de comparsas. mientras los actores lo hacían en la parte posterior 1
¡i¡1j
!111

Cuando terminó el primer acto, don Juan Teno- a las decoraciones.El coronel y los oficiales estaban j!ji¡i

rio asomó tras la cortina roja e hizo una señal a To- sentados en una banca, bebiendo cerveza y aguar- 1¡¡;1

ledo, quien con dos o tres -oficiales se metió al fo- diente "a pico de botella". Ya el jefe estaba bastan- 1¡11•
:.1!.

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ISO SI ME HAN DE MATAR MA'/VANA... RAFAEL F. MU'/VOZ 1M1
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te tomado cuando yo entré, y se levantaba tamba- tísta, habían llevado al pobre corazón de un centí-
leando hacia la división de madera, que traspuso. nela avanzado que cumple con su deber en el desier- ~
Oimos voces fuertes, dos chasquidos de besos, y to implacable. Hablé del oasis, de una caravana que ~
luego regresó Toledo atusándose los largos bigotes.
Salió la primera actriz exhibiendo su sonrisa ·de
Ana de Pantoja, y me fué presentada. Yo hice una
inclinación respetuosa que ahora me parece que fué
llevaba a Graciela como espléndido tesoro, de la son-
risa entrevista por los pliegues de los cortinajes de
brocado ( la decoración de la nube y los rebaños),
y de otras muchas cosas de las que, debo decirlo,
~
~'
..,.7 perfectamente ridícula, y ella me tendió la mano con quedé muy satisfecho. Terminaba invitándola a que t
aires de gran señora, murmurando "servidora de us- abandonara su caravana de mercaderes, y se unie- ~
ted", mientras movía los ojos en todas direcciones. ra a este apasionado jefe de nómadas, para vivir en
'I11~
Trajeron más botellas, y a la media hora, Gracie- la tienda plantada en las dunas, lejos del ruido del 1:
la estaba sentada en las rodillas del coronel, cantan- mundo. I~
do con voz chillona: A Toledo, que era un adocenado, le pareció ma- 1¡:
"-Inúndase mi seeer de efluvio pasional ... " ravillosa la carta y quiso que yo mismo fuera a en- 11
A mí, me sacaron completamente borracho. tregarla, para añadir de viva voz alguna otra cosa ~
\


* :¡: *
Al día siguiente, el coronel se presentó en la '
guarnición después de las doce, con una cara de des-
velado y enfermo que a leguas decía que se había )
pasado la noche en una orgía tremenda. Tenía una
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l'
~-
que se me fuera ocurriendo por el camino. Sin dar-
me cuenta de lo que hacía (hasta ahora que por to-
do lo ocurrido comprendo que el origen fué esa ba-
jeza), fuí al mesón en que se hospedaba la compa-
ñía. Graciela tenía un cuarto indecente, pintado de
cal que en grandes trechos dejaba ver los adobes,
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ajuareado con un catre de hierro con sábanas de


sed insaciable - lo mismo que yo - y unas ojeras
moradas que parecían caerle como plomo sobre los manta todavía en desorden, una mesa sin pintar en ¡
' ..1¡'

ojillos entrecerrados. Pero a pesar de las huellas de la que había una docena de frascos y botes de afei- fl
!'.]
la mala noche, Toledo expresaba con su aspecto una tes, dos sillas, un espejo sin marco clavado en la pa- 11
l i
i~
fe visible satisfacción. Comprendí todo lo que había red, un baúl desvencijado, y en un rincón, botellas
pasado, y cuando me dijo "vamos a escribir una car- ~ de cerveza y aguardiente, vacías todas, rota alguna. i~,,.
ta"· me dispuse a recordar todas las frases altiso- Para llegar a este cuarto había que atravesar un ~
f t
nantes que había yo aprendido en los novelones que patio empedrado, donde varios animales de silla y
l.¡ fueron mi pasión juvenil, y dediqué a la primera ac- de tiro, amarrados a las columnas de madera del
~
j
~
li triz cuatro hojas escritas a máquina, en las que des- portal, dejaban señales malolientes de su presencia.
,. bordé apasionamiento, pintando lo mejor que pude Hasta ahora veo lo repugnante de todo esto, muy 1
1.,11

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la alegría que la belleza y la gracia de una gran ar- ..de acuerdo, por otra parte, con la comisión que lle- ~
ú
[!
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~
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122 SI ME HAN DE MATAR MA1VANA... RAFA.EL F. MU1VOZ 11$ ~
11~11
1 ~q

vaba. Pero entonces tenía interés en llegar, porque -Sería usted un magnífico actor ... ~
durante mi borrachera de la noche pasada sentí de- -¡ Oh señorita Graciela !... l.·1
~.1··1

seos de acercarme a Graciela. Esto parecerá mal a -Pero esa carta no la ha escrito él, ¿verdad? jj~
quien viva en una ciudad grande, donde a diario se -Le aseguro a usted que ... ~l
'!11'
ven muchas mujeres atractivas, y de tantas que -La escribió usted mismo.
son, ninguna enloquece. Pero quien haya vivido en Debo haberme puesto rojo de vergüenza. No pu- ~
,
11'11'

una poblaciónpequeña, donde las pocas familias que de moverme de la silla en que me había sentado al 1.IJ¡

t hay reciben con hostilidad a los recién llegados, comenzar la lectura, y quedé casi sin respiración
''I'
l!·!
1:J
comprenderá que es fácil interesarse por una cómi- cuando Graciela extendió sus brazos desnudos, y 'I
l11.'1··1
ca, que por vulgar que sea, tiene algo de mujer de me atrajo hacia ella, firmemente. J:,!1
1

mundo. ' '1'1··1

Llegué, pues, hasta el cuarto. Aquella mujer es- * * * ~


'.1·.1

taba tumbada a medio vestir sobre su cama en desor- ¡ Después de esto, mi vida se convirtió en una in- 1·¡· .·..
~
'1

den, y bebiendo cerveza tibia en una botella. Tenía terminable cadena de disgustos, molestias, tortu-
los brazos enteramente desnudos y mostraba las
piernas hasta la rodilla, no habiendo hecho ningún
li ras interiores, incomodidades físicas, angustia, mi-
seria ... No sé cómohe podido sobrevivir a todo es-·
~¡.',11
1¡1·1
'1111,

intento para cubrírselas. Me recibió como antiguo r


conocido,y no se sorprendió de que me presentara
-~ to, y más aún, cómo comprendiendo la bajeza a que
he llegado no hago ningún esfuerzo por salir de ella.
tt:¡¡
ahí, ni me preguntó nada. Me senté en una silla co- A veces, en sueños, me veo libre de la mujer, libre ~
t. locada a la cabecera, y por más de quince minutos
estuvimos charlando, hasta que le anuncié que lle-
vaba una carta del coronel.
-¿Qué dice ese bruto?
-Aquí está su carta ...
-Léala ... ¿quiere?
' de las burlas continuas de mis compañeros de ar--
mas, libre de mis remordimientos, y entonces, so~
ñando, me creo en la realidad y que todo lo que he-
pasado no ha sido sino un desvarío.
Por desgracia, lo que voy a relatar fué lo que
pasó, punto por punto. A veces, cuando estoy escrí-:
1.1¡

1}.1
I'
11:

i~
Me dirigió una mirada como al actor de la capa hiendo, me entra el deseo de terminar aquí mismo 11¡

salpicada de estrellas de papel dorado; una mirada ''· este manuscrito, no trazar ya ni una sola letra, y ill
que abarcó todo el cuarto y gran parte del patio romper las hojas de papel en trocitos muy peque- llf
del mesón, pero que según ella, venía dirigida a
mí. Puso los ojos en blanco, y acordándomede cuan-
ños, arrojarlos al viento para no leerlos nunca
más!. . Pero luego pienso que escribir es mi único-
I~
!l'1il
do apareció entre las nubes, comencé a leer la car- desahogo, y que el leer lo que he expresado en es- 1:
ta con voz de comedia, pronunciando la "e" y la "s" tas páginas que están ya arrugadas y sucias, me-
!11
tal como se estila en el teatro. trae el placer cruel de ir recordando todo lo que ha.
~]

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1

124 SI ME HAN DE MATAR MA-&ANA... RAFAEL F. MU-&OZ 126

pasado, con una precisión tal, que a mi vista se esfu- que fue la miseria la que la llevó al extremo. Pero
man los objetos reales que tengo f.rente a mí, y apa- lo de antes, ¿ fué también por miseria ?
recen las escenas que he vivido y que aquí describo, El coronel Toledo, cuando se dió cuenta de lo
1111,
ll·j
con todos sus personajes, sus colores, el tono de las que sucedía entre Graciela y yo, estuvo algunos días 11!1111

voces y todavía más, algo que está sobre la reali- molesto conmigo; no me hablaba, no me veía de '.11111¡

dad: me parece que leo en cada uno los pensamien- frente, y de vez en cuando se ponía nervioso, gol- 1¡

tos que oculta, las intenciones que abriga, los odios, peando la fusta contra las polainas amarillas. Pe- 'I·i,'
las envidias, las traiciones ... l ii¡¡

ro a poco cambió totalmente: me buscaba, asegu- 11:;:


Graciela y yo nos quedamos a vivir en el mísero rando en largas conversaciones saturadas de adu-
cuarto del mesón. Todo mi haber se iba en vivir lación, que ahora que me encontraba yo en tales 11 11

una existencia de privaciones, de necesidades insa- condiciones debía procurarme un ascenso, a lo que 1!1
tisfechas, porque no solamente era para los dos, él estaba dispuesto a ayudarme en todo lo posible, 1¡1
!j
sino que Graciela se había convertido en el sostén comprendiendo que yo podía ser un oficial útil, ya :11
de toda la compañía, fracasada, abandonada por el que era joven, valiente, etc., pero que era necesario i!1

I¡!!
vejete que dasapareció llevándose los poquísimos que no me limitara yo a mis labores de oficina, si- ''I
/
fondos que produjeron cinco o seis representaciones no que hiciera un verdadero servicio militar, to-
mando el rondín nocturno, yendo a asumir algún il1'I
semejantes a la que he descrito, y dejó a los pobres ·111

cómicos sin un centavo, en una población incomuni- puesto en las avanzadas, y aún de cuando en cuan- :¡¡!
.11

cada del resto del país por las continuas correrías do, pasarme algunos días con las secciones de ca- 1 i''I

de los rebeldes. Los cómicosiban a meterse en nues- '! ballería que patrullaban la línea divisoria. ¡111

tro cuarto, con caras de hambre, a hablar de sus Fuí tan imbécil que lo creí bien intencionado, y
i:·
miserias, a veces a dormir en el suelo, sobre peta- acepté de buena gana esas comisiones. Pero al vol-
tes. Los convidábamos del rancho del batallón, y de ver a nuestro cuarto en el mesón - la tienda del 11¡

mi pré, Graciela les repartía unas cuantas monedas nómada plantada en las dunas del desierto - me
a cada uno, hasta que nos quedábamos sin ninguna. encontraba en los rincones botellas vacías, de aguar-
diente y de cerveza, colillas de cigarros, y a veces,
No digo que esto fuera malo, después de todo; aque-
dinero en el baúl de Graciela. Y como si esto no fue- 1¡1,

llos eran unos infelices abandonados del destino, y


ra bastante, vinieron dos mujeres de la compañía
que había que ayudarlos en alguna forma, pero el 1 l1ll
desbaratada, dos pobres mujeres que ya estaban
resultado era que Graciela y yo carecíamos de mu- tramontando, a quejarse de que mientras yo anda-
chas cosas, y entonces ella se las procuraba en la ba patrullando la línea divisoria, el coronel les ha-
forma en que podía. Me doy cuenta de que estoy bía prohibido que durmieran en el cuarto de Gra- 1
tratando de disculpar todo lo que hizo, asegurando ciela, y ellas habían tenido que irse a las cuadras. 11;1;1
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¡,I:!.
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11!!
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126 SI ME HAN DE MATAR MA&ANA ... RAFAEL F. MUÑOZ 12'1

Cada vez eran más frecuentes y más largas las más comprensivos de mi desgracia y de mi impo-
comisiones que me daba el coronel Toledodizque con tencia.
el propósito de que yo hiciera méritos, porque ya No puedo decir cuanto tiempo duró esta situa-
había pedido mi ascenso al Cuartel General. Yo ya ción, sólo sé que llegue a estar como loco. Casi me
no me tragaba la píldora, pero cumplía; y por las volví mudo. Miraba a los hombres y a las cosas con
noches, cuando la patrulla vivaqueaba a la orilla ojos extraviados que decían a las claras que me en- ,I1
111

del río que marca la frontera, bajo el cielo impá- contraba muy lejos de la realidad. Una vez, cuando 1':
vido del otoño, a muchos kilómetros de la población, regresé a nuestro cuarto, encontré varias botellas :1

de la miserable hospedería, del cuarto de Graciela, vacías, como de costumbre, pero otra, casi llena de 1
,ili
la veía borracha, sentada en las rodillas del coronel aguardiente. Bebí como un desesperado, y comple-
'!1
Toledo, cantando con voz chillona, como aquella no- tamente ebrio fuí a dormir a la cuadra, entre los 11

che que se presentó la compañía en el galerón del caballos. Desde entonces, siempre que volvía de ser- 1

pueblo. vicio me encontraba una, dos y hasta tres botellas


Entonces, con una terrible desesperación, con un llenas de aguardiente.
deseo insano de matar, tomaba mi carabina y echa- , ¡Oh, todo lo que sufrí antes de decidirme a obrar!
ba a caminar por la soledad, dejando muy atrás a Tenía que soportar el pretendido afecto del coro- :I,
los centinelas del vivac; atisbaba en las sombras de nel Toledo, que diariamente me preguntaba si no
111

la noche, con los dientes apretados y las manos en- había llegado ninguna comunicacióndel Cuartel Ge-
garrotadas en el arma ; tenía ganas de encontrarme neral anunciando mi ascenso, cuando él bien sabía
con una partida de alzados, y hacer fuego, dispa- que no llegaría nunca, porque ni siquiera lo ha-
bía pedido. Tenía que soportar las demostraciones
rar, disparar, hasta que todos ellos ¡y yo mismo!
de cariño de Graciela, que yo comprendía traidoras,
quedáramos muertos, despedazadospor las balas ex- '
asquerosas. Tenía que hacerme el imbécil ante las 1

pansivas, y que nos devoraran los coyotes que oía felicitaciones de los demás, por la vida feliz que yo 111'

yo lanzar su aullido entre los huizaches. Pasaba la '\ ,:!]


llevaba, teniendo una mujer bonita para mí solo, y ' 'I
11:1
noche entera caminando sin rumbo. A veces me se- las probabilidades de un próximo ascenso... 111

I'
guían dos o tres soldados a caballo, y me recogían La ocasión llegó. Las actividades de los alzados
1

!l!I
cuando rendido de fatiga me tiraba de espaldas en I'
en nuestro sector habían venido aumentando, y va-
la tierra suelta. Los "juanes" me compadecían y rias veces el coronel había enviado correos hasta el
!

me trataban amablemente. ¡También ellos lo sa- Cuartel General, pidiendo el envío de refuerzos, pe-
bían! Pero la inferioridad de su jerarquía, lejos de ro según parece, el alto mando se encontraba con el ]¡
11

ser motivo de mayor hostilidad, de más encono que problema en otras partes, y envió respuesta de que 1,j

el que provocaba las burlas de los oficiales, les hacía se procurara batir a los rebeldes con los elementos 1:,¡
i!11
'11¡I

!¡¡1
., ¡1:

128 SI ME HAN DE MATAR MA~ANA ... RAFAEL F. MU~OZ 129

que teníamos. Construímos fortificaciones en las El frío, la incomodidad y la bebida me produjeron 1

1,
afueras del pueblo, uniendo dos fortines colocados un dolor de cabeza que era como .si me estuvieran 1:,i
en las lomas, con líneas de trincheras, y esos peque- picoteando en las sienes con la bayoneta. Seguí to- l¡:
ños hoyos circulares, protegidos con un borde de mando hasta que agoté el contenido de la botella. 1
·111l
'111
piedras, que se llaman loberas, y en las que sólo El sol f ué declinando, y la tropa comenzó a impa- 1

1111
cabe un hombre en cada una. cientarse en sus trincheras. 1]11

El coronel salió con dos secciones a efectuar un Por fin, cuando el sol iba metiéndose en las mon-
reconocimiento, y el resto de las tropas se pasó el tañas, como una enorme moneda roja a la mitad 1111
:l.1
,,
día en los fortines y atrincheramientos, con la vista de la ranura de una alcarlcía, apareció en la lejanía ,!,!'I'
una columna de polvo, y ruidos de detonaciones mo- ,i¡
fija en el horizonte, Fué un día pesado: el sol tenía :1
vieron el aire que reposaba prisionero en la neblina !:·i
cara de enfermo, de lo débil que era, y apenas podía
congelada, trayéndonos la noticia de que nuestras :¡~
iluminar a través de una espesa neblina inmóvil,
ruerzas se aproximaban, y que venían luchando. !,111
que parecía congelada. No hacía viento, no se movía ~i
En efecto, muy pronto corrió una voz que par- 1 !lf:¡
una brizna de hierba, ni una hoja de los álamos, pe-
1ió de los jefes que veían con sus prismáticos la le- 1111!

ro la temperatura estaba muy baja y nos ponía las !1·1


¡,1,
jana escaramuza. Nuestros soldados de caballería "'¡i
orejas coloradas y los dedos duros. Estaba yo me- j!il

regresaban a toda carrera, perseguidos por un nú- l


tido en una lobera desde la madrugada, poco des- i:111'I

I'
mero superior de rebeldes que los tiroteaban por
pués del toque de diana, cuando el coronel y los sol- I'¡\ 1
11110 y otro lado, y sin duda también por la espalda.
dados de caballería salieron al campo. Como no ha- ¡I i
Nos arrellenarnos en nuestras loberas, y espera- i'i,
bía más tropa que la tendida en las fortificaciones, no 1
1

rnos. A poco, las caballerías nuestra y enemiga se


fuimos relevados, y entonces, al medio día, cuando
"ueron acercando al galope. Ya veíamos distinta-
el frío estaba más intenso, Graciela me trajo una 1:'1'1
mente el núcleo de soldados de las secciones, al cen-
botella de aguardiente, entregándomela sin decir pa- 11·

1 ro, apelotonados, defendiéndose de tiradores que ''i


labra, y se volvió para el mesón. Bebí el licor a pe- 1 ili1
venían a los lados y detrás, incansables, deseosos de
queños sorbos, para prolongar el placer que sentía
aniquilar a los nuestros antes de que pudieran re- 11111
con el calor artificial de la borrachera. La lobera en 1111

Iugiarse tras los atrincheramientos. Después se su-


que estaba era incomodísima: muy chica, apenas
po que el coronel y sus hombres había caído en una
H·11
me permitía estar sentado sobre las pantorrillas cru- i':ll
«mboscada y que tuvieron que volverse hacia el Pa-
zadas, y de codos sobre el bordo de piedras. De vez 1

lomar a matacaballo, perseguidos por una columna 1


en cuando me ponía de pié porque tenía las extremi-
<!0 rebeldes dos veces mayor. En aquellos momen-
dades completamente dormidas, y volvía a echarme
1 os todos estábamos listos para disparar contra los
en aquella cazuela, con la carabina en horizontal,
·,Izados tan pronto como llegaran lo suficientemen- ni
hacia la llanura. ('
.r

l[i'i
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ill'll
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130 st ME HAN DE MA1'AR MAÑANA... RAFAEL F. MUÑOZ 131

te cerca para distinguirlos de los nuestros, pero de- i zaba hacia mí, sin gorra, sin armas. . . Entonces,
bo confesar que yo no disparé ni un sólo tiro contras me apreté bien la carabina al hombro derecho, apun-
el enemigo. '! / té sin precipitarme, y jalé el gatillo ...
Repentinamente me sentí obsesionado por una '· ¡ 1

idea que causó gran júbilo en mi corazón. Vi venir , * ** 111

al coronel Toledo, sin gorra, sin arma en las manos, J / Yo dije la oración fúnebre. Al día siguiente de la
'11

espoleando incesantemente a su caballo, sin volver .~\ batalla, nuestras tropas, bastante mermadas, pero
la cara hacia atrás, sin preocuparse por la suerte 1' triunfantes, formaron un gran cuadro en el campo 111 .,
de .sus jinetes. Sentí contra él una rabia enorme.: "l
¡Cobarde! ¿Por qué no echa mano a la carabina,·
donde los vecinos del pueblo habían hecho su pobre
cementerio. Ante la tumba abierta y la caja de ma-

y como los demás, dispara contra los rebeldes que tra- 1 dera de pino colocada en el fondo, ante los hombres i'ti
tan de cortarles el paso? ¿Por qué huye, cuando armados de palas que estaban prestos a cubrir con ,j
debía ser el que diera el ejemplo de valor?, Me pa. f•.l.
reció que venía poniéndose en rídiculo, contribuyen-
tierra el ataúd, ante los compañeros de armas que
sabían quién había sido para mí el coronel Toledo,
,,
lli

do a que decayera la moral de los nuestros, haciendo ante los soldados que pensaban que nadie más que
posible la derrota de los que estábamos en las trinche- yo había salido ganando con aquella muerte, he di- fl¡~
ras. . . ¡¡Miento, miento!! ¡¡Estoy mintiendo!! No I;1
cho un discurso lleno de hipocresía, de mentira, de
es cierto que entonces haya pensado en eso ... Lo ¡,,,¡
rastreros elogios para el muerto. Le llamé modelo de j¡
he escrito ahora tratando de disculparme a mis pro-
caballeros, soldado sin miedo y sin tacha, verdade- ·1,
'j
pios ojos. . . Lo que pensé entonces fué que Toledo j;j
ro ídolo de todos los oficiales a quienes siempre ha-
pasaría a todo galope entre nuestras loberas, iría al ~ u'
bía considerado, más que sus subordinados, sus ami- •I
,¡,
mesón, a NUESTRO cuarto, a tirarse de espaldas en j 11'·1
gos, sus hermanos menores, sus hijos. Declaré que
NUESTRA cama, a beber cerveza, a contar a Gracíe- l''I
la que acababa de obtener un gran triunfo ... Y eso,
siempre llevaría por el coronel Toledo luto en mi co-
razón, y aún creo que me llevé el índice al lagrimal
t~
1
mientras yo tenía que quedarme en la lobera, dispa-
1 derecho, para simular que enjugaba una lágrima que t1¡
rando contra los enemigos, herido quizá. . . 'I'
~
no salía, que no saldría nunca, porque yo estaba fe-
Y entonces noté que venía exactamente en di- 1

liz ... ! ~1
rección a mi lobera. Ya los soldados de las fortifi- 1'1
En mi inexperiencia, en mi imbecilidad, creía que
caciones habían comenzado a disparar contra la ca- ¡· ·i·
ballería rebelde. El fuego era general en toda la lí- · muerto Toledo, Gracíela me amaría apasionada- ~
1

nea. Parecía que cien tambores de madera estuvie- · mente, locamente, que pasarían todas nuestras des- ~
1¡·1
ran redoblando. Las detonaciones no cesaban un ins-
tante, y el coronel, a todo galope de su caballo, avan- J'
dichas, todas nuestras miserias ... Pero ha sucedido
que entre nosotros existe algo espantoso, que nos
~
11

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1

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1 1
11.
1

11

RAFAEL F. MUl'VOZ 133 !I


1~2 SI ME HAN DE MATAR MAl'VANA ...

ta la bolsa de loo papeles, fué retirando su brazo


.
distancia sin .separarnos, que nos atrae sin unirnos, 1i
;i
que nos vuelve recelosos uno de otro. poco a poco. ¡i
No dormí esa noche, ni las que han seguido. A 'I
Graciela se ha dado cuenta de que yo escribo al-
go, de que traigo en los bolsillosinteriores de mi gue- donde quiera que voy, siento los ojos de Graciela, su 11

rrera, unos papeles, ya sucios, ya arrugados, que leo desconfianza, sus propósitos de descubrir qué es lo 111,

1:¡
a solas y que cuando ella se aproxima, oculto. Sospe- que llevo escrito. Tengo instantes en que pretendo ¡·¡¡
cha algo, desconfía. Me mira como si preguntara, se "1 destruír mi manuscrito, ahora más, cuando ya he ¡i
fija en el bulto que me hacen los papeles bajo la en- llegado a relatar el momento en que estoy viviendo, 111•
¡1
pero temo que si lo hago aquí, ella reúna pedacito
tallada guerrera, y sonríe, trata de volverse mimo-
con pedacito, reconstruya todo... 1:
sa, se acerca, me echa una mano al cuello y con la ,,
¡I
otra me palpa. . . ¿Qué es lo que está creyendo? Mañana, cuando salga con la sección que patru-
llará la orilla del río, llevaré conmigo este manuscri- "i¡
¿Tendrá una idea de lo que dicen estos papeles... ? I'
to, y por la noche en cuanto los soldados enciendan
Por las noches, pongo mi guerrera debajo de la
las hogueras del vivac con leña de los garabatos del
almohada. Una vez sentí a Graciela tratando de me- 1
monte, echaré estas hojas a la lumbre, las veré ar-
ter la mano, lentamente, mañosamente, y comencé a der, removeré las pavesas para convencerme de que
i,1'11
111

experimentar una angustia espantosa de que fuera no se podrá leer una sola letra, y nadie más que yo 111 .• 11
:11
a apoderarse de este manuscrito. [Pero no tenía fuer- ¡¡':
sabrá nunca el secreto de la muerte del coronel To- 111¡
za para resistirla l ! ¡Es la locura que siento por ella [i•
ledo. Así será. ¡i
la que me ha llevado a todo esto! La quiero locamen-
te, y no sé qué pasará el día en que sea yo el que la
** * !!¡
disguste ... Temo que me abandone, que busque un ii
sustituto, en fin, lamento haberme convertido en Un oficial canoso y encorvado, de gruesas gafas ! i
asesino, en un reo de muerte, por haber quitado la montadas sobre su nariz de perico, terminó la lec- ij
vida a un superior jerárquico, y no poder resistirme tura del manuscrito. Estiró los brazos, irguió el cuer-
al menor capricho de ella. po, y dejó los papeles sobre una larga mesa, frente
Acostado, con el manuscrito bajo la almohada en a la que estaban sentados cinco jefes militares, ves-
que reposaba mi cabeza humedecida por un sudor tidos de gran uniforme, y con las espadas entre los
muslos.
frío, un sudor de pánico, sentía la mano de ella ir ,¡,
avanzando, avanzando. . . Entonces hice un movi- Frente a la mesa, a una distancia de dos o dos y
miento, produje una especie de ronquido, y me aco- mediometros, sentado en un banco, estaba un oficial
joven a quien no se le podía ver la cara, por tener los i1i:·
modé prensándola el antebrazo bajo mi cabeza. Fin-
gí estar dormido,y no hice ningún movimiento cuan- codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos. '·1,1:1
l.11
¡;11
do Graciela, comprendiendoque no podía llegar has- Sollozaba lentamente, suavemente, con un dolor tí-
111:
1111

¡11:11
11.1
1
:':11
li
134 SI ME HAN DE MATAR MA~ANA ...

mido. Dos soldados,con bayonetas en la punta de sus


largos maussers, permanecían de pié a los lados del
prisionero.
El salón enorme estaba alumbrado por una sola
lámpara de petróleo colocadasobre la mesa, y a cuya
luz el Secretario del Consejo de Guerra había estado
leyendo desde la caída de la tarde, con su voz monó-
í
r
tona.
Detrás del preso se agitaba la multitud de oficia-
l'
les y soldados, mujeres y viejos, que a veces lanza-
ban desde las tinieblas algún murmullo de protesta
o de sorpresa, de indignación, de piedad, que obli-
gaba al presidente a agitar una campanilla invocan- ¡
do silencio. ¡11¡
¡!
Este militar, cuando terminó la lectura, habló: un disparo al vacío ,1

-Teniente Heraclio Martínez, ¿se confiesa usted


autor de este manuscrito, y lo declara verídico en lo
que se refiere a la muerte del coronel Toledo'!
El reo, sin levantar la cabeza de entre las manos,

l
murmuró con una voz débil que revoloteó por el sa-
lón en sombras, como una mariposa negra:

l
-Lo confieso...
Y siguió llorando.
¡,:
La multitud, en tinieblas y en silencio, permane-
ció inmóvil esperando la sentencia. '1!1

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A L medio día, el tiroteo fue decreciendo en
fuerza, como si tuviera hambre. Un mayor
1:--- herido en la frente, tan fatigado que al mo-
r
l 1 verse arrastraba los pies en la tierra, insis- 1

tía en gritar con voz enronquecida sus órdenes de


11.1

1
fuego y un centenar apenas completo de soldados,
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heridos, cansados, enfermos de desmoralización,con- ,:1
sumían sus municiones tirando al aire, con más de- i1

se~s de levantar un paño blanco en la punta de los 11

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fusiles, que de acertar los disparos en el pecho de 'I

los rebeldes que avanzaban cautelosamente, ocupan- 1


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do las casuchas y 1as quebradas del terreno, refu- 1

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giándose tras de los árboles.
1

Sesenta soldaderas, bravas mujeres que eran 11

para los federales esposas, proveedoras de alimen- il·


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to, cocineras, ayuda a toda hora, compartían la in- 11
quietud de los hombres, quizá con más carácter. ]'
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Eran las mujeres del pueblo, acostumbradas a las u
vicisitudes de la campaña militar, a las fatigosas 111
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caminatas, a la continua falta de alimentos, al peli- ¡11

gro de los combates y la angustia de las retiradas; 1'l1


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138 SI ME HAN DE MATAR MA&ANA ... :t!~
RAFAEL F. MUÑOZ

mujeres que muchas veces combatían al lado de sus potente para entibiar las rachas de viento que es-
hombres, los veían morir o morían con ellos. parcían los alientos de las nieves lejanas. Los fusí-
Ochocientos rebeldes habían ocupado la pobla- les estaban fríos a pesar de los disparos, y los sol-
ción desde la noche anterior, cuando la pequeña J
s;
dados, con las manos ateridas, tiritaban encogidos
guarnición de soldados del Gobierno se replegó a dentro de sus capotes.
la estación del ferrocarril con la vaga esperanza de A lo lejos, desde sus posiciones,los tiradores re·
que le llegaran refuerzos, o pasara algún tren en beldes comenzaron a gritar:
que retirarse y salvar la vida. Pero las horas ha- :1.,
-i Ríndanse, soldados!
bían trascurrido en una inútil y angustiosa espera:
las paralelas del ferrocarril veíanse desiertas, y los Contestaba la voz ronca del mayor herido, con
aparatos telegráficos habían quedado mudos desde una órden para fuego rápido, y eran unos cuantos
el amanecer, cuando fueron cortados los alambres Jos disparos que salían detrás de los macisos de le-
al sur y al norte. ña, los que obedecían al desgano la orden.
En la lucha desigual de uno contra ocho,las mu- Por un callejuela que desembocaba frente a la
jeres conservaban más' elevado el espíritu de gue- estación, apareció un hombre que llevaba una hila- 11,
!1

rra; de un corral próximo, atestado de leña, habían cha blanca amarrada a la punta de un varejón de
llevado hasta los andenes pilas de troncos y ramas dos metros de largo. No llevaba armas y avanzaba 11 1
rl
de mezquite, retorcidos como llamas, espinosos y confiado en que los soldados habrían de respetar 1·1

duros, para formar trincheras a los soldados, pro- su emblema de paz. En efecto, sin esperar las ór- li'il
tegiéndolos del fuego contínuo y certero, que tenía denes de su jefe, los defensores suspendieron el I¡.
heridos en h cabeza a la mayor parte de los defen- fuego y levantaron sobre las trincheras sus fusiles, j1!
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sores, y que a los muertos, tendidos en el andén o con la culata en alto, en señal de que no dispararían. 1i

recostados sobre la leña, había roto las frentes con El emisario avanzó, sosteniendo su varejón con 11
¡11
¡,
la violencia expansiva de las balas mitad plomo y ambas manos levantadas a la altura de la cabeza. u
mitad acero. Al llegar a la bocacalle, dejando atrás la línea de ::'
¡·
Agonizaba el mes de noviembre y hacía un frío sus compañeros, gritó con voz clara que se dispersó' i:
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para lobos. En la madrugada veíase congelada eI en ondas concéntricas por todo el escenario del com- :1

agua en los barriles alineados para caso de incendio bate. 11

a lo largo de las paredes de la estación, y de los ca- -i Mi general ofrece que respetará la vida de·
nalones colgaban pequeños carámbanos como pé- quienes se rindan inmediatamente! ¡,;
treas barbas del viejo edificio. Durante el día, un Los soldadosno contestaron. 1¡
sol rojizo, pequeño, que a través de la niebla veía- -¡Mi general ofrece que respetará la vida de·
se opaco y desnudo de su melena de llamas, era ím- quienes se rindan inmediatamente!
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11¡0 81 ME HAN DE MATAR MAÑANA ... RAFAEL F. MUEJ'OZ 141

Esperó un momento más sin recibir respuesta. Un tropel de jinetes desembocó a galope por la
Los soldados mantenían sus fusiles con la culata en callejuela; eran ochenta o cien hombres, que fue-
alto sobre las trincheras. ron a detenerse frente a la estación desenvolviéndo-
-¡Ríndanse! [Estamos preparando el asalto ge- se en una línea paralela a la de los silenciosos pri-
neral! .. sioneros. Un grupo quedó al frente, y de él, un hom-
El mayor de la cabeza vendada irguióse sobre bre ancho y enorme, hizo moverse su caballo casi
la leña, removió algunos troncos y avanzó con las hasta tocar la línea de los vencidos. A su derecha,
manos en alto. el grupo de las soldaderas se comprimió: los cuer-
-¡Nos rendimos! pos parecían fundidos en una sola masa hostil y
Un largo alarido de regocijo salió de las líneas enérgica.
de los rebeldes, que abandonaron sus posiciones y El jefe era feroz de pies a cabeza. Alto y erguí-
avanzaron llevando sus carabinas en horizontal, lis- do, ancho de espaldas, sobresalía un palmo del res-
tos para disparar si advertían movimientos sospe- to de los jinetes. Su cabeza redonda daba al som-
chosos entre los enemigos. Mas estos se pusieron brero tejano una rara forma, pues delante y atrás
de pie y arrojaron sus armas al suelo; los asaltan- levantábase el ala, formando un arco sobre la fren-
tes ocuparon la estación, recogieron las armas, reu- te y cayendo a los lados, sobre las orejas. Mechones
crespos y despeinados se desbordaban bajo la copa
nieron el escaso parque y fueron alineando a los
del sombrero, poniendo a la cara del hombre un
prisioneros en el andén, entre los muertos.
marco llameante. Los ojos, pequeños y muy abier-
Casi todos los defensores estaban heridos; sus
tos, negros, tenían un brillo duro, brutal; y la bo-
rostros demacrados, tristes; sus brazos caídos a lo
ca dejaba ver unos dientes recios como de mastín,
largo del cuerpo; sus pechos hundidos, el silencio
encajados en mandíbulas anchas y apretadas; bi-
y la inmovilidad, daban al centenar de soldados ven-
gote hirsuto, tez quemada partida por los vientos
cidos el aspecto de cadáveres en pie. Las soldada-
del invierno, voz sonora y amenazante, completa-
ras, silenciosas también, se habían reunido en un
ban el fiero aspecto del cabecilla. Habló:
grupo compacto, circular, al extremo de la banque-
- !Mis hermanos de sangre y ele raza! ¡Por ahí
ta.
dicen que soy malo, que mato por gusto! No es cier-
Ningún rebelde se acercó a ellas, detenidos to- to. Todos ustedes son mis hermanos y los quiero ..
dos por las miradas hostiles, furiosas, de aquellas Yo nornás me defiendo y defiendo a los pobres.
mujeres que parecían preferir la muerte al lado de
La voz' del bandolero fue cortada a ras de labio
sus hombres, a la rendición que les salvaba la vida. por un disparo: una bala pasó silbando entre las
.Murmuraban y se movían apretando su grupo, que orejas enhiestas del caballo y el cuerpo robusto del
parecía broncíneo alto relieve de un monumento. hombre.
1

142 SI ME HAN DE MATAR MAÑANA ... RAF'A.EL F. MUÑOZ 14s


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El grupo de mujeres se agitó y se apretó toda- \1 Avanzaron a pie muchos rebeldes con reatas en d¡li
11]
vía más. De ahí había partido el disparo que se fue las manos, y los jinetes disolvieron el grupo, me-
al vacío. Las mujeres no hablaron y todas pusieron tiendo los caballos entre las mujeres. Los infantes I!
su altivez y su odio en las miradas que envolvieron ·¡"1 comenzaron a amarrarlas, de cuatro, de cinco o seis
al hombre que las balas evitaban en su marcha. .·; en cada ato. Apretaban bien las cuerdas, ceñían las
El hombre volvió su caballo, lo arrancó al galope y '¡ carnes. En poco tiempo, las sesenta mujeres que-
parólo en seco a un metro del grupo, que no dió un daron atadas en diez o doce mazos de carne humana,
paso. Sacó su pistola y la levantó vertical a la altu- unos verticales, otros tirados en el suelo como bul-
ra de la cabeza. Su voz fue un rugido, sus ojos un tos de leña, como barriles.
incendio. Las soldaderas gritaban, no de dolor, sino de có-
-Mujeres, ¿quién tiró? lera. No lanzaban ayes, sino insultos. No pedían mi-
Los jinetes rebeldes rodearon el grupo, levan- sericordia, sino amenazaban una venganza imposi-
tando todos sus pistolas, moviendo sus caballos a ble. Y las injurias más soeces, más violentas, más
comprimir el círculo de las soldaderas. descarnadas, salieron de aquel hacimiento de mu-
-i Mujeres ! ¿Quién tiró ? jeres comprimidas por las cuerdas. Sesenta bocas
insultando a un tiempo mismo. Sesenta odios des-
La masa onduló a la presión de los caballos, com-
bordándose contra un sólo objetivo. Sesenta imagi-
primióse todavía más, pero siguió en silencio. i
naciones buscando la frase más cruel, más hirien-
El cabecilla espoleó su caballo, que adelantó el te, más amarga. Una verdadera sinfonía de impre-
11

pecho cuadrado hasta chocar contra las mujeres, li!!


caciones y de maldición. 'I
piafando, levantándose sobre las patas de atrás y '
Los soldados vencidos fueron prontamente ro- 'i.
golpeando con sus cascos delanteros, al caer, cuer-
pos nerviosos que lo rechazaban. deados y encerrados en el interior de la estación, y
1 mientras tanto, otros grn pos do rebeldes fuéronse
-j Quién tiró! ( el hombre había desaparecido .',i
a las trincheras de lciia para cambiarlas de sitio,
por completo quedando la bestia sanguinaria y bru- haciendo una pira en el ámrulo de un enorme hoyo,
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tal). '•
con paredes de tres metros de alto y cortadas como
Una mujer vieja, picada de viruelas, con una 1) a pico, de donde se sacaba tierra para hacer adobes.
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cicatriz que le caía de la frente por todo el carrillo, ;} A culatazos los bandidos fueron empujando los ha-
levantó el brazo en el centro del grupo y gritó: ñ
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ces de mujeres hacia el hoyo. 11
-Todas ... ¡Todas quisiéramos matarte! Si un mazo perdía la vertical porque no todas
El cabecilla retrocedió. las mujeres atadas en él pudieran caminar en una
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-¿Todas? Pues todas morirán antes que yo. misma dirección, lo empujaban para hacerlo rodar ·¡,

Y dió sus órdenes. como un tonel. Lo empujaban a golpes, contestando


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RAFAEL F. MUiWZ 145
144 SI ME HAN DE MATAR MAJQ'ANA
...
-j Perro, hijo de perro! ¡¡Habrás de morir co-
los insultos con culatazos y cuando llegaban con él mo perro!!
al borde del hoyo, lo empellaban para que cayera
sobre la leña amontonada. Un rebelde le disparó, y aquel ser que parecía
encarnado de una pesadilla, tumbóse sobre la leña
Abajo, ocho o diez hombres, portando largos ha- ardiendo.
chones de cuerda resinosa, prendieron fuego a la 11
pira. Fuese levantando un humo azul, y se oyó cre- Al disparo siguieron otros muchos: de los bor-
~ des del hoyanco los rebeldes descargaron sus ar-
pitar el mezquite seco. Se escuchó de nuevo la tor-
menta de las voces, desbordando del hoyo la inso- 1 mas hacia la pira, con deseos de terminar de una
lencia de los más violentos insultos, haciendo una 1 vez aquel macabro festín que demandó el alma de-
atmósfera espesa de recriminaciones, de amenazas, moniaca de la fiera. Y a poco rato ya no se oyeron
de cólera extrahumana. voces. Siguió la leña ardiendo y el olor a carne que-
1
mada se esparció, denso y horripilante.
El humo fue elevándose. La leña, completamen- 1
te seca, sobre la que soplaba el viento que iba con- El jefe rebelde volteó su caballo. Reuniéronse
centrando su fuerza en el ángulo del hoyo, ardió rá- en torno de él varios otros jinetes y todos empren-
pidamente. Quemaronse las ropas de las mujeres, dieron la marcha hacia la población. Al lado del ca-
los cabellos, y pronto olió a carne chamuscada. becilla, su segundo liaba un largo cigarro de hoja.
Todos iban en silencio hasta que el jefe habló:
El cabecilla adelantó su caballo hasta el borde
del horno y alargó las manos', poniéndolas a calen- -¡Qué diantres de mujeres tan habladoras! ¡Có-
tar. Su boca de perro de presa sonrió ante el espec- mo me insultaron! Ya me comenzabaa dar coraje ....
táculo, y las soldaderas que desde la pira, entre el
humo y las llamas, pudieron verle, redoblaron sus
disparos de voces violentas. .l
Los rebeldes llevaron más leña y fueron cubrien-
do los mazos de mujeres con troncos y ramas secas. J
Algunos de aquellos haces humanos se deshizo cuan- [
do las llamas lamieron las cuerdas, y seres espan-
tosos, a medio cubrir por ropas inflamadas, negros,
despidiendo olor de carne quemada, moviéronse en-
tre Jos tizones ardiendo. Uno de éllos se puso verti-
cal, levantó una extremidad que todavía vibró vigo-
rosa y amenazante, y produjo una voz ronca, un ru-
10
gido de caverna, un grito de infierno :
cadalso en la nieve
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quinqués de petróleo, de ahumadas bom-
billas, colgaban de las vigas redondas ilu-
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___ ! minando a medias el salón. En la cabecera,
!===: sobre el estrado, el relieve de un águila de
yeso pintada en color de bronce se desportillaba so-
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bre un cromo de Madero y suspendía en el aire su


garra vacía de la que se había caído, a pedazos, la
serpiente.
Humo de tabacos, respiración de tres docenas de
personas ahí aglomeradas, olores molestos del acei-
te que se consumía en Jos quemadores de las lámpa-
f 1 ras, mezcladoscon las emanaciones de la lana de los
1 uniformes humedecidos por la nieve. . . Todo esto
' hacía el ambiente denso y enervante, mas las ma-
deras de la puerta y de las dos ventanas se mante-
nían cerradas, porque afuera el invierno se había
desbordado en copos que cayendo blandamente, pu-
sieron sobre la tierra una mano de pintura blanca.
El viento decía cosas extrañas entre los ramajes
de los pinos y los cedros, se colaba curioso por las
150 SI ME HAN DE MATAR MA:&'ANA... RAFAEL P. z:'!iJaoz 151

rendijas de las ventanas y hacía enronquecer la voz de la:piel y destazó como si se tratara <leuna res,
de los centinelas agazapados en los garitones, que colgando sus carnes sangrantes de los árboles del
cada cuarto de hora desenrrollaban su cadena de mo-
nótonos alertas.
!I cementerio ...
Sin cambiar de posición o de actitud, el acusado
En el centro del salón, frente a la mesa del es- calentaba sus manos con el aliento.
J
trado y a siete militares apoyados de codos en ella, Uno. de los candiles comenzó a parpadear, alzó
había un hombre exageradamente gordo, que mien- una llama que flameó en la punta de la bombilla y
tras oía hablar, se calentaba con el aliento las pun- se apagó, El estrado quedó a oscuras y así el acusa-
tas heladas de sus dedos. Su cabeza se inclinaba ha- dor siguió hablando unos minutos más, mientras dos
cia delante, y los ojos no alzaban la mirada de los soldados encendíanla vela de un farol cuadrado.
cuadros de cantera del pavimento. El vientre enor- -Acusado,-preguntó después el militar colocado
me se desplomaban sobre los muslos y de las rodi- en el centro de la mesa-¿ tiene usted algo qué decir
llas, separadas entre sí medio metro por la abun- en su favor?
dancia de carnes, caían las pantorrillas cilíndricas, Gabriel Baca apartó los dedos de la boca y sin
gruesas como jamones, que terminaban en dos pies levantar la mirada habló con voz quejumbrosa de
semejantes a pezuñas de camello. muchacho regañado:
-Este hombre ha sido, pues, --decía en alta -Todo fue por órdenes... por órdenes de mi
voz un militar que estaba en pie al extremo de la General Villa...
mesa- el verdugo del fatídico villismo; carnicero -Pero todos saben que para usted era un pla-
de oficio, sacrificaban a los hombres con la misma cer su oficio de verdugo...
indiferencia que antes presenciara las matanzas de -No maté enemigos míos, sino de la causa ...
bueyes. . . [Desdichados los civiles que no tenían
-Pero ¿quién los juzgó? ¿Merecían la muerte
dinero para satisfacer las demandas de préstamo
en la forma horripilante en que usted se las daba?
forzoso, o de quienes se sospechaba simpatía hacia
los enemigos del vándalo! ¡Infelices militares a quie- -Da lo mismo morir de un modo que de otro ...
nes el infortunio puso en manos del bandolero má- -Entonces, ¿confiesa haber sido el ejecutor de
ximo! Ellos fueron asesinados por Gabriel Baca, los centenares de personas asesinadas en el cemen-
aquí presente, como animales, peor aún que anima- terio de Santa Rosa?
les, porque sus carnes eran destrozadas por impla- El interrogado levantó la cabeza. Viéronse dos
cables balas expansivas. Se dió el caso de uno de ojillos moverse en·la abertura de los pápardos hin-
nuestros oficiales que fue capturado, a quien este chados de grasa, primero hacia el militar que le pre-
verdugo, en un alarde de su habilidad cornomatan- guntaba, después en dirección al acusador, y lue-
cero, ante ocho o diez desalmados como él, limpió go volvieron a fijar la mirada en el cuadriculado
152 SI l'.IE HAN DE MATAR MAÑANA... RAFAEL F. MUÑOZ 153

piso de cantera. Después de unos momentos de si- -Ei Consejo de guerra condena al acusado a la
Iencio, respondió : pena de muerte y lo entrega al Coronel Jefe de la
-Pa'qué lo confieso, si usted dice que lo saben Guarnición para que lo ejecute.
todos ... De 1a concurrencia se adelantó un militar rubio,
Todos quedaron de nuevo callados. Una racha de de barba cerrada, envuelto en una pelerina gris.
viento empujó con tal fuerza las maderas de una -Yo lo recibo. -dijo, y en voz baja dictó sus
ventana, que hizo saltar el aldabón y las abrió con órdenes al oficial de la cara pálida, que al escu-
estrépito. Afuera, la neblina marcaba una/ línea de charle, abrió los ojos desmesuradamente.
claridad diurna en el horizonte. Estaba ainanecien- -Soldados. . . téeercien. . . ¡Ar ! Media vuel-
do, y los gallos habían comenzado a c:1ntar. Cerra- ta. . . i Derecha ! Deee frente . . . ¡Ar !
da la ventana, el Consejo de Guerra inició su deli- El gordo emprendió la marcha entre dos filas de
beración en voz baja y el presidente, sin levantar- soldados, inclinándose de un lado a otro en cada paso.
se de su asiento, preguntó con una mirada a los Con sus manos grasientas levantó el embozo de una
tres jueces del lado derecho, y después a los del iz- bufanda sucia que le cubrió la cara hasta los ojos, y
quierdo. Todos hicieron una leve inclinación de ca- fatigosamente siguió los movimientos de la escolta.
beza. La puerta del salón daba a un zaguán donde pies
humanos que entraron y salieron, habían batido en
-¡De pié!
lodo la nieve que el viento arrojaba. por el portón.
El reo se levantó balanceándose. Su gordura se
abierto. Dos centinelas, escondidos en los rincones de
hizo más notable cuando el vientre, que los panta
su garitón, vieron pasar la escolta y el prisionero
Iones cubrían sólo a medias, pareció derrumbarse
con ojos de sueño. Ya había luz de día, mas no se
sobre las piernas.
veía el sol. Un río de copos formaba en el aire una
-¡Soldados, preeeesenten ! i Ar ... ! espesa cortina nebulosa.
Fue una voz nueva la del jefe de la escolta, que 1. Por la calle muy ancha y desierta, el pelotón
habló. Era un oficial joven, de rostro alargado al avanzó con su prisionero. Los hombres sentían la
que ponía un marco enérgico la barba crecida de nieve hasta la mitad de la pantorrilla y tenían que
varios días. La mirada horizontal que partía de sus

l
levantar los pies para caminar. El gordo se movía
grandes ojos rodeados por una cenefa amoratada con suma lentitud.
y la contracción de su boca en un esguince frío, le -A este paso no llegaremos nunca-dijo el Co-
daban un sello de inconmovible y apegado a la dis- ~ ronel.
ciplina. Era un producto de las escuelas de guerra, -¿Dispone usted alguna cosa?
donde la educación del cadete tiene por base las nor- -Me parece, Capitán, que debe usted buscar
mas del deber militar más estricto. un carro o cosa parecida, para llevar a este hombre.
154 SI ME HAN DE MATAR MAl\l"ANA... :RAFAEL F. MUiWZ 165

La escolta se detuvo, acercándose a la pared pa- -Oye, muchacho, tengo un plan: me das tu
ra defenderse un poco de la ventisca que ya había pistola y luego haces como que te caes ... Se te jun-
puesto una corteza blanca en las gorras y en los tan los soldados y yo mato al Coronel. Tu ves como
hombros de los soldados. El verdugo se calentaba le haces para que los soldados no tiren ...
las manos ateridas y escondía la cara bajo su ancho Sin volver la cara al prisionero, perdida la mi-
sombrero tejano. La respiración de todos aquellos rada en los árboles del camino, el oficial parecía no
hombres salía en un vaho espeso. Para calentarse atender a las palabras que le dirigía su compañero
·¡
un poco, golpeaban el suelo con los pies y agitaban de asiento.
les brazos como si hicieras señales. -Luego nos vamos en este mismo guayín; ya
Unos minutos después regresó el capitán, con no hay soldados por aquí, y en todo el día bien lle-
un guayín entoldado de lona al que subieron con gamos a Bavícora. Ahí está mi compadre Villa ...
muchas dificultades al reo, por la parte de atrás, El capitán volvió la cara al oir esto, y miró fi-
donde quedó sentado con la piernas colgando hacia jamente a los ojos del verdugo.
fuera. El capitán ocupó un lugar junto a él, y el -Y también es ahí donde tengo mi entierrito ...
Coronel al lado del carrero, a quien dijo: Te daré diez mil pesos en oro para que te vayas a
-Vamo.s al panteón ... los Estados Unidos ...
Los soldados rodearon el vehículo y el grupo Hablaba con voz suplicante y se atrevió a levan-
emprendió de nuevo la marcha al paso de los hom- tar el brazo para colocarlo sobre el hombro del mu-
bre que caminaban con el fusil bajo el brazo. chacho en una torpe caricia. El toldo del carricoche
estaba ya cubierto de nieve que comenzó a derretir-
El pueblo era chico, y a dos cuadras del edificio
se y a formar goteras. Agua fría caía sobre lag es-
municipal donde se había efectuado el Consejo, ter- paldas. El oficial tomó ese motivo para brincar fue-
minaban las casas. El carrero guió por un camino, ra del carro, pero el gordo le detuvo por un brazo.
al lado de una fila de cedros agobiados por el peso -Espérate -le dijo-- te daré veinte mil pe-
de la nieve. Los caballos tiraban penosamente, hun- sos ... treinta mil pesos, que es todo lo que tengo,
diéndose a veces en grandes hoyos donde las patas y yo también me iré a Estados Unidos. Te prometo
se les doblaban y los soldados, buscando mejor ca- que ya no seguiré en esto ...
mino, se habían dispersado, alejándose del carro Por fin, el joven respondió con una voz que que-
que iba botando en las piedras. Aprovechando uno ría ser amable pero que temblaba de angustia mal
de esos movimientos rápidos, el gordo acercó su ca- disimulada:
cara a la del capitán y con la boca tapada con la bu- -¿Cómo cree usted que yo pueda hacer eso?
fanda le habló en voz muy baja, que no percibieron No fui al Colegio Militar para aprender a desertar-
ni el coronel ni el carrero, de espaldas a ellos. me ...
'.
156 SI ME HAN DE MATAR MAl\!'ANA ...

-¿Y qué te importa? serás rico y podrás salir-


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RAFAEL F. MU~OZ

-¡Vamos!. . ¡Aprisita !. ..
-¡Preparen, apunten, fuego!
157

te de este infierno ... ~·


! El oficial habló con una voz que parecía un bu-
El capitán pudo desasirse y saltó al camiho. ~ fido y la descarga resonó desigual, pues los solda-
-Se me estaban helando las piernas. =-dijo al dos no tuvieron tiempo para obedecer simultánea-
~
soldado que caminaba más cerca, y todos continua- 'i 1 mente las tres órdenes, dictadas en un solo grito,
ron la marcha sin hablar, mientras un océano de ~I
;" y su puntería no fue certera.
copos descendía sin prisa !por llegar a tierra. El El verdugo cayó de espaldas. La costra de la
guayín seguía dando botes sobre las piedras, y el tierra crujió al recibir el cuerpo y en varias partes
gordo afianzó las manos en su incómodo asiento fundióse rápidamente al contacto de la sangre. No
1
para no bambolearse mucho. La cara se perdió to- 'I estaba muerto: su vientre enorme se agitaba en
talmente bajo el ala del tejano. No volvió a hablar. una respiración fatigosa, y la cabeza, metida en la
Ya era bien entrada la mañana cuando el grupo nieve, daba vueltas de un lado a otro con los ojos
llegó frente al cementerio, pero estaba tan nublado desorbitados.
como al amanecer. No había nadie en aquel sitio y -Hace falta el tiro de gracia, capitán ...
el arco de la entrada, coronado por una cruz man- El oficial avanzó lentamente echando mano a
ca, estaba abierto, pues la reja había caído en tie- su pistola. La tormenta iba arreciando y a pocos
rra y quedó cubierta por la nieve. segundos el cuerpo caído recibió un sudario de blan-
-¿Nos metemos?-preguntó el carrero. co cristales.
El Coronel asomó la cabeza bajo la lona y vió el Con el brazo suelto el oficial hizo un disparo y el
lugar en que se encontraba, advirtiendo que no ha- verdugo quedó inmóvil; entonces, aquel dejó caer su
bía muro al rededor del cementerio, sino una cerca pistola y se fue hacia un cedro cercano, tambaleán-
de alambre; en el centro se alzaban las ruinas de dose, para recargarse en el tronco. Apresuradamen-
una pequeña capilla. te se le acercó el coronel y tocándole en el hombro,
-Sí, vámonos metiendo... le habló:
El carricoche siguió su marcha por una calle- -¿Está usted enfermo, capitán?
juela, y los soldados fuéronse brincando de una losa Este hizo un gran esfuerzo: se puso en pie, ir-
a otra, entre las cruces y los árboles entoldados de guió el cuerpo, juntó los talones, levantó la diestra
blanco. Se detuvo el guayín y el reo bajó. La nieve en ademán de saludo hasta la visera charolada de
formaba ya una capa que llegaba hasta las rodillas. su gorra, y respondió, goteándole las palabras de
Todos avanzaron difícilmente hasta que cada uno su boca como su fueran nieve derretida:
quedó en su sitio: el gordo, de espaldas al muro; los -No, señor Nada más que el ajusticiado ...
soldado.sen una línea a dos metras de distancia y ci·a. . . mi padre .
los dos jefes a un lado.
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L General Gálvcz era c1 caudillo militar del
norte.
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El
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General Chávez iluminó el sur con su
1--- gerno guerrero.
Separados uno de otro por la distancia enorme
que el espejismo de los desiertos se complacía en
agigantar, parecían tener, sin embargo, ideales se-
mejantes, propósitos hermanos, anhelos comunes
que los llevaron a las armas en una lucha luenga y
cruel contra la tiranía. Ya en detalle, uno y otro ~
eran enteramente distinto»: desde .su aspecto, im- ~
ponente en el norteño gigantesco, de g1"'andesbigo-
tes rubios y mirada azul acero; un tanto ridículo ~
en el suriano de blancos calzones ajustados a las f
1¡1

piernas zambas, sus cuatro pelos eriz ados como ce- 1


diq
pillo sobre los boludos labios, y sus ojos, recelosos,
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nocturnos, de pájaro de sorpresa. Y en cuanto a idea-
le.:o, anhelos, propósitos, [eran también tan distin-
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tos!
Coincidieron únicamente en rebelarse contra un

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mismo gobierno, uno por cierta causa, el otro por
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~ RAFAEL F. IIIUÑOZ 163
162 SI ME IIAN DE MATAR MAÑANA ... !•

tal motivo. Nada más. Y al irse cerrando sus fuer- il do, Chávez ?" pero no era que estuviese sentado, si-
¡1 no que así era él de pequeño.
zas en doble presión sobre el cuello del gobernante
envejecido, y al ahogarlo, y al unirse la corriente Gálvez habló el primero. Antes de guerrero ha-
de hombres de guerra que bajaba del norte con la bía .sido comerciante, leyó novelas, hizo algún mal
trinchera de combatientes que avanzaba del sur, los verso, y al convertirse en caudillo se dedicó decidi-
dos hombres se estrecharon las diestras y entraron damente a la oratoria. "Hénos aquí, a los luchado-
juntos a la ciudad vencida, entre las aclamaciones res del sur y del norte, en estrecho abrazo sobre el
que el mismo pueblo tributó siempre a todos los ven- cada ver de la podrida dictadura; la sangre que unos
cedores. y otros hemos derramado sobre cien campos de ba-
En finos caballos, (más grande el de Chávez, talla, servirá para unir los témpanos de granito en
que fincaremos la prosperidad de la patria; a par-
quien por esto aparecía aún más pequeño) recorrie-
tir de hoy, veréis volar sobre vuestras cabezas la
ron las anchas avenidas luminosas, atropellando la
paloma divina de la paz. Los hermanos estamos
multitud de sus nuevos, espontáneos y desconoci-
aquí, unidos para siempre ... "
dos admiradores. Así, las fuerzas aliadas llegaron
La grande ovación hizo sentir una poca de en-
hasta el Palacio de Gobierno, bajo y largo, que a
vidía a Chávez. Aquel "grandote" sí .sabía atraerse
distancia parecía una tapia de corral pintada de ro-
a la gente; no sería difícil que lo hiciera menos a
jo; ya frente a él, sus grandes proporciones sor-
él, en vez de darle, cuando menos, la mitad de la
prendían, los huecos enormes de las ventanas, por gloria y del provecho. Y desbordando los brazos so-
donde podía pasar una locomotora; las altísimas re- bre el balcón, echado hacia afuera como un muñe-
jas de hierro y latón bruñido, de los balcones; el co que consistiera solamente en cabeza y manos,
astabandera atrevido y erecto como una torre ... dijo también su discurso: "Justamente es lo que
En el gran balcón central, los dos caudillos se mos- dice mi General Gálvez: aquí vamos a abrazarnos
traron ante la multitud entusiasta: Gálvez inclina- para hacer las paces; ya no habrá peleas, ya no ha-
do hacia delante, de codos sobre la balaustrada, pa- brá guerras ; ahora los dos mandamos aquí por mi-
reciendo querer levantar con su diestra poderosa al tad. Eso que dijo de la paloma es muy cierto".
pueblo que se movía abajo, como arenas revueltas Otra vez se elevó la tempestad de aplausos y
por un remolino de viento; y Chávez, pequeño, ba- vítores. Gálvez y Chávez se abrazaron en el balcón
jo un sombrero de palma adornado con negras ca- del Palacio, y para que el pueblo viera mejor al gue-
laveras bordadas en el ala arriscada hacia arriba, rrero del sur, el del norte lo cogió con su garra po-
asomaba apenas su cabeza de indígena sobre los la- derosa de donde hacen curva los pantalones, y lo
tones relumbrantes y los hierros retorcidos. Un gua- sostuvo en vilo unos instantes, a su altura.
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són de la multitud le gritó: "¿Porqué estás senta- ,1 .11

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161¡ SI ME HAN DE MATAR MAÑANA ... RAF'AJi:L Ji'. Mll!Vt>:0 165

La ciudad fue vivac para los triunfadores: de los dos", cuando entraron <los soldados, sl·g-uidos por el
cuarteles, escasos y pequeños, se desbordaron a las perro de uno de ellos, can amarillo y desconfiado,
plazoletas, a los grandes patios de los edificios pú- aparentemente humilde, p1·1·0 d1· o,ios iracundos y
blicos, orlados de redondas arcadas; a los palacetes largos colmillos agresivos. Dob« hal1<·1·1•. caído mal
abandonados por medrosos sostenedores del régi- el inválido, porque le gruñó, y cuando la pal.a <lepa-
men caído, o simplemente a las calles, bajo la som- lo dió un vuelo de péndulo hacia (·I, I(• l.i ró el mor-
bra de los árboles de ornato, en que recargaban sus disco y se le quedó prendido, hi11cha11dolo;; colmi-
armas, amarraban sus caballos y colgaban como de llos en el viejo madero herrado.
un perchero, las prendas de uniforme que eran su- Los apuros del inválido para dcspr1·11d1·rscal can
perfluas en aquella tarde de sol. Con los soldados se provocaron las risas unánimes, y estas. l'I onojo in-
instalaron sus mujeres, compañeras más o menos contenible del patepalo, quien rúpidnrno nt«, rccar-
fieles en la guerra y en la paz, sus hijos semides- gado en el mostrador de la cantina, g-olp1~ócon su
nudos y curtidos en el acre ambiente de pólvora que- bastón la cabeza amarilla y enjuta, hast.a destro-
mada, y sus animales de fidelidad garantizada o zarla a golpes sobre uno de los cinchos.
de utilidad a la hora del rancho: gallinas y pericos,
-¡Ora, viejo bruto! ¿No vé que el perrito está
perros y puercos. jugando? ¡No le pegue!
En una callejuela de poco tránsito, empedrada y -Si ya lo mató ...
de rectitud dudosa, con una tapia de corral a un la-
=-t Borracho jijo de la borrega ! ¡Qué valiente
do y una pared como de fábrica al otro, un es-
es con los pobrecitos animales! Póngase con un hom-
cuadrón de jinetes de las fuerzas de Chávez, se bre ...
había instalado. Las mujeres hicieron fuegos, vo-
El soldado dueño del can echó mano al marrazo,
laron las plumas de las gallinas, hirvió el agua en
largo como un brazo y fino como una aguja.
las redondas ollas de barro, y mientras estaba la ce-
na, algunos soldados salieron a una taberna pro- -Viejo barbas de chivo, aquí le llegó la hora ...
¡

xima a echar sus tragos. Allí había varios paisanos, i¡ Ni intentó defenderse el viejo. Fue tan rápido el
entre ellos un inválido. viejo soldado en olvido por movimiento del soldado, que aquel sólo sintió un
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ebrio y por inservible; usaba una pata de palo, grue- " piquete en el vientre y un dolor muy fuerte, más
sa y reforzada con clavos cabezones y anchos cin- que cuando le cortaron la pierna en frío. Dejó caer
chos de hierro, y para dar firmeza a su paso, se el grueso bastón, y apoyada la espalda en el mos-
apoyaba en un bastón enorme, casi un callado, en trador, se fue resbalando.
que su paciente navaja había dibujado su biografía. No fue posible contener los chillidos de los otros
Ebrio, relataba las veces que había estado en cam- parroquianos, que antes que quienes los lanzaban,
paña, matando a muchos de "estos perros bandi- salieron por sobre las puertecillas de la cantina ha-

·1 RAFAEL F. MUÑOZ 167
166 81 ME HAN DB MATAR MA.L\TANA... l
A codazos perforó el quíntuple círculo de curio-
cia la calle. Por ella transitaba un teniente a caba- 'i sos, y ya en el centro sangriento, siguió gritando:
llo, seguido por un hombre de servicio también ji- '
nete. -¡Me mataron a mi Juan!
Se aproximó un automóvil en el que iba un ma-
-j Señor oficial ! ¡Señor oficial ! Ahí dentro ma-
yor con cuatro oficiales y varios soldados. Se de-
taron a un pobre viejito ...
tuvo.
-¿Qué pasó? ¿Quién fue?
-¿Qué pasó aquí?
-Un soldado... mire, ese soldadoque viene sa- -Mataron a un soldado. 111,•
liendo..
-A ver, ¿quién me informa? 11
'¡;

El teniente, oficial de las fuerzas de Gálvez, vió La cabeza del que había acompañadoal occisoa ~'~i
que se trataba de un soldado de las fuerzas de Chá- la cantina, se elevó sobre el grupo. .i~ 1

vez. -Mi mayor, este era uno de los nuestros. 1

-¡Oye, tú! ¿Es cierto que mataste a uno? -¿Quién lo mató?


,1

-Pues la verdá es que sí. Me mató mi perro ... -Un teniente de los de Gálvez. Ahí nomás de- il ~: 11
-¿No sabes la orden del día? Todo miembro de be ir a la vuelta de la esquina. Va en un caballo 11,:1.
las tropas que cometa un acto de violencia será in- prieto, y trae un pañuelote colorado amarrado en
mediatamente ejecutado por el superior que se en- el pescuezo... l.1';1111¡.·11

cuentre más próximo. ¡Toma! -i Vamos a alcanzarlo!


11:'1
.1 •. 1
Le disparó de arriba abajo, a boca de jarro. Y El motor del automóvil lanzó un relincho de có-
el soldado cayó con los brazos abiertos en cruz, se- lera, y emprendió carrera; al dar la curva de la es- ,¡¡¡11
parando de un golpe las puertecillas de la cantina, 1
quina, casi chocó contra un poste. Las miradas. de
que por sus resortes, se volvieron a cerrar. Las pier- los cinco círculos de curiosos volvieron a concen- !'·111•
:1!'
1

nas laxas quedaron fuera, y la cara en la penumbra trarse en el muerto, y Ja vieja reanudó sus gritos:
del interior. El oficial y su asistente siguieron su -j Han matado a mi Juan!
camino, al trote de sus caballos, y se perdieron en A tres cuadras de distancia, el automóvil alcan-
la calle transversal. l1
zó a los jinetes.
Se aglomeró la gente en torno al cadaver: bo- -i Oiga usted, tenientito de basofia ! ¿Quién es
rrachines' y soldados, mujeres del pueblo y chiqui- usted para andar matando a nuestros soldados1
llos; de la callejuela donde el escuadrón de jinetes -Lo he castigado en cumplimiento de una or-
había acampado, salió en tangente centrífuga una
den del Cuartel General, que dispone que todo sol-
vieja dando alaridos.
dado que ejecute un acto de violencia sea pasado
-¡Me mataron a mi Juan! ¡Me mataron a mi
por las armas.
Juan!
'!''

168 SI ME HAN DE MATAR MAÑANA ... RAFAEL F. l'.:IUÑOZ 169

--¿ Qué Cuartel General dió esa orden? una cenefa de estallidos contra los atacantes. Estos
---El único que vale, el nuestro, el de mi General ocuparon algunas casas, llegaron a la azotea frente
Gálvez. al cuartel, y estuvieron disparando un cuarto de ho-
-A su General Gálvez y su Cuartel General, no- ra. Los cañoncitos destrozaron el portón, y cuando
sotros nos los pasamos por los calzones. . . ¡Mire! las maderas cayeron al suelo, doscientos hombres
El mayor con su pistola y tres soldados con sus realizaron un rápido avance desde las dos esquinas,
carabinas, hicieron fuego. En mitad de la calle que- y protegidos por el fuego que sus compañeros ha-
daron el teniente, su hombre de servicio y los dos cían desde las casas de enfrente, entraron al cuar-
caballos. Rodando sobre los charcos de sangre pa- tel. La calle quedó manchada con cuerpos contor-
só el automóvil, y como estaba muy cerca un cuar- sionados en veinte posturas, unas ridículas, otras
tel de tropas amigas, el mayor se metió ahí, temien- macabras.
do una represalia. El combate continuó todavía: en el patio, tras
Una hora después, por las dos bocacalles a los los pilares, en el interior de los cuartos, los sitiados
lados del cuartel, aparecieron dos fuertes grupos de hacían restallar sus armas. En el centro del patio
soldados; instalaron pequeños cañoncitos de mon- estaba el automóvil en que había entrado, a refu-
taña al filo de las esquinas, apuntando hacia los giarse, el mayor; una bala le perforó el tanque del
garitones del cuartel, y a gritos, un oficial ordenó combustible, un cerillo encendido provocó una lla-
que toda la gente que estaba en la calle se moviliza- marada, y el carro entero ardió. En el oscurecer,
ra inmediatamente a otro lugar. Pronto el tramo aquel fuego untaba de reflejos los muros del cuar-
quedó desierto. tel.
-i Esos del cuartel! =-Aqui estoy, bandidos, yo soy el que mató a su
--¿Qué quieren? teniente ...
-Ordena el Coronel Gómez que le entreguen in- Tras un pilar se encontraba, efectivamente, un
mediatamente a un mayor que se metió ahí en un bulto impreciso: las luces del incendio del automó-
automóvil. vil no le daban de frente, y sólo uno que otro refle-
--No entregamos nada. jo lanzado por los muros o por las baldosas impreg-
-Es un asesino. nadas de sangre, lo desprendían de las sombras del
-Es nuestro. rincón. Era un hombre que estaba herido, en el vien-
--i Entréguenlo por la buena! tre quizá, porque sentado en el suelo, inclinaba el
'--i Vaya al diablo! torso hacia delante.
Los cañoncitos comenzaron a disparar, destru- -i Aquí está! ¡Aquí está!
yendo en un minuto los garitones. Los de dentro A la luz de las llamaradas azulencas y rojizas de
cerraron el portón, y desde la azotea encendieron la gasolina, brincando ágilmente sobre grupos de
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;70 SI ME HAN DE MATAR MA&ANA ... RAFAEL F. MU&OZ 111
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cadáveres, entre unas cuantas balas errabundas que ¡ bor de la calle, fue acercándose. En sombras todo,
aún buscaban un cuerpo en que posarse, el Coronel
Gómezllegó hasta el rincón donde estaba el herido.
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el ruido creciente fue el único indicio de proximidad.
-¡ Quien vive!
-¿Con que tú fuiste, no? ·~ -¡Chávez!
-Y o mero, y ni presumo. ·!~ -¿Qué gente?
-¡ Quiébrlenlo! ¡ -¡El general Chávez en persona!
'1 -¡Fuego!
Varios disparos de fusil resonaron siroultáneos,
y el bulto pareció contraerse dentro de la sombra. A distancia de cincuenta metros se desarrolló el
-¡.Ora sí, muchachos,vámonos! diálogo rapidísimo de los disparos.
Los fusiles que truenan,
La columna, que esperaba frente al cuartel, se
Los cuerpos que cáen,
organizó y emprendió la marcha. Ya era de noche,
Los cristales que se estrellan,
y el barrio de la ciudad en donde la lucha se había
Los heridos que se quejan,
desarrollado, estaba en tinieblas: todas las casas
Los ilesos que insultan,
conservaban las luces del interior, tras de sus puer-
Los jefes que gritan,
tas y ventanas, cerradas y hostiles; afuera, los dis-
Los soldados que avanzan...
paros habían cortado los cables de corriente eléc-
trica, y los grandes faroles que pendían entre las Eso es todo lo que se sabe de un combate en las
sombras.
casas, estaban como en eclipse.
Los de la pequeña columna que se retiraba, la
Arrastrando sus cañoncitos, la tropa victoriosa emprendieron a cañonazos contra la caballería; los
caminó algunas calles, enfundada en silencio. Los
perseguidores dieron varias cargas sobre los infan-
soldados, todos infantes, arrastraban a tiempos
tes formados en tiradores. Varios choques brutales
uniformes sus zapatones en el pavimento, produ-
hicieron retroceder a la pequeña columna, y los que
ciendo un levísimo velo de ruidos, a ratos imper-
la integraban se descompusieronpor las calles trans-
ceptible.
versales, abandonando los cañones volcados en las
Repentinamente, por la retaguardia les llegó un banquetas.
rumor como de granizo que cáe sobre cristal: era Y tras ellos, los jinetes surianos se precipitaron
un galope, eran herraduras de caballo batiendo la en una avalancha de venganza: cuanto hombre en-
plancha de asfalto. contraron, soldadoo civil, enemigo o neutral, lo ma-
-Alto, media vuelta, líneas de tiradores, rodi- taron.
lla en tierra ... La matanza empavoreció a la misma medía no-
La orden fue dada en voz baja y ejecutada sin che, que tantas tragedias ha visto, y que bostezan-
ruido. El redoble de la caballería en el pétreo tam- do, apareció en el escenario cuando ya sólo se oían
172 SI .MEHAN DE MATAR MAÑANA... RAFAEL F. Ml!ÑOZ 1'1:J
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disparos aislados. Se hizo lo más breve que pudo -Mire, compadre, no me vaya a salir otra vez
dentro de su capote negro, y se alejó murmurando: con la paloma; mejor es que ...
"Que venga el amanecer a entenderse con esto". No terminó. Fue reclinándose en los cojines, con
El amanecer llegó tarde: se había dormido al Ja cabeza echada hacia atrás y la boca muy abierta,
otro lado de la sierra, a donde no llegaron ruidos por la que se le salía la sangre a golpes, como de
de combate que lo despertaran. Cuando se acerca- hipo.
ba, indeciso todavía, el general norteño Gálvez se ¡~ Había recibido una bala arriba del ombligo, ahí
:~
presentó con .su famosa escolta de "colorados" (lla- N donde se tienta blandito entre las costillas que ha-
mados así porque les gustaba untarse las manos de cen ondas. Cuando entra ahí un disparo, sale mucha
rojo con lo que primero encontraban) frente al pa- sangre por la boca, y el pobre de Chávez no tuvo ni
lacete donde se había instalado desde su llegada tiempo para apretarse el vientre, o para descolgar
el genio guerrero del sur. Centinelas somnolientos su pistolón, que pendía del ala de un grifo dorado
lo dejaron pasar, y oficiales dormidos en las ante- que se elevaba en la cabecera del lecho.
salas despertaron al sentir casi sobre ellos la multi- También ahí murió Gálvez, y muchos <le HUH
tud de "colorados" que invadió la casa. hombres, y muchos de los de Chávoz. J ,o::;muertos
-¿Dónde está ese sietemesino? quedaron en el lecho, junto al lecho y bajo c-l lecho.
Más por intuición que por conocimiento, Gál. Porque el pleito comenzó en la alcoba,
vez llegó hasta la alcoba en que Chávez descansaba Siguió en el vestíbulo,
la fatiga de la media noche, reclinado sobre una Bajó las escaleras,
gran cama de dorada talla florentina y largos cor- Salió al jardín,
tinajes de brocado lila. En torno al lujoso lecho, Huyó a la calle,
veinte soldados de la guardia personal del jefe, dor-
Se difundió por todos los barrios de la dudad,
mían sobre las alfombras persas y los tapetes de
sedosas hebras largas. ¡
Incendió cuarteles,
-¡ Óigame, generalito de estiércol! ¿Qué dere-
Derribó defensas,
cho tiene usted para andarse metiendo con mi gen- 1 Ensangrentó avenidas,
Atemorizó habitantes,
te? ¿Así entiende la concordia entre dos ejércitos '.i1
hermanos? ¿Esa es la unidad de ideales entre nor- E hizo tantas y tan diversas barbaridades, que
te y sur? Me mató usted a Gómez,que era como mi uno de los dos bandos tuvo que salirso. "No crean
hijo, y ahora va a ver quién es Gálvez... que tenemos miedo --dijeron los últimos al alejar-
Chavéz se incorpó a medias entre almohadones se- no más vamos por refuerzos".
de pluma, forrados en suave seda de lánguido azul; Efectivamente, fueron y volvieron. De esto ha-
.con los ojos aun legañosos y ronca la voz, contes- ce tres meses y todavía se sigue combatiendo.
tó débilmente:
el repatriado
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i I· N puente, .nada. más. Un puente con piso de


··•madera, del que sacaban astillas los tascos
.·· he.rrados de lo.scab.aIlos; largo y sucio, sob..r.e
....... unas aguas turbias, color sepia, que forma-
ban remolinos como si quisieran regresarse· cauce
arriba.
A esto se había reducido 1a distancia de mil mi-
llas que Andrés Casavantes tenía que recorrer, des-
de el Estado de California hasta Ciudad Juárez: un
puente de madera, nada rnás ; y más allá, una pobla-
ción aplastada .contra el suelo: era como si hubie-
ran rebanado en lonjas un rascacielos, y las ·hubie-
ran esparcido. Casas de un solo piso, nada más.
El muchacho se detuvo a la entrada del puente.
Detrás había dejado las grandes ciudades de Cali-
fornia,. donde los edificios se ·alargaban hacia arri-
ba y se apretaban unos contra¡ otros, como espigas
de ·trigt>. Cinco años de caminar a la sombra de las
enormes columnas perforadas por centenares de ven-
tanas cuadradas, recorriendo calles ·llenas de ruidos
12
i't8 SI ME HAN DE MATÁR MANA.NA... , .., llt:A.,.FA.~~IJ'. M'(J.ROZ 1.19
.
en las que se apretuja la gente que marcha 'apresu- tactos.en ''~~a.··~ pomo peluca: un cuello postizo,
radamente, como ganado acosado por los vaqueros. rígido pór el:·,al.Jl!li<l9n,.,era,.
como base de alabastr.o
La ilusión constante de volver, y repentinamente, Plll.'ª su cabe~ d~ tinte moreno, Y el traje azul, am-
una ciudad plana, sin torres, sin cúpulas, de anchas plio co:t;nQ,f~a.. de sillón, y los zapatos boludos de
calles donde uno que otro coche tirado por caballos, J.,{\ .•pu~ta, .y ,}a.maleta enchida, encorsetada. por .dos
rueda lentamente con una cauda de polvo. anchas corl'eai· El mexican» que ha trabajado en
El cambio era brusco: un muchacho de quince Estados Unidos, y que vuelve. ·
años que se va, uno de veinte que vuelve. Los re- Andrés. penetró a la ciudad. A veces, las casas
cuerdos se han vuelto imprecisos, se han hermosea- le preséntaban el enjarrado de sus fachadas, man-
do, se han idealizado, creando el ansia del retorno chado con hoyos circulares que semejaban huellas
Mil millas de viaje, y la ciudad, plana y extendid de viruela en piel humana, siendo huellas de balas.
como una moneda caída en el suelo. En otras casas, los huecos de puertas y ventanas·
Andrés no había reflexionado en que, mientr estaban vacíos, y el humo les había pintado en la
él marchaba hacia delante, la guerr~ tiraba0de'~t pared, negrós penachos. Incendios.
ciudad hacia atrás. Cuatro años de guerra, nada más. A distancia cruzó la calle una columna de solda-
Un torrente de pensamientos. Una sonrisa. An~ dos.,jnclinados hacia delante por el peso de las mo.
drés levantó el sombrero, que le ajustaba la fr'éh chilas.~Dos chiquillos que jugaban a la orilla de Ja
y las sienes palpitantes, echándolo hacia atrás; .s banqueta, levantaron las cabezas para verlos cru-
jetó fü•memente el asa de su maleta, y avanzó p zar.
el puente con decisión, con firmeza. Si sus pies -Ya se. van.-dijo uno.
tuviesen herrados, como los cascos de los caballos, __._A Chihuahua -dijo el otro, y reanudaron su
levantarían astillas del piso de madera. . · · juegQ,
A su lado, repiqueteando la campana, pasó u El repatriado apresuró su paso hacia la calle
tranvía amarillo que iba de norte a sur vacío de pa
trasV!"tsal por donde había desaparecido la colum-
saje. A la salida del puente, un guarda lo detuvo:
na de soldados, y siguiéndola, llegó a la estación del
-¿,Adonde va usted? ferrocarríl, Compactos grupos de hombre~ en uni-.
-A Chihuahua. forme ~ul esperaban la orden de subir a los trenes,
-¿Mexicano? dos largos trenes colocados en vías paralelas. Con
-i Seguro que sí! ¿Tengo cara de otra cosa?
El guarda sonrió, dejándolo pasar. Tenía A.n-· las tfompa.s hacia el sur.. las locomo1;orM.inmóviles
parecían dormir ,'roncando suavemente •.
drés cara de mexicano que vuelve, ciertameJ!te ; ba-
jo un sombrerillo de alas ridículamente cortas, aso- -¿Van a Chihuahua? -preguntó Andrés a un
maban los negros cabellos gruesos como cerda, co.r- oficial...- Yo también quiero ir ...•
·'~'
18() 81 ME HAN DE MATA.E MA'RANA ...
BAJl'AEL F. MUROZ
El oficial no le contestó, ni le zniró sit¡uiera., y
el muchacho echó a andar de nuevo, entre los gru- , :-E.stos .~•trenes militares, joven. Es~ll,f¡
pos de soldados que se apretujaban en los andenes. ted. Den~() ~ dos o tres días podrán co~~:.:,~
Buseó a algún empleado'de ferrocarril avriba de los nes .dep~eros. Voy a limpiar la vía de esa,,~~,.
carros, pero no vió sino soldados. Llegó hasta una revolucionaria que la amaga. Espérese... '.t!t
locomotora y habló al maquinista que asomaba me- Un oficial le indicó que debía retirarse. AndréS
dio euerpo por su ventanilla. cruz0 la E:JegUnda vía; de un lado, la fila de carros,
-¿Van a Chihuahua? Yo también voy. de otro, la·pV'ed que separaba la estación de los t,a;.'
-Dígale al General Castro, allá. . . -le lleres.. Algunas soldados habían bajado de los te-
un grupo al extremo del tren. chos para vaciar la vejiga sobre las ruedas. La puer-
ta corrediza de un carro estaba abierta: dentro, ca-
Caminó con su maleta, que ya le pesaba,
jas a.piladas, pacas de pastura, ningún soldado. An-
do los carros de los dos trenes paralelos.
d~ arrojó su maleta al interior, subió y cerró la
Y llegó hasta donde estaba el General Fra
:Puerta..Dos largos silbidos, y cinco minutos después,
co Castro, pequeño, cetrino, de vientre abultado
otros dos; el vagón se estremeció, las golpearon sus
bre el que daba la vuelta, en diagonal, la correa q
eslabones, las ruedas chirriaron frotando sus ejes.
sostenía el carcaj de la pistola. Rodeado de ofi1 iAdajante!
les, daba órdenes para que los soldados subíeran'
los trenes. * * *
-Si no caben en el interior, que suban a ·1
techos. Que avance primero el explorador; y n Cuando consideró que el tren estaba ya lejos
sotros iremos cinco minutos después. Dentro de .un de la estación, el muchacho abrió la puerta del ca-
cuarto de hora daré la orden de marcha, y no quie- rro y vió pasar el paisaje, que parecía girar como
ro que álguien se quede en ·tierra. si fuera un disco que tuviera el eje en el más alto
pieaeho. El llano chihuahuense es desolado y yer-
-Mi general -informó un ayudante-" uno de
mo, como la taiga siberiana, como la pampa; tiene
los fpgonéros del explorador se ha marchado ...
una· mancha de arena que el viento sabe rizar: Los
-Que lo busquen y lo traigan a culatazos. Si no Médanos. Y en ese mes de agosto, cuando el sol es
aparece en un cuarto de hora, saldremos de todo.a más ardiente y. el viento más veloz, la arena jugaba
modos como se pueda. ¡No puede uno fiarse dees- en cálidos remolinos, envolvía los vagones, los blan- '
tos ríeleros ! Todos simpatizan con los rebeldes queaba, y se iba como una neblina a dejarse caer
nos molestan cuanto pueden. sobre los montículos, que eran como el oleaje de un
Andrés le habló. mar blanco, repentinamente inmovilizado.
-Señor, yo quiero ir ... Más al sur comenzaron.a. surgir las palmas sil-
vestres y el chaparral. Andrés .recíbía la visión del
81 ME HAN DE MATAR MAltANA ... RAFAEL F. McUiiQZ. ~~
:t8S

Uario como si de ella estuviera· sétiietitó:•;Sentía de( . A.·.di··..•..s.tª.ne


nuevo la alegria infantil de sali:r·al ~si~o y de pl~ca}>a.~ .:· era..ia.elde desviador
me?io ki·l··
.:óm r.·~.•..;.,l..
·..·..•.et•·
~e .1~• J¡}s~~~,,d~
;.it\·,··· .·'.J.. !.~.·.·.·.•~U.•
.·~.~·•
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sentirse único en él. Enormente solo e i~initamen- enea.-..ia...·.


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te libre. Repentinamente .la locom<.>torai .•ttij.J~lin(). h~Ja


El tren· se detuvo. Un garrotero· bajó·...6/ tierra adelante, hundió en la a,;i-~na•~~~b~l~1Q.,. su de-
con su larga alcuza, a empapar de aceite 'las: dLjas fensa, y no avanzó Jl1áa.<. .. .• '. · .·.·
de estopa de los ejes. Andrés no le sintió acercar- -¡Nos amolaron l ---grit6 ~lt:naQuibista.:._ ¡La
se, porque su mente galopaba hacia las montañas vía e$hÍ desclavada. ····· ,·•. ' · ·
remotas, y no se ocultó. Quiso hacer retroceder .el tren; un humo espeso
-Epa, amigo, ¿que'stá haciendo ahí? ¡Aquí salió a 'borbotones de la tronera; los émbolos gol-
un paisano ! pe~on .furiosamente, las ruedas giraron con rapi~
Todos los soldados que iban en el techo de~ destrozando la madera de. los. durmíentee y pe-
rro bajaron apresuradamente y lo hicieron h••;,;.,,.º.¡.; '.iii;. netrando más .profundamente en tierra. '
a tierra. Lo rodearon. ---¡ Más leña? . . . ¡Más leña !.
-¿Qué hace allí? l. Qué quiere? La caldera quedó· repleta de troncos; el silbato
l~l1ZÓ cinco largos, cinco profundos quejidos. Las.
Sin esperar respuesta lo llevaron a empellones
hasta la cola del tren, y de ahí, el General lo envió r'~~d.~ batieron la arena con más velocidad todavía.
a servir de fogonero en la locomotora del tren ex- G'b~os de un vapor azul, saliendo de entre los ejes
plorador.
se m~claron a. la polvareda de la tierra revuelta.
....;..sies un espía, debiera fusilarlo, pero antes, que ..,.,.-tfi~iiiU¡Fi~iiii ! ¡Fiiiiii !
sirva de algo. ¡A echar leña, amigo! I.i~.n:i,4quinalloraba .con su silbato.
. La caldera alimentaba su fuego con grandes tro~ Ent«:u~<;es, de una larg.IJ,colina coronada de .ríscos
zos de madera. Resoplaron ·los émoblos y el tr.en que era como un muro paralelo a la vía, se volcó el
reanudó su marcha: -Andrés se puso. a echar leña; tíróteo. Una eorníse de carabinas revolucíonaeías
vigilado por la mirada de un soldado, con el arma vertía. sobre .el tren. inmovilizado la lluvia de las ba-
las. Y. los soldados, preclpitándoae a tierra en lar.
apuntándole:
.._g¡ brinca, le tiro ... go~ brincos, fueron a protegerse tru de las ruedas
A' orillas del camino apareció una vegetación· di.. de acero, a replicar.
·,··_;··_ .., ._.·. .. '
. .
·' . ' ,
ferente: rieles retorcidos, troncos de ·durmientes f\:.ndr~s se sumergió en~e loe ·trQncos. Oyó. el'
convertidos en negros tizones. Al peso del tren,' la vía martillep de los proyectileti ~ql>re•.la...iámln•.~•l,•t•~-
suelta parecía querer escurrirse. La locomotora y der~ ()yó el paso de otros, (t0.l1 ruDJ.9~qe .~~~·• i: y
los carros se bamboleabaa. El explorador avanzó 1~.rned~s .seguían girando ™,batir bloa1ant• de Jos
émbolos. . .. ·
despacio, bufando como una res cansada.
181¡ SI ME HAN DE MATAR MA"&ANA... RAFAEL F. MU"&OZ 185

¡Fiiiiii ! iFiiiiii ! En la arena, frente a él, un soldado, probablemen-


El otro silbato ofrecía apoyo. Toques lejanos de te el que lo vigilaba desde lo alto del montón de
clarín ordenaron que continuara el fuego, y las de- troncos, estaba de bruces, con los brazos en cruz
tonaciones·siguieron vibrando en el alma de los fu- y las piernas muy abiertas. El uniforme azul, lim-
siles. Una hora, y otra más. písimo y las polainas negras, brillantes. Medio su-
Andrés no veía sino troncos, sol y cielo. Y su mergido en la tierra, parecía haber sido, él mismo,
espíritu se echó a vagar, remontándose, hasta que un proyectil.
otras órdenes trasmitidas por el clarín que domina-
ba el ruido de la tormenta, rompieron la uniformi-
dad del tiroteo, lo rasgaron, lo dividieron. Bajo el
tren encallado, el tronar de los disparos se fue apa- II
gando, como una hoguera abandonada. Los solda-
dos salieron de entre las ruedas, se alejaron de la
colina, y dando un largo rodeo para ponerse fuera LO habían llevado ante el Jefe, ante El, ese a
__ quien no es necesario llamar por su nombre.
del alcance de las carabinas, se unieron a los del
otro tren. Todavía, algunos disparos aislados epi- ~ -Tú no eres soldado. ¿A dónde ibas?
logaron el combate, surgiendo uno de aquí y otro de -Y o quería ir. . . a Chihuahua. Me descubrie-
allá como soldados retrazados que llegan al vivac. ron en un carro donde me había metido, y me pu-
Silbidos cada vez más lejanos contestaban con un sieron a echarle leña a la máquina.
son de queja; el fuego de la caldera se había con- -¿.A Chihuahua?
sumido, y las ruedas de la locomotora habían cesa- -Sí, señor.
do de girar, hundidas hasta los ejes en la arena que El jefe rió.
las aprisionaba. -También yo voy. ¡Sígueme!
Andrés se incorporó, apareció como único ser vi- Su voz era indeleble: lo que decía no se borra-
vo en el tren, -cadáver de una serpiente de ace- ba jamás. Su ademán era como una brújula: seña-
ro,- y miró hacia afuera. Colina abajo corrían a laba una ruta, para siempre. Su mirada era como
saltos hacia él, centenares de campesinos; algunos, una montaña que cayera sobre la voluntad, aplas-
al verle, dispararon todavía, y entonces el mucha- tándola. Todo El era una órden: "Conmigo te vas,
cho levantó los brazos, como lo había visto hacer por mí te mueres".
en California, en señal de sumisión. Los primeros Desde ese momento, dos fuerzas dominaron el
campesinos llegaron hasta el tren, le vieron en ro espíritu del muchacho que regresaba: una era el
pas civiles, y se echaron las carabinas a la espalda. ansia del terruño, otra el magnetismo, la atracción,
-i Ora, amigo! ¡Echese un brinco p'abajo ! la dominación absoluta, de El. Por el momento, am-
186 81 ME HAN 'I>E MATAB MÁ.19".4.l\14. •. 1.87

has.parecían converger: de otro modo, ..4~~~.la pri- ,.•uno tras otro, subían y baja-
mera .se .. hubiera ahogado, sumergj,é~~~~<·en el "tn Jaa que no había ni una sola.
océano insondable' de la voluntad todopo~sa. ver~;.>1~4pe ha.bfan montado a caballo cuan .•
Caballo, carabina, cartucheras que le: baj~on de do a~,,M; •k•tllas, vieron salle el sol que avan-:
l~ .hombros en diagonales cruzadas. Eso fué lo ma- zó.'1~-,~~·r, otra vez fueron persiguiéndolo has-·
terial, lo. que recibió en un momento. ~, 9'~,~- ,.i otro lado de la. serranía.
Después, los anhelos fueron infiltrándose en él ¡,,,.,,,\.,_ eaearamuzas, cada vez más 1argas,."'llll1·
poco a poco; durante las marchas de todo un día por 'O~:'i1~er<>n; en los pueblos a que llegaban, c~A
los llanos en que el viento cabalgaba al compás de ~~z m'-s grandes, centenares de .hombres se agrega•
los hombres ; en las noches de vivac, cuando las fo- t:Q:t:a ia la cauda creciente de aquel astro errante.
gatas iluminaban los rostros y las palabras ilumina- ,.{:l{asta que una mañana, cuando el viento. del
ban los espíritus; en las escaramuzas, cuando al dis- .norte los golpeaba en pecho y cara, como si. qui-
parar, el golpe de la carabina endurece el hombro siera detenerlos, y al salir Ja columna de una gar-
y forja el alma. Andrés, rudimentariamente, com- ganta entre dos cerros, que se abría al llano ínun-
prendió ta Revelucién, percibiéndola como una ~e;- dado por el chaparral, el muchacho vió cómo el Je-
bulosa, imprecisa pero deslumbrante. No podría de- fe extendía el brazo diestro en una horizontal que
fi~irla, no podría· explicarla, como nadie se la había pjj,recia querer alargarse hasta el perfil del mundo.
a
explicado él·completamente. Era como una .troje '' -..Ahí es.
en que hubieran sido recopiladas las semillas de to-
das las yerbas silvestres, de las que envenenan, de
;,,;,~~~' v.!~. µnicamente cerros. Pero había entre
.1.o!J,.C,~9', t~~.~confundibles, ..~dn.cuando él jamás
las que producen sangre, pero también de las que los. hubi~a acariciado con loa·ojos desde' ac¡'.qel· ..~i-
afirman la vida. Era un conjunto de ansias, un río t.i.o!uno~.lev~~·!! b!11~oCQJDO una erunoi6'ii'·.4'

de anhelos que va a fertilizar la tierra. Y en ella,
rosa.s,· aisla ..•.ad;.··.'.'l!I<>.' c>·.·.·.'~rbai'oió;i·~·
.'f·.··.:·"·
...~.·•..·'.·k'QOl·.··. ·•.··..•..·--.·,.,artMn~·:
x~.u·..~-1
en la Revolución, Andrés depositó su semilla, virtió quite, shi una ~...~.·.·..
&1zn¿,aJ.:7
i~..···•.·... 1.~
.••.·.,....'.:

su líquido caudal. La Revolución lo recibió y lo hizQ


suyo, completamente. ª.. ie·····
..·n.tes,con dqs·..jib ..as ª.,·..·.1·ºª
...•.•cso,1; d..el..·'.cr••~.centNl .•'
barnizado de ún color .ver1!e1Cüt trt• 1Jbt cUpa• et
La marcha por los campos no era en línea recta, rral que comienza ~ eé~I~~¡ ~. en •••• ~·· loi cloa,
ni continua, ni uniforme. A veces era una can-era uh' cerro pequeño,·uh C()!10•Ífod-"4•1~11ih1:ol.-j•
desenfrenada por una llanura plana, por la que Ja inclinado· de dunas .de 'títerta''rGl&~•••..-.•u·
columna se precipitaba en desorden, en pequeños -···a···.o.
n1 ·, ·. 1,,·· ••·.··.,., 'J... ~.qi"J~;kr 1\.4~· ;11!\1
ir ..• • ..··· •. ~, •

gl'Upos que se separaban para reunirse después, al 'l'rái,ellos debía estar<la,audad•. ·W•• 14'J•JMta·
ot:ro día. en alguna hacienda abandonada o en. algún ba·la e\'u(jad, suavemense iPQlina,4& ~~Ji• rlQ1. I~
pueblo miserable de casas color de polvo. En.otras' v~sible por. completo, p~~., ,Iey.a:rse ~J:>:reella .ur.
RAFAEL F. MUÑOZ L'-1!)

188 SI ME HAN DE MATAR MAÑANA ...


del más pequefío de los tres cerros. Es el sal11do d1·l
hálito de voces, de saludos, de movimiento, de te- cañón, que Andrés oye por primera vez.
mores. Quien no hubiera estado nunca en aquel lla- La caballería no se detiene, la caf>all(Tia rn1il i
no, quien hubiera sido puesto repentinamente en núa el galope por el llano, y el vuelo d1· Lis !'.r:111a.
él por una mano de misterio, hubiera comprendido das bate el aire; el chaparral se maneh.. 1·011(';tlia-
lo que había detrás de aquellos tres cerros; hubiera llos y hombres que quedan en tierra. rojo~\ (' inrnó-
percibido, flotando sobre la silueta de los riscos, lo viles; Tras una colina, casi <l1111a,lo:-: l1011ilm·s de-
que no es brillo, ni es color, ni es ruido.. lo que no jan sus caballos y echan pie a l.ir-rrn. l•'n·11l.1· a sí no
es palpitación ni es reflejo: hubiera sentido el alma ven a nadie, todavía. Avauv.rn di~:•.111i11:1dos, a cinco,
de la ciudad. a diez metros uno de ol.ro, :1.p:i.r1·1·1·11 1111momento
Andrés comprendió que algo se había roto den- en las crestas de otros mo11l.índo;.;q111•('ada vez más
tro de él: la mano del deseo que lo había impelido altos, se van sucediendo. Y ('11:1rnlolas ametrallado-
de California hacia el sur, dominó a la otra poten- ras invisibles tras las lri11d1<·ras d(•;.;1·111Tollan sus
cia, la extranguló y la echó fuera. En el alma del cadenas de c~stallidos, (•!!os s1· t i1"1uk111'11Licrra y
muchacho, el jefe todopoderoso había perdido la hacen restallar también s11s caraliin;Ls. Unos co
primera batalla, porque en cuanto dijera "atrás", rren hacia delante, heroicamente ansiosos, otros
sería desobedecido. van a rastras. Todos disparan, todos gritan.
Dijo "adelante" y la columna marchó al galo- T .as ametralladoras son implacables e incansa
pe por el llano. bles. A ras de tierra todo lo dominan, todo lo sub-
Los jinetes empuñaron sus carabinas, alargaron yugan. l l:wia dond1: gritan, todos los cuerpos hu
manos oh1~d1·r<'11 .v s1• iucliunn.
las riendas, se ajustaron aún más al torso de sus
caballos. La mure-a d1· l':1.111p1·::i110:.::.;1•rlr-Licne. Después,
[Oh, la sed de una ciudad, para quien ha vivido retrocede. U1·~:p111·.,,.,
.¡,.,c;;1p:1r1·1·1·.
meses en el desierto! ¡La sed de esa ciudad, para Sólo Andrés, :-:i11::11111l1r1·r11.
.ii u 1·:1r:il1i11a,nvau
quien ha vivido años en el destierro! za hacia el sitio en q111·111:1 1·•-r1-n:1:H· 11111·11. l1:wi:1
La caballería se desplegó en una línea que abra- donde es más bajo el 1wrfil .¡,. 1:11i··1T:1 <)11i•-r1·1·1·r
zó todo el llano. Los kilómetros desaparecieron ba- siquiera una casa, siqui.-rn 1111:1 /1>1-r•·1....-11.11w1111:·.
jo la cortina de polvo que se levantaba de los cascos dente, brinca por los lll011i.ic11l11:'. , 111~r··
··111.. :1 111:1
de los caballos, un arcoíris de gritos de siete colo- nos, pasa entre las perforacíou-« i111·i:1i1.i. ·1 1111•. 11:1
res cubrió la planicie como un toldo resonante. cenen el aire los progectilcs, l1·v:uil:1 1••:1 1.1:1:...:1. ,.••
Súbitamente se desbordaron los oleajes del true- mo si quisiera atraer sobre sí la al 1·1wi1111 .¡,. 1:1.··1·1
no, de un trueno que no baja de los cielos, impávi- dad que no le ha visto.
damente azules, sino que se arrastra ladera abajo
190 SI ME HAN DE MATAR MAÑANA ... l~Afi'JI tct . /!'. /l'IUÑOZ 191
Al verle correr inerme, los soldados de las trin-
dad la nol.icia de que c-l p1·irner ataque villista había
cheras descansan, horizontales en tierra, sus cara- sido rechazado .. salimos los muchachos de nuestras
binas. Y le dejan acercarse, y le dejan llegar. Sólo casas, corru-nrlo. ansiosos de llegar a la línea de
cuando él quiere ir más lejos, cuando quiere tras- 1 fuego.
poner la trinchera hacia la ciudad, le detienen. Unos Luvirron miedo conforme se aproximaban;
-¡Alto! ¡Ríndase! ¡Alto! ti a otros, pal i-ullas de soldados les ordenaron retro-
1

-i Déj enrne llegar! i Déjenme ver! t' ceder. Sólo yo pude dejar atrás las últimas casas
·1j
--¡Alto! ¡Alto! ~I cuando ya no había luz de sol y se había desenvuel-
--¡ Quiero ver! ¡ Quiero ver! to sobre la tierra una espesa, una extensa, una an-
1
No le comprendieron. Le creyeron un hombre 1
gustiosa nube color de ceniza, La inquietud de mi
que se había vuelto loco por la furia del combate. curiosidad me había dejado sordo a todo ruido, in-
Lo palparon y no tenía armas. sensible a todo brillo de luz. Los soldados debieron
--¡Quiero ver ! haberse reconcentrado en sus trincheras, po1"q11<'

Lo dejaron subir hasta una pequeña colina de nadie me detuvo ui nadie mo lial1l1'1. No ;·(•nwrdo
cantiles verticales, de donde los constructores acos- un·,1. t ardc más q11ic·l:t, más ,sol1·1111w 11i 1.1:·1.:1 prol"1111

tumbran extraer cantera. Lo dejaron subir hasta la ria.


cima, y le vieron quedar inmóvil, con los brazos en lo'r1·11f1· :1. 111i, 11i 1111a (';1:·U1, 111 1111 11111!1 •. , 1il 111111

alto, corno un jefe indio de épocas pretéritas que C\'1'1'.1. ;:ol:111w11I<" 1111 n·ITll •l1111ol1 l111'·i11 11111111 <'1111

saludara la salida del sol. L<·1·;1.-1 1·xplol 11cl;1:1 fi"I° lo.•1 c·1111l 111I ioil 1111 .¡,. 1·1111'!1 ru«

No Je comprendieron, creyeron que se había ción.


vuelto loco. Y luego, a la orden de un oficial que se H;:: subido tral1;1j1>:1.11111·1il11 111•1 l11il 1 f 11·11:1 c'111ii \'cq•

acercó al grupo, sin bajarlo del crestón de cantera, ticales, y al llegar a 1:1. .-1111:1, .-11.111il11, 1 ,,¡ •¡11•· el·· n lu
de fl:-'il:é> porque 1~0fue posible obligarlo a .que vol- dominaría con una [:tila 111ir:1el;1 ,.¡ ".!1·11:111 lln11" f1:1

teara, lo fusilaron. ra mi tan familiar, donde S\' Ji:d11:i cl1·:1;1rri1JJ;14j41 i:t


batalla, teda mi atención la alruj» 1·1 1·11·.: 1·¡111 .¡,. 1111
hombre, tendido en el suelo. Quieto e11 aq twl ~·: i l.io.
como el tronco de un árbol muerto, he sentido lle-
III. gar la noche. Mi vista no había podido desprender-
se un momento de aquellos restos rígidos: los ro-
tos zapatos cubiertos de polvo, el traje azulenco vie-
F UE una tarde de noviembre- del año trece. jo y desgarrado; el cuello de la camisa, un cuello
__ Cuando cesaron los roncos insultos de lo.s ca- postizo que del.o haber sido blanqueado por el al-
!.!.! ñones, y los restallidos de las ametralladoras, midón muchas <emanas antes, y ahora veteado de
y hubo toques de diana que difundieron por la ciu- polvo, sudor y sangre; las manos abiertas, sucias
192 SI ME HAN DE MATAR MAl\i'ANA ....

y lívidas; la cara enjuta y amarillenta. Todo daba


la impresión de un hombre muerto: el color de las
carnes, las arrugas de las ropas, el polvo mismo que
cubría aquel cuerpo tendido de espaldas.
Unicamente había vida en sus ojos, dos abier-
tos, dos claros, dos luminosos ojos.
Y en su boca, amoratada y entreabierta.
Debió haber estado sonriendo cuando las balas
Je entraron por el costado y lo derribaron instan-
táneamente muerto. Sonriendo a causa de alguna
visión para él maravillosa, que le penetraba a rau-
dales por sus ojos frescos y purísimos.
Y yo, comoel tronco de un arbol muerto, he per-
manecido mucho tiempo inmóvil, mirándole; la nu-
be color de ceniza y la noche, nos habían amortaja-
do juntos, a él y a mi.
Sólo que yo sentía la enorme angustia del va-
cío y de la muerte, y él sonreía con su inmóvil boca
amoratada.
Y era tan serena, tan quieta, tan limpia, la mi-
rada que dirigía hacia lo alto, que no me atreví a
cerrarle los ojos.
Página
el buen bebedor . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7
oro, cabalfo y hombre. . . . . . . . . . . . . . . . . . . 35
loopin the loop . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 47
el festín . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 59
de hombre a hombre . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 69
hermanos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 81
una biografía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 93
el enemigo (relato de un oficial inexperto) . . 111
un disparo al vacío . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 135
cadalso en la nieve 147
el perro muerto 159
el repatriado ......................... 175

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