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"Constitución de la sexualidad masculina:

Sexualidad, Género, Identidad sexual"

por Facundo Blestcher (Psicoanalista) para la Cátedra Libre Silvia Bleichmar - Clase V - 26 de abril de 2013 Facultad de Psicología – Universidad Nacional de Rosario

Estamos para pensar algunas de las cuestiones que se señalaban en la presentación 1 y

para pensarlas al interior del psicoanálisis, desde la especificidad misma del psicoanálisis,

intentando distinguirla de uno de los discursos que, si bien se han constituidos en campos

fecundos para la interpelación, tienen sus propias particularidades como son el caso de los

estudios de género.

La temática que yo voy a tratar de trabajar tiene que ver por una parte con una serie de

desarrollos que Silvia Bleichmar ha realizado y que están, de alguna manera,

compendiados en un libro que se publicó en 2006 que es “Paradojas de la sexualidad

masculina” y que se constituyó en lo personal en la incitación para un programa de trabajo

que derivó finalmente en mi tesis doctoral. Este tema enraíza directamente con una serie

de aportes de Silvia Bleichmar, de la cual yo en la apertura, la cual seguramente muchos

de nosotros compartimos ese momento inicial de esta Cátedra, señalaba en relación a la

importancia de no solamente recuperar sus aportes metapsicológicos, psicopatológicos y

clínicos, sino también un modo de posicionarse al interior del psicoanálisis y de pensar el

psicoanálisis, del cual yo me siento profundamente comprometido, en relación a continuar

esa herencia de pensamiento, aun cuando algunos de los desarrollos de Silvia, como yo

señalaba, se hayan constituido en incitación para teorizaciones que ahora siguen un

camino propio. Y que en algún sentido también amplían algunas de las consideraciones

que Silvia a realizado, pero que se nutren indudablemente en términos de filiación, de las

que han sido las conceptualizaciones teóricas y los debates a los cuales Silvia nos

introdujo, y que en algún sentido, como yo señalaba también en aquella ocasión en que

nos encontramos por primera vez, tienen que ver con un intento muy riguroso de tratar de

1 Hace referencia a los principios políticos antipatriarcales de la agrupación organizadora.

sostener la vigencia del psicoanálisis, no en la reiteración repetitiva de sus fórmulas canónicas sino en una profunda depuración de sus paradigmas de partida.

Tal como Silvia señalaba, y esto es algo que yo comparto, si el psicoanálisis se encuentra en crisis, cosa que numerosos diagnósticos del estado actual del psicoanálisis señalan, no es por el esfuerzo de la fuerza relativa de los que podríamos designar como nuestros adversarios, como son las neurociencias o las psicologías; sino que en gran medida también se debe, a la acumulación dentro mismo del psicoanálisis de una seria de impases y aporías que no se han podido resolver suficientemente. Desde ese lugar es desde donde yo decía que me interesa, en todo caso como vamos a tener que abreviar en orden a la disposición de tiempo, puntuar por donde pasan algunos de los aportes de Silvia Bleichmar relativos a las problemáticas de las identidades sexuales, en particular respecto de la constitución de la sexualidad masculina y, si nos queda tiempo, hacer algunas de las puntuaciones que yo considero que constituirían, por así decir, las implicaciones de la revisión de esta problemática en el campo de las llamadas diversidades sexuales.

Yo les señalaba, también la primera vez que nos vimos, que si tradicionalmente se dice en la historia de la literatura que con Sartre y Camus se produjo la aparición de una nueva concepción que empieza a comprender a la literatura como compromiso, a mi me da la impresión, y tengo además en algún sentido, una cierta seguridad al respecto, que el pensamiento de Silvia Bleichmar ha tenido para el psicoanálisis contemporáneo esa misma significatividad; es decir, habernos ayudado a entender el psicoanálisis no solamente en su dimensión tanto teórica cuanto clínica, sino también en términos de compromiso y ese compromiso tiene que ver no solamente como un modo de pensar la subjetividad del tiempo, sino también con una manera de intentar colocar al psicoanálisis a la altura de la resolución de los modos de sufrimiento por los cuales atraviesan los sujetos en la actualidad. Esa tarea no es una tarea menor, justamente en la medida en que supone un trabajo de crítica muy rigurosa, en la medida en la que el psicoanálisis, en su propio modo de reproducción, no puede evitar lo mismos modos de represión que se cumplen en la teoría y que reflejan, de alguna manera, los mismos modos de represión que se operan en el propio sujeto psíquico. Esta idea de que la misma teoría va siguiendo, uno diría, los movimientos del objeto; pero simultáneamente también los movimientos del

propio sujeto que teoriza en relación al objeto, hace que la propia teoría psicoanalítica se vea atravesada, no solamente por las problemáticas que uno podría designar como “problemáticas sociales”, sino por los movimientos de clausura que dentro mismo del sujeto y dentro mismo de los psicoanalistas se producen permanentemente allí donde intentamos capturar un objeto que justamente se particulariza por el hecho de que se nos sustrae en el momento en el cual suponemos haberlo cercado. Desde ese lugar es que la tarea de depuración de los paradigmas se constituyen en una exigencia para el psicoanálisis en éste momento, no solamente teórica, no solamente para garantizar la supervivencia de nuestro estamento, sino para preservar los núcleos más fecundos de lo que ha sido indudablemente la teoría más importante acerca de la subjetividad que se ha construido a lo largo de la historia de la humanidad.

En ese sentido, creo que los aportes que Silvia ha realizado con respecto a la problemática de la constitución de la sexualidad masculina recogen este mismo compromiso, sobre todo porque si ustedes han tenido ocasión de aproximarse al libro de Silvia, y si no, es de lo que yo puede ofrecerles como más recomendable, dado que hay escasísima producción en psicoanálisis con relación a la constitución de la sexualidad masculina y esto tiene que ver justamente con obstáculo epistemológico que voy a pasar ahora a mencionar; pero ya en la introducción del libro justamente Silvia señala que el psicoanálisis está en deuda con los varones que se han aproximado al diván, porque la concepción que el psicoanálisis ha, hegemónicamente podríamos decir, reflejado desde sus orígenes hasta el presente, no ha alcanzado a dar cuenta de los modos específicos de constitución de la sexualidad masculina y por tanto también de sus formas particulares de sufrimiento.

Esto en gran medida se debe a la persistencia dentro del psicoanálisis, incluso más allá de las relecturas posteriores que se hicieron con la intención de remozarlo, de una suerte de, podríamos decir, prejuicio inicial que está presente en Freud y que uno podría rastrear en el conjunto de todos los discípulos que siguieron con posterioridad a Freud que es la suposición de que la masculinidad o la sexualidad masculina constituye un dado por sentado. Es decir, la idea de que en la teoría psicoanalítica la masculinidad o la sexualidad masculina es una suerte de a priori natural que sigue una suerte de evolución lineal que, ustedes recuerdan, está sostenida en la idea de que la sexualidad masculina se encuentra

menos sometida a variación que la sexualidad femenina; si ustedes recuerdan los textos ”

a todo el conjunto de los textos relativos al

complejo de Edipo cuanto los más tardíos referidos a la sexualidad femenina, una de las primeras cosas que aparecen es la idea de que la sexualidad masculina no está sometida estrictamente a un proceso de constitución sino que es una suerte de a priori que está sometido a un proceso de evolución aparentemente natural en la medida en que el varón conserva la zona erógena y el objeto de la sexualidad infantil y que la interdicción paterna al interior del complejo de Edipo lanza la exogamia pero conservando tanto zona como objeto, al menos en la forma heteronormativas de la elección heterosexual. Muy por el contrario y por contraste, la sexualidad femenina en la obra clásica si aparece como sometida a mayor cantidad de vicisitudes, y ustedes recuerdan el famoso mito de la sexualidad femenina entendida como continente negro, como objeto oscuro, como pregunta prácticamente irresoluble para el psicoanálisis, relativo a que la femineidad si estaría mayormente sometida a mayores exigencias de transformación, respecto de la sexualidad infantil, en la medida en que ustedes recuerdan, los textos canónicos señalan, que en el caso de la mujer debe producirse un doble viraje, por un lado un viraje que concierne a la zona erógena rectora de la sexualidad infantil: del clítoris a la vagina con la justificación de la represión sobre el placer clitorideano, suponiendo que el placer vaginal debe sustituir en la normalidad el placer clitorideano infantil; y por otra parte, en la elección heterosexual se produce un viraje del objeto, en el cual se tiene que producir, ustedes recuerdan, una suerte de distanciamiento con relación al objeto primario, que en general es la madre, para producir esa suerte de desplazamiento libidinal hacia el hombre; más allá de todo lo que ustedes saben, en relación a la asignación que en la obra freudiana y posteriormente se hace, que atribuye a la mujer el carácter de castrado a priori, y todo esto por supuesto atravesado por un conjunto de discursos y determinaciones que nosotros podríamos decir que son sociohistoricas. Quizás uno diría: la teoría de la sexualidad femenina junto con la ausencia de una teoría de la constitución de la sexualidad masculina constituyen el síntoma más formidable en el pensamiento psicoanalítico de lo que podríamos designar la transformación de una teoría sexual infantil devenida teoría del psicoanálisis; esto es algo que plantea también Laplanche al señalar la necesidad del psicoanálisis contemporáneo de discernir los que son los modos fantasmáticos con los cuales los seres humanos intentan teorizar con relación a los

clásicos freudianos, desde “Tres ensayos

enigmas de la sexualidad de lo que es propiamente la teoría psicoanalítica. Y nosotros podríamos decir que en estos dos casos: la teoría de la constitución de la sexualidad femenina y la ausencia de una teoría de la constitución sexual masculina se encuentran de algún modo, y a mi modo de ver, el síntoma más formidable de una teoría sexual infantil devenida teoría psicoanalítica. Que los niños en la época de Freud hayan supuesto una teoría de la castración para explicar la diferencia de los sexos no justifica la erección del operador castración como concepto teórico fundamental sin que eso suponga un transporte que en muchos casos es abusivo y que marca, por supuesto, una alteración del campo semántico con relación al modo con el cual se acuña el concepto en el inicio y los modos que luego adopta en la evolución del pensamiento.

En ese sentido, Laplanche mismo señala, que la teoría psicoanalítica está impregnada de mitoteorías, es decir, la acumulación espuria de modos de representación, ya sean modos de representación fantasmáticos del sujeto en su análisis, erigido posteriormente en teoría oficial; o de saturación de representaciones sociales que definen modos de producción de subjetividad que luego se convierten en teoría oficial.

Entonces decía: pensar que el psicoanálisis está en algún sentido impregnado de mitoteorías es tratar de diferenciar aquello que constituye lo que podríamos designar su núcleo teórico de los modos con los cuales inevitablemente la subjetividad de una época se inscribe forzosamente en la teoría dando lugar a una suerte de elevación de un modo de producción histórica a teoría científica. En este sentido yo me animaría a decir, y lo voy a decir apodícticamente porque no nos da el tiempo para hacer todo el desarrollo de todos los debates que implican estos en la historia del psicoanálisis, que la teoría de la sexualidad femenina en Freud es el atravesamiento del psicoanálisis por el modo de subjetivación femenina de la época victoriana, cosa que ya los estudios feministas se han ocupado a lo largo del siglo de denunciar, estudios feministas que ustedes saben no han tenido una simpatía, por así llamarla, muy importante hacia el psicoanálisis, justamente por haber denunciado muy tempranamente, antes que el psicoanálisis mismo haya advertido, la incidencia de los discursos históricos en la concepción freudiana de la sexualidad femenina. Con lo cual, por supuesto, en gran medida, la modificación o la revisión de la teoría clásica relativa a la constitución de la femineidad se las debemos a la interpelación a la cual los estudios de género sometieron al psicoanálisis, en particular los

movimientos feministas; cosa que hoy de algún modo se replica no en el campo de la femineidad sino en el campo de las diversidades sexuales, donde son los grupos políticos ligados a las llamadas minorías sexuales o también los conocidos como discursos queer o teorías queer o teorías LGBT, aquellas que hoy nos demandan una revisión de ciertas concepciones que en numerosas ocasiones aun persisten en el psicoanálisis como es por ejemplo la que se mencionaba en la presentación de suponer que todo transexualismo es una psicosis. Eso, que es un formulado de carácter universal que constituye, por supuesto, una generalización abusiva, se lleva de los pelos con cualquier observación clínica de los sujetos trans, en los cuales de ninguna manera es admisible una generalización de ese carácter; sin embargo, el psicoanálisis, reproduce, y particularmente cierto psicoanálisis, sobre todo el psicoanálisis francés actual, una serte de bipartición simplista en la cual se ha decidido que el transexualismo es el equivalente a una psicosis y el travestismo a una perversión.

Esas formas son las que hoy resultan, no solamente discordante con la época, porque yo no estoy planteando una suerte de relativismo histórico en la cual tenemos que ajironar nuestra teoría para rebozarla en los modos actuales de subjetividad, digo que no se lleva bien con los hechos. Ni con los hechos de la realidad social ni tampoco de la clínica, porque quienes hemos tenido la ocasión de acompañar a los sujetos trans – travestis, transexuales o transgéneros – en el decurso de sus análisis jamás podríamos llegar a esa conclusión sin que esa conclusión sea no más que la reproducción ecolálica de un prejuicio devenido teoría. En este punto es donde yo decía que la intención que anima en gran medida este libro inaugural de Silvia Bleichmar y los desarrollos que yo, y otros por supuesto, han podido hacer a partir de allí, tiene que ver justamente con este intento de depuración de las mitoteorías que sería lo mismo que decir, de un modo que Laplanche señala de un modo simpático cuando se refiere a la teoría de la castración y dice que la teoría de la castración es la teoría de Freud y Hans, la cuestión es cuándo la teoría de la castración deja de ser simplemente un modo de teorización que Hans construye para explicarse las formas, a partir de los discursos dominantes de la época, de la bipartición de los sexos, para constituirse en teorías psicoanalítica a secas. Ese desmontaje, podríamos decir deconstructivo, entre mitoteorías y teoría psicoanalítica, es el espíritu que anima lo que yo estoy presentando y lo que está presente en la intención

inicial que Silvia plantea en su revisión relativa a la constitución de la sexualidad masculina.

Para poder introducir eso vamos, en todo caso de una manera apretada, a establecer quizá algún tipo de categorías que nos permitan partir de una suerte de sustrato común. La primera cuestión tiene que ver con el hecho de que si estamos hablando de identidad sexual sabes que la cuestión de la identidad no es un tema que haya vectorizado fundamentalmente al psicoanálisis, porque no concierne a la problemática del inconsciente. Con lo cual, las problemáticas relativas a la identidad han tenido fundamentalmente su auge a finales del siglo XIX y principios del siglo XX y han atravesado, sobre todo, el debate de las ciencias sociales, particularmente en la

antropología y a partir de allí han devenido inquietud para el psicoanálisis. Prácticamente la noción de identidad está ausente en la obra de Freud, como categoría conceptual, y en los primeros desarrollos freudianos también. ¿Por qué? Porque fundamentalmente la cuestión de la identidad concierne a una problemática que, podríamos decir, corresponde

a la tópica del yo y por tanto no se verificó central en los orígenes del psicoanálisis, sino en todo caso en momentos más tardíos, cuando ya establecida, por así decir, la teoría del inconsciente, comienzan a establecerse ampliaciones teóricas y en un momento como el presente la problemática de la identidad no solamente se constituye en una problemática actual sino además actualizada.

Hoy en la presentación también se mencionaba que cuestiones tan presentes y tan contemporáneas como son el matrimonio igualitario, como es la ley de identidad de género, como son las identidades sexuales, pero también como son el conjunto de los estudios conocidos como poscoloniales; es decir aquellos vuelven a poner el acento, más allá de los discursos hegemónicos colonialistas, sobre los particularismos y sobre las formas con las cuales se constituyen las identidades nacionales, ha vuelto, por así decir, a poner sobre el tapete, no solamente del psicoanálisis, sino del conjunto de las ciencias sociales, la problemática de la identidad.

Referidos a la cuestión de la identidad, y en particular a la cuestión de la identidad sexual, entonces, supone primeramente advertir que las problemáticas de la identidad conciernen

a la tópica del yo y por tanto al modo con el cual se organiza en términos identificatorios, y si bien es cierto que la identidad tiene, por así decir, como toda organización que

concierne al yo, un cierto carácter defensivo y por tanto se constituye en la polaridad a lo inconsciente, no deja de ser cierto también que la identidad concierne a los modos con los cuales el sujeto se representa a sí mismo. [corte en el audio]

Y por tanto los enunciados nucleares desde los cuales se puede designar a sí mismo como un existente colocado en el mundo. Con lo cual, decir que la identidad tiene un cierto carácter defensivo por contraposición a lo inconsciente no la hace, por tanto, menos verdadera, y por otro lado, menos necesaria, en virtud de que no hay posibilidad de que el sujeto se emplace con relación a sí mismo y con relación al mundo si no es en función de haber alcanzado un cierto posicionamiento identitario.

La cuestión de la constitución de la identidad sexual tampoco es algo que aparezca en una suerte de perspectiva genealógica suficientemente establecida en el pensamiento clásico psicoanalítico; en los desarrollos de Silvia Bleichmar, si uno pretendiera hacer una suerte de rastreo, las primeras conceptualizaciones relativas a la constitución de la identidad sexual pertenecen a un seminario que Silvia dictó en Buenos Aires en el año ’99 que se conoció como “La sexualidad infantil: de Hans a Jhon/Joan”. Si ustedes recuerdan, Jhon/Joan es un caso paradigmático justamente de reasignación de género, tuvo una enorme significatividad en su momento porque puso en discusión la pretensión de los discursos médicos hegemónicos de adecuar la identidad de género a la anatomía; es un caso muy conocido, que tuvo notoriedad sobre todo en Estados Unidos que es donde se produjo, porque se trató de un caso de un niño –por eso Jhon– que sufrió un cercenamiento genital al momento de realizarse su circuncisión, y en función del discurso médico hegemónico, lo que se propuso como alternativa para la constitución de este niño fue que se produjese una reasignación quirúrgica de sexo de modo tal de adecuar el genital a una identidad femenina que el niño no tenia pero que se suponía que iba a producir menos nivel de sufrimiento, lo que terminó por producir que el destino de este niño, que después se conoció como Joan a partir de esa reasignación fuera la psicosis y terminara en un suicidio luego del pasaje por la adolescencia. Ese episodio [inaudible] de la pretensión médica de adecuación morfológica de los cuerpos y de la anatomía para supuestamente desde allí comandar la forma de representación psíquica, es quizás la forma más brutal con la cual se ha producido el atravesamiento de ese discurso, que supone que el sexo, entendido como realidad biológica y anatómica de partida define los

modos representacionales. Es decir, el supuesto de que el sexo anatómico define todo el conjunto de la construcción identitaria, lo que hace, en este discurso, es plantear entonces que frente a las discordancias entre los sistemas representacionales, y por tanto la identidad construida por el sujeto, y la anatomía, se debe priorizar la anatomía y por tanto propiciar una reasignación o una readecuación de género a partir de la modificación de sexo. Cosa que, muy tempranamente, algunos psicoanalistas como fue el caso de Robert Stoller ya hubieran señalado la inapropiada concepción de partida de suponer que el sexo biológico define los modos de apropiación representacionales en términos de la identidad. Quiero decir que a esta altura, por supuesto, todos nosotros sabemos que de ninguna manera anatomía es destino, en el sentido con el cual aquella cita napoleónica fue planteada por Freud, sino que en todo caso la anatomía constituye el sustrato real sobre el cual se producen los modos de atribución de género, pero justamente, como los modos de atribución de género son representacionales y están en gran medida sostenidos en enunciados históricos, intentan recubrir la anatomía pero de ninguna manera alcanzan para no establecer modos de discordancia entre uno y otro. Esto hoy consideramos que es relativamente aceptado; no lo fue así ni en el psicoanálisis ni en el conjunto de conocimientos de las ciencias hasta hace muy pocas décadas.

En este seminario que yo les mencionaba, “La sexualidad infantil: de Hans a Jhon/Joan” es donde Silvia plantea por primera vez la necesidad en el psicoanálisis de establecer un distingo conceptual entre sexo, sexualidad, género e identidad sexual; categorías que durante mucho tiempo sufrieron de una suerte de plegamiento y de superposición que impidió poder advertir la complejidad de factores que se articulan para dar por resultado el posicionamiento del sujeto en términos de su sexuación. Posteriormente a esto hay un texto que es, por así decir, el precursor del libro “Paradojas de la sexualidad masculina” que es un texto que Silvia escribe en el año ’99 también y que se publica en la revista Escuela de Psicoterapia para Graduados, en un número dedicado justamente a masculino y femenino, donde ella introduce por primera vez sus tesis respecto a las particularidades de la constitución sexual masculina, con posterioridad a esto van a venir otra serie de artículos hasta que en el 2006 se publica “Paradojas…” que sería el último libro, podríamos decir, completamente escrito por Silvia. Los libros que conocemos a posteriori en términos de texto psicoanalíticos son en efecto la publicación de sus seminarios, de los

cuales sigue en marcha la publicación de los que aun no están editados, entre ellos el de

la sexualidad infantil.

Yo decía entonces que la primera diferencia que Silvia se propone plantear en estas aproximaciones es la necesidad de distinguir ciertas categorías que, justamente, por su

empleo en campos disciplinares diversos a los del psicoanálisis pueden generar una serie de extravíos cuando se producen transferencias o traspolaciones de esos conceptos al campo específico del psicoanálisis. Una de estas categorías problemáticas justamente es

la categoría de género; la categoría de género al interior del psicoanálisis no ha producido

pocas resistencias, en general muchas de esas resistencias son razonables y otras son excesivas. Por supuesto que la categoría de género no es una categoría cuya pertenencia inicial corresponda al campo del psicoanálisis, proviene primeramente de la lingüística y específicamente de la gramática, la teoría de los géneros lingüísticos, y posteriormente se

traspola al campo de las ciencias sociales, particularmente de la sociología y de allí arriba

a los llamados estudios de género, que inicialmente son estudios feministas, donde la categoría de género ha sido muy bien recepcionada, sobre todo porque esa categoría permitía inicialmente descapturar las concepciones acerca de la femineidad de esa supuesta base biológica anatómica sobre la cual se conformaba supuestamente la femineidad. Ustedes acá en este punto recordaran aquel manifiesto tan conocido de

Simone de Beauvoir de “la mujer no nace, la mujer se hace”; casi como una suerte de afirmación inicial que abre justamente la consideración de que la categoría de género a diferencia de sexo, entendiendo por sexo el sustrato biológico sobre el cual se establece en nuestra especie la bipartición anatómica en términos de la diferencia genital, el género,

a diferencia de esto, decía, tiene que ver con los modos atributivos con los cuales en

determinado momento históricos y en un determinado contexto temporal y social en los discursos colectivos definen los atributos que diferencialmente se instituyen, y por tanto se

prescriben o se proscriben, para lo masculino y femenino. Ese modo de considerar el género ha sido, en algún momento, introducido al psicoanálisis planteando justamente que en última instancia lo que importa en términos de la constitución sexual es la identidad de género; este punto es quizás el que produjo inicialmente mayor nivel de resistencia, y donde uno advierte que efectivamente han existido críticas muy válidas a una suerte de incorporación acrítica de la categoría de género al psicoanálisis; sobre todo porque subsumir la totalidad de los sexual a la dimensión de género, es decir, a los modos de

producción histórica de las subjetividades sexuadas en términos de femineidad o masculinidad puede propiciar directamente la liquidación de la sexualidad entendida en términos psicoanalíticos como sexualidad pulsional no articulada ni por la diferencia de los sexos ni subsumida a los modos por los cuales la sociedad regla la bipartición entre lo masculino y femenino. Esta, si ustedes quieren, es la crítica más consistente a la incorporación a la categoría de género, lo cual no implica que no pueda ser incluida sino que tiene que ser correctamente articulada, porque si entonces la sexualidad es exclusivamente el modo cultural con el cual un sujeto se posiciona con relación a los discursos dominantes en la bipartición masculino y femenino, eso implica entonces que la sexualidad queda exclusivamente del lado de los modos atributivos con los cuales el yo se ubica en relación al discurso histórico, pero anula absolutamente la dimensión de la sexualidad que, si ustedes quieren, podemos designar como inconsciente en tanto sexualidad pulsional cuyo origen proviene de la implantación sexual del otro en los primeros tiempos de la vida y que es anterior al reconocimiento de cualquier tipo de diversidad de género y de diferencia sexual anatómica. La necesidad de recuperar la noción de sexualidad esta justamente en conservar un pilar fundamental del descubrimiento freudiano que es la noción de sexualidad ampliada. Pensar que toda la sexualidad se instituye a partir de la inscripción en el yo del imaginario dominante es anular completamente la dimensión, podríamos decir, de la sexualidad que no solamente es pregenital, sino que además sigue siendo paragenital a lo largo de toda la vida; y que por lo tanto remite a los modos iniciales de la inscripción de la erogeneidad a partir, como yo decía, y siguiendo en esto las concepciones que primeramente ha planteado Laplanche y posteriormente ha ampliado y reconsiderado Silvia, con respecto a la pulsación primaria que el adulto ejerce en los primeros tiempos de la vida a partir de las cuales se funda la sexualidad pulsional de manera exógena en virtud de que el adulto inscribe desde la propia sexualidad montos de excitación erógena en el niño que a su vez aparece o deberían aparecer coligados por la propia acción narcisizante del adulto. Con lo cual, esta primera cuestión exige justamente advertir que si estamos hablando de identidad sexual, la identidad sexual no subsume, agota ni reduce a la sexualidad en sentido ampliado; por supuesto que aquí estamos tomando la noción clásica de sexualidad en sentido ampliado planteada por Freud en términos de un plus de placer no reductible a la autoconservación biológica.

Frente a esta concepción de la sexualidad en términos ampliados, que es por una parte sexualidad autoerótica implantada por el otro en los primeros tiempos de la vida, y por tanto organizada erógena y fantasmaticamente, como yo decía, anterior a cualquier tipo de discernimiento relativos a la diversidad de géneros o a la diferencia sexual anatómica; con esto quiero decir que la sexualidad pulsional, los modos erógenos primarios, las formas de goce autoeróticos coexisten en los primeros tiempos de la vida con los discursos genéricos sin contradecirlos; y uno diría, a lo largo de toda la vida se conserva nuestro estatuto y no se reducen a los modos dominantes con los cuales el yo se localiza en términos de las formas de cualificación de sus deseos. Esa sexualidad inicial autoerótica entonces no se subsume a la categoría género, el género de ninguna manera la incluye; por eso, pensar que toda la identidad sexual es una problemática simplemente sociohistórica o genérica implica la anulación de esa dimensión fundamental freudiana de la sexualidad que podríamos decir que remite a su carácter pulsional.

Por otra parte, esa sexualidad en términos ampliados es por supuesto sexualidad autoerótica inscripta a partir de la pulsación primaria ejercida por el otro y a su vez, en un segundo tiempo, es una sexualidad que adquiere dominancia genital a partir de las transformaciones puberales; en la concepción en la cual nosotros afirmamos esta perspectiva relativa a la sexualidad, no existe entre la sexualidad inicial autoerótica infantil y la sexualidad puberal a dominancia genital y de objeto continuidad, linealidad, sino que corresponden, como el mismo Laplanche ha señalado, dos sexualidades diferentes y no una misma sexualidad en dos tiempos evolutivos; esto también implica otro modo de concepción que se aleja quizás de aquel modo más clásico en el cual aparecía leída en Freud de que la sexualidad, ustedes recuerdan, se caracterizaba por una acometida en dos tiempos, en dos oleadas, una infantil, otra genital, interrumpida por el período de latencia, como si fuera una misma sexualidad que en un determinado momento arriba a otra suerte de estadio evolutivo; pensado metapsicológicamente la sexualidad puberal no es la continuación de la sexualidad infantil, muy por el contrario, entra en conflicto con los modos erógenos primarios, y como dice el mismo Laplanche de un modo que a mí me resulta siempre muy evocativo en términos figurales: cuando la sexualidad puberal hace su aparición el terreno está totalmente ocupado por la sexualidad infantil y no se acopla de manera armónica; todos conocemos justamente que gran parte de los trabajos psíquicos propios de la adolescencia consisten en hacer sitio a los modos genitales de goce que la

pubertad habilita en un territorio que ya está erógena, fantasmática y pulsionalmente totalmente ocupado por una sexualidad anterior. Con lo cual digo: ésta noción de sexualidad ampliada, tanto en sus orígenes autoeróticos cuanto en sus modos más tardíos de organización genital de ninguna manera se subsume ni a la categoría sexo, porque todos sabemos que la anotomía en ese punto no define en absoluto los modos de goce y por otro lado también sabemos que la portación de un genital no es garantía para nada de poder hacer uso del genital en términos de un atributo capaz de generar goce o de producirlo en otro, no voy a ser más explicito en esto porque todo entendemos la elipsis, no quiero caer en vulgarizaciones, pero todos sabemos perfectamente, y mucho más si ustedes quieren en el campo de la sexualidad masculina que la presencia del genital en términos de sexo no es en absoluto garantía de que el sujeto pueda apropiarse del genital en términos de un atributo investido de potencia fálica – por si hace falta, no voy a decir más que eso, por ahora. No voy a ser más explicito, porque ser más explicito es convocar también otra clase de fantasmas (risas). De los cuales vamos a hablar inmediatamente cuando señale algunas cuestiones sobre la constitución sexual masculina.

Entonces digo, por una parte, distinguir por supuesto sexo de sexualidad, cuestión primera que estamos señalando; por supuesto que muchos de los discursos sociales lo que hacen es subsumir la sexualidad al sexo como si fuera una suerte de epifenómeno que surge necesariamente, y sabemos que, todavía hoy, más de cien años después del descubrimiento freudiano todavía ciertas representaciones y discursos supone que la presencia de la anatomía es decisiva a la constitución de la sexualidad y hasta incluso que la anatomía define las formas de elección de objeto, lo cual todavía es peor. Entonces, diferencia entre sexualidad y sexo; diferencia por supuesto entre sexo, sexualidad y género, tercera categoría que forma parte de esta especie de mosaico en el cual tenemos que pensar los modos de organización y de constitución de la identidad sexual, entendiendo por género aquel conjunto de representaciones que socialmente intentan pautar la diferencia de los sexos sin, por supuesto, terminar de agotarla. Por supuesto que los discursos de género son modos de construcción histórica, con lo cual comportan categorías ideológicas que no pueden ser consideradas inmutables, porque en la medida en que son constructos históricos, están sometidos a los mismos vaivenes y modificaciones que la subjetividad que se produce históricamente. Quiero decir con esto que sí la categoría género remite a aquel conjunto de representaciones, podríamos decir

ideales, formas normativas, prescripciones, proscripciones, roles, que en un determinado momento histórico pautan la diferencia entre femenino y masculino de ninguna manera eso puede constituir una suerte de representación esencialista e inmutable, sino muy por el contrario, las mismas transformaciones históricas nos muestran todo el tiempo las modificaciones que se producen en los atributos genéricos que en determinado momento definen la pertenencia o no a un determinado subconjunto, podríamos decir, de la bipartición sexual. Quiero decir con esto que podemos advertir, muy rápidamente, una observación que ni siquiera exige demasiada sagacidad, que los atributos que diferencialmente se asignan a lo femenino y a lo masculino son arbitrarios. Cuando decimos que son arbitrarios decimos que son construidos históricamente, que no existe nada esencial ni en varones ni en mujeres para que se les suponga determinada particularidad, como por ejemplo la pasividad femenina, la actividad masculina, el carácter proveedor de los varones, la virilidad de la potencia y la receptividad de las mujeres. Esos son modos dominantes de los discursos históricos que por supuesto producen efectos performativos, no estoy diciendo que no produzcan efectos, sino que lo que estoy señalando es que en la medida en que son construcciones históricas son arbitrarias; que sean arbitrarias no quiere decir que puedan modificarse siguiendo exclusivamente la elección individual del sujeto sino que son arbitrarias en términos de cultura, que sujetos en realidad reproducen necesariamente porque no siempre pueden plantearse grandes modificaciones dentro de esas categorías. Pasa lo mismo con el género lingüístico, en el sentido en que constituyen estructuras previas, en ese sentido uno podría decir que el sujeto, incluso en los términos que en algún momento planteaba Althusser, nace en condiciones sociales que le anteceden y se le imponen; con lo cual las categorías de género en gran medida son anteriores al sujeto y participan de los procesos que podríamos llamar de producción de subjetividad, y que por tanto se replican. Sin embargo, tiempo a tiempo, las atribuciones de género cambian, como podemos advertir en los modos, por ejemplo, de producción de subjetividad contemporáneas que producen por supuesto cierto desconcierto porque las narrativas tradicionales, sobre todo las narrativas asociadas a la modernidad, habían establecido, por así decirlo, una suerte de criterios muy fijos para el establecimiento de la diferencia entre masculino y femenino, y hoy advertimos que muchos de esos atributos circulan sin que conserven esa suerte de fijeza y de pregnancia que tuvieron en el origen y por eso, bajo formas inapropiadas, se habla de

feminización de los varones o de masculinización de las mujeres, cuando en verdad no son modos de pasajes en términos identitarios de unos a otros sino una variación en los modos genéricos de dominancia cultural.

Entonces decía sí la categoría género es una categoría ideológica, que no recubre de ninguna manera totalmente a la sexualidad ni tampoco a los modos de ejercicio de la genitalidad lo que interesa psicoanalíticamente es pensar, en todo caso, cuál es la tópica y cuál es el destino que las inscripciones de género tienen en la estructuración subjetiva; y yo diría fundamentalmente, que las representaciones y discursos de género pertenecen indudablemente, y se inscriben, en la tópica del yo bajo dos formas: inicialmente en términos de identificaciones y por tanto pasan a formar parte de la argamasa representacional con la cual un sujeto se posiciona con relación a esa bipartición cultural, con esto quiero decir que la diversidad de géneros es parte de un atributo fundamental de la constitución misma de la representación del yo; en nuestra especie y en nuestra cultura, al menos como la conocemos hasta el presente, ser un niño es ser varón o mujer y esto forma parte de, uno diría, aspectos nucleares de la representación identitaria del yo aun cuando los atributos que se le asignan diferencialmente a niños y niñas puedan variar históricamente.

En ese sentido uno también entiende que cuando la identidad en términos de género se constituye y se cristaliza en términos identificatorios no se puede desmantelar, salvo el traumatismo grave en un proceso de desmantelación psíquica severa y por tanto, el hecho de que constituya el enunciado fundamental de la organización misma del sujeto hacen que no tengan que ser interpelados, por lo cual no constituyen, por así decir, objetos de un análisis, salvo cuando han devenido causas de sufrimiento; y a su vez permite advertir también porque los sujetos trans, travestis o transexuales exigen en gran medida, correctamente, en toda medida correctamente, pero quiero decir en términos políticos, el reconocimiento de la primacía de la identificación por sobre el sexo anatómico. Porque en la medida en que la identidad se constituye por identificación y la identificación, aun cuando pueda estar apuntalada en atributos sexuales, es siempre simbólica y por tanto es discontinua respecto de la anatomía, aun en sus contigüidades, esto hace por tanto que hay primacía de la representación por sobre el sustrato anatómico. Esto es lo que sucede cuando uno se encuentra, por ejemplo, con personas trans que reclaman justamente ser

reconocidas no en función del sexo anatómico sino en función del modo atributivo con el cual a sí mismo se identifican; es decir, el modo con el cual se ha constituido nuclearmente la argamasa identificatoria del yo. En ese punto es donde yo decía que pensar la incidencia de las representaciones de género implica advertir que esos discursos, de los cuales por supuesto como bien decía Piera Aulagnier, el adulto es en los primeros tiempos de la vida el portavoz, van a conformar parte del núcleo fundamental de la identidad y como toda identidad, la identidad no es un a priori sino que es el efecto de una construcción de la cual nosotros sabemos que su mecanismo instituyente es la identificación. La identificación entendida como un proceso instaurador, y por tanto, estructurante fundamental de la subjetividad, y advirtiendo además, y esto es simplemente un comentario, que la materialidad de la identificación es siempre lenguajera y por tanto tiene carácter discursivo y no se reduce exclusivamente al campo de la imagen. Es decir que la identificación no es un mecanismo que opera a dominancia visual y que por tanto se sostiene exclusivamente en el campo especular de la mirada y de la imago, sino que se sostiene en términos simbólicos en la incorporación de enunciados que tienen estructura lenguajera; es decir, no alcanza para que un niño se identifique con el adulto sea quien es sino que además que haga una oferta en términos de enunciados respecto de quien es el niño y cuáles son los atributos que le asigna. En ese sentido, por supuesto, la identidad y en particular la identidad de género, proviene inicialmente de una asignación que el adulto hace y que se inscribe, metabólicamente, en el psiquismo infantil.

Estas cuestiones a los fines de poder señalar la pertinencia de revisar, en todo caso, el carácter, uno diría multifactorial de las problemáticas que conciernen a la llamada identidad sexual. Y un comentario más en relación a esto, los discursos y los enunciados de género no solamente forman parte de aspectos primarios del yo, también van a constituir, en gran medida, la materialidad de atributos secundarios; aquellos que conciernen a las llamadas identificaciones secundarias, que enriquecen la argamasa representacional del yo o bien de los ideales. Es decir que también las representaciones de género moldean los ideales y entran en mayor o menor conflicto y discordancia con los modos con los cuales la identidad en términos de representación yoica se ha constituido. En ese sentido, si tuviéramos que decir, como muy rápidamente, porque esto excede una exposición muy detallada, al menos en esta instancia, cómo piensa Silvia y cómo se puede pensar a partir de allí los tiempos de la constitución de la identidad sexual,

podríamos decir que hay un primer tiempo en el cual lo que se inscribe no es la identidad sino la sexualidad en el sentido ampliado y esto define ya, muy inicialmente, formas de goce, modos erógenos, estructuras fantasmáticas, que son anteriores a cualquier tipo de organización yoica. En ese punto, esa sexualidad de la cual hablábamos antes en términos de autoerógena, pulsional, parcial si ustedes quieren en el sentido clásico que Freud acuña en “Tres ensayos” es anterior a la identidad sexual y no se subsume ni se reduce a los modos por los cuales el yo posteriormente intenta organizar destinos más o menos defensivos por exclusión respecto de esos modos erógenos primarios. El primer tiempo, podríamos decir, de instauración de la identidad concierne al núcleo del yo, al sostener que ese núcleo tiene por relación a las identificaciones primarias de las cuales, como yo decía, los enunciados de género forman parte de los atributos que el adulto ofrece en el momento en el cual se apropia ontológicamente del niño y de algún modo es inevitable que en su práctica humanizante, a partir del real somático establezca diferencias o diversidades de género; el hecho de la identificación es en este punto un hecho simbólico, por supuesto y coexiste con la sexualidad en términos de sexualidad ampliada sin inicialmente contraponerse a ella, tal como advertimos en las formas del llamado polimorfismo perverso infantil.

Posteriormente, a esa primera organización en términos de género o de identidad de género va a articularse el reconocimiento de la diferencia anatómica de los sexos, aquella que Freud describe como punto crucial del atravesamiento edípico; con esto quiero decir que la identidad en términos de género es anterior a la diferencia anatómica entre los sexos, y en todo caso el reconocimiento de la diferencia anatómica de los sexos, resignifíca y se reensambla con la diferencia de género entrando en mayor o menor nivel de contradicción o conflicto, con lo cual ya la llamada fase fálica, aquella en la cual se produce, siguiendo clásicamente en la concepción de Freud, el reconocimiento de la diferencia anatómica de los sexos implica una anticipación representacional de la posterior sexualidad genital, y permite ya, inicialmente, un cierto posicionamiento del sujeto con relación a la sexuación. A esto, yo decía, posteriormente se agregaran identificaciones secundarias que ya no tienen tanto que ver con ser un hombre o ser una mujer sino más bien con qué clase de hombre ser o qué clase de mujer ser, o con lo que significa ser todo un hombre o toda una mujer, y a partir de allí entonces, se constituye inicialmente los modos de la identidad sexual infantil que, como yo decía, terminarán de reensamblarse a

partir de los modos de recomposición y resignificación que siguen a la pubertad, en la cual el acceso a la posibilidad del goce genital inaugura una nueva problemática crucial que, uno diría, pone en gran medida en jaque, y en juego, a la sexualidad infantil ya constituida. Esto, podríamos decir, concierne como una suerte de síntesis muy apretada en relación a un discernimiento de las categorías en juego cuando uno se aproxima al campo de la sexualidad y de lo que concierne quizás a aquello que como psicoanalistas nos interesa más preservar, que tiene que ver justamente con el estatuto de la sexualidad pulsional y los modos por los cuales se organiza a futuro una vez que la tópica se establece y se van dando los procesos de organización y clivaje del aparato anímico en instancias que se caracterizan por la exclusión pero respecto de las cuales también se producen formas de apropiación que van definiendo los destinos que la sexualidad tiene a lo largo de la trayectoria vital de un sujeto.

Señalo una cosa más antes de pasar a la cuestión de la masculinidad y que tiene que ver con que, en este deslinde que estoy tratando de hacer, de alguna manera retomo una diferenciación que también ha propuesto Silvia y que a mí me parece que es muy importante, sobre todo si pretendemos preservar el psicoanálisis y conservar justamente la fecundidad de sus paradigmas, que es la distinción entre producción de subjetividad y constitución psíquica; esto es algo que yo no voy a desarrollar, simplemente lo señalo, porque en este deslinde que yo trato de hacer entre representaciones de género, sexualidad, discurso social y modos de inscripción psíquica estoy, en última instancia, tomando como referencia este distingo, que yo creo que es fundamental porque justamente intenta resolver la impas que yo mencionaba al principio, que es la traslación de los modos históricos de subjetivación a teoría psicoanalítica. Esta diferencia que Silvia plantea entre producción de subjetividad y constitución del psiquismo, de la cual hay muchos textos en los cuales ella hace referencia, en el libro “El desmantelamiento de la subjetividad. El estallido del yo.”, que editó Topía, hay un artículo que justamente se llama “Producción de subjetividad y constitución del psiquismo”, que es una suerte de síntesis de esto que les digo, en el caso de que a alguien le interese rastrearlo; Silvia justamente señala la necesidad de distinguir, por una parte la constitución del psiquismo: cuando hablamos de constitución del psiquismo nos referimos a cuales serían aquellos universales, o si ustedes quieren, invariante, que dentro de la teoría psicoanalítica de la producción del sujeto nos permiten pensar el modo de estructuración psíquica, más allá de

las variaciones históricas a las cuales puede estar sometido un individuo, es decir, hacen al núcleo metapsicológico de la teoría, ese que uno supone como no sometido a variación histórica. ¿Por qué es importante definir qué categorías pertenecen a la constitución del psiquismo y cuáles a la producción de subjetividad? Porque las que pertenecen al campo de la constitución del psiquismo son aquellas que efectivamente le conciernen al psicoanálisis en términos disciplinares, son aquellas sobre las cuales el psicoanálisis puede establecer niveles de pertinencia, por ejemplo: fundación de lo inconsciente, constitución del yo, complejo de Edipo, represión originaria, no son categorías que varían históricamente, pueden variar los modos por los cuales se producen pero, uno diría, remiten a los procesos que uno podría designar en algún sentido invariantes o universales, que definen la constitución del sujeto tal como el psicoanálisis lo concibe. Entender metapsicológicamente estás categorías es clave para no derivar en lo que podríamos designar una suerte de psicoanálisis culturalista, en el sentido, no del culturalismo de Karen Horney y otros autores que han sido muy importantes en el psicoanálisis inicial, sino más bien en la idea de una relativización histórica de los conceptos psicoanalíticos, como por ejemplo cuando se dice ahora que no hay más complejo de Edipo; porque como han variado las formas de organización familiar, como ya hay diversidad de escenarios ligados a las neoparentalidades, si ustedes han leído, hay hasta incluso un diagnóstico mismo del psicoanálisis que señala que esto implica la caída del Padre, entre otras cosas tremendas que parecen que acontecen en la civilización contemporánea, que son equivalentes también a la disolución del Edipo. Eso es el efecto de una comprensión histórica del Edipo, es decir, de un modo de organización de las relaciones familiares; el Edipo en términos de un momento de estructuración de la sexualidad infantil a partir de la pautación del adulto es, en gran medida, universal, y tiene que ver justamente con la asimetría existente entre adulto y niño; con lo cual, en todo caso, sería un serio problema que en la dualidad se encamine hacia una sexualidad en la cual no exista ningún tipo de pautación ni inscripción alguna de la prohibición del incesto. Otra cosa, que sí es cierta, es que los modos con los cuales se ha presentado, por así decir, el horizonte social, el llamado Edipo, pueden, efectivamente, estar sometidos a transformaciones, que es de otro orden; pero eso no implica la caída de la categoría del complejo de Edipo que además ustedes saben que para nosotros es una de las categorías fundamentales del psicoanálisis. Entender que el complejo de Edipo deja de ser una categoría freudiana importante en virtud de las

transformaciones históricas es confundir Edipo y organización familiar, y el Edipo no es la organización familiar; por supuesto que gran parte de ese distingo se lo debemos en gran medida a Lacan, en la medida en que en su intento de formalización de las funciones que al interior del Edipo pautan la interceptación del goce del adulto con relación al niño, ya establece una estructura en la cual, ustedes recuerdan, se plantea la idea de la función materna, la función paterna, etc. Sin embargo, a mi modo de ver, y esto lo he escrito en numerosas oportunidades, ya la concepción que reparte en términos funcionales operaciones específicas entendiendo la función materna como una operación de captura del niño en la trama deseante del otro y la operación paterna o función paterna como una operación de corte que establece la ruptura de esa suerte de captura fálica inicial en la circulación del niño al interior de otros intercambios libidinales me parece a mí que es insuficiente, primeramente porque produce un abrochamiento formidable con las formas de organización genérica de la familia de la primera mitad del siglo veinte; porque, aunque nosotros sigamos diciendo que la función paterna no necesariamente la ejerce un varón, lo que termina sucediendo es que se produce un deslizamiento permanente por el cual, en las formas de comprensión concreta de la casuística, si no aparece el padre, si no aparece un varón o un sustituto, se advierte o se supone directamente la ausencia de esa función; por ejemplo, en los debates contemporáneos relativos a las llamadas neoparentalidades, los propios psicoanalistas, algunos de ellos, no todos, por suerte, han señalado, por ejemplo, que una pareja de lesbianas que cría niños produciría perturbaciones severas en sus hijos o hijas por la ausencia de la circulación de una función paterna que garantice la inscripción de significantes fálicos. Ustedes se dan cuenta qué, si Lacan se levanta de la tumba y escucha eso, se muere; yo no estoy asignándole esto a Lacan, lo estoy asignando a los modos de apropiación, por los cuales estos enunciados, en su mera repetición, terminan arrastrando lo peor de la época; y en este punto digo, y esto es parte, yo siempre digo, de una perspectiva epistemológica más basta: cuando uno introduce un concepto y a su vez tiene que explicar el sentido de los términos para contraponerse a las formas tradicionales de representación, algo ha fracasado a nivel de la racionalidad científica; qué quiero decir con esto: que si yo, cuando digo función paterna tengo que andar aclarando que paterna no tiene que ver con padre real, algo chilla en la construcción del concepto, porque el concepto entonces no adquirió el suficiente poder explicativo para no tener que forzar una aclaración respecto del empleo del término, en ese punto es

donde yo señalo que las categorías como función materna y función paterna han sido muy útiles en un momento histórico del psicoanálisis y de la cultura, porque han descapturado la operación humanizante, instauradora de la subjetividad y pautadora de las formas de apropiación del niño como lugar del goce del adulto, y las han descapturado de las personas reales que las ejercen, pero a esta altura son insuficiente; y son insuficiente justamente, y aquí se en todo caso su carácter sintomático, cuando se pretende trasladar a las nuevas formas de organización familiar no pudiendo advertir esa operatoria más allá de las posiciones deseante, la identidad sexual o los modos de organización de la genitalidad de los adultos que las ejercen con independencia de si son hetero, homo, trans, o lo que la variación y variabilidad de la sexualidad humana nos permite ser.

En ese sentido decía que, la necesidad de distinguir entre constitución de psiquismo y producción de subjetividad va en esta línea; yo definía entonces la constitución del psiquismo en términos de esta suerte de universales, podríamos decir del psicoanálisis, que explican los modos de estructuración y construcción del sujeto psíquico, y los procesos de construcción de subjetividad que remiten más bien a los modos históricos de construcción del sujeto en tanto sujeto social; es decir, aquellas formas, sobre todo, con las cuales, por ejemplo, en las conceptualizaciones de Castoriadis se ha señalado que cada época y cada imaginario delinea y construye un tipo de sujeto que es concordante con los modos dominantes de representación social; ese campo que es el campo de la producción de subjetividad, uno podría decir, de las formas instituyentes e instituidas de los imaginarios que indudablemente moldean al sujeto, ya no en tanto sujeto psíquico sino en tanto sujeto social, y por tanto miembro de un colectivo, son móviles, y por tanto, variables, y no pertenecen inicialmente al objeto que los psicoanalistas debemos interrogar, en todo caso, de ahí surgen interrogantes para el psicoanálisis, en la articulación compleja entre constitución del psiquismo y producción de subjetividad.

Dicho esto, que es como una suerte de balizamiento esquemático del campo, menciono algunas de las tesis que en particular con relación a la sexualidad masculina ha planteado Silvia, y que en algún sentido, yo les decía también, he continuado trabajando yo, y que refieren a la necesidad de poder establecer un estatuto especifico de la construcción de la sexualidad masculina. ¿Por qué? porque como yo les decía al inicio, la sexualidad masculina en psicoanálisis, pero esto no es solamente, uno podría decir, un síntoma que

nos concierne solamente a nosotros, sino también en otras disciplinas como la antropología, ha padecido, por así decir, del carácter de lo dado por sentado; es decir, esto que yo señalo al principio, que en última instancia no es más que la reproducción al interior del psicoanálisis mismo de los mandatos androcéntricos, falocéntricos y patriarcales, que colocan al masculino como sexo de partida. Es más, cuando uno lee Freud, lo lee a la distancia, y puede entender la incidencia de los discursos históricos afirmaciones del tipo de “al principio la niña se comporta en todo como un varoncito” nos resultan ya simpáticas, no nos producen hoy la irritación de las feministas de la primera mitad del siglo veinte que leían con pavor y horror justificado esos enunciados. Hoy nos resultan simpático, porque entendemos que ese enunciado no es un en enunciado de la constitución del psiquismo, es un enunciado de la producción de subjetividad, que podríamos decir, termina como inscripto en la teoría simplemente porque es inevitable que en algún momento los modos históricos de subjetivación se cuelen, por así decir, en los modos canónicos por los cuales teorizamos. Afirmaciones como esa, afirmaciones por ejemplo del estilo de “el clítoris en todo un pequeño pene”, nos resultan hoy curiosas, llamativas, o por ejemplo, si tenemos como parámetro fundamental la construcción freudiana de la sexualidad infantil el caso de Hans, es muy curioso que Freud dice respecto de Hans que el amor que el siente por su papá lo hace comportarse como todo un homosexual; es fabuloso, es fabulosa esa afirmación, porque al interior del atravesamiento edípico de Hans, pensar que los modos eróticos con los cuales se enlaza inicialmente al padre devienen homosexuales es confundir los modos eróticos primarios con la elección de objeto; una cosa extraordinaria porque a nosotros no se nos ocurriría decir que el amor que siente un niño hacia su padre es homosexual, o lo diríamos en un sentido descriptivo nunca metapsicológicos, no haríamos derivar de allí la elección de objeto, supongo [risas] Esperemos que no hagamos derivar de eso la concepción acerca de la orientación del deseo; con lo cual digo, todo eso resulta, yo decía, en gran medida entendible y por eso uno tiene como una cierta comprensión también de las limitaciones de Freud cuando advierte que esta cuestión relativa a considerar a la sexualidad masculina como algo dado como el sexo de partida del cual se desprenden todas las diferencias no es más que la dominancia del discurso patriarcal moderno en todas las disciplinas. Hay un estudio antropológico muy importante de David Gillmore, que es muy conocido, que se llama “Hacerse un hombre” donde justamente el se ocupa, como

antropólogo que es, de demostrar, que de ninguna manera la concepción moderna acerca de la masculinidad es algo q se haya presentado de manera uniforme en todas las épocas histórica y en todas las sociedades; muy por el contrario, mayormente en las sociedades, no en la moderna ni en la occidental, sino en las llamadas sociedades primitivas aquellas que incluso tienen mucha familiaridad con el tipo de analítica que realiza Levi-Strauss respecto de las estructuras del parentesco; lo que advierte Guillmore es que en las culturas primitivas de ninguna manera, las llamadas primitivas, por supuesto, o periféricas, de ninguna manera la masculinidad es un dado a priori sino que la masculinidad se entiende como una conquista psíquica a la cual el sujeto arriba o no arriba y que justamente, en la medida en que es algo que no viene dado esencialmente sino que es algo a lo cual el sujeto accede, el acceso a la masculinidad está mediatizado por una serie de ritos sociales de virilización, no sólo ritos de iniciación sexual sino de ritos de virilización que hacen devenir a un infantil sujeto en varón; muy por el contrario, esas sociedades si consideran que la femineidad es primaria. Es decir que hay un estado inicial que comparten tanto niñas como niños y que tienen que ver con su pasividad con relación al adulto, generalmente la mujer, con lo cual hay una suerte de primer estadio femenino tanto para niñas cuanto para niños, que se conecta también con algo que Stoller ha mencionado como protofemineidad; no para referirse que los varoncitos sean tratado como niñas sino que ocupan una posición pasiva en relación al adulto, tanto a las niñas como a los niños, y que eso puede a posteriori ser significado en términos femeninos.

Esos estudios antropológicos entonces señalan que la masculinidad es un constructo, cosa que en Freud no aparece de ningún modo, vieron que yo repasaba al principio muy someramente como en Freud la masculinidad no es un constructo, no es el efecto de una evolución, lo que es un constructo es la femineidad; pobre las mujeres que tienen que atravesar por tantos avatares, por tantas frustraciones, es más, hasta recuerden la idea de Freud de que el complejo de Edipo no se va al fundamento en la mujer de un modo tan enérgico como en el hombre porque no hay angustia de castración; a esta altura, ya todo eso, yo lo relato y hasta a mi me produce como un cierto pudor por el carácter histórico de ese enunciado y por eso también las mujeres son menos éticas, recuerdan esa observación; cosa que se contradice con cualquier observación de la vida, sin embargo en la concepción freudiana no puede sino imponerse ese corolario. En la medida en que en la niña no existe angustia de castración y entonces el sepultamiento de sus deseos

incestuosos se producen por una serie de desilusiones sucesivas, recuerdan, mediación de la ecuación simbólica de por medio: quiere un pene, no se lo dan; se lo pide a la madre,

la madre no lo tiene, no se lo puede dar; se lo pide al padre, el padre no se lo da, si no

puede un pene al menos un hijo, no puede un hijo el padre, y bueno, que sea un hijo de cualquiera. Vaya a conseguirse un tipo afuera. Cosa que lleva incluso a decir que desde este lugar la mujer recuperara en el hijo el narcisismo perdido en la infancia y será el

resarcimiento tardío del falo que nunca tuvo, cosas que realmente, vuelvo a decir, nos resultan a esta altura, nos producen risas, el problema es cuando se repiten teóricamente

o cuando se terminan trasladando al campo de las concepciones clínicas o de las

intervenciones concretas que las y los psicoanalistas realizan, y eso nos constituye en

muchos casos en, digamos, nos coloca en posiciones de un patetismo realmente inaceptable, o cuando algunos enunciados del psicoanálisis terminan convalidando las formas más reaccionarias de representación social, lo cual es todavía más grave porque el psicoanálisis termina usándose como coartada para la policía sexual, cuando los discursos religiosos empiezan a decaer. Decaen los discursos religiosos y en algunas ocasiones es

el discurso psicoanalítico el que viene a mostrar todas las perturbaciones que se producen

en los sujetos cuando la sexualidad no se organiza adecuadamente, es un abrochamiento formidable del psicoanálisis y un retroceso ideológico del carácter profundamente

innovador de las concepciones de Freud. Cuando uno lee Freud y puede despejar, vuelvo a decir, las determinaciones de la producción de subjetividad se encuentra con un autor de avanzada para la época, lamentablemente esa avanzada no se replicó después en la historia del psicoanálisis en sus aspectos más fecundos. Respecto entonces, yo decía, de

la masculinidad, la idea de que en otras sociedades la masculinidad de ninguna manera es

un atributo inicial del sujeto, por supuesto no tiene nada que ver con la posesión del genital; sino que se construye y se obtiene a partir de una serie de pruebas, de pruebas de

virilización, y que implican además que el sujeto se constituye en varón en virtud del atravesamiento de ciertas experiencias cruciales, pero en la medida en que la masculinidad se conforma como un constructo, puede ser también fácilmente destituido de ella, es decir que, la masculinidad no solamente es un logro que se obtiene de una vez y para siempre, sino que el sujeto tiene que estar haciendo permanentemente una serie de pruebas para demostrar que esa masculinidad no se pierde porque si no es fácilmente destituida de ella, cosa muy diferente a lo que sucede con la representación de la

femineidad. Fíjense que quienes atendemos a varones, sabemos el enorme sufrimiento que produce en varones sobre todo bajo formas de discursos hegemónicos de la sociedad patriarcal el hecho de que tiene que estar dando pruebas permanentemente de su virilidad, y que cualquier desliz, equivoco o fantasma, que pareciera contradecir ese enunciado, rápidamente despierta angustias de las más inquietantes por relación a ser directamente destituidos de la masculinidad, cuando no feminizados, pasivizados o convertidos en homosexuales; no voy a abundar en esto para no robar tiempo, después en caso de que quieran, lo podemos seguir conversando, pero quiero decir que esto no sucede con las mujeres, difícilmente la mujer es destituida de su condición femenina, podrá ser una mujer de una clase o de otra, de las virtuosas o de las que no lo son tanto,

pero la femineidad en sí misma no está en riesgo, con lo cual pareciera que contrario a lo señalado por Freud, es la femineidad aquella que tiene una cierta consistencia en términos identitarios mayor mientras que la masculinidad se caracteriza por una suerte de permanente inconsistencia que fuerza a los varones a tener que estar permanentemente dando cuenta de que no han sido destituidos de esa posición que tan costosamente han podido lograr, de hecho, hay una nota al pie muy pequeña, que muchas veces pasa inadvertida, que Freud realiza en el texto de Leonardo, recuerdan en “Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vincci”, donde Freud dice, en relación a Leonardo, ustedes saben es tomado allí como una suerte de paradigma con relación a la homosexualidad y en particular una homosexualidad lograda en términos sublimatorios que, en una nota al pie, Freud señala la idea de que en verdad la elección de objeto de Leonardo no es algo tan extraordinario, que en verdad en todo sujeto están abiertas todas las posibilidades de la elección de objeto, tanto homo como heteroeróticas, cosa que Freud también lo señal en ”

“Tres ensayos…” y agrega algo más, Freud no solamente en “Tres ensayos

dice que en

todo ser humano están abiertas ambas posibilidades de elección de objeto sino que por una parte la elección de objeto coexiste con las formas más habituales de representaciones que llamaríamos de género, es decir, que los atributos de la masculinidad social pueden perfectamente coexistir con la elección homoerótica sin que forzosamente se contrapongan, y con esto por supuesto liquida la equivalencia entre homosexualidad y femineidad, como muchas veces existe todavía en ciertas formas quizás prejuiciosas de suponer que todo homosexual es un varón afeminado, ya eso Freud en 1905 lo deslinda y en el Leonardo, yo les decía, dice que la mayor parte de los

varones ya han consumado una elección homosexual, por supuesto se refiere a los modos edípicos de organización de la sexualidad, pero que deben mantener la distancia a través

de poderosas contractitudes, es decir que los varones tienen

hablo de los varones que están aquí, no de mí; tenemos que permanentemente hacer un esfuerzo que la clínica además muestra con relación a sostener a toda costa en numerosas ocasiones y con enormes nivel de sufrimiento, esa posición masculina, porque rápidamente, yo decía, podemos ser desposeídos de ella.

tenemos – risas – Hoy

Allí es donde yo decía se ubica la intención, justamente, de Silvia en este libro y de algunas cuestiones que yo he retomado a partir de allí, es justamente señalar el carácter paradojal, dice Silvia, que tiene la constitución de la sexualidad masculina, ¿en qué sentido Silvia habla de una suerte de paradoja? Señala una paradoja en el sentido en que, si la masculinidad se constituye en términos de la identidad sexual a partir de la identificación a un hombre eso comporta, necesariamente, la fantasmatización de la incorporación de ese atributo de potencia fálica proveniente de un hombre en términos homosexuales, cosa que en la publicación del libro generó unas controversias y unas polémicas tremendas, porque si uno advierte el alcance de esa afirmación, realmente es fuerte; pensar que la sexualidad masculina se constituye forzosamente en simultaneidad a la inscripción de un fantasma homosexual, que no es equivalente a la elección de objeto homosexual, sino que es correlativo a la constitución misma de la masculinidad, que un varón reciba de otro hombre el atributo genital de carácter fálico que le garantiza la potencia sexual, con la cual, uno diría, se inviste el genital, con independencia después de cuál sea su posicionamiento identitario y de cuál sea su orientación deseante, porque esto es anterior a la orientación deseante y, uno diría, coexiste con la identidad sexual sin forzosamente entrar en conflicto; pero pensar entonces que en la instauración de la masculinidad en términos de virilidad supone la incorporación introyectiva de un atributo genital de otro hombre que le otorga al varón la potencia fálica que le permite justamente emplazarse en términos de su identidad sexual con relación a su sexo, implica simultáneamente que ese atributo se incorpora pasivamente con relación a otro, lo cual no deja de suponer necesariamente la inscripción de un fantasma homosexual. Esto permitiría en gran medida advertir, aun cuando tendríamos que desarrollar, quizás con mucho mayor detenimiento la metapsicología de esa identificación, que los varones justamente por esto, se encuentran más asediados por fantasmas homosexuales que las

mujeres, cosa que por otro lado es también clínicamente, y yo diría, cotidianamente advertible, porque, uno diría porque en la constitución misma de la sexualidad masculina está la marca del fantasma homosexual, es decir, de que el varón recibe el atributo genital que garantiza su potencia, de otro hombre. Cosa que, por supuesto, no se produce idénticamente en las mujeres y que esto explicaría también porque la presencia de fantasmas homosexuales tiene tanta presencia y constituye un punto de angustia tan intenso en los varones, no así en las mujeres.

Pero a su vez esto tiene, y en esta síntesis que estoy diciendo, una consecuencia no solamente clínica, sino además ética, fundamental. Es el hecho de que sí en la constitución paradojal misma de la sexualidad masculina se inscribe simultáneamente un fantasma que podríamos designar homosexual, las angustias de los pacientes homosexuales no pueden ser interpretadas en términos de deseo inconsciente, en el sentido de una elección de objeto contraria a la que el sujeto sostiene, como muchas veces sucede, cuando se ha interpretado ciertas fantasías homosexuales de pacientes heterosexuales en términos de homosexualidad reprimida; eso constituye, por supuesto, un equívoco, al no advertir que ese fantasma homosexual puede constituir en verdad la marca de la misma constitución de la masculinidad y no un modo contrapuesto de la orientación del deseo. Es decir, que un sujeto tenga un fantasma homosexual, en muchas de las concepciones clásicas ha sido atribuido a la bisexualidad constitutiva o a la homosexualidad reprimida, cuando en verdad puede constituir, como yo decía, el modo con el cual se ha inscripto la instauración misma de la masculinidad; y es más, como Silvia misma señala en el libro y nos referencia situaciones clínicas, que yo también he tenido ocasiones de acompañar y de ver en pacientes que ciertos fantasmas homosexuales que se presentan en pacientes varones, lejos de constituir un modo dominante o reprimido de la orientación del deseo, pueden constituir formas fantasmáticas con las cuales se intenta una apropiación frustra de ese atributo genital proveniente de otro hombre, o sea que, paradojalmente, esas fantasías llamadas homosexuales pueden ser fantasías de masculinización, es decir, del deseo, la expectativa, de que un varón venga a otorgar la potencia fálica de la cual el sujeto no se considera heredero o de la cual no se ha podido apropiar.

Pensar las fantasías homosexuales en esta dirección, por supuesto abre a un campo de intervención clínica muy diferente, porque supone entonces pensar que una fantasía llamada homosexual puede constituir la forma con la cual el sujeto teoriza, por así decir, o en la cual el sujeto enmarca fantasmáticamente el deseo de masculinización a partir de una frustra apropiación de la masculinidad en función de la introyección de un atributo genital de otro hombre; esto, ustedes se darán cuenta, abre una concepción de la masculinidad muy diversa, que yo creo que es mucho más fecunda para el entendimiento de la clínica de los pacientes varones y que a su vez, en función de lo que yo señalo, y con esto voy cerrando, abre a toda otra serie de polémicas que Silvia comienza a plantear en este libro y que muchas de ellas yo he continuado y seguido, porque me interesa particularmente ese campo, que tiene que ver con las llamadas diversidades sexuales, respecto a cómo se considera además las diferentes modos de organización de la identidad sexual, como decíamos, travesti, transexual, transgénero, etc. Las diversas formas de orientación del deseo, las multiplicidades de modos de organización del goce genital, y todas las consecuencias, no solamente metapsicológicas, teoréticas, teórico- clínicas para el psicoanálisis, sino las consecuencias que esto tiene en el campo ético y político; porque estas consideraciones no son ajenas, como se señalaba al principio, a los debates actuales relativos por ejemplo a matrimonio igualitario, a las formas de la identidad de género, a las neoparentalidades, o hasta incluso a la aceptación de que parejas homosexuales, transgéneros, travestis, etc., puedan criar niños; esas cuestiones que se dirimen en el campo político, también interpelan nuestra teoría psicoanalítica. De hecho, hace unos pocos días, me pidieron justamente para una publicación psicoanalítica que seguramente muchos conocen, que es “El Psicoanalítico” que es una publicación virtual que se realiza en Buenos Aires, un pequeño comentario en torno, justamente, a los debates que se venían produciendo en este momento, no en Argentina, porque en Argentina ya se sancionó, sino en Francia, en Uruguay, relativos al matrimonio igualitario y sobre todo a las resistencias que en ciertos sectores del psicoanálisis existe a considerar que las diversidades sexuales no constituye, per se, modos patológicos de organización del sujeto; lamentablemente en algunos sectores del psicoanálisis contemporáneo, así como, uno diría, en otro momento, se ha padecido de la patologización de las orientaciones sexuales, que en general hoy ya tiende a desaparecer, al menos en la teoría psicoanalítica oficial, eso no quiere decir que haya desaparecido totalmente de las

prácticas clínicas, me refiero en particular a la homologación entre homosexualidad y perversión, ese abrochamiento en general suele ser bastante infrecuente en el presente, al menos en el psicoanálisis. Algo de esa misma anomalía persiste en los modos con los cuales si, subsiste una patologización de las diversidades sexuales genéricas; esto que señalábamos al principio respecto a considerar que las formas identitarias que no responden al ideal heteronormativo constituyen por tanto, casi por default, modos de la patología, todavía eso lamentablemente se escucha, dentro del psicoanálisis mismo, si uno lee debates por ejemplo de psicoanalistas como Charles Melman (inaudible) dentro del contexto psicoanalítico francés contemporáneo se encuentra realmente con enunciados de un nivel de conservadurismo social justificado en teoría psicoanalítica que tremenda, que por ejemplo han hecho que muchos psicoanalistas en Francia se opusieran al matrimonio igualitario, justificándolo en los efectos que eso tendría para la organización social misma, y para la eventual crianza de niños y de niñas por parejas que no sean heterosexuales, les digo que cuando uno lee esos debates advierte aun más esta exigencia que Silvia planteaba en relación a depurar los paradigmas de base para que el psicoanálisis, no solamente caiga por no haber podido sostener la fecundidad de sus nociones, sino también arrastrado junto con lo peor de las concepciones conservadoras de la época; en ese punto me parece que el debate en relación a la cuestión de las identidades sexuales, de la constitución de la sexualidad masculina, de las formas con las cuales uno tiene que señalar hoy que las neoparentalidades no constituyen formas patológicas que pongan en riesgo la constitución psíquica de niños y niñas, está en el centro de los debates actuales, y yo creo que en gran medida en ello también se define el futuro mismo del psicoanálisis y la perdurabilidad de su capacidad transformadora del sufrimiento humano.

Dicho esto, yo he cumplido con el tiempo que teníamos asignados, considerando que además me he demorado, de todas maneras yo me puedo quedar un rato más si a alguien le interesa, sería bueno un intercambio; si hubiera tenido los veinte minutos de tardanza hubiéramos dedicado ese tiempo al intercambio, de todas maneras yo me puedo quedar un rato más en el caso de que haya, preguntas, cuestiones, de lo contrario yo les recomiendo no solamente la lectura de Silvia sino, siquiera lo que yo he escrito al respecto, sino los debates contemporáneos sobre estos ejes que a mí me parecen que tienen una actualidad importantísima, no solamente en términos sociales y políticos sino

también al interior mismo del psicoanálisis y por supuesto que para quienes deseen podemos mantener la comunicación por los medios que hoy la tecnología nos permite, mails, facebook, y todas esas cosas, a las cuales uno tarde o temprano termina finalmente cediendo aun a contramano de su propia voluntad. Uno entiende que ayudan a crear condiciones de comunicación y por otro lado propiciar que haya efectivamente intercambios, y esto me parece que también tiene que ver con el sentido inicial de esta cátedra, una cátedra libre para pensar psicoanálisis y propiciar instancias de intercambio, y de pensamiento libre, quizás y en este punto como yo decía también al principio, una de las enseñanzas mayores que hemos recibido quienes hemos tenido el privilegio poder de habernos formados y conocido personalmente a Silvia Bleichmar. Les agradezco la espera que tuvieron que soportar al principio, espero que lo que pude haber dicho, más allá de que haya sido apretado por cuestiones de tiempo, haya abierto al menos alguna puntuación para seguir pensando, les agradezco la presencia y los invito a quienes tengan deseo, podamos conversar de estas cuestiones o de otras que les parezcan que son pertinentes. Libero a quienes tienen que hacer otras cosas, porque tenemos un tiempo pactado que hay que respetar, de modo tal que les agradezco inicialmente a todos y a todas la presencia, y ojalá tengamos ocasión de encontrarnos en otro momento para seguir pensando colectivamente, porque si bien es cierto que el conocimiento no es una construcción colectiva si es cierto que el intercambio y la interpelación proviene del otro, y es lo que nos evita permanecer en ciertas formas dogmáticas con las cuales algunos conocimientos devienen más bien modos monolíticos de reiteración ecolálica que no ayudan ni al pensamiento ni al avance del psicoanálisis.