DUELO en La INFIDELIDAD
DUELO en La INFIDELIDAD
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DUELO En la INFIDELIDAD
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RESUMEN
SUMMARY
Infidelity often triggers instability in the love relationship that often leads to separation
and divorce. It has serious consequences both at the individual, family and social level.
Despite the deep shock, many couples decide to stay in relationship, which usually
involves going through a healing process.
Whether they are separated or if they remain together, the therapeutic work is impelled
to work the mourning, due to the numerous losses that it entails. A duel that is usually
1
complicated by its intensity and duration, as well as the traumatic nature of the
experience.
2
Introducción
Una buena parte de los trabajos sobre la elaboración del duelo hacen referencia a “la
pérdida de un ser querido a través de la muerte” (Neimeyer, 2000, p. 47). No obstante,
hay muchas pérdidas vitales a lo largo de la existencia humana que nos confrontan al
duelo como por ejemplo una separación o un divorcio, la pérdida de la salud, la
jubilación, la pérdida de una mascota, un trauma..., iniciándose un proceso similar al
duelo por fallecimiento. Este parece ser el caso de la infidelidad. El tipo de pérdida a la
cual se ven abocadas a hacer frente las personas involucradas en relaciones íntimas en
las que uno de los miembros ha sido sexual y/o emocionalmente infiel genera, en
muchas ocasiones, reacciones de duelo igualmente importantes a las que se generan por
fallecimiento. Y es que en la infidelidad hay una serie de pérdidas no solo
interpersonales, sino psicológicas y simbólicas que pueden comprometer la estabilidad
emocional presente y futura. Las formas habituales de respuesta para gestionar el dolor
generado por este suceso tales como el bloqueo, la rabia y la búsqueda de explicaciones,
no parecen permitir transformar el dolor, requiriendo así un proceso de elaboración de
la pérdida, no siempre fácil.
El duelo es una experiencia humana en parte natural y en parte social. Esto es, por un
lado, las respuestas de pérdida son un reflejo de nuestra herencia y evolución tanto
biológica como social, derivada de la interrupción de los lazos de apego necesarios para
la supervivencia.
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El duelo no siempre es sobre la muerte, sino sobre la pérdida. Hay muchos tipos de
pérdida y la muerte es uno de ellos. Ahora bien, independientemente del tipo de pérdida
sufrida, el proceso de duelo es real. La pérdida es definida como “cualquier daño en los
recursos personales, materiales o simbólicos con los que hemos establecido un vínculo
emocional” (Harvey y Weber, 1998).
Algunos estudios (Papa y Maitoza, 2013) han demostrado que ciertas pérdidas como el
trabajo, la enfermedad, las rupturas relacionales, los lesiones, los traumas… generan
síntomas de duelo; sintomatología diferente a patologías como la depresión, desde el
momento en que la pérdida afecta al sentido de la identidad. Si las reacciones de duelo
son una respuesta a la alteración del sentido del yo, entonces otros tipos de pérdidas
personalmente relevantes, también pueden estar asociadas con la experiencia del duelo
(Ibid). Es el caso igualmente de la pérdida de la salud por enfermedades crónicas como
la enfermedad de Huntington (Klodniskly, 2004).
Por duelo se entiende el proceso de adaptación a una pérdida entendida como “la
privación de algo que hemos tenido (…), con el fracaso para conservar o conseguir
algo que tiene valor para nosotros (…), con una disminución mensurable (..) y con la
destrucción o la ruina” (Neymeyer, 2000, p. 15).
Esta adaptación puede ser pasiva o activa. En la concepción pasiva del duelo, los sujetos
se ven atravesando un proceso que sigue su curso, empujados por “una experiencia que
deben superar, pero sobre la que tienen poco o ningún control” (Ibid p. 67). La pérdida
les convierte en víctimas y poco se puede hacer con el dolor.
En el intento de comprender este proceso, hay autores que se han centrado en las etapas
del duelo. Uno de los modelos más extendidos es el de Elisabeth Kubler-Ross (2006)
quien divide el duelo en cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y
aceptación.
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Otros autores reconocidos en la materia han hablado de fases. En este sentido, el
modelo de Parkes (1970) presenta cuatro fases: período de insensibilidad, fase de
anhelo, desorganización y desespero y finalmente, la fase de conducta reorganizada.
Sanders (1999) ha descrito el proceso en cinco fases: choque o impresión, conciencia de
la pérdida, conservación-retirada, sanación y renovación.
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emociones disfóricas, c) déficits en la salud y d) interrupciones en el funcionamiento
social y ocupacional (Bonanno y Kaltman, 2001).
A nivel cognitivo, hay una sensación de confusión y preocupación por la pérdida, una
dificultad para aceptar la realidad, así como sensaciones de desrealización y
desorganización (Mancini, Prati y Bonano, 2011). Esta desorganización cognitiva se
manifiesta habitualmente a través de distracciones, olvidos, incapacidad para
concentrarse, pensamientos intrusivos, rumiaciones, incredulidad… (Klodniskly, 2004).
Worden (1991) detalla algunos de los patrones de pensamiento que marcan la
experiencia del duelo: incredulidad, confusión, preocupación, sentido de presencia y
alucinaciones.
A nivel emocional, hay toda una variedad de emociones disfóricas que van más allá de
la tristeza, destacando la inquietud, la ansiedad, la angustia, el desasosiego, la ira, la
irritabilidad, la hostilidad, la tristeza, el miedo, la culpa y la depresión (Mancini, Prati y
Bonano, 2011). Worden (1991) hablará de sentimientos como tristeza, enfado, culpa,
ansiedad, soledad, fatiga, impotencia, shock, anhelo, emancipación, alivio e
insensibilidad. A nivel de sensaciones físicas destaca vacío en el estómago, opresión en
el pecho y en la garganta, hipersensibilidad al ruido, despersonalización, falta de aire,
debilidad muscular, falta de energía y sequedad en la boca.
Existen bastantes evidencias empíricas que indican que el estrés de la pérdida tiene un
coste significativo en la salud física (Horowitz, 1986; Lindemann, 1944). Los síntomas
que se observan con mayor frecuencia, constituyendo motivos de consultación médica
son: dificultad para respirar, palpitaciones, opresión en la garganta y pecho, malestar
estomacal, pérdida de apetito, entumecimiento, fatiga intensa y falta de energía, dolores
de cabeza, suspiros frecuentes, pérdida de peso, mareos, fuertes latidos del resfriados y
gripes, insomnio… También se han registrado correlaciones con problemas de salud
mental como crisis de ansiedad, depresión, brotes psicóticos, adicciones y suicidios
(Prigerson et al., 1997). El duelo también ha sido asociado a interrupciones en el
funcionamiento social y ocupacional. Estas dificultades han sido observadas con mayor
frecuencia en forma de aislamiento social y una concomitante dificultad para asumir o
mantener roles sociales y ocupacionales ordinarios. También se ha observado una
actividad excesiva para distraerse (Ibid).
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Ahora bien, que el duelo sea de una u otra manera no depende de la naturaleza del
objeto perdido, sino del valor acordado. De ahí, la importancia del aspecto subjetivo del
duelo y así poder analizar los factores que pueden incidir en el proceso. Murray Parkes
(1986) y John Bowlby (1997), autores reconocidos en la materia, dirán que el duelo es
la consecuencia de los apegos afectivos, por lo que la intensidad del duelo será
proporcional a la fuerza del apego según Alexander Bain (Pangrazzi, 2004).
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p. 32). Y no parece haber diferencias significativas en cuanto a las consecuencias entre
la infidelidad presencial y la virtual, en cuanto a su esencia (Hertlein y Piercy, 2006).
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superados. Acciones impulsivas.
Consecuencias de la infidelidad
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Conceptualizar la respuesta ante la infidelidad como una reacción a un suceso
traumático interpersonal ayuda en la formulación de aquellos casos difíciles, así como
orienta en la realización del tratamiento (Baucom et al., 2006; Glass & Wright, 1997;
Gordon & Baucom, 1998; Allen y al., 2005; Gordon y Baucom, 1999, Gordon y col.,
2004, Lusterman, 2005). Este último autor describe las consecuencias de la infidelidad
similares en la sintomatología a los indicios de que se ha dado un trauma: dificultades
en el sueño, irritabilidad con ataques de ira, hipervigilancia para asegurarse de que no se
van a dar de nuevo los problemas, una exagerada respuesta de susto, una fuerte reacción
fisiológica a los estímulos que le recuerden la traición, por ejemplo, películas, tv,
comentarios, etc. Ortman (2005) acuña el término trastorno de estrés post-infidelidad
para definir un tipo de trastorno de ansiedad que se desarrolla a partir del estrés extremo
que sigue al conocimiento de la existencia de infidelidad por parte de la pareja. Las
defensas psicológicas naturales terminan siendo abrumadoras, dejando a la persona
incapaz de funcionar de manera saludable. La ansiedad asociada con el trauma posterior
a la infidelidad parece ser crónica y persistente en casos. Los investigadores sugieren
que la tasa de prevalencia está entre el 20% y el 40%. Hay terapias que tratan la
infidelidad como un trauma interpersonal (Heintzelman, Murdock, Krycak, y Seay,
2014). Se enfoca en la mejora del funcionamiento interpersonal, vinculando los cambios
de humor con los acontecimientos vitales o significativos perturbadores y cuyas
consecuencias pueden revertirse (Bleiberg y Markowitz, 2014). Se reencuadra el estrés
postraumático en tanto que evento de la vida que compromete el funcionamiento, y en
el presente, de tal manera que disminuye la focalización en le acontecimiento
traumático pasado, redirigiendo la atención a la situación y funcionamiento actuales. La
validación de los sentimientos, así como la exploración de opciones, resulta un aspecto
clave del trabajo terapéutico (Ibid). La terapia de pareja basada en la emoción afirma
que las emociones que siente el miembro traicionado son una reacción consecuente al
daño que se ha realizado al vínculo sobre el que se basa la pareja, similar al que se da
entre los padres y los hijos (Johnson, 2005). El miembro traicionado ha perdido la base
segura sobre la que podía realizar la exploración de nuevas conductas y obtener
seguridad y apoyo en las dificultades que podría encontrar en su vida. Esa pérdida
genera las reacciones que se han mencionado, tan fuertes como las que se dan en el
trastorno de estrés postraumático, la persona infidelizada siente que sus relaciones en el
mundo ya no son seguras; que cualquier persona puede hacerle daño, puesto que se lo
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ha hecho la persona que más quería, en quien más confiaba y que se había
comprometido a ayudarla en todas las circunstancias. Esta perspectiva terapéutica,
ofrece la ventaja de que se puede hacer ver a la persona que ha sido infiel que las
respuestas de la pareja son fundamentalmente consecuencias de su infidelidad y como
tales, normales y no patológicas.
Quizás la época más frágil sea la adolescencia y el principio de la edad adulta. En estos
momentos y por el desarrollo evolutivo, la pérdida de autoridad de los padres se hace
más patente, sobre todo la de la persona infiel. La pérdida de calidad en el contacto con
la persona infiel suele generar auto o heteroagresividad, porque se vive como una
pérdida. El vástago hasta entonces tenía dos progenitores. Y de la noche a la mañana,
dependiendo, puede pasar a tener uno o ninguno. La persona infiel puede centrarse tanto
en su nueva relación que pierde de vista su progenitura Y la persona víctima de
infidelidad está imbuida de tanto dolor que no puede ocuparse de sus vástagos como
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antes. En algunos casos, la persona infiel que decide vivir con la persona amante
directamente se desliga de su progenitura y forma una nueva familia con sus propios
vástagos. En otros casos, la persona infiel pretende que los vástagos de la anterior
relación acojan a la persona amante, cuando este proceso requiere tiempo; a veces años.
Estas edades son críticas porque se desidealiza las figuras parentales. En el caso de la
infidelidad, esta desidealización llega a cobrar la forma de pérdida de confianza y caída
de la imagen que se tenía de la figura parental infiel. La/el adolescente puede sentir el
engaño no solo hacia el cónyuge, sino también hacía sí. La decepción puede ser
mayúscula, significando un distanciamiento, un cuestionamiento y reproches, perdiendo
además del respeto, la confianza básica.
La realidad empírica del tratamiento de parejas por infidelidad nos ha dirigido, además
de hacia el estrés postraumático, hacia la realización de un trabajo de duelo. Trabajo que
no siempre culmina con la aceptación de lo ocurrido, lo que puede significar el fin de la
relación. La infidelidad suele ser vivenciada como una gran pérdida que afecta a
muchos actores, generando así duelos harto complejos en todos ellos.
El duelo en la infidelidad
La infidelidad emocional suele socavar los cimientos de las relaciones porque este acto
parece ser una propuesta, habitualmente de manera inconsciente, de separación. Lo
cierto es que esta modalidad de infidelidad es vivenciada por los miembros de la pareja
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en momentos diferentes como una pérdida amorosa. En efecto, lo que se observa en la
práctica clínica es que la persona que inicia una relación sentimental fuera de la pareja,
en realidad ya comenzó hace tiempo un proceso de separación con respecto a la relación
oficial. A medida que profundiza en intimidad en la relación extraconyugal, debilita los
lazos de unión con la relación oficial. La infidelidad en estos casos, parece más bien la
culminación de una separación iniciada desde hacía tiempo por la persona infiel pero
que, por cuestiones psicológicas sin resolver, no se atrevía a concretarla, haciéndole
falta apoyarse sobre el bastón de la infidelidad para realizarla. Para cuando inicia la
infidelidad, el proceso de duelo hasta entonces solapado, emerge a la superficie
llegando así a su finalización. Sin embargo, lo paradójico y confuso de estas situaciones
es que no es frecuente que la ruptura se lleve a cabo. Al contrario, en bastantes
ocasiones la persona infiel afirma no querer separarse de la pareja oficial y en algunos
casos en que ha habido una separación de facto, la persona infiel regresa a la relación,
rompiendo lo establecido con la amante. Es poco frecuente que la ruptura de la pareja se
lleva a cabo porque la persona infiel inicia una relación formal con la amante. Y menos
frecuente aún, que se lleve a cabo la ruptura con ambas, la amante y la oficial. No solo
algunos autores mencionan -según testimonios de personas entrevistadas- la comodidad
que supone la relación oficial, sino que muchos relatos escuchados en consulta apuntan
en esa dirección.
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de tiempo. Por otro lado, hay toda una serie de pérdidas como la confianza, la imagen
ideal del cónyuge (idealización), los valores, las creencias… Algunas pacientes han
hablado de “pérdida de la inocencia”. En esta dimensión psicológica de la pérdida,
también incluimos la pérdida identitaria. Algunos estudios postulan que las mujeres
definen su identidad a través de sus relaciones, por lo que el duelo en la infidelidad no
sólo puede significar la pérdida de la persona significativa, sino también una sensación
de pérdida de sí misma (Zaiger, 1985). Otros estudios hablan del rol masculino en tanto
que padre y sostenedor de la familia. Perder este rol, es también perder una parte de la
“identidad masculina” (Herrera, 2010).
El duelo puede ser motivo de demanda e intervención cuando las personas no consiguen
seguir adelante con sus vidas porque la pérdida interfiere en ella significativamente. Al
principio del duelo es normal una dificultad para gestionar el dolor, pero mantenido en
el tiempo, más allá de un año o dos, podría convertir el duelo en patológico o
complicado. En este sentido, podríamos entender este tipo de duelo por infidelidad
como una intensificación del dolor, de manera que la persona está y se siente
psicológicamente desbordada, por lo que recurre a conductas -tildadas de-
desadaptativas que, de alguna manera, la mantienen en un bloqueo en el proceso de
duelo, sin poder resolverlo (Horowitz, 1980). De ahí que la complicación del duelo en la
infidelidad, hace que se hable casi indistintamente de duelo complicado (no resuelto),
duelo patológico o duelo traumático.
El concepto de duelo traumático nace en la década de los ‘80 de una nueva área de
estudios que combina la traumatología con la tanatología, debido a las semejanzas
existentes entre los síntomas del duelo y del trauma (Nader, 1997). Un duelo se
considera traumático por la particularidad de la pérdida en el sentido de sorpresiva e
inesperada, desencadenando mecanismos de supervivencia postraumáticos, además de
los comunes del duelo. Prigerson y colaboradores utilizaron el término de duelo
traumático por la combinación de trauma con respuestas de duelo (Jacobs, 1999;
Prigerson et al., 1997; Shear et al., 2001). Incluye síntomas similares al trastorno de
estrés postraumático, pero específicamente enfocados en la persona infiel, incluyendo la
preocupación intrusiva y angustiosa por la pérdida, la exploración hipervigilante del
entorno, la ansiedad de separación, la futilidad sobre el futuro, una visión del mundo
destrozada, la ira y un funcionamiento social deteriorado.
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En cuanto al duelo complicado, Horowitz y col. (1980) lo definió como aquel cuya
intensidad llega a un nivel tal que la persona está desbordada, recurriendo a conductas
desadaptativas, o permaneciendo inacabablemente en este estado sin avanzar en el
proceso de duelo hacia su resolución. Muchas personas infidelizadas permanecen
fijadas a la pérdida, a cómo ocurrió la infidelidad, e incluso la recuerdan con dolor en
muchos casos, pasado mucho tiempo. Incluso la desconfianza generada por la
infidelidad frecuentemente se extiende a otras relaciones, de manera que sentimientos
de resentimiento, por ejemplo, dificultan la posibilidad de entablar nuevos vínculos.
Therese A. Rando (1993) ha desarrollado su propio modelo de intervención en el duelo
basándolo en seis estadios, agrupados en tres categorías emocionales: evitación,
confrontación y acomodación. El duelo complicado es aquel en el que no se llega a la
acomodación por una intensidad y duración prolongada en el tiempo (Worden,1991).
1
El concepto de objeto en psicoanálisis hace referencia al sujeto amado.
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Las dos clasificaciones utilizadas para los desordenes mentales, CIE-10 y DSM-5
incluyen un diagnóstico específico para los procesos de duelo anormales. Pero un grupo
de expertos en el campo del duelo acordó nuevos criterios para el diagnóstico de este
tipo particular de duelos llamados “trastorno por duelo prolongado” -PGD- (Prigerson et
al., 2009) definido como una forma patológica de duelo que se caracteriza por síntomas
crónicos y funcionalmente incapacitantes mucho después de una pérdida. Este nuevo
diagnóstico, PGD, incluye síntomas como ansiedad por separación, intenso anhelo por
la persona perdida, dolor y pena profunda a diario durante más de seis meses,
dificultad para aceptar su pérdida, dificultad para avanzar en la vida, sensación de vacío
y sinsentido desde la pérdida. A ello, se añaden síntomas cognitivos, conductuales y
emocionales como evitar lugares, personas y símbolos que recuerdan lo perdido (en
general la pareja antes de la infidelidad), sentimientos de aturdimiento o parálisis
(bloqueo), confusión acerca del papel en la vida, dificultad para confiar en los demás,
amargura… Para este diagnóstico, la persona que lo sufre debe continuar mostrando a
diario niveles incapacitantes de estos síntomas al menos seis meses después de la
pérdida en los ámbitos doméstico, social o laboral.
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La negociación la definen como “el primer periodo posterior al rompimiento amoroso
que se caracteriza por pretensión cognoscitiva y conductual de llegar a un acuerdo de
reconciliación con la expareja. Esta intención se basa en el extrañamiento y anhelo de
dicha persona, así como en el rechazo a lo que sucede (negación), lo que facilita, por
un lado, que la persona reconozca que pudo haber hecho algo mal con respecto a la
relación, y por otro, favorece la experiencia de depresión y otras emociones como la
desesperación, la frustración y la ansiedad” (Ibid, p. 1338). Durante esta fase es
frecuente manifestar signos claros de negación y de búsqueda de soluciones para evitar
la pérdida. Es precisamente en este momento cuando muchas parejas suelen acudir a
terapia.
La hostilidad parece ser el segundo estadio del duelo romántico en que se dan
comportamientos hostiles, “incluyendo el intento de chantaje a la pareja, inventar
cosas que no sucedieron o tratar de vengarse, lo que hace evidente que la persona se
encuentra desorganizada en su yo” (Ibid, p. 1339). Además, es frecuente que aparezca
una tendencia al aislamiento tratando de evitar a la gente, “lo que proporciona la
oportunidad de sumergirse en su tristeza, llorar, dejar de comer y auto-flagelarse”
(Ibid). Este escenario hace que sea difícil para la persona afectada buscar distracciones,
interactuar o manejarse con tranquilidad, contribuyendo con ello a pensar que el
rompimiento se dio por la presencia de un tercero o falta de amor. Durante este período
no es excepcional que la persona infidelizada se muestre agresiva, desorganizada y
emocionalmente decaída al no recibir una respuesta adecuada a su necesidad de
continuar la relación.
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hostilidad hacia la pareja infiel permanezca, a pesar de los intentos por reorganizar y
aceptar la ruptura. Se intentan gestionar emocionalmente las razones por las cuales no
se ha conseguido una negociación exitosa. Con frecuencia nos encontraremos con que la
víctima de infidelidad va llegando a una resignación, es decir, permanece enojada con la
situación. Esta resignación la he encontrado con frecuencia en la clínica con las parejas
que han seguido juntas tras la infidelidad. En la terapéutica del duelo por infidelidad lo
difícil es llegar a una aceptación.
En ciertos casos, veremos que este duelo se produce en plena fase de enamoramiento,
por lo que suele asemejarse a un duelo amoroso o duelo romántico.
Según el estudio realizado por Rozzana Sánchez Aragón y Rebeca Martínez Cruz (Ibid),
existen diferencias entre la experiencia de un duelo ante la muerte de un ser querido y la
muerte simbólica que representa la separación amorosa. Una de las diferencias está en
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la inestabilidad emocional (montaña rusa), ya que, en la infidelidad, se puede mantener
la esperanza de retorno durante mucho tiempo e incluso intentar conectar, saber de la
persona infiel, lo que hace que las emociones se reactiven. Ante la muerte de un ser
querido, hay una certeza: la muerte es un hecho irreversible. En cambio, en las
relaciones amorosas, la reversibilidad es posible, lo que hace que la esperanza se
alargue. Por ello, este tipo de duelos presente una mayor dificultad de elaboración.
La ruptura de una relación romántica representa una muerte simbólica ante la cual las
personas amantes experimentan la esperanza del retorno y con ello la vivencia de
emociones y ejecución de conductas con dicho propósito, dando cabida a una pseudo-
aceptación, pudiendo abrirse escenarios como la depresión, debido a una expectativa
poco realista de que se continúe en relación o de que se pueda restablecer el vínculo.
Puede ocurrir que decida dejar a la pareja oficial e irse con la amante, en cuyo caso, el
duelo suele ser complejo, porque el duelo de la pareja oficial puede verse interrumpido
o diferido. En estos casos, suelen presentarse cuadros de ansiedad y estados bajos del
ánimo -bajonas- sin razón aparente porque, de alguna manera, el proceso de duelo se ve
interrumpido por la euforia de comenzar la nueva relación. También pululan
sentimientos de culpabilidad que sostenidos en el tiempo pueden acarrear la ruptura de
la nueva pareja y la vuelta a la pareja oficial.
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Por último, y realmente excepcional, la persona infiel se puede encontrar haciendo el
duelo de las dos relaciones porque ha decidido vivir en soledad. En este caso los duelos
se solapan, coincidiendo con una serie de duelos relacionados con la reconstrucción de
la nueva individualidad.
Duelo en la progenitura
A menudo, los vástagos tienen que hacer frente a muchos cambios en la familia cuando
los progenitores se ven envueltos en situaciones de infidelidad, especialmente si se
separan. Por lo que necesitarán tiempo y asistencia para ajustarse.
Al igual que en los adultos, las pérdidas no son solamente interpersonales, sino que
incluyen pérdidas psicológicas y simbólicas diversas.
La pérdida de la confianza suele ser una variable que puede afectar en las relaciones
futuras de los vástagos, ya sea porque tienden a repetir el patrón de infidelidad, ya sea
porque en la elección de la pareja futura se tiene en cuenta este fenómeno con el fin de
evitarlo. En estos casos, la incertidumbre y la inseguridad están presentes, al punto de
establecer criterios rígidos en las futuras relaciones interpersonales. En estos casos suele
predominar el estilo de apego ansioso.
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Otra de las pérdidas que influye en el proceso de duelo de la progenitura tiene que ver
con el poder adquisitivo y el estatus, confiriendo al duelo cierta sintomatología
relacionada con el sentimiento de inferioridad, la vergüenza y la baja autoestima.
Hemos observado que el lugar que ocupan padres y madres tiende a tambalearse y a
vivirse como pérdida en el caso de la infidelidad. La pérdida de la autoridad moral
parental se hace en muchos casos patentes, precipitando el proceso de desidealización
como parte integrante del duelo.
No obstante, no hay mucha literatura al respecto. Los diversos autores que han tratado
el tema de la influencia de la infidelidad en la progenitura, hacen referencia a las
consecuencias de la infidelidad, pero no al proceso de duelo.
En la infidelidad existen otras pérdidas que van más allá de las interpersonales.
Pérdida de confianza
La infidelidad suele darse en secreto y ello implica traición a lo pactado más o menos
tácito, lo que acarrea la ruptura de la confianza necesaria y básica sobre la que se
establece la relación. Nos encontramos aquí con uno de los objetivos terapéuticos más
difíciles de conseguir: la restauración de esa confianza (Lusterman, 2005). Confianza
que en algunos casos no acaba de restablecerse. El trabajo consiste en entender que la
infidelidad no es algo personal, contra alguien y, por lo tanto, no requiere una
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exhaustiva vigilancia del cónyuge infiel, sino más bien un posicionamiento. Como
volver a empezar en una relación nueva, desde una perspectiva que incluye la finitud.
Pérdida de la inocencia
Siguiendo el mito de la caída de Adán y Eva, esta caída en la infidelidad abre una
importante puerta: la toma de conciencia.
Quizás es que se había elevado a la pareja y/o a la relación al rango de Dios y se vivía
de espaldas a la muerte. Quizás es que se había idealizado el amor. La infidelidad hace
emerger un aspecto profundamente vulnerable en el ser humano que es el de la finitud:
de la pareja, del amor, de la pureza.... Quizás es que se habían puesto las esperanzas en
recrear el paraíso perdido. Quizás es que se había abordado la pareja desde el
pensamiento mágico, aquel que no tiene la mediación del trabajo entre la realidad y el
deseo, confundiendo ambas dimensiones. Porque quizás, el proceso de duelo que genera
esta pérdida de la inocencia es en realidad un proceso de maduración, una superación de
lo egótico, del narcisismo primario2 que supone la recreación del paraíso perdido entre
la madre y el bebé en la pareja presente donde las primigenias heridas como el abuso, el
abandono, la negligencia, el rechazo… son subsanadas, cuidadas y reparadas. El
proceso de duelo de la infidelidad permitiría evolucionar desde una inmadurez
adolescente y narcisista que la caracteriza, hacia una realidad y una toma de conciencia
de que la infidelidad era una posibilidad. Y es que en toda relación existe la posibilidad
de ruptura y de infidelidad. Así pues, la infidelidad parece representar una herida
narcisista en los diferentes egos: ni somos tan importantes ni tan especiales, ni tan
únicos, ni tan invulnerables, ni tan perfectos, ni tan amorosos, como creíamos. La
infidelidad en ese sentido, introduce ese principio de realidad y una buena parte de los
protagonistas implicados en el fenómeno infiel están atascados en ese no soltar esa
realidad idílica y egótica. La infidelidad baja a muchas personas de un pedestal. Para
algunas, representa un duro golpe para el ego. Darse cuenta de que el amor no es para
siempre y de que esa promesa de “ser fiel hasta que la muerte nos separe” se vuelve una
tragedia. La realidad acaba por imponerse. Hay mucha ingenuidad en el pensamiento
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Freud definió el narcisismo primario como un estado en donde el sujeto dirige su libido hacia sí mismo
para posteriormente dirigirlo hacia el exterior. Un estado indiferenciado en donde no hay separación
entre el mundo externo y el sujeto. Todo forma una unidad. El llamado paraíso perdido. La fusionalidad
entre la madre y el bebé.
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mágico que predomina en muchas parejas. Esa pérdida de inocencia nos hace
vulnerables. Nos enfrenta a darnos cuenta de que el amor puede perecer como todo. En
el momento de darnos cuenta del engaño, todo lo construido pierde sentido. La duda y
un gran pesar invaden al no saber quién es esa persona que duerme al lado. Vienen
pensamientos catastróficos. De pronto toda la historia de amor se re-ordena, se re-
evalúa. De lo ideal a lo real hay sólo un paso: la muerte. Se muere la esperanza, la
certidumbre, la estabilidad, la confianza y en muchos casos, el respeto. Y también
muere lentamente un ego: esa parte invulnerable que no acepta perder. Y justamente
ahí, es donde le podemos dar un sentido de crecimiento personal, incluso con lo
lastimados que pueden quedarse. Este golpe tiene la posibilidad de dar una lección de
vida y aterrizar en el terreno de la incertidumbre, la vulnerabilidad y la muerte. En
definitiva, la finitud.
Pérdida de valores
La infidelidad es vista como una patología moral, entendiendo esta como todo acto o
comportamiento que genera sufrimiento en otro con quien se tiene una relación y con el
que existe un compromiso afectivo y emocional. En la mayor parte de las patologías, los
comportamientos son interferidos por éstas, afectando a la voluntad y a la razón. No hay
intencionalidad de causar daño. En cambio, en la infidelidad, además de haber aspectos
relacionados con dificultades psicológicas, afectivas y emocionales, que pueden ser
inconscientes, hay una conciencia del engaño. Quien es infiel es consciente de estar
mintiendo; sabe que está traicionando a alguien. Esto lleva a muchos autores y
profesionales a considerar la dimensión moral a la hora de intervenir en esta vasta
problemática. No olvidemos que la infidelidad es una decisión que implica ocultación,
mentira, engaño y, por lo tanto, intencionalidad. Por ello, dicho fenómeno es complejo;
porque confluyen dimensiones morales, patológicas y culturales. Y por supuesto, los
terapeutas no están exentos de prejuicios a la hora de valorar el fenómeno. Como
consecuencia sería un requisito importante el adquirir una formación al respecto en la
que suspendan sus prejuicios sobre la infidelidad para evitar comprometer el proceso
terapéutico.
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Pérdida simbólica
Los símbolos son fundamentales en el ser humano en general y por supuesto, también
para la pareja. Crean sentido. Una relación es una construcción de sentido y significados
y por ello los símbolos son fundamentales. Una canción, una cama, un casco de moto,
un edificio, lugares… es algo exclusivo de la pareja.
En la vida adulta, cuando se elige estar en pareja, el ser y la evolución individual entran
en una dimensión de desarrollo en la que la presencia del otro se incorpora en la
constitución de sí mismo. En otras palabras, la experiencia existencial en pareja
sobrepasa la individualidad y la catapulta a niveles evolutivos de una mayor
complejidad vital. Por lo tanto, entendemos la relación afectiva como una construcción
en donde solo se incluyen a dos personas y de manera conjunta, dejan fuera todas las
voces intrusivas, para crear una historia y una convivencia con sentidos exclusivos,
propios y de intimidad. La relación de pareja requiere de manera permanente la
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mutualidad y reciprocidad explícita en todos los ámbitos. De lo contrario, lo individual
al no ser puesto en común ni contrastado con el otro en la pareja, se convierte en
interlocutor privado, abriendo así una brecha entre los miembros de la pareja. Empiezan
los diálogos internos que se van volviendo más gruesos y más desviados de lo común de
la pareja, creando historias individuales silenciadas que se retroalimentan dando un
sentido de realidad a lo fantaseado privadamente sin involucrar al otro en la intimidad
de la pareja. En este sentido, la pareja deja de crear significados simbólicos de la
relación y emergen significados fantasmagóricos individuales que se traducen en dos
historias paralelas que nunca se encuentran y funcionan como fugas que vacían de
contenido la intimidad de la pareja. La pareja deja de ser sostenida desde dentro para
empezar a ser sostenida desde fuera con un cúmulo de responsabilidades, obligaciones y
compromisos que ejercen una presión tácita. A partir de esta perspectiva entendemos
por qué la presencia de terceras/os comienza a cobrar importancia para los miembros de
la pareja y que de ahí se genere ruido. Y este ruido comienza a deteriorar
paulatinamente el vínculo porque no permite una genuina conversación, en la medida en
que crea barreras infranqueables en la forma de crear significados desde dentro de la
relación.
Conclusión
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