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DUELO en La INFIDELIDAD

INFIDELIDAD

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DUELO En la INFIDELIDAD

Article · May 2022

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Inmaculada Jauregui Balenciaga


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EL DUELO EN LA INFIDELIDAD

@ Inmaculada Jauregui Balenciaga, Ph.D. en psicología clínica e investigación

email: ijauregui@[Link]

RESUMEN

La infidelidad suele desencadenar una inestabilidad en la relación amorosa que


frecuentemente desemboca en separación y divorcio. Tiene graves consecuencias tanto
a nivel individual como familiar, social y económico. A pesar de la profunda
conmoción, muchas parejas deciden seguir en relación, lo que implica habitualmente
atravesar por un proceso de cura.

Tanto si se separan como si siguen juntas, la labor terapéutica se ve impelida a trabajar


el duelo, debido a las numerosas pérdidas que conlleva. Un duelo por lo general
complicado por su intensidad y duración, así como por lo traumático de la experiencia.

SUMMARY

Infidelity often triggers instability in the love relationship that often leads to separation
and divorce. It has serious consequences both at the individual, family and social level.
Despite the deep shock, many couples decide to stay in relationship, which usually
involves going through a healing process.

Whether they are separated or if they remain together, the therapeutic work is impelled
to work the mourning, due to the numerous losses that it entails. A duel that is usually

1
complicated by its intensity and duration, as well as the traumatic nature of the
experience.

2
Introducción

Una buena parte de los trabajos sobre la elaboración del duelo hacen referencia a “la
pérdida de un ser querido a través de la muerte” (Neimeyer, 2000, p. 47). No obstante,
hay muchas pérdidas vitales a lo largo de la existencia humana que nos confrontan al
duelo como por ejemplo una separación o un divorcio, la pérdida de la salud, la
jubilación, la pérdida de una mascota, un trauma..., iniciándose un proceso similar al
duelo por fallecimiento. Este parece ser el caso de la infidelidad. El tipo de pérdida a la
cual se ven abocadas a hacer frente las personas involucradas en relaciones íntimas en
las que uno de los miembros ha sido sexual y/o emocionalmente infiel genera, en
muchas ocasiones, reacciones de duelo igualmente importantes a las que se generan por
fallecimiento. Y es que en la infidelidad hay una serie de pérdidas no solo
interpersonales, sino psicológicas y simbólicas que pueden comprometer la estabilidad
emocional presente y futura. Las formas habituales de respuesta para gestionar el dolor
generado por este suceso tales como el bloqueo, la rabia y la búsqueda de explicaciones,
no parecen permitir transformar el dolor, requiriendo así un proceso de elaboración de
la pérdida, no siempre fácil.

El motivo de este artículo es el de sugerir que la infidelidad, en no pocos casos, debido a


las múltiples pérdidas que ocasiona, afectando de lleno el sentido de la autoestima y la
continuidad de la identidad de las personas, genera un proceso de elaboración del duelo
complejo y difícil, que encaja en el diagnóstico de trastorno por duelo prolongado.

El duelo: un proceso común a toda pérdida

El duelo es una experiencia humana en parte natural y en parte social. Esto es, por un
lado, las respuestas de pérdida son un reflejo de nuestra herencia y evolución tanto
biológica como social, derivada de la interrupción de los lazos de apego necesarios para
la supervivencia.

3
El duelo no siempre es sobre la muerte, sino sobre la pérdida. Hay muchos tipos de
pérdida y la muerte es uno de ellos. Ahora bien, independientemente del tipo de pérdida
sufrida, el proceso de duelo es real. La pérdida es definida como “cualquier daño en los
recursos personales, materiales o simbólicos con los que hemos establecido un vínculo
emocional” (Harvey y Weber, 1998).

Algunos estudios (Papa y Maitoza, 2013) han demostrado que ciertas pérdidas como el
trabajo, la enfermedad, las rupturas relacionales, los lesiones, los traumas… generan
síntomas de duelo; sintomatología diferente a patologías como la depresión, desde el
momento en que la pérdida afecta al sentido de la identidad. Si las reacciones de duelo
son una respuesta a la alteración del sentido del yo, entonces otros tipos de pérdidas
personalmente relevantes, también pueden estar asociadas con la experiencia del duelo
(Ibid). Es el caso igualmente de la pérdida de la salud por enfermedades crónicas como
la enfermedad de Huntington (Klodniskly, 2004).

El fenómeno del duelo

Por duelo se entiende el proceso de adaptación a una pérdida entendida como “la
privación de algo que hemos tenido (…), con el fracaso para conservar o conseguir
algo que tiene valor para nosotros (…), con una disminución mensurable (..) y con la
destrucción o la ruina” (Neymeyer, 2000, p. 15).

Esta adaptación puede ser pasiva o activa. En la concepción pasiva del duelo, los sujetos
se ven atravesando un proceso que sigue su curso, empujados por “una experiencia que
deben superar, pero sobre la que tienen poco o ningún control” (Ibid p. 67). La pérdida
les convierte en víctimas y poco se puede hacer con el dolor.

En el intento de comprender este proceso, hay autores que se han centrado en las etapas
del duelo. Uno de los modelos más extendidos es el de Elisabeth Kubler-Ross (2006)
quien divide el duelo en cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y
aceptación.

4
Otros autores reconocidos en la materia han hablado de fases. En este sentido, el
modelo de Parkes (1970) presenta cuatro fases: período de insensibilidad, fase de
anhelo, desorganización y desespero y finalmente, la fase de conducta reorganizada.
Sanders (1999) ha descrito el proceso en cinco fases: choque o impresión, conciencia de
la pérdida, conservación-retirada, sanación y renovación.

Finalmente, otros autores renombrados en la materia como William Worden (1991),


siguiendo el modelo del psicólogo evolutivo Robert Havinghurst (1972), se centrará en
las tareas del duelo, alegando que, en estos modelos basados en fases, subyace una
concepción del duelo pasiva. Este autor plantea este fenómeno como un proceso activo
por lo que hablará de tareas, para asimilar y superar la pérdida. Hablará de reconocer la
realidad de la pérdida, de abrirse al dolor, de revisar del mundo de los significados, de
reconstruir la relación con lo que se ha perdido y de reinventarse. En esta misma línea
de pensamiento, Therese Rando (1993) construye una teoría del duelo activo más
elaborada, cuyos procesos más importantes serían: el reconocimiento de la pérdida, la
reacción a la separación, el recuerdo de la persona pérdida y de la relación que se
mantenía con él, la renuncia al apego establecido con ella y la anterior concepción del
mundo, el reajuste adaptativo al nuevo mundo y la reinversión en nuevas relaciones.
Enfocando el duelo como aprendizaje, Atting (1996) apunta que la tarea fundamental
del proceso doliente es la de reaprender cómo es el mundo. Silverman (1986) plantea el
duelo como una transición y, como tal, equivalente a una experiencia de aprendizaje. En
esta misma línea argumental, Parkes (1986) entiende que la persona doliente es un ser
en crecimiento y el duelo lo enfoca como una resistencia al cambio. La pérdida es
entendida como cambio y el duelo será entonces el conjunto de reacciones de ajuste a
dicha pérdida. De ahí la noción de proceso y de fases durante el mismo.

Sintomatología del duelo

El duelo puede expresarse de formas muy diferentes. Unos síntomas aparecen y


desaparecen fácilmente. Otros en cambio, pueden durar tiempo. Pueden ser intensos o
leves. Pero dicho proceso presenta, independientemente de pérdida, una sintomatología
común dividida en cuatro amplias categorías: a) desorganización cognitiva, b)

5
emociones disfóricas, c) déficits en la salud y d) interrupciones en el funcionamiento
social y ocupacional (Bonanno y Kaltman, 2001).

A nivel cognitivo, hay una sensación de confusión y preocupación por la pérdida, una
dificultad para aceptar la realidad, así como sensaciones de desrealización y
desorganización (Mancini, Prati y Bonano, 2011). Esta desorganización cognitiva se
manifiesta habitualmente a través de distracciones, olvidos, incapacidad para
concentrarse, pensamientos intrusivos, rumiaciones, incredulidad… (Klodniskly, 2004).
Worden (1991) detalla algunos de los patrones de pensamiento que marcan la
experiencia del duelo: incredulidad, confusión, preocupación, sentido de presencia y
alucinaciones.

A nivel emocional, hay toda una variedad de emociones disfóricas que van más allá de
la tristeza, destacando la inquietud, la ansiedad, la angustia, el desasosiego, la ira, la
irritabilidad, la hostilidad, la tristeza, el miedo, la culpa y la depresión (Mancini, Prati y
Bonano, 2011). Worden (1991) hablará de sentimientos como tristeza, enfado, culpa,
ansiedad, soledad, fatiga, impotencia, shock, anhelo, emancipación, alivio e
insensibilidad. A nivel de sensaciones físicas destaca vacío en el estómago, opresión en
el pecho y en la garganta, hipersensibilidad al ruido, despersonalización, falta de aire,
debilidad muscular, falta de energía y sequedad en la boca.

Existen bastantes evidencias empíricas que indican que el estrés de la pérdida tiene un
coste significativo en la salud física (Horowitz, 1986; Lindemann, 1944). Los síntomas
que se observan con mayor frecuencia, constituyendo motivos de consultación médica
son: dificultad para respirar, palpitaciones, opresión en la garganta y pecho, malestar
estomacal, pérdida de apetito, entumecimiento, fatiga intensa y falta de energía, dolores
de cabeza, suspiros frecuentes, pérdida de peso, mareos, fuertes latidos del resfriados y
gripes, insomnio… También se han registrado correlaciones con problemas de salud
mental como crisis de ansiedad, depresión, brotes psicóticos, adicciones y suicidios
(Prigerson et al., 1997). El duelo también ha sido asociado a interrupciones en el
funcionamiento social y ocupacional. Estas dificultades han sido observadas con mayor
frecuencia en forma de aislamiento social y una concomitante dificultad para asumir o
mantener roles sociales y ocupacionales ordinarios. También se ha observado una
actividad excesiva para distraerse (Ibid).

6
Ahora bien, que el duelo sea de una u otra manera no depende de la naturaleza del
objeto perdido, sino del valor acordado. De ahí, la importancia del aspecto subjetivo del
duelo y así poder analizar los factores que pueden incidir en el proceso. Murray Parkes
(1986) y John Bowlby (1997), autores reconocidos en la materia, dirán que el duelo es
la consecuencia de los apegos afectivos, por lo que la intensidad del duelo será
proporcional a la fuerza del apego según Alexander Bain (Pangrazzi, 2004).

Concepto de infidelidad: el síntoma

La condición esencial para definir un acto como infidelidad reside en su ocultación, su


mentira, su negación y su secreto. En definitiva, toda intimidad fuera de la pareja
ocultada, mentida, negada y secreta será susceptible de entenderse como infidelidad. Al
hilo de lo expuesto, la infidelidad puede ir desde el coqueteo oculto entre personas
conocidas o compañeras de trabajo, hasta salir con alguien a escondidas, pasando por
chatear sin que la pareja lo sepa (Pittman, 2003). También se incluyen el mantenimiento
de relaciones ambiguas con exparejas, relaciones no compartidas, no consensuadas, no
negociadas, al igual que la pornografía. La infidelidad no será estrictamente una
aventura sexual, sino que englobará también una aventura sentimental (Jauregui, 2018).
Un consenso general puede extraerse en lo referente al concepto de infidelidad,
entendida como el incumplimiento de un convenio donde se infringen acuerdos de
exclusividad relacional; una violación del convenio relacional, sea cual sea este. De ahí
la infidelidad como traición y fraude (Pittman, 2003). Walter Risso nos explicita:
“Cuando los pactos se cumplen, hay fidelidad, y cuando se incumplen de una manera
solapada, hay trampa” (Risso, 2010, p. 32). Lo que define en esencia la infidelidad es la
forma en que se hace la ruptura del convenio: unilateral, desigual, en secreto, mintiendo,
ocultando, engañando, desorientando, desinformando. «Todo esfuerzo deliberado por
desorientar a la pareja a fin de rehuir el inevitable conflicto en torno de una violación
del convenio matrimonial» (Pittman, 2003, p. 20). La cuestión sobre la definición de
infidelidad y fidelidad parece estar bastante clara: «Cuando los pactos se cumplen, hay
fidelidad, y cuando se incumplen de una manera solapada, hay trampa» (Risso, 2010,

7
p. 32). Y no parece haber diferencias significativas en cuanto a las consecuencias entre
la infidelidad presencial y la virtual, en cuanto a su esencia (Hertlein y Piercy, 2006).

En la infidelidad parecen confluir fundamentalmente dos elementos fundamentales: el


primero —y quizás principal—, el sexo; el segundo, el afecto, descrito
fundamentalmente como sentirse amada y amar, así como escuchar y sentirse
escuchada; otras personas hablan de comprensión y compañerismo (Jaramillo, 2014).
No obstante, las personas infieles cada vez más, buscan romanticismo, chispa y afección
tanto o más que sexo (Ibid). En definitiva, buscan enamorarse. Así pues, un patrón
parece extraerse de las relaciones infieles, de tal forma que perfilan básicamente dos
tipos de infidelidad: aquella que implica involucrarse afectivamente y otra muy distinta,
en la que no hay una implicación afectiva, pero sí sexo.

Actualmente, en la clínica se observa cada vez con mayor frecuencia el tipo de


infidelidad emocional, afectiva e íntima. La sexualidad, cuando llega, llega más tarde.
Este tipo parece estar más ligada a entornos laborales, en los que la amistad entre
colegas de trabajo se desliza hacia la confidencia y ésta hacia la aventura (Reyes, 2016),
poniendo en jaque a la pareja, quizás porque en el fondo, se está iniciando un proceso
de ruptura solapado y unilateral. La persona infiel se irá separando progresivamente de
su pareja, a medida que profundice la relación con la persona amante. Esta modalidad
de infidelidad será pues la culminación de una separación iniciada tiempo atrás. De
alguna manera, la persona infiel ya ha iniciado un duelo estando aún en relación. Sin
embargo, la persona infidelizada, inicia este proceso de duelo en el momento en que se
entera de la relación extraconyugal. En estos casos, la ruptura del contrato parece
simbolizar la ruptura de la relación.

La infidelidad también puede ser enfocada en tanto que síntoma, significando la


expresión de conflictos psíquicos no resueltos (Jauregui, 2018). Así, es más probable
que las partes involucradas en infidelidades románticas lo hagan en momentos críticos
de su vida; momentos que demandan cambios estructurales importantes. La infidelidad
en estos casos parece ser más un antidepresivo, una forma de desviar la depresión y la
atención de aquello que debe modificar. Una cortina de humo. Un paso al acto -acting
out-, es decir una acción fuera de la pareja para evitar tomar conciencia. Es la expresión
de deseos y fantasías a través de la acción, en lugar de reflexión y sentimientos. En
psicoanálisis, estos actos constituyen intentos para poner fin a conflictos infantiles no

8
superados. Acciones impulsivas.

Consecuencias de la infidelidad

Las secuelas de la infidelidad generan toda una gama de malestares físicos,


psicológicos, sociales y económicos que van desde un cuadro de ansiedad aguda o
trastorno de estrés postraumático hasta la depresión e intentos de suicido, pasando por
bajas laborales, absentismo laboral, trastornos somatoformes… A nivel psicológico
puede desencadenar angustia, ataques de furia y sentimientos de humillación (Buunk y
Van Driel, 1989; Daly y Wilson, 1988). No es excepcional que pueda llegarse a
trastornos mentales como la depresión mayor (Cano y Leary, 2000).

Si bien es cierto que la infidelidad es uno de los principales motivos de separación y


divorcio (Pittman, 2003), no todas las parejas que viven una infidelidad se separan;
algunas se reconcilian y continúan su relación gestionando la situación como pueden.
Pero la evidencia clínica pone al descubierto que, el proceso de reconciliación se ha
revelado harto difícil y complejo, por lo que en ocasiones es necesaria la intervención
terapéutica para llevarlo a cabo. En terapia de pareja, la infidelidad se considera uno de
los más difíciles asuntos a tratar (Whisman, Dixon, y Johnson, 1997; Heintzelman,
Murdock, Krycak, y Seay, 2014; Hall y Fincham, 2006). No todas las relaciones son
rescatables, particularmente aquellas en las que solo uno de sus miembros está
interesado en realizar cambios. Algunos investigadores argumentan que la infidelidad
puede ofrecer una “oportunidad de crecimiento” a través del conocimiento y
comprensión personal y de pareja (Balswick y Balswick, 1999, p. 423). Ciertos estudios
sugieren que una pequeña proporción de parejas que han vivenciado la infidelidad
permanecen juntas y dicen haber mejorado en sus relaciones, aumentando el
conocimiento personal y la comprensión (Heintzelman, Murdock, Krycak, y Seay,
2014). De cualquier modo, la investigación empírica al respecto parece escasa.

Los síntomas hallados en numerosas investigaciones sobre las secuelas de la infidelidad


orientan al trastorno de estrés postraumático: Estado de shock, negación, angustia,
culpa, ansiedad, ira, rabia, venganza, resentimiento, depresión, flashback, autoestima
baja y vergüenza (Jauregui, 2018).

9
Conceptualizar la respuesta ante la infidelidad como una reacción a un suceso
traumático interpersonal ayuda en la formulación de aquellos casos difíciles, así como
orienta en la realización del tratamiento (Baucom et al., 2006; Glass & Wright, 1997;
Gordon & Baucom, 1998; Allen y al., 2005; Gordon y Baucom, 1999, Gordon y col.,
2004, Lusterman, 2005). Este último autor describe las consecuencias de la infidelidad
similares en la sintomatología a los indicios de que se ha dado un trauma: dificultades
en el sueño, irritabilidad con ataques de ira, hipervigilancia para asegurarse de que no se
van a dar de nuevo los problemas, una exagerada respuesta de susto, una fuerte reacción
fisiológica a los estímulos que le recuerden la traición, por ejemplo, películas, tv,
comentarios, etc. Ortman (2005) acuña el término trastorno de estrés post-infidelidad
para definir un tipo de trastorno de ansiedad que se desarrolla a partir del estrés extremo
que sigue al conocimiento de la existencia de infidelidad por parte de la pareja. Las
defensas psicológicas naturales terminan siendo abrumadoras, dejando a la persona
incapaz de funcionar de manera saludable. La ansiedad asociada con el trauma posterior
a la infidelidad parece ser crónica y persistente en casos. Los investigadores sugieren
que la tasa de prevalencia está entre el 20% y el 40%. Hay terapias que tratan la
infidelidad como un trauma interpersonal (Heintzelman, Murdock, Krycak, y Seay,
2014). Se enfoca en la mejora del funcionamiento interpersonal, vinculando los cambios
de humor con los acontecimientos vitales o significativos perturbadores y cuyas
consecuencias pueden revertirse (Bleiberg y Markowitz, 2014). Se reencuadra el estrés
postraumático en tanto que evento de la vida que compromete el funcionamiento, y en
el presente, de tal manera que disminuye la focalización en le acontecimiento
traumático pasado, redirigiendo la atención a la situación y funcionamiento actuales. La
validación de los sentimientos, así como la exploración de opciones, resulta un aspecto
clave del trabajo terapéutico (Ibid). La terapia de pareja basada en la emoción afirma
que las emociones que siente el miembro traicionado son una reacción consecuente al
daño que se ha realizado al vínculo sobre el que se basa la pareja, similar al que se da
entre los padres y los hijos (Johnson, 2005). El miembro traicionado ha perdido la base
segura sobre la que podía realizar la exploración de nuevas conductas y obtener
seguridad y apoyo en las dificultades que podría encontrar en su vida. Esa pérdida
genera las reacciones que se han mencionado, tan fuertes como las que se dan en el
trastorno de estrés postraumático, la persona infidelizada siente que sus relaciones en el
mundo ya no son seguras; que cualquier persona puede hacerle daño, puesto que se lo

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ha hecho la persona que más quería, en quien más confiaba y que se había
comprometido a ayudarla en todas las circunstancias. Esta perspectiva terapéutica,
ofrece la ventaja de que se puede hacer ver a la persona que ha sido infiel que las
respuestas de la pareja son fundamentalmente consecuencias de su infidelidad y como
tales, normales y no patológicas.

Pero no todas las víctimas de infidelidad presentan esta sintomatología traumática


particular. La reacción psicológica ante la infidelidad depende de muchas variables
como la edad, las circunstancias, la estabilidad de la pareja, los recursos psicológicos, la
red social o la propia personalidad.

En las parejas en las cuales la infidelidad salpica a la progenitura, ésta se ve envuelta en


medio de un conflicto de fidelidades entre ambos progenitores. Las reacciones
observadas son de diversa índole, dependiendo de muchos factores como la edad, el
desenlace de la familia… Nos obstante, la respuesta típica suele ser la de reagruparse en
torno al cónyuge abandonado (Pittman, 2003). A veces ocurre que los vástagos protegen
a la persona víctima de infidelidad y se vuelven cuidadores, dependiendo mucho de los
estados anímicos de ambos cónyuges.

Si la progenitura está en edad infantil, hasta los 12 años aproximadamente, la situación


puede que no se agrave, pues no acaban de entender bien el concepto mismo. Lo que
suele ocurrir en estas edades es que pueden somatizarse o concretarse, los efectos, en
trastornos del comportamiento tanto en casa como en la escuela. Estos comportamientos
disruptivos parecen tener como finalidad, inconscientemente, distraer la atención del
conflicto que la infidelidad ha generado en la pareja progenitora.

Quizás la época más frágil sea la adolescencia y el principio de la edad adulta. En estos
momentos y por el desarrollo evolutivo, la pérdida de autoridad de los padres se hace
más patente, sobre todo la de la persona infiel. La pérdida de calidad en el contacto con
la persona infiel suele generar auto o heteroagresividad, porque se vive como una
pérdida. El vástago hasta entonces tenía dos progenitores. Y de la noche a la mañana,
dependiendo, puede pasar a tener uno o ninguno. La persona infiel puede centrarse tanto
en su nueva relación que pierde de vista su progenitura Y la persona víctima de
infidelidad está imbuida de tanto dolor que no puede ocuparse de sus vástagos como

11
antes. En algunos casos, la persona infiel que decide vivir con la persona amante
directamente se desliga de su progenitura y forma una nueva familia con sus propios
vástagos. En otros casos, la persona infiel pretende que los vástagos de la anterior
relación acojan a la persona amante, cuando este proceso requiere tiempo; a veces años.

Estas edades son críticas porque se desidealiza las figuras parentales. En el caso de la
infidelidad, esta desidealización llega a cobrar la forma de pérdida de confianza y caída
de la imagen que se tenía de la figura parental infiel. La/el adolescente puede sentir el
engaño no solo hacia el cónyuge, sino también hacía sí. La decepción puede ser
mayúscula, significando un distanciamiento, un cuestionamiento y reproches, perdiendo
además del respeto, la confianza básica.

Una situación particular y potencialmente delicada sucede cuando los vástagos se


convierten en cómplices indirectos de la infidelidad, ya sea por ser testigos presenciales
o por confidente (Pittman, 2003). Esta situación suele marcar mucho, al punto de
desconfiar de personas del mismo sexo que el progenitor infiel, generando conductas
defensivas o incluso de retraerse a la hora de formar pareja. La infidelidad parental
suele crear vívidas impresiones que conducen a reacciones oscilando entre dos
extremos: perpetuar el patrón de infidelidad o rehusarlo (Glass, 2003).

La realidad empírica del tratamiento de parejas por infidelidad nos ha dirigido, además
de hacia el estrés postraumático, hacia la realización de un trabajo de duelo. Trabajo que
no siempre culmina con la aceptación de lo ocurrido, lo que puede significar el fin de la
relación. La infidelidad suele ser vivenciada como una gran pérdida que afecta a
muchos actores, generando así duelos harto complejos en todos ellos.

El duelo en la infidelidad

La infidelidad emocional suele socavar los cimientos de las relaciones porque este acto
parece ser una propuesta, habitualmente de manera inconsciente, de separación. Lo
cierto es que esta modalidad de infidelidad es vivenciada por los miembros de la pareja

12
en momentos diferentes como una pérdida amorosa. En efecto, lo que se observa en la
práctica clínica es que la persona que inicia una relación sentimental fuera de la pareja,
en realidad ya comenzó hace tiempo un proceso de separación con respecto a la relación
oficial. A medida que profundiza en intimidad en la relación extraconyugal, debilita los
lazos de unión con la relación oficial. La infidelidad en estos casos, parece más bien la
culminación de una separación iniciada desde hacía tiempo por la persona infiel pero
que, por cuestiones psicológicas sin resolver, no se atrevía a concretarla, haciéndole
falta apoyarse sobre el bastón de la infidelidad para realizarla. Para cuando inicia la
infidelidad, el proceso de duelo hasta entonces solapado, emerge a la superficie
llegando así a su finalización. Sin embargo, lo paradójico y confuso de estas situaciones
es que no es frecuente que la ruptura se lleve a cabo. Al contrario, en bastantes
ocasiones la persona infiel afirma no querer separarse de la pareja oficial y en algunos
casos en que ha habido una separación de facto, la persona infiel regresa a la relación,
rompiendo lo establecido con la amante. Es poco frecuente que la ruptura de la pareja se
lleva a cabo porque la persona infiel inicia una relación formal con la amante. Y menos
frecuente aún, que se lleve a cabo la ruptura con ambas, la amante y la oficial. No solo
algunos autores mencionan -según testimonios de personas entrevistadas- la comodidad
que supone la relación oficial, sino que muchos relatos escuchados en consulta apuntan
en esa dirección.

Como consecuencia de la brecha explícita o implícita que puede traer consigo la


infidelidad, tratar el duelo aparece como un elemento a tener muy en cuenta, haciendo
más compleja aún la labor terapéutica. La evidencia clínica pone de relieve que la
infidelidad suele desencadenar toda una gama de pérdidas no sólo de personas, sino
psíquicas. Y, si entendemos el duelo como un proceso de adaptación que sigue a las
pérdidas, ya sean éstas simbólicas o físicas, comprendiendo tanto las repercusiones
directas de las pérdidas como las acciones que se emprenden para gestionar las
consecuencias para adaptarse (Rando, 1993), es fácilmente entendible que un trabajo de
duelo sea necesario en la terapéutica por infidelidad.

En el caso de la infidelidad, el proceso de adaptación a las pérdidas se ha revelado en la


práctica dificultoso, no sólo por la cantidad de personas involucradas en el fenómeno,
sino por la cantidad de dimensiones implicadas. Por un lado, al menos tres personas se
pueden encontrar sufriendo duelo por la pérdida de un ser querido en un mismo período

13
de tiempo. Por otro lado, hay toda una serie de pérdidas como la confianza, la imagen
ideal del cónyuge (idealización), los valores, las creencias… Algunas pacientes han
hablado de “pérdida de la inocencia”. En esta dimensión psicológica de la pérdida,
también incluimos la pérdida identitaria. Algunos estudios postulan que las mujeres
definen su identidad a través de sus relaciones, por lo que el duelo en la infidelidad no
sólo puede significar la pérdida de la persona significativa, sino también una sensación
de pérdida de sí misma (Zaiger, 1985). Otros estudios hablan del rol masculino en tanto
que padre y sostenedor de la familia. Perder este rol, es también perder una parte de la
“identidad masculina” (Herrera, 2010).

El duelo puede ser motivo de demanda e intervención cuando las personas no consiguen
seguir adelante con sus vidas porque la pérdida interfiere en ella significativamente. Al
principio del duelo es normal una dificultad para gestionar el dolor, pero mantenido en
el tiempo, más allá de un año o dos, podría convertir el duelo en patológico o
complicado. En este sentido, podríamos entender este tipo de duelo por infidelidad
como una intensificación del dolor, de manera que la persona está y se siente
psicológicamente desbordada, por lo que recurre a conductas -tildadas de-
desadaptativas que, de alguna manera, la mantienen en un bloqueo en el proceso de
duelo, sin poder resolverlo (Horowitz, 1980). De ahí que la complicación del duelo en la
infidelidad, hace que se hable casi indistintamente de duelo complicado (no resuelto),
duelo patológico o duelo traumático.

El concepto de duelo traumático nace en la década de los ‘80 de una nueva área de
estudios que combina la traumatología con la tanatología, debido a las semejanzas
existentes entre los síntomas del duelo y del trauma (Nader, 1997). Un duelo se
considera traumático por la particularidad de la pérdida en el sentido de sorpresiva e
inesperada, desencadenando mecanismos de supervivencia postraumáticos, además de
los comunes del duelo. Prigerson y colaboradores utilizaron el término de duelo
traumático por la combinación de trauma con respuestas de duelo (Jacobs, 1999;
Prigerson et al., 1997; Shear et al., 2001). Incluye síntomas similares al trastorno de
estrés postraumático, pero específicamente enfocados en la persona infiel, incluyendo la
preocupación intrusiva y angustiosa por la pérdida, la exploración hipervigilante del
entorno, la ansiedad de separación, la futilidad sobre el futuro, una visión del mundo
destrozada, la ira y un funcionamiento social deteriorado.

14
En cuanto al duelo complicado, Horowitz y col. (1980) lo definió como aquel cuya
intensidad llega a un nivel tal que la persona está desbordada, recurriendo a conductas
desadaptativas, o permaneciendo inacabablemente en este estado sin avanzar en el
proceso de duelo hacia su resolución. Muchas personas infidelizadas permanecen
fijadas a la pérdida, a cómo ocurrió la infidelidad, e incluso la recuerdan con dolor en
muchos casos, pasado mucho tiempo. Incluso la desconfianza generada por la
infidelidad frecuentemente se extiende a otras relaciones, de manera que sentimientos
de resentimiento, por ejemplo, dificultan la posibilidad de entablar nuevos vínculos.
Therese A. Rando (1993) ha desarrollado su propio modelo de intervención en el duelo
basándolo en seis estadios, agrupados en tres categorías emocionales: evitación,
confrontación y acomodación. El duelo complicado es aquel en el que no se llega a la
acomodación por una intensidad y duración prolongada en el tiempo (Worden,1991).

El duelo patológico, es definido como un proceso de duelo que, por la intensidad y lo


prolongado del mismo, no se logra trascender el dolor a pesar del tiempo transcurrido,
por lo que es susceptible de intervención psicológica. En estos casos, el síntoma de
tristeza va adquiriendo mayor connotación e intensidad conforme pasa el tiempo,
llagando a desarrollarse cuadros de depresión mayor. En psicoanálisis particularmente
este tipo de duelo está constituido fundamentalmente por una constante reconstrucción
del recuerdo del objeto1, al que ahora atribuye unas supuestas cualidades que en el
pasado nunca tuvo y que en el presente echa de menos. El malestar que se vive genera
un anhelo de un tiempo pasado y un objeto idealizados. Condición que lleva a
diferenciar la fijación primaria al objeto, es decir, previa a la pérdida, de la fijación
secundaria, esto es fijación a un objeto fantaseado construido en el presente y
considerado como la causa de un pasado de supuesta felicidad (Bleichmar, 2012).
Según el autor los sentimientos de impotencia e indefensión constituyen un aspecto
esencial del duelo patológico. Esta fijación en la infidelidad nos hablará de un antes -
idealizado- y un después de la infidelidad -desidealizado-. Hay una desesperanza en la
persona herida por la infidelidad de su pareja que se refleja en la imposibilidad de dar
marcha atrás y regresar a los tiempos anteriores a la infidelidad. Esta situación es quizás
el “talón de Aquiles” que bloquea el proceso de duelo en la infidelidad cuando la pareja
desea continuar y que reaviva la rabia y la impotencia.

1
El concepto de objeto en psicoanálisis hace referencia al sujeto amado.

15
Las dos clasificaciones utilizadas para los desordenes mentales, CIE-10 y DSM-5
incluyen un diagnóstico específico para los procesos de duelo anormales. Pero un grupo
de expertos en el campo del duelo acordó nuevos criterios para el diagnóstico de este
tipo particular de duelos llamados “trastorno por duelo prolongado” -PGD- (Prigerson et
al., 2009) definido como una forma patológica de duelo que se caracteriza por síntomas
crónicos y funcionalmente incapacitantes mucho después de una pérdida. Este nuevo
diagnóstico, PGD, incluye síntomas como ansiedad por separación, intenso anhelo por
la persona perdida, dolor y pena profunda a diario durante más de seis meses,
dificultad para aceptar su pérdida, dificultad para avanzar en la vida, sensación de vacío
y sinsentido desde la pérdida. A ello, se añaden síntomas cognitivos, conductuales y
emocionales como evitar lugares, personas y símbolos que recuerdan lo perdido (en
general la pareja antes de la infidelidad), sentimientos de aturdimiento o parálisis
(bloqueo), confusión acerca del papel en la vida, dificultad para confiar en los demás,
amargura… Para este diagnóstico, la persona que lo sufre debe continuar mostrando a
diario niveles incapacitantes de estos síntomas al menos seis meses después de la
pérdida en los ámbitos doméstico, social o laboral.

Particularidades del duelo por infidelidad

Es importante señalar que, en la infidelidad, el duelo no parece tratarse de un proceso


convencional. Aunque no hay fallecimiento e incluso muchas parejas siguen adelante
juntas, puede hablarse de un duelo amoroso porque hay una pérdida real que se deriva
de la infidelidad. En el caso de ruptura como consecuencia de la infidelidad, se han
hallado sensibles diferencias entre quienes terminaron el vínculo a causa de la
infidelidad, presentando mayor hostilidad y desesperanza en comparación con otras
razones como desacuerdos o falta de tiempo (Sánchez y Martínez, 2014). Estas autoras
en particular destacan en este tipo de duelo las fases de negociación, hostilidad,
desesperanza y pseudoaceptación.

16
La negociación la definen como “el primer periodo posterior al rompimiento amoroso
que se caracteriza por pretensión cognoscitiva y conductual de llegar a un acuerdo de
reconciliación con la expareja. Esta intención se basa en el extrañamiento y anhelo de
dicha persona, así como en el rechazo a lo que sucede (negación), lo que facilita, por
un lado, que la persona reconozca que pudo haber hecho algo mal con respecto a la
relación, y por otro, favorece la experiencia de depresión y otras emociones como la
desesperación, la frustración y la ansiedad” (Ibid, p. 1338). Durante esta fase es
frecuente manifestar signos claros de negación y de búsqueda de soluciones para evitar
la pérdida. Es precisamente en este momento cuando muchas parejas suelen acudir a
terapia.

La hostilidad parece ser el segundo estadio del duelo romántico en que se dan
comportamientos hostiles, “incluyendo el intento de chantaje a la pareja, inventar
cosas que no sucedieron o tratar de vengarse, lo que hace evidente que la persona se
encuentra desorganizada en su yo” (Ibid, p. 1339). Además, es frecuente que aparezca
una tendencia al aislamiento tratando de evitar a la gente, “lo que proporciona la
oportunidad de sumergirse en su tristeza, llorar, dejar de comer y auto-flagelarse”
(Ibid). Este escenario hace que sea difícil para la persona afectada buscar distracciones,
interactuar o manejarse con tranquilidad, contribuyendo con ello a pensar que el
rompimiento se dio por la presencia de un tercero o falta de amor. Durante este período
no es excepcional que la persona infidelizada se muestre agresiva, desorganizada y
emocionalmente decaída al no recibir una respuesta adecuada a su necesidad de
continuar la relación.

La desesperanza propia de la fase depresiva del duelo se caracteriza por “un


conglomerado emocional que involucra emociones como la desesperación, la
frustración, la ansiedad, la decepción, la resignación y la desilusión, en ausencia de
emociones que favorecen el bienestar como gusto, entusiasmo, esperanza, calma, entre
otras” (Ibid).

La pseudo-aceptación es la última etapa del duelo romántico que “incluye pensamientos


de desprecio y arrogancia con respecto a la ex pareja (…)” (Ibid) al mismo tiempo que
la persona trata de resignarse, pues ve que no puede hacer nada al respecto, a pesar de
tratar de distraerse y adaptarse a la nueva situación. Es frecuente en esta etapa la

17
hostilidad hacia la pareja infiel permanezca, a pesar de los intentos por reorganizar y
aceptar la ruptura. Se intentan gestionar emocionalmente las razones por las cuales no
se ha conseguido una negociación exitosa. Con frecuencia nos encontraremos con que la
víctima de infidelidad va llegando a una resignación, es decir, permanece enojada con la
situación. Esta resignación la he encontrado con frecuencia en la clínica con las parejas
que han seguido juntas tras la infidelidad. En la terapéutica del duelo por infidelidad lo
difícil es llegar a una aceptación.

Duelo en las personas afectadas por la infidelidad

Duelo en la víctima de infidelidad

Es quizás el duelo más complejo porque en él se involucra sintomatología propia del


estrés postraumático además de la del duelo. En él se adecuan bastante bien los criterios
diagnósticos del trastorno por duelo prolongado (PGD).

La dificultad reside en la persistencia de la rabia e ira, los pensamientos rumiantes y los


flashbacks. Estas personas entran en bucle y preguntan obsesivamente buscando un
sentido y una comprensión a la que no llegan. Parecen fijadas en una inestabilidad
emocional agotadora, ancladas rígidamente en una concepción de la pareja inmaculada.
Como se suele decir no pasan página. Algo les impide seguir hacia adelante aceptando
lo ocurrido. La aceptación y el perdón se producen difícilmente. Aquellas que llegan a
la aceptación, afirman no poder olvidarlo. En el mejor de los casos, aprenden a vivir con
ello.

Duelo en la persona amante

En ciertos casos, veremos que este duelo se produce en plena fase de enamoramiento,
por lo que suele asemejarse a un duelo amoroso o duelo romántico.

Según el estudio realizado por Rozzana Sánchez Aragón y Rebeca Martínez Cruz (Ibid),
existen diferencias entre la experiencia de un duelo ante la muerte de un ser querido y la
muerte simbólica que representa la separación amorosa. Una de las diferencias está en

18
la inestabilidad emocional (montaña rusa), ya que, en la infidelidad, se puede mantener
la esperanza de retorno durante mucho tiempo e incluso intentar conectar, saber de la
persona infiel, lo que hace que las emociones se reactiven. Ante la muerte de un ser
querido, hay una certeza: la muerte es un hecho irreversible. En cambio, en las
relaciones amorosas, la reversibilidad es posible, lo que hace que la esperanza se
alargue. Por ello, este tipo de duelos presente una mayor dificultad de elaboración.

La ruptura de una relación romántica representa una muerte simbólica ante la cual las
personas amantes experimentan la esperanza del retorno y con ello la vivencia de
emociones y ejecución de conductas con dicho propósito, dando cabida a una pseudo-
aceptación, pudiendo abrirse escenarios como la depresión, debido a una expectativa
poco realista de que se continúe en relación o de que se pueda restablecer el vínculo.

Duelo en la persona infiel

En la persona infiel el duelo puede llegar a complicarse dependiendo de la decisión que


tome.

Puede ocurrir que decida dejar a la pareja oficial e irse con la amante, en cuyo caso, el
duelo suele ser complejo, porque el duelo de la pareja oficial puede verse interrumpido
o diferido. En estos casos, suelen presentarse cuadros de ansiedad y estados bajos del
ánimo -bajonas- sin razón aparente porque, de alguna manera, el proceso de duelo se ve
interrumpido por la euforia de comenzar la nueva relación. También pululan
sentimientos de culpabilidad que sostenidos en el tiempo pueden acarrear la ruptura de
la nueva pareja y la vuelta a la pareja oficial.

En el caso de que decida seguir en la pareja oficial y dejar a la amante, se iniciará un


duelo con respecto esta última con su consiguiente fenómeno de ambivalencia.
Debemos entender que, estructuralmente, todas las infidelidades forman un triángulo
perverso en el que, aunque él o la otra desaparezcan, se mantiene una triangulación
fantasmagórica, por lo que será indispensable trabajar terapéuticamente con estos
fantasmas. Y este duelo se mezclará con el duelo de la pareja oficial en el proceso de
reconstrucción.

19
Por último, y realmente excepcional, la persona infiel se puede encontrar haciendo el
duelo de las dos relaciones porque ha decidido vivir en soledad. En este caso los duelos
se solapan, coincidiendo con una serie de duelos relacionados con la reconstrucción de
la nueva individualidad.

Duelo en la progenitura

A menudo, los vástagos tienen que hacer frente a muchos cambios en la familia cuando
los progenitores se ven envueltos en situaciones de infidelidad, especialmente si se
separan. Por lo que necesitarán tiempo y asistencia para ajustarse.

Los vástagos se verán abocados a hacer un proceso de duelo, particularmente cuando la


persona infiel decide abandonar la familia, en particular como consecuencia del
distanciamiento emocional y físico por parte de la persona infiel. El proceso de duelo en
estos casos suele teñirse de sentimientos de abandono y de culpabilidad, traduciéndose
en trastornos del comportamiento, fracaso escolar e inadaptación social. El duelo por
pérdida también puede desencadenarse como consecuencia del distanciamiento
emocional del cónyuge infidelizado, produciéndose fenómenos como el de
parentificación, que es cuando alguno o alguna de las hijas se convierte en cuidador del
adulto. También en la clínica encontramos relatos de hijos e hijas que han decidido
distanciarse física y afectivamente del progenitor infiel en su proceso de duelo.

Al igual que en los adultos, las pérdidas no son solamente interpersonales, sino que
incluyen pérdidas psicológicas y simbólicas diversas.

La pérdida de la confianza suele ser una variable que puede afectar en las relaciones
futuras de los vástagos, ya sea porque tienden a repetir el patrón de infidelidad, ya sea
porque en la elección de la pareja futura se tiene en cuenta este fenómeno con el fin de
evitarlo. En estos casos, la incertidumbre y la inseguridad están presentes, al punto de
establecer criterios rígidos en las futuras relaciones interpersonales. En estos casos suele
predominar el estilo de apego ansioso.

20
Otra de las pérdidas que influye en el proceso de duelo de la progenitura tiene que ver
con el poder adquisitivo y el estatus, confiriendo al duelo cierta sintomatología
relacionada con el sentimiento de inferioridad, la vergüenza y la baja autoestima.

Hemos observado que el lugar que ocupan padres y madres tiende a tambalearse y a
vivirse como pérdida en el caso de la infidelidad. La pérdida de la autoridad moral
parental se hace en muchos casos patentes, precipitando el proceso de desidealización
como parte integrante del duelo.

No obstante, no hay mucha literatura al respecto. Los diversos autores que han tratado
el tema de la influencia de la infidelidad en la progenitura, hacen referencia a las
consecuencias de la infidelidad, pero no al proceso de duelo.

Otras pérdidas que se aúnan en el proceso de duelo por infidelidad

Robert A. Neimeyer (2000), uno de los más relevantes en la actualidad y máximo


exponente del enfoque constructivista, señala que la pérdida de un ser querido supone
un cambio sustancial en el mundo interno y externo de cada uno de nosotros, porque las
cosas no volverán a ser iguales, ni las vamos a ver de la misma manera.

En la infidelidad existen otras pérdidas que van más allá de las interpersonales.

Pérdida de confianza

Una de las pérdidas fundamentales es la de la confianza debido a la traición, el engaño,


la ocultación y la mentira.

La infidelidad suele darse en secreto y ello implica traición a lo pactado más o menos
tácito, lo que acarrea la ruptura de la confianza necesaria y básica sobre la que se
establece la relación. Nos encontramos aquí con uno de los objetivos terapéuticos más
difíciles de conseguir: la restauración de esa confianza (Lusterman, 2005). Confianza
que en algunos casos no acaba de restablecerse. El trabajo consiste en entender que la
infidelidad no es algo personal, contra alguien y, por lo tanto, no requiere una

21
exhaustiva vigilancia del cónyuge infiel, sino más bien un posicionamiento. Como
volver a empezar en una relación nueva, desde una perspectiva que incluye la finitud.

Pérdida de la inocencia

Siguiendo el mito de la caída de Adán y Eva, esta caída en la infidelidad abre una
importante puerta: la toma de conciencia.
Quizás es que se había elevado a la pareja y/o a la relación al rango de Dios y se vivía
de espaldas a la muerte. Quizás es que se había idealizado el amor. La infidelidad hace
emerger un aspecto profundamente vulnerable en el ser humano que es el de la finitud:
de la pareja, del amor, de la pureza.... Quizás es que se habían puesto las esperanzas en
recrear el paraíso perdido. Quizás es que se había abordado la pareja desde el
pensamiento mágico, aquel que no tiene la mediación del trabajo entre la realidad y el
deseo, confundiendo ambas dimensiones. Porque quizás, el proceso de duelo que genera
esta pérdida de la inocencia es en realidad un proceso de maduración, una superación de
lo egótico, del narcisismo primario2 que supone la recreación del paraíso perdido entre
la madre y el bebé en la pareja presente donde las primigenias heridas como el abuso, el
abandono, la negligencia, el rechazo… son subsanadas, cuidadas y reparadas. El
proceso de duelo de la infidelidad permitiría evolucionar desde una inmadurez
adolescente y narcisista que la caracteriza, hacia una realidad y una toma de conciencia
de que la infidelidad era una posibilidad. Y es que en toda relación existe la posibilidad
de ruptura y de infidelidad. Así pues, la infidelidad parece representar una herida
narcisista en los diferentes egos: ni somos tan importantes ni tan especiales, ni tan
únicos, ni tan invulnerables, ni tan perfectos, ni tan amorosos, como creíamos. La
infidelidad en ese sentido, introduce ese principio de realidad y una buena parte de los
protagonistas implicados en el fenómeno infiel están atascados en ese no soltar esa
realidad idílica y egótica. La infidelidad baja a muchas personas de un pedestal. Para
algunas, representa un duro golpe para el ego. Darse cuenta de que el amor no es para
siempre y de que esa promesa de “ser fiel hasta que la muerte nos separe” se vuelve una
tragedia. La realidad acaba por imponerse. Hay mucha ingenuidad en el pensamiento

2
Freud definió el narcisismo primario como un estado en donde el sujeto dirige su libido hacia sí mismo
para posteriormente dirigirlo hacia el exterior. Un estado indiferenciado en donde no hay separación
entre el mundo externo y el sujeto. Todo forma una unidad. El llamado paraíso perdido. La fusionalidad
entre la madre y el bebé.

22
mágico que predomina en muchas parejas. Esa pérdida de inocencia nos hace
vulnerables. Nos enfrenta a darnos cuenta de que el amor puede perecer como todo. En
el momento de darnos cuenta del engaño, todo lo construido pierde sentido. La duda y
un gran pesar invaden al no saber quién es esa persona que duerme al lado. Vienen
pensamientos catastróficos. De pronto toda la historia de amor se re-ordena, se re-
evalúa. De lo ideal a lo real hay sólo un paso: la muerte. Se muere la esperanza, la
certidumbre, la estabilidad, la confianza y en muchos casos, el respeto. Y también
muere lentamente un ego: esa parte invulnerable que no acepta perder. Y justamente
ahí, es donde le podemos dar un sentido de crecimiento personal, incluso con lo
lastimados que pueden quedarse. Este golpe tiene la posibilidad de dar una lección de
vida y aterrizar en el terreno de la incertidumbre, la vulnerabilidad y la muerte. En
definitiva, la finitud.

Pérdida de valores

La infidelidad es vista como una patología moral, entendiendo esta como todo acto o
comportamiento que genera sufrimiento en otro con quien se tiene una relación y con el
que existe un compromiso afectivo y emocional. En la mayor parte de las patologías, los
comportamientos son interferidos por éstas, afectando a la voluntad y a la razón. No hay
intencionalidad de causar daño. En cambio, en la infidelidad, además de haber aspectos
relacionados con dificultades psicológicas, afectivas y emocionales, que pueden ser
inconscientes, hay una conciencia del engaño. Quien es infiel es consciente de estar
mintiendo; sabe que está traicionando a alguien. Esto lleva a muchos autores y
profesionales a considerar la dimensión moral a la hora de intervenir en esta vasta
problemática. No olvidemos que la infidelidad es una decisión que implica ocultación,
mentira, engaño y, por lo tanto, intencionalidad. Por ello, dicho fenómeno es complejo;
porque confluyen dimensiones morales, patológicas y culturales. Y por supuesto, los
terapeutas no están exentos de prejuicios a la hora de valorar el fenómeno. Como
consecuencia sería un requisito importante el adquirir una formación al respecto en la
que suspendan sus prejuicios sobre la infidelidad para evitar comprometer el proceso
terapéutico.

23
Pérdida simbólica

Originariamente la palabra símbolo, symbolon, hacía referencia a un objeto partido en


dos, siendo cada mitad conservada por dos personas diferentes unidas por un vínculo.
Estas dos partes del medallón servían para reconocer a los portadores del símbolo su
compromiso o su deuda.

Los símbolos son fundamentales en el ser humano en general y por supuesto, también
para la pareja. Crean sentido. Una relación es una construcción de sentido y significados
y por ello los símbolos son fundamentales. Una canción, una cama, un casco de moto,
un edificio, lugares… es algo exclusivo de la pareja.

En la infidelidad los símbolos suelen también romperse porque ya no son exclusivos de


la pareja. Y eso genera muchísimas dificultades a la hora de hacer el duelo. ¿Qué ha
pasado con estos símbolos nuestros? ¿Los habrá compartido? ¿Qué otros símbolos se
habrán creado con la persona amante? Muchas preguntas, muchas dificultades. ¿Cómo
recomponer esto? Esta recomposición suele generar muchos problemas en terapia. Crear
nuevos símbolos, deshacerse de los anteriores, romper la asociación de símbolos a la
persona amante… Esta dimensión suele acarrear consecuencias económicas
importantes, puesto que en muchos casos supone mudarse de casa, rehabilitación del
inmueble, cambiar de (puesto de) trabajo, emigrar, cambiar a los vástagos de colegio,
denuncias…

Aspecto identitario de la pérdida

En la vida adulta, cuando se elige estar en pareja, el ser y la evolución individual entran
en una dimensión de desarrollo en la que la presencia del otro se incorpora en la
constitución de sí mismo. En otras palabras, la experiencia existencial en pareja
sobrepasa la individualidad y la catapulta a niveles evolutivos de una mayor
complejidad vital. Por lo tanto, entendemos la relación afectiva como una construcción
en donde solo se incluyen a dos personas y de manera conjunta, dejan fuera todas las
voces intrusivas, para crear una historia y una convivencia con sentidos exclusivos,
propios y de intimidad. La relación de pareja requiere de manera permanente la

24
mutualidad y reciprocidad explícita en todos los ámbitos. De lo contrario, lo individual
al no ser puesto en común ni contrastado con el otro en la pareja, se convierte en
interlocutor privado, abriendo así una brecha entre los miembros de la pareja. Empiezan
los diálogos internos que se van volviendo más gruesos y más desviados de lo común de
la pareja, creando historias individuales silenciadas que se retroalimentan dando un
sentido de realidad a lo fantaseado privadamente sin involucrar al otro en la intimidad
de la pareja. En este sentido, la pareja deja de crear significados simbólicos de la
relación y emergen significados fantasmagóricos individuales que se traducen en dos
historias paralelas que nunca se encuentran y funcionan como fugas que vacían de
contenido la intimidad de la pareja. La pareja deja de ser sostenida desde dentro para
empezar a ser sostenida desde fuera con un cúmulo de responsabilidades, obligaciones y
compromisos que ejercen una presión tácita. A partir de esta perspectiva entendemos
por qué la presencia de terceras/os comienza a cobrar importancia para los miembros de
la pareja y que de ahí se genere ruido. Y este ruido comienza a deteriorar
paulatinamente el vínculo porque no permite una genuina conversación, en la medida en
que crea barreras infranqueables en la forma de crear significados desde dentro de la
relación.

Conclusión

El duelo en el caso de la infidelidad no hace referencia estrictamente a la ruptura de la


pareja “oficial”, sino a las pérdidas que se ocasionan en consecuencia. Debido a la
particularidad de las pérdidas por infidelidad, en el abordaje del tratamiento terapéutico,
tanto en caso de ruptura como de continuidad, resulta importante el trabajo de duelo.
Que se haga este trabajo siguiendo los modelos basados en etapas, fases o tareas, la
infidelidad requiere un abordaje particular, puesto que parece, muchos casos,
desencadenarse un trastorno por duelo prolongado.

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