Masacre Del Salado
Masacre Del Salado
Con una pistola en la mano, y un puñal en la otra, el ‘Gallo’ buscaba casa por casa
a la mujer que él creía era la novia de ‘Martín Caballero’, el jefe del Frente 37 de
las Farc. El paramilitar costeño, gritón y vulgar, recorrió las calles de El Salado, un
pueblo remoto incrustado en los Montes de María, dando patadas a las puertas y
amenazando con sus armas a todas las muchachas que se encontraba a su paso.
Hasta que encontró a Nayibis Contreras. Ella apenas sobrepasaba los 16 años.
Tenía el pelo negro y largo, y aterrada intentaba esconderse en su casa. En el
pueblo se rumoraba que sostenía amores con Camacho, uno de los jefes
guerrilleros de la zona que habían hecho de El Salado un lugar de
aprovisionamiento y descanso, pero también una retaguardia para el robo de
ganado, el secuestro y las emboscadas a los militares.
Los saladeños presentían que algo terrible iba a ocurrir. En los últimos meses
había señales de muerte por todos lados. Pero una década atrás, nadie habría
imaginado este terrible desenlace. El Salado era un corregimiento de Carmen de
Bolívar, ubicado a 18 kilómetros de la cabecera municipal, por una trocha que con
frecuencia se convertía en lodazal. Aun así, era una tierra promisoria, con 5.000
habitantes urbanos y otro tanto en las veredas, que soñaba crecer un poco más
para alcanzar la anhelada categoría de municipio, lo que significaría más inversión
pública. El Salado, además, se había convertido en una especie de oasis agrario,
rodeado de arroyos y cerros verdes, en medio de una geografía adusta y desértica
y de la inmensa pobreza de los Montes de María, que atraviesan Bolívar y Sucre.
Tenía un centro médico envidiable, con enfermera, odontólogo y hasta
ambulancia; varias escuelas y un colegio donde los muchachos estudiaban hasta
noveno grado; dos concejales y hasta estación de Policía. Todos tenían su pedazo
de tierra, en promedio de 40 hectáreas, donde se cultivaba tabaco en grandes
cantidades, maíz, ñame y yuca.
Edita Garrido, una delgada mujer que pasa los 40 años, de ojos negros vivaces y
una sonrisa a la que le asoman unos cuantos dientes, recuerda estas épocas
como las mejores de su vida: “Todos los días estábamos allá hasta las 4 de la
tarde. Éramos 80, tal vez 100. En medio del trabajo nos reíamos con los cuentos
de Julia Gómez, una compañera que nos entretenía tanto, que varias veces la
echaron, pero tenían que volver a llamarla, porque el trabajo no era lo mismo sin
ella”. Edita dice que no se conocía el hambre y que la abundancia era tal, que el
rico del pueblo, Don Eloy Cohen, mataba una vaca día de por medio y vendía
hasta el cuero. La gente tenía dinero para comprar lo básico, y aun más.
La prosperidad había hecho que la guerrilla pusiera sus ojos en El Salado. Los
frentes 35 y 37 de las Farc hostigaban con frecuencia a la decena de policías que
mal armados intentaban defenderse, hasta que un día vino un helicóptero y se
llevó para siempre a los agentes. Así, El Salado quedó expuesto a su suerte y a
las Farc. Los saladeños probaron el amargo sabor de la violencia guerrillera, que
ya se había extendido por todo el país y que incluso tenía acorralados a muchos
pueblos.
Pasó poco tiempo antes de que ocurriera la primera masacre. En 1997 un grupo
armado, enviado al parecer por ganaderos de la zona, con lista en mano, asesinó
a cinco personas, entre ellas a la maestra del pueblo. En cuestión de horas El
Salado se había convertido en un pueblo fantasma. Absolutamente todas las
familias salieron desplazadas, con sus trastos y sus animales, a la espera de
garantías para regresar. A los tres meses, la Armada se instaló por unas semanas
en el pueblo y poco a poco las familias retornaron. Para entonces, El Salado
quedó reducido a la mitad de lo que era. La guerra había traído consigo la
pobreza. Las tabacaleras se fueron y las incipientes exploraciones de petróleo y
gas fueron suspendidas.
La tensión se hizo más envolvente a finales de 1999, cuando los campesinos que
trabajaban El Salado y sus alrededores vieron cómo las Farc arreaban unas 400
reses con la marca inconfundible de Enilse López, una poderosa empresaria del
chance que para entonces ya era temida por todos en Magangué, ciudad a orillas
del río Magdalena, que quedaba justamente a espaldas de El Salado. La ‘Gata’,
como la conocían todos, se movía como pez en el agua entre los políticos de
Sucre y Bolívar. Cuando su ganado desapareció de la finca Las Yeguas, Policía y
militares emprendieron la inútil búsqueda. El ganado había pasado por El Salado,
y de allí desapareció. La Policía pensaba que las Farc lo habían repartido entre los
campesinos en lotes de cinco o seis reses, y compartido ganancia con ellos.
Delcy Méndez, quien llevaba más de una década como enfermera de El Salado,
pensó que no aguantaba más cuando recibió una llamada de una amiga de
Cartagena quien le advirtió: “Salte de El Salado porque algo va a pasar”. Entonces
cogió su ropa y, sin pensarlo dos veces, se fue para Carmen de Bolívar. Como en
un cuento de García Márquez, ella dice: “No sabíamos qué iba a pasar, pero
sabíamos que algo estaba por suceder”.
La tenaza
Según cuenta el propio ‘Dique’, en 1997, cuando las Convivir fueron prácticamente
ilegalizadas, ‘Cadena’ y sus hombres se apoderaron de San Onofre. Se habían
convertido en una estructura paramilitar que recibía órdenes de Carlos Castaño y
Salvatore Mancuso, que mantenía fluidas relaciones con militares, policías,
ganaderos y políticos, y que estaba haciendo del narcotráfico por el Golfo de
Morrosquillo el negocio más jugoso de la región.
‘Juancho Dique’ era el jefe militar de ‘Cadena’, por eso era el comisionado para la
misión que habían ordenado Castaño, Mancuso y ‘Jorge 40’: entrarían a El Salado
a desterrar a la guerrilla y todos los pobladores, y dejarían instalado allí un grupo
de los paramilitares.
Una vez reunidos los tres grupos, planearon la entrada por sitios diferentes. Un
grupo entraría a El Salado por la carretera principal de El Carmen. Otro haría el
ingreso por Ovejas, siguiendo la vía Flor del Monte y Canutalito, y el último llegaría
por un sitio conocido como La Reforestación. En total, unos 300 hombres, guiados
por cinco desertores. “Según entiendo, se habían entregado a la Infantería de
Marina, y de ahí se los entregaron a ‘Cadena’”, asegura ‘Dique’.
Amaury había entrado por la vía principal, dejando tras de sí una estela de terror y
muerte. En la mañana del 16 de febrero, los paramilitares detuvieron en la
carretera a uno de los camperos que cada día hacían el viaje entre El Salado y
Carmen de Bolívar. En el carro iban, entre otros, Edith Cárdenas, una mujer líder y
reconocida por todos en El Salado. Según testimonio dado días después por
María Cabrera, promotora de salud que también iba en el carro, los paramilitares
miraron los hombros de Edith y los vieron marcados y asumieron que era una
señal inequívoca de que la mujer cargaba morral, y que era guerrillera. En
realidad, eran las marcas del uso de camisetas escotadas, para lidiar el calor de la
zona. “¡Habla Edith, habla. No te quedes callada!”, le gritaba María, pero Edith no
pudo hablar del miedo. La mataron. A ella y a los demás. Sólo María y otro
pasajero pudieron escapar por los rastrojos, corriendo desesperados para salvar
sus vidas.
Mientras tanto en el pueblo la inquietud crecía. Por una llamada telefónica alguien
supo que el campero que salió de El Salado nunca había llegado a su destino en
El Carmen. Luego empezaron a llegar campesinos que huían despavoridos de las
veredas que los paramilitares estaban arrasando. Los habitantes de El Salado,
llenos de pánico, se reunieron sin saber qué decisión tomar. Muchos
emprendieron la huida sin pensarlo dos veces. Otros entendieron que el
desplazamiento era inminente cuando vieron a los guerrilleros de las Farc
corriendo en retirada. Habían perdido hombres, tenían varios heridos y estaban
buscando refugio en el monte. Uno de ellos alcanzó a decirles a los habitantes de
El Salado: “Corran, corran que vienen a acabar el pueblo”.
Teresa Castro y David Montes, una pareja que a pesar de los infortunios parece
feliz, fueron de los primeros que emprendieron la retirada. “En el camino a Arenas
nos reunimos en un caney de tabaco como unas 100 personas. Los niños lloraban
de hambre y sed. Queríamos devolvernos, pero cuando oímos los tiros y supimos
que estaban matando a la gente en los caminos, nos tiramos al monte. Duramos
dos días caminando sin nada que comer. Me desmayé y les pedí a los demás que
siguieran. Pero no me dejaron, y al fin pudimos salir”, cuenta Teresa.
El camino fue tan tortuoso, que Helen Margarita Arrieta, una niña de apenas 6
años, murió deshidratada mientras le imploraba a una vecina que le diera agua.
Pero en esas tierras no había ni una gota de líquido. Sólo el inclemente calor de la
Costa.
Orgía de sangre
Mientras tanto, un helicóptero que volaba bajito ametrallaba las casas del pueblo.
En una de ellas murió destrozado por una bala Libardo Trejos, quien se escondía
junto a varios vecinos, y cuya sangre bañó durante todo el día a una niña de 5
años, que desde ese día no ha vuelto a hablar ni se ha recuperado del trauma.
Las muertes se producían cada media hora. La gente estaba bajo el sol
inclemente, de pie, viendo cómo se llenaba de cadáveres la plaza, y como los
paramilitares festejaban su ‘hazaña’. Los paramilitares sacaron los tambores, las
gaitas y los acordeones, y con cada muerto, hacían un toque. Era un ambiente de
corraleja, donde las fieras tenían la ventaja y las víctimas estaban indefensas.
Los paramilitares recién reclutados pedían a sus superiores que les permitieran
disparar, como si fuera un privilegio. “Ellos me decían: ‘deme la oportunidad,
quiero darle de baja a una persona...’”, entonces yo se la daba, contó ‘Juancho
Dique’.
Como si fuera poco, violaron a una mujer varios hombres en fila. Se ensañaron en
las mujeres. A algunas de ellas les metieron los alambres donde se seca el tabaco
por la vagina. A todas las insultaron diciéndoles que eran las amantes de los
guerrilleros.
Esa noche nadie durmió, nadie comió, nadie bebió. Y nadie habló. El silencio sólo
fue interrumpido por las cigarras, el viento que levantaba los techos y las voces de
los paramilitares que patrullaron toda la noche. Lejos se oían de vez en cuando
disparos y risas.
A las 5 la gente pudo por fin llorar a sus muertos. Se abrazaban unos a los otros,
gritando, revolcándose en el suelo de tristeza. Maldiciendo y pidiendo castigo. Los
perros, que habían estado callados todo el tiempo, empezaron a aullar
desesperados.
Ledys Ortega, una joven líder de El Salado que ahora actúa como inspectora de
Policía, fue una de las que encendieron las alarmas. “El alcalde no nos escuchó.
Por el contrario, cerraron la carretera y no dejaron pasar a nadie”. La troncal de la
costa empezó a taponarse por las decenas de familiares que se agolpaban allí
buscando desesperadamente entrar por sus propios medios a El Salado, y ver qué
estaba pasando. La Cruz Roja, los noticieros de televisión, todos estaban allí. Pero
nadie pudo pasar. Los militares simplemente dijeron que la carretera estaba
minada. Y que no tenían helicópteros disponibles para una operación aérea.
Según reposa en el acta, el primer punto tratado fue la información del DAS sobre
el robo de 500 reses pertenecientes a Miguel Nule Amín y a la esposa del
ganadero Joaquín García, en la zona rural de San Onofre. Tanto el gobernador,
Eric Morris –hoy condenado por pertenecer a grupos paramilitares–, como el
senador Álvaro García Romero –detenido y acusado de paramilitarismo y de la
haber participado en la masacre de Macayepo– y el propio Nule Amín –aliado de
los paramilitares– le habían pedido a la Armada, según testimonios de los
oficiales, que movieran tropas para buscar un ganado que nunca se encontró y de
cuyo hurto tampoco hubo denuncia formal. Hoy muchos de estos oficiales piensan
que el robo nunca existió y que sólo fue una coartada para desviar la atención de
los militares y la Policía.
Había evidencias de que estaban asesinando civiles y de que era una masacre
escalofriante. Aun así, todas las autoridades allí reunidas prefirieron creer que se
trataba de combates entre grupos armados. Basados en esta hipótesis –o cortina
de humo–, no hicieron nada diferente a esperar. Teoría que nadie, excepto ellos,
creyó. Por eso finalizan la reunión diciendo: “Los medios de comunicación, por su
afán de tener la primicia, no manejan informaciones oficiales; por el contrario,
multiplican el drama de las familias y desinforman a la opinión pública”.
‘Juancho Dique’ narra así el repliegue: “Salimos en tres camiones como Pedro por
su casa... ‘Cadena’ ya tenía todo arreglado”.
El 23 de febrero, cinco días después de la masacre, cuando ya todo el gobierno
estaba en el ojo del huracán por la increíble negligencia con la que había actuado,
la Armada reportó la captura de 11 paramilitares. Efectivamente se trataba del
grupo que llevaba el ganado rumbo al Magdalena y que encabezaba el cuñado de
Castaño, ‘H2’. Un año después, ‘H2’ se fugó de la cárcel Modelo, por la puerta
principal y, desde entonces vivía al lado de Castaño, junto a quien fue asesinado
en 2004.
No sobra decir que la justicia nunca encontró pruebas para vincular con la
masacre a nadie que tuviera rango militar o poder político. Sólo ahora, cuando en
las versiones libres de Mancuso, ‘Juancho Dique’ y el ‘Tigre’, y los testimonios aún
temerosos de las víctimas, se empieza a conocer que en esta matanza
convergieron intereses económicos de gamonales que veían amenazado su
patrimonio por las acciones de las Farc, de narcotraficantes que querían controlar
el territorio que unía el sur de Bolívar con el mar Caribe y que era clave para sus
negocios, intereses de autoridades que querían derrotar a las Farc mediante la
guerra sucia, y de políticos que ya tenían en curso un plan de control total de la
Costa. Todo esto junto hizo posible esta barbarie sin límite.
El frente 37 las Farc se mantuvo en la zona rural de El Salado hasta el año pasado
cuando ‘Martín Caballero’ murió en combates con la Infantería de Marina. El
balance final es que en El Salado y sus alrededores hubo 66 muertos. Las
víctimas saben que más allá del ganado o de la disputa de territorio entre guerrilla
y paramilitares, había intereses estratégicos de mucha gente sobre El Salado.
Acto de contrición
A El Salado han retornado cerca de 400 familias que saben que su pueblo jamás
volverá a ser lo que fue. Otro tanto de personas se han postulado como víctimas
para ser reparadas y siguen de cerca las declaraciones de los paramilitares que
cometieron los crímenes más atroces contra ellos. Pero las heridas son profundas
y difíciles de curar.
La guerra en todo caso acabó con una comunidad que tenía en la tierra una
promesa de progreso. Algo que seguramente podrán disfrutar otros. Pero no
quienes nacieron y vivieron allí.
Desde el año pasado, una empresa de sísmica busca gas y petróleo en El Salado,
según dicen los especialistas, con buenas perspectivas. La muerte de ‘Caballero’,
la seguridad democrática y el retorno han revalorizado las tierras. Empresarios y
ganaderos antioqueños ya han comprado más de 15.000 hectáreas para
ganadería o biocombustible.
Curiosamente, un mes después de la masacre, en marzo del año 2000, en otro
consejo de seguridad las autoridades locales reportan que la zona ha recobrado la
calma. Y que había buenas noticias. Inversionistas estaban viendo en la región un
gran potencial para sembrar palma de aceite. Cultivos que al parecer nunca
llegaron.
Masacre de Bojayá
La joven guerrillera clavó la culata del fusil en la arena húmeda de la orilla del río Atrato,
que bordea la población antioqueña de Vigía del Fuerte, y lloró. Levantó el rostro al cielo y
por sus mejillas bañadas en sudor y barro corrieron las lágrimas. Fue un llanto silencioso
pero cuando vio a unos hombres, la mayoría heridos, algunos mutilados, que alcanzaban
a rastras la playa y suplicaban que no los mataran porque ellos eran apenas pobladores,
la joven combatiente se dejó caer de rodillas y exclamó: “¡Dios mío!, ¿qué hemos
hecho?”.
Cruzó el río vadeando en una canoa sobre el mediodía de ese jueves 2 de mayo.
“Usamos las manos. Huíamos agachados para esquivar las balas. Algunas caían cerca
como cuando se lanzan piedritas al agua”. Huía de Bellavista, donde horas atrás, a las
10:15 minutos de la mañana, un cilindro de gas cargado con dinamita lanzado por las
Farc atravesó el cielo, rompió las tejas de Eternit de la capilla San Pablo Apóstol de
Bellavista y cayó en el altar, junto a la imagen de Cristo. La iglesia, de 117 metros
cuadrados, donde en ese momento se refugiaban de las balas 300 personas de Bellavista
y los sacerdotes Janeiro Jiménez Atencio, Antonio Mena y Antún Ramos Cuesta, explotó
en mil pedazos.
Los cristales volaron. Las tejas cayeron convertidas en afilados cuchillos y la madera de
una de las 12 bancas salió disparada en astillas. La joven Luz Nelly Mosquera, de 19
años, recuerda que sintió un silencio profundo. “No sabía si yo también estaba muerta. No
sentía nada”. En realidad estaba sorda por la explosión. Desde la puerta del templo,
donde estaba, miró el camino construido en material, de dos metros de ancho por 90 de
largo, y empezó a caminar con lentitud hacia el otro extremo, a la orilla del río Atrato.
Creyó que nadie se había salvado. Su madre, sus amigos, los niños, todos.
Caminó hacia adelante 10 pasos aún con la sensación de estar muerta. Se detuvo y
volteó a mirar: brazos aquí, una cabeza de una niña allá, un tronco de un niño al otro lado,
mucha sangre que corría por el suelo y una nube de polvo que salía de la iglesia. De
pronto vio que su madre se levantaba de entre los muertos y aturdida la llamaba.
Luz Nelly volvió a escuchar y comprendió que estaba viva. Retornó por ella, la cogió de la
mano y emprendió la huida en dirección al río. Una romería de mutilados y sobrevivientes
las siguió y al instante se encontraron con varios combatientes de las Farc que en ese
momento estaban tomando posesión de las orillas del río. Los guerrilleros iban a
rematarlos pero alguno de ellos comprendió en un segundo que era población civil
desarmada y ordenó dejarlos pasar.
Los sobrevivientes se abalanzaron sobre las pangas e iniciaron la travesía hacía Vigía del
Fuerte, donde a esa hora los miembros de las Farc celebraban lo que hasta ese momento
consideraban una victoria militar y no el más escalofriante ataque en su historia contra
civiles inocentes: 117 personas murieron, entre ellos 47 niños, de una población de 1.100
habitantes. Es decir, le habían quitado la vida al 10 por ciento de un pueblo humilde y
olvidado. Además dejaron 114 heridos, 19 de ellos de gravedad. Hasta ese momento los
guerrilleros creían que la operación iniciada contra las Autodefensas Unidas de Colombia
(AUC) 10 días antes, el domingo 21 de abril, había sido a su favor. Ese día, al atardecer,
llegó procedente de Turbo un destacamento paramilitar del bloque Elmer Cárdenas en 10
pangas, cada una con dos motores de 200 caballos de fuerza.
Además entraron dos avionetas que aterrizaron en la única calle de gravilla del pueblo,
que por su extensión de 800 metros se utiliza como pista. Algunos testigos afirman que en
una avioneta, marcada con las siglas AUC, llegó ‘El Alemán’, el más joven comandante de
los paramilitares, de 28 años de edad, alto, barbado, fornido. Arribó acompañado de una
bella joven y un perro negro rothweiller. Los paramilitares que entraron por agua
navegaron río Atrato arriba confiados en la victoria, que no era otra que sacar a las Farc
de Bojayá y Vigía del Fuerte.
La guerrilla estaba allí desde el 25 de marzo de 2000 cuando, en una acción relámpago,
asesinó a 21 policías, hirió a tres más y secuestró a otros 10. En esa ocasión, además,
los guerrilleros fueron casa por casa y sacaron a ocho civiles, a quienes sin previo juicio
acusaron de auxiliar a los paramilitares y los fusilaron. Desde esa fecha la guerrilla
impuso su ley. Alfredo Pitayá, de 32 años, padre de cuatro hijos y humilde cultivador de
plátano, recuerda que un hombre con fusil terciado le dijo: “Ahora nosotros mandamos
aquí”.
También recuerda que ese día sintió ganas de irse a buscar la vida en otra parte pero
desistió porque por ningún lado tenía salida. Vigía del Fuerte y Bellavista son dos
poblaciones de casas de madera levantadas sobre pilotes de un metro para intentar evitar
las inundaciones que se presentan con frecuencia. Un informe del Ideam asegura que
“esta zona está dentro de las tres regiones más lluviosas del mundo”.
En realidad las salidas son dos: río abajo, en dirección al golfo de Urabá, donde después
de navegar 157 kilómetros se encuentra Riosucio, o aguas arriba, a Quibdó, a 188
kilómetros. Son los únicos lugares relativamente seguros pues las otras son poblaciones
donde paramilitares y guerrilleros intimidan, asaltan y matan para buscar controlar el río. A
lado y lado del río se levanta, imponente, la selva tupida. En tierra es una maraña
húmeda.
Desde el aire se ven el río serpenteante, que se abre paso entre una densa capa de
vegetación verde oscuro, y las dos poblaciones de paredes de madera y tejas de cinc,
lucen rasgadas con trazos platinados. Es el reflejo del agua que se cuela por todas partes.
No importa que no llueva en los pueblos porque con frecuencia los aguaceros se
desgajan en la cordillera Occidental y las aguas caen en grandes volúmenes al Atrato y el
pueblo se inunda. Así que ante la imposibilidad de salvar estos obstáculos Alfredo Pitayá
se quedó.
Fue él quien empezó a ver el retiro de la guerrilla de los cascos urbanos en el amanecer
del 21 de abril. “A mí se me hizo raro porque cuando el guerrillero me dijo que ahora
mandaban aquí también me advirtió que de aquí no se iban”. Pero en la tarde,
comprendió lo que sería el principio de su tragedia pues empezaron a aparecer las
pangas con los paramilitares. En la distancia no los diferenció pues ambas partes se
visten igual aunque se distinguen porque estos últimos llevan un brazalete blanco que
dice en letras negras AUC.
El viaje de los paramilitares desde Turbo no tuvo alteraciones pues, como dice un
comunicado de la diócesis de Quibdó, pasaron sin contratiempos “por los puestos de
control militar y de Policía en Riosucio”. La diócesis hizo una alerta temprana sobre este
hecho a la Defensoría del Pueblo, que a su vez la pasó a los organismos del Estado (ver
artículo en la página 42). Las pangas partieron de Turbo, el mismo puerto donde en el
mes de diciembre entraron, procedentes de Nicaragua, 3.000 fusiles y seis millones de
cartuchos para los paramilitares caso que ahora está en investigación.
La tensión en los dos humildes pueblos de Vigía del Fuerte y Bojayá se vino a sentir
cuando las autodefensas empezaron a coparlos. “Era extraño que los guerrilleros se
fueran porque sí y los otros llegaran como si nada”, aseguró Pitayá. De todas maneras él
fue y buscó al comandante paramilitar y le dijo que le iba a leer una declaratoria de
autonomía que en esta región acostumbran hacerles a los grupos armados cada vez que
llegan. “A la población civil no le va a pasar nada”, le prometió el jefe de las AUC.
Pero la lucha apenas comienza”, escribió en su página de Internet el estado mayor del
bloque Elmer Cárdenas el lunes 29 de abril. Por algún motivo, sin embargo, no tomaron
las precauciones necesarias aunque en el mismo comunicado insinuaron los movimientos
de la guerrilla. Bajo el título ‘Urabá no les dará cabida’ informaban que las Farc “hace dos
semanas entraron a Riosucio, en el Urabá chocoano, para robarse 99 pipetas de gas y
algunos bidones de gasolina”, ante lo cual preguntaban “¿cuál será el pueblo que
terminará destruido por las pipetas robadas? Esperen el golpe”.
El golpe que preparaban las Farc era de una envergadura pocas veces vista. Cerca de
2.000 hombres del bloque noroccidental, cuyo jefe es ‘Iván Márquez’, miembro del estado
mayor, estaban entre la maraña encerrando en una tenaza a los paramilitares y, en el
medio, los habitantes de los dos pueblos. Alfredo Pitayá recuerda que escuchó el primer
disparo del golpe el día festivo primero de mayo a las 6 de la mañana. De la maleza
salieron varias ráfagas contra una panga en la que se transportaban una veintena de
hombres de las AUC.
Cuando empezó la balacera los paramilitares que estaban en Vigía del Fuerte
reaccionaron con rapidez y emprendieron la huida al frente, hacia Bellavista, en donde se
iba a presentar el fatal desenlace. Al llegar a la población chocoana lo primero que
hicieron los paramilitares fue atrincherarse en el área urbana de Bellavista. Los
pobladores salieron corriendo hacia el centro de salud, la iglesia y al Colegio
Departamental César Conto y la casa de las hermanas Agustinas Misioneras.
¿Qué llevó a la población civil a esos sitios? “Pues la balacera. Eran las únicas
edificaciones de material”, asegura Ernesto Ortiz, un hombre de 40 años, padre de cuatro
hijos. “Yo tomé a mi esposa y a mis hijos y nos metimos en la iglesia porque pensé que
allí Dios nos protegería”. Su esposa, Matilde Briceño, también creía que era la única tabla
de salvación pues lo otro era la selva, el río, y nada más, pues es un pueblo tan pobre que
ni siquiera tiene un teléfono para pedir ayuda. “Yo en cambio no me fui para ninguno de
esos sitios porque la noche anterior había soñado que estábamos encerrados en una
casa y que las llamas nos rodeaban y no podíamos salir”, recuerda Dionisio Valencia, el
joven que después vería llorar a la joven guerrillera.
Sus compañeros saltaron para protegerse. En cambio los civiles no podían ver el proyectil
y sólo lo sintieron cuando explotó. Dos hombres que estaban junto a Luz Nelly Mosquera
quedaron con los brazos completamente amputados. Sin embargo alcanzaron a correr 80
metros hasta la casa de las hermanas, se abalanzaron contra las puertas, pero como
estaban trancadas por dentro cayeron fuera y murieron desangrados. Sus cuerpos serían
los últimos en sepultar.
Ernesto Ortiz quedó aturdido. Las esquirlas le destrozaron los brazos pero no les hicieron
daño a dos de sus hijos, que se salvaron. En cambio sus otros hijos, una niña de 13 años
y un niño de 7, y su esposa, Matilde Briceño, murieron destrozados. También sobrevivió,
al otro extremo de la iglesia, el padre Janeiro Jiménez Atencio, quien no vaciló ni un
segundo. Tan pronto vio la carnicería, los cuerpos destrozados, pensó de inmediato en los
sobrevivientes.
“Había gente para salvar. Algo tenía que hacer”. Y, en efecto, salió por la parte de atrás y
se internó en la selva plagada de mosquitos, guiando una romería de hombres, mujeres y
niños que después de 28 horas de estar agachados, tapándose los oídos para amortiguar
el traqueteo y el ruido de una explosión dentro de un recinto cerrado, ahora debían tener
despiertos los cinco sentidos para correr. El iba sacando una a una las personas, saltando
matones, diciéndoles a los paramilitares que estaban cerca que no los mataran porque
ellos eran neutrales, suplicándoles a los de las Farc que no los terminaran de asesinar.
Como iban semidesnudos fueron heridos por las pringamosas, los chuzos, la mafafa y el
bambú. “Vamos, padre, vamos”, escuchó que le gritaba la gente. Pero como iba
empujándola y velando que no se le quedara nadie atrás, la selva se le cerró y se extravió
entre pantanos, ciénagas y manigua.
Solo en la selva
En la soledad lloró, no sólo por su extravío sino por la impotencia de no poder salir para
ayudar a las víctimas que se habían quedado atrás. La mayoría de ellos, entre tanto,
luchaban contra el caudaloso río para alcanzar la orilla de Vigía del Fuerte, donde estaban
la mayoría de combatientes de las Farc que creían estar logrando una victoria.
Cuando vieron llegar ese ejército de cuerpos semidesnudos, mutilados y asustados,
quedaron perplejos por unos minutos. Pero al poco tiempo el comandante ‘Chucho’
ordenó continuar la ofensiva. El fuego entre las partes se mantuvo hasta el viernes 3 de
mayo, cuando las Farc asumieron el control de Bellavista y la única presencia paramilitar
en tierra era de varios cuerpos sin vida. Uno de ellos era el del comandante ‘Camilo’, uno
de los líderes del grupo.
No se sabe el número de víctimas de éstos pues sus compañeros se llevaron los heridos,
aunque se presume que es alto. Esto se deduce porque en el pueblo, además de los
cuatro cadáveres, quedaron 100 equipos de campaña y 55 fusiles y dos ametralladoras
de fabricación rusa que las Farc se llevaron en dos pangas. Además, posteriormente, el
jueves 9 de mayo, el comandante de las AUC, Carlos Castaño, hizo público un editorial en
el que pregunta: “¿Y nuestros muertos quién los llora?”, en el que escribió: “Claro que nos
duelen los muertos de Bojayá, nos duelen todos, más los inermes y humildes campesinos.
Pero también lloramos los nuestros, nuestros muertos, inocentes y víctimas, aunque
armados”.
En cambio sí hay una certeza, y es lo que pasó con los 117 muertos de la iglesia. Sus
cuerpos estuvieron a la intemperie desde las 10:15 del jueves 2 de mayo hasta las 12 del
día sábado 4 de mayo, cuando llevaron los primeros cuerpos a una fosa común que
cavaron bajo la lluvia porque era imposible sepultarlos en el cementerio que estaba
anegado. El día lunes 6 de mayo llevaron el resto. Durante 98 horas estuvieron
descomponiéndose bajo el sol del Atrato, bañados por los torrenciales aguaceros de la
región; la carne viva bajo la humedad de la selva.
Asi es la guerra
Otros hicieron lo mismo y todos encendieron cigarrillos Pielroja para neutralizar el olor.
Como no había suficientes guantes en el puesto de salud buscaron bolsas plásticas e
improvisaron guantes que aseguraron a sus muñecas con cabuyas. Luego llevaron los
cuerpos a las canoas. Empezó un desfile de canoas por las aguas del Atrato ante la
mirada miedosa de las mujeres sobrevivientes en las orillas, el mareo de los hombres que
realizaban la tarea y la vigilancia silenciosa de los guerrilleros que observaban en la
distancia. Fueron al cementerio pero continuaba anegado.
Se dirigieron selva adentro, cinco kilómetros arriba, hasta la misma fosa donde el sábado
habían depositado los demás restos y sepultaron allí a las víctimas, bajo un torrencial
aguacero, sin poder siquiera ofrecerles una misa y sin derramar una lágrima porque ellos
no lloran ante los actores armados por temor a que los acusen de estar dolidos por algún
difunto que ellos consideraban un enemigo. El martes acabaron la tarea cuando
sepultaron a los hombres que habían corrido sin brazos. Ese mismo día apareció de su
extravío el padre Janeiro Jiménez Atencio. Llegó con paludismo, con varios kilos menos y
con el dolor de no haber podido sepultar a su gente. Cuando llegó, en el pueblo no había
nadie. Las puertas y las ventanas quedaron de par en par. El silencio era sepulcral. Entre
tanto, al otro lado, en Vigía del Fuerte, había confusión.
Todos querían huir. Y le temían a todo, pues las balas ya no venían por tierra y agua pues
en varias ocasiones un helicóptero militar sobrevoló Vigía del Fuerte y ametralló de ida y
de vuelta. Entonces se apresuraron a llevar los heridos a las embarcaciones. “Miren mis
brazos, miren mis brazos”, clamaba Ernesto Ortiz. El fue a uno de los primeros que
subieron en una panga. Alfredo Pitayá esta vez sí decidió embarcarse. A los desplazados
de allí empezaron a sumarse los de los pueblos cercanos. Naciones Unidas estima que
pueden ser cerca de 30.000 pobladores atravesando el río. Algunos creen que así huirán
de la violencia. Pero otros saben que la tragedia ahora entra en otra fase. Hace cinco
años, primero los paramilitares y luego el Ejército, llegaron a la cuenca del río Atrato, en la
zona media y baja, sobre los ríos Salaquí y Truandó. Hubo muchos muertos y un éxodo
enorme; 4.500 se fueron para Pavarandó en el desplazamiento masivo más grande por
una sola acción en la historia del país.
MASACRE DE MAPIRIPAN