El origen de la sangre maldita

Un relato basado en La Marca del Guerrero

http://lamarcadelguerrero.blogspot.com

El origen de la sangre maldita XI.

La Marca del Guerrero

La familia Ustípide y la familia Salvino habían quedado seriamente tocadas por la pérdida de gran parte de sus fuerzas. Y no sólo eso. Sus posibilidades de recuperar el bosque eran nulas y, sinceramente, estaban asustados. La barbarie había sido algo inesperado, inimaginable. Los guardias de los Aivanek estaban hechos a apagar revueltas campesinas a golpe de espada y se decía que los desollamientos no eran extraños en las sentencias por delitos de sangre o pecados de la Época del Fuego. Ellos estaban acostumbrados a la sangre y los gritos agónicos. Ni los Ustípede ni los Salvino. Simplemente, les habían arrasado y horrorizado. Se habían alejado de la frontera Someti para lamer sus heridas como un par de alimañas apaleadas. Juntos, en su silencio, Femir y Taleón se consolaban. Puede que los villanos y otros plebeyos estuviesen habituados a las agresiones y los asesinatos en callejones, pero en esa época de paz en la que las guerras se libraban de forma verbal en salones privados, la mayor parte de la nobleza sólo veían la sangre cuando acudían a alguna ejecución o por un accidente. Durante aquel periodo, breve en la historia del Reino, los nobles eran refinados y de estómago frágil. Especialmente los sureños. Se guarecieron en una población de mediano tamaño, junto a la encrucijada en la que confluían el Camino Seco y el Camino del Lago. El primero comenzaba en ese lugar y se extendía hasta las puertas del castillo de los Salvino, el segundo ascendía desde la capital de los Ustípide hasta el lago. En aquella villa pudieron descansar y sanar a sus hombres de las heridas que les debilitaban. Al menos, a aquellos en los que fue posible hacerlo. Taleón era, en esos turbios momentos, un hombre estoico. No se distinguía en sus ojos fríos pesadumbre, ni temor, ni odio. No se distinguía, de hecho, ningún sentimiento. Pero eso no significa que no sintiese. De hecho, sentía con una intensidad mayor de la que nadie imaginaba. Una hoguera de rencor ardía con llamas de ansiedad en su pecho, llenando sus pulmones de un asfixiante humo de desprecio. Esa hoguera, lo sabía con seguridad, dejaría al consumirse unos rescoldos que no se apagarían. A esos rescoldos se les había puesto un nombre que no hacía honor a su violento ímpetu; se les llamaba “deseos de venganza”. Femir se aproximó a él y se posicionó a su lado. Su rostro, en contraposición, reflejaba temor y espanto a partes iguales. Pareciera que hubiesen intercambiado las características propias de sus familias, puesto que eran los Ustípede los imperturbables por excelencia y los Salvino los pasionales sin autocontrol. - ¿Sientes odio, muchacho? – preguntó Taleon con parsimonia. Femir le miró con cautela y tardó varios segundos en responder, desviando la vista de su aliado y amigo al suelo, luego a los heridos y finalmente de vuelta al Salvino. - Supongo que sí – contestó finalmente. Taleon se volvió hacia él bruscamente y su voz sonó completamente embargada por el enojo.

2

El origen de la sangre maldita

La Marca del Guerrero

- ¿Supones? El odio no se supone, no se medita, no se… racionaliza, maldito chiquillo Ustípede. El odio se siente – se volvió hacia el joven y, apoyando una mano en su hombro, usó la otra para presionar entre la boca del estómago y el pecho -. Aquí. ¿Lo sienes? El interrogado se sintió cohibido, azorado, ligeramente inquieto. - ¿Lo sientes? – preguntó de nuevo, alzando la voz. Femir negó con la cabeza. Lo que sí sentía era un nudo en la garganta. - Hombres que te eran leales, tus hombres, han muerto hoy. Igual que los míos. - ¿Tú sí sientes odio? – preguntó el joven, sin saber qué decir. Taleon se separó de él. No le gustaba admitirlo, pero era cierto. - Dimos una oportunidad al Someti, le tratamos con respeto, con honor, dentro de los términos de una guerra civilizada, al menos todo lo que puede una guerra ser civilizada. Y él nos ha soltado la avalancha de los Aivanek encima. Ha dejado que nos arrasaran, que nos masacraran. Se ha quedado en su agujero mientras nos despedazaban. No nos ha dado una campanada de alarma para tener la oportunidad de escapar a tiempo, no ha exigido a los Aivanek que siguieran los términos de un enfrentamiento armado entre nobles. Por las nieblas del infierno, esos sanguinarios no nos han dado ni la opción de evitar el enfrentamiento ni el más mínimo cuartel, ni siquiera nos han dejado huir – la voz del Salvino temblaba de pura rabia, rabia de la que se vio contagiado Femir, empapado de ella. - ¿Qué vamos a hacer? – preguntó entonces, cerrando los puños. - Eres señor de tu casa. Debes pensar en ella en primer lugar, independientemente de lo que yo haga. - ¿Y qué vas a hacer tú? Taleon sonrió. Era una sonrisa escabrosa.

Los Salvino no tenían unas tierras fértiles, en su duro suelo crecían casi exclusivamente cereales y legumbres. Casi todos sus lagos eran pequeños y estacionales, con lo que tampoco disfrutaban de pesca. Ninguna montaña recorría sus territorios, no tenían minas. Las personas no gustaban del agobiante calor de su clima, así que tampoco recibían a muchos visitantes con los que establecer vínculos políticos ni comerciales. Realmente, los Salvino no tenían nada. Nada excepto honor. Y el honor no suele ser una buena fuente de ingresos, pero sí una buena razón para despertar lealtad. Cuando un incendio se cebaba en las tierras de los Optuyetade, los Salvino enviaban vasallos que ayudaran en su extinción. Si un terremoto sacudía los territorios de los Cublión, los Salvino iban a ayudar a reparar los destrozos. En los momentos en los que había habido enfrentamientos con los bárbaros, los guardias Salvino eran los primeros en acudir a la llamada. Cada vez que ocurría una catástrofe en el Reino, allí estaban ellos para ayudar voluntariosos, y consigo arrastraban a los Ustípede. Además, uno de los hijos de Taleon había sido desposado con una Yorkuk y el señor de los Salvino había tenido el buen juicio de ser el primero en ligar en matrimonio a una de sus hijas con los nuevos nobles, la familia Galdaba. Los Galdaba eran guerreros, y a Taleon le gustaban los guerreros.

3

El origen de la sangre maldita

La Marca del Guerrero

Así pues, en el tiempo mínimo necesario, había unido a la causa de los Ustípede a casi todas las familias del reino. Pero la suerte aún quiso regalarle una baza más en aquel juego. La familia real le había expresado su apoyo en la contienda. Según le contaron los Cublión, debido a una especie de cruzada que habían iniciado contra los Aivanek. Taleon Salvino no preguntó la razón de tal empresa, pues la familia Aivanek era la única otra familia mayor del reino, a parte de la real, y bien era sabido que a los Amoyda no les gustaba la competencia. Presupuso que de eso se trataba. Y ya no era el bosque lo que reclamaban. Aunque no lo dijesen a viva voz, era sangre por sangre lo que buscaban, y el beneplácito de la familia real les confería no sólo vía libre para alcanzar su propósito, sino también el apoyo completo de todas las demás familias, sin reservas. Los Someti no dudaron a la hora de retrasarse hasta el castillo de su capital, mientras sus tropas se dividían estratégicamente por su territorio. Ni siquiera se hubiesen planteado el presentar batalla si no fuera porque tenían a los Aivanek para protegerles. A pesar de todo, con la casa real involucrada y sin más aliados, las cosas no iban bien encaminadas. En su castillo de la Cordillera del Águila, el señor de los Aivanek discutía a puerta cerrada con su hijo menor. Llevaban más de tres horas embarcados en la misma cuestión, y no parecía que fueran a llegar a una conclusión satisfactoria. - Ni tan siquiera estás casado con ella, Ren. Esto tiene que parar. - Pero la casa real no nos ha dado orden de que abandonemos la lucha – argumentó el muchacho. - Se ha posicionado en el bando opuesto. ¿No te dice nada eso? - Pero no nos han dado esa orden. Si quieren terminar con esta guerra, es absurdo que no lo hayan intentado utilizando sus derechos reales. - No lo entiendes, Renio – suspiró su padre -. Si no nos ha llegado esa orden es porque no quieren darnos la oportunidad de doblegarnos. Los Amoyda quieren destruirnos, como destruyeron a los Farrok. - ¿Entonces para qué vamos siquiera a plantearnos abandonar a los Someti? Si la familia real quiere destruirnos, entonces los Someti son nuestros únicos aliados. - Entiéndelo, Ren. No puedo sacrificar a toda la familia porque te hayas encaprichado de una chiquilla. Ni siquiera estás casado con ella – repitió -. Si entregamos a los Salvinos y los Ustípede lo que quieren, si les damos a los Someti, las familias no tendrán razones para combatir y entonces quizás los Amoyda no encuentren motivos para aniquilarnos. Renio se quedó por un momento callado, asimilando lo que había dicho. Entonces, por primera vez, su padre se dio cuenta de que tenía los rasgos de su tío: el cabello negro y ralo, la nariz bien proporcionada, las cejas finas, como los labios. ¿Por qué se fijaba en esos aspectos ahora? Se dio cuenta de la razón. Los ojos de su hijo refulgían con un brillo idéntico al que tenían algunos miembros de su familia. Era un brillo orgulloso, tenaz, despreciativo. - Estás diciendo que agachemos la cabeza y traicionemos a nuestros aliados, arrojándoles a la deshonra si no la muerte, para arrastrarnos pidiendo la clemencia a los que quieren exterminarnos. ¿Eso es lo que dices, padre? Es impropio de un Aivanek.

4

El origen de la sangre maldita

La Marca del Guerrero

Acto seguido salió dando un portazo. El señor de la familia se pasó la mano por la cara. Su hijo mayor también deseaba seguir con aquella guerra. Amaba derramar sangre. Alía estaba junto a la puerta y dio un repullo ante el golpe. Renio se volvió hacia ella. Aún tenía aquella mirada penetrante e imperiosa, que la hizo bajar la vista y estremecerse. - ¿Has estado escuchando? – la preguntó con brusquedad. - Estaba preocupada… - contestó Alía, temerosa. - Es de pésima educación. Te recuerdo que estás en mi hogar como invitada. Ella no respondió. Sabía que él tenía razón. Sabía también que todo podía desmoronarse en cualquier momento. Tenía miedo. Por los miembros de su familia, por el honor y los vasallos. Por todo y por todos. Sus ojos titilaron, trémulos, y Renio sintió que el estomago se le retorcía debido a los remordimiento. Entonces se dio un golpe en la frente y sonrió, cambiando de inmediato de humor. - Ah, maldita sea – retrocedió varios pasos -. No he guardado la distancia. Y luego te acuso de mala educación, cuando yo no estoy ni manteniendo mi palabra. Será mejor que olvidemos toda esta situación. ¡Qué bochorno! – sonrió con calidez. Alía le miró con seriedad. - No tenemos tiempo para estos juegos, mi señor. Decidme qué queréis de mí. - Sabes lo que quiero de ti, Alía – respondió Renio, con media sonrisa. - Entonces tomadlo, mi señor. - No sé de qué hablas, pero como no dejes de tratarme como a tu señor, voy a enojarme contigo. Ella dudó y luego se aproximó a él. Renio retrocedió. - Basta – dijo Alía-. No estoy jugando. El muchacho dudó un poco mientras ella se acercaba. No pudo evitar mirarla con interés. Sus ojos hermosos, su pelo ondulado, sus rasgos agraciados. Y su cuerpo… Tuvo que levantar la vista para no recorrer su figura con la mirada, sin poder evitar el sonrojo, el cual se acentuó cuando Alía apoyó una mano en su pecho. - Tu padre se aplacará en parte si contraemos matrimonio. ¿Tú lo deseas? – vio cómo Renio asentía – Entonces hagámoslo. - ¿Y tú? ¿Lo deseas tú? – preguntó él a su vez. Ella tardó en responder. - Es hora de crecer, Ren.

5

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful