El origen de la sangre maldita

Un relato basado en La Marca del Guerrero

http://lamarcadelguerrero.blogspot.com

El origen de la sangre maldita XIV.

La Marca del Guerrero

La noticia había corrido con rapidez para aquellos que esperaban su llegada. La señora de los Ustípede era precisamente la más interesada, aguardando junto a la ventana de la torre baja en la que se encontraban los aposentos de los señores de los Ustípede desde generaciones atrás. Unas habitaciones modestas para alguien de cuna noble, destinadas a recordar a los miembros de aquella casa menor que, en realidad, no había una diferencia tan significativa entre ellos y los plebeyos o sirvientes, más allá de la que ellos mismos alcanzaran con sus acciones en la vida. Había llovido en esos días, una lluvia racheada y fuera de lugar para la época que dejó un ambiente poco acogedor, una especie de neblina de mal augurio en las tierras del Sudoeste. Pero ni con las gotas furiosas golpeando los cristales, ni con la niebla cubriéndolos, ni con el sol atravesándolos, se había movido de allí la mujer. Meditaba -mirando sin ver los cambios climáticos y a los sirvientes en sus quehaceres- sobre la forma en la que su hijo se había marchado a reclamar el bosque. Ella nunca deseó aquella guerra. Después de todo, habían vivido desde que tenía memoria sin ese bosque. ¿Tenía verdaderamente alguna importancia? Su espera tuvo el amargo fruto que hubiese preferido no recibir. Su hijo Femir había muerto. La información se limitaba a añadir que había sido una muerte poco deseable a manos de los Aivanek, pero no se daban detalles escabrosos. Ella lo agradeció. Prefería no saberlo. Cuando los estandartes de la casa Salvino llegaron hasta sus puertas y descendieron hasta quedar en paralelo al suelo, con sus ribetes blancos de luto, ella fue quien ordenó que se abriera el rastrillo del castillo. Su segundo hijo, que no contaba con más de diez años, fue a su lado a recibir a los invitados. Los Salvino habían enviado parte de las escasas fuerzas que les quedaban para proteger el viaje de regreso de su señor. Le alcanzaron en el territorio Someti y le escoltaron hacia el castillo de los Ustípede directamente. El derrotismo y el duelo por el que pasaba el Salvino parecía haber caído sobre la tropa que le acompañaba hasta empaparla y hundirla en una similar inquietud decaída. Eran el despojo de una revuelta abortada. El joven señor de los Ustípede contempló con curiosidad infantil al hombre que descendía del caballo y que parecía más un pordiosero que un noble. Sus trajes de buena manofactura aún estaban rotos y sucios. No había querido siquiera pararse a comprar algo más que una capa de duelo que volaba, fina, a su espalda. Se aproximó Taleón a la dama e hizo una profunda inclinación cargada de sentimiento. - Señora de los Ustípede – saludó, y luego se volvió hacia el muchacho que había de heredar el cargo de su hermano -. Joven señor. Mi familia y yo lamentamos vuestra perdida y os acompañamos en vuestro dolor. El niño asintió simplemente, con un gesto neutral característico de los Ustípede, pero su madre tomó la palabra.

2

El origen de la sangre maldita

La Marca del Guerrero

- Triste reencuentro este. Conozco las noticias – su tono de voz no era tan frío, aunque intentaba acostumbrarse a las obligaciones protocolarias de la familia de su marido -. No era necesario que acudierais aquí en primer lugar. Vuestra esposa estará sin duda muerta de preocupación, señor de los Salvino. - He enviado un halcón a mi castillo, señora, para informarla de mi situación – aclaró, volviendo la vista hacia su tropa, que era recibida por los criados. Ella asintió, mostrando su conformidad. - Pasad entonces y disfrutad de nuestra hospitalidad, Señor de los Salvino – dijo el muchacho. Era un frase vacía de significado, una tonadilla que repetía tal como le habían enseñado, pero que en realidad no podía comprender en toda su profundidad. Aun así, el gesto cortes de la dama para que les siguiera hizo que Taleón avanzara tras ellos. Se sintió repentinamente cansado, agotado, sin fuerzas para enfrentarse a esto. Todo lo que quería era desmoronarse sobre una cama mullida y olvidar lo que había ocurrido por unas horas, sin que las pesadillas que le acosaban por las noches le molestaran. Sin embargo, había de hablar con los Ustipede, sentía una necesidad dolorosamente intensa de presentar sus disculpas, de excusarse. Las palabras del joven Aivanek se clavaban en su conciencia como garras afiladas, rasgando su serenidad moral. Se le ofreció un baño (que el Salvino dejó que los sirvientes le dieran con movimientos automáticos y centrado en no pensar en lo que podría decirles a la madre y el hermano de Femir) y luego le acompañaron a una pequeña sala donde se sirvieron unos pocos manjares, no como comida sino como tentempié. El niño hubo de controlarse para no tomar los dulces con avidez, pero Taleón no estaba de humor para comer, tenía el estómago cerrado, y la señora del castillo parecía del mismo ánimo. Poco a poco el Salvino fue narrando el desarrollo de la guerra desde su punto de vista, remarcando los logros y la entereza de Femir por encima de sus propias acciones. Narró con la frialdad de un general el desarrollo de la última batalla, pero cuando llegó al momento en que fueron capturados, calló de pronto, parpadeó como saliendo de una ensoñación y luego miró al pequeño que escuchaba el relato con tanta avidez como horror. - El señor de los Someti no intervino más por nosotros una vez supo de la muerte de su hija; estaba demasiado afectado. Fue entonces cuando… cuando Renio Aivanek le dio muerte. Una muerte a la que se enfrentó con valor. Guardó silencio. La señora de los Ustípede miró a su hijo y le pidió amablemente que saliese de la estancia para tratar un asunto privado con su invitado. El joven señor evaluó la propuesta y, aunque pareció momentáneamente contrariado, terminó por acceder y se despidió cordialmente del Salvino, siempre manteniéndose en una férrea actitud de puro protocolo. Una vez el niño hubo abandonado la estancia, sólo el sonido de la chimenea, en la que ardía un pequeño fuego para mitigar el frescor de la noche, resonaba con sus sonidos extraños de romper de ramas, de bufidos y crepitar de hojas sin secar y otros inidentificables. El señor de los Salvino sintió un escalofrío y el corazón se le encogió con los recuerdos. - ¿Fue una muerte noble? ¿Murió con honor? – se atrevió a preguntar finalmente la mujer.

3

El origen de la sangre maldita

La Marca del Guerrero

El Salvino miró la luz irregular sobre la alfombra, mientras los recuerdos aporreaban la puerta de su consciencia. No quería dejarlos pasar. Negó suavemente con la cabeza, un movimiento casi imperceptible. - ¿Cómo fue? – cuestionó la mujer, sintiendo que esa pregunta iba más allá de sus capacidades para mostrar valor. El Salvino levantó su vista hacia ella y, por primera vez, se miraron de verdad a los ojos, como si antes hubiese existido un obstáculo invisible pero material entre ellos, un obstáculo que acababa de caer repentinamente y sin explicación. Taleón no respondió a la pregunta, en lugar de ello su gesto y su expresión expusieron con tanta claridad lo que quería decir que ninguna palabra hubiera alcanzado tal concepto con esa exactitud. Ella no debía preguntar. Él no quería recordar y ella no querría saber. Nada bueno saldría de su respuesta, aunque tuviese derecho a ella. Sólo dolor arrastraría aquel punto y nada podía hacerse ya para arreglarlo. La señora de los Ustípede, entonces, rompió a llorar. Lloro como llora una madre, campesina o de alta cuna, no importaba. Lloró sin retenerse porqué su promesa interna de mostrarse recia e inmutable era ampliamente superada por su dolor. El Salvino no supo qué decirla, pero el dolor de ella se conjugó con el suyo propio y sintió que los ojos le ardían y la mirada le enrojecía irremediablemente. Bajó la vista y la clavó en el suelo y, por mucho que intentó evitarlo, no pudo resistirse al torrente de recuerdos. La entereza de su joven aliado le conmovía, manteniendo las lágrimas en sus ojos a punto de rebosar. Pero los minutos pasaron y no se puede llorar siempre, especialmente cuando se tienen tantas responsabilidades. Así que poco a poco ambos se recompusieron, escalando cada uno su propia pena animado por el esfuerzo parejo del otro. - Unos guardias Someti me dieron alcance cuando cruzaba las tierras del lago –dijo por fin el Salvino-. Superaban por mucho a mi guardia, pero no nos hicieron ningún daño, sólo querían entregar un mensaje que, en realidad, va destinado a vos. Ella le miró, dolida por un momento por ver interrumpido su silencioso y desgarrador dolor, pero preguntó: - ¿Y cuál es ese mensaje? - Los Someti han conservado los restos de vuestro hijo y quieren entregároslo como ofrenda de paz. También entregarán el bosque, pero eso sólo si aceptáis terminar con esta guerra. Valarion también quiere que su hija sea enterrada allí, si lo permitís. - Que petición más extraña – dijo ella tras unos segundos de silencio. -Los Someti intentaron que el ataque sobre nosotros cesara durante la masacre y después, antes de derrumbarse, su señor también intercedió por Femir. Sé que esta guerra la iniciaron ellos, pero creo que nunca fue su intención que se llegase a estos extremos. Pido que toméis en consideración su propuesta. - ¿Y si no lo hiciese? ¿Seguiríais apoyando nuestra causa, señor de los Salvino?

4

El origen de la sangre maldita

La Marca del Guerrero

Taleón guardo silencio un momento, no porque dudase sobre cuál debía ser su respuesta, pues la conocía, sino porque no sabía cómo planteársela. - Mi papel en esta guerra ha acabado. Fui protector de Femir y he fracasado. Mis guardias han sido casi en su totalidad aniquilados y, a pesar de que no es de honor de lo que los Aivanek suelen hacer gala, y de que ellos mataron a Femir, me han perdonado la vida y no invadirán mis tierras. Me he endeudado en palabra con ellos por su clemencia hacia mí, mis tierras y mi pueblo. No puedo ayudaros más. Ella le miró con los labios fruncidos de rabia, pero… ¿Qué había que reprocharle? Había cuidado de su hijo tanto como pudo, había entrado en una guerra que no era de su incumbencia por la familia Ustípede y lo había perdido todo, hasta el punto de tener que humillarse ante los Aivanek. No podía exigírsele más y no tuvo más remedio que admitirlo para sí misma porque, en realidad, ella nunca creyó en la causa de esta guerra. - Sea – dijo simplemente.

En la habitación del joven señor de los Ustípede, que algún día asumiría el mando, se respiraba un ambiente enrarecido. Su madre, sentada en la cama, le explicaba lo que el señor de los Salvino le había comunicado. Era su hijo varón mayor y en pocos años tendría la edad suficiente como para asumir el gobierno de su familia. Era su obligación. De modo que repentinamente y de forma prematura los papeles casi se habían invertido, y ahora el niño se veía abrumado por una responsabilidad que no entendía, que no alcanzaba a atisbar apenas, pero cuyo eco resonaba en cada una de las lecciones de política que había recibido. Había una sola cosa que parecía tener clara: - Quiero vengar a mi hermano – le decía en esos momentos a su madre, con los puños firmemente apretados. La señora de los Ustípede suspiró. Tomó una de las manos de su hijo entre las suyas y con suavidad hizo remitir la tensión de sus dedos, haciendo que los extendiera para acariciar las líneas de la palma de su mano. - Y tu hermano quería vengar una invasión de tierras por consejo de vuestro padre, Oddeim les guarde. No quiero perder a otro hijo mío –matizó, y besó su mano con cariño maternal. El muchacho la miró con tristeza, preguntándose si la muerte de un hijo dolería más que la muerte de un hermano. Pero su interior aullaba con fuerza y no podía ver las consecuencias de sus actos si iniciaba un nuevo conflicto o si, simplemente, no dejaba que los rescoldos de este se apagaran. Mirándole, su madre le acarició la cara y luego dijo. - Hay un tiempo para cada cosa, y este no es tiempo de luchar ya. Nuestras fuerzas han caído en su mayoría, las que no lo han hecho deben proteger nuestras tierras, y nuestro pueblo necesita volver a la normalidad. Pero escúchame bien, hijo, escucha lo que digo. Aunque ni los Someti ni los Aivanek hayan pagado su deuda para con nosotros, algún día la pagarán. Entre nuestra familia y la del águila Carmesí, así como la de esos que han sido sus esbirros susurrantes en su oído, los Someti, se fraguará un rencor que no será olvidado. Esta afrenta será recordada por generaciones y, te lo aseguro, algún día pagarán. Escuchó su hijo, escuchó bien, como ella le pedía, y grabó esas palabras en su mene. Lo hizo de tal forma que, aunque llegó a olvidarse el motivo, los Ustípede guardaron durante la posteridad un rincón de odio especial para las familias Aivanek y Someti.
5

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful