El origen de la sangre maldita

Un relato basado en La Marca del Guerrero

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El origen de la sangre maldita X.

La Marca del Guerrero

- Señor, debemos rendir armas y retroceder al castillo de nuestra capital – insistía el capitán de su guardia. Valarion se resistía a partir. No quería abandonar el castillo junto al lago que, desde el comienzo de los tiempos de paz y muy especialmente durante su señorío, había servido como residencia principal a la familia Someti. En realidad, no era un castillo apropiado para resistir una batalla o un asedio, Valarion lo sabía bien, pero sabía también que si se marchaban de allí estarían abandonando el bosque y el lago al capricho de sus atacantes. Si parte de lo que había dicho Taleón Salvino era cierto, sus antepasados arrasaron el bosque cuando lo perdieron. No podía permitir que volviesen a hacerlo. Quizás ni siquiera les bastase con eso, quizás también envenenasen el lago. Sin embargo, sus hombres estaban asustados. Habían perdido muchos compañeros en la batalla por aquel bosque, y apenas había comenzado el enfrentamiento, se habían visto obligados a batirse en retirada. Ahora soportaban un sitio del castillo. Ni los Ustípede ni los Salvino tenían armas de asedio o, de tenerlas, no las habían traído consigo. Tal vez porque sus intenciones se reducían a hacerse con el bosque. El capitán de la guardia, hombre que se había visto involucrado en las tres pequeñas revueltas campesinas que habían tenido lugar desde que entrase al servicio de los Someti, estaba de pie ante él con un corte en la cara que amenazaba con infectarse. Los Someti dominaban las artes de curación, pero aun así aquel guardia necesitaba reposo, un reposo que él no podía ofrecerle durante un sitio, soportando los esporádicos asaltos de sus enemigos. Aquel hombre estaba herido y agotado. Sus subordinados, que aún habían vivido menos enfrentamientos que él, además estaban asustados y consternados por las muertes de sus compañeros. No podía obligarles a permanecer allí, no en aquel estado y por un pedazo de tierra, sólo por orgullo y por el esfuerzo que había costado repoblar el bosque. Más aun cuando no tenían posibilidades de ganar. Los pequeños obsequios de los Aivanek de poco habían servido, una limosna que no merecía la pérdida de su hija, en la que pensaba cada instante. Se había vendido por tan poco… Dio una palmada en el hombro al cansado jefe de su guardia y acto seguido se dirigió a la muralla frontral. Nadie la patrullaba puesto que los Ustípede parecían contar con una cantidad ilimitada de flechas y una puntería envidiable. Sin embargo él era un señor, y salió con su armadura completa, recorriendo el adarve hasta quedar sobre la puerta principal sin que una sola saeta buscara su encuentro. Se quitó entonces el casco y lo puso bajo el brazo. Parecía uno de aquellos capitanes viejos y curtidos en guerra que había en los cuadros que adornaban las paredes de los salones señoriales. El viento le revolvía el pelo negro. - ¡Taleón Salvino y Femir Ustípede, deseo hablaros! – llamó. Los señores no tardaron en hacer aparición, montando en sus caballos y acercándose a la entrada. Femir se alzaba sobre un bayo y Taleón sobre un ruano azulado.

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- ¡Hablad, pues, señor de los Someti! ¿Queréis rendir el castillo? – preguntó el Ustípede, con tal altanería que incluso su aliado se volvió hacia él para lanzarle una mirada reprobatoria. - No rendiré mi castillo, imberbe lenguaraz – se ofendió Valarion. - No tenemos tampoco intenciones de ocuparlo – se apresuró a intervenir Taleón, hablando con autoridad para que el joven Femir no le interrumpiese con lo que sin duda sería un improperio. Puede que no entendiese de diplomacia, pero entendía de afrentas y provocaciones -. ¿Qué deseáis entonces, señor de los Someti? - Parte de mis fuerzas están heridas y necesitan descanso. Dejarán aquí sus armas y se marcharán en paz, si lo permitís. - ¡No! – ladró Femir. El Salvino se volvió hacia él y no le hizo falta decir nada para que el joven entendiese que esperaba una explicación a tal negativa – Irán a por refuerzos – se justificó, hablando en voz baja para que el Someti no pudiese escuchar. - Luego dicen de nuestra casa, pero tú tienes más fuego en las venas que nosotros, muchacho. ¿Qué refuerzos van a traer? No podrían igualar nuestras fuerzas aunque trajesen a todos los guardias, cosa que no van a hacer, y en última instancia podemos ejercer la suficiente presión como para entrar en el castillo y retener a su señor en cualquier momento. - Lo que no entiendo es por qué no lo hemos hecho ya – gruñó el Ustípede. - Porque esto no es una conquista, ni una expedición de castigo. Queremos que se rindan y entreguen el bosque, no matarles. ¿Has olvidado por qué estamos aquí? – preguntó el Salvino. - ¿Habéis olvidado vos las afrentas contra mi padre? No dejaré que salga hombre alguno de ese castillo, ni siquiera siervos, mientras no nos rindan el bosque. - Yo no he olvidado nada – el Salvino le miró con sus ojos de un azul escarchado -, pero si tu padre escuchase lo que acabas de decir, moriría en este instante de vergüenza. Eres un Ustípede, por las nieblas del infierno, compórtate como tal. La reprimenda obligó al joven a sonrojarse. Los Ustípede y los Salvino gozaban de la fama de ser las casas más honorables, título que se habían ganado a pulso con sus acciones generación tras generación. Taleón adelantó un poco al caballo, dejando atrás a Femir, lo cual aumentó su vergüenza. - Quien salga en paz, en paz se irá. Pero si vuelven en pie de guerra, serán recibidos por el filo de nuestras espadas y las puntas de nuestras flechas – respondió. - Justo es – convino el Someti, e inclino un poco la cabeza en agradecimiento por aquella gracia concedida. El Salvino respondió de igual modo, reconociendo la nobleza no ya en su propia acción, sino también en la petición de su enemigo. Juntos, el Salvino y el Ustípede regresaron a su pabellón, mientras que Valarion entró de nuevo en su castillo. Ordenó a todos los heridos que se marchasen, desarmados. Les aseguró que no tenían nada que temer. Luego, se dirigió al resto diciendo: - Esta es una batalla perdida de antemano. Tenemos aquí víveres para aguantar por décadas, pero dudo que eso sirviera de nada. Los Ustípede no se marcharán de aquí sin nuestro bosque y yo no lo rendiré. En algún momento se cansarán y asaltaran el castillo a la fuerza. Estoy seguro de que lucharán
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con nobleza y darán cuartel, pero el riesgo es considerable. A todos aquellos que están sanos y fuertes para presentar batalla me dirijo: quedaos, si tenéis los arrestos necesarios para soportar lo que nos espera; de otro modo, marchaos. Un cuarto de sus fuerzas habían caído en la batalla del bosque. La mitad de los efectivos que le quedaban, abandonaron el castillo aquel día. Realmente, Valarion sabía que no importaba. En el momento en el que sus enemigos así lo decidiesen, se harían con el castillo. No había opción a la victoria. Lo único que podían hacer era resistir hasta el último momento. Se preguntó qué haría cuando Femir le pusiera una espada al cuello y le exigiese la rendición del bosque. No quiso buscar respuesta a esa pregunta.

El Someti estaba en lo cierto. Los días discurrían y, con ellos, la paciencia de sus adversarios se resentía. Cada jornada sufría más asaltos que la anterior, y el encierro estaba afectando cada vez más a sus guardias. Hacía un siglo que no se sitiaba fortaleza alguna. Ni los atacantes ni los defensores soportaban la presión, los unos por el deseo de regresar a sus hogares, los otros por la necesidad de salir del castillo. Valarion sabía que el pasional Salvino, por muy buenas intenciones que tuviese, no tardaría demasiado en ver agotada su escasa paciencia. Y entonces permitiría al joven Ustípede tomar el castillo. Aun así, no podía sino admirarse de la nobleza con la que ambas familias estaban combatiéndole. No dejaba de recordar que, cuando era aún un joven no mayor que Femir, el lego en estrategia que le daba clases le había advertido de que en la guerra se pierde todo sentido del deber, y que cuanta más seguridad se tiene de ser el vencedor, más crueldades se cometen. Sin embargo, sus enemigos habían podido aplastarles desde el principio y no lo habían hecho. Sus pronósticos respecto a la paciencia del Salvino resultaron acertados. Poco más de un mes después del primer día de asedio, Taleon se había acercado a sus puertas para comunicarle que disponía de dos noches para presentar la cesión del bosque. Y estaba amaneciendo en esos momentos el segundo día. El momento del asalto se contaba ya por horas. Sus guardias estaban deseosos de acabar con aquello, algunos del modo que fuese. El enfrentamiento era a un tiempo temido y esperado. Pero Valarion sabía que muchos de sus hombres perderían la vida en vano. Se planteó en firme, por primera vez, agachar la cabeza y entregar el bosque. Su bosque, que lindaba con su amado lago, adornándolo con su reflejo. Sería la primera vez en mucho tiempo que se conquistaba por la fuerza un territorio. Y él iba a ser quien lo perdiese. Miró el lago desde la ventana. Sus aguas se teñían de un rosa pálido y anaranjado, emulando las nubes que el despertar del sol coloreaba a su capricho. Después, volvió la vista hacia el Norte, pensando en Alía. Cuánto la añoraba. Aún seguía reñido con su hijo, y la lejanía de su pequeña le hacía sentir una asfixiante soledad. Fue entonces cuando distinguió los estandartes, rojos como la sangre. Un bosque de picas los envolvía. Las cotas de malla lanzaban destellos titilantes y la caballería de fondo comenzó a levantar una polvareda. Alguien dio la alarma en el campamento enemigo a sus puertas, que bulló entonces de movimiento. Los guardias, desconcertados, se levantaron atropelladamente de su sueño y se armaron sin apartar la vista del ejército que se les acercaba. La horda de los estandartes rojos comenzó a
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descender hacia el valle del lago. Parecía no tener fin. Cuando los primeros en bajar pusieron pie en el fondo del valle, los últimos guardias Aivanek estaban comenzando el descenso. Aquel ejército cuadruplicaba o quintuplicaba el de los Salvino y los Ustípede en su conjunto. Valerion miró aquella horda con esperanza. Sus enemigos lo hicieron con espanto. No hubo tiempo de recoger el campamento. No se ofreció parlamento ni se intentó una salida diplomática. Los Aivanek lanzaron de inmediato a la caballería sobre ellos. Los jinetes no entraron a matar, sino a herir en su avance a todo el que se cruzaban, haciendo grupalmente, desde varios puntos y de forma coordinada, rápidas incursiones en el campamento. Cuando hubieron derramado la suficiente sangre, inutilizando a muchos, la caballería retrocedió. Los Salvino y los Ustípede se resistían a abandonar a sus heridos a los crueles caprichos de los Aivanek. Los Aivanek habían contado con ello. Para entonces, el ejército del Águila Carmesí había llegado ya a escasa distancia del campamento. Adelantaron a los arqueros y las flechas cayeron sobre los sitiadores como una lluvia de puntas afiladas. Gritos de dolor y muerte reverberaron en el valle. Taleón Salvino ordenó una retirada inmediata y Femir Ustípede, a pesar de su temeridad, no pudo hacer otra cosa que repetir esa orden también a sus hombres. Abandonaron a los mutilados y moribundos, las provisiones, las tiendas y gran parte de sus armas en la huida. La caballería Aivanek se adelantó para cortarles el paso, rebanando las cabezas de todos aquellos que trataban de evitar la matanza. Aquella estrategia también redujo drásticamente la rapidez de la retirada, por lo que los rezagados recibieron en castigo de los guardias a pie de primera línea. Las espadas y las picas comenzaron a atravesar a sus enemigos, convirtiendo a los hombres en cadáveres. Algunos se enfrentaban, otros trataban de escapar hasta el último momento y muchos de ellos suplicaron clemencia por la gracia de los dioses. No hubo cuartel. - ¡Rebanadles las patas! – gritaba Taleón Salvino, intentando que sus hombres saliesen del pánico y aprovechasen el paso junto a los caballos para herirles y evitar pérdidas en sus compañeros que aún no habían superado la caballería enemiga. A cada pocos segundos, volvía la vista hacia el Ustípede para asegurarse de que seguía entero. A cada paso que daba, tenía la sensación de que una docena de sus hombres caían en combate. Un puñado de guardias acudió a su llamada junto a su joven portaestandartes. No eran más de doce. El grupo, con los nobles en el centro, atravesó las líneas enemigas con rapidez y fiereza. El chico que llevaba el estandarte fue el primero en caer. Femir vio cómo una alabarda le atravesaba desde el ojo hasta la nuca. Los guardias Aivanek no parecían conocer el concepto de compasión. Sólo cuatro de sus escoltas pasaron la criba de la caballería con ellos. La desesperada retirada no acabó allí. Fueron perseguidos y masacrados a través de todo el bosque. Sin embargo, una vez superada la frontera. Los guardias Aivanek frenaron su avance, sin poner
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un pie en tierras en tierras Ustípede. Aquellos que habían logrado pasar al otro lado, incluidos los señores, se volvieron para mirar al ejército, inmóvil en la frontera. Uno de los guardias hizo amago de avanzar, pero una orden severa le detuvo. Entonces cerraron filas a lo largo de la frontera impidiendo que los que no habían conseguido cruzarla pudieran pasar. Sus señores pudieron ver, impotentes, cómo les daban muerte uno a uno. Sólo unos pocos consiguieron dar la vuelta y tan sólo veinte de ellos fueron capaces de alcanzar las puertas del castillo de los Someti. Allí, protegiéndose con los escudos de las espadas de los guardias que les hostigaban, suplicaron a gritos que se les ofreciera cuartel. Sabían que no podían esperarlo de los Aivanek, pero sus señores habían sido condescendientes y comprensivos con los Someti, y rogaban a los dioses que sus enemigos consideraran eso por encima del ultimátum. Cuando Valarion abrió sus puertas, ocho de ellos lograron atravesarlas. El último, a gatas, no llegó a sentir la espada que cayó sobre su cabeza descubierta. La hoja se hendió en su cráneo hasta la mitad de la frente y su cuerpo se desplomó inerte en el suelo. Sus compañeros se adentraron más en el patio del castillo, aún con sus armas levantadas. Los guardias Someti les apuntaban a distancia con sus arcos. - Basta – dijo Valarion, adelantándose un paso cuando los guardias Aivanek hicieron amago de intentar entrar para rematar a sus enemigos. Los Aivanek cesaron en su pretensión, mirándose confusos. En los ojos de algunos ardía el deseo de acabar con la vida de aquellos hombres. En ellos, el Someti vio el reflejo de aquello de lo que le habló el instructor de estrategia. El capitán del batallón sólo tardó un momento en hacer aparición. Su armadura era cerrada, pero ya no llevaba el casco sobre la cabeza. No había necesidad. - Señor de los Someti, nuestras órdenes son las de terminar con todo enemigo en vuestro territorio, y esos guardias de los Ustípede y los Salvino están en vuestras tierras. - Esos guardias son mis prisioneros. ¿No es así? – Valarion se volvió hacia ellos. Los hombres arrojaron inmediatamente las armas al suelo, entregándose a él -. Como mis prisioneros, tengo derecho a tratarles del modo que considere oportuno. - Con todos los respetos, señor, hemos acabado con la amenaza de las familias que os acosaban y las hemos expulsado de vuestro territorio. - Capitán… Sois capitán ¿verdad? Bien, capitán, transmitidle mi profundo agradecimiento a vuestro señor. Nos habéis salvado y eso es algo que no olvidaré. Sin embargo, habéis masacrado a mis enemigos, aún oigo cómo los gritos de los que estáis rematando reverberan en el bosque. Decidle al señor de los Aivanek que, si le place, me sentiría honrado si me permitiera mostrarme clemente con este mísero puñado de prisioneros. Su poder y su mano firme han sido sobradamente demostrados, como atestiguan los centenares de cadáveres que están diseminados por el bosque y los alrededores del lago. Los juglares cantarán sobre su victoria, yo mismo me encargaré de que conozcan su ferocidad en batalla – concluyó Valarion. El capitán le miró pensativo, pero finalmente decidió que no merecía la pena enfrentarse a un señor por tan poca cosa como esos contados prisioneros. En última instancia, ni siquiera era su potestad discutir de aquellas cosas que atañían sólo a la nobleza. Asintió quedamente y dejó que el Someti se quedara con sus juguetes.

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