El origen de la sangre maldita

Un relato basado en La Marca del Guerrero

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El origen de la sangre maldita III.

La Marca del Guerrero

Huetza Aivanek no era una mujer particularmente hermosa. Tampoco era la sacerdotisa más rica ni la más influyente, aunque indudablemente tenía poder. Su voz era suave sin llegar a ser melodiosa y sus rasgos y sus gestos, comunes. Sin embargo, nadie podía decir que fuese una mujer corriente. Su mirada era tan penetrante que cualquiera observado por ella se sentía atravesado y descubierto. Siempre encontraba las palabras adecuadas para convencer a quien fuese necesario de que tenía que hacer algo que antes ni se hubiera planteado. Su capacidad para calmar los ánimos o enfrentar amistades era ya legendaria. Estas cualidades la llevaron a ascender rápidamente en la - en teoría inexistente - jerarquía de la Institución. No estorbaba tampoco, desde luego, que perteneciese a la familia Aivanek que, además de ser casa mayor, estaba ligada en matrimonio con el rey. El águila carmesí le daba su apoyo, su ayuda y una buena renta para que fuese capaz de alcanzar su objetivo: Ser la Suma Sacerdotisa. No era tarea sencilla, desde luego. La mayoría habían dedicado toda una vida para lograr ese puesto. Además, el actual Sumo Sacerdote defendería su posición con la vehemencia que fuese necesario. De hecho, Huetza había tenido que recorrer con todo cuidado su camino de rápida ascensión, temiendo que el mando supremo de la Institución encontrase una razón para acusarla de herejía. El pueblo llano podía pecar y se le daba la oportunidad de enmendarse, sin embargo, no había razones para que un sacerdote o sacerdotisa, firmemente educados en la fe, pecasen. Además, eran la representación de los dioses más visible en el plano terrenal, y no podía permitirse que esa imagen fuera mancillada. Cualquier pecado cometido por un sacerdote era considerado herejía. Y a los herejes se les quemaba, desollaba, evisceraba y otros métodos no más agradables de dar muerte. Sin embargo, hasta el momento, el Sumo Sacerdote no había dado muestras de querer acusarla de herejía. De hecho, parecía haberse decidido a ignorarla (decisión que muchos consideraron peligrosa) y simplemente rechazaba con amabilidad todas sus solicitudes para hablar con él. Después de todo, se decía que era capaz de convencer a un caballo de matarse a cabezazos contra la pared. De hecho, circulaban varias historias al respecto entre el pueblo llano, que siempre ha sido dado a inventar cuando no encuentra respuestas. Huetza no tenía la menor idea de para qué iba a querer ella que un pobre caballo se rompiese el cráneo, pero no desmentía la historia. A veces, la ilusión del poder es poder en sí mismo. Aquella mañana se había dedicado, tras los oficios, a revisar algunas de las peticiones que sus fieles habían dejado en la caja de ruegos que había colgada a su puerta. Mediado el día ya había resuelto tres enfrentamientos familiares y se encontraba agotada. Al llegar de nuevo a su ostentoso hogar, encontró una carta que había sido introducida por debajo de la puerta. Llevaba un sello lacrado en rojo, el águila de su familia. Huetza sabía que a ellos no podía hacerles esperar así que, en lugar de descansar, se sentó junto al fuego y leyó la carta. La misiva indicaba que debía desplazarse hacia el Sur, a una pequeña ciudad cercana a la frontera con los Balliot y al lado del lago Ninfa. Al parecer, tenían en ese lugar ciertos problemas que debían resolverse de manera inmediata.

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Sabían que tardaría en llegar y habían enviado a un sacerdote a su comunidad para que sus fieles no quedaran desatendidos mientras ella permanecía ausente. Según su tío, que era quien escribía, era imprescindible que llegase cuanto antes a su destino. Huetza Aivanek se permitió espirar un hondo suspiro. No le apetecía marcharse, pero a su familia nadie le decía que no, nadie se negaba a aceptar una petición de los Aivanek, ni siquiera ella, que era parte de su misma sangre. No encontrarían ningún problema en negare a seguir concediéndola una alta renta si ella desobedecía, así que preparó su marcha.

El pequeño carro, cargado sólo con algunas provisiones, rebotaba contra las piedras del camino al avanzar. Sobre él, llevando las riendas, estaba la sacerdotisa, cubierta con una capa larga con capucha. Llevaba un farol encendido a su diestra, aunque esperaba llegar pronto a algún pueblecito, puesto que no quería pasar la noche viajando o durmiendo al raso. Aún tuvo que seguir el camino durante varias horas antes de encontrar lo que buscaba, un pueblo donde alojarse. Realmente, era una villa, pequeña y de granjas dispersas. No obstante, tenía dinero de sobra en la bolsa como para que alguno de sus habitantes se mostrara encantado de ofrecerla dormir bajo su techo aquella oscura noche sin luna. Se desvió del camino principal por uno de los senderos, que conducía a la granja más cercana. Hizo frenar a los caballos a buena distancia y bajó del carro, tirando a pie de las riendas para guiar a los animales. Antes de que tuviese tiempo de decir nada, un joven de no más de diecinueve años salió del granero con un tridente en la mano. Al verla, lo agarró en posición defensiva. - ¡No os acerquéis, os lo advierto, rufián! – dijo, amenazador. Huetza sonrió bajo la capucha antes de retirarla de su cabeza. - Nada has de temer, jovencito, nada en absoluto. Ni soy un rufián ni vengo a causarte daño alguno, sólo busco un lugar donde descansar del largo viaje que hasta aquí me ha traído. El joven la miró, dubitativo, antes de clavar la hoz en el suelo. - Mucho me temo que no tenemos espacio decente para albergaros, señora – dijo -. Además, mi madre no está en casa y ella nunca lo permitiría. - ¿Y tu padre? -- preguntó ella. - Mi padre… - el desconocido giró a un lado la cabeza, con gesto sombrío y un evidente rencor -. Mi padre se fue, ya no está casado con madre. Huetza sabía lo que aquello significaba. Significaba que uno de los contrayentes había roto los votos que había hecho frente a los dioses. Una mala decisión, sin duda, y triste. No obstante, lo que ella necesitaba en ese momento era ser acogida. - Si no está, entonces eres tú el hombre de la casa. Apiádate de una pobre mujer en el camino, de noche y sola. Tengo monedas para pagarte por las molestias.

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La mención a la bolsa que llevaba al cinto pareció despertar finalmente el interés del joven, que miró con ojos renovados la proposición. Se pasó la lengua por los labios, pensativo, y luego miró hacia el sitio por el que su madre se había marchado, aunque aún tardaría en regresar. Supuso que no le haría mal ni él ni a sus parientes conseguir algo de dinero, sólo esperaba que no se lo tomasen a mal. - No me gustaría que os ocurriese nada. Pasad, dejaré los caballos en un sitio resguardado. Por supuesto, aquella familia no tenía no tenía una cuadra. ¿Para qué iba a quererla? La mayoría de las personas que vivían en lugares como ese sólo veían caballos cuando venía el reclutador o por algún que otro comerciante de viaje. Huetza se introdujo en la desvencijada y mohosa casa de madera. Era extraordinariamente amplia y estaba plagada de lechos de paja. Seguramente allí vivía una familia grande, que por alguna razón había salido, dejando al cargo al joven que acababa de conocer y que no tardó en regresar y preparar algo de cena para su huésped. No cocinaba demasiado bien, pero Huetza no interpuso queja alguna. Ella no era de la clase de personas que se quejan. Uno puede conformarse o actuar, pero quejarse no suele ser productivo. Así pensaba. Avanzó la noche y el anfitrión la llevó a la parte de arriba a través de unas precarias escaleras. En la boardilla había varios espacios separados que debían servir de habitaciones para los miembros de la familia más afortunados y, en aquella noche, también para ella. El joven puso una sabana limpia aunque raída sobre el montón de paja, e incluso proporcionó a la sacerdotisa una linterna por si deseaba salir en la noche a hacer sus necesidades. La mujer, que en ningún momento se había desembarazad de su capa a pesar de calor, para poder mantener en secreto su oficio, agradeció el gesto y dejó que el joven se marchase antes de cambiarse de ropa. Se puso un camisón de lino, en lugar de su característica túnica blanca y morada, y se echó usando la capa como manta. Tras unas cuantas oraciones, se dispuso a dormir.

No escuchó los pasos ni la despertaron los susurros. Tampoco oyó el crujido de la madera cuando ascendían por la escalera, ni las respiraciones. De hecho, hasta que no levantaron un poco la capa para ver mejor, Huetza dormía plácidamente. El frío la hizo revolverse unos segundos antes de despertarse. Vio al joven que le había cobrado por guarecerla en su casa, y con él un hombre unos años mayor, rondando la treintena. Ambos soltaron la capa, cubriéndola de nuevo, cuando les miró. - Pues sí era verdad, por las nieblas del infierno - farfulló el recién llegado -. Te has coronado esta vez, rapaz. El joven sonrió torvamente, inseguro, y lanzó una mirada intensa pero indescifrable a la sacerdotisa, que se mantuvo en silencio, completamente despejada al instante, sintiendo el hormigueo provocado por una amenaza cercana recorriéndole el cuerpo. - No es muy hermosa, pero es una mujer – dijo con una sonrisa ladeada aquél que no conocía. - Por eso te he llamado, Pit - se justificó su anfitrión, Colin, claramente buscando la aprobación de su interlocutor.
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Y su interlocutor, que era un gran manipulador y conocedor de las cosas que no se dicen, y de las que se dicen sin ser dichas, le recompensó con lo que buscaba. - Y has hecho bien, amigo mío, has hecho bien… - dijo, con el tono de un comerciante palmeando el cuello de su mula. Luego miró a la sacerdotisa, aunque por el momento él desconocía que lo fuese -. No trates de gritar, si no te importa. De todas formas, nadie puede oírte aquí. Ella le miró durante varios segundos, y luego respondió con voz firme. -- ¿Y quién ha dicho que vaya a gritar? El tal Pit sonrió con tal brillo complacido en los ojos que a Huetza la recorrió un escalofrío. De inmediato se dio cuenta de que aquellas palabras sólo provocarían más placer al demonio que aquel hombre guardaba en su interior. - ¿Estás seguro de esto? - preguntó el más joven que, a su vez, se sintió amedrentado por la entereza de la dama. Ella le miró frotarse las manos, nervioso, mirar a los lados, cauto, evitar el contacto visual, avergonzado y un punto temeroso. Obviamente era la primera vez que hacía algo como aquello. Pit, en cambio, parecía un experto y le respondió ocultando su hastío y mostrándose condescendiente. - No te preocupes de nada. Sólo ven aquí y ayúdame a sujetarla. En el momento en que la pusieron las manos encima, ella se debatió, contoneándose para librarse de las cuatro manos que aferraban sus muñecas y tobillos. - Calma, calma - dijo Pit -. Esto no tiene que acabar mal, sólo queremos divertirnos un rato. Huetza sabía que mentía. Colin no. - Tú primero - indicó Pit con un cabeceo -. No quiero que me mires juzgándolo antes de probarlo. Por fin el joven la miró a los ojos y ella pudo distinguir en ellos la ansiedad, la culpa, el deseo y una rabia incontenible que le llevaba a actuar de una forma irracional. Se acercó a ella ocultando su indecisión tras una falsa determinación y la levantó el camisón. Ella analizó lo poco que podía deducir de su comportamiento y actuó a ciegas, confiando en tener suerte. - -- Lo que te hizo no tuvo justificación, pero tampoco la tendrá si lo haces tú. Abandona este camino ahora que aún puedes, no esperes a convertirte en la clase de monstruo que odias. El joven Colin dio un respingo, retrocediendo y mirándola con los ojos desorbitados. Bien, había acertado. Pero el muchacho era el mal menor. No sería tan fácil con el desquiciado Pit, que soltó un gruñido de frustración y ató las manos de la mujer diciendo: - Estúpido rapaz, quita de en medio, te mostraré cómo se hace. Huetza echó un rápido vistazo a su agresor, pero supo enseguida que poco podría hacer contra él, así que miró de nuevo a Colin, que observaba todo aquello con gesto desencajado y ausente, mezclando la penosa realidad con duros recuerdos. La sacerdotisa era una mujer compasiva y sacrificada, pero no encontró otra opción que aprovechar su debilidad de mente.

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- ¿Es esto lo que quieres? - le preguntó, y al ver cómo miraba hacia otro lado le reprochó - ¿Acaso piensas que de no verlo dejará de ocurrir? Estoy aquí sólo a un paso de ti. ¡No te atrevas a marcharte! Regresa, enfrenta lo que estás haciendo. Porque lo haces, Colin, aún si no participas activamente, consientes y colaboras, eres culpable de sus acciones tanto como él, al menos quédate y que sean dos los que disfruten de mi tormento. Pasaste una dura prueba que en la vida que ningún niño debería pasar, pero ahora quédate ahí, sin hacer nada, para que esos momentos ocurrieran en balde. Deja que esto pase y será como si aprobases tu propio sufrimiento, y entonces sí será de justicia que te ocurriese. - ¡No! – bramó el muchacho, iracundo. - Deja de escucharla, como si no oyeses nada - le aconsejó el temible Pit, que ya acariciaba la piel de la mujer con morbosidad. - Observa, observa y recuerda - insistió ella. Por un instante, un brillo extraño se reflejó en sus ojos y entonces Colin recordó vívidamente aquel momento oscuro y terrible, y nadie había allí para defenderle, nadie excepto él mismo. Inducido por un trance casi hipnótico, recogió un madero medio podrido del suelo y lo estampó contra la cabeza de Pit. El madero se dobló con el golpe sordo y luego chirrió y se partió en varios pedazos. Pit aulló de dolor un momento, como debían aullar los lobos cuando todavía poblaban el reino. Se volvió, no obstante, aparentemente sin acusar el golpe, y agarró a Colin del cuello, golpeándole contra una de las vigas una y otra vez hasta que perdió el conocimiento. Luego le dejo caer al suelo, sin sentido, y escupió junto a él. Su saliva estaba mezclada con sangre, porque se había mordido la lengua debido al golpe. - Tienes suerte de que te necesite para enterrar el cuerpo, mocoso - farfulló. Estiró la dolorida espalda e hizo crujir el cuello. Cuando se volvió hacia la mujer, ella se había puesto en pie y le miraba fijamente a los ojos. Intento esquivarle y salir de la estancia. - ¿A dónde queréis ir, bella dama? - Te lo suplico, deja que me marche. - Luego - sonrió él complacido -. Si te portas bien. Los dioses sabían que no le gustaba actuar así, que no quería dañar a nadie ni abusar de poder, pero también debían saber que no podía hacer otra cosa en aquel momento. Sabía que el alma de aquel hombre estaba en tinieblas, que difícilmente distinguía el dolor ajeno y que su arrojo sólo podía ser calificado de temeridad. Un miedo racional no actuaría contra él. No, tendría que hacer algo mucho más intenso, despertar en él un terror irracional y atávico. - Yo no soy la primera, pero sí seré la última. Oddeim está cerca de ti, siéntelo, te busca. Los dioses están furiosos contra ti. - Los dioses no existen - replicó él siseante. - Existen y han venido a buscarte - dijo. Pit miró ha un lado, donde algún ratón había hecho crujir la paja -. Están preparados, todos están preparados. Tus víctimas te están esperando al otro lado, a ellas te lanzará Oddeim para que te hagan pagar con justicia, sangre por sangre.

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Una sombra cruzó la ventana, o eso le pareció a Pit, que se giró bruscamente. Con valor se aproximó a la ventana, pero no vio a nadie afuera. El tejado era alto y era imposible que alguien hubiese llegado hasta allí sin los asideros necesarios. Pero entonces… ¿Qué había visto? - ¡Eres una bruja! - la señaló, acusador, iracundo. - No soy una bruja, los dioses me han enviado aquí para darte la última oportunidad, y has fallado en tu prueba, Pit. Escúchalos, ya están cerca. El hombre sintió que el bello se le erizaba cuando las voces de trece mujeres, susurrantes y amenazadoras, se extendieron por la estancia. Cuando volvió a mirar a Huetza, los ojos de la sacerdotisa brillaban, tornasolados, con un resplandor dorado. *Oddeim, tú que eres más sabio, guía sus pasos a donde deban ir. Tuya es la decisión y yo soy tu sierva* Las sombras se agitaron, las acusaciones se entremezclaron, aumentaron en intensidad e insistencia, le agobiaron, agotaron su temple. Empezó a sentir manos que le agarraban y traban de retenerle. Gritó, pero como bien había dicho nadie le oiría allí. Perdió el dominio sobre sí mismo y salió corriendo hacia la ventana, por la que saltó desesperado, en pánico. Dio una vuelta en el aire, en el breve espacio de un piso hasta el suelo, y cayó de cabeza rompiéndose el cuello, dejando así en evidencia la firme decisión del dios de la muerte a quien humildemente había acudido Huetza. *Sabio eres y en tu sabiduría confío. Ten piedad de su alma si es que la merece* concluyó, tras contemplarle por la ventana. Atendió al muchacho herido, cortando la hemorragia, y se marchó de allí antes de que despertase, dejándole una nota de agradecimiento por la hospitalidad. Como si nada hubiese ocurrido, sobre la mesa dejó las monedas que le había prometido antes de seguir su camino.

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