El origen de la sangre maldita

Un relato basado en La Marca del Guerrero

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El origen de la sangre maldita XIII.

La Marca del Guerrero

De sus tres hijos, Renio era del que menos hubiera esperado tal capacidad de llenarse la boca con palabras de muerte y sangre. A su lado, su hermano mayor, en silencio y sin apartar la vista de él, escuchaba tan claro como su padre la arenga que el pequeño de los Aivanek estaba dedicándole a su tropa. Su tropa. Renio había exigido una dotación de guardias, que sin tapujos había llamado tropa. Cuando su padre le explicó que no había más hombres, que tenían que dedicarlos todos al Norte en espera de las huestes del rey, el muchacho había partido con su guardia personal y quince carretas. En menos de dos semanas, esas quince carretas habían regresado con él, llenas de hombres pávidos que no se unían a la guardia por voluntad propia. El reclutamiento forzado de Renio se extendió a otras poblaciones, en un radio de acción de cinco días en dirección Norte y Este. Su padre sabía por qué. Tendrían que viajar al Suroeste, bordeando la Cordillera del Águila, y durante todo aquel recorrido irían recogiendo nuevos hombres que vestirían las mismas improvisadas armaduras que llevaban ahora los que contemplaban sin comprender al joven señor que les había arrancado de sus vidas campesinas por la fuerza. “Hombres y niños” pensó el señor de los Aivanek, que veía entre los obligados reclutas a chicos que apenas habían superado la primera década y que Renio había armado con cuchillos arrojadizos, hondas y arcos. Nadie discutió las decisiones de Renio, ni su señor padre ni el heredero del título. Eran una familia, al fin y al cabo, y la ofensa que se había cometido contra su hijo, para uno, y su hermano, para otro, era imperdonable. El señor de los Aivanek le proporcionaría las armas y las protecciones, según sus armeros las fueran sacando de las forjas, al igual que la comida y el oro necesario para emprender esa batalla, su batalla personal. Su hermano mayor le proporcionaría apoyo, su presencia en la contienda y sus conocimientos bélicos. Juntos, vengarían a Alia Someti y harían pagar la afrenta, el intento de asesinato contra el joven Aivanek (que claramente había sido el objetivo deseado) y la sangre derramada por el intruso entre los muros de su propio castillo. No había cabida en los ojos, la mente, ni el corazón de Renio para el perdón. No existía en el mundo satisfacción alguna que pudiera aplacar su ira. No había límites para su dolor, por tanto tampoco los habría para su venganza. Los Someti se habían replegado por completo hasta su capital -esa que antes apenas visitaban- y arrinconados esperaban a que sus enemigos lograran finalmente romper las murallas de la fortaleza. Llevaban sitiados dos lunas. Aquellos animales del desierto se agrupaban en torno a su ciudad y roían sus defensas día a día, minándolas hasta que cayesen. Alimañas... Nada pudieron saber del asesino. Nadie supo nunca que fue un Optuyetade, al que movían hilos reales, quien llevo a cabo aquella misión tan mal encauzada y con tan mala conclusión. Nadie lo supo, pero todos sospechaban. La mano del rey estaba tras esto, de eso no cabía duda, y el método recordaba a los Optuyetade. Pero no había pruebas.

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Renio dejó escrito en su diario personal, heredado por sus hijos, que si alguna vez tenía oportunidad de hundir sus garras y lastimar a los Optuyetade, no le temblaría la mano. Sin embargo, dejó aquello a un lado ese día y supo que el objeto de su ira debía ser aquel que en realidad había ordenado la ejecución, sin duda para enfurecer a su padre y hacerle cometer una locura: El rey. Pero mientras su progenitor mantenía tímidamente a raya a los ejércitos del rey y los guardias del resto de las familias que a él se habían unido, Renio se encargaría de defender al padre y el hermano de Alía, aquellos por quienes ella se había desvelado cada noche. Quinientos hombres no era un gran número, pero sabía que podía hacerse con otros trescientos, como poco, en el camino a la capital Someti. Y tenía armas pesadas que su padre no se atrevía a usar en la frontera real. Armas verdaderamente destructivas. Armas que escandalizarían a los miembros de la Institución y a los mismos dioses.

La pluma, mucho más liviana que el halcón muerto en el que una flecha se había hundido certeramente, descendió en cerrada espiral. El dorado del atardecer, en cruel simbolismo con el emblema Aivanek, se reflejó en las pestañas grises y plateadas de aquella solitaria pluma danzante. Unos instantes de belleza pletórica sin más compañía que su misma esencia -como bella había sido en su momento surcando el cielo junto a sus semejantes- antes de tocar el suelo y ser aplastada por una de las botas militares de los guardias Salvino. - ¿Crees que puedan quedarles más halcones? – preguntó Femir Ustípede, observando la extraña posición del cuello del ave. - Quizás guarden alguno para el último momento –respondió Taleón Salvino. Movió el animal muerto con la punta del pie. Un buen ejemplar. Lo recogió del suelo y se lo entregó a uno de sus sirvientes. Sería su cena. No se molestó en mirar el mensaje que portaba, no tenía sentido. Sabía que los Someti estarían pidiendo desesperadamente ayuda a sus protectores, los Aivanek. Habían pasado semanas, más de lo que cualquiera de ellos había esperado que durase este asedio y, si no se apresuraban, las tropas enemigas vendrían a socorrer a los Someti. En esta ocasión no se había buscado un fin pacifico para cada batalla. Bastaba y sobraba que los Salvino y los Ustípede lo hubiesen pedido en su primer encuentro. Y después de lo ocurrido en los bosques de alrededor del Lago Someti, a nadie podía sorprender que los atacantes quisieran resarcir aquella masacre por la fuerza del acero y no de la palabra. Los habitantes de la ciudad habían sido expulsados por los asaltantes antes de comenzar el asedio. No había habido muestra alguna de oposición por parte de los señores. Aun así, las familias que poblaban la capital se habían mostrado reacias a moverse, no sólo por dejar atrás sus posesiones, sino que parecían verdaderamente deseosas de expulsar a aquellos que atosigaban a sus señores. El acero de las armas les hizo agachar las cabezas y obedecer, pero los guardias Ustípede y Salvino habían tenido que soportar sus miradas lacerantes. Los ataques a la ciudad habían sido continuados y, aunque sus fuerzas estaban desgastadas por el tiempo, soportaban insistiendo con ahínco porque sabían que a la muralla no le faltaba mucho para caer. A lo sumo en una semana se habrían hecho con el castillo. Y entonces todo terminaría y, esperaban, podrían volver a sus hogares, a sus tranquilas tierras poco pobladas, a sus vidas monótonas que ahora añoraban, a los abrazos de sus mujeres y de sus hijos.
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El castillo soportaba los ataques en un estoico silencio. Era de roca negra y había sido construido como un verdadero fuerte militar, no como el residencial castillo que había junto al lago. Sus paredes azabache se fundían con la noche, momento en que parecía intocable como un fantasma, pero por el día podían verse las hendiduras que las pocas amas de asedio que habían recibido los Salvino habían logrado hacer en la dura roca. Algunos boquetes pronto se agrietarían buscando otros puntos débiles, y la muralla caería. El sol besó una vez más en el horizonte y los efectivos se replegaron. Manteniendo siempre varios grupos de vigilancia, los guardias se habían instalado con descaro en las casas vecinas, donde podían dormir y comer caliente. Descansaron plácidamente aquella noche, con sueños serenos, como si Oddeim hubiese tenido a bien concederles esa gracia habida cuenta de lo que les esperaba al día siguiente.

No era sencillo pasar desapercibido por tierras Aivanek, pero Renio no se molestó en ocultar sus fuerzas ni sus armas pesadas mientras atravesaba su propio territorio. Como un chiquillo recogiendo frutos de los arbustos cercanos, así él fue extendiendo su poderosa mano y haciéndose con racimos de hombres en cada aldea, so pena de quemarla hasta los cimientos de no ceder a su exigencia. No hubo de quemar nada, sin embargo, porque su hermano iba con él y eso hacía que sus amenazas cobraran sentido para sus siervos, acostumbrados a su despotismo. No hallaron los campesinos comprensión por parte del más joven de los Aivanek, ni encontraron forma de llegar a su corazón encostrado. Al alcanzar la frontera, el entorno cambió. Los árboles no eran lo suficientemente altos como para ocultar el trabuquete montado, pero allí el terreno era frondoso y no tan llano como la planicie de la mayor parte de las tierras Aivanek. Era un beneficio para un acercamiento sigiloso, pero también había de retrasar su marcha. Renio no lo permitió, sin embargo. Los confusos y temerosos campesinos parecían empujados más por el látigo de un amo despiadado que por su señor. Avanzaban a ciegas sin reparar en sus huesos cansados ni en sus pies llenos de yagas. Algunos habían aceptado su sino, y con ferocidad encontraron que su lealtad era buen motivo para lo que estaban haciendo, engañándose para morir con gusto cuando en realidad les estaban abocando sin remedio. Era un mal necesario que mantenía a los demás a raya. Tras la frontera esperaban los pocos guardias que permanecían en el Este-Sureste. No habían podido impedir la toma de la ciudad, pero se extendían casi hasta las mismas puertas de ésta. No debían abandonar por completo la frontera Aivanek, por lo que pudiera ocurrir. No obstante, Renio encontró algo más que a sus hombres allí. Campesinos y villanos de todo el territorio Someti se habían agrupado y organizado, formando una caótica milicia que presentó sus utensilios de trabajo, como si fueran armas, ante él, para defender a su señor. Renio no daba crédito a sus ojos. Donde él había tenido que amenazar y tomar por la fuerza espadas que le sirvieran a lo largo de su extenso territorio, los Someti sin llamar a armas a los civiles habían logrado en su silencio que ellos mismos se posicionaran políticamente en una guerra. Era algo apenas visto en toda la historia del reino. Sus fuerzas, más las bienhalladas -incluida la milicia-, habían crecido hasta un número aún muy inferior al de las enemigas, según las últimas informaciones, pero ya eran un ejército a tomar en cuenta.
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Eran suficientes. Su hermano cruzó una mirada y una sonrisa con él. Ambos gestos idénticamente teñidos de una crueldad abierta. Cuando alcanzaron la capital, el manto nocturno se había dejado caer en el reino hacía tiempo. Allí, ocultos, camuflaron el trabuquete y avanzaron con él montado. Un enorme árbol caminando en la noche sin luna. Descansaron solo dos horas hasta el amanecer.

El sol se levantó envuelto en una nube de tono escarlata aquella mañana, como premonición de lo que había de acontecer. - ¡Los Aivanek están aquí! ¡Banderas del Águila Carmesí! ¡Los Aivanek están aquí! – gritaba el vigía, que había tomado el caballo y recorría las calles frenéticamente, despertando a todos sus compañeros. Hubo entonces bullicio, los guardias se levantaron desconcertados y buscaron sus armas, se calzaron sus botas y reprimieron sus miedos. Salieron casi al unísono de las casas de la ciudad. Uno de ellos, abandonando la vivienda por una ventana baja, con su media armadura sin abrochar, corrió hasta la calle que bordeaba la ciudad, donde sus camaradas miraban petrificados hacia aquel gigante de palo que se erguía silencioso. De hecho, el silencio era señor del lugar aquella mañana. Silenciosa era la mirada de Valerion Someti desde su ventana en el castillo, silenciosos los latidos acelerados del corazón de los guardias, silenciosa la fina mañana, silencioso el brillo frío en los ojos de Renio Aivanek antes de la carnicería, silenciosas las armas que pronto estallarían en gemidos y tintineos, silenciosa la falta de aliento de Femir Ustípede y Taleón Salvino, silencioso el amanecer y, en fin, el mundo, en aquella mañana. Un silencio que había de romperse. Tal era el destino de ese silencio, por mano de los hombres. Y el silencio se rompió. Primero se escuchó el gemido de la madera, luego el chirriar de las poleas, el latigazo al viento e incluso el ruido del enganche al soltarse. El majestuoso y terrible trabuquete atacó con una fuerza insospechada. No estaba cargado con una roca gigantesca, sino con docenas de piedras que un hombre podría cargar con un brazo, pero que lanzadas a tal altura y velocidad cayeron como un lluvia de muerte. Los hombres se ocultaron torpemente entre las casas mientras las rocas caían, la mayoría de ellas agujereando las tejas o las propias paredes de madera. Los alcanzados en plena calle no tuvieron oportunidad ninguna. Los cascos se abollaron hasta incrustarse en los cráneos; las cotas de malla eran tan inútiles como camisolas y bajo ellas los pechos de los guardias fueron aplastados como si un niño jugara con un tirachinas contra muñecos de paja. Los sureños aún se recuperaban de la impresión cuando la voz de mando, que partía desde la misma boca de Taleón Salvino en primera instancia, recorrió la ciudad por medio de varios portavoces: -¡Atacad! ¡Atacad! ¡Que no recarguen!- gritaban. Los nobles, que habían tenido ocasión de estudiar tácticas militares, sabían lo que tardaba en cargarse un trabuquete y, aunque aquel no pareciera en absoluto uno común, puesto que no usaba la
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fuerza de los hombres para obtener impulso, sino un poderoso contrapeso, habían de tardar en recargarlo. Los guardias sureños atacaron entonces con una temeridad que rozaba la locura, incapaces de hacer otra cosa que obedecer las órdenes de sus señores, puesto que no tenían ellos idea de cómo salir vivos de otra matanza de los Aivanek. Los guardias del Águila Carmesí no se movieron del sitio. En primera línea estaban los experimentados y por detrás de ellos la milicia espontánea y los campesinos reclutados. Así debía ser para que no se rompiese la formación. Frente a aquella primera línea había media docena de unos artilugios hasta entonces desconocidos en las batallas del reino. Cada uno parecía un muscolo de base circular, sin ruedas y con pinchos sobresaliendo por sus costados. Al principio, los guardias dudaron en si atacarles o ignorarles. Algunos hicieron lo primero, sin que hubiese respuesta, y otros optaron por lo segundo, acercándose a la primera línea enemiga. Entonces aquella primera línea levantó una burda empalizada, que había estado frente a ellos en el suelo, todos a una con precisión admirable. Los atacantes lanzaron espadazos contra ella, con furia, impelidos por la falsa seguridad de que su enemigo les temía tanto como para ocultarse. Entonces se dio la orden entre los estandartes rojos, una orden repetida por doce voces a un tiempo para que se oyese por encima del estruendo de la batalla. Los extraños muscolos circulares empezaron entonces a traquetear en su interior. Nueva sorpresa para los desdichados guardias sureños, y esta vez también para sus señores, cuando aquellos artilugios comenzaron a lanzar en todas direcciones cantidades imposibles de virotes de punta pesada a la altura del vientre y de punta afilada más arriba. El mecanismo requería de tres personas que, en su interior, daban vueltas frenéticamente a las manivelas. Las treinta y ocho ballestas en cada aparato estaban dispuestas y habían sido creadas para poder cargarse, disparar y recargarse sin más intervención que la de aquellos tres campesinos ocultos en su seguro seno. Las flechas tumbaron primero a los hombres que tenían más cerca y que, según caían, iban dejando hueco para alcanzar a la siguiente línea de enemigos. Demasiado tarde, los sureños se dieron cuenta de que la empalizada no era para protegerse de ellos, sino de las saetas. Quienes pudieron, que no fueron todos, retrocedieron con la retaguardia hacia la ciudad, poniendo distancia entre ellos y los muscolos. Los que tuvieron presencia de ánimo para ello, echaron mano de sus escudos incluso antes de que sus señores lo ordenasen, regresando casi milagrosamente ilesos, en el mejor de los casos. Renio Aivanek, a consejo de su hermano, ordenó frenar el ataque con los muscolos cuando los últimos abandonaban el alcance de tiro de las ballestas. Taleón Salvino y Femir Ustípede miraron jadeantes aquellos artilugios imposibles, con la desesperanza en los ojos. El más mayor, quizás curtido simplemente por la edad, apretó los labios y retomó el mando de sus hombres y también el de los del joven Ustípede. - Formad con los escudos, proteged todos los flancos y avanzad. No pueden regular la posición de las armas. ¿Lo habéis visto? Incluso con medio escudo podríamos pasar, sabiendo la altura a la que disparan. Avanzad despacio y en formación, repito. No dejéis oberturas. Destruid esas malditas cosas para que podamos plantarles cara. ¡No permitiré otra masacre! Los hombres, jaleados pero aun así sin sentir ardientes deseos de entrar en batalla, obedecieron, parapetándose tras los escudos en los que estaban dibujadas o grabadas a fuego las insignias de las

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casas Ustípede y Salvino. Y avanzaron. La lluvia de flechas regresó, pero los escudos aguantaron, como había previsto el Salvino. Metiendo la espada entre la propia defensa y la del compañero de al lado, los guardias comenzaron a castigar aquellos artilugios. Renio dejó que cayeran tres de ellos. No importaba, de todas formas no podía quedarles demasiada munición. Esperó, pacientemente, a que hubiera la mayor cantidad de guardias enemigos cerca de los muscolos, parapetados en sus escudos. Entonces ordenó parar a los muscolos y la empaliza se dejó caer. Sólo tenía una de aquellas nuevas armas, pero estaba deseando verla funcionar sobre sus enemigos. Un hombre sostenía la manguera de cuero, con gesto de pánico bien contenido. Tras él se elevaba un tonel del tamaño de tres personas una sobre otra, encerrado en una especie de carro en el que estaba enjaulado. Los hombres a los lados comenzaron a bombear frenéticamente y un chorro de líquido negro con olor a azufre y algo más fuerte fue repartido sobre los sureños. El líquido era pastoso y se pegaba al cuerpo nada más tocarlo. Entonces el capitán de la guardia de los Aivanek se adelantó, tomando una antorcha, y la lanzó sobre ellos. La mezcla prendió con más facilidad que la yesca, y en un instante los alaridos de los enemigos ardiendo se oyeron por encima del propio sonido de la vida. Los que habían manejado los muscolos cayeron con ellos. Las bombas no dejaban de trabajar, empapando a más guardias sureños que seguidamente estallaban en lenguas de fuego, y el frente avanzó en persecución de los que huían de aquel infierno. - Los dioses nos perdonen por esto – dijo de pronto el jefe de la guardia Aivanek que, habiendo asistido a múltiples revueltas campesinas que por la fuerza tuvo que aplacar, jamás había contemplado un espectáculo así. - Deja que yo cargue con las culpas ante los dioses. Tú ocúpate de que todo marche según lo previsto – respondió Renio con aspereza. El capitán le miró, se inclinó y se retiró para obedecer su orden. Taleón Salvino contempló aquel arma de guerra con más horror que los demás, si cabe. Se dio cuenta en ese instante de que no sólo tenía perdida la batalla, sino la guerra. Su territorio, las Tierras Doradas, eran extensiones de grano y paja hasta donde alcanzaba la vista, levantadas sobre la aridez de un suelo que pocas veces era tocado por la lluvia. Ardería como la yesca de punta a punta bajo el ataque de máquinas como esa. El trabuquete estaba nuevamente cargado, pero en esta ocasión su munición fue distinta. Habiendo ya eliminado a dos tercios de las tropas enemigas con bajas insignificantes, se aseguró de que muchos de sus enemigos se quitaban las armaduras para huir en estampida o porque el fuego las había cubierto y se estaban cociendo en el interior. Fue el momento de lanzar las bolas de arcilla cocida, que al chocar contra el suelo estallaban en esquilas y pedazos cortantes. Los siervos, pajes y otros desafortunados sin armadura cayeron con heridas profundas, graves si no mortales. Taleón Salvino había tocado retirada, pero los milicianos Someti y los campesinos reclutados en tierras Aivanek surgieron para cortarles el paso, dejándoles encerrados en la ciudad, en una pelea entre callejas que el trabuquete regaba de vez en cuando con piedras o bolas de arcilla que no diferenciaban entre aliados y enemigos.

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La campana del castillo de los Someti sonaba repetidamente. Enemigos y aliados sabían lo que quería comunicar. Quería que se abandonase el ataque y se procediese al rescate, pero Renio y su hermano ignoraron la voz reverberante del metal. - No dejéis un guardia vivo. Traedme a Taleón Salvino y a ese cachorro estúpido. La puerta tras la que Taleón Salvino y Femir Ustípede se encontraban cedió como el resto. Los guardias profesionales habían entrado a rematar los pocos focos que aún se resistían a los recién reclutados y los milicianos. Y, por supuesto, habían venido a por los nobles. Ambos combatientes de alta cuna lucharon con ferocidad y hasta el final, como hasta el último de sus soldados, pero fueron reducidos por un número muy superior de enemigos. Les desarmaron, les despojaron de los cascos y les sacaron de la casa, retenido cada uno por tres hombres. Mientras cruzaban la ciudad, fueron testigos de cómo sus subordinados eran perseguidos y aniquilados como ratas. Algunos, empero, al verles prisioneros, se lanzaban a tratar de rescatarles en ataques suicidas. Taleón Salvino les observaba con el rostro lívido. “Esto, y no otra cosa, es la guerra” se dijo. Deseó haber podido rendirse, pero los Aivanek no aceptaban una rendición. Miró a su compañero, causante de su desgracia, y sintió lástima por su gesto desconcertado y su miedo orgulloso. Era tan joven… Vieron más allá de la retaguardia enemiga a los dos nobles Aivanek, escoltados por sus respectivas guardias personales. Esperaban en pie, fríos, erguidos, inmutables. Sin duda habían ordenado su captura. ¿Con qué intención? ¿Quedaba aún un resquicio de esperanza? Casi al mismo tiempo que ellos fueron arrojados a tierra, un caballo negro y brillante que llevaba al señor de los Someti sobre su silla llegó al trote. Los guardias le frenaron, pero no impidieron al noble acercarse a sus señores a pie. Después de todo, acababan de salvarle, era un aliado, no un enemigo. - Detened esta masacre, joven Aivanek – pidió a Renio, ignorando a su hermano de quien sólo conocía la fama de sanguinario. - Ya casi ha acabado – respondió el chico, y una sonrisa ajena curvó levemente su comisura izquierda. Sus ojos perdidos se nublaron un poco y ladeó la cabeza -. ¿No lo oís? El señor de los Someti se volvió hacia su capital destrozada. Los gritos eran cada vez más escasos, extinguiéndose a medida que lo hacían las vidas de los pocos vencidos que aún seguían respirando. Luego, el noble se volvió hacia los señores sureños y les miró con una disculpa en los ojos. - ¿Qué haréis con ellos, joven señor? – preguntó entonces. Renio se volvió al fin para verle, apartando la mirada vacía de la ciudad en ruinas. - No querréis interceder por sus vidas – y se volvió hacia los nobles sureños -. No se lo habéis dicho, deduzco. Femir miró a otro lado, pero Taleón fijó sus ojos en el Someti, reflejando la disculpa de él en su propia mirada. - Vuestra hija ha muerto – dijo a bocajarro Renio, dirigiéndose al Someti con una expresión inescrutable en su rostro.

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Valarion Someti acusó el golpe, retrocedió un paso y tardó unos segundos en acordarse de respirar. Su hija, que precisamente se encontraba en el lugar que se suponía más seguro, había muerto. Se sentó en la piedra más cercana, manchada de sangre, y hundió la cabeza en sus manos, derrumbándose en un momento terriblemente inoportuno para la supervivencia de los nobles sureños. Casi se distinguió un rastro de compasión en la mirada que Renio le dirigió a quien habría sido su suegro, pero sus ojos volvían a ser implacables cuando devolvió su atención a los enemigos vencidos. - Tú, imberbe descerebrado – dijo, dirigiéndose al Ustípede sin ningún respeto -, fuiste el instigador de esta guerra y, en última instancia, el culpable de todas las muertes y desgracias que ha conllevado. Femir Ustípede se irguió, echó atrás el miedo, dejándolo en un segundo plano, y se mantuvo firme y digno, incluso cuando Renio hizo un gesto y sus guardias bombearon el líquido incendiario sobre su noble persona. Taleon Salvino no fue capaz de mostrar tal entereza ante semejante visión. Los guardias tuvieron que retenerle mientras le hacían mirar impotente cómo preparaban para morir entre llamas a su aliado en esta guerra, al hijo de su amigo fallecido no hacía mucho, al cual había apoyado y protegido. - ¡Por Auqa, joven Aivanek! – gritó Taleón, sin poder hacer otra cosa mientras se intentaba zafar inútilmente para acudir en auxilio de Femir-. Este no es el modo. ¿Teméis usar vuestra espada? ¡Por las nieblas del infierno! ¡Así no, muchacho! Pero Renio no le escuchó. Tomó la antorcha que le tendía su hermano y la arrojó contra el Ustípede, el cual prendió como una tea. Su estoicismo no soportó demasiado dolor y el chico enseguida se vio retorciéndose. Cuando trató de correr, los guardias alrededor le empujaron con sus lanzas y, al caer al suelo, rodó intentando apagar el fuego entre gritos agónicos y desesperados, bajo los horrorizados ojos del Salvino. No consiguió apagar las llamas, y en cambio el suelo quedó ardiendo en varios puntos por donde pasaba. Finalmente murió, con la cara contra el barro y los ojos blancos empañados de humo. - Acercaos, Salvino – se escuchó la gélida voz de Renio Aivanek. Por primera vez en su vida, el intrépido Taleón Salvino tembló de miedo. Pero se acercó por sus propios medios, sin que los guardias tuvieran que sostenerle o forzarle a avanzar. Se plantó frente al joven vencedor y tuvo suficiente temple como para respirar hondo y mirarle a los ojos con resignada dignidad. - Vuestro crimen es, si cabe, más aborrecible, porque no sois un atolondrado chiquillo confuso por la temprana muerte de su padre. Teníais suficientes conocimientos como para saber lo que podría conllevar esta guerra y aun así la alentasteis. Viviréis para ver cómo convierto en cenizas vuestro territorio, y luego os lanzaré con mi trabuquete por encima de los muros, ennegrecidos por el fuego, de vuestro propio castillo. El Salvino le miró y levantó un punto más la cabeza. - Los Salvino luchamos con honor –dijo, y su tono fue majestuoso -. Nuestra es la derrota en esta guerra, nuestra y de nuestros aliados. Pero nosotros no atentamos contra la chiquilla Someti – se volvió un instante hacia su padre -, por quien os doy mi pésame y que ojalá Oddeim tenga en su seno – miró de nuevo al Aivanek -. Nunca la hubiéramos dañado, aunque la hubiésemos encontrado tirada en un camino. Jamás. Lo sabéis. Mis hombres han caído como hormigas ante vuestras admirables fuerzas, y esa es mi carga y mi responsabilidad –hizo una pausa, tomando fuerzas para la siguiente frase-. Sin
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embargo, os ruego que mostréis más clemencia hacia mi pueblo y mis tierras de la que habéis mostrado hacia el imberbe confuso. Matadme si eso os aplaca, pero mi familia y mi pueblo son tan inocentes como lo era Alía Someti. Un relámpago de ira vibró un instante en los ojos de Renio ante la mención de su amada, pero luego ese brillo dio paso a la más oscura tormenta de tristeza, con los recuerdos retumbando en su mente como truenos. - Nuestra familia necesita estas fuerzas en el Norte –intervino entonces su hermano. Miró al Salvino y, agarrándolo por la nuca como a un vagabundo que no se apartaba del camino, le hizo arrodillar a los pies de Renio -. Si quieres venganza, toma su vida, pero los verdaderos asesinos llevan corona y lo sabes, Ren. El joven Aivanek lo meditó durante unos largos momentos, con la vista clavada en los ojos del Salvino, el cual a su vez le miraba con una mezcla de serenidad y una intensidad que le recordaba su petición. - Sea, señor de los Salvino. Vivirá vuestro pueblo y vivirá vuestra tierra, para sosiego de las tribulaciones de mi capitán y para esperanza de mi alma condenada a los tormentos del infierno. Vivid e id en paz, pero recordad este día. Olvidada queda toda enemistad entre la casa mayor de los Aivanek y la casa menor de los Salvino. - Olvidada queda – confirmó el Salvino, con la humildad de la derrota en su ánimo. Tras una inclinación, y completamente solo, emprendió el camino de regreso a su hogar.

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