El origen de la sangre maldita

Un relato basado en La Marca del Guerrero

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El origen de la sangre maldita IX.

La Marca del Guerrero

Oficialmente, la Institución consideraba a la sacerdotisa Huertza Aivanek como desaparecida. Eso, a pesar de que el Sumo Sacerdote sabía exactamente dónde estaba. Él mismo había ordenado que fuese prendida y enviada sin demora al juicio de los dioses, bajo consejo de uno de sus sirvientes, que veía en ella una potencial amenaza a su mando. Los rumores sobre sus dones divinos habían quedado resueltos para él, ya que de disponer de ellos no hubiera sido capturada y ejecutada. De esta forma, el Sumo Sacerdote podía tener la certeza de que ella no era una enviada que mereciese sustituirle en el cargo, sino una suerte de usurpadora ambiciosa que merecía aquel castigo. Con este pensamiento, mantenía su conciencia tranquila y estaba en paz con sus dioses. El Sumo Sacerdote era, al fin y al cabo, un creyente fervoroso. ¿Cómo no iba a serlo, cuando los dioses le habían proporcionado todo lo que tenía? Él había sido un huérfano enviado a la Institución, rechazado por su pueblo. La religión le había acogido sin recelo, le había enseñado el valor de la fe y la disciplina, y los dioses habían premiado su abnegación con poder, oro, esclavos, gloria y todo tipo de agasajos. Lo que es más, le habían convertido en la cabeza de su representación en el mundo terrenal, un honor que llevaba con orgullo. Aún le quedaban años de vida, y no pensaba permitir que alguien menos cualificado le arrebatase el puesto con el que los dioses le habían bendecido. Trabajaba por y para la Institución, por y para los designios divinos, la obediencia de sus leyes y el ensalzamiento de sus muchos obsequios, el mayor de ellos el perdón que ofrecieron al hombre. Cuando salió aquel día, en el que brillaba como pocas veces el sol, a presidir la celebración en la que se nombraba a los nuevos sacerdotes y sacerdotisas para que comenzaran con su sagrada vocación, se sintió plenamente satisfecho. Le parecía que Auqa le regalaba el calor de los rayos matutinos para mitigar el dolor de sus huesos, indudablemente como premio por sus acciones, en las que había velado por la Institución eliminando a aquella impostora. Comenzó su improvisado discurso con alegría y soltura, como correspondía tanto con su humor como con el momento. - Ningún padre puede sentir más felicidad y orgullo que en el momento en el que ve a sus hijos partir a cumplir con sus destinos. Y vuestros destinos, hijos míos, son los más sagrados, porque vais a dedicar vuestra existencia a la ennoblecedora misión de predicar las leyes de los dioses. Regocijaos pues, como yo me regocijo, compartid mi júbilo. Ya no sois simples estudiantes ni cargas para vuestros hermanos, porque ahora tenéis la oportunidad de demostrar que se os ha enseñado bien, devolviendo a este mundo oscuro lo que os fue entregado, mediante vuestra inquebrantable abnegación. >> No hay nada más honroso que servir a los dioses, ni hallareis en lugar, persona u oficio alguno la plenitud que os ofrece ser miembros de la Institución, donde no hay lacayos ni señores, porque todos somos siervos de los dioses, y sobre nosotros no hay mayor autoridad que la divina. Antes erais hombres y mujeres, pero ahora seréis sacerdotes y sacerdotisas, personas modestas que sin contar con sangre noble en las venas disfrutareis tanto del cobijo de los humildes como del respeto de los poderosos. Y esos son aun así los más pequeños regalos que Oddeim y Auqa os confieren por vuestra lealtad a ellos.

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>> A cambio, no olvidéis nunca vuestra dedicación a los dioses ni vuestra deuda a su Institución. No caigáis en los pecados reservados a los desdichados que desconocen las gracias divinas. Perdonadles a ellos, en cambio, y sentid lástima por su desconocimiento, que les impide alcanzar vuestra virtud. Enseñadles y elevad su espíritu para que los dioses se regocijen en su fe, pues no hay mayor alegría para ellos que ver a sus perdonados agradecidos y devotos. >> Si en algún momento os tientan, y puedo aseguraros que ese momento llegará, recordad entonces que servís a los seres más magnánimos que existen, y tened la certeza de que cualquier precio será indigno de equipararse con lo que ellos ofrecen. No olvidemos nunca que no estamos obsequiándoles con nada, sino agradeciendo la entrega de nuestros dioses, su compasión y su desvelo por nosotros, cuando somos indignos de su atención. >> Caminad siempre con la cabeza en alto, que ni ofensas ni penurias os… La puerta de la gran biblioteca repleta de libros, algunos de los cuales habían de existir desde antes de la época del Fuego, se abrió violentamente. Cualquiera hubiese dicho que un súbito viento había echo saltar en pedazos los cerrojos que la guardaban, pero no era el viento la figura que aguardaba al otro lado, cubierta por un hábito. Lo que es más, las telas que abrigaban a esta persona ni siquiera se movían. No parecía hacer fuera la más mínima brisa. La figura dio dos pasos adelante, sin levantar la cabeza cubierta con una capucha. Llevaba cada mano guarecida en la manga de la otra, como si hiciese frío, aunque no lo hacía. Era la viva imagen de Oddeim. Esa postura también revelaba que aquella persona, si es que era tal, no había empujado las puertas, en caso de que a alguien se le hubiera podido ocurrir que la pequeña figura podía tener las fuerzas de romper los cerrojos sólo empujando. Las pesadas puertas, de hecho, requerían de dos personas por hoja para moverse. La figura avanzó de nuevo, entre el silencio estupefacto y temeroso de los impresionables recién ascendidos al sacerdocio, y también de los no tan impresionables ancianos que eran testigos de la ceremonia. La figura se llegó hasta el centro de la gran sala, obligando con su mera presencia a que la concurrencia le abriera un pasillo, como si todos temiesen aproximarse. Entonces sacó su mano derecha de la manga izquierda y señaló a una persona. Por un momento, el Sumo Sacerdote temió que le estuviese señalando a él, pero no era así, señalaba a Hidio Cublión, uno de sus consejeros. - Tú… ¡Hereje! – le acusó. La voz de Huertza Aivanek resonó en toda la sala y, aun sin haberla reconocido, el Sumo Sacerdote supo que se trataba de ella. Un velo de palidez le destiñó el semblante, al igual que le pasó al señalado. De pronto sintió que todos los presentes que los dioses le habían concedido se habían convertido en una montaña que amenazaba con derrumbarse. - Has emponzoñado con mentiras la mente de nuestro Sumo Sacerdote – dijo la mujer, avanzando hacia él sin bajar el dedo acusador que le señalaba -. Has cometido la temerosa atrocidad de provocar a los dioses con tu ambición. Pues bien, los dioses no se mostrarán clementes contigo. Llegada con estas palabras hasta él, todos los demás, exceptuando al Sumo Sacerdote, se habían alejado. Eso permitió al más alto (y único) cargo jerárquico de la Institución presenciar como testigo exclusivo la demostración de poder de la que Huertza Aivanek hizo gala, en su totalidad, pues nadie más vio el fulgor de los dos ópalos dorados que brillaron en la oscuridad de la capucha. Nadie más sintió con
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tanta intensidad la presión que se instauró en el ambiente. Nadie más escuchó el susurro de muerte que le fue dedicado al consejero en el mismo instante en que caía fulminado. Un grito conjunto de asombro y horror recorrió a los presentes. No obstante, nadie se acercó a comprobar el estado del hombre que yacía inerte en el suelo. No les hacía falta. De alguna manera, todos sabían que no respiraba, ni volvería a respirar. Entonces Huertza se volvió hacia los asistentes y avanzó con lentitud, recorriendo con su insidiosa mirada a cada uno de ellos. La indignación y la ira recorrían sus venas, lamiendo como llamas todo su ser. Ella jamás, jamás quiso aquello. Pero si estaban dispuestos a matarla, a pesar de que sus pretensiones no habían sido arrogantes ni malintencionadas, entonces tenía que admitir que su tío estaba en lo cierto. Prefería ser ella quien gobernase la Institución y no un puñado de asesinos herejes. La venganza también tomaba partido de forma poderosa en su decisión. Se apartó entonces la capucha de la cabeza, mostrando su rostro, pues no tenía nada que ocultar. Su pelo había sido burdamente recortado y algunos moretones, ahora de un amarillo macilento, le adornaban la cara. Alguien la reconoció y dijo su nombre, y el asombro general volvió a recorrer la sala. Aunque nadie se atrevió a murmurar, muchos se quedaron pensativos sobre lo que podía haberle pasado a aquella sacerdotisa, considerada desaparecida y que ahora se presentaba allí con un poder que no podía provenir más que de los mismos dioses. - Vosotros – acusó rabiosa a los ancianos que hacían de testigos en la ceremonia – habéis olvidado por qué estáis en este mundo. Habéis envenenado con ambiciones impías el sagrado objetivo de vuestras existencias, y aún tenéis el descaro de hacer gala de vuestra hipocresía hablando a los nuevos siervos de los dioses sobre aquello a lo que habéis renunciado. ¿Virtud? ¿Abnegación? ¿Lealtad? ¿Deber? ¿Nobleza?... ¿Acaso alguno de vosotros recuerda lo que son esas cualidades? >> Los dioses se han cansado de vuestra falsedad, de vuestras falacias. Y yo he venido para acabar con todo esto. A su alrededor, un semicírculo vacío de personas se había creado mientras ella caminaba y hablaba. A su espalda quedaba el altar escalonado, donde permanecía inerte el malhadado consejero y a su lado, aún en pie y con el rostro desencajado, el Sumo Sacerdote. El resto de los ancianos se habían retirado cuando ella se había acercado para acabar con la vida del hereje. Huertza Aivanek se giró hacia el altar entonces y el Sumo Sacerdote sintió que todos los músculos de su cuerpo se agarrotaban, que los huesos perdían su dureza convirtiéndose en frágiles varillas de cristal, que la entereza y seguridad que siempre le acompañaban se evaporaban y disipaban en un instante. La mujer avanzó hacia él con paso tranquilo, como si tuviese todo el tiempo del mundo, como si nada ni nadie tuviera la capacidad de detenerla, pues gozaba del favor de los dioses. Al llegar frente a él, sus ojos volvieron lentamente a brillar con aquel dorado, promesa de muerte. El Sumo Sacerdote, la cabeza de la Institución, la mayor representación de la religión y uno de los hombres más poderosos del reino, algunos dirían que el que más, se postró de rodillas ante ella, mirándola suplicante. Su voz parecía haber sido anulada del mismo modo que su entereza, pero sus labios temblorosos perfilaron una palabra: “piedad”. No había clemencia para los sacerdotes herejes, él lo sabía bien, y ella también, pero el intenso dorado de sus ojos titiló por la duda. Quizás porque aquel hombre estaba

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siendo sincero. No se consideraba un hereje. Si hubiese sabido con seguridad que la mujer gozaba del favor de lo dioses, nunca hubiera atentado contra ella. Aquel viejo bajó su cabeza y con humildad y un temor reverencial ofreció su báculo, símbolo de poder, levantándolo con ambas manos. El brillo inhumano de los ojos de Huertza se mitigó hasta apagarse. Recogió el báculo y lo asió con fuerza. Ahora el poder de la Institución era suyo.

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