El origen de la sangre maldita

Un relato basado en La Marca del Guerrero

http://lamarcadelguerrero.blogspot.com

El origen de la sangre maldita VIII.

La Marca del Guerrero

Beldere no miró atrás cuando salió del castillo. No se paró a observar los rostros que le contemplaban. No escuchó lo que se decía en las calles antes de verle pasar. Simplemente se marchó, con ropas de noble a las que habían arrancado las insignias de su familia, con el caballo que había criado desde que era un potrillo y con una cierta sensación de paz. No es que quisiera abandonar su hogar, no se sentía precisamente honrado de que su padre le hubiese condenado al destierro, ni tampoco estaba aturdido por la situación. Simplemente se sentía aliviado porque su crimen había recibido un castigo. Aunque la desgracia se cerniera sobre él como un cuervo sobre un cadáver, cebándose en su desdicha, estaba pagando por lo que había hecho. La calma que le recorría al pensar que se había hecho justicia, aunque esa justicia fuese en detrimento de su persona, sólo era equiparable a la incertidumbre por saber qué ocurriría con él. Por supuesto, no se le había dado al pueblo la oportunidad de saber de su destierro. Su padre nunca dejaría que manchase aún más el nombre de su buena familia de tal forma. Se les diría a los plebeyos que había ido de caza a las marismas y que allí se había perdido. Nada más se comentaría al respecto, no se armaría un gran alboroto y, cuando hubiese otro heredero a la corona, su existencia se vería olvidada, recordada tal vez exclusivamente por su pobre madre. El príncipe estaba de acuerdo con esta medida, puesto que no quería dar explicaciones y convertirse en un mártir, ni tampoco desestabilizar políticamente el Reino con su presencia. No quería que alguna familia belicosa le utilizara como excusa para organizar una guerra. Sólo quería desaparecer y marchitarse, lejos de allí, sabiendo todo lo que había perdido y porqué. Quizá entonces los dioses tuvieran a bien perdonar su terrible crimen. Se dirigió, pues, hacia el Oeste, atravesando las tierras de los Cublión, y su sentimiento de culpa aumentó cuando pasó junto a los castillos y fortalezas que se erigían a través del territorio, todos ellos con las banderas tintadas de blanco en sus puntas, señal de respeto ante una trágica muerte. Una única cosa levantaba su ánimo y le hacía estar orgulloso de si mismo, aunque fuese de una forma bochornosa en el rincón de su espíritu, y era el saber que había confesado y que su madre estaba a salvo de la ira del rey. No obstante, aunque su hijo no lo supiera, el rey no había exculpado a su esposa por lo acontecido. Al contrario, en lugar de cargar con su parte de responsabilidad por haber, con sus malas acciones, empujado a su hijo a cometer tan vil acto, se aferró a la idea de que su esposa había convertido a su hijo en un asesino, mostrándose débil ante él y malcriándole. Era mucho menos doloroso que acarrear él mismo el peso de la muerte de aquella mujer con la que había compartido placeres, momentos y secretos. Además se sentía agotado, hastiado, de tener que lidiar con la terca reina. Jamás debió casarse con ella. Los Aivanek eran arrogantes, despiadados y ambiciosos. Los vástagos de una unión como la suya, que mezclaban esos defectos con el poder, no podían sino ser un aciago reflejo exponencial de tan deplorables características. Así había resultado, como debió preverlo. La misma naturaleza parecía comulgar con aquella idea, puesto que ardua había sido la concepción de su único hijo.

2

El origen de la sangre maldita

La Marca del Guerrero

Y por si fuera poco, los Cublión exigían comprensiblemente una justicia en nombre de la asesinada. Pero el rey no podía entregarles al verdadero culpable, no podía matar a su propio hijo por mucho que le despreciase, porque era su hijo. No era capaz de derramar su sangre. En cambio, la de su esposa era algo diferente. Llamó a los señores del reino a puerta cerrada. Representantes de todas las casas menores, excepto las de los Salvino, Ustípede y Someti – que se hallaban inmersos en una trifulca -, acudieron a la llamada. En una sala con la puerta custodiada por guardias sordos, alejada de los oídos de sirvientes, el rey preparó un tocón de piedra impoluta. Cuando la reina entró en la estancia, los señores la miraron entre la lástima y la congoja, exceptuando a los Cublión. Ella no suplicó, no pidió clemencia ni se opuso a lo que estaba por llegar. En primer lugar porque no tenía posibilidades de sobrevivir y en segundo lugar porque, tal como le había expuesto su marido, su sentencia alejaría las sospechas de su hijo, aplacaría la sed de venganza de los Cublión para que no le persiguieran si llegaban a enterarse, pues no seguirían investigando si se les ofrecía una muerte. Así que la mujer avanzó con aplomo y dignidad, cual si no llevase las muñecas atadas a la espalda como una vulgar condenada. Su testa seguía enhiesta cuando se arrodilló frente a la piedra, y únicamente la apoyó en ella después de recorrer con una larga mirada a todos los presentes. Sólo despegó sus labios para admitir una culpa que en realidad no era suya. Dado que el objetivo de tanto secretismo era que nadie de más se enterase de aquel ajusticiamiento, no había un verdugo presente. Para honra de los agraviados, fue el propio rey quien tomó el hacha y, sin un momento de duda, la hizo bajar limpiamente. Cuando el cuello quedó cercenado, la cabeza no rodó por el suelo, pero el cuerpo inclinado cayó del todo, y los presentes pudieron oír cómo los hombros de la reina chocaban contra la piedra. El rey apoyó el hacha en tierra. La sangre que manaba del cuerpo de la mujer se extendió encharcando el suelo, reflejándose en la fría hoja. Al dar el rey un paso adelante, sus botas chapotearon contra el líquido, burdeos a la luz de las antorchas, que abandonaba el cadáver de su esposa. - Queda dicho que lo que ha ocurrido aquí no será jamás repetido a terceros. La justicia de vuestro rey no conoce de afectos ni lazos de sangre, no se rige más que por la verdad. Mi esposa traicionó mi confianza al acabar con la vida de Carleta Cublión por unos celos enfermizo. Tal atrocidad no puede ser permitida bajo mi gobierno. El crimen ha tenido su merecido castigo. Se ha hecho justicia. Los presentes callaban. - Os hago saber, así mismo, que no encuentro en el hijo que me dio esta mujer a un heredero, y que le he hecho desterrar. Fue un error lamentable el que me hubiera ligado en matrimonio con los Aivanek, un error que ha tenido sus nefastas consecuencias, y por ello, escuchadme bien, voy a hacer un juramento. >> Juro que ni yo ni mis descendientes, herederos o no, varones o hembras, por desesperada que sea nuestra situación, jamás volveremos a unirnos en matrimonio con la familia mayor Aivanek. Así los infiernos invadan la tierra o nuestra estirpe se hunda, así regresemos a la Época del Castigo o caigamos en desgracia con los dioses, nunca volverá la casa real a ligarse en matrimonio con los Aivanek, porque la mezcolanza de nuestras esencias sólo puede dar lugar a una sangre maldita y unos vástagos protervos.

3

El origen de la sangre maldita Los presentes callaban. Pero recordarían.

La Marca del Guerrero

Y lo repetirían. Durante generaciones esas palabras serían transmitidas de padres a hijos, y todas las familias nobles conocerían el secreto juramento que en tan macabra situación, con un tinte de locura, el rey había hecho en su nombre y en el de todos los descendientes que habría de tener.

El joven príncipe estaba ya cerca de las tierras de los Galdaba, esa mixtura de bárbaros y civilizados que su padre había anexionado al reino. Podía ver la frontera, burdamente señalada por mojones de piedra pobremente tallada. Estaba atardeciendo. El sol había castigado su rostro con dureza durante toda la tarde y sus ojos entornados agradecían el ocaso. Su piel fina y pálida, digna de un miembro de la realeza, estaba enrojecida y pronto se curtiría, a fuerza de necesidad. No escuchó los pasos de quienes se movían en las sombras, ni tampoco el susurro de los filos al desenvainarse, pero cuando los asaltantes se le echaron encima, Beldere lamentó la ausencia de su guardia. Su padre le había exiliado sin una espada que le protegiese en el camino. Tal vez, se planteó en aquel momento, fueran aquellos hombres enviados del mismo rey. Quizás su padre había planteado matarle desde el principio o se había arrepentido de su indulgencia al sólo desterrarle. Sin embargo, aquellos hombres no le mataron. Antes de que cubrieran con un saco su cabeza pudo ver que llevaban el equipamiento propio de guardias, aunque sin colores ni insignias que permitieran identificar a quien servían. Le maniataron y le echaron a lomos de un caballo. Avanzaron en silencio, exigiendo a Beldere que se mantuviera callado bajo amenazas más o menos sutiles. El joven obedeció. Quería pagar por sus crímenes, pero eso no significa que quisiese morir. Avanzaron durante toda aquella noche y un día más. En todo ese tiempo no se le ofreció a Beldere más que algunos tragos de agua. Le llevaban cubierto con una manta que le agobiaba, sin duda a fin de que nadie con quien se cruzaran pudiese advertir que el prisionero llevaba el atuendo propio de un noble. Escuchó cómo los cascaos del caballo emitían un sonido más firme y chasqueante cuando el terreno que pisaban cambió. El suelo estaba pavimentado en piedra, primero irregular y luego pulida. El sol dejó de calentarle cuando la sombra de un edificio le envolvió, y las paredes hicieron eco del paso del animal. La montura se frenó tras unos minutos, y luego pudo oír el sonido tintineante de las cotas de malla cuando los guardias se arrodillaron ante su señor, aunque no podía ver nada de todo aquello. - ¿No me digáis que traéis ahí al pobre muchacho? Ah, mirad que sois zafios. Soltadle, por Oddeim – ordenó una voz. Beldere reconoció aquella voz, sorprendido, pero no dijo nada. Dejó que le bajaran del caballo y le apartaran la capucha. La sonrisa sibilina y un tanto arrogante que lucía el señor de los Cublión le hizo comprender que los hombres que le habían llevado hasta él le habían tratado exactamente como su señor les había ordenado. Pero el príncipe tuvo la buena cabeza de callarse aquel descubrimiento, ya que el Cublión parecía querer encubrirlo.

4

El origen de la sangre maldita

La Marca del Guerrero

- Mi buen príncipe, me disculpo por los modales de mis guardias. Os aseguro que serán castigados por tal falta de cortesía. Por los dioses que parecéis agotado y hambriento. ¿Pero qué hacéis que no le soltáis las manos al heredero? ¡Desatadle de inmediato! El príncipe examinó toda aquella puesta en escena con cautela. El trato recibido había sido vejatorio, pero no se quejó. Sentía que estaba caminando por el filo de una espada con los ojos vendados. Lo mejor que podía hacer era callar y esperar a ver qué ocurría. Cuando desligaron sus manos, se frotó las muñecas, buscando el alivio de su piel casi despellejada. - ¡Traed comida y vino para nuestro príncipe! ¡De inmediato! – los sirvientes salieron de las estancias contiguas, cargando una mesa larga que enseguida llenaron de variada comida. Comida que había sido preparada con antelación, sin lugar a dudas porque el Cublión sabía el estado en el que su secuestrado llegaría – Por favor, príncipe, os ruego que tengáis a bien compartir una comida conmigo – añadió con falsa cortesía. Aquel Cublión debía de considerarle un imbécil, porque sólo alguien muy corto de entendederas sería incapaz de captar el notable desprecio recubierto de condescendencia que estaba dedicándole a modo de halago, como quien lanza un manjar a un cerdo. “Lo sabe” pensó el joven. “Sabe que fui yo”. Por un momento, el pánico quiso adueñarse de su voluntad y controlar sus acciones, pero Beldere no permitió que ocurriera. - Será un honor, señor de los Cublión – respondió con aplomo. El señor permitió que su invitado ocupara el puesto de honor en la mesa, presidiéndola, mientras que él se quedó algo apartado a un lado como muestra de respeto. Mientras comía con ansia, espoleado por el día completo que había pasado en ayunas, Beldere se preguntó a qué estaba jugando aquel hombre. - Mi pobre muchacho… me he enterado de tu desgracia – dijo el Cublión, una vez hubieron traído los postres. El príncipe le miró, cohibido. No supo qué responder. O quizás estaba seguro de que no le convenía responder. Dada su mudez repentina, su “anfitrión” continuó hablando. - Sé que tu padre te ha desterrado – añadió con tal dulzura que, de no estar sobre alerta Beldere, hubiera caído en el error de creer que era sincera. De nuevo guardó silencio, y tuvo el buen juicio de mostrar su abatimiento bajando humildemente la cabeza. - Oh, tranquilo, muchacho – se permitió aproximar su silla a la de él -. Mi familia te apoya. No puede hacerlo abiertamente, pero desde luego no permitirá que vagues por ahí, en el peligroso terreno más allá de las fronteras, sin patria ni recursos, como un vulgar mendigo. Eres el auténtico heredero, después de todo. Y tras lo de tu madre, que se te exiliara tan injustamente es… - ¿Mi madre? – preguntó súbitamente interesado el príncipe. El Cublión perfiló en su rostro un gesto de consternación tal que ni siquiera Beldere se dio cuenta de que era fingido. Por supuesto, el señor sabía bien que el príncipe no era consciente de lo que había
5

El origen de la sangre maldita

La Marca del Guerrero

acontecido en palacio bajo absoluto secreto. Había tenido tiempo de ensayar a fondo aquella conversación, y había lanzado estratégicamente cada una de sus palabras. Ahora sólo le quedaba terminar de hundir al muchacho para recogerle en sus brazos, sembrando una semilla de venganza que le abocaría al beneficio de la familia Cublión, ya fuera en un futuro cercano o en décadas posteriores. Bien poco le importaba al señor si el príncipe había tenido o no relación con el asesinato de Carleta Cublión, puesto que ella estaba muerta y Beldere no era más que una herramienta para cumplir con sus propósitos. - Por los dioses… No lo sabes. El rey sentenció y ejecutó a su esposa por el asesinato. Las previsiones del señor de los Cublión iban a ser más que acertadas y, aunque aún faltaba mucho para que pudieran sacar provecho de sus planes, uno de sus descendientes llegaría a sacarse la heredera real para alcanzar la corona; todo por el movimiento político que él acababa de hacer. Pero eso ocurrió mucho después.

6

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful