El origen de la sangre maldita

Un relato basado en La Marca del Guerrero

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El origen de la sangre maldita V.

La Marca del Guerrero

La muerte de la noble dama Cublión había conmocionado a la familia, y hubiera conmocionado también a los demás nobles y plebeyos del reino de no ser porque se mantuvo el más absoluto secretismo entorno al fallecimiento. El rey aseguró a los Cublión que encontraría al asesino y lo ajusticiaría. Un crimen de sangre entre sus propios muros era más de los que el monarca podía soportar. Redobló su guardia privada, viendo enemigos en cada sombra. Hacía sus propias elucubraciones acerca de quién podía haber dado muerte a su esporádica amante, y cuantas más vueltas le daba más posibles motivaciones se le ocurrían. El robo sería la razón más lógica, relegando el asesinato a algo accidental. Pudiera ser que el ladrón hubiese entrado en el cuarto para robar y ella le hubiera descubierto. Sin embargo, esta suposición dejaba demasiadas incógnitas. No estaban seguros de que nada hubiera sido sustraído, ni se imaginaban cómo un vulgar ladrón podía haber eludido la seguridad del castillo tanto para entrar como para salir. Además, la dama parecía haber sido asesinada mientras dormía. Otra posibilidad que se le ocurría era que algún sirviente o antiguo amante de la dama, enamorado hasta la locura, se hubiera enterado de la aventura que mantenían y los celos le hubiesen llevado a este crimen pasional. Tenía más teorías, a cuál más inverosímil. Por su parte, los Cublión habían hecho también sus propias elucubraciones. El rey no era demasiado amable con su esposa, y nada indicaba que pudiera serlo más con las mujeres que eventualmente compartían lecho con él. Quizás esta vez, simplemente, se había extralimitado. Por supuesto, no podían lanzar semejante acusación contra su soberano, así que agradecieron su pésame y reservaron su rencor para cuando estuvieran en posición de cobrarse la venganza. No obstante, si había alguien verdaderamente consternado por la muerte de la Cublión, éste era precisamente quien se había manchado las manos con su sangre. Beldere paseaba por el castillo como alma en pena, apenas comía, tenía pesadillas terribles, era incapaz de concentrarse en sus lecciones y a menudo se le veía en el jardín, perdido en sus pensamientos, sobresaltándose con facilidad ante cualquier acercamiento. Su padre, como todos los demás, achacó su nerviosismo al miedo y el desconcierto, pero lo cierto es que lo que al joven príncipe le estaba matando eran los remordimientos. Rememoraba una y otra vez aquel momento: El fácil descenso del cuchillo, la suave penetración de la hoja afilada, el violento espasmo que le cubrió de sangre, esos ojos tan abiertos que daban una resignada bienvenida a la muerte y su gesto de sorpresa y horror, de incomprensión, de inocencia. Y era cierto, ella no era culpable de nada, al menos no de algo que mereciese la muerte, pero él había tenido que hacerlo, no había tenido otra opción... ¿O sí? Quizás debió acabar directamente con el culpable pero... ¡Era su padre! No podía matar a su padre. No era un monstruo, aunque se sentía como

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tal. Cuando tuvo que dar el pésame a la familia Cublión, la cara le ardía, el estómago se le revolvió y los ojos se le anegaron de pura vergüenza. La mayoría de la gente interpretó el gesto equivocadamente y alabó su sensibilidad hacia el dolor de la familia. Ninguno podía imaginar, por supuesto, que la dama hubiera muerto por su mano. Beldere se esforzó por mantener la sobriedad durante el entierro, pero no podía dejar de mirar su túnica de luto y sentirse como un despreciable hipócrita. El silencio que tenía que mantener para encubrir su crimen le quemaba por dentro como si le hubiesen hecho tragar un ascua. Los recuerdos le martilleaban la cabeza incansablemente, sin darle descanso alguno. El insomnio le mantenía torpe y debilitado. La culpabilidad estaba acabando con él y se preguntaba por qué no sería más como su padre, que era capaz de dictaminar sentencias que incluían muertes considerablemente peores sin sentir remordimiento alguno. Sin embargo, quizás era mejor así. Quizás eso significaba que era mejor que su padre. Quizás su padre también fue un día como él, y él iba a convertirse en alguien como su padre. Cuando la ceremonia hubo terminado, Beldere se retiró en cuanto los protocolos de cortesía lo permitieron. Se quitó la túnica y ordenó a los sirvientes que le calentaran un baño, donde se lavó él mismo con mucha insistencia. Había partes de su piel que veía enrojecidas, manchadas, como si la sangre aún las impregnara, inmunes a las toallas y jabones con los que trataba de limpiarlas. Frotarlas sólo intensificó su color, por lo que al final Beldere desistió, apoyó la cara en las manos y dejó que sus lágrimas saladas cayeran al agua. Pasó allí buena parte de la tarde, hasta que el agua se enfrió y la caída de la noche le hizo tiritar. Cuando se acercaba la hora de la cena, salió y dejó que sus criados le secaran y vistieran. Sus padres y su primo, que había acudido de visita, se mostraron extremadamente silenciosos a la mesa, y él tampoco hizo amago alguno de comenzar una conversación. Lo cierto es que prefería no hablar con nadie, de hecho no merecía ningún contacto humano después de lo que había hecho. No se paró a leer y nadie le obligó a hacer sus ejercicios de escritura, no ese día. Subió directo a su cuarto y se echó en la cama, donde intentó conciliar el sueño. Al contrario que en días anteriores, en esta ocasión cayó dormido de inmediato, sumiéndose en un profundo y aterrador mundo de pesadilla. Gemía en la cama y se retorcía. Su respiración irregular dejaba a veces salir de sus labios palabras comprensible: “… lo siento…”, “… volvería a hacerlo…”, “no quiero”. No tardó mucho en despertar de nuevo, desengañado del abrazo del sueño. Se incorporó en la cama y trató de vencer el agotamiento para no caer de nuevo dormido. Se frotó los ojos y dio un paseo por su estancia que acabó frente a la ventana. Miró a través de ella, en silencio, viendo el jardín del patio central de palacio, con las ramas de sus árboles mecidas al viento. “Quizás esas ramas no quieran moverse, pero no tienen opción, han de hacerlo” se dijo. No se la podía culpar por ello. No se puede decir que los gritos empezaran de repente, lo cierto es que las voces fueron subiendo de tono de forma gradual, de modo que Beldere no pudo enterarse, y realmente nunca llegó a averiguar, cuál fue el inicio de la discusión, qué motivo había llevado a ella. Luego los gritos comenzaron a hacerse inteligibles y Beldere pegó el oído a la puerta de su estancia, tratando de que las reverberaciones del pasillo le hicieran llegar las palabras exactas que estaban siendo pronunciadas.
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El origen de la sangre maldita - … como nunca lo hubieras hecho tú – decía su padre.

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- Ni es excusa ni es razón – respondía su madre -. Y ten más respeto, por Oddeim, aún debe estar siendo juzgada su alma. - No te importará a ti alma de esa Cublión ni lo más mínimo, no te hagas la devota. La caridad nunca ha formado parte de tus virtudes ni de las de tu familia. ¿Crees que puedes engañarme con esto? Llevo más de veinte años casado contigo, zorra ingrata. - ¿Y qué tendría, pues, que agradecerte? ¿El trato que me das? ¿El desapego que muestras a nuestro hijo? ¿Las aventuras que vas teniendo con cualquiera que se te acerque? - Agradéceme el filamento y las joyas que luces con estúpido orgullo en cada reunión, agradéceme que te haya dado la posibilidad de que tus hijos sean herederos reales, aunque sólo hayas tenido a bien ofrecerme uno que, visto lo visto, bien podía haberse quedado en tu vientre, mujer – gruñó el rey. - Pues dudo mucho que esa cuestión en concreto pueda ser culpa mía. - ¿Acaso pones en duda mi virilidad? – la ira contenida se filtraba a través de las palabras del monarca. - Nada pongo en duda. Dime, esposo, si alguna de las furcias cortesanas a las que has estado metiendo en nuestra cama te ha dado alguna vez un bastardo. Reflexiona sobre ello. Hubo un momento de silencio, luego algo se rompió, de cristal, contra el suelo de piedra. No se oyó nada durante un rato y Beldere salió de su cuarto preocupado. Se acercó a la puerta de los aposentos reales y escuchó con atención. Durante casi un minuto, el silencio se mantuvo, entonces su padre habló y la suspicacia impregnaba el tono de su voz. - ¿Cómo sabes tú, mujer, con quién he mantenido relaciones y cuales han sido los infructuosos resultados de las mismas? Respóndeme, esposa. - Que no pueda hacer nada por detenerlo no significa que no quiera saber, al menos, cuándo y con quien amaneces. Y desde luego me mantengo informada de los bastardos de mi marido que luego puedan querer venir a reclamarle algo al legítimo hijo con derecho a la corona – respondió ella, tensa. - ¿Y qué sientes cuando indagas sobre mis actividades extramaritales? ¿Acaso un perverso placer o sólo buscas infringirte dolor? - A estas alturas, esposo, ya no siento absolutamente nada, a decir verdad. - ¡Mientes! – tronó el rey. Se oyó un mueble pequeño volcarse -. Has estado celosa de mis amantes durante todos estos años, dejando que el odio fraguara en tu interior los deseos de venganza. - ¿De qué demonios me estás hablando? – preguntó ella a su vez, con la indignación propia del inocente que es vejado una y otra vez sin motivo. - Te acuso. Te acuso de este asesinato impío. Beldere sintió que el corazón se le detenía en el pecho. Hubo un silencio más profundo. La quietud era casi insostenible, y la mujer la rompió con estupefacción, en voz baja. - Te has vuelto loco – afirmó.
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El origen de la sangre maldita - ¿Loco yo? ¿Cómo osas?

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Esta vez el golpe fue de carne contra carne. Su madre gimió, Beldere ahogó su propio gemido. - Esposo… - la voz de ella, destilando temor, sonó dulce a pesar de todo – Por favor, entra en razón. Estás enojado y dolido, confuso. Yo jamás he levantado un arma contra nadie, no podría… - ¿A quién se lo encargaste, entonces? ¡Confiesa! - Mi señor, yo nunca he hecho nada contra ti, ni aunque hubiese querido, que no quise ni quiero, me hubiese atrevido. Nunca. Lo juro por los dioses, esposo, yo no ordené el asesinato de tu amante. Sus sinceras palabras no fueron suficientes para aplacar la dolida ira del rey, que descargo contra ella golpe a golpe, instándola a confesar. Beldere no sabía cómo había acabado todo así, y de pronto tuvo la certeza de que todo había sido un fracaso. No sólo no había conseguido salvaguardar a su madre sino que la había expuesto a un peligro mucho mayor. Eso significaba, además, que lo que había hecho había sido infructuoso, que el terrible y maldito crimen que torturaba su alma había sido en vano. Aquella mujer había muerto a sus manos por nada. Quiso correr, huir de todo aquello y esconderse de sus consecuencias. Pero no lo hizo, no pudo, la madurez se adueñó entonces de él y, con rabia y determinación, irrumpió en la estancia de sus padres. - ¡Basta! – gritó. - ¡Vuelve a tu cuarto, Beldere! – ordenó su padre, aún con el puño levantado y preparado para el siguiente golpe. - Vuelve al cuarto, hijo – pidió su madre desde el suelo, asustada de lo que pudiera pasarle si se quedaba. Pero Beldere no se marchó. Hizo algo que había sentido la necesidad de hacer desde hacía mucho tiempo. Lanzó un grito y se abalanzó contra su padre. Ambos rodaron por el suelo y se enzarzaron en un intento de someter el uno al otro, pero la trifulca no duró demasiado. El rey rápidamente agarró al príncipe con suficiente fuerza y habilidad como para que apenas pudiera moverse. El cuello del muchacho quedó firmemente presionado por el brazo de su padre. Beldere enrojeció y se debatió, ahogándose. La reina no tardó en intervenir y, entre los dos, lograron separar el férreo brazo del monarca. Beldere cayó al suelo, tosiendo, mientras su madre le recriminaba al rey el haber estado a punto de acabar con la vida de su propio hijo. Su marido la apartó de un empujón, pero no hizo amago de volver a agredir al muchacho, que continuaba recuperando el aliento. Beldere le miró. - Fui yo – jadeó con voz ronca. El rey le miró de hito en hito, lo mismo que su madre. - ¿Qué dices? – preguntó él frunciendo el ceño. - Que fui yo. La maté yo – respondió Beldere, incorporándose aún tambaleante. Su padre abrió la boca sin llegar a pronunciar palabra, y el niño volvió la vista con gesto de culpabilidad para mirar a su madre, la cual dio un paso atrás, llevándose una mano al pecho.
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- No es posible – murmuró, incrédula ante la posibilidad de que su pequeño, que siempre había sido compasivo y comprensivo con todos, hubiera sido capaz de algo semejante -. Mientes para protegerme, pero yo no fui, hijo… - Fui yo – repitió Beldere. Y la miró, apretando los labios -. Yo lo hice, madre. - ¿Por qué? – acertó a preguntar su padre, que estaba demasiado atónito como para que pudiera mostrarse altanero o acusador. - Oí a la sirvientas hablando… - bajó la vista, clavándola en el suelo – Dijeron… dijeron que tú pegabas más a madre cuando… cuando estabas con otras… Que eso pasaría esta vez… No quería que pasase. Se volvió hacia su madre, con un ruego de comprensión en la mirada, pero ella estaba evidentemente escandalizada y en completo desacuerdo con todo aquello. Beldere se sintió confuso y se volvió hacia su padre sin pensarlo, buscando como cualquier hijo el apoyo de sus progenitores. Su padre le miró con severidad, pero también con un deje de culpabilidad. - Te retiro todos tus derechos que por herencia te correspondían y te condeno al destierro de forma inmediata, y hasta el último día de tu vida.

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