El origen de la sangre maldita

Un relato basado en La Marca del Guerrero

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El origen de la sangre maldita IV.

La Marca del Guerrero

Taleón Salvino se sentó a la mesa que sus criados habían servido con abundante comida para agasajar a su invitado. A sus lados estaban situados su esposa y su hijo de siete años de edad. Frente a sí, Femir y el capitán de su guardia descansaban del viaje que les había llevado a sus tierras directamente desde territorio Someti. Sus hombres estaban en las lindes del bosque causante de la discordia; por el momento, dentro de la frontera Ustípede. El señor de los Salvino maldijo el tiempo seco de sus tierras, aunque no tenía razones para maldecir porque siempre habían sido así. No obstante, según acabó el invierno - la única temporada en la que aquel clima se permitía alguna lluvia - los incendios se habían cebado en su territorio. - Te juro que como vea un sólo campesino más quemando rastrojos, voy a colgarle y dejarle la piel del revés - dijo en un arrebato. Su esposa palmeó su mano para calmarle. Femir estaba seguro de que el amigo de su padre no hablaba en serio, pero no dijo nada, puesto que era de todos sabido que los Salvino siempre fueron pasionales y testarudos. Vio cómo el señor del castillo aún refunfuñaba mientras les invitaba a retirarse a una sala más privada. Su hijo y su esposa no les acompañaron esta vez. Se sirvieron buenos vinos y se acomodaron en sillones y hamacas. - ¿Y bien? No has abierto la boca, muchacho, desde que has llegado, y eso que fuiste tú quien vino para hablarme de algo importante - dijo, luego le miró detenidamente unos segundos. Su voz se suavizó -. ¿Buscas consuelo para el luto? - No se trata de eso - respondió Femir rápidamente, negándose a que el dolor por la muerte de su padre le invadiese -. He declarado la guerra a los Someti - confesó, sin andarse con rodeos. Se hizo un tenso e incómodo silencio. Taleón dejó sobre la mesa la copa de vino y adquirió un gesto serio y meditabundo. De pronto, a Femir no le pareció que fuese ni temerario ni irreflexivo. - Eso ha sido una descomunal estupidez - declaró finalmente. Femir no respondió a aquello, se limitó a esperar a que su interlocutor terminase de hablar. El Salvino suspiró -. Todos conocen que es larga y nutrida de alianzas la relación entre tu casa y la mía, y saben los dioses que quería a tu padre como a un hermano, pero no puedo meterme en una guerra sólo por el capricho de un niño inexperto, un advenedizo que no tiene ni remota idea de lo que puede acarrear una guerra. Femir se sintió enrojecer. Igual que había ocurrido con los Someti, el señor de los Ustípede también ponía en tela de juicio sus capacidades debido a su juventud, tal como le había advertido su padre que sucedería. El hombre que tenía frente a sí se había permitido ser mucho más directo, incluso grosero, debido a la familiaridad que el tiempo había creado entre ellos. Precisamente el ímpetu de la juventud empujaba a Femir en aquel momento a levantarse y marcharse de allí de inmediato, ofendido por el agravio, pero recordó a tiempo que debía mantener su amistosa relación con sus vecinos, así que guardó la compostura y respondió con un tono fríamente formal. - No es capricho mío el enfrentarme a los Someti, sino la última voluntad de mi difunto padre, aquel que considerabais como hermano.
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Taleón Salvino se inclinó hacia delante en la silla, apoyando los antebrazos en sus rodillas. Miró a Femir con suma intensidad, como queriendo penetrar en su ser y averiguar si trataba de engañarle. Un mechón de color pajizo descendía hasta sus ojos azul pálido. - Explícate - exigió finalmente. Femir le habló de las últimas palabras de su padre, de la acusación formulada contra los Someti, y de su posterior visita a la biblioteca familiar. Le informó de cómo había acudido a los Someti, la reacción que habían tenido y sus excusas. También le contó los pormenores de la historia de su familia, de la que el jefe de su guardia le había hecho partícipe. No olvidó mencionar lo poco respetuoso que se había mostrado el primogénito de los Someti para con su recientemente fallecido padre. Taleón escuchó toda la narración sin intervenir ni una sola vez, sin pedir explicaciones ni aclaración alguna. Después recogió la copa de la mesa donde la había dejado y se reclinó contra el respaldo de su asiento. - En fin - dijo. Femir esperó pacientemente a que dijese algo más, pero el Salvino no parecía por la labor y la incertidumbre le corroía, así que finalmente preguntó: - ¿En fin qué? Taleón pareció salir lentamente de su ensimismamiento. Sus ojos perdidos en algún punto del suelo tardaron un par de segundos en enfocarse. - En fin... - dijo aún en tono somnoliento, dejando la frase en el aire. Inspiró hondo y vació la copa de un trago, despejándose al instante. Su voz sonó entonces recia, decidida y desconcertantemente resignada. - ... prepararé a mis hombres.

Alía y su hermano no viajaban solos. Siete guardias les acompañaban por el camino pequeño y descuidado que discurría hacia el Norte, a pesar de que en principio no había nada que temer. Al contrario que en otros territorios, el bandidaje no era común en tierras Someti, donde hasta los vagabundos encontraban en sus latifundios fértiles algo que llevarse a la boca; tampoco en los dominios de los Aivanek, donde los castigos eran los mas temibles del Reino. El grupo avanzaba de manera compacta y silenciosa. Cada uno de sus miembros se hallaba sumido en sus propias reflexiones, todas ellas relacionadas con el ambiente que les rodeaba, una suerte de mezcla entre melancolía, ansiedad e inquietud. El primogénito de los Someti se sentía culpable. Parecía evidente que los Ustípede, con toda su guardia, habían acudido a ellos para declararles la guerra, pero hubo momentos en el que Femir dudó. ¿Hasta qué punto debía considerarse él responsable de esta guerra? ¿Había empujado al joven Ustípede a tomar aquella decisión? Así parecía creerlo su padre, que había dejado de dirigirle la palabra desde ese maldito día.

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Su hermana le miró, notando su turbación e impotencia; luego bajó la vista hacia el camino. No sabría qué decirle aunque ese silencio autoimpuesto por el grupo no la obligase a callar, pues la ausencia de conversación parecía haber adquirido la cualidad de ser un acuerdo tácito entre los pensativos viajeros, y tenía la impresión de que sería una insolencia romperlo. Avanzaron hasta bien caída la noche, saliendo del camino después para montar el campamento. Las tierras de los Aivanek eran desesperantemente yermas. Sólo en pueblos y aldeas se veían huertos y plantaciones, vida arrancada de la tierra con grandes esfuerzos de los campesinos. En el resto del territorio, sólo unos pocos y secos arbustos se agarraban a terrenos duros y quebradizos. Por doquier amenazaban las ramblas, y no habían visto ni una triste rata desde días atrás. Tampoco vieron nada digno de mención en la jornada siguiente hasta que se toparon con el descomunal castillo de los Aivanek. Era casi tan grande como el castillo real. Colgaban de sus almenaras pendones rojos como lágrimas de sangre, con el águila símbolo de su casa bordada en ellos, firme, vigilante y señorial. Desfilaban por la muralla hileras de guardias erguidos y disciplinados. Uno de ellos lanzo al viento su voz grave con una orden que los viajeros no supieron distinguir, y al momento una campana repicó desde el patio central. El primogénito de los Someti distinguió en la cadencia la señal de una alarma moderada. Los campesinos despejaron huertos y caminos, ocultándose en sus graneros, y los villanos hicieron lo propio guareciéndose en sus hogares, dejando vacías las calles de la pequeña ciudad. Muchos consideraban un despilfarro que semejante fortaleza protegiese tan insignificante población, pero había varias teorías para explicar aquella peculiaridad. Algunos decían que los Aivanek eran demasiado huraños, por lo que preferían estar rodeados por una ciudad de pocos habitantes; otros consideraban que la familia mayor evitaba el crecimiento de su capital para que fuese más controlable, con menos ladrones y pordioseros que causasen problemas y molestias; muchos defendían que los buenos señores tenían especial consideración hacia los campesinos, dada la dificultad de que algo arraigase en sus duras tierras; y la mayoría pensaban, sin decirlo, que los vasallos preferían estar lo más lejos posible de sus estrictos señores. Todos ellos tenían parte de razón. Sin embargo, lo único que a Colbert Someti le importaba en ese momento era que los Aivanek estuviesen dispuestos a prestar ayuda a su familia. Era consciente de que el difunto señor de los Ustípede se había granjeado buenas relaciones con casi todas las familias nobles, hasta con los lejanos Yorkuk. Incluso él le había considerado un hombre de honor hasta que se había presentado su hijo con aquellas injurias. Los únicos que parecían haber sido inmunes a su carácter afable habían sido los Aivanek. Era una verdadera suerte que la familia del Águila Carmesí fuese la más poderosa después de la real. Esperaba que el soberano no quisiese intervenir en aquella disputa, o que si lo hacía fuese para sosegar los ánimos y no para destruirles. Frenaron los caballos a varios pasos del foso, manteniendo la distancia de seguridad necesaria para que el puente levadizo no les aplastase cuando decidiesen bajarlo para dejarles pasar. Si es que decidían bajarlo. - ¡En nombre de la guardia de la familia mayor Aivanek, les pido que me den sus nombres y cargos, de tenerlos! - dijo la fuerte voz del hombre que previamente había dado la alarma, seguramente el capitán de la guardia.

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- ¡Saludos! ¡Soy Colbert Someti, heredero de mi familia, y me acompañan mi hermana Alía y algunos guardias! - se veía obligado a gritar para hacerse oír - Venimos sin intenciones hostiles, sólo queremos hablar con vuestro señor, si es que tiene a bien permitírnoslo. - Tiene por costumbre mi señor hablar con otros señores y no con enviados ni embajadores, pues sería rebaje de su alta posición. ¿Dónde está vuestro padre, joven heredero? Despechado, Colbert respondió con aspereza. - Preparándose para una guerra. Informa de nuestra llegada a tu noble señor, guardia. - Capitán de la guardia, joven señor - le corrigió el hombre secamente. - Pues disculpa, dado que no has tenido la cortesía de presentarte no podía saberlo. - Colb - le llamó la atención Alía, con la voz cargada de preocupación y cariño. - Tranquila, hermanita. Ni que tuviese sangre noble. A veces hay que poner a los lacayos en su sitio. Los Aivanek lo saben bien, créeme. Alía sintió un estremecimiento ante aquella frase. Recordó que su hermano solía atemorizarla de pequeña contándole historias que supuestamente ocurrían en las celdas de los Aivanek. Aún no estaba segura de que no fuesen ciertas. Mientras pensaba en ello las cadenas que sostenían el puente chirriaron, se quejaron del peso mientras lo bajaban, permitiendo el paso de los invitados. El grupo se adentró en la fortaleza con cierta aprehensión, pero los caballos fueron rápidamente atendidos, los guardias llevados a la zona de descanso y los dos jóvenes señores conducidos a una sala privada, donde esperaron más de una hora a que el señor de los Aivanek se dignase a hacer acto de presencia. Sin duda, era una forma de reiterar su autoridad, pero al menos, mientras aguardaban, los Someti fueron debidamente servidos por los criados, que se esforzaron porque se sintieran cómodos y atendidos durante la espera. Ninguno de ellos estaba acostumbrado a esa descortesía, pero gracias a la calma que infundía Alía pudieron mantenerse tranquilos. Carpel Aivanek entró en la estancia con paso firme y seguro, como era su costumbre, y saludó a sus invitados con la debida cortesía, disculpándose por la tardanza. Luego tomó asiento en algo demasiado parecido a un trono, aunque sin elevación desde el suelo. - Decidme, pues, porqué requerís mi presencia tan urgentemente, jóvenes señores. - Desgraciadamente no tenemos demasiado tiempo, señor de los Aivanek, así que permitidme que no me entretenga en trivialidades – pidió Colbert. - Por supuesto. Tampoco yo tengo tiempo que perder. El Someti asintió y comenzó con su explicación, detallando los pormenores que habían llevado a su familia a enfrentarse con los Ustípede. Mientras, Alía callaba y escuchaba con atención, asegurándose de que su hermano no olvidase ningún detalle importante. - Aunque tengamos el mayor número de guardias permitidos para una casa menor, lo cual no han alcanzado nuestros enemigos, es posible que los Salvino se unan a ellos a pesar de no tener ninguna prueba, sólo por la alianza sempiterna que han mantenido desde la formación del reino. El conjunto de ambos sí podría resultar un peligro considerable para mi familia – siguió hablando Colbert -. No

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queremos una guerra, preferiríamos no tener que recurrir a una defensa directa de nuestras fronteras, pero lo mejor para conseguirlo es disponer de un número de hombres tan elevados que plantearse el ataque sea una locura. - Y quieres que te preste mis guardias para ello - concluyó el Aivanek por él. - Sí. Al ser una casa mayor, la vuestra no conoce limitación de fuerzas, y según se dice no vais escasos de hombres. - Eso no significa que quiera abocarles a una muerte ajena a sus intereses y los míos. - Como os he dicho, nuestra intención no es batallar, si es que nos es posible evitarlo – insistió el Someti. - Dudo que sea posible. Estáis hablando de los nobles y testarudos Ustípede y Salvino. A no ser que el mismo rey diera orden de terminar con esa diputa, ellos no cejarían en su empeño, aunque se les presentasen en la puertas las hordas del resto de las familias. Para ellos, es una cuestión de honor. - Pero vuestra tía está casada con su Majestad, tal vez podríais hablar con ella de esto para que intercediera – terció Alía. El Aivanek la miró. - Eso no os ayudaría, creedme. El rey hace lo que al rey le place. - Dejadnos entonces vuestros hombres. La guerra podría llegar a afectaros directamente si… Colbert se vio interrumpido por un portazo. En la estancia penetró un joven que quizás no hubiera alcanzado los dieciséis años. Llevaba un traje caro de montar que estaba salpicado de barro por todas partes. Se hizo con una copa de vino que rápidamente se vació en el gaznate. Al volverse, vio a los invitados y pintó un gesto de disculpa en la cara. - Disculpad, padre, no sabía que tuviésemos compañía – se excusó. El señor de los Aivanek enrojeció ligeramente. Luego presentó a su hijo a los Someti, en la voz se le notaba la irritación por la falta de modales de su tercer vástago. Aunque los miembros de la familia Aivanek solían ser sobrios y calculadores, en cada generación había algún integrante que escapaba a la norma, alguien con un desparpajo y temeridad que no encajaban en la forma de vida del resto de la familia. Éste era precisamente el caso de Renio Aivanek. Normalmente este comportamiento despertaba el desprecio de sus familiares, sin embargo, Carpel adoraba a su hijo menor, a pesar de que en ocasiones se sintiese abochornado por sus acciones. Ninguno de sus hijos le había demostrado tanto cariño, respeto y consideración como Renio. El noble jovencito se acercó limpiando sus manos con una toalla, sus pasos eran largos y sueltos, sin llegar a resultar desgarbados. Se limpió luego la cara y lanzó la toalla a un paje que permanecía en la estancia para servir al señor y sus invitados. Se volvió hacia los Someti y lanzó una cálida sonrisa. - Dispensad mi entrada, nobles señores – hizo una reverencia excesiva y luego amplió su sonrisa cuando su vista se posó en Alía. Y ahí se quedó, mirándola a los ojos. Hubo unos segundos de silencio.
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- Ren – le llamó la atención su padre, pero el muchacho aún tardó un poco en separar los ojos de la invitada. Cuando lo hizo, carraspeó e irguió la espalda. - Es un placer conoceros – dijo con una voz más firme. Después se volvió hacia su padre -. ¿Permitís que os acompañe en esta reunión? - Siéntate – ordenó su padre ásperamente. Renio obedeció. Por alguna razón, Colbert se sentía incómodo. - ¿Qué decíais antes de que nos interrumpieran, joven Someti? – intentó retomar la conversación el señor de los Aivanek. - Decía que la guerra podría afectaros directamente en caso de que los Ustípede invadieran nuestras tierras ayudados por los Salvino – continuó Colb. - Quizás, pero no se atreverán a atacarnos directamente. Esta no es nuestra guerra. Ren miraba a Alía. Alía bajaba la vista. - Nuestros suministros a vuestra casa se verán afectados – terció Colbert. - Tendríamos que aguantar con los suministros de los Cublión y las demás casas, pero no sería un problema tan grave – respondió Carpel. Ren miraba a Alía. Tan fijamente que a nadie le pasaba desapercibido. - Si os unís a nosotros no se atreverán a atacar y no habrá ningún tipo de repercusiones – insistió el Someti. - Los Ustípede atacarán de cualquier forma, incluso aunque ello les acarree una derrota evidente. Ren miraba a Alía. Alía levantó los ojos hacia él. Ren sonrió torvamente. - ¿No hay forma de que podamos convenceros de que esto es lo mejor? – preguntó finalmente Colbert. - Lo dudo, joven señor. Os aconsejo que defendáis el bosque con todas vuestras fuerzas, pero me temo que, si los Salvino se unen a los Ustípide, tendréis que cederles el territorio. En tiempos de paz es difícil encontrar aliados dispuestos a sumirse en la guerra… - ¿Os interesa algo de mi hermana, señor? – dijo bruscamente Colbert, dirigiéndose de pronto a Renio Aivanek.

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El muchacho se volvió para mirarle, desconcertado. Aunque había estado presente durante toda la conversación, apenas había escuchado de lo que trataba. Alía también le miró. - Os aconsejo que no uséis ese tono con mi hijo, Someti – advirtió el padre con irritación -, y que no me interrumpáis. - Colb… - avisó Alía, que conocía a su hermano. Colbert hizo caso omiso de su advertencia, como era de esperar. - Y yo os aconsejo que eduquéis a vuestro hijo. Los cuatro se levantaron a un tiempo. Colbert Someti y Carpel Aivanek para enfrentarse, y Alía y Ren para frenarles. - Hermano, por favor – rogaba Alía, interponiéndose. - Padre, calmaos – pedía Renio con un brazo en el hombro de su progenitor. Los guardias no tardaron en desnudar sus espadas y acercarse para dirimir el enfrentamiento con rapidez en caso de que se produjese. Colbert les miró con el ceño fruncido, teniendo la buena cabeza de no desenvainar también. Alía se refugio en él cuando les vio, asustada. - ¡Dejadnos ir! – dijo, sin embargo, con fiereza - ¡Hemos venido por ayuda y nada nos habéis dado! Dejad que volvamos con nuestro padre y nos enfrentemos a nuestro destino para defender nuestras tierras. - ¿Señor? – preguntó el jefe de la guardia que, debido a la ofensa que había sufrido en las puertas, estaba deseando ensartar a ese joven engreído. Ren desenvainó entonces con la rapidez de una centella. Los hierros tintinearon al chocar. El guardia retrocedió ante la violenta mirada de advertencia del hijo menor de los Aivanek. Hubo silencio. Carpel observó a su hijo, cómo volvía la mirada hacia la chiquilla Someti para asegurarse de que estaba bien. Durante el último año, había insistido en buscarle un enlace con siete comerciantes e incluso con tres damas nobles, pero Ren era testarudo y no quería ninguna clase de compromiso. Tal vez… - Envainad – ordenó el señor de los Aivanek a sus guardias. Los hombres obedecieron y regresaron a sus puestos. Ren también guardó su acero. - He sido muy desconsiderado no tomando en cuenta la tensión que estáis sufriendo en estos momentos – dijo repentinamente comprensivo Carpel -. No puedo dejaros a mis hombres para esta batalla, pero entiendo vuestra situación y os prestaré algo de ayuda. En primer lugar, os propongo que aceptéis unas lecciones de algunos de mis mejores estrategas. También podéis llevaros a dos de mis mejores entrenadores para que enseñen algunas técnicas nuevas a vuestros guardias. Os proporcionaremos algunas armas: Cinco balistas con ruedas, acero para vuestras armas y escudos reforzados. Además, protegeremos en nuestras tierras a las mujeres y niños de vuestra familia para que no sufran daño alguno en caso de invasión. Colbert podía ser arrogante, pero no era estúpido. Sabía lo que estaba pasando, lo que se le estaba proponiendo. ¿Iba a vender a su hermana por unas cuantas armas y un poco de apoyo? No, ni siquiera

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cuando en última instancia pudieran suponer la diferencia entre la victoria o la derrota de su casa. Sin embargo, Alía se adelantó un paso. - Aceptamos. La decisión en su voz y en su mirada hicieron que nadie de los presentes dudara que ella también había comprendido a qué respondía el repentino interés por ayudar de los Aivanek. A diferencia de su hermano, ella sí estaba dispuesta a sacrificarse por su familia.

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