El origen de la sangre maldita

Un relato basado en La Marca del Guerrero

http://lamarcadelguerrero.blogspot.com

El origen de la sangre maldita XII.

La Marca del Guerrero

El sol ya asomaba por las montañas achatadas. Despuntaba brillante y decidido, inmutable en su ascenso. La oscuridad se rompía sin violencia a su paso, cediendo el reino al capricho de los rayos de luz, reticente pero resignada. El arroyo junto al castillo comenzó a lanzar irregulares destellos en respuesta, como si acabase de comenzar a correr bajo el permiso del día o por fin se atreviera a hacerlo sin ocultarse. En el patio de armas se producía un curioso espectáculo, único en todo el reino. Los pajes, vestidos del verde oscuro moteado de morado que delataba la casa a la que servían, salían con las jaulas y las correas, arrastrando o siendo arrastrados por varios animales. Algunos de ellos no eran extraños para cualquier civilizado que hubiese visto una granja ganadera: Patos, gallinas, ovejas, un toro y una vaca, un burro, conejos y pequeños roedores. Otros en cambio apenas habían sido contemplados por los habitantes del reino desde hacía mucho: Cabras, jabalíes, castores, pájaros de gran envergadura o patas zancudas y vivos colores, ciervos, topos, palomas… Todos se entremezclaban en una malgama de pelos, plumas , chillidos, gruñidos y gorjeos. Luego regresaron a los mansos a sus jaulas y los predadores ocuparon su lugar: Águilas, varanos, enormes serpientes, zorros, gatos, nutrias, un buitre, cuervos, visones, un lobo moribundo y, por supuesto, la joya de aquel proyecto: un enorme oso de pelo castaño que habían de llevar entre varios, con el hocico en un bozal y las patas rodeadas de cadenas. Beldere no conocía si quiera a la mitad de los animales que había allí congregados, desfilando y desperezándose, ejercitando sus cuerpos para que no se pudrieran en las celdas donde descansaban como rufianes cometedores de algún delito imperdonable. Ellos eran encerrados de por vida y en cambio él, que era un asesino confeso, tenía en su pseudovoluntario encierro todas las comodidades que pudiera echar en falta. Dos hermosas sirvientas preparaban su baño y le atendían. Un bufón había sido puesto a su disposición para entretenerle. La cama era mullida, la ropa elegante y la comida digna de un rey. Beldere suspiró para sí y echó un vistazo parsimoniosamente a su alrededor, alejándose de la ventana. El cómico hombre que había de divertirle, vestido de vívidos colores y con el escudo de los Cublion en el pecho, le miró con los labios fruncidos, lo que acentuó sus delgados rasgos. - ¿No le place al príncipe el espectáculo que hay en el patio? ¿No le parece asombroso? – giró la cabeza sonriendo e hizo sonar los diminutos platillos de metal que llevaba en sus dedos. - No me siento inspirado en reír este día, Caramillo – así llamaban al bufón, por su aspecto flaco y huesudo. - Ah, pero esa es mi misión para cuando el señor está entristecido. Quizás os animaría algo de humor actual – dijo subiéndose de un gracioso salto al poyete de la ventana que acababa de abandonar el príncipe. Beldere le miró sin fuerzas para discutir y se dejó caer en un sillón, haciéndole un gesto para que comenzase su espectáculo. - Adelánte. Sorpréndeme con tu agudeza. - Muy bien – sonrió con picardía Caramillo -. Si os aburro, entonces, sólo tenéis que decírmelo. Veamos… ¿Por qué los Galdaba no montan a caballo?
2

El origen de la sangre maldita

La Marca del Guerrero

Beldere torció el gesto pensando en esos estúpidos barbaros a los que su padre les había regalado un título de nobleza inmerecidamente. - Adelante, Caramillo, dime por qué. - Porque sólo con el taparrabos les hace daño la silla de montar. Beldere lanzo una carcajada, lo que su bufón celebró con una pirueta y haciendo sonar sus platillos reiteradamente. El príncipe sonrió, admitiendo que había logrado alegrarle un poco la mañana, y le hizo un gesto para que continuase. - ¿Sabéis que es más raro que ver a un Aivanek pidiendo limosna? –preguntó entonces el bufón. Aunque Beldere tenía sangre Aivanek, se consideraba un miembro de familia Amoyda y podía ver con cierta perspectiva los defectos que se atribuían a su familia por rama materna. Sonrió vagamente y esperó la respuesta. - ¡Ver a un Aivanek DANDO limosna! Beldere volvió a reír, con más ganas, y se recostó en el sillón. - Sin ánimo de ofender a la casa mayor Aivanek, por supuesto – se inclinó burlonamente Caramillo -. Ellos, sin tener un código moral como el de los Salvino o los Ustípede (que es más largo y anticuado que los libros sagrados), yo creo que son personas verdaderamente rectas. Por ejemplo, en esta ocasión, en que se han unido a los Someti en la guerra, su objetivo tiene dos esbeltas y deliciosas piernas de mujer – se relamió -. Pero el joven Renio no se distrae ni con la derecha ni con la izquierda, va recto a lo que hay entre ellas.

Mientras Beldere se entretenía con los atrevidos comentarios jocosos del enjuto bufón, el señor de la familia Cublión observaba con deleite el precioso y enorme ejemplar de oso. Esperaba poder encontrar una hembra y, algún día, vender un osezno a precio desorbitado a la familia real. Este era un proyecto que se había iniciado décadas atrás, mucho antes de que naciese. Se pretendía conseguir la máxima diversidad animal de todo el reino, lo que algún día repercutiría muy positivamente en la economía de la familia Cublión. De hecho, hacía cuarenta primaveras, ya había dado sus frutos cuando el resto de las familias habían agotado sus reservas de pesca en los lagos, extinguiendo los peces que los habitaban o permitiendo que el hambriento pueblo lo hiciese. En cambio ellos habían vigilado su lago, lo habían llenado de distintas especies y habían cortado el cuello a todos los que habían tenido los arrestos (o la imperiosa necesidad) de pescar en él. De esta forma, habían podido vender los ejemplares a lamina de filamento cada uno, puesto que las familias estaban desesperadas por repoblar sus lagos. Desde entonces se había conocido a ese lago de los Cublión como Lago de la Abundancia. Pero aún podrían sacar mayor provecho, tarde o temprano, de aquella cantidad de animales que estaban recopilando. El señor de los Cublión se alejó de la puerta que daba al patio de armas cuando el espectáculo terminó y los sirvientes comenzaron a limpiar. En ese momento, tenía otro proyecto entre manos, uno más ambicioso y selecto, uno que podría servirle a él o a sus descendientes para conseguir la corona.

3

El origen de la sangre maldita

La Marca del Guerrero

El plan era harto sencillo: Debía mantener viva la línea de sangre del príncipe. Aunque el rey iba a desposarse con una Cublión para pagar el agravio por la muerte de Carletta, habiendo ya matado a una esposa bien podía matar a la siguiente. También cabía la posibilidad de que no consiguiese un heredero con su nueva mujer, lo cual conllevaría que la corona quedase en manos de su hermano, dejando de nuevo a la sangre Cublión fuera de la herencia real o siquiera de la línea de sucesión. Tener al hijo primogénito del rey, por mucho que éste le hubiera deshonrado en secreto, les confería una ventaja, un seguro. Y en todo caso, aunque las cosas salieran como se había previsto y la reina Cublión tuviese un hijo heredero con el rey, algún día, cuando la sangre se difuminase lo bastante, podrían sacar a los verdaderos descendientes de la línea de sangre real usurpada en los tiempos del noble Beldere que tuvo que huir y cobijarse entre los Cublión. Aquel secreto devolvería la corona a sus manos de nuevo y, con suerte, incluso lograran poner al futuro heredero en su favor y que la línea real pasara a ser de sus salvadores, los Cublión. Sin embargo, para ello, debía cumplir las formalidades protocolarias. La línea debía mantenerse pura para que no hubiese dudas sobre la nobleza del futuro heredero. Para eso, debería casar a Beldere y a sus descendientes con nobles damas de su casa, evitando que su sangre se emponzoñase mezclándose con la de los plebeyos. Era un sacrificio aceptable, no tenían porqué ser mujeres especialmente importantes para la familia, con que fuesen de sangre noble bastaría.

Mientras los Cublión tejían sus redes desde lugar seguro, los ejércitos se movían en el reino. Los Aivanek hacían de escudo a los Someti frente a las familias norteñas, las más veces sin necesidad siquiera de actuar. Con las fuerzas que sus aliados habían decidido enviar hacia el Sur, los Someti plantaban cara, retrocediendo ya en el interior del propio territorio, abandonando tierras y siervos a sus enemigos. No se quemaron los campos a su retirada, no querían que su pueblo pasará por mayores penurias y sabían que los Salvino no permitirían que los campesinos y villanos sufrieran daño por los desaires de sus señores. Al señor de los Someti le hubiese gustado mostrar a sus enemigos que también sabía guardar el honor en tiempos de guerra pero, tras la brutal actuación de los Aivanek, resultaba casi imposible. Deseó haber cedido el territorio en su momento, o incluso haber caído en su añorado castillo junto al lago- defendiendo el bosque motivo de tal disputa- en lugar de haber pedido ayuda a la familia del Águila Carmesí. ¿Qué había logrado manteniendo su postura? Su hija se había marchado y caído en las manos de ese caprichoso muchacho Aivanek. Estaba perdiendo palmo a palmo todo su territorio, no sin antes regarlo de sangre. Sus vasallos estaban muertos de miedo. Su rey le estaba utilizando de excusa para acabar con sus defensores. Y las acciones de los Aivanek combatiendo como aliados suyos habían manchado su honor. Maldijo la guerra y juró no volver a meterse en ninguna por propia voluntad.

4

El origen de la sangre maldita

La Marca del Guerrero

Su hija era de similar opinión. Trataba de asimilar todo aquello como una dama madura y responsable, pero lo cierto es que sentía un temor horrorizado hacia la guerra. A pesar de que su futuro esposo procuraba distraerla y mantenerla al margen de todo lo relacionado con las batallas, tranquilizándola sólo sobre el perfecto estado de salud de sus familiares, ella percibía con toda claridad en el ambiente aquello que se cernía sobre las tierras Aivanek. No era una sensación fugaz ni tenue ni imprecisa; al contrario, era inmensa, paulatinamente más agobiante y estaba cargada de la seguridad inapelable de que algo terrible iba a ocurrir. Ella permanecía en esos momentos en el jardín interior que había en el patio de armas. Jamás había visto cosa igual y sin embargo no se sentía embriagada por la fascinación. Su frente era surcada por arrugas de preocupación, leves pero visibles, y sus ojos se perdían más allá, mucho más allá de las losas del suelo. Así la encontró el joven Aivanek, con las manos finamente cruzadas sobre su vestido y perdida en pensamientos de mal augurio. Quizás la muchacha tenía algún tipo de don adivinatorio porque, verdaderamente, la guerra no iba bien. Pronto tendrían que concentrar sus fuerzas en el Norte. El reclutamiento forzoso por todo su vasto territorio había nutrido a su guardia con una cantidad prodigiosa de efectivos. Pero aun así, cuando el rey les atacara con el ejército, los necesitarían para combatirle. No podrían enviar más refuerzos al Sur. Pronto los Someti perderían todo su territorio, y quizás sus vidas. La razón por la que el rey había decidido destruirles les era desconocida, pero aquella decisión imprevista había desnivelado la guerra en su contra. No sabía cómo decírselo a su prometida, no sabía cómo explicarle que iban a perder la guerra, que tendrían que huir o someterse y suplicar clemencia al monarca y que, con toda seguridad, iban a perder sus títulos nobiliarios. Se acercó a ella y la ofreció la mano para levantarse. Quería pasear con ella. Quería calmarla y que disfrutase un poco del refugio de la esperanza que aún pudiera conservar. Sin embargo, en cuanto ella se alzó grácilmente, apenas usando su mano de apoyo, y le miró a los ojos, lo supo. Supo que ya no quedaba ni rastro de posibilidades de vencer. Lo leyó en esos ojos que nada podían ocultarle a ella. Bajó la vista y ahogó un sollozo, sin que aún el muchacho hubiera tenido tiempo siquiera de poder decir una sola palabra. No era necesaria palabra alguna, en cualquier caso, y la desdicha les sacudió a ambos. Renio tomó a Alía de los hombros y la miró con intensidad. El brillo de sus ojos había captado la atención de la joven Someti. Renio calló por un momento, debía tomar fuerzas para decírselo, para proponerle lo impensable. Si finalmente no contraía matrimonio con él, si huía y regresaba con su familia, y si su familia renunciaba a la lucha y a su alianza con los Aivanek, tal vez el rey perdonase su osadía, en silencio y secreto, por la espalda como se hacen las cosas en la corte. Pero no pudo decírselo. Nunca pudo decírselo. Notó desconcertado cómo le hacía a un lado, y luego escuchó el suave silbido de la flecha, un virote certero en su función pero cuyo esquivo propósito se le había escapado por poco. Lalinea de madera, firme y recta, emplumada en su punta como la cola de un ave, sobresalía del pecho de Alía Someti. La joven miró a su prometido, por un momento confusa. Había actuado por instinto, sin pararse

5

El origen de la sangre maldita

La Marca del Guerrero

a pensar, como solía ocurrirle, las consecuencias que sobre sí misma tendría el acto altruista que había hecho. La sangre no manchó el vestido, no fue una muerte sucia ni lenta, sólo se mantuvo unos segundos en pie, mientras su cuerpo aún asimilaba que estaba sin vida, y entonces cerró los ojos y cayó como fulminada. Renio se inclinó y la recogió en sus brazos. Era más liviana de lo que había esperado. Aquel movimiento fue el que evitó que la segunda flecha le acertara. La punta pasó rozando su nuca, sintió cómo el aire desplazado por ella acariciaba su cabello, y luego rebotó en las losas de piedra con una chispa y un ruido seco. No pudo escuchar cómo los guardias inundaban el patio, ni cómo desde las almenas se disparaba al asaltante que se lanzó a la huida, ni tampoco lo que su escudero, arrodillado a su lado con la cara lívida, le decía. No pudo escuchar nada de todo eso porque su entera atención estaba en el rostro inerte, muerto de Alía Someti.

6

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful