El origen de la sangre maldita

Un relato basado en La Marca del Guerrero

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El origen de la sangre maldita VI.

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No se podía decir que la familia Aivanek fuera de aquella clase de personas que dejaban pasar una oportunidad de obtener poder. Esa era, al fin y al cabo, la más destacable de sus características: la ambición. Huetza Aivanek había sido convocada precisamente por ese motivo. Aunque la familia del Águila Carmesí no era conocida por tener una ferviente fe en los dioses, sí podía ver el potencial de la Institución en lo que a manipulación de masas se refería. Ya habían logrado que la esposa del rey fuera una de sus miembros, si lograban que también lo fuera una suma sacerdotisa alcanzarían un control aún mucho mayor sobre el pueblo, y se asegurarían de mantener el poder, aún en el caso de perder una de sus bazas. Por eso la sacerdotisa había sido convocada. Por eso estaba sentada en aquel lujoso sillón de pieles, frente a una chimenea innecesariamente encendida. Se sentía mucho más despejada después de haber tomado un baño de agua caliente. Sus músculos doloridos por el esfuerzo del viaje reverberaban aún con algunas palpitaciones molestas pero soportables. Se relajó y se permitió cerrar los ojos mientras esperaba a su anfitrión, que era también uno de los que más oro aportaba para su comodidad en la vida dentro de la Institución. Era su tío, hermano de su madre. Cuando su padre fue marcado por los dioses y su madre desapareció, siendo ella una muchacha, fue él quien la envió a la Institución, sin querer hacerse cargo de ella en su hogar, pero dignándose a proporcionarla un destino en el que no le faltase cobijo ni alimento. Cuando entró en la estancia apenas le reconoció. Hacía siete años que no le veía, y había cambiado mucho. Sus habituales ojeras se habían alargado notablemente, las canas adornaban su pelo y parecía haber adelgazado mucho. Su porte seguía siendo el apropiado para un Aivanek: poderoso, firme, impetuoso. - Tío… - Huertza se levantó e hizo una sentida reverencia – Es un placer volver a veros. - Hola, muchacha… Bueno, creo que ya no puedo llamarte así, eres una auténtica mujer. Excepto por tu voto voluntario de celibato, claro está. Nunca lo entenderé, la verdad. Pero es propicio para lo que quiero plantearte – habló Trulen Aivanek. No parecía que fuera a irse por las ramas. De hecho, su tío era un hombre muy directo. Se decía que había dos clases de Aivanek, los que te decían que te iban a apuñalar y los que te apuñalaban sin decírtelo. Trulen era de los segundos. - Veo que tenéis un plan. Estaré encantada de escucharlo, si gustáis de comunicármelo. - Antes una copa de buen vino, querida sobrina. - ¿Acaso queréis emborracharme? No bebo, tío, lo sabes. - ¿Aún? Pensé que le cogerías el gusto con el tiempo – se encogió de hombros -. De acuerdo, si tienes prisa…

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Se acercó a la chimenea con parsimonia y removió los troncos para avivar el fuego. Las llamas alumbraron con más intensidad, volviendo las sombras más oscuras. - El señor de la familia espera que puedas ascender de inmediato a un puesto de poder dentro de la Institución. - La Institución no tiene jerarquía – respondió Huertza. - Pero tiene un puesto de poder. - Sólo uno – dijo ella, antes de comprender -… ¿Quieren que sea Suma Sacerdotisa ya? - Los Aivanek no somos conocidos por nuestra falta de ímpetu a la hora de conseguir poder, querida sobrina. - Soy demasiado joven. Eso podría llegar a suceder, quizás, en diez o doce años, como pronto y con mucha fortuna. Probablemente será bastante más. - Dicen que puedes hacer cosas que otros no pueden hacer. Dicen que posees dones. “Dones”. Era una peculiar manera de describir sus capacidades, peculiar, suave y benévola. Pero por su puesto su tío no tenía la más remota idea de hasta donde llegaban sus “dones”. Y, para ser sincera consigo mismo, ella tampoco. Pero al menos los respetaba lo suficiente como para saber que utilizarlos para conseguir un cargo de poder podía conllevar consecuencias nefastas. - Habladurías – respondió Huertza, sin darle (aparentemente) la menor importancia. - No es de mi incumbencia el que sean habladurías, trucos o verdades. En cuestiones de fe, creer es lo que cuenta, y lo demás puede ser tan obvio u obscuro como se desee – respondió su tío, que no obstante la miraba con insidiosa curiosidad. - Insistís en tratar a la Institución como si fuese un negocio. La Institución es una organización divina en la que sus miembros somos meros servidores de los dioses. Tratamos de salvar a la humanidad de sí misma a través de la religión, además de reconocer debidamente los favores que los dioses nos concedieron en su momento. Su tío rió con ganas ante aquella afirmación, luego la miró de arriba abajo con sonrisa ladeada. - Mi pequeña e ingenua sobrina… Cómo lamento ser yo quien te informe de esto, pero tu querida Institución sólo es un grupo de fanáticos que a veces incluso creen las mentiras que le cuentan al pueblo del que se sostienen. ¿Crees que todos los sacerdotes y sacerdotisas son servidores de los dioses? No seas inocente, niña. Llevas el suficiente tiempo en la Institución como para saber que lo que te digo es cierto. Huertza sabía que así era, pero no en la mayoría de los casos. La Institución no estaba conformada por semidioses, sino por seres humanos, y los seres humanos cometen errores y se corrompen con asombrosa facilidad. Sin embargo, eso no debía manchar el buen nombre y el verdadero sentido y vocación de la Institución. - Precisamente por llevar tanto tiempo en las redes de la Institución, sé de lo que hablo, querido tío. Os digo que no podéis aspirar a doblegar la religión para que sirva a vuestros propios fines y los de

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la familia. Y desde luego yo no pienso participar en tal intención hereje de ningún modo. Los religiosos acusados de herejía no tienen un final muy digno ni muy agradable, os lo aseguro. - Comprendo tu reticencia y tu miedo, sobrina, pero debes entender también nuestras inquietudes. Si, como dices, la Institución no puede ser doblegada a nuestros propósitos, que no tienen porqué ser siempre contradictorios respecto a los de la religión, no veo motivo para que sigamos invirtiendo en los allí enviados tantos recursos – la amenazó sutilmente. Ella apretó los labios un momento. - No podéis sobornarme, tío. Si no es el amor familiar lo que os mueve a mantenerme, entonces podéis quedaros con vuestro dinero y vuestras influencias. - Vamos, querida niña, no te enojes así conmigo. Después de todo, yo siempre me encargué de que no te pasase nada. ¿No es cierto? Simplemente digo que, si es competencia de los dioses, entonces lo es en su totalidad, con sus beneficios y sus obligaciones. Huertza no contestó a aquello. Su tío abrió la botella de vino más cara que tenía, de las tierras del Sur, y le sirvió a su sobrina. - Querida niña, no somos los únicos que pensamos que la Institución se ha hecho demasiado grande y poderosa como para constituir en sí misma un medio de presión. Si te mueve la verdadera pasión por servir a tus dioses, en tal caso, yo me aseguraría que nadie peor llegase a ser Sumo Sacerdote. Ten en cuenta, que si tú consigues ese puesto, serás tú quien evalúe nuestras propuestas, pero hay otras casas que también se están dedicando a mover sus propias piezas para cubrir sus propios intereses. Esos individuos pueden ser tan faltos de escrúpulos como gusten. Sé por ejemplo que los Cublión ya tienen a uno de los suyos como sirviente del actual Sumo Sacerdote. ¿Te imaginas lo que pasará si los Cublión se hacen con el control de la Institución? - Sólo los dioses tienen el control de la Institución – insistió tercamente Huertza, aunque era más la duda que otra cosa lo que causaba su enojo. - Tienes que tomar una decisión, mi querida sobrina. O proteges a la Institución y velas por tu familia, o sirves a un Sumo Sacerdote que no sabrá ni lo que fue la Época del Fuego, tenlo por seguro. - Ni siquiera creo que pueda llegar a alcanzar ese puesto, aún en el caso de que me lo propusiera, si es que las cuestiones están como planteas, con un Cublión susurrando al oído del Sumo Sacerdote. - Aún hay tiempo para cambiar eso y dejar en tus buenas manos el manejo de la sagrada Institución. Tu familia no te abandonará en estas circunstancias, tendrás nuestro apoyo. - ¿A cambio de qué, mi querido tío? – preguntó ella con suspicacia. - Sólo alguna ayuda de tanto en tanto, cuando necesitemos algo puntual. Y siempre que tú lo consideres adecuado – la sirvió de nuevo, servicial -. ¿Qué me dices, sobrina? - Digo que es tentador – admitió Huertza. Y era cierto; como Aivanek que era, la ambición le corría por las venas -, y los siervos de los dioses estamos acostumbrados a pasar por alto las tentaciones. Lo siento, tío, pero no venderé los puros objetivos de la religión para poner a la Institución al servicio de nuestra familia.

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Su tío dudó. La niña ya no era una niña, no era una mente manipulable, ni débil ni temerosa. Sin embargo, seguía siendo joven, mujer y crédula, así que decidió hacer un nuevo intento. - Te lo advierto, Huertza: Si no haces esto, la familia se revolverá contra ti. No quisiera verte falsamente acusada de herejía, muerta de una de esas formas tan horribles que tiene de castigar la Institución a sus miembros descarriados. Huertza guardó silencio un instante, y su tío se preguntó si ella evaluaba cuántas posibilidades había de que la acusaran de herejía por seguir el plan y cuántas por no seguirlo. En realidad, la mujer miraba al fuego en silencio y concentrada. Su respiración era lenta y cadenciosa, como se obligaba a estar para no provocar algo que no deseaba, que temía, de hecho. - ¿Sabes una cosa, tío? – preguntó sin separar la vista de la chimenea. - Dime, sobrina – preguntó el, dubitativo por el tono tan frío con el que se había dirigido a él. Ella no respondió de inmediato. Su tío quería saber qué tenía que decir, sentía curiosidad. Sin embargo, algo le decía que no sería prudente interrumpirla en su meditación. Los troncos de la chimenea chisporrotearon, como si estuviesen húmedos, pero en lugar de provocar humo, las llamas aumentaron moderadamente su tamaño. El señor del castillo se dio cuenta de ello, pero no le dio mayor importancia. Entonces su sobrina se volvió hacia él y subió la mirada hasta cruzarla con la suya. Sus ojos refulgían de un dorado intenso, a pesar de que el ángulo impedía que estuvieran reflejando las llamas. El hombre sintió un miedo instintivo recorrerle el cuerpo como una sacudida y dejarle los músculos agarrotados. Finalmente, su sobrina habló: - No todas las habladurías son falsas.

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