El origen de la sangre maldita

Un relato basado en La Marca del Guerrero

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El origen de la sangre maldita VII.

La Marca del Guerrero

Ni los nobles, ni los campesino, ni siquiera los guardias. Nadie quería entrar en guerra, nadie quería volver a la época de la formación de las fronteras, cuando se habían creado hasta cuatro bandos enfrentados que empezaron a despedazar el reino para repartírselo, una vez hubieron determinado su extensión. Por un lado, la familia real Amoyda, los Cublión y los Farkol se hicieron con la mayor cantidad de hombres; por otro, los Someti y los Yorkuk consiguieron las mejores fuentes de recursos; en tercer lugar estaban aliados los Salvino y los Ustípede, que habían tomado los peores territorios pero los defendían con ferocidad; por último, los Optuyetade y los Aivanek se habían centrado en crear la mayor cantidad de armas de asedio, inventando incluso algunas nuevas. Los Galdaba no eran entonces parte del reino, no existían, y los Fakol cayeron, aniquilados por sus propios aliados los Amoyda, cuando reclamaron el título real. Había sido una guerra que había devastado la tierra virgen y joven que acababan de conquistar, reduciendo a cenizas la mayoría de los bosques y praderas, desangrando de las montañas las minas de hierro que ahora eran túneles desiertos, tiñendo de sangre los ríos que envenenaban para acabar con sus adversarios propagando enfermedades. Una guerra que había sido reflejo de la época del Fuego. Aunque ni los más eruditos conocían la información exacta de los hechos que acontecieron en aquella época, hasta el más humilde campesino sabía que habían sido momentos de sangre y muerte. A pesar de que ningún libro quedaba que reflejase la atrocidad de esos tiempos, pues todos habían sido destruidos para encubrir los penosos y vergonzosos acontecimientos, las historias que se contaban de casa en casa y de castillo en castillo, frente a una chimenea ya caída la noche, hacían que los ecos de horror de aquella guerra no fueran olvidados. “Y a pesar de todo” pensaban los guardias Someti, que veían acercase a las fuerzas de los Salvino y los Ustípede, “hay guerra”. Les superaban en número al menos trece a uno. No hacía falta ser un gran estratega para saber que se encontraban en el bando perdedor en aquella contienda que se avecinaba y que bien podría llamarse más acertadamente una futura carnicería. Los jóvenes señores estaban lejos, regresando de las tierras de los Aivanek, y los guardias, que no habían visto una batalla más que en los telares de sus señores, rogaban en silencio que la familia del Águila Carmesí tuviera a bien prestarles apoyo bélico. El señor de los Someti permanecía junto a sus hombres. Sobre un caballo digno de un rey, Valarion examinaba con los mismos ojos y los mismos temores al ejército que se le acercaba. En secreto, también rezaba a los dioses por una ayuda de los Aivanek, pero sus ojos sólo reflejaban una tensa determinación. Demasiado le había costado hacer florecer sus territorios. De todas las casas, mayores y menores, ninguna podía igualar los esfuerzos que la suya había hecho para recuperar la vida de la yerma tierra que heredaron de sus antepasados. La fertilidad de sus campos y la cantidad de fauna que los poblaban no eran casuales, sino fruto de la terca sobriedad con la que, generación tras generación, habían tratado sus recursos, dando más a la tierra de lo que tomaban de ella. No podía entregar el bosque sin luchar. Simplemente, no podía ni planteárselo, ni siquiera viendo aquella horda que se abalanzaría contra sí. No arreciaba el viento aquel día. Los estandartes y pendones, inmóviles cuando la marcha cesó a escasa distancia de la frontera, mostraban claramente el escorpión de los Ustípede y el serval de los Salvino. Dos peligrosos habitantes del desierto, uno venenoso y el otro fiero predador. En contraposición, el cuervo emblema de los Someti no parecía amenazante, lo que resultaba casi un negro
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vaticinio sobre el final de aquel enfrentamiento, especialmente si se contabilizaban los guardias de un bando y del otro. El señor de la casa Salvino y el señor de la casa Ustípede se adelantaron hasta que los cascos de sus caballos pisaron la misma frontera. Ellos habían traído un batallón de caballería. Los Someti no disponían de ninguno. - ¡Señor de los Someti! – clamó Femir, una rabia sorda y un miedo vacío se ocultaban en su voz – ¡Os di la oportunidad de reparar vuestro delito sin derramar la sangre de vuestros vasallos! Lo hago una vez más. Abandonad el bosque y marchad de vuelta a vuestras tierras. Las que pisáis ahora, son de mi familia. Valarion se aproximó también a la frontera, dejando atrás a sus guardias para parlamentar con sus enemigos. Se exponía al alcance de los arqueros, pero ninguno de los dos señores que le enfrentaban pensó siquiera en tomar ventaja de ello. Aun en el caso de que le matasen y sus guardias huyeran, sus hijos no dejarían que ellos salieran impunes de aquella muerte y la guerra continuaría. Y aunque no fuera así, sus honorables principios les impedían atentar contra un enemigo en parlamento. - Una vez más, os ruego que disculpéis a mi hijo si en algún momento os sentisteis ofendido por sus palabras. Maiyol Ustípede, vuestro padre, era un hombre de honor y nadie lo pone en duda – a pesar de sus palabras, el Someti no conseguía que su tono fuese conciliador, destilaba una intensa sensación de fría y obligada cortesía -. Sin embargo este bosque es nuestro, y no vamos a cederlo sin pelear. No iniciaremos una guerra, pero nos defenderemos y derramaremos la sangre necesaria, propia y ajena, para conservar lo que nos pertenece. Taleón Salvino se volvió hacia su aliado, hacia el joven que era hijo de aquel que consideraba un hermano, puesto que juntos habían sido criados cuando fue enviado para ser adiestrado en su familia. ¿No había forma de aplacar al muchacho? El señor de los Salvino tampoco quería una guerra, y verdaderamente consideraba que el bosque, a pesar de todo, no la merecía. Pero no podía abandonar a Femir cuando estaba cumpliendo la última voluntad de su padre, Oddeim le guardase. - No he venido a discutir de nuevo la propiedad de este bosque – continuó el Ustípede -. Para mí, es clara. No dudo ni dudé en ningún momento de las palabras que salían de la boca de mi padre, que nunca han estado corrompidas por la mentira. He venido a tomar lo que es mío, ya sea por cesión voluntaria o por la fuerza, de ser necesario. Valarion Someti le miró y frunció los labios. No podía decirle que era habitual que un moribundo delirase, aunque todos los presentes lo supieran, dado que se había mostrado tan ofendido cuando su hijo lo dijo a viva voz. Pareciera que el joven no quisiera darse cuenta, o quizás le moviese la ambición, o el dolor de su pérdida. En cualquier caso, no había un ápice de duda en su voz. Se instalaría en el bosque, aunque para ello tuviese que llenarlo de cadáveres. - Señor de los Someti – terció Taleón, a modo de saludo como cortesía para comenzar a hablar. - Señor de los Salvino – saludó Valarion, manteniendo también la compostura y permitiendo que dijese lo que deseaba decir. El Salvino, que como todos los de su familia tenía pocas o nulas dotes de diplomacia, se inclinó en su caballo hacia un lado, recorriendo descaradamente con la mirada la hilera de guardias Someti que conformaban sus fuerzas. Luego miró a Valarion.

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- Pocos hombres para una guerra – comentó, como de pasada. Luego levantó la vista al cielo despejado -. Es un bonito día. Un bonito día no es un buen día para morir. Si las palabras hubieran venido de otro, el Someti habría tomado aquello como una amenaza, pero donde los Salvino pecaban de escaso conocimiento en el arte de la diplomacia, Valarion era un experto. Pudo ver claramente que Taleón sólo pretendía exponer la realidad de que, si se enfrentaban, los Someti perderían irremediablemente, no sólo la batalla y su territorio, sino también gran cantidad de sus hombres. - Nunca es buen día para morir – respondió el Someti -, a no ser que sea por una causa justa, en cuyo caso convendréis conmigo en que cualquier día es bueno. El Salvino no pudo sino estar de acuerdo con aquella afirmación. Asintió con parsimonia. - Sea, entonces – dijo Femir, concluyendo con excesiva premura el corto parlamento. Giró su caballo y se dirigió hacia sus fuerzas. Taleón Salvino miró a Valarion, preguntándose si había alguna forma de convencerle de que desistiera en su empeño de conservar aquel bosque. Los ojos del Someti le dieron una nítida respuesta: de ningún modo. Entonces el Salvino chasqueó la lengua contrariado, dio vuelta al caballo y regresó junto a su aliado, mientras refunfuñaba las siguientes palabras: - Ya puede dar frutos dulces este maldito bosque.

Llovía plácidamente sobre la Cordillera del Águila. Los pendones mojados adquirían un tono más oscuro, que asemejaba aún más el color de la sangre. Los gallardetes empapados no se movían, colgaban fláccidos, como muertos, de sus astas. Eran señales de mal augurio, en opinión de Alía Someti, que los contemplaba desde el otro lado de la ventana. Se estremeció un poco por el frío y se frotó los brazos. Pensó en sus tierras, húmedas y fértiles, opuestas a las de los Aivanek. Sintió entonces una capa sobre sus hombros y se volvió sobresaltada. El joven Renio Aivanek, que llevaba galanteándola desde que su hermano Colbert partió, sonrió con una excusa en los labios. - Disculpadme, no quería alarmaros. Ella asintió, tensa. La fama de los Aivanek precedía a aquel amago de relación nunca mencionado en voz alta. Ella estaba dispuesta a realizar el sacrificio, pero eso no significaba que no lo temiese. - Dispensad vos, sois muy amable – respondió ella, abrochándose la capa y guareciéndose en ella. En realidad, no mitigaba su miedo. Más bien acrecentaba su inquietud. Renio Aivanek inclinó la cabeza como agradecimiento, cortésmente. No tenía nada que reprocharle, se había comportado con ella como un caballero servicial. Pero le temía, temía su papel en el compromiso tácito que había firmado con la familia del Águila Carmesí. Ella era un capricho, quizás pasajero. Tal vez el muchachito sólo quisiera meterse bajo sus faldas y nada más. Tal vez tuviera de concedérselo, incluso sin mediar matrimonio en la situación, para que ellos les prestasen un apoyo mayor. Bajó la vista, turbada.
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El muchacho no estaba seguro de qué estaba haciendo mal, pero viendo su reacción miró hacia el suelo y retrocedió un paso. Por un lado, se sentía airado y frustrado, por otro, se culpaba por presionarla de más, aunque no quería, no podía, dejar de insistir en agasajarla. Su padre le había asegurado que ella terminaría aceptando su cortejo, que las joyas y el oro acabarían por resquebrajar su entereza, pero Alía había rechazado educadamente todos sus regalos, aunque no ponía inconveniente en que abusara de su compañía. - Si puedo serviros en algo… – dijo atropelladamente Ren, a modo de despedida más que para iniciar la conversación. Como era una persona pasional, que a duras penas podía retener sus emociones, la desilusión se dibujó en sus palabras, muy a su pesar. Hizo amago de retirarse, pero Alía le rozó el brazo. - Esperad – dijo, con la voz cargada de preocupación -. No quise ofenderos, soy una malcriada. La mano en su brazo presionó un poco, temblorosa. Renio Aivanek no era ningún idiota, sabía perfectamente por qué Alía Someti había accedido a quedarse con él. No quería aprovecharse de ella ni de su situación, pero se resistía a dejarla marchar. Es más, aun si estuviese dispuesto a liberarla, su padre no consentiría. Si no tenía una pretendiente para su hijo, los Someti no tendrían sus regalitos, esos que tanto necesitaban. Era hora de encarar aquello con sinceridad. Se volvió hacia Alía y sus manos envolvieron las de ella. - Lo lamento. Debí imaginar que no podías enamorarte de tu captor. - Soy vuestra invitada y protegida, mi señor – respondió Alía con cautela. Ren levantó la vista y una de sus cejas, con una mueca cómica de ligero desacuerdo que rompía la tensión del momento. Alía trató de sonreír, pero sus labios se curvaron de una forma trémula e insegura, y sus ojos se tiñeron de tristeza y confusión. El joven dejó caer los hombros, perdiendo el gesto y la alegría que pretendía suscitar en ella. Sin embargo, no desistió. Como los de su clase en aquella familia, tenía un carácter que le infundía una inquebrantable voluntad. - Está bien – dijo con decisión. No pudo evitar besar suavemente sus manos antes de retroceder tres largos pasos -. Me mantendré siempre a una pica de distancia. Bueno, más bien, os mantendré a vos a una pica de distancia de mí. Tenéis derecho a ello. Si queréis romper esa distancia, será vuestra elección – se inclinó en una reverencia intencionalmente exagerada, buscando su esquiva sonrisa -. Por mi parte, voy a reunirme con padre, intentaré que dé a tu familia el verdadero apoyo que necesita. Alía no supo qué decir, pero dio un paso hacia él, dubitativa, aún pensando la manera de mostrar su agradecimiento. Sin embargo, Renio retrocedió ante su avance. - Todavía no lo deseáis – sonrió con calidez, pero luego su sonrisa se tornó pícara y la guiñó un ojo -. Y podéiss apostar lo que queráis a que rendiré todo lo que tengo para que lo deseéis.

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